Congreso de los ratones Félix María Samaniego
Desde el gran Zapirón, el blanco y rubio,
Que después de las aguas del diluvio
Fue padre universal de todo gato,
Ha sido Miauragato
Quien más sangrientamente
Persiguió a la infeliz ratona gente.
Lo cierto es que, obligada
De su persecución la desdichada,
En Ratópolis tuvo su congreso.
Propuso el elocuente Roequeso
Echarle un cascabel, y de esa suerte
Al ruido escaparían de la muerte.
El proyecto aprobaron uno a uno,
¿Quién lo ha de ejecutar? eso ninguno.
«Yo soy corto de vista. Yo muy viejo.
Yo gotoso», decían. El concejo
Se acabó como muchos en el mundo.
Proponen un proyecto sin segundo:
Lo aprueban: hacen otro. ¡Qué portento!
Pero ¿la ejecución? Ahí está el cuento.
Las ranas pidiendo rey Félix María Samaniego
Sin Rey vivía, libre, independiente,
El pueblo de las Ranas felizmente.
La amable libertad sola reinaba
En la inmensa laguna que habitaba;
Mas las Ranas al fin un Rey quisieron,
A Júpiter excelso lo pidieron;
Conoce el dios la súplica importuna,
Y arroja un Rey de palo a la laguna:
Debió de ser sin duda buen pedazo,
Pues dio su majestad tan gran porrazo,
Que el ruido atemoriza al reino todo;
Cada cual se zambulle en agua o lodo,
Y quedan en silencio tan profundo
Cual si no hubiese ranas en el mundo.
Una de ellas asoma la cabeza,
Y viendo a la real pieza,
Publica que el monarca es un zoquete.
Congrégase la turba, y por juguete
Lo desprecian, lo ensucian con el cieno,
Y piden otro Rey, que aquél no es bueno.
El padre de los dioses, irritado,
Envía a un culebrón, que a diente airado
Muerde, traga, castiga,
Y a la mísera grey al punto obliga
A recurrir al dios humildemente.
«Padeced, les responde, eternamente;
Que así castigo a aquel que no examina
Si su solicitud será su ruina.»
El gallo y el zorro
Un gallo muy maduro,
de edad provecta, duros espolones,
pacífico y seguro,
sobre un árbol oía las razones
de un zorro muy cortés y muy atento,
más elocuente cuanto más hambriento.
«Hermano», le decía,
«ya cesó entre nosotros una guerra
que cruel repartía
sangre y plumas al viento y a la tierra.
Baja; daré, para perpetuo sello,
mis amorosos brazos a tu cuello.»
«Amigo de mi alma»,
responde el gallo, «¡qué placer inmenso
en deliciosa calma
deja esta vez mi espíritu suspenso!
Allá bajo, allá voy tierno y ansioso
a gozar en tu seno mi reposo.
«Pero aguarda un instante,
porque vienen, ligeros como el viento,
y ya están adelante,
dos correos que llegan al momento,
de esta noticia portadores fieles,
y son, según la traza, dos lebreles.»
«Adiós, adiós, amigo,
dijo el zorro, «que estoy muy ocupado;
luego hablaré contigo
para finalizar este tratado.»
El gallo se quedó lleno de gloria,
cantando en esta letra su victoria:
Siempre trabaja en su daño
el astuto engañador;
a un engaño hay otro engaño,
a un pícaro otro mayor.
Los cuatro lisiados
Las obras que un particular puede desempeñar por sí solo no merecen se emplee
en ellas el trabajo de muchos hombres
Un mudo a nativitate, «¿Qué ha de venir -dijo el ciego-,
y más sordo que una tapia, si es cojo, que apenas anda?
vino a tratar con un ciego Vamos, será menester
cosas de poca importancia. ir a buscarle a su casa».
Hablaba el ciego por señas, Así lo hicieron, y al fin
que para el mudo eran claras; el cojo escribe la carta,
mas hízole otras el mudo, díctanla el ciego y el manco,
y él a oscuras se quedaba. y el mudo parte a llevarla.
En este apuro, trajeron, Para el consabido asunto,
para que los ayudara, con dos personas sobraba;
a un camarada de entrambos mas como eran ellas tales,
que era manco, por desgracia. cuatro fueron necesarias.
Éste las señas del mudo Y a no ser porque ha tan poco
trasladaba con palabras, que en un lugar de la Alcarria
y por aquel medio el ciego acaeció esta aventura
del negocio se enteraba. (testigos más de cien almas),
Por último resultó bien pudiera sospecharse
de conferencia tan rara, que estaba adrede inventada
que era preciso escribir por alguno que con ella
sobre el asunto una carta. quiso pintar lo que pasa
«Compañeros -saltó el manco-, cuando, juntándose muchos
mi auxilio a tanto no alcanza; en pandilla literaria,
pero a escribirla vendrá tienen que trabajar todos
el dómine, si le llaman». para una gran patarata.
La abeja y los zánganos
Tomás de Iriarte
Fácilmente se luce con citar y elogiar a los hombres grandes de la Antigüedad; el mérito está en
imitarlos
A tratar de un gravísimo negocio hacerla, con la pompa más honrosa,
se juntaron los zánganos un día. unas grandes exequias funerales,
Cada cual varios medios discurría y susurrar elogios inmortales
para disimular su inútil ocio; de lo ingeniosa que era
y, por librarse de tan fea nota en labrar dulce miel y blanda cera.
a vista de los otros animales, Con esto se alababan tan ufanos,
aun el más perezoso y más idiota que una abeja les dijo por despique:
quería, bien o mal, hacer panales. «¿No trabajáis más que eso? Pues, hermanos,
Mas como el trabajar les era duro, jamás equivaldrá vuestro zumbido
y el enjambre inexperto a una gota de miel que yo fabrique».
no estaba muy seguro
de rematar la empresa con acierto, ¡Cuántos pasar por sabios han querido
intentaron salir de aquel apuro con citar a los muertos que lo han sido!
con acudir a una colmena vieja, ¡Y qué pomposamente que los citan!
y sacar el cadáver de una abeja Mas pregunto yo ahora: ¿los imitan?
muy hábil en su tiempo y laboriosa;
El pato y la serpiente
Más vale saber una cosa bien que muchas mal
A orillas de un estanque, le llamó con un silbo
diciendo estaba un pato: y le dijo «¡Seó guapo!
«¿A qué animal dio el cielo
los dones que me ha dado? no hay que echar tantas plantas;
pues ni anda como el gamo,
Soy de agua, tierra y aire: ni vuela como el sacre,
cuando de andar me canso, ni nada como el barbo;
si se me antoja, vuelo;
si se me antoja, nado». y así, tenga sabido
que lo importante y raro
Una serpiente astuta, no es entender de todo,
que le estaba escuchando, sino ser diestro en algo».
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La rana y la gallina
Al que trabaja algo, puede disimulársele que lo pregone; el que nada hace, debe
callar
Desde su charco, una parlera rana
oyó cacarear a una gallina.
«¡Vaya! -le dijo-; no creyera, hermana,
que fueras tan incómoda vecina.
Y con toda esa bulla, ¿qué hay de nuevo?»
«Nada, sino anunciar que pongo un huevo».
«¿Un huevo sólo? ¡Y alborotas tanto!»
«Un huevo sólo, sí, señora mía.
¿Te espantas de eso, cuando no me espanto
de oírte cómo graznas noche y día?
Yo, porque sirvo de algo, lo publico;
tú, que de nada sirves, calla el pico».