TOUCH
(extended version)
Verla despertar por la mañana significaba un suplicio, lo sabía desde el punto donde entraba
en su habitación y la veía envuelta entre las sabanas, todo un caos y desorden, telas dispersas
rozando el suelo, sus pies acariciando las almohadas que aún quedaban sobre la cama y esa
manera tan poco decorosa de mostrar piel.
Esa mujer no tenía vergüenza, no tenía pudor.
Era como si un huracán hubiese pasado por ahí, pero no. La verdad era que ella era el huracán,
la única manera de mantenerla apacible era durmiendo, y bueno, eso tampoco solía funcionar
tan bien.
Dejó una nota adhesiva pegada a la lámpara, la fuerza de la convivencia le había enseñado que
ese objeto lograba mantener su atención desde que abría los ojos y ahora se había vuelto
costumbre que le deje mensajes en ese lugar, no la volvería a ver hasta la noche, y a pesar de
que ambos lo sabían, él insistía en hacerle saber que estuvo ahí, quizás la tocó un poco y luego
salió de casa.
Siempre se sentía bien al tocarla. Debía ser, por obligación, un contacto efímero, pero llenarse
de sus emociones, saber en qué pensaba o en este momento, con que estaba soñando, era lo
mejor que se le permitía hacer.
Y bueno, ella soñaba con él.
Tampoco era algo así como "casa"
Era un departamento, eran algo así como compañeros de piso, aunque, cabe resaltar que
desde hace un tiempo hacia aquí eran muchísimo más que eso.
Aún recordaba todo con bastante claridad, le había conocido hace como seis años, cuando él
estaba "flotando y flotando" hasta al caer ahí, delante de ese anuncio y supuso él, eso fue
alguna "señal divina"
No pasó más, él tomó el anuncio entre sus manos y subió por las escaleras hasta el séptimo
piso, descubriendo, por primera vez en toda su vida que era cansarse, en realidad, había
sentido incomodidad desde el cuarto piso, las piernas empezaron a quemar y flaquear en el
quinto, su unió completamente a la barandilla en el sexto y cuando llegó al séptimo, el aire
había abandonado por completo sus pulmones.
Nunca jamás en toda su vida había sentido ese ardor en el pecho, dolor en los pulmones y esa
opresión en alguna parte de su cuerpo que no supo bien identificar, su estómago se revolvió
un poco y hasta pensó que devolvería alimento.
Pero no, él no quería devolver el maná que, probablemente nunca en su vida volvería a
probar, eran tantas las emociones que tuvo en esos escasos minutos, se embargó
completamente y se abrumó. Esa era la primera vez que él sentía tantas cosas y todas saliendo
de él.
Ya más tarde descubrió que no eran del todo emociones, eran estímulos que su cuerpo había
emitido por haberse expuesto a un desgaste físico jamás antes experimentado, se había
resentido. Estuvo hablando con él mismo mentalmente hasta tranquilizarse, sus pulmones
inhalando y exhalando con fuerza, nunca había tenido la necesidad de respirar, pero sabía
cómo hacerlo y eso lo estaba salvando.
Y así se encontraron, la chica salía de una de las puertas de ese extenso pasadizo, tenía una
mochila sujeta solo por un hombro, era todo un lío de papeles en una mano, un bolso y las
llaves en otro, estaba hablando por teléfono mientras gritaba que apenas iba saliendo, porque
se volvió a quedar dormida.
La pereza era un pecado.
Él lo sabía pero algo dentro de él le impidió juzgarla.
La chica colgó el teléfono y trató de meterlo a la mochila sin éxito, todos los papeles volaron
hasta estrellarse en el piso y sus demás cosas siguieron ese camino.
—Demonios.
Se puso en guardia enseguida, mirando en todas direcciones y buscando su espada a la
izquierda de su cadera, casi blandiéndola en el aire de una forma bastante cómica. No podía
ver ningún demonio, estaba completamente estupefacto.
Y tarde se dio cuenta, ya no tenía espada, ya no era un guerrero y ya no estaba en el cielo.
La chica delante de él se rió al verlo.
—Hey, ¡Hola! Un poco de ayuda aquí, caballero. ¿Vienes por el anuncio?—
Él la había volteado a ver aturdido, era la primera vez en toda su vida que no había visto un
demonio cuando eran llamados y eso le hizo comprender totalmente el significado de
"desterrado"
—Sí. Yo, hola. — torpemente se dirigió hacia ella y trató de juntar algunos papeles, cuando se
agachó junto nada ella en el suelo, definitivamente sus piernas se habían resentido, le
temblaban y ardían, no lograba concentrarse en más que pensar en eso. Hasta que
lastimosamente la tocó. A penas un roce, todas las emociones y pensamientos de la chica lo
perturbaron.
La chica estaba tan contenta como tan cansada, tenía sueño, y también estaba preocupada. Su
ser sentía anhelo, anticipación, y también significado de derrota, como si esperara lo peor de
alguna cosa. Pero lo que más brillaba, tristeza, la tristeza estaba escondida y amarrada en
algún punto pero se balanceada poderosa, iba y venía cada vez con más fuerza.
Incluso su mente era un caos, pensando en una oración sin terminar la otra:
"¡Es tardísimo!" "Tengo hambre" "Fátima me va a matar" "Este chico esta mamadísimo." "Que
extraño, ¿estaba jugando con una espada?" "Ah. A esta hora mi gatito ya me hubiera echado
fuera de casa. Si siguiera vivo." "No-No. No pienses en bigotitos, él está mejor ahora." "¡Cierto!
¡El chico guapo!"
La soltó como si quemara, una parte de su cuerpo se lo agradeció, sus piernas se aliviaron al
momento, su estómago "digirió" sus emociones o algo así, porque sintió como si mil años se le
quitaran de encima.
Qué raro, la última vez que tocó a una creación de Dios fue el acontecimiento más atroz que
alguna vez experimentó, porque incluso, cuando le quitaron las alas por desobedecer, y lo
arrojaron a la tierra, no sintió ni la mitad de la mitad de lo que, con la anterior creación de
Dios, había sentido.
— ¿Y bien?— la chica insistió.
—"¿Estás interesado por compartir piso? Sube al séptimo piso y lo discutiremos"— repitió. —
Yo vine por eso, sí.
Incluso su voz sonaba distinta, ya no entonaba notas altas y endulzaba el ambiente con su
sinfonía, su voz sonaba ronca, tosca, como si nunca hubiera hablado alguna vez.
—Eso es a lo que yo llamo una voz orgásmica. — la chica le sonrió con soltura, ambos
levantándose del suelo.
¡Santo Jesús! ¿Una creación de Dios podía hablar así?
Se dedicó a observarla.
Ella tenía el cabello negro, lo traía suelto hasta la cintura, tenía distintas pulseras amarradas
en las muñecas, casi tapándoselas por completo, sus ojos eran negros ónix, brillantes y vivos.
Su cara pequeña, hombros angostos, cintura pequeña y caderas un poco sobresalientes, su
cuerpo no era para nada como las demás Serafinas, querubines ni potestades que antes había
visto, pero jamás nadie había encendido en él ese deseo por querer tocarlas, como ella.
—Perdón, ¿Qué?—
—Pues eso, tu voz es genial. ¿Eres comentador de radio? Yo tengo un primo que es actor de
voz, o algo así, nunca abordamos tanto ese tema, En fin, ¿compartir departamento? Estoy de
salida ahora, pero solo tengo que dejar estos papeles y presentar la letra oficialmente, me
tomara no mucho una hora, puedes acompañarme si gustas, podemos discutir el precio y las
demás cosas en el camino, acompáñame. A partir de hoy voy a cambiar tu destino. —
Ella lo dijo bromeando, pero en realidad pudo conseguirlo.
Desde ese día todo fue así, la chica, que se llamaba Alexandra, pero le gustaba que le dijeran
Alex, que había confiado en él desde el minuto cero y le había cedido sin preguntar bien sobre
su pasado o sus intenciones el vivir junto a ella, que hablaba hasta por los codos, siempre con
una sonrisa en la cara y una capacidad para estar saltando o bailando de un lado a otro, le
había deleitado, esa chica no paraba desde que abría los ojos hasta que los cerraba. Siempre
bailando, siempre en movimiento, era muy chocante al inicio, él era un ex ser de luz, apacible,
tranquilo, calmo, y ella era un huracán. Como un volcán en constante erupción.
Su primer año fue el más fácil, tenía una mochila "mágica" De esa mochila salían todas las
cosas que él podría llegar a necesitar si lo pedía antes, supuso que fue como su premio
consuelo, el tener que fingir que había nacido de un alumbramiento, había crecido siendo un
niño feliz y había quemado todas las etapas de su vida hasta ahora, que tenía dieciocho años
"recién cumplidos"
Lo primero que necesitó fue dinero, Alex le había pedido una suma de dinero para iniciar y
firmar el contrato de "Buenos compañeros" Dios desde el cielo le mando dinero en una tarjeta
de crédito, que ni sabía ni podía usar sin ayuda. También la usó para tener un nombre, un
documento de identidad, para ser exacto. Ahora se llamaba Uriel, Uriel Daniel Veiparo
Fleurdinni. Ni siquiera sabía que era tener un apellido y tuvo que memorizar los "rarísimos"
que tenía, según Alex.
Oh, sí, esa chica no tenía filtro. Decía casi todo lo que pasaba por su mente, no necesitaba
tocarla para saber lo que pensaba, con solo escucharla le era suficiente.
Le hablaba del clima, de lo poco que le gustaba el sol, de lo mucho que le gustaba el agua,
cuando llovía él solía pensar que las creaciones de Dios estarían melancólicas, pero
aparentemente existían personas como ellas que tomaban un "baño de lluvia" Le hablaba
sobre las vidas pasadas, le contó sobre sus mascotas, su fallecido gatito, le habló de sus
padres, de su profesión, de su carrera, de su niñez, le enseñó fotos de una niña feliz, incluso lo
llevaba de un lado a otro a conocer a sus amigos, claro, sin la necesidad de tocarlos o algo
parecido.
Los demás años fueron extraños, ya había conseguido un trabajo en una cafetería cerca de la
Universidad donde Alex estudiaba, ella estaba subiendo y subiendo de puesto en la jerarquía.
Había llegado a ser bailarina principal en una pequeña obra que ella misma había escrito y
producido.
Se complementaban bien, ella era muy-muy y él era tan-tan.
Ella muy extrovertida, muy suelta, muy resuelta, muy divertida. Y él tan serio, tan pacífico, tan
calmo.
Incluso habían configurado ambos sus nombres de contacto en sus celulares.
Pero un día cambio todo.
Una amiga de ella había llegado a sus casa, toda un mar de llanto y desesperación, él tenía día
libre y la había recibido pensando que Alex había olvidado (otra vez) sus juegos de llaves, pero
no era ella. Una pequeña pelirroja atravesó la puerta y casi lo atropelló cuando se abalanzó a
él.
Y fue inevitable.
Él quiso impedirlo, la sujeto de los brazos, que muy rápidamente había enroscado detrás de su
cuello y tocar su piel fue como abrir las puertas a la desgracia.
No pudo resistirlo y él cayó de espaldas; y tristeza, desesperación, miedo, dolor, rencor,
desolación, abandono, nervios, crisis, decepción, ira, cólera, ansiedad, depresión,
remordimiento, culpabilidad más la chica pelirroja cayeron encima de él, como el mayor de los
golpes.
Y ni hablar de sus pensamientos.
La chica estaba embarazada. Estaba sola.
Y él solo sentía que su cuerpo drenaba y drenaba algún tipo de magia o esencia, porque se
sentía caer, morir, quizás se vería como uno de esos frutos secos, o quizás al borde de la
momificación.
No se sentía seguro y no quería averiguarlo.
Hasta que llegó, Alex apareció, tan fuerte y rápida como un trueno en una noche de tormenta.
Esa noche descubrió su extraño don o su extraña maldición, lo único que le mantenía seguir
con la prueba de que alguna vez fue un ángel, alguna vez estuvo en el cielo y alguna vez
desobedeció la palabra estricta en la enseñanza de Dios.
Esa noche fue fatal, y casi todo el mes. La pelirroja, Valeria, no tenían donde ir ni con quien
acudir hasta que su mismo ex-novio/futuro-padre-de-su-hijo asumió el cargo de
responsabilidad y se la llevó con ella.
Alex se convirtió en la cosa más hermosa ante sus ojos.
Tenía tantas emociones, tantas cosas guardadas dentro de ella misma, era tocarla y volver a
vivir.
Después de un mes de tragedia, quizás llevada por la desesperación de verlo tan mal, ella dio
el paso, se aferró a él y lo besó.
Un beso que le sanó el alma, literal.
Se sintió flotar, cada parte de su cuerpo extinta se regeneraba de nuevo a gran velocidad,
nunca había dado un ósculo antes y ahora quería hacerlo siempre.
Cuando sus emociones lo embargaron tuvo que separarse de ella, ella tenía tanto para dar,
que con apenas tocarla con el dedo índice de sentía satisfecho. No podía tener todo de ella
tampoco porque lograba venir abajo en segundos, y le resultaba rarísimo sentir eso, pero
sobre todo, molesto. No podía tocarla y era lo único que quería hacer.
Ella entendió.
No podían tocarse pero si compartir más cosas, incluso su mochila mágica tenía unos guantes
que le llevaban hasta las axilas y le permitían moverse con facilidad, incluso bailar con ella si
tenía cuidado en no tocarla, todo su cuerpo era sensible, pero él amaba cuando ella llegaba a
casa y él la hacía girar y girar sobre la sala y pisando los cojines del sofá.
No podían ni dormir juntos, en algún punto ella terminaba rozando sus piernas y él se
levantaba de noche casi ahogándose de emociones, y aunque la mayoría de ellas eran de amor
puro, cariño sincero y unas ganas enormes de empotrarlo contra la pared más cercana,
también estaban empezando a surgir emociones de tristeza y desesperanza. Tenía miedo y
trataba de no tocarlo nunca, ella estaba sufriendo por amarlo tanto.
Los dos sufrían.
Pero esa mañana fue distinto.
Antes de irse a trabajar sonaron unas trompetas, estaba seguro, el jamás olvidaría ese sonido.
Escuchaba voces, entonaciones y cánticos, toda la habitación se llenó de luz y por un momento
temió que pueda molestarle a la chica que dormía pacíficamente en la cama, más no pasó.
Ella seguía viéndose tan tranquila como siempre.
Y él seguía escuchando las trompetas.
Volvió a temer. ¿Tendría que volver al cielo ahora? No quería. No podían llevarlo, no podían
alejarlo de su gran amor.
Sin pensarlo se arrojó de rodillas al suelo llorando, implorando con máximo fervor piedad, ni
cuando lo desterraron del cielo había adoptado esa pose, simplemente no entendía bien que
significaba perder sus alas y él solo había aceptaba la voluntad de Dios, su señor.
Pero ahora era distinto, estaba enamorado y era correspondido, todos estos años le habían
enseñado lo que significaba el amor.
"El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no
hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, más se
goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca deja de ser;
pero las profecías se acabarán, y cesarán las lenguas, y la ciencia acabará.” 1 Corintios 13, 4-8.
Y lo más extraño pasó, sus alas, blancas, puras, volvieron a aparecer, tan grandes y amplias que
tocaron el techo sin esfuerzo, tan suaves como la última vez que las tuvo, y se permitió a si
mismo disfrutar la sensación de abrazar su plumaje, sentir que volvía a volar por los cielos
comiendo maná, uvas y jugando con los querubines por el Palacio, jamás olvidaría la sensación
de sentir tanta calma, tanta paz.
—Oh. Por. Dios. ¡De verdad eres un ángel!—
Alex había despertado, no sabía si podía oír las trompetas, ver la luz o ver sus alas, pero le
estaba mirando con la mandíbula desencajada y aun así, recién despertaba, con la cara roja e
hinchada, saliva saliendo por una comisura de su labio, su cabello indomable como ella, aun así
le pareció la mujer más hermosa que alguna vez había visto.
La criatura más hermosa que había creado Dios.
No pudo evitarlo, la tomó entre sus manos y la levantó de la cama, la giró en el aire y ambos
rieron. Era inexplicable el sentimiento, quería abrazarla, amarla, sin temor de herirse o
martirizarla.
Pero no pudo hacerlo.
El dolor fue atroz.
Apenas pudo soltarla de golpe sobre la cama, de nuevo cayó sobre sus rodillas y esta vez sí
agonizó de dolor.
De nuevo sus alas fueron arrancadas, pero esta vez el dolor fue multiplicado y casi prefería
dejar de vivir a seguir en esa agonía, los gritos de Alex no ayudaban tampoco, no sabía si podía
ver lo que él o algo parecido, pero su voz se sentía devastada, repitiendo "Por favor, no. Por
favor, no le hagan daño" Una y otra vez, como rezando.
Ella, que no creía en Dios, que nunca había rezado antes, que ni siquiera tenían una Biblia en
casa.
Las trompetas dejaron de sonar, su espalda ardía como el infierno que nunca jamás había
experimentado pero se apostaba que sería así. Su corazón latía con fuerza dentro de sus oídos,
hasta que la luz se apagó.
De golpe todo acabó.
—U-Uriel. Es-Estás, ¿Estas bien?— su voz fue como ver la luz, la necesitaba, en este momento
la necesitaba.
—Ven aquí. — apenas un susurro, se le escapo, la sintió brincar de la cama a su encuentro, sus
manos de golpe sobre su espalda y escuchó un chillido de dolor atorado en su garganta y
perdido en su cuello.
—Uriel, estas...— llanto. Lloraba a mares, su cuerpo temblaba mientras acariciaba sus heridas,
como ese día con su amiga, cuando lo encontró casi muerto, pero esta vez era distinto.
—No siento nada. — le volvió a susurrar, y ella lo abrazó con más fuerza. Más lágrimas, más
desesperación, estaba temblando como gelatina.
—Uriel, estas sangrando. — y se rompió. De nuevo lloró más y seguía sin entender porque
tenía que verlo para saberlo.
No podía sentirla, no podía sentir más que caricias por toda su piel descubierta, como sus
vellitos levantándose, no podía oír sus pensamientos y no podía embriagarse de sus
emociones.
—No puedo sentirte. Alex, yo... Necesito que me digas lo que sientes, estoy, estoy confundido.
—
Ella se separó de él y se llevó ambas manos a la cara, él la abrazó de regreso a su pecho. Le
susurro palabras tiernas y la apretó entre sus brazos, toda la habitación aún oscura y casi
agradeció no verla tan mal, hubiera sido mucho peor que perder sus alas por segunda vez.
—Yo siento... — dijo después, más calmada, aún entre sus brazos y era realmente bendita la
sensación de tenerla así. Después de casi seis años de soñarlo. —Yo te amo.—
Y eso fue lo mejor.
Sintió como si la gracia bendita de Dios caía sobre él, como un baño de agua tibia, un suspiro
se le escapó y al instante dejó de dolerle la espalda, la luz apareció de nuevo y la chica delante
de ella volvió a brillar con su luz natural propia.
Tenía los ojos cerrados, como si también hubiera sentido la gracia y se veía tan calma y divina,
ella era un verdadero ángel ahora.
—Yo también te amo.— le contestó.
Los ojos de su chica se abrieron despacio y en su rostro se dibujó la sonrisa más hermosa que
alguna vez haya visto.
Ahora sí, ya no había don, ya no habían alas, Dios y su gracia habían curado sus heridas y le
habían permitido, vivir una vida tranquila junto a su huracán.
—Ahora que ya puedo tocarte— intervino ella, limpiando sus lágrimas, levantándose de golpe
y llevándolo casi a rastras de la mano hacia la puerta de la habitación. —Siempre quise
empotrarte aquí, hagamos el delicioso.—
Una carcajada se le escapó de la garganta.
Su hermoso huracán.