Víctor Ronquillo ejerce desde 1 983 el oficio de
escribir. Es autor de libros tan significativos como
Las muertas de Juárez (Planeta, 1 999), el
primero en documentar los crímenes ocurridos
en esa ciudad fronteriza, y La muerte viste de rosa
(1 994), denuncia de una serie de homicidios
perpetrados contra travestís. Su obra anterior fue
Los niños de nadie. Trata de personas a ras de
asfalto (2007). Ha merecido publicación en
España, Italia y Estados Unidos. Sus textos El
caso Molinet (1 992), en coautoría con Paco
Ignacio Taibo II, y Ruda de corazón (2006) son
considerados novelas- reportaje por la crítica y la
academia.
Como periodista ha colaborado en distintos
periódicos y revistas y en los medios electrónicos,
donde ha reivindicado la crónica y el reportaje.
Recientemente realizó los documentales Los
niños de nadie y Acteal, crónicas de impunidad e
injusticia.
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Diseño de portada: Marco Xolio
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© 2008, Víctor Ronquillo
Derechos reservados
© 2008, Editorial Planeta Mexicana, S.A. de C.V.
Avenida Presidente Masarik núm. 1 1 1 2o. piso
,
Colonia Chapultepec Morales
C.P. 1570 México, D.F.
1
www.editorialplaneta.com.mx
Primera edición: junio de 2008
ISBN: 978-970-37-0805-5
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la portada,
puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna
ni por ningún medio, sin permiso previo del editor.
Impreso en los talleres de Litográfica Ingramex, S.A. de C.V.
Centeno núm. 162. colonia Granjas Esmeralda, México, D.F.
Impreso y becho en México - Primal and imulc in México
Este libro está dedicado
a las mujeres de mi vida:
Mi madre, Mará Ronquillo
Mi esposa, Chelyn Estrada
Mis hijas, Talín y Laila
Mis amigas de siempre, Silvina Espinosa
de los Monteros, Pati Flores,
María Elena Cantú y Laura Viadas
Ya mi suegra, Cheli Estrada,
que también es mi amiga
A mis maestras Marcela Palma
y Aurora .Ocampo
índice
La caída de la Reina 13
El maíz bola de La Montaña 35
Intriga en la frontera 51
La gran noche de Vanesa 73
Elisa no está 99
Extras en el reparto de la vida 123
Extrañas en la isla 141
Tiempo extra 169
La otra Reina 193
Las historias reunidas en este libro proceden de la realidad.
Como lo he escrito en otras ocasiones, su semejanza
con hechos conocidos, más que una coincidencia,
es una desgracia.
Se han cambiado algunos nombres y situaciones
para proteger a los inocentes.
La caída de la Reina...
LUCES ILUMINAN alberca diseñada en forma
LAS de triángulo para atraer
la
la energía positiva, según
las creencias de la dueña de la casa. Está en el cen-
tro de un exuberante jardín, un edén que se extiende por
decenas de metros hasta la casa donde vivía la mujer que
construyó a su capricho la Quinta Las Delicias. Los pocos
invitados que tuvieron el privilegio de caminar por ese
jardín rumbo a la casa principal se encontraban con esta-
tuas de faunos y hadas, dos fuentes y bancas donde se an-
tojaba sentarse y ver la vida pasar.
La señora mandaba en su casa, en la que creó un am-
biente barroco con la acumulación de objetos y una or-
namentación dorada. Grandes muebles, figuras y pinturas
alusivas a la fantasía de una niña que soñaba con ser una
princesa y luego una reina.
Tal ostentación de lujo y despilfarro obedecía al afán
13
LA REINA DEL PACIFICO
de no dejar un solo espacio vacío por temor a perderlo.
En cada rincón de la enorme estancia de la casa, donde se
apiñaban pequeñas mesas, sillones aterciopelados y un par
de comedores para una docena de comensales, saltaban a
la vista artículos de porcelana. Cualquiera podía tropezar
al dar unos pasos entre los vericuetos de aquel santuario
de lo kitsch.
Si el lugar donde vivimos nos retrata, la imagen de
quien erigió la fastuosa Quinta Las Delicias es el de una
mujer madura, de sofisticada belleza, producto de cirugías,
tintes y los más caros afeites. De largo cabello negro, una
quimera ensortijada para sus amantes. Tiene la piel trigue-
ña, suave al tacto, y el rostro trastocado por una operación
de nariz que convierte lo- que fue una dulce expresión en
una mueca torcida. Los senos de esta mujer menuda, como
sus nalgas, están hechos a la medida para imponerse con
una belleza que a simple vista parece vulgar. Pero más allá
de lo superficial y lo exótico, el verdadero encanto de la
Reina radica en la seguridad con la que siempre se planta
frente al mundo.
La seguridad, el donaire le vienen de su estirpe sina-
loense, de su pertenencia a una dinastía de narcos.Y la no-
bleza de esa dinastía la otorgan la inmensa fortuna y la au-
dacia de haber erigido imperios de la nada.
El árbol genealógico de esta Reina bien puede repre-
sentarse con una frondosa mata de mariguana, cuyas ramas
se extienden a lo largo de generaciones en la historia del
narcotráfico en México.
'4
LA CAÍDA DE LA REINA
Por el lado del padre, tuvo un par de tíos abuelos vin-
culados a la gestación del cártel de Juárez. Por el de la ma-
dre, el tío más querido de la Reina ocupa uno de los lu-
gares más destacados en la galería de personajes célebres
del narcotráfico. Es el más grande de los viejos capos, el
primero en convertir un rudimentario negocio rural en la
siempre pujante trasnacional del narco, una industria sin
chimeneas con capital variable de millones y millones de
dólares. En su tiempo, este personaje perteneció a conse-
jos administrativos de bancos, fue dueño de inmobiliarias
y uno de los más hábiles ingenieros financieros, capaz de
transformar los ilícitos dineros del narcotráfico en relu-
cientes fortunas.
Nacidos en los confines de pueblos serranos de Sina-
loa, los parientes de la Reina tienen un origen humilde.
La historia de la pobreza y la marginación sufridas por ge-
neraciones enteras de los suyos dio un giro con el cultivo
de la mariguana, del opio, y el tráfico de cocaína. El gran
negocio del México posterior a la década de los años cin-
cuenta del siglo pasado convirtió a humildes campesinos,
a modestos contrabandistas de licores y ropa, en grandes
potentados.
II
Han pasado sólo unas horas desde su captura. La Reina
vive la pesadilla de perderlo todo, de reconocerse en otra
«5
LA REINA DEL PACIFICO
mujer, una mujer convertida en personaje de novela bara-
ta, un símbolo del narco mexicano vendido como mexican
curious. La Reina derrocada sabe que va rumbo al exilio.
Su próximo destino es un penal en Estados Unidos, lue-
go de la inaplazable extradición, de un juicio sin garantías,
de una sentencia dictada de antemano.
Es de noche, el tiempo transcurre con lentitud. Nun-
ca se ha sentido tan sola, tan incomunicada, inmóvil en
la vana espera de que esto termine pronto, preguntándo-
se por qué la vida le ha dado el más desafortunado de los
reveses.
Imposible dormir de corrido después de las agotado-
ras declaraciones, del acoso de la cámara de video que la
ha seguido a todas partes,- del innecesario despliegue poli-
ciaco para capturarla a ella, a una dama. Puede dormir sólo
a ratos, para despertar con la angustia de hallarse en esta
celda que le resulta aterradora por su vacío y la mugre que
guarda bajo su aparente limpieza.
La Reina cierra los ojos y recurre a las enseñanzas de
sus maestros para tratar de relajarse y sobrellevar lo mejor
posible el infierno de la primera noche de cautiverio.
Aunque hace muchos años dejó de creer en los finales fe-
lices, no tolera este cruel desenlace.
Por eso, como ocurre con la mayoría de quienes sufren
de golpe el carcelazo, cuando la vigilia y el sueño se con-
tunden en las primeras horas de su encierro, piensa en la
muerte. Un suicidio para terminar de una vez con todo,
para dejar a los jueces gringos esperándola. Una amarga
[6
LA CAÍDA DE LA REINA
revancha, pero al fin revancha. Ahorcarse con lo que se
pueda, una mala elección para alguien que se precia de su
belleza; mejor morir envenenada, con alguna sustancia in-
troducida de contrabando para dejarles el problema a los
dueños del penal, o a los responsables de haberla traído
hasta aquí. Tal vez pagarle a cualquiera de las miserables
mujeres, esas sombras de prisión, para que la mate, lo que
podría resultar muy doloroso. Hay que imaginarse cómo
se vería su cuerpo apuñalado aquí y allá.
La mejor opción es el veneno.
Sin embargo, quién le iba a decir a la Reina que las
chinches la salvarán de la muerte, o al menos de los pen-
samientos suicidas que la atribulan en su primera noche
de encierro.
Empieza a rascarse, primero las piernas, luego la espal-
da. La picazón es insoportable, un verdadero tormento
que le urge mitigar. Agua fría, mucha agua fría en las par-
tes laceradas por los insectos.
Después, sobarse con desesperación y sin tregua. Tiene
que controlar su respiración, cerrar los ojos y tranquilizar-
se. Debe recordar las recomendaciones de los sanadores,
los brujos y los adivinos a los que tantas veces ha recurri-
do en su vida, para que sus enseñanzas la protejan del ata-
que de las chinches.
Las chinches: diminutos vampiros dispuestos a aniqui-
lar a su víctima, la mujer que se ha tendido sobre un ca-
tre de cemento cubierto por un colchón forrado de plás-
tico, habitat de millones de esos insectos.
7
LA REINA DEL PACIFICO
Esta noche, la noche de su captura, las terribles chin-
ches aplican a la Reina una fuerte dosis de realidad.
III
Ocurrió justo antes de entrar al fraccionamiento El Reti-
ro, a menos de cien metros de la aduana policiaca que pre-
serva al lugar de visitas no deseadas. El comando estaba
formado por dos autos compactos y una camioneta. Todos
los vehículos eran nuevos, sin placas. Fue una operación
precisa, calculada para que nadie resultara herido. Uno de
los autos le cerró el paso al Jaguar negro, blindado, que
conducía el muchacho; el otro se colocó en la parte trase-
ra. Cinco, seis hombres armados bajaron de la camioneta
y amenazaron a los ocupantes del lujoso coche. Iban por el
muchacho que lo conducía, ni siquiera se molestaron en
bajar al par de amigos que lo acompañaban. Los testigos
señalan que los hombres que perpetraron el ataque vestían
de negro, llevaban el rostro cubierto y portaban rifles de
asalto y ametralladoras.
Eran pasadas las cinco de una calurosa tarde de verano,
la hora en que hay menos movimiento de entrada y salida
en el exclusivo fraccionamiento. Los policías de la aduana
pagada por los vecinos de El Retiro ni siquiera pensaron
en usar sus armas, esas pistolitas casi de juguete que ningu-
no de ellos había disparado jamás. Se tomaron su tiempo
para avisar por teléfono a los policías de verdad. Sabían
iS
LA CAÍDA DE LA REINA
bien que era cosa de narcos, y en las cosas de narcos lo
mejor es no meterse.
Al muchacho del Jaguar negro lo conocían los ocho
hombres que resguardaban la aduana del fraccionamiento
en turnos de veinticuatro horas por veinticuatro. Vivía en
la Quinta Las Delicias, una residencia construida en des-
niveles para aprovechar el extenso terreno de la colina al
final del fraccionamiento. La residencia tenía fama de ser
la más lujosa del lugar, con un amplio jardín y una alber-
ca enorme en forma de triángulo, una casa de narcos
como había muchas en El Retiro.
La Reina lo supo en cuanto sucedió; a esas horas esta-
ba dedicada a la meditación. En su interminable búsque-
da de un motivo en qué creer y a dónde ir, había encon-
trado una forma heterodoxa de budismo que le permitía
conservar la riqueza, los negocios y las artes propias de una
eficaz administradora y financiera del narco. Aquel dios
suyo entendía bien que, a veces, en la búsqueda de la paz
interior era necesario eliminar obstáculos del camino, aun
cuando se tratara de rivales a los que había que asesinar.
Todo se debía realizar sin arrepentimiento, pues éste amar-
gaba, causaba dolor y por lo tanto alejaba de ese dios he-
cho a la medida de la propia felicidad.
A la Reina le gustaba dar consejos y ser consultada,
ayudar a otras mujeres en sus conflictos existenciales; por
eso había montado una cadena de clínicas de belleza en las
que también se ofrecían servicios de ayuda espiritual. Un
buen negocio que, además de representarle nada despre-
19
LA REINA DEL PACIFICO
ciables ganancias, hacía posible que se relacionara con las
esposas y amantes de muchos hombres poderosos.
Una corazonada de malas noticias la inquietó. Un ma-
lestar inconfundible. La Reina presiente esas cosas. Como
meditaba y estaba tranquila, pudo visualizar a su hijo, lo
más querido en su vida. Ese muchacho destinado a ocupar
algún día su lugar, a continuar con la dinastía de la familia
y el negocio. Joñas se llamaba, por Jonás el de la ballena del
que habla la Biblia. Así lo llamó desde que lo llevaba en las
entrañas.
Lo había criado sola, pues al padre lo mataron. Su hijo
estaba por encima de sus riquezas, de los amores que ha-
bía tenido, de sus placeres.
Vio la angustia en el- rostro del muchacho. Le había
ocurrido algo muy malo. Temió lo peor. Nadie sabía en
qué momento alguna vieja venganza terminaría en una
ejecución. Temió que lo hubieran matado. Se levantó de
golpe y buscó el teléfono para llamarlo, marcó con deses-
peración. Pero el teléfono celular estaba desconectado.
Hasta entonces, ese miércoles había transcurrido como
de costumbre. El muchacho había ido a la universidad
donde estudiaba una de esas carreras modernas que ella ni
siquiera era capaz de recordar. Algo relacionado con la ci-
bernética y la mecánica. Su madre esperaba que lo que
aprendiera en aquella costosa universidad alguna vez le
sirviera para aplicarlo al negocio que iba a heredar.
1 )cspués de las clases, Jonás comía con sus amigos y
volvía a casa. Tenía diecinueve años y era muy tranquilo,
20
LA CAÍDA DE LA REINA
demasiado tranquilo, pensaba la Reina, para su edad. A ve-
ces se preguntaba de quién habría heredado Joñas tal sere-
nidad, si sería acaso por su nombre, o quizá porque jamás
le había faltado nada en la vida, o porque, a ella le costaba
reconocerlo, ese hijo suyo era más bien lento, como que
había sido programado en una frecuencia distinta a la del
resto de las personas; era un ser imperturbable, incapaz de
ir más allá de los patrones dictados por una forma de vida
cómoda.
No habían pasado ni diez minutos cuando sonó el te-
léfono, la alarma de las malas noticias, un timbrazo agresi-
vo y desconcertante. La Reina levantó el auricular.
—Buenas tardes, señora. Queremos que esté tranquila.
Usted necesita saber que tenemos a su hijo con nosotros.
No atinó a responder nada; trató de explicarse lo que
ocurría, de atribuírselo a alguien, de hacer un rápido in-
ventario de sus enemigos, un listado de deudas pendientes.
—Le pusimos precio a la vida del muchacho: cinco
millones de dólares.
Eran profesionales. Aquella voz tenía un dejo metálico
que la distorsionaba. La voz grave de un hombre maduro
cuyas palabras eran precisas y filosas.
— El muchacho va a estar bien, lo vamos a atender lo
mejor que podamos. De lo único que usted tiene que preo-
cuparse es de reunir el dinero y entregárnoslo el próximo
domingo en la tarde. Está demás decirle que todo lo tene-
mos controlado, que como usted, nosotros somos gente
que sabe hacer negocios, muy buenos negocios.
21
LA REINA DEL PACIFICO
IV
La Reina sabía cómo hacer negocios. Lo primero fue ir al
otro lado por "cargamentos" de dólares, traer los billetes
de las ganancias en camionetas y autos acondicionados
con pisos de doble fondo, aprovechando de la mejor ma-
nera todos los huecos posibles. Una operación rudimen-
taria en la cual se corrían demasiados riesgos y se debía re-
partir mucho dinero para no tener problemas con ninguna
autoridad a lo largo de las rutas carreteras que se seguían
del norte al sur.
Además de aventurados, aquellos viajes eran lentos, in-
terminables en la aburrida carretera. Una vez la captura-
ron. Agotada, venía de Houston con una carga de dólares.
Fue una de las pocas veces en que emprendió un viaje sin
compañía ni protección; le urgía llegar, pues pensaba mo-
ver el porcentaje de sus ganancias lo más pronto posible.
Todo salió mal; la camioneta se sobrecalentó y tuvo que
cambiar de vehículo antes de cruzar la frontera. Cuando
la detuvieron en un retén colocado horas antes, le ofreció
al subteniente del Ejército encargado mil dólares, pero
aquel muchacho moreno, venido del sur, un extraño en
ese árido desierto de Sonora-Arizona, de imperturbable
rostro indígena, le pidió la mitad del cargamento de dóla-
res. Ella sólo sonrió. Aquel muchacho había tenido suerte,
le habrían cobrado con la vida el servicio de peaje que
ofrecía.
22
LA CAÍDA DE LA REINA
La primera captura de la Reina fue un accidente que
se resolvió con un par de llamadas. Tres horas después de
ser detenida pudo seguir su camino hacia el sur con la car-
ga de dólares completa.
Luego de aquella experiencia consideró que era nece-
sario modernizarse, encontrar formas distintas a las rutas
convencionales por carretera. Fue entonces cuando mon-
tó una agencia de mujeres dedicadas al transporte clandes-
tino de cientos de miles de dólares. Todas fueron seleccio-
nadas por su aspecto, distinguidas, capaces de imponerse
con los atributos de su belleza a los agentes aduanales y los
policías. Las prefería de más de treinta años, vestidas con
ropa fina, enjoyadas, que dieran la impresión de ser espo-
sas de alguien muy importante.
El negocio marchaba bien; además de las ganancias
obtenidas con las viejas rutas de la carretera, las chicas de
la Reina volvían del norte con su preciada carga de bille-
tes verdes de cien dólares ocultos en sus maletas entre ropa
costosa sin estrenar.
Es imposible saber cuánto dinero movió la Reina en
su red de contrabando de dólares. Millones a lo largo de
más de diez años.
La Reina demostró su eficacia dentro del negocio, ha-
bía encontrado su lugar en las operaciones de las podero-
sas organizaciones con las que tenía nexos familiares. Lejos
de ser la amante de alguno de los jefes, de convertirse en
la pieza de ornato más preciada en la casa de algún patrón,
demostró sus habilidades para el manejo de los dineros.
*3
LA REINA DEL PACIFICO
Una vez montada otra red para el tránsito de dólares
del norte al sur, una red mucho más sofisticada, una red ci-
bernética, la Reina entró de lleno al negocio del lavado
del dinero. Encontró las más diversas formas de invertir, de
lograr que las fabulosas ganancias fueran liberadas y apro-
vechadas.
La Reina y sus negocios: una red de casas de cambio
en la frontera, inteligentes operaciones en el traslado de
remesas; una docena de inmobiliarias, instaladas en las
principales ciudades del norte del país, y, el que más le
gustaba, la cadena de negocios dedicados a la belleza fe-
menina.
Cuando se habla de inversiones en bienes raíces, de in-
mobiliarias para el lavado del dinero, se habla de negocios
millonarios. Allá en el norte, en una de las principales ca-
pitales, la Reina invirtió en trescientos lotes residenciales,
se propuso construir un lujoso fraccionamiento llamado
Valle del Sol. El costo de cada lote en venta iba del millón
al millón y medio de pesos.
El negocio de Valle del Sol era uno de tantos, la ver-
dad era que a la Reina le importaba tan poco que lo aban-
donó, jamás se vendieron los lotes. En aquel proyecto la
Reina tenía un socio, un abogado local, necesario para
darle una fachada de legalidad a la millonaria inversión del
fraccionamiento. Dicho socio lleva diez años en el litigio
por aquella propiedad que quedó abandonada.
A esa mujer le habrían bastado los nexos de su fami-
lia, incluso los atributos de su belleza, para llevar una vida
-4
LA CAÍDA DE LA REINA
desahogada, sin problemas, pero quería más y fue más le-
jos. Por ello, en la dinastía del narco ostenta el título de
Reina.
Además de manejar el dinero, de tener el don de que
los dólares quedaran despojados de su pasado y pudieran
ingresar sin problemas a las arcas de sus propietarios con-
vertidos en provechosos negocios, de ser mucho más que
una hábil administradora, la Reina sirvió de nexo con los
colombianos. Nadie mejor que ella para las relaciones pú-
blicas, para suavizar los malos entendidos que de manera
inevitable surgen en cualquier relación comercial.
Tales nexos le permitieron convertirse en uno de los
principales proveedores de la cocaína venida del sur. De
manera inteligente se evitó problemas; lejos de pugnar por
el control del mercado, ofreció rutas y bajos costos a sus
socios y amigos de siempre.
Años después de iniciadas las operaciones de la Reina,
un barco atunero con la preciada carga de nueve tone-
ladas de cocaína fue capturado en aguas internacionales
frente a las costas mexicanas de Colima. Una operación
precisa, quirúrgica, bien preparada. El decomiso provocó
la pérdida de millones de dólares.
La Reina había conseguido establecer la ruta del tra-
siego de coca con sus socios colombianos. Y el más im-
portante de aquellos socios pertenecía también a la dinas-
tía de los narcos. Treinta años antes, su padre había sido
uno de los precursores del negocio, había librado guerras
contra competidores y establecido arreglos con las au-
25
LA REINA DEL PACIFICO
toridades con que hiciera falta. Fue perseguido por los
gringos, que lo pusieron en la mira en la época de los ex-
traditables. Aquel personaje del narco colombiano desa-
pareció sin que nadie volviera a saber de él. Fue entonces
cuando sus hijos, siendo todavía muy jóvenes, se hicieron
cargo del negocio.
Lo llamaban el León por su fiereza y prestancia, y de
verdad había mucho de felino en su mirada y sus movi-
mientos. No pasó mucho tiempo antes de Reina y
que la
el León llevaran la alianza de negocios más allá, de que
pactaran en la cama los porcentajes de sus ganancias, de
que se convirtieran en una bien avenida pareja.
El negocio siguió en ascenso, pocas veces se vio per-
turbado por pequeños incidentes; las rutas de la coca tra-
zadas por la Reina y el León siempre rindieron ganancias.
Los cargamentos llegaban sin problemas a su destino, des-
de el sur hasta el mercado del norte. La Reina y sus socios
ya eran de los principales abastecedores de la coca que
cruzaba miles de kilómetros hasta las calles de las ciudades
de Estados Unidos.
Fue entonces cuando ocurrió aquel decomiso, cuando
la operación del transporte de nueve toneladas de cocaína
se cayó.
Al León lo buscaron sus socios, querían una explica-
ción de lo que había sucedido. Le exigieron que los in-
demnizara. Lo tuvo que hacer. Empezó a desconfiar, una
ruta como ésa, probada, arreglada, no se caía sola. Algo ha-
bía pasado, alguien lo había traicionado.
26
LA CAÍDA DE LA REINA
¡Qué decir de la belleza de la reina. . .! Hay que imaginar-
la a los diecinueve años, un verdadero portento, con la in-
tensa mirada de sus ojos negros, los rasgos de muñeca fina
de su rostro, ese cuerpo trazado con curvas de arrolladora
sensualidad. Los senos redondos, henchidos. A la Reina le
gustaba despertar el deseo de quienes la miraban. Le gus-
taba ejercer esa forma de dominio sobre los hombres, a los
que consideraba una parvada de seres indefensos ante su
sonrisa. Bastaba una palabra suya para provocar ansiedad y
hasta temor en muchos de ellos.
La Reina era implacable para echar mano de su belle-
za a fin de acribillar infelices. Una de sus primeras víctimas
fue Emilio Farías, comandante de la policía judicial en Cu-
liacán, hombre clave para los negocios de su familia.
Hasta antes de conocer a la Reina, el comandante Fa-
rías se mostró como un hombre ambicioso, siempre con
deseos de más y más dinero. Incluso se atrevió a insinuar
que quería controlar parte del negocio, una tajada más
grande del pastel. Era un hombre poderoso con nexos por
todas partes, muy bien protegido, por lo cual resultaba di-
fícil deshacerse de él sin pagar las consecuencias.
En cuanto vio a aquella joven quedó prendado. Ella
tenía diecinueve años y él andaba ya por los cincuenta. Se
conocieron en el cumpleaños de uno de los hombres de
confianza del Patrón, quien estuvo por ahí y saludó al co-
27
LA REINA DEL PACIFICO
mandante Farías. Cuando aquel poderoso hombre se acer-
có a su mesa, el comandante le dijo que por fin había des-
cubierto cuál era su precio.
Bebieron juntos, disfrutaron de la fiesta un rato hasta
que el Patrón le pidió explicarse sobre eso del precio, de
lo que costaba su discreción. El comandante era divorcia-
do; en cuestión de amores la vida lo había tratado mal, le
había tocado perder una y otra vez en lo que llamaba la
ruleta del amor. No le gustaba que lo engañaran, tampo-
co pagar por sexo, por eso desde hacía mucho llevaba una
vida casta. A su ex mujer la veía poco y no era dado a
mantener amantes.
Estaba un poco borracho. Miró a la muchacha bailar
con algún tipo y sintió celos. Desde que la vio, cuando se
topó con ella al entrar a la fiesta, sintió la imperiosa nece-
sidad de llevarse a esa mujer, de hacerla suya y convertirla
en la reina de su vida. Así se lo dijo al Patrón: hacerla la
reina de su vida.
Como lo que más importaba era el negocio, el Patrón
preguntó quién era la muchacha. Resultó ser la hija de un
primo suyo. Todo estaba arreglado. Por aquello de la fami-
lia, una familia católica como Dios manda, no podía lle-
varse a la muchacha esa misma noche, pero era cuestión
de tiempo.
— Paciencia, comandante, hay que tener paciencia.
La boda se celebró tres meses después y hubo una gran
fiesta, con más de trescientos invitados. Esa noche el co-
mandante agradeció su suerte; además de haberse casado
2S
LA CAÍDA DE LA REINA
con la mujer más bella del mundo, había ingresado a la fa-
milia del Patrón. Nada le faltaría, su futuro estaba asegura-
do. Podría llegar a ser procurador de Justicia, quizá subir
mucho más alto con el respaldo del poderoso Patrón.
Quién le iba a decir al comandante Farías que aquel
amor frustrado lo llevaría a conocer la amargura del des-
precio. Tampoco pudo haberse imaginado que antes de
tres meses moriría ejecutado.
Los sicarios también se enamoran.
VI
De aquel amor, no el frustrado, sino el que fue cobrado
con la vida del comandante de la judicial por su atrevi-
miento de tocar a la Reina, nació el único hijo de la mu-
jer. El muchacho secuestrado.
La zaga del narco está formada por un cúmulo de ne-
gras versiones. Los expedientes judiciales se arman como
rompecabezas para ocultar la corrupción y beneficiar a
quien conviene.
Hay que recurrir a todas las fuentes posibles, a los in-
formantes, a los propios funcionarios dispuestos a abrir el
expediente, a los colegas reporteros sobre quien se cierne
la amenaza de ser ejecutados si se atreven a publicar lo que
saben.
De acuerdo con la versión oficial, la caída de la Rei-
na se inició con el secuestro de su hijo. Nadie explica por
29
LA REINA DEL PACIFICO
qué alguien se atrevió a perpetrar ese secuestro, a atentar
contra una mujer tan poderosa.
Según la información que algún funcionario se anima
a filtrar a la hora de los postres, después de la costosa co-
mida pagada con la tarjeta de crédito de quien busca los
hilos para dar forma a esta historia, la Reina cometió el
error de llamar a la policía, de denunciar el secuestro. Una
mujer desesperada, temerosa por la vida de su hijo, es ca-
paz de cualquier cosa. Incluso de llamar a sus poderosos
amigos, los más pesados narcos, usando el teléfono inter-
venido por el comandante de secuestros y sus hombres.
Un personaje ejecutado semanas después de que se pagó
el rescate, los cinco millones de dólares.
Otro comandante ejecutado y punto. Nadie se pregun-
tó cuál pudo ser el móvil del crimen, ni quién lo cometió.
Con esas llamadas incriminatorias, la Reina tejió la red
en la que terminó por caer, de acuerdo con el funciona-
rio que demuestra que sabe vivir al elegir el vino que
acompañó nuestra comida. Un funcionario que viaja en
camioneta blindada y cuya escolta personal es de más de
una docena de hombres.
En otro lugar, en otra ciudad, un colega se atreve a
contar otra versión de la caída de la Reina. Fue por nego-
cios, sólo negocios.
Los veteranos de la nota roja y la información policia-
ca en ciudades clave de la geografía del narco se han con-
vertido en verdaderos especialistas del tema, capaces de
atar cabos con datos encontrados aquí y allá, que alguien
30
LA CAÍDA DE LA REINA
les filtra y que, también llega a ocurrir, alguien paga por
que publiquen.
Nadie se habría atrevido a tocar a la Reina sin que se
hubiera justificado por el pago de una deuda o una trai-
ción. Las historias negras no pueden tener final feliz. Así,
quien planeó el secuestro requería gente profesional y la
mayor discreción. Si la Reina se hubiera enterado, cual-
quiera de sus amigos habría intervenido y una docena de
muertes habrían terminado con la historia de un frustra-
do secuestro.
Los secuestradores más expertos, los que pueden ope-
rar con toda impunidad, son los mismos policías. Mataron
al comandante de secuestros porque, como decían los
gángsters de las viejas películas, sabía demasiado.
VII
Nueve toneladas de cocaína. La mercancía decomisada te-
nía varios dueños, los cuales esperaban su parte del nego-
cio. Algunos intermediarios capaces de sacarla de las mon-
tañas del sur de Colombia, almacenarla y entregarla cuando
les fuera indicado. Los mismos responsables de custodiar el
cargamento hasta su destino final, a quienes se debía pagar
cuantiosas comisiones.
Dinero para todos, cientos de miles de dólares que se
quedaron sin repartir. Una deuda que sólo se pagaba con
la vida.
3i
^^
LA REINA DEL PACIFICO
Había que pagar, exigirle a la Reina el dinero. Exigír-
selo de la única manera posible. El secuestro de su hijo pla-
neado desde Colombia y perpetrado por policías mexica-
nos para evitar confrontarse con los poderosos amigos de
la mujer.
Pero todo se sabe, el control se extiende por la amplia
geografía del bajo mundo. Sobran informantes bajo nómi-
na. La Reina pagó por la libertad de su hijo. Pagó para in-
demnizar a quienes perdieron dinero a causa del decomi-
so de la coca en la costa de Manzanillo. Pagó, pero juró
vengarse.
Tiempo después, su caída fue únicamente cuestión de
negocios.
Sandra Avila Beltrán fue detenida el 28 de septiembre de
2007. A este personaje de novelas y narcocorridos lo conocimos
en las pantallas de televisión, después de su captura. Según la infor-
mación oficial, la llamada Reina del Pacífico fue pieza clave en las
operaciones del narcotráfico a nivel continental. Es quizá la única
mujer que ha desempeñado misiones tan delicadas como transportar
las millonadas ganancias del narcotráfico del norte al sur, de Estados
Unidos a Colombia, y de repartirlas entre los más importantes líde-
res de organizaciones criminales como el cártel de Sinaloa, hoy con-
vertido en la poderosa Federación.
La Reina del Pacífico pertenece a lo que puede considerarse la
32
LA CAÍDA DE LA REINA
dinastía del narco; es sobrina de Miguel Ángel Félix Gallardo y pri-
ma lejana de Rafael Caro Quintero. En el árbol genealógico de
Sandra Avila Beltrán aparecen personajes ligados al narcotráfico
de tres generaciones distintas. Juan José Quintero Payan, integrante
del cártel de Juárez, es su tío abuelo, y Joaquín el Chapo Guzmán,
su primo segundo. Alfredo, Arturo y Mario Beltrán Leyva son tam-
bién sus primos.
De acuerdo con el expediente que la DEA tiene de Sandra Ávi-
la Beltrán, esta mujer de cuarenta y cuatro años de edad se encarga-
ba de administrar el traslado vía marítima de cocaína producida en
Colombia rumbo al mercado de Estados Unidos. Su relación con
Juan Diego Espinosa Ramírez, conocido como el Tigre, significó
la alianza entre dos de las más poderosas organizaciones criminales
en el continente: el cártel del Valle, asentado en Colombia, y la Fe-
deración.
Sandra Ávila Beltrán, también conocida como Paula Orozco Li-
zárraga, Pamela Fuentes León, Sandra Luz Arroyo Ochoa y Daniela
García Chávez, vivió en el fraccionamiento Puerta de Hierro, en Za-
popan, municipio conurbado con Guadalajara, en Jalisco. Existe in-
formación de que creó una agencia fantasma de bienes raíces en
Hermosillo, Sonora. Al lado de Juan Diego Espinosa Ramírez, fue
propietaria de la cadena de estéticas Electric Beach, dedicadas al
bronceado corporal y ubicadas en Jalisco y Colima.
La pareja ofrecía consultas psíquicas y parapsicológicas a través
de anuncios transmitidos en televisión por cable.
Sandra Ávila Beltrán enfrenta cargos en México por lavado de
dinero, delincuencia organizada y posesión de arma de fuego de uso
exclusivo del Ejército.
33
LA REINA DEL PACIFICO
Desde su reclusión en el penal femenil de Santa Martha Acatitla,
libra una batalla jurídica para evitar su extradición a Estados Unidos,
donde está acusada de narcotráfico, de operar el trasiego de droga des-
de Colombia por rutas marítimas con la colaboración de narcotrafi-
cantes mexicanos.
El maíz bola
de La Montaña
PUERTAS DE LAS CASAS permanecen cerradas.
LASMucha gente se ha ido lejos, sólo unos pocos que-
dan en el caserío, uno de tantos en la región de La
Montaña en Guerrero. Se puede ver a los viejos, los en-
fermos y algunos niños que andan por ahí. Muchas mu-
jeres también se han ido. Y hay quienes ya no volverán;
cruzaron la frontera y parece imposible imaginar que
ahora vivan en ciudades como Nueva York, tan distante,
tan ajena.
En esta región, la pobreza y el aislamiento se palpan
cruelmente en enfermedades como la diarrea y la gripe,
tan sencillas de tratar en otros lugares, pero que aquí pue-
den llevar a la tumba a la gente, sobre todo a ancianos y a
niños.
Aquí el hambre es ancestral. La existencia transcurre
atada a la miseria.
En La Montaña únicamente hay dos maneras de sub-
sistir: migrando o sembrando maíz bola.
35
LA REINA DEL PACIFICO
Llovió toda la tarde y toda la noche. Siguió lloviendo
al amanecer y por la mañana. Podría decirse que el pue-
blo quedó sitiado por el agua. El cauce del río arrastra pie-
dras y troncos, las aguas corren con fuerza, por ahora nin-
gún vehículo puede cruzar.
Los caminos, las brechas están cubiertos de lodo. No
hay más remedio que aguardar a que cese la lluvia para
viajar de regreso a Tlapa. La espera puede prolongarse un
par de días o un par de semanas, nadie lo sabe.
Anoche dormimos en la casa de Cruzita, donde nos
hospedaremos hasta que podamos macharnos. Aquí no
hay prisas, ni urgencias; la lluvia condena al aislamiento.
Si alguien se enferma, no hay otro remedio que esperar;
si se agrava, hay que seguir esperando. Muchos han muer-
to así.
Cruzita es una mujer templada por la vida, de sólido
andar pese a su avanzada edad. Ha envejecido con digni-
dad y belleza. Fue maestra rural, de las pocas que había
hace muchos años. Aunque ya se jubiló, todavía dedica lo
mejor de su tiempo a alfabetizar a niños y adultos. Habla
un español dulce, con ecos y reminiscencias del tlapane-
co, su lengua materna.
A Cruzita la respetan todos, más allá de las prácticas y
costumbres impuestas por una forma de vida que se ha
mantenido en las comunidades indígenas. Su voz es escu-
chada. Esta mujer es la memoria del pueblo, lleva el re-
cuento de su historia. Sabe de sus tragedias y sus fiestas.
Llegamos cansados, luego de una larga jornada en la
36
EL MAÍZ BOLA DE LA MONTAÑA
que recorrimos distintos pueblos hasta arribar a Metlató-
noc, uno de los municipios más pobres del país, con una
calidad de vida similar a la del África subsahariana.
El pueblo de Cruzita es uno de los muchos que con-
forman el municipio de Metlatónoc. Preparando un re-
portaje sobre migración, me había propuesto ir a los luga-
res de origen en Guerrero de los migrantes que muchas
veces encontré en sitios como Altar, cerca de la frontera de
Sonora con Arizona, o aún más lejos, en Nueva York, la
capital mundial de los migrantes.
Cruzita nos dio frijoles recién cocidos en un platón
animado por un trozo de queso. Las tortillas eran enor-
mes. Ella misma, junto con una de sus hijas, las hizo a
mano en un gran comal que estaba sobre una estufa de
leña. Tortillas distintas a las de la urbe, con un sabor más
bronco, más puro. Y los frijoles, esos frijoles negros, un
poco salados, los hambrientos visitantes los disfrutamos
como un manjar.
La hospitalidad es lo mejor de su casa, una casa humil-
de de dos habitaciones, piso de tierra y muebles rudimen-
tarios. En la pared de cemento encalado están colgadas
con sus marcos de madera las fotografías de los hijos y nie-
tos de Cruzita. Toda la familia aparece en esas fotos: el hijo
que vive en Nueva York, los otros que andan en la cose-
cha del tomate en Culiacán, y el mayor de todos, ya falle-
cido. Una de tantas víctimas del maíz bola.
El cultivo de la amapola dejó en este pueblo, como en
muchos otros, una estela de muerte.
37
LA REINA DEL PACIFICO
A Cruzita le hace falta compañía. Le dio gusto saber
que el jeep no puede cruzar el río, que ignoramos cuántos
días tendremos que pasar aquí, aprisionados por esta lluvia
que no cesa.
Los que se fueron a Culiacán volverán en tres meses,
para el Día de Muertos. Los del otro lado quién sabe. De
ellos recibe noticias cuando va a Metlatónoc y los llama
por teléfono o cuando algún pariente regresa con las car-
tas y las fotografías que le envían.
Cruzita es viuda. Viven con ella dos de sus hijas; espe-
ra que se casen pronto y tengan su propia familia.
Apenas terminamos de comer, vuelve a llover. Del ma-
yor de sus hijos Cruzita casi no habla. Lo mataron. Esta
noche, la mujer se sienta con nosotros y cuenta la historia
del maíz bola en La Montaña.
El relato de Cruzita
Nadie sabe bien cómo llegó la amapola. Dicen que la tra-
jeron los soldados, llegaron con semilla que repartieron a
la gente. Fue hace muchos años, más de treinta, cuando la
guerrilla. Por acá también vino el Ejército con sus gene-
rales. Había miedo, mucho miedo, ellos nos dijeron que
eran la ley, la única ley, y por todas partes se apostaron en
los caminos.
Otros cuentan que trajeron la mariguana y la amapo-
la para hacer negocio. Gente que llegaba del norte y rega-
38
EL MAÍZ BOLA DE LA MONTAÑA
laba semillas. Rentaban la tierra
y pagaban por la cosecha.
Eso también pasó hace más de treinta años.
Para entonces la tierra ya estaba enferma, se moría,
daba poco y nadie tenía modo de vivir. Pagaban diez ve-
ces más por un kilo de la pasta esa que preparan que por
un kilo de maíz. Además, daban todo, ayudaban con lo que
hiciera falta, fertilizantes, herramientas, lo que fuera. Le
enseñaron a la gente a sembrar y a cuidar la siembra. Los
cultivos necesitaban sombra y mucha agua. Con el tiem-
po tuvieron que hacerse cada vez más lejos, ocultos, bien
metidos en el cerro. Tan lejos que hubo quienes se pasa-
ban allá el tiempo cuidando sus plantíos. Otros alquilaron
jornaleros y cuidadores; con ese pretexto empezaron a lle-
gar las armas.
En ese tiempo había armas, pero no tantas. Siempre
hubo, pero ahora había cada vez más y más. Los del Ejér-
cito las vendían. Las daban baratas. La gente que contro-
laba el negocio del maíz bola también las vendía. Todos
querían tener armas.
Lo empezaron a llamar maíz bola. Como antes el maíz nos
dio de comer, así la amapola nos daba el sustento. Era un
engaño, nada nos dejó más que muerte y desazón. El di-
nero que pagaban al principio era mucho y provocó en-
vidias. Luego fue menos porque dondequiera cultivaban
amapola.
Mucha gente de los pueblos que tenía su tierra empe-
39
LA REINA DEL PACIFICO
zó a sembrar, a hacer negocio. Pagaban bien, por adelan-
tado, y nunca faltaba nada.
Después vinieron las envidias y los rencores. Hubo
quienes se robaban el producto de otros y lo vendían. Ahí
empezaron las emboscadas en los parajes más apartados.
Hombres armados se escondían hasta que pasaban con la
carga, al principio en caballos y luego en camionetas. Les
salían al paso y les disparaban. Hubo varias de esas muer-
tes. Les quitaban la mercancía. La daban más barata y eso
les convenía a los verdaderos dueños del negocio. No voy
a decir nombres. Esos señores se hicieron amigos de los ca-
ciques de por aquí y desde entonces están protegidos por
ellos, y por los generales del Ejército, a los que también les
dan su mochada. Para mí. que el Ejército los ayudó.
En ese tiempo yo estaba joven. Fue mucho después
que empezaron a perseguir a la gente.Venían soldados, ba-
tallones enteros, jeeps y demás. Llegaban a los sembradíos
y los arrasaban. Destruían todo, le prendían fuego. Eran
épocas difíciles, pero, como siempre, había modo de arre-
glarse, y hubo muchos que siguieron con el negocio. Lo
único que tenían que hacer era sembrar en lugares escon-
didos; costaba más trabajo, pero ni modo. Los soldados lle-
gaban primero a pie y luego empezaron con lo de los
helicópteros. Por aquí han tirado dos. A uno con cables
tendidos en los cañones, entre las montañas. Al otro dicen
que le dispararon con una ametralladora muy potente.
Otros cuentan que fue un accidente; como quiera que sea,
el helicóptero se cayó.
40
EL MAÍZ BOLA DE LA MONTAÑA
Fue entonces cuando hubo más líos, los robos, los asal-
tos, las peleas por el negocio y los sembradíos.
Cuando llegaron más soldados comenzaron los pro-
blemas. El negocio era más difícil, había muchas armas y
todos tenían que cumplir con los compromisos.
Allá en el monte, en los rincones más apartados, a la ma-
tita hay que mantenerla regada, por eso cuesta tanto tra-
bajo cultivarla, además de que se debe hacer a escondidas.
Decían que los soldados tenían que cumplir con quién
sabe qué cuotas y por eso incendiaban los campos. Los
que compraban la pasta empezaron a traer armas. Eran
muy baratas. Los soldados también comenzaron a vender.
Fue ahí donde iniciaron los ataques, las muertes, las em-
boscadas, las venganzas. Muchos murieron de todos los
pueblos.
Cuando al principio regalaban las semillas, la gente se
las daba a sus familias, y muchos empezaron a sembrar.
Después las vendían más caras. Para entonces había mucha
amapola por todas partes y el precio de la goma se hizo
cada vez más barato. Los que venían de lejos a comprarla
estaban contentos pagando menos.
El maíz bola amarga y provoca dolor, lo alimentamos
con nuestra sangre. Llegaron las armas, las pistolas, los
cuernos de chivo. Nadie ganaba dinero fácil, nadie. Para
llegar a la cosecha, al raspado de la planta, para sacarle la
pulpa y luego vender la goma se trabajaba mucho. Al prin-
4i
LA REINA DEL PACIFICO
cipio sembraban cerca de los pueblos, pero luego se tuvie-
ron que ir más lejos.
Además de los soldados que arrasaban los sembradíos,
había que tener cuidado con la gente que se dedicaba a
robar la goma, a saquear lo que podía de los campos. To-
dos tenían miedo y por eso se fueron cada vez más lejos.
Allá en los parajes más distantes hubo emboscadas. Mu-
chos murieron y ya ni quién sepa dónde quedaron los
cuerpos.
De una sola familia se mataron siete, entre primos,
hermanos y cuñados. Se mataron por dinero. Todavía hay
rencor en las familias. Eran de aquí, de este pueblo. La
gente sabe lo que pasó; de por sí eran gente mala, muy
borrachos. Los de esa familia fueron de los primeros en
sembrar amapola. Ganaban mucho dinero, pero eran en-
vidiosos. No querían que nadie más sembrara. Hubo pro-
blemas entre ellos. Habían pasado ya varios años, pero
ellos seguían siendo de los que más vendían.Vendían mu-
cha goma. Tenían grandes sembradíos por todas partes,
todos sabían dónde, que les trabajaban jornaleros alquila-
dos que se traían de otros pueblos. Hasta el Ejército los
respetaba, nunca quemaron sus tierras ni se metieron en
su negocio. Dicen que eran amigos de los militares, que
se emborrachaban con ellos.
Empezaron los pleitos por dinero. A uno de ellos le ro-
baron y a otro lo emboscaron para quitarle el dinero que
traía. Dicen que esas muertes entre primos fueron por
venganza, que los difuntos ya traían diferencias y que uno
4^
EL MAÍZ BOLA DE LA MONTAÑA
mató al otro. Luego los hermanos fueron por él y le qui-
taron el dinero que decían era suyo y de su familia.
Esos mismos hombres habían matado para hacerse del
negocio de otros; a nadie le importaba, aquí nunca ha ha-
bido ley ni respeto. Sólo las armas. Ellos mismos, los de esa
familia, robaron a otros lo que pudieron. Por eso nadie se
extrañó cuando a otro de los hermanos lo encontraron
muerto. Le dispararon y le quitaron la carga con la que ba-
jaba del monte. De los tres hombres que lo acompañaban,
gente en la que confiaba, a la que le pagaba bien, nunca se
volvió a saber nada.
En el sepelio ya se maliciaba quién podía haberlo ma-
tado. A uno de los primos le cargaron el muertito. A aquel
primo, mejor no digo nombres porque es gente de aquí,
donde todos somos familia, también lo mataron. Nunca
habíamos visto algo así por estos lugares. Hubo mucha
saña, mucho rencor. Le cortaron la mano derecha. Dijeron
que lo habían torturado. La venganza.
No fue el último muerto, hubo otros siete, todos ase-
sinados; a tres los encontraron juntos de camino a Tlapa,
en una de las camionetas de la familia. Por aquellos días no
había paz. Teníamos miedo. Un día vinieron a hacer pre-
guntas unos hombres que dijeron que eran de la ministe-
rial y luego se fueron para no volver. También llegaron
muchos soldados y acamparon en la huerta. Nosotros te-
níamos cada vez más miedo.
Lo que cuentan que pasó después, cómo por fin las
cosas se enfriaron, cómo se terminaron las muertes, tiene
43
LA REINA DEL PACIFICO
que ver con el dinero. A los verdaderos dueños del ne-
gocio no les convenía tanto muertito, por eso buscaron
cómo remediar lo que había pasado. Dicen que amena-
zaron a todos los que por aquí se dedicaban a sembrar
maíz bola con ya no comprarles. Sobraba goma y en otros
pueblos de seguro la iban a conseguir más barata. Como
ya venía la época de lo que podemos decir es la cosecha,
les convino calmarse, guardar rencillas y rencores para
después.
El maíz bola se empezó a cultivar por aquí cuando el Ejér-
cito vino a buscar guerrilleros. No había entonces perse-
cución, ni helicópteros,, los soldados no incendiaban los
cultivos. Era fácil vender la goma; dicen que un general la
compraba, que hacía negocio con la amapola y la mari-
guana. Los caciques fueron los primeros que se beneficia-
ron de eso. Con ese negocio los ricos se hicieron más ri-
cos. Esos son tan ricos que se fueron de estos pueblos hace
mucho tiempo.
Me contaron que allá por esos años, hace más de trein-
ta, los soldados cuidaban los sembradíos. No sé sea cier- si
to o sean mentiras. A ese general lo mataron o lo metie-
ron a la cárcel. No se sabe qué pasó con ese hombre que
por aquí debe muchas vidas.
Después de los muertos de aquella familia, nosotros
entendimos que el maíz bola daba fruto de muerte. Mu-
chos dejaron de sembrar. En otros lugares no les importa-
44
EL MAÍZ BOLA DE LA MONTAÑA
ron las desgracias. Más por necesidad que por ambición,
aquí muchos siguieron sembrando.
Así es. Si el kilo de maíz cuesta diez, por decir algo,
el de goma cuesta cien. El maíz ya ni se da, las tierras es-
tán tristes de tan trabajadas, los químicos que les echaron
por tanto tiempo las enfermaron. No hay remedio, ni
hay dinero.
Hubo un general, otro general de los muchos que
han pasado por aquí, que llegaba a un pueblo cercano
donde todavía se siembra mucha amapola y lo invitaban
a comer, mataban un chivo para él. Le hacían fiesta, ha-
bía borrachera. Le daban dinero y todos seguían conten-
tos. Para eso sirve el maíz bola, para las borracheras y
nada más.
Todavía hoy los de ese pueblo se arreglan con quien
haga falta. Hacen buenos negocios, ganan mucho dinero,
pero no les sirve para nada. Están peor de pobres que
nosotros.
Aquí no hay casas grandes, ni buenas camionetas; el nego-
cio del maíz bola lo hacen otros, para otros son los dine-
ros. Aquí somos esclavos, nada más eso; muchos trabajan y
trabajan para ganar poco.
Las películas y la música le enseñaron a la gente lo
malo. Nadie de los que se metieron a sembrar y vender
pudo mejorar su casa. Se lo gastaron todo en borracheras.
De esas películas siempre hay en la tienda y la farmacia.
45
LA REINA DEL PACIFICO
Películas de narcos. También venden muchos discos de
narcocorridos.
El maíz bola trajo la discordia entre las familias, la
amargura a este lugar, quien más quien menos, todos per-
dimos. A mi hijo más grande también lo mataron.
Las borracheras y nada más, para eso les sirvió lo que
ganaron. Los pobres seguimos pobres. Los que venían aquí
por el producto son los que ganaron mucho dinero, y si-
guen ganando.
Cuando ya está listo, en los meses en que se raspa la plan-
ta, pagan la mitad de lo convenido y hacen los descuentos
de lo que se prestó para mantener el sembradío.Venden las
armas y prestan para todo lo demás; la única condición es
que al final no haya traiciones, que sea venda todo el pro-
ducto con quien se hizo el trato. Por eso se paga la mitad
por adelantado.
También han matado en los caminos a quienes se
quieren aprovechar de lo trabajado por otros y llegan a
ofrecer un mejor precio a quien sembró y levantó lo que
se puede decir que es la cosecha de la goma.
Todo está controlado, está garantizado que los kilos de
goma lleguen a Tlapa sin problemas, que después sigan su
viaje rumbo al norte. Aquí se entrega y nada más. Por eso
pagan poco. Las verdaderas ganancias están lejos de aquí,
los dueños del negocio ni se imaginan en qué pueblos mi-
serables se reparten las migajas de sus ganancias.
46
EL MAÍZ BOLA DE LA MONTAÑA
El negocio del maíz bola está lejos de la pobreza de
nuestra tierra.
Los hombres que siembran la amapola viven y mueren
entre nosotros, sumidos en la miseria. Les compran al pre-
cio que quieren el kilo de goma.
Desde que en este pueblo se siembra el maíz bola ha
habido rutas para bajarlo. Hay muchos caminos y muchas
maneras. Los viejos lo supimos, lo vimos. Está todo arre-
glado y es fácil. Usan los camiones donde se reparten re-
frescos, los de la venta de las papitas fritas. Esos camiones
recorren las brechas, van y vienen por todas partes. Es sólo
cosa de poner el producto en alguno de los pueblos más
grandes. Después no hay problema.
Quién se ha enterado alguna vez de que en las brechas
y los caminos de por aquí hayan detenido un camión de
ésos con los kilos de goma que bajan de las montañas...
Fueron muchas muertes, familias que terminaron muy
mal. El maíz bola aquí causó mucho mal. Los pocos dine-
ros que llegaban eran para cada vez menos personas. El
Ejército nos perseguía. Teníamos muchos problemas. Mu-
chas muertes. Los robos de la mercancía lista para vender-
se, los de las mangueras para regar las matas cuando hacía
falta. Mataron peones, cuyos cuerpos se quedaron allá, le-
jos en el monte. No hubo quien los bajara, aunque sus fa-
miliares los reclamaron.
Nada de beneficios para el pueblo, sólo el miedo de
47
LA REINA DEL PACIFICO
que cualquier día llegara el Ejército y se llevara a todos los
hombres.
Por ese tiempo muchos hombres ya migraban, a Cu-
liacán, a Sayula, a donde podían. Luego se fueron familias
enteras.
El maíz viejo, el de la verdadera vida, siempre siguió
con nosotros. Nos daba de comer, nos daba la tortilla.
Los que se iban de jornaleros a los campos regresaban
con algo; aunque fuera poco, aquí lo hacían lucir. Lo
mismo que pasa ahora. Por eso el pueblo está solo, por
eso las puertas cerradas de las casas. Ahora se van las fa-
milias y a veces ya ni vuelven, por eso nos quedamos los
viejos solos.
Como ya había otro modo de vida, las autoridades de
entonces, hace cinco o siete años, no sé cuánto, el tiempo
de los viejos es otro, se va muy rápido, esas autoridades tu-
vieron la idea de prohibir el cultivo del maíz bola entre
nuestra gente.
Por eso hubo muchos problemas. Había a quienes el
negocio daba para vivir, pero era un engaño, habían sufri-
do demasiado. Además de los muertos en las familias, hubo
a quienes los encarcelaron. Los soldados se llevaron a va-
rios de los hombres. Las mujeres tenían que irlos a ver al
penal de Acapulco. Era muy triste, todo eso tenía que aca-
barse. Por eso en una asamblea se decidió prohibir el cul-
tivo, no más siembra de amapola por la gente de este pue-
blo; aunque lo hicieran lejos de aquí, el sufrimiento era
para todos.
4*
EL MAÍZ BOLA DE LA MONTAÑA
Los dueños del negocio amenazaban y sus enviados ar-
mados decían que muchos iban a caer.
De qué iba a vivir este pueblo, todos se iban a ir antes
que morirse de hambre, y eso sí resultó cierto.
Hubo más muertos y tuvimos miedo. Entonces uno
de mis hijos se fue; le pagamos al coyote que lo llevó has-
ta la frontera de Sonora y cruzó para el otro lado.
A un muchacho, mi ahijado, también lo mataron. Di-
jeron que así le iba a ir a los pueblos que no cumplían sus
compromisos.
Nosotros lo decidimos y así tenía que ser, aquí se dejó
de sembrar el maíz bola. No queríamos regar más la ama-
pola con nuestra sangre. No queríamos que otros ganaran
mucho dinero y nosotros siguiéramos siendo pobres.
Conozco LA región de La Montaña en Guerrero. He recorri-
do en varias ocasiones sus caminos y he conocido a la gente
de sus poblados. La pobreza ha obligado a muchos a dedicarse a la
siembra y la cosecha del llamado "maíz bola". Alguna vez tuve la
oportunidad de que una mujer del pueblo me contara en qué épo-
ca se inició el cultivo de la amapola y quiénes llevaron las primeras
semillas a la zona, una de las mayores productoras en el continente
americano.
Abel Barrera, de Tlachinollan, organización civil que busca la
defensa de los derechos humanos, ha conversado conmigo un par de
49
LA REINA DEL PACIFICO
veces sobre la manera en que opera el negocio de la siembra y la co-
secha de amapola en el estado de Guerrero.
Sobre lo que aquí se narra hay constancia en una entrevista gra-
bada, realizada en alguno de los poblados de La Montaña.
Intriga en la frontera
Hospital Central tomado por
El cía y el Ejército.
mados resguardaban las
estaba
Mientras grupos de hombres ar-
entradas y
la
las salidas,
poli-
en las
esquinas más próximas vehículos de asalto cerraban el paso
al tránsito. Había corrido el rumor de que un comando
iría a rematar a Diana Hernández, la periodista que dos
días antes había sido atacada al entrar a la XKLN, donde
conducía el programa Red de emergencia.
Al cuarto para la una de la tarde la periodista bajó de
su automóvil. Tenía cuarenta y cinco minutos para orga-
nizar la información del día y entrar al aire. Había mucha
tensión desde la ejecución de Fernando Cantú, secretario
de Seguridad Pública del municipio.
Nadie vio. Nadie quiso ver nada. Los posibles testigos
sólo oyeron los disparos. El vigilante Juan Chávez declaró
que no se encontraba en su lugar; Ernestina Suárez, la re-
LA REINA DEL PACIFICO
cepcionista, dijo que estaba distraída revisando la lista de
personas que esa tarde visitarían la estación.
De acuerdo con la versión oficial, que la policía minis-
terial filtró a algunos periodistas y luego se dio a conocer
en un boletín de prensa, cuando Diana Hernández salió
de su coche un hombre se le acercó y le disparó dos ve-
ces. La primera bala le perforó un pulmón. Ella cayó, y en-
tonces "el hombre armado", como lo describió el boletín
de prensa, le disparó en el rostro, causándole graves heri-
das. En el boletín se mencionó al doctor Melquíades Her-
mosillo, encargado de urgencias del Hospital Central,
quien señaló que las lesiones de la periodista eran mor-
tales. Muerte cerebral, una agonía que nadie sabe cuánto
tiempo puede prolongarse.
El rumor de que iban a rematar a la periodista surgió
desde que ésta llegó, aún con vida, al Hospital Central. El
mensaje era claro: Diana Hernández tenía que morir. Los
responsables de los accesos al hospital eran policías fede-
rales, muchachos morenos, de origen humilde, muchos de
ellos dados de alta en el Ejército, convertidos en policías
ante el poderío de las armas del narco.
Los militares habían tomado posiciones con un par de
vehículos de asalto en las inmediaciones de la calle Inde-
pendencia. La amenaza de ataque de un comando tenía
nerviosos a muchos. Dos francotiradores estaban aposta-
dos en lo alto del edificio de enfrente, de tres plantas, que
albergaba departamentos y oficinas.
El Hospital Central tiene fama de ser el mejor de la
5*
INTRIGA EN LA FRONTERA
ciudad, el más moderno de la región. Especialistas de am-
bos lados de la frontera atienden enfermos dispuestos a
pagar en dólares consultas o intervenciones en sus sofisti-
cados quirófanos.
A pesar del despliegue de hombres armados con me-
tralletas y R15, el acceso al hospital no estaba restringido.
Cualquiera podía entrar y salir, cruzar la recepción, tomar
el elevador y llegar al séptimo piso, el de terapia intensiva,
donde Diana Hernández libraba la batalla que según los
pronósticos médicos ya tenía perdida.
Era cuestión de paciencia y una buena dosis de suerte.
Al salir del elevador había que mostrar seguridad para pa-
sar libremente junto al módulo donde las enfermeras y los
médicos llevaban el control de los pacientes graves. Luego
había que seguir de frente y mostrar aflicción ante los fa-
miliares de alguno de los enfermos. Dos muchachos abu-
rridos y callados, armados con metralletas, custodiaban el
cuarto donde debía estar Diana.
No fue difícil llegar hasta allí y mirar de reojo la puer-
ta entreabierta. Descubrir a una señora sentada, con un ro-
sario entre las manos; ver de lejos que vestía de negro. El
aparatoso despliegue de vigilancia del exterior se reducía
en el interior a un par de policías cansados de la tediosa
misión de resguardar el cuarto de una mujer sin esperan-
za. La muerte cerebral no tiene remedio.
Tocar la puerta del cuarto de enfrente sin obtener res-
puesta. Los guardias miraron al sujeto de rostro desencaja-
do que seguramente visitaba a su padre. Volver a tocar an-
53
LA REINA DEL PACIFICO
tes de decidirse a entrar y descubrir a un anciano conec-
tado a un aparato lleno de cables y luces. Quedarse un
rato, presenciar la agonía de aquel hombre abandonado en
esa cama de hospital.
Nada pasó del otro lado de la puerta, que el sujeto
dejó abierta después de entrar. Los guardias permanecie-
ron callados. El encierro de los hospitales es peor que el
de las cárceles porque diariamente paga una cuota de do-
lor y muerte. A pesar de los cuidados, el anciano estaba
condenado a no levantarse jamás.
De pronto ocurrió. La mujer de pantalones y zapatos
negros salió del cuarto de enfrente. Sin pensarlo la seguí
por el pasillo. Se detuvo en el elevador. Me acerqué y la
miré mientras esperamos, a que se abriera la puerta. De-
bía ser la madre de la periodista. La tristeza provoca esa
suerte de distancia; el mundo de los otros, más allá de la
propia tragedia, es apenas una referencia de mínimo sig-
nificado.
La mujer llevaba el rosario en una mano, sin perder la
cuenta de las oraciones para pedir un milagro. En cuanto
entramos al elevador le pregunté si era la madre de Diana
Hernández.
Sin dudarlo respondió que sí.
Le comenté que era periodista, que venía del Distrito
Federal y que deseaba conversar con ella.
Me miró con extrañeza, sumida en su peculiar lejanía.
Insistí en que el atentado contra Diana no debía que-
dar impune.
54
INTRIGA EN LA FRONTERA
En cualquier momento el elevador podía detenerse y
yo perdería la oportunidad de hablar con ella si alguien
más entraba. O la mujer podía oprimir un botón y bajar
en cualquier piso. Por eso me apresuré a preguntar:
—¿Quién le disparó a Diana? ¿Por qué trataron de
matarla?
Respondió en voz baja, como si temiera que la oyeran:
— No puedo decir nada. No quiero decir nada. Tengo
miedo. Mucho miedo.
La policía federal había llegado a la frontera tres semanas
antes del ataque sufrido por Diana Hernández. Desplegó
a más de trescientos hombres para recuperar el control de
la ciudad, que había sucumbido ante el crimen organiza-
do. Las ejecuciones ocurridas en los últimos tres meses,
durante los cuales se recrudeció la violencia debido a la
disputa por el dominio de la plaza, sumaban más de cin-
cuenta. Nadie estaba a salvo, ni siquiera los altos mandos
de la policía. El poderoso comandante Fernando Cantú
había sido "levantado" con todo y su escolta. Su cuerpo
apareció tres días después en una brecha, cerca de una
montaña de basura. Mostraba huellas de tortura y el tiro
de gracia.
Pero no se trataba de una ejecución más. Cantú era se-
cretario de Seguridad Pública del municipio. En especial,
era responsable de vigilar la ciudad fronteriza más cercana
al Golfo de México, un enorme almacén y lugar de trán-
55
LA REINA DEL PACIFICO
sito en las rutas del narco. Una plaza clave para el cártel
del Golfo, y uno de los puntos estratégicos disputados por
el cártel de Sinaloa.
El gobernador de Tamaulipas solicitó que el general
Alejandro Ávila, que había participado en varios operati-
vos en la frontera sur, encabezara las acciones de la Policía
Federal Preventiva en la frontera norte.
Como militar en activo, Ávila había estado asignado a
Guerrero, en la zona de Filo Mayor, donde se cultiva ma-
riguana y amapola. Allí dirigió las labores de erradicación
de droga. A principios del nuevo sexenio, el general fue
adscrito como uno de los mandos de la Policía Federal
Preventiva.
Ávila desplegó las fuerzas federales en la ciudad y es-
tableció retenes con la policía municipal y los agentes de
la ministerial. Asestaron algunos golpes al narcomenudeo,
hubo unos cuantos detenidos y armas incautadas. Por las
noches los federales patrullaban el centro o la franja fron-
teriza de la ciudad, donde cualquiera podía contar una
historia de la violencia sufrida, donde por la madrugada
las familias de ciertos barrios residenciales habían oído
más de una vez ráfagas de ametralladora o se habían le-
vantado con la noticia de que algún vecino había sido
ejecutado.
El narco imponía su ley. Los comerciantes del mercado
de artesanías del centro eran extorsionados, lo mismo que
los dueños de bares y antros cercanos a la frontera. Los pe-
queños empresarios temían ser secuestrados por los pro-
56
INTRIGA EN LA FRONTERA
pios policías municipales que —todos lo sabían — estaban
al servicio de los del Golfo y los Zetas.
Los muertos aumentaban y a nadie parecía importar-
le. La guerra era pan de cada día en esa ciudad donde los
operativos y los retenes de los federales ya eran parte del
paisaje urbano.
Fue entonces cuando "levantaron" al comandante
Cantú.
La violencia se origina en la disputa por el negocio del
narco. Ese negocio marcha gracias a una maquinaria cuyo
principal aditivo es la corrupción.
Tan sólo tres días después de la muerte del comandan-
te Fernando Cantú, agentes de la policía ministerial detu-
vieron a dos hombres como supuestos responsables de su
"levantón" y homicidio. Los detenidos fueron mostrados a
la prensa en las instalaciones de la policía municipal, en una
sala de juntas aledaña a la oficina que la víctima había ocu-
pado durante poco más de dos años. Todo fue muy rápido.
Sólo se convocó a media docena de reporteros y fotógra-
fos. El licenciado Alfredo Macías, titular de Comunicación
Social de la presidencia municipal de la ciudad, se encargó
de dar a conocer a los detenidos. A los reporteros convo-
cados no les sorprendió que ningún mando policial estu-
viera en la conferencia de prensa. Nadie de la policía mi-
nisterial, ni de los municipales y menos aún de la Policía
Federal, instalada en la ciudad con sus trescientos hombres.
57
LA REINA DEL PACIFICO
Una hora más tarde, a las seis en punto, Diana Hernán-
dez abrió su programa Red de emergencia de la XKLN re-
firiendo la captura de los asesinos del comandante. Ella te-
nía información privilegiada sobre los sicarios. Venían del
sur, eran gente de los famosos Pelones, grupo armado de
la Barbi; sujetos peligrosos y presuntos autores de una se-
rie de homicidios y secuestros. Con su aprehensión, la po-
licía ministerial había dado un certero golpe al crimen or-
ganizado. Diana dedicó más de cinco minutos a la noticia,
durante los cuales no le pasaron las habituales llamadas de
los radioescuchas que se quejaban de diversos problemas,
como fugas de agua, postes de luz en mal estado, abusos
policiacos o la apertura de una nueva tiendita de narco-
menudeo.
Para cerrar el programa, uno de los más escuchados de
la XKLN, Diana Hernández presentó una encuesta realiza-
da entre comerciantes, vecinos, empleados, profesionistas;
hombres y mujeres de diferentes edades, quienes hablaron
sobre los operativos de la Policía Federal Preventiva. Fue-
ron tantas las quejas por las arbitrariedades como por la
ineficacia de los retenes. La periodista cerró la emisión
con un comentario que escuché en la cinta que me dio
Nacho Islas, jefe de información del programa de Diana,
el cual salió del aire después de su muerte:
"Me despido de ustedes con la siguiente reflexión: el
general Ávila y sus trescientos policías preventivos vinie-
ron a la ciudad a provocar. Como dice la gente sencilla,
como usted y como yo, nada más vinieron a agitar el avis-
58
INTRIGA EN LA FRONTERA
pero. Mañana nos escuchamos a la misma hora en esta Red
de emergencia.
El corresponsal del diario en que trabajaba envió la infor-
mación. Los dos detenidos por el homicidio del coman-
dante Fernando Cantú, secretario de Seguridad Pública,
convocaban a una conferencia de prensa dentro del penal
de La Joya. No podía faltar, así que viajé esa misma noche.
Cuando llegué a la ciudad, luego de un vuelo tranquilo,
hacía frío y lloviznaba. Elegí un hotel en el centro, modes-
to y discreto. No llamé entonces al corresponsal, a quien
sólo conocía por sus notas. Contactar a algunos colegas
metidos en la zona de guerra puede ser peligroso.
Al otro día llegué temprano al penal de La Joya, don-
de todo estaba muy bien organizado. Custodios del penal
conducían a los periodistas a un pequeño auditorio que
quizá se usaba para actividades que parecen absurdas para
la mayoría en la vida carcelaria, como el festival del Día de
las Madres o los cursos de superación personal. Había cá-
maras de televisión y una docena periodistas de ambos la-
dos de la frontera. Una conferencia de prensa convocada
por dos sicarios. Un hecho inusitado.
Como lo mejor era pasar inadvertido, busqué confun-
dirme entre los equipos de las televisoras y me senté en
un lugar cerca de un par de cámaras junto a la primera
fila. Allí estaba Diana Hernández, una mujer cuarentona,
de pelo teñido de rubio, a quien no conocía. Ella, en
59
LA REINA DEL PACIFICO
cambio, sí parecía conocer a la mayoría de los periodistas
convocados.
El director del penal de La Joya, el licenciado Sánchez,
tomó el micrófono y agradeció la asistencia de la prensa.
Alguien había dejado correr el rumor de que ese par de
hombres, turbados por el miedo, iban a revelar la corrup-
ción de altos mandos policiacos.
Sólo uno de ellos habló y lo hizo de prisa; leyó con di-
ficultad lo que de seguro otra persona había escrito en el
papel que tenía entre las manos. El hombre, de aspecto co-
mún, treinta años, robusto y con una barba de tres días, se
acercó al micrófono cuando el director del penal se lo or-
denó. Desde mi lugar, me percaté de que el hombre tem-
blaba. Tragó saliva antes .de empezar a leer.
Por un momento pareció que no diría nada, que se ha-
bía arrepentido. Encendí la grabadora después que mur-
muró "buenos días".
"Quiero aclarar que estoy aquí por mi propia voluntad
y riesgo, nadie me obligó a declarar ante los medios lo que
voy a decir. Desde hace tres años fui reclutado por la gen-
te de Sinaloa. Era policía municipal en Guasave. Hoy me
pagan cien dólares a la semana. Obedezco órdenes directas
de Siete-cuatro. Somos de la policía mundial. La policía
mundial ejecuta y secuestra. Nos encargaron un trabajo, al
principio nos dijeron que era como muchos de los que ha-
bíamos hecho antes. Luego nos enteramos que era algo de-
licado. Le íbamos a pegar al comandante Cantú. Había
mucho dinero. Lo teníamos que hacer pronto. Gente de la
6o
INTRIGA EN LA FRONTERA
misma Federal Preventiva nos dio la ubicación del coman-
dante. Ellos lo planearon todo, pusieron dos retenes como
muro para que pudiéramos actuar."
El hombre titubeó. Por un momento dio la impresión
de que no podía continuar. El otro sicario palideció.
"El Siete-cuatro nos dijo que quien ordenaba la muer-
te de Cantú era el general Alejandro Avila, por eso todo iba
a estar bajo control. Pensé que Ávila iba a ser el nuevo jefe,
que el golpe a los de la municipal iba a ser definitivo. Lo
tenían todo arreglado, uno de los escoltas de Cantú esa no-
che lo puso. Nosotros éramos cuatro. Llevamos al coman-
dante a la localización, al lugar donde nos indicaron, aquí
mismo en el centro de la ciudad, ahí lo entregamos. Dos
días después me enteré de que había aparecido el cuerpo.
Nosotros no matamos al comandante, ni lo torturamos."
Un silencio pesado y tenso se dejó sentir en el audito-
rio. El sicario había denunciado al principal mando de la
Policía Federal Preventiva como responsable de la muerte
del secretario de Seguridad Pública.
El director del penal, al que tiempo después también
asesinaron, tomó el micrófono y anunció que no habría
espacio para preguntas por lo delicado de las revelaciones
de Alvaro López, acusado, junto con Mauricio Sánchez,
de dar muerte al comandante Fernando Cantú.
El general Alejandro Ávila había desaparecido. En las ofi-
cinas de la Policía Federal Preventiva, instaladas en una bo-
61
LA REINA DEL PACIFICO
dega que proporcionó la presidencia municipal, nadie sa-
bía nada del jefe de la operación de los trescientos policías
federales enviados a controlar la frontera. En el hotel don-
de se hospedaba, el mejor de la ciudad, había una suite a
su nombre, pero la muchacha de la recepción juraba no
haber visto al militar ni a sus hombres desde la noche an-
terior a la conferencia de prensa.
En cuanto pude envié al diario la crónica de la denun-
cia hecha en el penal. Al cabo de media hora, Tomás Pé-
rez, el corresponsal, me llamó a mi teléfono celular. Nos
encontramos fuera de mi hotel. Lo más seguro para hablar
tranquilos era caminar sin rumbo por las calles del centro
de la ciudad. Tomás estaba nervioso, sabía bien que la vida
de un periodista vale muy poco para los malos de la pelí-
cula. Lo mejor que podía hacer, me dijo, era informar de
manera escueta lo ocurrido en la conferencia de prensa e
irme. Irme pronto.
—Pasan de la dos de la tarde y el próximo avión vue-
la a México a las siete de la noche, todavía tienes tiempo
— señaló antes de despedirse a la vuelta del hotel.
Mientras preparaba la maleta, pensé que esa historia
estaba inconclusa. Después de que el general Ávila y sus
huestes arribaron a la ciudad el número de ejecuciones
aumentó. La muerte de Fernando Cantú había calentado
más el ambiente. Ahora los supuestos homicidas denuncia-
ban haber actuado bajo la protección de Ávila.
Los del Golfo y su ejército de Zetas no querían al ge-
neral en la plaza. Según las denuncias, la información que
62
INTRIGA EN LA FRONTERA
corría en las calles y lo poco que me pudo decir Tomás, la
policía municipal estaba bajo el control de los Zetas, aun-
que la actual guerra la habían desatado los pelones de la
Barbi, pandilleros convertidos en sicarios al servicio del
cártel de Sinaloa. Era difícil saber cuántas bajas había su-
frido cada uno de los grupos enfrentados en las calles y los
barrios de la ciudad. Los sicarios son nadie y nadie recla-
ma sus cuerpos.
Tomás me lo dijo:
—Aquí va a haber más muertos.
Terminé de empacar, pero en vez de ir al aeropuerto
tomé un taxi y me fui a otro hotel.
Ese día transcurrió muy despacio, tenso, aunque era un
día común para muchos en la frontera; la vida parecía se-
guir su curso normal. Al anochecer todo parecía tranqui-
lo, pero la disputa por la ciudad vivía uno de sus momen-
tos más álgidos.
Podía pasar cualquier cosa. Me preguntaba quién sería
el siguiente muerto. Alguien de peso en los ejércitos clan-
destinos confrontados iba a caer. Quizá el propio Ávila,
como una advertencia clara de que los del Golfo no iban
a ceder ante ninguna intimidación. Una demostración de
poder y violencia.
Era triste pronosticar los efectos del enfrentamiento
que se vivía entonces. El siguiente muerto también podía
ser alguien ligado a los del Golfo. Uno de sus protectores,
una pieza clave en la red de corrupción con la que con-
trolaban aquella estratégica plaza en la frontera.
63
LA REINA DEL PACIFICO
Tomás llamó de nuevo a mi celular. Era de madruga-
da, tardé en responder, en dar con el teléfono que había
dejado sobre el buró.
—Mataron a López, el tipo de la conferencia de pren-
sa de ayer.
Lo habían apuñalado en su propia celda.
La siguiente víctima en esa ola de violencia fue Dia-
na Hernández. La periodista que sufrió un atentado mi-
nutos antes de entrar al aire, cuando llegaba a las instala-
ciones de la XKLN, sólo dos días después de la muerte
del sicario ocurrida en la zona de alta seguridad del pe-
nal de La Joya, reservada para narcos pesados y policías
acusados de corrupción.
II
Pedro Díaz vive en un modesto departamento, en el edifi-
cio H interior 7, de un conjunto de edificios construidos
por el Infonavit a las afueras de la ciudad. Estudió perio-
dismo, pero su verdadera vocación es la literatura. Escribe
cuentos de humor negro y ciencia ficción. Piezas de am-
bientes y personajes sórdidos, como él mismo. Vive solo.
Creció oyendo a Nirvana y le gusta vestir de negro. Me
invita un café cargado y sin azúcar.
—Ese día abrí el programa con la noticia más triste
que me ha tocado decir frente al micrófono: "Diana Her-
nández, la titular de este espacio, sufrió un atentado. La
<*4
INTRIGA EN LA FRONTERA
atacaron hace unos minutos cuando llegaba a la estación
como cada tarde para estar con ustedes en esta Red de
emergencia".
Tomás me dio el número del teléfono celular de quien
era "jefe de información, reportero, asistente
y productor"
del programa de Diana Hernández. Me advirtió que no
había querido hablar con nadie y que tal vez ya se había
ido para el otro lado de la frontera, donde tenía familia.
— Sí me dio miedo, después de lo que le pasó a Diana
podían ir contra mí. Nuestro programa era muy escuchado.
Recibíamos docenas de llamadas en la hora que estábamos
al aire y luego toda la tarde. La gente no tiene dónde que-
jarse y nosotros pasábamos sus reclamos con teléfono abier-
to. Diana tenía siempre información. Sus fuentes eran muy
buenas, muchos amigos suyos le pasaban tips.
A Pedro le cuesta trabajo hablar conmigo; al principio
sólo dice frases cortas y evasivas. A su dolor de lo sufrido
por Diana se suma una buena dosis de miedo. El miedo a
morir enmudece a cualquiera.
—Te voy a decir por qué acepté platicar contigo. Estoy
harto del cerco informativo que la prensa y la radio han
impuesto sobre lo que le pasó a Diana. La atacaron para
sembrar el terror, para silenciarnos, y lo han logrado. Dia-
na era muy conocida, fue la encargada de comunicación
social, la jefa de prensa de la presidencia municipal, por casi
diez años. Tenía muchos conocidos y contactos. Esos con-
tactos los aprovechaba, sabía aprovecharlos y nada más.
Pedro recuerda que esa semana, la del ataque, fue difí-
65
LA REINA DEL PACIFICO
cil. El gerente de la estación estaba preocupado y habló
con ellos. Diana intentó tranquilizarlo, todo volvería a la
calma. Insistió en que debían sacar al aire las denuncias
contra la Policía Federal Preventiva.
—Hay otra muerte significativa, que nadie relaciona
con lo que está pasando. Mataron al abogado Jesús Ríos.
Ese abogado era amigo de Diana, se conocían desde hacía
muchos años. El abogado Ríos era un abogado de narcos
y aquí todos lo sabían. Después de que dimos la noticia de
su muerte el propio comandante Cantú le tomó una lla-
mada a Diana para decirle que ante ese crimen la policía
iba a ir hasta las últimas consecuencias. Así lo dijo, hasta las
últimas consecuencias.
Pedro no niega que en Red de emergencia habían mon-
tado una campaña en contra del operativo de la Policía
Federal Preventiva en la frontera. Diana le había dado ins-
trucciones para armar una agenda de los abusos y las que-
jas de la gente por los retenes. Me enseña el registro que
llevaba: había enumerado más de trescientos abusos.
—Eso fue sólo en las primeras semanas. Lo más fre-
cuente eran las amenazas y los intentos de extorsión. De-
tuvieron a gente con falsos cargos; según los reportes que
teníamos, los acusaban de posesión ilegal de armas y de
delitos contra la salud. Diana decía que eso era una bom-
ba que en cualquier momento podía estallar. Le dimos una
copia de este informe al comandante Cantú.
Cuando le pregunto a Pedro sobre los efectos de los
operativos de la Policía Federal Preventiva en la ciudad,
66
INTRIGA EN LA FRONTERA
esboza una amarga sonrisa. La sonrisa de alguien a quien
le toca hacer el recuento de los daños.
—Todo esto es resultado de los operativos, primero
llegó la gente del Chapo y se soltó una racha de ejecucio-
nes. Luego siguieron los "levantones". A muchos les esta-
ban cobrando derecho de piso para operar. Nosotros fui-
mos cautos con esa información. Después llegó el general
Ávila con el operativo y se recrudeció la violencia, que
culminó con los atentados en contra del comandante
Cantú y la propia Diana.
De la muerte de Alvaro López, el presunto homicida
de Cantú, Pedro tiene muy poco qué decir. Al otro día del
atentado contra Diana el gerente lo mandó llamar: Red de
emergencia salía del aire. Desde entonces ha preferido ais-
larse, se siente mal, defraudado. Ni siquiera tuvo fuerzas
para ir al hospital a ver a Diana.
—No sé que pensar de lo que pasó. Cuando mataron
a Cantú para nosotros fue muy difícil. Era nuestra princi-
pal fuente, era amigo de Diana. Se conocían desde que ella
trabajaba en prensa de la presidencia y él era un mando
medio en la policía municipal. No creo que ella haya teni-
do más información sobre quiénes mataron al comandan-
te. Voy a ser sincero, a mí me parece que a esos infelices les
están cargando el muerto. Perdón, estoy hablando de más.
Una pregunta resulta clave:
—¿Qué pasó con Diana después de la muerte del co-
mandante Cantú, su principal fuente de información?
—Estaba dolida, además de muy preocupada. Te dije lo
67
LA REINA DEL PACIFICO
de la muerte del abogado Jesús Ríos. Todos sabían que ese
señor trabajaba para el cártel del Golfo, que les adminis-
traba negocios y les lavaba dinero. Diana fue la primera en
dar a conocer que los sicarios que mataron a Cantú ha-
bían sido detenidos. En el programa de esa tarde dijo que
eran gente de la Barbi, de quienes habían llegado a la ciu-
dad a sembrar el terror. Quizá no deba decírtelo, pero
igual te lo va decir alguien por ahí: fue Diana quien orga-
nizó la conferencia de prensa en el penal.
Pedro Díaz no tiene facha de periodista, ni de jefe de
información, menos de productor de un programa de ra-
dio de nota roja. Usa el pelo largo, amarrado en una cola
de caballo que le cae a media espalda; lleva barba y grue-
sos lentes de desvelado lector. Debe ser más joven de lo
que parece. Antes de que concluya la entrevista se levanta
del sillón que ocupa en la estancia y entra a la única recá-
mara de su pequeño departamento atestado de libros y
periódicos. Regresa con una colección de discos compac-
tos de grabaciones del programa.
— Cómo te imaginarás, las más interesantes son las
últimas.
III
El escolta, el teniente Ríos, yace muerto a mi lado. Un intenso
dolor en el pecho me asfixia. La sangre que me escurre por la
frente me impide ver con claridad. Estoy tendido bajo del asien-
68
INTRIGA EN LA FRONTERA
to, donde me refugié durante el ataque, poco antes de la explo-
sión. Todavía escucho tiros, ráfagas de metralleta. Los hombres
que resisten no podrán hacerlo por mucho tiempo. Trato de mo-
verme, de bajar de la camioneta, pero estoy atorado con algo de
lo que no me puedo liberar. El parabrisas está astillado y el ta-
blero de la camioneta hecho pedazos. En cualquier momento lle-
garán hasta aquí, a darme el tiro de gracia.
Nadie va a venir en nuestra ayuda, ni el Ejército, menos la
policía municipal. De seguro todo estaba arreglado. Iba a pagar
el precio. Tres semanas antes había llegado a la ciudad con un
despliegue de fuerzas. Trataba de mostrar el músculo, de hacerle
ver al enemigo nuestra capacidad. Ellos respondieron con más
muertos. Los retenes y los golpes al narcomenudeo los cimbraron.
El mensaje era que habíamos llegado para quedarnos.
Parece que han cesado los disparos, no escucho ya el tableteo
de las ametralladoras, sólo es cuestión de tiempo. Quisiera que
fuera como dicen, recordar mi vida, ver todos los días de mis cin-
cuenta y cinco años de golpe para después morir tranquilo. Es-
toy seguro de que todo acaba aquí, ni Dios, ni diablo, ni Paraí-
so, ni Infierno. Las culpas que tengo, lo que debo, lo pago aquí
con este dolor, con este miedo a morir. Cierro los ojos, quisiera
que todo terminara de una vez.
Sólo recibía órdenes, alguien de muy arriba pactó. Lo que me
quedaba, lo único que podía hacer era imponer condiciones, mar-
car las reglas del juego y dejar sentir mi autoridad. Por eso los
í< >>
golpes a las tienditas y los retenes. Claro que sabía que iban
a responder, pero jamás esperé que la policía municipal nos ame-
nazara y, lo peor, que cumpliera sus amenazas.
69
LA REINA DEL PACIFICO
No tenia por qué aguantar la campaña que montaron en los
medios, por eso a los dueños de los periódicos y las radiodifuso-
ras los puse en su lugar. Nada de crear un ambiente de hostili-
dad hacia nosotros. Nada de seguir con eso de las denuncias por
los abusos en los retenes, con las mentiras de las falsas acusacio-
nes y la bandera de los derechos humanos. Se los dije con toda
claridad a todos, para mi, un militar, la ciudad vivía un escena-
rio de guerra y yo tenía instrucciones de retomar el control, de
restablecer la ley, así que ellos, la gente de los medios, tenían que
tomar partido. Estaban con nosotros o con ellos.
En cualquier momento alguien se va acercar, saben bien
quién soy, me tienen ubicado. Para eso me sirve la experiencia,
para explicar lo que pasó, para tratar de saber el origen del esta-
llido que volteó la camioneta, una camioneta blindada. La ex-
plosión la pudo ocasionar una bomba colocada bajo la carrocería
o el disparo de una bazuca o un lanzacohetes. Hemos decomi-
sado armas como ésas, su armamento es superior al nuestro y sa-
ben cómo usarlo.
Lo primero fueron las amenazas, más allá de interferir en
nuestra frecuencia de radio y retarnos, los anónimos aparecían
en cualquier parte, hasta en la cama del cuarto del hotel donde
me hospedaba. Luego vino la muerte de varios de nuestros in-
formantes, tres en menos de una semana. Estaba preocupado,
muy preocupado. La campaña en nuestra contra seguía en la
prensa y la radio. Todo se sabe, Diana Hernández, esa mujer, era
la encargada de repartir el dinero y tirar línea a los demás.
Ejecutaron al abogado y luego al comandante Cantú, me di-
jeron que con eso era suficiente. Era cuestión de tiempo. La es-
7°
INTRIGA EN LA FRONTERA
trategiafue seguir golpeando, golpes secos y certeros. Tenían que
seguir los retenes y el desmantelamiento de las narco tienditas.
Fue entonces cuando ellos armaron el "choucito" de los de-
tenidos, esa conferencia de prensa en el penal. Lo primero fue co-
brársela a quien se había atrevido a ir en contra del prestigio de
un general. El hombre que usaron era un vicioso al que se le
apareció la muerte esa misma noche. Sobraba quién hiciera el
trabajo. Lo de la periodista se tomó un rato más.
¿Por qué no pienso en mi familia, por qué no los recuerdo?
El miedo a morir me hace temblar, tengo los ojos cerrados, no
me atrevo a abrirlos, a encontrarme de nuevo con el cadáver de
Ríos frente a mí, anunciándome mi próximo futuro. Ya estoy
muerto.
IV
"El general Alejandro Ávila murió víctima de un atenta-
do. Un comando armado integrado por varios automóvi-
les y camionetas atacó la caravana de la Policía Federal
Preventiva en una de las principales arterias de la ciudad.
En el enfrentamiento fueron usados lanzacohetes. Además
de Ávila, murieron otras diez personas, entre ellas cuatro
que circulaban por la avenida Río Nilo, donde sucedieron
los hechos. Hubo más de una docena de heridos, entre
policías y gatilleros."
El boletín de prensa emitido por la presidencia muni-
cipal para informar de lo ocurrido, uno de los enfrenta-
7"
LA REINA DEL PACIFICO
mientos más violentos en la historia de la ciudad, insistía
en su último párrafo en la inmediata salida de la Policía
Federal Preventiva de la región. Ese fue el final del Ope-
rativo Control.
Guadalupe García trabajaba en la estación Stereo 91 de Nue-
vo Laredo, en el programa Punto rojo. Los atentados y homi-
cidios perpetrados en contra de periodistas se han multiplicado en
los últimos años. Los periodistas que con mayor frecuencia son ame-
nazados, secuestrados o asesinados son víctimas de poderes fácticos
ligados al narcotráfico.
La muerte de Guadalupe García, ocurrida el 17 de abril de 2005,
tuvo como telón de fondo el enfrentamiento entre el cártel del Gol-
fo y el de Sinaloa por el control de la plaza de Nuevo Laredo. En el
atentado contra el comandante de la Policía Estatal Preventiva, Javier
Núñez Razo, participó un comando de más de treinta hombres.
Parte de ese violento enfrentamiento se vivió en los medios;
además de la imposición de la censura, se dejó correr la versión de
que al morir García llevaba una lista de narcoperiodistas.
La gran noche de Vanesa
UNA LUZ intensa ilumina
de corazón, alrededor del cual
el escenario en forma
se distribuyen las
mesas de El Pirata. En el centro de ese corazón-
escenario Vanesa baila desnuda. Se mueve rítmicamente,
explotando su poderosa sensualidad; exhibe su cuerpo, se
tiende sobre el piso y abre las piernas para mostrar su sexo.
Luego se acaricia los senos y las nalgas ante las miradas que
habitan la oscuridad del bar. Finge masturbarse. Termina
con un ensayado movimiento de éxtasis y se levanta ra-
diante. Las luces se apagan.
El escenario le pertenece. Con los años se ha adueña-
do del que alguna vez fue para ella un lugar inhóspito y
extraño, lleno de luces intensas, intimidatorias. Bajo el rei-
nado del tubo, como le gusta decir, es la nutnber one.
Le cuesta trabajo dejar el gran corazón, alejarse del re-
flector que la acompañó en cada uno de los movimientos
del final de su actuación, que aún arranca alaridos y aplau-
sos de borracho. Mira de reojo los billetes, esta noche no
73
LA REINA DEL PACIFICO
se detendrá a recoger el dinero que los clientes han lanza-
do al escenario.
La sensacional Vanesa demostró lo que todavía es ca-
paz de hacer, convocó los deseos de la manada. Estaba se-
gura de que, como siempre pasaba después de subir a la
pista, muchos se iban anotar en la lista de los privados. An-
siaban tocarla, sentir su cuerpo. Una pobre ilusión que
para ella es la peor parte del negocio.
No va a recoger el dinero. Tampoco a subir con nin-
gún cliente a los privados a bailar sobre su cuerpo fofo con
la mente en blanco mientras esa sombra cualquiera trata
de desquitar con sobadas de nalgas y apretones de tetas lo
que ha pagado por tener la ilusión de poseer ese cuerpo,
disfrutar de ese aroma a mujer prohibida, mezcla de sudor
y perfume barato.
Vanesa mira el espectáculo del otro lado del corazón-
escenario. La mayoría de los hombres en la penumbra son
animales indefensos, consumidos por la soledad. Tristes
borrachos con dinero.
Se da la vuelta y atrás queda esa amorfa masa de seres
ajenos y distantes. Ninguno de ellos, ni de todos los que
le han pagado por un privado o se la han llevado a hote-
les y fiestas, la ha podido tocar de veras.
Esa noche llegó temprano. Se maquilló con calma, pues le
gustaba transformarse, dejar lejos a María, la María de
siempre, la que le era desconocida cuando la contemplaba
74
LA GRAN NOCHE DE VANESA
en los espejos. La madre de ese par de niños, Fabiola y En-
rique, que no dejaba de extrañar y que le dolían.
Pero sonrió ante otro espejo, el del camerino. Esa son-
risa le había costado mucho dinero: poseía unos dientes
perfectos que le gustaba mostrar. Era una mujer de ojos
grandes y expresivos, piel tersa y apiñonada, facciones
exóticas de modelo de revista. Era la reina y siempre lo se-
ría, a pesar de la suciedad del lugar, de ese camerino con
un enorme espejo en el que se reflejaban las sillas de plás-
tico regaladas por una empresa cervecera y con larga ba-
rra de madera corriente empotrada sobre la pared, donde
las muchachas colocaban los utensilios y las pequeñas he-
rramientas con que lograban su fugaz metamorfosis.
Era temprano. A esas horas el camerino estaba vacío y
casi limpio. Se encontraba relajada, maquillarse la hacía
sentirse bien. Se tomó su tiempo, cuidando cada detalle
del arreglo: la forma de los labios, la pintura de los ojos
para realzar esa mirada ante la que sucumbían batallones
de desesperados en busca de una mujer por la que pudie-
ran pagar. Se retocó los hombros, las piernas, el busto y el
cuello; luego se levantó de la silla y se alejó para mirarse
en el espejo. Llevaba únicamente una tanga negra com-
prada en el supermercado. Se había despojado de la ropa
de todos los días, el holgado pantalón de mezclilla, la su-
dadera negra que ocultaba los encantos que ahora saltaban
a la vista.
Escuchó voces, alguien se acercaba. Se cepilló el largo
cabello negro y se dedicó una sonrisa. Al camerino entró
75
LA REINA DEL PACIFICO
otra de las chicas, apenas la saludó antes de meterse al
baño. Vestía ropa de calle, para ella también había empeza-
do temprano la noche. Chole, la encargada del vestuario,
la que guardaba sus ropas y les entregaba el atuendo para
su actuación, aún no había llegado.
Vanesa volvió a mirarse en el espejo y con toda calma
repasó los detalles de su arreglo; le gustaba hacerlo, era una
especie de conjuro para dejar lejos la otra realidad, la de la
urgencia del dinero, la de su soledad y la angustia por sus
hijos.
La mujer recién llegada salió del baño, la llamaban
Dolly y era de Sinaloa. Se veía cansada. Mencionó algo so-
bre un dolor de cabeza y el tráfico de los viernes por la
noche. Vanesa tenía el remedio para los males de la rubia
que empezaba a maquillarse: un papel con un pase de coca
que le puso enfrente.
Vanesa sacó otro pase de su bolsa y sin prisa lo colocó
en la mesa, para aspirar el polvo. Ni siquiera sabía cuantos
jalones llevaba. Iba a ser una noche larga y necesitaba lo
que llamaba su "complemento vitamínico". "Nada mejor
para los sinsabores de la vida."
Siguió con el repaso de su maquillaje, con las sonrisas
al espejo. Por fin llegó Chole. Aquella mujer cincuentona,
de pelo teñido de rojo, llevaba toda la vida en El Pirata.
Del escenario del gran corazón pasó al retiro del cameri-
no como encargada del vestuario de las divas, como lla-
maba a las muchachas cuando estaba de buen humor.
Para esa noche, su gran noche, Vanesa había pensado
76
LA GRAN NOCHE DE VANESA
usar un vestido largo, escotado, de pedrería brillante sobre
fondo verde y enormes aberturas a los lados. Un vestido
que le quedaba untado, resaltando con irresistible sensua-
lidad sus rotundas caderas y la fuerza de sus pechos. Esa
noche tenía que lucir como la reina del lugar, la sensacio-
nal Vanesa.
Había llegado temprano para evitar que otra de las
chicas eligiera ese vestido. Chole lo tomó del tubo don-
de estaba colgado entre mallas blancas, lencería, minifal-
das y pantaloncillos, y lo puso en sus manos. Vanesa lo
acarició, le gustaba pasar las manos sobre la tela, sentir la
suavidad de la gasa. Se topó con un hoyo, pequeño pero
visible. El vestido llevaba meses roto y a nadie parecía im-
portarle. Chole le dio la ficha con la que tenía que devol-
verlo al final de la jornada. Vanesa pensó que esa noche
todo iba a ser distinto y en cuanto pudo tiró la ficha, ese
cartón pintado de amarillo con un número en azul que
ni siquiera vio.
Las chicas empezaron a llegar. Vanesa era la dueña del
secreto para que todas se sintieran mejor. A nadie sor-
prendió que esa noche no anotara en la libreta de secre-
taria que llevaba en su bolso la cuenta de la mercancía
vendida.
Era noche de viernes, y después de un rato el cameri-
no estaba repleto. Las chicas se maquillaban, se probaban
los sugerentes atuendos para pasar el rato con los clientes,
el vestuario para actuar en el gran corazón donde iban a
quedarse desnudas y solas, pensaba Vanesa.
77
LA REINA DEL PACIFICO
Antes de que el parloteo de las chicas y la música con
la que pretendían alegrarse se convirtieran en un ruido
vacío, de que la invadiera esa sensación de distancia ante
su vida, hizo a un lado un delineador y un par de pintala-
bios para trazar dos finas líneas de coca sobre la barra de
madera.
Otro jalón. Un jalón necesario para seguir allí, para
aguantar un rato más y llegar al escenario, donde se sentía
segura y se imponía, donde Vanesa era única.
Un jalón más para resistir a esa gente, a las mujeres del
otro lado del espejo donde se miraba. Risas vacías y falsas,
voces que sonaban a tristes graznidos de hembras agobia-
das. Un jalón para dejar correr las horas, para darle a esa
noche la oportunidad de ser la gran noche.
Alguien se lo había dicho, Dolly, la sinaloense, o
Sherry, la argentina. Una de las muchachas, cualquiera.
Tenía que bajarle al vicio. A sus hijos les hacía falta. Ha-
bía dejado lo demás y el alcohol nunca le había gustado,
pero la coca era su negocio. La coca siempre le infundió
ganas de vivir, una alegría que no recordaba haber senti-
do antes.
La Chiquis, una morena altísima, metió sus largas pier-
nas en unas pantimedias negras. De igual color era su sos-
tén, y había elegido un pequeño vestido rojo para salir a
seducir a los clientes. Su preciosa mercancía tenía dueño.
Y el dueño de la morena estaba a su lado: Johana, la sen-
sual, como le gustaba que la anunciaran. Poseía un cuerpo
torneado, labrado en el gimnasio; brazos y piernas fuertes,
78
LA GRAN NOCHE DE VANESA
los atributos de sus grandes senos y el rostro de niña cu-
bierto por una suave melena oscura.
Johana se acercó a la morena de las largas piernas, le
susurró al oído y le besó el cuello. Les gustaba acariciarse
en el camerino, disfrutaban con exhibirse, con provocar el
deseo en las demás chicas. Eran pareja, una pareja abierta
y audaz. Vanesa las miró desde el fondo de su personal le-
janía de la realidad. Sus juegos y caricias le removieron
malos recuerdos. ¿Dónde estaría Rodrigo, el Rorris?
Al Rorris le temía, alguna vez lo amó. El Rorris y su
lana. Ese afán suyo de gastarse la vida, de consumirla de
golpe. Otro jalón y un pase para quien quisiera comprar-
lo. El Rorris le surtía la mercancía, la medicina para ali-
viar sus males y los de las chicas que la necesitaban. El
Rorris la protegía y cuidaba el negocio en El Pirata, don-
de todos sabían que Vanesa era el conecte de la blanca y
las pastas.
En los privados daba lo suyo a los clientes que la bus-
caban. El pase para el placer. Le gustaba ponerse el polvo
de ángel en la palma de la mano y obligarlos a inhalar
como si fueran mascotas amaestradas. Al dinero única-
mente lo veía pasar, el Rorris hacía las cuentas y sólo le
daba su comisión, aunque ella fuera la madre de sus hijos.
En el camerino de El Pirata, quince chicas se prepara-
ban para salir a la venta.Vanesa sabía que le quedaban mu-
chos años de belleza y vida, pero no los quería, estaba can-
sada. Otro jalón.
Se levantó del lugar donde terminaba de maquillarse,
79
LA REINA DEL PACIFICO
de ungirse con pinturas, polvos y perfume. Caminó entre
las chicas, quería dejar atrás la realidad de la celulitis y las
barrigas y las marcas dejadas por los años y la vida sórdi-
da de esas mujeres en las que se reconocía.
Pero esa noche no le daría oportunidad a la tristeza.
Necesitaba otro jalón.
Salió del camerino para encontrase con el bar lleno. Los
viernes siempre eran así, al Pirata de Acapulco, uno de
los tables cercanos a la costera Miguel Alemán, llegaban
centenares de clientes ansiosos de placer, de encontrarlo
en la piel de una mujer alquilada para el privado. Ese pla-
cer animado por el alcohol y algún aditivo, como los que
Vanesa ofrecía ante la vigilante mirada de los meseros. To-
dos estaban en el negocio. El negocio del Rorris, que de
vez en cuando se aparecía por ahí o llegaba al departa-
mento para hacer cuentas y fingir que era un padre para
sus hijos.
Caminó exhibiéndose entre las mesas. Le gustaba sen-
tir las miradas, repartir sonrisas coquetas como invitándo-
los al paraíso. Jugar el juego del cazador disfrazado del más
preciado trofeo de la noche, porque era ella quien elegía,
aunque ellos fueran los que pagaban. El Pirata le gustaba
por su escenario en forma de corazón, con su tubo platea-
do al centro y espectaculares luces. Jamás había visto una
pista así y por eso decidió que ése era el lugar para cele-
brar su gran noche y luego irse lejos.
8o
.
LA GRAN NOCHE DE VANESA
Irse como tantas veces. Fue a sentarse a la barra, que-
ría estar sola, y en cuanto se le acercó el primer sujeto, con
enorme panza, calvo y de triste facha, lo alejó con su me-
jor sonrisa.
—Al rato, papi, al rato. .
Enriquito, el barman maricón, le sirvió una pina cola-
da, la bebida de las chicas buenas.
Irse esa noche...
La primera vez que se fue dejó atrás aquel caserío sin
nombre en el sur de Jalisco, cerca de Usmajac, donde to-
davía viven sus padres y hermanas. La prima Toña la con-
venció; trabajaba en Guadalajara y le iba muy bien. Todos
sabían que era mesera, pero la verdad se la contó a ella: tra-
bajaba en un "teatrito" donde se desnudaba. Le pagaban
tan bien que se iba a comprar un automóvil y tenía mu-
cha ropa. Toña le dijo que un día iba a ser artista de te-
levisión, a salir en las telenovelas, a casarse con un mu-
chacho guapo y adinerado que había conocido en el
"teatrito".
La prima Toña y sus sueños y mentiras. Toña y sus
amores torcidos. Toña y la horrible muerte que le tocó.
Fue Vanesa quien identificó el cadáver. La Toña se le seguía
apareciendo en sueños, en un cajón de la morgue, con el
cuello desmadejado. La ahorcaron, nunca se supo quién.
Encontraron su cuerpo desnudo en un edificio en cons-
trucción en Zapopan. Después de que la mataron, siguió
yendo al Divas Club el loco aquel de mirada pesada que
le regalaba flores y quería casarse con ella, pero la Toña
81
LA REINA DEL PACIFICO
—conocida como Madelaine— estaba terca con un nar-
quito amigo del Rorris.
Necesitaba otro pase y fue al baño, donde volvió a pin-
tarse los labios. Apestaba a orines y mierda, porque a na-
die le importaba mantener limpio el baño de damas de un
lugar como El Pirata.
Antes de volver a la barra, donde ya la esperaba otra
pina colada, la llamaron de una mesa. Era un grupo, ima-
ginó que de oficinistas que asistieron a alguna convención
en la playa. Empleados de medio pelo que querían darle a
su jefe el gusto de una mujer como ella. Se acercó y le sor-
prendió que uno de esos burócratas fugados de su escri-
torio le pidiera medicina. Sonrió y le dijo que para eso es-
taba, que le diera tiempo, y arriba en los privados le daría
lo que buscaba, además de una sorpresa por ser el primer
cliente de la noche.
Regresó a tomarse con calma su pina colada. A los
clientes hay que dosificarles el placer; aunque ellos pa-
guen, la que manda es la que da la felicidad instantánea, la
dueña de la coca y del cuerpo deseado. La number one, el
conecte en El Pirata.
Aunque apenas llevaba un rato metida allí, ya no so-
portaba el escándalo de la música. Tenía que irse. El ruido
era tan molesto como los abusivos y los enamorados, que
no faltaban, como los celos de las otras chicas o los mese-
ros y gerentes que se querían pasar de listos. Irse, como se
fue de aquel "teatrito" para el que la Toña la convenció de
trabajar. Irse.
82
LA GRAN NOCHE DE VANESA
Fue Rodrigo, el Rorris, quien se la llevó; parecía algo
muy remoto, pero no habían pasado ni cuatro años desde
entonces. Que el tipo que la llamó esperara, que se pusie-
ra nervioso, que tuviera miedo de que le hubieran puesto
un cuatro y le cayera un judicial para extorsionarlo. Le
gustaba ver a esos clientes preocupados y tensos. Vanesa
conocía muchas formas para crisparles los nervios; si sabía
darles placer, encarnar ante ellos lo prohibido y lo desea-
do, también sabía cómo hacerles la noche imposible y al
final torcerlos con una abultada cuenta de varios ceros que
los ponía a temblar. Lo había hecho muchas veces, pero
era tan aburrido como el juego de escuchar al solitario y
consolarlo en el privado para ganarse la generosa propina
del arrepentido.
Cuatro años y parecía una eternidad, vividos en las
"giras" a las que el Rorris la llevaba. Del "teatrito" de
Guadalajara se fueron a Nuevo Laredo, donde le dijo que
lo enviaron de comisión.Vanesa tomó la copa con su pina
colada y el frío del hielo la reconfortó. Hacía calor, el aire
acondicionado de El Pirata funcionaba mal y a esas horas
ya había suficientes seres humanos como para emponzo-
ñar el ambiente.
Antes de darle un trago a la bebida se miró en el es-
pejo del otro lado, al fondo de la barra; las luces de neón
hacían brillar sus carnosos labios. Le dedicó una sonrisa a
la mujer del espejo y brindó por Rodrigo Marmolejo,
"quien fue mi hombre. A quien odio".
Siempre le gustaron las manos del Rorris, grandes y
83
LA REINA DEL PACIFICO
velludas, manos para ser acariciadas.Y en la cama, él era fe-
roz y dulce.
A las tres semanas de llegar a Nuevo Laredo ya traba-
jaba en El Manto Negro, donde fue la reina. Tenía la be-
lleza de los diecinueve años. Eran felices, a pesar de que el
Rorris se ausentara semanas enteras; cuando de pronto se
aparecía la noche se convertía en fiesta, la fiesta de los
amantes. La coca, el alcohol y los chochos lubricaban la
vida de entonces. Fue natural que ella empezara a vender
en el antro. Nunca faltaba la droga para el negocio. Siem-
pre estaba disponible para las "giras". Así eran el Rorris y
sus viajes y los muertos con los que cargaba, según le con-
tó un día.
Después de la temporada en los "teatritos" de Nuevo
Laredo, El Manto Negro y El Shake, viajaron a Mazatlán,
donde Vanesa se llamó Heidi y debutó en Las Sabrosas.
Cuando el negocio iba mejor que nunca, cuando Rorris
le decía que un día iban a dejarlo todo, a cambiar de vida,
algo sucedió. El le contó que había conocido la muerte,
que se le había aparecido cuando le cobraron favores pen-
dientes. Se llevó sus ahorros y esa madrugada volvió para
decirle que tenían que irse de Mazatlán. Irse lejos.
Ni siquiera recordaba la siguiente parada en la ruta,
pero la comisión del agente Marmolejo fue en Reynosa.
Vanesa bebía de su pina colada, cuando sintió la presencia
de alguien a sus espaldas; era el hombre de la mesa de ofi-
cinistas que la buscaba con cara de ansiedad. Le sonrió y
le hizo una seña para que se acercara. El tipo se inclinó
84
LA GRAN NOCHE DE VANESA
y ella le dijo al oído con ese tono que sabía que encendía
el fuego de los clientes:
—Espérame tantito y vas a ser feliz. Estoy esperando lo
que te prometí.
Lo que sí recordaba muy bien era la temporada que
pasaron en Monterrey. El Rorris le consiguió trabajo en
uno de los mejores lugares de la ciudad, donde todo era
lujo y terciopelo, y había muchas extranjeras, rubias veni-
das de Europa. Vanesa se llamó entonces Marlen, dijo ser
de Venezuela y se inventó una historia: modelo de cami-
no a Nueva York, donde quería ser actriz. El negocio era
el mismo y los clientes peores. Fue entonces cuando al
Rorris le vino una crisis, demasiada droga, demasiadas
tensiones. Se pasó una temporada en el hospital y cuando
salió le dijo que debían cambiar de vida. Le creyó. El Ro-
rris quería tener un hijo; ella se embarazó de Fabiola y por
un tiempo llevaron una vida tranquila. Sin embargo, a los
tres meses de nacida la niña la felicidad se agotó. Marlen
tuvo que regresar a los "teatritos", cada vez peores, pero
no había alternativa, pues los ahorros se habían acabado.
Al agente Marmolejo no le faltaba la mercancía que su
mujer vendía a los clientes en los privados, a las chicas, a
los meseros y aun a los taxistas que se disputaban el honor
de recoger a la señora en su casa y llegar con la Marlen al
antro, donde la aguardaban clientes desesperados por una
dosis de placer.
Necesitaba otro jalón, así que llamó a un hombre que
la siguió hacia las escaleras, al primer piso donde estaban
85
LA REINA DEL PACIFICO
los privados. En el corazón-escenario una de las chicas se
contorsionaba desnuda. Lo tomó de la mano, iba a jugar
con él, llevarlo al cielo y luego desde las alturas dejarle ver
el infierno de la vida que seguramente llevaba: la rutina
de la supervivencia, la esposa gorda que espera y los hijos
viendo tele, encerrados en ese zoológico de bichos hu-
manos.
Subieron las escaleras, ella por delante. Avanzaba des-
pacio para mostrar las portentosas nalgas que el hombre
no dejaba de mirar.
El pasillo hacia a los privados carecía de luz y los clien-
tes se tropezaban. A nadie le había importado poner una
lámpara. Las chicas conocían el camino y lo recorrían sin
problemas con esos zapatos de enormes tacones que usa-
ban. Vanesa llevaba unos de tacón transparente, y el hom-
bre la seguía con dificultades entre la oscuridad. Ella apretó
el paso para hacerlo sentir débil y torpe, para demostrarle,
antes de entrar al privado, quién mandaba y cómo iban a
ser las cosas cuando decidiera otorgarle el privilegio de
tocarla.
El Johny era un tipo robusto al que le gustaba portar
gruesas cadenas doradas y anillos. Usaba playeras deporti-
vas y pantalones cortos. . . un rapero convertido en vende-
dor de boletos para los privados. Si las cosas se ponían feas
en alguno de los cuartos, el Johny entraba en acción. En
cuanto vio venir a Vanesa se puso tenso, porque ella iba a
conectar.
Pidió un doble y el tipo se tomó su tiempo para sacar
86
LA GRAN NOCHE DE VANESA
la cartera y pagar. Vanesa recibió impaciente el par de fi-
chas. De manera mecánica las guardó en su bolso. Habían
dejado de importarle las ganancias de esos bailes montada
en los cuerpos de los clientes, lo mismo que los del nego-
cio de la coca. Aprovechó para revisar si traía suficiente
mercancía, unos cuantos pases, los necesarios para un rato
de venta. Si hacía falta, en un rincón del camerino había
más, resguardada por Chole. En su bolso llevaba también
un arma calibre .22, el juguete que el Rorris le había dado
para que se defendiera, para que la usara si alguien se pa-
saba de listo y pretendía robarla. En ese bolso de niña, con
una caricatura pintada sobre un fondo rosa,Vanesa traía lo
necesario para esa noche en El Pirata.
— El siete — dijo el Johny, y sin esperar al cliente Va-
nesa caminó rumbo al final del pasillo.
Corrió la cortina, unas mugrosas tiras de plástico imi-
tación bambú. El hombre estaba detrás. El lugar era una
verdadera pocilga. Para Vanesa el infierno era así: un pri-
vado con un panzón tocándola por toda la eternidad. Ne-
cesitaba otro jalón.
Primero tenían que pagarle; el tipo volvió a sacar la
cartera con recelo y le dio un billete. Ella lo guardó en su
bolso. Sacó sin prisa un par de papeles. Tomó el suyo y as-
piró. Luego, despacio, muy despacio, vació el contenido
del otro papel, ese puntito de coca, en la palma de su
mano izquierda y sonrió. Cuando el cliente se acercó, bajó
la mano para humillarlo. Por fin lo dejó aspirar.
No le importó lo que pasó después, era la rutina del
8?
LA REINA DEL PACIFICO
infierno. La música a todo volumen, la parodia de baile
que tanto la aburría frente al cliente tumbado en el sillón,
ofreciéndole los senos, dándole la espalda y abriéndose de
piernas. Las generosas nalgas a la altura de su rostro. Las
húmedas manos que empezaron a tocar, a sobar. Montar-
se de frente en el panzón y dejarlo chupar. Abrazarse a su
cuello y acribillarlo con los pezones. Cumplir con el tra-
bajo. El cuerpo abandonado a las garras de ese cliente que
no tardó en venirse. Se apartó de él. Lo peor de los priva-
dos era la pestilencia.
Contempló al hombre vencido; había resistido muy
poco el sabor de su piel morena, sucumbió a los embates
del portentoso culo en su entrepierna antes de que termi-
nara la primera canción.. Le lanzó la más radiante y falsa
de sus sonrisas, se le acercó despacio y se despidió dán-
dole un beso en la mejilla, como si fueran dos viejos co-
nocidos:
—Adiós, papito.
Buscó con urgencia el baño para asearse; no soportaba el
mal olor de los clientes, el sudor con el que impregnaban
su cuerpo, la saliva que le dejaban en los pechos. Llevaba
en su bolso una pequeña toalla que puso bajo el chorro de
agua y con la cual limpió su cuerpo. El alivio fue inme-
diato. Tenía que irse, irse muy lejos. Lo iba a hacer esa no-
che. Su gran noche.
Se tomó su tiempo para salir del baño de damas en la
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LA GRAN NOCHE DE VANESA
planta alta, el de los privados, donde los olores a orines y
mierda eran menos intensos. Se maquilló despacio; quería
estar sola, pues en cuanto bajara al bar más de uno se le
iba a acercar o la iban a llamar de alguna mesa. Lo peor
que podía pasarle era que se apareciera alguno de sus ena-
morados, como el viejito de los sueños.
Sebastián le confesó su amor en un privado y le dijo
que juntos podían hacer otra vida. Le contó de sus taxis,
de lo bien que le iba con la lonchería en el centro. Si no
querían vivir en Acapulco podían irse a Chilpancingo o a
donde ella quisiera. A Sebastián le gustaba hablar y hablar,
podía pasarse la noche contándole anécdotas vividas o in-
ventadas. No le importaba el dinero que pagaba al final de
esas interminables noches, ni el que llegó a darle para los
juguetes de sus hijos el día de Reyes o en Navidad, o
cuando ella le inventó que estaba enferma. El viejo era tan
inocente que ni siquiera se había dado cuenta de que era
el conecte en El Pirata.
Vanesa le mentía, gozaba engañándolo, se inventó otra
vida: la desgracia de haber caído de lo más alto por aquel
accidente en que perdió a sus padres a los doce años; el tío
que abusó de ella, y la tía que la puso en la calle. Lo úni-
co cierto de lo que le decía al viejito de los sueños era que
un día quería irse muy lejos.
La morena de las largas piernas, la Chiquis, y su dueña
Johana entraron juntas al baño de los privados. No per-
dían ocasión para acariciarse. Los amores nuevos se lucen.
Le pidieron un par de papeles y se metieron a uno de los
89
LA REINA DEL PACIFICO
apartados;Vanesa imaginó la tormenta de caricias y besos.
Se quedó ahí oyéndolas, extraviada en su habitual sensa-
ción de lejanía. No sabía cuándo había perdido el contac-
to con la verdadera vida. A sus hijos los veía también des-
de de lejos, como si nada la uniera a ellos. Hasta entonces
no se había atrevido a dejarlos, algo que no era amor se lo
impedía. Al Rorris lo odiaba. Las cuentas nunca le salían
y el agente Marmolejo le exigía el dinero que necesitaba
para comprar mercancía, cada vez más y más mercancía.
Necesitaba otro jalón.
Oía los dulces quejidos y rumores de aquel encuentro
furtivo. Las chicas lo hicieron rápido. Salieron contentas y
se plantaron frente a ella para retocarse el maquillaje y re-
gresar al bar. Vanesa las miró, reconoció lo que el amor es
capaz de hacer por cualquiera, en cualquier lugar. Al lado
de la morena sonriente y satisfecha descubrió a una vieja
marchita y ajada, un payaso exhibido por la intensa luz del
baño, pintándose los labios en forma de corazón. Apenas
se reconoció.
Se habría quedado en ese lugar hasta que la buscaran para
subir al escenario, pero debía regresar al bar, ya que a las
chicas les exigían andar por ahí. En las noches desiertas y
aburridas en que apenas llegaban algunos clientes, varias se
sentaban juntas a hablar de cualquier cosa y matar el tiem-
po, pero en las noches de viernes todas eran requeridas,
para todas había negocio. Les correspondía el diez por
90
LA GRAN NOCHE DE VANESA
ciento de cada bebida consumida por los clientes y el
veinte por cada privado.
Estaba tensa y nerviosa; necesitaba serenarse. Tomó el
vestido del que se despojó frente al panzón y que había
dejado a un lado, abrió una puerta y se sentó un rato en
el excusado. Ahí sola, lejos del estruendo de la música y
del neón del bar, recordó que ésa era su gran noche. Lo
tenía todo preparado, había visto lo que iba a ocurrir
como si se tratara de una película. Cerró los ojos para re-
pasar el plan. No pudo evitar el recuerdo de sus hijos, ese
par de angelitos con mala suerte, como le gustaba llamar-
los. No tenía remedio, los iba a dejar.
El Rorris se le apareció también, y pensó entonces que
hay amores que nacen enfermos y podridos. Lo primero
que vio en el agente Marmolejo, un agente de la AFI que
se decía poderoso comandante, fue el boleto de salida de
aquel antro en Guadalajara, en el que ya no quería traba-
jar, de donde una noche salió la Toña para ya no volver
nunca.
Aunque el Rorris se la llevó, los golpes y los celos hi-
cieron que ese amor apestara. La usaba en el negocio y le
servía en esas madrugadas en las que no podía dormir si
ella no le daba el consuelo de su cuerpo. Así pasaron los
meses y los años. Había cometido tres errores y los tenía
claros: embarazarse de sus hijos y tratar de dejarlo. Los hi-
jos llegaron en los peores momentos; Fabiola nació des-
pués de que se acabaron los ahorros y el Rorris tuvo que
trabajar. Vanesa regresó a los tables; no sabía hacer otra
91
LA REINA DEL PACIFICO
cosa, aunque consideró volver con sus padres, encontrar
un refugio y tratar de olvidarse del cuerpo de la Toña, del
mal amor del Rorris, de los "teatritos" de Guadalajara,
Nuevo Laredo, Mazatlán, Monterrey. . . del consuelo de la
coca y todo lo que podía meterse para hacer más digeri-
ble el amargo sabor de la vida.
La primera vez que decidió dejar al Rorris se fue a
México. Llegó a la central camionera de Guadalajara sin
saber a dónde ir. No quería regresar a Mazatlán y faltaban
más de seis horas para que saliera el autobús aTijuana.Así
que compró un boleto para la capital.
Con el poco dinero que llevaba encontró un hotel en
la colonia Guerrero. Lo demás fue fácil; una noche dejó a
la niña dormida y a la salida del hotel tomó un taxi. A tres
cuadras del Hotel Lido estaba el Chicas Club, un table
donde le permitieron hacer lo que sabía: bailar, seducir a
los clientes y luego, con un poco de paciencia, conectar.
Sentada en el excusado, con el vestido para su gran no-
che arrumbado en el suelo, con la tanga negra a la altura
de las rodillas, intentando tranquilizarse, olvidar la urgen-
cia de otro jalón, Vanesa pensaba que en ese entonces las
cosas no iban del todo mal. Había rentado un departa-
mento en el rumbo de la colonia Industrial y tenía quien
le cuidara a su bebé mientras dormía la mayor parte del
día, luego de las agotadoras jornadas en el Nueva York,
uno de los mejores lugares donde había trabajado. La tra-
taban bien, le dejaban buenas comisiones, le habían asegu-
rado que nadie la molestaría, que todo lo tenían bajo con-
92
LA GRAN NOCHE DE VANESA
trol en el negocio. Lo que el gerente del Nueva York, uno
de sus enamorados, no sabía era que el Rorris iba a apa-
recerse una noche como un cliente más.
La sorprendió cuando estaba a punto de subir al esce-
nario. Aquella madrugada de domingo sólo quedaban
unos cuantos borrachos decididos a no permitir que ter-
minara su noche de juerga. Se lo topó de frente. El temor
la hizo enmudecer. El Rorris sonreía como si no hubie-
ra pasado nada entre ellos, como si ese año de ausencias
y olvido no hubiera importado. Le tendió la mano y la
besó en la mejilla. Luego, como cualquier cliente, le mos-
tró el boleto que había comprado para llevarla a uno de
los privados.
No pudo evitarlo, cedió no sólo por ella, sino por la
niña. El Rorris no había cambiado y necesitaba manejar
el negocio. Su negocio. La obligó a dejar el Nueva York y
la llevó a trabajar lejos de la Zona Rosa a un lugar de mala
muerte, el Salón Turquesa.
En su refugio del baño de damas aledaño a los priva-
dos, Vanesa recordaba aquellos amaneceres cuando regre-
saba de Ecatepec al departamento de la Industrial en el
taxi contratado por el Rorris para mantener bajo control
sus salidas; pensaba y pensaba cómo irse, irse lejos, hasta
que por fin se decidió, tomó a su hija y lo dejó todo. El
Rorris jamás sabría dónde buscarla. El plan era llegar aTi-
juana, conseguir un pollero para cruzar al otro lado y allá
trabajar. Se había propuesto dejar los vicios, quería cam-
biar de vida.
93
LA REINA DEL PACIFICO
No obstante, para entonces ya se encontraba embara-
zada otra vez.
Era inevitable: cuando el acelere bajaba empezaba a sen-
tirse cansada; habría querido dormir un rato. Dormir, sólo
eso. Tenía los ojos cerrados y estuvo a punto de perderse,
cuando oyó que el Johny la llamaba. Llevaba un buen rato
encerrada en el baño y era noche de sábado, la necesita-
ban allá abajo. Se levantó, tomó el vestido, se lo puso y sa-
lió alisándose el pelo; estaba lista para su gran noche, tenía
que estar lista.
Al pasar por el oscuro pasillo de los privados, detrás de
las cortinas de plástico vio los cuerpos confundidos de una
de las chicas y un cliente. Ella lo montaba a ritmo de la
música. Se dirigió a las escaleras y bajó despacio; ahí esta-
ba otra vez en esa penumbra para entonces colmada de
hombres y chicas. Buscó un lugar en la barra y Enriquito
le sirvió otra pina colada.
Pronto la llamarían para subir al corazón-escenario. Le
daba lo mismo la música que la acompañara; iba a ofrecer
su desnudez, de eso se trataba en los "teatritos" del mundo.
Un borracho se le acercó y a señas trató de decirle
algo. Ella pretextó la música, el ruido, para hacerse la de-
sentendida. Quería estar sola, sola hasta que llegara el mo-
mento de la que había decidido que sería su mejor actua-
ción. Bebió la pina colada y recordó cuando llegaron a
Acapulco dos años antes, con los niños pequeños consu-
94
LA GRAN NOCHE DE VANESA
miéndose en el insoportable calor. Siempre estaba cansa-
da, y el Rorris, lejos, por las comisiones a las que lo en-
viaban, o de plano ido, un fantasma silencioso que a ve-
ces se aparecía por la cocina para buscar algo de comer o
frente a los niños cuando ella los traía de regreso del kín-
der. El Rorris estaba en los huesos, enfermo del alma,
pensaba Vanesa.
Le gustaba ir a la playa, llevarse a los niños y quedarse
horas mirando el mar, el sucio mar de la playa Condesa.
La tenían sin cuidado los turistas. Con la mirada fija en la
distancia, escuchaba el suave rumor de las olas que la rela-
jaban. Días antes, contemplando el mar, había tomado la
decisión de irse muy lejos.
"Vanesa, Vanesa a la pista", oyó la voz del disc jockey.
Había llegado el momento. Dejó la copa y caminó hacia
el escenario. Necesitaba otro jalón.
Vanesa está de pie, desnuda. Deja los billetes en la pista.
Tampoco recoge el largo vestido con pedrería del que se
despojó. El mesero, al que le encargó su bolso, se lo de-
vuelve con una sonrisa.
No tarda en encontrar lo que busca. Todo lo tiene pla-
neado.
La silueta de Vanesa desnuda detrás del escenario es
una extraña postal de El Pirata de Acapulco en la que po-
cos clientes reparan. Todos aguardan a que bajo los reflec-
tores siga el desfile de desnudos, la carne maquillada y des-
95
LA REINA DEL PACIFICO
lumbrante. Vanesa sigue ahí, como si estuviera mirándose
cuando hace diez minutos subió al corazón-escenario:
La música — cualquier música — comienza y ella la si-
gue como autómata. El ritmo del reggaetón es propicio
para sacudirse despacio, en contrapunto, con suavidad, para
gozar cada uno de los movimientos, para provocar a los
clientes con las sinuosidades de su cuerpo. Mantiene todo
el tiempo la sonrisa que luce bajo las intensas luces de los
reflectores. Es la sensacional Vanesa.
Ella se mira bailar. Dueña de la pista, se desplaza pau-
sadamente, al propio ritmo que la gracia de su cuerpo im-
pone al escándalo del reggaetón.
Los clientes más próximos al corazón aplauden felices,
alguien en la barra levanta la copa y brinda con ella. Esta
noche, su noche, todo tiene que ser perfecto. El reggaetón
cede ante una suave balada del viejo rock de los ochenta;
el azar juega su papel y ella escucha Wind of Change, una
de las primeras canciones con las que bailó, su favorita en
el "teatrito" de Guadalajara.
Se mira en el escenario-corazón; se mira desde la pe-
numbra cuando todo está a punto de terminar. Con deli-
cados movimientos se levanta el vestido largo y muestra
las largas piernas que terminan en la promesa de su sexo,
insinuado bajo la mínima tanga. Poco a poco tira del ves-
tido hacia abajo y muestra los hombros, luego los senos.
Ha llegado el momento de ofrecer su cuerpo a los dioses
perversos del table dance. Con un ágil movimiento se des-
poja del vestido, oye los aplausos y sigue adelante, exhi-
96
LA GRAN NOCHE DE VANESA
biendo las posibilidades del sexo en el tubo que ha reser-
vado para el final, al que sube desnuda mostrándose con
generosidad. El maravilloso culo se alza en el centro del
corazón-escenario.
Vanesa mira su cuerpo desnudo descender despacio
por el tubo mientras escucha la canción de Scorpions que
le recuerda su primer "teatrito".
Ha llegado el final. Se tumba en el piso y finge mas-
turbarse. El sexo, su sexo, se abre generoso. La canción está
a punto de concluir; las luces, de apagarse.
Vanesa se mira
todo termina
en su gran noche
busca en su bolso
el arma
la toma
la lleva a su cabeza
dispara.
Su cuerpo desnudo yace detrás del corazón-escenario.
HISTORIA OCURRIÓ en un table de la ciudad de México hace
LA algunos años. La nota apenas ocupó la esquina inferior de la úl-
tima página de información policiaca en un diario de circulación
nacional.
97
r
LA REINA DEL PACIFICO
Detrás de aquella mujer que al concluir su actuación se pegó un
tiro a mitad del escenario había una historia similar a la de Perla. A
Perla la conocí en el Sir Black, un table dance de la ciudad de Her-
mosillo. Perla me contó cómo había huido del hombre con quien
vivía en la ciudad de México, un agente de la Agencia Federal de
Investigación (AFI). Tenía dos hijos y la triste memoria de haber su-
frido la violencia doméstica y ser usada como vendedora en el nar-
comenudeo.
Elisa no está
LEJOS DEL centro DE LA ciudad, en la colonia Las
Fuentes, las Suites Luigi son un buen lugar para
trabajar de encubierto. Cuestan sólo trescientos
pesos la noche, y tienen refrigerador, horno de microon-
das, teléfono y televisión.
A primera vista el cuarto se aprecia limpio, el deso-
dorante con aroma de lavanda mitiga los olores que dejan
las parejas furtivas que se entregan al amor en estas cuatro
paredes.
En un cuarto como éste, Elisa Ruiz, de veintisiete
años, pasó la última noche antes de desaparecer. Era agen-
te de la AFI. Había llegado a la ciudad de Reynosa con
otros cuatro agentes, y la última vez que se tuvo noticia de
ellos fue el 13 de diciembre de 2000.
Ese día, estaba anocheciendo cuando el comandante
Eduardo Salas llamó a su casa. Respondió su esposa. Era
una llamada de rutina; preguntó cómo estaban sus hijas y
se despidió. Frecuentemente lo asignaban a diversas comi-
99
LA REINA DEL PACIFICO
siones y viajaba por todo el país, así que sus largas ausen-
cias no eran raras.
Lo último que se supo de los agentes desaparecidos fue
lo que Salas le dijo a su esposa al despedirse:
—Vamos a Nuevo Laredo y regresamos a Reynosa
mañana.
Aquélla era una de las primeras asignaciones de Elisa,
abogada y con apenas cinco meses en la AFI. Estaba al
mando el comandante Salas, un veterano de la AFI, cur-
tido en la calle, con fama de duro. Además de éste y Eli-
sa iban los agentes Juan Solís, Eduardo Arellano y Salva-
dor Díaz. Juan Solís le decía a quien quisiera oírlo que
estaba harto de su trabajo como agente. Con apenas tres
años en el servicio, ya había llegado al límite; tenía vein-
tiocho años de edad y era soltero. Arellano tenía veinti-
cinco; su mujer estaba embarazada de su primer hijo, que
nacería en mayo. Díaz era un tipo solitario de treinta y
siete años que apenas hablaba, oriundo de Oaxaca. Salas
lo veía como su hombre de confianza, imprescindible en
su equipo de trabajo.
Elisa se había graduado con mención honorífica de la
carrera de derecho, en la UNAM. Trabajó en un par de
despachos donde le pagaban mal. Ni los abogados, ni las
leyes, ni los juzgados eran como esperaba aquella mucha-
cha de buenas calificaciones. Todo apestaba, la justicia es-
taba en venta. Los abusos y la corrupción se sumaban al
abultado expediente de la impunidad que pudo conocer
en su fugaz tránsito por los juzgados. A Elisa se le dificul-
IOO
ELISA NO ESTÁ
tó desarrollar esa escamosa piel de cinismo de muchos
abogados.
Buscó un mejor rumbo como agente de la AFI. En
México, en el mejor de los casos, un policía subsiste con
un sueldo de miseria y debe conformarse con las migajas
de los grandes negocios de los jefes. Porque los jefes siem-
pre hacen grandes negocios.
Había algo en esa joven delgada y morena que atraía a
ciertos hombres, a los débiles, a quienes les urgía un poco
de protección. Ciro, agente convertido en ayudante de
uno de los jefes, la buscaba. La invitó a comer, luego al
cine. Ella pensaba que quizá con el tiempo... A su hijo le
hacía falta un padre. Era un niño bajito de nueve años y
mirada de enfermo.
Fue Ciro quien la previno. La esperó en el pasillo de
la oficina, frente al elevador; se le acercó con una sonrisa
mustia y no le dijo mucho, sólo que tuviera cuidado en
Reynosa. Les habían puesto una trampa.
En esa madrugada de insomnio y temor en el hotel,
Elisa sólo tuvo como compañía al televisor. Cuando los
investigadores entraron al cuarto que había ocupado en
busca de indicios sobre su desaparición, lo único que le
daba cierta calidez al espacio era la foto de su hijo. Elisa
era una madre soltera a la que la vida sorprendió con su
crudeza. La ropa estaba colgada en el clóset, la maleta y
un par de zapatos se hallaban en un rincón. Habían he-
cho el aseo y de seguro rociado la habitación con ese pe-
netrante aroma de lavanda; por eso ninguno de los inves-
IOI
LA REINA DEL PACIFICO
tigadores se percató del agrio olor del sudor de Elisa, pro-
ducto del miedo. El miedo hedía; su tufo era como el del
dinero que se recibe ilícitamente por primera vez. Un
olor que despierta el morbo y mata el arrepentimiento.
Ese olor puede ser el mejor anestésico para los dolores de
la mala vida. Muchos se acostumbran a ese olor, sobre
todo si son policías, aunque Elisa guardaba un estorboso
decoro por haber estudiado en la primaria del Sagrado
Corazón. Llevaba siempre consigo el viejo catolicismo en
la medalla de la Virgen de Guadalupe que pendía sobre
su pecho.
Trataba de conciliar el sueño, iba de canal en canal
casi mecánicamente, con el mínimo volumen, como para
hacer de las voces provenientes del televisor un lejano ru-
mor. Atar cabos, pensar demasiado no es bueno para un
policía. ¿Había sido una amenaza? ¿De verdad les habían
tendido una trampa? ¿Era solamente un intento de Ciro
por parecer importante, que tenía información privile-
giada y que le advertía a una amiga que algo malo podría
ocurrirle?
Junto a la laptop tengo un par de recortes de prensa. El pri-
mero habla sobre la lucha por el control de los territorios
del narcomenudeo. Nadie sabe cuántos han caído y me-
nos desaparecido en los barrios de Reynosa. El segundo es
una nota publicada en páginas interiores de un diario de
la ciudad de México, en el cual se describe cómo fue en-
I02
ELISA NO ESTÁ
contrado el cuerpo de Antonio Espina, ex policía asesina-
do. Lo habían "levantado" y luego torturado. Tenía cinta
canela en la boca y las manos atadas a la espalda. Su cuer-
po apareció en un apartado camino en las afueras de Rey-
nosa el mismo día en que Salas llamó a su mujer para de-
cirle que viajarían a Nuevo Laredo.
Me pusieron en la ruta de la investigación. Cosme, vie-
jo contacto, reportero de la ciudad, me dijo mientras be-
bíamos una cerveza en el bar de uno de los hoteles del
centro:
—Los agentes desaparecidos se encontraron con Espi-
na. Espina tenía información sobre el narcomenudeo con-
trolado por la policía.
Imagino a Elisa en su cuarto esa noche, después de ha-
berse reunido con el policía que sería asesinado, horas an-
tes de que ella y los otros agentes de la AFI desaparecie-
ran. Le preocupaba lo que les había contado. Salas les dijo
que iba a reportarse con los jefes cuanto antes; se marchó
a su cuarto y los dejó en el reducido lobby del hotel. Elisa
pensó en dejarlo todo y regresar a México en el primer
vuelo. Recordó la advertencia de Ciro. En Reynosa esta-
ban indefensos. Un día antes habían llegado de manera
encubierta; rentaron un automóvil en el aeropuerto, se di-
rigieron al hotel y recorrieron la ciudad sin rumbo apa-
rente. Debían mantenerse con un perfil bajo. Salas espera-
ba instrucciones, y en cuanto las tuvo fueron a encontrarse
con Espina.
Cosme me habló de Espina, lo conoció como el co-
103
LA REINA DEL PACIFICO
mandante Dragón, el cual había tenido un meteórico as-
censo en la policía. Se decía que lo protegían los Cha-
chos, una banda de narcos que disputaba el control de la
ciudad.
Del encuentro del policía y los agentes sólo hay rumo-
res. Cosme llevaba consigo ambos recortes de prensa y los
puso sobre la mesa sin decir nada más. El oficio de repor-
tero en las zonas de guerra del narco es peligroso, sobre
todo cuando se va por la libre.
Como lo hicieron los agentes desaparecidos, llegué a la
ciudad en el último vuelo de la noche, renté un auto y fui
a las Suites Luigi. Al registrarme, en el rubro de ocupación
escribí "agente viajero". Quizá la misma ocupación de los
agentes de la AFI en "misión encubierta".
Espina les había dado nombres y direcciones. Descri-
bió cómo las zonas del narcomenudeo eran controladas
por la policía municipal, cómo las patrullas se encargaban
de vigilar el negocio. Les habló de la guerra por el control
de los barrios, los Zetas contra lo que quedaba de los Cha-
chos. Docenas de muertos. Nadie creyó en su interés de
que todo terminara. Les advirtió que tuvieran cuidado,
que evitaran el contacto con los policías, los municipales,
los judiciales estatales, los federales...
Escribo en la soledad de mi cuarto, un cuarto como el de
Elisa y los otros tres desaparecidos. Imagino que en esa
noche de insomnio ella analizó las piezas sueltas del rom-
104
ELISA NO ESTÁ
pecabezas, de la bomba que estaba por estallarle en las ma-
nos: una misión encubierta encabezada por Salas, persona-
je incómodo para muchos, un agente que sabía demasia-
do y al que más de un jefe debía algún favor. El resto del
grupo estaba formado por Díaz, hombre de confianza de
Salas; por Arellano, otro agente inexperto como ella, en una
de sus primeras misiones, y por Solís, un renegado, alguien
peligroso, con ganas de largarse de la AFI. Todos, de una u
otra manera, material desechable.
No lo sé, pero supongo que a esas horas Elisa pensó
que tenían poco tiempo para actuar, que la cuenta regre-
siva para ellos había comenzado. En el mejor de los casos
Salas reportaría la información y muy pronto se daría un
operativo para desmontar el negocio y capturar a algunos
mandos de la policía municipal. En el peor, y ésa era la
causa del agrio olor del miedo que llenaba la soledad de
su cuarto, no iba a pasar nada, alguien iba a recibir un re-
cado y luego matar al mensajero.
Imaginó que podía huir, largarse de una vez, quizá pa-
saría por el cuarto de Arellano para contarle todo. Era muy
ingenuo, se creía aquello de que las cosas podían cambiar,
de que podían hacer algo. La aburría. Pero no sabía a dón-
de ir; no podría volver a la ciudad de México. Pensó en
cruzar la frontera y comenzar otra vida. Pero era imposi-
ble, no iba a renunciar a su hijo ni dejarlo con su madre
quién sabe por cuánto tiempo. Intentó tranquilizarse, tal
vez había visto demasiadas películas. La paranoia de los no-
vatos. Seguro que Salas estaba consciente de lo que ocu-
105
LA REINA DEL PACIFICO
rría, el hombre era frío, ni siquiera se inmutó cuando el
comandante de la policía municipal apareció a media ca-
rretera, en un punto próximo a la brecha por la que tran-
sitaron un rato.
Cuando llegaron a una cabana ruinosa y sucia, no pudo
evitar pensar que era un buen lugar para llevar a ciertos
detenidos y platicar con ellos con toda tranquilidad. Ima-
ginó al policía en acción, Espina era un tipo fuerte. Le
asombraron sus grandes manos. En el dedo anular de la
mano derecha llevaba un anillo de plata con un enorme
dragón. Les dijo todo sin inmutarse. A ninguno le conven-
ció la historia de su sobrino asesinado, de los hijos de su
primo muertos por sobredosis como la causa de su de-
nuncia. El comandante Dragón defendía lo suyo. Hacía
rato que había tomado partido en la guerra por el control
del negocio del narcomenudeo en Reynosa.
Por fin Elisa durmió un rato, hasta que el timbre del
teléfono la devolvió a la realidad de su cuarto. El televisor
seguía encendido y tras las cortinas se insinuaba la luz de
la mañana. El ruido de los automóviles que pasaban por la
avenida fue aumentando. Era Salas, necesitaba que lo acom-
pañara a la delegación de la PGR en la ciudad. Tenía quin-
ce minutos para prepararse.
Se encontró a Salas en el lobby del hotel tumbado en
uno de con mal semblante y peor aspecto. Pa-
los sillones,
recía enfermo. Elisa no era la única que había dormido
mal después de escuchar a Espina. Apenas la saludó, pues
el tipo la despreciaba; no toleraba la idea de que las mu-
106
ELISA NO ESTÁ
jeres jugaranen su equipo, de que usaran placa
y porta-
ran un arma. Podían ser informantes, como algunas pu-
tas, pero era mejor que se quedaran en las oficinas como
telefonistas o secretarias. Le habían impuesto a Elisa en su
grupo.
Ella tenía la esperanza de que la misión terminara
pronto. Iban a informar lo que ya muchos sabían en la
PGR. El negocio debía de dar lo suficiente para comprar
silencios y complicidades. Con un poco de suerte, esa mis-
ma tarde estarían de vuelta en la ciudad de México.
Salas apenas habló de camino a las oficinas de la PGR
en Reynosa; le dijo la dirección del lugar. Elisa no tenía la
menor idea de dónde estaba, así que el comandante se vio
obligado a indicarle el camino.
La delegación de la PGR era un punto obligado en la in-
vestigación del reportero. Como se iban a mudar de esa
oficina situada en el primer piso de un edificio de tres
plantas, por todas partes había expedientes metidos en ca-
jas. El delgado despachaba en una minúscula oficina.
Daba la impresión de haber encontrado en ese lugar un
refugio ante el caos no sólo de la delegación de la PGR,
sino de la violencia desatada en Reynosa y toda la fron-
tera tamaulipeca.
El delegado, el licenciado Enrique Macías, me hizo es-
perar un buen rato. Todavía ahora me preguntó por qué
aceptó hablar conmigo, un periodista venido de la ciudad
107
LA REINA DEL PACIFICO
de México con una serie de preguntas incómodas sobre
los cuatro agentes desaparecidos, cuyas fotos estaban en
carteles colocados en la entrada del edificio. En grandes
letras negras se leía: "Se solicita colaboración". Se propor-
cionaban datos escuetos y un par de teléfonos para recibir
llamadas. Los carteles eran como la investigación, un mero
trámite, acciones obligadas para llenar un expediente que
de seguro muchos querían cerrar cuanto antes.
Cuando estaba a punto de marcharme, de regresar al
hotel con más dudas sobre la desaparición de los agentes,
la secretaria a la que le había preguntado por el licencia-
do Macías me dijo que esperara un momento. Aunque el
licenciado estaba ocupado, le había pedido avisarme que
me iba a atender. Aguardé de pie afuera de la minúscula
oficina, en el pasillo.
Por fin la secretaria, ocupada en empacar expedientes
ante la inminencia de la mudanza, me llamó. La seguí en-
tre los escritorios apilados.
Entré a la pequeña oficina, el refugio del licenciado,
quien estaba sentado detrás del escritorio. De mediana
edad, usaba corbata y camisa blanca. La pulcritud y la son-
risa con que me recibió parecían fuera de lugar. Pronto
descubrí que se trataba de una sonrisa nerviosa. El tipo te-
nía miedo.
—¿Qué pasó con los agentes desaparecidos, qué venían
a investigar...?
—Tenían una comisión de investigación de sigilo por
parte de las autoridades centrales. Se reportan aquí en la
108
ELISA NO ESTÁ
delegación y se les brinda el apoyo que solicitan y proce-
den a hacer su trabajo. —Macías fumaba con ansiedad.
Miraba la grabadora con desconfianza. Trataba de respon-
der con la precisión del funcionario que no tiene nada
que ocultar. — Pasa el tiempo y el día 20 de diciembre el
comandante, que venía a cargo de estos elementos y de la
investigación, nos informa que están desaparecidos. Se ini-
cia una averiguación y se procede a hacer las investigacio-
nes correspondientes, solicitando el apoyo a las demás de-
pendencias de los tres niveles de gobierno, así como al
Ejército para la localización de nuestros compañeros.
¿Dónde pudo estar el comandante Salas durante los
días posteriores a la última vez que vio a sus compañeros?,
¿por qué tardó tanto en informar de lo ocurrido? Nadie
parece tener respuesta a este par de preguntas.
Macías siguió con su informe burocrático, de seguro lo
mismo que reportó por escrito a sus jefes.
—Hasta la fecha hemos estado llevando distintas activi-
dades de operatividad, de investigación, tratando de con-
centrar el mayor número de datos necesarios para poder
saber su paradero, encontrarlos vivos o muertos. No des-
cansaremos hasta qué se tenga una noticia de ellos.
Pero unas cuantas semanas después de la desaparición
de los agentes, el caso ya ocupaba un lugar en el ámbito
sombrío de la impunidad.
—¿Qué venían a investigar? Hay versiones periodísti-
cas de que andaban tras de Osiel Cárdenas, también de
que sondeaban el narcomenudeo...
109
LA REINA DEL PACIFICO
Mencioné al hombre más temido enTamaulipas. Ma-
cías tuvo que bajar la voz en su propia oficina. Fijó la vis-
ta en la grabadora para luego hablar despacio, midiendo
los posibles alcances de cada una de sus palabras.
—A ciencia cierta no conozco el tipo de investiga-
ción. Sé que la investigación que traían era muy sigilosa.
Como agentes federales su ámbito estaba dentro de la de-
lincuencia organizada...
La puerta de la oficina se abrió de golpe, entró un
hombre de aspecto hosco, con el pelo cortado al estilo mi-
litar. Sin decir nada se sentó a mi lado, frente a Macías.
—Le presento al comandante Beltrán, el subdelegado
— dijo Macías bajando aún más la voz. El subdelegado in-
tentó una sonrisa — No . pasa nada, estamos entre amigos.
Había algo torvo en la mirada del subdelegado. Macías
encendió otro cigarro mientras yo trataba de retomar el
hilo de la entrevista.
—¿Cuáles fueron los pasos que se siguieron en la in-
vestigación, en dónde estuvieron hospedados los agentes?
—En un hotel aquí en Reynosa, las Suites Luigi, don-
de ya se hicieron las averiguaciones concernientes, el re-
conocimiento de sus prendas de vestir y de otros objetos
—Macías
personales. trataba de mantener el tono frío de un
informe. — Se tomaron declaraciones de todas las perso-
nas que en algún momento tuvieron contacto con estos
compañeros.
—¿En el lugar donde estaban hospedados encontraron
algo que llamara su atención?
no
ELISA NO ESTÁ
—Lo más mínimo. Lo rutinario en una habitación de
hotel.
—¿Cuándo fue el último día que el comandante tuvo
información sobre los agentes de su grupo?
—Dentro de las investigaciones se establece que el úl-
timo día al parecer fue el 13 de diciembre.
Las respuestas de Macías son cada vez más cortas y ári-
das. El tipo a mi lado deja sentir su autoridad, la cual sos-
pecho que proviene de los arreglos sucios en que está in-
volucrado.
—¿Hay información respecto a qué rumbo tomaron,
a dónde fueron...?
—De acuerdo a las diligencias practicadas se presume
que iban rumbo a Nuevo Laredo, dirección a Miguel Ale-
mán; en ese punto se perdió su ubicación.
Ciudad Miguel Alemán es una localidad tomada por el
narco, donde el cártel del Golfo encontró refugio y los
Zetas se atrincheraron. Todavía me pregunto si Macías
dijo la verdad o me encaminó sobre una pista falsa.
—¿Qué ha adelantado en
tanto se la investigación?
— Nosotros seguimos proceso de el rutina, hemos tra-
tado de recabar los mayores indicios para determinar la
localización. Encontrarlos, ya sea de una o de otra ma-
nera. —Quería decir encontrarlos vivos o muertos. No
hacía falta ser muy sagaz para saber cuál fue el destino de
los agentes desaparecidos. — Vamos a agotar todos los
medios, vamos a llegar a la verdad histórica de esta de-
saparición.
ni
LA REINA DEL PACIFICO
Lo que se hizo fue cubrir el expediente, investigar sin
llegar a ningún hallazgo de relevancia. Apostarle al olvido.
—De acuerdo a la investigación que han realizado, ¿en
cuánto tiempo podemos saber qué fue lo que pasó con los
agentes de la AFI?
—Una investigación como ésta no puede concluirse
en veinticuatro horas, nos puede llevar hasta cinco o diez
años.
—¿Pudo tratarse de una ejecución? ¿Por qué los cuer-
pos no han sido encontrados?
Al tipo junto a mí estaba a punto de acabársele la
paciencia.
—No adelantaría nada sobre una ejecución, en cuan-
to a una circunstancia lamentable de pérdida de la vida
—Macías decía mucho para no decir nada — , no pensa-
mos en una ejecución en lo más mínimo. Tengo esperan-
zas de encontrar a nuestros compañeros bien.
El licenciado Macías encendió otro cigarro antes de
dar por terminada la entrevista. El otro tipo no dijo una
sola palabra. Retiré la grabadora del escritorio y me des-
pedí de ambos.
A esa misma oficina llegaron Salas y Elisa aquella maña-
na horas antes de su desaparición. El comandante bajó del
auto, portando lentes oscuros y el arma dispuesta en la
cintura; llevaba las botas de vaquero urbano que le gusta-
ba lucir. Elisa se miró en el espejo retrovisor antes de sa-
ín
ELISA NO ESTÁ
lir. El desvelo le había dejado una marca azul bajo los
ojos. Trató de no sentir miedo, al fin de cuentas la inves-
tigación parecía concluida y lo demás era pura rutina. Te-
nían la información que buscaban, alguien se iba a bene-
ficiar con los golpes a las "tienditas" del narcomenudeo
en los barrios de Reynosa y con las capturas de algunos
infelices.
Siguió al comandante hacia el edificio de la delegación
de la PGR. Era una oficina insuficiente, donde todo so-
braba, la gente, los escritorios, las computadoras y los ex-
pedientes. Salas preguntó por el delegado; le dijeron que
el licenciado no estaba y que tendrían que esperarlo. Así
lo hicieron, sentados en unas sillas que encontraron. Era
media mañana, hacía calor. Elisa bostezó mientras Salas se
entretenía con su teléfono celular, enviando mensajes, te-
cleando números. Los delegados aparecen por sus oficinas
cuando se les da la gana, así que la espera podía prolon-
garse indefinidamente. De pronto sintió una mirada. Des-
de el otro lado de la oficina apareció un hombre de pelo
corto, estilo militar. Era el comandante Beltrán.
Macías me había dicho que los agentes en misión en-
cubierta acudieron a su oficina a reportarse y pedir los
apoyos necesarios.
El comandante Salas se dirigió al tipo de pelo corto.
Elisa los vio hablar entre ellos. Se habían saludado con
frialdad, como dos viejos rivales. Era evidente que aquel
hombre tenía poder, pues se movía como el dueño del lu-
gar. Elisa estuvo a punto de acercarse para oír lo que de-
"3
LA REINA DEL PACIFICO
cían, pero uno de los subordinados del tipo cerró la puer-
ta de la oficina a la que se habían metido. La oficina del
delegado.
Ahí estaba Elisa entre los expedientes apilados, cerca
de dos secretarias que trabajaban tediosamente frente a las
pantallas de sus polvorientas computadoras. Era una ofici-
na como la suya; después de todo, parecía mejor estar de
comisión.
Luego de un rato el comandante salió. Lo notó tenso,
algo iba muy mal. Sin decir nada se tumbó en su silla y se
quedó inmóvil, con ese rostro inexpresivo de veterano
que tenía. La espera se prolongó por más de una hora.
Elisa vio entrar a un hombre menudo y de baja estatura,
y supuso que era el delegado por la forma en que lo sa-
ludaron las secretarias. Dijo "buenos días" y sin ningún
recato la miró de arriba abajo. Salas ni siquiera le contes-
tó. Entraron a su oficina, la misma en la que el coman-
dante se había encerrado con aquel pelón de recio sem-
blante militar.
Todo fue rápido y preciso, de rutina, como Elisa espe-
raba. Macías no comentó nada sobre lo que habían ido a
hacer, tampoco del encuentro con Espina. Volvió a men-
cionar aquello de la misión encubierta y pidió el apoyo
necesario.
El licenciado Macías encendió un cigarro y se despi-
dió de ellos. No sólo por el traje gris que llevaba, sino por
sus movimientos, su forma de hablar y hasta por su voca-
bulario, Elisa estaba segura de que Macías en alguna épo-
"4
ELISA NO ESTÁ
ca de su vida había sido uno de esos abogados que en la
jungla de los juzgados se ceban con los más débiles.
Llamé a Cosme, necesitaba hablar con mi amigo reporte-
ro. Media hora después nos reunimos en el restaurante de
aquel hotel del centro. Esa mañana habían descubierto
otro par de ejecutados. La guerra por las calles no cesaba.
Según las cuentas de mi amigo, en menos de un mes el
saldo ya era de quince homicidios, nadie sabía cuántos
"levantones", más los cuatro agentes de la AFI desapa-
recidos.
La información se filtra a quien conviene, además de
que se dejan correr muchos rumores. Reynosa es una
de tantas ciudades en disputa, el conflicto lo genera el fa-
buloso negocio de las trasnacionales del narco. No sólo se
trata del narcomenudeo y sus millonarias ganancias, sino
del control de un punto estratégico en la frontera, clave
para cruzar la droga y también para almacenarla.
Por entonces ya había palabras prohibidas, quien ha-
blaba de los Zetas o de Osiel Cárdenas, debía hacerlo en
voz baja. Por todas partes había informantes, taxistas, me-
seros, niños de la calle, viciosos en las esquinas dedicados
a vigilar, a informar sobre cualquier movimiento extraño a
través de radios sacados de las piltrafas de sus ropas.
El mesero, un mesero cualquiera del que Cosme sos-
pechaba, se alejó después de servirnos un par de tazas de
café. Mi amigo es un veterano del oficio, durante años fue
"5
LA REINA DEL PACIFICO
el mejor reportero de nota roja de la región. Los mejores
contactos, los mejores informantes. De pronto, como a
muchos otros, le ganó el miedo. El miedo por su vida y la
de su familia. Desde entonces Cosme sólo cumplía con su
trabajo, manejaba la información que le daban las fuentes
oficiales y eso publicaba, aunque conservaba su red de in-
formantes.
Le pregunté por Beltrán, el subdelegado.
Tenía fama de ser cruel, lo llamaban el Sargento, Cos-
me estaba seguro de que había sido militar. Era el hombre
de confianza en Reynosa de los del Pacífico. Decían que
él mismo controlaba un grupo de sicarios: secuestros, el
negocio por el derecho de piso para cruzar droga al otro
lado. Si alguien sabía a qué bando pertenecía cada uno de
los muertos caídos en las últimas semanas en Reynosa era
el Sargento.
Entendí por qué el delgado Macías tenía miedo.
El mesero se acercó a preguntar si nos hacía falta algo,
Cosme enmudeció. Lo noté incómodo, a nadie le gustaba
ser visto con un reportero que viene de lejos y hace de-
masiadas preguntas.
En voz baja y mirando a todas partes me dio un dato
más: el último lugar donde vieron a los agentes desapare-
cidos fue en una gasolinera a la entrada de Ciudad Miguel
Alemán.
—¿Tú donde
sabes esconde se Osiel, desde dónde
opera? — me preguntó Cosme.
I )c pronto se sintió amenazado y se llevó un índice a
116
ELISA NO ESTÁ
los labios. Levantó las cejas en dirección al hombre que se
acercaba a nuestra mesa. El tipo llevaba un chaleco de fo-
tógrafo y una cámara al hombro. Dijo "buenas..." y se
sentó con nosotros. No había tiempo para presentaciones.
— El comandante Beltrán le manda decir que así
como una mañana los amigos que usted sabe salieron de
su casa y ya no volvieron, así le puede pasar a cualquiera,
a mi amigo Cosme o a usted mismo, jefe.
Sin decir nada más se paró de la mesa. Estaba de más
que Cosme me dijera que debía marcharme de Reynosa
cuanto antes.
Aquellas seis personas decidieron guardar un minuto de
silencio por los suyos. Era la forma en que cerraban una
singular conferencia de prensa celebrada en la calle, frente
a un edificio en la avenida Reforma de la ciudad de Mé-
xico, el de las nuevas instalaciones de la PGR. Ahí estaban
los padres, la esposa, los hermanos de los agentes desapa-
recidos en algún lugar de la llamada Frontera Chica, en
Tamaulipas. Seis meses después de aquella llamada del co-
mandante Salas a su esposa para avisarle que saldrían para
Nuevo Laredo, aparentemente nadie en la PGR sabía
nada de los desaparecidos. Urgía cerrar el caso; Elisa Ruiz,
Juan Solís, Eduardo Arellano y Salvador Díaz eran ya otras
víctimas sumadas a la lista de caídos por la violencia del
narcotráfico. Desde finales de la década de los noventa,
año con año los ejecutados suman miles. De lo que nadie
117
LA REINA DEL PACIFICO
parece llevar cuentas precisas es de los desaparecidos. De
las víctimas de los "levantones", esos violentos actos don-
de es común que personas ataviadas como grupos de éli-
te de la PGR o del Ejército capturen a personas de las que
no se vuelve a saber nada, como ocurrió con los agentes
delaAFI.
La conferencia de prensa en la calle, convocada por los
familiares de los desaparecidos, mediante correos electró-
nicos que alguien tuvo la idea de enviar a las redacciones
de los periódicos, fue triste y llena de preguntas. Las lágri-
mas y la impotencia, una mezcla de nostalgia y dolor, que-
braron la voz de algunas de esas personas que en mitad de
la calle trataban de convencer a los reporteros de que los
ayudaran. Nosotros éramos sólo cinco o seis, los agentes
desaparecidos habían dejado de ser noticia, a quién le im-
portaba el dolor de sus familias en un país de constantes
escándalos de primera plana.
Tampoco parecía importar la causa de su desaparición.
"Venimos a pedir una solución al caso y que se transpa-
rente el trabajo que lleva a cabo la PGR", dijo Enrique
Solís, hermano de Juan.
"Que nos digan por qué han relevado del caso a dos
comandantes", señaló Mario Arellano, padre de Eduardo.
A Guadalupe Méndez le faltaba poco para dar a luz.
Permanecía callada, casi resignada a criar a su hijo sola.
Como el resto de los familiares, llevaba en las manos una
fotografía amplificada de su esposo desaparecido, Eduardo
Arellano.
nS
ELISA NO ESTÁ
"Tenemos desconfianza de la PGR. A nuestros fami-
liares los mandaron al matadero. Hace tres meses que de-
saparecieron y ésta es la hora que no tenemos ni sus hue-
sos", añadió Enrique Díaz, hermano de Salvador, quien
había llegado de Oaxaca apenas dos horas antes de la con-
ferencia de prensa. Con la mirada clavada en el piso, habla
del dolor de no saber siquiera dónde fueron sepultados los
agentes.
La madre de Elisa llegó sola y no dijo una palabra. Sólo
se aferraba a la foto de su hija, la estrujaba con dolor. En
aquella foto Elisa sonreía; como se la tomaron en una fies-
ta, la joven lucía un peinado de salón.
Hoy se sabe muy poco de lo ocurrido con los agentes.
Después de aquella desesperada conferencia de prensa en
Reforma, se filtró información a uno de los diarios de la
ciudad de México.
La misión encubierta de los desaparecidos: investigar
las redes de narcomenudeo en Reynosa y Matamoros re-
lacionadas con el cártel del Golfo.
La principal línea de investigación: homicidio, perpe-
trado por sicarios del cártel del Golfo.
Nadie habló de corrupción, a pesar de que el coman-
dante Salas y un par de personas de su grupo habían in-
vestigado la protección que distintas autoridades brinda-
ban enVeracruz a las operaciones del cártel.
Seis meses después de la desaparición de los agentes de
119
LA REINA DEL PACIFICO
la AFI, en un boletín de prensa se dio a conocer la versión
oficial de lo ocurrido: "Elisa Ruiz, Juan Solís, Eduardo
Arellano y Salvador Díaz murieron en cumplimiento del
deber".
El boletín sentenciaba con frialdad: "Sicarios del cártel
del Golfo los ejecutaron".
Como respuesta, los familiares de los desaparecidos
convocaron a otra conferencia de prensa en la calle.
El mismo dolor, la misma rabia, la misma impotencia.
El padre de Eduardo Arellano preguntó:
—¿Por qué el comandante Salas se separó de ellos?,
¿por qué esperó tantos días para avisar de su desaparición?
Enrique Díaz, el hermano de Salvador, agregó:
—He llegado a pensar que los mandaron al matadero.
De los cuatro desaparecidos sólo mi hermano tenía expe-
riencia, los demás hacían sus primeros trabajos. ¿Por qué
mandar gente inexperta a un asunto tan delicado? Los
vendieron.
Cinco meses antes de aquella segunda conferencia de
prensa, un par de semanas después de la desaparición de los
agentes de la AFI, le había preguntado al licenciado Ma-
clas, el delegado de la PGR en Reynosa:
—¿No teme usted que alguno de sus agentes, o usted
mismo, puedan correr la misma suerte que los desapa-
recidos?
Tardó en responder. De reojo miró al hombre del pelo
corto sentado a mi lado y dio una intensa calada al enési-
mo cigarro de esa mañana.
1 20
ELISA NO ESTÁ
— Somos vulnerables, muy vulnerables — contestó,
y
luego intentó uno de sus fallidos discursos — pero hace-
:
mos nuestro trabajo porque somos mexicanos
y queremos
a la patria...
14 DE DICIEMBRE DE 2002 desaparecieron cuatro agentes de
EL la AFI en el estado de Tamaulipas. Casi seis años después no se
sabe cuál es el paradero de Norma Elsa Castillo Piñal, Juan Remi
Ortega Arellano, Gustavo Garza Martínez y Eduardo Díaz Reyes.
Los agentes desaparecieron en la frontera de Tamaulipas, desde
hace muchos años una frontera caliente. Desaparecieron en el terri-
torio del cártel del Golfo y las peligrosas bandas que operan en la re-
gión; donde el narco callejero se disparó en ciudades como Reyno-
sa, Nuevo Laredo y Matamoros; donde la corrupción es un cáncer
que se extiende dentro de las corporaciones policiacas y las ejecu-
ciones y "levantones" son cosa de todos los días.
En Reynosa me hospedé en las Suites Avellini, el mismo lugar
donde se hospedaron los agentes desaparecidos. Después de hablar
con el delegado de la PGR en la ciudad, decidí viajar al otro lado de
la frontera y tomar el primer vuelo rumbo a México.
Extras en el reparto
de la vida
VEMOS A siertas
LA MUCHACHA
de Tepito. Es una
caminar por
fría
las calles
madrugada. Sobre
de-
la avenida se levantan las estructuras metálicas de
los puestos de los ambulantes. Son como los despojos de
una ciudad devastada. Un grupo de hombres se procuran
calor con una botella de ron barato. La muchacha va de-
prisa, empujada por el miedo de sentirse perseguida por la
muerte. Aprieta el paso, luego corre. Un gato negro se
cruza en su camino; lo que faltaba, más mala suerte.
La muchacha avanza por las calles del barrio viejo, to-
pándose con montones de basura en las esquinas. Casi
choca con una indigente que deambula por allí
y que
pudo ser una belleza, pero perdió el control de su vida, su-
cumbió a las drogas, a los excesos. . . quién sabe qué trage-
dia desencadenó su locura. La muchacha detesta recono-
cerse en ese espejo y camina más aprisa. Atraviesa las calles
123
LA REINA DEL PACIFICO
sin tráfico, sumidas en el silencio de las últimos minutos
de oscuridad.
Atrás quedó el departamento donde vivía, en el pri-
mer piso de un edificio construido sobre los restos de una
vecindad que se vino abajo en el terremoto de 1985. Dos
reducidas recámaras ocupadas por un par de sillas, una
mesa, un viejo mueble y algunas cajas de cartón. La cama
revuelta.
Jamás recuerda sus sueños.
¿Y si todo fuera una pesadilla? Si de pronto desperta-
ra con el malestar de siempre y encendiera la luz en ese
cuarto semivacío, donde sólo tiene el aparato de sonido y
una colección de discos pirata. Despertar de este sueño
que parece la realidad. .
Este mal sueño puede terminar al cruzar la próxima
calle, dar vuelta y avanzar media cuadra hasta llegar a la
ventana prometida y tocar tres veces. Esperar y luego vol-
ver a tocar, hasta que alguien reciba el billete arrugado de
color rosa que saca de la bolsa de su pantalón de mezcli-
11a. Su último billete.
Es la dosis necesaria para poder seguir en la huida, para
caminar otro rato por las calles desiertas de la enorme ciu-
dad donde siempre ha sido una extraña. Llegó sola y sola
se quedó. Sola se va, sola huye, sola corre.
A ratos aumenta el miedo y amenaza con paralizarla.
Entonces siente un hueco en el pecho y suda intensa-
mente. Si se detiene, quedará convertida en cadáver. Debe
correr por su vida. Seguir en su huida por las calles, cru-
124
EXTRAS EN EL REPARTO DE LA VIDA
zar la oscuridad de las solitarias calles en espera de que
amanezca.
La coca la reconforta, y también el canto de pájaros
urbanos que preludia el amanecer. Cree escuchar el llan-
to de un niño. Las pesadillas están hechas de pura reali-
dad. Un par de ratas se disputan los restos de alguna so-
bra; chillan salvajemente y en dos patas libran una batalla
a muerte.
Muerte es la palabra que quiere olvidar.
Despertar de ese sueño, recordarlo. En sus peores pe-
sadillas siempre estuvo sola. Sola y huyendo. Despertar en
el departamento, con el malestar, ir al baño, orinar, defecar
para sentirse viva y a salvo. Soñaba que corría en la ciudad
sin rumbo, que la perseguían.
Vemos a la muchacha detenerse a media calle. Pasa un
automóvil, luego una patrulla se aproxima con la torreta
encendida. Trata de ocultarse, se agacha detrás de los co-
ches estacionados. Respira agitada, cierra los ojos. Se deja
caer sobre la dura banqueta. Ahí queda tendida como una
muñeca de trapo, con el pelo pintado de rojo, con sus pan-
talones de mezclilla y chamarra gris; está exageradamente
flaca.
Parece que no se va a levantar, que halló un lugar para
descansar tranquila y esperar.
La patrulla puede volver, ir tras ella, los policías llevár-
sela, golpearla, usarla. En la oscuridad, una patrulla es una
amenaza. Nada es más peligroso que un policía drogado,
ansioso.
125
LA REINA DEL PACIFICO
Sin embargo, la muchacha se levanta, aunque duda qué
dirección tomar. Tiene que alejarse del barrio, irse lejos
para salvar la vida.
Camina despacio, resignada. Por hacer algo empieza a
contar sus pasos, ciento veinte, ciento veintiuno, ciento
veintidós, ciento veintitrés... El amanecer se anuncia con
un cielo pardo de luces plomizas que parecen provenir de
un sol enfermo.
Por un instante piensa que puede salvarse, que el día
ha traído la buena noticia de que no van a cumplirle a la
muerte, a la venganza. Intenta correr de nuevo, pero no
sabe hacia dónde. Al rato, cuando el sol haya salido por
completo, podrá encontrar la manera de hacerse de unos
pesos, tomar un taxi rumbo a la Central Camionera e irse
lo más lejos posible.
Más al rato terminará el mal sueño de su sentencia de
muerte. Nadie volverá a saber de ella.
A punto de cruzar una calle, ve de lejos el auto. Son
ellos. Tienen que ser ellos. El auto enfila hacia ella a toda
velocidad, no para arrollarla, sólo para hacerse presentes,
demostrarle que ahí están, que han estado siempre cerca.
Juegan con ella, quieren hacerla creer que puede huir.
La vemos correr por la calle. Se topa con la gente de
los amaneceres en las ciudades, los que salen temprano a
ganarse el sustento y los que vuelven a casa justo antes del
alba, insatisfechos por la vida que les ha tocado.
El auto, de lujo y año reciente, la sigue. Parece una bes-
tia que brama. Vemos a un sujeto que saca medio cuerpo
126
EXTRAS EN EL REPARTO DE LA VIDA
por la ventana delantera. Amaga a la muchacha con un
arma y ríe. La está pasando bien. Ríe a carcajadas.
Es un tipo cualquiera; ella no lo conoce, nunca lo ha
visto. Simplemente le encargaron hacer el trabajo.
La muchacha trata de volver sobre sus pasos, de perder
al auto. Se pregunta cuánto pagaron por su vida. Conoce
la respuesta: ni siquiera le pusieron precio. Le dieron el en-
cargo de su muerte a un sujeto cualquiera decidido a ha-
cer méritos, a subir en el escalafón de los malosos, a ganar-
se la confianza de los jefes demostrándoles que puede
hacer cualquier cosa, como matar a una mujer, o darle su
merecido a un chivato.
Vemos a la muchacha detenerse, podría decirse que es-
tamos en lo alto de un edificio, digamos en la ventana de
un tercer piso. Parece agotada, no puede más. Otra vez
duda, no sabe qué rumbo tomar, al norte, al sur. . . se sien-
te acorralada. La vemos sentarse sobre la banqueta, esperar
resignada al auto que dobla la esquina y se para de golpe
frente a ella. De ese auto, que nadie se atrevería a descri-
bir, bajan dos tipos.
Para cuando le den el tiro fatal, la muchacha estará des-
conectada, ausente de sí misma. La llevan al lugar conve-
nido, un departamento transformado en bodega. Son dos
jóvenes, de quince o diecisiete años a lo mucho.
Cuando la bajan del auto brilla el sol. Los habitantes
de la ciudad de México sabemos que cualquier amanecer
soleado puede ser el augurio de una tarde de vientos y llu-
via, cielos encapotados y malos presagios.
127
LA REINA DEL PACIFICO
Los jóvenes lo toman con calma. Dejan de burlarse, no
se aprovechan de la flaca del pelo rojo, no se manchan con
ella. Sólo han cumplido. En cuanto arriban a la bodega lla-
man por celular al bueno. Les había dicho que él mismo
quería encargarse de la flaca, cobrarle por ponerle el dedo.
Miramos a la muchacha absorta; desde la distancia a la
que se encuentra, desde el lugar elegido para que muera,
apenas reconoce al hombre que llaman el Roñas.
El Roñas toma su reluciente pistola. Los jóvenes pre-
paran a la muchacha, pacientemente le cubren la boca y
los ojos con cinta canela. Hacen que se hinque de espal-
das. El hombre se acerca y le dispara.
II
Actuaron deprisa y sin equivocaciones, echando mano de
un eficaz despliegue de patrullas y un centenar de policías
dispuestos a entrar en acción. Ir al corazón del barrio para
sacar a uno de sus habitantes resulta temerario. Para entrar
hay que haber pactado antes para no correr el riesgo de
una batalla de terribles consecuencias, como sufrir un
gran número de bajas.
Entraron con salvoconducto. Todo se preparó rápido
para evitar filtraciones, iban a la segura. Buscaban a tres
hombres: el Chiras, el Roñas y el Panzeco. Las cabezas vi-
sibles de una de las bandas que controlaban el barrio. Es-
taban dedicados al negocio del narcomenudeo y tenían la
128
EXTRAS EN EL REPARTO DE LA VIDA
capacidad de traficar armas y cambiarlas por droga. De
acuerdo con la información oficial, era la base operativa
del cártel de Sinaloa en Tepito.
Entraron a plena luz del día, en el sopor de las cuatro
de la tarde. Un comando de veinte a treinta policías se des-
plegó por entre los vericuetos de los chaparros edificios del
número 27 deVenustiano Carranza. El conjunto habitacio-
nal fue tomado por hombres armados, equipados con cas-
cos y todo lo necesario para librar una cruenta batalla.
Miramos el peliculesco despliegue de los swat de ba-
rro. Cuando todo estuvo listo, alguien dio la orden y un
grupo de seis entró de golpe a la vivienda donde el terri-
ble Panzeco comía a solas frente a la televisión. El tipo se
quedó pasmado, luego levantó las manos. Lo obligaron a
tenderse en el piso y lo esposaron.
El operativo fue un éxito; el Panzeco salió esposado
del 27 de Venustiano Carranza, donde había vivido siem-
pre. Los vecinos, sus amigos, lo miraron convencidos de
que no tardaría mucho tiempo en regresar a retomar el
control de su negocio, como había ocurrido otras veces en
que lo aprehendieron. Al Panzeco lo detuvieron solo, na-
die de su gente estaba cerca para prevenirlo.
Al callejón Libertad, a tres cuadras de allí, al mismo
tiempo llegó otro grupo de patrullas y policías antimoti-
nes. El lugar quedó cercado. Quince minutos después de
las cuatro de la tarde, el Chiras fue capturado.
Sabían dónde encontrarlo, en el departamento de una
de sus amantes, a la que le gustaba visitar por las tardes. Al-
129
LA REINA DEL PACIFICO
guien lo había seguido desde el estacionamiento donde
operaba en un cuarto metido al fondo, un rincón poco
accesible, cubierto por decenas de coches estacionados. En
ese modesto cuarto, con calendarios de mujeres desnudas
colgados en las paredes, sobre un viejo escritorio, el Chi-
ras llevaba las cuentas de la venta de protección y la renta
de los espacios callejeros para los comerciantes.
Todo fue planeado meticulosamente, ya que urgía la
captura de esos tres personajes. Al Chiras apenas le dieron
tiempo de vestirse. Lo sacaron de la cama que compartía
con una morena que lanzó un gritó estremecedor al ver
que el primero de los robocops irrumpía en su cuarto apun-
tándole con un enorme rifle.
El Roñas corrió con suerte, pues recibió el aviso de al-
guien de su confianza en la policía, algún mando de los
judiciales, quizá alguien con poder a quien no le convenía
que el líder visible de la organización fuera detenido. Iban
tras él. Lo sabían todo. Antes de colgar, el Roñas pregun-
tó quién había sido, quién los había delatado.
Había sido la muchacha con el pelo teñido de rojo. La
flaca con la que se había encaprichado el Panzeco.
Tomó su auto, un Mercedes negro importado y esca-
pó. Tenía una casa en Ecatepec, la cual usaba para ocultar
a los secuestrados.
Al mismo tiempo que el Panzeco y el Chiras rendían
su primera declaración, el Roñas hacía una serie de lla-
madas desde su refugio. Necesitaba ubicar a la mujer del
pelo rojo.
130
EXTRAS EN EL REPARTO DE LA VIDA
Era una viciosa. El Panzeco la había llevado aTepito y
la tenía viviendo en un departamento.
Después de preparar su fuga, de buscar la protección
del mero jefe, al que le cambiaban armas por droga, de sa-
ber que podía llegar al norte sin problemas, el Roñas hizo
otra llamada. Necesitaba que la mujer se enterara de que
iban tras ella. Quería que le hicieran llegar el mensaje. An-
tes de morir los chivas, los delatores, tenían que pagar el
precio de su traición con una buena dosis de miedo.
El trabajo que encargó era sencillo, hasta un par de
chavos como los que llamó podían realizarlo.
En las noticias de la televisión presentaron a los dete-
nidos, "peligrosos integrantes del cártel deTepito",y ha-
blaron de su fuga. Trató de dormir sin conseguirlo. Fue
una larga noche.
Al amanecer sonó el teléfono: la llamada que esperaba.
Sus instrucciones fueron precisas, iban a abandonar el
cuerpo en el corazón del barrio. El cadáver debía apare-
cer dentro del automóvil negro y sin placas con el que ha-
bían "levantado" a la muchacha. Lo más importante era la
llamada a Locatel para denunciar que en el automóvil es-
taba el cuerpo de una mujer asesinada y una bomba.
III
Siempre están ahí, si se tratara de una película serían las
extras. Las extras de la vida.
131
LA REINA DEL PACIFICO
En uno de los lugares reservados para los clientes im-
portantes del Adelitas Bar, un grupo de hombres bebe.
Caridad se aburre con la charla, con esa obsesión de los
hombres por festejar chistes malos y repetir lo mismo has-
ta la saciedad.
Miramos a Caridad; a pesar del excesivo maquillaje su
rostro no ha perdido sus rasgos de niña. No puede evitar
el bostezo, está harta y lo peor de todo es que no le cabe
duda de que esta noche el Roñas está decidido a terminar
la fiesta con ella, llevarla a un cuarto de hotel barato, satis-
facerse y luego ver la televisión un buen rato, antes de
dormir, de perderse en ese sueño suyo de exabruptos y
ronquidos que tanto le molestan.
Al Roñas lo conoció, cuando recién llegó a trabajar al
Adelitas Bar; era un cliente más, sólo eso. El tipo no repre-
sentaba nada para ella. A veces le disgustaba que aparecie-
ra de pronto y pagara por sacarla del antro. Lo único por
lo que soportaba sus desplantes, por lo que era capaz de
irse con él, era por su dinero. El gordo tenía dinero y lo
gastaba. Siempre le pagó bien.
Caridad alguna vez oyó que las putas eran chicas del
ambiente y ella estaba en el ambiente por dinero, por eso to-
leraba a tipos como ése, al que no le gustaba que nadie lo
llamara por su nombre, Rosendo.
Caridad sigue bostezando, se siente cansada, con ganas
de irse a dormir, de dormir días enteros. Está sola a la mi-
tad de la fiesta que el Roñas y sus cuates celebran en el re-
servado VIP del Adelitas de Ecatepec.
132
EXTRAS EN EL REPARTO DE LA VIDA
En ocasiones se siente tan distante de lo que ocurre a
su alrededor, como si presenciara un espectáculo ajeno y
monótono. Mira al Panzeco y su gordura, al Chiras y esa
expresión suya de perdonavidas que no tolera, a Rosendo
y su manera de hablar, sus gestos. El Roñas tiende a cier-
to amaneramiento. Siempre ha sospechado que es un puto
de clóset. A esa galería de bestias, como siempre, la com-
pletan un par de achichincles, unos tipos que están dedi-
cados a hacer cualquier cosa por sus jefes, manejar, encar-
garse de pagar la cuenta o eliminar a cualquier rival en el
negocio.
Caridad vuelve a bostezar.
El Roñas la mira, sonríe, le pasa un papel, un punto de
coca. Lo aspira, se siente mejor. Entonces escucha lo del
plan.
Hablan de un cargamento de armas decomisado. Na-
die se pasa con ellos, cuesta mucho dinero mantener bajo
control la plaza, poder circular sin problemas. Alguien
debe pagar por la traición.
Lo tienen todo arreglado. Desde el norte va a venir al-
guien de la confianza del mero jefe, del socio que se en-
carga de surtir la mercancía necesaria para el mercado que
controlan.
El hombre que esperan es nada menos que el encarga-
do de armar la bomba. Caridad lo escucha; van a poner
una bomba en alguna parte. Es la primera vez que oye
algo así. La gente del Roñas habla siempre de negocios, de
ganancias en dólares y de dinero, mucho dinero. Alguna
133
LA REINA DEL PACIFICO
vez los oyó hablar de sus socios, de las transas con ellos;
otra más, sólo una vez, de muertos y ejecutados. Nunca de
una bomba.
IV
El Panzeco nene cincuenta y tres años, su gordura y su
rostro recuerdan a un cómico de la vieja radio mexicana
que luego tuvo esporádicas apariciones en la televisión de
blanco y negro.
Vemos al gordo trente al espejo; se afeita con cuidado,
es de mañana, una mañana cualquiera. Luce unos impre-
sionantes boxers que recuerdan la carpa de un circo. Ex-
hibe su generoso abdomen, sonríe con la dulzura de los
gordos. Se peina con cantidades industriales de goma lí-
quida en modernas presentaciones. Le gusta que su pelo
brille. No se lo dice a nadie, pero el Panzeco vio alguna
vez la foto de aquel cómico del siglo pasado y copió su
apariencia de cachetón con suerte, por eso de vez en
cuando le gusta usar corbata, tiene un par de trajes com-
prados en Las Vegas en una de esas tiendas donde los gor-
dos toman revancha y se hacen de la ropa que jamás en-
cuentran a su medida.
Si vemos bien, en el extremo inferior del espejo una
mujer duerme sobre una cama revuelta. Tiene el pelo te-
ñido de rojo.
Al Panzeco le gustan las flacas por aquello de los equi-
34
EXTRAS EN EL REPARTO DE LA VIDA
librios. Le gustan jovencitas. Tiene suerte para elegirlas de-
samparadas. Lo primero que ofrece es la protección de su
enorme cuerpo. El enorme padre protector del que de se-
guro las niñas carecieron. Luego un lugar para vivir sin so-
bresaltos, la comida diaria y todo lo que les haga falta, el
vicio, la droga.
A las muchachas las encuentra en la calle, sobran las
desvalidas, las solitarias que no tienen a dónde ir. A la fla-
ca del pelo rojo la vio parada en la calle, cerca de la plaza
de San Fernando. La última de sus protegidas lo había
abandonado llevándose lo que pudo del departamento
que el gordo rentaba.
Mejor así, todos los amores se acaban. Le aburría que
aquella muchacha siempre tuviera miedo. Estaba harto de
que en la madrugada se despertara con ansiedad. No po-
día controlarla. La mujer estaba enferma.
Todas terminaban por hartarse, por eso el Panzeco no
se había encariñado con ninguna. La muchacha del pelo
pintado de rojo le gustó en cuanto la vio. Estaba sentada
en una banca esperando su próximo cliente. Esa misma
noche la llevó al departamento.
El gordo se alisa el cabello frente al espejo, le ha que-
dado como una brillante plasta con olor a lavanda. Sonríe
de nuevo. En el extremo inferior del espejo vemos a la
muchacha del pelo teñido de rojo abandonada a un sue-
ño profundo, el sueño de la droga. Al' gordo le provoca
placer darles a las niñas el cobijo de la droga. Le gusta pi-
carlas él mismo. Picarlas por ejemplo en las separaciones
135
LA REINA DEL PACIFICO
que hay entre los dedos de los pies. Pies pequeños y dul-
ces, como para comérselos a besos.
El calor hiere, el fuego lacera piernas y brazos. Espasmos
de horror. . . Abre los ojos, intenta explicar lo sucedido, le
cuesta trabajo comprender lo que la rodea, le llegan imá-
genes del cielo gris por la contaminación, del duro asfal-
to sobre el que quedó tendida, el ruido de los autos, aquel
grito de "¡Explotó!"
Poco a poco la realidad vuelve a ella, ese cúmulo de
sensaciones, ese ardor que duele. Empieza a recordar lo
que ocurrió, la explosión. Un golpe seco sobre el cuer-
po. La primera muerte, la de la ausencia por quién sabe
cuánto tiempo. La segunda muerte, la del dolor de la que-
madura.
No recuerda mucho de lo que pasó, la ambulancia
donde la llevaban, la mujer a la que le dijo su nombre, las
preguntas que ésta le hizo. Abre los ojos, se ve rodeada de
enfermeras y médicos. Está en un cuarto pequeño, con
una intensa luz en lo alto. Antes de eso, tuvo que ser an-
tes, la ambulancia. La mujer que le hacía las preguntas que
no acaba de entender y que le decía que tuviera calma,
que la iban a ayudar.
Antes de responder, de decirle su nombre, alcanza a
murmurar:
136
EXTRAS EN EL REPARTO DE LA VIDA
—¿Qué pasó?
Lo que pasó no lo olvidará, el paquete, el encargo. En
su primera versión de los hechos señaló que se dirigía a
comer a un restaurante, a la mitad de una jornada de tra-
bajo, que no supo nada hasta que abrió los ojos.
Quién iba a decirle a Zalma que su teléfono celular le
proporcionaría a la policía mucha información: nada me-
nos que la red de sus contactos en el barrio.
En sus primeras declaraciones, Zalma insistió en que
nada tenía que ver con el frustrado atentado del narcote-
rror en la Zona Rosa de la ciudad de México, pero el re-
gistro de las llamadas hechas desde su teléfono la compro-
metieron tanto como el lugar donde vivía, un edificio en
el corazón del barrio, a unas cuantas calles de donde ope-
raba la red de narcomenudeo y tráfico de armas encabe-
zada por el Roñas.
Meses después, cuando la muchacha enfrentó las acu-
saciones de atentar contra la seguridad pública y de aso-
ciación delictuosa, insistió en que cuando declaró por pri-
mera vez se encontraba sedada en su cuarto de hospital y
bajo presión.
La de Zalma es una historia común en las infanterías
del narco formadas por desesperados dispuestos a todo,
con legiones de vendedores de la calle y sicarios. Todos
son desechables, y lo saben.
Vemos a Zalma tras la rejilla de prácticas del juzgado,
acompañada por media docena de cámaras de televisión,
fotógrafos y reporteros en su comparecencia ante el juez.
137
LA REINA DEL PACIFICO
Tiene la mirada extraviada, y con voz apenas audible
dice lo que le aconsejaron. Nunca supo de ninguna explo-
sión, caminaba por la calle cuando sintió como si la hu-
bieran golpeado en la cabeza. Despertó con el dolor de las
quemaduras.
Ella sabe que de todas maneras le van a cobrar lo que
pasó. Lo que dijo de ellos.
VI
Necesitaban culpables y los tuvieron. Las piezas del rom-
pecabezas estaban sobre la mesa: las declaraciones de Zal-
ma, sus nexos con el cártel de Tepito; los videos tomados
cerca del lugar de los hechos por una oportuna cámara
colocada a la entrada de un colegio; las declaraciones de
Caridad. Sólo hacía falta una pieza para darle sentido a
todo.
A la muchacha del cabello teñido de rojo muchos en
el barrio la vieron con el Panzeco. Esa muchacha estaba
en el Adelitas Bar cuando se decidieron a ir en contra del
jefe policiaco. Acompañó al Panzeco al aeropuerto cuan-
do él y el Roñas recibieron al hombre encargado de ar-
mar la bomba.
La muchacha del pelo teñido de rojo fue con el Pan-
zeco a entregar el paquete al mensajero.
La última pieza que faltaba para armar el rompecabe-
zas era ella. En el barrio sabían dónde encontrarla, dónde
O*
EXTRAS EN EL REPARTO DE LA VIDA
estaba el departamento al que el Panzeco llevaba a las jo
vencitas que recogía de la calle.
Fueron por ella, y ella les contó todo.
Luego la dejaron ir. Sabían lo que iba a pasarle.
15 de febrero DE 2008, en
EL dad de México, se registró
la avenida Chapultepec de
una explosión. La causa fue un
la ciu-
falli-
do atentado del narcotráfico contra Julio César Sánchez, alto mando
policiaco.
Dos de los presuntos responsables, relacionados con el narcome-
nudeo y el tráfico de armas, Óscar Santoyo y Mauricio Navarro, se
dieron a la fuga.
Se puede preguntar quién dio a la policía datos tan precisos so-
bre los involucrados en el bombazo. Además de Tania Vázquez Mu-
ñoz, la muchacha que caminaba junto a Juan Meza, el Pipen, cuan-
do ocurrió la explosión, hay otras mujeres involucradas: Karla María
de Monserrat González, la Monse, y una mujer conocida como "Eri-
ca", quien se presume iba en el Phantom verde al que subieron Ta-
nia y el Pipen minutos antes del atentado, donde se les pudo haber
entregado el artefacto explosivo.
El paradero de Erica aún se desconoce.
Extrañas en la isla
ALA distancia
belleza
se ve el mar azul,
y barrera infranqueable. Estamos en uno
que es a la vez
de los puntos más altos de la isla, el Mirador de
la añorada libertad. Aquí la vegetación es abundante, y por
las mañanas da gusto ver cómo se cuelan los rayos de sol
entre las densas copas de los árboles. No lo parece, pero es-
tamos en un penal, el de las Islas Marías, en la cárcel de la
María Madre. Cuando alguien se harta de la libertad fin-
gida de la isla viene a este lugar con riesgo de ser castiga-
do. Pocos son los que se atreven a alejarse de los campa-
mentos para subir por una sinuosa vereda hasta la cima de
la colina y contemplar a la distancia el mar. . .
y más allá, la
verdadera libertad.
Gladis llegó hasta aquí una tarde, casi de noche. Uno a
uno todos sus planes para una fuga imposible se habían
ido a pique. En la estancia de mujeres del campamento
principal recuerdan a esa muchacha, "era triste y rebelde".
Nunca se resignó a pasar unos años en la isla, a reconocer-
ía
LA REINA DEL PACIFICO
se como uno más de los colonos que diariamente llevan
la cuenta de los días que les restan para concluir sus sen-
tencias.
—¿Qué es lo peor en esta prisión, la de los muros de
agua, como la llamó el maestro José Revueltas?
—El hoy. Este largo día de tantas horas que parece no
terminar —responde Edith Aguayo— . Edith se resiste a
perder la belleza de otros años y otra vida. Lleva el pelo
bien cortado, impecables las ropas. Lo peor es caer en el
abandono.
No son muchas las mujeres solas en la isla. En la estan-
cia femenina viven cinco, tres de las cuales conversan sen-
tadas ante una mesa de cemento. Hay una atmósfera de
tristeza en el lugar a pesar del césped podado y la limpie-
za del jardín. Un jardín de prisión, a fin de cuentas. Ellas lo
llaman el jardín de las "soledades compartidas". Al repor-
tero venido del "continente", tan ajeno a la isla, las muje-
res le hablan de los hijos perdidos, del amante que las con-
denó al olvido, de los errores cometidos y los días y los
meses y los años que a cada una de ellas les quedan para
irse en el barco algún jueves por la tarde.
Gladis era una de las pocas mujeres solas en la isla; no
quiso o no pudo o no tuvo tiempo de encontrar compa-
ñía, como lo hizo Leonarda, a la que apenas hace unos días
las autoridades del penal le dieron permiso de "conviven-
cia" y estrenó vida con Gustavo en una modesta casa en
el campamento El Rehilete. Gladis pasaba los días en el
encierro del cuarto que le asignaron, un espacio pequeño
142
EXTRAÑAS EN LA ISLA
con un camastro, una mesa y nada más. Un cuarto que ella
nunca pobló de las ilusiones perdidas o las añoranzas de
otra vida distinta a la del penal. Era un lugar para rumiar
tristezas y arrepentimientos. Una celda.
Al principio no hablaba con nadie; se levantaba de ma-
drugada, pasaba lista y luego, como todas, iba a la "melga",
al trabajo cotidiano, el de la limpieza en el jardín de niños,
la atención a los hijos de las parejas de colonos que han
logrado hacer del penal un pueblo donde, a pesar de todo,
se pueden pasar con tranquilidad los años de la condena
para después regresar al "continente" y tratar de empezar
otra vez.
Gladis llegó en un avión de la PGR junto con otros
colonos. Por ese tiempo las islas fueron promovidas entre
las prisiones del país como una oportunidad. Los aspiran-
tes a un penal donde se vive en libertad, donde se puede
llevar a la familia, ocupar una modesta vivienda y trabajar,
debían tener la mejor conducta, ser de extracción rural
y sostener con fuerte convicción frente a los psicólogos y
demás especialistas el propósito de rehabilitarse.
Como les ocurrió a muchos otros, el traslado de Gla-
dis fue muy rápido. Alguien había decido repoblar las is-
las, cambiar la historia del viejo penal fundado tras un de-
creto promulgado por Porfirio Díaz en 1905. La escoria
de entonces, los peores delincuentes, la carne de presidio,
los monstruos del crimen, serían condenados a vivir ex-
cluidos en una isla, apartados de la sociedad que los había
engendrado. Pero ahora el de las Islas Marías sería recono-
143
LA REINA DEL PACIFICO
cido como un penal modelo, ideal para la rehabilitación
siempre postergada en las escuelas del crimen de las pri-
siones mexicanas.
A las mujeres del penal donde Gladis vivió los prime-
ros meses de su sentencia las reunieron en el salón don-
de las alfabetizaban, donde por las tardes tenían clases de
tejido y macramé y a donde llegaban las monjas a hablar-
les de Dios. El video mostró a aquellas mujeres, como la
propia Gladis lo dijo con sorna alguna vez, una paradisia-
ca cárcel sin rejas. Sin pensarlo demasiado se anotó en la
larga lista de los aspirantes a nuevos colonos de las Islas
Marías.
Gladis les contó a Edith, Margarita y Griselda, una tar-
de, como la tarde en que. platicamos, como todas las tardes
en la rutinaria vida del penal, que tenía que huir de aque-
lla cárcel. Le habían puesto precio a su cabeza. En el pe-
nal del que venía —alguna vez dijo estaba en Guadalaja-
ra, otra en Hermosillo y otra más en Tijuana — la iban a
matar con una "punta", supuestamente en un intento de
robo. Contaba Gladis que una reclusa que no conocía se
le había acercado en una ocasión para decirle que tuviera
cuidado, porque su vida valía cinco mil pesos.
Aquel video era más bien una especie de promocio-
nal de turismo para presidiarios dispuestos a cambiar de
vida, dejar atrás la violencia de las peores cárceles, olvidar
esa manera de vivir presas de la desesperación y las adic-
ciones. Quien quería podía marcharse lejos, a una isla,
donde si tenían buen comportamiento hasta podrían lle-
'44
EXTRAÑAS EN LA ISLA
var a su familia. Gladis no tenía familia, pero quería salvar
su vida.
Después de sufrir el "carcelazo", de los días o semanas
en que la tristeza inmoviliza, en que uno se puede ahogar
en el aire del encierro, en que reconoce el valor de lo más
simple y literalmente mata la ausencia del cuerpo amado
o la imposibilidad de dar un paseo, Gladis apareció para
conversar con las mujeres en el triste jardín de las "soleda-
des compartidas".
Hablaban del tema favorito cuando la "melga" termi-
nó y faltaba todavía un rato para el último pase de lista,
el de las 20:30 horas, luego del cual no queda más reme-
dio que irse a la cama y tratar de dormir. Hablaban de lo
que había sido su otra vida, antes de la cárcel, antes de la
isla. Griselda era enfermera y trabajaba en un hospital en
Morelia; lo más difícil para ella fue vencer su aversión a
la sangre. No la soportaba. Edith recorrió con su belleza
medio país. Modelo, actriz, cantante... le gustaba hablar
de su aparición en aquella telenovela estelarizada por
Ofelia Medina, Riña, aunque ninguna de sus amigas la
recordaba como la sirvienta de la casa de ricos adonde
había ido a vivir la jorobadita, más tarde convertida en
bella dueña de los amores del hijo de aquella intrigante
suegra que padeció la protagonista de aquel culebrón.
Margarita era la más callada; con cualquier pretexto re-
cordaba a sus hijos, de quienes llevaba siempre consigo
una vieja fotografía recubierta con diurex. En ella se veía
a una niña y a un niño de entre los tres y los cinco años
145
LA REINA DEL PACIFICO
de edad. Sin embargo, lo pequeños no sonreían; sorpren-
día la tristeza de sus rostros.
Cuando uno olvida el "carcelazo", cuando éste se que-
da congelado en la reserva de los dolores postergados, se
respira cierto alivio y hay lugar para la resignación. Enton-
ces ocurre un cambio sustancial en la cuenta de los días
que uno lleva en prisión: se restan los que faltan para con-
cluir la condena y se dejan de sumar los largos días de li-
bertad perdida.
Hablar es una forma de consuelo y de recuperar el
pasado, lo que sirve para tener la esperanza de que el pre-
sente del encierro quede atrás y venga pronto la vida re-
cuperada.
"Me enamoré del Cpchi, así le gustaba que le dijeran.
Se llamaba Rodolfo. No era guapo, pero tenía algo, esos
hombres siempre tienen algo. Cuando lo conocí yo tra-
bajaba en una farmacia, allá en Apatzingán. A poco no les
pasa, cuando se acuerdan, que lo vivido parece que pasó
hace mucho tiempo, pero no es cierto, han pasado sólo
tres años. Tres años desde que lo conocí. Del Cochi me
dijeron 'Ten cuidado, es narco'. La verdad fue que eso
me atrajo, los narcos son los que tienen modo de vivir.
A sus mujeres les dan vida de reinas. El Cochi me lleva-
ba regalos a la farmacia, cadenitas de oro y relojes. Un
anillo con un brillante grande. Me hice del rogar, pero no
tanto, no fuera a ser que se largara con otra o que lo
mataran o lo metieran preso. Le dije que sí, me llevó a un
baile con los Cadetes de Linares y Gigante de América.
146
—
EXTRAÑAS EN LA ISLA
Tomamos cerveza, probé el whisky. Nos dimos un peri-
cazo. Me llevó a un hotel con jacuzzi y cogimos como
Dios manda y perdona. El Cochi tenía sus secretos y le
gustaba complacer con ellos a sus amantes.Yo no era vir-
gen, pero apenas me acordaba de aquel noviecito de la se-
cundaria, Ramón, a quien el Cochi le dio trabajo como
peón en uno de sus ranchos. El Cochi tenía treinta y cin-
co años y yo diecisiete. A los tres días de que nos ence-
rramos en aquel cuarto de hotel me fui a vivir con él. Mi
mamá se puso triste, pero el Cochi le dijo 'Jefa, a usted no
le va a faltar nada'."
A las mujeres les cuesta hablar de su boleto de entrada a
la cárcel, es decir, del delito del que las acusan. De manera
que evito hacerles preguntas incómodas; después de todo,
el custodio que me acompaña — el subdirector de vi-
gilancia, comisionado para seguir a este periodista que
ha llegado a la isla, y que no me deja a solas con nadie
me contó que Edith y Margarita vienen por delitos con-
tra la salud. Las atraparon en el viaje, "burreras", como
muchas mujeres que purgan sentencias en las cárceles de
México.
Griselda está presa por secuestro y homicidio. La en-
fermera bonachona, con sus kilitos de más y su afable y
protectora sonrisa, me cuenta que la acusan del secuestro
de un comerciante. Niega que haya sido la encargada de
la atención del hombre en cautiverio, de medicarlo cuan-
147
LA REINA DEL PACIFICO
do se puso grave por una crisis de diabetes. Niega que lo
haya atendido después de que los de la banda le cercena-
ron un dedo para mandárselo a sus familiares como prue-
ba de vida. Me dice que todo fue armado por los de la
AFI. "Siempre necesitan culpables."
Para no dejar lugar a dudas, repite ante sus compañe-
ras de la estancia femenina lo que imagino que han oído
otras veces en las largas noches de vigilia en prisión:
—Lo único que tenían en mi contra fue una llamada
telefónica. Una llamada donde dijeron "se negoció el res-
cate" fue mentira. Todo fue mentira.
Llegamos al penal el 20 de noviembre; el director qui-
so sorprenderme con el desfile organizado para conme-
morar la Revolución Mexicana. Los niños del kínder y la
primaria recoi rieron las calles de Puerto Balleto. La para-
da terminó con los propios hijos del director para cerrar
el desfile, un par de adolescentes vestidos de charro y
montados en dos robustos caballos. Luego vino su cadu-
co discurso, aderezado con sus gesticulaciones de político
de pueblo. El tipo se comportaba como el emperador de
la isla.
Esa misma tarde, la más callada de las mujeres, Marga-
rita, de facciones indígenas y rostro ajado por la tristeza
del encierro, me dijo en un murmullo:
— Nosotras no podemos decirle lo que nos pasa. Ha-
blarle de los abusos. Usted se va a ir, pero nosotras aquí nos
quedamos.
Le pedí a Margarita que me mostrara el lugar donde
14S
EXTRAÑAS EN LA ISLA
vivía... ¿Cómo llamar al lugar donde las mujeres pasan
la vida en el penal de las Islas Marías: celda, departamen-
to, vivienda?
La tarde empezaba a caer, hacía frío. En el interior de
su vivienda tenía fotos de sus hijos que quería enseñarme.
La estancia de Margarita parecía un almacén de ador-
nos y baratijas: osos, gatos y conejos de peluche de diver-
sos tamaños, docenas de figuras imitación porcelana. En la
pared que se levantaba sobre la cama había un gobelino
con una aterciopelada reproducción de La última cena, y
en una pequeña mesa, una lámpara del Sagrado Corazón.
El pecho de un Cristo de veinte centímetros de altura es-
taba iluminado por un foco que animaba con su luz un
ardiente corazón.
Margarita tenía muchas más fotos de sus hijos, pero
también tenía una de Gladis en la que se le veía un rostro
felino y el pelo cayéndole con gracia sobre los hombros.
La sonrisa de las muchachas hermosas. Su muerte había
sido un acontecimiento; en los últimos años muy pocos se
habían suicidado en la isla. Ese año sólo murieron tres
personas, dos viejos colonos y un niño nacido en el "con-
tinente" al que su madre trajo a la isla a pesar de que le
advirtieron que el bebé necesitaba de los cuidados inten-
sivos de un hospital.
— Gladis era muy rara, aquí todas nos ponemos tristes
pero luego se nos pasa, a ella no. Había días en que habla-
ba y hablaba, otros en que ni siquiera salía de su estancia.
Se encerraba ahí sola, después de la "melga".
149
LA REINA DEL PACIFICO
m
—¿Tenía familia? —pregunté con la maltratada foto
de Gladis entre las manos.
—No, nadie la visitó nunca. Nos contó de su mamá,
de sus hermanos. Del novio aquel al que le decían el
Cochi.
—¿Cuánto tiempo vivió aquí?
—No no mucho,
sé, tres o cuatro meses, pero la casti-
garon dos veces y se la llevaron al campamento de El Pa-
pelillo, al otro lado de la isla.
—¿Por qué la castigaron?
A Margarita le costaba trabajo responder frente a mi
custodio personal, quien esperaba en la puerta, a unos
cuantos metros de donde conversamos sentados en un par
de sillones que no atino a imaginar cómo llegaron aquí.
—Por drogas — refirió Edith en voz baja.
Las drogas y los suicidios son parte de las historias sub-
terráneas del penal.
Trató de reconstruir la historia de Gladis con los reta-
zos de las charlas que compartió con las mujeres en el jar-
dín de las soledades.
Edith me ofreció café, lo sirvió en un vaso de plástico.
Del fondo del viejo ropero que tenía en un rincón de su
estancia sacó un paquete de galletas. Ese ropero de luna pa-
recía venido de muy lejos, de otra época, de otra realidad.
Quizá, junto con los sillones donde estábamos sentados,
fue parte del mobiliario de la casa del director. Muebles
viejos, cargados de pasado: ¿cuánta gente habrá muerto en
el penal de la isla en su época salvaje, cuando los colonos
150
EXTRAÑAS EN LA ISLA
se mataban a machetazos o morían víctimas de paludismo
y otras enfermedades?, ¿cuántos cuerpos habrá devorado
el mar?
—¿Qué más de sabe usted Gladis? —pregunté.
—Muy poco. La verdad es que apenas la conocimos,
aunque nos contó muchas cosas.
—¿Dejó algo, algunas pertenencias?
—A nosotros nada, pero dicen que se hizo de amigos
allá en El Papelillo, dígale aquí al Jefe que lo lleve — se re-
fería a mi custodio personal. El tipo que aguardaba rece-
loso a la entrada de la estancia me había recogido esa ma-
ñana en el aeropuerto de la isla y desde entonces no se
había separado de mí.
Estábamos a punto de marcharnos cuando le pedí a
Margarita que me llevara a la estancia de Gladis, al cuarto
donde se quedaba días enteros tumbada sobre un catre que
apenas alcancé a distinguir desde una rendija en la puerta.
No vi nada más.
Ya era de noche y el director llamó por radio a mi
custodio. Debíamos ir a la casa principal, la casona donde
ofrecía una cena al reportero que hasta ahora se había
portado bien. Los mejores mariscos, buen vino y un par
de historias de aparecidos contadas por la mujer del di-
rector. Al otro día había que levantarse temprano para un
recorrido por la isla; el paseo terminaría en la playa. Dor-
mí en el albergue para las visitas, cuartos con literas, baño
limpio. El colono que se encargaba del lugar me dio la
bienvenida; era un tipo silencioso al que le urgía mar-
151
LA REINA DEL PACIFICO
charse a su casa. Antes de abandonarme al sueño, recordé
a las mujeres con las que pasé la tarde. La soledad, el aban-
dono era más intenso para ellas que para los hombres en
prisión. Pronto las abandonan los esposos, los amantes y
hasta los hijos. Sufren la carga económica y la vergüenza
social. Cuando me despedí, Griselda me dijo adiós con
lágrimas en los ojos. Margarita me confesó que hacía diez
años que no sabía nada de sus hijos, que lo único que le
quedaba eran esas fotos guardadas en un álbum de pastas
rojas que atesoraba en su ropero. Edith me sonrió con co-
quetería, lució un oxidado encanto que de todos modos
le agradecí.
Dormí tranquilo, estaba demasiado cansado por el viaje.
Salimos temprano de la ciudad de México y arribamos a la
isla pasado el medio día. Luego vino el desfile y la charla
con el director, un funcionario veterano con un amplio re-
corrido por el sistema penitenciario mexicano, a quien, se
decía, habían enviado a la isla para apartarlo. A alguien se le
había ocurrido convertir las Islas Marías en reserva ecoló-
gica y luego impulsar un proyecto de desarrollo turístico.
Los viejos colonos con quienes había conversado se reían
de la ocurrencia que ya corría como pólvora en todo el
penal.
—Aquí hay demasiadas historias, demasiado dolor para
olvidar lo que ha pasado —me dijo el Wama, personaje
que cargaba con una larga condena por homicidios, carne
»5-
EXTRAÑAS EN LA ISLA
de presidio desde 1961, cuando ingresó por primera vez a
Lecumberri.
Huevos con salchicha y café con leche, un buen desa-
yuno. Mi custodio llegó temprano, pues me tenían prepa-
rada una visita al taller de torno, después el paseo por el
penal. El subdirector de vigilancia, hombre cercano al di-
rector, traía un mapa que colocó sobre la mesa en la que
había terminado de desayunar. La brecha cruzaba la isla,
pocos reporteros habían tenido la suerte de recorrer el pe-
nal y muy pocos visitantes habían llegado a la playa para
disfrutar de la belleza del mar y la tranquilidad de un día
soleado.
De acuerdo, pero antes quería ir al panteón de la isla.
Los muertos me podían contar las historias subterráneas
de allí. En el cementerio abundan las tumbas de pobres,
promontorios de tierra con viejas cruces de madera. Ni
muertos se pudieron marchar de la isla. Célebres persona-
jes de la historia de la cárcel de los muros de agua como
el padre Trampitas, Juan Manuel Martínez, jesuíta que vi-
vió en la isla durante más de treinta años y a quien to-
davía recuerdan, dicen, por el consuelo que ofreció con su
fe a muchos. Su amigo el Sapo, asesino convertido en de-
voto cristiano, fue enterrado a su lado en otra modesta
tumba.
Algunos como el padre Trampitas y el Sapo encontra-
ron en la isla un lugar para vivir, pero otros llegaron al pe-
nal a morir.
Sobre la plancha de cemento se levantaba un ángel de
153
LA REINA DEL PACIFICO
rasgos femeninos, una escultura común como hay mu-
chas en cualquier cementerio. El ángel imponía su pre-
sencia entre las tumbas envejecidas por el agobio del
musgo en el cementerio del penal. Llevaba un rosario al
cuello, la fila de cuentas lucían en buen estado. Junto con
el rosario dejaron la ofrenda del Día de Muertos, celebra-
do hacía unos días, una cajetilla de cigarros y una botella
vacía. Tabaco y alcohol para mitigar los dolores de la vida.
Los cabos de cuatro velas colocadas en la plancha de ce-
mento y ese par de veladoras consumidas en su vaso de
cristal daban cuenta del intento de preservar la memoria
de Gladis Martínez.
Tomé una de las flores secas del ramo colocado sobre
la tumba. De aquellas flores silvestres únicamente queda-
ba un montón de restos grisáceos por el paso del tiempo.
La flor se deshizo entre mis manos. La ofrenda, observó
mi custodio, la habían llevado los de El Papelillo, el cam-
pamento de los segregados, donde Gladis pasó una tem-
porada.
Dejamos el panteón dispuestos a hacer el recorrido
por el penal. La siguiente parada era el taller de torno. Al-
gunos colonos tenían la suerte de trabajar allí, otros trata-
ban de mejorar su vida como podían, ya que las despen-
sas para ellos y sus familias eran exiguas. Nadie me lo
decía, pero en el penal de la isla muchos tenían hambre.
No todos contaban con la suerte de poder comprar lo ne-
cesario para completar la cuota alimenticia en los changa-
rnos de los campamentos.
54
EXTRAÑAS EN LA ISLA
Antes de iniciar el recorrido, apenas al salir de Puerto
Balleto nos topamos con un hombre. Le pedí a mi custo-
dio personal que se detuviera y bajé a conversar con él. Se
llamaba José y vivía con su familia en el campamento de
El Rehilete.
—Buenos días, soy periodista, estamos por acá de
visita...
—Buenos días...
—Qué tal la "melga", el trabajo de todos los días...
—Pues en la mañana tengo una "melguita", el aseo de
la iglesia, atender la iglesia. Antes tenía otra "melga" más
pesada. En la tarde hago lo que puedo, artesanías.
—¿Tiene familia?
— Sí, tres hijos y mi esposa; tengo convivencia, hace
dos años me dieron la convivencia. Tenemos una casita
que nos dio el gobierno, prestada pues, mientras cumplo
mi sentencia.
—¿Qué tal le va con la familia?
—Pues el dinero no alcanza. Tengo tres niños en la
primaria, uno en primer año, otro en quinto y otro en
sexto. Lo malo es que aquí no hay quién nos compre las
artesanías, no tenemos visita que venga a comprarnos.
—Entonces qué ¿de viven?
— entregarnos
Para la convivencia nos pidieron una
solvencia económica de la familia de afuera, en realidad
dimos ese dinero para que nos entregaran la convivencia,
pero a la familia no la podemos obligar a que nos esté
mandando dinero.
155
LA REINA DEL PACIFICO
—¿Con cuánto dinero puede vivir una familia aquí en
la isla?
—Yo gasto como 500 pesos a la semana, pero tengo
que trabajar desde que amanece hasta que anochece.
—¿De dónde viene ese dinero?
—De las artesanías malbaratadas, porque siempre que
bajo a vender las llevo con la idea de darlas en un precio,
pero las compran en otro. Me regatean para pagarlas a la
mitad o a veces en menos. Así me la llevo, apenas sale para
comer. A'i vamos batallando.
—¿Cuáles son los problemas que hay en la isla?
— Las autoridades. Con cada cambio llega un director
diferente y nos cambian todo. Muchos han salido deteni-
dos siendo directores, salen detenidos por la PGR, por lo
mismo porque muchos de ellos vienen nada más a ver
cómo roban.
—¿Cómo llegó a las islas?
—Vengo trasladado del Cereso de Reynosa, el dos de
Reynosa, Tamaulipas.
-
—¿Qué ocurre con el problema de la violencia, de las
drogas...?
—Pues parece que no, pero sí se maneja algo de dro-
gadicción y alcoholismo, aunque también hay programas
para ayudar... Pero sí, de que entran drogas, entran. Hay
venta de drogas aunque las autoridades digan que no. Si
pusieran cuatros por todos lados, mucha gente caería. Hay
veces que hasta las mismas autoridades se involucran. Al
entrar droga aquí, yo me supongo que ellos están involu-
156
EXTRAÑAS EN LA ISLA
erados, es muy difícil que la gente que viene de afuera la
meta. De que hay droga, hay droga. Usted puede ver que
hay grupos de narcóticos anónimos y si los hay es por-
que hay droga, eso es lo que le puedo decir.
—¿Cómo llegó aquí?, ¿por qué delito?
—Mi delito fue de transporte, fue un error, fue una la-
vada de cerebro que me dieron afuera. Fue un error, pien-
so que las autoridades no nos deben de cargar la mano,
castigarnos los diez años cerrados. Fue un error, hay gen-
te con capacidad para lavarle el cerebro a alguien de vein-
tisiete años, como yo los tenía entonces. Necesitaba di-
nero y me decidí a aventarme un viaje. Caí en el primer
trayecto .
Me despedí del hombre y seguimos por el camino de
tierra que rodea a la isla. Sorprendía la belleza, el verde por
todas partes, el mar que se asoma en la distancia con una
suave brisa.
Vimos de lejos los campamentos del penal, desde hace
años convertidos en conjuntos habitacionales con peque-
ñas casas para la convivencia. A mi custodio personal le
dieron instrucciones precisas, nada de llegar lejos en el re-
corrido, tampoco de entrevistas en El Papelillo. El tour
continuó, avanzamos un buen rato hasta que me fastidié.
No me interesaba ir a la playa ni gozar de un día de vaca-
ciones en el penal de la isla. Teníamos que regresar a Puer-
to Balleto.
Como premio de consolación el subdirector de vigi-
lancia me contó cómo era la vida en la isla quince años
157
LA REINA DEL PACIFICO
atrás, cuando llegó como guardia y le tocó varias veces es-
tar de vigía en El Papelillo.
—Al principio de los años noventa todavía no tenía-
mos mucha comunicación, no había teléfono, ni radio. Los
campamentos más lejanos eran los más peligrosos, como
el de El Camarón o el de El Papelillo.
La violencia acechaba constantemente y en cualquier
momento irrumpía de la peor manera con el crudo gol-
pe de un machete.
—Esa persona, aquel hombre se descontroló mental-
mente una noche y agarró un machete. Estaba a dispues-
to a matar a quien se le pusiera enfrente. Traté de contro-
larlo y gracias a Dios lo logré, pero me dejó de recuerdo
esta cicatriz que me cruza la cara.
Una historia como tantas en El Papelillo, donde Gla-
dis vivió segregada.
—¿Hay problemas de corrupción, de tráfico de dro-
gas...? — pregunté
le que al guardia, ocultaba su mirada
detrás de unos lentes oscuros.
—Aquí no existen problemas de corrupción — al Jefe,
como lo llaman, le molesta la pregunta. El penal del paraí-
so tiene sus reglas y como en todos los penales la prime-
ra es obedecer. Una regla clave para sobrevivir en cual-
quier cárcel del mundo es quedarse callado — Aquí todo
.
es transparente.
—¿Y las drogas?
— Como en cualquier penal las hay, no vamos a decir
que no existen porque en revisiones que hemos hecho las
«8
EXTRAÑAS EN LA ISLA
detectamos. ¿Pero por dónde pasan? No lo sabemos, pero
las hemos detectado.
—¿Qué drogas han detectado?
— Hierba verde, al parecer mariguana, en un tiempo su
servidor también detectó el llamado por los químicos
cristal.
— ¿Es grave el consumo de drogas...?
— No, es mínimo, aquí es mínimo el trafico de drogas.
Ese enervante que le mencioné, el llamado cristal, fue la
única vez que trataron de pasarlo. Luego ya no se ha vis-
to más.
Tengo la impresión de que mi custodio personal no
sabía qué hacer conmigo. El plan era pasar el día en la
playa y apenas era media mañana. Antes de que le pidie-
ra instrucciones al director por radio le propuse ir a la clí-
nica del Seguro Social. El tipo dudó y luego de unos se-
gundos tomó el radio. Supuse que al director le molestaba
que no estuviéramos tomando en la playa el sol de esa es-
tupenda mañana, pero no podía negarse a que visitara la
clínica.
De camino hacia allá encontré lo que buscaba; en una
de las modestas casas para la convivencia había un enorme
letrero y sobre un fondo azul cielo destacaban la luna y el
sol: elTíbet, Neuróticos Anónimos. Le pedí a mi custodio
detener la camioneta; bajé y llamé a la puerta. A veces se
tiene suerte: abrió una mujer, joven y con la belleza de las
mujeres de Jalisco o Michoacán. Llamó a su esposo, el en-
cargado del centro de Neuróticos Anónimos.
159
LA REINA DEL PACIFICO
La historia de la pareja era como la de muchas otras
que vivían allí. A José lo detuvieron por delitos contra la
salud. Un error. La vida en la cárcel y las adicciones lo lle-
varon a intentar suicidarse varias veces. Sumido en la os-
curidad encontró ayuda en el penal de Nuevo Laredo en
un grupo como el que fundó en la isla. Con orgullo, me
dijo que estaba seguro de haber salvado más de una vida.
Su mujer, Diana, tenía su propia historia.
—La familia me criticó mucho, cómo iba a aceptar
dejarlo todo y venir aquí. Traer a mis hijos, pero siempre
he estado con él. No nos ha ido mal. Estamos contentos,
no nos falta nada. En tres años, si Dios quiere, nos vamos.
Hablamos fuera de la casa, sentados en una de las ru-
dimentarias sillas de madera dispuestas en hileras. En ese
lugar los neuróticos y adictos de la isla encontraban el ali-
vio de la catarsis.
No resistí preguntar por Gladis, la suicida, la del ángel
y la ofrenda en el cementerio del penal. Gladis, la mucha-
cha de la sonrisa congelada en aquella foto que me ense-
ñó Margarita en su estancia, a quien debían recordar los
segregados de El Papelillo.
—Yo la conocí, vino a un par de sesiones — señaló
Diana.
— ¿Por qué se suicidó?
— mí que
Para la mataron. . . —agregó mientras su ma-
rido conversaba de cualquier cosa con mi guardián, quien
esperaba en la entrada de la casa, cerca de la puerta que no
se atrevió a cruzar.
160
EXTRAÑAS EN LA ISLA
—¿Por qué lo dice?
Diana no pierde el tiempo. Gladis era una herida
abierta en la memoria de muchos en el penal.
—Yo no le puedo decir nada... aquí siempre nos vi-
gilan. A ella le costaba trabajo hablar. Así que al terminar
una de las sesiones me dio un cuaderno. Era su diario.
El diario de Gladis era una libreta de pastas azules des-
gastadas. Diana me lo dio en cuanto pudo. Mi custodio se-
guía distraído. Guardé el cuaderno en una de las bolsas del
pantalón de estilo paracaidista que usaba, junto a los tres
minicasetes de audio y la grabadora que llevaba para las
entrevistas de la jornada.
Tenía que leer ese diario, encontrarme por fin con
Gladis.
La siguiente parada fue la clínica del IMSS. Apenas me
importó la información, el estado de salud de los colonos,
los riesgos de una epidemia. Lo peor fue que la esposa del
director tuvo la ocurrencia de organizar una comida con
otro suculento menú de mariscos. La sobremesa me pare-
ció eterna. El director y sus anécdotas de penales. Ese hu-
mor suyo de torturador. No podía más.
—Estoy encantado, les agradezco la comida y su com-
pañía, pero me siento agotado. Quisiera ir a tomar una
siesta.
Los sorprendí. Mi guardia me llevó a la cabana para vi-
sitas y me encerré en mi cuarto. Tenía un par de horas an-
tes de que la fiesta de los martes en la noche comenzara
en la plaza de Puerto Balleto.
161
LA REINA DEL PACIFICO
El cuaderno estaba escrito con una letra menuda y
compacta, de trazos firmes. Había algo en esa letra que me
hacía pensar en los esfuerzos de los niños por escribir con
esmero.
"Me llamó Gladis. Llegué aquí enferma, muy enferma.
La coca, el éxtasis, la mariguana, el alcohol... Estoy aquí
porque quiero aliviarme, pero tengo mucho miedo. Vengo
de un penal de lejos, muy lejos, había de todo y todo cos-
taba diez pesos. El pase de coca, la pasta milagrosa, el buen
toque de motita. Necesito de las drogas para vivir, para irla
pasando. A ustedes no les interesa pero me he puesto fea,
muy fea. Son las arrugas de la tristeza Si me preguntan a
qué he venido les digo con franqueza que a tratar de salir
de donde estoy, no de la isla, no, salir del hoyo, del abismo
donde me ahogo. Reconozco aquí entre ustedes que bebo
alcohol, mucho. Cuando llegas lo primero que encuentras
es lo que buscas. Al principio me preocupaba lo de los cas-
tigos. Pero quiero decirles que el único remedio para mi
miedo es sentirme ausente, alejarme de mí misma. Les leo
esto porque no puedo hablar de frente con ustedes. Me da
vergüenza."
Era la primera página del diario que Gladis había es-
crito con el propósito de leerlo en las sesiones del Tíbet.
Podía imaginarla en la soledad de la estancia donde se en-
cerraba después de la "melga" en el intento de alejar sus
temores y adicciones al escribir las líneas del cuaderno
que tenía frente a mí. Por fin nos encontrábamos.
A Gladis no le importaban las fechas, ni la secuencia
162
EXTRAÑAS EN LA ISLA
de lo narrado. Había llenado el cuaderno con apretados
párrafos en los que relataba su historia, que era similar a la
de muchas mujeres que vivieron a la sombra del narco,
deslumbradas por sus personajes y dinero, encantadas por
sus placeres.
"El Cochi se llamaba Lorenzo, pero pocos lo sabían.
Me contó que era de una ranchería de por Zacapu. Creo
que era mentira. Siempre decía mentiras. Le gustaba lo
bueno y tenía dinero, mucho dinero para comprarlo. Lo
conocí cuando llegó a la farmacia, donde trabajaba en el
centro de Apatzingán. Hace tres años, o cuatro, quién sabe,
pero parece que fue hace una eternidad. La farmacia era
la del Sagrado Corazón. Entró como si fuera el dueño y
pidió no se cuántas cosas. Lo vi gordo, con sus botas y su
sombrero. Olía bonito. Un olor a lavanda y limpio. El Co-
chi volvió otra vez y luego otras. Me buscaba. Me dijeron
que era narco. La verdad me gustaban sus regalos. Nadie
me daba esas cosas, relojes y cadenas, una virgencita de
oro. Me invitó a comer, pero me dio miedo. Luego me es-
peró a la salida del trabajo. Fue cuando descubrí que no
estaba solo, que siempre lo acompañaban otros hombres.
Bajó de su camioneta, una camioneta grande y muy nue-
va. Se acercó con esa sonrisa de diablo de pastorela que te-
nía. La sonrisa con que a veces lo sueño. Estaba segura de
que me iba a llevar con él, de que no le iba a importar a
nadie que gritara, que nadie se iba a meter. El Cochi era
narco y todos lo sabían."
Aquel diario era el desahogo de la muchacha que en-
l63
LA REINA DEL PACIFICO
contró la muerte en la isla. Había que ir hilvanando aque-
lla letra de niña para dar forma a su historia.
44
Al Cochi no le gustaba hablar de sus negocios. Tam-
poco de sus mujeres. Tenía otras, le gustaba enamorarse. A
mí también. Canciones de amor, sobre todo las canciones
viejas tocadas por las bandas de hoy en las fiestas. Nos gus-
taba mucho ir a las fiestas. Desde aquí veo a la que era an-
tes. Me duele que haya sido tan feliz. Era todo como un
juego, el Cochi supo enamorarme. A mi mamá le fueron
con el chisme y mis hermanos se hicieron disimulados.
Con los narcos nadie se mete. Tenía que irme con él, que-
ría ser otra. Al principio me enamoré, estaba dispuesta a
dar la vida por ese hombre. El Cochi, Lorenzo, como me
gustaba decirle cuando estábamos solos en la cama des-
pués de acariciarnos y hacer el amor, en ese rato cuando
lo abrazaba y me sentía protegida, cuando recargaba mi
cabeza en su panza y pensaba en el futuro, un futuro lejos
del negocio, en otro país, con otra gente, un futuro don-
de la muerte no estuviera metida entre nosotros, donde no
tuviéramos tanto miedo. El Cochi fumaba y veía televi-
sión, se relajaba. Dormía poco, muy poco."
Gladis escribió su diario para explicar lo que le había
ocurrido. Si el primer texto era dedicado a la audiencia
del Tíbet, un intento por compartir con ellos las razones
de su adicción, el resto era una forma de poner sobre el
papel los acontecimientos de su vida truncada.
"¿Por qué me metí en el negocio? Supongo que para
sobrevivir. Las mujeres como yo son desechables. El Co-
164
EXTRAÑAS EN LA ISLA
chi y sus amigos coleccionan a las niñas que se deslum-
hran con ellos. Al principio era como ellas, los pantalones
de mezclilla de marca, untados, la blusa escotada. Los atri-
butos de una buena mercancía siempre a la vista. La vida
divertida, sin remordimientos, pero a mí las crudas siem-
pre me pegan muy fuerte, me siento enferma. Es como
cuando la regla, apenas me levanto de la cama. Por eso
pensaba tanto, por eso del malestar me ganaba la tristeza.
A mí me había ido bien, vivía en Guadalajara, en una casa
bonita con todas las comodidades. El Cochi se quedaba
conmigo semanas enteras, aunque viajaba mucho por lo
de su negocio. Yo no sabía de esas cosas, ni quería saberlas,
pero era la única manera de que no me volviera una car-
ga, de que no se aburriera, de que no terminara por regre-
sarme a la farmacia a vivir con mi mamá y mis hermanos.
Sin querer te enteras de muchas cosas. La gente, los ami-
gos y los hombres que lo cuidaban, las otras mujeres, so-
bra quién te cuente. El Cochi se encargaba de llevar mota
de Sinaloa a la frontera. Un negocio de mucho dinero. Los
viajes eran por carretera. En la mejor época, en tráilers, del
pinche tráfico en automóviles o camionetas, nada. Era un
buen negocio y a mí me ganó la codicia."
Gladis escribía de golpe, no había una sola tachadura
en su texto. Cualquiera habría pensado que el cuaderno
pertenecía a un niño, no que se trataba de los apuntes de
una suicida.
"En el otro penal tuve suerte, una cabrona me tomó
bajo su protección. Me decía mi ángel. Un ángel caído en
165
LA REINA DEL PACIFICO
desgracia. No me faltaba nada, dónde dormir, comida,
todo lo necesario para aliviar el encierro. La cabrona me
decía que me la llevara tranquila y en tres años o hasta en
menos estaría fuera, pero yo tenía miedo, miedo. Los 'chi-
vas', los que ponen el dedo, siempre tienen miedo. Miedo
de que el Cochi se vengara. También de llevármela tran-
quila, como decía la cabrona, y luego irme. Miedo de no
tener ya otro lugar que la cárcel."
A Gladis la encontraron colgada de un árbol en el Mira-
dor de la isla. Su cuerpo se balanceaba lentamente frente
al mar.
Afínales del año 2004 estuve en las Islas Marías. En esa pri-
sión, tan arraigada en el imaginario mexicano, constaté que las
mujeres que han perdido la libertad sufren un profundo abandono.
Resultan una carga para quienes fueron sus esposos o amantes. Su fa-
milia las olvida.
Gladis murió en las islas, su historia me la contaron las mujeres
con quienes compartió la amarga experiencia del encarcelamiento.
La violencia del narcotráfico cobra la vida de muchas mujeres.
Un dato: en el año 2006 fueron asesinadas en Michoacán ciento cua-
tro mujeres; la mitad de estos crímenes se cometió en zonas de in-
fluencia del narcotráfico.
166
EXTRAÑAS EN LA ISLA
¿Cuántas mujeres están en prisión por delitos relacionados con
el narcotráfico?
En el estado de Michoacán, de donde provenía Gladis, el noven-
ta por ciento de las doscientas treinta y tres mujeres encarceladas es-
tán acusadas de delitos contra la salud. La mayoría de ellas son su-
puestas "burreras".
Tiempo extra
HUELLAS DE LA EXPLOSIÓN estaban por do-
LAS quier: muebles desechos, trozos de cristal, restos
esparcidos de toda clase de objetos y un insopor-
table olor a quemado. La oficina quedó destrozada. Nadie
habría sobrevivido al estallido que cimbró el edificio y
provocó el corte de la luz. Unas débiles flamas era lo úni-
co que quedaba del incendio que lograron sofocar los
bomberos.
Apenas diez minutos antes, un hombre sigiloso había
salido del elevador. Se acercó a la entrada del despacho de
la abogada y con sumo cuidado sacó de una maleta depor-
tiva un objeto envuelto en una bolsa de plástico del súper.
Y diez minutos antes de eso el teléfono había sonado
varias veces; era un llamado insistente y molesto que dis-
trajo a la abogada de la minuciosa revisión de un expe-
diente judicial que contenía una gran cantidad de fojas. A
esas horas estaba sola, pues la secretaria, los abogados y los
pasantes que trabajaban para ella ya se habían marchado.
169
.
LA REINA DEL PACIFICO
Estuvo a punto de no responder, porque esa llamada ha-
bía coincidido con un momento crucial en la exploración
del documento, en ese escudriñar el texto para encontrar
los posibles errores, las omisiones o los excesos del Minis-
terio Público. Necesitaba urdir la defensa de un cliente,
pero era tan molesto oír el timbre del teléfono, que deci-
dió levantar el auricular.
—Bueno — dijo con una voz que había educado para
dar la impresión de autoridad, para imponer respeto; una
voz a la altura de su profesión.
Nadie que la oyera podía adivinar su origen humilde.
La abogada había roto un círculo de pobreza que iba más
allá de lo económico, que a esas alturas de su vida la ha-
cía una mujer distinta a la abnegada esposa de un obrero
que penosamente gana para sobrevivir, a la mujer que
vive la condena de un trabajo como dependienta en al-
gún negocio.
La abogada se había apartado de ese sino de mediocri-
dad; por eso siempre levantaba la voz.
— ¡Bueno...! — insistió.
Estaba a punto de colgar cuando del otro lado de la lí-
nea, en un murmullo apenas audible, alguien dijo, tratan-
do de ocultar su verdadera voz, seguramente con el viejo
truco de colocar un pañuelo sobre la bocina:
—Tenga cuidado, la van a matar. .
Dado que no era la primera vez que la amenazaban,
estaba preparada para responder, y con frialdad y cierto
dejo de ironía preguntó:
170
TIEMPO EXTRA
— ¿Quién habla? Dime, ¿quién me va a matar?
La mujer, porque sin duda era una mujer la que llama-
ba, perdió el control. Estaba azorada.
— Le... le quiero decir... que van a poner una bom-
ba — atinó a confesar aquella voz titubeante.
La abogada se quedó sorprendida. La habían amenaza-
do con arrastrarla, con dejarla sin familia, con matarla a
golpes o con dispararle, pero era la primera vez que le ha-
blaban de una explosión.
Una fría ráfaga de viento apartó la cortina del ven-
tanal abierto de su oficina.
Desde siempre, desde que era niña, la abogada había
temido morir en un incendio, sufrir terribles quemadu-
ras que la desfiguraran y la convirtieran en una piltrafa
humana.
Diez minutos antes de que aquel hombre se plantara
frente a la puerta de su despacho con el paquete, desde el
otro lado de la línea la voz encubierta de mujer dijo de
golpe:
—Tiene diez minutos, sólo diez minutos para salir de
su oficina. Ya van en camino, le van a poner una bomba.
La abogada no perdió tiempo, dejó todo en el despa-
cho, el expediente abierto sobre su escritorio, los restos de
un sandwich de jamón y una taza de café a medias. Ni si-
quiera volvió por el saco del traje sastre azul marino que
tanto le gustaba, con el que estaba segura de lucir más del-
gada. Un traje sastre pagado en dólares, de lo mejor en su
vestuario.
171
LA REINA DEL PACIFICO
Quienes litigamos en materia penal, tanto en el fuero común
como en el federal, lo vemos todos los días, es triste darnos cuen-
ta de que tenemos autoridades corruptas. Autoridades que en
lugar de administrar y procurar justicia son parciales cuando quie-
nes comparecen en un hecho o se ven involucrados en una acu-
sación están apoyados por influencias o tienen recursos económi-
cos altos.
La libertad se puede comprar o conseguir. Sólo los pobres ter-
minan en la cárcel.
En nuestras cárceles, como en nuestro país, la mayoría son
pobres.
En todos los asuntos que llevo, en los que he manejado a lo
largo de la vida, veo que tenemos una doble moral. Todos vamos
a misa los domingos, nos damos golpes de pecho y luego no nos
importa llevarnos de frente a quien nos estorbe en el camino. Lo
mismo sucede en la clase baja que en la clase media o en la cla-
se alta.
Años después de aquel atentado la abogada acepta una en-
trevista. El pretexto es uno de sus más célebres casos, el de
un presunto homicida que escandalizó con sus crímenes a
la sociedad, una negra historia convertida en show televi-
sivo de alto raiting, con ingredientes de sexo, dinero y la
triste muerte de dos niños.
La lista de los defendidos por la abogada es extensa y
abarca una larga carrera iniciada hace un par de décadas.
Lo mismo narcotraficantes que altos funcionarios de las
'"-
—
TIEMPO EXTRA
corporaciones policiacas; nuevos ricos dedicados al redi-
tuable negocio de la venta de drogas al menudeo o sica-
rios a quienes sus jefes han decidido ayudar para comprar
su silencio. La abogada cobra en dólares, y cobra muy
bien.
Protagonista de truculentas historias, amiga de poli-
cías de altos vuelos y legendarios narcotraficantes, ocupa
un lugar en la galería de personajes célebres en la ciudad
donde vive. No es mentira lo que dice su secretaria cuan-
do en lugar de darme la dirección del bufete insiste en
que basta con que al taxista le pida que me lleve a la ofi-
cina de la famosa licenciada.
¿De dónde vino la riqueza que —según cuentan
tiene la abogada, esas millonadas cuentas en bancos en el
extranjero, la inmobiliaria, los hoteles, los muchos ne-
gocios en los que dicen que está asociada "por abajo del
agua"?
Corre el rumor que de sus tratos con los narcos. Hay
versiones de que cobró la recompensa que las autorida-
des ofrecían por uno de los barones del narcotráfico en
México, el mero jefe de las operaciones en una importan-
te zona fronteriza. Dueño del negocio del trasiego de
droga por mar, aire y tierra en la vasta región del Golfo
de México.
Por entonces la abogada era reconocida como la más
hábil del bufete donde trabajaba. Ganó casos que parecían
imposibles, logró reducir penas y consumar sentencias ab-
solutorias cuando todo estaba en contra. Supo mover las
i73
LA REINA DEL PACIFICO
palancas adecuadas, aceitar los enmohecidos engranajes de
la justicia con el mejor lubricante.
Por esos tiempos las autoridades tenían en la mira al
cártel que operaba en la región del Golfo de México. Des-
de el otro lado de la frontera crecía la presión, por lo que
era necesario dar un golpe. No pasó mucho tiempo antes
de que cayera uno de los operadores financieros de la or-
ganización. Uno de los cerebros clave en el lavado de di-
nero y en el manejo de los fabulosos recursos de las orga-
nizaciones criminales. El tipo eligió un abogado para su
defensa; la organización pagaba bien y tenía algunos de los
mejores en la nómina, con contactos por todas partes y
los suficientes recursos para inclinar la balanza de la justi-
cia hacia el lado conveniente.
Pero en algún momento el tipo desconfió, tuvo la im-
presión de que lo habían elegido como chivo expiatorio,
de que su captura estaba pactada. Fue entonces cuando
apareció en escena la abogada.
Llevó el caso lo mejor que pudo, logró que el juicio se
aplazara. Sabía que para su cliente lo más importante era
ganar tiempo, ya que esperaba ayuda de muy arriba. Todo
parecía seguir el curso trazado por los intereses de la or-
ganización. El dinero fluía para todos, pero los dueños del
bufete donde trabajaba se quedaban con la parte del león.
La abogada estaba ya cansada, después de todo quien ha-
cía los arreglos, arrastraba la pluma y pasaba la vida en los
juzgados era ella. Fue entonces cuando meditó cómo de-
jar atrás el círculo gris del trabajo de todos los días, del
i"4
TIEMPO EXTRA
modesto sueldo y la peor vida. Ella merecía algo mejor y
lo iba a conseguir.
Conversó con su cliente, sabía de sus temores, le pidió
unos días para buscar por ahí, para hablar con algunos
amigos. Volvió al penal y en la sala de locutorios le dijo al
tipo, que esa mañana había despertado con dolor de mue-
las, que su captura fue pactada. Había sido una verdadera
traición.
Le contó que, según sus fuentes, habían decidido re-
emplazarlo, estaba quemado, muy visto, desprestigiado
para hacer buenos negocios. Además, no tenía visión em-
presarial, se manejaba como rico de pueblo y eso ya no le
servía a una organización criminal moderna. Podían ha-
berle dado "piso", deshacerse de él, mandarlo al retiro o
simplemente desaparecerlo.
La presión desde el otro lado de la frontera se dejaba
sentir cada vez con más fuerza, eran los tiempos de la fa-
mosa certificación que el gobierno de Estados Unidos
otorgaba a los países que hacían bien la tarea de enfren-
tar a los narcotraficantes. Habían puesto su cabeza en una
bandeja con dedicatoria para los gringos. Por más tiem-
po que ella pudiera ganar, su suerte estaba echada. Nadie
iba a ayudarlo. Lo iban a sentenciar, le iban echar encima
delitos y una larga condena, era el elegido para pagar las
culpas. Después de un tiempo prudente alguien lo visi-
taría en el penal para darle un recado de parte del jefe:
"No es nada personal, es cuestión de negocios. Sólo son
negocios".
175
LA REINA DEL PACIFICO
Además de ganarse la confianza de su cliente al confir-
mar sus sospechas, la abogada también sembró en ese suje-
to privado de su libertad, de su manera de vivir como pri-
vilegiado hombre de negocios, el ánimo de venganza.
Ella podía encontrar la manera de que saliera de pri-
sión, de que recuperara parte de sus bienes incautados y
del dinero que había ganado con su trabajo. Era cuestión
de pactar con los gringos. Tenía los contactos necesarios
para que él se convirtiera en testigo protegido.
Había una recompensa por el líder de la organización.
Tres millones de dólares.
Mire, le voy a ser clara, soy- abogada, no tengo por qué seguir es-
trategias torcidas. Siempre quiero ver de frente a mi hija. Tengo
una hija, soy madre soltera, y a ella quiero verla siempre de fren-
te. Le aseguro que en ninguno de mis asuntos he seguido ese tipo
de estrategias.
A mí se me ha criticado, que si la abogada del diablo, que la
abogada de narcos. Sólo hago mi trabajo y lo hago lo mejor po-
sible. Lo que dicen mis clientes se acredita y tengo la satisfacción
de que muchos de ellos están ahora con sentencias absolutorias.
Otros tienen penas menores a las que les quisieron imponer.
No se trata de urdir estrategias, se trata de decir la verdad.
Fue un vuelo pesado. El avión tardó en despegar, un do-
lor de cabeza la obligó a tomar un par de pastillas que le
i
76
TIEMPO EXTRA
provocaron agruras. Estaba muy cansada, eran muchas las
tensiones, el trabajo, los asuntos pendientes. Era de los po-
cos abogados capaces de enfrentar al aparato de justicia
con casos del narcotráfico, de los pocos que se atrevían a
ir en contra de sentencias dictadas mucho antes de la con-
sumación de los juicios a personajes señalados por su fuer-
za dentro de las organizaciones o policías de los más altos
niveles acusados de corrupción. Llevaba asuntos delicados
que muchos preferían ni tocar, pero que dejaban mucho
dinero.
Llegar al aeropuerto de la ciudad de México a la hora
de mayor tráfico aéreo es temerario. Los pasajeros de ese
vuelo proveniente del norte esperaron durante más de me-
dia hora en un lugar apartado de las pistas para poder con-
cluir su viaje.
La abogada pensó que quizá lo mejor era llamar a su
cliente y decirle que se reunieran a la mañana siguiente,
después de haber descansado, de haber sorteado las agru-
ras, el dolor de cabeza y esa incómoda sensación de que
las cosas no irían como ella esperaba. Buscó el teléfono
celular en su bolsa y en cuanto lo encendió recibió el avi-
so de que tenía un recado urgente.
Era de Alberto Enríquez Aguilar, quien hasta una se-
mana antes era el encargado del área de Operaciones con-
tra el Crimen Organizado de la PGR. Un poderoso co-
mandante acusado de encubrir y proteger las acciones del
narcotráfico en Nuevo Laredo.
—Me urge verla, licenciada — dijo con su voz aguar-
177
LA REINA DEL PACIFICO
dentosa, gastada por el tabaco — La . estaré esperando a la
salida del aeropuerto para llevarla a su hotel.
Parecía imposible escapar a esa cita fuera de progra-
ma. La mayoría de sus clientes acudían a ella con la con-
fianza de los dólares que podían pagarle, con el respaldo
de la información que sabían que podían usar para mejo-
rar su situación. Muy pocos actuaban desesperados, con-
fundidos por el temor de perder la libertad. Muchos de
ellos habían enfrentado antes otras acusaciones de corrup-
ción o habían sido detenidos por delitos contra la salud.
Por más delicada que fuera su situación, únicamente era
un percance en su actividad profesional.
Para salir adelante, para librar el escollo, actuaban como
quien busca al mejor mecánico para reparar su automóvil
o al plomero para que arregle la tubería y todo vuelva a
funcionar como siempre. Con el mismo propósito la bus-
caban a ella. Más allá de su fama, había demostrado su efi-
cacia, poseía los contactos, conocía muy bien cómo ope-
raba la burocracia de la justicia, tenía la intuición para
entender qué se buscaba, de dónde venía o a qué respon-
dían las acusaciones en contra de sus clientes.
Después de bajar del avión caminó con su pequeña
maleta en la que llevaba apenas lo indispensable para dor-
mir una noche y una muda de ropa para la mañana si-
guiente. Planeaba estar de vuelta por la tarde, ir al despa-
cho, revisar algunos expedientes y concluir la jornada.
Una jornada que sería decisiva para el futuro de su clien-
te, el comandante de la voz aguardentosa, quien era el ex
178
TIEMPO EXTRA
encargado de Operaciones contra el Crimen Organizado
de la PGR.
Iban a reunirse por la mañana con uno de los más al-
tos funcionarios de la PGR, pues lo mejor era pactar, po-
ner sobre la mesa la información que buscaban. A su clien-
te no le quedaba otra salida más que la negociación. En
cuanto cesara el escándalo, que iba a ser inevitable, debía
optar por el retiro en un lugar alejado y dedicado a una
actividad distinta; por ejemplo, a la captura de camarón en
algún apartado campo pesquero de Sinaloa o el cultivo de
agave en Sayula.
Al comandante le dieron el pitazo un par de semanas
antes, sobre su cabeza pendía la acusación de encubrir las
operaciones del cártel del Golfo. Era cuestión de días para
que el asunto estallara. Algún amigo le entregó en el bar
del Sanborns de Plaza Universidad una copia del volu-
minoso expediente que habían preparado en su contra.
Todo había comenzado con la declaración de un testigo
protegido.
En el punto convenido del aeropuerto, la abogada se
encontró con el comandante Enríquez y su chofer. Se di-
rigieron al estacionamiento en silencio. Habría querido ir
cuanto antes a su cuarto de hotel, darse un baño con agua
caliente y perder el tiempo frente a la televisión viendo
una vieja película mexicana, alguna historia en blanco y
negro. No deseaba complicaciones en ese momento.
En cuanto abordaron la camioneta, el comandante le
dijo que estaba nervioso, preocupado. De hecho, fue de
179
LA REINA DEL PACIFICO
los pocos clientes que se atrevieron a confesarle que tenía
miedo.
—Usted sabe, licenciada, si caigo... Tengo muchos
enemigos, más de uno estaría dispuesto a pagar para que
allá dentro me maten. Hay gente mala, malandrines a los
que les gustaría tenerme en su territorio.
La abogada pensó que en la prisión lo mejor que po-
dría ocurrirle al comandante sería que lo mataran. Allá
dentro, a más de uno de sus clientes le habían pasado la
factura, pero con cobro diferido, golpes, humillaciones...
el infierno de saberse absolutamente vulnerable después
de haber sido poderoso.
Por supuesto, no iba a contarle a su cliente esas negras
anécdotas.
—Yo le aseguro que usted no va a pisar la cárcel. Ten-
ga confianza.
Al día siguiente, a las once de la mañana estaba progra-
mada su cita clave. La abogada había establecido los puen-
tes necesarios. El comandante tenía una oportunidad que
ella no estaba dispuesta a perder.
Estaban atorados; la camioneta blindada en la que iban
avanzaba despacio entre cientos de autos en interminables
hileras por el viaducto de la ciudad de México. No que-
ría que la ansiedad y los temores del licenciado la afecta-
ran. El miedo se contagia; cuando se aparece como un ne-
gro fantasma provoca ansiedades y sudoraciones, impide
trabajar con lucidez. A la abogada no le gustaba andar por
la vida con esa sensación de vacío en el estomago, esa
180
TIEMPO EXTRA
opresión en el pecho que impide respirar. Necesitaba dar-
le una buena dosis de confianza a su cliente.
—Mire, comandante, no se preocupe. Las cosas se van
a arreglar, necesitamos estar tranquilos. Lo que usted tiene
que hacer es negociar, saber negociar.
I )esde el asiento delantero de la camioneta el coman-
dante Enríquez la miraba con recelo. La abogada se pre-
guntaba hasta dónde sería capaz de resistir; quizá iba a do-
blarse en el peor momento y echar por la borda todo lo
que hubieran podido lograr. No quería imaginar a ese
hombre, un cincuentón obeso, dependiente de quién sabe
cuántas cosas, caído en la desgracia de la cárcel, porque la
iba a pasar mal.
La abogada trató de infundirle confianza con una re-
comendación:
—Dígales lo que quieren saber y nada más. Guárdese
algo para negociar más adelante. Si las cosas se ponen di-
fíciles, ese as en la manga puede convertirse en la llave que
le abra las puertas de la libertad, señor Enríquez.
El gordo sonrió. Era mejor así, lo que menos necesita-
ba era un cliente vencido antes de iniciar la pelea. A tipos
como ése debía cobrarles extra por la ayuda psicológica,
por ofrecerles algo que podría incluir en la lista de sus ho-
norarios y viáticos bajo el cargo de "gastos por apoyo
emocional".
Por fin llegaron a la amplia avenida Reforma, que a
ella le gustaba por moderna y conservar viejos rasgos del
pasado, de otro México tan distante. Más de una vez ha-
181
LA REINA DEL PACIFICO
bía caminado por esa avenida en plan de turista, contem-
plando sus monumentos: la Diana y el Ángel de la Inde-
pendencia eran sus favoritos.
Entraron a un estacionamiento subterráneo. Después
de bajar un piso, de circular en las entrañas del alto edifi-
cio que albergaba el hotel, encontraron un lugar desocu-
pado. Se proponía despachar a Enríquez rápido, sólo te-
nían que repasar la información que iban a poner sobre el
escritorio del funcionario. El hombre ya esperaba dicha
información, por la cual estaba dispuesto a pactar. Ni a la
abogada ni al comandante les interesaba lo que haría des-
pués con ella. Tal vez la usaría para golpear las redes de
operación del cártel, la enviaría a los gringos, chantajearía
a alguien con ella o la guardaría para aprovecharla en el
momento oportuno. Lo importante era lo que el funcio-
nario podía ofrecer a cambio de esos nombres y otros da-
tos: la libertad de su cliente, su retiro del servicio después
de una acusación que con el tiempo pasaría al olvido como
un expediente más del narcotráfico olvidado.
Cuando subieron por un par de escaleras, el coman-
dante no se despegó de su guardia, el chofer y el par de
guardaespaldas que de seguro los habían seguido desde el
aeropuerto y se habían presentado ante su jefe en cuanto
bajó de la camioneta. Entraron por la puerta de emergen-
cia al lobby del hotel. La abogada miró su imagen reflejada
en el enorme espejo con grecas doradas que abarcaba la
pared de enfrente. Le hacía falta un corte de pelo y pin-
tarse los labios.
182
TIEMPO EXTRA
Fue entonces cuando vio a uno de esos hombres; era
moreno, usaba bigote y llevaba puesta una chamarra blan-
ca. Lo acompañaban otros dos sujetos, de mediana edad y
sin ninguna particularidad visible. El bigotón de la chama-
rra blanca fue el primero en sacar su arma y disparar. Ella
corrió entre el fuego, pero no llegó lejos, pues un intenso
dolor en la espalda la hizo trastabillar.
Nada de lo que ocurría, ni el tiroteo ni los gritos de la
gente, ni el cuerpo que cayó a su lado, ni la sangre que le
brotaba de la cabeza tenía sentido. El dolor era insoporta-
ble, era como un hierro candente. La muerte quema, pro-
voca intensos ardores y sofoca.
La abogada trataba de incorporarse para tratar de esca-
par. Si lo lograba, iba a correr por su vida.
El mismo hombre, el de la chamarra blanca, el de cara
alargada, de más de un metro setenta de estatura y una
edad aproximada de treinta y cinco años, se acercó y le
disparó a la cabeza.
Pero esa tarde en el Hotel Cosmos de la ciudad de
México a la abogada no le tocaba morir.
El comandante Alberto Enríquez y dos de sus hombres
murieron acribillados en el ataque. Uno de los gatilleros
también murió y otro resultó gravemente herido.
Yo tengo un juramento hecho, tengo una ética profesional, soy
abogada y debo de defender a quien viene a mi oficina buscan-
do mis servicios. No importa si son asuntos de mucha prensa o
183
LA REINA DEL PACIFICO
delicados, no me puedo esconder, ni evadir mi responsabilidad.
Siempre he asumido los riesgos que implica mi profesión y siem-
pre la he practicado con dignidad. Tengo que decir que lamenta-
blemente por el hecho de ser mujer todavía no le permiten a una
actuar plenamente en un mundo de hombres. Por como han sido
educados, por sus inseguridades, a muchos caballeros les cuesta
aceptar que una mujer puede ser tan capaz o más capaz que
ellos en muchos terrenos. Todavía padecemos el machismo, somos
víctimas de mentalidades machistas que de inmediato nos desca-
lifican por ser mujeres, no importa lo preparadas o experimenta-
das que seamos. Somos mujeres y punto.
A esta altura de mi vida no quiero más fama de la que ten-
go, fama que es resultado de los hechos que lamentablemente me
ha tocado vivir. Tampoco necesito más dinero, sólo quiero estar en
paz con mi conciencia, con mi familia y con mis clientes, quienes
creen en el trabajo que hago.
A las afueras del edificio donde se encuentra el despacho
de la abogada hay un verdadero despliegue de seguridad.
Un grupo de policías federales, otro de municipales y de
seguro más de algún "guarura" particular. Parecería que se
preparan para repeler un ataque armado que puede desen-
cadenarse en cualquier momento.
Después de superar la barrera del comando de defen-
sores de la abogada, entro a la recepción del despacho,
donde me recibe con una sonrisa la misma muchacha que
me atendió por teléfono. Tras una espera de diez minutos,
184
TIEMPO EXTRA
la abogada abre la puerta de su despacho y me saluda ama-
blemente. Está en los cincuenta, tiene el pelo corto, teñi-
do de rubio, viste de manera práctica, con un traje sastre
que bien pudo comprar en el supermercado. Es evidente
la cirugía estética que le ha modificado el rostro. Tiene el
mismo semblante, la misma expresión de muchos que se
han sometido al bisturí de la ansiada belleza y la eterna ju-
ventud.
El amplio despacho está compuesto por una sala alar-
gada que culmina en un gran escritorio. Por todas partes
hay cruces, de madera, de metal, de plástico, de quién sabe
cuántos materiales y colores. El salón de las cruces don-
de despacha la abogada que ha sobrevivido a cuatro aten-
tados, sin embargo, es lóbrego y triste. Aquí llegan los
clientes, sus familiares, sus amigos, sus socios a buscar la
ayuda de la más famosa de los abogados que se dedican a
tratar asuntos delicados, esos que se vinculan con el nar-
cotráfico.
Ahora que tengo la oportunidad de entrevistar a esta
mujer, el caso del presunto homicida de un par de niños se
encuentra en el top de los medios. La violencia del crimen
y la turbia relación del presunto asesino con la familia han
dado lugar a muchas especulaciones, todas bienvenidas por
el amarilüsmo, por el interés de vender periódicos y revis-
tas, por sumar más puntos de raiting.
A la abogada no le gustan los periodistas, menos su
preguntas. No es fácil hablar con ella. Supongo que el
momento da lugar a ello. Tiene claro que necesita de los
185
LA REINA DEL PACIFICO
medios para la defensa de su cliente. Debe buscar la for-
ma de contrarrestar la condena, dictada desde las panta-
llas y las primeras planas, de ese muchacho al que han
convertido en un monstruo, de esos que la sociedad ne-
cesita de vez en cuando para desfogar culpas y arrepen-
timientos.
La enorme cruz de madera del fondo del salón, las pe-
queñas de hierro forjado colocadas con cierto descuido
sobre el escritorio, la amarilla de madera que está colga-
da en la pared, la de cobre a la que mantienen relucien-
te, la de palma en una esquina y las pequeñas de alegres
colores rojo, azul, amarillo, verde pistache y rosa mexica-
no, todas estas cruces representan una singular trinchera
en la que se resguarda la abogada sobreviviente de cuatro
atentados.
En el muy personal imaginario de esta mujer, las cru-
ces forman un halo protector, un conjuro palpable que la
protege de las acechanzas de la muerte.
En el despacho no hay una solo foto, tampoco ningu-
na imagen del Cristo que dio fama universal a la cruz. Las
cruces de todos los colores y las formas también represen-
tan los afectos de la abogada y sus amores.
El despacho de las cruces bien puede ser definido
como una galería de milagros.
Usted ya vio mi oficina.Yo siempre estoy muy bien acompañada.
Yo creo que Dios me dejó con vida con algún propósito, no para
186
TIEMPO EXTRA
irme a esconder o cambiarme de cara o de nombre como me dije-
ron que lo hiciera hace algún tiempo.
Mis atentados tienen que ver con que fui abogada, y todavía
lo soy, de testigos protegidos, pero quiero decirle que esos atenta-
dos no fueron causados porque yo defendiera a narcotraficantes,
sino por la corrupción que impera en nuestro país, por la corrup-
ción que impera en las corporaciones policiacas, tanto federales
como estatales.
Después del primer atentado, el que sufrí a los cuarenta y dos
años de edad, aprendí muchas cosas, pero lo más importante fue
que estaba equivocada, que nunca me había dado cuenta de qué
tan grande era el cariño que Dios me tenía. Lo peor era que yo
no me estaba ocupando de sus cosas. El me había dejado hacer de
todo, no me dejó con deseos de nada, pero me olvidaba de lo prin-
cipal, de vivir para lo que él quería que yo viviera.
Las heridas terminan por restañarse. Quizá a la abogada le
queda como mal recuerdo esa dolencia en la pierna, recu-
rrente en tiempos de lluvias, o ese modo de andar que ya
nunca va a ser normal. Sin embargo, del miedo nadie se
cura, queda ahí para toda la vida, es como un mal bicho
que de pronto salta de debajo de la cama o se aparece en
lo oscuro.
Para protegerse del miedo, desde tiempos inmemoria-
les los hombres han recurrido a conjuros y a la fe. Pero,
¿puede la fe alejar la muerte?, ¿exorcizar al demonio del
temor a morir asesinado?
i8 7
LA REINA DEL PACIFICO
Por carecer de respuestas a esas preguntas, la abogada
decidió darle a la fe un empujoncito, ayudar a la mano de
Dios con sus habilidades. Necesitaba algo parecido a una
amnistía, a un acuerdo. No le importaba pagar por su vida
lo que fuera, a cambio de la tranquilidad de pasar por alto
que la muerte puede aparecerse de pronto: otro bombazo,
una emboscada, un tiro...
Le dispararon en su despacho. Un par de hombres que
no pudo ver entraron un miércoles por la noche, ya tarde.
Había sido un día de rutina en los juzgados y en las visi-
tas a los clientes. Esa jornada transcurrió tan rápido que
quedaron muchos pendientes.
La abogada se sentó frente a su escritorio y con pa-
ciencia emprendió aquella tarea que le podía llevar varias
horas. Vale decir que le gusta su oficio, ir contra todo a fa-
vor de sus clientes.
La puerta se abrió de golpe. Ni siquiera lo pensó, tra-
tó de ponerse a salvo, de huir. Una ráfaga de disparos la al-
canzó. De seguro cualquier otro mortal habría perdido la
vida, pero la abogada no.
La cosieron a tiros, recibió trece impactos. Uno le rozó
la cabeza. Cuatro balas se le incrustaron en un muslo. Otra
más en una nalga. Otras siete en el estómago.
Ninguna bala dañó órganos vitales.
Después de los atentados que he sufrido aprendí muchas cosas.
Tengo seis años viviendo, disfrutando desde que amanece hasta
iSS
TIEMPO EXTRA
que anochece. En la mañana le doy gracias a Dios por un día
más. Le pido que me indique lo que tengo que hacer, que él me
ponga a quien debo de ayudar y a quien debo mantener lejos
de mi camino.
Yo le digo: yo me ocupo de tus cosas y tu ocúpate de las mías.
El me mete en cada problema que usted ni se imagina, pero cuan-
do se tiene y conoce realmente la presencia de Dios, nada más hay
que hacer lo que a uno le toca.
Son retos muy grandes, tengo problemas con el gobierno fede-
ral, con el gobierno estatal, porque ahora ya no soy sólo informan-
te del narco, ahora dicen que yo pertenezco a un cártel, que yo soy
la que manejo ese cártel.
Como le decía, es increíble la corrupción que tenemos y pa-
decemos, pero yo sé que esas acusaciones son un reto para mí, que
son pruebas muy grandes que tengo que enfrentar. Lo que buscan
es que me asuste, que me vaya y me esconda.
El último de los atentados sufridos por la llamada aboga-
da del diablo, quien trabaja en un lugar que podría ser co-
nocido como el salón de las cruces, no fue nada compara-
do con la bomba que estalló en su oficina, o la emboscada
en el lobby de un hotel en la ciudad de México, o el ata-
que perpetrado por un par de sicarios que le hicieron tre-
ce disparos.
Era mediodía cuando salió de los juzgados y subió a
uno de esos coches modestos que le gusta usar para no lla-
mar la atención. Una camioneta de vidrios polarizados y
189
LA REINA DEL PACIFICO
modelo reciente se detuvo al lado del automóvil. De
pronto hubo una ráfaga de disparos.
La abogada resultó ilesa.
Dicen que era informante del narco, que recibí tres millones de dó-
lares. También dicen que convivo con los narcos. Mil cosas se han
dicho de mi, pero insisto: soy mujer y no les está permitido a las
mujeres destacar en este medio. Cuesta mucho mantenerse con
dignidad en un mundo de hombres, en un mundo de funcionaros
corruptos de todos los niveles.
Creo que sí estoy viviendo tiempo extra, tiempo de más, un
tiempo que Dios me regaló; lo tengo que vivir plenamente y con
todos los problemas que El me mande.
Sé que me voy a morir, pero voy a morir de pie.
Conocí A Raquenel Villanueva días después de que se en-
cargó de la defensa de Diego Santoy, acusado del homicidio
de los niños Eric y Fernando Peña Coss. Un caso explotado hasta la
saciedad por los medios de comunicación, en el que la abogada se
confrontó con la versión de la Procuraduría General de Justicia del
Estado de Nuevo León.
La entrevista que realizamos fue parte de un reportaje realizado
para el programa Séptimo día, que en el año de 2006 se transmitía por
el Canal 40 de televisión.
190
TIEMPO EXTRA
De RaquenelVillanueva se dicen muchas cosas. Corre el rumor
de que denunció a Juan García Ábrego a las autoridades norteame-
ricanas. No hace mucho permaneció arraigada por la PGR en la
ciudad de México al verse involucrada en la desaparición del agen-
te del Ministerio Público Martín Gerardo Saldaña Sixtos en Chil-
pancingo, Guerrero.
Meses después de su captura la abogada fue liberada sin ningún
cargo.
Raquenel Villanueva habla como una sobreviviente.
La otra Reina
DE AQUELLA VIEJA CIUDAD
algunas casonas del centro,
nada más. Sus calles padecen
sólo
la
los
quedan vestigios,
arbolada plaza y
achaques de una
modernidad enferma, del exceso de automóviles, de los
ejércitos de vendedores ambulantes, de la pobreza como
una cruel epidemia de dolidos rostros que se asoman en
todas partes.
Por la historia de esta ciudad transitan héroes naciona-
les, un par de poetas y un elogiado compositor de música
popular. Alguna vez su nombre fue escrito para la poste-
ridad con letras doradas acordes al monumento de la pla-
za, un obelisco enano y sin gusto. De aquellas letras dora-
das sólo quedan tres; las demás cedieron su lugar a huecos
llenos de mugre.
Esta ciudad es parte de la geografía del narcotráfico,
entrada a la región serrana donde se cultiva mariguana y
m
—
LA REINA DEL PACIFICO
amapola, asiento de laboratorios clandestinos para la ela-
boración de drogas sintéticas. Es lugar de operación del
mercado internacional y espacio propicio para el narco-
menudeo. Desde hace años, en la región apenas se culti-
van aguacates y hortalizas.
Si bien aquí florece un extenso mercado de narcome-
nudeo, también se dan negocios a lo grande: la compra y
venta al mayoreo de la mercancía que viene desde el sur
del continente o baja de las montañas cercanas. Las ejecu-
ciones y los "levantones" son cosa de todos los días, a tal
grado que parece imposible que los cerca de cien mil ha-
bitantes de la ciudad —que es la cabecera municipal
trabajen, se enamoren, tengan hijos, sigan adelante y se le-
vanten cada día para hacer lo que les toca en la vida.
Sobran sitios para conseguir la piedra, el punto de coca,
los chochos, la motita; por ejemplo, en la tienda de la es-
quina, donde hay anuncios de cerveza y venden mercan-
cía para la subsistencia como pan, laterías, refrescos y de-
más. Un recorrido en busca de los negocios del narco
callejero revela que los hay de todo tipo, lo mismo en el
viejo centro, cerca del mercado municipal, que a las afue-
ras de la ciudad, por la salida a México o a Guadalajara.
Son negocios modestos, como una refaccionaria, alguna
distribuidora de cerveza y media docena de loncherías.
El tour por los comercios del narcomenudeo debe ser
lento, con tiempo suficiente para detenerse a observar su
movimiento y sorprenderse con su prosperidad. A cual-
quier hora del día o de la noche llegan decenas de clien-
'94
LA OTRA REINA
tes, hombres y mujeres de mediana edad, jóvenes recién
salidos de la pubertad, señoras con la bolsa del mandado,
desempleados, viciosos consumidos por la urgencia de la
próxima dosis.
Si lo que se busca es hacer negocio, comprar lo sufi-
ciente para llevarlo al mercado del norte y sus dólares, sólo
es cuestión de paciencia, de encontrar al contacto para lle-
gar a la casa, al cuarto de hotel o a la bodega abandonada
donde se puede comprar la mercancía al mayoreo.
La Reina está por aparecer, es cuestión de los últimos to-
ques de maquillaje, de atinar a la justa dimensión de las lí-
neas que se extienden sobre los párpados, de plasmar el
color morado. Como debe ser, el potente rojo de los la-
bios llama al deseo. La rubia peluca rizada se coloca como
corona al final del arreglo, de la metamorfosis.
Hay que tomarse su tiempo, hacerlo despacio, disfru-
tar cada momento de la instauración del personaje en el
propio cuerpo, en el propio rostro...
La Reina está por aparecer.
La otra vida, la de la rutina y la subsistencia, quedó por
ahí, arrumbada junto con la ropa de todos los días, el pan-
talón sin chiste, la camiseta que apesta a sudor, los mugro-
sos tenis. El glamour brilla como ese breve topless negro; es
sedoso como las pantimedias; excita como la falda de co-
lor rojo; impone centímetros de altura gracias a los zapa-
tos de enorme y transparente tacón de cenicienta calleje-
195
LA REINA DEL PACIFICO
ra; es una promesa como la tanga donde se acomoda con
destreza el sexo.
Colgado en la pared del pequeño cuarto rentado, que
se sitúa en la parte trasera de la casa de una familia decen-
te, hay un espejo de cuerpo entero donde la Reina se mira.
La cama en que duerme, el aparato de sonido colocado so-
bre un par de sillas desvencijadas, la tele y la media docena
de vestidos para sus noches de súbito dejan de existir, de
atarla a una realidad de la que la Reina quiere huir.
La casa se encuentra al final de un callejón, por mucho
tiempo estuvo deshabitada. Un día los vecinos empezaron
a notar movimiento, de madrugada llegaban coches y ca-
mionetas. Nadie quiso enterarse quiénes eran los nuevos
ocupantes de aquella casa de dos plantas, tampoco de las
reparaciones que realizaron, una remodelación que se lle-
vó meses enteros. Los vecinos veían llegar camiones car-
gados de material, decenas de albañiles entrar y salir. Co-
rrieron rumores de que en el número 9 de la Cerrada
Acacias se estaba construyendo un bunker.
Y era cierto. Bajo la casa se acondicionó un lugar con
todo lo necesario para alojar sicarios, la bodega con el ar-
mamento y la ropa usada para las operaciones. Media do-
cena de modestos cuartos, la sala de tiro, un espectacular
gimnasio. El escondite para el comando dedicado a la cus-
todia de los patrones y las delicadas misiones que la gue-
rra del narco impone contra los más diversos enemigos.
196
LA OTRA REINA
Las fuerzas de la policía mundial, esos hombres y mu-
jeres reclutados para matar o morir, ocupan lugares como
éstos en las ciudades y puntos estratégicos de la geografía
del narcotráfico. Ocultos en casas de seguridad como ésa
pueden pasar semanas enteras consumiéndose en el encie-
rro, en la larga espera de la acción.
Siete de esos hombres aguardan instrucciones de los
jefes; han llegado a la ciudad a reventar a un par de infe-
lices. Nadie les ha dicho, tampoco les interesa, por qué van
contra ellos. Llevan dos pesados días ocultos, en espera de
la llamada que les confirme el momento de actuar, a dón-
de ir por las víctimas.
Televisores encendidos, música y máquinas de video, el
extraño escenario del lugar donde los sicarios esperan,
donde resulta que matan el tiempo. Vinieron de lejos, del
norte; para los trabajos delicados es mejor traer gente de
fuera, grupos de élite, entrenados y bien armados. Entre
ellos ha corrido el rumor de que van a pegarle a un man-
do policiaco, no sería el primero ni el último.
Horas y horas de tedio en que se confunden la noche
y el día. Bajo tierra, en el bunker, la luz siempre es la mis-
ma, se ve a la misma gente, se habla de lo mismo, se sigue
la rutina de la espera, las armas están listas, los vehículos
preparados, sólo es cuestión de esperar una llamada.
A la Reina la espera la promesa de la noche, las ganas de
hacer lo que sabe, exhibirse y ofrecer dosis de placer a
197
LA REINA DEL PACIFICO
quien la busca. Más allá de la fatiga, de los riesgos, la Rei-
na asume su trabajo como una aventura. Le gusta caminar
al borde del abismo.
El espejo le confirma quién es; lejos, en otro planeta,
quedó la vida ajena a esta realidad. De manera brumosa
recuerda quién es a la luz del día, cuál es el nombre regis-
trado en su credencial de elector, un tal Rene con quien
no tiene nada que ver. Rene y sus miedos, Rene y sus tris-
tezas, Rene y sus amores idos. Adiós, Rene.
Cuando está de humor, cuando la realidad no la atro-
pella con sus exigencias, la Reina es capaz de nacer cada
noche. Imagina el cuento de una oruga encapsulada en un
capullo. La oruga vive arrinconada, lejos de la luz del día
que lastima. Apenas oscurece la oruga empieza a transfor-
marse, es sencillo despojarse del disfraz de la normalidad,
es sólo cuestión de aventar por ahí la camiseta, los panta-
lones de mezclilla, los sucios tenis, el minúsculo calzonci-
llo para quedar desnudo y buscar las alas. Las alas del ma-
quillaje, los colores del vestuario. Las Reinas como ésta
vuelan de noche.
En esas largas horas de espera es común que algunos se
harten, que fastidiados se atrevan a buscar salir un rato,
vagar por ahí y luego regresar. Después de setenta y dos
horas de encierro, quienes han soportado las penas de la
prisión pueden volverse muy peligrosos. Las restricciones
de la vida militar no surten efecto en los mercenarios.
198
LA OTRA REINA
Para mantener tranquilos a quienes saben que ésta puede
ser la última misión hay que administrarles placer y diver-
sión. El consumo de alcohol y de drogas tiene que ser
medido, apenas lo necesario para conseguir un precario
equilibrio.
De no ser flexible con quienes saben que andan por la
vida con la consigna de matar o morir se corren muchos
peligros.
Hay quien es capaz de dormir días enteros, de sumir-
se en la inconciencia para despertar justo en el momento
de entrar en acción. Otros ven película tras película, co-
men frente al televisor del que se apartan sólo para dor-
mir un rato. También hay aficionados a los juegos de vi-
deo, a las extrañas aventuras artificiales donde lo mejor
que hacen es eliminar miles de seres, que representan obs-
táculos para llegar al prometido tesoro, con potentes ar-
mas. Otros no soportan el encierro, les remueve los malos
recuerdos y los hace peligrosos.
A la Reina le gustan los cuentos, la fábula de la mariposa
de las alas brillantes y moradas es su favorita.
Se mira al espejo, el placer de ser otra la envuelve, ante
esta bella imagen sofisticada pasa un largo rato, sonríe, se-
duce, habla, interpreta la vida que desea. Si está de buen
humor pone música, y baila y canta. El show de la soledad
y la belleza reservada para ella misma y sus postizos.
La Reina tiene otra historia, la de quien es capaz de
199
LA REINA DEL PACIFICO
entrar al espejo, una Alicia revisitada, quien de tanto mirar
encuentra cómo fundirse en la imagen del otro lado y dar
el paso.
II
La noche mitiga el intenso calor del día, sopla un suave
viento sobre la plaza de la ciudad. Arbolada y con bancas
repartidas en su contorno, podría pensarse que es una pin-
toresca postal de provincia, pero la vieja plaza de los hé-
roes caídos resulta peligrosa por las noches, si no se sabe
dónde y con quién se puede conectar lo que haga falta.
En las más apartadas bancas las muchachas esperan a los
clientes de la noche de sábado. Los policías disimulan que
todo va bien, la verdad es que vigilan y protegen la mar-
cha de los negocios subterráneos.
En una de las esquinas de la plaza, en lo alto de una
vieja construcción que alberga una mueblería y un bar, se
erige un extraño monumento a la vencida calma provin-
ciana. Una pantalla de brillante colorido, gigantescas imá-
genes y atronador sonido anuncia negocios, restaurantes,
hoteles y agencias de viajes. Esa modernidad comercial
que explota en la enorme pantalla confiere a la plaza una
dosis de locura.
Conforme avanza la noche las bandas apostadas en los
cuatro costados de la plaza comienzan a tocar. Es la ale-
gría del negocio que resultó, de la carga vendida y el arre-
200
LA OTRA REINA
glo para que la mercancía llegue sin problemas a los
clientes del otro lado. Las bandas, con sus tamboras y
trompetas, compiten por el espacio auditivo. Los retazos
de lo que se escucha confirma al narcocorrido como me-
morial del narco y sus protagonistas. Las armas, las muer-
tes, los enfrentamientos, las fabulosas ganancias, las mu-
jeres y el placer...
De la vieja plaza de los héroes caídos podría escribirse
un corrido. Escenario de tiroteos, lugar de despedidas y
triunfales regresos de la frontera.
Aquí manda el Zeta 4 y todos los saben, en la presiden-
cia municipal despacha su compadre. Otro de sus hombres
es el jefe de la policía. Es una ciudad tomada por el narco
en la que desfilan los carros de asalto del Ejército que,
como dicen por aquí, "siempre llega tarde" o "de plano ni
se mete".
Ciudad de secuestros, donde muchos pagan un im-
puesto por la tranquilidad siempre amenazada.
Ciudad de tiroteos y ejecuciones. ¿Quién se atreve a
ponerle ritmo al corrido de los cuerpos desaparecidos?
Es la noche de la fiesta de octubre. La luna llena im-
pone su blanca belleza en un cielo despejado. Vienen del
norte con dólares y pagan a la banda horas y horas. El es-
cándalo molesta a los jefes. Les piden que se vayan. Siguen
de tercos, se hacen de palabras y la música sigue. No tarda
en llegar el comando: dos camionetas con hombres arma-
dos los acribillan en plena calle. Se llevan los dos cuerpos
que todavía reclama la familia.
20I
LA REINA DEL PACIFICO
La Reina llega al mercado, le molesta el olor a podrido,
por todas partes quedan los restos de la actividad del día,
el multicolor desperdicio. Reconoce la angosta banqueta
masacrada por el tiempo, los postes de luz con lámparas
fundidas, todo forma parte del escenario para la represen-
tación de ellas.
Las mira inocentes en la esquina, es un enjambre de
flores negras dadoras de placer. Son las suyas, a quienes sa-
luda de beso y habla de mana, con quienes se encuentra al
otro lado del espejo en la calle de las reinas.
Los primeros son los clientes decididos a llegar a casa
temprano. Sobran los curiosos, quienes miran el espec-
táculo. Los miedos, el conformarse con el solitario placer
de lo mirado, el no haberse atrevido a tocar la puerta de
lo otro.
A la Reina no le gusta quedarse en la esquina y espe-
rar con el enjambre de mariposas, prefiere caminar, dar
unos pasos por ahí. En ocasiones fuma un cigarro sola, con
la calma de las horas de la noche que comienza. Luego re-
gresa a donde están las amigas y conversa con ellas. Les
gusta hablar de hombres. No falta quien ofrezca algo para
mitigar la espera o para tratar de pasarla bien. Entre las
amigas sobran las que se deprimen, las muertas en vida,
quienes no encuentran cómo cambiar de giro, dejar para
siempre al amante madreador. Las más chavitas lo disfru-
tan, puede ganarse una lana y conocer a mucha gente. Les
gustan las fiestas privadas, esos reventones con tipos que
quieren todo y pagan bien.
202
LA OTRA REINA
La Reina se siente extraña, no ve telenovelas, hace mu-
cho que dejó de tener novio de planta. Le gusta ganar di-
nero, le gusta que la busquen y lo que puede hacer con
esos cuerpos ansiosos. En la calle sobra el placer de los
encuentros furtivos. Por eso está aquí, por uno de esos en-
cuentros es capaz de esperar las cinco, las seis horas que
faltan hasta el próximo amanecer.
Los hombres del comando desesperan, el encierro los
consume. El ambiente es tenso, nadie quiere jugar una
mano más de póquer. No es la primera vez que los mer-
cenarios se encuentran en esa situación, la conocen, es la
parte más pesada del trabajo. Cuando se pasan días ente-
ros en el encierro de una casa de seguridad, sin nada que
hacer, puede haber problemas. Es mejor buscar cómo re-
lajar el ambiente, ofrecerles a los hombres algo de diver-
sión. Si las tensiones siguen al alza, si el ambiente se en-
crespa aún más puede haber muertos. No sería la primera
vez que sucediera.
Por eso el comandante tuvo la idea de hacer una pe-
queña fiesta que distrajera y relajara a sus hombres. Por eso
llamó a tres de su confianza y les dio instrucciones. Los
hombres tomaron una de las camionetas y se marcharon.
Nadie iba a detenerlos, nadie les iba a preguntar por qué
el vehículo carecía de placas. Llevaban sus celulares y esta-
ban alertas. Si la instrucción de actuar llegaba, podrían en-
contrar al resto del grupo en algún lugar convenido.
203
LA REINA DEL PACIFICO
Avanzaron por las calles de la ciudad, la camioneta te-
nía los vidrios polarizados y el espacio suficiente para lle-
var sus armas, un par de metralletas y un R15 por si algo
se salía de control. Lejos de detenerlos, una patrulla dobló
la esquina y aceleró antes de toparse con ellos. A nadie le
interesaba saber a qué habían ido esos hombres que cru-
zaban las calles de la ciudad en esa camioneta de vidrios
polarizados y sin placas. Todos sabían que quizá esa misma
noche, tal vez la siguiente, alguien iba desaparecer, algunos
cuerpos iban a amanecer con huellas de tortura al final de
una brecha. Los más curiosos se preguntaban quién podría
ser la próxima víctima.
La camioneta dio la vuelta por la plaza de los héroes
caídos, a esas horas la publicidad de la pantalla había subi-
do de tono. Al detenerse en el semáforo, pudieron ver el
anuncio del table dance El Gallo, un lugar reservado para
exigentes. Alcanzaron a mirar parte del audaz anuncio del
Sex Shop de Paco antes de dar vuelta rumbo al mercado.
La Reina se fastidia, no soporta más la "charla" de amores
tan chafas, aburridos y desafortunados de las mariposas. Le
molesta que ande por ahí un padro tillo dejándose ver.
Hace rato que dejó la coca y bebe lo menos posible, bebe
para relajarse, para ponerse a tono.
Empieza a andar por la banqueta chueca, tiene cuida-
do de no tropezar con los enormes tacones. Hace calor,
un calor pegajoso, que le molesta. Odia el sudor que daña
204
LA OTRA REINA
su maquillaje. Enciende un cigarro con calma. Un auto-
móvil se detiene frente a ella. Apenas distingue a los tipos
que la llaman. Uno de ellos se asoma y pregunta con la
vulgaridad de siempre por el precio. Contesta con despre-
cio. Jamás se iría con ellos.
Sigue de frente rumbo a la esquina, atrás quedó la par-
vada. Camina despacio y con estilo, como si desfilara por
una pasarela llena de reflectores. Un par de autos pasan
por la calle de las reinas; la luz de los faros ilumina sus lar-
gas piernas, se siente mirada, deseada.
Por fin llega a la esquina, a unos metros aguardan un
par de taxis, conoce a los chóferes, más de una vez la han
llevado al Hotel Gema con un cliente de a pie, o de re-
greso a su casa al final de la jornada. Del bolso de mano
donde trae una docena de condones saca una pequeña
botella de vodka y le da un trago. Un trago largo y pro-
fundo. La bebida la reconforta. Mira a la camioneta dete-
nerse frente a la parvada. Esos tipos siempre pagan bien,
por eso las muchachas se les ofrecen. No parecen intere-
sados en ninguna. La camioneta de los vidrios polarizados
y sin placas avanza hasta donde se encuentra ella. Se detie-
ne, la enorme puerta del costado derecho se abre. Por un
momento la Reina duda, pero termina por subir.
La foto apareció en la primera plana de Verdades, una ga-
cetilla vendida en las calles de la ciudad. El cuerpo yacía
sobre un charco de sangre. "Escándalo de sexo y drogas",
205
LA REINA DEL PACIFICO
se leía en el titular de la primera plana del periódico. La
nota de unos cuántos párrafos hablaba del asesinato de un
travestí no identificado. Lo habían golpeado y torturado.
HACE ALGUNAS SEMANAS alguien me habló en Apatzingán, Mi-
choacán, de las ciudades tomadas por el narco. Platicábamos
en la plaza de la ciudad un sábado por la noche. Oímos disparos. A
nadie pareció importarle, la vida transcurrió como siempre a esas ho-
ras, con las bandas de música apostadas en los cuatro puntos cardina-
les de la plaza, preparándose para una larga jornada, las trabajadoras
sexuales apareciendo por ahí y los travestis llegando a la calle del
mercado.
Hace algunos años preparé un singular reportaje para el progra-
ma Punto de partida de Multivisión. Levantamos imágenes sobre las
"tienditas" del narcomenudeo en Uruapan, otra ciudad michoacana
donde el negocio del narco callejero proliferaba.
Muchas de las víctimas de la violencia que impone el narcotrá-
fico son ignoradas. Apenas alcanzan la primera plana de un modesto
periódico de pueblo dedicado a la nota roja.
Otros títulos publicados
por Grupo Planeta:
El evangelio de Lucas (
Vicente Leñero
Elena Garro
>
Maquiavelo para narcos
Tomás Borqes
>
Los dueños del Cuarto Poder
Francisco Vidal Bonifaz
>
El código nazi
F G. Haghenbeck
>
Entre lo posible y lo probable
Soledad Loaeza
>
Sexo, religión y democracia
Roberto Blancarte
>
Como nada en el mundo
Héctor de Mauleón
>
Maridos
Ángeles Mastretta
La Tiznada
En septiembre de 2007 fue capturada Sandra
Ávila Bertrán, mejor conocida como la Reina del
Pacífico, cuyo poder e influencia se extendían por
todo el continente, desde los sembradíos de coca
en Colombia mtrañas del cártel de
Sinaloa. La aprehensión de este personaje sacó a
la luz una realidad tan brutal como soslayada: el
violento negocio del narcotráfico ya no es un ám-
bito poblado exclusivamente por hombres.
El libro que el lector tiene entre las manos
muestra una galería de mujeres atadas de una u
otra manera al negocio del narco: Raquenel Villa-
nueva, la famosa abogada del diablo; las indíge-
nas que atestiguan cómo sus pueblos son devas-
tados tras abrazar la siembra de amapola; baila-
rinas involucradas fatalmente con algún sicario;
esposas abandonadas cuyos sueños se urden
desde las Islas Marías; informantes sentenciadas
a muerte al intentar escapar de un mundo san-
griento, la otra Reina, la que se transformaba de
noche y en la noche encontró su tumba.
Víctor Ronquillo vuelve a la carga con sus mejo-
res armas: su conocimiento del inframundo me-
xicano, el olfato del cronista y la voluntad del es-
critor. A cualquiera que se asome a estas páginas
le resultará imposible evadir, como lo hacemos
todos los días, la terrible verdad que engangrena
a este país.