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JAUAR

La leyenda cuenta la historia de un jaguar al que unos monos le lanzaron un aguacate y mancharon su pelaje, por lo que el dios Yum Kaax lo castigó a él y sus descendientes con manchas oscuras de por vida. Los monos también recibieron un castigo por su comportamiento.
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JAUAR

La leyenda cuenta la historia de un jaguar al que unos monos le lanzaron un aguacate y mancharon su pelaje, por lo que el dios Yum Kaax lo castigó a él y sus descendientes con manchas oscuras de por vida. Los monos también recibieron un castigo por su comportamiento.
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daptación de una leyenda de la cultura

Maya

Cuenta una antigua leyenda que hace miles de años,


cuando todavía no existía el ser humano, hubo un jaguar
al que sucedió algo muy especial. ¿Quieres conocer su
historia?

Parece ser que el animal era plenamente feliz porque


estaba en buena forma física, tenía alimentos de sobra a
su alcance, y se llevaba estupendamente con el resto de
animales; además, se sentía agradecido por poder
despertarse cada mañana en uno de los lugares más
hermosos que uno podía imaginar: la maravillosa
península del Yucatán.

Como a todo buen felino le encantaba pasear por el


bosque envuelto en la oscuridad de la noche y escalar la
montaña durante el día, pero sin lugar a dudas su afición
favorita era lamer su propio pelaje, tan amarillo y
brillante como el mismísimo sol. Para él era
fundamental mantenerlo limpio, no solo para sentirse
más guapo y aseado, sino también porque era
consciente de que suscitaba una enorme admiración. Sí,
presumía un poco de pelo rubio, ¡pero es que se sentía
tan orgulloso de él que no lo podía evitar!

———-
Una tarde de verano estaba dormitando bajo un árbol de
aguacate cuando de repente se sobresaltó al escuchar
unos ruidos rarísimos sobre su cabeza.

– ¿Qué ha sido eso?… ¿Quién anda por ahí perturbando


el descanso de los demás?

Miró hacia arriba y contempló extrañado que las ramas


se agitaban y parecían chillar. Abrió sus grandes ojos y al
enfocar la mirada descubrió que se trataba de tres
monos que, para entretenerse, estaban compitiendo a
ver quién arrancaba más frutos maduros en menos
tiempo.

Entre sorprendido y enfadado les gritó:

– ¡Un respeto, por favor! ¿No veis que estoy durmiendo


la siesta justo aquí abajo? ¡Dejad ese estúpido juego de
una vez!

Los monos estaban pasándoselo tan bien, venga a reír y


a saltar de una rama a otra, que no le hicieron ni caso.
De hecho, empezaron a lanzar aguacates al aire para ver
cómo se despedazaban y lo salpicaban todo al chocar
contra el suelo ¡Les parecía un juego divertidísimo!

El jaguar, que ya tenía una edad en la que no soportaba


ese tipo de tonterías, empezó a perder la paciencia. Muy
serio, se puso a cuatro patas, levantó la cabeza, y
rugiendo les enseñó los colmillos a ver si se daban por
aludidos. Nada, como si no existiera.

– ¡Estoy harto de tanto alboroto y de que desperdiciéis


la comida de esa manera! ¡Poned fin a la juerga o
tendréis que véroslas conmigo!

Por increíble que parezca ninguna amenaza surtió efecto


y los monos siguieron a lo suyo. Por poco tiempo, eso sí,
pues la mala suerte quiso que uno de los aguacates se
estrellara en el lomo del jaguar. El golpe fue intenso y se
retorció de dolor.

– ¡Ay, ay, menudo porrazo me habéis dado con uno de


esos malditos aguacates!

Se palpó y notó que la zona se estaba inflamando, pero


lo más grave fue comprobar cómo la pulpa se
desparramaba por su pelo como si fuera manteca,
formando un asqueroso pegote verde. El presumido
felino se puso, nunca mejor dicho, hecho una fiera.

– No… no… no puede ser… ¡Acabáis de destrozar mi


bello y sedoso pelaje dorado, panda de inútiles!…
¡¿Quién ha sido el culpable?!

El mono que tenía las orejas más puntiagudas puso tal


cara de pánico que él solito se delató; el jaguar, con los
nervios a flor de piel, reaccionó como suelen hacer los
jaguares cuando se enfadan de verdad: pegó un salto
gigantesco, y cuando estuvo a la altura del insolente
animal, levantó la pata derecha y le asestó un zarpazo en
la barriga. La víctima chilló de dolor, pero por suerte la
herida era poco profunda y pudo salvar el pellejo.

Para no tentar más a la suerte, propuso la retirada


inmediata a sus compañeros.

– ¡Chicos, rápido, debemos irnos!… ¡Hay que escapar


antes de que acabe con nosotros!

¡Dicho y hecho! Los tres amigos bajaron del árbol y


huyeron despavoridos campos a través. Lejos del
peligro, el mono herido dijo a los otros dos:

– Sé que el jaguar no merecía recibir un golpe con el


aguacate y que ensucié su lindo pelo, pero no hubo mala
intención por mi parte ¡Le di sin querer y mirad lo que
me ha hecho!

El mono mostró las marcas largas y ensangrentadas que


las garras habían dejado sobre su piel.

– ¡No os podéis imaginar lo mucho que duele y escuece!


… Sinceramente, creo que esto no se puede quedar así.
Lo mejor es que vayamos a ver a Yum Kaax. ¡Él sabrá
darnos el mejor de los consejos!

———-
Yum Kaax, dios protector de las plantas y los animales,
vivía en la montaña y era muy querido por su bondad,
sabiduría y amabilidad. Recibió a los tres monitos con un
sonrisa, los brazos abiertos y luciendo en la cabeza su
característico tocado con forma de mazorca de maíz.

– Bienvenidos a mi hogar. ¿En qué puedo ayudaros?

El mono que había tenido la idea de solicitar audiencia a


la divinidad se disculpó.

– Señor, perdone que le molestemos a estas horas, pero


hemos tenido un grave encontronazo con un jaguar.

– Está bien, tranquilos, contadme lo sucedido.

El trío fue detallando la desagradable situación que


había vivido minutos antes. Nada más terminar, el joven
dios, ya sin la sonrisa en la boca, resolvió:

– Tengo que deciros que vuestro comportamiento ha


sido penoso. ¡No se puede molestar a los demás
mientras duermen, y por supuesto, tampoco es ético
desperdiciar los aguacates que nos regala la tierra!…
¿Acaso no os han enseñado que está muy mal
despilfarrar la comida?

Los monos agacharon la cabeza avergonzados. Yum


Kaax continuó con la reprimenda.
– Para que aprendáis la lección, durante dos meses vais
a trabajar para mí limpiando los campos y recogiendo
parte de la cosecha de cereal. ¡Este año estamos
desbordados y toda ayuda es poca!

Los tres amigos abrieron la boca para protestar, pero el


dios no les dejó.

– ¡No admito quejas! Creo que será una buena forma de


que vosotros también maduréis… ¡como los aguacates!
¡Ja ja ja!

Los monos no pillaron la gracia y solo el dios se rio de su


propio chiste.

– Madurar… Aguacates… ¡Bah, ya veo que no lo habéis


entendido! En fin, sigamos con el tema que nos ocupa.

Se quedó unos segundos pensativos y decidió el castigo


para el felino.

– Dejaré que volváis a subir al árbol y le lancéis unos


cuantos aguacates al lomo. Esta vez, gracias a mis
poderes mágicos, no le servirá de nada limpiarse y
quedará marcado para siempre. Pagará por lo que ha
hecho y de paso aprenderá a ser menos engreído.

El dios tomó aire e hizo una advertencia:


– Debo deciros que hay dos normas que deberéis
respetar a toda costa: la primera, lanzar los aguacates
con cuidado para no hacerle daño.

Los tres monos dijeron que sí con la cabeza.

– Y la segunda, deben ser aguacates muy maduros, de


los que ya no se pueden comer porque están muy
blandos y oscuros, a punto de pudrirse. No le causaréis
dolor, pero su pelo quedará manchado de por vida
porque lo decido yo.

Los monos aceptaron las condiciones y tras dar las


gracias a Yum Kaax se fueron directos al árbol de
aguacate. Al llegar comprobaron que el jaguar había ido
a bañarse al río, por lo que aprovecharon su ausencia
para ocultarse entre las ramas. Desde allí le vieron
regresar, de nuevo con el pelo reluciente, dispuesto a
continuar su plácida siesta.

El mono de orejas puntiagudas, que era el que dirigía la


operación, susurró a sus colegas:

– Ahí viene… ¡Preparemos el arsenal!

El jaguar, totalmente ajeno a lo que le esperaba, se


acostó sobre la hierba y se durmió. En cuanto
escucharon los resoplidos, los tres primates cogieron
varios aguacates blandengues, que por cierto ya olían
bastante mal, y se los lanzaron sin contemplaciones. El
atacado se despertó al momento y horrorizado
comprobó cómo un montón de pulpa negra y viscosa
llenaba de manchas su finísimo y precioso pelaje.

– ¡¿Pero qué está pasando?!… ¿Quién me ataca?… ¡¿Qué


es esta porquería?!

El jefecillo, satisfecho con el resultado, se asomó entre


las hojas y gritó:

– Cumplimos órdenes del dios Yum Kaax. A partir de


ahora, tú y descendientes luciréis motas oscuras hasta el
fin de los tiempos. Para ti, se acabó el presumir.

El jaguar corrió a lavarse al rio, mas por mucho que se


puso a remojo, las manchas no se disolvieron. Cuando
salió del agua empezó a llorar de pura tristeza y no tuvo
más remedio que aceptar el castigo impuesto por el
dios.

Desde ese día, los monos tienen prohibido jugar a


guerras de aguacates y todos los jaguares tienen
manchas.

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