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Olof Palme

El documento describe la vida y carrera política de Olof Palme, primer ministro socialdemócrata de Suecia. Palme dedicó su vida a promover la democracia, los derechos humanos y la justicia social a nivel internacional. Representó la "neutralidad activa" de Suecia en la política mundial mediante el activismo y la mediación en conflictos globales. Fue asesinado en 1986, lo que conmocionó a Suecia y a la izquierda democrática en todo el mundo.
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Olof Palme

El documento describe la vida y carrera política de Olof Palme, primer ministro socialdemócrata de Suecia. Palme dedicó su vida a promover la democracia, los derechos humanos y la justicia social a nivel internacional. Representó la "neutralidad activa" de Suecia en la política mundial mediante el activismo y la mediación en conflictos globales. Fue asesinado en 1986, lo que conmocionó a Suecia y a la izquierda democrática en todo el mundo.
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Palme y la socialdemocracia

sueca
El 28 de febrero de 1986 Olof Palme, primer ministro sueco, salía del cine con su
mujer, Lisbeth, en Estocolmo. Acababan de ver una película y querían dar un paseo por
el centro. Ella, que caminaba un poco por delante, se volvió al escuchar un ruido enorme,
como un disparo. Vio cómo el propio Palme caía al suelo, en tanto que alguien escapaba
corriendo. Eran, al parecer, exactamente las 11.30 de la noche. Y un hombre, de entre
30 y 35 años, de abrigo oscuro, había herido de muerte al primer ministro, que iba a
morir media hora después. El asesino pudo escapar a través de una calle con escaleras y
lo vieron subir a un Volkswagen Passat. Había utilizado una bala extraña, explosiva.
Después se supo que había disparado, al menos, dos veces. Una de ellas, con
consecuencias decisivas, en el abdomen.
Hasta aquí la noticia, de urgencia periodística y policial, de trascendencia
extraordinaria para la vida de toda Suecia. También, que duda cabe, para la izquierda
democrática occidental e, incluso, para la izquierda en su conjunto. Sin duda, también
para el apoyo global prestado por esta misma izquierda a los países del Tercer Mundo.
La proyección político-internacional de Olof Palme era en efecto una de sus señas
de identidad. Y, desde el año de su desaparición, mucho ha cambiado aquella misma
izquierda, en Europa, y mucho ha cambiado el espectro político y social de su país,
Suecia.

Una vida para la política


El entierro de Palme, el 15 de marzo, iba a contar con una nutrida representación
de la vida pública europea, en todas sus tendencias y, naturalmente, de la Internacional
Socialista. Había dedicado su vida (1926-1986) a la política y por ella llegó incluso a
morir.
De origen social elevado —procedía de una familia de banqueros—, sus detractores
no dejarían nunca de recordarle esa antinatural tendencia que lo llevó, desde los 20 años
(en que asumió la dirección de las Juventudes Socialistas), a valorar sus experiencias
políticas y de viaje juveniles (la pobreza en los Estados Unidos, la rigidez y represión del
comunismo checo…), y que orientó claramente su vocación política hacía los códigos de
la socialdemocracia.
En la Universidad fue un activo dirigente estudiantil mientras cursaba Derecho.
Cuando se licenció, en 1953, se empleó como secretario personal de Tage Erlander, que
a la sazón era el primer ministro socialista. Pronto se le hizo indispensable, y el trabajo
de los dos se fundió en uno solo. Formaron juntos un indisoluble tándem en el que la
teoría y la práctica se combinaban bien. Eran los tiempos heroicos de la construcción —
construcción modélica, vista desde fuera— del Estado del bienestar en Suecia. Lo que se
llamó modelo sueco, referencia ineludible de las discusiones económicas generales y
parte consustancial del envidiable nivel de vida y prestaciones del país, debió un impulso
cierto a aquella colaboración entre los dos, fluida y constante.
Parlamentario desde 1957, fue ministro sin cartera en 1963, ministro de
Comunicaciones en 1965, ministro de educación en 1967 y, por fin en 1969 sucedió a
Erlander como primer ministro. Nada cambió, al menos aparentemente, en todo este
trayecto, respecto a su manera de ser y de actuar. Clamó, allá donde estimó oportuno, a
favor de las democracias y en contra de las dictaduras, habló siempre a favor de la
independencia y las libertades económicas y políticas de los pueblos, y actuó en
consecuencia. Muchos —incluso entre sus compañeros de partido— encontraron estas
posturas incómodas y, quizá, impropias de un hombre de Estado, que hubiera debido
sopesar las ventajas de un mayor cálculo diplomático y rendir un mayor tributo al peso
de la fuerza de las cosas…
Y es que Palme había mostrado más de una vez su enemiga, su actitud política
irreductible, manifestándose por ejemplo incluso al frente de un grupo que, ante la
embajada norteamericana, se unía a las protestas de la izquierda internacional frente a la
participación estadounidense en la guerra del Vietnam. Coherentemente, acogió a
desertores norteamericanos y amparó al denominado Tribunal Russell sobre los crímenes
de guerra en el Vietnam. Las relaciones con Washington se vieron afectadas seriamente
durante un par de años. Sólo mucho después, en una visita del entonces vicepresidente
Bush a Suecia, y en el contexto de una nueva imagen exterior de los Estados Unidos,
reconocieron éstos el acierto de la postura, contraria a la guerra en Asia, del primer
ministro socialdemócrata.
Un ámbito de interés constante, internacional y progresista (tercermundista podría
decirse directamente, si no fuera por el matiz peyorativo con el que se tiende a recubrir
esta expresión) del primer ministro Palme lo constituyó Centroamérica, cuyo proceso de
paz siempre apoyó. Lo mismo que la implantación de la democracia en el conjunto de
América Latina, mostrándose siempre firme contra cualquier retroceso. Gracias a su
intervención decidida y personal, Suecia fue un país de asilo, extraordinariamente
hospitalario para el exilio político de personas de izquierdas procedentes de todo el Cono
Sur. Unos 500.000 inmigrantes recibieron la igualdad de derechos, incluido el voto.
Y cualquier lector español de una cierta edad recordará también a Olor Palme que
pedía con una hucha, en las calles de Estocolmo, contra la dictadura franquista, ya
agotada, pero vivo todavía el dictador. La prensa española oficialista reaccionó
violentamente contra tales actividades del socialdemócrata. Se daba la circunstancia,
además, de que palme confesaba ser admirador de España (país al que sin embargo se
negaba a viajar mientras perseverase la dictadura) y decía ser lector ferviente de El
Quijote. (Felipe González le agradeció el apoyo a su partido y su buena disposición hacía
la naciente democracia española, años después, al cumplir Palme precisamente los
cincuenta, regalándole un ejemplar de la obra de Cervantes).
No siempre se mantendría Palme en el poder, naturalmente. Derrotado en octubre
de 1976, trabajó entonces intensamente al servicio de la ONU, como portavoz de la
Comisión de Desarme y Seguridad. No todo fueron éxitos, sin embargo, recuérdese su
infructuosa tarea de mediador en la guerra abierta entre Irán e Irak, en los años 1980 y
1981. Al ganar de nuevo las elecciones, en 1982, se abriría su última e inacabada etapa
de gobierno. Trataremos de ver, a rasgos muy grandes y por ello un tanto
estereotipados, por qué se caracterizaría, sistemáticamente, dicho estilo de gobernar.

Suecia: la neutralidad activa


Palme encarnó, durante buena parte de su vida pública, la función internacional de
Suecia, su proyección exterior. Hasta tal punto resulta esto destacable que, como se
sabe, una parte de las hipótesis —no desmentidas ni resueltas— sobre las causas de su
asesinato, remiten a circunstancias y razones de índole político-internacional.
El origen de todo hay que buscarlo en el concepto de neutralidad que Suecia asumió
en la última posguerra, alejado de la no injerencia o no participación clásicas. La
neutralidad sueca ha sido así, en efecto, una neutralidad activa, producto de una
reelaboración teórica de las obligaciones y derechos del socialismo internacional que los
socialdemócratas suecos desplegaron durante décadas.
El mismo Palme tendría un papel relevante, aunque no el único desde luego, en
esta reelaboración. El contexto de la primera guerra fría, años en los que se produce la
entrada de Olof Palme en el SAP (Partido Socialdemócrata Sueco), soporta y alimenta un
enfrentamiento radical, en el propio partido, a propósito de las posturas a adoptar en un
mundo dividido en bloques. Una opción, durante un tiempo defendida con energía, era la
de mantener un bloque defensivo nórdico, particular. Postura que, pasado un tiempo, se
abandonó. Cuidado extremo pondría entonces la socialdemocracia sueca en no dejarse
arrebatar —en contra de su propia tradición— por un militarismo creciente, rampante en
casi todos los países de Europa. Dinamarca y Noruega, por su parte, optaron por la
entrada en la OTAN. Un debate intensísimo, por fin, concluiría en el SAP con la adopción
de aquella neutralidad a la que nos referimos antes. Implicaba una apuesta por el
refuerzo del Ejército propio y las defensas específicamente suecas.
Vino ello por fuerza acompañado de otro debate, que iba a ser ejemplar para otros
socialismos democráticos: el de la nuclearización. Fue un debate que duró más de diez
años, entre el SAP —una vez más con distintas posturas internas— y los mandos
militares, que habían comenzado a presionar en 1954. Palme y Erlander (al frente éste
del Comité sobre Armas Atómicas, creado en 1958) tuvieron, ambos, un papel decisivo.
La estrategia consistió en ir aplazando, de una vez para otra, la decisión final. La vía a
seguir quedaría, con todo, perfilada definitivamente en 1963, cuando Suecia suscribió el
Tratado de No Proliferación de Pruebas Nucleares. Lo cual equivalía a cerrar el camino a
cualquier desarrollo propio de tecnología con fines militares. Después de serias
discusiones y una campaña de opinión muy fuerte, el Parlamento sueco rechazaba, en
1964, la posibilidad de que Suecia pudiera fabricar la bomba atómica.
La década de los sesenta, años dorados para la socialdemocracia sueca, la
convirtieron en protagonista internacional, a favor de la paz, en casi cualquier lugar
conflictivo del planeta. Su pacifismo activo exigía, tal y como lo entendió la
socialdemocracia, un inmenso derroche de energía e instituciones internacionales, una
presencia constante y ejecutora de la voluntad de cooperación. A veces, las decisiones
(muy personales) de Palme suscitaron conflictos internos; así su postura a favor del
socialismo argelino le acarreó, como es sabido, la enemistad de Sección Francesa de la
Internacional Obrera (SFIO). El Instituto Internacional de Estudios para la Paz,
establecido en Estocolmo desde 1966 (SIPRI), contribuiría intensamente a destinar
recursos a una investigación pionera en este campo de la irenología (ciencia de la paz),
con innegable proyección política, en un principio, a favor de los menos fuertes y en
apoyo de posturas no condenatorias, al menos, respecto a los regímenes de socialismo
revolucionario.
A mediados de los setenta, con todo, hay una fecha histórica que conviene resaltar.
La Conferencia de Helsinki, en 1975, supuso el intento colectivo más logrado de poner fin
a la política de bloques. El papel de Palme y la socialdemocracia sueca en este proceso
llamado de distensión había sido determinante: los suecos apostaban por la
comunicación y el intercambio generalizado en todos los ámbitos (económico, cultural,
político) como medio para vencer la rigidez del sistema comunista. El avance de las
democracias, había dicho el 1 de mayo de 1969, es una cuestión de confianza en
nosotros mismos.
Respecto a Cuba o Nicaragua, Palme mantuvo siempre la misma opinión. Frente a
lo que otros consideraban blandura respecto al sistema mismo del socialismo real, Palme
restableció relaciones diplomáticas con el Vaticano. En 300 años, fue el primer jefe de
Gobierno sueco que estrechó la mano del Papa.

Un primer ministro y un modelo de Estado


Inseparables, en su comprensión y desarrollo histórico, lo que fue la figura de
Palme y lo que significó la sociedad que su partido —y su propio papel dentro de él—
contribuyeron tanto a perfilar, a veces resulta difícil discernir dónde empieza la acción
personal del político y dónde acaba la exigencia estructural de la sociedad y la política a
las que servía. A Palme no le tocó recoger ninguna cosecha de la socialdemocracia, como
algún analista ha dicho bien, sino bregar con una era de crisis en la que no se ganó —ni
se perdió tampoco— todo. Con Palme al frente, la crisis de los años setenta se saldó en
Suecia con la tasa de paro más baja de los países de la OCDE.
Y, sin embargo, Palme había estado fuera del Poder durante parte de esta etapa
(1976-1980), derrotado por consignas electorales de temprana orientación neoliberal.
Con el mismo programa de gasto público de orientación social, con las mismas directrices
de política internacional, los electores le otorgaron otra vez su confianza después,
posiblemente con la esperanza de que las recetas de la socialdemocracia resultarían ser
—otra vez— mejores para salir definitivamente de la crisis. El que se vanagloriaba, entre
tanto, de que su programa de izquierdas no había sido rebajado ni un punto.
Ese programa de izquierdas, lo diremos una vez más, constituía parte sustantiva,
inseparable, de un estilo de vida política y una orientación colectivista que determinaron,
profundamente, con variaciones lógicas de carácter nacional, la existencia de los países
europeo-occidentales a partir de la segunda posguerra. Lo que dio en llamarse, como se
sabe, genéricamente Estado del Bienestar (Welfare State) en oposición, de ingeniosa
terminología, al Warfare State, la economía de guerra que, en cualquier caso, tendría
que venir a demolerse tras la finalización de la Segunda Guerra Mundial (aunque
exigiendo, en cualquier caso, algún tipo de compensación a cambio).
Suecia logró un modelo peculiar, bastante completo y avanzado, que se apoyaba en
una industrialización reciente y certera en sus objetivos, y siempre inteligente jugadora
con ventaja, aprovechando bien las coyunturas, y tecnológicamente competitiva. Bien es
verdad que otras condiciones, quizá más antiguas que la propia industrialización,
coadyuvarían al nacimiento de aquel modelo social distributivo. Como Arthur Gould
destaca, la persistencia de las tradiciones colectivas, preindustriales, o el estrecho
contacto con otras reformas sociales (la alemana, sobre todo), tanto como la influencia
directa de ideas básicas, muy extendidas —populares y populistas— acerca de la nación
(el hogar del pueblo llamó a la nación Per Albin), están sin duda en la base de la eficacia
y extensión del modelo sueco.
Importa destacar, en cualquier caso, que la ciudadanía política se amplía
extensamente, en la versión del Estado del bienestar que corresponde a Suecia, con una
avanzada cobertura de derechos sociales. Así, el derecho de ciudadanía contendría el
derecho universal a unos ingresos y unos servicios que, soslayando el valor de mercado
del sujeto, se hacían extensivos por igual a todos (en la práctica, no obstante, distó de
conseguir una aplicación total, pero la norma estaba ahí).
Para denominar la estructura económica general capaz de soportar esta
transformación política, los socialdemócratas hablaron de economía mixta. Es decir,
combinar decisiones de mercado y propiedad privada de los medios de producción con
opciones crecientes de reparto social de los beneficios, gestionadas y priorizadas por el
Estado. Si el capitalismo seguía gobernando el proceso económico, en su conjunto (los
suecos presumían de la escasa participación directa del Estado en la producción), el
socialismo real —como modelo económico alternativo— aportaba por su parte alguna
inspiración ideológica sustancial (leyes de control económico, de protección laboral,
etcétera).
Ya a finales de la Primera Guerra Mundial los socialdemócratas habían conseguido
que el Estado asumiera decisiones y reformas cruciales desde el punto de vista del
afianzamiento de la democracia. Pero fue sobre todo al lograr mayoría en el Parlamento,
a principios de la década de los veinte, y al llegar a controlar de forma estable el Poder,
en 1932 (se mantendrían en él durante 44 años), cuando decidieron reforzar el contenido
social de su política. Fueron precisamente las medidas de ayuda adoptadas para absorber
el paro de 1922 (carreteras, construcciones, etcétera) las que hicieron que el
socialdemócrata Branting perdiera el Poder en 1923. En la década de los veinte, el SAP lo
disfrutará, en minoría, durante tres cortos períodos: 1920, 1921-1923 y 1924-1926.
Las alteraciones del periodo de entreguerras (la crisis económica, la amenaza de
que prosperaran soluciones fascistas, el refuerzo de la sindicación y la conflictividad
obrera) acabarían llevando al Poder, en 1932, a los socialdemócratas. Esta vez en
coalición con los agrarios, cuyas reivindicaciones para salir de la crisis se incorporan y
asumen. Se ganaron con ello al campesinado (que funcionó a partir de ahí en alianza
intermitente con el SAP, electoralmente hablando: coalición roji-verde) y ello dio al
conjunto una estabilidad, en otro caso impredecible. Con todo, a veces existieron
desacuerdos, por ejemplo, en 1957, cuando la alianza establecida con los agrarios
(Partido del Centro) en 1948 estuvo a punto de romperse con motivo de la igualación de
pensiones, decisión que aquéllos se negaban a compartir. Otras veces, el apoyo más
importante para Gobiernos socialdemócratas se buscó entre los comunistas.
La patronal no permaneció al margen del proceso. El llamado acuerdo de
Saltsjbaden (1938) entre patronal y poder sindical (LO, Confederación del Trabajo) con el
SAP en el Poder, como es bien sabido, mantendría al movimiento obrero al margen de
todo intento de destruir la propiedad privada. A cambio de la posibilidad y el derecho de
usar el poder gubernamental para alcanzar el pleno empleo y una más adecuada
distribución del crecimiento económico. Bien es verdad que el Estado había acudido en
auxilio de la empresa privada, contribuyendo a que remontara la crisis y frenando así,
pragmáticamente, la vinculación entre los otros partidos y el Capital.
Cuarenta años duró este consenso, valorado unánimemente por los analistas como
una de las principales razones del mantenimiento del modelo sueco. No siempre resultó
incuestionado (por ejemplo, la denuncia que hizo la patronal, tras la Segunda Guerra
Mundial de la economía planificada, el Programa de posguerra del movimiento obrero,
adoptado por el partido en 1944, contaba con nacionalizar bancos, compañías de
seguros, distribución de productos petrolíferos, etcétera). Ni de su duración debe
inferirse la ausencia de conflicto laboral (las huelgas del 45, por ejemplo, fueron las más
graves desde 1909. alentadas por lo que se creía ser el final del capitalismo, a lo que la
patronal respondía con el lock-out y, a su vez, el sindicato con nuevas huelgas). Pero, de
un modo u otro, las cosas fueron funcionando en esta dimensión del pacto social que se
cimienta en los años cincuenta (acuerdos bienales desde 1957), con un nivel de consenso
superior al de muchas democracias occidentales. Habrá que esperar a 1969
(reivindicaciones mineras en Kiruna, Laponia) para encontrar grandes estallidos sociales.
Acabarían con el consenso por fin, tanto por los elementos procedentes del
descenso de la productividad como consecuencia de la crisis de los setenta (el pleno
empleo no resultaba ya —para desconcierto de los economistas del partido—, hablando
en términos estrictamente económicos, una ventaja) como por los inconvenientes
relativos de un sindicalismo poderoso y de presión constante: el índice de sindicación
más elevado de los años setenta lo ostentaba Suecia. El programa electoral de mediados
de esta década, en cualquier caso, contenía proyectos (como el de limitar los poderes de
los empresarios en los lugares de trabajo, crear fondos de asalariados, etcétera) que
reforzaban todavía el potencial de acción política y económica de los sindicatos. Su
incidencia en la derrota sufrida entonces por el partido de Palme resultaría, en opinión de
algunos, clara y terminante.

Un partido para la historia. Y un sindicato


Fundado en 1889, el Partido Socialdemócrata Sueco (el SAP) iba a conseguir sentar
en el Parlamento a su primer diputado, Hjalmar Branting, en 1896. Siempre fue el suyo
un socialismo poco radicalizado, reformista y, si se quiere, revisionista, utilizando la
terminología de la II Internacional propia de la época. Rechazaba la transformación
violenta de la sociedad, aceptaba el sufragio universal y, como otros partidos y
agrupaciones del Norte de Europa —algunos de fuerte contenido religioso y moral—, se
batía a favor de una rigurosa abstinencia alcohólica.
La confederación sindical, la LO (1898), es posterior (la formación de la clase obrera
sueca es también tardía). Pero su crecimiento fue muy rápido, asumiendo pronto
direcciones de centralización y unidad de acción excepcionales en la historia general del
sindicalismo. En los años treinta del siglo XX iba a crecer extraordinariamente,
protagonizando actuaciones sociales decisivas para el futuro político del país. En 1940
contaba ya con más de un millón de afiliados (casi el 50 por 100 del total de
asalariados). En los años 60, casi un 90 por 100 de los obreros estaba dentro, y cerca del
70 por 100 de oficinistas y funcionarios, a su vez, se hallaban sindicados en la TCO
(fusión en 1947 de un sindicato preexistente, la DACO y otro nuevo, del mismo nombre,
nacido en 1937 para universitarios). Se autodefinía como independiente, pero prestó casi
siempre a la LO un discreto apoyo.
El mecanismo principal radicaba en la llamada solidaridad salarial, por la cual un
movimiento sindical unido exigía que los salarios más bajos recibieran los mayores
incrementos, al tiempo que se procuraba la extensión al máximo del mercado de trabajo.
El Estado, en cualquier caso, aseguraría al trabajador un puesto de trabajo. Y, a la edad
de la jubilación, recogería el fruto del mismo: el Fondo Nacional de Jubilación propuesto
como objetivo en 1956 (un 50 por 100 como mínimo, de los ingresos más altos
percibidos a lo largo de una vida laboral cualquiera —no en el caso de los funcionarios—
y que sería aprobado después de tres años de continuas disputas. Exigía transferir al
sector público una parte importante del ahorro de las empresas.
Caracteriza las relaciones entre el partido y sindicato, en este ejemplo histórico, una
interpretación nada corriente. En un principio, incluso, resultaba que la afiliación de los
miembros del sindicato al partido era, también, obligatoria. La fuerza sindical se
benefició, por cierto, de esta dependencia, que repercutiría —en su caso— en estabilidad
y aumento asegurados, con el tiempo. El partido, en cambio, iba a sufrir reflejos más
diversos como efecto de esta relación: en un principio, vería asegurada su fuerza en la
escena política; pero los riesgos de hacer de correa de transmisión de las decisiones de
índole laboral —lo que constituyó su misma grandeza durante un tiempo— acabaría
volviéndose en su contra.
En cualquier caso, la estrecha vinculación con la fuerza política y social de los
sindicatos (y habida cuenta de la práctica que éstos emprendían, respecto al Capital y al
Estado) repercutió directamente en la moderación de sus programas de izquierdas. El
parlamentarismo ocupó de este modo, como si de un partido burgués (terminología que
los propios suecos gustan todavía de emplear) se tratara, el espacio que, en programas y
proclamas, ocupaba la Revolución en los partidos socialistas de otros países. La lucha
política sistemática y progresiva (es decir, la reforma) constituiría la fórmula,
prácticamente indiscutida, de actuación.
Incluso frente al campesinado, tan malinterpretado y desairado en otros manifiestos
de la izquierda (lo que se llamó el problema campesino es, en buena medida, la historia
del fracaso de la mayoría de las revoluciones del siglo XX), los socialdemócratas suecos
manifestarían sensibilidad. La categoría social de los campesinos pobres iba a resultar
bienvenida en el amplio espacio de la reforma política y social que los socialdemócratas
suecos trazarían poco a poco. La pequeña propiedad campesina, con sus particulares
problemas y sus circunstancias, quedaba englobada en el programa general de reformas
a conseguir.
El propio Olof Palme dividió la historia de su partido, el SAP, en tres etapas. Una
primera, de lucha por la democracia política, es la que hemos venido describiendo
primero. Se destinó, en resumen, a arrebatar al poderoso Partido Conservador
concesiones de orden constitucional y social, y a protagonizar, frente a los liberales, la
consecución de las reformas (el sufragio universal masculino en 1909, el seguro
obligatorio de vejez en 1913, así como la jornada de ocho horas y el sufragio femenino
en 1918…).

Democracia para un tiempo de crisis


La democracia social, segunda etapa, comenzaría en la década de los veinte, con
efluvios keynesianos indirectos. Buscaba lograr, a un tiempo, crecimiento económico y
redistribución social de los beneficios: el ministro de Economía, Wigforss, y el de Asuntos
Sociales, Möller, se pusieron a ello. El programa no se interrumpiría ni durante la
Segunda Guerra Mundial, un período difícil, coincidiendo su esfuerzo con el ejercicio del
Poder por Erlander (octubre de 1946), quien pondría en marcha aquel programa de
posguerra, muy decidido a favor del Estado, que el partido había aprobado ya en ¡944.
Con éste, se alcanzó el pleno empleo, se mejoraron ampliamente las pensiones y
todo tipo de prestaciones sociales (salud, vacaciones, subvenciones, subsidios), se
introdujeron reformas democratizantes en el sistema educativo y un sistema impositivo
de naturaleza francamente progresiva. En los años cincuenta, quedaron reorganizadas y
expandidas las instituciones de bienestar social, añadiéndose además un conjunto de
pensiones suplementarias en función del nivel de ingresos.
Conviene recordar cómo se llevaba a cabo, de manera práctica, el consenso social y
laboral que permitió consolidar, durante un tiempo largo, la estabilidad del sistema.
Gosta Rehn y Rudolf Meidner, dos economistas del sindicato LO, diseñaron en los años
cincuenta un modelo económico que abordaba a un tiempo el problema de la inflación y
la cuestión del pleno empleo y la igualdad distributiva. El funcionamiento del modelo
consistía más o menos en lo siguiente: el sindicato y el partido (LO y SAP) acordaban las
bases de una política solidaria, lo cual quería decir que, a igual trabajo, igual paga en
todas las empresas del Estado, independientemente de cuál fuera la situación de
aquéllas.
De esta manera, resultaba que las empresas ineficientes tenían que hacer frente a
serios problemas para mantener el nivel de salarios, en tanto que las empresas
dinámicas generaban un excedente de beneficios que, al ser reinvertido, repercutía
forzosamente sobre la economía en su conjunto, que se hacía por este procedimiento
más voluminoso y eficiente.
Por otra parte, la quiebra de las empresas deficitarias no acarreaba consecuencias
sociales irreparables. Los trabajadores que perdían su empleo podían aprovecharse,
abundantemente, de las políticas económicas de actuación sobre el mercado de trabajo:
recolocaciones directas, cursos de perfeccionamiento y actualización profesional, trabajos
temporales en el sector público… Se combinaba por este procedimiento una alta
productividad en la economía con un sistema salarial que, manteniéndose alto pero
dentro de unos límites, permitía (al menos, en teoría) incrementar gradualmente la
igualdad entre los trabajadores.
Esas constituyeron las señas de identidad clásicas del Estado del bienestar,
especialmente en su perfil sueco: una serie —constantemente ampliada y extendida a
toda la ciudadanía— de servicios universales de calidad muy alta, que tendían a aportar a
los ciudadanos seguridad y bienestar desde la cuna hasta la sepultura. Su refuerzo se
haría, en Suecia, contando con el apoyo —desde 1964, en que el SAP retrocede en las
elecciones— del Partido Comunista. Tage Erlander pudo todavía capitalizar el éxito
electoral del año 68, fecha en la que el SAP obtuvo más del 50 por 100 de los votos. Pese
a todo, un año más tarde iba a sustituirle Olof Palme.
Por entonces, los últimos años sesenta, empezarían ya a notarse fisuras (no sólo
visibles en Suecia) en el edificio del Estado del bienestar. Tensiones perceptibles en la
movilización juvenil —interpretada por algunos como un proceso ligado al incremento y
las transformaciones tecnológicas— y una crisis ideológica innegable, que afectaba a un
sector de los ideales (de fuerte contenido económico y social) que giraban en torno al
mito del pleno empleo.
Suecia añadiría a las transformaciones de tipo general sus propios problemas.
Problemas de nueva formulación y de viejas raíces: el campo, una vez más. Hasta poco
atrás, la despoblación rural había logrado evitarse en razón del estilo eminentemente
descentralizado que había adoptado la industrialización en Suecia. Pero ya no parecía
posible frenar la avalancha masiva del campo a la ciudad: la afluencia de inmigrantes en
las áreas urbanas acarreaba secuelas de difícil solución. El exceso de mano de obra y la
falta de infraestructuras para dar acogida suficiente a los recién llegados se sumaba a las
mayores necesidades de igualación que éstos mismos reclamaban. La rapidez y fuerza
del crecimiento económico, por otra parte, habían propiciado, inevitablemente, la
desigualdad. Y subsistían aún —creciendo en ocasiones, paradójicamente— bolsas de
pobreza.
La política que el partido iba a arbitrar para hacer frente a la situación abría,
necesariamente, la tercera etapa en la trayectoria histórica de la socialdemocracia sueca,
al decir del mismo Olof Palme. Se trataba de la configuración de la democracia
económica.

Democracia industrial, sociedad mixta


Había que forzar el modelo. Dos nuevos conceptos (democracia industrial y
formación colectiva de capital) comienzan entonces a formar parte del vocabulario
político y económico del Partido Socialdemócrata Sueco, extendiéndose igualmente hacia
fuera con rapidez, y suscitando discusiones constantes, tanto teóricas como de
aplicación.
La democracia industrial (un término muy grato a los propios suecos seguidores de
Palme, a principios de los años setenta) suponía algo así como que el sindicato, actuando
a través del partido del Gobierno, impulsaba cambios legislativos decisivos para
conseguir objetivos que la propia negociación colectiva no había sido capaz de lograr a
través del refuerzo del pacto social. Se promulgaron, de este modo, leyes sobre la
seguridad en el trabajo, sobre consultas forzosas a la hora de reducir plantillas en las
empresas, sobre mantenimiento de los índices de empleo, sobre representación de los
trabajadores en los órganos de dirección de las empresas… Prácticamente, se legisló en
todo lo que resultaba ser de interés para los sindicatos y sus mayoritarios afiliados. A
cambio, se favorecía a los empresarios con un puñado de leyes en contra de la huelga.
El intento de conseguir lo que se llamaría formación colectiva de capital, por otra
parte, se llevaría a cabo, primero, mediante la normativa legal que autorizaba al Estado a
invertir directamente en las empresas del país. Más tarde, en un segundo paso —y en la
penúltima legislatura de Olof Palme éstos fueron los rechazos más graves que se vio
obligado a afrontar—, tratando que fueran los propios sindicatos los que ejercieran el
control económico sobre las mismas empresas. A pesar de que la forma en que esta
transformación comenzaba, en efecto, a ponerse en práctica resultaba ya muy diluida
respecto al proyecto original de propiedad colectiva de los medios de producción con el
que soñaban los socialdemócratas, lo cierto es que la oposición política —con sus
respaldos y soportes económicos— recrudecería sus esfuerzos contra los
socialdemócratas de manera directa, en una campaña sistemática vinculada de modo
estrecho a la demolición del proyecto.
Las elecciones de 1973 mostraron ya que Palme había perdido popularidad. Los
comunistas le ayudarían a continuar —soportando los efectos de la crisis del petróleo—
hasta 1976. Perdió entonces Palme las elecciones, dejando paso a una coalición de
partidos burgueses que se mostró débil y confusa, con varios cambios de gabinete, de
signo contradictorio, en los seis años en que se mantuvieron en el Poder. En 1982 el SAP
recuperó la mayoría, manteniéndola —gracias a la colaboración de la extrema izquierda,
de nuevo— hasta 1991.
Olof Palme no viviría ya para entonces, a su vez, para ver cómo se iba a ver
obligada la socialdemocracia sueca, su partido, a enfrentarse a la cuarta y nueva etapa,
de desamortización, de aquella democracia industrial por cuyo cumplimiento el propio
Palme pugnaba denodadamente. Una etapa de acomodo a la nueva crisis mundial y a un
cambio ideológico, en profundidad, que no afectaba sólo a la competencia conocida de
siempre, conservadores, centristas y liberales (puesto que los últimos tiempos fueron de
acuerdo estable con los comunistas), sino —algo que posiblemente le hubiera
sorprendido y dolido enormemente— que ese giro ideológico hacia la derecha, lo mismo
que en otros países, hallaba su mejor aliado en muchos jóvenes.

La gestión de la crisis antes y después de Palme


La crisis económica obligó a ceder. Los Gobiernos del SAP en los años ochenta
pusieron trabas al crecimiento del gasto público, limitaron el gasto local, desregularon los
mercados financieros y, al mismo tiempo, acometieron una ambigua política de
descentralización (a veces con experimentos de autonomía quizá arriesgados). Las
detalladas regulaciones y prescripciones anteriores para los servicios sociales, de salud y
planificación, vinieron a ser sustituidas por amplios contextos legislativos. Y originaron
una serie de transferencias a los poderes locales. A partir de 1988 fue preciso aplicar
(según los economistas del partido, que pretendían atacar así las perturbaciones
económicas detectadas) medidas de austeridad. El Partido Izquierdista (anteriormente el
Partido Comunista) retiró entonces su apoyo el SAP se volvió hacia los partidos
burgueses.
Las elecciones de 1991 las perdió. No fueron un desastre (cayó desde un 43,2 por
100 de los votos a un 37,6 por 100, resultados superiores con todo a los de un 28 por
100 que le vaticinaban las encuestas preelectorales). Pero las perdió. Desde 1928 no
había recibido tan pocos votos, y el Partido Izquierdista descendía también (del 5,8 por
100 al 4,5 por 100). Los Verdes (Miljö) casi habían igualado a los comunistas en 1988
(20 y 21 escaños, respectivamente), pero ahora no consiguieron ni siquiera un escaño, al
quedar por debajo (3,4 por 100 de los votos) del mínimo exigido. Tampoco mejoraba el
Centro Agrario, ni mucho menos, ni los liberales. Sólo el Partido Conservador mejoraba
sensiblemente (más de tres puntos y medio), convirtiéndose en la principal formación del
bloque que entró a gobernar.
La política emprendía así un giro decisivo en Suecia. Los Verdes protagonizaban,
tras haber sido el primer partido nuevo en el Riskdag desde hacía setenta años, la
rapidísima derrota del primer experimento de subversión del orden político tradicional.
Por su parte, los cristiano-demócratas podían considerarse, con cierto grado de razón,
como los verdaderos (Nueva Democracia, el otro ganador —el partido neopopulista y en
parte xenófobo creado por el empresario Bert Carlsson y el aristócrata y hombre de
negocios Ian Wachtmeister—, se consideraba, al parecer, como algo más frágil e
inestable). La Unión Cristiano-Demócrata había hecho una campaña en pro de la
restauración en la vida política de una dimensión moral y en contra de su secularización,
programa que le había proporcionado sólo un puñado de votos en 1988. En 1991
consiguió triplicarlos, obteniendo un 7,1 por 100 más, por ejemplo, que el Partido
Izquierdista.
La política comenzaría así a caminar, en Suecia, de la mano de cuatro partidos:
conservadores (los únicos totalmente convencidos de la necesidad de desmantelar el
gasto público por completo), liberales (los que primero se mostraron en contra de la
rapidez y dimensiones de ese desmantelamiento), centristas y cristiano-demócratas
(opuestos ambos a los recortes drásticos en la educación de adultos que los
conservadores se proponían llevar a cabo). Entre tanto, Nueva Democracia llegó a votar
con el SAP y los comunistas contra la supresión de una parte de las pensiones. El
llamado modelo sueco, en contra de lo que pudiera parecer, no iba a desaparecer
fulminantemente. Sin embargo, ciertos servicios públicos (teléfonos, correos, líneas
aéreas y ferrocarriles), pasaron de inmediato a ser gestionados a través, exclusivamente,
de la economía de mercado.
El castigo electoral de 1991 no ha impedido que el SAP siga siendo el principal
partido. Ni que el Estado del bienestar, tal y como lo construyó la socialdemocracia en
Suecia, con sus apoyos políticos y económicos, se haya venido abajo por completo.
Incluso atendiendo a las críticas, numerosas, que se suscitaron —dentro y fuera del
país— en los años ochenta, los índices de mortalidad infantil, de desempleo, de camas de
hospital por número de habitantes, etcétera, arrojaban a favor de Suecia un saldo
absolutamente favorable. Se le criticaba, no obstante, al sistema la falta real de
oportunidades en el acceso a la educación, la reducida creación de empleo juvenil,
etcétera. Pero si se establece la comparación con otros países, los indicadores de éstos
pueden llegar a resultar irrisorios. Y conviene recordar, entre otras cosas, cómo se ha
interpretado por ejemplo el rechazo de buena parte del voto femenino en Suecia a
formar parte de la Unión Económica Europea, muy recientemente: como el miedo de la
población femenina —entrando en una Europa, menos igualitaria que Suecia, en términos
amplios— a perder posiciones, por razones de género, en cuanto a su participación en el
mercado laboral.
Mucho debió pesar entonces en el ánimo de quienes decidieron prescindir, durante
más o menos tiempo, de los socialdemócratas, el rechazo de la densísima burocratización
alcanzada por las relaciones de cualquier tipo (económicas, sociales, laborales o incluso
personales) en un país en el que casi todo podía ser medido socialmente a través de
parámetros de igualdad. Como intromisión asfixiante en la vida de los individuos, en su
más íntima libertad, se leían conductas y reglamentaciones, ordenancistas y
paternalistas, que obligaban a los ciudadanos a vivir, de la mano del Estado, las
experiencias de la maternidad, a salud y la enfermedad o la vejez.
Ello seguramente más aún que la propia intromisión económica en la gestión de los
recursos propios de la economía capitalista. Las nacionalizaciones, en efecto —salvo en el
momento del deslumbramiento propio de la Segunda Guerra Mundial—, nunca estuvieron
en el ánimo de los socialdemócratas suecos, que de las experiencias negativas de otros
partidos socialistas supieron obtener provechosa lección. Con escepticismo bien fundado
al respecto, rechazaron la intervención directa del Estado en la producción, en varias
ocasiones, aunque no los controles sindicales o estatales que dejan intacta la propiedad
real. Optando además por el fomento de formas alternativas: el movimiento
cooperativista en Suecia, por ejemplo, es importantísimo.
Los partidos políticos suecos no socialistas, por su parte, aceptaron en alto grado la
validez del modelo global confeccionado por aquéllos. Pese a ciertas reservas, incluso los
conservadores —los mayores adversarios ideológicos del SAP, en principio— han
mostrado en general su aceptación. La versión sueca del radicalismo neoliberal propia de
finales de los años ochenta se mostraba, incluso, sorprendentemente suave respecto a la
política social, incluidos (y esto sí que es relevante) los altos impuestos precisos para
financiarla. Se trataba de estrategia electoral, confeccionada sobre la base, cierta, de que
en los últimos cuarenta años los suecos no votaban mayoritariamente a quienes no
defendieran el Estado del bienestar. A la vista de los efectos, hasta hoy mismo, no
parece posible defender sólo esta interpretación.
Las negociaciones para la adhesión a la Unión Europea revelaron una situación
contradictoria. Una parte de la población se mostró, en los momentos previos, vacilante;
el Gobierno, entre tanto, se mostraba decidido a proseguir los trámites para la entrada,
trámites iniciados dos años atrás por los propios socialdemócratas. La crisis que ha
afectado —que sigue todavía afectando— a las economías europeas, revestía en Suecia,
a la altura de 1993, una especial gravedad: caída de un 20 por 100 de la producción
industrial y de un 5 por 100 del PIB en tres años; déficit presupuestario del 13 por 100;
desempleo del 8 por 100 (datos oficiales que otras fuentes elevarán hasta el 13 por 100).
En el seno de los países de la OCDE, ésta no resultaba ser una buena cosecha…
Si se quiere, las dudas de los suecos (tan distintas de las adhesiones entusiastas de
otros países a la Comunidad Económica Europea, años atrás, en el marco de una
coyuntura económica, bien se sabe, distinta) no serán otra cosa sino la expresión
particular de las vacilaciones de otros muchos: los daneses, los suizos, el petit oui
francés a la ratificación del Tratado de la Unión o las interminables reticencias de los
ingleses. Lo que ocurre es que, además, en Suecia se sabía positivamente, a esas
alturas, que la competencia comunitaria, en una época —estructuralmente conformada
así, al parecer— de escasez de empleo, no iba a favorecer (no podía hacerlo, en
principio, respecto a los indicadores suecos) la igualdad de oportunidades. Las exigencias
propias de la convergencia tampoco facilitarían las mejoras, sino posiblemente todo lo
contrario, en sectores como la Administración o quizá, incluso, la protección
medioambiental, en la que los suecos han sido extremadamente cuidadosos a lo largo de
estos últimos veinte años.
Mas si algunos de los mecanismos de la protección social habrán de ser
desmontados, al parecer indefectiblemente, en le seno de la Unión Europea, más grave,
para la pervivencia del modelo sueco o su recuperación futura, parece ser la decadencia
de la versión socialdemócrata de la cultura. El paternalismo de Estado, dicho de otra
forma, no parece levantar pasión alguna entre los más jóvenes, puesto que en las
elecciones del 91 sólo un 20 por 100 de quienes votaron por primera vez (la edad
electoral está en los 18 años) lo hicieron por el SAP. La mayoría votaría burgués (un 75
por 100) y, entre ellos, muchísimos lo por Nueva Democracia. Habían respondido a las
encuestas preelectorales hablando de los socialistas como aburridos y anticuados, en
tanto que hacía falta algo nuevo, moderno…
En septiembre de 1994, con millares de trabajadores en paro, pensiones y
prestaciones sociales recortadas en un treinta por ciento y una fuerte campaña política
de los empresarios —que amenazaban con trasladar inversiones y fábricas al exterior—
los socialdemócratas volvieron a ganar las elecciones. No lo hicieron por mayoría, pero sí
con un 46 por ciento de los votos (169 escaños) es decir, a muy poca distancia de ella.
Verdes y comunistas experimentaron también una recuperación entre el electorado.

José María Faraldo y Elena Hernández Sandoica


Historiadores Universidad Complutense de Madrid

El magnicidio: algunas teorías


Del asesinato de Olof Palme lo único que está claro es que su muerte beneficiaba o
al menos satisfacía a una larga lista de intereses. No en vano, según algún miembro de
su propio Gobierno, Palme era el hombre más odiado de la Internacional Socialista. En
los momentos previos a su asesinato había sido víctima de una campaña de desprestigio
que partía de diversos medios de comunicación. Se le acusaba de debilidad en la crisis de
los submarinos, como se llegó a denominar a ciertas violaciones del espacio marítimo
sueco llevadas a cabo por buques no identificados, presumiblemente soviéticos. A esto
hay que añadir su política económica consecuentemente izquierdista e igualitaria y las ya
citadas preocupaciones por los países del Tercer Mundo y por la Seguridad Global y la
desnuclearización en Europa. Tal currículum ocasionó que fuerzas derechistas le tacharan
de predisposición hacia la URSS, cuando no de intento de dirigir la economía sueca hacia
el colectivismo a la soviética. El hecho clave es que Palme resultó reelegido después
incluso de crear los fondos colectivos de asalariados, mediante los cuales los sindicatos
iniciaron un proceso de control de gran parte del capital de las empresas suecas. Que la
figura del primer ministro sobreviviese a lo que parecía su tumba política, no debió de
resultar agradable para los sectores ultramontanos de Suecia.
De este modo, la naciente ultraderecha sueca —de cuyo caldo de cultivo el partido
Nueva Democracia obtendría una buena tajada electoral en 1991— tenía buenas razones
para querer la muerte de Palme.
Otra tesis, quizá más consecuente con la forma y los medios del crimen, culpaba a
los servicios de inteligencia norteamericanos. Esta interpretación resultó frecuente en los
análisis soviéticos —no es de extrañar— y generó una corriente de literatura probatoria e
incluso una película.
Asimismo, la gran cantidad de cabos sueltos, de ineptitudes policiales y de
obstáculos oficiales, parecen abonar la tesis de una acción relacionada con las más
oscuras cloacas del Estado sueco, tal vez a través de la oposición que determinadas
visiones políticas suyas —la lucha contra la instalación de misiles en Europa, la
desnuclearización…— producían en el seno del Ejército. Sin olvidar que las violaciones
detectadas en el cumplimiento, por parte de las empresas armamentísticas, de las leyes
suecas que prohibían el comercio de armas con los países en conflicto en Oriente Medio,
pudieron hacer del pacifista militante que era Palme, un primer ministro bastante
incómodo.
En cualquier caso, el magnicidio de Olof Palme permanece inexplicado aunque,
como hemos visto, no del todo inexplicable. El único sospechoso capturado, al que la
viuda de Palme fue incapaz de reconocer como el asesino, hubo de ser liberado. No
sabemos si fue el tiempo pasado en la cárcel el que le llevó a inventar un cóctel
alcohólico. El bebedizo, que lleva su nombre, hizo furor en Suecia y parece que se ha
convertido en todo un clásico de la hostelería nórdica. Curioso punto y seguido en la
historia de las investigaciones sobre la muerte del que fuera uno de los hombres más
influyentes de la historia del socialismo de la segunda mitad del siglo XX. Influencia que,
significativamente, le empieza a ser negada como si una mano invisible quisiese ocultar,
no sólo su existencia, sino las mismas ideas que Olof Palme llegara a encarnar.

CUADERNOS DEL MUNDO ACTUAL, nº 60.


Historia 16, 1994.

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