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IV Holofrase

Este documento resume el concepto de holofrase según Lacan y su evolución posterior. Comienza explicando brevemente las referencias de Lacan al término y cómo fue retomado por Jean Guir en 1983, proponiendo que la holofrase se refiere a los "dos significantes pegados" particulares de cada paciente. Luego, critica esta noción intuitiva por conducir a equívocos y no distinguir la holofrase de una condensación. Finalmente, destaca el análisis de Alexandre Stevens en 1987 como el trabajo más serio sobre el tema,

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IV Holofrase

Este documento resume el concepto de holofrase según Lacan y su evolución posterior. Comienza explicando brevemente las referencias de Lacan al término y cómo fue retomado por Jean Guir en 1983, proponiendo que la holofrase se refiere a los "dos significantes pegados" particulares de cada paciente. Luego, critica esta noción intuitiva por conducir a equívocos y no distinguir la holofrase de una condensación. Finalmente, destaca el análisis de Alexandre Stevens en 1987 como el trabajo más serio sobre el tema,

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IV

HOLOFRASE

Cuando el primer par de significantes se


solidifica, se holofrasea, obtenemos el modelo de
toda una serie de casos –si bien hay que advertir que
el sujeto no ocupa el mismo lugar en cada caso.
JACQUES LACAN, 10 de junio de 1964.

Acerca del concepto de holofrase se ha dicho mucho pero se ha escrito poco. El


propio Lacan hizo apenas tres referencias a lo largo de sus primeros once seminarios, antes
de abandonarlo para siempre. Sin embargo considero que el término es un buen ordenador a
la hora de pensar casos que no se presentan con la transparencia que suelen suponer los
manuales y los libros dedicados a los problemas de diagnóstico y tratamiento.
No obstante, circula en el ambiente de los psicoanalistas lacanianos una idea
intuitiva que la define: se trata de la figura de los “dos significantes pegados”, presentación
difícil de sostener y caracterizar. Pero además es frecuente escuchar presentaciones clínicas
en las que los analistas plantean la dirección de la cura ordenada por la búsqueda de la
holofrase concreta de algún analizante, tanto como otros que la descubren y al momento de
informarla no logran diferenciarla en absoluto de un significante nuevo producido mediante
una condensación común.
A favor de la noción me atrevo a afirmar que la misma permite prescindir de la
categoría de los inclasificables, tanto como ordenar todo un campo de fenómenos clínicos
que se extiende desde cierta presentación de la debilidad mental, el fenómeno
psicosomático y la psicosis infantil, hasta los llamados fenómenos contemporáneos o
actuales de la clínica (bulimia, anorexia, autoincisión, etc.). Y que existe un modo de
caracterización positiva para la misma, el que exige un trabajo de estudio sobre el término,
al que dedicaremos el siguiente capítulo.

EL EXTRAVÍO AL QUE CONDUCE LA NOCIÓN INTUITIVA

Si bien Lacan cerró su elaboración de la holofrase en el año 1964, la misma


permaneció en cierto descuido hasta la década del ’80. Específicamente en 1983 fue
retomada por Jean Guir en su libro titulado Psicosomática y cáncer1. Personalmente pienso
que la lectura de la holofrase que Guir desarrolla en el libro en cuestión es la clave para
comprender el porqué de la distorsión conceptual que planteaba más arriba, tanto como del
modo de incidencia clínica que acarrea. La curiosidad del caso es que el modo en que Guir
presentó a la holofrase pasó a convertirse en la doxa psicoanalítica acerca del tema. Su
propuesta se reduce a considerar a la holofrase como un fenómeno clínico concreto y
particular del analizante. Cito:

Se puede decir, al extremo, que la holofrasización de S 1-S2 da un


significante nuevo (pero esto es diferente de la condensación) que paradójicamente
puede entrar en una nueva cadena articulada (por ejemplo Westminster- Où est-ce
mystere)2.

Si bien Guir afirma que este fenómeno no debe confundirse con la condensación, no
presenta ningún criterio para evitar el equívoco y el ejemplo que ofrece en el texto no es
sino... ¡una condensación por traducción! En su escrito tampoco queda clara la articulación
de esta formación del inconsciente con el síntoma en cuestión y mucho menos aún, con la
posición del sujeto.
El autor insiste con una dirección de trabajo analítico orientada por la búsqueda de
las holofrases particulares de los analizantes:

Lo que discernimos en los análisis de enfermos psicosomáticos, sobre todo


en los sueños y en la explicación natural de su enfermedad, es la aparición de
holofrases particulares cuyo corte por el analista tendrá lugar de interjección 3.

Cabe destacar que en su libro Guir se apoya en la noción de holofrase lingüística,


campo que luego de una serie de desarrollos acerca del término, lo dejó muy cerca de la
noción de interjección –algo difícil de sostener si uno ha seguido el desarrollo del tema por
Jacques Lacan–. Efectivamente, esta línea de trabajo desconoce los efectos de cierta
reinvención del término en el campo analítico, operación reivindicada por otros
comentadores a los que daremos la palabra a continuación.

DE LA HOLOFRASE LINGÜÍSTICA AL CONCEPTO LACANIANO

Probablemente el texto más esforzado y serio acerca de la noción de holofrase en el


ámbito psicoanalítico sea el publicado en 1987 por Alexandre Stevens en la revista
Ornicar? nº42, con el título “La holofrase, entre psicosis y psicosomática” 4. Citado por
prácticamente todos los autores que retomaron cualquiera de los tres temas que conforman
su título, no fue incluido en ningún libro traducido al español –dato curioso, puesto que
1
Guir, Jean. Psychosomatique et cáncer. Point Hors Ligne, Paris, 1983 [Hay edición argentina:
Psicosomática y cáncer. Ed. Catálogos-Paradiso, Buenos Aires, 1984. Desde aquí, citaré la edición en nuestra
lengua].
2
Guir, J. Óp. cit. p. 151.
3
Ibíd. p. 154.
4
El lector encontrará mi versión española del texto, que he traducido con afán de hacer conocer el trabajo
en el siguiente sitio http://elpsicoanalistalector.blogspot.com.ar/2010/07/alexandre-stevens-la-holofrase-
entre.html
muchos títulos publicados en Argentina entre los años ’80 y ’90 a modo de recopilaciones,
se nutrieron de textos originalmente aparecidos en diversos números de las revistas de la
escuela de Lacan–. El texto de Stevens presenta inicialmente una estructura dividida en tres
partes5.

En la primera de ellas traza una historia del término “holofrase” en la filosofía del
lenguaje –llamar “lingüística” a las disciplinas citadas sería demasiado–, discurso que se
ocupó del mismo a la hora de abordar los problemas de las tipologías de las lenguas, del
origen del lenguaje y, finalmente, de la ontogenia del lenguaje. Este primer grupo de
referencias está justificado puesto que apunta a señalar una maniobra lacaniana que consiste
en extraer el término del corpus de la filosofía del lenguaje (o de la lingüística) para darle
un uso estrictamente psicoanalítico del que nos ocuparemos a su debido tiempo.
Así descubrimos que el término entró en la lengua francesa bajo la forma del
adjetivo “holofrástico” [holophrastique] en 1866, y que el sustantivo “holofrase”
[holophrase] fue un poco más tardío. El primero de los usos del adjetivo remite a la
construcción lenguas holofrásticas, que son aquellas “en que la frase entera, sujeto, verbo,
régimen, e incluso accidente, se encuentra aglutinada en una sola palabra” (Diccionario
Littré de la lengua francesa, 1887). Aquí aparece el primer uso del término que fue el de
clasificar las lenguas. Si bien según el enfoque de estudio las lenguas holofrásticas
recibieron diversos nombres (aglutinantes, incorporantes, polisintéticas, etc.), todas ellas
están apoyadas en la función sobre la que estamos trabajando6.
Las tipologías de las lenguas florecieron durante el siglo XIX, su principal
exponente fue Wilhelm von Humboldt y su criterio de tripartición en lenguas aislantes (el
chino y sus lenguas conexas), lenguas flexionales (indoeuropeas y semíticas) y lenguas
aglutinantes (todas las otras, donde se inscribe la holofrase). Esta clasificación presentaba
problemas ya que se superponía con otras e incluso favorecía zonas grises en su propia
constitución interna. Sin embargo Stevens llama la atención sobre el trabajo de un teórico
más contemporáneo que aparentemente ha sido una influencia importante para la
concepción lacaniana del fenómeno: se trata de Gustave Guillaume 7 y su propuesta de una
nueva tipología de las lenguas presentada en su curso del año lectivo 1948-1949, la que se
apoya en las nociones de “captura frástica” y “captura lexical” –criterios absolutamente
propios y novedosos que resuenan en los analistas–. Se trata de figuras de cierre, donde...

... la captura frástica es la percepción de la unidad de la frase con el cierre


de significación que ella comporta (...) y la captura lexical significa que la palabra
pertenece al código, es decir que puede exportar su significación cuando es
desplazada a otros lugares en el ordenamiento sintáctico 8.

5
Esta breve puntuación no debería en modo alguno ahorrarle al lector el encuentro con el texto original de
Alexandre Stevens.
6
De las lenguas holofrásticas que aún se mantienen en uso la más cercana a los lectores argentinos es la
guaraní, la que se encuentra en uso en el Chaco boliviano (es lengua oficial de Bolivia desde el 2009), el
noreste de Argentina (Corrientes, Misiones, Formosa, partes del este de la provincia del Chaco y en puntos
aislados de Entre Ríos). En la provincia de Corrientes es lengua oficial junto con el castellano. Además, desde
1992 es una de las dos lenguas oficiales de la república del Paraguay.
7
Gustave Guillaume (1883-1960), fue un lingüista francés discípulo de Antoine Meillet (quien a su vez lo
fuera de Ferdinand de Saussure). Guillaume dictó su curso en l’École Pratique des Hautes Études de la
Sorbonne, en París, de 1938 a 1960, por lo que podemos considerarlo un autor contemporáneo de Lacan.
8
Stevens, A. Óp. cit., p. 4 de mi traducción.
Stevens señala la proximidad de estos modos de captura con los términos de
“mensaje y código”, tal como Lacan los introduce en el grafo del deseo; pero además sitúa
la noción de holofrase en el punto en que ambos tipos de captura se confunden, anulando la
lexicalización y situando como lógicamente primera a la captura de la frase como un todo.
Y puesto que Guillaume prosiguió con sus elaboraciones, Stevens señala que en el curso de
1956-1957 introdujo una nueva definición de la holofrase, situándola “en un acto de
lenguaje donde acto de representación (la lengua) y acto de expresión (el discurso)
coinciden”9, definición que anticipa y prefigura la idea del monolito entre el sujeto y el
significante que Lacan presentará en su seminario El deseo y su interpretación –volveremos
a esta idea cuando revisemos los contextos lacanianos en que apareció el término–.
Bastante menos específico ha sido el uso del término “holofrase” a lo largo del siglo
XVIII, en el contexto de las discusiones acerca del origen del lenguaje –las que no
necesariamente deben considerarse lingüísticas y que convocaron mayormente el interés de
los filósofos–. Se inscriben allí como posiciones destacadas las ideas de Condillac y
Rousseau –como he señalado, netamente filosóficas– y que contrastan con las primeras
elaboraciones del siglo XIX, donde la lingüística histórica y comparativa se encuentra con
las teorías evolutivas de los naturalistas Lamarck y Darwin. Cito a Stevens:

La primera gran diferencia entre las teorías del siglo XVIII y las del siglo
XIX, es que estas últimas se fundan en la estructura de lenguas habladas y en la
comparación de diversos elementos de estructura entre esas lenguas (...). La
segunda gran diferencia es que las teorías del siglo XIX intentan explicar el paso
franqueado de lo animal a lo humano. Se trata (...) de reconstruir el eslabón faltante
del evolucionismo. La holofrase toma su aplicación de este hilo conductor (...) 10.

Diversas teorías se inscriben en esta línea y evocan a la holofrase para intentar dar
cuenta del estado intermedio entre el grito expresivo animal y el lenguaje humano. El
principio de todas estas teorías es el mismo: suponen un ruido que adquiere significación en
la situación de conjunto –justamente la aglutinación, el pegoteo entre dicha situación y el
sonido es la que justifica el recurso a la holofrase.
Curiosamente esta lógica es cuestionada por algunos de los autores más
representativos del período entre los que se destaca Von Humboltd, quien afirma que “al
momento del origen, hace falta que el lenguaje esté ya allí, es decir que no haya
transición”11. La crítica a esta línea de pensamiento que Lacan presentará en su primer
seminario –muy posterior por cierto–, irá en la misma dirección y será mucho más lapidaria
aún.

El término retorna más contemporáneamente a la hora de establecer los períodos de


la ontogenia del lenguaje en el niño, donde se reconoce un momento particular del
desarrollo en el que su modo de expresión coincide con un modo de hablar gramaticalmente
no estructurado, que consiste a menudo en una sola palabra.

9
Ibídem.
10
Ibíd. p. 5.
11
Ibídem.
LA CONSTRUCCIÓN DE LA HOLOFRASE LACANIANA

En la segunda parte de su artículo, Alexandre Stevens recorre los contextos


lacanianos de trabajo sobre el término, los que se presentan en tres momentos diversos, a
intervalos regulares –es curioso, pero Lacan retoma el asunto cada cinco años (Seminarios
1, 6 y 11) –. En el primer contexto es eminentemente crítico con el uso del término para
explicar el origen del lenguaje. Más tarde comienza a percibirse cierto alejamiento respecto
del uso lingüístico de la noción, en una de sus clásicas maniobras de apropiación de
conceptos a las que nos tiene acostumbrados. Finalmente, y mediante un neologismo,
introduce lo que desde aquí propongo llamar holofrase lacaniana –la que está muy alejada
de sus usos en lingüística y, de alguna manera, anticipa lo que muchos años más tarde será
presentado como su lingüistería–. Repasemos a continuación dicho recorrido señalando sus
puntos centrales.

En el seminario sobre Los escritos técnicos de Freud, se trata de desacreditar a los


autores que ubicaron a la holofrase como el eslabón que, a la hora de explicar el origen del
lenguaje, funciona como nexo entre la comunicación animal y el lenguaje humano. Allí la
crítica lacaniana es precisa: nada simbólico puede surgir de lo imaginario, en tanto el pacto
de palabra antecede en todos los casos a la invención. Cito a continuación el modo en que
presenta Lacan el problema:

Quienes especulan sobre el origen del lenguaje e intentan montar


transiciones entre la apreciación de la situación total y la fragmentación simbólica
siempre se sienten atraídos por las llamadas holofrases. En los usos de algunos
pueblos (...) hay frases, expresiones que no pueden descomponerse, y que se
refieren a una situación tomada en su conjunto: son las holofrases. Hay quienes
creen que en la holofrase puede captarse un punto de unión entre el animal, quien
circula sin estructurar las situaciones, y el hombre que vive en un mundo
simbólico12.

Luego de citar el ejemplo de una holofrase extraído de un libro editado por Edward
J. Payne titulado History of the New World Called America [Oxford University Press,
1892], Lacan destaca la situación en que la misma es producida: estado de inter-mirada
entre dos sujetos, donde cada uno espera del otro que se decida a realizar algo que ninguno
desea hacer, pero que hay que hacer de a dos. Queda claro en el ejemplo que...

... la holofrase no es intermediaria entre una asunción primitiva de la


situación como tal –que sería del registro de la acción animal– y la simbolización.
(...) Se trata, por el contrario, de algo donde lo que es del registro de la composición
simbólica es definido en el límite, en la periferia (...).
Verán que toda holofrase está en relación con situaciones límites, en las que
el sujeto está suspendido en una relación especular con el otro 13.

De este modo Lacan transmite la idea de que solo es posible otorgarle algún valor a
la holofrase en un tejido simbólico ya existente. Entonces, y cito a Stevens, “<ya sea que>
12
Lacan, Jacques. El seminario, Libro 1, Los escritos técnicos de Freud. Paidós, Buenos Aires, 1992, pp.
328-329.
13
Ibíd. p. 329.
se trate exactamente de una frase de una sola palabra o de una expresión más compleja, ya
están capturadas en una estructura de lenguaje. Lacan prefiere insistir sobre el carácter no
descomponible de estas palabras-frase”14.
Evidentemente en este primer recorrido la discusión es lingüística y el término
“holofrase” es utilizado por Lacan con el mismo valor que tiene en dicho campo teórico.
Habrá que esperar cinco años para que comience el proceso de diferenciación y apropiación
lacaniana.

En el seminario El deseo y su interpretación, Lacan retoma el tema en la segunda


(19/11/58) y cuarta sesión (3/12/58), en sendas explicaciones acerca del grafo del deseo y el
sueño de la pequeña Anna Freud. Resumiré los puntos salientes de esos desarrollos en
vistas a la construcción de la noción de holofrase lacaniana.
En primer lugar: sitúa en el piso inferior que es el del enunciado, no a la holofrase
sino a algo que participa de su función. La consecuencia de esta idea es importante porque
de este modo “ningún enunciado holofrástico se igualará estricta y solamente con la
función de la holofrase”15. Y si bien es cierto que en el plano del enunciado la interjección
es el ejemplo más preciso de la holofrase, la diferencia que Lacan ubica es con la función
de la holofrase: la de hacer coincidir código y mensaje (en términos de los lingüistas),
donde “el monolito en cuestión está, en este nivel, constituido por el propio sujeto”16.
En segundo lugar y a partir del análisis del sueño de Anna Freud, Lacan se detiene
en la nominación que el mismo sitúa, ya que allí el sujeto se cuenta. Luego de un
interesante desarrollo acerca de la función del sujeto en el sueño, alcanza la conclusión de
que en las formaciones del inconsciente el sujeto se cuenta, pero en la holofrase no, ya que
él mismo coincide con el mensaje, está solidificado, convertido en un monolito y dando
entrada en la teoría a una modalidad del sujeto no-dividido.

Finalmente, la verdadera holofrase lacaniana, la que ya no tendrá ninguna relación


con la holofrase lingüística, será introducida de un modo particular en el seminario Los
cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Lacan afirma que “cuando no hay
intervalo entre S1 y S2, cuando el primer par de significantes se solidifica, se
holofrasea...”17. Detengámonos aquí para analizar el verbo en cuestión. Según Alexandre
Stevens el verbo “holofrasearse” no existe en francés y, por lo tanto, es un neologismo de
Lacan. ¿Por qué Lacan introduce su noción mediante un neologismo? Para desestimar de
este modo...

... toda referencia a cualquier holofrase concreta, a los ejemplos obtenidos


de las lenguas holofrásticas o del discurso corriente (...) y a lo que hemos llamado
los enunciados holofrásticos (...). De este modo, el acento resulta puesto sobre la
estructura particular que dedujo precedentemente a partir de (...) lo que hemos
subrayado como función de la holofrase, función de unidad de la frase y monolito a
la vez18.
14
Stevens, A. Óp. cit. p. 10.
15
Ibíd. p. 11.
16
Lacan, Jacques. El seminario, Libro 6, El deseo y su interpretación (1958-1959). Paidós, Buenos Aires,
2014, p. 84.
17
Lacan, Jacques. El seminario, Libro 11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis (1964),
Paidós, Buenos Aires, 1992, p. 245.
18
Stevens, A. Óp. Cit. pp. 14-15.
Stevens lee la maniobra lacaniana como un intento de romper con el campo
fenoménico de la holofrase lingüística, para situar a la holofrase como un modo de
organización del campo del lenguaje que habría que ubicar al mismo nivel que la estructura
significante, aunque en oposición radical. Si bien profundizaré esta lectura en lo que
seguirá, quisiera adelantar la tesis más importante al respecto: la holofrase es un nombre
lacaniano para un modo de organización de la sujeción por el lenguaje radicalmente
opuesto a la estructura del significante. Por lo tanto es posible conjeturarla a partir de
ciertos indicadores clínicos, pero no se presenta fenoménicamente en modo directo bajo la
forma de una holofrase lingüística.

Los significantes no se pegan, ni la holofrase produce nuevos significantes. Pero


hay una gran cantidad de fenómenos que permiten suponer que el sujeto en cuestión es
monolítico y que, por lo tanto, no está estructurado por el significante.

En su libro “La forclusión del Nombre del Padre”, Jean-Claude Maleval abona la
misma hipótesis que Stevens.

La tesis de una holofrase del par significante primordial (...) supone una
innovación, porque trata de circunscribir un mecanismo inherente al inconsciente
freudiano y no ya a un fenómeno lingüístico universal (...). La holofrase puede
manifestarse mediante fenómenos lingüísticos diversos. Lo que todos ellos tienen
en común es que emanan de un sujeto no evanescente, sino petrificado en sus
certezas (...). La holofrase producida por el sujeto psicótico es transfenoménica 19.

La articulación entre la organización holofrástica y el sujeto monolítico resulta muy


valiosa clínicamente. Nos queda pendiente una tarea doble: en primer lugar, ubicar algunos
indicadores fenoménicos que permitan deducir una organización holofrástica. Y en segundo
lugar, presentar alguna orientación clínica que contribuya a la dirección de la cura en niños
sujetos a la holofrase...

PRIMERAS PUNTUACIONES ACERCA DEL SUJETO MONOLÍTICO

El sujeto del significante es el que conocemos como “sujeto dividido”, representado


por un significante para otro. Que su estructura se encuentre articulada de tal modo permite
asociarlo a las operaciones del significante (metáfora y metonimia), tanto como con los
funcionamientos de imbricaciones recíprocas (anticipación-retroacción) y englobamientos
19
Maleval, Jean-Claude. La forclusión del Nombre del Padre. El concepto y su clínica (2000). Paidós,
Buenos Aires, 2002, pp. 232-236.
crecientes (función de la cuenta y del rasgo unario) que fundamentan su estructura 20.
Además, es un sujeto que queda capturado por la lógica del discurso (plantearlo así tiene
por objetivo intentar romper con la lectura clásica de considerar en ventaja al sujeto
estructurado por el significante, ante otros): duda, es inconstante, le cuesta vulnerar el
código, está capturado por los límites del tiempo y el espacio, es tonto (bête) y padece del
cuerpo y sus reparos. Por lo demás, la desproporción introducida por el lenguaje lo
atormenta y hace que se desconozca ante las formaciones de lo inconsciente.

El sujeto de la holofrase es el que Lacan presentó en su Seminario El deseo y su


interpretación como “sujeto monolítico” (o sea, es un sujeto que no se divide). Por tratarse
de un sujeto organizado por la holofrase, puede darse ciertos lujos21 respecto del sujeto
dividido, provocando incluso su sorpresa y malestar: se manifiesta con su certeza, es
constante, escapa a los límites del tiempo y el espacio, es libre respecto del código (está
“fuera de...” o “flota entre...” los discursos), se muestra como un Uno-discreto-de-goce (no
es tonto) y muestra más un organismo que un cuerpo. Si bien no logra escapar a la
desproporción introducida por el lenguaje, ésta no lo atormenta ya que puede desconocerla
sin mayores esfuerzos. Nada permite entonces suponer un sujeto en desventaja respecto del
modo anterior, y hasta incluso es posible que su modo de transcurrir el lenguaje le permita
realizar, por ejemplo, complejísimas operaciones matemáticas basado en su capacidad de
rechazar el significado a favor del significante puro. Resuenan aquí la pregunta de Lacan
acerca de –por ejemplo– la viveza del débil mental, o la sorpresa de Freud porque la teoría
de los rayos divinos del Presidente Schreber coincidía con la suya acerca del
funcionamiento de la libido. Más de una vez uno puede hallarse preguntándose: ¿y por qué
no soy capaz hacer esos cálculos, o no puedo ser constante y no aburrirme, o avanzar hacia
el objeto de mi deseo (o de mi capricho –para el caso es lo mismo–) como lo hacen ellos?
Propongo de este modo rechazar las calificaciones en términos de mayor o menor
gravedad a las subjetividades organizadas sobre estas maneras de posicionamiento ante el
lenguaje. Claro está que las estructuras clínicas verán favorecida su elección por alguno de
tales mecanismos, y que habrá mayor probabilidad en unos que en otros. Quizás partiendo
de aquí resulte más comprensible el diagnóstico lacaniano de “totalmente normal” realizado
luego de la presentación de una paciente psicótica, y la noción de tontería se aclare un
poco, con todo el peso clínico y el valor que Lacan le reclamaba.
Es el propio Lacan quien introduce el modelo de toda una serie de casos bajo la
lógica de la sujeción a la holofrase, dejando bien en claro que “el sujeto no ocupa el mismo
lugar en cada caso”22. A los fines de nuestra tarea clínica, propongo entender esta breve
cláusula de la manera más llana posible y entender el término “sujeto” como “persona”. De
esta manera el sujeto (en el sentido fuerte del psicoanálisis) será monolítico y holofrástico,
pero la persona que lo encarne no ocupará el mismo lugar en cada caso, observación obvia
para quien haya tenido la experiencia de encontrarse en la clínica, por ejemplo, con un
paciente psicótico y algún otro que padezca de un fenómeno psicosomático: ambos están
sujetados al lenguaje por la organización holofrástica y dicha organización establecerá el
marco de posibilidades y límites para la que resultará luego su posición en la estructura
20
V. Lacan, Jacques. “La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud” (1957), en
Escritos 1, Siglo Veintiuno editores, Buenos Aires, 1984, p. 481.
21
Entiendo tales “lujos” como modalidades no reprimidas del goce. Lo retomaré más adelante.
22
Lacan, Jacques. El seminario. Libro 11. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Óp. Cit.
p. 245.
clínica; pero su modo de habitar el mundo, su modo de dirigirse al otro, su relación con el
cuerpo y su posición en el discurso, entre otros ítems, será diferente.

Puesto que todo este asunto reclama una articulación clínica, comencemos con una
observación conocida, susceptible de ser articulada con nuestro eje teórico-clínico: porque
si el significante introduce la diferencia en lo real, entonces es bastante lógico que los niños
sujetos a la holofrase habiten un mundo indiferenciado –si bien, tal como afirmaba más
arriba, en cada caso de la serie dicha falta de diferencias mostrará sus matices.
El caso paradigmático acerca del que Lacan realizó sus primeras puntuaciones es el
caso Dick de Melanie Klein23. Probablemente, este sea el caso más primitivo para dar
cuenta de una posición subjetiva que no reconoce diferencias en el mundo. Lacan afirma
que Dick “está enteramente en lo indiferenciado” y se pregunta “¿qué es lo que constituye
un mundo humano sino el interés por los objetos en tanto distintos, por los objetos en tanto
equivalentes?”24.
El aplanamiento afectivo de Dick es consistente con dicho fenómeno. Si a cada
relación de objeto le corresponde un modo de identificación cuya señal es la ansiedad, se
comprende que Dick no la manifieste y que Lacan afirme que el niño “vive en la realidad.
En el consultorio de Melanie Klein no hay para él ni otro, ni yo: hay una realidad pura y
simple”25. Conviene recordar aquí que dicho fenómeno de indiferenciación lo conduce a
tratar a personas y cosas como iguales, pero también a no responder al llamado del otro. Le
pregunto al lector si acaso ha percibido qué difícil es no responder cuando uno recibe un
llamado, tanto como cuánto nos enojamos cuando llamamos a otro y no responde a nuestra
llamada. No responder un llamado es un lujo difícil de darse.
Lacan le atribuye cierta brutalidad a la posición clínica de Melanie Klein ante Dick.
Lo describe del siguiente modo: “¡Hay que ver con qué brutalidad Melanie Klein le enchufa
(lui fout) al pequeño Dick el simbolismo!”26. Me sorprende cómo describe Lacan la
maniobra kleiniana ante un niño sujeto a la holofrase: enchufar brutamente el simbolismo.
Lacan insiste con esta fórmula, lo cito nuevamente:
Entonces Melanie Klein con ese instinto de bruto que le permitió alcanzar una
suma de conocimientos hasta entonces impenetrables, se atreve a hablarle: hablar a
un ser que, sin embargo, se deja aprehender como alguien que, en el sentido
simbólico del término, no responde. Está allí como si ella no existiese, como si ella
fuese un mueble. Y, sin embargo, ella le habla27.

Es curioso el modo en que Lacan habla de Melanie Klein: se trata de una bruta que
finge ignorar la ausencia de respuesta en el niño, que le enchufa (¡la traducción es
absolutamente correcta!) el simbolismo –agrego yo: ¡en la primera ocasión en que se
encuentran!28 Podríamos decirlo de otro modo: Melanie Klein le enchufa a Dick un par

23
V. Klein, Melanie. “La importancia de la formación de símbolos en el desarrollo del yo” (1930), en
Obras Completas, Volumen 1, Paidós, Buenos Aires, 1996, p. 224 y ss.
24
Lacan, Jacques. El seminario, Libro 1, Los escritos técnicos de Freud, Paidós, Buenos Aires, 1990, p.
112.
25
Ibídem.
26
Ibídem.
27
Ibíd. pp. 113-114.
28
Como no sé cuánto se lee a Melanie Klein en nuestros días, conviene aquí recordar que la famosa
intervención de los trenes y la estación fue realizada en la primera ocasión en que Melanie Klein y el pequeño
Dick se encontraron.
significante (que además no es cualquiera, porque es el par edípico) y con eso lo simbólico
todo. Y Lacan, que pone en acto al leer el caso una teoría del sujeto en psicoanálisis, afirma
que “ni siquiera es necesario que la palabra sea suya (del niño)” 29. Retorna así la pregunta
ética rescatada por Foucault en un texto de Samuel Beckett: ¿Qué importa quién habla? El
sujeto no coincide con ninguna persona, ni siquiera cuando se trata de la sujeción a la
holofrase.
Dick responde porque la intervención toca lo real. Recordemos que Lacan también
había afirmado que el “el desarrollo solo se produce en la medida en que el sujeto se integra
al sistema simbólico, se ejercita en él”30.
Tenemos entonces la afirmación lacaniana de que Melanie Klein es bruta. Pero me
atrevería a agregar que, además, es tonta. Es tonta porque se presenta con una disposición
particular a sostener el lazo. Ese niño que tiene frente a sí –“niño invisible, dirá Lacan,
puesto que sería mirado desde todas partes”31– no es para ella un Uno-discreto-de-goce con
el que no habría lazo posible. Así lo decía Lacan en el año ’73:

Las dimensiones de la tontería son infinitas, pero no están lo suficientemente


interrogadas. Creo que, a fin de cuentas, eso es de una gran originalidad... y
entonces, para funcionar verdaderamente bien como analista, en el límite, habría
que llegar a ser más tonto de lo que naturalmente se es 32.
Hablé hace tiempo33 de la relación del analista que no retrocede ante los niños y la
tontería, la que presenté con una frase de J-C Milner: se trata de “prestarse a ella, pero no
consagrarse a ella”34. Es una tontería propia de la estructura tonta (bête) del significante la
de creer que hacemos lazo, que nos comunicamos, que nos entendemos, que dialogamos y,
fundamentalmente, que nos amamos. Es la tontería necesaria para poder convivir un poco,
y maniobrar ante ese carácter de dispersos dispares que tenemos los seres hablantes. No
participar de ella es un lujo difícil de darse sin caer en la canallada o convertirse en un
desengañado, salvo que la holofrase nos asista... La posición clínica de Melanie Klein
sostiene la tontería del intercambio, vía necesaria para inscribir a ese niño en un Edipo
ferroviario (si me permiten la expresión). Pero a la vez empuja su tontería con brutalidad, la
necesaria como para enchufarle a Dick la estructura simbólica básica del par significante.
¿Acaso no son brutales todos los primeros encuentros con lo simbólico? Nadie entra de a
poco allí, todos somos arrojados de cabeza en ese mundo del lenguaje que humaniza.
Se perfilan así algunos caracteres necesarios para sostener ese deseo del analista que
no retrocede ante los niños: hay que ser paciente, algo bruto y un poco tonto...

***

29
Ibíd. p. 138.
30
Ibídem.
31
Lacan, Jacques. Topología y tiempo. Sesión del 5 de mayo de 1979 (inédito). [Traducción personal a
partir de la estenografía].
32
Lacan, Jacques. “Excursus a la conferencia de Milán”, 4 de febrero de 1973 (inédito). [Traducción
personal a partir del documento alojado en la página de la École Lacanienne de Psychanalyse:
http://www.ecole-lacanienne.net/pictures/mynews/71439E93BC0D9BB3EDDC83DDF736661F/1973-02-
04.pdf]
33
V. mi conferencia “La respuesta tonta del psicoanalista de niños: el dispositivo de presencia de padres y
parientes. Un problema ético” (2011) incluida en este libro.
34
Milner, Jean-Claude. Los nombres indistintos, Manantial, Buenos Aires, 1999, p. 131.
Recibo en el consultorio a los padres adoptivos de Lito, quien tiene diez años.
Según me dicen, el niño estuvo en tratamiento desde siempre... En esta ocasión, focalizan el
motivo de la consulta en dos puntos: en primer lugar, Lito se mete el dedo pulgar en la boca
y ese gesto enloquece a su madre. En segundo lugar, hay ciertas dificultades con el
rendimiento escolar: a pesar de encontrarse hace dos años en tratamiento psicopedagógico,
todavía sigue teniendo inconvenientes en la escuela. Según comentan la psicopedagoga ha
sugerido que hay inconvenientes de tipo afectivo, lo que ha promovido la consulta
conmigo.
Mi primera intervención apunta a establecer la historia de la adopción: Lito es hijo
de una madre bipolar y de su abuelo (tanto él como su hermana, que es dos años mayor). Su
madre ha muerto y su padre/abuelo está preso por un robo que terminó en homicidio. En un
primer momento fueron entregados en adopción por separado. Pero un tiempo después,
durante la guarda, un juez ordenó que debían ser adoptados juntos. Así es que fueron
entregados a una familia que los devolvió al poco tiempo (no es posible establecer la causa
de tal situación).
Con respecto a la historia de la familia, Marta, la actual madre adoptiva de Lito,
cuenta que perdió un embarazo hace muchos años, y que luego de ese episodio siguieron
algunos tratamientos médicos que, al parecer, le resultaron insoportables. Luego de
rechazar una oferta para una adopción ilegal en el Paraguay se anotaron en un juzgado de la
provincia de Buenos Aires. Tras nueve años de espera recibieron un llamado: en 24 horas
adoptarían dos hermanitos que estaban en distintos lugares. Lito, que tenía en ese momento
un año y tres meses, estaba en un hospital de la provincia de Buenos Aires. Dicen ellos:
“cuando lo vimos era una bolsita de papas”. Su padre adoptivo afirmó que estaba
hipotónico y mal alimentado. No traía con él ninguna pertenencia, ni ropa ni juguetes. Su
hermana, por el contrario, estaba en muy buen estado de salud y cuando fueron a buscarla
al Hogar donde se encontraba se la entregaron con un pequeño ajuar.
Sigue el relato de las dificultades del niño y de los múltiples tratamientos a los que
fue sometido, entre ellos, estimulación temprana, psicoterapias varias y psicopedagogía. Su
madre adoptiva no tiene familia y la familia del padre ha rechazado a los niños por no tener
la misma sangre: son ellos cuatro y nadie más. Su padre es una persona sencilla en sus
razonamientos. Él cree que Lito es lento pero que algún día va a arrancar; su madre no
soporta la lentitud ni el modo en que pierde las adquisiciones logradas día a día. Es dura y
me exige condiciones para el tratamiento: que se respete el día y la hora de las sesiones a
rajatabla, que no los haga esperar, que no le hable a ella cuando lo traiga a la consulta, etc.
Quiere garantizar así la pureza del dispositivo. Más allá de sus exigencias para conmigo,
con el niño oscila entre enojos y retos por un lado, y gestos de pegoteo físico que llegan
hasta permitirle dormir con ella cuando su padre está de viaje por razones de trabajo. Me
dice: “yo soy el socorro de Lito, cuando le pasa algo viene y me abraza. Por suerte siempre
entiendo qué es lo que le pasa, el padre no lo entiende, le pregunta y él se bloquea. Allí se
pone el dedo en la boca”.
Cuando intento establecer ciertos puntos de la historia familiar como por ejemplo
por qué luego de perder un embarazo tempranamente decidieron hacer un tratamiento de
fertilidad, o dónde está su familia, el discurso de ambos se torna oscuro, dan vueltas y no
logran responder. No me esconden la información: no pueden articularla. Incluso citándolos
a entrevistas individuales hay puntos a los que no logré acceder. Siempre retornan al
impacto que les produjo ver a Lito por primera vez y la idea de que tienen “hijos mellizos
de edades diferentes”. Su madre cuenta una escena que la dejó perpleja y que, al parecer,
precipitó la consulta conmigo: una noche, luego de cenar, Lito le preguntó “¿por qué vos no
tenés hijos?”. El padre dice que él es más compinche con su hijo, pero al pedirle que me
cuente algún ejemplo de ese tipo de relación, no puede ubicar nada para ilustrarla.
Al comenzar mi tarea con Lito pude notar que su lenguaje está por debajo de la
media esperable para su nivel etario. Utiliza frases breves y responde frecuentemente a las
preguntas con monosílabos. Suele incluir malas palabras a modo de adjetivos. No obstante
es posible mantener un diálogo, aunque el mismo puede trabarse ante determinado tipo de
interrogaciones –ya veremos de qué se trata.
Su relato presenta alteraciones de la secuencia y confusión entre los personajes. La
línea temporal no se respeta del todo y por lo tanto se verifica que la noción de causa opera
con complicaciones. Lito cuenta alguna película y su relato se desordena con facilidad,
llegando incluso a confundir el argumento con el de otra película. No muestra interés por
los materiales de juego simbólico. Su relación con el material de juego de reglas fue
inicialmente de curiosidad pero poco a poco se tornó despectiva y, en ocasiones, llegó a ser
violenta. Varias veces arrojó los elementos de los juegos de mesa, sin preocuparse por
posibles daños ni disculparse. Es probable que tal modificación hubiera sido provocada por
sus fracasos en los mismos, puesto que se acentuó en aquellos juegos en los que había
perdido partidas previas. Lito me solicitó que le enseñara a jugar a varios de ellos, prestó
atención a las indicaciones y en principio parecía haber comprendido las consignas. Sin
embargo pasado un tiempo cometía errores que no consistían en regulaciones intuitivas
como en un intento por hacer trampa, puesto que al ser interrogados permitían verificar que
la adquisición de la regla se había perdido por completo. En ocasiones en que el juego
lograba resultar más estable, la adquisición se perdía en el lapso entre las entrevistas.
En cada ocasión en que le señalé algún error, ya sea en las secuencias narradas o por
infringir alguna regla lúdica, Lito respondió negando el señalamiento, tratándolo como no
ocurrido: “no me equivoqué, no dije eso”. De modo general podría suponerse que el recurso
a la negación funciona como una defensa primitiva. Su desinterés por el juego simbólico
resulta concurrente con el que mostró por las consignas gráficas, no hubo manera de
hacerlo dibujar.
Una conversación acerca de qué quería ser cuando fuera grande, abrió a la aparición
de un fenómeno que había sido anticipado por los padres en las entrevistas iniciales: ese
dedo pulgar que Lito se introduce en la boca a la vez que con el resto de la mano cubre su
nariz. Ese gesto se acompaña de una mirada perdida y un total retraimiento físico. Se trata
de su respuesta habitual a la pregunta que abre la enunciación en el enunciado, y se repite
sistemáticamente si acaso la línea asociativa lo lleva por ahí, tanto como si su interlocutor
la sugiere. Lejos de un signo de inmadurez emocional o motora, este gesto funciona como
un tapón real a toda dimensión del deseo, opera cierto bloqueo de la posible aparición de un
asunto en el que pueda presentarse como deseante. Para que ese gesto no aparezca es
necesario que solamente intercambiemos enunciados que no habiliten un supuesto deseo en
la enunciación. Pero si aparece, su gesto se constituye en un acto de rechazo del lazo. Allí,
en ese punto, Lito se da el lujo de no responder, de volverse Uno: un Uno discreto de goce.
Si yo le hablo, si le pregunto algo, si lo instigo a deponer esa actitud, no pasa nada: él
permanece así, inconmovible. Es necesario que deje de observarlo –casi diría, ignorarlo– o
incluso ponerme a hacer alguna otra cosa (ordenar objetos, escribir algo en la computadora
o caminar un poco por ahí), para que reaparezca la dimensión de cierto diálogo, con las
limitaciones planteadas.
En cierta ocasión en que nuestra conversación nos llevó hacia cuestiones
relacionadas con las chicas de su curso, él respondió con su gesto habitual. Pero ese día
intervine diciéndole:
– ¡Qué buena máscara! ¿Te muestro la mía?– y sin esperar respuesta uní mis dedos
índices con los pulgares creando una especie de anteojos que apoyé en mis ojos mientras
entrelazaba los otros dedos creando una especie de visera–. Soy Pabloman, el superhéroe
que ayuda a los chicos estudiosos. ¿Vos quién sos? –pregunté sin ninguna esperanza de
respuesta...
–Yo soy Lito– dijo quitándose el dedo de la boca.
Desde entonces, cada vez que aparece su máscara, yo hago la mía. Él se quita el
dedo de la boca y se sonríe moviendo la cabeza como diciendo “qué estúpido...”. Hasta que
un día me preguntó:
– ¿Para qué hacés eso?
¿Acaso su pregunta iba más allá de un enunciado? Respondí:
– Porque vos lo hacés y yo también quiero ser un superhéroe.
A la semana siguiente, vino con la remera del Capitán América...

***

Vengo trabajando hace tiempo con un muchacho de unos trece años que presenta un
cuadro de dermatitis atópica desde los 6 años. Dicho cuadro supone unas erupciones
bastante agresivas en la piel que se presentan en cualquier lugar del cuerpo. Según
entiendo, Miguel (tal su nombre) es un paciente psicosomático. Sin embargo, llegó a mi
consultorio como una condición para que la Escuela a la que asiste le renueve la matrícula.
Veamos su historia.
Al igual que Dick, Miguel vive en cierta realidad indiferenciada. Por supuesto que
su posición subjetiva es bien distinta: él dialoga conmigo, su presentación es mucho más –
digamos– normal, pero su asunto (o sujeto) no está estructurado por el significante. ¿Y
cómo se manifiesta esa indiferenciación? Todos sus compañeros de la Escuela son unos
boludos. Todos. Además, y este fue el problema, Miguel trata a todos los actores de la
comunidad escolar como iguales: le habla igual al preceptor que a sus docentes y que a la
Rectora: un insulto dirigiéndose a ella desencadenó el problema que terminó con la
consulta. Y encima no se calla, se defiende y expone sus argumentos buscando siempre
obtener la última palabra. Como si no hubiera un punto que pudiera ponerle final a sus
cadenas de palabras. Claro que a simple vista parece un muchachito muy maleducado, pero
no es así en absoluto. Al contrario, es un joven cariñoso pero insoportable –incluso pone a
prueba la posición de uno en tanto analista en la transferencia. La historia de su trastorno
dermatológico se agota en los mil y un ungüentos que le han puesto en la piel (han llegado
a embotellar agua de mar para bañarlo). Pero su primer impacto en el análisis luego de
mucho tiempo de siempre lo mismo, fue cuando le dije que su trastorno estaba relacionado
con su modo de hablar. Allí por primera vez, él insistió en defender una diferencia que
presentó en términos de “piel y palabra”. Curiosamente, habíamos invertido los papeles: yo
había sido paciente hasta allí y, a partir de entonces, él se volvió analizante. Considero que
esa es la verdadera presentación de la dupla en juego en el análisis.
Desde entonces, una hoja de papel para cada uno fue nuestro modo de continuar las
entrevistas. Si yo decía algo, eso quedaba asentado, escrito. Y si él encontraba alguna idea,
no dudaba en graficarla de alguna manera en su hoja. Así, apareció la ortografía y cierta
dimensión espacial ofertada por los renglones de nuestros papeles. Esas hojas daban cuenta
de la función del secretario. La relación de Miguel con el lenguaje comenzó a modificarse
lentamente. De a poco, no todo era igual. Teníamos listas de boludos, de interesantes, de
ñoños inteligentes... Teníamos también un organigrama de su Escuela según la mejor
manera de dirigirse a cada uno: al preceptor (con quien se podía decir malas palabras y
discutir un poco), los docentes (con los que no se podía decir malas palabras y solo se
discutían un poquito las notas) y las autoridades (con los que no se podía decir nada y
siempre tenían razón). Hoy que Miguel acaba de invitar a salir por primera vez a una chica,
llegó a su última sesión con el siguiente problema:
–Invité a salir a Lali, pero no sé cómo hablar con ella. ¿No se habla con una chica
como se habla con los pibes, no? Ayudame a pensar cómo hago para no embarrarla... Es
importante porque voy a poder ponerme una remera de manga corta: esta semana no tengo
granitos en los brazos...

***

Enchufar lo simbólico produce límites. Pero conviene reflexionar un poco acerca de


este asunto –asunto clásico que en ocasiones ha sido presentado como intervenciones que
apuntan a “acotar el goce”–.
Los límites son simbólicos por definición. Pero a veces es posible presentarlos o
hacerlos coincidir con elementos de otros registros. Hay ríos o cordones montañosos que
funcionan como límites naturales entre provincias o países. Pero basta que un avión se
estrelle, por ejemplo, en la cordillera de los Andes o que un buque se hunda en el río de la
Plata para que a la hora de establecer diversas cuestiones estratégicas y repartir
responsabilidades, sepamos cómo son realmente las cosas: el límite no es la cordillera, sino
la línea (imaginaria) que une las altas cumbres (dato simbólico) o la línea (imaginaria) que
une los puntos de mayor profundidad en el río (dato simbólico). Se entiende que la idea de
“altas cumbres” exige un elemento simbólico, una medida que de cuenta de la diferencia
entre las cumbres para saber cuáles son las más altas y entonces poder hacer pasar por allí
la imaginaria línea que las une (lo mismo ocurre con los puntos de mayor profundidad en el
río).
La idea de límite es simbólica pero es posible introducirla con un elemento
imaginario o, incluso, uno tan real como una montaña...

Lucas tiene 8 años, está cursando tercer grado, y está en tratamiento conmigo
debido a ciertas dificultades en la escuela, a partir de las cuales exigieron un tratamiento
como condición para su permanencia en la Institución. En primer lugar se niega a realizar
las tareas en clase con el argumento de que un fantasma lo inmoviliza y no lo deja trabajar.
Además, está muy aislado de sus compañeros y pasa los recreos corriendo palomas en el
patio. Las adquisiciones cognitivas logradas un día, desaparecen al siguiente. Escribe en
espejo los números y tiene dificultades para organizar la serie numérica, tanto como para
contar objetos.
En cierta ocasión llegó al consultorio con una bolsita en la que traía algunos Dakis
(piezas de encastre). Me propuso que construyéramos unos Transformers y los hiciéramos
luchar. Desparramamos las piezas por el piso y comenzamos a armarlos. Durante la tarea, él
se iba apropiando de todas las piezas dejándome a mí prácticamente sin ninguna. Lo señalé
pero no se preocupó mucho por eso. Cuando me dejó sin nada, me dijo: “Bueno, quedate
ahí y mirame”.
Luego de unos minutos, y para que mi mirada no fuera capturada por su quehacer,
anuncié que me pondría a dibujar. Sin ninguna intención particular esbocé la figura de un
niño. Cuando me preguntó qué había dibujado, le dije (sin ninguna intención especial) que
lo había dibujado a él. Allí dejó su tarea y vino a observar mi dibujo. Dijo que no le
gustaba, que ese no era él, que yo había dibujado un bicho y... ¡que me iba a clavar su
Transformer en un ojo! Inmediatamente, tomé un marcador y le apunté, diciéndole que mi
láser iba a protegerme. Pero él, visiblemente excitado, habiendo cambiado la voz y con una
tensión clara en el rostro, insistía en que me iba a matar, que me iba a clavar el Transformer
en los ojos y me los iba a sacar. Yo respondía que mi láser lo impediría, pero la cosa se
tornaba cada vez más densa, él estaba cada vez más excitado y enojado, a la vez que sus
últimas amenazas ya eran gritos proferidos a escasos centímetros de mis oídos...
Entonces dije: ¡Basta, terminamos! ¡No juego más! –pero él siguió y su enojo iba
aumentando. Cada palabra mía lo enojaba más. Sus amenazas continuaban. Ahí me di
cuenta de que estaba poseído por su personaje y que la situación no tenía ningún
componente de juego simbólico35.
Me levanté del piso y le dije que iba a ponerme a ordenar porque era tarde. Él siguió
igual, pero ahora acompañaba sus amenazas con insultos (cabe aclarar que durante toda esta
secuencia nunca llegó a tocarme, ni yo a él).
Decidido a poner un fin a la situación y ante la dificultad para que la palabra
introdujera alguna cuña entre nosotros, tomé su campera y se la puse: sin mucho forcejeo él
lo permitió. Recién allí, me preguntó: “¿Terminamos? ¿Ya me voy?”.
Recuperando un poco de aire, le respondí que sí. Fuimos en busca de su padre a la
sala de espera y se fue como si nada, despidiéndose como siempre con un beso.

DARSE EL LUJO...

Una analizante de 9 años me explicaba sus dificultades para alejarse de su madre de


la siguiente manera:
– Si mi mamá está en Moreno o Luján, yo no puedo ir más lejos que Castelar o
Haedo.
– ¿Y qué pasa si vas más lejos? –pregunté.
– No entendés. No puedo ir.
– ¿Pero por qué? –insistí.
– Porque es como un imán magnético que me trae de vuelta.
– Nunca escuché en la vida que eso le pasara a ningún chico o chica...
– Es algo único entre mi mamá y yo. No vas a poder explicarlo.
– ¿Estás segura?
– Sí.
– ¿No te parece que podría explicarse de alguna manera?
– No.
– ¿Y si no fuera así?
35
La situación no respondía al clásico fenómeno de personificación, soportado por la estructura de la
metáfora. No se trataba de un “hagamos de cuenta que...”. A pesar de mis intentos, en dicha situación no había
dos niveles en juego (como los que puede promover la estructura significante).
– Es así.

Este modo de explicación se apoya en una certeza absoluta e inconmovible. Se trata


de algo único e inexplicable que se le aparece al sujeto como un hecho transparente a su
intuición, como una evidencia que resulta inaccesible al Otro. Esto nos conduce a
considerar que la puerta abierta al Otro se encuentra siempre entre S 1 y S2, el par
significante que divide al sujeto. Es la misma puerta por donde se filtra la duda, la
vacilación, el to be or not to be que suele acosar al sujeto dividido. Pero entonces, ¿no es
acaso un lujo no dudar, mantenerse incólume en la certeza de cualquier idea? Ese lujo, de
existir, exige entonces que el asunto en cuestión esté organizado de otro modo que con la
estructura significante. Eso que llamé “lujo” es en realidad un modo de goce no reprimido.
Bastaría con tensarlo entre al menos dos significantes para que cambiara de estatuto, es
decir: para que sufriera el efecto inevitable de resultar atravesado por los significantes del
Otro tornándose un lujo ante el cual el sujeto se siente impotente o indigno. Se entiende tal
vez un poco más ahora por qué solemos considerar como más normal, como más adaptada
y hasta como más socializable, a una posición sujeta a la duda. No es por nada que las
modalidades del sujeto que suelen darse estos lujos hayan sido definidas por Lacan en
cierta relación de exclusión respecto del discurso: ya sea flotando entre discursos o,
directamente, fuera de los mismos –hay incluso una referencia que propone para un sujeto
así el lugar de amo en la ciudad del discurso36, mientras que habitualmente el sujeto
humano hablante es claramente un siervo o un esclavo del mismo, en tanto queda sometido
a los condicionamientos que sus elementos y lugares determinan sobre sí–.

Otro lujo es la constancia...


La tensión que el binario significante introduce en el sujeto lo torna inconstante. Y
no se trata de una característica personal, como suelen confesar en ocasiones nuestros
analizantes. Pongamos como ejemplo dos de las actividades que, según escuchamos,
parecieran ser las más difíciles de sostener: asistir al gimnasio y hacer dieta. Podríamos
proponer a modo de hipótesis que el problema no radica en la actividad misma, ni en su
dificultad (aunque la tenga), sino en lo que introduce el segundo significante de la cadena:
la verificación. Si la persona en cuestión asistió al gimnasio o sostuvo la dieta por un
tiempo, es probable que tarde o temprano verifique el beneficio o el resultado de su
conducta. Podrá pesar su masa corporal o medir ciertas partes de su cuerpo para observar si
algo ha cambiado. Así, un estado inicial (que podemos nombrar S 1) entra en tensión con
otro estado (S2), mediando entre ambos un intervalo (→). ¿Y que S 2 podría recubrir por
completo a un S1? O para decirlo de otro modo: ¿qué proporción lograda puede esperarse
de dicha maniobra de medida si el único modo de hacerla es con significantes?

Un poco más arriba hablé de la tontería necesaria para vivir en el lazo social. Esa
tontería es función del significante y está puesta al servicio de ciertos códigos (algunos de
ellos escritos y otros no) que regulan nuestros intercambios en la sociedad. Sin embargo,
sabemos que muchos niños no sujetos al significante cuestionan dichos códigos porque
ignoran los binarios significantes que los estructuran. Por ejemplo: lo íntimo (o privado) y
lo público suelen confundirse. Son niños que exhiben su cuerpo o intentan manipular el
cuerpo del otro; que revisan carteras, cajones y sucedáneos; que suelen ir al baño con la
36
V. Lacan, Jacques. “El acto psicoanalítico, 1967-1968”, en Reseñas de enseñanza, Manantial, Buenos
Aires, 1988, p.53.
puerta abierta y otro tipo de manifestaciones similares. Pero además, resultan muchas veces
inmunes al llamado del Otro y, fundamentalmente, al diálogo –este último por estar
organizado a partir de los englobamientos crecientes y las imbricaciones recíprocas del
significante: ‘yo digo’ (S1) →‘tú dices’ (S2), y luego ambos significantes quedan
subsumidos por un nuevo S1 que los sintetiza (‘yo digo sobre lo que tú respondiste a lo que
yo dije’). En suma, son niños que pueden darse el lujo de no responder al llamado o a
alguna pregunta, ignorando a su interlocutor como si no existiera o como si no se hubiera
dirigido a él. Por otra parte, cuando deciden no darse ese lujo y nos hablan, pueden darse
otro: no ocultarnos nada ni mentirnos, borrando esa segunda dimensión del significante que
consiste en quedar bajo la barra.

No hay que esforzarse mucho en la comprensión de tales fenómenos para descubrir


que los mismos suelen convertirse en la pesadilla de la situación escolar. Sin duda, la
sujeción por la holofrase impacta sobre los dos ejes que están en juego en dicho ámbito: la
disciplina y la instrucción37. Y la institución escolar que conocemos como “escuela
común”38, montada sobre la lógica del discurso universitario según Lacan, está organizada
tanto en sus currículas de estudio como en sus normas de convivencia, en función del
supuesto de que todos sus estudiantes estarán estructurados por el significante.
Y así como he descripto algunos de los lujos que los niños sujetos a la holofrase
pueden darse respecto de lo que en la escuela podría considerarse el código de disciplina,
dicha organización también impacta en la lógica de la construcción de las competencias
cognitivas, donde uno de sus primeros indicadores –el que muchas veces es la señal de
alarma de que algo no funciona bien en ese niño– es la pronta pérdida de adquisiciones que,
supuestamente, habían sido logradas. Quien representa a la posición escolar nos manifiesta:
“aprendió a manejar bien tal o cual operación (multiplicar, por ejemplo) el lunes, pero el
martes ya no la sabía, la había olvidado por completo...”. Y no se trata precisamente de un
olvido, sino de un modo de funcionamiento holofrástico, el que no trabaja con dos lugares
de inscripción tal como ocurre en la estructura significante. En el caso de la estructura
significante, las cosas suceden de la siguiente manera: en un primer tiempo el niño adquiere
una competencia cognitiva cualquiera (S). En un segundo tiempo adquiere otra (S’), que se
asienta sobre la anterior. Recién allí podemos numerarlas y articularlas en términos de
S1→S2. Pero lo que se verifica en ese caso es que al momento de trabajar en la segunda
competencia el niño conserva inscripta la primera, dispone de ella, lo que permite suponer
operando una estructura de dos posiciones.
No es el caso para la holofrase, donde no hay dos posiciones en funcionamiento sino
una –y como el lector notará, no hace falta en absoluto caracterizarlas como dos que se
encuentran pegadas–. En esta situación, el niño logra una adquisición (S). Luego, en otro
momento diferido en el tiempo, se le intentará transmitir una nueva adquisición que
suponga a la anterior en funcionamiento, pero como se trata de una organización de un solo
lugar, el menor esfuerzo para intentar comprenderla (aunque sea fallidamente), desalojará a
la anterior (X → S). Y el resultado final probablemente será una confusión generalizada, ya
que lo que estaba logrado vacilará o se perderá por completo, y lo que era nuevo no llegará
a inscribirse por falta de lugar simbólico para ello. Esto imposibilita el englobamiento
37
V. Kant, Immanuel. Pedagogía (1803), Ed. Akal, Madrid, 1983, p.31 y ss. Si bien se trata de una idea
clásica, la misma conserva hoy en día todo su valor y orienta el desarrollo del libro del que Freud tomó en
préstamo la idea de las “profesiones imposibles”.
38
Significante que toma su valor por la diferencia con el de “escuela especial”.
creciente (lo que permitiría que cada adquisición nueva supusiera una mayor cantidad de
componentes en la acumulación inscripta previamente, según la función de síntesis del S 1)
y también la lógica de la anticipación/retroacción significante (que exige dos posiciones en
funcionamiento simultáneo). Como el lector imaginará, no hay contenidos de la currícula
escolar que no descansen sobre estos procedimientos. Este es uno de los panoramas ante el
que se encuentran muchos analistas que en su afán de no retroceder ante los niños trabajan
en el dispositivo de Integración Escolar, instalando el cuerpo y su palabra al servicio de
reponer esos modos de funcionamiento, encarnando las flechas de la anticipación y la
retroacción, promoviendo recursos imaginarios para que esos niños puedan apresar alguno
de tales contenidos y generando suplencias para tornar operativo a ese significante de la
síntesis que resulta tan valioso en el ámbito de la instrucción escolar.

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