Intertextualidad y Proteicidad en Ficción
Intertextualidad y Proteicidad en Ficción
Resumen: El concepto de ficción es transversal a cualquier área de los estudios literarios, pero
al mismo tiempo resulta muy difícil de aprehender en términos epistemológicos. De ahí la importancia
de la oposición entre ficción y no ficción. El objetivo de este artículo es destacar las diferencias que,
en términos de posibilidades intertextuales, se dan entre la ficción literaria y los discursos factuales.
Así, si estos últimos se caracterizan por tener unas relaciones intertextuales limitadas, la primera,
liberada de cualquier compromiso de adecuación rígido o sistemático con el mundo real, se caracteriza
por una capacidad de generación intertextual potencialmente infinita. Aquí se defenderá, además, que
este potencial expresivo potencialmente ilimitado de la ficción hace que, en términos intertextuales,
ésta vaya más allá de la mera relación entre textos y en muchos casos haga posible que la ficción pueda
efectivamente ser otros textos no ficcionales. Es lo que aquí se llamará “proteicidad textual”.
Palabras clave: Teoría de la ficción, ficcionalidad, intertextualidad.
Abstract: The concept of fiction is transversal to any area of literary studies, but at the same
time it’s hard to establish and define it in epistemological terms. Hence the importance of the
opposition between fiction and non-fiction. The objective of this article is to highlight the differences
that exist between literary fiction and factual discourses in terms of intertextual possibilities. While
non fiction is characterized by having limited intertextual capacities, literary fiction, freed from any
rigid subjection to the real world, is characterized by having a potentially unlimited intertextual
generation capacity. Here it will be also argued that this capacity makes fiction able to go far beyond
the traditional limits of intertextuality and makes it able to be (or at least try to be) other non-fictional
texts. This is what we call “textual proteicity”.
Keywords: Fiction Theory, Fictionality, Intertextuality.
10 Tropelías. Revista de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, número extraordinario 5 (2019)
Miguel Amores Fúster
1
Introducción: el rompecabezas epistemológico de la ficción
El concepto de ficción, entendido en un sentido básico de espacio de existencia no real generado
por la enunciación literaria y dotado con sus propias normas de sentido singulares, es transversal
a la inmensa mayoría de análisis sobre la literatura. Con la excepción de una serie de textos de tipo
ensayístico, epistolar, histórico, biográfico, autobiográfico o periodístico, que a pesar de considerarse
literarios no son propiamente de ficción, podría decirse que la inmensa mayoría de textos literarios
cumplen la condición de ser además ficcionales. En efecto, costaría encontrar un solo concepto teórico-
literario (desde el de personaje al de narrador omnisciente, y desde el horizonte de expectativas al de
angustia de las influencias) que no presuponga, esté trabajado y/o cobre pleno sentido en función del
concepto de ficción. El espacio ficcional constituye el hábitat natural en el que se despliegan y hacen
inteligibles la inmensa mayoría de obras literarias, y de ahí su inmensa relevancia y transversalidad
teóricas. Como afirma Pozuelo:
La ficcionalidad […] no es una zona más de la teoría, sino un eje que incide en su raíz, puesto que
afecta a muy diferentes fenómenos. Por un lado, a la ontología, qué es la literatura; por otro lado, a la
pragmática: cómo se emite y recibe la literatura; también a la retórica: cómo se organizan los textos
ficcionales. Afecta asimismo y de modo medular a una teoría de los géneros […] Fenomenología, ontología,
pragmática, narratología, retórica. Ninguna zona de la teoría literaria se ve libre de esta cuestión, que a esa
centralidad debe su interés actualmente crecido (1994: 266).
Ahora bien, esta cuasiomnipresencia de la ficción dentro del conjunto de los estudios literarios
lleva aparejada una inmensa dificultad para ser establecida de forma clara y precisa como concepto.
De las numerosas razones que explican esta dificultad epistemológica, cabría destacar al menos estas
cuatro:
De forma paralela, habría que considerar la capacidad para la ficción como un mecanismo
cognitivo directamente derivado de la capacidad de representación mental compleja, por lo que en
último término estaría conectado con la aptitud racional, es decir, con aquello que nos distingue del
resto de los animales.
Por todo ello, el estudio del fenómeno ficcional iría mucho más allá del campo concreto y
relativamente joven de la teoría de la ficción y se extendería por múltiples campos y disciplinas tales
como el Derecho, la economía, la psicología cognitiva, la inteligencia artificial o la antropología. Esta
dispersión disciplinar de la ficción dificulta sin duda su abordaje teórico.
Como se ha visto, la ficción literaria está sometida a una serie de incertidumbres, ambigüedades
y dispersiones epistemológicas que dificultan en extremo su abordaje como objeto de conocimiento.
Esto explica la necesidad que históricamente ha existido de explicar el concepto y teorizar sobre él en
función de su oposición con la no ficción. Es decir, las dificultades que plantea el concepto son tales
que una de las pocas certidumbres epistemológicas en las que apoyarse para construir una teorización
es su oposición, mínimamente uniforme y estable, con aquello que no es.
Esta maniobra teórica encuentra uno de sus primeros ejemplos en Aristóteles, con su famosa
distinción entre poesía e historia (Poética IX, 1451b), aunque en mayor o menor medida se mantendría
en las teorizaciones de la ficción moderna. En esta línea, Schaeffer (2013), inspirado en la división
tripartita clásica del signo de Morris (1938: 31-32), establece un criterio igualmente tripartito
(semántico, sintáctico y pragmático) para clasificar los tipos de diferencias que pueden existir entre
narraciones ficcionales y narraciones factuales:
La narrativa factual y ficcional se definen por lo general como un par de opuestos. Sin embargo, no
hay consenso acerca de las razones de esta oposición. Se han propuesto tres definiciones principales que
compiten entre sí: (a) definición semántica: la narrativa factual es referencial mientras que la narrativa
ficcional no tiene referencia (al menos no en “nuestro” mundo); (b) definición sintáctica: la narrativa factual
y la narrativa ficcional pueden distinguirse por su sintaxis lógico-lingüística; (c) definición pragmática: la
narrativa factual tiene pretensiones de veracidad referencial mientras que la narrativa de ficción no las tiene
(2013: §1).
De este modo, desde un punto de vista ontológico-semántico, las narrativas factuales tendrían
como referencia el mundo real y les serían aplicables unos valores más o menos exactos de verdad y
error, mientras que las narraciones de ficción, al tener como referencia mundos no reales, distintos por
lo tanto al nuestro y potencialmente ilimitados (los mundos posibles ficcionales), serían inasequibles
a unos valores de verdad y error determinables. En lo que respecta a lo pragmático, las narraciones
factuales estarían sujetas a una serie de convenciones comunicativas derivadas del mundo real
(condiciones de felicidad de los actos de habla [Austin, 1955 y Searle, 1969], máximas
conversacionales [Grice, 1967], etc.) que en las narraciones ficcionales aparecerían claramente
alteradas (fingimiento ilocutivo [Searle, 1975], suspensión voluntaria de la incredulidad [Coleridge,
1983], etc.). Por último, en lo que respecta al ámbito sintáctico-textual, más allá de las diferencias
estilísticas subjetivas y difícilmente sistematizables que separan una narración ficcional de otra que no
lo es, cabría hablar de una serie de rasgos que se pueden dar en la primera pero que son imposibles en
la segunda, como por ejemplo la existencia del “pretérito épico” (Hamburger, 1977: 52-63), es decir,
aquella circunstancia semiótica según la cual, en la ficción, los tiempos verbales pretéritos pierden su
función gramatical normal de designar un pasado (realmente sucedido) y en lugar de ello aluden a la
temporalidad propia de un mundo ficcional.
tenido en cuenta, pero que a nuestro juicio constituye no sólo una diferencia fundamental entre las dos
modalidades comunicativas, sino que además es transversal a los ámbitos semántico, pragmático y
sintáctico. Hablamos del hecho de que la enunciación ficcional, liberada de cualquier vinculación
obligatoria con el mundo real, es potencialmente ilimitada; la enunciación factual, sin embargo,
vinculada de forma más o menos rígida o sistemática al mundo real, está obligada a mantener cierta
relación de adecuación con este, y por lo tanto sus contenidos siempre se tendrán que someter a una
serie de límites.
Se trata de una cuestión que Amores (2018) describe y argumenta en toda su complejidad en su
obra Ficción. Anatomía de un potencial infinito, pero que en esencia se resume en el hecho de que en
la ficción no existe ninguna restricción a priori, ni en términos de forma ni en términos de contenido,
que limite la composición de sus textos, mientras que en los textos factuales siempre habrá algún tipo
de límite. Esta falta de restricciones de la ficción, según el autor, tiene su causa teórica última en que,
liberada de cualquier sujeción sistemática con el mundo real, los discursos ficcionales tienen
potencialmente entera libertad para elegir los términos en los que significan. No hay ninguna norma,
ninguna limitación, más allá de la habilidad expresiva del autor y la capacidad de comprensión del
lector, que limite de forma rígida o sistemática los contenidos de una obra de ficción. Los discursos no
ficcionales, sin embargo, al estar más o menos sujetos a los estados de cosas concretos y no arbitrarios
del mundo real, están igualmente sujetos a una serie de predeterminaciones significantes que limitan
sus posibilidades tanto en términos de forma como de contenido.
La clave, según esta tesis, está en que la ficción no sólo crea un mundo más o menos alejado del
real con entera libertad; también crea unas condiciones de sentido generales con potencialmente entera
libertad. De ahí que en ficción siempre haya margen para construir cualquier texto imaginable, ya que
siempre habrá posibilidad de crear unas condiciones de sentido en las que cualquier texto pueda
insertarse. La inmensa variabilidad de contenidos de todo tipo que históricamente ha convocado y
sigue convocando el concepto de ficción narrativa (y el constante e inagotable surgimiento de
novedades de uno u otro tipo) es prueba de ello.
Este potencial expresivo potencialmente ilimitado posee unas profundísimas consecuencias en
todos los niveles semióticos del discurso ficcional. En las próximas páginas, sin embargo, nos
centraremos en su repercusión concreta en el ámbito específico de la intertextualidad. Trataremos de
demostrar que el hecho de que la enunciación ficcional sea virtualmente ilimitada se traduce,
necesariamente, en que su capacidad de generación intertextual es, en potencia, igualmente ilimitada.
término, el concepto fue desarrollado por una larga lista de teóricos entre los que destacan Barthes,
Rifaterre, Genette o Eco. Queda fuera de los objetivos de este artículo el describir los diferentes
desarrollos teóricos de que el concepto ha sido objeto en más de medio siglo. En lugar de ello,
destacaremos dos aspectos fundamentales del concepto que servirán para desplegar nuestra tesis:
b) Concepciones de la intertextualidad
Una vez establecida esta premisa esencial, cabe destacar que históricamente ha habido dos
grandes concepciones de la intertextualidad (Pfister, 1994 y Martínez, 2001: 63). Una primera sería de
naturaleza maximalista y fundamentalmente abstracta, y se centraría en la citada dimensión del
concepto como condición de posibilidad semiótica de la textualidad misma. Todo texto, desde sus
niveles semióticos más primarios, está interpenetrado por otros textos; trabajado por la huella de lo ya
dicho y de algún modo enfocado a prefigurar condiciones textuales futuras, y por tanto no es sino una
porción (necesariamente heterogénea) del intertexto universal. El representante más destacado de esta
corriente sería Barthes, cuya célebre frase “todo texto es intertexto” (1968: 1013) resume esta
concepción sobre el concepto.
Ahora bien, el problema de esta concepción tan amplia es que es poco operativa desde el punto
de vista del análisis textual concreto. Si todo texto es intertexto (o si, como afirma Kristeva, “todo
texto se construye como un mosaico de citas” [1969: 45]), entonces la noción de intertextualidad corre
el riesgo de resultar demasiado amplia y vaciarse de significado efectivo. De ahí que haya otros autores
que, aunque sin ignorar el hecho de que el espacio textual es un espacio de interrelación generalizado
en múltiples niveles semióticos, limiten la intertextualidad a una serie de concordancias entre textos
más concretas y medibles.
Uno de los mejores representantes de esta concepción minimalista o práctica de la
intertextualidad, como también es bien sabido, es Genette. En su obra Palimpsestos (1962), el teórico
francés sitúa la intertextualidad como una subcategoría dentro de la categoría más amplia de
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“transtextualidad” (que de forma esquemática define como “trascendencia textual del texto” [1962:
9]). Dicha transtextualidad, además de la intertextualidad, engloba nociones que en efecto destacan la
naturaleza heterogénea e interconectada de los textos como “paratextualidad”, “metatextualidad”,
“hipertextualidad” y “architextualidad” (Op. cit.: 10-17). Frente a las posiciones maximalistas de otros
autores, Genette define la intertextualidad “de manera restrictiva” como “una relación de copresencia
entre dos o más textos, es decir […] como la presencia efectiva de un texto en otro” (Op. cit.: 10).
Según el autor, habría tres tipos de intertextualidad: la cita (y, por extensión, la referencia explícita),
el plagio y la alusión (no explícita) (ibidem).
Para tratar de demostrar este hecho, y asumiendo las categorías intertextuales limitadas de
Genette, estableceremos a este respecto una comparación entre los textos jurídicos y los textos de
ficción literaria.
En el primer párrafo observamos una conexión intertextual en forma de cita. El texto de la ley
establece una relación con otro texto, la Constitución española, y lo hace de forma muy precisa. Se
cita un fragmento entrecomillado (y por tanto, de forma literal), y se avisa de su procedencia exacta
(el artículo 18.4 de la Constitución). Por otro lado, en el segundo párrafo, vemos una referencia también
muy precisa (aunque en este caso carezca de entrecomillado) a una sentencia del Tribunal
Constitucional emitida en el año 2000.
En las relaciones intertextuales de este fragmento, por tanto, se observan dos características que
son en gran medida extensibles a las que afectan al resto de textos que conforman el discurso jurídico.
En primer lugar, la obligación de establecer una relación precisa y perfectamente definida entre los
textos. De los ejemplos mencionados, tanto la cita entrecomillada como la referencia a la sentencia del
Constitucional aparecen perfectamente referenciados; remiten a textos concretos y bien delimitados,
sin mayor posibilidad de ambigüedad o confusión. En este sentido, las referencias relativamente
1
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imprecisas a los “trabajos” desarrollados por el Consejo de Europa a finales de los 60 y a las “pocas
disposiciones legales” adoptadas por “los países de nuestro entorno” poseen una importancia
secundaria dentro del texto y constituyen casos inusuales dentro de los discursos jurídicos. Y en
segundo lugar, se observa que las conexiones intertextuales que se proponen son siempre entre textos
jurídicos. En efecto, y aunque en ocasiones un texto jurídico pueda remitir a otro de distinta tipología
(religioso, científico, histórico, etc.), podría afirmarse que la mayoría de conexiones intertextuales que
se producen en este tipo de textos son internas al discurso jurídico, es decir, remiten a otros textos
jurídicos.
Más allá de la cita y la referencia explícita, que han de ser precisas y en la mayoría de los casos
se refieren a otros textos del mismo tipo, los textos jurídicos no contemplarían otras posibilidades
intertextuales. La “alusión”, entendido al modo de Genette como una referencia no explícita y por esa
misma razón en ocasiones ambigua, sería incompatible con la precisión, explicitud y transparencia que
gobiernan las relaciones intertextuales del discurso jurídico. Y en cuanto al plagio, éste simplemente
resultaría irrelevante, ya que la originalidad no es un aspecto que suela ser tenido en cuenta en este
tipo de textos. De este modo, el hecho de que una sentencia o una ley sean copias literales y no
reconocidas de otros textos no afectarán en absoluto a su eficacia o efectos extratextuales. Así, por
ejemplo, el hecho de que el primer apartado del artículo 140 del Estatuto de Autonomía de Andalucía2
1. El Tribunal Superior de Justicia de Andalucía es el órgano jurisdiccional en que culmina la
organización judicial en Andalucía y es competente, en los términos establecidos por la ley orgánica
correspondiente, para conocer de los recursos y de los procedimientos en los distintos órdenes
jurisdiccionales y para tutelar los derechos reconocidos por el presente Estatuto. En todo caso, el Tribunal
Superior de Justicia de Andalucía es competente en los órdenes jurisdiccionales civil, penal, contencioso
administrativo, social y en los que pudieran crearse en el futuro.
sea un plagio casi literal del primer apartado del artículo 95 del Estatuto de Autonomía de Cataluña 3,
que es anterior,
1. El Tribunal Superior de Justicia de Cataluña es el órgano jurisdiccional en que culmina la
organización judicial en Cataluña y es competente, en los términos establecidos por la ley orgánica
correspondiente, para conocer de los recursos y de los procedimientos en los distintos órdenes
jurisdiccionales y para tutelar los derechos reconocidos por el presente Estatuto. En todo caso, el Tribunal
Superior de Justicia de Cataluña es competente en los órdenes jurisdiccionales civil, penal, contencioso-
administrativo, social y en los otros que puedan crearse en el futuro.
más allá de consideraciones de otro tipo, no compromete en absoluto la eficacia o vigencia jurídicas
del documento andaluz.
Por otro lado, otro tipo de relaciones entre textos que Genette sitúa fuera de su concepción de la
intertextualidad, pero que sí encuadra dentro del ámbito más amplio de la transtextualidad, como la
parodia o el pastiche, son simplemente inconcebibles en el ámbito de las relaciones intertextuales
propias del discurso jurídico.
2
Texto completo en https://www.boe.es/buscar/act.php?id=BOE-A-2007-5825.
3
Texto completo en https://www.boe.es/buscar/act.php?id=BOE-A-2006-13087.
Tropelías. Revista de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, número extraordinario 5 (2019) 19
Ficción literaria: de la intertextualidad ilimitada a la proteicidad textual
a) Cita y referencia
Las citas iniciales que suelen preceder a novelas y cuentos, por su absoluta variedad, son un buen
ejemplo de esta capacidad intertextual potencialmente infinita de la ficción en lo que a citar se refiere.
No hay ningún patrón ni sobre el tipo de textos que se citan, ni sobre su temática, ni sobre su extensión;
tan solo una variabilidad y heterogeneidad sin límites.
Así, por ejemplo, al comienzo de la novela de Ferdinand Céline Viaje al fin de la noche (1932)
se cita una estrofa de una canción de la Guardia Suiza de 1793 que, más allá de contener el sintagma
“viaje al fin de la noche”, no tiene mayor relación con los contenidos del libro. Por otro lado, como
encabezamiento de su novela La muerte de Artemio Cruz (1962), Carlos Fuentes cita fragmentos tan
variados (y con una relación tan poco sistematizable con el texto) como una canción popular mexicana;
un fragmento de los Ensayos (1580), de Montaigne; un fragmento de la obra de teatro de Calderón El
gran teatro del mundo (1655); un fragmento de la novela de Stendhal Rojo y negro (1830) y unos
versos del poemario Muerte sin fin (1939), del poeta mexicano José Gorostiza.
En lo que se refiere a las referencias explícitas, éstas también suelen poblar los textos ficcionales,
sin que de nuevo sea posible establecer patrones tan sistemáticos como en el caso del discurso jurídico.
Un buen ejemplo de ello es la obra de Enrique Vila-Matas El mal de Montano (2002), en la que se
pueden leer decenas de referencias (no siempre exactas o reales) a textos y declaraciones de otros
escritores como Kafka, Borges, Beckett o Gide, entre otros. Pero también incorpora citas que no son
de escritores, como las correspondientes al filósofo Walter Benjamin o al canciller prusiano Otto von
Bismark.
b) Alusión
Los textos de ficción están plagados de alusiones (entendidas como referencias no explícitas a
otros textos) de igual modo a como lo están de citas. Y, de nuevo, la libertad para aludir a un texto o a
otro, así como el modo de hacerlo, es potencialmente infinita. Un ejemplo claro de esto lo vemos en
Plataforma (2001), de Michel Houellebecq. El párrafo inicial de la novela
Mi padre murió hace un año. No creo en esa tontería según la cual nos convertimos en verdaderos
adultos cuando mueren nuestros padres; nadie llega a ser nunca un verdadero adulto (2001: 11).
Por otro lado, hay otro fragmento de Plataforma, también en la parte inicial de la obra
En el ángulo izquierdo de mi campo de visión veía un banco de ejercicios y unas pesas. Imaginé
rápidamente a un cretino con pantalones cortos —con la cara arrugada, pero por lo demás muy parecida a la
mía— hinchando los pectorales con una energía sin esperanza. Padre, me dije, padre, construiste tu casa
sobre arena (2001: 12).
c) Plagio
La historia de la literatura está llena de plagios, aunque su incidencia legal es históricamente
reciente, de cuando a lo largo del siglo XIX empezaron a elaborarse en Europa las primeras
legislaciones sobre protección de derechos de autor. Hay debidamente acreditados múltiples casos de
plagio, desde los de tipo literal a otros no literales, consistentes en similitudes extremas en lo relativo
a argumentos, personajes o situaciones. Quizá el plagio sea la única modalidad intertextual en la que
la ficción no pueda actuar con potencialmente entera libertad. Pero, en cualquier caso, esta
imposibilidad no se debe a cuestiones propiamente discursivas, sino a otras extrasemióticas, relativas
a las consideraciones morales y disposiciones legales vigentes.
Más allá de estas categorías intertextuales restrictivas, en la ficción podrían verse (y lo que resulta
crucial: también sin potencialmente restricciones a priori en ningún sentido) otros ejemplos de
relaciones transtextuales propuestas por Genette, de la parodia y el pastiche a los múltiples tipos de
comentarios (paratextuales) sobre una obra.
adecuación con los estados de cosas de nuestro mundo, está potencialmente libre de cualquier
restricción a priori, tanto en términos de forma como en términos de contenido.
Esta premisa, desarrollada por Amores (2018) en toda su amplitud, tiene un enorme impacto en
todos los niveles semióticos. Aquí, sin embargo, nos hemos querido limitar a esbozar su correlato
intertextual. Hemos partido de la premisa de que el potencial expresivo virtualmente ilimitado de la
ficción se traduce necesariamente en una capacidad de generación intertextual igualmente ilimitada.
No hay relación intertextual que sea de antemano imposible en un texto de ficción; en el espacio
ficcional puede tener lugar potencialmente cualquier tipo de relación entre textos. Para tratar de
demostrar este hecho, se ha tomado una concepción limitada de la intertextualidad (la de Genette) y se
ha establecido una comparación entre el discurso jurídico y el ficcional. Allí se ha visto que, mientras
los textos jurídicos (y por extensión, los discursos no ficcionales) admiten unas relaciones
intertextuales rígidas y limitadas, los textos literarios de ficción están abiertos a cualquier tipo de
relación intertextual, con solo algunas limitaciones en el caso del plagio.
Ahora bien, más allá de añadir un campo de diferenciación adicional con la no ficción, ¿qué
conclusión fundamental se puede extraer del hecho de que la ficción se despliegue como un espacio
de generación intertextual potencialmente ilimitado? En nuestra opinión, este hecho se traduce en que,
en ciertos textos ficcionales, ya no quepa hablar de intertextualidad, sino de lo que aquí proponemos
denominar “proteicidad textual”.
Como se vio brevemente en 2.1, el concepto de intertextualidad tiene una larga trayectoria y una
bibliografía casi inabarcable. Sin embargo, en todos los casos, de lo que hablamos es de un cierto tipo
de vinculación (más concreta o más abstracta, más general o más limitada) entre dos o más textos
diferenciados. Ahora bien, creemos que la libertad potencialmente ilimitada de la enunciación ficcional
tiene como consecuencia inevitable que en numerosos casos se pueda superar o dislocar (en términos
teóricos) las relaciones intertextuales así entendidas. Es decir, la intertextualidad, como otros
conceptos próximos para la architextualidad o la paratextualidad, se basan en la idea de relación, esto
es, de una cierta proximidad, convergencia, semejanza, continuidad, etc., entre textos que en principio
son independientes y diferenciables. Creemos, sin embargo, que la ficción, además de una capacidad
casi ilimitada para poner en relación sus obras con textos de todo tipo, tiene además la capacidad
singular de poder ser otros textos. De este modo, no es sólo que una obra literaria de ficción se pueda
relacionar con otro tipo diferenciado de texto, como por ejemplo una carta tradicional. Es que hay
ficciones enteras e incluso géneros ficcionales enteros (la novela epistolar) en que los textos ficcionales
son (o al menos fingen ser) otro tipo de textos.
En este punto, por tanto, ya no estaríamos hablando de una relación intertextual del tipo que
fuera entre textos diferenciados, sino de proteicidad, es decir, de la capacidad de un texto (ficcional)
de asimilarse por completo a otro. La contrapartida necesaria a la infinitud potencial de la enunciación
ficcional sería su absoluta libertad no sólo para crear relaciones intertextuales de todo tipo, sino
también para ser (o al menos, fingir ser) otros textos. La infinitud expresiva de la ficción, al
manifestarse como una libertad potencialmente absoluta tanto en términos de forma como en términos
22 Tropelías. Revista de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, número extraordinario 5 (2019)
Miguel Amores Fúster
de fondo, se traduce necesariamente en la posibilidad de que este fenómeno de proteicidad textual vaya
más allá de la mera relación entre textos. Y esta proteicidad textual, tan potencialmente ilimitada como
su capacidad expresiva y de generación intertextual, es, desde luego, otro rasgo que diferencia de forma
decisiva el discurso literario ficcional del resto de modalidades comunicativas posibles.
Tal vez el ejemplo más destacado y más completo de esta proteicidad textual sea el Lazarillo
(1554). Según Lázaro Carreter (1966), este texto en esencia reproduce, desde el prólogo y durante todo
el texto, las dinámicas de significación de una carta-coloquio, un género epistolar bastante popular en
la España del siglo XVI y que, aunque podía referir casos inventados, desde luego se diferenciaba
claramente de las ficciones literarias más representativas de la época (novela sentimental, novela de
caballerías, etc.). De hecho, tanto es así que muchos de los lectores contemporáneos de la obra
pensaron que Lázaro de Tormes existió y que los hechos que se relatan en la obra acontecieron
realmente.
Otros ejemplos destacados (además del ya citado género epistolar) son obras como Pantaleón y
las visitadoras (1973), de Vargas Llosa, que en diversos fragmentos reproduce los modos significantes
del informe militar; El ruido de las cosas al caer (2011), de Juan Gabriel Vásquez, que en cierto
momento reproduce el tipo de lenguaje propio de la caja negra de un avión; o Sangre vagabunda
(2009), de James Ellroy, que junto a fragmentos de narración convencional intercala el diario íntimo,
el reportaje periodístico sensacionalista o la transcripción de llamadas telefónicas.
Se trata en todos los casos de configuraciones textuales en las que en mayor o menor medida
superan los límites de la relación intertextual, y en los que la ficción, gracias a su naturaleza proteica,
hace suyos los modos de generación de sentido de otros discursos.
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