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5/11/2018 Rubin,Harriet-Maquiavelo ParaMujeres[PDF]-slidepdf.

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 Maquiavelo para Mujeres

ÍNDICE 
Carta de la Maquiavela en que me he convertido a la lectora,

princesa de un mundo en armas 
El libro de la estrategia 
Una princesa descubre su verdadera fuerza cuando conoce a 
I 23 

su enemigo 
II Lo que significa ser femenina y el arte del micropoder 33 

III Cómo ser destructiva y brillante al mismo tiempo  35 

IV Amplía el espacio en el cual puedes ser fuerte  41 

La feminidad es una riqueza intensa y merece ser tratada 


V 45 
como tal 

VI Cómo hacer que los demás actúen a corto plazo  49 

VII Cómo hacer que los demás actúen a largo plazo  51 

VIII La historia de una princesa que apuntó alto para conseguir su 
56 
objetivo 
IX La tensión desarma al contrario  60 

X Los cuatro tipos de tensión estratégica  65 

XI La paradoja de la anorexia del poder 70 

El libro de las tácticas 


I Superar es mejor que ganar 76 

II Lo que significa ser femenina y el arte del micropoder 80 

III Cómo ser destructiva y brillante al mismo tiempo  83 

IV Amplía el espacio en el cual puedes ser fuerte  100 

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 Maquiavelo para Mujeres

El libro de las armas sutiles 


I De cómo las armas correctas inclinan la guerra a tu favor  105 

II Conoce la vergüenza, ama tu poder  112 


III Sobre el uso de los hombres y las armas 120 

IV El paradigma de las “generalísimas” polacas  125 

Epílogo: Estrategia para una paz inquieta 


Notas 139 

Bibliografía escogida  147 

  Agradecimientos

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 Maquiavelo para Mujeres

Un príncipe es un hombre entre hombres, un lucha dor astuto, un soberano


inflexible que toma de la vida lo que desea. Es una palabra que implica honor;

en cambio, su equivalente femenino, princesa, siempre ha llevado im plícito

cierto desprecio.

Katherine Anne Porter lo ha expresado mejor: «Lo que el hombre sólo hacía
por Dios, la mujer lo hacía siempre por el hombre.» Pero ahora la princesa lo
puede hacer por sí misma. Pongo como ejemplo la siguiente parábola: dos
hermanas emprenden un viaje. Tras viajar todo el día, llegan finalmente a la
habitación del hotel, una habitación correcta, pero no demasiado cómoda. La
hermana menor se conforma, pero la mayor insiste en cambiar de ha bitación,
diciendo a su fatigada hermana: «Todas las noches de mi vida son igualmente
importantes.» 
Una princesa, como el príncipe de Maquiavelo, es una mujer entre mujeres,
una luchadora astuta, una soberana inflexible. Toma de la vida lo que desees, y

no olvides que todas las noches de tu vida son igualmente importantes y que

todos los días son tuyos para que los apro veches.

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 Maquiavelo para Mujeres

Carta de la maquiavela
princesaende
launque me he
mundo enconvertido
armas a la lectora,

E S T E   L I B R O   E S T Á   E S C R I T O   P A R A    T I ,   P R I N C E S A .   Es
posible que, al igual que el prín cipe de Maquiavelo, estés sola en un lugar 
seguro, deseando asumir el control de tu vida, tus amores, tus problemas, del

mismo modo que el joven príncipe florentino quería asumir el control de un rein o
enloquecido. Precisamente entonces llega Maquiavelo al palacio de los Médici

para explicarle y enseñarle al príncipe cómo hicieron los grandes césares, los
españoles y los papas para luchar y salir triunfantes de otras calami dades
similares.

Este libro trata de la guerra, pero no de las sangrientas, ni las del tipo que

provocaron los odios de César ni los engaños de Sun Tzu ni el egocentrismo de


Napoleón, sino de esas guerras íntimas en las que tenemos al enemigo tan
cerca que nos hiere, nos traiciona, nos hace frente, ya se trate del cónyuge, tu

superior inmediato, un cliente, tu padre o tu madre, alguno de tus hijos. Trata de

la guerra como camino hacia el poder. Al decir guerra, me refiero a un conflicto


y al decir conflicto, me refiero a un tipo deter minado de relación con los demás,

con uno mismo y con el mundo. Todo conflicto implica contacto; requiere poder 

y aumenta el poder.

En todo encuentro siempre hay una persona que domina la situación y


que a lo mejor te hace frente. Si pierdes, pierdes la lucha por una vida mejor,

más justa, más noble y más agradable. La mayoría de nosotras no ha

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 Maquiavelo para Mujeres

encontrado otra manera de expresar la lucha que se libra en nuestro interior,

todos esos deseos inal canzables, más que a través de lágrimas de frustració n o

dolor, rabia, depresión, silencio y sumisión, y todo esto constituye pérdidas


instantáneas e irrecuperables. 
He encontrado una manera de que las mujeres se conviertan en artífices
de su rabia y su deseo.

La necesidad de adquirir esta capacidad se me presentó una noche, en

el Palace Bar de San Francisco. Eran las dos de la mañana. El pianista había
huido hacía tiempo. Pero mis amigas, Nora y Judith, y yo no teníamos adonde

ir, aunque Nora tenía que entregar un trabajo y Judith trataba de no pensar si su
amante acabaría la noche con ella o con alguna otra. Yo le había prometido a D.
que lo llamaría al volver al hotel, pero su voz era una ducha fría que no estaba
dispuesta a sentir, la voz de un hombre que me había dejado sola cuando más

lo necesitaba. ¿Qué habíamos hecho  mal, tres mujeres que exhibíamos el éxito

como quien lleva una medalla? ¿Por qué nos daba tanto miedo enfrentarnos a

nuestra propia vida? ¿Por qué no éramos guerreras y sí unas inútiles? 


Y allí estábamos, tres mujeres formidables, cap aces de negociar contratos
multimillonarios, pero incapaces de subirnos el sueldo. Aunque nos guste

controlar, en nuestras relaciones afectivas siempre cedemos el control y

acabamos siguiendo el juego que nos imponen. Aunque somos fuertes,

pedimos poco y después nos sorprende obtenerlo. A veces voy por Times

Square de camino hacia el trabajo y veo esos carteles que anuncian: «¡ Chicas
en vivo en escena!» Odio lo que re presentan, pero de todos modos soy capaz
de apreciar la ironía: las chicas en vivo merec en ser estrellas; por las calles me
cruzo con multitudes de mujeres mortecinas, de mirada perdida, con expresión
pasiva y el ego disminuido por sus propias expectativas negativas.

Hasta ahora, las mujeres no hemos tenido un lenguaje para luchar. No

hemos podido expresar nuestro deseo de poder. Yo sabía que quería poder,

pero no sabía cómo conseguirlo. Cuando llegué a ser editora, me encontré

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 Maquiavelo para Mujeres

trabajando con altos ejecutivos, colaborando con ellos para confeccionar los

libros que les garantizaran un legado intelectual. Me formé a mí misma para ser 

su editora, esa empresaria que confiaban que respetaría sus contratos y sus
palabras. Cuando me convertí en su confidente intelectual, me fui acercan do
cada vez más al centro de lo que los motivaba. 
Un ejecutivo muy reservado me invitó a visitar su despacho personal y me

pidió que analizara sus pasillos y rincones como si de su mente se tratara.


Desde sus salas de juntas hasta sus emociones, estudié de cerca a una
variedad de líderes empresariales y de la administración, de personas que

imponen modas y estrategias. Me convertí en depositaría de sus confe siones,


sus ambiciones, sus temores y muchas cosas más. Me explicaron cómo
amasaron su fortuna. Me mostraron cómo se domina a los subordinados y los
subditos. Todo lo que aprendí de ellos me enseñó a ascender en la empresa, a

prosperar en una relación, a tomar del mundo lo que deseaba. 


  A menos que aprendamos a elegir por nosotras mismas, estamos

condenadas para siempre a ser princesas escondidas que, en lugar de


gobernar en palacio, estamos cautivas en el Palace Bar, protegidas por nuestro

fracaso.

Te voy a hablar de mujeres que han logrado dominar su mundo. Te voy a

explicar estrategias para ganar las batallas de la intimidad. No dejaré que te

apartes de esta búsqueda, porque el coste sería tu vida, tu felicidad. Me dijo

una vez la madre de una amiga mía: «Si hubiera sabido luchar, mi vida habría
sido mejor.» 
«Aprended a no tener cuidado», les insistía la fotógrafa Diane Arbus a sus
alumnos. Tener cuidado es ir  a lo seguro, ser pacífico y mantenerse al margen

de la acción. 
Esa noche decidí ponerme en el lugar de Maquiavelo y aplicar por fin en mi
propio provecho todo lo que había aprendido. 
Te voy a enseñar a hacer la guerra. 

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D  E C Í   A   H E R Á C L I T O que todo nace de la guerra. Los hijos nacen de una

lucha. Los primeros tulipanes de la primavera tienen hojas afiladas como


cuchillos para atravesar el suelo medio congelado. Luchar no es nada

vergonzoso.

A lo largo de estas páginas, aprenderás a conquis tar al enemigo que


aniquilaría tus sueños. Verás cómo puedes eliminar los obstáculos que se
oponen a tu felicidad. Aprenderás los medios para conseguir lo que quieres.

Pero sin imposiciones ni agresividad. Sin alzar la voz ni los puños; sin recurrir a
métodos brutales, sino convirtiéndote en una presencia que impone auto ridad.
Verás que para ganar tienes que tomar por ti misma. Casi todas las mujeres
piensan que para que la vida sea mejor hay que quitarle todo lo malo. Las

princesas opinan que hay que añadirle cosas buenas. Aprenderás el arte del
poder implícito, cuya expresión reside en la estrategia. La clave de la estrategia
es comprender el poder de los contrarios.

La primera ley de la princesa es llegar a ser una mujer que sabe combinar 

los contrarios.

Hay aspectos de ti misma que a lo mejor consideras contradictorios o

contrarios entre sí y que te pueden ayudar a ganar la guerra. La debilidad


consiste en pensar que no puedes amar y luchar al mismo tiempo. Craso error.

Los grandes guerreros saben que feroz  se alía con  cariñoso ; que 

enfrentamiento se alía con paz; que valor se alía con vulnerabilidad. Los que la

conocieron siempre describen a Jackie Onassis como una mezcla de humildad

y arrogancia, de sufrimiento y dominio. Daba la impresión de estar herida y de


ser todopoderosa. Ése era el origen de su impresionante fuerza.  

Las estrategias de la guerra, o del enfrentamiento, dependen de cambiar un

aspecto fundamental de tu conocimiento sobre ti misma. Todas las princesas

son artistas a la hora de establecer estas conexiones entre opuestos.

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 Maquiavelo para Mujeres

Dicen que los dioses del Olimpo eran inmensos. ¿Por qué? Porque
combinaban los contrarios. Dominaban los campos de batalla porque tenían,

como quien dice, un pie en ambos mundos. La mujer que aprende a combinar 

los contrarios llega a ser una amante-luchadora que consigue lo que se

propone. Aprende a usar las habilidades de cada campo en el terreno del otro y

así se fortalece. 
He llegado a darme cuenta de esto a través de dos vías. Una es el propio
Maquiavelo. El viejo cortesano, e l primer Kissinger, admite que escribió El 

príncipe para los hombres y sobre los hombres. «No son las mu jeres, sino los
hombres, los lobos de los hombres. No son las mujeres, sino los hombres, los
que se devoran entre sí», escribió. Pero ninguna de estas leyes es váli da para
las mujeres. Se aplican, reconoce, a los que tie nen sangre fría, a las personas

con más ambición que conciencia. Sus leyes han alimentado a doctrinarios
como Napoleón, Stalin y (más cerca de nuestro tiempo y nuestras guerras
civilizadas) a dos personas de nombre Miguel  — Milken y Ovitz —  que nos

enseñan un arte de la guerra que es exclusivamente político.  


El príncipe de Maquiavelo tuvo que adoptar una pose rígida: distante, astuta,
destructiva. Tenía que ser igual con todos. Una prince sa tiene, necesariamente,
un plan diferente; tiene que romper el statu quo, reorganizar las percepciones

de los demás y, de este modo, conseguir lo que legítimamente le corresponde.


Las princesas han venido a este mundo para reorganizarlo. No pueden ser 

simplemente unas guerreras con una sola idea fija. Deben amar y deben luchar.
La segunda vía que me permitió conocer la guerra y las mujeres procede de
un estudio de las grandes princesas guerreras de la historia. La tradición (de la
cual sabemos tan poco) no nos mantiene alejadas del verdadero progreso, sino

que constituye su esencia, su alma, su mecanismo. Nuestras antepasadas

fueron aventureras y descubridoras, espías y opositoras, pioneras y

luchadoras. Los jóvenes samurais descubrieron la forma de conocer la fuerza


de su cuerpo mediante un sensei, o maestro, que les explicaba lo que hacía su  

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sensei para adoptar determinada actitud y su sensei   antes que él. Al igual que

ellos, las princesas pueden recurrir a sus antepasadas. Conocer la historia de

las princesas guerreras nos permite sentir el espíritu que se agita dentro de

nuestra propia naturaleza.

Pero todavía no hemos tenido una I líada  femenina. Con frecuencia nuestro
conocimiento de la lucha se limita a lo conseguido por alguna mujer prestigiosa

en una escaramuza. Una visión bastante limitada del triunfo: los hechos y las
circunstancias de un castigo merecido y la rabia, dejando de lado las

estrategias y las tácticas del triunfo. Es una visión del éxito basada  en décadas
de derrotas y concesiones. O peor aún, basada en reglas de combate que
garantizan nuestra derrota y nuestro sometimiento.

En general, las mujeres de hoy día salen adelante partiendo de modelos


masculinos de poder o de estrategias despiadadas. Intimidan o se conforman;

negocian, llegan a acuerdos. Las negociaciones siempre acaban en

concesiones, algo que las mujeres experimentamos con demasiada frecuencia.

Estas tácticas son necesarias si nuestro objetivo es ganar. Pero si tenemos un


objetivo más sutil, ganar significa superar. Para vencer tienes que competir 
tanto contigo misma como con el contrario. De este modo, comunicas la sensa-

ción de un triunfo olímpico: un triunfo que deja a los perdedores, más que
derrotados, sin aliento, estupefactos.

Puesto que adoptan la herencia ile gítima de las estrategias de lucha

masculinas, las mujeres fuertes se quejan de que no consiguen salir adelante.


No es de extrañar. Confunden luchar con forcejear. Confunden supervivencia  
con éxito. Se quejan de las barreras que ellas mismas han ayudado a  construir. 

Si sigues las reglas equivocadas, no luchas por nada, sino contra ti misma.

Para que una mujer triunfe, no puede respetar las reglas del juego, porque no

son sus reglas, no están destinadas a realzar sus fuerzas. Tiene que cambiar el
  juego. Si  juegas con las reglas que te imponen los demás (hombre, mujer o

niño), al final acabas reforzando justamente las normas que fa vorecen a tu

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contrincante. Por el contrario, si cambias las reglas, empiezas a jugar a tu  

propio juego, en el cual dejas de lado las nociones sencillas de dirección y

liderazgo en favor de la estrategia de heroísmo que se define en un plan global,


en lugar de seguir un esquema paso a paso.

Pero las mujeres no hemos de forzar la imaginación para basarnos en El 


príncipe. La obra clásica de Maquiavelo es famosa por su infamia. Aboga por el
asesinato y la traición y desdeña el amor. Es la biblia defi nitiva sobre el poder 

limitado. La princesa sigue el camino contrario. Literalmente, princesa significa

«la que ocupa el primer puesto», y viene de principio y excelencia. 


Maquiavelo opinaba que el hombre bueno no tiene ninguna posibilidad,
porque se arruina entre tantos que no son buenos. La princesa sabe que no

importa si las personas son buenas o malas. Sabe que, de todos modos,

conseguirá lo que quiere, pero no por ser archirrealista, como se pretendía que

fuera el príncipe de Maquiavelo, sino por otros medios y por unos fines
superiores a los que pueda imaginar ningún príncipe. 

Las mujeres que se rigen por principios, en lugar de por normas, no se


detienen ante nada. Disfrutan siempre del poder que les otorga su compromiso

con los deseos más altos, como la justicia. Pero no han usa do ese poder.
He revisado casi un centenar de biografías y autobiografías para averiguar 
de qué estrategias se han valido las mujeres para conseguir el poder. Me he
concentrado en los pocos y sorprendentes casos de mujeres que han

empleado alguna estrategia. No me refiero simplemente a mujeres que hayan


amasado una fortuna o hayan alcanzado la notoriedad, como Madonna y

Sharon Stone, por poner dos ejemplos de nuestro tiempo. Este libro no trata del

poder que otorga el dinero. Estas mujeres tienen un tipo de poder. Pero el

poder que procede de la estrategia es superior al que brindan el dinero o la

posición.
En términos generales, sólo hay unos cuantos modelos verdaderamente
grandes a quienes recurrir. La mayoría de las mujeres han llegado al momento

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decisivo de su vida como sonámbulas. De las pocas que recurrieron a una

estrategia, apunté sus métodos, observé las pautas comunes y, por último, 
codifiqué sus hábitos de forma sistemática.  
Las princesas no trafican con los viejos tópicos: agresión, negociación,
concesión. Recurren al poder que la mujer ya tiene en su interior pero que no
expresa, como la poesía que nunca se ha volcado al pa pel o el retrato que se

lleva grabado en la mente. Este libro trata de la manera de expresar ese poder 

almacenado, pero no a través de la poesía ni de la pintura, sino en la vida


cotidiana. Las princesas saben que ese poder que conservan en su interior y

que no usan libremente les hace daño, las debilita. Como si fuera una
serpiente, podría volverse contra ellas y picarlas.
Leer este libro sirve para descubrir que todas las princesas ya han librado 

una guerra, que han luchado contra el enemigo íntimo con una estrategia:

combinar el amor y la guerra en una nueva totalidad.

La princesa es la amante luchadora o la antagonista colaboradora. Ella deja

que se caliente el fuego de cual quier conflicto en ebullición, partiendo del 


mismo principio de que el calor de la llama convierte el acero normal en una

espada afilada. En estas tensiones y la manera de producirlas se centra la

primera mitad de la obra, «El libro de la estrategia». Si comprendes el marco de


esta estrategia, has recorrido la mitad del camino hacia el triunfo. La parte que

sigue en el juego de la guerra es «El libro de las tácticas» y describe las

acciones específicas que sirven para aumentar la eficacia en situaciones


complejas. Los grandes luchadores van más allá tanto de la estrategia como de

las tácticas y aprenden a usarse a sí mismos como armas. Como concentran la


fuerza de una bala, no necesitan ir armados más que con el conocimiento de sí
mismos.

Hubo grandes estrategas que fueron poetas, a ve ces de la págin a impresa y

otras del acto público. Anna Akhmatova, la poetisa rusa, combatió las
represiones de Stalin con palabras, en lugar de armas o manifestaciones

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públicas, si bien los historiadores no tienen en cuenta las acciones de los


poetas cuando explican cómo se luchó en las guerras. Akhmatova mantuvo
vivo el espíritu y el lenguaje de la poesía. Cuando el pueblo no tenía pan que
llevarse a la boca, les entregó las más fascinantes imágenes. Era una

hechicera que susurraba sus poemas de amor en los oídos de l a gente (estaba
prohibido escribirlos), sabiendo que mantener viva la memoria de la amabilidad

humana era la única forma de que el espíritu triunfara cuando un dic tador 
enfrentaba a unos contra otros y les robaba todo rasgo de humanidad. Con sus

estrategias, una mujer que lucha contra un dictador (o un esposo, un padre,

una madre o un hijo poco razonables) es capaz de hallar formas de recuperar la


libertad.

La historia está llena de sorpresas hermosas. Los grandes movimientos


sociales de Estados Unidos estuvieron encabezados por mujeres: el

empadronamiento para el voto, el sufragio, la abolición de la esclavitud, la


planificación familiar, el movimiento antialcohol. Las mujeres tuvieron su mejor 

momento en la segunda guerra mundial. Hubo más mujeres en el poder durante


la década de los cuarenta que en ningún otro momento de la historia. Fueron
opositoras, espías, activistas. Cuando se rompen las normas, o cuando hay

confusión, triunfan las mujeres. Cuando se liberan de la obligación de ajustarse


a las reglas, se sienten capaces de todo, de desafiar a todos. Esto es

fundamental. La mayoría de las mujeres de hoy día siente que debe obedecer 

las reglas. Sienten que tienen que respetarlas mejor que nadie. Y sin embargo
así se limitan a sí mismas. La guerra favorece a las mujeres peligrosas. A las
mujeres les gusta la paz y buscan estabilidad. Pero estas condiciones no

suelen favorecerlas. Incluso en las empresas, una situación estable beneficia


menos a las mujeres que un ambiente caótico. Las princesas sabe n que las
oportunidades surgen en medio del caos. En las épocas en las que reina una
paz relativa, el truco consiste en crear el caos y aprovecharlo.

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Durante el Renacimiento, muchas mujeres consiguieron hacerse cargo de

imperios, como Isabel I, María Estuardo, reina de Escocia, y Catalina de Médici.


En esa época, estaban cambiando los límites y se desmoronaban las viejas
clasificaciones. Era imposible devolver todo a su sitio mediante la fuerza bruta y

la sutileza escapaba al entendimiento de la mayoría de los reyes. Cuando las


emperatrices y las reinas fracasaron en su gobierno, como ocurrió finalmente

con Catalina, fue porque luchaban como hombres y prefe rían el dominio al

riesgo, la negociación al desafío. 


 A lo largo de la historia, las princesas tienen algo en común: viven su vida 

como personas que tienen derecho a triunfar. Aceptan la guerra, los conflictos,
los enfrentamientos. Esta actitud es la segunda regla de las princesas, lo que

las distingue del resto de las mujeres, sobre todo de las siguientes formas:

1. Desde el principio, se distinguen de las demás  


Son seres solitarios. Se consideran extrañas incluso dentro de sus familias y
para ellas es una ventaja. No las incomoda; al contrario, las inspira. Isabel I se

decía a sí misma que si se casaba sería la reina de Inglaterra, en cambio sola


era rey y reina a la vez. Casadas o no, las princesas se mantienen al margen.

La psicología contemporánea alaba el valor de las conexiones y las relaciones


entre mujeres. Pero las mujeres poderosas de la historia ambicionaban el poder 

de la separación.  Les brindaba la oportunidad para algo más que la confian za


en sí mismas;  el amor a sí mismas, que el poeta Walt Whitman describe en su

frase «Habito en mi alma», era un sentimiento que ellas conocían muy bien.  Al
igual que los niños y los grandes felinos, las mujeres fuertes, según Freud,
parecen reservadas, misteriosas, lo que explica la fascinación que ejercen so -
bre los demás. 
Estas mujeres, ¿son extraordinarias desde que nacen? ¿O se vuelven
extraordinarias porque se mantienen al margen, en una atmósfera psicológica

en la cual no se comparan con nadie más que consigo mismas?  

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Juana de Arco no intentó jamás allanar las diferencias que la mantenían


aparte. Creyó en ellas hasta que asumieron una realidad propi a. Desde su
temprana adolescencia, hablaba de liberar Francia del dominio inglés. Los
demás se extrañaban de la ambición de esta joven campesina que no sabía
leer ni escribir; pero cuanto más hablaba, más se comportaban los demás
como si fuese cierto. Como verás, esto no sólo fue un acontecimiento decisivo,

sino un elemento clave en su estrategia y en las estrategias de todas las

princesas.

2. Jamás se consideran valientes  

Las princesas piensan que no hacen más que lo que se puede hacer. A
veces se saben li stas, incluso únicas. Pero no se consideran valientes. Dian
Fossey, la experta en primates, decía que las alturas siempre la habían hecho
gritar «como un bebé cuando lo bautizan». Pero al llegar a las junglas
africanas, empezó a escalar barrancos siguiendo a los gorilas de la niebla que
tanto interés tenía por estudiar. Estas guerreras se relajan en presencia del 
peligro, como otras mujeres se relajan delante del televisor.  En una situación

difícil, se comportan como si ya hubieran triunfado, porque no creen que


puedan perder. Emprenden la batalla con la calma del ganador. Dijo el poeta
Rainer María Rilke: «Sigue tus temores.» Es lo que hacen las mujeres he -
roicas. Su mayor poder procede de liberarse de aquello que les avergonzaba
(como el temor que sentía Dian a las alturas) y convertir el viejo temor en
motivo de orgullo.
3. Tratan el destino como si fuese su mentor 

Desde sus épocas de maestra en Milwaukee, Golda Meir se sentía llamada


para lograr algo grande. In cluso mientras corregía exámenes, o después,
trabajando en el campo en uno de los kibutzim   del desierto más pobres de
Israel, su segunda voz  — su destino —   fue su mentor. Nunca prestó tanta
atención a la voz de la queja o del agotamiento, ni a ninguno de sus ase sores,
como a esta segunda voz.
 A las mujeres les dicen que conozcan su voz. Pero las princesas siempre

han prestado atención a lo más profundo, a esa segunda voz que todos
tenemos. Dicen que esta voz habla desde una posición prominente, desde el

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destino. La palabra destino tiene historia como término marítimo y quiere decir 


poner el barco en lí nea siguiendo el criterio de las estrellas y no el de al gún
elemento terrestre. Cuando tenía tres años, Juana Inés de la Cruz se negaba a

comer queso porque le habían dicho que hacía perder la a gilidad mental. Ella
no sabía por qué, pero tenía la certeza de que necesitaría su inteligencia para
algún papel que le preparaba el  destino. Al cabo de unos años, esta niña del
siglo XVII crecería hasta convertirse en sor Juana, una de las grandes poetisa s
líricas, santas e iconoclastas. 
En un pasaje del diario de la esclava liberada Sojourner Truth, leemos que la

libertad le resultaba demasiado difícil; no quería tener que ganarse el sus tento

ni tomar decisiones por sí misma. De modo que decidió venderse a sí misma


como esclava para que alguien se ocupara de ella. Mientras regresaba a casa

de su antiguo amo, la segunda voz la detuvo. «Llevo dos corazones en mi


interior», dijo. Las princesas también necesitan dos corazones; de lo contrario,
la voz de la propia derrota se vuelve insoportable.

4. Disfrutan con su vida emocional 

  A las mujeres se las hace sentir inferiores o tontas cuando expresan sus
emociones. Emocional ha adquirido el significado opuesto a racional. Controlar 

las propias emociones se considera el s ú mmum  del poder supremo. Pero las

princesas no se dejan engañar por estos conceptos. Son extremas al expresar 


alegría, placer o preocupación. Cuando se las lleva a una si tuación extrema, en 
lugar de sentirse ultrajadas, hacen cosas insólitas.  
La clave es el deseo, que replantea la realidad. El deseo convierte a lady

Macbeth en la mujer más po derosa de Escocia. En la obra de Shakespeare,


todos respetan más sus planes que los propios. Atrae el fu turo hacia ella — ella
crea el futuro —  porque es la única que manifiesta el mayor deseo. Una

princesa que conozco me contó una vez lo siguiente: «Una noche, a mi hijo de
diez años se le ocurrió que quería comer pato en un restaurante de Santa Fe al
cual habíamos ido un año atrás. Nadie se acordaba de su ubicación, de modo
que tres adultos y un niño emprendimos la búsqueda. Pasaron horas sin que

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pudiéramos dar con él. Teníamos hambre, pero estábamos dispuestos a se guir 
buscando. Entonces mi amigo cogió a mi hijo por los hombros y le dijo:   "¿Te 
das cuenta de que el deseo dirige el mundo?"   Como a nadie más le importaba

demasiado dónde comiéramos, estábamos todos detrás del niño porque él era

el único que tenía un deseo.» 


Las princesas expresan sus deseos con el virtuosismo propio de una diva.

No se contienen. No dudan de sus deseos; sienten que tienen derecho a que se

cumplan y aprovechan su potencia. Para alcanzar la fama, Isadora Duncan fue

a ver a uno de los principales em presarios de Francia, pero no le pidió trabajo

sino el papel principal. Le dijo que era «la hija espiritual de Walt Whitman» y le
prometió que encarnaría su esencia en el escenario. Era bastante absurdo,
pero de todos modos, gracias a su deseo, obtuvo el papel principal a pesar de

que en su infancia había sido demasiado pobre para recib ir clases de baile y
mucho menos para tener experiencia en la danza. Dicen que las mujeres son

como una bolsa de té: no te das cuenta de su fuerza hasta que no las sumerges

en agua caliente. En agua caliente, el deseo de las mujeres hierve.


5. No creen que en la vida haya que elegir entre el amor y el poder 

El poder es una forma de amor y el amor es una forma de poder. Una clase

de amor, la más sencilla, hace que dos personas formen una unidad frente al
mundo. Pero hay otra clase de amor, menos frecuente, que es político o

público. Es un amor que establece una solidaridad entre una persona y todo lo

que hay en su vida. Para una mujer que reconoce el amor público, no hay nada
ni nadie que le haga frente, porque cualquier enemigo se convierte entonces en

un aliado potencial. Se acerca a su enemigo como se acercaría a sus seres

queridos. Está dispuesta a fortalecerlo, no a debilitarlo. Usa la verdad como


arma, mientras que otros, como Sun Tzu o Stonewall Jackson, te recomiendan

«desconcertar, engañar y disimular». 


Con todas estas fuerzas, ¿cómo es posible que las princesas no reinen?
Son muchas las princesas que han obtenido victorias parciales, en el mejor de

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 Maquiavelo para Mujeres

los casos. Ganan batallas, pero pierden la guerra. Lo que he visto sobre las

mujeres y el poder, no sólo actualmente sino a lo largo de la historia, me ha

llenado de tristeza. A pesar de nuestros éxitos parciales, desconfiamos de 

nuestras propias fuerzas.  Nuestra condición secundaria nos ha dejado como

legado que dudemos de nosotras mismas y, en los c asos más extremos, que

nos detestemos.

Las mujeres somos   el sexo más valiente. Los poetas  y filósofos griegos

temblaban ante las mujeres. Casi todos los dioses de la guerra eran mujeres:

Némesis (la venganza), Artemisa (el sacrificio), Atenea (la ba talla), las Furias (la
ira). Constituyen un desfile griego de mujeres armadas con el beso de la
muerte. Pero no se trata de un invento fantástico. Desde Custer hasta Vietnam,
cuentan los soldados que eran las mujeres del lugar, y no los hombres, las que

destrozaban con odio los cadáveres de los enemigos. Aunque hayan existido

Hitler y Napoleón, y otros como ellos, no ha habido nunca una Medea


masculina, capaz de sacrificar a sus propios hijos para conseguir sus fines. No

hablamos de asesinato cuando nos referimos a las princesas, sino de poder,


fuerza y el sacrificio máximo. 
¿Y por qué ha habido entonces tantas derrotas? Un motivo es que las
mujeres que luchan suelen actuar impulsadas por la venganza. Y la venganza

supone resolver una injusticia, salvar una reputación, defender a los muertos.

Es mucho mejor destinar la energía a lu char por algo tangible para uno mismo,

como la libertad de realizar algo importante. Luchar por uno mismo y sus
objetivos no es egoísta. A las mujeres no nos gusta acumular. El pri ncipio que
siguen las princesas es que cuanto más tienen, más dan, liberadas de esa
mentalidad de escasez que nos susurra constantemen te: «¿Tendré suficiente

tiempo, suficiente fuerza, sufi ciente para dar?» 

Benazir Bhutto, la ex presidenta de Pakistán, t uvo un largo aprendizaje de


poder junto a los hombres que fueron los líderes de su país: su padre, sus
hermanos, sus tíos y sus primos. Esperó hasta que la masacre y el destino no

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dejaran a nadie más que a ella para asumir la presidencia del país. Cogió el 
relevo para vengar el asesinato de su padre y para «cumplir sus deseos»,
afirma. Cuando fue a visitar su tumba cubierta de lodo, con unas cuantas flores

por encima pero sin ninguna señal, habría llorado, confiesa, pero no quiso
dejarse vencer por   lágrimas  de mujer.  Se inclinó para besar los pies de su

padre, aunque en esa tumba sin marcar no se sabía muy bien en qué lado
estaban. Y entonces co menzó a trabajar, hizo que sus enemigos pagaran, no 

construyó nada que mereciera la pena construir  con su venganza, saldando


viejas cuentas, dando una lección a sus enemigos, actuando como policía en

su país... en otras palabras, siguiendo los métodos del príncipe de Maquiavelo.


Como verás, este comportamiento siem pre trae como consecuencia un triunfo
que o bien es transitorio (en el peor de los casos) o bien es menos de lo que te

mereces (en el mejor de los casos). Como luchadora, Bhutto es una hermana o

una hija resentida, cuyo motivo es deshacer. Lo único que conseguirá con la
venganza es una satisfacción temporal, pero nada a qué aferrarse ni de qué

enorgullecerse. ¿Te acuerdas de Antígona, que fue condenada por el rey a


causa de haber rendido honras fúnebres a su hermano? Antígona ganó la
batalla; al final, Creonte se arrepiente, pero a costa de la vida de su hijo, aparte

de la de ella. Antígona era valiente, pero le faltaba estrategia.   Perdió para 

ganar. 

Otro motivo por el cual las mujeres suelen perder es que las princesas

siguen la estrategia del amor y la guerra en su vida profesional, pero se alejan


de ella en el terreno de lo personal. En 1947, la revista Time declaró a Rebecca

West «la escritora número uno del mundo» porque en su obra luchaba como
una princesa. El amor por el lenguaje, la forma, el público y su talento guiaban

su estrategia y sus actos. En cambio, en la vida personal, su estrategia se

mostraba vengativa y se comprometía demasiado. Insistía en reaccionar, en


expresar su rabia, en limitar su campo de batalla. Sus amantes y su hijo la

trataban con frialdad y se mante nían distantes. En el momento de su muerte,

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las únicas personas que tuvo cerca eran unos cuantos amigos y conocidos del
campo profesional.

La ira y la ofensa no sirven para ganar la guerra. Nelson Mandela comprobó


que los surafricanos negros y los blancos, que habían vivido inme rsos en el
temor constante los unos de los otros, se habían acostumbra do tanto a tener 
menos que ya no creían que pudieran conseguir gran cosa. En 1994, en su
discurso inaugural, se refirió a estos temores, apelando a la fuerza y el poder 

que él sabía que existían por debajo del temor:  

«Nuestro mayor temor no es a ser indignos. Nuestro mayor temor es que


somos inmensamente poderosos. Lo que más nos asusta no es nuestra

oscuridad sino nuestra luz.

«Nos preguntamos a nosotros mismos: "¿Quién soy yo para se r brillante,


magnífico, talentoso y fabuloso?" Pero en realidad, ¿por qué no habría de
serlo? (...) Jugar a ser menos no sirve de nada. No hay nada de maravilloso

en empequeñecernos para que los demás no se sientan inseguros a nuestro


lado.

«Y si dejamos brillar nuestra propia luz, inconscientemente damos


permiso a los demás para que hagan lo mismo.»  
En las palabras de Mandela encontramos la tercera ley de la princesa:

Cuando nos liberamos de nuestro temor, automática mente nuestra 


presencia libera a los demás 

Te voy a explicar por qué las mujeres siempre han temido los conflictos o
han sufrido lo que yo llamo anorexia de poder. Te enseñaré a manejar de otra
for ma esa tensión que te paraliza en ciertas situaciones. Vas a aprender a

luchar siguiendo una estrategia, a superarte, a ganar las guerras con tus

propias condiciones.

Utilizando su estrategia, Mahatma Gandhi cambió siglos de dominio

británico en India. Le pidió a sus amigos que le llamaran madre, reconociendo

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 Maquiavelo para Mujeres

que le gustaba luchar como una mujer; llamaba valiente co bardía  (Satyagraha)

a su forma de combatir para diferenciarla de la lucha masculina, que dejaba

insensibilizados a algunos y convertía a otros en enemigos de por vida. Martin

Luther King, hijo, empleó este tipo de lucha para cambiar e l estado de las
relaciones raciales en su país. Incluso a un boxeador como Sonny Listón le

gustaba bailar en el cuadrilátero «como el polvo en una mota de luz», según el


escritor James Baldwin. Cuando el contrario le lanzaba un puñetazo,   jamás le
daba. Su estrategia, como la de una verdadera princesa, consistía en seguir su

 juego y dejar a los otros dando golpes al aire.

Mientras tanto, te irás acostumbrando a apreciar algo nuevo: la acción.


Tendrás que volver a evaluar tu punto de vista, tu manera de hab lar, tu
inspiración, desde la perspectiva de que sean estratégicas o que estén
orientadas hacia la acción. La mayoría de las mu jeres se limita a reaccionar.
Trabajan para superar el rendimiento previsto, para superar a los hombres. Si

ellos trabajan diez horas al día, ellas trabajan doce. Pero la reacción no es una

acción efectiva. No me extraña que todavía no hayamos llegado a los puestos


más altos o que no tengamos el amor que pretendemos. No me extraña que el
novelista Tom Robbins co mentara con ironía: «Las mujeres viven más que los

hombres porque no viven de verdad.» 


Estas leyes y estrategias te permitirán modelar los acontecimientos de tu
vida según tus propios desig nios. Ya se han escrito libros acerca del sexo y las

relaciones, desde el Kama Sutra  hasta Helen Gurley Brown. Pero todavía no se


ha escrito ninguno sobre el poder, como éste.  
En el futuro, hombres y mujeres se preguntarán: ¿Para qué luchar como
Maquiavelo cuando podemos luchar como Maquiavela?

Ya es hora de que gobiernes tu vida como han go bernado los príncipes sus

reinos.

 — La autora, bajo el seudónimo de Maquiavela

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EL LIBRO DE LA
ESTRATEGIA

El arte De la princesa consiste en mantener el equilibrio


entre el terror y la dicha que le inspira el hecho de ser 
 mujer 

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 Maquiavelo para Mujeres

Una princesa descubre su Verdadera


fuerza cuando conoce a su enemigo

L A S   M U J E R E S   S I E M P R E   H E M O S    S I D O   E S P Í A S .   Hemos


espiado a nuestros padres, a nuestros hermanos, a nuestros maridos y a

nuestros jefes. Hemos visto el poder y sus perversiones. Nosotras también


buscamos el poder, pero no por el poder mis mo. Tenemos una misión: que se

cumplan nuestros deseos, nuestros objetivos. Nuestra misión nos impulsa pese
a la desaprobación de los demás y aunque no les demos lo que ellos necesitan.
Podría ser un merecido aumento de sueldo, la oportunidad de un trabajo
estupendo, de vivir en un hogar y en un mundo acogedores, en vez de un lugar 

donde no nos hacen caso o, en el peor de los casos, nos maltratan. Para

conver tirnos en la princesa que nos corresponde, hemos de despertar al espía

que llevamos dentro.

El espía es ese extraño que escucha disimuladamente las estrategias de los


príncipes, los reyes, los generales, los gobernantes, los esposos y los hijos. Su
misión consiste en infiltrarse, reunir información y después utilizarla. A menudo
las mujeres no llegan a usar la información que obtienen como espías en la
casa del poder y del amor.

La primera fuerza estratégica que tienes que conseguir es la capacidad de


ver, escuchar y conocer a tu enemigo. La segunda es usar lo que sabes.

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 Maquiavelo para Mujeres

Una espía conoce el corazón de las personas y reú ne un expediente de


información secreta sobre lo que les afecta. Su comportamiento pro voca la
reacción de los demás de la forma que más le conviene. Por ejemplo, una espía
consigue que alguien confiese. También es capaz de cambiar el curso de las
naciones y las per sonas, pero sin provocar daños ni derramamiento de sangre,

sino usando su poder implícito, que apenas se nota. Es sutil, astuta y activa.  

Una espía es lo que dice ser, pero su agenda oculta tiene la fuerza necesaria
para convertir al enemigo. En lugar de adaptarse a las reglas, las espías
cambian el juego. Puede que el antagonista, contrincante, rezagado u opositor 

ni siquiera advierta que ha sido conquistado e incorporado a sus planes.


Como espías, las mujeres saben más de lo que creen. Pero entonces,
¿cómo encuentran la manera de usar lo que saben? ¿Cómo convierte una
espía su conocimiento en poder? En primer lugar, lo transforma en un conflicto,
obligando al enemigo a reaccionar en las condiciones que ella impone. Ella

dirige el juego.

En tiempos de guerra, una espía observa y usa lo que ve. Todos sabemos
cómo surge una nueva vida de una yema o de un vientre. Pero no hemos
observado con la misma visión microscópica cómo una relación que evoluciona
a partir de un encuentro aparentemente amistoso y generoso a veces se

endurece e incluso se vuelve destructiva. Vamos a analizar el siguiente

episodio, estudiándolo a cámara lenta para observar su significado subliminal:  

Un cliente traiciona a una espía y la invita a cenar a un restaurante caro para


disculparse. Él es un hombre brillante; ella tenía mucho interés en asociarse
con él y luchó mucho por conseguirlo. Pero él ha escogido a otra persona, que

había ocupado una posición secundaria pero, en el último momento, mejoró la


ofer ta de ella. ¿Qué hará ella entonces, ante un golpe tan fuerte como éste

para su ego?

Podría echar a este Judas de su vida, como una forma de castigarle por su
traición. Pero no olvides que la venganza no sirve para nada. Tampoco

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conviene devolver el golpe, aunque a los guerreros débiles les en canta y

siempre utilizan este recurso porque les garantiza una satisfacción instantánea.

Pero no ocurre lo mismo con una princesa-guerrera. Ella sabe que este hombre

tiene muchas cosas que ella desea y que está en condiciones de negociarlas o
aprovecharlas. Esto incluye contactos e información confidencial y también el

estímulo de su compañía. No tiene sentido echarle de su vida por una cuestión


de principios, que ella recordará pero él no. 

«Lo siento», dice él cuando están sentados. Pide una bebida sin alcohol, un
Shirley Temple. Una vez le dijo que había sido   alcohólico. Pero se ha
reformado: es un hombre de fuertes pasiones que sabe controlarse. La bebida
es sólo una de ellas. Pero una sirve para conocerlas todas. En cada acción está 
contenida toda la estrategia del enemigo. Con frecuencia uno se traiciona en los

gestos más inocentes e insignificantes. El enemigo, el contrario, siempre se


traiciona; no importa quién sea ni su astucia para disimular. 
¿Cómo reacciona una espía cuando descubre una pista? Le da el valor que

tiene: es el arma de autodefensa que él usa contra ella. Entonces ella le quita
sus propias armas y las utiliza en contra de él. Contra un enemigo, no hay
armas más eficaces que las que emplea él mismo. «Destruye la casa del amo
con sus propias herramientas», recomiendan siempre los astutos animalillos de

Esopo para luchar contra los grandes predadores. La espía que descubre esta

arma tiene muchas probabilidades de salir victoriosa.

De modo que ella observa. Se plantea la posibilidad de que la bebida


encierre la verdad de este hombre. La princesa sabe que la mayoría de las

personas se niegan a sí mismas lo que quieren realmente. Al ima ginarse lo que


desea en secreto el enemigo, se da cuen ta de cómo puede cambiar la guerra

para que los dos consigan lo que quieren. Del mismo modo que este hombre

no quiere beber alcohol, tampoco quiere amigos, socios ni colaboradores

fuertes. A lo mejor ha co queteado con su oferta, su disposición para ayudarle

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en su trabajo, para decirle que no justamente porque ella representa todo lo

que él anhela. En este caso, se ha traicionado a sí mismo y no a ella.  


Los espías conocen este principio práctico: hacemos a los demás lo mismo 
que nos hacemos a nosotros mismos. Este hombre le niega lo que ella solicita,

del mismo modo que no se concede a sí mismo sus propios deseos. Una espía
también sabe que no importa de lo que hable una persona (de fútbol o de
ensaladas); en realidad, siempre habla de sí misma, de los temores y las
esperanzas que no puede expresar directamente, de su agenda secreta. Ella

aprovecha toda esta información para trazar un perfil   esquemático  de la

persona que tiene delante, no como a él le gustaría que le vieran los demás,
sino como realmente es. A ella no le hace falta conocer su biografía para llegar 
a esta conclusión. Basta con unos cuanto s datos. El hombre pretende menos

de ella de lo que cabría esperar en esta situación y ella podrá confirmarlo en


seguida. El no sabe qué pretende ella de él. Y no se ha dado cuenta (ella sí) de
que ambos podrían intervenir en otro tipo de lucha, una luch a conjunta, y ganar 

así una guerra mayor de la que podrían ganar en un solo encuentro.   La espía 
sabe que todo enemigo es un futuro aliado para una guerra mayor que la que él 
puede advertir. Esta diferencia de perspectiva le otorga a ella la ventaja.

De modo que cuando él se jacta de lo brillante que es y de que sus clientes

se asombran de su intelecto, ella ni se inmuta. No aparenta entusiasmo. Cada

vez que él alimenta su propio ego, ella ni lo ratifica ni lo contradice. Por el

contrario, va a neutralizar sus alardes. El primer orden del día: cambiar de 
campo de batalla.  Hacer que él advierta que no se trata de ningún concurso

para ver cuál de los dos es más fuerte ni cuál ha herido al otro. Ella le hará
frente a su manera. En primer lugar, hay que neutralizar el intento del contrario 

de obtener el control. Después, hay que asumir el poder.  


Él intenta ganar según sus propias condiciones, tratando de que ella se
rinda. Después de ufanarse, cam bia de estratagema e intenta quitar 
importancia a la aportación de ella al proyecto. De hecho, el proyecto ha sido

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idea de ella. Para empeorar la situación, le co munica que no ha tomado la


decisión por una cuestión de dinero, si bien la oferta del competidor era casi el
doble de la suya. Le comunica que «el precio de l amor es de cincuenta mil
dólares», como queriendo decir que habría aceptado su contrato si la diferencia
hubiera sido esa. Porque él la aprecia tanto. Ella sabe que los planes que tiene

para el trabajo de él producirían mayores rendimientos, además de aprobación.


Pero él insiste en que su decisión ha sido justa y que tal vez sea lo mejor para
ella.

Los enemigos a menudo tratan de convencerte de que obran de forma justa,

honesta, incluso por tu propio bien; por ejemplo, el jefe que insiste para que te
retires de una operación por algo desagradable que haya hecho el cliente a lo

mejor lo que de verdad pretende es no cederte el mérito de la operación. O un

amante que te niega lo que le pides para que aprendas a apreciar todo lo que

ya ha hecho por ti (como si llevara un estado de cuentas en el cual no se

contemplan para nada tus aportaciones). O un cliente, agente o médico que te

transmite generosamente su saber pero no tiene la generosidad de escucharte.


Los enemigos íntimos suelen parecer generosos, pero  en realidad procuran 
dejar fuera del juego a la prince sa, convenciéndola de que el problema es ella,

de que la culpa la tienen sus deseos.  «Te he retirado de esta operación tan

difícil», a lo mejor te dice el jefe, esperan do tu agradecimiento, cuando sabes


que esa operación difícil podría haber sido una gran oportunidad en tu

profesión. «Me acordé de tu cumpleaños», diga tal vez tu marido para


disculparse por haber olvidado el aniversario. Pero volvamos a este hombre

que está sentado a la mesa: si el dinero no le importara, podría haberla


compensado de alguna forma, por ejemplo, enviándole en seguida una
participación de cincuenta mil dólares en la nueva operación. Pero ni es
sensible ni es generoso ni esto es una cena. Es la guerra.

Conócete a ti misma  y conoce a tu enemigo. La tarea de la princesa consiste


en descubrir quién es el enemigo, cuál es su estrategia secreta. De todas las

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armas que puede usar para averiguar su estrategia, una de las más sagaces es
la de los cinco porqués. Cuando el enemigo dice algo, le preguntamos por qué.

Sea cual fuere su respuesta, le volvemos a preguntar por qué, pre guntamos (a

nosotras mismas o a él) el porqué de esa respuesta en concreto y otra vez el


porqué de esa respuesta y de la siguiente. Después del quinto porqué, ya
disponemos de información suficiente para crear nues tra propia estrategia. Al
rastrear el comportamiento del otro hasta sus mismas causas, uno llega al

núcleo de la estrategia del contrario. Los cinco porqués te permiten ver  más allá 


de lo que él quiere que veas. Si ves más allá de su estrategia, no estás obligada
a reaccionar ante lo que él haga, sino que podrás actuar de modo que él tenga
que reaccionar ante ti. Así podrás ganar la batalla.  
Lo primero que pregunta la espía es: «¿Por qué le dist e el negocio a otra
persona?» Fíjate en que no pregunta: «¿Por qué me has traicionado?» La
espía evita la culpa, que la llevaría a un callejón sin salida de dudas y
confusión. El primer porqué no es más que un hecho: he aquí la situación; ¿por 

qué ocurrió? Según este hombre, la respuesta es: «Porque las condiciones
eran mejores.» 
El segundo porqué: «¿Por qué le pareció que las condiciones eran
mejores?» Respuesta: porque el competidor le aseguró que él ya había
trabajado lo suficiente. Los niveles de re ndimiento no tenían tanta importancia,

así que el competidor se colocó en primer lugar. El tercer porqué: «¿Por qué no

tenían importancia si él valora tanto su inteligencia?» Respuesta: él quiere


afirmar su fuerza, no ponerla a prueba. Ella se equivoca al creer que el origen

de su orgullo está en sus logros. Pero la mayoría de las veces, la estrategia que
él ha usado para ganar ha sido dar alguna versión de «sí» que en realidad
significa que «no». No a las bebidas alcohólicas, a las mujeres fuertes, a las 
pruebas  de ningún tipo. La espía ha venido siguiendo una es trategia

equivocada hasta ahora, impulsándole a producir más y mejor trabajo. Pero la

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forma que él tiene de ganar es retroceder. Antes ella no observaba ni


escuchaba de forma estratégica. 
De modo que el cuarto porqué se refiere a ella misma. ¿Por qué recurrió ella

a trabajar hasta el ama necer para impresionarlo? Porque ella no se fía de su

capacidad para ganar, a menos que se comprometa al máximo en una


situación, forzándola hasta llegar a alguna conclusión favorable, haciendo todo
lo posible para que salga bien. Pero ¿no hay ningún otro motivo? La espía debe 

seguir preguntándoselo. 
Quinto: ¿Por qué se compromete al máximo? Porque le parece que allí
reside el verdadero poder. Ha visto en los hombres que el poder implica control.
Cuanto más se compromete en un proyecto, más ca pacidad tiene para
controlar los resultados. Pero eso no son más que vestigios de épocas
pasadas; ella sabe más que eso de los secretos del poder. Ha cometido un
error estratégico, cediéndole el control a su confianza; ahora tiene que pagar 

por ello.

La escena siguiente se desarrolla como una película de serie B, porque 


cuando las personas no creen en lo que hacen o dicen, actúan de forma muy 
teatral. «Tengo la impresión de que eres frágil», le dice él, «que los hombres te

han herido y que te derrumbas». Él parte la barrita de pan por la mitad. Con su
clara observación, el hombre pretende apelar a la sensación de debilidad

femenina, a su deseo de que la cuiden, pero este monólogo no la describe en

absoluto a ella, sino a la persona que a él le gustaría convencerla que es.


Agrega: «Y para complicarlo todavía más, nos atraemos mutuamente.» 
Al pretender que la comprende, él trata de hacerla desconfiar de que se  
conoce a sí misma y de convencerla de verse a través de los ojos de él. Es su
golpe de gracia. La mayoría de las mujeres escucha la música, el tono cariñoso,
pero sin prestar atención al verdadero sentido de las palabras, que es lo que
revelan indefectiblemente los cinco porqués. 

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Ya sea por seducción o por rechazo, se ha intentado empequeñecer a las


mujeres, convertirlas en presa de los juegos bélicos masculinos. A menudo, las
mujeres conspiran a favor de su propia destrucción. 

El auténtico deseo es una bendición, pero ahora no es ésa la cuestión. El


hombre dice que ella lo atrae, ¿es cierto? ¿O acaso necesita apuntarse un
tanto, en lugar de dar un golpe? Ella no quiere reaccionar a ese comentario

audaz porque no es la verdadera estrategia de él. Por más que él la des ee, a
ella o al trabajo que ella habría podido ayudarle a realizar, él jamás se atreverá
a ir directamente hacia el triunfo, del mismo modo que no se atreve a beber 

nada más fuerte que un Shir ley Temple. El hecho de que la desee no tiene
nada que ver con todo esto.

La espía ha advertido lo que sucede. Ahora se con vierte en princesa y lo


arrastra a su reino.

Sabiendo que la verdad es un arma poderosa porque somos demasiado 

débiles para resistirnos a ella, ella le dice que comprende perfectamente la

situación. Y añade: «No soy frágil. No lo soy en absoluto, sino todo lo contrario.
Tú te estás protegiendo de una gran cantidad de influencias fuertes. Coqueteas
pero no bebes. No quieres que intervenga como acabas de decir. Pero me

encanta trabajar contigo y estoy segura de que tú quieres algo más que yo te

puedo dar.» Bien, piensa ella, me está prestando atención; con el sobresalto, él


ya no cree que pueda ni que deba seducirla ni que es más fuerte que ella. 

 — Si hubieras elegido tener tratos conmigo, te ha bría hecho hacer un


magnífico trabajo — dice ella  —. Habría extraído de ti cosas que ni tú mismo
sabes que tienes. Así soy yo. 
Ahora, si tiene suerte, él pensará que el traicionado ha sido él mismo, por su
propia decisión. Ella ha utilizado las armas de él — su traición—  en su contra.
 Ahora él cuestiona su propia interpretación de la realidad.  

Prosigue ella:

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 Maquiavelo para Mujeres

  —Crees que me has hecho daño. Pero no me has traicionado siquiera.


Todavía podemos hacer muchas cosas juntos, sin la presión de tu otro
proyecto. Nos caemos bien y nos respetamos. Vamos a ver qué po demos

hacer con el resto del mundo.

Cuando el tono de voz y el proceder de una princesa dejan de ser 

desafiantes y se dulcifican, lo hace bruscamente. Ella sabe que es fundamental

hacerse cargo del tono de la entrevista. 

Fíjate que no libra la batalla equivocada (el deseo de llevarla a la cama que
él acaba de manifestar) sino que reconoce su intento por hacerse con el poder 
 y lo neutraliza. Neutraliza incluso sus disculpas, que llevan implícito el mensaje: 
Te h e hecho daño, porque soy muy fuerte. El mensaje claro de la respuesta de

ella es: No puedes hacerme daño; no me derrumbo; soy más fuerte de lo que tú 

crees. Y tú eres más fuerte de lo que tú crees. No hace falta que otros te 
seduzcan ni tienes que seducirme a mi para demostrar nada.

Mostrándole que conoce el poder que está en juego, ella está a punto de

ganar un aliado y una guerra.


¿Qué hace ella en definitiva para conseguir lo que pretende? Aguarda al
momento oportuno. Las espías nunca tienen prisa. Confían en el futuro. Ella
confía en que llegará a conseguir lo que quiere. Así no tiene que reaccionar. Si
reaccionas frente a la lucha de otro, quedas atrapada en la guerra del enemigo,

en lugar de la tuya, lo cual significa que no juegas en una posición d e fuerza. Si

acelerase el triunfo, lo asustaría; y es evidente que este hombre ya está


asustado de muchas cosas, sobre todo de las buenas. Ella no necesita irse con

una victoria clara en el bolsillo. Cada avance como éste la fortalece y aumenta
su flexibilidad para la próxima campaña. 

En los próximos capítulos vamos a analizar los pa sos uno por uno, para que
te des cuenta de lo que hace la princesa para alcanzar el punto en el cual pue-

de esperar y recibir tanto de los demás. De momento, es importante v er que se


ha afirmado a sí misma, pero sin recurrir ni a la ira ni a la compasión, sino al

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 Maquiavelo para Mujeres

poder compartido para ambos. Al equilibrar el poder, como ha hecho ella, él ya


no puede actuar contra los intere ses de ella con las armas que él conoce.

Queda indefenso, a la espera de que ella dé el siguiente paso. Ella le ha

cambiado el juego.

Lo más ingenioso es que ella ha usado mucho más que su propia


inteligencia y su fuerza. Se ha valido también de la inteligencia y la fuerza de él.
Ambos están a punto de lib rar la guerra de ella. 

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 Maquiavelo para Mujeres

II
LO QUE SIGNIFICA SER FEMENINA Y EL ARTE DEL 
 MICROPODER 

UNA  PRINCESA  DEBE   ACTUAR   . . . de forma estratégica. Si se niega a hacerlo,


se convierte generalmente en idiota (el prefijo idio deriva del griego y significa

«lo peculiar o personal»), alguien que se niega a admitir que la vida es una
lucha y que hay que luchar. La idiotez femenina es el equivalente de la locura

masculina. Y las dos son igual de peligrosas para la sociedad. Según la


novelista y crítica Rebecca West, «Los hombres ven el mundo como a la luz de
la luna, con lo cual ven el contorno de los objetos, pero no ven los detalles». En
cambio las mujeres, por su misma naturaleza, ven los detalles pero se quedan

en ellos, sin hacer nada. Las princesas deben ver y hacer.

  Antes, poder significaba control sobre muchas personas, grandes

empresas, imperios, naciones, sociedades. Cuanto más alcance tuviera el


control, mayor sería el poder. Actualmente, el único poder que merece la pena

tener es el micropoder, el poder de actuar en espacios reducidos, cerrados y

peligrosos. La estrategia es el arte de maniobrar sin utilizar más que un gesto, o


actuando a partir de las mínimas percepciones. Los ejércitos suelen ser un
inconveniente; los planes de batalla a gran escala, un estorbo. Las princesas

advierten que su vida depende de la manera en que sus propios movimientos


orquestan los de los demás. La estrategia es su solución contra la idiotez. 

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 Maquiavelo para Mujeres

Si aprendes el arte de esta guerra, como mujer equilibras el terror de tu sexo

con lo que tiene de ma ravilloso. El terror está en ser considerada siempre una

amenaza y que te minimicen por ello. Lo maravilloso es que, cuanto más


femenina se vuelva la luchadora, más gana. Las mujeres adoran el peligro que
requieren esas pequeñas acciones evasivas que producen mayor impacto. A
las espías les encanta conseguir triunfos imposibles. Gertrude Bell, asesora de
reyes árabes, jugaba con las reglas. Introducía en el desierto armas y mapas
prohibidos. Llevaba un rifle envuelto en unas enaguas blancas de encaje (ella

decía que era «agresivamente femenino»). En una ocasión, el funcionario de

aduanas vio unos mapas que cubrían un extremo de la caja donde llevaba las
armas. Ella se dio cuenta de que él los había visto. Entonces hizo lo más
increíble: le hizo partícipe a él, su enemigo, de la conspiración. Empezó a
hablarle, con toda calma, del tema más trivial: el tiempo. El contraste entre las
armas y las prendas íntimas, entre el parloteo y el tremendo riesgo que corría
(los guardias árabes habían matado a hombres por mucho menos], estas

tácticas menores suelen desarmar a los guardias que protegen la libertad o las


recompensas que pretendes. Si saben que es imposible mantenerte al margen,

sometida y en segundo término, a menudo ni se molestan en i ntentarlo.

En este contexto de lucha, tan extraño y aparente mente contradictorio, lo


que significa femenino es la especialidad de la princesa.

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 Maquiavelo para Mujeres

III
Como ser destructiva y brillante al mismo
 tiempo

En la situación de la princesa, no se aplican las normas corrientes. Obedecer la ley


se convierte en una práctica peligrosa. Para triunfar, no hay que tomar las reglas en
serio

 TODAS  Y   CADA  UNA  DE   LAS  PALABRAS  de este libro te conducen hacia
esa estrategia global.

Los grandes generales lo tenían más fácil con las relaciones: ellos podían
borrar al enemigo de la faz de la tierra. Pero tú no puedes hacer lo mismo. En
las guerras íntimas, la persona que goza de una ventaja injus ta sobre ti puede

ser tu madre, tu jefe, tu marido o amante, tu hijo o hija, el fantasma de tus

propios deseos ocultos. Cualquier persona o cosa que tenga un cierto control

sobre tus emociones te tiene a su merced. Has de amarles y luchar contra ellos

al mismo tiempo. Obedecer las normas es obedecer sus normas, aparte de ser 

lo peor que puedes hacer. Las normas son la fic ción de quien coge las riendas.

Pero al mismo tiempo te permiten obtener unas ganancias previsibles. La

recompensa es mayor cuando el cambio se produce sin tomarlas en serio.

Éste es el motivo por el cual las guerreras/princesas que se describen en

este libro al principio te van a parecer un poco extrañas: porque tienen algo de

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 Maquiavelo para Mujeres

exagerado y desafían las categorías fáciles. En la historia, se recuerda a la

mayoría de ellas, pero no como espías, ni siquiera com o luchadoras, sino como
antropólogas, santas, cantantes o poetas. Después de todo, qué hacen
realmente las poetisas, las bailarinas, las actrices, sino espiar... aunque todas

lo hacen a la vista del público. Una poetisa como Anna Akhmatova escribe
acerca del amor y, al mismo tiempo, en secreto pretende que sus palabras

cambien el punto de vista de una persona y la liberen. Las poesías como las de
 Akhmatova se con vierten en un código secreto, desentrañan los secretos de los

demás para estimularlos a que adopten un comportamiento osado o para que


se liberen de antagonismos no deseados.
Juana de Arco fue una estratega militar brillante, pero también era una
campesina de la que nadie es peraba gran cosa. Parece una contradicción,

aunque precisamente en esta duplicidad reside su poder. ¿Akhmatova era una

poetisa romántica o una luchadora que desafiaba el terror estalinista con sus
palabras? La respuesta es: las dos cosas. ¿Era Billie Holiday una estu penda

cantante o una guerrera que llevaba el mensaje del sufrimiento negro y sus
propios deseos a quien quisiera oírla? Las dos cosas. Las espías no encajan

dentro de categorías sencillas, sino que crean las suyas propias. 


Cuando se las pone a prueba, las mujeres actúan como espías. Durante la
Revolución Francesa, las hermanas de sangre  aprendieron a manipular el
sistema político que las excluía. Escribieron en nombre de sus esposos, se

vistieron de mendigos para transmitir mensajes secretos, se disfrazaron de


hombres y portaron armas por su causa.

Lo mejor de estas mujeres fue que eran mitad es pías, mitad bufonas. Como

Perséfone, que vive la mitad del año en la oscuridad de los infiernos — como
castigo por desafiar a un dios —  y la otra mitad a la luz del sol en una radiante

primavera, todas las mujeres han descendido al otro mundo. Al salir a la

superficie, traen consigo el recuerdo del lugar de donde proceden, de modo

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 Maquiavelo para Mujeres

que «a pesar de su belleza radiante, hay en ellas algo extraño y pavoroso»,


porque han visto algo que pocos ven, en la oscuridad.

Perséfone, como la espía, como las grandes princesas, se mueve en ambos


mundos. Juana de Arco combinaba con maestría las categorías de lo oculto y lo

evidente, lo serio y lo ligero. La primera vez que penetró en territorio enemigo,

se encontró cara a cara con un joven   teniente inglés contra el cual tenía que
combatir al día siguiente. Era tarde y estaba oscuro, y el teniente la confundió
con un muchacho que hubiera salido de juerga con un compañero (porque su
sargento era tan joven como ella). Le preguntó al desconocido si había visto a

la «doncella de Orleans», como la llamaban. Juana respondió que sí.


«Háblame de ella», le pidió el teniente. Entonces Juana le contó muchas cosas
de sí misma, incluso su plan de incendiar el puente al   día siguiente, cuando lo
hubieran cruzado ella y sus tropas, dejando atrapado al enemigo del otro lado.

Su propio sargento no podía creer lo que oía: ¡había re velado su estrategia al


enemigo! El teniente inglés se puso de pie y declaró: «Entonces incendiaré el

puente yo mismo y obligaré a la doncella a enfrentarse conmigo. Sus tropas


son inferiores a las mías.» Juana se ofreció: «Si quiere, yo podría incendiar el
puente esta noche.» 
El teniente aceptó, porque así sus tropas podrían descansar bien durante la
noche, antes de enfrentarse a las de Juana. Ella regresó al campamento, reunió

a sus hombres, pasó junto al enemigo dormido, atravesó el puente y lo

incendió, dejando al enemigo atrapado —tal como había prometido—  en su


campamento y en su propia estupidez.

Pero, ¿qué tiene que ver el e jemplo de Juana con la princesa que libra sus
propias guerras? Muchísimo. Ella dijo la verdad, libró la guerra según sus
propias normas, no según las del enemigo; y descubrió que él estaba dispuesto
a obedecer las reglas de ella, sin darse cuenta de lo qu e ocurría. Ella se burló

de todas las normas por las cuales vive y muere la autoridad. Ésta es la labor 
de una gran espía y una auténtica princesa. 

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 Maquiavelo para Mujeres

El método de cambiar de estilo de juego en plena batalla se llama


colaboración polémica. Para una lu chadora que además ama, y que combina
ferocidad con amabilidad, la estrategia de la colaboración polé mica surge de
forma natural. Piensa en el fuego que, con toda la violencia de su calor, afila la

espada. Cuando te encuentres en una situación difícil, hazla un poco más difícil.

Deja que surja el conflicto. A las mujeres que cuidan de los demás se las ama y
se las respeta. Pero las mujeres heroicas no lo son sencillamente por llevar un

impecable traje de Armani, ni por irse a vivir a la zona más adecuada, ni por  
conseguir la nota más alta, ni por llevar la ropa interior más fina por si las
atropella un autobús. Siempre hay que mantener el equilibrio entre el grado de 
cooperación de una princesa y su grado de destrucción.  

PARA SER DESTRUCTIVA y brillante al mismo tiempo, tienes que imponer tus

propias reglas del juego.

Jugar según tus propias reglas es fundamental, porque la vida y la guerra y

todos sus juegos no están hechos para que ganes. Nadie quiere que todo te
vaya bien. Y tú menos que nadie. Las mujeres d estruyen su triunfo porque se
sienten culpables por ganar. Las de más mujeres, y también los hombres,

preferirían verte derrotada. Aunque te fuera bien a pesar de todos es tos


elementos negativos y malos sentimientos, acabarías ganando en términos que

no son los tuyos. Las princesas pretenden ser felices, estar satisfechas, que las

quieran de verdad, tener dinero y libertad. Los hombres se suelen conformar 


con menos.

No apliques esta estrategia si lo único que pre tendes es que tu secretaria te


mecanografíe las cartas, recuperar a un amante indeciso o conseguir el
reconocimiento de un jefe egocéntrico. Las lecciones de este libro apuntan a

premios más importantes. Son estrategias para obtener lo que quieres


realmente; cuanto más, mejor. Se busca la oportunidad, no sólo los hala gos;
amor y confianza, no obediencia; sorpresa, no pre- visibilidad.

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 Maquiavelo para Mujeres

Una amiga mía, economista, me contó un encuen tro que tuvo con un gran
maestro de filosofía y religión. Durante años, intentó que le respondiera las
cartas y que la dejara estudiar con él. De vez en cuando, él seleccionaba

algunos alumnos y les enseñaba sus exclusivos principios para vivir con
sabiduría. Ella sabía que era tremendamente exigente con ellos, con el fin de
desmontar las nociones limitadas que tenían  acerca de sí mismos y del mundo.
Muchos de ellos no soportaban tanto rigor, ni siquiera lo que descubrían. Otros
decían que la experiencia les permitía ver la vida de otra manera. Se sorprendió
al saber que iba a dar una charla, algo inusual en él, cerca de su casa. Fue a la

charla y al final se presentó. Él le dijo: «Esta noche voy a ir a cenar con algunos
amigos. Ven con nosotros.» 

Estaba tan entusiasmada que llegó al restaurante bastante antes de la hora


indicada y esperó con mucha paciencia, aunque se hizo muy tarde. Entonces
se apoderaron de ella el temor y la desilusión, porque los demás clientes se

retiraron y pareció que el establecimiento estaba a punto de cerrar. De pronto

llegó un taxi con el filósofo y varios discípulos. La saludaron afectuos amente y


uno de ellos la hizo sentar junto al maestro, en el lugar de honor.

No tardó mucho en volver a preguntarle si podría  estudiar con él, a lo que le


respondió: «Quizá. Ya sabes que si aceptas el desafío, el trabajo será difícil. Sin
embargo, durante el proceso notarás algunos cambios. Es probable que ganes

diez o más años de tu vida, que seas más dichosa que antes, que tu marido te

encuentre más atractiva, que tus hijos te vean como una mu  jer digna de
admiración, que tus alumnos te alaben, que de p ronto tu trabajo alcance
difusión y sea tomado en cuenta.» Mi amiga estaba fascinada. ¡Qué más podía
pedir! Cuando estaba a punto de responder que sí, que estaba dispuesta, que
era toda suya, el maestro se volvió hacia ella y le dijo: «Si eso es todo lo que
quieres.» 
Ella, la economista, una mujer acostumbrada a so pesarlo todo, se quedó

perpleja ante la palabra más sencilla de su profesión: todo.  Su humillación fue

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 Maquiavelo para Mujeres

total, al igual que su ignorancia. Se dio cuenta de que no estaba preparada

para estudiar  con él. Durante meses dio vueltas a la expresión « todo  lo que

quieres». ¿Acaso había algo mejor que ser tomado en cuenta? Tener la
confianza necesaria para que, sin importar si te toman en cuenta o no, puedas

vivir ligera como un pá jaro o como una pluma. ¿Acaso había algo mejor que el
amor del esposo o la admiración de sus alumnos? Amarse y aceptarse uno
mismo. ¿Acaso había algo mejor que diez años de su vida? Un solo día de
perfecta lucidez. Cuando se dio cuenta de por qué valía la pena luchar, estuvo
lista para hacerlo. Poco después, ese mismo año, se incorporó al grupo.

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 Maquiavelo para Mujeres

IV
Amplia el espacio en el cual puedes ser 
fuerte 

En nuestra cultura del dinero, los hombres dirigen el planeta detrás


de grandes escritorios. Son altivos, respetados y ricos. A veces, a las princesas

les gustaría ser como ellos. Pero no pue den ser  ellos en la medida en que

pretendan ser  como  ellos. Nunca tendrán poder si intentan asumir la res -
ponsabilidad de la misma forma en que lo hacen los hombres.

Si practicas el poder masculino, lo único que consigues es depender más de

ellos, porque nunca podrás igualar a quienes nacen con él. ¿En qué posición te
colocas? En pocas empresas llegarás a ser una alta ejecu tiva. Tal vez

aprendas a mandar lo suficiente para dar órdenes a tu hijo o para controlar una

situación matrimonial difícil. Pero, ¿es esto una ventaja? ¿O es acaso una
concesión? Dar órdenes o controlar son siempre concesiones.
La historia demuestra que las mujeres fracasan cuando luchan en guerras

de hombres. Las mujeres tienen su lugar en todas las profesiones, gracias al

feminismo, pero no llegan a ocupar los primeros puestos en ninguna, porque

han luchado con las tácticas de los poderes contra los que se enfrentan. Con
respecto a los hombres, ser como ellos no basta.

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 Maquiavelo para Mujeres

  Aunque estemos en ventaja, las circunstancias se nos vuelven

desfavorables. Fijémonos en el proyecto científico más importante después de


la NASA, la World Wide Web. Se considera una estructura femenina, un modelo

de comunicaciones y relaciones, y sin embargo no hay ninguna mujer que dirija

o sea dueña de ninguna de las empresas de la Web. Este año la In ternet ha


producido un centenar de millonarios nuevos... pero ninguna millonaria.

Cuando saquearon Roma, ¿adonde fueron los gran des arquitectos del
imperio? Cuando las mujeres tienen un puesto público destacado, ¿por qué
huyen, como los arquitectos, cuando entran los bárbaros? Poco después de

que se inventara el avión, las mujeres reclamaron un puesto principal en la


nueva tecnología. Como ha dicho Jo hn Evans, uno de los padres espirituales
de la tecnología: «El vuelo se convirtió en volar. Las muje res tomaron el invento
de Wilbur y Orville, y trans formaron la tecnología del vuelo en la emoción de

volar. El cielo estaba poblado de aviadoras que segu ían las rutas más

arriesgadas.» Pero en cuanto empezaron a intervenir los hombres (cuando

vieron que se podía ganar dinero con vuelos comerciales, en lugar de limitarse
a volar por placer), las mujeres se retiraron. No se enfrentaron a la incursión
masculina, como si les dieran miedo el poder, el dinero y la influencia. Volar se

convirtió en algo disciplinado, rentable y aburrido. Prácticamente


desaparecieron las mujeres pilotos durante los cincuenta años siguientes. 

El poder y las estrategias masculinas se basan en sistemas de mandar y 

controlar:  una persona u organización impone las leyes o las normas, y los
demás se ven obligados a obedecerlas. Las normas limitan la conducta; en eso
reside el control. El problema es que limitan tanto las conductas buenas como

las malas. Todas las mujeres sabemos lo que esto significa: un amante sólo te
concede cierta libertad, pero te exige que le seas fiel en todo, no sólo en el
sexo, y al final la relación fracasa. El médico, el abogado, o el supe rior te dicen:
«Te apoyo, pero tienes que hacerlo como yo te digo.» La empresa te dice:

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 Maquiavelo para Mujeres

«Trabaja en este pequeño círculo de responsabilidad, día a día.» Todo son


órdenes y controles que asfixian la libertad. 
Hay mujeres que destruyen los límites de vez en cuando, pero no de una
manera que les brinde verda dero poder. Entre las empresarias más

importantes, según la revista Fortune,  una vende muñecas Barbie  y la otra,


sujetadores y fajas. Tantos años han pasado desde la Revolución Industrial y lo
único que hemos conseguido son Barbies, sujetadores y fajas.
El poder de las órdenes y el control ha levantado un país de diques,
carreteras y grandes empresas. ¿Cómo sería este país si se hubiera
establecido otro tipo de poder? ¿Y si hubiera habido una tercera alternativa,
aparte de obedecer o desobedecer las normas, como no hacerles caso? ¿O si

volar fuera más importante que el vuelo y las mujeres manejaran la industria de
la aviación? Quizá los aviones nos recordarían menos a los bombarderos, o

volar sería algo emocionante. ¿Todo el mundo sería tratado como un pachá?
Mandar y controlar generan una ignorancia voluntaria de las posibilidades. E. M.

Forster lo personifica en su novela  La mansión  en el personaje del empresario


señor Wilcox, cuando él discute con su mujer por las cosas de las cuales él no
se da cuenta nunca, según ella, «las luces y las sombras que existen hasta en
las conversaciones más grises». Él le responde:  
 —Mi lema es la concentración. No tengo intención de malgastar mi fuerza
en cosas así. 

 — Pero no malgastas tu fuerza   —protestó ella—, sino que amplías el


espacio que tienes para ser fuerte.

  Ampliar el espacio que uno tiene para ser fuerte:   he aquí el objetivo de la

princesa, sin importar cuál sea la guerra. El desafío consiste en ganar sin
derrotar primero, hazaña de la cual hablaremos en «El libro de las tácticas» en
el capítulo titulado «Superar es mejor que ganar» (páginas 76 - 79). Pero antes,
mediante la filosofía y las estrategias bélicas, vamos a demostrar lo siguiente:

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 Maquiavelo para Mujeres

que nadie quiere ser derrotado, pero todos queremos que nos ganen, o que nos

conquisten.

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 Maquiavelo para Mujeres

V
La feminidad es una riqueza inmensa y 
 merece ser tratada como tal  

La princesa que gobierna,  naturalmente tiene cada vez menos


necesidad de amenazar o de perder. Cuando el poder le corresponde por 

tradición —la expresión profunda de su fe minidad — , se le permiten mayor 

libertad y más excesos que si intentara imponerlo por la fuerza.


Cuando la historia haga justicia, se recordará a Sta lin como el tirano que
vivió en tiempos de la poetisa y guerrera Anna Akhmatova. Le rendirán
homenaje a ella mucho después de que el conquistador asesino no sea más
que un recuerdo, así como ahora leemos más acerca de los gratificantes
enfrentamientos de Marco Aurelio con su conciencia que de los saqueos de

Julio César. Honramos más las batallas de Sócrates con su daimon  que los
derramamientos de sangre provocados por Alejandro en Persépolis. Las

hazañas de los viejos conquistadores no duran nunca demasiado tiempo. En


estos ejemplos predomina lo femenino, en lugar de la lucha por mandar y

controlar.

La feminidad es una herencia importante, un regalo del cielo, y merece ser 

tratada como tal. La vulnerabilidad es una de estas riquezas. Imagínate que

estás mal de salud y que se abalanza sobre ti el ojo negro de un escáner, que
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 Maquiavelo para Mujeres

examina el interior de tus ojos y tu cuerpo cerrados, atravesándote la ropa y la


piel, y diciendo en voz alta lo que funciona mal. A ese cuerpo que te ha

proporcionado tanto placer, ahora tienes que devolverle la atención que nunca
te ha exigido. O imagínate que tu trabajo consiste en encargarte de llenar todos

los rincones de autoestima. Primero pierdes un cliente, después se te arruina


otro proyecto. De pronto, todo lo que sabes hacer te parece mentira. Te sientes

una farsante. Eso es vulnerabilidad. A lo mejor estás mal con tu hijo, porque él

está enfadado y tú estás decidida a ponerle límites. Estás desconcertada


porque intentas controlar la situación. Recuerdas cómo llenaba la habitación la
voz airada de tu madre o de tu padre cuando te r eñían; de todos modos, recibes
el mensaje de lleno. En lugar de darte cuenta del poder implícito en estas
situaciones y de reconocer tus sentimientos de debilidad, dejas que estos

sentimientos te trastornen.

Precisamente en este estado de indefensión frent e a tu propia debilidad,


estás pronta para aprender la verdad acerca del poder. No se trata de control ni

de intimidación. El poder consiste en conocer lo que hay en tu interior. Como


decía la cantante Alanis Morisette, el poder es «cierta sensación de arr ojo con
respecto a mi vulnerabilidad (...) cuanto más sincera y vulnerable era, más

poderosa me sentía». 
Aquí está la clave del poder de la princesa. No controlas a los demás; lo
único que puedes hacer es dominarte a ti misma en la situación en que te en -

cuentras. De este modo te puedes permitir  dejarte llevar, hacer cosas


inesperadas. De este modo le revelas a tu enemigo tus tácticas o ideas más
preciosas, por eso te acercas a él en lugar de mantenerte a salvo, a una
distancia prudencial. 

¿Y si trataras de leerte a ti misma mejor que con un escáner, haciendo frente


a lo que realmente significa la falta de control sobre tu cuerpo y tu mundo? Tu

fragilidad, ¿es un síntoma de que no tienes ningún po der, de que has perdido el
control de lo que tienes más próximo, es decir de ti misma y de tu propio
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 Maquiavelo para Mujeres

cuerpo? ¿O acaso se aplica en este caso otra definición de po der? Tu poder,


¿es la total libertad para luchar con todas tus fuerzas porque para eso está?  
El poder es lo contrario a mandar y controlar. El poder ni manda ni controla.

Te introduce en el conflicto, te deja abierta y desarmada frente a lo que venga:

tu vulnerabilidad es tu poder. En definitiva, tus propios deseos son más


poderosos que cualquier complot, o trampa, o sabotaje que intentes tenderle al

enemigo.

Si te deshaces de todas las ideas actuales sobre lo que es el poder, te darás


cuenta de que los hombres siempre han sentido un temor reverente frente a las

mujeres. Ellas tienen mucho más poder que los hombres. El poder no es algo
que se usa, sino algo que se tiene.

Las mujeres no saben reconocer el poder. Lo confunden con las normas que

imponen mandando y controlando, con la ley, el dominio y la sumisión.


Desorientadas, tienen dos actitudes equivocadas frente al poder: o se someten

en seguida, o se van al otro extre mo y presionan y presionan, comportándose

como los hombres que siempre pretenden dominar, cerrando alternativas para
lograr el control. Pero no son hombres. Cuando se comportan como mendigos y

toman prestados los hábitos de los homb res, crean antagonismos. No les hace
falta fingir para demostrar lo hábiles que son.  
El secreto está en sugerir la idea de poder. Ese es el punto de apoyo que 
hace funcionar la estrategia: la pa lanca del poder implícito.  

La fuerza consiste en usar el poder que tienes dentro. No el adquirido. Ni el


que se apunta como una Smith & Wesson. Ni el que se anuncia con falsas

pretensiones de agresión. Hasta que no caigas enferma o te encuentres entre


la espada y la pared, es posible que nunca le prestes atención al poder que
tienes en tu interior. A lo mejor piensas que lo que tienes dentro está sepultado
allí porque no es digno de ver la luz del sol, que es débil y desagradable. Como
casi todas las mujeres, en algún momento separas lo fuerte de lo débil. Lo
fuerte es la cara que muestras al mundo. Lo débil es la respuesta tímida, las
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 Maquiavelo para Mujeres

lágrimas ocasionales, la incertidumbre y la vulnerabilidad. En un mundo de


poderes masculinos principescos, son inconvenientes. Pero en el mundo que

ves ahora, representan el poder. Es el poder del espía, evidente y oculto al

mismo tiempo. Sólo el espía es vulnerable y está a salvo al mismo tiempo,

distante y presente.

Porque el poder es así de subterráneo y vulnerable, ¿cómo lo expresas tú? 

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 Maquiavelo para Mujeres

VI
Cómo hacer que los demás actúen a corto
plazo

  el poder de la opresión. Las


  Maquiavelo le enseñó al príncipe 
personas son como niños: dales órdenes, tiranízales. No busques amor; si te
aman, eso demuestra que ya no ejerces el control y que ahora son ellos los que

mandan.
Lo malo de est e tipo de poder es que quemas las mismas fuentes de energía

que usas. Los que te rodean llegan a odiarte. Sueñan con vengarse. ¿En cuán -

tos matrimonios se representa el drama entre israelíes y palestinos, en el cual


uno de los bandos lanza ataques terroristas contra el contrario? En Oriente

Medio, el precio son vidas humanas; en el amor, el precio es el mismo.

Con un control maquiavélico, te encuentras en posición de mantenimiento.


Mantienes sólo lo que ya tienes. En el mejor de los casos, obtienes lo que
tienen los demás, pero entonces tienes que esforzarte cada vez más por 
defenderlo. En definitiva, cada vez disfrutas menos con todo lo que has ganado.

Pierdes la capacidad de tratar de conseguir ganancias mayores, que son

posibles en otro tipo de juego de guerra.

El poder maquiavélico es una de las formas de poder más primitivas. La


forma avanzada es el equilibrio de poder. En este caso, el enemigo tiene algo
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 Maquiavelo para Mujeres

que a ti te interesa y tú le das algo a cambio. Gana el que cede menos. A esto
se le llama tener poder sobre el contrario. Una empresa te da cierta

información, de la cual deduces la duración de tu empleo, pero no te revela lo


más importante: cuánto tiempo seguirás trabajando en realidad. Conseguir un
equilibrio de poder de hecho lleva a un tipo de guerra insidiosa. Tú piensas que

has ganado, pero el enemigo te ha calmado con una paz falsa, ha conseguido

que dejes de luchar.

El enemigo más seductor usa una estrategia de equilibrio de poder. Te


seduce otorgándote pequeños triunfos, o dándote información parcial, o

respuestas emocionales muy bien calculadas. En un instante te está dando y al


siguiente te escatima, de modo que pierdes por completo la sensación de lo
que significa dar y recibir. El equilibrio de poder, al igual que la opresión, es un
 juego limitado. Cada parte negocia con lo que tiene. Cada uno aprovecha la

incertidumbre del otro: «¿Por qué no me lo dice?» Así aumenta la


incertidumbre y se bloquea la posibilidad de una alianza brillante.

Por eso es útil negociar, aunque no te da el triu nfo. Redistribuye lo que cada
parte tiene, pero no aumenta la cantidad de posibilidades que se pueden ganar 

en la batalla.

Los temores sobre los cuales se basan estos dos tipos de poder hacen que 

las personas actúen de acuerdo con tus deseos a corto plazo. Pero sólo el amor 
los hace actuar a largo plazo.

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 Maquiavelo para mujeres

VII
Cómo hacer que los demás actúen a largo
plazo

LA ESTRATEGIA QUE CONSTITUYE  la esencia del arte de las princesas no es


un menú de alternativas. Todas las princesas tienen una sola estrategia
garantizada: una combinación de amor y guerra. Estos dos elementos no son
opuestos para las princesas, sino las mitades correspondientes de su estrategia
única. 
Para combinar el amor y la guerra hay que ver el amor desde otro punto de
vista. El amor se ha vinculado siempre con la guerra, pero como su antítesis. Un
soldado lucha con todas sus fuerzas, como Odiseo, y emprende después el
largo camino de regreso hasta su amada Penélope. A su vez, el príncipe de
Maquiavelo sabe que, en lo que respecta al pode r, vale más ser te mido y
respetado que amado. El amor podría poner  en peligro su capacidad para ser 
duro con los demás. A Maquiavelo jamás se le ocurriría que el amor es la fuerza
menos comprometedora. El amor no necesita concesiones; luchar desde el
amor es lograr un triunfo decisivo. Los premios superan todo lo que la mente
espera.
Sócrates opinaba que la marca de guerra del amante, más que el mando o el
control, es la manera de luchar. Su maestra, Diotima, le enseñó los distintos ni -

veles del amor, qu e comienzan con el amor erótico y ascienden hasta el amor 

puro a la belleza. Pero le habló también del amor de otro tipo: el amor público o
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 Maquiavelo para mujeres

político, que es un sentimiento de afinidad con todas las personas y las cosas.

Ves los goznes azules de la puerta de un restaurante y te detienes a contemplar 

su belleza. Una desconocida te sonríe al pasar y, aunque no tienes motivo,

sientes su calor. Te sientes orgullosa de tu país cuando triunfa o de la empresa


en la que trabajas cuando mejora el bienestar de sus empleados. Puedes

trivializar estos momentos y decir simplemente que estas cosas te hablan ; pero

hay algo más. Si te hablan, significa que estás madura para el amor públi co.
Estás en condiciones de apreciar la belleza en to das partes.
«Siento la solidaridad de mi destino con todo lo que existe, ya sea grande o

pequeño», decía Lou An dreas-Salomé, llamada la madre del psicoanálisis,


protegida de Freud y supuesta amante de dos monstruos intelectuales de su

tiempo: el poeta Rilke y el filósofo Nietzsche. Cuando te sientes parte de todo lo


que existe, como si estuviera allí para ti (incluso el gozne azul de una puerta), te
parece que nada escapa a tu poder. Ese ansia maquiavélica de controlar te
golpea cuando te parece que las cosas están fuera de tu con trol; entonces

quieres clavarlas.
Pero cuando son solidarias contigo, hasta tus gestos más insignificantes
tienen un impacto tremendo. A la princesa no le cuesta mover el dedo del pie.

Si todo le pertenece tanto como ese dedo, puede mover el mundo.

Si sientes que las personas forman parte de ti, en cierto modo, verás que

ocurre algo distinto: creces más que si fueras sólo un individuo. Dice Walt

Whitman: «Contengo multitudes.» El poder de luchar según la es trategia del


amor es saber que nada está fuera de ti o de tu poder, y que no estás limitada
por la piel y los huesos y el latido del corazón que constituyen tu yo. 
Sócrates estaba tan convencido de este principio del poder del amante
sobre algo superior a la realidad, algo más parecido a una conciencia mític a,
que llevó su convicción hasta sus últimas consecuencias. Le pidió al Senado
ateniense que eliminara el ejército de soldados profesionales y en su lugar 
reclutara amantes para combatir en las guerras atenienses. Se podía ima ginar 
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 Maquiavelo para mujeres

con toda claridad una compañía de tropas enamoradas, marchando hacia la

batalla con estrellas en los ojos. ¿Acaso existe alguien más feroz que una
madre, que se convierte en tigresa cuando sus hijos se ven amenazados? Éste
es un ejemplo del amor en la guerra. ¿Quién lucha con mayor vigor que un
amante desdeñado? No hay soldado capaz de desarrollar una estrategia con
mayor interés que una amante; basta con el poder de su deseo para obligar al
mundo a ajustarse a sus sueños. Si los soldados buscaran la victoria con la

misma determinación con que las amantes persiguen a sus amados, ganarían

casi siempre, aunque apenas utilizaran algo más que su deseo de ganar. (Y si

las amantes aplicaran su estrategia, habría menos cora zones rotos.)


Un simple beso sirve de ejemplo. Myrlie EversWilliams estuvo a punto de

perder la votación para la presidencia de la NAACP (una organización


estadounidense que defiende los derechos de los negros) a principios de los

noventa, porque su candidatura despertó fuertes objeciones. Cuando ganó por 


un estrecho mar gen y pasó delante de sus detractores para pronunciar su

discurso de aceptación, lanzó un beso a la sala. Un beso no es nada, un poco


de aire y nada más. No es nada, pero lo cambia todo. El ambiente de esa
habitación dejó de ser hostil para llena rse de respeto, aunque fuera un respeto

a regañadientes.
 Amante es toda luchadora que cree que el mundo comparte sus deseos. La

amante siente que el sol bri lla para ella. Vive en un mundo de ensueño donde

todo es posible. El amor como estrategia tiene que ver con mantener tus 
sueños de luchadora, aunque te digan que no hay que confundir el sueño con la 
realidad.  Casi todo el mundo vive en sus sueños, pero no los con vierte en

realidad. Se comportan como si hubiera una línea divisoria entre ellos. Pero no
la hay. Montaigne cuenta el caso de una mujer que alzaba una ternera todos los

días, y siguió alzándola cuando se convirtió en vaca. Ella pensaba que siempre
sería capaz de levantarla, y por eso podía hacerlo. Así transforma la reali dad la
mente del amante.
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 Maquiavelo para mujeres

 A menudo las princesas lo perciben desde peque ñas. Más adelante, aplican

esta solidaridad a todas sus relaciones, y atrapan lo que aman y desean para sí
mismas. El amor público pasa a formar parte de su voca bulario visual y

emocional. Adquieren poder por el simple hecho de darse cuenta de que la

existencia del amor es la mejor estrategia en la guerra.

Cuando era joven y vivía en Londres a fines del siglo XIX, Gertrude Bell tuvo
buena prueba de ello. Le estaba leyendo en voz alta a su madrastra la historia

de la muerte de un héroe cuando llamaron a la puerta: era un telegrama que le


anunciaba la muerte de su amado, el hombre del cual se había despedido con
inmenso dolor hacía nueve meses porque su padre, de mentalidad victoriana,
no quería que se casaran. Es probable que una parte de ella sintiera que esta
muer te no era una coincidencia, que los amantes poseían ciertos poderes, el

uno sobre el otro, y decidió dar un paso más: Si te portas como una amante con 
todas las cosas, tendrás un poder fuera de   lo común sobre ellas. El deseo
mueve el mundo: si dices algo convencida, ocu rrirá. Si luchas armada con la

sensibilidad del amante (no de la persona que cuida a los demás], cambiarás el
mundo según tus deseos. 
Hasta la llegada de ese telegrama, Gertrude había conseguido cosas

extraordinarias; entre ellas, una licenciatura en Oxford. Triunfó en términos

convencionales porque se tomaba en serio y superaba todas las normas que le

impusiesen, salvo la orden de su padre de renunciar a su pretendiente. Pero

ahora todo cambió. Ya había llorado a su amado durante su ausencia; ahora


esa pena sería real y completa. Si sus acciones podían  modelar la realidad,
nunca más volvería a aceptar un no como respuesta. No se dejaría dominar por 
sus emociones negativas. No diría que no a los peligros y las prohibiciones.

Expresaría sus sentimientos en forma de amor público. Gertrude Bell se


embarcó en las proezas que la convertirían en aventurera a escala mun dial,
espía famosa en los países árabes, confidente de Lawrence d e Arabia y
heroína por derecho propio. 
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 Maquiavelo para mujeres

Para hacer que los demás actúen a largo plazo, las princesas conocen un
mecanismo que los físicos des criben como atractores fuertes, el poder de unas
fuerzas que se modifican mutuamente cuando entran en contacto directo.

Sabiéndolo, se cambian las reglas del juego. 

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 Maquiavelo para mujeres

VIII
La historia de una princesa que apunto
alto para conseguir su objetivo

U N A   P R I N C E S A   P R U D E N T E     S I E M P R E    sigue los pasos de sus


grandes antepasadas. Los discípulos sabios actúan por imitación. P ero a
menudo seguimos los pasos de las personas que tenemos más cerca, en la

distancia y en el tiempo, y las figuras que elegimos como modelos no siempre


son las mejores ni las más nobles, sino tan sólo las que más conocemos.
Pasamos por alto ese aire de g randeza que poseían aquellos que vivieron en

otros tiempos más amenazadores y peligrosos que los nuestros. Apunta más
alto, como una tiradora que sabe que tiene que apuntar por encima del blanco

para darle.

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 Maquiavelo para mujeres

La historia de Magda Trocmé, la esposa de un pa stor francés, nos sirve 


como un ejemplo notable de una mujer que no tenía nada — ni riquezas ni
autoridad — , más que la oportunidad de ayudar a los demás. Pero le dio una

forma magnífica y desafió a los opresores y a los opositores mediante una


estrategia que combinaba las formas del amor y la guerra.

Magda trabajó en la resistencia durante la segunda guerra mundial y se


sabía capaz de hacer frente a cual quier fuerza contraria, por formidable que
fuese, pero no por medio del control ni del equilibrio de poderes, sino por su

capacidad para conmover la conciencia mítica de los demás. No combatió

contra sus opresores ni negoció con ellos, sino que cambió el campo de ba talla.
Luchó contra la realidad, es decir contra la realidad como la veían sus
antagonistas. Cambió el modo en que ellos veían la realidad, su conciencia

mítica, e hizo prevalecer su sueño. 


Magda y su esposo, André, vivían en Le Chambón, una parroquia en la zona
rural de Vichy, en Francia. Durante la ocupación nazi, invitaban a los judíos que

huían de la persecución y una muerte segura a comer y a pasar la noche en su


casa. Muchos se quedaron. Pero lo que hacía Magda era muy curioso: no
escondía a sus refugiados judíos ni los encerraba en un anexo secreto, como
hicieron las personas que escondieron a la familia de Anna Frank. Magda

dejaba las puertas abiertas. Hablaba con los vecinos de los huéspedes que
tenía en su casa. Un joven judío, temiendo ser capturado, le suplicó que cerrara

con llave la puerta principal, pero ella se negó. No quiso sep arar la vida en su
casa de las tropas de la muerte que recorrían las calles. Una puerta cerrada con
llave era como decirle a los nazis: éste es un lugar seguro, pero fuera, donde

vosotros mandáis, está el peligro. Decir algo así, anunciarlo, era como acep tar 
su poder ilegítimo. A lo mejor Magda lo consiguió porque el pueblo estaba lleno
de personas como ella. O a lo mejor fue gracias al poder de su con vicción de

que podía salirse con la suya con esta postura extravagante.

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 Maquiavelo para mujeres

Magda estaba convencida de que la peor amenaza para los nazis, peor 

incluso que un arma, era una puer ta abierta, como una señal de que tenía más

fuerza ella con su fe que ellos con su poder. Si una puerta abierta lograba

desafiar sus edictos, ¿qué no podrían conseguir centenares de puertas abiertas


en toda Europa? ¿Serían capaces las mujeres de luchar contra los nazis por el
mero hecho de no cerrar las puertas con llave? De hecho, eso es justamente lo

que hicieron cientos de mujeres, líderes del movimiento de la resistencia en


Suecia, Polonia y Holanda.

Magda era práctica con respecto a eliminar la tensión del entorno. Prefirió
hacer algo escandaloso, en lugar de sentirse atropellada. Era una mezcla de
contrarios: era pasiva pero se resistía, era beligerante pero sin agresividad. Una

ganadora que no hacía sentir derrotado al enemigo. Una amante aguerrida, una
mujer que no hacía concesiones. 
Salvó cientos de vidas judías, además de algunas al mas alemanas. Una
noche llegó la policía de Vichy para arrestar a su esposo. En seguida corrió la

voz de que los alemanes tenían rodeado a André Trocmé. Docenas de familias
corrieron a casa de los Trocmé y depositaron a los pies de André esas cosas
que a ellos les venían bien pero que preferían darle para hacer   más llevadero
su encierro: mantas, pan, carne en conserva... Mientras trataban de llevarse a

André, los soldados nazis quedaron sorprendidos ante la generosidad de los


vecinos. Su hostilidad oficial se derrumbó y, cuatro semanas después de

arrestar a André, encontraron la forma de dejarlo en libertad.


Un día, al regresar Magda de su trabajo en la escuela de Cevenol, encontró
la puerta de su casa abier ta de par en par. Entró, temerosa, y vio que no se ha -

bían llevado nada ni a nadie. Por el contrario, habían dejado algo: la casa
estaba llena de flores. Nunca supo quién lo había hecho. «Muy bien», pensó,

«dejemos entrar las flores junto con el horror». 


Cuando combates como amante, te acostumbras a las sorpresas.

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 Maquiavelo para mujeres

Magda puso en funcionamiento las reglas de la resistencia, la esencia del

arte de la guerra femenina. Según los términos masculinos tradicionales, no

tenía ningún poder. No tenía ejércitos y las leyes no estaban de su parte. Pero
supo cambiar el campo de batalla y sustituir aquel en el cual el enemigo lo tenía
todo a su favor por el suyo, aquel en el cual triunfaban su realidad, su plan, sus

deseos.

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 Maquiavelo para mujeres

IX
La Tensión desarma al contrario  

EL    MEJOR   ALIADO  QUE    TIENEN  las princesas en su guerra   para


defenderse o para conseguir lo que se proponen es aprovechar hábilmente la

tensión. La tensión es ese estado emocional invisible que maneja la acción en

un marco determinado. Sin embargo, cuando perciben la tensión en el aire, casi

todas las mujeres tratan de apagar el fuego. Cuando la tensión es abrumadora,


a menudo se retiran, o reaccionan con ira y después se arrepienten del

exabrupto. A veces se disculpan o hacen concesiones. Las mujeres comunes

hacen un esfuerzo para superar su ira, como si fuera la gripe. Abrazan al niño
para que se le pase la rabia. Se resignan a vivir con unos padres exigentes. Se

acuestan con hombres para hacerles olvidar la guerra. Ninguno de estos

ejemplos constituye un uso estratégico de la tensión. Lo que experi mentamos

como tensión por lo general nos paraliza, porque dejamos que nos agobie, pero
no la aprovechamos, luchamos contra ella y la tratamos como al mal tiempo.

Las princesas saben que no pueden controlar a los demás; lo que pueden
afectar, o influir, es la tensión ambiental. Y lo hacen, estratégicamente, tan bien
como Magda, que abrió una puer ta en un mundo donde todas las puertas eran
barricadas, del mismo modo que las mujeres que viven en tiempos más

pacíficos pueden quitar el cerrojo a sus sueños ante las fuerzas de la opresión.

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 Maquiavelo para mujeres

Manipulando las agresiones, los temores, las afirmaciones de falsa autoridad y

otras tensiones de los demás, Magda influyó en la reacción del pueblo para
ajustaría a su plan. Se hizo cargo de la situación. 
Una princesa hábil contribuye a crear tensión. Actúa para dominar no a los 
demás sino la tensión que hay entr e ellos.
Comienza una reunión y anuncia que tiene malas noticias, para que todos se
vayan preparando. Habla de las dificultades que les esperan. Después cambia,
habla de buenas noticias y todos emiten un suspiro de alivio colectivo; el cuerpo

se les relaja y escuchan su mensaje de otro modo. A lo mejor hace crecer la

tensión otra vez al cabo de unos minutos, cuando las emociones han tenido un
momento de respiro. Puede que aumente y disminuya la tensión un par de
veces más. Usa la tensión de forma sutil; lo único que es es pectacular es el
efecto.

En el  Julio César  de Shakespeare, el discurso de Marco Antonio en el

funeral de Julio César aprovecha hábilmente la tensión para despertar la

emoción de la multitud, para incitarles a rebelarse contra los asesinos del


César. Marco Antonio les dice que no quiere su blevarlos; entonces se relajan y
así prestan más atención a lo que les dice para hacer precisamente eso mis mo.
Dice que es un hombre sencillo y tosco, pero sólo para que ellos no sospechen
la habilidad — o el ardid —  que encierra su discurso. La contradicción puede ser 

un medio valioso para crear tensión. «¿Que yo me contradigo? Pues bien, sí,

me contradigo», escribió Walt Whitman. Marco Antonio tranquiliza para


estimular; se empequeñece para agrandarse. Lo mismo hizo Magda: dejó
abiertas las puertas no para luchar, sino para demostrar que luchar no tenía
sentido. Restó fuerza al poder de los nazis, junto con los habitantes de Le
Chambón; aunque eran conscientes del peligro, se ne gaban a comprometer su
vida y sus creencias.

El uso de la tensión desarma a los contrarios y, lo que es más importante,


los hace reaccionar frente a ti. Recurre a las contradicciones. Busca el
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 Maquiavelo para mujeres

sentimiento o la ley que predomina en una situación y actúa como si estuviera


inscrito en arena, en lugar de piedra. Cuando las princesas se dan cuenta de

que ellas mismas son una combinación de características contrarias


 —ferocidad y ternura, flexibilidad y decisión—  y no luchan por ser coherentes,
les resulta más fácil encarar las tensiones opuestas en un enfrentamiento.
Cordelia le dice a su padre, el rey Lear, que lo quiere, pero no como las

flores adoran al sol sino «según mi vinculo». Para un viejo sentimental y un


artista del control como Lear, estas palabras son más secas de lo qu e quisiera

oír de su amada hija menor. Ella no le pide nada, ni dinero ni seguridad. Pero en
realidad le pide más de lo que él puede darle: que la com prenda. Puede que las
palabras de Cordelia sean frías, pero su amor es profundo y sincero. Hace
crecer las expectativas de su padre, diciéndole que nadie lo amará más. Pero

después las aplasta cuando le habla de sus obligaciones filiales para con él.
Ella intenta que Lear la comprenda en sus propios términos. Sus hermanas,
Regan y Goneril, le dicen exactamente lo que él quiere oír, le ponen por las

nubes para conseguir la mejor herencia.


Cordelia, igual que Magda, viola las leyes del sen tido común. El uso que

hace de la tensión provoca inseguridad en el viejo rey, que se confía al cuidado


de sus hijas mayores, aparentemente tan cariñosas, y echa a Cordelia por su

insolencia. Pero sus palabras luchan por ella. Aunque abandona la escena, su

presencia lo dirige todo. La tensión ha convertido a Cordelia en una figura de

gran autoridad mítica. 


  Aunque Cordelia sólo dice noventa y una líneas en la gran tragedia de

Shakespeare, su influencia no está nunca ausente. Es la marca de la princesa


que ha aprendido su auténtico poder. Cuando tu ausencia tiene tanta fuerza 
como tu presencia, eso es poder. Al final, Lear descubre la verdad: que

Cordelia era sincera y sus otras hijas mentían.  


La tensión es el punto de apoyo que hay que usar, que abre, desarma y
desestabiliza al contrario. Te da la ventaja, el medio para superar sus defensas.
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 Maquiavelo para mujeres

Este medio te permite tocar la co nciencia mítica del otro o de los demás. La

tensión es tan efectiva porque coincide con el ritmo del latido del corazón, que
es igual a cualquier ritmo hipnótico primitivo; uno-dos, tensión-rela jación,

duro-blando. En una situación complicada, el uso hábil de la tensión te permite

 jugar con el latido del corazón de la multitud, con su vida, con su respiración. El
uso de la tensión te sitúa bajo la piel del otro, en el punto más débil de sus
defensas.

La tensión se presenta de formas diversas. No son sólo las palabras que


dices, sino el ritmo con que las dices. Cuando te enfrentas con un enemigo

prepotente, que habla con voz fuerte y dura y da órdenes, lo desarmas


hablándole lentamente y con suavidad. De forma casi hipnótica, se adaptará a
tus ritmos. Tendrá que bajar no sólo la voz sino también sus exigencias. Por 

otra parte, si tu enemigo te atrapa en un proceso en el cual debes apresurarte,

hablarle más deprisa le hará aumentar la velocidad. La tensión se expresa


también con muchas otras armas: en los símbolos de poder, vestimenta, sexo.

Los encontrarás con más detalle en «El libro de las armas sutiles», a partir de la
página 105
Scheherazade jugaba con las tensiones. Tenía una estrategia para salvar la
vida de las jóvenes del reino, que morían en grand es cantidades, como en una
epidemia. Cada noche llevaban a una virgen a las habi taciones del sultán para

hacer el amor con él y al amanecer la mataban por temor a que lo traicionara.

La estrategia de Scheherazade para interrumpir los asesinatos era insól ita. Se


ofreció como voluntaria para ser la siguiente víctima del sultán. Después de
hacer el amor, comenzó a narrar una historia, que él escuchó y volvió a
encender su imaginación. El relato estaba estructurado según un esquema de
conflicto y resolución; ella siguió contando hasta que el sultán se durmió. Al día
siguiente, él no quiso decapitarla, porque quería saber el resto de la historia.
Contar cuentos y hacer el amor  —la tensión y la relajación—  salvaron la vida de

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 Maquiavelo para mujeres

Scheherazade y, al cabo de mil y una noches, conquistaron el corazón del

sultán y su confianza.

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 Maquiavelo para mujeres

X
Los cuatro tipos de tensión estratégica  

RECUERDA  QUE   EL   ENFRENTAMIENTO  les una forma de relación. Es una


de las pocas relaciones en las que el poder se expresa, en lugar de ocultarse.

Para entrar en un enfrentamiento en el que puedas triunfar, tienes que

identificar las tensiones —llamémoslas energías 


 —  que ya están en juego. 
Toda tensión de tipo estratégico se rige por cuatro principios que: 

1.  intensifican los sentimientos,

2. estimulan a los demás hacia una meta o causa importante,  


3. invalidan y se niegan a aceptar las creencias predominantes,

4.  bloquean o reducen la velocidad.

Cada uno de ellos centra la acción en maneras que te permiten influirla.


Vamos a analizarlas en mayor detalle.

Para intensificar   los sentimientos, deja que todo te penetre hasta lo más

profundo. No te protejas del dolor que sientas o que veas a tu alrededor. Ni de

tus deseos. Provoca lo mismo en los demás, ya sean ami gos o enemigos.
Tienes que sentir la importan cia, el estímulo, la plausibilidad de tu misión. Si no

la sientes tú, nadie más lo hará. Magda lo hizo al desafiar el po der de los nazis;
no se protegió de los temores de los refugiados, sino que los compartió.

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 Maquiavelo para mujeres

Cordelia lo hizo jugando a la fuerza con el deseo de Lear de ser amado, que

compartía con él. Encontrarás las mejores tácticas para aplicar en tus guerras
en «Las dieciocho tácticas de las grandes princesas guerreras» (páginas 83-
99), sobre todo la primera, la segunda y la tercera durante las primeras etapas

del conflicto, cuando necesitas incrementar tu fuerza y tu compromiso en la

lucha. Más adelante, en el fragor de la batalla, las tácticas quince, dieciséis y


diecisiete te conducen al punto en el cual tú — tus sentimientos, no tu ego —  
impulsas la acción. 

Para incitar a los demás, elige la meta más impor tante que se te ocurra. Los

demás lucharán contigo si les interesa la batalla. Si tu guerra es demasiado


pequeña, será sólo tuya; nadie se sumará a la acción. Cuando Rosa Parks se
negó a desplazarse al fondo del autobús del hombre blanco, no se trataba de
sus derechos individuales, sino que su lucha personal era el símbolo de una

guerra más extensa, en defensa de la libertad y los derechos civiles. Los


poemas de Anna Akhmatova que desafiaban la r epresión de Stalin se

centraban en el tipo de personas que serían los triun fadores de la guerra, no en


quienes ganarían ni en si ella tendría pan y protección, sino en si los
triunfadores serían personas honestas, valiosas y mejores moral y
emocionalmente que los tiranos que perderían. Su objetivo era mucho más

grande que el simple triunfo. Fíjate en la cuarta, la quinta y la sexta táctica.  


Para invalidar  la autoridad predominante, no reacciones contra ella. Que

alguien lleve los atributos del poder no si gnifica que posea autoridad. Actúa
como si supieras que la autoridad, aunque inspire temor en los demás, no tiene
ningún poder sobre ti. Tu superior sólo controla el trabajo que estás haciendo,
no te controla a ti. Esto es fundamental, porque si hace algo ridículo, has de

darte cuenta de que te puedes resistir. Gandhi ganó la guerra por la


independencia del mandato tiránico del Ejército británico invalidando el poder 

del Ejército. El modo en que lo hizo es el tema de las tácticas séptima, octava,
novena y décima. 

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 Maquiavelo para mujeres

Bloquear   significa actuar para detener el avance de la autoridad, alejándola

de sus objetivos. Hay muchas maneras de detener a un contrario para tener la

opor tunidad de introducir tus deseos: haciendo un montón de preguntas,

hablando despacio, viéndote como una línea de defensa que el contrario debe

atravesar para lograr su objetivo. Ésta es la manera de hacerse cargo de la


situación. En el teatro, el director bloquea el movimiento de los actores y decide
el lugar exacto donde se ponen de pie, se sientan, entran y salen. Lo hace de

forma estratégica, sabiendo perfectamente que el movimiento es tan importante


como el lenguaje. Las mujeres que piensan que basta con hablar sobre un

problema para resolverlo se equivocan. El lenguaje, cualquiera que sea su


volumen, a veces resulta demasiado tranquilo. El movimiento es un lenguaje. A

menudo el movimiento desencadena la emoción, pero no viceversa. La

princesa dirige la acción del otro mediante la sutileza de sus tácticas. Sabe que
si aparece de cierta manera, a cierta distancia, o se mueve a una velocidad

concreta, determina las emociones y el comportamiento del contrario. Cada

persona capta los ritmos de la otra; suelen ser el elemento más difícil de resistir.
Por lo tanto, influir sobre el aspecto f ísico en cualquier enfrentamiento es tan

importante como lo que uno diga. Las tácticas que se aplican al bloqueo son la
doce, la trece y la catorce.

Estos cuatro principios de la tensión contienen en sí mismos el método de la


resistencia. Ni desafío ni subterfugio ni encanto, sino oposición: es lo que

significa literalmente resistir, oponerse al contrario, a la persona o al punto de


vista que te tiene dominada. La resistencia es lo contrario de la concesión, la

negociación. Significa no luchar la guerra del enemigo como un enfrentamiento 


tradicional de dos partes en conflicto, sino llevar al enemigo a luchar en tu 

propio terreno, a tu ba talla, donde tú dominas la acción. 

La resistencia funciona de esta manera:

Te ves envuelta en una lucha contra un atacante o un contrario más fuerte

que tú. Lo más fácil es echarte atrás. Lo más difícil es dejar de luchar. Es más

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 Maquiavelo para mujeres

difícil porque luchar o huir son reacciones naturales en casi todos los ataques.
Pero si dejas de luchar cuando el atacante te sacude por los hombros, es muy

probable que, impotente, caiga en tus garras. Dejar de luchar no quiere decir 

que dejes de combatir, sino que combates desde la resistencia.

La resistencia en la batalla se parece mucho a la resistencia del cuerpo

humano. Un organismo sano lucha contra un virus produciendo anticuerpos. El

cuerpo convierte al atacante en una fuente de nueva fuerza, no de debilidad.

Los anticuerpos lo neutralizan, como Magda neutralizó a los nazis. La


resistencia es una fuente de poder similar a la belleza. El viento que atraviesa

las cañas suena hueco, a menos que la caña con tenga alguna resistencia,
como la flauta contiene cámaras que convierten el aire en música.  
Los cuatro principios de la tensión son como las cámaras de una flauta.
Convierten en notas el aliento de tu arrojo y tu determinación. Una princesa

encontraba grandes dificultades para llamar la atención de un posible cliente al

que tenía mucho interés en impresionar. ¿Cómo hacer para que se fijara en

ella? ¿Qué podía decirle? 


Sin darse cuenta, lo estaba convirtiendo en un enemigo al exagerar tanto su

importancia. Durante semanas, trató de escribirle una carta presentándose a sí


misma y ofreciéndole sus servicios. Cada vez que lo intentaba, le parecía peor 
que la anterior. Con cada fracaso, él se agrandaba ante sus ojos; se volvía más
formidable y más remoto. Y ella, más pequeña y más desesperada. 

Mi consejo fue que recurriera a la resistencia: «No luches contra ti misma.


Utiliza la angustia que sientes como medio para acercarte a él. Sé since ra. Dile
que esta carta es la última de un bloque entero de cartas que le has escrito
durante el último mes. Que ninguna te pareció lo bastante buena. La ambición
que apor tas a su vida profesional sería el complemento perfec to para sus

propias ambiciones. Por eso esperas que quiera conocerte para saber más.»  

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 Maquiavelo para mujeres

Cuando la misma princesa es la enemiga, puede jugar a resistir sus propios

temores. En este caso, la princesa cambió el tipo de guerra consigo misma.

Cayó, por así decirlo, en sus propias manos. 


Esta mujer usó la   intensificación   (destacó su angustia) y la  incitación  

(convirtió a su cliente potencial en colaborador y aliado, al decirle que su


calidad inspiraba sus ansias de perfección);  invalidó  su autoridad abrumadora
(enviándole la carta, convirtió a ese ídolo impresionan te en un ser accesible) y
también  bloqueó   (se situó como contraria y como igual, o como algo más que
una igual, surgiendo de improviso pero con decisión). 

Esta capacidad recién adquirida, la capacidad de resistir, también le resultó


útil en el amor. Lo que ha cemos profesionalmente es lo mismo que hacemos
con las relaciones amorosas. Aunque nos digan lo contrario, somos la misma

persona en los dos campos, de modo que la estrategia de la resistencia

funciona igual de bien en ambos. Cuando se dio cuenta de que no tenía que

luchar contra su debilidad —que en este caso era el único enemigo—, se volvió

decidida, osada. Vio que se iba convirtiendo en una fuerza dominante en su


nuevo matrimonio. El espíritu se extendió por todos los ter renos de su vida.

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 Maquiavelo para mujeres

Xi
La paradoja de la anorexia del poder  

L O   Q U E   S E   I N T E R P O N E    E N T R E    muchas mujeres y su capacidad


para conseguir lo que quieren es la tendencia a negarse a sí mismas .  

Todos hemos visto cómo se manifiesta esta negación en nuestro


comportamiento con respecto a los alimentos y al apetito y, en su forma más

extrema, en la anorexia. Mas la anorexia es un síntoma de un aspecto más

profundo de negación de uno mismo: es preferir la indefensión. Ésta es la


anorexia de poder.

Una persona anoréxica de poder es muy fácil de reconocer. Es frágil

emocionalmente. Busca complacer y apenas se atreve a decir que no, aunque

reine un ambiente cordial. No hace caso de las felicitaciones. Dice: «No,

gracias, ya lo haré yo», cuando alguien se ofrece a ayudarla. Estudia a las

personas poderosas, buscando su aprobación. Su armario está lleno de


prendas negras y beige, que son colores de luto y camuflaje. Depende de los

adverbios. Siempre tiene en la punta de la lengua palabras como muy  y 

realmente. Dice que algo «es realmente muy, muy bueno», como si su opinión

valiera tan poco que tuviera que enfatizarla.

También arruina su conversación salpicándola de exclamaciones

exageradas o, por el contrario, se niega a hablar, aun sabiendo que su idea

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podría solucionar el problema. Arranca la derrota de las fauces de la victoria.


Teme tanto perder que ni siquiera intenta ganar. No analiza sus derrotas como

posibles fallos de estrategia, sino que las pasa por alto. O, lo que es peor, es

más dura consigo misma de lo que sería cualquier enemigo. Con cada
manifestación de anorexia de poder, se vuelve más delgada y más
inconsecuente a sus ojos y a los de los demás. No tiene peso ni sustancia ni
presencia.

Las princesas tienen que comer para alimentar su carácter.  


Una princesa no se niega a sí misma. No se desva nece en las sombras

cuando debería volverse formidable y notoria. Juana de Arco se vestía de


blanco en la batalla para parecer grande y evidente. No para que le dispararan,

sino todo lo contrario. Si el enemigo ve que no te intimidas, es probable que no

intente intimidarte.

La negación de una misma, ser delgada como un lápiz, ocupar un puesto


secundario... ninguna de estas opciones te ofrece poder.

Una amiga me contaba hace poco que había soña do con Jackie Onassis.
Jackie la recibía con una amplia sonrisa. Mi amiga se quedaba pasmada: en los
años transcurridos desde su muerte, Jackie había engordado mucho. De pronto,
cogía a mi amiga del brazo y pa seaban juntas por Broadway como una pareja
mayor. Las reconocía un vendedor de objetos de cristal, que en seguida

entregaba a Jackie una muestra de su traba jo. Ella aceptaba sus regalos. Él le

ofrecía también los esquís y ella los aceptaba. Pero mi amiga no entendía el
motivo: «¿Para qué? Seguro que tiene esquís», pensaba. ¿Por qué no le dijo
que no? Jackie iba muy car gada. «Deja que guarde todas estas cosas», le

decía y desaparecía en un bloque de pisos de Manhattan. Mi amiga esperó


durante horas en el vestíbulo, pero Jackie no volvió a bajar. Cuando se
despertó, lo que más la horrorizaba no era que Jackie la hubiera abandona do
sino que su ídolo hubiese engordado en el paraíso. 

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¿Cómo podía ser que una mujer como ella, que cortaba la comida en trozos
minúsculos para que ningún fotógrafo la pillara con un bulto d e comida en los
carrillos, se abandonara de ese modo? Ni siquiera en sueños. Eso fue lo
primero que pensó mi amiga. Lo segundo fue una sensación de alivio: Jackie ya
no seguía negándose a sí misma. Aunque esto era sólo una ver dad a medias.
De hecho, Jackie se había negado muy pocas cosas en la vida. Siempre había

hecho exactamente lo que quería. Reclamaba la atención mundial con tanta

energía como su esposo, el presidente. Se casó con Aristóteles Onassis a


pesar de la reacción contraria del público. Se puso a trabajar en el campo

editorial porque le encantaba el estímulo intelectual.  ¿Acaso alguna primera


dama había aceptado jamás estar en nómina, ir a pie a trabajar o comer en la
cafetería de la empresa? Dante decía que la muerte aca ba con los espejismos,

que al final la persona aparece exactamente como es. Mi amiga se dio cuenta

de que Jackie siempre había estado gorda, aunque ella nunca lo hubiera
notado.

En su vida, Jackie jamás hizo ningún esfuerzo por estar delgada; lo estaba
porque llevaba una vida acti va. No se esforzó por mantenerse a salvo de la

experiencia. Podía aceptar regalos de desconocidos, inclu so cosas que no

necesitaba, sintiéndose agraciada. He aquí el mensaje del sueño de mi amiga,


destinado a ella: negando tu apetito, te niegas a ti misma, niegas tu fuerza.

Comer es coger, hacer pública tu necesidad y tu dependencia. Comer es

aprender a ser egoísta. Existe incluso más poder cuando te abandonan la


autosuficiencia y la confianza en ti misma, cuando te das cuenta de que

necesitas, de que deseas, de que puedes coger. Y que lo que coges  — tu

cantera —   está hecho del mismo material que tú. No hay nada extraño. No te

mereces  nada... lo que quieres es lo que necesitas. Todo lo que puedas

asimilar lo puedes incorporar a tu carácter y engordarlo.

Una princesa tiene una relación con el mundo diferente a la de la mayoría de


las mujeres. Se considera a sí misma una cazadora. Siente que el mundo está
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hecho para alimentarla. Sabe que puede coger, que tiene derecho a engordar a

partir de sus deseos.

Sabe que alimentarse es asumir responsabilidades.

Cuando coge algo, está segura de que quiere lo que puede tomar, que puede
comérselo todo, sin desperdiciar nada. Un puesto de trabajo, una relación
amorosa, una felicitación: asimílalos todo lo que puedas, como si te

correspondieran por el derecho divino de estar viva.

La vida proveerá, del mismo modo que provee al cazador. No hace falta que
te desesperes cuando estás convencida de que siempre podrás comer. Confía
en que el futuro te alimente.
Pero has de saber que no se coge nada del mundo que no se devuelva.

Come para poder dar. La madre Meera, una mística india, come vorazmente de
la siguiente manera: por la tarde celebra darshans  o sesiones curativas,

durante las cuales el paciente se inclina ante una Ma   que está sentada y le

mece la cabeza. Ella coloca el dedo a ambos lados de la cabeza del paciente y

éste siente cómo el calor sale del dedo y le que ma la cabeza. Ma cierra los ojos
y medita. Pero si uno la observa, verá que no deja de tragar. S e come todo lo
que hay de malo en ti y en el mundo. Una mujer poderosa come lo malo junto

con lo bueno. No se pro tege de ninguno de los dos. Está abierta e indefensa,

aunque este estado parezca extraño para un guerrero. No lo hace para ser 
fuerte sino porque es fuerte ; el hecho de comer se lo recuerda.

No rechaces nada.

H I S T Ó R I C A M E N T E ,   L A     M A Y O R   tiranía de los hombres sobre las


mujeres se ha centrado en su cuer po: la tiranía sobre los derechos

reproductivos, la tiranía de la delgadez y la moda y la utilización como objeto.


Nunca seremos fuertes si no comemos, si no concedemos un poco de libertad a

nuestro cuerpo, si dejamos que los demás nos traten como objetos o seguimos

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haciéndolo nosotras mismas. Es la guerra. A continuación, te presento las


tácticas y las armas que precisas para luchar.
 

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 Maquiavelo para mujeres

EL LIBRO DE LAS
 Tácticas

PRIMERO TE PASAN POR ALTO, DESPUÉS TE RIDUCULIZAN, LUEGO LUCHAN


CONTRA TI Y, FINALMENTE, TÚ GANAS.
--- GANDHI

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 Maquiavelo para mujeres

I
 Superar es mejor que ganar  

LA MAYORÍA  DE   LAS MUJERES NO  pueden ganar. Y no porque no sean


capaces de luchar aplicando una estrategia, sino porque nadie quiere que

ganen, a menudo ni siquiera ellas mismas. Tanto ellas como sus enemigos se

encargan de que fracasen. A lo mejor se sienten culpables si ganan, culpables

de que otro haya perdido. A los hombres les disgusta perder frente a una mujer,

de modo que a veces recurren al contraataque. Para las demás mujeres, una

mujer triunfante es un peligro de por vida.

Para conseguir lo que quieres, tienes que ganar. Pero como ganar es tan

peligroso, la mejor manera de ganar es superar. 

El príncipe de Maquiavelo destruía a sus contrarios y se sentía seguro de


sus triunfos. Sun Tzu coqueteaba con su enemigo y lo humillaba con su

ingenio. Pero las princesas no pueden invalidar a su enemigo, sino que deben
convertirlo en un aliado inadvertido, lo cual significa que ni le hieren ni le hacen

perder la confianza en sí mismo. Cuando lo superas, el contrario — el

 —  queda ileso y estimulado. La superación consiste en dominar al


perdedor 

enemigo con gran estilo. Da idea de ganar logrando lo mejor, como en unos

  juegos olímpicos, cuando el atleta consigue su mejor marca, sin que los

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perdedores vean mermada su digni dad. El resultado es poner el listón más alto,

un nuevo nivel de rendimiento que motiva a todos.

Para la princesa, que siempre lucha desde la retaguardia, superar es la

única manera de ganar porque significa ganar con un estilo perdedor.


Cualquiera puede vencer con un estilo ganador. Las únicas que ganan con

menos son las princesas.

Inanna era una princesa sumeria que se hizo exper ta en la superación. Si

viviera ahora, sería la empresaria activa, la amante que quiere que la


comprendan, la joven que cena delante de un padre que la castiga porque no

hace caso cuando él le d ice que obedezca. La princesa sabe que encarna a
todas las mujeres míticas; representa sus conflictos en un momento u otro de
su propia vida. Haces tuya la historia de Inanna cada vez que intentas

apoderarte de alguno de los poderes o los placeres o las oportunidades que

acaparan otros. Inanna triunfó al superar a la autoridad máxima entre todas las
autoridades: la del rey, su padre.

La historia de Inanna comienza como la de Buda. Ella sale del castillo de su


padre para viajar al mundo real. Lo que ve fue ra la deja atónita: pobreza,

miseria y dolor por todas partes. Se da cuenta de que el mundo sufre porque su

padre ha acaparado toda la belleza: el me   sagrado, la poesía, los festejos, la

felicidad y la belleza. Mientras ella viva en el castillo de su padre, disfruta de

todo ello. La vida exterior no tiene sentido. En este punto, Inanna es cualquier 

mujer que decide que quiere más de lo que le ha tocado en la vida. Como
cualquier héroe, tiene que actuar para cambiarlo; se da cuenta de que tiene que
valerse por sí misma, que es el despertar heroico.  

Con cualquier otro método, fracasaría: no puede negociar con su padre para
que libere el me ; no tiene nada para darle que tenga un valor similar. No puede

exigirle estos poderes: se reiría de ella. No puede lu char con él por el control del  
me  en ningún sentido convencional, porque ningún ejército la apoya. Enton ces

elige la única opción que le queda: decide superar a su padre.  


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Le cita para cenar juntos. Ella misma le sirve con sus propias manos. Se

encarga de que siempre tenga el vaso lleno de vino. A medida que él bebe, ella

vacía su vaso sobre la tierra sedienta. Lo entretiene con su ingenio, ¡qué hija
tan encantadora! Él se siente feliz con sus atenciones. Ella lo invita a jugar al
ajedrez y él acepta. «¿Qué quieres que pongamos como premio?», le pregunta.
Y ella responde: «Apuesta el me  sagrado.» Él está impresionado por su belleza,
su energía y está convencido de que no tiene ninguna oportunidad, de modo
que acepta. Ella vence una y otra vez. Él no consigue estar a su altura, a causa
de lo que ha bebido y de su fe ciega en sí mismo. Inanna se apodera del me  

sagrado, sube a la barca y, al otro lado del río, deja libres los poderes en el
mundo. Su padre no puede detenerla. Cuando vuelve en sí, se da cuenta de
que aunque ella se ha apoderado de sus bienes más preciados, ha embellecido

el mundo y ahora él ya no tiene necesidad de recluirse en el castillo.  


Esto es lo que significa superar. Por medio de su propio ingenio, Inanna ha

ganado para sí misma y para el mu ndo que la rodea.

Gandhi venció a los amos británicos de la misma manera. En vez de idear 


una victoria sencilla, empleó la táctica que se describe en el capítulo siguiente
para triunfar frente a ellos, de tal manera que ellos mismos no pudieran evitar 

quedar impresionados por la lucha y beneficiarse con su victoria.

Pero el mejor ejemplo de una victoria es lo que le ocurrió al general más


victorioso de la historia en manos de doce princesas.

Cuenta la leyenda que estaban homenajeando a Sun Tzu por una serie de
victorias brillantes, cuando se jactó de qué no había nadie a quien él no pudiera
transformar en un guerrero extraordinario. «¿Nadie?», le preguntó el
emperador. «¿Ni siquiera mis hermosas concubinas?» «Ni siquiera ellas»,
insistió Sun Tzu. De modo que a la mañana siguiente reunió a las doce mu jeres
en el patio real y comenzó a enseñarles a marchar. Las puso en fila y ladró sus
órdenes. Pero a las concubinas les pareció ridículo ponerse de pie todas juntas
como si fueran árboles o prestar atención a un tonto que les gritaba.

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Empezaron a reírse y a moverse por todas partes, según su voluntad. Después


de pasar toda la mañana sin conseguir ningún resultado, Sun Tzu fue a ver al
emperador y, humillado, le confesó su fracaso. Dijo que las concubinas eran
demasiado estúpidas para aprender el arte de la guerra. No cayó nun ca en la

cuenta de que fueron ellas, con su capacidad para superarlo, las que lo

derrotaron por primera y única vez.  

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II

CÓMO SE LOGRA LA SUPERACIÓN 

 TODOS LOS GRANDES  GENERALES saben que en la Antigüedad ganaban las


batallas quienes superaban al enemigo en armas o soldados y que, en cambio,

las batallas modernas se ganan con ideas. Cuanto más insólita sea la idea, más
probabilidades tiene de ganar. Como el concepto inaudito de Gan dhi de que él,

sin armas ni dinero, sería capaz de romperle el espinazo al Imperio Británico, o


la inverosímil convicción de Magda de que ella era más po derosa que sus

opresores, o la insólita idea de Dian Fossey de que podría convencer a los


cazadores f urtivos que mataban a los gorilas que tenía en el campamen to de

que ella era una diosa. Y una noche lo hizo: con virtió la lumbre en una hoguera

y comenzó a alimentarla con billetes de dólar. Los codiciosos cazadores


creyeron que sólo una fuerza superior   utilizaría un método tan irreverente para
adorar a su dios.

De estas ideas (estrategias) trataba El libro de la estrategia, donde los

guerreros tenían algo más que una sola idea; tenían tácticas brillantes que los
ayudaban a expresarla. Del mismo modo que los artistas conocen la forma y el

color, las princesas tienen que conocer las tácticas. Por eso Magda dejaba
abiertas las puertas de su casa, Dian echaba billetes de dólar a las llamas y
Gandhi les decía a los británicos que no lo detendrían ni con una bomba
atómica. Les dijo: «No me voy a es conder ni me voy a poner a salvo. Me

quedaré al aire libre para que el piloto vea que no tengo nada en su contra. El
piloto no nos verá las caras desde tanta altura, ya lo sé. Pero el anhelo de

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nuestro corazón — que no nos haga daño—  subirá hasta él y le abrirá los ojos.»
Eso es táctica, un acto destinado a provocar una reacción favorable en el
contrario. Además de ser un tipo de táctica especial: la de la superación, es
decir, demostrarle al otro que si tú ganas, él también sale ganando. Las tácticas

de las princesas deben modelar una nueva forma de comportamiento para que

el enemigo la adopte. Cuando el otro adapte su comportamiento al de ellas, los

objetivos de él convergerán en uno solo: el de ellas. Como decí a Gandhi, sus


ojos «se abrirán».
Modela tu comportamiento a semejanza de lo que quieras ver en el del

enemigo. A Hillary Clinton le fallaron sus estrategias porque las tácticas que
empleó no incitaban a sus enemigos a superarse. Hillary sirve de modelo a
numerosas mujeres. De todos modos, come tió muchos errores que le han

hecho perder influencia. Estos errores van en contra de las tácticas de su -

peración. Por ejemplo, cuando era la primera dama de Arkansas, criticó tanto a
un senador rival cuyo trabajo había pasado casi inadvertido que incluso se llegó

a decir que lo había creado  ella. Le desagradaban sus opiniones y no le


interesaba como persona, de modo que en las entrevistas recalcaba sus

errores y sus dificultades. Lo que consiguió fue que el país empezara a fijarse

en él, que así se convirtió en un enemigo más pernicioso y más eficaz. Desde
entonces, ha procurado mantenerse alejada de sus enemigos.

Las princesas actúan exactamente al revés. Saben que tienen que estar 

cerca del enemigo para hacerl o más poderoso. No temen sus fuerzas, sino que 
se valen de ellas.

Hillary Clinton cometió otro error táctico: como estaba tan decidida a obtener 
el paquete de la sanidad, se movió con demasiada autonomía, creyendo que le
convenía controlar la situación. Pero al final, hubo que ponerle límites y puso al
equipo de su marido en su contra. En cambio, las princesas hacen suya una 

guerra pero sin excluir a los demás. Convierten su guerra en la de todos.  

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Hillary también creyó que para ganar tenía que mantener a su s contrarios
contra las cuerdas. Pero el estilo de las princesas no consiste en encasillar,

sino en dejar libertad a los demás para que cambien de opinión. Las princesas 
piensan que el enemigo de hoy es el aliado de mañana. 
Según los asesores, Hillary está muy segura de sí misma y no le gusta
cambiar las decisiones una vez tomadas. Esta seguridad con respecto a su

propio criterio es una gran debilidad. Una princesa siempre está dispuesta a

replantearse estrategias y a escuchar las voces que disienten.

Hillary luchó como un príncipe; luchó para conquistar, más que para superar.

Pero el éxito se consigue de otro modo.

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III

Las dieciocho tácticas de las grandes


princesas guerreras 

LA  VERDAD  DE   LAS  PALABRAS  Y   LAS  ideas está en la acción. Las tácti cas
son acciones «acciones destinadas a obtener un resultado». La estrategia es el  

porqué   y las tácticas son el  cómo  del plan de las princesas. Como ya hemos
dicho, la mayoría de las guerras se gana con ideas insólitas. Pero las ideas se
expresan mediante la acción, que suele ser el punto débil de la luchadora. Las

mujeres pueden ser activas y hacer muchas cosas, pero saben poco o nada

acerca de la acción pura, acerca del tipo de comportamiento específico, hecho a


la medida para poner en marcha sus planes y no sólo para cumplir una tarea.

Gandhi solía decir que Dios no se aparece en persona sino en la acción.


Esta afirmación se aplica a Dios y también a las princesas. Nadie (y por 
supuesto tampoco tu enemigo) te conoce si no es por tus activi dades más

cr eativas. No sabrá lo que piensas, no se convencerá de que tienes razón a

menos que sepas expresar lo que piensas no sólo en palabras sino en obras. A
menos que lo manifiestes.

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Las mujeres hemos interiorizado tantos fracasos que a menudo caemos en

una crisis psicológica y tenemos miedo de actuar. En las acciones o las tácticas

(siempre son tácticas de superación) que presentamos a continuación, el poder 


se suma al que ya tienes. En cuanto a las tácticas, no se trata de acciones
amplias y generalizadas, como un despliegue de fuerzas o tender trampas. Son

maniobras precisas. No es imprescindible hacer un gran esfuerzo para producir 

el efecto deseado. Son algo más que pasos sencillos. Los pasos son fórmulas,

son previsibles y se ejecutan de forma me cánica. Cualquiera puede seguir los

pasos de una receta y preparar una comida. Para crear algo único hace falta un

tipo de plan totalmente diferente, que combi ne la determinación de un pionero


valiente, la innovación de un librepensador y el punto de vista de un visionario.

Plantéate estas tácticas como si fueran ritos. A dife rencia de los pasos, los
ritos no controlan la acción, sino que la provocan para que siga ciertas
direcciones. Literalmente, rito   significa «ir, correr, fluir». Familiarízate con los

ritos que aparecen en las próximas páginas. Aprovecha lo que sabes acerca del

carácter inesperado de las princesas, acerca de su manera de ver, que lla man 
espiar,  acerca de los principios de la tensión, acer ca de la naturaleza de la

resistencia. Lo que hayas aprendido en forma de ideas podrás expresarlo ahora

en forma de acción. 
Los dieciocho ritos de acción que voy a describir convierten a la princesa en
realista, en lugar de en activista. A ella le interesa que sus opiniones sean 

reales en la práctica. Se vuelve real y auténtica en todos los aspectos de su


vida. El rito decimoctavo, el más difícil de todos, se describe en el próximo
capítulo. 
Si sigues estos ritos, nadie te subestimará, ninguna persona que tenga
poder, sino que te mirarán cara a cara.  

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Uno: Piensa a través del cuerpo


Imagina que eres un escudo humano, en lugar de una espada; así tu mente
desviará la ira, la hostilidad y las malas intenciones de tu oponente. Como dice

Elaine Scarry, piensa a través del cuerpo.


  A Golda Meir la consideraban la mano de hierro.   A Margaret Thatcher la

llamaban la dama de hierro.  No se rendían. Se mantenían firmes. La firmeza

depende de cómo te veas a ti misma. Como cuerpo que resis te, eres un arma
pasiva. La poetisa Judy Grahn rinde homenaje a la primera guerrera, la reina

Boadicea:

Soy el muro a orillas del agua 


Soy la roca que no quiere ser batida.

Piensa en el cuerpo que está presente en estas imáge nes, como una
línea de resistencia. Que se detenga el ataque antes de llegar a ti. A una mujer 
palestina le dijer on que se tenía que identificar como israelí en los documentos

públicos y ella decía: «Pero soy palestina, tengo cabello de palestina, mi cuerpo
es palestino y las palabras que pronuncio son palestinas.» Que tu cuerpo sea
una fuente constante de obstáculos siempre nuevos.

Dos: Abandona toda noción de represalia


En este juego no existe la venganza. Ni siquiera la idea de que la venganza

es un plato que se sirve frío. En esta guerra, no se da lo mismo que se recibe.
 Aparentemente, ni siquiera se lucha.

Gandhi llamaba ahimsa  a esta táctica, que significa negarse a causar daño a

los demás. Quiere decir negarse a responder. No desafías al contrario ni


siquiera mentalmente. No lo amenazas. No piensas: «Hazme daño y te
responderé.» Ahimsa  es la «fuerza que se a semeja a la cobardía». 

 Tres: Actúa como si tu enemigo fuera tu aliado

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 Maquiavelo para mujeres

Haz cosas insólitas. Presta una cuidadosa atención a los puntos débiles del
enemigo. Cuando Gandhi decía que se quedaría al aire libre cuando el
bombardero volara sobre su cabeza, lo que quería decir en realidad era que se

sentía más seguro que el piloto, que se tenía que pro teger con toneladas de
maquinaria bélica. Gandhi estaba protegido por sus convicciones, que eran
mucho más fuertes y durarían más que cualquier odio. Y tenía razón.
Ejerces una influencia enorme sobre un oponente colosal. Dile a tu amante

que es fuerte y generoso, actúa como si lo fuese, sin criticarlo ni enfadarte

cuando tenga dificultades e irás modelando en él este com portamiento. La


fuerza y la generosidad se convertirán en rasgos más destacados de su
carácter. Las personas crecen cuando se espera de ellas un comportamiento
heroico. Cuanto más grandes sean tus expectativas (¡ojo !., no tus exigencias),
más esfuerzos harán los demás por cumplirlas. La diferencia es que las
expectativas se expresan con amor y las exigencias, con rabia.

Date cuenta de que tu enemigo o tu contrario está oprimido a su vez por un

enemigo mayor. Apelar al enemigo común le enseña a disminuir su


antagonismo. Y si estimulas su heroísmo, el enemigo se convierte en aliado.

Cuatro: Crea un entramado


Construye una red de apoyo. Convence al enemigo de que la oposición es
una pérdida para ti y otra mayor para él. Para ello crea un entramado de apoyo.
Es difícil atacar un entramado porque su fuerza está muy dispersa. Los

rebeldes Zapatistas de México hablan mucho más de lo que luchan. Cuando


los atacan, recurren a sus amigos y a los grupos interesados en las mismas

cuestiones. Juntos constituyen un grupo de presión. No necesitan ejército. Lo


único que les hace falta es compartir una idea o una ideología que im porte a
muchas personas.

Recurre a la ayuda de los demás. Comprueba si los demás conocen tus


opiniones. Pídeles que cuestionen tus objetivos, porque las personas que te

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 Maquiavelo para mujeres

cuestionen se cuestionarán a sí mismas, y eso es algo muy importan te si

pretendes cambiar la forma de pensar de los de más para adaptarla a la tuya.

Querrás que piensen en ti todo lo posible, para convertirte en la encarnación de


tu idea. Cuando lleguen a la pregunta: «¿Quién es ella?», eso significa que por 
fin te toman en serio. Ya no se sienten distanciados; están mucho más cerca de
ver el mundo a través de tus ojos. Repite esto una y otra vez, con tantas
personas como te sea posible, y así crearás mucho apoyo. Fíjate también en el
ejemplo de Melanie Klein (véanse las páginas 123-124), que creó un entramado

de partidarios y antagonistas que impulsó sus ideas hacia un terreno más

amplio.

Cinco: Aseméjate más al enemigo que él mismo


Si adoptas su postura, el enemigo se sorprende. Lo que ganas al hacerlo

resulta mucho más eficaz que cualquier cosa que consigas manteniéndote
firme en tu posición. Esta táctica es valiosa cuando te enfrentas a un enemigo

atrincherado que parece cada vez más fuerte, hagas lo que hagas. La ún ica
solución es un cambio rápido, que deje a todo el mundo atónito.  
En la Europa del Este había un grupo de rock amante de la libertad llamado
Laibach que encontró una solución ingeniosa para una situación que parecía
insalvable. El partido que ellos defendían había sido reemplazado. En lugar de

reaccionar luchando contra los nuevos dictadores, Laibach comenzó a actuar 


igual que los déspotas. En primer lugar, simularon que su enemigo era su
amigo. Alabaron a los tiranos y adoptaron los mismos proyectos contra los

cuales habían protestado. Era como si de pronto un administrador se volviera


más dominante que todos sus tiránicos jefes. Este cambio repentino produjo un
fuerte impacto.

En el caso de Laibach, todo el mundo empezó a preguntarse: ¿Qué ha


pasado? Tanto sus admiradores como los dictadores quedaron confundidos

con este cambio de táctica. ¿Acaso habían cambiado su mane ra de pensar?

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 Maquiavelo para mujeres

No. Laibach sabía que si te enfrentas con rabia a un enemigo poderoso, lo


único que consigues es afianzar la estructura de poder. Cuando una mujer 
lucha contra «la opresión de los hombres blancos», éstos se vuelven más
fuertes y más resistentes. Uno acaba re forzando (o dando forma) el
comportamiento odiado mediante la ira y las exigencias. El desafío hace que el
enemigo se aferre más a su postura que la resistencia. Las quejas no modifican

el espacio de la batalla. La po larización obliga a las partes a adoptar posturas

más hostiles. 
Por el contrario, compórtate como las personas que odias y aseméjate más a
quienes odias que ellos mismos. De este modo, Laibach, con esta actitud
ambigua y escurridiza (pero bueno, ¿habían cambiado o no de bando?)
obligaban al público a adoptar una postura personal. Al cuestionar de qué lado
estaba Laibach, tuvieron que ponerse a pensar por s í mismos. Laibach llevó al

público hasta un punto en el cual eligieron democráticamente su propio destino.


Y la verdadera causa de Laibach, que en definitiva era la libertad, contó con una

nueva ola de apoyo.

 Seis: Reduce el conflicto a lo esencial 


Captar lo esencial en una situación te ayuda a dejar de lado defensas y

negativas costosas y te sirve para advertir mejor el potencial oculto de buena

voluntad y de poner en marcha los hechos. Emplea las tácticas de los cinco
porqués para descubrir lo que está oculto. Conviértete en espía. Despréndete
del ego, de los celos y de tu seguridad en ti misma. La verdad es sencilla, libre y

clara. Deja que ella te guíe. 


Te sentirás ligera y feliz en los momentos en los que consigas reducir a lo
esencial el conflicto inherente a cualquier relación, laboral o personal. Como si

fueras divina y pudieras volar por encima del alboroto y vieras con toda claridad

en qué consiste. 

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 Maquiavelo para mujeres

 Siete: Oponte al poder en vez de luchar contra él directamente 


Aplica la táctica de l «como si».  Actúa como si  el poder que pretendes
conseguir ya fuera tuyo. Esto es lo que hizo Magda con los nazis. Actuó Como 

si  los edictos de los nazis no tuvieran poder sobre ella. De este modo, sus
antagonistas empezaron a creer que no lo tenían. Gandhi no luchó de forma

directa contra los británicos; se opuso a sus edictos y se comportó como si los
indios, acostumbrados a someterse a su poder, en realidad tuvieran el poder,

como si ya hubieran conseguido la libertad y lo único que faltara fuera que los
británicos lo reconocieran. Tampoco Martin Luther King, hijo, se enfrentó

directamente al poder de los blancos. Cada uno de ellos se opuso al poder: sin
creer en el poder dominante, y creyendo que su bando   ya había ganado y que

lo único que faltaba era el reconocimiento público de su victoria.


Una princesa estaba empeñada en conseguir un trabajo en televisión, pero
el productor le dijo que pensaba ofrecérselo a otra persona. En lugar de hacerle

caso, ella empezó a actuar  como si  ya le hubieran dado el puesto de


presentadora. Convocó una reunión con el productor y le explicó cómo pensaba
organizar el primer programa, las personas que pensaba invitar y muchas

cosas más. Al principio, el productor quedó estupefacto ante semejante


desfachatez. Pero estaba tan so rprendido que prestó atención. Entonces, a

medida que ella iba desarrollando sus ideas, empezó a darse cuenta de que,

aunque todo parecía tan inverosímil, ella sabía cómo manejar la situación,
quizá mejor que él mismo o que su candidato ideal. Al finalizar la reunión,
estaba casi convencido de que ella era la persona indicada para ese trabajo.

Recuerda que el deseo manda: cuando actúas como si ya se hubieran cumplido

tus deseos, los demás se convencen de que así es. 

Ocho: Analiza cada situación para encontrar el punto opuesto


El poder contiene siempre las semillas de su propia debilidad e

inestabilidad, y allí está la clave para librarte de esa persona o esa cosa que te

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 Maquiavelo para mujeres

retienen. Es preferible contradecir que enfrentarse con el poder dominante,

porque la dispersión de poder te ayuda a subir.  

Pregúntate cuál es el punto más fuerte de tu enemigo. Porque allí


encontrarás también el punto débil al que debes atacar. Si su punto fuerte es la
velocidad, habla de calidad.

Si alguien te ataca con toda la fuer za de su poder físico o institucional,

puedes desviar el ataque si no luchas contra la fuerza. Mientras el enemigo

gasta sus energías luchando, tú las ganas.  


Estás en una reunión donde el poder lo tiene X, una mujer avasalladora que

está arruinando la reunión y ataca tus aptitudes. Ponte en el extremo opuesto.


No te defiendas. Mejor sugiere que se haga alguna otra cosa. Déjala fuera de
  juego. Cuando X vea que adoptas una actitud abierta, perderá apoyo. La

tendrás a tu merced y ella ni siquiera se dará cu enta. O si no, desvía su poder,


invitando a participar en la conversación a los demás presentes. Si desvías la
atención e invitas a otros a que participen, esa fuente de poder arrogante se

difumina.
Si pones en juego todos los puntos fuertes (incluso los débiles), tendrás el

poder.

 Nueve: Prepárate para  que te hagan daño, pero no hagas daño


No busques venganza. Lo único que consigues es for talecer al enemigo. Es
preferible ser vulnerable. Maquiavelo aconseja al príncipe que mienta a los
demás y se guard e la ver dad para sí mismo. Dice que así se coloca al enemigo
a la defensiva, que para él es la incertidumbre. 
Por lo tanto, sé sincera cuando todos se escondan. Sé abierta cuando todos
los demás se defiendan. Acepta cuando todos los demás rechacen. No va yas a
violar la esencia del otro, porque con ese antagonismo lo úni co que logras es
crear más antagonismo, con lo cual a lo mejor llegas a una tregua, pero no a la
verdad y, por lo tanto, no obtienes la victoria. Respeta la verdad en los demás.  

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 Maquiavelo para mujeres

Podrían herirte y de hecho lo harán. Pero en un enfrentamiento en el cual te


muestres abierta, las heridas son menos dolorosas que si te proteges a ti

misma. Igual que cuando caes: es mejor relajarse que ponerse tenso antes del

impacto. Cuando el enemigo vea cómo te expones, se dará cuenta de que


luchas de verdad, que no fanfarroneas. Todo ello no significa aceptar el papel

de víctima y soportar los golpes; la vícti ma no tiene un objetivo propio. Aceptar 


que te hagan daño al actuar, cuando tienes una meta y avan zas hacia ella,
indica fuerza; pero aceptar que te hagan daño desde una postura pasiva es un
suicidio.

No busques venganza ni castigos ni hagas creer al contrario que «tendrá lo


que se merece», porque esto te implica en una mezcla de orgullo y culpabilida d
que debilita tu posición, tanto ética como psicológi camente.
George Eliot, llamada a menudo la Shakespeare femenina, fue rechazada

por la mayoría de sus contemporáneos porque vivía con su amante, George


Lewes. Pero ella «no luchó contra las restricciones que le imponían, sino que

tranquilamente llevó una vida con sentido junto a ellos».  


Aunque sea difícil de imaginar en nuestros días, en la Inglaterra victoriana
una pareja que no estuviera ca sada era un auténtico escándalo. A George Eliot

la acusaron de no ser digna de confianza, de arruinar hogares y de no tener 

escrúpulos. Decidió aceptar los ataques como un luchador recibe los golpes.
Como pasaba por alto estos comentarios, se dio cuenta de que quienes la

atacaban no tenían razón. Y puesto que los comentarios no le importaban,


quienes la atacaban también advirtieron que no eran verdad. 
Mientras tanto, ella escribía novelas edificantes y luchaba contra sus
opositores, mezquinos e intoleran tes, sin rebajarse en lo más mínimo. Resultó

una buena táctica. Cuando era joven, la consideraban increí blemente fea (su

primer pretendiente, Herbert Spencer, dijo a sus amigos que no se decidía a


casarse con ella porque no era bonita). Pero después de pasar por alto los
ataques contra su moralidad y su aspecto f ísico, librando las batallas a su

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 Maquiavelo para mujeres

manera, hombres y mujeres recorrieron el mundo para conocer a George Eliot,

la novelista y la santa, la moralista y la maestra. Algunos dijeron que nunca

habían visto a una mujer tan hermosa. 

Diez: Deja entrar algo nuevo para destruir una frontera


Si introduces un elemento nuevo, sorprendente o desconocido, socavas alguna

convicción de tu oponente. 
No rechaces nada, ni ideas nuevas ni colegas nuevos. Deja que todo y

todos tengan cabida en tu proyecto. Cada persona, i dea o situación nueva

favorece a la persona que las espera; pero la mayoría de las per sonas no


espera nada. Gertrude Stein rinde homenaje a este punto de vista. Hablando de

la vida creativa, dice: «En tus planes debe entrar todo; de lo contrario, no se
logra la verdadera sencillez.» 

Ella misma construyó su vida profesional siguiendo este consejo. «Una de


las características más notables de su vida profesional fue su elasticidad»,
según el historiador James Mellow. «Por curiosidad, simple afecto y su gra n
sagacidad para llevar adelante una vida profesional en el mundo moderno,

Gertrude cultivó a los jóvenes de cada generación. A principios de siglo,


impulsó la vanguardia de los artistas parisienses; en los años veinte, se
encargó de los jóvenes escritore s, periodistas, publicistas y editores de revistas
pequeñas que se "morían por escribir versos libres", como le gus taba decir; en
los años treinta, buscó una nueva cose cha de admiradores dando charlas en
universidades y escuelas preuniversitarias durante una gira muy pro mocionada

por Estados Unidos; en los años cuarenta, adoptó, colectivamente, a los


soldados estadounidenses que combatieron en la segunda guerra mundial. De

este modo se aseguraba un público permanente» (apoyo constante y


admiración perenne).
Amplía tu vida, tu círculo, tu mente. Los límites no sólo mantienen fuera a los
demás; también te encierran dentro.

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 Maquiavelo para mujeres

Once: Haz campaña siempre al descubierto y a corto plazo


Di lo que quieres, en lugar de manifestar tu dolor o tu aflicción. Explica
también cómo pretendes conseguirlo. 

En las guerras íntimas, el que comparte la información vence al que la


retiene. Esto se aplica tanto a lo que hagas con tus enemigos como con tus

aliados. Te conviene difundir información sobre tus metas y tus tácticas e n lugar 
de guardarla para ti o emplear se ñuelos. Deja de esconder. «La información es

como una rosa que te hace crecer espinas en el corazón», decía Mary Lindell,
espía y miembro de la resistencia durante la segunda guerra mundial. La

información que ocultas te incapacita.


Di la verdad y actúa con la verdad. Si le dices al contrario lo que quiere oír,
en vez de lo que piensas, te conviertes en una manipuladora: una mujer que se

conforma con pequeñas ganancias. Si le dices a los demás lo que te parece


que quieren oír, en definitiva les estás diciendo que en el fondo eres una

cobarde. Así conocerán este aspecto de tu personalidad, porque las acciones


más insignificantes nos delatan. Para convertirte en una persona con poder,
tienes que ser fiel a tu palabra.

Una escritora famosa ocultó durante mucho tiem po un secreto familiar 


relacionado con la causa de la muerte de su madre. Cada vez que publicaba un

libro, sentía terror de que algún periodista revelara el secre to, a pesar de que

todos los miembros de su f amilia ya eran adultos y, de un modo u otro, habían

aceptado el pasado. Al final, la escritora le explicó la verdad a uno de los


periodistas más considerados que conoció en una campaña publicitaria.
Evidentemente, el periodista publicó la historia, pero explicándola con respeto y

simpatía, evitando los comentarios maliciosos que ella siempre había temido.  
La verdad es el arma más poderosa porque somos demasiado débiles para
resistirla. Si dices la verdad de entrada, no te pueden hacer daño. Conozco una
abogada que siempre le cuenta a la parte contraria todo lo que quieren saber 

acerca de sus clientes y al final siempre gana los juicios. «La mitad de las veces

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 Maquiavelo para mujeres

no me creen, de todos modos», dice. «Esto los confunde y no saben qué creer.
En definitiva, no saben si soy tonta o si soy un genio. Yo entro a la sala de

audiencia sabiendo le que sé. Pero ellos ni siquiera están seguros de lo que

saben.» 

Doce: Acrecienta tu fuerza: ¡mantente firme!


¿Qué hay detrás del antagonismo de tu oponente? ¿Qué le interesa en el
fondo? Con frecuencia le interesa más su propio éxito que desafiarte. Esto
suele ocurrir en cualquier guerra o en cualquier batalla. Hace falta alimentar la

ira para mantenerla encendida. Pocas personas son capaces de mantener el

fuego encendido de forma permanente.

En realidad, casi nadie quiere luchar. Lo que quieren es ganar. Hasta las

personas más conflictivas suelen tener miedo y pretenden controlar todo lo


posible. Si alguien te ha puesto en el punto de mira, es probable que sienta más

temor de algo que tú representas (quizás una capacidad o una habilidad ) que

de ti misma. En la es cuela, a estas personas las llamábamos fanfarronas.  

Te tienes que convertir en la imagen exacta, la re presentación total, del

oponente al que teme tu enemigo. Si tu jefe teme tu feminidad, tienes que

parecer superfemenina y mostrar una conducta muy profesional. Si una colega

se siente intimidada por tu creatividad, comparte una idea con ella. Si tu esposo

se muestra distante y reticente, no le retires tu afecto; sé  más cariñosa con él. 

Hannah Arendt, la filósofa política que huyó de la Alemania nazi, decía que
luchó contra los nazis pero no como una «ciudadana del mundo» serena,
distante y objetiva frente a tantos horrores, sino que los en frentó «como judía»,

como la representación misma de la criatura intensa, instruida e introspectiva

que tanto temían. «Cuando te atacan como judía, te tienes que defender como  
 judía»,  escribió. Según su biógrafa, Elisabeth YoungBruehl, «Esto motivó el

resultado positivo de su vida en Berlín en 1933, cuando transformó sus


problemas personales» (las críticas no a sus ideas sino a lo que ella

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 Maquiavelo para mujeres

representaba, la traición de sus viejos amigos y mentores) «en una clara


postura política». Actúa con pasión, pero piénsatelo bien era su modelo.
Posteriormente, Arendt se convirtió en una Furia que puso en ridículo a toda la
maquinaria nazi con una expresión inolvidable e inigualada: «la banalidad del

mal». 
Interpretando un papel de forma deliberada deja rás sorprendido al contrario

más complaciente o al más intransigente y seguro que cualquier antagonista


quedará sumido en la incertidumbre. De repente, te po nes a la altura de la

imagen que los demás tienen de ti. Les ofreces una autocaricatura y es como si 
no pudieran vivir con su propia rea lidad, que tú les devuelves. Empiezan a
aceptar lo que antes decían odiar. Es como si te hubieran creado y de pronto se
vieran obligados a amar lo que han creado.

 Trece: Enseña a tu voz interior a “contenerse ” un poco


No actúes de forma precipitada. Haz las cosas poco a poco. Contrólate
cuando estés pronta y cuando la acción llegue al momento culminante. 
Pocas personas eran capaces de resistirse a la fotógrafa Diane Arbus.
Convenció a la feminista número uno de la década del setenta, TiGrace
  Atkinson, para que posara desnuda para la portada de Newsweek ; sedujo a

unos tragasables albinos para que admitieran su temor a los cuchillos, y tuvo

acceso a personas y lugares a los que ningún otro fotógrafo se había atrevido a

acceder. Años después de su muerte, una amiga mía recuerda todavía el


contacto de su mano. Diane era muy táctica. Uno de sus amantes, Alex,
recuerda la primera vez que la vio. «"Me fijé en Diane cuando se encontraba
perdida entre los demás alumnos... Me enamoré de ella. Fue el primer gran
amor de mi vida." Al día siguiente, Alex la invitó a dar un paseo con él... "Le dije

que me había fijado en ella la noche anterior y ella me respondió que ya lo


había notado y que había sido importante para mí. [Se había dado cuenta! (...)
Tenía intuiciones instantáneas pero  respondía con una lentitud maravillosa. 

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 Maquiavelo para mujeres

Siempre era consciente de lo que ocurría, pero se tomaba su tiempo para


reaccionar."» Si aprendes a contenerte cuando todo el mundo se agobia y se
apresura, tendrás ocasión de comprender mejor la situación. Obtienes así un
aspecto del poder, porque una mujer capaz de frenar a la bestia incontrolable

de los acontecimientos resulta muy poderosa.

Detenerte te brinda la ventaja del descanso, la pre paración y la acción

renovada. Obliga a actuar al enemigo, que expone así su propia estrategia; a lo

mejor incluso reacciona y realiza justamente el trabajo que querías que hiciera.
Pocas personas son capaces de so portar el silencio y la quietud, y te enseñan

su juego en lugar de esperar y observar.

Catorce: Apela a lo mejor de tus enemigos


Demuestra una confianza absoluta en tu oponente. No te aproveches nunca

de una muestra repentina de debilidad o vulnerabilidad por parte de tu enemigo.

Por el contrario, fortalécelo. Llena su espíritu de poesía, actos de valor,


historias, canciones, posibilidades, como hacía Sojourner Truth cuando se

enfrentaba a una muchedumbre hostil ( véanse las páginas 117-118). Manifiesta

tu fe en que el contrario no pretende herirte a ti ni a nadie. Explica que no pierde

nada si te ayuda o se une a ti; de hecho, gana más. Tu disposición ha de ser la

de darle al contrario el valor de cambiar. La mayoría de las personas quiere


hacer el bien y le en cantan las recompensas. Lo único que necesitan es que les

recuerden sus buenas intenciones y su sentido de la justicia para que actúen de

acuerdo con tus deseos.

Quince: Sé autosuficiente tanto en tu dolor como en tu triunfo


No aceptes ninguna ayuda del exterior en tu guerra; sólo ayuda del interior.
No recurras a los enemigos de tu enemigo. No trates de ganar su favor y

ponerlos en contra de la persona que identificas como tu oponente. La batalla

tiene que seguir centrada en tus planes y en los de nadie más. 

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 Maquiavelo para mujeres

Si Gandhi hubiera aceptado el apoyo de Estados Unidos cuando se enfrentó


a los amos británicos, habría perdido la oportunidad de ganar limpiamente. Las

ideas por las que luchaba se habrían enturbiado. Su defensa de la libertad se


habría convertido en un enfrentamiento entre el imperialismo británico y el
estadounidense, y sus planes habrían quedado relegados a un segundo plano.  

Dieciséis: Pepárate para aceptar que tu oponente cambie y para


readaptar tanto la estrategia como los objetivos de tu campaña
Has de estar siempre dispuesta a convencer a los de más, por más que tú

también estés dispuesta a que te convenzan. No insistas. No discutas por 


principio. Déjate guiar por eso que, en condiciones cambiantes, te parece

verdadero. Muéstrate firme y flexible.  


Si luchas por que te suban el sueldo, o para aumen tar la estimación de tu

amante, ten presentes los sentimientos de tu superior (o del ser querido). No

cierres los ojos frente a ellos. Debes tenerlos tan presentes como para estar 

dispuesta a colaborar si necesitan ayuda. En principio, mantente siempre

dentro de lo acordado. Cumple los plazos; respeta las bases de la relación que

hayáis establecido. De manera que cuando decidas no hacer caso de una de 
las leyes que has acep tado, la situación de tu rebeldía sea elección tuya y 

que de bien definida. Sólo así se convierte en una mani fes tación de oposición. 

Gandhi exigió que lo llevaran a la cárcel. Magda no se opuso a que


encarcelaran a su marido. La princesa que no cumple las obligaciones de su

trabajo, o las promesas que le ha hecho a su pareja, lo hace una sola vez,
como una declaración de guerra. Dentro de estos límites, debes aceptar e

incluso exigir el castigo que te corresponde por lo que hayas hecho de forma

deliberada.

Ten en cuenta que jamás se obtiene nada impor tante si no se corre un gran


riesgo. Cuando los colonos estadounidenses, con Samuel Adams a la cabeza,

se negaron a pagar el impuesto del té al Parlamento británico y, disfrazados de

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 Maquiavelo para mujeres

indios, abordaron los barcos la noche del 16 de diciembre de 1773 y arrojaron

el té al puerto de Boston, contribuyeron a desencadenar  una revolución. 


«Si predicas contra las falsas doctrinas —escribió George Eliot— , trastornas
a las mentes débiles y las dejas a la deriva en un mar de dudas.» El gran
talento de Antígona fue que se atrevió a tener razón; su gran fracaso, el que
hizo que muriera por sus principios, fue que no se atrevió a equivocarse, a

limitar sus propios poderes, a readaptar su campaña. 


Deja que tus propios errores te hagan cambiar. Has de saber cuándo
convencer y dar explicaciones, por más que estés dispuesta a que te
convenzan y te den explicaciones a ti.

Diecisiete: Acepta cualquier sufrimiento, incluso la pérdida o la


humillación, antes de demostrar que tu yo es más importante que 
 tu objetivo  
Si tu contrario sabe que sólo te puede humillar, mas no destruir, entonces
no tiene poder sobre ti. Ya no in tentará hacerte daño.

No dejes que los pequeños contratiempos te de tengan. Define la batalla en


función de una guerra a largo plazo, no como escaramuzas independientes.
Ningún episodio aislado es una derrota si defines el objetivo como algo
importante.

Dile a tu oponente que confías en que no podrá seguir haciéndote daño. Al


final, el enemigo acabará por ponerse de tu parte, aunque sólo sea porque le

has demostrado que vas a ganar y que, si ganas, tendrá una recompensa
mayor o una identidad más importante: su propia cuota de poder. 
La ira contra el adversario y la ira contra uno mismo son inseparables.

Engañar al contrario y engañarse a uno mismo son la misma cosa.  


El sentido de estas tácticas es la   doble conversión, en palabras del
psicólogo Erik Erikson. Tomas en consideración al antagonista airado, dañino,

ambicioso, insolidario y, «conteniendo su odio egoísta y aprendiendo a amarle» 

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por   sus defectos (con sus defectos, no a pesar de ellos), te enfrentas a él,

envolviéndolo. Lo obligas a recuperar su capacidad oculta de confiar y amar.

Pones énfasis no en conquistar sino en curar «una insoportable contradicción


interna». La primera conversión consiste en poner límites a la ira del contrario;
la segunda, en superar sus contradicciones internas.

En todo enemigo existe cierta guerra consigo mis mo. Lo que pasa es que tú

te interpones. Tú misma luchas todo el tiempo contra tu enemigo interior,


creyendo que es algo que está fuera de ti, confundiéndolo con tu pareja, tu
madre, tu hijo o tu jefe. Arreba tarle la ira al antagonista es un poder más fuerte

que todas las armas.

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 Maquiavelo para mujeres

IV

LA LIBERTAD DEFINITIVA CONSISTE EN PONER FIN


A LA BATALLA 

 NO HAY NADA MÁS DIFÍCIL QUE   los finales. Hasta ahora hemos presentado la
guerra como un juego feroz de negociaciones y de duras po sibilidades. Ésta es

la última táctica, la que correspon de al arte de destruir, de derribar, de poner fin


a la batalla.

Dieciocho: El último poder es el poder de la despedida


Si lo has intentado todo y el oponente sigue siendo un adversario,

abandona. Conviene que estés dispuesta a retirarte, porque es la única forma


de conservar tu iniciativa espiritual para otra ocasión.  

Según un proverbio budista, «debes cerrar el libro». En sus templos, la


estatua de la Sabiduría, que tiene forma de mujer, lleva dos objetos: un libro y

un cuchillo. Son sus instrumentos: el libro para el genio y el cuchillo para

desprenderse de las cosas. Lo mejor de la sabiduría consiste en desprenderse


de las cosas, sabiendo a qué hay que poner fin, cuándo y cómo conviene

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 Maquiavelo para mujeres

hacerlo. De la manera de cerrar el libro, de desprenderse, depende si la historia

tendrá continuidad o no. 


Hay dos tipos de finales: la destrucción buena y la mala. La destrucción mala
es la autodestrucción, que significa destruir algo antes de tiempo, de forma
prematura.

La mala destrucción no siempre resulta evidente. Había una mujer, famosa


en ciertos círculos, que escalaba montañas por todo el mundo. Muchas veces
escaló ella sola. Hizo rutas por China antes de que se autorizara la entrada de
extranjeros. Hace unos años, dirigiendo un grupo a través de las Montañas
Rocosas, decidió adelantarse para probar la pista. Siguió avanzando, aunque
se dio cuenta de que caían piedras delante de ella. En un minuto se desprendió
un alud que la sepultó al instante. Fue la única víctima del grupo.
Todos la recordaban como una mujer valiente que amaba la vida. ¿Lo era en
realidad? Esta mujer cami nó durante cuarenta años al encuentro de la muerte,

siempre llegando un poco más allá de lo que convenía. No era valiente en

absoluto. Tenía miedo y en definitiva se sentía mejor con la destrucción inútil


que con su contrario. No podía decir: «No, tengo miedo, no me siento segura,
volvamos atrás.» Buscaba peligros in mensos porque sólo en esos momentos
podía esconder sus temores, en vez de erradicarlos. La intimidad la
aterrorizaba porque no le dejaba ningún lugar donde esconderse. 
Cuando una persona pone fin a su vida, o a una relación, sin darle

oportunidad de madurar... eso es autodestrucción. Cuando te vas de un trabajo


por los motivos equivocados (tal vez por frustración o por humillación, no
porque hayas dejado de ser útil), eso es autodestrucción. Romper una poesía
que has escrito en lugar de corregirla, herir a alguien con un comentario

acusador... son finales que no dejan que la historia tenga continuidad. Con este

tipo de acciones, destruyes algo en ti misma, quizá la capacidad de es tablecer 


lazos duraderos.

El poder de la despedida no reside en la destrucción mala sino en la buena.


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 Maquiavelo para mujeres

La buena destrucción es el final radical, el tipo de culminación que supone


una decisión y un cierre: saber cuándo acabar la relación con una pareja que no
está a tu altura; poner fin a una relación laboral con un subordinado al que te
cuesta mucho retener; acabar con un psicoanalista que parece no prestarte

atención... todos estos son buenos finales. Con ellos llegan nuevos comienzos.  

Las princesas tienen que destruir las cosas medio muertas que hay en su 

vida, así como el fuego destruye la tierra yerma, preparándola para que vuelva 
a producir. Pero hace falta un final claro y radical. No dudes en abandonar 

después de haber evaluado cuidadosamente la situación. 

Al decir: «No, se ha acabado», abres los ojos a posibilidades nuevas. «"No"


es la palabra más amplia que le confiamos al idioma», como escribió la poetisa

Emily Dickinson. Cuando tenía cuarenta y siete años, se fijó en ella un viudo, el
  juez Lord, que quería casarse con ella, la reclusa de Amherst.  Parecía la
primera oportunidad que se le presentaba de amar desde que la des deñara

Charles Wadsworth, quince años atrás. Sin embargo dijo que no. ¿Fue una

manera de refugiarse en una posición segura y casta, o no sentía nada por 


Lord? Cuando abandonas o le das la espalda a algo o a alguien, obtienes una

fuerza que pocos entienden en esta cultura de la gratificación. Te vuelves más


fuerte para regresar y volver a luchar por lo que deseas de verdad, pero ese

«no» aumenta tu fuerza. Crece la sensación de tus posibilidades, al igual que tu


determinación de ponerlas en práctica cuando estás dispuesta a abandonar.  

Lo que distingue realmente a las princesas tal vez sea esto: que no dicen
que no a los demás sino a sí mismas con mayor frecuencia (y en cuestiones
más importantes) que el resto de las mujeres. Que sean fuertes cuando se
dicen que no a sí mismas significa que cada sí es verdadero. George Eliot
rechazó las situaciones más insólitas; mientras otras personas eran in -
verosímiles en sus exigencias, ella lo fue en sus negati vas. A lo largo de su
vida, le dio la espalda a las normas estrictas impuestas por su padre con

respecto a ir a la iglesia, con lo cual perdió la condición de casadera. Se


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 Maquiavelo para mujeres

enamoró de un hombre casado y se fue a vivir con él, lo cual la aisló incluso de
sus amistades literarias. Se despidió del estilo de escribir  Victoriano y

sentimental que estaba de moda, y se aferró a la idea de no escribir más que lo


verdadero, aunque según las normas de la época lo consideraran grosero.
Cuando falleció su marido, George Lewes, no quiso ir al funeral y se derrumbó
por completo —«sus gritos resonaban por toda la casa»—  y dos años después

se casó con un hombre veinte años más joven que ella. 


Las princesas no se dejan tentar nunca por los planes de una nueva vida

gloriosa. Se dan cuenta de que la creación surge de los finales radicales. Las

princesas saben que reconocer los límites a veces produce mayor libertad. Y no
hay mayor poder que tener la libertad de abandonar.

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 Maquiavelo para mujeres

EL LIBRO DE LAS armas


 sutiles

“cómo sabes que te vas a morir?” , recuerda la poetisa naomi


 Shihab Nye que le preguntó a su madre, y ella le respondió:
“cuando ya no puedas cerrar la mano en un puño.”

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 Maquiavelo para mujeres

De cómo las armas correctas inclinan la


guerra a tu favor 

Conocer las armas con las que cuentas y la manera de usarlas es la


última lección de la preparación de las princesas para la guerra. Al igual que las
armas convencionales (una espada, un puño), las armas sutiles modifican en
seguida la ecuación del poder. Te brindan poder inmediato, ha cen retroceder al
enemigo, te acercan a tus deseos. No son esas que se suelen emplear en tu

contra, como el humor hiriente, las mentiras, el enfado, las exigencias o la

culpa. Tus armas son las características, los rasgos, los atavíos que las mujeres
relegamos al arte de la seducción y no usamos en las guerras del éxito. Por el

lado físico, tus armas son la ropa, la voz, el cabello, los adornos, la postura, el
maquillaje y las lágrimas. 
Se manifiestan en todo su poder cuando conoces tu historia.

«La niña no tiene ni idea de lo que está haciendo», se bu rlaba la multitud


mientras martirizaban a la joven Úrsula porque no quería ser concubina de
  Atila, el rey de los hunos. Esa frase tiene una importancia enorme para una

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 Maquiavelo para mujeres

princesa, porque ella sí que sabe lo que está h aciendo. Cada mujer cuenta una
historia de sí misma a través de las expresiones visibles de su persona. Pero
las princesas conocen la historia que transmiten a los de más y allí está su 

ventaja. 

Un luchador dedica todos sus esfuerzos a transmitir su historia en unos

términos que a pocos dejan indiferentes. Rocky Marciano fue un gran púgil que
se convirtió en el mayor campeón de todos los tiempos aumentando su fuerza,
dando forma a su estrategia y, finalmente, sabiendo lo que hacía con su fuerza.

  Antes de cada combate, se imaginaba a su contrario frente a él mientras se

entrenaba, delante del saco de arena, en la cama a su lado. Durante la última


semana, avanzaba aún más en este entrenamiento mental y, rompien do su

código de familiaridad para consigo mismo, se convertía en un desconocido


para sí mismo, para intentar conseguir una concentración monástica.
A medida que se acercaba el día de la pelea, se metía cada vez más en su
interior: dejaba de leer la co rrespondencia y de contestar llamadas telefónicas;

ya no comía nada que no fuera conocido y rehuía el contacto físico con los
demás. Al llegar la noche previa al combate, se había cerrado a todo lo que no
fuera el combate mismo. No pensaba más que en sus brazos y sus piernas, en
su velocidad y su resistencia. Concen trado en su fuerza, se convertía en una 

bala humana. Sabía lo que pretendía hasta el detalle más recóndito.  

Para una princesa, el equivalente está en saber qué historia cuenta sobre su 

vida, las cosas que hablan por ella. Cuando se concentra en ellas, cuando 
aprende su significado, estas cosas cotidianas se convierten en armas. El

hecho de concentrarte en ti misma, hasta los deta lles más cotidianos, te

convierte en un arma. Empiezas considerando un adorno todos los aspectos de

ti misma; no hay ningún elemento de tu fuerza del cual no seas consciente, no

hay nada que te avergüence. 


En el antiguo Egipto, tanto los faraones como sus esposas llevaban

estupendos peinados, maquillajes y joyas para transmitir la sensación de poder.


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 Maquiavelo para mujeres

En la actualidad, las mujeres pueden acceder a todos estos elementos y los

emplean. Las princesas ya no los consideran adornos ni elementos

secundarios. No usan sus armas para ocultar una marca o moldear el pelo a la

última moda. Comprenden su significado y lo aprove chan. Utilizan todas estas


cosas para transmitir la historia fundamental de su vida. Delante del espejo en 

su fuero interno, son como Rocky. 

Empiezan con la historia que cuenta su vida sobre ellas. Toda princesa

determina el momento decisivo de su vida, el quid de su historia, que define su

imagen más poderosa. ¿Es hija de su padre hasta el tuétano, dedicándose a

llevar a cabo su obra por el mundo? ¿Es una figura maternal, una   pietá, cuya
fuerza y resistencia se ponen a prueba, como Golda Meir, de la cual dijo un

ministro africano para expresar su confianza implícita en ella: «Usted es como


una madre para nosotros»? Una princesa no desdeña esa imagen o esa fi gura

de sí misma, sino que se vale de ella, la empuña como un arma.  


¿Acaso es una hechicera que deb e convertir el polvo en diamantes y hacer 

posible lo imposible? ¿Cuál es la clave de su personalidad? Esto se convierte


en su mito, en torno al cual ha de reunir y construir sus símbolos para volverse
inolvidable. Para una princesa, convertirse en arquetipo determina su camino,

para sí misma y para sus contrarios. 


Las princesas usan ese momento o característica defi nitivos para dar sentido 
a sus logros.  ¿Es una hija de papá que se abre paso defendiendo la libertad,

corrigiendo errores y usando el recurso del dolor para construir algo nuevo? Las
hijas de papá son Juanas de Arco modernas. No seducen; todo se lo toman con
total seriedad. Juana quería liberar a su patria, su amada Francia, de la tiranía

de los ingleses. De forma similar pero en otro país, Rusia, y en otra época, la
década de los años veinte, Ayn Rand fue testigo impotente de cómo el
comunismo y el antisemitismo destruyeron a su padre. Cuando el Estado le

cerró la farmacia, se hizo car pintero. Las autoridades le hicieron trabajar 


durante un año, fabricando escritorios y sillas para escuelas y después se lo
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 Maquiavelo para mujeres

llevaron todo sin pagarle nada. Rand no olvidó jamás estas experiencias, tanto
es así que cada palabra que publicó en su idioma adoptivo, el inglés, fue un
poema de amor al capitalismo y la libertad.

La princesa que cumple su papel prepara todas sus armas para convertirse 

en una fuerza con la que hay que contar.  Rand lo utilizó todo: el cuerpo, el

intelecto, el aspecto.  Se convirtió en la representación (la imagen y la palabra) 

de sus fuerzas. ¿Cómo es posible que una mujer de aspecto tan común pudiera

resultar tan atractiva, con una belleza tan hipnótica? ¿Cómo pudo domi nar a

Nathaniel Branden, veinticinco años más joven que ella, hasta el punto no sólo
de hacerle amar sus ideas sino de hacer que la amara a ella? Lo que lo sedujo
fue su capacidad de saber lo que pretendía. No había nada en ella que fuera
superfluo o sin propósito. Todo encajaba dentro de la historia de su identidad
del mismo modo que Rocky Marciano llegaba a extremos a medida que se iba

acercando el día del combate, a fin de conocerse a sí mismo (cada hueso, cada
músculo, cada fibra) y borraba todo lo que era super fluo, incluso una llamada

telefónica de un amigo. Por eso Rand era hipnótica. Es posible que no tuviera
un cuerpo tan hermoso como el de la esposa de Branden, que tenía veintiséis
años; pero él prefería a Ayn. Ella había aprendido a transmitir su poder. Un
arma, nada menos que su estrategia, es el medio que tienen las princesas de

expresar su poder.

Lo que l as princesas quieren decir se transmite mejor mediante símbolos no 

verbales.  Las mujeres aprovechan mucho la comunicación y el silencio corno


armas tradicionales. Pero a estas armas les falta el poder de los símbolos no

verbales. Las palabras se pueden ignorar, malinterpretar, cuestionar o invalidar.

El ser humano tiene una resistencia, natural y lógica, tanto frente a las palabras
como frente al silencio. En cambio, un símbolo no verbal evita todos estos
condicionamientos y llega directamente, más allá d e las defensas habituales del
cerebro.

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 Maquiavelo para mujeres

En una ocasión vi a J., una princesa y alta ejecu tiva, que entraba a una
reunión con un sombrero de ala ancha y gafas oscuras, como si el mundo fuera
su desierto y tuviera que protegerse del sol. Su indumentaria, aunque austera,

llamaba la atención por ser extrema y le permitió manejar la tensión de la sala.


Dominaba visualmente, pero a través de los símbolos de su ocultamiento: el

vestido negro largo, el sombrero y las gafas. En seguida se hizo dueña de la


situación. 

Cuando mostraron una foto de su hijo, alguien preguntó a quién se parecía


el bebé. Entonces J. se quitó el sombrero y las gafas oscuras. Al principio, im -

pactó su palidez bajo tanto color negro y le dio un as pecto bastante vulnerable.
Pero después se convirtió en algo poderoso. Precisamente la tensión entre
ambos estados, claridad y oscuridad, fiereza y ternura, con virtió a J. en el

centro de la acción y de los planes, de forma inesperada. Ahora, un año


después, J. permanece en el recuerdo de los asi stentes a esa reunión. Como
en el caso de Cordelia, no importa si no está en esce na la mayor parte de la

obra ni la cantidad de acontecimientos en los que no participa.


J. aprovechó la tensión de la sala con astucia, sin utilizar más que los
símbolos que  llevaba puestos: sus armas. Se revistió con esos símbolos del
mismo modo que el mercenario se viste de caqui o el político lleva un traje azul:
para intensificar su presencia, haciéndola formidable. La volvieron conocida y
misteriosa al mismo tiempo. Todas las demás personas que había en la

habitación desaparecieron a la sombra de su presen cia enorme, pero no 


agresiva.  Sus palabras resultaron más atractivas por los símbolos no verbales,

centrados en su identidad.

 A menudo cometemos el error de pensar que lla mar la atención es un triunfo

en sí mismo. La forma en que llames la atención es un triunfo de las armas. Un


traje de Armani y un espléndido corte de pelo presentan a quien los lleva como
un adorno. Así te conviertes en un objeto de primera clase. P ero las imágenes
que cuentan tu historia (sean cuales fueren esas imágenes) son armas. Los
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 Maquiavelo para mujeres

adornos no son armas, sino todo lo contrario. Te debilitan frente a la mente no

verbal, te difuminan y te vuelven impotente.

Una princesa no se puede permitir conce birse a sí misma sólo como sus 

ideas o su talento o su curriculum o su billetera, por ese único traje magnífico.


Una princesa es una historia, lo quiera o no, porque es una mujer. Las personas

observan a las mujeres como si las leyeran; las observan con más atención que

a los hombres porque son más interesantes. 


Se ha convertido a las mujeres en objetos tantas veces justamente por su

misterio intrínseco. La fuerza de ese misterio, más que la fuerza del control
patriarcal, puede ser el motivo por el cual las mujeres ocupan posiciones  
decorativas. Algunas de las principales figuras que son objeto de adoración son

femeninas, como la Virgen María, la Madre Naturaleza, las diosas de la Tierra,


[incluso Madonna! Se estudia a las mujeres como los devotos leen libros: no

tanto para aprender como para rendirse ante una palabra o una frase que nos

llaman la atención. Así es como los demás perciben a las mujeres y por eso los 

símbolos no verba les se convierten en armas. 


Por este motivo, los hombres que no tienen miedo de sus propios rasgos

femeninos tienen mayor preponderancia en cualquier sitio.

Según dicen quienes conocieron a Golda, a Juana y a Ayn, no existía nadie


más que ellas. Fueron muy poderosas y emplearon armas que pocas mujeres
se atreverían a usar en  nuestros días para garantizar su importancia. 

El pájaro tiene pico y el león, garras. Cada uno usa lo que tiene. El uso de
las armas no es un acto de te rrorismo, aunque su abuso sí que lo es. No

usarlas también es arriesgado. Una fuerza que no se utiliza se vuelve


destructiva. Cuando la generosidad no se expresa se torna amargura. Cuando

se niega la inteligencia, degenera en desviación. 

Los hombres y las mujeres corrientes usan armas de forma permanente,

pero son las armas baratas del humor hiriente, la desaprobación, las verdades

a medias, el dinero, la posición, las exigencias tan inflexibles como una roca.
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No son las armas de las princesas. Las armas de las princesas son

fundamentales para su ser.

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 Maquiavelo para mujeres

II

Conoce tu vergüenza, ama tu poder 

La vergüenza es tu arma clave . Las armas de una princesa son las


partes de sí misma que ha mantenido ocultas durante tanto tiem po y que ahora
desvela. Son las cosas que ha aprendido a ocultar, a dominar o por las que ha

sido humillada. En un mundo atemorizado ante el poder de las mujeres, no es

de extrañar que la fuerza de las princesas resida en las mismas características


de las cuales ha intentado distanciarse. Justamente en las cosas que le dan

vergüenza encuentra su mayor fuente de energía y resistencia. Dedica grandes


esfuerzos a ocultar estas características. 

Por ejemplo, las lágrimas se consideran un símbolo de debilidad. Según los


manuales sobre el éxito, una mujer jamás debe llorar en público. Nos dan
vergüenza nuestras lágrimas. Sin embargo, los héroes griegos dedicaban
buena parte del tiempo a lamentarse: «Lloraban tanto de alegría como de
tristeza; corrían las lágrimas como la lluvia en primavera.» Lloraban por los
horrores que habían presenciado, pero sobre todo lloraban porque podían.
Conocían el poder de la expresión. Mark Twain escribió que Juana de Arco se

ponía a llorar por cualquier cosa; una líder que se pasa casi todo el tiempo

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 Maquiavelo para mujeres

bañada en lágrimas es alguien con la cual se puede ser sincero, a la que se


puede tratar sin reservas.

Una mujer que no tiene miedo de llorar, que en seña sus lágrimas, refuerza

su presencia ante los demás y ante ella misma. Justamente porque las lágrimas
son un arma poderosa, el mensaje  es que hay que saber controlarlas. Una

princesa se enfrentó con el director de su empresa porque quería que aprobara


un gasto que ella consideraba necesario. Pero el director decía que no, con la
excusa de que ella no necesitaba lo que decía que necesitaba. Entonces ella
solicitó una entrevista con él. 
Ella le expuso sus argumentos. Él los rebatió uno por uno con vaguedades.
Ella tuvo la sensación de que él la dejaría discutir hasta que se rindiera por 
agotamiento y se fuera contenta, con la sensación de que al menos la habían

escuchado. Pero esta idea le dio mucha rabia. Ella no era una persona

cualquiera que pedía algo especial. Ella era  especial; era una persona
responsable y había demostrado que hacía bien las cosas; sin duda pedía algo

especial, que a ella le parecía necesario para cumplir el trabajo que quería
hacer. El director de la empresa la estaba tratando como si fuera un problema

más. Entonces se puso a llorar. Mientras las lágrimas le resbalaban por las
mejillas, el director se quedó petrificado en el sillón, como si se hubiera

electrocutado, y balbuceó: «Si es tan impor tante para usted, acepto.» La


reunión finalizó treinta segundos después.  

Las princesas usan las lágrimas por este motivo: si te tratas a ti misma como
si fueras alguien especial, los demás adecuarán sus propias acciones a tus
deseos y te imitarán. En otras circunstancias, las lágrimas pueden parecer 
insignificantes y manipuladoras. Pero una princesa pretende ganar la guerra,

batalla por batalla. Se da cuenta de que, cuanto más consigue, más rica es y
más generosa podrá ser a su vez. Si adoptas un a actitud de escasez, en un
mundo donde las negativas son lugares comunes en tu mente y en tu

experiencia, entonces mides todo lo que das. Si te colocas en una postura en la 
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 Maquiavelo para mujeres

cual tienes lo que quieres y tu generosidad no repre senta ningún sacrificio, sino  

que no te cuesta esfuerzo alguno. 

Las lágrimas son una cuestión de libertad de expresión. Casi todas las
mujeres recurren a las lágrimas por  sumisión y se sienten incómodas cuando lo
hacen. Las princesas las usan porque van más allá de las nor mas y no hay
nada que cambie el juego con mayor rapidez que las lágrimas.

Los pechos femeninos son otra fuente de poder oculto. Las guerreras más
famosas que utilizaron el cuerpo como arma fueron las amazonas, que

luchaban con un pecho desnudo. La visión de un pezón femenino era capaz de


frenar un ataque en seco. Con esto no pretendo decir que las guerreras
modernas han de ir enseñando un buen escote, sino que una presencia
femenina envuelta en prendas femeninas es un arma, en mayor medida que la

indumentaria masculina que adoptamos actualmente en nuestro lugar de

trabajo.

Los nadadores se enfrentan con el pecho en las corrientes fuertes.

Enfréntate así a los problemas. Man tente firme. Tus pechos emiten un mensaje
potente de feminidad en la refriega y tienes muchas probabilidades de triunfar,

como comprobaron en India numerosos manifestantes, en 1971. Un grupo

compuesto por hombres y mujeres giró una esquina y se encontró frente a una
multitud inmensa y decidida a hacerles frente, cuyos integrantes se adelantaron

blandiendo cuchillos y barras de acero. Los manifestantes se prepararon para

el ataque.
De pronto, las mujeres del grupo dieron un paso al frente y rodearon a los

hombres. Su cabello y sus faldas se convirtieron en una barrera delgada y

ondulante, en una muralla. Giraron para hacer frente a los hombres hostiles que

se les acercaban, desafiándolos con sólo desviar su atención hacia sus formas
femeninas. Los matones sólo avanzaron unos cuantos pasos más, después se

detuvieron y al final se retiraron.

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 Maquiavelo para mujeres

Otra princesa que trabaja como analista en los me dios de comunicación

lleva un collar con cinco amuletos; son objetos tan variados como una cruz de

Malta, una mano mística judía o un colgante que tiene grabada la primera línea
del Génesis en francés. Es muy discreta en todo lo demás, salvo en el collar. Es
su sello personal. Cuando le preguntan sobre él — y siempre lo hacen — cuenta

una historia para cada dije, de lo que significa y del motivo por el cual lo lleva.

Uno sospecha que ha sido víctima de una inmensa catástrofe y sin embargo ha
sobrevivido, y que los dijes le sirven para protegerse contra una nueva cita con

el destino. Aunque no seas consciente de ello, hay un aire de heroísmo en esos


dijes y acabas relacionando a su portadora con un destino importante. Pero ya
puedes suponer lo que quieras, porque con estos amuletos y las historias que

ella cuenta ocurre algo más: que se convierte en el centro de atención. Sus
historias le per miten controlar la situación. Ahora los demás se fijan en ella. Ha

creado una situación en la cual no tiene que insistir para hacerse oír, porque ya
la escuchan. Katherine Anne Porter se compró la esmeralda más grande que

pudo cuando su novela Ship of Fools   se convirtió en un   bestséller. Cada vez


que sus jóvenes admirador es le estrechaban la mano, eran atacados  por su
éxito. 
Las joyas hablan. Expresan una verdad que cala más hondo que las
palabras. Diderot narra la fábula de un sultán que desea conocer los secretos
de las mujeres. El sultán consigue un amuleto mágico. Cad a vez que apunta

con él hacia una mujer, su propia joya («la parte más sincera que hay en ella»)
dice la verdad. En la historia de Diderot, la joya es la vagina (es un juego de

palabras, porque en francés, bijou significa ambas cosas). La parte más sincera


de una mujer es su sexo; para conquistarla hay que dejar que se exprese.

Pocos enemigos y pocas mentiras resisten en presencia de una mujer que

expresa su feminidad sin ambages. Cuando hablan las joyas en la historia de

Diderot, se pone de manifiesto la debilidad de algunos hombres que se

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 Maquiavelo para mujeres

enorgullecían con relatos magníficos de su fuerza y sus hazañas; en cambio las


mujeres, directas y honestas, son las heroínas. 

De la misma forma, los colores son como las feromonas, los agentes

químicos que inducen al amor. Tienen mucho poder. El blanco tiene fuerza
porque desarma al contrario.

Gandhi vestía de blanco. Juana de Arco vestía de blanco. Llamaba la


atención en la batalla y esto la hacía valiente, invencible sobre todas las cosas,
por encima de la lucha. Si pareces invencible, los demás no querrán hacerte

frente. El blanco es el color de la posibilidad. El papel es blanco; el lienzo

intacto es blanco. Si acudes a una reunión vestida de blanco, liberas a tu


oponente de su posición rígida o de su insisten cia en sus propios planes. La
negatividad y el rechazo no resisten en su presencia. El blanco indica que

estás abierta a cualquier posibilidad. Implica que no existen problemas ni


obstáculos en tu presencia. Una princesa me dijo que en dos ocasiones en que  
se vistió toda de blanco, se enamoraron de ella dos hombres muy im portantes.

Este tipo de cosas ocurren continuamente delante del blanco.


Los colores vivos producen una reacción bastante similar: el azul cobalto
(no el turquesa); el rojo (no el granate); el amarillo (no el mostaza). Los colores

que suelen llevar las mujeres (gris, beige, tonos pastel) son colores de

camuflaje: revelan el temor y la incertidumbre de la persona que los lleva y, por 

lo tanto, estimulan la agresión del contrario. Cuando una figura poderosa

piensa que eres débil, te desprecia y hace todo lo posible para eliminarte. 
En una cultura donde todas las mujeres se maquillan, a veces tiene más

fuerza un rostro sin afeites. Eleanor Roosevelt lucía la cara limpia como los
soldados lucen sus cicatrices. Su rostro era su verdadera medalla. Cuando

tenía treinta y cuatro años, su vida cambió al descubrir que su esposo, Franklin,
le era infiel con su propia secretaria de confianza. Fue una traición por partida
doble. El sufrimiento de Eleanor fue terrible. Como consecuencia, cada semana

se alejaba muchos kilómetros de Washington y pasaba varios días en el


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 Maquiavelo para mujeres

cementerio de Rock Creek, delante de una estatua de Clover Adams, la esposa

de Henry Adams, el filó sofo y escritor de finales del siglo XIX. Clover, que fue
una de las precursoras de la fotografía, descubrió que Henry amaba a otra
mujer y, presa de la desesperación, se suicidó bebiendo ácido fotográfico. Su

esposo encargó la estatua en su memoria. Se hizo famosa con el nombre de  


Tristeza. 

Ese año, Eleanor apenas podía comer y, cuando lo conseguía, no lograba


retener los alimentos. En consecuencia, se le aflojaron los dientes, se le

separaron y sobresalieron. Su tristeza le quedó estampada en la cara el resto


de su vida y al mismo tiempo se convir tió en su orgullo, la medalla de una lucha
que ganó. Aunque los demás no supieran lo ocurrido, era evi dente que algo
debió de suceder para que ese rostro perdiera la sencillez. Era un retrato mítico
de la tristeza. Ninguna persona de la condici ón social y política de Eleanor 

podía tener un aspecto tan endurecido a menos que ésa fuera su intención.
Pero Eleanor usaba su aspecto como un escudo de fuerza, como un arma. Los

rostros, dice Rebecca West, son como Marta, refi riéndose al personaje bíbli co
que tenía tantas preocupaciones: el semblante revela todo nuestro carácter por 
su estrecha relación con la mente. 
Por último, la voz de la princesa es su arma prin cipal. Es un instrumento
polifacético; el tono y el volumen son sólo una parte. La voz también es el estilo
particular de lengua que usa para comunicarse, más que las propias palabras.  

Concéntrate en el sonido y en la forma de hablar, más que en el mensaje.  


Sojourner Truth, la esclava que había comprado su libertad al final de la guerra
de Secesión, aprendió la lección en una situación límite. Una noche iba a dar 

una conferencia cuando se en contró con una multitud enfurecida. Tenía dos

alter nativas: salir corriendo o tratar de hacerlos razonar. Si corría, lo único que

conseguiría con esta manifestación de temor sería incitar su odio y volver el


ataque más virulento. Si les hacía frente con uno de sus discursos racionales,

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 Maquiavelo para mujeres

sería como hablarles en un idioma desconocido. Después de todo, la razón no


era lo que los dotaba de palos y cuchillos.

Entonces hizo algo increíble. Empezó a andar a la vista de todos y se puso a


cantar a voz en cuello. Los hombres quedaron pasmados. No les habían
enseñado a defenderse de una canción. Se detuvieron y prestaron atención. Y
al prestar atención, se ablandaron. Y al ablandarse, se convencieron de lo que
ella les decía. «Sigue cantando, hermana — le suplicaban — . Cuéntanos tu
vida.» 
Las princesas aportan fuerza y autoridad a su voz de varias maneras:

 

A veces hablan en voz más alta de lo habitual. Hablar más alto es pensar más 
alto. Resulta difícil decir cosas en las que no se cree del todo cuando una se

oye hablar y cuando estás segura de que los demás te oyen con claridad. 
  Con frecuencia usan las declaraciones como armas. Son tan efectivas como

las granadas. Una declaración es una promesa que te haces a ti misma, una

orden que te das: «Declaro que no volveré a permitir que mi jefe me humille.»

Una declaración de este tipo produce un efecto hipnótico en el hablante. Es


más probable que una princesa cumpla lo que promete que cualquier cosa
que se diga a sí misma de otra manera. Las resoluciones no tienen el mismo
poder que las declaraciones. A los compromisos de cualquier otro tipo les

falta fuerza. Una afirmación como: «No quiero que mi jefe me vuelva a
humillar » no favorece a una princesa. Habla mediante de claraciones (lo cual

equivale a vivir de acuerdo con ellas) y los demás te tomarán en serio porque 
saben que cumples lo que dices.  Una declaración positiva tiene más fuerza

que una negativa: «En los próximos diez meses, voy a subir dentro de esta
empresa» implica que tu jefe ya no estará en condiciones de humillarte.

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 Maquiavelo para mujeres

Las mujeres no suelen dar   órdenes, pero cuando se usan al principio de una

relación, imponen tu fuerza. Wu Yi, una gran luchadora y ministra de comercio


de China, ordenó a su homólogo estadounidense que se sentara la primera vez
que se vieron. El negociador estadounidense se sorprendió y obedeció en

seguida. A partir de ese momento, los estadounidenses se sintieron inseguros

en presencia de Wu Yi. Ella dominó desde el principio. Cuando se ataca 

verbalmente a una princesa, ella no reacciona. Nunca responde directamente.  

Esto la colocaría en situación de librar la batalla de su enemigo, en la que

siempre saldría perdiendo. En una empresa de capital riesgo, una socia

convocó una reunión para informar a los demás sobre una nueva operación.
Pero otra socia tenía un plan diferente y, antes de que los asistentes se
sentaran, comenzó a forzar la reunión. «¿Cuándo va a estar listo este
programa?», exigió. Ése era, justamente, el propósito de la reunión, pero no
dejó que nadie respondiera y siguió abriendo fuego sin parar. «Tenemos que
cumplir unos plazos muy justos y no veo ninguna garantía de que lo consigas.»

La primera le contestó: «Tenemos programas   para resolver estos problemas.»


«Están en juego mis compromisos», replicó su antagonista. «Pero los vamos a
cumplir.» «No hay ningún castigo en caso de no cumplirlos.» Y así siguieron, la
opositora preocupada por imponer su superioridad para ganar el máx imo de

concesiones y la socia tragando el anzuelo una y otra vez, reaccionando frente

a sus ataques, respondiendo como una ametrallador a a sus múltiples pegas. Al

final se dio cuenta de lo que estaba pasando y pasó al ataque. «De acuerdo»,
dijo. «Si cr ees que no soy capaz de cumplir el plazo de entrega, puedes echarte
atrás. Pero hazlo ahora mismo.» Allí se acabó todo. La agresora no volvió a
abrir la boca y los demás siguieron adelante con el plan de la reunión. 

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 Maquiavelo para mujeres

III

 Sobre el uso de los hombres y las armas  

El éxito de las princesas no  depende de eliminar a los hombres de su


vida ni de rodearse de individuos débiles. Muchas veces las mujeres han
pensado que el hombre es el enemigo. «Los hombres son unos inútiles», dijo
públicamente una mujer muy independiente. Decir que los hombres son unos
inútiles equivale a decir que las grandes obras de arte también son inútiles. A
medida que las mujeres han comenzado a saborear el poder, las que llegan

más lejos han logrado hacer las paces con los hombres. De este modo los
utilizan como aliados.

Existen dos vías para lograr una alianza con los hombres sin arriesgar tu
poder: quitándoles poder y mediante una rivalidad amistosa. 
Tanto como las mujeres anhelan tener más poder, los hombres anhelan
tener menos; en realidad, se quieren arriesgar a perder parte del control.

Aunque no están dispuestos a hacerlo con otro hombre, sí que lo harían con
una mujer. Cuando es evidente que la mujer se hace responsable, que sabe lo

que hace y lo que dice, el hombre se siente agradecido si puede depositar su

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 Maquiavelo para mujeres

carga de poder a sus pies y suspira aliviado, como Atlas al quitarse el peso del

mundo de su espalda dolorida.

Para entenderlo mejor, hay que reconocer el conflicto fundamental entre los

hombres y las mujeres, que es el siguiente: los hombres tienen miedo de las

mujeres. Hay hombres que aceptan ese temor porque los mantiene vivos.

Las princesas se dan cuenta de que este miedo y la tristeza que produce en

las mujeres no se podrá cambiar ni evitar nunca. Entonces, lo aprovecha. Lo


hace aflorar con su comportamiento y, cuando el temor se hace evidente, trata

de convertir su energía en poder para ambas partes.  


Las princesas se dan cuenta de que en las reuniones, el asiento junto a una
figura poderosa suele quedar vacío. Entonces ocupan ese asiento, que no está

tan próximo como para tocarlo, pero sí lo suficiente como para obligarlo a
renunciar a su juego, a cambiar su forma habitual de hablar, de actuar y de

pensar. Recuerdan a Inanna. Las princesas no creen que para ayudar a un

hombre tengan que pagar el precio de rebajar su poder. Le hacen saber que

saben lo que él piensa, que ven más allá de sus zapatos caros y su tra  je a
medida.

Una princesa conoció a un multimillonario, dueño de una de las principales


franquicias deportivas, acostumbrado a dar órdenes a jugadores de la talla de

un toro de lidia, que quedó anonadado cuando ella se sentó a su lado. Él


empezó a mover el pie como si fuera un metrónomo y a mover mucho las

manos al hablar, como si las necesitara para def enderse. Lo único que hizo ella
fue sentarse junto a él en el sofá y mirarlo a los ojos mientras él hablaba. Ella
aprovechó el arma de la proximidad de su cuerpo sólo para desarmarlo, para
despertarlo de una forma que los demás hombres (que seguramente se
quedaban en blanco delante de él ) no podían poner en práctica. Su proximidad
compensó la tensión de su forma de ser, tan profesional e ingeniosa. No era

ningún señuelo sino todo lo contrario. Él tendría un recuerdo favorable de ella


como una persona lo suficientemente fuerte como para sentarse a su lado, de
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 Maquiavelo para mujeres

igual a igual, mientras que los demás hombres que había en la sala corrían a

esconder se en una posición secundaria, llenos de respeto pero acobardados.  

Como rivales amistosas, las princesas se dan cuenta de que,

complementando las fuerzas masculinas, consiguen llamar la atención hacia


ambos. En la actualidad recordamos a Jackie Onassis por los hombres de su

vida. ¿Se apreciaría hoy tanto a Simone de Beauvoir si no hubiera sido la


compañera de Jean-Paul Sartre? ¿O a Eleanor si no fuera por Franklin? ¿O a
Hillary de no ser por Bill Clinton? El mundo sigue siendo de los hombres y

cualquier rivalidad amistosa que establezcas se convierte en un arma poderosa

al servicio de tu capacidad.
Y recuerda:  pídel o todo.  Esto resulta muy efectivo en cualquier situación.

Los negociadores intentan encontrar un terreno común y esperan que las

partes hagan concesiones. Las princesas cambian el terreno del contrario para

que prevalezcan sus planes. La parte contraria sabe que ha perdido algo pero

que gana más. Así, los buenos negociadores siempre hacen que la ta rea

parezca posible y dejan que el contrario piense que ya ha recorrido la mitad del
camino. En cambio, las princesas hacen que cualquier tarea parezca más de  lo 

que es posible, para despertar los instintos y las fuerzas heroicas de los demás. 
Porque saben que las personas muestran un entusiasmo mayor frente a las

grandes tareas que frente a las pequeñas; entonces agrandan la tarea al pedirlo

todo y aumentan sus fuerzas al mismo tiempo.

No le tengas miedo al «no».  Dales a los demás la oportunidad de decirte que


no. Si te lo dicen a menudo, se sentirán obligados y tendrán que decirte que sí

como compensación. 
Pídelo todo, porque no vale la pena tener menos. Las personas son más
generosas si lo que les pides los obli ga a comportarse como héroes. Si pides

cosas pequeñas, empequeñeces tanto al solicitante como al solici tado. Las

grandes ideas y las grandes aventuras nos atraen con mayor entusiasmo que

las pequeñas.
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Golda Meir lo pedía todo hablando de los proble mas de Israel como si fueran
suyos. Cuando trató de conseguir fondos y apoyo para la guerra de la
independencia de Israel, se reservó para sí misma las his torias de necesidad y
deseo, y habló en cambio de sus conversaciones con soldados concretos, en
lugar de hablar en términos abstractos de «tropas» o de «números» o de

ideologías políticas. Quien te escucha queda atra pado en tu historia y no te


dará la espalda, porque se convierte también en su problema. Decía Golda:
«Ganas la guerra cuando es de todos, no sólo tuya.»  
Melanie Klein reclutó al formidable doctor Freud como aliado importante,
aunque desprevenido, para sentar las bases de su poder. Una persona menos
significativa no le habría servido. Al principio, Klein fue discípula y admiradora

suya, hasta que se dio cuenta de que llegaría más lejos como su enemiga
colaboradora.

Entonces hizo algo más ingenioso que alejarse de su filosofía. Se inventó


una rivalidad familiar entre ella y la hija de Freud, Anna. Empezó a hacer frente

a sus ideas y a hacer honor a su inteligencia, a su uso de la tensión estratégica.


De este modo, se produjo una rup tura violenta dentro de la profesión: algunos

colegas estuvieron de acuerdo con Freud y otros, con ella. Así se definió la
batalla. Sus colegas no podían expulsarla del movimiento psicoanalítico. Por el
contrario, alzaron su oposición como una protesta airada contra ella. En

consecuencia, Melanie Klein se hizo famosa en toda Europa, no sólo por la

controversia que generó sino por sus ideas. De este modo, ella se benefició del
enfrentamiento y Freud también; ella elevó las ideas de ambos a un puesto
destacado a escala internacional.

Mary Lindell, una espía británica cuyo peligroso trabajo durante la segunda
guerra mundial salvó de la muerte a centenares de soldados aliados y que

arriesgaba la vida todos los días, al final fue capturada. Cuando la arrestaron, el

centinela nazi que la custodiaba le preguntó: «¿Cómo es posible que una mujer 

tan inteligente como usted se dejara atrapar?» Ella le contestó: «Me he dado

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 Maquiavelo para mujeres

cuenta de que una mujer tonta es capaz de controlar a un hombre inteligente.

Lo manipula para que le compre ropa, la lleve a cenar, la atienda...» A


continuación lo miró directamente a los ojos. «Pero aunque una tonta sea capaz
de controlar a un hombre inteligente, hay que ser muy inteligente para controlar 

a un tonto.» Nada detuvo a Mary Lindell, salvo los años. Fue capturada,
 juzgada por un tribunal nazi, la tuvieron incomunicada, la enviaron a un campo

de concentración, la dejaron en libertad, le dis pararon, la golpearon... y sin


embargo sobrevivió a todos estos horrores.
El enemigo es un tonto y las princesas tienen que ser inteligentes, deben

conocer sus armas y su estrategia. No deben dejar nada librado a la ignorancia


ni a su propia falta de atención.  

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 Maquiavelo para mujeres

IV

el paradigma de las “general í simas”


 
polacas 

La otra mujer  es un arquetipo del temor, salvo en la guerra, donde es


el arma más leal que se puede conseguir. 

Siempre se ha dicho que las mujeres se sabotean entre sí. Éste es uno de

los motivos por los cuales las mujeres no piensan en otras mujeres como armas

en sus propias luchas. Las aceptan como amigas y tam bién como consejeras.

Pero en la lucha, por lo general no esperan ayuda de las de más mujeres;

esperan que les roben la pareja, que les echen a perder los elogios o
simplemente que les estropeen algo valioso.

Una mujer que ocupaba un puesto importante en una gran empresa de

informática me confesó que hace todo lo posible por mantener sometidas a las
demás mujeres. «En mi empresa hay quizá dos vicepresiden cias asignadas
para que el puesto lo ocupe una mujer. ¿Tú crees que voy a ayudar a otra mujer 

para que a lo mejor ocupe mi lugar?» La ciencia ha puesto un nombre femenino

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 Maquiavelo para mujeres

para esta maniobra que consiste en de vorar a las propias crías: el síndrome de

la Reina Roja. Y es así: cuando un león persigue una manada de cier vos, le


basta con atrapar uno. En la medida en que haya un ciervo débil y lento, no
hace falta que los demás corran tanto, sobre todo si se aseguran de que el más

lento se rezague lo suficiente. En la medida en que las mujeres definan su

 juego como pequeño y limitado, lucharán entre sí o se venderán entre sí para


satisfacer al predador más poderoso. 
Pero las mujeres no actúan así con otras mujeres si tienen la posibilidad de
participar en un juego mayor de amor y guerra.

Si nos ponemos en disposición de cambiar el jue go, las mujeres somos


armas poderosas para otras mu jeres. En la jerarquía revolucionaria de Polonia,

dos mujeres convirtieron esta idea en una leyenda. Las dos se dieron cuenta de

que llegarían más lejos antes si impulsaban la carrera de la otra. Así fue como
Tereza acudió a una cena y alabó los logros de Agnes, en lu gar de los de su
marido. Y entonces Agnes se presentó en una reunión y habló en favor de

Tereza para que le dieran un puesto que estaba vacante. Se hicieron famosas
como «el paradigma de las  generalísimas polacas». Dentro de su círculo, cada
una de ellas, a fuerza de recordar a la otra de forma permanente, fue elevando

su posición. En poco tiempo, sus colegas adoptaron el estribillo y les decían:


«Creo que Tereza ya ha intentado algo así», o «Agnes solucionó tan bien este
problema...». De este modo, a las dos las ascendían a puestos más altos al

mismo tiempo.
En los campos de concentración alemanes, por un procedimiento de rutina,
los guardias organizaban a las mujeres en grupos de cinco. Los lazos que se

establecían dentro de estos quintetos fueron uno de los motivos por los cuales

sobrevivieron más mujeres que hombres dentro del sistema de los campos. Se

comportaban entre sí como madres, hijas o hermanas, fortaleciéndose la

voluntad de vivir las unas a las otras. Solos, sin hermandades organizadas, los

hombres sufrieron mayores fatalidades.


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 Maquiavelo para mujeres

No hay ninguna historia que iguale a la de Erna Rubinstein. Cuando no

había ni alimentos ni agua, la boca se le secaba y ni siquiera era capaz de


fabricar un poco de saliva para tragar, se desesperaba. En esos momentos,

buscaba el apoyo de su amiga Anna, la mayor del quinteto, que simulaba ser 

ella la que buscaba apoyo. Además, Anna le hablaba a Erna de su hijo, que

estaba en otro campo, de lo valiente y guapo que era y de los platos que se

guisaba y le explicaba con todo detalle cómo se los preparaba. E rna llegaba a
oler la sopa imaginaria y se le hacía la boca agua. La anciana decía que tenía
que salvar a Erna porque un día ella se casaría con su hijo y sería la madre de
sus descendientes.
Todos sabían que esto era una ridiculez. Al hijo de esta mujer lo habían
matado y a ella le habían devuelto su ropa y sus papeles, que conservaba en
una caja, debajo de su litera. Ella insistía en que los nazis le habían dado todas
estas cosas porque querían destruirla, pero que su hijo no estaba muerto. La
anciana resistió hasta la liberación de los campos y entonces murió.

Recuperada del trauma, Erna llegó a ser un oficial de alto rango en los círculos
de rehabilitación médica, después de la guerra. Durante un viaje de inspección
a un hospital nuevo, oyó hablar de un médico que buscaba trabajo. Erna lo
conoció, le pareció idóneo y le consiguió un puesto en el hospital donde
trabajaba. Se hicieron amigos, se enamoraron y se casaron. En ese momento,

él le confió detalles de su pasado. Le contó cómo, mediante la clande stinidad,

había logrado escapar a una muerte segura en los campos. Estaba seguro de
que sus padres habían muerto y, al describirle a su madre, Erna se dio cuenta
de que era la misma madre de su quinteto, la mujer que la había mantenido con

vida para que se reuniera con su destino.

Cuando te mueves para hacer desaparecer los fal sos obstáculos, como el

miedo al triunfo de los demás, como hacían las   generalísimas  polacas o las
hermanas de los campos de concentración, verás que las armas más eficaces
de todas son las personas que se encuen tran en el mismo barco que tú.

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 Maquiavelo para mujeres

epílogo

Estrategia para una paz inquieta

 Mi corazón es como un jarrón chino; tiene muchas grietas


pero jamás se rompe.

--- La gitana Rose Lee 

Princesa, no puedo permitir  que acabes este análisis de la guerra sin


darte una visión de la paz.   Porque de lo contrario buscarás la paz y la

confundirás con alguna de sus copias e imitaciones. Supondrás que la paz nace
de un triunfo o de una derrota. La confundirás con su hermana, la quietud. Le
creerás cuando Buda te diga que la paz se consigue sustrayéndote a tus
deseos o calmando tu agitación. La paz, cantan los coros, es el león que
descansa junto al cordero. Con este tipo de definiciones, casi me hacen pensar 

que al final la paz es más difícil que la guerra. Las princesas viven con la
emoción, con el estímulo: ¿podré hacer esto?, ¿conseguiré aquello? No quieren
renunciar a su naturaleza de león; ¡ se aburren de descansar junto a los
corderos!

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 Maquiavelo para mujeres

Para la princesa, la paz es diferente: es tranquilidad, arrojo y libertad, las tres

cosas juntas.

Yo no lo sabía cuando comencé a buscar historias de paz en las biografías


de grandes mujeres. Habitual- mente me iba a las últimas páginas del libro, al

final de la historia, imaginándome que lograban la paz cuando se daban cuenta


de que ya no tenían nada por qué luchar. 
Pero nunca encontré allí la paz. Al final de la historia, siempre encontraba
resignación. 
En las narraciones tradicionales, la paz, la calma y la resignación llegan con
la muerte, con la renuncia a la batalla o a la necesidad de luchar. Cuando
Perseo le corta la cabeza, Medusa cae en la orilla. La mirada asesina y el pelo

de serpiente que la convertían en una luchadora temible toman contacto con el


agua serena. En ese momento, el cabello se convierte en coral rosado. El

mensaje es que cuando Medusa se tranquiliza, se transforma en una belleza

perdurable. Otra furia imparable, lady Macbeth, no encuentra paz en vida y, por 

el contrario, se resigna a andar sonámbula hasta la muerte.  


Rendirse, firmar una tregua, encontrar un lugar para descansar y estar 

cómodas, eso no es la paz. No ocurre así en la vida de las princesas. La paz 


llega una y otra vez en medio de la acción. La princesa en paz se encuentra en
el ojo del huracán. Su arte consiste en hallar estos momentos y en mantenerlos;
ella sabe que no duran eternamente, pero que vuelven.

La paz no es la ausencia de guerra, sino el tiempo que transcurre entre las


batallas, y de ellas depende.

No está separada de la guerra. La paz en la cual prosperan las princesas es 


una paz inquieta.   Es lo que siente el corazón después de una gran excitación:

esa sensación de saciedad, de certeza, cuando desaparecen todas las


preocupaciones del mundo y ocupa su lugar la belleza, que se alza

perezosamente como la espuma blanca. Es la sensación de que todo fluye

después de haberse esforzado. La paz llega en medio de la refriega. Cuando


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 Maquiavelo para mujeres

Isadora Duncan giraba como un derviche en escena, sabía lo que era la paz.
Cuando descansaba, fuera del escenario, siempre la atormentaba el impulso de

mejorar, de obtener más gloria. Pero cuando se movía a toda velocidad, estaba
en paz. Sus guerras la llevaron al escenario del gran teatro de Francia, donde

se ganó la oportunidad de bailar según su propio es tilo. Dian Fossey, en un


estado de gran excitación, tendida en la suciedad de una selva impresionante,
rodeada de hormigas por todas partes, estiró la mano para tocar al simio que

ella llamaba Peanuts, estableciendo así el primer contacto de un ser humano

con uno de nuestros antepasados primitivos. Esto es la paz. Es ese instante de

plenitud en el cual sientes el valor de eso por lo que has estado luchando. Es la
paz como síntoma de alegría y, por lo tanto, de tranquilidad, arrojo y libertad.

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 Maquiavelo para mujeres

Dentro de cada uno de estos momentos, para Dian, para Isadora, para todas

las princesas, hay un mensaje oculto en el cual la mujer dice lo que no quiere.

La bailarina Suzanne Farrell se enamoró de su maestro, George Balanchine, y


tomó la decisión de no acostarse con él. Dijo: «Nuestra relación única ha dado
resultado (...) a menudo para ambos. El aspecto físico del amor es de suma

importancia para muchas personas, pero para nosotros no. Teníamos una
interacción física pero que se expresaba mediante la danza.» El crítico Roger 
Shattuck dice que la explicación de Farrell coincide con lo que él había

aprendido mirando de noche el cielo estrellado. «No mires directamente hacia

una estrella; te conviene mirar un poco hacia un lado.» La paz es no decir que
no a las cosas; la negación sólo conduce al consuelo, que es una paz falsa. La
paz es comprender lo que no quieres; es desviar un poco la mirada de la meta.

La paz no significa que limites tus deseos; requiere una manera no intuitiva 

de evaluarlos. Las mujeres, como los drogadictos, saltan de un extremo a otro

en lo que concierne al deseo. O luchan como leonas o niegan sus victorias. En

cualquier caso, apenas encuentran paz en el éxito. La paz que ofrece más
posibilidades es la paz inquieta. Como hay tan pocos casos de paz inquieta en

la vida de las princesas, recurro a la mejor historia que conozco sobre una paz

en medio de un conflicto. Es la historia de un soldado.

Este soldado me atrajo por tres palabras que re suenan todavía en mi mente:

«Epicteto, allá voy.» Las pronunció al saltar de su bombardero en llamas, co-

menzando así diez años de tortura, privaciones y casti go, como prisionero de
guerra en Vietnam del Norte. ¿Por qué se lanzó en brazos de Epicteto, como si 
esa fuera su intención,  como si cumpliera así con una cita concertada?
«Epicteto, allá voy» suena como un en cuentro postergado durante mucho
tiempo. Son palabras misteriosas en boca de un luchador desesperado por 

reunirse con esa parte ausente de su educación que el éxito no le brindó jamás.
Epicteto era un experto en la paz.

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 Maquiavelo para mujeres

Cuando me recibió en la puerta de su despacho, había pasado casi una

década desde que el soldado había sido liberado de su cautiverio; tomó asiento
en seguida, meciendo la pierna que los torturadores le partieron en más sitios
que un jarrón Ming, sujetán dola como la Virgen de la estatua acuna en el
regazo a su hijo moribundo. Me escuchaba cuando le espetaba preguntas

(como sus captores, pensé), pero él ha blaba en susurros.


Me hizo retr oceder en el tiempo. Me contó que, en apenas un minuto, había

dejado de ser un coman dante de aviación que volaba sobre las copas de los

árboles y se preparaba para bombardear una estación de ferrocarril, para

convertirse en alguien que ya no tenía ninguna opción. Allí estaba él, a tres mil
metros de altura, apuntando a un blanco que tenía debajo, cuando de pronto

surgió un inmenso cañón automático que no estaba allí el día anterior y que lo
hizo volar por los aires. Su lugar en la vida cambió en un instante: de ser el rey
de todo lo que controlaba como comandante pasó a la forma de vida más
abyecta en Vietnam del Norte. Del éxito al fracaso más absoluto, me siento

impelida a añadir. Pero esto no tiene nada que ver con la historia.   Pasó de 
obtener ganancias a una forma de vida en la cual ganar era un estado natural, 

un estado que tenía como consecuencia la tranquilidad, el arrojo y la libertad. 

Aunque parezca extraño, lo consiguió pasando de un estado masculino en el


que lo controlaba todo a un estado femenino en que tenía escaso control. Muy
pocos hombres son conscientes de tener límites en su libertad para trabajar,

para pensar, para pedir. Este soldado aprendió lo que se siente siendo mujer,
en cierta forma, impotente.

En el momento de su captura, él controlaba su destino. Pensaba que tenía la


seguridad del amor: estaba casado con una mujer hermosa que lo quería y

tenía hijos que también lo querían. Pensaba que controlaba su lugar en la vida:
había recibido muchas condecoraciones y tenía una carrera que le permitiría
progresar. En cambio, en ese momento no controlaba nada.

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 Maquiavelo para mujeres

Ese Epicteto al cual invocaba era un esclavo que vivió hace muchos siglos.
Como esclavo, había aprendido a ser libre, mental y emocionalmente, a pesar 
del yugo de sus amos. Encontró la paz definitiva sobre la tierra. Las reflexiones
de Epicteto eran las favoritas de aquellos hombres que lo tenían todo (todas las

libertades, todo el dinero y el poder del mundo) y sin embar go no se sentían en

paz con sus ganancias. El emperador Marco Aurelio se sabía de memoria las

máximas de Epicteto. Sus enseñanzas son la base del estoicismo. Los estoicos
no se ponen nerviosos por ningún motivo. Por su sensación de paz, cualquier 
trastorno profundo en sus vidas resulta imposible. Cuando era un joven oficial,

nuestro héroe había leído los escritos de Epicteto y le habían gustado por su
belleza y su profundidad. Pero su entrenamiento para la guerra le impidió poner 

en práctica la sabiduría del filósofo hasta ese momento, hasta su cita con el
destino.

¿Podía él, como prisionero, conocer el dolor de una madre soltera a tada a
un trabajo terrible y sin ninguna alternativa?; o el de una mujer cuya pareja la

abandona, dejándola en manos de su miedo a la sole dad; o el de una madre


que contempla el rostro de su hijo mortalmente enfermo; o el de una empresaria

que lo consigue todo (promoción, alguien que la quiera) y después se pregunta:

«¿No hay nada más?» Cuando el soldado conoció la paz, la conoció por es tas
mujeres.

Ésta es la estrategia de Epicteto para lograr la paz. Por esto le pareció a

nuestro valiente soldado que merecía la pena morir. Es una de las formas más
sencillas y más eficaces de lograr la paz, la que te mantiene en movimiento, en
lugar de ponerte a salvo, herméticamente, de la acción.  

1. A PRENDE A DISTINGUIR LAS COSAS QUE ESTÁN EN TU PODER DE LAS QUE NO LO ESTÁN  
«Si buscas con ansia lo que no te pertenece, pierdes lo que te pertenece»,
escribió Epicteto. En otras palabras, si pones el corazón en tu salud, tu amor, tu
placer o tu vida profesional, te arrepentirás, porque ninguna de estas cosas

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 Maquiavelo para mujeres

depende exclusivamente de ti. Si te defines en función de ellas, estarás en

poder del enemigo, tanto si estás en un campo para prisioneros de guerra,

como en brazos de la persona equivocada o en un ambiente presidido por un

 jefe malévolo. 
Pero tampoco te puedes deci r: «Vale, de acuerdo, todo esto no significa

nada para mí. No me preocupan ni la actitud de mi pareja ni mi salud ni mi


situación económica. Después de todo, ninguna de estas cosas depende de
mí...» No te puedes desprender de lo que te interesa, no puedes eliminar tu
deseo, como recomiendan los budistas. Tienes que establecer con ellos una

relación distinta. 

2.  B USCA  , DESÉALAS Y CREA ESTRATEGIAS PARA 


LAS COSAS QUE TE IMPORTAN 
CONSEGUIRLAS ... PERO NO TE LAS TOMES DEMASIADO A PECHO  

Trata de conseguirlas, inténtalo de verdad, como si estuvieras jugando a la


guerra. Pero después de la bata lla, cuando acaben las estrategias, aprende a
tratar esas mismas cosas con indiferencia.

3,  PARA TRATAR CON INDIFERENCIA LOS OBJETOS PRECIOSOS , TIENES QUE CONOCER LA
 NATURALEZA DE TODOS LOS JUEGOS, INCLUSO LOS DE LA GUERRA 

El soldado lo compara con un partido de tenis. Te pasas toda la tarde

  jugando con una pelota de tenis, la tiras de un lado a otro. Usas ese objeto

externo, la pelota. Pero cuando se acaba el juego, ¿a quién le importa la

pelota? A nadie. Allí se queda hasta que al guien la recoja y la guarde en el


último cajón. No significa nada para nadie, aunque se hayan pasado la tarde
 jugando con ella.

Así es como debes tratar las cosas que tienen más valor para ti: tu salud, tu
amor, tu puesto de prestigio: con indiferencia. Juegas con ellos, luchas por ellos

(como con la pelota de tenis) pero no los interiorizas. No dependas de ninguno

de ellos para no convertirte en su esclavo. No cuentes con que tu pareja te ha

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 Maquiavelo para mujeres

prometido que siempre estará contigo. No esperes que tu trabajo siga allí

mañana. Defiéndelo, pero has de estar dispuesto a olvidar la idea del trabajo
perfecto y seguir adelante. No esperes que tu visión poética, o cualquier don
que poseas, vaya a ser siempre tan atractivo como ahora.

Decía Epicteto: «Es tu amo aquel que controla eso en lo que tú pones el
corazón o lo que deseas evitar.»  

4,  P REGÚNTATE  ;  SI HAS 


SI TE HAS DEJADO ATRAPAR POR ALGUNAS DE ESTAS COSAS 
 , LAS HAS CONSEGUIDO Y AHORA CREES QUE SON TUYAS .  S I ES ASÍ  ,  TUS 
LUCHADO POR ELLAS 
GANANCIAS NO TE PROPORCIONARÁN NI PAZ NI ALEGRÍA  

El soldado me explicó cómo funcionan los deseos en un campo de


prisioneros: «La principal misión del interrogador de la prisión es poner al
prisionero en apuros,  haciéndole desear algo que está en poder de sus

captores. Si él me dice: "¿Quieres agua?", no le contesto ni que sí ni que no.


Aprendí a responder: "De ti depende." Ésa es la forma de evitarte problemas,
así no te enredan. Cuando aprendes a hacerlo bien, llega un punto en el cual ya
nadie te puede hacer daño sin tu permiso.» 
Imagínate lo que significa tratar el agua con indi ferencia, cuando te la
administran a cucharaditas en la selva ardiente, no cuando tú quieres, sino
aparentemente al azar. ¿Qué cosas son tan vitales como el agua para las

princesas? ¿La sonrisa de su hijo, la aprobación de su madre, el elogio de su


superior? A lo mejor está sedienta de ellas, pero se dice a sí misma: «Depende

de ellos. Yo no controlo sus reacciones. No puedo comprar su favor. Puedo


trabajar como una mula para hacer este trabajo, pero si lo hago para conseguir 

su aprobación, me llevaré una gran desilusión. Puedo usar la estrategia, puedo


actuar de acuerdo con las dieciocho tácticas, pero aunque ellas me brinden la

mejor oportunidad de ganar, no puedo contar con los resultados que deseo

plenamente. En cuanto pienso que puedo determinar la reacción de alguien

para asegurar mi victoria, me meto en apuros y me convierto en su prisionero.

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 Maquiavelo para mujeres

Porque si digo que he ganado su favor, ta mbién me hago responsable si

provoco su desaprobación. Y si pienso así, siempre soy su prisionera, nun ca

estoy en paz, por buenas que sean mis obras o por bien que desempeñe mi
trabajo.» 

5. S I INTENTAS CONTROLAR LO QUE NO TE PERTENECE  , PIERDES LO QUE TE PERTENECE  


Has de saber que no controlas nada más que lo que percibes. Nada te
puede hacer daño, a menos que tú le otorgues poder para hacerte daño.  
Si pones el corazón en tu vida profesional, tu pla cer o tu felicidad, lo

lamentarás. Lo que es tuyo es tu visión de la situación. 


Cuando tu salud sea precaria, tu pareja te hiera o tu jefe te hable como no se

debería hablar jamás a ningún ser humano, busca tu centro. Si al regresar de


las vacaciones encuentras un mensaje de tu jefe chillando «¡URGENTE!», 

tienes dos opciones. O dejas todo de lado, incluida la calma, y sales corriendo a

responder a la urgencia, o reaccionas ante esta orden perniciosa a tu manera.

Cuando tu madre te deja el undécimo mensaje urgente  del día, aunque lo único


que pretende sea llamar  tu atención, o cuando un cliente se presen ta de

improviso sin haber concertado una cita previa, o dejas que asuman el control o

dejas claro quién manda. En la medida en que no te dejes engañar por la 
urgencia ni el drama exagerado de la perentoriedad, ni tu jefe ni tu madre ni tu

cliente te controlan: no pueden hacer que pierdas la tranquilidad de las

vacaciones ni el equilibrio. Y cuando vean que no te pueden poner en aprietos,

no sólo te dejarán en paz sino que ya no intentarán atormentarte. 


«¿Qué son las tragedias sino el retrato en verso de los sufrimientos de las
personas que han admirado las cosas externas?», decía Epicteto. Lear, que
exigía obsequiosas manifestaciones de amor, o lady Macbeth, que pretendía
compartir el trono de Escocia con su esposo y no se detuvo hasta conseguirlo,

buscaban cosas externas.  A veces, las figuras trágicas se acercan a lo que

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 Maquiavelo para mujeres

desean (reinos, amores, un puesto alto), pero ja más obtienen la paz con lo que

consiguen.

6. L A PAZ ES INQUIETA  


Experimenta una paz inquieta. No es la calma. Es un imperativo del campo,

como las flores silvestres, según el poeta israelí Yehuda Amichai. Lo sé cuando
pienso en Dresde, una ciudad aplastada por las bombas durante la segunda

guerra mundial, que no perdió el tiempo en lamentos ni en recriminaciones, sino


que emprendió en seguida la reconstrucción a partir de los escombros. Ése es

un ejemplo de paz inquieta. Pienso en el frente civil en Estados Unidos durante


la guerra: hubo más amor libre   en los años cuarenta que en los sesenta. En l a
década de los cuarenta, amor libre significaba sacrificar la mantequilla, los
huevos y la gaso lina por los jóvenes que estaban en el frente. Eran las noches

enteras rezando, las líneas de montaje constantes, y recibir a los extraños como
amigos y a los amigos como si fueran de la familia. El mundo estaba en guerra,

pero en Estados Unidos reinaban el amor y la paz.

La paz llega en medio de las cosas, no cuando han llegado a su fin. No se

saborea la paz si no es en medio de la guerra, no al margen de ella.

Tanto si surgen de una victoria, como de una derrota o de una tregua, las

princesas siempre se echan en brazos de Epicteto, reconfortadas por sus

palabras. Son sus encuentros más sinceros.  


Pregúntate a ti misma, cada vez que tengas miedo o estés a pu nto de
derrumbarte: «¿Cuándo brilla más una vela?»  
La respuesta es siempre «en la oscuridad».

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 Maquiavelo para mujeres

 NOTAS 

Pág. 4 Katherine Anne Porter, The Collected Essays, Nueva York, Dell,
1973, pág. 56. 
Pág. 4 La parábola de las hermanas, adaptada de James R. Mellow,  
Charmed Circle: Gertrude Stein and Company, Nueva York, Avon Books, 1975,

pág. 59. 

Pág. 7 Cita de Arbus tomada de Patricia Bosworth, Diane Arbus: A

Biography, Nueva York, Norton, 1995, pág. 303.  


Pág. 9 Cita de Maquiavelo tomada de Sebastián de Grazia, Machiavelli in 
Hell, Princeton, N.J., Princeton Uni versity Press, 1990, pág. 266.  

Pág. 9 Concepto de tradición: Frederick Turner, tomado de un ensayo inédito


sobre Miklós Radnóti, 1996. 

Pág. 12 antagonista colaboradora : Albert Murray, The Hero and the Blues, 

Nueva York, Vintage Books, 1995, pág. 37.  


Pág. 12 Roberta Reeder, Anna Akhmatova: Poet and Prophet, Nueva York,
St. Martin's Press, 1994.

Pág. 14 Irene Mahoney, Madame Catherine, Nueva York, Collier Books,


1966.

Pág. 14 Anne Somerset, Elizabeth I, Nueva York, St. Martin's Press, 1991,

pág. 94. 
Pág. 15 Vita Sackville-West, Saint Joan of Arc, Nueva York, Image
Books/Doubleday, 1991. (Trad, al cast., Juana de Arco, trad, por Amalia Martín,

Madrid, Siruela, 1989.)

Pág. 15 Mark Twain, Personal Recollections of Joan of Arc, en Historical 


Romances, Nueva York, Library of America, 1994. (Trad, al cast., Juana de 

 Arco, trad, por Rafael Gómez, Madrid, Palabra, 1989.)

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 Maquiavelo para mujeres

Pág. 15 Farley Mowat, Woman in the Mists: The Story of Dian Fossey and 
the Mountain Gorillas of Africa, Nueva York, Warner Books, 1987. 

Pág. 15 Ralph G. Martin, Golda Meir: The Romantic Years, Nueva York,
Charles Scribner's Sons, 1988. (Trad, al cast., Golda Meir, trad, por Elizabeth

Casals, Barcelona, Ge- disa, 1990.)

Pág. 16 Octavio Paz,  Sor Juana Inés de l a Cruz, o Las trampas de la fe, 
Barcelona, Seix Barrai, 1995. (Trad, al in glés, Sor Juana: Or, The Traps of 

Faith, Cambridge [Mass.], Belknap Press of Harvard University Press, 1988,

pág. 73.) 

Pág. 16 Sojourner Truth, The Narrative of Sojourner Truth, ed. Henry Louis
Gates, Jr., Nueva York, Schomburg Library of Nineteenth Century Black

Women Writers, 1991, pág. 116. 

Pág. 16 La historia del niño y el restaurante, narrada por  Betty Sue Flowers
en el Currency Shakespeare Seminar, en junio de 1996, en la ciudad de Nueva

York.

Pág. 17 Isadora Duncan, My Life, Nueva York, Live- right, 1927. (Trad, al
cast., Mi vida, trad, por Luis Calvo, Madrid, Debate, 1995.)

Págs. 18 - 19 Benazir Bhutto, Daughter of Destiny: An Autobiography, Nueva


York, Simon & Schuster, 1990.

Pág. 19 Victoria Glendinning, Rebecca West, Nueva York, Knopf, 1987.

Pág. 20 Erik H. Erikson, Gandhi's Truth: On the Origins of Militant 


Nonviolence, Nueva York, Norton, 1970. 

Pág. 21 James Baldwin, «The Fight: Patterson vs. Listón», Antaeus  62,
primavera de 1989.

Pág. 21 Tom Robbins, Even Cowgirls Get the Blues, Nueva York, Bantam
Books, 1977, pág. 73.

140

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 Maquiavelo para mujeres

Pág. 22 «El libro de la estrategia», epígrafe basado en una línea sobre la


guerra y el conocimiento, tomada de Car los Castañeda, Journey to  Ixtlán:  The 

Lessons of Don Juan, Nueva York, Washington Square Press, 1972, pág. 267.

(Trad, al cast.,  Viaje a Ixtlán: Las enseñanzas de Don Juan, Fondo de Cultura

Económica, 1993.) 

Pág. 23 La idea de espiar con orgullo está tomada de Roseanne: «Siempre


he entendido  — en virtud de mi propia experiencia de batallar en casa, de

niña—  [que] el grado supremo de ética, conciencia y maestría que pueden


alcanzar las mujeres es "espiar".» De un ensayo inédito. 

Pág. 28 Los cinco porqués son una adaptación de Peter Senge y otros, The 
Fifth Discipline Fieldbook,  Nueva York, Currency/Doubleday, 1995, págs.

108-112. (Trad, al cast.,La quinta disciplina, trad, por Carlos Gardini, Barcelona,

Granica, 1993.)

Págs. 30-31 Las observaciones sobre la verdad están adaptadas de John


Lahr, «Dealing with Roseanne», The New Yorker, 17 de julio de 1995.

Pág. 33 Rebecca West, Black Lamh and Grey Falcon: A Journey Through 
Yugoslavia, Nueva York, Penguin Books, 1994. 

Pág. 34 Janet Wallach, Desert Queen: The Extraordinary Life of Gertrude 


Bell, Nueva York, Doubleday, 1996. 

Pág. 36 Información sobre Akhmatova: Reeder, op. cit. 

Págs. 36 - 37 Marilyn Yalom, Blood Sisters: The French Revolution in 


Women's Memory, Nueva York, Basic Books, 1994.

Pág. 37 Perséfone. Edith Hamilton, Mythology: Timeless Tales of Gods and 


Hemes, Nueva York, Mentor, 1969, pág. 54.

Págs. 37 - 38 La historia de Juana de Arco, en Mark Twain, op. cit. 

Págs. 39 - 40 La historia del maestro filósofo me la contó una fuente

anónima en una conversación privada.  

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 Maquiavelo para mujeres

Pág. 42 Cita de John Evans, tomada de una conversación privada. 

Pág. 43 Cita de  La mansión, incluida en Adrienne Pich, Of Woman Born: 


Motherhood as Experience and Institution, Nueva York, Norton, 1986, pág. 66. 

Pág. 45 El poeta y crítico Fred Turner habla en numerosos discursos sobre


la importancia social de los poetas.

Pág. 46 Cita de Alanis Morisette tomada de «Better to Sing the Teen-Age


Life than Live It», de Jon Páreles, New York Times, 18 de febrero de 1996.
Pág. 52 Cita de Lou Andreas-Salomé tomada del libro de Lisa Appignanesi y
John Forrester, Freud's Women, Nueva York, Basic Books, 1992, pág. 244.  

Pág. 53 Catherine S. Manegold, «Tempering Troubled Waters: Myrlie


Evers-Williams», New York Times, 20 de febrero de 1995.

Pág. 53  Casi todo el mundo vive en sus sueños..., tomado de Castañeda, 
op. cit., pág. 91. 

Pág. 77 La historia de Bell aparece en Wallach, op. cit. 

Págs. 56-59 La historia de Magda Trocmé está tomada de Philip Hallie, Lest 
Innocent Blood Be Shed: The Story of the Village of Le Chambón and How 
Goodness Happened There, Nueva York, HarperCollins, 1994, pág. 163.  

Pág. 65 Los cuatro tipos de tensión se utilizan en dis tinta forma y con
términos diferentes en Elaine Scarry, «War and the Social Contract: Nuclear 
Policy, Distribution, and the Right to Bear Arms», University of Pennsylvania 
Law Review, 139, n. 5, mayo de 1991.

Pág. 70 anorexia de poder:  esta expresión se utilizó por primera vez en una


conversación con Betty Sue Flowers. 

Págs. 77-78 Diane Wolkstein y Samuel Noah Kramer, Inanna: Queen of 
Heaven and Earth, Nueva York, Harper & Row, 1983.

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 Maquiavelo para mujeres

Págs. 78-79 La historia de las concubinas: Sun Tzu, The Art of War, 
traducción al inglés de Samuel B. Griffith, Londres, Oxford University Press,
1963,

págs. 37-38. (Trad, al cast., El arte de la guerra, trad, por Alfonso Colodrón,
Barcelona, Bibliotex, 1993.)

Págs. 80-81 La historia de Fossey: Mowat, op. cit. 


Pág. 81 La historia de Gandhi: Erikson, op. cit. 

Págs. 81-82 Connie Bruck, « Hillary the Pol», The New Yorker, 30 de mayo
de 1994.

Pág. 84 La historia de Gandhi: Erikson, op. cit. 

Págs. 85 Piensa a través del cuerpo:  Scarry, op. cit., pág. 1.290. 

Pág. 85 Gandhi y ahimsa: Erikson, op. cit. 

Pág. 86 Las frases de la tercera sección están tomadas de la filosofía de la


no violencia de Gandhi, tal como se describe en Erikson, op. cit. 

Pág. 86 Las tácticas de los Zapatistas están tomadas de una nota publicada
en The Economist, en un suplemento especial sobre la alta tecnología bélica, el

3 de septiembre de 1994.

Pág. 87 Phyllis Grosskurth, Melanie Klein: Her World and Her Work, 
Cambridge, Massachusetts, Harvard Univer- sity Press, 1987, págs. 310-313.

(Trad. al cast., Melanie Klein: su mundo y su obra, trad. por Eduardo Sinnot,

Barcelona, Paidós Ibérica, 1990.) 


Pág. 88 Reduce el conflicto a lo esencial: Erikson, op. cit.
Págs. 89-90  Analiza cada situación para encontrar el punto opuesto:  
Erikson, op. cit.

Págs. 90-92  Prepárate para que te hagan daño, pero no hagas daño:  
Erikson, op. cit.

Pág. 90 Sé sincera...: Erikson, op. cit.

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 Maquiavelo para mujeres

Pág. 90 No busques venganza: Erikson, op. cit.


Pág. 91 Sobre la escasa belleza de George Eliot: Gor- don Haight, George 
Eliot: A Biography, Londres, Penguin Books, 1992, págs. 115 -116.

Pág. 91 Sobre las estrategias de George Eliot: Ruby V. Redinger, George 


Eliot: The Emergent Self, Nueva York, Knopf, 1975.

Pág. 92 Deja entrar algo nuevo para destruir una frontera: Erikson, op. cit.
Pág. 92 Comentario de Mellow sobre Stein: op. cit., págs. 27-28.
Págs. 93-94  Haz campaña siempre al descubierto y a corto plazo:  Erikson, 
op. cit.

Pág. 93 Cita de Mary Lindell, tomada de la película One Against the Wind,
1991. 

Págs. 94-95 Elisabeth Young-Bruehl, Hannah Arendt: For Love of the World, 
New Haven, Yale University Press, 1982, pág. 109.  
Págs. 95-96  Enseña a tu voz interior a «contenerse» un poco:  Erikson, op.
cit.

Págs. 95-96 La historia de Arbus: Bosworth, op. cit., pág. 296. 


Pág. 96 Apela a lo mejor de tus enemigos: Erikson, op. cit.

Pág. 96 Sojourner Truth, op. cit., págs. 116-117.

Pág. 96  Sé autosuficiente tanto e n tu dolor como en tu triunfo: Erikson, op.


cit.

Págs. 97-98 Prepárate para aceptar que tu oponente cambie...:  Erikson, op.


cit.

Pág. 98 Cita de George Eliot: Redinger, op. cit., pág. 315. 


Págs. 98-99  Acepta cualquier sufrimiento, incluso la pérdida o  la 
humillación...: Erikson, op. cit.
Pág. 100 El último poder es el poder de la despedida:  Erikson, op. cit.
Pág. 100 El proverbio budista está tomado de un ensayo inédito de Deborah

Kolb titulado «Negotiating Women». 

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 Maquiavelo para mujeres

Pág. 101 La historia de la valiente escaladora me la ha contado John Tarrant


durante una conversación privada. 
Pág. 102 Roger Shattuck, «Emily Dickinson's Banquet of Abstemiousness», 
New York Review of Books, 6 de junio de 1996.

Págs. 102-103 La historia de George Eliot está tomada de Haight , op. cit., 
pág. 516. 
Pág. 104 Naomi Shihab Nye, Words Under the Words: Selected Poems, 
Portland (Oregon), Eighth Mountain Press, 1995, pág. 68.

Pág. 105 La historia de Ürsula está tomada de Kathleen Norris, The Cloister 
Walk, Nueva York, Putnam, 1996, pág. 138.
Pág. 106 Los datos sobre Rocky Marciano aparecen en Joyce Carol Oates, 
On Boxing, Garden City, Nueva York, Doubled ay/Dolphin, 1987, págs. 28 -29.

Pág. 107 Peggy Mann, Golda: The Life of Israel's Prime Minister, Nueva
York, Washington Square Press, 1973, pág. 172.

Págs. 107-108 La infancia de Rand: Claudia Roth Pier- pont, «Twilight of the

Goddess», The New Yorker, 24 de julio de 1995.


Pág. 108 Barbara Branden, The Passion of Ayn Rand, Garden City, Nueva
York, Doubleday, 1986.

Pág. 113 Cita sobre los héroes griegos: Porter, op. cit., pág. 137. 
Pág. 114 Historia de las protestas en India: Amitav Ghosh, «The Ghosts of 
Mrs. Gandhi», The New Yorker, 17 de julio de 1995.

Pág. 115 La esmeralda de Porter se describe en Joan Givner, Katherine 


 Anne Porter: A Life, Athens (Georgia), University of Georgia Press, 1991, pág.

448.

Págs. 115-116 Denis Diderot, The Indiscreet Jewels, traducción de Sophie


Hawkes, Nueva York, N.Y., Marsilio Publishers, 1993.

Págs. 117-118 Blanche Weisen Cook, Eleanor Roosevelt: Volume 1: 


1884-1933, Nueva York, Penguin, 1993, págs. 230- 236.

Pág. 118 West, op. cit., págs. 16-17.

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 Maquiavelo para mujeres

Pág. 118 Sojourner Truth, op. cit. 


Pág. 118 Sobre el uso de las declaraciones: Tracy Goss, The Last Word on 
Power, Nueva York, Currency/Doubleday, 1995

Pág. 119 La historia de Wu Yi: Elsa Walsh, «Profile: Charlene Barshevsky»,  

The New Yorker, 18 de marzo de 1995

Pág. 123 La historia de Golda Meir: Martin, op. cit., pág. 304. 


Pág. 123 La historia de Melanie Klein: Grosskurth, op. cit. Pág. 167 La
historia de Mary Lindell, op. cit.

Pág. 127 Erna F. Rubinstein, The Survivor in Us All: Four Young Sisters in 
the Holocaust, Hamden (Connecticut), Shoestring Press, 1986.
Págs. 127-128 La historia de la boda de Rubinstein, narrada en el programa
de formación de la Shoah Foundation, Boca Raton (Florida), septiembre de
1995.

Pág. 130 «La paz inquieta»: Yehuda Amichai, Collected Poems, Nueva York,
HarperCollins, 1994.

Pág. 131 La historia de Duncan: op. cit. 

Pág. 132 La historia de Suzanne Farrell: Shattuck, op. cit. 

Págs. 132  –  133 El soldado es James Stockdale. El comentario sobre


Epicteto lo contó el teniente coronel Larry R. Donnithorne en una conversación
privada.

Págs. 133-134 Las experiencias de Stockdale en Vietnam y con Epicteto se


narran en un escrito inédito, «What is Stoicism?», agosto de 1993.  

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 Maquiavelo para mujeres

BIBLIOGRAFÍA Escogida

La poetisa Mina Loy escribió un libro de poesía y lo tituló Lunar Baedeker  


porque hablaba de las idas y venidas como exiliada y expatriada de una mujer 

que se mantuvo al margen de la s guerras artísticas de principios de siglo. La

bibliografía sobre el tema que se incluye a continuación compone una

cartografía, pero no desde la frontera de la imaginación sino desde el frente de


la acción: el mundo a plena luz del día. Estos libros registran los hábitos de
aquellos que se mueven al sol y que volarían hacia él si pudieran. Cada uno de

ellos nos ofrece una visión fantástica de la vida, de la fuerza y del poder. Fueron
mis viajes, mi alimento y mi alojamiento durante los tres años que dediqué a

escribir este libro y durante los diez años anteriores, que pasé tratando de
comprender el poder.

  Arendt, Hannah, y Karl Jaspers, Correspondence, Orlando (Florida), Harcourt

Brace, 1992. Lee cualquier obra de Hannah Arendt, pero sobre todo sus

cartas, para darte cuenta de cómo esta mujer brillante aprendió a llevar una

vida libre. Jaspers fue su mentor.

Broyard, Anatole, Intoxicated by My Illness, and Other Writ- ings on Life and 

Death, Nueva York, Fawcett, 1992. Existe una amplia bibliografía so bre la

superación de las enfermedades, pero este libro es sin duda el mejor.


Broyard siempre tuvo una personalidad peculiar, pero cuando en fermó de

cáncer de próstata aprovechó la ocasión para ser más él mismo, no menos.


Una muestra: «Sólo si insistes en   mantener tu estilo evitarás dejar de
quererte a ti mismo a medida que la enfermedad intente disminuirte o

desfigurarte.» 
Cather, Willa, The Songof the Lark, Nueva York, Signet, 1991. Una novela

sobre una muchacha que crece en las duras condiciones de las grandes

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 Maquiavelo para mujeres

llanuras del Medio Oeste nor teamericano y llega a ser cantante. «Sólo

quiero lo imposible — dice —. Lo demás no me interesa.»  

Cioran, E. M., Tears and Saints, Chicago, University of Chicago Press, 1995.

(Trad. al cast., De lágrimas y de santos, trad. del francés por Rafael Panizo,

Barcelona, Tusquets, 1988.) El filósofo rumano cuenta historias de mujeres


místicas. 
Coles, Robert, Simone Weil, A Modern Pilgrimage, Reading (Massachusetts),

  Addison-Wesley, 1989. (Trad. al cast., Simone Weil, trad. por  Cristóbal

Piechocki, Barcelona, Gedisa, 1989.) La vida de una Antígona moderna.

Weil murió joven, pero influyó en poetas, hombres de estado y teólogos.


Como escribe Coles, el ejemplo de Weil centra la mente y ensancha el

corazón de todos los espectadores. También recomiendo la obra maestra


de Simone Weil, Gravity and Graee, Nueva York, Putnam, 1952. (Trad. al

cast., La gravedad y la gracia,  trad. del francés por Carlos Ortega, Trotta,

1994.)

Colettc, Earthly Paradise, Nueva York, Farrar, Straus & Gi- roux, 1966. Los
escritos autobiográficos de una maestra de la prosa sensual, que aconseja:
«Observa durante mucho tiempo aquello que te produce placer, pero
durante mucho más tiempo aquello que te produce dolor.»  
David-Neel, Alexandra, Magic and Mystery in Tibet, Nueva York, Dover, 1971.

(Trad. al cast.,  Magos y místicos del Tibet,  trad. del francés por Joseph M.

 Apfelbaume, Bar celona, Índigo, 1988.) Los atrevidos viajes de una orien -


talista francesa que vivió en el Tibet durante catorce años, donde probó el  
atletismo espiritual, el control del calor corporal, ejercicios de respiración
(cuando enviaba «mensajes en el viento») e incluso los horrores de la
magia negra. En comparación, todas las demás aventuras autobiográficas
parecen insignificantes.

Dinesen, Isak, Out of Africa, Nueva York, Vintage, 1989. (Trad. al cast., Cartas 

de Africa, Madrid, Alfaguara, 1994.) En este libro, Dinesen habla de su vida

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 Maquiavelo para mujeres

en Kenia como cafetalera, cazadora, cocinera, amante, mujer traicionada,

mujer victoriosa y autora de esta obra maestra, que concluyó en 1936.

Escribe: «Cuando un hombre blanco quiere ser amable, dice: "No te puedo
olvidar." En cambio, los africanos dicen: "No pensamos de ti que puedas

olvidarnos."» 
Eliot, George, Daniel Deronda, Londres, Oxford University Press, 1984. Si hay

un libro que iguale a Homero en las guerras de estado, es este libro sobre

las guerras de la intimidad. Gwendolyn Harleth es una joven hermosa «que

depositaba su confianza fundamentalmente en sí misma», pero que se


tiene que enfrentar a «la rigidez de las reglas irracionales». Su vida y sus
luchas como «princesa en el exilio».  
Haggard, H. Rider, She, Londres, Oxford University Press, 1991. El libro que dio

origen al apelativo «la que debe ser obedecida». Una fantasía sobre una
princesa guerrera con poderes mágicos y una belleza eterna que asume el

control de una tribu africana.

Harvey, Andrew, Hidden Journey: A Spiritual Awakening, Nueva York, Henry


Holt, 1991. La historia de cómo el autor descubrió a la madre Meera, una

encarnación de una deidad hindú, y lo que aprendió de ella. 


Herrera, Hayden, Frida: A Biography of Frida Kahlo, Nueva York, Harper &

Row, 1983. La vida de una pintora que, según lo describe ella misma, «se
volvió de todo en cuestión de segundos, mientras que mis amigas s e

hicieron mujeres poco a poco», a raíz de un accidente casi fatal. Vivió una
vida de extremos y se reinventò a sí misma muchas veces.
Ibsen, Henrik, Hedda Gabler and  Other Plays, Nueva York, Bantam, 1995.

(Trad. al cast., Casa de muñecas; Hedda Gabler, trad. del noruego por Else

Waterson, Madrid, Espasa Calpe, 1985.) Durante siglos, dramaturgos y no-

velistas han recreado a Medea, la máxima femme fatale. Véanse también 


Macbeth, de Shakespeare, y Beloved, de Toni Morrison.

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 Maquiavelo para mujeres

LaBastille, Anne, Beyond Black Bear Lake, Nueva York, Norton, 1987. Las

aventuras de una mujer que toma a Thoreau al pie de la letra y se construye

una cabaña en el bosque. Es tan fascinante que uno lo lee sin darse cuenta
de lo que hace.

Pagels, Elaine, Adam and  Ève  and the Serpent, Nueva York, Vintage, 1989.

(Trad. al cast.,  Adán, Eva y la serpiente, trad. por Teresa Camprodón,

Barcelona, Crítica, 1990.) Análisis de las primeras palabras que se


escribieron sobre el sexo y el poder.

Rush, Norman, Mating, Nueva York, Vintage, 1991. Una novela sobre uno de

los personajes femeninos más temibles de la literatura actual. En parte


comedia, en parte sobre la erótica del poder: resulta irresistible. 
Scarry, Elaine, The Body in Pain: The Making and Unmaking ofthe World, 

Nueva York, Oxford University Press, 1985. Un libro denso y difícil que

tardarás veinte años en leer. «Y, ¿por qué no? — dijo la autora en una

ocasión—, si yo tardé veinte años en escribirlo.» Pero merece la pena. Un

análisis magistral sobre la vulnerabilidad humana.


Steegmuller, Francís, ed., Flaubert-Sand: The Correspondente, Nueva York,

Knopf, 1993. Muchos la consideran la mejor correspondencia de todos los

tiempos. Dicen que hace varios años, durante un verano muy caluroso en el

cual se produjeron varios incendios que casi destruyeron las colinas de

Berkeley, en California, una mujer entró corriendo en su casa en llamas

para rescatar una copia de este libro. Sabía que las palabras de Flaubert y
Sand le darían fuer zas en medio de la tragedia. Estas cartas tratan de su
amor mutuo como importante vínculo de apoyo. George Sand, nacida como

Aurora Dupin, era una generación mayor que Gustave Flaubert y tenía un
hijo de la edad de éste.
Watzlawick, Paul, How Real Is Real? Confusion, Disinforma- tion,

Communication, Nueva York, Vintage, 1977. (Trad. al cast.,  ¿Es real la 

realidad?: confusión, desinformación, comunicación,  trad. del alemán por 

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 Maquiavelo para mujeres

Marciano Villanueva, Barcelona, Herder, 1994.) Va más allá de Deborah

Tannen, hasta las entrañas de la estrategia de las comunicaciones, para

dar mayor realismo a la realidad, en vez de menos.

Poetas luchadores

La forma más auténtica de vislumbrar las guerras de la in timidad procede


siempre de los poetas, que envuelven sus manos suaves en guantes de hierro.

 Akhmatova, Anna, Poems, Nueva York, Norton, 1983. Bishop, Elizabeth, The 

Complete Poems, 1927-1979, Nueva York, Noonday, 1993.


El libro de los salmos.  Los cantos del rey David describen la subordinación a

poderes superiores a los que este conquistador y poeta reclama para sí

mismo. El nombre de David significa «amante»; no es de extrañar que el

máximo conquistador del Viejo Testamento combine el conocimiento de la


creación y la destrucción. 

Graham, Jorie, The End of Beauty, Hopewell, New Jersey, Ecco Press, 1987.
Kinsella, Thomas, trad., The Tain, Londres, Oxford University Press, 1969. La

epopeya irlandesa del siglo XVIII. Marido y mujer, rey y reina, representan

una batalla épica en la cual las mujeres guerreras desempeñan papeles


importantes.

Tagore, Rabindranath, Collected Poems and Plays, Nueva York, Collier 

Books/Macmillan, 1993. (Trad, al cast., Obra selecta,  trad, del inglés por 

María de Quadras, Bar celona, Pamsa, 1995.) La obra de Tagore, Chitra, trata


del «poder de los débiles y el arma de la mano desarmada». 
Tsvetayeva, Marina, After Russia, Ann Arbor, Michigan, Ardis, 1992.

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 Maquiavelo para mujeres

Obras clásicas sobre el poder 

 Aparte de  El príncipe, de Maquiavelo, y The Art of War, de Sun Tzu, hay tres

libros que describen las bases del poder  que construyó el mundo: 

De Jouvenel, Bertrand, On Power: The Natural History of Its Growth, 

Indianápolis (Indiana), Liberty Fund, 1993. (Trad, al cast., El poder, Nacional,


1974.) La Biblia de 1945 sobre metodologías de orden y control. 
Foucault, Michel, Power / Knowledge, Nueva York, Pantheon, 1980. (Trad, al

cast.,  Un diálogo sobre el poder y otras conversaciones, Madrid, Alianza,

1995.) Brillantes ensayos

entre otras cosas sobre la verdad y el poder, la vista y el poder, el sexo y el

poder.

Russell, Bertrand, Power, Nueva York, Routledge, 1993. Lo que hizo Freud por 

el sexo, lo hizo Russell por el poder. Las formas, límites y detalles de la


naturaleza humana cuando está dominada por una gran ambición.
Lamentablemente, nunca analiza el poder que sobre él ejerció su amante,
Ottoline Morrell.

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 Maquiavelo para mujeres

AGRADECIMIENTOS

Los veinte años que llevo en la actividad editorial me hi cieron pensar que ya

sabía todo lo que hay que saber para crear un libro. Pero si no hubiese tenido la
suerte de encontrarme con tres genios, nunca habría escrito este libro. Les

agradezco en el orden en el cual han entrado en mi vida.

Betty Sue Flowers, catedrática de inglés en la Universidad de Texas en


 Austin, es una maestra. No hace falta plantearle una pregunta: ella se presenta

en el momento adecuado con las respuestas necesarias. La palabra brillantez le

va como un guante. Betty Sue me enseñó a ir más allá de la lectura de la poesía


para encontrar poesía en todo. Es un vestigio de la época en que Homero no
estaba tan ciego y todavía podía contemplar el cielo, ver hermosos genios
rubios y llamarlos diosas.

A Sandra Dijkstra la conozco desde hace años como agente literaria, mucho
antes de imaginarme siquiera que po dría ser mi agente. Tanto como l e temo en

mi papel de editora (no hay ningún agente más exigente que ella), la adoro
como escritora. Leyó todos los borradores, me ayudó, me sirvió de estímulo e

inspiración, me ofreció la profundidad de su intuición desde su propio libro


extraordinario, Flora Tristan.  Es una extraña mezcla de creatividad dedicada al

servicio de sus autores.

Con respecto a Betsy Lerner, he de decir que me deja anonadada y no

puedo menos que entonar sus alabanzas. Betsy es una organización hecha
persona. Es genial y está llena de ideas increíbles sobre las personas, los
procedimientos y las cosas. Como editora mía, me humilló; yo creí que conocía
mi profesión y mi negocio, pero ella me enseñó muchísi mo. Borrador tras
borrador, Betsy mantuvo una postura firme sobre los libros, un temible nivel de

calidad. Todo el que entra en la vida de Betsy se puede considerar muy

afortunado.

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Muchas personas en Doubleday aportaron su tiempo, su energía y su


creatividad. Comencé a sentirme como la Sultana de Brunei cuando, al llegar al
despacho, cada día encontraba riquezas esperándome en forma de estímulos,
sugerencias, ilustraciones o portadas. Mario Pulice le dio a La princesa  su

espléndida cubierta, como me dio a mí en el pasado tantas portadas


maravillosas para los libros de Currency. Mis colegas de Currency más
próximos, Jennifer Breheny, Lisa Brancaccio, Michael lannazzi y Laurel Cook,
estuvieron siempre dispuestos a brindarme sugerencias y estímulos. Cada uno
de ellos es todo un carácter. Arlene Friedman, la editora de Doubleday, ha sido

una bendición de Dios como jefa; me brindó su apoyo para acabar el libro y sus
sabios consejos sobre el proceso editorial. Michael Palgon es una mano firme

que sirve de guía en las partes más difíciles del trabajo. Pat Mulcahy, director 
editorial de Doubleday, me ha enseñado un par de cosas sobre la gracia y la
risa. Bran- don Saltz y Laura Hodes, los ayudantes de Doubleday, cumplen con

una pericia poco habitual la difícil tarea de relacio narse con el autor. Las charlas

con Nan Tálese han sido para  mí como soplo de aire fresco en los momentos
en los que me sentía como si estuviera atravesando un desierto en este ne-
gocio. Kathy Trager, Paula Breen, Carol Lazare, Janet Hill y, por supuesto,

Emma Bolton son princesas ejemplares a las cuales observé y de quienes


aprendí. Gracias a Tom Cahill, casi me ha sido imposible asumir el doble papel
de editora y escritora, porque él es un ejemplo magnífico de ambos pa peles; ha

sido un placer verle desempeñar espléndidamente las dos tareas. 


Tengo una deuda enorme con Stephen Rubin, actual presidente del

departamento internacional de Doubleday. Fue uno de los primeros impulsores

de este proyecto, al igual que David Gernert, de Gernert Industries. Bill Barry,

actual jefe de operaciones de Doubleday, ha sido una fuente infalible de

inspiración, percepción y escrúpulos. Aunque estos tres Reyes Magos no


necesiten ningún libro sobre el poder, hicieron posible que éste existiera.

Martha Levin, editora de Anchor Books, ha transformado un antiguo programa


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de edición en una lista más distinguida que nunca, de modo que no me

sorprendió cuando, hace tres años, en una reunión editorial, se volvió hacia mí
y me dijo: «Deberías escribir un libro sobre el poder.» Ella siempre está creando
libros, hasta en los lugares más inverosímiles. 
En un mundo tan alegórico como éste, un alto ejecutivo de Doubleday como
Jack Hoeft no sólo debería aparecer como una institución sino que además
habría que aplicarle el adjetivo imponente  en muchos sentidos. Sin duda, la
palabra querido   no va bien para referirse a la mayoría de los directo res de

empresa, pero es perfecta para Jack, porque la gente lo admira y lo quiere.

Nunca he conocido a Jack en ningún papel que no sea   maquiavélico.  Para mí


ha sido un honor ser empleada suya y ser ahora una de sus autoras.

Con respecto a mis autores, ningún editor los ha tenido mejores. Han sido
mis maestros durante los casi diez años de vida de Currency. He aprendido de

los mejores, sobre todo de Andy Grove, presidente de la junta de Intel, que me

enseñó que la paranoia era positiva. Dee Hock, fundador y presidente emérito

de Visa, me enseñó que se ha acabad o el poder de mandar y controlar, y que


las mujeres tenemos mucho más poder que los hombres. Peter Senge, del MIT,

es un profesor que es tan lúcido y tiene tanto espíritu que uno se siente como si
trabajara y estudiara en el Paraíso. Jack Stack, de Spring field Remanufacturing,
me enseñó a encontrar la belleza y la libertad en lo cotidiano. Bo Burlingham,
editora de la revista Inc., tiene una voz tan generosa que no pude evitar 

modelar la mía a partir de la suya. Jacob Needleman, filósofo, es un alma pura.


No puedes estar en presencia de Jerry durante más de un minuto sin pensar:
¿cómo es posible que el mundo tenga tanta suerte como para contar con un
traductor como él para darle sentido? Christopher Maurer de la Universidad
Vanderbilt, Art Kleiner y David Whyte han proporcionado a Currency unos libros

extraordinarios que me han hecho cambiar mi manera de pensar. Barry Na-

lebuff y Adam Brandenburger me abrieron los ojos a las posibilidades de una

estrategia de cambio global, que ellos utilizan como base de la teoría de juegos
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en su magnífico libro Co-opetition. El libro de Tracy Goss, The Last Word on 
Power y su curso sobre la reinvención de los ejecutivos me cambió la vida, a mí

y a muchas personas más. Sally Helgesen es una figura de gran autoridad


sobre el liderazgo femenino y su libro, The Female Advantage, ha tenido gran

importancia para mí. Por el mero hecho de existir, Roseanne es una maestra de
primer orden; es inteligente, sabia y una intrépida guerre ra. Werner Erhard
ocupa un puesto privilegiado entre los hombres, los pensadores y los

conversadores estimulantes. Na- pier Collyns ha sido un banquete intelectual

durante los diez años que hace que le conozco. Roger Ailes y Jon Kraushar son
dos caracteres por derecho propio; por el solo hecho de tenerlos cerca, uno
empieza a comprender cómo es posible que sean tan talentosos y tan
admirables al mismo [Link]én me ha enriquecido conocer a dos jóvenes

bú- hos sabios como Alan Webber y Bill Taylor, los creadores de una
extraordinaria revista nueva, Fast Company. Herbert Alien, de Alien and

Company, me proporcionó unos importantes consejos, no sólo sobre el poder 

sino fundamentalmente sobre el poder del perdón. Mickey y Paola Schulhof son
maestros de la sencillez y la generosidad del poder. Geor- ge Gendron, director 

editorial de Inc., concibe unas ideas fascinantes antes de que nadie en el

mundo empiece siquiera a ponerse en marcha. Deb Futter, de Random House,

leyó los primeros borradores y tuvo la amabilidad de darme ánimos para que
siguiera adelante. Infinitas gracias a Rita Holm, de la Agencia Sandra Dijkstra,

que me brindó sus críticas con la intuición y la delicadeza de un cirujano. Bob


Daniels, corrector de Doubleday, merece mis elogios por ser, como decía Henry

James, «delicadamente atento y enormemente responsable». Sus comentarios


sobre el manuscrito fueron tan laboriosos y embellecedores como un bordado

flamenco. Estoy en deuda con él. 


Me sentí como un mendigo en la cabecera de un banquete, dos veces al
mes, durante el otoño de 1994 y el invierno de 1995, cuando me invitaron a
participar en el Pem- broke Research Seminar de la Brown University sobre «La
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cuestión de la violencia». Ellen Rooney dirigía un grupo increíble de estudiosos


que se reunían para analizar sus escritos y los de otros autores, desde Thomas
De Quincey hasta Slavoj Zizek.

Mi familia me ha brindado mucho estímulo. Mi hermano, Harold Rubin, es un


líder y todo un carácter por derecho propio. Es presidente del Midland Memorial
Hospital de Midland (Texas). ¿Acaso un hermano m ayor puede no ser siempre
la clave de las opiniones de una mujer sobre el poder? Mi madre, Sadie Rubin,

me impulsó y me estimuló en el hábito de la independencia. Ella también es la


guerrera por excelencia. Mi padre, Bernard Rubin, ya fallecido, trató de
construir un mundo en el cual el poder y el amor fueran distintos sin ser 
diferentes. Yugo, Otto y Honeybear son tres recuerdos maravillosos que

siempre me acompañarán, al igual que mis recuerdos de Bob Marcinczyk.  


Marty Leaf es lo que le deseo a toda mujer  que tenga una idea, un sueño y

un problema colosal. Marty es un influyente abogado de Nueva York (trabaja

para Morrison Cohén Singer and Weinstein), un intelectual y un salvador a

tiempo completo. Una vez leí un libro que describía a Moisés como un padre 
maternal ; pues así justamente es Marty, alguien que conoce la ley y la pone en

práctica con la compasión más suave y elegante. 


Por último, Avram Miller, brillante tecnólogo, líder y metafísico, a quien
dedico este libro. Me enseñó el amor y la guerra y, p or si eso no fuera
suficiente, la lección más valiosa que puede aprender una princesa: que es una

tontería tratar de imaginarse el futuro cuando uno puede crearlo. 

 Sobre la autora:
Harriet Rubin nació en Passaic (New Jersey) y estudió en la Rut gers
University y en la School of the Arts de la Universidad de Columbia, donde le

dieron una beca para proseguir sus estudios de poesía. Ha escrito para el New 
York Times, The Wall Street Journal, Publishers Weekly  y en revistas para

mujeres. En 1989, fundó Currency, el sello de Doubleday que se dedica a

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aportar nuevas disciplinas y perspectivas a la escritura sobre temas em-

presariales, que actualmente dirige. Vive en la ciudad de Nueva York y se

puede contactar con ella en HRubin@[Link]

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