La tortuga y Aquiles
Por fin, según el cable, la semana pasada la tortuga llegó a la meta.
En rueda de prensa declaró modestamente que siempre temió perder, pues su contrincante le pisó
todo el tiempo los talones.
En efecto, una diezmiltrillonésima de segundo después, como una flecha y maldiciendo a Zenón
de Elea, llegó Aquiles.
Augusto Monterroso
La fe y las montañas
Al principio la Fe movía montañas sólo cuando era absolutamente necesario, con lo que el
paisaje permanecía igual a sí mismo durante milenios. Pero cuando la Fe comenzó a propagarse
y a la gente le pareció divertida la idea de mover montañas, éstas no hacían sino cambiar de sitio,
y cada vez era más difícil encontrarlas en el lugar en que uno las había dejado la noche anterior;
cosa que por supuesto creaba más dificultades que las que resolvía.
La buena gente prefirió entonces abandonar la Fe y ahora las montañas permanecen por lo
general en su sitio. Cuando en la carretera se produce un derrumbe bajo el cual mueren varios
viajeros, es que alguien, muy lejano o inmediato, tuvo un ligerísimo atisbo de fe.
Augusto Monterroso
El perro que deseaba ser un ser humano
En la casa de un rico mercader de la Ciudad de México, rodeado de comodidades y de toda clase
de máquinas, vivía no hace mucho tiempo un Perro al que se le había metido en la cabeza
convertirse en un ser humano, y trabajaba con ahínco en esto.
Al cabo de varios años, y después de persistentes esfuerzos sobre sí mismo, caminaba con
facilidad en dos patas y a veces sentía que estaba ya a punto de ser un hombre, excepto por el
hecho de que no mordía, movía la cola cuando encontraba a algún conocido, daba tres vueltas
antes de acostarse, salivaba cuando oía las campanas de la iglesia, y por las noches se subía a una
barda a gemir viendo largamente a la luna.
Augusto Monterroso
Cada cosa en su lugar
Hay dramas más aterradores que otros. El de Juan, por ejemplo, que por culpa de su pésima
memoria cada tanto optaba por guardar silencio y después se veía en la obligación de hablar y
hablar y hablar hasta agotarse porque el silencio no podía recordar dónde lo había metido.
Luisa Valenzuela
El sueño del rey
-Ahora está soñando. ¿Con quién sueña? ¿Lo sabes?
-Nadie lo sabe. -Sueña contigo. Y si dejara de soñar, ¿qué sería de ti?
-No lo sé.
-Desaparecerías. Eres una figura de su sueño. Si se despertara ese Rey te apagarías como una
vela.
Lewis Carroll
Una pequeña fábula
¡Ay! -dijo el ratón-. El mundo se hace cada día más pequeño. Al principio era tan grande que le
tenía miedo. Corría y corría y por cierto que me alegraba ver esos muros, a diestra y siniestra, en
la distancia. Pero esas paredes se estrechan tan rápido que me encuentro en el último cuarto y ahí
en el rincón está la trampa sobre la cual debo pasar.
-Todo lo que debes hacer es cambiar de rumbo -dijo el gato... y se lo comió.
Franz Kafka
Música
Las dos hijas del Gran Compositor -seis y siete años- estaban acostumbradas al silencio. En la
casa no debía oírse ni un ruido, porque papá trabajaba. Andaban de puntillas, en zapatillas, y sólo
a ráfagas, el silencio se rompía con las notas del piano de papá.
Y otra vez silencio.
Un día, la puerta del estudio quedó mal cerrada, y la más pequeña de las niñas se acercó
sigilosamente a la rendija; pudo ver cómo papá, a ratos, se inclinaba sobre un papel, y anotaba
lago.
La niña más pequeña corrió entonces en busca de su hermana mayor. Y gritó, gritó por primera
vez en tanto silencio:
-¡La música de papá, no te la creas...! ¡Se la inventa!
Ana María Matute
El bebé gigante
El bebé gigante –del tamaño de una galaxia completa- se arrancó de su cuna interestelar, cogió
un planeta, lo enrolló con un cordel y comenzó a jugar al yoyo.
Luis Eduardo Vivero
Micromundo
El niño perdió el control de la patineta y salió volando por el aire. Afortunadamente una gota de
agua absorbió el impacto, por lo que el pequeño salió ileso. Eso sí, tuvo que ser rescatado por el
salvavidas del pueblo, un mosquito azul.
Luis Eduardo Vivero
Un ratito más
El niño pidió, por enésima vez, quedarse jugando en la bañera.
-¡Te van a salir branquias!- replicó la madre, ya molesta.
El niño se convirtió en pez y recorrió el mundo entero bajo el agua.
Daniela Mariel Rodríguez
Tres frascos
La primera vez que Julia fue a la playa le gustó tanto que corrió a por tres frascos para llevársela
a casa. Llenó uno con arena, otro con agua de mar y el tercero con rayos de sol.
Un día, pasado algún tiempo, su padre tiró la arena al jardín y el agua por el lavabo y guardó los
tres botes en el armario trastero, pensando que todos estaban vacíos. En un rincón del jardín
apareció un frágil castillo de arena que se esfumó en el viento y por las cañerías de la casa se
deslizó una ola cargada de diminutos peces. Pero el papá de Julia no lo vio, porque para entonces
ya había vuelto a sus tareas.
El sol sigue aún guardado en el armario. Pero, no os preocupéis, que no caduca y se iluminará el
día en que Julia o su padre necesiten un rayo de esperanza.
Gracia Iglesias
Exposición
Paseaba despacio por la exposición de pintura, contemplando brevemente cada cuadro. De
pronto se detuvo fascinado: aquella imagen sí, aquello era verdadero arte: los colores, las
texturas, los juegos de luz y sombra. Permaneció allí, absorto, no supo cuánto tiempo,
disfrutando cada detalle. Al fin, un conserje le tocó suavemente un hombro: era la hora de cerrar.
Así que dejó de mirar por la ventana y se dirigió hacia la salida.
Antonio J. Sánchez
Al día siguiente
Intenté alargar el dedo gordo del pie un poco, pero no alcanzaba. Estiré entonces el pie todo lo
que pude y sí, ahora sí lo sentía: primero las sábanas algo calientes, luego su respiración pausada
y al fin una patita peluda, su hocico húmedo. Sonreí, no había sido un sueño: los Reyes Magos
me habían traído a Pipo.
Carmen Ramos
La tiza indeleble
Rafael y su mejor amigo estaban petrificados mirando el suelo de la calle mojada. Una repentina
tormenta de verano había interrumpido los juegos al aire libre de todos los niños que allí se
congregaban y de los cuales sólo quedaba un zapato olvidado y dos piedras que hacían de
portería.
Rafael y Rafael -¡por compartirlo todo, compartían hasta el nombre!- no querían creer lo que sus
ojos les mostraban. Como cada tarde tras la película de indios y vaqueros, bajaron emocionados
a dibujar con tiza sobre el suelo a un valiente vaquero a lomos de su caballo. Éste solía quedar
emborronado por las pisadas de los vecinos y peatones, pero hoy... ¡debería haber desaparecido
instantáneamente con la intensa lluvia!
Y sin embargo, ahí estaba intacto el dibujo del vaquero, orgulloso de haber esquivado cada una
de las gotas lanzadas desde el lejano cielo y diciéndole con voz grave a los dos chiquillos
boquiabiertos: "Se creían estos Cherokees que me iban a alcanzar con sus flechas”.
Alberto J. Fuentes
Los grinis
Los grinins son unos seres que viven en el espacio que hay entre el asfalto y la tierra. Son
minúsculos, tienen pequeñas orejas picudas en la cabeza, una cola en espiral, unos ojitos
pequeños a los lados de la cara y un cuerpo tan flexible como un chicle. Viven en un lugar en el
que se quedan los pétalos marchitos, las hojas secas y las cáscaras de pipa que les sirven como
cama. Hacen diminutos agujeros en el asfalto para que entre la luz del día y la noche. Los grinins
no comen porque no lo necesitan, con respirar ya es suficiente para ellos porque el aire les
alimenta. Salen al exterior por cualquier gruta. Caminan tranquilamente por el asfalto y siempre
están en el suelo, por eso sólo los pueden ver las niñas, los niños, los gatos, los perros y algún
adulto cuando tropieza.
Laura Chicote
Bruno
Llevaba poco tiempo viviendo allí. Sus vecinos eran buenas personas, gente educada, sana y que
acudían cuando otros tenían problemas y se les llamaba.
El sólo daba una vuelta al parque de vez en cuando, por si hubiera algún intruso. También quería
sentirse útil.
Normalmente era un sitio tranquilo y todos comentaban cómo iba su equipo favorito, o la última
película que habían visto. Pero a veces el silbido le sobresaltaba y todos se ponían manos a la
obra, cogían su equipo de trabajo, salían corriendo al camión e iban dando la nota allá por donde
pasaban.
Sus principales herramientas eran la espuma y el agua, por eso no iba con ellos, todo el mundo
sabe que los gatos odian el agua. ¿Qué sentido tiene un gato bombero?
Pilar Díaz Antolín
Juguete roto
Mizuki Tanaka, desde que escuché ese nombre se ha quedado grabado en mi mente. Pienso,
¿existirá de verdad?, lo pongo en el buscador del ordenador y sorpresa, aparecen más de ocho
millones de entradas. Normal, con tanto chino en el mundo no es de extrañar. Pero mi obsesión
ha llegado casi a la locura cuando esta mañana mi hijo ha aparecido en la cocina pronunciándolo,
y luego ha comenzado a llorar sin consuelo, a berrear. He ido a su habitación, él se ha subido en
su moto de juguete gritando el nombre, y por fin lo he entendido, no estoy tan mal de la cabeza,
con su lengua de trapo me estaba diciendo: «Mi Suzuki no arranca».
Javier Puchades
Magia
Vivían en el lugar más apartado del mundo, entre cientos de palmeras y plantas tropicales.
Durante el día, él se perdía entre los arrozales y ella buscaba cocos en las copas de los árboles.
Comían en una hoja de platanera los frutos que les daba la tierra envueltos en los cantos de las
aves; contemplando, rechazando las noticias del mundo que traía el aire. Tormentas, huracanes y
malas hierbas. La vida a veces no era fácil en aquel paraíso lejano, pero siempre se las
ingeniaban para crear magia. Una noche, se quedaron a oscuras en la casa. Era el problema de
vivir en un lugar entre la selva y el cielo. Él salió apresurado y se camufló entre los árboles
buscando una solución. Regresó en el momento más oscuro de la noche y colocó por la casa
varios tarros y botellas. En algún momento, ella se acercó sonriendo. Entre las luciérnagas, se le
había colado una estrella.
Alberto Piernas