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Pepito El Olvidadizo

Pepito era un estudiante olvidadizo que siempre se olvidaba de lavarse los dientes antes de dormir, como le recordaba su madre. Una noche tuvo una pesadilla en la que un monstruo verde le dijo que había crecido en su boca debido a la falta de cepillado dental, y que se iba a comer todos sus dientes. Esto asustó tanto a Pepito que se despertó y fue corriendo al baño a lavarse los dientes. Desde entonces fue más cuidadoso con su higiene bucal.
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Pepito El Olvidadizo

Pepito era un estudiante olvidadizo que siempre se olvidaba de lavarse los dientes antes de dormir, como le recordaba su madre. Una noche tuvo una pesadilla en la que un monstruo verde le dijo que había crecido en su boca debido a la falta de cepillado dental, y que se iba a comer todos sus dientes. Esto asustó tanto a Pepito que se despertó y fue corriendo al baño a lavarse los dientes. Desde entonces fue más cuidadoso con su higiene bucal.
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Pepito el olvidadizo

Pepito era un gran estudiante. Le gustaba leer, jugar al fútbol y pasar el tiempo con sus familiares
y amigos.

– ¡Pepito! ¡No olvides lavarte los dientes! Ya es hora de ir a dormir. – Le decía su madre todas las
noches.

– Sí, mamá. Termino este capítulo y voy. – Contestaba Pepito, que cada noche se quedaba
enfrascado en algún libro. Estaba tan calentito en la cama que no le apetecía ir hasta el baño. Poco
a poco, los ojos se le cerraban y no se acordaba de lavarse lo dientes.

A la mañana siguiente, Pepito tenía un examen en el colegio, así que desayunó rápidamente y salió
pronto de casa para llegar a tiempo.

– ¡Pepito! ¿Te has lavado los dientes después de desayunar? – Gritaba su madre desde la puerta,
viendo cómo su hijo se alejaba.

– ¡Mamá! ¡Me los lavaré cuando llegue del colegio! ¡Te lo prometo! – Pero Pepito nunca se
acordaba.

Esa noche, sumido en un profundo sueño, no paraba de moverse en la cama hasta que abrió los
ojos y vio que en su almohada había un monstruo verde con dientes afilados.

– ¡Qué susto! ¿Quién eres? – Preguntó Pepito, asustado.

– ¡Soy Bacteria! Vivo en tu boca y me he hecho muy grande. Como no te cepillas los dientes, he
crecido más y más. ¡Ahora puedo devorarte todos los dientes!

Pepito se miró asustado en el espejo de su habitación y vio que no tenía dientes.

– ¡Noooo! – Gritó y se despertó. ¡Era una pesadilla! Aunque era muy de noche, fue corriendo al
baño para cepillarse lo dientes.

– ¿Qué haces despierto, Pepito? – Le preguntaba su madre, que se había despertado con el ruido
del agua saliendo del grifo.

– ¡Se me había olvidado lavarme los dientes!

– ¿Y desde cuándo eres tan cuidadoso? – Decía su madre, sorprendida.

– ¡Desde que un monstruoso amigo me ha explicado la importancia de tener los dientes limpios!
El Ratoncito Fernández
El ratoncito Pérez es el más famoso del mundo. Es muy querido por los niños porque cambia los
dientes por regalos. Pero existen muchos otros ratones, cada uno con un trabajo distinto. Pero el
ratoncito Fernández no quiere dedicarse a otra cosa. Lo que quiere es una colección de dientes
más grande que la de Pérez, que tiene una bonita estantería en su casa con todos los que recoge
alrededor del mundo. ¡Pero nadie conoce a Fernández! Y los niños no le confían sus dientes.

– ¿Qué puedo hacer para conseguir dientes? ¡Los niños ni siquiera saben quién soy!

Pensando y pensando, se le ocurrió una idea.

– ¡Ya lo tengo! Dejaré golosinas en todas las casas para que los dientes de los niños enfermen y
tengan que ir al dentista a que se los quite – Dijo Fernández, al que la envidia había empujado a
crear un plan tan maléfico.

Con el paso de las semanas, su plan se iba cumpliendo. Las salas de espera de los dentistas
estaban llenas de niños con la boca enferma. El odontólogo extraía los dientes y los depositaba en
un contenedor especial, que Fernández visitaba por la noche para robarlos. En pocos meses, tenía
su casa llena, aunque no eran como los de Pérez. Los suyos estaban sucios y olían mal. Al final,
terminó enfermando por convivir con esos dientes podridos. Pérez, que era su vecino, se dio
cuenta de que algo iba mal. ¡Llevaba mucho tiempo sin ver a Fernández! Cuando se acercó a su
casa, miró por la ventana y lo vio tumbado en la cama, con muy mala cara.

– ¡Fernández! ¿Necesitas ayuda? – Dijo Pérez entrando rápidamente. Cuando se percató del mal
olor se tapó la nariz. – ¡No puedes vivir así!

– Pérez… Tenía tanta envidia de tus dientes, que he hecho una cosa muy mala para conseguirlos
yo también – Le contestó arrepentido, contándole todo lo que había hecho.

– No te preocupes, todos nos equivocamos alguna vez. Lo importante es que te has dado cuenta
de que no está bien enfermar los dientes de los niños para quedarte con sus dientes. ¿Sabes una
cosa? Hay muchos niños en el mundo y yo necesito ayuda para ir a todas las casas a llevar regalos,
¿qué te parece si trabajamos juntos?

Ese día, Fernández se dio cuenta de que no merece la pena sentir envidia y de que podía ser
mucho más feliz llevándose bien con los demás y sin hacer daño a nadie.

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