LA ILUSTRACIÓN
Ilustración fue el término que escogieron los humanistas para referirse a la época de cambios en el pensamiento y
las letras, que sacudieron a Europa en los siglos XVII y XVIII. Cuando los científicos, filósofos y escritores se referían a
la Ilustración, querían establecer que sus actividades ilustraban, que estaban rompiendo con el pasado,
reemplazando la oscuridad e ignorancia del pensamiento europeo con la luz de la verdad.
Movimiento intelectual que tiene como base un conjunto de ideas filosóficas que enfatizan la confianza en
la razón como solución de muchos de los males de la humanidad. La razón aplicada a través de los
conocimientos científicos difundidos gracias a la educación (los ilustrados creen en la necesidad de
alfabetizar al conjunto de la población) se convierte en una herramienta esencial para el progreso de la
humanidad. La confianza en el uso de la razón, la defensa de las libertades individuales y de la tolerancia
religiosa y el optimismo ante el futuro, son rasgos característicos de muchos de los llamados ilustrados.
Voltaire y la Ilustración
El siglo XVIII: la razón y el hombre nuevo
El contexto ideológico
El siglo XVIII en Francia es un período de movimiento que culmina en una crisis violenta que empequeñece
un sistema político y social secular e instaura un nuevo orden. Desde el absolutismo de Luis XIV hasta
Napoleón Bonaparte, hay un gran camino recorrido. Las pérdidas de las colonias de India y Canadá en
manos inglesas fueron también un duro golpe. Un fermento intelectual y social preparó la Revolución
Francesa, mientras que, desde el punto de vista literario, el pre-romanticismo suplantaba poco a poco el
ideal clásico. La Literatura, generalmente militante, se alió estrechamente con las reivindicaciones de la
Revolución Francesa.
Es un momento que ha moldeado decisivamente las pautas intelectuales, sociales y políticas del mundo en
que vivimos. En efecto, significa asistir a una verdadera revolución ideológica donde a partir de una
situación heredada y configurada por la historia europea de los siglos XVI y XVII se genera un
extraordinario replanteo existencial que habrá de culminar en lo político con la instauración de la
burguesía como clase dominante (Revolución Francesa de 1789), y en lo cultural con la aparición de formas
artísticas que revolucionan el concepto mismo del arte. El verdadero punto de partida de todo este
movimiento –al cual nombran por igual las designaciones de Iluminismo, Ilustración, Enciclopedismo–,
debe buscarse en factores nacidos hacia el final de la Edad Media, entre los cuales se encuentran,
desempeñando un papel decisivo: el Renacimiento, la prosperidad creciente de la clase media –producto
de la lenta disolución de la economía feudal– y los amplios horizontes que habían abierto el
descubrimiento y conquista de pueblos lejanos y extraños.
Naturalmente, es en el pasado más próximo donde hay que buscar los verdaderos antecedentes de este
siglo. El siglo XVII colocó en escena el elemento que se constituirá en la clave del siglo siguiente: la razón
El máximo representante de este racionalismo del siglo XVII es, sin duda, René Descartes (1595‐1650),
quien en una de sus célebres Meditaciones metafísicas no vacila en responder a la pregunta por el ser del
hombre en estos términos: “¿Qué soy yo, pues? Yo soy una cosa que piensa”. Y en afirmar, a partir de allí,
a la racionalidad como el verdadero sentido de la existencia en su muy conocido cogito ergo sum (“pienso,
luego existo”).
Colocada la razón como el ser del hombre y el verdadero instrumento de su hacer, queda abierto el camino
para una radical renovación de las ciencias. Se produjeron así, “las felices bodas del intelecto humano con
la naturaleza de las cosas”. A este divorcio del mito y al consecuente florecer de la razón ha de
corresponder la aparición de un nuevo hombre: el hombre ilustrado, y la ilustración consistirá “en el hecho
por el cual el hombre ha alcanzado su mayoría de edad” (Kant, Filosofía de la historia). El hombre ilustrado
no es otro que aquel que, asumiendo su carácter de hombre frente a la autoridad que lo aplastaba (Iglesia,
señor feudal, tributos, etc.) y guiado por la fuerza de la razón, busca, más allá de los mitos y leyendas que
le fueron impuestos y que se autoimpuso, el verdadero sentido de su realidad interior y material que lo
rodea.
En el origen de este movimiento desarrollado en el siglo XVIII (“Siglo de las luces”) se encuentran la
difusión de la filosofía empirista inglesa que afirma que todo conocimiento proviene de la experiencia
(Locke, Hume) y el espíritu científico difundido por Newton, matemático y científico inglés que desarrolla
su obra en las últimas décadas del siglo XVII, y sus seguidores, que pondrán las bases de la llamada ciencia
moderna: toda teoría científica deberá ser probada mediante experimentos, idea ya anticipada a
comienzos del siglo XVII por los trabajos del astrónomo italiano Galileo. De esta manera, la Ilustración
considerada por muchos como una corriente filosófica francesa, tiene claramente una inspiración
británica. Sin embargo, sus figuras más importantes serán en buena parte un grupo de pensadores
franceses (Les philosophes), entre los que destacan Diderot, D´Alembert, Voltaire, Montesquieu y
Rousseau. Todos estos pensadores tienen ideas muy diferentes, pero globalmente coinciden en la
valoración de la inteligencia humana, de la razón, como instrumento que puede desvelar los secretos de la
naturaleza y proporcionar técnicas que mejoren no solo las condiciones materiales de la humanidad, sino
también hacer mejores éticamente a los humanos. A través de la educación puede conseguirse el progreso
global de la humanidad. Frente al cristianismo que considera el paso por el mundo como una estancia
temporal en un "valle de lágrimas", la Ilustración es una ideología optimista que pretende que los seres
humanos se liberen de todos aquellos obstáculos que impiden el bienestar y la felicidad en la tierra.
“La sociedad de la época está llena de contradicciones y tensiones(…) el arte y la literatura se encuentran
en estado de transición y están llenos de tendencias opuestas, a menudo difícilmente conciliables; vacilan
entre tradición y libertad, formalismo y espontaneidad, ornamentalismo y expresión” Arnold Hauser
El pensamiento ilustrado se sustenta en tres pilares básicos:
1) Confianza ciega en el poder de la razón humana que hará posible el progreso (de ahí que se hable
de Siglo de las Luces o de la Razón). Se anhela la prosperidad económica como trampolín para
conseguir la libertad; esto hace que se enaltezca el mercantilismo: la literatura recoge estos
nuevos temas.
2) Creencia en la felicidad humana con fines utilitarios.
3) Laicismo de la cultura: los valores culturales y científicos suplantan a los religiosos: se proclama la
tolerancia en materia religiosa, muchos ilustrados son deístas y creen en Dios; pero rechazan la
religión, otros son ateos y un número importante, fervientes católicos, como ocurre con la mayoría
de los españoles. Hay un ataque a las formas religiosas tradicionales plagadas de fanatismo y
superstición. No hay que olvidar que hasta 1788 no se proclamó, en Francia, el edicto de tolerancia
religiosa, y que, en España, el tribunal de la Inquisición continuó vigente durante años.
“Se ha considerado como representante espiritual: del XVII, y del XVIII, al hombre ilustrado, es decir, al
lector de Voltaire. No se comprende al burgués francés —se ha afirmado— si no se conoce a Voltaire, al
cual ha tomado por modelo; pero no se comprende tampoco a Voltaire si no se tiene en cuenta cuán
profundamente está arraigado en la clase media, a pesar de sus coronados amigos, de sus aires señoriales
y de su enorme fortuna, y no solo por razón de su origen, sino también por su manera de pensar. Su sobrio
clasicismo, su renuncia a la solución de los grandes problemas metafísicos, su desconfianza de todo aquel
que los explica, su espíritu agudo, agresivo y, sin embargo, tan urbano, su religiosidad anticlerical negadora
de todo misticismo, su antirromanticismo, su repulsa contra todo lo opaco, lo inexplicado y lo inexplicable,
su confianza en sí mismo, su convicción de que todo se puede comprender, resolver y decidir con el poder
de la razón, su escepticismo discreto, su razonable conformidad con lo próximo, lo accesible, su
comprensión para la «exigencia del día», su «mais il faut cultiver notre jardin», todo esto es burgués,
profundamente burgués, aunque no agote la burguesía, y aunque el subjetivismo y el sentimentalismo que
Rousseau anunciará sean la otra cara, probablemente de igual importancia, del espíritu burgués. El gran
antagonismo en el seno de la burguesía estaba dado desde el principio; los adeptos posteriores de
Rousseau probablemente no formaban todavía un público lector regular cuando Voltaire conquistaba sus
lectores, pero eran ya una clase social bastante definida y encontraron luego en Rousseau simplemente su
portavoz”. (1951, Hauser, A.)
El contexto literario
La literatura de este siglo no habrá de ser extraña –nunca lo es– a todas las transformaciones señaladas
con anterioridad. En efecto, un nuevo tipo de letras y un nuevo tipo de lectores aparecen en escena.
Entre los precursores e iniciadores de este nuevo modo de hacer literatura –que dará por resultado, según
la definición de A. Hauser, “un nuevo público lector”– encontramos hombres de muy diversas tendencias e
iniciativas. Basta citar, a modo de inventario, a Montesquieu (1689‐1755), Rousseau (1712‐1778), Voltaire
(1694‐ 1778), D’Alambert (1717‐1783), Diderot (1713‐1784), Swift (1667‐ 1745), Defoe (1660‐1731).
Además de las numerosas obras y autores, iniciadores de un nuevo movimiento intelectual que más tarde
tendrá como exponentes máximos a Voltaire y Rousseau, deben citarse otros hechos dignos de mención.
Por un lado, la aparición de diarios que comenzarán a tener difusión desde principios de siglo; de ellos
sacará la naciente burguesía su educación literaria y social. Con los periódicos, el estilo literario sufre un
cambio notorio. Alejado de la solemnidad de los grandes libros, perderá en clasicismo y comenzará a
hacerse más flexible. Surgirán, también, semanarios, que unidos a la lectura de los periódicos, comenzarán
a crear las bases de una literatura que busca salvar las distancias entre el hombre culto y el lector burgués
más o menos culto. Todo esto convertirá a la lectura en una costumbre y en una necesidad de sectores
cada vez más amplios de la población. Por otra parte, perdurará la existencia de salones, tradición que
habrá de mantener una vigencia ininterrumpida hasta la Revolución. Los más importantes serán los salones
filosóficos, de los cuales es el arquetipo el de Madame du Deffand (1730), al que sucederá, en 1763, el de
Mademoiselle de Lespinasse. En ellos dominará la influencia volteriana, y solo hacia fines de siglo
penetrarán las ideas de Rousseau.
La Ilustración trae un fuerte espíritu crítico, se discute y analiza todo. El término crítica se pone de moda,
se practica una crítica demoledora por medio del análisis o de la ridiculización, que afecta tanto a la
política como a la sociedad. Los ilustrados exaltan la individualidad del ser humano, toman conciencia de
su libertad. Se les ha acusado de estar más preocupados por la propaganda de la verdad y la destrucción
del error popular que por la verdad misma o la difusión del saber.
En Francia, los ilustrados recibían el nombre de philosophes (también se les llamaba enciclopedistas), con
el sentido de descreído, libertino.
Varios de estos “philosophes” son responsables de la misma, que pretendía ser un compendio de los
nuevos conocimientos obtenidos por la razón, a la vez que pretendía convertirse en un medio de difusión
de la ideología ilustrada y de defensa del racionalismo, la tolerancia o las libertades. Su propio título
completo nos ilustra sobre la pretensión de servir para divulgar los conocimientos científicos y técnicos de
la humanidad, pues los ilustrados, filósofos optimistas, pensaban que la ciencia y la técnica podían dar
respuestas a muchas de las desgracias que aquejaban a las personas de su época (hambre,
enfermedades...).
La literatura ilustrada se caracteriza por el predominio de la narrativa, sobre todo, el ensayo, la aparición
del teatro burgués, la decadencia de la lírica, el empleo de la sátira y de un lenguaje impersonal y
verosímil.
La tendencia artística que predomina se denomina neoclasicismo. Es el nombre que recibe el movimiento
artístico propio de la Ilustración (artes plásticas y literatura).
Dentro de la fuerte identidad que “el espíritu de la Ilustración” otorga a toda la literatura que se produce
en el siglo, es necesario tener en cuenta dos aspectos fundamentales: por una parte, la estética neoclásica
va a continuar vigente durante gran parte del siglo, sobre todo en materia de poesía y teatro; por otra, es
conveniente advertir que según el siglo se acerca a su fin se iniciará una nueva tendencia literaria, es decir
una nueva estética, que rechaza las reglas del Neoclasicismo y defiende posiciones literarias próximas a las
del movimiento romántico que se va a ir gestando lenta pero irreversiblemente durante ese tramo final del
siglo. De ahí que distingamos entre las características propias de esos tres momentos literarios: el
Neoclasicismo, la Ilustración y el Prerromanticismo, si es que es posible utilizar esta denominación que ha
sido fuertemente cuestionada.
El Neoclasicismo
Si bien el momento de esplendor del Neoclasicismo hay que situarlo en el último tercio del siglo XVII, sus
concepciones literarias cruzan el siglo y conviven e informan buena parte de la literatura ilustrada. El
Neoclasicismo aparece como un freno a los excesos del Barroco y del Rococó, forma extrema que el
barroquismo ornamental tomó en el arte francés y cortesano. La estética neoclásica se encuentra
sintetizada en la poética de Boileau, publicada en 1674, obra en la que se establecen reglas y
recomendaciones literarias basadas en el buen gusto, en la razón, en el sentimiento tamizado por el
intelecto y en una referencia continua a los “antiguos” como ejemplos a imitar. La famosa regla de las tres
unidades: espacio, tiempo y acción, de origen aristotélico, se impone en el teatro, mientras que el
alejandrino impone su imperio en la poesía que encuentra en la fábula, la elegía y la égloga, es decir, en las
formas clásicas, sus modos de expresión. Pero con la llegada del siglo XVIII la estética neoclásica entra en
lenta decadencia y la tradición y las reglas entran en entredicho.
Desde el punto de vista de lo que se llama “el contenido”, es decir temas, preocupaciones, actitudes o
argumentos, en la literatura correspondiente a ese largo momento literario –que podemos fechar entre
1689, año en que se publica “El ensayo sobre el entendimiento humano”, y 1785, año en que Goethe
publica las desventuras del joven Werther- podemos señalar los siguientes aspectos:
Primacía de la razón sobre la emoción, la imaginación y la sensibilidad.
Carácter impersonal, colectivo, civil y moral de las obras literarias. Por eso abundan los libros que se
titulan Ensayo sobre, Estudio de, Propuesta para y aparecen libros de historia, geografía o
economía.
La utilidad se convierte en un fin de la Literatura, considerándose útil todo aquello que pueda
mejorar la conciencia y el bienestar material de los hombres. La literatura neoclásica tiene un
marcado carácter crítico, didáctico y moralizador, ya no se escribirá para entretener, sino para
educar
Se cuestiona la religión y el papel de las instituciones eclesiásticas respecto a la libertad de los
individuos.
Se cuestiona el poder absoluto de los monarcas y se defiende, por tanto, la participación de los
súbditos en la vida política, como bien puede verse en “Los viajes de Gulliver de Swift”
Se realizan estudios y críticas de costumbres, defendiendo el trabajo como fuente de dignidad y
felicidad. Por ejemplo en las “Cartas marruecas” de José Cadalso, que sigue el modelo de las
“Cartas persas” de Montesquieu, utiliza el recurso de que un extranjero analice las costumbres y
valores de la sociedad.
Buena parte de la literatura tiene un valor educativo. Por ejemplo el “Emilio” de Rousseau es a la
vez una novela y un tratado de educación.
Se preocupan por la ciencia y sus aplicaciones prácticas. La figura de Newton, el descubridor de la
ley de la gravedad, es un héroe para los ilustrados.
Se promueve la tolerancia, tanto religiosa como política.
Desde el punto de vista formal:
Imitación de los antiguos, es decir, de los clásicos, si bien en este concepto habría que incluir
también a los autores del Renacimiento. Imitar a los clásicos era incorporar como modelo o canon
las formas clásicas de la tragedia y la comedia, con la regla de las tres unidades y la recreación de
los grandes argumentos de la antigüedad: Medea, Fedra, Edipo. En poesía la imitación suponía la
elección de moldes tradicionales como las églogas, las fábulas, la elegía, el gran poema épico o el
himno. La poesía de Pope o los poemas de Voltaire son ejemplo del gusto imitativo de la época en
la que se mantenía un molde pero con contenidos diferentes.
Respeto a las reglas y leyes de la estética neoclásica tanto en el teatro como en la poesía. La novela
como subgénero novedoso, proporciona una gran libertad expresiva, pues no existe preceptiva
anterior, por ese motivo su momento de auge será a partir del Prerromanticismo.
Respeto a los cánones, por tanto los poetas grecolatinos se ven como modelo de perfección. La
Henriada de Voltaire es una imitación de La Eneida de Virgilio.
Gusto por el decoro y el término medio, escape de lo extremo, o exagerado parece falso.
Valor de lo tradicional y desconfianza en lo original. Esto no es un valor y por eso la novela, el
género más novedoso, no fue considerada como perteneciente a la literatura durante mucho
tiempo.
Predominio de lo natural frente a la fantasía, pasando de los relatos fantasiosos a los verosímiles.
La claridad se convierte en un valor literario.
La ironía y la parodia se convierten en los medios favoritos para denunciar y criticar.
Se utiliza un lenguaje pulcro, culto, “literario”. Se utilizan las figuras homologadas por la retórica
clásica.
La literatura de la Ilustración continúa formalmente la estética neoclásica, de manera sobresaliente en lo
que atañe a la poesía y al teatro y de manera menos estricta en lo que afecta a la prosa, si bien el gusto
neoclásico por la claridad, la elegancia retórica y el término medio permanece de manera general, incluso
en los textos más contestatarios y panfletarios.
Conviene también hacer ver que el concepto de literatura, es decir, lo que se entendía por tal, durante el
siglo XVIII no coincide con el actual. Por literatura se entendía la capacidad y la experiencia de leer, y
literatura era todo el conjunto de libros que contuvieran “conocimiento” y esto incluía tanto los libros de
filosofía como de economía, historia, ensayos, poemas y obras teatrales. Curiosamente a la novela, que
como subgénero ha nacido recientemente, le costaría, por su carácter de obra de mera diversión, merecer
la consideración de obra literaria.
La primera mitad del siglo XVIII está marcada por el racionalismo filosófico, pero la segunda por la
sensibilidad pre-romántica. De todas formas, no es acertado hablar de una ruptura brusca: en pleno delirio
de la sensibilidad, la razón no pierde su lugar, e inversamente la corriente emocional existía, subyacente,
desde el comienzo del siglo. La regla cartesiana de la evidencia, que proviene del siglo anterior, es el punto
de partida del racionalismo crítico. LOS FILÓSOFOS RECHAZAN TODA AUTORIDAD QUE NO SEA LA DE LA
RAZÓN. Más audaces que el propio Descartes, abandonan su metafísica, sometiendo a un libre examen la
revelación, los dogmas y la moral del cristianismo así como las instituciones políticas y sociales. La
literatura se hace militante: los escritores lideran la opinión y preparan el porvenir.
En el auge de la Enciclopedia, del racionalismo de Voltaire, del rechazo a la poesía como género, de
la primacía de la filosofía de la mano de Voltaire, surge, sin embargo, una tendencia totalmente opuesta
al racionalismo crítico. Con los escritores Diderot y Rousseau, las emociones se desencadenan, invadiendo
de lágrimas a la Literatura. No se trata solamente de una sensibilidad delicada: son los instintos afectivos
más profundos que, tanto tiempo reprimidos, reclaman su revancha.
En este siglo mundano y social, varios escritores se encuentran consigo mismo solamente en el fondo de su
soledad, en una comunión inefable con la vida universal, unión perfecta de todas las armonías entre la
naturaleza y sus propias almas. La poesía empieza a resurgir. Al análisis clásico de los sentimientos, le sigue
un arte más afectivo, cuyo poder residen sobre todo en la sugerencia. Exaltación del yo, lirismo personal,
gusto por las emociones, por la melancolía y la soledad, sentimiento de la naturaleza, son estos los
rasgos fundamentales del pre-romanticismo.
Referencias bibliográficas
Cardozo, A. Material didáctico base para la elaboración de este texto.
Domínguez, H., Carrillo, R. (2008) Europa en los siglos XVII y XVIII: la Ilustración. Recuperado de:
https://portalacademico.cch.unam.mx/repositorio-de-sitios/historico-social/historia-de-mexico-
1/HMI/Ilustracion.pdf
Hauser, A. (1951). Historia social de la literatura y el arte. Madrid, España: Guadarrama.
Sin autor, recuperado el 28/2/2019 de https://aulico.files.wordpress.com/2008/10/sobre-la-ilustracion-y-
el-romanticismo.pdf