LA CONVIVENCIA EN LA PAREJA1
Eduardo Dayen
Al leer “Convivencia y trascendencia en el tratamiento psi-
coanalítico”2 se destacan especialmente dos cuestiones. La
primera es que la convivencia es una necesidad que, co-
mo toda necesidad, reclama ser satisfecha3; la segunda
es que no podemos gozar de nuestras posesiones en
ausencia de alguien con quien compartirlas4. Convivir y
compartir: dos cuestiones que, agregadas a la creación co-
laborativa, hacen a la esencia de lo que llamamos “la pare-
ja”.
De todos modos, Chiozza repara en que el término “pareja”
mantiene, de manera implícita, una inconveniente ambigüe-
dad. Porque alude a la condición de “par”, y ocurre que, si en
algún sentido una pareja es un par, no se parece a un par de
pesos, de clavos o de fósforos, se parece mejor a un par de
zapatos o de guantes, ya que se trata de un par complemen-
tario, que se constituye propiamente en razón de ser “dis-
par”. También ocurre que al hablar de “cónyuges”5, sin que-
1 Presentado en el Simposio 50 de la Fundación Luis Chiozza el 24 de
enero de 2020.
2 CHIOZZA, Luis (1983f [1982])
3 Junto a su necesidad de convivencia, el hombre posee una necesidad de
trascendencia, sea consciente o inconsciente, que, como ocurre con cual-
quier otra necesidad, debe ser identificada durante el tratamiento psicoa-
nalítico a los fines de que pueda ser adecuadamente satisfecha.
4 El hombre no ha nacido […] para vivir aislado. Para realizarse plenamen-
te le hace falta, como a la neurona, vivir inmerso en un mundo de interlo-
cución. Para gozar de sus posesiones necesita, como le ocurre a un niño
con una pelota, la presencia de alguien con quien compartirlas. El goce
pretendidamente solitario se realiza mediante el artificio efímero de una
presencia imaginaria.
5 La palabra “cónyuge” alude, en su significado etimológico, al hecho de
compartir un yugo, como la yunta de bueyes que tiran de una misma ca-
rreta. De este modo podríamos decir que, entre las formas de constituir
una pareja, hay una que, en su sentido extremo, consiste en compartir la
condición, solidaria o recíproca, de subyugado o sojuzgado. Estas dos
últimas palabras también derivan de “yugo”. Aunque puede aducirse que
rer ponderamos una vivencia de esclavitud que no corres-
ponde a lo que queremos designar. Decimos, de los anima-
les, que se acoplan o que copulan, pero no nos parece apro-
piada, en nuestro idioma, la palabra castellana “copla” para
designar a una pareja humana. Los italianos, en cambio,
usan habitualmente la palabra equivalente coppia, y los fran-
ceses couple.6 La idea de “copla” remite implícitamente al
acoplamiento, a la armonía, a la imagen que brindan, por
ejemplo, dos personas bailando; se acoplan ajustando sus
diferencias para conformar algo que las trasciende a cada
una. Sin embargo, una vez aclarada la cuestión podemos
seguir usando el término más habitual.
Vivir es convivir, y las dificultades que ocurren en la pareja a
veces provocan una insatisfacción creciente que, al no ela-
borarse, puede despertarnos, por ejemplo, una vivencia de
sometimiento, de haber perdido libertad; es una de las situa-
ciones que evidencia la mutua influencia que ocurre entre
esos rasgos de carácter que dificultan alcanzar o conservar
la vida en pareja, y las circunstancias que hoy nos toca vivir.
Transitamos una profunda crisis de valores que impregna
nuestro carácter y que además nos circunda, configurando
un marco axiológico caótico que entorpece el descubrimiento
y la elaboración de los conflictos.
La mezcla de egoísmo con una noción descarriada de la
propiedad instiga a desoír la necesidad de convivir en gene-
ral, y a la de convivir en pareja en especial.
el término “cónyuge” se refiere sobre todo a tirar “juntos” del yugo, alude
siempre al hecho de “tirar de un yugo”, y la experiencia muestra que cuan-
do un vínculo se consolida, de manera predominante, sobre la base de
compartir una misma penuria, cuando esa penuria que llenaba la vida de
los cónyuges termina y los deja de pronto frente a frente, su relación in-
gresa en una grave crisis, ya que sólo puede perdurar si se reconstruye
sobre bases distintas. No parece entonces la palabra “cónyuge” una elec-
ción feliz, porque, como sucede con la palabra “esposos”, señala la exis-
tencia de una esclavitud compartida. Reparemos en que las esposas que
usa el policía para que no escape su preso también se llaman “esclavas”.
La palabra “consorte”, que por su origen significa compartir la misma suer-
te, parece mucho mejor, pero se usa muy poco. (CHIOZZA, Luis (2005a))
6 CHIOZZA, Luis (2005a)
La humanidad se encuentra en la encrucijada entre un viejo
orden moribundo y el ascenso de una nueva era. Rifkin7 sos-
tiene que está surgiendo un hombre nuevo; alguien que tiene
una idea de sí mismo y una percepción del mundo tan dife-
rente de la persona autónoma y propietaria de la era moder-
na como en su momento lo fue esta última del sujeto comu-
nal de la Edad Media.
Hoy creemos que la libertad depende de la autonomía en
lugar de vincularla con la responsabilidad. Nos parece que
ser libres es evitar toda relación de obligación o dependen-
cia8. Un modo de ver que se agrega a la convicción de que
para ser independiente es preciso ser propietario y que,
además, las propiedades se consiguen rivalizando con otros.
Y así, volcados a vivir para uno mismo se debilita, día a día,
la capacidad de convivir.
Lo cierto es que la verdadera libertad solo queda garantizada
por la pertenencia y no por las pertenencias. La libertad
siempre queda asociada a la inclusividad. La libertad se en-
cuentra en las relaciones compartidas y no en el aislamiento.
Rifkin nos sugiere que comparemos el caso de quien dedicó
toda su vida, exclusivamente, a atesorar propiedades y a
perseguir la autonomía, con el de quien se pasó la vida ex-
plorando relaciones y tratando de intimar con los demás.
¿De cual de los dos se puede decir que optimizó todo el po-
tencial de su ser y que alcanzó la máxima libertad? 9
Toffler10 señala que toda sociedad crea, a través de sus insti-
tuciones, su propia arquitectura de roles y expectativas so-
ciales. […] Y la familia nuclear asignó los roles de trabajador,
ama de casa e hijos. Al entrar en crisis la familia nuclear, los
roles asociados con ella empezaron a tambalearse y a res-
quebrajarse con un gran impacto personal.
7 RIFKIN, Jeremy (2004)
8 Término que suele confundirse con el de “sometimiento”.
9 Ibíd.
10 TOFFLER, Alvin (1980)
Acerca de tal crisis, se ve que todavía falta mucho para los
festejos de la llegada a puerto y que la angustia de la trave-
sía seguirá siendo inevitablemente elevada.
Vivimos inmersos en una ideología que considera que las
posesiones son lo único que abre las puertas de acceso al
bienestar. Y aunque nos demos cuenta de que se trata de un
malentendido, nos cuesta creer que necesitamos del otro
para poder gozar con lo que hemos logrado. Lo curioso
es que, en el fondo, todos sabemos que es así. Se trata de
un conocimiento al que en ocasiones recurrimos para des-
cargar sentimientos hostiles. Dado que el otro no puede go-
zar de lo que posee en soledad, desde la rivalidad, la envidia
o los celos, le estropeamos el placer negándonos a compar-
tir lo que él consiguió: basta con poner mala cara o mostrar
indiferencia. Claro que es un arma que, obviamente, no deja
ileso al que la utiliza.
En síntesis: creo que la concepción que tengamos acerca de
las posesiones y de cómo disfrutarlas no sólo influye en la
capacidad de conformar una pareja, sino que también cola-
bora en determinar la buena o mala convivencia en la ya
constituida.
Con la pareja nacen los proyectos en común. Y para llevar
adelante un proyecto compartido es indispensable conside-
rar el punto de vista del otro. En un trabajo sobre los trastor-
nos de la visión decía que la transformación que brindó con-
ceptualizar la “perspectiva” implica, en principio, una nueva
conciencia que impone el desarrollo de una nueva capaci-
dad: la capacidad de configurar ideas teniendo en cuenta no
sólo el punto de vista propio sino considerando, además, el
ajeno, capacidad a la que nos referimos usando el término
“perspicacia”11.
11 Se aplica a la persona que tiene aptitud extraordinaria para percatarse
de las cosas, aunque no estén patentes o claras, así como a su inteligen-
cia.
Las ideas que nos hacemos se originan sólo a partir del pun-
to de vista desde el cual observamos. Como dice Ortega,
nadie ha visto jamás una naranja entera. Pero mi punto de
vista y el de otro observador pueden complementarse. Claro
que la diversidad de puntos de vista nos enrostra nuestra
incompletud, pero asumir esa inevitable realidad nos facilita
la integración.
Cuestiones que nos llevan a pensar que, a la hora de discre-
par, parece que la cuestión no pasa por insistir en reformar a
toda costa los propósitos del otro. A veces la alternativa es
ver si queda algo de los nuestros que podamos conciliar… o,
de no ser así, enfrentar el dolor de una separación.
Separarse cuando ya no hay forma de seguir juntos puede
ser el desenlace amoroso de un compromiso. Lo que no es
amoroso es someterse a vivir la sociedad de la pareja como
una condena. Así como, desde la egolatría, sostener la vida
puede establecerse como un fin en sí mismo, desde una
ilusión de estabilidad, sostener un vínculo también puede
convertirse en un objetivo en sí mismo.
En una oportunidad Chiozza decía que siempre existe una
situación de equilibrio inestable entre eso que mueve a cons-
tituir la pareja para la sexualidad y la procreación y, por otra
parte, el matrimonio, como precepto que pretende conseguir
la permanencia.
Y nadie niega que la continuidad de la pareja tenga sus be-
neficios. El fuego de la pasión se acaba, pero el calor de las
brasas siempre es el más acogedor. Y esto es para cualquier
vínculo.
La continuidad beneficia… pero la única unión que parece
tener posibilidades de perdurar “en forma” es la constituida
por quienes no llegaron a tomarse en serio la promesa de
que iba a ser “hasta que la muerte nos separe”. Como suce-
de con tantas otras cosas, la ilusión de seguridad suele sen-
tar las bases para el fracaso.
En la medida que cambiamos – y cambiamos permanente-
mente – junto con nosotros cambian los proyectos o la ma-
nera en que nos parece que podemos llevarlos adelante. Y
esto impone que, con mayor o menor conciencia, tengamos
que recontratar permanentemente.
En ese sentido, todo hace pensar que para mantener la pa-
reja el contrato matrimonial presta menos utilidad que los
esfuerzos que haga cada uno para armonizar las diferencias.
Se puede decir que a las parejas que funcionan bien el ma-
trimonio no les hace falta y a las que funcionan mal no las
mejora.
Un último punto interesante es el que se refiere a que mu-
chas veces se expresa el deseo de formar una pareja di-
ciendo “estoy buscando pareja”. Como si la pareja fuera algo
que está ahí, dispuesto a ser encontrado como los tréboles
de cuatro hojas. Sin embargo, es evidente que la pareja se
construye y se sostiene trabajando permanentemente sobre
las diferencias.
Claro que cuando hablamos de trabajo pensamos en algo
que solo se vincula con el sudor y el sufrimiento. Algo que
queda totalmente disociado de la creación y la complacen-
cia. Vivir en pareja implica conocimiento y aceptación condi-
cional del otro… y eso requiere cariño, tiempo y buena dis-
posición. Las relaciones que dan brotes son las sembradas
en la mezcla de compromiso, paciencia y persistencia. Todo
parece confirmar la idea de que la pareja no es sólo algo por
formar, sino algo que, una vez constituido, requiere de una
continua reforma.
BIBLIOGRAFÍA
CHIOZZA, Luis (1983f [1982])
“Convivencia y trascendencia en el tratamiento psicoanalítico”,
Obras Completas, Tomo IX, Libros del Zorzal, Buenos Aires.
CHIOZZA, Luis (2005a)
Las cosas de la vida. Composiciones sobre lo que nos importa,
Obras Completas, Tomo XV, Libros del Zorzal, Buenos Aires,
2005.
RIFKIN, Jeremy (2004)
El sueño europeo, Paidós, Buenos Aires.
TOFFLER, Alvin (1980)
La tercera ola, Plaza & Janes, Barcelona, España.