5. MORFOLOGÍA NOMINAL.
1. EL SUSTANTIVO.
1.1. EL NOMBRE PROPIO.
Según la aplicación del nombre, podemos hacer una división en topónimos (Sevilla) y
antropónimos (los demás). Las características del nombre propio son las siguientes:
- Su mayor resistencia al desgaste fonético, es decir, la no evolución “normal” de sus
étimos y, como consecuencia, la conservación, en muchos casos, de formas y pala-
bras “arcaizantes” o desechadas por el uso.
- La pérdida del contenido semántico primitivo.
- La conservación de lexemas procedentes de lenguas no latinas (germanismos, arabis-
mos…).
A veces, nos quedan restos fonéticos fósiles en la onomástica, como sucede con
“Dios”, que procede del nominativo DEUS, cuya evolución fonética coincidía con la del
acusativo plural, por lo que se creó un plural antietimológico: dioses.
1.2. EL NOMBRE COMÚN.
Importante en el estudio diacrónico del sustantivo es la evolución semántica que en él
se ha producido en numerosas ocasiones. Según Ullmann son seis las principales causas
que motivan el cambio semántico: lingüísticas, sociales, psicológicas, por influjo extranjero
y por la exigencia de un nuevo nombre.
Por ejemplo, la palabra “infante” ha tenido varios significados a lo largo de la historia:
“el noble que todavía no ha heredado” se da hasta el siglo XII; “niño pequeño” en los siglos
XII y XIII; “soldado” como italianismo que entró en el siglo XVI; “hijo de reyes” en la ac-
tualidad. Hoy se conserva como cultismo o en derivados del mismo étimo: infancia, infan-
til…
Las palabras pueden ser divididas, según una evolución fonética normal o no, en po-
pulares, semicultas y cultas. Son semicultismos las que en parte siguen una evolución fo-
nética normal, pero no totalmente (codicia < CUPIDITIA). Son cultismos las que práctica-
mente no han sufrido ninguna evolución (“santificar”, frente a la popular “santiguar”).
Se puede decir que todas las palabras terminadas en –ción son cultas o semicultas:
bendición, maldición, condición.
En la Edad Media, hay una tendencia hacia los cultimos (“theremotu”, “cabtela”,
“ornado”…) que puede ser alterada por ultracorrecciones. Son especialmente notados, por
un lado, por llevar grafías etimológicas como PH en lugar de F, TH en lugar de T, y CH por
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el fonema /k/ y, por otro lado, por ostentar grupos consonánticos extraños al español: “es-
cripto”.
La aparición de tecnicismos en obras científicas empieza en la primera mitad del
siglo XIII, con Fernando III el Santo, aunque no de un modo tan generalizado.
1.3. LA APOSICIÓN.
En numerosas ocasiones nos encontraremos en un texto con dos sustantivos, de los que
el segundo expresa, bien una explicación, o bien, especificación del primero, unidos ambos
sin preposición, es decir, en aposición.
La aposición puede ser de dos tipo: unimembre o bimembre, según haya pausa o no
entre los dos elementos. De las unimembres, las más empleadas son las que presentan la
estructura de apelativo + nombre propio (doña Beatriz), pudiéndose presentar tres elementos
unidos (el rey don Ferrando). No es frecuente en la Edad Media encontrar aposiciones con
dos apelativos, a no ser que el primero exprese título o dignidad. Estas estructuras tuvieron
un gran desarrollo durante el Siglo de Oro, especialmente en el Barroco, y lo tienen tam-
bién en nuestros días. En los casos de dos apelativos, el contenido semántico de uno de ellos
está cercano al que tendría un adjetivo. En las aposiciones bimembres, el segundo elemen-
tos (doña Juana, su mujer) tiene un carácter explicativo.
1.4. EL SUSTANTIVO DEL LATÍN AL ESPAÑOL.
Las cinco declinaciones latinas se redujeron a tres grupos, después de incluirse la 4ª de-
clinación en la 2ª, y la 5ª se reparte entre la 1ª y la 3ª:
- El 1º grupo terminado en –a, comprende los nombres en –a de la 1ª declinación,
los nombres en –ia de la 5ª (procedentes de –ie), los neutros plurales hechos singulares, al-
gunos sustantivos atraídos a ese grupo por su terminación en –a, sobre todo, de procedencia
griega, algunos adjetivos sustantivados y algunas formas verbales sustantivas, siempre aca-
bados en –a.
- El 2º grupo terminado en –o, incluye masculinos de la 2º, neutros de la 2º, fe-
meninos de la 2º interpretados como masculino por su terminación en –o (= fresno – feme-
nino en latín), los nombres de la 4º, neutros en –us que también se hacen masculinos (= pec-
tus > pecho), algunos sustantivos sueltos que no pertenecen a ninguna declinación que por
leyes fonéticas presentaban una terminación en –o, y algún sustantivo que rehace su singular
(= ossu).
- El 3º grupo terminado en consonante y en –e, incluye algunos nombres de la
5ª declinación, y algún nombre suelto más que por cambios fonéticos terminó por presentar
una terminación consonántica.
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1.4.1. El género.
De los tres géneros latinos (masculino, femenino, neutro) en nuestra lengua va a des-
aparecer el neutro. La distribución de los sustantivos en uno u otro género en latín estaba
basada en la concepción naturalista indoeuropea que distinguía los seres animados de los
inanimados y los masculinos de los femeninos. En nuestra lengua, la pérdida está motivada
por la desaparición de esa distinción del latín entre animado e inanimado.
Salvo en los nombres sexuados, el género romance es sólo un indicador de una catego-
ría gramatical, no tiene referencia semántica alguna.
En latín, la mayor parte de los sustantivos eran femeninos terminados en -a, de manera
que este morfema se habilita para el femenino.
Del mismo modo, la terminación –um > -o, se habilita como morfema de género mas-
culino, porque abundaban en esa declinación los sustantivos masculinos.
Lo más interesante es qué pasa con ese tercer grupo terminado –e o en consonante.
Ese grupo presentaba sustantivos tanto masculinos como femeninos y neutros. El neutro se
pierde, y la terminación –e o consonante no se asocia a ningún género, de manera que, de
forma general, esos sustantivos mantienen su género etimológico. Es el grupo que mayores
vacilaciones presenta en la historia de nuestra lengua.
Ej.: templum > templo
folia > hoja
ulmum > olmo (origen femenino por ser nombre de árbol, pero por su
terminación en –um, pasa a formar parte del grupo 2º).
pulicem > pulica > pulga – pertenece al grupo 3º que mantiene el género
etimológico femenino, reconstruyéndolo con la terminación –a de femenino en nuestra len-
gua.
talpam > *talpo > taupo > topo – sustantivo de la 1ª declinación, pero en
masculino, por lo que pasa a –o para que sea masculino en español.
tempus > tiempo – forma neutra que termina en –o masculina y se rein-
terpreta así.
Los sustantivos terminados en –or indican masculino y femenino durante toda la
Edad Media. Así, con “señor”, en la lírica de influencia cortesana.
1.4.2. El número.
Existían dos números: singular y plural. Eran sintéticos y su terminación formal va-
riaba dependiendo no sólo de la declinación, sino también del género y del caso.
En romance, con la reducción de los casos latinos se produce la habilitación del uso
de la marca –s propio en latín del acusativo plural, como morfema único y exclusivo del
plural castellano. En castellano, se expresa la pluralidad con –s, cuando el singular termi-
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na en vocal átona, y con –es, cuando termina en consonante o vocal tónica. Aun así, pode-
mos encontrar vacilaciones.
Cuando el sustantivo tiene una –s etimológica en el singular pueden darse dos solucio-
nes ante esta situación:
1.- Crear un plural analógico = dios – dioses, plural redundante, de manera que
podemos encontrar documentado como “los dios” y en judeoespañol un singular analógico
“el dió”.
2.- Tomar la forma etimológica del singular terminada en –s como plural y se
crear un singular analógico = tempus > tiempo / tiempos
En los primeros tiempos del español medieval, será común ver múltiples vacilaciones
de género y número: “buen ora” (Poema de Mio Cid), pues tendrán aún una morfología no
fijada.
Los plurales “palacios” y “casas” pueden indicar singular durante toda la Edad Me-
dia.
A partir del siglo XIV, los plurales (“bueys”, “leys” o “reys”) hacen su pliral como
corresponde en español tras consontante: bueyes, leyes y reyes.
2. EL ADJETIVO.
2.1. LA COLOCACIÓN.
En la posición del adjetivo con respecto al sustantivo intervienen factores semánticos,
estilísticos y estructurales. Como regla, se puede decir que suelen ir antepuestos los valo-
rativos y los cuasi determinativos, mientras que suelen posponerse los descriptivos y los de
relación o pertenencia. En literatura, la colocación puede depender de factores rítmicos o de
época; así, por ejemplo, en el siglo XV predomina la anteposición, como también abunda
en la poesía del siglo XVI (menos en San Juan de la Cruz).
2.2. EL GRADO.
En cuanto a la gradación del adjetivo, hay que señalar que en latín como en castellano
el adjetivo calificativo permitía: positivo, comparativo y superlativo.
El comparativo de superioridad en latín podía expresarse mediante un procedimien-
to sintético “ius, ior”, o bien analítico, “magis, plus”. En nuestra lengua se generaliza el
procedimiento analítico: “más que”, si bien en algún momento de nuestra lengua vemos
restos de “plus”. Del sintáctico, también restos en adjetivos como: mayor, peor, mejor...
Los comparativos de igualdad e inferioridad, continúan el mismo procedimiento
latino analítico: tam quam –tan como– igualdad y minus quam –menos que– inferioridad.
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Respecto al superlativo, el absoluto en latín se expresaba, o bien a través de un pro-
cedimiento sintético con las terminaciones “-ísimus, a, um”, y en casos especiales “-
errimus, -írrimus”. El latín también echaba mano a procedimientos analíticos con adver-
bios como: multum, bene, máxime... El superlativo se introduce por vía culta en el siglo
XV y, aún en 1626, Correas dice que no es forma española. En el siglo XVII ya están in-
corporados al sistema gramatical español.
En castellano, para expresar el superlativo absoluto utilizamos un procedimiento analí-
tico con “muy” con el adjetivo en grado positivo, o un procedimiento sintético en donde in-
cluimos varios grupos:
- Aquellos cuyo lexema es diferente al grado positivo del adjetivo = óptimo, má-
ximo, mínimo...
- Sustantivos a partir de la desinencia “-ísimo”, “-errimo”, que sólo aparecen en
la Edad Media en textos latinizantes. Se incrementa su uso en el Renacimiento, vuelve a
decaer en él y vuelve a resurgir en el XIX siendo hoy día un uso abundante.
- También construidos con prefijos. Ya en latín, la cualidad de un adjetivo podía
reforzarse a través de “per-” o “super-”. En castellano tenemos algunas formas aunque no
tengamos conciencia de estar frente un superlativo: perdurable.
3. EL ARTÍCULO.
No existía en latín y es de creación romance. Hay diferentes teorías que tratan de ex-
plicar su nacimiento:
1) Pidal y García de Diego, entre otros, sostienen que el artículo se origina por el de-
bilitamiento significativo que sufren algunos demostrativos.
2) Amado Alonso relaciona la aparición del artículo con la pérdida de la flexión no-
minal latina. Dice que en latín, en un sustantivo se fundían la semántica y la función sintác-
tica. La pérdida de la flexión nominal provoca que el romance tenga que echar mano de un
elemento que exprese la función sintáctica, pues con esta pérdida lo único que se mantiene
es el significado léxico.
Ej.: pater – léxico en latín > padre – léxico en castellano
– sintáctico
Las relaciones sintácticas vendrán a ser expresadas por elementos adjuntos, el artícu-
lo, que separa los valores funcionales de los formales, de ahí que diga Alonso tengamos di-
ferentes significados semánticos cuando encontramos un sustantivo con artículo y sin él.
3) Rafael Lapesa opina que en latín tardío aumenta en gran manera el uso de los de-
mostrativos. Teniendo como punto de partida el estudio de Trager (1932) sobre el uso de
los demostrativos en latín vulgar, sostiene que desde finales del siglo IV se registra tal au-
mento del uso de los demostrativos que llega incluso a multiplicarse. Y se incrementa con-
siderablemente este uso pero con un empleo adnominal: demostrativo + sustantivo, que
llegó a igualarse con respecto a su empleo pronominal. Por otro lado, Lapesa considera que
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esa multiplicación de elementos señaladores responde a un deseo de mayor expresividad.
Argumenta esta razón con la literatura cristiana que en su afán de ser accesible utiliza abun-
dantemente este uso, que sustituye a la gestualidad en el lenguaje oral.
Es evidente que en un primer momento ese uso de demostrativo obedeciera a las reali-
dades vividas por el hablante. El paso del tiempo y el uso de estas formas hace que el de-
mostrativo comience a evocar realidades no presentes, implícitas o no mencionadas con an-
terioridad. Así, nacería el artículo.
Desde el punto de vista formal, para nuestro artículo actual hay que partir de esas for-
mas del demostrativo “ille”, si bien en otras variedades lingüísticas de la Romania, este ar-
tículo “ille” mantuvo su pujanza con los descendientes de “ipse”.
** En cuanto a su evolución formal, vemos dos propuestas:
1) Pidal sostiene que hay que partir del nominativo para todos los géneros y todos
los números. Castilla fue una región en donde la evolución formal del artículo se produjo
rápida y decididamente logrando una gran fijeza lingüística muy pronto, de manera que no
presentaba filiaciones entre los descendientes del nominativo “ille” y el acusativo “illum”.
Para el caso del femenino, el nominativo “illa” y la evolución formal de todos ellos
hay que destacar la no palatalización de la lateral. Parece que mientras se conservara la vo-
cal final y fuera en situación intervocálica, las laterales sonarían como palatal, pero desde el
momento en que se pierde la vocal inicial en el femenino y neutro, comienza a articularse
como lateral.
En el caso del masculino, es más sencillo porque cuando el artículo masculino iba se-
guido de un sustantivo que comenzara por consonante, era imposible la palatalización.
Para el masculino encontramos una variante “ell”, que se mantiene hasta el siglo XIII
y suele aparecer cuando el sustantivo comienza por vocal. En el caso de “illa” encontramos
en el siglo XII, la forma “ela”, probablemente por influencia del masculino, hasta que se
produce la pérdida de la vocal inicial. Finalmente, tomará la forma de “la”.
Son interesantes también las variantes procedentes de las asimilaciones de la lateral
con la nasal: en la > enna” / con la > conna. Esta tendencia de fusión desaparece con la
tendencia normativa de Alfonso X, quedando sólo algunos restos: “al”, “del”.
Interesante señalar aquellos casos en los que el artículo masculino “el” iba acompaña-
do de sustantivos que empezaban por -a- y -e-. A lo largo de la Edad Media, encontramos
que en estos casos, la vocal -a- se perdía (el(a)). Desde el siglo XII al XVI, nos encontra-
mos la pérdida de esa vocal. Esta situación queda solventada cuando, de manera sistemática,
aparece solamente el artículo masculino cuando va seguido de vocal -a- tónica: “el águila”.
2) Alvar y Pottier piensan que el artículo no viene del caso nominativo, sino del
acusativo. En este caso, la forma “illum” evolucionaría a “ello”, con una posterior apócope
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de la -o- final, debida esta pérdida a que, cuando “ello” iba seguido de vocal, la -o- se per-
día, quedando “ell” (“el” con Alfonso X). En el caso del femenino “illam” > ela > la, no
vemos ninguna complicación formalmente.
6. LAS PREPOSICIONES.
Las preposiciones son elementos lingüísticos de relación, indicadores de la función de
un término respecto a un núcleo nominal o verbal: “La casa de Pedro”, “Quiero a María”.
Esta relación se podía expresar en latín también con preposiciones, pero fundamental-
mente, por medio de la flexión casual propia de la categoría nominal. Sin embargo, la fle-
xión casual se perdió en el latín vulgar por distintos motivos:
1)Porque, dado el carácter polifuncional de los casos, cada vez que se utilizaron más las
preposiciones (sobre todo en la lengua hablada) para aclarar o puntualizar el tipo de
relación que un elemento oracional presentaba.
2)Porque, por las evoluciones fonéticas latinovulgares, se neutralizaron muchas de las
terminaciones, con lo que se borraba la diferenciación morfemática casual. Así, con
la pérdida de la –s y la –m final podían confundirse fónicamente el nominativo, el
acusativo, el dativo y el ablativo: bonus > bonu / bonum > bonu.
3)También, el orden de palabras, más o menos fijo, hizo innecesario el sistema flexional
latino, aunque lo más habitual es que se sostenga lo contrario, es decir, que la fijación
del orden de palabras fue motivada por la pérdida de los casos latinos.
El principal rival del dativo latino fue la construcción con “ad + acusativo”, que com-
petía ya en latín con el dativo en complementos de dirección y finalidad. Además, muchos
verbos podían llevar un complemento con “ad + acusativo”, como expresión de la dirección
o de la intención, alternando con la construcción con dativo como objeto indirecto. Por estas
alternancias, entre otras, el objeto indirecto, desde los orígenes, se expresó con la preposi-
ción “a”.
Por otra parte, el español diferenció, dentro de la función de OD (que en latín iba en
acusativo) si éste se refería a personas o cosas personificadas o no. Como es sabido, si el
OD es personal se antepone a la preposición “a”, pero con muchas vacilaciones que indican
que la diferenciación no es tan tajante o que el proceso lingüístico todavía hoy no está con-
sumado. Estas vacilaciones eran aún más frecuentes en la Edad Media, donde es frecuente
encontrar casos de objeto directo de persona, concreta y actualizada sin preposición, frente a
“a”: dexolos a todos.
7. EL ADVERBIO.
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En la evolución del latín clásico al romance castellano se mantienen muchos de los ad-
verbios con la consiguiente evolución fonético-fonológica. Entre ellos encontramos adver-
bios de lugar (y < IBI/HIC), de tiempo (hoy < HODIE, siempre < SEMPER), de modo (bien
< BENE), etc.
En latín clásico se podían formar adverbios a partir de adjetivos añadiendo la termina-
ción –e a los de tres terminaciones (por ejemplo, MALE), –iter a los de dos (por ejemplo,
FORTITER) o bien empleando el neutro singular del adjetivo (por ejemplo, ALTUM, que
originará la forma alto de las construcciones del tipo habla alto).
Debido a que la mayoría de adverbios latinos acababan en –s, esta se identificó como
marca adverbial y se extendió a otros adverbios del castellano en la Edad Media (actualmen-
te conservamos algunos adverbios de ese tipo pero la mayoría han perdido la –s adverbial,
contrástense, por ejemplo, antes < ANTE y fuera < FORAS).
Además, en latín tardío se creó un sufijo “mente” (< MENS, MENTIS) para los adver-
bios de modo que ha sobrevivido hasta nuestros días. Se construía añadiendo MENTE, en
ablativo, al ablativo del adjetivo (por ejemplo, BONA MENTE). Su adición a un adjetivo
femenino es el procedimiento más usado para crear adverbios.
Otros adverbios que aparecen en los textos:
- si, adverbio afirmativo que es una variante de “así”, del latín SIC;
- luego, formado a partir de la construcción IN LOCO, que se lexicalizó y evolucionó
hasta dar LOCO en el latín vulgar (la primera o es breve y por su evolución normal
diptongará en /we/);
- como, que puede funcionar como adverbio o como conjunción y que desciende del
vulgar QUOMO, contracción del latín QUO MODO;
- do, adverbio de lugar equivalente del actual “donde”, que desciende del latín UBI el
cual, tras evolucionar a “o”, se reforzó mediante la preposición “de” y tomó el signi-
ficado de “onde”, del latín UNDE (que añadió la preposición “de” dando el actual
“donde”);
- quando, adverbio relativo que enlaza oraciones mediante el concepto de tiempo y que
viene del latín QUANDO;
- cras, adverbio antiguo que significa “mañana” y que desciende del latín CRAS;
mannana, adverbio temporal que inicialmente significa temprano (véase su valor en
el Poema de Myo Çid) y posteriormente pasa a designar ‘el día después de hoy’ (es la
evolución del latín vulgar *MANEANA, abreviación de HORA *MANEANA, deri-
vado del latín MANE);
- por çierto, locución adverbial formada por una preposición (“por”) más un indefinido
(“cierto”);
- non, adverbio de negación del latín NON. La representación del adverbio de negación
es la que encontramos en los textos medievales, hasta el siglo XVI no aparece escrita
como la forma actual no.
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- agora, lexicalización del sintagma latino HAC HORA en ablativo ‘en esta hora’. es la
forma general en toda la Edad Media. La forma “ahora” aparece esporádicamente en
esta época, pero no se generaliza hasta el siglo XVI.
- muy, del neutro singular del adjetivo MULTUS, -A, -UM;
- estonçe, del latín vulgar *INTUNCE, compuesto de IN y el arcaico *TUNCE (de
donde salió el latín TUNC);
- suso, adverbio antiguo que parte del vulgar SUSUM, reducción del latín SURSUM;
- demientra, del latín DUM INTERUM; nunca, del latín NUMQUAM; y allí, del latín
AD ILLIC, o allá, del latín AD ILLAC.
8. LAS CONJUNCIONES.
El español hereda sólo una parte de las conjunciones latinas. Entre las que se mantie-
nen cabe citar si < SI, que < QUID/QUOD y ca < QUIA. Esta última será el nexo causal
más utilizado en la primera mitad la Edad Media.
Las copulativas desaparecen a excepción de ET y NEC, se mantiene la disyuntiva
AUT ( > o) y surgen algunas coordinantes adversativas (pero < PER HOC o mas <
MAGIS). Si bien la mayoría de las conjunciones subordinantes latinas se pierden, el espa-
ñol contará con un gran número de nexos de nueva creación.
Conjunciones que vamos a encontrarnos:
- e, conjunción copulativa procedente de la latina ET;
- si, nexo de las condicionales que desciende del latín SI;
- el nexo causal ca, procedente de QUIA;
- para que, conjunción con valor final que se crea con la preposición para (< pora <
PRO AD) antepuesta a un nexo subordinante adverbial “que”, cuya forma procede de
QUID y cuyo sentido adverbial viene de QUOD;
- por, antepuesto al infinitivo salir, que tiene un valor final y desciende de PRO;
- demientra que, conjunción subordinante que se crea recurriendo a la construcción
adverbial latina DUM INTERUM.
- Asimismo, entre las conjunciones de nueva creación, se halla la formada a partir de
*WISA y el nexo que que podrá funcionar como conjunción consecutiva, sobre todo
en las subordinadas de intensidad-manera: de guisa que.
Las Conjunciones ca y que sabemos que durante la Edad Media la conjunción ca <
QUIA (indefinido exclamativo/interrogativo neutro plural) podía aparecer en oraciones
completivas o causales, posteriormente será sustituido por la forma que<QUID (indefinido
exclamativo/interrogativo neutro singular) tanto en las causales como en las completivas.
Esto es porque la conjunción que es la más gramaticalizada del sistema. Más adelante se
desambigua la forma desde el ámbito de las causales que refuerzan a que con otra preposi-
ción: PRO-QUE >porque.
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