La Pasión de Nuestro Señor Jesucristo
La Pasión de Nuestro Señor Jesucristo
NUESTRO SEÑOR
JESUCRISTO
Título Página
1
Que entra o está en una confederación [agrupación o alianza entre
personas o grupos].
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vano su nueva malicia, porque Judas Iscariote, que había
perdido la fe voluntariamente y no temía las violentas
sospechas del demonio, quiso aventurar antes la muerte de
su Maestro que aguardar la indignación de los fariseos si le
dejaba con vida. Y con este miedo y su abominable codicia no
hizo caso del consejo de Lucifer, aunque le juzgó por el
hombre que representaba. Y como estaba desamparado de la
gracia divina, ni quiso ni pudo persuadirse por la instancia del
demonio para retroceder en su maldad. Y como el Autor de
la vida estaba en Jerusalén, y también los pontífices
consultaban cuando llegó Judas Iscariote cómo les cumpliría
lo prometido de entregárselo en sus manos, en esta ocasión
entró el traidor y les dio cuenta cómo dejaba a su Maestro
con los demás discípulos en el monte de los Olivos, que le
parecía la mejor ocasión para prenderle aquella noche, como
fuesen con cautela y prevenidos para que no se les fuese de
entre las manos con las artes y mañas que sabía. Se alegraron
mucho los sacrílegos pontífices y quedaron previniendo
gente armada para salir luego al Prendimiento del
inocentísimo Cordero.
Estaba en el ínterin Su Majestad divina con los once
apóstoles tratando de nuestra salvación eterna y de los
mismos que le maquinaban la muerte. Inaudita y admirable
porfía de la suma malicia humana y de la inmensa bondad y
caridad divina, que si desde el primer hombre se comenzó
esta contienda del bien y del mal en el mundo, en la muerte
de nuestro Reparador llegaron los dos extremos a lo sumo
que pudieron subir; pues a un mismo tiempo obró cada uno
a vista del otro lo más que le fue posible: la malicia humana
quitando la vida y honra a su mismo Hacedor y Reparador, y
Su Majestad dándola por ellos con inmensa caridad. Fue
como necesario en esta ocasión —a nuestro modo de
entender— que el alma santísima de Cristo nuestro bien
atendiese a su Madre purísima, y lo mismo su divinidad, para
que tuviese algún agrado entre las criaturas en que
descansase su amor y se detuviese la justicia. Porque en sola
aquella pura criatura miraba lograda dignísimamente la
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Pasión y muerte que se le prevenía por los hombres, y en
aquella santidad sin medida hallaba la justicia divina alguna
recompensa de la malicia humana, y en la humildad y caridad
fidelísima de esta gran Señora quedaban depositados los
tesoros de sus merecimientos, para que después como de
cenizas encendidas renaciese la Iglesia, como nueva fénix, en
virtud de los mismos merecimientos de Cristo nuestro Señor
y de su muerte. Este agrado que recibía la humanidad de
nuestro Redentor con la vista de la santidad de su digna
Madre, le daba esfuerzo y como aliento para vencer la malicia
de los mortales y reconocía por bien empleada su paciencia
en sufrir tales penas, porque tenía entre los hombres a su
amantísima Madre.
Todo lo que iba sucediendo conocía la gran Señora desde
su recogimiento, y vio los pensamientos del obstinado Judas
Iscariote y el modo como se desvió del Colegio Apostólico y
cómo le habló Lucifer en forma de aquel hombre, su
conocido, y todo lo que pasó con él cuando llegó a los
príncipes de los sacerdotes y lo que trataban y prevenían para
prender al Señor con tanta presteza. El dolor que con esta
ciencia penetraba el castísimo corazón de la Madre virgen, los
actos de virtudes que ejercitaba a la vista de tales maldades y
cómo procedía en todos estos sucesos, no cabe en nuestra
capacidad el explicarlo; basta decir que todo fue con plenitud
de sabiduría, santidad y agrado de la beatísima Trinidad. Se
compadeció de Judas Iscariote y lloró la pérdida de aquel
perverso discípulo. Recompensó su maldad adorando,
confesando, amando y alabando al mismo Señor que él
vendía con tan injuriosa y desleal traición. Estaba preparada y
dispuesta a morir por él, si fuera necesario. Pidió por los que
estaban fraguando la prisión y muerte de su divino Cordero,
como prendas que se habían de comprar y estimar con el
valor infinito de tan Preciosa Sangre y vida, que así los miraba,
estimaba y valoraba la prudentísima Señora.
Prosiguió nuestro Salvador su camino, pasando el torrente
Cedrón para el monte de los Olivos, y entró en el huerto de
Getsemaní y hablando con todos los apóstoles que le seguían
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les dijo: «Esperadme y asentaos aquí, mientras Yo me alejo un
poco a la oración; y orad también vosotros para que no
entréis en tentación»2. Les dio este aviso el divino Maestro,
para que estuviesen constantes en la fe contra las tentaciones,
que en la cena los había prevenido que todos serían
escandalizados aquella noche por lo que le verían padecer, y
que Satanás los embestiría para ventilarlos y turbarlos con
falsas sugestiones, porque el Pastor, como estaba
profetizado3, había de ser maltratado y herido, y las ovejas
serían dispersadas. Luego el Maestro de la vida, dejando a los
ocho apóstoles juntos, llamó a Pedro, a Juan y a Santiago, y
con los tres se retiró de los demás a otro puesto donde no
podía ser visto ni oído de ellos. Y estando con los tres
apóstoles levantó los ojos al Eterno Padre y le confesó y alabó
como acostumbraba, y en su interior hizo una oración y
petición en cumplimiento de la profecía4 de Zacarías, dando
licencia a la muerte para que llegase al inocentísimo y sin
pecado, y mandando a la espada de la justicia divina que
despertase sobre el Pastor y sobre el varón que estaba unido
con el mismo Dios y ejecutase en Él todo su rigor y le hiriese
hasta quitarle la vida. Para esto se ofreció Cristo nuestro bien
de nuevo al Padre en satisfacción de su justicia por el rescate
de todo el linaje humano y dio consentimiento a los
tormentos de la Pasión y muerte, para que en Él se ejecutase
en la parte que su humanidad santísima era pasible 5, y
suspendió y detuvo desde entonces el consuelo y alivio que
de la parte impasible pudiera redundarle, para que con este
desamparo llegasen sus pasiones y dolores al sumo grado de
padecer; y el Eterno Padre lo concedió y aprobó, según la
voluntad de la humanidad santísima del Verbo.
Esta oración fue como una licencia y permiso con que se
abrieron las puertas al mar de la Pasión y amargura, para que
con ímpetu entrasen hasta el alma de Cristo, como lo había
2
Mateo 26, 36; Lucas 22, 40.
3
Zacarías 13, 7.
4
Ibídem 2.
5
Que puede o es capaz de padecer.
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dicho por David6. Y así comenzó luego a congojarse y sentir
grandes angustias y con ellas dijo a los tres apóstoles: «Triste
está mi alma hasta la muerte»7. Y porque estas palabras y
tristeza de nuestro Salvador encierran tantos misterios para
nuestra enseñanza, diré algo de lo que se me ha declarado,
como yo lo entiendo. Dio lugar Su Majestad para que esta
tristeza llegase a lo sumo natural y milagrosamente, según
toda la condición pasible de su humanidad santísima. Y no
solo se entristeció por el natural apetito de la vida en la
porción inferior de ella, sino también según la parte superior,
con que miraba la reprobación de tantos por quienes había
de morir y la conocía en los juicios y decretos inescrutables
de la divina justicia. Y esta fue la causa de su mayor tristeza,
como adelante veremos. Y no dijo que estaba triste por la
muerte, sino hasta la muerte, porque fue menor la tristeza del
apetito natural de la vida, por la muerte que le amenazaba de
cerca. Y a más de la necesidad de ella para la Redención,
estaba pronta su voluntad santísima para vencer este natural
apetito para nuestra enseñanza, por haber gozado, por la
parte que era viador8, de la gloria del cuerpo en su
transfiguración. Porque con este gozo se juzgaba como
obligado a padecer, para dar el retorno de aquella gloria que
recibió la parte de viador, para que hubiese correspondencia
en el recibo y en la paga, y quedásemos enseñados de esta
doctrina en los tres apóstoles, que fueron testigos de aquella
gloria y de esta tristeza y congojas; que por esto fueron
escogidos para el uno y otro misterio, y así lo entendieron en
esta ocasión con luz particular que para esto se les dio.
Fue también como necesario, para satisfacer al inmenso
amor con que nos amó nuestro Salvador Jesús, dar licencia a
esta tristeza misteriosa para que con tanta profundidad le
anegase, porque si no padeciera en ella lo sumo a que pudo
llegar, no quedara saciada su caridad, ni se conociera tan
claramente que era inextinguible por las muchas aguas de
6
Salmo 68, 2.
7
Marcos 14, 34.
8
Criatura racional que está en esta vida y aspira y camina a la eternidad.
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tribulaciones9. Y en el mismo padecer la ejercitó esta caridad
con los tres apóstoles que estaban presentes y turbados con
saber que ya se llegaba la hora en que el divino Maestro había
de padecer y morir, como Él mismo se los había declarado por
muchos modos y prevenciones. Y esta turbación y cobardía
que padecieron los confundía y avergonzaba en sí mismos,
sin atreverse a manifestarla. Pero el amantísimo Señor los
alentó manifestándoles su misma tristeza, que padecería
hasta la muerte, para que viéndole a Él afligido y congojado,
no se confundiesen de sentir ellos sus penas y temores en que
estaban. Y tuvo juntamente otro misterio esta tristeza del
Señor para los tres apóstoles Pedro, Juan y Santiago, porque
entre todos los demás ellos tres habían hecho más alto
concepto de la divinidad y excelencia de su Maestro, así por
la grandeza de su doctrina, santidad de sus obras y potencia
de sus milagros, que en todo esto estaban más admirados y
más atentos al dominio que tenían sobre las criaturas. Y para
confirmarlos en la fe de que era Hombre verdadero y pasible,
fue conveniente que de su presencia conociesen y viesen
estaba triste y afligido como Hombre verdadero, y en el
testimonio de estos tres apóstoles, privilegiados con tales
favores, quedase la Iglesia Santa informada contra los errores
que el demonio pretendería sembrar en ella sobre la verdad
de la humanidad de Cristo nuestro Salvador, y también los
demás fieles tuviésemos este consuelo, cuando nos aflijan los
trabajos y nos posea la tristeza.
Ilustrados interiormente los tres apóstoles con esta
doctrina, añadió el autor de la vida y les dijo: «Esperadme
aquí, y velad y orad conmigo»10. Que fue enseñarles la
práctica de todo lo que les había prevenido y advertido y que
estuviesen con Él constantes en su doctrina y fe y no se
desviasen a la parte del enemigo, y para conocerle y resistirle
estuviesen atentos y vigilantes, esperando que después de las
ignominias de la Pasión verían la exaltación de su nombre.
Con esto se apartó el Señor de los tres apóstoles algún
9
Cantar de los cantares 8, 7.
10
Mateo 26, 38.
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espacio del lugar de donde los dejó. Y postrado en tierra
sobre su Divino Rostro oró al Padre Eterno, y le dijo: «Padre
mío, si es posible, pase de mí este cáliz»11. Esta oración hizo
Cristo nuestro bien después que bajó del cielo con voluntad
eficaz de morir y padecer por los hombres; después que
despreciando la confusión de su Pasión12 la abrazó de
voluntad y no admitió el gozo de su humanidad; después que
con ardentísimo amor corrió a la muerte, a las afrentas,
dolores y aflicciones; después que hizo tanto aprecio de los
hombres que determinó redimirlos con el precio de su
Sangre. Y cuando con su divina y humana sabiduría, y con su
inextinguible caridad sobrepujaba tanto al temor natural de
la muerte, no parece que sólo Él pudo dar motivo a esta
petición. Así lo he conocido en la luz que se me ha dado de
los ocultos misterios que tuvo esta oración de nuestro
Salvador.
Y para manifestar lo que yo entiendo, advierto que en esta
ocasión entre nuestro Redentor Jesús y el Eterno Padre se
trataba del negocio más arduo que tenía por su cuenta, que
era la Redención humana y el fruto de su Pasión y muerte de
cruz, para la oculta predestinación13 de los santos. Y en esta
oración propuso Cristo nuestro bien sus tormentos, su Sangre
preciosísima y su muerte al Eterno Padre, ofreciéndola de su
parte por todos los mortales, como precio
superabundantísimo para todos y para cada uno de los
nacidos y de los que después habían de nacer hasta el fin del
mundo. Y de parte del linaje humano presentó todos los
pecados, infidelidades, ingratitudes y desprecios que los
malos habían de hacer para malograr su afrentosa muerte y
Pasión, por ellos admitida y padecida, y los que con efecto se
habían de condenar a pena eterna, por no haberse
aprovechado de su clemencia. Y aunque el morir por los
amigos y predestinados era agradable y como apetecible para
11
Mateo 26, 39.
12
Carta a los Hebreos 12, 2.
13
Ordenación de la voluntad divina con que desde la eternidad tiene elegidos
a quienes por medio de la gracia han de lograr la gloria.
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nuestro Salvador, pero morir y padecer por la parte de los
réprobos14 era muy amargo y penoso, porque de parte de
ellos no había razón final para sufrir el Señor la muerte. A este
dolor llamó Su Majestad «cáliz», que era el nombre con que
los hebreos significaban lo que era muy trabajoso y grande
pena, como lo significó el mismo Señor hablando con los hijos
del Zebedeo, cuando les dijo si podrían beber el cáliz como
Su Majestad le había de beber15. Y este cáliz fue tanto más
amargo para Cristo nuestro bien, cuanto conoció que su
Pasión y muerte para los réprobos no solo sería sin fruto, sino
que sería ocasión de escándalo16 y redundaría en mayor pena
y castigo para ellos, por haberla despreciado y malogrado.
Entendí, pues, que la oración de Cristo nuestro Señor fue
pedir al Padre pasase de Él aquel cáliz amarguísimo de morir
por los réprobos, y que siendo ya inexcusable la muerte,
ninguno, si era posible, se perdiese, pues la Redención que
ofrecía era superabundante para todos y cuanto era de su
voluntad a todos la aplicaba para que a todos aprovechase, si
era posible, eficazmente y, si no lo era, resignaba su voluntad
santísima en la de su Eterno Padre. Esta oración repitió
nuestro Salvador tres veces por intervalos orando
prolijamente con agonía, como dice San Lucas17, según lo
pedía la grandeza y peso de la causa que se trataba. Y, a
nuestro modo de entender, en ella intervino una como
altercación y contienda entre la humanidad santísima de
Cristo y la divinidad. Porque la humanidad, con íntimo amor
que tenía a los hombres de su misma naturaleza, deseaba que
todos por su Pasión consiguieran la salvación eterna, y la
divinidad representaba que por sus juicios altísimos estaba
fijo el número de los predestinados y, conforme a la equidad
de su justicia, no se debía conceder el beneficio a quien tanto
le despreciaba y de su voluntad libre se hacían indignos de la
vida de las almas, resistiendo a quien se la procuraba y ofrecía.
14
Condenado a las penas eternas.
15
Mateo 20, 22.
16
Primera carta a los Corintios 1, 23.
17
Lucas 22, 43.
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Y de este conflicto resultó la agonía de Cristo y la prolija
oración que hizo, alegando el poder de su Eterno Padre, y que
todas las cosas le eran posible a su infinita majestad y
grandeza.
Creció esta agonía en nuestro Salvador con la fuerza de la
caridad y con la resistencia que conocía de parte de los
hombres para lograr en todos su Pasión y muerte, y entonces
llegó a sudar Sangre, con tanta abundancia de gotas muy
gruesas que corría hasta llegar al suelo. Y aunque su oración
y petición fue condicionada y no se le concedió lo que debajo
de condición pedía, porque faltó por los réprobos, pero
alcanzó en ella que los auxilios fuesen grandes y frecuentes
para todos los mortales y que se fuesen multiplicando en
aquellos que los admitiesen y no pusieren óbice, y que los
justos y santos participasen en el fruto de la Redención y con
grande abundancia y les aplicasen muchos dones y gracias de
que los prescitos18 y réprobos se harían indignos. Y
conformándose la voluntad humana de Cristo con la divina
aceptó la Pasión por todos respectivamente: para los
prescitos y réprobos como suficiente y para que se les diesen
auxilios suficientes, si ellos querían aprovecharlos, y para los
predestinados como eficaz, porque ellos cooperarían a la
gracia. Y así quedó dispuesta y como efectuada la salud del
cuerpo místico de la Santa Iglesia, debajo de su cabeza y de
su artífice Cristo nuestro bien.
Y para el lleno de este divino decreto, estando Su Majestad
en la agonía de su oración, tercera vez envió el Eterno Padre
al Santo Arcángel Miguel, que le respondiese y confortase por
medio de los sentidos corporales, declarándole en ellos lo
mismo que el mismo Señor sabía por la ciencia de su
santísima alma, porque nada le pudo decir el ángel que el
Señor no supiera ni tampoco podía obrar en su interior otro
efecto para este intento. Pero, como arriba se ha dicho, tenía
Cristo nuestro bien suspendido el alivio que de su ciencia y
amor podía redundar en su humanidad santísima, dejándola,
18
Condenado a las penas del infierno, réprobo.
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en cuanto pasible, a todo padecer en sumo grado, como
después lo dijo en la cruz; y en lugar de este alivio y
confortación recibió alguna con la embajada del Santo
Arcángel por parte de los sentidos, al modo que obra la
ciencia o noticia experimental de lo que antes se sabía por
otra ciencia, porque la experiencia es nueva y mueve los
sentidos y potencias naturales. Y lo que le dijo San Miguel de
parte del Padre Eterno fue representarle e intimarle en el
sentido que no era posible, como Su Majestad sabía, salvarse
los que no querían ser salvos, porque en la aceptación divina
valía mucho el número de los predestinados, aunque fuese
menor que el de los réprobos, y que entre aquéllos estaba su
Madre santísima, que era digno fruto de su Redención, y que
se lograría en los patriarcas, profetas, apóstoles, mártires,
vírgenes y confesores, que serían muy señalados en su amor,
y obrarían cosas admirables para ensalzar el santo nombre del
Altísimo; y entre ellos le nombró el ángel algunos, después de
los apóstoles, como fueron los patriarcas fundadores de las
religiones, con las condiciones de cada uno. Otros grandes y
ocultos sacramentos manifestó o refirió el ángel, que ni es
necesario declararlos, ni tengo orden para hacerlo, porque
basta lo dicho para seguir el discurso de esta Historia.
En los intervalos de esta oración que hizo nuestro
Salvador, dicen los evangelistas19 que volvió a visitar a los
apóstoles y a exhortarlos que velasen y orasen y no entrasen
en tentación. Esto hizo el vigilantísimo Pastor, para dar forma
a los prelados de su Iglesia del cuidado y gobierno que han
de tener de sus ovejas, porque si para cuidar de ellas dejó
Cristo Señor nuestro la oración, que tanto importaba, dicho
está lo que deben hacer los prelados, posponiendo otros
negocios e intereses a la salvación de sus súbditos. Y para
entender la necesidad que tenían los apóstoles, advierto que
el Dragón infernal, después que arrojado del cenáculo estuvo
algún tiempo oprimido en las cavernas del profundo, dio el
Señor permiso para que saliese por lo que había de servir su
19
Mateo 26, 41; Marcos 14, 38; Lucas 22, 46.
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malicia a la ejecución de los decretos del Señor. Y de golpe
fueron muchos a embestir a Judas Iscariote para impedir la
venta, en la forma que se ha declarado. Y como no le pudieron
disuadir, se convirtieron contra los demás apóstoles,
sospechando que en el cenáculo habían recibido algún favor
grande de su Maestro, y lo deseaba rastrear Lucifer, para
conocerlo y destruirlo si pudiera. Esta crueldad y furor del
príncipe de las tinieblas y de sus ministros vio nuestro
Salvador, y como Padre amantísimo y prelado vigilante
acudió a prevenir los hijos pequeñuelos y súbditos
principiantes, que eran sus apóstoles, y los despertó y mandó
que orasen y velasen contra sus enemigos, para que no
entrasen en la tentación que ocultamente los amenazaba y
ellos no prevenían ni advertían.
Volvió, pues, a donde estaban los tres apóstoles, que por
más favorecidos tenían más razones que los obligasen a estar
en vela y a imitar a su divino Maestro, pero los halló
durmiendo, a que se dejaron vencer del tedio y tristeza que
padecían y con ella vinieron a caer en aquella negligencia y
tibieza de espíritu, en que los venció el sueño y pereza. Y antes
de hablarles ni despertarles estuvo Su Majestad mirándolos y
lloró un poco sobre ellos, viéndolos por su negligencia y
tibieza sepultados y oprimidos de aquella sombra de la
muerte, en ocasión que Lucifer se desvelaba tanto contra
ellos. Habló con Pedro y le dijo: «”Simón, ¿así duermes y no
pudiste velar una hora conmigo?”. Y luego replicó a él y a los
demás y les dijo: “Velad y orad, para que no entréis en
tentación”»20; que mis enemigos y los vuestros no se duermen
como vosotros. La razón porque reprendió a Pedro no solo
fue porque él era cabeza y elegido para prelado de todos y
porque entre ellos se había señalado en las protestas y
esfuerzos de que moriría por el Señor y no le negaría, cuando
todos los demás escandalizados le dejasen y negasen, sino
que también le reprendió, porque con aquellos propósitos y
ofrecimientos, que entonces hizo de corazón, mereció ser
20
Marcos 14, 37-38.
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reprendido y advertido entre todos; porque sin duda el Señor
a los que ama corrige y los buenos propósitos siempre le
agradan, aunque después en la ejecución desfallezcamos,
como le sucedió al más fervoroso de los apóstoles, Pedro, la
tercera vez que volvió Cristo nuestro Redentor a despertar a
todos los apóstoles, cuando ya Judas Iscariote venía cerca a
entregarle a sus enemigos, como diré más adelante.
Volvamos al cenáculo, donde estaba la Señora de los
cielos retirada con las mujeres santas que le acompañaban y
mirando con suma claridad en la divina luz todas las obras y
misterios de su Hijo santísimo en el huerto, sin ocultársele
cosa alguna. Al mismo tiempo que se retiró el Señor con los
tres apóstoles, Pedro, Juan y Santiago, se retiró la divina Reina
de la compañía de las mujeres a otro aposento y, dejando a
las demás y exhortándolas a que orasen y velasen para no
caer en tentación, llevó consigo a las tres Marías, señalando a
María Magdalena como por superiora de las otras. Y estando
con las tres, como más familiares suyas, suplicó al Eterno
Padre que se suspendiese en ella todo el alivio y consuelo que
podía impedir, en la parte sensitiva y en el alma, el sumo
padecer con su Hijo santísimo y a su imitación, y que en su
virginal cuerpo participase y sintiese los dolores de las llagas
y tormentos que el mismo Jesús había de padecer. Esta
petición aprobó la Beatísima Trinidad, y sintió la Madre los
dolores de su Hijo santísimo respectivamente, como adelante
diré. Y aunque fueron tales que con ellos pudiera morir
muchas veces si la diestra del Altísimo con milagro no la
preservara, pero por otra parte estos dolores dados por la
mano del Señor fueron como fiadores y alivio de su vida,
porque en su ardiente amor tan sin medida fuera más violenta
la pena de ver padecer y morir a su Hijo benditísimo y no
padecer con Él las mismas penas respectivamente.
A las tres Marías señaló la Reina para que en la Pasión la
acompañasen y asistiesen, y para esto fueron ilustradas con
mayor gracia y luz de los misterios de Cristo que las otras
mujeres. Y retirándose con las tres comenzó la purísima
Madre a sentir nueva tristeza y congojas y hablando con ellas
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les dijo: «Mi alma está triste, porque ha de padecer y morir mi
amado Hijo y Señor y no he de morir yo con Él y sus
tormentos. Orad, amigas mías, para que no os comprenda la
tentación». Y dichas estas razones, se alejó de ellas un poco
y, acompañando la oración que hacía nuestro Salvador en el
huerto, hizo la misma súplica, como a ella le tocaba y
conforme a lo que conocía de la voluntad humana de su Hijo
santísimo, y volviendo por los mismos intervalos a exhortar a
las tres mujeres, porque también conoció la indignación del
Dragón contra ellas, continuó la oración y petición y sintió
otra agonía como la del Salvador. Lloró la reprobación de los
prescitos, porque se le manifestaron grandes sacramentos de
la eterna predestinación y reprobación [hay predestinación a
la gloria, pero no hay predestinación previa y antecedente al
infierno. Los que se condenan lo hacen por su propia culpa].
Y para imitar en todo al Redentor del mundo y cooperar con
Él, tuvo la gran Señora otro sudor de sangre semejante al de
Cristo nuestro Señor, y por disposición de la Beatísima
Trinidad le fue enviado el Arcángel San Gabriel que la
confortase, como San Miguel a nuestro Salvador Jesús. Y el
santo príncipe la propuso y declaró la voluntad del Altísimo,
con las mismas razones que San Miguel habló a su Hijo
santísimo, porque en entrambos era una misma la petición y
la causa del dolor y tristeza que padecieron; y así fueron
semejantes en el obrar y conocer, con la proporción que
convenía. Entendí en esta ocasión, que la prudentísima
Señora estaba prevenida de algunos paños para lo que en la
Pasión de su amantísimo Hijo le había de suceder y entonces
envió algunos de sus ángeles con una toalla al huerto, donde
el Señor estaba sudando Sangre, para que le enjugasen y
limpiasen su Venerable Rostro, y así lo hicieron los ministros
del Altísimo, que por el amor de Madre y por su mayor
merecimiento condescendió Su Majestad a este piadoso y
tierno afecto. Cuando llegó la hora de prender a nuestro
Salvador, se lo declaró la dolorosa Madre a las tres Marías y
todas se lamentaban con amarguísimo llanto, señalándose la
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Magdalena como más inflamada en el amor y piedad
fervorosa.
21
Sabiduría 2, 17-18.
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los sacrílegos pontífices, como lo había profetizado22 Jeremías
expresamente. Salieron todos estos ministros de maldad de
la ciudad hacia el monte de los Olivos, armados y prevenidos
de sogas y de cadenas, con hachas encendidas y linternas,
como el autor de la traición lo había prevenido, temiendo
como alevoso y pérfido que su mansísimo Maestro, a quien
juzgaba por hechicero y mago, no hiciese algún milagro con
que escapársele. Como si contra su divina omnipotencia
valieran las armas y prevenciones de los hombres si quisiera
usar de ella como pudiera y como lo había hecho en otras
ocasiones, antes que llegara aquella hora determinada para
entregarse de su voluntad a la Pasión, afrentas y muerte de
cruz.
En el ínterin que llegaban, volvió Su Majestad tercera vez
a sus discípulos y hallándolos dormidos les dijo: «Bien podéis
dormir y descansar, que ya llegó la hora en que veréis al Hijo
del hombre entregado en manos de los pecadores. Pero
basta; levantaos, y vamos, que ya está cerca el que me ha de
entregar, porque me tiene ya vendido»23. Estas razones dijo
el Maestro de la santidad a los tres apóstoles más
privilegiados, sin reprenderlos con más rigor, sino con suma
paciencia, mansedumbre y suavidad. Y hallándose confusos,
dice el texto que no sabían qué responder al Señor24. Se
levantaron luego y volvió con los tres a juntarse con los otros
ocho donde los había dejado y también los halló durmiendo,
vencidos y oprimidos del sueño por la gran tristeza que
padecían. Y ordenó el divino Maestro que todos juntos
debajo de su cabeza, en forma de congregación y de un
cuerpo místico, saliesen al encuentro de los enemigos;
enseñándoles en esto la virtud de una comunidad perfecta
para vencer al demonio y sus secuaces y no ser vencida de él,
porque el cordel tresdoblado, como dice el Eclesiastés25, difícil
es de romper, y al que contra uno es poderoso dos le podrán
22
Jeremías 11, 19.
23
Marcos 14, 41-42.
24
Marcos 14, 40.
25
Eclesiastés 4, 12.
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resistir, que este es el emolumento de vivir en compañía de
otros. Amonestó de nuevo el Señor a todos los apóstoles
juntos y los previno para el suceso, y luego se descubrió el
estrépito de los soldados y ministros que venían a prenderle.
Y Su Majestad adelantó el paso para salirles al encuentro y en
su interior, con incomparable afecto, valor majestuoso y
deidad suprema, habló y dijo: «Pasión deseada de mi alma,
dolores, llagas, afrentas, penalidades, aflicciones y muerte
ignominiosa, llegad, llegad presto, que el incendio del amor
que tengo a la salvación de los mortales os aguarda; llegad al
inocente entre las criaturas, que conoce vuestro valor y os ha
buscado, deseado y solicitado y os recibe de su propia
voluntad con alegría; os he comprado con mis ansias de
poseeros y os aprecio por lo que merecéis. Quiero remediar y
acreditar vuestro desprecio, levantándoos al lugar y dignidad
muy eminente. Venga la muerte, para que admitiéndola sin
merecerla, alcance de ella el triunfo y merecer la vida de los
que la recibieron por castigo del pecado. Permito que me
desamparen mis amigos, porque Yo solo quiero y puedo
entrar en la batalla, para ganarles a todos el triunfo y la
victoria».
Entre estas y otras razones que decía el Autor de la vida,
se adelantó Judas Iscariote para dar a sus ministros la seña
con que los dejaba prevenidos, que su Maestro era AQUEL a
quien él se llegase a saludarle, dándole el ósculo fingido de
paz que acostumbraba, que le prendiesen luego y no a otro
por yerro. Hizo todas estas prevenciones el infeliz discípulo,
no solo por la avaricia del dinero y por el odio que contra su
divino Maestro había concebido, sino también por el temor
que tuvo. Porque le pareció al desdichado, que si Cristo
nuestro bien no muriera en aquella ocasión, era inexcusable
volver a su presencia y ponerse en ella; y temiendo esta
confusión más que la muerte del alma y que la de su divino
Maestro, deseaba, para no verse en aquella vergüenza,
apresurar el fin de su traición y que el Autor de la vida muriese
a manos de sus enemigos. Llegó, pues, el traidor al mansísimo
Señor y como insigne artífice de la hipocresía, disimulándose
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enemigo, le dio paz en el rostro y le dijo: «Dios te salve,
Maestro»26; y en esta acción tan alevosa se acabó de
sustanciar el proceso de la perdición de Judas Iscariote y se
justificó últimamente la causa de parte de Dios, para que
desde entonces más le desamparase la gracia y sus auxilios.
De parte del pérfido discípulo llegó la desmesura y temeridad
contra Dios a lo sumo de la malicia, porque, negando
interiormente o descreyendo la sabiduría increada y creada
que Cristo nuestro Señor tenía para conocer su traición y el
poder para aniquilarle, pretendió ocultar su maldad con
fingida amistad de discípulo verdadero, y esto para entregar
a tan afrentosa muerte y crueldades a su Criador y Maestro,
de quien se hallaba tan obligado y beneficiado. Y en una
traición encerró tantos pecados y tan formidables, que no hay
ponderación igual a su malicia, porque fue infiel, homicida,
sacrílego, ingrato, inhumano, inobediente, falso, mentiroso,
codicioso, impío y maestro de todos los hipócritas, y todo lo
ejecutó con la persona del mismo Dios humanado.
De parte del Señor se justificó también su inefable
misericordia y equidad de su justicia, con que cumplió con
eminencia aquellas palabras de David27: «Con los que
aborrecieron la paz, era Yo pacífico; y cuando les hablaba, me
impugnaban de balde y sin causa». Y esto lo cumplió Su
Majestad tan altamente, que al contacto de Judas Iscariote y
con aquella dulcísima respuesta que le dijo: «Amigo, ¿a qué
viniste?»28, por intercesión de su Madre santísima envió al
corazón del traidor discípulo nueva y clarísima luz, con que
conoció la maldad atrocísima de su traición y las penas que
por ella le esperaban, si no se retractaba con verdadera
penitencia y que, si la quería hacer, hallaría misericordia y
perdón en la divina clemencia. Y lo que en estas palabras de
Cristo nuestro bien entendió Judas Iscariote fue como si le
pusiera estas en el corazón: Amigo, advierte que te pierdes y
malogras mi liberal mansedumbre con esta traición. Si quieres
26
Marcos 14, 45.
27
Salmo 120, 7.
28
Mateo 26, 50.
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mi amistad, no te la negaré por esto, como [si] te duelas de
tu pecado. Pondera tu temeridad, entregándome con fingida
paz y ósculo de reverencia y amistad. Acuérdate de los
beneficios que de mi amor has recibido y que soy Hijo de la
Virgen, de quien también has sido muy regalado y favorecido
en mi apostolado con amonestaciones y consejos de amorosa
madre. Por ella sola debías no cometer tal traición como
venderle y entregar a su Hijo, pues nunca te desobligó, ni lo
merece su dulcísima caridad y mansedumbre, ni que le hagas
tan desmedida ofensa. Pero aunque la has cometido no
desprecies su intercesión, que sola ella será poderosa
conmigo, y por ella te ofrezco el perdón y la vida que para ti
muchas veces me ha pedido. Asegúrate que te amamos,
porque estás aún en lugar de esperanza y no te negaremos
nuestra amistad si tú la quieres. Y si no, merecerás nuestro
aborrecimiento y tu eterna pena y castigo [en el infierno]. No
prendió esta semilla tan divina en el corazón de este
desdichado e infeliz discípulo, más duro que un diamante y
más inhumano que de fiera, y resistiendo a la divina clemencia
llegó a la desesperación que diré en el capítulo siguiente.
Dada la señal del ósculo por Judas Iscariote, llegaron a
carearse el Autor de la vida y sus discípulos con la tropa de
los soldados que venían a prenderle, y se presentaron cara a
cara, como dos escuadrones los más opuestos y encontrados
que jamás hubo en el mundo. Porque de la una parte estaba
Cristo nuestro Señor, Dios y Hombre verdadero, como capitán
y cabeza de todos los justos, acompañado de once apóstoles,
que eran y habían de ser los mejores hombres y más
esforzados de su Iglesia, y con ellos le asistían innumerables
ejércitos de espíritus angélicos que admirados del
espectáculo le bendecían y adoraban. De la otra parte venía
Judas Iscariote como autor de la traición, armado de la
hipocresía y de toda maldad, con muchos ministros judíos y
gentiles, para ejecutarla con mucha crueldad. Y entre este
escuadrón venía Lucifer con gran número de demonios,
incitando y adiestrando a Judas Iscariote y a sus aliados, para
que intrépidos echasen sus manos sacrílegas en su Criador.
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Habló con los soldados Su Majestad y con increíble afecto al
padecer y grande esfuerzo y autoridad les dijo: «¿A quién
buscáis?». Respondieron ellos: «A Jesús Nazareno». Replicó el
Señor, y dijo: «Yo soy»29. En esta palabra de incomparable
precio y felicidad para el linaje humano se declaró Cristo por
nuestro Salvador y Reparador, dándonos prendas ciertas de
nuestro remedio y esperanzas de salvación eterna, que sólo
estaba librada en que fuese Su Majestad quien se ofrecía de
voluntad a redimirnos con su Pasión y muerte.
No pudieron entender este misterio los enemigos, ni
percibir el sentido legítimo de aquella palabra: «Yo soy»; pero
le entendió su beatísima Madre, los ángeles y también
entendieron mucho los apóstoles. Y fue como decir: «Yo soy
el que soy», y lo dije a mi profeta Moisés30, porque soy por Mí
mismo y todas las criaturas tienen por Mí su ser y existencia;
soy eterno, inmenso, infinito, una sustancia y atributos, y me
hice Hombre ocultando mi gloria, para que, por medio de la
Pasión y muerte que me queréis dar, redimiese al mundo. Y
como el Señor dijo aquella palabra en virtud de su divinidad,
no la pudieron resistir los enemigos, y al entrar en sus oídos
cayeron todos en tierra de cerebro y hacia atrás. Y no solo
fueron derribados los soldados, sino también los perros que
llevaban y algunos caballos en que iban, todos cayeron en
tierra, quedando inmóviles como piedras. Y Lucifer con sus
demonios también fueron derribados y aterrados entre los
demás, padeciendo nueva confusión y tormento. Y de esta
manera estuvieron casi medio cuarto de hora, sin movimiento
de vida más que si fueran muertos. ¡Oh palabra misteriosa en
la doctrina y más que invencible en el poder! No se gloríe en
tu presencia el sabio en su sabiduría y astucia, no el poderoso
en su valentía31, humíllese la vanidad y arrogancia de los hijos
de Babilonia, pues una sola palabra de la boca del Señor,
dicha con tanta mansedumbre y humildad, confunde, aniquila
y destruye todo el poder y arrogancia de los hombres y del
29
Juan 18, 4-5.
30
Éxodo 3, 14.
31
Jeremías 9, 23.
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infierno. Entendamos también los hijos de la Iglesia que las
victorias de Cristo se alcanzan confesando la verdad, dando
lugar a la ira, profesando su mansedumbre y humildad de
corazón, venciendo, siendo vencidos, con sinceridad de
palomas, con pacificación y rendimiento de ovejas, sin
resistencia de lobos iracundos y carniceros.
Estuvo nuestro Salvador con los once apóstoles mirando
el efecto de su divina palabra en la ruina de aquellos ministros
de maldad. Y Su Majestad divina, con semblante doloroso
contempló en ellos el retrato del castigo de los réprobos y
oyó la intercesión de su Madre santísima para dejarlos
levantar, que por este medio lo tenía dispuesto su divina
voluntad. Y cuando fue tiempo de que volviesen en sí, oró al
Eterno Padre y dijo: «Padre mío y Dios eterno, en mis manos
pusiste todas las cosas y en mi voluntad la Redención humana
que tu justicia pide. Yo quiero con plenitud de toda mi
voluntad satisfacerla y entregarme a la muerte, para
merecerles a mis hermanos la participación de tus tesoros y
eterna felicidad que les tienes preparada». Con esta voluntad
eficaz dio permiso el Muy Alto para que toda aquella canalla
de hombres, demonios y los demás animales, se levantasen
restituidos al primer estado que tenían antes que cayeran en
tierra. Y nuestro Salvador les dijo segunda vez: «¿A quién
buscáis?». Respondieron ellos otra vez: «A Jesús Nazareno».
Replicó Su Majestad mansísimamente: «Ya os he dicho que
Yo soy; y si me buscáis a Mí, dejad ir libres a éstos que están
conmigo»32. Y con estas palabras dio licencia a los ministros
y soldados para que le prendiesen y ejecutasen su
determinación, que sin entenderlo ellos era cargar en su
persona divina todos nuestros dolores y enfermedades33.
El primero que se adelantó descomedidamente a echar
mano del Autor de la vida para prenderlo, fue un criado de
los pontífices llamado Malco. Y aunque todos los apóstoles
estaban turbados y afligidos del temor, con todo eso Pedro
se encendió más que los otros en el celo de la honra y defensa
32
Juan 18, 7-8.
33
Isaías 53, 4.
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de su divino Maestro. Y sacando un terciado [espada] que
tenía le tiró un golpe a Malco y le cercenó una oreja
derribándosela del todo. Y el golpe fue encaminado a mayor
herida, si la Providencia Divina del Maestro de la paciencia y
mansedumbre no le divirtiera. Pero no permitió Su Majestad
que en aquella ocasión interviniese muerte de otro alguno
más que la suya y sus llagas, Sangre y dolores, cuando a
todos, si la admitieran, venía a dar la vida eterna y rescatar el
linaje humano. Ni tampoco era según su voluntad y doctrina
que su persona fuese defendida con armas ofensivas, ni
quedase este ejemplar en su Iglesia, como de principal
intento para defenderla. Y para confirmar esta doctrina, como
la había enseñado, tomó la oreja cortada y se la restituyó al
siervo Malco, dejándosela en su lugar con perfecta sanidad
mejor que antes. Y primero se volvió a reprender a Pedro y le
dijo: «Vuelve la espada a su lugar, porque todos los que la
tomaron para matar, con ella perecerán. ¿No quieres que
beba Yo el cáliz que me dio mi Padre? ¿Y piensas tú que no le
puedo Yo pedir muchas legiones de ángeles en mi defensa, y
me los daría luego? Pero ¿cómo se cumplirán las Escrituras y
profecías?»34.
Con esta amorosa corrección quedó advertido e ilustrado
Pedro, como cabeza de la Iglesia, que sus armas para
establecerla y defenderla habían de ser de potestad espiritual
y que la Ley del Evangelio no enseñaba a pelear ni vencer con
espadas materiales, sino con la humildad, paciencia,
mansedumbre y caridad perfecta, venciendo al demonio, al
mundo y a la carne; que mediante estas victorias triunfa la
virtud divina de sus enemigos y de la potencia y astucia de
este mundo; y que el ofender y defenderse con armas no es
para los seguidores de Cristo nuestro Señor, sino para los
príncipes de la tierra, por las posesiones terrenas, y el cuchillo
de la Santa Iglesia ha de ser espiritual, que toque a las almas
antes que a los cuerpos. Luego se volvió Cristo nuestro Señor
a sus enemigos y ministros de los judíos y les habló con
34
Juan 18, 11; Mateo 26, 52-54.
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grandeza de majestad y les dijo: «Como si fuera ladrón venís
con armas y con lanzas a prenderme, y nunca lo habéis hecho
cuando estaba cada día con vosotros, enseñando y
predicando en el Templo; pero esta es vuestra hora y el poder
de las tinieblas»35. Todas las palabras de nuestro Salvador
eran profundísimas en los misterios que encerraban, y no es
posible comprenderlos todos ni declararlos, en especial las
que habló en la ocasión de su Pasión y muerte.
Bien pudieran aquellos ministros del pecado ablandarse y
confundirse con esta reprensión del divino Maestro, pero no
lo hicieron, porque eran tierra maldita y estéril, desamparada
del rocío de las virtudes y piedad verdadera. Pero con todo
eso, quiso el autor de la vida reprenderles y enseñarles la
verdad hasta aquel punto, para que su maldad fuese menos
excusable y porque en la presencia de la suma santidad y
justicia no quedasen sin reprensión y doctrina aquel pecado
y pecados que cometían y que no volviesen sin medicina para
ellos, si la querían admitir, y para que junto con esto se
conociera que Él sabía todo lo que había de suceder y se
entregaba de su voluntad a la muerte y en manos de los que
se la procuraban. Para todo esto y otros fines altísimos dijo
Su Majestad aquellas palabras, hablándoles al corazón, como
quien le penetraba y conocía su malicia y el odio que contra
Él habían concebido y la causa de su envidia, que era haberles
reprendido los vicios a los sacerdotes y fariseos y haber
enseñado al pueblo la verdad y el camino de la vida eterna, y
porque con su doctrina, ejemplo y milagros se llevaba la
voluntad de todos los humildes y piadosos y reducía a
muchos pecadores a su amistad y gracia; y quien tenía
potencia para obrar estas cosas en lo público, claro estaba
que la tuviera para que sin su voluntad no le pudieran prender
en el campo, pues no le habían preso en el Templo ni en la
ciudad donde predicaba, porque Él mismo no quería ser
preso entonces, hasta que llegase la hora determinada por su
voluntad para dar este permiso a los hombres y a los
35
Mateo 26, 55; Marcos 14, 48-50; Lucas 22, 53.
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demonios. Y porque entonces se le había dado para ser
abatido, afligido, maltratado y preso, por eso les dijo: «… esta
es vuestra hora y el poder de las tinieblas». Como si les dijera:
Hasta ahora ha sido necesario que estuviera con vosotros
como Maestro para vuestra enseñanza y por eso no he
consentido que me quitéis la vida. Pero ya quiero consumar
con mi muerte la obra de la Redención humana que me ha
encomendado mi Padre Eterno, y así os permito que me
llevéis preso y ejecutéis en Mí vuestra voluntad. Con esto le
prendieron, embistiendo como tigres inhumanos al
mansísimo Cordero y le ataron y aprisionaron con sogas y
cadenas, y así le llevaron a casa del pontífice, como adelante
diré.
A todo lo que sucedía en la prisión de Cristo nuestro bien
estaba atentísima su purísima Madre con la visión clara que
se le manifestaba, más que si estuviera presente con el
cuerpo, que con la inteligencia penetraba todos los
sacramentos que encerraban las palabras y obras que su Hijo
santísimo ejecutaba. Y cuando vio que partía de casa del
pontífice aquel escuadrón de soldados y ministros, previno la
prudentísima Señora las irreverencias y desacatos con que
tratarían a su Criador y Redentor, y para recompensarlas en la
forma que su piedad alcanzó, convidó a sus santos ángeles y
a otros muchos para que todos juntos con ella diesen culto
de adoración y alabanza al Señor de las criaturas, en vez de
las injurias y denuestos36 con que había de ser tratado de
aquellos malos ministros de tinieblas. El mismo aviso dio a las
mujeres santas que con ella estaban orando, y las manifestó
cómo en aquella hora su Hijo santísimo había dado permiso
a sus enemigos para que le prendiesen y maltratasen, y que
se iba ejecutando con lamentable impiedad y crueldad de los
pecadores. Y con la asistencia de los santos ángeles y mujeres
piadosas hizo la religiosa Reina admirables actos de fe, amor
y religión interior y exteriormente, confesando, adorando,
alabando y magnificando la divinidad infinita y la humanidad
36
Injuria grave de palabra o por escrito.
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santísima de su Hijo y su Criador. Las mujeres santas la
imitaban en las genuflexiones y postraciones que hacía, y los
príncipes la respondían a los cánticos con que magnificaba y
confesaba el ser divino y humano de su amantísimo Hijo. Y al
paso que los hijos de la maldad le iban ofendiendo con
injurias e irreverencias, lo iba ella recompensando con loores
y veneración. Y de camino aplacaba a la divina justicia para
que no se indignase contra los perseguidores de Cristo y los
destruyese, porque sólo María santísima pudo detener el
castigo de aquellas ofensas.
Y no solo pudo aplacar la gran Señora el enojo del justo
Juez, sino que también pudo alcanzar favores y beneficios
para los mismos que le irritaban y que la divina clemencia les
diese bien por mal, cuando ellos daban a Cristo nuestro Señor
mal por bien en retribución de su doctrina y beneficios. Esta
misericordia llegó a lo sumo en el desleal y obstinado Judas
Iscariote; porque viendo la piadosa Madre que le entregaba
con el ósculo de fingida amistad y que en aquella inmudísima
boca había estado poco antes el mismo Señor sacramentado
y entonces se le daba consentimiento para que con ella
llegase a tocar inmediatamente el Venerable Rostro de su Hijo
santísimo, traspasada de dolor y vencida de la caridad, le
pidió al mismo Señor diese nuevos auxilios a Judas Iscariote,
para que, si él los admitiese, no se perdiese quien había
llegado a tal felicidad como tocar en aquel modo la cara en
que desean mirarse los mismos ángeles. Y por esta petición
de María santísima envió su Hijo y Señor aquellos grandes
auxilios que recibió el traidor Judas Iscariote, como queda
dicho, en lo último de su traición y entrega. Y si el desdichado
los admitiera y comenzara a responder a ellos, esta Madre de
misericordia muchos más le alcanzara y finalmente el perdón
de su maldad, como lo hace con otros grandes pecadores que
a ella le quieren dar esta gloria y para sí granjean la eterna.
Pero Judas Iscariote no alcanzó esta ciencia y lo perdió todo,
como diré en el capítulo siguiente.
Cuando vio también la gran Señora que en virtud de la
divina palabra cayeron en tierra todos los ministros y
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soldados que le venían a prender, hizo con los ángeles otro
cántico misterioso, engrandeciendo el poder infinito y la
virtud de la humanidad santísima, y renovando en él la
victoria que tuvo el nombre del Altísimo, anegando en el mar
Rubro a Faraón y sus tropas y alabando a su Hijo y Dios
verdadero, porque siendo Señor de los ejércitos y victorias, se
quería entregar a la Pasión y muerte, para rescatar por más
admirable modo al linaje humano de la cautividad de Lucifer.
Y luego pidió al Señor que dejase levantar y volver en sí
mismos a todos aquellos que estaban derribados y aterrados.
Y se movió a esta petición, por su liberalísima piedad y
fervorosa compasión que tuvo de aquellos hombres criados
por la mano del Señor a imagen y semejanza suya; lo otro,
por cumplir con eminencia la ley de la caridad en perdonar a
los enemigos y hacer bien a los que nos persiguen, que era la
doctrina37 enseñada y practicada por su mismo Hijo y
Maestro; y finalmente, porque sabía que se habían de cumplir
las profecías y Escrituras en el misterio de la Redención
humana. Y aunque todo esto era infalible, no por eso implica
que no lo pidiese María santísima y que por sus ruegos no se
moviese el Altísimo para estos beneficios, porque en la
sabiduría infinita y decretos de su voluntad eterna todo
estaba previsto y ordenado por estos medios o peticiones, y
este modo era el más conveniente a la razón y Providencia del
Señor, en cuya declaración no es necesario detenerme ahora.
Al punto que prendieron y ataron a nuestro Salvador, sintió la
purísima Madre en sus manos los dolores de las sogas y
cadenas, como si con ellas fuera atada y constreñida, y lo
mismo sucedió de los golpes y tormentos que iba recibiendo
el Señor, porque se le concedió a su Madre este favor, como
arriba queda dicho, y veremos en el discurso de la Pasión. Y
esta pena en lo sensitivo fue algún alivio en la del alma, que
le diera el amor si no padeciera con su Hijo santísimo por
aquel modo.
37
Mateo 5, 44.
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La fuga y división de los apóstoles con la
prisión de su Maestro, la noticia que tuvo su
Madre santísima y lo que hizo en esta ocasión,
la condenación de Judas Iscariote y turbación
de los demonios con lo que iban conociendo
38
Mateo 26, 31.
39
Lucas 22, 31.
40
Juan 18, 8.
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le preguntó el pontífice Anás al Divino Maestro por sus
discípulos y doctrina41.
Anduvo también Lucifer en esta fuga de los apóstoles, ya
alucinado y perplejo, ya redoblando la malicia con varios
fines. Por una parte deseaba extinguir la doctrina del Salvador
del mundo y a todos sus discípulos, para que no quedara
memoria de ellos, y para esto era conforme a su deseo que
fuesen presos y muertos por los judíos. Y este acuerdo no le
pareció fácil de conseguir al demonio y reconociendo la
dificultad procuró incitar a los apóstoles y turbarlos con
sugestiones, para que huyesen y no viesen la paciencia de su
Maestro en la Pasión, ni fuesen testigos de lo que en ella
sucediese. Temió el astuto Dragón que con la nueva doctrina
y ejemplo quedarían los apóstoles más confirmados y
constantes en la fe y resistirían a las tentaciones que contra
ella les arrojaba, y le pareció que si entonces comenzasen a
titubear los derribaría después con nuevas persecuciones que
les levantaría por medio de los judíos, que siempre estarían
prontos para ofenderles por la enemistad contra su Maestro.
Con este mal consejo se engañó a sí mismo el demonio, y
cuando conoció que los apóstoles estaban tímidos, cobardes
y muy caídos de corazón con la tristeza, juzgó este enemigo
que aquella era la peor disposición de la criatura y para sí la
mejor ocasión de tentarlos y les acometió con rabioso furor
proponiéndoles grandes dudas y recelos contra el Maestro de
la vida y que le desamparasen y huyesen. Y en cuanto a la
fuga no resistieron como en muchas de las sugestiones falsas
contra la fe, aunque también desfallecieron en ella unos más
y otros menos, porque en esto no fueron todos igualmente
turbados ni escandalizados.
Se dividieron unos de otros huyendo a diferentes partes,
porque todos juntos era dificultoso ocultarse, que era lo que
entonces pretendían. Sólo Pedro y Juan se juntaron para
seguir de lejos a su Dios y Maestro hasta ver el fin de su
Pasión. Pero en el interior de cada uno de los once apóstoles
41
Juan 18, 19.
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pasaba una contienda de sumo dolor y tribulación, que les
prensaba el corazón sin dejarles consuelo ni descanso alguno.
Peleaban de una parte la razón, la gracia, la fe, el amor y la
verdad; de otra las tentaciones, sospechas, temor y natural
cobardía y tristeza. La razón y la luz de la verdad les
reprendían su inconstancia y deslealtad en haber
desamparado a su Maestro, huyendo como cobardes del
peligro, después de estar avisados y haberse ofrecido ellos
tan poco antes a morir con Él si fuera necesario. Se acordaban
de su negligente inobediencia y descuido en orar y prevenirse
contra las tentaciones, como su mansísimo Maestro se lo
había mandado. El amor que le tenían por su amable
conversación y dulce trato, por su doctrina y maravillas, y el
acordarse que era Dios verdadero, les animaba y movía para
que volviesen a buscarle y se ofreciesen al peligro y a la
muerte como fieles siervos y discípulos. A esto se juntaba
acordarse de su Madre santísima y considerar su dolor
incomparable y la necesidad que tendría de consuelo, y
deseaban ir a buscarle y asistirle en su trabajo. Por otra parte
pugnaban en ellos la cobardía y el temor para entregarse a la
crueldad de los judíos y a la muerte, a la confusión y
persecución. Para ponerse en presencia de la dolorosa Madre,
les afligía y turbaba que los obligaría a volver donde estaba
su Maestro, y si con ella estarían menos seguros porque los
podían buscar en su casa. Sobre todo esto eran las
sugestiones de los demonios impías y terribles. Porque les
arrojaba el Dragón en el pensamiento terribles imaginaciones
de que no fuesen homicidas de sí mismos entregándose a la
muerte, y que su Maestro no se podía librar a Sí y menos
podría sacarlos a ellos de las manos de los pontífices, y que
en aquella ocasión le quitarían la vida y con eso se acabaría
toda la dependencia que de Él tenían, pues no le verían más,
y que no obstante que su vida parecía inculpable, con todo
eso enseñaba algunas doctrinas muy duras y algo ásperas
hasta entonces nunca vistas y que por ellas le aborrecían los
sabios de la ley y los pontífices y todo el pueblo estaba
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indignado contra Él, y que era fuerte cosa seguir a un Hombre
que había de ser condenado a muerte infame y afrentosa.
Esta contienda y lucha interior pasaba en el corazón de los
fugitivos apóstoles, y entre unas y otras razones pretendía
Satanás que dudasen de la doctrina de Cristo y de las
profecías que hablaban de sus misterios y Pasión. Y como en
el dolor de este conflicto no hallaban esperanza de que su
Maestro saliese con vida del poder de los pontífices, llegó el
temor a pasar en una tristeza y melancolía profunda, con que
eligieron el huir del peligro y salvar sus vidas. Y esto era con
tal pusilanimidad y cobardía, que en ningún lugar se juzgaban
aquella noche por seguros y cualquiera sombra o ruido los
sobresaltaba. Y les añadió mayor temor la deslealtad de Judas
Iscariote, porque temían irritaría también contra ellos la ira de
los pontífices, por no volver a verse con ninguno de los once,
después de perpetrada su alevosía y traición. Pedro y Juan,
como más fervientes en el amor de Cristo, resistieron al temor
y al demonio más que los otros y quedándose los dos juntos
determinaron seguir a su Maestro con algún retiro. Y para
tomar esta resolución les ayudó mucho el conocimiento que
tenía Juan con el pontífice Anás, entre el cual y Caifás andaba
el pontificado, alternando los dos; y aquel año lo era Caifás,
que había dado el consejo profético en el concilio, de que
importaba muriese un Hombre para que todo el mundo no
pereciese42. Este conocimiento de Juan se fundaba en que el
apóstol era tenido por nombre principal, y en su linaje noble,
en su persona afable y cortés, y de condiciones muy amables.
Con esta confianza fueron los dos apóstoles siguiendo a
Cristo nuestro Señor con menos temor. A la gran Reina del
cielo tenían en su corazón los dos apóstoles, lastimados de su
amargura y deseosos de su presencia para aliviarla y
consolarla cuanto fuera posible, y particularmente se señaló
en este afecto devoto el evangelista San Juan.
La divina Princesa desde el cenáculo en esta ocasión
estaba mirando por inteligencia clarísima no solo a su Hijo
42
Juan 11, 49-50.
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santísimo en su prisión y tormentos, sino junto con esto
conocía y sabía todo cuanto pasaba por los apóstoles interior
y exteriormente. Porque miraba su tribulación y tentaciones,
sus pensamientos y determinaciones, y dónde estaba cada
uno de ellos y lo que hacía. Pero aunque todo le fue patente
a la candidísima paloma, no solo no se indignó con los
apóstoles, ni jamás les dio en rostro con la deslealtad que
habían cometido, antes bien ella fue el principio y el
instrumento de su remedio, como adelante diré. Y desde
entonces comenzó a pedir por ellos, y con dulcísima caridad
y compasión de madre dijo en su interior: «Ovejas sencillas y
escogidas, ¿por qué dejáis a vuestro amantísimo Pastor que
cuidaba de Vosotros y Os daba pasto y alimento de vida
eterna? ¿Por qué, siendo discípulos de tan verdadera doctrina,
desamparáis a Vuestro Bienhechor y Maestro? ¿Cómo olvidáis
aquel trato tan dulce y amoroso que atraía a Sí vuestros
corazones? ¿Por qué escucháis al maestro de la mentira, al
lobo carnicero que pretende vuestra ruina? ¡Oh, amor mío
dulcísimo y pacientísimo, qué manso, qué benigno y
misericordioso os hace el amor de los hombres! Alargad
vuestra piedad a esta pequeña grey a quien el furor de la
serpiente ha turbado y derramado. No entreguéis a las bestias
las almas que os han confesado43. Grande espera tenéis con
los que elegís para vuestros siervos y grandes obras habéis
hecho con vuestros discípulos. No se malogre tanta gracia, ni
reprobéis a los que escogió Vuestra voluntad para
fundamentos de Vuestra Iglesia. No se gloríe Lucifer de que
triunfó a Vuestra vista de lo mejor de Vuestra casa y familia.
Hijo y Señor mío, mirad a Vuestro amado discípulo Juan, a
Pedro y a Santiago favorecidos de vuestro singular amor y
voluntad. A todos los demás también volved los ojos de
vuestra clemencia y quebrantad la soberbia del Dragón, que
con implacable crueldad los ha turbado».
A toda capacidad humana y angélica excede la grandeza
de María santísima en esta ocasión y las obras que hizo y
43
Salmo 74, 19.
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plenitud de santidad que manifestó en los ojos y beneplácito
del Altísimo. Porque sobre los dolores sensibles y espirituales
que padeció de los tormentos de su Hijo santísimo y de las
injurias afrentosas que padeció su divina persona, cuya
veneración y ponderación estaba en lo sumo en la
prudentísima Madre, sobre todo esto se le juntó el dolor de
la caída de los apóstoles, que sola Su Majestad sabía
ponderarla. Y miraba su fragilidad y el olvido que habían
mostrado de los favores, doctrina, avisos y amonestaciones
de su Maestro, y esto en tan breve tiempo, después de la
cena, del sermón que en ella hizo y de la comunión que les
había dado, con la dignidad de sacerdotes en que los dejaba
tan levantados y obligados. Conocía también su peligro de
caer en mayores pecados, por la sagacidad con que Lucifer y
sus ministros de tinieblas trabajaban por derribarlos y la
inadvertencia con que el temor tenía poseídos los corazones
de todos los apóstoles más o menos. Y por todo esto
multiplicó y acrecentó las peticiones hasta merecerles el
remedio y que su Hijo santísimo los perdonase y acelerase sus
auxilios, para que luego volviesen a la fe y amistad de su
gracia, que de todo esto fue María el instrumento eficaz y
poderoso. En el ínterin recopiló esta gran Señora en su pecho
toda la fe, la santidad, el culto y veneración de toda la Iglesia,
que estuvo toda en ella como en arca incorruptible,
conservando y encerrando la Ley Evangélica, el sacrificio, el
Templo y el santuario. Y sola María santísima era entonces
toda la Iglesia, y sola ella creía, amaba, esperaba, veneraba y
adoraba al objeto de la fe por sí, por los apóstoles y por todo
el linaje humano. Y esto de manera que recompensaba,
cuanto era posible a una pura criatura, las menguas y falta de
fe de todo lo restante de los miembros místicos de la Iglesia.
Hacía heroicos actos de fe, esperanza, amor, veneración y
culto de la divinidad y humanidad de su Hijo y Dios verdadero
y con genuflexiones y postraciones le adoraba y con
admirables cánticos le bendecía, sin que el dolor íntimo y
amargura de su alma destemplasen el instrumento de sus
potencias, concertado y templado con la mano poderosa del
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Altísimo. No se entendía de esta gran Señora lo que dijo el
Eclesiástico44, que la música en el dolor es importuna, porque
sola María santísima pudo y supo en medio de sus penas
aumentar la dulce consonancia de las virtudes.
Dejando a los once apóstoles en el estado que se ha dicho,
vuelvo a contar el infelicísimo término del traidor Judas,
anticipando algo este suceso para dejarle en su lamentable y
desdichada suerte y volver al discurso de la Pasión. Llegó,
pues, el sacrílego discípulo, con el escuadrón que llevaba
preso a nuestro Salvador Jesús, a casa de los pontífices, Anás
primero y después a Caifás; donde le esperaban con los
escribas, y fariseos. Y como el divino Maestro a vista de su
pérfido discípulo era tan maltratado y atormentado con
blasfemias y con heridas y todo lo sufría con silencio,
mansedumbre y paciencia tan admirable, comenzó Judas
Iscariote a discurrir sobre su propia alevosía, conociendo que
sóla ella era la causa de que un Hombre tan inculpable y
bienhechor suyo fuese tratado con tan injusta crueldad sin
merecerlo. Se acordó de los milagros que había visto, de la
doctrina que le oyó, de los beneficios que le hizo y también
se le representó la piedad y mansedumbre de María santísima
y la caridad con que había solicitado su remedio y la maldad
obstinada con que ofendió a Hijo y Madre por un vilísimo
interés, y todos los pecados juntos que había cometido se le
pusieron delante como un caos impenetrable y un monte
inhabitable y grave.
Estaba Judas Iscariote, como arriba se dijo, desamparado
de la divina gracia después de la entrega que hizo con el
ósculo y contacto de Cristo nuestro Salvador. Y por ocultos
juicios del Altísimo, aunque estaba entregado en manos de
su consejo, hizo aquellos discursos, permitiéndolo la justicia y
equidad divina en la razón natural y con muchas sugestiones
de Lucifer que le asistía. Y aunque discurría Judas Iscariote y
hacía juicio verdadero en lo que se ha dicho, pero, como estas
verdades eran administradas por el padre de la mentira,
44
Eclesiástico 22, 6.
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juntaba a ellas otras proposiciones falsas y mentirosas, para
que viniese a inferir, no su remedio y confianza de
conseguirle, sino que aprehendiese la imposibilidad y
desesperase de él, como sucedió. Le despertó Lucifer íntimo
dolor de sus pecados, pero no por buen fin ni motivos de
haber ofendido a la Verdad divina, sino por la deshonra que
padecería con los hombres y por el daño que su Maestro,
como poderoso en milagros, le podía hacer y que no era
posible escaparse de Él en todo el mundo, donde la sangre
del Justo clamaría contra él. Con estos y otros pensamientos
que le arrojó el demonio, quedó lleno de confusión, tinieblas
y despechos muy rabiosos contra sí mismo. Y retirándose de
todos, estuvo para arrojarse de muy alto en casa de los
pontífices y no lo pudo hacer. Se salió fuera y como una fiera,
indignado contra sí mismo, se mordía de los brazos y manos
y se daba desatinados golpes en la cabeza, tirándose del pelo,
y hablando desentonadamente se echaba muchas
maldiciones y execraciones, como infelicísimo y desdichado
entre los hombres.
Viéndole tan rendido Lucifer, le propuso que fuese a los
sacerdotes y confesando su pecado les volviese su dinero. Lo
hizo Judas Iscariote con presteza y a voces les dijo aquellas
palabras: «Pequé entregando la sangre del Justo»45. Pero ellos
no menos endurecidos le respondieron que lo hubiera mirado
primero. El intento del demonio era, si pudiera impedir la
muerte de Cristo nuestro Señor, por las razones que dejé
dichas y diré más adelante. Con esta repulsa que le dieron los
príncipes de los sacerdotes, tan llena de impiísima crueldad,
acabó Judas Iscariote de desconfiar, persuadiéndose que no
sería posible excusar la muerte de su Maestro. Lo mismo
juzgó el demonio, aunque hizo más diligencias por medio de
Poncio Pilato. Pero como Judas Iscariote no le podía servir ya
para su intento, le aumentó la tristeza y despechos y le
persuadió que para no esperar más duras penas se quitase la
vida. Admitió Judas Iscariote este formidable engaño y
45
Mateo 27, 4.
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saliéndose de la ciudad se colgó de un árbol seco, haciéndose
homicida de sí mismo el que se había hecho deicida de su
Criador. Sucedió esta infeliz muerte de Judas Iscariote el
mismo día del viernes a las doce, que es al mediodía, antes
que muriera nuestro Salvador, porque no convino que su
muerte y nuestra consumada Redención cayese luego sobre
la execrable muerte del traidor discípulo que con suma
malicia le había despreciado.
Recibieron luego los demonios el alma de Judas Iscariote
y la llevaron al infierno, pero su cuerpo quedó colgado y
reventadas sus entrañas con admiración y asombro de todos,
viendo el castigo tan estupendo de la traición de aquel
pésimo y pérfido discípulo. Perseveró el cuerpo ahorcado tres
días en lo público, y en este tiempo intentaron los judíos
quitarle del árbol y ocultamente enterrarle, porque de aquel
espectáculo redundaba grande confusión contra los
sacerdotes y fariseos que no podían contradecir aquel
testimonio de su maldad. Pero no pudieron con industria
alguna derribar ni quitar el cuerpo de Judas Iscariote de
donde se había colgado, hasta que pasados tres días, por
dispensación de la justicia divina, los mismos demonios le
quitaron de la horca y le llevaron con su alma, para que en lo
profundo del infierno pagase en cuerpo y alma eternamente
su pecado. Y porque es digno de admiración temerosa lo que
he conocido del castigo y penas que se le dieron a Judas
Iscariote, lo diré como se me ha mostrado y mandado. Entre
las oscuras cavernas de los calabozos infernales estaba
desocupada una muy grande y de mayores tormentos que las
otras, porque los demonios no habían podido arrojar en aquel
lago a ningún alma, aunque la crueldad de estos enemigos lo
había procurado desde Caín hasta aquel día. Esta
imposibilidad admiraba al infierno, ignorante del secreto,
hasta que llegó el alma de Judas Iscariote, a quien fácilmente
arrojaron y sumergieron en aquel calabozo nunca antes
ocupado de otro alguno de los condenados. Y la razón era,
porque desde la Creación del mundo quedó señalada aquella
caverna de mayores tormentos y fuego que lo restante del
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infierno para los cristianos que recibido el bautismo se
condenasen por no haberse aprovechado de los sacramentos,
doctrina, Pasión y muerte del Redentor y la intercesión de su
Madre santísima. Y como Judas Iscariote fue el primero que
había participado de estos beneficios con tanta abundancia
para su remedio y formidablemente los despreció, por esto
fue también el que primero estrenó aquel lugar y tormentos
aparejados para él y los que le imitaren y siguieren.
Este misterio se me ha mandado escribir con
particularidad para aviso y escarmiento de todos los
cristianos, y en especial de los sacerdotes, prelados y
religiosos, que tratan con más frecuencia el Sagrado Cuerpo
y Sangre de Jesucristo Señor nuestro y por oficio y estado son
más familiares suyos, que por no ser reprendida quisiera
hallar términos y razones con que darle la ponderación y
sentido que pide nuestra insensible dureza, para que en este
ejemplo todos tomáramos escarmiento y temiéramos el
castigo que nos aguarda a los malos cristianos según el
estado de cada uno. Los demonios atormentaron a Judas
Iscariote con inexplicable crueldad, porque no había desistido
de vender a su Maestro, con cuya Pasión y muerte ellos
quedarían vencidos y desposeídos del mundo; y la
indignación que por esto cobraron de nuevo contra nuestro
Salvador y contra su Madre santísima, la ejecutan en el modo
que se les permite contra todos los que imitan al traidor
discípulo y cooperan con él en despreciar la Doctrina
Evangélica, los Sacramentos de la Ley de Gracia y fruto de la
Redención. Y es justa razón que estos malignos espíritus
tomen venganza en los miembros del cuerpo místico de la
Iglesia, porque no se unieron con su cabeza Cristo y porque
voluntariamente se apartaron de ella y se entregaron a ellos,
que con implacable soberbia la aborrecen y maldicen y como
instrumentos de la justicia divina castigan las ingratitudes que
tienen los redimidos contra su Redentor. Y los hijos de la
Santa Iglesia consideren esta verdad atentamente, que si la
tuvieran presente no es posible dejase de moverles el corazón
y les diese juicio para desviarse de tan lamentable peligro.
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Entre los sucesos de todo el discurso de la Pasión andaba
Lucifer con sus ministros de maldad muy desvelado y atento
para acabarse de asegurar si Cristo nuestro Señor era el
Mesías y Redentor del mundo. Porque unas veces le
persuadían los milagros, y otras le disuadían las acciones y
padecer de la flaqueza humana que tomó por nosotros
nuestro Salvador; pero donde más crecieron las sospechas del
Dragón fue en el huerto, donde sintió la fuerza de aquella
palabra que dijo el Señor: «Yo soy»46, y fue arruinado el
demonio mismo, cayendo con todos en la presencia de Cristo
nuestro Señor. Hacía poco rato entonces que salió del infierno
acompañado de sus legiones, después que habían sido
arrojados desde el cenáculo a lo profundo. Y aunque fue
María santísima la que de allí los derribó, como arriba se dijo,
con todo eso confirió Lucifer consigo y con sus ministros que
aquella virtud y fuerza de Hijo y Madre eran nuevas y nunca
vistas contra ellos. Y dándole permiso que se levantase en el
huerto, habló con los demás y les dijo: «No es posible que sea
este poder de Hombre solo, sin duda ÉSTE es Dios juntamente
con ser Hombre. Y si muere, como lo disponemos, por este
camino hará la Redención y satisfará a Dios, y queda perdido
nuestro imperio y frustrado nuestro deseo. Mal hemos
procedido procurándole la muerte. Y si no podemos impedir
que muera, probemos hasta dónde llega su paciencia y
procuremos con sus mortales enemigos que le atormenten
con crueldad impía. Irritémosles contra Él, arrojémosles
sugestiones de desprecios, afrentas, ignominias y tormentos
que ejecuten en su persona, compelámoslos a que empleen
su ira en irritarle y atendamos a los efectos que hacen todas
estas cosas en Él». Todo lo intentaron los demonios como lo
propusieron, aunque no todo lo consiguieron, como en el
discurso de la Pasión se manifiesta, por los ocultos misterios
que diré más adelante y he referido arriba. Provocaron a los
sayones para que intentasen atormentar a Cristo nuestro bien
con algunos tormentos menos decentes a su real y divina
46
Juan 18, 5.
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persona de los que le dieron, porque no consintió Su
Majestad otros más de los que quiso y convino padecer,
dejándoles ejecutar en estos toda su inhumana sevicia y furor.
Intervino también en impedir la malicia insolente de
Lucifer la gran Señora del cielo María santísima, porque le
fueron patentes todos los conatos47 de este infernal Dragón.
Y unas veces con imperio de Reina le impedía muchos
intentos, para que no se los propusiese a los ministros de la
Pasión; otras veces en los que les proponía pedía la divina
Princesa a Dios no se los dejase ejecutar y por medio de sus
santos ángeles concurría a desvanecerlos y estorbarlos. Y en
los que su gran sabiduría conocía era voluntad de su Hijo
santísimo padecerlos, cesaba en estas diligencias, y en todo
se ejecutaba la permisión de la divina voluntad. Conoció
asimismo todo lo que sucedió en la infeliz muerte y tormentos
de Judas Iscariote y el lugar que le daban en el infierno, el
asiento de fuego que ha de tener por toda la eternidad, como
maestro de la hipocresía y precursor de todos los que habían
de negar a Cristo nuestro Redentor con la mente y con las
obras, desamparando, como dice Jeremías48, las venas de las
aguas vivas, que son el mismo Señor, para ser escritos y
sellados en la tierra y alejados del cielo, donde están escritos
los predestinados. Todo esto conoció la Madre de
Misericordia y lloró sobre ellos amargamente y oró al Señor
por la salvación de los hombres y suplicándole los apartase
de tan gran ceguera, precipicio y ruina, pero conformándose
con los ocultos y justos juicios de su Providencia Divina.
47
Inicio de una acción que se frustra antes de llegar a su término.
48
Jeremías 17, 13.
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que pudieran penetrar más que la espada de dos filos, hasta
dividir con íntimo dolor lo más oculto de nuestros
corazones49. No fueron comunes las penas que padeció, no
se hallará dolor semejante como su dolor50, no era su persona
como las demás de los hijos de los hombres, no padeció Su
Majestad por Sí mismo ni por sus culpas, sino por nosotros y
por las nuestras; pues razón es que las palabras y términos
con que tratamos de sus tormentos y dolores no sean
comunes y ordinarios, sino con otros vivos y eficaces se la
propongamos a nuestros sentidos. Pero ¡ay de mí, que ni
puedo dar fuerza a mis palabras, ni hallo las que mi alma
desea para manifestar este secreto! Diré lo que alcanzare,
hablaré como pudiere y se me administrare, aunque la
cortedad de mi talento coarte y limite la grandeza de la
inteligencia y los improporcionados términos no alcancen a
declarar el concepto escondido del corazón. Supla el defecto
de las razones la fuerza y viveza de la fe que profesamos los
hijos de la Iglesia. Y si las palabras son comunes, sea
extraordinario el dolor y el sentimiento, el dictamen altísimo,
la comprensión vehemente, la ponderación profunda, el
agradecimiento cordial y el amor fervoroso, pues todo será
menos que la verdad del objeto y de lo que nosotros
debemos corresponder como siervos, como amigos y como
hijos adoptados por medio de su Pasión y muerte santísima.
Atado y preso el mansísimo Cordero Jesús, fue llevado
desde el huerto a casa de los pontífices, y primero a la de
Anás. Iba prevenido aquel turbulento escuadrón de soldados
y ministros con las advertencias del traidor discípulo, que no
se fiasen de su Maestro si no le llevaban muy amarrado y
atado, porque era hechicero y se les podría salir de entre las
manos. Lucifer y sus príncipes de tinieblas ocultamente los
irritaban y provocaban, para que impía y sacrílegamente
tratasen al Señor sin humanidad ni decoro. Y como todos eran
instrumentos obedientes a la voluntad de Lucifer, nada que
se les permitió dejaron de ejecutar contra la persona de su
49
Carta a los Hebreos 4, 12.
50
Lamentaciones 1, 12.
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mismo Criador. Le ataron con una cadena de grandes
eslabones de hierro con tal artificio, que rodeándosela a la
cintura y al cuello sobraban los dos extremos, y en ellos había
unas argollas o esposas con que encadenaron también las
manos del Señor que fabricó los cielos y los ángeles y todo el
Universo, y así argolladas y presas se las pusieron no al pecho
sino a las espaldas. Esta cadena llevaron de la casa de Anás el
pontífice, donde servía de levantar la puerta de un calabozo
que era levadiza, y para el intento de aprisionar a nuestro
divino Maestro la quitaron y la acomodaron con aquellas
argollas y cerraduras, como candados, con llaves de golpe. Y
con este modo de prisión nunca oída no quedaron satisfechos
ni seguros, porque luego sobre la pesada cadena le ataron
dos sogas harto largas: la una echaron sobre la garganta de
Cristo nuestro Señor y cruzándola por el pecho le rodearon el
cuerpo, atándole con fuertes nudos, y dejaron dos extremos
largos de la soga para que dos de los ministros o soldados
fuesen tirando de ellos y arrastrando al Señor; la segunda
soga sirvió para atarle los brazos, rodeándola también por la
cintura y dejaron pendientes otros dos cabos largos a las
espaldas donde llevaba las manos, para que otros dos tirasen
de ellos.
Con esta forma de ataduras se dejó aprisionar y rendir el
Omnipotente y Santo, como si fuera el más facineroso de los
hombres y el más flaco de los nacidos, porque había puesto
sobre Sí las iniquidades de todos nosotros51 y la flaqueza o
impotencia para el bien en que por ellas incurrimos. Le ataron
en el huerto, atormentándole no solo con las manos, con las
sogas y cadenas, sino con las lenguas, porque como
serpientes venenosas arrojaron la sacrílega ponzoña que
tenían, con blasfemias, contumelias52 y nunca oídos oprobios
contra la persona que adoraban los ángeles y los hombres y
le magnifican en el cielo y en la tierra. Partieron todos del
monte de los Olivos con gran tumulto y vocería, llevando en
medio al Salvador del mundo, tirando unos de las sogas de
51
Isaías 53, 6.
52
Oprobio, injuria u ofensa dicha a alguien en su cara.
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adelante y otros de las que llevaba a las espaldas asidas de
las muñecas, y con esta violencia nunca imaginada unas veces
le hacían caminar aprisa atropellándole, otras le volvían atrás
y le detenían, otras le arrastraban a un lado y a otro, a donde
la fuerza diabólica los movía. Muchas veces le derribaban en
tierra y, como llevaba las manos atadas, daba en ella con su
Venerable Rostro, lastimándose y recibiendo en él heridas y
mucho polvo. Y en estas caídas arremetían a Él, dándole de
puntillazos y coces, atropellando y pisándole, pasando sobre
su real persona y hollándole la cara y la cabeza y, celebrando
estas injurias con algazara y mofa, le hartaban de oprobios,
como lo lloró antes Jeremías53.
En medio del furor tan impío que Lucifer encendía en
aquellos sus ministros, estaba muy atento a las obras y
acciones de nuestro Salvador, cuya paciencia pretendía irritar
y conocer si era puro hombre, porque esta duda y perplejidad
atormentaba su pésima soberbia sobre todas sus grandes
penas. Y como reconoció la mansedumbre, tolerancia y
suavidad que mostraba Cristo entre tantas injurias y
tormentos y que los recibía con semblante sereno y de
majestad, sin turbación ni mudanza alguna, con esto se
enfureció más el infernal Dragón y, como si fuera un hombre
furioso y desatinado, pretendió tomar una vez las sogas que
llevaban los sayones para tirar él y otros demonios con mayor
violencia que lo hacían ellos, para provocar con más crueldad
la mansedumbre del Señor. Este intento impidió María
santísima, que desde el lugar donde estaba retirada miraba
por visión clara todo lo que se iba ejecutando con la persona
de su Hijo santísimo, y cuando vio el atrevimiento de Lucifer,
usando de la autoridad y poder de Reina, le mandó no llegase
a ofender a Cristo nuestro Salvador como intentaba. Y al
punto desfallecieron las fuerzas de este enemigo y no pudo
ejecutar su deseo, porque no era conveniente que su maldad
se interpusiese por aquel modo en la Pasión y muerte del
Redentor. Pero se le dio permiso para que provocase a sus
53
Lamentaciones 3, 30.
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demonios contra el Señor y todos ellos a los judíos fautores54
de la muerte del Salvador, porque tenían libre albedrío para
consentir o disentir en ella. Así lo hizo Lucifer, que volviéndose
a sus demonios les dijo: «¿Qué Hombre es ÉSTE que ha nacido
en el mundo, que con su paciencia y sus obras así nos
atormenta y destruye? Ninguno hasta ahora tuvo tal igualdad
y sufrimiento en los trabajos desde Adán acá. Nunca vimos
entre los mortales semejante humildad y mansedumbre.
¿Cómo sosegamos viendo en el mundo un ejemplo tan raro
y poderoso para llevarle tras Sí? Si ÉSTE es el Mesías, sin duda
abrirá el cielo y cerrará el camino por donde llevamos a los
hombres a nuestros eternos tormentos y quedaremos
vencidos y frustrados nuestros intentos. Y cuando no sea más
que puro hombre, no puedo sufrir que deje a los demás tan
fuerte ejemplo de paciencia. Venid, pues, ministros de mi
altiva grandeza y persigámosle por medio de sus enemigos,
que como obedientes a mi imperio han admitido contra Él la
furiosa envidia que les he comunicado».
A toda la desapiadada indignación que Lucifer despertó y
fomentó en aquel escuadrón de los judíos se sujetó el autor
de nuestra salud, ocultando el poder con que los pudiera
aniquilar o reprimir, para que nuestra Redención fuese más
copiosa. Y llevándolo atado y maltratado, llegaron a casa del
pontífice Anás, ante quien le presentaron como malhechor y
digno de muerte. Era costumbre de los judíos presentar así
atados a los delincuentes que merecían castigo capital, y
aquellas prisiones eran como testigos del delito que merecía
la muerte, y así le llevaban como intimándole la sentencia
antes que se la diese el juez. Salió el sacrílego sacerdote Anás
a una gran sala, donde se asentó en el estrado o tribunal que
tenía, muy lleno de soberbia y arrogancia. Y luego se puso a
su lado el príncipe de las tinieblas Lucifer, rodeándole gran
multitud de demonios, de los ministros y soldados. Le
presentaron a Jesús atado y preso y le dijeron: «Ya, señor,
traemos aquí este mal Hombre que con sus hechizos y
54
Persona que favorece y ayuda a otra.
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maldades ha inquietado a toda Jerusalén y Judea, y esta vez
no le ha valido su arte mágica para escaparse de nuestras
manos y poder».
Estaba nuestro Salvador Jesús asistido de innumerables
ángeles que le adoraban y confesaban, admirados de los
incomprensibles juicios de su sabiduría, porque Su Majestad
consentía ser presentado como reo y pecador, y el inicuo
sacerdote se manifestaba como justo y celoso de la honra del
Señor, a quien sacrílegamente pretendía quitarla con la vida.
Callaba el amantísimo Cordero sin abrir su boca, como lo
había dicho Isaías55, y el pontífice con imperiosa autoridad le
preguntó por sus discípulos y qué doctrina era la que
predicaba y enseñaba. Esta pregunta hizo para calumniar la
respuesta, si decía alguna palabra que motivase acusarle. Pero
el Maestro de la santidad, que encamina y enmienda a los
más sabios56, ofreció al Eterno Padre aquella humillación de
ser presentado como reo ante el pontífice y preguntado por
él como criminoso y autor de falsa doctrina. Y respondió
nuestro Redentor con humilde y alegre semblante a la
pregunta de su doctrina: «Yo siempre he hablado en público,
enseñando y predicando en el Templo y sinagoga, donde
concurren los judíos, y nada he dicho en oculto. ¿Qué me
preguntas a Mí? Pues ellos te dirán, si les preguntas, lo que
Yo les he enseñado»57. Porque la doctrina de Cristo nuestro
Señor era de su Eterno Padre, respondió por ella y por su
crédito, remitiéndose a sus oyentes, así porque a Su Majestad
no le darían crédito, antes bien le calumniarían su testimonio,
como también porque la verdad y la virtud ella misma se
acredita y abona entre los mayores enemigos.
No respondió por los apóstoles, porque no era entonces
necesario, ni ellos estaban en disposición que podían ser
alabados de su Maestro. Y con haber sido esta respuesta tan
llena de sabiduría y tan conveniente a la pregunta, con todo
eso uno de los ministros que asistían al pontífice fue con
55
Isaías 53, 7.
56
Sabiduría 7, 15.
57
Juan 18, 20-21.
Página 43 de 176
formidable audacia, levantó la mano y dio una bofetada en el
Sagrado y Venerable Rostro del Salvador, y junto con herirle
le reprendió diciendo: «¿Así respondes al pontífice?»58.
Recibió el Señor esta desmedida injuria, rogando al Padre por
quien así le había ofendido y estando preparado y con
disposición de volver a ofrecer la otra mejilla, si fuera
necesario, para recibir otra bofetada, cumpliendo en todo
esto con la doctrina que Él mismo había enseñado59. Y para
que el necio y atrevido ministro no quedase ufano y sin
confusión por tan inaudita maldad, le replicó el Señor con
grande serenidad y mansedumbre: «Si Yo he hablado mal, da
testimonio y di en qué está el mal que me atribuyes; y si hablé
como debía, ¿por qué me has herido?»60. ¡Oh espectáculo de
nueva admiración para los espíritus soberanos! ¡Cómo de sólo
oírte pueden y deben temblar las columnas del cielo y todo
el firmamento estremecerse!61. Este Señor es aquel de quien
dijo Job62 que es sabio de corazón y tan robusto y fuerte que
nadie le puede resistir y con esto tendrá paz, que trasiega los
montes con su furor antes que puedan ellos entenderlo, el
que mueve la tierra en su lugar y sacude una con otra sus
columnas, el que manda al Sol que no nazca y cubre las
estrellas con signáculo63, el que hace cosas grandes e
incomprensibles, el que a su ira nadie puede resistir y ante
quien doblan la rodilla los que sustentan todo el orbe, y este
mismo es el que por amor de los mismos hombres sufre de
un impío ministro ser herido en el rostro de una bofetada.
Con la respuesta humilde y eficaz que dio Su Majestad al
sacrílego siervo, quedó confuso en su maldad, pero ni esta
confusión, ni la que pudo recibir el pontífice de que en su
presencia se cometiese tal crimen y desacato, le movió a él ni
a los judíos para reprimirse en algo contra el autor de la vida.
Y en el ínterin que se continuaban sus oprobios, llegaron
58
Juan 18, 22.
59
Mateo 5, 39.
60
Juan 18, 23.
61
Job 26, 11.
62
Job 9, 4ss.
63
Sello o señal en lo escrito.
Página 44 de 176
Pedro y el otro discípulo, que era Juan, a casa de Anás. Y éste
como muy conocido en ella entró fácilmente, quedando fuera
Pedro, hasta que la portera, que era una criada del pontífice,
a petición de Juan le dejó entrar, para ver lo que sucedía con
el Redentor. Entraron los dos apóstoles en el zaguán de la
casa antes de la sala del pontífice, y Pedro se llegó al fuego
que allí tenían los soldados, porque estaba la noche fría. Y la
portera miró y reconoció a Pedro con algún cuidado como
discípulo de Cristo y llegándose a él le dijo: «¿No eres tú
también de los discípulos de este Hombre?»64. Esta pregunta
de la criada fue con algún desprecio y baldón65, de que Pedro
se avergonzó con gran flaqueza y pusilanimidad. Y poseído
del temor respondió y dijo: «Yo no soy discípulo suyo». Y con
esta respuesta se deslizó de la conversación y salió fuera de
la casa de Anás, aunque luego siguiendo a su Maestro fue a
la de Caifás, donde le negó otras dos veces, como adelante
diré.
Mayor fue para el divino Maestro el dolor de la negación
de Pedro que el de la bofetada, porque a su inmensa caridad
la culpa era contraria y aborrecible y las penas eran amables
y dulces por vencer con ellas nuestros pecados. Hecha la
primera negación, oró Cristo al Eterno Padre por su apóstol y
dispuso que por medio de la intercesión de María santísima
se le previniese la gracia y el perdón para después de las tres
negaciones. Estaba la gran Señora a la vista desde su oratorio
a todo lo que iba sucediendo, como queda dicho. Y como en
su pecho tenía el propiciatorio y el sacrificio, a su mismo Hijo
y Señor sacramentado, se convertía a Él para sus peticiones y
afectos amorosos, donde ejercitaba heroicos actos de
compasión, agradecimiento, culto y adoración. Cuando la
piadosísima Reina conoció la negación de Pedro, lloró con
amargura y nunca cesó en este llanto hasta que entendió no
le negaría el Altísimo sus auxilios y que le levantaría de su
caída. Sintió asimismo la purísima Madre todos los dolores de
las heridas y tormentos de su Hijo, y en las mismas partes de
64
Juan 18, 17.
65
Injuria o afrenta.
Página 45 de 176
su virginal cuerpo, donde el Señor era lastimado. Y cuando Su
Majestad fue atado con las sogas y cadenas sintió ella en las
muñecas tantos dolores, que saltó la sangre por las uñas en
sus virginales manos, como si fueran atadas y apretadas, y lo
mismo sucedió en las demás heridas. Y como a esta pena se
juntaba la del corazón, de ver padecer a Cristo nuestro Señor,
vino la amantísima Madre a llorar sangre viva, siendo el brazo
del Señor el artífice de esta maravilla. Sintió también el golpe
de la bofetada de su Hijo santísimo, como si a un mismo
tiempo aquella mano sacrílega hubiera herido a Hijo y Madre
juntos. Y en esta injuriosa contumelia y en las blasfemias y
desacatos llamó a los santos ángeles para que con ella
engrandecieran y adoraran a su Criador en recompensa de los
oprobios que recibía de los pecadores, y con prudentísimas
razones, pero muy lamentables y dolorosas, confería con los
mismos ángeles la causa de su amarga compasión y llanto.
66
Salmo 24, 10.
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mansísimo Señor se quejaba, ni suspiraba, ni daba este
pequeño alivio a su humanidad, de toda esta grandeza de
ánimo se admiraba y atormentaba el Dragón como de cosa
nueva y nunca vista entre los hombres de condición pasible y
flaca. Y con este furor irritaba el enemigo a todos los
príncipes, escribas y ministros de los sacerdotes, para que
ofendiesen y maltratasen al Señor con abominables oprobios,
y en todo lo que el demonio les administraba estaban prontos
para ejecutarlo, si la divina voluntad lo permitía.
Partió de casa de Anás toda aquella canalla de ministros
infernales y de hombres inhumanos, y llevaron por las calles
a nuestro Salvador a casa de Caifás, tratándole con su
implacable crueldad ignominiosamente. Y entrando con
escandaloso tumulto en casa del Sumo Sacerdote, él y todo
el concilio recibieron al Criador y Señor de todo el Universo
con grande risa y mofa de verle sujeto y rendido a su poder y
jurisdicción, de quien les parecía que ya no se podría
defender. ¡Oh secreto de la altísima sabiduría del cielo! ¡Oh
estulticia de la ignorancia diabólica y cieguísima torpeza de
los mortales! ¡Qué distancia tan inmensa veo entre vosotros y
las obras del Altísimo! Cuando el Rey de la gloria poderoso
en las batallas67 está venciendo a los vicios, a la muerte y al
pecado con las virtudes de paciencia, humildad y caridad,
como Señor de todas ellas, entonces piensa el mundo que le
tiene vencido y sujeto con su arrogante soberbia y
presunción. ¡Qué distancia de pensamientos eran los que
tenía Cristo nuestro Señor, de los que poseían aquellos
ministros operarios de la maldad! Ofrecía el autor de la vida a
su Eterno Padre aquel triunfo que su mansedumbre y
humildad ganaba del pecado, rogaba por los sacerdotes,
escribas y ministros que le perseguían, presentando su misma
paciencia y dolores y la ignorancia de los ofensores. Y la
misma petición y oración hizo en aquel mismo punto su
beatísima Madre, rogando por sus enemigos y de su Hijo
santísimo, acompañándole e imitándole en todo lo que Su
67
Salmo 29.
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Majestad iba obrando, porque le era patente, como muchas
veces he repetido. Y entre Hijo y Madre había una dulcísima
y admirable consonancia y correspondencia agradable a los
ojos del Eterno Padre.
El pontífice Caifás estaba en su cátedra o silla sacerdotal
encendido en mortal envidia y furor contra el Maestro de la
vida. Le asistía Lucifer con todos los demonios que vinieron a
casa de Anás. Y los escribas y fariseos estaban como
sangrientos lobos con la presa del manso corderillo, y todos
juntos se alegraban como lo hace el envidioso cuando ve
deshecho y confundido a quien se le adelanta. Y de común
acuerdo buscaron testigos que sobornados con dádivas y
promesas dijesen algún falso testimonio contra Jesús nuestro
Salvador. Vinieron los que estaban prevenidos, y los
testimonios que dijeron ni convenían entre sí mismos, ni
menos podían ajustarse con el que por naturaleza era la
misma inocencia y santidad. Y para no hallarse confusos
trajeron otros dos testigos falsos que depusieron contra
Jesús, testificando haberle oído decir que era poderoso para
destruir aquel Templo de Dios hecho por manos de hombres
y edificar otro en tres días68 que no fuese fabricado por ellas.
Y tampoco pareció conveniente este falso testimonio, aunque
por él pretendían hacer cargo a nuestro Salvador que
usurpaba el poder divino y se lo apropiaba a Sí mismo. Pero
cuando esto fuera así, era verdad infalible y nunca podía ser
falso ni presuntuoso, pues Su Majestad era Dios verdadero.
Pero el testimonio era falso, porque no había dicho el Señor
las palabras como los testigos las referían, entendiéndolas del
Templo material de Dios; y lo que había dicho en cierta
ocasión que expelió del Templo a los compradores y
vendedores, preguntándole ellos en qué virtud lo hacía,
respondió69 y fue decirles que desatasen aquel templo,
entendiendo el de su santísima humanidad, y que al tercer día
resucitaría, como lo hizo en testimonio de su poder divino.
68
Marcos 14, 58.
69
Juan 2, 19.
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No respondió nuestro Salvador Jesús palabra alguna a
todas las calumnias y falsedades que contra su inocencia
testificaban. Y viendo Caifás el silencio y paciencia del Señor
se levantó de la silla y le dijo: «¿Cómo no respondes a lo que
tantos testifican contra ti?»70. Tampoco a esta pregunta
respondió Su Majestad, porque Caifás y los demás, no solo
estaban indispuestos para darle crédito, sino que su
duplicado intento era que respondiese el Señor alguna razón
que le pudiesen calumniar, para satisfacer al pueblo en lo que
intentaban contra el Señor y que no conociese le condenaban
a muerte sin justa causa. Con este humilde silencio de Cristo
nuestro Señor, que podía ablandar el corazón del mal
sacerdote, se enfureció mucho más, porque se le frustraba su
malicia. Y Lucifer, que movía a Caifás y a todos los demás,
estaba muy atento a todo lo que el Salvador del mundo
obraba; aunque el intento de este Dragón era diferente que
el del pontífice, y sólo pretendía irritar la paciencia del Señor,
o que hablase alguna palabra por donde pudiera conocer si
era Dios verdadero.
Con este intento Lucifer movió la imaginación de Caifás
para que con grande saña e imperio hiciese a Cristo nuestro
bien aquella nueva pregunta: «Yo te conjuro por Dios vivo,
que nos digas si Tú eres Cristo, Hijo de Dios bendito»71. Esta
pregunta de parte del pontífice fue arrojada y llena de
temeridad e insipiencia; porque en duda si Cristo era o no era
Dios verdadero, tenerle preso como reo en su presencia, era
formidable crimen y temeridad, pues aquel examen se
debiera hacer por otro modo, conforme a razón y justicia.
Pero Cristo nuestro bien, oyéndose conjurar por Dios vivo, le
adoró y reverenció, aunque pronunciado por tan sacrílega
lengua. Y en virtud de esta reverencia respondió y dijo: «Tú lo
dijiste, y Yo lo soy. Pero Yo os aseguro que desde ahora veréis
al Hijo del hombre, que soy Yo, asentado a la diestra del
mismo Dios y que vendrá en las nubes del cielo»72. Con esta
70
Marcos 14, 60.
71
Mateo 26, 63.
72
Mateo 26, 64.
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divina respuesta se turbaron los demonios y los hombres con
diversos accidentes. Porque Lucifer y sus ministros no la
pudieron sufrir, antes bien sintieron una fuerza en ella que los
arrojó hasta el profundo, sintiendo gravísimo tormento de
aquella verdad que los oprimía. Y no se atreviera a volver a la
presencia de Cristo nuestro Salvador, si no dispusiera su
altísima Providencia que Lucifer volviera a dudar si aquel
Hombre–Cristo había dicho verdad o no la había dicho para
librarse de los judíos. Y con esta duda se esforzaron de nuevo
y salieron otra vez a la estacada, porque se reservaba para la
cruz el último triunfo, que de ellos y de la muerte había de
ganar el Salvador, como adelante veremos, y según la
profecía de Habacuc73.
Pero el pontífice Caifás, indignado con la respuesta del
Señor, que debía ser su verdadero desengaño, se levantó otra
vez y, rompiendo sus vestiduras en testimonio de que celaba
la honra de Dios, dijo a voces: «Blasfemado ha, ¿qué
necesidad hay de más testigos? ¿No habéis oído la blasfemia
que ha dicho? ¿Qué os parece de esto?»74. Esta osadía loca y
abominable de Caifás fue verdaderamente blasfemia, porque
negó a Cristo el ser Hijo de Dios, que por naturaleza le
convenía, y le atribuyó el pecado, que por naturaleza
repugnaba a su divina persona. Tal fue la estulticia de aquel
inicuo sacerdote, a quien por oficio tocaba conocer la verdad
católica y enseñarla, que se hizo execrable blasfemo, cuando
dijo que blasfemaba el que era la misma santidad. Y habiendo
profetizado poco antes con instinto del Espíritu Santo, en
virtud de su dignidad, que convenía muriese un Hombre para
que toda la gente no pereciese75, no mereció por sus pecados
entender la misma verdad que profetizaba. Pero como el
ejemplo y juicio de los príncipes y prelados es tan poderoso
para mover a los inferiores y al pueblo, inclinado a la lisonja y
adulación de los poderosos, todo aquel concilio de maldad se
irritó contra el Salvador Jesús y respondiendo a Caifás dijeron
73
Habacuc 3, 2-5.
74
Mateo 26, 65.
75
Juan 11, 50.
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en altas voces: «Digno es de muerte»76; muera, muera. Y a un
mismo tiempo irritados del demonio arremetieron contra el
mansísimo Maestro y descargaron sobre Él su furor diabólico:
unos le dieron de bofetadas, otros le hirieron con puntillazos,
otros le mesaron los cabellos, otros le escupieron en su
Venerable Rostro, otros le daban golpes o pescozones en el
cuello, que era un linaje de afrenta vil con que los judíos
trataban a los hombres que reputaban por muy viles.
Jamás entre los hombres se intentaron ignominias tan
afrentosas y desmedidas como las que en esta ocasión se
hicieron contra el Redentor del mundo. Y dicen San Marcos y
San Lucas77 que le cubrieron el rostro y así cubierto le herían
con bofetadas y pescozones y le decían: «Profetiza ahora,
profetízanos, pues eres profeta, di quien es el que te hirió».
La causa de cubrirle el rostro fue misteriosa; porque del júbilo
con que nuestro Salvador padecía aquellos oprobios y
blasfemias —como luego diré— le redundó en su Venerable
Rostro una hermosura y resplandor extraordinario, que a
todos aquellos operarios de maldad los llenó de admiración
y confusión muy penosa, y para disimularla atribuyeron aquel
resplandor a hechicería y arte mágica y tomaron por arbitrio
cubrirle al Señor la cara con paño inmundo, como indignos
de mirarla, y porque aquella luz divina los atormentaba y
debilitaba las fuerzas de su diabólica indignación. Todas estas
afrentas, baldones78 y abominables oprobios que padecía el
Salvador, los miraba y sentía su santísima Madre con el dolor
de los golpes y de las heridas en las mismas partes y al mismo
tiempo que nuestro Redentor las recibía. Sólo había
diferencia, que en Cristo nuestro Señor los dolores eran
causados de los golpes y tormentos que le daban los
verdugos y en su Madre purísima los obraba la mano del
Altísimo por voluntad de la misma Señora. Y aunque
naturalmente con la fuerza de los dolores y angustias
interiores llegaba a querer desfallecer la vida, pero luego era
76
Mateo 26, 66.
77
Marcos 14, 65; Lucas 22, 64.
78
Injuria o afrenta.
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confortada con la virtud divina, para continuar en el padecer
con su amado Hijo y Señor.
Las obras interiores que el Salvador hacía en esta ocasión
de tan inhumanas y nuevas afrentas, no pueden caer debajo
de razones y capacidad humana. Sólo María santísima las
conoció con plenitud, para imitarlas con suma perfección.
Pero como el divino Maestro en la escuela de la experiencia
de sus dolores iba deprendiendo79 la compasión de los que
habían de imitarle y seguir su doctrina80, se convirtió más a
santificarlos y bendecirlos en la misma ocasión que con su
ejemplo les enseñaba el camino estrecho de la perfección. Y
en medio de aquellos oprobios y tormentos, y en los que
después se siguieron, renovó Su Majestad sobre sus
escogidos y perfectos las bienaventuranzas que antes les
había ofrecido y prometido81. Miró a los pobres de espíritu,
que en esta virtud le habían de imitar, y dijo:
«Bienaventurados seréis en vuestra desnudez de las cosas
terrenas, porque con mi Pasión y muerte he de vincular el
reino de los cielos como posesión segura y cierta de la
pobreza voluntaria. Bienaventurados serán los que con
mansedumbre sufrieren y llevaren las adversidades y
tribulaciones, porque, a más del derecho que adquieren a mi
gozo por haberme imitado, poseerán la tierra de las
voluntades y corazones humanos con la apacible
conversación y suavidad de la virtud. Bienaventurados los que
sembrando con lágrimas lloraren82, porque en ellas recibirán
el pan de entendimiento y vida y cogerán después el fruto de
la alegría y gozo sempiterno».
«Benditos serán también los que tuvieron hambre y sed de
la justicia y verdad, porque Yo les merezco satisfacción y
hartura que excederá a todos sus deseos, así en la gracia
como en el premio de la gloria. Benditos serán los que se
compadecieren con misericordia de aquellos que los ofenden
79
Aprendiendo.
80
Carta a los Hebreos 5, 8.
81
Mateo 5, 3ss.
82
Salmo 126, 5.
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y persiguen, como Yo lo hago, perdonándolos y ofreciéndoles
mi amistad y gracia, si la quieren admitir, que Yo les prometo
en nombre de mi Padre larga misericordia. Sean benditos los
limpios de corazón, que me imitan y crucifican su carne para
conservar la pureza del espíritu; Yo les prometo la visión de
paz y que lleguen a la de mi divinidad por mi semejanza y
participación. Benditos sean los pacíficos, que sin buscar su
derecho no resisten a los malos y los reciben con corazón
sencillo y quieto sin venganza; ellos serán llamados hijos
míos, porque imitaron la condición de su Padre celestial y Yo
los concibo y escribo en mi memoria y en mi mente para
adoptarlos por míos. Y los que padecieren persecución por la
justicia, sean bienaventurados y herederos de mi reino
celestial, porque padecieron conmigo, y donde Yo estaré
quiero que estén eternamente conmigo83. Alegraos, pobres;
recibid consolación los que estáis y estaréis tristes; celebrad
vuestra dicha los pequeñuelos y despreciados del mundo; los
que padecéis con humildad y sufrimiento, padeced con
interior regocijo; pues todos me seguís por las sendas de la
verdad. Renunciad la vanidad, despreciad el fausto y
arrogancia de la soberbia de Babilonia falsa y mentirosa,
pasad por el fuego y las aguas de la tribulación hasta llegar a
Mí, que soy luz, verdad y vuestra guía para el eterno descanso
y refrigerio».
En estas obras tan divinas y otras peticiones por los
pecadores, estaba ocupado nuestro Salvador Jesús, mientras
el concilio de los malignantes84 le rodeaba, y como rabiosos
canes —según dijo David85— le embestían y cargaban de
afrentas, oprobios, heridas y blasfemias. Y la Madre Virgen,
que a todo estaba atenta, le acompañaba en lo que hacía y
padecía; porque en las peticiones hizo la misma oración por
los enemigos, y en las bendiciones que dio su Hijo santísimo
a los justos y predestinados se constituyó la divina Reina por
su Madre, amparo y protectora, y en nombre de todos hizo
83
Juan 12, 26.
84
De malignar: Viciar, inficionar.
85
Salmo 22, 17.
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cánticos de alabanza y agradecimiento porque a los
despreciados del mundo y pobres les dejaba el Señor tan alto
lugar de su divina aceptación y agrado. Y por esta causa y las
que conoció en estas obras interiores de Cristo nuestro Señor,
hizo con incomparable fervor nueva elección de los trabajos
y desprecios, tribulaciones y penas para lo restante de la
Pasión y de su vida santísima.
A nuestro Salvador Jesús había seguido Pedro desde la
casa de Anás a la de Caifás, aunque algo de lejos, porque
siempre le tenía acobardado el miedo de los judíos, pero le
vencía en parte con el amor que a su Maestro tenía y con el
esfuerzo connatural de su corazón. Y entre la multitud que
entraba y salía en casa de Caifás, no fue dificultoso
introducirse el apóstol, abrigado también de la oscuridad de
la noche. En las puertas del zaguán le miró otra criada, que
era portera como la de la casa de Anás, y acercándose a los
soldados, que también allí estaban al fuego, les dijo: «Este
hombre es uno de los que acompañaban a Jesús Nazareno».
Y uno de los circunstantes le dijo: «Tú verdaderamente eres
galileo y uno de ellos»86. Lo negó Pedro, afirmando con
juramento que no era discípulo de Jesús, y con esto se desvió
del fuego y conversación. Pero aunque salió fuera del zaguán,
no se fue ni se pudo apartar hasta ver el fin del Salvador,
porque lo detenía el amor y compasión natural de los trabajos
en que le dejaba. Y andando el apóstol rodeando y acechando
por espacio o tiempo de una hora en la misma casa de Caifás,
le conoció un pariente de Malco, a quien él había cortado la
oreja, y le dijo: «Tú eres galileo y discípulo de Jesús, y yo te vi
con Él en el huerto»87. Entonces Pedro cobró mayor miedo
viéndose conocido y comenzó a negar y maldecirse de que
no conocía a aquel Hombre. Y luego cantó el gallo segunda
vez y se cumplió puntualmente la sentencia y prevención que
su divino Maestro había hecho, de que le negaría aquella
noche tres veces antes que cantase el gallo dos.
86
Marcos 14, 67-70; Lucas 22, 56-59.
87
Juan 18, 26.
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Anduvo el Dragón infernal muy codicioso contra Pedro
para destruirle, y el mismo Lucifer movió a las criadas de los
pontífices primero, como más livianas, y después a los
soldados, para que unos y otros afligiesen al apóstol con su
atención y preguntas, y a él le turbó con grandes
imaginaciones y crueldad, después que le vio en el peligro, y
más cuando comenzaba a blandear. Y con esta vehemente
tentación, la primera negación fue simple, la segunda con
juramento y a la tercera añadió anatemas y execraciones
contra sí mismo; que por este modo, de un pecado menor se
viene a otro mayor, oyendo a la crueldad de nuestros
enemigos. Pero Pedro oyendo el canto del gallo se acordó del
aviso de su divino Maestro, porque Su Majestad le miró con
su liberal misericordia. Y para que le mirase intervino la
piedad de la gran Reina del mundo, porque en el cenáculo,
donde estuvo, conoció las negaciones y el modo y causas con
que el apóstol las había hecho, afligido del temor natural y
mucho más de la crueldad de Lucifer. Se postró luego en
tierra la divina Señora y con lágrimas pidió por Pedro,
representando su fragilidad con los méritos de su Hijo
santísimo. El mismo Señor despertó el corazón de Pedro y le
reprendió benignamente, mediante la luz que le envió para
que conociese su culpa y la llorase. Al punto se salió el apóstol
de la casa del pontífice, rompiendo su corazón con íntimo
dolor y lágrimas por su caída, y para llorarla con amargura se
fue a una cueva, que ahora llaman «del gallicanto», donde
lloró con confusión y dolor vivo; y dentro de tres horas volvió
a la gracia y alcanzó perdón de sus delitos, aunque los
impulsos y santas inspiraciones se continuaron siempre. Y la
purísima Madre y Reina del cielo envió uno de sus ángeles
que ocultamente le consolase y moviese con esperanza al
perdón, porque con el desmayo de esta virtud no se le
retardase. Fue el santo ángel con orden de que no se le
manifestase, por haber tan poco que el apóstol había
cometido su pecado. Todo lo ejecutó el ángel sin que Pedro
le viese, y quedó el gran penitente confortado y consolado
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con las inspiraciones del ángel y perdonado por intercesión
de María santísima.
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nuestro Salvador a buen recado y seguro de que no huyese
hasta la mañana. Para esto le mandaron encerrar atado como
estaba en un sótano que servía de calabozo para los mayores
ladrones y facinerosos de la república. Era esta cárcel tan
oscura que casi no tenía luz y tan inmunda y de mal olor que
pudiera infestar la casa, si no estuviera tan tapada y cubierta,
porque hacía muchos años que no la habían limpiado ni
purificado, así por estar muy profunda como porque las veces
que servía para encerrar tan malos hombres no reparaban en
meterlos en aquel horrible calabozo, como a gente indigna
de toda piedad y bestias indómitas y fieras.
Se ejecutó lo que mandó el concilio de maldad, y los
ministros llevaron y encarcelaron al Criador del cielo y de la
tierra en aquel inmundo y profundo calabozo. Y como
siempre estaba aprisionado en la forma que vino del huerto,
pudieron estos obradores de la iniquidad continuar a su salvo
la indignación que siempre el príncipe de las tinieblas les
administraba, porque llevaron a Su Majestad tirando de las
sogas y casi arrastrándole con inhumano furor y cargándole
de golpes y blasfemias execrables. En un ángulo de lo
profundo de este sótano salía del suelo un escollo o punta de
un peñasco tan duro, que por eso no le habían podido
romper. Y en esta peña, que era como un pedazo de columna,
ataron y amarraron a Cristo nuestro bien con los extremos de
las sogas, pero con un modo desapiadado88; porque
dejándole en pie, le pusieron de manera que estuviese
amarrado y juntamente inclinado el cuerpo, sin que pudiera
estar sentado, ni tampoco levantado derecho el cuerpo para
aliviarse, de manera que la postura vino a ser nuevo tormento
y en extremo penoso. Con esta forma de prisión le dejaron y
le cerraron las puertas con llave, entregándola a uno de
aquellos pésimos ministros que cuidase de ella.
Pero el Dragón infernal en su antigua soberbia no
sosegaba y siempre deseaba saber quién era Cristo, e
irritando su inmutable paciencia inventó otra nueva maldad,
88
Despiadado.
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revistiéndose en aquel depravado ministro y en otros. Puso
en la imaginación del que tenía la llave del divino preso y del
mayor tesoro que posee el cielo y la tierra, que convidase a
otros de sus amigos de semejantes costumbres que él, para
que todos juntos bajasen al calabozo donde estaba el
Maestro de la vida a tener con Él un rato de entretenimiento,
obligándole a que hablase y profetizase, o hiciese alguna cosa
inaudita, porque tenían a Su Majestad por mágico y adivino.
Y con esta diabólica sugestión convidó a otros soldados y
ministros, y determinaron ejecutarlo. Pero en el ínterin que se
juntaron, sucedió que la multitud de ángeles que asistían al
Redentor en su Pasión, luego que le vieron amarrado en
aquella postura tan dolorosa y en lugar tan indigno e
inmundo, se postraron ante su acatamiento, adorándole por
su Dios y Señor verdadero, y dieron a Su Majestad tanto más
profunda reverencia y culto cuanto era más admirable en
dejarse tratar con tales oprobios por el amor que tenía a los
mismos hombres. Le cantaron algunos himnos y cánticos de
los que su Madre purísima había hecho en alabanza suya,
como arriba dije. Y todos los espíritus celestiales le pidieron
en nombre de la misma Señora que, pues no quería mostrar
el poder de su diestra en aliviar su humanidad santísima, les
diese a ellos licencia para que le desatasen y aliviasen de
aquel tormento y le defendiesen de aquella cuadrilla de
ministros que instigados del demonio se prevenían para
ofenderle de nuevo.
No admitió Su Majestad este obsequio de los ángeles y les
respondió diciendo: «Espíritus y ministros de mi Eterno Padre,
no es mi voluntad recibir ahora alivio en mi Pasión, y quiero
padecer estos oprobios y tormentos, para satisfacer a la
caridad ardiente con que amo a los hombres y dejar a mis
escogidos y amigos este ejemplo, para que me imiten y en la
tribulación no desfallezcan, y para que todos estimen los
tesoros de la gracia, que les merecí con abundancia por
medio de estas penas. Y quiero asimismo justificar mi causa,
para que el día de mi indignación sea patente a los réprobos
la justicia con que son condenados por haber despreciado mi
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acerbísima Pasión, que recibí para buscarles el remedio. A mi
Madre diréis que se consuele en esta tribulación, mientras
llega el día de la alegría y descanso, que me acompañe ahora
en el obrar y padecer por los hombres, que de su afecto
compasivo y de todo lo que hace recibo agrado y
complacencia». Con esta respuesta fueron los santos ángeles
a su gran Reina y Señora y con la embajada sensible la
consolaron, aunque por otra noticia no ignoraba la voluntad
de su Hijo santísimo y todo lo que sucedía en casa del
pontífice Caifás. Y cuando conoció la nueva crueldad con que
dejaron amarrado al Cordero del Señor y la postura de su
cuerpo santísimo tan penosa y dura, sintió la purísima Madre
el mismo dolor en su purísima persona, como también sintió
el de los golpes, bofetadas y oprobios que hicieron contra el
autor de la vida; porque todo resonaba como un milagroso
eco en el virginal cuerpo de la candidísima paloma, y un
mismo dolor y pena hería al Hijo y a la Madre, y un cuchillo
los traspasaba, diferenciándose en que padecía Cristo como
Hombre–Dios y Redentor único de los hombres y María
santísima como pura criatura y coadjutora de su Hijo
santísimo.
Cuando conoció que Su Majestad daba permiso para que
entrase en la cárcel aquella vilísima canalla de ministros,
incitados por el demonio, hizo la amorosa Madre amargo
llanto por lo que había de suceder. Y previniendo los intentos
sacrílegos de Lucifer, estuvo muy atenta para usar de la
potestad de Reina y no consentir se ejecutase contra la
persona de Cristo nuestro bien acción alguna indecente,
como la intentaba el Dragón por medio de la crueldad de
aquellos infelices hombres. Porque si bien todas eran
indignas y de suma irreverencia para la persona divina de
nuestro Salvador, pero en algunas podía haber menos
decencia, y estas las procuraba introducir el enemigo para
provocar la indignación del Señor, cuando con las demás que
había intentado no podía irritar su mansedumbre. Fueron tan
raras y admirables, heroicas y extraordinarias las obras que
hizo la gran Señora en esta ocasión y en todo el discurso de
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la Pasión, que ni se pueden dignamente referir ni alabar,
aunque se escribieran muchos libros de sólo este argumento,
y es fuerza remitirlo a la visión de la divinidad, porque en esta
vida es inefable para decirlo.
Entraron, pues, en el calabozo aquellos ministros del
pecado, solemnizando con blasfemias la fiesta que se
prometían con las ilusiones y escarnios que determinaban
ejecutar contra el Señor de las criaturas. Y llegándose a Él
comenzaron a escupirle asquerosamente y darle de bofetadas
con increíble mofa y desacato. No respondió Su Majestad ni
abrió su boca, no alzó sus soberanos ojos, guardando siempre
humilde serenidad en su semblante. Deseaban aquellos
ministros sacrílegos obligarle a que hablase o hiciese alguna
acción ridícula o extraordinaria, para tener más ocasión de
celebrarle por hechicero y burlarse de Él, y como vieron
aquella mansedumbre inmutable se dejaron irritar más de los
demonios que asistían con ellos. Desataron al divino Maestro
de la peña donde estaba amarrado y le pusieron en medio del
calabozo, vendándole los Sagrados Ojos con un paño, y
puesto en medio de todos le herían con puñadas, pescozones
y bofetadas, uno a uno, cada cual a porfía89, con mayor
escarnio y blasfemia, mandándole que adivinase y dijese
quien era el que le daba. Este linaje de blasfemias replicaron
los ministros en esta ocasión, más que en presencia de Anás,
cuando refieren San Mateo, San Marcos y San Lucas90 este
caso, comprendiendo tácitamente lo que sucedió después.
Callaba el Cordero mansísimo a esta lluvia de oprobios y
blasfemias, y Lucifer, que estaba sediento de que hiciese
algún movimiento contra la paciencia, se atormentaba de
verla tan inmutable en Cristo nuestro Señor, y con infernal
consejo puso en la imaginación de aquellos sus esclavos y
amigos que le desnudasen de todas sus vestiduras y le
tratasen con palabras y acciones fraguadas en el pecho de tan
execrable demonio. No resistieron los soldados a esta
sugestión y quisieron ejecutarla. Este abominable sacrilegio
89
Con emulación y competencia.
90
Mateo 26, 67-68; Marcos 14, 65; Lucas 22, 64.
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estorbó la prudentísima Señora con oraciones, lágrimas y
suspiros y usando del imperio de Reina, porque pedía al
Eterno Padre no concurriese con aquellas causas segundas
para tales obras, y a las mismas potencias de los ministros
mandó no usasen de la virtud natural que tenían para obrar.
Con este imperio sucedió que nada pudieron ejecutar
aquellos sayones de cuanto el demonio y su malicia en esto
les administraba, porque muchas cosas se les olvidaban
luego, otras que deseaban no tenían fuerzas para ejecutarlas,
porque quedaban como helados y pasmados los brazos hasta
que retrataban su inicua determinación. Y mudándola volvían
a su natural estado, porque aquel milagro no era entonces
para castigarlos, sino para sólo impedir las acciones más
indecentes y consentir las que menos lo eran, o las de otra
especie de irreverencia que el Señor quería permitir.
Mandó también la poderosa Reina a los demonios que
enmudeciesen y no incitasen a los ministros en aquellas
maldades indecentes que Lucifer intentaba y quería
proseguir. Y con este imperio quedó el Dragón quebrantado
en cuanto a lo que se extendía la voluntad de María santísima
y no pudo irritar más la indignación estulta de aquellos
depravados hombres, ni ellos pudieron hablar ni hacer cosa
indecente, más de en la materia que se les permitió. Pero con
experimentar en sí mismos aquellos efectos tan admirables
como desacostumbrados, no merecieron desengañarse ni
conocer el poder divino, aunque unas veces se sentían como
baldados91 y otras libres y sanos, y todo de improviso, y lo
atribuían a que el Maestro de la verdad y de la vida era
hechicero y mágico. Y con este error diabólico perseveraron
en hacer otros géneros de burlas injuriosas y tormentos a la
persona de Cristo, hasta que conocieron corría ya muy
adelante la noche y entonces volvieron a amarrarle de nuevo
al peñasco y dejándole atado se salieron ellos y los demonios.
Fue orden de la divina Sabiduría cometer a la virtud de María
santísima la defensa de la honestidad y decencia de su Hijo
91
Muy cansado, agotado físicamente.
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purísimo en aquellas cosas que no convenía ser ofendida del
consejo de Lucifer y sus ministros.
Quedó solo otra vez nuestro Salvador en aquel calabozo,
asistido de los espíritus angélicos, llenos de admiración de las
obras y secretos juicios de Su Majestad en lo que había
querido padecer, y por todo le dieron profundísima adoración
y le alabaron magnificando y exaltando su santo nombre. Y el
Redentor del mundo hizo una larga oración a su Eterno Padre,
pidiendo por los hijos futuros de su Iglesia evangélica y
dilatación de la fe y por los apóstoles, especialmente por
Pedro, que estaba llorando su pecado. Pidió también por los
que le habían injuriado y escarnecido, y sobre todo convirtió
su petición para su Madre santísima y por los que a su
imitación fuesen afligidos y despreciados del mundo y por
todos estos fines ofreció su Pasión y muerte que esperaba. Al
mismo tiempo le acompañó la dolorosa Madre con otra larga
oración y con las mismas peticiones por los hijos de la Iglesia
y por sus enemigos, y sin turbarse ni recibir indignación ni
aborrecimiento contra ellos; sólo contra el demonio le tuvo,
como incapaz de la gracia por su irreparable obstinación. Y
con llanto doloroso habló con el Señor y le dijo:
«Amor y bien de mi alma, Hijo y Señor mío, digno sois de
que todas las criaturas os reverencien, honren y alaben, que
todo os lo deben, porque sois imagen del Eterno Padre y
figura de su sustancia, infinito en vuestro ser y perfecciones,
sois principio y fin de toda santidad. Si ellas sirven a vuestra
voluntad con rendimiento, ¿cómo ahora, Señor y bien eterno,
desprecian, vituperan, afrentan y atormentan vuestra persona
digna de supremo culto y adoración?, ¿cómo se ha levantado
tanto la malicia de los hombres?, ¿cómo se ha desmandado
la soberbia hasta poner su boca en el cielo?, ¿cómo ha sido
tan poderosa la envidia? Vos sois el único y claro sol de
justicia que alumbra y destierra las tinieblas del pecado. Sois
la fuente de la gracia, que a ninguno se niega si la quiere. Sois
el que por liberal amor dais el ser y movimiento a los que le
tienen en la vida y conservación a las criaturas, y todo pende
y necesita de Vos sin que nada hayáis menester. Pues ¿qué
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han visto en vuestras obras? ¿Qué han hallado en vuestra
persona, para que así la maltraten y vituperen? ¡Oh, fealdad
atrocísima del pecado, que así has podido desfigurar la
hermosura del cielo y oscurecer los claros soles de su
Venerable Rostro! ¡Oh cruenta fiera que tan sin humanidad
tratas al mismo Reparador de tus daños! Pero ya, Hijo y
Dueño mío, conozco que sois Vos el Artífice del verdadero
amor, el Autor de la salvación humana, el Maestro y Señor de
las virtudes, que en Vos mismo ponéis en práctica la doctrina
que enseñáis a los humildes discípulos de Vuestra escuela.
Humilláis la soberbia, confundís la arrogancia y para todos
sois ejemplo de salvación eterna. Y si queréis que todos
imiten Vuestra inefable paciencia, a mí me toca la primera,
que administré la materia y Os vestí de carne pasible en que
sois herido, escupido y abofeteado. ¡Oh, si yo sola padeciera
tantas penas y Vos, inocentísimo Hijo mío, estuvierais sin
ellas! Y si esto no es posible, padezca yo con Vos hasta la
muerte. Y vosotros, espíritus soberanos, que admirados de la
paciencia de mi amado conocéis su deidad inconmutable y la
inocencia y dignidad de su verdadera humanidad,
recompensad las injurias y blasfemias que recibe de los
hombres. Dadle testimonio de su magnificencia y gloria,
sabiduría, honor, virtud y fortaleza92. Convidad a los cielos,
planetas, estrellas y elementos para que todos le conozcan y
confiesen; y ved si por ventura hay otro dolor que se iguale al
mío»93. Estas razones tan dolorosas y otras semejantes decía
la purísima Señora, con que descansaba algún tanto en la
amargura de su pena y dolor.
Fue incomparable la paciencia de la divina Princesa en la
muerte y Pasión de su amantísimo Hijo y Señor, porque jamás
le pareció mucho lo que padecía, ni la balanza de los trabajos
igualaba a la de su afecto, que medía con el amor y con la
dignidad de su Hijo santísimo y sus tormentos, ni en todas las
injurias y desacatos que se hacían contra el mismo Señor se
hizo parte para sentirlos por sí misma, ni los reputó por
92
Apocalípsis 5, 12.
93
Lamentaciones 1, 12.
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propios, aunque todos los conoció y lloró en cuanto eran
contra la Divina Persona y en daño de los agresores, y por
todos oró y rogó, para que el Muy Alto los perdonase y
apartase de pecado y de todo mal y los ilustrase con su divina
luz para conseguir el fruto de la Redención.
94
Mateo 27, 1; Marcos 15, 1; Lucas 22, 66; Juan 18, 28
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Le preguntaron de nuevo que les dijese si Él era Cristo, que
quiere decir «el ungido». Y esta segunda pregunta fue con
intención maliciosa, como las demás, no para oír la verdad y
admitirla, sino para calumniarla y ponérsela por acusación.
Pero el Señor, que así quería morir por la verdad, no quiso
negarla, ni tampoco confesarla de manera que la
despreciasen y tomase la calumnia algún color aparente,
porque aún este no podía caber en su inocencia y sabiduría.
Y así templó la respuesta de tal suerte, que si tuvieran los
fariseos alguna piedad tuvieran también ocasión de inquirir
con buen celo el sacramento escondido en sus razones, y si
no la tenían se entendiese que la culpa estaba en su mala
intención y no en la respuesta del Salvador. Les respondió y
dijo: «Si Yo afirmo que soy el que me preguntáis, no daréis
crédito a lo que dijere, y si os preguntare algo tampoco me
responderéis ni me soltaréis. Pero digo que el Hijo del
hombre, después de esto, se asentará a la diestra de la virtud
de Dios». Replicaron los pontífices: «¿Luego Tú eres Hijo de
Dios?». Respondió el Señor: «Vosotros decís que Yo soy»95. Y
fue lo mismo que decirles: Muy legítima es la consecuencia
que habéis hecho, que Yo soy Hijo de Dios, porque mis obras
y doctrina y vuestras Escrituras y todo lo que ahora hacéis
conmigo testifican que Yo soy Cristo, el prometido en la ley.
Pero como aquel concilio de malignantes no estaba
dispuesto para dar asenso a la verdad divina, aunque ellos
mismos la colegían por buenas consecuencias y la podían
creer, ni la entendieron ni le dieron crédito, antes la juzgaron
por blasfemia digna de muerte. Y viendo que se ratificaba el
Señor en lo que antes había confesado, respondieron todos:
«¿Qué necesidad tenemos de más testigos, pues Él mismo
nos lo confiesa por su boca?»96. Y luego de común acuerdo
decretaron, que como digno de muerte fuese llevado y
presentado a Poncio Pilato, que gobernaba la provincia de
Judea en nombre del emperador romano, como señor de
Palestina en lo temporal. Y según las leyes del imperio
95
Lucas 22, 67-70.
96
Lucas 22, 71.
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romano, las causas de sangre o de muerte estaban reservadas
al senado o emperador, o a sus ministros que gobernaban las
provincias remotas, y no se las dejaban a los mismos
naturales; porque negocios tan graves, como quitar la vida,
querían que se mirase con mayor atención y que ningún reo
fuese condenado sin ser oído y darle tiempo y lugar para su
defensa y descargo, porque en este orden de justicia se
ajustaban los romanos más que otras naciones a la ley natural
de la razón. Y en la causa de Cristo nuestro bien se holgaron
los pontífices y escribas de que la muerte que deseaban darle
fuese por sentencia de Pilato, que era gentil, para cumplir con
el pueblo con decir que el gobernador romano le había
condenado y que no lo hiciera si no fuera digno de muerte.
Tanto como esto les oscurecía el pecado y la hipocresía, como
si ellos no fueran los autores de toda la maldad y más
sacrílegos que el juez de los gentiles; y así ordenó el Señor
que se manifestase a todos con lo mismo que hicieron con
Pilato, como luego veremos.
Llevaron los ministros a nuestro Salvador Jesús de casa de
Caifás a la de Pilato, para presentárselo atado, como digno de
muerte, con las cadenas y sogas que le prendieron. Estaba la
ciudad de Jerusalén llena de gente de toda Palestina, que
había concurrido a celebrar la gran Pascua del cordero y de
los Ázimos, y con el rumor que ya corría en el pueblo y la
noticia que todos tenían del Maestro de la vida concurrió
innumerable multitud a verle llevar preso por las calles,
dividiéndose todo el vulgo en varias opiniones. Unos a
grandes voces decían: «Muera, muera este mal Hombre y
embustero que tiene engañado al mundo»; otros respondían,
«no parecían sus doctrinas tan malas ni sus obras, porque
hacía muchas buenas a todos»; otros, de los que habían
creído, se afligían y lloraban, y toda la ciudad estaba confusa
y alterada. Estaba Lucifer muy atento y sus demonios también
a cuanto pasaba, y con insaciable furor, viéndose ocultamente
vencido y atormentado de la invencible paciencia y
mansedumbre de Cristo nuestro Señor, le desatinaba su
misma soberbia e indignación, sospechando que aquellas
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virtudes que tanto le atormentaban no podían ser de puro
hombre. Por otra parte, presumía que dejarse maltratar y
despreciar con tanto extremo y padecer tanta flaqueza y
como desmayo en el cuerpo no podía ajustarse con Dios
verdadero, porque si lo fuera —decía el Dragón— la virtud
divina y su naturaleza comunicada a la humana le influyera
grandes efectos para que no desfalleciera, ni consintiera lo
que en ella se hace. Esto decía Lucifer, como quien ignoraba
el divino secreto de haber suspendido Cristo nuestro Señor
los efectos que pudieran redundar de la divinidad en la
naturaleza humana, para que el padecer fuese en sumo
grado, como queda dicho arriba. Pero con estos recelos se
enfurecía más el soberbio Dragón en perseguir al Señor, para
probar quién era el que así sufría los tormentos.
Era ya salido el Sol cuando esto sucedía; y la dolorosa
Madre, que todo lo miraba, determinó salir de su retiro para
seguir a su Hijo santísimo a casa de Pilato y acompañarle
hasta la cruz. Y cuando la gran Reina y Señora salía del
cenáculo, llegó Juan a darle cuenta de todo lo que pasaba,
porque ignoraba entonces el amado discípulo la ciencia y
visión que María santísima tenía de todas las obras y sucesos
de su amantísimo Hijo. Y después de la negación de Pedro, se
había retirado Juan, atalayando más de lejos lo que pasaba.
Reconociendo también la culpa de haber huido en el huerto
y llegando a la presencia de la Reina, la confesó por Madre de
Dios con lágrimas y le pidió perdón y luego le dio cuenta de
todo lo que pasaba en su corazón, había hecho y visto
siguiendo a su divino Maestro. Le pareció a Juan era bien
prevenir a la afligida Madre, para que llegando a la vista de
su Hijo santísimo no se hallase tan lastimada con el nuevo
espectáculo. Y para representárselo desde luego, le dijo estas
palabras: «¡Oh, Señora mía, qué afligido queda nuestro divino
Maestro! No es posible mirarle sin romper el corazón de
quien le viere, porque de las bofetadas, golpes y salivas está
su Hermosísimo Rostro tan afeado y desfigurado, que apenas
le conoceréis por la vista». Oyó la prudentísima Madre esta
relación con tanta espera, como si estuviera ignorante del
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suceso, pero estaba toda convertida en llanto y transformada
en amargura y dolor. Lo oyeron también las mujeres santas
que salían en compañía de la gran Señora y todas quedaron
traspasados los corazones del mismo dolor y asombro que
recibieron. Mandó la Reina del cielo al apóstol Juan que fuese
acompañándola con las devotas mujeres, y hablando con
todas les dijo: «Apresuremos el paso, para que vean mis ojos
al Hijo del Eterno Padre, que tomó la forma de Hombre en
mis entrañas; y veréis, carísimas, lo que con mi Señor y Dios
pudo el amor que tiene a los hombres, lo que le cuesta
redimirlos del pecado y de la muerte y abrirles las puertas del
cielo».
Salió la Reina del cielo por las calles de Jerusalén
acompañada de Juan y otras mujeres santas, aunque no todas
la asistieron siempre, fuera de las tres Marías y algunas otras
muy piadosas, y los ángeles de su Guarda, a los cuales pidió
que obrasen de manera que el tropel de la gente no la
impidiese para llegar a donde estaba su Hijo santísimo. La
obedecieron los santos ángeles y la fueron guardando. Por las
calles donde pasaba oía varias razones y sentires de tan
lastimoso caso que unos a otros se decían, contando la
novedad que había sucedido a Jesús Nazareno. Los más
piadosos se lamentaban, y éstos eran los menos; otros decían
cómo le querían crucificar; otros contaban dónde iba y que le
llevaban preso como hombre facineroso; otros que iba
maltratado; otros preguntaban qué maldades había
cometido, que tan cruel castigo le daban. Y finalmente
muchos con admiración o con poca fe decían: «¿En esto han
venido a parar sus milagros? Sin duda que todos eran
embustes, pues no se ha sabido defender ni librar». Y todas
las calles y plazas estaban llenas de corrillos y murmuraciones.
Pero en medio de tanta turbación de los hombres estaba la
invencible Reina, aunque llena de incomparable amargura,
constante y sin turbarse, pidiendo por los incrédulos y
malhechores, como si no tuviera otro cuidado más que
solicitarles la gracia y el perdón de sus pecados, y los amaba
con tan íntima caridad, como si recibiera de ellos grandes
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favores y beneficios. No se indignó ni airó contra aquellos
sacrílegos ministros de la Pasión y muerte de su amantísimo
Hijo, ni tuvo señal de enojo. A todos miraba con caridad y les
hacía bien.
Algunos de los que la encontraban por las calles la
conocían por Madre de Jesús Nazareno y movidos de natural
compasión le decían: «¡Oh, triste Madre! ¿Qué desdicha te ha
sucedido? ¡Qué lastimado y herido de dolor estará tu
corazón! ¿Qué mala cuenta has dado de tu Hijo? ¿Por qué le
consentías que intentase tantas novedades en el pueblo?
Mejor fuera haberle recogido y detenido; pero será
escarmiento para otras madres, que aprendan en tu desdicha
cómo han de enseñar a sus hijos». Estas razones y otras más
terribles oía la candidísima paloma, y a todas daba en su
ardiente caridad el lugar que convenía admitiendo la
compasión de los piadosos y sufriendo la impiedad de los
incrédulos, no maravillándose de los ignorantes y rogando
respectivamente al Muy Alto por los unos y los otros.
Entre esta variedad y confusión de gentes encaminaron los
santos ángeles a la Emperatriz del cielo a la vuelta de una
calle, donde encontró a su Hijo santísimo, y con profunda
reverencia se postró ante su Real persona y le adoró y con la
más alta y fervorosa veneración que jamás le dieron ni le
darán todas las criaturas. Se levantó luego, y con
incomparable ternura se miraron Hijo y Madre; se hablaron
con los interiores traspasados de inefable dolor. Se retiró
luego un poco atrás la prudentísima Señora y fue siguiendo a
Cristo nuestro Señor, hablando con Su Majestad en su secreto
y también con el Eterno Padre tales razones, que no caben en
lengua mortal y corruptible. Decía la afligida Madre: «Dios
altísimo e Hijo mío, conozco el amoroso fuego de vuestra
caridad con los hombres, que os obliga a ocultar el infinito
poder de vuestra divinidad en la carne y forma pasible que de
mis entrañas habéis recibido. Confieso vuestra sabiduría
incomprensible en admitir tales afrentas y tormentos y en
entregaros a Vos mismo, que sois el Señor de todo lo criado,
para rescate del hombre, que es siervo, polvo y ceniza. Digno
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sois de que todas las criaturas Os alaben y bendigan,
confiesen y engrandezcan vuestra bondad inmensa; pero yo,
que soy Vuestra Madre, ¿cómo dejaré de querer que sola en
mí se ejecutaran Vuestros oprobios y no en Vuestra Divina
Persona, que sois hermosura de los ángeles y resplandor de
la gloria de Vuestro Padre Eterno? ¿Cómo no desearé
Vuestros alivios en tales penas? ¿Cómo sufrirá mi corazón
veros tan afligido, y afeado vuestro Hermosísimo Rostro, y
que sólo con el Criador y Redentor falte la compasión y la
piedad en tan amarga Pasión? Pero si no es posible que yo os
alivie como Madre, recibid mi dolor y sacrificio de no hacerlo,
como Hijo y Dios santo y verdadero».
Quedó en el interior de nuestra Reina del cielo tan fija y
estampada la imagen de su Hijo santísimo, así lastimado y
afeado, encadenado y preso, que jamás en lo que vivió se le
borraron de la imaginación aquellas especies, más que si le
estuviera mirando. Llegó Cristo nuestro bien a la casa de
Pilato, siguiéndole muchos del concilio de los judíos y gente
innumerable de todo el pueblo. Y presentándole al juez, se
quedaron los judíos fuera del pretorio o tribunal, fingiéndose
muy religiosos por no quedar irregulares e inmundos para
celebrar la Pascua de los panes ceremoniales, para la cual
habían de estar muy limpios de las inmundicias cometidas
contra la ley; y como hipócritas estultísimos no reparaban en
el inmundo sacrilegio que les contaminaba las almas,
homicidas del Inocente. Pilato, aunque era gentil,
condescendió con la ceremonia de los judíos y, viendo que
reparaban en entrar en su pretorio, salió fuera y, conforme al
estilo de los romanos, les preguntó: «¿Qué acusación es la
que tenéis contra este Hombre?». Respondieron los judíos:
«Si no fuera grande malhechor, no te lo trajéramos»97 así
atado y preso como te le entregamos. Y fue decir: Nosotros
tenemos averiguadas sus maldades y somos tan atentos a la
justicia y a nuestras obligaciones, que a menos de ser muy
facineroso no procediéramos contra Él. Con todo eso les
97
Juan 18, 29-30.
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replicó Pilato: «Pues ¿qué delitos son los que ha cometido?».
«Está convencido —respondieron los judíos— que inquieta a
la república y se quiere hacer nuestro rey y prohíbe que se le
paguen al César los tributos; se hace Hijo de Dios y ha
predicado nueva doctrina, comenzando por Galilea y
prosiguiendo por toda Judea hasta Jerusalén»98. «Pues
tomadle vosotros —dijo Pilato—, y juzgadle conforme a
vuestras leyes; que yo no hallo causa justa para juzgarle».
Replicaron los judíos: «A nosotros no se nos permite
condenar a alguno con pena de muerte, ni tampoco
dársela»99.
A todas estas y otras demandas y respuestas estaba
presente María santísima con Juan y las mujeres que la
seguían, porque los santos ángeles la acercaron a donde todo
lo pudiese ver y oír; y cubierta con su manto lloraba sangre
en vez de lágrimas con la fuerza del dolor que dividía su
virginal corazón, y en los actos de las virtudes era un espejo
clarísimo en que se retrataba el alma santísima de su Hijo, y
los dolores y penas se retrataban en el sentimiento del
cuerpo. Pidió al Padre Eterno le concediese no perder a su
Hijo de vista, cuanto fuese posible, por el orden común, hasta
la muerte, y así lo consiguió mientras el Señor no estuvo
preso. Y considerando la prudentísima Señora que convenía
se conociese la inocencia de nuestro Salvador Jesús entre las
falsas acusaciones y calumnias de los judíos y que le
condenaban a muerte sin culpa, pidió con fervorosa oración
que no fuese engañado el juez y que tuviese verdadera luz de
que Cristo era entregado a él por envidia de los sacerdotes y
escribas. En virtud de esta oración de María santísima tuvo
Poncio Pilato claro conocimiento de la verdad y alcanzó que
Cristo era inculpable y que le habían entregado por envidia,
como dice San Mateo100; y por esta razón el mismo Señor se
declaró más con él, aunque no cooperó Pilato a la verdad que
98
Lucas 23, 2-5.
99
Juan 18, 31.
100
Mateo 27, 18.
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conoció, y así no fue de provecho para él sino para nosotros
y para convencer la perfidia de los pontífices y fariseos.
Deseaba la indignación de los judíos hallar a Pilato muy
propicio, para que luego pronunciara la sentencia de muerte
contra el Salvador Jesús; y como reconocieron que reparaba
tanto en ello, comenzaron a levantar las voces con ferocidad,
acusándole y repitiendo que se quería alzar con el reino de
Judea y para esto engañaba y conmovía los pueblos y se
llamaba «Cristo», que quiere decir ungido Rey. Esta maliciosa
acusación propusieron a Pilato, porque se moviese más con
el celo del reino temporal, que debía conservar debajo del
imperio romano. Y porque entre los judíos eran los reyes
ungidos, por eso añadieron que Jesús se llamaba Cristo, que
es ungido como rey, y porque Pilato, como gentil, cuyos reyes
no se ungían, entendiese que llamarse Cristo era lo mismo
que llamarse rey ungido de los judíos. Le preguntó Pilato al
Señor: «¿Qué respondes a estas acusaciones que te
oponen?»101. No respondió Su Majestad palabra en presencia
de los acusadores, y se admiró Pilato de ver tal silencio y
paciencia. Pero deseando examinar más si era
verdaderamente rey, se retiró el mismo juez con el Señor
adentro del pretorio, desviándose de la vocería de los judíos.
Y allí a solas le preguntó Pilato: «Dime, ¿eres Tú Rey de los
judíos?».102 No pudo pensar Pilato que Cristo era rey de
hecho, pues conocía que no reinaba, y así lo preguntaba para
saber si era rey de derecho y si le tenía al reino. Le respondió
nuestro Salvador: «Esto que me preguntas ¿ha salido de ti
mismo, o te lo ha dicho alguno hablándote de Mí?». Replicó
Pilato: «¿Yo acaso soy judío para saberlo? Tu gente y tus
pontífices te han entregado a mi tribunal; dime lo que has
hecho y qué hay en esto». Entonces respondió el Señor: «Mi
reino no es de este mundo, porque si lo fuera, cierto es que
mis vasallos me defendieran, para que no fuera entregado a
los judíos, mas ahora no tengo aquí mi reino». Creyó el juez
en parte esta respuesta del Señor y así le replicó: «¿Luego Tú
101
Marcos 15, 4.
102
Juan 18, 33 ss.
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eres rey, pues tienes reino?». No lo negó Cristo y añadió
diciendo: «Tú dices que Yo soy rey; y para dar testimonio de
la verdad nací Yo en el mundo; y todos los que son nacidos
de la verdad oyen mis palabras». Se admiró Pilato de esta
respuesta del Señor, y le volvió a preguntar: «¿Qué cosa es la
verdad?». Y sin aguardar más respuesta salió otra vez del
pretorio y dijo a los judíos: «Yo no hallo culpa en este Hombre
para condenarle. Ya sabéis que tenéis costumbre de que por
la fiesta de la Pascua dais libertad a un preso; decidme si
gustáis que sea Jesús o Barrabás»; que era un ladrón y
homicida, que a la sazón tenían en la cárcel por haber muerto
a otro en una pendencia. Levantaron todos la voz y dijeron:
«A Barrabás pedimos que sueltes, y a Jesús que crucifiques».
Y en esta petición se ratificaron, hasta que se ejecutó como lo
pedían.
Quedó Pilato muy turbado con las respuestas de nuestro
Salvador Jesús y obstinación de los judíos; porque por una
parte deseaba no desgraciarse con ellos, y esto era dificultosa
cosa, viéndolos tan embarcados en la muerte del Señor, si no
consentía con ellos; por otra parte conocía claramente que le
perseguían por envidia mortal que le tenían y que las
acusaciones de que turbaba al pueblo eran falsas y ridículas.
Y en lo que le imputaban que pretendía ser rey, había
quedado satisfecho con la respuesta del mismo Cristo y verle
tan pobre, tan humilde y sufrido a las calumnias que le
oponían. Y con la luz y auxilios que recibió, conoció la
verdadera inocencia del Señor, aunque esto fue por mayor,
ignorando siempre el misterio y la dignidad de la persona
divina. Y aunque la fuerza de sus vivas palabras movió a Pilato
para hacer concepto grande de Cristo y pensar que en Él se
encerraba algún particular secreto y por esto deseaba soltarle
y le envió a Herodes, como diré en el capítulo siguiente, pero
no llegaron a ser eficaces los auxilios porque lo desmereció
su pecado y se convirtió a fines temporales, gobernándose
por ellos y no por la justicia, más por sugestión de Lucifer,
como arriba dije, que por la noticia de la verdad que conocía
con claridad. Y habiéndola entendido, procedió como mal
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juez en consultar más la causa del inocente con los que eran
enemigos suyos declarados y le acusaban falsamente. Y
mayor delito fue obrar contra el dictamen de la conciencia,
condenándole a muerte y primero a que le azotasen tan
inhumanamente, como veremos, sin otra causa más de para
contentar a los judíos.
Pero aunque Pilato por estas y otras razones fue
iniquísimo e injusto juez condenando a Cristo, a quien tenía
por puro hombre, aunque inocente y bueno, con todo fue
menor su delito en comparación de los sacerdotes y fariseos.
Y esto no solo porque ellos obraban con envidia, crueldad y
otros fines execrables, sino también porque fue gran culpa el
no conocer a Cristo por verdadero Mesías y Redentor,
Hombre y Dios, prometido en la ley que los hebreos
profesaban y creían. Y para su condenación permitió el Señor
que, cuando acusaban a nuestro Salvador, le llamasen Cristo
y Rey ungido, confesando en las palabras la misma verdad
que negaban y descreían. Pero las debían creer, para entender
que Cristo nuestro Señor era verdaderamente ungido, no con
la unción figurativa de los reyes y sacerdotes antiguos, sino
con la unción que dijo David103, diferente de todos los demás,
como lo era la unción de la divinidad unida a la humana
naturaleza, que la levantó a ser Cristo Dios y Hombre
verdadero, y ungida su alma santísima con los dones de
gracia y gloria correspondientes a la unión hipostática 104.
Toda esta verdad misteriosa significaba la acusación de los
judíos, aunque ellos por su perfidia no la creían y con envidia
la interpretaban falsamente, acumulándole al Señor que se
quería hacer rey y no lo era; siendo verdad lo contrario, y no
lo quería mostrar, ni usar de la potestad de rey temporal,
aunque de todo era Señor; pero no había venido al mundo a
mandar a los hombres, sino a obedecer105. Y era mayor la
ceguedad judaica, porque esperaban al Mesías como a rey
103
Salmo 45, 8.
104
Perteneciente o relativo a la hipóstasis. Comúnmente referido a la unión
de la naturaleza humana con el Verbo Divino en una sola persona.
105
Mateo 20, 28.
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temporal y con todo eso calumniaban a Cristo de que lo era,
y parece que sólo querían un Mesías tan poderoso rey que no
le pudiesen resistir, y aun entonces le recibirían por fuerza y
no con la voluntad piadosa que pide el Señor.
La grandeza de estos sacramentos ocultos entendía
profundamente nuestra gran Reina y Señora y los confería en
la sabiduría de su castísimo pecho, ejercitando heroicos actos
de todas las virtudes. Y como los demás hijos de Adán,
concebidos y manchados con pecados, cuando más crecen
las tribulaciones y dolores tanto más suelen conturbarlos y
oprimirlos, despertando la ira con otras desordenadas
pasiones, por el contrario sucedía en María santísima, donde
no obraba el pecado, ni sus efectos, ni la naturaleza, tanto
como la excelente gracia. Porque las grandes persecuciones y
muchas aguas de los dolores y trabajos no extinguían el fuego
de su inflamado corazón en el amor divino106, antes eran
como fomentos que más le alimentaban y encendían aquella
divina alma, para pedir por los pecadores, cuando la
necesidad era suma por haber llegado a su punto la malicia
de los hombres. ¡Oh, Reina de las virtudes, Señora de las
criaturas y dulcísima Madre de Misericordia! ¡Qué dura soy de
corazón, qué tarda y qué insensible, pues no le divide y le
deshace el dolor de lo que conoce mi entendimiento de
vuestras penas y de vuestro único y amantísimo Hijo! Si en
presencia de lo que conozco tengo vida, razón será que me
humille hasta la muerte. Delito es contra el amor y la piedad
ver padecer tormentos al inocente y pedirle mercedes sin
entrar a la parte de sus penas. ¿Con qué cara o con qué
verdad diremos las criaturas que tenemos amor de Dios, de
nuestro Redentor y a Vos, Reina mía, que sois su Madre, si,
cuando entrambos bebéis el cáliz amarguísimo de tan
acerbos dolores y Pasión, nosotros nos recreamos con el cáliz
de los deleites de Babilonia? ¡Oh, si yo entendiese esta
verdad! ¡Oh, si la sintiese y penetrase, y ella penetrase
también lo íntimo de mis entrañas a la vista de mi Señor y de
106
Cantar de los cantares 8, 7.
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su dolorosa Madre, padeciendo inhumanos tormentos!
¿Cómo pensaré yo que me hacen injusticia en perseguirme,
que me agravian en despreciarme, que me ofenden en
aborrecerme? ¿Cómo me querellaré de que padezco, aunque
sea vituperada, despreciada y aborrecida del mundo? ¡Oh,
gran Capitana de los mártires, Reina de los esforzados,
Maestra de los imitadores de vuestro Hijo!, si soy vuestra hija
y discípula, como vuestra dignación me lo asegura y mi Señor
me lo quiso merecer, no me neguéis mis deseos de seguir
vuestras pisadas en el camino de la cruz. Y si como flaca he
desfallecido, alcanzadme Vos, Señora y Madre mía, la
fortaleza y corazón contrito y humillado por las culpas de mi
pesada ingratitud. Granjeadme y pedidme el amor a Dios
eterno, que es don tan precioso, que sola vuestra poderosa
intercesión le puede alcanzar y mi Señor y Redentor
merecérmelo.
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israelita prosélito. Por esta ocasión su hijo Herodes guardaba
también la ley de Moisés y había venido a Jerusalén desde
Galilea, donde era gobernador de aquella provincia. Pilato
estaba encontrado con Herodes, porque los dos gobernaban
las dos principales provincias de Palestina, Judea y Galilea, y
poco tiempo antes había sucedido que Pilato, celando el
dominio del imperio romano, había degollado a unos galileos
cuando hacían ciertos sacrificios —como consta del capítulo
13 de San Lucas107—, mezclando la sangre de los reos con la
de los sacrificios, y de esto se había indignado Herodes. Y para
darle Pilato de camino alguna satisfacción determinó remitirle
a Cristo nuestro Señor, como vasallo o natural de Galilea, para
que examinase su causa y la juzgase, aunque siempre
esperaba Pilato que Herodes le daría por libre como a
inocente y acusado por maliciosa envidia de los pontífices y
escribas.
Salió Cristo nuestro bien de casa de Pilato para la de
Herodes, atado y preso como estaba, acompañado de los
escribas y sacerdotes, que iban para acusarle ante el nuevo
juez, y gran número de soldados y ministros, para llevarle
tirando de las sogas y despejar las calles, que con el gran
concurso y novedad estaban llenas de pueblo. Pero la milicia
rompía por la multitud y, como los ministros y pontífices
estaban tan sedientos de la Sangre del Salvador para
derramarla aquel día, apresuraban el paso y llevaban a Su
Majestad por las calles casi corriendo y con desordenado
tumulto. Salió también María santísima con su compañía de
casa de Pilato para seguir a su dulcísimo Hijo Jesús y
acompañarle en los pasos que le restaban hasta la cruz. Y no
fuera posible que la gran Señora siguiera este camino a vista
de su Amado, si los santos ángeles no lo dispusieran como Su
Alteza quería, de manera que siempre fuese tan cerca de su
Hijo que pudiese gozar de su presencia, para con esto
participar con mayor plenitud de sus tormentos y dolores. Y
todo lo consiguió con su ardentísimo amor, porque
107
Lucas 13, 1.
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caminando por las calles a vista del Señor oía juntamente los
oprobios que los ministros le decían, los golpes que le daban
y las murmuraciones del pueblo, con los varios pareceres que
cada cual tenía o refería de otros.
Cuando Herodes tuvo aviso que Pilato le remitía a Jesús
Nazareno, se alegró grandemente. Sabía que era muy amigo
de Juan Bautista, a quien él había mandado degollar, y estaba
informado de la predicación que hacía, y con estulta y vana
curiosidad deseaba que en su presencia obrase alguna cosa
extraordinaria y nueva de que admirarse y hablar con
entretenimiento. Llegó, pues, el autor de la vida a la presencia
del homicida Herodes, contra quien estaba clamando ante el
mismo Señor la sangre de Juan Bautista, más que la del justo
Abel108. Pero el infeliz adúltero, como quien ignoraba los
terribles juicios del Altísimo, le recibió con risa, juzgándole por
encantador y mágico. Y con este formidable error le comenzó
a examinar y hacerle diversas preguntas, pensando que con
ellas le provocaría para hacer alguna cosa maravillosa, como
lo deseaba. Pero el Maestro de la sabiduría y prudencia no le
respondió palabra, estando siempre con severidad humilde y
en presencia del indignísimo juez, que tan merecido tenía por
sus maldades el castigo de no oír las palabras de vida eterna
que debieran salir de la boca de Cristo, si Herodes estuviera
dispuesto para admitirlas con reverencia.
Asistían allí los príncipes de los sacerdotes y escribas
acusando a nuestro Salvador constantemente con las mismas
acusaciones y cargos que ante Pilato le habían puesto. Pero
tampoco respondió palabra a estas calumnias, como lo
deseaba Herodes; en cuya presencia, ni para responder a las
preguntas, ni para desvanecer las acusaciones, no despegó el
Señor sus labios, porque Herodes de todas maneras
desmerecía oír la verdad, que fue su justo castigo y el que más
deben temer los príncipes y poderosos del mundo. Se indignó
Herodes con el silencio y mansedumbre de nuestro Salvador,
que frustraban su vana curiosidad, y casi confuso el inicuo
108
Génesis 4, 10.
Página 78 de 176
juez lo disimuló, burlándose del inocentísimo Maestro, y
despreciándole con todo su ejército le mandó remitir otra vez
a Pilato. Y habiéndose reído con mucho escarnio de la
modestia del Señor todos los criados de Herodes, para
tratarle como a loco y menguado de juicio, le vistieron una
ropa blanca con que señalaban a los que perdían el seso, para
que todos huyesen de ellos. Pero en nuestro Salvador esta
vestidura fue símbolo y testimonio de su inocencia y pureza,
ordenándolo la oculta Providencia del Altísimo, para que
estos ministros de maldad, con las obras que no conocían,
testificasen la verdad que pretendían oscurecer con otras
maravillas, que de malicia ocultaban, que había obrado el
Salvador.
Herodes se mostró agradecido con Pilato por la cortesía
con que le había remitido la causa y persona de Jesús
Nazareno. Y le volvió por respuesta, que no hallaba en Él
causa alguna, que antes le parecía hombre ignorante y de
ninguna estimación. Y desde aquel día se reconciliaron
Herodes y Pilato y quedaron amigos, disponiéndolo así los
ocultos juicios de la divina Sabiduría. Volvió segunda vez
nuestro Salvador de Herodes a Pilato, llevándole muchos
soldados de entrambos gobernadores con mayor tropel,
gritería y alboroto de la gente popular. Porque los mismos
que antes le habían aclamado y venerado por Salvador y
Mesías bendito del Señor, entonces, pervertidos ya con el
ejemplo de los sacerdotes y magistrados, estaban de otro
parecer y condenaban y despreciaban al mismo Señor a quien
poco antes habían dado gloria y veneración; que tan
poderoso como esto es el error de las cabezas y su mal
ejemplo para llevar al pueblo tras de sí. En medio de estas
confusas ignominias iba nuestro Salvador repitiendo dentro
de Sí mismo con inefable amor, humildad y paciencia aquellas
palabras que tenía dichas por la boca de David109: «Yo soy
gusano y no soy hombre, soy el oprobio de los hombres y el
desprecio del pueblo. Todos los que me vieron hicieron burla
109
Salmo 22, 7-8.
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de Mí, hablaron con los labios y movieron la cabeza». Era Su
Majestad un gusano y no hombre no solo porque no fue
engendrado como los demás hombres, ni era sólo y puro
hombre, sino Hombre y Dios verdadero; mas también porque
no fue tratado como hombre, sino como gusano vil y
despreciable. Y a todos los vituperios con que era hollado y
abatido no hizo más ruido ni resistencia que un humilde
gusanillo a quien todos pisan y desprecian y le reputan por
oprobio y vilísimo. Todos los que miraban a Cristo nuestro
Redentor, que eran sin número, hablaban y movían la cabeza,
como retratando el concepto y opinión en que le tenían.
A los oprobios y acusaciones que hicieron los sacerdotes
contra el autor de la vida en presencia de Herodes y a las
preguntas que él mismo le propuso, no estuvo presente
corporalmente su afligida Madre, aunque todas las vio por
otro modo de visión interior, porque estaba fuera del tribunal
donde entraron al Señor. Pero cuando salió fuera de la sala
donde le habían tenido, topó con ella y se miraron con íntimo
dolor y recíproca compasión, correspondiente al amor de tal
Hijo y de tal Madre. Y fue nuevo instrumento para dividirle el
corazón aquella vestidura blanca que le habían puesto,
tratándole como a hombre insensato y sin juicio, aunque sóla
ella conocía entre todos los nacidos el misterio de la inocencia
y pureza que aquel hábito significaba. Le adoró en él con
altísima reverencia y le fue siguiendo por las calles a la casa
de Pilato, a donde otra vez le volvían, porque en ella se debía
ejecutar la divina disposición para nuestro remedio. En este
camino de Herodes a Pilato, sucedió que, con la multitud del
pueblo y con la prisa que aquellos ministros impiísimos
llevaban al Señor, atropellándole y derribándole algunas
veces en el suelo y tirando con suma crueldad de las sogas, le
hicieron reventar la Sangre de sus sagradas venas y como no
se podía fácilmente levantar por llevar atadas las manos, ni el
tropel de la gente se podía ni quería detenerse, daban sobre
Su Divina Majestad y le hollaban y pisaban y le herían con
muchos golpes y puntillazos, causando gran risa a los
soldados en vez de la natural compasión, de que por industria
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del demonio estaban totalmente desnudos como si no fueran
hombres.
A la vista de tan desmedida crueldad creció la compasión
y sentimiento de la dolorosa y amorosa Madre y,
convirtiéndose a los santos ángeles que la asistían, les mandó
cogiesen la divina Sangre que derramaba su Rey y Señor por
las calles, para que no fuese de nuevo conculcada110 y hollada
de los pecadores; y así lo hicieron los ministros celestiales. Les
mandó también la gran Señora que si otra vez sucediese caer
en tierra su Hijo y Dios verdadero, le sirviesen, impidiendo a
los obradores de la maldad para que no le hollasen ni pisasen
su divina persona. Y porque en todo era prudentísima, no
quiso que este obsequio ejecutasen los ángeles sin voluntad
del mismo Señor y así les ordenó que de su parte se lo
propusiesen y le pidiesen licencia y le representasen las
angustias que como Madre padecía, viéndole tratar con aquel
linaje de irreverencia entre los pies inmundos de aquellos
pecadores. Y para obligar más a su Hijo santísimo le pidió por
medio de los mismos ángeles que aquel acto, de humillarse a
ser pisado y conculcado de aquellos malos ministros, lo
conmutase Su Majestad en el de obedecer o rendirse a los
ruegos de su afligida Madre, que también era su esclava y
formada del polvo. Todas estas peticiones llevaron los santos
ángeles a Cristo nuestro bien en nombre de su santísima
Madre, no porque Su Majestad las ignorase, pues todo lo
conocía y obraba Él mismo con su divina gracia, sino porque
estos modos de obrar quiere el Señor que en ellos se guarde
el orden de la razón, que la gran Señora conocía entonces con
altísima sabiduría, usando de las virtudes por diversos modos
y operaciones, porque esto no se impide por la ciencia del
Señor, que todo lo tiene previsto.
Admitió nuestro Salvador Jesús los deseos y peticiones de
su beatísima Madre y dio licencia a sus ángeles para que
como ministros de su voluntad ejecutasen lo que ella
deseaba. Y en lo restante hasta llegar a casa de Pilato, no
110
Hollar con los pies algo.
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permitieron que Su Majestad fuese derribado en tierra y
atropellado ni pisado como antes había sucedido algunas
veces; aunque en las demás injurias se dio permiso y
consentimiento a los ministros de la justicia y a la ceguedad y
malicia popular para que todos las ejecutasen con su loca
indignación. Todo lo miraba y oía su Madre santísima con
invicto pero lastimado corazón. Y lo mismo respectivamente
vieron las Marías y Juan, que con llanto irreparable seguían al
Señor en compañía de su purísima Madre. Y no me detengo
en referir las lágrimas de estas santas mujeres y otras devotas
que con ellas asistían a la Reina, porque sería necesario
divertirme mucho, y más para decir lo que hizo la María
Magdalena, como más ardiente y señalada en el amor y más
agradecida a Cristo nuestro Redentor, como el mismo Señor
lo dijo cuando la justificó: «Que más ama a quien mayores
culpas se le perdonan»111.
Llegó nuestro Salvador Jesús segunda vez a casa de Pilato,
y de nuevo le comenzaron a pedir los judíos que le condenase
a muerte de cruz. Pilato, que conocía la inocencia de Cristo y
la mortal envidia de los judíos, sintió mucho que le restituyese
Herodes la causa de que él deseaba eximirse. Y viéndose
obligado como juez, procuró aplacar a los judíos por diversos
caminos. Y uno fue hablar en secreto a algunos ministros y
amigos de los pontífices y sacerdotes, para que pidiesen la
libertad de nuestro Redentor y le soltasen con alguna
corrección que le daría y no pidiesen más al malhechor
Barrabás. Esta diligencia había hecho Pilato cuando le
volvieron a presentar otra vez a Cristo nuestro Señor para que
le condenase. Y el proponerles que escogiesen a Jesús o a
Barrabás no fue una sola vez, sino dos y tres: la una antes de
llevar al Señor a Herodes y la otra después; y por esto lo
refieren los evangelistas con alguna diferencia, aunque sin
contradecirse en la verdad. Habló Pilato a los judíos y les dijo:
«Me habéis presentado a este Hombre, acusándole que
dogmatiza y pervierte al pueblo; y habiéndole examinado en
111
Lucas 7, 42-43.
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vuestra presencia, no he sido convencido de lo que le acusáis.
Ni tampoco Herodes, a quien le remití, le ha condenado a
muerte, aunque ante él le habéis acusado. Bastará por ahora
corregirle y castigarle para que adelante se enmiende. Y
habiendo de soltar algún malhechor por la solemnidad de la
Pascua, soltaré a Cristo si le queréis dar libertad y castigaré a
Barrabás». Conociendo los judíos que Pilato deseaba mucho
soltar a Cristo Señor nuestro, respondieron todos los de la
turba: «Quita allá, deja a Cristo y danos libre a Barrabás»112.
La costumbre de dar libertad a un malhechor y preso en
aquella gran solemnidad de la Pascua se introdujo entre los
judíos como en memoria y agradecimiento de la libertad que
tal día como aquel habían alcanzado sus padres,
rescatándolos el Señor del poder de Faraón, degollando los
primogénitos de los gitanos [egipcios] aquella noche113 y
después anegando a él y a sus ejércitos en el mar Rubro
[Rojo]114. Por este memorable beneficio hacían otros los
hebreos al mayor delincuente, perdonándole sus delitos, y
castigaban otros que no eran tan malhechores. Y en los
pactos, que tenían con los romanos, era condición que se les
guardase esta costumbre, y así lo cumplían los gobernadores.
Aunque éstos la pervirtieron en esta ocasión en cuanto a las
circunstancias, según el juicio que hacían de Cristo nuestro
Señor; porque habiendo de soltar al más criminoso y
confesando ellos que Jesús Nazareno lo era, con todo eso lo
dejaron a Él y eligieron a Barrabás, a quien reputaban por
menos malo. Tan ciegos y pervertidos los tenía la ira del
demonio con su propia envidia, que en todo se deslumbraban
aun contra sí mismos.
Estando Pilato en el pretorio con estas altercaciones de los
judíos, sucedió que sabiéndolo su mujer, que se llamaba
Prócula, le envió un recado diciéndole: «¿Qué tienes tú que
ver con ese Hombre justo? Déjale, porque te hago saber que
112
Lucas 23, 18.
113
Éxodo 12, 29.
114
Éxodo 14, 28.
Página 83 de 176
por su causa he tenido hoy algunas visiones»115. El motivo de
esta advertencia de Prócula fue que Lucifer y sus demonios,
viendo lo que se iba ejecutando en la persona de nuestro
Salvador y la inmutable mansedumbre con que llevaba tantos
oprobios, se hallaron más deslumbrados y desatinados en su
furor rabioso. Y aunque su altiva soberbia no acababa de
ajustar cómo se compadecía haber divinidad y consentir tales
y tantos oprobios y sentir en la carne sus efectos, y con esto
no podía entender si era o no era Hombre y Dios, con todo
eso juzgaba el Dragón que allí había algún misterio grande
para los hombres y que siempre sería para él y su maldad de
mucho daño y estrago si no atajaba el suceso de cosa tan
nueva en el mundo. Y con este acuerdo que tomó con sus
demonios envió muchas sugestiones a los fariseos para que
desistiesen de perseguir a Cristo. Estas ilusiones no
aprovecharon, como introducidas por el demonio mismo y sin
virtud divina en corazones obstinados y depravados. Y
despedidos de reducirlos se fueron a la mujer de Pilato y la
hablaron en sueños y la propusieron que aquel Hombre era
justo y sin culpa, y que si le condenaba su marido sería
privado de la dignidad que poseía, y a ella le sucederían
grandes trabajos; que le aconsejase a Pilato soltase a Jesús y
castigase a Barrabás, si no querían tener un mal suceso en su
casa y en sus personas.
Con esta visión recibió Prócula grande espanto y temor, y,
cuando entendió lo que pasaba entre los judíos y su marido
Pilato, le envió el recado que dice San Mateo116, para que no
se metiese en condenar a muerte al que miraba y tenía por
justo. Le puso también el demonio otros temores semejantes
en la imaginación al mismo Pilato, y con el aviso de su mujer
fueron mayores; aunque, como todos eran mundanos y
políticos y no había cooperado a los auxilios verdaderos del
Señor, no duró más este miedo de en cuanto no concibió otro
que le movió más, como se vio en el efecto. Pero entonces
115
Mateo 27, 19.
116
Ibídem 97.
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insistió tercera vez con los judíos, como dice San Lucas 117,
defendiendo a Cristo nuestro Señor como inculpable y
testificando que no hallaba en Él crimen alguno ni causa de
muerte, que le castigaría y soltaría. Y de hecho le castigó, para
ver si con esto quedaban satisfechos, como diré en el capítulo
siguiente. Pero los judíos, dando voces, respondieron que le
crucificase. Entonces Pilato pidió que le trajesen agua y
mandó soltar a Barrabás como lo pedían. Se lavó las manos
en presencia de todos, diciendo: «Yo no tengo parte en la
muerte de ese Hombre justo a que vosotros le condenáis.
Mirad lo que hacéis, que en testimonio de esto lavo mis
manos, para que se entienda no quedan manchadas con la
sangre del Inocente». Le pareció a Pilato que con aquella
ceremonia se disculpaba con todos y prohijaba la muerte de
Cristo nuestro Señor a los príncipes de los judíos y a todo el
pueblo que la pedía. Y fue tan loca y ciega la indignación de
los judíos que, a trueque de ver crucificado al Señor,
condescendieron con Pilato y cargaron sobre sí el delito,
pronunciando aquella formidable sentencia y execración,
dijeron: «Su Sangre venga sobre nosotros y sobre nuestros
hijos»118.
¡Oh, ceguedad estultísima y cruelísima! ¡Oh, temeridad
nunca imaginada! La injusta condenación del Justo y la sangre
del Inocente, a quien el mismo juez declara por inculpable,
¿queréis cargar sobre vosotros y sobre vuestros hijos?
Cuando sólo fuera vuestro hermano, vuestro bienhechor y
Maestro, fuera vuestra audacia tremenda y execrable vuestra
maldad. Mas ¡ay dolor! que habiendo de caer esta Sangre
deificada sobre todos los hijos de Adán para lavarlos y
purificarlos a todos, que para esto se ha derramado sobre
todos los hijos de la Santa Iglesia, y con eso hay muchos en
ella que cargan sobre sí mismos con sus obras esta Sangre,
como los judíos la cargaron con obras y con palabras; ellos
ignorando y no creyendo que era Sangre de Cristo y los
católicos conociendo y confesando que lo es.
117
Lucas 23, 22.
118
Mateo 27, 25.
Página 85 de 176
Su lengua tienen los pecados de los cristianos y sus
depravadas obras con que hablan contra la Sangre y muerte
de Cristo nuestro Señor, cargándola sobre sí mismos. Sea
Cristo afrentado, escupido, abofeteado, escarpiado119 en una
cruz, despreciado y muerto y pospuesto a Barrabás; sea
atormentado, azotado y coronado de espinas por nuestros
pecados, que nosotros no queremos tener más parte en esta
Sangre, que ser causa que se derrame afrentosamente y que
se nos impute eternamente. Padezca y muera el mismo Dios
humanado, y nosotros gocemos de los bienes aparentes.
Aprovechemos la ocasión, usemos de la criatura120,
coronémonos de rosas, vivamos con alegría, valgámonos del
poder, nadie se nos adelante; despreciemos la humildad,
aborrezcamos la pobreza, atesoremos riquezas, engañemos a
todos, no perdonemos agravios, entreguémonos al deleite de
las delicias torpes, nada vean nuestros ojos que no codicien y
todo lo que alcancen nuestras fuerzas; esta sea nuestra ley sin
otro algún respeto. Y si con todo esto crucificamos a Cristo,
venga sobre nosotros su Sangre y sobre nuestros hijos.
Preguntemos ahora a los réprobos que están en el
infierno, si fueron estas las voces de sus obras que les atribuye
Salomón en la Sabiduría y si porque hablaron en su corazón
consigo mismos tan estultamente se llaman impíos y lo
fueron. ¿Qué pueden esperar los que malogran la Sangre de
Cristo y la cargan sobre sí mismos, no como quien la desea
para su remedio, sino como quien la desprecia para su
condenación? ¿Quién se hallará entre los hijos de la Iglesia
que sufra ser pospuesto a un ladrón facineroso? Tan mal
practicada anda esta doctrina, que ya se hace admirable el
que consiente que le preceda otro tan bueno y benemérito121
o más que él, y ninguno se hallará tan bueno como Cristo ni
tan malo como Barrabás. Pero son sin número los que a la
vista de este ejemplo se dan por ofendidos y se juzgan por
119
Del verbo escarpiar: Clavar con escarpias [clavo con cabeza acodillada,
que sirve para sujetar bien lo que se cuelga].
120
Sabiduría 2, 6-8.
121
Digno de galardón.
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desgraciados si no son preferidos y mejorados en la honra, en
las riquezas, dignidades y en todo lo que tiene ostentación y
aplauso del mundo. Esto se solicita, se litiga y se busca, y en
esto se ocupan los cuidados de los hombres y todas sus
fuerzas y potencias, desde que principian a usar de ellas hasta
que las pierden. Y la mayor lástima y dolor es que no se libran
de este contagio los que por su profesión y estado
renunciaron al mundo y le volvieron las espaldas y,
mandándoles el Señor que olviden su pueblo y la casa de su
padre, se vuelven a ella con lo mejor de la criatura humana,
que es la atención y cuidado para gobernarlos, la voluntad y
deseo para solicitarles cuanto posee el mundo y les parece
poco y se introducen en la vanidad. Y en lugar de olvidar la
casa de su padre, olvidan la de Dios en que viven, donde
reciben los auxilios divinos para conseguir la salvación, la
honra y estimación que jamás en el mundo alcanzaran y el
sustento sin afán ni cuidado. Y a todos estos beneficios se
hacen ingratos, dejando la humildad que por su estado deben
profesar. La humildad de Cristo nuestro Salvador y su
paciencia, sus afrentas, los oprobios de la cruz, la imitación de
sus obras, la escuela de su doctrina, todo se remite a los
pobres, a los solitarios, a los desvalidos del mundo y
humildes, y los caminos de Sion están desiertos y llorando122,
porque hay tan pocos que vienen a la solemnidad de la
imitación de Cristo nuestro Señor.
No fue menor la insipiencia de Pilato en pensar que con
lavar sus manos y haber imputado a los judíos la Sangre de
Cristo quedaba justificado en su conciencia y con los
hombres, a quienes pretendía satisfacer con aquella
ceremonia llena de hipocresía y mentira. Verdad es que los
judíos fueron los principales actores, y más reos en condenar
al Inocente, y se cargaron sobre sí mismos esta formidable
culpa. Pero no por eso quedó Pilato libre de ella, pues,
conociendo la inocencia de Cristo Señor nuestro, no debía
posponerle a un ladrón y homicida, castigarle, ni enmendarle
122
Lamentaciones 1, 4.
Página 87 de 176
a quien nada tenía que corregir ni enmendar, y mucho menos
debiera condenarle y entregarle a la voluntad de sus mortales
enemigos, cuya envidia y crueldad le era manifiesta. Pero no
puede ser justo juez el que conociendo la verdad y justicia la
puso en una balanza con respetos y fines humanos de su
propio interés, porque este peso arrastra la razón de los
hombres que tienen corazón cobarde y, como no tienen
caudal, ni el lleno de las virtudes que han menester los jueces,
no pueden resistir a la codicia ni al temor mundano, y
cegándolos la pasión desamparan la justicia para no
aventurar sus comodidades temporales, como sucedió a
Pilato.
En casa de Pilato estuvo nuestra gran Reina y Señora, de
manera que con el ministerio de sus santos ángeles pudo oír
las altercaciones que tenía el inicuo juez con los escribas y
pontífices sobre la inocencia de Cristo nuestro bien, sobre
posponerle a Barrabás. Y todos los clamores de aquellos
inhumanos tigres los oyó con silencio y admirable
mansedumbre, como estampa viva de su santísimo Hijo. Pero
aunque su honestísima modestia era inmutable, todas las
voces de los judíos penetraban como cuchillos de dos filos su
lastimado corazón. Mas los clamores de su doloroso silencio
resonaban en el pecho del Eterno Padre con mayor agrado y
dulzura que los llantos de la hermosa Raquel, con que
—según dice Jeremías123— lloraba a sus hijos sin consuelo,
porque no los pudo restaurar; que nuestra hermosísima
Raquel, María purísima, no pedía venganza, sino perdón para
los enemigos que le quitaban el Unigénito del Padre y suyo.
Y en todos los actos que hacía el alma santísima de Cristo le
imitaba y acompañaba, obrando con tanta plenitud de
santidad y perfección, que ni la pena suspendía sus potencias,
ni el dolor impedía la caridad, ni la tristeza remitía su fervor,
ni el bullicio distraía su atención, ni las injurias y tumulto de la
gente le eran embarazo para estar recogida dentro de sí
123
Jeremías 31, 15.
Página 88 de 176
misma, porque a todo daba el lleno de las virtudes en grado
eminentísimo.
124
Mateo 5, 17.
Página 89 de 176
Tal como esta era la implacable saña de los pontífices y
fariseos, sus confederados, contra el Autor de la vida, porque
Lucifer, desconfiando de impedirle la muerte que los mismos
judíos pretendían, los irritaba con su espantosa malicia, para
que se la diesen con desmedida crueldad. Pilato estaba entre
la luz de la verdad que conocía y entre los motivos humanos
y terrenos que le gobernaban, y, siguiendo el error que ellos
administran a los que gobiernan, mandó azotar con rigor al
mismo que protestaba hallarle sin culpa. Para ejecutar este
aviso y persuasión del demonio y acto tan injusto, fueron
señalados seis ministros de justicia o sayones robustos y de
mayores fuerzas, que, como hombres viles, y sin piedad,
admitieron muy gustosos el oficio de verdugos, porque el
airado y envidioso siempre se deleita en ejecutar su furor,
aunque sea con acciones inhonestas, crueles y feas. Luego
estos ministros del demonio con otros muchos llevaron a
nuestro Salvador Jesús al lugar de aquel suplicio, que era un
patio o zaguán de la casa donde solían dar tormento a otros
delincuentes para que confesaran sus delitos. Este patio era
de un edificio no muy alto y rodeado de columnas, que unas
estaban cubiertas con el edificio que sustentaban y otras
descubiertas y más bajas. A una columna de estas, que era de
mármol, le ataron fuertemente, porque siempre le juzgaban
por mágico y temían no se les fuese de entre las manos.
Desnudaron a Cristo nuestro Redentor primero la
vestidura blanca, no con menor ignominia que en casa del
adúltero y homicida Herodes se la habían vestido. Y para
desatarle las sogas y cadenas que debajo tenía desde la
prisión del huerto, le maltrataron impíamente, rompiéndole
las llagas que las mismas prisiones por estar tan apretadas le
habían abierto en los brazos y muñecas. Y dejándole sueltas
las manos divinas, le mandaron con ignominioso imperio y
blasfemias que el mismo Señor se despojase de la túnica
inconsútil125 que iba vestido. Esta era la misma en número que
su Madre santísima le había vestido en Egipto, cuando al
125
Dicho comúnmente de la túnica de Jesucristo: Sin costura.
Página 90 de 176
dulce Jesús Niño le puso en pie, como en su lugar queda
advertido. Sóla esta túnica tenía entonces el Señor, porque en
el huerto, cuando le prendieron, le quitaron un manto o capa
que solía traer sobre la túnica. Obedeció el Hijo del Eterno
Padre a los verdugos y comenzó a desnudarse, para quedar
en presencia de tanta gente con la afrenta de la desnudez de
su sagrado y honestísimo cuerpo. Y los ministros de aquella
crueldad, pareciéndoles que la modestia del Señor tardaba
mucho a despojarse, le asieron de la túnica con violencia, para
desnudarle muy aprisa y, como dicen, a rodapelo126. Quedó
Su Majestad totalmente desnudo, salvo unos paños de
honestidad que traía debajo la túnica, que también eran los
mismos que su Madre santísima le vistió en Egipto con la
tunicela127; porque todo había crecido con el Sagrado Cuerpo,
sin habérselos desnudado ni esta ropa ni el calzado que la
misma Señora le puso, salvo en la predicación, como
entonces dije, que muchas veces andaba pie por tierra.
Algunos doctores entiendo que han dicho o meditado que
a nuestro Salvador Jesús, en esta ocasión de los azotes y para
ser crucificado, le desnudaron del todo, permitiendo Su
Majestad aquella confusión para mayor tormento de su
persona; pero habiendo inquirido la verdad, con nuevo orden
de la obediencia, se me ha declarado que la paciencia del
divino Maestro estuvo aparejada para padecer todo lo que
fuera decente y sin resistencia a ningún oprobio. Y que los
verdugos intentaron este agravio de la total desnudez de su
cuerpo santísimo y llegaron a querer despojarle de aquellos
paños de honestidad con que sólo había quedado, pero no lo
pudieron conseguir, porque llegando a tocarlos se les
quedaban los brazos yertos y helados, como sucedió en casa
de Caifás cuando pretendieron desnudar al Señor del cielo. Y
aunque todos los seis verdugos llegaron a probar sus fuerzas
en esta injuria, les sucedió lo mismo; no obstante que
después, para azotar al Señor con más crueldad, estos
ministros del pecado le levantaron algo los paños de la
126
Contra la inclinación o dirección natural del pelo.
127
Pequeña túnica de los antiguos.
Página 91 de 176
honestidad, y a esto dio lugar Su Majestad, mas no a que le
despojasen del todo y se los quitasen. Tampoco el milagro de
verse impedidos y entorpecidos para aquel desacato movió
ni ablandó los corazones de aquellas fieras humanas, pero
con insania diabólica lo atribuyeron a la hechicería y arte
mágica que imputaban al Autor de la verdad y vida.
En esta forma quedó Su Majestad desnudo en presencia
de mucha gente, y los seis verdugos le ataron crudamente a
una columna de aquel edificio para castigarle más a su salvo.
Luego por su orden de dos en dos le azotaron con crueldad
tan inaudita, que no pudo caer en condición humana, si el
mismo Lucifer no se hubiera revestido en el impío corazón de
aquellos sus ministros. Los dos primeros azotaron al
inocentísimo Señor con unos ramales de cordeles muy
retorcidos, endurecidos y gruesos, estrenando en este
sacrilegio todo el furor de su indignación y las fuerzas de sus
potencias corporales. Y con estos primeros azotes levantaron
en el cuerpo deificado de nuestro Salvador grandes
cardenales128 y verdugos129, de que le cuajaron todo,
quedando entumecido y desfigurado por todas partes para
reventar la preciosísima Sangre por las heridas. Pero cansados
estos sayones, entraron de nuevo y a porfía los otros dos
segundos, y con los segundos ramales de correas como
riendas durísimas le azotaron sobre las primeras heridas,
rompiendo todas las ronchas y cardenales que los primeros
habían hecho y derramando la Sangre divina, que no solo
bañó todo el Sagrado Cuerpo de Jesús nuestro Salvador, sino
que salpicó y cubrió las vestiduras de los ministros sacrílegos
que le atormentaban y corrió hasta la tierra. Con esto se
retiraron los segundos verdugos y comenzaron los terceros,
sirviéndoles de nuevos instrumentos unos ramales de nervios
de animales, casi duros como mimbres ya secas. Estos
azotaron al Señor con mayor crueldad, no solo porque ya no
herían a su virginal cuerpo sino a las mismas heridas que los
128
Mancha amoratada, negruzca o amarillenta de la piel a consecuencia de
un golpe u otra causa.
129
Roncha larga o señal que levanta el golpe del verdugo.
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primeros habían dejado, sino también porque de nuevo
fueron ocultamente irritados por los demonios, que de la
paciencia de Cristo estaban más enfurecidos.
Y como en el Sagrado Cuerpo estaban ya rotas las venas y
todo él era una llaga continuada, no hallaron estos terceros
verdugos parte sana en que abrirlas de nuevo. Y repitiendo
los inhumanos golpes rompieron las inmaculadas y virgíneas
carnes de Cristo nuestro Redentor, derribando al suelo
muchos pedazos de ella y descubriendo los huesos en
muchas partes de las espaldas, donde se manifestaban
patentes y rubricados con la Sangre, y en algunas se
descubrían en más espacio del hueso que una palma de la
mano. Y para borrar del todo aquella hermosura que excedía
a todos los hijos de los hombres, le azotaron en su Divino
Rostro, en los pies y manos, sin dejar lugar que no hiriesen,
donde pudieron extender su furor y alcanzar la indignación
que contra el inocentísimo Cordero habían concebido. Corrió
su divina Sangre por el suelo, rebasándose en muchas partes
con abundancia. Y estos golpes que le dieron en pies y manos
y en el rostro fueron de incomparable dolor, por ser estas
partes más nerviosas, sensibles y delicadas. Quedó aquella
venerable cara entumecida y llagada hasta cegarle los ojos
con la Sangre y cardenales que en ella hicieron. Y sobre todo
esto le llenaron de salivas inmundísimas, que a un mismo
tiempo le arrojaban, hartándole de oprobios. El número
ajustado de los azotes que dieron al Salvador fue cinco mil
ciento quince [5115], desde las plantas de los pies hasta la
cabeza. Y el gran Señor y autor de toda criatura, que por su
naturaleza divina era impasible, quedó por nosotros, y en la
condición de nuestra carne, hecho varón de dolores, como lo
había profetizado Isaías130, y muy sabio en la experiencia de
nuestras enfermedades, el novísimo131 de los hombres y
reputado por el desprecio de todos.
La multitud del pueblo que seguía a Jesús Nazareno
nuestro Salvador tenía ocupados los zaguanes de la casa de
130
Isaías 53, 3.
131
Superlativo de nuevo.
Página 93 de 176
Pilato hasta las calles, porque todos esperaban el fin de
aquella novedad, discurriendo y hablando con un tumulto
confusísimo, según el juicio que cada uno concebía del
suceso. Y entre toda esta confusión la Madre Virgen padeció
incomparables denuestos y tribulaciones de los oprobios y
blasfemias que los judíos y otros gentiles decían contra su
Hijo santísimo. Y cuando le llevaban al lugar de los azotes, se
retiró la prudentísima Señora a un rincón del zaguán con las
Marías y Juan, que la asistían y acompañaban en su dolor.
Retirada en aquel puesto vio por visión clarísima todos los
azotes y tormentos que padecía nuestro Salvador, y aunque
no los vio con los ojos del cuerpo, nada le fue oculto más que
si estuviera mirándole muy de cerca. Y no puede caer en
humano pensamiento cuáles y cuántos fueron los dolores y
aflicciones que en esta ocasión padeció la gran Reina y Señora
de los ángeles, y con otros misterios ocultos se conocerán en
la divinidad, cuando allí se manifiesten a todos para gloria del
Hijo y de la Madre. Pero ya he dicho en otros lugares de esta
Historia, y más en el discurso de la Pasión del Señor, que sintió
María santísima en su cuerpo todos los dolores que con las
heridas sentía y recibía el Hijo. Y este dolor tuvo también en
los azotes, sintiéndolos en todas las partes de su virginal
cuerpo, donde se los daban a Cristo nuestro bien. Y aunque
no derramó sangre más de la que vertía con las lágrimas, ni
se trasladaron las llagas a la candidísima paloma, pero el dolor
la transformó y desfiguró de manera que Juan y las Marías le
llegaron a desconocer por su semblante. A más de los dolores
del cuerpo fueron inefables los que padeció en su purísima
alma, porque allí fue donde añadiendo la ciencia se añadió el
dolor132. Y sobre el amor natural de madre y el de la suprema
caridad de Cristo, ella sola supo y pudo ponderar sobre todas
las criaturas la inocencia de Cristo, la dignidad de su divina
persona y el peso de las injurias que recibía de los mismos
hijos de Adán, a quienes redimía de la eterna muerte.
132
Eclesiastés 1, 18.
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Ejecutada la sentencia de los azotes, los mismos verdugos
con imperioso desacato desataron a nuestro Salvador de la
columna y renovando las blasfemias le mandaron se vistiese
luego su túnica que le habían quitado. Pero uno de aquellos
ministros, incitado del demonio, mientras azotaban al
mansísimo Maestro había escondido sus vestiduras, para que
no apareciesen y perseverase desnudo para mayor irrisión y
afrenta de su divina persona. Este mal intento del demonio
conoció la Madre del Señor y, usando de potestad de Reina,
mandó a Lucifer se desviase de aquel lugar con todos sus
demonios, y luego se alejaron compelidos de la virtud y poder
de la gran Señora. Y ella dio orden que por mano de los
santos ángeles fuese restituida la túnica de su Hijo santísimo
a donde Su Majestad pudiese tomarla, para vestir su sagrado
y lastimado cuerpo. Todo se ejecutó al punto, aunque los
sacrílegos ministros no entendieron este milagro, ni cómo se
había obrado, pero todo lo atribuían a la hechicería y arte del
demonio. Se vistió nuestro Salvador, habiendo padecido
sobre sus llagas el nuevo dolor que le causaba el frío, porque
de los evangelistas133 consta que le hacía, y Su Majestad había
estado desnudo grande rato; con que la Sangre de las heridas
se le había helado y comprimían las llagas, estaban
entumecidas y más dolorosas, las fuerzas eran menos para
tolerarle, porque el frío las debilitaba, aunque el incendio de
su infinita caridad las esforzaba a padecer y desear más y más.
Y con ser la compasión tan natural en las criaturas racionales,
no hubo quien se compadeciese de su aflicción y necesidad,
si no es la dolorosa Madre, que por todo el linaje humano
lloraba, se lastimaba y compadecía.
Entre los sacramentos del Señor, ocultos a la humana
sabiduría, causa grande admiración que la indignación de los
judíos, que eran hombres sensibles de carne y sangre como
nosotros, no se aplacase viendo a Cristo nuestro bien tan
lastimado y herido de sus azotes, y que un objeto tan
lastimoso no les moviese a compasión natural; antes bien le
133
Marcos 14, 54; Lucas 22, 55; Juan 18, 18.
Página 95 de 176
quedó a la envidia materia para arbitrar nuevos modos de
injurias y de tormentos contra quien estaba tan lastimado.
Pero tan implacable era su furor, que luego intentaron otro
nuevo e inaudito género de tormento. Fueron a Pilato y en el
pretorio en presencia de los de su consejo le dijeron: «Este
seductor y engañador del pueblo, Jesús Nazareno, ha querido
con sus embustes y vanidad que le tuvieran todos por Rey de
los judíos y, para que se humille su soberbia y se desvanezca
más su presunción, queremos que permitas le pongamos las
insignias reales que mereció su fantasía». Consintió Pilato con
la injusta demanda de los judíos, para que la ejecutasen como
lo desearon.
Llevaron luego a Jesús nuestro Salvador al pretorio, donde
le desnudaron de nuevo con la misma crueldad y desacato y
le vistieron una ropa de púrpura muy lacerada y manchada,
como vestidura de rey fingido, para irrisión de todos. Le
pusieron también en su Sagrada Cabeza un seto134 de espinas
muy tejido, que le sirviese de corona. Era este seto de juncos
espinosos, con puntas muy aceradas y fuertes, y se lo
apretaban de manera que muchas le penetraron hasta el
casco y algunas hasta los oídos y otras hasta los ojos, y fue
por esto uno de los mayores tormentos el que padeció Su
Majestad con la corona de espinas. En vez de cetro real le
pusieron en la mano derecha una caña contentible135 y sobre
todo esto le arrojaron sobre los hombros un manto de color
morado, al modo de las capas que se usan en la Iglesia,
porque también este vestido pertenecía al adorno de la
dignidad y persona de los reyes. Con toda esta ignominia
armaron rey de burlas los judíos al que por naturaleza y por
todos títulos era verdadero «Rey de los reyes y Señor de los
señores»136. Se juntaron luego todos los de la milicia en
presencia de los pontífices y fariseos y cogiendo en medio a
nuestro Salvador Jesús, con desmedida irrisión y mofa le
llenaron de blasfemias; porque unos le hincaban las rodillas y
134
Cercado hecho de matas o arbustos, o de palos o varas entretejidos.
135
Despreciable, de ninguna estimación.
136
Apocalípsis 19, 16.
Página 96 de 176
con burla le decían: «Dios te salve, Rey de los judíos»137; otros
le daban bofetadas, otros con la misma caña que tenía en sus
manos herían su divina cabeza dejándola lastimada, otros le
arrojaban inmundísimas salivas, y todos le injuriaban y
despreciaban con diferentes contumelias, administradas del
demonio por medio de su furor diabólico.
¡Oh, caridad incomprensible y sin medida! ¡Oh, paciencia
nunca vista ni imaginada entre los hijos de Adán! ¿Quién,
Señor y bien mío, pudo obligar a tu grandeza para que te
humillaras, siendo verdadero y poderoso Dios en tu ser y en
tus obras, a padecer tan inauditos tormentos, oprobios y
blasfemias? Pero ¿quién, oh Bien infinito, dejó de desobligarte
entre todos los hombres, para que nada hicieras ni padecieras
por ellos? ¿Quién tal pensara ni creyera si no conociéramos tu
bondad infinita? Pero ya que la conocemos y con la firmeza
de la santa fe miramos tan admirables beneficios y maravillas
de tu amor, ¿dónde está nuestro juicio?, ¿qué hace la luz de
la verdad que confesamos?, ¿qué encanto es este que
padecemos, pues a vista de tus dolores, azotes, espinas,
oprobios y contumelias, buscamos sin vergüenza ni temor los
deleites, el regalo, el descanso, las mayorías y vanidades del
mundo? Verdaderamente es grande el número de los
necios138, pues la mayor estulticia y fealdad es conocer la
deuda y no pagarla, recibir el beneficio y nunca agradecerlo,
tener a los ojos el mayor bien y despreciarle, apartarle de
nosotros y no lograrle, dejar la vida, huir de ella y seguir la
eterna muerte. No despegó su boca el inocentísimo cordero
Jesús entre tales y tantos oprobios, ni tampoco se aplacó la
indignación furiosa de los judíos, ni con la irrisión y escarnios
que hizo del divino Maestro, ni con los tormentos que añadió
a los desprecios de su sobredignísima persona.
Le pareció a Pilato que un espectáculo tan lastimoso como
estaba Jesús Nazareno movería y confundiría los corazones
de aquel ingrato pueblo, y le mandó sacar del pretorio a una
ventana donde todos le viesen así como estaba azotado,
137
Juan 19, 3.
138
Eclesiastés 1, 15.
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desfigurado y coronado de espinas con las vestiduras
ignominiosas de fingido rey. Y hablando el mismo Pilato al
pueblo, les dijo: «Ecce Homo. Veis aquí el Hombre que tenéis
por vuestro enemigo. ¿Qué más puedo hacer con Él que
haberle castigado con tanto rigor y severidad? No tendréis ya
que temerle. Yo no hallo en Él causa de muerte»139. Verdad
cierta y segura era la que decía el juez, pero con ella misma
condenaba su injustísima piedad, pues a un Hombre que
conocía y confesaba por justo y sabía que no era digno de
muerte le había hecho atormentar y consentido de manera
que le pudieran quitar los tormentos una y muchas vidas. ¡Oh,
ceguera del amor propio y maldad de contemplar con los que
dan o quitan las dignidades! ¡Cómo oscurecen la razón estos
motivos y tuercen el peso de la justicia, y la adulteraron en la
verdad mayor y en la condenación del Justo de los justos!
Temblad, jueces que juzgáis la tierra, y mirad que los pesos
de vuestros juicios y dictámenes no sean engañosos, porque
los juzgados y condenados en una injusta sentencia vosotros
sois. Como los pontífices y fariseos deseaban quitar la vida a
Cristo nuestro Salvador con efecto e ira insaciable, nada
menos que la muerte de Su Majestad les contentaba ni
satisfacía, y así respondieron a Pilato: «Crucifícale,
crucifícale»140.
La bendita entre las mujeres María santísima vio a su
benditísimo Hijo, cuando Pilato le manifestó y dijo: «Ecce
Homo», y puesta de rodillas le adoró y confesó por verdadero
Dios–Hombre. Y lo mismo hicieron Juan y las Marías y todos
los ángeles que asistían a su gran Reina y Señora; porque ella,
como Madre de nuestro Salvador y como Reina de todos, les
ordenó que lo hiciesen así, a más de la voluntad que los
santos ángeles conocían en el mismo Dios. Habló la
prudentísima Señora con el Eterno Padre y con los santos
ángeles, y mucho más con su amantísimo Hijo, palabras llenas
de gran peso, de dolor, compasión y profunda reverencia, que
en su inflamado y castísimo pecho se pudieron concebir.
139
Juan 19, 5.
140
Juan 19, 6.
Página 98 de 176
Consideró también con su altísima sabiduría que en aquella
ocasión en que su Hijo santísimo estaba tan afrentado y
burlado, despreciado y escarnecido de los judíos, convenía en
el modo más oportuno conservar el crédito de su inocencia.
Y con este prudentísimo acuerdo renovó la divina Madre las
peticiones que arriba dije hizo por Pilato, para que continuase
en declarar como juez que Jesús nuestro Redentor no era
digno de muerte, ni malhechor, como los judíos pretendían
que el mundo lo entendiese.
En virtud de esta oración de María santísima sintió Pilato
grande compasión de ver al Señor tan lastimado de los azotes
y oprobios y le pesó que le hubiesen castigado con tanta
impiedad. Y aunque a todos estos movimientos le ayudó algo
el ser de condición más blanda y compasiva, pero lo que más
obraba en él era la luz que recibía por intercesión de la gran
Reina y Madre de la gracia. Y de esta misma luz se movió el
injusto juez, para tener tantas demandas y respuestas con los
judíos sobre soltar a Jesús nuestro Salvador, como lo refiere
el evangelista San Juan141 en el capítulo 19, después de la
coronación de espinas. Y pidiéndole ellos que le crucificase,
respondió Pilato: «Tomadle allá vosotros y crucificadle, que
yo no hallo causa justa para hacerlo». Replicaron los judíos:
«Conforme a nuestra ley es digno de muerte, porque se hace
Hijo de Dios». Esta réplica puso mayor miedo a Pilato, porque
hizo concepto que podía ser verdad que Jesús era Hijo de
Dios, en la forma que él sentía de la divinidad. Y por este
miedo se retiró al pretorio, donde a solas habló con el Señor
y le preguntó de donde era. No respondió Su Majestad a esta
pregunta, porque no estaba Pilato en estado de entender la
respuesta, ni la merecía. Y con todo eso volvió a instar y dijo
al Rey del cielo: «Pues ¿a mí no me hablas? ¿No sabes que
tengo poder para crucificarte o para darte por libre?».
Pretendió Pilato obligar a Jesús con estas razones a que se
disculpase y le respondiese algo de lo que deseaba saber, y
141
Juan 19, 4.
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le pareció que un hombre tan afligido y atormentado
admitiría cualquiera favor que le ofreciese el juez.
Pero el Maestro de la verdad respondió a Pilato sin
excusarse y con mayor alteza que él pedía, y así le dijo Su
Majestad: «No tuvieras tú potestad alguna contra Mí, si de lo
alto no te fuera concedido, y por esto el que me entregó en
tus manos cometió mayor pecado». Con esta sola respuesta
no pudiera este juez tener disculpa en condenar a Cristo, pues
debía entender por ella que sobre aquel Hombre Jesús no
tenía él potestad, ni el César; que por orden más alto era
permitido que le entregasen a su jurisdicción contra razón y
justicia y que por esto Judas Iscariote y los pontífices habían
cometido mayor pecado que el mismo Pilato en no soltarle,
pero que también él era reo de la misma culpa, aunque no
tanto como los otros. No llegó a conocer Pilato esta
misteriosa verdad, pero con todo eso se atemorizó mucho
con las palabras de Cristo nuestro bien y puso mayor esfuerzo
en soltarle. Los pontífices, que conocieron el intento de Pilato,
le amenazaron con la desgracia del emperador, en que
incurría y caería de ella si le soltaba y no quitaba la vida a
quien se levantaba por rey. Y le dijeron: «Si a este hombre
dejas libre, no eres amigo del César, pues el que se hace rey
contraviene a sus órdenes y mandatos». Dijeron esto, porque
los emperadores romanos no consentirían que sin su
voluntad se atreviese nadie en todo el imperio a usurpar la
vestidura o título de rey, y si Pilato lo consintiera no guardara
los decretos del César. Se turbó mucho con esta maliciosa
amenaza y advertencia de los judíos y, sentándose en su
tribunal a la hora de sexta para sentenciar al Señor, volvió a
instar otra vez diciendo a los judíos: «Veis aquí a vuestro Rey».
Respondieron todos: «Quítale, quítale allá, crucifícale». Les
replicó Pilato: «¿Pues a vuestro Rey he de crucificar?». Dijeron
todos a voces: «No tenemos otro rey fuera del César».
Se dejó vencer Pilato de la porfía y malicia de los judíos. Y
estando en su tribunal —que en griego se llama Litóstrotos
y en hebreo Gabbata—, día de Parasceve, pronunció la
sentencia de muerte contra el Autor de la vida, como diré en
142
Isaías 53, 4.
143
No sabemos cuál es la "sentencia vulgar impresa" que la Venerable dice
haber visto. González Mateo [MYSTICA 71 CIVITAS DEI VINDICATA, MATRITI
1747, ART. 7 & 2 N. 208, P. 67] afirma que la fórmula empleada por la autora
es semejante a otra fórmula encontrada el año 1580 en Amiterno (Italia).
Toma este dato de SIURI, T. 3, TRAC. 10, C. 4, N. 59, quien a su vez depende
de Rodrigo de Yepes, PALESTINAE DESCRIPTIO.
144
De glosar: Comentar palabras y dichos propios o ajenos, ampliándolos.
145
Ejemplar, muestra que se tiene presente para imitar.
146
Isaías 9, 6.
147
Isaías 9, 4.
148
Profundizándose.
149
Lucas 23, 27.
150
Lucas 23, 28-31.
151
Marcos 15, 21.
152
Génesis 22, 9.
153
Ensangrentado.
154
Génesis 22, 12.
155
Mateo 27, 34; Marcos 15, 23.
156
Proverbios 31, 6.
157
Amós 2, 8.
158
Mateo 27, 34.
159
Salmo 69, 27.
160
Desangrado, falto de sangre.
161
Salmo 22, 18.
162
Arma ofensiva, compuesta de un asta de madera de dos metros
aproximadamente de largo y de una moharra [punta de la lanza, que
comprende la cuchilla y el cubo con que se asegura en el asta] con cuchilla
transversal, aguda por un lado y en forma de media luna por el otro.
2. f. Empleo de sargento.
163
Isaías 12, 3.
164
Mateo 27, 42-44.
165
Jeremías 11, 19.
166
Mateo 27, 54; Lucas 23, 48.
167
Juan 19, 21-22.
168
Mateo 27, 51-53; Lucas 23, 45.
169
Juan 19, 23-24.
170
Salmo 22, 19.
171
Lucas 23, 34.
172
Juan 15, 12.
173
Lucas 23, 40-42.
174
Lucas 23, 43.
175
Juan 19, 26-27.
176
Mateo 27, 46.
177
Juan 19, 28.
178
Salmo 69, 22.
179
Juan 19, 30.
180
Mensaje o negocio encargado a un legado.
181
Lucas 23, 46.
182
Juan 13, 3.
183
Goce muy vivo en el bien que alguien posee.
184
Jugo untuoso y espeso.
185
Que no se puede perder.
186
De baldonar: Injuriar a alguien de palabra en su cara.
187
Junta o reunión para tratar de algo que se quiere mantener oculto.
188
Isaías 14, 13.
189
Job 40, 18.
190
Preocupación grave y continua que mortifica y consume a quien la tiene.
191
Isaías 16, 6; Jeremías 48, 29.
192
Salmo 58, 5.
193
Lucas 23, 34.
194
Lucas 23, 43.
195
Juan 19, 26.
196
Génesis 3, 15.
197
Mateo 27, 46.
198
Juan 19, 28.
199
Juan 19, 30.
200
Lucas 23, 46.
201
Primera carta a los Corintios 15, 54-55.
202
Oseas 13, 14.
203
Habacuc 3, 2-5.
204
Denso, oscuro, nebuloso.
205
Job 20, 21.
206
Retractados.
207
Hereje que negaba la consustancialidad del Verbo.
208
Heresiarca del siglo V, cuyo error fundamental consistía en negar que el
pecado de Adán se hubiese transmitido a su descendencia.
209
Patriarca de Constantinopla que difundió la herejía que profesaba la
existencia de dos personas en Cristo, separando en Él la naturaleza divina
de la humana.
210
Apartar, desviar, alejar.
211
Apocalípsis 12, 12.
212
Juan 19, 25.
213
Salmo 130, 7.
214
Éxodo 12, 46.
215
Juan 19, 34-35.
216
Éxodo 17, 6.
217
Génesis 2, 10.
218
Jefe de una decuria [cada una de las diez porciones en que se dividía la
antigua curia romana].
219
Juan 3, 1-2.
220
Perteneciente o relativo a Dios.
221
Mateo 27, 60.
222
De contemporizar: Acomodarse al gusto o dictamen ajeno por algún
respeto o fin particular.
223
Proverbios 21, 30.
224
Alimento moderado para reparar fuerzas.
225
Salmo 69, 2.
226
Subterránea.
227
Apocalípsis 5, 9-12.
FIN