LA IMAGINACIÓN ALEGRE
Fernando Savater
Fernando Savater es el filósofo vivo más conocido en el idioma español. Su libro "Ética para
Amador" se ha vendido por millares. Recibió el Premio Nacional de Ensayo por "La tarea del
héroe" y fue finalista del Premio Planeta de Novela con "El jardín de las dudas". Publicamos un
extracto de su más certera carta de creencia. En estas páginas excepcionales, Savater reivindica la
función creativa de la alegría. Este artículo fue publicado originalmente en La Jornada Semanal.
Se han encontrado muchos enterramientos neandertalenses, pero en ninguno de
ellos había rastro de abalorios ni de objetos de adorno corporal. Los primeros
adornos personales debieron de aparecer un poco más tarde, hace solo unos
cuarenta mil años.
Durante muchísimos siglos, aquellos primigenios esbozos de humanidad, "nuestros
primos lejanos" -como diría Lord Dunsany-, no sintieron necesidad de
embellecerse ni de emperifollarse en modo alguno..., a menos que se adornasen con
joyas más frágiles, como hojas o flores, de cuyas guirnaldas no nos han llegado
testimonio.
Yo me atrevería a suponer que fue precisamente así, pues no imagino a seres
propiamente humanos -y los antropólogos me dicen que esos neandertalenses lo
eran- carentes de exuberante coquetería, de vanidad autoafirmativa, de cierto
pavoneo en el filo mismo de una naturaleza no demasiado amable y de los agobios
cotidianos por retrasar la inevitable muerte.
De eso sí que podemos estar al menos seguros: de que sabían con toda certeza que
iban a morir: serían admisibles, en último extremo, hombres sin adornos ni
cosmética, pero no, desde luego, sin conciencia de su destino mortal.
Convencidos de su muerte, más o menos próxima, y luchando contra ella y contra
todo lo demás -privaciones, desastres, pánicos ante lo desconocido-, tengo por
razonablemente seguro que los neandertalenses se decoraban como podían, se
pavoneaban y también se gastaban unos a otros pequeñas bromas.
Ciertos antropoides ya casi hacen todas estas cosas, sin barruntar la certeza de la
muerte: aquellos primeros hombres, puesto que lo eran, no pudieron dejar de
hacerlas.
Presumían ante la muerte y su necesidad (todas las auténticas necesidades son
mortales), y mostraban, por medio de los adornos, una paradójica exaltación
íntima. ¿Cómo llamaremos a esa exaltación? Júbilo vital, albricias por durar sin
perecer, felicidad, agradecimiento por estar todavía en el mundo, sintiendo miedo y
carencias, esforzándose, conociendo la inminencia irrevocable de lo fatal... En una
palabra -además, francesa-: joie de vivre.
Los primitivos se adornaban conjeturalmente primero con flores o restos de
animales; ciertamente después con abalorios, pinturas e indumentarias; más tarde
con el arte, la literatura, el erotismo: todo lo que su imaginación les dictó para
mejor exteriorizar el desafío de su alegría.
Hasta que no supieron irrevocablemente que iban a morir, no fueron humanos;
hasta que no fueron humanos; no conocieron la conmoción de la alegría vital y la
necesidad de exhibirla, preservarla y aumentarla (con joyas, ritos, virtudes,
empresas...). También, desde el primer día, debieron sentir el desasosiego eventual
de perderla.
La alegría no es la conformidad con lo que ocurre en la vida, sino con el hecho de
vivir. Objeciones contra lo que a los humanos nos pasa en la vida nunca han
faltado, desde las épocas más remotas de las que tenemos noticia escrita. Uno de
los textos más antiguos que se ha logrado descifrar es una relación mesopotámica
hallada en una tumba y conocida a veces como "Canción del desesperado", que
quizá constituyó una suerte de testamento espiritual o de opinión definitiva sobre
el mundo y sus maneras, proferida por un inconformista. El autor deplora la
brevedad, dolores y fatigas de la existencia; denuncia la injusticia de los poderosos,
la arrogancia brutal de los militares, la codiciosa astucia de los mercaderes, la
prevaricación de los jueces, la infidelidad de las mujeres, la desobediencia de los
hijos... Concluye, con amenazador alivio, que todo marcha tan rematadamente mal
que el mundo se aproxima probablemente a su extinción final.
Esa protesta milenaria se ha repetido desde entonces, a lo largo de los siglos, con
invariable regularidad: de nada estamos mejor informados que de lo
desastrosamente que han ido siempre las cosas. Cuando encontramos alguna
mención de instituciones o personas bienaventuradas, siempre es para lamentar su
pronta desaparición; si alguien glorifica al Estado vigente o ensalza a algún
contemporáneo, podemos concluir, sin temor a equivocarnos, que cobra un sueldo
por ello.
La insatisfacción es la reacción más general, espontánea y desinteresada que han
consignado los humanos respecto a lo que en cada momento histórico constituía su
presente. Es seguro que siempre han tenido buenas razones para ello, las mismas
que asistían a Jorge Luis Borges cuando acotó, hablando de uno de sus
antepasados: "Le tocaron, como a todos los hombres, malos tiempos en que vivir".
SIN PORQUÉ, COMO LA ROSA
Para sentenciar al mundo por ser como es, no hace falta más que realismo; para
absolverlo y felicitarnos por estar en él, necesitamos imaginación. Supongamos que
es la imaginación humana el comienzo de toda alegría y, desde luego, del propósito
inverosímil de felicidad; pero no es una imaginación que nos refugia en lo que no
es, lo cual es triste, sino la imaginación alegre que se deleita afirmando sin
condiciones ni escrúpulos lo que es, porque la alegría, pese a todos los malos
augurios, permanece intacta.
Los hombres no nos ocupamos de otra cosa que de exhibirla, reafirmarla,
prolongarla y, llegado el caso, recuperarla. Como todos los "¿por qué?" están en su
contra, debemos llegar a la conclusión de que es sin por qué, como la rosa:
deficiente condición y a la par invulnerable. ¿A qué puede deberse?
Sorprende que los filósofos hayan desdeñado la alegría con incuria tan despectiva.
Uno de los pocos que se han ocupado de ella, Clément Rosset, la considera, hasta
mejor informe, "la cuestión más seria de la que nunca ha tenido que ocuparse la
filosofía".
Esa cuestión, según Rosset, se plantea así: "O bien la alegría consiste en la ilusión
efímera de haber acabado con lo trágico de la existencia (en cuyo caso la alegría no
es paradójica pero es ilusoria), o bien consiste en una aprobación de la existencia
tenida por irremediablemente trágica (en cuyo caso la alegría es paradójica pero no
ilusoria)".
Rosset titula La fuerza mayor su comentario sobre este tema porque la alegría se
impone a todo lo demás..., sin que sepamos cómo, lo cual, a quien reflexiona, no
deja de ocasionarle cierta vergüenza, motivo quizá por el que la alegría ha
encontrado tan escasos valedores entre los filósofos, dejando aparte -eso sí- a los
mejores: Demócrito, Montaigne, Spinoza, Nietzsche.
El resto la han tenido por un trastorno pueril, una demostración de falta de
profundidad, un episódico aturdimiento del que la sabiduría nos aparta ("quien
añade conocimiento, añade dolor", declara el Eclesiastés), un pecado voluntario o
involuntario contra la grávitas (gravedad) filosófica, un síntoma de minusvalía de
talento: ¿acaso no ha explicado ya Aristóteles que el hombre de genio ha de ser
melancólico?
En cualquier caso, la alegría es algo irrelevante desde el punto de vista teórico
porque carece de fundamento racional: por el contrario, tiene todas las razones en
contra. Quizás en cambio tiene, apuntamos nosotros, la imaginación a favor...
IMPIEDAD DE LA ALEGRÍA
Esta capacidad inexplicable para obtener de la vida una especie de suplemento
subjetivo que la hace notoriamente deseable, es lo que podemos llamar
"imaginación alegre". Ha solido siempre ganarse las invectivas de quienes, por
causa teórica o fisiológica, no pueden disfrutar de semejante beneficio, tan
reconstituyente como gratuito.
La acusación contra la alegría es de impiedad, en el doble sentido de la palabra. Es
impía, primero, porque no rinde veneración a ninguno de los remedios religiosos o
laicos que se ofrecen para reparar lo que le "falta" a la realidad, ni a la
trascendencia, ni a la eternidad, ni a las verdades inmutables, ni a la impasibilidad
del sabio, ni a lo imperecedero, ni a la resurrección de los muertos, ni al juicio final
que hará triunfar la justicia. Todos los complementos que apoyan y subvencionan
las "carencias" de la realidad, cuando está presente la alegría ya no hacen falta...
porque nada es echado en falta.
Sin embargo, también se tacha de impiedad a la alegría en el sentido de que
demuestra falta de piedad o compasión por los sufrimientos de nuestros
congéneres (Schopenhauer diría que de todos los seres vivos). Estos fiscales
suponen que la alegría, para ser lícita, ha de venir justificada por la celebración de
acontecimientos favorables concretos: si estos faltan o si sobreabundan las
desdichas, se convierte en una burla siniestra del dolor ajeno.
No obstante, resulta que lo característico de la alegría (lo que la hace distinta y más
intensa que la satisfacción que sentimos al ver cumplido cualquiera de nuestros
episódicos anhelos, egoístas o altruistas) es que se manifiesta a pesar de todos los
pesares, propios o ajenos. No porque los ignore, sino porque los vence; mejor,
porque en su raíz misma no tiene nada que ver con ellos: porque los desconoce
aunque los conozca demasiado bien.
Los pesares provienen de aquello que en la vida sucede, y la alegría, de aquello que
la vida es, del hecho de vivir y del perpetuo imaginarnos vivos que lo acompaña.
Añadamos, para tranquilidad de los acusadores, que los alegres no tienen por qué
ser menos movilizables que los tristes a la hora de intentar enmendar los
desafueros y catástrofes. También ellos pueden ser llamados a filas para mejorar el
mundo, como todos los demás: no son objetores ni insumisos (al menos, no
necesariamente) ante el servicio obligatorio que la común condición humana nos
impone. A ese mismo servicio aportan, como un himno triunfal que precede a todo
triunfo y acompaña también a cualquier fracaso, el rumor de su gozo.
GRATUIDAD DE LA ALEGRÍA
Aquí radica, precisamente, la paradoja ética de la imaginación alegre. Los
moralistas que no la comprenden suponen que ha de ser el premio de la virtud, el
objetivo logrado por medio del ejercicio ingrato y difícil del deber. Desconfían de
ella cuando se presenta demasiado pronto porque se quedan sin nada con lo que
sobornar. Ni siquiera el severo Kant renunció a obtenerla de modo perdurable;
pero, como es evidente que no suele acompañar a los logros morales conseguidos
en este valle de lágrimas, la aplazó hasta una vida futura cuya inevitabilidad
consideró probada por tan imperiosa exigencia.
Otros maestros de ética, sin embargo, vieron el asunto de modo más convincente o
menos instrumental. No pusieron la alegría al final del camino moral, como su
recompensa, sino al comienzo, como su inexcusable origen. La alegría no corona ni
subvenciona a la virtud, sino que la crea como uno de sus modos de perpetuación.
Las indicaciones morales de Demócrito, por ejemplo, se centran siempre en la
forma más adecuada de conservar la eutimia, el ánimo cordial, equilibrado y
risueño. Para Spinoza, sentir que aumenta racionalmente nuestra alegría es el
mejor síntoma moral y juntamente el contenido más preciso que podemos darle a
la palabra "virtud", tantas veces referida supersticiosamente a lágrimas y
autoflagelaciones.
Nietzsche, por su parte, liga necesariamente la alegría a la auténtica bondad y,
aunque no la considera como índice fiable de la más alta sabiduría, asegura que la
sabiduría misma no puede aspirar a mejor conquista: "La persona que tiene mucha
alegría es necesariamente buena; pero tal vez no sea la más lista, aunque consigue
precisamente aquello que la más lista trata de conseguir con toda su listeza".
En la alegría hay una gratuidad que la distingue de los logros de la reflexión y aun
de la perspicacia vital, y que, sin embargo, la vincula con la energía de la
imaginación: la alegría no está al final de nuestras búsquedas; a menudo las
precede o se desentiende de ellas, pero, en cambio, ninguna de nuestras
indagaciones morales o intelectuales puede desentenderse de ella ni desembocar en
punto más alto. Según Nietzsche, es imaginable que haya alegría sin ciencia
profunda, pero la ciencia más profunda ha de ser alegre, gaya ciencia.
Nada en la vida es causa necesaria de alegría para nadie; nada en la vida ni en la
muerte es obstáculo definitivo para la alegría. Además del hecho mismo de vivir, de
poder seguir funcionando - lo cual puede hacerse sin conciencia reflexiva-, lo más
que podemos obtener de la existencia es precisamente eso: ganas de decir "sí".
Si entendemos un poco la entraña del deseo humano, nunca cambiaremos la
alegría por ningún otro don o conquista, pues cuanto apetecemos o arrebatamos no
nos motiva más que a conseguir una experiencia de asentimiento a la vida. Lo que
Fausto decía anhelar, el "¡detente, instante: eres tan hermoso!", puede traducirse:
"ahora sí"; de ahí que la jovialidad -única condición humana que se recompensa de
inmediato a sí misma, según Schopenhauer- tome su nombre de Jove o Júpiter, el
más alto de los dioses.
Por lo demás, la alegría es cosa del presente, puesto que a nadie le impide sentirse
alegre saber que dentro de un instante dejará de estarlo. En cualquier caso, sea
como fuere que las jerarquicemos, conviene no olvidar que felicidad, placer y
alegría son cómplices y, aún más, son variables de un mismo asentimiento. Es el
juego de la imaginación creadora el que prolonga la alegría en felicidad o la
condensa sanguíneamente en placer.
RESPLANDOR DE LA ALEGRÍA
La época actual no respira un clima propicio a la alegría. Me refiero a cualquier
época actual imaginable. En cuanto alguien empieza a hablar de la "época actual"
es para denunciarla como obstáculo insalvable contra la alegría.
Confluyen en tal criterio derogativo el anónimo y desesperado autor mesopotámico
al que nos hemos referido, censores como Juvenal o cualquiera de los
revolucionarios milenaristas. Según el historiador Peter Brown, para los primeros
cristianos, la "época actual" era "el producto de una tiranía demoniaca avasalladora
a la que habían sido sometidos los seres humanos y, de hecho, todo el universo".
La elocuente queja de Hamlet es bien conocida: "¡Qué fatigosas, rancias e inútiles
me parecen todas las costumbres de este mundo! ¡Qué asco me da! ¡Ah, qué asco,
qué asco!". Las crispadas quejas contemporáneas sobre la modernidad sin alma, el
nihilismo, la pérdida de los valores o el olvido del ser, redundan en los mismos
trenos.
Siempre estamos peor que nunca. Los autores lúcidos y críticos del momento
moderno alcanzan tan alta nombradía merced a lo evidente de su pesadumbre. Es
natural que así sea porque sobre las quejas hay mucho que decir, mientras que las
celebraciones impacientan pronto. La alegría es expansiva pero nunca misionera,
en tanto que el agobio necesita prosélitos.
Frente a esta prestigiosa y minuciosa desventura, contra ella, con la mayor fuerza
de la alegría y también con su trágico compromiso, sigue en pie el oráculo barroco
de Baltasar Gracián: "Todo está ya en su punto, y el ser persona en el mayor".
La imaginación alegre presiente, por añadidura, que siempre ha sido así. Por ello,
todos los creadores dotados de fiera imaginación, de Picasso a Groucho Marx,
pasando por Fernando Pessoa, han desembocado siempre en felicidad, alegría o
placer..., aunque pintasen los horrores de la guerra, se burlaran de la estupidez
rutinaria de los hombres o cantasen el delicado escozor de la melancolía: quizá sea
porque la muerte es lo único que con total certeza sabemos, pero también lo único
que no podemos en modo alguno imaginar. `
En nuestra imaginación no dejamos de vivir ni, por tanto, cedemos en el resplandor
de la alegría: toda imaginación es vital y, por eso, al imaginar, el hombre se felicita
a sí mismo...
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