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La España Moderna (Madrid) - 6-1914

Este documento habla sobre el pintor flamenco Jerónimo Bosch que vivió en el siglo XV. Describe algunas de sus obras más famosas como cuadros que pintó para una iglesia en Herzogenbusch. También menciona que el rey Felipe II de España era un gran admirador y coleccionista de las obras de Bosch.

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La España Moderna (Madrid) - 6-1914

Este documento habla sobre el pintor flamenco Jerónimo Bosch que vivió en el siglo XV. Describe algunas de sus obras más famosas como cuadros que pintó para una iglesia en Herzogenbusch. También menciona que el rey Felipe II de España era un gran admirador y coleccionista de las obras de Bosch.

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IJSTDIOK

Paga.

Jerónimo Boseh, por Carlos Justi 5


Quía del buen decir, por Juan B. Selva.., 42
Lázaro, por Leónidas Andreief 67
Las Reinas de la España antigua, por Martin Hume 91
El tRetrato de un Cardenal», por Kobert Durrer 120
La América Moderna, por Vicente Qay 148
Revista de Revistas, por Fernando Aranjo ITl
Notas bibliográficas, por P. Dorado 198
LA E S P A Ñ A MODERNA
ANO 26 NUM. 306

LA

ESPAÑA MODERNA

Olreotor: JOSÉ I^ÁZAIVO

JUNIO 1914

CAU BDITORIAL « U ESFiSi HODBRM»


Calle Lópea Hoyog, 6
HADBID
Para la reproducción de los articu-
les comprendidos en el presente tomo
es indispensable el permiso del Direc-
tor de L A ESPASA MODBRNA,

Imp. y eiicuad. <i* VitlCDtin TortíaaiUne, Tutor, 16, MaAriil.—Teléfono i.0&,


JEEONIMO BOSCH

La gran iglesia de San J u a n , en Herzogenbusoh (Bois-lé-


Dac), es una de las últimas creaciones arquitectónicas que el
estilo del mediopunto dejara en el Norte de los Países Bajos.
Sn edificación correspondía a la segunda mitad del siglo xv;
pero el ornato de su interior, dispuesto en cinco cruceros o na-
ves, se prolongó hasta el primer decenio del siglo xvi; época eu
que aquellos países abundaban en excelentes escuelas de escul-
tores, que proveían con sus creaciones a los países vecinos,
mientras la pintura al óleo flamenca, al penetrar en esas pro-
vincias, se revestía de nuevos rasgos peculiares y caracterís-
ticos.
Cuando el príncipe Felipe de España, en el gran viaje que
hizo por su futuro reino en 1549, visitó aquella rica y florecien-
te ciudad, vio la iglesia en un estado de imperfecto esplendor.
Según la relación del viaje por Cristóbal Calvete de Estella
(Amberes, 16B2), contaba entonces la iglesia cuarenta altares
con esculturas doradas de prodigiosa factura. Lo que más cau-
tivaba a los extranjeros era un artístico reloj, en que, ul dar
las horas, se mostraban las figuras de los tres Reyes Magos en
actitud de adorar al recién nacido Rey de los judíos, y a una
señal de dos ángeles, movidos por resorte, se desarrollaban las
escenas del juicio final: erguíanse los muertos, separaban los
ángeles a las ovejas de los machos cabríos, hacíase patente la
gloria del cielo y el infierno abría sus llameantes fauces, en 1«8
LA KSPAi^A MOOE£NA

que, boca abajo, se despeñaban los precitos. Estas maguifíceu-


cias de la g r a u iglesia de Herzogenbusch fueron, de corta du-
ración; Teinte años después, desencadenóse la tormenta, y al
ser tomada la ciudad por las tropas de los Estados generales,
acaudilladas por el príncipe Federico Enrique (1629), desapa-
recieron casi todos sus tesoros artísticos.
E n aquellos años de viva agitación artística se desarrolla
la vida del pintor Jerónimo, que si por su familia lleva el
nombre de Van Aeken, es decir, Aaohen, por el lugar de su
residencia firma siem^r&lJheronimus Boéch. Sabido es de todos
que para aquella monumental iglesia pintó el artista cinco
cuadros, que en 1629 aún se conservaban. También consta que
en 1493 trazó los bocetos para los ventanales de la capilla de
la Hermandad de Damas benéficas (de la que fue mucho tiem-
po cofrade). Del estilo de sus obras puede presumirse que pasó
su juventud en Bruselas o Amberes, pues aquella manera difí-
cilmente hubiera podido adquirirla en Aachen ni en Herzo-
genbusch. Probable es que fuera el primero que llevase y tras-
plantase allí el arte de la nueva pintura al óleo. El lo conservó
un poco alterado, de modo que, en cuanto a asunto y espíritu,
siguió su camino propio, orientado en la dirección de la pos-
trera escuela holandesa.
Aunque en la noticia de su muerte (1516) se le llama cin-
signis pictor», y en una lista de colegas «seer vermaer schil-
der», Rarel Van Mander sólo consiguió averiguar de su perso-
na lo que de algunos cuadros suyos pudiera inferir, es decir,
observaciones referentes a su técnica. Hoy mismo, que tantas
figuras de personajes más o menos eminentes en su época han
sido exhumadas de entre el polvo de los archivos y sacadas a
la luz, tenemos que contentarnos, por lo que a Bosch se refie-
re, con documentos, ciertamente de los más importantes, sus
cuadros, para deducir de ellos algún indicio del carácter del
hombre, de su aspecto íntimo, pues su porte exterior ya nos
lo revela un retrato suyo, grabado en cobre, que hasta nosotros
ha llegado.
JERÓNIMO BOSOH

La fignra del artista en ese retrato es la de un hombre en-


teco, de cabeza abultada, de pómulos salientes; las inmensas
arrugas horizontales que cruzan su frente, los ojos siempre
fijos (no se sabe si miran a este punto o al otro), la boca peque-
ña, estrecha y fruncida, denuncian a un hombre grave, taci-
turno, pero inofensivo, tras de cuya máscara de ingenuidad
apenas si asoma su espíritu burlón. Si debajo del retrato es-
cribiéramos el nombre de un teólogo de la baja Alemania o de
cualquier hombre adocenado, no habría reparo que oponer. Si
Bosch, que se nos manifiesta aquí ya como un anciano, falle-
ció en 1516, habría que colocar mucho antes de 1460 la fecha
de su nacimiento.
Las obras de este artista, que ya alcanzada la categoría de
maestro no abandonó nunca su ciudad, estaban llamadas a go-
zar de gran fama. Ya en vida oúpole el honor, poco frecuente
entonces, de que sus obras fuesen reproducidas gráficamente
por el arquitecto y escultor Alart du Hameel. Su nombre figu-
ra en los palacios de casi todos los príncipes amantes de la
pintura, como Margarita de Austria, cuyo hermano Felipe el
Hermoso le encargó, en 1504, un Juicio final, del cual acaso
sea copia el ejemplar que en la Academia de Viena se conser-
va. También Rnbens debe haber tenido algunas obras de Bosch
en su colección de lienzos.
No menos resonancia tuvieron sus obras en los países lati-
nos. El cardenal Q-rimanl poseía tres cuadros suyos, y Zanetti
vio otros cuatro en la Sala del Consejo de los Diez, en el
Palacio de los Dux; dos tablas de esta procedencia han sido
halladas, hace poco, en los depósitos de la Galería Imperial de
Viena. Vasari cita los grabados de Jerónimo Cock. Lomazzo
le llama singolare, y hasta divino, en sus maravillosas inven-
ciones y terribles ensueños. íelibien menciona una tapicería,
tejida con arreglo a los bocetos del artista, que se conservaba
en el guardamuebles del rey, y en el El Escorial se ha encon-
trado recientemente otra.
Un admirador de nuestro Jerónimo era D. Felipe de Gue-
LA ESPAÑA MODBRNA

vara, Comendador áe Estríana, de la Orden de Santiago; hijo


de aquel Diego onyo retrato pintó R o g e r . y que tuyo enco-
mendada la custodia de las tapicerías de la Gobernadora Mar-
garita. Don Felipe era un humanista al mismo tiempo que un
coleccionador, y escribía también sobre numismática españo-
la. Acompañó a Carlos V a Túnez, como gentilhombre de boca,
e hizo el viaje de regreso por Ñapóles. Ya anciano, compuso
un librito sobre los antiguos pintores griegos, Comentarios de
la pintura, cuyo manusoristo se descubrió, hará un siglo, en
Falencia, en un baratillo, y fue editado en Madrid, en 1788,
por A. Ponz. De los pintores modernos sólo menciona el autor a
Bosoh. Guevara insinúa su opinión de que el procedimiento lla-
mado Grylli, inventado por el pintor egipcio Antiphilos, de-
bía ser semejante al que tanto gustaba entonces en las obras,
del flamenco. Pero con esto no quiere el autor referirse al es-
tilo grotesco, sino a aquel otro en que se destacan «espiritua-
les figuras con gestos originales» (1). Guevara opina que en
la representación de los afectos ha revivido Bosch la pintura
ética de los griegos. Es de notar que este primer apologista de
Bosch lo defienda ya de la imputación de inventar quimeras
y fantasías. Tal apreciación es justa si se aplica a sus obras de
escenas infernales; pues en lo demás siempre se contuvo el
artista en los límites del decoro y de la naturalidad. Las obras
de otra índole que llevan su nombre, o son falsificaciones o
han sido ahumadas al fuego de la chimenea; y Guevara cita a
un discípulo e imitador de Bosch, que ha firmado sus obras
con el nombre del maestro. Guevara conoció muchas obras de
Bosoh en las que no asoma la fantasía.
Después de la muerte de Guevara (1570), adquirió Felipe I I
una parte de su colección, que sus herederos le cedieron a cam-

(1) Grillo, género de pintura que, a mi parecer, fue semejante a la que


nuestra edad tanto celebra deHyeronimo Boscli, oBosoo, como declamos,
el cual siempre se extrañó en buscar talles de hombres donosos y de ra-
ras composturas que pintar. (Comentarios, pág. 41.)
JERÓNIMO B08CH

bio de una renta de mil ducados, y entre esas adquisiciones


figuraban seis pinturas de Bosch, en lienzo o tabla, que, a ex-
cepción de la Carreta de heno, mandó el rey colocar en Pala-
cio. Eran estas obras: el Lazarillo, la Danza flamenca, Los cie-
gos cazando jabalíes, La bruja y la Oura de la demencia. El se-
vero monarca halló tan de su gusto las obras de Bosoh, que, a
juzgar por sus inventarios, debió comprar todo lo que con la
firma del artista le ofrecieron. Las circunstancias eran favora-
bles para ello. Herzogenbusch, sólida fortaleza, fue sitiada va-
rias veces y siu fruto por los holandeses, y hasta treinta años
después de la muerte del monarca no pudo ser arrebatada a
los españoles. En el estado de agitación en que los Países Ba-
jos se encontraban, debieron menudear las confiscaciones a fa-
vor del monarca; de un cuadro sabemos que fue tomado del
palacio de Guillermo de Orange, en Bruselas. En 1B74 envió el
Rey a El Escorial, entre otros, nueve cuadros de Bosch: dos con
escenas de la Pasión, varias imágenes de San Antonio y gran-
des alegorías. En la Tesorería y en el Palacio de Madrid había
doce cuadros de asunto heterogéneo, y en el Palacio de El
Pardo otros tantos, en su mayoría satíricos y de costumbres.
En estos partos de un cerebro germánico y medioeval, es posi-
ble que en sus días de tristeza buscase el rey solaz y edifica-
ción, reservando su preferencia en las horas de buen humor
para los aposentos del «Jardín Imperial», donde había forma-
do una pequeña galería con las divertidas fábulas del Tiziano.
De dichos cuadros, sólo se han conservado casi completos
los de El Escorial, los más importantes, entre los que figuran
las obras maestras del artista. Sólo hay que lamentar la pér-
dida de uno que representaba la Bajada de Cristo a los infier-
nos. Los que en los demás palacios se guardaban, se han ex-
traviado; y fuera de España, apenas si se puede encontrar al-
guna obra auténtica y algo notable de este artista. Muchas de
sus obras las pintó éste en lienzo con colores a la aguada, pro-
cedimiento preferible a la prolija técnica que por aquel tiempo
se seguía en la pintura al óleo y sobre tablas, cuando se quería
10 LA KSPASA MODBKKA

producir mucho y de prisa. Pero como esos cuadros eran difí-


ciles de limpiar y no se les podía resguardar bien de la polilla,
se comprende que hayan desaparecido. Las piezas deteriora-
das fueron sustituidas por copias; Francisco Gránelo hizo ya
en 1609, por mandado del Maestro mayor de las obras reales, y
con destino al Palacio de El Pardo, una de estas copias al óleo,
por ¡a que cobró 1.000 reales y que Eug. Caxés ha tasado
en 2.000. También ya por aquel tiempo se recogieron frag-
mentos de composiciones estropeadas, a los que se puso marco
y se dio colocación. En 1772 menciona el inventario del Buen
Retiro un gran número de obras suyas, con el nombre de Pin-
turas maltratadas o Pinturas totalmente perdidas, arrolladas,
y se las declara inútiles.
Todo esto ha tenido por consecuencia el que Bosch sea
uno de los pintores menos conocidos de los Países Bajos. De
él, que tantos sueños pintara, se ha dicho que pasó como un
sueño. Sus historias bíblicas, sus proverbios, no se han tenido
en cuenta. Lucas de Leiden, Quinten Metsys, el viejo Brue-
ghel, le han eclipsado con los fulgores de su gloria, aunque les
superase en fecundidad de inspiración, así como en la agudeza
y humorismo de sus dotes de observación. Peter Brueghel, que,
siguiendo la costumbre de la época, abocetaba sus creaciones
y luego las pintaba, le ha heredado y oscurecido, no sólo en
los asuntos bucólicos, sino también en los grotescos. Así Wright,
en su Historia de lo grotesco (1865), designa a Brueghel como
al gran representante (pág. 291) de las diablerías del siglo xvi;,
cuando sus palabras pueden aplicarse literalmente al viejo
Bosch, que contaba la edad de dos generaciones, y al que ni
una sola vez nombra.
Waagen lo despacha, diciendo que desnaturaliza el elemen-
to fantástico que se encuentra en la escuela, aplicándolo a vi-
siones espectrales y diabólicas; Crowe y Oabaloaselle, parece
que hasta le hacen español. «Este país—dicen—sólo puede va-
nagloriarse de haber tenido dos pintores en el siglo xvi: Be-
rruguete y Bosch, que hizo cómica la pintura flamenca.»
JICEÓNIMO B08CH 11

Historias Sagradas.

Intentemos formarnos ahora una viva imagen del verdade-


ro Bosch, mediante el examen de sus obras, empezando por
aquellas en las cuales se nos muestra sólidamente apegado a l a
tierra, natural, razonable. La Coronación de espinas y Cristo
con la cruz a cuestas, que se conservan en El Escorial, son sus
obras maestras de esta clase. E n ellas, no hay nada de fantás-
tico; antes bien, ponen de manifiesto que Bosoh, el soñador, era
un pintor de cuerpo entero. Todo el que se haya familiarizado
con los maestros neerlandeses de aquel tiempo sacará, al con-
templar estos cuadros, la impresión de haber descubierto un
nuevo genio desconocido. Cristo con la cruz a cuestas se apar-
ta por completo de la composición que un antiguo grabado nos
diera a conocer. (Woerman, Historia de la pintura, II, 629.)
E n el grabado se ve a una revuelta masa de gentes con raras
vestiduras y armaduras y de salvaje aspecto, precipitarse por
la ciudad. En nuestro cuadro, es un cortejo casi festivo de hom-
bres vestidos con decoro, de aspecto venerable y burgués, sin
ruido ni visajes, el cual cortejo se nos muestra en medio de un
campo, en cuyo fondo se destaca la ciudad (una ciudad com-
pletamente holandesa), con su muralla y su corona de torreo-
nes. Es el momento en que Simón de Cirene, un anciano ente-
co, envuelto en una capucha, conmovido por las frases de un
anciano judío, en hábito de moro, se decide a sostener la cruz.
Cristo, cuyo cuerpo cubre una larga vestidura de color violeta
oscuro, muy inclinado al suelo, que casi toca con la rodilla de-
recha, la espalda casi horizontal bajo la carga, pero radiante
de divina mansedumbre en su actitud y en su mirada, parece
muy alejado en espíritu de la turba que le rodea. Tampoco
ésta parece reparar en el episodio que allí se desarrolla. Nin-
guno se vuelve hacia Cristo, nadie detiene el paso. El fallo ha
sido pronunciado, y aceptada también la responsabilidad del
sacrificio; la multitud sólo parece preocupada de la próxima
12 LA KSPAS'A MODERNA

ejecución, y recogida en sí misma, en sorda tensión de espíritu,


camina sin detenerse hacia el final. Son hombres duros, algo
tercos, no monstruos de maldad. Contemplando esos rostros,
seguramente copiados del natural, tío puede menos de pensar-
se que el pintor ha querido decir a sus oonoiudauos: tú eres de
estos, tú de aquéllos; dando a entender que conoce a quienes
serían capaces de hacer lo mismo que las figuras de su cuadro,
si se encontrasen en las mismas circunstancias.
P a r a apreciar sus cualidades de pintor, es este cuadro de
inestimable precio. Su procedencia de la antigua escuela de
Brabante se acusa allí con indiscutible evidencia, por más que
el colorido no corresponda a la sólida fusión cromática de un
Eoger o un Dieriok. J u n t o con la finura del dibujo sobresale la
libertad de toda traba y rigidez, en la actitud y el movimien-
to, aun comparado con Lucas mismo. Bosch se revela como un
observador meticuloso, exacto, como un fisonomista sagaz,
pero sin incurrir en exageraciones ni amaneramientos, sin re-
petirse ni crear tipos de familia. La disposición de los paños
es también ligera y flexible, en líneas largas, finas, ondulan-
tes, acomodadas a los movimientos.
Los colores son enérgicos, de tonos oscuros en el primer
plano, pero modelados más bien con colores y trazos que con
sombreado. El paisaje muestra los tonos amarillo verdoso, gris
claro, de la pura luz del día, y sobre" él se extiende un cielo,
de un azul profundo, sin nubes, y con un blanco resplandor en
el horizonte.
El segundo cuadro, La coronación de espinas (Esc. núme-
ro 371), es un lienzo circular sobre una tabla cuadrada y sobre
fondo dorado; el marco (7' ancho, 518" 6'' 4) va guarnecido de
grisalla, color verde oscuro, representando la caída de los
ángeles. Forman la composición del cuadro cinco figuras de
medio cuerpo y una cabeza que asoma por detrás de uno de
los personajes. El Salvador se halla sentado en el centro, en
un banco de piedra; un soldado, dando gritos, hace ademán de
desgarrarle el blanco traje que Heredes (según Ev. Lucas 23,
JERÓNIMO BOSCH 13

11) mandara ponerle; mientras un anciano, de maligno sem-


blante, le aplasta con fuerza la corona de espinas sobre la ca-
beza. Este anciano lleva al cuello un medallón con un águila
doble, sobre el cual va fijado un diminuto ramillete. Cristo re-
presenta la imagen de la resignación; sólo las arrugas de la
frente entre las sienes delatan sus sufrimientos, y sus ojos mi-
ran de costado, como apartando de sí aquella tortura. Pero lo
más admirable son las cabezas de los dos espectadores que hay
a la izquierda. Por su actitud comedida y expectante parecen
representar el elemento oficial. El uno, de perfil muy saliente
de largo y estirado cuello y semblante de zorro, tiene en la
mano, como signo de su autoridad, una vara rematada en un
gran globo de cristal, en el que se reconoce la cabeza del
Sumo Sacerdote Aarón.
El segundo, una soberbia cabeza, coronada de rizos, lleva
un traje talar verde oscuro, guarnecido de piel, con aplica-
ciones de brocado. Bajo la dignidad contenida con que com-
templan la escena, despunta un secreto sentimiento de triunfo.
La tendencia del artista a pintar las pasiones contenidas y re-
cónditas, resalta en este cuadro.
Cada una de las cabezas que lo componen lleva su fe de
vida en cada trazo; son, efectivamente, de una verdad casi
cruel, quizá excesiva, atendida la seriedad del asunto. «Lo se-
rio—dice Juan Pablo—hace resaltar lo general; lo cómico, por
el contrario, se complace en lo determinado por los sentidos.»
Al mirar semblantes tan llenos de vida, se sienten ganas de
reír. Pero en lo que Bosch aventaja a los pintores afines que
siguieron su orientación, es en el contenido fisonómico de sus
caras, que a menudo, como ocurre, por ejemplo, con las figuras
de Lucas de Leiden, no aciertan a expresar los demás, aunque
acumulen las líneas más odiosas y extrañas. Los modelos que
sirvieron a Bosch pueden encontrarse hoy mismo entre sus
paisanos.
Este es el modelo más antiguo que conocemos de aquellas
escenas históricas, con figuras de medio cuerpo, en tamaño na-
14 I-A ESPASA MODEKNA

tural, que más tarde merecieron el favor de Quinten Metsys,


Marinus, y por pintores como Hemessen fueron explotadas,
en obras de un estilo más enérgico y duro. En la escuela ve-
neciana las encontramos ya en tiempos del Q-iorgione y el Ti-
ziano. Esta forma de cuadro se recomendaba especialmente
para aquellas obras en que se atiende más a la pintura de con-
flictos entre pasiones encontradas, que a las cualidades exter-
nas. El artista tira a pintar las raíces de los móviles que im-
pulsan a los individuos, del carácter; descarta los elementos
sin importancia, y todo lo demás, para concentrar la expre-
sión en los semblantes.
Esta tabla circular parece haber sido el ala central de un
tríptico, de cuyas otras dos hojas, que representaban la Prisión
y los Azotes, puede formarse idea por una tosca copia que en
el Museo de Valencia se conserva. Aquí la composicióií se re-
duce a un grupo de cabezas caricaturescas, como las del Oole-
gium Medicum de HogartJi, con el suplemento de una parte ca-
racterística: la mano de Maleo con la linterna, y el brazo de
Pedro sacando la espada. Estas cabezas rodean el noble rostro
apasionado del centro.
Poseemos, no muy lejos de aquí, en el Museo de Colonia, un
sencillo cuadro, desgraciadamente casi borrado en los reto-
ques, que antes de ahora, y por la ausencia de elementos fan-
tásticos que en él se advierte, no se había reconocido como
obra de Bosch (núm. 554, 1,05, 0,84, una copia en Bruselas).
Nos referimos al Nacimiento de Belén, con los sagrados con-
sortes, de medio cuerpo, en tamaño natural, pintados con to-
nos claros, casi sin sombreado, a ambos lados del niño. Ma-
ría, de facciones extraordinariamente delicadas, puras y tier-
nas, alza las manos en actitud de contemplación y adoración
serenas; sus bellas manos largas, plenas, sin conyunturas ni
arrugas antiestéticas. San José contempla, con mirada pensa-
tiva, al niño desvalido, sin nada que le resguarde 'del frío de
una noche de invierno, y cuyo cuerpo delicado casi descansa
sobre la piedra fría, sin otro lecho que un puñado de paja. Es
JEBÓNIMO BOaCH 15

una madrugada de Diciembre. Los árboles de la escueta lla-


nura han perdido sus hojas; sobre el muro está posada una
urraca, solitaria, pensativa y curiosa. Algunos pastores han
acudido a adorar al niño, pero dos de ellos se han detenido a
calentarse primero en el ruinoso aposento contiguo; un terce-
ro, recatado bajo negro capuz, contempla la escena con gesto
a un tiempo mismo de indiferencia y de interés, sonriendo
tras de la cortina. José, que parece no llevar manto, se tem-
pla las manos al calor del cuerpo. Pero el asno y el buey de-
muestran ser gentes prácticas: ambos alargan compasivos sus
honrados hocicos y caldean con su tibio aliento el desnudo
ouerpecito infantil.
En la galería del Prado, en Madrid, se ha conservado un
cuadro importantísimo, auténtico, procedente de El Escorial,
que no dejó de ejercer influencia sobre la nueva apreciación de
Bosoh. La Epifanía fue enviada a Felipe I I , desde Bruselas,
por J a n de Casembroot, y colocado en la Iglesia vieja.
Tiene este cuadro la consabida forma de tríptico; sobre sus
alas van pintados el Salvador con San Pedro y Santa Inés,
sobre un magnífico fondo de paisaje, tomado desde muy alto;
el horizonte se halla completamente arriba, en el arco, el vér-
tice de las figuras marca Vs de alto. María, envuelta en una am-
plia túnica azul oscuro, muestra un semblante de pálidas y
apagadas facciones, y una alta frente, sobre la que hay im-
presa una gravedad malhumorada, con la que el artista quiso
infundirle gravedad, y que quita animación a la figura. Esta
clásica imagen se halla envuelta en una multitud de detalles
extraños, en cuanto al traje, fondo y perspectiva. El lugar en
que se desarrolla la escena principal es un desmantelado ca-
serón, que ocupa toda la anchura del primer término. Las ta-
pias agrietadas, su baja techumbre de paja, podían dar envi-
dia a una ruina. San José está secando los pañales en el pati-
nillo. Este caserón, de traza indígena, contrasta con el carácter
exótico de todo lo demás, especialmente con las vestiduras y
ofrendas de los Reyes Magos y de los tres proceres bárbaros
16 Li^ BSPASA MODERNA

que contemplan la escena desde la puerfca. E n la reconstruo-


oión que de sus trajes hiciera Bosch, perdería su latín el más
consumado arqueólogo. El dinero depositado por San Melchor
en el platillo no consiste, como en otros lienzos de igual asun-
to, en monedas, sino en un lingote, no muy grande, de oro; la
ofrenda de Abrahám. San Baltasar trae, como mozzetta, un ob-
jeto de metales preciosos, de estilo bizantino, a manera de re-
licario, en forma de cúpula; en las hornacinas arqueadas se
destacan Salomón y la reina de Saba. El rey negro, por últi-
mo, sostiene un pomo esférico de plata, ornado con relieves,
sobre cuya tapa extiende sus alsis un pájaro, obra de fundi-
ción, con una fresa en el pico: quizás es producto del Asia
Oriental.
Mientras los príncipes extranjeros se aproximan a la caba-
na, advierte su presencia un cortejo de peregrinos de modes-
ta prosapia, pastores, gaiteros envueltos en largos capuchones,
que van siguiendo sus huellas. Como durante la recepción de
los altos magnates debe quedar fuera esta comitiva, los que
en ella forman satisfacen su devota impaciencia, atisbando
por las grietas del tapial, y encaramándose por el derruido
techo de paja y por un escueto arbolillo.
Detrás de ellos se extiende una amplia llanura desigual,
con un monte y riachuelos; a los lados campean hordas de
beduinos. A la izquierda, se ha parado el carro de un magna-
te, el cual salta a tierra en pos de la turba, que está a punto
de pasar el río. La hierba del llano, consumida por los ardores
de un estío tropical, y la arboleda, tienen un débil tono gris
amarillento, que recuerda la paleta de van Groijen. El sol se
halla en lo más alto del horizonte, pero sin difundir sus rayos,
semejante a una bola de oro.
Los colores locales, por ejemplo, los techos rojos o azules
de pizarra, los árboles, se muestran apagados bajo aquella luz
cegadora, en la gran transparencia del aire. E n el fondo se des-
taca una extraña ciudad. Su aspecto, contra las tradiciones de )a
escuela, no recuerda Flandes ni Brabante, ni siquiera Europa.
JKBÓNIMO B08GH 17

De entre el cúmulo de casas se destacan dos grandes edifi-


cios redondos; pero que no tienen semejanza alguna con la ca-
tedral de Aachen ni con la de San Gereon, admirables cons-
trucciones, con cúpulas ovales, como las pagodas índicas,
comparables a botellas panzudas, con escalinatas en espiral, y
.una pirámide truncada con plataforma cubierta. Eran los
tiempos en que el lejano Oriente empezaba a revelarse a Euro-
pa; en que de la nueva puerta del comercio ultramarino, Am-
beres, se esparcían maravillosos relatos de un país de civiliza-
oión antiquísima, que ponían en conmoción a todo el viejo
mundo. Aquí propúsose Bosch, a fuer de antiguo franco, re-
vestir las historias de los reyes del país de la aurora con el ro-
paje de la corte burgúndica, dándoles como fondo vistas de
las ciudades brabantinas, y nos pintó una Jerusalem, calcada
sobre el modelo de las indostánicas. Al paso que en los gra-
ves cuadros de la Pasión hizo intervenir en el sagrado drama
a los personajes que le rodeaban, en la admirable historia de
la infancia del Salvador quiso dar algo de color local del
Oriente. A pesar de todos los episodios y glosas marginales
que le complican, no carece de brío este cuadro; y por lo que
toca a la técnica, debe considerársele como su obra más per-
fecta ,

I ^ r o v e r b i o s y c u a d r o s d e oostuxiitores.

Otro aspecto de su temperamento nos revela Bosoh cuando


presenta a nuestra vista escenas de la vida del pueblo, cuadros
satíricos de costumbres, ilustraciones de proverbios con leyen-
das flamencas. Por lo general, son pinturas en lienzo, a la
aguada. Por sus asuntos festivos, que mostraban mucha tra-
vesura y poca idea, alcanzaron una gran difusión gráfica; pero
como aquellas láminas corrían de mano en mano, y se las
pegaba a las paredes para adornar las habitaciones, se han he-
cho muy raras. Hasta ahora no se ha encontrado ningún cua-
dro original de esta clase.
E. M.—Junio 1914. 2
18 LA K8PAÑA MODERNA

En los siglos XVI y xvii había aún en el Palacio de Madrid


y en el Palacio de caza de El P a r d o , gran número de ellos.
Los inventarios de Felipe I I y Felipe I V mencionan al laza-
rillo conocido por el grabado de Pefcer van der Heyden, y por
las reproduciones de Peter Brueghel, que hizo una serie com-
pleta de los dos ciegos. Luego vienen los ciegos cazando jaba-
líes. Bajo el pabellón de Brueghel han atravesado los siglos
otros cuadros en forma de reproducciones libres. Brueghel em-
plea aquí también los tonos claros de Bosch (peinture ultra-
claire). Además, La danza a la manera de Flandes, y La Bo-
da, probablemente una boda de labradores; Cuaresma y Car-
naval, seguramente el cuadro descrito por Vassari, en que el
príncipe Carnaval, en figura de gigante, banquetea y rechaza
lejos de sí a la Cuaresma, que luego toma su desquite. El Cas-
tigo, un gran lienzo al óleo, en que la justicia en persona
arrastra al lugar del suplicio a un pobre pecador, seguido de
la mujer del verdugo a caballo. La bruja con el niño,. El ento-
nador, etc. También el primoroso cuadro circular de El niño
perdido, dado a conocer recientemente por G. Gluok, podría
considerarse como un motivo de género, El vagabundo.
En el Museo de Madrid hay, además, un original anónimo
al óleo (núm. 1.860, 0,49, 0,35, madera). En un círculo sobre
una tabla negra contemplamos una operación quirúrgica. En
el primer plano de un paisaje liso, un poco pendiente hacia la
derecha, iluminado por una luz tenue, y limitado por colinas
de un azul claro, se halla un hombre, sentado en una silla,
j u n t o a una mesita. El cirujano, de pie tras del sillón, armado
de cuchillo, se dispone a sacarle un objeto que se le ha clavado
en la frente. En su turbación y premura, el cirujano se ha en-
casquetado en la cabeza el embudo en vez del gorro doctoral.
Un anciano bien conformado, con tonsura y sayal, parece di-
rigir frases de consuelo al paciente, mientras sostiene en las
manos un j a r r o , acaso con el bálsamo o alguna bebida tonifi-
cante para después. Una vieja contempla la escena, con los
codos apoyados en la mesa, y tiene sobre la cabeza como co-
JERÓNIMO B08CH 19

rresponde a su dignidad, el libro en que se halla descrito el


caso clínico. Este trastrueque del embudo y el libro parece
indicar que la sabiduría libresca y la farmacopea deben ceder
ante el hierro en un caso tan grave: Quod medieamentum non
sanat, ferrum sanat. Estos personajes muestran la especial dia-
posición de espíritu con que, según la opinión del adorador
de Mme. de Longueville, solemos presenciar los malheurs de
nuestros mejores amigos.
Este cuadro era conocido con el nombre de La pintura de
los locos. Don Felipe de Guevara, que poseía una reproducción
del mismo, al temple, dice con más exactitud: la operación de
la locura (cuando se cura de la locura). Trátase de una opera-
ción recomendada a la cirugía del porvenir, aunque ya según
Swift, habíala ideado un miembro de la Academia de Laputa,
el cual preconizaba cambiar los hemisferios cerebrales a loa
políticos parlamentarios para evitar la discrepancia de opinio-
nes. Este mismo asunto ha sido desarrollado por J a n van He-
messen, con la tosquedad de estilo que le caracteriza, y tam-
bién lo ha sido en época posterior, como más fino humorismo,
como operación y cura de la erudición, por J a n Sleen y Frans
Hals (Galería de Rotterdam 313, 414), inspirándose en el refrán
holandés: «Tiene una piedra en la cabeza», «sacar la piedra»
(Jemand an den Kei snijden). Por «cutar a uno de su locura».
Sobre el fondo negro se lee el siguiente verso:

Meester snijt die


Keye ras
Myne ñame
Is bibbert das (Zitter Daoh).

Los STieflos.

En todas estas obras religiosas y profanas se nos revela


Bosch bajo un aspecto nuevo, y Michiels dice de las últimas
que con ellas abre Bosch le cortege des peintres moralistes, pu-
diendo haber dicho también de los pintores de género, pues
20 LA ESPAÑA MODERNA

hasta entonces esta clase de pintura era conocida en sus ele-


mentos, pero no llegaba a constituir una especialidad (l).Bosch.
marcha, en efecto, a la cabeza del más antiguo grupo de pinto-
fes holandeses de género: P e t e r Brueghel, Aertsen y Beuke-
laer, Q. Metsys y Lucas de Leyden.
E n otra parte, y la más famosa de su legado artístico, se
nos muestra Bosoh, por el contrario, orientado hacia lo pasado,,
tanto por el asunto como por la forma de sus creaciones; nos
referimos a sus composiciones alegóricas y satíricas. Sueños
llamábalas él, sueños de Bosco, por advertirse en ellas una al
parecer desordenada y hasta violenta combinación de elemen-
tos, tomados de la realidad y del sueño, por más que a su ejecu-
ción presidiera una idea consciente y reflexiva.
El realista se convierte aquí en un hombre dado a la fan-
tasía. Cambio curioso que encontramos también en otros ob-
servadores de la humana locura, como Oallot, David Teniers y
el aragonés Goya, que también se han hecho un nombre con
sus cuadros de costumbres, fiestas y abusos de su época, así
como con la pintura de brujas y diablos. El realismo y lo gro-
tesco nacen, en verdad, de raíces muy cercanas. La realidad
de iufima clase necesita una raigambre de humor, y el lengua-
je del estilo cómico tiende a expresar las cosas con una literal
reproducción del detalle: «nunca tiene bastante colorido».
Con frecuencia, basta para producir el efecto cómico la re-
producción grave y completa de una partícula de la realidad,
y el reino de la naturaleza es el verdadero acervo del pintor
grotesco: la fantasía abandonada a sí misma sólo produciría
burlas insípidas.
Los escritores de anteriores centurias, Sigüema, Martínez,
Baldinucci, P. Orlandi (en el abecedario), pensaban que
Bosoh rebuscaba aquellas imágenes crueles y violentas, por-

(1) Berthold Biehl ha demostrado al por menor la dependencia en que


se halla Brueghel respecto de Bosch; el autor reconoce a este último la glo-
ria de haber marcado una época en la historia del cuadro de costumbres.
(Historia de la pintura de eostumbres en el arte alemán, pag. 107.)
JH;RÓNIM0 B09CH 21

que no esperaba destacarse y sobresalir, siguiendo el camino


trillado. Pero ¿quién no ve que, lejos de buscar él y perseguir
esas visiones, eran ellas las que le buscaban y perseguían?
Se conservan de él cuatro de esos sueños, sin duda alguna
lo más importante que haya producido. Son: Los siete pecados
capitales, La carreta de heno, El placer del mundo, Las tenta-
ciones de San Antonio; este último se halla en Lisboa, los
otros en El Escorial. Todos ellos de dimensiones relativamente
pequeñas, y, por lo general, afectan !a forma de retablos orna-
dos de grisallas. En tan reducido espacio ha acumulado el ar-
tista un contenido casi inagotable, subordinado a un tema
principal. Son variaciones sobre el problema del mal; las alas
muestran el principio y el fin, y en el centro se desarrolla la
lucha. De ellos ha dicho alguien, que para hacer su descrip-
ción completa se necesitaría llenar un libro; y, en efecto, lo
que otros dicen con latitud en las páginas de un libro, Bosch
lo muestra aquí coudensado y contraído tal como se reflejan los
objetos en un espejo convexo. Si Holbein y Sebastián Brant
hubieran querido reducir a las proporciones de una tabla su
Danza macabra, el primero, y su Nave de los locos, el segundo,
hubieran tenido que encargárselo a Bosch. Este, al escoger esa
forma de cuadro para sus sueños, supo bien lo que se hacía:
la cantidad ya de por sí es un medio de producir el efecto có-
mico, y lo grotesco sólo puede gustar en pintura cuando no
pasa de ciertos límites. Tales cuadros sólo eran posibles con el
sistema de los antiguos flamencos, y su estilo pictórico, de tra-
zos finos, duros, firmes y claros; el arte de amoldar lo grande
a lo pequeño triunfa aquí en toda la línea. Los siete pecados
capitales los pintó Bosch sobre una tabla de mesa, como
aquella que posee el Louvre, de Hans Sebald Beham, la Histo-
ria del rey David; y la que en la Galería de Cassel se conserva,
de un pintor suizo desconocido, y que representa u n sistema
astrológico, según la idea de una armonía de los planetas, de
las artes liberales y de las virtudes basadas en las excelencias
del número siete. En la tabla de mesa de El Escorial vemos lo
22 LA K8FAÑA MODBftNA

contrario; los siete pecados, el mal en su grado máximo, según


la moral religiosa. Un tema que por aquella época, aunque en
otra forma más teatral, servía también de asunto para la ur-
dimbre de los tapices. El Palacio Beal de Madrid posee una
serie de esta clase, en forma de cortejo triunfal, pomposo y
animado.
E n la tabla de Bosch se desarrolla ^ nuestra vista una guir-
nalda de doce escenas, entre las que existe una relación más
clara. En el punto central de la tabla esplende un círculo que
irradia rayos de luz, y en él se destaca el Salvador, de pie, so-
bre el sarcófago, con la mano izquierda en alto, en ademán
admonitorio, y debajo esta leyenda: cave, cave Dominus videt,
Oiñendo su periferia, corre una amplia cenefa, dividida por
siete rayos en otras tantas partes, que representan escenas de
la vida burguesa, un verídico espejo para burgueses y labra-
dores, contenido en los estrictos límites de la crónica diaria,
sin desbordes de fantasía. Cuatro escenas de interior y tres de
calle. E n las primeras, de entre unos muebles derrumbados,
surge un labrador que, armado de un largo puñal, se lanza so-
bre un vecino; una compasiva mujer le sujeta el brazo levan-
tado en actitud de descargar el golpe; los arrebatos de la cóle-
ra. Un caballero de porte principal pasea, halcón en mano, por
un camino; un buhonero, abrumado bajo su carga, parece re-
troceder ante él; en la puerta y ventanas de una tienda hay
gentes que murmuran. Nadie dudará que con estos trazos qui-
so el artista describir cómo «punza al rico la mirada de la en-
vidia». Don Felipe de Guevara elogia esta representación de
un afecto nada fácil de pintar; y a este propósito recuerda a
Arístides de Tebas, el pintor de los estados de alma y de las
pasiones, según Pliuio. Estas cuatro escenas son de un carácter
y un estilo completamente populares. Las situaciones que po-
nen de relieve pecados y pasiones se hallan expresadas con
pocas figuras y con gran sobriedad; la soberbia, por ejemplo,
la representa una dama que, vista por detrás, parece ocupada
en el arreglo de su tocado. Fuera de este gran círculo, en las
JEKÓNIMO BOSCH 23

cuatro esquinas de la tabla, se abren cuatro oirculillos, en


los que nos muestra el pago de las deudas contraídas en el
mundo: lecho de muerte, juicio, paraíso e infierno. P e r o estos
oirculillos acusan ya el estilo de la pintura religiosa de la épo-
ca; entre ellos y los otros siete se diría que media un siglo.
Felipe I I tenía en especial estima este cuadro, hasta el punto
de mandarlo colocar, como un penitencial pintado, en la alco-
ba de El Escorial, la misma donde murió. Allí se conservaba
en Febrero de 1873; en época posterior lo llevaron de aquel si-
tio, y ahora no se sabe dónde habrá ido a parar (1).
La más comprendida de los antiguos parece haber sido la
alegoría de la Carreta de heno, un tríptico que poseía D. Fe-
lipe de Guevara, y que Felipe I I mandó colocar en la iglesia
vieja de El Escorial. Dicho tríptico viene a ser un trasunto
del carro de triunfo, trasladado a un ambiente campestre.
Puede compararse su argumento al del cuadro de Sebastián
Brant: Una gran nave, que lleva a hordo a todos los locos del
mundo. También Bosoh había pintado La nave de la corrup-
ción. El pasaje bíblico en que la voz del desierto manda predi-
car al profeta Isaías: «Toda carne es heno», inspiró a Bosch la
idea de representar las aspiraciones mundanales bajo la forma
de una fiesta rústica en la época de la cosecha. El artista nos
introduce en un amplio y ameno paisaje, una llanura tapiza-
da de verde hierba y surcada por mansos arroyuelos, tras la
cual distingue la vista un accidentado país, con montañas y
ciudades a la derecha, como en las orillas del Rhin. Una ca-
rreta, cargada de heno hasta desbordar, de admirable dibujo,
camina de regreso, trepidando bajo la abundosa carga. Como

(1) Ghievara describe esta tabla, pág. 43 de sus Comentarios, como


ejemplo del género moralizador por Bosch oreado, y no lo considera en
modo alguno como falsificación; pues el pasaje referente a él qUe comien-
za: «Ejemplo de este género de pintura es una mesa que V. M. tiene» (el
librito está dedicado a Felipe II) hace relación a estas «moralidades» antee
mencionadas, de lasque constituye el más notable «ejemplo», no alas
imitaciones de la copia allí referidas.
24 LA ESPAÑA MODERNA

en los Segadores de las lagunas Pontinas, de Leopoldo Robert,


también aquí va sentada en lo alto de la carreta una alegre
pareja, una muchaolia que canta por notas, y un mozo que la
acompaña con la mandolina; un ángel custodio eleva las ma-
nos en actitud de orar, y una fama maravillosa, cuya nariz se
ha desarrollado hasta tomar la forma de una trompeta, lanza a
los aires el jubiloso cántico de la cosecha. En el primer térmi-
no se ven divinas segadoras en hábitos monjiles, bajo la vigi-
lancia de una gruesa abadesa, ocupadas en recoger el heno en
sacos. Un lucido séquito, impropio de una fiesta rústica, mar-
cha detrás de la carreta; son los jefes de la cristiandad: prime-
ro el Papa, acaso Alejandro IV; luego el Emperador, y por
último, los príncipes de la corte, todos en suntuoso atavío.
No hay romería de importancia sin huesos rotos, y así no
falta en nuestra procesión el interés dramático de una quere-
lla: la lucha por el heno. Distintas personas, que en su mayor
parte pertenecen a la categoría de las que, por su hábito al
menos, no debieran librar otras batallas que aquellas en que
se obtiene la bienaventuranza, armadas de garfios y escaleras,
t r a t a n de asaltar la carreta, se empujan unas a otras, boxean,
y caen al fin bajo las ruedas. Siete diablos, acomodados en el
tiro delantero, están diciendo claramente que esta carreta no es
cosa santa. El humorismo del cuadro podría resumirse en esta
frase: «mucho ruido para nada» o, según la definición de lo
cómico, «lo ininteligible percibido por los sentidos en oposi-
ción y estado». La atención y el celo que deberían consagrarse
a la lucha del bien contra el mal, de la luz contra las tinieblas,
la aplica el mundo de mejor grado a las apariencias; por las
nonadas de la vanidad nos imponemos sacrificios mayores que
por el fin verdadero e importantísimo de nuestra existencia.
El ala derecha del tríptico muestra la granja, el paradero
adonde va a dar la carreta. En el ala izquierda, a más del pa-
raíso y de la creación del hombre, se advierte también a lo
lejos, en las alturas celestiales, la caída de los ángeles, origen
a la vez que primera catástrofe producida por el mal. Pero es-
JERÓNIMO BOSOH 25

tas imágenes se apartan algo del patrón generalmente segui-


do en las representaciones de esa bristiaiía guerra de los tita-
nes. Al pronto se piensa si no representará un episodio del
quinto al sexto día de la creación, cuando las fértiles nubes
dejaron caer sobre la tierra a los animales pequeños. Pero muy
luego se descubre ya sobre las cimas de las nubes más altas
(bajo la Majestad Divina en irisada gloria), ejércitos de ange-
lillos en actitud de airada defensa, descargando sus golpes so-
bre un enjambre de seres extraños que se precipitan en con-
fuso montón hacia la tierra. Esos seres son escorpiones, lagar-
tijas, cangrejos, escarabajos, tábanos, familias todas que de
entonces acá, en los malos tiempos que ha tenido la tierra,
han quedado reducidas a más modestas proporciones. Tales
sabandijas que, si bien, según G-oethe, han debido contribuir
al gran Todo, suelen con frecuencia cambiar nuestro paraíso
terrestre en un infierno (el simbolismo se desprende aquí tam-
bién de las experiencias terrenales), debieron igualmente en
otra época, según la realista concepción de Bnsch, llenar de
incomodidades el cielo, y la servidumbre celeste tendría que
echarlos de allí un sábado de limpieza general. Cerrando las
alas del tríptico, desaparece toda aquella fantasmagoría y todo
aquel simbolismo, y nos encontramos en un amplio paisaje
brabantino, con la carretera en primer término. Por detrás,
destácanse escenas de la vida rural de entonces, aldeanos bai-
lando al son de la gaita, un caminante atado a un árbol,
mientras los bandidos desvalijan su cofre, y allá, en el fondo,
el patíbulo, consuelo en todo tiempo de las gentes honradas.
El primer término lo absorbe una gran figura, un campesino
que atraviesa corriendo la senda, sin otra arma que un garro-
te. Probablemente la carreta de heno sugirió al pintor la idea
del labrador, que es quien lo cultiva. El labrador, además, es
quien alimenta a todas aquellas jerarquías, y quien les da
tiempo y medios para entregarse a sus importantes querellas;
a lo lejos le vemos abandonado a sus inocentes recreos, y tam-
bién bajo el peso de una de aquellas catástrofes que a diario
26 LA E8PAJÍ)A MOUURNA

caían sobre él, cuando los elevados combatientes no podían pa-


gar a sus bravas mesnadas.
La más extraña y sombría de las creaciones alegórico-mo-
ralistas de Bosoh, es un cuadro, al cual no se le ha podido en-
contrar basta ahora un nombre justo. Los españoles le llaman
el «tráfago» o «la lujuria», y también «los vicios y su fin». La
escena que representa parece un parque de salvaje vegetación,
de una flora y fauna extrañas; una especie de paraíso terrenal,
a juzgar también por el traje de sus moradores. No cabe negar
que aquí también, impresionado por las noticias del reciente
descubrimiento de América, sintió Bosch hervir su fantasía,
henchida de imágenes de aquella naturaleza tropical. Recuér-
dese que Colón mismo, al aproximarse a Tierra Firme, creyó
haber descubierto el sitio del Paraíso terrenal, en la desembo-
cadura del Orinoco (1).
Verdaderamente, se ven allí los mismos árboles y animales
prodigiosos que en las demás pinturas del paraíso. E n el con-
sabido proscenio del ala izquierda, en que Eva, ya formada,
es presentada a Adán, se destacan las grandes especies tropi-
cales: el elefante, la girafa, el canguro y el unicornio, que vi-
vía en países conocidos de la Edad Media. Se ven asimismo
peces voladores, pájaros de tres cabezas y saurios gigantescos.
En el fondo despunta una vegetación maravillosa: plantas
acuáticas, cuyas partes, compuestas con motivos de cactus,
pitas y conchas, recuerdan, por la simetría de su estructura,
las construcciones del arte gótico en sus postrimerías, broca-
les artísticos, de los que salen surtidores de agua, y también
seres animados. El árbol maravilloso crece en una colina, y es

(1) La Biblioteca Real de Madrid posee un manuscrito de Antonio de


León Pinelo, «El Paraíso en el Nuevo Mundo», 1656. Un mapa muestra el
continente del Paraíso. En el centro el Edén, con la especificación de los
lugares: «arbor vites, locus voluptatis, boni et mali». En el ala derecha de
la Epifanía se ve en el fondo un mar con una gran ciudad isleña y, puertos
con buques. ¿Será Méjico?
JERÓNIMO BOSCH 27

un madroño gigantesco, símbolo del amor al mundo. Probable-


mente, se trata de una variedad del árbol de la Ciencia.
Unas formaciones vegetales, retoño de aquel árbol, en nú-
mero de cinco, forman el fondo en el cuadro principal y medio.
Delante de ellas hay un bosquecillo, un jardín de Armida; un
estanque espejea por entre la maleza de la orilla que circunda
proeesionalmente un cortejo de jinetes, de dos y hasta tres en
fondo, caballeros en panteras, corceles, machos cabríos, to-
ros, leones, camellos, osos, grifos, unicornios y cerdos. En el
agua juguetean grupos de ninfas, que coquetean con los ji-
netes. También se ve allí una bruja a caballo, un rito de la re-
ligión de la Naturaleza.
E n elprimer término de la tabla central se ensancha la esce-
na, adquiriendo la magnificencia lujuriante de un pantanoso pai-
saje tropical. Fauna y flora son aquí de proporciones colosales;
se ven pájaros gigantescos, mariposas gigantescas y gigantes-
cos racimos. Las ninfas parecen haber logrado su objeto. In-
contables grupos, más o menos numerosos, se muestran disemi-
nados por aquel paisaje, en que la Naturaleza misma parece
poseída del gusto por lo maravilloso, formando encantadoras
grutas vegetales, que brindan grata sombra o invitan al soña-
dor descanso. Acaso habría leído Bosch algo de casas construi-
das con hojas de palmera y de viviendas en las copas de los ár-
boles. Algunos grupos discurren por entre estas maravillas na-
turales, otros se entretienen en juguetear con grandes pájaros
inteligentes y listos, o se recogen en las aguas, convidados de
aquella elevada temperatura. Otros, en fin, se han acomodado
en los pétalos de una gigantesca chumbera, o en formaciones
semejantes a nidos o avisperos coniformes (que flotan en parte
en el agua), en conchas, cascaras de coco, cilindros de cristal,
garitas, y hasta en cjievas subterráneas, semejantes a los es-
condrijos de los grillos. Se ve también, por último, una gigan-
tesca planta pantanosa, una Victoria regia, bajo cuya trans-
parente corteza ha buscado refugio una parejita. ¿Quién po-
dría seguir eu todas sus revueltas el laberinto simbólico oreado
28 LA. ESPAÑA MODKENA

por el pintor moralista? ¿Pretendió acaso exponer aquí su filo-


sofía cifrada de la sensualidad y proclamar la reivindicación
de sus derechos, que ya el Renacimiento formulara? Los poe-
tas, en verdad, han colocado siempre el placer de la paradisia-
ca dicha de los sentidos en el seno de una Naturaleza embria-
gada ella misma, en cuyos procesos vegetativos vuelve a su-
mirse y rebajarse la espiritualidad. En la bruja a caballo quiso
mostrarnos el pintor, cómo la voluptuosidad se nutre a expen-
sas de todas las pasiones (simbolizadas por animales), y de
ellas se engendra. En aquel jardín de delicias nos pinta él la
inagotable facultad de adaptarse y metamorfosearse que aqué-
lla posee, la animación del mundo externo mediante las imá-
genes que lo llenan, su proteica fantasía.
La rehabilitación de la carne, rara vez ha redundado en
bien de sus apologistas; de los Campos Elíseos al averno y a
las calderas de azufre, no hay más que un paso, y seguro que
el lector ya adivina lo que representa el ala derecha del trípti-
co. El infierno, en efecto, es la antítesis de este jardín encan-
tado. El negro infierno, alumbrado, no obstante, por una luz
viva, con el resplandor sombrío de una mina de carbón o un
laboratorio. Pero acaso no sea más que el purgatorio, y enton-
ces podríamos atribuirle una significación más conforme con
nuestros sentimientos humanos: la de un lugar donde la natu-
raleza del hombre es sometida a un proceso de destilación, de
modo que los elementos de esa combinación que constituyen el
mal se evaporen por el calor, quedando los demás en su pri-
mitiva pureza. Que esto no es cosa fácil, pruébalo la multipli-
cidad de procedimientos en que, a más de emplear grandes re-
tortas de vidrio y alambiques, todavía se aplican métodos quí-
micos a los cuerpos de los pecadores. Naturalmente se les cas-
tiga por donde pecaron; así, por ejemplo, vemos a un hombre
extendido sobre una gran harpa, tal San Lorenzo sobre las pa-
rrillas, o una monumental lira rústica, sostenida por un dia-
blillo, y cuya resonante panza se muestra a las pobres almas
como una celda de penitencia; y hasta hay allí un desgraciado
JERÓNIMO B08CH 29

^ue parece todo oídos. A juzgar por esto, ya se conocía mucLo


antes del siglo xx el tormento infernal de la música cacofóni-
ca. A decir verdad, nosotros nos imaginamos hoy el fin dei
mundo con otra temperatura; pues la Ciencia, según pa-
rece, ha puesto ya en claro que el mundo ha de perecer por
el frío.
La pintura, no obstante, preferirá siempre la tempera-
tura clásica, que se presta más a los efectos de luz; y de ajus-
tarse a los datos científicos, el último acto de esta tragedia
vendría a terminar en las tinieblas más absolutas.
Aún más que en estas obras alegóricas e instructivas, en-
contró Bosch «campo para tender las alas» de su espíritu, eu
un género que ya antes había servido en la Iglesia para mar-
car la transición a lo grotesco. La leyenda ascética de los com
bates sostenidos por el patriarca de los monjes en la Tebaida;
sus luchas «con los malos espíritus bajo el cielo», producto de
una región del mundo donde hoy mismo creen los hombres ha-
llarse rodeados de seres invisibles; las tentaciones de San An-
tonio, hubieran sido ya sufioieutes para infundir la visionaria
imaginación de los orientales a los maestros de la Edad Media,
a no llevar estos consigo la herencia, no poco semejante, de
los primitivos tiempos hiperbóreos. Las tentaciones del Santo
Abad, es la obra más conocida y divulgada de Bosch, que la
copió varias veces, habiendo sido reproducida luego por mu-
chos pintores. El mejor ejemplar de este cuadro se halla en el
Palacio Real de Ayuda, en Lisboa; allí se conservan las partes
exteriores de las tablas de las alas, hermosas grisallas con es-
cenas de la Pasión: la prisión y Cristo con la cruz a cuestas.
Cada una de las tres tablas tiene su sólido tema central,a cuyo
alrededor gira todo el asunto; en la tabla principal, el banque-
te; el cáliz es escanciado por damas suntuosamente ataviadas;
mujeres cosiendo, un grupo de sacerdotes herejes dando la ben-
dición; a la derecha, la tentación operada por la bruja desnu-
da, en el hueco de un sauce; a la izquierda, el rapto del ermi-
taño por los espectros que lo arrebaban hasta las nubes, y, por
30 bA KBPASA MOUURNA

último, la caída del santo, que se desploma desvanecido sobre


el suelo de su celda.
En aquella época era de gran edificación este cuadro, que
ponía de manifiesto hasta dónde llega el poder de la fe; y se
le interpretaba como una fantasía sobre la epístola del domin-
go 21 después de la Trinidad (Ephes. 6, 10 y 1.)
«No tenemos que luchar solamente con la carne y con la
sangre, sino también con los príncipes de este mundo, que d o -
minan en las tinieblas de este mundo.» Así lo declara el prior
Sigüenza. La figura solitaria del anciano que, como en el cuen-
to de Gogol, se halla acosado por un pandemonio; y en el último
instante encuentra la fórmula del exorcismo, que nunca falla,
se nos antoja un retrato de Bosch mismo, cuya razón y humo-
rismo eran bastante sólidos para sostenerse siempre firmes en
la silla de su pegaso demoníaco.
Ya de por sí la composición del cuadro ofrecía material
para una obra más que buena; la ciudad incendiada, con la to-
rre de la iglesia que se derrumba; la montaña vomitando fue-
go; la marina con sus buques fantasmas; la colina, cuya verde
superficie gravita sobre los cuatro agazapados gigantes; las
ruinas de la torre, en cuya oscura capilla arde la lampara eter-
nal; los muros de la fortaleza, entre cuyas almenas se aglome-
ran tropeles de hombres armados, y a trechos, para recreo de
la vista, verdes praderas y bosques. Estas particularidades del
paisaje se repiten siempre con una finura rara en la pintura de
aquel tiempo; elambiente recuerda algún tanto a los holande-
ses del siglo xvii.
Inmensas formaciones, combinaciones de elementos heteró-
clitos, partes de hombres y animales, de animales y plantas,
han sido corrientes desde antiguo en el arte decorativo y son
casi tan viejos como él. Nadie ignora el papel que los mons-
truos desempeñan, tanto en la arquitectura románica y gótica,
como en el Renacimiento italiano. El nombre de grotesco data
de la época de nuestros cuadros. Este grotesco alejandrino-ro-
mano y neo-italiano, se diferencia del de la Edad Media por la
JERÓNIMO B080H 31

claridad de formas de sus creaciones, la hermosura de sus ele-


mentos aislados y la euritmia de las combinaciones; además,
desde los tiempos más remotos se ha mantenido en un estrecho
círculo de formas clásicas; el grifo y la esfinge, centauros y sá-
tiros. ¿Hay un motivo más jocundo que una figura juvenil sa-
liendo del cáliz de una flor? Pero que precisamente en aquel
tiempo, los fantasmas de la fantasía nórdica no influenciada por
ninguna cultura, ejercían también su influjo sobre el encanto
italiano, se halla probado por las biografías de algunos de sus
más grandes artistas. Miguel Ángel copió un grabado en cobre
de Marthin Schongauer, San Antonio arrebatado en los aires
por el demonio; el modelo era la única creación de esta clase
que hay en la obra del maestro alsaciano. Como su primer en-
sayo plástico fue la cabeza de su sátiro fisgando, conservó
siempre como ornamentista la afición a lo grotesco. De Leo-
nardo refiere Vasari una travesura de juventud semejante, de
feroz invención. También Cranach y Durero con sn Jinete han
contribuido con su parte. Se trata, pues, de una tendencia
muy general del gusto en aquel tiempo.
Ahora bien; Bosch ha sido el más fecundo e ingenioso en
este terreno; posee un sistema propio para la creación de mons-
truos. E n combinaciones extrañas y cómicas ha superado a
cuanto se produjera hasta entonces; pero en los elementos in-
tegrantes de sus creaciones se atuvo más que otro alguno a la
Naturaleza, y en esto estriba su valor cómico-pictórico. Esos
retratos de peces y aves harían honor a un álbum de historia
natural. Podría aplicársele lo que Viollet - le Duc dice, refi-
riéndose a una gárgola de la Capilla Sixtina: «II est diffioile de
pousser plus loin l'étude de la nature appliquée a un étre qui
n'éxiste pas.» Por esta razón se hallaban sus creaciones satura-
das de contenido mental, en vez de ser únicamente desates de
una arbitrariedad disparatada. Especialmente drolático es el
empleo de objetos inanimados, productos de la industria, ins-
trumentos, vasijas, como partes integrantes de seres vivos, o
prendas de vestir. Se ven en sus cuadros: máquinas de hierro,
32 LA ESPASA MODKRNA

que contienen animales y en ellos se transforman; buques que


son al mismo tiempo animales acuáticos; seres que, como el
cangrejo, se han desarrollado en una concha, en el cráneo de
Un caballo, en un cántaro; buques aéreos, formados de tenue
polvo, en forma de pescados, precursores de nuestros dirigi-
bles; una anciana que lleva consigo, a guisa de capa y capu-
cha, el tronco hueco de un sauce (1).

*
* *

Dada la boga que Bosch disfrutó en el siglo xvi, era de es-


perar, como así fue, que tuviese una turba de imitadores. En-
tre éstos, había algunos, pocos, con talento bastante para se-
guir un camino propio; otros que ponían en caricatura su
estilo, y, por último, copistas y falsificadores. A los enla-
zados con él por parentesco espiritual, se les reconoce en ei
carácter especial de sus creaciones; los falsificadores se reve-
lan por su inferioridad respecto al maestro, y los copistas por
la carencia de sus inimitables cualidades pictóricas. Cualquie-
ra que se haya familiarizado con los originales de Madrid y
El Escorial, podrá reconocer, a la primera mirada, estas per-
las falsas. A ellas pertenecen las obras del tosco San Mandyn.
El tono frío, claro, especialmente en el paisaje; el dibujo,
seco, que recuerda el buril de los grabadores; la expresión,
llena de seguridad de las formas agudas, individuales, rebo-
sando humor, todo esto es inimitable, «o'est une peinture fer-
me, dure, pleine, mais finement travaillée et d'un dessin assez

(1) En un pequeño cuadro (Prado, 1.181), que no es original, se ve in-


dicada la influencia de una poesía medioeval irlandesa en la inscripción
(«Visio Tondalij»). El cuadro representa a un ángel mostrando a un jovea
el inflerao; entre otros objetos, se ven unos naipes. Supónese que se trata
del «Het boek van Toiidalus visioaen», impreso en Ambeves, 1482, y Delft,
1494. No creo, siu embargo, necesario remover todas las infames patra-
ñas diabólicas de las antiguas narraciones infernales para comprender a
Bosch.
JKRÓNIMO B080H 33

oorreot», observaba ya Viardot en 1843. Su parquedad en los


colores, quizá estuviera relacionada con la nerviosidad del ar-
tista .
De aquellos sus parientes espirituales, el que parece tener
más derecho a figurar inmediatamente al lado suyo, es Peeter
Huys, del cual hay un cuadro en el Museo del Prado (1.570).
Representa el combate que libran ángeles y demonios por la
conquista de las almas. Sobre ambos bandos beligerantes, se
cierne aislado un ángel que en la mano lleva un alma redimi-
da. Abajo se destacan las moradas del mal. Los motivos de la
lucha los constituyen los horrores de la guerra, que, como más
tarde puso de manifiesto Goya en su Desastres de la guerra,
sacan a la superficie, en su más descarnado horror, cuanto de
diabólico hay en el alma del hombre. E n el cuadro a que nos
referimos, se observa también en la composición, en vez de gru-
pos diseminados, el movimiento de masas de una gran acción.
Lo mismo se advierte en el espantable Triunfo de la Muerte,
único cuadro de Peeter Brueghel, d'Aelt. E n éste, el abiga-
rrado juego de una fantasía grotesca y sarcástica, ha cedido
el puesto a aquel humorismo rabioso que, a la manera de «la
danza macabra», busca su efecto en la monotonía de los horri-
bles esqueletos. La Muerte, como un general, avanza seguida
de carros atestados de calaveras, por entre las filas de los vi-
vos, y los va empujando, reyes y villanos, hacia una ciudad
amurallada con féretros puestos de pie, un colosal matadero,
mientras arriba dos esqueletos tañen dos enormes campanas.
El horror a la muerte se halla expresado aquí en cuadros de
una ebria rabia de destrucción, como si la nada fuera más po-
derosa que la vida.
Recientemente se ha querido privar a Bosoh de la gloria
de haber sido el autor de casi todas las tablas suyas, reconoci-
das como obras maestras, fundándose en la pretensión inau-
dita de que la fotografía «permite juzgar a distancia de los
originales». Con esta base se ha querido orear un imitador de
Bosch, que no sólo estuvo a la altura de su modelo, sino que,
E. M..—Junio 1914. 3
34 LA WSPAitA MODERNA

además, logró superarle. Pero el presunto monograma de este


imitador (M) no es otra cosa que la marca de un cuchillero (1).
Este despojo, de que se quería hacer víctima a Bosch, priván-
dole de sus mejores obras, se ha tomado por un retorno de la
función crítica; vivimos en el tiempo de la depreciación de los
valores.
Como todas estas obras maestras estuvieron reunidas por
espacio de siglos en la capital de España, se comprende por
qué pocos pintores extranjeros fueron t a n familiares y cono-
cidos de los españoles como Bosch, que, además, halagaba su
afición a lo grotesco. No tardó mucho en afirmarse que había
vivido en España; un pintor zaragozano del siglo xvn, Juse-'
pe Martínez, le hace natural de Toledo: «Fue llamado al Esco-
rial—dice—y allí, para destacarse entre los maestros italianos,
discurrió un extraño estilo.» A Bosch se le ha atribuido todo
cuanto del Norte vino y se le parecía.
¡Pero cómo hubiera él podido, a fuer de extranjero y de
holandés, sustraerse a la sospecha! En efecto, halló tan celo-
sos admiradores como encarnizados enemigos; para los unos
era un hereje y un renegado; para los otros, un predicador de
las más profundas verdades cristianas. Decíase que el genial
D. .Francisco de Quevedo había plagiado a Bosch en sus Sue-
ños aquella contrafigura del infierno del Dante, y sus enemi-
gos no encontraban mayor insulto para él que llamarle «dis-
cípulo y segundo tomo del pintor ateo Gr. Bosch». Quevedo mis-
rao, y quizás por envidia de artista, le coloca en el infierno, y
allí leemos que Bosch, preguntado por qué en su sueño había
aderezado tales guisos, respondió: «Porque nunca creyó en la
existencia de los diablos.» El pintor Pacheco, Censor de cua-
dros por el Santo Oficio, previene a los pintores contra la se-
ducción que en ellos pudieran ejercer estas obras, diciendo
que se había honrado en demasía a su autor convirtiendo en

(1) Véase el artículo de G. Glueck en Jahrbuch d. Kgl. Pr. Kunsts,


1904, XXV.
JERÓNIMO BOSOH 35

misterios estas fantasías. A medida que iba pasando el tiempo


sobre esas obras, en que anda revuelto lo sagrado con lo bur-
lesco, parecían, cada vez más, delirios de un cerebro herético,
entregado al poder de las tinieblas, visiones anticipadas del
lugar que le estaba reservado y que ya por fin le había en-
gullido.
Ahora bien; estos herejes tenían a su favor el clero, que
rompía lanzas por la pureza de creencias cristiano-católicas de
Bosch. El clero, de cuyas filas han salido los más grandes sa-
tíricos y humoristas—Rabelais, Swift,—ha mostrado siempre
mayor comprensión para la burla que los seglares timoratos.
Y fue preciso que los dignos señores hicieran la apología de
los combatidos cuadros, exponiéndolos en sus santas moradas.
El grave, docto, al mismo tiempo que experto crítico en ma-
teria de pintura, Prior de San Lorenzo y su biógrafo, que tam-
bién padeció a Felipe I I , F r a y José de Sigüenza, pregunta si
es presumible que este monarca tolerara en la iglesia y en sus
habitaciones particulares la presencia de las obras de un hom-
bre sobre el cual recayese la más leve sospecha de herejía. En
su historia se encuentra un largo discurso sobre Bosch, cuyas
producciones clasifica por este tenor: Cuadros devotos; esce-
nas de la Pasión, las cuales pertenecían a la pintura sagrada
corriente; luego, escenas de San Antonio, imágenes de la lucha
contra el poder del mai, y, por último, alegorías. Pero éstas
no son disparates, sino libros llenos de profunda sabiduría y
artificio: sátiras pintadas de los pecados y errores de los hom-
bres. No es culpa suya el que resulten disparates; si los hay
allí, no son suyos, sino nuestros. Lo más íntimo de la Natura-
leza humana, tal como ella es, lo pone al descubierto sin con-
templaciones, al revés de otros que sólo tocan su superficie. E n
su estudio de la naturaleza humana, tan llena de contradiccio-
nes, ¿no puso Platón, al tratar de sus fenómenos, aquella no-
ble estatua de multiplicidad infinita, surgida de lo más pro-
fundo de la noche y el sueño? Sigüenza compara a Bosch con.
el inventor de la poesía, macarrónica; una mezcla, en boga en-
36 LA E S P A S A MODERNA

tonces, de los idiomas latino e italiano; con el benedictino


Teófilo o Jerónimo Folengius, que escribía con el pseudónimo
de Merlín Cocoajus. A Sigñenza se adhiere F r a y Francisco de,
los Santos, que en la segunda mitad del siglo xvii estuvo en-
cargado de la dirección del Escorial; opina éste que el mundo
debería estar lleno de traslados de una obra como el Curso
del mundo. Todavía en el siglo xviii, otro Prior, Andrés X i -
menes, dice: «que las obras de este creador de la pintura ale-
górica figurada son, bajo su jocosa apariencia, de un arte tan
enérgico, tan lleno de sentido y de doctrina como las más gra-
ves y devotas, pues ellas enseñan más en un momento que
otros libros en muchos días». El actual Prior del monasterio -
cedido a los Agustinos es de otra opinión: más gazmoño que
Felipe I I , ha sustraído a la admiración pública estos cuadros.
A su opinión, ya expresada hace veinte años, se puede asentir,
reconociendo que, en efecto, donde tienen su verdadero puesto
esos cuadros es en el Museo de Madrid.

*
* *

En los cuadros de esta clase muéstrase Bosoh como mora-


lista según el espíritu eclesiástico; un predicador de Cuaresma
en traje de seglar, y un pariente espiritual de sus contemporá-
neos Sebastián Brant, Geiler de Kaisersperg, Tomás Murner.
Su Carreta de la vanidad, El jardín de los placeres, El circulo
de los pecados, La lucha contra los demonios del desierto, todo
esto revela la esencia de este mundo según la representación
cristiana, acompañada del pecado a la izquierda y del infier-
no a la derecha. E r a aquella una época de violenta actividad
y desenfreno, en que el egoísmo de los poderosos, el afán de
goce aun en aquellos que debían dar buenos ejemplos, habían
quebrantado, más que los límites de la moral, los del honor y
la decencia; una época que tenía que despertar y aguzar el es-
píritu satírico.
La manera como Bosch trataba los errores humanos, sin
JERÓNIMO B08CH 37

piedad ni contemplacioues, venía a ser como la justicia de en-


tonces. En el fondo de sus paisajes asoma su silueta admoni-
toria la colina del juicio supremo con horcas y ruedas, orna-
mento inevitable de nuestras antiguas vistas de poblaciones.
Aun en la hermosa y apacible naturaleza florestal se advierte
una sombra. Aquel fondo central de una fresca vegetación es-
tival con prados y arboleda alternando, que en las tablas de sus
contemporáneos deleitan la vista, en la imaginación de Bosch
va unido al espanto de una manada de lobos saliendo de entre
la maleza; y los palacios suntuosos los pinta presa de las lla-
mas. Pero tan plagado de crímenes, errores y abusos como
estaba este siglo, tan libre y despiadada era la burla que
venía a imponerle el condigno castigo. Esto habla en fa-
vor de la Edad Media, comparada con los siguientes siglos de
hipocresía, que
Quien no se aree el mejor,
Es que no es de los mejores.

De entonces acá se ha hecho el mundo más comedido, más


sensible a esas sátiras; y, como consecuencia, la sal se ha hecho
más floja.
La herejía de nuestro pintor procede de que, obras que con
toda la gravedad del pensamiento fundamental ofrecían tan
copiosa materia a la risa, no eran ya comprensibles para esos
tiempos tan cambiados. Ahora bien; lo que ahora molestaba a
los Tartufos, había disfrutado siglos de libertad, había figura-
do esculpido en piedra y en madera en los lugares sagrados,
y habíanlo acogido sin recato en sus moradas sacerdotes y se-
glares. El antiguo catolicismo tuvo, no obstante sus austeri-
dades y terrores, una faceta luminosa; basado en las necesida-
des de la naturaleza humana, halló para cada extremo un con-
trapeso equilibrador. Sabido es cuanto se explayó el genio sa-
tírico en el arte gótico, en las gárgolas y en los pórticos de las
catedrales, así como en los misereres y en los trasooros, donde
juntamente con los ornamentos constituidos por figuras de
38 LA ESPAÍSTA MOD^KÜTA

monstruos y vestiglos, se admitían representaciones burlescas,


sobre todo, ridiculizando las costumbres del clero, ya en estilo
de parodia, ya en forma acre y directa. Todavía en 1520, un
grabador tudesco, Rodrigo Alemán, hizo para la catedral de
Flasencia unos relieves con destino al coro, que en punto a
claridad y fuerza de expresión no dejan nada que desear. Don-
de más tiempo subsistió la antigua licencia fue en las proce-
siones y farsas. Felipe I I refiere a sus dos hijas, desde Lisboa,
en 1582, el relato de una gran procesión, cuyos diablos, como
él dice, se parecían a los que Bosch pintaba, y lamenta no loe
hubiesen visto las infantas.
Lo que más podía chocar en Bosch a sus contemporáneos,
era la innovación que aquél introdujo, haciendo extensiva la
licencia que los escultores disfrutaban a la pintura de tablas
y trípticos de la escuela de Van Eyck, en la que hasta enton-
ces reinara una severa gravedad. Además, estas fantasías pin-
tadas al óleo eran, en cuanto a dibujo y colorido, de un rea-
lismo nunca visto hasta allí.
En la Edad Media sólo se representa al diablo y su séquito
en forma grotesca. Tan en serio como se le tomaba en la vida,
tan cómico como se le quería ver en pintura. Acaso, quizá, por-
que un demonio principesco, con un espíritu grande, aun en
su caída, tal como lo describiera Milton en su Paraiso, no hu-
biera sido comprendido en aquel tiempo; hubiera hecho el efec-
to de un objeto de veneración. A Dios mismo se lo imaginaban
aquellas gentes, más que nada, como a un ser terrible.
Aquella licencia se derivaba indudablemente del supuesto
de que las cosas serias, mezcladas con lo cómico, se afirman
ante la conciencia como realidadades aún más sólidas. Con la
declaración de guerra del siglo xvi se trocó la inocente paro-
dia en insultante burla e impía blasfemia. Desde entonces, los
bandos beligerantes vieron en creaciones como la Carreta de
lleno testimonios de oposición, «testes veritatis». Bosch mu-
rió en vísperas de la reforma, en el año que precedió a las
96 tesis.
JBKÓNIUO BOSOH 39

Pero aún puede hacerse otra referencia a esa fecha de la


historia universal. En manuales de la historia del arte se con-
sideran las diablerías como meros ejemplos del desenfreno de
la fantasía; y, sin embargo, tienen su raigambre en lo más pro-
fundo de los delirios populares. ¿A quién no le recuerdan el
nefasto año de 1483 con su «malleus maleficarum»? Lo que a
nosotros nos parecen juegos de un humorismo vano—porque
el artista se desprende en su obra de la carga de obsesión, y
comunica al espectador su jovialidad,—hubo un tiempo en que
pesó sobre los hombres con un agobio insoportable. Puede de-
cirse, con verdad, que estos terrores alcanzaron entonces un
grado de tal intensidad, que los místicos de tiempos posterio-
res no vislumbraron siquiera.
El temperamento enérgico, práctico, deLutero, enderezado
al hecho, y para el cual eran igualmente antipáticos la filosofía
puramente teórica, la sutileza teológica y los éxtasis de los
visionarios; que como cualquier mortal se complacía en la
vida activa y sentía ante la muerte un indecible espanto; Lu-
tero, no obstante, tenía su propensión a las meditaciones y en-
sueños religiosos. Lutero padeció como pocos el «tormento de
la fantasía». Hijo de la Edad Media, que se creía cercada de
diablos, en tan grande número como los átomos de polvo que
flotan en un rayo de sol, la creencia en un mundo espiritual
tenía en Lutero vivas y profundas raíces, y veía espíritus por
doquiera en el mundo sensible. Creía que los monos eran «dia-
blos vanidosos», a los que estaba permitido ahogar a los hijos
de los Íncubos, y contaba que el demonio, su vecino malo, le
plagaba de orugas los árboles frutales de su huerto, Bosoh
nos ha ilustrado auténticamente, por decirlo así, acerca de la
idea qne aquellos cerebros-se formaban del mundo. «Muerte y
diablo», temor del infierno y miedo a la muerte: he ahí los
fantasmas que Lutero combatió con toda la energía de su tem-
peramento y contra los cuales buscó un eficaz exorcismo que
les pusiese en fuga, que era lo que en su concepto debía cons-
tituir la misión del cristianismo. Lutero aspiraba a sustituir
40 LA ESPASA MODERNA

el tratamiento múltiple y sintomático seguido por la Iglesia,


que sólo recetaba calmantes, aspirando a conservar en sus ma-
nos las riendas que enfrenan la bestialidad humana, por un
régimen radical. Y esta terapéutica la entró en la Escritura,
en el Evangelio, en la «sola fides», cargando el acento en la pa-
labra «sola», como expresión de esa cura radical.
El otro camino, el único provechoso, mediante la revela-
ción que se funda en la filosofía y eu las ciencias naturales, no
se le alcanzaba ni a él ni a su época. Pero si el poderoso em-
puje de Lutero condujo a una ruptura con la Iglesia, aquellos
terrores de la fantasía perduraron con toda su fuerza como un
azote de la humanidad en el seno mismo del protestantismo.
El proceso de las brujas vino entonces a extender su contagio,
.semejante a la peste, una peste que en vez de meses necesitó
años para su extinción.
*
* «
Estas consideraciones traspasan, sin embargo, los límites
de nuestro propósito. Lo que a Bosch ha valido un lugar en la
historia del arte, fue el haber sido un pintor nato. Prescindien-
do de las intenciones que al pintar sus cuadros le animasen, lo
cierto es que seguía el libre impulso de su temperamento de
artista, abandonándose a su amor por las cosas visibles. Era
Bosch un hombre de perspicacísima mirada, así para lo pe-
queño como para la grande; un observador de la Naturaleza y
del mundo de los humanos, de los abigarrados juegos de la flo-
ra y de la fauna plásticas, que conocía los secretos fisionómicos
y el lenguaje del gesto con que se revelan los caracteres huma-
nos y las pasiones. Sus graneros espirituales y sus cuadernos
de apuntes debieron ser una enciclopedia admirable; sirvié-
ronle de paleta para sus Sueños poesías transcritas a las cua-
les no hizo sino ponerles las ilustraciones. Bajo garras de uñas
siempre afiladas, como eran las suyas, supo aprisionar hasta lo
que entonces se consideró como un respetable retrato, rasgo
admirable; para cada objeto se le ocurrían asociaciones de
JERÓNIMO B080H 41

ideas que movían a risa. Pero cuando quería, poseía también


bastante dominio de sí mismo para sustraerse a ellas; es, pues,
de lamentar que no se contuviera con más frecuencia dentro
de los límites de los géneros corrientes. Cuando le acudía la
inspiración, parecíase su cerebro (tomándole una frase presta-
da a nuestro humorista) «al primer día que el mundo sensible
se revolvió en el caos». Se podría decir de los cuadros de
Bosch que son el álbum del diablo. Tomando al «diablo»
como verdadero mundo antitético del mundo divino, como a
la gran sombra del mundo, no tengo inconveniente en procla-
marle el primer humorista,

CÁELOS J U S T I
GUIA DEL BUEN DECIR
ESTUDIO DE LAS TRASGRESIONES GRAMATICALES MÁS COMUNES

CAPITULO VI

E r r o r e s m á s o o n a x i n e s e n la o o n j u g a o l ó n
d.e v e r t o o s I r r e g u l a r e s .

182. He anunciado ya que voy a estudiar en el presente


capítulo las trasgresiones que son más comunes en el uso de
los verbos irregulares; y me permitiré, sin mayores preámbu-
los, entrar en materia.
* *

183. * Aprieta un poco las cinchas a Rocinante», dijo Don


Quijote a Sancho..., y aun hoy día no se libran de la misma
tarea cuantos tienen que andar con caballerías; sólo que para
muchos, al menos por estas tierras, ya no se aprietan, sino que
se APBETAN (1) las cinchas. Cúmpleme advertir que la forma
irregular sigue siendo la más correcta, como que no hay, en
buen castellano, APBETO que valga dos cominos. La Aead. cuen-
ta al verbo apretar en la clase de los irregulares que refuerzan
la e radical couvirtióndola en el diptongo ie siempre que sobre

(1) El decir APRETÓ, AFRETAS, etc., es común también en Aragón, se-


gún Cuervo. {Apunt., pág. 140.)
GUÍA DEL BUEN DKOIE 43

ella caiga el acento (se dirá, por tanto, aprieto, aprietas, aprie-
ta, aprietan, apriete, aprietes, aprieten), y pongan atención en
esta regla los que corren riesgo de salir diciendo APBIETAMOS U
otro barbarismo de calibre semejante. Bello, Cuervo, Isaza,
de la Peña, Avendaño, Díaz Rubio, Salieras, Salva y demás
gramáticos, confirman lo estatuido en la Aoad., y quien nece-
site más pruebas lea estos versos:

«Y puso al español en tal aprieto


Cual pronto se verá en la carta raía»
(Eroilla. La Auracana, canto I);
«Dile que tanto la pasión te aprieta,
Que mueres infeliz y desdeñado»
(L. F. de Moratíu. Sátira);
«Nadie el golpe que da ni el que recibe
Siente a medida que el peligro aprieta>
(N. de Arce. Gritos de combate: Introducción);
«CLKTO. —jQué atrocidad!
LOLA. (¡Cómo aprieta!)*
(J. Echegaray. Entre parientes).

184. Prosigo con las irregularidades de esta clase:


«ABEENDAN SU campo», CIMENTE bien esto», EMPEDKAN la,
calle», «FKEGA tus platos», «me HELO de frío», «MEBENDAN jun-
tos», «parece que NEVA», «SALPIMBNTA el cocido»... y, como és-
tas, muchas otras, locuciones son que se oyen y se leen por
ahí con más frecuencia que la que fuera de desear, y revelan
crasa ignorancia, absoluto desconocimiento de la conjugación
de irregulares. Muy fácilmente se evitan estas trasgresiones;
basta recordar que los verbos nombrados, como casi todos los
que tienen la misma irregularidad, guardan correspondencia con
algún nombre o adj. afín; así como se dice arriendo, cimiento,
piedra, friega, hielo, merienda, nieve, pimienta, ha de mante-
nerse la-¿, según acabo de advertirlo, en todas las personas y
tiempos que conservan el acento en la e radical de la penúlti-
44 LA £8PA:ÑA HUDKKNA.

m a sílaba (las de los p r e s e u t e s de i n d . y s u b j . , m e n o s 1.* y 2 . "


del p l . , y las m i s m a s , c o n j u g a b l e s , del i m p e r a t i v o ) .
A g r e g a r é u n a lista d e los o t r o s i r r e g . d e esta clase, q u e
e q u i v o c a d a m e n t e se d a en u s a r como r e g u l a r e s . R e c l a m a si-
q u i e r a u n a ojeada, y será do p r o v e c h o h a s t a p a r a m u c h o s q u e
se p r e c i a n como e s c r i t o r e s :

A c r e c e n t a r ( c r e c i e n t e ) : acreciento, acrecientas, e t c . (1).


A v e n t a r (viento): aviento, avientas, e t c .
C o n c e r t a r (concierto): concierto, conciertas, e t c .
D e n t a r ( d i e n t e ) : diento, dientas, e t c .
D e s c o n c e r t a r (desconcierto): desconcierto, desconciertas, etc.
D e s e m p e d r a r ( p i e d r a ) : desempiedro, desempiedras, etc.
D e s h e l a r (deshielo): deshielo, deshielas, e t c .
D e s m e m b r a r ( m i e m b r o ) : desmiembro, desmiembras, etc.
E m p a r e n t a r ( p a r i e n t e ) : empariento, emparientas, etc.
E n s a n g r e n t a r ( s a n g r i e n t o ) : ensangriento, ensangrientas, Bto'
H e r r a r ( h i e r r o ) : hierro, hierras, e t c .
I n c e n s a r (incienso): incienso, inciensas, etc.
I n v e r n a r ( i n v i e r n o ) : invierno, inviernas, etc.
R e f r e g a r (friega): refriego, refriegas, etc.
R e g a r ( r i e g o ) : riego, riegas, e t c .

(1) Tanto este verbo como los que le siguen,constan como irreg., sin
discrepancia alguna, en la Acad., Cuervo, Bello, Isaza, de la Peña y
otros gramáticos. Con todo, y aun cuando ello importe superabundancia
de pruebas, vayan estos versos, que corroboran la legitimidad de algunas
de las formas que olvida comúnmente el vulgo:
«¡Las nubes solamente! ¡Las nubes se acrecientan!*
(J. Zorrilla. Las nubes);
«Te desmiembren, Te hiendan. Te aporreen»
(Diego González, El murciélago alevoso);
«:Que ensangrientan tus pies...»
(N. de Arce. La selva oscura);
«Junta y refriega repugnante faz»
(Espronceda. El estudiante de Salamanca).
GUÍA DKI, BUEN DEOIR 45

Sarmentar (sarmiento): sarmiento, sarmientas, etc.


Soterrar (tierra): sotierro, sotierras, etc.

185. Aferrar, aunque coexiste con el nombre afín fierro, no


sigue la regla enunciada; ha de conjugarse hoy como regular.
La Acad, admite las formas irregulares afierro, afierras, etc.,
que privaron hasta el siglo xvii, pues se ven en La Araucana,
La Mosquea, El Bernardo, etc. Cuervo e Isaza (con numero-
sas citas), Benot, Bello y otros autores sólo admiten las formas
regulares. Y vaya siquiera esta muestra del uso más correcto:

«Hasta oreo, y mi espirita se aferra


a tan grata ilusión, que desde el cielo
amándonos bajamos a la tierra»
(N. de Arce. La selva oscura).

En igual condición están cumplimentar y desertar, que no


siguen la norma que dan cumplimiento y desierto.
186. Existen verbos que en algunas de sus significaciones
adoptan la irregularidad que vengo tratando, mientras se man-
tienen en otras como regulares. Así, aterrar, cuando significa
«echar por tierra», es irregular:

«Si la muerte en nn año no me atierra^


(Ercilla. La Araucana. C, XII)^

y en su acepción equivalente a «causar terror», es regular:


«Y España que el mundo aterra^
(B. López García. El Dos de Mayo).

Atestar, por «ser testigo», es regular, y por «henchir» fue


irreg. mientras coexistió su afín atiesto (siglos xvi y xvii); pero
desde que esta voz ha caído en desuso, no hay inconveniente
alguno en dar a este verbo como reg. en todas sus acepciones,
como lo prueba Cuervo con acopio de autoridades.
187. Plegar, desplegar y replegar, dados como irreg. por
la Acad. y por Bello, como que convienen con sus afines plie-
46 LA ESPAÑA MODERNA

gue, despliegue y repliegue, no han dejado de ser usados con la


vocal simple por la misma Acad. y por autores clásicos, lo que
hace que el mismo Bello y otros gramáticos se inclinen a con-
ceder pase a las dos conjugaciones. Lo más propio será tener-
los como irreg.; a fin de cuentas, es desplegar el que anda más
desatado y conviene volverlo al redil, como a los otros, ya que
todos tienen en sus afines norma capaz de sujetarlos. Y para
mayor fundamento de mi parecer, vayan estas pruebas: «Mas
bien puede estar seguro que de aquí adelante no despliegue
mis labios.» {Quij., I , X X ) ;

<Despliéganse las velas prestamente»


(F. Rufo. La Austriada, canto XIX);
«Bajo el dosel que su rizada pluma
De tornasoles fúlgidos despliega»
(V. de la Vega. La muerte de Qésar, acto I, eso. I);

«Rugiendo entonces la Muerte


Sus alas despliega y bate»
(Hartzenbusoh.' La ley de raza);
«El genio de otro poeta
Despliega su blanca pluma»
(Zorrilla. A la estatua de Cervantes);

«Y a las galas que despliega*


(F. A. Caloaguo. La fiesta de las reinas);

«La noche su amplio manto de zafiros


Despliega hermosa y de misterios llena»
(R. M. de Mendive. Invocación reUgiom)^
«Y despliegan al sol y se levantan
Ya doradas, temblando, las espigas»
(G. Gutiérrez González. Memoria al cultivo del maíz);

«Mira con ansia una estrella


Y despliega el ala y trina»
(S. Díaz Mirón. Preludios);
GUÍA DKL BUES DKOIR 47

«Y al hálito de Dios despliegue hermosa


Ta juventud sus virginales alas»
(F. Mármol. A Pilar);
«Y despliega ante sus plantas
la balsámica gramilla»
(O. Andrade. Las ideas);
«¡Por mi cuenta te despUegol»
(R. Obligado. El negro falucho).

«Facundo despliega su batalla a distancia tal» (Sarmiento,


Facundo, Cap. VIII). Nuestro insigne vate Guido y Spano
trae, como se verá, las dos formas en Hojas al viento:
«En que la luna, sol de la memoria
Despliegue al aire el pabellón de plata»
{La noche);
«Y cuando el ala fúnebre desplega
Así la flor doblega»
{Víctor Hugo).

Y me toca advertir que después de recorrer varios millares


de versos de autores españoles y americanos, es éste el único
ejemplo que he podido encontrar, lo que muestra muy a las
claras que priva la forma irreg.
188. Anegar se conjugó ANIEGO, ANIEGAS, ANIEGA, etc., has-
ta el siglo xv; y es de contar que a nuestro vulgo se le han
quedado pegadas estas formas arcaicas. La Acad., Bello, Cuer-
vo e Isaza dan como reg. a este verbo; y para salvación de
algunos que hoy día se ANIEGAN en pleno lenguaje literario,
arrojo estos cabos: «Si alguna mujer hermosa viniera a pedirte
justicia, quita los ojos de sus lágrimas y tus oídos de sus ge-
midos, y considera despacio la sustancia de lo que pide, SINO (1)
quieres que se anegue tu razón en su llanto y tu bondad en sus
suspiros (Quijote, tomo I I , Cap. X L I I ) :
(1) Así, yuxtapuesto, viene en el facsímile de la 1.* edición del Quijote
que tengo a la vista; no hay duda que se trata de un error de imprenta,
pues lo correcto en este caso es si no.
48 LA ESPASA MODERNA

«Pues aquella fué cierta profeoia


Desta, en que se anega el alma mía»
(Valbuena. El Bernardo, libro XI);
«Y cuando llueve en un instante anega
El trabajo y sudor de todo el año»
(Villavioiosa. La Mosquea, canto V);
«Baña los cerros, y los montes riega
T i r a piedras ai campo, al valle anega»
(Hojeda. La Cristiada, libro III);
«El mundo que a c a d a paso
Honras anega en sus olas»
(Tirso de Molina. El vergonzoso en Palacio, acto I, eso. V);
«Cuando acrecido por celeste lluvia,
Anega de repente las campiñas»
(Hermosilla. Trad. de la Iliada, libro V);
«Alli el vino la zozobra anegan
(J, de Burgos. Trad. de Horacio, Oda A sus amigos);
«Y el llanto que al dolor los ojos niegan
Lágrimas son de hiél que el alma anegan»
(J. de Espronceda. A Teresa);
«Se anega (1) en alba luz.., Y soberana
Mide en redor la inmensidad lejana»
(F. G. Pardo. La gloria del Libertador);
«Como la noche llega,
Cuando allá en occidente el sol se anega»
(J, E c h e g a r a y . Un sol que nace y un sol que muere).

188. A u n cuando éstas no sean tierras de mucho jaleo, no


f a l t a n q u i e n e s se v a n a g l o r i e n a s e g u r a n d o q u e TIEMPLAN c o m o
el m e j o r la g u i t a r r a ; y los q u e t a l d i c e n p o d r í a n q u e d a r s e e n
sus t r e c e con esta c o n j u g a c i ó n d e templar, desde q u e h a b l a n

(1) En los Trozos selectos de literatiira, por Coronado, pág. 476, vese
reproducida esta poesía con la forma ANIEGA, por error de imprenta sin
duda; presumo que la infracción no es del distinguido bardo venezolano,
porque he visto el poema en otras obras con la forma correcta, anega.
GUÍA DEL BÜBXr DBOIR 49

también, y sin empacho, del TIEMPLE delinsfcrumento, y desde


que tienen a su favor a Lope de Vega y algún otro escritor del
siglo de oro; pero, resulta que tanto la forma verbal como el
nombre afín, deben usarse hoy sin diptongación, pues consta
oomo reg. este verbo en la Acad., eu el Dic. de la Gonj. por
Isaza, y como tal lo trae Cuervo (Apunt., pág. 151), apoyán-
dose en citas de Hojeda y Espronoeda. Si se quieren más auto-
ridades, cuéntese que se encuentran las formas reg. temple,
templas, templa, etc., nada menos que en Cervantes, Granada,
Martínez de la Rosa, NúEiez de Arce, Menéndez Pelayo y otros
escritores eximios. La misma conjug. corresponde a los deri-
vados destemplar y retemplar.
189. Son también indiscutiblemente reg. alegar, enredar,
entregar y ofender, lo que no impide que el vulgo caiga en el
error de conjugar ALIEGO, ENHIEDO, OFIENDO, ENTRIEQO, etc., for-
ma esta última muy arcaica, pues se halla eu el Fuero juzgo, y
escribió Cervantes tal cual vez ENTBIÉGUEME. El verbo ofender
nos muestra cuan caprichoso suele ser el uso en esto de forjar
irregularidades; tanto es así, que Lanchetas {Morfol, del verbo
cast., pág. 97) se pregunta: «¿Cómo averiguar la causa de que
se diga defiendo y ofendo, siendo los dos derivados de una mis-
ma raíz?»
190. Estregar y restregar aparecen como irregulares en la
Acad. {Gram. y Dic. de Autorid.), Bello, Salva e Isaza, sin que
esto importe desconocer que el uso clásico dio en emplear tam-
bién las formas reg. estregó, restregó, etc., que son, sin duda,
las que más privan hoy en América. Y dado que carecen estos
verbos de un nombre o adj. afín que les dé norma, creo que
bien pueden admitirse las dos formas.
191. Denegar se conjuga como negar: deniego, deniegas,
deniega, etc. (Acad., Bello, Isaza, etc.). Como difícilmente se
hallará gramático o hablista que disienta con este dictamen,
tomen nota de él los que por su sola cuenta suprimen la *.
192. Derrengar, según mandan la Acad,, Bello, Cuervo e
Isaza, ha de conjugarse derriengo, derriengas, etc.; no obstan-
E. U..—Junio 1914. 4
.50 LA *S^A#A MÓÓEftl^A

té tal imposición, oreo que no se podrá poner tachas a las for-


mas reg. que, según reconoce el mismo Cuervo, no dejan de
tener a su favor él uso de algunos escritores y son, para nos-
otros, los argentinos, las más oídas. Como en América ha pre-
valecido el adj. rengo y no renco, que es más común en Espa-
ña, hemos adoptado el verbo renguear en vez del renquear, que
trae el Léx.; y a la par de este frecuentativo, que significa «an-
dar como rengo», hemos formado a rengar (así como de manco
nació mancar) para expresar la acción de «quedar rengo u oca-
sionar cojera». Caso es que se da en usar estos verbos {renguear
y rengar) como reg., y a ellos ha debido plegarse derrengar;
la verdad es que derrengó, derrengas, etc., se oyen comúnmente
por estos mundos, mientras que a las formas irreg. derriengo,
derriengas, etc., sólo las vemos por las gramáticas.
193. Los que dicen EEBO, EEEAS, etc., para expresar equi-
vocación o desacierto, ¡y cuidado, que no son pocos!, sepan
que yerran de medio a medio, porque el bien decir castellano
exige esta y para todos los tiempos y personas en que la e ra-
dical recibe acento; las formas yerro, yerras, yerra, yerran,
yerre, yerres, yerren, disfrutan el asenso unánime de gramáti-
cos y hablistas, como que aparecen con los primeros clásicos:
véselas en Santa Teresa, Lope de Vega, Cervantes, Tirso de
Molina, F r a y Luis de León, y son las empleadas por los más
doctos escritores modernos, entre ellos Ventura de la Ve-
ga, Hartzeubusoh, Echegaray, Menéndez Pelayo, E. Par-
do Bazán. El hecho de que este verbo errar sea tan común
entre nosotros como reg., atribuyólo al escaso uso que tiene,
en la Arg. al menos, el nombre afín yerro, que da norma a
su conjug.
Maury y otros escritores han usado erro, erras, etc., en el
significado de «vagar, andar errante»; sería oportuno el distin-
go y estaría muy acorde con el original latino; pero Cuervo,
apoyándose en ejemplos de F r a y Luis de León, G-óngora, Cal-
derón, Alarcón y Huerta, se decide por la forma irreg. yerro,
yerras, etc. {Apunt., pág. 146), decisión que corrobora Isaza
GUÍA DKL BÜBiN IJEClR 51

{Dic. de la Conjug.) a,greg&udo las áutOíidaíies 9e Eroilla y


M. A. Caro,
194. Hierro, hierras, etc., corresponden a la conjag. de he-
rrar, verbo derivado de hierro y coexistente cuando significa
. «marcar con un hierro candente», con el nombre afín hierra.
Y no es de extrañar que aparezcan por estas tierras las formas
TaBBo, YEBBAS, eto., así oomO se trastrueca el nombre afín:
«De su ganado la yerra
presencia alegre, tal vez»
(L. L. Domínguez. El Ombú).
Pero, aparte de ser más autorizadas las formas que comien-
zan por kie, abona a su favor el que propenda a evitar confu-
siones.
195. Cerner (que también se dice cernir), verter y hender
(vEETiE y HENDiB, yerran por ahí sin haber obtenido cabida en
el Léx., y en verdad no la merecen) participan de la misma
irreg. que he venido considerando hasta aquí (1.* clase de la
Acad., 2.* de Bello), de manera que se diptongarán las formas
vierto, viertes, vierte, vierten, viertan, vierta, üte/'ías; las demás
se conjugan como reg.; lo mismo ocurre con cerner o cernir y
con hender. Es, por tanto, error muy vulgar decir VIKTIÓ por
vertió, VISTAMOS, por vertamos, HENDE por hiende, etc.
Son frecuentes en el habla vulgar estas trasgresiones; pero
no llegan al lenguaje culto y literario. De los numerosos ejem-
plos que tengo acopiados para comprobar el uso correcto que
corresponde a estos verbos, trascribiré siquiera los de algunos
escritores americanos, para que no quede el recurso de argüir
que es, lo apuntado, mera exigencia de gramáticos o de puris-
tas. Helos aquí:
«¿Qué del que sangre vertiera?*
(Ant, Calcagno. La nav6)\
«Uruguay, la tierra do vertió a millares
sus más íleos dones pródigo el SeRor»
(A. Magafiños Ceívantes. fLa ¿loria))
SS LA ESPAf^A MODERNA

«La sangre que vertió golpe asesino


Dios sin cesar sobre nosotros vierte*
(R. Pombo. Trad. de Horacio. Oda A los romanos);
«Los siglos, en su paso por el mundo,
no vertieron las fuentes de la vida»
(R. Obligado. El camalote)i,
«¿Qué alma verterá piadosa
una gota de dolor?»
(B. Mitre. El inválido);
« Vertieron en tu seno
el llanto de amor lleno»
(B. Mitre. Elegía al General Lavalle);
«Al genio que se cierne en las alturas»
(C. Guido y Spano. Victor Hugo);
«Fosfórico relámpago hender los horizontes,
BUS cóncavos tiñendo la fatua claridad»
(A. Lozano. El Mangle);
«Tu vuelo el aire hienda»
(M. A. Caro. Himno);
«Parecen henderse a una»
(J. A. Calcaguo. La fiesta de las reinas);
«¡Colón! exclama, y los espacios hiende*
(R. M. Baralt. A. C. Colón).

*
* *

196. «MuENTO'a caballo, o MUENTAS, O MUENTA»: tal es-


tropea el vulgo a cada paso la coi3J. del verbo montar, que no
tiene por qué perder su regularidad; y es común en nuestros
niños que se jacten de que EEMUENTAN muy bien sus «barrile-
tes», sin que haya quien se cuide de corregirles el dislate gra-
matical. E n cambio, pecan muchos, manteniendo la integri-
dad del radical en casos que exigen el trueque de o por ue, al
decir ENGHOSA por engruesa, EMPOKCA por empuerca, POBLA por
puebla, etc.; y mal puede caer en estos yerros quien tenga al-
QVtA. DBL BUEH DECIR 53

g ú u . e s t u d i o del i d i o m a , desde q u e b a s t a c o n s i d e r a r q u e p o s e e n
e s t a i r r e g u l a r i d a d , salvo c o n t a d í s i m a s excepciones, los v e r b o s
q u e c u e n t a n u n n o m b r e o adjetivo a f í n con i g u a l d i p t o n -
gación.
L a c a u s a d e t e r m i n a n t e d e e s t a i r r e g u l a r i d a d es el a c e n t o ,
p o r q u e , como lo a d v i e r t e L a u c h e t a s ( o b r a c i t a d a , p á g . 99),
« p u e s t o s o b r e la o r a d i c a l , a p a r e c e el d i p t o n g o ue; p a s a n d o el
a c e n t o a o t r a s í l a b a , el d i p t o n g o no se p r e s e n t a » .
H e a q u í u n a lista de estos i r r e g . , que a m u c h o s c o n v e n d r á
leer no u n a , sino v a r i a s veces. A c o m p a ñ a a c a d a infinitivo el
n o m b r e o a d j . afín c o e x i s t e u t e y la p r i m e r a p e r s o n a del i n d i o . ;
después de las e x p l i c a c i o n e s p i e o e d e u t e s h o l g a r í a la i n s e r c i ó n
de las o t r a s p e r s o n a s y t i e m p o s q u e sufren el mismo c a m b i o .
A c l o c a r (clueca): aclueco, e t c . (1).
A f o r a r (fuero): afuero, e t c . (2).
A m o b l a r ( m u e b l e ) : amueblo, e t c .
A m o l a r ( m u e l a , de afilar): amuelo, eto,
A p o s t a r ( a p u e s t a ) : apuesto, e t c . (3).
A s o l a r (suelo): asuelo, etc. (4).
A z o l a r (zuela): azuelo, e t c .
Consolar (consuelo): consuelo, etc.
D e n o s t a r ( d e n u e s t o ) : denuesto, etc.
D e s a f o r a r (desafuero): desafuero, eto.
D e s c o r n a r ( c u e r n o ) : descuerno, etc.

(1) Tanto en este verbo, como en enclocar y en su afín clueca, suele el


Tulgo sacar de su sitio la'.i(ACULBCAR, CULECA), metátesis que discrepa
oon el buen decir.
(2) Por dar o tomar aforo y hacer aforos, es regular.
(3) Cuando significa «situar personas o caballerías en punto o sitio de-
terminado», es reg.
(4) «Harás que el hierro y llamas militares
Asuelen a Cartago de cimiento»
(Ercilla. La Araucana, canto XXXIII).
Si, derivándose de Sol, expresa «secar los campos o echar a perder IVS
frutos el calor», se conjuga como reg.
^ f<A E S 5 ^ 4 , »^9íí^Rlf^

D e s e u p o r d a r (puerda): desefncuerdo, e t c .
Desflocar (flueco): desflueco, e t c . (1).
D e s o l a r (suelo): desuelo, e t c . (2).
D e s o s a r (hueso): deshueso, e t c .
D e s p o b l a r (pueblo): despueblo, e t c
E n c l o c a r (clueca): enclueco, e t c .
E n c o r d a r (cuerda): encuerdo, e t c .
E n c o v a r (cueva): encuevo, e t c . (3).
E n g r o s a r (grueso): engrueso, e t c .
F o r z a r (fuerza): fuerzo, e t c . (4).
H o l g a r ( h u e l g a ) : huelgo, e t c .
H o l l a r ( h u e l l a ) : huello, e t c .
T r o c a r ( t r u e q u e ) : trueco, etc. ( 5 ) .

(1) Pooo se mientan los fluecos en mi tierf»; pqr acá tobáis son tf^eoM;
de aquí que el irreg. desflocar resulte <}esalojado por el reg. desflecar-
as) Sólo la fuerza del consonante—y vaya el ejemplo como Ucpncia
poética—ha hecho decir a Mitre:
«¡Esta es la fiera de aguzada cola,
Que rompe montes, armas y murallas,
Que el mundo apesta y todo lo DBSOLA»
(Trad. de la Divida ComedÍ0>—ElJnfierno, canto XVII).
(8) Encuéntrase como reg. eu algunos clásicos; pero, el uso moderno,
«in discrepancias, adopta las formas irreg.
(4) Nuestro vulgo, y hasta personas cultas., emplean indebidamente
este verbo como reg. Eecuérdese que dijo Cervantes, por boca de Don
Quijote: ^Fuérzame la ley de caballería a cumplir mi palabra antes que
mi gusto; y también, «que es libre nuestro albedrfo, y no hay yerba ni
encanto que le/"Merce». Y para dejar sentado que este mismo uso sigue
siendo el correcto, no sólo en la conj. de forzar, sino en la de sus com-
puestos reforzar y esforzar, vaya siquiera un ejemplo de autor contem"
poráneo:
«Que a la conquista se inmola
Y sin cesar se refuerzan*
(C. Gui^Jo y Spano. Á Cuba).
(5) Aunque mucho se ha andado desde que TROQUE se convirtió en
íruegjue (siglo xvi), no faltan quienes en la conj. de trocar olviden este
afín. Para refrescarles la mente insertaré algunas aqtpridadfis:
GUÍA OWf, BOEJS. I^ISOI» 55

197. Existen verbos en esta oíase de irr^eg. qjae saaoiWi»


sus, dudas hasta a los mismos gramáticos.
Así, sonar y sus compuestos asonar, consonar, disonm,
malsonar, resowíií* tienen el anticuado sueno que como afín a©
encarga de darles norma; pero mal se aviene a él consonar, que
no deja de tener a favor de su forma reg, el apoyo de algunas
autoridades, lo que ha motivado que Salva lo presente como
tal. No obstante esto, han de contarse todos como irregulares,
conjugándose de acuerdo con swno, suenas, suena, suene, sue-
nes, suenen, que así los prefieren la Acad. {Qram., pág. 103),
Bello (Oram., pág. 140), Cuervo (Dic. de Gonst. y Rég.) e l s a -
za (Dic. de la Conj. Cast.); y ya que consonar es el que lia po-
dido despertar mayores incertidumbres, anotaré esta cita que.
eonfirma las presentadas por Cuervo .e Isaza:
«Todo lo justo con su ser oonsnena»
(Mitre. Trad. de la Divina Comedia, canto XIX).
y agregaré que tanto los Elementos de preceptiva literaria por
Calixto Oyuela, como los otros textos de la misma materia
que tienen mayor uso en la Arg., usan este verbo como irre-
gular.
198. Según Bello, acordar es irreg. en todos sus significa-
dos, menos en el de poner acorde un instrumento; Cuervo {No-
tas a la Oram. de Bello) cree que aun en esta acepción puede

«Pues truecas en disgustos


Tus verdes años y tus verdes gustos>
(Lope de Vega. Traduc. de Horacio. Oda A Liee);
tTruéqueae en risa su dolor profundo.
Que haya un cadáver más ¿qué importa al mundo?»
(Espronceda. El Diablo mundo),
«Pues este vano atavio
Truequen en ropas de luto.»
(Hartzenbusch. El mal apóstol y el buen ladrón);
«Bello momento que en embeleso
Trueca el dolor»
(C. Guido y Spano. Del Italiano).
56 LA KSPAÑA MODERNA

aceptarse las formas irreg. acuerdo, acuerdas, etc. La verdad


es que, tanto en acordar, como en los compuestos concordar,
desacordar, desencordar, discordar, encordar, priman las for-
mas irreg. concordantes con el nombre afín cuerda; por ellas
están, ante todo, la Aoad., Salva e Isaza.
199. H a y verbos que, por carecer de un nombre afín que se
encargue de darles norma, son tenidos con su ¡conjug. a mal
traer.
Así, derrocar es irreg. para la Acad., Bello y Salva, y lo
admiten también como reg.; Benot, en su Dic. de Asonantes y
Cons., sólo anota las formas reg. derroco, derrocas, etc. Con-
cede Cuervo que en este verbo es hoy vario el uso de los auto-
res y que en la edad de oro fué siempre irregular, y se pliegan
a este dictamen de la Peña e Isaza. Advertir debo que por la
Arg. se han echado en olvido las formas diptongadas; aquí se
derroca hasta a los gobernantes más encumbrados; pero eso de
que se derrueque, por más autorizado que llegue el término,
sólo podrá servir entre nos, para mover a risa. Me quedo, por
tanto, con las formas reg.
200. ¿Aporco o apuerco?... Bello, Salva y Avendaño dan al
verbo aporcar como perteneciente a los irreg. que vengo con-
siderando. Cuervo se mantiene perplejo y cita ejemplos con las
dos conjugaciones. La Acad. (Qram., pág. 170), Benot (Dic.
de Cons. y Ason., págs. 417 y 457) e Isaza (Dic. de la Conj.),
optan por la forma reg. Godofiedo Daireaux, nuestro ameno
escritor, en sus tratados de Agricultura, dice aporca, apor-
can, etc. Puesto en el caso de tener que decidirme por una
oonjag. o la otra, me quedo con la reg.; eso de apuerco, apuer-
cas, etc., hasta parece que huele mal.
201. Los que dicen TOSTA, TOSTAS, etc., contraviniendo lo
estatuido en las Gramáticas, reparen en este verso que mues-
tra cuál es la conjug. correcta de tostar:

«El sol ardiente tus mejillas tuesta*


(V. de la Vega. El canto de la esposa).
OÜÍX DBL BüBN DGOIIt 67

202. Soldar, usado indebidamente por nuestro vulgo como


reg., necesita el trueque de la o por ue para estar según man-
dan la Acad., Bello, Cuervo e Isaza. <¡-Soldar, no tiene en cas-
tellano un sust. de significación análoga que lleve el diptongo
ue; derívase del latín solidare y éste de solidus; solidus es tam-
bién cierta moneda, de donde sale sueldo, voz que da la norma
para la conjug. del verbo». (Cuervo. Apunt., pág. 148.)
203. Excepción que conviene tener presente es innovar,
que ha dado en mantener su regularidad, a pesar de coexistir
con el adj. afín nuevo; así lo conjugan la Acad., Bello, Cuervo
e Isaza. Aovar entra en la misma cuenta.
204. Es común que se extienda la irregularidad que vengo
apuntando a personas y tiempos en que no corresponde; así,
muchos son los que dicen, y no pocos los que llegan a estam-
parlo en letras de molde, por ej., ENTUEBTAMOS, ENTÜERTÁIS,
1.* y 2.* pers. pl. del pres. de ind., que no tienen por qué adop-
tar la diptongación desde qiie varía en ellos el lugar del acen-
to; y caen en igual infracción los que conjugan ENTUERTÉ, EN-
TüEETASTE, ENTUEETAEÉ, etc. Sólo tendrían cabida en el len-
guaje correcto estas formas en caso de admitirse el infinitivo
KNTüERTAR.
205. ¿Y qué contar de los simples que confunden cocer con
coser?... Habrá que advertirles que tratándose del puchero se
dice cuezo, cueces, cuece, cuecen, cueza, cuezas, cuezan y que so
cosen las telas.

* *

206. A persona que se tiene por muy leída, le oí decir en


cierta ocasión; «hasta que se ENROJEZA»; y hasta el presente me
chilla el deseo de recomendarle que no vaya a omitir otra vez
la imprescindible c. La irregularidad de este verbo, como la de
los terminados en ecer y acer (menos hacer y sus compuestos),
en ocer (salvo cocer y sus compuestos) y en ucir exige Una 2
epéntica, toda vez que la c pasa a tener sonido fuerte por
1.A HSrA^A M^^BRMA

preceder a las vocales a u o; así se tiene enrojezco, enrojez-


ca, etc.
Lopede Vega y otros escritores de su época usaron con la
misma irregularidad a mecer y remecer, y hasta han dado t a m -
bién en emplear mezco, mezca, mezean, etc. H'ermosilla, SelgaSj
Becquer y otros; pero hoy sólo se admiten las formas reg. mezo,
mezas, meza, mezamos, mesáis, mezan, y las mismas para re-
mecer,
*

207. Bien estará, en las personas que se precian de cultas,


el evitar los ADÜCÍ, SKDUCI, OONDUCISTB, etc., formas que no
condieen hoy con el habla correcta, por más que Cervantes y
otros clásicos hayan podido emplearlas. Se ha impuesto el true-
que de c p o r j en todas las personas del pret. de ind. y del preit-
y futuro de s u b . d e los verbos terminados en ducir. Diráse>
por tanto, aduje, seduje, condujiste, etc.
Hp aquí algunas muestras del uso correcto:

«Faé á quien de galán nítido sedujo


La blonda cabellera»
(J. de Burgos. Trad. de la Oda de Horacio A. Lolio).
«La legión que k la gloria condujiste*
(J. C. Laflnur. Canto elegiaco á la memoria del Qeneral Belgrano);
«Siempre alumbró el camino
que me condujo al bien>
(B. Mitre. Mi estrella).
*
* *

208. A los que, equivocadamente,conjugan MÜLLIÓ por MU-


LLÓ, TAÑIEBA por TAÑERA, SNGüLLIEBE pOr ENGULLEEE, e t C , ha-
brá que explicarles que ya la Zí y la ^ envuelven en su pronua-
eiacióu una i casi imperceptible que obliga la supresión de la
i desineucial.
Estos verbos, pertenecientes a la V alase de los irreg. de
GUÍA DKL BQGH DBGIB S/it

1% 4"0ftci., <lW6'^£m excluidos de la admirable clasificación dft


irreg. presentada por Bello, pues éste considera la anulación
de la í como mero accidente de la conjug. reg.
209. Con lo dicho queda advertido que holgará también la
i que sigue a la íl en los CIÑIÓ, CISIEBA, CI:&IEEE, etc., que ma-
lamente dicen algunos; y otro tanto ocurre en la conj. de re-
ñir, teñir, constreñir, estreñir, etc., verbos éstos que Bello co-
loca en la 3.* clase de irreg. y la Aoad. en la V I I , conjunta-
mente con todos los terminados en eñir y eir.
Cumplidos se andan en este punto nuestros escritores de
más vfilía; en prueba de ello, véanse estos ejemplos entresaca-
dos de Hojas al viento, de Guido y Spano:

«Al viento deshojóse la guirnalda


Con que al verte ciñó su frente augusta>
(¡Nuncaf);
«Sobre el florido césped ciflándpíe mi brazo
Tn talle sostendré»
{Canto de amor);
«X;í^í^[Link] de sn genio la diadeina>
(Víctor Hugo).
*
* • *

210. Henchir y competir se dan la mano como maltratados


en la conjug.; pero fácilmente puede salvarse toda dificultad
oon sólo recordar que tienen las mismas irreg. de servir.
Henchir poco se usa en la 1.* pers. del ind.; porque la for-
ma hincho viene a corresponder también al verbo hinchar;
esta misma confusión se presenta cuando se da en suprimir la
i d® los diptongos, io, te, como ocurre después de II y ñ.
«De engaños los espíritus se hincheron»
(Hojeda. La Cristiada, libro IV).

Siguiendo la norma que ofrecen Hojeda, Moratín (N.) y al-


g^p^os Qtros autores, hinchó pertenecerá a henchir y a hinchar.
60 LA B8PAÑA MOOKRNA

La Aoad., Bello, Isaza y otros gramáticos conjugan hinchió,


hinchieron, etc., y no faltan buenos escritores que autoricen
plenamente tal decir; vaya siquiera esta muestra:
^Hinchieron de las mesas los asientos»
(Ercilla. La Araucana, canto X).
A propósito de competir, merece advertirse que muchos,
acaso por encontrar raro o disonante eso de que uu verbo se per-
mita andar como los «vigilantes de servicio» (con pito), esqui-
van las formas compito, compites, etc., que son las obligadas,
y dan en emplear a este verbo como reg., sin caer en la cuenta
de que conjugan entonces & competer, verbo muy desentendido
de toda competencia, como que equivale a «pertenecer, tocar
o incumbir». Tómese ejemplo en estos versos, ya que es fácil
colegir el significado respectivo:

«Y aun yo, con ser lo que soy,


No compitiera contigo»
(L. de Vega, ¡Si no vieran las mujeresl); .
«No compite en frescor con las manzanas»
(C. Guido y típano. Poesías griegas, Rufino);
«Desnudo lleva el cortador acero.
Que vengar le compete la caída»
(Villaviciosa. La Mosquea, canto V);
«No son tales pensamientos
Los que mostrar me compete-»
(Hartzenbusch. La ley de raza).
*
* *

211. Los que dicen «HIBVE el agua», «HIRVO de rabia», etc.,


y por desgracia no son pocos, sepan que hablan como sólo
puede hablar un sirviente ignorante. Hervir, de la V I I I cla-
se de irreg. de la Acad. y de la I X de Bello, cambia la e ra-
dical en ie en todas las personas del sing. y 3.* del pl. de los
pres. de indio., imper. y subj., y la cambia en i en las 3 . " per-
CtUtA DKL BUEN DECIR 61

sonas del pret. de indio, {hirvió, hirvieron,), y en todas las del


prefc. y fut. de subj. {hirviera, hirviese, hirviere, etc.)- Y quien
tenga en menos el aserto de gramáticos, ate estos cabos;
«Fuego de libertad en Eoma hierve-»
(V. de la Vega. La muerte de César);
«Ctial pecho amante que al mirar lejano
* Hierve de su beldad»
(Hartzenbusch. A laluna);
^Hierve ondeando el puerto, el monte, el llano»
(R. M. Baralt. A Colón);
<íRierven montes de espuma»
(J. M. de Heredia. Al Océano);
fllierve airado otra vez, airado truena»
(R. Obligado. América).
*

212. VALEHÁ, SALIBA, VALERÍA, etc., son formas verbales


que se oyen a cada paso en el habla popular, lo que no impide
que sean arcaísmos inaceptables. Los verhos valer y salir, per-
tenecientes a la X I I clase de irregulares (Aoad.), toman d en
vez de la e o ¿ en el futuro de ind. y pos-pret. Según Lanche-
tas {Morf. del verbo cast., pág. 123), la evolución fonética que
ha precedido a saldré, comprende las formas saliré, y luego
salvé, que a poco de nacer necesitó de la dental d para mayor
suavidad del vocablo. El mismo proceso nos ha traído las for-
mas tendré, tendría, pondré, pondría, vendré, vendría, etc.
213. Aun cuando antaño hayan podido usarse las formas
DEBRÁ y DOLDRÁ, y puedau, por lo mismo, persistir en boca
del vulgo y a las veces de alguna persona culta, la Acad.,
Cuervo, Isaza, de la Peña, Avendaño, Salieras, etc., traen a
deber como reg. y a doler sin más trasformación que la de la o
por ue, debida al acento; de modo que quien desee ser correcto
está hoy obligado a conjugar deberé, debería, dolerá, dolería, y
en la misma forma las demás personas de estos tiempos.
62 LA X S P A S A MdtlBRiiÁ

Con todo, es digno de notarse que él eminente Bello, ítl


t r a t a r de los «arcaísmos en la conjug.» {Gram., § 613), diCé:
*Debré por deberé no es enteramente inadmisible.» Ningún
otro gramático o filólogo, que yo sepa, corrobora esta singu-
lar aserción. « D E B E É , como DEBBÍA, son arcaíraos que están
hoy proscriptos del buen decir; y para no dejar de traer a co-
lación algunos ejemplos del uso correcto, insertaré los si-
guientes:
«Guarecerla deberé*
(Hartzenbusch. La ley de raea)\
«Sólo tú deberás interpretarlo»
(Id. El mal apóstol y él buen ladrón);
«Si renovar la sanguinosa guerra
Y los tristes combates deberemos»
(Hermosilla. Trad. de la «lUada», libro IV);
«Vosotros deberíais
En la primer escuadra presentaros»
(Id. id. id. id. id., id. id.).

«Se trata de saber cuál es la escuela literaria que ha ejer-


cido, y que deberá ejercer, decisiva influencia en el movi-
miento intelectual argentino.» (E. Qaesada. Reseñas y Criti-
cas, pág. 92.)
214. CABERÉ y OABEEÍA son formas que oímos continua-
mente, y hasta se ven estampadas en letra de molde con más
frecuencia que la que podría desearse. Adviértase, en todos
los tonos, y cuantas veces sea posible, a los que tal dicen o es-
criben, que las formas correctas son cabré, cabria, cabrás, ea-
brias, etc. «Tal gloria le cabrá al que conserve más vivas áus
tradiciones literarias» (S. Estrada. Viajes, tomo II, cap. I I I ) .
El verbo caber, a la par de saber y poder, corresponde a la
X clase de los irreg. en la clasificación de Bello, y váyanlo sa-
biendo los melindrosos que conjugan PODERÍA porque temen
que les resulte algo mal oliente si dicen podría, que es I0
correcto. Para evitar el equívoco recomienda la Acad. {Gram,,
anÍA DEL BTTBM UEOIR

página, 130), al tratar la conjng. de podrir o pudrir, que se


prefiera la M a la o en todos los modos, tiempos y personas.
215. Los que dicen KEPONKBÉ, B,EPONERAS, BEPONERÍA, etc.,
por repondré, repondrás, repondría, etc., sepan que reponer se
h.a de conjugar como poner, de quien procede.

216.. La conjug. de satisfacer está muy expuesta a confu-


siones y errores; pero muy fácil es dar con las formas correo-
tas, si se considera que imita este verbo las irregularidades de
hacer.
Para norma del pret. de ind. que muchos equivocan, vayan
estos ejemplos: «Y al duelo en cualquier punto satisfice» {Qui-
jote, I, I);
«¿Veis, Conde, cómo el cielo ha averiguado
Todo el caso, y mi honra satisfizo?*
(Tirso de Molina, ISl vergonzoso en palacio, acto I, esc. III);
tSatisflce á su demanda»
(J. Euiz de Alarcón. La verdad sospechosa);
«Cual obra en que el Creador se satisfizo?»
(A. Magariños Cervantes. La Cruz).

Los que conjugan, y son legión, si bien vulgar, SATISEAOK-


BÉ, SATisjPACBEÁs, SATISFACERLA, e t c , por Satisfaré, satisfarás,
satisfaría, etc., cometen una epéntesis de todo punto inadmi-
sible:
«Y que en nombre del rey satisfaría
Su buena voluntad...»
(Eroilla. La Araucana, canto XVII.)

Bello, además de admitir en el imperativo, como la Acad.,


a satisfaz y satisface, entiende que pueden usarse indistinta-
mente en el pret. y fut. de sub. los radicales satisfac o satiS'
^c; no está de acuerdo con esto la Acad., desde que sostiene
64 LA ESPAÑA MODERNA

qne es reprensible decir satisfaciera, satisfaciese, satisfaciere,


etcétera; en vez de satisficiera, satisficiese, satisficiere, eto.
Como bien lo asienta Isaza en su Dic, estas formas, condena-
das por la Aoad. y por cuantas gramáticas han dado en imi-
tarla servilmente, constan en Cervantes y en otros escritores
de mérito.
*
* *

217. Andar, el primero en la reseña académica de los ver-


bos que tienen irregularidades especiales, y contado por Bello
en la V clase, es falseado por el vulgo que dice, como antaño,
ANDE, ANDARÁ, ÁNDASE, ANDARÉ, etc. (formas que pueden verse
en el Fuero Juzgo, Cantigas de Don Alfonso, y en otras obras
publicadas en el siglo xiii), en vez de anduve, anduviera, andu
viese, anduviere, etc.; es mala yierba que no sólo ha cundido
en nuestro suelo, pues se reproduce también en Chile, Colom-
bia y otros países de América (1). En algunos puntos de Espa-
ña se oye aún este ANDE. (Véase la carta de Hartzenbusoh a
Cuervo; Apunt., pág. X X I X ) . Otro tanto ocurre con des-
andar.
218. Aquellos que dicen ^me ATENÍ», «nos ATENIMOS», «nos
CONTENIMOS», «Se MANTENiESEN», con olvido O desconocimiento
de l&s {oi-ma.»[Link],s atuve, atuvimos, contuvimos, mantuvie-
sen, y otros disparates del mismo jaez, conseguirán enmendarse
con sólo recordar que estos verbos han de caer en las mismas
irreg. que son propias de tener.
He aquí un par de ejemplos que muestran el uso correcto:

« r tú el primero, ínclito joven, fuiste

(1) Se ven citadas estas formas vulgares: en Ramos Duarte {Dic. de


Mejicanismos), Batres .Táuregui {Vicios de Leng. y Prov. de Guatemala),
m&xnhreño {Prov. de Honduras), C. Qngini [Dic. de [Link]
Costa Eica), Cuervo {Apunt.), Uribe y U, (Dic. abreviado de Gal., etc.),
Ortúzar (Dic. de Loe. Vic, y de Corr. del'Leng), y en otros autores
americanos.
BViíL DBL BUBN DUOIR 65

Zaragoza inmortal, qnien eontuvitte


Sa ira embraveoida»
(C. Gaido y Spano. Méjico);
«Y en días más augustos
Sus aras contuvieron
(B. Mitre. Himno a los mártires de la libertad).

219. No faltan quienes den en usar las formas arcaicas


del pret. de venir, VENIMOS, VKNISTES, que el buen uso moder-
no ha cambiado en vinimos, vinisteis. Y lo mismo se cieñe en
avenir, convenir, intervenir, prevenir y reconvenir.

* *

220. «Me ABSTRAi», «lo ATBAÍSTE», «nos CONTBAÍMOS», «OS


MSTBAiSTEis»; he aquí algunas trasgresiones que medran más
de lo conveniente, a pesar de ser facilísima su corrección, pues
basta, para ello, tener presente que han de conjugarse estos
verbos como traer (VII clase de Bello). Excusada podría es-
tarme la indicación de las formas correctas correspondientes;
pero, vayan en bien y provecho de los que siempre ven turbio
o andan a oscuras en estas cuestiones: abstraje, atrajiste, con-
trajimos, distrajisteis. Con todo, y aunque resulte paradojal la
aserción, hemos de convenir en que las formas que rechaza el
habla correcta son las más eufónicas, las más gratas al oído.
A propósito de este mismo verbo traer y sus compuestos,
bien estará que se diga a cuantos usan las formas .TBAJIERON,
TBAJIESB, etc., qne está resuelta la anulación de la t epéntica
desde la Edad Media (véase Lánchelas, pág. 43). Y lo gracio-
so del caso es que muchos de los que caen en esta jinfracoión
son capaces de reírse de los que dicen TBUJO, TSUJE, eto., ar-
oaiamos todos ellos que no se llevan gran, ventaja.
*
* *
221. Muy desacordes han andado la Acad. y otras gramá-
ticas en lo que respecta a la conjug. de contradecir, desdecir y
E. U.—Junio 1914. &
LA KBPADA MOOURHA

predecir; lo más dereoiio es conjugar estos verbos con las mis-


mas irreg. que corresponden a decir, menos en la 2.* pers. sing.
del imp. (desdice y no DKSDÍ t ú , etc.).
La Acad. (Gram., pág. 120) opta por las formas contradeci-
ré, contradeciría, desdeciré, desdeciría, etc.; pero Cuervo (Dic.
de Constr. y Rég.), confirmando lo aseverado por Bello y Salva,
prueba, con ejemplos de Santillana, Fr. L. de León, F r . L. de
Granada, Mariana, Lope de Vega, Quintana y Valora, que h a n
de usarse las formas contradiré, contradiría, etc., y aporta
casi el mismo número de autoridades, no menos fehacientes
para comprobar que la conjug. más castiza pide desdiré, desdi-
ría, etc.; a tantos ejemplos sólo ha podido contraponer, en
apoyo de la Acad., uno de Clemencín, que tv&% contradeciría.
Bendecir y maldecir, según la Acad., Bello, Cuervo, e Isa-
za, han de conjugarse también como decir, menos en la 2.*
pers. sing. del imp., en el futuro, y en el pos-prefc. que son re-
gulares, (bendice tú, bendeciré, bendeciría, maldice tú, malde-
ciré, maldeciria, etc.).
JUAN B . SELVA,
Profesor «n Dolores (República Argentina).
L A_ Z A_ ü o

Cuando Lázaro salió de la tumba en donde la muerte, du-


rante tres días y tres noches, le había tenido bajo su enigmá-
tico poder; cuando volvió vivo a su casa, no se notaron al
pronto las inquietantes rarezas que, con el tiempo, han hecho
su nombre tan terrible. Llenos de alegría desbordante, al
verle vuelto a la vida, sus amigos y sus parientes le raimaban
como a un niño, satisfacían su avidez de ternura, atentos a
cuanto se refería a la persona de aquél; sus alimentos, sus be-
bidas, sus vestiduras. Vistiéronle suntuosamente: una túnica
de color de esperanzas y de risas, le engalanó como a un dea-
posado, y cuando se sentó de nuevo a la mesa, en medio de los
convidados; cuando de nuevo bebió y comió, los presentes llo-
raron de alegría e invitaron a los vecinos a que viniesen a
contemplar al resucitado. Acudieron los vecinos y se regocija-
ron, y también ellos vertieron lágrimas de emoción; de ciuda-
des y aldeas lejanas llegaron gentes desconocidas, que mani-
festaron su entusiasta asombro ante el milagro con ruidosas
exclamaciones. Era como un zumbar de abejas alrededor de la
inorada de Marta y María.
Y todos se explicaban muy naturalmente lo que de impre-
visto había en los movimientos y en el aspecto de Lázaro.
68 LA XSPAAA MODBRNA

Eran las consecuencias de su grave enfermedad, y de las sacu-


didas experimentadas. El trabajo destructor que la muerte rea-
liza en los cadáveres había sido detenido por un maravilloso
poder; pero las huellas no se habiau borrado por completo; la
obra de la muerte permanecía en el rostro y en el cuerpo de
Lázaro, a la manera de un dibujo no concluido en una grácil
lámina de cristal. Las sienes, los ojos y el hueco de las meji-
llas del resucitado tenían profundos círculos, azulados y te
rrosos. El mismo color azulado tenían los largos dedos, mien-
tras que las uñas, que habían crecido en el sepulcro, parecían
contusiones negruzcas. Aquí y allí, en los labios, en el cuer-
po, la piel abotagada había reventado bajo presiones hondas,
y quedaban en tales sitios cicatrices rojizas y brillantes, como
mica transparente. Y Lázaro era ahora obeso. El cuerpo, hin-
chado en el sepulcro, había conservado sus enormes propor-
ciones, sus terribles convexidades, bajo las que se adivinaban
los elementos viscosos de la podredumbre. Sin embargo, el
olor cadavérico y nauseabundo del que el sudario, y hasta pa-
recía que sus miembros mismos estaban impregnados, se disi-
pó pronto y por completo. Al cabo de algún tiempo, la colo-
ración azulada de las manos y de la cara se atenuó también,
y las cicatrices rojizas de la piel se cerraron, pero sin desapa-
recer nunca completamente. Tal fue el aspecto que ofreció a
los hombres durante su segunda vida, el cual parecía natural
a quienes le vieron en la tumba.
No solamente estaba cambiada la cara da Lázaro, sino que
toda su manera de ser se había transformado, lo que tampoco
chocaba a nadie; ni siquiera llamó la atención. Antes de su
muerte, Lázaro estaba siempre despreocupado y alegre; gus-
taba de la risa y de las bromas inofensivas. Y por esta alegría,
siempre amable e igual, exenta de malignidad y de rencor, le
había amado el Maestro. Ahora Lázaro era grave y taciturno.
Las raras palabras que pronunciaba de vez en cuando eran
siempre frases sencillas, rutinarias e indispensables, tan des-
provistas de sentido y de profundidad como los gritos con que
UÁZARO 69

el animal expresa el sufrimiento y el placer, el hambre y la


[Link] hombre puede emplear vocablos de este género durante
toda su vida, sin que nadie sospeche nunca qué es lo que puede
alegrar o torturar su alma profunda.
Así, Lázaro, sentado entre sus amigos y parientes a la
mesa del festín, mostraba el rostro de un cadáver sobre el que
las tinieblas de la muerte han reinado tres días; con sus sun-
tuosas vestiduras de boda, resplandecientes de oro amarillo y
púrpura sanguínea, permanecía abrumado y silencioso, ya es-
pantosamente otro y distante; pero nadie todavía lo había ad-
vertido. La alegría flotaba en torno de él en amplias ondas
acariciadoras, unas veces, ruidosas y sonoras, otras; efusivas
miradas de amor se posaban en su rostro, helado todavía por
el frío de la muerte; la mano ardorosa de un amigo acariciaba
una mano violada y fláoida. Oíanse armoniosos sones. Habían
venido músicos que tocaban alegremente la zampona y el cím-
balo, la cítara y el salterio. Parecía que alrededor de la feliz
morada de Marta y María zumbaban abejas, cantaban grillos,
gorjeaban pájaros.

II

Un imprudente levantó el velo. Con un soplo, con una frase


lanzada al viento, un imprudente rompió el radiante encanto
y descubrió la verdad desnuda. Sin duda, su pensamiento no
se había formulado aún claramente en su cerebro, cuando ya
sus labios preguntaban sonriendo:
—Lázaro, ¿por qué no nos cuentas lo que ocurrió por allí?
Todos se callaron, trastornados por aquella pregunta. Hu-
biérase dicho que acababan de saber de repente, que Lázaro
había estado muerto durante tres días; le miraron con curiosi-
dad, anticipando su respuesta. Pero Lázaro guardó silencio.
—¿No quieres decírnoslo? ¿Es acaso tan terrible?—exclamó
asombrado el interrogante.
Y aquí también sus palabras se adelantaban al pensamien-
70 LA GSPAJtA HODIERNA

to; si se hubiese adelantado éste, no hubiera hecho una pre-


gunta que al punto llenó de terror a su propio corazón. La
inquietud cundió por toda la concurrencia y se esperó con an-
gustia la contestación de Lázaro; pero siguió en el mismo si-
lencio, frío y tétrico, y no levantó los ojos. Y entonces, se ob-
servó, hubiérase dicho que por primera vez, el tinte azulado
del rostro y la repugnante obesidad del cuerpo; la mano vio-
lácea de Lázaro yacía sobre la mesa como olvidada; hacia ella
convergieron involuntariamente todas las miradas y pareció a
los comensales que la respuesta iba a venir de aquella mano.
Los músicos seguían tocando; pero el silencio llegó hasta
ellos, como una marea que alcanza un rincón lejano de la ribe-
ra; extinguió los alegres acordes. La zampona se calló, luego
el tímpano sonoro y el salterio murmurador; la cítara dio un
sonido tembloroso y cascado, como si se rompiese una cuerda
o muriera la canción misma. Todo enmudeció.
—¿No quieres?—repitió el curioso, que no pudo contener
su lengua charlatana.
La mano violácea yacía inmóvil. Se movió un poco; los
asistentes lanzaron un suspiro de alivio. Lázaro resucitado los
miraba a la cara, con una mirada abrumadora y horrible que
abarcaba toda la sala.
Nacía la tercera aurora desde que Lázaro saliera de la tum-
ba. A partir de aquel día, muchas gentes sufrieron la fuerza
destructora de aquella mirada; pero ni aquellos a los que ano-
nadó para siempre, ni los que hallaron en las fuentes secretas
de la vida, tan misteriosa como la muerte, la energía para re-
sistirla, pudieron explicar la cosa horrible que reposaba, in-
móvil, en el fondo de sus negras pupilas. Los ojos de Lázaro
no manifestaban el deseo de disimular, menos todavía el de
decir nadw; acusaban la frialdad de un hombre infinitamente
indiferente a la existencia. Visitantes descuidados permane-
cían algunos momentos cerca de él sin observar nada anormal
y se enteraban luego, con asombro mezclado de espanto, de
quién era aquel ser enorme y tranquilo, cuyas vestiduras sun-
LÁZARO 71

tuosas de matices brillautes, les habían rozado al paso. El sol


no dejaba de brillar cuando Lázaro miraba a alguien, el sur-
tidor de agua no detenía su borboteo, el cielo natal permanecía
azul y puro, y, sin embargo, el que sufría la enigtnátioa mira-
da no advertía ya el sol, no oía ya al surtidor de agua, no re-
conocía ya el cielo natal. A veces, el hombre que había mirado
a Lázaro, se ponía a llorar amargamente y se arrancaba los •
pelos de desesperación; como un loco, pedía socorro. Pero, por
lo general, empezaba a morir, apacible y silencioso, agonizaba
durante largos años, declinaba se aniquilaba, desecado, in-
coloro y lánguido, como árbol trasplantado a un terreno pe-
dregoso que pierde su savia poco a poco. Los primeros, los que
gritaban y se agitaban como poseídos, volvían a veces a la
vida.; los segundos, jamás.
—Así, pues, Lázaro, ¿no quieres contarnos lo que has visto
allí?—repitió por tercera vez el indiscreto.
Pero ahora, su voz era sombría y opaca, y de sus ojos ema-
naba ya el tedio, el tedio enfadoso y muerto. Y este tedio en-
fadoso y muerto, cubría con su polvo todos los rostros. Los in-
citados se observaban los unos a los otros con estúpido asom-
bro; no comprendían por qué se habían reunido y tomado
puesto en aquella mesa suntuosa. La conversación cesó. De-
cíanse con apatía que era la hora de volver a casa; pero no se
lograba vencer el entorpecimiento que paralizaba la voluntad
y debilitaba los músculos; los invitados permanecían allí, des-
ligados los unos de los otros, como lucecillas nocturnas dise-
minadas por el campo.
Sin embargo, los músicos estaban pagados para tocar; vol-
vieron a tomar sus instrumentos, y de nuevo resonaron los
acordes con su alegría o su melancolía igualmente ficticias. E n
su música desarrollábase sin duda la misma armonía, pero los
asistentes escuchaban con sorpresa; no comprendían ya porqué
era necesario, por qué era agradable que estuviesen allí unas
gentes pellizcando cuerdas o hinchando las mejillas para lle-
nar de viento unos tubitos y producir un sonido complicado.
72 LA KSPAÍtA MODKKMA

—¡Qué mal tocan!—dijo alguien.


Molestos, los músicos se retiraron. Imitáronlos los invita-
dos, y salieron uno a uno, ya de noche. Y cuando estuvieron
rodeados de tinieblas apacibles, y se hizo más fácil la respira-
ción, cada cual vio aparecer ante sí la imagen de Lázaro au-
reolada de un brillo inquietante, con su rostro azul de cadá-
ver, sus vestiduras nupciales de colores resplandecientes, y
sus ojos fríos, en cuyo fondo se había fijado el horror. De no-
che, la espantosa y sobrenatural visión del que había estado
tres días bajo el misterioso dominio de la muerte, aparecía con
toda precisión. Durante tres días, Lázaro había estado muer-
to; por tres veces se había alzado y puesto el sol sin verlo Lá-
zaro; los niños jugaban; el agua rumoraba sobre las piedras, y
él estaba muerto; el polvo se levantaba por la carretera, y él
estaba muerto. Y ahora Lázaro volvía a codearse con los vi-
vos; desde el fondo de sus pupilas, semejantes a negros crista-
les, era el Más Allá que miraba a los vivos.

III

Nadie se cuidaba de Lázaro; ya no tenía ni amigos ni pa-


rientes. El desierto que rodeaba la ciudad santa avanzaba
hasta el umbral mismo de la casa; pronto penetró en la mora-
da del resucitado y se tumbó en el lecho como una esposa. Na-
die se cuidaba de Lázaro. Una tras otra, sus hermanas Marta
y María le dejaron. Marta vaciló largo tiempo antes de mar-
charse, porque se preguntaba quién le alimentaría y le conso-
laría; lloraba y rezaba. Sin embargo, una noche, mientras qu»
el viento soplaba en el desierto y los cipreses se inclinaban sil-
bando sobre el techo de la vivienda, Marta se vistió sin ruido
y se fué. Lázaro oyó sin duda el ruido de la puerta; estaba mal
cerrada y golpeaba bajo los asaltos de la tempestad; no se le-
vantó, no salió, no fué a ver lo que pasaba. Y durante toda la
noche, hasta la mañana, los cipreses silbaron sobre su cabeza,
LÁZARO 73

y la puerta giró en sus goznes con un sonido quejumbroso, de-


jando penetrar en la casa el desierto glacial escudriñador y ávi-
do. Todo el mundo huía de Lázaro como de un leproso; congus-
to le hubieran atado al cuello una campanilla, para evitar todo
encuentro con él. Pero alguien observó, palideciendo, que se-
ría terrible oír por la noche el tintineo de la campanilla, y otras
personas fueron del mismo parecer.
Y como tampoco Lázaro cuidaba de sí mismo, se hubiera
muerto de hambre si los vecinos, temiendo no se sabe qué, no
hubiesen provisto a su comida, que le llevaban los niños. Es-
tos no tenían miedo de Lázaro; tampoco se burlaban de él, como
acostumbran a hacerlo, en su crueldad ingenua, de los desgra-
ciados. Le trataban con indiferencia; lo mismo se conducía él
con ellos; no sentía el deseo de darles gracias por sus atencio-
nes, ni el de acariciar una cabecita de rizos negros, ni el de
contemplar los ojuelos candidos y brillantes. La casa del resu-
citado, entregada a los estragos del tiempo y del desierto, se
arruinaba poco a poco, y las cabras, balando y hambrientas,
que allí había, se escapaban a las casas vecinas. Se habían usa-
do las vestiduras nupciales de Lázaro. Desde que se las puso
el día feliz en que los músicos tocaban, no se las había quita-
do, como si no hiciese aprecio entre lo nuevo y lo viejo, entre
los guiñapos y las galas. Los colores brillantes habían palide-
cido y se habían borrado; los perros furiosos y las espinas de
la maleza habían reducido a innumerables tiras el tejido pre-
cioso.
De día, mientras que el sol implacable reinaba, aselador de
toda cosa viva, cuando los mismos escorpiones se ocultaban
bajo las piedras y se retorcían con el alocado deseo de herir,
Lázaro permanecía sentado sin moverse bajo los abrasadores
rayos, con su rostro azulado y su barba inculta alzados hacia
el cielo.
En los días en que aún le hablaban, preguntó alguien:
—¡Pobre Lázaro! ¿Te gusta estar sentado mirando al sol?
El contestó:
ti LA BSPAftA MOUURMA

—Sí.
«El frío de la tumba era sin duda tan intenso, y su oscuri-
dad tan profunda, que no hay en la tierra ningún calor ni luz
alguna capaces de caldear al resucitado e iluminar las tinie-
blas de sus ojos»—decíanse las gentes, y se alejaban suspi-
rando.
y cuando el globo de fuego aplastado y escarlata bajaba
hacia la tierra, Lázaro salía al desierto y andaba hacia el lado
del sol como para alcanzarle. Dirigíase en derechura hacia el
astro rojo, y los que trataron de seguirle, para saber lo que
hacía de noche en la soledad, conservaron para siempre gra-
bado en su memoria, como una placa inalterable, la negra si-
lueta de un hombre grueso y alto destacándose de relieve so-
bre el fondo purpúreo de un enorme disco comprimido. La
noche, con sus terrores, los echó, y así no supieron lo que Lá-
zaro hacía en el desierto; pero aquel cuadro se les incrustó
para siempre en el cerebro. Como un animal, cuyos ojos están
irritados por el polvo, se frota furiosamente el hocico con la
pata, así las gentes se frotaban los ojos; pero la sensación que
Lázaro les había hecho experimentar era imborrable, y sin
duda no desaparecía sino con la muerte.
Había gentes que habitaban lejos y no habían visto nunca
a Lázaro, aunque hubiesen oído hablar de él. Con esa curiosi-
dad audaz, que es más fuerte que el miedo, y que el miedo ali-
menta, iban, disimulando el terror de su corazón, hacia el que
estaba sentado al sol, y le hablaban. Por aquella época, el as-
pecto de Lázaro se había modificado ligeramente, no era tan
aterrador como antes; al pronto, los visitantes sacudían los de-
dos y juzgaban estúpidos a los habitantes de la ciudad santa.
Pero cuando, terminada la breve conversación, se volvían a
sus casas, tenían un aspecto tan singular, que los habitantes de
la ciudad santa los reconocían al punto, y decían:
—Ahí va otro loco, al que Lázaro ha mirado.
Y, llenos de compasión, se callaban y alzaban los brazos al
cielo.
t/[Link] 75

Valientes guerreros, ignorantes del temor, vinieron tam-


bién, con ruido de armas. Jóvenes felices aportaron sus risas,
y sus canciones; gentes adineradas acudieron un momento,
haciendo sonar sus monedas; los arrogantes servidores del tem-
plo depositaron su báculo a la puerta de Lázaro, pero nadie se
volvió como había llegado. La misma soinbra terrible descen-
día a las almas y daba un nuevo aspecto al antiguo mundo co-
.nocido.
Y he aquí cómo traducían sus sentimientos los que, des-
pués de la visita fatal, tenían todavía deseos de hablar:
«Todos los objetos que los ojos veían y que las manos to-
caban parecían vat-íos, ligeros, transparentes; hacíanse seme-
jantes a sombras claras en las tinieblas de la noche; porque las
grandes tinieblas que envolvían la creación no estaban disipa-
das ni por el sol, ni por la luna, ni por las estrellas; cubrían
la tierra con un velo negro ilimitado, la enlazaban como bra-
zos maternales.
«Penetraban en todos los cuerpos, en el hierro y en la pie-
dra, y las partículas de los cuerpos perdían toda cohesión; las
tinieblas se infiltraban en el fondo de las partículas, y las par-
tículas de las partículas se disociaban; porque el gran vacío
que envuelve la creación no estaba lleno, ni por lo visible, ni
por el sol, ni por la luna, ni por las estrellas; reinaba sin lími-
tes, penetrándolo todo, dividiéndolo todo: los cuerpos de los
cuerpos, las moléculas de las moléculas,
»Los árboles extendían sus raíces en el vacío, y vacías es-
taban ellas mismas; los templos, las casas y los palacios, va-
cíos ellos también, se elevaban en el vacío, y hacían temer
una caída ilusoria, y en el vacío se movía con inquietud un
hombre que a su vez estaba vacío y ligero como una sombra;
porque ya el tiempo no contaba, y el principio y el fin de to"
das las cosas se reanudaban; estaba en constrneción un edifi-
cio, y seguían resonando los martillos de los obreros, y ya se
le veía en ruinas; luego se veía el lugar desnudo sin las rui-
nas; nacía el hombre, y ya se encendían a su cabecera los
76 LA uapAfiA MODERNA

cirios funerarios; se apagaban, e inmediatamente se establecía


el vacío en el sitio del hombre y de los cirios; y, rodeado de
vacio y de tinieblas, el hombre desesperado temblaba ante el
horror de lo Infinito...»
Así hablaban las que todavía tenían deseos de hablar, Pero
las que no queríau hablar y morían en silencio, hubieran po-
dido siu duda decir más.

IV

Por aquella época, vivía en Roma un escultor célebre. Con


la arcilla, el mármol y el bronce creaba cuerpos de dioses y
de humanos, cuya belleza era tal, que las gentes la calificaban
de inmortal. Pero él no estaba satisfecho, y aseguraba que ha-
bía algo infinitamente más bello que no podía fijar ni en el
mármol ni en el bronce. «Todavía no he cogido la claridad de
la luna—decía,—ni el brillo del sol, y no hay alma en mis már-
moles, no hay vida en mis bellos bronces.» Y cuando en las no-
ches de verano vagaba lentamente por el camino, entre las ne-
gras sombras de los cipreses, y su blanca túnica aparecía aquí
y allá, los que pasaban se reían y decían bromeando:
—¿Vas a recoger el claror de la luna, Aurelio? ¿Por qué no
has traído una cesta para llevártelo?
Riendo él también, se señalaba los ojos coa el dedo, y con-
testaba:
—Estas son las cestas en donde recojo los rayos de la luna
y los del sol.
Y la cosa era cierta. En sus ojos rielaba la luna y chispea*
ba el sol. Pero estas luces no podía transportarlas al mármol,
y esto constituía el sufrimiento de su vida.
Descendiente de una antigua familia de patricios, tenía una
mujer excelente y unos hijos encantadores; nada parecía faltar
a su felicidad.
Cuando llegó hasta él el rumor de la siniestra gloria de Lá-
zaro, consultó con su mujer y sus amigos, y emprendió el lar-
LÁZAKO 77

go viaje de Jadea, a fin de ver al que había milagrosamente


resucitado. Se aburría, y esperaba que nuevos paisajes aguijo-
nearan su atención cansada. Lo que contaban del resucitado
no le asustaba; había meditado mucho sobre la muerte, de cuya
idea no gustaba, pero no gustaba tampoco de los que la mez-
clan a la vida. «De este lado está la vida magníñoa; del otro
lado está la muerte misteriosa»—se decía;—y mientras que el
hombre vive, lo mejor que puede hacer es gozar de la existen-
cia y de la belleza de lo que vive.» Y hasta abrigaba un pen-
samiento bastante vanidoso: deseaba convencer a Lázaro d é l a
verdad de su razonamiento, y volver a la vida el alma del re-
sucitado, del mismo modo que milagrosamente había vuelto a
la existencia el cuerpo de aquél. La cosa parecía tanto más fá-
cil, cuanto que los raros rumores que corrían sobre Lázaro no
eran más que una expresión débil y lejana de la verdad, una
advertencia vaga contra algo horrible.

*
* *

Lázaro se levantaba de su asiento de piedra para seguir al


sol que declinaba por el desierto, cuando el rico romano, acom-
pañado de un esclavo armado, se acercó a él y le llamó con voz
sonora:
—¡Lázaro!
Y Lázaro vio el hermoso y altivo rostro aureolado de glo-
ria, las vestiduras claras y las piedras preciosas que chispea-
ban al sol. Los rayos rojizos daban a la cabeza y al rostro de
Aurelio la belleza del bronce mate. Dócilmente, Lázaro se vol-
vió a sentar y, resignado, bajó los ojos.
—No eres hermoso, mi pobre Lázaro—continuó sin con-
moverse el romano, mientras que jugaba con su cadena de
oro.—Hasta eres horroroso, pobre amigo; la muerte no tenía
pereza el día en que caíste imprudentemente entre sus garras.
Pero estás gordo como un pellejo, y las personas gordas no
son malas, dice el gran César; no comprendo por qué se temé
78 LA E S P A S A MODKKNA

a tu persona. ¿Me permites pasar la noche en tu oasa? Es tarde


y no tengo albergue,
Nadie había hecho nunca semejante petición a Lázaro.
—No tengo cama—contestó él.
—Yo he guerreado y sé dormir sentado—replicó el escul-
tor.— Encenderemos fuego.
—No tengo fuego.
—Entonces, charlaremos como dos amigos, en la oscuri-
dad. Supongo que tendrás un poco de vino.
—No tengo vino.
El romano se echó a reír.
—Comprendo ahora por qué eres tan sombrío: porque no
te gusta tu segunda vida. ¡Sin vino! No importa; prescindire-
mos de él; hay palabras que embriagan tanto como el falerno.
Con un gesto despidió al esclavo, y se quedó solo con Lá-
zaro. Se puso entonces a hablar, pero parecía que a medida
que el sol declinaba se retiraba la vida de las palabras del es-
cultor; resonaban pálidas y vacías; vacilaban como borrachos
en sus piernas temblorosas; se resbalaban y caían, llenas de
angustia y desesperación. Y entre ellas aparecieron negros
precipicios, como los lejanos precursores del gran vacío y de
las grandes tinieblas.
—Ahora soy tu huésped y no me ofenderás, Lázaro—dijo
el romano.—La hospitalidad es de rigor aun para aquellos que
han estado muertos tres días. Porque, según me han contado,
son tres días los que has pasado en la tumba. Allí debe de ha-
cer frío... y por eso has traído la mala costumbre de privarte
del fuego y del vino. A mí me gusta la luz, y aquí se pone
pronto muy oscuro... La línea de tu frente y de tus cejas es
muy interesante: parecen las ruinas de un palacio derrumbado
por un terremoto y cubierto de cenizas. Pero, ¿por qué llevas
esas vestiduras tan feas y tan raras? He visto algunos novios
en tu país que llevan el niismo traje. ¿Es el día de tu boda?
Ocultábase el sol; una gigantesca sombra negra acudía del
Oriente; enormes pies desnudos parecían zumbar en la arena,
UÁZAKU 79

y el aire, perturbado por la rápida carrera del viento, helaba


la espalda del romano.
—Todavía pareces mayor en la oscuridad, Lázaro; diríase
que has engordado en estos minutos, ¿Te nutrirías acaso de ti-
nieblas?... Me gustaría tener luz, aunque no fuese más que una
lucecilla. Tengo un poco de frío... Las noches son terrible-
mente frescas en tu país. Si no estuviera oscuro, juraría que
me estás mirando, Lázaro. Sí, si; oreo que me miras... Me mi-
ras, lo siento, y ahora, te sonríes...
Llegó la noche, y el aire parecía impregnarse de agobiado-
ra oscuridad.
—¡Ah! ¡Qué agradable será ver mañana otra vez el sol!
Sabe que soy un gran escultor...; así me califican mis amigos.
Yo creo; sí, eso se llama crear; pero para crear se necesita el
día; doy vida al mármol inerte, fundo el bronce sonoro con la
llama, con la llama ardiente, con la llama abrasadora... ¿Por
qué me roza tu mano?
—Ven—dijo Lázaro;—eres mi huésped.
Y entraron en la casa. El amplio manto de la noche cubrió
la tierra.

Cuando el sol estaba ya alto, el esclavo esperó en vano a su


amo, y luego se decidió a ir en su busca. Y he aquí lo que vio:
bajo los ardientes rayos, Aurelio estaba sentado con Lázaro, y
ambos guardaban silencio, con los ojos alzados al cielo. El es-
clavo se echó a llorar, y con voz sonora exclamó:
—¡Amo! ¡Amo! ¿Qué pasa?
El mismo día, Aurelio emprendió el viaje de vuelta. Y du-
rante todo el viaje fué pensativo y silencioso; miraba con aten-
ción cuanto le rodeaba: los hombres, el navio, el mar, como si
tratase de acordarse de algo. Estalló una violenta tempestad
y, durante ella, el, escultor permaneció en el puente, contem-
plando las olas, que se alzaban y caían. Cuando llegó, se asustó
su familia del terrible cambio que se había operado en él, pero
80 LA ESPAiÍA MOJDBBMA

tranquilizó a todo el mundo diciendo con tono muy signifí-


oativo:
—Lo he encontrado.
Sin despojarse de las vestiduras, que no había cambiado en
el curso del viaje, se puso a trabajar, y el mármol sometido re-
sonó bajo los martillazos. Aurelio trabajó largo tiempo asi-
duamente, sin dejar que entrase nadie en su taller. Por fin, una
mañana declaró que la obra estaba terminada, y convocó a sus
amigos, expertos y severos jueces en materia artística. Los re-
cibió suntuosamente, engalanado con vestiduras de fiesta de
colores brillantes, resplandeciendo el oro y enrojecidas por la
púrpura.
—He aquí lo que he creado—dijo con tono pensativo.
Miraron los invitados, y en sus rostros aparecieron los sig
nos de un profundo dolor. Aquello era algo monstruoso que
no ofrecía ninguna de las formas familiares a la vista, y que,
sin embargo, llevaba el sello de un arte nuevo, todavía desco-
nocido. Sobre una rama retorcida, o sobre su caricatura, yacía
una especie de guiñapo amorfo, algo que estaba al mismo
tiempo vuelto hacia afuera y hacia adentro; unos fragmentos
sueltos trataban en vano de substraerse a sí mismos. Y, como
por casualidad, bajo uno de aquellos restos, había una mari-
posa maravillosamente cincelada, de alas transparentes, que
temblaban con deseo de volar.
—¿Por qué esa divina mariposa, Aurelio?—preguntó uno
vacilando.
—No lo sé—contestó el artista.
El deber ordenaba decir toda la verdad al escultor, y uno
de los visitantes, el que más quería a Aurelio, declaró con fir-
meza:
—Eso es horrible. Hay que destruir esta obra. Dame tu
martillo.
En dos martillazos deshizo la masa informe, no dejando
más que la admirable mariposa.
Desde este lance, Aurelio no volvió a crear. Consideraba
LÁZARO 81

con profunda indiferencia el mármol y el bronce, las esplén-


didas obras que había esculpido antes y en las que vivía la in-
mortal belleza. Con la esperanza de despertar su alma aletar-
gada, para reanimar en él el antiguo ardor del trabajo, llevá-
banle a veces a contemplar los trabajos de los otros artistas;
pero permanecía siempre indiferente a todo. Cuando le habla-
ban de la belleza, replicaba con voz cansada y sin timbre:
—Todo eso es nada más que mentira.
De día, cuando brillaba el sol, iba a su magnífico jardín,
hábilmente cuidado; buscaba un sitio adonde no llegase la
sombra y, silencioso, dejaba su cabeza y sus ojos sin brillo, al
ardor tórrido y a los rayos del astro. Las mariposas blancas y
rojas revolaban sobre la taza de mármol, el agua borbotaba al
caer de los labios gesticulantes de un fauno ebrio y riente. Au-
relio permanecía sentado, inmóvil, pálido reflejo de aquel que
allá lejos, en el umbral mismo del desierto pedregoso, estaba
también sentado, inmóvil, bajo el ardiente sol.

Y he aquí que el grande, el mismo divino Augusto quiso


ver a Lázaro.
Vistieron al resucitado con suntuosas vestiduras nupciales,
como si el tiempo las hubiese legitimado y hubiera de ser
hasta su muerte el prometido de una virgen desconocida. Era
como si 36 hubiese vuelto a dorar un viejo féretro, pronto a
deshacerse en pedazos, y al que hubiesen añadido nuevos y
frescos adornos; llevaron a Lázaro con solemnidad; la carava
na tenía verdaderamente el aspecto de un cortejo nupcial;
todo el mundo llevaba hermosas túnicas claras, y, delante,
unos trompeteros iban tocando para que se abriese paso a los
enviados del emperador. Pero los caminos por donde pasaba
Lázaro estaban desiertos. En su país natal maldecíase el nom-
bre del resucitado por milagro, y las gentes huían al enterar-
E. M,—Junio 1914. 6
82 LA E S P A S A MODERNA

se de su temible llegada. Las trompetas de cobre sonaban en


el vacío, y sólo el desierto contestaba con un eco prolongado.
Después, embarcaron a Lázaro en un navio. Era la nave
más fastuosa y más lúgubre que hubiera surcado nunca las
azules ondas del Mediterráneo. Llevaba mucho pasaje, pero iba
silenciosa y severa como una tumba; y el agua parecía llorar,
desesperada, al rozar la curva armoniosa de la proa. En ésta
iba Lázaro, solo, con la cabeza descubierta al sol; escuchaba
el rumor de las olas. Lejos de él, los marineros y los enviados
iban tumbados o sentados, masa confusa de sombras angustia-
das, muelles e impotentes. Si la tempestad hubiera estallado en
aquel momento, si el huracán hubiese arrancado las velas es-
carlatas, el barco habría naufragado sin remedio, porque nin-
guno de los que le tripulaban tenía el valor y la voluntad de
luchar contra los elementos. Con un postrer esfuerzo, algunos
pasajeros se acercaban a la borda y escrutaban con ansia el
fondo del abismo transparente y azul; tal vez una náyade
mostraría su hombro rosado, quizás un tritón, ebrio de alegría
y de locura, pasaría agitando con su cola la espuma nivea. Pero
la mar estaba desierta, y el abismo marino desierto también y
mudo.
Lázaro holló con indiferencia el piso de la Ciudad E t e r n a .
Parecía que para él toda la riqueza, todo el grandor de los
edificios elevados por gigantes, todo el esplendor, toda la belle-
za, la armonía de una civilización refinada, no eran sino el
eco debilitado del viento en el desierto, el reflejo de las arenas
abrasadoras. Desfilaban los carros rápidos; numerosas gentes
iban y venían, hombres robustos, hermosos y altivos, que ha-
bían contribuíáo a construir la Ciudad Eterna, y que estaban
orgullosos de participar de su vida. Resonaba una canción;
oíase la risa perlina de las fuentes y de las mujeres; los borra-
chos raciocinaban; las personas sobrias los escuchaban sonrien-
do, y los cascos de los caballos martillaban las losas. Rodeado
por el alegre bullicio, marchaba el hombre obeso y taciturno
por la ciudad, como una fría mancha de silencio, y sembraba
LÁZARO 83

•en su camino el tedio, la cólera y una angustia vaga y corro-


siva: «¿Qnién osa estar triste en Roma?», protestaban los ciu-
dadanos descontentos, frunciendo el ceño. A los dos días, toda
la ciudad estaba al corriente de la historia del resucitado, y se
evitaba medrosamente encontrarle.
Pero había también en la capital ciudadanos audaces, de-
seosos de probar su fuerza, y Lázaro obedecía con sumisión al
irreflexivo llamamiento. Ocupado en los asuntos del Estado,
el emperador retrasó la audiencia, y durante siete días, el del
milagro frecuentó la sociedad romana.
Llegó un día a casa de un opulento licencioso, que le aco-
gió, rientes sus labios rojos.
—jBebe, Lázaro, bebe!—exclamó.—Augusto se reirá cuan-
do te vea borracho.
Las mujeres desnudas y ebrias reían también, y pétalos de
rosa caían sobre las manos azuladas de Lázaro. Pero el licen-
cioso posó sus ojos en los ojos del resucitado, y su alegría con-
cluyó para siempre; su embriaguez perduró, aunque no volvie-
se a beber; en vez de los sueños agradables que da el vino,
abrumaron al cerebro del desdichado terribles pesadillas. Con-
virtiéronse los sueños espantosos en el único alimento de su
espíritu trastornado, manteniéndole bajo el yugo de sus mons-
truosas invenciones; y la muerte misma no fue más horrible
que sus feroces precursores.
Lázaro fue también invitado a casa de unos amantes jóve-
nes, que eran bellos en su amor. Lleno de compasión el joven,
enlazó en sus robustos brazos a su amada, y tomó por testigo
a su visitante.
—¡Míranos, Lázaro, y alégrate con nosotros! ¿Hay algo
más fuerte que el amor?
Lázaro los miró. Y en adelante, continuaron amándose;
pero su amor se hizo triste y sombrío, como los oipreses délos
cementerios, cuyas raíces se nutren de la podredumbre de las
tumbas, y cuyos troncos negros buscan en vano el cielo en la
hora apacible del atardecer. Abrazados por la fuerza descono-
84 LA B S P A S A MODKKNA

cida de la vida, mezclaron svis lágrimas con sus besos, el goce


oon el dolor, y se sintieron doblemente esclavos: esclavos obe-
dientes de la vida despótica, esclavos desarmados de un vacío
amenazador y silencioso. Eternamente unidos, eternamente
desunidos, brillaron como chispas, luego se extinguieron en
la oscuridad infinita.
Lázaro fue entonces a ver a un sabio, orgulloso de su cien-
cia, el cual le declaró:
—¡Oh, Lázaro! Yo sé ya todo lo espantoso que pudieras de-
cirme. ¿Cómo me has de espantar?
Pero al poco tiempo, el sabio sintió que el conocimiento de
lo espantoso no es el espanto mismo, que la visión de la muer-
te tampoco es la muerte. Y comprendió que la sabiduría y la
estupidez son iguales ante el Infinito, porque lo Infinito las
ignora. Y toda barrera desapareció entre la ciencia y la igno-
rancia, entre la verdad y la mentira, entre lo bajo y lo alto, y
el pensamiento informe y zarandeado del sabio quedó suspen-
dido en el vacío. Entonces, se cogió entre las manos su cabeza
gris, y lanzó un grito furioso:
—¡Ya no puedo pensar! ¡Ya no puedo pensar!
Y así perecía bajo la mirada indiferente del resucitado todo
lo que sirve para afirmar la vida su significación y sus alegrías.
Empezaba a decirse que era peligroso mostrar tal hombre al
emperador; qtíe mejor era matarle, sepultarle en secreto y ha-
cer creer que se había marchado. Aguzábanse ya las espadas,
y unos ciudadanos jóvenes y consagrados al bien público, se
preparaban con abnegación a ser asesinos, cuando Augusto
ordenó que le llevasen a Lázaro, al día siguiente por la maña-
na, lo que desbarató todos los proyectos criminales.
Puesto que era imposible deshacerse por completo de él, se
quiso, cuando menos, atenuar la abrumadora impresión que
producía su aspecto. Con este objeto, artistas hábiles, unos pe-
luqueros trabajaron toda la noche en el tocado de Lázaro. Le
recortaron la barba, la rizaron, para, darle un aspecto pulcro
y agradable. Disimulóse el tinte azulado de las manos y la
LÁZARO 85

cara bajo una capa de blanco y rojo. Los dolorosos surcos tra-
zados en el antiguo rostro, no eran tampoco bellos: los llena-
ron de afeites, alisaron éstos, y sobre el fondo bien terso di-
bujaron hábilmente, con un pincel fino, unas ligeras arrugas,
signos de alegría amable y de un carácter jovial.
Lázaro se sometió a todo con indiferencia; bien pronto
tuvo el aspecto de un anciano guapo bien proporcionado, de
un abuelo apacible y bonachón, con numerosa descendencia.
Conservaba en sus labios la sonrisa con que contara antaño
historietas divertidas; tenía también en el rabillo del ojo una
expresión de bondad y listeza; tal era su nueva fisonomía.
Pero no se habían atrevido a despojarle de sus vestiduras nup-
ciales; pero no habían podido transformar sus ojos, aquellos
cristales negros y aterradores, al través de los cuales el Más
Allá inconcebible miraba a los hombres.

VI

Lázaro no se inmutó con los esplendores de la mansión


imperial. Parecía no observar la diferencia entre su casa rui-
nosa, en cuya puerta empezaba el desierto, y aquel palacio de
mármol magnífico y sólido. Bajo sus pies, el mosaico rica-
mente trabajado se bacía igual a la arena movediza del de-
sierto, y la multitud de los dignatarios, pomposamente vesti-
dos, era a su vista como el vacío del aire. Bajábanse los ojos al
pasar el, porque se temía el efecto terrible de su mirada; pero
cuando se comprendía, por el ruido sordo de los pasos, que
continuaba su marcha, se alzaban las cabezas, examinando,
con temerosa curiosidad, la silueta maciza del corpulento an-
ciano, un poco inclinado, que se dirigía al corazón mismo del
palacio imperial. Si la propia muerte hubiese llegado, las gen-
tes no se habrían asustado tanto; porque, hasta entonces, sólo
los muertos conocían la muerte, y los vivos no conocían más
que la vida; y no había puente entre los vivos y los muertos..
86 hA ESPAÑA MODERNA

Pero aquel ser extraordinario conocía la muerte, y su ciencia*


maldita era misteriosa y terrible. «¡Va a matar a nuestro
grande, a nuestro divino Augusto!»—pensaron los cortesanos
espantados,—y lanzaron vanas imprecaciones en pos de Láza-
ro, que seguía alejándose por el interior del palacio.
El César sabía quién era Lázaro, y se preparaba a la aven-
tura. Alma viril, consciente de su fuerza enorme, invencible,
no quiso recurrir a la mezquina ayuda ajena en el duelo fatí-
dico que iba a sostener con el milagrosamente resucitado. A
solas, frente a frente, recibió a Lázaro.
—No alces los ojos sobre mí, Lázaro—ordenó él, cuando
éste entró.—He oído decir que eres semejante a la Medusa, y
que transformas en piedras a todos aquellos a quienes miras.
Yo quiero examinarte y hablar un poco antes de ser petrifica-
do—añadió con una jovialidad imperial no desprovista de
temor.
Se acercó a Lázaro y estudió atentamente el rostro y las
vestiduras nupciales del resucitado. A pesar de su penetrante
vista, le engañaron los artificios de tocador empleados.
—¡Ah! No tienes un aspecto terrible, respetable anciano.
Cuando lo horrible toma un aspecto tan agradable y tan dig-
no, es tanto más temible para el pueblo. Hablemos un poco
ahora...
Augusto se sentó, e interrogando tanto con la mirada como
con la palabra, empezó:
—¿Por qué no me has saludado al entrar?
Lázaro contestó con indiferencia:
—No sabía que era preciso hacerlo.
—¿Eres cristiano?
—No.
Augusto movió la cabeza complacido, y dijo:
—Está muy bien. No me gustan los cristianos. Quebran-
tan el árbol de la vida, sin dejarle que se cubra de frutos, y
marchitan sus flores embalsamadas. ¿Quién eres tú?
Con ligero esfuerzo, contestó Lázaro:
LÁZARO 87

—Yo estaba muerto.


—Lo sé. Pero, ¿qué eres ahora?
Lázaro no contestó inmediatamente; al fin, con voz impa-
sible, replicó:
—Yo estaba muerto.
—¡Oye, desconocido!
Y el emperador, subrayando cada una de sus frases, ex-
presó con severidad los pensamientos que le habían acudido:
—Mi imperio es un imperio de vivos, mi pueblo es un pue-
blo de vivos y no de muertos. Y tú sobras aquí. No sé quién
eres, no sé lo que has visto allí abajo; pero si mientes, abo-
rrezco tu mentira, y si eres veraz, aborrezco tu verdad. Siento
en mi pecho la palpitación de la vida; en mis manos siento el
vigor, y, semejantes a águilas, mis altivos pensamientos reco-
rren el espacio. Bajo la protección de mi poder, bajo mi auto-
ridad, al amparo de las leyes que he dictado, las gentes viven,
trabajan y se alegran.., ¿Oyes la maravillosa armonía de la
vida? ¿Oyes esos clamores guerreros que los hombres lanzan a
la faz del porvenir, para invitarle al combate?...
Augusto extendió los brazos en ademán de oración, y excla-
mó con tono solemne:
—¡Que la vida,la vida maravillosa y divina, sea glorificada!
Pero Lázaro guardaba silencio, y el emperador continuó
con severidad más acentuada aún:
—Sobras aquí. Lamentable despojo, que la muerte no ha
querido, inspiras a los hombres la angustia y el disgusto de la
vida. Como una oruga en un campo, corroes la sabrosa espiga
de la alegría y dejas el veneno del dolor y de la desesperación.
Tu verdad es igual a una espada mohosa en manos de un ase-
sino nocturno, y te entregaré al suplicio como a un asesino.
Pero antes, quiero ver lo que hay en tus ojos. Tal vez no asus-
tan más que a los cobardes; tal vez exciten en el hombre vale-
roso la sed de lucha y de victoria. En este caso, no mereces un
castigo, sino una recompensa. ¡Mírame, pues, Lázaro!
E n el primer momento, pareció al divino Augusto que era
88 LA G8PA£iA MODERNA

un amigo quien le miraba; hasta tal punto la expresión de los


ojos del resucitado era dulce, seductora, atractiva, hechicera,
lío era el espanto, sino la paz lo que prometía, y el Infinito
parecía una tierna enamorada, uua hermana carí&osa, una ma-
dre. Sin embargo, la dulce presión se hacía cada vez más fuer-
te; ya el aliento faltaba a la boca ávida de besos; ya el tejido
delicado del cuerpo dejaba pasar los huesos resistentes cerca-
dos de un anillo de hierro, y unas uñas frías y puntiagudas
rozaban el corazón y penetraban en él blandamente.
—Me siento mal—dijo el divino Augusto, palideciendo.—
Pero, mírame, Lázaro, sigue mirándome.
Parecía que unas puertas fuertes, cerradas para siempre,
se entreabrían poco a poco, y que, por la creciente rendija, el
horror amenazador del Infinito hizo irrupción con glacial len-
titud. Como dos sombras, el vacío inmenso y las tinieblas sin
límites entraron y apagaron el sol, quitaron el piso firme de
debajo de los pies y el techo de encima de las cabezas. Y el co-
razón helado cesaba de sufrir.
—¡Mira, Lázaro, mira!—repitió Augusto vacilando.
Se paró el tiempo, y el principio y el fin de todas las cosas
se acercaron terriblemente. Apenas elevado, el trono de Au-
gusto se derrumbaba ya, y el vacío se adueñaba del lugar del
trono. Sin ruido, Roma caía en ruinas, crecía en su sitio una
nueva ciudad y el vacío la absorbía. Como gigantes fantas-
mas, ciudades, estados y países se aniquilaban rápidamente y
desaparecían en el vacío, los tragaba el seno oscuro de lo In-
finito con impasibilidad, sin hartarse...
—(Detente!—ordenó ei emperador.
Ya la apatía quebraba el timbre de su voz; sus brazos caían
con cansancio y sus ojos de águila se encendían y se apagaban,
luchando en vano contra las tinieblas invasoras.
—¡Me has matado, Lázaro!—declaró con tono opaco y fa-
tigado.
Y estas palabras de desesperación le salvaron. Acordóse del
LÁZAKO B9

pueblo del que estaba llamado a ser escudo, y un dolor agudo


y saludable atravesó su corazón entorpecido.
«Están consagrados a la muerte,» pensaba con angustia.
«Sombras luminosas en las tinieblas del Inüuito», decíase
con horror.
«Frágiles vasos llenos de una sangre viviente e hirviente,
corazones que conocen el sufrimiento y la alegría», pensaba
lleno de ternura.
La meditación del soberano duró largo tiempo, y el fiel de
la balanza se inclinaba tan pronto del lado de la muerte como
del lado de la vida; por fin, el emperador volvió lentamente a
la existencia, para hallar en sus sufrimientos y alegrías una
protesta contra las tinieblas de la nada y el horror del In-
finito.
—No; no me has matado, Lázaro—dijo con firmeza;—soy
yo quien te mataré. ¡Vete!
Aquella noche, el divino Augusto saboreó los manjares y
las bebidas con especial placer. Pero a veces, su mano levan-
tada se paraba en el aire, y la viva luz de sus ojos de águila
se convertía en un claror mate: era el espauto que pasaba a
sus pies en una sombra helada. Vencido, pero no aniquilado,
el Espanto severamente esperaba su hora: durante toda la
vida de Augusto permaneció a su cabecera; amo de las noches,
dejaba con docilidad los días luminosos a los sufrimientos y a
las alegrías de la vida.
A la mañana siguiente, por orden del emperador, quema-
ron con un hierro enrojecido al fuego los ojos de Lázaro, y lo
mandaron a su patria. El divino Augusto no se había atrevi-
do a condenarle a muerte.

VII

Lázaro volvió al desierto, y el desierto le acogió con el sil-


bido del viento y el calor tórrido del sol incandescente. De
nuevo, se sentó en una piedra; de nuevo, alzó su barba inculta
90 hJL ESPASA MODERNA

y embarañada, y los dos agujeros negros, terribles, que reem-


plazaban a sus ojos quemados, miraron al cielo. A lo lejos, la
ciudad santa se agitaba ruidosamente, pero alrededor de Lá-
zaro todo era soledad y silencio; nadie se acercaba al lugar en
que el resucitado milagrosamente terminaba sus días; los ve-
cinos hacía tiempo que habían abandonado sus viviendas. El
conocimiento maldito que Lázaro adquirió en la tumba fue re-
chazado por el hierro enrojecido al fondo del cráneo, en donde
se oeultaba como en una emboscada, y desde allí posaba en el
corazón de los hombres millares de miradas invisibles; así es
que nadie osaba contemplar a Lázaro.
Al atardecer, cuando el sol enrojecía y se ensanchaba al
descender hacia el horizonte, Lázaro, ciego, iba lentamente en
persecución del astro. Obeso y debilitado, tropezaba en las
piedras y caía; levantábase con torpeza, reanudábala marcha
y, sobre el fondo escarlata del crepúsculo, su torso negro y sus
brazos extendidos simulaban una cruz gigantesca.
Una vez, marchó como de costumbre y no volvió nunca.
Así terminó, a lo que parece, la segunda vida de Lázaro, que
pasó tres días sometido al poder enigmático de la muerte y re-
sucitó milagrosamente.

LEÓNIDAS ANDEEIKF
LAS REINAS DE LA ESPAM ANTIGUA

JUAIVA L A L O O A

E n el mismo día (26 Noviembre de 1B04) en que murió Isa-


bel, Fernando, con rostro afligido y lágrimas en sus mejillas,
salía del palacio de Medina del Campo, y, subiéndose en una
plataforma construida en la plaza Mayor de la ciudad, pro-
clamaba a su hija J u a n a reina de Castilla, con las acostum-
bradas ceremonias de pendones enarbolados y los pregones da
los heraldos: «Castilla por nuestra soberana y señora la Reina
Doña Juana.» Luego se leyó la cláusula del testamento de la
reina muerta, en que se daba a Fernando facultad para obrar
como rey de Castilla, mientras J u a n a estuviera ausente de
España o fuera incapaz de gobernar o no gustase de hacerlo;
y de esta suerte, al imponer a J u a n a y Felipe obediencia y su-
misión para Fernando, se produjo gran agitación en Castilla,
como quiera que las gentes conocían que la muerte de la Reina
acarreaba infinitas ocasiones de cambiarse las cosas. Los no-
bles castellanos, humillados durante tanto tiempo por Isabel,
se atrevían a esperar ahora mejores días para reemprender la
contienda de sus intereses con los del trono, y no fueron pocos,
aragoneses sobre todo, que aconsejaron a Fernando que recla-
mase para sí el trono de Castilla (1), por derecho de descenden-
cia, en vez de gobernar a nombre de su hija.
(1) Zurita; Anales de Aragón.
92 LA ESPAÑA MODERNA

Pero el proceder de Fernando había sido siempre retorci-


do; aquella misma noche, las cartas que mandó a Flandes co-
municando la noticia de la muerte de su mujer iban dirigidas
a «Juana y Felipe, por la gracia de Dios, soberanos de Casti-
lla, León, Granada; príncipes de Aragón, etc., etc.,» y de pa-
so, se informaba a todas las ciudades del reino que, en adelan-
te, el título de rey de Castilla no recaería en Fernando, sino
el de administrador a nombre de J u a n a (1). Aquel paso era
profundamente diplomático, porque toda Europa y la mitad
de España desconfiaba de Fernando, y la usurpación franca de
Castilla se hubiera encontrado con poderosa resistencia. P e r o ,
con todo esto, su tendencia era, como veremos, gobernar en
Castilla, y ya había encontrado la manera de realizarlo. Feli-
pe y J u a n a replicaron a su amorosa carta que no querían con-
fiarse a las prácticas de F e r n a n d ^ y así le anunciaban su ve-
nida, para tomar posesión de su reino de Castilla. Mostráron-
se igualmente fríos con el legado que les envió Fernando,
aquel obispo de Córdoba, Fonseca, a quien J u a n a no tenía mo-
tivo de estimar. Mientras tanto, se convocaron Cortes en Toro
(Enero 1505), en nombre de J u a n a , y allí Fernando jugó su
última carta, poniendo de manifiesto, según la cláusula del tes-
tamento de Isabel, su derecho a gobernar Castilla hasta que
J u a n a compareciera y demostrara su aptitud para Reina (2).

(1) Véase en Documentos inéditos, vol. 18, relación plena de los suce-
sos de «quel tiempo, día por día.
(2) Fernando, después que las Cortes prestaron juramento, les leyó un
documento (citado en toda su extensión por Zurita), en que se decía que
cuando la reina Isabel proveyó en su testamento para el caso de la inca-
pacidad de Juana para gobernar, no había entrado en ulteriores particu-
laridades por respetos a su hija, aunque ésta, durante su residencia en
España, había dado señales de perturbación mental. Era llegada la oca-
sión, advertía Fernando, de informar a las Cortes del verdadero estado de
las cosas. Por informes de agentes de Fernando y de Felipe mismo, se sa-
bía que la enfermedad de Juana se había empeorado, y que este caso pre-
visto por Isabel habla llegado. Las Cortes, después de muchas delibera-
ciones, y contra el parecer de los nobles, dirigidos por el duque de Naje-
LAS REINAS fiX LA ESPAÑA ANTIGUA 93

Los nobles de Castilla, celosos ya de Aragón, estaban determi-


nados a oponerse, aunque las Cortes lo acordaran, y enviaron
a Felipe, en nombre suyo, a J u a n Manuel, el más notable di-
plomático de Castilla, oriundo de la Casa real y enemigo mor-
tal de Fernando, y que ejercía en el Príncipe influencia com-
pleta, para que desde Flandes animara y dirigiera una cam-
paña diplomática contra Fernando.
La situación se hacía cada dia más apurada. Los agentes
de Fernando trataban de sembrar la discordia entre Juana y
su marido; y en una ocasión, la Reina, en un ataque de celos, y
persuadida por el secretario aragonés Concbillos, firmó una
carta en que aprobaba los actos de su padre. El mensajero a
quien se confió la obra de traición contra Felipe, y el nombra-
do Conohillos, fueron encarcelados; se comunicó a todos los es-
pañoles allí residentes su salida de la corte, y a J u a n a se la
aisló por completo, hasta de la comunicación con su capellán.
Comprendiendo que en el palacio de Bruselas sería fácil el ac-
ceso a J u a n a , Felipe dispuso la manera de retirarla secreta-
mente. Mientras el Burgomaestre y los consejeros estaban dis-
cutiendo, a altas horas de la noche en el palacio, los pormeno-
res de la huida secreta, la pobre J u a n a tuvo conocimiento por
sí misma de lo que se agitaba en contra de ella, y al serle ne-
gada una entrevista con el obispo español que la esperaba,
llamó a; toda prisa al príncipe de Chimay. No se atrevió éste a
entrar solo en la cámara de la Reina, sino que, acompañado de
otro cortesano, obedeció a su llamamiento. Encontróla presa
de violenta furia, y con dificultad se libró de sus ataques per-
sonales; esto dio por resultado que si por el pronto no se rea-
lizó el alejamiento de la Reina, se la vigiló en adelante con más
rigor, constituyéndola prisionera en sus propias habita-
ciones (1).
Cuando llegaron las noticias con la decisión de las Cortes
ra, acordaron reconocer a Fernando como soberano, dada la incapacidad
de Juana.
(1) Zurita: Anales de Aragón,
94 LA E8PA&A MODERNA

de Toro, según la cual J u a n a era inepta para gobernar, Felipe


consiguió de su mujer que firmara una carta que había de pu-
blicarse en Castilla (1). «Puesto que en Castilla pretenden des-
hacerse de mí, porque no estoy con el entendimiento sano,
ahora veo que he vuelto a recobrar en algo mis facultades; no
me admiro de que hayan levantado falsos testimonios contra
mí, pues lo mismo hicieron los judíos contra nuestro Señor.
Pero, puesto que la cosa se ha realizado tan maliciosamente,
y en tal ocasión, os encomiendo a vos (M. de Veré) que ha-
bléis a mi padre el Rey, de mi parte, y le digáis que los que
dicen eso de mí, no sólo a mí ofenden, sino a él; y que la gente
dice que él está contento de ello, porque así tiene el Gobierno
de Castilla, cosa que yo no puedo creer, pues el Rey es tan
grande y tan católico soberano y yo su respetuosa y fiel hija.
Sé muy bien que el Rey mi señor (Don Felipe)escribió allá que-
jándose de mí en algunos respectos; ¡pero de cosas que deben
quedar entre padre e hijos!, especialmente, que si yo me esca-
paba encolerizada y no ponía a buen recaudo mi propia digni-
dad, lo cual bien es sabido que yo he hecho no más que por
celos. No soy la única que haya sufrido este achaque, pues mi
madre, que era mujer tan grande y excelsa, era también celo-
sa; pero se disimuló a tiempo, y así espero que me sucederá a
mí si Dios quiere. Decid a todos ahí (en Castilla) que, sea cual-
quiera el estado en que mis enemigos quieren que esté, yo no
he de privar al Rey mi marido del gobierno del Reino, ni del
mundo entero, si estuviera en mi mano el dárselo...» Bruselas,
3 de Mayo de 1606.
Podemos ver aquí, como en otras relaciones que enviara,
que J u a n a tenía poco señorío sobre sí misma. E n el conflicto,
cada vez más agudo, que existía entre suegro y yerno, ella os-
cilaba de una parte para otra, conforme las influencias que se
hacían obrar sobre ella. Sus accesos de rabia, celosa y de vio-

(1) Descubierta eu los Archivos de Alburquerque, por el Sr. Rodrí-


guez Villa, que la publicó eu su estudio Doña Juana la Loca.
LAS REINAS DE LA B B P A S A AKTIOUA 95

lencia frenética, daban a los dos partidos razón para llamarla


loca, cuando así les convenía hacerlo, o declarar que aquellas
crisis temporales eran compatibles con su buen estado de salud
en general, cuando les hacía falta sana. E l afecto de la Reina
por su marido era exigente y altivo, y él poseía sobre ella u n a
influencia muy grande, especialmente cuando apelaba a su or-
gullo o a sus derechos como reina de Castilla; pero el senti-
miento de sus deberes de hija era también elevado; y cuando
entendía que se tramaba alguna medida contra su padre, se
oponía con indignación a ella. Fernando sabía que el rey
de Francia había sido atraído por Felipe y Maximiliano en
contra suya, y que se estaba preparando un ejército en Flan-
des; al mismo tiempo había el proyecto de que Felipe fuera a
Castilla solo, dejando a J u a n a . El estaba decidido a evitar todo
esto, y avisó a su yerno que no se le consentiría actuar de R e y ,
a menos que su mujer no viniese. A este aviso replicó Felipe
ordenando que se fuera él de Castilla a su reino de Aragón.
En esta contienda, la pobre Juana, histérica y combatida
frecuentemente por los celos, no representaba nada por su
falta' de resolución. Cuando llegara a Flandes, después de su
detención en España, había descubierto que su marido, cuya
frialdad notó al punto, mantenía relaciones ilícitas con una
dama de la corte. Se dice que buscó a la dama, con furia rabio-
sa, y la injurió gravemente; hasta el punto de que, hablándose
de su hermoso cabello, de que estaba orguUosa, se lo mandó
cortar hasta la piel. Esto produjo una escena violenta en-
tre Felipe y J u a n a , en que no se contentaron con los insultos,
sino que pasaron a los golpes; y J u a n a cayó en el lecho, enfer-
ma de gravedad en cuerpo y alma. Estas escenas se repetían
con intervalos, con motivo o sin él; pero con la consecuencia
natural de que Felipe, en sus relaciones con el suegro, obrara
desentendiéndose por completo de su mujer; la que, como Fer-
nando, después dijo, era una hija buena y cumplidora de su de-
ber, honra de España y de su pueblo.
Fernando tenía en esta sazón a su lado al gran cardenal
96 LA «BPAÑA MODERNA

Oisneros. El austero franciscano no había sido amigo del Rey,


que se había opuesto a su nombramiento de primado; pero era
español patriota que no dejaba de ver que si el flamenco Don
Felipe tenía supremacía en España, toda la obra que Isabel
había edificado en pro de la fe corría peligro de arruinarse.
Fernando sabía que Oisneros era un gobernante hábil y expe-
rimentado, que no cambiaría mucho el sistema actual de las
cosas, y así puso enjuego toda su poderosa influencia para que
Fernando quedara de hecho rey de Castilla, sin desposeer ente-
ramente a Felipe. Sobre todo, estaba Oisneros decidido a evitar
que los ambiciosos nobles castellanos se apoderaran nuevamen-
te del dominio del Reino,lo que hubiera sucedido si un extran-
jero inexperto como Felipe se ponía a la cabeza de él. Hubo
verdaderamente empeñadísima lucha entre Fernando, Cisne-
ros y los nobles castellanos, tanta como entre Fernando y su
yerno. Pero los esfuerzos patrióticos de Oisneros obtuvieron
poco éxito por lo que a Felipe se refería; y mientras t a n t o ,
Fernando, que al parecer se divertía en la caza, estaba imagi-
nando una combinación digna de su carácter contra su ene-
migo. •
Tenía cincuenta y cinco años de edad y era aún robusto;
creía, por tanto, que podía ganar el juego por medio de un se-
gundo matrimonio. Era casi un sacrilegio pensar en estas co-
sas en aquellas circunstancias; pero para Fernando de Aragón
no había camino que fuera malo si le conducía a sus fines. Así,
pues, mandó a su hijo natural, Hugo de Cardona, a que propu-
siera secretamente al rey de Portugal que la olvidada Beltra-
neja dejara su convento para ser reina de Aragón, juntando sus
derechos de heredera de Castilla a los de Fernando y desemba-
razarse así de J u a n a y Felipe (1). Era una idea cínica y perver-

(1) Se ba meacionado ya que, según Galiudez, habla venido a poder


de Fernando un testamento de Enrique IV, en que dejaba a la Beltraneja
la corona de Castilla a la muerte de Isabel. La autoridad en que se funda
el hecho de haberse ofrecido Fernando como esposo a la Beltraneja en
esta ocasión (Zurita, Anales de Aragón), fue adoptada por Mariana y
LAS BSINA8 BK LA E8FA&A ANTISTTA 97

sa, porque era afirmar la usurpación de Isabel; pero ni el rey de


Portugal ni su prima la Beltraneja le hicieron caso; así que
Fernando acudió a otra solución, no tan inicua e inmoral, aun-
que más lesiva a los intereses de la nación española. Era nada
menos que apartar a su yerno de la amistad del rey de Fran-
cia, en que Felipe hacía consistir la razón principal de éxito
contra su suegro. Fernando había roto todos sus pactos ante-
riores con Luis X I I . El francés había vuelto de Ñapóles y el
gran Gronzalo de Córdoba había quedado allí como Virrey de
Fernando. E r a el Gran Capitán castellano; y y a los espías de
Fernando habían sabido que los nobles castellanos, en unión de
Felipe y los franceses, trataban de derribar la lealtad de Gon-
zalo de Córdoba para establecer el derecho de Castilla en Ña-
póles, en lugar del de Aragón. Fernando, con la sinceridad
que puede suponerse, concertó rápidamente una alianza con
Luis X I I , por la cual el rey viudo de Aragón contraería ma-
trimonio con la sobrina del rey de Francia, Germana de Foix,
joven beldad de veintiún años que no contaba con ningún
dote. Los herederos de este matrimonio heredarían Aragón,
Sicilia y Ñapóles; pero, en caso de que no quedaran hijos, se
dividiría Ñapóles entre Aragón y Francia; se hicieron grandes
concesiones a Luis en Ñapóles, y pagó Fernando a Francia un
millón de florines de oro, como indemnización de la última
guerra.
Esto, evidentemente, aislaba por completo a Felipe, ame-
nazaba separar otra vez a Aragón de Castilla y deshacía de un
golpe toda la obra de Isabel, a la que el mismo Fernando ha-
bía colaborado. Pero Fernando no reparaba en las consecuen-
cias que pudiera traer ningún tratado; si por el momento le
convenía, él aceptaría solamente para salvar su apuro presente,
con las reservas mentales que acostumbraba. Cuando llegó la

otros escritores. Presoott rechaza despectivamente esta historia, a mi ver,


sin razón ning'una, dado el carácter de Fernando. Es ya seguramente de«
masiado tarde para averiguarlo.
E. U.—Junio 1914. 7
98 l.A ESPAÑA MODICRKA

noticia a Bruselas, estaba allí Maximiliano con su hijo, y tra-


taron al punto de parar el golpe lo mejor que pudieran. Cuan-
do le presentaron a J u a n a ciertos documentos en que debería
firmar la denuncia al pueblo castellano del tratado de F e r n a n -
do y su segundo matrimonio, se opuso ella determinadamente
a firmarlo; últimamente, la importunidad de Maximiliano y la
suya produjeron a la infeliz dama una pena incontrastable:
rechazó los papeles que la presentaban, gritando que nunca ha-
ría nada contra su padre. El aislamiento y la vigilancia estre-
cha en que la pusieron acarreó sus efectos naturales en su sis-
tema nervioso, tan reciamente combatido; y los embajadores
de Fernando que habían venido a anunciar su matrimonio con
la francesa y ofrecer palabras de amistad al yerno, quedaron
muy escandalizados de los tratamientos que se infligían a una
Reina. Cuando, después de muchas dificultades, se les permitió
verla en su palacio de Bruselas, fue sólo a condición de que no
la hablaran palabra.
Poco después, en Setiembre de IBOB, dio J u a n a a luz una
niña (María, reina después de Hungría y gobernadora de Ho-
landa), y Felipe decidió entonces que era llegado el tiempo de
conducirla a Castilla y reclamar para ella el trono. Primera-
mente, publicó un manifiesto en que se ordenaba a los nobles
y ciudades de Castilla que no dieran obediencia a Fernando, y
luego entró en tratos con el rey de Francia para permitir le
concediera el paso por sus reinos para España. Esto le fue ne-
gado en redondo. La princesa [Link], G-ermana, era ahora
mujer de Fernando, y toda la ayuda de Luis X I I se emplearía
ya contra Felipe y J u a n a . Decidióse, en consecuencia, hacer
el viaje por mar, y se hicieron los preparativos para una g r a n
flota de sesenta navios, con dotación de tres mil personas, en
uno de los puertos de Zelanda. Mientras tanto, se urdían con-
tinuas intrigas, tanto en España como fuera de ella. Abando-
nado Felipe de Francia, volvió sus ojos a Inglaterra. Elvira,
hermana de J u a n Manuel, era la dama principal del séquito de
Catalina, princesa de Gales, y por su mediación y por la de su
LAS REINAS DE LA E S P A S A ANTIGUA 99

señora se entablaron negociaciones secretas para efectuar el


matrimonio de Enrique VII y la archiduquesa Margarita, her-
mana de Felipe, viuda de Juan, Príncipe de Asturias, y del
duque de Saboya, que llevaba aparejada la alianza de Ingla-
terra y Felipe—aunque Catalina, en un principio, probable-
mente no comprendió que aquello era ir lisa y llanamente con-
tra su padre.—Así que, con estar Enrique VII, en apariencia,
al lado de Fernando, estaba completamente aliado, en secreto
de Felipe y Juana, contra él y el rey de Francia.
Los reyes de Castilla salieron de Bruselas a primeros de No-
viembre, para reunirse a la gran Armada de que hemos habla-
do. Por la lentitud de la marcha y la ostentación pública de
que hicieron gala, se deja comprender claramente que su prin-
cipal objeto era preparar a Castilla en favor suyo. Felipe, por
un momento, descartó toda idea de avenencia con Fernando.
Sabía que los nobles castellanos estaban de su parte, y que los
derechos de su mujer eran indefectibles. E! viejo y ladino rey
de Aragón vio que su mejor política sería contemporizar y
hacer ver su poder. Su primera resolución fue declarar a los
castellanos que su hija estaba curada, pero que su marido la
retenía prisionera, y así propuso enviar una armada a resca-
tarla y traérsela a Castilla con su hijo Carlos. Los subditos
flamencos de Felipe estaban malcontentos con aquella ausen-
cia tan larga que se les anunciaba, y empezaron a sublevarse.
Pero Fernando insinuó que movilizaría todas sus fuerzas para
oponerse al desambarco de Felipe.
Esta serie de maniobras retardaron el viaje de Felipe y su
mujer por varios meses; hasta que Fernando, con diplomacia
consumada, logró acomodar un pacto con los embajadores de
Felipe en Salamanca, a fines de Noviembre; pacto que si a pri-
mera vista parecía bien intencionado, venía a ser, en la rea-
lidad, una intriga maliciosa para excluir a Juana, si se pre-
sentaba el caso. Felipe y J u a n a deberían ser reconocidos
como reyes de Castilla, y su hijo Carlos, heredero; pero, al
propio tiempo, se admitía que Fernando gobernara perpetua-
100 LX XSPAitA MOUKRNA

mente en la ausencia de su hija; y en caso de que J u a n a re-


nunciara o fuera inepta para el gobierno, los dos reyes, Fer-
nando y Felipe, dictarían sus leyes y conferirían sus gracias
en el nombre de ambos. Las rentas de Castilla y de los maes-
trazgos se dividirían por igual entre suegro y yerno.
Una vez que fue ratificado este falso e inicuo convenio, no
había para qué detenerse más, y la flota de Felipe zarpó para
España en 8 de Enero de 1506, para empeñarse en la famosa
batalla de marrullerías del suegro, que solamente uno de los
dos podía ganar. Hizose el viaje con felicidad hasta que hu-
bieron pasado la costa de Cornualla; después sobrevino una
calma, seguida de tan furioso vendaval, que dispersó todos
los navios y dejó, el que llevaba a Felipe y Juana, sin amparo
de ningún otro. P a r a mayor calamidad se prendió fuego a bor-
do, y la caída de un mástil hizo tal brecha en la nave, que la
dejó medio inundada. Apoderóse el espanto de la tripulación,
y todos se consideraron perdidos. No se portó Felipe como hé-
roe, ni mucho menos. Sus cortesanos le acomodaron un vesti-
do de piel hinchada, en el dorso de la cual pusieron con letras
grandes y chillonas: «El rey Don Felipe.» Y así pertrechado,
se arrodilló en oración ante una imagen, gimiendo y temblan-
do a cada momento, con la perspectiva de su muerte. J u a n a ,
según parece, se mostró serena. Un autor contemporáneo (1)
Ja describe echada en tierra entre las rodillas de su marido,
diciendo que se mantendría abrazada allí de manera que la
muerte no los pudiera separar, como no habían sido separa-
dos en vida. Los escritores españoles abundan en alabanzas de
J u a n a en la ocasión de aquel peligro. «La Reina—dicen—no
dio señal ninguna de temor, y pidió que la llevaran algo de co-
mer. Como algunos de los caballeros pasaron recogiendo dona-
tivos en voto para la Virgen de Guadalupe, dieron la bolsa a la
Reina, sacó ella la suya, que contenía doscientos doblones, y
se puso a postular con ellos, hasta que sacó el último doblón

(1) CoUction de Voyages des Souverains des Pays Bas, vol. I.


LAS BKINAS D£ LA EBPAÍtA AKTiaUA 101

que había a bordo, dando bien a entender la fortaleza de su


ánimo en el peligro. «No se sabe de ningún rey que se haya
ahogado—decía,—y por esto no tengo miedo» (1).
Por último, y gracias principalmente al valor y pericia de
un marinero, se gobernó el barco, fue apagado el incendio y
se arribó al puerto de "Wegmouth en 17 de Enero de 1506. En-
rique VII de Inglaterra había sido halagado y atraído por Fe-
lipe hacía algún tiempo; pero hubiera sido ocurrencia muy pe-
ligrosa poner a merced del taimado Tudor los términos de una
alianza. Alabábase, sobre todo, de tener en su poder al duque
de Suffolk, que se había refugiado en Flandes, y esto le pres-
taba buena conyuntura. Felipe estaba harto de mar para mu-
cho tiempo. Asegura uno de los que con él se encontraron, que
«estaba muy fatigado e inquieto de cuerpo y alma», y asi te-
nía afán por poner el pie en tierra firme otra vez. Sus conse-
jeros le instaban a que no corriera peligro; pero Felipe y
Juana, desembarcados en Melcombe Regis, aguardaban tiem-
po favorable para hacerse a la mar de nuevo. En todos los
puntos de la comarca aquella se apiñaban bandas de hombres
armados, sin hacer, sin embargo, demostración ninguna, dis-
puestos a la paz como a la guerra; pero cuando comprendie-
ron que los regios visitantes iban amistosamente, su buena
hospitalidad no tuvo límites. Sir Juan Treuchard los alojó en
su morada señorial sin querer escuchar sus negativas, y allí
los retuvo hasta que el tiempo abonanzó. Durante aquel tiem-
po, todos los días se expedían noticias, por medio de correos
ligeros, al rey Enrique de Londres.
Como puede suponerse, al saber la de la llegada de Felipe
«se llenó de extraordinaria alegría, porque confiaba en que ello
redundaría en su provecho y ventaja», como ciertamente suce-
dió. Felipe, por el contrario, se hallaba cada vez más molesto

(1) De una amena relación manuso. en español, que se encuentra en la


B. A. de la Historia, y en que se contienen implacables burlas contra los
cortesanos.
102 LA KSPAÍÍA MODERNA

al pensar en la solícita y apremiante recepción que se le había


hecho aceptar. Las tropas de gente armada iban cada vez en-
grosando más, y aunque el tiempo mejoraba, Treuchard no
consintió escuchar siquiera a sus huéspedes nada de marchar a
bordo, hasta que el rey de Inglaterra tuviera ocasión de dar la
bienvenida a su excelente hermano y aliado. Por último, Fe-
lipe y Juana se convencieron de que habían caído en una tram-
pa, y tuvieron que disimular su contrariedad, lo que hicieron
a maravilla, dándoles Enrique la bienvenida con las más efusi-
vas protestas de gozo. Felipe, acompañado de una numerosa
cabalgata de señores, fué por medio del reino hasta Windsor,
donde se reunió a Enrique y su hijo, el prometido de Catalina,
la hermana de J u a n a . Después, fue conducido a Londres y a
Richmond, donde se le recibió con demostraciones de honor.
Pero, fuera de esto, era enteramente visible que Enrique no
quería dejar salir a sus forzosos huéspedes hasta tanto que no
hubieran suscrito las condiciones que él quisiera imponerles.
Juraron, pues, Enrique y J u a n a con toda solemnidad un pac-
to ante un fragmento de la verdadera cruz en la capilla de San
Jorge, en Wiudsor. En él se comprometían a someter a la obe-
diencia de Enrique a Suffolk, a que Margarita, la hermana de
Felipe, espléndidamente dotada, se casara con el viejo Enri-
que, viudo, y que Inglaterra se aliara con el rey de Castilla en
contra de Fernando de Aragón.
A J u a n a se la retuvo deliberadamente en Inglaterra. Ha-
bía seguido ella a su marido, paso a paso, desde Melcombe, y
llegado a Windsor diez días más tarde, uno después que Feli-
pe, con gran ceremonia, fuera investido con la orden de la J a -
rretera y firmado el pacto que se ha dicho. A su llegada a
"Windsor, en 10 de Febrero, vio a su hermana Catalina, aun-
que no la permitieron estar sola con ella; al día siguiente, mar-
chó Catalina a Windsor. Tres días después, el 14 de Febrero,
salió J u a n a de Windsor otra vez, con dirección a Falmouth,
mientras Felipe se reunía con Enrique en Richmond, y en se-
guida se le permitía al rey de Castilla ponerse en camino con
LA8 REINAS DE LA ESP A* A ANTISUA 103

rumbo al Oeste y embarcarse para visitar los reinos de su es-


posa. La exclusión descarada que se hizo con Juana en todo lo
concerniente al tratado con Inglaterra (1), y el hecho de que
no se la permitiera ver más que una vez a su hermana, y en
presencia de testigos, parece demostrar que se la dejó de inten-
to ignorar la significación real del tratado que se había fra-
guado en contra suya no menos que de su padre, porque con
Inglaterra de su parte, se hallaba en condiciones de inutilizar
a Francia para intervenir en los asuntos de España; y es evi-
dente que, ya estuviera J u a n a incapacitada en aquella ocasión
o no lo estuviera, Fernando y Felipe estaban resueltos a ha-
cerlo ver así.
Seguían los dos contrarios combatiendo hasta el fin como
una pareja de gladiadores cansados. Fernando, después de ce-
lebrar su segundo matrimonio en Valladolid, donde había con-
traído el primero hacía cuarenta años, esperaba en Burgos,
para poderse acercar rápidamente a uno de los puertos de Viz-
caya, la llegada de su hija y del yerno. Pero nada había más
distante del pensamiento de Felipe que desembarcar en punto
cercano adonde Fernando le aguardase. Su plan era ir a An-
dalucía, para poder andar por España antes de encontrarse
con el viejo monarca, juntando amigos y partidarios de cami-
no. Pero los vientos contrarios lanzaron su barco a la Coruña
en el 26 de Abril, y Fernando, tan pronto como tuvo de ello
noticia, por un momento perdió la templanza y el dominio de
sí mismo, y estuvo a punto de acudir rápidamente con espada
en mano a encontrarse con el yerno desleal. Pero no duró mu-
cho tiempo en esta sobrexcitación porque las circunstancias
eran serias, y era menester hacer uso de toda la astucia de que
era Fernando capaz. Estaba resuelto a gobernar en Castilla
mientras viviera, para favorecersusgrandes planes aragoneses.

(1) Spanish State Fapers Calendars, vol. I. Pedro Mártyr(Kpíst. 300),


dice que Catalina hizo cuanto le fue posible por consolar y distraer a Jua-
na; pero ésta en nada encontraba placer más que en la soledad y en las ti-
104 1.A ESPAÑA MODKRMA

Tenía realmente motivo para quejarse de su fortuna; por-


que, a excepción del reino de Ñapóles, ninguna otra cosa había
recogido de la cosecha que calculaba le produciría la unión de
los reinos. Su yerno, ahora que por la desaparición de los de-
más herederos había llegado a ser J u a n a reina de Castilla, era
enemigo suyo en vez de aliado, y su defección había hecho un
pacto entre Fernando y Francia, que había echado a perder
muchas de las ventajas obtenidas anteriormente por la unión
con Castilla. Había que conservar ésta a toda costa, y si no se
quería perder todo. Si J u a n a misma se encargaba del reino,
como era justo, debía él despedirse de todas sus esperanzas de
emplear para sus proyectos los recursos de Castilla; porque en
torno de ella se congregarían los nobles castellanos que odia-
ban a Aragón; al paso que con Felipe rey, era seguro que su
imprudencia, su ignorancia de las cosas de España y la des-
confianza que los castellanos tenían por los extranjeros, pro-
vocarían un conflicto que podría aprovechar a Fernando. Am-
bos adversarios estaban, pues, determinados a separar a J u a n a
de la soberanía activa, cualquiera que fuese su estado mental;
y mientras Felipe y J u a n a caminaban por la Coruña, sonrien-
tes y bonachones, ganándose amigos dondequiera, pero escol-
tados con tropas extranjeras, guardias alemanas, arqueros, etc.,
con tan poca razón de ser en España, que parecía ser país ene-
migo, se iba agigantando la intriga de los dos antagonistas.
Felipe asumía siempre la dirección, y J u a n a era tratada
como consorte (1). En las coplas de bienvenida, el nombre de

nieblas. Para respetar las apariencias, el convenio amañado y firmado an-


tes de la llegada de Juana a Windsor se publicó, dando a Felipe el carác-
ter de soberano de Flandes, no de rey de Castilla, pero su principal obje-
to era robustecer la influencia de Felipe en España.
(1) Ning'uno de los emisarios de Fernando obtuvo permiso para ver a
Juana en la Coruña; pero cuando los nobles señores castellanos, conde de
Benavente y marqués de Villana, vinieron a rendirla homenaje, ge sentó
Juana al lado de su marido, y se abrió la sala de recepción al público.
Aquello fue exigido como consecuencia de lo celosos que los castellanos
LAS RUINAS DE LA KSPAAA ANTIOtTA 105

Felipe figuraba el primero, y J u a u a manifestó su descontento


por la posición en que la colocaban negándose a confirmar los
privilegios de las ciudades por donde pasaban hasta tanto que
hubiera visto a su padre, aunque Felipe prometiera hacerlo pron-
tamente. Tan pronto como se vio éste apoyado por los nobles
del Norte de España, anunció que no se consideraría compro-
metido a observar el tratado de Salamanca, dando a entender
a Fernando que él, Felipe, y nadie más, pensaba ser el amo.
Fernando prosiguió adelante para encontrar a su yerno, ha-
ciendo esfuerzos desesperados por oonciliárselo y ganar a Juan
Manuel hacia su bando, pero sin éxito; entretanto, Felipe iba
retardando el viaje e inventando toda clase de dilaciones para
cobrar fuerza antes de librar el combate final. A ios mensajes
de insultos de Felipe devolvía Fernando contestaciones diplo-
máticas. A los desprecios con que Felipe respondió a sus insi-
nuaciones, estuvo Fernando amable, conciliador, casi humilde;
él, que con la gran Isabel había sido dueño de España por
casi cuarenta años. Mas bien podía prodigar halagos y pro-
fesar humildad, porque sabia que él triunfaría, y conocía
adonde iba,
Fernando se encaminó pausadamente hacia el Noroeste,
enviando diariamente embajadas a Felipe solicitando de él
una entrevista amistosa, y a cada paso que daba según se iba
acercando, se acrecentaba la arrogancia del yerno. Cuando
Fernando salió de Astorga a mediados de Mayo, J u a n Manuel
le envió un mensaje en que le prevenía que si quería ver al
rey de Castilla, le eran menester tres cosas: primera, que no
se tratara de negocios; segunda, que Felipe había de traer
más tropas que él; y tercera,que no esperaba obtener favor nin-
guno, directa o indirectamente, de su hija la reina Juaua, por-
que sabía a qué consecuencias podía esto conducir. Así es, que
el rey Fernando, continuaba el mensaje, ganaría en no ir a

estaban contra ios extranjeros, y de afirmar la soberanía de Juana; pero


fue la única ocasión en que Felipe asoció a Juana a sus actos de gobierno.
106 LA E8PAf>A MOUUKNA

Santiago en modo alguno. Entretanto, iba tomando cuerpo la


inevitable discordia en la corte de J u a n a y Felipe, en la Co-
ruña. Los altivos nobles castellanos, ambiciosos y susceptibles,
que se congregaban en torno a Felipe, veían que los flamencos
y alemanes les interceptaban los pasos de la corte y los favores
y privilegios de que estaban hambrientos. Los tudescos, que
pensaban al venir a España que la señorearían por completo, se
encontraron con una nobleza celosa de sus derechos, y una na-
ción convencida de su alta y hasta celeste superioridad, pronta
a resistir hasta la muerte toda usurpación de extranjeros mira-
dos con aborrecimiento y desprecio.
Los castellanos lamentaban cada vez más el aislamiento de
Juana, y trataron con infinitas maquinaciones de persuadirla
que secundase la acción de su marido en pro del padre. Felipe
dejó hasta de consultarla cuando vio que se negaba a hacer
oposición a Fernando; y en medio de la pompa con que hicie-
ron su entrada en Santiago, y su marcha triunfal por toda
Q-alicia, acompañados, más que de una escolta, de un verdadero
ejército invasor, Juana, rigurosamente enlutada y con la pena
pintada en su rostro, pasó como una sombra de muerte. Según
que los reyes se iban aproximando, Fernando, en breves pala-
bras, pidió a Felipe le hiciera saber qué modificaciones desea-
ba introducir en el pacto de Salamanca. Después de muchas
fintas y asaltos, Felipe replicó que si su suegro tenía a bien
enviar al cardenal Jiménez con plenos poderes, intentaría un
nuevo pacto. El punto principal, le escribía, era el referente a
la reina Juana; y el rey de Aragón sabía perfectamente que a
este punto habían de referirse las miras de ambos. Fernando
tenía puesto poco afecto o poca confianza en el gran castella-
no Oisneros, aunque éste le fue fiel, no por él, sino por el bien
de España; mas llegó el cardenal a Felipe, con plenos poderes
y con una carta privada, diciendo: que en vista de la incapaci-
dad de J u a n a para hacerse cargo del Grobierno, Fernando re-
quería a Felipe a hacer causa común con él, y unírsele para
evitar que ella, espontáneamente o por persuasión de los nobles,
LAS REINAS I)E LA ESPAÑA ANTIGUA 107

asumiera las fanoiones de la soberanía. En este terreno conve-


nía a Felipe negociar, y el cardenal Cisneros le halló propicio a
escucharle. Fernando, por su parte, tenía preparada otra so-
lución si esto fracasaba. Si Felipe no quería unírsele para
excluir a Juana, pensaba unirse a ésta para excluir a Felipe,
y ya estaba todo [Link] arreglado para pasar la revista
a sus partidarios en Toro, abrirse paso por Benavente, lu-
gar adondB Felipe había de detenerse, rescatar a Juana, y go-
bernar con ella o a su nombre, y decretar la exclusión de loa
extranjeros (1). Pero todo esto fue innecesario. Las persuasio-
nes de Cisneros y la hábil importunidad de Fernando vinie-
ron, y a pesar de la infinita desconfianza mutua, los reyes se
iban aproximando gradualmente, y las negociaciones avan-
zando.
Los castellanos y tudescos quedaron aturdidos de pasmo;
la reina Juana, al decir de Cisneros, estaba más estrechamen-
te guardada y escondida que nunca, y Felipe, por consiguien-
te, con peor opinión de la gente. Pero, por fin, los dos reyes
rivales se encontraron en 20 de Junio de 1606, en el término de
dos poblaciones vecinas, y aquel día mismo se avistaron en una
casa de campo, radicante entre la Puebla y Asturianos. Fer-
nando, con maneras pacíficas, iba acompañado solamente del
duque de Alba y los caballeros de Palacio, no más de doscien-
tos entre todos, cabalgando por su mayor parte en muías, y
sin armas; en cambio, Felipe llegó con verdadero aparato de
guerra: dos mil lanceros y centenares de arqueros tudescos, con
extraña indumentaria y tocados exóticos, sin contar con que
los flancos de su numerosa escolta de nobles iban protegidos
por un ejército de tropas flamencas. Cuando se acercó Felipe
a su suegro, llevaba cota de malla de acero bajo sus finas ves
tiduras de seda, siempre circundado de sus defensores arma

(1) Véase las excitaciones que se hicieron a los nobles y al paisanaje


para que estuvieran prontos a cualquier eventualidad, que reproduce Ro-
dríguez Villa en Doña Juana la Loca.
108 LA KSPA&A MODERNA

dos, y se veía en su cara el temor y la contrariedad, mientras


que Fernando, solo y casi desarmado, llegaba sonriente, e in-
clinándose a cada paso. Cuando los nobles castellanos se acer-
caron uno a uno, sonrojados, a besar la mano del viejo monar-
ca que habían traicionado, se daba amplia satisfacción el hu-
mor satírico de Fernando, y más de una pulla hizo blanco en
los corazones a través de todas aquellas espesas armaduras.
Después de unas cuantas palabras de vana cortesía entre los
reyes, terminó la conferencia, y cada uno se volvió por donde
había venido; Fernando, apesadumbrado más que nunca de
que no se le hubiera permitido ver a su hija.
Muy pocos días después se encaminaron los reyes por ca-
minos paralelos hacia Benavente; Felipe, persistiendo en tra-
tar a su suegro como un intruso de la manera más insultante.
Al fin, sus caminos se juntaron en una aldea llamada Villafáfi-
la, al tiempo en que la pesada negociación llegaba a su desen-
lace por las gestiones de los respectivos ministros; y allí, en la
iglesia del pueblo, se reunieron por ñn los dos rivales para
firmar el tratado de paz en 27 de Junio de 1606. Era un pacto
diabólico, con el que se confirmaba el destino de la infeliz
Juana, previniendo toda otra solución. Fernando fué, como él
dijo, con amor en su corazón y paz en sus manos, anheloso tan
sólo de la felicidad de «sus amados hijos» y de la del reino que
era de ellos; y después de abrazar efusivamente a Felipe, le con-
dujo a la pequeña iglesia del pueblo para firmar y jurar el tra-
tado. Con ellos, entre otros, iba Don J u a n Manuel y el carde-
nal Cisneros. Cuando se firmó el tratado, y se iluminó la igle-
sia, el gran Cisneros tocó en el brazo a Don J u a n Manuel, y le
dijo al oído: «Don J u a n , no está bien que nosotros escuchemos
la conversación de nuestros señores. Salid delante de mí, que
yo me quedaré de portero.» Y entonces fue cuando en aquella
humilde casa de oración los dos reyes hicieron el pacto secreto
que explica el tratado, dado a conocer poco antes públicamen-
te. En apariencia, Fernando cedía todo. Pero él debía quedar-
se con la mitad de las rentas que se alcanzaron de la recién
LAS RBINA8 » S LA B S F A A A ANTIG0A 109

descubierta América, y retener gran parte de lo que se había


arrancado a las órdenes reales, y otras concesiones de dinero;
pero le traspasaba por completo toda participación en el Go-
bierno de Castilla, y se unía a Felipe en alianza ofensiva y
defensiva contra cualquier enemigo.
El negocio secreto, la consecuencia de la siniestra conver-
sación privada entre aquellos dos desalmados tunantes dentro
de la iglesia, nos permite adivinar, asociándolo con lo que
luego tuvo lugar, la razón que Fernando tuvo para renunciar
tan mansamente al Grobierno. «Como quiera qué la reina
J u a n a de ninguna manera desea intervenir en ningún asunto
del Gobierno ni nada por el estilo, y si lo deseara traería esto
la pérdida y destrucción totales de estos reinos, a causa de sus
enfermedades y dolencias, que no se pueden describir aquí en
obsequio al decoro»; y previene luego el documento, que «si
Juana, por su propio acuerdo o por consejo de otros, intentara
intervenir en el Gobierno o perturbar el arreglo hecho entre
los dos reyes, éstos se unirían con todas sus fuerzas para im-
pedirlo». «Y así lo juramos ante Dios nuestro Señor y la Santa
Cruz y los cuatro santos Evangelios, con nuestras manos cor-
porales puestas sobre su altar.» Y los dos villanos salieron de
la mano, sonrientes y satisfechos; seguro cada uno de ellos de
que lo mejor del asunto era para sí, y Fernando se dispuso a
partir para su Aragón y sus reinos de Ñapóles y Sicilia, com-
placido de que sus «amados hijos» quedaran reinando pacífica-
mente en Castilla.
Habían pasado más de dos años y medio desde que Fernan-
do había visto por última vez a su hija Juana. Durante este
tiempo, él y Felipe la habían declarado sana o enferma, según
convenía a sus planes. Ahora quedaban conformes ambos en
que ella no quería gobernar su país; pero si quería o los caste-
llanos la instaban a que quisiere, entonces sus «enfermedades
y padecimientos», tan vagamente indicados, causarían un Go-
bierno desastroso. Se aseguró que Felipe sería rey de Castilla
mientras viviera, siéndolo Fernando si le sobrevivía, hasta la
lio LA KSPAÍ^A MODBBNA

mayor edad del nieto Carlos. No hay razón para negar que
J u a n a fuera anormal, enfermiza y esfcravagante; sujeta a acce-
sos de rabia celosa,en ciertos períodos o crisis, y que,en conse-
cuencia a veces se mostrara lunática. Pero en aquella ocasión,
según todos los testimonios, no estaba enferma de modo que
pudiera justificar su exclusión permanente del trono que le
pertenecía. Felipe, desalmado, ambicioso y vano, deseaba rei-
nar sólo en Castilla, conforme a los procedimientos borgoño-
nes, que eran ajenos a España y a la Reina. Fernando com-
prendía que, en todo caso, aquel ensayo no podría prosperar
largo tiempo; y excluyendo para siempre a J u a n a conseguía
para sí en la práctica el dominio de la situación para el resto
de su vida. Y así J u a n a fue derribada y atropellada por aque-
llos mismos que tenían el deber sagrado de ampararla y defen-
derla, y como J u a n a la Loca pasó su recuerdo a la posteridad.
No acabó con esto el juego de Fernando. Sobresalía como
nadie en redondear y perfeccionar sus acciones villanas. E n el
mismo día en que fue firmado el pacto secreto, volvió a la hu-
milde iglesia de Villafáfila, acompañado esta vez de sus fieles
amigos aragoneses, prontos a dar su vida por él, Juan Cabre-
ro, que tanto había protegido a Colón, y su Secretario Alma-
zán. Ante ellos juró y firmó una declaración, de que Felipe se
había presentado con gran aparato de guerra, mientras que él
no había llevado fuerza ninguna, y que por temor había sido
obligado a firmar un compromiso taii perjudicial para su hija.
Juró entonces que únicamente lo había hecho para librarse
del peligro, y que de ninguna manera había pensado en privar
a J u a n a de su libertad de acción; antes tenía intención de libe-
rarla y restaurarla en la Administración del Reino que le per-
tenecía; y así anunció y repudió solemnemente el juramento
que acababa de prestar ante aquel mismo altar. Completo,
satisfecho y tranquilo de ánimo, prosiguió Fernando el Cató-
lico su camino, dejando bien engañados a todos los que acom-
pañaban al vencido Felipe, sin exceptuar al omnipotente fa-
vorito D. J u a n Manuel,
LAS REINAS DK LA ESPAÑA ANTIGUA 111

Felipe no perdió tiempo. Antes de que Fernando hubiera


llegado a Tordesillas le alcanzó un mensajero de su yerno y le
habló de la tristeza y sobresalto que invadiera a Juana al saber
que la habían destronado y que no la permitían ver a su padre.
¿Qué le parecía a Fernando de ello?, preguntaba Felipe. Pero
el viejo rey no se dejó embaucar; no le halagaba la menor cosa
dar su consentimiento para que J u a n a fuese encerrada, sino
que le mandó una carta de piísimas recomendaciones estimu-
lándoles a la armonía, pero, en substancia, nada más. Felipe
convocó entonces a los nobles, uno por uno, pidiéndoles que
firmasen una declaración de que se conformaban con el confi-
namiento de J u a n a . El almirante de Castilla, primo de Fer-
nando, sostuvo fuerte oposición contra éste, y pidió entrevista
personal con la Reina, a lo que accedió Felipe, y el almirante
y conde de Benavente fué a la fortaleza de Mucientes, donde
J u a n a y su marido estaban aguardando. A la puerta del apo-
sento se hallaba Garcilaso de la Vega, noble que defendía el
partido de Felipe, y a su lado mismo estaba el Cardenal Cis-
neros, mientras que en el vano de una ventana de la oscura
sala estaba la reina sola sentada, vestida de luto con un capu-
chón que dejaba en sombra casi por completo su rostro. Le-
vantóse tan pronto como el almirante Enríquez se acercó a ella
y, con humilde cortesía, le preguntó si venía de donde estaba
su padre. «Sí—contestó él,—ayer le dejó en Tudela, en su ca-
mino para Aragón.»—-«¡Cuánto hubiera holgado de verle!—
suspiró la pobre Juana—Dios le guarde siempre.» Durante
muchas horas, aquel día y el siguiente habló este noble con la
reina, diciéndole cuan importante era para el país que ella vi-
viera en buena conformidad con su marido y tomara parte en
el gobierno que le pertenecía. Refirió él más tarde que en nin-
guna de estas conferencias obtuvo de ella respuesta inconsi-
derada.
El almirante era persona de demasiada importancia para
prescindir de ella; así que Felipe tuvo que escuchar de él fran-
cas advertencias. No debería ausentarse ni ir a Valladolid sin
112 LA ESPASA MODERNA

la reina, porque de otra manera le aoonfceoeria mal: la gente


estaba ya recelosa, y si a J u a n a se la confinaba, redoblarían
los temores. J u a n a , pues, fué conducida a Valladolid al lado
de su marido, con pompa real, si bien su rostro ofrecía glacial
tristeza bajo el negro capuchón que la envolvía. Entablóse
conversación por los dos reyes con simulado afecto, mas no
tanto por lo que se refiere a Juana. E n 10 de Julio de 1506,
J u a n a y su marido se encaminaron a Valladolid, con todo el
fausto de Borgoña y España juntamente. Presentáronse dos
banderas ante la real pareja; pero Juana, que se consideraba
la única soberana de Castilla, insistió en que una de ellas se
destruyera en presencia de la otra. Montaba una blanca haca-
nea, enjaezada con terciopelo, que no desdecía de sus ropas
oscuras y aquel negro capuchón que casi le cubría la cara (1).
Habíanse aparejado espectáculos, fiestas y galas para su re-
cepción; pero ellos prosiguieron por entre la apiñada multitud
que hormigueaba en las calles, sin pararse a contemplar nada,
y aquella entrada espléndida, que prometía ser tan regocijada,
dice un testigo de la época que se vio eclipsada por una triste-
za predominante, como preludio de alguna grande calamidad.
Al día siguiente prestaron las Cortes juramento de vasalla-
je a J u a n a como Reina y a Felipe no más que como a consor-
te, insistiendo ella personalmente al ver el poder de las dipu-
taciones. Acabadas las ceremonias, salió Felipe a gran priesa.
Hicióronse muchos esfuerzos para persuadir a las Cortes a que
se acordara la reclusión de J u a n a y el dominio personal de Fe-
lipe, y Cisneros hizo cuanto estuvo en su mano para asegurar
la vigilancia de J u a n a (2). Pero el recio almirante Enríquez

(1) Su nieta, llamada también Juana, hermana de Felipe 11 y princesa


de Portugal, tuvo después de su viudez este mismo capricho curioso de
llevar oculta la cara.
(2) La parte que Cisneros representa en este asunto es un problema
oscuro. En apariencia gozaba de la confianza plena de Felipe; pero es im-
posible creer que no obrara de acuerdo con Fernando en aquel tiempo. De
una manera u otra, sabría que Felipe estaba destinado a desaparecer muy
I<A8 KRINAS D S LA ESPAÍ^A AHTI&tJA 113

se sostuvo en su empeño, e insistió en que esta iniquidad no se


llevaría a efecto; asi que Felipe tuvo que aceptar la posición
de administrador de su mujer, ya que no podía ser el Rej'. Fla-
mencos, alemanes y castellanos rivalizaban mientras tanto en
rapacidad. Felipe disponía con bastante libertad del dinero
ajeno; pero aún le fue preciso allegárselo con el robo para li-
brarse de importunaciones cuando había dado ya todo lo que
podía dar y más. De todo este enjambre de ambiciosos, no
hubo ninguno tan rapaz como D. J u a n Manuel, hombre de
cuerpo exiguo, pero de ánimo grande, que, como el Marqués
de Villena cuarenta años antes, saqueaba a dos manos sin ja-
más saciarse. Fortalezas, ciudades, censos, asignaciones de ren-
tas nacionales, nada perdonó D. Juan Manuel, y por fin, puso
sus ojos en el palacio fortaleza de Segovia, que había estado
siempre a cargo del denodado Andrés Cabrera y su mujer,
Beatriz de Bobadilla, marquesa de Moya, amiga de toda la
vida de la gran Isabel. Felipe dio orden de que el Alcázar de
Segovia fuera entregado a D. J u a n Manuel. ¡Entregar el Al-
cázar! ¡Después de cincuenta años de posesión! «No, por mi
vida—dijo la animosa doña Beatriz;—sólo la reina J u a n a po-
día disponer de la fortaleza que su egregia madre había con-
fiado a la custodia de ellos».
Y así sucedió que Felipe, con J u a n a a su lado, vestida
como de costumbre, de luto, salieron de Valladolid, en Agos»
to, hacia Segovia, para pedir la fortaleza a sus guardianes.
Cuando la comitiva llegó a Oogeces, a mitad del camino de Se-
govia, J u a n a no quiso proseguir. «Querían llevarla a Segovia—
gritaba—para encerrarla en el Alcázar, y se arrojó del caba-
llo al suelo, retorciéndose y negándose a dar un paso adelante
en aquel camino.» Ni súplicas ni amenazas de Felipe y sus con-

pronto, y su presencia en la contienda le permitiera, como entonces hizo,


asegurar el gobierno hasta que Fernando volviera. Su afán por la custo-
dia de Juana parece indicar esto mismo, pues la parte encargada de ella
seria dueña de la situación,
E. U.—Junio 1914. 8
114 LA ESPAÑA MODERNA

sejeros, a quienes ella aborrecía, tuvieron éxito alguno, y toda


la noche anduvo de acá para allá por aquel terreno, negándo-
se a entrar en la población. Cuando llegó la mañana, supo que
Cabrera había entregado el Alcázar de Segovia a D . J u a n Ma-
nuel; y así ya no había motivo para seguir adelante. Dieron,
pues, la vuelta a Burgos. Caminando por Castilla, se oscurecían
las frentes y se afligían los corazones cada vez más, viendo
aquel joven galán de bello aspecto y vistosos atavíos, que tenia
a la reina atormentada en sus propios reinos, y apelotonaba
amigos y hombres de armas extranjeros en todos los castillos
que topaba en el país. Cuando llegaron a Burgos en 7 de Se-
tiembre, Felipe agravó el descontento ordenando la inmediata
salida de la mujer del Condestable de Castilla, Enríquez de
nacimiento, y, en consecuencia, prima de Fernando, para que
J u a n a no tuviera ningún pariente cerca de sí, 'alojados como
estaban en el mismo palacio del Condestable. El Almirante de
Castilla y el Duque de Alba fueron también objeto de los ata-
ques de Felipe que les exigió sus fortalezas como prenda de
vasallaje; y pronto se vio toda Castilla en agitación clamo-
reando la vuelta del viejo Fernando y la libertad de su reina
Juana.
íso contento el Rey con hacer entrega a su favorito J u a n
Manuel del Alcázar de Segovia, le confió ahora la custodia del
castillo de Burgos, donde se decidió celebrar la entrega con un
banquete, a que se invitó a Felipe. Después del festín, se en-
contró el Rey acometido de una fiebre maligna, causada, según
se dice, por sus excesos o por el demasiado ejercicio, y Felipe
continuó enfermo varios días, presa de espantoso delirio. Jua-
na, impasible y fría, no desamparó su cabecera, hablando poco,
pero asistiendo diligentemente al enfermo. A la primera hora
del 26 de Setiembre de 1606, Felipe I, rey de Castilla, espiró
su último aliento a los veintiocho años de BU edad. J u a n a , que
no había vertido una lágrima ni en lo más mínimo se había
extremecido, seguía a su lado, sorda a todo llamamiento o pa-
labra de pésame, inconmovible del todo, según parecía. Dio
LAS REINAS DE LA ESPASA ANTISUA 115

oon toda tranquilidad órdenes para que el cuerpo de su marido


fuera conducido en pompa al gran salón del palacio del Con-
destable, y puesto en un espléndido catafalco revestido de paño
de oro, el cuerpo adornado de armiños y de rico brocado, y la
cabeza cubierta oon una gorra enjoyada y una magnifica cruz
de diamantes sobre el pecho.
Al fondo del salón se había alzado un trono, y allí, en él,
el cadáver, sentado, como si estuviera vivo. Durante toda la
noche no cesaron en la vela los cantos de frailes que salmodia-
ban alrededor del trono, y cuando la luz solar penetró por las
ventanas, el cadáver fue despojado de aquellas inconvenientes
galas, embalsamado y encerrado en un ataúd de plomo, del que
J u a n a no se apartaría ya voluntariamente durante el resto de
su vida (1).
J u a n a , con pétrea inmovilidad, adormecida y muda, no
parecía indicar que comprendiera la tremenda gravedad de la
muerte de su marido; pero los cortesanos y nobles, castellanos
y tudescos por igual, no compartieron su insensibilidad. Un
abatimiento general se apodera de aquel codicioso enjambre;
se siguieron osadas denuncias de envenenamiento (2), porfías
por apañar en aquel trance lo que se pudiera (3) y temerosos
recelos de lo que les sucedería a todos cuando el rey de Ara-

(1) Estanques: «Crónica», en Documentos inéditos, vol. VIII.


(2) Aunque, como de costumbre, el médico italiano de Felipe negó la
existencia del veneno en el cadáver, apenas puede dudarse que fue enve-
nenado por orden de Fernando. La exposición del hecho se hizo pública y
libremente en su tiempo, pero la» autoridades tuvieron temor de perseguir
a sus perpetradores. (Véase Calendario de papeles públicos españoles, su-
plemento al vol. I., pág. XXXVII.) Hubo muchos que atribuyeron la
muerte de Felipe, no a Fernando, sino a la Inquisición, que Felipe había
ofendido, mitigando su rigor y suspendiendo a loa inquisidores generales
Deza y Lucero; pero esto es poco probable.
(3) Collection de Voyages des Souverains des Pays-Bas, vol. I. AUI
es donde se afirma que los oficiales extranjeros de Palacio rompieron toda
la plata y oro del servicio que pudieron haber, para hacerlo moneda y
costearse el regreso a su país.
116 LA K8PAÑA MODERNA

gón tornara. J u a n a había sido separada a viva fuerza del ca-


dáver, y por varias horas se mantuvo encerrada en un aposento
oscuro, sin hablar, comer ni desnudarse, Ciiaudo, por último,
supo que el ataúd había sido llevado a la Cartuja de Miraflo-
res, junto a Burgos, insistió en ir allá también ella, y mandó
preparar un gran número de hábitos de luto, confeccionados a
la manera de hábitos monjiles. Al llegar a la iglesia, oyó misa
y dispuso que levantaran la tapa del ataúd y apartaran los pa-
ños encerados por la parte que cubrían la cara y los pies, que
besó y acarició, hasta que lograron persuadirla que volviera a
Burgos, con la promesa de que el ataúd quedaría abierto siem-
pre, para que ella lo visitara cuando le pluguiese, lo que hizo
en lo sucesivo los pocos días que permaneció allí.
El cronista flamenco, a quien hemos citado ya varias ve-
ces, describe curiosamente la pasión celosa de J n a u a por su
marido. A Felipe le representa como hombre libidinoso hasta
el último grado y como al hombre más hermoso de su tiempo,
y a J u a n a dan ocasión para alabarla su belleza, gracia y ter-
nura. «La buena Reina cayó en tan grandes celos, que nuuca
se vio libre de ellos, que, agravándose cada vez más, alcanza-
ron la forma de un delirio amoroso, una rabia insuperable e
irresishible, que por espacio de tres años no la consintió reposo
ni contento alguno, como si fuera mujer posesa o desatinada...
Sufrió tanto a consecuencia de la conducta de su marido, que
pasó su vida encerrada a solas, evitando la vista de toda perso-
na que no fuera de las que atendían a su asistencia inmediata
y sustento. Su único deseo era andar siempre en pos de su ma-
rido, a quien amaba con tal vehemencia y frenesí, que no se
curaba de si su compañía le placía a él o no. Cuando volvió a
España, no sosegó hasta que todas las damas que habían traído
consigo fueron enviadas a sus casas, y para ello amenazó con
dar escándalo público. Y tanto extremó ésta su tema, que acabó
por quedarse sin ninguna mujer de servicio, fuera de una la-
vandera, a la que, en cierta ocasión en que se apoderó de ella
el capricho, obligó a lavar las ropas en su presencia. En esta
LAS REINAS DB T.A BSPAÑA ANTISUA 117

situación, sin mujeres que la sirvieran, vivía estrechamente


unida a su marido, sirviéndose ella misma, como una pobre y
miserable. Ni aun en el campo le dejaba, y siempre iba a su
lado, seguida a veces de diez mil hombres, pero de ninguna
persona de su sexo» (1).
Estos frenéticos celos durante la vida de su marido, junta-
mente con la persuasión de que él la quería encerrar para do-
minar el reino a su antojo, la acarrearon una negra misantro-
pía y rebelión a su destino cuando él murió, y su negativa a
firmar los documentos oficiales que se le presentara,n como a
Reina en los primeros días de su viudez, hizo ver a los pocos
nobles que podían juzgar serenamente, que se improvisaría
cierta especie de gobierno pendiente del regreso de Fernando
de Ñapóles. J u a n Manuel, detestado cordialmente por todos,
se mantenía en la penumbra, atento a salvar su vida y parte
de su botín; pero aquel hombre austero, de tosco sayal, a
quien nada importaban el dinero ni las pasiones, aunque des-
pués del Papa era el hombre más rico de la Cristiandad, el
Cardenal Cisneros, a quien quizá no cogió de sorpresa la opor-
tuna desaparición de Felipe, tenía todo preparado, aun antes
de que el Rey muriera, para el establecimiento de un gobier-
no provisional; y en el día de la muerte de Felipe, una reunión
de todos los nobles y diputados en Burgos confirmó los prepa-
rativos que él había dispuesto. Todos los partidos de los no-
bles tenían representación en el Consejo de gobierno, de que
Cisneros era presidente, y bien pronto autócrata, atendida su
capacidad. Se aseguró temporalmente el orden, y todos los
miembros, con disciplina perfectamente pasiva, se comprome-
tieron a no intentar nada, por obtener la posesión de la Reina
o de su hijo más joven Fernando, que estaba en Simancas (2),

(1) Collection de Voyages des Souverains des Pays-Bas.


(2) En el mismo día ou que mm-ió Felipe iuteutó utia fracción de no-
l)les dar posesión al pequeño Príncipe. El guardián de la fortaleza de Si-
mancas estaba apercibido desde que supo la enfermedad del Rey, y se
negó a admitir la entrada de ellos, a excepción de los que llevaban orden
118 LA ESPAÑA MODERNA

como quiera que el mayor, Carlos, estaba en Flandes. J u a n a ,


que había caído en una especie de letargo, rehusó firmar los
decretos de convocatoria de Cortes, y éstas fueron convocadas
ilegalmente por el Gobierno; pero cuando se reunieron, pre-
paradas cuidadosamente por la influencia de Cisneros, en fa-
vor de Fernando, J u a n a no quiso recibir a sus miembros,
hasta que, a fuerza de vivas instancias, se limitó a decir que la
dejaran ir a su casa y no la mezclasen más en asuntos de go-
bierno sin sus órdenes. Resultó, pues, un gobierno provisio-
nal, cuyo cometido expiraba en el año 1606; la Reina, que se
negaba a gobernar, y una situación de anarquía y revueltas
en el Sur: y así los castellanos clamaban solamente por la
pronta vuelta de Fernando, que pocas semanas antes había
sido expulsado con todas las circunstancias de ignominia e
insulto de aquel reino, que había dominado por tan largo
tiempo.
De nada valieron las entrevistas con J u a n a para que cum-
pliera con los deberes del Gobierno. Ya lo vería todo su padre
cuando regresara, decía. En lo sucesivo, su tarea en el mundo
se reduciría a rogar a Dios por el alma de su marido, y custo-
diar su cuerpo muerto. Un sábado, 19 de Diciembre de 1506,
después de oír misa en la Cartuja, anunció J u a n a su intención
de trasladar el cadáver de Felipe, para darle sepultura, a la
ciudad de Granada, junto a la tumba de la gran Isabel, con-
forme al último deseo de Felipe (1). Los páramos de Castilla,
hacia el corazón del invierno, son de lo más desolado y hura-
ño que pueda verse en Europa. Por leguas y leguas, en navas
y en oteros se acumula la nieve, y el cierzo crudo azota im-
olacablemente. La Reina de nada de esto se cuidaba, sino sólo

firmada de Felipe para que se les entregara el niño. Cuando a la mañana


siguiente se supo la muerte del Rey, el senescal no quiso obedecer la or-
den, desafiando a las fuerzas enviadas a capturar la fortaleza.
(1) Los frailes se opusieron de plano, al principio, a que el cuerpo se
moviera, y el obispo de Burgos reprendió a la Reina. Pero ésta incurrió
en tal furia, que hubieron de obedecerla por fuerza.
L.A8 REINAS DE LA ESPAÑA ANTIGITA 119

atendía a la fúnebre carga que conducía en el féretro ricamen-


te adornado; y con gran séquito de criados, obispos, eclesiás-
ticos y cantores, salió para su peregrinación el 20 de Diciem-
bre (1). Las noches habían de pasarse en las ventas del cami-
no o en los monasterios, y en cada parada de estas nocturnas
tenía lugar la ceremonia macábrica de abrir el ataúd para que
la Reina pudiera besar los labios muertos y los pies del que
había sido su marido. En cierto lugar del camino en que había
entrado el cortejo a la caída de la tarde, en el patio en que se
debía hacer alto, supo la Reina que en vez de ser un monaste-
rio de frailes era un convento de monjas. Inmediatamente le
prendió la locura de los celos, y ordenó a toda prisa que saca-
ran el féretro fuera del recinto. Durante aquella rigurosa no-
che de invierno, J u a n a y sus acompañamientos hicieron a la
intemperie la vela de aquel precioso polvo de Felipe el Hermo-
so, hasta que el día les permitió continuar aquel tétrico viaje.
Pero esta conducta no podía seguir más largo tiempo, porque
J u a n a estaba adelantada en su embarazo; y cuando llegó a
Torquemada, a unas quince leguas del comienzo de su viaje,
los síntomas de un próximo alumbramiento la hicieron desis-
tir de prolongarlo más; allí, el 14 de Enero de 1607, dio a
luz a su última hija Catalina.
MABTÍN HUME
(Continuará.)

(1) Una carta interesante,fecha 23 Diciembre, de Conchillos, secretario


de Fernando, que estaba en Almazán (Burgos), y que acompañó a Fernan-
do por Italia (Real Academia de la Historia, Salazar, A. 12, reproducida
por el Sr. Rodríguez Villa), da una pintura animada de la confusión y es-
cándalo que ocasionó el repentino capricho de la Reina. Dice que aunque
se había hecho todo lo posible por evitar que ninguno la hablara que no
fuera de los parciales de su padre, el marqués de Villena, su contrario,
era la persona a quien con más agrado escuchaba. iCon este último ca-
pricho de la Reina, ya no hay ninguno, chico ni grande, que dude que la
Reina está sin juicio, excepto Juan López, que dice que está tan sana como
su madre, y apuesta toda su fortuna a que es asi.»
EL "RETRATO DE ÜN CARDENAL"
DE RAFAEL, EXISTENTE EN MADRID,
i

Y L O S H E T I t A T O S O E 3MATEO SOHUVPSTER-

El Cardenal retratado por Rafael en el maravilloso cuadro


existente en el Museo del Prado de Madrid ha sabido hasta
ahora guardar el incógnito.
Varios sistemas se han seguido para averiguar el nombre
del Cardenal inmortalizado por los mágicos pinceles de Rafael
de Urbino. Se ha tratado primero de fijar su personalidad,
procurando definir los sentimientos y estados de alma que co-
rrespondían a la expresión y a los rasgos fisonómicos domi-
nantes en el retrato, y deducir así su carácter. La serenidad de
su cara, se ha dicho, denota la paz y la abstracción; los labios,
ligeramente fruncidos, expresan dulzura y reflexión; su palidez
denuncia al hombre de clausura, y su nariz, fina y aguileña,
nos da a conocer que iel Cardenal retratado desciende de noble
casa italiana (1). Después, pensando que no siempre es la cara
el espejo del alma, y menos en un monseñor romano, e inda-
gando siempre quién pudiera ser el retratado, se buscó el ori-

(1) Josef Israels, eu su obra Spanien (España), (Berlín, 1900), y P. de


Madrazo, en su Catálogo del Museo del Prado, encuentran ia.1 Cardenal de
Rafael «de complexión delicada y melancólica».
EL CRE'ÍRAÍO DE ÜÍÍ CAUDENAL» 121

ginal de la gran obra de Rafael entre personas cuyos actos liO


habían respondido ni remotamente ál carácter que indican los
rasgos fisonómicos del desconocido Cardenal (1). Pero todos
estos intentos, encaminados a establecer la personalidad del
Cardenal de Rafael, fracasaron al cabo de más o menos
tiempo.
Vasari y los anteriores biógrafos de Rafael desconocían el
cuadro, que indudablemente desapareció de Italia poco tiempo
después de ser pintado. Primero creyóse, absurdamente, en Es-
paña, que el retratado era el Cardenal Granvella, y luego que
era Julián de Mediéis, que más tarde había de llegar a Papa
con el nombre de Clemente VII (2).
Passavaut opinó luego, y fue por mucho tiempo indiscuti-
ble, que el prelado representado en la pintura era el Cardenal
Bernardo Dovizio Bibbiena, y que un retrato de éste, existen-
te en el Palacio Pitti en Floren<jia, era una copia del Retrato
de un Cardenal, del Museo del Prado (3).
Ahora bien; desde que la fotografía permite oomparar dos
cuadros existentes en sitios lejanos, ha tenido que desecharse

(1) Y entonces se trataba de encontrar en el retrato los rasgos que co-


íréspondian al carácter del que se creía original de él. Tanto es así, que
en la época en que dominaba la creencia de que el retratado era Alidosi
A. Kisa, en el Kunstschatz, de Spemann, encuentra que la inteligente ca-
beza del Cardenal expresa astucia, y de su serena y observadora mirada
dice que es «propia de aquel que está en acecho».
(2) El retrato de Julián de Médicis era hasta ahora conocido únioa-
mente por alguna copia. Parece ser que se ha descubierto el original en
un cuadro adquirido por un particular berlinés eu 1906. Véase Fischel
Jahrbueh der kgl. preus. Kunstsamnil, XXVIII (.1907), pág. 117. Julián
de Médicis [Link]á también retratado al lado de su tío León X, en un cuadro
del Palacio Pitti.
(3) Véase J . D. Passavant, fía/aei de £/r6»no (1839). También Jacobo
Burkhardt dice en su Cicerone, que el retrato del Cardenal Bibbiena
del Palacio Pitti es tan sólo una mala copia del Retrato de un Cardenal,
del Museo del Prado. Lo mismo opinan Müntz en su libro Raphael, y
Woltmann y Woermaun en su Historia de la Pintura (1882).
122 LA ESPAftA MODICRKA

esta hipótesis. La única analogía que se observa entre el re-


t r a t o de Madrid y el de Florencia, consiste en cierto parecido
en la colocación de la figura, colocación un tanto convencio-
nal, por cierto (1).
Vinoente Oarderera creyó después reconocer en el Cardenal
del Museo del Prado a Francisco Alidosi, el infamado favorito
de Julio I I (2).
Eugenio Müntz recogió esta hipótesis, y creyó haberla de-
mostrado resolviendo la cuestión relativa a la personalidad del
Cardenal, al añadir a las supuestas pruebas presentadas» por
Oarderera y constituidas por una lámina grabada eu madera
de la edición de los Elogia de Paulo Giovio, hecha en Basilea,
de 1575 a 1577, y una medalla contemporánea (3), un relieve
en bronce de Francisco Francia (?) adquirido por el Lou-
vre (4). Pero esta hipótesis no alcanzó la aprobación gene-

(1) Véase Wolfflin, KlassischeKunst, tercera edición (1904), pág. 116 y


José Saurer, GescMchte der chrisüiche Kunst (1908), pág. 505.—Un inte-
resantísimo retrato del Cardenal Bibbiena atribuido a Bronzino y que for-
maba parte de la colección de Giovio, está en poder del Sr. Attilio Berto-
lotti, en Como. Tiene una antigua inscripción que reza BIBIBNNA CARD.,
y el libro que el Cardenal tiene en las mano lleva el título de su comedia
Calandra. Las facciones de este retrato coinciden en absoluto con el exis-
tente eu Florencia, del que es quizá una reproducción, en el caso de no
ser tomado directamente del natural. Con el retrato del Museo del Prado
no presenta la menor analogía.
(2) Esta hipótesis de Oarderera se cita en el magnífico Catálogo del
Museo del Prado, de P. de Madrazo. Edición de 1872, pág. 189. —Véase
también Müntz, Studi d'Icono grafía: «II ritratto del Cardinali Alidosi,
di Baffaelle, im Árchivio storico dell'Arte, S. 331: L'imparzialitá mi fa un
dovere di aggiungere che questa somiglianza colpij parechi anni fa, un
distinto iconógrafo don Vincenzo Oarderera...»
(3) Esta medalla se halla reproducida en el 4." tomo del libro Bande
des Trésors de numismatique et de glypfique, y en el de Müntz, Le Musée
de Portraits de Paul Giove. Extrait des Memoires de l'Academie des ins-
criptions et Belles-Lettres. Tomo 36, segunda parte, pág. 63.
(4) Véase, respecto del citado relieve en el número de L'Art correspon-
diente al mes de Marzo de 1893, el articulo de André Saglio, titulado
EL «KETKATO DE UN CARDENAL» 123

ral (1). Nosotros hemos encontrado entre los restos del Mu-
saeum Jovianum, de Como, el ejemplar de la lámina citada,
que sirvió de fundamento a la hipótesis de Carderera (2).
No es lícito negar que con facilidad puede considerarse el
retrato de Alidosi como una copia libre del cuadro del Museo
del Prado (3). Si aquél no coincidiera tan en absoluto con los
existentes en relieves y medallas, las diferencias en los rasgos
fisonómicos y la postura entre el retrato y el cuadro del Mu-
seo del Prado se podían dejar a cargo del copista,
Pero la impresión que producen ¡os dos retratos es absolu-
tamente distinta. En el de Alidosi, la nariz curva, el labio infe-
rior abultado y sensual, los ángulos de la boca un poco vuel-
tos hacia arriba, y el arco que forman las cejas mucho menos
señalado, dan un conjunto poco simpático, muy en consonan-
cia con el carácter histórico del favorito de Julio I I . Por el con-
trario, el retrato del hasta ahora desconocido prelado produce
una sensación de nobleza y simpatía. Además de esto, el crá-
neo de Alidosi que se conserva en la Biblioteca olassense de
Eiávena, es, según se ve en sus retratos, marcadamente braqui-
céfalo, en tanto que el cráneo del retrato de Madrid es más
bien dolicoeéfalo.

cFrancesco Francia orfévre et le nouveau portrait du Cardinal Alidosi.»


Una reproducción del referido relieve se puede ver en el libro de Stein-
mann, Die Sixtinische Kapelle (La Capilla Sixtiua). Tomo 2.°, pág. 24,
Munich Bruckmann, 1906.
(1) Pedio de Madrazo cita esta hipótesis en la edición de 1872 del Ca-
talogo del [Link] del Prado, y la combate en el apéndice de la misma, pá-
gina 342. En la edición de 1882 vuelve a designarse el cuadro de Rafael
Únicamente como Retrato de un Cardenal. También Pablo Lefort, en uu
curioso artículo publicado en la Gazette des Beaux-Arts (1893), pág. 240,
combate a Carderera y a Müntz. Véase también Wollflin, 1. o.
(2) El retrato de Franciscus Alidusius cardinalis fig-ura en el Catálo-
go de los retratti spediti a Como in anni diversi, publicado por Santo
Monti en el Periódico delta Societástorica Comense, núm. XVI (1904).
(3) Müiitz llegó a creer que el cuadro del Museo del Prado era el re-
trato de Alidosi, de la Galería Giovio,que había sido trasladado a Madrid.
124 LA [Link] MODERNA

Si 6s indiscutible que Rafael, y no otro, es el autor del


cuadro del Museo del Prado, no puede ser el Cardenal Alidosi
el retratado en él, por razones cronoló[Link] no pudo pin-
tar este retrato más que de 1513 a 1516, es decir, en el perío-
do en que se hallaba bajo la influencia de Sebastian del Piom-
bo (1), y Alidosi fue asesinado por Francisco María della Ro-
yere, sobrino del Papa, en 24 de Mayo del año 1511 (2). Si el

(1) Como primer ejemplo de la influencia ejercida en Rafael por la es-


cuela veneciana, se citaba siempre hasta ahora uno de los frescos que de-
coran las famosas Estancias, y cuyo asunto lo constituye la liberación de
San Pedro. Se supuso primero que este fresco fue pintado en época del
Papa León X, por creerse que con tal asunto se quiso representar la sal-
vación de los Médicis de la cautividad en que los franceses los tenían.
Steinmann, en su libro Die sixtinische Kapelle, tomo 2.°, pág. 127, opina
que el asunto fue elegido por Julio II, que había sido Cardenal de San Pe-
dro en Viucoli, y que el cuadro no fue terminado hasta el año 1612. Se-
bastian había ya llegado a Roma eu 1511. Es seguro que el retrato del
Museo del Prado es muy posterior al de Julio II, existente en Florencia,
y este último no muestra en absoluto huella alguna de la influencia de
Sebastian del Piombo. Hasta ahora, se creía que la fecha en que el retra-
to (Je Julio II fue pintado, era la de 1510. Así lo dice aún Bosenberg en su
Edición de clásicos, de 1904. Pero lo más pronto que pudo pintar Rafael
ese cuadro fue eu 1511. Julio II no dejó crecer su barba hasta la enfer-
medad que padeció durante el sitio de Mirándola, del 24 de Octubre al 15
de Diciembre de 1510. El 27 de Junio de 1511 volvió a Roma, donde el pe-
sar que le produjo la derrota y el agotamiento causado por el derroche de
fuerza que se había visto obligado a hacer, le pusieron al borde del se-
pulcro. Hasta el 28 de Agosto no se le pudo considerar salvado. De esto
deducimos que Rafael no pudo retratar al Papa con la barba que en él os-
tenta, hasta después de esta última fecha.
(2) Véase la biografía de Alidosi en la Historia de los Papas, de Pas-
tor. Además de las razones expuestas, es casi seguro que Rafael no llegó
a ver al Cardenal Alidosi. En efecto; Rafael llegó a Roma en otoño de
1508, y según todos ios datos existentes, no abandonó esta ciudad en años
sucesivos. Alidosi fue enviado a Viterbo, en calidad de legado, en otoño de
1607, pasando de allí a Bolonia en Mayo de 1508. La critica situación de
las provincias romanólas no le permitió regresar a Roma. En Setiembre
de 1510 fué a Viterbo, donde se celebró una reunión de Cardenales. Desde
Octubre de este año hasta su muerte, el Papa y su corte pormanecieron
JfiL «RKl'BATO DK UN OAEDBNAL» 125

Retrato de un Cardenal r e p r e s e n t a a Alidosi, es t o t a l m e n t e i m -


posible q u e Rafael lo h a y a p i n t a d o (1).
S e h a dicho t a m b i é n q u e el r e t r a t a d o p u d i e r a ser el C a r d e -
n a l Silvio P a s s a r i n i , f u n d á n d o s e en el p a r e c i d o e n t r e el r e t r a -
t o de M a d r i d y u n o a t r i b u i d o t a m b i é n a R a f a e l , e x i s t e n t e e n
el Museo N a c i o n a l de Ñ a p ó l e s , q u e creíase r e p r e s e n t a b a a
dicho P r e l a d o .
No vemos q u e a p a r t e el t r a j e , e x i s t a n i n g u n a a n a l o g í a e n -
t r e u n o y o t r o C a r d e n a l . E n la a c t u a l i d a d se a c e p t a u n i v e r -
s a l m e u t e que el o r i g i n a l del r e t r a t o del Museo d e Ñ a p ó l e s es
A l e j a n d r o F a r n e s i o , m á s t a r d e P a b l o I I (2).
P o r ú l t i m o , C r o w e y C a v a l c a s e l l e l a n z a n la h i p ó t e s i s de
que el i n c ó g n i t o p e r s o n a j e sea I n o c e n c i o C i b o , s o b r i n o de
León X . No p r e s e n t a n p r u e b a a l g u n a . Gibo a l c a n z ó la p ú r p u r a
c a r d e n a l i c i a eu 1513, a la edad de v e i n t i t r é s a ñ o s , y en 1 5 1 6 ,
es decir, lo más t a r d e q u e p u d o Rafael p i n t a r su r e t r a t o , Cibo
t e n d r í a veinticinco a ñ o s ; pero el r e t r a t o r e p r e s e n t a un h o m b r e
ya maduro.
E n la a c t u a l i d a d , se l i m i t a n las a v e r i g u a c i o n e s a d e c l a r a r
firme el a n ó n i m o del r e p r e s e n t a d o eu el Retrato de un Car-
denal.
** *

en las ceroaiiias del teatro de la guerra, no teniendo, por tanto, Alidosi,


ocasión de ir a Roma, donde moraba Rafael.
(1) Si busco estas pruebas cronológicas, es porque quizá llegue un día
eu que se niegue a Rafael la paternidad del Retrato de un Cardenal, y
se atribuya, como El Violinista y La Fornnrina, a Sebastián. Por la
manera de estar tratado el moaré de dicho retrato, y los efectos coloristas,
quizá no pareciera extravagante esta suposición. Pero tampoco, x por
causas de orden cronológico, pudo ser Alidosi retratado por este último.
Compárese el retrato de La ií'ornarina!, atribuido a Sebastián, existente
en la Galería de los Uffizi, y que está fechado en 1512, con el Retrato de
un Cardenal, y se verá la diferencia de maestría y madurez del artista
en uno y otro.
(2) Este cualro tiene hoy el núm. 84.004 del Catálogo. Véase una re-
producción de él en la Guía del Museo Nacional de Ñápales, figura 142.
126 LA ESPAÑA MODERNA

Teóricamente, hay un camino que puede conducir a un se-


guro resultado. Es indudable que, confrontando con el Retrato
de un Cardenal los de todos los Cardenales existentes de 1613
a 1516, que es cuando únicamente pudo Rafael pintarlo, se
llegaría a averiguar la personalidad del retratado. Pero este
sistema, llevado a la práctica, tropieza con insuperables difi-
cultades. A la muerte de Julio I I contaba el Colegio de Car-
denales con 36 miembros, y en los primeros años del Pontifi-
cado de León X se hicieron seis nombramientos más. De estos
42 nombres hay que desechar hasta 30, por existir retratos
cuyos rasgos no coinciden en absoluto con el pintado por Ra-
fael, o por saberse que en los años de 1613 a 1616, su edad
era mucho mayor o menor de la que se puede atribuir al re-
tratado, que no representa menos de treinta años, a juzgar
por las arrugas que surcan sus mejillas; ni más de cuarenta y
cinco, teniendo en cuenta las artes de tocador de los Prelados
romanos del Renacimiento.
Qaedan, por tanto, unas doce personas para escoger entre
ellas quién puede ser el retratado (1). Y aquí empiezan ya las

(1) A continuación insertamos la lista de Cardenales que trae Eubel en


su Hierarchia catholica, tomos II y III. Las fechas de los nacimientos
están tomadas de varias fuentes, entre ellas, del Dictionnaire des Cardi-
naux, de Migne (París, 1857).
* Petrus de Accoltis de Arezzo.—Nació 1465, Elegido Cardenal en 1511.
Murió 1532.
Amanevus D'Albret.—E. 1500, M. 1520.
LoTiis D'Amboise.—N. 1479, E. 1506, M. 1517.
Aloysius de Arragonia. —E. 1494, M. 1519.
* Thomas Bakocz.—'Ñ. 1450, E. 1500, M. 1521.
*** Christoph Bainbridge.—E. 1511, M. 1514 en Roma.
*** Bernardus Dovizius Bibbiena.—'Ñ. 1470, E. 1513, M. 1520.
Adrián Gouffier de Boissy.—E. 1515, M. Í520.
* Bobertus de Guibé {Bruto), Arzobispo de Treguier en 1483.—E. 1505,
M. 1513.
* Willielm BriQonnet.—N. hacia 1450, E. 1495, M. 1514.
Carolas Domiuicus de Caretto.—E. 1505, Arzobispo de Reims de 1507
a 1514, M. 1614.
JBL fRETKATO DE UN CARDENAL» 127

dificultades oou las que tropieza este sistema al ser llevado a


la práctióa. De algunos príncipes de la Iglesia no existe retra-
to ni noticia, en absoluto. Y de otros existen datos iconográfi-

* Sernardinus Carvajal.—'Ñ. 1456, E. 1493, M. 1522.


** Innocenzo Ctóo.—N. 1491, E. 1513, M. 1550.
Fratic. Guilelmus de Clermont.—N. 1481, E. 1603, M. 1541.
*** Marco Cornaro.—E. 1600, M. 20 Julio 1524. Existe un retrato suyo
en Venecia.
Adrián de Corneto.—E. 1503, M. 1618 a 1526.
*** Hippolyt D'Este.—N. 1476. E. 1493, M. 1520.
*** Alexander Farnese.—K. 1493, M. 1549 (Pablo III).
* Nicolaus de Fiesco, Obispo de Tolón en 1484, E. 1503, M. 1524.
Sixtus de Pranciottis dalla Rovere.—E. 1508, M. 1517.
Sigisoioudo Gonzaga.—E. 1505, M. 1525.
Achules de Grassis.—E. 1511, M. 1523.
* Dominicus Ch-imani.—'Ñ. 1460, E. 1493, M. 1523 (27 Agosto).
* Leonardus Qrossus de Rovere.—N. 1464, E. 1505, M, 1520.
*** MaUháeus Lang von Wellenburg.—'E. 1411. (Véase página 137.)
* Philipp de Luxemburg.—'Ñ. 1445, E. 1495, M. 1619.
*** Qiovanni de Mediéis (León X).
*** Giuliano de Mediéis (Clemente VII).
** Alfons Petrucci.—n. 1492, E. 1511, M. 1517.
* Rene de Prié.—Tü. 1451, E. 1506, M. 1519.
* Lorenzo Puccius.—íi. 1458, E. 1513, M. 1531. (En Viena existe un
retrato suyo liecho por Sebastián del Piombo.)
* Raffael Riario.—Ñ. 1458, E. 1477, M. 1521.
Franciscus Remolinus.—E. 1603, M. 1518.
* Federicus de San Severino.—^. 1489, M. 1516.
* Antonio Maria de Monte San Savini.—'Ñ. 1461, E. 1511, M. 1533.
(Tiene su sepulcro en San Pedro, en Montorio.)
Bandinellus de Saulis.—E. 1611, M. 1518.
Matthaeus Scliinner.—N. hacia 1470, E. 1511, M. 1522.
Jacobus Serra, Obispo de Oristano en 1492, E. 1500, M. 1517.
* Franc. 8oderini.—í(. 1464, E. 1503, M. 1524.
* Marcus Vigerius.—íi. 1446, E. 1605, M. 1516.
*** Tilomas Wolsey.—iü. de 1471 a 1475, E. 1515, M. 1630. (No estuvo
nunca en Italia.)
* Franc. Ximenes de Cisneros.—Ñ. 1436, K 1607, M. 1517.
Los nombres que vau subrayados han de desecharse por tener mayor
edad que la que representa el retratado en la época en que el cuadro fue
128 LA K8PAÍÍA MODKKN*

<!•
eos fcau c o n t r a d i c t o r i o s , q u e es i m p o s i b l e o p i n a r n a d a defi-
nitivo.
L a c a s u a l i d a d nos h a i n d i c a d o o t r a p i s t a q u e s e g u i r , sien-
do curioso q u e t e n g a el m i s m o p u n t o de p a r t i d a q u e la q u e sir-
vió a C a r d e r e r a p a r a l l e g a r a la e r r ó n e a conclusión de q u e el
r e t r a t a d o e r a el C a r d e n a l A l i d o s i . T a m b i é n a n o s o t r o s nos h a
s e r v i d o p a r a p o n e r n o s en c a m i n o la edición d e las o b r a s d©
Q-iovio h e c h a en B a s i l e a .

H a c e varios a ñ o s q u e nos o c u p a m o s en u n a H i s t o r i a de la
G u a r d i a suiza del P a p a , los suizos y sus servicios en las g u e -
r r a s pontificias, y b u s c á b a m o s un r e t r a t o a u t é n t i c o del C a r d e -
n a l S o h i u n e r , el e n é r g i c o obispo de! V a l a i s q u e l o g r ó a l i a r
d u r a n t e m u c h o t i e m p o a los suizos con la p o l í t i c a a n t i f r a n o e -
aa de J u l i o I I (1).
A. la d i s p u t a que sostenían F r a n c i a y Milán p a r a a l c a n z a r
el d o m i n i o sobre el valle del R ó d a n o , c a m i n o e s t r a t é g i c o d e s d e
el l a g o de G i n e b r a a L o m b a r d í a , debió S o h i u n e r , hijo de h u -
mildes l a b r a d o r e s del V a l a i s , la m i t r a q u e le i n s t i t u í a obispo

pintado, los que además van precedidos de una estrella, y por ser menor,
los que van precedidos de dos. De los que van precedidos de tres estrellas
hay que hacer caso omiso, por razón de estar perfectamente reconocida su
identidad o por no estar en Italia en la fecha en que el retrato fue pinta-
do. En el caso de ser posible que el retrato del Museo del Prado no haya
sido pintado por Rafael, y sí por Sebastián, habría que añadir a esta lista
unos doce Cardenales más, que fueron elegidos en 1517. (Véanse los nom-
bres en la otara de Eubel, 1. c , tomo III.)
(1) Hasta ahora no existe ninguna biografía de Sohinner, digna del
biografiado. En ella trabaja actualmente, encargado por el Gobierno del
Cantón del Valais, el Profesor Alberto Büohi, de Freiburg. De las ante-
riores pueden mencionarse: un articulo publicado en una, Biografía gene-
ral de personajes alemanes, por Hermann Escher; otro de E. Blosoh (Ber-
na, 1891), y un ensayo de Kaspar Wírtz en el prólogo del tomo XVI del
libro Quellenzur Schweizer Gesch. {Fuentes para la historia Suiza, pu-
blicada en Basilea en 1895 por la Sociedad de Historia Suiza. AUg. ges-
chíchtsf. Qesellschaft der Schweiz.)
BL «RETKATO DK TJN CARBENAL» 129

y señor de esta región. Bajo los auspicios del P a p a y de Ludo-


vico el Moro, se consiguió la destitución de su predecesor,
afecto a Francia, y su nombramiento. El odio a Francia que
encumbró a Schinuer, rigió desde este momento toda su vida,
con virtiéndole en el más importante instrumento para la polí-
tica de Julio I I .
Aunque fue expulsado varias veces de su obispado, supo
siempre conservar su influencia sobre sus antiguos subditos, y
en general sobre los suizos. Con ellos venció en 1512 a los fran-
ceses, persiguiéndoles por toda la Italia superior, llenando así
los últimos días del Pontífice, de la satisfacción y la gloria de
quien ve cumplidos sus anhelos.
Al subir León X al solio pontificio, cayó en desgracia
Schinner, cuyo odio a Francia había llegado hasta el fana-
tismo.
Cuando después de la desgraciada batalla de Marignano,
provocada por la impetuosidad del Cardenal, habiendo sido
comprados los suizos por el oro francés, y Francisco I recon-
quistado Milán, perdió Schinner el Señorío de Vigevano, del
que le había hecho donación Maximiliano Sforza, y su nuevo
Obispado de Novara; y siéndole imposible ir al Valais, que en
aquella ocasión le era adverso, peregrinó de Corte en Corte y
de Dieta en Dieta, a fin de atizar la enemiga contra Francia.
Solamente en los últimos años de León X pudo encontrar
oídos su política galófoba en la Corte pontificia, y j u g ó impor-
tante papel en la reconquista de Milán, y en la segunda repo-
sición de los Sforza. E n el cónclave que siguió a la muerte de
León X se le creía el preferido del Emperador (1) para ocupar

(í) Marino Sanuto, en su Diarii XXXIl, pág. 34], dice: «Queeta ma-
tina e passato uno grande personagío mandato de la sacra Cesárea Maestk
a Roma per posta, pensando arivi per tempo inauzi la creación dii Papa
per operar sia Sedunense non possando esser Medici, perche pare que
Cesare, non obstante havese mandato missier Hieronimo Severini per fa-
vorir Picolhomini, melius cogitatus le pare que quello sia troppo pacifico
alí tempi, che concoreno bellici e Sedunensi e judicato piu al proposito.»
B. U.—Junio 1914. 9
130 LA ESPAÑA MODERNA

el solio pontificio, y en la votación definitiva tuvo once votos,


esto es, cuatro menos que el elegido, que fue Adriano de
Utrecht (1). Durante el largo tiempo que transcurrió hasta la
llegada del nuevo Papa fue Sohinner uno de los cardenales
que por su posición en el Sacro Colegio romano guiaron la po-
lítica. Se creía seguro su nombramiento para L\egado plenipo-
tenciario, pero no fue así (2). El nuevo Papa, desbando gober-
nar con imparcialidad, no se dejó influir por Sohinner (3).
Este murió poco después, a causa de la peste (4), en í.a noche
del 30 de Setiembre al 1.° de Octubre de 1622, y fue emperra-
do en el Anima; pero ningún monumento se erigió que pudl'e-
ra perpetuar su figura (6).
Las fuentes para la iconografía de Sohinner son pocas y
contradictorias, y el fijar su personalidad es, por lo tanto, har-
to difícil.
Existen en el Cantón del Valais muchos retratos de Schin-
ner, en todos los cuales aparece éste de perfil, y con un enorme
montante en la mano, símbolo de su actividad guerrera. Estos
retratos los poseen varias familias del Valais, que se jactan
de descender del famoso Cardenal de Sión, y todos se adaptan
al tipo tradicional arriba descrito; pero ninguno de estos re-
tratos es anterior al siglo xvii, y carecen en absoluto del más
mínimo valor artístico, pudiendo considerarlos, más que como
retratos, como infames caricaturas (6). El original de todas es-

(1) Sanuto. L. c , pág. 384.


(2) L. c , pág'. 507.
(3) L. c , XXXIII, pégs. 446 y 449.
(4) Wirz, L. c. Quellen zur Schweizergeschichte, 16.
(5) El Nuncio Filonardi escribe, en 23 de Octubre, desde Constancia a
Zürich, que el Cardenal Schinner «Usque in nocti sanoti Hierouymi vixisse
et in Teutonieoi'um ecclesia cum universe urbis ingenti dolore et summa
ac dignissima funerali pompa sepultura fuisse.>
(6) En el Cantón del Valais conozco los siguientes ejemplares: en Sióu,
en el Ayuntamiento, eu el Palacio episcopal, en un convento de Padres
capuchinos y eu el Museo de Valeria. En Supersaxhaus uno, propiedad
de Herr Stanlslaus de Lavallaz (reproducido en la Histoire du Valláis du
Eb «REI'EATO DK UN CAKDENAL» 131

t a s m a l a s copias, s u p u s i m o s d e b í a ser la l á m i n a g r a b a d a e n
m a d e r a , d e T o b í a s S t i m m e r , q u e o r n a l a edición h e c h a e n
B á s i l e a e n el a ñ o 1576, p o r Pefcer P e r n a , d e los Elogia virorun
bellica virtute illustrium, de Giovio. Y a veremos que esta creen-
cia n u e s t r a era e r r ó n e a . V i e n d o e s t a l á m i n a , fue c u a n d o p o r
vez p r i m e r a nos s o r p r e n d i ó s u a n a l o g í a con el c u a d r o del Mu-
seo del P r a d o , q u e e n t o n c e s c r e í a m o s s e r r e t r a t o del C a r d e n a l
Dovicio B i b b i e n a .
C o m o fuente de las i l u s t r a c i o n e s c o m p r e n d i d a s en la edi-
ción de B a s i l e a d e los Elogia d e G i o v i o , se i n d i c a en la p o r t a -
d a , y m á s e x t e n s a m e n t e en el p r ó l o g o de d i c h a e d i c i ó n , la e n
t i e m p o s f a m o s a colección d e r e t r a t o s q u e en su m o r a d a d e
C o m o poseía G i o v i o , y q u e era c o n o c i d a con el n o m b r e de
Musaeum Jovianum (1). E s t a colección se consideró p e r d i d a
d u r a n t e más de dos s i g l o s , n o t e n i é n d o s e n o t i c i a a l g u n a d e
ella desde q u e a p r i n c i p i o s del siglo x v i i fue v e n d i d o el edifi-
cio del Musceum Jovianum, h a s t a q u e , con ocasión de b u s c a r s e
u n r e t r a t o de C r i s t ó b a l Colón d u r a n t e las fiestas de su C e n t e -

Chanoine Grenat, editada por José Lavallaz). En Leuk, otro perteneciente


a Herr Leo vou Werra. Uno de los ejemplares, pertenecientes a una fa-
milia del Valais, salió al mercado y fue reproducido como supuesta copia
de uno existente en el Vaticano por el Journal des collectioneurs de Gine-
bra (año de 1906 al 7, núm. 33, pág. 403). Una antigua copia al óleo se
encuentra en el convento de Capuchinos del Wesemlin, en Lucerna (repro-
ducida en el libro Die pápstlichen Nu7itien in der Schweie, por el Padre
Eufln Steimer). El doctor Johannes Bernouilli, de Berna, posee un antiguo
dibujo al lápiz. Es indudable que existen muchos más retratos del Carde-
nal, pero todos reproducen el tipo tradicional que hemos descrito.
(1) En el prólogo de la segunda parte de los Elogia virorum literis
iUustrium, publicada en 1577, escribe el editor: «Has Joviani Musaei in
omni genere literarum clarissimorum virorum mutas quidem imagines,
sed ad ipsum prototypon summa flde expressas ex suburbano 11 lo Novo-
comense, non minoribus quam in illud traductae fuere sumptibus denuo
productas, ómnibus omnium vel pubücis vel privatis bibliothecls oommu-
nicandas neutiquam displicituras confldo... De meo vero studio hoo unum
proflteor, qui maioribus prope, quam res mea familiaris pateretur, impen-
sis a nobiliss. pictore Jovianas imagines exprimeadas curavi...»
132 LA E S P A S A MODERNA

n a r i o , c e l e b r a d a s en 1890, se vino a a v e r i g u a r q u e u n a g r a n
p a r t e de los c u a d r o s q u e c o n s t i t u í a n la colección e s t a b a n dise-
m i n a d o s e n u n a s c u a n t a s colecciones p a r t i c u l a r e s (1). U n n a e s -

(1) Sobre la colección de Giovlo empezada en la segunda década del


siglo XVI, y para la cual construyó su propietario, en 1536, en Vico, si-
tuado en los alrededores de Como, un Palacio llamado después «Musaeum
Jovianum»; véase en artículo del Dott. Francesco Fosatti, titulado D Mu-
leo Oioviano e il ritratto di Gristoforo Colombo, aparecido en el Periódico
della Societá storica Comease (vol. 9, fase. 33 al 34, Como, tip. provinzia-
le F. Ostinelli di C. A. 1892), y el de Eugenio Müntz, Le Musée deportraits
de Paul Jove (Memoires de l'Academie des inscriptions et Belles-Lettres.
Tomo XXXVI, segunda parte. París, imprimerie uational 1900.) En estos
artículos se encontrará todo lo escrito con anterioridad sobre este tema.
Según el Periódico della Societá storica Comense (XVI, 138), el «Mu-
saeum Jovianum» fue terminado en el año de 1543, pero en 1540 estaba
una gran parte de la colección en las diversas casas que Giovio poseía eu
lo» cuartos situados encima de la Capilla Papal en Eoma, que se conocían
con el nombre de <I1 Paradiso», y en el Palacio ducal de Florencia en la»
«stance dette Mereuriale e Palladio>. En esta fecha Giovio, con intención
de retirarse a vivir definitivamente en Como, empezó a concentrar su co-
lección en el Musaeum.
Giovio adoptó en su testamento medidas para impedir que su colección
se dividiera, perdiendo asi gran parte de su mérito; pero esto no fue obs-
táculo para que el 19 de Marzo de 1618 fuese vendido el Palacio de Borgo
Vico, y los cuadros trasladados al Ayuntamiento (véase Fossati, 1. c ) . Poco
después sobrevino el reparto entre los hermanos Ludovico y Ottavio
Giovio. El primero recibió, según parece, los retratos de literatos, y el se-
gundo el de los guerreros. Este sistema de reparto no se siguió con exac-
titud, puesto que entre ios primeros obtuvo Ludovico los retratos de los
Prelados Alidosi y Schinner, y el de Cristóbal Colón. La rama masculina
de Ludovico Giovio se extinguió en 1846 en Como, y la herencia la reci-
bieron los Marchesi Raimondi y Rovelli, y los Nobili de Orchi. La de
Ottavio quedó extinguida en 1905, en Milán, con la muerte del Conde
Giovanni Giovio. Pero los cuadros pertenecientes a esta rama eran ya
propiedad de su hermano Francesco, muerto de 1870 al 80, a quien heredó
su hija, de cuyas manos pasaron a las de sus descendientes, los actuales
poseedores, barones Mollinary y Szeth y la Condesa Luisa Carboni. La
mayor parte de la mitad de la colección que quedó en Como, pertenece
actualmente a Marchesi Eovelli, a quien tanto debe la historia local de
eatapoblación.
El. «[Link] DE VS CARDENAL» 133

tro amigo, D. Antonio Giussani, ingeniero residente én Gomo,


encargóse [Link] de indagar dónde existía el retrato
del Cardenal Schiuner que había formado parte del Musaeum
Jovianum, y al poco tiempo me comunicó que dicko retrato lo
poseía el Dr. Giuseppe Rovelli, descendiente de Q-iovio. E n
otoño de 1909 tuve ocasión, gracias a la amabilidad de su
propietario, de estudiar el retrato del famoso Cardenal (1).
Este retrato tiene 32 centímetros de alto por 57 de ancho,
y está pintado al óleo sobre lienzo. Como todos los cuadros de
la Galería de Giovio, que respondían, no a un fin artístico, sino
puramente iconográfico, no está tomado del natural. Es una
copia hecha por una mano rutinaria. Se ve que el copista to-
maba la pintura como oficio más que como arte. Por lo menos,
juzgaíido desde el punto de vista artístico actual.
El cuadro fue retocado groseramente en el siglo xviii, se-
gún se echa de ver por la inscripción Mathaevs Gardinalis Se-
dvnensis, que cubre incompletamente una más antigua conce-
bida en los mismos términos. Esta copia parece ser hecha de
un original lombardo o quizá suizo. La simbólica espada que
el retrato ostenta parece añadida por el copista. La empuña el
Cardenal de una manera muy forzada, pues en la misma mano
sostiene además un libro. La fecha en que fue ejecutada esta
copia parece ser poco antes de mediado el siglo xvi, es decir,
en los últimos años en que Giovio coleccionaba retratos (2).

(1) Aprovechamos esta ocasión para mostrar nuestro más profundo


agradecimiento al doctor Giuseppe Rovelli y a su primo Avv. Vittorio
Eovelli, así como a D. Antonio Giussani, a quienes deberán su éxito, si
alguno tienen, estas nuestras investigaciones.
(2) En las diversas listas de los cuadros expedidos a Como, a partir de
1547, desde las viviendas de Giovio en Roma y Florencia, y publicadas por
Santo Monti en el Periódico della Societá stoiica Gómense, núm. 16, pági-
nas 55 a 62, no se encuentra el retrato de Schinner. Esto no es extraño,
puesto que en dichas listas figuran sólo 171 cuadros, siendo la colección
de más de 400. Es de suponer que la mayor parte de ella estaba ya en esta
fecha en Como.
J34 l.A ESPAÑA MUDKKNA

La figura, colocada de perfil, se destaca sobre un fondo os-


curo. El pelo, castaño ya canoso, está cubierto por la roja bi-
rreta cardenalicia.
Sobre sus hombros se ve la muceta escarlata, forrada y ri-
beteada de armiño, que, vuelta sobre el pecho, descubre la
blanca piel del forro, y el brazo deja ver el albo roquete. L a
mano izquierda, única que se ve, sostiene un libro, adornado
con una bolilla de oro en forma de pera, y al mismo tiempo
sujeta el pomo, forrado de verde y profusamente adornado de
un enorme montante.
El retoque afecta a la inscripción y al vestido eti general y
también algo al cuello. Afortunadamente, el perfil, salvo el
mentón, un tanto retocado, conserva su primitiva forma.
Comparando la lámina de Basilea con este cuadro, que su-
ponemos sirvió de modelo, vemos que el parecido es muy gran-
de. Únicamente los labios perdieron algo de su fiuura. Y cote-
jando dicha lámina con los retratos de Sohinner, existentes en
el Valais, de que anteriormente hemos hecho meución, vemos
que éstos no fueron copia de ella (1). El puño de) montante,
que el cardenal sujeta, es en la lámina liso y está desprovisto de
todo adorno, en tanto que en los retratos, así como en el d é l a
colección de Giovio, el puño está forrado y adornado profusa-
[Link]. Por lo tanto, o todos los retratos de Sohinner que hay
en el Valais son copia de éste último, o todos, incluso éste, pro-
ceden de un original común, que quizá poseyera la familia de
Sohinner en el siglo xvii.
El cuadro de la Galería de Qiovio ha convertido en certe-
za, por lo menos en mi ánimo, la suposición de que en él está
representado el mismo Cardenal que en el cuadro del Museo
del Prado.
Dejo hablar a la comparación de los dos retratos. E l cuello,

(1) EQ cambio, la lámina de Heinrich Pfenninger, que orna la segunda


edición de la obra Helvetiens Berühmte Mdnner, segunda edición, t. II,
página 16, Zürich, 1799, es una copia directa de la de Stimmer.
EL «RETKATO DE UN CARDENAL» 135

que se adivina airoso y fino, a pesar de la restauración; el sa-


liente, un tanto pronunciado, que la laringe forma en él, y la
parte posterior de la cabeza algo prominente, coinciden en
absoluto con el retrato de Rafael. Compárese después la cara
alargada, la frente baja y las orejas, cuyos lóbulos están en
linea recta con el término de la nariz, perpendicularmente co-
locadas,. También coinciden exactamente en uno y otro retrato
la curva característica de la nariz, que se puede ver perfecta-
mente en el cuadro del Museo del Prado, a pesar de estar co-
locada en él la figura en tres cuartos de perfil, y la marcadísi-
ma arruga naso-labial.
Se puede observar que coinciden asimismo, no ocurriendo
esto entre el cuadro del Museo Joviano y la lámina de Stimmer,
los finos y fruncidos labios, y el extremo de la boca, expresivo
y de gesto pretencioso. La barba, de perfil brusco y afilado, se
puede ver también en el retrato de Giovio, a pesar del reto-
que. El parecido de los ojos, hundidos y en forma de almendra,
no es tan grande entre los dos cuadros como entre el de Q-io-
vio y la lámina de Basilea, pero esto es indudablemente de-
bido a la restauración.
He comprobado matemáticamente las proporciones de am-
bos retratos, obteniendo los siguientes resultados: coinciden
exactamente las distancias del arco superciliar a la mandíbula
inferior, y la del arranque al extremo de la nariz. El labio su-
perior es mas corto en el retrato de Como, y la barba bastante
más alargada.
El parecido en el retrato en general, creo yo que no reside
en la exactitud matemática de las proporciones, sino más bien
eu el conjunto, y en trasladar al lienzo la expresión y caracte-
rísticas de la fisonomía del retratado. Se pueden alterar nota-
blemente las proporciones, sin que por esto padezca en lo más
mínimo el parecido. Tal sucede en las caricaturas. E l sentido
para observar los parecidos es algo así como el oído en músi-
ca; es bueno o a veces falta en absoluto. Prueban esto último
los historiadores de arte e iconógrafos, que de tal modo se han
136 LA KSPAJtA MODKRNA

equivocado atribuyendo a tanfcas personas ser el original del re-


trato de Rafael. Y en este caso se complica la situación de una
manera notable para los profanos e inexpertos. Los objetos
entre los cuales hay que establecer una comparación son de
un valor artístico radicalmente distinto. Uno es la obra maes-
tra de un pintor que idealiza sus modelos; el otro, mala y
restaurada copia de un retrato, ejecutado por una mano que
no pretendía hacer arte. A esto hay que añadir los años
transcurridos entre la ejecución de uno y otro retrato, años
que dejaron honda huella en la fisonomía del Cardenal de
Sión. El retrato de la colección de Giovio representa al hombre
prematuramente envejecido por los fracasos y los desengaños;
el de Rafael,si es cierta nuestra opinión,fue hecho en la época
de sus mayores triunfos. Pero la mayor de las dificultades está
en la reducción del perfil del retrato de Como a los tres cuar-
tos del perfil de el del Prado. Es a los escultores a los que con
más frecuencia se les presenta este caso, y a ellos me dirigí.
Todos los que consulté participaron de mi creencia respecto a
la identidad de los dos retratos (1). Lo mismo opinaron varios
profesores de Anatomía. El profesor J . XoUmaun, de Ba-
silea, decano de los dedicados a investigaciones antropoló-
gicas, me escribió: «Ambos retratados presentan la forma
de cara alargada muy común entre la población de Sicilia,
Escocia y otros varios países. También en Suiza he encon-
trado muchos individuos, cuj^a cara tenía esos rasgos, pero nin-
guno poseía una nariz tan exquisitamente formada. Vuestro
cardenal es un representante tan genuino de esta forma de
rostro, que ningún pintor de retratos, por deficiente que fuera
su técnica, podría dejar de representar exactamente su nariz
aguileña, su boca y su cara alargada. El retrato de Rafael da
todos estos detalles un tanto idealizados, pero innegables.
Además, es poco verosímil que esas facciones tan originales

(1) Puedo aducir los testimonios de los escultores Eduard Ziminermann


y Hugo Siegwart, y los pintores Albert Welti y Wilhelm Balmer.
EL «BETKATO DE UN CARDENAL» 137

apareciesen eu dos personas contemporáneas, de la misma alfca


situación y pertenecientes al mismo Colegio de Cardenales (1).

*
* *

La única objeción que se me ha hecho repetidas veces es


la siguiente: ¿Es posible que el suizo Sohinner haya tenido los
rasgos nobles y genuinamente italianos que el retrato de Ra-
fael presenta? ¿No puede haber una equivocación en el nombre
adjudicado al retrato de la colección de Giovio?
Estas últimas suposiciones encuentran cierto punto de apo-
yo en el texto de los Elogia, en el cual se habla de un Mat-
tháeus Cardinalis Sedunensis «cui Lango cognomen fuit».
Según modernos historiadores locales, en Italia se le dio a
Schinner el apodo «II longo Svizzero»; pero en las fuentes ori-
ginales no se encuentra ninguna indicación que lo pruebe. Es
de suponer, por tanto, que Giovio, que escribió los Elogia^ en
los últimos años de su vida (2), confundió a Schinner con su
contemporáneo el Cardenal del mismo nombre Matthaeus
L a n g , Obispo de Gurk y Arzobispo de Salzburgo, Esto tuvo
por consecuencia que ya Gerardo de Roo, en 1620, reproduje-
ra la lámina de los Elogia, que representa a Schinner, como
un retrato del Cardenal L a u g (3). Y Müutz cree también que
sea éste el retratado (4). La personalidad exterior de L a n g
está, sin embargo, fijada por un dibujo de Durero (B), varias

(1) En térmiuos parecidos se expresa el doctor E. Kaufmanu, Profesor


de Anatomia eii Gottingen.
(2) Véase Fossati, I. c , pág. 16. La primera edición de los Elogia viro-
rurn literis ülustrium apareció en Venecia en 1546; la vida de los doce
Viscouti, eu París, 1549, y los reunidos Elogia virorum, bellica virtute
illustrium, en 1541, en Florencia. Giovio murió en 1552.
(3) Gerardo de Roo, Df.r durchl. Pü[Link] und Herrén Ertzherzogen
zu Oesterreich Sfamm und denk-und glorwürdigen Thaten, etc. Editado
por Dietz de Weidenberg. (Augsburg, 1620.)
(4) L. c , pág. 333.
(5) Los dibujos de la Albertina, t. IV, pág. 378.
138 i-A KSPASA MODKKNA

obras de Hans Sohwarz y algunas monedas con su retrato (1).


Por tanto, su identidad con el retrato del Museo Joviano está
totalmente excluida.
El autor de los Elogia, a pesar de confundir los nombres,
ha descrito maravillosamente la personalidad de Schiuuer,y ha
demostrado gran conocimiento de su vida. Conocía al Carde-
nal de Sióu desde que éste acabó sus estudios en Como, bajo
la dirección del humanista Theodor Lucinus (2).
Griovio era por aquella fecha todavía un niño (3). No es se-
guro que tuviera ocasión de ver al libertador de Lombardia du-
rante la guerra de 1512 a 1B13(4). Lo que sí es indudable es su

(1) Un dibujo y una medalla de Hans Schwarz y un Taler (moneda) de


Salzburg-, con fecha 1B21. Este último se halla reproducido e,n el Jahrbuch
der kOnigl. preus. Kunstsammlung. Año XXVII, págs. 42 y 46.
(2) En la obra de Giovio se encuentran, asimismo, las fuentes para de-
terminar la estancia de Sohinner en Como durante su juventud. Nacido
en 1470, no se sabe en qué mes, la tradición señala como etapas de los es"
tudios de Schiuner, Sión, Berna, Ziirioh y Como. Giovio cuenta que Sohin-
ner sustituía frecuentemente en Como a su maestro, lo cual prueba que es-
taba ya al término de sus estudios. En 1490 fue secretario de Georg Super-
sax; en 1496, párroco, y más tarde. Canónigo en Ernen, haciendo después
rápida carrera. Se ignoran las fechas del nacimiento de Theodor Lucinus,
maestro de Schinner; sólo se sabe que pertenecía a una conocida familia
de Como. Giovauni Battista Giovio, en su libro Gliuomini della Comasca
diócesi antichi e moderni nelle arti e nelle lettere illustri (Módena, 1184),
dice de él, tomándolo, se cree, de un pasaje de los Elogia: «Lucino Teodoro
insegnava iu Como le belle lettere nel ehindersi del XV. II famoso Cardinal
di Sión fu suo escolare.» Herr C. Bernouilli, Bibliotecario superior en Ba-
silea, me llama la atención sobre una impresión no fechada, y que lleva el
siguiente titulo: T. Lucini Comensis ad discípulos moralium dictorum
Isagogicus Libellus.
(3) Giovio nació el 20 de Abril de 1483; tendría entonces unos siete
años.
(4) No se sabe con seguridad si Giovio vivía entonces en su ciudad
natal. El conocimiento que muestra de las acciones y de muchos de los
combatientes, parece revelar que se trata de un testigo presencial; pero,
por otra parte, habiendo Giovio estado diez años después en Suiza, pudo
recoger los relatos de boca de personas que habían asistido y figurado en
EL «RETRATO DE UN CARDENAL» 139

p e r s o n a l e n c u e n t r o con S c h i n n e r en la e x p e d i c i ó n del a ñ o 1 6 2 1 ,
p u e s t o q u e f o r m a b a p a r t e del s é q u i t o del C a r d e n a l M ó d i c i s ( l ) .
A n t e las p u e r t a s de M i l á n se r e u n i e r o n las t r o p a s a u x i l i a d o r a s
g u i a d a s p o r S c h i n n e r , con los ejércitos i m p e r i a l e s y p a p a l e s
q u e m a n d a b a M e d i é i s . E n 19 de N o v i e m b r e e n t r a r o n a m b o s
C a r d e n a l e s , a la c a b e z a de las t r o p a s a l i a d a s , en la c i u d a d c o n -
q u i s t a d a (2). S e g ú n a l g u n a s f u e n t e s , los dos C a r d e n a l e s fueron,
d e s p u é s , a p r i n c i p i o s de D i c i e m b r e , a u n i r s e al ejército q u e si-
t i a b a C o m o , d o n d e G i o v i o i n t e n t ó en v a n o e v i t a r el saqueo d e
su c i u d a d n a t a l (3), a c o m p a ñ a n d o d e s p u é s a los dos p u r p u r a -

la guerra. En una carta del año 1632, publicada en el Periódico della So-
cietá storica Gómense, se queja su hermano Benedetto de su ausencia, que
ya duraba veinte años. En su Historia Novocomensis [Oraevii Thesaurus
antiquUatuní et historiarum Italiae, t. VIII, pág. 142) dice Benedetto de
su hermano «iu ipso iuventutis flore ad curiam Romanam contulit», apo-
yándose en esto; fecha Giov. Batt. Giovio su traslado a Roma a fines del
año 1511 o principios del 12, en su importantísimo libro Elogio di Paolo
Qiovio il sentare, vescobo di Nacerá (1782, pág. 9). En este caso, Giovio
hubiera podido encontrar en Roma al victorioso Cardenal, que permane-
ció allí desde principios de Marzo a fin de Julio de 1512. Giovio fue pro-
fesor de Ética en la Universidad de Roma desde 1514 (véase Pastor, Histo-
ria de los Papas, t. IV, págs. 462 y 486).
(1) Giovio entró al servicio de Médicis, en calidad de Médico de Cáma-
ra, en 1519, y fué con él a Florencia. Sobre la parte que tomó en la expe-
dición, véase Giov. Batt. Giovio, I. c.
(2) Véanse el diario de Sanuto (f. 32, pág. 168), y las relaciones presen-
tadas al Emperador en 19 y 21 Noviembre (Brewer, Letters and Papers
ofthe reign of Henry VIH, t. III, números 1,831 y 1.795).
(3) Véase en Brewer, I. c , núm. 1.869, el escrito, fecha 15 de Diciem-
bre, de Roma. La capitulación de Como, en 1." de Diciembre, precedió al
saqueo efectuado el día 3. Este día anuncia el Podestá de Bergamo, que el
Cardenal Médicis, por la mañana, y el de Sión, por la tarde, han partido
desde Milán para Roma. En el libro de Giov. Batt. Giovio, Elogio di Paolo
Giovio, etc., 1. c , se demuestra la presencia de Giovio en el saqueo de
Como por la inclusión de una carta de su hermano Benedetto, fecha 1532,
en la que se queja de no verle hace ya veinte años, y que dice así: «Prae-
terquam semel in illa infelice patriae direptione, quando sub oculis tuis
spoliati fuimus.> (Santo Monti en el periódico 1. c.)
140 LA KSPASA MODERNA

dos al Cónclave celebrado en Roma, donde hicieron su entrada


triunfal en 15 de Diciembre (1). Estas circunstancias hacen
muy difícil que Giovio tuviera en su colección con el nombre
de «Retrato del Cardenal Schinner», uno que no fuese de él.
Buenos conocedores del Valais me aseguran que no es raro
encontrar entre sus habitantes tipos parecidos al del Cardenal
de Sión. Yo mismo conozco varios descendientes de nobles y
antiguas familias del Alto-Valais que pudieran h&ber posado
para el cuadro de Rafael.
Se me ha hecho frecuentemente la objeción de que la Psi-
cología del Cardenal Schinner no corresponde en absoluto a la
que muestra por su expresión el «Retrato de un Cardenal».
Pretendo demostrar lo contrario, cosa fácil en extremo. La per-
sonalidad de Schinner se ha falseado mucho. El fracaso de su
obra, que trajo consigo la hegemonía de la influencia francesa
en Suiza durante varios siglos, y lo que sobre él se ha escrito en
los tiempos en que este país estaba dominado por la Reforma,
han contribuido mucho a ello. Las palabras de Zwinglis: «Si
se retorcieran las capuchas coloradas, saldría de ellas sangre
humana», se han aplicado a nuestro Cardenal, presentándole
como el causante de una política que ocasionó la decadencia
de Suiza, y no conociéndole más que como el hombre odiado
que reclutaba hombres en Suiza para llevarlos a morir en Ita-
lia. Y como Q-iovio, al expresar su juicio sobre el Cardenal de
Sión, lo hizo con las palabras: «Vir ínter exactas virtutis impe-
ratores potius quam Ínter senatores numerandus, si corporis ao
ingeuii robur et rerum strenue gestarum eumulum spectes»(2);
se ha acostumbrado la opinión a no ver en Schinner más que al
sanguinario guerrero y nefasto político.

(1) Sanuto, 260 y 282. Mediéis permaneció en Roma hasta realizada la


elección de Papa, que Giovio describe magistralmeute. A la muerte de
Schinner, Giovio vivía en Florencia. En 16 de Noviembre de 1522, Medi-
éis envió al «eximium ac doctissimum virum magistrum Paulum Jovium,
physicum nostrum», como legado suyo a la Dieta suiza.
(2) Giovio. Elogia, 1. o.
EL «RETRATO DE UN OAKDENAL» 141

Los juicios contemporáneos, aun los ñe los enemigos del


Cardenal, no corroboran esta opinión (1). Schinner aparece en
ellos como un hombre del Renacimiento en completa posesión
de la cultura contemporánea; un hombre, cuya fascinadora
personalidad ejercía su influjo lo mismo sobre la culta Italia
que sobre el alma sencilla de sus suizos. Los italianos se
burlaban de él por su bárbara manera de pronunciar el la-
tín (2), cosa que él mismo reconocía, prefiriendo hablar italia-
no «come bon italian». El Senado veneciano fue favorabilísi-
mamente impresionado en 1612 por su discurso y su noble y
segura presentación (3).
El Legado inglés Ricardo Pace, con quien Schinner resolvió
varios asuntos, le pinta como hombre genial y de gran talento,
aunque algo apasionado (4), y el culto humanista Andreas Am-
monius, Secretario de Enrique V I I I , le tributa los siguientes
elogios: «lugeuiosus, impiger acer, facundus, strenuus et ad-
modum theologus» (6). Su cultura teológica era muy grande,
y la elogian varias autoridades, entre ellas Erasmo (6); y sus

(1) Anshelm, cronista perteneciente a la Reforma y enemigo de Schin-


ner, escribe de él lo siguiente, que constituye el mayor elogio para su ca-
rácter: «Fue siempre flel a su partido, es decir, al Emperador y al Papa.
Ni en las épocas de mayor poderío, ni en las de desgracia y miseria, les
abandoiió un solo momento.
(2) Giovio. Elogia, 1. c,
(3) Véase Sanuto, XIV, pág. 57, sobre la presentación del Cardenal
ante el Senado veneciano: «Parlando per tanto come bon italian, licet sia
nasuto bárbaro vol far ogni suo poter che se caza barbari de Italia et far
11 Elvetti sia con liga... Poi dimandó perdono si l'havea parlato vulgar!
sermone, che l'havia falto per esser lui bárbaro, parlando latine haría fato
qualche barbarie. Et cussi ridando con volta allegro messe flne.»
(4) Brewer, t. II, núm. 2.428.
(5) Brewer, 1. c , núm. 2.498.
(6) Erasmo le escribe en 16 de Diciembre de 1520: «Nom me clam est
quam ex animo faveas doctrinae christinae in qua tu non paucos annos
feliciter es versatus.» [Link]íRotterodaml(Londres MDCXLII,
folio 1.840).
142 L,A KSPAStA MODIfiKMA

discursos, cartas y conversaciones muestran que conocía muy


a fondo la literatura clásica (1).
G-iovio oyó en la entrevista celebrada en Bolonia, en Di-
ciembre de 1615, la célebre frase de Francisco I respecto al
Cardenal de Sión: «Sa parole m'a fait plus de mal que toutes
les lances de ses montagnards.» Esto prueba su elocuencia
irresistible, que tuvo suficiente poder para impedir que los sui-
zos se dejaran convencer por el oro francés, y retener bajo las
banderas pontificias a los soldados, cuando faltaba el dine-
ro de su paga. Además, supo siempre conservar su dignidad
en el trato familiar que con ellos mantenía, e hizo olvidar a
sus compatriotas su humilde origen.
Y ahora juzgarán mis lectores. ¿Son absolutamente incom-
patibles la inteligencia y bondad que respiran los rasgos del
retrato de Rafael con el verdadero carácter de nuestro Car-
denal?

El examen de los demás retratos contemporáneos del Car-


denal de Sión no ayuda nada, desgraciadamente, a demostrar
que sea efectivamente suyo el retrato de la colección Giovio.
Tenemos primero una serie de monedas que Sohinner hizo
acuñar como Obispo y señor del Valais antes de su nombra-
miento de Cardenal (2). Se han conservado diez distintas aou-

(1) Se sabe que sus lecturas favoritas erau Boetio y Giovio.


(2) Véase sobi-e las monedas, con la efigie de Sohinner, el magistral
trabajo de M. de Palózieux du Pan, titulado: «Numismatique de l'éveché
de Sien», segunda parte. Descriptiou des monnaies vallaisanues en la -Re-
vue Suisse de Numismatique, t. XIV (1908), págs. 235 a 240. Desgraciada-
mente, los dibujos que ilustran este trabajo no sirven para nuestro fin, por
estar el perfil de la figura totalmente desdibujado. Me fue difícil en extre-
mo estudiar los originales de las diversas variantes, por ser todos los ejem-
plares muy raros. Debo singular agradecimiento a Herr Haas Zumbühl,
de Lucerna, por su concurso. Herr Adolf Icklé, de San Gallen, me envió
una gran colección de monedas con el retrato de Sohinner, y el Museo Na-
EL «RETRATO DE UN 0 A R D K N A L > 143

n a c i o n e s , en las cuales el r e t r a t o d e S o h i n n e r r e s p o n d e a dos


tipos fundamentales. El uno, que tiene tres variantes, presenta
al C a r d e n a l con un c r á n e o r u d o d e l a b r a d o r , de e x p r e s i ó n al-
t a n e r a y poco i n t e l i g e n t e , la n a r i z r e c t a , las mejillas c a í d a s y
f o r m a n d o b o l s a s , y la n u c a a b u l t a d a (1).
E l o t r o , con siete v a r i a n t e s m u y m a r c a d a s , r e p r e s e n t a u u
t i p o a b s o l u t a m e n t e d i s t i n t o . E n él se v e a S o h i n n e r con sa-
tisfecha e x p r e s i ó n d e c a n ó n i g o e p i c ú r e o , labios sensuales y
n a r i z e x a g e r a d a m e n t e c u r v a , y en a l g u n o s e j e m p l a r e s p a -
rece e v o c a r su c o m p l a c i d a s o n r i s a , la s a t i s f a c c i ó n d e los ex-
quisitos vinos de su c u e v a (2). E s t o s dos t i p o s son r a d i c a l m e n -
t e o p u e s t o s y e s t á n e n c o n t r a d i c c i ó n con el c u a d r o de la G a l e -
r í a G i o v i o , p u e s t o q u e le r e p r e s e n t a n con a n c h a c a r a y cuello
d e t o r o . D e s g r a c i a d a m e n t e , los r e t r a t o s q u e A n s h e l m c i t a b a e n
su Berner Ghronik ( t o m o c u a r t o , p á g . 529) (3), y d e los q u e de-
cía que en ellos « h a b í a n r e p r e s e n t a d o los p i n t o r e s a S c h i n n e r
feo como u u d e m o n i o , tal q u e si h u b i e r a n sido e n e m i g o s s u y o s
n o lo h u b i e r a n h e c h o peor», no se h a n c o n s e r v a d o .
E n t r e las m i n i a t u r a s de la Crónica de Lucerna, d e D i e b o l d
S c h i l l i n g s , h a y c u a t r o q u e r e p r e s e n t a n a S c h i n n e r ; p e r o está
e x c l u i d a t o d a suposición d e p a r e c i d o . L a figura de u n C a r d e -

cional suizo me remitió tambiéa varios originales y copias. Gracias a lo


cual, pude reunir materiales suficientes para mis estudios.
De las diversas acuñaciones que Schinner mandó hacer, sólo las cuatro
variantes del llamado Teufelstaler (Taler del diablo) están fechadas. Su
fecha es de 1501. Se sabe, por un decreto de la Dieta .suiza, fecha 11 de
Setiembre de 1504, que las monedas de tres schillings también correspon-
den a esta fecha. En 1511 acabaron, seguramente, las acuñaciones con el
retrato de Schinner, pues en esta fecha dejó de ser Señor del Valais. Nin-
guna leyenda de las monedas menciona su nombramiento de Cardenal de
Sión, hecho en 1511.
0 ) De Paiézieux, 1. c , números 51, 52 y 54.
(2) De Palézieux, 1. c , números 49, 50, 53, 55, 56, 57 y 58.
(3) Manuscrito de la Biblioteca de Lucerna. Pols. 292, 318, 319 y 323.
Sobre la obra citada, véase la obra del profesor J. Zemp, titulada: Die
ítchweizer Bilder chroniken, pág. 99 y siguientes.
144 LA BSPASA MODERNA

nal, existente en el cuadro pintado entre 1517 y 1619 por Ni-


colás Manuel, en un convento de dominicos de Berna, y titula-
do Dama macabra (Totentanz), pudiera ser la de Schinner,
dado que todas las demás eran también retratos (1). La recons-
titución de este cuadro destruido en 1660, hecha por el paisajista
Kauw, es de tal índole, que no sirve para fines iconográficos.
Tampoco tiene valor alguno el clisé que inserta el artículo ti-
tulado «Mattheus Scheiner, Cardenal de Sión», en el libro de
Enrique Pantaleons Teutscher Nation warhafte Helden. Este
libro dispone de dos tipos de Schinner, que emplea alternati-
vamente (2).
Por último, me es conocida la representación de Schinner
en el sepulcro de Francisco I en Saint Denis. E n el fondo
del relieve, figurando la batalla de Marignano, se reconoce al
Legado por la cruz que alza a guisa de bandera. Subido en
su muía, bendice a los suizos que entran en batalla. La peque-
nez de las figuras, que sólo miden 55 milímetros de altura, im-
pide un completo reconocimiento. A pesar de esto, se puede
observar la forma alargada de la cabeza y la longitud algo
exagerada de la nariz. Pero en estos relieves es de suponer
que no tratase el artista de dar parecido exacto a la figura (3).

(1) Copia de Alberto Kauw, existente en el Museo Histórico de Berna.


Sobre la «Danza macabra», de Manuel; véase el libro de Adolfo Fluri, ti-
tulado: Neuer Berner Taschenbuch, págs. 119 y siguientes (1901).
(2) Tomo III {Basilea. Lienhart Ostein, MDLXXVIII, pág. 38).
(3) El proyecto en conjunto de este monumento, comenzado en 1547 y
terminado en 1552, se debe a Philibert de L'Orme (1510 a 1570), y los re-
lieves del zócalo fueron hechos por el escultor Fierre Bontemps (1536 a
1561), dudándose si simplemente los ejecutó o es también suyo el proyec-
to de ellos. El profesor Zump opina que debió intervenir un pintor. Véase
sobre este monumento los libros siguientes: La Renaissance en France,
León Palustre, t. II, pág. 101 (París, 1879-1889). Die franz'ósische Renais-
sance, Heinrich von OaymuUer {Handhuch der Architektur, Stuttgart,
1898-1901). La sculpture frangaise depuis le XIV siécle, Luis Gouse
(París, 1895). Sobre el escultor Bontemps, véase Allgemeinen lexicón der
EL «RETRATO DE VS CARDBMAL> 145

Este es todo el material de que se puede disponer hoy en día


para determinar si el modelo del Retrato de un Cardenal, de
Rafael, es o no Mattheus Schinner, Cardenal de Sión. El lec-
tor decidirá sobre la contradicción que existe entre los tipos de
las monedas y entre éstos y el retrato de Schinner de la colec-
ción de Giovio (1).

Dando por cierto que el cuadro del Museo del Prado es re-
trato de Schinner, vamos a determinar ahora la fecha en que
fue pintado. Esta no puede ser más que la de su tercera estan-
cia en Roma, esto es, desde mediados de Marzo a fin de Julio
de 1513 (2). La circunstancia de ser entonces Schinner el hom-
bre que acababa de derrotar a Francia, pudiéndose aplicar el
título de «Libertatis eoclesiasfcicse defensores», que Julio I I
confirió a los suizos, hace más probable esta afirmación.
Rafael estaba por entonces ocupado con los frescos de las
célebres estancias, en los cuales se trataba de representar sim-

bildenden Künstler, t. III, ip&g. 326. Estos datos los debo al profesor Zump,
de Züi-ich.
(1) El unmismático ginebrino Paul StrShlin señaló cierto parecido al
primer tipo de los mencionados por nosotros en las monedas, con Alejan-
dro VI, y apoya su hipótesis diciendo que Schinner, desconocido en Italia,
mandó acuñar, cuando fue nombrado Obispo y Señor del Valais, monedas
con la efigie del Papa, para que éstas tuvieran más circulación y fueran
aceptadas en toda Italia. A este subterfugio recurrían entonces con fre-
cuencia los Principes de los Señoríos poco importantes.
Pero esta creencia es errónea, puesto que las monedas con la efigie de
Alejandro VI eran absolutamente distintas.
(2) La primera estancia del Cardenal de Sión en Roma fue en 1499; la
segunda, del 18 de Agosto de 1511 hasta el 12 de Enero de 1512, y la c u a r -
ta, de 13 do Diciembre de 1521 hasta su muerte, acaecida en 1522. Sobre
la tercera, que es la que nos interesa, tenemos los datos siguientes, que
amablemente nos ha proporcionado el Profesor Albert Büchi. Eu 2á de
Febrero de 1513, va Schinner al Concilio celebrado en Milán; desde el 11 de
Marzo al 11 de Julio permanece en Boma, y en 1." de Agosto se señala su
presencia en Piacenza, en su viaje de vuelta.
E. M.—Junio 1914. 10
146 LA ESPASA MODBSNA

bólicamenfce los principales hechos de la vida de Julio I I .


Así, el fresco titulado Heliodoro es expulsado del templo,
significa la expulsión de los franceses de los Estados Ponti-
ficios, y San £eón el Grande, vencedor de Atila, representa la
salvación de Italia de la invasión francesa después de la victo-
ria de Novara.
Los dibujos que sirvieron de apuntes para este cuadro exis-
ten en el Museo del Louvre, y en ellos se ve que la figura que
representa a León el Grande tiene los rasgos fisonómicos de
Julio I I (1). Detrás de la silla gestatoria cabalga un Cardenal;
en el que quizá pensara Rafael, al ejecutar este proyecto, re-
presentar a Schinner, que, vencedor de los franceses, había
salvado a su patria y cumplido los deseos de Julio I I . Que Ra-
fael solía representar en sus cuadros personas contemporáneas
suyas, lo prueba la Donna velata, que sirvió indudablemente
de modelo para la Madona, de la Capilla Sixtina (2).
Cuando, a mediados de Marzo de 1513, llegó Schinner a
Roma, Julio I I había muerto; pero todo hacía suponer que
Médicis seguiría su política, y, por tanto, Rafael, cuando al
año siguiente comenzó a pintar su proyectado cuadro, dio a l a
figura de León el Grande la fisonomía del P a p a León X , sin
pensar que éste seguiría un rumbo político absolutamente dis-
tinto al de su antecesor. Y al percatarse de esto, encontró in-
dudablemente que era ya inútil incluir al Cardenal de Sión en
su cuadro. E n efecto; en aquel otoño, Schinner cayó en desgra-
cia, y Gorio Gherio fue mandado a Suiza como Enviado extra-
ordinario, con la secreta misión de procurar la reconciliación
con Luis X I I I (3). Pero las relaciones entre P a p a y Rey rom-

(1) Eeproducido en el libro de Müntz, Saphael, pág. 380, y en la Ox-


ford Univ. Gallery por Klaczko. Véase Crowe y Cavalcaselle, t, II, pági-
na 152.
(2) Véase el libro de Burkhardt, titulado Cicerone. (Edición VII, 1898,
página 774).
(3) Véanse los libros de K. Wirz, titulados: Ennio Filonardí, der
letzte Nuntius en Zürieh y Fuentes para la historia suiza, t. XV, prefa-
EL «RKTBATO DE UN OABDKNAL,» 147

pióronse pronto, y precisamente al mismo tiempo (1) en que


fueron terminados los frescos de la estancia de Holiodoro, y
en la expedición del año 1615, Sohinner, en calidad de Legado
pontificio, volvió a ponerse al frente de sus suizos para com-
batir a los franceses.
ROBKBT DUBBER

(Tndacido del alemán por Luis López Ballesteras y de Torrei.)

cío, pág'. 21. Véase también, sobre el cambio de política de León X, el li-
bro de Pastor, 1. c , t. IV, págs. 63 a 66.
(1) Dos inscripciones situadas debajo del fresco titulado «Heliodoro es
expulsado del templo» y del que representa la «Liberación de Pedro», res-
pectivamente, fechan la terminación de estas estancias en el segundo año
del Pontificado de León X, que empezó en 29 de Marzo de 1514. En 1.° de
Julio siguiente, comunicó Bafael a su tío que había empezado a pintar la
llamada Sala de León X (véase Pastor, 1. c , t. IV, pág. 492).
Li AMÉRICA MODERNA

El imperialismo norteamericano y la América española. Imperialismo yan-


qui e imperialismo europeo. Dos direcciones del imperialismo norte-
americano: América y el Pacifico. El monroismo y Europa. El ejemplo
de Méjico.—El imperialismo inglés. Los valores culturales. Las mani-
festaciones del imperialismo inglés.—Productos americanos: El comer-
cio de pieles.—Un ferrocarril suramericano.

El ataque a Méjico por los Estados Unidos, es la realiza-


ción parcial del vasto programa imperialista de los yanquis.
Conviene distinguir el imperialismo norteamericano del impe-
rialismo europeo.
El imperialismo europeo no es una expansión de ambicio-
nes, no es un puro dinamismo. Está inspirado por valores cul-
turales, por elevados idealismos; el imperialismo inglés, por
ejemplo, constituye un triunfo del idealismo sobre la concep-
ción utilitaria y materialista de la escuela de Manohester; es la
afirmación del esplritualismo de Carlyle sobre el materialismo
negativo de Cobden. Basta recordar las grandes palabras de
Carlyle para comprenderlo, palabras que dicen expansión civi-
lizadora, vida progresiva y respeto para el vencido. El gran
poeta inglés, Kipling invoca a los navios de Oriente y del Sur,
los que, desde apartadas regiones, suben basta Inglaterra y
son como lanzaderas que tejen la trama de un gran Imperio.
El reciente imperialismo italiano participa de análogo esplri-
tualismo. Los poetas videntes de la futura Italia hablan de
LA AHÉRIOA MODEBNA 149

una águila blanca, que deshace palmas sobre las viejas ciuda-
des italianas, cruza el Egeo y busca las huellas de la anti-
gua Roma en las bárbaras costas africanas. Al impulso del
imperialismo europeo resucitarán los fabulosos imperios de
Oriente, porque lleva la civilización a los países donde se ha
extinguido o se vive en la barbarie. El imperialismo yanqui
hace la guerra a comunidades cultas. Parece que el idealismo
europeo naufragó al llegar a Norteamérica. El águila simbóli-
ca cayó y le brotaron alas de milano. El europeo levanta &
pueblos inferiores, el yanqui intenta acabar con pueblos cultos.
El imperialismo norteamericano se dirige contra la Améri-
ca española y contra el Asia. En América intenta sojuzgar,
por lo pronto, a las repúblicas que baña el mar Caribe; en el P a -
cífico ha asentado su planta en las islas HaWai, Filipinas,
d u a m , Tutuila y Samoa. La comunicación del far West ha im-
pulsado las fuerzas imperialistas de los Estados Unidos hacia
el Pacífico. Roosevelt declaró que era aspiración de los yan-
quis el convertir el Pacífico en un Mediterráneo americano.
El-radio de acción del imperialismo norteamericano se re-
presenta gráficamente en América por el triángulo de fuerza
Key-West, Puerto Rico, Panamá, y en el Pacífico, por una
recta que, partiendo de Vancouver, llega hasta la Australia.
¿Puede escapar Méjico a este círculo de hierro?
El Canal de Panamá es una obra imperialista, no económi-
ca. No llegará a rentar la mitad de los gastos de entreteni-
miento de la empresa. Han faltado los Estados Unidos al Tra-
tado de Clayton-Bulwer, conforme al cual se comprometieron
a no ocupar ni colonizar territorio centroamericano; se han
opuesto a la neutralización del Canal, a diferencia de lo hecho
con el de Suez...
La isla danesa de Santo Tomás es una cuña puesta al do-
minio yanqui; pero los yanquis no se atreven con ella, porque
detrás de ella están los fuertes, los alemanes... Por eso quiereu
duplicar su flota.
El imperialismo yanqui carece de idealismo. L a llamada
150 LA "ESFAÍlíA MOÍJJSBÍÍA

doctrina de Monroe, es una impertinencia internacional, cómo


declaraba Bismark. El monroísmo panamericanista no tiene
fundamento, porque los pueblos que ocupan América carecen
de afinidad espiritual de Norte a Sur. Con afinidades geográ-
ficas, con relaciones de vecindad, no se funda unión de pue-
blos; son los vínculos de sangre, el sentimiento de solidaridad
de raza y de historia lo que justifica tales uniones.
El monroísmo no está aceptado. Los suramerioanos Drago
y Lugones, han defendido los fueros de la América latina, sin
necesidad de hostilizar los sentimientos europeos ni aceptar
la tutela de los Estados Unidos. Lugones ha propuesto que en
caso de guerra intracontinental, se reconozca la integridad del
territorio y de las instituciones americanas. Ha planteado así
uñ gran problema: el del reconocimiento del derecho de los
pueblos a la vida, del derecho a la patria en el Derecho inter-
nacional, así como en el Derecho público se han reconocido los
derechos del hombre...
El doctor Zeballos, ilustre argentino, declaró que la doc-
trina de Monroe es inaplicable a ¡a Argentina. Esta se basta
a sí misma. Y lo dijo ante Rooseveli, en el mismo Buenos Ai-
res. Séame permitido recordar la gratitud que los españoles
debemos al doctor Zeballos, por sus campañas a favor de Es-
paña.
Europa no ha reconocido el monroísmo. Gran Bretaña,
Alemania, Francia, han intervenido en América varias veces.
El almirante Mahan ha dicho que la doctrina de Monroe
está a merced de Alemania. Así decía un artículo dirigiéndose
al Congreso para que votase los créditos para construir acora-
zados: «La doctrina de Monroe no tiene más apoyo que el de
la marina, y el peligro que corre esta doctrina de ser reducida
a la nada, si no parece inminente, no es, sin embargo, imagi-
nario. En dos ocasiones recientes se nos ha advertido que la
hostilidad actual de Alemania contra Inglaterra podría ser
amortiguada si esta última rechazase la doctrina de Monroe.
Y nó porque la Gran Bretaña desee nuevos territorios, sino
LA AUÉSIOA MODBRHA 151

porque no se oponga más a los proyectos eventuales de Ale-


mania de adquirir nuevos territorios en el nuevo continente.
Una inteligencia de esta naturaleza, equivaldría a la de la
G-ran Bretaña y Francia, por la cual los franceses han obtenido
su libertad de acción en Marruecos. Inglaterra podría llegar a
dejar las manos libres a Alemania en América para apartar de
sí el peligro alemán. Es preciso, pues, que América se proteja
ella misma, y para eso le es necesario una potente marina.»
Después de estos ataques, dirigidos por los Estados Unidos
a Colombia, Ecuador, Nicaragua y Cuba, viene la última aza-
ña del imperialismo yanqui: la guerra á Méjico. Dejemos las
desmembraciones territoriales de ayer y vamos al presente.
La acción de los norteamericanos en la guerra civil mejica-
na salta a la vista. Los mismos diplomáticos mejicanos lo de-
claran.
El ministro de Méjico en Bruselas, el Sr. Pereyra, así lo
dice en la Revue Sur Americaine. No se podría reconocer beli-
gerancia a los rebeldes porque no llenan los requisitos exigi-
dos. El territorio ocupado por la rebelión es de 612.000 kiló-
metros cuadrados, y Méjico tiene cerca de dos millones; la po-
blación del territorio en rebeldía tiene 1,4 millones de habi-
tantes, y la República cuenta con 15 millones.
Méjico es un país progresivo. Su comercio exterior, que de
1872-1873 era de Bl millones de pesos, llegó a 496 millones
en 1912-1913.
Prescindo de otras estadísticas económicas. ¿Dónde está el
fundamento de la guerra contra Méjico? Sólo en la brutalidad
de unos políticos yanquis.
Claramente lo ha dicho Ángel Marvaud, el publicista fran-
cés: «Wilson tiene una política menos brutal en sus procedi-
mientos que la del presidente Roosevelt; pero le sobrepasa en
amplitud de ambiciones: «ía máscara de falso hupianitarismo,
con que se cubre la hace más inquietante y peligrosa.*
El presidente Wilson empeñó «su propia honra», la de su^í
compañeros de G-obierno, como prenda de sus intenciones pa-
152 LA KSPAÑA MODERNA

cíficas, de sa amistad fraternal para las Itepúblicas latíno-


amerioanas.
No quiero calificar su conducta; pero, ¿me será lícito pre-
guntar si el honor político del presidente yanqui no está en
pleito?
Después del imperialismo político y del económico yanquis,
éste último, con sus «truts» ferroviarios en la América del Sur;
cOn sus Sociedades de procedimientos fraudulentos, que que-
dan descritos, reflexionemos un momento sobre la situación de
la América española.
La unión de las poderosas Repúblicas suramericanas es una
exigencia de su propia vida. La alianza de A. B . C , es decir,
de Argentina, Brasil y Chile, será un muro de contención para
el absorbente imperialismo norteamericano. Los españoles, y
más aún los latino-europeos, no podemos, no debemos permane-
cer indiferentes a tal movimiento. Yo bien sé que la salvación
de la cultura española está en América, en la América latina;
pero es que la cultura española, cultura latina es. Más que ibe-
rismo o hispanismo, hay que hablar de latinismo. El mundo
potente, ayer romano, es hoy germano-eslavo en magnitud.
Debemos exaltar el alma latina defendiendo ahora el alma me-
jicana que quiere vivir, que alma mejicana, alma española es,
alma latina.»
«
* *
Dos pensamientos:
«Ninguna conquista puede durar en el mundo s i n o es bien-
hechora para los vencidos y los vencedores al mismo tiempo.
Los romanos dominaron el mundo y le mantuvieron bajo su
poder porque pudieron gobernarle bien... Ninguna propiedad
es eterna, fuera de Dios, del Creador.» Así escribe Carlyle.
«¡Subid, venid del Oriente, de los puertos guardianes de
Levante! ¡Subid, venid del Sur, bohemios del Cabo de Hornos,
veloces lanzaderas que de continente a continente tejéis la tra-
ma de un Imperio!» Así escribe Kipling.
Veamos ahora lo que es el imperialismo inglés.
LA AMÉRICA HODERNA 153

Las dos corrientes opuestas que han dominado el pensa-


miento político y económico del pueblo inglés, durante el si-
glo XIX, han sido el utilitarismo y el idealismo—Bentham y
Carlyle, Ricardo y Ruskin, Cobden y Cecil Rhodes,—mau-
chesterianismo e imperialismo. Al historiar Schulze Gaever"
nitz el movimiento imperialista británico, señala estas dos co-
rrientes como pensamientos fundamentales que comparten la
preocupación de la conciencia británica, y determinan la serie
de oposiciones habidas en su vida interior e internacional (1).
Alma del utilitarismo es el individualismo, cuyas oonoep-
ciones aplica hasta los últimos límites. Libre cambio, libre
concurrencia, emancipación colonial, renuncia a toda política
militar, negación délas anexiones territoriales, pacifismo...
Tipo representativo de estas ideas fue Cobden. En todas
sus manifestaciones políticas reflejaba el individualismo más
cerrado. Cuando de cuestiones coloniales hablaba, decía, por
ejemplo, refiriéndose al dominio inglés en la India, que eso era
una aventura que sólo podía conducir a la perturbación, al
desengaño y hasta el mismo crimen. La federación de las pro-
vincias del Canadá la saludaba como el primer paso que había
de conducir a un amistoso divorcio. Nada de ejército ni de
flota: una invasión francesa no había que temerla. «¿Eran los
franceses ladrones o asesinos?» Según Cobden, bastaba un ejér-
cito improvisado de trabajadores de las fábricas para conjurar
todo peligro.
Estas ideas se teñían en John Bright con el color religioso
del ouakerismo. Sus palabras rememoraban el estilo bíblico,
convertido en arte político entre los partidarios de esta ten-
dencia.
No obstante, la ortodoxia individualista que se extendía
teóricamente a tantos órdenes de la vida pública, no se apli-
caba en Inglaterra, dado el buen sentido político nacional,

(1) G. V. Schulze Gaevernitz: Brüischer Imperialismus und englíscher


Freihandel zu Beginn des zwangzigsten Jahrhunderts. Leipzig, 1S06.
154 Lk 1S8PASA MUDISKISA

sino cuando coincidía con los intereses británicos; caso de con-


tradicción, eran inmediatamente rechazadas.
La idea imperialista ha triunfado sobre las concepciones
manchesterianas; pero el nuevo imperialismo se diferencia de
la política de dominio internacional de Inglaterra en que
aquél se funda sobre bases democráticas, y está tan separado
del viejo mercantilismo como del parlamentarismo aristocrá-
tico del siglo xviii (1).
La preparación sentimental para el imperialismo en el
pueblo inglés, estaba fundada por su historia y por la vida de
su pueblo trabajador. Inglaterra tiene una tradición guerrera
mayor que la de ningún otro pueblo de Europa. Durante dos-
cientos años ha librado guerras ininterrumpidas; es el pueblo,
como K a n t decía, más guerrero y violento. El pacifismo no
podía echar raíces en la conciencia popular; sólo las'individua-
lidades débiles y dadas al emotivismo místico podían predicar
la paz sin encontrar partidarios. El pueblo inglés, encerrado
en la fábrica y en la ciudad, siente la nostalgia del campo,
que, para la mayor parte, es un lujo difícil de alcanzar. Su
pasión por los horizontes dilatados, por la tierra nueva, vir-
gen de privilegios que la vinculen en manos privadas. El can-
tor de las colonias, de la tierra virgen y de las mujeres fecun-»
das, el imperialista Kipling, es el símbolo del sentimiento in-
glés, amante de la expansión y de la fuerza. ¿Podría encon-
trarse una preparación más adecuada de los sentimientos?
Por otra parte, el tipo medio del inglés, el representativo,
como dice Schulze Q-aevernitz, no concibe que su relación con
el imperio mundial está fundada exclusivamente en los prin-
cipios de los libros de contabilidad por partida doble; siente
que existe una relación de poder divino, que constituye un va-
lor, aun prescindiendo de su utilidad económica.
El ejemplo de Alemania, que sobre su gran obra política
de fundación del Imperio realizó la obra económica de su flo-

(1) Schulze Gaevernitz: Britischer Imperialismus...


LA AMÉRICA MODERNA 155

recimieiito, fue como un aire que desde el continente soplaba


sobre Inglaterra, y hacía crecer la planta del imperialis-
mo (1).
De las entrañas espirituales del pueblo inglés brotó una
nueva fuente que había de aumentar el caudal de la corriente
imperialista; Carlyle fue quien la alumbró.
Carlyle era todo espíritu; proyectaba hasta el fondo de la
vida material la luz de un alma todo religión y todo fuerza.
Opuso a la pura concepción económica del cálculo, de la ga-
nancia y de la pérdida, como determinante de todo acto, un
ideal supereconómico. A Carlyle se le señala como padre del
pensamiento imperialista. A la concepción mecánica y mate-
rialista de la Economía clásica, opone el factor político e his-
tórico-espiritual en primera línea; las colonias son el campo
de cultivo para el espíritu humano, campo inmenso donde la
expansión espiritual tendrá inmensos horizontes; por encima
de los individuos está la nación, cuya conexión no descansa
en el cálculo económico, en los intereses, sino en el sentimiento
y en la voluntad; que así está unido Inglaterra sobre los ma-
res, mediante el idioma común, la Historia e ideal de cultura;
las naciones fuertes no tienen sólo el derecho, sino el deber,
de dominar los pueblos débiles en parte y en parte expulsar-
les, sin repugnar el trato patriarcal; las naciones más fuertes
son aquellas que ponen en actividad el Estado fuerte para sus
fines, y es históricamente el desenvolvimiento del poder mili-
tar la más antigua actividad del Estado.
Carlyle describe las grandes conquistas y los Estados que
se formaron en bien de la cultura humana; discute el derecho
a la posesión de la tierra a los que no saben utilizarla; presen-
ta al europeo sin tierra y las tierras vírgenes que esperan los
brazos que han de hacerlas producir; recuerda a los grande»
caudillos que condujeron a pueblos que se apiñaban en el vie-
jo solar, a la conquista de nuevos países. Las páginas litera-

(1) Sehulze Gaevemitz: Britischer Imperialismus.


156 LA KBPASA MODERNA

rias de Carlyle son páginas en las cuales el germen de vida se


derrama por todas partes; son alma de creación.
El movimiento imperialialista universitario está represen-
tado por el profesor de Camoridg, Seeley. Su libro sobre la.
expansión de Inglaterra es el catecismo del imperialismo in-
glés (1). Carlyle y Saeley han influido de tal manera en el pen-
samiento de los intelectuales ingleses, que la producción de li-
teratura imperialista viene a ser de lo más copioso en política,
literatura, poesía y filosofía.
Los principios del imperialismo británico los sintetiza
Schulze Gaevernitz de la manera siguiente:
El imperialismo, en oposición a la concepción manchesteria-
na que se agota en un cerrado economismo, coloca los valores
culturales en primera línea; es una creencia que capacita para
el sacrificio; pertenece a esos esfuerzos por la cultura de que
hablaba Disraeli: «Hacer naciones grandes y separar al hom-
bre del animal.» En esto estriba su poder. Distingue entre las
colonias de establecimiento y las de plantación, considerando
aquéllas ([Link], Canadá, África del Sur y en parte las In-
dias occidentales) como miembros de un todo nacional viviente,
cuyos sentimientos son de comunidad nacional, a pesar de las
diferencias entre coloniales e ingleses. En segunda línea co-
loca el imperialismo los intereses económicos. E n este orden
considera las colonias como el mejor mercado pa,ra la me-
trópoli.
P a r a conseguir la afirmación de esta unión cultural y eco-
nómica, son necesarios dos medios políticos de poder: ejercito
y flota, sobre todo esta última; de ella depende no sólo la de-
fensa nacional, sino también el porvenir del anglosajonismo en
el África del Sur y en Australia. La flota inglesa ha de ser tan
fuerte como las flotas reunidas de las dos potencias más fuer-
tes en el mar. Para la realización de este programa se ha de
traer a contribución el esfuerzo de las colonias. La forma ade-

(1) Seeley: The expansión of England. 1883.


LA AMÉRICA MODERNA 157

cuada para la oonsolidacióu política del Imperio británico


ofrece difíciles cuestiones de técnica constitucional, pero no
•on insolubles; el principio federativo, las soluciones descen-
tralizadoras compatibles con la unión del Imperio, dependen
más del sentimiento común y de la voluntad colectiva que de
la existencia de fórmulas suficientes. El imperialismo británi-
co sueña con extender su comunidad cultural hasta los Estados
Unidos, dada la unión que entre Inglaterra y Norte-América
existe, económica e históricamente.
El imperialismo británico asocia a su dominio una misión
cultural, aun en aquellos pueblos que no pueden constituir una
nacionalidad inglesa, como la India. Procura la paz en los paí-
ses sometidos, la buena administración, el fomento económico.
La campaña colonizadora de lord Oromer, el reorganizador de
Egipto, se aduce como una ejecutoria de la acción imperialis-
ta inglesa, sin recordar otros ejemplos. Los intereses económi-
cos de Inglaterra salen favorecidos, aunque no perciba ningún
tributo colonial, sólo con el dominio de los mercados colonia-
les conseguido por la economía nacional británica.
El imperialismo británico tiene dos grandes oposiciones in-
ternacionales: la rivalidad con Alemania, de naturaleza pre-
dominantemente económica, y los conflictos con Rusia origi-
nados por la construcción geográfica del Imperio ruso. E n
Oriente y en el extremo Oriente choca la expansión rusa con
la influencia inglesa; los acuerdos internacionales resuelven
temporalmente los conflictos, pero hasta ahora no están defini-
tivamente resueltos.
El programa económico del imperialismo no ocupa el pri-
mer lugar en las ideas imperialistas. La idea central del
imperialismo está constituida por valores políticos, valores
culturales. No obstante, existe \in programa económico, im-
perialista.
El imperialismo británico se aparta de los programas es-
cuetamente económicos, los cuales no comprenden siempre los
intereses superiores de la nación. «He reconocido siempre que.
158 LA ESPAÑA MODKKNA

conservando la libertad de comercio, habrá más cheques en la


Olearinghouse y los rendimientos del impuesto sobre la renta
aumentarán. Pero, ¿no hay nada más grande que esto? Pode-
mos crecer en riqueza; pero, a pesar de esto, nuestra misión
nacional puede desaparecer.» El ilustre estadístico Robert Q-if-
fen, considera como una necesidad, fundada en principios de
política nacional, el apartamiento del libre cambio. En políti-
ca de emigración, preconiza el enoauzamiento de la corriente
hacia las colonias inglesas de establecimiento. Reforzar los
lazos de intereses entre la metrópoli y las colonias, más aún
de lo que en la actualidad están, es una exigencia para la con-
tinuación del Reino británico. El crecimiento de la población
blanca de los Estados Unidos y de Alemania, hace pensar en
la necesidad de fomentar la población británica, para no que-
dar en condiciones de inferioridad. Sólo el crecimiento de la
población colonial puede resolver el problema. Los mercados
británicos deben reservarse para el Imperio. El sistema de los
premios a la exportación colonial o de tarifas de favor para la
exportación colonial dirigida a mercados ingleses, son los pro-
cedimientos recomendables para conseguir la unión comercial
del Imperio.
El régimen colonial de otros Estados imperialistas, como
Alemania y Francia, establece el principio proteccionista—
Francia, de una manera muy cerrada para sus colonias de ré-
gimen de asimilación,—anticipándose al programa imperialis-
ta británico.

Las interesantísimas relaciones que en estos últimos años


se nos han hecho acerca de los polos, hacen pensar en lo que
esas inmensas soledades atesoran para la familia humana. El
descubrimiento de ambos polos ha contribuido a despertar un
gran interés y a que se envíen expediciones bien equipadas,
con el fin de estudiar las tierras recientemente descubiertas y
LA AMÉRICA MODERNA 159

determinar—si fuese posible—el valor real que representan


para las uaoiones civilizadas.
Desde el advenimiento del hombre, el vestido ha reclamado
especial atención. Hace largo tiempo que algunas de las tie-
rras menos alejadas de los círculos ártico y antartico han con-
tribuido con material propio para trajes en los pueblos de cli-
mas más templados, y dado caso que las exploraciones polares
no dieran otro resultado que el de aumentar la fuente de abas-
tecimiento, sus esfuerzos no serían inútiles.
Cuando el viajero llega a Punta Arenas—el punto más me-
ridional del mundo—se maravilla al contemplar las primoro-
sas pieles que se exhiben en el Museo de aquella localidad. Si
toma un vaporcito que atraviesa el Estrecho de Magallanes y
desembarca en alguna isla desierta, tendrá ocasión de ver a
los indios ona ostentando mantas de magníficas pieles. Estos
miembros semicivilizados de la familia humana, expuestos a
las heladas corrientes de aire procedentes del Antartico y a
las tempestades que reinan en los alrededores de Tierra del
Fuego, emplean los cueros y pieles de animales para resguar-
darse de los rigores del frío. Pocos son los pueblos que se ha-
llan tan alejados de todo contacto con el mundo culto, lo cual
no obsta para que los indígenas se vistan y cubran con pieles
semejantes a las que gasta la nobleza europea, muy solicitadas
y apreciadas por los príncipes de la banca y por las damas más
encopetadas que se visten a la última moda.
Allá por los tiempos de Marco Polo, este famoso viajero
hablaba de las magníficas pieles que llevaba el K h a n de Tar-
taria, y la historia de las luchas de las colonias americanas
esta entretejida de cambalaches con los indígenas para obte-
ner valiosas pieles. El interesante relato acerca de la inmensa
fortuna de una familia americana, se relaciona con el canje de
instrumentos de música por espléndidas pieles.
Hoy día, la popularidad de las pieles como un traje o pren-
da de vestir—sobre todo entre las señoras—ha llegado a ser tal,
que los cazadores se lanzan anualmente y penetran en los de-
160 LA ESPAÑA MODERNA

«ertos bosques, guaridas y moradas de las fieras y animales


más temibles. El área en donde se encuentran y multiplican es-
tas fieras y animales que contienen valiosas pieles se [Link]-
nuyendo gradualmente, a medida que la civilización avanza.
E n términos generales, no hay más que cuatro clases de
animales que nos surten de pieles adecuadas para el consumo
doméstico, las cuales se conocen por carnívoros, rodentea, un-
gulados y marsupiales. Las dos primeras son las más impor-
tantes. La primera clase comprende las zorras, osos, martas,
armiños, gatos, leones, leopardos y otros semejantes; la segun-
da comprende chinchillas, conejos, ardillas, nutrias, castores,
etcétera. El grupo conocido por ungulados comprende varias
clases de corderos, cabras y jacas, en tanto que la última cla-
sificación incluye los canguros y otras especies de marsupiales.
La creciente demanda de pieles de todas clases da lugar,
naturalmente, a que se hagan consultas acerca de las fuentes
de abastecimiento y de su duración. La continua guerra que
se ha hecho a los animales que tienen pieles útiles al hombre
ha disminuido considerablemente—y aun ha llegado a agotar—
muchas razas; pero en muchos casos la Naturaleza ha rodeado
algunos animales de condiciones climatológicas en las cuales
no es posible que el hombre pueda vivir, y cuando se atreve a
penetrar en el dominio de esos animales, pronto se encuentra
obligado a retroceder hasta climas más benignos. Hace tiempo
que la región ártica viene siendo la fuente de abastecimiento
de algunas de las pieles más finas, tales como las de zorra y ce-
bellina, marta, armiño, nutria, foca, etc., y se dice que mien-
tras más frío el lugar, más finas son las pieles del animal que
allí habita.
Los descubrimientos de Amundsen, S c o t t y Shackleton, en
las vastas regiones del Polo Sur, es probable que proporcionen
al cazador de estos animales una oportunidad de caza con la
cual jamás soñaron, sean cuales fueren las condiciones clima-
tológicas que prevalezcan en el Polo. E n un artículo de tan
cortas dimensiones no es posible entrar en detalles relativos a
LA AMÉRICA MODERNA 161

los animales ni a los lugares en donde se enoneutran, y de abí


que sólo se mencionen unas cuantas regiones de las cuales pro-
ceden las pieles que en el comercio se consideran más valiosas.
La foca se encuentra muy hacia el Norte, especialmente en
las islas de Pribilof y Copper, en la costa de Alaska. Tam-
bién se cazan en el extremo Sur, cerca del Cabo de Hornos, en
las Islas Malvinas, Falkland, y hacia el Norte, en las islas de
Lobos, cerca de la desembocadura del río La Plata. La foca
peluda produce aceite y cuero, más bien que una buena piel;
pero de algunas de las clases superiores se hacen abrigos, que
son excelentes, sobre todo en tiempo húmedo o lluvioso.
En la clasificación de pieles valiosas, la chinchilla se en-
cuentra en las elevadas faldas orientales de los Andes, a una
altura que varía desde 8.000 hasta 12.000 pies sobre el nivel
del mar, y también se encuentra en algunas partes del Perú,
Bolivia y Chile. Este animal es mamífero, roedor y saltador;
se asemeja un tanto a la ardilla común, sobre todo mientras
está comiendo, cuando se levanta sobre las patas traseras. Por
lo general, tiene unas 10 pulgadas de longitud, sin incluir la
ijola. La piel es de color gris, suave y sedoso. La chinchilla se
entierra en el suelo, y algunas veces hace tales surcos, que re-
sulta peligroso andar a caballo por los lugares donde se hallan.
Los indios de las mesetas andinas, que son los principales ca-
zadores, emplean perros, y con frecuencia usan el grisón, ani-
mal de la familia de la comadreja, al cual enseñan a entrar en
las grietas de las rocas, en donde, por lo general, se encuentra
la chinchilla durante el día. Algunas de las casas más empren-
dedoras mantienen agentes viajeros o compradores en el lugar
mismo durante la estación más propicia para los embarques,
que es de Enero a Julio. Las primeras pieles de chinchilla fue-
ron enviadas a Europa a principios del siglo xix, y desde en-
tonces su precio ha venido ascendiendo gradualmente hasta el
presente, en que una docena de pieles buenas cuesta 150 pesos.
La nutria es un roedor pequeño, que se asemeja mucho al
castor común de los Estados Unidos. Se encuentra en muchas
E. M.—Junio 1914. 11
162 LA ESPASA MODERNA

regiones templadas de Sur-América, y, por lo regular, eu los


ríos y otros manantiales de agua dulce. Cuando vienen a co-
mer a tierra, por la tarde, la hembra lleva sus hijos a cuestas,
coa admirable inteligencia y cuidado. Las patas traseras de la
nutria son palmípedas. Este animal se alimenta principalmente
de las plantas que encuentra a su paso a lo largo de los ríos y,
a diferencia de su prototipo en los Estados Unidos, no cons-
truye represas, por más que ambas tienen muchos hábitos
idénticos.
Su piel antes no tenía gran demanda; se exportaba a Eu-
ropa y América, y se usaba principalmente en la fabricación
de sombreros. Aun en la actualidad, los sombreros de felpa
más valiosos, con frecuencia, se componen completa o parcial-
mente de piel de nutria. Sin embargo, la creciente escasez de
todas las clases de pieles ha obligado a los comerciantes en el
ramo a consagrar mayor atención a dicho animal. Gracias a
los métodos modernos y a las notables mejoras introducidas en
el arte de la modista, en la actualidad pueden hacerse exce-
lentes abrigos de señora, manguitos, capas, esclavinas, guan-
tes, etc., de la piel de nutria, en tanto que las calidades infe-
riores se utilizan para forros en la hechura de trajes de invier-
no, etc.
El tamaño de la citada piel, una vez que se ha preparado
en forma, es de unas 20 pulgadas de largo por 12 de ancho, y
en los mercados se vende desde 40 centavos hasta 1,B0 pesos,
según la calidad. La longitud de esta piel es, aproximadamen-
te, la mitad de la del castor, y es también mucho más delgada
y más tosca.
La viscacha es otro mamífero de Sur-América,pertenecien-
te a la clase de los roedores, que se encuentra en las Pampas
argentinas y, principalmente, entre el río Uruguay y el río
Negro, en la parte meridional de la República Argentina. Es-
tos animales hacen sus madrigueras en montículos que tienen
varios centenares de pies cuadrados; se ocultan en ellos eu va-
rias direcciones, y, por lo general, salen de noche en busca del
LA AMÉRICA MODERNA 163

alimento que les proporcionan las hierbas, semillas y raicea.


Tan luego como ven que una persona se aproxima, salen pre-
cipitadamente y se meten en sus madrigueras, y si los persi-
guen, lanzan un como gruñido. Los alrededores de sus peque-
ñas aldeas—que en aquella ciudad se denominan «viscache-
ras»—están completamente limpios y exentos de toda vegeta-
ción, siendo así que estos animales roen todo lo que encuentran
y lo amontonan eu sus terrenos.
La vicuña, valioso animal que se encuentra en las altipla-
nicies o mesetas del Perú, Bolivia y Chile, da una piel bastan-
te grande y bonita que se adapta admirablemente para tape-
tes, mantas de viaje, túnicas y otros usos domésticos. Este
animal es una especie de carnero suramericano, y se asemeja
al guanaco, que so encuentra más hacia el Sur, pero su piel es
más corta y de mejor calidad. El que esto escribe recuerda con
agrado el rato que pasó en Bolivia cuando compró algunas ex-
celentes pieles a los indios, por un precio sumamente módico.
La piel de vicuña es de color moreno dorado, muy brillan-
te y tornasolado, y los tintes claros luego se hacen un tanto
oscuros. Los naturales del país, así como los extranjeros, con-
sideran muy valiosa esta piel, y cuando éstos salen del país
compran siempre algunas hermosas pieles de vicuña, seguros
de que han de ser muy preciadas y útiles en las frías latitudes
del Norte.
Las focas que producen pieles se dividen en dos clases ge-
nerales, a saber: la de los mares septentrionales, pertenecien-
tes al género de las Callorhimy, y la de la región meridional o
antartica que pertenece a la familia de los Artocéfalos. Estos,
a su vez, se subdividen en pequeños grupos, que en las dife-
rentes localidades se conocen por distintos nombres.
Las focas que se encuentran en la isla de Lobos, en la des-
embocadura del río Plata, y las que existen en las islas adya-
centes al Cabo de Hornos, pertenecen al grupo de las otarias
australes, y los países a los cuales pertenecen las islas, a saber,
el Uruguay, la Argentina y Chile, impiden el exterminio de
164 . LA KBPASA MODKKMA

las focas. Aunque dan una piel igual a la conoi^ida en el co-


mercio, el negocio no se ha desarrollado tanto en estas islas
como en las regiones septentrionales, donde habitan y se crían
las focas. La familia de las úrsidas otarias, del mar de Bering,
del mar de Okhotsk y de las islas Oommander, se conocen me-
jor en el mundo comercial, y dícese que producen pieles de su-
perior calidad. En 1897, en los alrededores del Cabo de Hor-
nos sólo se obtuvierou 1.265 pieles; en las islas de Lobos, du-
rante el mismo período de tiempo, se obtuvieron 12.791, en
tanto que el total en todas las islas del mar de Bering en 1897
excedió de 72.000.
Debido a la política comercial adoptada por el departamen-
to de Comercio de los Estados Unidos, bajo la administración
del Sr. Redfield, el mercado de pieles de foca de Londres se
ha trasladado, en gran parte, a San Luis, Missouri, ciudad que
está llamada a ser uno de los principales emporios del mundo,
para este comercio. Antes de mucho tiempo—y por vez prime-
ra en la Historia,—la piel de foca de Alaska, así como otras
muchas pieles, se encontrarán de venta en el mercado de San
Luis. Hasta ahora había sido costumbre vender las pieles de
Alaska en Londres; pero, como se ha dicho, el departamento
de Comercio ha logrado que el mercado extranjero se trueque
en un mercado doméstico, y se cree que al convertir a San Luis
en el mercado de pieles de foca más importante del mundo mu-
chas otras industrias obtendrán notables beneficios. Las ven-
tas anuales atraerán a los peleteros y comerciantes de todas
partes de Europa y América, en tanto que los tintoreros, cuya
industria constituye una de las importantes empresas de Lon-
dres, acudirán naturalmente al nuevo centro mercantil, en el
cual pueden ponerse en íntimo contacto con los que tienen la
materia prima.
La nutria de mar no sólo es la piel más valiosa, sino tam-
bién una de las más fuertes y duraderas. Es verdaderamente
primorosa, y sus colores varían desde castaño gris hasta el ne-
gro más brillante, siendo así que muchas de ellas tienen cierto
LA AMÉRICA MODERNA 165

rocío de plata, que aumeuta notablemente su belleza. La nutria


está escaseando más y más cada día, y, por tanto, resulta mas
costosa. Dícese que una sola piel, que tenía 25 pulgadas de lon-
gitud por 40 de ancho, se ha vendido en 2.000 pesos. Eneuéa-
transe en los Océanos más fríos. La chinchilla, foca, marta, zo-
rra negra y zorra blanca duran menos que la nutria de mar.
Entre las pieles de menos valor, la del castor es la que más
dura, y luego la mofeta, visón, corderina, marta, nutria, ardi-
lla, lince, etc.
El comercio de pieles se presta a que los mercaderes poco
escrupulosos cometan muchos abusos, por ser muy contadas
las personas que pueden distinguir una piel verdadera de otra
que no lo es. Entre otras imitaciones, las prendas de vestir de
piel de conejo con frecuencia se venden por piel de foca. La
nutria de los Andes también se vende como piel de foca ver-
dadera, y otras veces, como nutria de mar o piel de castor. La
piel de conejo blanca, a menudo se vende por piel de zorra blau-
.ca, y una de las precauciones que el comprador debe tener es
fijarse en que la piel de conejo no tiene una espesa lana in-
terior.
A continuación se citan algunas de las imitaciones y falsi-
ficaciones que venden los comerciantes que no son de confian-
za: Las pieles de conejo blancas suelen venderse por armiño,
y cuando están teñidas, por chinchilla; la piel de cabra teñida
se vende por piel de oso, leopardo, etc.; la de visón se vende
por marta; la de nutria del mar, por foca; la de marmota teñi-
da, se ofrece en el mercado como visón o marta; la cabritilla
se vende por piel de cordero, y las pieles fabricadas y teñidas
de todas clases se venden cual si fueran naturales.
En todas las regiones del mundo donde existen animales de
piel valiosa, la caza proporciona empleo para un verdadero
ejército de aventureros, y en las fábricas también se encuentra
un ejército aún mayor de obreros. Es innegable que esta in-
dustria crece y que cada dia reviste mayor importancia. La
carestía de la vida también se refleja en el comercio de pieles,
166 bA ESPASA MODERNA

debiendo añadirse que en las regiones más frías de América


la demanda y uso de las hermosas y caras prendas de vestir
no se limitan exclusivamente a la gente acaudalada. Se usan,
no sólo por su belleza, sino también porque resguardan más
del rigor del viento glacial en el invierno que cualquier otro
material. Por ejemplo, dícese qne, con excepción délas pieles,
en general, el paño que más resguarda del frío es uno antiguo
muy espeso, que en los Estados Unidos se denomina box cloth,
y, sin embargo, este último material sólo proporciona dos ter-
ceras partes—aproximadamente—del abrigo que realmente
ofrecen las pieles.
*
* *
El día 23 de Noviembre de 1913 se tendieron los últimos
rieles que unen a Puerto Montt, en la parte meridional de
Chile, con Iquique, puerto situado en la región más septentrio-
nal de aquella República. Las iiltimas millas de esta sección
de Puerto Montt, latitud 41° 29' (Sur), hasta Santiago, situa-
da en latitud 33° 27', no se terminaron hasta el año pasado.
El tramo más antiguo se conocía por ferrocarril Central de
Chile, que durante muchos años hizo el transporte comercial
del hermoso valle central del país, y, finalmente, puso en co-
municación con la capital varios puertos marítimos y valles de
la cordillera.
De Santiago a Valparaíso hay una distancia de 187 kiló-
metros. Si bien esté ferrocarril—que es uno de los más anti-
guos de Sur-América—pertenece al Central, sin embargo, cons-
tituye una parte del Longitudinal, que es un eslabón entre el
Norte y el Sur de la Eepúblioa. De Valparaíso a Puerto Montt
hay una distancia de 1.396 kilómetros. Esta obra se puede ci-
tar como un notable ejemplo de lo que un Gobierno puede
hacer en materia de construcción de vías férreas.
El ferrocarril Longitudinal hoy se extiende desde Valpa-
raíso hasta Iquique al Norte, o sea una distancia de 1.744 ki-
lómetros. Su sección septentrional, entre Iquique y Pueblo
LA AiaÉKICA MODERNA 167

Hundido, en el Sur, que tiene 710 kilómetros de longitud, es


la que se terminó recientemente. E n la sección meridional, o
sea Yerbas Buenas, 108 kilómetros al Norte de la población de
La Serena, fue donde se unieron finalmente los rieles y se ce-
lebró el acontecimiento el 23 de Noviembre de 1913.
El Gobierno envió de Santiago un tren especial por esta
sección meridional del ferrocarril Longitudinal, que condujo
los altos funcionarios que habían de tomar parte en las cere-
monias de la inauguración. E n ausencia del Presidente de la
República, el Sr. Enrique Bodriguez, ministro de Justicia e
Listrucción Pública, fue delegado para representarleen el acto
de aceptar formalmente, a nombre de la nación, el nuevo fe-
rrocarril, de que le hizo entrega la compañía constructora.
Concm-rieron, además, el Sr. Guillermo Illanes, director ge-
neral de Obras públicas, el Sr. Alejandro Q-uzmán, Director
general de Ferrocarriles, y muchos miembros del Congreso,
que fueron invitados especialmente. E l Presidente de la Repú-
blica demostró el interés y entusiasmo que la obra le inspira-
ba, en un telegrama en el cual decía lo que sigue:
«Experimento grau satisfacción por ver terminada duran-
te mi gobierno la obra magna del ferrocarril Longitudinal,
llamada a tener tan grande trascendencia en el progreso de la
nación, y, particularmente, délas provincias del Norte.
«Lamento que atenciones ineludibles me impidan concurrir
personalmente a la inauguración de ese ferrocarril, y he en-
cargado que lleve mi representación el señor ministro de Justi-
cia e Instrucción pública, D . Enrique Rodríguez, y exprese
en mi nombre los votos que hago por que esta obra correspon-
da a los anhelos de sus iniciadores y a las esperanzas que en
ella cifra el país.»
E n la mañana del 23 de Noviembre, otro tren especial sa-
lió de La Serena con rumbo a Yerbas Buenas, conduciendo
tanto los funcionarios del Gobierno como los del ferrocarril,
que habían de hacer la formal entrega del mismo, y también
las autoridades de las ciudades vecinas. El tren se detuvo en
168 LA ESPAÑA MODERNA

el kilómetro 117; pero del otro lado del espacio que quedaba,
por no haberse terminado la vía, esperaba otro tren procedeu-
te de Vallenar, situado al Norte. A las tres de la tarde, el mi-
nistro, en medio de los parabienes de todos los que le rodeaban,
puso el último clavo, hecho de plata maciza, que unió fir-
memente el riel restante, y entonces el tren pasó suavemente,
quedando así establecida la comunicación entre Santiago e
Iquique. Hubo brindis y discursos, y toda la comitiva regresó
a La Serena, donde continuaron las ceremonias de la cele-
bración.
E n el curso de estas ceremonias hubo una nota agradable:
varios funcionarios, así del Gobierno como del ferrocarril, en-
viaron a la señora del Campo de Montt, viuda del que fue P r e -
sidente de la República, una cordial felicitación, con motivo
de haberse terminado esta línea, que fue una de las empresas
nacionales en pro de la cual su esposo hizo los mayores esfuer-
zos, y de que le hubiera cabido en suerte hallarse ella viva el
día de su inauguración. También se le entregó una medalla de
oro para conmemorar el acontecimiento.
Este ferrocarril Longitudinal es otro de los muchos ejem-
plos del progreso ferroviario en la América latina. Cada na-
ción tiene un plan para ensanchar sus medios de transporte y
explotar nuevas regiones. Chile, no obstante las extraordina-
rias condiciones que distinguen su configuración, ha desplega-
do una actividad incansable en este sentido, y, por tanto, un
breve resumen del progreso de los ferrocarriles de la Repúbli-
ca, junto con la historia de esta sección septentrional, es inte-
resante en los momentos actuales.
El primer ferrocarril de Sur- América fue construido en
Chile. Su inauguración se efectuó el 4 de Julio de 1851, y puso
en comunicación las minas de plata de Copiapó con el Puerto
de Caldera. Esta línea la construj'ó William Wheelwright,
capitalista y contratista de los Estados Unidos. Cuatro años
después, Heury Meiggs comenzó los trabajos del ferrocarril
Central, al Sur de Santiago, y terminó la obra que Wheel-
LA AMÉRICA MODERNA 169

wrighfc había comenzado para el Gobierno chileno en la línea


que une a Valparaíso con Santiago, la que quedó terminada
en 1863. Durante este tiempo se hicieron mensuras y recono-
mientos en los Los Andes y se empezó realmente la oonstruc-
oión; pero el túnel que perforó las montañas completando la
obra no quedó definitivamente abierto hasta 1910. E n la ac-
tualidad se estudia la manera de aumentar las vías de comuni-
cación, pues no cabe duda de que antes de mucho tiempo deben
establecerse otros medios de transportes rápidos entre Chile y
la Argentina. A principios de 1913 se estableció la comunica-
ción regular con Puerto Montt.
Por más que el sistema de ferrocarril Longitudinal se
aplica teóricamente a toda la red ferroviaria del Norte y del
Sur de Chile, en la práctica se limita a la línea que se extiende
de Valparaíso a Iquique, la cual finalmente llegará hasta la
frontera septentrional. Este proyecto fue concebido en 1891,
durante la administración del Presidente Balmaoeda, y su
sucesor, el Presidente Jorge Montt, no [Link]ó. Sin embar-
go, hace poco, es decir, en 1906, el Gobierno hizo mediciones
por dos rutas, a saber: una a lo largo de la costa, para un fe-
rrocarril del tipo común; y la otra, más alta, sobre las colinas,
que exigía el empleo de cremalleras en varios grados de decli-
ve. Se ha adoptado la última ruta, y, con excepción de un cor-
to tramo, al Norte de Valparaíso, toda la línea tiene un metro
de entrevia.
E n 1910 se le confió la construcción de la sección del Sur,
hasta Copiapó, al Howard Syndicate, compañía constructora
que comenzó los trabajos inmediatamente, y que, según puede
verse, terminó su obra dentro del plazo estipulado. Hay 66
kilómetros de cremallera, o sea el" 11 por 100 de la sección del
Sur, cou un 6 por 100 de declive, en tanto que en el resto de
la línea el máximo declive es 3 por 100. Fue necesario cons-
truir muchos túneles y puentes para vencer las dificultades que
esta ruta ofrecía. Los contratistas, Sres. McDonald, Gibbs y
Mo Dougall, empezaron también los trabajos en 1910 en la
170 LA ESPAÑA MODEENA

parte septentrional, bajo idénticas condiciones, debiendo ad-


vertirse que también en este caso la construcción fue termina-
da antes del vencimiento del plazo fijado. Ya se ha conseguido
todo el material rodante, j los otros elementos necesarios para
continuar la explotación de la línea.
Por más que puede decirse que toda el área recorrida no es
muy fértil, se oree, sin embargo, que atesora muchos produc-
tos minerales, debiendo tenerse en cuenta que el ferrocarril
pasa por algunos valles que han venido cultivándose durante
muchos años. Además, se han establecido algunas compañías
mineras a poca distancia de la línea, las cuales ahora tendrán
mayores facilidades para transportar sus productos a los mer-
cados consumidores. Algunos ramales se extienden de estas
regiones, que hasta ahora se hallaban bastante aisladas y apar-
tadas hasta puertos de la costa del Pacífico,'y como el ferro-
carril Longitudinal atraviesa todas esas líneas cortas, podrá
participar del tráfico de éstas.
El ferrocarril Longitudinal pasa por los siguientes impor-
tantes puertos chilenos: Calera, Serena Coquimbo, Huasco,
Carrizal, Caldera, Chañaral, Taltal, Antofagasta, Mejillones,
Tooopilla, Patillos e Iquique. Algunos son puertos salitreros,
y por otros se embarcan diferentes minerales; pero es evidente
que este nuevo eslabón ferroviario redundará en beneficio de
todos. En la actualidad puede hacerse el viaje por ferrocarril
de Santiago a la Paz, y, por lo tanto, se puede hacer también
desde Buenos Aires. Chile tiene sobrada razón para enorgulle-
cerse de que el ferrocarril Longitudinal agregue un eslabón
más al gran sistema de ferrocarriles suramericanos.

VICENTE GAJT,
Profesor en la Universidad de Valladolid.
ti^^VIHlA DE REVISTAS

SUMARIO.-^BELLAS ARTES: Ei vidrio en la antigüedad.=LITBRATÜRA:La


técnica del verso francés.=ANBODÓTICA: Mistificaciones célebres.=
CosTUMBKBs: ¿Somos más felices que antiguamente?=CRÍTioA: Tar-
tarln «;enfoncé>.=lMPRBsiONBS Y HOTAS: Higiene de la iiabitación.—
El conocimiento del porvenir.—La personalidad de ultratumba.—Las
aptitudes profesionales.—Dos embajadores de España en Rusia.

BELLAS APtTES

E L VIDEIO EN LA ANTIGÜEDAD.—Como primicias de su libro


El decorado del vidrio, ofrece Luciano Mague a los lectores de
la Revue Bleue el capítulo referente al empleo de! vidrio en la
antigüedad.
E n esto, como en casi todos los orígenes de la industria,
hay que acudir al Egipto, que conoció el soplado del vidrio
desde muy antiguo, como lo prueban algunos bajorrelieves.
El contacto de la sílice de los alfareros con las cenizas alcali-
nas del hogar produjo el vidrio, si su aparición no es debida,
como quieren otros, siguiendo a Herodoto, a las hogueras he-
chas en las arenas de la Libia para calentar los alimentos; en
todo caso, él vidrio de color resultaría, nattiralmente, de las
escorias o silicatos fusibles en la extracción de los metales al
desprenderlos de los minerales que los encierran. Y es muy
probable que el vidrio de color precediera al incoloro, como
parece acreditarlo la existencia en las tumbas de la época men-
fita de numerosos objetos de vidrio coloreado.
172 LA KSPASA MODEKNA

El vidrio, según Dumas, es uu silicato con base de potasa,


sosa, cal, alúmina u óxido de plomo, sustituíbles entre sí,
pues lo esencial es que haya siempre una base alcalina. La
sílice es el elemento esencial, según el maestro vidriero Bon-
tems, pues el cuarzo, tipo de sílice pura, da, fundido al sople-
te, una perla de cristal transparente, y la presencia de bases
alcalinas o de óxidos metálicos da por resultado bajar la tem-
peratura de la fusión.
Desde los más remotos tiempos, el vidrio ha tenido múlti-
ples aplicaciones, sirviendo desde luego para la construccióu
de vasos impermeables. En Egipto se ha usado en pastas vi-
driosas y en esmaltes fusibles, moldeados para los ojos de las
estatuas, para amuletos y para incrustaciones en piedra, made-
ra y metal; tallado en gemas, 'era montado en alhajas, como
puede verse en el Museo del Louvre y en los pectorales de oro
descubiertos por Mariette en los sepulcros regios. En las esta-
tuas, el empleo del vidrio para los ojos las daba una vida ca-
racterística, como puede apreciarse en la cabeza de Kai y en
la de la reina Karomama.
Los griegos aplicaron el mismo procedimiento en la esta-
tuaria, de los siglos vil al v, tanto en el mármol como en el
bronce. El Museo de la Acrópolis conserva estatuas de mármol
con los ojos vaciados para recibir la cápsula de bronce destina-
da a servir de órbita al ojo de vidrio; las cabezas de gato de
Olimpia tienen también ojos de vidrio amarillo, que les dan sin-
gular expresión.
U n a de las cualidades del vidrio es su plasticidad a una
temperatura próxima a la fusión, y de ella sacaron partido los
egipcios para la decoración de su cerámica. Por el soplado ob-
tuvieron vasos de formas elegantes y variadas, cuya superfi-
cie está decorada caprichosamente: si el fondo, por ejemplo, es
de azul oscuro, lleva adornos claros, en forma de oleadas blan-
cas o amarillas. En la forma primera, se colocaban hilos de co-
lor, que oe levantaban bruscamente con un gancho; se recalen-
taba la pieza y los adornos se incorporaban al vaso. Las for-
REVISTA DE SKVISTAS 173

mas más usadas eran la del frasco alargado, acabado en punta,


con soporte, la del vaso en pie con asas, y la de copa o vaso de
boca muy abierta, Ooino la plasticidad de la pasta dura poco,
hay que aprovechar ese momento para colocar las asas y eje-
cutar los adornos, lo que supone una gran habilidad en los au-
tores de las obras que figuran en nuestros Museos.
Hasta la época romana uo se conoció la aplicación del vi-
drio para vidrieras, siendo dudosa la autenticidad de los frag-
mentos de pasta colada, descubiertos, se dice, en las ruinas de
Pompeya hace un siglo. Lo probable es que el arte egipcio
del vidrio pasara a los asirios y fenicios, y de éstos a los grie-
gos; a los vidrieros de Alejandría, célebres bajo el Imperio
romano, es a quienes puede atribuirse la invención de los
vidrios dobles o forrados, con los que se obtenían efectos seme-
jantes a las ágatas y cornalinas. Algunas piezas de la colec-
ción Grean parecen indicar que esta decoración se había exten-
dido, desde los objetos menudos, a placas de gran dimensión.
La colección Hoffmann contenía una estatuíta de vidrio irisa,
do, que revela la aplicación de las pastas vidriosas a la escul-
tura.
E n las islas griegas próximas a la costa asiática se descu-
bren constantemente, en las sepulturas, frascos de vidrio tan
elegantes de forma como ricos de color; son producto del sopla-
do, y si las irisaciones debidas a su largo enterramiento aumen-
tan su efecto, su mérito principal está en su forma, que denota
el sentido artístico del autor; algunos de estos vasos son de in-
creíble finura, y sus formas revelan prodigiosa habilidad, pues
hay que tener en cuenta que cuanto se haga en un vaso, ador-
nos, asas y decorado, hay que hacerlo aprovechando los cortos
instantes en que la pasta es maleable, no pudiéndose luego ha-
cer retoques.
Los vasos griegos son generalmente de vidrio transparente
verdoso o amarillento, habiendo algunos azules, coloreados con
cobalto. Los objetos encontrados en las tumbas, son ordinaria-
mente pequeños; pero a veces se sacan copas bastantes gran-
174 LA BSPASA MODERNA

des y botellas de sección reofcangulai- de asas anchas. En Pom»


peya parece que se han encontrado fragmentos de vidrio fun-
dido de tono verdusco, de 6 a 6 milímetros de espesor. Es posi-
ble; pero lo indisputable es que el procedimiento usual de fa-
bricación del vidrio plano fue, desde el priucipio de la civili-
zación occidental, el soplado en cilindro o en pala. Todos los
actuales procedimientos fueron seguramente conocidos por los
antiguos, pues así lo acreditan sus vasos soplados, moldea-
dos, afiligranados, forrados para el grabado o enriquecidos
con festones de color, todos los cuales revelan una habilidad
no superada por las fábricas venecianas, que fueron las que re-
cogieron las tradiciones de la cristalería antigua.
En nuestros días, lo que se ha perfeccionado es la blancura
y transparencia del vidrio, dándose el nombre de cristal al vi-
drio fusible con minio de plomo; se le colorea con óxidos me-
tálicos, y así se obtiene el tono de ópalo con fosfato de cal; el
azul, con cobalto; el violeta, con manganeso; el verde, con hie-
rro y cobre; el rojo con cobre, y el amarillo, con antimonio o
con una mezcla de manganeso y hierro. Los cristales colorea-
dos se trabajan como los incoloros, salvo el rojo, que no puede
colorearse en masa, y que tiene que ser forrado.
Los venecianos han fabricado también, a semejanza de los
vasos antiguos romanos, vasos llamados milflores (millefiori),
formados por varitas de diversos colores, recalentadas en un
decorado de vidrio transparente, pero generalmente colorea-
do; esas varitas, cuyas secciones presentan dibujos geo^iétri-
cos, dan a la masa, trabajada en caliente, el aspecto de un mo-
saico. Los antiguos fabricaron con vidrio cuentas de collares;
hoy se hacen con tubos de diversos gruesos, que se cortan a ti-
jera; así se obtienen cilindritos huecos que se revuelven en una
mezcla de cal y carbón para tapar momentáneamente el hueco
interior e impedir que la perla se cierre al fuego que la redon-
dea embotando las aristas del cilindro; luego se las pule agi-
tándolas en un saco, con arena primero y con salvado des-
pués, y así pasan al comercio. También pueden fabricarse en
REVISTA DE REVISTAS 175

gotas, a la lámpara de esmalte, o coa soplete; pero es más len-


to y menos perfecto el trabajo.

L A TÉCNICA DEL VERSO FRANCÉS.—La deformación—o trans-


formación, si se quiere—a que viene sujeta la lengua france-
sa, mucho más que la nuestra, por consecuencia de las leyes
del menor esfuerzo, que ha ido transformando las a y las o en
e, semimudas primero, y completamente mudas hoy, ha re-
percutido necesariamente en la estructura del verso francés.
El verso clásico alejandrino, por ejemplo, no aciertan hoy a
leerlo bien la mayor parte de los franceses; las sílabas termi-
nadas en e semimuda se ven atropelladas por el influjo del ha-
bla moderna, que las suprime totalmente, y eso sólo, sin con-
tar otras causas de perturbación, basta para destrozarlas más
hermosas creaciones poéticas de los tiempos clásicos. De ahí la
lucha entre los innovadores y los clasioistas, lucha que ha te-
nido su eco en la poética española, cuando aquí no existen,
por fortuna, los motivos que en Francia han alterado la mor-
fología del vocabulario.
Para uu clasicista sigue siendo un aforismo la estética de
SuUy-Prudhomme:

Je nombi'e le langage en comptant sur mes doigts.


(Yo numero el lenguaje contando por mis dedos.)

Porque el número de sílabas es el factor esencial en la cla-


sificación del verso; así lo considera Q-uyau, sosteniendo que
el dodecasílabo es el gran verso francés, porque sobre ser
del tipo par, es divisible por dos, por tres, por cuatro y por
seis, prestándose a todas las combinaciones de sonoridad y de
sentido por no tener nada de compacto ni macizo.
E n cambio, Gastón Paris, ya en 1879, escribía en Romanía:
«Nuestra versificación, que descansa en la pronunciación del
176 • LA ESPAÑA MODERNA

siglo XVI, se ha petrificado en aquel momento; hoy es comple-


tamente rutinaria, y cada día, al perfeccionar alguna de sus
cualidades, exagera algunos de sus defectos. Nuestros poetas
se sirven del viejo instrumento, sin notar que siguen tocando
más de una cuerda que no suena ya, privándose, en cambio, de
acordes que podrían obtener sin gran trabajo. Son demasiado
timoratos y, sobre todo, demasiado poco instruidos para tra-
tar de renovar su instrumento. Temerían romperlo, y hasta
los más hábiles exclaman:

La lira hicieron otros, y yo sufro sus leyes.

»No se decidirán sino cuando la lira haya enmudecido en-


tre sus dedos completamente, o cuando un instrumento nuevo,
acordado con el tono popular por una mano atrevida y sabia,
les obligue a salir de su sueño y a dotar a la lengua francesa
de una versificación viva, armoniosa y libre.»
Los experimentos del abate Rousselot, como dice en el
¡íercure de Frunce Andrés Spire, han venido a confirmar las
intuiciones de Gastón Paris. Rousselot (me cabe el honor de
haber sido el primero que le ha dado a conocer en España,,
en 1890), en su laboratorio de fonética experimental, ha lo-
grado estudiar científicamente los sonidos de la voz humana,
midiendo su altura musical, su intensidad, su duración y sus
vibraciones, y fijando el valor que tienen en su producción las
emociones del ánimo, analizando, en una palabra, la pronun-
ciación actual, con todos los elementos que en ella intervienen,
para producirla y modificarla. De estos trabajos de Rousselot,
sus discípulos Lote y Souza han sacado partido para sus estu-
dios del verso inglés y del verso francés, y he aquí sus conclu-
siones (Roberto Souza: Le Rythme en franQais; J o r g e Lote:
Le Numérisme des vers):
1.* Lo esencial en el verso francés no es el número de síla-
bas, ni la cesura, ni la rima, ni ningún otro artificio, sino el
ritmo, es decir, la distribución de los acentos.
Mientras las doce sílabas del alejandrino clásico han sido
RBVISTA DE REVISTAS 177

pronunciadas, ha podido creerse que todo gran verso francés


debía tener doce sílabas. Pero hoy, a pesar del empeño de los
tradicionalisfcas, no se pronuncian, y resulta que Rostand, por
ejemplo, que cree escribir en versos silábicos, escribe los ver-
sos más irregulares en la «Balada del duelo» de Cyrano de
Bergerac, tal como la declamaba el creador del papel, Coquelin.
Rostand ha tenido intención de escribir 14 versos masculinos
de 8 sílabas, y 14 femeninos de 9; pero en la boca del actor
hay 8 versos masculinos de 7 sílabas, y de los 14 femeninos
de 8 hay uno que sólo tiene 7, habiéndole añadido Coquelin
una e no escrita, 4 que tienen 7 y B que tienen 8, Total: que da
los 28 versos de la balada, sólo 10 contienen, declamados, las
sílabas de que los ha dotado el autor, Y así sucede con la ma-
yor parte délas obras.
2.* El acento que da la medida del verso francés es el de
duración.
El acento de intensidad en francés no es el esencial; se com-
bina con el de acuidad (altura musical) y con el de dura-
ción, y este último es el que marca el ritmo. Al decir un lourd
cheval, el acento va en val; pero si decimos un cheval lourd, el
acento pasa a lourd, que de breve pasa a larga. De donde re-
sulta que no es el material de la palabra el dominante, sino el
sentido con que se pronuncia, el alma que se le da: a pensa-
miento discursivo, razonado, fino, mundano, ritmo débil; a
pensamiento apasionado, ritmo potente. Hay que cambiar la
fórmula de Verlaine: «¡Música ante todo!» ¡No! ¡Emoción
ante todo!
3.* De la prosa al verso, el ritmo va apretándose.
Los acentos se acercan, sin llegar por eso a intervalos abso-
lutamente regulares. La frase'se hace más densa y se tiende.
Todo lo inútil o neutro desaparece. El pensamiento puro que-
da ahogado por la emoción. No es que un gran pensador no
pueda ser poeta; la embriaguez intelectual ha dictado versos
sublimes; pero no por lo que tiene de intelectual, sino por lo
que tiene de embriaguez,
E. M.—Junio 1914. 12
178 LA E9FAÑA MODERNA

Hay, pues, libertad, plena libertad para versificar. Pero


hace falta una disciplina. Esa disciplina es la técnica. El poe-
t a no debe aprender reglas ni fórmulas; pero le hace falta do-
minar el material que necesita: la lengua y sus sonidos. La
lengua la sabe por la escuela) por los libros, por la vida; los
sonidos, los soplos, los ruidos, los timbres, las duraciones, loa
silencios o pausas de que se sirve sin cesar, necesita, según
Spire, conocerlos técnicamente. Podrá llegar por medios empí-
ricos a conocer esa técnica; pero quien pretenda ignorarla, no
espere llegar nunca a ser un poeta cabal. Con ese estudio afir-
maremos nuestro oído, tan grosero, tan atrasado, cuando se le
compara con el del más mediano músico, dice Spire. ¡Qué bien
se ve que estas cosas las dicen quienes no tienen alma de poe-
tas! ¡Pobres poetas, si para hacer una poesía tuvieran que se-
guir una serie de cursos de fonética experimental! Bien está
que se sepa de todo, por aquello de que «el saber no ocupa lu-
gar»; pero crean Spire y los que piensen como él, que los poe-
tas no se hacen con oídos perfeccionados por el estudio técnico
de los timbres y de la música, ni antes se hicieron por el de
las matemáticas elementales de las cuentas por los dedOs!
¡Desdichados poetas los que tuvieran que andar echando cuen-
tas para saber si estaban justas las sílabas que entraban en
sus versos! ¡Pobres poetas los que tengan que andar aplicando
los sabios aparatos de Rousselot para medir la intensidad, la
altura, la duración y el timbre de las sílabas de sus versos
a fin de asegurarse de su ritmo.

ANEODOTIOA

MISTIFICACIONES CÉLEBHES.—Con el título de «Mistificadores


y mistificados célebres», publica Alberto Cim, en La Revue,
un curioso trabajo, en el que ha espigado las más curiosas
anécdotas de las obras del bibliófilo Jacob, de Restif de la
Bretonne, de Courier, Mórimóe y otros muchos narradores,
REVISTA DE REVISTAS 179

testigos, víctimas y autores de las mistificaciones que re-


fieren.
Algunas no son tales mistificaciones. Pablo Luis Courier
narra una aventura que le ocurrió en Calabria": la historia de
dos viajeros que pasan la noche en una cueva de carboneros,
y oyen con espanto cuchichear a éstos y pregttntarseí «¿Ha-
brá que matarlos a los dos?» Se trataba de dos capones, y no
de los dos viajeros. La cosa es muy verosímil, y" el que se
cuenten sucesos semejantes en el Heptameron de la reina de
Navarra, y en los Cuentos escogidos de d'Ouville, no quiere de-
cir que la cosa no hubiera podido repetirse, con variantes se-
cundarias, en la vida de Courier, como se repitió, invertidos
los términos, con la señorita Scudery; ésta dudaba cómb des-
enlazar una de sus novelas; y habiendo tenido que detenerse
en una posada, fue sorprendida por el fondista, alarmado de
oiría hablar con su compañero de viaje, de si mataría o no al
protagonista, y quedó expuesta a ser encarcelada si no se hu-
biera puesto en claro que se trataba de una novela.
El poeta marsellós José Mery fue un guasón célebre. En
el estreno áe Lucrecia Borgia, de Víctor Hugo, hubo algunos
clasicistas que protestaron contra el «vino de Siracusa», ese
vino «más dulce que el Lacrima-Christi, y más ardiente que
el de Chipre». ¡Vino de Siracusa! ¿Qué vino es ese?, pregunta-
ba indignado un critico; ¿quién ha oído jamás hablar del
vino de Siracusa?—¡Yo!, contestó Mery. ¡Y apuesto a que os
lo hago beber, y en seguida!—Se hizo la apuesta, y mientras
Gerardo de Nerval, advertido por Mery, corre al café del tea-
tro para poner en autos al amo y al mozo, Mery reúne a
varios folletinistas incrédulos, y los lleva al café.—¡Mozo!
¡Una botella de vino de Siracusa!—¡Va, señor!, responde el
mozo imperturbable.—Y poco después, el aerópago bebía en-
cantado, a la salud de Víctor Hugo, un vino de garnacha fa-
bricado por un boticario del bulevar.
Otra vez, en M Mensajero de Marsella se publicó un artícu-
lo de Arqueología, muy documentado y firmado por Mar-
180 LA ESPASA MODEKNA

credati, a propósito de un sarcófago encontrado por el autor


en San Juan de Q-arguier, junto a Gemenos (Bocas del Róda-
nos); a los dos días, en El Mistral, un señor Biffi ataca vio-
lentamente al arqueólogo, tratándole de impostor. La polémi-
ca se agria, y toda Provenza se interesa en el asunto, y hasta
la misma policía se inquieta por el ruido que meten el profun-
do e hirviente Marcredati y el perspicaz y fogoso Biffi. En es-
to, El Mensajero anuncia la muerte súbita de Marcredati, pu-
blicando una necrología conmovedora con la firma de Neroni,
que lleva al colmo la emoción general, hasta el punto de inte-
resar a la Academia de los Arcades de Roma, donde se pronun-
cia el panegírico del difunto. Tres días después se descubre
todo: Marcredati, Biffi y Neroni son la misma persona, y el
público se entera de que ha sido juguete del ingenio de Mery.
Próspero Mérimée ha sido también un bromista épico: em-
pezó atribuyendo sus dramas a una supuesta Clara Q-azul, y
su colección de baladas La Guzla la dio con el nombre de un
improvisador morlaco de su invención,un tal Jacinto Maglano-
vich, forjándole, así como a la Clara Gazul, biografías fantás-
ticas, con notas, glosas y comentarios, capaces de hacer tragar
la bola a los más expertos. Una vez estuvo a punto de pegár-
sela al sabio Ouvier; éste poseía una colección valiosa de autó-
grafos, y lamentaba no tener ni una carta de Robespierre a la
famosa Catalina Theot; una señora, amiga suya, se ofreció a
proporcionársela; Cuvier aceptó encantado, y la dama acudió
a Mérimée, que ya gozaba de gran fama de arqueólogo y re-
buscador de papeles. A los ocho días, Mérimée entregó la carta
apetecida; Cuvier la leyó y releyó entusiasmado: «¡Sí, esto es!,
decía; es la escritura de Robespierre; es su modo de hacer las
r... ¡Eso es! ¡Vaya, me declaro vencido!» La dama gozaba del
éxito, cuando de pronto Cuvier frunce las cejas, da un grito,
corre a la ventana, mira el autógrafo al trasluz, y soltando una
carcajada exclama: «Hay que confesar que Robespierre era
un hombre atrozmente más fuerte que basta el presente se
ha creído; mire usted, señora: convendrá usted en que se nece-
KEVI8TA DK REVISTAS 181

sita ser muy fuerte para, después de haber sido guillotinado,


en 1794, escribir en papel fabricado en 1840.»
La historia del hijo de Pablo y Virginia, de Mérimée tam-
bién es despampanante. Se daba un baile en las Tullerías, bajo
el reinado de Luis Felipe. Mérimée hablaba con un joven ele-
gante y gracioso, de piel atezada, que había llamado la aten-
ción a la marquesa de B . . . Cuando los interlocutores se se-
pararon, la marquesa preguntó a Mérimée quién era aquel jo-
ven.— ¡Cómo!, exclamó Mérimée, ¿pero no sabe usted quién
es?—No.—Pues es usted la única que lo ignora; es el Sr. Ma-
llac, Eloy Mallao, el hijo de Pablo y Virginia, de Pablo y de
Virginia, mejor dicho.—¿Qué me cuenta usted? Eso es imposi-
ble, pues bien sabe usted que Virginia murió ahogada al abor-
dar la isla de Francia.—Sí, pero... Y Mérimée inventó toda
una novela, explicando cómo los dos jóvenes, el buen Pablo y
la dulce Virginia, en sus solaces primitivos a lo Dafuis y Cloe,
habían tenido un hijo, que Virginia había dado a luz antes de
su salida para Francia.—Precisamente, añadió, el nacimiento
de esa criatura es el que motivó la salida precipitada de su ma-
dre, de la pobre Virginia.—¡Ah!—Sí, y ese hijo, el fruto de
aquella falta, es precisamente Eloy Mallac, hermoso joven,
bello, como todos los hijos del amor.—¡Oh! ¡Encantador, en-
cantador! Preséntemelo usted, se lo suplico.
Mérimée no se hizo de rogar; hizo la presentación, y se
apartó para observar el efecto.—Estoy encantada, caballero,
decía la marquesa, de haberle conocido a usted. ¡Si usted su-
piera cuantas lágrimas he vertido sobre la suerte de sus infor-
tunados padres, de su madre sobre todo, de esa madre tan ad-
mirable!—Eloy Mallac abría los ojos, y se quedaba con la boca
abierta sin saber qué decir.—¡Ah, caballero!, seguía diciendo
la marquesa. ¡Qué heroísmo! ¡qué fin trágico, pero grandio-
so! ¡Aquella joven... quiero decir, aquella mujer... sacrifican-
do así su vida a su pudor!—¡Está loca! ¡Está loca!, se decía
para sí mismo Mallac. Pero en aquel momento vio a Mérimée
desternillándose de risa, y lo comprendió todo.—¡Otra broma
182 LA SStA&A MOIWRaA

de ese tunante!—Y siguió oyendo a la Marquesa, sin saoarla d^


su error.
Antonio Poinsinet (173B-1769), el pequeño Poinainet, lla-
mado por irrisión, después de su viaje a España, Antonio Poin-
sinetto, tenía tragaderas tan especiales, que fue víctima de toda
clase de bromas, y para caracterizarlas se oreó entonces la
palabra «lisíi/icíícídíi, que Voltaire, no sin razón, quería pros-
cribir, pero que ha logrado abrirse paso, y es hoy corriente no
sólo en francés, sino en castellano, Juan Monnet cuenta en sus
Memorias las burlas hechas al pobre Poinsinet, hasta que mu-
rió en una desgraciada travesía del Guadalquivir, en Córdoba;
nada menos que '¿3 capítulos de su segundo tomo están dedi-
cados a esos relatos.
Un día, Palissot hizo ver a Poinsinet una supuesta car-
ta de un soberano de Alemania rogándole que buscara un jo-
ven instruido que pudiera encargarse de la educación del prín-
cipe heredero. Poinsinet, como era de esperar, rogó en segui-
da a su amigo que le reservara aquella colocación «que le ven-
dría de perilla». Palissot le ofreció su protección, y cuando fue
tiempo de recibir contestación del soberano, dijo a Poinsinet
qué se preparara para sus funciones de ayo del príncipe.—
Pero hay un obstáculo, añadió.—¿Cuál?—Que el príncipe es
luterano, y hay que ser de su religión.—¡Que no quede por
eso! Yo me hago turco, judío, bramín, si hace falta, repuso
Poinsinet.—Y en efecto, se dispuso la ceremonia, y Poinsinet
abjuró solemnemente, firmando ante testigos su nueva profe-
sión de fe. Pero, apenas hecho, empezó a recibir avisos de las
consecuencias que podía tener aquel acto, hasta que le advir-
tieron que se habían dado órdenes precisas para prenderle por
renegado. Hubo reunión de amigos, y para escapar del anun-
ciado castigo, se decidió que Poinsinet se vistiera de mujer y
se encerrara en una bodega. Entonces le hacen creer que cier-
to «filósofo cabalístico» posee el secreto de hacer invisibles a
las personas; le llevan a su casa y el supuesto hechicero le fro-
ta los ojos con ungüento amarillo y lo conduce a casa de Lan-
BUVISTA DB fiBTIBTAS 183

del, famoso fondista, donde todos los cómplices se habían re-


unido para comer, Poinsinet entra, y nadie le hace caso; hablan
de él como si estuviera ausente y le colman de insultos; y para
apurar la cosa, tan pronto le dan un empellón como le echan
un vaso de vino por la cara o le tiran un plato por los hom-
bros.—¡Esta es la prueba de que soy invisible! ¡No hay duda!
¡No me ven!, dice Poinsinet a cada una de estas perrerías.
Encantado del experimento, se resuelve a robar a su padre en
su misma presencia; entra de puntillas en su despacho, y el
padre, abstraído en su trabajo, no lo nota; Poinsinet anda con
tiento porque el hechicero le ha dicho que, en cuanto toque el
talón en tierra se deshace el encanto; se acerca al cofre y alar-
ga el brazo para coger un paquete de escudos; pero el padre
levanta la cabeza, lo ve, agarra un látigo y empieza a sacu-
dirlo sobre su hijo; y el pobre Poinsinet, gritando y aullan-
do, se decía convencido: «¡No hay duda! ¡He pisado con el
talón! ¡La he echado a perder! ¡Torpe de mí! ¡He pisado con
el talón!»
Otra Tez, Palissot u otro guasón de su especie, propuso a
Poinsinet comprar el cargo de pantalla del Bey, y para pre-
pararse a su nuevo empleo, estuvo Poinsinet quince días abier-
to de piernas delante de una chimenea encendida para acos-
tumbrarse a resistir el calor. Otra vez le hicieron creer que
necesitaba aprender ruso para ser nombrado miembro de la
Academia de San Petersburgo, y estuvo seis meses estudiando
lo que luego resultó ser bajo-bretón. Otra vez hicieron que se
batiera en duelo, y apenas hubo blandido su espada, cayó muer-
to su supuesto adversario: le formaron causa, le condenaron a
muerte, y un falso pregonero leyó su sentencia bajo sus ven-
tanas; y el infeliz Poinsinet se hizo cortar el pelo, se disfrazó
de cura y a todo trance quería huir, llorando a lágrima viva,
hasta que el Rey le otorgaba el prerdón para no privar a F r a n -
cia de tan gran poeta.
Sainte-Beuve cuenta una burla que quisieron hacer a La-
harpe en el castillo de Oliohy, donde la señora Recamier pasa-
184 LA ESPASA MODERNA

ba el verano. Estaba reciente la conversión del escritor, y mu-


chos la ponían en duda. Aprovechando la estancia en Clichy
de Laharpe, quisieron ponerle a prueba, y un sobrino de la Re-
camier, tan guapo como joven, se disfrazó de mujer y se ins-
taló en la alcoba de Laharpe, con el propósito de contarle una
historia de servicio urgente que pedirle para explicar aquella
imprevista intrusión. Llegada la hora de retirarse, Laharpe
penetra en su dormitorio, cuyos abordes estaban cercados por
los autores de la burla, y sin fijarse en la supuesta bella seño-
ra, sentada al lado de la chimenea, se arrodilla en su reclina-
torio, y se sumerge en profunda y prolongada oración. Cuan-
do se levantó para acercarse al lecho, ve a la dama, se
sorprende, y cuando el disfrazado trata de balbucear unas pa-
labras de su estudiado papel, Laharpe le interrumpe, le dice
que no son aquellos sitios ni hora de oírle, y le despide, apla-
zando para el día siguiente la conversación. Los burladores
quedaron por aquella vez corridos.
.Pablo Luis Courier cuenta sobre un tal Meot, «el famoso
fondista Meot», cocinero del rey de Ñapóles, Murat, una sa-
brosa anécdota. «Me preguntáis qué hacemos. Poca cosa aquí:
tomamos un reinecito para la dinastía imperial. ¿Qué es la di-
nastía? Méot os lo dirá. El famoso fondista es cocinero del rey,
que se divierte frecuentemente en hablar de él; es el único
hombre a quien Su Majestad guarda alguna consideración.
«Meot—le dice el rey,—bien estás empujando a tu familia, a
tus sobrinas, a tus primos, a tus sobrinos, a toda tu parentela;
no tienes ni un pariente a la moda de Bretaña, marmitón,
catasalsas, que no haya que colocar y hacer gran señor.»
«Señor, es mi dinastía—le respondió Meot.» He ahí un cuen-
tecito, que haréis valer, si lo contáis con gracia.»

OOSTUMBrtES

¿SOMOS MÁS FELICES QUE ANTIGUAMENTE?—Es la eterna pre-


ocupación; la del «cualquiera tiempo pasado fue mejor», de
REVISTA DE RKVISTAi 185

nuestro Jorge Manrique, antes formulada por Horacio, y an-


tes por Eurípides, y antes por la Biblia. J u a n Finot plantea la
cuestión en La Revne, que tan hábilmente dirige, y la discute
y la resuelve por la afirmativa, como lo haríamos nosotros,
como lo hará quienquiera que desapasionadamente, sin po-
nerse antiparras ahumadas, ni fijarse en hechos aislados, eche
una ojeada imparcial por el mundo que le rodea.
Aspiramos a la felicidad; ese es el hecho; unos la buscan en
el cielo, sacrificándose en la tierra, y otros la buscan en el pre-
sente, sin cuidarse del porvenir. El egoísmo nos inspira, y
debe servirnos de consuelo que la misma arcilla que sirve para
hacer pucheros, produce, en manos del estatuario, obras maes-
tras de arte. El motivo eterno de la dicha produce también
criminales y santos.
¿Qué es la felicidad? La liberación de las fuerzas interiores
constituye la alegría y la dicha. Hay que vivir y hay que aco-
modar la vida a sus fines. Cuanto más noble, elevado y dura-
dero es el placer, más está a nuestro alcance; con más facili-
dad reproducimos las sensaciones que nos proporciona una
sinfonía de Beethoven que el placer de gustar un cognac de
primer orden o un plato de nidos de golondrinas. Nos importa,
pues, busoar y crear placeres elevados, más variados, más in-
tensos y más asequibles que los bajos placeres. ¿Cómo, enton-
ces, es posible que pudiendo crear felicidad nosotros mismos,
tengamos poca felicidad? Porque nos falta la escuela, la cien-
cia de la dicha; pasamos al lado de sus tesoros o los derrocha-
mos estúpidamente.
Uno de los factores principales de la felicidad es la libertad
en todas sus formas, empezando por la de vivir y acabando
por la de pensar; después de esto, nuestra vida es tanto más
feliz cuanto más amplia y más intensa es. ¿Qué vale la exis-
tencia de un hombre de la Edad Media, comparada con la de
un ciudadano de nuestros días? Un pobre gramático de Ráve-
na, Vilgardo, se ve excomulgado y quemado por haber expli-
cado a sus alumnos a Virgilio y a Juvenal; el maestro J u a n de
186 LA ESPASA UODEBHiA

Brescia se ve arrojado de la diócesis de París, por haberse atre-


vido a sostener que «la luz, es de la categoría de la sustancia
y no de la cualidad»; el cadáver mismo del maestro Amaury
es sacado del cementerio para arrojarlo en tierra no bendita,
y los partidarios de sus doctrinas se ven degradados y quema-
dos, por sostener que el Espíritu Santo encarna diariamente en
nosotros, en nuestros buenos pensamientos, en nuestros buenos
actos; y un Giger de Brabante y un Q-uillermo de Saint-
Aymour se ven infamados, expulsados de sus cátedras y deste-
rrados de Francia, por creer en la eternidad de la materia ce-
leste, en la eternidad del movimiento y de la humanidad, en la
inmortalidad de la razón personal, en la necesidad de todas las
cosas; y en 1318 son quemados en Marsella cuatro frailes fran-
ciscanos por haber propagado la doctrina de «la pobreza de
los perfectos», y veinte años después sufre la misma suerte el
padre Francisco de Pistoya, por haber enseñado que «ni Je-
sús ni sus discípulos poseían nada en propiedad ni en común».
Entre los crímenes más severamente castigados eu Francia,
figuraban en la Edad Media los de haber creído que «los heré-
ticos podían ser gentes honradas»; el haberlos visto o saluda-
do; el haber pagado sus deudas a un acreedor sospechoso de he-
rejía. Una joven de quince años fue condenada «por no haber
denunciado a su padre y a su madre», y una hermana por «ha-
ber dado de comer a su hermano herético, que se moría de
hambre». Recuérdese a Campanella, sometido siete veces al
tormento por haber creído en la infinidad de los mundos; a
Q-alileo, por haber dicho que el sol se movía; a Newton, escar-
necido por haber enseñado las leyes de la gravedad; a Jordán
Bruno y a Descartes, cuyos funerales fueron prohibidos; a
Buffón, inquietado por haber escrito las Épocas de la Natura-
leza, ¡Cuánto camino recorrido desde entonces hasta ese ideal
de libertad formulado por Gabriel Seailles: «Es preciso que se
pueda ser ateo sin pasar por criminal, y que se pueda creer en
Dios sin pasar por imbécil!»
Si en cuanto a la libertad el progreso es innegable, en cuan-
BEVISTA D,K REVISTAS 187

to a la vida afectiva no es menos evidente la mejora. Cuanto


más se extiende nuestra personalidad interior, más piensa y
más ama; cuanto más vibra y más vive, tanto más dichosa es.
Los animales mismos han conquistado su gran Carta, dice Fi-
not, citando lo mucho que les debemos en el progreso de la
fisiología y de la terapéutica, pero sin acordarse de que esos
progresos son fruto, en gran parte, de la vivisección, es decir,
del sacrificio del animal al hombre; con lo que sobre servirnos
para el alimento, para la defensa, para el entretenimiento, para
la carga y para el transporte, como antes nos servía, viene a
prestarnos otro nuevo servicio: el de su martirio para la expe-
rimentación médica, Claro es que la especie en general se be-
neficia de estos sacrificios individuales, y el animal es hoy más
querido y respetado que nunca; pero no es argumento oonclu-
yente, como Finot pretende, el que puede sacarse de las rela-
ciones del hombre con los animales, ni aun de las del hombre
con sus semejantes en materia sentimental, para deducir que
en ese punto la humanidad haya progresado. La disolución de
la familia, la emancipación de la mujer, el contrato de servi-
dumbre sobre el puro régimen del salario, y la vida, en fin, del
hombre en la sociedad moderna, con las exigencias, siempre
crecientes, del presupuesto de gastos, no [Link] las más propias
para argumentar por el aumento de felicidad en los tiempos
modernos. Un idilio en Arcadia, una familia patriarcal, serán
siempre modelo preferible, en materia de sentimiento, al flirt
moderno y a la familia contemporánea, que apenas se halla re-
unida ni aun a la hora de comer. Afirmando con Finot la tesis
general de que hoy somos más felices que en otro tiempo, ex-
ceptuamos el orden sentimental, en el que hemos perdido mu-
cho: la amistad, el amor, la familia moderna, el cariño de hi-
jos a padres, de hermanos a hermanos, de criados a amos, ha
ido en descenso, y estamos tocando en los limites de la disgre-
gación de la familia, en la que sólo va quedando el artificio de
los lazos legales, quebrantados o rotos los del respeto y el
amor.
188 LA E S P A S A MODEEEfA

Por lo demás, es indudable que, vistas las cosas en general,


el espectáculo es consolador, si sabemos prescindir de prejui-
cios. Aquellas hambres de la Edad Media, aquellas epidemias
devastadoras de viruela, de lepra o de bubones, ban desapare-
cido de los países civilizados. El promedio de la vida humana
es hoy mayor que nunca. L a suma de elementos de que dispo-
nemos, individual y colectivamente, para nuestro bienestar, es
incomparablemente mayor que la de nuestros antepasados de
todas épocas; el dominio de los goces se ha ensanchado en
el doble sentido de ser esos goces en mayor número y de ser
más los llamados a disfrutarlos. Un artesano acomodado de
hoy no se conformaría con la vida que un noble llevaba en
otro tiempo. No se conocen y a los banquetes pantagruélicos de
la Edad Media; pero si antes en una ciudad había una docena
de personas que comían bien y tenían una casa cómoda, hoy
son miles de familias las que en esa misma ciudad comen y vi-
ven mejor que aquella docena de privilegiados. Y lo mismo su-
cede con los placeres de orden intelectual: las lecturas, los via-
jes, los teatros, las tertulias; todo se ha multiplicado y se ha
puesto al alcance de todos: el rico puede gozar más de su ri-
queza y el pobre tiene mil lenitivos, antes desconocidos, de su
pobreza. El mundo marcha, como decía Pelletan, y Dios le con-
duce, como afirmaba Bosuet. ¡Alegrémonos de haber nacido y
sintamos no poder vivir siquiera lo que Matusalem!

O R I T I O A

TAETABÍN, «ENFONOÉ» POE LUIS CABPEAUX.—Daudet ha


creado el tipo inmortal de Tartarín, que, andando los tiempos,
figurará en la pléyade legendaria de los Pantagruel, Don Qui-
jote, Gulliver, los Mosqueteros y otros héroes de leyenda. Al
lado de estos tipos existen y han existido siempre los origina-
les de esas creaciones y los imitadores reales de esos entes ima-
ginarios. Uno de ellos, inspirado en Tartarín (es la última
creación, producto natural del deportismo), es Luis Carpeaux,
REVISTA DK REVISTA» 189

autor de una novela autobiográfica, Mi novela en el Níger, en


la que da cuenta de sus hazañas y proezas en el país africano,
que dejan a los contertulios de la rebotica de Tarascón achica-
dos y maltrechos Carpeaux no merece realmente una critica,
porque su libro está muy mal hecho, literariamente hablando;
pero bueno es consignar cómo las gastan a veces nuestros ve-
cinos, sin ser gascones, ni mucho menos paisanos de nuestro
gran Manolito Gázquez,
En una de sus expediciones por el país délos tuaregs, y lle-
vando a su lado a una hermosa negra, Azida, de la que ha he-
cho su concubina, ve pasar el Níger a los restos de una tribu
que acaba de vencer, perseguir, capturar, razziando sus reba-
ños; los tuaregs, a horcajadas sobre sus bueyes, quieren poner
el río por medio, pero no cuantan con Carpeaux, que, como él
dice, «yo no podía dejar desfilar a aquellos traidores en mis
barbas, al alcance de mi mano». Coge un fusil, y apunta al ca-
beza de fila; pero, en aquel momento, Azida, que dormitaba,
se despierta; ve la escena, lanza un grito terrible y hace per-
der la puntería a Carpeaux, salvando al tuareg apuntado, que,
al silbido de la bala, se esconde en el agua y no reaparece sino
unas brazas más allá. Carpeaux se revuelve furioso; pero Azi-
da, hecha una fiera, con los cabellos erizados como una Medu-
sa, le salta al rostro, le araña como un gato irritado, le muer-
de, se retuerce en torno de su cuerpo, y quiere quitarle el fu-
sil.—«¡No mates a mis hermanos! ¡No mates a mis herma-
nos!»—le aulla desesperada.
Carpeaux se imagina que le dice eso, pues no es cosa de que
haya aprendido el tuareg. ¡Sabe Dios qué le diría! Carpeaux
logra, no sin trabajo, desprenderse de ella; pero el momento
es grave, y manda a sus piragüeros que la aten y la amorda-
cen,., ¡pobrecilla! pues de su garganta sólo salen rugidos de
bestia feroz. Desentendido así de la infeliz, Carpeaux se vuelve
a los fugitivos. Oigamos su narración:
«A mi primer tiro, todos mis tuaregs se han encorvado so-
bre la cabeza de sus bueyes lanzando vociferaciones desespe-
190 LA E8PA£^A MODERNA

radas. Al mismo tiempoj el rebaño, enloquecido, empieza a gi-


rar sobre sí mismo, arrastrado por la corriente... Yo estoy en
tierra, y tiro como si lo hiciera al blanco, sobre caballete. Mis
tiros se suceden con rapidez. ¡Anda, canalla! ¡Ah! ¡Si yo tu-
viera veinte tiradores conmigo! ¡Cómo caería encima a la ba-
yoneta! ¡No tendría sino para un bocado!
» ü n nuevo espectáculo me espera: en medio de la corrien-
te se debatía una masa crepitante, aullante. Bueyes, caba-
llos, camellos, hombres, todo eso cruza revuelto. ¡Qué ruido de
metralla! ¡Ahí va! ¡Pim, pam! Vuelvo a empezar el fuego de
repetición, desgraciadamente menos acertado que antes! (¡La
emoción, sin duda! ¡El vértigo de aquella lucha homérica!)
Ellos blanden las lanzas, aullan muy fuerte, aparentan car-
gar en el agua; pero no pueden nada en favor de los infelices
nadadores. Es una desbandada, un enloquecimiento sin igual;
una anegada general, espantosa. Hombres, animales, todos
gritan, piden socorro, demandan gracia. ¡Y yo, tirando siem-
pre! ¡Qué queréis! ¡No quieren volver atrás, y es preciso que
no pasen!
•Entonces veo la isla. Estaba llena de corderos que las pi-
raguas habían llevado del Q-urma; una veintena de negros, ar-
mados de lanzas, los bellas, cautivos de los tuaregs, los guar-
dan. ¡Negros! ¡Cautivos! ¡Uff! ¿Qué es eso? ¡Mamadukeita,
coge mi revólver! ¡Cocinero, toma mi escopeta! ¡Adelante!
«Saltamos a tierra, y al paso de carrera caemos sobre los
negros. ¡Es una bandada de gorriones! Y me quedo amo de
cuatro mil corderosj por lo menos. ¿Qué hacer con tantos cor-
deros? Tendré que irme, y los tuaregs volverán, seguramente,
por sus riquezas. ¡Tanto peor! ¡Degüello general! Y ahí tenéis
a mis piragüeros, a mi tirador y a mi cocinero, que armados
con pagayas, con picas, con tablas, matan a diestro y siniestro
aquel rebaño balante y suplicante. Es atroz. Las madres, vien-
do morir sus crías, tratan de cubrirlas con sus cuerpos, y caen
sobre ellas con la cabeza aplastada. Toda aquella hordu quiere
huir; pero, detenida en la orilla por el agua, ya enrojecida con
BEVISTA DK REVISTAS 191

SU sangre, no Tiendo ya salvación, los pobres animales se ii&a.'


den, esperando la muerte antes de ser presa de los caimanes y
de las hienas, que seguramente atravesarán el Níger esta no-
che para darse un banquete.»
Luego de acabar con el rebaño, Carpeaux sigue a loa ne-
gros. «Como una cuña de hierro, mis tiradores entran en la
masa de los tuaregs espantados; y lo mechan, lo destripan
todo. Algunos, cuya bayoneta se ha roto, muerden en las pier-
nas a los jinetes, se izan sobre sus caballos, los estrangulan,
los trituran. Son verdaderas fieras, bien dignas de hacer tem^
blar a los alemanes. Y mientras muerden y estrangulan, aque-
llos valientes tenían todavía tiempo de gritarme:—¡No tengas
miedo, capitán, que estamos aquí!»
Y en este estilo sigue la crónica de degollinas de Luis Car-
peaux durante trescientas páginas, ora contra loa salvajes, ora
contra los corderos, ora contra los mismos leones; porque tam-
bién hay leones en la obra de Carpeaux, como en Tartarin;
sólo que aquí son leones sin domesticar, qixe Carpeaux aco-
mete sin pestañear, llamándolos sales hétes, y de los que sólo
se salva por un golpe de teatro como en los cines, ¡Lástima de
película para entretenimiento de cocineras sensibles y para
documentar la historia de la civilización!

IMPIVESIOIVEÜS Y NOTAS

HIGIENE DE LA HABITACIÓN.—De unas notas del Dr. Abrand,


en la Bevue Hebdomadaire, se desprende que el valor de una
habitación depende, en gran parte, del modo con que la casa
está construida, tanto por lo que hace a los materiales em-
pleados, cuanto por lo que respecta a la exposición. Los mate-
riales, cuanto más resistentes y más impermeables, son mejo-
res, importando mucho la distribución de las habitaciones.
Lo mejor es reservar las partes de peor exposición a las piezas
de aparato, donde se esté poco tiempo: la sala de recibir, los ro-
192 LA SSFAÜA UODBRHA

peros, etc., dejando la mejor exposición para el comedor, el


despacho, el gabinete y las alcobas, que es donde se pasan
más horas, y donde más conviene tener sol y aire, luz y ven-
tilación frecuentemente reservada. P a r a las personas que sue-
len salir por los veranos, lo mejor es la habitación al Mediodía;
para los que no salen o salen poco, es preferible la orienta-
ción al Este; la luz de la mañana es más agradable, es tonifi-
cante, despierta y tiene condiciones excitantes, dignas de ser
tenidas en cuenta; la luz del Poniente es demasiado molesta y
deprimente.
Hay, sin embargo, casas muy claras, y generalmente muy
buscadas por esa razón, de las que debe desconfiarse: las ca-
sas de esquina suelen tener demasiadas corrientes, y hay que
mirarlas con prevención. También hay que preocuparse de las
escaleras, sobre todo, tratándose de personas de alguna edad
o que tengan el corazón delicado; aun teniéndolo bueno, la
mucha escalera fatiga, y a la larga produce perturbaciones
hondas; es un factor que debe pesar no poco en la elección de
habitaciones, lo mismo que el relativo a la proximidad de los
medios de locomoción.
E n las casas de campo, la cuestión dominante es la de su
dotación de agua; con agua hay higiene, hay limpieza, puede
haber jardines y cuanto contribuye a que la vida sea agrada-
ble. Cuando el agua falta, pocas veces es bueno el estado sani-
tario; y sin salud, de nada se disfruta.

* *

E L OONOOIMIENTO DEL POBVENIH.—¿Por qué nos obstinamos


en creer incurable nuestra ignorancia sobre lo futuro? ¿Por
qué nos empeñamos en escrutar el pasado, renunciando a pre-
decir lo futuro, que nos importa más? "Wells, en el Caséis Ma-
gazine, sostiene que, dentro de ciertos límites, es realizable el
estudio y el conocimiento del porvenir. La astronomía da,
por las leyes de la gravitación universal, la previsión de los
KEVI8TA DE REVISTAS 193

movimientos de los planetas; la medicina lanza sus pronósti-


cos, una vez bien fijados sus diagnósticos; la meteorología no
cesa de profetizar; el químico anuncia los elementos que bus-
ca en un cuerpo antes de haberlos encontrado; toda ciencia
tiende a profetizar, y cada especialidad profetiza en los lími-
tes de su esfera de acción. ¿Por qué, pues, no sería posible
fundar una ciencia de la previsión, tan cierta, tan minuciosa
como la de nuestro pasado geológico?
El hombre no es definitivo, y la colectividad lo es menos
todavía. Puede afirmarse que dentro de unos cientos de años,
de mil cuando más, la humanidad estará organizada como un
gran Estado mundial, una gran Confederación, trabajando en
común por librarse de todo lo despreciable y bestial, de todo
lo que constituye la miseria y la tontería del mundo contem-
poráneo. Las condiciones de la vida cambian con rapidez cre-
ciente. Estamos en los comienzos de la mayor metamorfosis
que jamás haya sufrido la humanidad, y no sentimos choque
ni sacudida ninguna extraordinaria. Si miramos atentamente,
prevemos el desarrollo de todo conocimiento, la organización
del orden, la mejora deliberada de la salud y de la inteligencia
de la raza. Todo este mundo actual está cargado de la prome-
sa de mayores cosas; y llegará un día en que la criatura laten-
te en nuestra carne y en nuestra alma verá lacir en todo su
esplendor el sol de la nueva civilización que hoy apenas vis-
lumbramos.
*
* *

L A PEBSONALIDAD DE ULTBATÜMBA.—Sir Oliver Lodge, Pre-


sidente de la famosa y antigua Sociedad de Investigacioues
Psíquicas de Londres, trabajador infatigable, versado en cien-
cias físicas, enemigo de toda popularidad y entregado desde
hace muchos años al estudio de todos los grandes problemas,
ha afirmado rotundamente,en una de sus conferencias,que «la
personalidad persiste más allá de la muerte». Hay que tener
en-cuenta que se trata de un sabio que no suele correrse en
E. M.—Junio 1914. 13
194 LA ESPAÑA MODKENA

SUS afirmaciones, y que, por consiguiente, al decir lo que ha


dicho, es porque estima que tiene base suficiente en sus inves-
tigaciones para poderlo decir.
Lodge oree en la posibilidad de ponernos en comunica-
ción con los que llamamos «muertos»; sostiene que los estudios
para el establecimiento de esa comunicación son del dominio
de la ciencia, y no de la charlatanería; está convencido de
que los espíritus del otro mundo se esfuerzan por su parte en
entrar en comunicación con nosotros, y sostiene que ha logra-
do establecer esa comunicación con otro Presidente de la So-
ciedad de Investigaciones Psíquicas, muerto hace algunos
años, como el célebre William Stead las estableció con su hijo
por medio de la escritura automática.
Los espíritus enamorados del descanso eterno—los hay por
desgracia—estimarán deprimente, dice en la, Review of Eeviews,
de Londres, estas convicciones de Lodge. Pero cuando todo el
mundo se convenza de que la vida tiene una continuación, la
mayor parte de los problemas sociales se resolverán por sí
mismos. Convencido el hombre de la inmortalidad de su per-
sonalidad, el altruismo dejará de ser una quimera. A medida
que el orden social se perfecciona, la dignidad de las existen-
cias particulares desaparece; hay que devolver a la humanidad
el sentido de lo infinito que ha perdido. El hombre que consi-
ga persuadir a la religión para que adopte nueva actitud con
relación a lo invisible y a lo eterno, ése convertirá a la huma-
nidad entera. La tarea es larga y difícil. Pero, ya lo dice el
mismo Lodge: «Tenemos mucho tiempo por delante. ¿Para qué
apresurarse? Tenemos ante nosotros toda la eternidad.»

*
* *

L A S APTITUDES PROFESIONALES.— El sistema corriente de


reclutamiento de empleados u obreros en cualquier taller u
oficina, es lastimoso. Generalmente, se renuevan por terceras
partes cada año; es decir, que una fábrica que cuenta con 6.000
REVISTA DE REVISTAS 195

obreros, contrata cada año 2.000 nuevos. Diariamente hay


100 o 200 postulantes sitiando las oficinas, y cada jefe de taller
toma al azar los dos o tres que necesita para reponer bajas; asi
pierden el tiempo y el dinero los patronos, sin que ganen nada
los obreros, contratados hoy y despedidos por inútiles a la se-
mana siguiente.
La doctora Catalina M. H . Blaokford, que ha consagrado
sus desvelos al estudio de este problema social, propone, en la
AmerifCan Review of Reviews, la creación de un «examinador»
varón o hembra, pues las mujeres serían muy útiles para este
cargo; diariamente recibiría una nota con las vacantes exis-
tentes y condiciones exigidas para cubrirlas, y procedería al
examen de los aspirantes. Según esta doctora, hay cuatro con-
diciones esenciales para todo empleo: salud, inteligencia, pro-
bidad y habilidad.
La salud se revela en los ojos principalmente: sin son pe-
sados, plomizos, con córnea amarillenta, es señal de que el in-
dividuo tiene alguna maca; si la piel de debajo de las uñas no
es rosada, los dientes son malos y los labios pálidos, es también
casi seguro que la salud no es buena. La inteligencia se revela
en la expresión de la mirada, en la vivacidad y acierto de las
respuestas y en otra multitud de observaciones fáciles de ha-
cer. La probidad es una virtud compleja, en la que entran la
rectitud de la intención, el sentido de lo justo, fuerza de ca-
rácter para llevar a cabo un buen propósito, y valor físico y
moral para mantener sus consecuencias. La habilidad profe-
sional depende de la fuerza y de la resistencia; la fuerza pue-
de medirse por la cantidad de oxígeno que absorben los pul-
mones; una nariz de amplias aberturas puede no ser hermosa,
pero indica una oxigenación abundante, y, por consiguiente,
vigor; la resistencia es resultado de un corazón robusto y re-
gular; para un observador experto hay siempre multitud de
signos exteriores que no pueden engañarle, y que evitan toda
posibilidad de error.
Heunidas estas condiciones esenciales generales, queda por
196 LA ESPASA MODERNA

saber cuál es el empleo para que sirve el aspirante. P a r a eso,


la doctora Blackford los clasifica por la silueta, la estatura,
las formas, el color del pelo, las proporciones, la expresión, etc.
El físico da indicios seguros de lo moral; el hombre que tiene
la cabeza prolongada es un idealista; el de cráneo aplastado
es agresivo y brutal; la frente cuadrada indica orden y pru-
dencia; la cabeza redonda, impulsividad y descuido; los indi-
viduos de cabeza alargada ven de lejos; los de cabeza recogi-
da suelen ser de vista corta. El examinador pregunta al pos-
tulante sobre sus cualidades y defectos, y por sus respuestas
se deduce el carácter; y luego se le somete a un interrogato-
rio sobre su vida, trabajos que ha hecho y establecimientos
en que ha servido. Todos estos elementos reunidos permiten
al examinador hacer el diagnóstico y establecer el pronóstico
del aspirante, declarándolo apto o no para tal o cual servicio.
El principio en que se funda la doctora Blackford es excelen-
te, y aunque habría que rectificarlo en algunos pormenores,
la experiencia lo perfeccionaría, siendo de desear que se apli-
que en provecho de todos.

Dos EMBAjADOBEs DE ESPASA EN RüsiA.—La priucesa Rad-


ziwill ha terminado en La Eevue la publicación de sus recuer-
dos e impresiones sobre La Sociedad de San Petersburgo; al
final pasa revista al personal de las embajadas, y tratando del
de la de España dice: «España había estado representada du-
rante largos años por el marqués de Campo-Sagrado, cuñado
morganático de la Reina Isabel I I , hombre extremadamente
amable, generalmente querido en sociedad, pero a quien sus
numerosas deudas acabaron por obligar a salir de Rusia. Vivía
separado de su mujer; dos de sus hijas vinieron a verle, y
pasaron algún tiempo con él. La mayor se casó con el conde de
Gueudulain, grande de España; era absolutamente arrebata-
dora. La segunda, no menos linda, se casó con un miembro de
REVISTA DE REVISTAS 197 \

la familia real, el duque de Ansola, y se quedó viuda al cabo


de unos meses. Ambas fueron extremadamente notadas por su
belleza en el mundo ruso.»
«El sucesor del marques de Campo-Sagrado fue el conde de
Villagonzalo, hombre nulo, pero encantador, cuya barba en
abanico daba lugar a bromas. Recibía más que su predecesor,
y su cocinero merece el reconocimiento de los que han proba-
do sus salsas. E l conde frecuentaba mucho la tertulia de la
gran duquesa María Paulowna. Era un verdadero gran señor,
«n toda la extensión de la palabra.»
FERNANDO ARAUJO
NOTAS BIBLIOGBÁFIGAS

Saggio di una psicología basata suWesperienza, per Harald H5ffding.


Traduzione italiana del Dr. F. Galasso, con prefazione del Dr. S. Ba-
glioni,—Milano, Sooietá, Editrice Librarla, 1913.—Un volumen de más
de 400 págs. en 4.°, 7,50 liras.
Principa di psicología, per William James. Traduzione italiana con
aggiunte e note del prof. Dott. G. C. Ferrari. Terza edizione riveduta
ed ampliata.—Milano, Societíi Editrice Libraría, 1909.- Un grueso vo-
lumen deXXIV-957 págs., en 4.°, 22 liras.
Compendio dei principii de psicología di William James, peí profesor
G. Tarozzi, coU'iutroduzione «II pensiero di William James e 11 tempo
nostro». — Milano, Societk Editrice Librarla, 1911. — Un volumen
de XXVIII-512 págs., 7 liras.

L a psicología es una disciplina donde queda mucho por ha-


cer, hasta el punto de poderse decir que se halla aún en sus co-
mienzos. Después de todo, la llamada ciencia humana se viene
a reducir enteramente a psicología, y los problemas que al
hombre atormentan son, al cabo, todos ellos, problemas de ín-
dole psicológica. Lo más grave y difícil, y al mismo tiempo lo
más necesario de explicar para el hombre, es el hombre mis-
mo; lograda esta explicación, las demás vendrían por añadi-
dura. Y explicarse el hombre es explicarse el espíritu huma-
no— lo verdaderamente esencial en aquél—y explicarse la
actividad y los productos del espíritu humano; es decir, expli-
cárselo todo..., lo que no dejará nunca de ser una aspiración
incesante.
NOTAS BIBLIOGRÁFICAS 199

Ahora, que de la psicología antigua, con predominio casi


exclusivo hasta haoe poco tiempo, a la psicología moderna, no
obstante su atraso (relativamente grande todavía), existe bas-
tante distancia, no habrá quien lo dude conociendo una y otra.
La psicología contemporánea ha planteado muchísimas cues-
tiones que la antigua no conoció, y ha acometido resuelta-
mente o enfocado por vías, procedimientos y puntos de vista
antes desconocidos, otras que apenas fueron vislumbradas o
que estudió de diversa manera aquélla.
Entre los tratados—abundantísimos, como es natural—de
que puede echar mano quien, sin dedicarse especialmente a es-
tas materias y sin tiempo para consultar monografías y otros
análogos escritos, quiera adquirir noticias seguras y suficientes
sobre el estado de los correspondientes asuntos, son, creo, los
mejores, o de los mejores, aquellos a que se refiere la presente
nota. Cada uno tiene su estructura y su índole diferente de la
de los otros; pero todos se completan, y juntos sirven muy
bien para el objeto dicho. Sus autores figuran entre los más re-
nombrados, y a la vez entre los más originales cultivadores de
la psicología en nuestros tiempos: piénsese, v. gr., en William
James, al que ningún otro puede decirse que haya superado
hasta ahora por ninguno de los mentados conceptos.
Sobre el valor de los libros de que se trata, he aquí algu-
nas palabras de los traductores, por las que, además, puede el
lector formarse una idea general del respectivo contenido.
Tocante al Ensayo de Hoffding:
«Bien conocida es la profunda y, a lo que parece, indefec-
tible diferencia que separa en dos campos a los psicólogos mo-
dernos: el campo de los psicólogos teóricos o, como suele decir-
se, filósofos, que son, o querrían ser, los continuadores de la
gloriosa serie de los más profundos pensadores humanos (Só-
crates, Platón, Aristóteles, Descartes, Espinosa, Kant), y el
campo de los psicólogos ewperimentalistas, que son los que han
aparecido últimamente, provinientes de las ciencias biológicas
y médicas, y los cuales, esforzándose por aplicar al estudio de
200 LA ESPAÑA MODERNA

la psiquis los métodos experimentales de la fisiología, han lle-


gado a resultados nada despreciables. Este dualismo se pre-
senta aun en la organización de nuestros estudios universita-
rios, donde junto a la enseñanza de la Filosofía teórica [la
Metafísica, la Psicología superior y aun la Lógica fundamen-
tal, en España], la cual 06 antiquo trata también de la psicolo-
gía filosófica, se ha sentido recientemente la necesidad de ins-
tituir cátedras de Psicología experimental... El único gran pe-
ligro de tal dualismo.., consiste en que puede hacer surgir y
arraigar la opinión, por desgracia muy difundida, de que las
dos ciencias se excluyen recíprocamente de un modo implíci-
t o . . . Aut, aut. De aquí deriva en gran parte el desprecio—y la
ignorancia—que los psicólogos filósofos tienen y ostentan
frente a los resultados de los psicólogos experimeotalistas, y,
viceversa, éstos frente a los productos de las especulaciones de
los primeros. Se hace preciso establecer urgentemente una in-
teligencia entre los dos campos.
»E1 libro de Hoffding tiene el mérito de intentar esta con-
ciliación. El autor, filósofo por sus orígenes, da naturalmente
la máxima importancia a los problemas psicológicos que desde
hace siglos se agitan en el terreno de la filosofía teórica,..;
mas no olvida ni desconoce los resultados más salientes obte-
nidos por los modernos fisiólogos del sistema nervioso y por los
psicólogos experimentalistas... En la discusión de las doctri-
nas, el autor procura siempre armonizar los varios datos y las
discordes opiniones, liberándolas délos conceptos que se con-
tradicen, a fin de levantar con el conjunto un edificio doctrinal
satisfactorio y completo...»
Sobre los Principios de James:
«Los Principies of Psychology no constituyen ni un Trata-
do ni un Manual, sino una obra original, rica en teorías y en
hechos, expuestos de manera fácil y elegante, donde todos los
puntos fundamentales de la psicología están desarrollados de
modo y con métodos completamente nuevos, aptos para susci-
tar el interés de toda persona c5ulta y para hacer pensar pro-
NOTAS BIBLIOGRÁFICAS 201

fundamente, porque son la expresión más alta y más lúcida del


pensamiento psicológico moderno, y mientras responden a la
necesidad de despertar el amor por el estudio sistemático de la
psicología, considerada como ciencia natural, están destinados
igualmente a obrar como fermento que desenvuelva energías
latentes y a abrir nuevas vías al estudio positivo y fecundo del
alma humana.»
Así, es, en efecto, la obra de James: singularmente origi-
nal en el modo de presentar y tratar las cuestiones, y singu-
larmente sugestiva e inquietadora. Sirvan de ejemplo, entre
otros muchos, los capítulos dedicados al instinto y a las emo-
ciones.
El traductor ha agregado bastantes adiciones y notas, «con
la mira, según el mismo dice, de completar la obra con los he-
chos más importantes que en estos últimos años se han afirma-
do en el campo de la psicología experimental y de las ciencias
que con ella mantienen estrechas relaciones, como la fisiología
e histología del sistema nervioso y la psicopatología».
Como la obra de James, «la más bella psicología de nuestro
tiempo»—al decir de Sully,—es bastante voluminosa, la mis-
ma Societá Editrice Libraría, de Milán, que ha publicado la
traducción italiana, queriendo hacer accesible sus doctrinas y
puntos de vista al mayor número posible de lectores, ha dado
también a luz un muy fiel resumen o compendio de ella (casi
siempre reproduciendo las mismas palabras del autor), hecho
por el Sr. Tarozzi, profesor de Filosofía moral en la Universi-
dad de Bolonia, el cual ha puesto, además, al frente de ella
una discreta y útil introducción acerca del sistema filosófico de
James y del valor y significación de este filósofo en el movi-
miento científico contemporáneo. «^S^
/«/ 'e>\
P . DOBADO •« ) W f i
LIBROS PUBLICADOS
POR

LA ESPAÑA MODERNA
que se hallan de venta en su Administración.
López de Hoyos, 6.—MADRID

N.« del N.» del


Catál." Pesetas Catál.' Pesetas
513-514. A g n a n n o . — L a g é n e - 120 — Las Diabólicas 3
sisylafivoluoióadel De- 124 — Una historia sin nom-
recho civil (Dos tomos). 15 bre 3
176 — La 'Reforma i n t e g r a l 110 — Venganza de una mu-
de la legislación c i v i l . . 4 jer 3
315 Amiel.—Diario [Link].. 9 495 — B a r t h e J e m y - S a i n t -
178 Anónimo.--¿Académicas? 1 Hilaire.— Buda y su re-
179 — Currita Albornoz al ligión. 7
130 B a u d e l a i r e . — Los paraí-
P . Luis Colonia.. . . . . 1 sos artificiales 3
3'27-328 A n t c i n e . —Curso de 163 B e c e r r o de B e n g o a . —
Economía Social,2 vols. 16 Trueba 1
180 A r e n a l . — E l Delito co- 174 B e r g e r e t . — E u g e n i o
lectivo 1,50 Montón (Merinos) . . . . 1
182 — E l Derecho de gracia. 3 552 B e r z e v i c z y . — B e a t r i z de
181 — E l Visitador del preso. 3 de A r a g ó n , Reina de
323 A m ó . — L a s servidumbres Hungría f 7
rústicas y u r b a n a s . - E s - 353 B o c c a r d o . — H i s t o r i a del
tudio sobre las servi- Comercio, de la Indus-
dumbres prediales 7 t r i a y de la Economía
172 A s e n s i o . — F e r n á n Caba- política, para uso espe-
llero 1 cialmente de los I n s t i -
39 — M a r t í n Alonso Pinzón. 3 tutos técnicos y de las
184 A s s e r . — Derecho I n t e r - Escuelas superiores de
nacional privado 6 Comercio 10
368 B a g e h o t . — La Consti- 311 Bolssier.—Cicerón y sus
tución inglesa 7 a m i g o s . - Estudio de la
391 — Leyes científicas del sociedad romana d e l
desarrollo de las nacio- tiempo de César 8
nes en susrelaoiones con 380 — L a Oposición bajo los
los principios de la se- Césares 7
lección y de la herencia 4
525 B o u c h o t . — H i s t o r i a de la
416 Bald-win.—Elementos de
literatura antigua 6
Psicología 8
111 B a l z a c — C é s a r B i r o t t e a u 3 169 B o u r g e t . - H i p ó l i t o T a i n e 0,50
54 — Eugenia Grandet. . . . 3 395 B r é a l . — E n s a y o de Se-
mántica. (Ciencia de las
112 — L a Quiebra de César significaciones) 5
Birotteau 3 447 Bredif. - La Elocuencia
62 — P a p á Goriot 3 política en Grecia 7
76 — Úrsula Mirouet 3 399 B r e t H a r t e . — Bloquea-
2 B a r b e y d'AurevilIy. — dos por la nieve 2
E l Cabecilla 3 484 B r o o k s A d a m s . — L a l e y
12 — E l Dandismo y J o r g e de la civilización y de la
Brummel 3 decadenciadelospueblos 7
131 — L a Hechizada '3
N-« del „ ,
Catál." «setas Catál." Pesetas
605-626 B r y c e . — L a Repú- 361 C h a m p c o m m u n a l e . — L a
blica Norteamericana, sucesión abintestato en
dos tomos 13 Derecho Internacional
556 — E l g-obierno de los Es- privado 10
tados en la República 515 C h a s s a y . - L o s deberes de
Norteamericana 7 la mujer en la familia. 3
558 — Los partidos políticos 40 C h e r b u l i e z . — Amores
en los Estados Unidos.. 6 frágiles 3
367 B u n g e . — L a Educación.. ]2 26 — L a tema de J u a n Tozudo 3
185-186 B u r g e s s . — Ciencia 93 — Meta Holdenis 3
política y Dereülio cons- 18 — M i s R o v e l 3
titucional comparados 91 — P a u l a Mere 3
fdos toinosj ., 14 297-298 D a r w i n . — Viaje de
557 B u r n o u f . — Las religio- un naturalista alrededor
nes, literatura y consti- de] mundo (dos tomos).. 15
tución social de la I n d i a 7 59 D a u d e t . — C a r t a s de mi
547-648 B u y l i a , — E c o n o m í a molino 3
(dos tomos) 10 125 — Cuentos y f a n t a s í a s . . 3
533-537-642 C ü U a u x . —Los 13-14 — J ack (cZos í o m o s ) . . . 6
Impuestos en Francia, 46 — Novelas del l u n e s . . . . 3
{tres tomos) 18 540 D e l o r m e . — César y sus
520 C a m b r o n e r o . — L a s Cor-
contemporáneos 6
tes de la Revolución... 4
667 D e p l o i g e . — E l conflicto
559 — Crónicas del tiempo de la Moral y de la So-
de Isabel I I 7 ciología 7
36-37 C a m p e . — Historia de 536 D e s c h a n e l l . —Lo malo
América (dos tomos).,. 6 y lo bueno que se ha
156 C a m p o a m o r — C á n o v a s . I dicho de las m u j e r e s . . . 7
79 — Doloras, cantares y ku- 425 D o U i n g e r . - E l Pontifi-
moradas 3 cado 6
69 — Ternezas y flores 3 166 D o r a d o . — Concepción
317-354-371 C a r l y l e . — L a Re- Arenal 1
volución francesa (tres 33 B o s t o y u s k y . — L a nove-
tomos) 24 la del presidio 3
393 — Pasado y p r e s e n t e . . . . 7 301 D o - w d e u . — Historia de
189 C a r n e v a l e . — L a o u e s t i ó n la literatura francesa., 9
de la pena de m u e r t e . . 3
402 D u m a s . — A c t e a 2
102 Caro.—Costumbres lite-
340 E l t z b a c h e r . — 151 anar-
rarias 3
quismo, según sus más
58 — E l pesimismo en el si-
ilustres representantes. 7
glo XIX 3
65 — E l suicidio y la civili- 616 Ellen K e y . — E l amor y
zación 3 el matrimonio 6
363 — L a filosofía de Goethe 6 342 E l l i s S t e v e n s . — L a Cons-
293 C a s t r o . — E l libro de los • titución de los Estados
galicismos 3 Unidos, estudiada en sus
394 C o lo m b e y . — Historia relaciones con la Histo-
anecdótica de E l Duelo ria de I n g l a t e r r a y de
en todas las épocas y en sus colonias 4
todos los países 6 326 E m e r s o n . — L a ley de la
190-191 CoUins. — Resumen vida S
de la filosofía de Spen- 332 — Hombres simbólicos. . 4
cer {dos tomos) 15 413 — Ensayo sobre la natu-
437 C o m t e . — Principios de raleza, seg'uido de va-
Filosofía positiva 2 rios discursos 3,53
64 Coppée.—Un idilio 3 442 — I n g i a t e r r a y el carác-
ter inglés , 4
404Couperus.—SuMajestad. 3
459 — Los veinte e n s a y o s . . . 7
Cat&l.» tóeselas

553 E n g e l s . — A n t i - D ü l i r i n g problema p e n a l , por


o revolución de la cien- LuisCarelli 10
cia, de Eugenio Düh- 202 — L a superstición socia-
ring 7 lista 5
155 F e r n á n d e z G u e r r a . — 507 — E l delito como fenó-
Hartzenbusch 1 meno social 4
162 F e r n á n Flor.—Tamayo.. 1 539 — [Link] y Civiliza-
158 — Z o r r i l l a . . . 1 ción 4
98 G a u t l e r . — B a j o las bom-
92 F e r r á n . - O b r a s completas 3 bas prusianas 3
352 Finot.—Filosofía ile la 167 — Enrique Heine 1
longevidad 5 132 — Madama de Girardín
534 F i s h e r . Economía polí- y Balzac 3
tica y geométrica 8 121 — Nerval y Baudelaire.. 3
357 F l t z m a u r i c e - K e l l y . — 70 Gay.—Los Salones céle-
Historia de la L i t e r a t u - bres 3
ra española... 10 345 G e o r g e . — Protección y
24 F l a u b e r t . — U n corazón librecambio 9
sencillo. 3 421 — Problemas Sociales.. 5
390 Flint.— L a Filosofía de la 261 Giddings.—Principios de
Historia en Alemania.. 7 Sociología 10
196-197 Fouillée. — Historia 414 — Sociología inductiva. 6
de la filosofía (dos iomos) 12
485 G i r a r d . — L a Elocuencia
195 — La ciencia social con-
temporánea 8 ática •• 4
194 — Novísimo concepto del 546 — E l sentimiento reli-
gioso en la L i t e r a t u r a
derecho en Alemania,
griega 7
Inglaterra y Francia.. 7
451-452 —Historia d é l a filoso- 286 G i u r i a t i . — Los errores
fía de Platón (dos tomos) 12 judiciales 7
554-556 — Compendios de los 531 — E l Plagio 8
grandes filósofos ( dos 164 G l a d s t o n n e . —Lord Ma-
tomos) 12 caulay 1
333 F o u r n i e r . — E l ingenio 287 Goethe.—Memorias 5
en la historia.—Inves- 638 G ó m e z V i U a f r a n c a . —
tigaciones y curiosida- índices de La España
des acerca de las frases Moderna, tomos 1 á 264,
históricas 3 formados aplicando el
198-199 F r a m a r i n o dei M a - sistema de clasificación
l a t e s t a . — L ó g i c a de las bibliográfica decimal. . 12
pruebas en materia cri- 406 G o n b l a n c . — H i s t o r i a ge-
minal (dos tomos) 15 neral de la L i t e r a t u r a . 6
509 F r o m e n t i n . — L a p i n t u r a 21 G o n c o u r t . — Germinia
en Bélgica y Holanda.. 6 Lacerteux 3
302-303 G a b b a . — Cuestiones 204 — Historia de María An-
prácticas de Derecho ci- tonieta. 7
vil moderno idos tomos). 15 44 — L a Elisa 3
307 Q a r n e t . — H i s t o r i a de la 61 — L a F a u s t í n '.... 3
L i t e r a t u r a italiana.. •. 9 318 — Las f a v o r i t a s de
201 G a r o f a l o . — Indemniza- Luis X V 6
ción á las víctimas del 6 — Querida 3
delito 4 11 — R e n a t a M a u p e r í n . . . . 3
200 — L a criminología.—Es-
358 - L a D u - B a r r y 4
tudio sobre el delito y
la teoría de la repre- 528 — L a Clairon 6
sión, con xm Apéndice 543 — L a mujer en el siglo
sobre los términos del XVIII 5
206 González.-Dorecho usual 5
282-283 G o o d n o w . — D e r e c h o
^•'.ti Pesetas ^¿¡ifj Peseta.
Catil.»
administrativo compa- 219 K o c h y o t r o s . — E s t u -
rado (tZos tomos).. . . . . 14 dios de higiene general. 3
207 G o s c h e n . — Teoría de los 295 bis. K o r o l e n k o . — E l de-
cambios extranjeros . . , 7 sertor de Sajalín 2,50
564 G o s s e . — P a d r e é Hijo: 322 K r o p o t k i n e . — Campos,
Estudio de dos tempe- fábricas y talleres 6
ramentos 3 299 K r ü g e r . — H i s t o r i a , fuen-
208 G r a v e . — L a sociedad fu- tes y literatura del De-
tura B recho romano 7
469, 470, 461 - 462. Greea.— 517 L a g e r l o f . — E l esclavo de
Historia del Pueblo in- su finida 3
glés (cuatro tomos) 25 220 L a n g e . — L u i s Vives. . . . 2,5©
209 G r o s s . — M a n u a l del juez. 12 660 L a r c h e r . — Las mujeres
502 G u i z o t . — Abelardo y juzgadas por las malas
Eloísa 7 lenguas 4
210 GumplOTwicz. — D e r e o t o 454 L a r c h e r y J u l l i e n . - O p i -
político filosófico...... 10 niones acerca del matri-
211 — Lucha de razas 8 monio y del c e l i b a t o . . . 5
330 —Compendio de Sociología 9 221 I i a v e l e y e . — Economía
527 — L a Sociología y la po- política. 7
lítica 4 369 — E l Socialismo contem-
212 G u y a u . — La educación poráneo 8
y la Herencia 8 319 L e m c k e . — E s t é t i c a 8
331 — L a moral inglesa con- 288 L e m o n n i e r . — L a Carni-
temporánea, ó sea, Mo- cería (Sedán) 3
r a l de la utilidad y de 321 L e r o y - B e a u l i e u . — Eco-
nomía política 8
la evolución , . 12
474 L e s t e r " W a r d . —- Facto-
471 H a i l m a n . - Historia de la res Psíquicos de la Ci-
Pedagogía 2 vilización.. . . . . . . . . . . . 7
290 H a m i l t o n . — Lógica par- 431 I i e - w i s - P a t t é e . — Histo-
lamentaria 2 ria de la L i t e r a t u r a de
213 H a u s s o n v i l i e . — L a j u - los Estados U n i d o s . . . . 8
ventud de Lord Byron. 5 382 Lies'je.—El trabajo des-
324 H e i b e r g . — Novelas Da- de el punto de vista cien-
nesas 3 tífico, industrial y social 9
41 H e i n s . - Memoi'ias 3 222 liOaubroso.—La Escuela
314 — Alemania 6 oriminológ'ioo-positivis-
396 H e f f d i n g . — P s i c o l o g í a ta 7
experimental 9 385-386 — Medicina legal (dos
426 H u m e . — H i s t o r i a de la Es- tomos). 12
paña contemporánea.. 8 223 L u b b o c k . — E l empleo
412 — Historia del Pueblo de la vida 3
Español 9 563 L y c n h . — V i a j e al Cion-
214 H u n t e r . — Sumario del dic 4
Derecho romano 4 438 M a c a u l a y . — Estudios
316 H u x l e y , — L a educación y jurídicos 6
las ciencias n a t u r a l e s . . 6 460 M a c - D o a a l d . — E l crimi-
43 Ibsen.—Casa de muñeca. 3 nal tipo 3
53 — Los Aparecidos y Bdda 224 M a n d u c a . — Procedi-
Gabler. 3 miento penal 5
423 J i t t a . - Método de Dere- 535 Marie.—Misticismo y lo-
cho internacional 9 cura 5
565 J u s t i . — E s t a d i o s de arte 504-S10-52-_' M a r s h a l ! . - T r a -
español 6 tado de Economía polí-
217 K e ü s I n g r a m . - - H i s t o r i a tica (tres tomos) 21
de la Economíapolítica. 7 225-226-227 M a f t e n s . — D e r e -
l^i P«eta^
«hointernacionalfpúbli- ternacional público mo-
coyprivado) (íresÉomos) 22 derno 6
424 —Tratado de Derecho in- 308 N i e t z s o h e . — A s í hablaba
ternacional.—Apéndice. Zaratustra 7
— Jja P a z y la g u e r r a . . . 8 335 — Más allá del bien y del
410 M a r t í n . — L a Moral en mal 5
China..... 4 336 — L a Genealogía de la
481 M a t t i r o l o . — Institucio- moral 3
nes de Derecho Proce- 350 — Humano, d e m a s i a d o
sal Civil 10
humano... 6
173 M a u p a s s a n t . — E m i l i o
370 — A u r o r a 7
Zola 1 405 — Últimos o p ú s c u l o s . . . S
975 M a x - M u l l e r . — L a cien- 431 — L a Gaya c i e n c i a , . . . . 6
cia del lenguaje 8 466 — E l viajero y su som-
366 — Ilist. délas religiones. 8 bra 6
455 — L a Mitología compa- 490 N i s a r d . — Los c u a t r o
rada . . . . . . . . . . . . . . . . 7 grandes h i s t o r i a d o r e s
160 M e n é n d e z y P e l a y o . — latinos 4
M a r t í n e z de la R o s a . . . 1 497 NourrJson.—Maquiavelo 3
152 — Núñez de Arce 1 355 N o v i c o ' w . — L o s despilfa-
284 M e n e v a l . — M a r í a E s - r r e s de las Sociedades
tuardo 6 modernas 8
383 M e r c i e r . — C u r s o de F i - 365 — E l porvenir de la raza
losofía: Lógica 8 blanca 4
387-388 — Psicología {dos to- 407 — Conciencia y voluntad
mos) 12
sociales 6
392 — Outología 10 478 — L a guerra y sus pre-
427 — Criteriología general, 9 tendidos b e n e f i c i o s . . . . 1,5©
418 M e r e j k o w s k y . — L a 473 P a p i n i . — L o trágico coti-
Muerte de los D i o s e s . . 2 diano y E l piloto ciego. 3
118 M e r i m e e . — C o l o m b a . . . . 3 541 — E l Crepúsculo de los
133 — Mis perlas 3 Filósofos ,.. 3
450 Merkel.—Derecho penal. 10 157 P a r d o B a z á n . - A l a r c ó n . 1
229 M e y e r . — D e r e c h o admi- 171 — Campoamor 1
nistrativo 4 151 — E l P . Luis C o l o m a . . . 2
230-231 M i r a g l i a . — Filoso- 168 P a s s a r g e . — I b s e n 1
fía del Derecho (dos to- 483 P e r r o t . — D e r e c h o públi-
mos) 15 co de Atenas, 4
170 M o l i n s . — B r e t ó n de los 161 Picón.— Ayala 1
Herreros 1 549-550 P i e p e r s . — L a refor-
296 M o m m s e n . - D e r e c h o pú- ma del Derecho (dos to-
blico romano 12 mos),... 10
440-373 — Derecho penal ro- 417 P o t a p e n k o . — La novela
mano (dos tomos)....,. 18 de u n hombre s e n s a t o . . 2
492 Morley.—Estudios sobre 379, 432 y 433 P r e v o s t P a -
grandes hombres 5 r a d o ! . — L a Historia
544 — Voltaire 6 Universal [tres tomos).. 16
398 M o n t ó n . — E l deber de 384 Q u i n e t . - - E l Espíritu
castigar 4 nuevo.. 5
295 M u r r a y . — H i s t o r i a de la 235 R e n í. n . — Estudios de
L i t e r a t u r a olásicagriega 10 historia religiosa 6
312 Nanseii.—Hacia el Polo. 6 422 R i b b i n g . — La higiene
472 N a r d i - G r r e c o . — Sociolo- sexual 3
gía jurídica 9 237-238 R i c c i . — Tratado de
232 N e e r a . — T e r e s a 3 las pruebas [dos tomos). 20
233 N e u m a i m . — D e r e c h o I n - 397, 411, 435, 436, 318,319,444,
445, 450, 457, 463, 467,
N-t/«J Pesetas N.»del B ,
Catal.'
479, 480, 486, 491, 493, 430 S l e r o s z e w s k i . — Y a n g -
496, 499y 5J9.—Bicci. Hun-Tsy 2
Derecho civil {veinte to- 320 Sohm.—Derecho privado
140 romano ,. 14
546 R o c c o . — L a Sentencia 378 S o m b a r t . — E l Socialis-
Civil 4 mo y el movimiento so-
285 R o d . — E l silencio 3 cial en al siglo x i x . . . . 3
409 R o g u i n . — L a s Reglas ju- 256 S p e n c e r . — D e las leyes
rídicas 8 en general 8
415 R o o s e v e l t . — N e w - Y o r k . 4 247 — L a moral 7
523 Rossi.—Sociología y Psi- 253 — E l organismo social.. 7
cología colectiva 6 254 — E l progreso 7
453 Rozan.—Locuciones,pro- 257 — Etica, de las prisiones. 8
verbios 3 255 — Exceso de leg'islaeión. 7
346 R u s k i n . — L a s siete lám- 248 — L a beneficencia 4
paras de la arquitectura 7 246 — L a justicia 7
446-439 — Obras escogidas, 260 — Las inducciones de la
{dos tomos). 13 Sociología y Las insti-
530 — Las piedras de Vene- tuciones d o m é s t i c a s . . . 9
cia: Guía estética de Ve- 249 — L a s i n s t i t u c i o n e s
necia y de Verona 6
122 S a i n t e - B e u v e . — Retra- eclesiásticas. 6
tos de mujeres 3 251-252 — Las instituciones
441 — Estudiossobre Virgilio 5 políticas {dos tomos). . . 12
49 — Tres mujeres 3 258-259 _ — Los datos de la So-
512 S a i s s e t . - Descartes, sus ciología {dos tomos).... 12
precursores y sus discí- 250 — Las instituciones so-
pulos 7 ciales 7
381 S a n s o n e t t i . — D e r e c h o 343 — Las instituciones pro-
constitucional 9 fesionales 4
518 S a r c e y . Crónica del Si- 351 — Las instituciones in-
tio de París 6 dustriales 8
84 S a r d o u . - L a Perla N e g r a 3 488-489 S q u i l l a c e . — L a s doc-
242-344-372 S c h o p p n h a ü e r . trinas sociológicas {dos
tomos) 10
E l mundo como volun-
561-562 — Problemas c o n s -
tad y como representa- titucionales de la So-
ción {tres tomos) 30 ciología (dos tomos)... 12
241—Fundamentos de la moral 5 362 S t a r c k e . — L a Familia en
465—Ensayos sobre Religión, 1 as diferentes sociedades 5
Estética y Arqueología. 4 262 S t h a l . — Historia de la
464 — La nig'romancia 3 filosofía del Derecho.. . 12
458 — Estudios de Historia 341 S t i r n e r . — E l tínico y su
filosófica 4 propiedad 9
448 — Eudemonología o 376-377 S t o u r m . — Los P r e -
568 S c h o r n . — E l pianista supuestos {dos tom,os).. 15
Francisco Listz 7 475 S t r a f f o r e l l o . — Después
508 S c h e e l y M o m b e r t , — L a de la muerte 3
explctación de las rique- 449 S t u a r t - M i l l . — Estudio
zas por e l Estado y por
el Municipio. . . . . . . . 4 sobre la religión 4
115 S c h u r é . — Historia del 263 S u m n e r - M a i n e . — E l an-
tiguo derecho y la cos-
drama musical 5 tumbre primitiva 7
524 — Ricardo W a g n e r , sus 264 — L a guerra según el
obras y sus ideas 6 Derecho internacional. 4
401 S i e n k i e w i c z . - - O r s o . E n 266 — Las instituciones pri-,
vano : 2 mitivas 7
{Continúa.)
<)jla4lN^,«aie.—Vida de Lord Macaalay, 1 p . M a t t U ' O l o . — I n s t i t u c i o n e s de Derecho Pro-
«oetlic—MemoviiiH, h peaetaB. cesal Civil, 10 pesetas.
<néuiesB V i l X a f r a n c » . — í n d i c e s de L A E S - M a i r p a s s a i i t y Alexi».—VidadeZola, 1 p.
P A Ñ A M O D E R N A , t o m o s 1 á 2(i4, f o r m a d o s M a x - : i l Ü l l u t * . — H i s t o r i a de las Keligiones,
aplicando el sistema de clasificación biblio- 8 ptas.—La Ciencia de! lenguaje, 8 ptas.—La
gráfica decimal, 12 pesetas. Mitología comparada, 7 ptas.
<nOiil>]aiiC. — HÍM(orÍ!> Keiieral de ía literstu- M e n é i i á e z y P e l a y o . — V i d a de Nóñez de
ra, 6 pesetas. Arce, 1 peseta.-—Vida de Martínez de la R o -
(nOiK'/Oiirt.—lliHtoría de María AiiloiileLa, 7 sa, 1 peseta.
pesetas. Las Favoritas de Luis XV,fipe- M e i i e v a l y < í l i a i i í . e l a u c « . — M a r í a Esttiar-
do, íí pesetas.
setHw.—I,» Bu-BHvry, 4 pesetas.— Querida, S
pesetas.—Rene Maupetin, 3 pesetas.—Ger- M f t p c i e r , — L ó g i c a , 8 pesetas.—'•«ieología,
minia Lacerteux, 3 pesetas.—La FClisa, 3 pe- 2 tomos, 12 pesetas.— Ontología, _ü pesetas.
setas.—La F a u s t i n , 3 pesetas.—La Olairon, —Críteriología g e n é r a l o tratado de la cer-
6 pta,—La mujer en el siglo xvirr, 5 pts. teza, 9 pesetas.
<iÍ(iU<liiOfv.-~I>erecho admínistrativu com- M e r i m é e . — G o l o m b a , 3 pesetas.—Mls per-
parado, dos tomos, t4 pesetas. las, 3 pesetas.
^oiiixaieiE. -Derecho tisttat ñ pesetas. M e p e j k o w s k y . — L a M u e r t e de los Dioses,2
ieroH, 7 pesetHR. M e r k e l . — D e r e c h o penal, 10 p e s e t a s .
Cíosse.—Padre é hijo. Estudio de dos tempe- M e y e r . — Dereeno administrativo, 4 pts.
ramentos, 3 pesetas. ÍflÍi*atflÍH.—If'ilosotia del Oerectio, 2 tomoB,
í i í r a v e . i.a iSuciedad íiitiira, H peMeta», 15 pesetas.
© r e e n . — H i s t o r i a del pueblo inglés, 41., 25 ps. M o l i n s . — V i d a de Bretón, 1 peseta.
MoniiiiNeu.—Derectio pilblico romano, 12 pts
<»íroNN.— Miiniiai liel-Iiiex, üiiiesetaB. Dereciio penal romano, dos tomos, 18 ptg.
tiíul«ot.-™Abelardo y Eloísa, 7 pesetas. M o r i e y . — E s t u d i o s sobre grandes hombre»,
4ftniii|>l«i'vícai;.—Derecho político filomiücu, 5 pesetas.—VoUaire, 6 pesetas.
lOiienelaa.—Lucha de raz-ns, H ptas. doiv- M o n t ó n . — El deoer de cascigar, 4 p t a s .
pendio de 8ociolo>iía, 9 ptn. L a Sociología l l i i r r a y . — H i s t o r i a d o la Literatura cUHtca
y la política, 4 pts, griega, 10 pesitas.
#»íuyuii.—I.a ICducacióii y la hereui!Ía,H pta» Waiiíveii.— Hacia el Polo, 8 [Link].
— i,a Moral inglesa (lontemijorántia, lá ptas, M a r d i - í K r e c o . — S o c i o l o g í a jurídica, 9 ptaa.
H a i l m a n . — H . " de la Pedajío^ía, 2 pesetas. S í e e r a . — T e r e s a i H pesetas.
Ilaiikiltoii.—Lóg'ica parUmientaria, '2 ptan. NeiiniHiiit.— Oarectitf Internuciunat i)úil>lLcQ
llaiUMSOiiville.—I-a .liiventiid de Lord lly- moderno, H peHCtas.
ron, 5 pesetas. '^letsKstcln').-AHÍ baUlaha Zaratustra, 7 pta».
IteUierji;.—Novelas danesas, 3 pesetas. — La Ceneaiogia de la Moral, H ptas.--Más
Il*'iiie.—Alemania, H [lesetas.—Memo vías, 3 p. allá del bien y del mal, 5 ptas.™Uumano,de-
H U f f d i r a g ; : Psicología E x p e r i m e n t a l , 9 plaa. uuirtiado tiiunano, H ptas.—Aurora, 7 pta».—
H u m e . — H i s t o r i a del Pueblo Español, Optas. Últimos opi'isculoH, 5 ptaa.—La Gaya cien-
—Historia de la España Contemporánea, 8. cia, 6 ptas.— El viajero y su sombra^ 6 ptas.
I l u i i l o r . - S u i í í i a r i o d o Derec-ho r o m a n o , ! ptM, N i s a r d . — L o e cuatro g r a n d e s historiadores
l l l i x l c y . — L a Ediiciicióii y lan CianciaH NH- latinos, 4 pesetas.
turales, 6 ptas, I V o u r r í s o n . — M a q u i a v e l o , 3 pesetas.
I b s e i i . — O a s a de muñeca, 3 pesetas,-—-Los Movlc«*v.—Los despilfarros de las Socieda-
aparecidos, 3 pesetas. des modernas, 8 pesetas.—lili Porvenir de la
J i t t a . — M é t o d o de Derecbo internacional, 9. ra'/ji blanca, 4 pesetas.— Conciencia y vff-
JTusti.—Estudios de arte español, 6 pesetas. luntad sociales, 6 pesetas.—La guerra y SU9
KelSiN l i i ( f r a i n . — Historia dti !a IOci>iic>iiiía pretendidos beneficios, 1,50 pesetas
Política, 7 pesetíib. I * a p i n l . —-Lo trágico cotidiano y El Pilotfl
K o c l i H , l l i i ' H c l i , M t o U v i » y Wlli*!«l»iii-«. ciego, 3 pesetas.—El crepúsculo de los Fild-
— Estiidíofi de Higiene general, H peNetan. sofos, 3 p t a s .
K o r o l e n k o . — E l desertor de Sfljalin, 2,50. P a r d o B a z f t n . — E l P. Ooloma, a p e s e t a s . -
l i i ' O i > o t k Í i i . — C a m p o s , filbrii^nH y tallere-*, fi. Vida de Campoamor, 1 peseta.—De AlarcÓn, 1
lil'llKfi'*-—l'*s't>''hi, fuenteH y literatura del P a s s a r g e . — V i d a d e Ib^en, 1 peseta.
Derecho Uomano,'? pesetas. P e r r o t . — E l derecho público en Atenas, 4 p .
I ^ i a s e r l o f . — E l esclavo de su finca, 3 ptas.
l-aiijíe.—Luis Vives. 2'50 pesetaM. P i c ó n (.L O.).—Vida de Ayala, 1 peseta.
l í a r c l t e r - — L a s mujeres j u z g a d a s por las P l e p e r s . — L a reforma del Derecho, dos t o
mala« lenguas, 4 pesetas. mos, 10 pesetas.
P o t a v e n k o , — L a Novela de un hombre sen-
l i a r c l t e r y P . J . J u l l i e i ! . — Opiniones sato, tí pesetas.
acerca del matrimonio y del celibato, 5 ptas. P r é v o s t t - P a r a d o l . —Historia Universal
I ^ a v e l e y e . — Econoiviia política, 7 ptaH. —El
Socialiauio contemporáneo, 8 pesetas. 3 tontos, 16 pesetas.
l í e i i t c U e . — E s t é t i c a , 8 pesetas. < | n l n e t . — E l Espíritu nuevo, 5 pesetas.
I í e u i O M i i ¡ « r . — L a Carnicería (Sedán), 3 pta. K e u i i n . -Estudios de llistorfa HeligluaK, 6.
|jeroy-ISeaHliftii.-EconomÍ!rpoUtic«,Hpta. K i b b Í n g ^ . ~ L a higiene sexual, 3 pesetas. .
l i C B t e r - i w a r d . — Factores Psíquicos de la KiO-CL -Tratado de las pruebas, dos tomos,
Civilización, 7 pesetas. ao pts.—Derecho (7¡ vil, 20 tomos, 140 ptas.
I j e w i s - P a t t e e , — H i s t o r i a de la Literatura R o c e o . — L a sentencia civil, 4 pesetas.
de los Estados Unidos, 8 ptas. ICotfcrH.—Sentido económico de la IIÍEttoria,
l i l e s s e . — E l Trahajo, 9 pesetas. 10 pesetas.
I j o m b r o s o . — M e d i c i n a legal, dostomo» con K o d . — E l silencio, 3 pesetas.
multitud de grahados, 12 pesetas.
IJOIIIUI*ONO, l < ' « r r y , I ñ a r o T a l o y F i o r e - U o g r n l n , — L a s reglas jurídicas, 8 pesetas.
ttl.-—La Escuela Criminológica PoHitivista, HooHGvelt.—Nueva-York, 4 pesetas.
7 pesetas. R o s s i . — S o c i o l o g í a y pMÍcologia colectiva, 6.
l:iUlk1iocl{:.—-El ei»ipleo de la vida, 3 pesetaa. R o z a n . — L o c u c i o n e s , proverbios, dichos y
l^yiieh.—Viaje al Cloudic, 4 pesetas. frases, 3 pesetas,
ü l a c a n l a y . — La educación, 7 piaK.—Vida, RiimUln.—Las siete lámparas de la Arquitec-
Memorias y Cartas, dos tomos, 14 ptas.—Es- tura, 7 p e s e t a s . - O b r a s escogidas, ¡átomos,
tudios jurídicos, 6 pesetas. 13 ptaa.—Las piedras de Venecia, 6 pts.
9 I a c - l > o n a l f l . — El criminal tipo, 3 pesetas. H i l n t e - B e n v e . — Estudio sobre Virgilio, 6
M a n d u c a . — P r o c e d i m i e n t o penal, Spesetas. pesetas.—Tres mujeres, 3 pesetas.—Retr*
M a r i e . — M i s t i c i s m o y locura, 5 pesetas. tos de mujeres, 3 pesetas.
M a r s H a l l . — E c o n o m í a política, tres tomos, S a l s s e t . — D e s c a r t e a , sus preciirsor»ía y sus
21 pesetas, discípulos, 7 pesetas.
m a v t t t i i s . — D e r e c h o Internaciniml, 4 t., 30 p . M a n a o n e t t I . — D e r e c h o Constitucional, 9 p s
M a r t í n . — L a moral eu Chiua, 4 pesetas. S a r c f t y . — C r ó n i c a del ©¡tío de París, 8 p t a a
S a r d ó n . — L a perla negra. 3 pesetas.
S c h e e l y H I o m b e r t . ^ L a explotaci6n de
las riquezas por el Estado y por eL Munici- tas.—Los cosacos, 3 pesetas.—I van el imbe»
pio, 4 pesetas. cil, 3 pesetas.—El cauto del cisne, 3 pesetas.
Mc1ioiieiiliiiiiei*.~l<'iiii(1an)e)ito (le la mo- —El camino de la vida, 3 pesetas.—Placeres
ral, 5 pesettis.— Kl nimulo como voluntad > viciosos, 3 pesetas.—El dinero y el trabajo,
como iepr«Heiitación, 3 vols., ÉÍO peMefRfl.— B p e s e t a s . - M i confesión, 3 pesetas.—El tra-
EudemonoloKÍa (tratado de inundolog'ía á bajo, 3 penetas.
arte de bien viviri, 5 pt«.—Estudios de His- T o n g a n - B a r a i i O A V H k i . — L a s crisis indus-
toria Filosófica, 4 pesetas.—-l.a Nigroms m triales en I n g l a t e r r a , 8 pesetas.
cía, 3 ptas — Ensayos sobre Relig'ión, Estéti^ T u r g u e n e f f . — H u m o , 3 pesetas.—Nido de
ca y Arqueología, 4 ptas. hidalgos, S p e s e t a s . - E l j u d í o , 3 pesetas.—
S d i o r n . — E l pianista Listsí, 7 pesetas. E! rey Lear de la Estepa, 3 pesetas.—Un de-
S c f e n r é . - HiBlorin del drama niuH'csl, 5 p e - sesperado, Speselag.— Primer amor, 3 pese-
Betas.-—-Ricardo Wagner, sus obras y sus tas.—Aguas primaverales, 3 pesetas.—Deme-
ideas, 6 ptas. trio Rudín, 3 pesetas.—El Reloj, 3 pesetas.—
I S I e i i l t i e w i C K . — O r s o . En vano, 2 pesetas. La Guillotina, 3 pesetas.
B i e r o s z e T i ' s U i . — Y a n g - T I u n - T s y , novela, ^i. Ilri©!.—Historia d« Ohíle. H peHettm.
S o n i l H i i ' t . — El SocíalÍRnio y el movimiento V a e c a r o . — L a s bases sociológicas del Dere-
social en el siglo xix, íí pesetas. cho y del Estado, 9 pesetas,
í*|»eiicer.--I^a .iustieia, 7 ptas, —I^a Moral, V a l e r a . — V i d a de Ventura de laVega, 1 p t a .
7 pías.—I.a lieneficeneia, ¿ ptas.—Las Ins- " W a g n e r . — R e c u e r d o s de mi vida, 3 pesetas.
tituciones eclesiAstieas 6 ptas.—institucio- V a r i o » a u t o r e s . — £ £ Derecho v lo Sociolo-
nes socinles, 7 ptas.—Instituciones políticas, gía, contemporáneos, V'l ptas.
dos tomos, la ptas. El Organismo social, í d e m . — N o v e l a s y ("iaprielios, 3 pesftia'-.—Ra-
7 ptas. —El Progreso, 7 ptas.—Exceso de le- millete de cuentón, 3 pesetas.—Tesoro de
gislación, 7 p t a s . - l i e las Leyes en general, cuentos, 3 pesetas.—Cuentos escogidos, 3 ps.
8 ptas.—Eí ira de las prisiones, 8 ptjts.—Los ffios e r r a n d e i ^ d i ^ ^ c i i r n o s d e l o » n i A x I -
datos de la Sociología, dos tomos, ta (itas.— n i o s o r a d o r e » iiig^le»**.» m o d e r n o » .
Las Inducciones de la Sociología y las Insti- 7 pesetas.
tuciones douiéHticas, 9 ptas.—Instituciones V i v g r l l l l . - M a n u a l de Estadística, 4peeet»s.
protesionales, 4 ^lesetas.—Instituciones in-
dustriales, 8 pesetas V i v a n t e . — D e r e c l i o Mercantil, 10 pesetae.
V o c l t e . - P r i n c i p i o s fundamentales de Ha-
(•lolini.— Dereclio privado romano, 14 ps. cienda, dos tomos. 10 pesetas.
S Q u i l l a c e . — Las Doctrinas sociológicas, 2 I t V a d l e i g l i C h a n d l e r . — L a novela picares-
tomos, 10 peeetns.—Problemas eonstitacio- ca en España, 4 pesetas.
nales de !a Sociología, 2 tomos, 12 recetas.
ÍÜtHlil.—Historia dn ln. l*'iloM(»fia del Dereclit), I V a l l a c e . — R u s i a , 4 pesetas.
V¿ pesetas. W l i a r t o n . — L o s millonarios de los Estados
*!*tfti*Ue.— La Eamiliii en ÍH diferentes socie- Unidos ó el país del placer, 5 pesetas.
dades, 5 pesetas. "Wliit©,—Historia de ia lucha entre la cien-
cia y la teología, 8 pesetas
SHi'iifiV.—El Ilnico y su jíropiedad, 9 ptas.
W l t t . — H i s t o r i a de W a s h i n g t o n , 7 pesetas.
StOiii'iii.—Los PreRU])uefttoH, a tomos, 15 pe. ^ V a l l S K e w » k l . — H i s t o r i a de la Literatur»
S t r a f f o r e l l o . — D e s p u é s de la muerte, 3 ps. rusa. 9 pesetas.
N t i i a r t M i l i . — E s t u d i o s sobre la Religión, 4. \ l ' " e i i t i v o r t l i . — H i s t o r i a de los E s t a d o s Uni*
i ( u i n n e r - ) l l l i l i i e . -101 Antiguo Derecho y )>. doH, 6 pesetas.
costumbre primitiva, 7 i>eHetas.—IJR (-íritiri R, W e w t e r n i a r c k . - E l Matrivnonin en tn eepe
según el Dereclio internacionaí, 4 peHeta».— cié humana, 12 pesetas.
L»» inat • tuciones p r i m i t i v a s . 7 pesetsw. W l i i t n i a m . — l ^ a Alemania Imperial. 5 ptat.
Slni»l«o.~I)ereclio Mercatitil, 12 pesetH». W i l l a i i a r h b y . — l i a legislación obrera en los
S u t t n e r . — H i g h - I * i f e , B pesetas. Estados Unidos, Bpesetas.
T a l i i « . — H i s t o r i a de la ¡itorütura íngleRn; & W U s o i i , — E l Gobierno Oongresíonal, 5 ptas,
tomos34pesetas.— Los origenen de la Fran- W n i i d í . —Oompeinlio de Psicología. 9 ptas
cia contempurAnea, 6 tomos, 40 pfitft.— Los —Hipnotismo y sugestión, 2 pesetas.—Prin-
tílósofcsdel siglo XIX, 6 ptas. —Kotüssobre cipios de Fil.'soría, 9 pesetas.
París, H pesetas. —La pintura en los Países flílahin.—Biblia, Ciencia y F é ; 6 pesetas.
Bajos, 3 pesetas.—Florencia,3 pesetas.—Ve- Z o l a . — V i d a s de personajes ilustres: .Jorge
necia, 3 pesetas.—Tito Livio,4 pesetas. Sand, 1 peseta.—Víctor H u g o , 1 peseta.—
1 ' a v i l C ~ L a s 'l'ransí'ortniM'I'ineH del Derwrílio. Balzae, 1 peseta.—Daudet, 1 peseta—Sar-
6 pesetas.—La criminalidad comparada, 3 dón, 1 peseta. —Dumas (hijo), 1 peseta.—
pesetas.—Filosofía penal, dos tomos, 14 p^S. F l a n b e r t , 1 peseta.—Chateaubriand, 1 pefe-
T c l i e k l i o f . — T J n duelo, 1 pta, ta.— Goncourt, 1 peseta.—Musset, 1 peseta.
V o i l d . — E l Gobierno parlamentfirio en Itigln- —Teófilo fíautier, 1 peseta.—Sainte-Benve,
térra, dos tomos, 15 pesetas. 1 peseta.—Stendhal, 1 peseta.—Las veladas
T o l s t o y . — Los h a m b r i e n t o s , 3 pesetas.— de Médan, 3 pesetas,—Estudios literarios, 3
¿Qaé hacerV, 3 pesetas.—Lo que debe hacer- pesetas.—La novela experimental, Bpesetas.
se, 3 p e s e t a s . - M i infancia, 3 pesetas,—La —Mis odios, 3 pesetas.—Nuevos estudios li-
sonata de Kreutzer, 3 pesetas.—Marido y terarios, 3 pesetas.—Estudios críticos, 3 pe-
mujer, 3 pesetas.—Dos generaciones, 3 pe- setas.—El naturalismo en el teatro, dos to-
setas.—El ahorcado, 3 pesetas.—El Príncipe mos, 6 pesetas.—Los novelistas naturalis-
Nekhli, 3 pesetas.—En el Cáucaso, 3 pesó- tas, dos tomos, 6 pesetas.—E! Doctor Pas-
cual, dos tomos, 6 pesetas.
OBRAS RECIÉN PUBLICADAS por LA ESPAÑA HODERNA
B n r n o n f : Beiigiones, U t e r a t u r a y Constitución social de la India, 7 peietas,—Cambro-
n e r o : Crónicas dnl tiemsio de Isabel II, 7 p e s e t a s . — I / a i - c h e r : Las mujeres jiizpartas por la»
malas lenguas, 4 p e s e í a s . — S q n i l l a c e : Problemas einisiituBionalca de la So iol"(r'a. dos t o -
mos, 12 pesetas.—Ijyneíi: Viaje al Oonáia, 4 pesetas.—(SosseA P a d r e e hijo. EstDdio de dos
temperamentos, H pesetas.—Juñtl: Estudios de a r t e español, 6 pésetes.—Tongran B a P » -
n o w s k i : Las crisis industriales en IiiKlaterra, S p e s e t a s . — l > e p l o l g e : El conflicto de la Mo-
ral y de la Sociología, 7 p e s e f a s . — S c l i o r n : El pianista Listz, 7 pesetas.

E s t a E e v l s t a , escrita por los más eminentes publicistas, que cuenta veintiséis años d«
existencia, ve la luz todos los meses en tomos de m á s de 20O páginas.
Condlclonea d« suseripclón.
En España, seis meses, l O p e a e t a e i ; un año, 1 8 p e B e t a s . — F u e r a de España, un año, S 4
p e s e t a s . El número suelto en España 1,75 p e s e t a s , en el extranjero d o s f r a n c o s . El
Unnorte puede enviarse en letras sobre Madrid, París ó Londres.—Todos los abonos deben par-
tir de Enero de cada a ñ o . A los que se suscriban después se les e n t r e g a r á n los números publl-
eado*.—Se suscribe en la calle de López de Hoyos, 6 esquina á la de Serrano, Madrid,

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