¿Quién fue Juan Manuel
de Rosas?
El 14 de marzo de 1877 fallecía, en la ciudad inglesa de
Southampton, Juan Manuel de Rosas.
Como ocurre con los consagrados héroes nacionales solo
mencionar su nombre evoca casi automáticamente
actitudes favorables y disidentes. Ese efecto, sin
embargo, no es producto del curso azaroso de la historia
sino que sintetiza el peso y uso del pasado en el
presente.
A modo de repaso... recordemos
Rosas fue gobernador de Buenos Aires desde 1829 hasta 1852,
con un breve interregno, y estuvo al frente de las relaciones
exteriores y de guerra de la entonces llamada Confederación
Argentina integrada por Santa Fe, Buenos Aires, Entre Ríos,
Corrientes, Tucumán, Salta, Jujuy, Santiago del Estero, Catamarca,
Córdoba, La Rioja, San Juan, San Luis y Mendoza.
Su ideario federal no se transformó en realidad ni económica ni
política pues al frente de la provincia más rica aseguró que los
recursos se mantuvieran en ella y el poder político y militar de
Buenos Aires hicieron lo suyo para evitar la aparición, por un lapso
de casi dos décadas, de un proyecto alternativo.
Como su mejor representante contó con el apoyo brindado por los
grupos terratenientes bonaerenses, los primeros de su clase pero
no excluyentes, vinculados más directamente a las fuerzas
productivas del país (asentados en la gran propiedad de la tierra)
fuente genuina que hizo viable el ejercicio y la centralización
política durante sus mandatos y la base indispensable que le
permitió maniobrar en determinados momentos frente a la política
colonialista británica y francesa en nuestras tierras.
Hegemonía que suscitó, además, el apoyo de los sectores del
“bajo pueblo”, condición necesaria para la configuración social
anhelada por los “amigos del orden” bonaerense, luego de la
experiencia conflictiva de la década del 20. El título de
“Restaurador de las Leyes e Instituciones” con el que asume en
1829 rendía homenaje a esa labor, restaurar la “ley y el orden”
que había caracterizado al gobierno de Martín Rodriguez (1820).
Se restablece con Rosas el orden político que la revolución
colonial, las guerras civiles y la ruptura del orden económico
virreinal habían dislocado. En este punto el legado rosista llega a
su clímax, al sentar las condiciones sociales/legales elementales
para la subordinación de la fuerza de trabajo en la consolidación
de la acumulación originaria del capitalismo colonial,
especialmente bonaerense, combinando “la persecución al gaucho
en cuanto gaucho y dándole protección en cuanto peón de
estancia”.
La exaltación nacionalista de buen patrón o las críticas
sarmientinas y liberales sobre su régimen político deben ser
interpretadas como tramas políticas de una clase en formación,
como lecturas identitarias de la retrógrada clase terrateniente
argentina.