100% encontró este documento útil (1 voto)
607 vistas11 páginas

Papá Querido

El documento presenta un resumen de la obra de teatro "Papá Querido" de Aida Bortnik. Tres hermanos, Electra, Clara y Carlos, se reúnen en la casa de su difunto padre para organizar sus pertenencias. Carlos cuestiona la figura paterna y sugiere que podrían haber más hermanos, mientras que Electra y Clara recuerdan a su padre con cariño. Al llegar José con una caja que el padre dejó para sus hijos, surgen más interrogantes sobre la identidad y cantidad de hermanos.

Cargado por

mavirgallo
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
100% encontró este documento útil (1 voto)
607 vistas11 páginas

Papá Querido

El documento presenta un resumen de la obra de teatro "Papá Querido" de Aida Bortnik. Tres hermanos, Electra, Clara y Carlos, se reúnen en la casa de su difunto padre para organizar sus pertenencias. Carlos cuestiona la figura paterna y sugiere que podrían haber más hermanos, mientras que Electra y Clara recuerdan a su padre con cariño. Al llegar José con una caja que el padre dejó para sus hijos, surgen más interrogantes sobre la identidad y cantidad de hermanos.

Cargado por

mavirgallo
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

PAPÁ QUERIDO AIDA BORTNIK En teatro Abierto

1981

PAPÁ QUERIDO
AIDA BORTNIK
En teatro Abierto 1981

REPARTO
Electra -------------------------Beatriz Matar
Carlos---------------------------Arturo Bonin
Clara-----------------------------Mirtha Busnelli
José------------------------------Miguel Terni

ASISTENTE
Silvia Kalfaian
MÚSICO
Rolando Mañanes
DIRECTOR
Luis Agustoni

Una cama chica, antigua, barata, desvencijada, prolijamente tendida. Un ropero chico, antiguo y desvencijado.
Un escritorio absurdo: por un lado con paratas impresionantes, por el otro sostenido con ladrillos y libros.
Libros por el suelo. Revistas y diarios apilados. Un fichero de oficina. Sobre el escritorio una máquina de escribir
muy, muy antigua.
Clara está doblando y apilando la ropa que estaba suelta con enorme cuidado y con evidente práctica.
Carlos está revisando el escritorio, pero como entreteniéndose con cualquier cosa, como si tuviera miedo de
profundizar la investigación.
Electra revisa los libros, mira los subrayados y las anotaciones. Sonríe de pronto.

CARLOS.- ¡Viejo e mierda!


Las dos se dan vuelta a mirarlo, sorprendidas. Electra ha oído perfectamente, pero Clara no está segura. Se miran
entre sí. Carlos se levanta y se pasea, con las manos en los bolsillos y comienza un silbidito. Se encuentra con la
mirada reprobatoria de Clara. Se calla.
Clara abre con enorme cuidado el ropero. Parece sorprendida. Avanza un paso y hunde la nariz entre la ropa
colgada. Se vuelve a ellos.

CLARA.- La ropa…tiene su olor…El mismo olor que cuando me llevaba en brazos…


Los otros dos la miran. Pausa.

CARLOS (Riéndose de pronto).- ¡Viejo e mierda!

CLARA.- Por favor… le pido por favor… no me gustan esas cosas…No sé qué relación tendría
usted con él… pero yo lo quería mucho…
CARLOS.- ¡Era un viejo de mierda! (Extiende los brazos como para pararla) No hablo de tu papito,
el que te llevaba en brazos… hablo del mío… ¿O.K.?
CLARA.- Pero si es lo mismo…
CARLOS.- No es lo mismo… no es lo mismo…
ELECTRA.- ¿No podrías dejar de molestarla?
CARLOS (la mira un momento. Sonríe).-Voy a tratar…
Pausa. Las dos mujeres reinician su tarea.

CARLOS.- ¿Cuántos más aparecerán?...


ELECTRA.- ¿Cuántos más?
CARLOS.- Hijos… cuántos otros hermanitos nos aparecerán, digo… ¿vos tenés idea de
cuántos somos?...
ELECTRA.- No.
CARLOS.- Algún número entre 10 y 100, seguro… (Se ríe) y debemos tener hermanitos
coloreados, también… porque el viejo viajaba. Era lo que más hacía, además de preñar
minas…
CLARA.- ¡Por favor!
CARLOS.- Bueno, tenemos una hermanita puritana…
ELECTRA.- Decíme, ¿vos para qué viniste?
CARLOS (se queda quito. Sorprendido. Intenta una de sus risitas).- ¡Buena pregunta! Ves, ¡esa sí que
es una buena pregunta! Pero cierto que vos sos periodista, ¿no? Como tu papito… Te puso
bien el sello, el viejo ¿eh? Por algo te puso Electra… ¡Mirá que se necesita ser degenerado
para ponerle Electra a la hija!...
ELECTRA.- Y a vos ¿cómo te puso?
CARLOS (Se encoje de hombros. Molesto).-Carlos.

ELECTRA.- ¡Vamos!... Carlos y ¿qué más?...


CARLOS (sonrisita).- Germinal, naturalmente, ¿qué querías que me pusiera el viejo con sus
ideas?
ELECTRA.-Y firmás Carlos G…
CARLOS.- No, si querés me pongo un cartel en la frente que diga que mi papito era muy
revolucionario…
CLARA (Principista).- No es ninguna vergüenza…

CARLOS.- ¿No?
CLARA.- Yo estoy orgullosa de él…
CARLOS.- Sí, sí…Se te nota…Les tendría que haber puesto Electra a todas…
Carlos se pasea. Se enfrenta al fichero. Lo abre. Lo observa al descuido, Electra lo observa.

ELECTRA.- No había visto ese fichero… ¿Qué hay?


CARLOS (se encoje de hombros).-Supongo que estaremos nosotros…Los 100 hijos quiero
decir…Para acordarse… (Las mira. Se le ocurre de pronto) ¿A ustedes también les escribía?...

ELECTRA.- Siempre…
CLARA.- Yo guardo todas sus cartas…
CARLOS (curioso).- Una vez por semana hasta los 18 años…

¿Una vez por mes desde los 18?


CLARA (asombrada).- ¿A usted también?

CARLOS (se ríe).- ¡Qué idiota! ¡Mirá si seré idiota! Recién se me ocurre, ¡Claro!...Nos debía
escribir a todos… Esas cartas largas y llenas de moralina barata…
CLARA.-Escribía cartas preciosas…
CARLOS.- Mirálo qué organizado, el viejo… ¡miralo qué organizado!
ELECTRA.- Vos creías que eras hijo único, hasta que llegaste aquí…
CARLOS.- Mirá hermanita…
ELECTRA.- Y después quisiste creer que por lo menos, eras el único varón, por eso lo trataste
tan mal a ese pobre… Y ahora te enterás de que tampoco eras el único al que le escribía…
CARLOS.- ¡Vamos! Si hace años, ¿me entendés? ¿Me oís bien? Años… casi 10 años que no
le contestaba…
ELECTRA.- Y él te seguía escribiendo…
CARLOS (se encoge de hombros).- Si le daba lo mismo… ¿Acaso me escribía a mí? ¡Le escribía a
la posteridad, hermanita! (se ilumina) ¿Y sabés qué? ¿Sabés qué creo? Debía escribir con
carbónico… No. Qué carbónico… debía tener una fotocopiadora… Nos debía mandar la
misma carta a todos… No hay fotocopiadora por acá… Busquemos, hermanitas,
busquemos… yo les apuesto que encontramos una fotocopiadora…
CLARA.- ¿Por qué dice todo eso? A mí me escribiría sobre mis cosas… Eran cartas…
completamente personales…
CARLOS.- ¡Vamos! ¿Y no te citaba a los grandes pensadores de la humanidad? ¿No te
hablaba de la libertad del hombre… No te decía de la independencia del espíritu era el orden
natural y debía oponerse al yugo del Estado?...
CLARA.- Siempre tuvo sus ideas, pero a mí hasta me preguntaba por el perro… por Caos… a
mí me regaló un perrito…
CARLOS (riéndose).- ¿Y le puso Caos?

CLARA (temiendo preguntar).- ¿A mí me lo regaló cuando cumplí 6 años?...

ELECTRA.- A mí nunca me regaló un perro…


CARLOS (riéndose todavía).- Ah, no… no te preocupes… a mí tampoco, a mí tampoco…
Debíamos entrar en distintas clasificaciones… Por ahí hubo 10 a los que le regalaba un perro,
10 a los que le regalaba un microscopio…
ELECTRA.- A mí nunca me regaló un microscopio…
CARLOS.- No, dejáme que lo piense… A vos te regaló biografías de grandes revolucionarios…
seguro…
ELECTRA.- ¿Y qué?
CARLOS (Sorprendido a pesar suyo).- ¡Pero te das cuenta, el viejo e mierda!

ELECTRA.- ¡Acabála!
CARLOS.- No, pero oíme, oíme… Vos sos inteligente… ¿No te das cuenta? A ella un perrito…
a esta tierna ama de casa… a mí un microscopio y soy médico… Y a vos… ¿entendés? Nos
programó, ¡ese viejo de mierda! ¡Nos programó!
ELECTRA.- ¿No es lo que hacen todos los padres con sus hijos?
CARLOS.- ¿Y vos te creés que a todos le sale tan perfecto?
ELECTRA.- Todos no son tan inteligentes como para apostar a lo que realmente somos…
CARLOS.- Ah, sí, eso es cierto: ¡él era muy inteligente!... ¡Muy inteligente! ¡Mirá para lo que
le sirvió!
ELECTRA.- ¿Vos querés decir que no tenía plata?
CLARA.- A él no le importaba la plata…
CARLOS.-Vamos. Electrita… que una cosa en no tener plata… y otra terminar en este
pueblucho miserable, solo como un perro… y pegándose un tiro en la cabeza…
CLARA.- El señor que me llamó a mí… dijo que podía haber sido un accidente…
CARLOS.- ¿Y vos se lo creíste?
CLARA (le cuesta).- No… porque si dejó dicho a quiénes había que llamar… si dicen que dejó
escrito… (Pausa) pero si estaba tan enfermo… a él no le gustaba tener que depender de nadie…
Dicen que apenas podía caminar… Y a él le gustaba tanto caminar… (Pausa) Yo iba a venir…
tantas veces estuve por venir… Y siempre pasaba algo… Y él, cada tanto, decía que a lo mejor
se hacía un viaje y nos visitaba… Nunca me voy a perdonar… nunca me voy a perdonar no
haber venido…
Pausa.

ELECTRA.- Tenía muchos amigos, aquí… Jugaba al ajedrez, jugaba al truco… No debía estar
muy solo…
CLARA.- No, si él se hacía querer… El señor que me llamó a mí… lloraba… apenas podía
hablar de lo mucho que lloraba…
Pausa.
Carlos cierra de un golpe el cajón que había abierto en el fichero.

CARLOS.- Bueno, ha sido una experiencia realmente interesante… encontrarse con unas
hermanitas como ustedes… y seguramente todavía se va a poner más interesante cuando
lleguen los otros noventa y seis… pero yo me voy…
CLARA.- ¿Pero no va a esperar el velatorio, el entierro?...
CARLOS.- La policía puede entregar el cadáver recién mañana… y yo tengo mucho que
hacer…
CLARA.- Pero lo tiene que esperar a José… él va a traer… ese señor dijo que le iba a dar
también algo que había dejado para los hijos…
CARLOS (risita).- La herencia… se la pueden repartir ustedes… bah… ustedes y los otros… yo
no quiero nada… pueden quedarse con mi uno por ciento… no voy a reclamar…
ELECTRA.- A lo mejor no somos más que nosotros cuatro…
CARLOS.- No te hagas ilusiones, Electrita…
ELECTRA.- Te da lo mismo, ¿no es cierto? Cuatro o cien…
No le podés perdonar no haber sido el único…

CARLOS.- Hacéme el favor… no me gusta el psicoanálisis caro, imagináte el regalado… Hace


muchos años que no me importa nada de ese viejo de mierda…
ELECTRA (grita casi).- ¿Y entonces por qué viniste?

CARLOS.- ¡Y a vos qué te importa! ¿Quién te conoce? ¡Por qué te tengo que dar
explicaciones!
Aparece José con una gran caja. Se detiene, sorprendido por los gritos.

JOSÉ.- ¿Qué pasa?


ELECTRA.- El hermanito médico, que se va…
JOSÉ.- ¿Cómo se va a ir?... Dentro de dos horas lo llevan a la funeraria… ya arreglé todo… Y
aquí está esto que dejó para nosotros… (Sonríe) Pesa un poco… Bueno, no tanto, pero como
vine casi corriendo… Vieran la cantidad de gente que está esperando… Es impresionante…
Todo el pueblo, prácticamente…
ELECTRA.- Yo sabía…
CARLOS.- Un demagogo… eso es lo que era…
Clara se acerca a la caja. La mira con cuidado. Se agacha y lee:

CLARA.- Para entregar a mis hijos. (Se incorpora. Los mira)

ELECTRA.- Bueno, hay que abrirlo…


CARLOS (sonriente).- ¿Sin esperar a los otros?

JOSÉ.- ¿Qué otros?


ELECTRA.- Él me dice que debe haber más…
JOSÉ (No entiende).- ¿Más qué? No… el señor dijo que esto era todo lo que había dejado…

CARLOS.- Más hermanos… más hijos de tu papito, digo… ¿por qué creés que no vamos a ser
nada más que nosotros cuatro? ¿Por qué no 20 o 65 o 100?
JOSÉ (Sonrisa sorprendida).- Bueno, cien no creo, no… Pero tiene razón… por ahí… somos
más… Y bueno, yo, como ustedes quieran… Yo, por mí, claro… espero… Si les parece,
esperamos a que llegue alguien más… (Los mira a todos) Es emocionante, ¿eh? Lástima que él
no esté… ¡Cómo le gustaría vernos juntos! (se pasea un poco) Mirá la cantidad de
libros… (Advierte) No son para nosotros los libros ¿eh? Bah, el señor dijo que si nos queríamos
llevar alguno en especial… de recuerdo… pero que dejó todo para la biblioteca… y las
revistas…. Y su fichero… todo esto lo dejó para la gente de aquí… Lo nuestro está ahí… (Se
acerca a la máquina) Miren la máquina… ¡qué vejestorio!... No la quería cambiar, ¿eh? ¡Estaba
encariñado con su máquina! Saltaba la R… y las mayúsculas siempre las marcaba fuera de
la línea…
CARLOS.- ¿A vos también te escribía seguido?...
JOSÉ.- Siempre… me escribió siempre… Lindas cartas escribía, ¿no? Era un viejo bastante
extraordinario… Mis hermanos me lo envidiaban un poco…
(Electra ha ido acercándose a la caja. Finalmente está arrodillada al lado)

ELECTRA.- Yo quiero abrirlo…


CLARA.- Pero a lo mejor… él tiene razón… y después alguien se ofende.
ELECTRA.- Yo quiero abrirlo… No nos vamos a quedar con nada de nadie… pero estoy
segura de que adentro debe decir cómo repartirlo, para quién es, lo que sea… ¡Abrámoslo!...
CARLOS.- Por mí, hagan lo que quieran…
(Electra comienza a desenvolverlo, ayudada por José. Adentro hay cinco voluminosas carpetas de archivo…)
ELECTRA (Lee en la cubierta de la primera que saca).- Minerva…

CLARA.- Esa soy yo… Clara Minerva…


(José se la alcanza. Clara la mira por fuera. No se atreve a abrirla)

ELECTRA (sigue).- Ateo.

JOSÉ (Sonriente).- Yo… él me quería poner Ateo, no lo dejaron, pero siempre me llamaba así…

ELECTRA (Tendiéndosela a Carlos).- Germinal…

JOSÉ (Sonriente).- Vos sos Germinal… ¿Y te anotaron así?...

CARLOS.- Sí, me anotaron así…


ELECTRA (Se ha quedado mirando una carpeta).- Esta dice Amanecer… (Se miran. Ella lo aparta. Saca
la última). Electra… ésta es para mí…

JOSÉ.- Entonces somos cinco… con amanecer…


CLARA.- ¿Es nombre de mujer o de hombre?
(José se encoje de hombros)

ELECTRA.- Puede ser… cualquiera de los dos…


(Pausa)

JOSÉ (a Electra).- Vos tenías razón, eh? Él lo dejó todo bien organizado.

CLARA.- Me da una impresión abrirla… Pero yo creo que sé qué es…


JOSÉ (Entusiasmado).- A ver… ¿qué? Qué creen ustedes… Esperen, no lo abramos… a ver si
adivinamos qué es…
CLARA.- Él estaba escribiendo un libro… ¿Les contó? A mí en las cartas me hablaba del
libro…
ELECTRA.- “Las revoluciones en la historia de las sociedades”
CLARA.- Ese…
ELECTRA.- No, no creo que sea eso…
JOSÉ.- Yo creo que son sus poesías…
CARLOS.- Lo que faltaba…
ELECTRA.- No… yo creo que deben ser sus recuerdos… La historia de la familia… El abuelo
que fabricaba plata en la cárcel… y el que contrabandeaba caballos… Yo siempre le pedía que
juntara todas esas historias en un libro… Yo creo que estaba trabajando en eso, los últimos
años…
(Carlos empieza a reírse. Todos lo miran incómodos)

CARLOS.- Grandes obras esperan del papito… todos… todos se creyeron el mito… y yo les
digo que no… ¿Saben que hay aquí? ¡Estoy tan seguro, tan seguro!
ELECTRA.- Dejá de reírte, vamos, que no divertís a nadie. ¿Qué es lo que nos dejó, según
vos?
CARLOS.- ¿La herencia de nuestro papito?... Son las cartas… Las cartas que nos mandó
todos estos años--- otra copia de las mismas cartas… una por una… Esa es la gran obra del
viejo: las cartas con las que nos llenó la cabeza y nos jorobó la vida. Sus cartas llenas de
grandes palabras y grandes sentimientos… con mucha libertad y conciencia y honor y
dignidad y solidaridad y todo su maravilloso vocabulario del siglo pasado… Las cartas
exaltadoras que hacían que uno se sintiera heroico y especial solamente por recibirlas…
hasta que uno empezaba a sentirse incómodo y después acusado y después un verdadero
gusano inmundo porque uno no se merecía toda esa maravilla que era su padre…
CLARA (Desconcertada. Herida).- Yo no me sentía así…

ELECTRA.- Hablá por vos…


JOSÉ.- El viejo no era así… no sacaba copias… ¿cómo iba a sacar copias? Yo, igual, las
guardaba todas… A mí me gustaba volver a leerlas.
(Pausa)
(Carlos ha estado desatando la carpeta violenta y febrilmente. Hasta que finalmente lo logra. Tiene una sonrisa
crispada y segura que se le borra en cuanto la abre y comienza lentamente a hojearla. Se da vuelta de espaldas a
los otros dos. Se queda muy quieto. José y Electra que lo estaban mirando se miran entre sí. Comienzan
lentamente a abrir las suyas. Clara ha comenzado al mismo tiempo que Carlos y recién lo logra)

CLARA (Sorprendida. Emocionada. Contenta).- Mis cartas… son mis cartas… Están ordenadas…
una sobre otra… sí… desde los dibujos que mandaba mamá… Están todas… guardó todas
mis cartas… Yo guardaba las de él… pero las mías eran… no eran como las suyas… y él las
guardaba… Nunca me lo hubiera imaginado…
ELECTRA.- Sí, desde la primera, están todas…
JOSÉ.- Nos dejó nuestras cartas… (A Carlos) ¿A vos también? Yo tampoco pensé que las
guardaba… ¿Él también las volvería a leer? No creo… nunca tenía tiempo para nada… Pero
es, es una idea que debe haber tenido… porque nos quería… para que viéramos que nos
quería… (A Electra) ¿No es cierto?

ELECTRA.- Sí.
CLARA.- A mí me hubiera gustado que escribiera un libro… Se lo hubiéramos hecho
publicar… pero José tiene razón… ¿No es cierto?
(Pausa. Los cuatro están enfrascados en la lectura de sus cartas. Clara tiene de pronto un estallido de risitas y se
tapa la boca)
CLARA (los mira, como disculpándose).- ¡Ay, qué tonta! ¡Una dice cada cosa cuando es chica! Le
decía que me iba a casar con él… mi nena mayor le dice eso a mi marido… pero yo no me
acordaba…
JOSÉ (La ha estado escuchando con una sonrisa).- Yo le dibujaba historietas… le contaba todo, en
historietas… (Se ríe mirando su carpeta). Dibujaba a mi hermana chiquita para que la
conociera… (Pausa). Y él me empezó a mandar libros de arte… Debían ser
carísimos… (Sonríe) Decía que los expropiaba… (Casi desafiante. De pronto. Mirándolos) Yo
también fui expropiado… un tiempo… (Electra lo mira José le sonríe) Hace mucho, ahora soy, casi
casi, lo que el viejo llamaría un chancho burgués.
(Siguen pasando las hojas. Electra no se ha detenido en las primeras cartas. Está por el medio de su carpeta
cuando la cierra de pronto y se queda mirando al techo. Como si tratara de contener las lágrimas. Carlos respira
agitadamente y cierra su carpeta bruscamente. Se da vuelta a mirarlos. Parece haber recibido un golpe. Está herido
y desconcertado. Pero sobre todo mucho más furioso que antes)

CARLOS (resoplando y riéndose falsamente).- ¡Linda idea! ¡Preciosa idea! ¡Solamente a él se le


podía ocurrir!
(José y Clara lo miran asombrados. Electra prefiere no mirarlo)

CARLOS.- Vos sabés ¿no es cierto? Vos sabés lo que nos hizo…
(Electra se levanta. Busca su saco. Se lo pone)

CARLOS.- ¿No se dan cuenta?


JOSÉ.-Mire, yo no sé qué problema habrá tenido usted con él… pero delante nuestro… no lo
insulte…
CLARA.- Yo ya se lo dije…
ELECTRA.- Tendríamos que ir ya… tendríamos que estar allí…
CARLOS.- Vos sabés, ¿no es cierto? ¡Vos sabés por qué lo hizo?
ELECTRA.- ¿Qué vamos a hacer con la carpeta de Amanecer?
CLARA.- Podríamos mirar adentro, la dirección nada más… la última dirección… y
mandársela, ¿no? A lo mejor no pudo venir por algo.
JOSÉ (A Carlos).- A mí me gustaría que me contara qué es eso que nos hizo… puede ser que
Electra lo entienda… pero yo soy más lento… Me gustaría que me contara…
CARLOS.- Decime, ¿Qué le escribías vos?... ¿Qué le contestabas a esas cartas maravillosas?...
JOSÉ.- Y… le contestaba… lo que sentía…
CARLOS.- Eso, lo que sentías… Cuando eras chico… Y cuando eras un adolescente… y
cuando eras un joven… Eso le contestábamos, lo que sentíamos cuando él nos inspiraba
tanta admiración y tanto respeto…
JOSÉ.- Yo todavía lo sigo admirando y respetando…
CARLOS.- Pero, ¿qué le prometías en esas cartas?...
ELECTRA.- Dejálo, por favor, para qué haces eso… ¿no podés dejarlos tranquilos?
JOSÉ.- Si usted me está defendiendo de algo, yo se lo agradezco… pero nuestro padre me
enseñó que era yo el que tenía que defender a las mujeres… Déjelo que hable, yo también me
quiero enterar… ¿Qué le prometía?
CARLOS.- Sí, qué le prometías a él… ¿Y qué te prometías a vos mismo? ¿Cómo apostabas
por tu futuro, qué cosas decías que ibas a defender siempre? ¿Qué cosas decías que no ibas
a ser nunca?...
CLARA.- ¿Qué tiene de malo lo que uno escribía cuando era chico?
CARLOS (sigue con José).- ¿Te acordás?... ¿Te acordás qué hombre le prometías a ese padre
maravilloso?
(José asiente)

CARLOS.- ¿Y sos, ese hombre?


(Pausa)

ELECTRA.- Nadie es ese hombre…


CARLOS.- Tratá de leer esas cartas ahora, tratá de leerlas sin sentirte como un gusano.
JOSÉ.- No tengo por qué sentirme como un gusano…
CARLOS.- ¿No? ¿Nunca dejaste de ser el hombre que creías que ibas a ser cuando tenías 17
años?
ELECTRA.- Nadie es ese hombre…
CARLOS.- ¡Ese viejo de mierda era ese hombre!
ELECTRA.- ¿Eso creías?... ¿Justamente vos?... Claro por eso lo odiás tanto… No, tampoco
él… por lo menos no del todo… seguramente tampoco él… Pero a lo mejor ésa era la idea…
A lo mejor un día se puso a pensar… en cómo se había traicionado… y quiso advertirnos…
CARLOS.- ¿Advertirnos? Se tendría que haber muerto antes… Yo tengo 45 años…
ELECTRA.- A lo mejor se le ocurrió hace muy poco… A lo mejor se le ocurrió justamente
antes de matarse…
JOSÉ (ha estado totalmente abstraído).- Es una herencia rara… ¿no? La verdad que es una
herencia rara…
CLARA (Ha estado ojeando su carpeta).- Yo creo que José tenía razón, yo creo que lo hizo porque
nos quería… yo creo que quiere decir eso.
ELECTRA.- ¿Por qué no? También quiere decir eso… (Se pone a llorar)
(Pausa)

(Sin moverse de su sitio la luz baja o cambia. Comienzan y terminan a coro, el texto que recitan entre todos
alternadamente: )
“Querido papá: ayer recibí tu carta y estuve pensando toda la noche en lo que me escribiste.
Y quiero decirte que tengo tanto orgullo porque sos mi padre, que sé que nunca voy a
olvidarme de las promesas que te he hecho, de las promesas que hice sobre mi propia vida:
de vos he aprendido que cada uno es responsable por toda la libertad, por toda la solidaridad,
por toda la dignidad, por toda la justicia y por toda el amor en el mundo. Y que a esta
responsabilidad no se puede renunciar ni durante un solo minuto de nuestra vida y que
nadie puede cargarla por nosotros si queremos ser libres… Y yo te prometo, papá, que voy a
ser capaz de recordar todo esto hasta que me muera y que nunca, nunca, voy a traicionarte
o traicionarme… Lo único que quiero es crecer, crecer rápido, para convertirme en el ser
humano que vos me enseñaste a ser, en alguien libre, solidario y orgulloso, que defiende sus
ideas y no se inclina ante nadie, en alguien como vos, Papá querido…”
Oscuridad.

También podría gustarte