LOS COLORADOS
LA REVOLUCIÓN MEXICANA DE 1910. VISTA POR UN NORTEÑO, EN EL UMBRAL
DEL S. XXI
Arturo Quevedo Rivero es un escritor sólidamente arraigado en el norteño estado de
Chihuahua. No sólo nació y creció en dicho estado sino que es descendiente de
revolucionarios participantes en la gesta de 1910: Rodrigo M. y Silvestre Quevedo,
integrantes de un grupo revolucionario denominado “Los Colorados”, quienes tuvieron una
intervención decisiva en la toma de Cd. Juárez, que precipitó la caída de Díaz, comandados
por Pascual Orozco.
El subtítulo de la primera parte de su obra, dice: Una novela diferente de la revolución;
desde las primeras páginas se advierte una gran documentación y erudición, además de
recuperación de discurso oral, en cuanto a las costumbres, afanes y lengua de los
chihuahuenses de principios del S. XX, especialmente, de los dedicados a la ganadería,
actividad predominante en el espacioso y desértico estado.
Suscita un interés particular la mención de revolucionarios, más o menos marginales, pero
muy importantes en cuanto al grado de conciencia política que poseían y de los que poco se
ha hablado en el repertorio de las novelas revolucionarias, Incluso en la obra de Los
precursores intelectuales de la revolución mexicana, de James D. Cocktroft, no se enfatiza el
papel que tuvieron no en los antecedentes sino en 1910 y años subsecuentes, los integrantes
de los clubes liberales; ni su peso específico nacionalmente ni mucho menos especialmente
en el estado de Chihuahua; para el caso resulta más conocido Abraham González (que fue
dirigente en dichos clubes). En cambio, activistas combatientes como por ejemplo: Praxedes
(sic) Guerrero (muerte de Práxedes p. 39) a quien mencionan en buenos términos y elogian
sus virtudes oratorias. Pero que desgraciadamente murió en los primeros combates que
libraron los colorados en el estado:
Seguían el discurso claro, cálido y de ritmo suave y calmado de aquel joven
que los embebía con una oratoria tan bonita como nunca la habían escuchado;
expresada además en términos que ellos entendían perfectamente (...) no
sentían más que admiración por el hombre elegante, con su bigotito bien
recortado y sus maneras de mexicano fino y sincero 1
Como se puede ver no es el aspecto formal de la novela lo que llama nuestra atención, sino el
contenido de multitud de personajes, anécdotas, lugares, que no se mencionan en otras
novelas de la Revolución. Más bien se trata de difundir y dar a conocer este libro que, en el
ámbito de lo que se llama: historia regional, es fundamental para la memoria colectiva
nacional, pero muy especialmente para los chihuahuenses y pobladores vecinos de esta
comarca integrada por dos ciudades, ambos pueblos, divididos por una frontera, pero
integrados en una cultura sui generis.
Mi trabajo, pues, constará de una lectura atenta a los incidentes dignos de mención, así
como a los aciertos mostrados por el narrador de esta obra.
Uno de los aspectos sobre el cual deseo poner énfasis es el de las contradicciones dentro de
la ideología del autor implícito. Ya que sabemos que los postulados magonistas excedían con
mucho, no sólo las expectativas de la lucha de clases de aquella época, sino incluso de la
nuestra, por lo que mucho de ellas no se ha cumplido; y el país sigue empantanado en la
actividad política electorera. “-Pues sí..., pero yo prefiero a Madero como presidente, que al
país en manos de esos dementes” (p. 11) dice uno de los personajes, Silvestre Quevedo.
Aunque el origen de la agitación y la organización revolucionaria, estaba impulsada en
gran parte por El Partido Liberal Mexicano, cuyo núcleo ideológico provenía de Ricardo
Flores Magón y sus adláteres.
1
Quevedo, Los colorados. Una novela –diferente- de la Revolución. Diana, México, 2000, pp. 22-23
El Partido Liberal Mexicano tenía ya años de estar en la región; el
proselitismo socialista, con su propaganda virulenta y las visitas de Praxedes
Guerrero en franca actividad subversiva, habían logrado una gran cantidad de
adeptos en el Distrito Galeana. (p. 18)
En este párrafo se destaca el adjetivo “virulenta” con el que el narrador califica a la ideología
magonista; es decir, establece una distancia entre lo que tiene en común con dicha ideología,
ya que luchó por ella, y aquello a lo que no alcanza a seguir, por considerarlo desmesurado.
En efecto, el derecho de huelga, la jornada de ocho horas, el reparto de tierras, etc. no
entraban todavía en el horizonte imaginario de los rudos revolucionarios norteños, por lo
menos en la mayoría de ellos. El autor implícito, es notorio, que no comulgaría con los
desarrollos políticos e ideológicos a los que llegaron los magonistas.
Ya en plena campaña revolucionaria, en vistas a un ataque a Casas Grandes, el narrador
dice “-cuatro hombres que no creían en Dios planeaban el asalto final.” (p. 36) manteniendo
una prudente distancia con el ateísmo asociado a las prédicas socialistas, comunistas y
anarquistas. En cambio, aunque se le reconocen sus méritos, tampoco se tiene mucha fe y se
le resta mucho crédito o se le señala como incapaz de llevar la revolución a feliz término, el
narrador, también muestra una postura ambivalente en cuanto al presidente Madero “-Ha sido
un desastre tal y como se le dijo al chaparrito ése, a sus asesores y a la bola de catrines.” (p.
88) dice Lázaro Alaniz, uno de los oficiales colorados. Después de un ataque fallido a Ciudad
Juárez ordenado por el presidente Madero, y en cuya ocasión también resulto herido, aunque
no de consideración.
Con ocasión de un corto descanso de la lucha revolucionaria, Arturo Quevedo va a visitar
a su familia, después de haber pasado muchos trabajos y muchas privaciones y le dice a su
madre:
–Cómo extrañaba los frijoles y las tortillas de harina... (p. 110).
Entre las remembranzas que el autor se permite en boca de los personajes, el narrador se
refiere a “un clima de esa perfección de los abriles norteños” (p. 117)
Esta novela costumbrista comienza narrando las faenas relativas a la cría y comercio de
ganado. Sin pretensiones formales, tiene un narrador omnisciente y un autor implícito que
sutilmente deja ver sus preferencias políticas. Aunque le concede el debido mérito al
revolucionario liberal Praxedes (sic) G. Guerrero, -de filiación magonista- el cual es un
personaje al que desde el principio se hace referencia como gran orador, patriota y
convincente de sus ideales, así como aguerrido combatiente. El narrador emite sus opiniones:
“La violencia y la prudencia tomadas de la mano para un mismo fin, aunque por diferentes
medios: hacer una revolución.”2 Con estas palabras pretende conciliar al mal avenido
matrimonio entre el PLM y el Partido Demócrata con Madero a la cabeza.
Explora las complejas relaciones étnicas que se daban en el norte de Chihuahua, ya que
además de los mexicanos mestizos, había anglosajones nacidos en el estado y otros
provenientes del otro lado de la frontera, así como muchos paisanos trabajaban en las minas
de Arizona y NM. Sin faltar los mormones que mantenían sus costumbres, su idioma y sus
creencias a pesar de vivir en México durante generaciones.
José Inés Salazar era uno de los principales jefes de “Los colorados”, agrupación de
combatientes improvisados y heterogéneos, ya que cada elemento sólo se sentía ligado al
caudillo al cual seguía. Se llamaban así porque llevaban un listón rojo en el brazo, además de
la bandera nacional, inicialmente emprendieron sus campañas ondeando una bandera roja.
Los norteños no tenían una idea clara del objetivo que perseguían en la lucha revolucionaria.
Cuando vivía Práxedes G. Guerrero, ya que murió a causa del último disparo al finalizar la
toma de Janos por los rebeldes,3 era el líder con mayor claridad y con una conciencia neta de
la lucha de clases, que no se hacía ilusiones respecto de la lucha electoral y de la consecuente
victoria en ella de Francisco I. Madero.
2
Op. Cit., p. 18
3
A manera de comentario personal he de decir que no creo que casualmente le haya tocado morir al jefe
magonista, él como otros de los seguidores de Ricardo Flores Magón y éste mismo sufrieron la persecución del
gobierno americano, mientras que Madero fue protegido y provisto en San Antonio, Tx. Así que no se puede
afirmar pero tampoco negar, que la muerte de Práxedes fue obra de algún renegado o infiltrado entre los
revolucionarios en esa batalla.
El encuentro con Madero, por parte de los colorados, es a la vez alegre y desmoralizador,
ya que desde el punto de vista de los jefes colorados les parece que el asalto a Casas Grandes
no es una tarea asequible a las fuerzas congregadas; tampoco les gusta el hecho de que es en
su propio pueblo donde se va a librar la batalla; para terminar, sienten algo de desconfianza
por la presencia de extranjeros, en parte americanos, entre la tropa y los mandos del ejército
de Madero. Es curioso el punto de vista, ideológico, del narrador ya que por una parte no deja
de revelar su simpatía maderista; pero, dado que los ‘colorados’ son magonistas, también se
ve, muy a su pesar, obligado a compartir la ideología de estos; por otra parte, los liberales son
anticapitalistas y por tanto antinorteamericanos, pero el narrador parece deslumbrarse por los
ojos azules y los billetes verdes.4
Por otra parte, con una neutralidad aparentemente objetiva da cuenta, el narrador, de las
contradicciones que se juegan en la lucha:
No cabe la menor duda, Francisco I. Madero contaba con la simpatía de los
Estados Unidos, pero sólo Madero; los demás jefes rebeldes, especialmente
los magonistas, eran vistos con gran desconfianza y su elemento intelectual en
el exilio [Ricardo Flores Magón] era perseguido y encarcelado, acusado de
violar las leyes de neutralidad.5
El jefe Salazar dice: “-Lo que si me cayó como patada fue la indirecta que nos lanzó
(Madero) de que cambiáramos los listones rojos por unos tricolores.” 6 Es otra muestra del
futuro rompimiento con el régimen del presidente recién electo. Y el mismo Madero no
dejaba de traslucir sus reticencias políticas:
-Su sonrisa bondadosa denotaba el orgullo y la satisfacción de ser el
comandante en jefe de aquel ejército, ya fuerte con alrededor de dos mil
hombres. Pero esa sonrisa desapareció para dar lugar a un ceño de seriedad y
dureza, en cuanto pasó frente a las filas de los colorados. (p. 125)
4
“El que hablaba era un joven bien parecido, que se acercó unos pasos.”p. 63. “El mormón de la carabina y los
ojos azules los interrumpió.” p. 66
5
p. 55
6
p. 82
Por otra parte, el narrador no deja de mostrar su preferencia por Madero, aunque, en un plan
objetivo pretenda contar la “realidad”:
-era muy lamentable y lastimoso, pero la realidad era que, estimulado por las
bebidas consumidas, el pueblo mostró poco respeto por el caballero de
Coahuila y no ocultaba su preferencia por los caudillos liberales. (p.132)
La lucha revolucionaria se focaliza por momentos en Ciudad Juárez que era considerada una
plaza estratégica, ya que ambos bandos: los federales y los maderistas se aprovisionaban de
armamento y otros pertrechos de EE. UU. A través de la ciudad de El Paso, la cual se
beneficiaba de dicho comercio, e incluso se divertía cuando les tocaba ver enfrentamientos
entre mexicanos desde su seguro territorio, pero:
A diario la prensa de El Paso publicaba las advertencias de las autoridades
norteamericanas a los dos ejércitos contendientes y blandían la amenaza de
una intervención armada y de severo castigo para la parte culpable; (p.149)
Entre otras anécdotas pintorescas por parte del narrador se nos cuenta que: Pascual Orozco y
Francisco Villa toman nieve en El Paso, para dar el ejemplo a sus soldados de que no se
embriagaran. (p.161). A principios del mes de mayo cae la última resistencia a la toma de
Ciudad Juárez, encabezada por Madero. Declara a la ciudad capital de la República Mexicana
y concede grados militares a los caudillos que comandaban fuerzas irregulares; pero se da la
preferencia a políticos y militares de carrera, muchos de ellos gente del antiguo régimen
porfirista:
Ya empezaba el proceso de ignorarlos, menospreciarlos (a los colorados), el
hacerles sentir como a una turba de ignorantes y latosos, como a una rémora
incómoda. (p. 191).
En Ciudad Juárez, con Madero como presidente provisional de México, estaban cerca de
3000 combatientes, entre militares de carrera y rebeldes antiporfiristas. Pero, la situación se
estaba alargando demasiado, los soldados estaban ociosos y faltos de suministros, así que
Orozco y Villa presionaron a Madero para tomar las decisiones pertinentes; les extendió un
cheque por 40,000.00 pesos y se decidió que se dirigieran al sur para reparar las vías del
ferrocarril central que habían sido destruidas y se hicieran fuertes en Villa Ahumada.
Con respecto a todas las acciones que llevaron a la toma de Ciudad Juárez, el ‘ejército’
maderista, ya vimos, que estaba conformado por bandas que seguían a un caudillo,
procedentes de los distintos rumbos del estado. Pero el lazo que los mantenía adheridos, a los
irregulares incluyendo a los colorados, era Pascual Orozco, un caudillo de tantos, pero que se
había distinguido por su valor y capacidad estratégica y aglomeraba a la mayoría de los
combatientes chihuahuenses. Pero, muchos, irregulares también, no sólo de Chihuahua, sino
de Durango, Coahuila y Zacatecas seguían a Francisco Villa. Por lo cual estos dos guerreros
formaban una pareja que no tardaría en volverse antagónica. Siguiendo a los antepasados del
autor del libro, quienes regresan a su hogar en Casas Grandes. Vemos que:
Para demostrar la aglutinación, solidaridad y consistencia de los colorados en Nuevo y
Viejo Casas Grandes, alrededor del mes de junio, convocaron a una reunión, pero en la cual
no querían a gente de Madero, más bien de Abraham González, quien había sido nombrado
gobernador interino del estado de Chihuahua; los líderes al principio de la reunión, en vista
de la gran cantidad de simpatizantes que habían acudido, proclamaron:
-Ésta es una junta exclusiva del Partido Liberal Mexicano. Se suplica a los
asistentes que no comulguen con las ideas de los hermanos Flores Magón y de
nuestro llorado Praxedes G. Guerrero..., se abstengan de seguirnos y así nos
eviten la pena de correrlos. ¡Viva Flores Magón! ¡Viva Praxedes Guerrero!
¡Viva Pascual Orozco! ¡Viva México! (p. 216)
Los ralos vivas a Madero no fueron secundados, ya que no se le tenía mucha confianza por su
falta de firmeza, por sus relaciones con los miembros del antiguo régimen y porque, en última
instancia, no tenía carisma ante los guerrilleros norteños, como lo tenían Orozco y Villa,
incluso el mismo Abraham González.
Mientras tanto, la labor proselitista y de agitación por parte de los magonistas no cesaba.
Apareció un manifiesto firmado por el PLM y los Flores Magón (“su contenido espantó más
que entusiasmó al pueblo, por su tinte de un socialismo intransigente.” (p. 218). Dice el
narrador), en el escrito se destacaban los siguientes puntos:
Que la revolución no había triunfado hasta que los hombres y mujeres pobres
de México tomaran posesión de la tierra y de la maquinaria de producción.
Que la revolución degeneraba en sólo un movimiento político para sentar a
Madero en la silla presidencial.
Decía “enarbolad la bandera roja de vuestra clase, e inscriban en ella el lema
de ‘Tierra y Libertad’” (p. 219)
Además, contenía nada más ni nada menos que la abolición de la propiedad privada.7
Mientras que, por ejemplo, Madero le respondió a Orozco, cuando éste le planteó lo del
reparto de tierras, fue que: de las tierras de propiedad federal los que no tuvieran tierra las
podrían comprar a precio módico y con facilidades8.
En el estado de Chihuahua, la revolución no había logrado mermar los intereses del imperio
ganadero, minero, banquero y comercial del clan Terrazas. Abraham González no iba a ser el
primero en lanzarse al reparto de tierras ni mucho menos.
“En la Ciudad de los Palacios, en la mera capital, se desataba una lluvia de calumnias en
contra de Pascual Orozco.” (p. 229). No sólo en la capital, la satanización de Orozco estuvo
alimentada desde diversos frentes:
Pascual Orozco, el traidor maldito que hoy inunda la República de sangre y
lágrimas, la vil serpiente que cobijó en su seno el Sr. Madero, a quien hoy
corresponde convertido en un Judas, pretendiendo venderlo por un talonario
de cheques a los científicos, los declarados enemigos no solo del Sr. Madero,
sino de la Patria Mexicana, son bien conocidos del público en general 9
Decía Conrado Gimeno en un libelo publicado en El Paso en 1912:
Otro de sus tempranos detractores lo fue Ramón Puente, quien expresaba que:
Orozco revelaba a las claras, más que la rusticidad campesina, los instintos
fieros y las pasiones salvajes del criminal. Su fisonomía tiene los rasgos
delatores de las naturalezas propensas y sensibles al crimen; el maxilar
inferior ancho y recio; la boca enorme (etc.) p. 53
Orozco pasa a la historia de manera ambivalente ya que la sublevación chihuahuense que
comandó, fue relevante para poner a Madero en el poder; de acuerdo con la novela, las duras
7
Jesús Silva Herzog, Breve historia de la revolución mexicana. FCE, México, 1960, p. 201
8
Quevedo, Una historia... Diana, México, 2000, p. 228
9
Conrado Gimeno, La Canalla Roja. El Paso, 1912, p. 10
batallas que se libraron en este estado fueron decisivas para la continuidad del ejercicio del
poder por parte de Francisco I. Madero. El problema consiste en que mientras Madero
pactaba con las figuras del antiguo régimen y era sostenido por el ejército federal, en
Chihuahua se columbraba el descontento al quedar excluido Vázquez Gómez de la fórmula
electoral.
Y entre los revolucionarios, regidos por un gobernador maderista con el que llevaban
tensas relaciones, surgió, primero aisladamente y después se generalizó un movimiento
antimaderista; por lo cual, el ejército federal, ahora bajo las órdenes de Madero –pero no por
mucho tiempo-, comenzó a perseguir a los irregulares. Pascual Orozco encabezó este
descontento en contra del débil presidente y sus aliados, por haber sido aclamado “caudillo y
general en jefe del Ejército Libertador. Fechado el día 18 de febrero de 1912”. (p. 268)
Mientras que Francisco Villa y Cástulo Herrera se declaran leales a Madero. La aceptación de
dicho nombramiento por parte de Orozco se da cuando, después de derrotar a Villa quien
amagaba Ciudad Juárez,
decide mandar un telegrama a Ciudad Juárez donde –aceptando ya
tácitamente el mando supremo- ordena al general José Inés Salazar trasladarse
rápidamente a Chihuahua con todos sus hombres (p. 273)
Con el objeto de perseguir a Villa a quien, además de temerle, aunque lo hubiera acabado de
derrotar, tenía la certeza de que en cualquier momento volviera a cobrar fuerzas y podría
lanzar uno de sus famosos ataques sorpresivos.
No sólo era Villa contra quien Orozco tendría que lidiar, sino que ya se estaba perfilando
la nefasta figura de Victoriano Huerta, quien se encaminaba hacia el norte, y derrotaría a los
antimaderistas chihuahuenses. Irónicamente, Huerta, como maderista ataca a los rebeldes
encabezados por Orozco –quien se había vuelto contra Madero, y Huerta los vence, pero
cuando se da el golpe de estado contra Madero, y finalmente, Huerta asume la presidencia,
Orozco víctima de la ignorancia y la confusión acaba en el campo de los huertistas. Orozco al
parecer no tenía una conciencia clara de los problemas de la República y aunque
probablemente tuviera alguna filiación agrarista, lo cierto es que daba pocos discursos y no
he encontrado manifiestos o proclamas firmados por él. Orozco, vencido por las tropas de
Victoriano Huerta se refugia en los EE. UU. De donde regresa enfermo No obstante, conspira
con Huerta contra el gobierno Constitucionalista junto a Huerta en El Paso. Al final de sus
días, refugiado en EE. UU., en 1915, es asesinado en Texas.
BIBLIOGRAFÍA
GIMENO, Conrado, La Canalla Roja. S/e, El Paso, 1912.
PUENTE, Ramón, Pascual Orozco y la revuelta de Chihuahua. Eusebio Gómez de la Puente,
México, 1912
QUEVEDO RIVERO, Arturo, Los colorados. Una historia (diferente) de la revolución.
Diana, México, 2000, t. I y II
SILVA HERZOG, Jesús, Breve historia de la revolución mexicana. FCE, México, 1960
RICARDO RODRÍGUEZ RUIZ
UACJ, Cd. Juárez, 7 de febrero de 2010