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Cuentos Morbosos y Oscuros

Recopilación de cuentos divida en dos partes: Crímenes (asesinatos cotidianos) y Cotidianidades (micro-relatos). En la primera parte se encuentran los textos centrados en aquellos asesinatos del yo -como le llamaría Papini- que se suceden diariamente y los crímenes que pasan desapercibidos para el individuo por el tedio que le produce su condición de cosa (cosificado). La segunda parte se centra en las conversaciones, coloquios, hechos, con los cuales el yo propio se encuentra cotidianamente.

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Cuentos Morbosos y Oscuros

Recopilación de cuentos divida en dos partes: Crímenes (asesinatos cotidianos) y Cotidianidades (micro-relatos). En la primera parte se encuentran los textos centrados en aquellos asesinatos del yo -como le llamaría Papini- que se suceden diariamente y los crímenes que pasan desapercibidos para el individuo por el tedio que le produce su condición de cosa (cosificado). La segunda parte se centra en las conversaciones, coloquios, hechos, con los cuales el yo propio se encuentra cotidianamente.

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Cuentos

Morbosos

(¿Eres un morboso…?)

Steven Cadavid
“la extinción de los fuegos,
El retorno de las almas de los muertos,
La confusión social del tipo de las saturnales,
La licencia erótica, etc.,
Simbolizan la regresión del cosmos en el caos”

Mircea Eliade
Crímenes
(Escenas de un asesinato cotidiano)
Los Gallinazos no comparten nada:

En una ocasión, cuentan los galantes citadinos fumando de sus pipas a las sombras de los
prostíbulos, un grito atravesó las montañas en las que se mecían las chabolas, y entonces el
pueblito lo supo, quería ser una ciudad. Colosal, ruidosa, lo idealizo de tal manera que se
estremecía y se propuso entonces a conseguir todas aquellas cosas que necesitara.
Sus camino de tierra roja labrados por el paso de errantes extraviados en la intimidad del
bosque, para respirar y a solas desmoronarse; en su lugar carreteras tecnológicas que
atravesaban el bosque, el rio, y hasta la casa de la chanda, según versa el dicho. Casitas
coloridas, frescas a causa del bareque, el olor indecible que arrastraban las palmas en el
techo, dejándose por años, se marchitaban las hojas advirtiendo la prontitud de la
primavera. Los lugares de congregación, donde se cuchichean las polémicas del caserío,
libertinajes de fondo, abortos en los cafetales. Vicios más honestos, tactaban el éxtasis, se
reflejaban en ellos. Invoco a la prostitución, los dealers, la lentitud del autómata y la
agresividad del oficial. La plaza donde enloquecían los abandonados y bebía Diógenes a la
salud de su sombra que también le traicionaría; las frutas dulces y jugosas, el ajetreo de los
vendedores y yerbateros, la vos de son de las matronas peinando trenzas en sus sillas tan
viejas como la comunidad misma, se esfumo sin dejar ni una migaja. Robo los árboles, la
oscuridad del cielo, puso reflectores de patíbulos, cabarets y lugares de dispersión donde se
gritan para no tener que oírse. Ya era toda una ciudad el pueblito.
Una gris exhalación de fosas comunes enmaraña al cielo, las estrellas... ¡pobrecitas!, más de
una se suicidó, la estela de icor la bebieron brujos adictos a los encantos etílicos y sus
propiedades curativas. Sacerdotes y santificadores vinieron en pro de extirpar la posesión
que sus homólogos seculares trajeron en billetes. Se imponen ante sus seguidores, los
inmolan uno por uno. Llevando a cabo la homilía de gloria al oro, al hijo y al espíritu santo.
El pueblito enfermo de gravedad, su corazón callo, y entre sus manos y las texturas del
cielo cuando las nubes le acariciaban la nariz, no había quien mediaría. Callo en el vértigo.
El auge, la eficacia, competencia de los virtualmente libres, sopa y seco y si no quería, tres
bocados a la fuerza con una cachetada, de esas que hiere el alma más no al cuerpo. Los
pájaros no volvieron, y tristes las flores extinguieron su aroma
¡Perfecto progreso!
Seguridad entre cámaras, las cuales supervisan que no conjures con otros para acabar con el
hambre. Parques cerrados, si los niños no ríen en el no hay diferencia con un cementerio,
casas sin amor, ventanas cerradas y poetas muriendo en jaulas de clase. Felicitaciones -le
dicen las otras infestadas de parias y larvas en la barriga- ¡magnifico avance! –repiten.
Bienvenue a nuestro baile -en un francés de alcurnia. Bien venida seas al reino de lo
inesencial.
En la puerta del norte el último juglar dejo una epístola:

"in nomine nihil:


(A las figuras de polvo)

Un árbol frondoso golpeado


Por el otoño deja caer un fruto
Maduro y rubicundo,
Un césped blanco
Salpicado de azúcar lo recibe.
Los cielos le mordieron, las
Larvas atravesaron su piel dulce,
Las estrellas se mesclaron a su cáliz,
Y de allí emergió el valle.
Si parpadeas, en las ramas estiran los ahorcados
Tambaleándose sonrientes sobre su cuello"
La invención de los rayos catódicos:

Rose y Orestes llevaban de casados tantas vueltas al sol que hasta hubiese podido tomarse
sus paseos como un símil de puntualidad kantiana. Desde que llegaron al pueblo una noche
terrible de la que nunca más nadie volvió a hablar.
Pasaban a la misma hora haciendo el mismo trayecto. Rose no era una mujer agraciada
propiamente dicho, aunque cuando joven fue terriblemente encantadora, tanto que pensar
en besarle era una blasfemia indecible.
Orestes disfrutaba mostrando las fotos a los familiares que venían -en un comienzo- por
gratitud filial, para que luego fuesen las esquivas, y por fin, ya nadie más vino nunca.
Se trataban como un par de niños, se enojaban por disputas nimias para luego reconciliarse
ya que no era capricho si no la emoción verdadera de la necesidad de la presencia del otro.
Y esto le hacía olvidar el olvido mismo al que se entregaban en las postrimerías de sus
vidas.
Se pasaban las tardes conversando bajo un palo de mangos frondoso que estaba cercano al
portón de su propiedad. El con el filo invertido de su navaja tallaba rostros decrépitos y
aterradores en gruesos leños madera, con los cuales, luego de que Rose confeccionara las
prendas, vestía a sus tétricos títeres. Le leía encantado desde siempre en el instante en que
ella ponía las manos sobre sus mejillas, expectante, como cuando lo hacían siendo jóvenes
-decía el viejo a sus compinches de aceras.
Figuras totémicas eran Orestes y los demás viejos niños que desde pelados se congregaban
en el mismo lugar, cerca al atrio, ya que por allí pasaban mujeres -casadas o no - que les
miraban curiosas. Orestes era de allí, pero a causa de sus juergas tuvo que irse.
En sus años mozos fue un cura que aprovecho la condición de irreprochable pulcritud que
ostentaban los párrocos para traficar con exóticos alucinógenos provenientes de los las
lejanas costas de Asia. Gustaba montarse a las monjitas; las guarras que habían llegado con
él al pueblo cuando huía de su región.
¡Qué irónico!, precisamente porque fornico en el atrio, ante los ídolos incólumes de piedra
con la mujer del sheriff.
Orestes, podía decirse en términos convenientes, que era un inmoral. Un demonio, un
incitador, era de todo y hacia la venia ante los insultos. Solía llevarlas después de trabajar
al cuarto cutre donde dormían en una colcha para narrarle cuetos y mitos más antiguos que
la cruz y el pecado. Odiaba los salones, sus notas eran pésimas, nadie daba un duro por ese
chico, aunque poseía la virtud de Tom Sawyer; un corazón de oro. Lo que ellos no sabían, y
para Orestes estaba bien, era el hecho de que en la tarde, al caer el sol, día a día, iba a la
biblioteca a perderse entre los mundos.
Se decía a sí mismo, cuando leía entre los lagares, que los salones de clases mataban poetas
ocultándoles el cielo.
¿Cómo podía perderse de la esquizofrenia del universo vomitando colores?
Era un error.
¿Qué aprendería un chico así?
El amor por el conocimiento era algo que no tenían ni pensaban brindar. Con hambre y un
montón de libelos plagados de un espíritu erostratratico, seguíaa relamiendo el cuerpo de la
mujer causante de sus infamias.
Refugiándose del frio, lo que un perro jamás creería, al no ser que en la solitud pida
clemencia a las guardianas que custodian la calma. Habíase escondido en la iglesia,
entrando a hurtadillas. Allí conoció a Rose.
Lo demás es misticismo y chisme, los viejos no hablan de ello.
Rose había estado observando con continuidad un programa de televisión -cajita de magia
simpática recién llegada - sobre un señor que hablaba al pueblito sobre la raza de los
reptilianos. Extraños hombres que caminaban entre nosotros, llevando piel humana,
lidiando con las preocupaciones de la vida en sí, los cuales tenía una estrecha relación con
las religiones de culto en la antigüedad. Este hombre les exhortaba a que de tener duda
-siguiendo los directorios e inquisidores- torturan primero ya que las fuerzas de satán no
merecen consideración.
Rose se exacerba y levantaba los puños, pero evitaba cualquier contacto con Orestes.
Orestes trataba de leerle pero en vano, brutalmente indiferente. Al principio no era nada
considerable, pero después se fue el culmen del paroxismo. Ya no le apetecían los paseos, y
la gente preocupada entro en caos por los relojes descoordinados, y empezó a preguntarse
por los viejos. Simple chochera -decían muchos.
Pálida, en una mañana preciosa, acepto de nuevo la invitación a salir a caminar junto a su
compañero. Las cosas se les antojaban distintas, como nuevas, pero la perspicacia de Rose
noto el leve desvió en la ruta que se sabía ya de memoria. No pregunto nada, ni se inmuto,
pero el terror empezaba a carcomer la razón para abrirse camino el instinto, esto, en buena
medida, dado por el hecho de la brusquedad con la que le jalo, luego de que posiblemente
-pensaba ella- el supiera que ella había notado el cambio.
Era un sendero desolado, escondido por los árboles que hacían sombra en aquella hora de la
tarde, por lo que los arbustos eran tupidos, dando la sensación de un pasadizo mágico.
Orestes la miraba de soslayo, esperando alguna señal humana, una muestra de vida. A
medida que se adentraban Rose se sentía atravesada por el cansancio que se imponía
inclusive al pavor.
.- ¿A dónde vamos'? -pregunto ella.
.- Al parque...lo sabes -le dijo- ¿por qué lo preguntas? ¿Acaso no deseas ir? -inquirió él.
No hubo respuesta.
Al final del pasaje se extendía un huerto de calabazas, y más allá de él, las líneas azules de
las montañas antecedida por un pueblo coqueto y multicolor. Apresuro el ella paso, pero él
detuvo en seco sujetándola del brazo y diciéndole:
.- "ella es la que tiene que correr por nosotros"

Saliendo por fin al huerto, ella se voltio y observo que en sus manos portaba un colosal
cuchillo donde el crepúsculo todo ardía. Lo elevo con tal parsimonia, en secuencias tan
definidas y simples, que tuvo ella tiempo suficiente de sacar de su bolsa una aguja de
crochet y clavarla en su ojo al tiempo que el clavaban el cuchillo en su pecho.
.- muere lagarto inmundo -dijo ella ahogándose.
Mas su sangre no era carmesí, verde y babosa se deslizaba en grumos infestos sobre cuello.
Supo el entonces que había estado en lo correcto al seguir la ciega certeza que le prevenía
sobre la relación indisoluble de la beatería de su esposa y la falta de apetito sexual con lo
que supuso fue llevado a cabo por una suplantación neuro-cibernetica del cerebro llevada a
cabo por Ed Murrow que al decir : "buenas noches y buena suerte" activaba un
neurotransmisor que enrarecía la sangre y trastocando la sinapsis conectaba las neuronas ya
no a los instintos naturales, si no a lo que se oculta tras el subconsciente, es decir, las
respuestas cerebral se ejecutaban desde la perversión del sujeto, y esto se propagaba
masivamente gracias a los rayos catódicos. La televisión era el medio...pero quien iba a
decírselos.
Su imagen se trasmitió en vivió por señales de televisan local y señales internacionales en
horarios estelares, grandes rating y encuestas celebraron el triunfo del experimento, el
rostro muerto de Orestes se puso en campañas políticas.

.........................................................................................................................

Llevaba ya tiempo soñando con estos extraños sucesos, trastabillándose entre tiempo,
realidades, líneas cósmicas; sin asirse a una percepción verídica capaz de hacerle saber que
existía. Ello era imposible.
Se sentía fuera de este tiempo espacio, de otro mundo, bebía para evitar pensar en ello,
bebía para matar los sueños donde moría infinitas veces, donde era espectador en tercera
persona, confidente y homicida del renacimiento y los asesinatos sanguinarios de su “yo”.
Sueños de una noche de Sabbath:
Preocupado por creer que estaba volviéndose loco se dirigía hacia donde un aclamado
practicante de la parapsicología. Al entrar en el recibidor, apareció el hombre, el cual,
inhalando grandes bocanadas de una pasta verde que llamaba hachís, brincaba
excéntricamente por la habitación sosteniendo la cabeza de una muñeca rebosante de
pastillas de diazepam. Ya había tratado probando desde la percepción extrasensorial, la
telepatía, el hipnotismo, la autosugestión, la precognición recibiendo quemaduras en las
yemas de los dedos, las cuales debían inducirle a una epifanía, observar al mesmerista
poseso y su escritura automática, hasta la radiestesia; pero nada había conseguido explicarle
el extraordinario suceso que venía aconteciéndole.
Desde que dormía con la ventana abierta aparecían bajo su almohada prendas íntimas con
un perfume corporal impregnado tan penetrante que la habitación rezumaba de él.
Arropándose bajo las sabanas el aroma estaba allí; todo estaba impregnado de un dulce
olor y le fascinaba.
.-Esta noche - se decía - me harás compañía. Estas lejos, no sé lo que sos, pero tengo una
certeza, y es la de que te mira el mismo cielo que a mí, y sin embargo tu calidez esta acá
conmigo. Estoy feliz, te doy infinitas gracias por ser vos la causa.
En los lugares donde guardaba sus confesiones íntimas, encontró restos de hojas secas,
vestidos de telas únicas. Esa noche soñó con ella.

Caminaba por el bosque profundo en busca de salamandras para dibujar. Sin notarlo el cielo
iba deshaciéndose en el arrebolo, y ella, distraída, sin conciencia de sus pasos, excitada por
el graznido de las aves, había llegado a un tranquilo remanso. Descargo su pesada mochila
y sabiendo que ya no daría con el camino de vuelta a falta de luz, se dispuso a preparar su
refugio.
La luna dejo de jugar a las escondidas y permitió que su lechosa incandescencia le
calentara con su tacto glacial. Entre dormida, ensoñando con la boquita abierta, se
encontraba sobre una piedra divisando la copula de los sapos, sus festines de larvas.
Gozosa se rasca la panza, sintió hambre y luego de unas uchuvas y un poco de vino, se
estaba quedando dormida sobre el monolito.
Las gotas de lluvia enredándose a sus cabellos le despertaron. Se rasco de nuevo la panza,
se acomodó los calzones y dando un largo bostezo se dirigía hacia su lecho cuando un
chillido escucho. Entre la maleza de un prado de asfódelos un polluelo lloraba por no saber
volar.
El canto que impresiona al alma por su belleza lo había olvidado, brincaba como un grillo,
se arrastraba cual serpiente y sacaba la lengua como un sapo. Tenía el plumaje azul, por lo
que la muchacha le llamo así, "sapo azul".
Entendió que llevaba tanto tiempo entre la hierba por lo que había olvidado su naturaleza
aérea, pero la nostalgia al elevar el pico al cielo y observar el vuelo de extraños sapos de
escamas curiosas, le invadía, despacio, inoportuna, impetuosamente, la melancolía…
Fascinada, se desvistió, como antigua diosa-creadora se postro con la oreja puesta sobre la
tierra, escuchando el palpito de la vida que en ella crecía, enseñando a los arboles a dejar
caer sus frutos en tiempos pretéritos.

Miro al pajarito dispuesta a enseñarle -es una palabra desagradable- recordarle -eso está
mejor- que podía volar. Sacudiendo sus brazos le alentaba a que la imitase, el sapo azul la
mira desconcertado.
Preocupada por hacerse entender -pues no hablaba lengua pájaro, y tampoco reptialiano
alado- por lo que le enseño a contemplar el precipitarse de las aves, admirar el vuelo de las
estrellas, sorprendiéndose tal una niña pequeña ante la inconciencia de la diferencia entre
un pájaro y una estrella -pájaro nocturno- que no podía establecer el sapo azul.
Ella, ya sin ataduras, habíase olvidado de la personalidad -el conjunto de escombros que
nos significan sepultándonos en la conformidad- y ahora era una esencia más del bosque,
una linda dríada como las que le jalaban la barba empapada de vino a Andersen.
El sapo azul no aprendió a volar, pero recordó que volar era la sensación de amar el cielo,
ser parte de él. Murió viejo bajo una amapola tarareando la vieja canción mítica de la
palingenesia, esa vieja fabula del cielo y sus cambios: Aurora/tarde/crepúsculo. Pero
también podría escribirse así: Origen, existencia, muerte... (?)
Vagando por los bosques, iniciada secretos por natura, se le concedió la gracia de ser,
sustancialmente, el elemento último de la naturaleza, la seducción.

Despertándose bruscamente en la resaca de la tempestad de una noche, tras haber astillado


el tabique, jugar con las delicadas prendas de las musas pasando sus hilillos de seda entre
sus dientes, retozando sobre tan delicada línea de la cordura, escucho el trinar.
Borracho lanzo los libros contra la pared, se extendió desnudo en suelo para mermar el
calor y dando un salto hacia la izquierda vomito a la noche.
Abrió la ventana para que el aire le aliviara, observaba a la cortina atragantarse de sombras
y permitir que Selene le visitara en sus desvaríos. Sin darse cuenta entro un pajarito azul y
se posó en la tela de la araña con la que solía conversar imbuido por el insomnio. Canto y
canto y jamás sinfonía tan hermosa hubo, se arrancó las plumas con su pico diamantino y
en la habitación hubo blanca escarcha cubriendo los cadáveres del ayer.
Chocaba las manos con entusiasmo, como esos niños sobrecogidos por lo extraordinario, el
pajarito con sus cantos se desgarra el alma, quería darle su tristeza para que entre ambos
cruzando las sombras se postraran a contemplar la mañana que nacía de la bilis putrefacta.
El sonido de su canto se hacía más dulce y armonioso, y los ojos empezaron a llenarse de
lágrimas; encontró un corazón y fue doloroso ser confidente de sus latidos. El pajarito
revoloteo un instante sobre el pecho que inflamado por extrañas runas de lujuria y
demencia para hacerse un haz de viento que se esfumo con el levante.
Cada mañana en que llegó a casa destrozado, busco en los rincones abandonos hasta por su
sombra el canto del pajarito que le despojaba de la razón artificial y le lleva a volar sobre la
ventana de su amante para verle dormir.
Su canto es la respiración de su boca mientras se devanas en pesadillas, su canto
apasionado la tristeza sin palabras que sus pupilas se reservan sin conseguirlo, tenía miedo
de que no vuelva...

Ahora existo:

[Nocturno]

Quedándome solo, no figurativamente, ni metafóricamente, ni siquiera poéticamente, solo,


literalmente solo. En ese tiempo Adquirí un vicio más adictivo y peligroso que
fumar...escribir.
Manchar cuadernos sin orden ni moderación, con sílabos, sonidos y estruendos. Eran
declaraciones íntimas, sentencias del valor de perseverar que llevaban mi sangre en su tinta,
era imperecedero en el eco de mis pasos atrapado entre sus párrafos.
La casa empezaba a caerse, luego del accidente en la L.I.E donde murieron mis padres no
tenía la facilidad para mantenerla, las sabandijas construían sus nidos por toda ella, por lo
que enterrando el cuaderno en un pequeño agujero previamente hecho, decidí irme a
california. Se decía que allí había bonitas chicas y el ácido flotaba en el aire.
En la esquina superior de la habitación –por si se preguntan el lugar para ir a buscarlo- en
donde solía colocarse el piano, bajo un tablón de madera del suelo que estaba chueco, allí
deje los cuadernos y me marche.
II

"el hombre crece a la par de sus más grandes ideales", pamplinas, ¿cuál es entonces el gran
ideal de este tiempo en cuya sombra crece el hombre?...la matanza.
Repiten mil veces al día, indirectamente a través de sus rayos catódicos las estridencias, las
cuales gracias a la diplomacia y el periodismo modifican la estructura cerebral añadiendo
patrones programados con el sentido del deber, la muerte heroica y la patria.
He dejado de ver la televisión. Quisiera tratar de terminar la estúpida novela que podría
conseguirme aunque sea un colchón donde morirme. Ya sé que al buen guionista le llaman
puta, pero es necesario, en algún punto merced a las necesidades y en harás del hambre que
rompe las entrañas, todo se relativiza, todos putean de vez en vez.
Era algo espontaneo cuando chico (se acuerda de los cuadernos)
Los cuadernos....-dice ensoñando- He tenido pesadillas con ellos.
(Unas escaleras desciende hasta un piano en donde una anciana decrepita tiznada por el
invierno feroz toca una melodía sórdida mientras canta una opereta pornográfica a su bien
amado difunto. Una niña con verrugas de sapo lo lee y cuando pasa las hojas taja su alma
como una saeta de fuego.
Cuando leen las líneas los ojos del infierno se abren en su frente, la noche viola al cerebro,
las heridas se abren y supuran una bilis repugnante donde las musas bañan sus blancos
muslos y engullen para poner fin a su hambruna. Le nombran a lo lejos, desde cualquier
lugar escuchó el recitar de las líneas, el timbre morboso de la voz)
Necesito encontrar el libro.... -despertándose precipitado.

[Diurno]

A nadie le gustan estos cuadros de mierda.


Al dealer que se los vendía para pagar la droga ya no le interesan. ¡Que se ahogue papa con
su jodido dinero!
Al principio, cuando iba a la facultad, se mostraba amplio con los arrebatos de mi
esquizofrenia. No había como tal un miedo patológico hacia ello, pero luego de que
encontré sosiego al pintar, al tamaño gandul no le agrado y me lanzo a la calle.
No es fácil, las telas son ropa usada, los marcos la escenografía del destartalado
apartamento y las pinturas de mala calidad, si no consigo vender una, aunque sea una,
estaré en apuros este invierno.
Supondría uno que los malestares cesarían, pero no, se ha acabado el vino...
Aunque el alcohol lo regalan hasta en las escuelas, durante las campañas publicitarias, en
los funerales y en los bautizo, me angustio como colegiala cuando escasea. En esto
seguimos la estrella polar de los franceses, si, esos bebedores ascéticos y adustos, los cuales
-mostrando que los políticos pueden ser hombres humanos - se han encargado de ir
adaptando las necesidades de la patria a la sed inagotable por el vino.
Pensaba en Paris, pero luego me di cuenta que es la patria de los intelectualoides -ya
desposeídos de la furia de la imaginación-y me dije que podría pintar a las fueras de una
baño portable y de nuevo el banquete de los acusado cebándose con mi cabeza en las cenas
familiares.
Desde este cuarto se aprecia los burdeles, el griterío de las putas, el gemir de los
vagabundos, el hedor de las calles mojadas rezumando una estela ponzoñosa de alcoholes,
colillas y semen. Es todo un bazar mágico donde prestidigitadores recibiendo dinero por
dosis que luego desaparecen en oscuros callejones, allí se apilan la estirpe deforme de los
abortados por la miseria, deambulando bajo los zapatos de los grandes.
Lo que me enloquece del lugar es la fuerza arrobadora del contraste, ya que puedes ir por
un suntuoso boulevard, una capillita, una colosal edificación en las inmediaciones de un
hospital que está a punto de cerrarse, y a la siguiente cuadra, ¡pero qué digo!, al lado de los
mismos chazas de comidas toscas desdibujadas por el humo, casitas de madera
sosteniéndose, pero que digo....esta memoria...agarrándose desde los tablones al suelo para
no venirse abajo. Esto escenifica la constante lucha de los elementos ese caos que le es
entrañable a la naturaleza para perpetuarse.

Unos amigos planean irse con unos cuantos más a una casa abandonada en muy buenas
condiciones. La casa ha estado allí, solo que el bosque ha ido creciendo y los arbustos
terminaron por sepultarla entre el murmullos silencioso de los árboles.

II
Por las habitaciones el viento anda descalzo dejando las huellas de su huida en notas que se
expanden al unísono. La luz no podría ser mejor, no hay lugar para las sombras y los
huéspedes que en ella habitan que se arrastran camuflados en su huida.
Los chicos lo han hecho cálido con sus instrumentos y el olor de las pinturas y la yerba de
mañana. Se baila sobre el piano (se percata del remache)
¿Pero qué es esto? (Abriendo el escondite y substrayendo los cuadernos)
¿De quién pueden ser?

Las palabras, pero que son solo las palabras sin fuerza, por si mismas un significante que
puede usarse para despojarnos del desasosiego, un golpe directo del pensamiento, en fin, un
socorro para los momentos de angustia. En cambio, quien valiente se niega, se consume
renaciendo de sus infinitas muertes, cabalgando con quijotes borrachos de absenta y opio a
la caza de molinos. (Silva de nuevo el viento)
Si lo leo puedo ser su confidente, esta noche conversara conmigo desde la tumba en donde
la tierra se compenetra su materia, o la cárcel, e inclusive el manicomio donde le
despiertan con armonías de choques eléctricos. Puedo verlo observando hacia el interior de
la casa, buscando refugio del invierno en lo profundo de mi alma, acechando el terror que
allí reside, saboreando el aura que le envuelve.
Lo he soñado… ahora existe.

Para cuando la mujer hubo dicho estas palabras, la casa se sumergió en un vaho de niebla,
suspendida en el purgatorio, transitada por los sin nombre de la historia, los atrapados en
alambradas pudriéndose ante el sol en el carnaval de los sicarios. Se abrieron las
mazmorras del averno permitiendo a los que fueron bendecidos con la guillotina confesar
su última perversión de vida.
En horario estelar (8:00 P.M) a la hora que se reúne la familia a comer se sintonizaban los
guerras televisadas llevadas a cabo por los periodistas y el escarmiento de la crueldad
necesaria para acicalar el morbo de los espectadores se re-trasmitía por las radios y los
periódicos.
Fue entonces que el hombre apareció.
"debes quemar el cuaderno para permitirle a mi alma ser libre. Seguiré vagando mientras
haya algo que me ate al mundo.
Las confesiones que tienes en tus manos son la letanía de mi decepción del mundo. Cuando
las lees mi espíritu es condenado a sufrirlo nuevamente. Me has soñado, ahora existo, he
salido del silencio eterno y la oscuridad demencial de lo no-creado. Puedo vagar por los
cielos hasta hacerme un haz de polvo y hielo"

En el infierno somos torturados en la eternidad del alma con aquello que en vida fue
nuestro deleite y corrupción. Se nos atormenta con lo que valió más inclusive que la vida
misma pues no hubo ningún escrúpulo para desprenderse de ella con tal de que no se nos
prohibieran nuestras infamias, ya que esto era lo único en que podíamos ser
completamente.
Ser lacerado con nuestros propios anhelos no debería ser una molestia debido precisamente
a que en vida no se tenía preocupación por tal, por lo que la eternidad de penurias no era
más que alcanzar la eternidad, lo absoluto del alma a través de los deseos carnales y la
aniquilación, por lo que el infierno no es más que un perpetuo recreo.
Pero al escritor le está reservado un sitio muy especial en el infierno. Este durante su vida
trata de alcanzar la misma eternidad del alma mediante de la despliegue espiritual con la
práctica de sus facultades más elevadas, pero siéndole robada la luz por la avaricia de los
hombre, no la encuentra en vida y tiene que ir a buscar en el muerte con su miseria
sempiterna que renace con él y que prosigue a una muerte. Por eso cuando alguno de sus
obras es rememorada, sus padecimientos le son narrados con autoridad paternal, sentándolo
por la fuerza a escucharlos una y otra vez. El dolor le resquebraja, lo enloquece, prefiriendo
dejar de ser -aunque intangible- desaparecer en todo plano y forma a seguir oyendo el eco
de sus desengaños.
Alguien ha rozado mis cabellos... (Dice la mujer)

Solo la luz purísima de la luna podía redimir el corazón del demonio. El yacía dormido bajo
las raíces de los altos robles, y ella que era una hija de la noche, llevaba ese fuego sagrado
ardiendo en sus pupilas. Ella, al remontarse a la muerte, leyéndole, le libero.

Bosques por siempre oscuros:


En un viejo monasterio en los bosques negros de Baben, sobrevolando allende de las
hogueras, un monasterio rondado por Satán rompía la niebla dando paso a las eyaculaciones
del sol elevando sus campanarios góticos.
Decían los viejos patriarcas que este rondaba por allí porque se le habían robado las vides
de sus lagares antiguos monjes mendicantes que abusaron de su hospitalidad. Ya habían
venido juglares a arrancarle pelos dorados del culo y fastidiar a su moza, por lo que
cansado ya de esta larvas pordioseras que excomulgan en latín y le invocan en hebreo, se
decidió a fastidiarles robándose sus vacas y cagandose en sus vides.
Habían llegado unos templarios cubiertos de piedras preciosas y riquezas cuantiosas, ya que
los reyes preocupados por la cuna de su fe habían invadido los desiertos con sus estandartes
y luego de igualar la crueldad que planeaban aniquilar, usurparon sus santuarios, los
recintos de sus deificados vicios, violaron a sus sibilas y matronas y dejaron la cruz del
odio y muerte en su cadáveres.
Trajeron de allí, para que fuesen traducidos, extraños y llamativos grimorios con dibujos de
diablos lujuriosos con vergas ardiendo, breviarios heréticos escritos por sacerdotes que
perdieron la cordura en el último habitáculo de la demencia más sórdida.
La misión de estos monjes era trascribir las obras, mutilando las partes que según el
concilio eran un pecado en y contra dios al irritar la carne, desechando las obscenas y
pecaminosas por el vuelo libre de la imaginación.
Un joven al que recién habían abierto las puertas luego de largos martirios y vejaciones
para convertirse en devoto, le encomendaron traducir una serie de vademécums gigantescos
consumidos por el tiempo. Algunos se deshacían en las manos, por lo que la atarea era
compleja. Se le entregaron tres de estos y se le dijo tajantemente que a más tardar a la hora
del te demum estuvieran listos, pues la homilía no podía retrasarse.
La luna se sorteaba temblorosa la oscuridad de la habitación donde trabajaba. Iluminado
por el frágil candor de una vela el hombrecillo acaricia los caracteres bruscos y a simple
vista ininteligibles en los cuales se encontraba un valioso saber. Oliendo la pasta de sándalo
impregnada en sus páginas, los pigmentos de la tinta, la heráldica delicada.
El primero que abrió fue un libro en hitita, estructurado a manera de tablillas que
componían lo que parecía un poema épico.
"-Y si concedes esta gracia, ¡oh diana!
En honor de ti celebrare esta fiesta,
Celebrare la fiesta y apurare la copa,
Danzaremos y saltaremos salvajemente,
Y si me concedes la gracia que te pido,
Entonces, cuando más salvaje sea la danza,
Todas las lámparas se apagaran,
¡Y haremos libremente el amor!1"
Por su mente paso el delgado sudario que envolvía la piel blanca del lirio, los incensarios
del harén, los cabellos perfumados ondulando en el aire y acariciando su mentón,
susurrándole deliquios que la virgen que le miraba desde la pared miraba con
desaprobación, sus ojos fijos le quemaban el alma y bajo la dalmática el fuego elevaba su
miembro. Paro por un momento para flagelarse por la debilidad de su espíritu al permitir
que esos huestes de idolatras y necrófagos irrumpieran su conciencia ascética.
A medida que se acercaba a los llamados a las divinidades de la fertilidad se veía en la
obligación de extirpar el fulgor de vida que nacía en el con salmos. Lllevab su lengua
áspera por la sed abrasadora a sus labios al narrársele las bachanalias, los convites de las
ménades, la revolución de las putas del harén.
La llama negra del deseo calcinaba su corazón de una manera tan grácil que no oponía
resistencia. Estaba fascinado con la heráldica, era tan distinguida y llena de ritmo que su
espíritu danzaba al tempo de estas aberraciones. Levantaban la escotilla de acero a las
campanadas de medianoche, desde ella podía apreciar la recamara en su totalidad el monje
confesor para supervisar las labores de sus devotos. La vida del monacato así lo exige. Miro
y recibiendo las bendiciones de su superior prosiguió.
Un libro de tapa en cuero con el rostro de un demonio llamado belberith -el filósofo- se
exhibida impúdicamente para él. Sobre el libro flotaba un vaho verde mortecino, expelían
sus páginas un olor dulce e inquietante. Los dedos se deslizaron curiosos por la línea del
dibujo que sobresalía gracias a su textura. Lo acaricio experimentado en sus entrañas una
indecisa calidez que se expandía por las extremidades.
Manzanas prohibidas, dioses cornudos y benevolentes con las manifestaciones innatas de la
esencia humana. Danzas orgiásticas, grabados de Hécate con felinos devoradores de
hombres cruzando a sus piernas desnudas, mezclándose la fuerza lujuriosa de la feminidad
del ser de la mujer y la naturaleza indómita del felino. Femineidad felina pensó el monje,
llamado por una mano delicada que se le enseñaba el verdadero Edén. Un súcubo jalaba
sus cabellos, concorvado la espalda, arqueándose ante el paso de sus manos como una
verdadera gata. Mas sus ojos lunáticos exponían su procedencia diabólica.
Golpeándose la cara se llamó a entrar en razón, no era posible que ese desfile de quimeras y
espíritus errantes estuvieran dirigiendo el burdel de su intelecto.
"yo te invoco consolador del hombre en las profundas tinieblas del exilio del paraíso".
Mentirosos, sediciosos, conjuradores, apologetas, camanduleros se mostraron favorables
ante sus suplicas, deseosos de servirle para escapar de la tranquilidad abismal de la muerte.
Aprendió de los sabios místicos sobre el principio de lo sangrado y lo profano, los límites
donde el pensamiento se disloca buscando estúpidamente la sombra de la materia entre un
numen bondadoso y dativo.

1 Poema de Gilgamesh. Conjuro a diana


Tantos compañeros que le ofrecían reinos y poderes inhumanos, la crueldad de negar las
pasiones y dictar teoremas para corregir la psique. El poder le corrompió, se extravió su
juicio, se sintió señor de los infiernos cabalgando al leviatán, dirigiendo las hordas
sanguinarias del averno, posando en su frente la corona del infierno con las manos abiertas
de cristo sosteniendo su sagrado corazón.
Reconfortada el alma al hallar complicidad en la fe que le exaltaba, no hubo avaricia ni
prepotencia, la crueldad se esfumo.
El vicio que corrompe la carne y el espíritu provienen de la supresión visceral de las
inclinaciones humanas, ninguno de estos libros le exhortaba atacarse a sí mismo, al
contrario, le mostraban que el caos que forzaba el movimiento perpetuo del universo era
vida que se creaba de la descomposición.
Se sentó a la mesa dando su carne como vino y su piel como abrigo para los elementales, a
las alucinaciones de la metafísica corrupta de los ángeles caídos, a las potestades del
infinito oscuro y aterrador, a los dioses despedazados que mueren tras las estrellas,
escondiendo su despojos en un resplandor glacial.
A la mañana cuando fueron a reclamar los libros para depositarlos en el vacío de donde
nunca habrían de salir, hallaron al monje con los ojos blancos, transidos de éxtasis,
desorbitados por el gozó absoluto y un gesto de infinita gloria.

El color de la noche:
Mis padres, ya viejos, quemados por el soplo helado del invierno, cansados del pan negro y
duro, me instaron a que me fuera a la ciudad y accediera a los beneficios que un noble
señor le ofrecía a papa a cambio de la virilidad y fuerza de mi juventud. El viaje estaba
programado para dos semanas más tarde, un veintidós de enero.
El mencionado magnate era un reconocido banquero al que -desde el más noble hasta el
pordiosero- le solicitaban préstamos que él se encargaba de recuperar exprimiendo la vida
de sus deudos. La labor que habría de desarrollar era sencilla, pero requería disciplina si
esperaba conseguir dinero de ello algún día. Iba a enseñarme a acuñar monedas, profesión
harto modesta pero respetable. Lastimosamente lo que a mí me volvía loco era el diseño de
gargantillas y collares, la elaboración de piedras preciosas con el color de la noche, ya que
considero que la fina línea del cuello de la dama es una zona erógena tan apetitosa que es
digna de llevar siempre algún detalle que exhiba sus virtudes. Tallaba piedras y las
colocaba en cadenillas con el oro de las monedas imperfectas.
El hombre que me instruían preguntaba por las cantidades que perdía con mi instrucción
por lo que sus deseos de convertirme en su sucesor fueron amainando. Vagado por las
calles, preocupado por el mendrugo de pan y la posibilidad de ser expulsado de la
residencia del tacaño sujeto ad portas del invierno me dejaban aterido. Fue en una de esas
travesías donde la vi.
Llevaba la ropita ancha, creo que era porque le gustaba que el viento surcara su piel, no
puedo estar muy seguro, observarla no me daba alientos para suponer tanto. Se sentaba
alejada de todos, en las raíces de los árboles, leía extraños libros de viejos con dentadura
roída por la nicotina,-vuelvo a repetirlo, desde donde la observaba no puedo afirmar
demasiado.
Alzaba sus brazos para estirarse y el sol -díscolo morboso y penetrante- le besaba en su
linda nariz y contaba sus lunares con la lengua. Mira en todas direcciones esperando una
sombra que no llega, un beso que furtivo se escabulle por sus muslos siguiendo luces
prohibidas bajo su vestido.
Me encanta la manera en que altiva eleva su mirada y deja caer su fuerza como un verdugo
sobre la boca que desea. La manera en que contonea su cuerpo vestida de hojas y fresca
como la lluvia en las noches solitarias. Pienso en ella en este momento y el cielo se nubla,
pareciese ser que la tormenta es el vestido que más se ajusta a sus curvaturas.
Pintores habrán querido asomarse al abismo de sus ojos avellana que traspasan el cráneo,
para mirar directamente allí donde nos duele, allí donde no hay caretas ni perfumes. La han
llamado bruja por largarse a la intimidad de la montaña a sumergirse desnuda en el rio, la
he seguido, no por morbo, solo por ver expirar a las gotas consumidas por su poros que se
expanden y se mesclan a la tempestad -no sé por qué continuo relacionando su cuerpo y las
gracias de este con la tormenta, es intempestiva de eso estoy seguro.
Se deja acompañar por bichos coloridos que se posan en sus pezones cuando aún esta
húmeda de ambrosia, les habla, les permite recorrer su talle, les dibuja con los pigmentos de
los frutos más jugosos del bosque, con tierra y cenizas. Le han llamado bruja por vivir
actuando en sentido contrario, en un mundo al revés, por sonreír y llenar de vida a quien
deja gravitar en el vaho de su exhalación, en quien posa sus ojos -¡oh sus ojos, cuantos
desvelos, cuantas lubricas pesadillas con ellos!,
Pero lo que a mí me vuelve en realidad un demente, en su cuello, un cuello para besar, un
cuello para morder, un cuello para recostarse como las nubes en las líneas del cielo.
Tiene cerviz de reina, yergue su linda cabecita sobre sus hombros, es un cuerpo sosteniendo
un universo de pasiones y tristezas, y el tallo -su cuello- es la más perfecta conexión de
fibras e hilos de cristal hilvanados en sangre y lágrimas que un orfebre puede concebir. Ya
dije que su mirada es un revolver, bueno, su cuello es la mano que sostiene el arma
homicida, he desvariado ebrio de cloral pensando en pasar mi lengua por cada una de los
huesos, haciendo música con ellos al son de mi lengua. Cuando eleva su cabeza tan alta
como los cielos, solo puedo pensar en escalarla para llegar al paraíso de su boca.
Soy un joyero arruinado, hago joyas hermosas con las lágrimas de natura, con los copos de
nieve que se tambalean sobre las hojas de los árboles, con la lluvia apresada en las
telarañas, escarbando en los osarios, con los huesos de los duques hice -en tiempos de
gloria- coronas de grandeza para los reyes, coronas de espinas para los mártires. Por ello
quiero posar mi más grande creación en su cuello, si lo conocieran entenderían mi obsesión.
Una esmeralda resaltaría con el color de su piel, una amatista tendría que buscarla en el
fondo de su tristeza, la piedra de su locura seria perfecta para su sensualidad, pero la que yo
deseo poner sobre su cerviz es la piedra roja de mi sangre.
He trabajo en ella por décadas, perdí el juicio, aun escucho a los insultos de la cordura:
"vas a quebrar, vas a quedarte sin sangre en tus venas"
Pero como un buen alquimista, no escatimo riesgos y sigo en la prosecución de mi
propósito.
Estuve a punto de morir en una ocasión en que la trasmutación fracaso, camine por la calle
pidiendo auxilio, el aire no me llegaba a la cabeza, y extraños dolores taladraba los
costados de mi abdomen. En el culmen erótico de la certeza de que vamos a morir, la
observe dirigiéndose hacia el bosque, camuflando por Selene que sonriendo, se escondió
tras la nubes para permitir su huida. Un rayo blanquecino y pario de la luna, resalto, uno a
uno, erizándolos, los vellos de su cuello. Desde ese día mi motivo principal ha sido
construir una piedra lo suficientemente hermosa para que sea digna de posarse en su cuello.
Ha llegado el día de poner a prueba mis talentos en la nigromancia y la mística, voy a cortar
mis venas para este torrente cálido -néctar de la vida- se trasforme en la piedra anhelada.
Debo dejar manar el cáliz de la vida sobre el caldero, lentamente, para así evitar que se
coagule y queden piedras inservibles. Siento un poco de sueño, pero estaré bien a la
mañana...

Es infame, su rubicunda forma se incrusta a la perfección en el vacío que deja su tráquea al


respirar -si fuese asesino desearía estrangularla- ; concibo una relación íntima con sus
demonios por parte del asesino que lo hace con sus manos, y dado esto, el cuello, que es
una región de estremecimientos y suspiros solazados, al posar sus manos el maniaco sobre
él, tacta la respiración interrumpida, el calor del cuerpo que muere conforme las fauces de
sus manos como armas se van cerniendo sobre él. El granate de su tonalidad es precioso,
hará juego con la furia de sus ojos.

¿Cómo dárselo?

Voy a trepar por su balcón, sin hacer ruido alguno pondré la piedra sobre su cuello, a
hurtadillas inhalare la exhalación de su aliento en el momento en que respire y dejare que la
respiración impedida le despierte. Como si alguien se alimentara de su aliento. Mirare
desde la sombra la coquetería con que lo analizara, la magia de su esplendor frente al
espejo cuando lo cuelgue sobre su cuello, luego, desangrándome en silencio, podre morir.
Purgatorio:
Se abre el ojo pineal, descendiendo en él, una luz espuria desintegra las prendas; parpadeó,
ahora está sentada al final de un largo corredor. Vestida por fragmentos desgarrados de los
rayos de luna empieza a avanzar.
Manos que quieren poseerla la palpan aproximándose desde más allá de los barrotes.
Gritos infernales proclaman el gusto de sus vagina, degustándola. El perfume de esta ha
quedado atrapado en su paladar, embisten con cólera, desgarrándose las uñas contra las
piedras enmohecidas cubiertas por el limo, golpeando sus cabezas contra el suelo.
El eco sanguinario retumba por los recovecos de las sombras, dejando caer una gota helada
por su cuello que va a extinguirse en sus caderas. El viento se cuela por el traga-luz
acariciando sus piernas, continua avanzando.
Le gritan su nombre, el de esta vida y las otras existencias superiores, la maldicen, claman
al nazareno venéreo por su condena inmortal, mancillan sus carnes con mórbido placer,
cercenándose y ofreciendo su piel para cubrirla del frio. El éxtasis por el perfume
destilándose en los recintos de la locura. Un dedo áspero acaricia sus talones.
Sin luz, la obligación primaria era distraer el pensamiento para no volverse loca. Lo que
enloquece a los hombres sumidos en el letargo largo tiempo no es el despertar, sino la
oscuridad abismal, el no ver absolutamente nada, la sensación de incertidumbre de los
primeros parpadeos luego del despertar.

Camina en línea recta por el medio de las celdas. Paganis, gente humilde, expertos en los
sortilegios de la desgracia, lograban sobrevivir escarbado huestes larvarios en el baldosín
tiznado de porquerías.

"oh, puedo oler tu coñito deshilándose en su sonrosada piel. Déjame morderlo"


(Risas estruendosas)

Unas gotas de semen caen sobre su frente lívida, transida de terror, mientras observa la
mano que sobre su cabeza juega con sus dedos.
"Estaban durmiendo. Nada podía hacerse, la casa estaba habitada por las tinieblas de los
hijos de la noche. Tenía que arder. No grites hermanita.”

"mis cuentas, ¿dónde están mis cuentas?


Lo he perdido todo, tengo que vender los órganos de mis hijos para comer. Esta glotonería
infernal que nunca me dejo...con especias quedarían bien...el invierno llega...tengo
hambre.”

"Mírame, soy un pedazo grotesco de las oscuras reflexiones de los suicidas. Mírame,
mírame y entenderás por que se tajan el cuello”

A lontananza del corredor una luz purpurea flotaba al final. Sentía la calidez.
Las celdas del final se abrieron súbitamente y los huestes que las ocupaban avanzaban hacia
ella como una llama negra que no se consume, exhibiendo retratos de dolor y angustia. Sus
gritos casi le rozaban, caía en su vórtice.
De repente abrió los ojos y junto así encontró un balde lleno de vómito, sentado de rodillas
sosteniendo su cabeza, un chamán le hacía señas en al frente, la creían perdida.
El hombre la miraba estupefacto, sabiéndola condenada. Se ha lavado el rostro en las
corrientes profundas del infierno, Está condenada, Será colgada en el crepúsculo, Sus
lágrimas engendraran la negra primavera. Siente los gusanos propagarse por sus cuencas
oculares. Iluminada Criatura de satán, te fue otorgada en tu altiva insania las palabras del
secreto de la naturaleza. Las cenizas de tu carne empañaran al cielo, la hoguera os aguarda,
serás quemada viva. En la ansiedad, tus entrañas las colgaran del prisma vidrioso. Será una
escena encantadora, prenderemos fuego a este escenario baldío, llorare y me masturbare en
las ruinas. Quieren quitarte la piedra de tu locura, Te han visto conversar con tus demonios
en la vigilia. Llamas por su nombre a la partícula de tiempo que nos liga. En los cielos las
sombras se atropellan para verte morir. En tierra santa la negra madreselva ira a sacarte de
tu sepulcro, volverás a la vida sin vivir, veras las ciudades consumirse en el fuego de su
infertilidad. En las sombras los hombres buscaran la salvación de sus culpas, cortaran el
dedo que los condena, os cortaran el alma. Habrá picos y estacas incendiarias esperando
por la carne virginal. Se reúnen los bufones para hacer reír a la peste. Grandes fiestas de
primavera que bendicen los cadáveres que toman el sol ll lado de las gárgolas. La campana
golpea el pecho vacío del hombre. No hay destino, no hay fin último, apilaran piedras para
evitar que irrumpas. Llamaran a sus sabios inmaculados para que estén noche y día sobre la
cuesta de la montaña. Ha caído la estrella del norte, recorre la última lágrima el desierto
amargo de tu rostro. Es hora ya de partir hacia los gritos.
¿Y vuestra liberación? La locura o la muerte.
Decrepito, sus cabellos azabaches se hicieron blancos a causa de un ardor divino, la
revelación le hizo ponerse de pie y saltar por la ventana.
Cuarteto de Jazz:
En la estación de trenes de leningradsky, centenares de personas llegan diariamente a
Moscú. Las estaciones de trenes -como cualquier otro punto de tránsito entre una puerta
cerrada por el hastió y otra verdad nueva y misteriosa que se entreabre tras la puerta de
salida -son lugares en que puede apreciarse la sutil y despreciada confraternidad nacida del
dolor humano, tanto como el renacer de nuevas fuerzas que elevan la mirada a la bóveda
desbordante de estrellas.
Es por ello por lo que digo que es un lugar de tránsito.
Cuando se dice "final feliz" nadie piensa en que la princesa engorda y el príncipe cae en las
drogas corrompido por el heroísmo derrotado por el destino. Pareciese ser ese el final. No
hubo discusiones. Igual emoción de trivialidad nace en mí ante la muerte. Se dice que se
murió, pero ¿qué hacen los muertos?, por lo que pregunto ¿qué hay detrás de la puerta que
se abre?
Impacto desalentando la energía vital, los gestos severos que se despedían tras el velo sutil
que circundaba la estación durante la nevada.
No se sabe que hay más allá, es inabordable, y el misterio muta, enloquece y se amplía en
lo inabordable. Donde se han revelado partes del rostro del infinito, la verdad se ha hecho y
entonces el misterio no tiene lugar. Se asfixia en el exceso de realidad.
Desesperados por el hambre cuatro músicos en las distintas puertas de la estación han
dejado el estuche sobre el empedrado, tocaban cada uno la música que exponía la melodía
propia de la era. El chirriar del vapor y el crujir de la contracción del hierro, las bombas y
las alambradas adornadas con los grandes hombres de los grande tiempos.
¡La estación más antigua de Moscú! Cuantas melodías la habrán recorrido, estallidos
atronadores de la voz de la masa deforme y llena de fauces que rugían de rabia y frio. El
crujir de los casquillos, el paso de los masacrados, ecos de victorias. Pero ello no era más
que el eco, la gente huía de ellos con el martilleo incesante, las conglomeraciones, los
grandes rascacielos para ubicar mejor el lugar en donde dejar estallar el cuerpo, pero el eco
perduraba. El eco de esta era no era otro que el de las masacres.
A veces este eco levantaba de su sueño a alguno de los niños narcotizados por el pegamento
que dormían en los trazos de rieles abandonados, en las escalas de la estación, bajo la suela
de los hombres. Los cuatro hombres tocaban sus instrumentos mirándoles pasar con sus
andrajos, se detuvo el crecimiento del alma merced a la expansión de la imaginación y las
formas grotescas, encorvadas, hidrocefalicas de esos vástagos desnudaban los teoremas del
siglo de la prosperidad, esta era la mueca de una raza que nunca fue más opulenta pero que
en términos espirituales jamás estuvo tan atrozmente vacía.
Se notaba que la brutalidad de los tiempos vortiginosos del hecatombe nuclear deformo
fisiológicamente a la especie, todos lucían atrapados en sus propios huesos, pequeños y
temerosos. Ellos, hambrientos, recordaban a las grandes y luminosas mentes pre-claras de
los rusos -como un sol negro, creador de desasosiego- dejándose morir de fiebre por sus
inalcanzables anhelos de un móvil demoniaco que les perseguía. A los rusos, con filosos y
brillantes instrumentos quirúrgicos, les extraían el miedo. Ese gusano grotesco cuyo
temblor hacia vibrar al cuerpo hasta hacerle imposible gritar para dar rienda suelta a los
instintos.
Esta era la última presentación de algunos de ellos, saldrían de la cuidad, devuelta al
campo, preguntándose si de tantas bienvenidas y recibimientos cálidos, rupturas nebulosas
¿quién habría de acordarse de ellos?, ¿alguien les daría la bienvenida a los pordioseros a
quien nadie extendió la mano ni miro a los ojos en el otro lado de la vida?
Le habían diagnosticado leucemia a otro, el hostal donde se quedaba se derrumbó por las
inundaciones que literalmente deshicieron los tabiques de concreto. Estaba en la calle y las
ventiscas que anunciaban la llegada del invierno barrían con sus pulmones. Escupiendo
sangre en su saxofón cada que trataba de alcanzar una nota alta, se deleitaba con las últimas
presentaciones.
El contrabajo no resistía, el alma del instrumento estaba a punto de romperse, y era comer o
repararlo, así que la última nota se acerca. Caminando hacia el centro de la estación, unos
para dejarla, aquellos para buscar un lugar silencioso para morir sin pompas, se cruzan
entre ellos.
De las veces que mendigando se deslizaron por estos andenes jamás se vieron. Un impulso
natural les invito a desenfundar sus instrumentos, ya el dialogo entre las almas se
entrelazaba en espirales de luz y fuego más allá de las membranas que juntan los mundos.
Tocaron su última gran obra. Interpretaron "Ghost of a chance" del saxofonista triste.
Escupiendo sangre sin dejar de exhalar se desplomo el saxofonista a la luz del alba. Débil,
sin dar vuelta atrás, sepultado por la nieve, la debilidad por la carestía de abrigo y alimento,
le helo el corazón llenado su instrumento de cristales de nieve que le hacían su bien
merecida despedida de corazón. De los bondadosos ha de ser el reino de los cielos, y los
únicos cuya bondad en sincera es la de los pobres.
Ahora el tren se los llevaba a ellos, las despedidas lucían distintas desde aquí, como hubiera
lucido el mar si el pianista del océano hubiese bajado del océano de medusas rojas
volcánicas de la sapiensa de Tornatore, de igual forma se vería el cielo desde arriba,
infinito e inagotable.
Cotidianidades
(micro-relatos)
Una Sombra sin hombre:

"¡Oh, suficiente sol! lejos y asolas en medio de gente extraña"


Ezra Pound

Contemplaba a su sombra buscarle por todas partes; estaba escondido del sol bajo la cama,
recostado en el suelo disfrutando del fresco.
Hizo silencio y observo a la luz del sol moverse a tientas en la oscuridad como queriendo
encontrarle. El, un hongo, alimentándose de las bacterias de su descomposición no deseaba
que se le encontrara. Pero ella se acercaba, despacio, sin afanes.
La había estado evitando desde que empezó a quemar, se posaba sobre la piel y en verdad
quemaba. Eran propensos los golpes, el insulto y ese aire sobrecargado de frustración.
Se movía por las sombras cruzando los brazos tras su espalda para que no se expusieran, la
facilidad para comprender su movimiento por el mismo de las sombras, en sus misteriosas
ululaciones le guiaba. Chistosa cucaracha desplazándose sobre las viscosidades e
inmundicias que oculta la oscuridad.
Cuando le tocaba parecía que le hubiesen puesto un cigarrillo sobre la carne desnuda, le
miraba con furia y le gritaba:
"por vos es que hay vida, si concibo el plan para fulminarte, se acaba la vida, y la vida me
gusta..."
A la sombra de los arboles las corrientes de aire caliente le encontraban y el sol moviendo
las hojas con el suave céfiro le observaba curioso mientras leía.
En novelas policiales leyó sobre un hombre al que habían sepultado en la nieve, y por la
presión de la misma, al moverse, cortaba. La nieve fue descartada, pero de repente, se le
ocurrió el sortilegio que le daría jaque al sol. Iba a enterrarse en las raíces de un árbol, en lo
más profundo de la tierra húmeda. Haría con sus piernas y brazos un refugio similar a un
capullo para contraerse por fin tranquilo.
Una crisálida de semen y fuego que busca nacer en la oscuridad. Contento y Beodo
tarareando sinfonías de Mahler, desaparecido en los delicados hilos de cristal que
envuelven las tinieblas de la piel del poniente.
El fresco olor de las hojas que caen en otoño sobre la lápida vacía, simbólica. Un sol
condenado a temblar aunque el fuego de la hoguera le lamiera los pies, deseaba arder en
las llamas del sol negro de Heráclito.
Estaba gritando desde sus adentros como si hubieran amputado los miembros, le han
arrancado los labios, y solo este crimen inocente podría hacerle libre. Ha cerrado las
ventanas para que no entre, nadie ha de escucharlo, está enterrado vivo en la raíces de un
árbol que se encuentra en la noche silenciosa. El sol seguiría reinando, pero el, amante de la
noche, reinaría en los ultramundos, en los campos de hongos, sería el señor de Aralu.
Las propiedades esenciales del cadáver que vive allí darán a las flores un aroma exuberante
y un color de pesadilla. Los frutos serán jugosos y de piel suave, serán hermosos como
ningún siglo pudo hacerlas. Los árboles se alzaran sobre el firmamento, atrapando a las
estrellas entre sus telarañas. Las vides serán robustas y se desprenderán ahorcadas por la
rama que las sostiene, serán de una acidez estupenda para un buen vino, serán perfecta para
un elixir narcótico para las fantasías.
La esperma de sus elucubraciones cubrirá de roció las nibelungos y su canto junto con las
demás flores que crecen. Se elevara sobre su metamorfosis un jardín del Edén al que Adán
pueda retornar, y sus gracias y placeres serán la semilla del genio infernal y sensual que en
el cielo llaman locura.

Belleza interior:

Noto que en su cuello, cerca de la tráquea, pequeños bultos se movían si restricción,


subiendo hasta perderse en las modulaciones de sus palabras. No le dio importancia puesto
que llevaba un pañuelo, lo que le dio la certeza de que era solo el movimiento de su
tráquea.
Conforme fue engullendo su plato, noto que tragaba pero el movimiento de los múltiples
bultos seguía. Trato de no darle importancia a un hecho intrascendente ya que desde hacía
mucho no conocía a un hombre que la hiciera sentirse agitada por el solo hecho de tratarle
bien.
Bebieron buen vino, el hombre era de modo, por lo que pago él la cena impidiéndole que
sacara un solo centavo. Caminaron de la mano observando el rio donde algunos vaga-
mundos se refrescaban en una noche que era sofocante, ya lo anunciaban en las noticias
vespertinas. Flotaban las ratas muertas sobre las hondas siniestras dela gua gris. Afable y
cortes por su tacto, era un hombre culto, hablaba tanto de una cosa, como al instante podría
hacerlo sobre otra. Estaba entretenida, pero más que ello -suponerlo era hacer de él un
payaso- intrigada, quería que siguiera conversando distraído e infantil con esa voz suave y
esa boca que sostenía la vibración de las palabras entre sus labios antes de expulsarlas
junto como el aroma de su cuerpo. Puso su cabeza en su hombro cuando se sentaron en el
parque a contemplar el cielo de invierno en armonía con el frio.
Llevo sus dedos hacia su cuello, se asustó y los alejo enseguida. Corriendo su cuerpo hacia
el costado contrario de la banca, le miro asustada, pero el, mirándole de soslayo con la luna
igual que el filo de un cuchillo en sus ojos, le atemorizo aún más. Se acercó
maquinalmente, alzo un poco su jersey y puso la gélida yema de sus dedos en la piel
desnuda de la cintura. Un agradable escalofrió recorrió la espalda. Estallo uno, dos y tres
besos, haciendo que perdiera la conciencia sobre el terror que minutos hace poco suicidados
le poseía.
Llegaron a una habitación en un hotel del centro al que nunca había ido u oído hablar, el
lugar era completamente blanco, sin definiciones, ni mamposterías, solo un infinito
cuadrado multidimensional que se extendía entre pequeños hombres rojos en cada uno de
los propileos que se encargaban de las maletas estirando la mano frenéticos por propinas.
Subieron las escaleras, entraron a la habitación y arrancando la ropa, le dejo desnuda.
Se paseó por la habitación con un pitillo prendido, deleitado del cuerpo de la dama, estático
sintiendo el viento helado que entraba y movía las cortinas jugando con la luz que se
derramaba sobre sus pliegues, intimidades, pecados.
Apago el cigarrillo contra la pared y se lanzó hacia sin ella, con el pañuelo puesto. Ella por
la arremetida feroz del sujeto no lo noto. Pero a medida que acariciaba su cuerpo advirtió
los bultos con su mano izquierda cuando quiso besarle en el cuello. Recordando en ese
instante las diversas imágenes que de la noche del inconsciente acudieron como
complemento a su morbo, o los complejos o lo que fuese, le hicieron volver a padecer la
intranquilidad.
Le pidió que se lo quitará o se marcharía al instante, él lo hizo, pero antes de que pudiera
gritar, en ese instante donde el gusano grotesco del terror vibra en la frente, del cuello del
sujeto empezaron emanar cucarachas, grandes, pequeñas, monas, voladoras, en todas
direcciones, inundando el lugar. Para cuando la mujer quiso correr, ya estaba sepultada.

La segunda voz de Gardel:

La mama le cantaba viejas canciones infantiles, de esas que su abuela recibió de la esclava
que le cuidaba haciéndole dormir con dulzura en sus brazos bajo las palmas. Rememoraba
sus tierras, las luces perdidas de los senderos en las pampas que se desvanecían en las
brumas, aquellos que regían la voluntad del tiempo.
A su vez ella se las canto a un mozuelo de cerviz recta, manos ásperas por el azadón,
cuando contra su pecho la estrechaba rezumando igual que una divinidad de la fertilidad y
con su mirada traviesa esculcaba en la piel.
Creció en los arrabales, maravillado de los embarques que traían a los emisarios del exilio,
enviados para un incesto divino de las esencias del pueblo, la conflagración no se hiciese
esperar. ¿En dónde nació?: donde la rabia le hizo consiente, lo demás es historicismo.
Junto a la prole, con su miseria y los valores deformes que engendra, con el sincretismo por
fe, ese hermoso rito de la vida a lo largo de las eras. Llevan flores al altar, el hombre
entierra a sus crueles ídolos y sobre los ámbares etílicos florece la herejía, afable inocencia
de la naturaleza. A esos acompañantes intangibles condenados que eran adorados en los
hogares, a ellos canto con la garganta desgarrada cuando la incertidumbre hunde sus
dientes en el cuello.
El desencanto le hizo propuestas de grandeza y hablándole a su alma, y al espíritu
acompañante de sus abolengos abrió el alma.
Se tornó seguro y galante, las mujeres le miraban entregando el rojo pañuelo de sus
fantasías, la fama -diosa puta- le hizo un bohemio de milongas, flujo y gemidos lúbricos. La
apatheia a través de la carnalidad visceral.
Maldito, un orfebre de su desesperación, meditabundo y consumido en el insomnio,
escucho una vieja grabación de una de sus canciones en la zona en un burdel, en ella
conjuraba, sin sospecharlo, entre palabras se formaban anagramas cifrados que al poner
atención a lo pasmoso de la voz, le produjo un escalofrío que subía por su nuca.
Se hizo entonces notoria una segunda voz, contenida en el sonido de la suya y que hablaba
a través de ella pero con total autonomía; tomaba los matices y los recomponía
manifestando un dialecto propio...se expresaba con ellos, presente como un coro en cada
canción.
Era robusta y ronca, se asemejaba a la voz de los ancianos que se han sacado callos en la
garganta de beber en cantidades alarmantes el buen Bourbon con Jim beam. Por instantes
desarmonizaba, sin dejar de ser voluptuosa como el dolor.
Poniendo una mano en su pecho donde el corazón le dolía advirtiendo algo, una voz desde
las tempestades roso su lóbulo, sosegándolo, una presencia calidad con quien sus instintos
trastornados languidecen.
Sin palabras comprendió el lenguaje y reconoció la voz que desde su interior le hablaba.
"he venido por lo que es mío".
Eran uno, viandante de sus venas, corría con su sangre hirviente, profanaba sus carestías de
inspiración, insuflándole confianza, ahora la llama le devoraría su alma, su cuerpo.
El nombre retumbo en su cabeza:

.-“Soy Toufel, el que cae.”

……………………………………………………………………………………………………………
Ultima hora:

"Se trataba de un día corriente ese 24 de junio de 1935.


Una tarde lluviosa y fría, en el que trataba de buscar radioaficionados nuevos y en forma
sorpresiva apareció un sonido en el auricular (en aquella época era lo que se usaba) de una
estación de Medellín que llamaba a Buenos Aires con urgencia. Al constatar que nadie
respondía desde aquella ciudad, pensó que la recepción iba a ser dificultosa para los
radioaficionados argentinos, por tratarse de una gran urbe. Entonces se animó a contestar y
logró que lo oyeran.
.-Te oí Uruguay, pero no sé bien quién sos.
Y cuán grande y penosa fue su sorpresa, cuando le alertaron en forma totalmente
inesperada sobre lo siguiente:
.-Te comunico a ti para que hagas llegar a Buenos Aires, la noticia de que en una tragedia
de aviación, hace 20 minutos falleció el barítono Carlos Gardel.
Esto ocurrió a las 18 horas 25 minutos, lo tengo documentado.

La peste de oriente:

"Noé: Entra tú y toda tu casa en el arca; porque a ti he visto justo delante de mí en esta
generación.
De todo animal limpio tomarás siete parejas, macho y su hembra; mas de los animales que
no son limpios, una pareja, el macho y su hembra. También de las aves de los cielos, siete
parejas, macho y hembra, para conservar viva la especie sobre la faz de la tierra. Porque
pasados aún siete días, yo haré llover sobre la tierra cuarenta días y cuarenta noches; y raeré
de sobre la faz de la tierra a todo ser viviente que hice"

Consternado por el mandamiento de la providencia, Noé se dispuso a cumplir con la


exigencia que el llamado le impelía.
Empezó la construcción de una prominente Arca con las medidas dadas por el señor, en la
cual ya terminada, para probarla emprendió un viaje.
Tenía ya seiscientos años Noé, pero gozaba inocentemente de las aventuras por venir. A
bordo de la colosal creación, viajo por los confines, desde los casquetes polares y sus
hombrecitos de mirada afable, cazadores feroces y sabios en la noche eterna donde
alumbra la estrella del polo. Recorrió el océano tentado por el canto de las nereidas,
acercándose de vez en vez para recoger las debidas especies y descansar en las playas
vírgenes.
Encontró animales exóticos, los cuales por raro que le pareció, guardaban grandes
parecidos con los advocaciones malignas talladas en la piedra limpia de cientos de templos
conocidos en travesías con su padre. Dialogo en el lenguaje gestual con eminentes
brahmanes y sabios, dándole sus vedas con la quintaesencia del placer, gentileshombres de
tronos destrozados donde retumba su carcajada de hiena. Compartió con ellos el mirifico
regalo de los lagares, el vino de la ultima cena y prosiguió su recorrido.
En las selvas los nativos le trataron con delicada amabilidad -siempre que no atentara
contra su cosmogonía-, le dieron a probar el jahe, bailo con vibraciones estrambóticas
recorriendo sus viejos huesos al retumbar de los tambores y el rugir de las bestias.
Deleitado, ebrio del dulzor de las frutas, delirando al tacto sobre la piel.
Cayo entonces en cuenta de edicto celeste, en el cual no se contemplaba a las plantas.
Horrorizado, corrió en busca de la esencial hoja de marihuana para los brebajes
medicinales, los cuales también excitaba a la profunda reflexión.
Tras esta primera impresión se cayó en cuenta - y el hacerlo le devasto- sobre la semilla de
las vides que le faltaba en la carraca. Como olvidar el regocijo de la sangre fermentada, la
lagrima de placer de Baco precipitada a la tierra, el regalo prodigo de los paganos y
cronistas que le alaban amenamente.
Busco y busco, más no encontró.
Faltaba escasas horas para la consumación de la hidrogonia anunciada, pero Noé, sediento,
deseaba ahogarse en vino.
Emprendiendo la marcha hacia donde le esperaban mirada abstraída en las nubes
gigantescas que empezaban a reunirse y girar en el zenit del cielo, alterada su tez noble por
el desasosiego.
Con las primeras gotas heladas que caían sobre sus cabellos blancos, se sintió un tanto
aliviado, pero la sed irrefragable le volvió a ensimismar. La lluvia que trae la vida de vuelta
con su caldo primigenio, dejo caer la semilla en sus manos.
Durante cuarenta días y cuarenta noches llovió y llovió...
El fin del castigo del divino miembro a sus ovejas descarriadas les permitió descender del
Arca, en el fango se revolcaron alegremente, saciando la sed del cuerpo.
Noé bajo del buque y planto la viña en la tierra anhelante de parir vida. Loado sea el santo
barón por entender las virtudes del néctar celestial. Letanías y cantos demos al señor para
agradecer por el favor que socavo la sed infinita de los dipsodas.
Vaga-mundo:
venga muchacho...venga. (Le silva)
Venga ruñase este pedazo de hueso. Después nos vamos a tratar de vender esta chatarra
donde el ñato. Camine que yo allá le doy agua, no sea terco. (Se saca otro resto de hueso
del abrigo raído)
Vea...pero si camina.
Los arribistas se robaron el cobre de las extensiones y ya no le dejan a uno andar la calle
buscando espacio para dormir, guerreando. La cantidad de cosas que se encuentra uno
cuando camina sin afanes, esculcando entre la basura. Se aparecen billetes en el suelo.
Restos de sangre seca dejando huellas en las aceras. Joyas, cartas de amor. A la basura van a
parar los objetos de valor del reino de lo inesencial. Todo se lo meten en el bolsillo y creen
que eso es de ellos. Se meten otra vez la mano al bolsillo y no hay nada, ya otro se está
comiendo el pan.
Me siento en estas bancas de sol a sol, arrastrando los desperdicios del derrochador. Me
huele la sombra el perro, al que le han dado tanta pata como a uno. Este flaco, chilla por las
noches por que las bacterias lo pudren y él lo sabe. A su lado sobándole el hocico yo me
pudro de hambre. La ansiedad me da arrebatos de fumarme la piel.
Se el sol es infernal lo echan de la sombra, se apropian de todo, menesterosos de propiedad
para cerrarla al paso. Y uno que nada necesita, le tiran piedras.
Las lluvias son otro cuento, hace fresco, la miseria general se va a las tripas, indigestando
las percepciones. Se abren el bolsillo y le sueltan la moneda que se caerá detrás de la silla.
Salud por el que la da sin remilgos, pero hay quien se abraza al valor inexistente del oro y
la plata.
Por acá se ven sabios, señores muy ilustres que han estudiado la geometría de las estrellas,
matemáticos conocedores de las formulas perfectas para el orgasmo. Individuos cansados
que se han venido a vivir a las calles, porque aquí rapidito el que es comida fácil se lo
comen y aquel que quiere desaparecer de la faz de la tierra puede hacerlo, nadie viene a
buscar sus perdidos entre los que deambulan la urbe. Pero no crea hombre, se apuñalan
silbando estribillos de canciones carrileras, por eso en el infierno nos llaman los buenos
vividores y allí seguimos sin pena, porque el gozo momentáneo lo expiamos padeciendo el
mono rumiando en los escombros, en la carroña de las guerras cual estraperlistas que
buscan objetos de valor en los cadáveres de los caídos, escuchando desde el silencio las
narraciones de homicidios. Escondidos tras la densa estela de humo donde como matriz se
incuban desertores de las luz, engullendo el vórtice de bazuco donde se deforman las
fronteras de lo racional, lo concebible.
Se los llevan en las noches, metiéndolos en costales, arrastrándolos hasta donde uno no
pueda verlos. Lo han estado haciendo en todos los sitios de donde nos han echado. Sin
mucho ruido, les compran las dosis, aquí se han acostumbrado a vestir de civil al que tiene
que hacer los mandados. Trascurren en ciudadelas subterráneas vendedores de lo perdido,
lo extraño y lo dantesco, razas de humanoides que se arrastran en el hedor. Pero el que no
vuelve se nota en los sitios donde no se le ve.
Los tiran en los ríos, lejos, en pueblos donde tampoco los quieren, entonces los matan, con
ese humor patibulario, la gracia del verdugo, juegan con su sufrimiento y le ajustician hasta
saciar la sevicia.

Estas hojitas las dejo por ahí regadas en sitios donde se puede dormir.
Los lugares son tan ridículamente obvios que nadie los coge, pura asura, basura, basura.
Ella es la finalidad, la muestra aterradora de la repugnante banalidad de sus persecuciones
que no son naturales ni necesarios.
¿Qué pasaría si no se la llevaran?... la basura digo. Nadarían en ella, revolcándose en la
virulenta materialidad, cargando sus desperdicios hasta ser aplastados por él. Como si
estuviesen dentro de un reloj de arena y cada gasto innecesario –consumismo en la era
donde nada nos es entrañable, la era de la ligereza ignorante como virtud- iría llenado el
recipiente que contenía la arena en otro tiempo, ya no sería el tiempo el que nos fulminara,
lo harán los restos de preocupaciones extenuantes por la consecución de dependencias.
Escarbo en ella, encontrando artilugios de películas de terror. A los rusos, con filosos y
brillantes instrumentos quirúrgicos les extraían el miedo. Ese gusano grotesco cuyo temblor
hacia vibrar al cuerpo hasta hacerle imposible gritar para dar rienda suelta a los instintos.
Se ves arrastrándose gusanos de esos, metiéndose por el ano del superhombre en las cimas
de su perfecta soledad. Llevan más de uno, se aparean en sus entrañas y en ellas
permanecen, trasmitiéndose como una peste de miedo. Esta ha hecho de los sujetos
magníficos imbéciles siempre dispuestos a unirse al acabose del fin del mundo.

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Oficial, mire como ese perro le lame la mano a ese gamín muerto.

Comedores de Sueños:
Le seguí de cerca, si el sol lo lleva a sus espaldas, se le adelanta y se escabulle entre la
multitud para que él no pueda verle. Camina cerca de sus pasos, atado sus pies, siguiendo
sus huellas. Si se hace de noche solo puede vérsele avanzando a zancadas sobre los tejados
manchados de sangre. Corriendo entre las ventanas, saltando de habitación en habitación.
Enloqueciendo por alcanzarle, se sienta a columpiarse en las ramas del árbol que esta frente
a su ventana, viéndolo dormir toda la noche, esperando que muera o se suicide para
apoderarse del cuerpo. Le tapa la boca mientras duerme, tratando de frenar el paso de aire,
frenético por hacerse real. Más, cuando ya ve, que el cuerpo tranquilo no se resiste a morir,
asustado se esconde del sol que no tiene piedad de los pecados y todo lo evidencia con su
lumbre falsa.
Ha sido enviado desde el Oneiroi, donde descansan los engendros sin cuerpo, las sombras
de los asesinos, los sueños de los suicidas. Este castillo abandonado de blanco mármol que
se sostiene en el erebo que sueña en el vientre de la noche, donde Hipnos y thanatos corren
tras de sí jugando con los dados de la existencia, donde confluyen el sol y la luna siempre
sin tocarse nunca, desesperados por poseerse en una orgia maniaca de esencias enfermas.
Le sigue, siempre de cerca, nunca ha sido descubierta, ya que al girarse sobre sus hombros,
él se proyecta sobre otro muro. Es una bestia parecida al Bakú [devorador de sueños]
hambrienta de sus pesadillas, las cuales alimentan la sed insaciable de lujuria y
depravaciones de phobetor, quien desde un pináculo en el lado oscuro de la luna, le indica
la yugular del soñador para que clave sus dientes.
Cuando el cuerpo ha muerto, la sombra se libera, y vaga por las ciudades en busca de otro
espectro con el cual copular. Conjura con otros para tomarse el poder del séptimo plano
astral, y desde allí, aniquilar a la raza corpórea, tangible.
Están al acecho, son quien mejor conocen nuestras infamias, se relamen cuando se percatan
de una confidencia ignominiosa, un crimen infausto.
Desde la oscuridad que les cuida y guía sus pasos, están esperando por el día en que muera
el sol, y así poder dejar que la hoja deseosa de carne, se deslice sobre las curvaturas de los
cuerpos cálidos. Siempre tienen frio, por ello odian al sol, pues han comprobado que su
calor no vence al desosiego, que aun después de la muerte, sempiterna miseria los consuela.
Tiemblan y se difumina, haciendo pensar que se ha ido para siempre, mas vuelve al
instante, olfateando la respiración agitada. Si das vuelta en este segundo puede que tu
sombra esté intentando apuñalarte.

Me conto mi abuelo:
En una ocasión, tras una de las ondulaciones de la montaña, la luna llena de golosinas, se
lanzaba a los valles.
Las pupilas dilatadas entronizaron la niña mimada de los cielos nocturnos, pero millones
de luces sobre la faz de la montaña, igualmente, titilaban. Muchas se apagarían y sobre esta
una nueva con fuerza renovada ocuparía su lugar.
Durante mucho tiempo busco nuevos luceros de la montaña -como ella gusta de llamarlos-
esperando encontrar el cadáver de alguno o el feto de un nuevo esperpento luminoso.
Miraba y miraba hasta quedarse solo, acompañado del silencio de la cima de la montaña.
No, no subió allí queriendo fingir ser otra estrella, lo hizo a sabiendas de que desde allí el
cielo se expandía para él y podía comentarle sobre los astros prófugos.

"fíjate bien, cada luz es una tentativa de vida. Millones de destinos, huellas y caricias. Cada
luz es un hogar donde habitan luna-ticos, artistas de lo infame. Aunque no lo sabes, desde
alguna de estas luces alguien observa hacia esta lugar, buscando -como tú- una llama de
fuego excéntrico que llene su vida."

Ha si las palabras le alcanzaran...


Muchas, muchísimas veces busco esos ojos que con anhelo y rabia, aquellos ojos que
esculcaban en las penumbras. Confundió varios de estos luceros con los ojos que le
acechaban. Pero en vano.
Quien iba a creerlo, en una de esas estrellas lejanas, refugiadas en la luz que calcinaría a los
cobardes, alguien extrañaba, deseaba, suspiraba. Escribía en bolígrafo sobre la espalda
leprosa de la muerte que tantos han arañado buscando aferrarse a la vida hasta una nueva
aurora, ¡que falsas flores!
Le dedicaba canciones de amor al cielo, una niña hermosa esperando a su sapo azul,
dejando escapar quedos suspiros que su sombra replicaba. Un lugar sin espacio por la
cercanía de los cuerpos que se gozan; sin tiempo por la embestida de cometas en besos,
lenguas satánicas, terremotos de sanciones que hacían tambalearse a las rodillas.
Lejos, lejos en la constelación del promontorio lunar, alguien le deseaba. Fue una búsqueda
voraz, rondo la demencia, pues el profundo hartazgo era inexorable, y negarlo equivalía a
negar de igual forma los deseos que le sostenían al borde del precipicio.
Hallo a un bichito hermoso que frota sus piernas para hacer música que le tienta, sin ella
saberlo. En la luz diáfana del alba, desde un punto indeterminado donde las líneas de los
caminos perdidos por el desastre vuelven a unirse, a converger, una mano sobre el pecho le
decía al corazón:

"he aquí el nuevo día, puedes dormir ya tranquilo entre mis brazos"

Cotidianidades:
La vida para aquellos engendrados en la guerra era la disputa de los lobos por las migajas
en el osario. Para comer hay que vender horas de la vida que luego se gastan por objetos
menesteres a la subsistencia. Se pierden de la lluvia de noviembre que deja los parques
desolados mientras los árboles se contonean en su ululación de euforia. Celebran la llegada
de la lluvia que revivifica.
No es su culpa, como tampoco la tuvo Jaime al dejar de estudiar para comer. Papa limpiaba
zapatos, no hay vergüenza en ello ya que no que hay protección indigna si no mal
remunerada. Legado el saber prometeico de las llamas vivió tranquilamente de esto.
Cuestión de suerte, azar o destino... Morir en un desierto luego de la pesadilla...todo
suerte...devenir. Esta le sobo la frente a Jesús.
Se graduó de licenciado en...., amigo entrañable de Jaime, solía decirle cuando este le
lustraba los zapatos que eran contrarios en sus ideales más elevados pero que de faltar el,
perdería a la única persona con quien se podía conversar. Reunidos en el corredor de las
cafeterías de la universidad desde pelados, allí envejecieron, se jubiló el trueno que ya no
estremecía sino de vez en vez a los incrédulos.
Esa tarde llovió. ¿Quién diría que sería la última vez que Jaime lustraba los zapatos de
Jesús?
A diario se representan para nosotros elegías magnificas en las que un hombre vuelve a
rendirse ante el destino. Crímenes gigantescos, tan rápidos y precisos que no hay tiempo a
lamentaciones.
Variedad de rostros sin orden, deformados por la desgracia multiforme, desconocidos,
desfilando ante los parpados cerrados que ni así entrevén la luz trascendental propia.
Un orden que pareciese natural descuida su esencia deforme, y entonces se le apuñala
repetidas veces hasta que los surcos no permiten que nada se camufle entre los tirones.
Creen en esto, y en ello reside la capacidad de adaptación que ha ido adquiriendo. No puede
matársele porque siempre hay un romántico demente de muertes heroicas que intenta - y
gracias a quien sabe que numen- se le entregan las llaves de los recintos del gozo.
Conviven creando vínculos en que no intervienen los espíritus, se integran por millares
manteniendo la calma ante las tormentas violentas, no se quiebra tu tallo.
Impasibles, indiferentes de sí mismos y de los penonomeños que operan y se suceden en el
alma, la cual ha aprendido ya hacer la simbiosis en la inmundicia. Es tan frágil, tan volitivo,
son demasiadas pasiones pérfidas, conciencias inconscientes afirmando y perorando, por lo
que es sorprendente que no estalle en mil pedazos sin dejar cenizas para resurgimientos. Sin
embargo, si la dama que ha pasado captando mi atención con las redondeces deliciosas de
su culo durante el recorrido del camino ordinario dejase de pasar, el lugar, los rostros, todo,
dejaría de ser.

La lámpara de Diógenes:
Busco a un hombre -grita el vagabundo alzando un trapo humedecido en grasa animal
mientras e acerca al rostro de los allí presentes- Busco a un hombre, donde puedo
encontrarlo -continua gritando.
Se acerca un individuo que llevaba una libreta en las manos y le pregunta:
.- ¿así que eres escritor...?
¿Qué haces por estos lares?
¿Buscas historias para narrar...?
Sabes, si tienes algunos pavos para un J.B podría contarte algunas. ¡Fantástico a por él!
En estas calles que ahora ves, con sus luminarias fluorescencias que revelan los pecaditos
que se comente furtivamente, antes eran transitados por la calaña de los leprosos, maniacos
abandonados al albedrio del alcohol que se apilaban en los atrios para pedir monedas
apelando a la hipócrita caridad., pero hasta de la casa de dios le echan a uno.
Desde pelados veíamos a toda clase de personas frecuentar los parques. Las mujeres
emperifolladas con sus vestidos estrafalarios, revestidas de mallas hasta en cerebro
arrastrando al pobre guevon que se dejó llevar al patíbulo, digo al altar. El caminar altivo
del poseedor del secreto primigenio del mundo que hace arder la sombra del sol en la tierra.
Se trasmitía el asco endilgado de maniquí en maniquí, las niñas que ya pesaban más que un
perro, si...las colegialitas que son un encanto para la juguetona imaginación, se sentaban en
corros con su jolgorios lúbricos. Generaciones han pasado por acá observándonos como
desquiciados inservibles, un adorno se supersticiones sepulcrales, como si todos los vicios y
sus representaciones se interpretasen una y mil veces a las afueras de las iglesias.
Que lejos ha quedado…en el lugar donde ves ahora el puesto de los señores lémures de
verde, se estaban las chazitas de café y cigarros, de esas pequeñitas de lata que se arrastraba
doña clara desde el último refugio en el corazón de las guaduas donde pasaba las noches a
la falta de pensión para darle café caliente y buñuelos reciente hechos a los congregados
siervos del señor.
Desde ahí lo pueden ver todo, si uno le apetece un traguito de norteño enseguida se
precipitan estrujándole a uno los harapos para sacarlo. Aquí se reunían a beber sus filósofos
desvariando sobre el absoluto, sus poetas malditos -los mismos a los que ahora ponen
laureles cuando fueron a cagar en la tumba durante el sepelio-, provenientes de abismos
plutónicos, y además se robaron las flores.
Los coloquios de los borrachos eran el alma de los parques. Si esos sitios ya no son para
sentarse a conversar fumándose el indio y el bendito café -¡ese verriondo sí que hace falta!-
para dejar pasar los días, se han convertido en si en espacios negados. Esos días de sabor a
mango, la melancolía en tonos sepias del desfallecer boreal del equilibrio de la naturaleza
en sus arrebatos más sublimes durante los crepúsculos, sobreexpuesto la canallada, las
botellas de alcohol antiséptico. Una alevosía de la imaginación se engendraba en cada uno,
de allí que fueran espacios vivos, peligros para la sabía moral conversadora y su despliegue
espiritual.
Acá se vino a morir el ultimo mártir trituradas sus costillas por la camisa de llamas, al que
le privaron de vivir, llevándolo a la horca para que luego un snob lo desenterrar como el
glorioso héroe en su figurada muerte heroica. ¿Se habrán preguntado los historiados que
persiguen los pasos gigantez de los hombres celebres por los vagabundos que se reunían en
las plazas públicas; por los bebedores en su carnaval sobre la hoz de la muerte, los que eran
la perdición de las concubinas y las matronas?
No creas, también he visto a muchos que desertores de cruzar las manos y volvían rezar,
con la boca manchada de ambrosia y el corazón exaltado durante la confesión.
.- ¡Padre he follado!
Pero a todos nos sacaron y ahora lo ves. Solo concreto e iglesias.

La luz es la suma de toda la oscuridad:


"dejando tras de sí un cuerpo inmundo ante
Las fauces de la hambrienta tiniebla"
W. Blake

Deambulando en el vacío, marchaba un agujero negro, triste pues nadie quería jugar con él.
Corrían los cometas dejando su haz de luz de hielo y polvo hasta desaparecer tras los
anillos del gigante de gas, su presencia desequilibraba las fuerzas que mantenían en
gravitación perpetua a los titanes celestes; y entonces, el universo se volvía esquizofrénico.
Cuando quería sentir el calor del sol le decían: "¡aléjate!, ¡aléjate! tu cariño es toxico."
Había recorrido constelaciones sin encontrar a nadie con quien jugar, se deslizo por por el
de una galaxia cuando escucho el estrepito desde un rincón sin luz. Allí una estrella
agonizaba, con su grito enfermo le pidió que le cerrara los parpados, al hacerlo,
instantáneamente exploto y de un torrente feroz de luz, el cosmos se vio iluminado por un
microsegundo para hacerse de nuevo la oscuridad reinante.
Triste por perder al primero que le extendía la mano, ceso en su marcha y con las primeras
lagrimas que encharcaron sus ojos, presencio en la matriz de la vida usurpada por rayos
carmesís, una fuerza que nacía del cadáver de la estrella.
Atrayente, le arrastraba hacia sí. Volviendo la vista la vio emerger de la nada, de la nada al
mundo. Era un agujero negro pequeño, sediento de luz, abriendo la boca para mamar de los
cuásares. Se tropezaba entre destellos.
Confundido, el primero no comprendía como de una estrella podía emerger su propio
asesino. De la luz más pura de los astros que no alcanzaba a llenar los confines de la
inmensidad, de la belleza turbia la tranquilidad inmutable.
Deleitándose con su amiga, comprendió que somos la oscuridad que es luz, de dos vacíos
insoldable un vínculo se extiende inquebrantable vadeando la materia existente y las
realidades del delirio. En la oscuridad descansamos y recuperamos las fuerzas para retar la
fala luminosidades, en la oscuridad las alucinaciones nos brindan la iluminación.
Juntos en el eterno poniente de febo, decidieron marcharse juntos para descubrir que el
movimiento constante de las galaxias nacía en el vacío del corazón de un colosal agujero
negro, el cual concéntricamente arrastra inclusive al sol, tan soberbio y lozano,
omnipenetrante. Un inmenso agujero negro mueve las constelaciones, las galaxias y sus
vórtices de luz infinita, a la energía transmutándose y pereciendo.
Esos momentos de luz habrán de morir para que emerja de nuevo la oscuridad, luz
putrefacta a de dar vida a más oscuridad.

Lo trágico cotidiano (tragedia en un acto):


Un respiro...un respiro. (Se deja caer pesadamente sobre una silla vieja de esas que se
mueven hacia adelante y hacia atrás. el movimiento de la silla aumenta conforme aumenta
la desesperación)
Solo quiero un maldito respiro.
¡Que sí que te voy a dar para la carne!, ¡ya conseguí las monedas para el vestido de
graduación!, ¿necesitas pagar cuentas pendientes? (jala sus bolsillos con ojos
estrambóticos)
Aquí los tengo. (Saca cucarachas y aves muertas envueltas en hojas de plátano)
Aquí están, cógelos, paga tus maricas cuentas con ellos.
Le tengo repudio a la casa, en la lenta transición en la costumbre el trabajo se ha convertido
en el único medio de liberarme del estrés .Puedo esparcirme. Pero al volver, miro la
estúpida cara de tristeza de mi hijo, y se en ese preciso momento que ha visto esa grandeza
que arde en cimas solitarias, secreto de gravedad profunda. Si… ese secreto que nos
ideamos para reescribir una vida de insultos, cachetadas y engaños. No puedo ayudarlo,
sabrá arrogárselas solo, sino...en la vida siempre hay comida para los fuertes.
La niña grita, ¿qué quiere?, ¡que quiere!, le doy y quiere más y más, se llena de materia, de
dulces, caricaturas conductistas modelando su masa cerebral, y pide y sigue pidiendo. (Se
asoma a la habitación donde duerme el con su esposa y la niña ya de 11 años. La niña se
mueve de lado en la cama)
Mírenla, cuando abra sus ojo no pensara en dar las gracias, el autómata esta programado
para hacer estrictamente lo necesario, y estos de hoy en día no tienen cortesía.
Sé que me engaña –dice refiriéndose a su mujer. (La ojea detrás del velo que cubre la
cortina que separa la habitación del desorden de la sala)
Estas llamadas tan tarde, me creen guevon. Los medios están metidos hasta en la mierda,
chips y tarjetas. (Susurra que le debe el alma al banco, mientras se da la bendición. se
desajusta la corbata. El sudor le corre gélido por la frente. Tiene los ojos desorbitados.
Ojeras profundas)
¿Quién será el que la llama?
Solo eso me remuerde. Se ha convertido en un padecimiento. Habla tan tranquila, tan
apacible, la ropa esta tendida, lista siempre, la comida caliente, la cama fría: no puede
pensarse que pase algo. Se va fines de semana enteros, y la plata que se le deja al otro se la
fuma toda.
¡Que aspiraciones!
Leer basura sentimental de mariconas travestidas. Su inspiración provenía del dedo que se
metían por el culo. Vaya acicalamiento de las ideas. Todos drogadictos, deformes,
inherentes al vicio. Pero envidio los fornicios, la aventura.
Le he escuchado llegar borracho a casa. Desvestir a las musitas que le acompañan. Me
excita escucharlas gemir, son griticos suaves, dan sosiego. (Su rostro asume un gesto de
tranquilidad repulsiva, casi morbosa, como la de los santos. Nubes de incienso)
Huele a suciedad, la casa está llena de basura. (En la basura se mueven pequeños y grandes
bultos)
Se le suben a uno dormido, dejan sus huevecillos. Que ganas de prender fuego a la casa. No
decirle a nadie, besar la frente de mi esposa y dejar que el fuego se lleve las cenizas y me
permita resurgir en otros confines, lejos de las reminiscencias.
Esta bola de sebo, el aletargamiento de la prosperidad y el credo. Inservible. (Suelta su
abrigo. Abre una botella de whisky y le da unos sorbos a un vaso lleno de hielo. Suena el
teléfono. Lo mira. Su esposa se acerca sigilosa a cogerlo haciendo una mueca inmunda que
pretende ser una sonrisa)
Este whisky barato me pudre las entrañas. Ropa, leche, cepillos, necesitan tanto, cagan
mucho y comen más. Déjenme dormir.
No quiero ir a donde sus padres. Los primos me puede lamer el glande, no me importa que
se vallan al extranjero. (Quitando de una manotada las fotos donde le bajan los pantalones
frente a la familia en una excursión)
¡Que se mueran todos, todos, todos!
Quiero dormir, porque no podes apagar esa lavadora. Deja la ropa sucia. Yo me pongo esa
así. Creo que escupe en la comida. Me palpo una bola en el cuello, ¡veneno! ¡Veneno!
(Dice palpándose el cuello)
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(Volviendo en sí, traído por una voz conocida y ríspida)

.- ¿quiere comer algo?

.- si no le da pereza prepararlo, si

.-si le pregunto es por algo.

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