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La Historia y Su Matemática Según Deleulofeu

Este documento presenta un prólogo escrito por Patrícia Gabancho sobre la relación entre su padre y Alexandre Deulofeu, un historiador y pensador catalán. Explica cómo su padre, un intelectual argentino, descubrió los escritos de Deulofeu y quedó fascinado por su "teoría de la matemática de la historia". Esto llevó a que se hicieran amigos cercanos y pasaran mucho tiempo discutiendo ideas. Aunque Patrícia era escéptica de algunas de las teorías de Deulofe
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La Historia y Su Matemática Según Deleulofeu

Este documento presenta un prólogo escrito por Patrícia Gabancho sobre la relación entre su padre y Alexandre Deulofeu, un historiador y pensador catalán. Explica cómo su padre, un intelectual argentino, descubrió los escritos de Deulofeu y quedó fascinado por su "teoría de la matemática de la historia". Esto llevó a que se hicieran amigos cercanos y pasaran mucho tiempo discutiendo ideas. Aunque Patrícia era escéptica de algunas de las teorías de Deulofe
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LA MATEMÁTICA DE LA HISTORIA

ALEXANDRE DEULOFEU
O
EL PENSADOR GLOBAL

Juli Gutiérrez

Prólogo de Patrícia Gabancho

Tabla de Contenidos

Título: LA MATEMATICAS DE LA HISTORIA


índice
El azar y la historia, prólogo de Patrícia Gabancho
Capítulo 0: Los grandes errores de la historia
Capítulo 1: ¿Quién era Alexandre Deulofeu? (Un esbozo biográfico)
Capítulo 2: La matemática de la historia
Capítulo 3: La lucha de los imperios
Imperio americano
Imperio de Moscú
Imperios orientales
Capítulo 4: Argentina, sociedad señalada
Capítulo 5: Europa, mi patria
Cataluña, madre de la cultura europea
El predominio alemán
Los pueblos peninsulares
El escenario ya está preparado
Epílogo: El porvenir de los pueblos de España (por Alexandre Deulofeu)
Apunte final: Alexandre Deulofeu, historiador?

El azar y la historia
Patrícia Gabancho
Muchas veces me han preguntado qué fue la relación de mi padre con
Alexandre Deulofeu. Es una historia muy guapa. Antes de explicarla
tengo que decir que mi lema, el que posaría en un más que improbable
escudo de armas, es “el azar no se equivoca”. Me gustaría que esta
frase, tan contundente, presidiera la historia que estoy a punto de
explicar y que tiene mucho que ver con mi propia vida.
¡Cuando tenía alrededor de dieciocho años, no lo puedo precisar más,
descubrí —por azar! — la existencia de Cataluña, una nación con la
cual no tenía vínculos familiares o de ningún tipo. Con el entusiasmo
juvenil que hace al caso, voy posarme a investigar sobre este
enigmático país, situado en una España que me era del todo lejana; un
país que tenía, como comprobé, la cultura sin estado más potente del
mundo. ¡Fui a parar —por azar! — a un grupo de disidentes del Casal
de Cataluña, que me recibieron con una escena digna de mención.
Imagináis un local pequeño y oscuro, con olor de polvo acumulado,
donde suyo un hombre grande a quien con el tiempo denominé “el
Vellet”, a pesar de que debía de tener unos cincuenta años. Expuesto
mi interés, me pidió si leía el catalán. Contesté que sí, tampoco podía
ser tan difícil. Entonces fue a la trastienda y volvió con un libro, el más
antiguo que yo había visto nunca, con las páginas ya amarilleadas, unas
páginas con el típico contorno impreciso que da haber pasado por el
abrecartas. Me lo dio sin pedirme ni el nombre, y me dijo que volviera
cuando lo hubiera leído. Recuerdo que salí del local abrazando el libro
contra el pecho y que, con emoción, me dije: “esta gente tiene una
causa”. El libro era una historia de Cataluña, editado en México el 1947,
que ahora tengo en mi biblioteca, porque más tarde me lo regalaron.
Así, pues, empezó todo. Para hacer corta una historia compleja, diré
que el 1974 vine a vivir en Barcelona, con toda la incertidumbre que
comporta abandonar no tan solo el hogar sino también el continente, sin
nada más en las manos que los estudios y las ganas. Mis padres,
preocupados, organizaron un viaje de inspección general de no muchos
meses. Lo comentaron con los vecinos de casa, un piso donde vivieron
casi toda la vida, lo cual daba aquella familiaridad confortable con la
vecindad, y una señora les dijo que tenía un pariente en Barcelona y
que si podía por favor hacerle llegar un paquete. Resultó ser —el
azar!— en Jesús Isamat, un farmacéutico que de joven había
participado, creo que como secretario, en todo caso con un cargo, en
un importante congreso universitario de Cataluña; quiero decir que era
un hombre comprometido, un hombre vinculado a “la causa” que yo
había detectado en aquel antiguo local de la calle Díaz Vélez de Buenos
Aires. El trámite se cumplió y en Jesús Isamat quedó que haría llegar a
mi padre algunos libros que le hicieran entender Cataluña, puesto que
Cataluña los había tomado la hija. Mi padre hizo como yo: aseguró que
era capaz de leer el catalán.
Los libros empezaron a llegar a Buenos Aires: desde “Las formas de
vida catalana” de Ferrater Mora hasta “La plaza del Diamante” de Mercè
Rodoreda, pasando por algún Josep Pla… muy.. muy elegido. Un buen
día mi padre abrió el paquete de correos y encontró “Cataluña, madre
de la cultura europea”, de Alexandre Deulofeu. Lo comenzó con la
misma curiosidad que había aplicado en los libros anteriores, pero a
medio camino ya estaba enganchado: este texto era diferente. Me
preguntó por carta si conocía el autor. A mí me había hablado—por
azar!—en Xavier Dalfó, editor de la revista Canigó, donde hice las
primeras prácticas profesionales amparada por la buena voluntad de
Isabel-Clara Simó, que la dirigía. Dalfó era de Figueres, como Deulofeu.
Está claro que yo no había hecho nada de caso, y tampoco había
buscado ninguno de sus libros. De forma que poco podía hacer para
satisfacer la curiosidad de mi padre. Él, tozudo, interrogó por carta en
Jesús Isamat. Este le contestó que se trataba de un farmacéutico de
Figueres, amigo suyo, y que si quería se lo presentaría cuando volviera
a visitar Barcelona, que mientras tanto enviaría otros libros. Alguno llegó
a casa dedicado por Deulofeu.
Tengo la impresión que la promesa del conocimiento aceleró los planes
del segundo viaje de los padres en Barcelona.
Mi padre ha sido descrito como “intelectual argentino”. Lo era. Oficial de
la marina por vocación de servicio y para salir de un ambiente familiar
de gran pobreza material y espiritual, había plegado ya hacía años
decepcionado del ambiente y la experiencia profesional, mucho antes,
pues, de la terrible dictadura que arrasó Argentina a partir del 1976. Era
un hombre metafísico, dado a reflexiones de altísimo nivel. Recuerdo
que a veces nos decía, en casa, que el mundo le parecía banal, que la
cultura le era indiferente —cosa que no era cierta: era un lector
constante—, que los grandes secretos estaban dentro de la propia
conciencia. En esta pesquisa interior lo guiaba otro pensador argentino,
Carlos González Pecotche, de quién fue discípulo y continuador. Quiero
decir que era un hombre con inquietudes muy determinadas y con un
profundo sentido de trascendencia. No estamos en este mundo para
pasar el rato, podríamos imaginar que diría.
Deulofeu lo deslumbró, fue un entendimiento profundo e instantáneo.
En aquel segundo viaje fue invitado en la finca de Ordis, cerca de
Figueres, una cita a la cual yo no asistí. Se sentaron los dos a hablar y
la tarde se les hizo corta: el uno explicó su “teoría de la matemática de
la historia”, el otro remachó el clavo con la necesidad que las personas
conozcan los altos secretos de Dios (perdón: nada que ver con el Dios
de las religiones, estamos hablando de energía, de inteligencia) a partir
del conocimiento de sí mismo, que permitiría llegar al fondo del fondo
del universo, regido por las mismas leyes que regulan la evolución
humana. Resulta —el azar!— que este conocimiento (su carencia) es la
clave que Deulofeu señala como fracaso de los ciclos culturales que
ordenan la existencia: ninguna civilización no lo ha enseñado y esta es
la causa de la deriva material que hunde culturas, pueblos e imperios,
siguiendo el mandato del proceso biológico que controla la vida:
nacimiento, madurez, decadencia y muerte.
De forma que se habían encontrado dos teorías que encajaban como la
mano en el guante. Acostumbrado a recibir mocos de todas partes,
Deulofeu había conocido un hombre al cual calificó de sabio que lo
escuchaba con respeto y le aportaba nuevas perspectivas. Mi padre, a
su vez, acababa de conocer a un hombre al cual calificó de sabio que
le daba una explicación coherente sobre las leyes superiores que rigen
la vida material de la humanidad. Óleo en una luz, o más bien óleo en
ambas luces.
A lo largo de los años, no muchos, que vivió Deulofeu las visitas
menudearon, preferentemente en la finca, donde el ambiente relajado
de naturaleza y silencio permitía conversar a pedir de boca, todas las
horas. Pasaba días, mi padre allí, mientras las mujeres charlaban de
sus cosas. La Pepita era un azogue, mi madre la encontraba
encantadora. Juli, nieto de en Deulofeu, era un niño inquieto que
algunas tardes comparecía en la finca con los padres y primos y
dedicaba los esfuerzos a jugar a fútbol. Deulofeu era un solitario dentro
de su entorno: la familia le aguantaba la obsesión como quien no tiene
más remedio, pero era obvio que habrían preferido que dedicara los
días y parte de las noches a alguna otra cosa.
Fue en estos años que yo trabé una relación cordial, a pesar de que
esporádica, con Alexandre Deulofeu. El hombre me trataba con una
espléndida generosidad, invitándome a comer cuando venía a
Barcelona o invitándome en la finca cuando con mi marido queríamos
un descanso o unos días tranquilos para escribir. En aquellas estancias,
Deulofeu se acercaba cada tarde para tocar el violín en la llamada
“pagoda” —una construcción apartada de la casa, con aires orientales—
o para limpiar, con paciencia infinita, el trozo de malas hierbas. La
Pepita paseaba los perros, que adoraba. Alguna vez hablábamos de “la
matemática de la historia”, pero yo estaba poco dispuesta a sintonizar,
más bien posaba pegas. La reiteración sistemática de los ciclos
históricos me parecía exagerada y, como mandaba la época, estaba
más cerca del marxismo que de ninguna preocupación trascendente.
Aquellos años, la doctrina obligada de todo el mundo, legos y
profesores, era el materialismo histórico, la lucha de clases y, mal me
está decirlo, la dictadura del proletariado: quiero decir que éramos, los
de mi generación, muy poco críticos ante este “pensamiento único”,
indispensable para acceder al club de los “progres”. Teníamos, aquellos
años, una mente dogmática.
Por el contrario, me encantaba discutir con Deulofeu episodios
concretos de la historia, o predicciones. Y una vez, comiendo con
Deulofeu en Nuria, a la punta de la Rambla —me citaba porque él
trabajaba en la biblioteca del Ateneo—, le pregunté por la
independencia de Cataluña. Yo era independentista ya entonces.
Obediente, Deulofeu cogió una servilleta de papel y dibujó las curvas
del imperio español, que dio por liquidado el 2029, advirtiéndome que
años antes ya estaría abierta la posibilidad de liberación, porque habría
una decadencia previa al colapso final. Al llegar a casa guardé la
servilleta dentro de un libro, y ya no lo he vuelto a encontrar, pero estoy
segura que todavía lo tengo. Hay que decir que la fecha, yo no tenía ni
treinta años y era impaciente como lo es siempre la juventud, me
pareció terriblemente lejana, y ya lo veis, estamos a tocar. También me
dijo Deulofeu que en aquel momento Alemania mandaría sobre una
Europa de cariz federal. Y que China sería el imperio ascendente.
..China! El peligro chino había acompañado mi niñez y confieso que me
estremecí.
En el jefe de poco, un buen día nos encontramos, mi marido y yo,
haciendo vía en un vehículo que nos habían dejado hacia el Ampurdán,
porque había muerto Alexandre Deulofeu. El cielo era increíblemente
azul, limpiado por la tramontana. Mi padre, en esta circunstancia, fue
gritado a ordenar el legado de Deulofeu, miles de folios con escritos y
correspondencia, entre los cuales encontró incluso algún libro inédito.
Que Deulofeu, que dedicaba todas las horas a su obra, tuviera este
desorden entre las carpetas y legajos provoca una cierta ternura.
Poco antes de morir, Deulofeu viajó a Buenos Aires invitado por mi
padre. Había tomado interés en la cultura argentina, detalle que dejaba
mi madre sumida en un profundo escepticismo. La madre no creía nada,
en el país, y se quedó más tranquila cuando Deulofeu le dijo que todavía
le faltaban unos 400 años como mínimo. Quizás eran 200, no lo sé, me
pierdo un poco. La última vez que comimos juntos, Deulofeu ya había
vuelto de Buenos Aires, y por tanto, debíamos de hablar, o quizás
porque acababa de ver mi familia comimos, aquella vez última, pues le
pregunté por qué la matemática. Por qué este proceso cíclico de las
culturas y las civilizaciones tenía que ser matemático. Me miró con ojos
bondadosos. Porque las matemáticas son el lenguaje de la Creación,
dijo. La inteligencia se expresa en matemáticas, me parece que añadió.
Entendí que cualquier tipo de orden que rigiera el universo tenía que
poderse expresar matemáticamente, tenía que seguir unas reglas
matemáticas, al margen de qué realidad describe. El célebre bosón de
Higgs, que mantuvo ocupados los físicos durante décadas, fue una
expresión matemática antes de poder ser confirmado en el
macrolaboratorio del CERN. Toda la física cuántica, que describe una
realidad elusiva y paradójica, un cuadro alucinado donde el mundo tiene
más de diez dimensiones —la mayoría “atornilladas”!—, solo se
sostiene si las matemáticas aguantan el edificio teórico y, si lo hacen,
los científicos dan crédito, de momento, hasta que puedan demostrarlo
o desmentirlo. Son el conocimiento, pues, y la experiencia, los que
certifican aquello que las matemáticas establecen.
El mundo, pues, es matemática y el resto es la percepción que
obtenemos, y esta percepción varía cuando se modifica la conciencia,
el conocimiento. Los físicos cuánticos, para continuar con el ejemplo,
pertenecen a un club privado que habla en un lenguaje específico, un
club donde se comparte una realidad que no es la realidad del común
de los mortales, nosotros que tocamos la materia como si la materia
existiera más allá de esta inestable combinación de masa y energía.
Conciencia y conocimiento: ¿podemos cambiar la manera como leemos
la historia? ¿Podemos sintetizar unas reglas que aguantan la estructura
histórica a lo largo de los siglos y que, por lo tanto, permiten predecir
hacia dónde avanzamos? Los clásicos, ante una obra literaria o teatral,
hablaban de la “suspensión de la incredulidad”, una operación necesaria
para podernos meter en una narración que nos tenía que emocionar o
trastornar, que nos tenía que modificar. La fe, por otro lado, es una
actitud parecida. Suspender la incredulidad para facilitar la verosimilitud,
para desconectar el escepticismo, para borrar la distancia: Bertolt
Brecht lo consideró una trampa, y lo desterró del escenario teatral.
Pero es cierto que una teoría nueva, radicalmente nueva, nos obliga
a abrir la mente y a librarnos (de momento) a la expectativa; después
hará falta la actitud crítica que diga si sí o si no. Siempre hace falta una
actitud crítica ante las propuestas, pero tengamos en cuenta que
también podemos ser críticos con esto que consideramos de piedra
picada, intocable y inmutable. Inmutable: aquello que hemos aprendido,
porque otro lo ha aprendido antes, porque otro… Estamos cansados de
sentir como, ante la propuesta de independencia que la sociedad
catalana hace hoy en un clamor mayoritario, nos responden: no, porque
es imposible. ¿Imposible? Nada es imposible. Solo hace falta que sea
demostrable. Y en esto, la historia ayuda. Y por qué ciclos reiterativos,
¿qué sentido tiene que la historia ande siempre por los mismos
caminos?, insistí, ante la paciencia de Deulofeu. Siempre esperaba un
momento antes de contestar, quizás evaluando hasta donde podía
llevar la respuesta sin provocar enojo en el interlocutor. Porque, me dijo
aquella vez, siempre hace falta una nueva oportunidad. Y debía de
pensar, sin decirlo: el que pasa es que no sabemos que la oportunidad
está, aquí delante, y toda cultura vuelve a fracasar, vuelve a
embarrancarse en la deriva materialista, vacía y estéril. Y no me podéis
decir que esto no pasa, estamos dentro.

Este libro plantea con claridad, y un chico de impertinencia, la teoría


de la matemática de la historia desarrollada por Alexandre Deulofeu.
Juli Gutiérrez, aquel chiquillo que jugaba al fútbol, se ha convertido en
un hombre muy inteligente, muy seguro de si mismo, muy peculiar, que
ha tomado como tarea central de su vida difundir la matemática de la
historia, rescatar la obra de Deulofeu del olvido o del silencio. Un
silencio que empieza a partirse, porque tengo la impresión que mucha
gente quiere respuestas más allá de las convencionales, sea en el
campo que sea. El libro, pues, nos explica como, por qué, cuando y
dónde el farmacéutico de Figueres empezó a mirar la historia con otros
ojos; como las culturas y las civilizaciones se van sucediendo las unas
a las otras siguiendo unas reglas, y por qué ante el fracaso hace falta
que se pueda volver a probar, la evolución al final es esto. Y nos da una
retahíla de profecías probadas, de hechos anunciados y realizados, de
argumentos imbatibles: de predicción del futuro al cual nos
encaminamos, de manera ciega. Alguna vez he escrito que, cuando el
joven Deulofeu era escarnecido en las tertulias como si fuera un
Nostradamus de feria, cambiaba de tertulia, pero no cambiaba de teoría.
La convicción da esta seguridad, el conocimiento da esta firmeza.

El libro es, por lo tanto, una propuesta. Leedlo con disposición de


pensar. No de creer, sino de pensar. Quizás os tambalearán viejas
cosas aprendidas sin más, quizás lo tiraréis enfadados pensando que
es una completa sandez. Tanto se vale. Una de las cosas que ya
sabremos, espero, a estas alturas, es que la vida es un proceso de
aprendizaje. Que a menudo decimos suerte, de aquello que no
entendemos. Y que a veces intuimos que algún hilo escondido guía
caminos y procesos, tanto individuales como colectivos, y que hablamos
de “madurez” para describir el punto aquel en que estos procesos
cuajan, sin preguntarnos por qué cuajan, cuando cuajan, por qué las
circunstancias son tan favorables en un momento y tan tercamente
antipáticas en otros. Nos cuesta aceptar mansamente el determinismo,
pero también es cierto que hay muchas cosas que no sabemos y
muchos momentos que prefiramos no saber.

Alexandre Deulofeu fue una bellísima persona, serena, educada, que


de repente perdía el hilo de la conversación, sacaba un pequeño papel
del bolsillo y apuntaba un dato que le había ocurrido a saber de dónde.
Cómo si siempre tuviera dos carriles mentales activados, uno para su
teoría y el otro para la práctica doméstica de la conversación con una
persona impertinente como yo, que le decía una vez y otro: no me lo
creo, no puede ser, es demasiado fácil, es demasiado trágico. Él
sonreía, sabio viejo, sin decir nada, mientras pensaba: algún día lo
entenderás. No sé si este día ya ha llegado, solo me lo pregunto.
LA MATEMÁTICA DE LA HISTORIA

ALEXANDRE DEULOFEU
O EL
PENSADOR GLOBAL
Capitulo 0
LOS GRANDES ERRORES DE LA HISTORIA

Desconcierto y miedo. Como un barco a la deriva que ya no es señor


de su destino. Los tripulantes no reciben órdenes de nadie. El capitán
ya no ejerce su función. Todo está en manos de fuerzas que no se
dominan. Cómo si un grande poder en medio de la oscuridad dirigiera
la humanidad entera hacia su destrucción, a su aniquilación.
¿Hablaríamos del fin de una época? ¿Del fin de los tiempos conocidos?

Europa, los Estados Unidos, China, Rusia, el norte de África, América


del sur y central, India… En cualquier lugar la situación es parecida.
Mensajes contradictorios por parte de los poderes políticos,
informativos, económicos, religiosos… Todos, pero, parecen seguir una
dirección, perseguir un propósito: provocar el desconcierto y el miedo
entre la población mundial. Además, cosa que es peor, el sentimiento
de culpa se extiende entre la población, entre los individuos, aquellos
que tendrían que ser la base de la civilización, y de este modo se está
consiguiendo otra vuelta aquello que tantas veces a lo largo de la
historia de la humanidad ha hundido los grandes procesos civilizadores.
Hoy, el ideal ya no es la investigación del bien común de manera serena
y objetiva, entendimiento como valor colectivo, sino que el que
prevalece es la manera, el particularismo, la pérdida de la conciencia
colectiva. Y otra vez el fantasma de la decadencia. Una decadencia que
se hace patente entre los grandes dirigentes mundiales, totalmente
desconcertados, errados en sus decisiones, incapaces de saber a
dónde tenemos que ir. Ejemplo fiel de una sociedad tan incapaz, tan
equivocada como sus dirigentes, de los cuales abjura. Una sociedad
que se indigna, eso sí, y que como siempre, a lo largo de la historia,
quiere la revolución, pero la suya, una nueva revolución burguesa que
acabe no arreglando nada y que mantenga los privilegios de una
minoría, un golpe más. Y todo ello en un mundo donde la única
globalización que pervive es la de la miseria.

Un panorama inquietante. Sería fantástico poder saber qué nos


ofrecerá el futuro, entender los porqués de todo. Poder explicar las
razones de este aparente despropósito que ha invadido y desanimado
las almas de nuestra sociedad. Preguntas aparentemente sin
respuesta. Y si todo el mundo lo posa todo al mismo saco, de este modo
no será posible sacar el intríngulis.

¿Se imaginan que hace setenta años, en plena guerra mundial,


alguien hubiera pronosticado el fracaso de la experiencia marxista, el
despertar chino, la decadencia de Francia e Inglaterra, el caos italiano,
la derrota alemana y su papel principalísimo, director de una Europa que
tiene que unirse bajo su égida en el siglo XXI, la deriva de los Estados
Unidos hacia formas de poder dictatoriales e incluso la independencia
de Cataluña cuando la dictadura franquista ahogaba todas las
libertades?

Estas y otras predicciones fueron hechas por Alexandre Deulofeu a


partir de su teoría histórica, bautizada por Francesc Pujols como “la
matemática de la historia". Si todo esto se cumple, decían los críticos
de la época, tendremos que convenir que Deulofeu le ha tomado el
pulso al reloj de la historia.

El reloj de la historia… Sesenta años después no se avanza ni se


retrasa. La orden de los acontecimientos es perfecta, matemático. Solo
hay que dar un vistazo al ciclo histórico de cada civilización, de cada
pueblo, de cada imperio, de cada una de las grandes potencias. Cuando
cae, cae, que decía el grande Francesc Pujols. Nada lo puede parar.
Comprobémoslo a continuación. Recordamos el que se dijo y digamos
lo que está por venir. Ya no habrá excusas. Sobre los dirigentes
mundiales recaerá ahora y por siempre jamás la responsabilidad de no
haber querido escuchar. Pero aún estamos a tiempo..

Civilizaciones que desaparecen

Egipto, Mesopotamia, las civilizaciones americanas…


desaparecieron tras un largo periplo vital. 5.100 años de vida, les daba
Deulofeu. Ni uno más ni un menos. Lo tuvieron todo, y lo consiguieron
todo, pero no sobrevivieron a su fatal destino. Y durante su largo
camino, el caos y el desorden, el desconocimiento, la oscuridad se
hicieron señoriales. Ahora sabemos que tres grandes espacios
geográficos viven sus últimos tiempos históricos: India, China y Grecia.

Observamos el gráfico griego:


Grecia fue la primera de las civilizaciones estudiadas por Deulofeu.
Por primera vez se dibuja el ciclo histórico de una civilización. Tres
ciclos de 1.700 años, cada uno con dos fases diferenciadas. Una
primera de 650 años, la época de gran fraccionamiento, creadora. Una
segunda de 1.050 años, la época imperialista o de unificación, de gran
despersonalización humana. Un primer ciclo que bebe del chorro de la
civilización que la precedió. Egipto es donde se reflejan los griegos. Un
segundo ciclo de plenitud creadora, de desarrollo de la personalidad
característica de aquella cultura, diferente de todas las anteriores: se
materializa el alma de la cultura. Y un tercero y último ciclo, un ciclo de
renacimiento cultural, un ciclo en el cual aquella cultura domina el
mundo, su memoria lo invade y lo condiciona todo. Hasta que se acaba,
periclita, nunca mejor dicho en el caso griego, un largo proceso creador.
Lo vemos, asistimos estos días a su defunción. No es casual la
gravísima problemática económica griega. Grecia ha disparado todas
las alarmas de esta Europa que se quiere unida a cualquier precio.

Pero los griegos no son europeos. Forman parte de otra mentalidad,


de otro momento histórico. No forman parte, ni pueden formar parte de
este espacio, al menos en igualdad de condiciones. Sí como pueblo
sometido, sin soberanía propia. Ellos lo tendrán que escoger. Y por eso
el primer ministro griego pide un referéndum, y el resto de Europa se
alarma. Que lejos quedan aquellos días en que los griegos, unidos por
un sentimiento colectivo, andaban plegados y hundían las aspiraciones
del imperio que los quería dominar, las llamadas guerras médicas. El fin
de las guerras contra los persas supone el inicio de una etapa de gran
prosperidad para el pueblo griego. La importancia del Partenón es
suficiente para considerar en 449 a. C. como el punto de inicio de un
nuevo periodo. Es el momento del triunfo de la aristocracia de la riqueza
y de la democracia. Son los días de Policleto, de Fidias, de Platón, de
Pericles. Pero la democracia lleva en su seno el germen de la propia
destrucción. Apenas un suspiro y el mundo griego se instala en el
desorden. La historia política desde el año 404 hasta el 355 a. C. se
define por los intentos de tres ciudades, Esparta, Atenas y Tebas, para
imponer su hegemonía. Estas tensiones se resolverán en la llamada
guerra del Peloponeso. Esta difícil situación política se verá reflejada en
el aspecto cultural y creativo. Se busca sobre todas las cosas la
perfección técnica, la máxima intelectualidad; por fuera todo es
elegancia, pero por dentro todo es completamente vacío. De alguna
manera el interior se convierte en un fiel reflejo del deseo de esconder,
de huir de la oscura realidad del momento. Siguiendo las directrices de
la ley de la historia, este periodo de anarquía será aprovechado por un
enemigo exterior que se apoderará del territorio sin muchas
complicaciones. Llega la hora de Alexandre Magno. A partir de este
momento la cultura griega será absorbida, asimilada, dominada por una
nueva realidad: el imperio. Y así hasta nuestros días, días en que un
gran proceso creador ve como su tiempo se acaba irremisiblemente. El
que está pasando actualmente no es de extrañar, ya estaba escrito. Lo
leemos a continuación:

“Finalmente los pueblos griegos caerán definitivamente


bajo el dominio alemán hacia el año 2100”. (A. Deulofeu. “La
matemática de la historia”, 1948

Muy similar es la realidad de China. Vemos como su ciclo histórico se


corresponde prácticamente con el griego. Pero la percepción de la gente
es diferente. ¿Por qué? Pues porque el que fenece es la cultura china
milenaria bajo una forma imperial: el imperio de Pekín. Este nuevo
núcleo imperial entra en escena en plena fase unitaria o absolutista. Por
lo tanto, actuará desde un principio como un verdadero tirano. Tomará
todo el poder y lo tendrá en sus manos, así como todas sus riquezas, y
reducirá los antiguos ciudadanos del imperio a la condición de siervos y
esclavos. Con la Revolución Cultural de Mao asistimos a la reeducación
de la población civil. Con la unificación del poder y el restablecimiento
de la disciplina, el imperio recupera y multiplica sus fuerzas e inicia un
nuevo proceso de crecimiento, a veces violento, a veces económico. La
economía puede hacer tambalear el mundo. Hoy el mundo tambalea.
La pisada del gigante chino sacude las economías mundiales y anuncia
nuevos desastres. La historia se volverá a repetir. Los imperios mueren
por sobreexpansión económica, por fallos demográficos. Hoy, China ya
ha fabricado todas las lavadoras que podía vender, hoy China ya no
puede sacrificar más mujeres; de hecho la carencia de mujeres
condiciona la viabilidad futura del territorio. Hoy China tiene que ir a
buscar afuera aquello que ya no puede producir adentro del territorio,
adentro del núcleo imperial. Hoy el rastro del poder chino se extiende a
lo largo de veinticinco países, tres continentes. Se ha convertido en el
primer prestamista del mundo subdesarrollado. Por lo tanto, se
convierte una vez más un gigante con pies de barro. Ocupa también el
espacio central asiático, un espacio reservado hasta hace muy poco en
el extinto imperio moscovita. Es el preludio de la futura invasión de la
Siberia y de la llegada del ejército chino hasta los Urales, donde la
intervención del imperio alemán parará las veleidades expansionistas
de un imperio que, obligado a retroceder, reducirá sus ciudadanos a la
condición de siervos y esclavos. Esta realidad ya fue avanzada por
Alexandre Deulofeu a la segunda edición (1967) de “La matemática de
la historia”. Lo decía con estas palabras:
..”Respecto a la Asia, el imperio chino seguirá su impresionante
proceso ascendente. Se amparará de todas las posesiones rusas
en la Asia y solo se encontrará frente al otro coloso, el imperio
nipón, que como el alemán, entra ahora en la época de plenitud
imperial.”
Una civilización en busca de su alma: los pueblos eslavos
El segundo ciclo histórico representa el momento en que la civilización
logra su madurez, su plenitud, pero sobre todo logra su individualidad,
dibuja los rasgos que la caracterizarán, que la diferenciarán de las que
la precedieron, que nos definirán el alma de la cultura. Este es el
momento histórico en que se encuentran los pueblos eslavos, que con
la caída fulminante del último núcleo imperial que los sometía inician su
segundo ciclo histórico, tal como podemos comprobar a los gráficos que
acompañan este apartado.
Nos encontramos, pues, ante uno de los grandes monumentos
mentales de Deulofeu. Antes de que nadie, previó la desaparición de la
URSS, último acto del imperio de Moscú, imperio iniciado en los
alrededores del 1450:
“El comunismo, a excepción de los pueblos satélites que ya se
encuentran hoy bajo su influencia, no se implantará a jefe otro
pueblo de Europa. La URSS, en lugar de seguir una vía imperialista,
va hacia la desintegración.”
(“La matemática de la historia”, 1951)

Efectivamente, el comunismo el que hizo fue preparar el terreno hacia


la desaparición definitiva del imperio. Rompió aquella prisión de pueblos
que fue el zarismo y, a pesar de los desesperados intentos de Stalin
para atemorizar a la población, la realidad del mundo comunista
soviético no tenía nada a ver, como se ha podido comprobar, con el que
se estaba cociendo en el otro gran territorio comunista del planeta,
China. De este modo, llegado el imperio a los 550 años de vida, se
hundió de manera espectacular ante la sorpresa de los analistas
políticos, que otra vez quedaban completamente retratados.

Se iniciaba de este modo el segundo ciclo histórico de los pueblos


eslavos. Los dirigentes del PCUS se convirtieron en un tipo de
aristocracia sacerdotal, siguiendo la terminología deulofeuliana, pero
muy pronto, continuando con la evolución de los ciclos, aparece una
nueva clase social, que proviene del pueblo, que consigue su fortuna de
manera poco ortodoxa pero que se convierte en la nueva fuente de
poder. Es la aristocracia de la riqueza, los grandes oligarcas, los
grandes magnates del petróleo, del gas. Pero el proceso de
desintegración del territorio apenas empieza. La URSS heredó un
imperio multinacional conformado por más de 100 pueblos, pueblos que
hoy todavía esperan su independencia más allá de los conflictos del
Cáucaso, los más conocidos. Hay el deseo de libertad de millones y
millones de personas, de pueblos vernáculos que esperan su momento.
Y este momento no tardará a llegar. Quién precipitará la
descomposición de Rusia serán los chinos.
El imperio de Pekín pronto no podrá sostener su crecimiento, y lo que
es peor, no habrá podido equilibrar ni demográficamente ni
económicamente el territorio. Los conflictos internos aumentarán y
pondrán en peligro la precaria y aparente estabilidad conseguida en
estos momentos. Los más de 800 millones de pobres que viven en
China amenazarán el poder con una revuelta cruenta, desesperada. El
gobierno chino tendrá que ir a buscar afuera aquello que ya no puede
conseguir ni con la esclavización de sus ciudadanos. Súbditos y
esclavos, diríamos, por lo tanto:
“El verdadero elemento peligroso es, pues, el imperio chino; este
con los afanes de expansión y agresivos, con el afán de apoderarse
de las posesiones rusas en la Asia, especialmente la Siberia, es
seguramente el que precipitará el enorme conflicto en que se
encontrarán involucrados los EE. UU..”
(“La segunda oleada imperial a Europa”. Volumen VIII de ‘La matemática de la
historia”, 1977)

Pero encontrándose los pueblos eslavos en la época de fragmentación


demográfica, la invasión china no durará y el territorio eslavo se
fragmentará en mil pueblos, e iniciará así su gran proceso creador.

Los EE. UU., la deriva de una gran potencia hacia formas


totalitarias

En los últimos años, la potencia americana ha sido sacudida por el


infortunio. Poco o nada queda de aquella sociedad que el día siguiente
de la Segunda Guerra Mundial dominó el mundo. Recordamos a
continuación lo que decía Deulofeu al respeto, hace muchos años. Es
bastante importante para dedicar unos instantes de nuestro tiempo:

“Hoy los EE. UU. han llegado al momento culminante de su esplendor


y de la gloria propia del final del primer proceso agresivo. En este
momento los imperios dan la sensación de ser invencibles, y lo serían,
en efecto, si no llevaran dentro de ellos mismos el germen de la
desintegración y de la catástrofe. ¿Qué le pasará al imperio americano?
Nada más y nada menos, el mismo que ha pasado en los otros imperios
en el momento equivalente. Los síntomas son perfectamente visibles.
De una parte, la acumulación de las riquezas en manos de una clase;
de otra, el descontento de la clase trabajadora. Estas son las
circunstancias que hasta hoy han conducido todos los imperios en la
lucha violenta de clases y han determinado la caída de todos en manos
de un dictador en la entrada de la fase unitarista. Hoy son muy visibles
los caminos que conducen el gran imperio americano por estas vías
peligrosas. Las innumerables huelgas nos muestran la separación que
hay entre el capital y el trabajo en los EE. UU.. El odio entre capitalistas
y obreros se irá acentuando y conducirá fatalmente en la lucha armada.
Aprovechando una guerra exterior, el proletariado americano se
levantará contra la clase dirigente, como lo hizo el proletariado alemán
durante la guerra de 1914-1918. Entonces la gran potencia americana
experimentará desgracias infinitas. Se verán los horrores de la
Revolución Francesa multiplicados por algunas cifras en proporción en
la numerosa población americana. Sobrevendrá una gran depresión
seguida de una invasión exterior. Habrá años de destrucción, de
agotamiento y pugna entre las facciones rivales. Este estado conducirá
a la implantación de un poder absoluto y de nuevos sueños de conquista
y de hegemonía universal. En consecuencia, habrá una nueva tragedia
para la humanidad.”
(“La matemática de la historia”, 1951.)

Años más tarde, concretamente en 1970, Deulofeu se reafirmaba en


esta idea y sentenciaba:

“Y puestos a hacer recomendaciones a los países que todavía no


conocen la ley de la historia, aconsejaríamos en los Estados Unidos que
sin más espera abandonen la lucha del Vietnam y retiren sus tropas de
Asia, porque contra China no tienen nada a hacer.”
(“La paz en el mundo por la matemática de la historia”, 1970.)
Efectivamente, los americanos no pudieron salir del Vietnam con un
resultado satisfactorio. Aquella guerra dividió el país e iniciaba una serie
de desgraciadas aventuras en el exterior, al mismo tiempo que la
fractura social se iba haciendo cada vez más patente. Toda una manera
de entender la vida tambaleaba. La esperpéntica actuación de los
republicanos en las dos guerras del Golfo abría las puertas de la
presidencia a un presidente negro. Con solo tres palabras, “Yes we
can”, a la manera de un pastor protestante, Obama llenó el país de
coraje y de confianza en sus fuerzas. Pero hoy sabemos que esto tan
solo fue un espejismo. Paralelamente a la caída de confianza en Obama
aparece con fuerza el ala más radical del republicanismo americano, el
Tea Party, una amenaza real para la primera democracia del mundo, la
pervivencia de la cual se encuentra hoy en situación crítica. En efecto,
la deriva hacia formas de poder cada vez menos democráticas, cada
vez más totalitarias, es una realidad. Hace cuatro días, treinta diputados
del Tea Party bloquearon la actividad del Congreso americano. Y esto
sólo es una muestra de lo que está por venir. La sociedad se radicaliza,
las actuaciones de la gran banca, de los mercados bursátiles, provocan
el enfrentamiento cada vez más violento entre, por qué no decirlo así,
capitalistas y proletariado. Que el sistema hace aguas nos lo demuestra
la quiebra económica del estado de California el febrero del 2009, pero,
sobre todo, la huelga que tuvo lugar el noviembre del 2011 en el puerto
de Oakland, el quinto puerto en importancia de los EE. UU., que fue
bloqueado por los activistas en la primera huelga general después de
65 años de haberse producido la última, en 1946, también a Oakland.

Pero los problemas solo acaban de comenzar para la gran potencia


americana. Otra vez la teoría del declive. La fuerza del gigante chino
obliga Obama a centrar toda su atención en el Pacífico para
contrarrestar la potencia del imperio de Pekín. Pero nada podrá hacer
el imperio americano, hoy camino de su gran depresión, contra las
pretensiones geopolíticas chinas, necesarias para detener el máximo
de tiempo posible las demandas de más de 800 millones de chinos que
reclaman los mismos derechos que el resto de compatriotas. China,
como todos los imperios, morirá por esta sobreexpansión económica y
geográfica, pero antes de que esto ocurra, como afirmaba Deulofeu,
implicará a la nación americana en una lucha que provocará la caída de
esta al más oscuro de los abismos. Y para evitarlo, y de esto es
plenamente consciente la inteligencia americana, es interesante
recordar las declaraciones que hizo el general del ejército de los EE.
UU. hoy retirado Wesley Clark, el 2 de marzo del 2007, en que
comentaba la decisión de cambiar la realidad de unos cuántos países,
entre los cuales Irak, Siria, el Líbano, Libia, Somalia, el Sudán y, para
acabar, Irán.

Bien, la estúpidamente llamada “primavera árabe” reafirma


plenamente la intención americana. La caída de los líderes de Egipto y
Túnez, la violenta muerte de Gaddafi o la más que segura intervención
en Siria ponen de manifiesto la vigencia de las palabras de la exgeneral
del ejército americano. Porque la industria de guerra es la única que
puede parar la derrota económica americana, o esto es el que creen los
máximos dirigentes del Pentágono. Hemos asistido con estupor a la
general ignorancia, otra vuelta, de los políticos y de los comentaristas
de política internacional en la hora de analizar la realidad de estos
movimientos. En su momento, Deulofeu ya dijo que la caída del
comunismo en la URSS no provocaría la caída del comunismo chino,
todo lo contrario, y el tiempo le ha dado toda la razón. Ahora podemos
afirmar que de ninguna forma se implantará la democracia en estos
países del norte de África. Cómo podemos ver, crece el temor entre los
sectores laicos de este espacio geográfico que la más que segura
victoria de los partidos islamistas implicará la imposición de leyes
rigurosas e involutivas. Asistiremos cómo ha pasado con Irak en las
luchas cruentas entre las diferentes facciones religiosas y a la
consecuente persecución de todas aquellas confesiones que no sean
de estricta obediencia islámica. Este hecho es ya una realidad en
Egipto, donde los cristianos son perseguidos. De hecho, en Bagdad ya
hace tiempo que desapareció el barrio cristiano, donde la gente, quien
quería, podía ir a comprar una triste botella de vino. Hoy Siria ya se ha
convertido en el escenario de una guerra sectaria entre alauitas (chiítas)
y suníes. Los primeros, ostentadores del poder, partidarios y defensores
del presidente Bashar al-Assad, quieren mantener su privilegiada
situación a cualquier precio; los segundos se proclaman a sí mismos
defensores de la ortodoxia musulmana y por tanto defienden la guerra
santa y el exterminio de la facción herética contraria. Este caos, de la
mano de la precaria y difícil situación económica y social que vivirán los
EE. UU., provocará la intervención militar en estos países africanos.
Demasiados frentes abiertos para un imperio que desliza
irremediablemente por la pendiente de su decadencia. Una nueva
tragedia espera a la cansada humanidad. Solo la aplicación decidida de
los preceptos que marca la ley de la historia podrían impedir un baño de
sangre dantesco.

De hecho, el debate que plantea Deulofeu, la necesidad de buscar el


equilibrio entre ricos y pobres, se sitúa en medio de la carrera hacia la
Casa Blanca. Hoy, la campaña se convierte en bipolar. Gira alrededor
de una realidad que como se ha visto fue anunciada hace más de 50
años. Uno tema tabú del que la sociedad norteamericana no quiere oír
a hablar: la lucha de clases. Sea como sea, el debate entre equidad y
libertad está servido. De alguna manera nos encontraríamos en medio
de una pugna entre el intervencionismo estatal y la renovada aplicación
de la doctrina que catapultó el nuevo imperio en el momento de su
nacimiento: la doctrina Monroe, el darwinismo social, hoy discutido
desde posicionamientos heterodoxos.

El actual presidente norteamericano, Barack Obama, defiende en


Davos ante los líderes empresariales del país la necesidad de proteger
la clase media con un paquete de medidas dirigidas a igualar la
sociedad americana. Entre estas medidas, el famoso impuesto Buffet
para los millonarios. La reacción de los líderes empresariales no se hace
esperar y tampoco sorprende nadie. No están de acuerdo, en absoluto.
Son de la opinión del aspirante republicano Mitt Romney, una de las
grandes fortunas americanas.

Obama defiende reducir las desigualdades económicas y reclama en


consecuencia más justicia redistributiva. Exclamaba en su discurso el
siguiente: “Podemos crear una nación donde todo el mundo tenga una
oportunidad justa, donde todo el mundo haga el que corresponde, y
donde todo el mundo se rija por las mismas reglas. El que está en juego
no son los valores demócratas ni republicanos, sino los valores de los
Estados Unidos. ¡Tenemos que recuperarlos!”.

Nosotros añadimos que el que está en juego es evitar una sangrienta


guerra civil, por eso decimos que los EE. UU. tienen la oportunidad de
realizar la trascendental experiencia de cambiar la realidad del mundo.

Los datos más actuales son escalofriantes y reafirman lo que ya se


ha apuntado antes. En los Estados Unidos la renta real del 1% de las
familias más ricas ha subido un 278% desde el 1979, frente a un 35%
para la clase media.

Son muchos los economistas que consideran que esta acumulación


de rentas en pocas manos, junto con la disminución de los salarios de
la gran mayoría de la población, provoca sacudidas importantes en el
ciclo económico, en el flujo del dinero, puesto que los ricos ya no saben
donde gastar más dinero y los pobres, sencillamente para poder
sobrevivir, se tienen que endeudar cada vez más. Este aburrimiento que
provoca el exceso de riqueza alimenta unas burbujas especulativas
cada vez menos seguras, menos reales, que arrastran las economías
hacia el caos y, lo que es peor, conducen a la exclusión social de más
y más ciudadanos.

Esto es el que ha pasado siempre a lo largo de la historia. Y este es


el gran problema al cual se enfrenta la nación americana. La separación
abismal entre dos clases sociales, el gran tabú americano, se está
haciendo realidad. Encontramos ahora en los Estados Unidos políticos
que reconocen sin problemas que no los interesan nada las clases
medias. Mitt Romney ha apoyado un recorte del gasto público sobre
todo a costa de las rentas más bajas. Deducimos pues que el candidato
republicano los que les pueda pasar a los más pobres, a los más
desfavorecidos, no le altera el sueño, parece que el que busca, él y los
suyos, que son mucho y muy poderosos, sea ensanchar cada vez más
esta diferencia entre ricos y pobres, entre capitalistas y proletariado. No
se imagina lo que esto debe provocar. Si los dirigentes americanos
conocieran lo que pasará, muy probablemente podrían evitar los
grandes horrores que esperan a la nación americana y cambiar por
primera vez la ley de la historia. Sí, porque el oráculo deulofeuliano nos
tiene que permitir ver el futuro con optimismo. Si sabemos lo que ha de
venir, podemos establecer las bases de una transición pacífica hacia el
porvenir. Ponemos más ejemplos, hechos de primerísima actualidad
que vuelven a responder perfectamente lo que Deulofeu ya había
anunciado. Lo veremos en el capítulo dedicado en los EE. UU.

¿A dónde va Europa? (Quo vadis, Europa?

Estamos repasando en este prólogo, en este preámbulo, como el


dibujo que hizo Deulofeu del mundo se está cumpliendo de manera
aterradora, que nos da escalofríos, como decía Francesc Pujols.
Deulofeu prestó especial atención al futuro de Europa y al papel
principal que Cataluña tendrá en el desarrollo de la Europa futura.
En estos momentos, todos los medios de comunicación recuperan las
palabras de Oswald Spengler, hablan atemorizados de la decadencia
de Occidente. Ven con estupor el derrumbe europeo y la pujanza de los
que se denominan países emergentes, una serie de países diferentes,
con realidades opuestas y con un futuro también muy diferente, pero
que son puestos en el mismo saco, desde China hasta el Brasil,
pasando por India o Rusia. Partiendo de estas premisas erróneas, es
imposible ordenar el panorama europeo. Pero lo peor es que estos
analistas políticos son los mismos que no fueron capaces de ver lo que
estaba pasando en la URSS, o el que se estaba cociendo en China, o
la tragedia que se anunciaba en los Balcanes. Todo al contrario que
Deulofeu, que hacía cincuenta años que anunciaba estos
acontecimientos.

El año 1934 Deulofeu escribía en “Cataluña y la Europa futura”, un


ensayo que quería explicar la realidad europea de aquella Europa
todavía dolorida por las heridas de la Primera Guerra Mundial. Heridas
que como se tenía que demostrar bien pronto no estaban ni mucho
menos curadas. Consciente de este hecho, Deulofeu exponía con un
entusiasmo juvenil las líneas maestras de su pensamiento, sin
vergüenza y con una clarividencia indiscutible. Anunciaba la
desintegración del imperio inglés en los momentos de su máximo
esplendor, cuando ningún estadista ni tratadista político habría osado
subscribirlo:

“La Inglaterra imperial tiene una herida de muerte que va


extendiéndose por todos sus miembros. Hemos visto, estos últimos
años, como los lazos que la unían a sus dominios iban aflojándose,
hasta el punto de perder toda rigidez. Falta solo un ligero tirón para que
el nudo que todavía aguanta algún de sus dominios sea deshecho.

Así como cuando se entra en vejez van saliendo arrugas, de forma


parecida en al viejo imperio le van saliendo los conflictos. Detrás de
Irlanda sale India. Detrás de esta saldrá Egipto y Escocia y el País de
Gales, y el gran imperio quedará reducido nuevamente a la bella
comarca de habla inglesa que limitan aquellos dos países y el mar.”
(“Cataluña y la Europa futura”, 1934.)
El agüero de Deulofeu se cumplió inexorablemente. El año 1936, un
tratado con Egipto le devolvía la libertad y las tropas inglesas
abandonaban El Cairo. Diez años más tarde Inglaterra dejaba de ser el
jefe de la Commonwealth para pasar a ser simplemente una de las
naciones que la componen. Las antiguas colonias se están convirtiendo
en naciones de pleno derecho. A continuación, vendría India, la joya de
la corona. Gandhi, solo con la palabra, derrotó la hasta hacía poco
invencible potencia. A continuación, y en una espiral de decadencia sin
freno, Inglaterra perdió sus ciudades en China, incluso Hong Kong, hace
muy poco.

En el imperio británico ya solo le queda el cuerpo imperial. Pero este


ya se está resquebrajando. Hace pocos días el primer ministro escocés
fijaba los términos y la fecha del referéndum por la independencia de
Escocia. Esto pasa hoy, en 2014. Han pasado 80 años desde que
Deulofeu lo anunció. Esto es la matemática de la historia. Pero la
matemática de la historia también nos dice que en los momentos de
decadencia aparecen dirigentes nefastos, mediocres. Lo constatamos
con los herederos en la corona británica, príncipes torpes, violentos e
incapaces de tomar decisiones correctas. Recordamos que hace unos
meses el príncipe Guillermo, segundo en la línea de sucesión al trono
británico, llegaba a las Malvinas para llevar a cabo unas maniobras
navales vestido con traje de gran conquistador y no con la sabiduría del
estadista que trabaja al servicio de la paz y el diálogo entre las naciones.
Quizás el gobierno británico lo que quiere es enmascarar los graves
problemas que tiene el país, una tasa de desempleo que alcanza el 18%
y los deseos separatistas escoceses. Gravísimo error. Pronto los
gráficos de ambas naciones se cruzarán, pero lo harán con dos
tendencias distintas, contrarias. La inglesa, hacia abajo, muy abajo.
Argentina, hacia arriba, muy arriba. Entonces las Malvinas volverán a
ser argentinas. No hace falta ahora atizar las rabias ni los rencores, ya
que, si no, sobre la conciencia del príncipe recaerán muchas muertes
innecesarias. Los británicos tendrían que hacer lo mismo que hicieron
con Hong Kong y ceder graciosamente las Malvinas a la nación
argentina. El gráfico del imperio inglés pintado en la década de los años

30 nos marca el destino de la

potencia inglesa.

En la misma obra Deulofeu avanzaba también el futuro político


francés, su descenso inexorable. Una bajada política, económica y
sobre todo moral. Este último aspecto se demostraría años más tarde
con el miserable comportamiento del pueblo francés durante la Segunda
Guerra Mundial, ejemplarizante con el execrable comportamiento del
gobierno colaboracionista de Pétain.

“Queda finalmente el último resto de pueblo imperial. Francia había


dado hasta hoy la máxima sensación de homogeneidad imperialista.
Hoy, pero, van marcándose las grietas que tienen que acabar con su
derrota definitiva.”
(“Cataluña Y la Europa futura”, 1934.)

Años más tarde, apenas acabada la Segunda Guerra Mundial, afirmaba:

“Francia acaba de entrar en la fase decadente. A partir de este


momento (1947) el imperio francés irá perdiendo gradualmente todas
sus colonias, mientras que en su interior la anarquía y la guerra civil
harán toma de la nación francesa.”
(“La matemática de la historia”, 1948.)
Cuando Deulofeu anunciaba la descomposición del imperio francés
no había empezado todavía la tragedia de Indochina, ni la del
Marruecos, Túnez y Argelia.

Al mismo tiempo que la grandeza (plenitud) iba desapareciendo, las


naciones vernáculas sometidas a los designios del poder centralizado
desde la Revolución Francesa empezaban a despertarse después de
un largo sueño de muchos siglos. Cómo tenía que ser.

“Todos los imperios o potencias que se han mantenido desde la Gran


Guerra se encuentran, sin excepción, en una fase más o menos
avanzada de descomposición que tendrá por consecuencia la liberación
de todas las nacionalidades hoy todavía sometidas.”
(“Cataluña y la Europa futura”, 1934.)
Hoy, el jacobino estado francés contempla con estupor como en el
sur de Francia la lengua catalana reivindica su categoría y, además, lo
hace acompañada de un redescubierto de los valores republicanos y
universales en las llamadas escuelas primarias (guarderías), dejando
atrás el calificativo patois (variedad lingüista) con el que fue bautizada
cuando la luz se apagó para las naciones vernáculas del territorio
francés el día siguiente de la fatal revolución del 1789.

A lo largo de los últimos años hemos asistido al cumplimiento


continuado de los pronósticos geopolíticos de Alexandre Deulofeu.
Desgraciadamente, demasiado a menudo acompañados de barbarie,
dolor, miseria y mucho miedo y desesperanza. “La humanidad no
avanza”, afirmaba este boticario de Figueres. Y cuando la gente sentía
esto, cuando la gente siente hoy estas palabras, se siente herida en su
miserable amor propio, egos desbordados incapaces de comprender la
trascendencia de la filosofía deulofeuliana. Por lo tanto, no nos debe
que extrañar nada lo que sucedió a la extinta Yugoslavia, preludio otros
fracasos que ya se anuncian. Definitivamente la humanidad y sus
dirigentes no tienen excusa. Deulofeu hace mucho de tiempo que habló,
que quería ser escuchado, y nadie lo quiso hacer. Quizás si alguien lo
hubiera hecho, ciudades mártires contemporáneas como Sarajevo,
Vukovar, Mostar… no lo habrían sido, quizás habríamos evitado las
limpiezas étnicas que acompañaron aquella trágica guerra. Los
Balcanes a sangre y fuego. Y todavía hay quién dice que no hay
matemática.

“Después de la guerra europea quedarán los regímenes dictatoriales


de Italia, Yugoslavia y España, regímenes dictatoriales preludios de
próximas desintegraciones imperiales.”

“El régimen yugoslavo que mantiene sometidos los croatas tambalea


peligrosamente, y no tardaremos a verlo transformado en dos o tres
repúblicas completamente independientes o bien confederadas.”
(“Cataluña y la Europa futura”, 1934.)
La mano de hierro del mariscal Josip Broz Tito mantuvo unida aquella
entelequia política, aquella mentira que se sostenía por los pelos. Y
cuanto más tiempo pasaba más crecían las rabias y los odios, cada vez
menos disimulados, cada vez menos escondidos. Solo hacía falta una
chispa, y esta llegó el día siguiente de la muerte del dictador. Y los
Balcanes, otra vez, se incendiaron. Yugoslavia desapareció a golpe de
cañerías.

Podemos comprobar como el territorio europeo se ha convertido


desde el 1450 en un gran tablero de ajedrez imperial. Los imperios
mueven sus piezas aparentemente de manera voluntaria, libre. Pero
bien pronto vemos una clara tendencia. La lucha de imperios viene
determinada por la edad biológica del imperio en cuestión. Terminaba
la fase de fragmentación demográfica, los pueblos libres deciden entrar
a formar parte de realidades comunes, no necesariamente con la fuerza,
al comienzo. A medida que el ciclo histórico avanza, varía la percepción
de la sociedad, diríamos que se ha cansado de luchar, de encontrar las
respuestas en las preguntas hechas desde el alba de los primeros
tiempos y nunca contestadas. Entonces la fatiga, el cansancio moral, se
hace señorial de las almas de la sociedad. Poco a poco, despacio,
imperceptiblemente, el ser humano renuncia a su personalidad, a su
libertad, y a veces con agrado, otras a la fuerza (porque dichosamente
en cualquier momento del ciclo histórico siempre hay espíritus libres),
se ve obligado a cobijarse bajo la manta de una nueva forma de
gobierno desconocida hasta entonces: el imperio. Un imperio incapaz
de crear, destructor de almas, pero que les da lo que piden: seguridad.
Llegados en este punto, incluso los grandes hombres olvidan los
preceptos que tienen que guiar el ser humano. Lo vemos en el grand
Petrarca. Sus ideas hundirán definitivamente las ciudades libres
italianas. Petrarca, siguiendo los preceptos que marca la ley de la
historia, quedará deslumbrado por los grandes dirigentes políticos de su
tiempo. Añorará una Italia fuerte, poderosa como lo había estado
cuando las tropas imperiales romanas dominaban el mundo. Años más
tarde, Maquiavelo se enfrentará a los Mèdici cuando reclamará un
gobierno fuerte y poderoso para el territorio italiano, cuando reclamará
un príncipe omnipotente que unifique el territorio y que lo pose a la altura
de España y Francia. Su admiración por Fernando el Católico lo llevará
a escribir “El príncipe”, lo cual lo llevará la prisión y al destierro. ¿Quién
era el malo? Maquiavelo en Florencia, como Vicenç Ferrer en Cataluña,
lo único que hacían era adaptarse a la nueva tendencia histórica. Había
fenecido un tiempo, ahora empezaba otro de nuevo.
Los imperios, como las culturas, fueron perfectamente perfilados,
dibujados, diagramados por Deulofeu. Estableció para todos, los
antiguos que mataban con lanzas y los contemporáneos que masacran
con bombas atómicas, la misma duración: 550 años de media.

En Europa, España, Austria, Francia, Portugal, Inglaterra y Alemania


se disputarán la hegemonía. Los gráficos nos marcan los tempos
imperiales.

Y el tiempo del imperio español toca a su fin. Perdidas todas sus


posesiones coloniales, solo faltan Ceuta, Melilla y las Canarias, ahora
le ha llegado el turno al cuerpo imperial. Del mismo modo que la URSS,
el imperio se desintegrará de un día para otro.

“El imperio español quedaba constituido, como hemos visto, en 1479.


Si a esta fecha añadimos cinco siglos y medio, que es la duración de
vida de todos los imperios, nos vamos al año 2029. Estamos pues hoy,
año 1972, a 57 años del fin del imperio.

¿Qué es el que pasará? Desgraciadamente, si no hacemos caso de


la ley estamos abocados a la fase caótica, es decir, a la liquidación total
del imperio con luchas feroces del poder central contra los pueblos
peninsulares: Cataluña, Bascònia, Galicia, Andalucía, Aragón, y dentro
de estos todavía en una lucha entre ideologías opuestas, y esta fase
caótica es la que hemos encontrado en todas las culturas y en todos los
ciclos.

Una descentralización gradual, según el grado de evolución de las


nacionalidades hispánicas, puede transformar un Estado centralizado
en una comunidad de pueblos libres, y al mismo tiempo que llegaremos
a una federación se evitarían las luchas fratricidas y los odios, y se
extendería contrariamente un sentimiento de hermandad entre los
pueblos hispánicos.”
(“La segunda oleada imperial a Europa”.
Volumen VIII de “La matemática de la historia”, 1977)
Solo podemos añadir que desde la muerte del dictador (Franco) de
alguna manera se han seguido las directrices de Deulofeu. Se inició una
tímida descentralización del estado y las nacionalidades históricas y las
que no lo eran lograron ciertas cuotas de autogobierno. En un clima de
concordia España se incorporaba a Europa y al mundo civilizado y
parecía que se asentaban las bases de una futura y pacífica
convivencia. Pero la incapacidad o la mala intención de los últimos
dirigentes estatales, empecinados a no escuchar las demandas de
Cataluña, han provocado la reacción de un pueblo que parecía
contentarse con su realidad. La Vía Catalana, la consulta del mes de
noviembre, demuestran un golpe más la vitalidad catalana. Hoy en
España la palabra democracia pierde todo su sentido. El gobierno
Rajoy, apoyado por los representantes de la España más oscuridad e
inmovilista, nos lleva a un punto de no retorno. Y ahora, un golpe más,
cuando faltan pocos meses para la “posible” consulta del mes de
noviembre, otra de las afirmaciones que hizo Deulofeu a partir de los
postulados de “La matemática de la historia” se vuelve a cumplir: la
inminente desintegración del primero de los estados nacidos con la
modernidad. Y, por tanto, la consecuente liberación de las naciones
vernáculas. Increíble, sí, pero como lo fue la desaparición de la URSS
o la unificación alemana. Por lo tanto, si no queremos convertir la
Península en un baño de sangre, hay que olvidar el pasado y mirar con
esperanza el futuro. Una transición pacífica hacia el nuevo estado
geoestratégico que se dibuja en Europa, rechazando la forma en que se
se hizo en los Balcanes, puede permitir que la nueva Europa que ahora
se anuncia se fundamente en unas bases sólidas y duraderas,
democráticas e igualitarias. Está en nuestras manos otra vez cambiar el
determinismo que nos marca la ley de la historia, pero… seremos
capaces, por fin, esta vez?

Deulofeu estaba convencido que en esta partida de ajedrez imperial


solo podía haber un vencedor:

“…asistiremos en un tiempo relámpago a la reconstrucción del


pueblo alemán… Antes de cinco años no quedará en Alemania un sol
soldado americano, inglés ni ruso. La fase de ocupación se habrá
acabado y Alemania recuperará su libertad de acción y se nos
presentará de nuevo con todo el empuje y vigor de un joven imperio,
frente a un imperio francés en plena descomposición y de un imperio
inglés tarado con todas las lacras de la decadencia.”
(“La matemática de la historia”, 1948)
En efecto, no habían pasado cinco años de la intervención aliada que
Alemania había recuperado su soberanía. Bien pronto se vio como se
ponía al frente de una empresa que parecía impensable, la reinvención
de Europa. Aparecía otra vuelta en el horizonte el sueño de
Carlomagno, aquella Christianitas que no salió bien, solo porque no era
el momento, porque no tocaba. Sí, aquella Alemania dividida por el muro
del oprobio, otro descomunal error de la historia, mejor dicho, de
aquellos que la malinterpretan, en este caso los dirigentes soviéticos,
en este caso Stalin, que quería mantener a cualquier precio su poder,
un poder que estaba herido de muerte pero que arrastró con él más de
20 millones de personas inocentes… Pero esta historia ya está
liquidada. Ahora nos encontramos ante otra jugada de esta partida que
nunca se acaba.
Y esta jugada, repetimos, tenía para Deulofeu un claro ganador:
Alemania.

“Alemania se encuentra en plena recuperación y continuará su


proceso ascendente, del cual el aspecto político más importante e
inmediato será la reunificación de las dos alemanias, hecho que ocurrirá
en los alrededores del año 2000, a la vez que se desintegrará el imperio
de la URSS.”
(“La segunda oleada imperial a Europa”.
Volumen VIII de ‘La matemática de la historia’, 1977)
La dinámica imperial nos explica los porqués de la Europa que ha de
venir. Hasta ahora no ha sido posible encontrar una solución en este
callejón sin salida. Pero la matemática de la historia nos ilumina una vez
más el camino. Fijémonos en la gradación de los imperios europeos.
Todos, exceptuando el alemán, presentan todas las lacras de la
decadencia, más evidente cuanto más avanzada es la edad del imperio.
España y Portugal, después Francia e Inglaterra. Todos se tendrán que
rendir ante el gigante alemán, muy especialmente cuando este tome
conciencia de su papel, cuando deje atrás las culpas y los miedos que
lo paralizan. Es importantísimo tener en cuenta otro hecho: todos los
pueblos, todas las naciones europeas que conforman la cultura
occidental se encuentran todavía en la fase de unificación demográfica.
Pero afirmamos que, paradójicamente, los viejos imperios, los viejos
estados nacidos con la modernidad, están heridos de muerte. ¿Cómo
podemos entender este rompecabezas imperial? Pues bien, cuando el
primer núcleo imperial se deshace, los pueblos que formaban parte del
imperio se liberan, pero encontrándose todavía en la fase de unificación
demográfica solo podremos hablar de una fase de libertad relativa que
Deulofeu califica de fase de “caotismo”, ya que a lo largo de la historia
las naciones que se reencuentran con la libertad no saben gestionarla
y entran en una espiral de violencia y desorden que obliga un nuevo
poder a intervenir. Los pueblos, las naciones autóctonas (vernáculas),
solo recuperan su definitiva libertad cuando se encuentran a finales del
ciclo histórico, a finales de la fase de fragmentación; entonces la
desaparición del imperio —sería el caso del imperio de Moscú—
coincide con el inicio del nuevo ciclo y la entrada por lo tanto en la fase
de fragmentación demográfica, que es la que corresponde a los pueblos
eslavos. Por lo tanto, podemos decir que esta no es la realidad de los
pueblos europeos. De este modo es fácil dibujar las líneas maestras del
futuro europeo. Asistiremos a una nueva paradoja de la historia, a un
enfrentamiento que no es nuevo. Fuerzas centrífugas versus fuerzas
centrípetas. Sí, fuerzas centrífugas que acabarán con los viejos
estados, primero España, a continuación, Portugal, Francia, Gran
Bretaña. Asistiremos al derrumbe de estos estados. Lo estamos viendo
ahora mismo. España, Grecia, Portugal, Italia han cedido su soberanía
en Alemania, que los ha forzado a cambiar sus constituciones, que ha
intervenido en su vida pública. Ante estas muestras de debilidad, las
naciones sometidas al poder centralizado tienen que exigir su liberación.
Esto ocurrirá en España en los alrededores del año 2029. Catalanes,
vascos, gallegos, aragoneses… todos aquellos que lo deseen podrán
alcanzar su libertad. Y más tarde les tocará a los pueblos franceses, con
catalanes, bretones, corsos… y luego los ingleses, con Escocia, País
de Gales… La vorágine soberanista no se parará. La muerte de los
viejos imperios provocará el acercamiento de todos estos pueblos hacia
un centro aglutinador: Alemania. Bajo la égida alemana se levantará la
nueva Europa. Fuerzas centrífugas versus fuerzas centrípetas.
Alemania se convertirá en la dueña de Europa. Serán los alemanes
quienes levantarán el espíritu de esta Europa deprimida, que no sabe
adónde va, para elevarla nuevamente a las cumbres más altas. Y lo
harán apoyándose en el pensamiento, en el conocimiento que se
inventó Europa alrededor del año 800, en la cultura catalana o
romanico-gòtica, del mismo modo que Roma se apoyó en el
pensamiento surgido de la Grecia clásica, y dio lugar de este modo al
canto del cisne de la cultura occidental.

Por lo tanto, Alemania se enfrenta a un reto descomunal, inhumano,


diríamos. Pero para salir vencedora tiene que asumir de una vez por
todas las riendas del conflicto. Europa, Alemania, tiene por encima de
todo un enemigo: el decadente imperio americano y sus acólitos.
Europa tiene que asumir que solo Alemania nos puede sacar del pozo
absolutamente virtual en el que dicen que nos encontramos. Por lo
tanto, el proceso que marca la matemática de la historia no se puede
parar ni se deberían que poner obstáculos. Los viejos estados tienen
que dejar vía libre a la potencia germánica.
La Francia de Miterrand ya intentó detener este proceso cuando
accedió a la reunificación alemana a cambio que Alemania renunciara
a su moneda, el todopoderoso marco, y a su buque insignia: el
Bundesbank. Pensaba erróneamente que así se preservaba un papel
de primer orden en el futuro geoestratégico mundial y evitaba que la
grande Alemania rompiera este equilibrio tan precario, como se ha
demostrado, surgido después de la cumbre de Malta. Maastricht
aparentemente tenía que diluir la soberanía alemana, preservándola del
resto de las naciones que tenían que conformar la futura Unión Europea.
Hoy ya sabemos que esto no se consiguió. Nos encontramos con una
Europa dividida, herida casi de muerte. Y esta coyuntura es
aprovechada por el enemigo exterior, los EE. UU., un país que vive de
sus acreedores, un país que aprendió mucho del crac del 29, y que
ahora ha decidido que sean los otros quién sufran las consecuencias de
su impresentable política económica, haciendo que agencias
económicas al servicio de los intereses de las grandes y decadentes
familias americanas califiquen y hundan los países europeos. Y estos
se lo creen y tiemblan, sin darse cuenta que claudican ante un gigante
con pies de barro, con unos cimientos que se agrietan por todas partes.
Sus cifras macroeconómicas son aterradoras, con una deuda
impagable y con un déficit presupuestario propio de una república
bananera, así como un déficit comercial imposible de equilibrar en
circunstancias normales. Pero en un mundo donde la riqueza de las
naciones ya no se evalúa por su capacidad de trabajo, de sacrificio, de
productividad, donde la búsqueda de una solución a la eterna ecuación
libertadad = igualdad ha estado definitivamente abandonada, donde
solo los mercados saben donde tenemos que ir, mejor dicho, saben
donde quieren ir ellos y los que los dirigen, el deseo de estos es muy
claro, diáfano: la ruina de Europa y la desaparición del euro, el principal
contrincante de la moneda americana. De este modo el dólar podría
comprar Europa a precio de terceras rebajas.

Hoy, sin embargo, podemos afirmar categóricamente que esto no


pasará. Alemania, esperamos que más pronto que tarde, se dará cuenta
de su misión y tomará las riendas del destino de Europa y expulsará los
fariseos de los mercados. Pero es necesario que cuente con el apoyo
del resto de naciones europeas, y esto será más fácil si los estados
asumen que su tiempo ya ha pasado y que han ceder el poder a las
naciones que los conforman y éstas asumir que solo sobrevivirán bajo
el cobijo de la Grand Alemania, una nueva entidad política que a la vez
obligará progresivamente a los “lands” que conforman el territorio
alemán a renunciar a su autonomía e integrarse bajo el nuevo poder.
Todo esto es lo que debe pasar. La forma en que pase dependerá de
los actores de este nuevo acto. El escenario está preparado. Habrá
ganadores y perdedores, pero si todo el mundo conoce el papel que le
corresponde y lo respeta, el proceso hacia la unificación europea se
llevará a cabo de manera pacífica, de lo contrario la violencia se hará
otra vuelta señorial. Alemania no se puede permitir el lujo de humillar a
los vencidos, no podemos permitir que las escenas que se ven en
estos días en Grecia se repitan. Ambos tienen que saber que hoy sus
momentos históricos se cruzan. Ni los alemanes son nazis ni los
griegos son vagos. Hoy, en Grecia, los herederos de los griegos
clásicos se enfrentan a su último acto. Hoy Grecia baja un telón que ya
no se levantará nunca más. Esperamos que no se tenga que repetir
una nueva batalla de las Termòpilas. Y para conseguirlo, Alemania
tiene que actuar con la máxima justicia. No puede castigar los pobres
y dejar libres los cómplices europeos de esta crisis social y económica
que vivimos. La matemática de la historia, a pesar de su aparente
determinismo, nos ayuda con ejemplos de cómo debemos actuar. En
el norte de Europa, en Islandia, el pueblo ha decidido actuar, recuperar
la soberanía que las pseudodemocracias parlamentarias actuales le
habían tomado. Han aplicado los preceptos que según Deulofeu un
día tienen que cambiar el fatal destino de la humanidad. Han sido
capaces de vencer sus miedos, hacer caer el gobierno corrupto y
encarcelar los especuladores. Son los guiños de la historia. En
cualquier momento, cualquier cosa es posible. Cómo decía el poeta,
en cualquier lugar, aunque no toque, puede salir el sol.

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