2/2/2020 Reportaje: Caucus de Iowa: La armada demócrata inicia la batalla contra Trump | EL PAÍS Semanal
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La armada demócrata inicia la batalla
contra Trump
Amanda Mars / Pablo Guimón
ILUSTRACIÓN DE SR. GARCÍA (FOTOGRAFÍAS DE GETTY IMAGES)
2 FEB 2020 - 09:57 CET
Con los caucus de Iowa que empiezan mañana, el Partido
Demócrata inicia sus primarias para elegir al líder que se
enfrentará con el presidente de Estados Unidos en las
elecciones de noviembre. Crónica tras los pasos de los
candidatos en liza.
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La candidata demócrata Elizabeth Warren, en un acto en Hollis, Nuevo Hampshire. / MARK PETERSON (CONTACTO)
01. Elizabeth Warren
La combativa senadora ha sido el azote de Wall Street y defiende un giro a
la izquierda.
El 14 de enero Elizabeth Warren vive uno de sus momentos cumbre
de los siete debates que los precandidatos demócratas llevan
celebrados. La tensión de la noche es máxima por una polémica
desatada el día anterior con la campaña de su viejo amigo y ahora
rival, el también senador Bernie Sanders. La CNN ha publicado que,
en una reunión entre ambos mantenida en 2018, cuando aún no se
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habían anunciado las postulaciones para la Casa Blanca, Sanders dijo
a Warren que una mujer no podría ganar las elecciones
presidenciales y ella se lo discutió. El equipo del político de Vermont
lo desmiente ipso facto y, al cabo de unas horas, un comunicado de la
senadora declara el episodio verídico.
Al día siguiente ambos se ven las caras en el escenario, en Des
Moines, Iowa, y cuando una de las moderadoras les plantea la
contradicción, los dos mantienen sus respectivas versiones. “¿Puede
una mujer derrotar a Donald Trump? Mire a los hombres sobre este
escenario [había cuatro], en conjunto han perdido 10 elecciones. Las
dos únicas personas que han ganado cada una de sus elecciones son
las mujeres, Amy [Klobuchar, senadora por Minnesota] y yo”,
reivindica Warren, provocando una fuerte ovación del público, “y la
única persona aquí que ha quitado a un republicano electo del puesto
en los últimos 30 años soy yo”.
En Union Pub, uno de esos bares de Washington que vive la política
con la misma pasión que el béisbol o el fútbol, una australiana de 36
años que espera votar en noviembre por primera vez, como nueva
ciudadana estadounidense, mira embelesada el televisor. “Lo que ella
quiere, fundamentalmente, es cambiar la sociedad estadounidense
hacia algo más igualitario. La sanidad pública, la condonación de la
deuda universitaria… Es lo que este país necesita”, afirma Sara Roach.
Esas dos propuestas, se le hace notar, no son muy diferentes de las de
Sanders, el otro gran izquierdista de la contienda. “Pero me gusta más
ella, es una mujer muy perceptiva, muy sutil, creo que será mejor
líder,” responde. Además, “tiene esa energía…”, apunta dejando la frase
suspendida en el aire, buscando adjetivo.
No lo requiere. Este periódico ha seguido casi media docena de actos
de su campaña en los últimos meses y ha podido comprobar que
Elizabeth Ann Warren (Oklahoma City, 70 años) desprende energía a
secas. Del debate demócrata en Miami, el pasado junio, a un vibrante
mitin en Carolina del Norte el pasado otoño, pasando por varias citas
en Iowa, entre noviembre y enero. Da largas zancadas hasta llegar al
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escenario, a veces corretea, habla combativa, lanza exclamaciones. Y
al acabar, es capaz de pasar tres horas estrechando manos y
tomándose selfis con seguidores. Quien dude de esto último, que
pregunte en Raleigh por el 7 de noviembre.
En unas primarias en las que la edad avanzada de los primeros en los
sondeos (Biden tiene 77; Sanders, 78) llama la atención, la senadora
de Massachusetts se afana en demostrar que ese no es un problema
para ella, tercera en el promedio de encuestas. Tampoco ser mujer.
¿Pero qué tal lanzar semejante giro a la izquierda en un país que
asocia la palabra socialismo al comunismo?
Un sábado de noviembre, en un acto con sindicatos en Cedar Rapids
(Iowa), lo resume de este modo: “El único motivo por el que he
entrado en esta carrera es porque veo una América que funciona
cada vez mejor para una parte de la población cada vez más pequeña,
que está en la cúspide”. “Para revertir eso van a hacer falta grandes
cambios”, añade. Viste su uniforme oficial de los mítines: calzado
plano y deportivo, un pantalón algo acampanado y camiseta, todo de
riguroso negro, contrarrestado por una chaqueta de punto colorida,
ese día, roja. Su partido atraviesa un dilema: si un giro demasiado
progresista puede espantar a los votantes moderados en las urnas en
noviembre. La noche anterior, en la cena por la Justicia y la Libertad
en Des Moines, que reunió a todos los aspirantes, Warren lanza un
aviso en forma de arenga: “Cualquiera que se suba a este escenario y
os diga que va a lograr un cambio sin lucha, es que va a perder esa
lucha”, exclama.
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La candidata demócrata Elizabeth Warren en un acto en Raleigh, Carolina del Norte. / SARA D. DAVIS (GETTY IMAGES)
A quien la escuche le costará creer que, durante muchos años,
Elizabeth Warren fue republicana. No se puede entender su
conciencia política sin conocer su biografía, un relato sobre el
esplendor y crisis de la clase media en un pedazo de la llamada
América profunda. La historia de los Herring —su apellido de soltera—
se quiebra a principios de los 60, en Oklahoma City, cuando ella tiene
12 años y su padre sufre un grave infarto que lo retira del mercado
laboral durante demasiado tiempo. Fue por las noches, escuchando
las conversaciones de sus padres, cuando aprendió palabras como
hipoteca, ejecución, desahucio.
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Una de las veces fue llorando a su madre, temerosa de acabar
viviendo en la calle, y la mujer le prometió: “No vamos a perder esta
casa”. Su madre, que tenía 50 años y jamás había tenido empleo,
encontró uno en los grandes almacenes Sears con sueldo mínimo.
Conservaron su hogar.
“Quien os diga que va a lograr un cambio sin
lucha, es que va a perder esa lucha”, clama la
enérgica Warren
“La historia de mi madre es también una historia de Gobierno, porque
cuando yo era niña, un trabajo a tiempo completo con sueldo mínimo
pagaba la hipoteca y ponía comida en la mesa. Hoy un trabajo así no
es capaz de sacar a una mujer y a un bebé de la pobreza… ¡Eso está
mal! ¡Y por eso estoy en esta lucha!”, clama la senadora, con palabras
casi idénticas, en buena parte de sus mítines. Se casó a los 19 años y
dejó de estudiar, pero luego, ya madre de su primera hija, volvió a la
universidad. En la campaña cuenta que cuando después empezó a
dar clases en la escuela pública y se quedó embarazada de nuevo, la
despidieron.
Para Warren, lo personal no puede ser más político. Muchos años
después de aquel drama familiar, se acabaría convirtiendo en una
gran experta en bancarrotas personales y en el sector financiero.
Enseñaba esta materia en Harvard cuando en 2008, en pleno crash,
Obama la fichó y diseñó la agencia de protección al consumidor
financiero. En 2012 ganó su escaño por Massachusetts apeando del
puesto a un republicano, Scott Brown (sí, al que se refirió en el
debate), y en el ocaso de la era Obama ya se había erigido en un
referente ideológico del Partido Demócrata, azote de Wall Street e
impulsora de un giro progresista ahora cada vez más central. Resulta
sintomático que el consejo editorial de The New York Times haya
decidido apoyarla a ella junto a Klobuchar.
Se ha lanzado a la Casa Blanca con una batería de planes para todo,
pero la parte del león es un programa económico que, de aplicarse al
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dedillo, supondría una suerte de revolución, pues concede al
Gobierno un grado de intervención irreverente en un país como
Estados Unidos. Aunque se declara capitalista —Forbes le ha
calculado un patrimonio de 12 millones—, quiere otras reglas de juego.
Ha prometido luchar contra la corrupción, trocear grandes empresas
como el gigante tecnológico Facebook arguyendo su dominio de
mercado, impulsar la universidad pública gratuita y un sistema
sanitario universal que gradualmente acabe eliminando la opción de
los seguros privados. Todo sufragado, en buena parte, por una subida
fiscal a grandes fortunas. Habla de un nuevo impuesto del 2% anual
para los hogares con activos de más de 50 millones y un punto
adicional para lo que pasen de 1.000. Las cifras han sido
cuestionadas por varios expertos y, con el paso de los meses, ha ido
suavizando su mensaje, poniendo el acento en la gradualidad. En los
mítines se explica como si estuviese en un aula, hablando más como
una profesora entusiasta que como una revolucionaria.
Este lunes, en los caucus (primarias) de Iowa, se enfrenta al primer
asalto. La campaña acabará de forma atropellada debido al
impeachment a Trump, que le obliga a permanecer en Washington
siguiendo cada sesión. Eso la llevó el 15 de enero por la noche a
regresar precipitadamente a la ciudad. Era de noche y la vi pasar por
un barrio cercano al Capitolio. Llevaba su habitual pantalón negro,
sus zapatillas y una cazadora oscura. Iba, cómo no, corriendo.
Texto de Amanda Mars
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DUSTIN CHAMBERS
02. Pete Buttigieg
El aspirante más joven, de 38 años, sigue el idealismo pragmático de Obama
y sería el primer presidente abiertamente homosexual.
La carrera por la presidencia del Gobierno más poderoso del mundo
comienza entre los maizales de Iowa, un Estado de algo más de tres
millones de habitantes y una escasa diversidad racial, poco
representativa de lo que es hoy Estados Unidos. En ese trozo de
América se celebran, sin embargo, los primeros caucus para elegir al
candidato de cada partido a las elecciones y eso ha llevado el primer
sábado de noviembre a Pete Buttigieg al colegio de secundaria de
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Decorah, un pueblo con 7.000 vecinos y una curiosa huella cultural
escandinava, fruto de la inmigración del siglo XIX.
“¡Me encanta estar en una ciudad donde a nadie le va a parecer raro
que uno aprenda noruego de forma autodidacta!”, espeta a un público
eminentemente mayor nada más subir al escenario. Buttigieg estudió
nociones de ese idioma para poder leer al novelista Erlend Loe en
versión original. También habla algo de español, chapurrea árabe y, si
se incendia la catedral de Notre Dame, da el pésame en francés. Es
graduado en Harvard, becado del prestigioso programa internacional
Rhodes y sí, cómo no, también toca el piano. El más joven aspirante a
la Casa Blanca, de 38 años recién cumplidos, tiene un aire de niño
prodigio casi agotador. A los 29 ya era alcalde de su natal South Bend,
Indiana. De adolescente, en el último año de instituto, ganó un
concurso de la Biblioteca Presidencial John F. Kennedy con un ensayo
sobre un político izquierdista de Vermont, ni más ni menos que
Bernie Sanders. “El coraje de Sanders es evidente en la primera
palabra que usa para describirse a sí mismo: socialista”, escribió.
Buttigieg pelea dos décadas después con ese senador y otro puñado
de curtidos políticos por la candidatura demócrata. Si gana, será el
primer presidente estadounidense de la generación milenial y,
también, el primero abiertamente homosexual. Este periódico lo
acompañó durante dos días en una ruta en autobús por Iowa a
principios de noviembre para tratar de averiguar el secreto de este
hombre que, con poca más experiencia política que la de la alcaldía
de una ciudad de 100.000 habitantes, se ha colocado cuarto en los
sondeos, por delante de un buen puñado de veteranos de Washington.
“Debemos demostrar a los americanos de
zonas rurales, conservadores, que son parte
del futuro que queremos. Debemos apelar a
más estadounidenses”, dice Buttigieg
Es sábado por la noche y Pete, como se suele referir a él su equipo,
sube al autocar ya sin corbata, protegido del frío por una cazadora de
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aviador. Ha participado en cuatro actos ese día y tiene programados
tres más para el siguiente, pero solo se le adivina el cansancio en la
voz, de un inconfundible tono grave que, en ese momento, suena algo
agrietada. Abre una cerveza y empieza a recibir preguntas. Las
normas del viaje son sencillas: todo es on the record, es decir, todo se
puede grabar, escribir o publicar, sin limitación de temas. Tanto si el
trayecto entre eventos dura 30 minutos o es dos horas, Buttigieg
responderá de un asunto u otro con salto con pértiga: el precio de las
matrículas, Oriente Próximo, el cambio climático, los rifirrafes del
último debate.
En un momento, surge el gran dilema de estas primarias, el tan traído
y llevado giro izquierdista del partido que impulsan rivales como
Sanders y Elizabeth Warren, segundo y tercera en liza, y si eso le deja
a él en el flanco moderado junto al exvicepresidente Joe Biden, la
propuesta más continuista y, como teme el joven político de Indiana,
menos electrizante. Inspira con fuerza, mira a la nada durante dos
segundos —ritual que repetirá en muchas contestaciones— y apunta
con mucha intención: “Está claro que los senadores Warren y Sanders
son realmente atractivos para quienes tienen ese deseo de pureza”,
afirma, pero añade después: “No estoy de acuerdo en identificar las
políticas más divisivas como las más valientes”.
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Pete Buttigieg, antes de un acto en Atlanta. / DUSTIN CHAMBERS
Se puede explicar de forma menos abstracta: mientras que Sanders y
Warren reclaman un sistema de sanidad universal que elimine los
seguros privados, Buttigieg defiende el mantenimiento de la opción de
los seguros privados para quienes así lo deseen, y frente a la idea de
una educación universitaria gratuita para todos en los centros
públicos, el joven político de Indiana sostiene que las familias con
ingresos a partir de los 100.000 dólares deberían seguir pagando.
Hay en él algo de síndrome de hijo rebotado en un hogar marxista. Su
padre, Joseph Buttigieg, era un académico emigrado de Malta,
traductor de las obras de Gramsci. El precandidato cuenta en sus
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memorias políticas, Shortest Way Home, que no se dio cuenta hasta
años después, ya adulto, de la tensión que suponía el hecho de que su
padre fuera un hombre de izquierdas, crítico público y peleón de la
Administración de Reagan, “algo nada fácil en el campus como el de
Notre Dame en los años ochenta”.
En el campo de minas de la política y la identidad, o de la política de
la identidad, Pete Buttigieg baila claqué. Forjado en la conservadora
Indiana, veterano en Afganistán y muy religioso, en 2018 se casó con
Chasten, un profesor de Humanidades también treintañero que ha
adoptado el exótico apellido del político. Porque hasta en eso llama la
atención. Cuando anunció que se presentaba, se publicaron decenas
de piezas explicando cómo había que pronunciarlo. Para un
hispanohablante sería algo así como búdellech.
Si se le plantea si cree un problema su condición sexual para ganar las
presidenciales, argumenta que logró repetir mandato como alcalde de
South Bend al poco de salir del armario (en 2015). Cuando se le acusa
de escasa experiencia, argumenta que nada como ocho años de
gestión municipal para conocer las verdaderas necesidades de la
gente, y saca pecho por el resurgir económico de su ciudad, muy
castigada por la desindustrialización, o recuerda su trayectoria
militar, la más destacada que llegaría a la Casa Blanca desde Bush
padre.
En un foro sobre discapacidad en Cedar Rapids, hizo una reflexión
curiosa sobre ese colectivo y el LGBTI que exploraba la idea de la gran
coalición de intereses. “Se trata en ambos casos de comunidades que,
muy a menudo, se juegan los mismos derechos, comparten los
mismos intereses, pero internamente son increíblemente diversos, en
cuestión de raza, o de origen, incluso políticamente”, dijo. Más tarde
en el autobús, abundará en ello y lo extrapolará a la política
estadounidense: “Es muy importante encontrar la forma de tejer a la
sociedad. Cuando surge una ley o una decisión judicial que pone en
peligro unos derechos, de repente une a un montón de gente que en lo
demás es radicalmente distinta entre sí, pues eso es lo que
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deberíamos usar para crear un mejor sentido de pertenencia y de
respeto en este país”.
Con el paso de los meses, su imagen ha sufrido ya la primera ola de
desgaste. Sus casi tres años de trabajo en la consultora de empresas
McKinsey han despertado críticas en el campo más progresista y sufre
una nula conexión con el votante afroamericano, algo especialmente
doloroso para el aspirante que ha puesto la unidad de los
estadounidenses en el centro de su mensaje.
Para ganar las elecciones en noviembre, defiende, los demócratas no
deben centrarse en los asuntos más divisivos, sino aprovechar las
nuevas mayorías que suscitan reformas más graduales y captar a los
votantes indecisos. “Debemos demostrar a los americanos de las
zonas rurales, conservadores, que son parte del futuro que queremos.
No es que vayamos a ganar cada condado republicano, pero debemos
apelar a más estadounidenses”, argumenta.
No hay ardor guerrero en la campaña de Buttigieg, pero sí una
apasionada invocación a la esperanza, un idealismo intelectual y
pragmático, de corte inconfundiblemente obamaniano, el sí se puede,
pero hasta donde se puede. Es difícil atraparle en un renuncio, a todo
responde de forma elaborada, profunda, sin estar claro el sex-appeal
electoral que eso despierta. Una de las noches, ya en el hotel,
comparte pizza con los periodistas y habla de literatura, de métodos
de debate, de Europa. Los días acaban tarde para él desde hace
meses. Antes de dormir habla con Chasten.
La candidatura de Buttigieg refleja muchos de los cambios sociales de
este país y sirve para plantear muchas preguntas, pero la más
importante, con vistas al 3 de noviembre de 2020, es si unas
elecciones se ganan desde la causa o desde el consenso.
Texto de Amanda Mars
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El candidato Joe Biden, durante un acto de campaña en San Antonio, Texas. / CH. LEE (CONTACTO)
03. Joe Biden
El exvicepresidente lidera las encuestas y se presenta como el hombre
idóneo para unir un país marcadamente polarizado.
Joe Biden entra en la sala del hotel Sheraton de Des Moines como un
galán de cine antiguo. Alto, traje impecable, sonrisa inmaculada, pelo
brillante. La asociación de profesores de la escuela pública de Iowa
celebra su conferencia un sábado nevado de enero y cuatro de los
candidatos presidenciales pasarán por el escenario para engatusar a
este gremio tan maltratado en Estados Unidos. Biden se dirige a ellos
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como un hombre llano, habla de Jill, su esposa, también docente,
como si hubiesen estado comiendo juntos el día anterior, les cuenta
sobre otras escuelas. “Amigos, amigos… Voy a poner de acuerdo a
todos los senadores y congresistas, a gente de todas partes, para daros
el apoyo que necesitáis, juntos nos vamos a asegurar de que cada
niño, sin importar sus ingresos familiares o etnia, esté preparado para
la economía que viene”, promete.
Hablarán también Elizabeth Warren, Pete Buttigieg y Amy Klobuchar.
Al que el público recibirá en bloque de pie, entre aplausos, será, sin
embargo, al vicepresidente de la era Obama. Teniendo en cuenta que
lidera las encuestas en el ámbito nacional sin interrupción desde que
empezó esta carrera, no habría que usar la adversativa, pero es que
Joe Biden (Scranton, Pensilvania, 77 años) es algo así como el
antihéroe de estas primarias.
Significa el establishment en un tiempo antiestablishment; un
demócrata moderado en la fiebre del giro a la izquierda; un candidato
sin golpes de efecto en el reino de las redes sociales; un hombre
mayor, blanco y católico en el momento de mayor diversidad en la
historia de la política de Estados Unidos. Elegido senador por primera
vez en 1972, su casi medio siglo metido en política le ha colocado
sobre los hombros una pesada hemeroteca: el voto a favor de la
guerra de Irak, sus negociaciones con políticos segregacionistas o su
polémico papel de árbitro en la audiencia por acoso de Anita Hill. The
New York Times, en el artículo en el que explica su apoyo a Warren y
Klobuchar, elogia su experiencia, pero atribuye los sondeos a que
resulta familiar entre los encuestados y, entre otras cosas, le reprocha
su edad. Buena parte del star system de analistas de Washington ha
creído verlo descarrilar mil veces.
Pero hoy por hoy sigue primero y así se respira esa mañana en Iowa,
donde Biden se mete al público en el bolsillo con sus bromas de vieja
escuela. “Oh, vaya, no debería decir esto, pero lo voy a decir”,
comenta cuando, en la despedida, el presidente de la asociación le
regala una rosa amarilla. Le pide que se la entregue a Jill. “Cuando me
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he metido en problemas o cuando realmente quiero decirle cuánto la
quiero, lo que le doy es una rosa amarilla. Verdad de la buena. ¡No le
voy a decir que me la habéis dado vosotros, chicos!”, y todos rompen
en aplausos.
Biden se saca selfis con simpatizantes en Indianola (Iowa) / A. HARNIK (AP)
Biden no es bueno en los debates, ni innovador en los discursos, pero
verle actuar en las distancias cortas ayuda a comprender el charm
que conserva. Había que observarle en diciembre en San Antonio
(Texas), hablando con todo tipo de hombres y mujeres al terminar el
acto, abrazándolos, haciéndoles preguntas. También es propenso a las
meteduras de pata. Y su forma de achuchar a las mujeres, a veces
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incluso en actos públicos, suscitó una ola de críticas hace unos
meses, cuando varias denunciaron lo incómodas que se habían
sentido. Pero ese sentimiento quedaba lejos de aquel mitin.
“Me parece maravilloso, es un hombre de la calle que ha sufrido
mucho en la vida y eso le ayuda a conectar. Y sobre el pasado…, si
mirásemos 30 años atrás, todos haríamos cosas diferentes”, opina
Carole Lieber, una consultora de recursos humanos en Washington,
en un restaurante en enero, mientras ve el último debate.
“El futuro presidente va a heredar un mundo
caótico, no va a haber tiempo para entrenar”,
avisa el bregado Biden
Cuando Biden era el joven senador estrella de Washington, su
primera esposa y su hija de 13 meses murieron en un accidente de
tráfico. Los chicos, Beau y Hunter, resultaron heridos. Con los años se
volvió a casar, con la profesora Jill, y tuvo otra niña. En 2015 enterró a
otro hijo, Beau, por cáncer, motivo que pesó en su decisión de no
lanzarse a las presidenciales de 2016. Muchos de quienes han seguido
su carrera coinciden en que estas tragedias le han marcado más allá
de lo personal, que le han ayudado a conocer mejor al ser humano.
Hay un relato emocional para Biden entre los demócratas, el del
político que conocen de toda la vida, el querido vicepresidente de los
añorados años de Obama, criado en una familia obrera del castigado
cinturón industrial estadounidense. Y otro político, el del hombre con
un vastísimo conocimiento de la política exterior y, sobre todo, de los
entresijos del Congreso, básicos para que cualquiera de las promesas
electorales cristalice. Esos son los galones que él también reivindica.
“El futuro presidente va a heredar un país dividido en un mundo
caótico, no va a haber tiempo para entrenar”, advierte. “Necesitamos
a alguien con habilidad probada para unir a la gente y conseguir que
se aprueben leyes, ese soy yo, yo soy el que ha encontrado votos para
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el Obamacare, el que ha vencido dos veces a la Asociación Nacional
del Rifle (…). Algunos candidatos me atacan porque digo que puedo
unir el país; creer que no se puede es tirar la toalla”, arenga al público.
Ahora, el impeachment a Trump le salpica porque las investigaciones
que el presidente buscaba afectan a su hijo Hunter, empleado por una
gasista en Ucrania mientras el padre era vicepresidente, algo muy
criticado en su día. Su campaña lo identifica como prueba de que es
el candidato que más teme Trump. Arrasa en el voto afroamericano y
compite con Bernie Sanders por el trono entre la comunidad latina.
Biden hace una campaña de corte estudiadamente presidencial.
Dirige la mayor parte de sus ataques a Trump y su esposa ejerce de
primera dama pateándose por su cuenta Estados Unidos haciendo
campaña. Su programa es más progresista que el de Hillary Clinton en
2016 en materia sanitaria, inmigración o cambio climático, pero sus
rivales han subido tanto la apuesta en el eje de la izquierda que sus
políticas resultan hoy centristas. Ha querido ser presidente desde los
ochenta, cuando un escándalo de plagio en la Escuela de Derecho le
apeó de la carrera. Hay mucha épica en la poca épica de Joe Biden.
Texto de Amanda Mars
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El candidato Bernie Sanders, durante un evento electoral en Davenport (Iowa). / ANDREW HARNIK (AP)
O4. Bernie Sanders
Impulsado por su vasta red de simpatizantes, encarna el ala más
socialdemócrata.
Los campos que surcan las carreteras de Iowa son hoy un manto
blanco infinito, como si alguien hubiera espolvoreado sobre estas
llanuras la misma nieve de las montañas de Vermont, para recordar a
Bernie Sanders que todo es lo mismo. Que cambia la geografía, la
escala. Pero que esta larga carrera a la Casa Blanca es, en su esencia,
lo mismo que aquellas primeras campañas que disputó a principios
de los setenta en Vermont, pequeño Estado del noreste al que llegó
recién licenciado, dejando atrás el asfalto de Brooklyn, en busca de
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una utopía rural donde empezar la revolución. Luego se sucedieron
las carreras fallidas por la gobernación del Estado. La alcaldía de
Burlington. La Cámara de Representantes. El Senado. La Casa Blanca.
Victorias y derrotas. Pero un mismo mensaje. Uno de simpatía por los
oprimidos y los desheredados, contra los ricos y poderosos.
Un mensaje que se conjuga en pasado, presente y futuro, pero
siempre en primera persona del plural. “Yo no. Nosotros”, dice el texto
proyectado en la pared de un salón de actos de un hotel de Iowa City,
donde el senador de 78 años, encorvado sobre el atril de madera,
arenga a sus fieles, y subraya las palabras clave escribiéndolas en el
aire con los largos dedos de su mano derecha. “Nos enfrentaremos a
la corrupción en Washington”. “Tenemos que liderar el mundo”.
“Cuando lleguemos a la Casa Blanca”.
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“No puede ganar él solo, porque la gente a la que se enfrenta es la más
poderosa. Solo se puede vencer inspirando un movimiento. Su
mensaje le trasciende y crea un movimiento que cambiará este país”,
opina Luke Gude, contable de 27 años, llegado de Cedar Rapids, 50
kilómetros al norte por estas carreteras heladas.
Una campaña política, como una militar, requiere el despliegue de un
vasto contingente de efectivos por una geografía cambiante. En el
entorno de Sanders se habla de su “ejército de base”. Una campaña de
contacto directo que desplegó hace cuatro años y que ahora ha
perfeccionado. En los seis días siguientes a la presentación de su
segunda candidatura a las primarias del Partido Demócrata, hace
ahora un año, se alistaron un millón de voluntarios. En los últimos
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tres meses del año, su campaña ingresó 34 millones de dólares, más
que ninguno de sus rivales, y todo en pequeñas donaciones de una
media de 18 dólares cada una.
Ese ejército lleva semanas recorriendo Iowa. Igual que el propio
candidato. El sábado, un encuentro con votantes en Newton y un
mitin en la Universidad de Saint Ambrose. El domingo, un foro en un
instituto de Davenport, a orillas del Misisipi, y otro mitin en Iowa City.
Regreso a Des Moines y, después, a Washington, a esa realidad
paralela en la que, como miembro del Senado convertido en jurado
del impeachment, deberá decidir sobre la destitución de quien
considera “la persona más peligrosa de la historia de este país”, a la
que sueña con suceder en la Casa Blanca.
Bernie Sanders en la Casa Blanca. Un socialista en el Despacho Oval.
Hoy pocos lo descartan. De un populismo de derechas a un
populismo de izquierdas. Cuatro años. Una oscilación completa del
péndulo político.
Cuatro años dan para mucho. Michael Greve, obrero metalúrgico de
Cedar Rapids, por ejemplo, podía ir más ligero a escuchar al único
político que le ha “hablado al corazón”. Ahora lleva en sus brazos a su
hija Elisa, de dos años, una niña de rizos rubios para quien Sanders se
ha convertido en una figura ya casi familiar, a fuerza de acudir a
escuchar un mensaje que, según su padre, es “el único genuino y
capaz de unir al país”. Cuando le oyó por primera vez, Lillian Calman,
vendedora, era solo una adolescente. “Como Obama en 2008, Bernie
apelaba a la gente que quería un cambio”, recuerda. Cuatro años
después, está convencida de que “ese cambio está al alcance de la
mano”.
Hace cuatro años, Bernie Sanders cambió un partido. El objetivo
ahora es cambiar el mundo.
El tiempo transcurrido permite a los ideólogos de “nuestra
revolución”, sintagma que da título al best seller que publicó Sanders
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la semana después de la victoria de Donald Trump, sostener que el
senador ganó las primarias de 2016. Perdió la nominación, sí, pero
unas primarias son también una lucha por el alma del partido. Y en
esa otra batalla se impuso Sanders. Los dos candidatos lucharon en
distintos frentes, defiende Jeff Weaver, jefe de la anterior campaña de
Sanders y autor del libro Cómo ganó Bernie. Hillary Clinton, explica,
luchaba por la candidatura del Partido Demócrata; Sanders, en
cambio, batallaba por “alterar la trayectoria ideológica de la política
nacional”. Con la misma contundencia con que Clinton logró la
nominación, se impuso el senador independiente en la batalla
ideológica. Sería exagerado decir que el Partido Demócrata es hoy el
partido de Sanders. Pero no que Sanders es la persona, excluyendo
acaso a los presidentes, que más ha cambiado la formación desde la
Guerra Fría. En un tema tras otro, el debate se ha acercado a la
agenda socialdemócrata que presentó el senador independiente en
2016.
Sanders tardó en dar su apoyo a Clinton. Quiso asegurar
compromisos políticos de su rival antes de poner tras ella a su
movimiento. Lo contrario, sostiene Weaver, habría sido una traición a
la revolución. El apoyo al final fue sin matices. Pero quedaban las
heridas de una lucha feroz. Uno de cada cuatro votantes de Sanders
no votó por Clinton en las presidenciales. Y uno de cada diez lo hizo
incluso por Trump. Muchos no se lo perdonan en el establishment
demócrata.
La victoria de Trump no acabó con la revolución. El senador siguió
recorriendo el país. Y en febrero de 2019, anunció que volvía a
presentarse. “Juntos, tú, yo y nuestra campaña de 2016 empezamos la
revolución política”, explicó en un e-mail a sus simpatizantes. “Ahora,
es el momento de completar esa revolución e implementar la visión
por la que peleamos”.
Hoy es un candidato más fuerte, pero también más ambiguo. Una
figura de fama mundial. No está exactamente dentro del sistema, pero
tampoco fuera. También es cuatro años más viejo. Con 78, es el
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candidato de más edad y, si saliera elegido en noviembre, sería el
presidente más mayor de la historia del país. El 1 de octubre, todo
pudo haber saltado por los aires cuando Sanders, durante un acto en
Las Vegas, sintió un fuerte dolor en el pecho y fue hospitalizado.
Había sufrido un ataque al corazón y le colocaron dos stents en una
arteria bloqueada. Pero el axioma de que un incidente grave de salud
es el fin de una carrera presidencial es otra de las ideas
preconcebidas que Bernie Sanders ha desmontado.
Su popularidad no ha hecho sino crecer desde entonces. En la cama
del hospital, con su carrera en el aire, le pasaron una llamada. Era la
congresista Alexandria Ocasio-Cortez para anunciarle que se uniría a
su campaña. Ocasio-Cortez, de 30 años, hoy estrella rutilante del
partido, se formó en el ejército de Sanders en 2016.
Sanders conecta con los jóvenes. En 2016 obtuvo más votos de
menores de 30 años que Clinton y Trump sumados. En estas
primarias, según un sondeo, el 52% de los jóvenes demócratas le
apoya. Su pelo blanco despeinado, sus gafas sin montura. El candidato
se ha convertido en un icono pop que adorna chapas y camisetas. Las
colas para sus eventos son competiciones para lucir el diseño más
ingenioso. Pero los jóvenes sanderistas rechazan la condescendencia
con la que se tachó su opción política de superficial idolatría
posmoderna.
Sus buenos resultados en los sondeos han vuelto a hacer saltar las
alarmas en el establishment demócrata. Y han hecho que afloren las
puñaladas, sobre todo con Elizabeth Warren. Nadie quiere una pelea,
y menos entre dos candidatos del mismo bando. Porque en estas
primarias se enfrentan dos visiones del país. Quienes consideran que
Trump es un paréntesis tras el que cabe una vuelta a la normalidad, y
quienes creen que es el producto de un sistema fallido que necesita
ser reemplazado. Sanders pertenece al segundo grupo. Ahora, hace 4
años y hace 40. Cambian los tiempos, los lugares, las caras. Pero su
mensaje es el mismo. Como la nieve de las llanuras de Iowa y la de las
montañas de Vermont.
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Texto de Pablo Guimón
Michael Bloomberg, en un acto de campaña en Nueva York. / EFE
O5. Michael Bloomberg
El magnate y exalcalde de Nueva York asume la derrota de Trump como
una misión en la que invertirá una fortuna.
Los colaboradores le meten prisa, pero él se extiende hablando de
política. Michael Bloomberg quiere decir muchas cosas, cosas sobre
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Trump y los demócratas, sobre el tan traído y llevado giro a la
izquierda, sobre la investigación para el impeachment contra el
presidente que acaba de abrir el Congreso. Habla y habla con los ojos
inquietos. ¿Seguro que no se quiere presentar a las primarias?
Cuando este periódico le entrevistó el 25 de septiembre, el
multimillonario y famoso exalcalde de Nueva York ya había
anunciado que tenía decidido no postularse. Aun así, en el tiempo de
descuento, cuando la grabadora estaba apagada y él se disponía a
posar para unas fotos, la pregunta parecía inevitable.
—Ya sé que ha dicho que no se presenta, pero ¿está completamente
decidido?
Inspiró. Paró un poco y negó con la cabeza.
—Ya he dicho que no. Entrar ahora sería muy difícil y el partido no
está ahí.
“Soy neoyorquino, y los neoyorquinos
reconocen a un timador cuando lo ven”, ha
dicho sobre Trump
Sería y es muy difícil, pero el 25 de noviembre Bloomberg (Boston, 77
años) entró en la carrera. La suya es una campaña extraordinaria
desde muchos puntos de vista, el primero de ellos, que la financia uno
de los hombres más ricos del mundo: él mismo. El segundo, que ha
renunciado a presentarse a las primeras cuatro citas de la contienda,
lo que le resta mucha ventaja respecto a sus rivales, para
concentrarse en el supermartes, el 3 de marzo, cuando se libra la
batalla en 15 Estados y, de ahí, tomar impulso. El tercero, que en lugar
de pugnar por ir a los debates y patearse cada ciudad, vuelca los
esfuerzos en anuncios. Y, por último, que lleva gastados 200 millones
de dólares en anuncios y está dispuesto a desembolsar hasta 1.000
millones para derrotar a Trump, gane quien gane la candidatura. No
está muy claro a qué juega Bloomberg, pero un hombre que ha forjado
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su fortuna con las bases de datos no toma las decisiones sin prestarles
atención. Empezó muy rezagado y el 23 de enero se encontraba en
cuarta posición en el promedio de los sondeos. Algo en el instinto de
empresario, o en su pasión por la política, le ha llevado a dar el paso
al frente. Siente la derrota de Trump como una misión.
Para los progresistas, Bloomberg resulta demasiado conservador en
lo económico; para los conservadores, demasiado liberal en asuntos
como el clima, los derechos LGBTI o las armas. Muchos demócratas
critican que esté sacando adelante la campaña a golpe de su talonario
cuando otros precandidatos han tenido que renunciar por problemas
de financiación. Estudió presentarse en 2016, pero finalmente apoyó a
Hillary Clinton. En la convención de aquel verano quedó grabada su
arenga contra Trump. “Soy neoyorquino, y los neoyorquinos
reconocen a un timador cuando lo ven”, espetó. Los neoyorquinos
también conocen el poder del dinero, pero, a veces, fallan en ver sus
límites.
Texto de Amanda Mars
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O6. Amy Klobuchar
Los sondeos no la favorecen, pero ya se ha demostrado capaz de discutir el
decisivo voto rural a los republicanos.
Su primera lucha política, recuerda Amy Klobuchar en sus memorias,
terminó en una humillante capitulación. Tenía nueve años y una
mañana se convirtió en la primera alumna de su escuela en Plymouth
(Massachusetts) en acudir a clase con pantalones. La directora los
miró, con su estampado de flores, y le dijo: “En esta escuela las niñas
llevan faldas”. “Ojalá pudiera decir que respondí. O que comencé una
campaña para que las niñas pudieran llevar pantalones. O, aún más
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dramáticamente, una demanda judicial”, reconoce Klobuchar. “Pero
como era la niña buena, a la que nunca le habían llamado al
despacho de la directora, sencillamente me puse a llorar. Volví
andando a casa, me puse una falda y regresé a la escuela”. De aquella
temprana humillación, aprendió que nunca más capitularía. Ese ha
sido su principio vital. El que ha llevado a Klobuchar, 59 años, a
graduarse en Yale, a convertirse en la primera mujer senadora de la
historia por Minnesota y, ahora, a la carrera por la Casa Blanca. Una
carrera en la que no alcanza a despegar del vagón de cola, pero en la
que se resiste a arrojar la toalla, y ha sido respaldada, junto con
Warren, por The New York Times.
Capaz de llegar a acuerdos con sus rivales,
brillante en los debates, va a la cola en la
carrera, pero jamás claudica
Ganó en Minnesota, imponiéndose en cada uno de los condados en
los que había vencido Trump. Los votantes demócratas llevan meses
diciendo que, más allá de cualquier otra consideración, escogerán al
candidato capaz de ganar a Trump. Y ella es la única que lo ha hecho,
precisamente entre el tipo de votantes y en el tipo de Estado rural del
Medio Oeste que los demócratas necesitan. El año pasado, Klobuchar
ganó por tercera vez su escaño en el Senado contra el republicano Jim
Newberger. Pero contra quien hizo campaña fue contra Trump.
Ningún candidato puede presumir de haber arrebatado tantos
votantes a este presidente. De haberlo hecho, además, en uno de los
Estados que pueden bailar de republicano a demócrata. Tampoco
muchos pueden exhibir su trayectoria como legisladora. Su
demostrada capacidad para llegar a acuerdos con sus rivales. Brilla
en los debates. Conecta con la gente. Por eso, su posición en los
sondeos remite inevitablemente a una pregunta que lanza en sus
memorias: “¿Me pasaría esto si fuese un hombre?”. Klobuchar está en
la mitad. De la geografía del país, del rango de edad y del espectro
político. No es la más conocida ni la más ruidosa. En un país
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polarizado hasta los extremos, encarna un saludable punto
intermedio.
Texto de Pablo Guimón
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