Viacrucis
Viacrucis
«Si uno viese desde lejos su patria y estuviese separada por el mar, vería adónde ir, pero no
tendría medios para llegar. Así es para nosotros… Anhelamos la meta, pero está de por medio
el mar de este siglo… Ahora, sin embargo, para que tuviésemos también el medio para ir, ha
venido de allá aquel a quien nosotros queremos llegar… y nos ha proporcionado el navío
para atravesar el mar. Nadie puede atravesar el mar de este siglo, si no le lleva la Cruz de
Cristo… No abandonar la Cruz, ella te llevará». Comentario al Evangelio de san Juan (cf. 2,
2) por San Agustin.
En efecto, el Via Crucis quiere avivar en nosotros este gesto de asirnos al madero de la Cruz
de Cristo a lo largo del mar de la existencia. El Via Crucis no es, pues, una simple práctica
de devoción popular con un tinte sentimental; expresa la esencia de la experiencia cristiana:
«El que quiera venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me
siga» (Mc 8, 34).
ORACIÓN INICIAL
Por la señal de la santa cruz +
de nuestros enemigos +
líbranos, Señor, Dios nuestro +
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo +
Amén
Mediante este ir contigo en el Vía crucis quieres guiarnos hacia el proceso del grano de
trigo, hacia el camino que conduce a la eternidad. La cruz ˆla entrega de nosotros mismosˆ
nos pesa mucho. Pero en tu Vía crucis tú has cargado también con mi cruz, y no lo has hecho
en un momento ya pasado, porque tu amor es por mi vida de hoy. La llevas hoy conmigo y
por mí y, de una manera admirable, quieres que ahora yo, como entonces Simón de Cirene,
lleve contigo tu cruz y que, acompañándote, me ponga contigo al servicio de la redención
del mundo.
Ayúdame para que mi Vía crucis sea algo más que un momentáneo sentimiento de devoción.
Ayúdanos a acompañarte no sólo con nobles pensamientos, sino a recorrer tu camino con el
corazón, más aún, con los pasos concretos de nuestra vida cotidiana. Que nos encaminemos
con todo nuestro ser por la vía de la cruz y sigamos siempre tu huellas. Líbranos del temor
a la cruz, del miedo a las burlas de los demás, del miedo a que se nos pueda escapar nuestra
vida si no aprovechamos con afán todo lo que nos ofrece.
Ayúdanos a desenmascarar las tentaciones que prometen vida, pero cuyos resultados, al
final, sólo nos dejan vacíos y frustrados. Que en vez de querer apoderarnos de la vida, la
entreguemos.
Pilato les preguntó: «¿y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?» Contestaron todos: «¡que
lo crucifiquen!» Pilato insistió :«pues ¿qué mal ha hecho?» Pero ellos gritaban más fuerte:
«¡que lo crucifiquen!» Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo
entregó para que lo crucificaran.
«Reo es de muerte», dijeron de Jesús los miembros del Sanedrín, y, como no podían
ejecutar a nadie, lo llevaron de la casa de Caifás al Pretorio. Pilato no encontraba razones
para condenar a Jesús, e incluso trató de liberarlo, pero, ante la presión amenazante del
pueblo instigado por sus jefes: «¡Crucifícalo, crucifícalo!», «Si sueltas a ése, no eres amigo
del César», pronunció la sentencia que le reclamaban y les entregó a Jesús, después de
azotarlo, para que fuera crucificado.
San Juan el evangelista nos dice que, pocas horas después, junto a la cruz de Jesús estaba
María su madre. Y hemos de suponer que también estuvo muy cerca de su Hijo a lo largo
de todo el Vía crucis.
Cuántos temas para la reflexión nos ofrecen los padecimientos soportados por Jesús desde
el Huerto de los Olivos hasta su condena a muerte: abandono de los suyos, negación de
Pedro, flagelación, corona de espinas, vejaciones y desprecios sin medida. Y todo por amor
a nosotros, por nuestra conversión y salvación.
*ORACIÓN*
Señor, has sido condenado a muerte porque el miedo al «qué dirán» ha sofocado la voz de
la conciencia. Sucede siempre así a lo largo de la historia; los inocentes son maltratados,
condenados y asesinados. Cuántas veces hemos preferido también nosotros el éxito a la
verdad, nuestra reputación a la justicia. Da fuerza en nuestra vida a la sutil voz de la
conciencia, a tu voz. Mírame como lo hiciste con Pedro después de la negación. Que tu
mirada penetre en nuestras almas y nos indique el camino en nuestra vida. El día de
Pentecostés has conmovido en corazón e infundido el don de la conversión a los que el
Viernes Santo gritaron contra ti. De este modo nos has dado esperanza a todos. Danos
también a nosotros de nuevo la gracia de la conversión.
Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su
santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.
*Segunda estación JESÚS CARGA CON LA CRUZ*
Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda
la compañía: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y trenzando una corona
de espinas se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y doblando
ante él la rodilla, se burlaban de él diciendo: «¡Salve, Rey de los judíos!». Luego lo escupían,
le quitaban la caña y le golpeaban con ella en la cabeza. Y terminada la burla, le quitaron el
manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.
Condenado muerte, Jesús quedó en manos de los soldados del procurador, que lo llevaron
consigo al pretorio y, reunida la tropa, hicieron mofa de él. Llegada la hora, le quitaron el
manto de púrpura con que lo habían vestido para la burla, le pusieron de nuevo sus ropas, le
cargaron la cruz en que había de morir y salieron camino del Calvario para allí crucificarlo.
*ORACIÓN*
Señor, te has dejado escarnecer y ultrajar. Ayúdanos a no unirnos a los que se burlan de
quienes sufren o son débiles. Ayúdanos a reconocer tu rostro en los humillados y
marginados. Ayúdanos a no desanimarnos ante las burlas del mundo cuando se ridiculiza
la obediencia a tu voluntad. Tú has llevado la cruz y nos has invitado a seguirte por ese
camino (Mt 10, 38). Danos fuerza para aceptar la cruz, sin rechazarla; para no
lamentarnos ni dejar que nuestros corazones se abatan ante las dificultades de la vida.
Anímanos a recorrer el camino del amor y, aceptando sus exigencias, alcanzar la
verdadera alegría.
Nuestro Salvador, agotadas las fuerzas por la sangre perdida en la flagelación, debilitado
por la acerbidad de los sufrimientos físicos y morales que le infligieron aquella noche, en
ayunas y sin haber dormido, apenas pudo dar algunos pasos y pronto cayó bajo el peso de la
cruz. Se sucedieron los golpes e imprecaciones de los soldados, las risas y expectación del
público. Jesús, con toda la fuerza de su voluntad y a empellones, logró levantarse para
seguir su camino.
Isaías había profetizado de Jesús: «Eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros
dolores los que soportaba. Yahvé descargó sobre él la culpa de todos nosotros». El peso de
la cruz nos hace tomar conciencia del peso de nuestros pecados, infidelidades,
ingratitudes..., de cuanto está figurado en ese madero. Por otra parte, Jesús, que nos invita a
cargar con nuestra cruz y seguirle, nos enseña aquí que también nosotros podemos caer, y
que hemos de comprender a los que caen; ninguno debe quedar postrado; todos hemos de
levantarnos con humildad y confianza buscando su ayuda y perdón.
*ORACIÓN*
Señor Jesús, el peso de la cruz te ha hecho caer. El peso de nuestro pecado, el peso de
nuestra soberbia, te derriba. Pero tu caída no es signo de un destino adverso, no es la pura
y simple debilidad de quien es despreciado. Has querido venir a socorrernos porque a
causa de nuestra soberbia yacemos en tierra. La soberbia de pensar que podemos
forjarnos a nosotros mismos lleva a transformar al hombre en una especie de mercancía,
que puede ser comprada y vendida, una reserva de material para nuestros experimentos,
con los cuales esperamos superar por nosotros mismos la muerte, mientras que, en
realidad, no hacemos más que mancillar cada vez más profundamente la dignidad humana.
Señor, ayúdanos porque hemos caído. Ayúdanos a renunciar a nuestra soberbia
destructiva y, aprendiendo de tu humildad, a levantarnos de nuevo.
Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su
santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.
*cuarta estación jesus se encuentra con su madre*
Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: «Mira, éste está puesto para que muchos en
Israel caigan y se levanten; será una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos
corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma». Su madre conservaba todo esto en su
corazón.
En su camino hacia el Calvario, Jesús va envuelto por una multitud de soldados, jefes
judíos, pueblo, gentes de buenos sentimientos... También se encuentra allí María, que no
aparta la vista de su Hijo, quien, a su vez, la ha entrevisto en la muchedumbre. Pero llega
un momento en que sus miradas se encuentran, la de la Madre que ve al Hijo destrozado, la
de Jesús que ve a María triste y afligida, y en cada uno de ellos el dolor se hace mayor al
contemplar el dolor del otro, a la vez que ambos se sienten consolados y confortados por el
amor y la compasión que se transmiten.
Nos es fácil adivinar lo que padecerían Jesús y María pensando en lo que toda buena madre
y todo buen hijo sufrirían en semejantes circunstancias. Esta es sin duda una de las escenas
más patéticas del Vía crucis, porque aquí se añaden, al cúmulo de motivos de dolor ya
presentes, la aflicción de los afectos compartidos de una madre y un hijo. María acompaña
a Jesús en su sacrificio y va asumiendo su misión de corredentora.
*ORACIÓN*
Santa María, Madre del Señor, has permanecido fiel cuando los discípulos huyeron. Al
igual que creíste cuando el ángel te anunció lo que parecía increíble ˆque serías la madre
del Altísimoˆ también has creído en el momento de su mayor humillación. Por eso, en la
hora de la cruz, en la hora de la noche más oscura del mundo, te han convertido en la
Madre de los creyentes, Madre de la Iglesia. Te rogamos que nos enseñes a creer y nos
ayudes para que la fe nos impulse a servir y dar muestras de un amor que socorre y sabe
compartir el sufrimiento.
Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su
santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.
*quinta estación el cirineo ayuda a Jesus a llevar la cruz*
Jesús salió del pretorio llevando a cuestas su cruz, camino del Calvario; pero su primera
caída puso de manifiesto el agotamiento del reo. Temerosos los soldados de que la víctima
sucumbiese antes de hora, pensaron en buscarle un sustituto. Entonces el centurión obligó a
un tal Simón de Cirene, que venía del campo y pasaba por allí, a que tomara la cruz sobre
sus hombros y la llevara detrás de Jesús. Tal vez Simón tomó la cruz de mala gana y a la
fuerza, pero luego, movido por el ejemplo de Cristo y tocado por la gracia, la abrazó con
resignación y amor y fue para él y sus hijos el origen de su conversión.
El Cireneo ha venido a ser como la imagen viviente de los discípulos de Jesús, que toman
su cruz y le siguen. Además, el ejemplo de Simón nos invita a llevar los unos las cargas de
los otros, como enseña San Pablo. En los que más sufren hemos de ver a Cristo cargado con
la cruz que requiere nuestra ayuda amorosa y desinteresada.
*ORACIÓN*
Señor, a Simón de Cirene le has abierto los ojos y el corazón, dándole, al compartir la
cruz, la gracia de la fe. Ayúdanos a socorrer a nuestro prójimo que sufre, aunque esto
contraste con nuestros proyectos y nuestras simpatías. Danos la gracia de reconocer como
un don el poder compartir la cruz de los otros y experimentar que así caminamos contigo.
Danos la gracia de reconocer con gozo que, precisamente compartiendo tu sufrimiento y
los sufrimientos de este mundo, nos hacemos servidores de la salvación, y que así podemos
ayudar a construir tu cuerpo, la Iglesia.
Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su
santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.
*sexta estación La Verónica enjuga el rostro de Jesús*
No tenía figura ni belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado por los
hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultan
los rostros; despreciado y desestimado.
Dice el profeta Isaías: «No tenía apariencia ni presencia; lo vimos y no tenía aspecto que
pudiésemos estimar. Despreciable y desecho de hombres, varón de dolores y sabedor de
dolencias, como uno ante quien se oculta el rostro, despreciable, y no lo tuvimos en
cuenta». Es la descripción profética de la figura de Jesús camino del Calvario, con el rostro
desfigurado por el sufrimiento, la sangre, los salivazos, el polvo, el sudor... Entonces, una
mujer del pueblo, Verónica de nombre, se abrió paso entre la muchedumbre llevando un
lienzo con el que limpió piadosamente el rostro de Jesús. El Señor, como respuesta de
gratitud, le dejó grabada en él su Santa Faz.
Una letrilla tradicional de esta sexta estación nos dice: «Imita la compasión / de Verónica y
su manto / si de Cristo el rostro santo / quieres en tu corazón». Nosotros podemos repetir
hoy el gesto de la Verónica en el rostro de Cristo que se nos hace presente en tantos
hermanos nuestros que comparten de diversas maneras la pasión del Señor, quien nos
recuerda: «Lo que hagáis con uno de estos, mis pequeños, conmigo lo hacéis».
*ORACIÓN*
Danos, Señor, la inquietud del corazón que busca tu rostro. Protégenos de la oscuridad del
corazón que ve solamente la superficie de las cosas. Danos la sencillez y la pureza que nos
permiten ver tu presencia en el mundo. Cuando no seamos capaces de cumplir grandes
cosas, danos la fuerza de una bondad humilde. Graba tu rostro en nuestros corazones,
para que así podamos encontrarte y mostrar al mundo tu imagen.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su
santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.
*séptima estación Jesús cae por segunda vez*
Jesús había tomado de nuevo la cruz y con ella a cuestas llegó a la cima de la empinada
calle que daba a una de las puertas de la ciudad. Allí, extenuado, sin fuerzas, cayó por
segunda vez bajo el peso de la cruz. Faltaba poco para llegar al sitio en que tenía que ser
crucificado, y Jesús, empeñado en llevar a cabo hasta la meta los planes de Dios, aún logró
reunir fuerzas, levantarse y proseguir su camino.
Nada tiene de extraño que Jesús cayera si se tiene en cuenta cómo había sido castigado
desde la noche anterior, y cómo se encontraba en aquel momento. Pero, al mismo tiempo,
este paso nos muestra lo frágil que es la condición humana, aun cuando la aliente el mejor
espíritu, y que no han de desmoralizarnos las flaquezas ni las caídas cuando seguimos a
Cristo cargados con nuestra cruz. Jesús, por los suelos una vez más, no se siente derrotado
ni abandona su cometido. Para Él no es tan grave el caer como el no levantarnos. Y
pensemos cuántas son las personas que se sienten derrotadas y sin ánimos para reemprender
el seguimiento de Cristo, y que la ayuda de una mano amiga podría sacarlas de su
postración.
*ORACIÓN*
Señor Jesucristo, has llevado nuestro peso y continúas llevándolo. Es nuestra carga la que te
hace caer. Pero levántanos tú, porque solos no podemos reincorporarnos. Líbranos del
poder de la concupiscencia. En lugar de un corazón de piedra danos de nuevo un corazón
de carne, un corazón capaz de ver. Destruye el poder de las ideologías, para que los
hombres puedan reconocer que están entretejidas de mentiras. No permitas que el muro del
materialismo llegue a ser insuperable. Haz que te reconozcamos de nuevo. Haznos sobrios
y vigilantes para poder resistir a las fuerzas del mal y ayúdanos a reconocer las necesidades
interiores y exteriores de los demás, a socorrerlos. Levántanos para poder levantar a los
demás. Danos esperanza en medio de toda esta oscuridad, para que seamos portadores de
esperanza para el mundo.
Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su
santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.
*octava estación Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalén*
Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras
y por vuestros hijos, porque mirad que llegará el día en que dirán: «dichosas las estériles y
los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado». Entonces empezarán a
decirles a los montes: «Desplomaos sobre nosotros»; y a las colinas: «Sepultadnos»; porque
si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco?
Dice el evangelista San Lucas que a Jesús, camino del Calvario, lo seguía una gran multitud
del pueblo; y unas mujeres se dolían y se lamentaban por Él. Jesús, volviéndose a ellas les
dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros
hijos»; añadiéndoles, en figuras, que si la ira de Dios se ensañaba como veían con el Justo,
ya podían pensar cómo lo haría con los culpables.
Mientras muchos espectadores se divierten y lanzan insultos contra Jesús, no faltan algunas
mujeres que, desafiando las leyes que lo prohibían, tienen el valor de llorar y lamentar la
suerte del divino Condenado. Jesús, sin duda, agradeció los buenos sentimientos de
aquellas mujeres, y movido del amor a las mismas quiso orientar la nobleza de sus
corazones hacia lo más necesario y urgente: la conversión suya y la de sus hijos. Jesús nos
enseña a establecer la escala de los valores divinos en nuestra vida y nos da una lección
sobre el santo temor de Dios.
*ORACIÓN*
Señor, a las mujeres que lloran les has hablado de penitencia, del día del Juicio
cuando nos encontremos en tu presencia, en presencia del Juez del mundo. Nos
llamas a superar un concepción del mal como algo banal, con la cual nos
tranquilizamos para poder continuar nuestra vida de siempre. Nos muestras la
gravedad de nuestra responsabilidad, el peligro de encontrarnos culpables y
estériles en el Juicio. Haz que caminemos junto a ti sin limitarnos a ofrecerte sólo
palabras de compasión. Conviértenos y danos una vida nueva; no permitas que, al
final, nos quedemos como el leño seco, sino que lleguemos a ser sarmientos
vivos en ti, la vid verdadera, y que produzcamos frutos para la vida eterna (cf. Jn
15, 1-10).
Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su
santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.
*NOVENA ESTACIÓN Jesús cae por tercera vez *
Bueno es para el hombre soportar el yugo desde su juventud. Que se sienta solitario y
silencioso, cuando el Señor se lo impone; que ponga su boca en el polvo: quizá haya
esperanza; que tienda la mejilla a quien lo hiere, que se harte de oprobios. Porque el Señor
no desecha para siempre a los humanos: si llega a afligir, se apiada luego según su inmenso
amor.
Una vez llegado al Calvario, en la cercanía inmediata del punto en que iba a ser crucificado,
Jesús cayó por tercera vez, exhausto y sin arrestos ya para levantarse. Las condiciones en
que venía y la continua subida lo habían dejado sin aliento. Había mantenido su decisión de
secundar los planes de Dios, a los que servían los planes de los hombres, y así había
alcanzado, aunque con un total agotamiento, los pies del altar en que había de ser inmolado.
Jesús agota sus facultades físicas y psíquicas en el cumplimiento de la voluntad del Padre,
hasta llegar a la meta y desplomarse. Nos enseña que hemos de seguirle con la cruz a
cuestas por más caídas que se produzcan y hasta entregarnos en las manos del Padre vacíos
de nosotros mismos y dispuestos a beber el cáliz que también nosotros hemos de beber. Por
otra parte, la escena nos invita a recapacitar sobre el peso y la gravedad de los pecados, que
hundieron a Cristo.
*ORACIÓN*
Señor, frecuentemente tu Iglesia nos parece una barca a punto de hundirse, que
hace aguas por todas partes. Y también en tu campo vemos más cizaña que trigo.
Nos abruman su atuendo y su rostro tan sucios. Pero los empañamos nosotros
mismos. Nosotros quienes te traicionamos, no obstante los gestos ampulosos y
las palabras altisonantes. Ten piedad de tu Iglesia: también en ella Adán, el
hombre, cae una y otra vez. Al caer, quedamos en tierra y Satanás se alegra,
porque espera que ya nunca podremos levantarnos; espera que tú, siendo
arrastrado en la caída de tu Iglesia, quedes abatido para siempre. Pero tú te
levantarás. Tú te has reincorporado, has resucitado y puedes levantarnos. Salva y
santifica a tu Iglesia. Sálvanos y santifícanos a todos.
Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su
santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.
*DÉCIMA ESTACIÓN Jesús es despojado de sus vestiduras *
Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir «La Calavera»), le dieron a beber
vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se
repartieron su ropa echándola a suertes y luego se sentaron a custodiarlo.
Ya en el Calvario y antes de crucificar a Jesús, le dieron a beber vino mezclado con mirra;
era una piadosa costumbre de los judíos para amortiguar la sensibilidad del que iba a ser
ajusticiado. Jesús lo probo, como gesto de cortesía, pero no quiso beberlo; prefería
mantener la plena lucidez y conciencia en los momentos supremos de su sacrificio. Por otra
parte, los soldados despojaron a Jesús, sin cuidado ni delicadeza alguna, de sus ropas,
incluidas las que estaban pegadas en la carne viva, y, después de la crucifixión, se las
repartieron.
Para Jesús fue sin duda muy doloroso ser así despojado de sus propios vestidos y ver a qué
manos iban a parar. Y especialmente para su Madre, allí presente, hubo de ser en extremo
triste verse privada de aquellas prendas, tal vez labradas por sus manos con maternal
solicitud, y que ella habría guardado como recuerdo del Hijo querido.
*ORACIÓN*
Señor Jesús, has sido despojado de tus vestiduras, expuesto a la deshonra, expulsado de la
sociedad. Te has cargado de la deshonra de Adán, sanándolo. Te has cargado con los
sufrimientos y necesidades de los pobres, aquellos que están excluidos del mundo. Pero es
exactamente así como cumples la palabra de los profetas. Es así como das significado a lo
que aparece privado de significado. Es así como nos haces reconocer que tu Padre te tiene
en sus manos, a ti, a nosotros y al mundo. Concédenos un profundo respeto hacia el
hombre en todas las fases de su existencia y en todas las situaciones en las cuales lo
encontramos. Danos el traje de la luz de tu gracia.
Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su
santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.
* UNDÉCIMA ESTACIÓN Jesús clavado en la cruz*
Encima de la cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Este es Jesús, el Rey de los
judíos». Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda. Los que
pasaban, lo injuriaban y decían meneando la cabeza: «Tú que destruías el templo y lo
reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz». Los sumos
sacerdotes con los letrados y los senadores se burlaban también diciendo: «A otros ha salvado
y él no se puede salvar. ¿No es el Rey de Israel? Que baje ahora de la cruz y le creeremos».
*ORACIÓN*
Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: «Jesús el Nazareno,
el Rey de los judíos». Leyeron el letrero muchos judíos, estaba cerca el lugar donde
crucificaron a Jesús y estaba escrito en hebreo, latín y griego.
Desde el mediodía hasta la media tarde vinieron tinieblas sobre toda aquella región. A media
tarde Jesús gritó: «Elí, Elí lamá sabaktaní», es decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has
abandonado?» Al oírlo algunos de los que estaban por allí dijeron: «A Elías llama éste». Uno
de ellos fue corriendo; enseguida cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en
una caña, le dio de beber. Los demás decían: «Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo». Jesús,
dio otro grito fuerte y exhaló el espíritu. El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús,
al ver el terremoto y lo que pasaba dijeron aterrorizados: «Realmente éste era Hijo de Dios».
Desde la crucifixión hasta la muerte transcurrieron tres largas horas que fueron de mortal
agonía para Jesús y de altísimas enseñanzas para nosotros. Desde el principio, muchos de
los presentes, incluidas las autoridades religiosas, se desataron en ultrajes y escarnios contra
el Crucificado. Poco después ocurrió el episodio del buen ladrón, a quien dijo Jesús: «Hoy
estarás conmigo en el paraíso». San Juan nos refiere otro episodio emocionante por demás:
Viendo Jesús a su Madre junto a la cruz y con ella a Juan, dice a su Madre: «Mujer, ahí
tienes a tu hijo»; luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre»; y desde aquella hora el
discípulo la acogió en su casa. Después de esto, nos dice el mismo evangelista, sabiendo
Jesús que ya todo estaba cumplido, dijo: «Tengo sed». Tomó el vinagre que le acercaron, y
añadió: «Todo está cumplido». E inclinando la cabeza entregó el espíritu.
*ORACIÓN*
Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su
santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.
*DECIMOTERCERA ESTACIÓN Jesús es bajado de la cruz y puesto en los brazos de su
Madre*
El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba
dijeron aterrorizados: «Realmente éste era Hijo de Dios». Había allí muchas mujeres que
miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para atenderle.
Para que los cadáveres no quedaran en la cruz al día siguiente, que era un sábado muy
solemne para los judíos, éstos rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran;
los soldados sólo quebraron las piernas de los otros dos, y a Jesús, que ya había muerto,
uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza. Después, José de Arimatea y
Nicodemo, discípulos de Jesús, obtenido el permiso de Pilato y ayudados por sus criados o
por otros discípulos del Maestro, se acercaron a la cruz, desclavaron cuidadosa y
reverentemente los clavos de las manos y los pies y con todo miramiento lo descolgaron. Al
pie de la cruz estaba la Madre, que recibió en sus brazos y puso en su regazo maternal el
cuerpo sin vida de su Hijo.
*ORACIÓN*
Señor, has bajado hasta la oscuridad de la muerte. Pero tu cuerpo es recibido por manos
piadosas y envuelto en una sábana limpia (Mt 27, 59). La fe no ha muerto del todo, el sol
no se ha puesto totalmente. Cuántas veces parece que estés durmiendo. Qué fácil es que
nosotros, los hombres, nos alejemos y nos digamos a nosotros mismos: Dios ha muerto.
Haz que en la hora de la oscuridad reconozcamos que tú estás presente. No nos dejes solos
cuando nos aceche el desánimo. Y ayúdanos a no dejarte solo. Danos una fidelidad que
resista en el extravío y un amor que te acoja en el momento de tu necesidad más extrema,
como tu Madre, que te arropa de nuevo en su seno. Ayúdanos, ayuda a los pobres y a los
ricos, a los sencillos y a los sabios, para poder ver por encima de los miedos y prejuicios, y
te ofrezcamos nuestros talentos, nuestro corazón, nuestro tiempo, preparando así el jardín
en el cual puede tener lugar la resurrección.
Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su
santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.
*DECIMOCUARTA ESTACIÓN Jesús es puesto en el sepulcro*
José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en el sepulcro
nuevo que se había excavado en una roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y
se marchó. María Magdalena y la otra María se quedaron allí sentadas enfrente del sepulcro.
José de Arimatea y Nicodemo tomaron luego el cuerpo de Jesús de los brazos de María y lo
envolvieron en una sábana limpia que José había comprado. Cerca de allí tenía José un
sepulcro nuevo que había cavado para sí mismo, y en él enterraron a Jesús. Mientras los
varones procedían a la sepultura de Cristo, las santas mujeres que solían acompañarlo, y sin
duda su Madre, estaban sentadas frente al sepulcro y observaban dónde y cómo quedaba
colocado el cuerpo. Después, hicieron rodar una gran piedra hasta la entrada del sepulcro, y
regresaron todos a Jerusalén.
*ORACIÓN*
Señor Jesucristo, al ser puesto en el sepulcro has hecho tuya la muerte del grano
de trigo, te has hecho el grano de trigo que muere y produce fruto con el paso del
tiempo hasta la eternidad. Desde el sepulcro iluminas para siempre la promesa
del grano de trigo del que procede el verdadero maná, el pan de vida en el cual te
ofreces a ti mismo. La Palabra eterna, a través de la encarnación y la muerte, se
ha hecho Palabra cercana; te pones en nuestras manos y entras en nuestros
corazones para que tu Palabra crezca en nosotros y produzca fruto. Te das a ti
mismo a través de la muerte del grano de trigo, para que también nosotros
tengamos el valor de perder nuestra vida para encontrarla; a fin de que también
nosotros confiemos en la promesa del grano de trigo. Ayúdanos a amar cada vez
más tu misterio eucarístico y a venerarlo, a vivir verdaderamente de ti, Pan del
cielo. Auxílianos para que seamos tu perfume y hagamos visible la huella de tu
vida en este mundo.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su
santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén, Jesús.
Oración Final: Señor mío Jesucristo, tu vida dolorosa ha terminado. ahora sabemos
con qué espíritu de abnegación y sacrificio has llevado tu Cruz. Así queremos llevar la
nuestra también. En este Vía Crucis nos has mostrado toda la grandeza de tu corazón.
Te hemos prometido reparación y amor. El deber nos llama al trabajo. ¡Haznos vivir y
sufrir, morir y vencer contigo! Y que el final de nuestro vía crucis terrestre sea para
todos los que acabamos de presenciar tu muerte y tu sacrificio, el comienzo de nuestro
triunfo celestial. Señor Jesús, haz de nosotros hijos de la luz que no temen las tinieblas.
Te pedimos hoy por todos los que buscan el sentido de la vida y por los que han perdido
la esperanza, para que crean en tu victoria sobre el pecado y la muerte. Amén.