Nicolás
Sánchez-Albornoz
La población
de América latina
Desde los tiempos precolombinos
al año 2000
Alianza
Editorial
Alianza Universidad
Primera edición en «Alianza Universidad»: 1973
Segunda edición en «Alianza Universidad»: 1977
© Nicolás Sánchez-Albomoz
© Alianza Editorial, S. A., Madrid, 1973, 1977
Calle Milán, 38; ® 200 00 45
1SIJN: 84-206-2053-X
Depósito legal: M. 2.707-1977
Impreso en Hijos de E. Minuesa, S. L. - Ronda de Toledo, 24. - Madrid-5
Printed in Spain
A mis hijos, Claudio y Evelina
INDICE GENERAL
Lista de cuadros, gráficos y mapas .............................................. 11
A dvertencia........................................................................................ 15
P rólogo............................................................................................... 17
Capítulo 1: La historia demográfica de América la tin a ......... 19
1. La población latinoamericana y la historia mundial ...................... 21
2. Las fuentes ................................................................................................. 24
Capítulo 2: La población precolombina....................................... 44
1. La dispersión de los pueblos cazadores y recolectores ................ 45
2. La revolución agrícola............................................................................. 46
3. La formación de aldeas y ciudades ..................................................... 50
4. Tamaño de la población aborigen en vísperas de la conquista 54
Capítulo 3: La con q u ista.............................................................. 58
1. El derrumbe de la población indígen a.............................................. 60
1.1. La tesis homicídica ......................................................................... 71
1.2. El desgano v i t a l ............................................................................... 74
1.3. El reacondicionamiento económico y social
1.4. Las epidem ias...................................................
2. La inmigración ibérica y africana ......................
3. Pueblos y ciudades de las dos naciones.............
Capítulo 4: El nuevo derrotero
1. La estabilización..........................
2. La expansión ................................
3. El m estizaje..................................
Capítulo 5: «Gobernar es poblar»
1. El aluvión m igratorio...................
2. La transformación en cierne ... .
Capítulo 6: La explosión demográfica
1. A letalidad menor, vida más larga ...
2. El rejuvenecimiento .............................
3. Una fecundidad desbordante..............
Capítulo 7: Del terruño a la metrópoli
1. «La criatura es el mejor inmigrante»
2. El éxodo rural ........................................
3. La urbanización ......................................
Capítulo 8: El año 2000 ...
Bibliografía..........................
Indice de nombres y temas
LISTA DE CUADROS,
GRAFICOS Y MAPAS
a) C uadros
1.1. Censos generales de población. El primer siglo, 1775-1874 ......... 32-35
1.2. Fechas en que se dictaron las leyes nacionales de registro civil de
los nacimientos, defunciones y matrimonios ...................................... 37
1.3. Censos generales de población. El segundo siglo, 1875-1974 ......... 40-41
3.1. Población indígena de Perú, 1570-1620 .......................................... 65
3.2. La población de algunos repartimientos de Charcas, en el Alto
Perú, según las retasas de tributos libradas por el virrey Toledo ... 67
4.1. La población indígena del Alto Perú en 1683 y 1786 ............... 111
4.2. a) Vecinos españoles de ciudades de México, 1646-1774. b) Veci
nos o habitantes españoles de ciudades de Perú, 1628-1764 ......... 118
4.3. Población de algunas provincias de Perú, 1792-1827 ................ 128
4.4. Población de Cochabamba (Bolivia) por partidos, 1793-1854 ... 129
4.5. Tasas vitales de la Capitanía de Sao Paulo, 1777-1860 ................ 131
4.6. Esclavos importados a Brasil e Hispanoamérica, 1761-1860 ......... 140
4.7. Frecuencia de bautismos de niños ilegítimos libres en la parro
quia de la catedral de Sao Paulo, 1741-1845 .................................. 145
4.8. Ilegitimidad en Pelarco, Chile, 1786-1796 ........................................ 146
4.9. Legitimidad según sexo, color y condición entre los bautizados
en 110 de las 173 parroquias de Minas Geraes, 1844 ............... 147
4.10. Población de Cuba: a) Distribución étnica, 1774-1841. b) Tasas
de masculinidad de la población esclava y proporción de po
blación negra y mulata en relación con el total de habitantes
según las principales regiones de la isla, 1772, 1817 y 1841 ... 154
5.1. La inmigración al Río de la Plata, 1881-1910................................. 169
5.2. Proporción de inmigrantes entrados a la Argentina por naciona
lidades, 1857-1924 .................................................................................. 174
5.3. Origen de los inmigrantes al Brasil, 1819-1959 ............................ 175
5.4. Influencia de la inmigración sobre el crecimiento demográfico de
Brasil, 1872-1940 ................................................... 175
5.5. Indices de radicación de migrantes en Argentina por decenios y
por principales nacionalidades, 1857-1924 ........................................ 176
5.b. Indices de radicación de migrantes en Sao Paulo según movi
mientos de entradas y salidas del puerto de Santos, 1908-1932 ... 176
5.7. Asimilación de extranjeros por matrimonio en el municipio de
Sao Paulo, 1934-1939 ........................................................................... 177
5.8. Los extranjeros en la población argentina ........................................ 179
5.9. Contribución relativa del crecimiento natural, la inmigración y la
descendencia de los extranjeros al incremento de cuatro países
americanos, 1841-1940 ........................................................................... 179
5.10. Extranjeros ingresados a Cuba, 1902-1930 ........................................ 181
5.11. La población de América latina, 1850, 1900 y1930 ...................... 183
5.12. Tasas de natalidad y mortalidad en diez países de América latina
durante el primer cuarto del siglo xx .............................................. 186
5.13. Población que residía en ciudades de más de 10.000 habitantes
c. 1900. Dimensión y rango de las capitales .................................. 194-195
6.1. La población de América latina, 1940-1970 ...................................... 202
6.2. Crecimiento anual de América latina. Tasas por decenios, 1930-
1970 ........................................................................................................... 203
6.3. Tasas de natalidad y mortalidad en diez países de América latina,
1930-1954 ................................................................................................. 208
6.4. Natalidad, mortalidad y crecimiento en América latina. Tasas
anuales, 1965-1970 ................................................................................. 209
6.5. Las esperanzas de vida para las dos últimas generaciones latino
americanas ................................................................................................ 210
6.6. Esperanzas de vida al nacer en1965-1970 ........................................... 211
6.7. Esperanzas de vida en países adelantados o atrasados de Europa
y América latina, 1920-1960 ................................................................ 212
6.8. Tasas de mortalidad infantil en nuevepaíses, 1920-1967 ............... 220
6.9. Proporción de menores de veinte años de edad en 1970 ............... 222
6.10. Uniones libres e ilegitimidad en América latina: 15 países en 1950 230
7.1. Inmigración neta a Argentina, Brasil y Venezuela durante los
bienios 1946/47 a 1956/57 ................................................................. 237
7.2. La población rural de América latina, 1950-1970 ........................... 247
7.3. Brasil. Migraciones interregionales. Flujos acumulados hasta 1970 249
7.4. Tasas de crecimiento de la población aglomerada entre 1940 y
1970, según las regiones del m u n d o ................................................... 257
7.5. Población urbana de los países de América latina, 1940-1960 ... 260
7.6. Las 36 ciudades con más de medio millón de habitantes en 1970 264
8.1. América latina en el año 2000. Proyecciones demográficas ......... 272
b) G ráficos
1. Crecimiento de la población latinoamericana, 1750-2000, compa
rado con otras á r e a s ................................................................................. 25
2. Población de la meseta y litoral de México central, 1532-1608 ... 69
3. Bautismos en tres parroquias de México central, 1650-1810 ......... 109
4. Las crisis de 1692 y 1737 en Zacatelco. Bautismos, concepciones,
sepulturas y matrimonios ..................... .............................................. 120
5. Tendencias del crecimiento de la población en cuatro áreas: Cuba,
Chile central, Sao Paulo y Antioquía-Cauca, 1750-1850 ............... 126
6. Movimiento anual de la población indígena de Zacatelco, 1650-
1810 ........................................................................................................... 133
7. Entrada de inmigrantes y trabajadores nacionales al Estado de
Sao Pauo, 1885-1960 ............................................................................. 170
8. Migración ultramarina a la Argentina, 1881 1924 172
9. Mortalidad de La Habana, 1810-1910. Epidemias y guerras 189
10. Tasas de natalidad, mortalidad, migración y crecimiento de Uru
guay, 1895-1964 ....................................................................................... 193
11. Crecimiento de la población de América latina durante el siglo xx 200
12. La explosión demográfica en Venezuela y Costa Rica .......... 205
13. Esperanza de vida e ingreso per capita en América latina, 1960 213
14. Mortalidad según grupos de causas en Chile, 1937-1963 ............... 215
15. Tasas de mortalidad infantil, producto bruto per capita y por
centajes de partos en hospital en Chile, 1940-1968 ............. 218
16. Pirámides de edades de Guatemala (1950) y Uruguay (1957j 224
17. Tendencias de las tasas ajustadas de natalidad, de 1935 en ade
lante ......................................................................................................... 228
18. Grado de urbanización de las naciones de América latina en 1970.
Porcentaje de población residente en localidades de más de
100.000 habitantes................................................................................. 263
c) M apas
1. Centros urbanos españoles según Vázquez de Espinosa, c. 1620 100
2. América latina: densidad de la población rural según censos le
vantados entre 1960 y 1965 ................................................................... 243
3. Argentina: saldos de migrantes a cada provincia a fin de los pe
ríodos intercensales 1845-1914, 1914-1947 y 1947-1960, discrimina
da la población nativa de los extranjeros 245
4. Brasil: migraciones internas, 1950-1970 251
ADVERTENCIA PARA
LA SEGUNDA EDICION
Esta obra sale a la calle a tres años de la primera edición, tam
bién dos después de que University oí California Press diera a cono
cer la versión inglesa. Debido al corto tiempo transcurrido desde en
tonces, no se han publicado todavía suficientes estudios como para
que quepa contemplar una revisión sustancial. En lugar de conten
tarnos con una mera reimpresión, procuramos sin embargo actuali
zarla. Los resultados de investigaciones recientes, o de algunas pro
pias en curso, han sido incorporados aquí o allá a expensas a veces
de argumentos anteriores. Se han insertado también nuevas ilustra
ciones. Adición importante son los casi dos centenares de nuevas re
ferencias bibliográficas, en su mayor parte títulos publicados de 1972
en adelante. Su número atestigua el interés creciente por el tema tra
tado en este libro. Las fichas correspondientes han sido incorporadas
a la lista final. Como es natural, se han rectificado los errores tipo
gráficos o de diversa índole incurridos antes en el texto, así como en
la confección de los cuadros y de las ilustraciones. La presente edición
cuenta además con un índice temático, donde el lector podrá loca
lizar información o rastrear asuntos.
La advertencia anterior ha sido desdoblada esta vez en la que
se está leyendo y en el prólogo impreso a continuación. Las definí
ciones generales quedan relegadas a esa segunda parte; aquí comen
tamos las características de la edición. Entre ellas merece destacarse
el sucinto modo de referencia empleado. En lugar de notas al pie
de página que interrumpen el curso fluido de la lectura, la justifica
ción va dentro del texto en forma de nombre de un autor seguido
por el año de aparición del libro o artículo aludido en la frase o el
párrafo. Se omite mención de páginas o capítulos. Los autores se
alinean luego por orden alfabético dentro de la bibliografía final,
donde el lector podrá localizarlos sin dificultad. Las obras de cada
autor se enumeran por orden cronológico según fecha de edición.
Una letra distintiva discrimina las de un mismo año. Agotada la su
cesión de trabajos individuales, se indica los títulos escritos en cola
boración, según orden alfabético de los segundos firmantes.
La lista de las deudas contraídas con colegas y amigos se ha
alargado considerablemente de una edición a otra. Aquí tampoco po
dremos dejar constancia nominatim de tantos cuya cooperación o
comentarios nos han sido de suma utilidad. Consten para todos ellos
nuestras gracias expresivas.
PROLOGO
El libro abarca desde que los cazadores y recolectores primitivos
descubrieron el entonces Nuevo Mundo hasta el año 2000 venidero.
Su propósito es ofrecer una visión lata y a la vez concisa de una de
las facetas del pasado latinoamericano más apasionantes desde una
perspectiva humana.
En esa visión general, las distintas etapas no van tratadas todas
por igual. La obra sobrevuela la más antigua, así como el futuro
inmediato. Las páginas dedicadas a los capítulos respectivos son es
casas. Los prehistoriadores han reconstruido los lincamientos de la
evolución más remota merced a una sabia dosis de inspiradas conje
turas y de inferencias estrictas. Sin embargo, las divergencias de
interpretación subsisten y lagunas importantes no han sido colmadas
todavía. En cuanto al porvenir, los pronósticos, formulados según
proyecciones matemáticas constantemente refinadas, sólo establecen
bretes por donde los acontecimientos probablemente transcurran.
Nada asegura, empero, que las previsiones hayan de cumplirse. En
uno y otro caso prevalecen aún los juegos de adivinación.
El libro se detiene en cambio en los períodos propiamente his
tóricos para los cuales la información resulta más segura. La calidad
de las fuentes varía según las épocas. No siempre las m ás recientes
son las más de fiar, pero en términos generales es obvia una pro
gresión en rigor y abundancia. Por esta razón, así como porque el
presente siglo tiene mayor impacto sobre nuestra propia existencia,
la era contemporánea sale favorecida en espacio. Dos de los cinco
capítulos asignados a los tiempos históricos discurren sobre la actual
explosión demográfica; dos tratan luego del largo ciclo de la socie
dad colonial y neocolonial, y otro en fin examina los efectos de
la conquista.
Antes de entrar en materia, el capítulo primero brinda un pano
rama sintético de la evolución demográfica de América latina desta
cando las similitudes y divergencias manifiestas en relación con el
curso seguido por las demás grandes regiones del mundo, en particu
lar con la vecina Norteamérica y con Europa, las dos trayectorias
mejor documentadas. En una segunda sección se enumeran y clasi
fican las fuentes propias de cada período. Importa que el lector
adquiera la convicción de que los hechos referidos se fundan en un
acervo documental sólido y que la investigación dispone aún de mu
chas más oportunidades que las que se han aprovechado hasta el
momento.
La expresión América latina figura en el título y se emplea de
continuo en el texto. El adjetivo latino representa una concesión a
acepción difundida en la bibliografía norteamericana. Abarca cuanto,
al sur del río Bravo, no pertenece a la América sajona. El término,
en principio excluyeme, ha sido recogido por los así calificados de
manera simplificada. Estos lo enarbolan ahora con intención antitética
y autoafirmativa. Sin embargo, en cualquiera de estos usos, la expre
sión no tardará en hacer crisis pronto. ¿Acaso se pretenderá apodar
de latino al Tercer Mundo americano de lengua inglesa u holandesa,
pero de linaje africano o incluso hindú como son Jamaica, Trinidad-
Tobago o Surinam, corrompiendo de esta manera el sentido etimo
lógico del vocablo? Recién independizadas, estas naciones se acercan
a sus vecinos y empiezan a compartir, junto con sus problemas, sus
inquietudes. Llegará un momento que no cabrá tratarlas aparte, tanto
menos en cuestiones como las demográficas discutidas en este libro.
Para entonces se necesitará, pues, de un apelativo más genérico.
A la antigua usanza, el término América latina comprende aquí
Hispanoamérica y Brasil — la América ibérica— , más Haití. Puerto
Rico figura aún después de 1898. Si bien las estadísticas posteriores,
sujetas a cánones administrativos, excluyen a la isla de la región
entorpeciendo las comparaciones históricas, lo cierto es que, desde
el punto de vista demográfico, no hay diferencia alguna entre los
problemas de Puerto Rico y los experimentados por el resto de Lati
noamérica en el siglo xx. La circunstancia política carece aquí de valor.
Capítulo 1
LA HISTORIA DEMOGRAFICA
DE AMERICA LATINA
La historia de la población es una disciplina tan joven en América
latina como en el resto del mundo. La curiosidad por el tema es
antigua, pero se había centrado en ciertos problemas que al ajustarse
los métodos demográficos y al precisarse el contenido de la ciencia
se han dejado de lado. Diez años atrás, sin ir más lejos, los princi
pales puntos discutidos eran todavía dos: la dimensión de la pobla
ción en los momentos históricos capitales y, en segundo lugar, la
composición racial y la mezcla que la convivencia secular había ori
ginado.
Que ambas cuestiones atrajeran primero la atención de los his
toriadores y del público se comprende. Los cortes escalonados medían
a su modo el crecimiento demográfico o el fenómeno inverso. Cono
cer cuánto y por qué se crece o decae ha sido y será siempre objeto
de la historia. La forma de análisis era distinta de la actual, pero la
inquietud plenamente legítima.
Cómo los tres sustratos de la población latinoamericana conver
gieron y se amalgamaron, respondía como tema al renuevo, por mo
mentos trágico, de ideas acerca de las cualidades inherentes a cada
grupo racial o étnico. En el siglo pasado, y aún más al principio de
éste, esas opiniones gozaron de gran favor. América latina no escapó,
naturalmente, a la boga. Por paradoja, en lugar de conducir a la
segregación o a un ordenamiento de los grupos por jerarquías, pre
valeció la reacción contraria. Tanto en Hispanoamérica como en
Brasil se abrazó la creencia de que la variedad de origen y el cruza-
miento constituían una suerte de virtud. La mezcla no disminuía,
sino que agregaba calidad; enriquecía al género humano. Con su
verbo hiperbólico, Vasconcelos gustaba hablar de «raza cósmica».
Esta concepción sincrética del destino de América latina fue
ampliamente compartida, salvo las inevitables excepciones. La noción
de mestizaje se convirtió en una formidable fuerza integradora hacia
el interior a la par que elemento diferenciador con respecto al resto
del mundo. Al rechazarse el predominio de cualquier tronco origi
nario y afirmarse las características mestizas de la cultura y del pueblo
latinoamericanos, el juego recíproco de los grupos étnicos pasó a ser
factor central del proceso histórico y cuestión de interés general.
Que sean asignables cualidades permanentes a cada raza, base de
una jerarquía entre ellas, es un prejuicio insostenible. El desarrollo
de los conocimientos sociológicos ha modificado, además, la óptica de
la historia social. Antes que la pigmentación o la sangre, la activi
dad económica, entre otros factores, explica las condiciones de in
serción dentro de la sociedad. No se trata de prescindir de aquella
notación cuando se encuentra, por el significado social lato que en
cierra, pero se la considerará un rasgo diferencial más y quizá no
el primero.
Los estudios retrospectivos que los demógrafos hicieron ocasio
nalmente solían ignorar por su parte la variable racial, pues los cen
sos nacionales no gustan de la distinción, en homenaje a la igualdad
de los ciudadanos. Según se estudiaran épocas recientes o alejadas,
como el período colonial, los modos de operar resultaban, pues, dis
tintos. Este tratamiento dispar de los materiales demográficos prueba
la falta de armonía que hay entre las dos vertientes de que se nutre
la historia de la población: la demografía científica, de corta pers
pectiva hacia el pasado, y la historia, dotada de una dimensión tem
poral más profunda, pero poco ducha en el manejo de métodos
demográficos.
El divorcio inicial se torna ahora confluencia. La demografía, al
estrecho dentro del corto espesor cronológico en el que se desen
vuelve su campo de investigación, otea hacia atrás. En cuanto deja
los meros ejercicios técnicos y elabora teorías de procesos, necesita
echar mano del pasado. Estudios recientes de la envergadura de los
de Collver (1965) y Arriaga (1968 a y 1970a), a escala de América
latina, o los locales de Recchini de Lattes y Lattes (1969) y So
moza (1971a) representan un cambio resuelto. Ni son éstos los únicos
trabajos, ni serán los últimos. Son demógrafos también quienes han
dotado a la disciplina en general de sus mejores herramientas: el
manual de demografía histórica de Henry (1967), el de Wrigley
(1966), y la evaluación de fuentes hecha por Hollingsworth (1969).
Por influjo del avance en la ciencia de la población, el historiador
ha adquirido, por su parte, una problemática nueva y unos instru
mentos de medir el crecimiento más sutiles que la simple confron
tación de gruesas estimaciones. Cuando no se dispone de censos o
estados generales, otros materiales pueden suplirlos. Nuevas técnicas
aplicables amplían la gama; fuentes descartadas pueden ser traídas
a contribución. La línea de progresión se matiza. El espacio que
separaba dos cortes transversales era un plano inclinado monótono.
Ahora aparecen pulsaciones bruscas, oscilaciones rápidas, accidentes
de fuerte impacto, compensaciones, avances y retrocesos, grupos o
edades inmoladas; un hormigueo, en suma, lleno de vida, a un tiem
po trágico y alegre, pero muy distinto del sereno incremento esta
dístico. El tiempo corto, con sus ciclos, incluso sus movimientos
estacionales, así como las muestras a partir de núcleos humanos signi
ficativos, con su morfología y sus comportamientos biológicos me
didos con rigor, se han incorporado a la batería del historiador. Esta
«microdemografía», dictada por los recursos disponibles y por una
reacción contra pretensiones más vastas, pero más hueras, no es
alarde de preciosismo; expresa una ambición por conocer todo, lo
aparente y lo profundo, pero fundamentalmente de una manera rica.
Un ajuste pleno entre demógrafos e historiadores no ha sido
logrado todavía. Los unos hablan de demografía histórica; los otros,
de historia demográfica, disquisición semántica menuda para quienes
quieren entenderse. Más difícil es superar formaciones académicas
diferentes, hábitos profesionales distintos. Unos y otros convivirán
de todos modos en este libro, que, según las épocas que trata, ha
bebido de uno y otro odre.
1. La población latinoamericana
y la historia mundial
Desde el punto de vista étnico, la historia de la población de
América latina se divide en dos grandes períodos. El primero co
mienza cuando la primera horda primitiva penetró en el Nuevo
Mundo y concluye a fines del siglo xv de nuestra era, el día en
que Colón puso pie en las Antillas. En ese tiempo América fue una
prolongación étnica de Asia. No parece, pues, que anduviera tan
descaminado el Gran Almirante cuando presumía haber desembar
cado en algún paraje del Lejano Oriente. Lo que le faltaba entonces
era una perspectiva geográfica e histórica del problema. La primera
dimensión quedó dilucidada pronto, gracias a las especulaciones de
Américo Vespucio y de sus seguidores — un continente se interponía
en el rumbo de Occidente— ; la histórica, sólo la han aclarado en
nuestros días los arqueólogos. Los vínculos de los aborígenes con
Asia eran, en efecto, ya muy remotos.
A partir de 1492, el continente empezó a mirar hacia la vertiente
atlántica, antes ignorada. Por esta dirección llegaron, en oleadas
sucesivas, el sustrato europeo y el africano. La actual población lati
noamericana resulta de la yuxtaposición y mezcla de estos tres ele
mentos, así como de algunas contribuciones menores y recientes del
Cercano y Extremo Oriente.
En el orden tecnológico y en el de las sociedades que éste mol
deó, tres son los vuelcos que sellaron la evolución demográfica. La
«revolución agrícola» permitió primero una dominación más estricta
de la naturaleza por el hombre. El asentamiento del agricultor inten
sificó la ocupación del suelo, antes muy rala, cuando los pueblos
cazadores y recolectores de la etapa precursora recorrían los llanos y
las serranías. Los campesinos se aferraron a la tierra, erigieron pue
blos y luego ciudades.
La conquista europea interrumpió luego esa expansión autónoma
y propuso un punto de partida nuevo combinado con la historia
ultramarina. La técnica y los requerimientos del Viejo Mundo dicta
ron las prioridades. Los gérmenes patógenos que consigo trajeron los
incursores dieron en tierra con los aborígenes. La masa de los natu
rales disminuyó a ojos vistas y quedó reducida a proporciones ínfimas.
Sangre fresca — la africana-— fue traída a suplir las deficiencias.
Restablecido el equilibrio sobre bases distintas, la población inició
un ciclo de recuperación. Un siglo más tarde la «revolución indus
trial» convulsionó Europa y, a la larga, al resto del mundo. El nuevo
modo de producción afectó empero a Latinoamérica apenas en una
forma subsidiaria, en la medida en que aumentaba la demanda de
determinados productos y dejaba caer algún beneficio conexo, como
las modernas vías de comunicación. La propia transformación demo
gráfica, que sobrevino junto con el nuevo sistema productivo, no
alcanzó a despertar aquí más que un eco local. El ciclo anterior pro
seguía. Con todo, América latina no era la misma de antes. Otros
hombres habían venido, nuevas ideas circulaban, las expectativas
crecían, lentamente la producción mecánica penetraba...
La ciencia aplicada vino en fin a provocar un vuelco repentino.
El cambio demográfico, de lento y rezagado, se convirtió en turbu
lento e instantáneo. El descubrimiento de los antibióticos y pestici
das provocó un descenso simultáneo de la mortalidad catastrófica
y ordinaria de la región. Las consecuencias de este injerto de otra
civilización, como lo califica Sauvy, sólo pueden compararse, por su
dimensión y significado, con las de la revolución agrícola y la con
quista. La «explosión demográfica» contemporánea es una de las
etapas más importantes y singulares de la historia de la población
latinoamericana.
La caída de la mortalidad en la forma brusca en que se produjo,
a partir de los años 40 de este siglo, mantuvo vivos cantidad de
niños antes tronchados al nacer y, aún más, acicateó la fecundidad
de las mujeres. El crecimiento consiguiente no dejó de acarrear pro
blemas sin cuento. Desempleo y subalimentación agravaron las con
diciones de vida. Guste o no, la onda que levantó no tiene visos de
aplacarse hasta dentro de bastantes años.
El modelo europeo, que ha servido por mucho tiempo de marco
de referencia para la historia de la población mundial, no se aplica,
pues, a Latinamérica. El esquema de aquél se desarrolla en resumen
así: primero, una cadena de oscilaciones demográficas que fluctúan
dentro de los límites impuestos por la tecnología agraria o, si se
prefiere, una línea escalonada de brincos y techos que se prolonga
por centurias; luego, a partir del siglo xvm , la mortalidad catas
trófica se reduce, seguida a poco por la ordinaria; tercera fase, la
fecundidad no tarda en bajar y, en consecuencia, la expansión se
desacelera.
Ni la cronología, ni las características, cuadran aquí. La baja de
la mortalidad y la subida de la fecundidad vinieron desfasadas en
América latina en tres cuartos de siglo con respecto a la mayor parte
del Viejo Mundo. Las causas son además diferentes. La sociedad
indígena oscilaba en su estilo dentro de ciertos límites, como la de
mografía europea. Pero el viejo continente nunca sufrió, al menos
en los tiempos modernos, catástrofe como la de la conquista. Tam
poco la «explosión demográfica» tuvo luego en Europa o en Norte
américa la dimensión extrema que ha alcanzado aquí en nuestros días.
Arriaga (1970 a y b) acaba de recalcar con acierto en qué forma
la transformación de la fecundidad y natalidad latinoamericanas con
temporáneas es discordante con respecto a las pautas «occidentales».
La diferencia cuantitativa es de tal magnitud que no puede pasar
por una variante del arquetipo, sino que es un fenómeno de natura
leza distinta. El modelo latinoamericano no cabe describirlo en una
forma lineal. Su perfil se asemeja más bien al de una cubeta encua
drada por dos paredes altas.
Entre la conquista y la explosión demográfica se interpone otro
ciclo de tres largos siglos de duración. En él se pueden reconocer
naturalmente subperíodos. Tomando en cuenta las fases paleodemo-
gráficas anteriores al descubrimiento, la historia general de la pobla
ción de América latina se divide en suma en cinco etapas: la época
de los pueblos cazadores, la aborigen agraria, la conquista, el ciclo
colonial y su prolongación neocolonial y la actual explosión demo
gráfica.
Como el tamaño de la población aborigen anterior a los descu
brimientos sigue en tela de juicio y las dimensiones de otras áreas
tampoco son fiables, se trazará a continuación sólo la evolución ge
neral a partir de 1750. El gráfico núm. 1 compara el crecimiento
de Latinoamérica con el de Norteamérica, Europa y Rusia durante
los dos últimos siglos. Las líneas concluyen en el año 2000, de acuer
do con las proyecciones realizadas. Ni que decir se tiene que todas
las cifras son bastante tentativas. El dibujo va a escala semiloga-
rítmica.
Puesto que se ha de volver sobre el asunto más adelante, sólo
se destacarán aquí algunos puntos que será útil que el lector tenga
presente. En 1750, la región tenía una décima parte de los habitantes
de Europa y un 40 por 100 de los que poblaban el actual territorio
soviético. Desde entonces se mantuvo siempre por debajo de ambas
hasta que aventajó a la Unión Soviética en el transcurso del decenio
pasado; hacia 1990 dejará atrás a Europa.
La evolución demográfica de la América latina y septentrional
presentan líneas más entrelazadas. Al principio los números favore
cían a la primera a razón de 12 a 1, pero la distancia se fue acor
tando paso a paso. Los recién nacidos y los inmigrantes se amonto
naron en el Norte. Por fin, hacia 1880, los Estados Unidos, junto con
Canadá, alcanzaron a sus vecinos del Centro y del Sur. La ventaja
duró menos de tres cuartos de siglo. Cuando el Norte desaceleraba
su crecimiento, el Sur emprendía la carrera, y en 1951 los dos blo
ques volvieron a. encontrar tamaños iguales. América latina alcanzó
en 1946 a tener tantos habitantes como los Estados Unidos. Desde
aquel momento la disparidad ha ido en aumento. Para fin de siglo
el Norte tendrá sólo poco más de la mitad que el Sur.
En el año 2000 la región contará en números con la población
mayor de las cuatro comparadas. Seguirá siendo inferior al Extremo
Oriente y Asia meridional, y también a Africa.
2. Las fuentes
Las fuentes demográficas son básicamente de dos tipos: unas
refieren las características o morfología que el grupo presenta en el
momento de la enumeración; las segundas consignan los principales
hechos vitales acaecidos dentro de él, tales como los nacimientos, las
defunciones y los matrimonios. Cada cual aborda una faceta dife
rente — estática los estados de población, dinámica los movimientos
G rá fico núm. 1
Crecimiento de la población latinoamericana, 1750-2000, comparado
con el de otras regiones
Fuentes: 1750-1900, Durand, 1967, y 1950-2000, U. N., 1966
vitales— ; mas unas y otras se complementan íntimamente, poniendo
de manifiesto la estructura demográfica del universo considerado, sea
éste un pueblo, una comarca, una nación o un continente. No sólo
no se excluyen, sino que, al contrario, la continuidad de los releva-
mientos generales y la cabalidad de los registros vitales permiten
confrontar los resultados para determinar su congruencia y, por ende,
su grado de precisión y validez. A estas dos se suma una tercera
que lleva cuenta de los desplazamientos, principalmente de la migra
ción internacional.
Como no siempre se dispone de todas estas fuentes, el investi
gador se verá obligado a recurrir a datos subsidiarios de cualquier
índole. Así, el prebistoriador se valdrá del estudio de la extensión
de los cultivos y del tipo de producción para sugerir la dimensión de
una población rural. Del tamaño y número de centros poblados
determinará la población urbana. De los esqueletos de un cementerio
primitivo estimará la duración promedio de la vida. Tales son algu
nos ejemplos de cómo el ingenio suple las deficiencias de información
y nutre lo que se ha venido a llamar la paleodemografía.
No siempre se cuenta tampoco con la documentación adecuada
para los tiempos históricos. De la magnitud de la población indígena
en el momento del descubrimiento y conquista no existen natural
mente enumeraciones. El tema resulta, sin embargo, ineludible. El his
toriador recurrirá entonces a cuantas impresiones dejaron los hombres
de armas, los clérigos o los funcionarios reales, así como también a
las tradiciones aborígenes que se hayan conservado. Dos estudiosos
sobre todo (Cook y Borah, 1966 y 1971, y Borah, 1970) se han
afanado por demostrar cómo, tomadas las precauciones pertinentes,
estos testimonios son sumamente valiosos.
En las páginas que siguen sólo se considerarán aquellas fuentes
formadas con una intención estadística, sea ésta demográfica o no.
Durante el período colonial, las autoridades efectuaron relevamien-
tos con fines fiscales, militares o administrativos, y la Iglesia anotó
algunos sacramentos impuestos o algunas funciones cumplidas. Sólo
en determinados casos, como en los statua animarum o estados de
las almas de una parroquia o diócesis, el propósito expreso era
conocer las características de la comunidad en la que la institución
actuaba. En general, la información es indirecta, mas no por ello'
carece de significado demográfico.
A medida que el tiempo transcurre, el sistema de inscripción se
perfecciona, la gama de las categorías requeridas se amplía y la docu
mentación se torna cada vez más específica. A continuación se discri
minarán, pues, etapas según el modo y lo cabal del relevamiento. No
necesariamente lo posterior en el tiempo es de calidad superior. Las
listas del siglo xvn suelen ser escasas y mediocres en comparación
con las del xvi; los primeros censos republicanos fueron por lo ge
neral peor tomados que los últimos coloniales. Es natural; la bondad
de la anotación depende de la eficacia administrativa, y es sabido
que la burocracia sufrió un deterioro en la segunda mitad del si
glo xvn y, por razones distintas, en la primera del xix.
No obstante altibajos pasajeros, los dos tipos de fuentes — las
que cuantifican las características morfológicas o los registros de
movimientos vitales— progresaron a la larga. Así se reconocerá pri
mero un período preestadístico (1555-1774), para el cual los docu
mentos demográficos arrojan un testimonio involuntario e indirecto;
sigue otro protoestadístico (1775-1880), en el que se perfila el pro
pósito deliberado de llevar cuenta de los habitantes con una expresa
finalidad poblacional; por último se distingue un tercero, plenamente
estadístico (1880 en adelante), durante el cual la recolección de infor
mación corre a cargo exclusivo del Estado. Durante el primero, los
recuentos suelen ser más esporádicos e imperfectos que durante el
segundo, y desde luego que durante el tercero cuando se llevan a
cabo de manera más sistemática.
La duración atribuida es naturalmente aproximada. En 1555, el
Primer Concilio Provincial celebrado en México ordenó, antes que
el de Trento, que los párrocos llevaran libros de bautismos y matri
monios tanto de indios como de españoles. La medida no se aplicó
de inmediato y menos de manera universal en toda Hispanoamérica.
Esto vino más tarde. Las dificultades eran demasiado grandes. Pero
el gesto es de por sí muy expresivo. Por los mismos años el Virrei
nato de Nueva España adoptó un sistema de tributación indígena
nuevo que, con variantes, permanecería en vigor hasta el siglo xix.
Las listas de tributarios constituyen una de las fuentes demográficas
más ricas del período colonial.
En 1775 se llevó a cabo en Cuba el primer censo de población.
El 20 de noviembre del año siguiente, por iniciativa del ministro
Gálvez, una Real Cédula ordenó a los virreyes y gobernadores de
Indias que formaran padrones. El censo se ejecutó prácticamente
en toda la América española en el par de años siguientes. Fue in
tención hacer recuentos periódicos. Por las mismas fechas la corona
portuguesa pidió información a los párrocos sobre el número de ha
bitantes de Brasil, que le fue remitida (IBG E, 1951). Asimismo hay
noticias no comprobadas de que se hizo una numeración general de
Haití (Víctor, 1944). Así, pues, circunstancias fortuitas coincidieron
para que se levantara a la sazón un censo general de lo que más
tarde sería América latina. Por la envergadura de la empresa acó-
metida bien puede fijarse entonces el comienzo del período proto-
estadístico.
Hacia 1880, de los 17 estados independientes que había en
Latinoamérica, 11 habían confeccionado algún censo nacional, y
uno, Chile, los levantaba ya periódicamente cada diez años. Alre
dedor de esa fecha se dictaron o se habían expedido ya leyes de
creación del registro civil de los nacimientos, defunciones y matri
monios en 11 repúblicas. Al igual que su predecesor del siglo xvi,
la implantación secular de la anotación de los hechos vitales no fue
automática. Pasarían años antes de que se generalizara y más antes
de que fuera cabal.
Cambios administrativos, de los que tanto depende la recolección
de datos estadísticos, permiten además distinguir etapas dentro de
los tres períodos anteriores. Así, el primero se dividirá en tres partes.
La primera dura hasta 1646, cuando Diez de la Calle realiza el
último intento de estimar la población global de las Indias. Desde
entonces la documentación se fragmenta, las cifras ralean y, a lo
sumo, conciernen a alguno que otro territorio. La administración
colonial se debatía en la penuria y en la confusión. A partir de
la cédula remitida en 1741 al virrey Fuenclara, de Nueva España, la
anotación demográfica repunta de nuevo. El conde de Fuenclara eje
cuta el mandato de la corona. Decretos posteriores, de 1751, reiteran
la orden a los virreyes de Nueva Granada y Perú. Solís y el conde
de Superunda le dan cumplimiento en los territorios bajo su mando.
Habría, pues, manera de hacer una estimación documentada de la
población de Hispanoamérica a mediados del siglo xvm.
El período protoestadístico se escinde a su vez, por razones admi
nistrativas obvias, en una fase colonial y otra independiente. En el
estadístico sin aditamentos conviene reconocer luego dos etapas. Du
rante la primera cada gobierno acumula a su manera y según sus
propios objetivos la información demográfica. En la posterior, la
iniciativa internacional homogeniza criterios y sistematiza el releva-
miento. Tras una preparación minuciosa que contó con el apoyo del
Instituto Interamericano de Estadística, dependiente de la Organiza
ción de Estados Americanos, la mayoría de las naciones de la región
confeccionaron en 1950 un censo simultáneo (IA SI, 1953). Algu
nas — Ecuador y Haití— contaron entonces sus habitantes por pri
mera vez desde la independencia. Desde hace veinte años ese ins
tituto más la División de Población y CELADE, de las Naciones
Unidas, han seguido coordinando esfuerzos y, cuando se les ha reque
rido, han prestado asesoramiento e incluso ayuda material para el
relevamíento y análisis de los censos.
Justificados los cortes, se examinarán brevemente los materiales
que cabe encontrar en cada período o en sus subdivisiones. Durante
el preestadístico temprano y buena parte de las etapas siguientes, la
documentación demográfica más común y preservada de manera más
metódica es de origen fiscal: el tributo indígena. En principio todo
aborigen de sexo masculino entre dieciocho y cincuenta años estaba
sujeto al pago de un tributo fijo en calidad de vasallo del rey y a
cambio de exención de las contribuciones que gravaban a los demás
súbditos. Según las regiones y las épocas, los límites de edad, las
clases de exenciones y la tasa a pechar variaron; mas, en términos ge
nerales, la categoría sometida a tributo comprendía la población
masculina adulta. Si la enumeración o el resumen consigna ese gru
po, para hallar el total de habitantes habrán de añadirse la cohorte
femenina completa, el segmento de párvulos y jóvenes y el de los
indios reservados de cincuenta años para arriba. Es frecuente, sin
embargo, que el padrón original incluya a las mujeres y, sobre todo,
por razones comprensibles, a los jóvenes y reservados.
La formación de la matrícula o padrón daba lugar a una visita,
en condiciones ideales lugar por lugar y casa por casa. Las revisitas
ulteriores reajustaban las tasas primitivas a las nuevas condiciones de
mográficas. La brusca caída de la población indígena durante los
siglos xvi y xvii obligó, pues, a efectuar frecuentes retasas De ordi
nario, sólo se disponía su confección después de una larga y costosa
instrucción judicial a cargo de los propios interesados. Es evidente,
pues, que las tasas siempre anduvieron retrasadas con respecto a los
acontecimientos. Una sección especial de la Real Hacienda llevaba
cuenta de estas imposiciones: la Contaduría General de Reales Tri
butos, Real Servicio y Azogues, en Nueva España, y la Contaduría
General de Retasas, en Perú.
Para informar al monarca de cuánto rendían los tributos y cuán
tos eran sus vasallos de ultramar se formaron numerosas relaciones
de pueblos de indios y sus tasas. En su afán de sistematizar la infor
mación, la corona encomendó luego a Juan de Ovando que tomara
razón de toda la población de sus dominios americanos. Acopiados
los datos de entre los papeles de Hacienda que obraban en poder
del Consejo de Indias, el cosmógrafo y cronista mayor de Indias,
Juan López de Velasco, los recopiló para el público, salvándose
de esta manera para la posteridad, pues las actuaciones originales de
Ovando se han perdido. La Geografía y descripción universal de las
Indias, de López de Velasco, concluida en 1574, consigna 9.0Ü0 lu
gares de naturales y unos 200 pueblos de españoles. Posteriormente
Ovando siguió atento las tareas demográficas del Consejo. Este ins
truyó a las autoridades coloniales para que levantaran matrícula de
españoles y padrones de aborígenes. Fruto en parte de esos designios
fueron las Relaciones geográficas reunidas de 1575 a 1585, al estilo
de las descripciones paralelas hechas sobre España por orden de Feli
pe II (Konetzke, 1948).
De 1604 a 1614 se efectuó con menor éxito un intento oficial
similar. A él se vinculan las diligencias obradas en Perú por man
dato del virrey marqués de Montesclaros. El Compendio y descrip
ción de las Indias Occidentales fue, en cambio, obra de un fraile
andariego, Antonio Vázquez de Espinosa, quien entre 1610 y 1622
recorrió el Nuevo Mundo tomando notas, que vertió por escrito seis
años después. El libro constituyó la última descripción general del
Imperio español de aquel siglo. Aunque otro intento posterior se
propuso abordar el conjunto, no llegó a tratar Perú. Inconcluso, el
Memorial y noticias sacras y reales del imperio de las Indias Occiden
tales (1646), de Diez de la Calle, cierra así, por más de una centuria,
la serie de esfuerzos sucesivos por estimar los habitantes del Nuevo
Mundo. En lo básico, esas búsquedas dependían de las listas de tri
butarios, en las que se anotaban los indígenas, el sector de lejos el
más numeroso entonces de la población americana. Información su
plementaria fueron las enumeraciones ocasionales de vecinos es
pañoles.
En cuanto a los hechos vitales, el Tercer Concilio Mexicano,
de 1585, confirmó la decisión del primero y dispuso que a los libros
parroquiales se agregaran dos más, uno de defunciones y otro de
confirmaciones, anticipándose así a lo que Paulo V prescribiría en
1614 en el mismo sentido (Lodolini, 1958). Esta disposición del
pontífice romano establecía un quinto registro, de statu animarum,
de las familias — y sus miembros— domiciliadas en la parroquia.
Sólo esporádicamente fue confeccionado este registro. La Iglesia puso
en práctica las demás recomendaciones, al extremo de que en el Alto
Perú los revisitadores tenían la costumbre de cotejar las nuevas ma
trículas de indios con las listas de defunciones y bautismos proporcio
nadas por los párrocos, a fin de determinar la calidad de la inscrip
ción. Los indios, por un lado, los negros y mulatos, por el otro, y los
blancos, en fin, por un tercero, fueron anotados en registros separados.
La Casa de la Contratación de Sevilla llevó puntual anotación
de quienes se embarcaban en las flotas legalmente, pero sabido es
que éstos sólo representaron una fracción del total. La explotación
de los legajos inéditos del Archivo de Indias ha suscitado modernas
cuantificaciones, discutibles, pero interesantes. El movimiento de
migración involuntaria ha sido también elaborado. No hay datos
personales, pero sí puede reconstituirse el volumen aproximado a
partir de la serie de buques negreros que transportaron su infamante
carga a través del Atlántico.
Durante el período de decadencia imperial, las revisitas se tor
naron más esporádicas, y la administración, incapacitada, se recostó
sobre la Iglesia para obtener información. Los registros parroquiales
se extendieron a nuevas áreas y preservaron, si no aumentaron, la
calidad, tal como prueba el reciente estudio de Carmagnani (1972).
Las visitas pastorales se multiplicaron. Registros como los diezmos
y el medio real de tributo por la fábrica de la Catedral de México
pasan a ser importantes fuentes supletorias.
Entre las iniciativas oficiales cuéntase con la Razón de las ciuda
des, villas y lugares, vecindarios y tributarios de la Audiencia de
Guatemala de 1683 y la retasa contemporánea efectuada por el virrey
duque de La Palata en razón de la gran despoblación ocurrida en
el Perú. La peste de 1719 obligó allí a una nueva revisita general
durante el gobierno del marqués de Castelfuerte.
En la tercera época del período preestadístico se llevan a cabo
los empadronamientos de Fuenclara, Solís y Superunda, antes alu
didos. Los resultados fueron divulgados por José Antonio Villaseñor
en su Teatro americano (1748), en lo que concierne a México, y
por Cosme y Bartolomé Bueno en la Descripción del Virreinato del
Perú, impresa más tarde (1763-1774).
La administración se afanó entonces por mejorar la recolección
de tributos y por perfeccionar el registro de los contribuyentes.
Prueba de este esfuerzo son las retasas hechas en Perú en tiempos
del virrey Amat y la reforma de los métodos de percepción introdu
cidas por las Instrucciones de Leuro (1769) y Escobedo (1784).
Por Real Orden de 1749, la corona recordó también a los prelados
la obligación que la Iglesia tenía con respecto al buen orden de los
libros parroquiales.
Estos pasos culminaron en la magna empresa del censo general
de Gálvez (1776), ya mencionado. En el cuadro núm. 1.1 puede
verse que no fue un acontecimiento esporádico, sino el comienzo
de una serie todavía irregular de enumeraciones territoriales, tales
como las de Las Casas, Revilla Gigedo, Gil de Taboada y Abascal.
La preocupación por las cuestiones de población respondía perfecta
mente a la mentalidad del Siglo de las Luces. Las autoridades empe
zaron a contar además con un personal civil eficiente para cumplir
su cometido, sobre todo a partir de la Reforma de Intendentes.
Como sus antecesores (López de Velasco, Villaseñor y Bueno), el
barón de Humboldt difundió entre el gran público los resultados
de los relevamientos. Imbuida de regalismo, la monarquía ilustrada
convirtió a los eclesiásticos prácticamente en agentes del Estado, con
C uadro núm. 1.1
Censos generales de población. El primer siglo (1775-1874)
CA P. G R A L. DE V IR R . D EL CA P. G R A L. DE V IR R . DE
AÑO CUBA N U EV A ESP A Ñ A G U ATEM ALA N U EV A GRANADA
1775 De la
Torre 1775
Bucareli 1777
Mayorga 1778 Flórez 1778
Caballero
y Gón-
gora 1782
1785
Las Revilla
Casas 1791 Gigedo 1791
1795
Anguiano
(Hondu Mendi-
ras) 1803 nueta 1803
1805
Gutiérrez
y Ulloa
(El Sal
vador) 1807
Villavi-
cencio 1810
1815
Cien-
fuegos 1817
1821
Congreso
Constituyente
(Costa
Rica) 1824
Censo de la Gran
1825 Colombia 1825
Vives 1827
OP. O R AL. DE V IR R DE CAP. O RAL DE V IR R . D EL
VENEZUELA PERU C H IL E R IO DE LA PLA TA
Guírior 1777 Jáuregui 1777
Vértiz 1778
Croix 1785
lastro y
Arauz 1787
Gil de
Taboada 1790
Rosende 1798
Ministerio de
Guerra 1808
IfiliL Asamblea
Consti
Abascal 1813 Congreso 1813 tuyente 1813
I Censo
Nacional 1832
Censos generales de población. El primer siglo (1775-1874)
(Continuación)
CAP. G R A L. DE V IR R . DE CAP. G R A L. DE V IR R . DE "
AÑO CUBA N U EV A E SP A Ñ A G U ATEM A LA N U EV A GRANADA
1835 II Censo
Nacional
(Colom
bia) 1835
O ’Don- f
✓ nell 1841
III Censo
Nacional 1843
1845 •
J
1855
IV Censo
Nacional 1859
Censo Na
cional de
España 1860
I Censo
Nacional
(Costa V Censo
Rica) 1864 Nacional 1864
1865
VI Censo
Nacional 1869
-tP GRAL. DE VIRR. DEL CAP. GRAL. DE VIRR. DEL
VENEZUELA PERU B R A S IL
CHILE R I O DE LA PLATA
I Censo
Nacional 1836
¡drón 1838
Eira II Censo
es 1844-47 Nacional 1844
II Censo
Nacional 1850 I Censo
Nac. (Uru
guay) 1852
Censo
III Censo General
'idrón 1854 Nacional 1854 (Bolivia) 1854
Censo de la
Confederación
U ron 1857 Argentina 1857
II Censo
Nac. (Uru
guay) 1860
III Censo
Nacional 1862
IV Censo
Nacional 1865
I Censo
Nac. (Ar
gentina) 1869
Censo del
Imperio 1872
1 Censo
fúcional 1873
obligación de remitir información mensual sobre los hechos vitales
de su parroquia (R. O. de 1801).
La corona portuguesa participó de la misma inquietud. En 1775
requirió de los curas información demográfica. El resumen consi
guiente, de origen eclesiástico, no ha sido consignado en el cuadro
número 1.1. El primer censo civil de Brasil fue levantado en verdad
en 1798, en tiempos del virrey conde de Rosende, según orden del
gobierno de Lisboa.
A medida que aumentaba el número de negros, mestizos y blan
cos, la importancia del sector aborigen se contraía; mas no por eso
la Hacienda perdió interés por él. Al contrario, procuró enumerar
los indígenas con mayor rigor. Cada cinco años se dispusieron ma
trículas regulares de naturales. Estos recuentos equivalen a censos
parciales periódicos, no obstante sus imperfecciones.
A raíz de la emancipación, la desintegración de los cuadros buro
cráticos impuso una discontinuidad larga de superar. La intensa
agitación política y militar, así como las nuevas preferencias del fisco
por las rentas de aduana en vez de los impuestos personales, disminu
yeron, además, las oportunidades y los requerimientos para efectuar
enumeraciones. Algunas antiguas colonias, como Chile, el Río de la
Plata y la Gran Colombia, se apresuraron a confeccionar censos.
Otros gobiernos los levantaron principalmente por motivos electo
rales. Las airadas disputas que la aprobación parlamentaria de algu
nos de estos documentos suscitó a consecuencia de la distribución
de escaños que se ventilaba, hacen dudar de que fueran fruto de un
recuento efectivo.
La estadística censal recuperó su importancia cuando el progreso
económico del tercer cuarto del siglo xix revalorizó el papel del
factor humano. A lo último del período, sobre todo, varios países
como Brasil, Argentina, Venezuela, efectuaron sus primeros censos
nacionales.
Así se entra en el período estadístico. El cuadro núm. 1.2 revela
que, al comenzar el siglo xx, más de dos tercios de los países latino
americanos habían adoptado el registro civil. El Estado había reca
bado para sí, al azar de los vaivenes políticos ocasionados por las
luchas entre conservadores y liberales, la facultad que hasta entonces
había residido en la Iglesia. Los liberales favorecieron la seculari
zación del servicio, pero no siempre pudieron implementar las leyes
que votaron. En México, por ejemplo, no obstante la fecha indicada,
el Registro Civil no empezó a funcionar hasta 1867, después de
derrotado el Imperio. Aunque la ley no se pusiera en ejecución
inmediata, la medida expresa importante cambio de actitud.
Como es natural, la anotación fue muy inexperta durante la pri
mera época. Hay en la actualidad varios estudios en curso para de
terminar el grado de subregistro. Se pretende así introducir las
debidas correcciones a las series. A título de ejemplo de la tarea
emprendida véanse los trabajos de Recchini de Lattes (1967) y
Cordero (1968).
C uadro núm. 1.2
Fechas en que se dictaron las leyes nacionales del Registro Civil
de los nacimientos, defunciones y matrimonios
Perú 1852 Chile 1885
México 1859 Cuba 1885
Venezuela 1863 Costa Rica 1888
Guatemala 1877 Brasil 1889
hl Salvador 1879 Ecuador 1901
Nicaragua 1879 Paraguay 1914 * *
Uruguay 1879 Panamá 1914
Honduras 1882 Haití 192 2
Rep. Dominicana 1884 Colombia 1938
Argentina 1884-1904 * Bolivia 1940 * *
* Ley federal para la capital y territorios nacionales. Cada provincia dictó su
ley respectiva entre 1885 y 1904.
* * Paraguay y Bolivia anticiparon el registro de matrimonios a 1898 y 1911,
respectivamente.
Fuente: U. N., 1955 b.
En cuanto a los censos nacionales, obsérvese en el cuadro nú
mero 1.3 que, en el último cuarto del siglo xtx, se levantaron en
toda América latina 25 censos. En ocho naciones (sin contar Pa
namá) no se llevó a cabo recuento alguno. El promedio para las
restantes es poco más de dos censos por país. Los censos se con
signan en el año respectivo con el número de orden que ocupan
en la lista oficial. La administración colonial y el Departamento de
Guerra de los Estados Unidos en 1899 tomaron los censos iniciales
de Cuba y Puerto Rico. La numeración posterior de la última isla
corresponde a la sereación norteamericana.
Durante el primer cuarto del siglo xx, los relevamientos fue
ron 30, incluidos cuatro que no alcanzaron sanción oficial (Ecuador,
Nicaragua, Uruguay y Haití). El número de países que no levantaron
ningún censo en ese lapso descendió a tres — Costa Rica, El Salvador
v Perú— , pero el promedio por país bajó. La práctica se había
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Sueca) Ve3¿ce oc oino d
G r ( S C *°C O s> J e o z ir t te c % s t(u rs )o v » ) titr ) .
—c . y / / - .... / -
IC 3L Z'IC„J¡2. ZL 5.
Facsímil de una página de la numeración de los indios de la provincia
de Chichas, Intendencia de Potosí, hecha en 1792.
Facsímil del reiumen de la numeración de los indios del partido de Omasuvos, provincia de l.a Pa2, hecha en 1792
Censos generales de poblaaun
1875-1884 1885-1894 1895-1904 1905-1914
2 5
* ...................
Bolivia ............................ .....................
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Uruguay ..........................
2 3
Venezuela ......................
E = España.—G = Departamento de Guerra de los Estados Unidos.—R = Admi
El segundo siglo (1875-1974)
1915-1924 1925-1934 1935-1944 | 1945 1954 1955-1964 1965-1974
1 I 4 5 6
4 5 6 7 8
10 11 12 13 14
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4 8 9 10
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mstración de reconstrucción de Puerto R u ó __+ = Censo» pro) citados.
extendido, pero no intensificado. México, Honduras y los países
dentro de la esfera de influencia norteamericana (Cuba, Puerto Rico
y Panamá), amén de aquellos que venían haciéndolo de antes (Chile y
Colombia) empezaron a efectuarlos con periodicidad.
Las primeras libretas o boletas censales indagaban simplemente
las características personales de sexo, edad, estado civil y, tal vez,
nacionalidad, lugar de nacimiento, distribución ecológica, así-como
algún dato de orden ocupacional y económico. El cuestionario fue
enriqueciéndose con el tiempo e incluyó preguntas sobre legitimidad,
familia, educación y, ocasionalmente, raza. Por último, en los más
modernos, requirió información sobre fecundidad y tipo de vínculo
— matrimonio o unión libre.
Cuatro fueron las repúblicas que no hicieron recuento alguno
durante el segundo cuarto de siglo, época de general depresión.
Estas son: Uruguay, Bolivia, Ecuador y Haití. El total de censos
tomados no varió, pero se insinuó la costumbre de efectuar los
empadronamientos en los años terminados en cero. La tendencia se
generalizó luego en 1950, cuando todos los gobiernos, excepto dos,
enumeraron a sus habitantes ese año o cerca de él. El llamado censo
de las Américas permitió efectuar un balance de la población con
tinental a mediados del siglo xx. En la historia censal de la región,
la fecha marca un hito, A partir de entonces, no ha quedado nación
sin censar y la frecuencia decenal ha quedado admitida.
En materia demográfica, en el cuadro núm. 1.3 se refleja una
evolución paralela a la de la vida institucional y socioeconómica de
la región. El promedio de censos por nación es de siete, es decir,
uno cada catorce años.
Su calidad es más que discutible. Nadie se atrevería a tomarlos
sin antes someterlos a una crítica interna, lo que cualquier historiador
hace habitualmente con los documentos que consulta. Nótense los
esfuerzos precursores realizados en este sentido por Somoza y Lattes
(1967), Lattes (1968) y también Lattes y Poc2 ter (1968).
El intervalo de los censos, si no ideal, es prudente y sitúa a
América latina por delante de las demás regiones menos desarrolla
das del mundo. Mención aparte merecerían además los numerosos
censos municipales o provinciales, que también contienen valiosa
información demográfica.
Las cifras sobre desplazamientos internacionales se hallarán, en
fin, en las entregas periódicas de las oficinas de migración, que de
penden, según los países, ya sea del Ministerio del Interior, ya de los
de Agricultura o Asuntos Exteriores. A veces, también las Direccio
nes o Institutos de Estadística gubernamentales suelen comunicar
esas noticias.
Para concluir estas notas de introducción, véase lo que Hollings-
worth (1969) dice a propósito de quienes han de vérselas con estos
materiales:
«El tipo ideal de investigador en demografía histórica habrá de tener un
sentido histórico agudo y dominar todos los conocimientos y recursos de la
demografía actual, lo cual le requerirá plena familiaridad con los métodos y
resultados de cada uno de los sistemas nacionales censales y de registro vital
del mundo. Deberá ser profundamente versado en economía, sociología, prác
ticas religiosas, arqueología, antropología, climatología, epidemiología y gine
cología; y habrá de conocer la metodología matemática de los estadísticos hasta
el punto de ser capaz de innovar en ella por sí mismo. Será un buen paleólogo,
un experto en legislación y práctica tributarias, en planeamiento urbano y
técnicas agrícolas, de cualquier tiempo y lugar; sabrá cómo reunir información
cuantitativa, codificarla y transcribirla en tarjetas perforadas o cintas, así como
analizarla mediante el empleo de computadoras. Será un lector voraz, con
dominio de una docena de idiomas diferentes por lo menos, que cada año
leerá de cabo a rabo cientos de revistas científicas y otros tantos libros publi
cados en todas partes del mundo.»
Hollingsworth concluye: «El historiador ideal de la población,
por supuesto, no existe.»
Capítulo 2
LA POBLACION PRECOLOMBINA
En el momento de la conquista, la población indígena se hallaba
repartida de manera muy desigual a lo largo y ancho del continente.
Unas zonas lucían densidades elevadas, mientras que sólo había pu
ñados de hombres en otras prácticamente desiertas. El asentamiento
se concentraba en las sierras y costas de la vertiente del Pacífico.
Las grandes planicies que bordean el litoral atlántico albergaban,
en cambio, pocos habitantes. Eran las condiciones del terreno las que
imponían el contraste. Para sociedades primitivas, la naturaleza suele
constituir un obstáculo difícilmente salvable.
A igualdad de circunstancias ambientales, la diferencia en la
distribución de la población tenía empero una raíz histórica. Diversas
razones étnicas, socioeconómicas y culturales pesaban. Muchos son,
por ejemplo, los lugares del Caribe donde la vegetación y el relieve
no son tan distintos a los de la península de Yucatán, y, sin embargo,
sólo aquí floreció una civilización como la maya. Además, en el
área andina meridional, las laderas de la cordillera que separa las
actuales repúblicas de Chile y Argentina no presentan condiciones
topográficas o climáticas sensiblemente diferentes de las de la región
central de América del Sur; mas la civilización nunca alcanzó allí
las alturas de la incaica. Las innovaciones de la franja central se di
fundieron hacia el Sur más tarde. Por estos motivos sería equivocado
aceptar el supuesto de que, a la llegada de los españoles, población
aborigen y naturaleza física habían alcanzado un ajuste estable.
Los indígenas llevaban habitando el continente millares de años y,
en su transcurso, habían modificado a su conveniencia la capacidad
productiva del suelo por medio de técnicas de complejidad creciente.
1. La dispersión de los pueblos
cazadores y recolectores
Por algún tiempo se creyó que el hombre americano era autóc
tono. La conjetura se basaba en una equivocada observación de fósiles
humanos en capas geológicas remotas y era consecuencia de un cono
cimiento muy fragmentario de la evolución del género superior de
los mamíferos. Hoy por hoy se supone que la presencia del hombre
en América es relativamente reciente, sobre todo si se la compara
con la antigüedad que tiene en Asia y en Africa. En ambos conti
nentes han aparecido vestigios de la hominización de los primeros
antropoides que faltan en América. Eso no significa que el hombre
sea aquí tan moderno como se pensó durante el período de reacción
contra la tesis de su origen americano. A medida que se multiplican
los hallazgos y progresan los métodos de datación, su presencia en el
Nuevo Mundo retrocede en el tiempo. Nada quita que nuevos des
cubrimientos retrotraigan aún más la fecha inicial. Las últimas esti
maciones dan como probable una edad entre 40.000 y 100.000 años.
Un continente vacío acogió, pues, hace decenas de milenios, a
los primeros individuos que pisaron el suelo americano. Procedían
de Asia, y cruzaron el estrecho de Bering, que separa Alaska de
Siberia. Este brazo de mar no constituyó durante los períodos gla
ciares el mismo obstáculo que hoy. Las hordas que llegaron eran en
extremo primitivas: vivían simplemente de la recolección de frutos
silvestres o del mar y de una caza de animales inferiores. Su modo
de vida parasitario les obligaba, una vez agotados los recursos de un
lugar, a renovar sus medios de subsistencia cambiando de emplaza
miento. La mudanza continua no favorecía la constitución de agrupa
ciones grandes y estables. En cuanto el grupo crecía por encima del
número que el área de sus andanzas habituales podía sustentar,
parte había de buscar nuevos rumbos. La válvula de la migra
ción debió operar con eficacia, porque, no obstante el duro freno
impuesto a su reproducción por el género de vida que llevaban, la
presión fue lo suficientemente fuerte como para que algunas tribus
alcanzaran el extremo meridional del hemisferio al cabo de miles de
años. Un sensacional descubrimiento arqueológico reciente ha veri
ficado el paso de aquellos recolectores y cazadores rudimentarios
por las altas sierras peruanas hace 22.000 años (MacNeish, 1971).
Los cambios climatológicos debieron impulsar también desplazamien
tos humanos hacia tierras más benignas o propicias.
La segunda invasión introdujo a los grandes cazadores por una
ruta interior de Alaska. Al igual que sus predecesores, se expandieron
por todo el continente. Restos ergológicos delatan su presencia en
el vértice opuesto, en la Patagonia, hacia el año 9000 a. C., pero
hay testimonios de que habitaron México, Venezuela, Ecuador, Perú
y Chile varios milenios antes. Los cazadores superiores disponían de
proyectiles líticos más perfeccionados y vivían de la caza de gran
des mamíferos. Hasta la llegada de los europeos ocuparon las grandes
planicies del norte y sur del continente, donde seguían luciendo
entonces su extraordinaria habilidad cinegética. En lo demográfico,
nunca constituyeron tampoco unidades numerosas, y no es de imagi
nar que su capacidad de reproducción haya sido sensiblemente más
elevada que la de los cazadores inferiores.
En tierras de Tamaulipas y del valle de Tehuacán, en México,
los arqueólogos han reconocido las plantas silvestres que intervenían
en la dieta de los recolectores. Entre las principales se hallan los
zapallos, los frijoles y el maíz. Impelidos por la necesidad, deslum
brados por ciertas observaciones y guiados por experiencias sucesivas,
o bien enseñados por otros pueblos, como quieren algunos autores,
aquellos hombres primitivos consiguieron transformar esas plantas
en cultígenos. Otro tanto cabría decir de la papa o patata del Perú.
Es posible que entre 7000-5000 a. C. empezaron a cultivar el zapallo,
entre 5000-3000 a. C. los frijoles y entre 3000-2300 el maíz. Aquella
domesticación, quizá insensible para los contemporáneos, suscitaría,
sin embargo, uno de los cambios más profundos en la historia del
continente.
2. La revolución agrícola
Por sus consecuencias de orden económico y social, la domestica
ción de las plantas supuso una revolución equivalente en sus propor
ciones a la que la revolución industrial representa para la época
contemporánea. La agricultura creó una economía reproductiva que,
al librar a los hombres de la dependencia del hallazgo siempre alea
torio de su subsistencia, les permitió multiplicarse hasta alcanzar
magnitudes antes desconocidas. La industrialización, por su lado, per
mitió un crecimiento sostenido de la población al superar la sujeción
económica al factor tierra. A uno y otro cambio tecnológico siguió
una violenta explosión demoaráñca La agricultura tropezó luego coc
En nuestros días se adivina ya, por otra parte, que la sociedad indus
trial tiende hacia esta suerte de equilibrio demográfico, aunque tal
posibilidad se divise todavía lejos en el horizonte.
Tanto en un caso como en otro, la explosión fue precedida por
una etapa de preparación. Los prehistoriadores americanos sitúan ese
lapso en el período formativo, que va del año 2000 al 800 a. C. En la
edad moderna los procesos fueron más acelerados; apenas requirieron
decenios o, cuanto más, alguna centuria.
Durante el formativo, los cultivos hortícolas asentaron a los hom
bres sobre el suelo, les dieron vivienda fija y los agruparon. Formas
sociales y políticas más complejas y diferenciadas y un mundo de
ideas originales surgieron en consecuencia. La agricultura puso, pues,
en marcha un proceso de secuelas imprevisibles.
Poco parece importar a nuestro propósito central — trazar el cre
cimiento de la población indígena— que la domesticación de las
plantas haya ocurrido primero en el Cercano Oriente, 7000-8000 años
antes C., y que esa posible procedencia constituya un argumento a
favor de la tesis difusionista que hace venir esta innovación del Viejo
al Nuevo Mundo. Igual ocurre con la contraria, que sostienen los
evolucionistas, según la cual el cultivo fue descubierto en un foco
americano independiente. Hay partidarios de esta última doctrina,
quienes incluso aceptan la posibilidad de cuatro focos originarios
dentro del continente: dos en la llamada América nuclear —Meso-
américa y Perú— , otro en la cuenca amazónica y el último en el
valle del Misisipí. Ahora bien, si se sostiene que la agricultura se
propagó a partir del Cercano Oriente por la vía del océano Pacífico,
seguramente la trajo una nueva oleada de pueblos. La gran hetero
geneidad de los grupos raciales aborígenes invita a no excluir esta
posibilidad. La diferencia del nivel alcanzado en la agricultura de
las cuatro áreas no se justifica, por otra parte, fácilmente por razones
de estricta ecología, dado que zonas con potencial análogo no goza
ron de igual grado de desarrollo. Si así fuera, pues, lo mismo que
en ocasiones posteriores, un cambio de tamaña trascendencia para el
continente, como fue la agricultura, habría sido introducido desde
el exterior. La inmigración habría desempeñado, entonces también,
un papel primordial.
Cualquiera que sea la posición que se sostenga, el contraste entre
la agricultura de las cuencas del Amazonas y del Misisipí y la del
área andina nuclear es notable. En las cuencas de ambos ríos, la agri
cultura no alcanzó a sostener sino a una población poco denia, asen
tada en aldeas que, cuando el sistema de cultivo lo exigía, se des
plazaban. En las sierras, la agricultura pasó por fases sucesivas de
intensificación hasta llegar al grado máximo con el regadío. Precisa
mente, los lugares que adoptaron ese sistema fueron los que se
prestaron al florecimiento de las altas culturas. El riego, en particular
el que se efectuaba en las laderas de montañas esculpidas mediante
andenes de cultivo, según ocurrió en los valles de la costa peruana,
exigió, por un lado, empleo intensivo de mano de obra, pero, por
el otro, aseguró una subsistencia regular para la misma. Otro tanto
cabe decir de las «chinampas» del valle de México. Este tipo de agri
cultura favoreció el asentamiento estable. La concentración fue cre
ciente, primero en forma de aldeas y luego de ciudades, cabeceras
éstas de reinos y hasta de imperios.
Cuanto se diga de la demografía de este período son básicamente
conjeturas, fuera de que la población creció como parecen atestiguar
el mayor tamaño y número de los yacimientos arqueológicos. En rea
lidad, las presunciones dependen de cómo se conteste la pregunta
sobre la forma en que aquellas sociedades invirtieron la mayor pro
ductividad obtenida por los nuevos sistemas de cultivo y por el apro
vechamiento de especies alimenticias nuevas. Pudo ésta volcarse
en un mayor bienestar o haberse mantenido el nivel anterior de sub
sistencia; pudo haberse empleado todo el excedente en incrementar
la población, como también derivarlo en mantener numerosos grupos
parasitarios (artesanos, nobles y sacerdotes), o haberlo atesorado en
la forma de obras de carácter no reproductivo (monumentos). Proba
blemente, la respuesta deba ser balanceada.
No cuesta imaginar que las condiciones de vida mejoraran en
comparación con épocas anteriores (alimentación más regular y abun
dante, vivienda más cómoda y mayor ocio). Seguramente esta mejoría
se tradujo en una ligera prolongación del promedio de vida y en el
reemplazo de las generaciones, aunque todavía rápido, más lento que
en otros tiempos. La demografía prehistórica, en ciernes todavía en
el Nuevo Mundo, mas llena de promesas si nos atenemos a las contri
buciones sugestivas de Vallois (1960), tiene la palabra al respecto.
De una fertilidad elevada atestiguan la multiplicación de los sitios
ocupados y la expulsión de emigrantes hacia zonas tardíamente
aculturadas. En los yacimientos, y hasta en los cronistas, hay testi
monios de esos desplazamientos. Por otra parte, que los recursos se
desviaran de una aplicación estrictamente demográfica se infiere del
desarrollo de los estratos parasitarios y del crecimiento urbano. Es
más, existen en piedra testimonios portentosos del esfuerzo arqui
tectónico realizado entonces con miras religiosas.
Tanto el refinamiento de la vida material como la satisfacción
de propósitos sociales o culturales menos inmediatos absorbieron,
pues, parte de los recursos agrícolas y, de esta forma, coartaron el
crecimiento demográfico, impidiéndole alcanzar su potencial máximo
No obstante este freno, ¿establecióse alguna vez cierto equilibrio
entre, por un lado, la población y, por otro, el medio biótico, la
estructura social y los recursos técnicos i1 En otras palabras, ¿llegó
la población en algún momento a un grado de saturación, a una cima,
a un techo, al que no podía sobrepasar, salvo la introducción de
cambios tecnológicos?; o yendo más lejos, ¿la irrupción española
sorprendió acaso a la población indígena a mitad de camino de su
evolución, cuando conservaba todavía amplias oportunidades de
expansión dentro del régimen social y técnico imperante?
Los resultados publicados por la expedición arqueológica de la
Fundación Peabody al valle de Tehuacán, situado al noroeste de
Oaxaca y sudeste de Puebla, en México, sugieren una progresión
lineal de la población del área excavada. Muchos considerarán que
las observaciones extraídas del lugar pueden ser aplicadas al proceso
general. El propósito de la expedición fue reconocer las etapas del
asentamiento humano detectables en una zona limitada, para esta
blecer luego la intensidad registrada en cada una. Efectuada una
investigación exhaustiva del valle, 453 parajes arqueológicos quedaron
al descubierto, muchos de los cuales habían sido habitados en épocas
sucesivas. De acuerdo con la superficie ocupada por los restos de
cada fase y empleando un factor cambiante según el nivel social y
cultural de cada período, MacNeish (1970) se ha aventurado a pro
poner una estimación de las densidades probables.
Expresadas las cantidades en número de habitantes por 100 kiló
metros cuadrados, las primeras debieron ser del orden de 0,5 antes
del año 7000 a. C., que denotan una población muy dispersa, pro
pia de un estadio de cazadores. Antes del 5000 pasaron a 2,2, y
entre 3400 y 2300 a. C., a 13,7, para alcanzar la cifra de 42,6 en
el período francamente agrícola, llamado Ajalpán Tardío. Esta época
se caracterizó por los cultivos en laderas. El 43 por 100 de la dieta
procedía ya de la producción agraria.
En una etapa más avanzada (Santa María), que abarcó los años
de 900 a 100 a. C., la irrigación permitió que los rendimientos se
acrecentaran y que la población casi cuadruplicara. En la siguiente,
el crecimiento demográfico cobró mayor celeridad. Entre 100 a, C.
v 700 d. C., extremos temporales de la fase Palo Blanco, la densidad
alcanzó a 11,10 habitantes esta vez por kilómetro cuadrado, o sea
seis veces más que durante el período precedente. Finalmente, du
rante los ocho siglos que precedieron a la conquista (fase Venta
Salada) subió nada menos que a 36,29. En ese momento los pro
ductos de la tierra componían las tres cuartas partes de la dieta.
Dentro de esta evolución, el salto representado por el paso del
estadio de cazadores al de agricultores resulta bien evidente. Las
últimas densidades no se entienden, en fin, sin un proceso de con
centración urbana, del que trataremos más adelante.
En los estudios edafológicos efectuados por S. F. Cook (1949)
en Teotlapán, primero, y, luego, en la Mixteca Alta, Puebla, Valle
Central, Michoacán, Veracruz y el Bajío, es decir, en una muestra
bastante amplia y diversa, aunque únicamente referida a México,
aparecen tres fases de erosión, fruto de la explotación intensiva del
suelo por el hombre. La erosión fue entonces más honda que la
ocasionada después por el ganado de los conquistadores. Los rendi
mientos agrícolas hubieron de disminuir en cada fase, y la población
padeció necesariamente las secuelas del deterioro del suelo. Tanto
este autor como su colega W. Borah se inclinan por la creencia de
que la masa aborigen de México central, antes que un crecimiento
lineal, habría experimentado sucesivos altibajos. Los trabajos de
J. R. Parsons (1968) sobre la evolución de los patrones de asenta
miento en el valle de Texcoco confirman la existencia de oscilaciones
demográficas durante la era cristiana, antes de la entrada de Cortés.
De ser así, cabe que la población indígena hubiera alcanzado un
nuevo techo en vísperas de la dominación española y que la simple
saturación hubiera provocado su declinación, aunque no hubiese so
brevenido la invasión (Cook, 1947). No es, pues, de extrañar que
la conquista ocasionara tamaño impacto entre los aborígenes.
Diversos indicios abonan la idea de una saturación relativa de
acuerdo con el nivel tecnológico disponible. Cook (1946a) ha obser
vado que las guerras «floridas» de los aztecas y los sacrificios masivos
en honor de los dioses no se conciben en caso de que escasearan los
recursos humanos, pues interesaría entonces preservar las vidas. Ese
derroche más bien parece, por tanto, dique inconsciente contra la
expansión. La práctica corriente de sacrificios de párvulos, tan carac
terística, por ejemplo, de la cultura santamariana del norte argentino,
fue asimismo una especie de control de la natalidad, por una vía
igualmente violenta. Miles de urnas, de una belleza plástica singular,
se exhiben hoy en los museos, o yacen aún en tierra, con el contenido
de ritos tan macabros.
3. La formación de aldeas y ciudades
En la estrecha franja occidental que va desde Tzin Tzum Tzan, en
Michoacán, hasta Tiahuanaco, en el Altiplano peruano, o si rebaja
mos el rango desde Chihuahua hasta Atacama, se formó en tiempos
precolombinos una larga cadena de ciudades, cuyos eslabones inte
rrumpe la angostura de la región ístmica, aislando dos áreaas que
corresponden al espacio donde florecieron las altas culturas del cen
tro y sur del hemisferio. Ambas zonas albergaron densas poblaciones
rurales cuyos elevados rendimientos alimentaron grandes centros po
líticos o ceremoniales.
Entre varias urbes prehispanas y las coloniales posteriores existe
una continuidad que se prolonga en ocasiones hasta el presente.
Naciones modernas, como, por ejemplo, México o Ecuador, conser
van para sede del poder central el simbólico emplazamiento de la
capital indígena. En estos casos la traza de la ciudad primitiva ha
solido desaparecer. En los lugares abandonados subsiste, en cambio,
identificable bajo una capa de tierra y maleza cuya excavación des
cubre el esplendor de la vida pasada. De las urbes prehistóricas muy
pocos yacimientos se conocen siquiera medianamente y, mientras el
sitio espera una exploración sistemática, sólo algún que otro monu
mento sobresaliente ha merecido los honores de la reconstrucción.
Las grandes ciudades sepultadas atestiguan la culminación de un
proceso que se inició con las modestas aldeas neolíticas y alcanzó
su expresión suprema en las tardías metrópolis de Tenochtitlán o
Cuzco. Hasta donde alcanzan los conocimientos actuales, cada área
evolucionó sin la ayuda de influencias extracontinentales e indepen
diente la una de la otra. No consta que Mesoamérica ejerciera in
fluencia alguna sobre la América meridional, o viceversa, aunque
ambas pasaron por estadios paralelos y coetáneos.
Reconstruir los inicios de la urbanización indígena tropieza con
serias dificultades conceptuales. ¿A partir de qué tamaño y densidad
un simple villorrio se convierte en aldea y ésta pasa luego a ser,
sucesivamente, pueblo, ciudad, urbe y hasta metrópoli? El criterio
meramente cuantitativo, de uso para los tiempos actuales, no es el
indicado, como tampoco conviene al pueblo o ciudad colonial. Los
hallazgos arqueológicos o las referencias demográficas fragmentarias
mal permiten determinar la dimensión a la escala real. Por otra parte,
las funciones comerciales, administrativas, religiosas, etc., que el
centro cumplía suelen ser más palmarias, pero, lamentablemente,
no resulta fácil sujetarlas a medición. Por tal motivo, tanto en este
capítulo como en el siguiente, nos vemos en la imposibilidad de
emplear una terminología todo lo estricta que sería de desear.
Los primeros lugares de atracción de nutridas masas campesinas
fueron sitios ceremoniales, como, por ejemplo, Chavín de Huantar,
en la sierra septentrional de Perú, o los centros de la cultura olmeca
(La Venta, en Tabasco) o maya (Dzibilchaltún, en Yucatán), ambos
en el área del golfo de México.
En Perú este tipo de aglomeraciones surgió en momentos en
que la irrigación, aunque fuera en su forma más primitiva, iba
ganando tierras para los cultivos. Consecuencia de esta innovación,
la población creció, estableciéndose en aldeas concentradas de casas
antiguas, pero erigidas sin concierto. De entonces datan también
los primeros puntos fortificados construidos en la cumbre de colinas.
Estos fuertes extendían su protección sobre las aldeas situadas varios
kilómetros a la redonda.
En el período clásico, o sea durante los ocho primeros siglos
de nuestra era, la superficie bajo cultivo volvió a incrementarse. En el
valle del Viró (Perú septentrional), por ejemplo, aumentó en un
10 por 100 merced a la construcción de una extensa red de canales
de riego. A mayores recursos, mayor población. Atestiguan, además,
el crecimiento las mayores densidades de los sitios ya ocupados y la
erección de aldeas en parajes deshabitados antes. En lo que respecta
a México, MacNeish (1970) ha hallado, en el caso de Tehuacán,
antes mencionado, cambios significativos en el volumen de la pobla
ción, en la extensión del área agrícola productiva y en los patrones
de asentamiento: aldeas y pueblos erigidos en forma de castros,
situados en la cima de colinas, con viviendas distribuidas con ma
yor regularidad.
La distancia entre los simples campesinos y el estamento militar
y sacerdotal se acentuó a la sazón, desarrollándose una sociedad estra
tificada. La expansión militar de algunos centros suscitó la formación
de pequeños Estados. El grupo sacerdotal consiguió, sin embargo,
preponderar sobre el brazo armado gracias a su hábil iniciativa.
Los centros ceremoniales crecieron en tamaño e irradación. Las
primeras ciudades florecieron justamente a partir de determinados
santuarios del Altiplano, del Petén y del Ánáhuac. A las funcio
nes religiosas que ya ostentaban se sumaron a continuación las políti
cas. Tales fueron los casos de Tiahuanaco, junto al lago Titicaca, en
la actual Bolivia; de Tikal, en las selvas del Petén de Guatemala, y
de Teotihuacán, en los páramos vecinos a la ciudad de México.
Estos lugares conservan ruinas monumentales de templos que el
tiempo no ha sido capaz de borrar, como la Akapana o el Kalasasaya
de Tiahuanaco, las pirámides escalonadas que circundan la gran plaza
central de Tikal o las que se alinean a lo largo de la calle de los
Muertos en Teotihuacán (pirámides del Sol y de la Luna). Las pri
meras excavaciones prestaron mayor atención a los monumentos reli
giosos más suntuosos; las recientes ponen al descubierto, en Tikal
y en Teotihuacán especialmente, palacios y viviendas que revelan
núcleos de ocupación permanente. De los sitios aludidos, dos fueron
totalmente excepcionales en su respectiva área de influencia. No hay,
en efecto, en todo Perú o México puntos equiparables a Tiahuanaco
o Teotihuacán. Entre los mayas, Tikal tuvo, en cambio, que conv
partir su primacía, andando el tiempo, con los centros ceremonia
les de Palenque, en Chiapas; de Copán, en Honduras, y de Chichen
Itzá, en Yucatán, por ejemplo. Se discute si estos y otros lugares
alcanzaron a tener carácter de ciudades debido a las bajas densi
dades observadas y las escasas funciones administrativas que parecen
haber cumplido.
El desarrollo urbanístico es más bien propio del período post
clásico. En su manifestación incipiente se relaciona con aldeas corrí
pactas formadas de viviendas espaciosas, ordenadas con una evidente
preocupación por el sistema de circulación dentro del perímetro
habitado. A veces también un muro o muralla separa de manera
tajante el centro residencial del campo. El pueblo acoge edificios
comunitarios; los religiosos dentro de él decrecen en importancia.
Algunos de los centros ostentan variedad de funciones, densidad
v tamaños tales que cabe calificarlos ya, sin dudar a duda, de ciu
dades.
La concentración política progresiva, propia de esa época, indujo
a la fundación de confederaciones y de reinos. La ciudad recibió im
pulsos como sede del poder político local o «nacional». El creci
miento demográfico se encauzó entonces en dirección de estos centros
y menos hacia una ocupación más intensiva del suelo.
La culminación del proceso dio nacimiento a verdaderas urbes,
como Tenochtitlán, capital del imperio azteca, o Cuzco, del incaico
El brillo de ambos nombres desluce un tanto el de otras ciudades
igualmente dignas de fama, como Tula, Cholula, Xochicalco y Monte
Albán, en México, o Chan Chan, Cajamarquilla y Machu Pichu, en
Perú. Tula y Xochicalco fueron capitales toltecas; Monte Albán, de
los mixtecas; Chan Chan, del reino Chimó, en la costa septentrional
del Perú, a la vera de la actual Trujillo; Cajamarquilla y Pacha-
camac, los grandes centros de la costa central próximos a Lima
Todas estas ciudades anteceden la formación de los imperios azteca
e incaico. En cambio, cupo en suerte a Machu Pichu ser de los
últimos refugios de la dinastía incaica en las altas sierras. La anterior
no es sino una lista abreviada de ciudades cuyo reconocimiento ape
nas ha empezado.
Cuzco, «la otra Roma de aquellas regiones antárticas», como dijo
Vázquez de Espinosa, fue una gran aglomeración, en la que los
palacios imperiales y nobiliarios alternaban con los templos. Estos
edificios fueron erigidos sobre plataformas monumentales de cante-
tía, que aún hoy sirven de sustento a los conventos y casas levan
tados en la época colonial. Dos ejes principales cortaban la .planta
de la ciudad en cuatro partes, dándole un aspecto ordenado. En el
centro residían las clases altas, cerca de los edificios públicos y
religiosos, mientras que los estratos sociales inferiores ocupaban
barrios que perdían gradualmente sus características urbanas hacia
la periferia. Una ciudad de tamaña opulencia sólo pudo subsistir
por el continuo drenaje hacia ella de recursos materiales y humanos
de un vasto imperio.
Los cronistas atribuyen a Tenochtitlán varios cientos de miles de
habitantes a la llegada de Cortés. De admitirse el dato, resultaría
que congregó a una población superior a la mayoría de las urbes
europeas de su tiempo. Desde luego, fue la mayor de todo el hemis
ferio americano, y su existencia requirió un poder político fortísinic
que le asegurara la producción excedentaria del Anáhuac y la de las
regiones circundantes. Su tamaño sigue en tela de discusión, pero,
de cualquier modo, fue descomunal para su época. Al igual que su
homologa del imperio incaico, Cuzco, su papel fue más secular que
el de las ciudades del período preclásico. Los templos ocupaban el
centro, y las viviendas se extendían en los barrios sin sujetarse a un
plan. Los soberanos aztecas pusieron, sin embargo, empeño en dotar
a Tenochtitlán de vías de circulación cómoda y consiguieron darle
un aspecto más ordenado. Cuatro calzadas partían de la plaza central
en dirección de los cuatro puntos cardinales, facilitando el acceso
a la ciudad. Moctezuma construyó, además, un acueducto desde
Chapul tepec que aseguró el abastecimiento regular de agua potable
4. Tamaño de la población aborigen
en vísperas de la conquista
Los conquistadores, misioneros y hasta los cronistas sintieron una
curiosidad natural, teñida de resonancias prácticas, por conocer la
dimensión de la población aborigen de las tierras visitadas o ganadas
Sus toscas estimaciones, bastante fantasiosas algunas, cayeron pronto
en descrédito. Su rechazo dejó por largo tiempo un vacío que los
estudios modernos tratan de llenar mediante cálculos con apariencia
más científica.
La preocupación por obtener números dignos de confianza no
puede pasar por especulación ociosa, simple pábulo para la actividad
de eruditos. Según se entienda la magnitud de aquella masa indígena,
así resultará la concepción de toda la historia de la población ame
ricana. No es lo mismo que haya crecido desde un nivel ínfimo hasta
las actuales dimensiones, como suponen los seguidores de una con
cepción lineal del progreso, o que, al producirse el choque de dos
pueblos y de dos modos de vida, haya caído a un abismo del que no
salió prácticamente hasta mediados del siglo pasado. Tales son, en
efecto, las dos tesis fundamentales contrapuestas. Dobyns (1966)
ha dicho con razón que «la idea que los científicos sociales se hacen
del tamaño de la población indígena de las Américas afecta de ma
nera directa su interpretación de las civilizaciones y de las culturas
del Nuevo Mundo». El rango de la civilización indígena, ya que
la densidad puede llegar a ser un indicador del desarrollo cultural,
así como también la naturaleza del contacto de ambos mundos, la
trayectoria del régimen colonial o el carácter de su sociedad, depen
den de qué criterio adoptemos.
Los intentos sucesivos por estimar el tamaño de la población
americana en vísperas de la conquista han oscilado periódicamente
en nuestro siglo entre posturas alcistas y bajistas. Después que Rivet
y Sapper llegaran por medios de procedimientos muy distintos a
cifras muy cercanas —entre cuarenta y cincuenta millones de habi
tantes— , una corriente calificada de «escéptica» se aplicó a limar
esas magnitudes. Kroeber y Rosenblat son sus representantes más
conspicuos. El antropólogo Kroeber no admitió más de ocho millo
nes y medio en ambos hemisferios. Su experiencia con la evolución
de los indígenas de algunas zonas de los Estados Unidos (en espe
cial de California), más una proyección hacia atrás generalizada de la
tasa de crecimiento registrada entre los aborígenes de México desde
fines del siglo xvm (Humboldt) hasta el censo nacional de 1930, le
llevaron a esa cifra, pero los supuestos con los que operaba mos
traron pronto ser muy vulnerables. Rosenblat (1954 y luego 1967)
concluyó, por su parte, que dentro de los límites administrativos
de las actuales naciones americanas habían vivido entonces trece
millones de indios. Tomó en cuenta los cálculos parciales efectuados
por los etnógrafos, zanjando en caso de discrepancia en razón de la
«verosimilitud». A México le concedió así cuatro millones y medio
de habitantes; a Perú solamente dos, a los cuales deben sumarse
un millón trescientos mil indios de Bolivia y Ecuador. Las áreas
azteca e incaica resultaban equiparables. Ambas reunían las dos ter
ceras partes de la población del continente.
De signo opuesto es la reciente estimación de otro antropólogo
norteamericano. Su planteo es esquemático y no oculta sus aprio-
rismos. Dobyns, su formulador, parte de la idea de que la población
indígena se redujo a un vigésimo tras el contacto con los blancos.
En el capítulo próximo veremos algunas razones posibles. La sima
de la declinación fue alcanzada en tiempos distintos según las re
giones. Por lo general recayó a mediados del siglo xvn, pero en
algunos pueblos que entraron en contacto con los europeos tan sólo
en el siglo xvm o incluso después, ésta se sitúa naturalmente en
fechas más tardías. Partiendo de los mínimos demográficos conocí-
dos para las diversas etnias americanas, Dobyns calcula una población
de entre noventa y ciento doce millones de indígenas al momento de
la llegada de Colón. De esa suma, sesenta corresponden por mitades
al México central y al Perú. Su razonamiento es menos antojadizo en
realidad que lo que aquí aparece resumido. Dobyns revisa todas las
hipótesis y métodos adelantados y funda sus generalizaciones en
los resultados alcanzados por los minuciosos estudios históricos de
Cook, Borah y Simpson. Más cautelosos, éstos no se habían atrevido
a dar tamaño paso.
El camino seguido por la Escuela de California, compuesta por
los autores recién mencionados, parece más promisorio que otros
anteriores. Sus trabajos se concentran sobre el corazón del antiguo
Virreinato de Nueva España, pero las técnicas puestas a punto igual
tienen aplicación en otras partes, siempre y cuando se hallen fuen
tes equivalentes.
Las estimaciones de Cook, Borah y Simpson acerca de la pobla
ción de México central, la región comprendida entre el istmo de
Tehuantepec y la frontera de los chichimecas y del reino de Nueva
Galicia, se basan en distintos modos de proyección retrospectiva
Habiendo logrado determinar la población del área hacia 1565 mer
ced a recuentos fiscales de indígenas, y considerando luego que
varias muestras locales sugerían una variación demográfica en menos
de un 40 por 100 entre 1519 y la fecha anterior, Cook y Simpson
se atrevieron en 1948 a adelantar una cifra de habitantes. Multi
plicaron la base de 1565, y atribuyeron a las vísperas de la con
quista un total de 11 millones.
Casi un decenio después, Cook retomó la cuestión junto con
Borah. Estudiando entonces con mayor detenimiento la tasa de des
población, ambos autores encontraron que de 1550 a 1570 había
sido de un 3,8 por 100 anual, más elevada que la supuesta hasta ese
momento. Aparecía alta, a pesar de que no habían estallado epide
mias antes y después de ese ventenio. La tasa correspondiente a los
primeros tiempos de la conquista bien pudo, pues, ser todavía más
elevada. De cualquier modo, Cook y Borah (1957) operaron con
el 3,8 por 100 como constante y, sobre esta base, estimaron en
25,3 millones los indios que Hernán Cortés halló al desembarcar.
Más adelante, Borah y Cook preconizaron elevar el número a 30 mi
llones, pero después de un estudio de la tributación percibida por
la Triple Alianza indígena, según la información recogida de boca
de los ancianos por las autoridades virreinales, rebajaron la cantidad
v volvieron a una cifra coincidente con la de 1957: 25,2 millones
A medida, pues, que se consultan nuevos documentos y se afinan
las técnicas de elaboración, la magnitud de la población aborigen de
México central tiende a crecer últimamente en la opinión de los
historiadores. No obstante las fluctuaciones de las estimaciones, ex
presión de una investigación cada vez más exigente en la que los
tres profesores de la Universidad de California han derrochado inge
nio y tesón, todas las cantidades se inscriben ahora francamente
dentro de la corriente alcista. Para Cook y Borah (1966), estas cifras
revalorizan el testimonio de muchos cronistas tachados de hiperbóli
cos y coinciden plenamente con la impresión de saturación demo
gráfica que proporcionan los testimonios arqueológicos.
En lo sucesivo, estudios sobre la productividad agrícola (vg., los
de Wagner, 1969, y West, 1970), la nutrición y la patología, así
como acerca del régimen social precolombinos, sin descartar tampoco
el hallazgo de nuevas fuentes demográficas, habrán de proyectar
nuevas luces sobre un tema todavía muy controvertido y que apa
siona tanto a los estudiosos, por razones estrictamente científicas,
como a un público más amplio, por profundos motivos intelectuales.
Capítulo 3
LA CONQUISTA
Ni siquiera en los tiempos prehistóricos América estuvo aislada
por completo de los demás continentes. Contactos sucesivos con
Asia contribuyeron a la fisonomía variada de sus culturas, sus len
guas y sus rasgos físicos (estatura, estructura craneana y pigmenta
ción). En una ocasión estableció hasta con Europa cierto nexo. Los
escandinavos pusieron pie en la costa nororiental y del siglo ix
al xv mantuvieron allí colonias, mas no se percataron de que habían
alcanzado otro continente. Creyeron que las tierras descubiertas
pertenecían a la cadena de islas que, como la de Groenlandia, habían
reconocido antes. Extinguidos los establecimientos nórdicos, la haza
ña cayó en el olvido. Esta invasión apenas repercutió en Europa ni
alteró tampoco la marcha del hemisferio.
De naturaleza distinta fue, en cambio, la segunda intrusión euro
pea. Sus efectos fueron esta vez irreversibles. A fines del siglo xv,
los españoles desembarcaron en las Antillas y, en medio siglo de
rápido y constante avance, dominaron buena parte del Nuevo Mundo.
Su éxito no se debe a su número, siempre corto, ni a una superio
ridad tecnológica tan abrumadora que se impusiera a la ventaja que
la experiencia del terreno y su masa otorgaban a los aborígenes.
La prueba está en la eficacia de resistencias ocasionales. Aunque los
conquistadores disponían de técnicas más avanzadas, su triunfo se
explica más bien por circunstancias políticas.
Tanto entre los aztecas como entre los incas, la coyuntura política
favoreció el sojuzgamiento de los imperios indígenas. Agudas disen-
siones internas minaban la solidez de las instituciones e, indudable
mente, repercutieron sobre la moral de los aborígenes. Los pueblos
sometidos por los aztecas ansiaban sacudir el yugo de sus opresores.
Los tlaxcaltecas, por ejemplo, lejos de oponerse a Cortés, se convir
tieron en auxiliares preciosos. Perú, por su parte, se hallaba entonces
en plena guerra civil entre dos pretendientes al trono, Huáscar y
Atahualpa. En un tercer caso, Jiménez de Quesada logró apode
rarse del riquísimo reino chibcha explotando las disensiones entre
los jefes locales.
Las huestes conquistadoras no obraban además por cuenta pro
pia. Un Estado unificado y fuerte guardaba sus espaldas y les
proporcionaba objetivos, apoyo y nexos. Gracias a esto unos miles
de hombres dispersos en un vasto continente lograron superar la
fuerza disgregadora de la distancia. Por otra parte, los castellanos
ostentaban en su haber una tradición de conquista. Durante ocho
siglos habían aprendido a no arredrarse ante la superioridad numé
rica del adversario y a dominar a otros pueblos. De los estados
europeos, precisamente Castilla era el mejor calificado para enfren
tarse con las masas indígenas. Las naciones que entraron en pos de
ella a repartirse América se contentaron con las costas despobladas
<M Atlántico.
Causas exógenas quebraron, pues, la trayectoria del mundo indí
gena. Roto el equilibrio de su economía, sociedad y cultura, la
población empezó a declinar en una forma estremecedora. Hoy no
se trata ya de afirmar el hecho, sino de establecer en qué proporción
ocurrió la caída, cuáles fueron los factores que la provocaron y cuál
es el peso de cada una de las razones aducidas.
Al período comprendido entre el descubrimiento del Nuevo Mun
do y la sima o nadir en que la población autóctona se hundió, lo
llamaremos la conquista. Este rótulo rebasa los límites temporales
que suelen asignarse a esa etapa desde el ángulo político o militar.
A nuestro modo de ver, conviene empero reservar en demografía
el adjetivo colonial al momento que sucede al nadir, cuando la so
ciedad surgida del mortero de la conquista reencuentra un nuevo
equilibrio dentro del cual emprende un segundo ciclo de expansión.
Desde este punto de vista, el siglo xvi y parte del xvn representan
en suma la antítesis de la fase indígena, que el metamorfismo carac
terístico de la etapa colonial posterior tendería a superar.
En términos muy imprecisos, sujetos a la corrección que aporten
futuras indagaciones locales o generales, el límite de la declinación
se sitúa siglo y medio después de los primeros contactos entre el
pueblo dominador y el dominado, es decir, a mediados del siglo xvil
en Nueva España y poco después en partes del Perú.
1. El derrumbe de la población indígena
Establecidos el significado y los límites del período, consideremos
la magnitud en que declinó la población en ese lapso. La resolución
de la cuestión depende obviamente de los criterios que sostengamos
respecto del volumen inicial y final del proceso.
Rosenblat (1954), representante de la corriente «bajista», opina
que de 1492 a 1650 América pasó de 13,3 millones de habitantes
a 10, o sea que sufrió un detrimento de 3,3 millones o una cuaru
parte del total inicial. Para toda población que conserva su cohesión
interna y sobre la que no actúan factores disruptivos de procedencia
exterior, una merma de una cuarta parte durante siglo y medio equi
vale desde luego a una contracción muy fuerte. Menos que eso perdió
la sociedad española, y en un tiempo más corto, durante la tan men
rada decadencia del siglo xvil, y todo el mundo conviene en que
fue gravísima. Sin embargo, la naturaleza de la crisis nunca igualó
allí a la americana. La población de la Península perdió pulso, mostró
debilidad, se contrajo siguiendo el ritmo de la depresión económica;
mas los marcos sociales, políticos y culturales prevalecieron y no su
frieron la desarticulación que el mundo indígena padeció. Nada de
extraño tendría, por lo tanto, que la disminución hubiese sido mayor
en el Nuevo Mundo.
La tendencia «alcista» sustenta por su parte la idea de una caída
abismal. Dobyns considera probable que los .naturales quedaron redu
cidos al 5 ó 4 por 100 de la cantidad inicial. Los 90-112 millones
que entraron en contacto con los europeos bajaron a unos 4,5 i
mediados del siglo xvil. La última cifra es inferior al mínimo abso
luto que Rosenblat concede. En opinión de éste, la población aborigen
habría alcanzado su punto más bajo tarde, en 1825, con 8,5 millones
He aquí, pues, dos tesis irreductibles que sería inconducente
discutir en términos globales. Sólo un conocimiento a escala regional
exponente a su vez de buenos sondeos locales, permitirá efectuar
generalizaciones debidamente controladas. Para empezar veamos qué
aconteció en la región mejor estudiada hasta el momento, la de
México central. Nos valdremos de nuevo de los estudios de la F.s
cuela de California.
Al pasar de una época a otra, de la prehistoria a los tiempos
modernos, dejamos el campo de las inferencias crudas hechas a base
ile testimonios subalternos, como son los arqueológicos y otros men»»
usuales. A falta de datos menos controvertibles, habíamos recurrido
a ellos cualesquiera fueran los inconvenientes. En la nueva etapa
abunda, en cambio, una fuente, si no ideal, más específicamente
demográfica: los recuentos efectuados con fines fiscales, administra
tivos o religiosos. Los más frecuentes y precisos son los levantados
por orden de la Real Hacienda.
Debido a las razones eminentemente prácticas que presidían a su
compilación, este registro omite importantes segmentos de la pobla
ción. En la mayoría de los casos sólo se anotaron allí los varones
adultos. Esta era la cohorte en condiciones de tributar, y a ella la
administración prestó la atención más cuidadosa. La elaboración pos
terior de la información fiscal exige un conocimiento cabal de la
estructura familiar indígena y del sistema tributario español. De
lo contrario, se corre el riesgo de cometer errores, tal como aquel
en el que incurrió Kubler (1942) en una temprana formulación de
la trayectoria seguida por la población de México central durante el
siglo xvt. Este distinguido historiador sostuvo que los indígenas
habían aumentado a mediados de la centuria. Investigaciones ulte
riores demostraron, sin embargo, que el incremento era aparente:
sólo se debía a una reforma impositiva que incorporó al régimen
de tributación grupos antes exentos (en especial, chichimecas, escla
vos y mayeques).
Obtener el total de habitantes de una localidad o región a partir
de esta información requiere multiplicar los individuos registrados
por un factor que representa el número de personas a su cargo.
Cuando proceda habrá que estimar y sumar las categorías omitidas
(reservados u otros). Finalmente, será necesario colmar mediante
extrapolaciones las lagunas que las fuentes presentan. En cuanto a
la primera operación, la Escuela de California ha adoptado en forma
empírica el factor de conversión de 2,8 cuando se trata de tribu
tarios registrados después de la reforma fiscal, y de 3,3 antes, cuando
sólo los casados estaban sujetos al gravamen. Tales factores son los
más bajos jamás utilizados. De acuerdo con la documentación de
Nueva Granada, los historiadores colombianos Friede (1965 y 1967)
V Jaramillo Uribe (1963 y 1964) preconizan razones más elevadas y,
es más, niegan que un factor único sea aplicable a todos los casos.
Cuando los documentos omiten el número de tributarios, pero indican
los pagos efectuados en especie, averiguando el precio de los artículos
y la tasa asignada por cabeza, cabe determinar la cantidad de con
tribuyentes y, por ese conducto, también la población total.
Después de varios tanteos indicados en el capítulo anterior, Cook
y Borah han propuesto la siguiente evolución numérica de los indí
genas de México central:
1519 25,3 millones
1523 16,8 »
1548 6,3 »
1568 2,6 »
1580 1,9 »
1595 1,3 »
1605 1 »
Conforme con este cuadro, un tercio de los indios pereció en
los albores de la conquista. En cada cuarto de siglo subsiguiente,
más de la mitad de los restantes, hasta quedar en un 4 por 100 a
comienzos del siglo xvn. La línea descendente no muestra pausa ni
intento de enderezarse. Si la arquitectura vale como prueba para la
demografía, recordemos con Phelan (1956) el estilo de los templos
franciscanos. Esta Orden había construido al comienzo de la con
quista capillas abiertas en el frente alto de las iglesias desde donde
se oficiaba el culto al aire libre con destino a las grandes masas
aborígenes recién conversas. A fines del siglo xvi, los oficios se inter
naron dentro del templo, celebrándose en el altar del ábside o incluso
en capillas laterales.
¿Fue la evolución de México central excepcional, o se repitió en
el resto del continente? De las demás partes de América, las fuentes
son ?¿ual de fragmentarias y, por añadidura, permanecen en un esta
dio de elaboración inferior a las mexicanas. Futuros estudios habrán
de sopesar, cotejar y articular las muestras de que ya se dispone con
el fin de establecer a ciencia cierta qué relevancia cabe acordarles
y, en consecuencia, en qué medida es legítimo generalizar a partir de
resultados tan parciales. Lo sugerente, por el momento, es que todos
los casos investigados reproducen, no obstante variantes, la inclina
ción precipitada observada en México.
Las Antillas, el ejemplo más antiguo en discusión, corroboran
plenamente la noción de una caída abismal. Cook y Borah (1971)
han vuelto a conmover recientemente al sustentar otra tesis tan atre
vida como la que hace años formularon con respecto a México cen
tral. La zona considerada esta vez es La Española, isla dividida hoy
entre Haití y la República Dominicana. Los estudiosos de Berkeley
no se detienen siquiera ya a respaldar los tres o cuatro millones en
que fray Bartolomé de las Casas estimó sus habitantes al tiempo del
descubrimiento. Esta cifra ha valido al clérigo dominico críticas y
reproches durante centurias. Cook y Borah dejan atrás suma tan
elevada y sustentan una superior, que coloca a la población preco
lombina, en números, al nivel actual. A esta cantidad llegan no por
descubrimiento de datos nuevos, sino por reelaboración crítica de
los que ya estaban en circulación, así como por proyección hacia el
pasado de la tendencia demográfica establecida. La declinación fue,
indudablemente, catastrófica. Aun aceptando estimaciones conserva
doras, la población prehispana de La Española habría pasado de un
centenar de miles a unos cientos en 1570. Para compensar la falta
de indígenas, que iban camino de su total extinción, se introdujeron
temprano esclavos negros e indios de las Lucayas. La medida prueba
por sí misma que la despoblación alcanzó allí proporciones más acen
tuadas que en el litoral del continente.
La región interísmica, de Tehuantepec a Panamá, padeció asimis
mo una fuerte punción demográfica sin llegar al punto, como en las
islas, de que los aborígenes se extinguieran. Cook y Borah (1974)
han documentado la trayectoria de Yucatán. De calidad más desigual,
los testimonios con que MacLeod (1973) ha trazado la evolución
de varios distritos centroamericanos, no dejan sin embargo lugar a
dudas. La caída fue abrupta en un principio por causa de la explo
tación aurífera, los acarreos y la reducción a esclavitud. Intensas
migraciones forzadas llevaron a los indios sobre todo de la zona
circumlacustre de Nicaragua hasta Panamá y Perú. La crisis cacaoera
y la sustitución de los indígenas por bestias de carga en el tráfico
del istmo de Panamá redujeron la demanda de mano de obra abo
rigen. En el último cuarto del siglo xvi, los tributarios dejaron de
decrecer precipitadamente, inclusive en Yucatán.
Más al sur, en la actual Colombia, el desmoronamiento sobrevino
al parecer más tarde. Según las revisitas de tributarios de Tunja,
estudiadas primero por Friede (1965), Colmenares (1971) y Cook
y Borah (1971), entre 1537 y 1564 los indígenas se redujeron en
una cuarta parte: de 232.407 pasaron a ser sólo 168.444. Sin em
bargo, en 1636 sólo quedaba allí un quinto de la suma original
(44.691); pueblos enteros habían sido abandonados. A regañadientes,
los naturales fueron congregados en poblaciones construidas de nueva
planta, no siempre convenientemente planeadas. Recientes monogra
fías sobre otras zonas de la región oriental de Colombia, Vélez
(Fajardo, 1969) y Pamplona (Colmenares, 1969), demuestran que
hacia 1640 los indios habían disminuido en unas cuatro quintas
partes. No sólo la tendencia queda así confirmada, la novedad de
estos trabajos reside en el enfoque. Fajardo ha reconstruido las pirá
mides de edades de varios pueblos mineros. Las graves epidemias
que asolaron el Nuevo Reino de Granada, sobre todo la de 1587,
dejaron rastros inconfundibles en la muesca que el grupo de edad
correspondiente presenta. Cabe visualizar igualmente el progresivo
menoscabo demográfico observando cómo se retrae la base de las
pirámides sucesivas. La caída se detuvo, al parecer, a mediados del
siglo x v ii , cuando la estructura de edades recuperó su silueta juvenil
A este aire revigorizante contribuyó también la desaparición del abul
tado núcleo adulto de inmigrantes que antes acudían a las minas.
En la vecina Venezuela, los testimonios reunidos por Arcila Fa-
rías (1957) concuerdan en que los tributarios disminuyeron a poco
de fundarse Caracas. Los contemporáneos no coinciden en la magni
tud; unos sostienen que en una mitad; otros, que en tres cuartas
partes; mas cualquiera de las dos es sustancial.
En una comunicación presentada ante la American Historical
Association en Boston, N. D. Cook (1970) adelantó importantes
resultados de su tesis inédita sobre la demografía aborigen del Perú.
Su estudio parte de la visita general que el virrey Toledo efectuó
en los 572 repartimientos de indios que había allí en 1572; cuenta
luego con revisitas periódicas. De éstas ha tenido la fortuna de reunir,
durante varios años de búsquedas en los archivos peruanos y espa
ñoles, centenares de ejemplares o sus resúmenes. Su observación se
extiende hasta 1620, o sea a lo largo de medio siglo. N. D. Cook
se ha visto, naturalmente, en la necesidad de suplir las lagunas de la
documentación y ha ordenado las magnitudes erráticas en intervalos
decenales. El resultado de sus indagaciones y cálculos figura en el
cuadro núm. 3.1. Según él, la población aborigen del Perú se redujo
a la mitad aproximadamente entre 1570 y 1620: de 1.264.530 indi
viduos de todo sexo y edad cayó a 589.033. El ritmo parece más
lento que el experimentado por Tunja o México central, mas es
fuerte.
Queda por ahora fuera del estudio de N. D. Cook el período que
media entre la llegada de Pizarro y el gobierno de Toledo. Este es
decisivo para la suerte de la población indígena. A falta de preci
siones, cabe cotejar la cifra hallada en las primeras visitas con el
número de tributarios del Inca que los caciques conservaban anotado
en los quipus. Pasando ágilmente, entre sus dedos expertos, los
nudos convencionales que sus antecesores habían atado en los corde
les, las autoridades indígenas descifraron ante los empadronadores
cómputos que los escribanos españoles vertieron sobre el papel. Así
en 1567, el cacique don Martín Cari leyó ante el visitador, don Garó
Diez de San Miguel, los quipus que especificaban pueblo por pueblo
cuántos tributarios aymaraes y urus había en cada parcialidad de la
provincia de Chucuito (Espinoza Soriano, 1964). Según, pues, fuentes
indígenas, antes de las campañas de Huayna Capac y de la contienda
entre Huáscar y Atahualpa, Chucuito contaba con 20.280 tributarios
de entre treinta y sesenta años. Considerando que este grupo equi
valdría a un 12 por 100 del total de la población, tal como ocurre
en comunidades rurales no envejecidas, los habitantes de ese reino
aborigen habrían sido unos 170.000. Menos de medio siglo después,
en 1567, los mismos valles y serranías sólo cobijaban, según el mis
mo oficial real, poco más de un tercio, 63.012.
C u a d r o n ú m . 3.1
Población indígena del Perú (1570-1620)
1570 1580 1590
Región
Tributa T ributa- Tributa
Total Total Total
rios rios rios
Costa Norte . . 20.401 77.529 15.353 60 651 11 759 48 270
Costa Central . . 25.189 128.820 20.567 101.399 17.082 82 044
Costa Sur . . . 8.711 36.587 6403 26.406 4936 19883
Sierra Norte . . 42.677 209.057 34.544 180.753 30 224 163 366
Sierra Central . . 42.024 241.143 36.955 207.381 33 025 181.111
Sierra Sur . . . 176.003 571.394 103.739 506.910 93.465 452 961
T O T A L ....................... 315.005 1.264.530 217.561 1.083.500 190.491 947.301
1600 1610 1620
Región
Tributa Tributa T r¡buta
Total Total Total
rios rios nos
Costa Norte . . 9.160 39.062 7.252 32.131 5.835 22 815
Costa Central. . 14.331 67.710 12.140 56.942 10.374 42.323
Costa Sur . . . 3.935 15.394 3.193 12.164 2,668 8.168
Sierra Norte . . 26.002 146.274 22.372 131.034 19 356 106.125
Sierra Central . . 29.731 159.082 26.874 139.998 24.431 109.792
Sierra Sur . . . 84.599 406.266 76.905 365.644 70.242 299.810
T O T A I........................... 167.758 833.788 148.736 737.913 132.900 589.033
Fuente: N. D. Cook, 1970.
El perfil demográfico de Chucuito denuncia a su modo la catás
trofe ocurrida. Reminiscencia de una antigua epidemia, las muchachas
v muchachos de entre once y dieciséis años sólo ascendían al 5,8 por
ciento del total, cuando habría sido lícito esperar por lo menos el
doble. Por otra parte, la cantidad de viudas y solteras que la comu
nidad albergaba era muy alta. Las mujeres de diecisiete a cuarenta
y cinco años eran casi seis veces más que los hombres del mismo
grupo de edad; las de cuarenta y cinco en adelante, como once veces
más. Aun cuando es de regla que las viudas superen ligeramente a
los varones del mismo estado, una distribución tan despareja de los
sexos no es normal. Los encuestados explicaron a los visitadores
que «los más de los indios infieles tienen dos mujeres, y si son prin
cipales, tres..., y cuando estos indios se mueren, estas mujeres y
mancebas que dejan se llaman viudas o solteras». Ahora bien, su
piadosa tesis no resulta convincente. En condiciones corrientes, la
suma de los solteros, casados y viudos de uno y otro sexo debería
guardar relación. Por cada mujer tomada en segunda o tercera nup-
cia, un hombre quedaba sin formar pareja. El número crecido de
concubinas sin un excedente proporcional de solteros indica más
bien que quienes habrían sido los esposos de aquellas mujeres habían
desaparecido. La guerra, el ocultamiento, la huida, se los llevó. Mas
no siempre la conquista fue causa de su desaparición. Como advierte
C. T. Smith (1967-1968), parte de los varones bien pudo perderse
antes, a raíz de las levas impuestas por los incas con motivo de las
luchas civiles, según señalan algunos testigos.
Una comunidad en la que dos tercios de los hombres faltan —en
particular los viejos— , sobran las viudas y solteras, gran parte de
las casas están vacías y abundan los despoblados es una visión que
se repite visita tras visita, con leves variaciones. Tal es, por ejemplo,
el caso de Huánuco, estudiado por Helmer (1955-1956) merced a!
padrón levantado por orden de La Gasea. Vuelto a empadronar por
Iñigo Ortiz de Zúñiga (1967) en 1562, el mismo lugar acusaba un
menoscabo de la población masculina del orden de los cuatro quin
tos. Huánuco ostentaba en los grupos de edad y en la distribución
por sexos mellas parecidas a las de Chucuito.
El virrey del Perú, Francisco de Toledo, ordenó en 1573 que
los naturales fueran agrupados en unos pocos pueblos. Las razone*
de la medida eran variadas; en particular se justificaba por la visi
ble despoblación de los campos. El resultado de esta forzada migra
ción interna entre los habitantes del altiplano y de los valles orien
tales del Alto Perú va consignado en el cuadro núm. 3.2. Ahí se
enumeran algunos repartimientos agrupados por provincias. Los datos
proceden del libro de las retasas de tributos libradas en 1575. En las
columnas 2 y 3 figura el número de lugares habitados antes y des
pués de la congregación; en la 1, la extensión en leguas de cada
repartimiento. En la columna 4 se da a conocer el número de aborí
genes afectados por la decisión virreinal; en la siguiente, la dimensión
media de cada nuevo establecimiento. Por último, en la columna 6
se promedia la misma cantidad de habitantes por el número de loca
lidades anterior a la reducción. Su exiguo tamaño sugiere en curso
un proceso de despoblación; cuanto menos, comparando la cantidad
C u a d r o n ú m . 3.2
La población de algunos repartimientos de Charcas en el Alto Perú,
según las retasas de tributos libradas por el virrey Toledo (157Ó)
Promedio
Leguas Número de pueblos Habitantes por pueblo de habits.
del antes después Total Promedio antes de la
distrito de la co ngregación congregue
(1) (2) (5) (4) (5) (6)
1. [Link]
gas:
Colquemarca 50 33 2 8.505 4.252 257
Chuquicota 50 59 2 11.986 5.993 203
Totora 50 50 1 7.036 7.036 140
Urinoca 8 5 1 1.165 1.165 233
2. Paria:
Aullagas 20 19 3 4.851 1.617 255
Quillaca 27 21 4 11.526 2.881 548
Paria 20 53 6 17.334 2.889 327
3. Porco:
Puna 30 28 2 5.968 2.982 213
Chaqui 32 44 1 2.970 2.970 45
4. Chayan
ta:
Chayanta 50 134 3 12.504 4.168 93
Sacaca 50 57 1 5 161 5.161 90
Moromoro 7 12 1 1.679 1.679 140
Macha 60 106 4 10.451 2.612 99
5. Cocha-
bamba:
Tapacarí 30 42 2 6.014 3.007 143
Sipesipe 50 52 1 3.591 3.591 69
Paso 20 48 1 3.298 3 298 68
Mizque 12 6 1 1.343 1.343 224
Tiquipaya 20 30 1 2 573 2.573 65
Tarabuco 35 50 2 2.876 1 435 57
Pocona 40 33 2 4.492 2.741 136
6. Tarija:
Chichas 30 19 3 3.168 1.056 17
Fuente: Archivo General de la Nación, Buenos Aires.
de pueblos con las leguas, del cuadro se desprende una imagen de
desolación, acentuada por la agrupación de aldeas.
En cuanto a la caída de la población indígena del valle central
de Chile a fines del siglo xvi y comienzos del x v ii , podrán hallarse
pruebas fragmentarias en el reciente estudio de Góngora (1970) sobre
la formación de las encomiendas de la zona.
Volviendo a la costa del Perú, a creer en la argumentación de
Rowe (1946), basada en pruebas endebles, la población se precipitó
allí durante los primeros decenios de la conquista hasta quedar re
ducida a un 5 por 100 o menos de la originaria. Recientemente,
Keith (1970) ha adherido a la misma opinión al tratar del valle de
Chancay. Una economía sustentada en el riego debió ser, en efecto,
más vulnerable a cualquier desajuste provocado en el complicado
mecanismo que la regía. Esto vale tanto para antes como para des
pués de la conquista. De las seis zonas en que N. D. Cook divide
el Bajo Perú, las de la costa precisamente declinaron de manera
abrupta de 1570 a 1620, cuando la sierra regateaba en vez sus pér
didas. Mientras que la costa, de por sí menos poblada entonces, se
contraía a entre un tercio o un cuarto de su volumen, la sierra dis
minuía sólo en una mitad. La mayor diferencia se dio en el Sur.
Allí, cuando la sierra disminuía a razón de —1,1 por 100 anual, la
costa arañaba el —4.
La contraposición costa-tierra alta es un tema al que Cook y
Borah han prestado repetida atención. Acaban de tocarlo de nuevo
en su reciente revisión del caso de Colombia (1971), aludida antes,
mas el tratamiento clásico del asunto, esmerado y detenido, es, natu
ralmente, el de México (1960). Cook y Borah agruparon en dos
las curvas demográficas regionales. En una colocaron las tierras
altas de la Meseta central y Veracruz central, así como las áreas de
Oaxaca-Mixteca, Michoacán y Jalisco-Zacatecas; en la otra, las tierras
calientes de las costas del golfo y del Pacífico, o sea tanto el litoral
de Pánuco-Valles y Alvarado-Coatzacoalcos como el de Oaxaca-Costa,
Zacatula-Guerrero y Colima-Nayarit. La contracción del primer grupo
fue del tenor siguiente: en el quinquenio 1534-38, —6,35 por 100
anual; en 1539-53, - 5 ,0 1 ; en 1544-48, - 4 ,2 7 ; en 1549-53, -3,97;
en 1554-58, - 4 ,3 3 ; en 1559-63, - 1,95; en 1564-68, - 4 ,8 5 ; yen
1569-73, —2,79. Sin excepción, las tasas anuales presentan signo
negativo y al comienzo son más elevadas. Durante los mismos quin
quenios, las correspondientes a las tierras calientes fueron éstas:
- 9 ,1 1 ; - 6 ,9 2 ; - 7 ,1 5 ; -1 0 ,2 5 ; - 6 ,8 8 ; - 4 ,3 4 ; - 6 ,1 8 ; y -9,48
La costa sufrió obviamente una retracción más acusada que el inte
rior. Para todo el período, el promedio anual es de —6,87 a orillas
G r á f ic o núm . 2
Población de la meseta y litoral de México central (1532-1608)
Población (en millones) Población (en millones)
1520 1540 1560 1580 1600 A ño
Fuente: Cook y Borah, 1971.
del mar contra casi la mitad en la meseta ( —3,74). (Véase asimismo
gráfico núm. 2).
La imaginación se resiste a traducir los fríos números vistos a
realidades humanas. Aun a mentes acostumbradas a las duras expre
siones de la demografía coetánea del Viejo Mundo cuesta admitir
tales magnitudes. En los estudios sobre la sociedad europea de los
siglos xvii y xviii , los historiadores califican de crisis demográfica
a aquella en la que la letalidad arrastraba a más de un tercio de los
habitantes de una localidad o de una región en el corto plazo de
un par de años o de tres. Un zarpazo así constituía un accidente
gravísimo, pero en verdad pasajero. Con gran sabiduría la naturaleza
compensaba la catástrofe suscitando una recuperación rapidísima.
Una nupcialidad elevada suplía los matrimonios demorados durante
la crisis y contribuía a un boom de nacimientos provocado asimismo
por el anhelo postergado en muchas parejas de aumentar su descen
dencia. Sumado el excedente originado de este modo a las concep
ciones regulares, las pérdidas quedaban colmadas pronto. A la pos
tre sólo la muesca discernible en determinadas edades recordaba la
crisis. A una generación mellada sucedía, pues, otra favorecida por
la reacción natalista. El tamaño de cada una fluctuaba, pero el de la
población se mantenía e incluso crecía.
El desmoronamiento de la población indígena no fue por el estilo.
Crisis originadas por hambres y epidemias, también las hubo en
América incluso durante el período prehispano (Alvarez Amézqui-
ta, 1960). Los códices aztecas recuerdan, por ejemplo, el hambre de
1453, cuando los hombres se vendían como esclavos con tal de con
servar la vida. Asimismo se guarda memoria del hambre de 1504,
causada por las guerras de los tlaxcaltecas y por la sequía (Rosen-
blat, 1954, y también Cook, 1946). Sin embargo, por profundos
y duraderos que fueran los estragos provocados a la sazón, nunca
amenazaron la vitalidad de la sociedad precolombina de México.
Tampoco las guerras provocaron una punción ni grande ni dura
ble. Después que se implantó el registro de los movimientos vitales
en la mayor parte de los países del mundo han estallado dos guerras
de envergadura e intensidad jamás vistas. El empleo de material bé
lico y la movilización de los recursos han tenido carácter masivo, y
así también han sido las destrucciones y las bajas. Sin embargo, el
descalabro sufrido tanto en el frente de batalla como en la retaguar
dia, más las pérdidas indirectas por causa de la postergación de los
matrimonios, la retracción de la generación y la desorganización eco
nómica (por ejemplo, mayor mortalidad prenatal), fueron compen
sados con cierta facilidad durante la posguerra. Al cabo de un par
de decenios los vestigios del conflicto se borraron. Las experiencias
recientes parecen demostrar que, a largo plazo, la guerra carece, por
suerte, de las consecuencias catastróficas que cabría asignársele, al
menos siempre y cuando la mella producida no sobrepase los límites
observados. La idea de ningún modo pretende disculpar los conflic-
tos armados: admite que la contienda trastorna a una generación,
pero confía en que los daños se reparen.
Por el número de combatientes y el armamento disponible, las
guerras de la conquista nunca pudieron causar una destrucción supe
rior, en proporción, a la de los dos últimos choques mundiales.
Por otro lado, en la época precortesiana, las llamadas «guerras flo
ridas» del imperio azteca concluían, según se dice (Cook, 1946a), con
el sacrificio de más de 15.000 cautivos por año, la mayoría en los
altares de Tenochtitlán. Tales hecatombes tampoco hicieron peligrar
la sociedad indígena, sino tal vez lo contrario, encauzaron por mal
camino una presión que podía convertirse en excesiva.
El lector disculpará que hayamos procurado cercar el problema
de la decadencia, de sus motivos, por comparación y por contraste
antes de compulsar los testimonios históricos. Es conocido el dicho
que los árboles ocultan el bosque. Temíamos, en efecto, que la
acumulación de testimonios enturbiara la inteligencia de la historia.
Las explicaciones que brindan los documentos giran en torno de
temas que expresan las impresiones o creencias de los contempo
ráneos, pero no siempre se hallaban éstos en condiciones óptimas
para desentrañar la razón de los acontecimientos. ¿Cuáles son las
opiniones actuales en torno de aquel desplome de la población ame
ricana?
1.1. La tesis homicídica
Empezaremos por la «teoría homicídica» (Kublcr, 1942), que
debería llamarse, con mayor exactitud, del genocidio, pues la acción
que recubre afectó no sólo a individuos, sino a etnias enteras. Aquella
expresión, ya establecida por una costumbre a la que nos plegamos,
posee una acepción muy lata, pues comprende toda intervención
violenta en contra de la masa indígena, aunque la naturaleza de los
actos perpetrados sea muy diversa.
Esta teoría arranca del famoso panfleto del combativo fray Barto
lomé de las Casas, titulado Breve relación de la destrucción de las
Indias Occidentales. Traducido pronto a diversos idiomas, se convir
tió en la fuente fundamental de los argumentos a favor de la «leyenda
negra». Desde el título, el tono es el de un alegato. La loable pasión
que lo dictó ha mantenido por siglos la vigencia de la figura moral
de Las Casas, pero ha perjudicado, en cambio, el análisis de la infor
mación que proporciona, al no poder evitarse que ésta se mezcle
con los sentimientos más o menos disimulados de los historiadores.
Las Casas asigna las pérdidas de la población a la acción directa
de los conquistadores. Las atribuye a matanzas sistemáticas, a cruel
dades infinitas y a la exigencia de esfuerzos sobrehumanos en el
trabajo; por lo que dice Kubler, la destrucción de las Indias resulta
un catálogo de horrores. El dominico, luego obispo de Chiapas, en
cabezó una generosa corriente humanitaria filoindígena y adversa a
los encomenderos, en la que figuran otros clérigos, como fray To-
ribio de Motolinía, y oficiales reales, como Alonso de Zurita. Esta
corriente llegó a tener predicamento suficiente como para obtener
de la corona española medidas tutelares de los naturales, tanto en el
orden jurídico como en el económico.
La «teoría homicídica» deja traslucir una concepción voluntarista
del hombre y del mundo y engloba fenómenos de naturaleza varia
que convendrá discriminar.
En primer término, comprende factores de tipo militar. Se citan
las muertes acaecidas en encuentros que —como hemos visto— no
pudieron ser considerables desde un punto de vista demográfico, o
si no los actos deliberados de huestes aisladas para imponer respeto
en zonas mal dominadas. El terror sistemático como instrumento
psicológico compensaba la debilidad numérica del invasor. Las Casas
relata aquél desencadenado dentro de ciudades que no habían ofre
cido la menor resistencia, con el solo propósito de asegurarse el
sometimiento de los habitantes por el miedo. Por desgracia, esta
táctica ha sido usada con harta frecuencia en las guerras coloniales,
en las internacionales y hasta en las civiles, incluso en el siglo xx.
No podía faltar tampoco en esta obra la lista de exacciones de
vituallas imprescindibles para el abastecimiento de las tropas de ocu
pación, así como el relato de los apremios a que se sometía a los
remisos en facilitar alimentos. En una economía de subsistencia,
como era la indígena, cualquier punción de cierta magnitud sobre
las reservas alimenticias equivalió a la pérdida total o parcial de una
cosecha y seguramente provocó hambre, con la mortalidad consi
guiente. Efectos similares debió producir la sustracción de mano
de obra masculina para obras militares, sin contar la movilización de
los naturales como auxiliares en las campañas contra los pueblos
vecinos. Las Casas cuenta cómo se requisaron indios, en Nicaragua,
para el transporte desde la selva a la costa de la madera con la que
los castellanos contruyeron la flota del Pacífico. Dentro del mismo
orden de cosas cabe situar la reducción a esclavitud de los indios
panameños para ser conducidos al Perú.
No son menos verosímiles las escenas relatadas acerca de las
arbitrariedades cometidas en procura de botín o rescate y aquellas
que detallan abusos sexuales. Se hallan dentro de la más estricta
tradición militar de la época. No cuesta imaginar tampoco el rosario
de vesanias que toda relación de violencia alienta. En la misma cate
goría que los hechos imputados a los castellanos deben figurar las
matanzas de pueblos enteros de indios sedentarios y pacificados por
mano de parcialidades insumisas, rebeldes o nómadas. Tales destruc
ciones no faltaron tampoco. Thiel (1951) recoge noticias de éstas en
Guatemala; Sauer (1935) las señala en el noroeste de México, y
Friede (1963) hace otro tanto en su estudio sobre los quimbayas.
Pasados los años, cuando los conquistadores se habían asentado
en los nuevos dominios, la argumentación de los detractores del
proceso colonizador se desplazó: de los alegatos de índole militar se
pasó a los de orden económico. Al igual que las acusaciones ante
riores, éstas encierran un fondo de verdad. No le falta razón a
Friede (1967) cuando insiste en que las labores mineras, antes que
otros motivos, fueron causa principal de la despoblación en los
yacimientos de Muzo, en la actual Colombia. Mas téngase también
presente que el ejemplo es tardío, pues concierne al siglo xvn.
¡Cuáles no serían empero los estragos ocasionados entre los indios
sometidos al servicio de las minas, que una cédula de abril de 1549
prohibió el trabajo de los naturales en los socavones de Nueva Es
paña! La medida se extendió luego a Nueva Galicia y Perú, pero
nunca se aplicó. Al contrario, la mita y los repartimientos, conse
cuencia más que causa de la despoblación, fueron institucionalizados.
Mellafe (1965) ha escrito con razón: «La conquista en su expresión
externa, bélica y política, y el trabajo minero, fenómenos constante
mente esgrimidos como causantes de la disminución, son de influen
cia muy relativa en el desastre demográfico de la primera mitad
del siglo xvi. Piénsese que cuando el trabajo de las minas se orga
niza en forma masiva y obligatoria, la población indígena americana
ha disminuido en más de un 50 por 100.»
Tal vez algún día se abandone el terreno siempre escurridizo de
las especulaciones por aquel más firme que logre medir la incidencia
de cada uno de los factores que la «teoría homicídica» engloba. Sólo
cabrá atribuir un valor específico a los elementos comprendidos en
esta tesis el día que se disponga de un número suficiente de pirá
mides de edades en las que las muertes a mano de los conquistadores
o por explotación abusiva de los encomenderos hayan dejado una
huella indiscutible. Unos y otros se encarnizaron naturalmente sobre
la cohorte masculina adulta, el sector de la población en condiciones
de empuñar las armas o de ser sometido a los trabajos más arduos.
Las mujeres, los niños y los ancianos sortearon por lo general me
jor las violencias de la guerra y la explotación. La estructura de
sexo y edades de Huánuco (Ortiz de Zúñiga, 1967) precisamente
pone de manifiesto muescas debidas a estos abusos. Los hombres
que reunían la capacidad militar y laboral en los años de la conquista
y que por la edad que habían alcanzado en 1562 les faltaba ya mo
tivo para ocultarse, son bastante menos que las mujeres de su gene
ración. Ahora bien, si quisiéramos extraer de este caso conclusiones
generales sobre la declinación demográfica, habría que tomar sumas
precauciones. De esta irregular distribución de los sexos no se des
prende que la comunidad quedara irremisiblemente afectada. Habién
dose preservado aquí la cohorte femenina y relajado la unión mo-
nogámica, quizá la fecundidad efectiva no sufriera consecuencias de
largo plazo y los indios de Huánuco pudieron restablecerse sin tar
danza de aquel ingrato trance. La abundancia de niños y jóvenes
que aparece en la visita tal vez expresa que algún mecanismo de
compensación había entrado ya a operar por razones que desco
nocemos.
Mientras llega el momento de cuantificar, no estará de más cerrar
este punto recordando las palabras sagaces que el marqués de Castel-
fuerte escribió en la memoria que dirigió a su sucesor en el gobierno
del Virreinato del Perú. Francamente preocupado porque los indíge
nas no se habían librado todavía en su tiempo de la zozobra demo
gráfica que pesaba sobre ellos, argumentaba en 1736: «Las causas
de la decadencia referida de la población de Indias son varias, y aun
que todos los que han tratado y hablan de ellas ponen el principal
origen de la ruina en el mismo principio de la conservación, como
lo es el trabajo de las minas..., y aunque no dudo que este trabajo,
el de los obrajes y otros concurren poderosamente al decaimiento,
sin embargo, la universal que, aun sin estas causas, ha ido a extinguir
esta nación es la inevitable de su preciso estado, que es la de ser
regida por otra dominante, como ha sucedido en todos los Imperios...
La provincia de Santa, que pudo ser un reino, y así otras, apenas
hoy tienen habitadores, estando desiertos muchos pueblos, sin que
éstos ni los antiguos se hubieran acabado por destrozos con que posi
tivamente los hicieron perecer. El traspaso que hacen los conquis
tados del mando, de la estimación, de la riqueza, de la abundancia
y lozanía a la nación conquistadora [afectan] naturalmente la propa
gación y la crianza de los hijos que no pueden mantener.» (Memorias
de los Virreyes, III.)
1.2. El desgano vital
Repasando los padrones, sorprende encontrar un núcleo primario
reducido a la vez que muchos solteros. Jaramillo Uribe (1964) nota
cómo a principios del siglo xvn era frecuente en Nueva Granada que
la mitad de las parejas naturales no tuvieran hijos. Por lo regular,
no ostentaban más de dos, y una familia con cuatro descendientes
era excepción. Sólo los caciques polígamos tenían a veces más. Un
siglo antes, en 1514, el repartimiento de aborígenes de las haciendas
reales de Santo Domingo había arrojado menos de un hijo por fami
lia (Sauer, 1969). Las Casas había, sin embargo, observado que las
indias solían tener de tres a cinco hijos cuando llegaron los españoles.
La esterilidad sucedía, pues, a un régimen de reproducción satisfac
torio. González y Mellafe (1965) han apuntado, por su parte, que
en la región andina de Huánuco la familia bajó de un promedio de
6 personas en tiempos incaicos a uno de 2,5. Esta disminución in
dica, según ellos, la existencia después de la conquista de núcleos
biológicos incompletos. Asimismo revela una reducción del número
de hijos por familia. En definitiva, los indígenas mermaron no sólo
por óbitos, sino, en parte también, por la imposibilidad de asegurar
el reemplazo normal de las generaciones.
¿Por qué causas llegó a relajarse la fertilidad? En términos ge
nerales, éstas pueden ser de orden psicológico o socioeconómico.
Unas y otras no se excluyen, sino que, al contrario, se complementan
y se apoyan. Una situación social o económica se traduce en una acti
tud psicológica ante- de impulsar una determinación consciente e
inconsciente, igual que una predisposición anímica incide sobre el
estado social y económico. Son bien conocidas las acusaciones de
los encomenderos contra el carácter esquivo y la holgazanería de los
indios, rasgos que hasta las leyes de Burgos de 1512, dictadas para
protección de éstos, daban por sentado. Al igual que las quejas de los
colonizadores modernos, evidencian sin sombras el desánimo con que
los nativos vivían en una sociedad que había dejado de ser la suya.
Si el comportamiento demográfico, más fácilmente objetivable,
no es todavía bien conocido, ¡qué no ha de ocurrir en los estados
psicológicos que incidieron sobre él! Cabe presumir el ánimo de los
naturales sólo por reacciones extremas que han dejado un recuerdo
impactante, pero nunca alcanzaremos su intimidad. Lo veda la falta
de testimonios literarios del pueblo oprimido. Las fuentes españolas
dejan entrever, con todo, la honda impresión que la conquista dejó
grabada en la conciencia de los indios. En la forma irreversible y
desmedida en que operó se comprende que cundiera el desaliento
de los naturales. El desmoronamiento, tan brusco como imprevisto, de
su concepción del mundo, de sus creencias y de sus costumbres,
no podría por menos que alimentar entre los indios una sensación
de desamparo total. Tenían la impresión de haber sido dejados de la
mano de sus dioses. Repentinamente se hallaron inmersos en un
mundo del que no eran partícipes, y les abandonaron las ganas de
vivir. La huida, el desarraigo, con la ruptura consiguiente de los
lazos familiares y comunitarios, fueron reacciones instintivas ante
la presencia ofensiva e ineludible del invasor.
Los intentos de quitarse la vida fueron frecuentes por causa de
malos tratos, por trabajo abrumador o por escapar del tributo.
Kubler (1942) cita incluso un caso singular y extremo, el de un
hechicero que logró inducir a una multitud a cometer suicidio. La
anécdota nos lleva más allá de los sentimientos individuales, al cam
po más amplio de la frustración colectiva. Los síntomas de ésta van
desde la continencia y el aborto regular al infanticidio, realizados
con el deliberado propósito de apresurar la desaparición de la tribu.
En una carta dirigida desde Santo Domingo, fray Pedro de Cór
doba, viceprovincial de la Orden de Predicadores, describía al rey,
sobrecogido e indignado, el siguiente panorama (CDI, X I): «Las
mujeres, fatigadas de los trabajos, han huido el concebir y el parir;
porque siendo preñadas o paridas, no tuviesen trabajo sobre trabajo;
es tanto que muchas, estando preñadas, han tomado cosas para
mover y han movido las criaturas, y otras después de paridos, con
sus manos han muerto sus propios hijos, para no poder ni dejar
bajo de una tan dura servidumbre; y por no dar pena a Vuestra
Alteza, lo digo aun, que yo no leo ni hallo que nación ninguna,
ni aun de infieles, tantos males ni crueldades hicieron contra sus
enemigos, por el estilo y manera que los cristianos han hecho contra
estas tristes gentes que han sido sus amigos y ayudadores en su propia
tierra; que entre todos los dichos y otros muchos que podría, han
destruido y desterrado de estas pobres gentes la natural generación,
los cuales, ni engendran, ni multiplican, ni pueden engendrar, ni
multiplicar, ni hay de ellos posteridad, que es cosa de gran dolor.»
No serían necesarias pruebas más completas de esterilidad volun
taria que las aducidas por un testigo ocular de la autoridad de
fray Pedro, a no ser porque el texto que reproduciremos a continua
ción contiene un argumento decisivo. El párrafo pertenece al libro
titulado Orinoco ilustrado, y lo ha recordado Jaramillo Uribe (1964).
«Muchas personas de maduro juicio han observado — escribe el padre
Gumilla— que en las partes en que decaece conocidamente el nú
mero de indios, se ven muchas indias sin hijos y enteramente esté
riles: y éstas son las casadas con indios; pero al mismo tiempo
se reconoce en los mismos parajes y pueblos que todas las indias
casadas con europeos y con mestizos, cuarterones, mulatos, zambos
V también las que se casan con negros, son tan fecundas y procrean
tanto, que pueden apostar, a buen seguro, con las hebreas más ro-
deadás de hijos... Digo, que de la diferencia nace la causa: la dife
rencia está en que si la india casada con indio procrea, salen indios
humildes... sujetos al abatimiento, hijo de la cortedad de su ánimo
y de su innato temor, obligado al tributo, a lo más... logran sólo el
primer parto, para su consuelo, y toman yerbas para impedir los
demás.» La misma mujer en condiciones ambientales iguales, pero
socialmente distintas, cambia de comportamiento. A mejor posición,
mayor fecundidad.
1.3. El reacondicionamiento económico
y social
Durante las primeras expediciones los españoles se contentaron
a la fuerza con vivir de lo poco o mucho que hallaban a mano.
Una vez asentados, es natural que trataran de volver en lo posible
a los alimentos que su paladar exigía. No era hora ya de sobrevivir,
sino de gozar de cuanto habían soñado o de cuanto estaban acos
tumbrados a disfrutar. La dieta de un país mediterráneo se basaba
en productos desconocidos en el Nuevo Mundo — trigo, vino, aceite,
carne y dulce (miel o azúcar)— . El ganado y el azúcar encontraron
en las Indias condiciones óptimas para su desarrollo. El trigo no
tanto. En cambio, los dos restantes siguieron siendo suministrados
por la Península.
Las plantaciones de caña se extendieron rápido por las tierras
calientes, propicias, y a la vez florecieron otras que producían ar
tículos de exportación muy codiciados en Europa, como las materias
tintóreas y el cacao. Estos cultivos intensivos desplazaron a la eco
nomía y a la población nativas. En cuanto al trigo, primero se
intentó que los indios dedicaran parte de sus tierras a sembrarlo
y que usaran del grano para pago del tributo; mas vista su repug
nancia a cultivarlo y la baja productividad obtenida, se prefirió
luego un sistema de explotación directo, a cuyo fin se repartieron
entre los conquistadores tierras de labranza. La propiedad indígena
comenzó, de esta manera, a ser invadida. Ninguno de estos cambios
se compara empero con las secuelas de la veloz reproducción de los
ganados en algunas zonas.
El menor (puercos, cabras e incluso ovejas «de Castilla») no
tardó en incorporarse a la economía indígena, y en Perú desplazó
a los rebaños de llamas y alpacas domesticadas en los que los pue
blos andinos basaban su riqueza. Mas no siempre su despliegue fue
beneficioso. Otras veces, al igual de lo que Tomás Moro decía de
las ovejas inglesas, los apacibles ovinos del Perú devoraron a los
hombres. De las tierras que ocupaban, los indios desaparecieron. La
propagación, realmente sorprendente, fue, sin embargo, la del vacuno
y yeguarizo. En Cuba las reses se adueñaron de las tierras que la
extinción de los indios dejó vacías. En la meseta central y en los
llanos septentrionales de México, el ganado mayor se acrecentó a
ritmo vertiginoso, y otro tanto aconteció más tarde en el Río de la
Plata. Ahora bien, en las extensiones semidesiertas del país de los
chichimecas o en la Pampa, la reproducción del ganado no causó
inconveniente alguno. Al revés, facilitó la transformación del género
de vida de los indígenas, de simples cazadores a nómadas ecuestres.
En las zonas densamente pobladas, el ganado mayor no consti
tuyó un azote menor que las pestes. No era raro que el ganado
bagual o el de las estancias de españoles vecinos se corriera a las
tierras de labores (las milpas en México) y devastara las cosechas.
Según uso de Castilla, las rastrojeras debían permanecer abiertas
a los animales, imposición que, aplicada estrictamente, facilitó la
destrucción también de las sementeras. En una acción recíproca,
el crecimiento de las estancias restaba recursos a los pueblos de
indios, en tanto que el despoblamiento de las comunidades incitaba
a los colonizadores a sacarles más tierras. Chevalier (1963) y Simp-
son (1952) han estudiado de mano maestra este reacondicionamiento
de la tierra en México, y Friede (1969) ha planteado la cuestión
con respecto a Nueva Granada. En Perú, según Macera (1968), la
política oficial favoreció más bien a la agricultura.
El vuelco hacia nuevas actividades productivas fue, sin duda,
un instrumento indirecto de reordenación social, de expropiación
en favor de los privilegiados, pero, naturalmente, hubo otros pro
cedimientos menos mediatos, como las mercedes, las compras y las
usurpaciones. En la segunda etapa de dominación, aplacada la sed
de botín, de vasallos y de metales, cuando habían derrochado lo
primero, sentido la fuerza compresora de la realeza en materia de
encomiendas y se había disipado para muchos el espejismo de las
minas, entonces los conquistadores, hombres al fin procedentes de un
medio rural, recordaron las ventajas económicas y el prestigio que
otorgaban la posesión de la tierra. En principio, todos los bienes
vacos eran, como en Castilla, de realengo. En tal carácter, la corona
adquirió los dominios del Estado o del monarca, los destinados
al sostén del culto y los de los jefes desaparecidos en la guerra.
Con el objeto de fomentar la instalación de españoles, las autoridades
virreinales o municipales otorgaron generosas mercedes a los nuevos
pobladores. No obstante la oposición real, muchas de esas propieda
des estaban estratégicamente situadas, a proximidad de las propias
encomiendas, de modo que el encomendero-propietario extrajo có
modamente de tierras sobre las que ejercía tutela la mano de obra
necesaria para la explotación de sus posesiones.
La apropiación se inició así, mas no todo el traspaso de dominio
se hizo por este cauce. También hubo compras. Chevalier (1963) ha
puesto de manifiesto en México un fenómeno que había pasado inad
vertido: de cómo la antigua nobleza indígena se había adueñado,
a favor del desorden de los primeros tiempos, de las tierras de los
calpulli o comunidades, así como de los dominios de Moctezuma
y de los templos. El auge nobiliario fue, a la postre, fugaz, pues,
responsabilizados de la recaudación fiscal, cuando disminuyó la po
blación, los señores tuvieron que completar el tributo de su propio
peculio, lo que, evidentemente, provocó su ruina. En ese momento
los pobladores españoles pudieron comprar a muy bajo precio esas
propiedades. En otras ocasiones, los conquistadores hicieron uso de
su posición dominante para compelir a los indios a la venta, o lisa
y llanamente las usurparon so capa legal o no. Toda la intervención
vigilante de las autoridades virreinales y de los religiosos no pudo
trabar esta acción, que en el siglo xvn fue legalizada a cambio del
pago de una «composición de tierras».
Valiéndose de estos procedimientos y de otros más, los nuevos
ocupantes de la tierra desalojaron a los indios de los suelos más
feraces y los arrinconaron en las márgenes menos codiciadas de su
antiguo hábitat. En esta forma se constituyeron dos economías yuxta
puestas: una indígena, de parcelas pequeñas y rendimientos men
guantes, y otra de explotación lata y carácter expansivo. La propen
sión al crecimiento de las haciendas se nutrió en la mejor calidad
del suelo, en la mayor disposición de capitales, así como en la abun
dancia y bajo costo de la mano de obra que procuraban encomiendas
y repartimientos. ¿Es acaso dudoso que, en la competencia entre
ambas economías, la segunda llevara las de ganar?
La alteración del medio económico no pudo por menos que mo
dificar el comportamiento biológico: ocasionó mayor mortalidad y
también menos fecundidad. A causa de las analogías, o de las suge
rencias que suscita, permítasenos traer un ejemplo tardío y tal vez
particular, pero al mismo tiempo más puro. Los factores que inter
vinieron son pocos y fáciles de detectar; las consecuencias, negativas
e involuntarias, no aprovecharon a nadie. Por demostrar el fracaso
de una generosa intención, fue lamentado.
En su estudio de la Baja California, Aschmann (1959) pinta el
drama de los indios recolectores y cazadores inferiores. Durante
el siglo xvm los jesuítas y, luego de su expulsión, los franciscanos
se esforzaron por congregarlos en misiones. Su asentamiento signi
ficó una rn n rn ra c on la vida nasada. v el eauilibrio dietético v mor-
bíblico que habían alcanzado antes se dislocó. Los misioneros no
acertaron con los medios para contrarrestar una tendencia tan mani
fiesta como fatal. Al contrario, desperdiciaron recursos económicos
y humanos de la misión. En tierras de capacidad limitada por la
aridez del suelo, los religiosos dedicaron las mejores parcelas de
regadío a cultivar algodón, con cuya fibra alimentaron una manu
factura pobre que a su vez absorbía buena parte de la mano de obra
femenina. Disponiendo de esta producción local, consiguieron im
poner el uso, hasta entonces insospechado, de la vestimenta, conde
nando a las mujeres a tareas no productivas en lugar de la recolección
de frutos silvestres. Es más, los jesuitas restringieron la dieta al
estricto nivel de subsistencia, gracias a lo cual dispusieron de exce
dentes para alimentar a quienes erigieron bajo su dirección los
sorprendentes monumentos religiosos que adornan aquellos páramos.
En medio de tamaño derroche, la región no estaba en condiciones
de sustentar una densidad igual a la de los tiempos prehistóri
cos. Las epidemias no hallaron obstáculo para encarnizarse con la
gente. Las misiones hubieron de ser abandonadas por falta de fieles.
Antes que Aschmann, Cook (1937 y 1940) había demostrado
que el supuesto crecimiento de las misiones de la Alta California
ocultaba en realidad una mortalidad fortísima, sólo compensada
por la continua afluencia de neófitos. Sauer (1933) había escrito
tiempo atrás con respecto al noroeste de México: «Con la mejor de
las intenciones, los misioneros, al 'reducir’ a los indios en pueblos
compactos y juntarlos regularmente para el culto, la instrucción y
el trabajo en común, los expusieron al contagio de las enfermedades
europeas.» Esta misma parece haber sido la situación en Brasil
(Freyre, 1946).
Kubler (1942) y luego Borah (1951) han advertido, por otra
parte, que el grandioso programa arquitectónico, ejecutado por las
órdenes monásticas de México entre 1530 y 1570 con gran exalta
ción y sin medida, causó un desgaste humano formidable. La crisis
posterior obligó a frenarlo. Fray Toribio de Motolinía llegó a llamar
a la reconstrucción de nueva planta de la ciudad de Tenochtitlin
«la séptima plaga», por su costo en vidas.
1.4. Las epidemias
Ha quedado para lo último la consideración de la causa funda
mental del derrumbe demográfico según el parecer de la mayoría
de los autores contemporáneos: esto es, las epidemias. Los españoles
notaron la propagación de las pestes en el Nuevo Mundo y su
recurrencia casi regular. No dejaron de apreciar su gravedad; pero
el fenómeno de ninguna manera los tomó de sorpresa, pues era
moneda corriente en la Europa de entonces. Para combatirlas o pre
venirlas aplicaron los mismos medios sanitarios en uso en el Viejo
Mundo; a la hora de sopesar los motivos, la familiaridad con la
peste les impidió percatarse de las características particulares que
revestía en América. Como apunta Kubler (1942), es lógico que rela
cionaran la declinación demográfica con las fuerzas sociales que ope
raban en la conquista, antes que con las patológicas. Con el tiempo
la perspectiva ha ido variando, y hoy se atribuye a la morbilidad
influencia decisiva.
Las epidemias se originaron fuera del continente y se propagaron
por medio de los vectores comunes. Su intensidad no fue, sin em
bargo, independiente de las condiciones económicas y laborales im
puestas por la conquista. De manera específica influyeron el déficit
provocado en la nutrición y la modificación de los usos alimenticios.
Sauer (1969) ha destacado qué relación tuvo con la extinción de los
aborígenes de La Española la imposición de una dieta monótona,
basada en un abundante ingestión de yuca, pero falta de proteínas.
Al cabo de siglos los indios habían desarrollado inmunidades
contra los agentes difundidos en su medio. La intrusión europea
introdujo bruscamente toda suerte de virus y bacterias desconocidas
de este lado del Atlántico, pero que, para desgracia propia, eran
familiares entre europeos y africanos. Con excepción de algunas
enfermedades tropicales que no encontraban ambiente propicio para
aclimatarse en Europa, los contactos continuos a través del Sahara
habían puesto en circulación, ya antes de los descubrimientos marí
timos portugueses, las mismas variedades de agentes patógenos en
Africa negra y en la cuenca del Mediterráneo. Otro tanto debió
ocurrir entre Europa y el Lejano Oriente, no obstante la mayor
distancia. Borah (1962) concluye, pues, que de todas las regiones
del mundo expuestas a la colonización, sólo América y las islas del
Pacífico carecían de defensas para resistir a las infecciones transmi
tidas por los invasores, y, por ende, la población indígena pudo ser
abatida de un manotazo.
La viruela pasó de Europa al Caribe a poco de que el Nuevo
Mundo fuera descubierto. En mayo de 1519, los oficiales de I-a Es
pañola daban cuenta de que había matado a la mayor parte de los
indios de la isla. Acto seguido pasó a Puerto Rico, según describe
Dobyns (1963), a quien seguimos de cerca en este relato. Al año
los hombres de Cortés la introdujeron en el continente. Casi la
mitad de la población de México se dice que feneció a la sazón.
Por lo menos, la epidemia desbarató la resistencia militar de los
aztecas y mató al sucesor del emperador Moctezuma. De México se
propagó en seguida a Guatemala, con idénticos efectos sobre los
cakchiqueles. De Centroamérica saltó más adelante al imperio pe
ruano, precediendo en más de un lustro a los soldados españoles.
Parece incluso que la sucesión al trono incaico, que permanecía
abierto todavía cuando la hueste de Pizarro desembarcó en Tumbez,
se planteó muerto Huayna Capac en 1524, víctima de la peste.
La segunda epidemia fue de sarampión. Probablemente estalló
en el Caribe en 1529, donde arrastró a la población indígena rema
nente. México fue alcanzado en 1531, y luego la América Central,
de Honduras a Panamá.
El matlazahuatl, como llamaron los aztecas a una enfermedad de
diagnóstico inseguro, que algunos asocian con el tifus y otros con
la influenza (Alvarez Amézquita, 1960), devastó Nueva España
en 1545. Al otro año fueron azotadas Nueva Granada y Perú. Cieza
de León (1553) describe la epidemia así: «Al tiempo que el visorrey
Blasco Núñez de Vela andaba envuelto en las alteraciones causadas
por Gonzalo Pizarro y sus consortes, vino una general pestilencia
por todo el reino del Perú, la cual comenzó de más adelante del
Cuzco y cundió toda la sierra, donde murieron gentes sin cuento.
La enfermedad era que daba un dolor de cabeza y accidente de calen
tura muy recio, y luego se pasaba el dolor de la cabeza al oído izquier
do, y agravaba tanto el mal, que no duraban los enfermos sino dos
o tres días.» Con respecto a las tierras de los quimbayas precisa:
«la pestilencia y mal de oído dio de tal manera que la mayor parte
de la gente de la provincia faltó, y a los españoles se les murieron
sus indias de servicio, que pocas o ninguna quedaron».
Parece ser que la gripe que el Viejo Mundo padeció en 1557
cruzó el Océano, y que en Indias arreció entre los naturales con viru
lencia extrema. El continente americano no se vio libre tampoco ni
de la peste bubónica, demasiado célebre en la Europa medieval,
ni del cocolitzli, como los aztecas bautizaron a una variedad de calen
turas. En 1563, la viruela cobró no menos de 30.000 vidas de las
aldeas jesuíticas recién fundadas en torno de Bahía de San Salvador,
en Brasil (Azevedo, 1955). Al empezar el último cuarto del siglo xvi,
el matlazahuatl sembró mayores pesadumbres aún que treinta años
antes. El P. Dávila Padilla (1596) refiere ambos episodios de esta
manera: « ... Casi siempre hay en toda la tierra enfermedades agudas
que van picando y llevando gente, suelen venir algunas pestes gene
rales que los acaban muy por juntos. El año de mil y quinientos y
cuarenta y cinco hubo pestilencia entre ellos [los indios] y murieron
ochocientas mil personas. Con ser este número tan grande, fue pe
queño respecto de los que murieron el año de mil y quinientos y
setenta y seis, y setenta y siete, que cundió la peste por toda la
tierra, con tanta prisa que a penas daba lugar a los vivos para
enterrar a los muertos: y vimos hacer hoyas grandes en algunos
pueblos, adonde arrojaban veinte y treinta y cincuenta cuerpos porque
no tenían lugar para más espacio.» La epidemia quedó grabada a
fuego en la mente de los habitantes de Nueva España. Caracas,
erigida doce años antes en un saludable valle venezolano, sufrió el
mismo año de sarampión y viruela.
La década siguiente fue atormentada por desasosiegos incesantes.
La viruela cundió en Cuzco y emprendió marcha con rumbo Norte,
hacia Lima y Quito. Uno de cada cinco moradores de la capital del
virreinato desapareció entonces. Aquellos sobre los que arreció fue
ron, naturalmente, los indios, la capa inferior de la población. Casi
simultáneamente Perú padeció otra embestida, originada en Cartage
na, entre un cargamento de esclavos. De orillas del mar subió a las
alturas de Bogotá, donde los aborígenes de la ciudad fueron, literal
mente, diezmados, y luego pasó a Quito, Lima y Cuzco, castigados
ya duro cuatro años antes. De la antigua capital incaica ganó el Alto
Perú y terminó en Chile. Por el Norte, la epidemia se extendió a
Nueva España en 1588. Otra repitió en México a fin de siglo (1595).
A lo largo de la centuria decimosexta las epidemias seudoconti-
nentales se espaciaron, pues, a intervalos casi decenales (1519-24,
1529-35, 1545-46, 1558, 1576, 1588 y 1595). En la siguiente la
sucesión se tornó más irregular, y su alcance geográfico, más circuns
crito. El cambio tal vez traduzca una combinación nueva de los
factores intervinientes. Al aislar a las comunidades, la despoblación
restó oportunidades al contagio. Quizá también los indios habían
generado, al cabo de casi tres cuartos de siglo, los anticuerpos nece
sarios y resistían mejor a los embates de las pestes. No es imposible
tampoco que las enfermedades se hubieran vuelto endémicas en bas
tantes lugares y que los naturales hubieran alcanzado allí un cierto
grado de acomodamiento. Del corazón de estos focos brotarían epi
demias, sin necesidad ya de que el agente vector tuviera que ser
traído, como antes, de allende el mar. El Nuevo Mundo adquirió
así una siniestra autonomía.
Para el siglo xvn abundan las noticias aisladas. En 1602 Oruro
padeció una epidemia mortífera de «catarro y sarampión». México y
América central experimentaron brotes epidémicos de tifus, peste
y viruelas en 1607-08, 1631, 1686, 1693-94 (MacLeod, 1973).
En 1614 Cuzco fue arrebatado por la difteria. Cuatro años más
tarde arreció la viruela en la costa del Pacífico, en el Alto Perú
y Chile. Góngora (1970) describe las pestes de 1620-22 como de
alfombrilla, viruelas, sarampión y lentejuela. Episodios semejantes se
repitieron en Perú en 1628 y 1634. Incluso de las lejanas misiones
del Paraguay hay datos de que fueron asoladas en 1630. El tabardi
llo, nombre popular del tifus o de la fiebre tifoidea, atacó Bogotá
en 1633. Una revisión sistemática de las fuentes se impone con
urgencia.
La recurrencia a intervalos tan cortos no sólo producía una men
gua inmediata del tamaño de la población nativa, sino que com
prometía profundamente su capacidad reproductiva hipotecando su
futuro. Cada episodio reducía a la vez todas las edades: desmochaba
la pirámide de viejos y enfermos, mas con ellos caían también quie
nes estaban en edad de procrear y los niños. Antes de que éstos
alcanzaran edad nubil y pudieran participar en el proceso de gene
ración, era más que probable que nuevas pestilencias hubieran vuelto
a mellar el grupo. Su descendencia resultaba así doblemente afectada
por las pérdidas experimentadas por los progenitores y las que pronto
la nueva promoción sufría en su propia infancia. Y así sucesivamen
te, peste tras peste y generación tras generación.
Aunque más no fuera por la amenaza que se cernía sobre sus
intereses, los estratos dominantes se alarmaron ante esta drástica
disminución de los aborígenes. En 1594 el virrey Velasco el Mozo
escribió a Felipe II: «Crece cada día tanto la gente española y las
labores y edificios públicos, seglares y eclesiásticos, y los indios van
en tanta disminución, que se padece gran trabajo en querer sustentar
tanta máquina con tan poca gente.» (Citado por Chevalier, 1963.)
Naturalmente, los españoles no estuvieron exentos de todo con
tagio, y adquirieron morbos autóctonos, como es fama que fue la
sífilis. Ni una cosa ni otra amenazó, sin embargo, seriamente al
grupo dominante. Los europeos, o venían inmunizados, o, si nacidos
ya en el Nuevo Mundo, habían heredado de sus padres las defensas.
Su propia condición les tornaba además menos susceptibles a cual
quier enfermedad. Sabido es que en las ciudades europeas la peste
se encarnizaba menos con los ricos que con los pordioseros. Sea cual
sea la razón, la menor susceptibilidad de los europeos a las enferme
dades no escapó a la observación de los contemporáneos. Todavía
en 1665, un siglo y un tercio después de la entrada de los castella
nos en el Perú, los naturales no estaban curtidos al cambio de las
condiciones ambientales, mientras que los españoles ofrecían mejo
res resistencias. En el expediente del acuerdo tomado por la Junta
general celebrada en 25 de septiembre de ese año se lee: «Los indios
que en tiempo de verano bajan a esta ciudad de Lima, por la con
trariedad del temple en deteniéndose algo los más mueren, cosa que
he notado sucede en ellos solos y no con los españoles, y otras nacio
nes que aunque vienen de temples fríos no sólo se detienen en esta
ciudad, sino que pasan por Panamá y Cartagena y se quedan muchos
allí sin peligro evidente de sus vidas, aunque mueren algunos...»
No es posible por ahora determinar con certeza por qué los abo
rígenes de las tierras calientes murieron en proporciones más ele
vadas que los de las sierras y altiplanos, al punto que se extinguieron
en algunas islas. Cualquiera haya sido la razón, los africanos hu
bieron de sustituirlos sin demora. Curtin (1968) advierte que la
aptitud de los esclavos negros para las duras tareas en las plantacio
nes tropicales no procede de disposición racial alguna. Las defensas
inmunológicas adquiridas allende el Atlántico simplemente les per
mitieron sobrevivir mejor que quienes no las poseían.
En síntesis, la conquista diezmó la población aborigen, pero el
derrumbe no se produjo por igual en todas partes: primero, se
desplomaron el Caribe y costas bajas tropicales; luego, las cordille
ras y planaltos; y sólo más tarde, las zonas periféricas no sometidas.
En las últimas, los indios conservaron por largo tiempo su modo de
vida; la dominación y los usos europeos únicamente los alcanzaron
cuando la expansión territorial se reanudó en los siglos xvn y xvm .
Las enfermedades traídas de Europa y Africa por los conquista
dores o los esclavos, contra las cuales los nativos se hallaban inde
fensos, parecen ser la causa principal de la hecatombe. El quebranto
socioeconómico originado por la dominación europea incrementó la
susceptibilidad de los indígenas a los elementos patógenos. La diso
lución de su vida cultural desarmó la vitalidad que hubieran reque
rido para la preservación del grupo étnico. No hay que descartar,
desde luego, la incidencia de los actos de violencia a que se los
sometió.
Una visión clara de esta catástrofe trasciende el estricto interés
demográfico y afecta propiamente al significado de la colonización
americana. La forma de la dominación, el mestizaje y el régimen
agrario característico de América latina hallan en esta perspectiva,
si no una explicación plena, al menos una llave para su comprensión.
La caída de la población indígena facilitó la dominación estricta
y sin intermediación del pueblo conquistado por parte de una minoría.
A la larga, ésta no necesitó más de los cuadros o las instituciones
nativas, al contrario de lo que ocurrió en otras partes, como, por
ejemplo, en la India portuguesa o británica.
Prescindiendo del hecho de que otros imperios coartaron el entre
cruzamiento de razas, es indudable que sin la fuerte contracción de
la población aborigen el mestizaje no hubiera alcanzado a desempe
ñar el papel que le cupo en la fusión étnica. América latina tiene
a gala haberla logrado, cuando los ensayos realizados en otras áreas
coloniales, a lo sumo, han conseguido una asimilación cultural su
perficial.
Asimismo, la despoblación dejó vacantes suficiente cantidad de
tierras y desbarató de tal modo las encomiendas como para que
floreciera el régimen de latifundio característico de América latina,
erigido sobre la base de la esclavitud y el peonaje.
Hollingsworth (1969) ha insinuado recientemente que no sería
impropio comparar en el orden demográfico la invasión de México
por los castellanos con la de Egipto por los árabes y la de China por
los mogoles. Al parecer, antes de la incursión musulmana, Egipto
ostentó en el siglo vi unos 30 millones de habitantes, tantos, pues,
como hacia 1966. Entre medias, durante la sima, fechada allí en 1798,
apenas contó con 2,5 millones. De aceptarse la evolución demográfica
descrita, el país del Nilo estaría invalidando el argumento que recha
za la posibilidad de que la población precolombina de partes de
Hispanoamérica haya podido lucir una dimensión cercana a la que
alcanzó a principios de la actual centuria. El paralelo es, desde luego,
tentador, pero hasta tanto no se halle mejor fundada la historia de
la población egipcia, no será prudente dejarse llevar siquiera por las
analogías.
2. La inmigración ibérica y africana
Los primeros viajes de exploración y conquista arrastraron con
sigo puñados de marineros, soldados, funcionarios y clérigos que no
traían la menor intención de establecerse de por vida en el continente
descubierto. Se hubieran admirado si alguien les hubiese hecho notar
que cumplían las veces de zapadores abriendo un nuevo cauce por
el cual transitarían durante siglos millones de europeos que aban
donaban por decisión propia sus solares para establecerse en el Nuevo
Mundo y fecundarlo con su descendencia.
Una vez conquistadas, convino afianzar la sujeción de las nuevas
tierras asentando en ellas población europea. En interés de la metró
poli, las colonias no podían depender del flujo de inmigrantes tempo
rarios. Un sector estable contrapuesto a los naturales crearía lazos
más permanentes y proporcionaría los cuadros políticos y sociales
necesarios a la dominación. Los solteros que cruzaban jóvenes el
mar a la aventura o que venían por devoción a predicar el Evan
gelio, así como los casados cuyas familias permanecían en la Penín
sula, no proporcionaban el contingente apropiado. Si se unían con
las mujeres aborígenes de manera duradera, los vínculos que por la
sangre les ataban a la sociedad de origen tendían a relajarse. Este
temor indujo en seguidaa a las autoridades a fomentar el traslado
de mujeres y de familias enteras. La corona portuguesa incluso re
mitió con estos fines a Brasil mujeres cuya airada vida anterior
no constituía, por cierto, el fundamento más seguro de una sólida
vida familiar.
Los estímulos a la emigración femenina o de familias enteras
tuvieron éxito limitado. En proporción con los hombres, el número
de mujeres que cruzó el Atlántico fue muy bajo. De los 15.000 nom
bres registrados en el Catálogo de pasajeros a Indias, que el Archivo
General de Indias formó sobre la base de la lista incompleta de li
cencias concedidas para emigrar, sólo un 10 por 100 pertenece a
mujeres. Independientemente de la atracción que cierto tipo físico
de indias ejerció sobre los conquistadores, de la que abundan refe
rencias en las crónicas, castellanos y portugueses se vieron obligados a
tener mujeres indígenas a su lado por falta de otras. Lockhart (1968)
estima que hacia 1540 había en Perú por cada mujer española siete
u ocho hombres. El censo de la isla La Española de 1514 arroja
392 vecinos, de los cuales 92 tenían esposas nacidas en Castilla y
52 estaban casados con indias (Sauer, 1969). No cuesta imaginar
que las seis décimas partes restantes mantenían nexos al margen
de la ley canónica con mujeres aborígenes.
Los lazos entre españoles e indias pocas veces fueron estables,
y menos bendecidos por la religión, pues el matrimonio mixto re
pugnaba a las convenciones sociales. Al principio la corona fomentó
por conveniencia política que los conquistadores tomaran esposa de
entre los linajes reales o nobiliarios aztecas o incas. El fruto más
destacado del matrimonio de un caballero con una princesa real fue
el Inca Garcilaso de la Vega, famoso hombre de letras. Estas uniones
a la fuerza fueron pocas. Más adelante se ejercieron también presiones
esporádicas para que se legitimaran vínculos consensúales, pero ni
las autoridades ni la Iglesia pusieron demasiado empeño en aplicarlas.
El concubinato, en lugar de ser, como en toda Europa, un estado
anómalo, fue la forma de unión predominante. La rígida estructura
familiar europea quedó relegada a pauta respetada, pero de espaldas
a la vida diaria. Tal duplicidad subsiste hasta ahora. En casi todos
los países de América latina el patrón ideal de la familia «tradicional»
se presenta acompañado por altísimas proporciones de uniones libres
y de nacimientos ilegítimos (Mortara, 1961). Si la familia latino
americana contemporánea no responde al modelo europeo, sino que
se abre en un abanico de tipos diferentes, en parte se debe a que las
relaciones libres instauradas entonces minaron la ciega aceptación
social de costumbres o prejuicios traídos de ultramar. No se descarte
tampoco cuanto haya podido incidir en este problema la débil acul-
turación de las masas indígenas hasta casi nuestros días.
Consecuencia inmediata de las uniones mixtas fue la aparición de
un grupo nutrido de mestizos en calidad de blancos. En un principio,
sobre todo, se integraron fácilmente al estrato dominante, de cuyos
privilegios gozaron. Bastantes criollos inscritos en los primeros em
padronamientos no fueron siempre puros. En tanto que hijos de ve
cinos, pasaban socialmente por europeos.
Reservado el derecho de emigrar a Indias, por razones políticas
V religiosas, a los súbditos de las coronas castellana y portuguesa
contados fueron los inmigrantes no oriundos de la península Ibé
rica. ¿Cuántos fueron quienes cruzaron el Océano? De Castilla, el
Catálügo de pasajeros a Indias, ya mencionado, consigna los nombres
de las personas embarcadas durante medio siglo, entre 1509 y 1559.
La lista es incompleta, pues se ha perdido la documentación corres
pondiente a varios años, e ignora, como es natural, a cuantos vinieron
sin permiso. El esfuerzo desplegado por el personal del Archivo de
Indias en la formación de aquel repertorio no resultó todo lo pro-
vehoso que cabía desear, aunque no por eso fue inútil, como se verá.
Una preocupación ajena a los estudios demográficos ha contri
buido a precisar el volumen de aquella corriente. Desde hacía tiempo
los filólogos venían preguntándose si el origen de los acentos o giros
dialectales que existen en el idioma hablado de la América española
sería autóctono o procedería de allende el Altántico. La teoría más
aceptada suponía que ciertos elementos básicos habían sido introdu
cidos debido a la elevada proporción de colonizadores que vino en
un comienzo de Andalucía, donde se emplea un lenguaje con el cual
el habla americana presenta semejanzas. Las modalidades introduci
das por tales pobladores habrían terminado por prevalecer y se
habrían fijado luego. No costaba demasiado aceptar la explicación,
pues precisamente de allí partían los navios o las flotas con rumbo
a las Indias.
Un estudioso de admirable paciencia decidió verificar por sí mismo
tal supuesto. Boyd-Bowman (1964 a 1971), partiendo del Catálogo,
rastreó en documentos públicos o privados los nombres de quienes
dejaron así testimonio de su estancia en Indias. De esta manera con
siguió elevar la cantidad de nombres conocidos a unos 45.000. Su
índice geobiográfico, aunque también incompleto, pone de manifiesto
el grado de omisión del repertorio anterior y nos acerca a la dimen
sión real de aquella migración. Boyd-Bowman estima haber descu
bierto solamente una proporción de los españoles venidos hasta 1580.
El total sería de unos 200.000, o sea un par de miles por año en
promedio. En cuanto al origen regional, un tercio vino, efectiva
mente, de Andalucía. No andaban lejos los extremeños y castellanos
nuevos, que ascendieron a un 28 por 100 del total. Del resto, una
cuarta parte era de Castilla la Vieja y de León; los demás, de cual
quier provincia, principalmente las del Norte. Como era de esperar,
México recibió a la mayoría.
La población española asentada en América al comenzar el último
cuarto del siglo xvi debió ascender a unas 150.000 personas. En
1574 el cosmógrafo y cronista J. López de Velasco llevó a término
su Geografía y descripción universal de las Indias. Según su nómina,
había en América 225 ciudades y villas de españoles, en las que
residían 23.000 vecinos, que a razón de seis personas por cabeza
equivalen, más o menos, a la cifra indicada. El factor seis que utili
zamos, siguiendo a Borah (1951), parece elevado, pero se justifica
por varios motivos. En su mejor versión de la familia patriarcal, la
del vecino desbordaba los límites del núcleo básico, formado por
padres e hijos, y comprendía casi siempre una clientela constituida
por parientes, deudos y agregados de alguna manera al servicio del
dueño de casa, cuando no simplemente a su cargo. Sumados los cria
dos, adquiría un carácter extremadamente lato. Su tamaño variaba
de acuerdo con la fortuna y categoría del amo. Lo más seguro es
que tuviera más de seis miembros, pero esa razón promedia la fami
lia extensa con los hombres que por una u otra razón permanecían
solteros. Milita, además, en favor de un factor de conversión alto
el hecho de que algunas categorías de personas no figuraban en el
cómputo de familias. La calidad de vecino excluía, en efecto, a los
clérigos y a los españoles dispersos en pueblos de indios o al frente
de haciendas rurales de propiedad de sus paisanos.
Borah (1951) ha detectado errores parciales en los cómputos de
Nueva España. Corregidos, el número de vecinos se eleva de 6.114
a 10.061. Nada indica por ahora que el resto de la América hispana
requiera un reajuste de la misma magnitud que el de México, mas
aun si fuera así, el total de españoles que moraban en los dominios
de la corona castellana ascendería a unos 220.000 una vez aumentada
en un 60 por 100 la cuenta de vecinos. Esa cantidad no modifica
prácticamente la relación entre población blanca y nativa. Sea cual
sea la cifra exacta, los europeos siempre fueron minoría, aun cuan
do se sumen los pocos miles de portugueses diseminados a lo lar
go de la orla litoral de Brasil. Furtado (1963) los ha estimado en
unos 30.000.
No es fácil precisar mejor cuántos europeos vivían en las colonias
lusitanas. Respecto de su procedencia, el azar de los acontecimientos
políticos forzó a que la composición nacional fuera menos homogé
nea que la parte española de América. Emigrantes de todos los
rincones de Portugal cruzaron el Atlántico, más del Norte que del
Sur. El noroeste brasileño recibió, sobre todo, gente de la región
comprendida entre los ríos Miño y Duero (Quirino, 1960). En Río
es fama que predominaron los isleños de las Azores. Mas a favor
de la unión de las dos coronas (1580-1640), los españoles abunda
ron en las regiones disputadas de Santa Catarina y Paraná, e incluso
en Sao Paulo, así como en las plazas fortificadas de la costa septen
trional. El paso de los holandeses dejó también vestigios en alguno
de los actuales linajes nordestinos, y no hay que olvidar que los
franceses fundaron Sao Luiz de Maranháo.
La importancia de los ibéricos en el conjunto no residía tanto
en su número, por lo que hemos visto corto, sino en la posición
detentada dentro del ordenamiento político, social y económico.
Demográficamente, el grupo ostentaba, además, un dinamismo con
siderable, con tendencia, por lo tanto, inversa a la de los aborígenes.
En la tercera década del siglo xvii, el Compendio y descripción
de las Indias Occidentales consignaba 77.600 vecinos residentes en
Hispanoamérica, que, estirando los cálculos, darían hasta medio mi
llón de españoles, vagamente tres veces más que los indicados por
López de Velasco o, según el caso, el doble de la estimación revisada.
A diferencia de la Geografía, este libro no es fruto de un trabajo
de gabinete. Fray Antonio Vázquez de Espinosa peregrinó detenida
mente por tierras de América entre 1610 y 1622, y en una década
llegó a conocer de punta en blanco la mayor parte de las regiones.
Pocas fueron las que escaparon a su visita. En 1628 terminó de
verter sobre el papel los apuntes que había ido tomando durante
su viaje. Vázquez de Espinosa redondea cifras y se saltea más de una
villa de la que carece de noticias. Su predecesor pecaba de iguales
o mayores imprecisiones u omisiones. Sin embargo, en el deseo de
obtener una visión global del proceso que la comparación de ambas
obras proporciona, pasamos por alto objeciones circunstanciales y
queremos suponer que los errores del cosmógrafo y del fraile son
de un mismo tenor. En consecuencia, la diferencia entre el vecindario
estimado por uno y otro reflejaría, con algunas reservas, la tendencia
real. Del cotejo se desprenden, al menos, ciertas observaciones que
concuerdan con la evolución socioeconómica ya conocida. Aun atri
buyendo parte del impetuoso crecimiento a la mayor exactitud del
registro de Vázquez de Espinosa, no cabe duda que la estirpe espa
ñola aumentó aprisa, poco por inmigración, bastante por mestizaje y
mucho por una fertilidad privilegiada, sustentada en las óptimas con
diciones de vida de las que, por comparación, disfrutaba.
No todas las áreas crecieron al unísono. Algunas sobrepasaron
la presteza general; otras se estancaron o vieron partir a sus habi
tantes (Hardoy y Aranovich, 1969). Las Audiencias de Charcas y
de Quito fueron las que progresaron con mayor celeridad (tasas
del 6,09 y 5,05 por 100 anual, respectivamente); Charcas, debido a
la bonanza minera, y Quito, por el auge de las plantaciones costeras
y de la ganadería serrana. En el virreinato de Nueva España, la
Audiencia de México avanzó con paso largo (3,08 por 100); mas si
aceptamos las correcciones que Borah hizo a las cifras de 1574, el
adelanto pasaría a ser modesto. Las demás audiencias dejaban tras
lucir su estancamiento: el ritmo de incremento de Guatemala fue
extremadamente lento (0,24), y si la Audiencia de Guadalajara lucía
una tasa de 1,45, que hubiera envidiado cualquier potencia europea
de entonces, en Indias resultaba menos impresionante. El prome
dio de la Audiencia de Santo Domingo (1,88) oculta una decadencia
teal de las islas, compensada por el empuje de los centros venezola
nos. La baja tasa de Panamá (0,85) confirma la paralización relativa
de la región ístmica. Desalentados los vecinos por el pobre rédito de
las empresas productivas, se replegaron hacia la ciudad en busca
de fortuna en la actividad de intermediación, en la cual el puerto de
Panamá sobresalía. En Perú, las tasas de crecimiento de las Audien
cias de Bogotá y Lima se situaron cerca del promedio de la región
(2,24 y 2,38 por 100, respectivamente). En el extremo sur, Chile
experimentó, en cambio, una despoblación efectiva ( —0,40) por
causa de los sangrientos encuentros que los españoles sostuvieron
contra los araucanos, insumisos por más de cuatro décadas.
Esta somera indicación de la evolución demográfica, básicamente
urbana, revela, en resumen, un desplazamiento en medio siglo de
elementos dinámicos hacia la América del Sur andina y sus regiones
periféricas (Venezuela y Río de la Plata). En contraste, las costas
tropicales, de las cuales habían partido las expediciones conquista
doras del continente y que habían acogido a los primeros hispanos,
sesteaban. México creció, antes que en respuesta a un impulso eco
nómico firme, debido a que ciudades y pueblos concentraron las
jctividades de una población antes más dispersa y, por lo tamo, peor
registrada. Incluso la región minera de Guadalajara iba quedando
rezagada en comparación con la cuenca argentífera del Alto Perú, en
soberbia expansión. Todo ese cambio no ocurrió, desde luego, sin
activas migraciones internas.
Roto el aislamiento que el hemisferio mantenía con los continen
tes situados Océano de por medio a su oriente, no tardó en llegar
a las playas americanas otro grupo transatlántico arrastrado entre la
servidumbre de los conquistadores. El africano, reducido a la esclavi
tud, integró sin embargo las huestes de los expedicionarios a Tierra
Firme a modo de auxiliar. Su contacto inicial con el aborigen solió
ser, por consiguiente, violento. Su contribución a la conquista no
pasó de ser ocasional y subsidiaria; el objeto principal de su traída
fue económico. Esta causa operó de manera constante a lo largo de
cuatro siglos, incluso después de la Independencia, hasta que la su
presión de la trata negrera y la abolición de la esclavitud quitaron
su razón de ser a esta inmigración forzada.
Antes de que la prédica del padre Las Casas en favor de los in
dios promoviera la sustitución de los naturales por esclavos africanos,
los negros habían comenzado ya a reemplazar a la mano de obra
aborigen en las Antillas. Los pueblos indígenas estaban desaparecien
do rápidamente en un momento en que los colonos necesitaban sin
demora una fuerza de trabajo segura y rendidora con la cual desarro
llar' sus plantaciones. Los negros se adaptaban bien a las condiciones
de vida imperantes en los climas tórridos del Caribe y terminaron
por ocupar el lugar de los naturales en las tierras bajas tropicales
del hemisferio. En las zonas serranas templadas, donde estaban loca
lizadas las minas y se disponía de brazos indígenas abundantes, el
negro resultó menos necesario. Esto no fue óbice para que se le
hallara en cualquier rincón del continente y se le dedicara a cualquier
actividad, incluso en las propias minas, donde resultaba caro, o en
las haciendas ganaderas, donde a la fuerza andaba más suelto. Siendo,
sin embargo, mercadería costosa, su empleo quedaba limitado por
la rentabilidad económica de sus esfuerzos físicos. Sólo dejaba de
primar esta consideración cuando su presencia entre la servidumbre
de la casa realzaba el status social del amo.
El negro fue, ante todo, un bien de capital, y su importación
se rigió por las reglas del comercio y por los estímulos de la coyun
tura. Igual que con otras actividades mercantiles, el Estado ensayó
sucesivos procedimientos antes de sistematizar el régimen de intro
ducción.
Las primeras licencias concedidas a conquistadores, a oficiales
reales destinados a Indias, a los del Consejo y Casa de la Contrata
ción de Sevilla, tuvieron por objeto premiar servicios extraordinarios
prestados a la corona o compensar sin cargo al Tesoro gastos incu
rridos por particulares en el descubrimiento o en la conquista. Tales
fueron, por ejemplo, las otorgadas a Hernán Cortés o Francisco
Pizarro. Las entradas por este medio nunca fueron numerosas.
A medida que crecía el interés comercial de las operaciones,
la concesión del beneficio adquirió un sello más mercantil y el nego
cio mayor envergadura. En lugar de comprar los esclavos en la plaza
de Sevilla, hubo que ir al Africa por ellos, y transportarlos hasta
los puertos habilitados del Nuevo Mundo, que eran los del archi
piélago antillano, más los de Veracruz, Nombre de Dios y Cartagena
en el continente.
A fines del siglo xvi, apremiada por gruesos compromisos finan
cieros, la corona castellana prefirió establecer un régimen monopo
lista que le asegurara una entrada sustanciosa y andcipada. El asiento
concedido a una compañía estipulaba un tiempo de duración del
privilegio y un tope para el volumen a transportar. No obstante
las alternativas producidas por la variación en la demanda y demás
circunstancias, el monopolio estuvo vigente durante todo el siglo xvn,
hasta su abolición en el siguiente. Los primeros en sacar provecho
del nuevo régimen fueron los empresarios lusitanos, súbditos entonces
del monarca hispano, quienes disponían de cuantiosos caudales. Ade
más, eran duchos en la trata, pues dominaban de antiguo el tráfico
de las islas portuguesas de Cabo Verde, en el Atlántico occidental,
y de Santo Tomé, en el golfo de Guinea.
Desde los depósitos allí erigidos se reexpedían los hombres com
prados o capturados en las costas. La escala forzosa que los esclavos
hacían allí dificulta la localización de su exacto origen étnico o
territorial. Por otra parte, tampoco los negreros conocían bien la
geografía o la sociedad africanas como para que sus indicaciones sean
de fiar. Aparte de algunos berberiscos islamizados, no propiamente
negros y a quienes se vedó muy temprano el acceso a América para
prevenir el riesgo de que difundieran aquí su credo, durante el si
glo xvi los africanos procedieron en su mayor parte de las costas
occidentales de Senegambia, de los bordes del golfo de Guinea o
de la desembocadura del río Congo. Estos son los negros mandin
gas, minas o congos, según los nombres genéricos que se les daba
en Indias.
Por algunas muestras fragmentarias de la población esclava de
México y Perú, parece que más de cuatro quintas partes de los afri
canos que habitaban a mediados del siglo en los dominios caste
llanos eran oriundos de Senegambia y Guinea (Curtin, 1969). No es
extraño, pues la mayoría de las licencias concedidas lo fueron a
negreros establecidos en Cabo Verde. Sólo más tarde, Guinea pasó
a surtir por un tiempo directamente el negocio. En la tercera década
del siglo x v ii , Angola desplazó finalmente a los contendientes y casi
monopolizó los aprovisionamientos (Chaunu, 1955-60).
Antes de que las «piezas» oriundas de Angola predominaran en
los mercados de la América española, habían sido llevadas regular
mente a las colonias portuguesas de Brasil, situadas frente a frente
de las costas meridionales de Africa. Algunas cruzaron luego de
contrabando la demarcación de los imperios con destino al Río de la
Plata y Perú.
«Pieza de Indias», en el vocabulario de la época, equivalía a un
trabajador en la edad de mayor fuerza. Las mujeres, los niños o
jóvenes y algunos hombres sólo representaban fracciones de aquel
patrón según edad y estado. Todo cómputo por piezas proporciona,
en consecuencia, una medida por debajo del número real de personas.
El punto más alto de los embarques autorizados por la corona
española se registró en el último lustro del siglo xvi (26.100 escla
vos). El negocio permaneció arañando ese tope durante el cuarto
de siglo siguiente, hasta que la adversa coyuntura económica mundial
lo sumió en un profundo letargo. De 1641 a 1650 incluso se sus
pendió oficialmente la trata. En la época de mayor actividad pasaron
a Hispanoamérica un promedio de 3.500 piezas anuales de acuerdo
con los asientos suscritos.
No es fácil estimar a partir de las cifras parciales de que se dis
pone el número de africanos que vinieron al Nuevo Mundo desde
las primeras navegaciones hasta el momento de la crisis mundial de
mediados del siglo xvn. Las licencias y asientos hallados y estudiados
por Chaunu indican que la corona castellana autorizó entre 1551
y 1640 la extracción de 170.000 piezas de Africa, de las cuales
unas 100.000 fueron concedidas durante los cuatro primeros dece
nios del siglo xvn. A la llegada quedaban reducidas esas cantidades
por la alta mortalidad ocurrida durante el viaje. Cualquiera de estas
cifras no representa, sin embargo, sino una fracción del volumen
total, pues no incluye los esclavos embarcados burlando las limita
ciones legales, los ingresados antes de 1551, que sumarían unas dos
o tres decenas de millar, más aquellos vendidos en Brasil a partir
de 1538. Estos, probablemente, fueron muchos más que los lle
vados en ese tiempo a los dominios de Castilla. Suponiendo con
Curtin (1969) que la América española recibió unos 75.000 esclavos
durante el siglo xvi, cifra baja, y Brasil unos 100.000 sólo en la
segunda mitad de esa centuria, más los 125.000 y los 200.000 que
una y otra admitieron de 1600 a 1650, resultaría, pues, que alre
dedor de medio millón de personas habría cruzado el Atlántico desde
Africa en la centuria y media posterior al descubrimiento.
Los africanos inmigrados contra su voluntad fueron, por consi
guiente, bastante más que los ibéricos, que lo hicieron motu propio
Téngase en cuenta que la cifra de los primeros es neta, por falta de
retornos, mientras que las de los peninsulares es bruta, ya que omite
los regresos, por cierto, nada insólitos.
No obstante el mayor volumen, a la larga los negros dejaron
menor huella en la composición étnica de América que los blancos.
Los esclavos se reprodujeron mal debido a la distribución desigual
de los sexos en cada cargamento. Disposiciones reales, tendentes a
corregir el desequilibrio, exigieron en algún momento posterior que
cada barco cargara un tercio de mujeres. Aun de haberse cumplido
la ley, los sexos no hubieran estado emparejados. A la falta de vien
tres se sumó, además, la mortalidad elevada, motivada por las pé
simas condiciones de salubridad, nutrición y trabajo que la esclavitud
acarreaba. Las circunstancias adversas para la reproducción no impi
dieron, sin embargo, que el negro contribuyera a la mezcla de razas.
La unión del blanco con la negra produjo el mulato; del cruce del
negro con la india resultó el zambo.
En cuanto a las consecuencias que la punción humana tuvo en
Africa, las estrictamente demográficas no debieron revestir gravedad
hasta el siglo x v i i i . Un par de millares de personas por año no
pudo representar hasta entonces una amenaza seria para el equilibrio
de un continente de un centenar de millones de habitantes, afligido,
por lo demás, por las calamidades intermitentes consabidas. Ni si
quiera pudo serlo para la franja más reducida de las costas occidenta
les, sobre las que incidió de manera más directa la trata. Los daños,
sin duda profundos, fueron más bien sociales y morales.
Al conquistarse las Filipinas se abrió una tercera fuente de
inmigración para América. Este flujo no fue más voluntario que
el de los africanos. A partir de 1565, fecha del viaje de Legazpi,
que estableció por siglos una vinculación permanente entre el archi
piélago y Nueva España — pues las Filipinas dependieron en lo
administrativo de ese virreinato y no de la metrópoli— , Acapulco
asistió a la llegada por el Poniente de algunos miles de esclavos
filipinos, pero también de chinos, japoneses e incluso de indios orien
tales. La unión de las monarquías castellana y portuguesa, ocurrida
en 1581 por extinción de la dinastía lusitana, favoreció la entrada
de los últimos.
La mayoría de los asiáticos permaneció, como es natural, en
México (Aguirre Beltrán, 1972), pero algunos fueron remitidos al
Perú, entre la servidumbre de magnates o de alguna otra forma. El
padrón de Lima de 1613 señala la presencia en la ciudad de 114 per
sonas de tal origen: 38 eran chinos o filipinos, 20 japoneses, y los
56 restantes de la «India de Portugal», categoría que comprende a
varios malayos y un camboyano (N. D. Cook, 1968). En su mayor
parte se trata de artífices o de sirvientes adultos. Los asiáticos nunca
fueron muchos en Indias, y la prohibición de la trata de orientales,
dispuesta en 1597 por Felipe II, agostó pronto el abastecimiento
legal. El contrabando surtió luego al hemisferio de esta preciada
mano de obra en cantidades insignificantes.
3. Pueblos y ciudades de las dos naciones
Congregados los teólogos de la provincia mexicana de la Orden
de San Francisco, declararon que en 1594 «esta República de la
Nueva España consiste en dos naciones, la Española y la de los In
dios». Un siglo después de los descubrimientos habíanse, pues, ado
sado, mas no integrado, dos comunidades sometidas a poderes únicos
en lo espiritual y en lo temporal.
Los franciscanos subrayaban adrede la dualidad en el dictamen
que emitieron en esa ocasión acerca de los repartimientos de nativos
a españoles. Con toda razón argüían que no se desprendía de la mera
yuxtaposición que un grupo tuviera que dominar al otro, y, por ende,
rechazaban encomiendas y repartimientos. De la sociedad de los
indígenas precisaron que «es natural, que están en su propia tierra»,
mientras que de la otra dijeron: «la Nación de los Españoles es
advenediza que ha venido a seguir su suerte en estos Reinos y de
todos lo que de ellos se multiplican de padre y madre españoles, que
ni de oficio ni de voluntad pertenece a la República de los indios»
(Galaviz de Capdevielle, 1967).
En la práctica, ambos sectores no vivían de espaldas uno del otro.
Los españoles sometían y explotaban a los aborígenes. Por otro lado,
no había segregación estricta. Si sólo de vez en cuando algún que
otro peninsular aparecía asimilado a la vida indígena en los pueblos
de indios, o, las más de las veces, se instalaba allí en calidad de
funcionario real o de sacerdote, la presencia de naturales en las
ciudades hispanas no fue, en cambio, extraña, y sí necesaria. Remo
deladas éstas con traza rectilínea, en forma de damero, a la usanza
renacentista, encima del solar de alguna urbe precolombina, sus
primitivos habitantes fueron desalojados del centro, pero permane
cieron en los arrabales, agrupados en sus desordenados barrios, cer
cados o rancherías. Toda ciudad de españoles requirió siempre una
capa numerosa de indios de servicio. Ya hemos señalado, por otra
parte, la temprana aparición del mestizaje, prueba del trato asiduo
entre las razas.
La distinción hecha por los franciscanos, siguiendo, por cierto,
ideas profusamente difundidas en la literatura de la época, corres
pondía a una realidad perceptible. Los naturales acostumbraban a
vivir aparte en sus propias comunidades. Se regían allí por sus
propias autoridades y normas, aunque los patrones castellanos pe
netraban cada vez más sus instituciones. Los españoles solían residir
en sus pueblos y capitales, sólo por temporadas en sus tierras.
Unida la pérdida de los grandes centros políticos y ceremoniales
al derrumbe demográfico, los aborígenes que residían en ciudades
a comienzos del período colonial fueron menos que antes, en térmi
nos absolutos: en este sentido, la sociedad indígena se desurbanizó.
Sería, empero, temerario concluir que la conquista tuvo un sello rural
o que alentó la dispersión. No era ésta la inclinación natural de los
españoles, quienes gustaban de vivir en ciudades. Tampoco la colo
nización tendía a que los aborígenes se diseminaran. Al contrario,
la dinámica de la dominación obligaba a la corona y al clero a prefe
rir mantenerlos agrupados. La propia evolución social y económica
levantaba bretes que conducían a los nativos en esa dirección.
Contra lo que pudiera parecer de primera intención, los actuales
pueblos indígenas pocas veces están situados en el lugar que ocupa
ban antes de la llegada de Colón. No es la movilidad del período
independiente o contemporáneo la que ha provocado el abandono de
los emplazamientos originarios, sino que aconteció mucho antes. Nada
hay en los siglos recientes comparable con el revoltijo de hombres,
instituciones e ideas ocurrido durante los primeros tiempos de la
dominación española. El sojuzgamiento suscitó desplazamientos, ex
trañamientos a tierras lejanas y movimientos masivos de concentra
ción. Muchos aborígenes dejaron sus primitivas aldeas para residir
en pueblos construidos para ellos, de nueva planta.
El abandono de sitios habitados por generaciones se debió, en
gran parte también, a la elevada mortalidad de la época. Mutilada
la vida del lugar de la manera profunda como hemos expuesto,
los sobrevivientes mal estaban en condición de reanudar por su
solo esfuerzo la actividad económica. El aporte aunado de otros
grupos, víctimas de iguales desdichas, multiplicarían, en cambio, las
energías colectivas con que cabría reconstruir una comunidad. De esta
forma ocurrieron algunos reagrupamientos.
Avanzado luego el proceso de desarticulación de la sociedad indí
gena, los terratenientes españoles juntaron por conveniencia los nú
cleos restantes. Incluso contribuyeron con sus propios medios a la
fundación de pueblos nuevos. En la operación ganaban, en efecto,
a dos puntas. Por un lado, conseguían instalar cerca de su hacienda
una reserva de mano de obra; por el otro, el desplazamiento dejaba
vacas tierras codiciadas para redondear sus dominios.
Si las circunstancias económicas y sociales suscitaban soluciones
que contrarrestan la disgregación de los naturales, los religiosos ha
bían adoptado antes una política de orientación similar, aunque de
intención opuesta. Las órdenes buscaban evangelizarlos y, una vez
convertidos, deseaban dotar a sus comunidades de instituciones equi
parables a las castellanas, que les aseguraran una existencia indepen
diente, sustraída de las asechanzas de los colonizadores. A estos fines
convenía también que vivieran reunidos bajo la conducción paternal
de los frailes. Para albergue de la congregación fueron construidos
muchos pueblos, en los que hasta la traza y el estilo arquitectónico,
típicamente hispanos, estaban al servicio de aquel ensayo de asimi
lación. Podadas las raíces que ataban al indio con los ritos locales,
la prédica del nuevo credo resultó más eficaz en el nuevo empla
zamiento.
Las autoridades persiguieron, por su parte, la concentración en
interés de la paz impuesta. Los naturales permanecerían así mejor
vigilados, y la Hacienda real se beneficiaría por facilitarse la recau
dación fiscal. En los autos sobre cobranza de tributos a los tzeltales
de Chiapas se decía: «para que los indios mejor y más cómodamente
puedan ser adoctrinados y mantenidos en justicia y vivir en policía
cristiana y comercio de hombres de razón, se ha deseado y procurado
que fuesen reducidos a poblaciones, pues estando como solían divi
didos por los campos no se podía tener con ellos la cuenta y cuidado
que convenía» (Reyes García, 1962). El propio monarca no era
indiferente a las tierras que quedaban vacantes de esta manera. Entra
ban así a su disposición extensos despoblados sobre los cuales podía
conceder pródigas mercedes en favor de los colonizadores leales.
La primera expresión legal de la política de concentración se
encuentra en las Leyes de Burgos de 1512. Carlos V la prosiguió
recomendando evitar toda violencia. Su disposición quedó incorporada
a la Recopilación de Leyes de Indias con el título III del libro VI
Cupo luego al virrey Toledo llevar esa política a cabo, en gran es
cala, en Perú, tal como indicamos antes. México fue, en cambio, más
remiso en el cumplimiento de las disposiciones reales. Disconforme
Felipe II con la lentitud que el proceso llevaba allí, decretó taxati
vamente la congregación forzosa en 1591. Reunidos todos los ante
cedentes durante el gobierno de Monterrey, la efectuó, finalmente, el
virrey Montesclaros, 1603-1605. Cline (1949) ha estimado que la
medida afectó a casi un cuarto de millón de personas en Nueva
España; la mayor parte fue juntada en pueblos de entre 400 y
500 tributarios o más, lo que equivale a núcleos de entre 1.000
y 3.000 habitantes, cifras cercanas a las correspondientes del Alto
Perú. En Nueva Granada, el visitador Luis Henríquez resolvió
en 1602 una drástica concentración de indígenas en doctrinas de
300 a 400 tributarios, pero la resistencia local condenó este experi
mentó al fracaso (Colmenares, 1970). La congregación forzada sus
citó oposición general, tanto de los afectados como de los propios
encomenderos por las perturbaciones económicas ocasionadas.
Es natural que los españoles prefirieran habitar en ciudades. Aun
cuando solían ser de extracción campesina, el legado cultural de)
país de origen estaba muy impregnado de elementos urbanos. Ade-
más, si los pocos miles de hombres venidos a Indias se hubieran
dispersado por el continente, habrían quedado tenuamente diluidos
V, a la postre, habrían sido absorbidos por la sociedad aborigen.
Para conservar su identidad necesitaban permanecer agrupados. En
igual sentido operaba el deseo de compartir el poder, el idioma, los
gustos y el ocio con gente de su propio linaje. Por eso, aunque la
atención de sus intereses los retuviera parte del año aislados en sus
tierras, procuraron tener casa abierta en la capital o en los pueblos
cercanos, según se tratara de poderosos latifundistas o de hacendados
menores. Allí acudían a residir cuantas veces las circunstancias se
lo permitían. El gusto por la ciudad fue tan fuerte que, cuando la
posesión de sus dominios estuvo plenamente asegurada y pudieron
desatender su cuidado, cundió el ausentismo. Por último, si la incli
nación no bastaba, las propias autoridades obligaron a los españoles
a conservar sus nexos. Así, en el norte de México, quienes vivían
en sus estancias tuvieron por ordenanza que adquirir casa en la villa
y ocuparla, cuando menos, durante las principales festividades del año.
La primera etapa de la evolución urbana de la América española
comienza en los años inciertos de fundaciones precarias en las islas
y costas circundantes del Caribe, al azar de los descubrimientos
(Hardoy, 1969). De éstas, una de las pocas ciudades que ha perdu
rado hasta nuestros días es Santo Domingo, por un tiempo cabecera
de las Indias.
La situación fluida, impuesta tanto por la natural impericia de
los colonizadores en tierras extrañas como por las condiciones de una
expansión a lo largo de un litoral marítimo habitado por poblaciones
apenas sedentarias, acabó cuando Hernán Cortés ascendió al Anáhuac.
La entrada a México terminó con la interinidad, pues suponía un
compromiso muy firme que el propio Cortés presintió cuando quemó
las naves. No había lugar ya para tanteos o experimentos. Simple
mente había que marchar derecho a tomar ciudades, algunas porten
tosas, levantadas por civilizaciones altamente urbanizadas. La domi
nación permanente de los centros políticos y religiosos se imponía
para aprovechar el valor simbólico que la suplantación alcanzaba en
la mente de los indios. Entonces fue cuando se erigieron, encima o
a la vera de la urbe indígena, las nuevas ciudades españolas. Los
ejemplos de México y Trujillo caracterizan una y otra solución. La
segunda se alzó a orillas de la antigua Chan Chan, en el norte del
Perú; la primera, sobre los escombros de la capital azteca.
Una vez en poder de los puntos claves, ¡a expansión ulterior
exigió que se estableciera un segundo tipo de centros, donde nunca
antes se había alzado asiento indígena alguno. Estos puntos rara vez
pasaron de virtuales campamentos, sin distribución compacta, sujetos
M apa núm. 1
Centros urbanos españoles según Vázquez de Espinosa, c. 1620
a los vaivenes de la colonización. Sólo ostentaron, en verdad, los
blasones de ciudad por un gesto generoso y previsor de los monarcas.
Asunción, del Paraguay, puede tipificar el caso.
En tercer término, surgieron algunos puertos, cuya función no
era dominar una zona habitada, sino conectar regiones determinadas
con las restantes partes del sistema imperial. Así, Veracruz en Mé
xico, Nombre de Dios y Panamá en ambos extremos del istmo,
Callao, y más tarde Buenos Aires, en el virreinato del Perú, cre
cieron merced al comercio ínterregional o al de las Indias con la
metrópoli.
En el momento en que López de Velasco escribió su Geografía
y descripción universal de las Indias, la red de ciudades españolas
se hallaba constituida. Desde entonces hasta la fecha en que Vázquez
de Espinosa ordenó sus notas poco varió, no obstante fundaciones
complementarias o la incorporación de áreas marginales. Tampoco
su fisonomía cambió sensiblemente, al revés, por la ruina o desapa
rición de algunos centros. El medio siglo que separa a ambos autores
fue un período de florecimiento y consolidación urbanos. Su rasgo
sobresaliente, un acrecentamiento general, dentro del cual un ligero
movimiento de báscula favoreció al Perú. En Mesoamérica y el
Caribe sólo los puertos de atraque de las flotas de la carrera de
Indias, recién inaugurada precisamente cuando López de Velasco
escribía, prosperaron de manera vertiginosa, en tanto que el resto
languidecía.
El promedio de vecinos en los núcleos para los cuales la G eo
grafía consigna datos fue, en 1574, de 121, incluidas las dos grandes
capitales virreinales. Aun sumando una capa generosa, compuesta
por «la chusma de gente de servicio, indios yanaconas, negros y
mulatos», o simplemente de personas sin la calidad de vecinos,
esta cantidad es inferior a la mínima que los censos actuales admiten
como población urbana. Apenas eran algo más que una aldea. El
criterio cuantitativo no cuadra empero en este caso, pues las funcio
nes políticas, administrativas, económicas y religiosas que cumplían
aquellos centros indican su clara vocación ciudadana (Hardoy y
Aranovich, 1970).
Más adelante la reserva que acabamos de apuntar se justifica
menos. El tamaño promedio pasa a ser el de un pueblo de unos
3.000 habitantes, estadísticamente aceptado ya como núcleo urbano.
En el repertorio de 1628, la suma de ciudades asciende a 331, un
centenar más que en 1574, aunque la cantidad de la que se disponen
datos de población disminuye de 191 a 165. El número medio de
vecinos de estos 165 lugares fue de 470, casi cuatro veces más.
Las regiones más urbanizadas en 1625 son las mismas que medio
siglo antes, aquellas en que precisamente se alzaban las capitales
virreinales. México, la ciudad más populosa del continente, tenia
según Vázquez de Espinosa, 15.000 vecinos, que, por lo menos,
equivalían a 90.000 españoles y su servidumbre, sin contar los indios
que residían por su cuenta. Esta aglomeración es comparable con las
mayores de Europa entonces. Lima arañaba los 10.000 vecinos.
Entre 1574 y 1625, la Audiencia de México sextuplicó el tamaño
promedio de sus pueblos y ciudades, mientras que la de Lima m
siquiera lo triplicó. Contra toda apariencia, el mayor acrecentamiento
de México no prueba mayor dinamismo. Cerrados los horizontes
por el Norte y palpable ia decadencia de Guatemala por el Su»
— sin nuevas fundaciones ni aumento de población— , no cabía es
lardonar de energías. Más bien replegábase sobre sí mismo. Perú
en cambio, se abría hacia las «fronteras» del Alto Perú, el Rio de
la Plata y Quito, adonde escapaban muchos audaces que seguías
prefiriendo el espejismo de una aventura, todavía posible, a la pl*
cidez provinciana de la costa ya dominada. Los crecimientos mas
espectaculares tuvieron lugar, en efecto, en Quito, donde el numero
de centros poblados aumentó en un 50 por 100, de 16 a 24, y e!
tamaño de las poblaciones se multiplicó por ocho. En la Audiencia
de Charcas, que abarcaba las serranías y mesetas del Alto Perú i
los llanos dilatados del Río de la Plata, el número de centros paso
de 12 a 40 y sus dimensiones quintuplicaron.
Ciudad por ciudad, los cambios mayores ocurrieron en los puerto*
en los centros mineros, en particular del Alto Perú, y luego en ¡a»
capitales administrativas. De todas las urbes indianas, La Habana
experimentó el alza más notable. De unos 60 vecinos que le atn
huía López de Velasco, pasó a lucir 1.200 medio siglo después
desplazando a Santo Domingo de la primacía que hasta entonen
había ostentado en el área del Caribe. Los galeones, fondeados du
rante la primavera en su bahía a la espera de que se congregar»
la flota que pondría proa hacia Sevilla a comienzos de verano, cnrv
quecían con largueza a la nueva capital de la isla de Cuba. Al !!»
mado de esta bonanza no dejaron de acudir nuevos moradores. C*r
tagena de Indias fue otro punto estratégico en la carrera por m*r
que unía regularmente a España con sus colonias. De unos 250 veo
nos pasó pronto a 1.500, seis veces más. Los demás extremos de
la tradicional ruta marítima, o duplicaron modestamente su pobs*
ción, como aconteció con Veracruz, o fueron erigidos entonen
como Portobelo, que sustituyó en 1596 al ruinoso atracadero át
Nombre de Dios. En el Pacífico, aparte de Acapulco, de modnrw
dimensiones y fundación tardía con motivo del despacho del giíeóe.
anual a Manila, el único puerto en que se registró un auge notable
tue Guayaquil. Unica salida al mar de la Audiencia de Quito, cua
druplicó su vecindario al amparo de las crecidas exportaciones del
cacao recolectado en las haciendas costeras y de los paños trabajados
en los obrajes serranos.
En el Alto Perú, Potosí, centro minero, pasó de 400 vecinos a
tener medio siglo después 4.000, según Vázquez de Espinosa, cifra
moderada comparada con la que arrojó el supuesto padrón levantado
por el presidente Bejarano a instancias del virrey marqués de Mon-
tesclaros. En 1611, aquel funcionario halló allí, al parecer, una
población de estirpe europea triple a la que indica el fraile car
melita, más 66.000 indios de toda suerte y 6.000 negros y mula
tos. El total asciende nada menos que a 150.000 habitantes. Aun
contentándonos con los modestos 4.000 vecinos consignados en la
Descripción de las Indias, Potosí llegaba a sobresalir como la ter
cera ciudad del continente, detrás sólo de México y Lima. La fas
tuosa arquitectura de aquel siglo preserva aún en la ciudad provin
ciana actual la majestad de la otrora «Villa Imperial». En cuanto
i La Plata, aumentó de 100 a 1.100 vecinos, desplazando a Asunción
del segundo rango entre las ciudades de la Audiencia de Charcas.
El caso más sorprendente fue, empero, el de Oruro. Erigida la villa
de San Felipe solemnemente en noviembre de 1606 al pie del yaci
miento argentífero descubierto pocos años antes, un verdadero alud
t humano la llevó a lucir en seguida un millar de vecinos y a ocupar
el tercer puesto en la Audiencia.
Nuevos pueblos mineros salpicaron con su presencia el mapa de
otras regiones de América. En la Audiencia de Guadalajara, al
noroeste de México, se fundaron Cuencamé, Fresnillo, Saltillo y
Mapimí. La antigua Zacatecas triplicó su población, alcanzando los
1.000 vecinos. En la Audiencia de Bogotá, 300 nuevos vecinos se
juntaron en Zaragoza, atraídos por las minas de oro. Ninguno de
estos últimos acrecentamientos tuvo, sin embargo, la envergadura
de los registrados en el Alto Perú.
Entre las capitales administrativas, México y Lima, sedes de los
gobiernos virreinales, quintuplicaron su población. En las Audiencias
más septentrionales, se multiplicaron por 13 los habitantes de Va-
lladolid y Durango, por 10 los de Tlaxcala y por seis los de Mérida
Je Yucatán y Puebla. En el hemisferio sur, Quito hizo otro tanto
por siete, Caracas por más de cinco y Cuzco, entre las viejas ciuda
des, por cuatro.
Casos de decrecimiento hubo pocos, todos ellos a consecuencia
de una crisis económica local, sobre todo en zonas de monoproduc-
aón, o por causas naturales, como son, por ejemplo, los movimientos
sísmicos o las erupciones volcánicas. De algunas villas o reales de
minas perdidos por el rumbo norte de la Nueva España, la Nueva
Galicia y la Nueva Vizcaya, la gente se marchó en busca de filones
más ricos. Guanajuato perdió a la sazón la mitad de sus vecinos.
En Centroamérica, San Miguel y Sonsonate, en la actual República
de El Salvador, fueron destruidos por terremotos e incendios. Luego
no pudieron levantar cabeza, pues los mercados, que antes consu
mían el cacao guatemalteco, habían sido conquistados entre tanto
por el producto traído de Guayaquil. En Perú, Huánuco y Arequipa
mermaron, la última por culpa de las erupciones de 1582 y 1600.
El mismo motivo obligó en 1609 a trasladar de sitio a la ciudad de
León, de Nicaragua. En Chile hubo hasta abandono de ciudades. La
sublevación araucana condenó a la evacuación a las villas del Sur,
más allá del río Bio-Bio. Este percance restó empuje a las demás
de la Audiencia.
La evolución de las ciudades portuguesas del Nuevo Mundo es
peor conocida. Sus inicios fueron más modestos. No se olvide que
entre el comienzo de la conquista castellana y la lusitana median
cuatro lustros. Cuando los españoles se habían apoderado de las
metrópolis indígenas y las habían reacondicionado ya, los portu
gueses apenas instalaban sus precarios establecimientos entre las tri
bus de las playas o bahías atlánticas. Al desfase cronológico se añadía
así la falta de hombres y riquezas, que abundaban entre aztecas e
incas. Los centros poblados de Olinda, Ilheus, Espíritu Santo, Río
de Janeiro o Sao Paulo, enclaves militares o agrícolas, competían
mal en rango con las ciudades españolas. Bahía, capital económica
regional y sede de la administración colonial, apenas contaba a fines
del siglo xvi con 800 vecinos y varios miles de negros e indios bauti
zados (Azevedo, 1955). Comparada con otras localidades de Amé
rica, se situaba en un modesto segundo término. Luego, la domina
ción temporal de los holandeses sobre el Nordeste legó un Recife
de configuración más ordenada que la que habían tenido hasta enton
ces los núcleos brasileños. Su población era también mayor que la
de la capital. De esta manera se iniciaba la característica inestabi
lidad de la red urbana, tan propia de la historia del país. A diferencia
de la ciudad hispana, el trazo de la portuguesa fue, en América,
más espontáneo e irregular. Se supeditaba de mejor grado a las exi
gencias topográficas que no al esquema racionalizante en damero
(R. C. Smith, 1955).
No obstante augurios inquietantes, las ciudades siguieron cre
ciendo durante el siglo xvti. El desplome de la masa indígena llegó
a alarmarlas, pero no a trabar su progreso. El repliegue económico
producido de 1620 en adelante, en vez de provocar el desbande,
en general las favoreció. Como las actividades agropecuarias y mine
ras habían dejado de ofrecer buenas perspectivas económicas, mu
chos prefirieron las rentas y los empleos seguros que brindaba la
administración. La venalidad de los oficios puso a disposición de
sus fortunas cargos públicos que habían de desempeñar, naturalmente,
en las capitales. El fenómeno reproduce, a este lado del Atlántico,
lo que a la sazón experimentó Europa, víctima de crisis semejante.
En lugar de desaparecer, los centros que florecieron por impulso
de la prosperidad del siglo xvi se consolidaron. La gente huía del
campo a la urbe, más acogedora en tiempos de calamidades.
Capítulo 4
EL NUEVO DERROTERO
Del segundo tercio del siglo xvn al primero de nuestra centuria,
se extiende un largo período de la historia de la población latino
americana. Recubre bajo un mismo manto épocas hasta de signo
político y económico opuesto: comprende a la vez un par de siglos
de vida colonial y el primero de la independiente. Más de uno se
sorprenderá que brinquemos por encima de los límites de la periodi-
zación histórica consagrada. Es que el compás de la estructura de
mográfica se mueve con mayor lentitud que el de la economía y
la política, siempre agitadas. Además, la marcha firme pero mesurada
de la población durante este período contrasta tanto con el desmoro
namiento propio de la fase de la conquista como con vértigo de la
actual explosión humana.
El aumento experimentado de la segunda mitad del siglo xvm
a los comienzos del xx fue superior al de cualquier región del mun
do, con excepción de Norteamérica. De acuerdo con estimaciones de
Durand (1967a), América central y meridional crecieron a una tasa
anual promedio de 0,8 por 100 entre 1750 y 1800, de 0,9 entre 1800
y 1850, de 1,3 entre 1850 y 1900 y, por último, de 1,6 entre
1900 y 1950. Europa occidental y central registraron, por su lado,
0,4, 0,6, 0,7 y 0,6 en los mismos lapsos. América latina se expandió,
por consiguiente, más rápido que Europa, no obstante haberse ve
nido abajo entonces los diques que contenían la expansión del Viejo
Mundo.
Destacar la unidad del período no quita de discernir dentro de
él posibles etapas. Tres son las que distinguiremos principalmente:
una primera, de estabilización, durante la cual la población indígena,
mal que bien, se repuso lentamente del profundo caos en que se
había hundido durante la conquista; esta etapa prepara la expansión
general que se verificó durante la segunda mitad deí siglo xvm y
comienzos del xix; durante la tercera la demografía colonial perdura
corroída por fuerzas que preanuncian la situación inédita que esta
mos viviendo.
La discrepancia entre la primera y la segunda es, sobre todo, de
orden cuantitativo. De un crecimiento pausado se pasa a otro, por
lo general, rápido. En el orden étnico, las fases de estabilización y
expansión actuaron de crisol de los tres troncos humanos que la
conquista juntó: el indio, el ibérico y el africano. Durante la tercera
época el continente se abrió en vez a nuevos aportes destinados a
producir una aleación todavía más rica.
Sin desmedro de la unidad que concebimos, hemos preferido divi
dir la exposición en dos capítulos. El primero sigue el curso de la
estabilización y de la expansión a lo largo de más de dos centurias.
El segundo, más corto, se reduce a poco más de tres cuartos de siglo,
de mediados del xix -n adelante. Las fechas son, adrede, vagas.
1. La estabilización
Los grandes frescos al estilo de los de López de Velasco y Váz
quez de Espinosa no tuvieron continuadores durante el periodo si
guiente más opaco en todos los órdenes, y que Simpson llama con
acierto «el siglo olvidado». Por otra parte los documentos de base
apenas empiezan a ser descifrados.
Las liquidaciones del medio real de tributo que los indios de las
alcaldías mayores o corregimientos pagaban anualmente para la fá
brica de las catedrales dieron pie para que Miranda (1963) calculara
el incremento registrado en los obispados de México, Puebla y Mi-
choacán entre mediados y fines del siglo xvn. Los datos excluyen,
como es obvio, cuantos indios de tributo lograron eludir el recuento,
evasión que el autor cifró en una quinta parte del total. En los tres
lugares se produjo una subida general del 28 por 100, que se desagre
ga en un 32 para México, un 19 para Puebla y un 53 para Mi-
choacán. A razón de cinco personas por cada indio adulto inscrito
más los evadidos, los 170.476 tributarios de fines de siglo corres
ponderían a un millón de naturales. Esta es la misma cantidad que
Borah atribuyó no a las tres circunscripciones, sino a la totalidad
de México en 1605.
La distinta intensidad del crecimiento de las tres regiones da
idea de desplazamientos humanos hacia zonas de atracción. El Bajío,
donde los nómadas chichimecas habían acampado hasta entonces a
sus anchas, fue ocupado por indios sedentarios, venidos por sus
propios medios de las zonas más perturbadas por la ocupación espa
ñola. En casi medio siglo, de 1644 a 1 0 2 , el área de Celaya, Acám
baro, Jilotepec, Querétaro, Orizaba y Huatusco aumentó de 2.000
a 9.000 tributarios, multiplicando, pues, sus primitivos habitantes
cuatro veces y media. El número de pueblos elevados al rango de
cabecera, o la aparición de nuevos por fundación o por desmembra
miento de núcleos anteriores, confirma la migración.
Esta investigación fue seguida por otras de Gibson (1964), del
propio Miranda (1966) y de Cook y Borah (1968 y 1971). El pri
mero estudió los aztecas del valle de México; Miranda, los otomíes
del distrito de Ixmiquilpán; Cook y Borah, la Mixteca Alta, en 1968,
V , recientemente, el Noroeste, región que comprende Nueva Gali
cia y partes adyacentes de Nueva España, o sea los estados actuales
de Jalisco, Nayarit, Colima y Aguascalientes. La tendencia que estos
trabajos descubren es la misma. Limitándonos a los lugares siguientes
de la lista dada por Gibson — Chalco, Citlatepec, Coyoacán, Cuauh-
titlán, Ecatepec, Mexicalzingo, Otumba, Tacuba, Texcoco y Xochi-
milco— , resulta que el número de tributarios pasó allí de 15.028
a 27.767 entre 1644 y 1742. La variación equivale a una tasa de
crecimiento anual de un 6 por 1.000 a lo largo de casi un siglo.
Expresado en habitantes, el aumento podría haber sido mayor, pues
es de sospechar que el coeficiente aplicable a los tributarios habría
subido. En Ixmiquilpán, la tasa ascendió, por otra parte, al 10 por
mil entre 1643 y 1746, y a un 12 por 1.000 entre los naturales de
Nueva Galicia entre 1644 y 1760. Cualquiera de estos ejemplos
corresponde a una población rural ya en vías de recuperación.
Nuevo indicio de que la masa indígena de México se había esta
bilizado, o comenzaba a incrementarse, viene dado por el volumen
de bautismos impartidos. Los libros de las parroquias de San Juan
Evangelista Acatzingo (Puebla), Santa Inés Zacatelco (Tlaxcala), San
José de Tula (Hidalgo) y las cinco de Cholula han sido estudiados
recientemente por Calvo (1972), Morin (1972b y 1973), Lebrun, y
Malvido (1973). En el gráfico núm. 3 se representa, en forma de
media móvil quinquenal, la variación habida entre 1650 y 1810
en las tres primeras parroquias. El rápido aumento de tales sacra
mentos durante la segunda mitad del siglo XVII y primer tercio del
G r á f ic o n ú m . 3
Bautismos en tres parroquias de México central, 1650-1810
Cortesía de C. Morin
siguiente es notorio. Aun si parte de él se debiera a perfecciona
miento del registro, el contraste es evidente con el derrumbe anterior.
En Perú la clase de los indígenas siguió mermando durante este
tiempo. La hemorragia inquietó a las autoridades coloniales. Al orde
nar nueva numeración en 1683, el virrey duque de la Palata dejó
escrito en un bando: «De muchos años a esta parte se ha reconocido
la despoblación grande a que han llegado todos los pueblos de estas
dilatadas provincias del Perú y los graves inconvenientes que se van
continuando de no aplicarse el remedio a tan universal ruina, pues
no puede conservarse el reino con sólo las principales ciudades, si
todo el resto de sus miembros se enflaquece y despuebla como se va
sucediendo.» El duque achacaba este fenómeno a «la facilidad con
que los naturales mudan sus domicilios retirándose a las ciudades
y escondiéndose a donde nunca les alcance la noticia de sus caci
ques y gobernadores... para librarse por este medio de la obligación
del vasallaje en la paga de tributos». No faltaba razón al represen
tante del monarca español en Lima. La evasión física tenía, las más
de las veces, un motivo fiscal. Los indios desaparecían entre ásperos
cerros, en las tribus insumisas o en las callejuelas de los barrios peri
féricos de las ciudades, o si no, terminaban támbién alquilando sus
brazos en las haciendas distantes de sus ayllus, donde los amos es
pañoles tenían interés en ocultarlos para preservar así una mano
de obra escasa, pero barata. El cura de Limatambo, conmovido
por la suerte de su parroquia, se quejaba en 1744 en estos térmi
nos: «Por huir de tiranías tan inusitadas se me han ido familias
enteras desamparando sus casas, los unos a la montaña retirada, te
rritorio de infieles, con el peligro de apostar Nuestra Santa Fe...
V los demás a distintos lugares donde vivir con el consuelo de hijos
de Dios» (Colin, 1966).
El revoltijo fue, sin duda, grande, y los rastros de quienes partían
se desdibujaban en la multitud de senderos que se les ofrecían. Los
naturales se perdían de la vista de caciques y empadronadores, pero,
en definitiva, preservaban sus vidas, y con ellas, la posibilidad de
una sucesión. Desde un punto de vista demográfico, la huida, el
aislamiento, no favorecían la reproducción en la manera en que se
habría dado dentro de una comunidad estable.
Mientras las comunidades aborígenes se achicaban o las antiguas
encomiendas se liquidaban, el indio resurgía de tanto en tanto en
calidad de «forastero». La contracción de la población originaria y
la sustitución progresiva de ésta por otras clases de indios va indi
cada en la primera sección del cuadro núm. 4.1, correspondiente al
año 1683. Los datos de esta primera parte proceden de las retasas
libradas por el mismo duque de la Palata, quien el primero ordenó
* * Para 168 > tallan datos del repartimiento de (.ayza. El aumento ha sido calculado prescindiendo de la población nume
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un recuento de forasteros a la par de los originarios. El cuadro com
prende los corregimientos del arzobispado de Charcas, con excepción
de Santa Cruz, más el de Sicasica perteneciente a la jurisdicción
eclesiástica de La Paz. Sicasica se extendía entonces también por
las yungas de Chulumani. No abarca, pues, el Alto Perú entero, pero
sí se hallan bien representados en él los dos pisos característicos
de la región: por una parte el altiplano, la puna, más las tierras
altas quebradas de Chayanta y Porco; por otra parte los valles y
sierras orientales, más las yungas del norte. La fría aridez del pri
mero cede ante un clima templado o incluso tórrido en el segundo.
Los forasteros abundaban por todas partes (columna 2), salvo en los
páramos de Atacama y, a no ser por el mineral, también en Lípez.
En las tierras altas, los forasteros eran claramente menos que en
las bajas; mientras que en las primeras rara vez superaban el 30 por
ciento del número de hombres adultos, en las segundas, más atra
yentes para los inmigrantes, la proporción solía situarse por encima
de la mitad. En Cochabamba incluso, nueve de cada diez hombres
era de afuera (columna 4).
Cara a la fracción adscrita a las comunidades en tiempos de las
reducciones o a los yanaconas, indios de la Corona o de la Iglesia
descendientes de sus homólogos del tiempo del Inca, se había cons
tituido, pues, una tercera capa compuesta por «los hijos de los indios
ya radicados en los respectivos repartimientos que -—como dirían los
visitadores del partido de Yamparaes años más tarde (1795)— debían
considerarse como unos vecinos sin tierras, descendientes de aquellos
a quienes sus primeros antiguos vecinos que son los originarios,
admitieron a vivir con ellos; sí también los que se ausentan de sus
naturalezas o repartimientos, conducidos del vicio del fraude al tri
buto o a la mita, y establecen su vecindad en otros».
Los forasteros eran a la vez desplazados recientes y la prole de
antiguos migrantes. La población advenediza transmitía su condición
de padres a hijos, de generación en generación. Su presencia denota
una práctica que venía de antigua data. Faltos de tierras en el lugar
de residencia no pagaban de hecho tributo. La reducción del número
de tributarios no siempre corresponde en esa época a contracción efec
tiva, sino tal vez a emigración.
En otras partes de América un núcleo mixto, ya sea por cruce
de sangre o aculturación, se expandía a costa del indio. En Nueva
Granada, si bien los tributarios de Tunja disminuyeron a casi la mi
tad en los ciento veinte años posteriores al relevamiento de Valcarce
(Friede, 1965), Moreno Escandón y Campuzano, en 1755 y 1778,
respectivamente, hallaron al lado de los naturales una masa de veo-
nos españoles y mestizos que rondaba o superaba la mitad de la
población. Igualmente en el Norte Chico de Chile, mientras que los
indios variaban poco en cantidad, los mestizos se multiplicaban. Más
de una vez eran reputados por tales los indios fugitivos que se reinte
graban a la sociedad colonial en calidad de inquilinos de las grandes
haciendas. En general, la dinámica de la población no cabe medirla
ya por la del grupo indígena.
Otra forma de encarar el asunto de la vitalidad sería examinar
el comportamiento de aquellas poblaciones en punto a natalidad,
edad al matrimonio y tamaño de las familias. Cook y Borah 0 9 7 4 )
han encontrado tasas elevadas de la primera en la Mixteca Alta, así
como mujeres que contraían matrimonio a baja edad en Oaxaca.
Ambas circunstancias debieron dar impulso a la reproducción. Aquí
nos contentaremos con aducir ejemplos de una modesta transforma
ción del tamaño de las familias. Proceden de las misiones jesuíticas
del Paraguay de las cuales el Archivo General de la Nación de Buenos
Aires conserva cuatro censos: los de Blázquez de Valverde, 1657;
Ibáñez de Faría, 1676; Vázquez de Agüero, 1735, y Larrazábal
en 1772, después de la expulsión de la Orden. Entre el primero
y el tercero }a población pasó de 41.508 a 73.762 indios, incre
mento apreciable. Más que gran vitalidad, el aumento, a nuestro
modo de ver, indica éxitos en la evangelización.
En 1735, la reducción de San Carlos tenía 815 familias con
3.229 individuos. Los tributarios eran allí sólo 619. La razón fami
lia-individuo era de 1 : 3,9; la de tributario de 1 : 5,2. Casi cuatro
personas componían, pues, la familia tipo, cantidad que aseguraba
el reemplazo sosegado de las generaciones. Con su ferviente defensa
de la vida familiar, los jesuítas habían estabilizado la población. Casi
ochenta años después, la misión de la Candelaria ostentaba 2.990 al
mas, 692 familias y 550 indios de tributo. La de Concepción, 5.320,
1.273 y 1.052, respectivamente. Los cocientes de familia eran en
tonces de 4,7 y 4,1; los de tributarios de 5,4 y 5. Entre 1657
y 1735, las familias habían sobrepasado ligeramente el límite de
cuatro personas, progreso ligero. La diferencia entre ambas razones
se debe a relaciones de dependencia distintas. Mientras que a costa
del jefe sólo figuraban los miembros de la familia, del tributario
dependían la pléyade de reservados por edad o invalidez, los caciques
y sus hijos, los indios de servicio de la Iglesia, etc.
En las zonas marginales de los imperios hispano y luso, en las
fronteras de Chile, los valles cordilleranos de Tucumán, los sertóes
del interior del Brasil, la floresta amazónica, o también en los llanos
de Venezuela y las planicies del norte de Nueva España, todas ellas
regiones insumisas o recién ocupadas, siguió la disrupción de las co
munidades indígenas por acción de continuas correrías en busca de
hombres de servicio, llámense éstas malocas, bandeiras o congregas.
A mediados del siglo x v ii , los malocas proveían todavía de abun
dantes esclavos a los colonos de Chile. Al oriente de los Andes, en
la vecina gobernación de Tucumán, la resistencia indígena suscitó
una guerra regular a consecuencia de la cual el sustrato indígena no
cesó de menguar, seguramente, hasta el primer cuarto de la centuria
siguiente. Los dos levantamientos calchaquíes en 1630 y 1665 arrui
naron, en efecto, extensas zonas de los valles, y los vencidos fueron
condenados al extrañamiento. Parcialidades enteras fueron trasplan
tadas a las zonas cercanas de Catamarca, La Rioja o la vertiente
oriental del Aconquija, pero otras fueron dispersadas hasta por los
confines de Buenos Aires y Santa Fe, a más de un millar de kiló
metros de sus sierras natales. De los pueblos desterrados quedan
algunos padrones, cuyo estudio revela unidades familiares ínfimas, a
partir de las cuales es ilusorio esperar un repunte rápido.
En Brasil, las entradas de los capitanes de rescate en procura
de mano de obra esclava sembraron la destrucción en las tribus abo
rígenes de los sertóes. Cientos de miles fueron los indios enlazados,
que las bandeiras arrastraban luego hacia los campos de cultivo o
a las haciendas ganaderas. Los daños provocados no se han de
medir sólo por el crecido número de «piezas» capturadas, sino por
la progresiva desintegración que el hostigamiento permanente cau
saba en la economía y en la familia de los indígenas. Los propios
jesuítas vieron amenazadas sus reducciones. La mayoría de las veces,
éstos llevaron las de perder ante la codicia de los colonos, pero otras
armaron a los naturales y con su ayuda repelieron más de un ataque
bandeirante. En contrapartida, merced a estas expediciones, Brasil
experimentó entonces una gran expansión territorial.
El descubrimiento de minas motivó las penetraciones ulteriores.
Aquella vida arriesgada, pero, en definitiva, oscura y hasta miserable,
de los mamelucos finiseculares fue sacudida de sopetón por las
nuevas de que las esperanzas de más de un siglo se habían mate
rializado. Los codiciados metales preciosos habían aparecido, al fin,
por el rumbo noreste del camino general del sertao. A diferencia de
los cerros andinos, que escondían plata, los ríos de la meseta paulista
obsequiaban con placeres auríferos. Bastaron vagos rumores para
que un tropel de toda ralea se precipitara desde todos los puntos
con las manos vacías, sin la menor precaución para sobrevivir en
tierra inhóspita. Los primeros en acudir fueron los paulistas, a quie
nes se atribuye el hallazgo. Detrás llegaron, remontando el curso
del río Sao Francisco, gentes de Bahía y Pernambuco, y hasta de
las costas de Piauí. En cuanto la sensacional noticia pasó a la metro-
poli, millares de lusitanos se disputaron lugar en la cubierta y bodega
de los barcos.
Los paulistas intentaron retener para sí el nuevo Pactólo e hi
cieron lo posible por conseguir que se vedara la entrada de extraños.
En 1701, las autoridades exigieron pasaporte para ingresar en el
distrito minero, que sólo fue concedido a personas de cierto crédito.
Las rutas de acceso desde el Norte y Este se cerraron, y únicamente
quedó habilitada la que comunicaba con la costa paulista. Todo en
vano. Se calcula que en 1709 había ya unos 30.000 hombres en el
distrito, buena parte de los cuales eran forasteros. Los hijos de la
tierra hostigaron a los supuestos usurpadores hasta provocar una
verdadera lucha armada, la guerra de los emboabas (1709), designa
ción que los paulistas aplicaban, despectivamente, tanto a los brasi
leños de las capitanías del Noroeste como a los metropolitanos. ¡Cuá
les no serían los inconvenientes que tamaña emigración ocasionó en
el propio Portugal que el gobierno de Lisboa prohibió en 1720 el
paso de regnícolas a las colonias!
Como en cualquier campamento minero, la distribución por sexo
y edad fue muy desproporcionada, la letalidad elevada y los ma
trimonios escasos, abundando las uniones libres e interraciales. El
crecimiento demográfico dependió, por lo tanto, durante mucho
tiempo, del flujo externo. De todos modos, una región mal conocida
y poco habitada vio elevarse de la noche a la mañana numerosas
aldeas y hasta centros urbanos. En menos de dos decenios Villa
Rica de Ouro Preto alcanzó más de 100.000 habitantes, cifra quizá
abultada. Lo cierto es que, por unos años, sólo cedió el paso en rango
a México y a Lima en el Nuevo Mundo. Su nombre y el de Minas
Gerais perpetúan el recuerdo de la bonanza en medio de la cual la
ciudad y la capitanía nacieron,
El único contingente foráneo que los paulistas estaban dispuestos
a aceptar eran los esclavos negros, con quienes no corrían el riesgo
de tener que compartir los beneficios de los hallazgos y que, por
el contrario, les proporcionaron fuerza muscular para lavar las arenas
o, más tarde, para zapar socavones. Según la matrícula levantada
para percepción del impuesto de capitación, los esclavos de Minas
Gerais sumaban, en el primer semestre de 1736, 98.730 y los negros
libres 1.384 (Boxer, 1969). Las cifras reales fueron algo superiores,
ya que se presume alguna evasión. Por distritos, la población esclava
se distribuía así: Mariana, la antigua Ribeiráo do Carino y obispado
de la capitanía de Minas, 26.752 Sabará, 24.284; Villa Rica, 20.904;
Río Das Mortes, 14.471; Serró Frió, 8.988, y el interior, 3.331. La
serie semestral de matrículas se extiende hasta 1749 y muestra una
tendencia ligeramente declinante.
Los yacimientos auríferos aparecieron, más adelante, bien al in
terior: primero en Cuiabá, en 1719; luego en Goiás, en 1725; y por
último en las márgenes del Guaporé, en Mato Grosso, en 1734. Su
descubrimiento provocó las carreras consabidas. El hallazgo de dia
mantes suscitó, en cambio, escasa agitación. Desde muy temprano
la corona impidió la explotación particular y monopolizó su mineraje.
El encuentro continuo de nuevos depósitos, sumado a las muertes
abundantes en el tajo, exigieron un suministro regular y abundante
de esclavos, en el cual se procuró no ocasionar detrimento a la fuer
za disponible en las plantaciones del litoral. La solución fue asegurar
un ingreso elevado de brazos serviles.
La entrada de africanos en Brasil fue crecida durante la primera
mitad del siglo xvm . Las cifras, si no exactas, parecen relativamente
seguras. De 1701 a 1760 habrían desembarcado casi un millón de
esclavos (Curtin, 1969). Por decenios, la inmigración se distribuye
de la manera siguiente: 1701-10, 153.700; 1711-20, 139.000:
1721-30, 146.300; 1731-40, 166.100; 1741-50, 185.100; y 1751-
1760, 169.400. La variación entre el máximo y el mínimo decenales
no es considerable. El promedio -—unos 16.000 anuales— representa
unas cuatro veces y media el registrado durante la segunda mitad
del siglo xvii.
Por lo que respecta a la procedencia, el sudanés, al menos al
principio, fue el preferido por su mayor resistencia. Esto no fue
óbice para que el bantú desplazara, progresivamente, al hombre de
la Costa de Mina. En 1741-50, en efecto, los negreros trajeron
130.000 angolanos contra sólo 55.000 oriundos de Guinea.
En los dominios españoles, levantada la prohibición, que rigió
de 1640 a 1651, las varias experiencias comerciales efectuadas du
rante la segunda mitad del siglo xvn no lograron dotar estas tierras
de un caudal constante de mano de obra servil. El fracaso sucesivo de
la administración directa y de los contratistas, la mudanza frecuente
de asentistas en procura de mayor rendimiento, no denotan mera
incapacidad, sino también deficiencia en la demanda. Ni siquiera la
Real Compañía Francesa del Golfo de Guinea, que arrancó en 1701
el privilegio de la introducción a favor del acercamiento de las co
ronas de España y Francia, tuvo mayor éxito. De las 600 piezas
que se comprometió a traer a Buenos Aires cada año, sólo desem
barcó un promedio de 215 (Studer, 1958). Por estas razones parece
excesiva la cifra de 163.000 africanos que Curtin (1969) estipula
como internados en Hispanoamérica de 1651 a 1700. Daría un pro
medio de 3.200, equivalente al de las mejores épocas de comienzos
de siglo.
Al firmarse las paces de Utrecht en 1713, Inglaterra logró eli
minar legalmente a sus competidores del mercado hispanoamericano.
De España obtuvo el monopolio de la trata con derecho de mantener
factores en Campeche, Veracruz, La Habana, Cartagena, Portobelo,
Panamá, Caracas y Buenos Aires. La corona británica cedió a su vez
el privilegio a la Compañía del Mar del Sur. Con la ayuda de una
empresa de la misma nacionalidad que operaba en Africa, aprovisionó
a las Indias españolas de una mano de obra cuya demanda repun
taba a la par que la economía. A los ingleses tocóles entonces el
turno de padecer el activo contrabando que franceses y holandeses
realizaban en las costas de Venezuela, principalmente. El comercio
¡lícito portugués en el Río de la Plata tuvo por sede a la colonia
del Sacramento, situada a la vista del nuevo acceso legal de las piezas
destinadas al Alto Perú y Chile, el puerto de Buenos Aires.
No obstante los abusos cometidos por los factores y las pejigue
ras interpuestas por las autoridades coloniales, el asiento duró treinta
v siete años, hasta 1750, con breves interrupciones provocadas por
los choques armados. A partir de esa fecha, España volvió al antiguo
sistema de concesiones limitadas. Curtin (1969) calcula que en
tre 1701 y 1760 entraron unos 181.000 esclavos en los dominios
de la corona castellana. Esta cantidad representó poco más de las
144.000 piezas que la Compañía del Mar del Sur prometió internar
durante los años de vigencia de su privilegio, a razón de 4.800 anua
les. El promedio del período fue de 3.000 esclavos, volumen menor
al que Curtin asigna al medio siglo precedente, cuyo signo fue de
estancamiento económico. Los números reclaman, pues, una revisión
completa.
Si el flujo de negros es susceptible de una medición que futuros
estudios de las fuentes portuguesas y españolas estarán en condicio
nes de refinar, la cuantiíicación de la entrada de europeos parece
más ardua. Los portugueses que emigraron entonces a Brasil, cuanto
más, podrían haber sido unos 200.000, o sea un quinto de los negros
entrados en los mismos sesenta primeros años del siglo x v ii . A H is
panoamérica, la única migración digna de recordar fue la de los labra
dores canarios a Cuba y Santo Domingo, o la de los pocos que acu
dieron a poblar Montevideo en 1726.
Borah (1951) estableció el progreso de las ciudades de México
comparando las obras de Diez de la Calle y O ’Crouley (cuadro nú
mero 4.2a). Entre 1646 y 1774, el número de vecinos españoles de
Durango se multiplicó 29 veces, en Puebla 13, en Valladolid 10,
en San Bartolomé y Oaxaca, punto más, punto menos, alrededor
de siete. Las demás localidades, cuanto menos, duplicaron en ciento
C uadro núm . 4.2
a) Vecinos españoles de ciudades de México
(1646-1774)
1646 1774
Ciudades
Diez de la Calle O'Crouley
Acapulco 150 8
Culiacán 80 80
Durango 120 3.500
Oaxaca 600 4.100
Parral 250 300
Puebla 1.000 13.000
San Bartolomé 40 300
Tlaxcala 200 400
Valladolid 250 2.500
Veracruz 500 1.300
Zacatecas 500 2.800
b) Vecinos o habitantes españoles de ciudades de Perú
(1628-1764)
Vecinos en 1628 Habitantes en 1761
Ciudades
Vázquez de Espinosa Bueno
Lima 9.500 54.000
Cuzco 3.500 26.000
La Paz 200 20.000
'I'rujillo 400 9.000
Piura 100 5.000
Chachapoyas 200 3.500
1luamanga 400 2.500
C amaná 70 1.500
veintiocho años. Sólo Culiacán permaneció estacionario, y Acapulco
decayó, pero son dos casos entre 11 considerados.
A imitación de Borah, hemos formado otro cuadro (núm. 4.2b¡
en el que oponemos los vecinos consignados por Vázquez de Espi
nosa con los habitantes de las pocas ciudades peruanas para las que
Cosme Bueno estipula alguna cantidad. El lapso — de 1628 a 1761—
equivale al de México. Al confrontar una columna con otra no se
olvide que la población figura anotada en cada caso de modo dife
rente. Habrá que multiplicar el número de vecinos de 1628 por el
coeficiente seis o dividir los habitantes de 1761 por la misma cifra
De cualquiera de estas operaciones, las capitales Lima y Cuzco emer
gen como sin aliento; una localidad de rango inferior, como Hua-
manga, aparece también estancada. El máximo crecimiento se registró
en La Paz, que multiplicó sus moradores por 16; Piura lo hizo
por ocho. Las tres ciudades restantes, más o menos, triplicaron sus
habitantes en cosa de un siglo.
Más nacimientos, desplazamientos masivos, mudanzas sociales,
expansión territorial, concentración urbana, migración extracontinen
tal, todos estos signos configuran una reacción demográfica, diversa
según las regiones y que frenaba una mortalidad intermitentemente
elevada. Graves crisis estallaban periódicamente. Las causas variaron
de una a otra. Unas veces se debieron a la falta de subsistencias
por malas cosechas. Florescano (1969) ha puesto de manifiesto, to
mando como indicador el precio del maíz, la secuencia de carestías
y hambrunas consiguientes que castigaron a la Nueva España du
rante el siglo x v iii . Otras veces fueron obra de brotes epidémicos
independientes, a menos que la falta de alimentos hubiera creado
precisamente un caldo de cultivo propicio a la propagación de las
enfermedades. Otros azotes en fin procedieron de allende el mar y
afectaron grandes extensiones del continente.
Las crisis no sólo provocaban un aumento brusco de las defun
ciones, sino que reducían los nacimientos y matrimonios, como de
muestra el gráfico núm. 4, que representa la variación mensual de los
hechos vitales de Zacatelco en 1692 y en 1737. A la vez que el ham
bre o la epidemia barría a los vivos, en particular a los niños, las
parejas dejaban de procrear y las bodas se postergaban.
Los registros parroquiales de la época revelan picos de mortalidad
frecuentes. (Véase más adelante gráfico núm. 6, donde el exceso
de las sepulturas sobre los bautismos va destacado en negro.) En la
ciudad de Buenos Aires, tales episodios sucedieron con distinta inten
sidad en 1642-43, 1652-53, 1670, 1675, 1687, 1694, 1700-05, 1717-
1720, 1734 y 1742 (Besio Moreno, 1939). En Valparaíso, las cimas
equivalentes se sitúan en 1687, 1694, 1706, 1713 y 1718 (Thayer
Ojeda, 1934). De todos los acontecimientos de esta índole, el más
grave parece haber sido el brote de peste bubónica que asoló el
virreinato de Perú a partir de 1717. Declarado a bordo de un barco
negrero surto en Buenos Aires, no tardó en propagarse río arriba
a las remotas misiones del Paraguay, que perdieron a la sazón una
quinta parte de los efectivos. Sin demora también se corrió a las
«provincias de arriba», desde donde descendió al Bajo Perú. En
aquella ocasión el Tribunal de la Santa Cruzada de Lima informó
puntualmente al rey de la gravedad del caso. «La universal calamidad
G rá fico núm . 4
Las crisis de 1692 y 1737 en Zacatelco. Bautismos, concepciones,
sepulturas y matri?nonios
1692 1693
Puente: Morin. 1972b.
—decía— que han padecido veinte y cinco provincias de este reino
con el estrago que ha causado una terrible peste, ha sido de las mayo
res que se han experimentado desde su descubrimiento, pues (...)
incendió los pueblos, villas y ciudades hasta dejarlos descuadernados
y yermos de sus originarios habitadores, que según las relaciones de
los Padres y Corregidores, llega al número de los muertos a cuatro
cientos mil quedando en muchos lugares solas las paredes para padrón
de la severidad con que Dios ha castigado nuestras culpas.» Refi
riéndose luego, en concreto, a la ciudad de Cuzco, el Tribunal
escribía: «en donde se cuentan sesenta mil los que han perecido,
viendo en sus calles todos los días un teatro sangriento de cadáveres
despedazados de los perros, por faltar entre los vivos valor para
darles sepultura». Una vez más, el estrato social más sujeto a padeci
miento fue el de «baja esfera y corta jerarquía, que son los sujetos
más propensos a experimentar semejante fatalidad», escribía al virrey
el protomédico de Lima y catedrático de Prima de Medicina de la
Universidad. «Los españoles — agregaba— que viven con dieta y
usan de alimentos que llamamos multe virtutis et pauce molis, en
estas regiones, ha sido de ellos raro el que ha sido infestado y pe
recido» (Colin, 1966).
Al sarampión, la peste bubónica y demás infecciones procedentes
del Viejo Mundo se sumó por entonces un mal africano que descu
brió condiciones ecológicas propicias para su difusión por las bajas
costas tropicales. El mosquito vector de la fiebre amarilla arrasó
hacia 1648 las costas de Cuba, Veracruz y Yucatán, y luego se aferró
a ellas con tal tesón que únicamente lograron erradicarlo de allí las
campañas sanitarias sistemáticas llevadas a cabo por los gobiernos
hará medio siglo. Este insecto nefasto no tardó tampoco en propa
garse hacia el Sur. En 1685 apareció ya en el nordeste brasileño, y
dos años más tarde tuvo en jaque a la ciudad de Caracas durante
dieciséis meses consecutivos. La peste da bicha, como se la conoció
en Brasil, o vómito negro, revistió carácter principalmente urbano
v atacó con preferencia a las capas altas de la sociedad, entre las que
figuraban los europeos. Un observador contemporáneo escribió: «Fue
materia digna de reflexión que de este contagio no enfermaran ne
gros, mulatos, indios ni mezclados, así en Bahía como en Pernam-
buco. Por esta causa no faltaron a los enfermos ni a los sanos quienes
les sirviesen y los atendieran en lo necesario; sin embargo, faltaban
los mantenimientos porque quienes los conducían antes querían per
der los intereses de traerlos a las ciudades que arriesgar sus propias
vidas donde estaba tan furioso el contagio» (Azevedo, 1955). Al cabo
de un siglo, Alcedo, autor del Diccionario geográficohtstónco de las
Indias Occidentales (1786-89), seguía sosteniendo el carácter discri
minatorio del mal. Señalaba que el vómito negro era «enfermedad
endémica de los puertos de mar y climas cálidos de la América y
que atacaba regularmente a los europeos recién llegados y ha hecho
tanto estrago que ha llegado el caso en Portobelo de quedarse a
invernar los galeones por haber muerto casi todas las tripulaciones,
y poco menos en la Vera Cruz, Caracas y Cartagena, pues era rarí
simo el que curaba de este mal».
Los movimientos sísmicos y las erupciones pusieron cortapisas
al desenvolvimiento de las ciudades al provocar estragos reiterados
y sin cuenta. Capitales populosas se derrumbaban, y los resignados
habitantes, como en el suplicio de Tántalo, movilizaban sus energías
para restaurar residencias o monumentos que no durarían más allí
del remezón siguiente. De tales calamidades sólo recordaremos los
crueles terremotos de 1678, 1687, 1725 y 1746 que sacudieron y
asolaron la costa sudamericana del Pacífico. Barriga (1951) ha resca
tado profusos testimonios de ellos referentes a la ciudad de Arequipa
En conclusión, el proceso de estabilización, mal conocido hasta
ahora, encubre una marcha compleja y por momentos contradictoria
México se perfila como habiendo reaccionado temprano contra la
larga declinación. Su masa indígena sedentaria desbordaba infiltrán
dose cautelosamente por el Norte. Este crecimiento prudente de los
naturales apuntalaba el ascenso de sus ciudades y la expansión terri
torial del virreinato por los rumbos de Texas y Nuevo México. En
el interior de Brasil tuvo lugar un avance espectacular. A expensas
de las tribus aborígenes que acampaban libres, se erigió una sociedad,
a la vez opulenta y funambulesca, que atrajo a los codiciosos y ungió
al yugo de la esclavitud a una crecida masa de africanos. En la
América del Sur hispana, los indígenas prosiguieron su caída fatal
hasta entrado el siglo xvm. Los trabajos excesivos, la presión tribu
taria, las deficiencias de la alimentación, siguieron presionando. Tam
poco la virulencia de las epidemias cejó. La despoblación, que infi
nidad de testimonios confirman, fue menor, sin embargo, de la que
arrojan los padrones de tributarios, pues nunca se sabrá cuántos
naturales huyeron fuera del alcance de los encomenderos y corregi
dores, preservando su vida, y, así también, su descendencia. Con el
tiempo, los vástagos de aquellos fugitivos reaparecían en los regis
tros demográficos, sugiriendo un aumento que en realidad quizá no
fuera tan pronunciado. ¿Cuántos olvidaron entonces su progenie
india para engrosar la sociedad mestiza? De cualquier modo, 1j
calma con que crecían las ciudades de españoles descarta toda supo
sición de que la población estuviera multiplicándose con vigor.
1. La expansión
Desde el último tercio del siglo xvm en adelante, el orbe entero
presenció el desarrollo simultáneo de las fuerzas productivas y de la
población. No está muy clara qué relación existe entre ambos fenó
menos, si fue la economía o la población la que desencadenó el pro
ceso. Al menos, el tema sigue en discusión. A diferencia de ocasiones
interiores, esta vez la expansión no alcanzó nuevo techo. La pobla
ción del mundo occidental saltó por encima de las barreras que
trababan su propensión a crecer. Contra lo temido por Malthus, la
disponibilidad de alimentos se multiplicó a la par que las bocas.
Cuando el propio país no proveía de los recursos necesarios, otro
surgía, allende el mar, dispuesto a proporcionarlos a cambio de algún
dinero o de otros bienes. La ampliación de las transacciones internas
y entre naciones, más la conquista de tierras vírgenes, garantizaron
el incremento demográfico sostenido.
No sólo aumentó el tamaño de la población, sino que también
empezó a cambiar el modo que tenía de acrecentarse. La progresión
no exigió un mayor esfuerzo biológico. Para las mujeres no significó
más alumbramientos. La mortalidad, al caer, liberó grandes contin
gentes antes perdidos en los primeros años de vida. Cuando más
tarde sobrevino la baja de las concepciones, el descenso simultáneo,
pero más rápido, de la letalidad compensó con creces la reducción de
los nacimientos. Por primera vez en la historia, la población lograba
aumentar sin pausa, merced a tasas vitales menguantes.
Las regiones periféricas experimentaron los coletazos de aquel
proceso, pero, contra lo que ocurría en los países a la vez pioneros
del cambio demográfico y detentadores del poder de decisión eco
nómico, los patrones tradicionales apenas se modificaron en ellas.
Así, durante las postrimerías del siglo xvni y todo el xix, América
latina acompañó a las naciones europeas en su crecimiento, pero la
naturaleza del mismo fue aquí de índole diferente.
El aumento de la población no respondió siempre, de este lado
del Atlántico, a exigencias endógenas. Que perduraran una estruc
tura y una dinámica demográficas de tipo antiguo, no implica, cier
tamente, que el Nuevo Mundo se hallara aislado. Los países metro
politanos aumentaron entonces su demanda de productos primarios, y
esta exigencia impulsaba aquí a ganar tierras o a intensificar cultivos
en los cuales más brazos hallaban empleo. Avanzado el siglo xtx, el
Viejo Mundo surtió incluso al Nuevo de fuerza laboral cuando su
escasez amenazaba con estrangular el desarrollo de algunas regiones.
Esta movilización por obra de Europa no se ejerció con igual inten
sidad en todos los rincones de la América ibérica. Las franjas litorales
o los centros urbanos, vinculados de manera más asidua con las na
ciones adelantadas, fueron más susceptibles al impacto externo. Por
ahí llegaron las influencias, y desde esos lugares se difundieron las
pautas demográficas modernizantes. Pero su propagación se llevaría
a cabo rezagada y pausadamente: las costas o las ciudades no pesaban
todavía demasiado en el conjunto de América latina. La fisonomía
de ésta siguió siendo, por mucho tiempo, bastante tradicional.
La población rural, ampliamente mayoritaria, sufrió más bien
procesos demográficos según el tipo de agricultura predominante en
cada zona, de mera subsistencia en algunas partes o de exportación
en otras. La primera no designa, por supuesto, una economía auto-
suficiente. Los tributos, la compra forzada de mercaderías europeas,
que los corregidores imponían a los indios del Perú antes de la re
vuelta de 1780, así como otros procedimientos integraban a los
campesinos, en grados variables, a la economía de mercado. Estos
se proveían, en parte, fuera de la comunidad y, por ende, tenían
que vender para poder adquirir medios con que surtirse. La parte
de la producción o del consumo comprometida en el circuito comer
cial era, empero, ínfima. En la práctica, producían casi para sobre
vivir. La mayoría de los agricultores indígenas de la cordillera an
dina, gran parte de México y América Central vivían de esta manera
rudimentaria.
Por otro lado, se encontraban los cultivos tropicales o la gana
dería, cuyos suministros se destinaban tal cual al mercado mundial.
La falta de transporte impidió que todo el suelo apto para la produc
ción fuera dedicado a las actividades más remuneradoras. O se sacri
ficaban ciertas tierras de la hacienda para sembrar alimentos, o se
toleraba en las márgenes del área de cultivo una agricultura de subsis
tencia, de cuyos pobres excedentes se nutrió el sector de exportación
En el primer caso, el crecimiento sobrevino dentro del marco de
tina sociedad agraria orientada hacia el autoconsumo. Su límite estaba
dado casi de manera malthusiana por la disponibilidad de recursos
alimenticios. Ahora bien, en la medida en que la catástrofe demo
gráfica del siglo xvi había dejado yermas, tiempo atrás, gran cantidad
de tierras, la reconquista del suelo ofrecía amplias perspectivas.
Las áreas exportadoras dependieron, por turno, de los alicientes
V de las repulsiones que la coyuntura internacional provocaba. Las
fluctuaciones alentaban o deprimían el pleno despliegue de la capa
cidad demográfica y, a la vez, suscitaban la atracción o el rechazo
de emigrantes. No obstante los altibajos, el progreso tuvo aquí mayor
vivacidad, y al final, el peso creciente de estas zonas desplazó d
eje demográfico del continente en dirección del Atlántico. Como
los territorios poblados densamente en los albores de la conquisa
se hallaban todos en la vertiente occidental y conservaron, por largos
años todavía, un régimen de cuasi autosuficiencia, al crecer las costas
orientales, antes casi desiertas, fue corrigiéndose, en parte, el antiguo
desequilibrio humano. La región atlántica gravitó así cada vez más.
De acuerdo con la estimación general formulada por Durand
11967a) e indicada antes, América meridional y central habría crecido
entre 1750 y 1850 a una tasa acumulativa nada desdeñable, ligera
mente superior al 0,8 por 100 anual. Como todo promedio, encubre
ritmos muy distintos.
El gráfico núm. 5 presenta los avances rápidos de cuatro re
giones de superficies hasta cierto punto comparables. Todas ellas
multiplicaron sus habitantes (un centenar de miles al comienzo) por
cuatro o cinco en ese tiempo. Las regiones son: Cuba; la zona de
Antioquía-Cauca, en la actual Colombia; el obispado de Santiago
de Chile y la capitanía de Sao Paulo, en Brasil. Dos se encuentran
en el hemisferio norte y dos en el sur. La geografía de las cuatro
nada tiene en común: una es una isla tropical del Caribe; otra se
halla en los altos valles de los Andes septentrionales; la tercera,
en la vertiente templada del Pacífico meridional; y la última abarca
a la vez la meseta y la costa de cara al Atlántico Sur. Tampoco su
evolución histórica o demográfica se parece: una es tierra de plan
tación que el trabajo de esclavos fructificó. La segunda, una región
aislada, decaída, que descubre repentinamente una frontera y se pone
en marcha hacia el Sur (Parsons, 1968). La tercera corresponde a
una población, por fin, aquietada tras largos años de zozobras,
que vive recogida de su propio esfuerzo. En cuanto a la última, se
trata de un territorio abierto a los cuatro puntos cardinales, ya sea
a la fascinación del mato por el Poniente y Norte, ya sea a la aven
tura colonizadora del Sur, y a los nexos con Europa por el mar.
De las cuatro zonas, dos miran, por cierto, al Atlántico y dos yacen
hacia el Pacífico. Cuba y Sao Paulo, pero sobre todo la primera, re
ciben un aporte humano fuerte y regular del exterior; no así Chile
o Antioquía-Cauca. Cuba, el caso mejor documentado a través de
datos censales, y también el más beneficiado por la inmigración, trepa
más rápido que los demás, duplicando su población cada veinticinco
años; Antioquía-Cauca, la región más cerrada sobre sí misma, sube
más despacio. Tarda, primero, medio siglo en duplicar su población;
luego, arranca bruscamente, y en la mitad del tiempo, o sea en un
cuarto de siglo, vuelve a duplicar. Situaciones varias, mas todas
superan con creces el crecimiento promedio estimado por Durand.
La inclinación de las líneas se ve pronunciada, a pesar de que las
ordenadas logarítmicas amortiguan el efecto del gráfico.
G ráfico núm. 5
Tendencias del crecimiento de la población en cuatro áreas: Cubj
Chile central, Sao Paulo y Antioquia-Cauca (1750-1850)
!• j s m \ Sunaita. iV*»t Cnüt, üannagnani, 1%7; Sio Pfcíf
Lisanti, 19b2-b3; AntioLjuíaCauca, Vergara y Velasco, 1891.
Los ejemplos anteriores ni son únicos, ni fuera de regla. Veamos
otros casos. De superficie mayor que la de los territorios antes con
siderados, el Río de la Plata o Venezuela ascendieron a ritmos que
se asemejan a los de aquéllos: el primero, en forma parecida a la
del tipo colombiano; la segunda, si los datos son fidedignos, con
un tranco más acelerado aún que aquel con que avanzaron Puerto
Rico (Janer, 1945), Haití (Young, 1949), Santo Domingo (Moya
Pons, 1974) y el litoral de Guayaquil (Hamerly, 1973). En Costa
Rica el incremento fue del mismo tenor. La meseta no se contentó
allí con atraer migrantes por las ventajas que brindaba. Tornóse,
además, asilo obligado de una población que huía de las depredacio
nes a que los zambos mosquitos, de la costa homónima de Nicaragua,
sometían a las plantaciones cacaoeras del litoral atlántico (Jiménez
Castro, 1956).
Donde la masa indígena repetía los gestos cansinos que toda
agricultura rudimentaria impone, los hombres se multiplicaron des
pacio. López Sarrelangue (1963) opina que los indios de México au
mentaron en un 44 por 100, más en la periferia que en el centro,
durante la segunda mitad del siglo xvm . Miranda (1966) se asomó,
por su parte, a un distrito de otomíes. El adelanto que observó era
superior a ese promedio, pero el crecimiento se desaceleraba a medi
da que avanzaba el siglo. Ixmiquilpan albergaba 13.750 habitantes
en el recuento ordenado por el virrey Fuenclara; 18.011, en el de
Revilla Gigedo, y sólo 22.534 en la matrícula de 1804 conservada en
el Archivo Municipal. La Mixteca Alta y el México occidental central
(Nueva Galicia, parte de Jalisco, Avalos, Colima y Motines) han sido
estudiados por Cook y Borah (1968 y 1971). La curva demográfica
coincide allí con la de Ixmiquilpan, con algún desfase porque las ta
sas de crecimiento permanecieron altas hasta fines del siglo xvm
Entrada la nueva centuria, la población decayó en ambas zonas antes
incluso de que las fuerzas disruptivas de la Emancipación desencade
naran una corta recesión a comienzos del siglo xtx.
En Perú las investigaciones de Kubler (1957) y las más recientes
de Vollmer (1967) no permiten establecer una idea clara de progre
sión. El primero ha examinado las matrículas de tributarios levan
tadas a últimos de la dominación colonial y principios de la era re
publicana, pero el indio inscrito en ellas constituía ya entonces una
categoría poco rigurosa y cambiante, más cultural que étnica. Por esta
razón, la estimación del crecimiento que se base en semejante infor
mación ha de pecar por inconsistencia. Vollmer, por su parte, ha
consultado los censos generales de la segunda mitad del siglo xvm ,
en particular el formado por F. Gil de Taboada, pero su enfoque
« más bien estático. En consecuencia, abordaremos la cuestión cora-
C uadro núm. 4.3
Población de algunas provincias de Perú, 1792-1827
1827 Variación
1792
Indíge C.üi/cJS Total Abso Ponen /’ rt, ..
T oial
nas luta ta/e It'l J¡
a) (2) (1) (4) (1 ) (ó) (7)
/. Lima
1. Lima _ _ 58.326 62.910 -4 .5 8 4 - 7 ,3 _
2. Cañete 10.243 3.649 13.892 12.616 1.276 10,1 74
3. Chancay 10.791 7 921 18.712 13.945 4.766 34,2 58
4. Yauyos 10.981 1.295 12.276 9.574 2.702 28,2 89
3. Huarochirí 16.140 409 16.549 14.024 2.525 18,0 98
6. Canta 12.368 1.564 13.932 12.133 1.799 14,8 8^
125.202 8.484 6,8
II Trujillo
1 . Piura 30 946 22.872 53.818 44.491 9.327 21,0 58
2. Cajamarca 21.787 20.206 41.993 62.196 -20.203 -3 2 ,5 52
3. Chachapo
yas 10.275 4.233 14.508 25.398 -1 0 .8 9 0 - 4 2 ,9 71
132.085 -2 1 .7 6 6 -1 6 ,5
I I I Tarma
1. Pasco 19.380 17.670 37.050 34.911 2 139 6.1 52
2. Tanja 37.854 23.169 61.023 52.286 8.737 16,7 62
3. Cajatambo 11.321 7.143 18.464 16.872 1.592 9,4 61
4. 1 luaylas 25.409 24.258 49.667 40.822 8.845 21,7 51
3 1 luamalies 7.121 6.051 13.172 14.234 1 602 - 7 ,5 54
6 . 1luánuco 9.048 5.486 14.534 16.826 -2 .2 9 2 - 1 3 ,6 62
175.951 17.959 10,2
/Y. Cuzco
1 . Abancay 34.654 4.884 39.538 25.259 14.279 56,5 88
2. Urubamba 9.530 5.388 14 918 9.250 5.668 61,3 64
3. Paruro 9.7()0 2.366 12.126 20.236 -8 .1 1 0 -4 0 ,1 80
4. Quispican-
chis 23.033 3.832 26.865 24.337 2.528 10,4 86
79.082 14.365 18,2
V' Arequipa
1. Arica 10.545 9.640 20.185 18.776 1.409 52
75
Puente: Macera, s. f.
parando las cifras totales de 1792 con las recogidas en las tablas es
tadísticas de población, riqueza y contribuciones de la Prensa Peruana,
correspondientes a 1827. El cotejo no se extenderá a todas las pro
vincias, sino a un puñado de ellas; ni siquiera repartidas geográfica
mente de una manera equilibrada. Los totales figuran en las colum
nas 3 y 4 del cuadro núm. 4.3 y la variación absoluta y relativa entre
ambas fechas va en las columnas 5 y 6. El cuadro distingue, además,
los indígenas (columna 1) y las castas (más bien no-indígenas: mesti
zos, negros y blancos; columna 2) hallados en 1827. Con estas can
tidades se calcula la gravitación demográfica de la masa aborigen en
el conjunto de la población al comienzo de la época republicana
(columna 7).
Del cuadro se desprende una impresión de avance irregular y len
tísimo al cabo de siete lustros. La intendencia de Cuzco, que sobre
pasa en vivacidad a las demás, sólo aumenta su población en un 18
por 100. Lima, Tarma y Arica varían en esta muestra entre un 7 y un
10 por 100 en más. En fin, Trujillo pierde gran número de habitan
tes, no tanto en la costa de Piura como en el interior serrano y ama
zónico (Cajamarca y Chachapoyas).
Más al Sur, en el Alto Perú, el altiplano debió crecer, si acaso,
con la misma pausa; no así los valles orientales donde una agricultu
ra más próspera alentó la inmigración y el crecimiento natural. Así
sucedió en la intendencia de Cochabamba. Entre 1793 (censo de
Viedma) y 1854 (I Censo Nacional) los habitantes aumentaron sobre
todo en los distritos orientales de Clisa y Mizque, así como en la ca
pital y sus alrededores. Las provincias, mitad serranas, mitad vallu-
nas, de Tapacarí, Arque y Ayopaya denotan en cambio un avance
menos riguroso (cuadro núm. 4.4).
C u a d ro n ú m . 4.4
Población de Cochabamba (Bolivia) por partidos, 1793-1854
Aumento
1793 1854 %
Cochabamba, cabecera 22.306 89.918 303
Tapacarí 27.216 56.989 109
Arque 22.174 37.590 69
Ayopaya 16.251 26.179 61
Clisa 37 616 90.560 167
Mizque 18.876 48,656 158
Total 144.439 349 892 142
¿Qué se sabe de la fecundidad, la mortalidad o las características
demográficas de la época? Cada cual a su manera intervino en el cre
cimiento, si bien desigual, generalizado de la América ibérica. Del
Río de la Plata se han estudiado tres casos que representan tres
instancias a su modo típicas. Jujuy, región serrana, se hallaba po
blada en 1788 por una masa poco densa de campesinos indígenas al
estilo de las demás regiones andinas. Buenos Aires constituía ya,
en la misma fecha, la capital macrocefálica, portuaria y cosmopolita,
de una llanura monoproductora de ganado. La provincia de Córdoba
ocupaba en 1813 una posición intermedia. Erigida tierra adentro,
lindaba con los campos abiertos de la pampa.
Los curatos de la campaña de Jujuy exhiben pirámides de edad
regulares, de base más ancha que la de la capital. Las personas de
menos de veinte años constituyen el 49 por 100 de la población del
partido, mientras cjue sólo el 4,5 sobrepasa los sesenta años. Un 23
por 100 de las jóvenes de más de quince años se casan antes de
cumplir los veinte; la mitad entre los veinte y los veintinueve; una
décima parte permanece soltera y empalma así con las viudas. Entre
los hombres la mitad traspone los treinta años soltero. ¿Es de sor
prender que de la pareja formada, por lo regular, por un hombre
treintañal y una mujer con diez años menos sólo nazcan 2,5 hijos o,
si se excluyen las parejas sin ellos, 2,7? Blancos y negros acumulan
más hijos en promedio (Rasini, 1965).
La pirámide de edades de Buenos Aires ostenta una base igual
mente ancha y una proporción de ancianos reducida. El promedio de
hijos por familia asciende aquí a 3,2. Los grandes propietarios rura
les y los jornaleros o el servicio doméstico ocupan las varillas extre
mas de un abanico de circunstancias muy abierto. Los primeros ge
neran doble número de hijos que los segundos (Moreno, 1965).
En la provincia de Córdoba, más de la mitad de la población to
tal es joven, y los viejos un 4,2 por 100. La fecundidad, medida por
la razón entre los niños hasta cuatro años habidos por cada mil mu
jeres de quince a cuarenta y cuatro años, es mayor entre las espa
ñolas que, con 602 hijos, superan incluso a sus congéneres de Buenos
Aires (538). Las cordobesas de color igual aventajan a las porteñas
de su clase (542 contra 453). Dentro de este grupo, las negras de
Córdoba arrojan el coeficiente más bajo (313), en tanto que las in
dias, no muchas en verdad, lucen tasas asombrosamente altas (671)
(Instituto de Estudios Americanos).
En general, las indicaciones nos hablan de una población juvemi
con elevada fertilidad, aunque muy diferenciada según categoría so
cial o grupo étnico y según lugar de residencia, rural o urbana. Nada
de particular tiene, por consiguiente, que el estrato ibérico, menos
numeroso que los demás, haya terminado por prevalecer en el con
junto de la región y asimismo que las regiones atlánticas, donde había
menos aborígenes, crecieran también más rápido.
Las tasas confirman el carácter tradicional de la demografía de la
época: mortalidad temprana y elevada, compensada por una natalidad
copiosa. La capitanía de- Sao Paulo nos brinda coeficientes seriados
a lo largo de más de medio siglo (cuadro núm. 4.5). La natalidad
sobrepasa, excepto un año, el nivel de los cuarenta nacimientos por
mil habitantes; la mortalidad se sitúa en torno de los 25 por 1.000.
Entre ambos costados se desliza un crecimiento vegetativo notable,
pero no fijo. Es superior durante el siglo xvm que durante el xix.
Las tasas corresponden a una esperanza de vida del orden de treinta
y ocho años, según las equivalencias establecidas por Mortara. Esta
duración sólo la alcanzaría el conjunto del Brasil hacia 1940 (A m a
ga, 1968).
Cu a d r o n ú m . 4.5
Tasas vitales de la capitanía de Sao Paulo
Crecimiento
Arios Natalidad Mortalidad Nupcialidad
vegetativo
1777 43,3 27,7 15,4
1782 41,6 25,9 — 15,7
1797 46,9 25,9 — 21,0
1803 27,8 25,1 14,9 22,7
1813 43,1 21,2 11,7 21,9
1815 47,0 21,5 14,5 25,5
1829 43,6 25,6 12,8 18,0
1836 32,6 (?) 28,9 9,7 23,7
Fuente: Lisanti, 1962-63.
Para calcular las tasas se requiere cruzar los resultados de un
censo con la información vital del mismo año. A falta de anotación
civil, la eclesiástica cumple idéntica función. Aun sin censos, los re
gistros parroquiales denotan el movimiento demográfico de una loca
lidad. Los términos serán absolutos y no en relación con el total de
la población, que falta. Así los libros de Zacatelco revelan los im
portantes saldos dejados, a mediados del siglo xvm , por la combina
ción de nacimientos y defunciones (gráfico núm. 6). La distancia
entre ambas variables se acorta a fines del siglo xvm y comienzos
del xix. La población del lugar se estanca. La causa inmediata se re-
G ráfico núm . 6
Movimiento anual de la población indígena de Zacatelco, 1650-1810
Fuente■ Morin, 1972 b.
fleja en el dibujo: las puntas de mortalidad reaparecen con frecuen
cia. Entonces son más los que fallecen que los que nacen.
Entramos así en el tema de la mortalidad. El espectro de las
epidemias vuelve a levantar su faz de horrores. Viruela, sarampión,
disentería, fiebre tifoidea, fueron flagelos corrientes, sin contar la
gripe. En las tierras calientes arreciaron además el cólera y la fiebre
amarilla.
De la ciudad de México disponemos de un estudio detallado de
cinco epidemias (Cooper, 1965): el tifus de 1761, que coincide con
un brote de viruela; luego, ésta misma en 1779-1780; otra peste de
diagnóstico incierto (¿difteria?) en 1784-87, cuyos calamitosos efec
tos se sumaron a la hambruna de esos años; la nueva epidemia de
viruela de 1797-98; y por último, las fiebres de 1813. (Síganse os
cilaciones similares en el gráfico núm. 6 referido a Zacatelco.) No
obstante su virulencia, ni el ataque de 1761-62, ni el de 1813, guar
dan comparación con el metlazahuatl del segundo tercio del siglo,
y menos con los de la época de la conquista.
En el otro extremo del hemisferio, los registros consultados por
Besio Moreno (1939) en Buenos Aires descubren una secuencia de
epidemias que se ordenan de la manera siguiente: 1796, 1799, 1803,
1809, 1817, 1823, 1829, 1843 y 1847. De menos envergadura que
las de México, su frecuencia no debió despertar envidias. Córdoba,
en el interior de la Argentina, tuvo sus picos de viruela en 1823, y
Valparaíso, al Oeste, a orillas del Pacífico, en 1783, 1803, 1822,
1832-33, 1840 y 1846. Las coincidencias son significativas.
De lo que ocurrió en la franja intermedia entre México y el
extremo austral, poco se sabe. El brote de viruelas en Caracas
en 1766, ¿tiene que ver con la epidemia que asoló a México años
antes? En esa ocasión la pujante ciudad venezolana vio desaparecer
a una cuarta parte de su vecindario.
La viruela empezó a replegar sus alas entonces por acción de la
inoculación. Introducida en 1779-80 y empleada luego con mayor
envergadura en 1797-98, los primeros pasos no llevaron muy lejos.
Sin ser tampoco decisiva, la expedición de Francisco Javier de Balmis
tuvo un alcance superior, pues difundió la vacuna por América, de
Norte a Sur.
Balmis zarpó de las costas de Galicia en otoño de 1803, al frente
de un equipo de médicos y de enfermeros. Llevaba consigo veintidós
niños inoculados con el virus. De las pústulas formadas en sus brazos
se extraía el fluido, que se aplicaba en seguida a quienes se querían
vacunar. Al cabo de varias semanas de travesía y tras de fondear
en las islas Canarias, arribó a Puerto Rico. De ahí pasó luego a
Puerto Cabello y Caracas, en Venezuela. En cada punto que tocaba,
pasaba días aplicando la vacuna y cuidando con esmero de la pre
servación de los caldos, cuya destrucción habría hecho fracasar el
proyecto. Atendidas las zonas de Cumaná y Maracaibo, volvió a
embarcarse con destino a Barranquilla. Allí se desgajó un ramal hacia
el Sur, a cuyo frente figuró Salvany. Mientras tanto, el propio di
rector de la expedición proseguía su ruta vacunando en La Habana
y en Mérida. De Yucatán se desprendió un tercer equipo para atender
Guatemala. El propio Balmis llegó, por último, a Veracruz y, dejan
do atrás el puerto del golfo de México, se internó por Nueva España.
Ascendió a la capital, estuvo en Puebla y marchó luego a recorrer
el Norte, rumbo a Zacatecas y Durango. De regreso a la ciudad de
México, partió a Acapulco, donde se embarcó con destino a las
Filipinas. Llegó a Manila en abril de 1805, y allí prosiguió distribu
yendo sus servicios sanitarios. Finalmente, regresó a Cádiz, habiendo
completado la vuelta al mundo al servicio de una causa filantrópica.
Entre tanto, Salvany remitió, desde Barranquilla, un grupo a Panamá,
mientras él cruzaba Santa Fe de Bogotá, Quito, Cuenca, Piura, Tru-
jillo y alcanzaba, por fin, Lima. Cumplida la misión en la capital
virreinal, un equipo marchó en dirección de Huánuco, luego viró
hacia el Sur y se dirigió a Chile. El núcleo principal avanzó en vez
por Arequipa, Puno, La Paz y, tras cruzar el Altiplano, concluyó
su periplo en Buenos Aires, cinco años después de haber levado
anclas en La Coruña (Díaz de Yraola, 1947;. Smith, M. M., 1974).
Este prodigioso programa sanitario de escala continental tuvo
efectos inmediatos limitados. Por más que la expedición se demoró
y trató de no omitir puntos importantes, es evidente que mal podía
vacunar a cada uno de los habitantes de Hispanoamérica. S. F. Cook
(1941-42) estima que la expedición concentró sus esfuerzos en salvar
a los niños, y aplicó la vacuna en México a 100.000 entre julio
de 1804 y enero de 1806, es decir, a uno de cada cinco. La reper
cusión se sentiría, más que entonces, a la larga. La proeza de Balmis
y de sus colaboradores difundió conocimientos entre el público y los
profesionales, e inclinó la balanza a favor de los funcionarios celosos
y de los médicos más progresistas al poner sobre su platillo el peso
del respaldo oficial.
Los puertos y las grandes ciudades fueron, naturalmente, los
primeros beneficiados por la vacuna, y dentro de ellos, los sectores
sociales más esclarecidos. Su propagación entre las clases populares
resultó más difícil y lenta. Aunque se aplicara gratis, acogíanla con
inevitables recelos. Mas el tropiezo principal que halló fue la falta
de educación y de atención sanitaria entre las masas rurales. La
viruela siguió, pues, haciendo de las suyas durante el siglo xix, aun
que perdió gradualmente el carácter catastrófico de antes. Todavía
en 1842, el apoderado fiscal peruano que formó la matrícula de indí
genas de la provincia de Huaylas, Marcos Dextre, podía escribir:
«La viruela hace sentir sus mortíferos efectos, incesantemente, por
la falta de la propagación del fluido vacuno en la provincia, pues
familias enteras contantes de la matrícula actuada en 1836 han
desaparecido durante su período, a virtud de los estragos de aquella
epidemia, notablemente experimentada en los años antepasados en
los distritos de Pamparonas, Quillo y otros colaterales a la costa,
extendiéndose no sólo a la juventud, sino hasta a los de mayor edad.»
Sin embargo, en la visita efectuada en 1848, el reemplazante de
Dextre, Matías P. Mejía, celebraba ya: «La propagación de la vacuna
por medio de vacunadores ambulantes, instituida por el último Con
greso y su conservación en esta Capital encargada al médico titular
del departamento, y en los demás pueblos a los venerables párrocos
y autoridades locales, han arrancado de los brazos de la muerte un
considerable número de víctimas en que antes se cebaba la viruela.»
Su colega de Santa compartía, en el informe respectivo, el entusiasmo
de Mejía por la acción de los vacunadores ambulantes. En Perú
al menos, el giro decisivo fue dado a medios del siglo xix. Al des
mocharse así los picos de mortalidad, la expansión demográfica pudo
acelerarse sin que aumentara la fertilidad.
Motivos circunstanciales comprometieron ocasionalmente el des
envolvimiento demográfico. Los indios de las misiones jesuíticas
de la provincia de Paraguay, expulsada la Orden por Carlos III de
los dominios americanos, hallaron el campo libre cuando pasaron
de la tutela de los religiosos a la administración civil de las Tempora
lidades. En 1772, un lustro después del extrañamiento de los jesuítas,
el visitador Larrazábal contó 80.352 indígenas en treinta pueblos;
en 1797, un nuevo recuento halló únicamente 54.388. El desbande
no los había eliminado, sino que los había desplazado. Los naturales
hallaron sustento y empleo en ciudades o estancias distantes, cuando
no refugio en las selvas. A partir de entonces las misiones langui
decieron. A la consabida esterilidad sucedió la dislocación de la
estructura familiar y de la vida comunitaria con detrimento obvio
de la demografía.
La emancipación acarreó pérdidas gravosas en los campos en
que los enfrentamientos fueron intensos, como en Haití, México,
Venezuela y la Banda Oriental del Río Uruguay. Las convulsiones
raciales de Haití, la primera revolución independista que triunfó en
América latina, provocaron pérdidas en vidas y por emigración, así
como cambios en la composición étnica. El sacrificio de los amos
de esclavos y plantaciones no afectó demasiado al movimiento demo
gráfico, pero bastó para que los blancos procuraran ponerse a salvo.
Atemorizados, regresaron a la metrópoli o se refugiaron en otras
partes del Caribe, Cuba en particular. El censo levantado tras la
frustrada reconquista napoleónica evidenció que la nueva nación de
cepa africana había quedado reducida en 1804 a medio millón de
personas; el corto estrato blanco que dominaba antes la colonia se
había esfumado, y la isla se hallaba en poder de los antiguos esclavos
negros y de los mulatos. A las pérdidas causadas por la guerra de la
Independencia, la matanza y emigración de los franceses se sumaron
luego los estragos de la fiebre amarilla (Young, 1949). Esta desbarató
al ejército expedicionario enviado por Napoleón, contribuyendo así
a la consolidación de la República, mas no perdonó a las tropas o
civiles haitianos, que perecieron también sin cuenta.
A creer los alegatos de un gacetero realista, la «guerra a muerte»
costó a Venezuela nada menos que 221.741 vidas entre víctimas de
los choques armados y aquellos que habrían nacido o sobrevivido
si las hostilidades no hubieran quebrado la recta línea de progreso
de la población. La estimación combina, con exactitud aparente,
número aproximado de defunciones con malogros hipotéticos. De
todos modos, las pirámides de la población urbana, en particular
la de Caracas, acusan en 1822 una muesca entre los veinticinco y
veintinueve años y un número mayor de mujeres que de hombres,
diferencias que procede atribuir a las guerras de la década prece
dente (Bríto Figueroa, 1966).
Si las operaciones conducidas por Hidalgo en el Bajío y Michoa-
cán no causaron muchos lutos, los encuentros sostenidos por las
huestes de Morelos, durante años, tuvieron mayores consecuencias
demográficas en el sur de México, como parece desprenderse del
estudio que Cook y Borah (1968) dedicaron a la Mixteca Alta. Nada
comparable, sin embargo, con la desolación infligida a la Banda
Oriental por la famosa «redota» de 1811. Alrededor de una quinta
parte de la población civil de la campaña, según el padrón de las
familias orientales emigradas a Entre Ríos, traspuso el río Uruguay
al amparo de las tropas de Artigas por temor a la represalia realista
o a las exacciones portuguesas. Las privaciones se abatieron cruel
mente sobre soldados y paisanos, que afrontaron con entereza el
precio a pagar por su adhesión a los principios revolucionarios.
La historia evoca otros movimientos internos de población menos
acidentados que los provocados por las campañas libertadoras. Cuba
conoció, a partir del último tercio del siglo xvm , un desplazamiento
en sentido inverso al que la isla había experimentado en la centuria
precedente. El litoral fue recolonizado del centro a la periferia.
A este flujo se sumaron los colonos franceses procedentes de Santo
Domingo y Luisiana, o los gachupines de México y otras partes de!
imperio español en descomposición. La última colonia se convirtió en
el abra segura para los fugitivos de la Revolución. En Costa Rica,
los hombres abandonaron en cambio las costas en busca del clima
más grato y de las oportunidades económicas que ofrecía la meseta.
En 1815, el 84 por 100 de los 46.000 habitantes del territorio vivían
en la meseta, según el informe del obispo Garza Jerez. San José, la
capital, fundada pocos decenios antes (1755), concentraba un cuar
to del total (Jiménez Castro, 1956).
Al occidente de la actual Colombia, agotadas las minas de oro,
Antioquía reorientó, por la misma época, su economía hacia la agri
cultura. Matrimonios tempranos y extensas familias favorecieron el
crecimiento, ya referido, mas el medio rural fue incapaz de retener
al excedente. La presión demográfica fluyó caudalosa hacia el Sur.
Los pioneros avanzaban a lo largo de las templadas laderas de la
cordillera, ocupando baldíos puestos a su disposición por la Real
Cédula de 1789. Ese decreto encomendaba a jueces-pobladores la
fundación de colonias agrícolas y la distribución de tierras entre quie
nes acudieran a hacer población. En 1764 los colonos dejaron atrás
el río Arma y pusieron pie en Caldas. La Independencia detuvo por
un momento el avance, y la guerra desoló algunos puntos en los que
los realistas se hicieron fuertes; Anserma, por ejemplo. La República,
restaurada la quietud pública, reanudó la política de concesiones,
gracias a las cuales los inmigrantes antioqueños penetraron en el
valle hasta la propia Cauca (Parsons, 1968).
En el siglo xvm , el ganado mayor llenó de hombres los campos
yermos, a la inversa de lo que acometieron sus ascendientes cuando
expulsaron a los indios de sus tierras. Tras las huellas de los hatos
acudían aquellos a quienes las faenas camperas transformarían en
llaneros en la margen septentrional del Orinoco, de Azagua a Ba-
rinas, o en gauchos en la cuenca del Plata, del Viarnáo riograndense
a la pampa de Buenos Aires. No conocemos estudios sobre la dis
persión demográfica en los Llanos. En el Río de la Plata, una vastí
sima llanura, por partes casi desierta, acogió una población hetero
génea que, en lugares convenientes, erigía un pueblo al servicio
de la economía pastoril. Los testimonios muestran a esa zona como
receptáculos de los excedentes humanos que venían a cumplir con los
más rudos trabajos desde Santiago del Estero, Córdoba, Cuyo y las
decaídas misiones. Entre tanto, los paulistas descendieron desde los
Campos Gerats en busca de las muías, cuya venta daría renombre
a las ferias de Sorocaba. Si la cría de este ganado asentó estancias
que afianzaron el dominio portugués sobre el Río Grande do Sul,
el lomo de estos animales facilitó la penetración de mercaderías y
de hombres en el Mato Grosso con igual resultado.
El cuero y la carne de los vacunos baguales tampoco fue indi
ferente a los pioneros de los campos de vaquería al sur de Brasil,
quienes, a fines del siglo xvm , aprendieron a sacar provecho indus
trial y comercial de la carne elaborada como charqui. Antes de esa
fecha se explotaban el interior de Bahía o las cuencas de Paranaiba,
en Piauí, y del Juagaribe, en Ceará. El origen de varias ciudades
actuales de la zona se remonta, sin vacilación, hasta las haciendas
que prosperaron entonces gracias a la venta de carne seca. Pero las
grandes sequías de 1791 a 1793 sumieron al Nordeste en la deso
lación, mientras los competidores paulistas adealantaban posiciones.
Inmolados siete octavos del plantel ganadero del sertao septentrional,
a la inversa de lo ocurrido en Río Grande do Sul, los hombres
perdieron su ocupación y abandonaron la tierra, salvo aquellos que
se refugiaron en las sierras del Ceará para desarrollar una agricultura
modesta.
En las postrimerías del período colonial e inicios de la vida inde
pendiente, el flujo espontáneo de portugueses y españoles siguió
acudiendo a sus respectivas posesiones o antiguas colonias. Luego
de la emancipación, por primera vez los europeos no peninsulares
llegaron abiertamente, aunque nunca habían faltado algunos en puer
tos y capitales. También la trata negrera tuvo a la sazón su momento
culminante hasta que la prohibición del infame negocio cerró la
inmigración africana.
C. Furtado (1963) ha estimado en grueso la entrada de portugue
ses durante el siglo xvm entre unas trescienta mil y medio millón
de personas, sin mayores precisiones de tiempo. Si bien parte sustan
cial debió venir a Brasil al principio, cuando el descubrimiento de
las minas de oro y diamantes actuó como poderoso señuelo, la pros
peridad del último período no atrajo a menos. Cuando la familia
real dejó la metrópoli y se refugió en Río en 1808, huyendo de la
ocupación dispuesta arteramente por Napoleón, numerosos funcio
narios y vasallos de toda clase acompañaron a sus soberanos. Entre
ese año y 1817, fecha en que la corte regresó a Lisboa, vinieron
más de 50.000 personas. La mayoría permaneció luego en el Nuevo
Mundo. Río de Janeiro, nueva capital de la monarquía, duplicó su
población en seguida.
Una apreciación, muy poco fundada, del número de españoles
que habría cruzado el Atlántico en el siglo xvm propone la cifra
de 53.000 (Hernández y Sánchez Barba, 1954). Sea cual sea ésta,
fueron menos que los portugueses y que los africanos. Las corrientes
comerciales, más la función administrativa, siguieron vertiendo ca
narios, andaluces, vascos y castellanos sobre los puntos de recepción
habituales. A ellos se sumaron los catalanes, quienes, como súbditos
de la corona de Aragón, habían tropezado antes con impedimentos
para emigrar. Tampoco, en verdad, se habían dejado encandilar por
las Indias; pero la recuperación económica de su región y la procla
mación del comercio libre, avanzado el siglo xvm , los trajo a buscar
colocación para sus productos agrícolas e industriales. Cualquier lista
de apellidos de comerciantes denota la nueva presencia en los grandes
puertos.
La corona quiso, además, extender a sus posesiones ultramarinas
la política poblacionista que los ministros reformadores habían en
sayado en la metrópoli, agregándole un matiz político del que
carecía en España: el deseo de asegurar una dominación efectiva
sobre zonas de las cuales el rey poseía sólo título jurídico y que,
en consecuencia, podían tentar a otras potencias europeas. Las frus
tradas colonias de la Patagonia, establecidas en 1779 y 1786 en
aquellos inhóspitos parajes, perseguían ese objetivo.
En cuanto a los europeos restantes, Brasil abrió las puertas a
los extraños a poco de instalarse la corte en Río, y otro tanto acordó,
cuatro años después, el Triunvirato que gobernaba a las Provincias
Unidas del Río de la Plata. Claro que los extranjeros no habían
esperado a que se formalizara su situación legal, pues los aconteci
mientos habían brindado una ocasión propicia para su entrada. A los
pocos años de la Independencia una porción jugosa del comercio de
las nuevas naciones había pasado a manos de negociantes británicos.
Su presencia tuvo escasas consecuencias demográficas, pues la ma
yoría sólo permaneció mientras duraban las operaciones provechosas.
En vista de la escasez de mano de obra calificada, algunos países
proyectaron una política colonizadora, como hizo, por ejemplo, la
provincia de Buenos Aires en 1821, cuando Rivadavia era ministro.
El éxito no coronó intento alguno, pero merecen recordarse, porque
aquellos ensayos dotaron a los gobiernos de la experiencia requerida
para planear la futura política inmigratoria.
La entrada de africanos alcanzó máximas proporciones por las
fechas que venimos considerando. Siguiendo, una vez más, a Cur-
tin (1969), las importaciones a Brasil fueron en una línea de pro
gresión constante. El cuadro núm. 4.6 recoge las cantidades intro
ducidas de 1761 a 1810. Las cifras se basan principalmente en los
registros de internación archivados en Bahía. 18.636 esclavos es el
promedio anual correspondiente, aproximadamente una sexta parte
más que durante los seis decenios precedentes. De éstos, el 78 por
100 eran oriundos de Angola. A la América española acudió, por
otra parte, sólo un tercio del volumen que fue a Brasil. La mayoría
del contingente hispano desembarcó en Cuba. Brasil e Hispanoamé
rica juntos sólo recibieron, por cierto, el 40 por 100 del total de
C uadro núm . 4.6
Esclavos importados a Brasil e Hispanoamérica (en millares)
1761-70 1771-80 1781-90 1791-800 1801-10 Total
Brasil 164,6 161,3 178,1 221,6 206,2 931,8
Hispano-
américa 12 1,9 185,5 307,4
Total 447,8 791,3 1.239,2
181120 1821-30 18)1-40 1841)0 18)1-60 Total
Brasil 266,8 325,0 212,0 338,3 3,3 1.145,4
Cuba 79,8 112,5 126,1 47,6 123,3 489,4
P. Rico 6,4 12,1 14,1 10,6 7,2 50,4
Total 353,1 449,6 352,2 396,5 133,8 1.685,2
fuente: Curtin, 1969.
africanos traídos a América. Los restantes fueron obviamente a parar
a las colonias británicas, francesas y holandesas del Caribe y a los
recién proclamados Estados Unidos de Norteamérica.
Cuando Inglaterra suprimió la trata negrera procuró que las
demás naciones adoptaran igual temperamento y se aplicó en per
seguir a las que tardaban en acatar su decisión. Como, por otra parte,
los antiguos dominios hispanos abolieron la esclavitud a poco de
emancipados, Brasil y los restos del imperio español pasaron a ser
los mayores receptores de esclavos. De 1811 a 1860, una y otra zona
absorbieron el 92 por 100 de los negros que pusieron pie en el he
misferio americano entonces. Las estimaciones de Curtin (1969) para
estos años se fundan en los informes elevados al Parlamento britá
nico. La distribución por decenios figura también en el cuadro nú
mero 4.6. Nótese que la importanción culminó en Cuba y Puerto
Rico durante los años de 1831 a 1840 y que en Brasil ocurrió en
tre 1841 y 1850. El promedio en este último lugar fue de casi 23.000
anuales; en el Caribe español, de casi 10.000.
Las ciudades no escaparon a este crecimiento general. ¿Acaso se
agrandaron más rápido que el resto de la población, convirtiéndose
en foco de atracción de masas rurales? No es mucho cuanto se sabe,
y menos en forma sistemática, sobre la evolución de las ciudades
latinoamericanas en ese período; mas la impresión que se desprende
por ahora es de un proceso equilibrado en el que se amplían y con
solidan tanto los núcleos menores como las grandes aglomeraciones,
sin que se hayan provocado deserciones gravosas en el campo ni le
llegaran a faltar los servicios a los que aspiraba. Por lo tanto, ni
agigantamiento, ni dotación insuficiente de centros urbanos; aunque
tampoco aumento parejo de todos los núcleos.
La ciudad de españoles, que durante la conquista parecía enquis
tada en la sociedad aborigen, había establecido ya una relación menos
violenta con su contorno. Antes que expresar las exigencias de un
sistema imperial en el cual las funciones venían asignadas de afuera,
la red urbana parecía amoldarse mejor a requerimientos locales. Las
zonas en ascenso multiplicaban rápidos centros rurales que con al
guna fortuna serían peldaños de las futuras ciudades; tal es el caso
de la capitanía de Sao Paulo, donde se fundaron entonces decenas
de vilas (Morse, 1965).
La integración del litoral atlántico dentro de las corrientes co
merciales mundiales favoreció el ascenso de núcleos verdaderamente
urbanos. Así, La Habana, Caracas y Buenos Aires, cabeceras mercan
tiles de zonas exportadoras en desarrollo, experimentaron un auge
sorprendente. La Habana, de los 51.037 habitantes que el censo de
Las Casas (1791) arrojó, pasó a tener en el censo de Cienfuegos
(1817) 84.075; Caracas, de 24.187 moradores que lucía en 1772,
saltó a unos 42.000, en números redondos, en 1812, no obstante
las cuantiosas pérdidas ocasionadas por el terremoto de ese año. En
cuanto a la capital del Plata, de 24.363 que halló Vértiz en 1778,
alcanzó los 55.416 habitantes en el censo mandado levantar por
Rivadavia en 1822.
Quizá fuera Río de Janeiro el punto de la costa atlántica de as
censo más rápido, pero su elevación se debe menos a una función
económica creciente que a dos golpes políticos de suerte. En rea
lidad su papel como puerto minero disminuyó, sin que los embar
ques de café compensaran la actividad perdida. En 1763, Río de Ja
neiro emprendió una carrera administrativa bisecular que terminaría
en 1960, cuando la capital nacional fue transferida a Brasilia. Hasta
aquel entonces San Salvador había sido la sede del gobierno central
portugués en el Nuevo Mundo, pero los virreyes trocaron su resi
dencia bahiana en ese año por la carioca. La instalación de la corte
portuguesa de 1808, ya referida, reafirmó luego el nuevo destino
político de Río. Al llegar la independencia en 1822, la capital os
tentaba sin modestia los 135.000 habitantes que le atribuía Humboldt.
Las razones administrativas no son ajenas a la expansión de
Buenos Aires, Caracas y La Habana, mas lo son en una medida infe
rior a la de Río. La formación de un virreinato con cabecera en
Buenos Aires impulsó al antiguo puerto comercial, que las mejoras
edilicias introducidas por el virrey Vértiz transformarían en una
ciudad de aspecto más apropiado a sus complejas tareas. Otro tanto
cabría decir de Caracas, asiento desde 1777 del gobierno de una
nueva capitanía general, o de La Habana, que iba absorbiendo pau
latinamente las funciones desempeñadas de antiguo por Santo Do
mingo y que ganaría urbanísticamente con las administraciones
ilustradas de Las Casas y del marqués de Someruelos. El casco de
estas aglomeraciones se expandía cuadra tras cuadra, pero, según
muestran los planos sucesivos, no sólo conquistaba terreno, sino
que en la planta antigua se apiñaban las residencias y la densidad
demográfica se elevaba.
En las áreas rezagadas, las grandes urbes de antaño progresaban
a un ritmo inferior a aquel que lucían ufanas algunas modernas,
hallados intramuros por el virrey Gil de Taboada en 1792, a los
corrientes mundiales más activas, vegetaba. De los 52.627 habitantes
hallados intramuros por el virrey Gil de Fagoaga en 1792, a los
56.284 inscritos en los padrones ordenados por el virrey Abascal
en 1813, media una distancia insignificante. En la ciudad de México
un incremento de la mitad en treinta años deslucía ante el empuje
de otras zonas de América. Los 112.926 habitantes registrados por
Revilla Gigedo en 1790 se convirtieron, en 1820, en sólo los 168.846
consignados por Humboldt en vísperas de la emancipación.
Visto el movimiento de las ciudades, ¿cómo ordenarlas por
rangos? Al triunfar la independencia, en la cúspide figuraría como
siempre México, a no mucha distancia esta vez de Río de Janeiro.
Luego vendría La Habana. En un peldaño inferior se encontrarían
Lima, Buenos Aires, Caracas, Santiago de Chile (alrededor de 50.000
habitantes) y algunas capitales regionales, como Puebla (52.000) y
Bahía de San Salvador, de igual tamaño. En el tercer nivel aparece
rían la mayoría de los centros regionales, como Guatemala (23.434
moradores en 1776), Quito (28.451 en 1778), Cuzco (32.000 en
1792), Potosí (22.000 en 1779), Oropesa, hoy Cochabamba (22.0001
y La Paz (21.000), cifras ambas de 1796; Santa Fe de Bogotá
(21.394), Recife (alrededor de 30.000), Sao Luis Maranhao (22.000),
Guanajuato (32.000), Zacatecas (25.000) y Mérida (28.000). Los
guarismos de las tres ciudades mexicanas corresponden a 1793. Por
último vendrían las típicas capitales de provincia, de las cuales, a
título de ejemplos, citaremos simplemente a Durango (11.027 habi
tantes en 1790), San Salvador (12.504 en 1807) o Córdoba 110.587
en 1813).
3. El mestizaje
Dos siglos y medio de contactos, forzados las más de las veces,
afectivos algunas otras, pero asiduos siempre, habían llevado a cabo
la miscegenación de las tres estirpes que habían convergido en el
Nuevo Mundo. El mestizaje no había suscitado resistencias encona
das al principio en los imperios hispano y lusitano. Los primeros
mestizos se beneficiaron de los sentimientos que el parentesco di
recto alentaba, pero además, en tanto que estrato, servían de inter
mediarios o auxiliares para la tarea imperiosa de descomposición de
la sociedad aborigen. A mediados del siglo xvin, diezmados y some
tidos los indios, el requerimiento inicial había desaparecido y el
aumento prodigioso de los mestizos amenazaba la posición del grupo
blanco. Se entiende que los detentadores de privilegios esbozaron
una resistencia reforzando los contrastes sociales por medio de re
cursos psicológicos, como es el prejuicio basado en la pigmentación
de la piel.
A esta típica reacción señorial se sumó la propensión clasifica-
toria propia de la mentalidad ordenancista y racionalizadora de aquel
siglo que produjo, bajo otros cielos, un Linneo. Al igual que con las
especies vegetales y animales, cabía someter a los hombres a clasi
ficación. Entonces se difundiría en la América española la comple
jísima nomenclatura de las castas de mezcla, que los artistas poblanos
Ignacio de Castro y José Joaquín Magón ilustraron con su pincel en
cuadros famosos reproducidos con frecuencia. Cada mezcla posible
a partir de los tipos puros recibió una designación. Los nombres de
mestizo, mulato o zambo eran antiguos y no necesitan mayor acla
ración. Los de tercerón, cuarterón y quinterón son, por otra parte,
suficientemente expresivos por sí mismos. El habla peruana de nues
tros días ha preservado, en fin, el uso de cholo y chino. Pero ¿quién
recuerda hoy el significado de nombres como castizo, morisco, lobo,
jíbaro, albarazado, cambujo, barcino, puchuel, cayote, chamiso, gal
farro, genízaro, grifo, jarocho y sambahigo, o los más pintorescos de
salta atrás, tente en el aire, no te entiendo, ahí estés, etc.? Com
plejidad adicional, las designaciones cambiaban de acuerdo con las
regiones: chino era más coloquial en Perú y en Nueva España, en
tanto que Venezuela prefería zambo. En Brasil curiboca, caboclo y
mameluco designaban de Norte a Sur la misma descendencia del
portugués y de la india.
La distancia en el tiempo ha borrado los matices, pero tampoco
los contemporáneos usaron esos términos de ordinario y con pre
cisión. Más parecen pábulo para leguleyos o, como dice Mórner
(1967), «un género de arte entretenido característico del exotismo
y recocó del siglo xvm , más que esfuerzo serio para presentar la
realidad social de las Indias». En el habla popular se preferían
expresiones eufemísticas más vagas, como las de moreno y pardo por
negros y mulatos. Pardos eran a veces incluso los propios negros
y otras los mestizos. Donde se prestó mayor atención a tales dife
rencias fue en las grandes ciudades, como lo atestigua la célebre des
cripción de Antonio de Ulloa de las castas del puerto de Cartagena.
En los centros urbanos la confusión podía hacer peligrar la estrati
ficación antes que en el campo, donde el dominio marcado del señor
feudatario era indiscutido. Precisamente en el momento en que la
nomenclatura tomaba un aire erudito hacíase cada vez más difícil
detectar la filiación de los individuos. La ilegitimidad borraba las
pistas en la generación precedente y la fisonomía apenas proporciona
ba aproximaciones groseras. Todos los documentos de la época indi
can la frecuencia de los nacimientos extramatrimoniales en la socie
dad tanto de Hispanoamérica como de Brasil. Los estudios recientes,
basados en los libros de bautismo, van perfilando las dimensiones
de la cuestión. En las respectivas parroquias del Sagrario de las ciu
dades de Guadalajara y México, alrededor de una quinta parte de las
aguas bautismales fueron impuestas, en 1821, a hijos de padres des
conocidos o a niños calificados de manera beatona de «huérfanos»
(González Navarro, 1970).
A continuación figura en el cuadro núm. 4.7 la cantidad de niños
libres que recibieron su primer sacramento en la parroquia urbana
de la Sé a lo largo de todo un siglo. Los datos se agrupan por perío
dos quinquenales. En columnas separadas se indica qué por ciento
de ellos recayeron en niños ilegítimos o en hijos de padres desco
nocidos. Si se incluyeran otras categorías sociojurídicas, las propor
ciones se elevarían seguramente. Entre 1741 y 1845, el promedio de
alumbramientos ilegítimos en la parroquia fue del 23 por 100, y el
de los niños expósitos de nada menos que del 16. De cada cien cria
turas, treinta y nueve eran, por consiguiente, legalmente bastardos.
En cualquier momento de ese centenar de años la cifra no bajó por
debajo de la cuarta parte. Lejos de retraerse con el tiempo, al con
trario, progresó. Hacia el final del período la marca rayó en la mitad.
Puesto que la proporción de expósitos se mantuvo casi constante, el
aumento se debió, pues, a la multiplicación del otro renglón.
C uadro núm. 4.7
Frecuencia de bautismos de niños ilegítimos libres
en la parroquia de la catedral de Sao Paulo
Total de Porcentaje Porcenta/e Porcentaje
bautismos de niños de expósitos total
ilegítimos
1741-1755 2.148 10,24 14,85 25,09
1756-1770 2.248 18,28 14,72 33,00
1771-1785 2.226 20,97 21,42 42,39
1786-1800 5.396 21,08 10,74 31,82
1801-1815 3.964 26,26 15,64 41,90
1816-1830 2.968 30,15 18,83 48.98
1831-1845 2.731 31,49 14,75 46,24
Total 21.681 23,20 15,99 39,19
Puente Marcilio, 1968.
Tales avances de la ilegitimidad se observan tanto a mediados
del siglo xvn como durante el xvm y en el xix. De la primera
época Carmagnani (1972) ha estudiado algunos ejemplos correspon
dientes a México septentrional. En dos centros mineros, Charcas y
San Luis Potosí, el volumen de nacidos por detrás del altar culmina
entre mestizos y mulatos mediada la decimoséptima centuria. Tres
parroquias de la colonia francesa de Saint-Domingue (Houdaille,
1963) y la de Quillota, situada en el Norte Chico chileno (Carmag
nani, 1963), ilustran por su lado situaciones semejantes en el siglo
siguiente. En Quillota, por ejemplo, una cuarta parte de los condu
cidos a la pila bautismal entre 1690 y 1729 arrastraban esa tacha.
La proporción ascendió luego hasta un tope del 37,9 por 100 en
1740-49. A su vez, la parroquia también rural de Santa María, en
la provincia argentina de Catamarca, arroja cierta luz sobre el si
glo xix. El estudio que hicimos de este valle precordillerano perma
nece inédito, pero de él extractamos estos datos: de cada cuatro bau
tizados allí en el quinquenio 1813-18 uno era nacido al margen de
las nupcias; un cuarto de siglo más tarde, 1834-44, arañaban la mitad.
Alcanzado un techo, la ilegitimidad tornaba a descender. En el
caso de Charcas, antes mencionado, del 28,7 por 100 bajó al 17,8 en
1720-24. En Quillota, de mediados al final del siglo xvm , se con
trajo en forma gradual hasta situarse en el 25,8 por 100. Sólo inves
tigaciones sistemáticas de historia local llegarán a explicar estos mo
vimientos de la ilegitimidad. Por ahora parecería que la fase de in
cremento coincide con el desencadenamiento del respectivo proceso
de miscegenación. Abona esta hipótesis la forma como la ilegitimi
dad se distribuía entre las categorías étnicas. Véase un ejemplo prece
dente del hemisferio sur.
La parroquia rural de Pelarco, cerca de Talca, en Chile central,
muestra comportamientos bien diferenciados por grupo racial. Según
el cuadro núm. 4.8, los blancos constituían aquí la mayoría absoluta
de la población, tal como en Quillota. Los indios y mulatos o eran
espurios o nacían de uniones consensúales en más de la mitad de
los casos. Ahora bien, la categoría que conoció un grado extremo fue
la de los mestizos: tres cuartas partes habían sido dados a luz fuera
de los cánones legales.
C uadro núm . 4.8
Ilegitimidad en Pelarco, 1786-96 (porcentajes)
Grupo Hijos Hijos Padre
étnico legítimos ilegítimos desconocido
Españoles 87,6 74,0 20,4 5,5
Indios 3,6 47,8 39,1 13,0
Mestizos 4,7 25,5 63,0 8,4
Mulatos 4,0 46,0 48,0 6,0
Fuente: Aranguiz Donoso, 1969.
Habitaba Pelarco una pequeña comunidad hispanoindígena cuya
interrelación sexual tropezaba con las barreras consabidas del prejui
cio y de la discriminación social; pero el grupo era fundamental
mente de hombres libres con una distribución cultural bipolar que,
como en el caso de Charcas y San Luis Potosí estudiado por Car-
magnani, se organizaba en torno a las constelaciones de los españoles
y de los aborígenes. Los bastardos hacían las veces de puente entre
los extremos raciales en fusión, al ñienos en determinados niveles
sociales.
En una sociedad lusoafricana hondamente marcada por la esclavi
tud como la de Minas Geráes, la ilegitimidad presenta en cambio una
significación distinta. Los blancos registran los índices más elevados
de bautizos legítimos, como era de esperar, mas no les sigue el
otro grupo racial puro, según el esquema anterior. En vez del negro
figura en un segundo plano el híbrido, el pardo libre. Vienen luego
el prieto de la misma condición, el esclavo negro y, finalmente, el
pardo esclavo. En esta última categoría, nada menos que seis déci
mas partes llevaban tacha de espurios (cuadro núm. 4.9). La legiti
midad se organiza, pues, aquí siguiendo una estratificación vertical
parecida a la de una sociedad clasista. La cima está representada por
los blancos, y los demás grupos se ordenan de acuerdo con la mayor
o menor proximidad étnica a la cúspide, a excepción de la categoría
de los esclavos de sangre mixta, que ocupan el escalón ínfimo. Mayor
ilegitimidad corresponde aquí a menor grado de asimilación al patrón
dominante, al contrario de lo que ocurre entre los mestizos, en quie
nes se cruzaron los linajes aborigen y español.
En 1778 la corona española reguló el matrimonio en Indias,
materia en que la autoridad civil se había guiado consuetudinaria-
C uadro núm. 4.9
Legitimidad según sexo, color y condición entre los bautizados en 110
de las 173 parroquias de Minas Geraes en 1844 (porcentajes)
Legítimos \ Ilegítimos Expósitos Total
Blancos:
Varones 9,5 2,5 2 461
Mujeres 84,5 13,3 2,0 2442
Pardos libres:
Varones 69,5 28,8 1,6 3.641
Mujeres 66,4 32,5 1.0 3.784
Prietos libres:
Varones 61,7 37,7 0,4 839
Mujeres 60,4 39,4 0,1 763
Pardos esclavos:
Varones 41,1 58,8 — 471
Mujeres 38,7 61,2 — 490
Prietos esclavos:
Varones 48,0 51,7 0,1 1.840
Mujeres 40,8 59,1 — 1 860
Totales 66,1 32,6 1,1 18 591
Fuente: Klein, 1969.
mente por las leyes canónicas. El Estado se decidió entonces a inter
venir. Su postura secularizante vino lastrada por el anhelo conser
vador de preservar el statu quo social. La ley exigía el acuerdo de
los progenitores para contraer nupcias antes de los veinticinco años.
Sin embargo, relevaba del requisito a mestizos, mulatos y negros en
la convicción de que les sería difícil localizar a sus padres (Mórner,
1967). De tal manera se asociaban en la mente del legislador casta
con ilegitimidad. En quien redactó la ley matrimonial también ope
raba seguramente la convicción de que cualesquiera fueran los re
caudos legislativos, los hombres y mujeres de ese estrato no aguar
darían a recibir las bendiciones religiosas, oficiales y familiares para
unirse en pareja y procrear. La unión consensual y la ilegitimidad
fueron la respuesta popular a las trabas legales y del prejuicio que
erigía una sociedad rigurosamente estratificada y con propensión a
fijarse.
La adscripción a uno u otro grupo tenía consecuencias jurídicas
y sociales de largo alcance. El párroco anotaba al recién nacido ya
fuera en el libro de bautismos reservado a los españoles, ya en el
de los indígenas, ya en el de las castas. La calidad entonces asignada
acompañaba al individuo durante toda la vida y hasta se prolongaba
en sus descendientes, haciéndolos dignos de un privilegio o víctimas
de una tacha social. Este sistema agraviante disponía, sin embargo,
de válvulas de escape. Konetzke (1946) cita una Real Cédula del
26 de noviembre de 1814 en la que la corona española tomaba nota
de la costumbre de los párrocos de registrar a su arbitrio en los libros
a las criaturas que bautizaban. En vista de la laxitud aplicada por
los clérigos, exigía el fin de la práctica, reservando a la jurisdicción
real la facultad de determinar la clase de las personas. El tiempo
había transformado la discriminación racial en una clasificación ju
rídica. Incluso una contribución pecuniaria al erario dispensaba de
las calidades inferiores. Hubo así negro adinerado que, merced a una
cédula gracias al sacar, adquirió del monarca la dignidad de persona
blanca.
Por la acción combinada de tales procedimientos, el régimen de
castas estaba condenado a desaparecer, por más que ciertas medidas
y actitudes se empeñaron en preservarlo. La República derribó en
forma gradual las barreras legales, pero fue menos efectiva en acabar
con discriminaciones más sutiles, que en algunos casos han llegado
hasta nuestros días.
En la medida en que la clasificación racial traduce una grosera
estratificación de la sociedad, la variable étnica descubrirá compor
tamientos diferenciales de valor parecido al que tienen los datos so
bre ocupación o profesión. Antes vimos cómo mujeres pertenecientes
a varios grupos étnicos presentaban fecundidades distintas en el río
de la Plata o cómo cada estirpe registraba tasas de ilegitimidad muy
diferentes. No resultará, pues, vano que nos detengamos brevemen
te a describir cómo se distribuían los troncos originarios y las castas
a lo largo y ancho del espacio americano a fines del período colonial,
último momento en que ese esbozo es posible.
La cuenca del Plata en su acepción más amplia, o sea desde Río
Grande do Sul, al Norte, hasta la campaña de Buenos Aires, al Sur,
y Córdoba al Oeste, una superficie de cerca de un millón de kilóme
tros cuadrados, incluido el bolsón indígena de las misiones, cons
tituyó el área de hegemonía blanca más extensa y más marcada.
En 1778 tres cuartas partes de los ocupantes de la pampa al sur Je
Buenos Aires eran peninsulares o criollos, destacándose sobre el
tenue fondo de los pocos aborígenes que poblaban esas tierras y de
los africanos recién venidos. La campaña de la Banda Oriental del
Uruguay tenía, por su parte, en 1781 un 72 por 100 de habitantes
de extracción ibérica. En uno y otro caso, la proporción bajaba en las
capitales, los puertos de Buenos Aires y Montevideo (68 y 70 por
100, respectivamente), por la presencia allí de mayor número de
negros. Más al interior, Córdoba pasó de un 48 por 100 blanco en
1778 a un 57 en 1813, prueba de una afluencia de otras regiones
(Endrek, 1966). Tanto en Buenos Aires como en la Banda Oriental
y Córdoba, la minoría negra venía en segundo lugar. En cambio, en
Corrientes, el componente blanco se sustentaba sobre una base indí
gena. Según las zonas, los blancos eran allí del 65 al 75 por 100
en 1814 (Maeder, 1963).
Otra región que parece haber contado, en el papel al menos, con
una población europea mayor que la aborigen fue Chile. El censo
del Obispado de Santiago levantado en 1778 arroja un 69 por 10Ü,
con marcas más elevadas, alrededor de un 80 por 100, en los corre
gimientos septentrionales de Quillota y Aconcagua y en los meridio
nales de Colchagua y Maulé (Carmagnani y Klein, 1965). Esa gente
estaría allí aculturada a la española, pero que fuera de tal proceden
cia resulta menos seguro. Carmagnani (1963) tiene, pues, razón en
obviar la dificultad agrupando a blancos y mestizos del Norte Chico
en una sola categoría.
En el resto de la América ibérica sólo ocasionalmente aparecían
bolsones blancos: al sur del Perú, entre las serranías de Arequipa y
costas de Camaná; al norte de la Nueva España, en el oasis humano
de Nuevo León; en Centroamérica, en lo alto de la mesa costarricen
se, en alguna que otra parte de Cuba, o según denota la visita del
obispo Martí de 1772, al occidente de Venezuela, en el actual Estado
de Trujillo, donde siete décimas partes de los habitantes eran criollos.
Las ciudades también atraían o sujetaban a los españoles por las
riquezas que movían o por las funciones administrativas que en ellas
desempeñaban. Así, Quito albergaba en 1781 cerca de un 63 por 100
de blancos contra un 32 de indios y un 5 de castas y negros esclavos.
Entre tanto, la provincia circundante ostentaba un 68 por 100 de
indios y otro 5 de castas y negros, contra un 27 de peninsulares y
criollos (Paz y Miño, 1936). La ciudad semejaba, pues, un islote
blanco en medio de un mar de campesinos indios. Rasgos parecidos
presentaba también la capital de la Nueva España. México era, en
efecto, mitad española y mitad indo-mestiza, sin muchos negros o
mulatos, mientras que los indios dominaban el, resto del virreinato
Los indígenas, el linaje más antiguo de América, aunque muy ve
nidos a menos por la conquista, continuaban descollando en extensas
regiones del continente. En las fronteras, el indio acampaba como
dueño y señor, pues la colonización apenas había llevado allí algunos
puñados de europeos, si siquiera los había. Solían ser éstas tierras
mal pacificadas e incluso sin explorar, que se extendían de Texas a
California, por el norte del virreinato de Nueva España a lo ancho
de las llamadas «provincias internas». También se encontraban gru
pos de naturales, dispersos por el Chaco o la Amazonia, en el inte
rior del subcontinente austral, así como por las praderas sin hori
zontes de la Pampa o las frías estepas de la Patagonia. En todos
estos lugares los indios prevalecían entonces por inercia, pero sin
futuro. Ni por el tamaño de sus comunidades ni por lo primitivo de
su estado cultural estarían capacitados para mantener su ventaja
cuando millares de migrantes afluyeran repentinamente.
Los indios gozaban de una posición distinta a lo largo de la cor
dillera vertebral del continente. Los españoles habían impuesto allí
su presencia desde hacía siglos, mas debido a las elevadas densida
des prehistóricas y a la cohesión de su cultura los naturales habían
logrado conservar la delantera, no obstante las calamidades sufridas
y la tentación del mestizaje. En México y Centroamérica el estrato
indígena mantuvo un neto predominio cuantitativo sobre los demás
grupos étnicos puros o mezclados, hasta que adentrado el siglo xix
la «ladinización» avanzó hasta diluir en parte su identidad.
En 1810 Navarro Noriega estimaba que seis décimos de los ha
bitantes del virreinato de Nueva España eran todavía indígenas. En
tamaño el grupo que seguía era el de las castas (Lerner). Otro tanto
ocurría en Guatemala, pero aquí la proporción de mestizos sobre
pasaba la de México (31 por 100 contra el 21). La capitanía había
atraído, pues, menor caudal de españoles.
En el hemisferio sur, las tierras altas y frías de la presidencia de
Quito, del virreinato del Perú y de la audiencia de Charcas se des
tacaban como reductos de hegemonía indígena. El promedio de todo
el Perú, de por sí bastante elevado — dos tercios— , disimulaba,
sin embargo, concentraciones ocasionales aún mayores. En la inten
dencia de Cuzco, baluarte de la civilización aborigen, éstos sumaban
tres cuartas partes de la población y hasta subían al 92 por 100 en
alguna que otra localidad (Cotabambas, por ejemplo). Más que en
nuestros días, la «mancha india» era, pues, rural y efectivamente in
dígena. Igual en el Altiplano, donde tres de cada cuatro personas
seguían considerándose aborígenes. Aun en las ciudades, siempre pre
feridas por los blancos, los naturales eran multitud. En Potosí, as
cendían al 58 por 100, sin contar a un 22 por 100 de mestizos
(Chao, 1965). Del Altiplano la masa cobriza desbordaba hacia el Sur,
ocupando un rango sobresaliente en la intendencia de Salta, sita en
la actual Argentina. El padrón levantado nombre por nombre de los
habitantes del partido de Jujuy da cuenta que un 57 por 100 de in
dios vivía en él en 1178, contra cerca de un quinto de mestizos y un
séptimo de blancos, amén de un alto porcentaje de personas de filia
ción indeterminada que no sería caprichoso considerar como indios
o mestizos (Rasini, 1965). En los valles orientales de la intendencia
de Cochabamba, la presencia aborigen se atenuó, en cambio, situán
dose en un discreto 40 por 100. En la capital, Oropesa, sólo una
vigésima parte de los habitantes eran naturales.
De un orden tal vez más cultural que étnico, ya que los blancos
eran en definitiva escasos, el mestizaje presentábase desarrollado al
norte del Perú y en la extensa zona donde los Andes se bifurcan en
Nueva Granada. En Perú, la costa de Santa, la sierra al oriente de
Trujillo (Huamachuco y Pataz), así como las provincias de Conchu
cos y Tarma, exhibían marcas elevadas de miscegenación. Los cholos
■»—en los términos imprecisos de los empadronadores— sobrepasaban
allí la mitad de la población (Vollmer, 1967). En cuanto a las mesas
andinas occidental y oriental de Nueva Granada, cuyas superficies
sumadas abarcaban dos tercios del territorio de aquel virreinato,
albergaban alrededor de un 45 por 100 de sangre mixta. El dato
procede del censo formado por el virrey Flórez en 1778 (Vergara y
Velasco, 1891). Al Oriente, la argamasa resultó quizá de un entre
cruce real de españoles con indios, igual que en Chile, pues los
blancos intervinieron en la composición étnica, registrando una pro
porción alta del 37 por 100. Al Poniente no ocurrió, en cambio, otro
tanto. La estirpe europea no llegó a representar allí ni siquiera una
quinta parte del total de habitantes.
Otra área en que la inmigración peninsular consiguió dejar una
huella profunda, no obstante su corto aporte humano, fue en las
intendencias de Zacatecas, Durango y Guadalajara, al norte de la
Nueva España. Tampoco los aborígenes habían sido allí muchos
antes, de modo que cada grupo entró en el mortero con un pie pa
rejo. A la disolución del virreinato los mestizos sobresalían en esta
zona.
El negro fue costeño o insular. Rara vez se internó tierra aden
tro, a no ser para engrosar la servidumbre de una ciudad. Negros
hubo trabajando en las minas del interior de México y Perú, pero los
menos. Negros extrajeron minerales y gemas del suelo de Minas
Geraes, Goiás o Mato Grosso, sembraron las plantaciones del Tu-
cumán o arrearon los hatos de los Llanos. En Guárico y Apure, por
ejemplo, una de cada dos personas lucía color pardo o moreno, y en
los Llanos occidentales de Barinas, Guanare y Cojedes, poco faltaba
para igualar esa elevada proporción (Brito Figueroa, 1966). A los
ejemplos tomados de Brasil, Río de la Plata y Venezuela podríamos
añadir alguno que otro más, pero no muchos, pues si el grupo afri
cano logró relieve en estos tres puntos, débese a que la población allí
raleaba. Su preeminencia fue consecuencia de la escasa densidad. Las
vastas extensiones de los Llanos (un par de cientos de miles de ki
lómetros cuadrados) sólo cobijaban unas 74.000 personas en las pos
trimerías del siglo x v i i i . En los poblados territorios de la masa con
tinental, como fueron México o Perú, los habitantes de ascendencia
africana estuvieron necesariamente en minoría.
AI contrario que sus primos del Norte, los negros de la América
española y portuguesa pudieron residir en las ciudades y se dejaron
conquistar por su atracción. La urbe llamó a los esclavos domésticos
para los abundantes servidos que requería, y más que a ellos al
enjambre de negros libres, mulatos y zambos de toda gradación que
la necesidad y la discriminación impelía a hacerse cargo de cualquier
tarea no calificada. La urbe ofrecía con todo quizá mejores oportu
nidades de esquivar sus cerrados destinos. Los africanos abundaron
no sólo en ciudades como La Habana, Caracas, Bahía o Río. Estas
eran al fin cabeceras económicas y políticas de regiones del litoral
atlántico dedicadas a la plantación de azúcar, cacao o algodón y siem
pre requirieron mano de obra esclava. Por lo bajo, entre pardos y
morenos, dos de cada tres residentes solían ser allí de color. Los
negros se congregaron también en las capitales de virreinato o go
bernaciones, cuyas jurisdicciones, como en Perú y Chile, detentaban,
en cambio, un segmento africano limitado: el recinto de la ciudad
de Lima albergó, por ejemplo, en 1792, nada menos que a un 44,6
por 100 de pardos y morenos; las cuatro parroquias de Santiago arro
jaron una cuarta parte de mulatos y negros, según el censo levantado
en 1778 en el arzobispado de Chile.
El Caribe y norte de América del Sur reunieron las densidades
más elevadas de estirpe afroamericana. A ellos cabe añadir las costas
septentrionales del Pacífico en América del Sur, de Trujillo al Chocó,
pasando por Guayaquil. De acuerdo con la relación remitida por los
capitanes generales y gobernadores en 1818 al rey de Portugal, Bra
sil tenía apenas 3.617.390 habitantes. De esa cantidad 1.728.000 eran
negros esclavos y 159.000 prietos, libres, un 52 por 100, a los que
deben agregarse 202.000 pardos esclavos y 426.000 mestizos, ma
melucos y mulatos libres. La suma eleva el grupo de color, excluidos
los indios, a casi tres cuartos del total (Rosenblat, 1954).
Durante el medio siglo que precedió a ese informe, Brasil había
introducido una multitud de esclavos con destino a las plantaciones.
Los monocultivos se expandieron a la sazón en respuesta a una de
manda europea creciente, y exigieron por ende más brazos. La ri
queza acumulada entonces por los propietarios les dotó de recursos
financieros como para procurarse aquella fuerza laboral. Las regiones
del Brasil que dispusieron de mayor volumen de población servil
fueron precisamente las productoras del algodón y azúcar. Así dos
tercios de los residentes de Maranháo, zona típicamente algodonera,
eran esclavos; en Alagoas, azucarera y algodonera, el 38 por 100.
Proporciones parecidas figuraron en Pernambuco, Bahia, Rio y Sao
Paulo.
Otra zona a la que la sangre negra fluyó abundante hasta terminar
por preponderar fue la isla de Cuba. El censo levantando por La Torre
en 1774 arrojó una clara mayoría de origen blanco, según puede
apreciarse en el cuadro núm. 4.10, mas tal ventaja no habría de
durar. La crecida trata negrera motivada por el auge azucarero in
virtió los términos de la relación entre uno y otro grupo étnico du
rante la década siguiente, de modo que hacia 1791 morenos y par
dos fueron ya los más. Creciendo a la tasa elevada que se indica
en el mismo cuadro, no es de extrañar que los negros estuvieran por
igualar, sin contar con los pardos, a todos los blancos residentes en
la isla. Este acontecimiento estaba a punto de ocurrir en toda la isla
cuando el capitán general Cienfuegos y el intendente Ramírez levan
taron el censo de 1817. En algunas regiones era ya un hecho. Un el
departamento de Oriente, tres de cuatro habitantes eran en 181/
afrocubanos, si no bozales. Alarmadas por el estado de cosas, las
autoridades promovieron la constitución de una Junta de Población
Blanca. Esta tenía por función fomentar una corriente de inmigra
ción que compensara el flujo africano. El propósito fracasó, sin em
bargo, pues los únicos que acudieron fueron los españoles que temían
permanecer en las repúblicas hispanoamericanas recién constituidas o
C uadro n ú m . 4.10
Población de Cuba
a) Distribución étnica
(Las cifras de población van expresadas en millares)
NEGROS
Mulatos I otal Total taje
Años esclavos de de color/
Esclavos TCI ** Libres y libres color Cuba Cuba
1774 96,5 41,6 11,6 22,8 76,0 172,6 44,0
1792 133,5 72,4 3,7 20,2 46,0 138,7 272,3 50,9
1817 239,8 166,8 3,4 54,3 91,9 313,2 533,0 56,6
1827 311,0 286,9 * 3,7 48,9 57,5 393,4 704,4 55,8
1841 418,2 436,5 3,0 152,9 589,3 1.007,6 58,5
* Incluye también los pardos esclavos.
* * T C I: tasa de crecimiento intercensal.
F u en te: G uerra y Sánchez, 1958.
b) Tasa de masculinidad de la población esclava (TME) y propor
ción de población negra y mulata en relación con el total de
habitantes (PN y M /H ), según las principales regiones de la isla
1772 1817 1841
TME PNyM/H TME PN y M/H TME PNyM/H
Occidente 65,3 41,5 68,4 54,8 64,7 61,4
Centro 55,2 36,0 57,4 41,9 68,0 41,8
Oriente 65,8 57,1 50,2 75,9 50,9 67,2
F u en te: W. Zelinsky, 1949.
que prefirieron emigrar antes que quedar sujetos a los Estados Uni
dos en Luisiana o Florida.
De 1817 en adelante la proporción entre los grupos se mantuvo
con pocas variantes, hasta que en 1861 los blancos retomaron la
delantera. El censo de ese año arrojó un 57 por 100 de esa extracción.
El repunte europeo era previsible. La entrada de brazos serviles tro
pezó con dificultades en la década de los años 40 y la masa de es
clavos hubo de depender más de su propio caudal para crecer. El
análisis del censo de 1841 muestra cuán desfavorable era la tasa
de masculinidad para la gente de color. Sólo en Oriente los sexos
aparecían equiparados: en el Centro y Occidente por cada dos hom
bres había una mujer de su raza y estado (cuadro núm. 4.10). Pár
vulos y adolescentes por debajo de los quince años, edad en la que
se depositaba el futuro de la generación siguiente, constituían por
demás únicamente el 21 por 100 del grupo, mientras que entre los
blancos alcanzaban al 41. La razón de los sexos y la estructura por
edades no permitía que los afrocubanos se reprodujeran normalmente.
Este inconveniente repercutía sobre el incremento demográfico de
la isla. A falta también de incentivos para la inmigración peninsular,
la tasa de crecimiento de la población de la isla comenzó, pues, a
declinar. De 1841 a 1861 se redujo a un 1,7 por 100 anual, cifra,
aunque apreciable, muy inferior a las que Cuba acababa de conocer.
En la vecina isla de Puerto Rico, la afluencia continua de escla
vos elevó igualmente rápido la masa de color. Hasta fines del si
glo xvm , la colonia española había contado apenas con un noveno
de habitantes de tal calidad. Bruscamente de 1802 a 1865 se in
trodujeron unos 60.000 esclavos (Curtin, 1969). El censo de 1860
arrojó así un 48 por 100 de población africana, tope a partir del
cual los borinqueños de tal origen empezaron a mermar.
Pasando a Santo Domingo, la proporción de negros y mulatos
aumentó también, aunque por razones distintas. Aquí la economía
ganadera no se vio acorralada por el avance de las plantaciones azu
careras como en otras islas. No hubo, pues, incremento significativo
de la mano de obra servil. La proporción de esclavos dentro de la
masa de la población fue muy baja. Al iniciarse el siglo xix no pa
saba del 3 por 100 de los 104.000 habitantes de la colonia. Lo que
modificó la composición étnica de la parte oriental de la isla Espa
ñola fue la drástica salida de europeos y la afluencia posterior de
haitianos. Primero la abandonaron los franceses instalados allí a
favor de la expedición napoleónica. Ellos fueron expulsados cuando
España reconquistó su posición. Luego los propios peninsulares hu
bieron de huir al sobrevenir la invasión haitiana. La isla entera se
despobló no sólo por estas causas, sino también por la guerra. Al
decir de los cónsules británicos acreditados en Haití, la política agre
siva del monarca improvisado, Dessalines, costó a Santo Domingo
siete décimas partes de su población y no redujo en mucho menos
los habitantes del propio Estado occidental.
La isla intentó compensar, en parte, tamañas pérdidas abriéndose
a la inmigración de negros libres del sur de los Estados Unidos, algu
nos de los cuales cifraron por un tiempo en Santo Domingo espe
ranzas parecidas a las que otros depositaron en Liberia. Entre los
actuales pobladores de la península de Samaná cabe identificar to
davía a los descendientes de aquel frustrado proyecto colonizador
(Hoetnik, 1970). Tal aporte fue, empero, episódico. La estirpe afri
cana no cesó, en cambio, de fluir profusa durante todo el siglo xrx
y xx a través del borde fluctuante entre las antiguas posesiones fran
cesa y española.
En el margen meridional del Caribe, es decir, en Colombia y Ve
nezuela, el componente africano puro y mixto prevalecía no tanto al
Oriente, en Barcelona o Cumaná, más indígenas, sino en los valles
y costas centrales, donde oscilaba entre un 45 y 60 por 100, y sobre
todo en la hoya de Maracaibo. Dos de cada tres personas eran
allí mulatas. Tamañas concentraciones moteaban también el litoral
atlántico ele Colombia, y en ocasiones se atrevían a trepar hasta al
turas medianas. Así, en 1778, la sangre africana corría por las venas
de la mitad de los residentes de Medellín (Parsons, 1968).
Costas insalubres y aisladas sirvieron, en fin, de abras seguras
para los esclavos fugitivos, quienes por siglos se aferraron en ellas a
una vida misérrima, pero libre. El litoral colombiano del Pacífico, el
Chocó, fue uno de estos enclaves de negritud. Los zambos descen
dientes de cimarrones expulsaron a los indígenas cunas hacia el Norte
y se establecieron en el territorio de éstos a espaldas de los gobiernos
coloniales e independientes. Quienes huían de las minas de la pro
vincia de Nóvita engrosaban y renovaban de continuo sus filas. Más
agresivos, los zambos mosquitos no se contentaron con imponer su
ley en las tierras calientes de Nicaragua, sino que incursionaron una
y otra vez contra las haciendas cacaoeras del litoral caribe de Costa
Rica, hasta que terminaron por despoblar el valle de Matina (Jiménez
Castro, 1956).
La penetración africana en el Nuevo Mundo alcanzó un punto
máximo en el último tercio del siglo x v iii y la primera mitad del xix.
A partir de determinado momento, su expansión cesó. La ocasión
varió según las regiones. Los rastros de los morenos se perdieron
pronto en el Río de la Plata. Más tarde empezaron a atenuarse en
Cuba. En Brasil, el primer censo nacional descubrió que seis de cada
diez habitantes del Imperio eran en 1872 negros o de mezcla, can
tidad en franca regresión con respecto a los comienzos del siglo.
Abolida la trata y después la esclavitud, la fuente que había
alimentado la presencia africana en el continente se cegó. Librados
los negros americanos a sus propios recursos, las pésimas condicio
nes de vida a las que estaban sujetos elevaban su cuota de muerte,
mientras que la despareja distribución de los sexos heredada del
tiempo de la trata cercenaba su capacidad reproductiva (Stein, 19701.
La tentación del mestizaje o del simple cruce de la barrera de color
drenaba con igual consecuencia al grupo.
Apenas inaugurado el nuevo siglo, Toussaint l’Ouverture, el ne
gro jacobino campeón de la independencia de Haití, decretó en 1801,
el primero en el Nuevo Mundo, la abolición de la esclavitud, con
sagrando así una conquista lograda por los antiguos esclavos con
las armas en la mano. En la América española y en Brasil, la eman
cipación fue más gradual, pausada y controlada. No la arrancó la
violencia, aunque a veces alguna urgencia política la precipitara.
La primera concesión consistió en agostar el flujo regular de es
clavos. A la Junta Suprema de Caracas pertenece el honor de haber
encabezado la supresión de la vil trata en agosto de 1810. Siguieron
declaraciones del Congreso chileno de 1811, y en 1812 la del Triun
virato que gobernaba el Río de la Plata y la de la constitución del
Estado de Cartagena. Cinco años después, Fernando VII convino con
Inglaterra en eliminar la trata a partir de mayo de 1820 de los do
minios en poder todavía de los realistas. Llegada esa fecha, el com
promiso no se cumplió y dio lugar a un nuevo tratado en 1835.
En realidad, sólo la promulgación de una ley penal en 1845, que
infligía castigos severos a los traficantes de esclavos, obró con
eficacia relativa contra el infame negocio en las Antillas españolas.
Por su parte, las repúblicas que habían sacudido la sujeción de Fer
nando V il después de 1820 promulgaron sus respectivas leyes de
abolición de la trata. En 1821, el Congreso de Cúcuta confirmaba
lo resuelto en ese sentido dos años antes por el de Angostura, al
tiempo que San Martín, liberado Perú, publicaba la extinción de
este comercio.
La implementación de las leyes no pudo ser drástica y fluctuó
de acuerdo con los altibajos del poder en los países respectivos. El
Congreso de Fluancayo anuló en tiempo de Gamarra la legislación
peruana de 1821 y readmitió la trata negrera. En la época de Rosas,
el Río de la Plata revivió como emporio negrero, y la bandera uru
guaya relevó temporariamente a otros pabellones en el tráfico a
Cuba, Brasil y al propio Montevideo (Curtin, 1969). Transgresiones
tan manifiestas como éstas a las propias legislaciones, a las que se
rendía tributo de los labios para afuera, dieron pie a que Gran
Bretaña, interesada en la supresión del tráfico, al que había renun
ciado desde hacía tiempo (1807), ejerciera toda suerte de presiones
con el objeto de forzar la eliminación efectiva de la trata. El dictador
argentino se doblegó finalmente a las condiciones inglesas, suscri
biendo el tratado de 1839. Mientras tanto, el caudillo colorado de
la Banda Oriental, Rivera, aceptaba igual temperamento. Los gobier
nos republicanos de México, Venezuela, Colombia, Ecuador, Bolivia
y Chile firmaron por los mismos años, tras laboriosas negociaciones,
pactos similares que acordaban a Gran Bretaña el derecho de patru
llar los mares en persecución de los negreros (King, 1944).
Antes que estos países, la monarquía portuguesa y luego el
imperio de Brasil, su sucesor, habían rubricado compromisos seme
jantes con Inglaterra, sin que tales acuerdos afectaran el flujo exter
no. La entrada siguió siendo intensísima hasta la quinta década del
siglo. Sólo la ley aprobada a instancia de Eusebio de Quiroz puso
punto final a la trata (Bethell, 1970). Detenida la internación de
africanos, el sur de Brasil no se arredró ante la situación creada y,
mediante el pago de precios muy elevados, atrajo a sus prósperos
cafetales los sobrantes de una agricultura estancada como la del
Nordeste. En los años 70 la propia naturaleza se encargó de engrosar
la migración al Norte, hacia Río de Janeiro y Sao Paulo. Largas
sequías agostaron las tierras y obligaron a los plantadores nordesti-
nos a malbaratar sus esclavos (Stein, 1970). La abolición de la trata
negrera dio lugar, por consiguiente, a ingentes desplazamientos hu
manos a lo largo de Brasil, que algunos calculan en alrededor de
200.000 individuos solamente por mar (Klein, 1970). Así, los
estados situados al sur de Espíritu Santo llegaron, a concentrar
en 1880 a dos tercios de la mano de obra servil del imperio, invir
tiendo la pauta anterior de distribución regional.
Un segundo modo de provocar la atrición de la esclavitud en un
plazo prudente fue implantar la libertad de vientres, por la cual
el hijo nacido de una esclava dejaba de correr la suerte de la madre
y era proclamado de condición libre. Chile y las Provincias Unidas
del Río de la Plata se adelantaron una vez más y la instituyeron
en 1811 y 1813. San Martín llevó ese principio a Perú, y el Con
greso de Cúcuta lo decretó para la Gran Colombia en 1821. La
República Oriental del Uruguay dispuso a su vez lo mismo en 1825.
Por fin, la ley de vientres de Brasil de 1871, instigada por Rio Bran-
co, fue la última, y sólo se aprobó a modo de instancia contempo
rizadora para evitar las medidas más drásticas reclamadas.
La solución definitiva no vino, empero, sino con la manumisión
efectiva de los esclavos y la cancelación de las medidas tutelares que
mitigaban los alcances de la redención jurídica. Aun cuando algún
gobierno estuvo dispuesto a proclamar la solemne abolición de la
servidumbre, la aplicación de la resolución fue tarea más dificultosa
que la adopción de la norma legal, ya que ésta era constantemente
disputada por fuertes grupos de intereses. La proscripción no halló,
por cierto, obstáculos serios en los países que no habían dependido
estrechamente de tal fuerza de trabajo y donde el volumen de!
capital afectado no era cuantioso. Chile manumitió sus últimos es
clavos en 1823, y la Federación de América Central, así como Mé
xico, estatuyeron y aplicaron la misma medida en 1824 y 1829,
respectivamente. Argentina, que arrastraba todavía gruesas partidas
de esclavos, hubo de reafirmar en 1840 una declaración anterior, y
Uruguay adoptó una resolución definitiva seis años más tarde, en
1846. Fueron, sin embargo, las luchas civiles y las nuevas expecta
tivas de expansión económica de la década siguiente las que borra
ron esa institución en los países con mayor tradición esclavista, como
Venezuela, Colombia, Ecuador y Perú. Dos gobernantes en busca
del favor popular, J. T. Monagas y el mariscal R. Castilla, decreta
ron la redención casi simultáneamente en 1854. El uno lo hizo en
Venezuela, donde quedaban unos 20.000 esclavos; el otro, en Perú,
donde había alrededor de 12.000 todavía.
Sólo permanecieron, a partir de entonces, como reductos de escla
vitud las posesiones españolas de las Antillas y Brasil, amén del
Paraguay. Este la canceló definitivamente tras la derrota sufrida en
la guerra con la Triple Alianza (1870). En ese mismo año, acuciada
por la devastadora guerra de liberación que tenía que enfrentar en
Cuba y por imposición del régimen progresista recién instalado, la
metrópoli empezó a aceptar la fatalidad de los hechos. Las Cortes
promulgaron entonces la ley preparatoria para la abolición gradual
de la esclavitud, y en 1873 la Primera República española desterró
el régimen esclavista de la isla de Puerto Rico. Los interesados lo
graron, sin embargo, postergar por siete años la emancipación en
Cuba. La medida no llegó a perfeccionarse en verdad hasta que
en 1886 se eliminó también la esclavitud encubierta que el patro
nato representaba (Corwin, 1967). Por su parte, Brasil no pudo
prolongar por más tiempo las medidas dilatorias con que había
entretenido a la opinión pública, como la lev de los sexagenarios.
En 1888, las cámaras aprobaron, en medio de una gran expectativa,
la extinción universal de la esclavitud humana sin indemnización
para los propietarios. La ley áurea, como se la llamó luego enfática
mente, selló el ciclo de la esclavitud en el Nuevo Mundo.
Capítulo 5
«GOBERNAR ES POBLAR»
Tras larga pausa de varias décadas, la fe en un porvenir brillante,
que América latina había forjado en los combates por la independen
cia, volvió a emerger. Las contiendas civiles y territoriales, más la
persistente depresión económica, habían enturbiado aquella visión,
luego de la emancipación. Mas mediado el siglo pasado, los nuevos
estados habían alcanzado fronteras inexorables, salvo en puntos me
nores; el ajuste político entraba, por otra parte, en una fase más
constructiva, aun cuando no habrían de faltar agitaciones ocasionales.
Intentos como los de la Gran Colombia, la Federación centroameri
cana y la bolivianoperuana, así como la unión de Haití y Santo
Domingo, habían fracasado de manera definitiva. Uruguay y Para
guay defendían con tesón su separación del primitivo territorio rio-
platense. México, en fin, veíase irremisiblemente amputado de sus
provincias septentrionales. En cuanto a la estabilidad política, se logró
al cabo, aunque en forma precaria, mezclando una dosis de hastío
con otra de ilusiones frescas.
La coyuntura internacional también favoreció la consolidación
política y social. Los países metropolitanos emprendían una fuerte
expansión que requería un volumen y una gama creciente de mate
rias primas al tiempo que mercados seguros para sus manufacturas.
Precisamente América latina se hallaba ávida de una salida para sus
cosechas y sus minerales. Además, la perspectiva de adquirir sin
restricciones los géneros apetecidos de antigua data la deslumbraba.
En la medida en que el comercio mundial trajo prosperidad a estos
países aflojó las tensiones internas y afianzó las situaciones políticas
más dinámicas. De esta manera, el Nuevo Mundo ibérico se articu
laba dentro del sistema mundial al precio de quedar relegado a un
papel subordinado. Una dependencia más sutil que aquella de la que
acababa de librarse se anudaba paso a paso. El vínculo creado por
este crecimiento hacia afuera cabe calificarlo de neocolonial.
El continente descubrió de repente un hambre voraz de brazos
para las empresas proyectadas, reales o imaginarias. El ritmo por
momentos ligerísimo al que había crecido durante la última centuria
no bastaba. Elabía que acelerarle o, cuando menos, asegurar que no
decreciera.
La ansiedad no era nueva. A comienzos de la vida independiente,
América latina aún conservaba viva la memoria de la política pobla
cionista borbónica, apropiada para la época en que fue diseñada,
cuando los hombres y las actividades económicas languidecían y un
trallazo podría desentumerclos. En ese tiempo procedía también con
firmar títulos jurídicos sobre vastas provincias desiertas, asentando
en ellas colonos. Para las Repúblicas agrarias que heredaron al impe
rio, la plétora de ciudadanos siguió simbolizando grandeza: cuantos
más habitantes, mayor poderío y mayor riqueza. «Siendo la población
el principio de la industria y el fundamento de la felicidad de los
Estados...», escribió el Triunvirato en su decreto de 4 de septiembre
de 1812, por el que abrió el Río de la Plata a la inmigración. Ahora
bien, la penuria real había quedado, en parte, atrás, a escala latino
americana, merced al incremento experimentado durante el postrer
período colonial. En algunos puntos, la población comenzó incluso
a desbordar hacia tierras más feraces, aunque en otros la parvedad
de recursos materiales frenaba su desarrollo. Más que carencia había
una distribución disfuncional.
Si una movilidad mayor de la mano de obra lo hubiera permi
tido, tal vez habrían acudido brazos de aquellos lugares en donde
poco tenían que hacer. Ocurrió así ocasionalmente a lo largo de
determinadas rutas o con motivo de trasvasamientos provocados por
las luchas emancipadoras o civiles. Pero lo mezquino de las comu
nicaciones y la pereza de los hábitos dificultaban todavía los trasla
dos en el volumen y con la presteza requeridos. En vez de promover
movimientos internos, como hicieron los administradores coloniales,
más valía dar la espalda a los recursos locales. Era más seguro, y tal
vez más económico, arrancar a un culi de China que conseguir que
bajaran indios de la sierra. La América hispana y la portuguesa se
abrieron, pues, a la migración intercontinental.
No contaban tan sólo las personas, sino la experiencia que pu
diera traer consigo. América latina buscaba beneficiarse por partida
doble del ingreso de trabajadores y de la importación subsidiaria
de capital y tecnología, ya fueran las que aportaran el campesino
teutón o el saboyano. Los transplantes internos habrían provisto, sin
duda, de músculos, pero escasamente de pericia. Preparar a la mano
de obra local habría sido un proceso lento y una inversión costosa
cuando hasta los meses parecían contar. AÍ ahorrarse el costo de
formación de millones de inmigrantes, la región recibió, en cambio,
una inyección voluminosa de capital nada fácil de contabilizar, según
ha destacado Mortara (1946).
Estas razones atendibles venían, por desgracia, teñidas de pre
juicios, como si el progreso técnico fluyera por la sangre. No sólo
se postergó al natural para ganar tiempo, sino que se lo percibió
como un obstáculo y se lo condenó al atraso. L. Ayarragaray (1910)
llegaría a ser el exponente más crudo de esta posición. Las actitudes
racistas no pararon siquiera ahí. Alcanzaron incluso a determinados
grupos europeos. Así se procuró favorecer con un carácter netamente
selectivo la inmigración de labradores de la Europa septentrional
Si no todas, gran parte de las nuevas naciones apelaron, en efecto,
a nórdicos calificados en las labores rurales. Dábase la circunstancia
de que Alemania, Suiza, Irlanda y Escandinavia estaban sometidas
a un crecimiento demográfico notable que el desarrollo interno no
era capaz de absorber. La emigración constituía una válvula de es
cape para tal presión. Los excedentes habían comenzado ya a fluir
a los Estados Unidos. Este país absorbió multitudes, pero siempre
quedaban quienes se ilusionaban con las perspectivas más exóticas
que los países del Sur brindaban. La preferencia latinoamericana
coincidía, pues, por casualidad con la disponibilidad de saldos con
siderables de la extracción apetecida.
No bastó para traer a los presuntos inmigrantes que los nuevos
estados hispanoamericanos y Brasil invirtieran la política restrictiva
colonial y allanaran el acceso de extranjeros, afianzando incluso la
libertad religiosa para evitarles cualquier molestia. Los pocos que
ingresaron espontáneamente fueron comerciantes, artesanos y sol
dados de fortuna, y escasos agricultores. Las condiciones materiales
no eran demasiado aptas para que se instalaran por sus propios me
dios, y los gobiernos hubieron de adoptar luego una política más
activa negociando con empresarios el establecimiento de colonias.
Brasil atrajo al mayor contingente inmigratorio en esa época.
En 1818 se fundó, no lejos de la capital, Nueva Friburgo, cuyo
nombre indica sin ambages el origen helvético de los colonos. Seis
años después se erigió Sao Leopoldo. Estos primeros ensayos, aunque
alcanzaron resultados satisfactorios, no tuvieron, sin embargo, segui
dores. Un compás de espera se estableció hasta que el senador Ver-
gueiro volvió a impulsar la colonización. En esta segunda etapa se
erigieron, a partir de 1847: Sao Pedro de Alcántara, en Paraná;
Petrópolis, en Río de Janeiro, y Blumenau, en Santa Catarina. Mas
tampoco esta experiencia estaba destinada a durar (Carneiro, 1948).
La esclavitud, vigente aún en el imperio, contrariaba la afluencia de
trabajadores libres. Con todo, los extranjeros llegados durante esta
época de exploración y tanteos sumaron varias decenas de millares.
Si Brasil sedujo al mayor número, Uruguay experimentó el im
pacto más fuerte. La composición social y nacional del nuevo éxodo
fue también diferente a la que tuvo en el vecino del Norte. En
tre 1835 y 1842 entraron por el puerto de Montevideo 33.138 fo
rasteros, de los cuales seis de cada diez eran franceses y otra cuarta
parte del total españoles. La mayoría tentó fortuna en la capital, de
manera que el censo de 1843 arrojó que, por cada 100 uruguayos,
vivían en la ciudad nada menos que 168 extranjeros (Oddone, 1966a).
El Estado de Buenos Aires, en la banda opuesta del río de la
Plata, disipados los proyectos inmigratorios de Rivadavia, se limitó
a aceptar principalmente a un millar de pastores irlandeses indis
pensables para la iniciación de la cría de ovejas. Más tarde, la Confe
deración argentina fomentó el asentamiento de suizos y germanos
en la provincia de Santa Fe, en colonias como la de Esperanza, de
tan prometedor nombre. Grupos menores se establecieron en Entre
Ríos. De esa época (1862) data también la llegada de los galeses
al remoto y áspero valle inferior del río Chubut, en la Patagonia.
Cordillera de por medio por aquellas latitudes, el gobierno de Chile
instaló 1.768 alemanes, durante la presidencia de Montt, en la ver
tiente boscosa del Pacífico. Los colonos impusieron un toque teutón
a la fisonomía de los otrora dominios araucanos. Esta impronta,
reforzada más tarde por la llegada de nuevos contingentes germanos,
perdura todavía en las áreas rurales y urbanas de Valdivia, Osorno,
La Unión y Puerto Montt. En Perú, el presidente Gamarra concedió
en 1832 tierras a los extranjeros que vinieran a asentarse, pero el
decreto tuvo poco o ningún efecto. La ley de 1849, de tiempos del
mariscal Castilla, atrajo luego a limitado número de irlandeses, ita
lianos y alemanes (Río, 1929). Trescientos germanos se establecieron,
por ejemplo, en Pozuzo en 1857. Alemanes también afluyeron a
Nicaragua y Venezuela. La colonia Karlsruhe tuvo una vida efímera
en el país ístmico. La famosa población de Tovar, próxima a Cara
cas, sigue, en cambio, como testigo de una iniciativa ya centenaria
(Perazzo, 1973). Entre 1832 y 1845 Venezuela admitió 11.851 in
migrantes, principalmente canarios.
No obstante las buenas disposiciones de los gobiernos y las sumas
invertidas en estas empresas, los resultados fueron más bien magros.
Los inmigrantes nunca llegaron a ser muchos, ni siquiera si a los
colonos se suman algunos millares de artesanos y comerciantes que
vinieron en busca de fortuna o de refugio político, y que pronto
quedaron diluidos en la población de las ciudades. En el campo el
aislamiento relativo dificultó la mezcla. Núcleos con características
étnicas propias pudieron mantenerse y son discernibles en la actuali
dad, no obstante su integración avanzada en la sociedad nacional. Las
expectativas de cambio social y económico que los gobiernos habían
cifrado en este género de inmigración quedaron, pues, frustradas.
Que faltaban condiciones de absorción en los países receptores de
América latina lo demuestra el hecho de que millones de emigrantes
dejaron el suelo del Viejo Mundo durante medio siglo, pero no vi
nieron aquí. En cambio, los Estados Unidos los recibieron sin difi
cultad. Cuando más tarde la coyuntura se tornó favorable, América
latina no halló inconveniente en absorber masivamente la segunda
oleada europea.
El trabajo extenuante en las plantaciones tropicales no era como
para atraer a los trabajadores libres de Europa, ni los plantadores
estaban dispuestos a incurrir en el costo de abonarles jornales com
pensadores por su ardua labor. La deficiencia en brazos había que
suplirla, pues, por métodos compulsivos. La abolición de la trata
y la emancipación de los esclavos fueron demoradas, primero, hasta
el límite. Antes de que se implementaran ambas, la fuerza laboral
había empezado, sin embargo, a escasear. Cuba intentó entonces
aliviar episódicamente su carencia comprando como esclavos a los
indios apresados en Yucatán al término de la guerra de las razas.
Hasta hubo polinesios y hawaianos traídos con artificios al Perú
en parte en buques chilenos (Río, 1929). Pero el recurso más común
en la isla, Perú y México fue introducir chinos, so capa de contra
tados, cuyas obligaciones poco diferían de las impuestas a la mano
de obra servil. En 1847 zarpó de Oriente el primer cargamento de
300 culis con destino al Caribe. Desde 1853 a 1873, y en particular
después del tratado suscrito por los gobiernos español y manchú
en 1864, 132.435 inmigrantes fueron embarcados entre los puertos de
Shangai y Cantón. De esta cifra habr.á que descontar, en el lugar
de arribada, un 13 por 100 de desaparecidos por óbito durante la
travesía. Así fue el censo de la isla de 1877 sumó 43.811 asiáticos
residentes en Cuba, un 3 por 100 casi del total de habitantes; mas
aquéllos quedaron reducidos a 14.863 en el de 1899 por culpa de la
mortalidad elevada que se abatía sobre ellos (Chang Rodríguez, 1958;
Pérez de la Riva, 1966; Corbitt, 1971).
Agentes locales en los puertos de China enganchaban a los más
míseros o batían los campos en busca de incautos que se dejaran
engatusar por los señuelos que ostentaban ante ellos. Una vez en
América, el corte de la caña de azúcar, la trinchera del tendido fe
rroviario o la cosecha del café esperaban a los culis. Descubierto el
engaño, escapaban en cuanto la oportunidad se presentaba y termi
naban engrosando la multitud volante de vendedores callejeros. Al
gunas urbes hispanoamericanas obtuvieron de esta manera su original
estrato oriental, cuyos modismos y gustos culinarios han grabado el
lenguaje y las costumbres locales. Este es el caso, principalmente,
de Lima.
En 1849 Perú abrió las fronteras a la inmigración asiática, con
dición para que el presidente Castilla aboliera la trata de negros.
Entre 1859 y 1874 entraron así 87.000 chinos, destinados, sobre
todo, a las haciendas del Norte. Este tráfico humano iuc objeto
más adelante, de un tratado entre Perú y el Imperio chino en 1874,
pero la guerra del Pacífico interrumpió pronto el flujo así legalizado.
De las haciendas azucareras los trabajadores orientales pasaron sin
demora a los barrios de Trujillo y de la capital del país (Stewart,
1951). La contribución del continente asiático a la población de
Perú se elevaba en el censo de 1876 al 1,9 por 100 del total de
habitantes.
Contingentes menores poblaron también Chile y Colombia En
la nación austral aparecieron chinos peruanos, quienes trabajaban en
las minas salitreras antes de la guerra del Pacífico y se quedaron
allí cuando el territorio cambió de manos (Segall, 1968). Los de
Colombia fueron, sobre todo, reclutados para la construcción del
ferrocarril (1854) y luego a fin de siglo para la excavación del canal
interoceánico (Cohén, 1971).
1. El aluvión migratorio
«Gobernar es poblar», teorizaba Juan Bautista Alberdi desde las
páginas de su obra Bases en 1852, casi cuatro décadas después que
las Provincias Unidas del Río de la Plata proclamaron formalmente
su independencia de España. La fórmula concisa y pegadiza haría
fortuna y elevaría a su autor a la estatura de visionario. Desde el rin
cón de América latina más sensibilizado para las cuestiones poblacio-
nales surgía una voz expresando aquella necesidad de brazos e inteli
gencias a la que aludimos al comienzo de este capítulo. El pensador
argentino tuvo la satisfacción de ver que sus ideas impregnaban la
Carta Magna de su país, que en esos días redactaba una asamblea.
El artículo 25 de la Constitución de 1853 dice textualmente: «El
gobierno federal fomentará la inmigración europea...» Pero, por
mejores que fueran las disposiciones adoptadas y por elevados que
fueran los estímulos ofrecidos por los agentes contratadores o las
oficinas de información abiertas por algunos países en Europa, los
inmigrantes remolonearon para desesperación de los gobiernos.
Las doctrinas migratorias influyeron sobre los desplazamientos
intercontinentales menos de lo que se supone. México tuvo durante
el porfiriato fervientes intenciones de asentar europeos en la fronte
ra Norte, el golfo y el Pacífico Sur (Chiapas); pero la deserción de
los inmigrantes hizo fracasar casi de inmediato la colonización italia
na, iniciada en 1881. Para'salvar el proyecto se terminó admitiendo
a los mexicanos en los establecimientos fundados. En 1908, de los
1.665 colonos que restaban sólo 271 eran italianos (González Na
varro, 1960). ¡Tantas leyes inmigratorias se aprobaron entonces que
permanecieron letra muerta por falta de clima apropiado! Ecuador
publicó su ley de inmigración en 1889, sin que ella alterara el avan
ce, a la sazón reposado, de su población. Perú otorgó una nueva
en 1893; Venezuela promulgó la suya en 1894; Costa Rica, en 1896;
Paraguay, en 1903; Bolivia, en 1905; Honduras, en 1906; Guate
mala, en fin, en 1909. En ningún caso la legislación surtió el efecto
deseado.
No sólo los guarismos escapaban a ideólogos y gobernantes. De
buena gana todavía la Argentina del 80 hubiera visto correr las
pampas a sajones o germanos rubicundos, y si de religión protes
tante, tanto más a su favor. Pero los herederos de los Alberdi y
Sarmiento hubieron de resignarse a los claros piamonteses y vascos
de confesión romana, o lo que era peor para ellos, a los cetrinos
sicilianos o murcianos. Luego llegarían los «turcos» del Oriente Me
dio y los «rusos» de la Polonia meridional o de las comunidades
judías de Ucrania. A posteriori, y un tanto a regañadientes, se des
cubrió, para apreciarla, la afinidad étnico-cultural que existía entre
los emigrantes y la sociedad receptora, y se habló sin mesura de la
latinidad. Pero la verdad sobre el origen de estos contingentes es
más prosaica.
Es imposible adivinar la razón que movía a cada individuo a
cruzar el «charco», como llamaron los emigrantes españoles al océano
Atlántico, con mezcla de humor y afectación. En cada caso se trataba
de una decisión personal en la que se confundían motivos muy varia
dos. Pero el análisis de las condiciones económicas y sociales de los
países de procedencia indica claramente que hubo tensiones que
empujaban a los migrantes a dejar el solar patrio en busca de mejores
oportunidades. A partir de los años de 1880, Europa experimentó
una presión demográfica generalizada por retracción de la mortalidad,
sin que la fertilidad disminuyera simultáneamente. Las naciones in
dustrializadas absorbieron sin demasiados tropiezos el excedente así
formado, mas el crecimiento económico tardío del Mediterráneo y
de la Europa oriental no avanzaba al paso del demográfico. Al con
trario, los suelos vírgenes ultramarinos competían con ventaja con la
agricultura del Viejo Mundo, y al caer la ruina sobre ésta, cientos
de miles de brazos quedaron de más. La industrialización incipiente
de estos países no dispuso, por su lado, de suficientes puestos de
trabajo que ofrecer en las ciudades. No le quedó, pues, más remedio
a esas masas que descolgarse multitudinariamente sobre el Nuevo
Mundo, el Norte y el Sur. Mas esta vez el Sur estaba mejor situado
en la porfía por conseguir emigrantes. La segunda oleada migratoria,
que duraría medio siglo, hasta la crisis mundial de 1930, tuvo ne
cesariamente una composición étnica distinta a la del éxodo más
moderado de mediados del siglo xtx.
Si así se explica por qué salían de allí y no de otros lugares
los emigrantes y, en parte también, se justifican las magnitudes del
caso, no cubre este argumento todos los aspectos de la cuestión.
Que al Uruguay, por ejemplo, acudieran pocos o muchos en determi
nada época dependía asimismo de los alicientes que el país ofreciera.
México, equivocadamente o no, deseó recibir forasteros, pero se quedó
sin ellos porque sobraba mano de obra no calificada. «Cuán humano
y patriótico sería, primero, colonizar a los millares de indígenas que
viven sin pan y sin hogar — escribía con razón Luis Silíceo— , en
vez de contar por docenas a individuos de otras naciones que tan
caro cuestan al tesoro y no siempre corresponden al beneficio de pro
porcionarles elementos de vida y trabajo» (González Navarro, 1960).
El censo mexicano de 1900 arrojó así 57.507 extranjeros, de los
cuales 16.000 eran españoles y 15.000 norteamericanos. En suma,
la mitad de un centésimo de la población total del país, una insig
nificancia. Los países de América central, Colombia, Venezuela y Perú
tuvieron idénticas aspiraciones que México, pero iguales barreras na
turales se elevaron contra el ingreso de alienígenos. Si la densidad
demográfica no era excesiva, como en El Salvador, era el país el que
no había empleado todavía a fondo sus recursos. Un desarrollo defi
ciente solía prevenir el ingreso de europeos. Venezuela, cuya facultad
de absorción de inmigrantes era amplia, como se demostraría andan
do el tiempo, aún no había dado señal alguna de su capacidad, y así,
en 1891, apenas contaba con una población intrusa equivalente a un
4 por 100 de la total.
La marejada migratoria quedó, pues, circunscrita a las naciones
más aventajadas. Las condiciones básicas para movilizar el flujo fue
ron: primero, que la tierra receptora fuera capaz de producir los
bienes requeridos por Europa, como eran los granos, productos pe
cuarios, algunas fibras y el café; segundo, que la población fuera
rala y urgiera entonces fuerza laboral. Sólo el sur de Brasil, Uruguay
y el litoral argentino cumplían plenamente con estas estipulaciones;
allí se dirigió el gran aluvión de mediterráneos en compañía de nacio
nales de otras partes de Europa.
Dos países sin los mismos atractivos absorbieron un volumen
notable de forasteros, aunque su capacidad de retención fue, desde
luego, inferior a la que ostentó el área atlántica sudoriental. Las dos
naciones fueron: Cuba, en el Caribe, y Chile, en el Pacífico. De
Cuba nos ocuparemos más adelante; en cuanto a la segunda, el
Estado hubo de reforzar al principio el escaso movimiento espontá
neo mediante una política dirigida. De 1883 a 1891, el gobierno de
Chile ayudó a embarcar a miles de agricultores de variada etnia
que estableció al sur del Bio-Bio; mas la crisis económica y la con
siguiente revolución de 1891 interrumpieron en seguida los planes
oficiales. Más tarde, en 1908 a 1914, unos 10.000 inmigrantes acu
dieron cada año, y luego de la contracción pasajera del caudal durante
la Gran Guerra, vino en promedio la mitad de aquel número
(Willcox, 1929). Durante la etapa más reciente, Chile prefirió
obreros calificados con destino a las industrias de transformación
que empezaban a instalarse en el país. Abierto el ferrocarril transan
dino, la llegada por tierra sustituyó paulatinamente el ingreso tra
dicional por mar. En ningún momento el arribo de europeos tuvo
carácter multitudinario, y el país los fue absorbiendo sin dificultad.
Los extranjeros nunca sobrepasaron una exigua proporción (un mo
desto 4,2 por 100 del total en 1907).
Dentro del área privilegiada para la migración transoceánica,
Argentina encabezó a los países admisores. En el cuadro núm. 5.1
apreciase el saldo anual dejado en los puertos argentinos por la
entrada y salida de pasajeros de 2.a y 3.a clases, que las estadísticas
de la Dirección de Inmigración equiparaban con razón al núme
ro de inmigrantes. El total neto acumulado entre 1881 y 1935 fue
de 3.400.000. Durante el período que va de 1872 a 1940, más
prolongado, Brasil admitió 3.300.000, pocos menos que Argenti
na (cuadro núm. 5.4). Este saldo fue estimado por Mortara (1947) a
partir del crecimiento intercensal y no, como en el resto de los
países de la región, por medio del movimiento de pasajeros. La
entrada bruta de inmigrantes es conocida en Brasil, pero, no existien
do estadísticas de salida, es imposible estableecr por sustracción
cuál fue la ganancia neta del país. Las cifras obtenidas a partir de
uno u otro método nunca serán iguales. Si el análisis censal descubre
incluso a quienes ingresaron de manera ilegal o deficiente, nunca
establecerá cuántos desembarcaron y se incorporaron a la fuerza de
trabajo del país, pero fallecieron antes del recuento siguiente.
Tomando el Río de la Plata en su conjunto existe el riesgo de
contabilizar dos veces el ingreso de forasteros. Con frecuencia ten
taban su suerte primero en una u otra orilla del estuario; pero si
no se cumplían así sus expectativas, se mudaban al país vecino. A la
inversa, dada la facilidad de comunicación, no es seguro que se
llevara un registro estricto de los desplazamientos entre varios már
genes, y muchos de ellos habrán sido pasados por alto. Redondeando
números, Argentina recibió cerca de la mitad de la corriente, Uruguay
un octavo y Brasil el resto.
C uadro núm. 5.1
La inmigración al Río de la Plata (saldos anuales promediados por
quinquenio)
Argentina Uruguay Argentina Uruguay
1881-1885 55.825 4.302 1911-1915 79.774 20 213
1886-1890 115.169 10.676 1916-1920 —7.216 10638
1891-1895 23.735 2.965 1921-1925 27.852 13.604
1896-1900 55.570 7.945 1926 1930 90 232 20286
1901-1905 66.716 13.099 1931-1935 10.191 5.379
1906-1910 168.775 18.559
Inmigración total, 1881-1935: 3.433.110 638.330
Puentes: Argentina: Dirección General de Estadística, La población y el movi
miento demográfico de la República Argentina, informe núm. 83, 1941. Uru
guay: Narancio y Capurro Calamet, 1939.
Durante la década de 1880, las filas de quienes acudían a «hacer
la América» engrosaron años tras años. Venían, efectivamente, a
quedarse; al menos, tres cuartas partes de los que pisaron puerto
en Argentina así lo hicieron, según indica el cuadro núm. 5.5. La
crisis financiera y comercial de 1890, gravosa para el mundo entero,
desbarató empero los sueños que las nuevas tierras de promisión
habían despertado. Más fueron los repatriados en ese año que los
que atrajo el Plata.
La recuperación posterior fue lenta, salvo en Brasil. La República
luso-americana batió por entonces todas las marcas de afluencia
— cerca de un millón— ; en cada decena siguiente no pasaría de la
mitad (véase el gráfico núm. 7). El progreso en Argentina y en
G r á iic o NÚM . 7
Entrada de inmigrantes y trabajadores nacionales al Estado de Sao
Paulo (¡885-1960)
Uruguay fue, en vez, sostenido y gradual hasta culminar, al igual
que en Chile, en vísperas de la primera guerra mundial. Poco más
de tres centenares de miles de personas desembarcaron en los con
gestionados puertos argentinos sólo en 1913 y, aunque la mitad salió
en la dirección opuesta, la ganancia para el país fue notoria (véase el
gráfico núm. 8). Uruguay alcanzó su cénit el mismo año.
Activos movimientos de entradas y salidas caracterizaron, pues,
la época que precedió a la primera conflagración mundial. Habiéndose
adueñado unos pocos latifundistas de la tierra en connivencia con el
Estado, la pampa húmeda sólo necesitó arrendatarios o simples bra
ceros, unos y otros de condición inestable. Cerrado el acceso a la
propiedad, el régimen de tenencia del suelo dificultó la permanencia
de extranjeros. Así cundió la inmigración «golondrina». Levantada la
cosecha, las cuadrillas de segadores y sus agregados tomaban los
barcos de regreso a sus tierras de España o Italia, donde, gracias a
que el hemisferio sur y el norte oponen sus estaciones, les esperaba
una nueva recolección. La contienda cerró ese vaivén. Argentina
perdió incluso habitantes cuando regresaron a su país muchos de los
estados beligerantes. Según el cuadro núm. 5.5, una cuarta parte
más de británicos dejaron Argentina que los que entraron durante
la década de 1911 a 1920.
Con el fin de las hostilidades, reanudáronse las comunicaciones
marítimas. Volvieron a Sudamérica, en los buques libres ya del blo
queo aliado o de la amenaza de los submarinos germanos, quienes
seguían soñando con prosperar aquí. Esta vez también vinieron los
que la política restrictiva recién adoptada por los Estados Unidos
rechazaba de las costas septentrionales del continente. Por un tiempo
pareció como si el transvase de personas del Viejo Mundo a este
rincón del Nuevo fuera a alcanzar los niveles del período anterior.
Pero el desengaño vino pronto y de manera brusca.
La crisis de 1930 no sólo reiteró el desfile de extranjeros que
plegaban sus bártulos y, compungidos, buscaban refugio en el terru
ño abandonado años atrás. Más aguda que la que estalló cuarenta
años antes, representó un giro en materia inmigratoria. 1930 puso
fin a la marejada.
Si el ingreso al continente se efectuó por el tramo de costa de
dos mil o poco más kilómetros que separan Río de Janeiro de Bue
nos Aires, ¿cuáles fueron los lugares en que se instalaron los siete
millones netos que entraron para quedarse? En Brasil, seis décimos
de los forasteros ingresaron por el puerto de Santos y se estable
cieron en el estado de Sao Paulo, el más próspero por la extensión
de sus cafetales, sus industrias incipientes y su intenso tráfico co
mercial (véase cuadro núm. 5.3). El resto se dirigió a Río de Janeiro,
donde crecían los servicios y empezaban a aparecer industrias ligeras;
también a los estados, agrícolas y ganaderos del Sur, de clima tem
plado, y que además habían acogido las corrientes migratorias ante
riores. Quien más, quien menos, encontraba allí parientes o com
provincianos.
En la banda al oriente del río Uruguay, el gaucho o el chacarero
seguían siendo criollos. Menos del 4 por 100 de la población rural
había nacido fuera de las fronteras, según el censo de 1908. En
cambio, en la capital y única ciudad importante de la República, la
mitad de los habitantes eran extranjeros, incluidos bastantes argen
tinos y brasileños (Oddone, 1966 a). Los europeos habían contribuido
Migración ultramarina a la Argentina, 1881-1924
M iles
Fuente: Willcox, 1929.
al rápido ascenso de Montevideo, que, de humilde villorrio a prin
cipios del siglo xix, se había erigido en la cuarta ciudad de Hispa
noamérica.
Los millones que afluyeron a la Argentina dieron a la vez para
poblar el campo semidesierto y para dilatar las ciudades. Los europeos
se desperdigaron tenuamente por la Patagonia, sentaron sus reales
en las pampas del interior y del litoral y ocuparon sólidamente los
oasis precordilleranos, como Mendoza. En 1914, casi la mitad de
los habitantes de los cuatro territorios nacionales de la Patagonia
eran foráneos. En la provincia de Buenos Aires lo era el 44 por 100,
y en las de La Pampa, Santa Fe y Mendoza, alrededor de uno cada
tres. La inmigración dejó de lado transitoriamente a la región
noroeste del país (Beyhaut et al., 1961).
Los forasteros engrosaron la población rural. Así lo hicieron
en la década de 80, como también luego, durante la crisis finan
ciera de 1890, cuando la necesidad expulsó de las ciudades a quienes
prefirieron no regresar a su patria de origen y se asentaron en los
campos del Sur (Sánchez-Albornoz, 1970). En la etapa migratoria
siguiente los jornaleros sin clasificación predominaron en el aluvión,
y habiendo hallado fácil empleo en la construcción, se dejaron tentar
por los centros urbanos. Puesto que la mayor parte de los que en
traron entonces terminaron en las ciudades y que en ese momento se
batieron todas las marcas de afluencia, es lícito concluir que el con
junto de la inmigración benefició a los núcleos urbanos más que .4
campo, contrariando así la visión de los promotores de la política
de puertas abiertas.
Las cifras publicadas en los cuadros núms. 5.2 y 5.5 confirman
la aseveración de que las dos penínsulas mediteráneas, la Ibérica
y la Itálica, proveyeron a América del Sur de la mayor parte de sus
inmigrantes. Los italianos acudieron a la Argentina más que cual
quier otra nacionalidad. Ocurrió así, salvo en vísperas de la primera
guerra mundial y, como es lógico, durante la contienda. A raíz
de una disputa acerca de las condiciones en que se transportaba a sus
conciudadanos, el gobierno de Roma prohibió en 1911 y 1912 la
emigración a ese país. La guerra reforzó la disposición transitoria
impidiendo la salida habitual y, lo que es más, suscitó un reflujo de
italianos a su patria. La Argentina remplazó esta merma circuns
tancial por una corriente procedente de España. Desde hacía algún
tiempo la entrada de españoles venía progresando de manera soste
nida. Su ingreso alcanzó registros máximos durante el primer cuarto
del presente siglo. Por ser ciudadanos de un país neutral, los espa
ñoles corrieron con ventajas en el cruce oceánico mientras duró
C uadro núm. 5.2
Proporción de inmigrantes entrados a la Argentina por nacionalidades
( 1857 - 1924 )
Período Italianos Españoles Franceses Rusos T urcos Otros
1857-1860 61,77 16,85 5,52 0,60 15,26
1861-1870 71,04 14,28 5,25 0,26 — 9,17
1871-1880 58,28 17,07 12,54 0,16 0,26 11,69
1881-1890 58,72 18,88 11,16 0,49 0,42 10,33
1891 1900 65,66 20,31 3,95 2,69 1,79 5,60
1901-1910 45,63 36,99 1,96 4,22 3,78 7,42
1911-1920 28,83 48,89 2,09 4,71 4,87 10,61
1921-1924 45,15 30,40 0,99 0,92 2,68 19,86
Puente: Beyhaut et al., 1961.
el conflicto europeo. Otro contingente latino ocupó el tercer rango,
detrás de los hispanos. Las persecuciones obreras desencadenadas tras
el fracaso de la Comuna, así como la depresión agraria, expulsaron
a los franceses de su país en las décadas de 1870 y 1880. Entonces
una de cada ocho personas desembarcadas tenía esa procedencia.
Pero cuando este flujo se retrajo, los «rusos» — eslavos o no— y
los «turcos» — musulmanes o cristianos— , muchos de los cuales
huían de persecuciones políticas o religiosas, tomaron el lugar de
los galos.
Uruguay duplica las pautas argentinas. La colonia extranjera más
numerosa de Montevideo era en 1908 la italiana, seguida de cerca
por la española. En cuanto a Brasil, los portugueses, casi desconocidos
en el Sur, ascendieron a un tercio del total de inmigrantes, seguidos
de cerca por los italianos (cuadro núm. 5.3).
Brasil depara otra sorpresa por la proporción elevada de alemanes
y japoneses que admitió. Los primeros constituyen el legado de la
primitiva colonización que aportes posteriores reforzaron. Un 85 por
100 de los alemanes entrados luego continuó dirigiéndose a los es
tados más australes de Rio Grande do Sul, Santa Catarina y Paraná,
para reunirse con los descendientes de los primeros colonos. Los
japoneses, en cambio, no comenzaron a llegar hasta muy tarde, ha
cia 1908 (Normano y Gerbi, 1943; Saito, 1961; Suzuki, 1969, y
Cintra, 1971). Su ingreso fue en lento ascenso hasta alcanzar, en
una ocasión, el primer rango.
¿En cuánto contribuyó cada nacionalidad a la fusión en curso?
Los ingresos sólo aclaran una faz del problema. Por ejemplo, el
C uadro n ú m . 5.3
Origen de los inmigrantes al Brasil, 1814-1972 (en millones)
1814-1972 1819-1871 1872-1972
Volu Porcen Volu Porcen Brasil Sao Paulo S P /Total
men taje men taje
Portugal 1.796 32 236 38 1.560 569 36
Italia 1.627 29 105 17 1.522 1.029 67
España 722 13 21 3 701 463 66
Japón 248 4 — — 248 230 93
Alemania y
demás países 1.268* 22 255 42 1.013 589 58
T o tal 5.661 100 617 100 5.045 2.875 57
Fuente. Levy, 1971, y cálculos propios.
* De los cuales, 263 mil alemanes.
C uadro n ú m . 5.4
Influencia de la inmigración sobre el crecimiento demográfico del
Brasil (1872-1940)
Aumento de la población
(en miles) Tasa de crecimiento
Porcen-
Por ex taje de
ceso de bido a
Por in Migra
Abso naci inmigra
migra General Natural ción
luto mientos ción
ción
sobre
óbitos
1872-1890 4.221 3.651 570 13,5 2,01 1,63 0,38
1891-1900 2.984 2.081 930 30,2 2,42 1,82 0,60
1901-1920 13.317 12.377 939 7,0 2,12 1,86 0,22
1921-1940 10.617 9.757 859 8,1 2,05 1,87 0,18
Fuente: Mortara, 1947.
puerto de Santos recibió entre 1908 y 1932, 198.000 italianos y
115.000 japoneses. Sin embargo, una vez descontados los retornos,
sólo quedaron allí 26.000 de los primeros contra nada menos que
106.000 nipones. En suma, la inmigración oriental a Sao Paulo se
equiparó a la lusitana y a la española en términos netos; fue cuatro
veces superior a la itálica, aun cuando la afluencia nipona había sido
bastante menor (Ellis, 1934). Mejor que las entradas, examinemos
los índices de radicación (cuadros núms. 5.5 y 5.6).
C uadro n i 'j m . 5.5
Indices de radicación de migrantes en Argentina por decenios y por
principales nacionalidades (1857-1924)
Total Italianos Españoles Británicos
1857-1860 55,5 54,5 53,9 38,0
1861-1870 48,4 43,7 68,8 48,5
1871-1880 32,7 24,4 55,4 31,6
1881-1890 75,8 74,2 84,7 68,2
1891-1900 49,5 47,2 55,8 46,8
1901-1910 63,5 56,7 74,8 35,0
1911-1920 22,3 —0,8 30,8 —24,6
1921-1924 68,4 76,7 58,7 — 2,6
1857-1924 53,2
Fuente: Beyhaut et al., 1961.
C uadro n ú m . 5.6
Indices de radicación de migrantes en Sao Paulo según movimiento
de entradas y salidas del puerto de Santos (1908-1932)
Portugueses 42 % Japoneses 92%
Españoles 52 % Yugoslavos 80%
Italianos 13 % Polacos 50 %
Alemanes 18%
Fuente: Ellis, 1934.
En Argentina sólo la mitad de los inmigrantes se estableció en
forma permanente. La proporción osciló, como es natural, según las
épocas. En tiempos de prosperidad se asentaron hasta tres cuartas
partes del caudal recibido. Así aconteció, por ejemplo, entre 1881
y 1890 y, en menor escala, en 1901-1910 y de 1921 en adelante. La
depresión reducía, en cambio, la retención de extranjeros. De las
tres nacionalidades consideradas en el cuadro núm. 5.5, la española
solió radicarse más; la británica la que peor, cuanto menos a partir
del segundo decenio de nuestra centuria. En Santos, portugueses y
españoles, a la par que los polacos, lo hicieron moderadamente, en
tanto que italianos y alemanes mostraron menos interés por fijarse.
Habida cuenta de la distancia que debían cubrir al venir o regresar,
no sorprende que los nipones se arrepintieran menos veces de haber
emigrado y que se aferraran a la tierra elegida. Los yugoslavos dieron,
por su parte, proporciones altísimas de radicación.
Residir no significa de por sí mezclarse. Buena parte de las japo
nesas que se establecieron en Brasil vinieron a casarse con compatrio
tas o consiguieron marido entre ellos. En cambio, los hombres, faltos
de mujeres de su propia estirpe, tomaron con más frecuencia com
pañera entre las brasileñas. La tendencia a la endogamia, deliberada
o circunstancial, fue manifiesta entre los nipones, como se desprende
de la muestra de los matrimonios de extranjeros celebrados en el Mu
nicipio de Sao Paulo de 1934 a 1939 (cuadro núm. 5.7). Las muje
res de cualquier grupo étnico prefirieron esposos del mismo origen
C uadro n ú m . 5.7
Asimilación de extranjeros por matrimonio en el municipio de Sao
Paulo (1934-1939)
Casados con brasi Casadas con brasi
leñas leños
Portugueses .............................. 60,7 33,0
Italianos ................................... 7U 50,8
Españoles ................................. 64,7 43 2
Alemanes .................................. 36,5 20,8
Austríacos ................................ 30,3 22,6
Húngaros .................................. 18,9 11.1
Rusos ........................................ 21,6 18,4
Otros europeos ........................ 17,6 12,4
Sirios .......................................... 54,1 18,8
Japoneses .................................. 42,4 8,8
Angloamericanos ...................... 52,8 35,2
Hispanoamericanos .................. 81,0 65,2
Otros extranjeros ................... 34,7 8,7
Promedio sobre el total ....... 50,0 28,6
Puente: Mortara, 1947.
Esta inclinación fue ínfima entre las hispanoamericanas, y baja
también entre las latinas y hasta entre las angloamericanas; pero
las centroeuropeas y orientales se resistieron a esposar brasileños.
Los hombres exhibieron actitudes parecidas, aunque en escala me
nor. Estaban más dispuestos a enlazar con la población nativa.
Hubo, pues, grupos étnicos más susceptibles a una adaptación rá
pida que otros, pero, en general, resultó satisfactoria. La integración
por vía del matrimonio evitó, al menos en los centros urbanos, como
en Sao Paulo, que se constituyeran comunidades cerradas social y cul
turalmente y más o menos marginadas de la vida del país.
La asimilación masculina por medio de enlaces fue, en parte,
consecuencia de la desigual distribución de los sexos y edades en el
caudal migratorio. Como había sucedido antes con los esclavos ne
gros, la mayoría de los inmigrantes europeos eran hombres jóvenes
y solteros. En la Argentina, siete de cada diez que llegaron en
tre 1857 y 1924 fueron varones de entre trece y cuarenta años de
edad y de estado civil libres. Era, pues, natural que, si decidían
establecerse en América, buscaran compañía. Ahora bien, a diferencia
de los africanos, no tropezaron en la búsqueda de pareja sino con
las trabas naturales derivadas de sus propias inhibiciones, algunos
prejuicios sociales y, sobre todo, del reparto desparejo de los sexos
en aquella abigarrada sociedad. Por cada dos mujeres nacidas fuera
del país había en 1869 cinco hombres extranjeros. Mas la desigualdad
no alcanzaba sólo a los foráneos, sino que se extendía, en definitiva,
también a la población entera: en Argentina, por cada dos mujeres
había tres hombres en 1914. A la vista de estas cifras se comprenden
mejor las letras de tango.
La inmigración masiva provocó una deformación simultánea de
la distribución por edades. El cuadro núm. 5.8 revela cómo el con
tingente extranjero se encontraba comprendido, en su mayor parte,
entre los catorce y los sesenta y cuatro años. Su gravitación elevaba
a seis décimas partes la proporción de habitantes de toda la República
inscrita en esa edad, cuando entre los nativos sólo una mitad se
hallaba en este grupo. Una numerosa colonia extranjera adulta hin
chaba, pues, el tamaño de ese escalón intermedio en más de diez
puntos por encima del nivel que habría tenido de haber crecido por
desarrollo vegetativo.
En Argentina el tope de la influencia extranjera se sitúa en 1914;
un 30 por 100 de los residentes habían nacido entonces fuera del
territorio nacional. En ningún momento de su historia fueron tantos
los extraños en los Estados Unidos; a lo sumo, la mitad de esa cifra.
El censo norteamericano de 1910 señaló la presencia, en el punto
culminante de la onda inmigratoria de aquel país, en un 14,7 por 100
de extranjeros dentro de las fronteras de la Unión. Mortara, el dis
tinguido demógrafo italiano asilado en Brasil durante la era fascista
y fructífero promotor de los estudios sobre la población de América
latina, se entretuvo en calcular qué parte del crecimiento de varias
naciones se debió a incremento natural, a la inmigración neta o al
C uadro núm. 5.8
Los extranjeros en la población argentina
% 14-64 años Razón de los sexos *
% del
total Total de la Argen Extran Total de la Argen Extran
población tinos jeros población tinos jeros
1869 12,1 56,5 _ _ 106 94 251
1895 25,5 57,9 48,6 85,0 112 90 173
1914 29,9 61,4 50,3 87,4 116 98 171
1947 15,8 65,2 61,9 83,7 105 100 138
1960 12,8 63,0 61,3 75,0 101 99 110
Fuente: Germani, 1970.
* Proporción de varones en relación con el número de mujeres.
aumento vegetativo de los nuevos linajes. Su estudio abarca un siglo,
desde 1841 a 1940; los resultados numéricos figuran en el cua
dro núm. 5.9. Según él, un 29 por 100 del progreso de la República
Argentina debe atribuirse a la recepción de forasteros y otro tamo
a la descendencia que legaron al país. Estas magnitudes sobrepasan
ampliamente las de la contribución externa a los Estados Unidos,
y más aún las de Brasil y Canadá. De no haber sido por el aporte
exterior, los habitantes de la Argentina habrían sido sólo seis millo
nes en vez de los trece millones que hubo en 1940. De los cuatro
países considerados, el más austral fue, sin duda, aquel en que el
C uadro n ú m . 5.9
Contribución relativa del crecimiento natural, la inmigración y la
descendencia de los extranjeros al incremento de cuatro países ame
ricanos, 1841-1940 (en porcentajes)
Crecimiento
Crecimiento l nmigración vegetativo de
natural los inmigrantes
Argentina 41,9 29,0 29,0
Brasil 81,0 9,4 9,6
Estados Unidos 59,1 21,8 19,0
Canadá 78,4 9,8 11,8
Fuente: Mortara, 1947.
alud del Viejo Mundo repercutió de manera más poderosa. Lo si
guen luego los Estados Unidos, Canadá y, finalmente, Brasil.
La proporción de extranjeros que la sociedad argentina contuvo,
empezó a disminuir pasado aquel momento culminante. Muy pronto
resultó previsible que el país reabsorbería el elemento foráneo en
un plazo fijo, dan temprano como 1940. Bunge pudo exclamar en
tono jeremiaco: «¡L a cosmopolita Argentina será pronto un país
sin extranjeros!» Pero, aunque los plazos han llegado más lento
que lo que Bunge vaticinaba, es un hecho que el papel y el tamaño
del grupo no oriundo del país decae irremisiblemente. En 1970 sólo
quedaba en Argentina, tras naturalización, defunción, retorno y ago
tamiento de la inmigración, un 9,3 por 100 de extranjeros, incluidos
los latinoamericanos vecinos.
El giro sobrevino en Brasil antes que en Argentina. El aporte
externo culminó allí, según el cuadro núm. 5.4, durante la década
de 1891 a 1900. De los tres millones de personas que el país más
poblado de América del Sur ganó en ese lapso, tres décimas partes
entraron por las fronteras y siete partes proceden del exceso de na
cimientos sobre sepulturas. La inmigración concurrió por sí sola con
un 0,60 por 100 a la tasa anual de crecimiento, cifra igual casi a la
total de Italia entonces. A partir del comienzo del siglo, el creci
miento inducido por la presencia ajena disminuyó hasta convertirse
en insignificante en el momento presente.
Conquistada la emancipación, Cuba cerró un pasado de incerti
dumbres políticas y económicas que habían afectado al progreso y
la composición de la población de la isla durante el último tercio
del siglo xix. El cuerpo de la nación salía en 1898 maltrecho de dos
largas y cruentas contiendas por la independencia. Entre 1861 y 1877,
período intercensal que abarca los años de lucha a campo abierto
de la guerra de los Diez Años, la tasa de crecimiento anual se contrajo
casi a una cuarta parte de la habitual en el veintenio anterior (0,5
por 100 contra 1,9 entre 1841 y 1860). La guerra, mas también el
reordenamiento social provocado por la abolición de la esclavitud,
se conjugaron para acabar con el antiguo auge que vimos en el ca
pítulo anterior. Aprovechando el alivio traído por la paz de Zanjón
cu IK78. la lasa repuntó tres décimos en el decenio siguiente,
basta 0,8 por 100; pero el ligero incremento no presagiaba un firme
ú t —mz: LtiC; cu a ccuúrut. íz. a. josmet q c v i ue
sujeción, la tasa tomo, finalmente, un signo negativo ( —0,3 por
100), y la disminución, en términos absolutos, fue del orden de
las 59.842 personas. Estas son las secuelas mínimas de la segunda
y definitiva guerra de Independencia. Sólo en La Habana las muerte»
triplicaron en el año 1898 en relación con el promedio del quinquenio
anterior a la contienda (véase gráfico núm. 9). Le Riverend (Guerra
y Sánchez, 1958) estima, por su lado, que la lucha costó 200.000 vidas
de militares y civiles, muertos unos en acciones bélicas y otros a
consecuencia del régimen de «reconcentrados», ideado por el general
Weyler y precursor de las aldeas concentradas de Argelia y Vietnam.
Como en toda guerra, la natalidad se redujo. De 1896 a 1899 la
tasa fue bajando año a año, de 12,1 a 8,9 y luego 5,7 y 6,1 por
mil, respectivamente. No sorprende, pues, que el segmento infantil
se hubiera contraído hasta constituir sólo un 8,3 por 100 de la po
blación total, según indica el censo levantado por las autoridades
norteamericanas de ocupación, en 1899. Esta proporción es, más o
menos, la mitad de la que cualquier pirámide de edades de una
sociedad juvenil suele ostentar. La guerra no sólo disminuyó el tama
ño de la población cubana, sino que comprometió su futuro. Además,
aceleró la concentración urbana.
El problema demográfico resultaba particularmente sensible en
los albores de la vida republicana, por cuanto la nueva nación se
aprestaba a expandir su economía azucarera en respuesta a un incre
mento de la demanda de su vecino del Norte y a la afluencia de
capitales de aquella procedencia. Por ende, Cuba abrió las fronteras.
La ley de Inmigración y de Colonización de 1906 reglamentó el flujo.
No obstante el conflicto que Cuba acababa de sostener con la antigua
metrópoli, los españoles acudieron en masa a la isla, compensando
con creces el número de soldados y funcionarios peninsuales repa
triados en aplicación del tratado de París. La presencia española
siguió siendo notoria en la isla, pero en condiciones distintas, menos
ligada al aparato administrativo y más al productivo. El cuadro nú
mero 5.10 revela la intensidad del fenómeno inmigratorio y el neto
predominio de los españoles dentro de él. El otro contingente de
C uadro núm. 5.10
Extranjeros ingresados a Cuba (1902-1930)
Años Españoles Antillanos Total
1902-1904 61.153 859 73028
1905 1909 148.147 4.839 173 945
l u j o . 1QJ J 142 921 8 892 184 131
I y i í-1 **í 1 4 7 .0 *2 S 4 .5 5 0 2o2 $22
1920-1924 224.540 136.136 224 540
1925-1929 54.826 74.920 164.080
Fuente: Cuba. Secretaría de Hacienda, 1902-1930.
importancia que arribó fue el antillano — haitianos y jamaiquinos—,
sobre todo a partir de la primera guerra mundial.
Al no disponer de información sobre las salidas, es imposible
establecer la magnitud de los saldos netos que indicarían el grado
de radicación de los forasteros. Es presumible que fuera alto, mas
hubo también un movimiento estacional considerable entre las islas
vecinas y Cuba con ocasión de cada zafra.
2. La transformación en cierne
La entrada masiva de europeos selló con un signo indeleble a
las naciones que los acogieron. Aparte de las consecuencias sociales
y económicas, que no es el caso de tratar aquí, desde una perspec
tiva puramente demográfica aceleró el crecimiento de estos países,
redistribuyó la población sobre su territorio y transmitió, en una
medida aún controvertida, algunas de las modernas pautas vitales
que el mediodía del Viejo Mundo comenzaba a adoptar entonces.
A escala de América latina, la inmigración tuvo, sin embargo, un
efecto restringido a la zona indicada en las páginas precedentes.
En los países restantes el avance demográfico no se debió a la afluen
cia de forasteros, que nunca llegaron allí en cantidades apreciables,
sino al crecimiento vegetativo.
Antes de considerar algunas modificaciones ocurridas en los mo
vimientos vitales, veamos la marcha general de América latina y
su evolución por regiones. El cuadro núm. 5.11 consigna el número
de habitantes de cada una de las veintiuna naciones latinoamericanas
en 1850, 1900 y 1930. Los países van agrupados de acuerdo con la
clasificación establecida por Miró (1965). En los próximos capítulos
seguiremos empleando el mismo ordenamiento. Es de advertir que,
a medida que avanza el tiempo, las cifras se tornan cada vez más
fiables. Algunos guarismos de la columna primera son puramente
conjeturales; los datos censales o estimaciones de la tercera poseen,
en cambio, un fundamento bastante firme.
En un medio siglo, entre 1850 y 1900, Latinoamérica duplicó
su población. De treinta millones y medio pasó a ostentar sesenta y
uno, progresando a razón de 1,4 por 100 anual. Esta tasa era dos
tercios superior, aproximadamente, a aquella con la que había cre
cido durante el siglo precedente, franco avance, pues, respecto del
pasado. Ese ritmo la colocaba también en posición de ventaja con
respecto a otras zonas del mundo. Pocas naciones de Europa, a la
sazón en el estadio culminante de la transición demográfica, supe
raban entonces esa presteza. Durante el segundo período, o sea
C uadro núm. 5.11
18 SO 1900 1930
América Central conti
nental:
México 7.662 13.607 16.589
Guatemala 850 1 425 1.771
El Salvador 394 932 1 443
Honduras 350 443 948
Nicaragua 300 448 742
Costa Rica 125 285 499
Panamá * — — 502
Subtotal 9.681 17.140 22.494
Caribe:
Cuba 1.186 1.573 3.837
Puerto Rico 455 953 1.552
Rep. Dominicana 200 700 1.400
Haití 938 1.270 2 422
Subtotal 2.779 4.496 9.211
América del Sur tro
pical:
Brasil 7.205 17.318 33 568
Colombia 2.243 3.825 7.350
Perú 1.888 3.791 5 651
Venezuela 1.490 2.344 2.950
Ecuador 816 1.400 2.160
Bolivia 1.374 1.696 2.153
Subtotal 15.016 30.374 53 832
América del Sur tem
plada:
Argentina 1.100 4.743 11.896
Chile 1.287 2.904 4.424
Uruguay 132 915 1.704
Paraguay 500 440 880
Subtotal 3.019 9.002 18.904
Total de América latina 30.495 61.012 104.441
* Hasta 1903 incluida en Colombia.
Fuentes: 1850, Hispanoamérica: Barón Castro (1945), excepto Paraguay, apro
ximación burda, y Puerto Rico, estimación basada en Janer
(1945); Haití, lo mismo, basada en Víctor (1944); Brasil: Mor-
tara (1947).
1900, para la mayoría de las naciones: Miró (1965), excepto Paraguay,
Rivarola y Heisecke (1969); República Dominicana y Ecuador:
Barón Castro (1945); Salvador y Guatemala, estimaciones a
partir de Collver (1965); Haití, población católica según infor
mes diocesanos en Víctor (1944).
1930, CELADE (1970).
entre 1900 y 1930, de 61 millones el área saltó a 104, en tanto
que la tasa se elevaba a 1,1 por 100 anual.
La América del Sur templada figuró a la cabeza de este avance.
En grueso, triplicó su población durante el primer medio siglo y la
duplicó en las tres décadas siguientes. La tasa de crecimiento pasó
de alrededor de un 2,2 por 100 anual en la primera época a 1,5 du
rante la segunda. Uruguay se espigó: en el breve espacio de cin
cuenta años sextuplicó. Con el tiempo se le haría, por supuesto, más
difícil sostener esa velocidad y no tardaría en dar muestras prema
turas de desaceleración. En las primeras décadas de la nueva cen
turia, el andar más pausado era ya perceptible. Argentina no le fue
en zaga a su vecino. Cuadruplicó primero su caudal y luego lo du
plicó con creces. Sólo Paraguay disminuyó temporalmente. La guerra
de la Triple Alianza, a la que, por fatalidad, vinieron a sumarse los
estragos del cólera, abatió, posiblemente, dos tercios de la población
masculina adulta y una parte también elevada, aunque menor, de
los efectivos totales. Casi dos décadas después de finalizada la con
tienda, el censo de 1886 arrojaba todavía un déficit de 40.000 hom
bres. Más de una mujer de cada cuatro no encontraba entonces com
pañía. Superadas las distorsiones heredadas de la guerra, Paraguay
emprendería, animoso, una expansión acelerada durante nuestro siglo.
Si no fuera por causa de su geografía dilatada, que condiciona
al país como tropical, Brasil debería figurar encasillado dentro de
la esfera de naciones recién descritas antes que en el grupo al que
ha sido atribuido. En ese momento su comportamiento fue parecido
al de Chile, es decir, que, más o menos, duplicó su población en cada
lapso. Se distinguió así notoriamente de los de su clase, que no tu
vieron la oportunidad de absorber tantos inmigrantes como el Brasil
austral.
Las repúblicas de la América meridional tropical avanzaban pre
cisamente a un tercio de la vivacidad que llevaba Brasil. Tampoco
sintieron el espolazo con que el nuevo siglo se anunció. De todas
ellas, únicamente Colombia superó el ritmo promedio de esa región,
a pesar del amputamiento que sufrió: la independencia de Panamá
en 1903. Venezuela, Ecuador, Perú y Bolivia se movían francamente
rezagadas. Las tierras altas peruano-bolivianas no experimentaban
por el instante presión demográfica alguna.
La misma flema caracterizaba a la América central continental,
no tanto por influencia de las repúblicas centroamericanas como de
México. Costa Rica y El Salvador, en especial, aumentaron bastante,
sobre todo durante el primer tercio del siglo xx; pero México avanzó
lerdo, y por su excesiva gravitación en el promedio, ya que contaba
con más de tres cuartas partes del total de la región, conformaba la
tendencia general a su manera. Este país cumplió así un papel inverso
al que Brasil desempeñó dentro de su categoría. En vez de realzar el
promedio, lo deprimió. La brecha se agrandó durante la segunda
década de nuestro siglo. Como es de rigor, la Revolución mexica
na elevó los óbitos accidentales y contrajo la natalidad. Al mismo
tiempo se inició una emigración numéricamente importante hacia
el exterior. El censo norteamericano de 1920 registra casi medio
millón de mexicanos residentes en los estados fronterizos de la Unión
(Loyo, 1969). Para remate, entonces se abatió una epidemia de in
fluenza que trató a México con mayor dureza que a los demás países.
Factores adversos convergieron, pues, para que la nación azteca, en
lugar de crecer, perdiera 825.000 habitantes entre las celebraciones
del centenario en 1910 y el cuarto censo nacional levantado once
años más tarde. De 15,1 millones bajó a 14,3 en 1921 (Romero
et al., 1961). Concluidas las agitaciones sociales y políticas, el país
emprendió un nuevo derrotero. Con la paz sobrevino, como en co
yunturas parecidas, un rápido restablecimiento. En el primer quin
quenio postrevolucionario, la natalidad lucía ya recuperada y la moi-
talidad por debajo inclusive de los niveles del Porfiriato (véase cua
dro núm. 5.12).
Una vez recobrado de otro conflicto también grave, como fue
la guerra de Cuba, tratada antes (léase igualmente el comentario
al gráfico núm. 9), el Caribe, en el que la Gran Antilla daba la tóni
ca, entró en una etapa de crecimiento demográfico. Los habitantes
de la región duplicaron durante el primer tercio del siglo xx. Tamaño
adelantamiento se sitúa cerca, en términos relativos, del experimen
tado en el cono sur.
En resumidas cuentas, se disciernen tres tipos principales de evo
lución. En primer término aparece un incremento veloz. Se dio en
la región templada austral y, algo más tarde, en Cuba. En gran
medida, es atribuible al flujo migratorio europeo. Lo opuesto, es
decir, un crecimiento vegetativo lento, tuvo lugar, salvo en alguna
que otra parte, en las zonas arcaicas de México y de América del
Sur. Finalmente, figura una tercera dirección, que se sitúa entre
las dos anteriores. Sin ser descollante, el avance fue apreciable,
sobre todo después de iniciado nuestro siglo. El área en que ocurrió
este fenómeno incluye Centroamérica y algunos puntos del Caribe.
Tal expansión se basó más en una acumulación de recursos humanos
propios que en el aporte externo. En definitiva, el auge del litoral
atlántico, inaugurado un par de siglos atrás, siguió acentuándose
y, por lógica correlación, el sector occidental y andino, antes el más
importante, perdió peso en el conjunto de América latina.
C uadro núm. 5.12
T u sas de natalidad (N) y mortalidad (M) en diez países de América
latina durante el primer cuarto del siglo X X
1900-1904 1910-1914 1920-1924
Uruguay N 38,9 36.5 30,1
M 13,7 13.5 12,6
N 44,3 40,3 35,0
Argentina
M 20,0 15,6 13,8
Cuba N 44,6 44,7 36,7
M 23,7 21,4 19,3
N 40,3 42,0 40,0
Panamá
M 21,0 19,0 17,3
Costa Rica N 46,9 48,9 44,9
M 28,8 27,2 25,2
N 45,8 46,6 48,3
Guatemala
M 35,4 33,0 33,7
N 46,5 43,2 45.3
México
M 33,4 46,6 28.4
N 41,8 44,5 41,2
Venezuela
M 29,1 28,3 26,0
N 43,0 44,1 44.6
Colombia
M 26,6 26,0 23.7
N 44,7 44,4 42,2
Chile
M 31,6 31,5 31,3
Vuentes: Uruguay y Argentina, Rothman, 1971; los demás, Collver, 1965.
En los casos en que la inmigración desempeñó un papel omisible,
¿a qué factores atribuir el incremento? ¿Fue un realce de la fecun
didad la que trajo más criaturas al mundo, o fue la letalidad la que
se contrajo de manera tal que quedaba en vida un número más
elevado de personas? En el cuadro núm. 5.12 cabe observar la evo
lución de las tasas de natalidad y de mortalidad de algunos países.
Se trata de los promedios de los primeros quinquenios de las tres
décadas iniciales de nuestro siglo.
La impresión general es que las tasas de natalidad variaron poco
a lo largo del período. Dos países, Colombia y Guatemala, las empi
naron en forma suave. Uruguay, Argentina y tal vez Cuba las contra
jeron levemente. En la mayoría los nacimientos se mantuvieron en
un nivel constante por encima de los 40 por cada mil habitantes,
señal característica de sociedades sin modernizar.
La misma fisonomía arcaizante reaparece en la letalidad. En
Guatemala, México y Chile los óbitos anuales superan los 30 por
mil habitantes. Otros países se acercan a la misma raya: son Costa
Rica, Venezuela y Colombia. En los cuatro restantes — Uruguay,
Argentina, Cuba y Panamá— la marca oscila, en cambio, en el pri
mer quinquenio entre los 24 y los 14 por mil, un tercio por debajo
de la que enarbolan los demás, y desciende dos décadas más tarde
hasta situarse entre 13 y 19. La mortalidad no presentaba, por consi
guiente, rasgos homogéneos. Variaba entre fuerte y baja para los
criterios de la época. A diferencia de la natalidad, más estable y uni
forme, la tasa de defunciones se presenta a comienzos del siglo xx
en vías de transformación y la distancia que separaría a los países
demográficamente más evolucionados de los más retrasados empezaba
a profundizarse.
La secuencia de óbitos de un gran puerto comercial como La
Habana, representada en el gráfico núm. 9, revela cuán insegura se
desenvolvía la vida de los individuos durante el siglo xix Además
de un alto nivel permanente de defunciones, que osciló en torno de
los 40 por cada mil habitantes, de tanto en tanto una crisis irrumpía
con violencia en la ciudad y segaba millares de vidas. Los registros
de óbitos saltan desafiantes. Estas puntas extemporáneas se desta
can bien visibles en el gráfico. Arriba de cada una se indica la causa
que la originó. Las antiguas epidemias de viruela sólo en ocasiones
hicieron su aparición. En cambio, dos graves flagelos figuran repe
tidos: la fiebre amarilla y el cólera. La Habana no se diferencia en
esto de los demás puertos latinoamericanos. Lo singular en ella fue
ron, sin embargo, los ramalazos de las guerras coloniales, notorios
en los altibajos del período 1868 a 1878 (guerra de los Diez Años)
y en la punta de 1895 a 1898 (emancipación). El último enfrenta
miento, aunque breve, fue fatal para la capital de la futura República.
Comparadas las defunciones del tiempo anterior a la guerra con las
de los años de lucha, la diferencia sobresalta. Una vez y media más de
muertes que de ordinario. De cerca de 30, la tasa subió a un 72 por
mil habitantes.
A partir de este ejemplo concreto, pero excepcional, no habría
que concluir que la violencia armada, a la que en una u otra forma
ningún país latinoamericano ha escapado, haya desempeñado una
función importante en la mortalidad. Los frecuentes levantamientos
y guerras civiles que han popularizado la imagen cierta de una Ame-
rica latina inestable, así como alguno que otro pleito internacional,
aunque reprobables, cualquier fuera el número de víctimas que
hicieran, no legaron rastros profundos a escala nacional, salvo en las
circunstancias particulares de Paraguay, México y Cuba, que ya he
mos expuesto. El problema de la mortalidad se vincula básicamente
con el de la sanidad.
Contra las ilusiones suscitadas por el descubrimiento de la vacu
na, la lucha contra las infecciones efectuó progresos limitados du
rante el siglo xix. Ya hemos hecho esta indicación en el capítulo
anterior, y bien se ve que, en La Habana, la viruela, por ejemplo,
no había terminado de desaparecer en las últimas décadas del siglo.
Es más, otras pestes apuntaban, queriendo tomar el relevo de las
que se resistían a eclipsarse, anulando así cualquier ganancia. Estas
fueron la fiebre amarilla y el cólera.
La fiebre amarilla no era nueva en el continente, pero alcanzó
una dispersión inusitada. Hacía tiempo que el mosquito aedes
aegypti se había instalado en las costas tórridas y húmedas de Amé
rica y la enfermedad que transmitía se había tornado endémica.
La Habana, por ejemplo, en acoso permanente, sufrió siete brotes,
según la cuenta del gráfico núm. 9. No todas las veces adquirían
éstos aspectos catastróficos, comparables con los efectos del cólera o
la viruela. Las defunciones aumentaban en general entre un 5 y un
25 por 100 en relación con los años normales, mortandad inferior
a la que ocasionaban los otros dos males. De cualquier modo, la
reiteración de epidemias de fiebre amarilla multiplicaba las bajas y
deprimía la población.
En los puertos de Europa y otras partes de América, exentos
hasta entonces del azote, su introducción intempestiva revistió ca
racteres dramáticos. La intensificación del tráfico marítimo difun
dió esta fiebre por el mediodía de España, Portugal, Italia y Francia,
así como por los puertos de la costa oriental de Norteamérica. Hacia
el Sur alcanzó Río y poco después Montevideo (1857). Buenos Aires
no tardó en recibir la ingrata visita. El ataque más grave que la
ciudad recuerda tuvo lugar en 1871, cuando la epidemia cobró en
cuatro meses 13.600 vidas. Chile fue asolado dos años después.
No se olvide que la fiebre amarilla contribuyó al fracaso de la pri
mera excavación del canal de Panamá.
Por la forma en que se propaga el agente vector o en que se
contagia el virus, de persona a persona, el aislamiento limita de
manera eficaz la exposición al riesgo. Una estrecha vigilancia inter
nacional conjugada con una acción severa de las autoridades sanita
rias locales logró poner cortapisas oportunas a la difusión de las
epidemias. A partir del final del siglo pasado las grandes ciudades
G rá fico n ú m . 9
Mortalidad en La Habana. 1810-1910 Epidemias y guerras
O
Puente: Le Roy y Cassá, L313