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La Pasión de Nuestro Señor Jesucristo

Este documento describe la oración de Jesús en el huerto de Getsemaní antes de su pasión, así como lo que su madre María santísima experimentó al estar presente espiritualmente. Jesús oró con sus discípulos en el huerto y luego se despidió de María, quien se retiró a orar. Mientras tanto, Judas traicionó a Jesús y lo entregó a los sacerdotes para que fuera arrestado.
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La Pasión de Nuestro Señor Jesucristo

Este documento describe la oración de Jesús en el huerto de Getsemaní antes de su pasión, así como lo que su madre María santísima experimentó al estar presente espiritualmente. Jesús oró con sus discípulos en el huerto y luego se despidió de María, quien se retiró a orar. Mientras tanto, Judas traicionó a Jesús y lo entregó a los sacerdotes para que fuera arrestado.
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LA PASIÓN DE

NUESTRO SEÑOR
JESUCRISTO

Según María de Jesús de Ágreda


Tabla de Contenido

Título Página

La oración que hizo nuestro Salvador en el huerto


y sus misterios, y lo que de todos conoció su Madre
santísima 1
La entrega y Prendimiento de nuestro Salvador
por la traición de Judas Iscariote y lo que en esta
ocasión hizo María santísima y algunos misterios de
este paso 15
La fuga y división de los Apóstoles con la prisión
de su Maestro, la noticia que tuvo su Madre
santísima y lo que hizo en esta ocasión, la
condenación de Judas Iscariote y turbación de los
demonios con lo que iban conociendo 27
Llevan a nuestro Salvador Jesús atado y preso a
casa del pontífice Anás; lo que sucedió en este paso
y lo que padeció en él su beatísima Madre 38
Fue llevado Cristo nuestro Salvador a casa del
pontífice Caifás, donde fue acusado y preguntado si
era Hijo de Dios, y San Pedro le negó otras dos
veces; lo que María santísima hizo en este paso y
otros misterios ocultos 46
Lo que padeció nuestro Salvador Jesús después
de la negación de San Pedro hasta la mañana y el
dolor grande de su Madre santísima 56
Se junta el concilio viernes por la mañana para
sustanciar la causa contra nuestro Salvador Jesús; le
remiten a Pilato y sale al encuentro María santísima
con San Juan Evangelista y las tres Marías 64
Remite Poncio Pilato a Herodes la causa y
persona de nuestro Salvador Jesús, le acusan ante
Herodes y él le desprecia y envía a Pilato; le sigue
María santísima y lo que en este paso sucedió 76
Por mandado de Pilato fue azotado nuestro
Salvador Jesús, coronado de espinas y escarnecido,
y lo que en este paso hizo María santísima 89
Pronuncia Pilato la sentencia de muerte contra el
Autor de la vida, lleva Su Majestad la cruz a cuestas
en que ha de morir, le sigue su Madre santísima, y lo
que hizo la gran Señora en este paso contra El
demonio y otros sucesos 101
Cómo nuestro Salvador Jesús fue crucificado en
el monte Calvario y las siete palabras que habló en
la cruz, y le asistió María santísima su Madre con
gran dolor 116
El triunfo que Cristo nuestro Salvador alcanzó de
El demonio en la cruz y de la muerte, y la profecía de
Habacuc, y un conciliábulo que hicieron los
demonios en el infierno 143
La herida que dieron con la lanza en el costado
de Cristo ya difunto, su descendimiento de la cruz y
sepultura, y lo que en estos pasos obró María
santísima hasta que volvió al cenáculo 158
Cómo la Reina del cielo consoló a San Pedro y a
otros Apóstoles y la prudencia con que procedió
después del entierro de su Hijo, y cómo vio
descender su alma santísima al limbo de los santos
padres 168
La oración que hizo nuestro Salvador en el
huerto y sus misterios, y lo que de todos
conoció su Madre santísima

Con las maravillas y misterios que nuestro Salvador Jesús


obró en el cenáculo dejaba dispuesto y ordenado el reino que
el Eterno Padre con su voluntad inmutable le había dado. Y
entrada ya la noche que sucedió al jueves de la cena,
determinó salir a la penosa batalla de su Pasión y muerte, en
que se había de consumar la Redención humana. Salió Su
Majestad del aposento donde había celebrado tantos
misterios milagrosos y al mismo tiempo salió también su
Madre santísima de su retiro para encontrarse con Él.
Llegaron a carearse el Príncipe de las eternidades y la Reina,
traspasando el corazón de entrambos la penetrante espada
de dolor que a un tiempo les hirió profundamente sobre todo
pensamiento humano y angélico. La dolorosa Madre se
postró en tierra, adorándole como a su verdadero Dios y
Redentor. Y mirándola Su Divina Majestad con semblante
majestuoso y agradable de Hijo suyo, le habló y la dijo solas
estas palabras: «Madre mía, con Vos estaré en la tribulación,
hagamos la voluntad de mi Eterno Padre y la salvación de los
hombres». La gran Reina se ofreció con entero corazón al
sacrificio y pidió la bendición. Y habiéndola recibido se volvió
a su retiro, de donde le concedió el Señor que estuviese a la
vista de todo lo que pasaba y lo que su Hijo santísimo iba
obrando, para acompañarle y cooperar en todo en la forma
que a ella le tocaba. El dueño de la casa, que estaba presente
a esta despedida, con impulso divino ofreció luego la misma
casa que tenía y lo que en ella había a la Señora del cielo, para
que se sirviese de ello mientras estuviesen en Jerusalén, y la
Reina lo admitió con humilde agradecimiento. Y con Su Alteza
quedaron los mil ángeles de la Guarda, que la asistían siempre
en forma visible para ella, y también la acompañaron algunas
de las piadosas mujeres que consigo había traído.
Nuestro Redentor y Maestro salió de la casa del Cenáculo
en compañía de todos los hombres que le habían asistido en
las cenas y celebración de sus misterios, y luego se
despidieron muchos de ellos por diferentes calles, para acudir
cada uno a sus ocupaciones. Y Su Majestad, siguiéndole solos
los doce apóstoles, encaminó sus pasos al monte de los
Olivos, fuera y cerca de la ciudad de Jerusalén a la parte
oriental. Y como la alevosía de Judas Iscariote le tenía tan
atento y solícito de entregar al divino Maestro, imaginó que
iba a velar en la oración, como lo tenía de costumbre. Le
pareció aquella ocasión muy oportuna para ponerle en manos
de sus confederados1 los escribas y fariseos. Y con esta infeliz
resolución se fue deteniendo y dejando alargar el paso a su
divino Maestro y a los demás apóstoles, sin que ellos lo
advirtiesen por entonces, y al punto que los perdió de vista
partió a toda prisa a su precipicio y destrucción. Llevaba gran
sobresalto, turbación y zozobra, testigos de la maldad que iba
a cometer, y con este inquieto orgullo, como mal seguro de
conciencia, llegó corriendo y azorado a casa de los pontífices.
Sucedió en el camino que, viendo Lucifer la prisa que se daba
Judas Iscariote en procurar la muerte de Cristo nuestro bien y
sospechando este Dragón que era el verdadero Mesías le
salió al encuentro en figura de un hombre muy malo y amigo
del mismo Judas Iscariote, con quien él había comunicado su
traición. En esta figura le habló Lucifer a Judas Iscariote sin ser
conocido por él y le dijo que aquel intento de vender a su
Maestro, aunque al principio le había parecido bien por las
maldades que de Él le había dicho, pero que pensando sobre
ello había tomado mejor acierto en su dictamen y acuerdo
para él y le parecía no le entregase a los pontífices y fariseos,
porque no era tan malo como el mismo Judas Iscariote
pensaba, ni merecía la muerte, y que sería posible que hiciese
algunos milagros con que se libraría y después le podría
suceder a él gran trabajo.
Este enredo hizo Lucifer, retractando con nuevo temor las
sugestiones que primero había enviado al corazón pérfido del
traidor discípulo contra el autor de la vida. Pero le salió en

1
Que entra o está en una confederación [agrupación o alianza entre
personas o grupos].

Página 2 de 176
vano su nueva malicia, porque Judas Iscariote, que había
perdido la fe voluntariamente y no temía las violentas
sospechas del demonio, quiso aventurar antes la muerte de
su Maestro que aguardar la indignación de los fariseos si le
dejaba con vida. Y con este miedo y su abominable codicia no
hizo caso del consejo de Lucifer, aunque le juzgó por el
hombre que representaba. Y como estaba desamparado de la
gracia divina, ni quiso ni pudo persuadirse por la instancia del
demonio para retroceder en su maldad. Y como el Autor de
la vida estaba en Jerusalén, y también los pontífices
consultaban cuando llegó Judas Iscariote cómo les cumpliría
lo prometido de entregárselo en sus manos, en esta ocasión
entró el traidor y les dio cuenta cómo dejaba a su Maestro
con los demás discípulos en el monte de los Olivos, que le
parecía la mejor ocasión para prenderle aquella noche, como
fuesen con cautela y prevenidos para que no se les fuese de
entre las manos con las artes y mañas que sabía. Se alegraron
mucho los sacrílegos pontífices y quedaron previniendo
gente armada para salir luego al Prendimiento del
inocentísimo Cordero.
Estaba en el ínterin Su Majestad divina con los once
apóstoles tratando de nuestra salvación eterna y de los
mismos que le maquinaban la muerte. Inaudita y admirable
porfía de la suma malicia humana y de la inmensa bondad y
caridad divina, que si desde el primer hombre se comenzó
esta contienda del bien y del mal en el mundo, en la muerte
de nuestro Reparador llegaron los dos extremos a lo sumo
que pudieron subir; pues a un mismo tiempo obró cada uno
a vista del otro lo más que le fue posible: la malicia humana
quitando la vida y honra a su mismo Hacedor y Reparador, y
Su Majestad dándola por ellos con inmensa caridad. Fue
como necesario en esta ocasión —a nuestro modo de
entender— que el alma santísima de Cristo nuestro bien
atendiese a su Madre purísima, y lo mismo su divinidad, para
que tuviese algún agrado entre las criaturas en que
descansase su amor y se detuviese la justicia. Porque en sola
aquella pura criatura miraba lograda dignísimamente la

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Pasión y muerte que se le prevenía por los hombres, y en
aquella santidad sin medida hallaba la justicia divina alguna
recompensa de la malicia humana, y en la humildad y caridad
fidelísima de esta gran Señora quedaban depositados los
tesoros de sus merecimientos, para que después como de
cenizas encendidas renaciese la Iglesia, como nueva fénix, en
virtud de los mismos merecimientos de Cristo nuestro Señor
y de su muerte. Este agrado que recibía la humanidad de
nuestro Redentor con la vista de la santidad de su digna
Madre, le daba esfuerzo y como aliento para vencer la malicia
de los mortales y reconocía por bien empleada su paciencia
en sufrir tales penas, porque tenía entre los hombres a su
amantísima Madre.
Todo lo que iba sucediendo conocía la gran Señora desde
su recogimiento, y vio los pensamientos del obstinado Judas
Iscariote y el modo como se desvió del Colegio Apostólico y
cómo le habló Lucifer en forma de aquel hombre, su
conocido, y todo lo que pasó con él cuando llegó a los
príncipes de los sacerdotes y lo que trataban y prevenían para
prender al Señor con tanta presteza. El dolor que con esta
ciencia penetraba el castísimo corazón de la Madre virgen, los
actos de virtudes que ejercitaba a la vista de tales maldades y
cómo procedía en todos estos sucesos, no cabe en nuestra
capacidad el explicarlo; basta decir que todo fue con plenitud
de sabiduría, santidad y agrado de la beatísima Trinidad. Se
compadeció de Judas Iscariote y lloró la pérdida de aquel
perverso discípulo. Recompensó su maldad adorando,
confesando, amando y alabando al mismo Señor que él
vendía con tan injuriosa y desleal traición. Estaba preparada y
dispuesta a morir por él, si fuera necesario. Pidió por los que
estaban fraguando la prisión y muerte de su divino Cordero,
como prendas que se habían de comprar y estimar con el
valor infinito de tan Preciosa Sangre y vida, que así los miraba,
estimaba y valoraba la prudentísima Señora.
Prosiguió nuestro Salvador su camino, pasando el torrente
Cedrón para el monte de los Olivos, y entró en el huerto de
Getsemaní y hablando con todos los apóstoles que le seguían

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les dijo: «Esperadme y asentaos aquí, mientras Yo me alejo un
poco a la oración; y orad también vosotros para que no
entréis en tentación»2. Les dio este aviso el divino Maestro,
para que estuviesen constantes en la fe contra las tentaciones,
que en la cena los había prevenido que todos serían
escandalizados aquella noche por lo que le verían padecer, y
que Satanás los embestiría para ventilarlos y turbarlos con
falsas sugestiones, porque el Pastor, como estaba
profetizado3, había de ser maltratado y herido, y las ovejas
serían dispersadas. Luego el Maestro de la vida, dejando a los
ocho apóstoles juntos, llamó a Pedro, a Juan y a Santiago, y
con los tres se retiró de los demás a otro puesto donde no
podía ser visto ni oído de ellos. Y estando con los tres
apóstoles levantó los ojos al Eterno Padre y le confesó y alabó
como acostumbraba, y en su interior hizo una oración y
petición en cumplimiento de la profecía4 de Zacarías, dando
licencia a la muerte para que llegase al inocentísimo y sin
pecado, y mandando a la espada de la justicia divina que
despertase sobre el Pastor y sobre el varón que estaba unido
con el mismo Dios y ejecutase en Él todo su rigor y le hiriese
hasta quitarle la vida. Para esto se ofreció Cristo nuestro bien
de nuevo al Padre en satisfacción de su justicia por el rescate
de todo el linaje humano y dio consentimiento a los
tormentos de la Pasión y muerte, para que en Él se ejecutase
en la parte que su humanidad santísima era pasible 5, y
suspendió y detuvo desde entonces el consuelo y alivio que
de la parte impasible pudiera redundarle, para que con este
desamparo llegasen sus pasiones y dolores al sumo grado de
padecer; y el Eterno Padre lo concedió y aprobó, según la
voluntad de la humanidad santísima del Verbo.
Esta oración fue como una licencia y permiso con que se
abrieron las puertas al mar de la Pasión y amargura, para que
con ímpetu entrasen hasta el alma de Cristo, como lo había

2
Mateo 26, 36; Lucas 22, 40.
3
Zacarías 13, 7.
4
Ibídem 2.
5
Que puede o es capaz de padecer.

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dicho por David6. Y así comenzó luego a congojarse y sentir
grandes angustias y con ellas dijo a los tres apóstoles: «Triste
está mi alma hasta la muerte»7. Y porque estas palabras y
tristeza de nuestro Salvador encierran tantos misterios para
nuestra enseñanza, diré algo de lo que se me ha declarado,
como yo lo entiendo. Dio lugar Su Majestad para que esta
tristeza llegase a lo sumo natural y milagrosamente, según
toda la condición pasible de su humanidad santísima. Y no
solo se entristeció por el natural apetito de la vida en la
porción inferior de ella, sino también según la parte superior,
con que miraba la reprobación de tantos por quienes había
de morir y la conocía en los juicios y decretos inescrutables
de la divina justicia. Y esta fue la causa de su mayor tristeza,
como adelante veremos. Y no dijo que estaba triste por la
muerte, sino hasta la muerte, porque fue menor la tristeza del
apetito natural de la vida, por la muerte que le amenazaba de
cerca. Y a más de la necesidad de ella para la Redención,
estaba pronta su voluntad santísima para vencer este natural
apetito para nuestra enseñanza, por haber gozado, por la
parte que era viador8, de la gloria del cuerpo en su
transfiguración. Porque con este gozo se juzgaba como
obligado a padecer, para dar el retorno de aquella gloria que
recibió la parte de viador, para que hubiese correspondencia
en el recibo y en la paga, y quedásemos enseñados de esta
doctrina en los tres apóstoles, que fueron testigos de aquella
gloria y de esta tristeza y congojas; que por esto fueron
escogidos para el uno y otro misterio, y así lo entendieron en
esta ocasión con luz particular que para esto se les dio.
Fue también como necesario, para satisfacer al inmenso
amor con que nos amó nuestro Salvador Jesús, dar licencia a
esta tristeza misteriosa para que con tanta profundidad le
anegase, porque si no padeciera en ella lo sumo a que pudo
llegar, no quedara saciada su caridad, ni se conociera tan
claramente que era inextinguible por las muchas aguas de

6
Salmo 68, 2.
7
Marcos 14, 34.
8
Criatura racional que está en esta vida y aspira y camina a la eternidad.

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tribulaciones9. Y en el mismo padecer la ejercitó esta caridad
con los tres apóstoles que estaban presentes y turbados con
saber que ya se llegaba la hora en que el divino Maestro había
de padecer y morir, como Él mismo se los había declarado por
muchos modos y prevenciones. Y esta turbación y cobardía
que padecieron los confundía y avergonzaba en sí mismos,
sin atreverse a manifestarla. Pero el amantísimo Señor los
alentó manifestándoles su misma tristeza, que padecería
hasta la muerte, para que viéndole a Él afligido y congojado,
no se confundiesen de sentir ellos sus penas y temores en que
estaban. Y tuvo juntamente otro misterio esta tristeza del
Señor para los tres apóstoles Pedro, Juan y Santiago, porque
entre todos los demás ellos tres habían hecho más alto
concepto de la divinidad y excelencia de su Maestro, así por
la grandeza de su doctrina, santidad de sus obras y potencia
de sus milagros, que en todo esto estaban más admirados y
más atentos al dominio que tenían sobre las criaturas. Y para
confirmarlos en la fe de que era Hombre verdadero y pasible,
fue conveniente que de su presencia conociesen y viesen
estaba triste y afligido como Hombre verdadero, y en el
testimonio de estos tres apóstoles, privilegiados con tales
favores, quedase la Iglesia Santa informada contra los errores
que el demonio pretendería sembrar en ella sobre la verdad
de la humanidad de Cristo nuestro Salvador, y también los
demás fieles tuviésemos este consuelo, cuando nos aflijan los
trabajos y nos posea la tristeza.
Ilustrados interiormente los tres apóstoles con esta
doctrina, añadió el autor de la vida y les dijo: «Esperadme
aquí, y velad y orad conmigo»10. Que fue enseñarles la
práctica de todo lo que les había prevenido y advertido y que
estuviesen con Él constantes en su doctrina y fe y no se
desviasen a la parte del enemigo, y para conocerle y resistirle
estuviesen atentos y vigilantes, esperando que después de las
ignominias de la Pasión verían la exaltación de su nombre.
Con esto se apartó el Señor de los tres apóstoles algún

9
Cantar de los cantares 8, 7.
10
Mateo 26, 38.

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espacio del lugar de donde los dejó. Y postrado en tierra
sobre su Divino Rostro oró al Padre Eterno, y le dijo: «Padre
mío, si es posible, pase de mí este cáliz»11. Esta oración hizo
Cristo nuestro bien después que bajó del cielo con voluntad
eficaz de morir y padecer por los hombres; después que
despreciando la confusión de su Pasión12 la abrazó de
voluntad y no admitió el gozo de su humanidad; después que
con ardentísimo amor corrió a la muerte, a las afrentas,
dolores y aflicciones; después que hizo tanto aprecio de los
hombres que determinó redimirlos con el precio de su
Sangre. Y cuando con su divina y humana sabiduría, y con su
inextinguible caridad sobrepujaba tanto al temor natural de
la muerte, no parece que sólo Él pudo dar motivo a esta
petición. Así lo he conocido en la luz que se me ha dado de
los ocultos misterios que tuvo esta oración de nuestro
Salvador.
Y para manifestar lo que yo entiendo, advierto que en esta
ocasión entre nuestro Redentor Jesús y el Eterno Padre se
trataba del negocio más arduo que tenía por su cuenta, que
era la Redención humana y el fruto de su Pasión y muerte de
cruz, para la oculta predestinación13 de los santos. Y en esta
oración propuso Cristo nuestro bien sus tormentos, su Sangre
preciosísima y su muerte al Eterno Padre, ofreciéndola de su
parte por todos los mortales, como precio
superabundantísimo para todos y para cada uno de los
nacidos y de los que después habían de nacer hasta el fin del
mundo. Y de parte del linaje humano presentó todos los
pecados, infidelidades, ingratitudes y desprecios que los
malos habían de hacer para malograr su afrentosa muerte y
Pasión, por ellos admitida y padecida, y los que con efecto se
habían de condenar a pena eterna, por no haberse
aprovechado de su clemencia. Y aunque el morir por los
amigos y predestinados era agradable y como apetecible para

11
Mateo 26, 39.
12
Carta a los Hebreos 12, 2.
13
Ordenación de la voluntad divina con que desde la eternidad tiene elegidos
a quienes por medio de la gracia han de lograr la gloria.

Página 8 de 176
nuestro Salvador, pero morir y padecer por la parte de los
réprobos14 era muy amargo y penoso, porque de parte de
ellos no había razón final para sufrir el Señor la muerte. A este
dolor llamó Su Majestad «cáliz», que era el nombre con que
los hebreos significaban lo que era muy trabajoso y grande
pena, como lo significó el mismo Señor hablando con los hijos
del Zebedeo, cuando les dijo si podrían beber el cáliz como
Su Majestad le había de beber15. Y este cáliz fue tanto más
amargo para Cristo nuestro bien, cuanto conoció que su
Pasión y muerte para los réprobos no solo sería sin fruto, sino
que sería ocasión de escándalo16 y redundaría en mayor pena
y castigo para ellos, por haberla despreciado y malogrado.
Entendí, pues, que la oración de Cristo nuestro Señor fue
pedir al Padre pasase de Él aquel cáliz amarguísimo de morir
por los réprobos, y que siendo ya inexcusable la muerte,
ninguno, si era posible, se perdiese, pues la Redención que
ofrecía era superabundante para todos y cuanto era de su
voluntad a todos la aplicaba para que a todos aprovechase, si
era posible, eficazmente y, si no lo era, resignaba su voluntad
santísima en la de su Eterno Padre. Esta oración repitió
nuestro Salvador tres veces por intervalos orando
prolijamente con agonía, como dice San Lucas17, según lo
pedía la grandeza y peso de la causa que se trataba. Y, a
nuestro modo de entender, en ella intervino una como
altercación y contienda entre la humanidad santísima de
Cristo y la divinidad. Porque la humanidad, con íntimo amor
que tenía a los hombres de su misma naturaleza, deseaba que
todos por su Pasión consiguieran la salvación eterna, y la
divinidad representaba que por sus juicios altísimos estaba
fijo el número de los predestinados y, conforme a la equidad
de su justicia, no se debía conceder el beneficio a quien tanto
le despreciaba y de su voluntad libre se hacían indignos de la
vida de las almas, resistiendo a quien se la procuraba y ofrecía.

14
Condenado a las penas eternas.
15
Mateo 20, 22.
16
Primera carta a los Corintios 1, 23.
17
Lucas 22, 43.

Página 9 de 176
Y de este conflicto resultó la agonía de Cristo y la prolija
oración que hizo, alegando el poder de su Eterno Padre, y que
todas las cosas le eran posible a su infinita majestad y
grandeza.
Creció esta agonía en nuestro Salvador con la fuerza de la
caridad y con la resistencia que conocía de parte de los
hombres para lograr en todos su Pasión y muerte, y entonces
llegó a sudar Sangre, con tanta abundancia de gotas muy
gruesas que corría hasta llegar al suelo. Y aunque su oración
y petición fue condicionada y no se le concedió lo que debajo
de condición pedía, porque faltó por los réprobos, pero
alcanzó en ella que los auxilios fuesen grandes y frecuentes
para todos los mortales y que se fuesen multiplicando en
aquellos que los admitiesen y no pusieren óbice, y que los
justos y santos participasen en el fruto de la Redención y con
grande abundancia y les aplicasen muchos dones y gracias de
que los prescitos18 y réprobos se harían indignos. Y
conformándose la voluntad humana de Cristo con la divina
aceptó la Pasión por todos respectivamente: para los
prescitos y réprobos como suficiente y para que se les diesen
auxilios suficientes, si ellos querían aprovecharlos, y para los
predestinados como eficaz, porque ellos cooperarían a la
gracia. Y así quedó dispuesta y como efectuada la salud del
cuerpo místico de la Santa Iglesia, debajo de su cabeza y de
su artífice Cristo nuestro bien.
Y para el lleno de este divino decreto, estando Su Majestad
en la agonía de su oración, tercera vez envió el Eterno Padre
al Santo Arcángel Miguel, que le respondiese y confortase por
medio de los sentidos corporales, declarándole en ellos lo
mismo que el mismo Señor sabía por la ciencia de su
santísima alma, porque nada le pudo decir el ángel que el
Señor no supiera ni tampoco podía obrar en su interior otro
efecto para este intento. Pero, como arriba se ha dicho, tenía
Cristo nuestro bien suspendido el alivio que de su ciencia y
amor podía redundar en su humanidad santísima, dejándola,

18
Condenado a las penas del infierno, réprobo.

Página 10 de 176
en cuanto pasible, a todo padecer en sumo grado, como
después lo dijo en la cruz; y en lugar de este alivio y
confortación recibió alguna con la embajada del Santo
Arcángel por parte de los sentidos, al modo que obra la
ciencia o noticia experimental de lo que antes se sabía por
otra ciencia, porque la experiencia es nueva y mueve los
sentidos y potencias naturales. Y lo que le dijo San Miguel de
parte del Padre Eterno fue representarle e intimarle en el
sentido que no era posible, como Su Majestad sabía, salvarse
los que no querían ser salvos, porque en la aceptación divina
valía mucho el número de los predestinados, aunque fuese
menor que el de los réprobos, y que entre aquéllos estaba su
Madre santísima, que era digno fruto de su Redención, y que
se lograría en los patriarcas, profetas, apóstoles, mártires,
vírgenes y confesores, que serían muy señalados en su amor,
y obrarían cosas admirables para ensalzar el santo nombre del
Altísimo; y entre ellos le nombró el ángel algunos, después de
los apóstoles, como fueron los patriarcas fundadores de las
religiones, con las condiciones de cada uno. Otros grandes y
ocultos sacramentos manifestó o refirió el ángel, que ni es
necesario declararlos, ni tengo orden para hacerlo, porque
basta lo dicho para seguir el discurso de esta Historia.
En los intervalos de esta oración que hizo nuestro
Salvador, dicen los evangelistas19 que volvió a visitar a los
apóstoles y a exhortarlos que velasen y orasen y no entrasen
en tentación. Esto hizo el vigilantísimo Pastor, para dar forma
a los prelados de su Iglesia del cuidado y gobierno que han
de tener de sus ovejas, porque si para cuidar de ellas dejó
Cristo Señor nuestro la oración, que tanto importaba, dicho
está lo que deben hacer los prelados, posponiendo otros
negocios e intereses a la salvación de sus súbditos. Y para
entender la necesidad que tenían los apóstoles, advierto que
el Dragón infernal, después que arrojado del cenáculo estuvo
algún tiempo oprimido en las cavernas del profundo, dio el
Señor permiso para que saliese por lo que había de servir su

19
Mateo 26, 41; Marcos 14, 38; Lucas 22, 46.

Página 11 de 176
malicia a la ejecución de los decretos del Señor. Y de golpe
fueron muchos a embestir a Judas Iscariote para impedir la
venta, en la forma que se ha declarado. Y como no le pudieron
disuadir, se convirtieron contra los demás apóstoles,
sospechando que en el cenáculo habían recibido algún favor
grande de su Maestro, y lo deseaba rastrear Lucifer, para
conocerlo y destruirlo si pudiera. Esta crueldad y furor del
príncipe de las tinieblas y de sus ministros vio nuestro
Salvador, y como Padre amantísimo y prelado vigilante
acudió a prevenir los hijos pequeñuelos y súbditos
principiantes, que eran sus apóstoles, y los despertó y mandó
que orasen y velasen contra sus enemigos, para que no
entrasen en la tentación que ocultamente los amenazaba y
ellos no prevenían ni advertían.
Volvió, pues, a donde estaban los tres apóstoles, que por
más favorecidos tenían más razones que los obligasen a estar
en vela y a imitar a su divino Maestro, pero los halló
durmiendo, a que se dejaron vencer del tedio y tristeza que
padecían y con ella vinieron a caer en aquella negligencia y
tibieza de espíritu, en que los venció el sueño y pereza. Y antes
de hablarles ni despertarles estuvo Su Majestad mirándolos y
lloró un poco sobre ellos, viéndolos por su negligencia y
tibieza sepultados y oprimidos de aquella sombra de la
muerte, en ocasión que Lucifer se desvelaba tanto contra
ellos. Habló con Pedro y le dijo: «”Simón, ¿así duermes y no
pudiste velar una hora conmigo?”. Y luego replicó a él y a los
demás y les dijo: “Velad y orad, para que no entréis en
tentación”»20; que mis enemigos y los vuestros no se duermen
como vosotros. La razón porque reprendió a Pedro no solo
fue porque él era cabeza y elegido para prelado de todos y
porque entre ellos se había señalado en las protestas y
esfuerzos de que moriría por el Señor y no le negaría, cuando
todos los demás escandalizados le dejasen y negasen, sino
que también le reprendió, porque con aquellos propósitos y
ofrecimientos, que entonces hizo de corazón, mereció ser

20
Marcos 14, 37-38.

Página 12 de 176
reprendido y advertido entre todos; porque sin duda el Señor
a los que ama corrige y los buenos propósitos siempre le
agradan, aunque después en la ejecución desfallezcamos,
como le sucedió al más fervoroso de los apóstoles, Pedro, la
tercera vez que volvió Cristo nuestro Redentor a despertar a
todos los apóstoles, cuando ya Judas Iscariote venía cerca a
entregarle a sus enemigos, como diré más adelante.
Volvamos al cenáculo, donde estaba la Señora de los
cielos retirada con las mujeres santas que le acompañaban y
mirando con suma claridad en la divina luz todas las obras y
misterios de su Hijo santísimo en el huerto, sin ocultársele
cosa alguna. Al mismo tiempo que se retiró el Señor con los
tres apóstoles, Pedro, Juan y Santiago, se retiró la divina Reina
de la compañía de las mujeres a otro aposento y, dejando a
las demás y exhortándolas a que orasen y velasen para no
caer en tentación, llevó consigo a las tres Marías, señalando a
María Magdalena como por superiora de las otras. Y estando
con las tres, como más familiares suyas, suplicó al Eterno
Padre que se suspendiese en ella todo el alivio y consuelo que
podía impedir, en la parte sensitiva y en el alma, el sumo
padecer con su Hijo santísimo y a su imitación, y que en su
virginal cuerpo participase y sintiese los dolores de las llagas
y tormentos que el mismo Jesús había de padecer. Esta
petición aprobó la Beatísima Trinidad, y sintió la Madre los
dolores de su Hijo santísimo respectivamente, como adelante
diré. Y aunque fueron tales que con ellos pudiera morir
muchas veces si la diestra del Altísimo con milagro no la
preservara, pero por otra parte estos dolores dados por la
mano del Señor fueron como fiadores y alivio de su vida,
porque en su ardiente amor tan sin medida fuera más violenta
la pena de ver padecer y morir a su Hijo benditísimo y no
padecer con Él las mismas penas respectivamente.
A las tres Marías señaló la Reina para que en la Pasión la
acompañasen y asistiesen, y para esto fueron ilustradas con
mayor gracia y luz de los misterios de Cristo que las otras
mujeres. Y retirándose con las tres comenzó la purísima
Madre a sentir nueva tristeza y congojas y hablando con ellas

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les dijo: «Mi alma está triste, porque ha de padecer y morir mi
amado Hijo y Señor y no he de morir yo con Él y sus
tormentos. Orad, amigas mías, para que no os comprenda la
tentación». Y dichas estas razones, se alejó de ellas un poco
y, acompañando la oración que hacía nuestro Salvador en el
huerto, hizo la misma súplica, como a ella le tocaba y
conforme a lo que conocía de la voluntad humana de su Hijo
santísimo, y volviendo por los mismos intervalos a exhortar a
las tres mujeres, porque también conoció la indignación del
Dragón contra ellas, continuó la oración y petición y sintió
otra agonía como la del Salvador. Lloró la reprobación de los
prescitos, porque se le manifestaron grandes sacramentos de
la eterna predestinación y reprobación [hay predestinación a
la gloria, pero no hay predestinación previa y antecedente al
infierno. Los que se condenan lo hacen por su propia culpa].
Y para imitar en todo al Redentor del mundo y cooperar con
Él, tuvo la gran Señora otro sudor de sangre semejante al de
Cristo nuestro Señor, y por disposición de la Beatísima
Trinidad le fue enviado el Arcángel San Gabriel que la
confortase, como San Miguel a nuestro Salvador Jesús. Y el
santo príncipe la propuso y declaró la voluntad del Altísimo,
con las mismas razones que San Miguel habló a su Hijo
santísimo, porque en entrambos era una misma la petición y
la causa del dolor y tristeza que padecieron; y así fueron
semejantes en el obrar y conocer, con la proporción que
convenía. Entendí en esta ocasión, que la prudentísima
Señora estaba prevenida de algunos paños para lo que en la
Pasión de su amantísimo Hijo le había de suceder y entonces
envió algunos de sus ángeles con una toalla al huerto, donde
el Señor estaba sudando Sangre, para que le enjugasen y
limpiasen su Venerable Rostro, y así lo hicieron los ministros
del Altísimo, que por el amor de Madre y por su mayor
merecimiento condescendió Su Majestad a este piadoso y
tierno afecto. Cuando llegó la hora de prender a nuestro
Salvador, se lo declaró la dolorosa Madre a las tres Marías y
todas se lamentaban con amarguísimo llanto, señalándose la

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Magdalena como más inflamada en el amor y piedad
fervorosa.

La entrega y Prendimiento de nuestro Salvador


por la traición de Judas Iscariote, y lo que en
esta ocasión hizo María santísima y algunos
misterios de este paso

Al mismo tiempo que nuestro Salvador Jesús estaba en el


monte de los Olivos orando a su Eterno Padre y solicitando la
salud espiritual de todo el linaje humano, el pérfido discípulo
Judas Iscariote apresuraba su prisión y entrega a los pontífices
y fariseos. Y como Lucifer y sus demonios no pudieron
disuadir aquellas perversas voluntades de Judas Iscariote y los
demás del intento de quitar la vida a su Hacedor y Maestro,
mudó el ingenio su antigua soberbia, añadiendo nueva
malicia, y administró impías sugestiones a los judíos para que
con mayor crueldad y torpísimas injurias atormentasen a
Cristo. Estaba ya el Dragón infernal muy lleno de sospechas,
como hasta ahora he dicho, que aquel Hombre tan nuevo era
el Mesías y Dios verdadero, y quería hacer nuevas pruebas y
experiencias de esta sospecha por medio de las atrocísimas
injurias que puso en la imaginación de los judíos y sus
ministros contra el Señor, comunicándoles también su
formidable envidia y soberbia, como lo dejó escrito Salomón
en la Sabiduría21 y se cumplió a la letra en esta ocasión.
Porque le pareció a el demonio que si Cristo no era Dios, sino
puro hombre, desfallecería en la persecución y tormentos y
así le vencería, y si lo era, lo manifestaría librándose de ellos
y obrando nuevas maravillas.
Con esta impía temeridad se movió también la envidia de
los pontífices y escribas y con la instancia de Judas Iscariote
juntaron con presteza mucha gente, para que llevándole por
caudillo, él y los soldados gentiles, un tribuno y otros muchos
judíos fuesen a prender al inocentísimo Cordero que estaba
esperando el suceso y mirando los pensamientos y estudio de

21
Sabiduría 2, 17-18.

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los sacrílegos pontífices, como lo había profetizado22 Jeremías
expresamente. Salieron todos estos ministros de maldad de
la ciudad hacia el monte de los Olivos, armados y prevenidos
de sogas y de cadenas, con hachas encendidas y linternas,
como el autor de la traición lo había prevenido, temiendo
como alevoso y pérfido que su mansísimo Maestro, a quien
juzgaba por hechicero y mago, no hiciese algún milagro con
que escapársele. Como si contra su divina omnipotencia
valieran las armas y prevenciones de los hombres si quisiera
usar de ella como pudiera y como lo había hecho en otras
ocasiones, antes que llegara aquella hora determinada para
entregarse de su voluntad a la Pasión, afrentas y muerte de
cruz.
En el ínterin que llegaban, volvió Su Majestad tercera vez
a sus discípulos y hallándolos dormidos les dijo: «Bien podéis
dormir y descansar, que ya llegó la hora en que veréis al Hijo
del hombre entregado en manos de los pecadores. Pero
basta; levantaos, y vamos, que ya está cerca el que me ha de
entregar, porque me tiene ya vendido»23. Estas razones dijo
el Maestro de la santidad a los tres apóstoles más
privilegiados, sin reprenderlos con más rigor, sino con suma
paciencia, mansedumbre y suavidad. Y hallándose confusos,
dice el texto que no sabían qué responder al Señor24. Se
levantaron luego y volvió con los tres a juntarse con los otros
ocho donde los había dejado y también los halló durmiendo,
vencidos y oprimidos del sueño por la gran tristeza que
padecían. Y ordenó el divino Maestro que todos juntos
debajo de su cabeza, en forma de congregación y de un
cuerpo místico, saliesen al encuentro de los enemigos;
enseñándoles en esto la virtud de una comunidad perfecta
para vencer al demonio y sus secuaces y no ser vencida de él,
porque el cordel tresdoblado, como dice el Eclesiastés25, difícil
es de romper, y al que contra uno es poderoso dos le podrán

22
Jeremías 11, 19.
23
Marcos 14, 41-42.
24
Marcos 14, 40.
25
Eclesiastés 4, 12.

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resistir, que este es el emolumento de vivir en compañía de
otros. Amonestó de nuevo el Señor a todos los apóstoles
juntos y los previno para el suceso, y luego se descubrió el
estrépito de los soldados y ministros que venían a prenderle.
Y Su Majestad adelantó el paso para salirles al encuentro y en
su interior, con incomparable afecto, valor majestuoso y
deidad suprema, habló y dijo: «Pasión deseada de mi alma,
dolores, llagas, afrentas, penalidades, aflicciones y muerte
ignominiosa, llegad, llegad presto, que el incendio del amor
que tengo a la salvación de los mortales os aguarda; llegad al
inocente entre las criaturas, que conoce vuestro valor y os ha
buscado, deseado y solicitado y os recibe de su propia
voluntad con alegría; os he comprado con mis ansias de
poseeros y os aprecio por lo que merecéis. Quiero remediar y
acreditar vuestro desprecio, levantándoos al lugar y dignidad
muy eminente. Venga la muerte, para que admitiéndola sin
merecerla, alcance de ella el triunfo y merecer la vida de los
que la recibieron por castigo del pecado. Permito que me
desamparen mis amigos, porque Yo solo quiero y puedo
entrar en la batalla, para ganarles a todos el triunfo y la
victoria».
Entre estas y otras razones que decía el Autor de la vida,
se adelantó Judas Iscariote para dar a sus ministros la seña
con que los dejaba prevenidos, que su Maestro era AQUEL a
quien él se llegase a saludarle, dándole el ósculo fingido de
paz que acostumbraba, que le prendiesen luego y no a otro
por yerro. Hizo todas estas prevenciones el infeliz discípulo,
no solo por la avaricia del dinero y por el odio que contra su
divino Maestro había concebido, sino también por el temor
que tuvo. Porque le pareció al desdichado, que si Cristo
nuestro bien no muriera en aquella ocasión, era inexcusable
volver a su presencia y ponerse en ella; y temiendo esta
confusión más que la muerte del alma y que la de su divino
Maestro, deseaba, para no verse en aquella vergüenza,
apresurar el fin de su traición y que el Autor de la vida muriese
a manos de sus enemigos. Llegó, pues, el traidor al mansísimo
Señor y como insigne artífice de la hipocresía, disimulándose

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enemigo, le dio paz en el rostro y le dijo: «Dios te salve,
Maestro»26; y en esta acción tan alevosa se acabó de
sustanciar el proceso de la perdición de Judas Iscariote y se
justificó últimamente la causa de parte de Dios, para que
desde entonces más le desamparase la gracia y sus auxilios.
De parte del pérfido discípulo llegó la desmesura y temeridad
contra Dios a lo sumo de la malicia, porque, negando
interiormente o descreyendo la sabiduría increada y creada
que Cristo nuestro Señor tenía para conocer su traición y el
poder para aniquilarle, pretendió ocultar su maldad con
fingida amistad de discípulo verdadero, y esto para entregar
a tan afrentosa muerte y crueldades a su Criador y Maestro,
de quien se hallaba tan obligado y beneficiado. Y en una
traición encerró tantos pecados y tan formidables, que no hay
ponderación igual a su malicia, porque fue infiel, homicida,
sacrílego, ingrato, inhumano, inobediente, falso, mentiroso,
codicioso, impío y maestro de todos los hipócritas, y todo lo
ejecutó con la persona del mismo Dios humanado.
De parte del Señor se justificó también su inefable
misericordia y equidad de su justicia, con que cumplió con
eminencia aquellas palabras de David27: «Con los que
aborrecieron la paz, era Yo pacífico; y cuando les hablaba, me
impugnaban de balde y sin causa». Y esto lo cumplió Su
Majestad tan altamente, que al contacto de Judas Iscariote y
con aquella dulcísima respuesta que le dijo: «Amigo, ¿a qué
viniste?»28, por intercesión de su Madre santísima envió al
corazón del traidor discípulo nueva y clarísima luz, con que
conoció la maldad atrocísima de su traición y las penas que
por ella le esperaban, si no se retractaba con verdadera
penitencia y que, si la quería hacer, hallaría misericordia y
perdón en la divina clemencia. Y lo que en estas palabras de
Cristo nuestro bien entendió Judas Iscariote fue como si le
pusiera estas en el corazón: Amigo, advierte que te pierdes y
malogras mi liberal mansedumbre con esta traición. Si quieres

26
Marcos 14, 45.
27
Salmo 120, 7.
28
Mateo 26, 50.

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mi amistad, no te la negaré por esto, como [si] te duelas de
tu pecado. Pondera tu temeridad, entregándome con fingida
paz y ósculo de reverencia y amistad. Acuérdate de los
beneficios que de mi amor has recibido y que soy Hijo de la
Virgen, de quien también has sido muy regalado y favorecido
en mi apostolado con amonestaciones y consejos de amorosa
madre. Por ella sola debías no cometer tal traición como
venderle y entregar a su Hijo, pues nunca te desobligó, ni lo
merece su dulcísima caridad y mansedumbre, ni que le hagas
tan desmedida ofensa. Pero aunque la has cometido no
desprecies su intercesión, que sola ella será poderosa
conmigo, y por ella te ofrezco el perdón y la vida que para ti
muchas veces me ha pedido. Asegúrate que te amamos,
porque estás aún en lugar de esperanza y no te negaremos
nuestra amistad si tú la quieres. Y si no, merecerás nuestro
aborrecimiento y tu eterna pena y castigo [en el infierno]. No
prendió esta semilla tan divina en el corazón de este
desdichado e infeliz discípulo, más duro que un diamante y
más inhumano que de fiera, y resistiendo a la divina clemencia
llegó a la desesperación que diré en el capítulo siguiente.
Dada la señal del ósculo por Judas Iscariote, llegaron a
carearse el Autor de la vida y sus discípulos con la tropa de
los soldados que venían a prenderle, y se presentaron cara a
cara, como dos escuadrones los más opuestos y encontrados
que jamás hubo en el mundo. Porque de la una parte estaba
Cristo nuestro Señor, Dios y Hombre verdadero, como capitán
y cabeza de todos los justos, acompañado de once apóstoles,
que eran y habían de ser los mejores hombres y más
esforzados de su Iglesia, y con ellos le asistían innumerables
ejércitos de espíritus angélicos que admirados del
espectáculo le bendecían y adoraban. De la otra parte venía
Judas Iscariote como autor de la traición, armado de la
hipocresía y de toda maldad, con muchos ministros judíos y
gentiles, para ejecutarla con mucha crueldad. Y entre este
escuadrón venía Lucifer con gran número de demonios,
incitando y adiestrando a Judas Iscariote y a sus aliados, para
que intrépidos echasen sus manos sacrílegas en su Criador.

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Habló con los soldados Su Majestad y con increíble afecto al
padecer y grande esfuerzo y autoridad les dijo: «¿A quién
buscáis?». Respondieron ellos: «A Jesús Nazareno». Replicó el
Señor, y dijo: «Yo soy»29. En esta palabra de incomparable
precio y felicidad para el linaje humano se declaró Cristo por
nuestro Salvador y Reparador, dándonos prendas ciertas de
nuestro remedio y esperanzas de salvación eterna, que sólo
estaba librada en que fuese Su Majestad quien se ofrecía de
voluntad a redimirnos con su Pasión y muerte.
No pudieron entender este misterio los enemigos, ni
percibir el sentido legítimo de aquella palabra: «Yo soy»; pero
le entendió su beatísima Madre, los ángeles y también
entendieron mucho los apóstoles. Y fue como decir: «Yo soy
el que soy», y lo dije a mi profeta Moisés30, porque soy por Mí
mismo y todas las criaturas tienen por Mí su ser y existencia;
soy eterno, inmenso, infinito, una sustancia y atributos, y me
hice Hombre ocultando mi gloria, para que, por medio de la
Pasión y muerte que me queréis dar, redimiese al mundo. Y
como el Señor dijo aquella palabra en virtud de su divinidad,
no la pudieron resistir los enemigos, y al entrar en sus oídos
cayeron todos en tierra de cerebro y hacia atrás. Y no solo
fueron derribados los soldados, sino también los perros que
llevaban y algunos caballos en que iban, todos cayeron en
tierra, quedando inmóviles como piedras. Y Lucifer con sus
demonios también fueron derribados y aterrados entre los
demás, padeciendo nueva confusión y tormento. Y de esta
manera estuvieron casi medio cuarto de hora, sin movimiento
de vida más que si fueran muertos. ¡Oh palabra misteriosa en
la doctrina y más que invencible en el poder! No se gloríe en
tu presencia el sabio en su sabiduría y astucia, no el poderoso
en su valentía31, humíllese la vanidad y arrogancia de los hijos
de Babilonia, pues una sola palabra de la boca del Señor,
dicha con tanta mansedumbre y humildad, confunde, aniquila
y destruye todo el poder y arrogancia de los hombres y del

29
Juan 18, 4-5.
30
Éxodo 3, 14.
31
Jeremías 9, 23.

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infierno. Entendamos también los hijos de la Iglesia que las
victorias de Cristo se alcanzan confesando la verdad, dando
lugar a la ira, profesando su mansedumbre y humildad de
corazón, venciendo, siendo vencidos, con sinceridad de
palomas, con pacificación y rendimiento de ovejas, sin
resistencia de lobos iracundos y carniceros.
Estuvo nuestro Salvador con los once apóstoles mirando
el efecto de su divina palabra en la ruina de aquellos ministros
de maldad. Y Su Majestad divina, con semblante doloroso
contempló en ellos el retrato del castigo de los réprobos y
oyó la intercesión de su Madre santísima para dejarlos
levantar, que por este medio lo tenía dispuesto su divina
voluntad. Y cuando fue tiempo de que volviesen en sí, oró al
Eterno Padre y dijo: «Padre mío y Dios eterno, en mis manos
pusiste todas las cosas y en mi voluntad la Redención humana
que tu justicia pide. Yo quiero con plenitud de toda mi
voluntad satisfacerla y entregarme a la muerte, para
merecerles a mis hermanos la participación de tus tesoros y
eterna felicidad que les tienes preparada». Con esta voluntad
eficaz dio permiso el Muy Alto para que toda aquella canalla
de hombres, demonios y los demás animales, se levantasen
restituidos al primer estado que tenían antes que cayeran en
tierra. Y nuestro Salvador les dijo segunda vez: «¿A quién
buscáis?». Respondieron ellos otra vez: «A Jesús Nazareno».
Replicó Su Majestad mansísimamente: «Ya os he dicho que
Yo soy; y si me buscáis a Mí, dejad ir libres a éstos que están
conmigo»32. Y con estas palabras dio licencia a los ministros
y soldados para que le prendiesen y ejecutasen su
determinación, que sin entenderlo ellos era cargar en su
persona divina todos nuestros dolores y enfermedades33.
El primero que se adelantó descomedidamente a echar
mano del Autor de la vida para prenderlo, fue un criado de
los pontífices llamado Malco. Y aunque todos los apóstoles
estaban turbados y afligidos del temor, con todo eso Pedro
se encendió más que los otros en el celo de la honra y defensa

32
Juan 18, 7-8.
33
Isaías 53, 4.

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de su divino Maestro. Y sacando un terciado [espada] que
tenía le tiró un golpe a Malco y le cercenó una oreja
derribándosela del todo. Y el golpe fue encaminado a mayor
herida, si la Providencia Divina del Maestro de la paciencia y
mansedumbre no le divirtiera. Pero no permitió Su Majestad
que en aquella ocasión interviniese muerte de otro alguno
más que la suya y sus llagas, Sangre y dolores, cuando a
todos, si la admitieran, venía a dar la vida eterna y rescatar el
linaje humano. Ni tampoco era según su voluntad y doctrina
que su persona fuese defendida con armas ofensivas, ni
quedase este ejemplar en su Iglesia, como de principal
intento para defenderla. Y para confirmar esta doctrina, como
la había enseñado, tomó la oreja cortada y se la restituyó al
siervo Malco, dejándosela en su lugar con perfecta sanidad
mejor que antes. Y primero se volvió a reprender a Pedro y le
dijo: «Vuelve la espada a su lugar, porque todos los que la
tomaron para matar, con ella perecerán. ¿No quieres que
beba Yo el cáliz que me dio mi Padre? ¿Y piensas tú que no le
puedo Yo pedir muchas legiones de ángeles en mi defensa, y
me los daría luego? Pero ¿cómo se cumplirán las Escrituras y
profecías?»34.
Con esta amorosa corrección quedó advertido e ilustrado
Pedro, como cabeza de la Iglesia, que sus armas para
establecerla y defenderla habían de ser de potestad espiritual
y que la Ley del Evangelio no enseñaba a pelear ni vencer con
espadas materiales, sino con la humildad, paciencia,
mansedumbre y caridad perfecta, venciendo al demonio, al
mundo y a la carne; que mediante estas victorias triunfa la
virtud divina de sus enemigos y de la potencia y astucia de
este mundo; y que el ofender y defenderse con armas no es
para los seguidores de Cristo nuestro Señor, sino para los
príncipes de la tierra, por las posesiones terrenas, y el cuchillo
de la Santa Iglesia ha de ser espiritual, que toque a las almas
antes que a los cuerpos. Luego se volvió Cristo nuestro Señor
a sus enemigos y ministros de los judíos y les habló con

34
Juan 18, 11; Mateo 26, 52-54.

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grandeza de majestad y les dijo: «Como si fuera ladrón venís
con armas y con lanzas a prenderme, y nunca lo habéis hecho
cuando estaba cada día con vosotros, enseñando y
predicando en el Templo; pero esta es vuestra hora y el poder
de las tinieblas»35. Todas las palabras de nuestro Salvador
eran profundísimas en los misterios que encerraban, y no es
posible comprenderlos todos ni declararlos, en especial las
que habló en la ocasión de su Pasión y muerte.
Bien pudieran aquellos ministros del pecado ablandarse y
confundirse con esta reprensión del divino Maestro, pero no
lo hicieron, porque eran tierra maldita y estéril, desamparada
del rocío de las virtudes y piedad verdadera. Pero con todo
eso, quiso el autor de la vida reprenderles y enseñarles la
verdad hasta aquel punto, para que su maldad fuese menos
excusable y porque en la presencia de la suma santidad y
justicia no quedasen sin reprensión y doctrina aquel pecado
y pecados que cometían y que no volviesen sin medicina para
ellos, si la querían admitir, y para que junto con esto se
conociera que Él sabía todo lo que había de suceder y se
entregaba de su voluntad a la muerte y en manos de los que
se la procuraban. Para todo esto y otros fines altísimos dijo
Su Majestad aquellas palabras, hablándoles al corazón, como
quien le penetraba y conocía su malicia y el odio que contra
Él habían concebido y la causa de su envidia, que era haberles
reprendido los vicios a los sacerdotes y fariseos y haber
enseñado al pueblo la verdad y el camino de la vida eterna, y
porque con su doctrina, ejemplo y milagros se llevaba la
voluntad de todos los humildes y piadosos y reducía a
muchos pecadores a su amistad y gracia; y quien tenía
potencia para obrar estas cosas en lo público, claro estaba
que la tuviera para que sin su voluntad no le pudieran prender
en el campo, pues no le habían preso en el Templo ni en la
ciudad donde predicaba, porque Él mismo no quería ser
preso entonces, hasta que llegase la hora determinada por su
voluntad para dar este permiso a los hombres y a los

35
Mateo 26, 55; Marcos 14, 48-50; Lucas 22, 53.

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demonios. Y porque entonces se le había dado para ser
abatido, afligido, maltratado y preso, por eso les dijo: «… esta
es vuestra hora y el poder de las tinieblas». Como si les dijera:
Hasta ahora ha sido necesario que estuviera con vosotros
como Maestro para vuestra enseñanza y por eso no he
consentido que me quitéis la vida. Pero ya quiero consumar
con mi muerte la obra de la Redención humana que me ha
encomendado mi Padre Eterno, y así os permito que me
llevéis preso y ejecutéis en Mí vuestra voluntad. Con esto le
prendieron, embistiendo como tigres inhumanos al
mansísimo Cordero y le ataron y aprisionaron con sogas y
cadenas, y así le llevaron a casa del pontífice, como adelante
diré.
A todo lo que sucedía en la prisión de Cristo nuestro bien
estaba atentísima su purísima Madre con la visión clara que
se le manifestaba, más que si estuviera presente con el
cuerpo, que con la inteligencia penetraba todos los
sacramentos que encerraban las palabras y obras que su Hijo
santísimo ejecutaba. Y cuando vio que partía de casa del
pontífice aquel escuadrón de soldados y ministros, previno la
prudentísima Señora las irreverencias y desacatos con que
tratarían a su Criador y Redentor, y para recompensarlas en la
forma que su piedad alcanzó, convidó a sus santos ángeles y
a otros muchos para que todos juntos con ella diesen culto
de adoración y alabanza al Señor de las criaturas, en vez de
las injurias y denuestos36 con que había de ser tratado de
aquellos malos ministros de tinieblas. El mismo aviso dio a las
mujeres santas que con ella estaban orando, y las manifestó
cómo en aquella hora su Hijo santísimo había dado permiso
a sus enemigos para que le prendiesen y maltratasen, y que
se iba ejecutando con lamentable impiedad y crueldad de los
pecadores. Y con la asistencia de los santos ángeles y mujeres
piadosas hizo la religiosa Reina admirables actos de fe, amor
y religión interior y exteriormente, confesando, adorando,
alabando y magnificando la divinidad infinita y la humanidad

36
Injuria grave de palabra o por escrito.

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santísima de su Hijo y su Criador. Las mujeres santas la
imitaban en las genuflexiones y postraciones que hacía, y los
príncipes la respondían a los cánticos con que magnificaba y
confesaba el ser divino y humano de su amantísimo Hijo. Y al
paso que los hijos de la maldad le iban ofendiendo con
injurias e irreverencias, lo iba ella recompensando con loores
y veneración. Y de camino aplacaba a la divina justicia para
que no se indignase contra los perseguidores de Cristo y los
destruyese, porque sólo María santísima pudo detener el
castigo de aquellas ofensas.
Y no solo pudo aplacar la gran Señora el enojo del justo
Juez, sino que también pudo alcanzar favores y beneficios
para los mismos que le irritaban y que la divina clemencia les
diese bien por mal, cuando ellos daban a Cristo nuestro Señor
mal por bien en retribución de su doctrina y beneficios. Esta
misericordia llegó a lo sumo en el desleal y obstinado Judas
Iscariote; porque viendo la piadosa Madre que le entregaba
con el ósculo de fingida amistad y que en aquella inmudísima
boca había estado poco antes el mismo Señor sacramentado
y entonces se le daba consentimiento para que con ella
llegase a tocar inmediatamente el Venerable Rostro de su Hijo
santísimo, traspasada de dolor y vencida de la caridad, le
pidió al mismo Señor diese nuevos auxilios a Judas Iscariote,
para que, si él los admitiese, no se perdiese quien había
llegado a tal felicidad como tocar en aquel modo la cara en
que desean mirarse los mismos ángeles. Y por esta petición
de María santísima envió su Hijo y Señor aquellos grandes
auxilios que recibió el traidor Judas Iscariote, como queda
dicho, en lo último de su traición y entrega. Y si el desdichado
los admitiera y comenzara a responder a ellos, esta Madre de
misericordia muchos más le alcanzara y finalmente el perdón
de su maldad, como lo hace con otros grandes pecadores que
a ella le quieren dar esta gloria y para sí granjean la eterna.
Pero Judas Iscariote no alcanzó esta ciencia y lo perdió todo,
como diré en el capítulo siguiente.
Cuando vio también la gran Señora que en virtud de la
divina palabra cayeron en tierra todos los ministros y

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soldados que le venían a prender, hizo con los ángeles otro
cántico misterioso, engrandeciendo el poder infinito y la
virtud de la humanidad santísima, y renovando en él la
victoria que tuvo el nombre del Altísimo, anegando en el mar
Rubro a Faraón y sus tropas y alabando a su Hijo y Dios
verdadero, porque siendo Señor de los ejércitos y victorias, se
quería entregar a la Pasión y muerte, para rescatar por más
admirable modo al linaje humano de la cautividad de Lucifer.
Y luego pidió al Señor que dejase levantar y volver en sí
mismos a todos aquellos que estaban derribados y aterrados.
Y se movió a esta petición, por su liberalísima piedad y
fervorosa compasión que tuvo de aquellos hombres criados
por la mano del Señor a imagen y semejanza suya; lo otro,
por cumplir con eminencia la ley de la caridad en perdonar a
los enemigos y hacer bien a los que nos persiguen, que era la
doctrina37 enseñada y practicada por su mismo Hijo y
Maestro; y finalmente, porque sabía que se habían de cumplir
las profecías y Escrituras en el misterio de la Redención
humana. Y aunque todo esto era infalible, no por eso implica
que no lo pidiese María santísima y que por sus ruegos no se
moviese el Altísimo para estos beneficios, porque en la
sabiduría infinita y decretos de su voluntad eterna todo
estaba previsto y ordenado por estos medios o peticiones, y
este modo era el más conveniente a la razón y Providencia del
Señor, en cuya declaración no es necesario detenerme ahora.
Al punto que prendieron y ataron a nuestro Salvador, sintió la
purísima Madre en sus manos los dolores de las sogas y
cadenas, como si con ellas fuera atada y constreñida, y lo
mismo sucedió de los golpes y tormentos que iba recibiendo
el Señor, porque se le concedió a su Madre este favor, como
arriba queda dicho, y veremos en el discurso de la Pasión. Y
esta pena en lo sensitivo fue algún alivio en la del alma, que
le diera el amor si no padeciera con su Hijo santísimo por
aquel modo.

37
Mateo 5, 44.

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La fuga y división de los apóstoles con la
prisión de su Maestro, la noticia que tuvo su
Madre santísima y lo que hizo en esta ocasión,
la condenación de Judas Iscariote y turbación
de los demonios con lo que iban conociendo

Ejecutada la prisión de nuestro Salvador Jesús como


queda dicho, se cumplió el aviso que a los apóstoles había
dado en la cena, que aquella noche padecerían todos gran
escándalo sobre su persona38 y que Satanás los acometería
para zarandearlos como al trigo39. Porque cuando vieron
prender y atar a su divino Maestro y que ni su mansedumbre
y palabras tan dulces y poderosas, ni sus milagros y doctrina
sobre tan inculpable conversación de vida no habían podido
aplacar la ira de los ministros, ni templar la envidia de los
pontífices y fariseos, quedaron muy turbados los afligidos
apóstoles. Y con el natural temor se acobardaron, perdiendo
el ánimo y el consejo de su Maestro, y comenzando a vacilar
en la fe cada uno de ellos imaginaba cómo se pondría en
salvo del peligro que los amenazaba, viendo lo que con su
Maestro y Capitán iba sucediendo. Y como todo aquel
escuadrón de soldados y ministros acometió a prender y
encadenar al mansísimo Cordero Jesús, con quien todos
estaban irritados y ocupados, entonces los apóstoles,
aprovechando la ocasión, huyeron sin ser vistos ni atendidos
de los judíos; que cuanto era de su parte, si lo permitiera el
Autor de la vida, sin duda prendieran a todo el apostolado y
más viéndolos huir como cobardes o reos, pero no convenía
que entonces fueran presos y padecieran. Y esta voluntad
manifestó nuestro Salvador cuando dijo que si buscaban a Su
Majestad dejasen ir libres a los que le acompañaban40, y así
lo dispuso con la fuerza de su Divina Providencia. Pero el odio
de los pontífices y fariseos también se extendía contra los
apóstoles, para acabar con todos ellos si pudieran, y por eso

38
Mateo 26, 31.
39
Lucas 22, 31.
40
Juan 18, 8.

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le preguntó el pontífice Anás al Divino Maestro por sus
discípulos y doctrina41.
Anduvo también Lucifer en esta fuga de los apóstoles, ya
alucinado y perplejo, ya redoblando la malicia con varios
fines. Por una parte deseaba extinguir la doctrina del Salvador
del mundo y a todos sus discípulos, para que no quedara
memoria de ellos, y para esto era conforme a su deseo que
fuesen presos y muertos por los judíos. Y este acuerdo no le
pareció fácil de conseguir al demonio y reconociendo la
dificultad procuró incitar a los apóstoles y turbarlos con
sugestiones, para que huyesen y no viesen la paciencia de su
Maestro en la Pasión, ni fuesen testigos de lo que en ella
sucediese. Temió el astuto Dragón que con la nueva doctrina
y ejemplo quedarían los apóstoles más confirmados y
constantes en la fe y resistirían a las tentaciones que contra
ella les arrojaba, y le pareció que si entonces comenzasen a
titubear los derribaría después con nuevas persecuciones que
les levantaría por medio de los judíos, que siempre estarían
prontos para ofenderles por la enemistad contra su Maestro.
Con este mal consejo se engañó a sí mismo el demonio, y
cuando conoció que los apóstoles estaban tímidos, cobardes
y muy caídos de corazón con la tristeza, juzgó este enemigo
que aquella era la peor disposición de la criatura y para sí la
mejor ocasión de tentarlos y les acometió con rabioso furor
proponiéndoles grandes dudas y recelos contra el Maestro de
la vida y que le desamparasen y huyesen. Y en cuanto a la
fuga no resistieron como en muchas de las sugestiones falsas
contra la fe, aunque también desfallecieron en ella unos más
y otros menos, porque en esto no fueron todos igualmente
turbados ni escandalizados.
Se dividieron unos de otros huyendo a diferentes partes,
porque todos juntos era dificultoso ocultarse, que era lo que
entonces pretendían. Sólo Pedro y Juan se juntaron para
seguir de lejos a su Dios y Maestro hasta ver el fin de su
Pasión. Pero en el interior de cada uno de los once apóstoles

41
Juan 18, 19.

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pasaba una contienda de sumo dolor y tribulación, que les
prensaba el corazón sin dejarles consuelo ni descanso alguno.
Peleaban de una parte la razón, la gracia, la fe, el amor y la
verdad; de otra las tentaciones, sospechas, temor y natural
cobardía y tristeza. La razón y la luz de la verdad les
reprendían su inconstancia y deslealtad en haber
desamparado a su Maestro, huyendo como cobardes del
peligro, después de estar avisados y haberse ofrecido ellos
tan poco antes a morir con Él si fuera necesario. Se acordaban
de su negligente inobediencia y descuido en orar y prevenirse
contra las tentaciones, como su mansísimo Maestro se lo
había mandado. El amor que le tenían por su amable
conversación y dulce trato, por su doctrina y maravillas, y el
acordarse que era Dios verdadero, les animaba y movía para
que volviesen a buscarle y se ofreciesen al peligro y a la
muerte como fieles siervos y discípulos. A esto se juntaba
acordarse de su Madre santísima y considerar su dolor
incomparable y la necesidad que tendría de consuelo, y
deseaban ir a buscarle y asistirle en su trabajo. Por otra parte
pugnaban en ellos la cobardía y el temor para entregarse a la
crueldad de los judíos y a la muerte, a la confusión y
persecución. Para ponerse en presencia de la dolorosa Madre,
les afligía y turbaba que los obligaría a volver donde estaba
su Maestro, y si con ella estarían menos seguros porque los
podían buscar en su casa. Sobre todo esto eran las
sugestiones de los demonios impías y terribles. Porque les
arrojaba el Dragón en el pensamiento terribles imaginaciones
de que no fuesen homicidas de sí mismos entregándose a la
muerte, y que su Maestro no se podía librar a Sí y menos
podría sacarlos a ellos de las manos de los pontífices, y que
en aquella ocasión le quitarían la vida y con eso se acabaría
toda la dependencia que de Él tenían, pues no le verían más,
y que no obstante que su vida parecía inculpable, con todo
eso enseñaba algunas doctrinas muy duras y algo ásperas
hasta entonces nunca vistas y que por ellas le aborrecían los
sabios de la ley y los pontífices y todo el pueblo estaba

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indignado contra Él, y que era fuerte cosa seguir a un Hombre
que había de ser condenado a muerte infame y afrentosa.
Esta contienda y lucha interior pasaba en el corazón de los
fugitivos apóstoles, y entre unas y otras razones pretendía
Satanás que dudasen de la doctrina de Cristo y de las
profecías que hablaban de sus misterios y Pasión. Y como en
el dolor de este conflicto no hallaban esperanza de que su
Maestro saliese con vida del poder de los pontífices, llegó el
temor a pasar en una tristeza y melancolía profunda, con que
eligieron el huir del peligro y salvar sus vidas. Y esto era con
tal pusilanimidad y cobardía, que en ningún lugar se juzgaban
aquella noche por seguros y cualquiera sombra o ruido los
sobresaltaba. Y les añadió mayor temor la deslealtad de Judas
Iscariote, porque temían irritaría también contra ellos la ira de
los pontífices, por no volver a verse con ninguno de los once,
después de perpetrada su alevosía y traición. Pedro y Juan,
como más fervientes en el amor de Cristo, resistieron al temor
y al demonio más que los otros y quedándose los dos juntos
determinaron seguir a su Maestro con algún retiro. Y para
tomar esta resolución les ayudó mucho el conocimiento que
tenía Juan con el pontífice Anás, entre el cual y Caifás andaba
el pontificado, alternando los dos; y aquel año lo era Caifás,
que había dado el consejo profético en el concilio, de que
importaba muriese un Hombre para que todo el mundo no
pereciese42. Este conocimiento de Juan se fundaba en que el
apóstol era tenido por nombre principal, y en su linaje noble,
en su persona afable y cortés, y de condiciones muy amables.
Con esta confianza fueron los dos apóstoles siguiendo a
Cristo nuestro Señor con menos temor. A la gran Reina del
cielo tenían en su corazón los dos apóstoles, lastimados de su
amargura y deseosos de su presencia para aliviarla y
consolarla cuanto fuera posible, y particularmente se señaló
en este afecto devoto el evangelista San Juan.
La divina Princesa desde el cenáculo en esta ocasión
estaba mirando por inteligencia clarísima no solo a su Hijo

42
Juan 11, 49-50.

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santísimo en su prisión y tormentos, sino junto con esto
conocía y sabía todo cuanto pasaba por los apóstoles interior
y exteriormente. Porque miraba su tribulación y tentaciones,
sus pensamientos y determinaciones, y dónde estaba cada
uno de ellos y lo que hacía. Pero aunque todo le fue patente
a la candidísima paloma, no solo no se indignó con los
apóstoles, ni jamás les dio en rostro con la deslealtad que
habían cometido, antes bien ella fue el principio y el
instrumento de su remedio, como adelante diré. Y desde
entonces comenzó a pedir por ellos, y con dulcísima caridad
y compasión de madre dijo en su interior: «Ovejas sencillas y
escogidas, ¿por qué dejáis a vuestro amantísimo Pastor que
cuidaba de Vosotros y Os daba pasto y alimento de vida
eterna? ¿Por qué, siendo discípulos de tan verdadera doctrina,
desamparáis a Vuestro Bienhechor y Maestro? ¿Cómo olvidáis
aquel trato tan dulce y amoroso que atraía a Sí vuestros
corazones? ¿Por qué escucháis al maestro de la mentira, al
lobo carnicero que pretende vuestra ruina? ¡Oh, amor mío
dulcísimo y pacientísimo, qué manso, qué benigno y
misericordioso os hace el amor de los hombres! Alargad
vuestra piedad a esta pequeña grey a quien el furor de la
serpiente ha turbado y derramado. No entreguéis a las bestias
las almas que os han confesado43. Grande espera tenéis con
los que elegís para vuestros siervos y grandes obras habéis
hecho con vuestros discípulos. No se malogre tanta gracia, ni
reprobéis a los que escogió Vuestra voluntad para
fundamentos de Vuestra Iglesia. No se gloríe Lucifer de que
triunfó a Vuestra vista de lo mejor de Vuestra casa y familia.
Hijo y Señor mío, mirad a Vuestro amado discípulo Juan, a
Pedro y a Santiago favorecidos de vuestro singular amor y
voluntad. A todos los demás también volved los ojos de
vuestra clemencia y quebrantad la soberbia del Dragón, que
con implacable crueldad los ha turbado».
A toda capacidad humana y angélica excede la grandeza
de María santísima en esta ocasión y las obras que hizo y

43
Salmo 74, 19.

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plenitud de santidad que manifestó en los ojos y beneplácito
del Altísimo. Porque sobre los dolores sensibles y espirituales
que padeció de los tormentos de su Hijo santísimo y de las
injurias afrentosas que padeció su divina persona, cuya
veneración y ponderación estaba en lo sumo en la
prudentísima Madre, sobre todo esto se le juntó el dolor de
la caída de los apóstoles, que sola Su Majestad sabía
ponderarla. Y miraba su fragilidad y el olvido que habían
mostrado de los favores, doctrina, avisos y amonestaciones
de su Maestro, y esto en tan breve tiempo, después de la
cena, del sermón que en ella hizo y de la comunión que les
había dado, con la dignidad de sacerdotes en que los dejaba
tan levantados y obligados. Conocía también su peligro de
caer en mayores pecados, por la sagacidad con que Lucifer y
sus ministros de tinieblas trabajaban por derribarlos y la
inadvertencia con que el temor tenía poseídos los corazones
de todos los apóstoles más o menos. Y por todo esto
multiplicó y acrecentó las peticiones hasta merecerles el
remedio y que su Hijo santísimo los perdonase y acelerase sus
auxilios, para que luego volviesen a la fe y amistad de su
gracia, que de todo esto fue María el instrumento eficaz y
poderoso. En el ínterin recopiló esta gran Señora en su pecho
toda la fe, la santidad, el culto y veneración de toda la Iglesia,
que estuvo toda en ella como en arca incorruptible,
conservando y encerrando la Ley Evangélica, el sacrificio, el
Templo y el santuario. Y sola María santísima era entonces
toda la Iglesia, y sola ella creía, amaba, esperaba, veneraba y
adoraba al objeto de la fe por sí, por los apóstoles y por todo
el linaje humano. Y esto de manera que recompensaba,
cuanto era posible a una pura criatura, las menguas y falta de
fe de todo lo restante de los miembros místicos de la Iglesia.
Hacía heroicos actos de fe, esperanza, amor, veneración y
culto de la divinidad y humanidad de su Hijo y Dios verdadero
y con genuflexiones y postraciones le adoraba y con
admirables cánticos le bendecía, sin que el dolor íntimo y
amargura de su alma destemplasen el instrumento de sus
potencias, concertado y templado con la mano poderosa del

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Altísimo. No se entendía de esta gran Señora lo que dijo el
Eclesiástico44, que la música en el dolor es importuna, porque
sola María santísima pudo y supo en medio de sus penas
aumentar la dulce consonancia de las virtudes.
Dejando a los once apóstoles en el estado que se ha dicho,
vuelvo a contar el infelicísimo término del traidor Judas,
anticipando algo este suceso para dejarle en su lamentable y
desdichada suerte y volver al discurso de la Pasión. Llegó,
pues, el sacrílego discípulo, con el escuadrón que llevaba
preso a nuestro Salvador Jesús, a casa de los pontífices, Anás
primero y después a Caifás; donde le esperaban con los
escribas, y fariseos. Y como el divino Maestro a vista de su
pérfido discípulo era tan maltratado y atormentado con
blasfemias y con heridas y todo lo sufría con silencio,
mansedumbre y paciencia tan admirable, comenzó Judas
Iscariote a discurrir sobre su propia alevosía, conociendo que
sóla ella era la causa de que un Hombre tan inculpable y
bienhechor suyo fuese tratado con tan injusta crueldad sin
merecerlo. Se acordó de los milagros que había visto, de la
doctrina que le oyó, de los beneficios que le hizo y también
se le representó la piedad y mansedumbre de María santísima
y la caridad con que había solicitado su remedio y la maldad
obstinada con que ofendió a Hijo y Madre por un vilísimo
interés, y todos los pecados juntos que había cometido se le
pusieron delante como un caos impenetrable y un monte
inhabitable y grave.
Estaba Judas Iscariote, como arriba se dijo, desamparado
de la divina gracia después de la entrega que hizo con el
ósculo y contacto de Cristo nuestro Salvador. Y por ocultos
juicios del Altísimo, aunque estaba entregado en manos de
su consejo, hizo aquellos discursos, permitiéndolo la justicia y
equidad divina en la razón natural y con muchas sugestiones
de Lucifer que le asistía. Y aunque discurría Judas Iscariote y
hacía juicio verdadero en lo que se ha dicho, pero, como estas
verdades eran administradas por el padre de la mentira,

44
Eclesiástico 22, 6.

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juntaba a ellas otras proposiciones falsas y mentirosas, para
que viniese a inferir, no su remedio y confianza de
conseguirle, sino que aprehendiese la imposibilidad y
desesperase de él, como sucedió. Le despertó Lucifer íntimo
dolor de sus pecados, pero no por buen fin ni motivos de
haber ofendido a la Verdad divina, sino por la deshonra que
padecería con los hombres y por el daño que su Maestro,
como poderoso en milagros, le podía hacer y que no era
posible escaparse de Él en todo el mundo, donde la sangre
del Justo clamaría contra él. Con estos y otros pensamientos
que le arrojó el demonio, quedó lleno de confusión, tinieblas
y despechos muy rabiosos contra sí mismo. Y retirándose de
todos, estuvo para arrojarse de muy alto en casa de los
pontífices y no lo pudo hacer. Se salió fuera y como una fiera,
indignado contra sí mismo, se mordía de los brazos y manos
y se daba desatinados golpes en la cabeza, tirándose del pelo,
y hablando desentonadamente se echaba muchas
maldiciones y execraciones, como infelicísimo y desdichado
entre los hombres.
Viéndole tan rendido Lucifer, le propuso que fuese a los
sacerdotes y confesando su pecado les volviese su dinero. Lo
hizo Judas Iscariote con presteza y a voces les dijo aquellas
palabras: «Pequé entregando la sangre del Justo»45. Pero ellos
no menos endurecidos le respondieron que lo hubiera mirado
primero. El intento del demonio era, si pudiera impedir la
muerte de Cristo nuestro Señor, por las razones que dejé
dichas y diré más adelante. Con esta repulsa que le dieron los
príncipes de los sacerdotes, tan llena de impiísima crueldad,
acabó Judas Iscariote de desconfiar, persuadiéndose que no
sería posible excusar la muerte de su Maestro. Lo mismo
juzgó el demonio, aunque hizo más diligencias por medio de
Poncio Pilato. Pero como Judas Iscariote no le podía servir ya
para su intento, le aumentó la tristeza y despechos y le
persuadió que para no esperar más duras penas se quitase la
vida. Admitió Judas Iscariote este formidable engaño y

45
Mateo 27, 4.

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saliéndose de la ciudad se colgó de un árbol seco, haciéndose
homicida de sí mismo el que se había hecho deicida de su
Criador. Sucedió esta infeliz muerte de Judas Iscariote el
mismo día del viernes a las doce, que es al mediodía, antes
que muriera nuestro Salvador, porque no convino que su
muerte y nuestra consumada Redención cayese luego sobre
la execrable muerte del traidor discípulo que con suma
malicia le había despreciado.
Recibieron luego los demonios el alma de Judas Iscariote
y la llevaron al infierno, pero su cuerpo quedó colgado y
reventadas sus entrañas con admiración y asombro de todos,
viendo el castigo tan estupendo de la traición de aquel
pésimo y pérfido discípulo. Perseveró el cuerpo ahorcado tres
días en lo público, y en este tiempo intentaron los judíos
quitarle del árbol y ocultamente enterrarle, porque de aquel
espectáculo redundaba grande confusión contra los
sacerdotes y fariseos que no podían contradecir aquel
testimonio de su maldad. Pero no pudieron con industria
alguna derribar ni quitar el cuerpo de Judas Iscariote de
donde se había colgado, hasta que pasados tres días, por
dispensación de la justicia divina, los mismos demonios le
quitaron de la horca y le llevaron con su alma, para que en lo
profundo del infierno pagase en cuerpo y alma eternamente
su pecado. Y porque es digno de admiración temerosa lo que
he conocido del castigo y penas que se le dieron a Judas
Iscariote, lo diré como se me ha mostrado y mandado. Entre
las oscuras cavernas de los calabozos infernales estaba
desocupada una muy grande y de mayores tormentos que las
otras, porque los demonios no habían podido arrojar en aquel
lago a ningún alma, aunque la crueldad de estos enemigos lo
había procurado desde Caín hasta aquel día. Esta
imposibilidad admiraba al infierno, ignorante del secreto,
hasta que llegó el alma de Judas Iscariote, a quien fácilmente
arrojaron y sumergieron en aquel calabozo nunca antes
ocupado de otro alguno de los condenados. Y la razón era,
porque desde la Creación del mundo quedó señalada aquella
caverna de mayores tormentos y fuego que lo restante del

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infierno para los cristianos que recibido el bautismo se
condenasen por no haberse aprovechado de los sacramentos,
doctrina, Pasión y muerte del Redentor y la intercesión de su
Madre santísima. Y como Judas Iscariote fue el primero que
había participado de estos beneficios con tanta abundancia
para su remedio y formidablemente los despreció, por esto
fue también el que primero estrenó aquel lugar y tormentos
aparejados para él y los que le imitaren y siguieren.
Este misterio se me ha mandado escribir con
particularidad para aviso y escarmiento de todos los
cristianos, y en especial de los sacerdotes, prelados y
religiosos, que tratan con más frecuencia el Sagrado Cuerpo
y Sangre de Jesucristo Señor nuestro y por oficio y estado son
más familiares suyos, que por no ser reprendida quisiera
hallar términos y razones con que darle la ponderación y
sentido que pide nuestra insensible dureza, para que en este
ejemplo todos tomáramos escarmiento y temiéramos el
castigo que nos aguarda a los malos cristianos según el
estado de cada uno. Los demonios atormentaron a Judas
Iscariote con inexplicable crueldad, porque no había desistido
de vender a su Maestro, con cuya Pasión y muerte ellos
quedarían vencidos y desposeídos del mundo; y la
indignación que por esto cobraron de nuevo contra nuestro
Salvador y contra su Madre santísima, la ejecutan en el modo
que se les permite contra todos los que imitan al traidor
discípulo y cooperan con él en despreciar la Doctrina
Evangélica, los Sacramentos de la Ley de Gracia y fruto de la
Redención. Y es justa razón que estos malignos espíritus
tomen venganza en los miembros del cuerpo místico de la
Iglesia, porque no se unieron con su cabeza Cristo y porque
voluntariamente se apartaron de ella y se entregaron a ellos,
que con implacable soberbia la aborrecen y maldicen y como
instrumentos de la justicia divina castigan las ingratitudes que
tienen los redimidos contra su Redentor. Y los hijos de la
Santa Iglesia consideren esta verdad atentamente, que si la
tuvieran presente no es posible dejase de moverles el corazón
y les diese juicio para desviarse de tan lamentable peligro.

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Entre los sucesos de todo el discurso de la Pasión andaba
Lucifer con sus ministros de maldad muy desvelado y atento
para acabarse de asegurar si Cristo nuestro Señor era el
Mesías y Redentor del mundo. Porque unas veces le
persuadían los milagros, y otras le disuadían las acciones y
padecer de la flaqueza humana que tomó por nosotros
nuestro Salvador; pero donde más crecieron las sospechas del
Dragón fue en el huerto, donde sintió la fuerza de aquella
palabra que dijo el Señor: «Yo soy»46, y fue arruinado el
demonio mismo, cayendo con todos en la presencia de Cristo
nuestro Señor. Hacía poco rato entonces que salió del infierno
acompañado de sus legiones, después que habían sido
arrojados desde el cenáculo a lo profundo. Y aunque fue
María santísima la que de allí los derribó, como arriba se dijo,
con todo eso confirió Lucifer consigo y con sus ministros que
aquella virtud y fuerza de Hijo y Madre eran nuevas y nunca
vistas contra ellos. Y dándole permiso que se levantase en el
huerto, habló con los demás y les dijo: «No es posible que sea
este poder de Hombre solo, sin duda ÉSTE es Dios juntamente
con ser Hombre. Y si muere, como lo disponemos, por este
camino hará la Redención y satisfará a Dios, y queda perdido
nuestro imperio y frustrado nuestro deseo. Mal hemos
procedido procurándole la muerte. Y si no podemos impedir
que muera, probemos hasta dónde llega su paciencia y
procuremos con sus mortales enemigos que le atormenten
con crueldad impía. Irritémosles contra Él, arrojémosles
sugestiones de desprecios, afrentas, ignominias y tormentos
que ejecuten en su persona, compelámoslos a que empleen
su ira en irritarle y atendamos a los efectos que hacen todas
estas cosas en Él». Todo lo intentaron los demonios como lo
propusieron, aunque no todo lo consiguieron, como en el
discurso de la Pasión se manifiesta, por los ocultos misterios
que diré más adelante y he referido arriba. Provocaron a los
sayones para que intentasen atormentar a Cristo nuestro bien
con algunos tormentos menos decentes a su real y divina

46
Juan 18, 5.

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persona de los que le dieron, porque no consintió Su
Majestad otros más de los que quiso y convino padecer,
dejándoles ejecutar en estos toda su inhumana sevicia y furor.
Intervino también en impedir la malicia insolente de
Lucifer la gran Señora del cielo María santísima, porque le
fueron patentes todos los conatos47 de este infernal Dragón.
Y unas veces con imperio de Reina le impedía muchos
intentos, para que no se los propusiese a los ministros de la
Pasión; otras veces en los que les proponía pedía la divina
Princesa a Dios no se los dejase ejecutar y por medio de sus
santos ángeles concurría a desvanecerlos y estorbarlos. Y en
los que su gran sabiduría conocía era voluntad de su Hijo
santísimo padecerlos, cesaba en estas diligencias, y en todo
se ejecutaba la permisión de la divina voluntad. Conoció
asimismo todo lo que sucedió en la infeliz muerte y tormentos
de Judas Iscariote y el lugar que le daban en el infierno, el
asiento de fuego que ha de tener por toda la eternidad, como
maestro de la hipocresía y precursor de todos los que habían
de negar a Cristo nuestro Redentor con la mente y con las
obras, desamparando, como dice Jeremías48, las venas de las
aguas vivas, que son el mismo Señor, para ser escritos y
sellados en la tierra y alejados del cielo, donde están escritos
los predestinados. Todo esto conoció la Madre de
Misericordia y lloró sobre ellos amargamente y oró al Señor
por la salvación de los hombres y suplicándole los apartase
de tan gran ceguera, precipicio y ruina, pero conformándose
con los ocultos y justos juicios de su Providencia Divina.

Llevan a nuestro Salvador Jesús atado y preso


a casa del pontífice Anás; lo que sucedió en
este paso y lo que padeció en él su beatísima
Madre

Digna cosa fuera hablar de la Pasión, afrentas y tormentos


de nuestro Salvador Jesús con palabras tan vivas y eficaces,

47
Inicio de una acción que se frustra antes de llegar a su término.
48
Jeremías 17, 13.

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que pudieran penetrar más que la espada de dos filos, hasta
dividir con íntimo dolor lo más oculto de nuestros
corazones49. No fueron comunes las penas que padeció, no
se hallará dolor semejante como su dolor50, no era su persona
como las demás de los hijos de los hombres, no padeció Su
Majestad por Sí mismo ni por sus culpas, sino por nosotros y
por las nuestras; pues razón es que las palabras y términos
con que tratamos de sus tormentos y dolores no sean
comunes y ordinarios, sino con otros vivos y eficaces se la
propongamos a nuestros sentidos. Pero ¡ay de mí, que ni
puedo dar fuerza a mis palabras, ni hallo las que mi alma
desea para manifestar este secreto! Diré lo que alcanzare,
hablaré como pudiere y se me administrare, aunque la
cortedad de mi talento coarte y limite la grandeza de la
inteligencia y los improporcionados términos no alcancen a
declarar el concepto escondido del corazón. Supla el defecto
de las razones la fuerza y viveza de la fe que profesamos los
hijos de la Iglesia. Y si las palabras son comunes, sea
extraordinario el dolor y el sentimiento, el dictamen altísimo,
la comprensión vehemente, la ponderación profunda, el
agradecimiento cordial y el amor fervoroso, pues todo será
menos que la verdad del objeto y de lo que nosotros
debemos corresponder como siervos, como amigos y como
hijos adoptados por medio de su Pasión y muerte santísima.
Atado y preso el mansísimo Cordero Jesús, fue llevado
desde el huerto a casa de los pontífices, y primero a la de
Anás. Iba prevenido aquel turbulento escuadrón de soldados
y ministros con las advertencias del traidor discípulo, que no
se fiasen de su Maestro si no le llevaban muy amarrado y
atado, porque era hechicero y se les podría salir de entre las
manos. Lucifer y sus príncipes de tinieblas ocultamente los
irritaban y provocaban, para que impía y sacrílegamente
tratasen al Señor sin humanidad ni decoro. Y como todos eran
instrumentos obedientes a la voluntad de Lucifer, nada que
se les permitió dejaron de ejecutar contra la persona de su

49
Carta a los Hebreos 4, 12.
50
Lamentaciones 1, 12.

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mismo Criador. Le ataron con una cadena de grandes
eslabones de hierro con tal artificio, que rodeándosela a la
cintura y al cuello sobraban los dos extremos, y en ellos había
unas argollas o esposas con que encadenaron también las
manos del Señor que fabricó los cielos y los ángeles y todo el
Universo, y así argolladas y presas se las pusieron no al pecho
sino a las espaldas. Esta cadena llevaron de la casa de Anás el
pontífice, donde servía de levantar la puerta de un calabozo
que era levadiza, y para el intento de aprisionar a nuestro
divino Maestro la quitaron y la acomodaron con aquellas
argollas y cerraduras, como candados, con llaves de golpe. Y
con este modo de prisión nunca oída no quedaron satisfechos
ni seguros, porque luego sobre la pesada cadena le ataron
dos sogas harto largas: la una echaron sobre la garganta de
Cristo nuestro Señor y cruzándola por el pecho le rodearon el
cuerpo, atándole con fuertes nudos, y dejaron dos extremos
largos de la soga para que dos de los ministros o soldados
fuesen tirando de ellos y arrastrando al Señor; la segunda
soga sirvió para atarle los brazos, rodeándola también por la
cintura y dejaron pendientes otros dos cabos largos a las
espaldas donde llevaba las manos, para que otros dos tirasen
de ellos.
Con esta forma de ataduras se dejó aprisionar y rendir el
Omnipotente y Santo, como si fuera el más facineroso de los
hombres y el más flaco de los nacidos, porque había puesto
sobre Sí las iniquidades de todos nosotros51 y la flaqueza o
impotencia para el bien en que por ellas incurrimos. Le ataron
en el huerto, atormentándole no solo con las manos, con las
sogas y cadenas, sino con las lenguas, porque como
serpientes venenosas arrojaron la sacrílega ponzoña que
tenían, con blasfemias, contumelias52 y nunca oídos oprobios
contra la persona que adoraban los ángeles y los hombres y
le magnifican en el cielo y en la tierra. Partieron todos del
monte de los Olivos con gran tumulto y vocería, llevando en
medio al Salvador del mundo, tirando unos de las sogas de

51
Isaías 53, 6.
52
Oprobio, injuria u ofensa dicha a alguien en su cara.

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adelante y otros de las que llevaba a las espaldas asidas de
las muñecas, y con esta violencia nunca imaginada unas veces
le hacían caminar aprisa atropellándole, otras le volvían atrás
y le detenían, otras le arrastraban a un lado y a otro, a donde
la fuerza diabólica los movía. Muchas veces le derribaban en
tierra y, como llevaba las manos atadas, daba en ella con su
Venerable Rostro, lastimándose y recibiendo en él heridas y
mucho polvo. Y en estas caídas arremetían a Él, dándole de
puntillazos y coces, atropellando y pisándole, pasando sobre
su real persona y hollándole la cara y la cabeza y, celebrando
estas injurias con algazara y mofa, le hartaban de oprobios,
como lo lloró antes Jeremías53.
En medio del furor tan impío que Lucifer encendía en
aquellos sus ministros, estaba muy atento a las obras y
acciones de nuestro Salvador, cuya paciencia pretendía irritar
y conocer si era puro hombre, porque esta duda y perplejidad
atormentaba su pésima soberbia sobre todas sus grandes
penas. Y como reconoció la mansedumbre, tolerancia y
suavidad que mostraba Cristo entre tantas injurias y
tormentos y que los recibía con semblante sereno y de
majestad, sin turbación ni mudanza alguna, con esto se
enfureció más el infernal Dragón y, como si fuera un hombre
furioso y desatinado, pretendió tomar una vez las sogas que
llevaban los sayones para tirar él y otros demonios con mayor
violencia que lo hacían ellos, para provocar con más crueldad
la mansedumbre del Señor. Este intento impidió María
santísima, que desde el lugar donde estaba retirada miraba
por visión clara todo lo que se iba ejecutando con la persona
de su Hijo santísimo, y cuando vio el atrevimiento de Lucifer,
usando de la autoridad y poder de Reina, le mandó no llegase
a ofender a Cristo nuestro Salvador como intentaba. Y al
punto desfallecieron las fuerzas de este enemigo y no pudo
ejecutar su deseo, porque no era conveniente que su maldad
se interpusiese por aquel modo en la Pasión y muerte del
Redentor. Pero se le dio permiso para que provocase a sus

53
Lamentaciones 3, 30.

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demonios contra el Señor y todos ellos a los judíos fautores54
de la muerte del Salvador, porque tenían libre albedrío para
consentir o disentir en ella. Así lo hizo Lucifer, que volviéndose
a sus demonios les dijo: «¿Qué Hombre es ÉSTE que ha nacido
en el mundo, que con su paciencia y sus obras así nos
atormenta y destruye? Ninguno hasta ahora tuvo tal igualdad
y sufrimiento en los trabajos desde Adán acá. Nunca vimos
entre los mortales semejante humildad y mansedumbre.
¿Cómo sosegamos viendo en el mundo un ejemplo tan raro
y poderoso para llevarle tras Sí? Si ÉSTE es el Mesías, sin duda
abrirá el cielo y cerrará el camino por donde llevamos a los
hombres a nuestros eternos tormentos y quedaremos
vencidos y frustrados nuestros intentos. Y cuando no sea más
que puro hombre, no puedo sufrir que deje a los demás tan
fuerte ejemplo de paciencia. Venid, pues, ministros de mi
altiva grandeza y persigámosle por medio de sus enemigos,
que como obedientes a mi imperio han admitido contra Él la
furiosa envidia que les he comunicado».
A toda la desapiadada indignación que Lucifer despertó y
fomentó en aquel escuadrón de los judíos se sujetó el autor
de nuestra salud, ocultando el poder con que los pudiera
aniquilar o reprimir, para que nuestra Redención fuese más
copiosa. Y llevándolo atado y maltratado, llegaron a casa del
pontífice Anás, ante quien le presentaron como malhechor y
digno de muerte. Era costumbre de los judíos presentar así
atados a los delincuentes que merecían castigo capital, y
aquellas prisiones eran como testigos del delito que merecía
la muerte, y así le llevaban como intimándole la sentencia
antes que se la diese el juez. Salió el sacrílego sacerdote Anás
a una gran sala, donde se asentó en el estrado o tribunal que
tenía, muy lleno de soberbia y arrogancia. Y luego se puso a
su lado el príncipe de las tinieblas Lucifer, rodeándole gran
multitud de demonios, de los ministros y soldados. Le
presentaron a Jesús atado y preso y le dijeron: «Ya, señor,
traemos aquí este mal Hombre que con sus hechizos y

54
Persona que favorece y ayuda a otra.

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maldades ha inquietado a toda Jerusalén y Judea, y esta vez
no le ha valido su arte mágica para escaparse de nuestras
manos y poder».
Estaba nuestro Salvador Jesús asistido de innumerables
ángeles que le adoraban y confesaban, admirados de los
incomprensibles juicios de su sabiduría, porque Su Majestad
consentía ser presentado como reo y pecador, y el inicuo
sacerdote se manifestaba como justo y celoso de la honra del
Señor, a quien sacrílegamente pretendía quitarla con la vida.
Callaba el amantísimo Cordero sin abrir su boca, como lo
había dicho Isaías55, y el pontífice con imperiosa autoridad le
preguntó por sus discípulos y qué doctrina era la que
predicaba y enseñaba. Esta pregunta hizo para calumniar la
respuesta, si decía alguna palabra que motivase acusarle. Pero
el Maestro de la santidad, que encamina y enmienda a los
más sabios56, ofreció al Eterno Padre aquella humillación de
ser presentado como reo ante el pontífice y preguntado por
él como criminoso y autor de falsa doctrina. Y respondió
nuestro Redentor con humilde y alegre semblante a la
pregunta de su doctrina: «Yo siempre he hablado en público,
enseñando y predicando en el Templo y sinagoga, donde
concurren los judíos, y nada he dicho en oculto. ¿Qué me
preguntas a Mí? Pues ellos te dirán, si les preguntas, lo que
Yo les he enseñado»57. Porque la doctrina de Cristo nuestro
Señor era de su Eterno Padre, respondió por ella y por su
crédito, remitiéndose a sus oyentes, así porque a Su Majestad
no le darían crédito, antes bien le calumniarían su testimonio,
como también porque la verdad y la virtud ella misma se
acredita y abona entre los mayores enemigos.
No respondió por los apóstoles, porque no era entonces
necesario, ni ellos estaban en disposición que podían ser
alabados de su Maestro. Y con haber sido esta respuesta tan
llena de sabiduría y tan conveniente a la pregunta, con todo
eso uno de los ministros que asistían al pontífice fue con

55
Isaías 53, 7.
56
Sabiduría 7, 15.
57
Juan 18, 20-21.

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formidable audacia, levantó la mano y dio una bofetada en el
Sagrado y Venerable Rostro del Salvador, y junto con herirle
le reprendió diciendo: «¿Así respondes al pontífice?»58.
Recibió el Señor esta desmedida injuria, rogando al Padre por
quien así le había ofendido y estando preparado y con
disposición de volver a ofrecer la otra mejilla, si fuera
necesario, para recibir otra bofetada, cumpliendo en todo
esto con la doctrina que Él mismo había enseñado59. Y para
que el necio y atrevido ministro no quedase ufano y sin
confusión por tan inaudita maldad, le replicó el Señor con
grande serenidad y mansedumbre: «Si Yo he hablado mal, da
testimonio y di en qué está el mal que me atribuyes; y si hablé
como debía, ¿por qué me has herido?»60. ¡Oh espectáculo de
nueva admiración para los espíritus soberanos! ¡Cómo de sólo
oírte pueden y deben temblar las columnas del cielo y todo
el firmamento estremecerse!61. Este Señor es aquel de quien
dijo Job62 que es sabio de corazón y tan robusto y fuerte que
nadie le puede resistir y con esto tendrá paz, que trasiega los
montes con su furor antes que puedan ellos entenderlo, el
que mueve la tierra en su lugar y sacude una con otra sus
columnas, el que manda al Sol que no nazca y cubre las
estrellas con signáculo63, el que hace cosas grandes e
incomprensibles, el que a su ira nadie puede resistir y ante
quien doblan la rodilla los que sustentan todo el orbe, y este
mismo es el que por amor de los mismos hombres sufre de
un impío ministro ser herido en el rostro de una bofetada.
Con la respuesta humilde y eficaz que dio Su Majestad al
sacrílego siervo, quedó confuso en su maldad, pero ni esta
confusión, ni la que pudo recibir el pontífice de que en su
presencia se cometiese tal crimen y desacato, le movió a él ni
a los judíos para reprimirse en algo contra el autor de la vida.
Y en el ínterin que se continuaban sus oprobios, llegaron

58
Juan 18, 22.
59
Mateo 5, 39.
60
Juan 18, 23.
61
Job 26, 11.
62
Job 9, 4ss.
63
Sello o señal en lo escrito.

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Pedro y el otro discípulo, que era Juan, a casa de Anás. Y éste
como muy conocido en ella entró fácilmente, quedando fuera
Pedro, hasta que la portera, que era una criada del pontífice,
a petición de Juan le dejó entrar, para ver lo que sucedía con
el Redentor. Entraron los dos apóstoles en el zaguán de la
casa antes de la sala del pontífice, y Pedro se llegó al fuego
que allí tenían los soldados, porque estaba la noche fría. Y la
portera miró y reconoció a Pedro con algún cuidado como
discípulo de Cristo y llegándose a él le dijo: «¿No eres tú
también de los discípulos de este Hombre?»64. Esta pregunta
de la criada fue con algún desprecio y baldón65, de que Pedro
se avergonzó con gran flaqueza y pusilanimidad. Y poseído
del temor respondió y dijo: «Yo no soy discípulo suyo». Y con
esta respuesta se deslizó de la conversación y salió fuera de
la casa de Anás, aunque luego siguiendo a su Maestro fue a
la de Caifás, donde le negó otras dos veces, como adelante
diré.
Mayor fue para el divino Maestro el dolor de la negación
de Pedro que el de la bofetada, porque a su inmensa caridad
la culpa era contraria y aborrecible y las penas eran amables
y dulces por vencer con ellas nuestros pecados. Hecha la
primera negación, oró Cristo al Eterno Padre por su apóstol y
dispuso que por medio de la intercesión de María santísima
se le previniese la gracia y el perdón para después de las tres
negaciones. Estaba la gran Señora a la vista desde su oratorio
a todo lo que iba sucediendo, como queda dicho. Y como en
su pecho tenía el propiciatorio y el sacrificio, a su mismo Hijo
y Señor sacramentado, se convertía a Él para sus peticiones y
afectos amorosos, donde ejercitaba heroicos actos de
compasión, agradecimiento, culto y adoración. Cuando la
piadosísima Reina conoció la negación de Pedro, lloró con
amargura y nunca cesó en este llanto hasta que entendió no
le negaría el Altísimo sus auxilios y que le levantaría de su
caída. Sintió asimismo la purísima Madre todos los dolores de
las heridas y tormentos de su Hijo, y en las mismas partes de

64
Juan 18, 17.
65
Injuria o afrenta.

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su virginal cuerpo, donde el Señor era lastimado. Y cuando Su
Majestad fue atado con las sogas y cadenas sintió ella en las
muñecas tantos dolores, que saltó la sangre por las uñas en
sus virginales manos, como si fueran atadas y apretadas, y lo
mismo sucedió en las demás heridas. Y como a esta pena se
juntaba la del corazón, de ver padecer a Cristo nuestro Señor,
vino la amantísima Madre a llorar sangre viva, siendo el brazo
del Señor el artífice de esta maravilla. Sintió también el golpe
de la bofetada de su Hijo santísimo, como si a un mismo
tiempo aquella mano sacrílega hubiera herido a Hijo y Madre
juntos. Y en esta injuriosa contumelia y en las blasfemias y
desacatos llamó a los santos ángeles para que con ella
engrandecieran y adoraran a su Criador en recompensa de los
oprobios que recibía de los pecadores, y con prudentísimas
razones, pero muy lamentables y dolorosas, confería con los
mismos ángeles la causa de su amarga compasión y llanto.

Fue llevado Cristo nuestro Salvador a casa del


pontífice Caifás, donde fue acusado y
preguntado si era Hijo de Dios, y Pedro le negó
otras dos veces; lo que María santísima hizo en
este paso y otros misterios ocultos

Luego que nuestro Salvador Jesús recibió en casa de Anás


las contumelias y bofetada, le remitió este pontífice, atado y
preso como estaba, al pontífice Caifás, que era su suegro y
aquel año hacía el oficio de Príncipe y Sumo Sacerdote; y con
él estaban congregados los escribas y señores del pueblo,
para sustanciar la causa del inocentísimo Cordero. Con la
invencible paciencia y mansedumbre que mostraba el Señor
de las virtudes66 en las injurias que recibía, estaban como
atónitos los demonios y llenos de confusión y furor grande,
que no se puede explicar con palabras; y como no penetraban
las obras interiores de la santísima humanidad, y en las
exteriores, por donde en los demás hombres rastrean el
corazón, no hallaban movimiento alguno desigual, ni el

66
Salmo 24, 10.

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mansísimo Señor se quejaba, ni suspiraba, ni daba este
pequeño alivio a su humanidad, de toda esta grandeza de
ánimo se admiraba y atormentaba el Dragón como de cosa
nueva y nunca vista entre los hombres de condición pasible y
flaca. Y con este furor irritaba el enemigo a todos los
príncipes, escribas y ministros de los sacerdotes, para que
ofendiesen y maltratasen al Señor con abominables oprobios,
y en todo lo que el demonio les administraba estaban prontos
para ejecutarlo, si la divina voluntad lo permitía.
Partió de casa de Anás toda aquella canalla de ministros
infernales y de hombres inhumanos, y llevaron por las calles
a nuestro Salvador a casa de Caifás, tratándole con su
implacable crueldad ignominiosamente. Y entrando con
escandaloso tumulto en casa del Sumo Sacerdote, él y todo
el concilio recibieron al Criador y Señor de todo el Universo
con grande risa y mofa de verle sujeto y rendido a su poder y
jurisdicción, de quien les parecía que ya no se podría
defender. ¡Oh secreto de la altísima sabiduría del cielo! ¡Oh
estulticia de la ignorancia diabólica y cieguísima torpeza de
los mortales! ¡Qué distancia tan inmensa veo entre vosotros y
las obras del Altísimo! Cuando el Rey de la gloria poderoso
en las batallas67 está venciendo a los vicios, a la muerte y al
pecado con las virtudes de paciencia, humildad y caridad,
como Señor de todas ellas, entonces piensa el mundo que le
tiene vencido y sujeto con su arrogante soberbia y
presunción. ¡Qué distancia de pensamientos eran los que
tenía Cristo nuestro Señor, de los que poseían aquellos
ministros operarios de la maldad! Ofrecía el autor de la vida a
su Eterno Padre aquel triunfo que su mansedumbre y
humildad ganaba del pecado, rogaba por los sacerdotes,
escribas y ministros que le perseguían, presentando su misma
paciencia y dolores y la ignorancia de los ofensores. Y la
misma petición y oración hizo en aquel mismo punto su
beatísima Madre, rogando por sus enemigos y de su Hijo
santísimo, acompañándole e imitándole en todo lo que Su

67
Salmo 29.

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Majestad iba obrando, porque le era patente, como muchas
veces he repetido. Y entre Hijo y Madre había una dulcísima
y admirable consonancia y correspondencia agradable a los
ojos del Eterno Padre.
El pontífice Caifás estaba en su cátedra o silla sacerdotal
encendido en mortal envidia y furor contra el Maestro de la
vida. Le asistía Lucifer con todos los demonios que vinieron a
casa de Anás. Y los escribas y fariseos estaban como
sangrientos lobos con la presa del manso corderillo, y todos
juntos se alegraban como lo hace el envidioso cuando ve
deshecho y confundido a quien se le adelanta. Y de común
acuerdo buscaron testigos que sobornados con dádivas y
promesas dijesen algún falso testimonio contra Jesús nuestro
Salvador. Vinieron los que estaban prevenidos, y los
testimonios que dijeron ni convenían entre sí mismos, ni
menos podían ajustarse con el que por naturaleza era la
misma inocencia y santidad. Y para no hallarse confusos
trajeron otros dos testigos falsos que depusieron contra
Jesús, testificando haberle oído decir que era poderoso para
destruir aquel Templo de Dios hecho por manos de hombres
y edificar otro en tres días68 que no fuese fabricado por ellas.
Y tampoco pareció conveniente este falso testimonio, aunque
por él pretendían hacer cargo a nuestro Salvador que
usurpaba el poder divino y se lo apropiaba a Sí mismo. Pero
cuando esto fuera así, era verdad infalible y nunca podía ser
falso ni presuntuoso, pues Su Majestad era Dios verdadero.
Pero el testimonio era falso, porque no había dicho el Señor
las palabras como los testigos las referían, entendiéndolas del
Templo material de Dios; y lo que había dicho en cierta
ocasión que expelió del Templo a los compradores y
vendedores, preguntándole ellos en qué virtud lo hacía,
respondió69 y fue decirles que desatasen aquel templo,
entendiendo el de su santísima humanidad, y que al tercer día
resucitaría, como lo hizo en testimonio de su poder divino.

68
Marcos 14, 58.
69
Juan 2, 19.

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No respondió nuestro Salvador Jesús palabra alguna a
todas las calumnias y falsedades que contra su inocencia
testificaban. Y viendo Caifás el silencio y paciencia del Señor
se levantó de la silla y le dijo: «¿Cómo no respondes a lo que
tantos testifican contra ti?»70. Tampoco a esta pregunta
respondió Su Majestad, porque Caifás y los demás, no solo
estaban indispuestos para darle crédito, sino que su
duplicado intento era que respondiese el Señor alguna razón
que le pudiesen calumniar, para satisfacer al pueblo en lo que
intentaban contra el Señor y que no conociese le condenaban
a muerte sin justa causa. Con este humilde silencio de Cristo
nuestro Señor, que podía ablandar el corazón del mal
sacerdote, se enfureció mucho más, porque se le frustraba su
malicia. Y Lucifer, que movía a Caifás y a todos los demás,
estaba muy atento a todo lo que el Salvador del mundo
obraba; aunque el intento de este Dragón era diferente que
el del pontífice, y sólo pretendía irritar la paciencia del Señor,
o que hablase alguna palabra por donde pudiera conocer si
era Dios verdadero.
Con este intento Lucifer movió la imaginación de Caifás
para que con grande saña e imperio hiciese a Cristo nuestro
bien aquella nueva pregunta: «Yo te conjuro por Dios vivo,
que nos digas si Tú eres Cristo, Hijo de Dios bendito»71. Esta
pregunta de parte del pontífice fue arrojada y llena de
temeridad e insipiencia; porque en duda si Cristo era o no era
Dios verdadero, tenerle preso como reo en su presencia, era
formidable crimen y temeridad, pues aquel examen se
debiera hacer por otro modo, conforme a razón y justicia.
Pero Cristo nuestro bien, oyéndose conjurar por Dios vivo, le
adoró y reverenció, aunque pronunciado por tan sacrílega
lengua. Y en virtud de esta reverencia respondió y dijo: «Tú lo
dijiste, y Yo lo soy. Pero Yo os aseguro que desde ahora veréis
al Hijo del hombre, que soy Yo, asentado a la diestra del
mismo Dios y que vendrá en las nubes del cielo»72. Con esta

70
Marcos 14, 60.
71
Mateo 26, 63.
72
Mateo 26, 64.

Página 49 de 176
divina respuesta se turbaron los demonios y los hombres con
diversos accidentes. Porque Lucifer y sus ministros no la
pudieron sufrir, antes bien sintieron una fuerza en ella que los
arrojó hasta el profundo, sintiendo gravísimo tormento de
aquella verdad que los oprimía. Y no se atreviera a volver a la
presencia de Cristo nuestro Salvador, si no dispusiera su
altísima Providencia que Lucifer volviera a dudar si aquel
Hombre–Cristo había dicho verdad o no la había dicho para
librarse de los judíos. Y con esta duda se esforzaron de nuevo
y salieron otra vez a la estacada, porque se reservaba para la
cruz el último triunfo, que de ellos y de la muerte había de
ganar el Salvador, como adelante veremos, y según la
profecía de Habacuc73.
Pero el pontífice Caifás, indignado con la respuesta del
Señor, que debía ser su verdadero desengaño, se levantó otra
vez y, rompiendo sus vestiduras en testimonio de que celaba
la honra de Dios, dijo a voces: «Blasfemado ha, ¿qué
necesidad hay de más testigos? ¿No habéis oído la blasfemia
que ha dicho? ¿Qué os parece de esto?»74. Esta osadía loca y
abominable de Caifás fue verdaderamente blasfemia, porque
negó a Cristo el ser Hijo de Dios, que por naturaleza le
convenía, y le atribuyó el pecado, que por naturaleza
repugnaba a su divina persona. Tal fue la estulticia de aquel
inicuo sacerdote, a quien por oficio tocaba conocer la verdad
católica y enseñarla, que se hizo execrable blasfemo, cuando
dijo que blasfemaba el que era la misma santidad. Y habiendo
profetizado poco antes con instinto del Espíritu Santo, en
virtud de su dignidad, que convenía muriese un Hombre para
que toda la gente no pereciese75, no mereció por sus pecados
entender la misma verdad que profetizaba. Pero como el
ejemplo y juicio de los príncipes y prelados es tan poderoso
para mover a los inferiores y al pueblo, inclinado a la lisonja y
adulación de los poderosos, todo aquel concilio de maldad se
irritó contra el Salvador Jesús y respondiendo a Caifás dijeron

73
Habacuc 3, 2-5.
74
Mateo 26, 65.
75
Juan 11, 50.

Página 50 de 176
en altas voces: «Digno es de muerte»76; muera, muera. Y a un
mismo tiempo irritados del demonio arremetieron contra el
mansísimo Maestro y descargaron sobre Él su furor diabólico:
unos le dieron de bofetadas, otros le hirieron con puntillazos,
otros le mesaron los cabellos, otros le escupieron en su
Venerable Rostro, otros le daban golpes o pescozones en el
cuello, que era un linaje de afrenta vil con que los judíos
trataban a los hombres que reputaban por muy viles.
Jamás entre los hombres se intentaron ignominias tan
afrentosas y desmedidas como las que en esta ocasión se
hicieron contra el Redentor del mundo. Y dicen San Marcos y
San Lucas77 que le cubrieron el rostro y así cubierto le herían
con bofetadas y pescozones y le decían: «Profetiza ahora,
profetízanos, pues eres profeta, di quien es el que te hirió».
La causa de cubrirle el rostro fue misteriosa; porque del júbilo
con que nuestro Salvador padecía aquellos oprobios y
blasfemias —como luego diré— le redundó en su Venerable
Rostro una hermosura y resplandor extraordinario, que a
todos aquellos operarios de maldad los llenó de admiración
y confusión muy penosa, y para disimularla atribuyeron aquel
resplandor a hechicería y arte mágica y tomaron por arbitrio
cubrirle al Señor la cara con paño inmundo, como indignos
de mirarla, y porque aquella luz divina los atormentaba y
debilitaba las fuerzas de su diabólica indignación. Todas estas
afrentas, baldones78 y abominables oprobios que padecía el
Salvador, los miraba y sentía su santísima Madre con el dolor
de los golpes y de las heridas en las mismas partes y al mismo
tiempo que nuestro Redentor las recibía. Sólo había
diferencia, que en Cristo nuestro Señor los dolores eran
causados de los golpes y tormentos que le daban los
verdugos y en su Madre purísima los obraba la mano del
Altísimo por voluntad de la misma Señora. Y aunque
naturalmente con la fuerza de los dolores y angustias
interiores llegaba a querer desfallecer la vida, pero luego era

76
Mateo 26, 66.
77
Marcos 14, 65; Lucas 22, 64.
78
Injuria o afrenta.

Página 51 de 176
confortada con la virtud divina, para continuar en el padecer
con su amado Hijo y Señor.
Las obras interiores que el Salvador hacía en esta ocasión
de tan inhumanas y nuevas afrentas, no pueden caer debajo
de razones y capacidad humana. Sólo María santísima las
conoció con plenitud, para imitarlas con suma perfección.
Pero como el divino Maestro en la escuela de la experiencia
de sus dolores iba deprendiendo79 la compasión de los que
habían de imitarle y seguir su doctrina80, se convirtió más a
santificarlos y bendecirlos en la misma ocasión que con su
ejemplo les enseñaba el camino estrecho de la perfección. Y
en medio de aquellos oprobios y tormentos, y en los que
después se siguieron, renovó Su Majestad sobre sus
escogidos y perfectos las bienaventuranzas que antes les
había ofrecido y prometido81. Miró a los pobres de espíritu,
que en esta virtud le habían de imitar, y dijo:
«Bienaventurados seréis en vuestra desnudez de las cosas
terrenas, porque con mi Pasión y muerte he de vincular el
reino de los cielos como posesión segura y cierta de la
pobreza voluntaria. Bienaventurados serán los que con
mansedumbre sufrieren y llevaren las adversidades y
tribulaciones, porque, a más del derecho que adquieren a mi
gozo por haberme imitado, poseerán la tierra de las
voluntades y corazones humanos con la apacible
conversación y suavidad de la virtud. Bienaventurados los que
sembrando con lágrimas lloraren82, porque en ellas recibirán
el pan de entendimiento y vida y cogerán después el fruto de
la alegría y gozo sempiterno».
«Benditos serán también los que tuvieron hambre y sed de
la justicia y verdad, porque Yo les merezco satisfacción y
hartura que excederá a todos sus deseos, así en la gracia
como en el premio de la gloria. Benditos serán los que se
compadecieren con misericordia de aquellos que los ofenden

79
Aprendiendo.
80
Carta a los Hebreos 5, 8.
81
Mateo 5, 3ss.
82
Salmo 126, 5.

Página 52 de 176
y persiguen, como Yo lo hago, perdonándolos y ofreciéndoles
mi amistad y gracia, si la quieren admitir, que Yo les prometo
en nombre de mi Padre larga misericordia. Sean benditos los
limpios de corazón, que me imitan y crucifican su carne para
conservar la pureza del espíritu; Yo les prometo la visión de
paz y que lleguen a la de mi divinidad por mi semejanza y
participación. Benditos sean los pacíficos, que sin buscar su
derecho no resisten a los malos y los reciben con corazón
sencillo y quieto sin venganza; ellos serán llamados hijos
míos, porque imitaron la condición de su Padre celestial y Yo
los concibo y escribo en mi memoria y en mi mente para
adoptarlos por míos. Y los que padecieren persecución por la
justicia, sean bienaventurados y herederos de mi reino
celestial, porque padecieron conmigo, y donde Yo estaré
quiero que estén eternamente conmigo83. Alegraos, pobres;
recibid consolación los que estáis y estaréis tristes; celebrad
vuestra dicha los pequeñuelos y despreciados del mundo; los
que padecéis con humildad y sufrimiento, padeced con
interior regocijo; pues todos me seguís por las sendas de la
verdad. Renunciad la vanidad, despreciad el fausto y
arrogancia de la soberbia de Babilonia falsa y mentirosa,
pasad por el fuego y las aguas de la tribulación hasta llegar a
Mí, que soy luz, verdad y vuestra guía para el eterno descanso
y refrigerio».
En estas obras tan divinas y otras peticiones por los
pecadores, estaba ocupado nuestro Salvador Jesús, mientras
el concilio de los malignantes84 le rodeaba, y como rabiosos
canes —según dijo David85— le embestían y cargaban de
afrentas, oprobios, heridas y blasfemias. Y la Madre Virgen,
que a todo estaba atenta, le acompañaba en lo que hacía y
padecía; porque en las peticiones hizo la misma oración por
los enemigos, y en las bendiciones que dio su Hijo santísimo
a los justos y predestinados se constituyó la divina Reina por
su Madre, amparo y protectora, y en nombre de todos hizo

83
Juan 12, 26.
84
De malignar: Viciar, inficionar.
85
Salmo 22, 17.

Página 53 de 176
cánticos de alabanza y agradecimiento porque a los
despreciados del mundo y pobres les dejaba el Señor tan alto
lugar de su divina aceptación y agrado. Y por esta causa y las
que conoció en estas obras interiores de Cristo nuestro Señor,
hizo con incomparable fervor nueva elección de los trabajos
y desprecios, tribulaciones y penas para lo restante de la
Pasión y de su vida santísima.
A nuestro Salvador Jesús había seguido Pedro desde la
casa de Anás a la de Caifás, aunque algo de lejos, porque
siempre le tenía acobardado el miedo de los judíos, pero le
vencía en parte con el amor que a su Maestro tenía y con el
esfuerzo connatural de su corazón. Y entre la multitud que
entraba y salía en casa de Caifás, no fue dificultoso
introducirse el apóstol, abrigado también de la oscuridad de
la noche. En las puertas del zaguán le miró otra criada, que
era portera como la de la casa de Anás, y acercándose a los
soldados, que también allí estaban al fuego, les dijo: «Este
hombre es uno de los que acompañaban a Jesús Nazareno».
Y uno de los circunstantes le dijo: «Tú verdaderamente eres
galileo y uno de ellos»86. Lo negó Pedro, afirmando con
juramento que no era discípulo de Jesús, y con esto se desvió
del fuego y conversación. Pero aunque salió fuera del zaguán,
no se fue ni se pudo apartar hasta ver el fin del Salvador,
porque lo detenía el amor y compasión natural de los trabajos
en que le dejaba. Y andando el apóstol rodeando y acechando
por espacio o tiempo de una hora en la misma casa de Caifás,
le conoció un pariente de Malco, a quien él había cortado la
oreja, y le dijo: «Tú eres galileo y discípulo de Jesús, y yo te vi
con Él en el huerto»87. Entonces Pedro cobró mayor miedo
viéndose conocido y comenzó a negar y maldecirse de que
no conocía a aquel Hombre. Y luego cantó el gallo segunda
vez y se cumplió puntualmente la sentencia y prevención que
su divino Maestro había hecho, de que le negaría aquella
noche tres veces antes que cantase el gallo dos.

86
Marcos 14, 67-70; Lucas 22, 56-59.
87
Juan 18, 26.

Página 54 de 176
Anduvo el Dragón infernal muy codicioso contra Pedro
para destruirle, y el mismo Lucifer movió a las criadas de los
pontífices primero, como más livianas, y después a los
soldados, para que unos y otros afligiesen al apóstol con su
atención y preguntas, y a él le turbó con grandes
imaginaciones y crueldad, después que le vio en el peligro, y
más cuando comenzaba a blandear. Y con esta vehemente
tentación, la primera negación fue simple, la segunda con
juramento y a la tercera añadió anatemas y execraciones
contra sí mismo; que por este modo, de un pecado menor se
viene a otro mayor, oyendo a la crueldad de nuestros
enemigos. Pero Pedro oyendo el canto del gallo se acordó del
aviso de su divino Maestro, porque Su Majestad le miró con
su liberal misericordia. Y para que le mirase intervino la
piedad de la gran Reina del mundo, porque en el cenáculo,
donde estuvo, conoció las negaciones y el modo y causas con
que el apóstol las había hecho, afligido del temor natural y
mucho más de la crueldad de Lucifer. Se postró luego en
tierra la divina Señora y con lágrimas pidió por Pedro,
representando su fragilidad con los méritos de su Hijo
santísimo. El mismo Señor despertó el corazón de Pedro y le
reprendió benignamente, mediante la luz que le envió para
que conociese su culpa y la llorase. Al punto se salió el apóstol
de la casa del pontífice, rompiendo su corazón con íntimo
dolor y lágrimas por su caída, y para llorarla con amargura se
fue a una cueva, que ahora llaman «del gallicanto», donde
lloró con confusión y dolor vivo; y dentro de tres horas volvió
a la gracia y alcanzó perdón de sus delitos, aunque los
impulsos y santas inspiraciones se continuaron siempre. Y la
purísima Madre y Reina del cielo envió uno de sus ángeles
que ocultamente le consolase y moviese con esperanza al
perdón, porque con el desmayo de esta virtud no se le
retardase. Fue el santo ángel con orden de que no se le
manifestase, por haber tan poco que el apóstol había
cometido su pecado. Todo lo ejecutó el ángel sin que Pedro
le viese, y quedó el gran penitente confortado y consolado

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con las inspiraciones del ángel y perdonado por intercesión
de María santísima.

Lo que padeció nuestro Salvador Jesús después


de la negación de Pedro hasta la mañana y el
dolor grande de su Madre santísima

Este paso dejaron en silencio los sagrados evangelistas sin


haber declarado dónde y qué padeció el autor de la vida
después de la negación de Pedro y oprobios que Su Majestad
recibió en casa de Caifás y en su presencia hasta la mañana,
cuando todos refieren la nueva consulta que hicieron para
presentarle a Pilato, como se verá en el capítulo siguiente. Yo
dudaba en proseguir este paso y manifestar lo que de él se
me ha dado a entender, porque juntamente se me ha
mostrado que no todo se conocerá en esta vida, ni conviene
se diga a todos, porque el día del juicio se harán patentes a
los hombres este y otros sacramentos de la vida y Pasión de
nuestro Redentor. Y para lo que yo puedo manifestar, no hallo
razones adecuadas a mi concepto, y menos al objeto que
concibo, porque todo es inefable y sobre mi capacidad. Pero
obedeciendo diré lo que alcanzo, para no ser reprendida
porque callé la verdad, que tanto confunde y condena nuestra
vanidad y olvido. Yo confieso en presencia del cielo mi dureza,
pues no muero de confusión y dolor por haber cometido
culpas que costaron tanto al mismo Dios que me dio el ser y
vida que tengo. No podemos ya ignorar la fealdad y peso del
pecado, pues hizo tal estrago en el mismo autor de la gracia
y de la gloria. Yo seré la más ingrata de todos los nacidos, si
desde hoy no aborreciere la culpa más que a la muerte y
como al demonio mismo, y esta deuda intimo y amonesto a
todos los católicos hijos de la Iglesia Santa.
Con los oprobios que recibió Cristo nuestro bien en
presencia de Caifás quedó la envidia del ambicioso pontífice
y la ira de sus coligados y ministros muy cansada aunque no
saciada. Pero, como ya era pasada la media noche,
determinaron los del concilio, que mientras dormían quedase

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nuestro Salvador a buen recado y seguro de que no huyese
hasta la mañana. Para esto le mandaron encerrar atado como
estaba en un sótano que servía de calabozo para los mayores
ladrones y facinerosos de la república. Era esta cárcel tan
oscura que casi no tenía luz y tan inmunda y de mal olor que
pudiera infestar la casa, si no estuviera tan tapada y cubierta,
porque hacía muchos años que no la habían limpiado ni
purificado, así por estar muy profunda como porque las veces
que servía para encerrar tan malos hombres no reparaban en
meterlos en aquel horrible calabozo, como a gente indigna
de toda piedad y bestias indómitas y fieras.
Se ejecutó lo que mandó el concilio de maldad, y los
ministros llevaron y encarcelaron al Criador del cielo y de la
tierra en aquel inmundo y profundo calabozo. Y como
siempre estaba aprisionado en la forma que vino del huerto,
pudieron estos obradores de la iniquidad continuar a su salvo
la indignación que siempre el príncipe de las tinieblas les
administraba, porque llevaron a Su Majestad tirando de las
sogas y casi arrastrándole con inhumano furor y cargándole
de golpes y blasfemias execrables. En un ángulo de lo
profundo de este sótano salía del suelo un escollo o punta de
un peñasco tan duro, que por eso no le habían podido
romper. Y en esta peña, que era como un pedazo de columna,
ataron y amarraron a Cristo nuestro bien con los extremos de
las sogas, pero con un modo desapiadado88; porque
dejándole en pie, le pusieron de manera que estuviese
amarrado y juntamente inclinado el cuerpo, sin que pudiera
estar sentado, ni tampoco levantado derecho el cuerpo para
aliviarse, de manera que la postura vino a ser nuevo tormento
y en extremo penoso. Con esta forma de prisión le dejaron y
le cerraron las puertas con llave, entregándola a uno de
aquellos pésimos ministros que cuidase de ella.
Pero el Dragón infernal en su antigua soberbia no
sosegaba y siempre deseaba saber quién era Cristo, e
irritando su inmutable paciencia inventó otra nueva maldad,

88
Despiadado.

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revistiéndose en aquel depravado ministro y en otros. Puso
en la imaginación del que tenía la llave del divino preso y del
mayor tesoro que posee el cielo y la tierra, que convidase a
otros de sus amigos de semejantes costumbres que él, para
que todos juntos bajasen al calabozo donde estaba el
Maestro de la vida a tener con Él un rato de entretenimiento,
obligándole a que hablase y profetizase, o hiciese alguna cosa
inaudita, porque tenían a Su Majestad por mágico y adivino.
Y con esta diabólica sugestión convidó a otros soldados y
ministros, y determinaron ejecutarlo. Pero en el ínterin que se
juntaron, sucedió que la multitud de ángeles que asistían al
Redentor en su Pasión, luego que le vieron amarrado en
aquella postura tan dolorosa y en lugar tan indigno e
inmundo, se postraron ante su acatamiento, adorándole por
su Dios y Señor verdadero, y dieron a Su Majestad tanto más
profunda reverencia y culto cuanto era más admirable en
dejarse tratar con tales oprobios por el amor que tenía a los
mismos hombres. Le cantaron algunos himnos y cánticos de
los que su Madre purísima había hecho en alabanza suya,
como arriba dije. Y todos los espíritus celestiales le pidieron
en nombre de la misma Señora que, pues no quería mostrar
el poder de su diestra en aliviar su humanidad santísima, les
diese a ellos licencia para que le desatasen y aliviasen de
aquel tormento y le defendiesen de aquella cuadrilla de
ministros que instigados del demonio se prevenían para
ofenderle de nuevo.
No admitió Su Majestad este obsequio de los ángeles y les
respondió diciendo: «Espíritus y ministros de mi Eterno Padre,
no es mi voluntad recibir ahora alivio en mi Pasión, y quiero
padecer estos oprobios y tormentos, para satisfacer a la
caridad ardiente con que amo a los hombres y dejar a mis
escogidos y amigos este ejemplo, para que me imiten y en la
tribulación no desfallezcan, y para que todos estimen los
tesoros de la gracia, que les merecí con abundancia por
medio de estas penas. Y quiero asimismo justificar mi causa,
para que el día de mi indignación sea patente a los réprobos
la justicia con que son condenados por haber despreciado mi

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acerbísima Pasión, que recibí para buscarles el remedio. A mi
Madre diréis que se consuele en esta tribulación, mientras
llega el día de la alegría y descanso, que me acompañe ahora
en el obrar y padecer por los hombres, que de su afecto
compasivo y de todo lo que hace recibo agrado y
complacencia». Con esta respuesta fueron los santos ángeles
a su gran Reina y Señora y con la embajada sensible la
consolaron, aunque por otra noticia no ignoraba la voluntad
de su Hijo santísimo y todo lo que sucedía en casa del
pontífice Caifás. Y cuando conoció la nueva crueldad con que
dejaron amarrado al Cordero del Señor y la postura de su
cuerpo santísimo tan penosa y dura, sintió la purísima Madre
el mismo dolor en su purísima persona, como también sintió
el de los golpes, bofetadas y oprobios que hicieron contra el
autor de la vida; porque todo resonaba como un milagroso
eco en el virginal cuerpo de la candidísima paloma, y un
mismo dolor y pena hería al Hijo y a la Madre, y un cuchillo
los traspasaba, diferenciándose en que padecía Cristo como
Hombre–Dios y Redentor único de los hombres y María
santísima como pura criatura y coadjutora de su Hijo
santísimo.
Cuando conoció que Su Majestad daba permiso para que
entrase en la cárcel aquella vilísima canalla de ministros,
incitados por el demonio, hizo la amorosa Madre amargo
llanto por lo que había de suceder. Y previniendo los intentos
sacrílegos de Lucifer, estuvo muy atenta para usar de la
potestad de Reina y no consentir se ejecutase contra la
persona de Cristo nuestro bien acción alguna indecente,
como la intentaba el Dragón por medio de la crueldad de
aquellos infelices hombres. Porque si bien todas eran
indignas y de suma irreverencia para la persona divina de
nuestro Salvador, pero en algunas podía haber menos
decencia, y estas las procuraba introducir el enemigo para
provocar la indignación del Señor, cuando con las demás que
había intentado no podía irritar su mansedumbre. Fueron tan
raras y admirables, heroicas y extraordinarias las obras que
hizo la gran Señora en esta ocasión y en todo el discurso de

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la Pasión, que ni se pueden dignamente referir ni alabar,
aunque se escribieran muchos libros de sólo este argumento,
y es fuerza remitirlo a la visión de la divinidad, porque en esta
vida es inefable para decirlo.
Entraron, pues, en el calabozo aquellos ministros del
pecado, solemnizando con blasfemias la fiesta que se
prometían con las ilusiones y escarnios que determinaban
ejecutar contra el Señor de las criaturas. Y llegándose a Él
comenzaron a escupirle asquerosamente y darle de bofetadas
con increíble mofa y desacato. No respondió Su Majestad ni
abrió su boca, no alzó sus soberanos ojos, guardando siempre
humilde serenidad en su semblante. Deseaban aquellos
ministros sacrílegos obligarle a que hablase o hiciese alguna
acción ridícula o extraordinaria, para tener más ocasión de
celebrarle por hechicero y burlarse de Él, y como vieron
aquella mansedumbre inmutable se dejaron irritar más de los
demonios que asistían con ellos. Desataron al divino Maestro
de la peña donde estaba amarrado y le pusieron en medio del
calabozo, vendándole los Sagrados Ojos con un paño, y
puesto en medio de todos le herían con puñadas, pescozones
y bofetadas, uno a uno, cada cual a porfía89, con mayor
escarnio y blasfemia, mandándole que adivinase y dijese
quien era el que le daba. Este linaje de blasfemias replicaron
los ministros en esta ocasión, más que en presencia de Anás,
cuando refieren San Mateo, San Marcos y San Lucas90 este
caso, comprendiendo tácitamente lo que sucedió después.
Callaba el Cordero mansísimo a esta lluvia de oprobios y
blasfemias, y Lucifer, que estaba sediento de que hiciese
algún movimiento contra la paciencia, se atormentaba de
verla tan inmutable en Cristo nuestro Señor, y con infernal
consejo puso en la imaginación de aquellos sus esclavos y
amigos que le desnudasen de todas sus vestiduras y le
tratasen con palabras y acciones fraguadas en el pecho de tan
execrable demonio. No resistieron los soldados a esta
sugestión y quisieron ejecutarla. Este abominable sacrilegio

89
Con emulación y competencia.
90
Mateo 26, 67-68; Marcos 14, 65; Lucas 22, 64.

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estorbó la prudentísima Señora con oraciones, lágrimas y
suspiros y usando del imperio de Reina, porque pedía al
Eterno Padre no concurriese con aquellas causas segundas
para tales obras, y a las mismas potencias de los ministros
mandó no usasen de la virtud natural que tenían para obrar.
Con este imperio sucedió que nada pudieron ejecutar
aquellos sayones de cuanto el demonio y su malicia en esto
les administraba, porque muchas cosas se les olvidaban
luego, otras que deseaban no tenían fuerzas para ejecutarlas,
porque quedaban como helados y pasmados los brazos hasta
que retrataban su inicua determinación. Y mudándola volvían
a su natural estado, porque aquel milagro no era entonces
para castigarlos, sino para sólo impedir las acciones más
indecentes y consentir las que menos lo eran, o las de otra
especie de irreverencia que el Señor quería permitir.
Mandó también la poderosa Reina a los demonios que
enmudeciesen y no incitasen a los ministros en aquellas
maldades indecentes que Lucifer intentaba y quería
proseguir. Y con este imperio quedó el Dragón quebrantado
en cuanto a lo que se extendía la voluntad de María santísima
y no pudo irritar más la indignación estulta de aquellos
depravados hombres, ni ellos pudieron hablar ni hacer cosa
indecente, más de en la materia que se les permitió. Pero con
experimentar en sí mismos aquellos efectos tan admirables
como desacostumbrados, no merecieron desengañarse ni
conocer el poder divino, aunque unas veces se sentían como
baldados91 y otras libres y sanos, y todo de improviso, y lo
atribuían a que el Maestro de la verdad y de la vida era
hechicero y mágico. Y con este error diabólico perseveraron
en hacer otros géneros de burlas injuriosas y tormentos a la
persona de Cristo, hasta que conocieron corría ya muy
adelante la noche y entonces volvieron a amarrarle de nuevo
al peñasco y dejándole atado se salieron ellos y los demonios.
Fue orden de la divina Sabiduría cometer a la virtud de María
santísima la defensa de la honestidad y decencia de su Hijo

91
Muy cansado, agotado físicamente.

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purísimo en aquellas cosas que no convenía ser ofendida del
consejo de Lucifer y sus ministros.
Quedó solo otra vez nuestro Salvador en aquel calabozo,
asistido de los espíritus angélicos, llenos de admiración de las
obras y secretos juicios de Su Majestad en lo que había
querido padecer, y por todo le dieron profundísima adoración
y le alabaron magnificando y exaltando su santo nombre. Y el
Redentor del mundo hizo una larga oración a su Eterno Padre,
pidiendo por los hijos futuros de su Iglesia evangélica y
dilatación de la fe y por los apóstoles, especialmente por
Pedro, que estaba llorando su pecado. Pidió también por los
que le habían injuriado y escarnecido, y sobre todo convirtió
su petición para su Madre santísima y por los que a su
imitación fuesen afligidos y despreciados del mundo y por
todos estos fines ofreció su Pasión y muerte que esperaba. Al
mismo tiempo le acompañó la dolorosa Madre con otra larga
oración y con las mismas peticiones por los hijos de la Iglesia
y por sus enemigos, y sin turbarse ni recibir indignación ni
aborrecimiento contra ellos; sólo contra el demonio le tuvo,
como incapaz de la gracia por su irreparable obstinación. Y
con llanto doloroso habló con el Señor y le dijo:
«Amor y bien de mi alma, Hijo y Señor mío, digno sois de
que todas las criaturas os reverencien, honren y alaben, que
todo os lo deben, porque sois imagen del Eterno Padre y
figura de su sustancia, infinito en vuestro ser y perfecciones,
sois principio y fin de toda santidad. Si ellas sirven a vuestra
voluntad con rendimiento, ¿cómo ahora, Señor y bien eterno,
desprecian, vituperan, afrentan y atormentan vuestra persona
digna de supremo culto y adoración?, ¿cómo se ha levantado
tanto la malicia de los hombres?, ¿cómo se ha desmandado
la soberbia hasta poner su boca en el cielo?, ¿cómo ha sido
tan poderosa la envidia? Vos sois el único y claro sol de
justicia que alumbra y destierra las tinieblas del pecado. Sois
la fuente de la gracia, que a ninguno se niega si la quiere. Sois
el que por liberal amor dais el ser y movimiento a los que le
tienen en la vida y conservación a las criaturas, y todo pende
y necesita de Vos sin que nada hayáis menester. Pues ¿qué

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han visto en vuestras obras? ¿Qué han hallado en vuestra
persona, para que así la maltraten y vituperen? ¡Oh, fealdad
atrocísima del pecado, que así has podido desfigurar la
hermosura del cielo y oscurecer los claros soles de su
Venerable Rostro! ¡Oh cruenta fiera que tan sin humanidad
tratas al mismo Reparador de tus daños! Pero ya, Hijo y
Dueño mío, conozco que sois Vos el Artífice del verdadero
amor, el Autor de la salvación humana, el Maestro y Señor de
las virtudes, que en Vos mismo ponéis en práctica la doctrina
que enseñáis a los humildes discípulos de Vuestra escuela.
Humilláis la soberbia, confundís la arrogancia y para todos
sois ejemplo de salvación eterna. Y si queréis que todos
imiten Vuestra inefable paciencia, a mí me toca la primera,
que administré la materia y Os vestí de carne pasible en que
sois herido, escupido y abofeteado. ¡Oh, si yo sola padeciera
tantas penas y Vos, inocentísimo Hijo mío, estuvierais sin
ellas! Y si esto no es posible, padezca yo con Vos hasta la
muerte. Y vosotros, espíritus soberanos, que admirados de la
paciencia de mi amado conocéis su deidad inconmutable y la
inocencia y dignidad de su verdadera humanidad,
recompensad las injurias y blasfemias que recibe de los
hombres. Dadle testimonio de su magnificencia y gloria,
sabiduría, honor, virtud y fortaleza92. Convidad a los cielos,
planetas, estrellas y elementos para que todos le conozcan y
confiesen; y ved si por ventura hay otro dolor que se iguale al
mío»93. Estas razones tan dolorosas y otras semejantes decía
la purísima Señora, con que descansaba algún tanto en la
amargura de su pena y dolor.
Fue incomparable la paciencia de la divina Princesa en la
muerte y Pasión de su amantísimo Hijo y Señor, porque jamás
le pareció mucho lo que padecía, ni la balanza de los trabajos
igualaba a la de su afecto, que medía con el amor y con la
dignidad de su Hijo santísimo y sus tormentos, ni en todas las
injurias y desacatos que se hacían contra el mismo Señor se
hizo parte para sentirlos por sí misma, ni los reputó por

92
Apocalípsis 5, 12.
93
Lamentaciones 1, 12.

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propios, aunque todos los conoció y lloró en cuanto eran
contra la Divina Persona y en daño de los agresores, y por
todos oró y rogó, para que el Muy Alto los perdonase y
apartase de pecado y de todo mal y los ilustrase con su divina
luz para conseguir el fruto de la Redención.

Se junta el concilio viernes por la mañana para


sustanciar la causa contra nuestro Salvador
Jesús; le remiten a Pilato y sale al encuentro
María santísima con Juan y las tres Marías

El viernes por la mañana en amaneciendo, dicen los


evangelistas94, se juntaron los más ancianos del gobierno con
los príncipes de los sacerdotes y escribas, que por la doctrina
de la ley eran más respetados del pueblo, para que de común
acuerdo se sustanciara la causa de Cristo y fuera condenado
a muerte como todos deseaban, dándole algún color de
justicia para cumplir con el pueblo. Este concilio se hizo en
casa del pontífice Caifás, donde Su Majestad estaba preso. Y
para examinarle de nuevo mandaron que le subiesen del
calabozo a la sala del concilio. Bajaron luego a traerle atado y
preso aquellos ministros de justicia y, llegando a soltarle de
aquel peñasco que queda dicho, le dijeron con gran risa y
escarnio: «Ea, Jesús Nazareno, y qué poco te han valido tus
milagros para defenderte. No fueran buenos ahora para
escaparte aquellos artes con que decías que en tres días
edificarías el Templo, mas aquí pagarás ahora tus vanidades,
y se humillarán tus altos pensamientos; ven, ven, que te
aguardan los príncipes de los sacerdotes y escribas para dar
fin a tus embustes y entregarte a Pilato, que acabe de una vez
contigo». Desataron al Señor y le subieron al concilio, sin que
Su Majestad desplegase su boca. Pero de los tormentos,
bofetadas y salivas de que, como estaba, atadas las manos,
no se había podido limpiar, estaba tan desfigurado y flaco,
que causó espanto, pero no compasión, a los del concilio. Tal
era la ira que contra el Señor habían contraído y concebido.

94
Mateo 27, 1; Marcos 15, 1; Lucas 22, 66; Juan 18, 28

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Le preguntaron de nuevo que les dijese si Él era Cristo, que
quiere decir «el ungido». Y esta segunda pregunta fue con
intención maliciosa, como las demás, no para oír la verdad y
admitirla, sino para calumniarla y ponérsela por acusación.
Pero el Señor, que así quería morir por la verdad, no quiso
negarla, ni tampoco confesarla de manera que la
despreciasen y tomase la calumnia algún color aparente,
porque aún este no podía caber en su inocencia y sabiduría.
Y así templó la respuesta de tal suerte, que si tuvieran los
fariseos alguna piedad tuvieran también ocasión de inquirir
con buen celo el sacramento escondido en sus razones, y si
no la tenían se entendiese que la culpa estaba en su mala
intención y no en la respuesta del Salvador. Les respondió y
dijo: «Si Yo afirmo que soy el que me preguntáis, no daréis
crédito a lo que dijere, y si os preguntare algo tampoco me
responderéis ni me soltaréis. Pero digo que el Hijo del
hombre, después de esto, se asentará a la diestra de la virtud
de Dios». Replicaron los pontífices: «¿Luego Tú eres Hijo de
Dios?». Respondió el Señor: «Vosotros decís que Yo soy»95. Y
fue lo mismo que decirles: Muy legítima es la consecuencia
que habéis hecho, que Yo soy Hijo de Dios, porque mis obras
y doctrina y vuestras Escrituras y todo lo que ahora hacéis
conmigo testifican que Yo soy Cristo, el prometido en la ley.
Pero como aquel concilio de malignantes no estaba
dispuesto para dar asenso a la verdad divina, aunque ellos
mismos la colegían por buenas consecuencias y la podían
creer, ni la entendieron ni le dieron crédito, antes la juzgaron
por blasfemia digna de muerte. Y viendo que se ratificaba el
Señor en lo que antes había confesado, respondieron todos:
«¿Qué necesidad tenemos de más testigos, pues Él mismo
nos lo confiesa por su boca?»96. Y luego de común acuerdo
decretaron, que como digno de muerte fuese llevado y
presentado a Poncio Pilato, que gobernaba la provincia de
Judea en nombre del emperador romano, como señor de
Palestina en lo temporal. Y según las leyes del imperio

95
Lucas 22, 67-70.
96
Lucas 22, 71.

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romano, las causas de sangre o de muerte estaban reservadas
al senado o emperador, o a sus ministros que gobernaban las
provincias remotas, y no se las dejaban a los mismos
naturales; porque negocios tan graves, como quitar la vida,
querían que se mirase con mayor atención y que ningún reo
fuese condenado sin ser oído y darle tiempo y lugar para su
defensa y descargo, porque en este orden de justicia se
ajustaban los romanos más que otras naciones a la ley natural
de la razón. Y en la causa de Cristo nuestro bien se holgaron
los pontífices y escribas de que la muerte que deseaban darle
fuese por sentencia de Pilato, que era gentil, para cumplir con
el pueblo con decir que el gobernador romano le había
condenado y que no lo hiciera si no fuera digno de muerte.
Tanto como esto les oscurecía el pecado y la hipocresía, como
si ellos no fueran los autores de toda la maldad y más
sacrílegos que el juez de los gentiles; y así ordenó el Señor
que se manifestase a todos con lo mismo que hicieron con
Pilato, como luego veremos.
Llevaron los ministros a nuestro Salvador Jesús de casa de
Caifás a la de Pilato, para presentárselo atado, como digno de
muerte, con las cadenas y sogas que le prendieron. Estaba la
ciudad de Jerusalén llena de gente de toda Palestina, que
había concurrido a celebrar la gran Pascua del cordero y de
los Ázimos, y con el rumor que ya corría en el pueblo y la
noticia que todos tenían del Maestro de la vida concurrió
innumerable multitud a verle llevar preso por las calles,
dividiéndose todo el vulgo en varias opiniones. Unos a
grandes voces decían: «Muera, muera este mal Hombre y
embustero que tiene engañado al mundo»; otros respondían,
«no parecían sus doctrinas tan malas ni sus obras, porque
hacía muchas buenas a todos»; otros, de los que habían
creído, se afligían y lloraban, y toda la ciudad estaba confusa
y alterada. Estaba Lucifer muy atento y sus demonios también
a cuanto pasaba, y con insaciable furor, viéndose ocultamente
vencido y atormentado de la invencible paciencia y
mansedumbre de Cristo nuestro Señor, le desatinaba su
misma soberbia e indignación, sospechando que aquellas

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virtudes que tanto le atormentaban no podían ser de puro
hombre. Por otra parte, presumía que dejarse maltratar y
despreciar con tanto extremo y padecer tanta flaqueza y
como desmayo en el cuerpo no podía ajustarse con Dios
verdadero, porque si lo fuera —decía el Dragón— la virtud
divina y su naturaleza comunicada a la humana le influyera
grandes efectos para que no desfalleciera, ni consintiera lo
que en ella se hace. Esto decía Lucifer, como quien ignoraba
el divino secreto de haber suspendido Cristo nuestro Señor
los efectos que pudieran redundar de la divinidad en la
naturaleza humana, para que el padecer fuese en sumo
grado, como queda dicho arriba. Pero con estos recelos se
enfurecía más el soberbio Dragón en perseguir al Señor, para
probar quién era el que así sufría los tormentos.
Era ya salido el Sol cuando esto sucedía; y la dolorosa
Madre, que todo lo miraba, determinó salir de su retiro para
seguir a su Hijo santísimo a casa de Pilato y acompañarle
hasta la cruz. Y cuando la gran Reina y Señora salía del
cenáculo, llegó Juan a darle cuenta de todo lo que pasaba,
porque ignoraba entonces el amado discípulo la ciencia y
visión que María santísima tenía de todas las obras y sucesos
de su amantísimo Hijo. Y después de la negación de Pedro, se
había retirado Juan, atalayando más de lejos lo que pasaba.
Reconociendo también la culpa de haber huido en el huerto
y llegando a la presencia de la Reina, la confesó por Madre de
Dios con lágrimas y le pidió perdón y luego le dio cuenta de
todo lo que pasaba en su corazón, había hecho y visto
siguiendo a su divino Maestro. Le pareció a Juan era bien
prevenir a la afligida Madre, para que llegando a la vista de
su Hijo santísimo no se hallase tan lastimada con el nuevo
espectáculo. Y para representárselo desde luego, le dijo estas
palabras: «¡Oh, Señora mía, qué afligido queda nuestro divino
Maestro! No es posible mirarle sin romper el corazón de
quien le viere, porque de las bofetadas, golpes y salivas está
su Hermosísimo Rostro tan afeado y desfigurado, que apenas
le conoceréis por la vista». Oyó la prudentísima Madre esta
relación con tanta espera, como si estuviera ignorante del

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suceso, pero estaba toda convertida en llanto y transformada
en amargura y dolor. Lo oyeron también las mujeres santas
que salían en compañía de la gran Señora y todas quedaron
traspasados los corazones del mismo dolor y asombro que
recibieron. Mandó la Reina del cielo al apóstol Juan que fuese
acompañándola con las devotas mujeres, y hablando con
todas les dijo: «Apresuremos el paso, para que vean mis ojos
al Hijo del Eterno Padre, que tomó la forma de Hombre en
mis entrañas; y veréis, carísimas, lo que con mi Señor y Dios
pudo el amor que tiene a los hombres, lo que le cuesta
redimirlos del pecado y de la muerte y abrirles las puertas del
cielo».
Salió la Reina del cielo por las calles de Jerusalén
acompañada de Juan y otras mujeres santas, aunque no todas
la asistieron siempre, fuera de las tres Marías y algunas otras
muy piadosas, y los ángeles de su Guarda, a los cuales pidió
que obrasen de manera que el tropel de la gente no la
impidiese para llegar a donde estaba su Hijo santísimo. La
obedecieron los santos ángeles y la fueron guardando. Por las
calles donde pasaba oía varias razones y sentires de tan
lastimoso caso que unos a otros se decían, contando la
novedad que había sucedido a Jesús Nazareno. Los más
piadosos se lamentaban, y éstos eran los menos; otros decían
cómo le querían crucificar; otros contaban dónde iba y que le
llevaban preso como hombre facineroso; otros que iba
maltratado; otros preguntaban qué maldades había
cometido, que tan cruel castigo le daban. Y finalmente
muchos con admiración o con poca fe decían: «¿En esto han
venido a parar sus milagros? Sin duda que todos eran
embustes, pues no se ha sabido defender ni librar». Y todas
las calles y plazas estaban llenas de corrillos y murmuraciones.
Pero en medio de tanta turbación de los hombres estaba la
invencible Reina, aunque llena de incomparable amargura,
constante y sin turbarse, pidiendo por los incrédulos y
malhechores, como si no tuviera otro cuidado más que
solicitarles la gracia y el perdón de sus pecados, y los amaba
con tan íntima caridad, como si recibiera de ellos grandes

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favores y beneficios. No se indignó ni airó contra aquellos
sacrílegos ministros de la Pasión y muerte de su amantísimo
Hijo, ni tuvo señal de enojo. A todos miraba con caridad y les
hacía bien.
Algunos de los que la encontraban por las calles la
conocían por Madre de Jesús Nazareno y movidos de natural
compasión le decían: «¡Oh, triste Madre! ¿Qué desdicha te ha
sucedido? ¡Qué lastimado y herido de dolor estará tu
corazón! ¿Qué mala cuenta has dado de tu Hijo? ¿Por qué le
consentías que intentase tantas novedades en el pueblo?
Mejor fuera haberle recogido y detenido; pero será
escarmiento para otras madres, que aprendan en tu desdicha
cómo han de enseñar a sus hijos». Estas razones y otras más
terribles oía la candidísima paloma, y a todas daba en su
ardiente caridad el lugar que convenía admitiendo la
compasión de los piadosos y sufriendo la impiedad de los
incrédulos, no maravillándose de los ignorantes y rogando
respectivamente al Muy Alto por los unos y los otros.
Entre esta variedad y confusión de gentes encaminaron los
santos ángeles a la Emperatriz del cielo a la vuelta de una
calle, donde encontró a su Hijo santísimo, y con profunda
reverencia se postró ante su Real persona y le adoró y con la
más alta y fervorosa veneración que jamás le dieron ni le
darán todas las criaturas. Se levantó luego, y con
incomparable ternura se miraron Hijo y Madre; se hablaron
con los interiores traspasados de inefable dolor. Se retiró
luego un poco atrás la prudentísima Señora y fue siguiendo a
Cristo nuestro Señor, hablando con Su Majestad en su secreto
y también con el Eterno Padre tales razones, que no caben en
lengua mortal y corruptible. Decía la afligida Madre: «Dios
altísimo e Hijo mío, conozco el amoroso fuego de vuestra
caridad con los hombres, que os obliga a ocultar el infinito
poder de vuestra divinidad en la carne y forma pasible que de
mis entrañas habéis recibido. Confieso vuestra sabiduría
incomprensible en admitir tales afrentas y tormentos y en
entregaros a Vos mismo, que sois el Señor de todo lo criado,
para rescate del hombre, que es siervo, polvo y ceniza. Digno

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sois de que todas las criaturas Os alaben y bendigan,
confiesen y engrandezcan vuestra bondad inmensa; pero yo,
que soy Vuestra Madre, ¿cómo dejaré de querer que sola en
mí se ejecutaran Vuestros oprobios y no en Vuestra Divina
Persona, que sois hermosura de los ángeles y resplandor de
la gloria de Vuestro Padre Eterno? ¿Cómo no desearé
Vuestros alivios en tales penas? ¿Cómo sufrirá mi corazón
veros tan afligido, y afeado vuestro Hermosísimo Rostro, y
que sólo con el Criador y Redentor falte la compasión y la
piedad en tan amarga Pasión? Pero si no es posible que yo os
alivie como Madre, recibid mi dolor y sacrificio de no hacerlo,
como Hijo y Dios santo y verdadero».
Quedó en el interior de nuestra Reina del cielo tan fija y
estampada la imagen de su Hijo santísimo, así lastimado y
afeado, encadenado y preso, que jamás en lo que vivió se le
borraron de la imaginación aquellas especies, más que si le
estuviera mirando. Llegó Cristo nuestro bien a la casa de
Pilato, siguiéndole muchos del concilio de los judíos y gente
innumerable de todo el pueblo. Y presentándole al juez, se
quedaron los judíos fuera del pretorio o tribunal, fingiéndose
muy religiosos por no quedar irregulares e inmundos para
celebrar la Pascua de los panes ceremoniales, para la cual
habían de estar muy limpios de las inmundicias cometidas
contra la ley; y como hipócritas estultísimos no reparaban en
el inmundo sacrilegio que les contaminaba las almas,
homicidas del Inocente. Pilato, aunque era gentil,
condescendió con la ceremonia de los judíos y, viendo que
reparaban en entrar en su pretorio, salió fuera y, conforme al
estilo de los romanos, les preguntó: «¿Qué acusación es la
que tenéis contra este Hombre?». Respondieron los judíos:
«Si no fuera grande malhechor, no te lo trajéramos»97 así
atado y preso como te le entregamos. Y fue decir: Nosotros
tenemos averiguadas sus maldades y somos tan atentos a la
justicia y a nuestras obligaciones, que a menos de ser muy
facineroso no procediéramos contra Él. Con todo eso les

97
Juan 18, 29-30.

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replicó Pilato: «Pues ¿qué delitos son los que ha cometido?».
«Está convencido —respondieron los judíos— que inquieta a
la república y se quiere hacer nuestro rey y prohíbe que se le
paguen al César los tributos; se hace Hijo de Dios y ha
predicado nueva doctrina, comenzando por Galilea y
prosiguiendo por toda Judea hasta Jerusalén»98. «Pues
tomadle vosotros —dijo Pilato—, y juzgadle conforme a
vuestras leyes; que yo no hallo causa justa para juzgarle».
Replicaron los judíos: «A nosotros no se nos permite
condenar a alguno con pena de muerte, ni tampoco
dársela»99.
A todas estas y otras demandas y respuestas estaba
presente María santísima con Juan y las mujeres que la
seguían, porque los santos ángeles la acercaron a donde todo
lo pudiese ver y oír; y cubierta con su manto lloraba sangre
en vez de lágrimas con la fuerza del dolor que dividía su
virginal corazón, y en los actos de las virtudes era un espejo
clarísimo en que se retrataba el alma santísima de su Hijo, y
los dolores y penas se retrataban en el sentimiento del
cuerpo. Pidió al Padre Eterno le concediese no perder a su
Hijo de vista, cuanto fuese posible, por el orden común, hasta
la muerte, y así lo consiguió mientras el Señor no estuvo
preso. Y considerando la prudentísima Señora que convenía
se conociese la inocencia de nuestro Salvador Jesús entre las
falsas acusaciones y calumnias de los judíos y que le
condenaban a muerte sin culpa, pidió con fervorosa oración
que no fuese engañado el juez y que tuviese verdadera luz de
que Cristo era entregado a él por envidia de los sacerdotes y
escribas. En virtud de esta oración de María santísima tuvo
Poncio Pilato claro conocimiento de la verdad y alcanzó que
Cristo era inculpable y que le habían entregado por envidia,
como dice San Mateo100; y por esta razón el mismo Señor se
declaró más con él, aunque no cooperó Pilato a la verdad que

98
Lucas 23, 2-5.
99
Juan 18, 31.
100
Mateo 27, 18.

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conoció, y así no fue de provecho para él sino para nosotros
y para convencer la perfidia de los pontífices y fariseos.
Deseaba la indignación de los judíos hallar a Pilato muy
propicio, para que luego pronunciara la sentencia de muerte
contra el Salvador Jesús; y como reconocieron que reparaba
tanto en ello, comenzaron a levantar las voces con ferocidad,
acusándole y repitiendo que se quería alzar con el reino de
Judea y para esto engañaba y conmovía los pueblos y se
llamaba «Cristo», que quiere decir ungido Rey. Esta maliciosa
acusación propusieron a Pilato, porque se moviese más con
el celo del reino temporal, que debía conservar debajo del
imperio romano. Y porque entre los judíos eran los reyes
ungidos, por eso añadieron que Jesús se llamaba Cristo, que
es ungido como rey, y porque Pilato, como gentil, cuyos reyes
no se ungían, entendiese que llamarse Cristo era lo mismo
que llamarse rey ungido de los judíos. Le preguntó Pilato al
Señor: «¿Qué respondes a estas acusaciones que te
oponen?»101. No respondió Su Majestad palabra en presencia
de los acusadores, y se admiró Pilato de ver tal silencio y
paciencia. Pero deseando examinar más si era
verdaderamente rey, se retiró el mismo juez con el Señor
adentro del pretorio, desviándose de la vocería de los judíos.
Y allí a solas le preguntó Pilato: «Dime, ¿eres Tú Rey de los
judíos?».102 No pudo pensar Pilato que Cristo era rey de
hecho, pues conocía que no reinaba, y así lo preguntaba para
saber si era rey de derecho y si le tenía al reino. Le respondió
nuestro Salvador: «Esto que me preguntas ¿ha salido de ti
mismo, o te lo ha dicho alguno hablándote de Mí?». Replicó
Pilato: «¿Yo acaso soy judío para saberlo? Tu gente y tus
pontífices te han entregado a mi tribunal; dime lo que has
hecho y qué hay en esto». Entonces respondió el Señor: «Mi
reino no es de este mundo, porque si lo fuera, cierto es que
mis vasallos me defendieran, para que no fuera entregado a
los judíos, mas ahora no tengo aquí mi reino». Creyó el juez
en parte esta respuesta del Señor y así le replicó: «¿Luego Tú

101
Marcos 15, 4.
102
Juan 18, 33 ss.

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eres rey, pues tienes reino?». No lo negó Cristo y añadió
diciendo: «Tú dices que Yo soy rey; y para dar testimonio de
la verdad nací Yo en el mundo; y todos los que son nacidos
de la verdad oyen mis palabras». Se admiró Pilato de esta
respuesta del Señor, y le volvió a preguntar: «¿Qué cosa es la
verdad?». Y sin aguardar más respuesta salió otra vez del
pretorio y dijo a los judíos: «Yo no hallo culpa en este Hombre
para condenarle. Ya sabéis que tenéis costumbre de que por
la fiesta de la Pascua dais libertad a un preso; decidme si
gustáis que sea Jesús o Barrabás»; que era un ladrón y
homicida, que a la sazón tenían en la cárcel por haber muerto
a otro en una pendencia. Levantaron todos la voz y dijeron:
«A Barrabás pedimos que sueltes, y a Jesús que crucifiques».
Y en esta petición se ratificaron, hasta que se ejecutó como lo
pedían.
Quedó Pilato muy turbado con las respuestas de nuestro
Salvador Jesús y obstinación de los judíos; porque por una
parte deseaba no desgraciarse con ellos, y esto era dificultosa
cosa, viéndolos tan embarcados en la muerte del Señor, si no
consentía con ellos; por otra parte conocía claramente que le
perseguían por envidia mortal que le tenían y que las
acusaciones de que turbaba al pueblo eran falsas y ridículas.
Y en lo que le imputaban que pretendía ser rey, había
quedado satisfecho con la respuesta del mismo Cristo y verle
tan pobre, tan humilde y sufrido a las calumnias que le
oponían. Y con la luz y auxilios que recibió, conoció la
verdadera inocencia del Señor, aunque esto fue por mayor,
ignorando siempre el misterio y la dignidad de la persona
divina. Y aunque la fuerza de sus vivas palabras movió a Pilato
para hacer concepto grande de Cristo y pensar que en Él se
encerraba algún particular secreto y por esto deseaba soltarle
y le envió a Herodes, como diré en el capítulo siguiente, pero
no llegaron a ser eficaces los auxilios porque lo desmereció
su pecado y se convirtió a fines temporales, gobernándose
por ellos y no por la justicia, más por sugestión de Lucifer,
como arriba dije, que por la noticia de la verdad que conocía
con claridad. Y habiéndola entendido, procedió como mal

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juez en consultar más la causa del inocente con los que eran
enemigos suyos declarados y le acusaban falsamente. Y
mayor delito fue obrar contra el dictamen de la conciencia,
condenándole a muerte y primero a que le azotasen tan
inhumanamente, como veremos, sin otra causa más de para
contentar a los judíos.
Pero aunque Pilato por estas y otras razones fue
iniquísimo e injusto juez condenando a Cristo, a quien tenía
por puro hombre, aunque inocente y bueno, con todo fue
menor su delito en comparación de los sacerdotes y fariseos.
Y esto no solo porque ellos obraban con envidia, crueldad y
otros fines execrables, sino también porque fue gran culpa el
no conocer a Cristo por verdadero Mesías y Redentor,
Hombre y Dios, prometido en la ley que los hebreos
profesaban y creían. Y para su condenación permitió el Señor
que, cuando acusaban a nuestro Salvador, le llamasen Cristo
y Rey ungido, confesando en las palabras la misma verdad
que negaban y descreían. Pero las debían creer, para entender
que Cristo nuestro Señor era verdaderamente ungido, no con
la unción figurativa de los reyes y sacerdotes antiguos, sino
con la unción que dijo David103, diferente de todos los demás,
como lo era la unción de la divinidad unida a la humana
naturaleza, que la levantó a ser Cristo Dios y Hombre
verdadero, y ungida su alma santísima con los dones de
gracia y gloria correspondientes a la unión hipostática 104.
Toda esta verdad misteriosa significaba la acusación de los
judíos, aunque ellos por su perfidia no la creían y con envidia
la interpretaban falsamente, acumulándole al Señor que se
quería hacer rey y no lo era; siendo verdad lo contrario, y no
lo quería mostrar, ni usar de la potestad de rey temporal,
aunque de todo era Señor; pero no había venido al mundo a
mandar a los hombres, sino a obedecer105. Y era mayor la
ceguedad judaica, porque esperaban al Mesías como a rey

103
Salmo 45, 8.
104
Perteneciente o relativo a la hipóstasis. Comúnmente referido a la unión
de la naturaleza humana con el Verbo Divino en una sola persona.
105
Mateo 20, 28.

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temporal y con todo eso calumniaban a Cristo de que lo era,
y parece que sólo querían un Mesías tan poderoso rey que no
le pudiesen resistir, y aun entonces le recibirían por fuerza y
no con la voluntad piadosa que pide el Señor.
La grandeza de estos sacramentos ocultos entendía
profundamente nuestra gran Reina y Señora y los confería en
la sabiduría de su castísimo pecho, ejercitando heroicos actos
de todas las virtudes. Y como los demás hijos de Adán,
concebidos y manchados con pecados, cuando más crecen
las tribulaciones y dolores tanto más suelen conturbarlos y
oprimirlos, despertando la ira con otras desordenadas
pasiones, por el contrario sucedía en María santísima, donde
no obraba el pecado, ni sus efectos, ni la naturaleza, tanto
como la excelente gracia. Porque las grandes persecuciones y
muchas aguas de los dolores y trabajos no extinguían el fuego
de su inflamado corazón en el amor divino106, antes eran
como fomentos que más le alimentaban y encendían aquella
divina alma, para pedir por los pecadores, cuando la
necesidad era suma por haber llegado a su punto la malicia
de los hombres. ¡Oh, Reina de las virtudes, Señora de las
criaturas y dulcísima Madre de Misericordia! ¡Qué dura soy de
corazón, qué tarda y qué insensible, pues no le divide y le
deshace el dolor de lo que conoce mi entendimiento de
vuestras penas y de vuestro único y amantísimo Hijo! Si en
presencia de lo que conozco tengo vida, razón será que me
humille hasta la muerte. Delito es contra el amor y la piedad
ver padecer tormentos al inocente y pedirle mercedes sin
entrar a la parte de sus penas. ¿Con qué cara o con qué
verdad diremos las criaturas que tenemos amor de Dios, de
nuestro Redentor y a Vos, Reina mía, que sois su Madre, si,
cuando entrambos bebéis el cáliz amarguísimo de tan
acerbos dolores y Pasión, nosotros nos recreamos con el cáliz
de los deleites de Babilonia? ¡Oh, si yo entendiese esta
verdad! ¡Oh, si la sintiese y penetrase, y ella penetrase
también lo íntimo de mis entrañas a la vista de mi Señor y de

106
Cantar de los cantares 8, 7.

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su dolorosa Madre, padeciendo inhumanos tormentos!
¿Cómo pensaré yo que me hacen injusticia en perseguirme,
que me agravian en despreciarme, que me ofenden en
aborrecerme? ¿Cómo me querellaré de que padezco, aunque
sea vituperada, despreciada y aborrecida del mundo? ¡Oh,
gran Capitana de los mártires, Reina de los esforzados,
Maestra de los imitadores de vuestro Hijo!, si soy vuestra hija
y discípula, como vuestra dignación me lo asegura y mi Señor
me lo quiso merecer, no me neguéis mis deseos de seguir
vuestras pisadas en el camino de la cruz. Y si como flaca he
desfallecido, alcanzadme Vos, Señora y Madre mía, la
fortaleza y corazón contrito y humillado por las culpas de mi
pesada ingratitud. Granjeadme y pedidme el amor a Dios
eterno, que es don tan precioso, que sola vuestra poderosa
intercesión le puede alcanzar y mi Señor y Redentor
merecérmelo.

Remite Poncio Pilato a Herodes la causa y


persona de nuestro Salvador Jesús, le acusan
ante Herodes y él le desprecia y envía a Pilato;
le sigue María santísima y lo que en este paso
sucedió

Una de las acusaciones que los judíos y sus pontífices


presentaron a Pilato contra Jesús Salvador nuestro fue que
había predicado, comenzando desde la provincia de Galilea a
conmover el pueblo. De aquí tomó ocasión Pilato para
preguntar si Cristo nuestro Señor era galileo. Y como le
informasen que era natural y criado en aquella provincia, le
pareció tomar de aquí algún motivo para inhibirse en la causa
de Cristo nuestro bien, a quien hallaba sin culpa, y exonerarse
de la molestia de los judíos que tanto instaban le condenase
a muerte. Hallábase en aquella ocasión Herodes en Jerusalén
celebrando la Pascua de los judíos. Este era hijo del otro rey
Herodes [Herodes Magnus] que antes había degollado a los
Inocentes, persiguiendo a Jesús recién nacido, y por haberse
casado con una mujer judía se pasó al judaísmo haciéndose

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israelita prosélito. Por esta ocasión su hijo Herodes guardaba
también la ley de Moisés y había venido a Jerusalén desde
Galilea, donde era gobernador de aquella provincia. Pilato
estaba encontrado con Herodes, porque los dos gobernaban
las dos principales provincias de Palestina, Judea y Galilea, y
poco tiempo antes había sucedido que Pilato, celando el
dominio del imperio romano, había degollado a unos galileos
cuando hacían ciertos sacrificios —como consta del capítulo
13 de San Lucas107—, mezclando la sangre de los reos con la
de los sacrificios, y de esto se había indignado Herodes. Y para
darle Pilato de camino alguna satisfacción determinó remitirle
a Cristo nuestro Señor, como vasallo o natural de Galilea, para
que examinase su causa y la juzgase, aunque siempre
esperaba Pilato que Herodes le daría por libre como a
inocente y acusado por maliciosa envidia de los pontífices y
escribas.
Salió Cristo nuestro bien de casa de Pilato para la de
Herodes, atado y preso como estaba, acompañado de los
escribas y sacerdotes, que iban para acusarle ante el nuevo
juez, y gran número de soldados y ministros, para llevarle
tirando de las sogas y despejar las calles, que con el gran
concurso y novedad estaban llenas de pueblo. Pero la milicia
rompía por la multitud y, como los ministros y pontífices
estaban tan sedientos de la Sangre del Salvador para
derramarla aquel día, apresuraban el paso y llevaban a Su
Majestad por las calles casi corriendo y con desordenado
tumulto. Salió también María santísima con su compañía de
casa de Pilato para seguir a su dulcísimo Hijo Jesús y
acompañarle en los pasos que le restaban hasta la cruz. Y no
fuera posible que la gran Señora siguiera este camino a vista
de su Amado, si los santos ángeles no lo dispusieran como Su
Alteza quería, de manera que siempre fuese tan cerca de su
Hijo que pudiese gozar de su presencia, para con esto
participar con mayor plenitud de sus tormentos y dolores. Y
todo lo consiguió con su ardentísimo amor, porque

107
Lucas 13, 1.

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caminando por las calles a vista del Señor oía juntamente los
oprobios que los ministros le decían, los golpes que le daban
y las murmuraciones del pueblo, con los varios pareceres que
cada cual tenía o refería de otros.
Cuando Herodes tuvo aviso que Pilato le remitía a Jesús
Nazareno, se alegró grandemente. Sabía que era muy amigo
de Juan Bautista, a quien él había mandado degollar, y estaba
informado de la predicación que hacía, y con estulta y vana
curiosidad deseaba que en su presencia obrase alguna cosa
extraordinaria y nueva de que admirarse y hablar con
entretenimiento. Llegó, pues, el autor de la vida a la presencia
del homicida Herodes, contra quien estaba clamando ante el
mismo Señor la sangre de Juan Bautista, más que la del justo
Abel108. Pero el infeliz adúltero, como quien ignoraba los
terribles juicios del Altísimo, le recibió con risa, juzgándole por
encantador y mágico. Y con este formidable error le comenzó
a examinar y hacerle diversas preguntas, pensando que con
ellas le provocaría para hacer alguna cosa maravillosa, como
lo deseaba. Pero el Maestro de la sabiduría y prudencia no le
respondió palabra, estando siempre con severidad humilde y
en presencia del indignísimo juez, que tan merecido tenía por
sus maldades el castigo de no oír las palabras de vida eterna
que debieran salir de la boca de Cristo, si Herodes estuviera
dispuesto para admitirlas con reverencia.
Asistían allí los príncipes de los sacerdotes y escribas
acusando a nuestro Salvador constantemente con las mismas
acusaciones y cargos que ante Pilato le habían puesto. Pero
tampoco respondió palabra a estas calumnias, como lo
deseaba Herodes; en cuya presencia, ni para responder a las
preguntas, ni para desvanecer las acusaciones, no despegó el
Señor sus labios, porque Herodes de todas maneras
desmerecía oír la verdad, que fue su justo castigo y el que más
deben temer los príncipes y poderosos del mundo. Se indignó
Herodes con el silencio y mansedumbre de nuestro Salvador,
que frustraban su vana curiosidad, y casi confuso el inicuo

108
Génesis 4, 10.

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juez lo disimuló, burlándose del inocentísimo Maestro, y
despreciándole con todo su ejército le mandó remitir otra vez
a Pilato. Y habiéndose reído con mucho escarnio de la
modestia del Señor todos los criados de Herodes, para
tratarle como a loco y menguado de juicio, le vistieron una
ropa blanca con que señalaban a los que perdían el seso, para
que todos huyesen de ellos. Pero en nuestro Salvador esta
vestidura fue símbolo y testimonio de su inocencia y pureza,
ordenándolo la oculta Providencia del Altísimo, para que
estos ministros de maldad, con las obras que no conocían,
testificasen la verdad que pretendían oscurecer con otras
maravillas, que de malicia ocultaban, que había obrado el
Salvador.
Herodes se mostró agradecido con Pilato por la cortesía
con que le había remitido la causa y persona de Jesús
Nazareno. Y le volvió por respuesta, que no hallaba en Él
causa alguna, que antes le parecía hombre ignorante y de
ninguna estimación. Y desde aquel día se reconciliaron
Herodes y Pilato y quedaron amigos, disponiéndolo así los
ocultos juicios de la divina Sabiduría. Volvió segunda vez
nuestro Salvador de Herodes a Pilato, llevándole muchos
soldados de entrambos gobernadores con mayor tropel,
gritería y alboroto de la gente popular. Porque los mismos
que antes le habían aclamado y venerado por Salvador y
Mesías bendito del Señor, entonces, pervertidos ya con el
ejemplo de los sacerdotes y magistrados, estaban de otro
parecer y condenaban y despreciaban al mismo Señor a quien
poco antes habían dado gloria y veneración; que tan
poderoso como esto es el error de las cabezas y su mal
ejemplo para llevar al pueblo tras de sí. En medio de estas
confusas ignominias iba nuestro Salvador repitiendo dentro
de Sí mismo con inefable amor, humildad y paciencia aquellas
palabras que tenía dichas por la boca de David109: «Yo soy
gusano y no soy hombre, soy el oprobio de los hombres y el
desprecio del pueblo. Todos los que me vieron hicieron burla

109
Salmo 22, 7-8.

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de Mí, hablaron con los labios y movieron la cabeza». Era Su
Majestad un gusano y no hombre no solo porque no fue
engendrado como los demás hombres, ni era sólo y puro
hombre, sino Hombre y Dios verdadero; mas también porque
no fue tratado como hombre, sino como gusano vil y
despreciable. Y a todos los vituperios con que era hollado y
abatido no hizo más ruido ni resistencia que un humilde
gusanillo a quien todos pisan y desprecian y le reputan por
oprobio y vilísimo. Todos los que miraban a Cristo nuestro
Redentor, que eran sin número, hablaban y movían la cabeza,
como retratando el concepto y opinión en que le tenían.
A los oprobios y acusaciones que hicieron los sacerdotes
contra el autor de la vida en presencia de Herodes y a las
preguntas que él mismo le propuso, no estuvo presente
corporalmente su afligida Madre, aunque todas las vio por
otro modo de visión interior, porque estaba fuera del tribunal
donde entraron al Señor. Pero cuando salió fuera de la sala
donde le habían tenido, topó con ella y se miraron con íntimo
dolor y recíproca compasión, correspondiente al amor de tal
Hijo y de tal Madre. Y fue nuevo instrumento para dividirle el
corazón aquella vestidura blanca que le habían puesto,
tratándole como a hombre insensato y sin juicio, aunque sóla
ella conocía entre todos los nacidos el misterio de la inocencia
y pureza que aquel hábito significaba. Le adoró en él con
altísima reverencia y le fue siguiendo por las calles a la casa
de Pilato, a donde otra vez le volvían, porque en ella se debía
ejecutar la divina disposición para nuestro remedio. En este
camino de Herodes a Pilato, sucedió que, con la multitud del
pueblo y con la prisa que aquellos ministros impiísimos
llevaban al Señor, atropellándole y derribándole algunas
veces en el suelo y tirando con suma crueldad de las sogas, le
hicieron reventar la Sangre de sus sagradas venas y como no
se podía fácilmente levantar por llevar atadas las manos, ni el
tropel de la gente se podía ni quería detenerse, daban sobre
Su Divina Majestad y le hollaban y pisaban y le herían con
muchos golpes y puntillazos, causando gran risa a los
soldados en vez de la natural compasión, de que por industria

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del demonio estaban totalmente desnudos como si no fueran
hombres.
A la vista de tan desmedida crueldad creció la compasión
y sentimiento de la dolorosa y amorosa Madre y,
convirtiéndose a los santos ángeles que la asistían, les mandó
cogiesen la divina Sangre que derramaba su Rey y Señor por
las calles, para que no fuese de nuevo conculcada110 y hollada
de los pecadores; y así lo hicieron los ministros celestiales. Les
mandó también la gran Señora que si otra vez sucediese caer
en tierra su Hijo y Dios verdadero, le sirviesen, impidiendo a
los obradores de la maldad para que no le hollasen ni pisasen
su divina persona. Y porque en todo era prudentísima, no
quiso que este obsequio ejecutasen los ángeles sin voluntad
del mismo Señor y así les ordenó que de su parte se lo
propusiesen y le pidiesen licencia y le representasen las
angustias que como Madre padecía, viéndole tratar con aquel
linaje de irreverencia entre los pies inmundos de aquellos
pecadores. Y para obligar más a su Hijo santísimo le pidió por
medio de los mismos ángeles que aquel acto, de humillarse a
ser pisado y conculcado de aquellos malos ministros, lo
conmutase Su Majestad en el de obedecer o rendirse a los
ruegos de su afligida Madre, que también era su esclava y
formada del polvo. Todas estas peticiones llevaron los santos
ángeles a Cristo nuestro bien en nombre de su santísima
Madre, no porque Su Majestad las ignorase, pues todo lo
conocía y obraba Él mismo con su divina gracia, sino porque
estos modos de obrar quiere el Señor que en ellos se guarde
el orden de la razón, que la gran Señora conocía entonces con
altísima sabiduría, usando de las virtudes por diversos modos
y operaciones, porque esto no se impide por la ciencia del
Señor, que todo lo tiene previsto.
Admitió nuestro Salvador Jesús los deseos y peticiones de
su beatísima Madre y dio licencia a sus ángeles para que
como ministros de su voluntad ejecutasen lo que ella
deseaba. Y en lo restante hasta llegar a casa de Pilato, no

110
Hollar con los pies algo.

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permitieron que Su Majestad fuese derribado en tierra y
atropellado ni pisado como antes había sucedido algunas
veces; aunque en las demás injurias se dio permiso y
consentimiento a los ministros de la justicia y a la ceguedad y
malicia popular para que todos las ejecutasen con su loca
indignación. Todo lo miraba y oía su Madre santísima con
invicto pero lastimado corazón. Y lo mismo respectivamente
vieron las Marías y Juan, que con llanto irreparable seguían al
Señor en compañía de su purísima Madre. Y no me detengo
en referir las lágrimas de estas santas mujeres y otras devotas
que con ellas asistían a la Reina, porque sería necesario
divertirme mucho, y más para decir lo que hizo la María
Magdalena, como más ardiente y señalada en el amor y más
agradecida a Cristo nuestro Redentor, como el mismo Señor
lo dijo cuando la justificó: «Que más ama a quien mayores
culpas se le perdonan»111.
Llegó nuestro Salvador Jesús segunda vez a casa de Pilato,
y de nuevo le comenzaron a pedir los judíos que le condenase
a muerte de cruz. Pilato, que conocía la inocencia de Cristo y
la mortal envidia de los judíos, sintió mucho que le restituyese
Herodes la causa de que él deseaba eximirse. Y viéndose
obligado como juez, procuró aplacar a los judíos por diversos
caminos. Y uno fue hablar en secreto a algunos ministros y
amigos de los pontífices y sacerdotes, para que pidiesen la
libertad de nuestro Redentor y le soltasen con alguna
corrección que le daría y no pidiesen más al malhechor
Barrabás. Esta diligencia había hecho Pilato cuando le
volvieron a presentar otra vez a Cristo nuestro Señor para que
le condenase. Y el proponerles que escogiesen a Jesús o a
Barrabás no fue una sola vez, sino dos y tres: la una antes de
llevar al Señor a Herodes y la otra después; y por esto lo
refieren los evangelistas con alguna diferencia, aunque sin
contradecirse en la verdad. Habló Pilato a los judíos y les dijo:
«Me habéis presentado a este Hombre, acusándole que
dogmatiza y pervierte al pueblo; y habiéndole examinado en

111
Lucas 7, 42-43.

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vuestra presencia, no he sido convencido de lo que le acusáis.
Ni tampoco Herodes, a quien le remití, le ha condenado a
muerte, aunque ante él le habéis acusado. Bastará por ahora
corregirle y castigarle para que adelante se enmiende. Y
habiendo de soltar algún malhechor por la solemnidad de la
Pascua, soltaré a Cristo si le queréis dar libertad y castigaré a
Barrabás». Conociendo los judíos que Pilato deseaba mucho
soltar a Cristo Señor nuestro, respondieron todos los de la
turba: «Quita allá, deja a Cristo y danos libre a Barrabás»112.
La costumbre de dar libertad a un malhechor y preso en
aquella gran solemnidad de la Pascua se introdujo entre los
judíos como en memoria y agradecimiento de la libertad que
tal día como aquel habían alcanzado sus padres,
rescatándolos el Señor del poder de Faraón, degollando los
primogénitos de los gitanos [egipcios] aquella noche113 y
después anegando a él y a sus ejércitos en el mar Rubro
[Rojo]114. Por este memorable beneficio hacían otros los
hebreos al mayor delincuente, perdonándole sus delitos, y
castigaban otros que no eran tan malhechores. Y en los
pactos, que tenían con los romanos, era condición que se les
guardase esta costumbre, y así lo cumplían los gobernadores.
Aunque éstos la pervirtieron en esta ocasión en cuanto a las
circunstancias, según el juicio que hacían de Cristo nuestro
Señor; porque habiendo de soltar al más criminoso y
confesando ellos que Jesús Nazareno lo era, con todo eso lo
dejaron a Él y eligieron a Barrabás, a quien reputaban por
menos malo. Tan ciegos y pervertidos los tenía la ira del
demonio con su propia envidia, que en todo se deslumbraban
aun contra sí mismos.
Estando Pilato en el pretorio con estas altercaciones de los
judíos, sucedió que sabiéndolo su mujer, que se llamaba
Prócula, le envió un recado diciéndole: «¿Qué tienes tú que
ver con ese Hombre justo? Déjale, porque te hago saber que

112
Lucas 23, 18.
113
Éxodo 12, 29.
114
Éxodo 14, 28.

Página 83 de 176
por su causa he tenido hoy algunas visiones»115. El motivo de
esta advertencia de Prócula fue que Lucifer y sus demonios,
viendo lo que se iba ejecutando en la persona de nuestro
Salvador y la inmutable mansedumbre con que llevaba tantos
oprobios, se hallaron más deslumbrados y desatinados en su
furor rabioso. Y aunque su altiva soberbia no acababa de
ajustar cómo se compadecía haber divinidad y consentir tales
y tantos oprobios y sentir en la carne sus efectos, y con esto
no podía entender si era o no era Hombre y Dios, con todo
eso juzgaba el Dragón que allí había algún misterio grande
para los hombres y que siempre sería para él y su maldad de
mucho daño y estrago si no atajaba el suceso de cosa tan
nueva en el mundo. Y con este acuerdo que tomó con sus
demonios envió muchas sugestiones a los fariseos para que
desistiesen de perseguir a Cristo. Estas ilusiones no
aprovecharon, como introducidas por el demonio mismo y sin
virtud divina en corazones obstinados y depravados. Y
despedidos de reducirlos se fueron a la mujer de Pilato y la
hablaron en sueños y la propusieron que aquel Hombre era
justo y sin culpa, y que si le condenaba su marido sería
privado de la dignidad que poseía, y a ella le sucederían
grandes trabajos; que le aconsejase a Pilato soltase a Jesús y
castigase a Barrabás, si no querían tener un mal suceso en su
casa y en sus personas.
Con esta visión recibió Prócula grande espanto y temor, y,
cuando entendió lo que pasaba entre los judíos y su marido
Pilato, le envió el recado que dice San Mateo116, para que no
se metiese en condenar a muerte al que miraba y tenía por
justo. Le puso también el demonio otros temores semejantes
en la imaginación al mismo Pilato, y con el aviso de su mujer
fueron mayores; aunque, como todos eran mundanos y
políticos y no había cooperado a los auxilios verdaderos del
Señor, no duró más este miedo de en cuanto no concibió otro
que le movió más, como se vio en el efecto. Pero entonces

115
Mateo 27, 19.
116
Ibídem 97.

Página 84 de 176
insistió tercera vez con los judíos, como dice San Lucas 117,
defendiendo a Cristo nuestro Señor como inculpable y
testificando que no hallaba en Él crimen alguno ni causa de
muerte, que le castigaría y soltaría. Y de hecho le castigó, para
ver si con esto quedaban satisfechos, como diré en el capítulo
siguiente. Pero los judíos, dando voces, respondieron que le
crucificase. Entonces Pilato pidió que le trajesen agua y
mandó soltar a Barrabás como lo pedían. Se lavó las manos
en presencia de todos, diciendo: «Yo no tengo parte en la
muerte de ese Hombre justo a que vosotros le condenáis.
Mirad lo que hacéis, que en testimonio de esto lavo mis
manos, para que se entienda no quedan manchadas con la
sangre del Inocente». Le pareció a Pilato que con aquella
ceremonia se disculpaba con todos y prohijaba la muerte de
Cristo nuestro Señor a los príncipes de los judíos y a todo el
pueblo que la pedía. Y fue tan loca y ciega la indignación de
los judíos que, a trueque de ver crucificado al Señor,
condescendieron con Pilato y cargaron sobre sí el delito,
pronunciando aquella formidable sentencia y execración,
dijeron: «Su Sangre venga sobre nosotros y sobre nuestros
hijos»118.
¡Oh, ceguedad estultísima y cruelísima! ¡Oh, temeridad
nunca imaginada! La injusta condenación del Justo y la sangre
del Inocente, a quien el mismo juez declara por inculpable,
¿queréis cargar sobre vosotros y sobre vuestros hijos?
Cuando sólo fuera vuestro hermano, vuestro bienhechor y
Maestro, fuera vuestra audacia tremenda y execrable vuestra
maldad. Mas ¡ay dolor! que habiendo de caer esta Sangre
deificada sobre todos los hijos de Adán para lavarlos y
purificarlos a todos, que para esto se ha derramado sobre
todos los hijos de la Santa Iglesia, y con eso hay muchos en
ella que cargan sobre sí mismos con sus obras esta Sangre,
como los judíos la cargaron con obras y con palabras; ellos
ignorando y no creyendo que era Sangre de Cristo y los
católicos conociendo y confesando que lo es.

117
Lucas 23, 22.
118
Mateo 27, 25.

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Su lengua tienen los pecados de los cristianos y sus
depravadas obras con que hablan contra la Sangre y muerte
de Cristo nuestro Señor, cargándola sobre sí mismos. Sea
Cristo afrentado, escupido, abofeteado, escarpiado119 en una
cruz, despreciado y muerto y pospuesto a Barrabás; sea
atormentado, azotado y coronado de espinas por nuestros
pecados, que nosotros no queremos tener más parte en esta
Sangre, que ser causa que se derrame afrentosamente y que
se nos impute eternamente. Padezca y muera el mismo Dios
humanado, y nosotros gocemos de los bienes aparentes.
Aprovechemos la ocasión, usemos de la criatura120,
coronémonos de rosas, vivamos con alegría, valgámonos del
poder, nadie se nos adelante; despreciemos la humildad,
aborrezcamos la pobreza, atesoremos riquezas, engañemos a
todos, no perdonemos agravios, entreguémonos al deleite de
las delicias torpes, nada vean nuestros ojos que no codicien y
todo lo que alcancen nuestras fuerzas; esta sea nuestra ley sin
otro algún respeto. Y si con todo esto crucificamos a Cristo,
venga sobre nosotros su Sangre y sobre nuestros hijos.
Preguntemos ahora a los réprobos que están en el
infierno, si fueron estas las voces de sus obras que les atribuye
Salomón en la Sabiduría y si porque hablaron en su corazón
consigo mismos tan estultamente se llaman impíos y lo
fueron. ¿Qué pueden esperar los que malogran la Sangre de
Cristo y la cargan sobre sí mismos, no como quien la desea
para su remedio, sino como quien la desprecia para su
condenación? ¿Quién se hallará entre los hijos de la Iglesia
que sufra ser pospuesto a un ladrón facineroso? Tan mal
practicada anda esta doctrina, que ya se hace admirable el
que consiente que le preceda otro tan bueno y benemérito121
o más que él, y ninguno se hallará tan bueno como Cristo ni
tan malo como Barrabás. Pero son sin número los que a la
vista de este ejemplo se dan por ofendidos y se juzgan por

119
Del verbo escarpiar: Clavar con escarpias [clavo con cabeza acodillada,
que sirve para sujetar bien lo que se cuelga].
120
Sabiduría 2, 6-8.
121
Digno de galardón.

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desgraciados si no son preferidos y mejorados en la honra, en
las riquezas, dignidades y en todo lo que tiene ostentación y
aplauso del mundo. Esto se solicita, se litiga y se busca, y en
esto se ocupan los cuidados de los hombres y todas sus
fuerzas y potencias, desde que principian a usar de ellas hasta
que las pierden. Y la mayor lástima y dolor es que no se libran
de este contagio los que por su profesión y estado
renunciaron al mundo y le volvieron las espaldas y,
mandándoles el Señor que olviden su pueblo y la casa de su
padre, se vuelven a ella con lo mejor de la criatura humana,
que es la atención y cuidado para gobernarlos, la voluntad y
deseo para solicitarles cuanto posee el mundo y les parece
poco y se introducen en la vanidad. Y en lugar de olvidar la
casa de su padre, olvidan la de Dios en que viven, donde
reciben los auxilios divinos para conseguir la salvación, la
honra y estimación que jamás en el mundo alcanzaran y el
sustento sin afán ni cuidado. Y a todos estos beneficios se
hacen ingratos, dejando la humildad que por su estado deben
profesar. La humildad de Cristo nuestro Salvador y su
paciencia, sus afrentas, los oprobios de la cruz, la imitación de
sus obras, la escuela de su doctrina, todo se remite a los
pobres, a los solitarios, a los desvalidos del mundo y
humildes, y los caminos de Sion están desiertos y llorando122,
porque hay tan pocos que vienen a la solemnidad de la
imitación de Cristo nuestro Señor.
No fue menor la insipiencia de Pilato en pensar que con
lavar sus manos y haber imputado a los judíos la Sangre de
Cristo quedaba justificado en su conciencia y con los
hombres, a quienes pretendía satisfacer con aquella
ceremonia llena de hipocresía y mentira. Verdad es que los
judíos fueron los principales actores, y más reos en condenar
al Inocente, y se cargaron sobre sí mismos esta formidable
culpa. Pero no por eso quedó Pilato libre de ella, pues,
conociendo la inocencia de Cristo Señor nuestro, no debía
posponerle a un ladrón y homicida, castigarle, ni enmendarle

122
Lamentaciones 1, 4.

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a quien nada tenía que corregir ni enmendar, y mucho menos
debiera condenarle y entregarle a la voluntad de sus mortales
enemigos, cuya envidia y crueldad le era manifiesta. Pero no
puede ser justo juez el que conociendo la verdad y justicia la
puso en una balanza con respetos y fines humanos de su
propio interés, porque este peso arrastra la razón de los
hombres que tienen corazón cobarde y, como no tienen
caudal, ni el lleno de las virtudes que han menester los jueces,
no pueden resistir a la codicia ni al temor mundano, y
cegándolos la pasión desamparan la justicia para no
aventurar sus comodidades temporales, como sucedió a
Pilato.
En casa de Pilato estuvo nuestra gran Reina y Señora, de
manera que con el ministerio de sus santos ángeles pudo oír
las altercaciones que tenía el inicuo juez con los escribas y
pontífices sobre la inocencia de Cristo nuestro bien, sobre
posponerle a Barrabás. Y todos los clamores de aquellos
inhumanos tigres los oyó con silencio y admirable
mansedumbre, como estampa viva de su santísimo Hijo. Pero
aunque su honestísima modestia era inmutable, todas las
voces de los judíos penetraban como cuchillos de dos filos su
lastimado corazón. Mas los clamores de su doloroso silencio
resonaban en el pecho del Eterno Padre con mayor agrado y
dulzura que los llantos de la hermosa Raquel, con que
—según dice Jeremías123— lloraba a sus hijos sin consuelo,
porque no los pudo restaurar; que nuestra hermosísima
Raquel, María purísima, no pedía venganza, sino perdón para
los enemigos que le quitaban el Unigénito del Padre y suyo.
Y en todos los actos que hacía el alma santísima de Cristo le
imitaba y acompañaba, obrando con tanta plenitud de
santidad y perfección, que ni la pena suspendía sus potencias,
ni el dolor impedía la caridad, ni la tristeza remitía su fervor,
ni el bullicio distraía su atención, ni las injurias y tumulto de la
gente le eran embarazo para estar recogida dentro de sí

123
Jeremías 31, 15.

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misma, porque a todo daba el lleno de las virtudes en grado
eminentísimo.

Por mandado de Pilato fue azotado nuestro


Salvador Jesús, coronado de espinas y
escarnecido, y lo que en este paso hizo María
santísima

Conociendo Pilato la porfiada indignación de los judíos


contra Jesús Nazareno y deseando no condenarle a muerte
porque le conocía inocente, le pareció que mandándole
azotar con rigor aplacaría el furor de aquel ingratísimo pueblo
y la envidia de los pontífices y escribas, para que dejasen de
perseguirle y pedir su muerte, y si acaso en algo hubiese
faltado Cristo a las ceremonias y ritos judaicos quedaría
bastantemente castigado. Y este juicio hizo Pilato, porque en
el discurso del proceso se informó y le dijeron que le
imputaban a Cristo que no guardaba el sábado ni otras
ceremonias, de que vana y estultamente le calumniaban,
como consta del discurso de su predicación, que refieren los
sagrados evangelistas. Pero siempre discurría en esto Pilato
como ignorante, pues ni al Maestro de la santidad podía
caber defecto alguno contra la ley que había venido no a
quebrantarla sino a cumplirla y llenarla toda124, ni tampoco,
cuando fuera verdadera la calumnia, no le debía castigar por
esto con pena tan desigual —pues tenían los mismos judíos
en su ley otros medios con que se purificaban de las
transgresiones, que a cada paso cometían contra su ley— con
tal impiedad y pena de azotes. Y mayor engaño padeció este
juez pensando que los judíos tenían algún linaje de
humanidad y compasión natural, porque su indignación y
furor contra el mansísimo Maestro no era de hombres que
naturalmente suelen moverse y aplacarse cuando ven rendido
y humillado al enemigo, porque tienen corazones de carne y
el amor de su semejante es natural y causa de alguna
compasión.

124
Mateo 5, 17.

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Tal como esta era la implacable saña de los pontífices y
fariseos, sus confederados, contra el Autor de la vida, porque
Lucifer, desconfiando de impedirle la muerte que los mismos
judíos pretendían, los irritaba con su espantosa malicia, para
que se la diesen con desmedida crueldad. Pilato estaba entre
la luz de la verdad que conocía y entre los motivos humanos
y terrenos que le gobernaban, y, siguiendo el error que ellos
administran a los que gobiernan, mandó azotar con rigor al
mismo que protestaba hallarle sin culpa. Para ejecutar este
aviso y persuasión del demonio y acto tan injusto, fueron
señalados seis ministros de justicia o sayones robustos y de
mayores fuerzas, que, como hombres viles, y sin piedad,
admitieron muy gustosos el oficio de verdugos, porque el
airado y envidioso siempre se deleita en ejecutar su furor,
aunque sea con acciones inhonestas, crueles y feas. Luego
estos ministros del demonio con otros muchos llevaron a
nuestro Salvador Jesús al lugar de aquel suplicio, que era un
patio o zaguán de la casa donde solían dar tormento a otros
delincuentes para que confesaran sus delitos. Este patio era
de un edificio no muy alto y rodeado de columnas, que unas
estaban cubiertas con el edificio que sustentaban y otras
descubiertas y más bajas. A una columna de estas, que era de
mármol, le ataron fuertemente, porque siempre le juzgaban
por mágico y temían no se les fuese de entre las manos.
Desnudaron a Cristo nuestro Redentor primero la
vestidura blanca, no con menor ignominia que en casa del
adúltero y homicida Herodes se la habían vestido. Y para
desatarle las sogas y cadenas que debajo tenía desde la
prisión del huerto, le maltrataron impíamente, rompiéndole
las llagas que las mismas prisiones por estar tan apretadas le
habían abierto en los brazos y muñecas. Y dejándole sueltas
las manos divinas, le mandaron con ignominioso imperio y
blasfemias que el mismo Señor se despojase de la túnica
inconsútil125 que iba vestido. Esta era la misma en número que
su Madre santísima le había vestido en Egipto, cuando al

125
Dicho comúnmente de la túnica de Jesucristo: Sin costura.

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dulce Jesús Niño le puso en pie, como en su lugar queda
advertido. Sóla esta túnica tenía entonces el Señor, porque en
el huerto, cuando le prendieron, le quitaron un manto o capa
que solía traer sobre la túnica. Obedeció el Hijo del Eterno
Padre a los verdugos y comenzó a desnudarse, para quedar
en presencia de tanta gente con la afrenta de la desnudez de
su sagrado y honestísimo cuerpo. Y los ministros de aquella
crueldad, pareciéndoles que la modestia del Señor tardaba
mucho a despojarse, le asieron de la túnica con violencia, para
desnudarle muy aprisa y, como dicen, a rodapelo126. Quedó
Su Majestad totalmente desnudo, salvo unos paños de
honestidad que traía debajo la túnica, que también eran los
mismos que su Madre santísima le vistió en Egipto con la
tunicela127; porque todo había crecido con el Sagrado Cuerpo,
sin habérselos desnudado ni esta ropa ni el calzado que la
misma Señora le puso, salvo en la predicación, como
entonces dije, que muchas veces andaba pie por tierra.
Algunos doctores entiendo que han dicho o meditado que
a nuestro Salvador Jesús, en esta ocasión de los azotes y para
ser crucificado, le desnudaron del todo, permitiendo Su
Majestad aquella confusión para mayor tormento de su
persona; pero habiendo inquirido la verdad, con nuevo orden
de la obediencia, se me ha declarado que la paciencia del
divino Maestro estuvo aparejada para padecer todo lo que
fuera decente y sin resistencia a ningún oprobio. Y que los
verdugos intentaron este agravio de la total desnudez de su
cuerpo santísimo y llegaron a querer despojarle de aquellos
paños de honestidad con que sólo había quedado, pero no lo
pudieron conseguir, porque llegando a tocarlos se les
quedaban los brazos yertos y helados, como sucedió en casa
de Caifás cuando pretendieron desnudar al Señor del cielo. Y
aunque todos los seis verdugos llegaron a probar sus fuerzas
en esta injuria, les sucedió lo mismo; no obstante que
después, para azotar al Señor con más crueldad, estos
ministros del pecado le levantaron algo los paños de la

126
Contra la inclinación o dirección natural del pelo.
127
Pequeña túnica de los antiguos.

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honestidad, y a esto dio lugar Su Majestad, mas no a que le
despojasen del todo y se los quitasen. Tampoco el milagro de
verse impedidos y entorpecidos para aquel desacato movió
ni ablandó los corazones de aquellas fieras humanas, pero
con insania diabólica lo atribuyeron a la hechicería y arte
mágica que imputaban al Autor de la verdad y vida.
En esta forma quedó Su Majestad desnudo en presencia
de mucha gente, y los seis verdugos le ataron crudamente a
una columna de aquel edificio para castigarle más a su salvo.
Luego por su orden de dos en dos le azotaron con crueldad
tan inaudita, que no pudo caer en condición humana, si el
mismo Lucifer no se hubiera revestido en el impío corazón de
aquellos sus ministros. Los dos primeros azotaron al
inocentísimo Señor con unos ramales de cordeles muy
retorcidos, endurecidos y gruesos, estrenando en este
sacrilegio todo el furor de su indignación y las fuerzas de sus
potencias corporales. Y con estos primeros azotes levantaron
en el cuerpo deificado de nuestro Salvador grandes
cardenales128 y verdugos129, de que le cuajaron todo,
quedando entumecido y desfigurado por todas partes para
reventar la preciosísima Sangre por las heridas. Pero cansados
estos sayones, entraron de nuevo y a porfía los otros dos
segundos, y con los segundos ramales de correas como
riendas durísimas le azotaron sobre las primeras heridas,
rompiendo todas las ronchas y cardenales que los primeros
habían hecho y derramando la Sangre divina, que no solo
bañó todo el Sagrado Cuerpo de Jesús nuestro Salvador, sino
que salpicó y cubrió las vestiduras de los ministros sacrílegos
que le atormentaban y corrió hasta la tierra. Con esto se
retiraron los segundos verdugos y comenzaron los terceros,
sirviéndoles de nuevos instrumentos unos ramales de nervios
de animales, casi duros como mimbres ya secas. Estos
azotaron al Señor con mayor crueldad, no solo porque ya no
herían a su virginal cuerpo sino a las mismas heridas que los

128
Mancha amoratada, negruzca o amarillenta de la piel a consecuencia de
un golpe u otra causa.
129
Roncha larga o señal que levanta el golpe del verdugo.

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primeros habían dejado, sino también porque de nuevo
fueron ocultamente irritados por los demonios, que de la
paciencia de Cristo estaban más enfurecidos.
Y como en el Sagrado Cuerpo estaban ya rotas las venas y
todo él era una llaga continuada, no hallaron estos terceros
verdugos parte sana en que abrirlas de nuevo. Y repitiendo
los inhumanos golpes rompieron las inmaculadas y virgíneas
carnes de Cristo nuestro Redentor, derribando al suelo
muchos pedazos de ella y descubriendo los huesos en
muchas partes de las espaldas, donde se manifestaban
patentes y rubricados con la Sangre, y en algunas se
descubrían en más espacio del hueso que una palma de la
mano. Y para borrar del todo aquella hermosura que excedía
a todos los hijos de los hombres, le azotaron en su Divino
Rostro, en los pies y manos, sin dejar lugar que no hiriesen,
donde pudieron extender su furor y alcanzar la indignación
que contra el inocentísimo Cordero habían concebido. Corrió
su divina Sangre por el suelo, rebasándose en muchas partes
con abundancia. Y estos golpes que le dieron en pies y manos
y en el rostro fueron de incomparable dolor, por ser estas
partes más nerviosas, sensibles y delicadas. Quedó aquella
venerable cara entumecida y llagada hasta cegarle los ojos
con la Sangre y cardenales que en ella hicieron. Y sobre todo
esto le llenaron de salivas inmundísimas, que a un mismo
tiempo le arrojaban, hartándole de oprobios. El número
ajustado de los azotes que dieron al Salvador fue cinco mil
ciento quince [5115], desde las plantas de los pies hasta la
cabeza. Y el gran Señor y autor de toda criatura, que por su
naturaleza divina era impasible, quedó por nosotros, y en la
condición de nuestra carne, hecho varón de dolores, como lo
había profetizado Isaías130, y muy sabio en la experiencia de
nuestras enfermedades, el novísimo131 de los hombres y
reputado por el desprecio de todos.
La multitud del pueblo que seguía a Jesús Nazareno
nuestro Salvador tenía ocupados los zaguanes de la casa de

130
Isaías 53, 3.
131
Superlativo de nuevo.

Página 93 de 176
Pilato hasta las calles, porque todos esperaban el fin de
aquella novedad, discurriendo y hablando con un tumulto
confusísimo, según el juicio que cada uno concebía del
suceso. Y entre toda esta confusión la Madre Virgen padeció
incomparables denuestos y tribulaciones de los oprobios y
blasfemias que los judíos y otros gentiles decían contra su
Hijo santísimo. Y cuando le llevaban al lugar de los azotes, se
retiró la prudentísima Señora a un rincón del zaguán con las
Marías y Juan, que la asistían y acompañaban en su dolor.
Retirada en aquel puesto vio por visión clarísima todos los
azotes y tormentos que padecía nuestro Salvador, y aunque
no los vio con los ojos del cuerpo, nada le fue oculto más que
si estuviera mirándole muy de cerca. Y no puede caer en
humano pensamiento cuáles y cuántos fueron los dolores y
aflicciones que en esta ocasión padeció la gran Reina y Señora
de los ángeles, y con otros misterios ocultos se conocerán en
la divinidad, cuando allí se manifiesten a todos para gloria del
Hijo y de la Madre. Pero ya he dicho en otros lugares de esta
Historia, y más en el discurso de la Pasión del Señor, que sintió
María santísima en su cuerpo todos los dolores que con las
heridas sentía y recibía el Hijo. Y este dolor tuvo también en
los azotes, sintiéndolos en todas las partes de su virginal
cuerpo, donde se los daban a Cristo nuestro bien. Y aunque
no derramó sangre más de la que vertía con las lágrimas, ni
se trasladaron las llagas a la candidísima paloma, pero el dolor
la transformó y desfiguró de manera que Juan y las Marías le
llegaron a desconocer por su semblante. A más de los dolores
del cuerpo fueron inefables los que padeció en su purísima
alma, porque allí fue donde añadiendo la ciencia se añadió el
dolor132. Y sobre el amor natural de madre y el de la suprema
caridad de Cristo, ella sola supo y pudo ponderar sobre todas
las criaturas la inocencia de Cristo, la dignidad de su divina
persona y el peso de las injurias que recibía de los mismos
hijos de Adán, a quienes redimía de la eterna muerte.

132
Eclesiastés 1, 18.

Página 94 de 176
Ejecutada la sentencia de los azotes, los mismos verdugos
con imperioso desacato desataron a nuestro Salvador de la
columna y renovando las blasfemias le mandaron se vistiese
luego su túnica que le habían quitado. Pero uno de aquellos
ministros, incitado del demonio, mientras azotaban al
mansísimo Maestro había escondido sus vestiduras, para que
no apareciesen y perseverase desnudo para mayor irrisión y
afrenta de su divina persona. Este mal intento del demonio
conoció la Madre del Señor y, usando de potestad de Reina,
mandó a Lucifer se desviase de aquel lugar con todos sus
demonios, y luego se alejaron compelidos de la virtud y poder
de la gran Señora. Y ella dio orden que por mano de los
santos ángeles fuese restituida la túnica de su Hijo santísimo
a donde Su Majestad pudiese tomarla, para vestir su sagrado
y lastimado cuerpo. Todo se ejecutó al punto, aunque los
sacrílegos ministros no entendieron este milagro, ni cómo se
había obrado, pero todo lo atribuían a la hechicería y arte del
demonio. Se vistió nuestro Salvador, habiendo padecido
sobre sus llagas el nuevo dolor que le causaba el frío, porque
de los evangelistas133 consta que le hacía, y Su Majestad había
estado desnudo grande rato; con que la Sangre de las heridas
se le había helado y comprimían las llagas, estaban
entumecidas y más dolorosas, las fuerzas eran menos para
tolerarle, porque el frío las debilitaba, aunque el incendio de
su infinita caridad las esforzaba a padecer y desear más y más.
Y con ser la compasión tan natural en las criaturas racionales,
no hubo quien se compadeciese de su aflicción y necesidad,
si no es la dolorosa Madre, que por todo el linaje humano
lloraba, se lastimaba y compadecía.
Entre los sacramentos del Señor, ocultos a la humana
sabiduría, causa grande admiración que la indignación de los
judíos, que eran hombres sensibles de carne y sangre como
nosotros, no se aplacase viendo a Cristo nuestro bien tan
lastimado y herido de sus azotes, y que un objeto tan
lastimoso no les moviese a compasión natural; antes bien le

133
Marcos 14, 54; Lucas 22, 55; Juan 18, 18.

Página 95 de 176
quedó a la envidia materia para arbitrar nuevos modos de
injurias y de tormentos contra quien estaba tan lastimado.
Pero tan implacable era su furor, que luego intentaron otro
nuevo e inaudito género de tormento. Fueron a Pilato y en el
pretorio en presencia de los de su consejo le dijeron: «Este
seductor y engañador del pueblo, Jesús Nazareno, ha querido
con sus embustes y vanidad que le tuvieran todos por Rey de
los judíos y, para que se humille su soberbia y se desvanezca
más su presunción, queremos que permitas le pongamos las
insignias reales que mereció su fantasía». Consintió Pilato con
la injusta demanda de los judíos, para que la ejecutasen como
lo desearon.
Llevaron luego a Jesús nuestro Salvador al pretorio, donde
le desnudaron de nuevo con la misma crueldad y desacato y
le vistieron una ropa de púrpura muy lacerada y manchada,
como vestidura de rey fingido, para irrisión de todos. Le
pusieron también en su Sagrada Cabeza un seto134 de espinas
muy tejido, que le sirviese de corona. Era este seto de juncos
espinosos, con puntas muy aceradas y fuertes, y se lo
apretaban de manera que muchas le penetraron hasta el
casco y algunas hasta los oídos y otras hasta los ojos, y fue
por esto uno de los mayores tormentos el que padeció Su
Majestad con la corona de espinas. En vez de cetro real le
pusieron en la mano derecha una caña contentible135 y sobre
todo esto le arrojaron sobre los hombros un manto de color
morado, al modo de las capas que se usan en la Iglesia,
porque también este vestido pertenecía al adorno de la
dignidad y persona de los reyes. Con toda esta ignominia
armaron rey de burlas los judíos al que por naturaleza y por
todos títulos era verdadero «Rey de los reyes y Señor de los
señores»136. Se juntaron luego todos los de la milicia en
presencia de los pontífices y fariseos y cogiendo en medio a
nuestro Salvador Jesús, con desmedida irrisión y mofa le
llenaron de blasfemias; porque unos le hincaban las rodillas y

134
Cercado hecho de matas o arbustos, o de palos o varas entretejidos.
135
Despreciable, de ninguna estimación.
136
Apocalípsis 19, 16.

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con burla le decían: «Dios te salve, Rey de los judíos»137; otros
le daban bofetadas, otros con la misma caña que tenía en sus
manos herían su divina cabeza dejándola lastimada, otros le
arrojaban inmundísimas salivas, y todos le injuriaban y
despreciaban con diferentes contumelias, administradas del
demonio por medio de su furor diabólico.
¡Oh, caridad incomprensible y sin medida! ¡Oh, paciencia
nunca vista ni imaginada entre los hijos de Adán! ¿Quién,
Señor y bien mío, pudo obligar a tu grandeza para que te
humillaras, siendo verdadero y poderoso Dios en tu ser y en
tus obras, a padecer tan inauditos tormentos, oprobios y
blasfemias? Pero ¿quién, oh Bien infinito, dejó de desobligarte
entre todos los hombres, para que nada hicieras ni padecieras
por ellos? ¿Quién tal pensara ni creyera si no conociéramos tu
bondad infinita? Pero ya que la conocemos y con la firmeza
de la santa fe miramos tan admirables beneficios y maravillas
de tu amor, ¿dónde está nuestro juicio?, ¿qué hace la luz de
la verdad que confesamos?, ¿qué encanto es este que
padecemos, pues a vista de tus dolores, azotes, espinas,
oprobios y contumelias, buscamos sin vergüenza ni temor los
deleites, el regalo, el descanso, las mayorías y vanidades del
mundo? Verdaderamente es grande el número de los
necios138, pues la mayor estulticia y fealdad es conocer la
deuda y no pagarla, recibir el beneficio y nunca agradecerlo,
tener a los ojos el mayor bien y despreciarle, apartarle de
nosotros y no lograrle, dejar la vida, huir de ella y seguir la
eterna muerte. No despegó su boca el inocentísimo cordero
Jesús entre tales y tantos oprobios, ni tampoco se aplacó la
indignación furiosa de los judíos, ni con la irrisión y escarnios
que hizo del divino Maestro, ni con los tormentos que añadió
a los desprecios de su sobredignísima persona.
Le pareció a Pilato que un espectáculo tan lastimoso como
estaba Jesús Nazareno movería y confundiría los corazones
de aquel ingrato pueblo, y le mandó sacar del pretorio a una
ventana donde todos le viesen así como estaba azotado,

137
Juan 19, 3.
138
Eclesiastés 1, 15.

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desfigurado y coronado de espinas con las vestiduras
ignominiosas de fingido rey. Y hablando el mismo Pilato al
pueblo, les dijo: «Ecce Homo. Veis aquí el Hombre que tenéis
por vuestro enemigo. ¿Qué más puedo hacer con Él que
haberle castigado con tanto rigor y severidad? No tendréis ya
que temerle. Yo no hallo en Él causa de muerte»139. Verdad
cierta y segura era la que decía el juez, pero con ella misma
condenaba su injustísima piedad, pues a un Hombre que
conocía y confesaba por justo y sabía que no era digno de
muerte le había hecho atormentar y consentido de manera
que le pudieran quitar los tormentos una y muchas vidas. ¡Oh,
ceguera del amor propio y maldad de contemplar con los que
dan o quitan las dignidades! ¡Cómo oscurecen la razón estos
motivos y tuercen el peso de la justicia, y la adulteraron en la
verdad mayor y en la condenación del Justo de los justos!
Temblad, jueces que juzgáis la tierra, y mirad que los pesos
de vuestros juicios y dictámenes no sean engañosos, porque
los juzgados y condenados en una injusta sentencia vosotros
sois. Como los pontífices y fariseos deseaban quitar la vida a
Cristo nuestro Salvador con efecto e ira insaciable, nada
menos que la muerte de Su Majestad les contentaba ni
satisfacía, y así respondieron a Pilato: «Crucifícale,
crucifícale»140.
La bendita entre las mujeres María santísima vio a su
benditísimo Hijo, cuando Pilato le manifestó y dijo: «Ecce
Homo», y puesta de rodillas le adoró y confesó por verdadero
Dios–Hombre. Y lo mismo hicieron Juan y las Marías y todos
los ángeles que asistían a su gran Reina y Señora; porque ella,
como Madre de nuestro Salvador y como Reina de todos, les
ordenó que lo hiciesen así, a más de la voluntad que los
santos ángeles conocían en el mismo Dios. Habló la
prudentísima Señora con el Eterno Padre y con los santos
ángeles, y mucho más con su amantísimo Hijo, palabras llenas
de gran peso, de dolor, compasión y profunda reverencia, que
en su inflamado y castísimo pecho se pudieron concebir.

139
Juan 19, 5.
140
Juan 19, 6.

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Consideró también con su altísima sabiduría que en aquella
ocasión en que su Hijo santísimo estaba tan afrentado y
burlado, despreciado y escarnecido de los judíos, convenía en
el modo más oportuno conservar el crédito de su inocencia.
Y con este prudentísimo acuerdo renovó la divina Madre las
peticiones que arriba dije hizo por Pilato, para que continuase
en declarar como juez que Jesús nuestro Redentor no era
digno de muerte, ni malhechor, como los judíos pretendían
que el mundo lo entendiese.
En virtud de esta oración de María santísima sintió Pilato
grande compasión de ver al Señor tan lastimado de los azotes
y oprobios y le pesó que le hubiesen castigado con tanta
impiedad. Y aunque a todos estos movimientos le ayudó algo
el ser de condición más blanda y compasiva, pero lo que más
obraba en él era la luz que recibía por intercesión de la gran
Reina y Madre de la gracia. Y de esta misma luz se movió el
injusto juez, para tener tantas demandas y respuestas con los
judíos sobre soltar a Jesús nuestro Salvador, como lo refiere
el evangelista San Juan141 en el capítulo 19, después de la
coronación de espinas. Y pidiéndole ellos que le crucificase,
respondió Pilato: «Tomadle allá vosotros y crucificadle, que
yo no hallo causa justa para hacerlo». Replicaron los judíos:
«Conforme a nuestra ley es digno de muerte, porque se hace
Hijo de Dios». Esta réplica puso mayor miedo a Pilato, porque
hizo concepto que podía ser verdad que Jesús era Hijo de
Dios, en la forma que él sentía de la divinidad. Y por este
miedo se retiró al pretorio, donde a solas habló con el Señor
y le preguntó de donde era. No respondió Su Majestad a esta
pregunta, porque no estaba Pilato en estado de entender la
respuesta, ni la merecía. Y con todo eso volvió a instar y dijo
al Rey del cielo: «Pues ¿a mí no me hablas? ¿No sabes que
tengo poder para crucificarte o para darte por libre?».
Pretendió Pilato obligar a Jesús con estas razones a que se
disculpase y le respondiese algo de lo que deseaba saber, y

141
Juan 19, 4.

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le pareció que un hombre tan afligido y atormentado
admitiría cualquiera favor que le ofreciese el juez.
Pero el Maestro de la verdad respondió a Pilato sin
excusarse y con mayor alteza que él pedía, y así le dijo Su
Majestad: «No tuvieras tú potestad alguna contra Mí, si de lo
alto no te fuera concedido, y por esto el que me entregó en
tus manos cometió mayor pecado». Con esta sola respuesta
no pudiera este juez tener disculpa en condenar a Cristo, pues
debía entender por ella que sobre aquel Hombre Jesús no
tenía él potestad, ni el César; que por orden más alto era
permitido que le entregasen a su jurisdicción contra razón y
justicia y que por esto Judas Iscariote y los pontífices habían
cometido mayor pecado que el mismo Pilato en no soltarle,
pero que también él era reo de la misma culpa, aunque no
tanto como los otros. No llegó a conocer Pilato esta
misteriosa verdad, pero con todo eso se atemorizó mucho
con las palabras de Cristo nuestro bien y puso mayor esfuerzo
en soltarle. Los pontífices, que conocieron el intento de Pilato,
le amenazaron con la desgracia del emperador, en que
incurría y caería de ella si le soltaba y no quitaba la vida a
quien se levantaba por rey. Y le dijeron: «Si a este hombre
dejas libre, no eres amigo del César, pues el que se hace rey
contraviene a sus órdenes y mandatos». Dijeron esto, porque
los emperadores romanos no consentirían que sin su
voluntad se atreviese nadie en todo el imperio a usurpar la
vestidura o título de rey, y si Pilato lo consintiera no guardara
los decretos del César. Se turbó mucho con esta maliciosa
amenaza y advertencia de los judíos y, sentándose en su
tribunal a la hora de sexta para sentenciar al Señor, volvió a
instar otra vez diciendo a los judíos: «Veis aquí a vuestro Rey».
Respondieron todos: «Quítale, quítale allá, crucifícale». Les
replicó Pilato: «¿Pues a vuestro Rey he de crucificar?». Dijeron
todos a voces: «No tenemos otro rey fuera del César».
Se dejó vencer Pilato de la porfía y malicia de los judíos. Y
estando en su tribunal —que en griego se llama Litóstrotos
y en hebreo Gabbata—, día de Parasceve, pronunció la
sentencia de muerte contra el Autor de la vida, como diré en

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el capítulo siguiente. Y los judíos salieron de la sala con
grande orgullo y alegría, publicando la sentencia del
inocentísimo Cordero, en que ignorándolo ellos consistía
nuestro remedio. Todo le fue notorio a la dolorosa Madre,
que por visión expresa lo miraba desde fuera. Y cuando
salieron los pontífices y fariseos publicando la condenación
de su Hijo santísimo a muerte de cruz, se renovó el dolor de
aquel castísimo corazón, quedó dividido con el cuchillo de
amargura que le penetró y traspasó sin piedad alguna. Y
porque excede a todo humano pensamiento el dolor que aquí
padeció María santísima, no puedo hablar en él, sino remitirlo
a la piedad cristiana. Ni tampoco es posible referir los actos
interiores que ejercitó de adoración, culto, reverencia, amor,
compasión, dolor y conformidad.

Pronuncia Pilato la sentencia de muerte contra


el Autor de la vida, lleva Su Majestad la cruz a
cuestas en que ha de morir, le sigue su Madre
santísima, y lo que hizo la gran Señora en este
paso contra el demonio y otros sucesos

Decretó Pilato la sentencia de muerte de cruz contra la


misma vida, Jesús nuestro Salvador, a satisfacción y gusto de
los pontífices y fariseos. Y habiéndola intimado y notificado al
inocentísimo reo, retiraron a Su Majestad a otro lugar en la
casa del juez, donde le desnudaron la púrpura ignominiosa
que le habían puesto como a rey de burlas y fingido. Y todo
fue con misterio de parte del Señor; aunque de parte de los
judíos fue acuerdo de su malicia, para que fuese llevado al
suplicio de la cruz con sus propias vestiduras y por ellas le
conociesen todos, porque de los azotes, salivas y corona
estaba tan desfigurado su Divino Rostro, que sólo por el
vestido pudo ser conocido del pueblo. Le vistieron la túnica
inconsútil, que los ángeles con orden de su Reina
administraron, trayéndola ocultamente de un rincón, a donde
los ministros la habían arrojado en otro aposento en que se
la quitaron, cuando le pusieron la púrpura de irrisión y

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escándalo. Pero nada de esto entendieron los judíos, ni
tampoco atendieron a ello, por la solicitud que traían en
acelerarle la muerte.
Por esta diligencia de los judíos corrió luego por toda
Jerusalén la voz de la sentencia de muerte que se había
pronunciado contra Jesús Nazareno, y de tropel concurrió
todo el pueblo a la casa de Pilato para verle sacar a justiciar.
Estaba la ciudad llena de gente, porque a más de sus
innumerables moradores habían concurrido de todas partes
otros muchos a celebrar la Pascua, y todos acudieron a la
novedad y llenaron las calles hasta el palacio de Pilato. Era
viernes, día de Parasceve, que en griego significa lo mismo
que «preparación» o «disposición», porque aquel día se
prevenían y disponían los hebreos para el siguiente del
sábado, que era su gran solemnidad, y en ella no hacían obras
serviles ni para prevenir la comida y todo se hacía el viernes.
A vista de todo este pueblo sacaron a nuestro Salvador con
sus propias vestiduras, tan desfigurado y encubierto su Divino
Rostro en las llagas, Sangre y salivas, que nadie le reputara
por el mismo que antes habían visto y conocido. Apareció,
como dijo Isaías142, como leproso y herido del Señor, porque
la Sangre seca y los cardenales le habían transfigurado en una
llaga. De las inmundas salivas le habían limpiado algunas
veces los santos ángeles, por mandárselo la afligida Madre,
pero luego las volvían a repetir y renovar con tanto exceso,
que en esta ocasión apareció todo cubierto de aquellas
asquerosas inmundicias. A la vista de tan doloroso
espectáculo se levantó en el pueblo una tan confusa gritería
y alboroto, que nada se entendía ni oía más del bullicio y eco
de las voces. Pero entre todas resonaban las de los pontífices
y fariseos, que con descompuesta alegría y escarnio hablaban
con la gente para que se quietasen y despejasen la calle por
donde habían de sacar al divino sentenciado y para que
oyeran su capital sentencia. Todo lo demás del pueblo estaba
dividido en juicios y lleno de confusión, según los dictámenes

142
Isaías 53, 4.

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de cada uno. Y las naciones diferentes que al espectáculo
asistían, los que habían sido beneficiados y socorridos de la
piedad y milagros del Salvador y los que habían oído y
recibido su doctrina y eran sus aliados y conocidos, unos
lloraban con lastimosa amargura, otros preguntaban qué
delitos había cometido aquel Hombre para tales castigos.
Otros estaban turbados y enmudecidos, y todo era confusión
y tumulto.
De los once apóstoles sólo Juan se halló presente, que con
la dolorosa Madre y las Marías estaban a la vista, aunque algo
retirados de la multitud. Y cuando el santo apóstol vio a su
divino Maestro —de quien consideraba era amado— que le
sacaron en público, fue tan lastimada su alma del dolor, que
llegó a desfallecer y perder los pulsos, quedando con un
mortal semblante. Las tres Marías desfallecieron con un
desmayo muy helado. Pero la Reina de las virtudes estuvo
invicta y su magnánimo corazón, con lo sumo del dolor sobre
todo humano discurso, nunca desfalleció ni desmayó, no
padeció las imperfecciones de los desalientos y deliquios que
los demás. En todo fue prudentísima, fuerte y admirable, y de
las acciones exteriores dispuso con tanto peso, que sin
sollozos ni voces confortó a las Marías y a Juan, y pidió al
Señor los fortaleciese y asistiese con su diestra, para que con
él y con ellas tuviese compañía hasta el fin de la Pasión. Y en
virtud de esta oración fueron consolados y animados el
apóstol y las Marías para volver en sí y hablar a la gran Señora
del cielo. Y entre tanta confusión y amargura no hizo obra, ni
tuvo movimiento desigual, sino con serenidad de Reina
derramaba incesantes lágrimas. Atendía a su Hijo y Dios
verdadero, oraba al Eterno Padre, le presentaba los dolores y
Pasión, acompañando a las mismas obras con que nuestro
Salvador lo hacía. Conocía la malicia del pecado, penetraba
los misterios de la Redención humana, convidaba a los
ángeles, rogaba por los amigos y enemigos y, dando el punto
al amor de Madre y al dolor que le correspondía, llenaba
juntamente todo el coro de sus virtudes con admiración de
los cielos y sumo agrado de la divinidad. Y porque no es

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posible reducir a mis términos las razones que formaba esta
gran Madre de la sabiduría en su corazón, y tal vez en sus
labios, lo remito a la piedad cristiana.
Procuraban los pontífices y los ministros de justicia
sosegar al pueblo y que tuviesen silencio para oír la sentencia
de Jesús Nazareno, que después de habérsela notificado en
su persona la querían leer en público y a su presencia. Y
quietándose la turba, estando Su Majestad en pie como reo,
comenzaron a leerla en alta voz, que todos la entendiesen, y
después la fueron repitiendo por las calles y últimamente al
pie de la cruz. La sentencia anda vulgar impresa, como yo la
he visto143, y, según la inteligencia que he tenido, en sustancia
es verdadera, salvo algunas palabras que se le han añadido.
Yo no las pondré aquí, porque a mí se me han dado las que
sin añadir ni quitar escribo, y fue como se sigue:

Tenor de la sentencia de muerte que dio Pilato contra


Jesús Nazareno nuestro Salvador:

Yo, Poncio Pilato, presidente de la inferior Galilea, aquí en


Jerusalén regente por el imperio romano, dentro del palacio de
archipresidencia, juzgo, sentencio y pronuncio que condeno a
muerte a Jesús, llamado de la plebe «Nazareno», y de patria
galileo, Hombre sedicioso, contrario de la ley y de nuestro
Senado y del grande emperador Tiberio César. Y por la dicha
mi sentencia determino que su muerte sea en cruz, fijado con
clavos a usanza de reos. Porque aquí, juntando y congregando
cada día muchos hombres pobres y ricos, no ha cesado de
remover tumultos por toda Judea, haciéndose Hijo de Dios y
Rey de Israel, con amenazarles la ruina de esta tan insigne ciudad

143
No sabemos cuál es la "sentencia vulgar impresa" que la Venerable dice
haber visto. González Mateo [MYSTICA 71 CIVITAS DEI VINDICATA, MATRITI
1747, ART. 7 & 2 N. 208, P. 67] afirma que la fórmula empleada por la autora
es semejante a otra fórmula encontrada el año 1580 en Amiterno (Italia).
Toma este dato de SIURI, T. 3, TRAC. 10, C. 4, N. 59, quien a su vez depende
de Rodrigo de Yepes, PALESTINAE DESCRIPTIO.

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de Jerusalén y su Templo, y del sacro Imperio, negando el
tributo al César, y por haber tenido atrevimiento de entrar con
ramos y triunfo con gran parte de la plebe dentro de la misma
ciudad de Jerusalén y en el Sacro Templo de Salomón. Mando
al primer centurión, llamado Quinto Cornelio, que le lleve por la
dicha ciudad de Jerusalén a la vergüenza, ligado así como está,
azotado por mi mandamiento. Y le sean puestas sus vestiduras
para que sea conocido de todos, y la propia cruz en que ha de ser
crucificado. Vaya en medio de los otros dos ladrones por todas
las calles públicas, que asimismo están condenados a muerte por
hurtos y homicidios que han cometido, para que de esta manera
sea ejemplo de todas las gentes y malhechores.
Quiero asimismo y mando por esta mi sentencia, que,
después de haber así traído por las calles públicas a este
malhechor, le saquen de la ciudad por la puerta Pagora, la que
ahora es llamada «Antoniana», y con voz de pregonero, que diga
todas estas culpas en esta mi sentencia expresadas, le lleven al
monte que se dice Calvario, donde se acostumbra a ejecutar y
hacer la justicia de los malhechores facinerosos, y allí fijado y
crucificado en la misma cruz que llevare, como arriba se dijo,
quede su cuerpo colgado entre los dichos dos ladrones. Y sobre
la cruz, que es en lo más alto de ella, le sea puesto el título de su
nombre en las tres lenguas que ahora más se usan, conviene a
saber, hebrea, griega y latina, y que en todas ellas y cada una
diga: Este es Jesús nazareno rey de los judíos, para que todos
lo entiendan y sea conocido de todos.
Asimismo mando, so pena de perdición de bienes y de la vida
y de rebelión al imperio romano, que ninguno, de cualquier estado
y condición que sea, se atreva temerariamente a impedir la dicha
justicia por mí mandada hacer, pronunciada, administrada y
ejecutada con todo rigor, según los decretos y leyes romanas y

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hebreas. Año de la creación del mundo cinco mil doscientos
treinta y tres, día veinticinco de marzo.

PONTIUS PILATUS JUDEX ET GUBERNATOR


GALILAEAE INFERIORIS PRO ROMANO IMPERIO QUI
SUPRA PROPIA MANU

Conforme a este cómputo, la creación del mundo fue en


marzo, y del día que fue criado Adán hasta la Encarnación del
Verbo pasaron cinco mil ciento y noventa y nueve años, y
añadiendo los nueve meses que estuvo en el virginal vientre
de su Madre santísima, y treinta y tres años que vivió, hacen
los cinco mil doscientos treinta y tres, y los tres meses que
conforme al cómputo romano de los años restan hasta veinte
y cinco del mes de marzo; porque según esta cuenta de la
Iglesia romana, al primer año del mundo no le tocan más de
nueve meses y siete días, para comenzar el segundo año del
primero de enero. Y entre las opiniones de los doctores he
entendido que la verdadera es la de la Santa Iglesia en el
Martirologio romano.
Leída la sentencia de Pilato contra nuestro Salvador, que
dejo referida, con alta voz en presencia de todo el pueblo, los
ministros cargaron sobre los delicados y llagados hombros de
Jesús la pesada cruz en que había de ser crucificado. Y para
que la llevase le desataron las manos con que la tuviese, pero
no el cuerpo, para que pudiesen ellos llevarle asido tirando
de las sogas con que estaba ceñido, y para mayor crueldad le
dieron con ellas a la garganta dos vueltas. Era la cruz de
quince pies en largo, gruesa, y de madera muy pesada.
Comenzó el pregón de la sentencia, y toda aquella multitud
confusa y turbulenta de pueblo, ministros y soldados, con
gran estrépito y vocería se movió con una desconcertada
procesión, para encaminarse por las calles de Jerusalén desde
el palacio de Pilato para el monte Calvario. Pero el Maestro y
Redentor del mundo Jesús, cuando llegó a recibir la cruz,
mirándola con semblante lleno de júbilo y extremada alegría,

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cual suele mostrar el esposo con las ricas joyas de su esposa,
habló con ella en su secreto y la recibió con estas razones:
«Oh, cruz deseada de mi alma, prevenida y hallada de mis
deseos, ven a Mí, amada mía, para que me recibas en tus
brazos y en ellos como en altar sagrado reciba mi Eterno
Padre el sacrificio de la eterna reconciliación con el linaje
humano. Para morir en ti bajé del cielo en vida y carne mortal
y pasible, porque tú has de ser el cetro con que triunfaré de
todos mis enemigos, la llave con que abriré las puertas del
paraíso a mis predestinados, el sagrario donde hallen
misericordia los culpados hijos de Adán y la oficina de los
tesoros que pueden enriquecer su pobreza. En ti quiero
acreditar las deshonras y oprobios de los hombres, para que
mis amigos los abracen con alegría y los soliciten con ansias
amorosas, para seguirme por el camino que Yo les abriré
contigo. Padre mío y Dios eterno, Yo te confieso Señor del
cielo y tierra, y obedeciendo a tu querer divino cargo sobre
mis hombros la leña del sacrificio de mi pasible humanidad
inocentísima y le admito de voluntad por la salvación eterna
de los hombres. Recibidle, Padre mío, como aceptable a
Vuestra justicia, para que de hoy más no sean siervos sino
hijos y herederos conmigo de Vuestro reino».
A la vista de tan sagrados misterios y sucesos, estaba la
gran Señora del mundo María santísima sin que alguno se le
ocultase, porque de todos tenía altísima noticia y
comprensión sobre los mismos ángeles, y los sucesos que no
podía ver con los ojos corporales los conocía con la
inteligencia y ciencia de la revelación, que se los manifestaba
con las operaciones interiores de su Hijo santísimo. Y con esta
luz divina conoció el valor infinito que redundó en el madero
santo de la cruz, al punto que recibió el contacto de la
humanidad deificada de Jesús nuestro Redentor. Y luego la
prudentísima Madre la adoró y veneró con el debido culto, y
lo mismo hicieron todos los espíritus soberanos que asistían
al mismo Señor y a la Reina. Acompañó también a su Hijo
santísimo en las caricias con que recibió la cruz, y le habló con
otras semejantes palabras y razones que a ella tocaban como

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coadjutora del Redentor. Y lo mismo hizo orando al Eterno
Padre, imitando en todo altísimamente como viva imagen a
su original y ejemplar sin perder un punto. Y cuando la voz
del pregonero iba publicando y repitiendo la sentencia por
las calles, oyéndola la divina Madre, compuso un cántico de
loores y alabanzas de la inocencia impecable de su Hijo y Dios
santísimo, contraponiéndolos a los delitos que contenía la
sentencia y como quien glosaba144 las palabras en honra y
gloria del mismo Señor. Y a este cántico le ayudaron los
santos ángeles con quienes lo iba ordenando y repitiendo
cuando los habitadores de Jerusalén iban blasfemando de su
mismo Criador y Redentor.
Y como toda la fe, la ciencia y el amor de las criaturas
estaba resumido en esta ocasión de la Pasión en el gran
pecho de la Madre de la sabiduría, ella sola hacía el juicio
rectísimo y el concepto digno de padecer y morir Dios por los
hombres. Y sin perder la atención a todo lo que exteriormente
era necesario obrar, confería y penetraba con su sabiduría
todos los misterios de la Redención humana y el modo como
se iban ejecutando por medio de la ignorancia de los mismos
hombres que eran redimidos. Penetraba con digna
ponderación quién era el que padecía, lo que padecía, de
quién y por quién lo padecía. De la dignidad de la persona de
Cristo nuestro Redentor, que contenía las dos naturalezas,
divina y humana, de sus perfecciones y atributos de
entrambas, María santísima sola fue la que tuvo más alta y
penetrante ciencia, después del mismo Señor. Y por esta parte
ella sola entre las puras criaturas llegó a darle la ponderación
debida a la Pasión y muerte de su mismo Hijo y Dios
verdadero. De lo que padeció no solo fue testigo de vista la
cándida paloma, sino también lo fue de experiencia, en que
ocasiona santa emulación no solo a los hombres sino también
a los mismos ángeles, que no alcanzaron esta gracia. Pero
conocieron cómo la gran Reina y Señora sentía y padecía en
el alma y cuerpo los mismos dolores y pasiones de su Hijo

144
De glosar: Comentar palabras y dichos propios o ajenos, ampliándolos.

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santísimo y el agrado inexplicable que de ello recibía la
Beatísima Trinidad, y con esto recompensaron el dolor que no
pudieron padecer en la gloria y alabanza que le dieron.
Algunas veces que la dolorosa Madre no tenía a la vista a su
Hijo santísimo, solía sentir en su virginal cuerpo y espíritu la
correspondencia de los tormentos que daban al Señor, antes
que por inteligencia se le manifestase. Y como sobresaltada
decía: «¡Ay de mí, qué martirio le dan ahora a mi dulcísimo
Dueño y mi Señor!». Y luego recibía la noticia clarísima de
todo lo que con Su Majestad se hacía. Pero fue tan admirable
en la fidelidad de padecer y en imitar a su dechado145 Cristo
nuestro bien, que jamás la amantísima Madre admitió natural
alivio en la Pasión, no solo del cuerpo porque ni descansó, ni
comió, ni durmió, pero ni del espíritu, con alguna
consideración que la diese refrigerio, salvo cuando se le
comunicaba el Altísimo con algún divino influjo, y entonces le
admitía con humildad y agradecimiento, para recobrar nuevo
esfuerzo con que atender más ferviente al objeto doloroso y
a la causa de sus tormentos. La misma ciencia y ponderación
hacía de la malicia de los judíos y ministros y de la necesidad
del linaje humano y su ruina y de la ingratísima condición de
los mortales, por quienes padecía su Hijo santísimo; y así lo
conoció todo en grado eminente y perfectísimo y lo sintió
sobre todas las criaturas.
Otro misterio oculto y admirable obró la diestra del
Omnipotente en esta ocasión por mano de María santísima
contra Lucifer y sus ministros infernales, y sucedió en esta
forma: que como este Dragón y los suyos asistían atentos a
todo lo que iba sucediendo en la Pasión del Señor, que ellos
no acababan de conocer, al punto que Su Majestad recibió la
cruz sobre sus hombros, sintieron todos estos enemigos un
nuevo quebranto y desfallecimiento, que con la ignorancia y
novedad les causó grande admiración y una nueva tristeza
llena de confusión y despecho. Con el sentimiento de estos
nuevos e invencibles efectos se receló el príncipe de las

145
Ejemplar, muestra que se tiene presente para imitar.

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tinieblas de que por aquella Pasión y muerte de Cristo nuestro
Señor le amenazaba alguna irreparable destrucción y ruina de
su imperio. Y para no esperarle en presencia de Cristo nuestro
bien, determinó el Dragón hacer fuga y retirarse con todos
sus secuaces a las cavernas del infierno. Pero cuando
intentaba ejecutar este deseo se lo impidió nuestra gran Reina
y Señora de todo lo criado, porque el Altísimo al mismo
tiempo la ilustró y vistió de su poder, dándole conocimiento
de lo que debía hacer. Y la divina Madre, convirtiéndose
contra Lucifer y sus escuadrones con imperio de Reina, los
detuvo para que no huyesen y les mandó esperasen el fin de
la Pasión y que fuesen a la vista de toda ella hasta el monte
Calvario. Al imperio de la poderosa Reina no pudieron resistir
los demonios, porque conocieron y sintieron la virtud divina
que obraba en ella. Y rendidos a sus mandatos fueron como
atados y presos acompañando a Cristo nuestro Señor hasta el
Calvario, donde por la eterna sabiduría estaba determinado
que triunfase de ellos desde el trono de la cruz, como
adelante lo veremos. No hallo ejemplo con que manifestar la
tristeza y desaliento con que desde este punto fueron
oprimidos Lucifer y sus demonios. Pero, a nuestro modo de
entender, iban al Calvario como los condenados que son
llevados al suplicio y el temor del castigo inevitable los
desmaya, debilita y entristece. Y esta pena en el demonio fue
conforme a su naturaleza y malicia y correspondiente al daño
que hizo en el mundo introduciendo en él la muerte y el
pecado, por cuyo remedio iba a morir el mismo Dios.
Prosiguió nuestro Salvador el camino del monte Calvario,
llevando sobre sus hombros, como dijo Isaías146, su mismo
imperio y principado, que era la Santa Cruz, donde había de
reinar y sujetar al mundo, mereciendo la exaltación de su
nombre sobre todo nombre y rescatando a todo el linaje
humano de la potencia tiránica que ganó el demonio sobre
los hijos de Adán. Llamó el mismo Isaías147 «yugo y cetro del
cobrador y ejecutor», y con imperio y vejación cobraba el

146
Isaías 9, 6.
147
Isaías 9, 4.

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tributo de la primera culpa. Y para vencer este tirano y destruir
el cetro de su dominio y el yugo de nuestra servidumbre, puso
Cristo nuestro Señor la cruz en el mismo lugar que se lleva el
yugo de la servidumbre y el cetro de la potencia real, como
quien despojaba de ella al demonio y le trasladaba a sus
hombros, para que los cautivos hijos de Adán, desde aquella
hora que tomó su cruz, le reconociesen por su legítimo Señor
y verdadero Rey, a quien sigan por el camino de la cruz, por
la cual redujo a todos los mortales a su imperio y los hizo
vasallos y esclavos suyos comprados con el precio de su
misma Sangre y vida.
Mas ¡ay dolor de nuestro ingratísimo olvido! Que los
judíos y ministros de la Pasión ignorasen este misterio
escondido a los príncipes del mundo, que no se atreviesen a
tocar la cruz del Señor, porque la juzgaban por afrenta
ignominiosa, culpa suya fue y muy grande; pero no tanta
como la nuestra, cuando ya está revelado este sacramento y
en fe de esta verdad condenamos la ceguera de los que
persiguen a nuestro bien y Señor. Pues si los culpamos
porque ignoraron lo que debían conocer, ¿qué culpa será la
nuestra, que conociendo y confesando a Cristo Redentor
nuestro le perseguimos y crucificamos como ellos,
ofendiéndole? ¡Oh, dulcísimo amor mío Jesús, luz de mi
entendimiento y gloria de mi alma!, no fíes, Señor mío, de mi
tardanza y torpeza, el seguirte con mi cruz por el camino de
la tuya. Toma por tu cuenta hacerme este favor, llévame,
Señor, tras de ti y correré en la fragancia de tu ardentísimo
amor, de tu inefable paciencia, de tu eminentísima humildad,
desprecio y angustias, y en la participación de tus oprobios,
afrentas y dolores. Esta sea mi parte y mi herencia en esta
mortal y pesada vida, esta mi gloria y descanso, y fuera de tu
cruz e ignominias no quiero vida ni consuelo, sosiego ni
alegría. Como los judíos y todo aquel pueblo ciego se
desviaban en las calles de Jerusalén de no tocar la cruz del
inocentísimo reo, el mismo Señor hacía calle y despejaba el
puesto donde iba Su Majestad, como si fuera contagio su
gloriosa deshonra, en que le imaginaba la perfidia de sus

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perseguidores, aunque todo lo demás del camino estaba
lleno de pueblo y confusión, gritos y vocería, y entre ella iba
resonando el pregón de la sentencia.
Los ministros de la justicia, como desnudos de toda
humana compasión y piedad, llevaban a nuestro Salvador
Jesús con increíble crueldad y desacato. Tiraban unos de las
sogas adelante, para que apresurase el paso, otros para
atormentarle tiraban atrás, para detenerle, y con estas
violencias y el grave peso de la cruz le obligaban y compelían
a dar muchos vaivenes y caídas en el suelo. Y con los golpes
que recibía de las piedras se le abrieron llagas, y en particular
dos en las rodillas, renovándosele todas las veces que repetía
las caídas; y el peso de la cruz le abrió de nuevo otra llaga en
el hombro que se la cargaron. Y con los vaivenes, unas veces
topaba la cruz contra la Sagrada Cabeza y otras la cabeza
contra la cruz y siempre las espinas de la corona le penetraban
de nuevo con el golpe que recibía, profundándose148 más en
lo que no estaba herido de la carne. A estos dolores añadían
aquellos instrumentos de maldad muchos oprobios de
palabras y contumelias execrables, de salivas inmundísimas y
polvo que arrojaban en su Divino Rostro, con tanto exceso
que le cegaban los ojos que misericordiosamente los
miraban, con que se condenaban por indignos de tan
graciosa vista. Y con la prisa que se daban, sedientos de
conseguir su muerte, no dejaban al mansísimo Maestro que
tomase aliento, antes, como en tan pocas horas había
cargado tanta lluvia de tormentos sobre aquella humanidad
inocentísima, estaba desfallecida y desfigurada y, al parecer
de quien le miraba, quería ya rendir la vida a los dolores y
tormento.
Entre la multitud de la gente partió la dolorosa y lastimada
Madre de casa de Pilato en seguimiento de su Hijo santísimo,
acompañada de Juan y María Magdalena y las otras Marías. Y
como el tropel de la confusa multitud los embarazaba para
llegarse más cerca de Su Majestad, pidió la gran Reina al

148
Profundizándose.

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Eterno Padre que le concediese estar al pie de la cruz en
compañía de su Hijo y Señor, de manera que pudiese verle
corporalmente, y con la voluntad del Altísimo ordenó también
a los santos ángeles que dispusiesen ellos cómo aquello se
ejecutase. La obedecieron los ángeles con grande reverencia
y con toda presteza encaminaron a su Reina y Señora por el
atajo de una calle, por donde salieron al encuentro de su Hijo
santísimo y se vieron cara a cara Hijo y Madre,
reconociéndose entrambos y renovándose recíprocamente el
dolor de lo que cada uno padecía; pero no se hablaron
vocalmente, ni la fiereza de los ministros diera lugar para
hacerlo. Pero la prudentísima Madre adoró a su Hijo santísimo
y Dios verdadero, afligido con el peso de la cruz, y con la voz
interior le pidió que, pues ella no podía descansarle de la
carga de la cruz, ni tampoco permitía que los ángeles lo
hicieran, que era a lo que la compasión la inclinaba, se
dignase su potencia de poner en el corazón de aquellos
ministros le diesen alguno que le ayudase a llevarla. Esta
petición admitió Cristo nuestro bien, y de ella resultó el
conducir a Simón Cireneo para que llevase la cruz con el
Señor, como adelante diré. Porque los fariseos y ministros se
movieron para esto, unos de alguna natural humanidad, otros
de temor que no acabase Cristo nuestro Señor la vida antes
de llegar a quitársela en la misma cruz, porque iba Su
Majestad muy desfallecido, como queda dicho.
A todo humano encarecimiento y discurso excede el dolor
que la candidísima paloma y Madre Virgen sintió en este viaje
del monte Calvario, llevando a su vista el objeto de su mismo
Hijo, que sola ella sabía dignamente conocer y amar. Y no
fuera posible que no desfalleciera y muriera, si el poder divino
no la confortara, conservándole la vida. Con este amarguísimo
dolor habló al Señor y le dijo en su interior: «Hijo mío y Dios
eterno, lumbre de mis ojos y vida de mi alma, recibid, Señor,
el sacrificio doloroso de que no puedo aliviaros del peso de
la cruz y llevarla yo, que soy hija de Adán, para morir en ella
por vuestro amor, como Vos queréis morir por la ardentísima
caridad del linaje humano. ¡Oh, amantísimo Medianero entre

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la culpa y la justicia! ¿Cómo fomentáis la misericordia con
tantas injurias y entre tantas ofensas? ¡Oh, caridad sin término
ni medida, que para mayor incendio y eficacia dais lugar a los
tormentos y oprobios! ¡Oh, amor infinito y dulcísimo, si los
corazones de los hombres y todas las voluntades estuvieran
en la mía para que no dieran tan mala correspondencia a lo
que por todos padecéis! ¡Oh, quién hablara al corazón de los
mortales y les intimara lo que Os deben, pues tan caro Os ha
costado el rescate de su cautiverio y el remedio de su ruina!».
Otras razones prudentísimas y altísimas decía con estas la
gran Señora del mundo que no puedo yo reducir a las mías.
Seguían asimismo al Señor —como dice el evangelista San
Lucas149— con la turba de la gente popular otras muchas
mujeres que se lamentaban y lloraban amargamente. Y
convirtiéndose a ellas el dulcísimo Jesús las habló y dijo:
«Hijas de Jerusalén, no queráis llorar sobre Mí, sino llorad
sobre vosotras mismas y sobre vuestros hijos; porque días
vendrán en que dirán: "Bienaventuradas las estériles, que
nunca tuvieron hijos, ni les dieron leche de sus pechos". Y
entonces comenzarán a decir a los montes: "Caed sobre
nosotros"; y a los collados, "Enterradnos". Porque si estas
cosas pasan en el madero verde, ¿qué será en el que está
seco?»150. Con estas razones misteriosas acreditó el Señor las
lágrimas derramadas por su Pasión santísima y en algún
modo las aprobó, dándose por obligado de su compasión,
para enseñarnos en aquellas mujeres el fin que deben tener
nuestras lágrimas, para que vayan bien encaminadas. Y esto
ignoraban entonces aquellas compasivas discípulas de
nuestro Maestro y lloraban sus afrentas y dolores y no la
causa porque los padecía, de que merecieron ser enseñadas
y advertidas. Y fue como si les dijera el Señor: Llorad sobre
vuestros pecados y de vuestros hijos lo que Yo padezco, y no
por los míos, que no los tengo ni es posible. Y si el
compadeceros de Mí es bueno y justo, más quiero que lloréis
vuestras culpas que mis penas padecidas por ellas, y con este

149
Lucas 23, 27.
150
Lucas 23, 28-31.

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modo de llorar pasará sobre vosotras y sobre vuestros hijos
el precio de mi Sangre y Redención que este ciego pueblo
ignora. Porque vendrán días, que serán los del juicio universal
y del castigo, en que se juzgarán por dichosas las que no
hubieren tenido generación de hijos, y los prescitos pedirán a
los montes y collados que los cubran, para no ver mi
indignación. Porque si en Mí, que soy inocente, han hecho
estos efectos sus culpas de que Yo me encargué, ¿qué harán
en ellos, que estarán tan secos, sin fruto de gracia ni
merecimientos?
Para entender esta doctrina fueron ilustradas aquellas
dichosas mujeres en premio de sus lágrimas y compasión. Y
cumpliéndose lo que María santísima había pedido,
determinaron los pontífices, fariseos y los ministros conducir
algún hombre que ayudase a Jesús nuestro Redentor en el
trabajo de llevar la cruz hasta el Calvario. Llegó en esta
ocasión Simón Cireneo, llamado así porque era natural de
Cirene, ciudad de Libia, y venía a Jerusalén; era padre de dos
discípulos del Señor, llamados Alejandro y Rufo151. A este
Simón obligaron los judíos a que llevase la cruz parte del
camino, sin tocarla ellos, porque se afrentaban de llegar a ella,
como instrumento del castigo de un Hombre a quien
ajusticiaban por malhechor insigne; que esto pretendían que
todo el pueblo entendiese con aquellas ceremonias y
cautelas. Tomó la cruz el Cirineo y fue siguiendo a Jesús, que
iba entre los dos ladrones, para que todos creyesen era
malhechor y facineroso como ellos. Iba la Madre de Jesús
nuestro Salvador muy cerca de Su Majestad, como lo había
deseado y pedido al Eterno Padre, con cuya voluntad estuvo
tan conforme en todos los trabajos y martirios de la Pasión de
su Hijo, que participando y comunicando sus tormentos tan
de cerca por todos sus sentidos, jamás tuvo movimiento ni
ademán en su interior ni el exterior con que se inclinase a
retractar la voluntad de que su Hijo y Dios no padeciese. Tanta

151
Marcos 15, 21.

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fue su caridad y amor con los hombres y tanta la gracia y
santidad de esta Reina en vencer la naturaleza.

Cómo nuestro Salvador Jesús fue crucificado


en el monte Calvario y las siete palabras que
habló en la cruz, y le asistió María santísima su
Madre con gran dolor

Llegó nuestro verdadero y nuevo Isaac, Hijo del Eterno


Padre, al monte del sacrificio, que fue el mismo donde
precedió el ensayo y la figura en el hijo152 del patriarca
Abraham, y donde se ejecutó en el inocentísimo Cordero el
rigor que se suspendió en el antiguo Isaac que le figuraba. Era
el monte Calvario lugar inmundo y despreciado, como
destinado para el castigo de los facinerosos y condenados, de
cuyos cuerpos recibía mal olor y mayor ignominia. Llegó tan
fatigado nuestro amantísimo Jesús, que parecía todo
transformado en llagas y dolores, cruentado153, herido y
desfigurado. La virtud de la divinidad, que deificaba su
santísima humanidad por la unión hipostática, le asistió, no
para aliviar sus tormentos sino para confortarle en ellos, y que
quedase su amor inmenso saciado en el modo conveniente,
conservándole la vida, hasta que se le diese licencia a la
muerte de quitársela en la cruz. Llegó también la dolorosa y
afligida Madre llena de amargura a lo alto del Calvario, muy
cerca de su Hijo corporalmente, pero en el espíritu y dolores
estaba como fuera de sí, porque se transformaba toda en su
amado y en lo que padecía. Estaban con ella Juan y las tres
Marías, porque para esta sola y santa compañía había pedido
y alcanzado del Altísimo este gran favor de hallarse tan
vecinos y presentes al Salvador y su cruz.
Y como la prudentísima Madre conocía que se iban
ejecutando los misterios de la Redención humana, cuando vio
que trataban los ministros de desnudar al Señor para
crucificarle, convirtió su espíritu al Eterno Padre y oró de esta

152
Génesis 22, 9.
153
Ensangrentado.

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manera: «Señor mío y Dios eterno, Padre sois de vuestro
unigénito Hijo, que por la eterna generación Dios verdadero
nació de Dios verdadero, que sois Vos, y por la humana
generación nació de mis entrañas, donde le di la naturaleza
de Hombre en que padece. Con mis pechos le di leche y
sustenté, y como al mejor Hijo que jamás pudo nacer de otra
criatura le amo como Madre verdadera, y como Madre tengo
derecho natural a su humanidad santísima en la persona que
tiene, y nunca Vuestra Providencia se le niega a quien le tiene
y pertenece. Ahora, pues, ofrezco este derecho de Madre y le
pongo en Vuestras manos de nuevo, para que vuestro Hijo y
mío sea sacrificado para la Redención del linaje humano.
Recibid, Señor mío, mi aceptable ofrenda y sacrificio, pues no
ofreciera tanto si yo misma fuera sacrificada y padeciera, no
solo porque mi Hijo es verdadero Dios y de Vuestra sustancia
misma, sino también de parte de mi dolor y pena. Porque si
yo muriera y se trocaran las suertes, para que su vida
santísima se conservara, fuera para mí de grande alivio y
satisfacción de mis deseos». Esta oración de la gran Reina
aceptó el Eterno Padre con inefable agrado y complacencia.
Y no se le consintió al patriarca Abraham más que la figura y
ademán del sacrificio de su hijo154, porque la ejecución y
verdad la reservaba el Padre Eterno para su Unigénito. Ni
tampoco a su madre Sara se le dio cuenta de aquella mística
ceremonia, no solo por la pronta obediencia de Abraham,
sino también porque aun esto sólo no se fiaba del amor
maternal de Sara, que acaso intentaría impedir el mandato del
Señor, aunque era santa y justa. Pero no fue así con María
santísima, que sin recelo le pudo fiar el Eterno Padre su
voluntad eterna, porque con proporción cooperase en el
sacrificio del Unigénito con la misma voluntad del Padre.
Acabó esta oración la invictísima Madre y conoció que los
impíos ministros de la Pasión intentaban dar al Señor la
bebida del vino mirrado con hiel, que dicen San Mateo y San
Marcos155. Para añadir este nuevo tormento a nuestro

154
Génesis 22, 12.
155
Mateo 27, 34; Marcos 15, 23.

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Salvador, tomaron ocasión los judíos de la costumbre que
tenían de dar a los condenados a muerte una bebida de vino
fuerte y aromático, con que se confortasen los espíritus
vitales, para tolerar con más esfuerzo los tormentos del
suplicio, derivando esta piedad de lo que Salomón dejó
escrito en los Proverbios156: «Dales sidra a los que están tristes
y el vino a los que padecen amargura del corazón». Esta
bebida, que en los demás ajusticiados podía ser algún socorro
y alivio, pretendió la crueldad de los impíos judíos conmutar
en mayor pena con nuestro Salvador157, dándosela
amarguísima y mezclada con hiel y que no tuviese en él otros
efectos más que el tormento de la amargura. Conoció la
divina Madre esta inhumanidad y con maternal compasión y
lágrimas oró al Señor pidiéndole no la bebiese. Y Su Majestad,
condescendió con la petición de su Madre, de manera que,
sin negarse del todo a este nuevo dolor, gustó la poción
amarga y no la bebió158.
Era ya la hora de sexta, que corresponde a la de mediodía,
y los ministros de justicia, para crucificar desnudo al Salvador,
le despojaron de la túnica inconsútil y vestiduras. Y como la
túnica era cerrada y larga, se la desnudaron, para sacarla por
la cabeza, sin quitarle la corona de espinas, y con la violencia
que hicieron arrancaron la corona con la misma túnica con
desmedida crueldad, porque le rasgaron de nuevo las heridas
de su Sagrada Cabeza, y en algunas se quedaron las puntas
de las espinas, que con ser tan duras y aceradas se rompieron
con la fuerza que los verdugos arrebataron la túnica, llevando
tras de sí la corona; la cual le volvieron a fijar en la cabeza con
impiísima crueldad abriendo llagas sobre las llagas.
Renovaron junto con esto las de todo su cuerpo santísimo,
porque en ellas estaba ya pegada la túnica, y el despegarla
fue, como dice David159, añadir de nuevo sobre el dolor de sus
heridas. Cuatro veces desnudaron y vistieron en su Pasión a

156
Proverbios 31, 6.
157
Amós 2, 8.
158
Mateo 27, 34.
159
Salmo 69, 27.

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nuestro bien y Señor: la primera, para azotarle en la columna;
la segunda, para ponerle la púrpura afrentosa; la tercera,
cuando se la quitaron y le volvieron a vestir de su túnica; la
cuarta fue esta del Calvario, para no volverle a vestir; y en esta
fue más atormentado, porque las heridas fueron más, y su
humanidad santísima estaba debilitada, y en el monte
Calvario más desabrigado y ofendido del viento, que también
tuvo licencia este elemento para afligirle en su muerte la
destemplanza del frío.
A todas estas penas se añadía el dolor de estar desnudo
en presencia de su Madre santísima y de las devotas mujeres
que la acompañaban y de la multitud de gente que allí estaba.
Sólo reservó en su poder los paños interiores que su Madre
santísima le había puesto debajo la túnica en Egipto, porque
ni cuando le azotaron se los pudieron quitar los verdugos,
como queda dicho, ni tampoco se los desnudaron para
crucificarle, y así fue con ellos al sepulcro; y esto se me ha
manifestado muchas veces. No obstante que, para morir
Cristo nuestro bien en suma pobreza y sin llevar ni tener
consigo cosa alguna de cuantas era Criador y verdadero
Señor, por su voluntad muriera totalmente desnudo y sin
aquellos paños, si no interviniera la voluntad y petición de su
Madre santísima, que fue la que así lo pidió, y lo concedió
Cristo nuestro Señor, porque satisfacía con este género de
obediencia de Hijo a la suma pobreza en que deseaba morir.
Estaba la Santa Cruz tendida en tierra, y los verdugos
prevenían lo demás necesario para crucificarle, como a los
otros dos que juntamente habían de morir. Y en el ínterin que
todo esto se disponía, nuestro Redentor y Maestro oró al
Padre y dijo:
«Eterno Padre y Señor Dios mío, a tu majestad
incomprensible de infinita bondad y justicia ofrezco todo el
ser humano y obras que en él por tu voluntad santísima he
obrado, bajando de tu seno en esta carne pasible y mortal,
para redimir en ella a mis hermanos los hombres. Te ofrezco,
Señor, conmigo a mi amantísima Madre, su amor, sus obras
perfectísimas, sus dolores, sus penas, sus cuidados y

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prudentísima solicitud en servirme, imitarme y acompañarme
hasta la muerte. Te ofrezco la pequeña grey de mis apóstoles,
la Santa Iglesia y congregación de fieles, que ahora es y será
hasta el fin del mundo, y con ella a todos los mortales hijos
de Adán. Todo lo pongo en tus manos, como de su verdadero
Dios y Señor Omnipotente; y cuanto es de mi parte por todos
padezco y muero de voluntad, y con ella quiero que todos
sean salvos, si todos me quisieren seguir y aprovecharse de
mi Redención, para que de esclavos del demonio pasen a ser
hijos tuyos y mis hermanos y coherederos por la gracia que
les dejo merecida. Especialmente, Señor mío, te ofrezco los
pobres, despreciados y afligidos, que son mis amigos y me
siguieron por el camino de la cruz. Y quiero que los justos y
predestinados estén escritos en tu memoria eterna. Te
suplico, Padre mío, que detengas el castigo y levantes el azote
de tu justicia con los hombres, no sean castigados como lo
merecen sus culpas, y desde esta hora seas su Padre como lo
eres mío. Te suplico asimismo por los que con pío afecto
asisten a mi muerte, para que sean ilustrados con tu divina
luz, y por todos los que me persiguen, para que se conviertan
a la verdad, y sobre todo te pido por la exaltación de tu
inefable y santo nombre».
Esta oración y peticiones de nuestro Salvador Jesús
conoció su santísima Madre, y la imitó y oró al Padre
respectivamente como a ella le tocaba. Nunca olvidó ni omitió
la prudentísima Virgen el cumplimiento de aquella palabra
primera que oyó de la boca de su Hijo y Maestro recién
nacido: «Asimílate a Mí, amiga mía». Y siempre se cumplió la
promesa, que le hizo el mismo Señor, de que, en retorno del
nuevo ser humano que dio al Verbo eterno en su virginal
vientre, le daría su omnipotencia otro nuevo ser de gracia
divina y eminente sobre todas las criaturas. Y a este beneficio
pertenecía la ciencia y luz altísima con que conocía la gran
Señora todas las operaciones de la humanidad santísima de
su Hijo, sin que ninguna se le ocultase ni la perdiese de vista.
Y como las conoció, las imitó; de manera que siempre fue
cuidadosa en atenderlas, profunda en penetrarlas, pronta en

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la ejecución y fuerte y muy intensa en las operaciones. Ni para
esto la turbó el dolor, ni la impidió la congoja, ni la embarazó
la persecución, ni la entibió la amargura de la Pasión. Y si bien
fue admirable en la gran Reina esta constancia, pero lo fuera
menos si a la Pasión y tormentos de su Hijo asistiera con los
sentidos y dolor interior, al modo que los demás justos. Mas
no sucedió así, porque fue única y singular en todo, que,
como se ha dicho arriba, sintió en su virginal cuerpo los
dolores que padecía Cristo nuestro bien en su persona,
interiores y exteriores. Y en cuanto a esta correspondencia,
podemos decir que también la divina Madre fue azotada,
coronada, escupida y abofeteada, y llevó la cruz a cuestas y
fue clavada en ella, porque sintió todos estos tormentos y los
demás en su purísimo cuerpo, aunque por diferente modo
pero con suma similitud, para que en todo fuese la Madre
retrato vivo de su Hijo. Y a más de la grandeza que debía
corresponder en María santísima y su dignidad a la de Cristo,
con toda la proporción posible que tuvo, encerró esta
maravilla otro misterio, que fue satisfacer en algún modo al
amor de Cristo y a la excelencia de su Pasión y beneplácito
quedando para todo esto copiada en alguna pura criatura, y
ninguna tenía tanto derecho a este beneficio como su misma
Madre.
Para señalar los barrenos de los clavos en la cruz,
mandaron los verdugos con imperiosa soberbia al Criador del
Universo —¡oh, temeridad formidable!— que se tendiese en
ella, y el Maestro de la humildad obedeció sin resistencia.
Pero ellos con inhumano y cruel instinto señalaron los
agujeros, no iguales al Sagrado Cuerpo, sino más largos, para
lo que después hicieron. Esta nueva impiedad conoció la
Madre de la luz, y fue una de las mayores aflicciones que
padeció su corazón castísimo en toda la Pasión, porque
penetró los intentos depravados de aquellos ministros del
pecado y previno el tormento que su Hijo santísimo había de
padecer para clavarle en la cruz; pero no lo pudo remediar,
porque el mismo Señor quería padecer también aquel trabajo
por los hombres. Y cuando se levantó Su Majestad para que

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barrenasen la cruz, acudió la gran Señora y le tuvo de un
brazo y le adoró y besó la mano con suma reverencia. Dieron
lugar a esto los verdugos, porque juzgaron que a la vista de
su Madre se afligiría más el Señor, y ningún dolor que le
pudieran dar le perdonaron. Pero no entendieron el misterio,
porque no tuvo Su Majestad en su Pasión otra causa de mayor
consuelo y gozo interior como ver a su Madre santísima y la
hermosura de su alma y en ella el retrato de Sí mismo y el
entero logro del fruto de su Pasión y muerte; y este gozo en
algún modo confortó a Cristo nuestro bien en aquella hora.
Formados en la Santa Cruz los tres barrenos, mandaron los
verdugos a Cristo Señor nuestro, segunda vez, que se
tendiese sobre ella para clavarle. Y el sumo y poderoso Rey,
como artífice de la paciencia, obedeció y se puso en la cruz,
extendiendo los brazos sobre el feliz madero a la voluntad de
los ministros de su muerte. Estaba Su Majestad tan
desfallecido, desfigurado y exangüe160, que, si en la impiedad
ferocísima de aquellos hombres tuvieran algún lugar la
natural razón y humanidad, no era posible que la crueldad
hallara objeto en que obrar entre la mansedumbre, humildad,
llagas y dolores del inocente Cordero. Pero no fue así, porque
ya los judíos y ministros —¡oh, juicios terribles y ocultísimos
del Señor!— estaban transformados en el odio mortal y mala
voluntad sugerida por los demonios y desnudos de los
afectos de hombres sensibles y terrenos, y así obraban con
indignación y furor diabólico.
Luego cogió la mano de Jesús nuestro Salvador uno de los
verdugos, y asentándola sobre el agujero de la cruz, otro
verdugo la clavó en él, penetrando a martilladas la palma del
Señor con un clavo esquinado y grueso. Se rompieron con él
las venas y los nervios, y se quebraron y desconcertaron los
huesos de aquella mano sagrada que fabricó los cielos y
cuanto tiene ser. Para clavarle la otra mano no alcanzaba el
brazo al agujero, porque los nervios se le habían encogido y
de malicia le habían alargado el barreno, como arriba se dijo;

160
Desangrado, falto de sangre.

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y para remediar esta falta tomaron la misma cadena con que
el mansísimo Señor había estado preso desde el huerto y,
argollándole la muñeca con un extremo donde tenía una
argolla como esposas, tiraron con inaudita crueldad del otro
extremo y ajustaron la mano con el barreno y la clavaron con
otro clavo. Pasaron a los pies y, puesto el uno sobre el otro,
amarrándolos con la misma cadena y tirando de ella con gran
fuerza y crueldad, los clavaron juntos con el tercer clavo, algo
más fuerte que los otros. Quedó aquel Sagrado Cuerpo, en
quien estaba unida la divinidad, clavado y fijo en la Santa
Cruz, y aquella fábrica de sus miembros, deificados y
formados por el Espíritu Santo, tan disuelta y
desencuadernada, que se le pudieron contar los huesos161,
porque todos quedaron dislocados y señalados, fuera de su
lugar natural; se desencajaron los del pecho y de los hombros
y espaldas, y todos se movieron de su lugar, cediendo a la
violenta crueldad de los verdugos.
No cabe en lengua ni discurso nuestro la ponderación de
los dolores de nuestro Salvador Jesús en este tormento y lo
mucho que padeció; sólo el día del juicio se conocerá más,
para justificar su causa contra los réprobos y para que los
santos le alaben y glorifiquen dignamente. Pero ahora que la
fe de esta verdad nos da licencia y nos obliga a extender el
juicio —si es que lo tenemos— pido, suplico y ruego a los
hijos de la Santa Iglesia consideremos a solas cada uno tan
venerable misterio; ponderémosle y pesémosle con todas sus
circunstancias y hallaremos motivos eficaces para aborrecer
el pecado y no volverle a cometer, como causa de tanto
padecer el autor de la vida; ponderemos y miremos tan
oprimido el espíritu de su Madre Virgen y rodeado de dolores
su purísimo cuerpo, que por esta puerta de la luz entraremos
a conocer el sol que nos alumbra el corazón. ¡Oh, Reina y
Señora de las virtudes! ¡Oh, Madre verdadera del inmortal Rey
de los siglos humanado! Verdad es, Señora mía, que la dureza
de nuestros ingratos corazones nos hace ineptos y muy

161
Salmo 22, 18.

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indignos de sentir Vuestros dolores, y de Vuestro Hijo
santísimo nuestro Salvador, pero vénganos por Vuestra
clemencia este bien que desmerecemos; purificad y apartad
de nosotros tan pesada torpeza y grosería. Si nosotros somos
la causa de tales penas, ¿qué razón hay y qué justicia es que
se queden en Vos y en Vuestro amado? Pase el cáliz de los
inocentes a que le beban los reos que le merecieron. Mas ¡ay
de mí!, ¿dónde está el seso?, ¿dónde la sabiduría y la ciencia?,
¿dónde la lumbre de nuestros ojos?, ¿quién nos ha privado
del sentido?, ¿quién nos ha robado el corazón sensible y
humano? Cuando no hubiera recibido, Señor mío, el ser que
tengo a Vuestra imagen y semejanza, cuando Vos no me
dierais la vida y movimiento, cuando todos los elementos y
criaturas, formadas por Vuestra mano para mi servicio, no me
dieran noticia tan segura de Vuestro amor inmenso, el infinito
exceso de haberos clavado en la cruz con tan inauditos
dolores y tormentos me dejara satisfecha y presa con cadenas
de compasión y agradecimiento, de amor y de confianza en
vuestra inefable clemencia. Pero si no me despiertan tantas
voces, si vuestro amor no me enciende, si vuestra Pasión y
tormentos no me mueven, si tales beneficios no me obligan,
¿qué fin esperaré de mi estulticia?
Fijado el Señor en la cruz, para que los clavos no soltasen
al divino cuerpo, arbitraron los ministros de la justicia
redoblarlos por la parte que traspasaban el sagrado madero,
y para ejecutarlo comenzaron a levantar la cruz para volverla,
cogiendo debajo contra la tierra al mismo Señor crucificado.
Esta nueva crueldad alteró a todos los circunstantes y se
levantó grande gritería en aquella turba movida de
compasión, pero la dolorosa y compasiva Madre ocurrió a tan
desmesurada impiedad y pidió al Eterno Padre no la
permitiese como los verdugos la intentaban, y luego mandó
a los santos ángeles acudiesen y sirviesen a su Criador con
aquel obsequio, y todo se ejecutó como la gran Reina lo
ordenó; porque volviendo los verdugos la cruz, para que el
cuerpo clavado cayera el rostro contra la tierra, los ángeles le
sustentaron cerca del suelo, que estaba lleno de piedras e

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inmundicia, y con esto no tocó el Señor con su Divino Rostro
en él ni en los guijarros. Y los ministros redoblaron las puntas
de los clavos, sin haber conocido el misterio y maravilla,
porque se les ocultó, y el cuerpo estuvo tan cerca de la tierra
y la cruz tan fija sustentada de los ángeles, que los judíos
creyeron estaba en el duro suelo.
Luego arrimaron la cruz con el Crucificado divino al
agujero donde se había de enarbolar. Y llegándose unos con
los hombros y otros con alabardas162 y lanzas, levantaron al
Señor en la cruz, fijándola en el hoyo que para esto habían
abierto en el suelo. Y quedó nuestra verdadera salud y vida
en el aire pendiente del sagrado madero, a vista de
innumerable pueblo de diversas gentes y naciones. Y no
quiero omitir otra crueldad, que he conocido usaron con Su
Majestad cuando le levantaron, que con las lanzas e
instrumentos de armas le hirieron, haciéndole debajo los
brazos profundas heridas, porque le fijaron los hierros en la
carne, para ayudar a levantarle en la cruz. Se renovó al
espectáculo la vocería del pueblo con mayores gritos y
confusión: los enemigos de Cristo blasfemaban, los
compasivos se lamentaban, los extranjeros se admiraban;
unos a otros se convidaban al espectáculo, otros no le podían
mirar con el dolor; unos ponderaban el escarmiento en
cabeza ajena, otros le llamaban «justo»; y toda esta variedad
de juicios y palabras eran flechas para el corazón de la afligida
Madre. Y el Sagrado Cuerpo derramaba mucha Sangre de las
heridas de los clavos, que con el peso y el golpe de la cruz se
estremeció, y se rompieron de nuevo las llagas, quedando
más patentes las fuentes a que nos convidó por Isaías163, para
que fuésemos a coger de ellas con alegría las aguas con que
apagar la sed y lavar las manchas de nuestras culpas. Y nadie
tiene excusa, si no se diere prisa llegando a beber en ellas,

162
Arma ofensiva, compuesta de un asta de madera de dos metros
aproximadamente de largo y de una moharra [punta de la lanza, que
comprende la cuchilla y el cubo con que se asegura en el asta] con cuchilla
transversal, aguda por un lado y en forma de media luna por el otro.
2. f. Empleo de sargento.
163
Isaías 12, 3.

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pues se venden sin conmutación de plata ni oro y se dan de
balde sólo por la voluntad de recibirlas.
Crucificaron luego a los dos ladrones y fijaron sus cruces,
la una a la mano derecha y la otra a la siniestra de nuestro
Redentor, dándole el lugar del medio como a quien
reputaban por principal malhechor. Y olvidándose los
pontífices y fariseos de los dos facinerosos, convirtieron todo
su furor contra el Impecable y Santo por naturaleza. Y
moviendo las cabezas con escarnio y mofa, arrojaron piedras
y polvo contra la cruz del Señor y contra su real persona, y
decían: «Ah, Tú que destruyes el Templo de Dios y en tres días
lo reedificas, sálvate ahora a ti mismo; a otros hizo salvos y a
Sí mismo no se puede salvar». Otros decían: «Si ÉSTE es Hijo
de Dios, descienda ahora de la cruz y le creeremos». Los dos
ladrones también entrambos se burlaban de Su Divina
Majestad al principio, y decían: «Si eres Hijo de Dios, sálvate
a Ti mismo y a nosotros»164. Y estas blasfemias de los ladrones
fueron para el Señor de tanto mayor sentimiento, cuanto a
ellos estaba más próxima la muerte y perdían aquellos
dolores con que morían y podían satisfacer en parte por sus
delitos castigados por la justicia; como luego lo hizo el uno
de ellos, aprovechando la ocasión más oportuna que tuvo
pecador ninguno del mundo.
Cuando la gran Reina de los ángeles María santísima
conoció que los judíos, los que eran sus enemigos, con su
obstinada envidia intentaban deshonrar más a Cristo
crucificado, y que todos le blasfemaban y juzgaban por el
pésimo de los hombres, y deseaban se borrase y olvidase su
nombre de la tierra de los vivientes, como Jeremías165 lo dejó
profetizado, fue de nuevo enardecido su corazón fidelísimo
en el celo de la honra de su Hijo y Dios verdadero. Y postrada
ante su real persona crucificada, donde le estaba adorando,
pidió al Eterno Padre volviese por la honra de su Unigénito
con señales tan manifiestas que la perfidia quedase confusa y
frustrada su maliciosa intención. Presentada esta petición al

164
Mateo 27, 42-44.
165
Jeremías 11, 19.

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Padre, con el mismo celo y potestad de Reina del Universo se
convirtió a todas las criaturas irracionales de Él y dijo:
«Insensibles criaturas, criadas por la mano del Todopoderoso,
manifestad vosotras el sentimiento que por su muerte le
niegan estultamente los hombres capaces de razón. Cielos,
Sol, Luna, estrellas y planetas, detened vuestro curso,
suspended vuestras influencias con los mortales. Elementos,
alterad vuestra condición, y pierda la tierra su quietud,
rómpanse las piedras y peñascos duros. Sepulcros y
monumentos de los muertos, abrid vuestros ocultos senos
para confusión de los vivos. Velo del Templo místico y
figurativo, divídete en dos partes y con tu rompimiento intima
su castigo a los incrédulos y testifica la verdad, que ellos
pretenden oscurecer, de la gloria de su Criador y Redentor».
En virtud de esta oración e imperio de María Madre de
Jesús crucificado, tenía dispuesto la omnipotencia del
Altísimo todo lo que sucedió en la muerte de su Unigénito.
Ilustró Su Majestad y movió los corazones de muchos
circunstantes al tiempo de las señales de la tierra, y a otros
antes, para que confesaran al crucificado Jesús por santo,
justo y verdadero Hijo de Dios, como lo hizo el centurión, y
otros muchos que dicen los evangelistas166 se volvían del
Calvario hiriendo sus pechos de dolor. Y no solo le confesaron
los que antes le habían oído y creído su doctrina, sino también
otros muchos que ni le habían conocido, ni visto sus milagros.
Por la misma oración fue inspirado Pilato para que no mudase
el título de la cruz, que ya le habían puesto sobre la cabeza
del Señor en las tres lenguas, hebrea, griega y latina. Y aunque
los judíos reclamaron al juez y le pidieron que no escribiese
JESÚS NAZARENO REY DE LOS JUDÍOS, sino que antes escribiese:
«ÉSTE ha dicho: Soy Rey de los judíos», respondió Pilato: «Lo
que está escrito será escrito»167, y no quiso mudarlo. Todas
las otras criaturas insensibles por voluntad divina
obedecieron al imperio de María santísima, y de la hora de
mediodía hasta las tres de la tarde, que era la de nona, cuando

166
Mateo 27, 54; Lucas 23, 48.
167
Juan 19, 21-22.

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expiró el Salvador, hicieron el sentimiento y novedad que
dicen los sagrados evangelistas168: el Sol escondió su luz, los
planetas mudaron el influjo, los cielos y la Luna sus
movimientos, los elementos se turbaron, tembló la tierra y
muchos montes se rompieron, se quebrantaron las piedras
unas con otras, abrieron su seno los sepulcros, para que
después salieran de ellos algunos difuntos vivos, y fue tan
insólita y nueva la alteración de todo lo visible y elemental,
que se sintió en todo el orbe.
Los soldados que crucificaron a Jesús nuestro Salvador,
como ministros a quienes tocaban los despojos del justiciado,
trataron de dividir los vestidos del inocente Cordero. Y la capa
o manto superior, que por divina dispensación la llevaron al
Calvario, la hicieron partes —la misma que se desnudó en la
cena para lavar los pies a los apóstoles— y la dividieron entre
sí mismos169, que eran cuatro. Pero la túnica inconsútil no
quisieron dividirla, ordenándolo así la Providencia del Señor
con gran misterio, y echaron suertes sobre ella y la llevó a
quien le tocó, cumpliéndose a la letra la profecía de David en
el Salmo 22170. Los misterios de no romper esta túnica
declaran los santos y doctores; y uno de ellos fue significar
cómo este hecho de los judíos, aunque rompieron con
tormentos y heridas la humanidad santísima de Cristo nuestro
bien, con que estaba cubierta la divinidad, pero a esta no
pudieron ofenderla con la Pasión ni tocar en ella; y a quien
tocare la suerte de justificarse por su participación, éste la
poseerá y gozará por entero.
Y como el madero de la Santa Cruz era el trono de la
majestad real de Cristo y la cátedra de donde quería enseñar
la ciencia de la vida, estando ya Su Majestad levantado en ella
y confirmando la doctrina con el ejemplo, dijo aquella palabra
en que comprendió la suma de la caridad y perfección:
«Padre, perdónalos, que no saben lo que hacen»171. Este

168
Mateo 27, 51-53; Lucas 23, 45.
169
Juan 19, 23-24.
170
Salmo 22, 19.
171
Lucas 23, 34.

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principio de la caridad y amor fraternal se vinculó el divino
Maestro, llamándole suyo propio172. Y en prueba de esta
verdad que nos había enseñado, le practicó y ejecutó en la
cruz, no solo amando y perdonando a sus enemigos, sino
disculpándolos con su misma ignorancia, cuando su malicia
había llegado a lo supremo que pudo subir en los hombres,
persiguiendo, crucificando y blasfemando de su mismo Dios
y Redentor. Esto hizo la ingratitud humana después de tanta
luz, doctrina y beneficios, y esto hizo nuestro Salvador Jesús
con su ardentísima caridad, en retorno de los tormentos, de
las espinas, clavos, cruz y blasfemias. ¡Oh, amor
incomprensible!, ¡oh, suavidad inefable!, ¡oh, paciencia nunca
imaginada de los hombres, admirable a los ángeles y temida
de los demonios! Conoció algo de este sacramento uno de
los ladrones llamado Dimas y, obrando al mismo tiempo la
intercesión y oración de María santísima, fue ilustrado
interiormente para conocer a su Reparador y Maestro en esta
primera palabra que habló en la cruz. Y movido con verdadero
dolor y contrición de sus culpas, se convirtió a su compañero
y le dijo: «¿Ni tú tampoco temes a Dios, que con estos
blasfemos perseveras en la misma condición? Nosotros
pagamos nuestro merecido, pero ÉSTE, que padece con
nosotros, no ha cometido culpa alguna». Y hablando luego a
nuestro Salvador, le dijo: «Señor, acuérdate de mí cuando
llegares a tu reino»173.
En este felicísimo ladrón y en el centurión, y en los demás
que confesaron a Cristo en la cruz, se comenzaron a estrenar
los efectos de la Redención. Pero el mejor afortunado fue
Dimas, que mereció oír la segunda palabra que dijo el Señor:
«De verdad te digo, que hoy serás conmigo en el paraíso»174.
¡Oh, bienaventurado ladrón, que tú solo alcanzaste para ti tal
palabra deseada de todos los justos y santos de la tierra! No
la pudieron oír los antiguos patriarcas y profetas, juzgándose
por muy dichosos en bajar al limbo y esperar largos siglos el

172
Juan 15, 12.
173
Lucas 23, 40-42.
174
Lucas 23, 43.

Página 129 de 176


paraíso, que tú ganaste en un punto, en que mudaste
felizmente el oficio. Acabas ahora de robar la hacienda ajena
y terrena, y luego arrebatas el cielo de las manos de su dueño.
Pero tú le robas de justicia, y Él te le da de gracia, porque
fuiste el último discípulo de su doctrina en su vida y el primero
en practicarla después de haberla oído. Amaste y corregiste a
tu hermano, confesaste a tu Criador, reprendiste a los que le
blasfemaban, le imitaste en padecer con paciencia, le rogaste
con humildad como a Redentor, para que en lo futuro no se
acordase de tus miserias, y Él como glorificador premió de
contado tus deseos, sin dilatar el galardón que te mereció a
ti y a todos los mortales.
Justificado el buen ladrón volvió Jesús la amorosa vista a
su afligida Madre, que con Juan estaba al pie de la cruz, y
hablando con entrambos, dijo primero a su Madre: «Mujer,
ves ahí a tu hijo»; y al apóstol dijo también: «Hijo, veis ahí a
tu madre»175. La llamó Su Majestad «mujer» y no «madre»,
porque este nombre era de regalo y dulzura y que
sensiblemente le podía recrear el pronunciarle, y en su Pasión
no quiso admitir esta consolación exterior, conforme a lo que
arriba se dijo, por haber renunciado en ella todo consuelo y
alivio. Y en aquella palabra «mujer», tácitamente y en su
aceptación dijo: Mujer bendita entre todas las mujeres, la más
prudente entre los hijos de Adán, mujer fuerte y constante,
nunca vencida de la culpa, fidelísima en amarme, indefectible
en servirme y a quien las muchas aguas de mi Pasión no
pudieron extinguir ni contrastar. Yo me voy a mi Padre y no
puedo desde hoy acompañarte; mi discípulo amado te asistirá
y servirá como a madre y será tu hijo. Todo esto entendió la
divina Reina. Y el santo apóstol en aquella hora la recibió por
suya, siendo de nuevo ilustrado su entendimiento para
conocer y apreciar la prenda mayor que la divinidad había
criado después de la humanidad de Cristo nuestro Señor. Y
con esta luz la veneró y sirvió en lo restante de la vida de
nuestra gran Reina, como diré adelante. Le admitió también

175
Juan 19, 26-27.

Página 130 de 176


Su Majestad por Hijo con humilde rendimiento y obediencia.
Y desde entonces se la prometió, sin que los inmensos
dolores de la Pasión embarazasen su magnánimo y
prudentísimo corazón, que siempre obraba lo sumo de la
perfección y santidad, sin omitir acción alguna.
Se llegaba ya la hora de nona del día, aunque por la
oscuridad y turbación más parecía confusa noche, y nuestro
Salvador Jesús habló la cuarta palabra desde la cruz en voz
grande y clamorosa, que los circunstantes pudieron oír, y dijo:
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?»176.
Estas palabras, aunque las dijo el Señor en su lengua hebrea,
no todos las entendieron. Y porque la primera dicción dice:
«Eli, Eli», pensaron algunos que llamaba a Elías; y otros
burlando de su clamor decían: «Veamos si vendrá Elías a
librarlo ahora de nuestras manos». Pero el misterio de estas
palabras de Cristo nuestro bien fue tan profundo como
escondido de los judíos y gentiles, y en ellas caben muchos
sentidos que los doctores sagrados les han dado. Lo que a mí
se me ha manifestado es que el desamparo de Cristo no fue
que la divinidad se apartase de la humanidad santísima,
disolviéndose la unión sustancial hipostática, ni cesando la
visión beatífica de su alma, que entrambas uniones tuvo la
humanidad con la divinidad desde el instante que por obra
del Espíritu Santo fue concebido en el tálamo virginal y nunca
dejó a lo que una vez se unió. Esta doctrina es la católica y
verdadera, y también es cierto que la humanidad santísima
fue desamparada de la divinidad en cuanto a no defenderla
de la muerte y de los dolores de la Pasión acerbísima. Pero no
le desamparó del todo el Padre Eterno en cuanto a volver por
su honra, pues la testificó con el movimiento de todas las
criaturas, que mostraron sentimiento en su muerte. Otro
desamparo manifestó Cristo Salvador nuestro con esta
querella, originada de su inmensa caridad con los hombres, y
este fue el de los réprobos y prescitos, y de éstos se dolió en
la última hora, como en la oración del huerto, donde se

176
Mateo 27, 46.

Página 131 de 176


entristeció su alma santísima hasta la muerte, como allí se
dijo; porque ofreciéndose por todo el linaje humano tan
copiosa y superabundante Redención, no sería eficaz en los
condenados y se hallaría desamparado de ellos en la eterna
felicidad para donde los crió y redimió, y como este era
decreto de la voluntad eterna del Padre, amorosa y
dolorosamente se querelló y dijo: «Dios mío, Dios mío, ¿por
qué me desamparaste?», entendiendo de la compañía de los
réprobos.
En mayor testificación de esto añadió luego el Señor la
quinta palabra y dijo: «Sed tengo»177. Los dolores de la Pasión
y congojas pudieron causar en Cristo nuestro bien natural
sed, pero no era tiempo entonces de manifestarla ni apagarla,
ni Su Majestad hablara para esto sin más alto sacramento,
sabiendo estaba tan inmediato a expirar. Sediento estaba de
que los cautivos hijos de Adán no malograsen la libertad que
les merecía y ofrecía, sediento, ansioso y deseoso de que le
correspondieran todos con la fe y con el amor que le debían,
de que admitiesen sus méritos y dolores, su gracia y amistad,
que por ellos podían adquirir, y que no perdiesen su eterna
felicidad que les dejaba por herencia, si la quisieran admitir y
merecer; esta era la sed de nuestro Salvador y Maestro. Y sola
María santísima la conoció perfectamente entonces, y con
íntimo afecto y caridad convidó y llamó en su interior a los
pobres, a los afligidos, a los humildes, despreciados y
abatidos, para que llegasen al Señor y mitigasen aquella sed
en parte, pues no era posible en todo. Pero los verdugos, en
testimonio de su infeliz dureza, ofrecieron al Señor con
irrisión una esponja de vinagre y hiel sobre una caña y se la
llegaron a la boca para que bebiese, cumpliendo la profecía
de David, que dijo178: «En mi sed me dieron a beber vinagre».
Lo gustó nuestro pacientísimo Jesús y tomó algún trago en
misterio de lo que toleraba la condenación de los réprobos;
pero a petición de su Madre santísima lo rehusó luego y lo
dejó, porque la Madre de la gracia había de ser la puerta y

177
Juan 19, 28.
178
Salmo 69, 22.

Página 132 de 176


medianera para los que se aprovechasen de la Pasión y
Redención humana.
Luego con el mismo misterio pronunció el Salvador la
sexta palabra: «Está consumado»179. Ya está consumada esta
obra de mi legacía180 del cielo y Redención de los hombres y
la obediencia con que me envió el Eterno Padre a padecer y
morir por la salvación de los hombres; ya están cumplidas las
Escrituras, profecías y figuras del Viejo Testamento, y el curso
de la vida pasible y mortal que admití en el vientre virginal de
mi Madre; ya queda en el mundo mi ejemplo, doctrina,
sacramentos y remedios para la dolencia del pecado; ya
queda satisfecha la justicia de mi Eterno Padre para la deuda
de la posteridad de Adán; ya queda enriquecida mi Iglesia
para el remedio de los pecados que los hombres cometieren;
y toda la obra de mi venida al mundo queda en suma
perfección, por la parte que me tocaba como su Reparador, y
para la fábrica de la Iglesia triunfante queda puesto el seguro
fundamento en la militante, sin que nadie le pueda alterar ni
mudar. Todos estos misterios contienen aquellas palabras
breves: «Está consumado».
Acabada y puesta la obra de la Redención humana en su
última perfección, era consiguiente que, como el Verbo
humanado por la vida mortal salió del Padre y vino al mundo,
por la muerte de esta vida volviese al Padre con la
inmortalidad. Para esto dijo Cristo nuestro Salvador la última
y séptima palabra: «Padre, en tus manos encomiendo mi
espíritu»181. Exclamó y pronunció el Señor estas palabras en
voz alta y sonora, que la oyeron los presentes, y para decirlas
levantó los ojos al cielo, como quien hablaba con su Eterno
Padre, y en el último acento le entregó su espíritu, volviendo
a inclinar la cabeza. Con la virtud divina de estas últimas
palabras fue arruinado y arrojado Lucifer con todos sus
demonios en las profundas cavernas del infierno, donde
quedaron todos apegados, como diré en el capítulo siguiente.

179
Juan 19, 30.
180
Mensaje o negocio encargado a un legado.
181
Lucas 23, 46.

Página 133 de 176


La invencible Reina y Señora de las virtudes penetró
altamente todos estos misterios sobre todas las criaturas,
como Madre del Salvador y coadjutora de su Pasión. Y para
que en todo la participase, así como había sentido los dolores
correspondientes a los tormentos de su Hijo santísimo,
padeció y sintió, quedando viva, los dolores y tormentos que
tuvo el Señor en el instante de la muerte. Y aunque ella no
murió con efecto, pero fue porque milagrosamente, cuando
se había de seguir la muerte, le conservó Dios la vida, siendo
este milagro mayor que los demás con que fue confortada en
todo el discurso de la Pasión. Porque este último dolor fue
más intenso y vivo, y todos cuantos han padecido los mártires
y los hombres justiciados desde el principio del mundo no
llegan a los que María santísima padeció y sufrió en la Pasión.
Perseveró la gran Señora al pie de la cruz hasta la tarde, que
fue enterrado el Sagrado Cuerpo, como adelante diré, y en
retorno de este último dolor en especial quedó la purísima
Madre más espiritualizada en lo poco que su virginal cuerpo
sentía del ser terreno.
Los sagrados evangelistas no escribieron otros
sacramentos y misterios ocultos que obró Cristo nuestro
Salvador en la cruz, ni los católicos tenemos de ellos más que
las prudentes conjeturas que deducen de la infalible certeza
de la fe. Pero entre los que se me han manifestado en esta
Historia y en este lugar de la Pasión, es una oración que hizo
al Eterno Padre antes de hablar las siete palabras referidas por
los evangelistas. Y la llamó «oración», porque fue hablando
con el Eterno Padre, aunque es como última disposición y
testamento que hizo como verdadero y sapientísimo Padre
de la familia que le entregó el suyo, que fue todo el linaje
humano. Y como la misma razón natural enseña que quien es
cabeza de alguna familia y señor de muchos o pocos bienes,
no sería prudente despensero, ni atento a su oficio o
dignidad, si no declarase a la hora de la muerte la voluntad
con que dispone de sus bienes y familia, para que los
herederos y sucesores conozcan lo que a cada uno le toca sin
litigio y después lo adquiera de justicia en herencia y posesión

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pacífica; por esta razón y para morir desocupados de lo
terreno hacen los hombres del siglo sus testamentos. Y hasta
los religiosos se desapropian porque en aquella hora pesa
mucho lo terreno y sus cuidados, para que no se levante el
espíritu a su Criador. Y aunque a nuestro Salvador no le
pudieran embarazar estas, porque ni las tenía, ni cuando las
tuviera estorbaran su poder infinito, pero convenía que
dispusiese en aquella hora de los tesoros espirituales y dones
que había merecido para los hombres en el discurso de su
peregrinación.
De estos bienes eternos hizo el Señor en la cruz su
testamento, determinando a quién tocaba y quiénes habían
de ser legítimos herederos y cuáles desheredados y las causas
de lo uno y de lo otro, y todo lo hizo confiriéndolo con su
Eterno Padre, como Señor supremo y justísimo Juez de todas
las criaturas. Y porque en este testamento y disposición
estaban resumidos los secretos de la predestinación de los
santos y de la reprobación de los prescitos, fue testamento
cerrado y oculto para los hombres, y sola María santísima lo
entendió, porque a más de serle patentes todas las
operaciones del alma santísima de Cristo, era su universal
heredera, constituida por Señora de todo lo criado, y como
coadjutora de la Redención, había de ser también como
testamentaria, por cuyas manos, en que su Hijo puso todas
las cosas, como el Padre en las del Hijo182, se ejecutase su
voluntad y esta gran Señora distribuyese los tesoros
adquiridos y debidos a su Hijo por ser quien es y por sus
infinitos merecimientos. Esta inteligencia se me ha dado
como parte de esta Historia, para que se declare más la
dignidad de nuestra Reina y acudan los pecadores a ella como
a depositaria de las riquezas que su Hijo y nuestro Redentor
se hace cargo con su Eterno Padre; porque todos nuestros
socorros se han de librar en María santísima y ella los ha de
distribuir por sus piadosas y liberales manos.

182
Juan 13, 3.

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Testamento que hizo Cristo nuestro Salvador, orando a su
Eterno Padre en la cruz: Enarbolado el madero de la Cruz
Santa en el monte Calvario con el Verbo humanado que
estaba crucificado en ella, antes de hablar ninguna de las siete
palabras, habló con su Eterno Padre interiormente y dijo:

Padre mío y Dios eterno, Yo te confieso y te engrandezco


desde este árbol de mi cruz y te alabo con el sacrificio de mis
dolores, Pasión y muerte, porque con la unión hipostática de
la naturaleza divina levantaste mi humanidad a la suprema
dignidad de ser Cristo, Dios–Hombre, ungido con tu misma
divinidad. Te confieso por la plenitud de dones posibles de
gracia y gloria que desde el instante de mi Encarnación
comunicaste a mi humanidad, y porque para la eternidad
desde aquel punto me diste el pleno dominio universal de
todas las criaturas en el orden de gracia y de naturaleza, me
hiciste Señor de los cielos y de los elementos, del Sol, Luna
y estrellas, del fuego, del aire, de la tierra y de los mares y de
todas las criaturas sensibles e insensibles que en ellos viven,
de la disposición de los tiempos, de los días y las noches,
dándome señorío y potestad sobre todo, a mi voluntad y
disposición; y porque me hiciste Cabeza y Rey, Señor de
todos los ángeles y de los hombres, para que los gobierne y
mande, para que premie a los buenos y castigue a los malos; y
para todo me diste la potestad y llaves del abismo, desde el
supremo cielo hasta el profundo de las cavernas infernales; y
porque pusiste en mis manos la justificación eterna de los
hombres, sus imperios, reinos y principados, a los grandes y
pequeños, a los pobres y a los ricos; y de todos los que son
capaces de tu gracia y gloria me hiciste Justificador,
Redentor y Glorificador universal de todo el linaje humano,

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Señor de la muerte y de la vida, de todos los nacidos, de la
Iglesia Santa y sus tesoros, de las Escrituras, misterios y
sacramentos, auxilios, leyes y dones de la gracia; todo lo
pusiste, Padre mío, en mis manos y lo subordinaste a mi
voluntad y disposición, y por esto te alabo y engrandezco, te
confieso y magnifico.
Ahora, Señor y Padre Eterno, cuando vuelvo de este
mundo a tu diestra por medio de mi muerte de cruz, y con ella
y mi Pasión dejo cumplida la Redención de los hombres que
me encomendaste, quiero, Dios mío, que la misma cruz sea el
tribunal de nuestra justicia y misericordia; y estando clavado
en ella quiero juzgar a los mismos por quienes doy la vida, y
justificando mi causa quiero dispensar y disponer de los
tesoros de mi venida al mundo y de mi Pasión y muerte, para
que desde ahora quede establecido el galardón que a cada
uno de los justos o réprobos le pertenece, conforme a sus
obras con que me hubieren amado o aborrecido. A todos los
mortales he buscado y llamado a mi amistad y gracia, y desde
el instante que tomé carne humana, sin cesar he trabajado por
ellos: he padecido molestias, fatigas, afrentas, ignominias,
oprobios, azotes, corona de espinas, y padezco muerte
acerbísima de cruz; he rogado por todos a tu inmensa piedad,
he orado con vigilias, ayunado y peregrinado, enseñándoles el
camino de la eterna vida; y cuanto es de mi parte y de mi
voluntad, para todos la quiero, como para todos la he
merecido, sin exceptuar ni excluir alguno, y para todos he
puesto y fabricado la ley de gracia, y siempre la Iglesia, donde
fueren salvos, será estable y permanente.
Pero con nuestra ciencia y previsión conocemos, Dios y
Padre mío, que por la malicia y rebeldía de los hombres no

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todos quieren nuestra salvación eterna, ni valerse de nuestra
misericordia y del camino que Yo les he abierto con mi vida,
obras y muerte, sino que quieren seguir sus pecados hasta la
perdición. Justo eres, Señor y Padre mío, y rectísimos son tus
juicios, y justo es que, pues me hiciste juez de los vivos y
muertos, entre los buenos y malos, dé a los justos el premio de
haberme servido y seguido y a los pecadores el castigo de su
perversa obstinación, y aquéllos tengan parte conmigo de mis
bienes y éstos otros sean privados de mi herencia, pues ellos
no la quisieron admitir. Ahora, pues, Eterno Padre mío, en tu
nombre y mío, engrandeciéndote, dispongo por mi última
voluntad humana, que es conforme a la tuya eterna y divina, y
quiero que en primer lugar sea nombrada mi purísima Madre,
que me dio el ser humano, porque la constituyo por mi
heredera única y universal de todos los bienes de naturaleza,
gracia y gloria, que son míos, para que ella sea Señora con
dominio pleno de todos; y los que ella en sí puede recibir de la
gracia, siendo pura criatura, todos se los concedo con efecto,
y los de gloria se los prometo para su tiempo; y quiero que los
ángeles y los hombres sean suyos, y que en ellos tenga entero
dominio y señorío, que todos la obedezcan y sirvan; y los
demonios la teman y le estén sujetos, y lo mismo hagan todas
las criaturas irracionales, los cielos, astros y planetas, los
elementos, y todos los vivientes, aves, peces y animales que en
ellos se contienen; de todo la hago Señora, para que todos la
glorifiquen conmigo; y quiero asimismo que ella sea
depositaria y dispensadora de todos los bienes que se
encierran en los cielos y en la tierra; lo que ella ordenare y
dispusiere en la Iglesia con mis hijos los hombres, será
confirmado en el cielo por las tres divinas personas, y todo lo

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que pidiere para los mortales ahora, después y siempre, lo
concederemos a su voluntad y disposición.
A los ángeles que obedecieron tu voluntad santa y justa,
declaro que les pertenece el supremo cielo por habitación
propia y eterna, y en ella el gozo de la visión clara y fruición183
de nuestra divinidad; y quiero que la gocen en posesión
interminable y en nuestra amistad y compañía; y les mando que
reconozcan por su legítima Reina y Señora a mi Madre y la
sirvan, acompañen y asistan, la lleven en sus manos en todo
lugar y tiempo, obedeciendo a su imperio y a todo lo que les
quisiere mandar y ordenar. A los demonios, como rebeldes a
nuestra voluntad perfecta y santa, los arrojo y aparto de
nuestra vista y compañía, de nuevo los condeno a nuestro
aborrecimiento y privación eterna de nuestra amistad y gloria
y de la vista de mi Madre y de los santos y justos mis amigos;
y les determino y señalo por habitación sempiterna el lugar
más distante de nuestro real trono, que serán para ellos las
cavernas infernales, el centro de la tierra, con privación de luz
y horror de sensibles tinieblas; y declaro que esta es su parte
y herencia elegida por su soberbia y obstinación, con que se
levantaron contra el ser divino y sus órdenes; y en aquellos
calabozos de oscuridad sean atormentados con eterno fuego
inextinguible.
De toda la humana naturaleza con la plenitud de toda mi
voluntad llamo y elijo y entresaco a todos los justos y
predestinados que por mi gracia e imitación han de ser salvos,
cumpliendo mi voluntad y obedeciendo a mi Santa Ley. A
éstos en primer lugar, después de mi Madre purísima, los

183
Goce muy vivo en el bien que alguien posee.

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nombro por herederos de todas mis promesas y misterios,
bendiciones y tesoros de mis sacramentos y secretos de mis
Escrituras, como en ellas están encerrados; de mi humildad y
mansedumbre de corazón; de las virtudes, fe, esperanza y
caridad; de la prudencia, justicia, fortaleza y templanza; de mis
divinos dones y favores; de mi cruz, trabajos, oprobios y
desprecios, pobreza y desnudez. Esta sea su parte y su
herencia en la vida presente y mortal, y porque ellos con el bien
obrar la han de elegir, para que lo hagan y con alegría, se la
señalo por prenda de mi amistad, porque Yo la elegí para Mí
mismo. Y les ofrezco mi protección y defensa, mis
inspiraciones santas, mis favores y auxilios poderosos, mis
dones y justificación, según su disposición y amor; que para
ellos seré padre, hermano y amigo, y ellos serán mis hijos, mis
electos y carísimos, y como a tales hijos los nombro por
herederos de todos mis merecimientos y tesoros, sin limitación
alguna de mi parte. Y quiero que de mi Santa Iglesia y
Sacramentos participen y reciban cuanto de ellos se
dispusieren a recibir, y que puedan recuperar la gracia y
bienes, si la perdieren, y volver a mi amistad, renovados y
lavados ampliamente con mi Sangre; y que para todo les valga
la intercesión de mi Madre y de mis santos, y que ella los
reconozca por hijos y los ampare y tenga por suyos; que mis
ángeles los defiendan, los guíen, patrocinen y los traigan en
las palmas para que no tropiecen, y si cayeren les den favor
para levantarse.
Y quiero asimismo que estos mis justos y escogidos sean
superiores en excelencia a los réprobos y a los demonios, y
que los teman y se les sujeten mis enemigos, y que todas las
criaturas racionales e irracionales los sirvan; que los cielos y

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planetas, los astros y sus influencias los conserven y den vida
con sus influjos; la tierra y elementos y todos sus animales los
sustenten; todas las criaturas que son mías y me sirven, sean
suyas y les sirvan como a mis hijos y amigos; y sea su bendición
en el rocío del cielo y grosura184 de la tierra. Quiero también
tener con ellos mis delicias, comunicarles mis secretos,
conversar íntimamente y vivir con ellos en la Iglesia militante
debajo de las especies de pan y vino, en arras y prendas
infalibles de la eterna felicidad y gloria que les prometo, y de
ella les hago participantes y herederos, para que conmigo la
gocen en el cielo en posesión perpetua y gozo inamisible185.
A los prescitos y reprobados, por su propia culpa, de
nuestra voluntad [Dios quiere sinceramente que todos se
salven y a todos da gracia suficiente] , aunque fueron criados
para otro más alto fin, les permito que su parte y herencia en
esta vida mortal sea la concupiscencia de la carne y de los ojos
y la soberbia con todos sus efectos, y que coman y sean
saciados de la arena de la tierra, que son sus riquezas, y del
humo y corrupción de la carne y sus deleites, de la vanidad y
presunción mundana. Por adquirir esta posesión han
trabajado y en esta diligencia emplearon su voluntad y sus
sentidos, a ella convirtieron sus potencias y los dones y
beneficios que les dimos, y ellos mismos han hecho voluntaria
elección del engaño, aborreciendo la verdad que Yo les
enseñé en mi Ley Santa. Renunciaron la que Yo escribí en
sus mismos corazones y la que les inspiró mi gracia,
despreciaron mi doctrina y beneficios, oyeron a mis enemigos
y suyos propios, admitieron sus engaños, amaron la vanidad,

184
Jugo untuoso y espeso.
185
Que no se puede perder.

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obraron las injusticias, siguieron la ambición, se deleitaron en
la venganza, persiguieron a los pobres, humillaron a los justos,
baldonaron186 de los sencillos e inocentes, apetecieron su
propia exaltación y desearon levantarse sobre los cedros del
Líbano en la ley de la injusticia que guardaron.
Y porque todo esto lo hicieron contra la bondad de
nuestra divinidad y permanecieron obstinados en su malicia,
renunciando el derecho de hijos que Yo les he adquirido, los
desheredo de mi amistad y gloria; y como Abraham apartó de
sí a los hijos de las esclavas con algunos dones y reservó su
principal hacienda para Isaac, el hijo de la libre Sara, así Yo
desvío a los prescitos de mi herencia con los bienes
transitorios y terrenos que ellos mismos escogieron y,
apartándolos de nuestra compañía y de mi Madre y la de los
ángeles y santos, los condeno a las eternas cárceles y fuego
del infierno en compañía de Lucifer y sus demonios, a quien
de voluntad sirvieron, y los privo por nuestra eternidad de la
esperanza del remedio. Esta es, Padre mío, la sentencia que
pronuncio como juez y cabeza de los hombres y los ángeles y
el testamento que dispongo para mi muerte y efecto de la
Redención humana, remunerando a cada uno lo que de justicia
le pertenece, conforme a sus obras y al decreto de tu
incomprensible sabiduría, con la equidad de tu rectísima
justicia.

Hasta aquí habló Cristo Salvador nuestro en la Cruz con su


Eterno Padre, y quedó este misterio y sacramento sellado y
guardado en el corazón de María santísima, como testamento
oculto y cerrado, para que por su intercesión y disposición a

186
De baldonar: Injuriar a alguien de palabra en su cara.

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su tiempo y desde luego se ejecutase en la Iglesia, como hasta
entonces se había comenzado a ejecutar por la ciencia y
previsión divina, donde todo lo pasado y lo futuro está junto
y presente.

El triunfo que Cristo nuestro Salvador alcanzó


del demonio en la cruz y de la muerte, y la
profecía de Habacuc, y un conciliábulo187 que
hicieron los demonios en el infierno

Los ocultos y venerables misterios de este capítulo


corresponden a otros muchos que en todo el discurso de esta
Historia he tratado o insinuado. Uno de ellos es que Lucifer y
sus demonios en el discurso de la vida y milagros de nuestro
Salvador nunca pudieron acabar de conocer con firmeza
infalible que Su Majestad era Dios verdadero y Redentor del
mundo, y por consiguiente tampoco conocían la dignidad de
María santísima. Así lo dispuso la Providencia de la divina
Sabiduría, para que más convenientemente se ejecutase todo
el misterio de la Encarnación y Redención del linaje humano.
Y para esto, aunque Lucifer sabía que Dios tomaría carne
humana, ignoraba el modo y circunstancias de la Encarnación;
y como de ellas le consintieron hiciese el juicio conforme su
soberbia, por eso anduvo tan alucinado, ya afirmando que
Cristo era Dios por los milagros que hacía, ya negándolo
porque le veía pobre, humillado, afligido y fatigado. Y
deslumbrándose el Dragón con esta variedad de luces,
perseveraba en la duda y en las pruebas o inquisición hasta la
hora determinada de la Cruz, donde con el conocimiento de
los misterios de Cristo había de quedar juntamente
desengañado y vencido, en virtud de la Pasión y muerte que
a su humanidad santísima le había procurado.
Se ejecutó este triunfo de Cristo nuestro Salvador con
modo tan alto y admirable, que yo me hallo insuficiente y
tarda para explicarlo, porque fue espiritual y oculto a los
sentidos con que se ha de declarar. Para decirlo y entenderlo,

187
Junta o reunión para tratar de algo que se quiere mantener oculto.

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quisiera yo que nos habláramos y noticiáramos unos a otros
como hacen los ángeles con aquella simple locución y vista
con que se entienden; que tal como esta es necesaria para
manifestar y penetrar esta gran maravilla de la omnipotencia
divina. Yo diré lo que pudiere, y la inteligencia será con la
ilustración de la fe más que significaren mis palabras.
En el capítulo precedente queda dicho cómo Lucifer con
sus demonios intentaron desviarse de Cristo nuestro Salvador
y arrojarse al infierno, luego que Su Majestad recibió la cruz
sobre sus sagrados hombros, porque en aquel punto
sintieron contra sí el poder divino, que con mayor fuerza los
comenzaba a oprimir. Con este nuevo tormento
reconocieron, permitiéndolo así el Señor, que les amenazaba
gran ruina con la muerte de aquel Hombre inocente que ellos
habían maquinado, y que no era puro hombre. Y deseaban
retirarse y no asistir más a los judíos y ministros de justicia,
como lo habían hecho hasta aquella hora. Pero el poder
divino los detuvo y encadenó como a dragones ferocísimos,
compeliéndolos, por medio del imperio de María santísima,
para que no huyesen, sino que fuesen siguiendo a Cristo
hasta el Calvario. El extremo de esta cadena se le dio a la gran
Reina, para que con las virtudes de su Hijo santísimo los
sujetase y argollase y, aunque muchas veces forcejaban
intentando la fuga y despedazándose de furor, no pudieron
vencer la fuerza con que la divina Señora los detenía y
obligaba a llegar al Calvario y rodearse a la Cruz, donde les
mandó estuviesen inmóviles hasta el fin de tan altos misterios
como allí se obraban, de remedio para los hombres y ruina
para los demonios.
Con este imperio estuvo Lucifer con sus cuadrillas
infernales tan oprimidos de la pena y temor que sentían con
la presencia de Cristo nuestro Señor y su Madre santísima y
de lo que les amenazaba, que les fuera alivio arrojarse en las
tinieblas del infierno. Y como no les era permitido, se pegaban
y revolcaban unos con otros como un hormiguero alterado y
como sabandijas que temerosas se procuran esconder en
algún abrigo, aunque el furor rabioso que padecían no era de

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animales, sino de demonios más crueles que dragones. Allí se
vio de todo punto humillado el soberbio orgullo de Lucifer y
desvanecidos sus pensamientos altivos de levantar su silla
sobre las estrellas del cielo188 y beberse las aguas puras del
Río Jordán189. ¡Qué desvalido y debilitado estaba el que en
tantas ocasiones presumió trasegar a todo el orbe!, ¡qué
abatido y confuso el que a tantas almas ha engañado con
promesas falsas o amenazas!, ¡qué turbado estaba el infeliz
Amán a la vista del patíbulo donde procuró poner a su
enemigo Mardoqueo!, ¡qué ignominia recibió cuando vio a la
verdadera Ester, María santísima, que pedía el rescate de su
pueblo y al traidor le derribasen de su antigua grandeza y
castigasen con la pena de su gran soberbia! Allí le oprimió y
degolló nuestra invencible Judit, allí le quebrantó su altiva
cerviz. Desde hoy conoceré ¡oh, Lucifer! que tu soberbia y
arrogancia es más que tus fuerzas, en vez de resplandores te
visten ya gusanos, ya tu cadáver le consume y rodea la
carcoma190. Tú, que vulnerabas a las gentes, estás herido más
que todas, atado y oprimido, ya no temeré tus fingidas
amenazas, no escucharé tus dolos, porque te veo rendido,
debilitado y sin poder alguno191.
Ya era el tiempo de que esta antigua serpiente fuese
vencida por el Maestro de la vida. Y porque había de ser con
el desengaño y no le había de valer a este venenoso áspid
taparse los oídos192 al encantador, comenzó el Señor a hablar
en la Cruz las siete palabras dando permiso a Lucifer y a sus
demonios para que oyéndolas entendiesen los misterios que
encerraban; porque con esta inteligencia quería Su Majestad
triunfar de ellos, del pecado y de la muerte, y despojarlos de
la tiranía con que tenían sujeto a todo el linaje humano.
Pronunció Su Majestad la primera palabra: «Padre,
perdónalos, que no saben lo que hacen»193. En estas

188
Isaías 14, 13.
189
Job 40, 18.
190
Preocupación grave y continua que mortifica y consume a quien la tiene.
191
Isaías 16, 6; Jeremías 48, 29.
192
Salmo 58, 5.
193
Lucas 23, 34.

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razones conocieron los príncipes de las tinieblas con certeza
que Cristo nuestro Señor hablaba con el Eterno Padre y que
era su Hijo natural y verdadero Dios con Él y con el Espíritu
Santo y divino; y que en su humanidad santísima de perfecto
Hombre unida a la divinidad admitía la muerte de su propia
voluntad para redimir a todo el linaje humano, y que por sus
merecimientos de infinito valor ofrecía el perdón general de
todos los pecados a los hijos de Adán que se valieran de su
Redención y la aplicaran para su remedio sin exceptuar a los
mismos reos que le crucificaban; de este desengaño
concibieron tanta ira y despecho Lucifer y sus demonios, que
al punto se quisieron lanzar impetuosamente en el profundo
del infierno y forcejaban con todas sus fuerzas para hacerlo,
pero la poderosa Reina los detenía.
En la segunda palabra que habló el Señor con el dichoso
ladrón: «La verdad te digo, que hoy serás conmigo en el
paraíso»194, entendieron los demonios el fruto de la
Redención en la justificación de los pecadores y el fin último
en la glorificación de los justos, y que desde aquella hora
comenzaban a obrar con nueva fuerza y virtud los
merecimientos de Cristo y que con ellos se abrían las puertas
del paraíso que con el primer pecado se cerraron, y que desde
entonces entrarían los hombres a gozar la felicidad eterna y
ocupar las sillas del cielo que para ellos estaban
imposibilitadas. Conocieron en esto la potestad de Cristo
Señor nuestro para llamar a los pecadores, justificarlos y
glorificarlos, y los triunfos que en su vida santísima habían
conseguido de todos ellos con las virtudes eminentísimas que
habían ejercitado de humildad, paciencia, mansedumbre y
todas las demás. La confusión y tormento de Lucifer, cuando
conoció esta verdad, no se puede explicar con lengua
humana, pero fue tal, que humilló su soberbia a pedir a
nuestra reina María santísima que les permitiese bajar al
infierno y los arrojase de su presencia; pero no lo consintió la
gran Reina, porque aún no era tiempo.

194
Lucas 23, 43.

Página 146 de 176


Con la tercera palabra que habló Jesús dulcísimo con su
Madre: «Mujer, ves ahí a tu hijo»195, conocieron los
demonios que aquella divina Mujer era Madre verdadera de
Dios humanado, y la misma que se les había manifestado en
el cielo en imagen y señal cuando fueron criados, y la que les
quebrantaría la cabeza, como el Señor se lo había dicho en el
paraíso terrenal196. Conocieron la dignidad y excelencia de
esta gran Señora sobre todas las criaturas y la potestad que
contra ellos tenía, como la estaban experimentando. Y como
desde el principio del mundo, cuando fue criada la primera
mujer, todos los demonios habían buscado con su astucia
quién sería aquella gran Mujer señalada en el cielo, y en esta
ocasión conocieron que hasta entonces la habían perdido de
vista sin conocerla, fue inexplicable el furor de estos
dragones, porque este desengaño desatinó su arrogancia
sobre todo lo que les atormentaba, y se enfurecían contra sí
mismos como unos leones sangrientos, y contra la divina
Señora renovaron su indignación aunque sin provecho. A más
de esto conocieron que Juan era señalado por Cristo nuestro
Salvador como ángel de guarda de su Madre, con la potestad
de sacerdote. Y esto conocieron como amenaza contra la
indignación que tenían con la gran Señora, y también lo
entendió Juan. Y no solo conoció Lucifer la potestad del
evangelista contra los demonios, sino también la que se les
daba a todos los sacerdotes por su dignidad y participación
de la misma de nuestro Redentor, y que los demás justos,
aunque no fuesen sacerdotes, estarían debajo de una especial
protección del Señor y serían poderosos contra el infierno. Y
todo esto debilitaba las fuerzas de Lucifer y sus demonios.
La cuarta palabra de Cristo nuestro Salvador fue con el
Eterno Padre, diciendo: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me
desamparaste?»197. Conocieron en ella los malignos espíritus
que la caridad de Cristo con todos los hombres era inmensa
y sin término, y que misteriosamente para satisfacerla se le

195
Juan 19, 26.
196
Génesis 3, 15.
197
Mateo 27, 46.

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había suspendido a su humanidad santísima el influjo de la
divinidad, para que con el sumo rigor de la Pasión fuese la
Redención copiosísima, y que sentía y se querellaba
amorosamente de que no fuesen salvos todos los hombres,
de quien se hallaba desamparado, y con ánimo de padecer
más, si el Eterno Padre lo ordenara. Esta felicidad de los
hombres de ser tan amados del mismo Dios aumentó la
envidia de Lucifer y sus ministros, y sintieron todos la
omnipotencia divina para ejecutar con los hombres aquella
infinita caridad sin limitación. Y esta noticia quebrantó el
orgullo y malignidad de los enemigos, reconociéndose flacos
y débiles para oponerse a ello con eficacia, si los hombres no
la querían malograr.
La quinta palabra que habló Cristo: «Sed tengo»198,
adelantó más este triunfo del demonio y sus secuaces, y se
enfurecieron en rabia y despecho, porque la encaminó Su
Majestad más claramente contra ellos. Y entendieron que les
decía: Si os parece mucho lo que por los hombres padezco y
el amor que les tengo, quiero entendáis que siempre mi
caridad queda sedienta y anhelando por su eterna salud y no
la han extinguido las muchas aguas de mis tormentos y
dolores de mi Pasión; muchos más padeciera por ellos, si
fuera necesario, para redimirlos de vuestra tiranía y hacerlos
poderosos y fuertes contra vuestra malicia y soberbia.
En la sexta palabra del Señor: «Está consumado»199,
acabaron de conocer Lucifer y sus demonios el misterio de la
Encarnación y Redención humana, ya concluida con el orden
de la sabiduría divina en todo su cumplimiento y perfección.
Porque se les manifestó cómo Cristo nuestro Redentor había
cumplido con la obediencia del Padre Eterno, y cómo había
llenado las promesas y profecías hechas al mundo de los
antiguos padres, y que la humildad y obediencia de nuestro
Redentor había recompensado su soberbia y la inobediencia
que tuvieron en el cielo no queriendo sujetarse y reconocerle
por superior en la carne humana; y que por esto, con suma

198
Juan 19, 28.
199
Juan 19, 30.

Página 148 de 176


sabiduría y equidad eran humillados y vencidos por aquel
mismo Señor que ellos despreciaron. Y como a la dignidad
grande y méritos infinitos de Cristo era consiguiente que en
aquella hora ejecutase el oficio y potestad de juez de los
ángeles y de los hombres, como el Eterno Padre se lo había
cometido, usando de su virtud y como intimando la sentencia
a Lucifer en la misma ejecución, le mandó a él y a todos los
demonios que como condenados al fuego eterno bajasen
luego todos a lo más profundo de aquellos calabozos
infernales. Y luego a un mismo tiempo pronunció la séptima
palabra: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu»200.
Concurrió la poderosa Reina y Madre de Jesús con la voluntad
de su Hijo santísimo y mandó también a Lucifer y sus aliados
que al punto descendiesen al profundo. Y a la fuerza de este
imperio del supremo Rey y de la Reina, salieron los espíritus
malignos del monte Calvario y fueron precipitados hasta lo
más ínfimo del infierno con mayor violencia y presteza que
sale el rayo despedido de las nubes.
Cristo nuestro Salvador, como victorioso triunfador, ya
rendido el mayor enemigo, para entregar su espíritu al Padre,
dio licencia a la muerte para que llegase, inclinando la cabeza,
venciendo también a la misma muerte con este
consentimiento, en que también se halló engañada la misma
muerte como el demonio. La razón de esto es, porque la
muerte no pudiera herir a los hombres ni tener jurisdicción
sobre ellos, si no es por el primer pecado, a quien se le intimó
este castigo; y por eso el apóstol dijo que las armas o estímulo
de la muerte es el pecado, que abrió la herida por donde
entró ella en el mundo del linaje humano; y como nuestro
Salvador pagó la deuda del pecado y no le pudo cometer, por
esto, cuando la muerte le quitó la vida sin tener derecho
contra Su Majestad, perdió el que tenía contra los demás hijos
de Adán, para que desde entonces ni la muerte ni el demonio
pudiesen ofenderlos como antes, si los mismos hombres, no
se les volviesen a sujetar de su propia voluntad. Si nuestro

200
Lucas 23, 46.

Página 149 de 176


primer padre Adán no pecara y no hubiéramos pecado todos
en él, no hubiera pena de muerte, sino un tránsito de aquel
feliz estado al felicísimo de la eterna patria. Pero el pecado
nos hizo súbditos de la muerte y esclavos del demonio, que
nos la procuró, para que valiéndose de ella nos privase del
tránsito a la vida eterna, y primero de la gracia, dones y
amistad de Dios; y quedamos en servidumbre del pecado y
del demonio y sujetos a su tirano e inicuo imperio. Todas
estas obras del demonio disolvió Cristo nuestro Señor y,
muriendo sin culpa y satisfaciendo por las nuestras, hizo que
la muerte sólo fuese corporal y no del alma; que nos quitase
la vida corporal y no la eterna, la natural y no la espiritual,
antes bien fuese puerta para pasar a la última felicidad, si
nosotros no queremos perderla. Así cumplió Su Majestad la
pena y el castigo del primer pecado, disponiendo también
que con la muerte corporal y natural, admitida por su amor,
fuese la recompensa que de nuestra parte podíamos ofrecer.
De esta manera absorbió Cristo nuestro Señor la muerte201, y
la suya fue el bocado con que le engañó202 y con su muerte
santísima le quitó las fuerzas y la vida y la dejó vencida y
muerta.
Se cumplió en este triunfo de nuestro Salvador la profecía
de Habacuc en su cántico y oración, de que sólo tomaré las
palabras que bastan para mi intento. Conoció el Profeta este
misterio y el poder de Cristo contra la muerte y el demonio, y
con temor santo pidió al Señor que vivificase su obra, que es
el hombre, y profetizó que lo haría; y cuando más indignado
se acordaría de su misericordia; que la gloria de esta maravilla
llenaría los cielos y su alabanza a la tierra; su resplandor sería
como la luz; y que en sus manos tendría los cuernos, que son
los brazos de la Cruz, y que en ella estaba su fortaleza
escondida; que la muerte iría delante de su cara como cautiva
y vencida; que delante de sus pies saldría el demonio y
mediría la tierra203. Y todo se ejecutó a la letra; porque Lucifer

201
Primera carta a los Corintios 15, 54-55.
202
Oseas 13, 14.
203
Habacuc 3, 2-5.

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salió como hollado y quebrantada su cabeza de los pies de
Cristo y de su Madre santísima, que en el Calvario le
conculcaron y pisaron con su Pasión y poder. Y porque bajó
hasta el centro de la tierra —que es lo ínfimo del infierno y lo
más lejos de la superficie— por esto dije que midió la tierra.
Todo lo demás del cántico pertenece al triunfo de Cristo
Señor nuestro en el suceso de la Iglesia hasta el fin y no es
necesario repetirlo ahora. Pero lo que es justo que todos los
hombres entendamos es que Lucifer y sus demonios
quedaron con la muerte de Cristo nuestro Salvador atados,
quebrantados y debilitados para tentar a las criaturas
racionales, si ellas con sus culpas y por su voluntad no le
hubieran desatado y alentado su soberbia para volver con
nuevos bríos a perder el mundo. Todo se conocerá mejor del
conciliábulo que hizo en el infierno y de lo que diré en lo
restante de esta Historia.

Conciliábulo que hizo Lucifer con sus demonios en el


infierno, después de la muerte de Cristo nuestro Señor:
La caída de Lucifer con sus demonios desde el monte
Calvario al profundo del infierno fue más turbulenta y furiosa
que cuando fue arrojado del cielo. Y aunque siempre aquel
lugar es tierra tenebrosa y cubierta de las sombras de la
muerte, de caliginosa204 confusión, de miserias, tormentos y
desorden205, como dice el santo Job, pero en esta ocasión fue
mayor su infelicidad y turbación, porque los condenados
recibieron nuevo horror y accidental pena con la ferocidad y
encuentros que bajaron los demonios y el despecho que
rabiosos manifestaban. Cierto es que no tienen potestad en
el infierno para poner las almas a su voluntad en lugares de
mayor o menor tormento, porque esto lo dispensa el poder
de la divina justicia según los deméritos de cada uno de los
condenados, porque con esta medida sean atormentados;
pero, a más de la pena esencial, dispone el justo Juez que
puedan sucesivamente padecer otras penas accidentales en

204
Denso, oscuro, nebuloso.
205
Job 20, 21.

Página 151 de 176


algunas ocasiones, porque sus pecados dejaron en el mundo
raíces y muchos daños para otros que por su causa se
condenan y el nuevo efecto de sus pecados no retratados206
les causa estas penas. Atormentaron los demonios a Judas
Iscariote con nuevas penas, por haber vendido y procurado la
muerte a Cristo. Y conocieron entonces que aquel lugar de
tan formidables penas, donde le habían puesto —de que
hablé arriba— era destinado para castigo de los que se
condenasen con fe y sin obras y los que despreciasen de
intento el culto de esta virtud y el fruto de la Redención
humana. Y contra éstos manifiestan los demonios mayor
indignación, como la concibieron contra Jesús y María.
Luego que Lucifer tuvo permiso para esto y para
levantarse del aterramiento en que estuvo algún tiempo,
procuró intimar a los demonios su nueva soberbia contra el
Señor. Para esto los convocó a todos y puesto en lugar
eminente les habló y dijo: «A vosotros, que por tantos siglos
habéis seguido y seguiréis mi justa parcialidad en venganza
de mis agravios, es notorio el que ahora he recibido de este
nuevo Hombre y Dios y cómo por espacio de treinta y tres
años me ha traído engañado, ocultándome el ser divino que
tenía y encubriendo las operaciones de su alma y alcanzando
de nosotros el triunfo que ha ganado con la misma muerte
que para destruirle le procuramos. Antes que tomara carne
humana le aborrecí y no me sujeté a reconocerle por más
digno que yo de que todos le adorasen como superior. Y
aunque por esta resistencia fui derribado del cielo con
vosotros y convertido en la fealdad que tengo, indigna de mi
grandeza y hermosura, pero más que todo esto me atormenta
hallarme tan vencido y oprimido de este Hombre y de su
Madre. Desde el día que fue criado el primer hombre los he
buscado con desvelo para destruirlos y, si no a ellos, a todas
sus hechuras, y que ninguna le admitiese por su Dios ni le
siguiese, y que sus obras no resultasen en beneficio de los
hombres. Estos han sido mis deseos, estos mis cuidados y

206
Retractados.

Página 152 de 176


conatos, pero en vano, pues me venció con su humildad y
pobreza, me quebrantó con su paciencia y al fin me derribó
del imperio que tenía en el mundo con su Pasión y afrentosa
muerte. Esto me atormenta de manera que si a Él le derribara
de la diestra de su Padre, donde ya estará triunfante, y a todos
sus redimidos los trajera a estos infiernos, aun no quedara mi
enojo satisfecho, ni se aplacara mi furor».
«¿Es posible que la naturaleza humana, tan inferior a la
mía, ha de ser tan levantada sobre todas las criaturas, que ha
de ser tan amada y favorecida de su Criador que la juntase a
Sí mismo en la persona del Verbo Eterno, que antes de
ejecutarse esta obra me hiciese guerra y después me
quebrantase con tanta confusión mía? Siempre la tuve por
enemiga cruel, siempre me fue aborrecible e intolerable. ¡Oh,
hombres tan favorecidos y regalados del Dios que yo
aborrezco y amados de su ardiente caridad! ¿Cómo impediré
vuestra dicha?, ¿cómo os haré infelices cual yo soy, pues no
puedo aniquilar al mismo ser que recibisteis? ¿Qué hacemos
ahora, oh vasallos míos?, ¿cómo restauraremos nuestro
imperio?, ¿cómo cobraremos fuerzas contra el hombre?,
¿cómo podremos ya vencerle? Porque si de hoy más no son
los mortales insensibles e ingratísimos, si no son peores que
nosotros contra este Hombre y Dios que con tanto amor los
ha redimido, claro está que todos le seguirán a porfía, todos
le darán el corazón y abrazarán su suave ley, ninguno admitirá
nuestros engaños, aborrecerán las honras que falsamente les
ofrecemos y amarán el desprecio, querrán la mortificación de
su carne y conocerán el peligro de los deleites, dejarán los
tesoros y riquezas y amarán la pobreza que tanto honró su
Maestro y a todo cuanto nosotros pretendamos aficionar sus
apetitos les será aborrecible por imitar a su verdadero
Redentor. Con esto se destruye nuestro reino, pues nadie
vendrá con nosotros a este lugar de confusión y tormento, y
todos alcanzarán la felicidad que nosotros perdimos, todos se
humillarán hasta el polvo y padecerán con paciencia, y no se
logrará mi indignación y soberbia».

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«¡Oh, infeliz de mí, y qué tormento me causa mi propio
engaño! Si le tenté en el desierto, fue darle ocasión para que
con aquella victoria dejase ejemplo a los hombres y que en el
mundo le hubiese tan eficaz para vencerme. Si le perseguí, fue
ocasionar la enseñanza de su humildad y paciencia. Si
persuadí a Judas Iscariote que le vendiese y a los judíos que
con mortal odio le atormentasen y pusiesen en la Cruz, con
estas diligencias solicité mi ruina y el remedio de los hombres
y que en el mundo quedase aquella doctrina que yo pretendí
extinguir. ¿Cómo se pudo humillar tanto el que era Dios?
¿Cómo sufrió tanto de los hombres siendo tan malos? ¿Cómo
yo mismo ayudé tanto para que la Redención humana fuese
tan copiosa y admirable? ¡Oh, qué fuerza tan divina la de este
Hombre, que así me atormenta y debilita! Y aquella mi
enemiga, Madre suya, ¿cómo es tan invencible y poderosa
contra mí? Nueva es en pura criatura tal potencia y sin duda
la participa del Verbo eterno, a quien vistió de carne. Siempre
me hizo grande guerra el Todopoderoso por medio de esta
mujer tan aborrecible a mi altivez, desde que la conocí en su
señal o idea. Pero si no se aplaca mi soberbia indignación, no
me despido de hacer perpetua guerra a este Redentor, a su
Madre y a los hombres. Ea, demonios de mi séquito, ahora es
el tiempo de ejecutar la ira contra Dios. Llegad todos a
conferir conmigo por qué medios lo haremos, que deseo en
esto vuestro parecer».
A esta formidable propuesta de Lucifer respondieron
algunos demonios de los más superiores, animándole con
diversos arbitrios que fabricaron para impedir el fruto de la
Redención en los hombres. Y convinieron todos en que no era
posible ofender a la persona de Cristo, ni menguar el valor
inmenso de sus merecimientos, ni destruir la eficacia de los
Sacramentos, ni falsificar ni revocar la doctrina que Cristo
nuestro Señor había predicado; pero no obstante todo esto
convenía que, conforme a las nuevas causas, medios y favores
que Dios había ordenado para el remedio de los hombres, se
inventasen allí nuevos modos de impedirlos, pervirtiéndolos
con mayores tentaciones y falacias. Y para esto algunos

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demonios de mayor astucia y malicia dijeron: «Verdad es que
los hombres tienen ya nueva doctrina y ley muy poderosa,
tienen nuevos y eficaces sacramentos, nuevo ejemplar y
Maestro de las virtudes y poderosa intercesora y abogada en
esta nueva Mujer; pero las inclinaciones y pasiones de su
carne y naturaleza siempre es una misma y las cosas
deleitables y sensibles no se han mudado. Por este medio,
añadiendo nueva astucia, desharemos, en cuanto es de
nuestra parte, lo que este Dios y Hombre ha obrado por ellos,
y les haremos poderosa guerra procurando atraerlos con
sugestiones, irritando sus pasiones, para que con grande
ímpetu las sigan sin atender a otra cosa, y la condición
humana, tan limitada, embarazada en un objeto, no puede
atender al contrario».
Con este arbitrio comenzaron de nuevo a repartir oficios
entre los demonios, para que con nueva astucia se
encargasen como por cuadrillas de diferentes vicios en qué
tentar a los hombres. Determinaron que se procurase
conservar en el mundo la idolatría, para que los hombres no
llegasen al conocimiento del verdadero Dios ni de la
Redención humana. Y si esta idolatría faltaba, arbitraron que
se inventasen nuevas sectas y herejías en el mundo, y que
para todo esto buscasen los hombres más perversos y de
inclinaciones depravadas que primero las admitiesen y fuesen
maestros y cabezas de los errores. Y allí fueron fraguadas en
el pecho de aquellas venenosas serpientes la secta de falso
profeta Mahoma, las herejías de Arrio207, de Pelagio208, de
Nestorio209 y cuantas se han conocido en el mundo desde la
primitiva Iglesia hasta ahora, y otras que tienen maquinadas,
que ni es necesario ni conveniente referirlas. Y este infernal
arbitrio aprobó Lucifer, porque se oponía a la divina verdad y
destruía el fundamento de la salvación humana, que consiste

207
Hereje que negaba la consustancialidad del Verbo.
208
Heresiarca del siglo V, cuyo error fundamental consistía en negar que el
pecado de Adán se hubiese transmitido a su descendencia.
209
Patriarca de Constantinopla que difundió la herejía que profesaba la
existencia de dos personas en Cristo, separando en Él la naturaleza divina
de la humana.

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en la fe divina; y a los demonios que lo intentaron y se
encargaron de buscar hombres impíos para introducir estos
errores, los alabó y acarició y los puso a su lado.
Otros demonios tomaron por su cuenta pervertir las
inclinaciones de los niños, observando las de su generación y
nacimiento. Otros, de hacer negligentes a sus padres en la
educación y doctrina de los hijos o por demasiado amor o
aborrecimiento, y que los hijos aborreciesen a sus padres.
Otros se ofrecieron a poner odio entre los maridos y mujeres
y facilitarles los adulterios y despreciar la justicia y fidelidad
que se deben. Y todos convinieron en que sembrarían entre
los hombres rencillas, odios, discordias y venganzas, y para
esto los moviesen con sugestiones falsas, con inclinaciones
soberbias y sensuales, con avaricia y deseo de honras y
dignidades, y les propusiesen razones aparentes contra todas
las virtudes que Cristo nuestro Señor había enseñado, y
sobretodo divirtiesen210 a los mortales de la memoria de su
Pasión y muerte y del remedio de la Redención, de las penas
del infierno y de su eternidad. Y por estos medios les pareció
a todos los demonios que los hombres ocuparían sus
potencias y cuidados en las cosas deleitables y sensibles y no
les quedaría atención ni consideración de las espirituales, ni
de su propia salvación.
Oyó Lucifer estos y otros arbitrios de los demonios y
respondiendo dijo: «Con vuestros pareceres quedo muy
obligado y todos los admito y apruebo, y todo será fácil de
alcanzar con los que no profesaren la ley que este Redentor
ha dado a los hombres; pero en los que la admitan y abracen,
dificultosa empresa será, mas en ella y contra éstos pretendo
estrenar mi saña y furor y perseguir acérrimamente a los que
oyeren la doctrina de este Redentor y le siguieren, y contra
ellos ha de ser nuestra guerra sangrienta hasta el fin del
mundo. En esta nueva Iglesia he de procurar sobresembrar mi
cizaña, las ambiciones, la codicia, la sensualidad y los mortales
odios, con todos los vicios de que soy cabeza. Porque si una

210
Apartar, desviar, alejar.

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vez se multiplican y crecen los pecados entre los fieles, con
estas injurias y su pesada ingratitud irritarán a Dios para que
les niegue con justicia los auxilios de la gracia que les deja su
Redentor tan merecidos, y si con sus pecados se privan de
este camino de su remedio, segura tendremos la victoria
contra ellos. También es necesario trabajemos en quitarles la
piedad y todo lo que es espiritual y divino, que no entiendan
la virtud de los Sacramentos, o que los reciban en pecado, y
cuando no le tengan que sea sin fervor ni devoción; que como
estos beneficios son espirituales, es menester admitirlos con
afecto de voluntad, para que tenga más fruto quien los usare.
Y si una vez llegaren a despreciar la medicina, tarde
recuperarán la salud y resistirán menos a nuestras
tentaciones, no conocerán nuestros engaños, olvidarán los
beneficios, no estimarán la memoria de su propio Redentor ni
la intercesión de su Madre, y esta feísima ingratitud los hará
indignos de la gracia, e irritado su Dios y Salvador se la
niegue. Y en esto quiero que todos me ayudéis con grande
esfuerzo, no perdiendo tiempo ni ocasión de ejecutar lo que
os mando».
No es posible referir los arbitrios que maquinaron el
Dragón y sus aliados en esta ocasión contra la Santa Iglesia y
sus hijos, para que estas aguas del Río Jordán entrasen en su
boca. Basta decir que les duró esta conferencia casi un año
entero después de la muerte de Cristo y considerar el estado
que ha tenido el mundo y el que tiene después de haber
crucificado a Cristo nuestro bien y Maestro y haber
manifestado Su Majestad la verdad de su fe con tantas luces
de milagros, beneficios y ejemplos de varones santos. Y si
todo esto no basta para reducir a los mortales al camino de
la salvación, bien se deja entender cuánto ha podido Lucifer
con ellos y que su ira es tan grande, que podemos decir con
San Juan211: «¡Ay de la tierra, que baja a vosotros Satanás lleno
de indignación y furor!». Mas ¡ay dolor, que verdades tan
infalibles como estas y tan importantes para conocer nuestro

211
Apocalípsis 12, 12.

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peligro y excusarle con todas nuestras fuerzas, estén hoy tan
borradas de la memoria de los mortales con tan irreparables
daños del mundo! El enemigo astuto, cruel y vigilante,
¡nosotros dormidos, descuidados y flacos! ¿Qué maravilla es
que Lucifer se haya apoderado tanto del mundo, si muchos le
oyen, le admiten y siguen sus engaños y pocos le resisten,
porque se olvidan de la eterna muerte que con implacable
indignación y malicia les procura? Pido yo a los que esto
leyeren, no quieran olvidar tan formidable peligro, y si no le
conocen por el estado del mundo y sus desdichas y por los
daños que cada uno experimenta en sí mismo, conózcanlo a
lo menos por la medicina y remedios tantos y tan poderosos
que dejó en la Iglesia nuestro Salvador y Maestro, pues no
aplicara tan abundante antídoto si nuestra dolencia y peligro
de morir eternamente no fuera tan grande y formidable.

La herida que dieron con la lanza en el costado


de Cristo ya difunto, su descendimiento de la
cruz y sepultura, y lo que en estos pasos obró
María santísima hasta que volvió al cenáculo

El evangelista San Juan212 dice que cerca de la cruz estaba


María santísima Madre de Jesús, acompañada de María
Cleofás y también de María Magdalena; y aunque esto lo
refiere de antes que expirase nuestro Salvador, se ha de
entender que perseveró la invicta Reina después, estando
siempre en pie, arrimada a la Cruz, adorando en ella a su
muerto Jesús y a la divinidad que siempre estaba unida al
Sagrado Cuerpo. Estaba la gran Señora constantísima, inmóvil
en sus inefables virtudes, entre las olas impetuosas de dolores
que entraban hasta lo íntimo de su castísimo corazón, y con
su eminente ciencia confería en su pecho los misterios de la
Redención humana y la armonía con que la sabiduría divina
disponía todos aquellos sacramentos; y la mayor aflicción de
la Madre de Misericordia era la desleal ingratitud que los
hombres con tanto daño propio mostrarían a beneficio tan

212
Juan 19, 25.

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raro y digno de eterno agradecimiento. Estaba asimismo
cuidadosa cómo daría sepultura al Sagrado Cuerpo de su Hijo
santísimo, quién se lo bajaría de la cruz, a donde siempre tenía
levantados sus Divinos Ojos. Con este doloroso cuidado se
convirtió a sus santos ángeles que la asistían y les dijo:
«Ministros del Altísimo y amigos míos en la tribulación,
vosotros conocéis que no hay dolor como mi dolor; decidme,
pues, cómo bajaré de la cruz al que ama mi alma, cómo y
dónde le daré honorífica sepultura, que como madre me toca
este cuidado; decidme qué haré y ayudadme en esta ocasión
con vuestra diligencia».
Respondieron los santos ángeles: «Reina y Señora nuestra,
dilátese Vuestro afligido corazón para lo que resta de
padecer. El Señor todopoderoso ha encubierto de los
mortales su gloria y su potencia para sujetarse a la impía
disposición de los crueles malignos y quiere consentir que se
cumplan las leyes puestas por los hombres, y una es que los
sentenciados a muerte no se quiten de la cruz sin licencia del
mismo juez. Prestos y poderosos fuéramos nosotros en
obedeceros y en defender a nuestro verdadero Dios y Criador,
pero su diestra nos detiene, porque su voluntad es justificar
en todo su causa y derramar la parte de Sangre que le resta
en beneficio de los hombres, para obligarlos más al retorno
de su amor que tan copiosamente los redimió213. Y si de este
beneficio no se aprovecharen como deben, será lamentable
su castigo, y su severidad será la recompensa de haber
caminado Dios con pasos lentos en su venganza». Esta
respuesta de los ángeles acrecentó el dolor de la afligida
Madre, porque no se le había manifestado que su Hijo
santísimo había de ser herido con la lanzada, y el recelo de lo
que sucedería con el Sagrado Cuerpo la puso en nueva
tribulación y congoja.
Vio luego el tropel de gente armada que venía
encaminándose al monte Calvario, y creciendo el temor de
algún nuevo oprobio que harían contra el Redentor muerto,

213
Salmo 130, 7.

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habló con Juan y las Marías y dijo: «¡Ay de mí, que llega ya el
dolor a lo último y se divide mi corazón en el pecho! ¿Por
ventura no están satisfechos los ministros y judíos de haber
muerto a mi Hijo y Señor? ¿Si pretenden ahora alguna nueva
ofensa contra su Sagrado Cuerpo ya difunto?». Era víspera de
la gran fiesta del sábado de los judíos y para celebrarla sin
cuidado habían pedido a Pilato licencia para quebrantar las
piernas a los tres ajusticiados, con que acabasen de morir, y
los bajasen aquella tarde de las cruces y no quedasen en ellas
el día siguiente. Con este intento llegó al Calvario aquella
compañía de soldados que vio María santísima, y llegando,
como hallaron vivos a los dos ladrones, les quebrantaron las
piernas, con que acabaron la vida; pero llegando a Cristo
nuestro Salvador, como le hallaron muerto, no le
quebrantaron las piernas; cumpliéndose la misteriosa
profecía del Éxodo214 en que mandaba Dios no quebrantasen
los huesos del cordero figurativo, que comían la Pascua. Pero
un soldado que se llamaba Longinos, arrimándose a la cruz
de Cristo nuestro Salvador, le hirió con una lanza
penetrándole su costado, y luego salió de la herida Sangre y
agua, como lo afirma San Juan215 que lo vio y dio testimonio
de la verdad.
Esta herida de la lanzada, que no pudo sentir el Cuerpo
Sagrado y ya muerto, sintió su Madre santísima, recibiendo
en su castísimo pecho el dolor, como si recibiera la herida.
Pero a este tormento sobreexcedió el que recibió su alma
santísima, viendo la nueva crueldad con que habían rompido
el costado de su Hijo ya difunto; y movida de igual compasión
y piedad, olvidando su propio tormento, dijo a Longinos: «El
Todopoderoso te mire con ojos de misericordia por la pena
que has dado a mi alma». Hasta aquí no más llegó su
indignación o, para decirlo mejor, su piadosísima
mansedumbre, para doctrina de todos los que fuésemos
ofendidos. Porque en la estimación de la candidísima paloma,
esta injuria que recibió Cristo muerto fue muy ponderable, y

214
Éxodo 12, 46.
215
Juan 19, 34-35.

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el retorno que le dio al delincuente fue el mayor de los
beneficios, que fue mirarle Dios con ojos de misericordia,
dándole bendiciones y dones por agravios al ofensor. Y
sucedió así; porque obligado nuestro Salvador de la petición
de su Madre santísima, ordenó que de la Sangre y agua que
salió de su divino costado salpicasen algunas gotas a la cara
de Longinos y por medio de este beneficio le dio vista
corporal, que casi no la tenía, y al mismo tiempo se la dio en
su alma para conocer al Crucificado, a quien inhumanamente
había herido. Con este conocimiento se convirtió Longinos y
llorando sus pecados los lavó con la Sangre y agua que salió
del costado de Cristo, y lo conoció y confesó por verdadero
Dios y Salvador del mundo. Y luego lo predicó en presencia
de los judíos, para mayor confusión y testimonio de su dureza.
La prudentísima Reina conoció el misterio de la lanzada y
cómo en aquella última Sangre y agua que salió del costado
de su Hijo santísimo salía de Él la nueva Iglesia lavada y
renovada en virtud de su Pasión y muerte, y que del sagrado
pecho salían como de raíz los ramos que por todo el mundo
se extendieron con frutos de vida eterna. Confirió asimismo
en su pecho interiormente el misterio de aquella piedra
herida con la vara de la justicia del Eterno Padre216, para que
despidiese agua viva con que mitigar la sed de todo el linaje
humano, refrigerando y recreando a cuantos de ella fuesen a
beber. Consideró la correspondencia de estas cinco fuentes
de pies, manos y costado, que se abrieron en el nuevo paraíso
de la humanidad santísima de Cristo nuestro Señor, más
copiosas y eficaces para fertilizar el mundo que las del paraíso
terrestre divididas en cuatro partes por la superficie de la
tierra217. Estos y otros misterios recopiló la gran Señora en un
cántico de alabanza que hizo en gloria de su Hijo santísimo,
después que fue herido con la lanza. Y con el cántico hizo
ferventísima oración, para que todos aquellos sacramentos de
la Redención se ejecutasen en beneficio de todo el linaje
humano.

216
Éxodo 17, 6.
217
Génesis 2, 10.

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Corría ya la tarde de aquel día de Parasceve y la Madre
piadosísima aún no tenía certeza de lo que deseaba, que era
la sepultura para su difunto Hijo Jesús; porque Su Majestad
daba lugar a que la tribulación de su amantísima Madre se
aliviase por los medios que su divina Providencia tenía
dispuestos, moviendo el corazón de José de Arimatea y
Nicodemo para que solicitasen la sepultura y entierro de su
Maestro. Eran entrambos discípulos del Señor y justos,
aunque no del número de los setenta y dos; porque eran
ocultos por el temor de los judíos, que aborrecían como a
sospechosos y enemigos a todos cuantos seguían la doctrina
de Cristo nuestro Señor y le reconocían por Maestro. No se le
había manifestado a la prudentísima Virgen el orden de la
voluntad divina sobre lo que deseaba de la sepultura para su
Hijo santísimo, y con la dificultad que se le representaba
crecía el doloroso cuidado de que no hallaba salida con su
propia diligencia. Y estando así afligida levantó los ojos al
cielo y dijo: «Eterno Padre y Señor mío, por la dignación de
Vuestra bondad y sabiduría infinita fui levantada del polvo a
la dignidad altísima de Madre de vuestro Eterno Hijo, y con la
misma liberalidad de Dios inmenso me concedisteis que le
criase a mis pechos, le alimentase y le acompañase hasta la
muerte; ahora me toca como a Madre dar a su Sagrado
Cuerpo honorífica sepultura y sólo llegan mis fuerzas a
desearlo y dividírseme el corazón de que no lo consigo.
Suplico a Vuestra Majestad, Dios mío, dispongáis con Vuestro
poder los medios para que yo lo ejecute».
Esta oración hizo la piadosa Madre después que recibió el
cuerpo de Jesús difunto la lanzada y en breve espacio
reconoció que venía hacia el Calvario otra tropa de gente con
escalas y aparato de otras cosas que pudo imaginarse venían
a quitar de la cruz su inestimable tesoro; pero como no sabía
el fin, se afligió de nuevo en el recelo de la crueldad judaica,
y volviéndose a Juan le dijo: «Hijo mío, ¿qué será este intento
de los que vienen con tanta prevención?». El apóstol
respondió: «No temáis, Señora mía, a los que vienen, que son
José y Nicodemo con otros criados suyos y todos son amigos

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y siervos de vuestro Hijo santísimo y mi Señor». Era José justo
en los ojos del Altísimo y en la estimación del pueblo noble y
decurión218 con oficio de gobierno y del Consejo, como lo da
a entender el Evangelio, que dice no consintió José en el
consejo ni obras de los homicidas de Cristo, a quien reconocía
por verdadero Mesías. Y aunque hasta su muerte era José
discípulo encubierto, pero en ella se manifestó, obrando estos
nuevos efectos la eficacia de la Redención. Y rompiendo José
el temor que antes tenía a la envidia de los judíos y no
reparando en el poder de los romanos, entró con osadía a
Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús, difunto en la cruz, para
bajarle de ella y darle honrosa sepultura, afirmando que era
inocente y verdadero Hijo de Dios, y que esta verdad estaba
testificada con los milagros de su vida y muerte.
Pilato no se atrevió a negar a José lo que pedía, antes le
dio licencia para que dispusiese del cuerpo difunto de Jesús
todo lo que le pareciese bien. Y con este permiso salió José
de casa del juez y llamó a Nicodemo, que también era justo y
sabio en las letras divinas y humanas y en las Sagradas
Escrituras, como se colige de lo que le sucedió cuando de
noche fue a oír la doctrina de Cristo nuestro Señor, como lo
cuenta San Juan219. Estos dos varones santos, con valeroso
esfuerzo se resolvieron en dar sepultura a Jesús crucificado. Y
José previno la sábana y sudario en qué envolverle y
Nicodemo compró hasta cien libras de las aromas con que los
judíos acostumbraban a ungir los difuntos de mayor nobleza.
Y con esta prevención, y de otros instrumentos, caminaron al
Calvario, acompañados de sus criados y de algunas personas
pías y devotas, en quienes también obraba ya la Sangre del
divino Crucificado, por todos derramada.
Llegaron a la presencia de María santísima, que con dolor
incomparable asistía al pie de la cruz, acompañada de Juan y
las Marías, y en vez de saludarla, con la vista del divino y
lamentable espectáculo se renovó en todos el dolor con tanta

218
Jefe de una decuria [cada una de las diez porciones en que se dividía la
antigua curia romana].
219
Juan 3, 1-2.

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fuerza y amargura, que por algún espacio estuvieron José y
Nicodemo postrados a los pies de la gran Reina, y todos al de
la cruz, sin contener las lágrimas y suspiros, sin hablar palabra;
lloraban todos con clamores y lamentos de amargura, hasta
que la invicta Reina los levantó de tierra y los animó y
confortó, y entonces la saludaron con humilde compasión. La
advertidísima Madre les agradeció su piedad y el obsequio
que hacían a su Dios, Señor y Maestro, en darle sepultura a su
cuerpo muerto, en cuyo nombre les ofreció el premio de
aquella obra. José de Arimatea respondió y dijo: «Ya, Señora
nuestra, sentimos en el secreto de nuestros corazones la dulce
y suave fuerza del divino Espíritu, que nos ha movido con
afectos tan amorosos, que ni los pudimos merecer, ni los
sabemos explicar». Luego se quitaron las capas o mantos que
tenían y por sus manos José y Nicodemo arrimaron las escalas
a la Santa Cruz y subieron a desenclavar el Sagrado Cuerpo,
estando la dolorosa Madre muy cerca, y Juan con María
Magdalena asistiéndola. Le pareció a José que se renovaría el
dolor de la divina Señora, llegando a tocar el Sagrado Cuerpo
cuando le bajasen, y advirtió al apóstol que la retirase un poco
de aquel acto, para divertirla. Pero Juan, que conocía más el
invencible corazón de la Reina, respondió que desde el
principio de la Pasión había asistido a todos los trabajos del
Señor y que no le dejaría hasta el fin, porque le veneraba
como a Dios y le amaba como a Hijo de sus entrañas.
Con todo esto le suplicaron tuviese por bien de retirarse
un poco mientras ellos bajaban de la cruz a su Maestro.
Respondió la gran Señora y dijo: «Señores míos carísimos,
pues me hallé a ver clavar en la cruz a mi dulcísimo Hijo, tened
por bien me halle a desenclavarle, que este acto tan piadoso,
aunque lastime de nuevo el corazón, cuanto más tratado y
visto, dará mayor aliento en el dolor». Con esto comenzaron
a disponer el descendimiento. Y quitaron, lo primero, la
corona de la Sagrada Cabeza, descubriendo las heridas y
roturas que dejaba en ella muy profundas, la bajaron con gran
veneración y lágrimas y la pusieron en manos de la dulcísima
Madre. La recibió estando arrodillada y con admirable culto

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la adoró, llevándola a su virginal rostro y regándola con
abundantes lágrimas, recibiendo con el contacto alguna parte
de las heridas de las espinas. Pidió al Padre Eterno hiciese
cómo aquellas espinas consagradas con la Sangre de su Hijo
fuesen tenidas en digna reverencia por los fieles a cuyo poder
viniesen en el tiempo futuro.
Luego, a imitación de la Madre, las adoraron Juan y María
Magdalena con las Marías y otras piadosas mujeres y fieles
que allí estaban; y lo mismo hicieron con los clavos. Los
entregaron primero a María santísima y ella los adoró, y
después todos los circunstantes. Para recibir la gran Señora el
cuerpo muerto de su Hijo santísimo, puesta de rodillas
extendió los brazos con la sábana desplegada. Juan asistió a
la Cabeza y María Magdalena a los Pies, para ayudar a José y
Nicodemo, y todos juntos con gran veneración y lágrimas le
pusieron en los brazos de la dulcísima Madre. Este paso fue
para ella de igual compasión y regalo; porque el verle llagado
y desfigurada aquella hermosura, mayor que la de todos los
hijos de los hombres, renovó los dolores del castísimo
corazón de la Madre, y el tenerle en sus brazos y en su pecho
le era de incomparable dolor y juntamente de gozo, por lo
que descansaba su ardentísimo amor con la posesión de su
tesoro. Le adoró con supremo culto y reverencia, vertiendo
lágrimas de sangre. Y tras de Su Majestad le adoraron en sus
brazos toda la multitud de ángeles que le asistían, aunque
este acto fue oculto a los circunstantes; pero todos,
comenzando Juan, fueron adorando al Sagrado Cuerpo por
su orden, y la prudentísima Madre le tenía en sus brazos
asentada en el suelo, para que todos le diesen adoración.
Se gobernaba en todas estas acciones nuestra gran Reina
con tan divina sabiduría y prudencia, que a los hombres y a
los ángeles era de admiración, porque sus palabras eran de
gran ponderación, dulcísimas por la caricia y compasión de su
difunta hermosura, tiernas por la lástima, misteriosas por lo
que significaban y comprendían. Ponderaba su dolor sobre
todo lo que puede causarle a los mortales, movía los
corazones a compasión y lágrimas, ilustraba a todos para

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conocer el sacramento tan divino que trataba. Y sobre todo
esto, sin exceder ni faltar en lo que debía, guardaba en el
semblante una humilde majestad entre la serenidad de su
rostro y dolorosa tristeza que padecía. Y con esta variedad tan
uniforme hablaba con su amabilísimo Hijo, con el Eterno
Padre, con los ángeles, con los circunstantes y con todo el
linaje humano, por cuya Redención se había entregado a la
Pasión y muerte. No me detengo más en particularizar las
prudentísimas y dolorosas razones de la gran Señora en este
paso, porque la piedad cristiana pensará muchas y no es
posible detenerme en cada uno de estos misterios.
Pasado algún espacio de tiempo que la dolorosa Madre
tuvo en su seno al difunto Jesús, porque corría ya la tarde la
suplicaron Juan y José diese lugar para el entierro de su Hijo
y Dios verdadero. Lo permitió la prudentísima Madre, y sobre
la misma sábana fue ungido su Sagrado Cuerpo con las
especies y ungüentos aromáticos que trajo Nicodemo,
gastando en este religioso obsequio todas las cien libras que
se habían comprado. Y así ungido fue colocado el cuerpo
deífico220 en un féretro, para llevarle al sepulcro. La divina
Señora, advertidísima en todo, convocó del cielo muchos
coros de ángeles que con los de su Guarda acudiesen al
entierro del cuerpo de su Criador, y al punto descendieron de
las alturas en cuerpos visibles, aunque no para los demás
circunstantes, sino para su Reina y Señora. Se ordenó una
procesión de ángeles y otra de hombres y levantaron el
Sagrado Cuerpo Juan, José, Nicodemo y el centurión que
asistió a la muerte y le confesó por Hijo de Dios; seguían la
divina Madre acompañada de la Magdalena y las Marías y las
otras piadosas mujeres, sus discípulas. Se juntó a más de estas
personas otro gran número de fieles, que movidos de la
divina luz vinieron al Calvario después de la lanzada. Todos
así ordenados caminaron con silencio y lágrimas a un huerto
que estaba cerca, donde José tenía labrado un sepulcro
nuevo, en el cual nadie se había depositado ni enterrado. En

220
Perteneciente o relativo a Dios.

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este felicísimo sepulcro pusieron el Sagrado Cuerpo de Jesús.
Y antes de cubrirle con la lápida, le adoró de nuevo la
prudente y religiosa Madre, con admiración de todos, ángeles
y hombres. Y luego unos y otros la imitaron, y todos adoraron
al crucificado y sepultado Señor y cerraron el sepulcro con la
lápida, que como dice el Evangelio221 era muy grande.
Cerrado el sepulcro de Cristo, al mismo punto se volvieron
a cerrar los que en su muerte se abrieron, porque entre otros
misterios estuvieron como aguardando si les tocara la feliz
suerte de recibir en sí a su Criador humanado muerto, que es
lo que le podían ofrecer, cuando los judíos no le recibían vivo
y bienhechor suyo. Quedaron muchos ángeles en guarda del
sepulcro, mandándoselo su Reina y Señora, como quien
dejaba en él depositado el corazón. Y con el mismo silencio y
orden que vinieron todos del Calvario, se volvieron a él. Y la
divina Maestra de las virtudes se llegó a la Santa Cruz y la
adoró con excelente veneración y culto. Y luego la siguieron
en este acto Juan, José y todos los que asistían al entierro. Era
ya tarde y caído el Sol, y la gran Señora desde el Calvario se
fue a recoger a la casa del Cenáculo, a donde la acompañaron
los que estuvieron en el entierro, y dejándola en el cenáculo
con Juan y las Marías y otras compañeras se despidieron de
ella los demás y con grandes lágrimas y sollozos le pidieron
les diese su bendición. Y la humildísima y prudentísima
Señora les agradeció el obsequio que a su Hijo santísimo
habían hecho y el beneficio que ella había recibido, y los
despidió llenos de otros interiores y ocultos favores y de
bendiciones de dulzura de su amable natural y piadosa
humildad.
Los judíos, confusos y turbados de lo que iba sucediendo,
fueron a Pilato el sábado por la mañana y le pidieron mandase
guardar el sepulcro; porque Cristo, a quien llamaron
«seductor», había dicho y declarado que después de tres días
resucitaría, y sería posible que sus discípulos robasen el

221
Mateo 27, 60.

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cuerpo y dijesen que había resucitado. Pilato contemporizó222
con esta maliciosa cautela y les concedió las guardas que
pedían, y las pusieron en el sepulcro. Pero los pérfidos
pontífices sólo pretendían oscurecer el suceso que temían,
como se conoció después cuando sobornaron a las guardas
para que dijesen que no había resucitado Cristo nuestro
Señor sino que le habían robado sus discípulos. Y como no
hay consejo contra Dios223, por este medio se divulgó más y
se confirmó la resurrección.

Cómo la Reina del cielo consoló a Pedro y a


otros apóstoles y la prudencia con que
procedió después del entierro de su Hijo, y
cómo vio descender su alma santísima al limbo
de los santos padres

La plenitud de sabiduría que ilustraba el entendimiento de


nuestra gran Reina y señora María santísima, no admitía
defecto ni vacío alguno para que dejase de advertir y atender
entre sus dolores a todas las acciones que la ocasión y el
tiempo le pedían. Y con esta divina prudencia lo llevaba todo
y obraba lo más santo y perfecto de todas las virtudes. Se
retiró, como queda dicho, después del entierro de Cristo
nuestro bien a la casa del cenáculo. Y estando en el aposento
donde se celebraron las cenas, acompañada de Juan y de las
Marías y otras mujeres santas que seguían al Señor desde
Galilea, habló con ellas y con el apóstol, dándoles las gracias
con profunda humildad y lágrimas por la perseverancia con
que hasta aquel punto la habían acompañado en el discurso
de la Pasión de su amantísimo Hijo, en cuyo nombre les
ofrecía el premio de su constante piedad y afecto con que la
habían seguido, y asimismo se ofrecía por sierva y amiga de
aquellas santas mujeres. Y todas ellas con Juan reconocieron
este gran favor y le besaron la mano, pidiéndole su bendición.

222
De contemporizar: Acomodarse al gusto o dictamen ajeno por algún
respeto o fin particular.
223
Proverbios 21, 30.

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Le suplicaron también descansase un poco y recibiese alguna
corporal refección224. Respondió la Reina: «Mi descanso y mi
aliento ha de ser ver a mi Hijo y Señor resucitado. Vosotras,
carísimas, satisfaced a vuestra necesidad como conviene,
mientras yo me retiro a solas con mi Hijo».
Se fue luego a recoger acompañándola Juan, y estando
con él a solas puesta de rodillas le dijo: «No es razón que
olvidéis las palabras que mi Hijo santísimo nos habló desde la
Cruz. Su dignación Os nombró por hijo mío, a mí por madre
Vuestra. Y Vos, señor, sois sacerdote del Altísimo. Por esta
gran dignidad es razón que os obedezca en todo lo que
hubiere de hacer y desde esta hora quiero que me lo mandéis
y ordenéis, advirtiendo que siempre fui sierva, y toda mi
alegría está puesta en obedecer hasta la muerte». Esto dijo la
Reina con muchas lágrimas, y el apóstol con otras copiosas la
respondió: «Señora mía y Madre de mi Redentor y Señor, yo
soy quien ha de estar sujeto a Vuestra obediencia, porque el
nombre de hijo no dice autoridad sino rendimiento y sujeción
a su madre, y el que a mí me hizo sacerdote Os hizo a Vos su
Madre y estuvo sujeto a vuestra voluntad y obediencia, siendo
Criador de todo el Universo. Razón será que yo lo esté, y
trabaje con todas mis potencias en corresponder dignamente
al oficio que me ha dado de serviros como hijo, en que
deseara ser más ángel que terreno para cumplir con él». Esta
respuesta del apóstol fue muy prudente, pero no bastante
para vencer la humildad de la Madre de las virtudes, que con
ella le replicó y dijo: «Hijo mío Juan, mi consuelo será
obedeceros como a cabeza, pues lo sois. Yo en esta vida
siempre he de tener superior a quien rendir mi voluntad y
parecer; para esto sois ministro del Altísimo y como hijo me
debéis este consuelo en mi trabajosa soledad». «Hágase,
Madre mía, Vuestra voluntad —respondió Juan— que en ella
está mi acierto». Y sin replicar más, pidió licencia la divina
Madre para quedarse sola en la meditación de los misterios
de su Hijo santísimo, y le pidió también saliese a prevenir

224
Alimento moderado para reparar fuerzas.

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alguna refección para las mujeres que la acompañaban y que
las asistiese y consolase; sólo reservó a las Marías, porque
deseaban perseverar en el ayuno hasta ver al Señor
resucitado, y a estas, dijo a Juan, las permitiese que
cumpliesen su devoto afecto.
Salió Juan a consolar a las Marías y ejecutó el orden que la
gran Señora le había dado. Y habiendo satisfecho la
necesidad de aquellas mujeres piadosas, se recogieron todas
y gastaron aquella noche dolorosas y en amargas
meditaciones de la Pasión y misterios del Salvador. Con esta
ciencia tan divina obraba María santísima entre las olas de sus
angustias y dolores, sin olvidar por esto el cumplimiento de
la obediencia, de la humildad, caridad y providencia tan
puntual, con todo lo necesario. No se olvidó de sí misma por
atender a la necesidad de aquellas piadosas discípulas, ni por
ellas estuvo inadvertida para todo lo que convenía a su mayor
perfección. Admitió la abstinencia de las Marías como más
fuertes y fervientes en el amor, atendió a la necesidad de las
más flacas, dispuso al apóstol, advirtiéndole lo que con ella
misma debía hacer, y en todo obró como gran Maestra de la
perfección y Señora de la gracia, y todo esto hizo cuando las
aguas de la tribulación habían inundado hasta su alma225.
Porque quedando a solas en su retiro, soltó el corriente
impetuoso de sus afectos dolorosos y toda se dejó poseer
interior y exteriormente de la amargura de su alma,
renovando las especies de todos los tormentos y afrentosa
muerte de su Hijo santísimo, de los misterios de su vida,
predicación y milagros, del valor infinito de la Redención
humana, de la nueva Iglesia que dejaba fundada con tanta
hermosura y riquezas de sacramentos y tesoros de gracia, de
la felicidad incomparable de todo el linaje humano, tan
copiosa y gloriosamente redimido, de la inestimable suerte
de los predestinados a quienes alcanzaría eficazmente, de la
formidable desdicha de los réprobos que por su mala

225
Salmo 69, 2.

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voluntad se harían indignos de la eterna gloria que les dejaba
su Hijo merecida.
En la ponderación digna de tan altos y ocultos
sacramentos pasó la gran Señora toda aquella noche
llorando, suspirando, alabando y engrandeciendo las obras
de su Hijo, su Pasión, sus juicios ocultísimos y otros altísimos
misterios de la divina sabiduría y oculta Providencia del Señor;
y sobre todos pensaba y entendía como Madre única de la
verdadera sabiduría, confiriendo a veces con los santos
ángeles y otras con el mismo Señor lo que su luz divina le
daba a sentir en su castísimo corazón. El sábado de mañana,
después de las cuatro, entró Juan deseoso de consolar a la
dolorosa Madre, y puesta de rodillas le pidió ella que le diese
la bendición como sacerdote y superior suyo. El nuevo hijo se
la pidió también con lágrimas, y se la dieron uno a otro.
Ordenó la divina Reina que luego saliese a la ciudad, donde
encontraría con brevedad a Pedro que venía a buscarle y que
le admitiese, consolase y llevase a su presencia, y lo mismo
hiciese con los demás apóstoles que encontrase, dándoles
esperanza del perdón y ofreciéndoles su amistad. Salió Juan
del cenáculo y a pocos pasos encontró a Pedro, lleno de
confusión y lágrimas, que iba muy temeroso a la presencia de
la gran Reina. Venía de la cueva donde había llorado su
negación, y el evangelista le consoló y dio algún aliento con
el recado de la divina Madre. Luego los dos buscaron a los
demás apóstoles y hallaron algunos, y todos juntos se fueron
al cenáculo, donde estaba su remedio. Entró Pedro el primero
y solo a la presencia de la Madre de la gracia y arrojándose a
sus pies dijo con gran dolor: «Pequé, Señora, pequé delante
de mi Dios, ofendí a mi Maestro y a Vos». No pudo hablar otra
palabra, oprimido de las lágrimas, suspiros y sollozos que
despedía de lo íntimo de su afligido corazón.
La prudentísima Virgen, viendo a Pedro postrado en tierra
y considerándole por una parte penitente de su reciente culpa
y por otra cabeza de la Iglesia elegido por su Hijo santísimo
para vicario suyo, no le pareció conveniente postrarse ella a
los pies del pastor que tan poco antes había negado a su

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Maestro, ni sufría tampoco su humildad dejar de darle la
reverencia que se le debía por el oficio. Y para satisfacer a
entrambas obligaciones, juzgó que convenía darle reverencia
y ocultarle el motivo. Para esto se le hincó de rodillas,
venerándole con esta acción, y para disimular su intento le
dijo: «Pidamos perdón de vuestra culpa a mi Hijo y vuestro
Maestro». Hizo oración y alentó al apóstol confortándole en
la esperanza y acordándole las obras y misericordias que el
Señor había hecho con los pecadores reconocidos, y la
obligación que él tenía como cabeza del Colegio Apostólico
para confirmar con su ejemplo a todos en la constancia y
confesión de la fe. Y con estas y otras razones de gran fuerza
y dulzura confirmó a Pedro en la esperanza del perdón.
Entraron luego los otros apóstoles en la presencia de María
santísima y postrados también a sus pies le pidieron los
perdonase su cobardía y haber desamparado a su Hijo
santísimo en su Pasión. Lloraron todos amargamente su
pecado, moviéndoles a mayor dolor la presencia de la Madre
llena de lastimosa compasión, pero su semblante tan
admirable les causaba divinos efectos de contrición de sus
culpas y amor de su Maestro. Y la gran Señora los levantó y
animó, prometiéndoles el perdón que deseaban y su
intercesión para alcanzarle. Luego comenzaron todos por su
orden a contar lo que a cada uno había sucedido en su fuga,
como si algo de ello ignorara la divina Señora. Pero les dio
grata audiencia a todos, tomando ocasión de lo que decían
para hablarles al corazón y confirmarlos en la fe de su
Redentor y Maestro y despertar en ellos su divino amor. Y
todo lo consiguió María santísima eficazmente, porque de su
presencia y conferencia salieron todos fervorizados y
justificados con nuevos aumentos de gracia.
En estas obras se ocupó nuestra divina Reina parte del
sábado. Y cuando se hizo tarde se retiró otra vez a su
recogimiento, dejando a los apóstoles renovados en el
espíritu y llenos de consuelo y gozo del Señor, pero siempre
lastimados de la Pasión de su Maestro. En el retiro de esta
tarde convirtió la gran Señora su mente a las obras que hacía

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el alma santísima de su Hijo después que salió de su Sagrado
Cuerpo. Porque desde entonces conoció la beatísima Madre
cómo aquella alma de Cristo unida a la divinidad descendía al
limbo de los santos padres para sacarlos de aquella cárcel
soterránea226, donde estaban detenidos desde el primer justo
que murió en el mundo esperando la venida del universal
Redentor de los hombres. Y para declarar este misterio, que
es uno de los artículos de la santísima humanidad de Cristo
nuestro Señor, me ha parecido dar noticia de todo lo que a
mí se me ha dado a entender sobre aquel lugar del limbo y
su asiento. Digo, pues, que la tierra y su globo tiene de
diámetro, pasando por el centro de una superficie a otra, dos
mil quinientas dos leguas [legua=5.556 Km], y hasta la mitad,
que es el centro, hay mil doscientas cincuenta y una, y
respecto del diámetro se ha de medir la redondez de este
globo. En el centro está el infierno de los condenados como
en el corazón de la tierra, y este infierno es una caverna o caos
que contiene muchas estancias tenebrosas con diversidad de
penas, todas formidables y espantosas, y de todas se formó
un globo al modo de una tinaja de inmensa magnitud, con su
boca o entrada muy espaciosa y dilatada. En este horrible
calabozo de confusión y tormentos estaban los demonios y
todos los condenados, y estarán en él por toda la eternidad
mientras Dios fuere Dios, porque en el infierno no hay
ninguna redención.
A un lado del infierno está el purgatorio, donde las almas
de los justos purgan y se purifican, cuando en esta vida no
acabaron de satisfacer por sus culpas, ni salen de ella tan
limpios de sus defectos que puedan luego llegar a la visión
beatífica. Esta caverna también es grande, pero mucho menos
que el infierno. A otro lado está el limbo con dos estancias
diferentes: una para los niños que mueren con sólo el pecado
original y sin obras buenas ni malas del propio albedrío; otra
servía para depositar las almas de los justos, purgados ya sus
pecados, porque no podían entrar en el cielo ni gozar de Dios

226
Subterránea.

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hasta que se hiciese la Redención humana y Cristo nuestro
Salvador abriese las puertas que cerró el pecado de Adán.
Esta caverna del limbo también es menor que el infierno y no
se comunica con él, ni tiene penas del sentido como el
purgatorio, porque ya llegaban a él las almas purificadas
desde el purgatorio y sólo carecían de la visión beatífica, que
es pena de daño, y allí estaban todos los que habían muerto
en gracia hasta que murió el Salvador. A este lugar del limbo
bajó su alma santísima con la divinidad, cuando decimos que
bajó a los infiernos, porque este nombre de infierno significa
cualquiera parte de aquellas inferiores que están en lo
profundo de la tierra; aunque en el común modo de hablar
por el nombre de infierno entendemos el de los demonios y
condenados, porque aquél es el más famoso significado,
como por nombre de cielo entendemos el empíreo
ordinariamente, donde están los santos, y donde
permanecerán para siempre, como los condenados en el
infierno, aunque el limbo y purgatorio tienen otros nombres
particulares. Y después del juicio final sólo el cielo y el infierno
serán habitados, porque el purgatorio no será necesario y del
limbo han de salir también los niños a otra habitación
diferente.
A esta caverna del limbo llegó el alma santísima de Cristo
nuestro Señor, acompañada de innumerables ángeles que
como a su Rey victorioso y triunfador le iban alabando, dando
gloria, fortaleza y divinidad. Y para representar su grandeza y
majestad, mandaban que se abriesen las puertas de aquella
antigua cárcel, para que el Rey de la gloria, poderoso en las
batallas y Señor de las virtudes, las hallase francas y patentes
en su entrada. Y en virtud de este imperio se quebrantaron y
rompieron algunos peñascos del camino, aunque no era
necesario para entrar el Rey y su milicia, que todos eran
espíritus sutilísimos. Con la presencia del alma santísima
aquella oscura caverna se convirtió en cielo, porque toda se
llenó de admirable resplandor, y las almas de los justos que
allí estaban fueron beatificadas con visión clara de la
divinidad, y en un instante pasaron del estado de tan larga

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esperanza a la eterna posesión de la gloria y de las tinieblas a
la luz inaccesible que ahora gozan. Reconocieron todos a su
verdadero Dios y Redentor y le dieron gracias y alabanzas con
nuevos cánticos de loores y decían: «Digno es el Cordero que
fue muerto de recibir divinidad, virtud y fortaleza. Nos
redimiste, Señor, con tu Sangre de todas las tribus, pueblos y
naciones; nos hiciste reino para nuestro Dios, y reinaremos.
Tuya es, Señor, la potencia, tuyo el reino y tuya es la gloria de
tus obras»227. Mandó luego Su Majestad a los ángeles que
sacasen del purgatorio todas las almas que en él estaban
padeciendo y al punto fueron traídas todas a su presencia. Y
como para estrenar la Redención humana fueron todas
absueltas por el mismo Redentor de las penas que les
faltaban de padecer y fueron glorificadas como las demás
almas de los justos con la visión beatífica. De manera, que
aquel día en la presencia del Rey quedaron desiertas las dos
cárceles limbo y purgatorio.
Para solo el infierno de los condenados fue terrible este
día, porque fue disposición del Altísimo que todos conociesen
y sintiesen el descender al limbo el Redentor, y también que
los santos padres y justos conociesen el terror que puso este
misterio a los condenados y demonios. Estaban éstos
aterrados y oprimidos con la ruina que padecieron en el
monte Calvario, como se dijo arriba, y como oyeron —en el
modo que hablan y oyen— las voces de los ángeles que iban
delante de su Rey al limbo, se turbaron y atemorizaron de
nuevo y como serpientes cuando las persiguen se escondían
y pegaban a las cavernas infernales más remotas. A los
condenados sobrevino nueva confusión sobre confusión,
conociendo con mayor despecho sus engaños y que por ellos
perdieron la Redención de que los justos se aprovecharon. Y
como Judas Iscariote y el mal ladrón eran más recientes en el
infierno y señalados mucho más en esta desdicha, así fue
mayor su tormento, y los demonios se indignaron más contra
ellos; y cuanto era de su parte propusieron los malignos

227
Apocalípsis 5, 9-12.

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espíritus perseguir y atormentar más a los cristianos que
profesasen su fe católica, y a los que la negasen o cayesen
darles mayor castigo, porque juzgaban que todos estos
merecían mayores penas que los infieles a quienes no se les
predicó la fe.
De todos estos misterios y otros secretos del Señor que no
puedo yo declarar, tuvo noticia y singular visión la gran
Señora del mundo desde su retiro. Y aunque esta noticia en
la porción o parte superior del espíritu, donde la recibía, le
causó admirable gozo, no lo participó en su virginal cuerpo,
sentidos y parte sensitiva, como naturalmente pudiera
redundar en ella, antes bien, cuando sintió que se extendía
algo este júbilo a la parte inferior del alma, pidió al Eterno
Padre se le suspendiese esta redundancia, porque no la quería
admitir en su cuerpo mientras el de su Hijo santísimo estaba
en el sepulcro y no era glorificado. Tan advertido y fiel amor
fue el de la prudentísima Madre con su Hijo y Señor, como
imagen viva, adecuada y perfecta de aquella humanidad
deificada. Y con esta atenta fineza quedó llena de gozo en el
alma y de dolores y congoja en el cuerpo, al modo que
sucedió en Cristo nuestro Salvador. Pero en esta visión hizo
cánticos de alabanza, engrandeciendo el misterio de este
triunfo, y la amantísima y sabia Providencia del Redentor, que
como Padre amoroso y Rey omnipotente quiso bajar por Sí
mismo a tomar la posesión de aquel nuevo reino que por sus
manos le entregó su Padre, y quiso rescatarlos con su
presencia para que en el mismo comenzasen a gozar el
premio que les había merecido. Y por todas estas razones y
las demás que conocía de este sacramento se gozaba y
glorificaba al Señor como Coadjutora y Madre del triunfador.

FIN

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