IV Holofrase
IV Holofrase
HOLOFRASE
Si bien Guir afirma que este fenómeno no debe confundirse con la condensación, no
presenta ningún criterio para evitar el equívoco y el ejemplo que ofrece en el texto no es
sino... ¡una condensación por traducción! En su escrito tampoco queda clara la articulación
de esta formación del inconsciente con el síntoma en cuestión y mucho menos aún, con la
posición del sujeto.
El autor insiste con una dirección de trabajo analítico orientada por la búsqueda de
las holofrases particulares de los analizantes:
En la primera de ellas traza una historia del término “holofrase” en la filosofía del
lenguaje –llamar “lingüística” a las disciplinas citadas sería demasiado–, discurso que se
ocupó del mismo a la hora de abordar los problemas de las tipologías de las lenguas, del
origen del lenguaje y, finalmente, de la ontogenia del lenguaje. Este primer grupo de
referencias está justificado puesto que apunta a señalar una maniobra lacaniana que consiste
en extraer el término del corpus de la filosofía del lenguaje (o de la lingüística) para darle
un uso estrictamente psicoanalítico del que nos ocuparemos a su debido tiempo.
Así descubrimos que el término entró en la lengua francesa bajo la forma del
adjetivo “holofrástico” [holophrastique] en 1866, y que el sustantivo “holofrase”
[holophrase] fue un poco más tardío. El primero de los usos del adjetivo remite a la
construcción lenguas holofrásticas, que son aquellas “en que la frase entera, sujeto, verbo,
régimen, e incluso accidente, se encuentra aglutinada en una sola palabra” (Diccionario
Littré de la lengua francesa, 1887). Aquí aparece el primer uso del término que fue el de
clasificar las lenguas. Si bien según el enfoque de estudio las lenguas holofrásticas
recibieron diversos nombres (aglutinantes, incorporantes, polisintéticas, etc.), todas ellas
están apoyadas en la función sobre la que estamos trabajando6.
Las tipologías de las lenguas florecieron durante el siglo XIX, su principal
exponente fue Wilhelm von Humboldt y su criterio de tripartición en lenguas aislantes (el
chino y sus lenguas conexas), lenguas flexionales (indoeuropeas y semíticas) y lenguas
aglutinantes (todas las otras, donde se inscribe la holofrase). Esta clasificación presentaba
problemas ya que se superponía con otras e incluso favorecía zonas grises en su propia
constitución interna. Sin embargo Stevens llama la atención sobre el trabajo de un teórico
más contemporáneo que aparentemente ha sido una influencia importante para la
concepción lacaniana del fenómeno: se trata de Gustave Guillaume 7 y su propuesta de una
nueva tipología de las lenguas presentada en su curso del año lectivo 1948-1949, la que se
apoya en las nociones de “captura frástica” y “captura lexical” –criterios absolutamente
propios y novedosos que resuenan en los analistas–. Se trata de figuras de cierre, donde...
5
Esta breve puntuación no debería en modo alguno ahorrarle al lector el encuentro con el texto original de
Alexandre Stevens.
6
De las lenguas holofrásticas que aún se mantienen en uso la más cercana a los lectores argentinos es la
guaraní, la que se encuentra en uso en el Chaco boliviano (es lengua oficial de Bolivia desde el 2009), el
noreste de Argentina (Corrientes, Misiones, Formosa, partes del este de la provincia del Chaco y en puntos
aislados de Entre Ríos). En la provincia de Corrientes es lengua oficial junto con el castellano. Además, desde
1992 es una de las dos lenguas oficiales de la república del Paraguay.
7
Gustave Guillaume (1883-1960), fue un lingüista francés discípulo de Antoine Meillet (quien a su vez lo
fuera de Ferdinand de Saussure). Guillaume dictó su curso en l’École Pratique des Hautes Études de la
Sorbonne, en París, de 1938 a 1960, por lo que podemos considerarlo un autor contemporáneo de Lacan.
8
Stevens, A. Óp. cit., p. 4 de mi traducción.
Stevens señala la proximidad de estos modos de captura con los términos de
“mensaje y código”, tal como Lacan los introduce en el grafo del deseo; pero además sitúa
la noción de holofrase en el punto en que ambos tipos de captura se confunden, anulando la
lexicalización y situando como lógicamente primera a la captura de la frase como un todo.
Y puesto que Guillaume prosiguió con sus elaboraciones, Stevens señala que en el curso de
1956-1957 introdujo una nueva definición de la holofrase, situándola “en un acto de
lenguaje donde acto de representación (la lengua) y acto de expresión (el discurso)
coinciden”9, definición que anticipa y prefigura la idea del monolito entre el sujeto y el
significante que Lacan presentará en su seminario El deseo y su interpretación –volveremos
a esta idea cuando revisemos los contextos lacanianos en que apareció el término–.
Bastante menos específico ha sido el uso del término “holofrase” a lo largo del siglo
XVIII, en el contexto de las discusiones acerca del origen del lenguaje –las que no
necesariamente deben considerarse lingüísticas y que convocaron mayormente el interés de
los filósofos–. Se inscriben allí como posiciones destacadas las ideas de Condillac y
Rousseau –como he señalado, netamente filosóficas– y que contrastan con las primeras
elaboraciones del siglo XIX, donde la lingüística histórica y comparativa se encuentra con
las teorías evolutivas de los naturalistas Lamarck y Darwin. Cito a Stevens:
La primera gran diferencia entre las teorías del siglo XVIII y las del siglo
XIX, es que estas últimas se fundan en la estructura de lenguas habladas y en la
comparación de diversos elementos de estructura entre esas lenguas (...). La
segunda gran diferencia es que las teorías del siglo XIX intentan explicar el paso
franqueado de lo animal a lo humano. Se trata (...) de reconstruir el eslabón faltante
del evolucionismo. La holofrase toma su aplicación de este hilo conductor (...) 10.
Diversas teorías se inscriben en esta línea y evocan a la holofrase para intentar dar
cuenta del estado intermedio entre el grito expresivo animal y el lenguaje humano. El
principio de todas estas teorías es el mismo: suponen un ruido que adquiere significación en
la situación de conjunto –justamente la aglutinación, el pegoteo entre dicha situación y el
sonido es la que justifica el recurso a la holofrase.
Curiosamente esta lógica es cuestionada por algunos de los autores más
representativos del período entre los que se destaca Von Humboltd, quien afirma que “al
momento del origen, hace falta que el lenguaje esté ya allí, es decir que no haya
transición”11. La crítica a esta línea de pensamiento que Lacan presentará en su primer
seminario –muy posterior por cierto–, irá en la misma dirección y será mucho más lapidaria
aún.
9
Ibídem.
10
Ibíd. p. 5.
11
Ibídem.
LA CONSTRUCCIÓN DE LA HOLOFRASE LACANIANA
Luego de citar el ejemplo de una holofrase extraído de un libro editado por Edward
J. Payne titulado History of the New World Called America [Oxford University Press,
1892], Lacan destaca la situación en que la misma es producida: estado de inter-mirada
entre dos sujetos, donde cada uno espera del otro que se decida a realizar algo que ninguno
desea hacer, pero que hay que hacer de a dos. Queda claro en el ejemplo que...
De este modo Lacan transmite la idea de que solo es posible otorgarle algún valor a
la holofrase en un tejido simbólico ya existente. Entonces, y cito a Stevens, “<ya sea que>
12
Lacan, Jacques. El seminario, Libro 1, Los escritos técnicos de Freud. Paidós, Buenos Aires, 1992, pp.
328-329.
13
Ibíd. p. 329.
se trate exactamente de una frase de una sola palabra o de una expresión más compleja, ya
están capturadas en una estructura de lenguaje. Lacan prefiere insistir sobre el carácter no
descomponible de estas palabras-frase”14.
Evidentemente en este primer recorrido la discusión es lingüística y el término
“holofrase” es utilizado por Lacan con el mismo valor que tiene en dicho campo teórico.
Habrá que esperar cinco años para que comience el proceso de diferenciación y apropiación
lacaniana.
En su libro “La forclusión del Nombre del Padre”, Jean-Claude Maleval abona la
misma hipótesis que Stevens.
La tesis de una holofrase del par significante primordial (...) supone una
innovación, porque trata de circunscribir un mecanismo inherente al inconsciente
freudiano y no ya a un fenómeno lingüístico universal (...). La holofrase puede
manifestarse mediante fenómenos lingüísticos diversos. Lo que todos ellos tienen
en común es que emanan de un sujeto no evanescente, sino petrificado en sus
certezas (...). La holofrase producida por el sujeto psicótico es transfenoménica 19.
Puesto que todo este asunto reclama una articulación clínica, comencemos con una
observación conocida, susceptible de ser articulada con nuestro eje teórico-clínico: porque
si el significante introduce la diferencia en lo real, entonces es bastante lógico que los niños
sujetos a la holofrase habiten un mundo indiferenciado –si bien, tal como afirmaba más
arriba, en cada caso de la serie dicha falta de diferencias mostrará sus matices.
El caso paradigmático acerca del que Lacan realizó sus primeras puntuaciones es el
caso Dick de Melanie Klein23. Probablemente, este sea el caso más primitivo para dar
cuenta de una posición subjetiva que no reconoce diferencias en el mundo. Lacan afirma
que Dick “está enteramente en lo indiferenciado” y se pregunta “¿qué es lo que constituye
un mundo humano sino el interés por los objetos en tanto distintos, por los objetos en tanto
equivalentes?”24.
El aplanamiento afectivo de Dick es consistente con dicho fenómeno. Si a cada
relación de objeto le corresponde un modo de identificación cuya señal es la ansiedad, se
comprende que Dick no la manifieste y que Lacan afirme que el niño “vive en la realidad.
En el consultorio de Melanie Klein no hay para él ni otro, ni yo: hay una realidad pura y
simple”25. Conviene recordar aquí que dicho fenómeno de indiferenciación lo conduce a
tratar a personas y cosas como iguales, pero también a no responder al llamado del otro. Le
pregunto al lector si acaso ha percibido qué difícil es no responder cuando uno recibe un
llamado, tanto como cuánto nos enojamos cuando llamamos a otro y no responde a nuestra
llamada. No responder un llamado es un lujo difícil de darse.
Lacan le atribuye cierta brutalidad a la posición clínica de Melanie Klein ante Dick.
Lo describe del siguiente modo: “¡Hay que ver con qué brutalidad Melanie Klein le enchufa
(lui fout) al pequeño Dick el simbolismo!”26. Me sorprende cómo describe Lacan la
maniobra kleiniana ante un niño sujeto a la holofrase: enchufar brutamente el simbolismo.
Lacan insiste con esta fórmula, lo cito nuevamente:
Entonces Melanie Klein con ese instinto de bruto que le permitió alcanzar una
suma de conocimientos hasta entonces impenetrables, se atreve a hablarle: hablar a
un ser que, sin embargo, se deja aprehender como alguien que, en el sentido
simbólico del término, no responde. Está allí como si ella no existiese, como si ella
fuese un mueble. Y, sin embargo, ella le habla27.
Es curioso el modo en que Lacan habla de Melanie Klein: se trata de una bruta que
finge ignorar la ausencia de respuesta en el niño, que le enchufa (¡la traducción es
absolutamente correcta!) el simbolismo –agrego yo: ¡en la primera ocasión en que se
encuentran!28 Podríamos decirlo de otro modo: Melanie Klein le enchufa a Dick un par
23
V. Klein, Melanie. “La importancia de la formación de símbolos en el desarrollo del yo” (1930), en
Obras Completas, Volumen 1, Paidós, Buenos Aires, 1996, p. 224 y ss.
24
Lacan, Jacques. El seminario, Libro 1, Los escritos técnicos de Freud, Paidós, Buenos Aires, 1990, p.
112.
25
Ibídem.
26
Ibídem.
27
Ibíd. pp. 113-114.
28
Como no sé cuánto se lee a Melanie Klein en nuestros días, conviene aquí recordar que la famosa
intervención de los trenes y la estación fue realizada en la primera ocasión en que Melanie Klein y el pequeño
Dick se encontraron.
significante (que además no es cualquiera, porque es el par edípico) y con eso lo simbólico
todo. Y Lacan, que pone en acto al leer el caso una teoría del sujeto en psicoanálisis, afirma
que “ni siquiera es necesario que la palabra sea suya (del niño)” 29. Retorna así la pregunta
ética rescatada por Foucault en un texto de Samuel Beckett: ¿Qué importa quién habla? El
sujeto no coincide con ninguna persona, ni siquiera cuando se trata de la sujeción a la
holofrase.
Dick responde porque la intervención toca lo real. Recordemos que Lacan también
había afirmado que el “el desarrollo solo se produce en la medida en que el sujeto se integra
al sistema simbólico, se ejercita en él”30.
Tenemos entonces la afirmación lacaniana de que Melanie Klein es bruta. Pero me
atrevería a agregar que, además, es tonta. Es tonta porque se presenta con una disposición
particular a sostener el lazo. Ese niño que tiene frente a sí –“niño invisible, dirá Lacan,
puesto que sería mirado desde todas partes”31– no es para ella un Uno-discreto-de-goce con
el que no habría lazo posible. Así lo decía Lacan en el año ’73:
***
29
Ibíd. p. 138.
30
Ibídem.
31
Lacan, Jacques. Topología y tiempo. Sesión del 5 de mayo de 1979 (inédito). [Traducción personal a
partir de la estenografía].
32
Lacan, Jacques. “Excursus a la conferencia de Milán”, 4 de febrero de 1973 (inédito). [Traducción
personal a partir del documento alojado en la página de la École Lacanienne de Psychanalyse:
http://www.ecole-lacanienne.net/pictures/mynews/71439E93BC0D9BB3EDDC83DDF736661F/1973-02-
04.pdf]
33
V. mi conferencia “La respuesta tonta del psicoanalista de niños: el dispositivo de presencia de padres y
parientes. Un problema ético” (2011) incluida en este libro.
34
Milner, Jean-Claude. Los nombres indistintos, Manantial, Buenos Aires, 1999, p. 131.
Recibo en el consultorio a los padres adoptivos de Lito, quien tiene diez años.
Según me dicen, el niño estuvo en tratamiento desde siempre... En esta ocasión, focalizan el
motivo de la consulta en dos puntos: en primer lugar, Lito se mete el dedo pulgar en la boca
y ese gesto enloquece a su madre. En segundo lugar, hay ciertas dificultades con el
rendimiento escolar: a pesar de encontrarse hace dos años en tratamiento psicopedagógico,
todavía sigue teniendo inconvenientes en la escuela. Según comentan la psicopedagoga ha
sugerido que hay inconvenientes de tipo afectivo, lo que ha promovido la consulta
conmigo.
Mi primera intervención apunta a establecer la historia de la adopción: Lito es hijo
de una madre bipolar y de su abuelo (tanto él como su hermana, que es dos años mayor). Su
madre ha muerto y su padre/abuelo está preso por un robo que terminó en homicidio. En un
primer momento fueron entregados en adopción por separado. Pero un tiempo después,
durante la guarda, un juez ordenó que debían ser adoptados juntos. Así es que fueron
entregados a una familia que los devolvió al poco tiempo (no es posible establecer la causa
de tal situación).
Con respecto a la historia de la familia, Marta, la actual madre adoptiva de Lito,
cuenta que perdió un embarazo hace muchos años, y que luego de ese episodio siguieron
algunos tratamientos médicos que, al parecer, le resultaron insoportables. Luego de
rechazar una oferta para una adopción ilegal en el Paraguay se anotaron en un juzgado de la
provincia de Buenos Aires. Tras nueve años de espera recibieron un llamado: en 24 horas
adoptarían dos hermanitos que estaban en distintos lugares. Lito, que tenía en ese momento
un año y tres meses, estaba en un hospital de la provincia de Buenos Aires. Dicen ellos:
“cuando lo vimos era una bolsita de papas”. Su padre adoptivo afirmó que estaba
hipotónico y mal alimentado. No traía con él ninguna pertenencia, ni ropa ni juguetes. Su
hermana, por el contrario, estaba en muy buen estado de salud y cuando fueron a buscarla
al Hogar donde se encontraba se la entregaron con un pequeño ajuar.
Sigue el relato de las dificultades del niño y de los múltiples tratamientos a los que
fue sometido, entre ellos, estimulación temprana, psicoterapias varias y psicopedagogía. Su
madre adoptiva no tiene familia y la familia del padre ha rechazado a los niños por no tener
la misma sangre: son ellos cuatro y nadie más. Su padre es una persona sencilla en sus
razonamientos. Él cree que Lito es lento pero que algún día va a arrancar; su madre no
soporta la lentitud ni el modo en que pierde las adquisiciones logradas día a día. Es dura y
me exige condiciones para el tratamiento: que se respete el día y la hora de las sesiones a
rajatabla, que no los haga esperar, que no le hable a ella cuando lo traiga a la consulta, etc.
Quiere garantizar así la pureza del dispositivo. Más allá de sus exigencias para conmigo,
con el niño oscila entre enojos y retos por un lado, y gestos de pegoteo físico que llegan
hasta permitirle dormir con ella cuando su padre está de viaje por razones de trabajo. Me
dice: “yo soy el socorro de Lito, cuando le pasa algo viene y me abraza. Por suerte siempre
entiendo qué es lo que le pasa, el padre no lo entiende, le pregunta y él se bloquea. Allí se
pone el dedo en la boca”.
Cuando intento establecer ciertos puntos de la historia familiar como por ejemplo
por qué luego de perder un embarazo tempranamente decidieron hacer un tratamiento de
fertilidad, o dónde está su familia, el discurso de ambos se torna oscuro, dan vueltas y no
logran responder. No me esconden la información: no pueden articularla. Incluso citándolos
a entrevistas individuales hay puntos a los que no logré acceder. Siempre retornan al
impacto que les produjo ver a Lito por primera vez y la idea de que tienen “hijos mellizos
de edades diferentes”. Su madre cuenta una escena que la dejó perpleja y que, al parecer,
precipitó la consulta conmigo: una noche, luego de cenar, Lito le preguntó “¿por qué vos no
tenés hijos?”. El padre dice que él es más compinche con su hijo, pero al pedirle que me
cuente algún ejemplo de ese tipo de relación, no puede ubicar nada para ilustrarla.
Al comenzar mi tarea con Lito pude notar que su lenguaje está por debajo de la
media esperable para su nivel etario. Utiliza frases breves y responde frecuentemente a las
preguntas con monosílabos. Suele incluir malas palabras a modo de adjetivos. No obstante
es posible mantener un diálogo, aunque el mismo puede trabarse ante determinado tipo de
interrogaciones –ya veremos de qué se trata.
Su relato presenta alteraciones de la secuencia y confusión entre los personajes. La
línea temporal no se respeta del todo y por lo tanto se verifica que la noción de causa opera
con complicaciones. Lito cuenta alguna película y su relato se desordena con facilidad,
llegando incluso a confundir el argumento con el de otra película. No muestra interés por
los materiales de juego simbólico. Su relación con el material de juego de reglas fue
inicialmente de curiosidad pero poco a poco se tornó despectiva y, en ocasiones, llegó a ser
violenta. Varias veces arrojó los elementos de los juegos de mesa, sin preocuparse por
posibles daños ni disculparse. Es probable que tal modificación hubiera sido provocada por
sus fracasos en los mismos, puesto que se acentuó en aquellos juegos en los que había
perdido partidas previas. Lito me solicitó que le enseñara a jugar a varios de ellos, prestó
atención a las indicaciones y en principio parecía haber comprendido las consignas. Sin
embargo pasado un tiempo cometía errores que no consistían en regulaciones intuitivas
como en un intento por hacer trampa, puesto que al ser interrogados permitían verificar que
la adquisición de la regla se había perdido por completo. En ocasiones en que el juego
lograba resultar más estable, la adquisición se perdía en el lapso entre las entrevistas.
En cada ocasión en que le señalé algún error, ya sea en las secuencias narradas o por
infringir alguna regla lúdica, Lito respondió negando el señalamiento, tratándolo como no
ocurrido: “no me equivoqué, no dije eso”. De modo general podría suponerse que el recurso
a la negación funciona como una defensa primitiva. Su desinterés por el juego simbólico
resulta concurrente con el que mostró por las consignas gráficas, no hubo manera de
hacerlo dibujar.
Una conversación acerca de qué quería ser cuando fuera grande, abrió a la aparición
de un fenómeno que había sido anticipado por los padres en las entrevistas iniciales: ese
dedo pulgar que Lito se introduce en la boca a la vez que con el resto de la mano cubre su
nariz. Ese gesto se acompaña de una mirada perdida y un total retraimiento físico. Se trata
de su respuesta habitual a la pregunta que abre la enunciación en el enunciado, y se repite
sistemáticamente si acaso la línea asociativa lo lleva por ahí, tanto como si su interlocutor
la sugiere. Lejos de un signo de inmadurez emocional o motora, este gesto funciona como
un tapón real a toda dimensión del deseo, opera cierto bloqueo de la posible aparición de un
asunto en el que pueda presentarse como deseante. Para que ese gesto no aparezca es
necesario que solamente intercambiemos enunciados que no habiliten un supuesto deseo en
la enunciación. Pero si aparece, su gesto se constituye en un acto de rechazo del lazo. Allí,
en ese punto, Lito se da el lujo de no responder, de volverse Uno: un Uno discreto de goce.
Si yo le hablo, si le pregunto algo, si lo instigo a deponer esa actitud, no pasa nada: él
permanece así, inconmovible. Es necesario que deje de observarlo –casi diría, ignorarlo– o
incluso ponerme a hacer alguna otra cosa (ordenar objetos, escribir algo en la computadora
o caminar un poco por ahí), para que reaparezca la dimensión de cierto diálogo, con las
limitaciones planteadas.
En cierta ocasión en que nuestra conversación nos llevó hacia cuestiones
relacionadas con las chicas de su curso, él respondió con su gesto habitual. Pero ese día
intervine diciéndole:
– ¡Qué buena máscara! ¿Te muestro la mía?– y sin esperar respuesta uní mis dedos
índices con los pulgares creando una especie de anteojos que apoyé en mis ojos mientras
entrelazaba los otros dedos creando una especie de visera–. Soy Pabloman, el superhéroe
que ayuda a los chicos estudiosos. ¿Vos quién sos? –pregunté sin ninguna esperanza de
respuesta...
–Yo soy Lito– dijo quitándose el dedo de la boca.
Desde entonces, cada vez que aparece su máscara, yo hago la mía. Él se quita el
dedo de la boca y se sonríe moviendo la cabeza como diciendo “qué estúpido...”. Hasta que
un día me preguntó:
– ¿Para qué hacés eso?
¿Acaso su pregunta iba más allá de un enunciado? Respondí:
– Porque vos lo hacés y yo también quiero ser un superhéroe.
A la semana siguiente, vino con la remera del Capitán América...
***
Vengo trabajando hace tiempo con un muchacho de unos trece años que presenta un
cuadro de dermatitis atópica desde los 6 años. Dicho cuadro supone unas erupciones
bastante agresivas en la piel que se presentan en cualquier lugar del cuerpo. Según
entiendo, Miguel (tal su nombre) es un paciente psicosomático. Sin embargo, llegó a mi
consultorio como una condición para que la Escuela a la que asiste le renueve la matrícula.
Veamos su historia.
Al igual que Dick, Miguel vive en cierta realidad indiferenciada. Por supuesto que
su posición subjetiva es bien distinta: él dialoga conmigo, su presentación es mucho más –
digamos– normal, pero su asunto (o sujeto) no está estructurado por el significante. ¿Y
cómo se manifiesta esa indiferenciación? Todos sus compañeros de la Escuela son unos
boludos. Todos. Además, y este fue el problema, Miguel trata a todos los actores de la
comunidad escolar como iguales: le habla igual al preceptor que a sus docentes y que a la
Rectora: un insulto dirigiéndose a ella desencadenó el problema que terminó con la
consulta. Y encima no se calla, se defiende y expone sus argumentos buscando siempre
obtener la última palabra. Como si no hubiera un punto que pudiera ponerle final a sus
cadenas de palabras. Claro que a simple vista parece un muchachito muy maleducado, pero
no es así en absoluto. Al contrario, es un joven cariñoso pero insoportable –incluso pone a
prueba la posición de uno en tanto analista en la transferencia. La historia de su trastorno
dermatológico se agota en los mil y un ungüentos que le han puesto en la piel (han llegado
a embotellar agua de mar para bañarlo). Pero su primer impacto en el análisis luego de
mucho tiempo de siempre lo mismo, fue cuando le dije que su trastorno estaba relacionado
con su modo de hablar. Allí por primera vez, él insistió en defender una diferencia que
presentó en términos de “piel y palabra”. Curiosamente, habíamos invertido los papeles: yo
había sido paciente hasta allí y, a partir de entonces, él se volvió analizante. Considero que
esa es la verdadera presentación de la dupla en juego en el análisis.
Desde entonces, una hoja de papel para cada uno fue nuestro modo de continuar las
entrevistas. Si yo decía algo, eso quedaba asentado, escrito. Y si él encontraba alguna idea,
no dudaba en graficarla de alguna manera en su hoja. Así, apareció la ortografía y cierta
dimensión espacial ofertada por los renglones de nuestros papeles. Esas hojas daban cuenta
de la función del secretario. La relación de Miguel con el lenguaje comenzó a modificarse
lentamente. De a poco, no todo era igual. Teníamos listas de boludos, de interesantes, de
ñoños inteligentes... Teníamos también un organigrama de su Escuela según la mejor
manera de dirigirse a cada uno: al preceptor (con quien se podía decir malas palabras y
discutir un poco), los docentes (con los que no se podía decir malas palabras y solo se
discutían un poquito las notas) y las autoridades (con los que no se podía decir nada y
siempre tenían razón). Hoy que Miguel acaba de invitar a salir por primera vez a una chica,
llegó a su última sesión con el siguiente problema:
–Invité a salir a Lali, pero no sé cómo hablar con ella. ¿No se habla con una chica
como se habla con los pibes, no? Ayudame a pensar cómo hago para no embarrarla... Es
importante porque voy a poder ponerme una remera de manga corta: esta semana no tengo
granitos en los brazos...
***
Lucas tiene 8 años, está cursando tercer grado, y está en tratamiento conmigo
debido a ciertas dificultades en la escuela, a partir de las cuales exigieron un tratamiento
como condición para su permanencia en la Institución. En primer lugar se niega a realizar
las tareas en clase con el argumento de que un fantasma lo inmoviliza y no lo deja trabajar.
Además, está muy aislado de sus compañeros y pasa los recreos corriendo palomas en el
patio. Las adquisiciones cognitivas logradas un día, desaparecen al siguiente. Escribe en
espejo los números y tiene dificultades para organizar la serie numérica, tanto como para
contar objetos.
En cierta ocasión llegó al consultorio con una bolsita en la que traía algunos Dakis
(piezas de encastre). Me propuso que construyéramos unos Transformers y los hiciéramos
luchar. Desparramamos las piezas por el piso y comenzamos a armarlos. Durante la tarea, él
se iba apropiando de todas las piezas dejándome a mí prácticamente sin ninguna. Lo señalé
pero no se preocupó mucho por eso. Cuando me dejó sin nada, me dijo: “Bueno, quedate
ahí y mirame”.
Luego de unos minutos, y para que mi mirada no fuera capturada por su quehacer,
anuncié que me pondría a dibujar. Sin ninguna intención particular esbocé la figura de un
niño. Cuando me preguntó qué había dibujado, le dije (sin ninguna intención especial) que
lo había dibujado a él. Allí dejó su tarea y vino a observar mi dibujo. Dijo que no le
gustaba, que ese no era él, que yo había dibujado un bicho y... ¡que me iba a clavar su
Transformer en un ojo! Inmediatamente, tomé un marcador y le apunté, diciéndole que mi
láser iba a protegerme. Pero él, visiblemente excitado, habiendo cambiado la voz y con una
tensión clara en el rostro, insistía en que me iba a matar, que me iba a clavar el Transformer
en los ojos y me los iba a sacar. Yo respondía que mi láser lo impediría, pero la cosa se
tornaba cada vez más densa, él estaba cada vez más excitado y enojado, a la vez que sus
últimas amenazas ya eran gritos proferidos a escasos centímetros de mis oídos...
Entonces dije: ¡Basta, terminamos! ¡No juego más! –pero él siguió y su enojo iba
aumentando. Cada palabra mía lo enojaba más. Sus amenazas continuaban. Ahí me di
cuenta de que estaba poseído por su personaje y que la situación no tenía ningún
componente de juego simbólico35.
Me levanté del piso y le dije que iba a ponerme a ordenar porque era tarde. Él siguió
igual, pero ahora acompañaba sus amenazas con insultos (cabe aclarar que durante toda esta
secuencia nunca llegó a tocarme, ni yo a él).
Decidido a poner un fin a la situación y ante la dificultad para que la palabra
introdujera alguna cuña entre nosotros, tomé su campera y se la puse: sin mucho forcejeo él
lo permitió. Recién allí, me preguntó: “¿Terminamos? ¿Ya me voy?”.
Recuperando un poco de aire, le respondí que sí. Fuimos en busca de su padre a la
sala de espera y se fue como si nada, despidiéndose como siempre con un beso.
DARSE EL LUJO...
Un poco más arriba hablé de la tontería necesaria para vivir en el lazo social. Esa
tontería es función del significante y está puesta al servicio de ciertos códigos (algunos de
ellos escritos y otros no) que regulan nuestros intercambios en la sociedad. Sin embargo,
sabemos que muchos niños no sujetos al significante cuestionan dichos códigos porque
ignoran los binarios significantes que los estructuran. Por ejemplo: lo íntimo (o privado) y
lo público suelen confundirse. Son niños que exhiben su cuerpo o intentan manipular el
cuerpo del otro; que revisan carteras, cajones y sucedáneos; que suelen ir al baño con la
36
V. Lacan, Jacques. “El acto psicoanalítico, 1967-1968”, en Reseñas de enseñanza, Manantial, Buenos
Aires, 1988, p.53.
puerta abierta y otro tipo de manifestaciones similares. Pero además, resultan muchas veces
inmunes al llamado del Otro y, fundamentalmente, al diálogo –este último por estar
organizado a partir de los englobamientos crecientes y las imbricaciones recíprocas del
significante: ‘yo digo’ (S1) →‘tú dices’ (S2), y luego ambos significantes quedan
subsumidos por un nuevo S1 que los sintetiza (‘yo digo sobre lo que tú respondiste a lo que
yo dije’). En suma, son niños que pueden darse el lujo de no responder al llamado o a
alguna pregunta, ignorando a su interlocutor como si no existiera o como si no se hubiera
dirigido a él. Por otra parte, cuando deciden no darse ese lujo y nos hablan, pueden darse
otro: no ocultarnos nada ni mentirnos, borrando esa segunda dimensión del significante que
consiste en quedar bajo la barra.