La Entrada de Ana de Austria en Madrid D
La Entrada de Ana de Austria en Madrid D
MADRID
2007
Publicación electrónica
© del texto: los autores
© de la edición: Archivo Epigráfico de Hispania
I.S:B.N.: en curso.
Depósito Legal: en curso.
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Real apparato y sumptuoso recebimiento... de Ana de Austria
MADRID
2007
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JUAN LÓPEZ DE HOYOS
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Real apparato y sumptuoso recebimiento... de Ana de Austria
PRÓLOGO
El maestro Juan López de Hoyos es uno de esos autores del siglo XVI a cuyo lado
han pasado casi siempre de puntillas la fama y el reconocimiento por su obra. Es cierto
que tiene dedicada una calle importante en Madrid, pero se le conoce sobre todo por ser
el maestro de Cervantes, casi lo único que se ha valorado como su más alto mérito, como
hiciera en su día Mesonero Romanos.
Sin embargo, era un humanista convencido, diligente maestro del Estudio de la
Villa de Madrid, su “catedrático” como él mismo se proclamaba, que empleó tiempo y
esfuerzos en la educación en este centro y en sus labores como párroco de san Andrés.
A estas tareas unió la de escritor de Corte. Al servicio del Ayuntamiento de
Madrid, nos dejó obras de Relaciones, el género erudito tan común de la época, en el que
se conmemoraban y describían eventos transcendentales para las ciudades.
Gracias a él conservamos testimonios preciosos de cómo fueron las exequias
fúnebres de la gran reina Isabel de Valoys, la tercera y más querida esposa de Felipe II y
las del malogrado y conflictivo hijo de éste, el príncipe heredero Carlos.
Pero el carácter luctuoso de estas dos Relaciones, se vio transformado en episodio
festivo al escribir la Relación de la entrada triunfal de la cuarta y última esposa del Rey, su
sobrina Ana de Austria, quien le dio la ansiada tranquilidad y el heredero a la Corona.
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JUAN LÓPEZ DE HOYOS
nos permite conocer cómo se desarrollaron, cuáles eran las tendencias, incluso las modas,
a la hora de organizar las fiestas y quiénes participaron, cómo desplegaron sus
conocimientos, cada uno en su especialidad, para que todo resultase perfecto,
extraordinario y sorprendente.
Además estos escritos ponían a prueba toda la habilidad y erudición de sus autores.
En ellos se recurre de forma sistemática a las fuentes clásicas o a las medievales y
humanísticas, paganas o cristianas, para explicar y justificar todos y cada uno de los
motivos pintados, esculpidos o reproducidos en las Fiestas. Los autores se mencionan en
unos casos detalladamente como autoridades que justifican la elección de los motivos y en
otros como fuente de conocimiento teórico.
De todas estas características surgen estas obras prolijas, a veces en exceso
detallistas, pero interesantísimas por el caudal de información de personajes, obras de arte,
textos literarios, ya sean clásicos o contemporáneos, y de los más diversos autores que las
convierten en obras caleidoscópicas y multicolores de sumo atractivo, aunque su lectura
resulte en ocasiones algo tediosa por su abundancia de datos.
Los autores del presente estudio hemos querido recoger este texto, presentando
una edición crítica del mismo, inexistente hasta ahora, que fue editado por primera y única
vez en 1572, y sólo ha visto parcialmente reproducidos algunos capítulos en dos o tres
ocasiones en el siglo XX.
Nuestra aproximación al texto ha sido un tanto marginal. Estábamos interesados
en la recopilación de textos epigráficos relacionados con obras constructivas, en el seno de
un proyecto de investigación, dedicado en primera instancia al mundo romano y
tardoantiguo en la Península Ibérica. La idea inicial de realizar la presente edición y
estudio de la obra fue producto casual de diversos estudios y de la tarea de estar en
muchas ocasiones “excavando papeles” en las bibliotecas, como indica el título de un libro
reciente coordinado por Joaquín Gómez-Pantoja, en el cual hay alguna aproximación a
poemas presentes en esta obra de López de Hoyos junto a otros muchos trabajos de
diferentes investigadores.
Pero el interés y curiosidad que nos suscitó la obra, tan desapercibida y olvidada,
nos llevó a involucrarnos en ella a fondo, apartándonos durante un tiempo de nuestros
objetivos inmediatos en el proyecto original del que partíamos, para entregarnos al estudio
de una obra tan dispar y diversa como las áreas de trabajo de quienes lo hemos realizado.
Debemos reconocer ahora que el tiempo a ella dedicado nos ha compensado con creces.
No sabemos si los lectores de López de Hoyos encontraron amena la lectura de la obra en
su tiempo, pero a nosotros nos ha parecido interesante, sugestiva y sorprendente.
Deseamos sinceramente que también les resulte así a los nuevos lectores del siglo
XXI.
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Real apparato y sumptuoso recebimiento... de Ana de Austria
INTRODUCCIÓN
Durante el segundo lustro de la década de los sesenta Felipe II tuvo que afrontar
graves problemas de índole familiar, doméstica y política que le sumieron en un acceso de
depresión melancólica.
El 3 de octubre de 1568 moría la joven Isabel de la Paz, su tercera esposa,
precedida en dos meses por el príncipe Don Carlos (24 de julio). Ambas, por el hecho de
haber sido, en cierto modo, muertes anunciadas, imposibilitaron al Rey para acudir
personalmente a los Países Bajos y detener con su presencia la ejecución pública de los
condes de Egmont y Hornes, antiguos compañeros de armas y fiestas de su juventud, que
habían sido acusados de alta traición. Estos hechos le golpearon duramente pues, si bien
para entonces parece que ya había asumido la incapacidad de su hijo para hacerse cargo de
las tareas de gobierno, sobre todo después de que descubriera sus planes de rebelión, su
muerte, envuelta en rumores adversos hacia su real persona, impedía definitivamente
cualquier modificación en la polémica conducta del Príncipe. Por su parte, la de la Reina
sin dejar heredero varón, hacía tambalear, al dejarlo vacío de contenido, el magno
programa político y personal que el Rey había construido con tanta precisión, y que estaba
materializándose en el monasterio de El Escorial; y le obligaba a buscar, a su pesar, una
solución matrimonial inmediata a la que Francia y Alemania se apresuraron a colaborar
ofreciendo sendas candidatas. Mientras ocurrían estos hechos luctuosos, en el interior de
la Península el rey Felipe afrontaba la sublevación de los moriscos en las Alpujarras,
peligrosa no tanto por su fuerza intrínseca, como porque contaban en el exterior con la
ayuda de los Turcos y de los reinos norteafricanos, contribuyendo aún más a desestabilizar
la situación de España en el Mediterráneo.
El problema sucesorio, uno de los más graves de la época debido a los altos índices
de mortalidad infantil, pendía sobre Felipe II desde 1561, cuando el príncipe Don Carlos
enfermó de gravedad. Aunque sanó y desde 1562 el Rey lo hizo regresar a Madrid donde
le nombró presidente del Consejo de Estado, su comportamiento desvariado pudo
determinar que su padre empezara a plantearse otras opciones o, al menos, buscara
estrechar lazos para el futuro entre las dos ramas de la dinastía Habsburgo. Acordó con su
cuñado Maximiliano II el matrimonio del Príncipe con su hija Ana, y le sugirió que
enviara a España a sus hijos los archiduques Rodolfo de 12 años y Ernesto de 11, algo
más jóvenes que Don Carlos, para completar su educación en un ambiente católico. El
propio rey acudió a recibirles en Barcelona en marzo de 1564 dando con ello muestra de
su interés 1, y hasta el momento de su partida en 1571, le acompañaron en los principales
actos públicos. Pese a esta contrariedad con el Príncipe de Asturias, la capacidad de su
joven esposa Isabel de Valois para darle otro heredero varón debieron animar al Rey en la
prosecución de sus planes para consolidar la españolidad de la dinastía austríaca. El hecho
1De hecho Rodolfo estuvo prometido varios años con Isabel Clara Eugenia, que había nacido en 1566.
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de que en 1563 se iniciaran las obras de El Escorial viene a confirmarlo, ya que el fin
último del monasterio jerónimo era albergar los restos mortales de la dinastía, empezando
por los de su fundador y padre, Carlos V, para demostrar la grandeza, fortaleza y sentido
heroico de la Casa de Austria. Por el contrario, sus abuelos, Juana y Felipe, y sus
bisabuelos, Isabel y Fernando, siguieron reposando en la Capilla Real de Granada. Por la
misma razón no descuidó que en la biblioteca escurialense, que empezó a reunir en 1566,
figuraran libros que justificaban la legitimación histórica de la dinastía, como la Historia de
la Casa de Austria, que le habían regalado durante su visita a Augsburgo en 1548.
Pero en el otoño de 1568, sin heredero, esta idea y la de los Habsburgo como
eternos defensores de la religión católica perdían fuerza, lo que agravaba la proclividad de
su cuñado Maximiliano II (1564-1576) a hacer concesiones a los protestantes, quienes
habían desplazado las creencias católicas en los territorios austríacos. En la Dieta de 1568
los portavoces protestantes obtuvieron del Emperador la concesión de la libre práctica de
la fe luterana para la nobleza y sus súbditos, e idénticas medidas se fueron extendiendo
por Bohemia y Hungría. Todo ello le incapacitaba para recoger la herencia religiosa de
Felipe II. Por eso, cuando en el mes de diciembre de 1568, el embajador de Viena, Carlos
de Estiria, ofreció oportunamente al Rey la posibilidad de retomar el enlace con su sobrina
Ana (1549-1580), éste facilitó las negociaciones (otoño 1569) y se dispuso a preparar con
todo detalle y boato su venida a España.
Cuando, tras cinco años de ausencia, Felipe II volvió en el otoño de 1559 de los
Países Bajos agobiado por la bancarrota de 1557, traía como objetivo prioritario de su
maduro proyecto político evitar en sus reinos, y sobre todo en Castilla, las discrepancias
religiosas susceptibles de producir una rebelión entre sus súbditos. Como él mismo diría
en sus últimos años (SERRANO, 1914, II, XXXIX) prefería “perder todos (los) estados y
cien vidas que tuviere, (antes que) ser señor de hereges”.. Cualquier cosa para evitar alterar
los principios de armonía y concordia sobre los que había gravitado su educación
humanista, e impedir el desorden político y el derramamiento de sangre vistos en la
Europa del Norte e, incluso, durante el reinado de su padre, con la guerra civil de las
Comunidades. Desde 1558 había comenzado a recibir noticias de la aparición de focos de
herejes y judíos, ante los que su padre y su hermana Juana, la Regente, demostraron
auténtico horror. Por eso, nada más llegar, presenció en Valladolid, donde residía Doña
Juana, un auto de fe que marcaría el inicio de una serie de celebraciones festivas de
amplísima participación popular, con las que buscó afirmar las ideas básicas de su reinado
por la doble vía de la disuasión y la persuasión. Al mismo tiempo, y al margen de posibles
razones económicas, intentó preservar a los futuros humanistas castellanos de nocivas
influencias y ordenó la vuelta de los universitarios que estuviesen estudiando en el
extranjero, medida que hizo extensiva al reino de Aragón diez años después. Al encarnar
la personificación del Monarca Católico, tuvo que postergar las ideas y experiencias de
moderación y tolerancia que, a instancias de su padre, se le habían inculcado durante sus
años de formación juvenil, le habían acompañado en los de viajes por los Estados
Centroeuropeos, y que él mismo había intentado sugerir a su esposa María en Inglaterra
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2LEÓN PINELO, [1971], a. 1568. El Prícipe de Asturias reunió dinero de algunos nobles, con el propósito de
marcharse a Flandes, territorios de los que su padre, años antes de su enfermedad, había tenido el propósito de
nombrarle gobernador.
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muy agitado por el movimiento milenarista Taqui Ongo que lideraba el último inca Túpac
Amaru, (lo que no impidió que, tras ser capturado, fuera ejecutado en 1572) aunque, eso
sí, siendo muy riguroso en la aplicación de medidas religiosas. Simultáneamente, López de
Legazpi colonizaba Filipinas con la orden expresa de no utilizar la fuerza. Para febrero de
1569 el rey Felipe también consideró dar un perdón general en sus posesiones flamencas.
Sin embargo aún se producirían otras ejecuciones tardías, sobre todo después de que a
finales de ese mismo año surgieran rumores de focos de herejía en Cataluña, de los que el
propio Rey reconoció la falsedad. Pero en octubre de 1570, en medio del ambiente festivo
general que se vivía en Castilla para recibir a la nueva reina Ana, en el castillo de Simancas
eran ejecutados en secreto los nobles flamencos que habían venido a España en 1566 para
solicitar la tolerancia real, y, entre ellos, el barón de Montigny. Además, el
empecinamiento del duque de Alba por imponer el extremado tributo del diezmo,
determinó que en mayo de 1571 la ciudad de Mons recibiera a las tropas invasoras de Luis
de Nassau y a otros pequeños grupos apoyados por los hugonotes.
A los hechos de 1568 y a la consternación del Rey se sumó en el interior de la
propia Castilla la sublevación de los moriscos, un grupo marginado económicamente
desde antaño, pero que había disfrutado de una cierta tolerancia religiosa. Cuando, desde
1565, los concilios provinciales exigieron la aplicación estricta de las leyes existentes sobre
judíos y moriscos (se les prohibió su lengua, sus costumbres y hasta sus apellidos), éstos
comenzaron a agitarse y a reforzar su vínculo con los turcos, lo que se consideró un riesgo
intolerable. Además, aunque los de Granada eran un grupo social más próspero, gracias a
la industria de la seda que se comerciaba con Italia, Andalucía fue la región que más sufrió
las consecuencias de una prolongada sequía que la azotó desde 1568. El día de
Nochebuena de 1568 comenzó la revuelta popular en las montañosas Alpujarras de
Granada, donde los moriscos, liderados por Aben Humeya (rebautizado como Fernando
de Córdoba y Valor), eran muy superiores en número a los cristianos. Y el Rey, para quien
la defensa de la fe seguía siendo un asunto indiscutible por considerarlo el fundamento de
la lealtad y la cohesión interna entre sus súbditos, y que no comprendía la lucha de los
moriscos por su identidad, encargó a su medio hermano Don Juan de Austria que
sofocara el levantamiento a pesar de las graves dificultades económicas del momento. Los
de Granada consiguieron ayuda militar de Argel, Túnez y de la propia Constantinopla.
Pero en enero de 1570, mientras el gobernador de Argelia tomaba Túnez, Don Juan
contestaba al infiel con una durísima represión sobre los moriscos. En esta ocasión el Rey
sí consideró oportuno poner punto final al conflicto con su presencia personal a
comienzos del año y tomó la decisión de deportar a todos los moriscos de Granada. Así,
el 1 de noviembre, mientras la nueva reina Ana avanzaba con su ostentoso cortejo triunfal
hacia Madrid, otro mucho más lastimoso de ochenta mil moriscos era desplazado
definitivamente y por la fuerza hacia Castilla y Galicia, quedándose en el camino los más
débiles por la dureza del viaje.
Desde el otoño de 1569 el rey Felipe, acuciado por la responsabilidad política,
acometió personalmente y con gran entusiasmo los preparativos para recibir en España a
su cuarta esposa, Ana de Austria, que había nacido en Castilla en 1549 durante la estancia
como regentes de sus padres Maximiliano y María, y que, por tanto, era veintidós años
más joven que él. Lo que no fue óbice para que fuera la más querida de todas y a la única
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que fue rigurosamente fiel. Contrajo con Doña Ana matrimonio por poderes en Praga el 4
de mayo de 1570, y la nueva reina llegó al puerto de Santander el 3 de octubre
acompañada de dos de sus hermanos menores, Alberto 3 y Wenceslao quienes, junto a la
comitiva de dos mil personas que la esperaba, viajaron en camino triunfal hasta Madrid,
pasando por Burgos, Valladolid y Segovia. Fue allí donde el Consejo de Estado decidió
que se celebraría la boda “de presente” el 14 de noviembre, y, para festejarlo, se
levantaron arcos de triunfo “a la romana” similares a los que la Reina había visto en las
ciudades citadas y volvería a encontrar en Madrid, en los que se transmitía con reiteración
la idea del poder y la fortaleza de la Casa de Austria. Días después, y en un ambiente de
privacidad, Felipe decidió mostrar a su esposa algunos de sus lugares más predilectos, las
villas campestres de Valsaín, San Lorenzo y, sobre todo, la de El Pardo. En esta última
había reunido algunas de sus colecciones de arte más preciadas, a través de las cuales y de
los jardines, podía ofrecer a la recién llegada un aspecto de su real persona más humano y
marital.
El cuarto matrimonio evitó el desplome de la política filipina y dio inicio a uno de
los períodos más felices y brillantes del reinado, durante el cual el Monarca pudo ver
finalmente afirmados los dos pilares sobre los que había construido su política: la primacía
de la Iglesia Católica y la legitimidad de la dinastía de los Habsburgo como sus eternos
defensores. Ésta, ya perfectamente integrada en la historia nacional, se consolidó
aparentemente, el 4 de diciembre de 1571, cuando nació su primer hijo, varón, para mayor
felicidad. El nombre de Fernando que se impuso al recién nacido reforzaba los vínculos
hispánicos de la misma, al rememorar a Fernando V el Católico a quien el Rey tuvo como
modelo político. Probablemente por este motivo, Felipe II, una vez que la Reina mostró
signos evidentes de su estado de gestación, consideró oportuno el momento de habitar el
aún inconcluso monasterio de El Escorial, a donde se trasladó con su corte el 11 de junio
de 1571.
Desgraciadamente por estas fechas se organizó una conjura para derrocar a la reina
de Inglaterra, en la que el Rey se vio indirecta y equívocamente involucrado, por el interés
que puso en ella su Consejo de Estado. En respuesta, al año siguiente Isabel se aliaría con
Francia (abril de 1572) y cedería una base naval a un grupo de calvinistas flamencos como
paso previo a la apertura de hostilidades con España a la que ahora amenazaba un rosario
de países protestantes. En el entretanto, una vez sofocadas las rebeliones que en los
últimos dos años habían amenazado la estabilidad de su trono, obligándole a retirar tropas
del Mediterráneo, ya no pudo rehusar por más tiempo el deseo del papa Pío V (1566) de
constituir una Liga Santa de príncipes cristianos que neutralizara la fuerza de los
otomanos. Parecía el momento propicio para que Felipe II retomara el protagonismo
internacional como personificación del defensor y Monarca de la Cristiandad, aunque en
realidad era Venecia quien tenía más interés en el enfrentamiento tras la pérdida de Chipre
en julio de 1570. En mayo de 1571, España, Venecia y el Papa firmaron una alianza militar
contra el Islam durante tres años, que adquiriría la forma de expedición naval puesta bajo
el mando del impulsivo Don Juan de Austria. Las noticias de la victoria en el golfo de
3Felipe II mantuvo permanentemente sus deseos de cohesión con la rama familiar austríaca y en, 1581, ya
muerta la reina Ana, nombró al archiduque Alberto virrey de Portugal, cargo que ostentó desde 1581 hasta
1599, cuando, desposado con la infanta Isabel Clara Eugenia, marchó como gobernador a los Países Bajos.
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preciosos por su valor intrínseco y artístico. Con estos medios se conseguía que la imagen
plástica quedara transformada en artística bajo las dimensiones visual y auditiva, lo que la
capacitaba para influir sobre la psicología de las masas 5 de manera casi inconsciente, pero
decisiva, y la convertía en importante medio de comunicación de ideas que, dentro del
ambiente urbano, era eficazmente reforzado con la presencia de los arcos triunfales
efímeros. A través de esas imágenes se lanzaban mensajes de contenido conmemorativo,
didáctico, persuasivo o, simplemente, de prestigio que, indudablemente y para que
cumplieran eficazmente la misión encomendada, debían responder a gustos tan variados
como diferentes estamentos sociales participaban en los acontecimientos, a fin de que
pudieran quedar incorporados al bagaje ideológico personal de cada cual. Por esa razón,
cuando el cortejo entraba en un medio urbano donde, además de algunos campesinos,
predominaban mercaderes, artesanos y profesionales de diversos tipos y procedencias,
funcionarios de la burocracia, nobles, y criados a su servicio, los instrumentos
audiovisuales que habían sido válidos en el medio popular rural tradicional, ya no bastaban
por sí solos para cumplir los objetivos propuestos. Entonces entraban en juego la
escultura y la pintura cuyo contenido no resultaba del todo ininteligible para el sector
iletrado de la población que, aunque no conocía la mitología, los hechos históricos, o las
representaciones alegóricas de las virtudes reales -por citar algunos de los temas más
frecuentes-, e ignoraba el valor educativo de la conciencia nacional de los símbolos, solía
verlos en las portadas y sacristías de las iglesias, así como en los edificios civiles. Por otra
parte, el uso de la apariencia de mármol y bronce para las esculturas, tan alejado de la
tradición verista y patética de la imaginería española, subrayaba la idea de grandiosidad y
solemnidad, y se inscribía en el gusto por lo distante desarrollado por entonces por el rey
Felipe II, según quedaría reflejado de manera espléndida en el conjunto de El Escorial. En
cambio, para los que poseían incipientes, o no tan incipientes, rudimentos de lectura y
escritura iba destinada, además, la epigrafía, aun cuando su contenido, en latín y con
formas abreviadas, no estuviera al alcance de todos. Las inscripciones en piedra eran para
el anticuario renacentista un documento digno de mayor crédito que los propios
pergaminos, e importante complemento de toda la información que los autores de la
Antigüedad habían pasado por alto u olvidado. En este caso, aunque las inscripciones
estuvieran bajo el aparente artificio de lo efímero, evocaban de inmediato la grandiosidad
de Roma, de sus edificios, y de la idea imperial y, convenientemente repetidas, generaban
sentimientos de adhesión y afecto por unos mensajes, cuyo auténtico contenido estaba
reservado al reducido grupo de los más cultos. Destino similar tenía el repertorio de
emblemas y jeroglíficos producto, en algunos casos, de la cultura más actual, como ocurre
con los que se tomaron para los arcos de Madrid de la obra de Piero Valeriano, cuya
primera edición en latín había visto la luz en 1556.
Así, gracias a la Fiesta, la Cultura adquirió un destino masivo; fue capaz de
responder a las exigencias del crecimiento demográfico experimentado por las ciudades en
el siglo XVI, en particular por Madrid; sirvió de fuente de conocimiento de los antiguos; y
se convirtió en eficaz instrumento pedagógico a través del cual Felipe II transmitió a sus
5Justo por estos años se despertaba el interés por los espectáculos y ceremonias de triunfo de la Antigüedad, a
raíz de la publicación en 1565 de los Ornatissimi Triumphi del agustino Onofrio Panvinio, que se inspiró en los
Fasti consulares et Triumphales recién hallados en el Foro de Roma.
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6En este caso el cardenal Espinosa a través de quien, probablemente, López de Hoyos, esperara poder
aproximarse al Monarca; éste, a su vez, en 1569, había impulsado por expreso deseo suyo otros estudios de
Latinidad y Retórica en el Colegio de la Compañía de Jesús.
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los trabajos, porque el espectáculo festivo fue el resultado del esfuerzo colectivo
intelectual y económico, en el que, junto a los artistas, colaboraron el Senado -el
Ayuntamiento- y el pueblo de Madrid, destacando especialmente en este último sector el
gremio de plateros, por cuyo barrio, ubicado junto a la puerta de Guadalajara, había de
transcurrir el cortejo. Éstos ofrecieron financiar parte de un espectáculo de toros pero, al
ser prohibido por el Rey, costearon el fabuloso castillo de fuegos artificiales con que se
cerraron las fiestas.
Una de las primeras decisiones tomadas en el mes de agosto por el Consistorio fue
el de las vestimentas con las que todos los participantes activos en el festejo deberían
presentarse ante la nueva Reina. No se reparó en gastos, y sus miembros estuvieron
dispuestos a comprar las telas más ricas y admirables que se pudieran encontrar, a que
estas fiestas resultaran vistosas y coloristas, y a que no supusieran menoscabo alguno con
respecto a las celebradas con motivo de la Entrada de Isabel de Valois. A los mercaderes
de Toledo y Medina se encargaron brocados con fondos de oro y rizo de plata, o
viceversa, para el cadalso donde tendría lugar el besamanos, otro brocado distinto para el
palio, tafetán con los colores de la Reina -amarillo y colorado-, terciopelos, rasos,
damascos, sedas de colores y granas. Se decidió que los regidores irían vestidos a la
veneciana, con tela de oro de labor forrada de plata de labor, los oficiales del
Ayuntamiento vestirían de carmesí forrado de blanco, calzas de terciopelo blanco, güera y
zapatos blancos, y gorra de terciopelo negro. Pero antes de que finalizara el mes de agosto,
el Consejo Real, obligado a hacer cumplir la Pragmática de octubre de 1563 sobre los
vestidos 7, redujo la calidad de las telas y prohibió a los regidores los brocados y los oros,
sustituyéndolos por terciopelo carmesí combinado con forros de oro. Por su parte, los
oficiales tendrían que vestir de damasco con fondos de terciopelo amarillo; y los dos
escribanos, Francisco Cabrera y Diego Menéndez, irían de terciopelo azul forrado de raso
amarillo. El diseño de las ropas lo hizo el sastre Francisco Martínez.
El 14 de agosto el Consistorio municipal decidió el emplazamiento del arco
principal que ofrecerían a la nueva Reina el Senado y el pueblo de Madrid. Se ubicaría en
la calle de San Jerónimo, vecina al paseo del Prado que el regidor Diego de Vargas se
encargaría de ajardinar, y estaría dedicado sólo a ella. Por eso se emplearía el femenino
orden corintio, y en sus dos caras habría alusiones a su familia, a su historia y a sus
virtudes. El proyecto fue presentado por Pompeo Leoni, con quien se firmó el contrato el
día veintiuno y a cuya disposición se pusieron veinte carpinteros y cincuenta peones, así
como los materiales y pertrechos necesarios con un coste de 1.150 ducados. El día 31 de
agosto el Concejo contrató los trabajos de pintura a Diego de Urbina y Alonso Sánchez
Coello, por los que recibirían 1.600 ducados poniendo ellos los pigmentos. Pedro de
7 LEÓN PINELO, [1971], a.1563. Esta pragmática, dada en Monzón, fue la respuesta del Rey a las reiteradas
peticiones de los castellanos para que frenara los excesos y extravagancias en los vestidos y trajes públicos de
hombres y mujeres, que actuaban según el nuevo ceremonial borgoñón, y se volviese a los “usos y modos de
Castilla”. Sin embargo sus efectos no fueron inmediatos, entre otras razones, porque la propia reina Isabel de
Valois, de quien se dice que jamás usó el mismo vestido dos veces (KAMEN, 1997, 215), y el heredero Don
Carlos pusieron poco empeño en cumplirla. La llegada de la nueva reina fue la ocasión aprovechada por Felipe
II para que la Corte volviera a los usos de su madre, la emperatriz Isabel, lo cual no quire decir que no diera
importancia a la indumentaria ni, como se aprecia en el texto, que su Corte tuviese el aspecto lúgubre que la
Leyenda Negra le atribuyó. Sobre esta cuestión véase otro aspecto concreto en la nota 315 de la edición.
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Ribera y Vargas y Nicolás Juárez fueron nombrados regidores comisarios. Andando los
días, el 19 de septiembre, se comisionó al regidor Bartolomé Velázquez de la Canal, de
quien López de Hoyos exalta su curiosidad por las Buenas Letras, para que tratara con los
oficiales que debían de hacer las máquinas e invenciones. El 21 del mismo mes éste
contrató con Lucas Mitata, Simón de Baena, y Alonso de Rueda las esculturas de Baco y
Neptuno con las que se iniciaba el recorrido en El Prado, el grupo de Paris y las Tres
Diosas que se ubicó en la plaza del Salvador, y el colosal Atlas de la plaza de Santa María
que cerraba el recorrido, amén de otras esculturas de centauros y una osa, símbolo de la
ciudad, que fueron anuladas el día veintiocho, y las esculturas del segundo arco, por todo
lo cual cobraron 1.000 ducados. El día 30 de septiembre el Concejo, urgido por el
Consejo Real, le nombró también comisario del segundo arco, símbolo de todas las
posesiones y reinos de Felipe II, que se ubicó en la Calle Mayor. No deja de llamar la
atención que López de Hoyos, minucioso hasta el extremo con la descripción del
recorrido, no diga que fue Velázquez de la Canal el comisionado para los trabajos y la
vigilancia del Atlas, y con mayor motivo si consideramos que el gigante personificaba al
propio Rey en actitud esforzada de sostener todo el gobierno de la Republica Chistiana de
acuerdo con un modelo creado en tiempos del emperador Carlos V para identificar a la
rama española de los Habsburgo. Además, ésta era la última imagen y el postrer mensaje
que debía recibir Doña Ana antes del reencuentro con su esposo, y debía reforzar la que le
había sido transmitida en el tercer arco. La alegoría del gigante se adecuaba especialmente
bien a las necesidades particulares del Rey. De una parte, al remontar sus orígenes a
épocas primigenias, desbordaba cualquier limitación moral impuesta por la vinculación
con un dios olímpico, lo que hubiera dado una dimensión pagana a la Dinastía que no se
deseaba en manera alguna; de otra, facilitaba el poder remontar al héroe Hércules los
orígenes genealógicos de la misma porque, al haber sustituido a Atlas temporalmente en
su tarea cuando fue a visitar el jardín de las Hespérides, podía sintetizarse en una misma
imagen con aquél. Finalmente, las proporciones físicas gigantescas del personaje recogidas
por la leyenda, coincidían con el nuevo orden artístico colosal con lo que, la
representación del Rey, bajo dimensiones enormes, respondía a las novedades
manifestadas en El Escorial, llevaba hasta el espectador “cosas raras que en España hasta
hoy no se han visto”, y transmitía la idea de la dimensión, fortaleza y modernidad de la
Monarquía Hispánica.
El tercer arco, que se dedicó al Rey, fue mandado levantar en la Calle Mayor por
expreso deseo del Consejo Real, a cuyo cargo probablemente corrió también su definición
iconográfica porque, en el contrato se hizo constar que se hacía “con parecer y mandato
del ilustríssimo señor doctor Francisco Fernández de Liébana, del Consejo de S. M.”. El
Concejo nombró comisario a Diego de Vargas, probablemente en su calidad de regidor
más antiguo de la Villa. Con él colaboró Miguel de Cereceda, otro miembro de la
corporación municipal. La traza fue también de Leoni, como en el primer arco, y los
pintores, de nuevo, Diego de Urbina y Alonso Sánchez Coello. En sus caras se exaltaron
las virtudes de Felipe II, que eran características de los reyes españoles y engendradoras de
la Paz cristiana, pues se fundamentaban en la Religión. A todas ellas se añadía la del
Silencio, siempre practicado por el Rey, y que pese a ser interpretado por algunos como
prueba de timidez y retraimiento, en realidad era la constatación de la sabiduría real.
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Paralelamente se fueron organizando también los festejos con los que la Villa
celebraría la noticia del desembarco de la Reina. El 11 de agosto se comisionó al regidor
Pedro de Vozmediano para que adquiriera cuarenta toros que deberían andar durante esa
noche por las calles “encascabelados y con cohetes”, de los cuales el poderoso gremio de
los plateros se ofreció a costear seis. El día dieciséis se acordó, por orden del Consejo
Real, que también esa noche se celebraría una encamisada, con ocho cuadrillas, de seis
caballeros cada una, encabezadas por ocho regidores. Los participantes irían vestidos a la
morisca de tafetán con los colores de la Reina y tocados de terciopelo. Su coste se calcula
que ascendió a 1.000 ducados. Pero el día 25 de septiembre el Consejo Real comunicó al
Concejo su decisión de no dar el visto bueno al espectáculo taurino, a pesar de que el Rey
era aficionado, en acatamiento de la bula del papa Pío V “De salute gregis dominici” (a. 1567).
Los plateros optaron entonces por un castillo de fuegos artificiales que, junto con la rueda
y el espectáculo de hachas y luminarias que preparó Pedro Rodríguez para el festejo
popular ofrecido al día siguiente de la llegada de Doña Ana en la explanada del Alcázar,
los bailes, danzas de gigantes, el juego de la cucaña, pantomimas varias, el juego de cañas,
de la sortija, el regocijo de alcanciazos, y hasta la violenta diversión de que cuatro
voluntarios mataran a cabezazos a un gato atado a un poste, integraron el conjunto de
diversiones preparadas para que el pueblo participara activamente de la alegría de la
llegada de la nueva Reina. A todos sus participantes los vistió la Villa, según un tardío
acuerdo del cuatro de noviembre, a pesar de que el Consejo Real se opuso a ello.
El mes de septiembre fue de gran actividad. El día veintiocho se contrataron las
figuras de los colosos de El Prado y se pagaron 120 ducados a Juan Cristóbal, dorador de
las esculturas de Lucas Mitata. Con tales gastos las arcas municipales quedaron
esquilmadas y, cuando el 3 de noviembre se acordó que todos los caballos que habían de
montar los regidores llevarían idénticas gualdrapas de terciopelo y fustán, no hubo más
remedio que obligar a los propios jinetes a que las costearan. Mayor optimización de los
recursos fue la del día diez, cuando se encargaron sólo dieciséis vestidos para los
veinticuatro músicos que participarían en la Fiesta, y que, al no tener que actuar
conjuntamente, usarían de forma alternativa. Finalmente Miguel de Cereceda preparó la
naumaquia que se ofreció a la Reina a la entrada de la ciudad, delante del campo de San
Jerónimo.
Una vez concluidos los festejos el 29 de noviembre, lo primero que hizo el
Concejo fue poner guardia en todas las obras del recorrido triunfal para evitar que se
produjeran robos y daños, y poder proceder adecuadamente al largo proceso de tasación
de las mejoras y demasías realizadas por artífices y artistas antes de iniciar el desmontaje
del aparato efímero. En él, además de los comisarios de cada obra, intervinieron también
peritos delegados por el Ayuntamiento, y tasadores enviados por los propios artífices, que
desde el 29 de diciembre empezaron a repasar las diferencias entre las condiciones
contratadas y los resultados finales. Poco después, en febrero del año siguiente, se
desmontaban las pinturas de los arcos, que durante algún tiempo se guardaron en el
Ayuntamiento, y en marzo se pagaron a Pompeo Leoni sus demasías, tras de lo cual se
vendieron sus figuras a pregón. En julio comenzaron a desmontarse las carpinterías de los
arcos. Sólo las figuras de Atlas y el grupo del Juicio de París permanecieron algún tiempo
más en pie, hasta diciembre de 1572, como imponentes y simbólicos recordatorios de las
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Real apparato y sumptuoso recebimiento... de Ana de Austria
figuras reales. Entonces, al estar muy deterioradas por llevar tantos meses expuestas al aire
libre, el Ayuntamiento solicitó el pregón de su derribo, cuando ya había visto la luz la
relación festiva de López de Hoyos que se encargaría de mantener vivo el recuerdo de
aquellos días gloriosos. No obstante, durante algunos años aún conservaron los
madrileños otro recuerdo físico de ellos. El mismo 29 de noviembre, por decisión
conjunta del Rey y el Ayuntamiento, se decidió conservar el estanque del Paseo del Prado,
agrandándolo, cercándolo y echando en sus aguas todo tipo de peces, aunque la exigüidad
de las arcas municipales obligó al Consistorio a endeudarse. Hasta que en 1588, la Junta de
Policía y Ornato Público, que tomó a su cargo desde 1585 las competencias edilicias de la
Villa, dictaminó su desaparición alegando motivos funcionales y de salud pública.
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artística de la Ciudad Eterna que contribuyesen a crear con ella un nexo ideológico, que
mediante la reconstrucción arqueológica como modelo. De este modo, las decoraciones
efímeras realizadas funcionaron como una especie de “citas” de la Antigüedad que
extendían su significado al espacio que las rodeaba, sin que fuese necesaria una
remodelación global de todo espacio donde se ubicaban.
Hay que señalar que, en el Quinientos, el intento de comparar cualquier núcleo
urbano con la imagen y el significado de Roma fue una práctica habitual en la valoración
de la ciudad, avalada por una abundante literatura sobre las maravillas de la gran urbe
papal y su topografía. Esta práctica estaba muy relacionada conceptualmente con los
planteamientos de creación de una ciudad utópica, así como con la polémica que se
desarrolló en el Renacimiento en torno a la teoría de la imitación, y con los intentos de
encontrar un modelo ideal de belleza capaz de ser recreado e infundir significados más
profundos. Pero más allá de esta tendencia, la conversión de Madrid en una Nueva Roma
con motivo de la entrada de Ana de Austria adoptaba un significado especial, pues era una
muestra más de ese Humanismo Cristiano del que Felipe II era representante y de cuyo
espíritu quedaron impregnadas todas las realizaciones artísticas de esta fiesta. Además, la
comparación entre ambas ciudades perseguía finalidades más profundas, convirtiendo a
Madrid, como “capital del Imperio”, en ejemplo insuperable de belleza y espiritualidad o,
lo que es lo mismo, de perfección, asociada a unas manifestaciones artísticas que
pretendían adquirir un significado especial en relación con la imagen de la Monarquía
española.
La clave de esta interpretación nos la brinda el propio López de Hoyos a través de
la descripción que hace del itinerario que la Reina realizó desde la ciudad de Espira, en
Alemania, hasta Madrid. En ella resulta evidente cómo el autor pone un énfasis especial en
la importancia de los actos festivos madrileños, intentando otorgar a la Corte un papel
destacado en relación con otros importantes núcleos urbanos castellanos, como Burgos,
Valladolid y Segovia, que la Reina atravesó en su recorrido, y que podían ofrecerse en
estos momentos como sus competidores. El autor evita entrar en detalles relativos a las
importantes decoraciones efímeras que allí se realizaron, haciendo únicamente alusión al
“gran apparato” de arcos triunfales con que Burgos recibió a la Reina o a “los arcos,
invenciones y otros regocijos” con los que era homenajeada por donde pasaba. Nada dice,
sin embargo, de lo efectuado en Valladolid, y las menciones a Segovia como sede de la
ceremonia nupcial se limitan, casi de forma exclusiva, a cuestiones de etiqueta cortesana,
aun cuando esta ciudad protagonizó en un tiempo récord -un mes aproximadamente- una
importante transformación de su ámbito urbano que comprendía la remodelación de
alguno de sus más destacados espacios y la construcción de cuatro arcos triunfales y un
conjunto escultórico que poco tenían que envidiar al programa madrileño.
Es cierto que la misión de López de Hoyos consistía únicamente en componer la
Relación sobre el recibimiento organizado por la ciudad de Madrid, pero también lo es que
el significado que se pretendió dar a la ciudad en esta fiesta, en relación con el resto de las
poblaciones implicadas en el evento, fue especial. La elaboración del programa artístico
efectuado para la ocasión deja traslucir un deseo de crear para la Corte la imagen más
auténtica y perfecta de la Monarquía española, buscando entre ambas una identificación
ideológica y estética. De ahí el protagonismo absoluto que tuvieron en la elaboración de
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las decoraciones efímeras artistas del círculo cortesano como Alonso Sánchez Coello,
Pompeo Leoni o Diego de Urbina, cuya elección parece ser que partió directamente del
Rey o, en su defecto, del Consejo Real, pero en ningún caso del Concejo madrileño. Éstos
eran artistas comprometidos en la definición de la imagen áulica de la corte filipina, que
trabajaron a las órdenes del Rey en la decoración del Monasterio del Escorial, y a quienes
López de Hoyos se refería como “los mejores artífices que en todos estos reinos se han
hallado”. En cualquier caso, eran los únicos que podían garantizar el carácter genuino de
las obras, al tiempo que con su presencia equiparaban la fiesta madrileña a las más
importantes celebraciones de las cortes europeas, donde era frecuente la participación de
los más destacados artistas en la elaboración de las estructuras efímeras.
El tema era de enorme transcendencia, pues hay que tener en cuenta que en estos
momentos Madrid pretendía erigirse en centro de la Cristiandad y sede de la Monarquía
Católica, por lo que se debatía en la búsqueda de un lenguaje artístico, simbólico y
unitario, con el que identificarse y asimilar su imagen a la de otras cortes europeas. Este
lenguaje fue el del Manierismo, que como desarrollo del Clasicismo había sido ya
seleccionado en estos momentos como instrumento perfecto de expresión de los ideales y
preferencias estéticas de un mundo cortesano en el que los criterios de lujo y diversidad se
encontraban con los de razón y austeridad, más propios de la corriente clasicista que había
definido la imagen imperial de Carlos V. En la entrada de Ana de Austria, como iremos
viendo, ese Manierismo se hizo patente en la disposición de las estructuras efímeras en el
espacio urbano, en la propia elección del recorrido, en la riqueza de materiales y
composición arquitectónica de los arcos, en la existencia de una mezcla entre la imagen
profana, mitológica e histórica, y en la coexistencia de tendencias artísticas diversas.
El empleo de términos como artificio, rareza, diversidad, suntuosidad y
singularidad para calificar los efectos y composición de las obras realizadas resulta
verdaderamente abrumador en la Relación de López de Hoyos, existiendo un especial
interés por presentarlas como algo único. El sátiro que se hallaba a los pies de la estatua
del dios Baco, por ejemplo, era según la Relación “la cosa más rara que ay en Italia ni en
España”, y los artífices de las pinturas de los arcos, “los más raros que en nuestros
tiempos conoscemos”. Tales criterios estéticos eran coincidentes con una realidad artística
que el propio López de Hoyos se encargaba de resaltar mediante la descripción de algunas
construcciones que, como El Pardo o El Escorial, presentaban, en tanto que Reales Sitios,
una estrecha significación en relación con la Monarquía. El Bosque de El Pardo y su
palacio, con su arquitectura, pintura, jardines y ornamentos, era para el humanista “uno de
los más soberbios y vistosos artificios que monarcha en el mundo tiene”, y El Escorial
“uno de los más raros y esclarescidos monesterios que hasta oy hemos visto...de la mayor
fábrica y apparato y más superbo edificio y más raras y ricas, sumptuosas y copiosas
dotaciones...”.
El mundo de la Fiesta quedaba así integrado dentro de un arte de corte que se
identificaba con el Manierismo como corriente artística vigente en Europa desde la década
de los cuarenta. Felipe II se había dejado seducir por esta tendencia en el transcurso del
viaje que, entre 1548 y 1551, le llevó a recorrer Italia, Alemania y los Países Bajos, siendo
recibido por unas ciudades transformadas para la ocasión bajo el disfraz de la fiesta. El
viaje, del que tenemos constancia a través de la relación que nos dejó Calvete de la
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Estrella, fue ideado por Carlos V bajo la pretensión de legitimar a su hijo como sucesor al
trono, presentándolo como tal en unas jornadas festivas en las que el arte era puesto al
servicio de la recreación de aquellos ideales que importaban para la difusión de su propia
imagen de Monarquía. La suntuosidad y variedad de las arquitecturas y decoraciones que
tuvo la oportunidad de contemplar en su viaje por Europa, así como el empleo de los
recursos iconográficos, en los que alegoría, mitología, historia y religión se aunaban para
mostrar la idea de dinastía, fueron la verdadera clave de referencia para la puesta en escena
de las fiestas cortesanas celebradas a lo largo de su reinado.
Estas fiestas, en su fondo y en su forma, debieron causar en el príncipe Felipe un
imborrable recuerdo, a tenor de la importancia que, a lo largo de su vida, confirió a este
tipo de acontecimientos, y del gran interés que manifestó por el conocimiento de las
prácticas ceremoniales y artísticas de otras cortes europeas. Un interés que le llevó incluso
a implicarse directamente en la organización de las mismas. Para el caso que nos interesa,
el del recibimiento de Ana de Austria, el Monarca participó en la definición del protocolo
e itinerario a seguir por la Reina en su viaje desde Alemania hasta la Corte. Además, existe
constancia documental 8 que prueba la implicación ya comentada en la elección de los
artistas que debían elaborar los principales aparatos decorativos y en la propia definición
de los programas iconográficos, e incluso en las obras definitivas que debían ser
acometidas a través de instrucciones que fueron transmitidas al Corregidor de la Villa a
través del Consejo Real.
Uno de los primeros deseos que Felipe II expresó al Concejo fue el de realizar
“cosas que queden perpetuas para el ornato de la Villa”. La recomendación, altamente
significativa del grado de implicación que la Fiesta había alcanzado en la definición de
espacios urbanos, se producía en un interesante momento, coincidiendo con el desarrollo
de un debate teórico y práctico en torno a las reformas urbanísticas que debían ser
acometidas para convertir a Madrid en una ciudad moderna. Precisamente unos años
antes, entre 1564 y 1566, el Corregidor de la Villa, Antonio Lugo, había presentado al Rey
un Memorial en el que se exponía un plan de reformas urbanísticas para la ciudad, basadas
en criterios de funcionalidad, ornato y representación, para las que proponía como artífice
al arquitecto italiano Juan Bautista de Toledo, director por aquel entonces de las obras
reales y a quien sucedió Juan de Herrera a partir de 1567.
Resulta evidente la implicación de este plan de reformas con la perpetuidad de los
ornatos que Felipe II recomendaba en 1570 al Corregidor de la Villa, como también la
coincidencia de presupuestos desde los que se planteó. En este sentido, López de Hoyos
calificaba el arreglo de los caminos que habría de recorrer la comitiva como “obras harto
necessarias que la buena venida de Su Magestad ha remediado”. Eran, en general, obras de
aderezo de casas, calles y accesos a la Villa que las autoridades municipales se encargaron
de poner en marcha. Su pretensión se basaba en presupuestos de ornato y funcionalidad, y
se concentraban en el espacio urbano por el que había de transcurrir el cortejo,
contribuyendo así al embellecimiento y adaptación del que sería el eje ceremonial más
empleado en las fiestas madrileñas.
Hay que tener en cuenta que hacia 1570 Madrid presentaba todavía una fisonomía
8Archivo Histórico de Protocolos Notariales de Madrid (A.H.P.N.M.) leg. 744; Archivo Municipal de la
Villa (A.M.V.), Libro de Acuerdos, 14.
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manieristas; es decir, como espacio de deleite donde los conceptos de orden y diversidad
se daban la mano. A esta idea respondía su alusión a la mezcla entre el carácter
proporcionado que la disposición de los árboles confería a la ordenación de las calles, y la
diversidad de especies naturales que allí se podían contemplar, configurando un espacio
que, en última instancia, resultaba “muy agradable a la vista”, y que ofrecía una
continuidad con lo que la Reina había tenido la oportunidad de contemplar en su trayecto
desde Segovia a Madrid.
Ana de Austria había llegado hasta allí tras varias jornadas de viaje jalonadas por un
paisaje y unas construcciones constituidas a modo de “antesala de la Corte”, a través de las
cuales recorrió el trayecto existente entre Segovia y Madrid. Hay que recordar, en este
sentido, que desde 1553, poco después de su llegada a España, Felipe II había concebido
el proyecto de convertir en un bosque continuo el espacio que transcurría entre la orilla
izquierda del Manzanares y El Pardo. En este caso, el Bosque de Segovia -Sierra de
Guadarrama- la Fuenfría y los bosques de El Pardo se ofrecieron ante la nueva soberana
como una especie de locus amoenus, donde a la variedad de caza y pesca se unían las danzas
de los serranos y pobladores, en medio de una imagen idealizada de naturaleza que, a
pesar de las fechas en las que se celebró el acontecimiento, el mes de noviembre, el autor
presentaba bajo la imagen de una “próspera primavera”.
Además, es de suponer que en los tres días que la Reina invirtió en llegar desde
Segovia a Fuencarral, donde hizo una parada de otras tres jornadas a la espera de que
Madrid ultimase los preparativos de su visita, entrase en contacto con varias de las
construcciones que jalonaban el trayecto, caracterizadas por su vinculación con la
Monarquía española y, muy especialmente, con Felipe II, que había puesto allí en
práctica un nuevo concepto de arquitectura áulica y de residencia campestre. Además del
Palacio de El Pardo y la Fuenfría, que aparecen explícitamente mencionados por López de
Hoyos, la Reina debió conocer también Valsaín, el palacio de estilo flamenco ubicado en
la ladera noroeste de la Sierra de Guadarrama cuya construcción fue impulsada por el
propio Rey en 1552, tan sólo un año después de su llegada a España, siendo todavía
príncipe.
En relación con estos planteamientos, hay que recordar la presencia en el Prado de
San Jerónimo de una importante construcción cuyo valor simbólico en relación con la
Monarquía española era fundamental. Se trataba de un monasterio fundado por Enrique
IV que los Reyes Católicos habían trasladado a la zona oriental de la población, donde lo
eclesiástico y lo cortesano alcanzaban un interesante punto de conexión. Carlos V había
acondicionado aquí una estancia como aposento real y, posteriormente, Felipe II que
había jurado en este lugar fidelidad como Príncipe de Asturias y heredero del trono,
decidió agrandar y mejorar sus instalaciones al trasladar la Corte a Madrid, convirtiéndolo
en un pequeño palacio real y en templo oficial de las solemnidades de la Corona.
Precisamente las obras de acondicionamiento del aposento real que Felipe II había
mandado realizar en este edificio habían sido terminadas en 1569, poco antes de la entrada
en Madrid de la Reina.
El Prado de San Jerónimo adquirió en esta fiesta el carácter de espacio ceremonial
dedicado a los actos oficiales de raíz protocolaria y a los primeros despliegues decorativos
con los que se debía dar la bienvenida a la Reina antes de su entrada en lo que era la Villa
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contraste con el sentido lúdico y efectista que había determinado la construcción del
castillo y el estanque; contraste acentuado por la recurrencia a través de esta estructura a
un universo decorativo propio de la fiesta medieval, basada en la expresión de contenidos
simbólicos y en la expresión del lujo y la suntuosidad del mundo cortesano mediante el
empleo del color como principal recurso estético aplicado a la variedad de telas y joyas.
Este recurso, como el del empleo del “cadahalso”, era una herencia de la fiesta medieval
entendida como espectáculo cortesano, que mantuvo su vigencia en época moderna,
aunque integrada dentro de un planteamiento más amplio. La riqueza y el colorido, éste
último relacionado con la identificación de personajes y de principios institucionales y
políticos, fueron en este caso los que rigieron su elaboración. Baste como ejemplo la
descripción que López de Hoyos realiza del sombrero de la Reina, adornado con una cinta
de oro con plumas blancas, coloradas y amarillas “que eran los colores del Rey”. A la
entrada del Paseo de San Jerónimo, un cuadro de la diosa Palas, acompañado de ninfas,
iniciaba a la Reina en el aparato efímero desplegado por la villa de Madrid para la ocasión.
Antes de dejar este espacio, Ana de Austria tuvo la oportunidad de contemplar una
compleja elaboración efímera. Se trataba de una construcción a modo de arco, al que
servían de apoyo sendas figuras de Baco y Neptuno sobre pedestales, las cuales entablaban
un diálogo a través de las inscripciones que las acompañaban, cuyo fin era manifestar la
alegría universal ante la llegada de la Reina. Como habría de ser frecuente en la estructura
iconográfica de esta fiesta, se utilizaba el recurso renacentista del diálogo y la oposición de
contrarios, expresado en este caso a través de figuras mitológicas a las que, no obstante, se
revistió de significado cristiano. El conjunto, contratado en el mes de agosto con Lucas
Mitata, fue en principio pensado como un conjunto de dos figuras que representaban a
España y Hungría, pero posteriormente fue variado. Finalmente se convirtió en una
especie de transposición a lo mitológico de la historia presente en la que Baco, dios del
vino y de la alegría, incitaba a Neptuno como dios de las aguas a que las transformase en
vino, buscando la analogía evangélica y tomando como modelo lo ya realizado en otros
acontecimientos festivos. Aparecía aquí la primera muestra de la combinación entre
arquitectura, escultura, pintura y epigrafía que caracterizó las elaboraciones artísticas de
esta fiesta, y se presentaban conjugadas según los criterios de variedad y efectismo del
mundo manierista. A ello no solo contribuían la mezcla de lo profano y lo cristiano, o de
diversas prácticas artísticas en una misma obra, sino también su propia composición al
margen de lo canónico, con el empleo de figuras colosales como soportes, pirámides
como remates y recursos altamente efectistas, tales como la disposición de una pintura
ilusionista en el hueco del arco que intentaba engañar a los sentidos, al pretender ser un
espejo en el que se reflejaba el Paseo del Prado, así como el propio fingimiento de los
materiales; recursos todos ellos presentes en la propia práctica artística de la época.
Desde el inicio de la Carrera de San Jerónimo, por la que se introdujo el cortejo, la
comitiva recorrió un espacio urbano que, desde el punto de vista de su imagen y
significado se articulaba en dos tramos separados por la Puerta de Guadalajara: el primero
de ellos era el eje formado por la Carrera de San Jerónimo, Puerta del Sol y la Calle Mayor,
concebido como una especie de uia triumphalis, cuya unidad le venía conferida por los tres
arcos de triunfo instalados en sus diversos tramos, aprovechando las posibilidades de
apertura de perspectivas que brindaban un trazado de características más o menos
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oportunidad de contemplar un espacio urbano que había centrado la atención del Rey y de
sus arquitectos desde el traslado de la Corte a Madrid. Ya en el reinado de Carlos V existió
una preocupación por despejar el espacio que rodeaba al palacio y enlazarlo con las vías
próximas. A este fin respondieron los trabajos realizados en 1543 en la zona próxima a la
iglesia de San Juan, o los iniciados en 1553 en la propia plaza de palacio, consistentes en la
creación de un ámbito semicerrado que otorgaría unidad al conjunto y mostraría una
mejor imagen y adaptación como espacio ceremonial. Felipe II retomó la iniciativa con la
colaboración de Juan Bautista de Toledo, quien emprendió la construcción de una galería
en el sector occidental que enlazaría con las caballerizas, situadas en la zona sur. Poco
después, en 1565, se iniciaron las obras de nivelación de la plaza, previa actuación sobre
los canales, que circulaban bajo ella. Se actuaba, al mismo tiempo, en la apertura de los
accesos, organizando la calle de la Priora en la zona norte, cambiando la fachada del
convento de San Gil que daba al Alcázar para hacer ortogonal la calle, e interviniendo
igualmente en los accesos desde la puerta de la Vega y calle Real.
La ceremonia de recibimiento de 1570 aportó al conjunto de estas obras un
importante eslabón y activó la apertura del eje que enlazaba la calle Real con la iglesia y el
palacio mediante el derribo del arco de Santa María, perteneciente al primer recinto
urbano de la Villa. El paso quedó con esta obra, una vez más, “muy claro, espacioso y
desenfadado”, y se decoró para la ocasión mediante el blanqueo y canteo de sus espacios
limítrofes, rematado con puntas de pirámides y acróteras. Con absoluta claridad este
derribo formaba parte de los planes de remodelación que el Rey había pensado para la
zona. De hecho, la documentación existente (A.M.V. Libro de Acuerdos, 14) pone de
manifiesto, una vez más, que la iniciativa partió del propio Monarca, quien impuso su
criterio al Concejo. Se pensó incluso en tirar dos casas limítrofes al arco para facilitar el
paso del palio, pero esta última intervención no llegó a ser practicada.
En las proximidades de este espacio, concretamente en la plaza de la iglesia de
Santa María, se instaló la última de las decoraciones de arte efímero de esta Fiesta. Se
trataba de un escultura de carácter alegórico en la que, acudiendo de nuevo a la mitología
como forma de expresión, se establecía un identificación entre Felipe II y una estatua
colosal del gigante Atlas. Obra de los mismos artífices que los aparatos escultóricos
anteriores, mantenía también rasgos propios de la misma tendencia artística. La Reina
pudo contemplar este conjunto antes de la entrada en la iglesia, donde tras una ceremonia
religiosa fue conducida al punto final de su recorrido, el Palacio Real.
El programa decorativo superpuesto sobre este recorrido urbano fue desgranando,
con un sentido narrativo, toda una serie de mensajes que adquirían coherencia y unidad
integrados en el conjunto de la Fiesta. El principio renacentista de la vinculación de las
artes puestas al servicio del Estado fue, desde una perspectiva general, su característica
más destacada. La idea venía avalada por una teoría y una crítica artística que, desde
Alberti a Serlio, concebía la conjunción de las artes como fuente de belleza, y López de
Hoyos se hizo eco de ella en su Relación, alabando repetidas veces la confluencia de
pintura, escultura y arquitectura en la elaboración de las composiciones.
Esta mezcla de disciplinas artísticas en una misma obra requirió la colaboración en
la misma de artífices procedentes de campos también diversos. Arquitectos, maestros de
cantería, fontaneros, albañiles, carpinteros, pintores, doradores y ensambladores, al
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trabajar juntos en las mismas obras, compusieron el rico marco profesional que rodeó su
elaboración. Algunos de ellos eran ya en aquellas fechas artistas destacados del círculo
cortesano o colaboradores esporádicos en las obras reales. Muchos eran responsables de
las decoraciones efectuadas en El Escorial, con lo que así el Rey y el Consejo Real se
aseguraron de que el resultado de la imagen se adecuaría a la definición de la estética regia.
Otros acudieron a la Villa ante el interés suscitado por el pregón de las obras, en las que
también participaron artífices locales. Pompeo Leoni, encargado de todo el aparato
escultórico y de la traza de los arcos, y Alonso Sánchez Coello, a quien se encomendó el
trabajo de pintura de los mismos, fueron los casos más destacados. Finalmente hubo otro
grupo de artífices, como los escultores Lucas Mitata, Simón de Baena o Alonso de Rueda,
que fueron propuestos por el Consejo, que probablemente intervino también en la
elección de artistas como el escultor Portigiani, el pintor Diego de Urbina e incluso el
carpintero Maese Martín, relacionado con las obras reales, quien fue admitido a colaborar
en el primer arco cuando éste había sido ya concertado con otros artistas, esgrimiendo
para su aceptación el significativo argumento de su concordancia con los gustos de
Pompeo Leoni.
Este escultor se encargó de la traza y dirección de las obras de los arcos de la
Carrera de San Jerónimo y de la calle Mayor, directamente implicados en la presentación
de la imagen del Rey. López de Hoyos le atribuye también la realización de dos esculturas
para el primero de ellos, aunque probablemente éstas no fuesen hechas de su mano, sino
realizadas por sus colaboradores. Mitata, Baena y Rueda, participaron en la decoración del
Prado, donde Protigiani había realizado tres fuentes. Los tres escultores ejecutaron allí, al
parecer según su propia traza, las figuras de Baco y Neptuno. Se les atribuye también la
autoría de la traza y ejecución de las esculturas del segundo arco, así como las
decoraciones de la plaza de San Salvador y Santa María; éstas últimas, al parecer, según las
ya elaboradas, que les fueron proporcionadas por el Concejo. Por último, las labores
pictóricas del primer y tercer arco corrieron a cargo de Alonso Sánchez Coello y Diego de
Urbina.
Por lo que se refiere a los conjuntos escultóricos del Prado de San Jerónimo, la
plaza de San Salvador y la de Santa María, ya ha sido mencionada su adscripción a los
principios estéticos del Manierismo, recogidos por el conjunto de las decoraciones
efímeras que se realizaron en esta Fiesta. En cuanto a la composición arquitectónica de
los arcos de triunfo, es claro que éstos procuraron su correspondencia visual con los de la
Roma Imperial, si bien su diseñó fue realizado mediante una interpretación libre de los
mismos que se basaba en la autoridad de los Antiguos. Esta interpretación era la misma
que Serlio había plasmado en el Tercer y Cuarto Libro de su Tratado de Arquitectura,
traducidos al castellano por Villalpando en 1552, antes incluso que los tratados de
Vitruvio y Alberti. En su obra, Serlio proponía a Vitruvio como única fuente de autoridad
y a los monumentos conservados de la Roma Imperial como probables fuentes de
inspiración. Entre éstos incluía varios arcos de triunfo de uno o tres vanos, articulados a
través de pilares y columnas y decorados con nichos y medallones -muy similares en su
estructura a los realizados en la fiesta de 1570-, a los que daba por buenos a pesar de
reconocer su falta de adecuación a los preceptos vitruvianos, lo cual justificaba por ser
“muy cosas de triumpho, hechos a gran furia y presteza”. En su tratado, Serlio hablaba
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Austria, ambas unidas desde sus orígenes por el fin idéntico de luchar contra la herejía. A
ello se aludía en sendos cuadros situados en el cuerpo inferior del arco, donde se
representaba el triunfo de algunos de estos monarcas en sus luchas contra musulmanes y
protestantes. Según la lectura iconográfica de los mensajes, la ayuda de Dios y las virtudes
reales habían hecho posible el triunfo de España, el cual estaba representado a través de
una imagen alegórica que coronaba la composición, en la que una figura pisaba y sujetaba
con una cadena a una fiera que simbolizaba la herejía. Con ello se mostraba uno de los
mensajes principales de esta fiesta: la victoria de la Fe Católica, del verdadero Dios -como
el propio López de Hoyos indica-, contra la herejía, motivo que se recreó a través de un
conjunto escultórico de gran parecido con el grupo Carlos V y el Furor, de Pompeo Leoni.
Tras esta presentación se hallaba la intención de mostrar al espectador algo que se
hizo característico de la difusión de la imagen real en tiempos de Felipe II, a partir de las
decoraciones que había tenido la oportunidad de contemplar en el viaje que realizó junto a
su padre por territorio europeo. Se trataba de la idea de estirpe, basada en el intento de
legitimar la Monarquía española relacionándola con la imperial austríaca, para lo cual se
hacía necesaria, como ocurrió en este caso, la inclusión de la figura de Carlos V. En
relación con esta misma idea, en la iconografía de esta Fiesta se hizo frecuente uso de los
signos imperiales, tales como el águila, el lema del Plus Vltra o la asimilación de Felipe II
con Atlas. Asimismo, otras figuras remitían a modelos de representación de la imagen
regia ya ensayados en el reinado de Carlos V. Es el caso de la versión iconográfica de
Felipe II a caballo, coronado y con bastón de mando que aparece en el tercer arco,
directamente inspirado en el retrato ecuestre en Mühlberg, de Tiziano, o la que le representaba
armado, sentado y togado a la antigua, recreando una imagen que había sido también
ensayada en las fiestas del viaje europeo de Carlos V y Felipe II, concretamente en la
ciudad de Milán, donde se incluyó en uno de los arcos la representación del emperador
según la iconografía descrita.
Dicho programa tenía su continuidad en el tercer arco, dedicado a la exaltación
virtuosa del Rey y a la valoración de su matrimonio en el contexto de la política
internacional de la época. A Felipe II se le adjudicaba aquí el papel de primer monarca del
mundo, compendio de virtudes y espejo de príncipes. Él asumía y superaba la tradición de
la Monarquía Católica representada en el primer por reyes y emperadores heroicos,
mediante la creación de un nuevo tipo de gobernante en el que se daban cita, además de
las tradicionales virtudes teologales, toda una serie de virtudes políticas que le convertían
en el nuevo modelo de gobernante moderno, artífice y protagonista de una Edad de Oro
por venir. La expresión de los conceptos de grandeza, fortaleza y sentido heroico
presentes en la obra más importante del reinado de Felipe II, El Escorial, se hacían aquí
patentes aplicadas al contexto general de la Fiesta, y, particularmente, a la representación
de la imagen regia. El mensaje aparecía desarrollado en ambas caras del arco: en la
primera, a la representación escultórica de la Religión, la Clemencia, la Temperancia y la
Prudencia, se unían emblemas y jeroglíficos que destacaban las nuevas dotes políticas del
Rey, en quien se conciliaban cita las armas y las letras, como pone de manifiesto su
asimilación con Marte y Apolo, y su representación en el espacio central del arco como
pacificador y padre de la patria. Con ello se seguía la iconografía imperial romana, que
unía a los atributos militares la actitud política del gobernante. En la segunda cara las
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Real apparato y sumptuoso recebimiento... de Ana de Austria
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JUAN LÓPEZ DE HOYOS
los considera hechos “muy al natural” o “bien imitados”. Éste es un aspecto del que
tenemos constancia a través de la documentación (A.M.V. Libro de Acuerdos, 14), en la
que se recoge el conflicto existente entre Pompeo Leoni y el Ayuntamiento por tener que
hacer las figuras con “similitud”, cuando este punto no había sido contemplado en el
contrato. Reyes y emperadores fueron representados en actitudes hieráticas, con las que se
identificaba la idea de majestad, y acompañados de los atributos militares que
correspondían al ejercicio de sus funciones, así como del bastón de mando en tanto que
capitanes de la milicia cristiana. Era ésta una imagen que partía de la tradición artística de
la Antigüedad y del Medievo y que había sido empleada en relación con Carlos V, antes de
la adscripción de su retratística a los modelos de la Antigüedad. El patrón recogía, en
líneas generales, la tradición artística de representación medieval que relacionaba la
práctica de las funciones reales con la actividad bélica y la conducta caballeresca, rodeada
de toda una serie de símbolos que fueron incorporados a la retratística imperial a partir de
su asimilación con la figura de Carlomagno. Así, a la presentación de Carlos V y su
hermano Fernando como capitanes de la milicia cristiana, se unía la de Don Pelayo y
Fernando III el Santo rodeados de los principales atributos simbólicos con los que la
Edad Media había relacionado a la realeza: la corona y la espada, ésta última entendida en
una doble vertiente; como instrumento de justicia real y de protección hacia la Iglesia.
Este mismo sentido era recogido, aunque con distintos elementos de expresión, en
uno de los cuadros de historia representados en esta fiesta, obra de Sánchez Coello, en el
que aparecía el paso del río Elba por parte del Emperador y sus tropas, donde se utilizaba
seguramente la técnica de la grisalla o representación de la escena en dos tonos, blanco y
negro, lo que confería a la imagen un tratamiento casi escultórico de volúmenes simples,
que contribuían a plasmar, como en los retratos regios, la idea de majestad. Carlos V
aparecía aquí dando gracias a Dios delante de una custodia del Santísimo Sacramento en
una presentación realista de la imagen, al margen de alegorías, en la que la majestad del
Emperador como héroe cristiano aparecía definida a través de su actitud.
Varios fueron los modos de representar la majestad real en esta fiesta. Además de
las ya vistas, hay que citar la de Fernando el Católico sentado en un trono, con cetro y
corona real, acompañado de los napolitanos a sus pies, de Colón y los escudos de armas
de Nápoles y Sicilia; todos ellos alusivos a sus hazañas militares y políticas y la extensión
de sus dominios. El argumento y el modo de expresarlo era, en el fondo, el mismo que
había sido empleado en uno de los fragmentos decorativos del programa elaborado para la
entrada de Carlos V en la ciudad de Bolonia, donde Fernando el Católico era representado
acompañado de una inscripción que recordaba la derrota de los moros en Granada, la
expansión africana y americana del Imperio y la ayuda papal en Italia. En el caso de la
entrada madrileña de 1570, la representación remitía, por sus características, a una
iconografía medieval que había sido revitalizada en estos momentos a través de su relación
con la representación de la imagen imperial. Ésta intentaba aquí expresar el nuevo
concepto del rey misericordioso con sus vasallos y se inspiraba, a su vez, en los modelos
de representación, también de origen medieval, que remitían a los cuadros de batallas
relacionados con la imagen del rey vencedor y de las victorias medievales. Este tipo de
imágenes fueron recreadas en el siglo XVI en relación, una vez más, con la iconografía
imperial, y así, en La Carolea (1560), de Sempere, Carlos V era representado entronizado,
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Real apparato y sumptuoso recebimiento... de Ana de Austria
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JUAN LÓPEZ DE HOYOS
donde la Reina aparecía rodeada de sus damas. Ambas imágenes quedaban vinculadas a
través de un rótulo que intentaba crear un nexo entre las personas reales y determinados
personajes bíblicos tomados como ejemplo de virtud. En relación con esta composición
resulta interesante destacar cómo, al parecer por estas mismas fechas, Sánchez Coello
pintó a los Reyes, probablemente con motivo de sus bodas, unos retratos con atuendo
cortesano, que debían formar pareja, al estilo de los que aparecen en el texto.
Si en las figuras alegóricas el reconocimiento de la persona real estaba sometida al
conocimiento de la cultura mitológica y pretendían representar más que a la persona real
en sí misma, al poder regio, en los retratos de estado mencionados la imagen regia era
fácilmente identificable por quienes la contemplasen. De hecho, López de Hoyos insiste
en el parecido que mostraban con respecto al natural, aspecto éste muy interesante, en
tanto que suponía una “popularización” del retrato de aparato, generalmente pensado para
una contemplación semiprivada, restringida al ámbito cortesano, que era ahora dotada de
un destacado carácter público. Por otra parte, se hacía aquí una exhibición inusual de la
imagen de Felipe II, contraria a la actitud que el Monarca mantuvo a lo largo de su
reinado en relación con el culto a su imagen, cuyo rechazo ha sido ampliamente discutido
por la historiografía. Es probable que tras esta actitud se encontrasen planteamientos
político-religiosos relacionados con la Contrarreforma. Al respecto, Diego de Villalta,
autor de un tratado de escultura escrito a finales del siglo XVI, criticaba la exhibición
pública de las imágenes de reyes y príncipes por considerarlas contrarias al catolicismo y
propias de la gentilidad. En la misma línea el cardenal Gabriele Palleoti, que tan
activamente participó en la Contrarreforma, condenaba el carácter público de este tipo de
representaciones, y sólo las justificaba si su ejecución había partido del pueblo o de sus
representantes, y no como muestra de adulación, sino de exaltación de sus virtudes y de
las de la Monarquía, desde cuya perspectiva quedaba justificada su inclusión en la fiesta.
Finalmente habría que poner de manifiesto la importancia que la pintura de batallas
adquirió en esta fiesta, quedando así integrada en una tradición asumida por la realidad
artística del momento a través de las salas de batallas, las cuales, como en El Escorial,
pretendían recrear una imagen parcial de la historia vinculada a la Monarquía. Este tipo de
pintura había sido revalorizada, gracias a obras como la serie de tapices de la Conquista de
Túnez realizados en honor de Carlos V. Allí se siguió un modo de expresión similar al
empleado en la Fiesta y las pinturas de batallas se acompañaron de una inscripción en una
cartela que explicaba los hechos y permitía seguir su narración. Aparece en esta obra el
empleo de un lenguaje más objetivo que alegórico, a pesar de incluir algunos símbolos
relacionados con la imagen imperial de Carlos V, semejante al empleado en la fiesta de
1570. Los cuadros de historia y de batallas formaron parte de la decoración del primer y el
tercer arco y reforzaron una idea de triunfo que transmitían a la propia concepción de la
Historia vinculada a la Monarquía española y la Casa de Austria, al tiempo que intentaban
definir una imagen virtuosa de sus protagonistas. No obstante, los datos aportados por
López de Hoyos se basan en cuestiones meramente descriptivas que nos impiden conocer
los detalles relativos a las técnicas de representación empleadas en estos cuadros.
Por todo lo visto, la transformación que experimentó Madrid con motivo del
recibimiento de Ana de Austria constituyó un verdadero hito en el conjunto de la
celebraciones realizadas en la Corte en época moderna, del que da cumplida cuenta la
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Real apparato y sumptuoso recebimiento... de Ana de Austria
Relación escrita por López de Hoyos, la más rica que encontramos en este tipo de literatura
referida al ámbito madrileño. El evento contaba con el valor añadido de ser el primero
que se hacía en Madrid tras su constitución como sede permanente de la Corte, en un
momento fundamental en el proceso de definición y configuración de su imagen como
símbolo de los principios políticos, culturales y religiosos de la Monarquía española frente
al resto de las cortes europeas. El acontecimiento constituyó el más destacado despliegue
decorativo que tuvo lugar en el siglo XVI en la nueva capital, y dejó su impronta en la
celebración de fiestas posteriores, como la que tuvo lugar con motivo de la entrada de la
reina Margarita de Austria tras su boda con Felipe III, donde los préstamos en relación
con la ritualización, instrumentos decorativos y transmisión de mensajes se hicieron
evidentes, mostrando un proceso de codificación de la puesta en escena derivados de la
entrada madrileña de 1570.
El 28 de abril de 1916, Fidel Pérez Mínguez, abogado del ilustre Colegio de Madrid
y académico profesor de la Jurisprudencia y Legislación, pronunció una conferencia en el
Ateneo de Madrid, publicada en el mismo año, sobre “El maestro López de Hoyos” dentro de
un ciclo de conferencias de homenaje a Cervantes.
En ella la presentación de la semblanza y la obra de López de Hoyos queda
configurada entre la recreación imaginaria de su actividad cotidiana como profesor del
Estudio de la villa de Madrid y como párroco de San Andrés, a partir de algunos datos
obtenidos de la escasa documentación que sobre él se conserva, y la circunstancia concreta
por la que más se le ha conocido o, al menos, mencionado, la de ser profesor de
Cervantes. De manera que la continua evocación de éste deja en un segundo plano la
figura de López de Hoyos, argumento inicial de la citada conferencia, y, al describir los
contenidos de sus obras, salvo escasas citas de algunos pasajes concretos, el único texto
literario que se reproduce es parte de la elegía que Cervantes, su “charo y amado
discípulo”, compuso “en nombre de todo el Estudio”, cuando era alumno del mismo, con
motivo de las exequias fúnebres de Isabel de Valois, y que su maestro incluyó en la
Relación escrita del acontecimiento (fols. 157v-162r.), junto a otras cuatro redondillas
cervantinas y composiciones de otros de sus discípulos
De hecho, casi todas las referencias a su obra y a su actividad académica están en
relación con este dato y con la especulación sobre el posible influjo que el maestro pudo
tener sobre Cervantes, y en especial sobre si pudo ser él quien le iniciara en el
conocimiento directo de Erasmo, propiciando con ello el enfoque erasmista de algunas de
sus obras. La sospecha se fundamenta en que López de Hoyos menciona al humanista de
Rotterdam en la citada Relación sobre Isabel de Valois.
Pero junto a este mérito, y al de su cargo como catedrático del Estudio de la villa
de Madrid, hay que valorar fundamentalmente su actividad como escritor de encargo,
podríamos decir como primer cronista de la Villa, a quien se encomendó poner por
escrito las relaciones de solemnidades y acontecimientos de los que había sido testigo
directo, o incluso miembro activo en la organización de sus preparativos, a los que, en
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JUAN LÓPEZ DE HOYOS
Las noticias existentes sobre la vida de López de Hoyos son escasas y consisten
fundamentalmente en algunos documentos conservados en archivos diversos, como el
Archivo Histórico Nacional, el de Protocolos o el de la parroquia de San Justo y que han
sido publicados en contadas ocasiones (GONZÁLEZ PALENCIA, 1920, 593-603; SIMÓN
DÍAZ, 1945, 101; AGULLÓ Y COBO, 1970, 161-70).
Los datos más numerosos son los indirectos, relativos a la familia del autor:
partidas de bautismo, casamientos, herencias, ventas de propiedades, etc., de hermanos y
sobrinos. Esta información llega hasta comienzos del siglo XVIII (los últimos
documentos datan de 1717), pero sólo algunos de ellos aportan escasos elementos de
interés para el conocimiento de su persona.
Fue uno de los diez hijos que tuvo el matrimonio formado por Alonso López de
Hoyos y Juana de Santiago, aunque se desconoce la fecha de nacimiento y el lugar que
ocupaba entre sus hermanos. En cambio, sí parece que era natural de Madrid, pues un
pequeño poema a él dedicado por Pedro de Cárdenas e inserto en la Historia y
relación...dedicada a Isabel de Valois, así lo afirma. También lo debían ser los demás
miembros de la familia, al menos los hermanos, pues ésta estaba asentada y vivía en
Madrid. Su padre era un herrero que trabajaba cerca de Puerta Cerrada (llamada también
la Herrería), donde se concentraban los profesionales de este tipo de trabajo.
Sabemos las fechas de nacimiento de algunos hermanos, comprendidas entre 1554
(Catalina, primera de este nombre, pues hubo otra en 1556) y 1561 (Úrsula), o de la
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Real apparato y sumptuoso recebimiento... de Ana de Austria
confirmación de otros, como Alonso (en 1570, muerto al año siguiente). Fue en 1570
cuando se casó su hermana, Juana de Santiago, con Martín López, vecino de Villaescusa,
siendo el propio Juan el sacerdote que ofició la misa. A tenor de estas fechas, podría
deducirse que el autor, ya ordenado en 1570, habría nacido, al menos, a finales de los 40 o
comienzos de los 50; probablemente sería uno de los mayores, o el mayor, dado que ya en
1568 regentaba el Estudio de la Villa, fecha en la que escribe la primera de sus obras
conocidas, la Relación de la muerte y honras fúnebres del Sereníssimo Príncipe Don Carlos.
De más valor, por la información que suministra, es el testamento del propio Juan
López de Hoyos, abierto en Madrid el 28 de junio de 1583. En él se expresan sus últimas
voluntades, como la de ser enterrado en San Francisco el Grande, el número de misas que
desea que se digan por el descanso de su alma, y los lugares donde han de celebrarse, así
como la provisión de dinero que deja para las mismas. Igualmente hay disposiciones
relativas a limosnas, a la libertad que tendrán dos sirvientes que trabajan para él,
transcurrido un tiempo de servir a su madre, al reparto de algunos de sus bienes y
haciendas entre diversos hermanos y sobrinos, especialmente partidas de dinero. Uno de
los aspectos más destacables es, sin duda, la fundación de una capellanía para un sobrino
suyo, hijo de su hermana Ana de Santiago y de Pedro de la Parra, y de este mismo
nombre, ya que está estudiando, para que continúe sus estudios y se haga cargo de la
capellanía y se ordene sacerdote. No obstante, la heredera universal y usufructuaria de sus
bienes es su madre.
Precisamente, a través del propio testamento, sabemos que tres días antes de la
apertura del mismo, el 25 de junio, su madre escribe una “voluntad”, autorizándole a dejar
sus bienes según le convenga a él, dado que López de Hoyos, al ser sacerdote y sin
descendencia directa, debía legar su patrimonio a su madre por derecho hereditario.
Aunque López de Hoyos nombró a su madre heredera, pudo, mediante esta voluntad,
repartir una serie de bienes directamente entre los restantes familiares.
Los pocos días que median entre la lectura pública de ambos documentos
demuestran que el de Juana de Santiago se hizo ante la inmediatez de la muerte de López
de Hoyos, para que así él pudiera redactar su testamento sin problemas, conforme a la
Ley.
En éste deja escrito también el epitafio que deseaba que constase en su sepultura:
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Hoyos, a pesar de su relación con la Corte y con artistas de la misma como Pompeo Leoni
o Alonso Sánchez Coello, ya poco o nada podría hacer por frenar lo inevitable. Después
de su propia muerte, la situación iría en declive hasta la desaparición misma del Estudio el
2 de septiembre de 1619. Simón Díaz comenta sobre este punto: “El Concejo, que en un
principio defendió la causa del Estudio como propia, fue adoptando una posición cada
vez más realista, y al tiempo que prestaba apoyo al Colegio de la Compañía iba
desinteresándose de las necesidades del suyo, hasta que por fin decidió suprimirlo y
despedir al preceptor que lo regentaba”. Años antes, ya la Compañía de Jesús había visto
reconocidos su prestigio y su primacía con la concesión de la denominación de Colegio
Imperial en 1603, gracias al legado testamentario de la reina María de Austria.
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de las conclusiones de Trento. Con todo, la mención de López de Hoyos, en un libro que
agradó a Felipe II, revela cierta permisividad y tolerancia, al menos hacia ciertas obras del
gran humanista de Rotterdam. Por ello, en 1931, Américo Castro supuso que estas
referencias de López de Hoyos a Erasmo pudieron ser una de las fuentes de adquisición e
información del “erasmismo” de Cervantes.
La colaboración de otro conocido humanista, partidario también de Erasmo,
Gracián de Alderete, tanto en este libro como en el de la Entrada de Ana de Austria,
corroboran esta hipótesis. En el primero, López de Hoyos publica un epitafio y un
epigrama funerarios de aquél, alabando la erudición del humanista secretario del Rey:
“Junto con éste huvo otro epitaphio que Diego Gracián, secretario de Su Magestad, con
un epigramma compuso; lo qual pondré aquí por ser obra de quien tan aventajadamente
en letras griegas y latinas tiene tanta erudición” (f. 139r).
De otro lado, López de Hoyos, al igual que los intelectuales de su generación,
asume profundamente el espíritu del Humanismo renovado desde la óptica cristiana. La
nueva corriente cristiana, emanada de las conclusiones del Concilio de Trento y del talante
extraordinariamente religioso de la Monarquía española, impregnaba y revestía todas las
actividades sociales, políticas y culturales del momento. El Humanismo, pues, se había ido
transformando progresivamente, volviendo los ojos de forma inequívoca a la
omnipresencia de la religión y rescatando en esta segunda mitad del siglo XVI algunos
elementos culturales medievales que habían quedado postergados con la reacción del
primitivo Humanismo italiano, en especial el valor de la filosofía escolástica medieval. Las
concepciones neoplatónicas y aristotélicas habían recobrado su vigor a través de los
Padres de la Iglesia tenidos como modélicos, especialmente San Agustín y Santo Tomás
de Aquino, quienes ahora serían nuevamente, y con mayor fuerza si cabe, los máximos
exponentes de la verdad de la fe cristiana, las fuentes fundamentales de la Filosofía y,
junto con la Biblia, las auctoritates por excelencia y los principales referentes culturales.
Este panorama es perfectamente observable en las obras de López de Hoyos y hay
que suponer que debió ser el que transmitió a sus alumnos en sus clases del Estudio de la
Villa.
Precisamente al Estudio y a sus alumnos hay también referencias expresas en sus
obras. Una de ellas, contenida en la Relación de Isabel de Valois, alude a la premura de
tiempo con la que se ha visto obligado a realizar los preparativos para los acontecimientos,
así como parar redactar la obra: “Todo lo que de más de lo que yo aquí con el poco
tiempo que tengo he historiado...” (f. 212v.)
Sus alumnos compusieron poemas, en latín o en castellano, con motivo de estos
eventos, y algunos de ellos quedaron incorporados en las obras del autor. A propósito de
las mencionadas exequias de Isabel de Valois, escribe López de Hoyos: “En torno del
túmulo huvo todas estas letras, que de más de los exercicios en latín que en el Estudio
hizieron nuestros discípulos, también compusieron en metro castellano y, dedicando todo
este tan maravilloso espectáculo a la Sereníssima Reyna, el Illustre Ayuntamiento deste
villa de Madrid, dize hablando con Su Magestad” (fols. 142v-143r).
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- Relación de la muerte y honras fúnebres del SS. Príncipe D. Carlos, hijo de la Mag. del Cathólico Rey
D. Philippe, el segundo, nuestro señor.
- Real apparato y sumptuoso recebimiento con que Madrid (como casa y morada de Su M.) rescibió a la
Sereníssima Reyna doña Anna de Austria, viniendo a ella nuevamente después de celebradas sus
felicíssimas bodas. Pónese su itinerario. Una breve relación del triumpho del Sereníss. Don Juan de
Austria. El parto de la Reyna, nuestra señora. Y el solenne baptismo del SS. príncipe Don Fernando,
nuestro señor.
- In obitum Illustrissimi ac Reverendiss. D.D. Didaci Spinosae. S.E.R.P. Cardinalis, Seguntini antistis,
Senatus regii praesidis ac suppremi de fide Quaesitoris, magistri Ioannis Lupecii de Hoyos Epicedion,
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JUAN LÓPEZ DE HOYOS
cum ad pedes Crucifixi Servtaoris nostri Iesu, mortem tanti patroni quam flebiliter lamentaretur.
- In commendationem et encomium parti triumphi funditus profligata, fortiter superata ac penitus extincta
potentissima classe Turcarum, ab invictissimo foederis Christianorum Imperatore Ioanne Austr. classis
praefecto Max. R.C. Philip.II fratre, Carol. V Imp. filio; necnon in foeliciss. partum S.S. Annae Austr.
Philip.
La obra escrita por López de Hoyos con motivo de la entrada triunfal de Ana de
Austria en Madrid constituye fundamentalmente una relación de cómo se desarrolló este
acontecimiento y del recorrido realizado por la Reina y su cortejo, hasta la llegada a
Palacio, donde los esperaban el Rey y los restantes miembros de la familia real, así como
de las fiestas que se organizaron para tan solemne ocasión. Pero, con ser éste el núcleo
fundamental de la obra, los primeros capítulos están dedicados al viaje realizado por Ana
desde Espira hasta su entrada en Madrid.
Va precedida de los oportunos permisos de publicación, licencia de Felipe II para
publicarla y venderla, con un derecho sobre la venta de seis años, y la corroboración del
secretario real, Juan de Herrera, después de haber sido sometida a examen ante el Consejo
del Rey. En esta nota del Secretario queda, curiosamente, reflejado el título original de la
obra: El viage felice y próspera navegación de la Magestad de la Reyna doña Anna de Austria, nuestra
señora, que, como se ve, es distinto del que figura en la edición y por el que es conocida.
En nuestra opinión este hecho no se debe sólo a que el título definitivo sea más acorde
con el contenido de la obra, que lo es, sino a que a la hora de su publicación debió de
tenerse especialmente en cuenta el hecho de la participación de la villa de Madrid, de sus
instituciones y la transformación misma de la ciudad con motivo de la fiesta, y a que, a fin
de cuentas, los principales gastos de la organización corrieron a cargo del Ayuntamiento y
de los Corregidores. López de Hoyos, como catedrático del Estudio de la Villa, no sólo
formaba parte del grupo de intelectuales vinculados a la Corte, por su adscripción al
círculo del cardenal Diego de Espinosa, sino que trabajaba al servicio del Concejo
madrileño, regentando el citado Estudio, y era, por tanto, miembro activo de la vida de la
ciudad.
No es ésta la única cuestión observable en el título mismo de la obra publicada. En
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Real apparato y sumptuoso recebimiento... de Ana de Austria
él, tan largo por ser descriptivo del contenido, al modo y gusto de la época, se afirma que
contiene “una breve relación del triumpho del Sereníssimo Don Juan de Austria. El parto
de la Reyna, nuestra señora. Y el solenne baptismo del Sereníssimo Príncipe Don
Fernando, nuestro señor”. Pero nada de esto queda incluido. Sólo hay una mención a
estos hechos en la Epístola dedicatoria de la obra, dirigida al cardenal Diego de Espinosa,
que sigue a los permisos de publicación y a la reproducción del escudo de este personaje.
Desde la entrada de Ana en Madrid, el 26 de noviembre de 1570, y la concesión del
permiso por Felipe II para la publicación de la obra, el 22 de septiembre de 1571, han
transcurrido unos cuantos meses durante los cuales López de Hoyos la ha redactado y se
ha conocido el embarazo de Ana de Austria, para cuyo término queda poco tiempo, pues
el príncipe heredero, Fernando, nace el 4 de diciembre de ese mismo año. Por tanto, entre
el permiso real y la corroboración del Secretario, fechada el 30 de enero de 1572, han
tenido lugar en el último trimestre de 1571 los acontecimientos fundamentales señalados
en el título definitivo de la obra: la victoria de Juan de Austria en Lepanto el 7 de octubre,
el nacimiento de Fernando, el 4 de diciembre y su bautizo el día 6 del mismo mes. Tal vez
se pensara añadir algunos poemas o breves relatos sobre estos acontecimientos y, o bien
no se pudo por falta de tiempo, o por falta de permiso, al estar la obra concluida sin estos
contenidos y haber sido ya examinada por el Consejo, o bien no se quiso y se prefirió
redactar otras obras aparte. De hecho, López de Hoyos tiene sendas obras latinas al
triunfo de Juan de Austria y al heredero Fernando, como ha quedado expuesto en la
mención de sus escritos,. Sea como fuere, sí aparece, en cambio, una referencia a estos
hechos en la Epístola dedicatoria a Diego de Espinosa, como se ha indicado, por lo que la
obra debió de cerrarse definitivamente para su publicación y venta después del 30 de
enero y antes del 5 de septiembre de 1572, fecha de la muerte del Cardenal. Fue la
mención de estos acontecimientos, entre otras razones, la que condujo al cambio del título
de la obra, que apareció publicada por la imprenta de Juan Gracián, hijo de Diego Gracián
de Alderete, uno de los colaboradores de López de Hoyos.
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Covarrubias, en su tratado de emblemática de 1589, cuando señalaba cómo “con sólo ver
la figura de cualquier emblema se representa algo que sea de aviso y si pasan delante se
gusta del concepto y de lo que allí se significa, y mucho más si se lee la declaración que se
sigue”.
El Real Apparato de López de Hoyos tiene una significación muy particular en este
ámbito cultural. La estrecha relación entre lo que fueron la entrada y la fiesta con la
redacción escrita puede considerarse como un ejemplo concreto y amplio de la
mencionada asociación entre la imagen (el significante, es decir, el programa iconográfico
y las obras artísticas) y la idea explicativa (el significado, es decir, la obra escrita). De su
lectura se deduce claramente que los elementos que formaron parte de la fiesta tenían una
justificación política e histórica y constituían un “libro abierto” de imágenes ilustradoras
de la monarquía española, del reciente matrimonio real y sus buenos augurios de futuro,
de los territorios que conformaban el Imperio de España, de la monarquía como adalid de
la fe y la religión, etc.; en definitiva, de los mensajes ideológicos que el propio Felipe II
deseaba que quedasen plasmados en aquel ostentoso Apparato confeccionado para el
recibimiento y que tanto su joven esposa como la ciudadanía madrileña debían captar de
la forma mejor y más directa posible, a través de la estética del momento.
La lectura de la obra muestra, además, que toda esa iconografía arquitectónica,
escultórica, pictórica, y hasta literaria, tenía una base simbólica; todos y cada uno de los
detalles que componían los cuadros, los atributos de las esculturas, cualquier elemento
decorativo (personajes mitológicos o históricos, alegorías de virtudes personificadas, o
bien toda una suerte de cornucopias, timones, vihuelas, rayos, animales diversos, plantas,
etc.) tenían una motivación perfectamente estudiada para figurar allí, la cual después sería
conveniente y puntualmente explicada a través de los argumentos empleados por el autor,
valiéndose de las explicaciones y comentarios de los “jeroglíficos” y aduciendo
continuamente, como auctoritates, los textos y autores literarios.
De esta forma, el Real Apparato constituye una aplicación práctica de las teorías y
argumentos de la literatura emblemática y puede ser dignamente reivindicado dentro de
este tipo de literatura y del de la relaciones de fiestas. Injustamente olvidada esta obra -tal
vez debido al juicio negativo que en su día hizo de ella Mesonero Romanos en El Madrid
Antiguo-, con toda seguridad debió de ser divulgada en su momento y, a buen seguro,
contribuyó a la expansión de este tipo de literatura en los ambientes culturales del último
cuarto del siglo XVI.
Existía una diferencia fundamental entre los destinatarios inmediatos del hecho
festivo y los lectores de la obra de López de Hoyos. Las características de la misma, a
pesar de estar redactada en castellano y de las “declaraciones” que “traducían” los textos
epigráficos y literarios latinos, no permitían que fuese una lectura divulgativa para
cualquier público, sino tan sólo para una minoría culta y letrada, capaz de comprender y
asimilar cada explicación, comparación, alegoría o jeroglífico, inmersos todos ellos en un
mundo de citas literarias de autores clásicos, cristianos y humanistas, mezcladas,
combinadas de tal forma que, a pesar de la intención didáctica permanente, sólo serían
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“Por no aver interpolado la historia con las letras y hierogliphicas (que en harto
poco tiempo que para ello me dio el illustre Ayuntamiento desta Villa), la he
dilatado hasta este lugar, suplicando al venébolo y piadoso lector advierta el orden
e invención y lo mire con la clemencia que él desea ser juzgadas y miradas sus
obras, y en todo se persuada que con la modestia christiana que devo, le queda por
mí la puerta abierta para el que mejor sintiere como tengo dicho, lo otro a la
obediencia y correción de nuestra madre, la Sancta Iglesia romana” (fols. 105v-
106r.).
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obra sirven para que los mensajes lleguen a los lectores. Precisamente en la obra anterior
al Real Apparato, en la Relación de Isabel de Valois, había hecho un curioso comentario a la
necesidad de traducir algunos epitafios, como respuesta a alguna recriminación que se le
pudo haber formulado en algún momento: “Y por la molesta importunación de algunos,
pondré los romances destos epitafios aunque a la verdad no suenan tan bien en romance
como en latín” (f. 136v.)
Por otro lado, la minuciosa descripción de la comitiva, la lista de personajes
importantes, sus vestimentas y joyas, las muestras de lujo y ostentación que se dieron
efectivamente en la fiesta, y que el autor relata con tanto interés, nos evoca el tono de una
crónica social, que por el hecho de reflejar el boato de la vida cortesana, debía interesar
también a esos lectores eruditos, dando así satisfacción a una faceta distinta y más
mundana de sus gustos.
5.4.1 Mitología
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Hay una sistemática exposición de las virtudes que adornan a los reyes, a la Casa de
Austria en general y, muy en particular, a Ana y a Felipe II; las virtudes que se espera que
la nueva Reina tenga y exhiba y las cualidades que debe ostentar el nuevo matrimonio.
Esas virtudes, que habitualmente se presentan en forma de alegorías femeninas, fueron
pintadas o esculpidas para la fiesta y López de Hoyos las describe junto a comentarios en
los que hace referencias a personajes “ejemplares” del mundo clásico, y a quienes señala
como espejo de esas virtudes que poseen los monarcas.
Los territorios y los súbditos de los monarcas constituyen otro grupo temático,
ofreciendo su apoyo, simpatía y sumisión a la monarquía española, incluidos aquellos que
han sido sometidos por la fuerza, y cuya anexión y sometimiento se había logrado con un
alto coste de vidas y de forma cruenta. El arco segundo supone la máxima expresión de
este espacio territorial controlado por la monarquía española.
Un capítulo especial lo constituye la personificación de Madrid y el Genio de la
ciudad, que se describe cristianizado como ángel de la guarda y protector suyo, recibiendo
solemnemente y con alborozo a la nueva Reina, deseándole toda clase de bienes y
augurándole o, más bien, pidiéndole con insistencia, una pronta descendencia que asegure
la continuidad de la Corona. Dos de las cuatro ilustraciones del libro son, precisamente, el
escudo de Madrid y su divisa de armas, cuya explicación deja apuntada López de Hoyos y
remite a la realizada en su anterior Relación sobre las exequias y honras fúnebres de Isabel
de Valois.
La lista de autores de la literatura clásica tanto griega como latina que aparecen
citados en la Relación es muy grande. Entre los primeros están Aristóteles, Homero,
Jenofonte, Píndaro, Platón, Plutarco. De la literatura latina destacan Cicerón, César,
Horacio, Lucrecio, Ovidio, Juvenal, Plinio el Viejo, Séneca, Suetonio, Tácito, Valerio
Máximo, Varrón, Virgilio y el más tardío Macrobio. Otros muchos que aparecen
esporádicamente completan esa larga lista.
La primera impresión que se obtiene ante la lectura de la obra es que la nómina de
autores latinos es más abultada e importante que la de los griegos. Igualmente, en lo que
respecta a este grupo de fuentes, también llama inmediatamente la atención que los
pasajes de autores griegos que se citan, nunca se presentan en griego, sino a través de
versiones latinas. Son referencias indirectas tomadas de obras de humanistas o de
versiones latinas de las obras griegas, tan frecuentes en el siglo XVI. Así ocurrirá, por
ejemplo, con Homero o con Aristóteles, si bien las frases de éste suelen estar tomadas a
través de Santo Tomas de Aquino, como más adelante se puntualiza.
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Declaración:
Los hijos de Apollo son muy illustres en el canto, a los quales en la tierra illustra la
virtud real”.
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maneja a los “naturales”, como él mismo los denomina y, entre ellos, fundamentalmente a
Plinio el Viejo y a Aristóteles, en su Historia de los animales. Sobre este punto merece
destacarse la mención a la obra del corpus aristotélico, De mirabilibus naturae, que el
humanista madrileño atribuye a éste último, siguiendo la tradición secular, y que, en
realidad, forma parte de los llamados paradoxógrafos griegos. Sus referencias concretas,
en el arco primero y segundo, se relacionan con la leyenda de que los cartagineses habían
traspasado las columnas de Hércules y navegado hacia Occidente, donde encontraron
unas islas habitadas por gigantescos peces, a las que López de Hoyos no duda en
identificar con el Nuevo Mundo, y en concreto con Santo Domingo y Cuba (fols. 119v-
121r). No obstante, nuevamente son las obras de los humanistas las fuentes
fundamentales, mayoritarias y, sobre todo, directas para la descripción del simbolismo de
animales y plantas emblemáticos utilizados.
Por último, se hacen reflexiones continuas referentes a las virtudes y cualidades del
ser humano, y en especial de los reyes homenajeados en la fiesta y representados en los
arcos, a través de las obras de Aristóteles, de Cicerón, y de algunas referencias a Lucrecio y
Valerio Máximo, entre otros. En este contexto es, con todo, donde más claramente se
muestra la perfecta y compleja combinación de fuentes que establece López de Hoyos,
comprando abundantes fuentes cristianas con las paganas. Ejemplo de ello puede ser la
explicación que ofrece en torno a la Religión, cuyo coloso se había instalado en el anverso
del tercer arco. López de Hoyos (fols. 125r-131r) realiza una larga exposición sobre la que
considera “basis y fundamento de todas las virtudes”, en la que explica el significado de la
palabra a través de Isidoro de Sevilla y de Cicerón:
“Ésta, como dize San Isidro en los libros de sus Etimologías, y también trae Cicerón,
se dize reeligo, que quiere dezir reelegir una y muchas vezes aquellas cosas que
pertenecen al culto divino...”.
“También por este ramo de oliva significaron los antiguos Philósophos la paz... y a
esta causa dijo Virgilio: Paciferaeque manu ramum praetendit oliuae. Y el Poeta Statio
dice: Ramumque precantis oliuae”.
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“Pacificum in primis Oleae hieroglyphicum esse tam apud poetas quam oratores
vulgatissimum est, cuiusmodi illud est Maronianum: Paciferaeque manu ramumque
praetendit oliuae... de qua Statius non alia de causa dixit: Ramumque precantis oliuae”.
“la qual (sc. la fidelidad), queriendo mostrar Sócrates Enphedone, juró por el perro,
dando a entender este buen philósopho la fidelidad y obediencia que se deve tener
a los príncipes y señores...”,
pero Piero Valeriano en el libro V, donde habla sobre el perro (Canis), indica:
“In Phaedone uero per canem iurat (Socrates) cum putat fidem et obsequium praestandum iis, qui
rerum habenas in ciuitatibus moderantur”.
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Son abundantes las referencias expresas a las obras, De ciuitate Dei, De uera religione y
De moribus Ecclesiae de Agustín, cuyas doctrinas gozaban en la época del mayor prestigio,
por lo que la utilización de este autor es uno de los puntales más sólidos para la
concepción cristiana que subyace a toda la obra de López de Hoyos. No en vano es la
obra De ciuitate Dei, que López de Hoyos cita en cinco ocasiones, donde Agustín
desarrolló su celebérrima teoría sobre las dos ciudades.
Felipe II, de forma personal a lo largo de su reinado, y ahora junto a su nueva
esposa, Ana de Austria, han asumido la responsabilidad de que la ciudad temporal, es
decir, los reinos que ahora rigen, sea reflejo fiel de aquella Jerusalén celestial.
La Summa Theologica de Tomás de Aquino, en especial la Secunda Secundae de la
misma, es la principal fuente que se usa para la explicación de las grandes virtudes,
especialmente las presentadas en el tercer arco y que se atribuyen a Felipe II. López de
Hoyos se detiene en definir y exponer detalladamente en qué consisten, recurriendo
explícitamente a Santo Tomás, aunque muchas veces se limite a traducir o glosar
directamente al filósofo medieval. En otras utiliza comentarios de la Summa para dar
referencias a pasajes de Aristóteles, aunque no especifique que no están tomados
directamente del autor griego.
Los textos sagrados, las “divinas letras” como López de Hoyos los llama, y los
autores cristianos constituyen, como ya hemos advertido, el máximo criterio de autoridad.
Su presencia da validez y justificación a cuantas explicaciones se ofrecen y respalda el uso
de fuentes clásicas paganas que son susceptibles de reinterpretarse en la misma línea
ideológica que ofrece el cristianismo. Esto conduce a una estrecha combinación y una
comparación continua entre fuentes paganas y cristianas, como marco teórico y cultural de
los valores universales, imperecederos y válidos para cualquier creencia, representados en
la iconografía, pero que sólo adquieren su verdadera dimensión en el cristianismo. Hay,
incluso, una preocupación y un interés constantes por hacer explícitos los argumentos
mediante los que se relacionan los temas paganos con los cristianos y con los cuales se
esfuerza por dejar patente la verdad de la fe cristiana, frente a la falsedad del paganismo.
Un ejemplo sobre estas cuestiones puede verse en la explicación que López de
Hoyos ofrece sobre el cuadro que representaba la venida de la reina Ana de Austria a Madrid,
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situado en el reverso del primer arco, donde, al describir a las ninfas que acompañaban a
la Reina, el autor indica:
“Éstas reverenciaban los gentiles idólatras como diosas, por particular permissión
de Dios, que consentía que los demonios se les aparesciessen en árboles y
montañas y en otras differentes apparencias y assí idolatravan a cada passo”.
Y, para un mayor conocimiento del tema, remite a Celio Rodiginio, cuya obra está
aquí utilizando, pero añade a continuación:
“Esto avemos dicho de passo, porque los que no entienden la naturaleza destas
cosas no se offendan ni tomen occasión de pensar que los gentiles acertavan en sus
falsas fictiones y den gracias a Dios porque les ha traído al conoscimiento de la
verdad evangélica y librado de las illusiones, phantasmas, estantiguas y visajes que
los demonios solían hazer, todo lo qual ha huido delante de la predicación del
sagrado evangelio...”.
“Éstos (sc. los genios), con sola lumbre natural, querían dezir las cosas y no
acertavan porque les faltava lumbre y claridad de la fe y, en effecto, quiere dezir
genio el ángel de la guarda particular que tiene cuidado della, que esto sea ansí, que
de cada ciudad y de cada hombre en particular un ángel es su guarda, y se le dedicó
Dios como ayo”.
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“El cuidado, pues, que este Genio tiene es guardar de los ángeles malos lo que
Dios les dio a su cargo y procurar no aya esterilidad assí en los fructos como en la
gente. Y a esta causa le pusimos esta letra:
GENIVS
En ego sum Genius tantae clarissimus urbis,
Qui primo exortu sum comitatus eam.
Principium generis cum sim, nunc limine nostro
Polliceor natos Anna decora tibi.
Declaración: Sereníssima Reina, yo soy el Genio deste tan claríssimo pueblo, al que
he acompañado desde su primera fundación, y pues a mi cargo está la fecundidad y
ampliación dél, yo os prometo, con ayuda de Dios, hijos y generación real,
communicada del cielo”.
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y artistas de la Corte se apresuró a dejar constancia del mismo, primero con el despliegue
de obras artísticas efímeras, y después con la relación escrita de López de Hoyos,
convirtiendo así la fiesta en un testimonio permanente.
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Por último, los abundantes datos aportados sobre monedas romanas, las efigies de los
emperadores y los textos que los acompañaban fueron tomados de alguna de las muchas
obras que sobre el tema se habían editado por aquellos años, probablemente las Vivae omnium
fere imperatorum imagines (1557) o los Fasti magistratuum et triumphorum (1566) de Hubertus
Goltzius.
6. Notas a la edición
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“Estas son las palabras únicas que estampó el maestro Hoyos, referentes á dicha
puerta ó arco de Santa María; y las reproducimos íntegras, tomándolas del ejemplar
rarísimo, acaso único, de dicha obra que existe en Madrid y tenemos á la vista...”
Más adelante en una nota a pie de página (p. 42), en la que hace una breve
descripción de la vida y las obras de López de Hoyos, insiste en la escasez de ejemplares
de los libros del humanista, y ofrece, incluso, su propia explicación a este hecho:
“De estos libros (cuyos ejemplares rarísimos tenemos á la vista, y de que daremos
más pormenores en el Apéndice) es de donde todos los historiadores de Madrid
tomaron la multitud de fábulas y estravagantes deducciones sobre la antigüedad y
grandezas desta villa, que inspiraban al buen maestro Juan López su patrio
entusiasmo y su aficion á lo maravilloso. Todos estos libros son por lo demás de
tan escaso mérito literario, por su indigesta erudición, absoluta falta de crítica y
afectado estilo, que hubieran desaparecido por completo, si la crítica moderna no
hubiera hallado en ellos algunas noticias, triviales entonces, que al autor se le
escaparon, sin pensarlo acaso, de los sitios principales de Madrid en aquella época,
y esos versillos hechos á nombre del Estudio por su caro y amado discípulo MIGUEL DE
CERVANTES, que han servido á los biógrafos de este insigne escritor para
computar los primeros años de su vida”.
En 1964, Simón Díaz, editaba un mayor número de pasajes del Real Apparato, en su
recopilación de Fuentes para la Historia de Madrid y su provincia, Madrid, 1964, I, 55-118,
basándose en el citado ejemplar de la Biblioteca Nacional. En dicha recopilación
reproduce los pasajes seleccionados con las mismas características y variantes gráficas de
9 Transcribimos exactamente en este punto la grafía de la edición de 1572, sin embargo, véanse más
adelante nuestros criterios de edición.
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Finalmente, en 1976 Ediciones Ábaco realizó una reproducción facsímil parcial del
ejemplar de la Biblioteca Nacional, de la que quedaba excluido todo el tercer arco
completo, junto con parte de la obra sobre la Historia y relación verdadera de la enfermedad...,
tránsito y... exequias fúnebres de... Isabel de Valoys.
Parece, pues, que la primera y única edición completa que se conoce es la de 1572,
realizada en la imprenta de Juan Gracián. Consta de 262 folios en octava, si bien hay
variaciones en los ejemplares existentes en la actualidad, en cuanto a las encuadernaciones.
Mientras que el de la Biblioteca Nacional conserva la primitiva, que consta de 8 hojas +
262 folios + 6 hojas, el de El Escorial se halla en la actualidad encuadernado con el Viaje y
Entrada en Sevilla que realizó Felipe II en 1570. No obstante, la paginación de la obra es
idéntica y, sin lugar a dudas, se trata, en todos los casos, de ejemplares de una misma
edición.
La falta de hojas, ya advertida, del ejemplar de la Biblioteca Nacional, no se
produce en los otros ejemplares, que se hallan completos, con lo que disponemos del
texto íntegro de la obra.
Puede decirse que tipográficamente es una edición variada y atenta a las múltiples
10 A pesar de ello, en la edición de Simón Díaz figura la indicación de fols. 219r-227r. para el pasaje
transcrito hasta estos puntos supensivos y en la p. 112 puede leerse (fols. 227v-233r), para el que se
reproduce a continuación, sin que se indique explícitamente que no se transcribe el fol. 226, por faltar
completo en el ejemplar seguido, ni se advierta que ha dejado de transcribirse el fol. 227r., dentro de la
selección realizada.
11 Hay un error tipográfico en la obra de Simón Díaz, p. 106, donde se marca este folio como 204r.
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particularidades que ofrece el texto. Se ofrecen diversos tamaños de letras para distinguir
el texto general de las inscripciones latinas, impresas en letras capitales, a imitación de los
modelos epigráficos de la Antigüedad, incluso con variaciones de tamaños y tratando de
reproducir la disposición real que debieron tener en los arcos de triunfo. Las declaraciones
de las mismas, normalmente van en cursiva y con un cuerpo de letra mayor que el resto
del texto; las frases y pasajes de autores latinos o griegos (transcritos en sus versiones
latinas) también aparecen habitualmente en cursiva o diferenciadas tipográficamente, al
igual que los poemas finales que complementan la obra. Las glosas marginales están
escritas en cursiva y en un cuerpo más pequeño.
Cada página (o cara de cada plana, como la denomina el autor) 12 lleva su
encabezamiento, fuera de la caja del texto, centrado en la parte superior, indicando el
capítulo correspondiente. La paginación va en el extremo derecho superior de cada plana,
mientras que cada cara contiene el “aviso” del inicio de la siguiente cara en el extremo
derecho inferior.
Se incluyen dos tipos de “fe de erratas”, la primera en f. 2r. sobre las erratas en
lengua latina, que se advierten con la intención de no entorpecer la lectura de la obra:
Errata in lingua latina, quae retardare possente lectorem, subiicienda censuimus, omissis illis quae contra
orthographiam admissa sunt. y la segunda, general, al final de la obra, en la que quedan
incluidas, no obstante, diversas erratas de palabras escritas en latín.
En cuanto a los criterios ortográficos, guarda con bastante regularidad la ortografía
del momento y sólo se observan criterios de regularización tipográfica en las grafías
correspondientes a u y v. Aquí se mantiene fundamentalmente la grafía v en posición
inicial y u en posición intervocálica en el texto castellano, a excepción de la epístola inicial,
así como de los textos latinos, donde se escribe exclusivamente u con independencia del
sonido que represente y de la posición; consecuentemente con ello, cuando se trata de
textos latinos escritos en letra capital, se adopta sistemáticamente la V para todos los
casos.
En cuanto a la grafía y, su uso obedece a criterios diversos; uno de ellos es la
presencia sistemática de y con valor fonético de [i] cuando aparece en segundo lugar, tras
otra vocal, ya sea en caso de diptongos decrecientes: reyna, ayre, etc., o cuando no existe el
diptongo: creydo, incluso en caso de hallarse entre dos vocales: traya por “traía”, veyan por
“veían”. No obstante, en algún caso esporádico aparece con i: distribuirse (f. 7r.). Se escribe
i latina regularmente, en cambio cuando se trata de diptongos crecientes. Al margen de
esto, se observa un intento de reproducir y en otras posiciones, obedeciendo a criterios
etimológicos, especialmente en palabras que llevan, además, otras grafías etimológicas
cultas, como es el caso claro de egypcios o nymphas, siempre escrito de esta forma. No
obstante, en bastantes ocasiones la presencia de la y se produce de forma incorrecta o
vacilante: nymphas (86v,...), satyro(s) (29v, 30r, 88r.), sylvas (227v.), tyrannizado, tyrannia,
tyrannos,... (fols. 42v, 43r, 45v,...) pero, hyerogliphica (67v.), hieroglifica (f. 74v. en la glosa),
hyeroglifica (f. 74v.), hierogliphycas (fols. 130v, 138v.) y sólo de forma correcta, hieroglyphica en
12Para las remisiones a páginas concretas hemos adoptado la denominación de folios (f. o fols.), porque la
numeración es por hoja y no por página, de modo que utilizamos la convención característica de los
manuscritos de f. Xr o f. Xv. El autor, como puede verse en la fe de erratas que hay al final del libro, habla
de “planas” para cada hoja y de “cara 1” o “cara 2” para cada página.
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fols. 189r, 190v, 195r. Por último, en algunas palabras aparece y de forma errónea,
antietimológica y sin criterios claros: ygual (14r), yra (21v, 132r-v...), salvo en el texto latino,
donde aparece correctamente ira, f. 211r), imagen (f.209v...) etc.
En los nombres propios se observa el mismo problema de vacilación en la
notación gráfica de i e y. Habitualmente trata de reproducir la y etimológica, o, por mejor
decir, de tradición escrita a través del latín, así siempre Hieronymo, Moyses (181v.), Pythagoras
(205r.), Pyrro (201v.), pero también Phylon (147v.) o Tygrano (97v. 134r.). En otros nombres
muestra divergencias, como en el caso de Solymano (6v. y 150r), pero Solimano en 161r.
Entre los nombres de personajes españoles escribe Luys (15v.), Valoys (3r.) Ruy, Ruyz (15v
y 16r.) siguiendo la norma de la y como segundo elemento de diptongo o en segunda
posición tras vocal. La j no se utiliza en los nombres propios en posición inicial, ya sea en
los latinos, donde podría ser por cultismo: Iuno, Iuppiter, ya sea en nombres en castellano,
como Iuan.
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13Recuérdese que la grafía usada para el fonema /v/ intervocálico es u, que regularizamos en nuestra
edición.
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7. Bibliografía
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Real apparato y sumptuoso recebimiento... de Ana de Austria
14 La única mención al triunfo de Juan de Austria, el parto de la Reina y el bautizo del Príncipe se hace en la
carta dirigida al cardenal Diego de Espinosa, pero no existe ninguna descripción en el cuerpo de la obra.
Véase en la introducción, p. 44.
15 En 1570 el cardenal Diego de Espinosa era la figura más poderosa de la monarquía después del Rey. Según
cuenta Luis Cabrera de Córdoba (1876, II, 125) y León Pinelo habría nacido en Martín Muñoz de las Posadas,
donde recibió sepultura en septiembre de 1572. Sacerdote y abogado universitario en 1547, ocupó diversos
cargos en Aragón, Castilla y Navarra, hasta que en 1562 su figura irrumpió repentinamente en la Corte como
Consejero de Castilla. A partir de esta fecha, y gracias a su eficiencia, desarrolló una meteórica carrera al ser
nombrado en 1564 Consejero de la Inquisición y en 1565 Presidente del Consejo de Castilla. Al año siguiente
entró también a formar parte del Consejo de Estado, y fue nombrado Inquisidor General en sustitución de
Fernando Valdés, con cuyas ideas había discrepado. Fue a sugerencia suya por lo que Felipe II ordenó que se
reunieran las Cortes provinciales en 1564, las cuales se encargarían de difundir los decretos de Trento. También
se empeñó en catequizar el mundo rural y en convertir definitivamente a los moriscos de Granada, por lo que, en
1565, la Monarquía tomó las primeras medidas contra ellos. Asimismo propició la represión en los Países Bajos,
que no conocía, como resultado de su tardía amistad, entablada con el duque de Alba. En 1568 fue designado
obispo de Sigüenza y cardenal gracias a la intervención regia. Fue entonces cuando sugirió al apesadumbrado
Felipe II que adoptara algunas de las decisiones más radicales que ensombrecieron todavía más ese año, como la
decapitación de los nobles flamencos católicos Egmont y Hornes, o la de llevar la guerra a las Alpujarras de
Granada. También bajo su dirección el Consejo Real decretó la deportación de los moriscos, (que López de
Hoyos, en un eufemismo llama “acomodación de vasallos rebeldes por todo el reino”, fol.136 v.), en una
operación de castigo ejemplar que suscitó la compasión incluso de soldados de la experiencia de Luis de
Requesens o de Juan de Austria (KAMEN 1997, 136), y que se produjo simultáneamente a la llegada de la reina
Ana y a la difusión del mensaje político lanzado por el Rey con ocasión de su nuevo matrimonio con la
Habsburgo.
El cardenal Espinosa organizó en torno suyo una clientela de letrados burócratas, con quienes
comenzó a ejercer su privanza (MARTÍNEZ MILLÁN 1992, 189). Además de figurar en casi todas las
instituciones de gobierno, tuvo una presencia intensa en el seno de la familia real por su papel relevante en
los preparativos de la boda entre Felipe y Ana, y en el bautizo del príncipe heredero Fernando el 16 de
diciembre de 1571, que él mismo ofició. Pero, probablemente estrechó en exceso el cerco al Rey, o al menos
esa es la impresión que se saca cuando, sorprendentemente, se le ve figurar entre los miembros de la familia
real, junto a los padres del monarca, sus cuatro esposas, su hermana doña Juana, su medio hermano don
Juan, y los dos hijos varones nacidos hasta el momento, Carlos y Fernando (el primero ya fallecido), en la
colección de doce poemas latinos compuestos por el secretario y poeta Diego Gracián de Alderete con
ocasión del feliz nacimiento del nuevo heredero Fernando (VELÁZQUEZ 2002). De alguna manera, el elogio
que se le dedica en vida, y su inserción en la galería de retratos de los Habsburgo, pretendía ser un
reconocimiento público al éxito de sus planes políticos y dinásticos, lo que también es evidente en el Real
apparato... que López de Hoyos le dedica a finales de 1571 o enero de 1572, en un último esfuerzo para
alcanzar el mecenazgo real. Sin embargo, si Espinosa había influido poderosamente en el ánimo abatido de
Felipe II entre los años 68 al 70, en los siguientes, cuando el Rey atravesaba por momentos de gran felicidad
y triunfo, con su dinastía consolidada y los Turcos derrotados, el carácter recalcitrante del prelado y su
obsesión represiva en el tema de Flandes dejaron de agradarle. Parece que dirigió duras palabras al Cardenal
quien, casi a resultas del disgusto, murió de una apoplegía el 5 de septiembre de 1572.
16 Juan Gracián era hijo del secretario real Diego Gracián. PÉREZ PASTOR (1891, 28-29) dice que en Madrid sólo
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JUAN LÓPEZ DE HOYOS
2v EL REY
imprimió el Real Apparato... de López de Hoyos en 1571, y que inmediatamente se marchó a Alcalá donde
imprimió gran número de libros desde 1572 hasta 1587, año en que murió. Su escasísima actividad en Madrid, su
misteriosa marcha en 1572, tras publicar las erratas del Real Apparato... el 30 de enero, y la vinculación de su padre
y de su hermano Antonio, también secretario de Felipe II, con el cardenal Espinosa, hacen sospechar que la caída
en desgracia de éste arrastrara consigo la de este miembro de la familia Gracián. Varios de sus miembros habían
puesto a su servicio sus conocimientos de humanidades y lenguas, y el Cardenal correspondió nombrando a uno
secretario y a otros dos censores. Antonio Gracián conservó su cargo de secretario al menos hasta 1573, según se
desprende de su diario (KAMEN 1997, 223).
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Real apparato y sumptuoso recebimiento... de Ana de Austria
Yo el Rey
Por mandado de Su Magestad
Antonio de Erasso
3v
(En el escudo)
17 En singular.
87
JUAN LÓPEZ DE HOYOS
4r IN STEMMATA ET
Insignia clarissimi Cardinalis. D.
D. Didaci de Spinosa, Regii
Senatus praesidis, ac supre
mi de fide quaesitoris,
Perspicula et dilucida expositio.
4v EPISTOLA
18 “Triunfa la sabiduría en la paz. A la paz para el orbe de la tierra. A la nueva Fortuna. Señor Diego de
Espinosa, Obispo de Sagunto, Cardenal de la Santa Iglesia Romana.”
19 “Clara y completa explicación del emblema del muy ilustre cardenal Don Diego de Espinosa, Presidente
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Real apparato y sumptuoso recebimiento... de Ana de Austria
20 Durante el Renacimiento, y como consecuencia del culto a los valores de corte individualista, se desarrolló
muchísimo la preocupación por la propia imagen y la memoria, lo que obligaba a practicar la propaganda sobre
uno mismo en función del futuro. Gracias a los nuevos principios racionales de selección establecidos por la
burguesía, cualquiera podía ser merecedor de la fama, al margen de los principios tradicionales que gravitaban en
torno a los orígenes familiares y a la tradición. Por eso el cardenal Espinosa, que pertenecía a una familia de
cristianos viejos sin recursos, aprovechó su sagacidad intelectual y su encumbrada posición en la Corte para
ejercer una labor de mecenazgo con intelectuales y artistas, que pretendió instrumentalizar para llegar a lo más
alto en vida, y gozar de fama en los medios cortesanos después de ella. El propósito de López de Hoyos de
poner por escrito la fiesta celebrada con ocasión de la entrada de la reina Ana, ofreció al Cardenal la ocasión de
que su celebridad arraigara también en el profanus vulgus (VON MARTIN 1981, 87). Por eso, la obra se abre con la
enumeración de sus virtudes políticas -y se destacan sus muchos méritos y dotes en las tareas de gobierno que,
además, gozan de la correspondiente sanción divina, lo que hace de él un modelo de humanista católico-, en
evidente paralelismo con el modelo propuesto en Felipe II y recogido en el tercer arco que cerraba el recorrido
triunfal madrileño.
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JUAN LÓPEZ DE HOYOS
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Real apparato y sumptuoso recebimiento... de Ana de Austria
Sobervio movimiento de refresco, que se averiguó, que passavan los que en ella venían de más de
la gente de la armada ciento y treinta mil hombres, los quales se havían luzidamente en el
turquesca.
puerto de Lepanto, bastecido con todo género de armas y municiones,
Número de galeras y con dozientas y treinta galeras, y cinquenta galeotas gruessas
galeaças turquescas. poderosamente armadas 23. Viniendo con muy próspero y favorable
Galeras del señor don viento, fue descubierta por la armada del señor don Iuan que eran
Iuan. dozientas y tres galeras y seis galeaças a la buelta de las islas de las
Escorchalaras, camino de Lepanto.
Donde, con razonamientos no menos amorosos que graves,
El señor don Iuan de animosos y de grande efficacia, cohortando y animando a todos sus
Austria a su gente.
capitanes, les significava el gran servicio que a Dios se hazía en esta
sancta jornada: y que mirassen que, como valerosos y hijos de la santa
[7r] yglesia, esposa de Iesu Christo, havían de pelear tan animosamente que
siguiessen el estandarte y vandera de nuestra santa fe cathólica hasta
morir, pues mediante su virtud y favor celestial se havía de alcançar con
grande triumpho la victoria. Y pues veían que la armada turquesca no
perdía tiempo, trayéndolo harto favorable, pretendiendo ganar el sol,
con grande presteza se apartassen a los lugares como por Su Alteza
estavan distribuidos. Y enarbolando los crucifixos y estandartes, toda la
armada con grandíssima devoción los adoró y hecha oración, los padres
de la Compañía de Iesús y capuchinos embiados por Su Sanctidad
hizieron la absolución del santo jubileo que Su Sanctidad concedió. En
El viento se sossegó y aquel tiempo milagrosamente se quietó y sossegó el mar y bolvió el
24
bolvió favorable, hecha viento tan próspero a nuestra armada que la contraria fue forçada a
oración. amainar las velas, y venir a remo, lo qual no fue pequeña providencia de
Nuestro Señor para que su armada tuviesse lugar para ponerse y
distribuirse por muy buen orden para la batalla. Y haviendo el gran
Baxá generalíssimo de la armada turquesca sentido mucho y tenido
23 De acuerdo con lo visto en la Introducción, la defensa del Mediterráneo contra los turcos no figuraba
entre las prioridades políticas de Felipe II, quien se limitó a fortificar el litoral con torres costeras y a
mantener una flota de galeras que realizó acciones puntuales. Pero en 1570 la situación se agravó con la
sublevación de los moriscos de quienes se rumoreaba que habían solicitado ayuda en el exterior, y coincidió
con la pérdida de Chipre, que era de Venecia. El papa Pío V consiguió su ansiado deseo de formar una
Santa Liga, que concluyó con la victoria hispanoitaliana de Lepanto el 7 de octubre de 1571. López de
Hoyos ofrece una información parcial al omitir que la victoria costó a los cristianos 8.000 muertos y 15.000
heridos y el quebranto económico que supuso para la Hacienda Real (que culminó en la bancarrota de
1572), y se limita a describir la batalla en términos laudatorios sin abordar aspectos espinosos como el
enfrentamiento de Don Juan de Austria con los almirantes aliados venecianos, o los roces habidos con el
Papa. Por el contrario, todos estos detalles los proporciona Ambrosio de Morales, aunque el historiador los
autocensura por razones político-diplomáticas (Descriptio Belli nautici et expugnatio Lepanti per D. Ioannem de
Austria, Edic. de COSTAS RODRÍGUEZ 1987).
24 El adverbio “milagrosamente” nos hace pensar en una intervención divina para producir vientos
favorables a la flota de la Liga durante la batalla de Lepanto. Las palabras de López de Hoyos nos recuerdan
inevitablemente la narración de Virgilio (Aen. I 30-150) en torno a la tempestad desencadenada por Eolo a
instancias de Juno y la posterior intervención de Neptuno apaciguando los vientos. Las coincidencias no
acaban aquí: la virgiliana loca feta furentibus Austris, Aeoliam (vv. 51-52) era localizada junto al estrecho de
Messina, lugar del que partió precisamente la flota de la Liga para la batalla de Lepanto.
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JUAN LÓPEZ DE HOYOS
25 López de Hoyos omite el dato de que la noticia de la victoria no le llegó al Rey, sino al embajador de Venecia
en Madrid (KAMEN 1997, 144) el 29 de octubre por la tarde. Lope de Figueroa, enviado de Don Juan de Austria,
no llegó hasta el 22 de noviembre, según cuenta Luis CABRERA DE CÓRDOBA (1876, II, 121).
26 López de Hoyos parece referirse aquí a dos obispos auxiliares, quienes, probablemente, habrían viajado a
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Real apparato y sumptuoso recebimiento... de Ana de Austria
España con el legado pontificio de Roma y serían los titulares de estas dos diócesis. Era habitual que este
tipo de obispos, muy especialmente en la curia romana, tuviesen asignadas diócesis, aunque sus gobiernos
no fuesen efectivos, por no estar las localidades bajo la jurisdicción eclesiástica. No hemos podido
identificar con absoluta seguridad estas dos localidades, aunque la primera, Same, creemos que se trata de
Cefalonia, cuyo nombre antiguo era Samos y que en latín aparece documentada como Same. Se da la
circunstancia, además, de que esta isla había sido conquistada por los españoles a los turcos en la expedición
de 1500 mandada por el Gran Capitán y Diego García de Paredes. Temi, en cambio, no aparece como tal,
aunque podría tratarse de Teme, denominada habitualmente Tima o Tama, una población de Egipto, en la
gobernación de Gharbjya, en la orilla izquierda del Nilo. No obstante, cabe la posibilidad de que López de
Hoyos no transcribiera bien el nombre y se refiriese a Temisa (Temese o Temesa), hoy Torre dei Lupi, o a
alguna otra localidad de nombre similar. Cuestión aparte, pero no menos interesante, es el hecho de que los
nombres estén escritos en minúscula, frente a la costumbre habitual de la edición de escribir con inicial
mayúscula, tanto antropónimos como topónimos. Cabe preguntarse si obedece a un descuido tipográfico o
a una falta de comprensión del autor sobre estas denominaciones.
27 Se refiere al paño de forma rectangular, como el frontal de altar, que llevan los tres clérigos de la misa
conventual de las catedrales, e iglesias que gozan del mismo privilegio, en la procesión claustral y en algunas
otras. En el Tesoro de la lengua castellana de COVARRUBIAS (1624, s.v.) se da una explicación de la palabra que
se corresponde perfectamente a lo descrito en el texto: “frontalete de que usa el obispo en el pontifical, el
qual tienen de una parte y de otra los dos assistentes, como muro entre el prelado y el pueblo, por su
excelencia y dignidad, con el que está apartado y exceptuado de los demás.”
28 Durante todo el trayecto festivo se había pretendido transmitir la idea de que el reinado de Felipe II era
una nueva Edad de Oro (especialmente f. 142 r.) que traería de nuevo a sus posesiones el original estado de
orden y bienaventuranza que existió en la Antigüedad sobre la Tierra. Los humanistas veían en América el
lugar donde sobrevivía esa Edad de Oro perdida en Europa. Felipe II tenía la suerte de poseerla y, además,
allí se producía el oro con el que se conseguía el resto del poder. La premonición hecha a Eneas, (Virg., Aen.
VI, 791-794): hic uir, hic est, tibi quem promitti saepius audis, / Augustus Caesar, diui genus, aurea condet / saecula qui
rursus Latio regnata per arua / Saturno quodam..., permite equiparar la figura de Julio César, la persona que
habría de reinstaurar la edad dorada, con la del monarca Felipe II.
29 En 1582 se realizó la reforma del calendario con la que se establecieron los años bisiestos. Fue impulsada
en los países católicos por el papa Gregorio XIII (calendario gregoriano), para poner de acuerdo el cómputo
oficial del tiempo con la verdadera situación astronómica (CABOT 1998, 160), para lo cual se suprimieron
diez días en el mes de octubre. La observación de López de Hoyos de que en el momento del parto de la
reina hubo dos mediciones de tiempo distintas, con una diferencia de 11h, 25’ entre ambas, pone en
93
JUAN LÓPEZ DE HOYOS
y navegación de la reina Ana de Austria. Tal vez aquí debía continuar el relato del bautizo que finalmente fue
suprimido.
31 Los Países Bajos vivían en situación de abierta hostilidad con España desde el verano de 1567, cuando se
presentó allí Don Fernando Alvarez de Toledo con dieciocho mil soldados de infantería dispuesto a emplear
métodos férreos para que aquellos estados aceptaran la monarquía absoluta de Felipe II. Tras la decapitación
pública en 1568 de los condes Egmont y Hornes, acusados de alta traición, y la sangrienta intervención del
Tribunal de los Tumultos, el Duque de Alba consiguió un breve período de calma engañosa que fue
aprovechado por el Rey para modificar el itinerario del viaje de doña Ana, proyectado incialmente por el
Mediterráneo. Probablemente, además de las mayores garantías de seguridad que ofrecía el Atlántico en estos
momentos, se intentó revitalizar el eje comercial que se encontraba en quiebra desde 1568 por el constante
hostigamento de los corsarios ingleses a los barcos españoles. López de Hoyos no alude a los tristes hechos
sufridos por los flamencos, probablemente porque el cardenal Espinosa había impulsado las medidas radicales
allí tomadas. Pero la presencia de la “gente de guerra, assí de a pie, como de a cavallo” deja traslucir el conflicto,
pese a que se intente enmascarar con los torneos, triunfos, aparatos y espectáculos montados para la ocasión.
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Real apparato y sumptuoso recebimiento... de Ana de Austria
32 Creemos que se trata de la actual ciudad neerlandesa Bergen-op-Zoom. Ana de Austria, como comenta
unas líneas antes López de Hoyos, había salido de Spira, navegando por el Rin hasta Nimega; de allí viajó
hacia el Occidente para buscar una salida al mar. Bergen-op-Zoom está situada a orillas de la costa y cerca
del Escalda, en uno de los profundos golfos de los Países Bajos, Oosterschelde, en la región de Brabante
septentrional, limítrofe con la de Zelanda, cuya parte sur pertenece a la región natural de Flandes. La salida
al mar por esta localidad era una vía natural y una de las más cercanas desde Nimega.
33 El Duque de Alba reiteró a Felipe II el consejo de que debía mantener la paz con Inglaterra para mejorar
el tráfico comercial y para que Isabel I no se aliara con Francia. Por eso el Rey intentó evitar la excomunión
de la reina inglesa y se enfureció cuando se publicó la sentencia papal en febrero de 1570. En mayo reiteró
sus deseos de amistad y alianza (KAMEN 1997, 139), a todo lo cual Isabel respondió agradecida en
septiembre ofreciendo a doña Ana un valioso regalo, acompañamiento naval y garantías en sus puertos. Pero
esta situación de distensión se rompió cuando, en el verano de 1571, circularon los rumores de que Felipe
pretendía derrocar a Isabel, proclamar a María Estuardo y conseguir, así, el apoyo de los católicos en la
cuestión flamenca.
34 El Correo tardó dos días en salvar la distancia entre Santander y Madrid. De acuerdo con la descripción de
caminos hecha por el valenciano Juan de Villuga en 1546, de Laredo y Santander partían dos vías principales
que confluían en Burgos, desde donde se llegaba a Valladolid siguiendo un eje que permanecía casi
inalterable desde época tardorromana. De Burgos salía otro de los más frecuentados que, pasando por
Medina del Campo, terminaba en Toledo. Este fue uno de sus últimos momentos de esplendor. Entró en
decadencia a consecuencia de la debilidad del comercio por el Atlántico, de la disminución del número de
pólizas de seguro marítimo contratadas (DOMÍNGUEZ ORTIZ 1974, III, 145) y de las dos quiebras sufridas
en Burgos y Medina del Campo en 1560 y 1568 por las guerras de Flandes, mientras que las rutas del sur
aumentaron su densidad de tráfico.
95
JUAN LÓPEZ DE HOYOS
con que nuestro Señor cura las afliciones y trabajos destos reynos, pues
aviendo llevado con tanto sentimiento de la República Christiana a la
Nota
reyna doña Ysabel de Valoys, víspera del bienaventurado San Francisco
del año de sesenta y ocho, este mismo día ha alegrado a todo el mundo
3v con un don de una reyna tan santa, religiosa y de tantas dotes del ánimo
y del cuerpo.
En este tiempo el cardenal de Sevilla, don Gaspar de Çúñiga y
Avellaneda, y el duque de Béjar, a quien la Magestad del Rey don
Phelipe avía dado cargo del recebimiento de la Reyna, nuestra señora, a
la entrada de España, estavan en el puerto de Laredo esperando que allí
sería la desembarcación 35. Tenían estos dos príncipes gran aparato de
bastimentos, regalos y toda la nobleza de España que con sumptuosos
y excesivos gastos, con grande franqueza y liberalidad avían convocado
para este tan real y solenne rescebimiento. No se deve pequeña parte
de la prevención y gran copia que de todo avía abundantíssimamente al
licenciado Gaspar Ortiz, alcalde de la Casa y Corte de Su Magestad y de
4r su real Consejo, porque muchos días antes con gran diligencia hizo
bastecer toda la tierra y en todo el viaje hasta llegar a la real Casa de
Madrid, sirvió a Su Magestad con harto cuidado.
Teniendo, pues, estos dos príncipes aviso del prior don
Hernando de la felice desembarcación de Su Magestad, partieron luego
para Santander, donde, con la magestad y grandeza que se esperava,
hizieron el oficio devido. Allí en Santander se detuvo Su Magestad treze
días y partió para Burgos a diez y seis del mes de octubre, adonde fue
rescebida con gran apparato (como en ciudad tan opulenta y rica) de
arcos triumphales y otras invenciones agradables 36, con que dieron bien
35 Inicialmente se pensó que ambos personajes fueran a Génova a recibir a doña Ana (AGS, PR, 57-1), pero en
junio de 1570 se modificó el itinerario. Felipe II les dio instrucciones concretas (AGS, PR, 57-21) y precisó todos
los detalles, de entre los cuales llama la atención el diferente trato que debían de dar a la recién llegada:
circunspecto y solemne cuando se encontraran en público, y más afectuoso en privado (CHECA 1992, 184,
n.304). También envió a Laredo varios aposentadores para que tuviesen todo previsto a la llegada de la Reina, y
mandó su coche y su litera.
Laredo era el puerto fortificado que se venía utilizado en los desembarcos reales. Allí atracó Carlos V en
septiembre de 1556 y Felipe II tres años después, y debería de haber sido el puerto de embarque del Rey en su
frustrada vuelta a Flandes. Pero el efecto de las tormentas y las corrientes marinas obligó repetidas veces a desviar
el itinerario previsto. Recuérdese, por ejemplo, que cuando Carlos V llegó en 1517 a Villaviciosa de Asturias,
donde no se le esperaba, sus habitantes huyeron cuando avistaron su flota de cuarenta barcos pensando que se
trataba de una invasión (LYNCH 1991, 49).
36 La Entrada de la reina Ana en Burgos está recogida en la anónima Relación verdadera, del recebimiento que la
muy noble y más leal ciudad de Burgos, Cabeça de Castilla, y cámara de Su Magestad hizo a la magestad de la Reina nuestra
señora, doña Anna de Austria, primera de este nombre: pasando a Segovia para celebrar en ella su felicissimo casamiento con el
Rey don Philippe Nuestro Señor, segundo de este nombre, Burgos, 1571, p.179 y ss. (CHECA 1992, 184-186). La
ciudad de Burgos, intentando competir con Madrid y Segovia en la preparación del evento, preparó un
amplio y rico despliegue decorativo en el que el tono heroico y moral de las representaciones y las
referencias a la Antigüedad constituyeron las principales características, dentro de un contexto de exaltación
de la historia local, a la que se pretendía relacionar con la de la monarquía hispana, como también ocurrió en
Segovia. Con esta última intención se elaboró un primer arco de estructura efímera, donde se rememoraba a
96
Real apparato y sumptuoso recebimiento... de Ana de Austria
los héroes medievales de tradición castellana y burgalesa, y un segundo, realizado en piedra, en el que se
añadieron las alusiones relativas a la unión de España y Austria y las de las virtudes de un buen gobernante.
El programa decorativo incluyó también, como solía ser habitual, representaciones mitológicas en las que se
fundía lo pagano y lo cristiano, así como unos arcos específicamente dedicados al Rey y a la Reina, que
recreaban sus virtudes en un contexto religioso-moral.
37 El Rey puso todo su cuidado en que los primeros momentos de doña Ana fueran felices, a lo que, sin
duda, contribuyó la presencia de sus dos hermanos a quienes no veía desde 1564. Pero, por encima de sus
lazos de parentesco, hay que considerar el papel de delegados del Rey que jugaron los dos príncipes (a
quienes Felipe II venía destacando a su lado, como en la visita a Andalucía en febrero de ese año) al
acompañar a su hermana en el tramo final de su viaje hasta Segovia, donde la esperaba el Rey. Rodolfo y
Ernesto permanecieron en España hasta junio de 1571 y, al año siguiente, Rodolfo sería coronado rey de
Hungría.
38 La institución de Correo Mayor tuvo su origen en el reinado de los Reyes Católicos, pero había alcanzado
vallisoletano castillo de Simancas, salía doña Ana de Santander. Simultáneamente el flamenco Jacques
Vandenesse se encontraba arrestado en Segovia, de todo lo cual había recibido instrucciones el presidente de
la Chancillería de Valladolid. Lógicamente debía flotar una cierta tensión en el ambiente, lo que explica que
López de Hoyos, aunque no alude a los flamencos para no comprometerse y no contrariar el ánimo real,
pase tan en silencio el recibimiento de Valladolid y Segovia.
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JUAN LÓPEZ DE HOYOS
Capítulo II
Retiro, y que llegaba a la Carrera de San Jerónimo. En la documentación y planos de la época recibía el
nombre de Valnegral o Abroñigal (MESONERO ROMANOS 1861, 310, 332).
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42 Recibían esta denominación los sillares o bloques de piedra granítica que se extraían de las canteras de la
sierra madrileña, para construir los paramentos o muros de edificaciones. Se usó frecuentemente en
construcciones de la Corona, entre ella el Alcázar de Madrid.
43 La composición parte del juego entre imagen y palabra, en clara alusión a la esperada fecundidad de la
Reina y a los beneficios que de ella habrían de seguirse. A esta idea responde la figura del delfín, identificado
con el futuro heredero. A su vez, la composición acude a un recurso muy empleado por la emblemática, el
de encerrar el mote o emblema relacionado con el príncipe en un círculo formado a partir de una culebra
enrollada. Su inspiración, de fuerte contenido simbólico, fue recogida por Horapollo, quien establecía una
relación entre la serpiente y la idea de eternidad, vinculándola también con el poder del gobernante y con la
amplitud de su dominio. Así, decía “para expresar “rey muy poderoso” pintan una serpiente que adopta la forma del
universo y ponen su cola en la boca; escriben el nombre del rey en medio del enrollamiento, dando a entender que el rey domina el
mundo” (Hier. I, VIII 2, cf. González de Zárate 1991, 193-194. En adelante seguimos la numeración de los
“jeroglíficos de Horapollo” dada por este autor). Esta idea fue también recogida por Piero Valeriano (P.
Valer.), Hieroglyphica, XV: Serpens.
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JUAN LÓPEZ DE HOYOS
los caños por ellas tan artificiosamente que no nos notará el discreto
lector de affectados, en por extenso dar noticia dello.
1. Fuente de cinco A la mano derecha de la entrada del Prado, da luego la vista en
caños una fuente, de en medio de la qual salen cinco caños que suben los
8v
quatro tres pies en alto y al caer hazen quatro arcos que resuenan en el
borde de la bacía donde caen harto graciosamente. De en medio sale
otro que sube más que ninguno.
2. Fuente con más de De la que a ésta corresponde, a la mano izquierda, se levantan de
cien años en medio mucha abundancia de caños que hinchen toda la bacía en su
contorno, y hazen muy suave sonido. Tiene alrededor, labrado de
cantería, unos assientos en un semicírculo, para que de verano se goze
de una tan excelente recreación, porque el agua sale tan desparzida y
por tantos caños, que parece siempre llover.
3. Fuente con quatro Más distante de en medio de la que a ésta corresponde, salen
golpes de agua. quatro golpes de agua gruessos que suben más de quatro pies en alto, al
9r
caer cada uno dellos haze un gracioso arco que da en el borde de la
bacía, haze grande ruido y suave harmonía.
4. Fuente con 3 golpes La quarta, que graciosa y agradablemente se offrece a la vista al fin
gruessos de agua. de la calle y arboleda campeando, haze una muy vistosa perspectiva,
como objeto y blanco en que la vista se recrea; de en medio désta brota
con grande ímpetu una espadaña de agua más ancha que dos palmos,
de en medio de la qual salen dos caños a los lados gruessos de medio
real; suben cerca de una vara, hazen una apariencia y vista tan graciosa y
de tan gran artificio que quisiera yo poderlo particularmente significar.
5. Fuente con 4 caños Ay otra fuente que mira al monesterio de Sant Hierónymo,
ochavada de cantería bien labrada, tiene de alto cinco pies y doze de
9v
diámetro, assentada sobre dos gradas de cantería, con sus molduras
relevadas por la parte de fuera. De en medio de todo esto se levanta
una columna dórica con su basa y capitel, encima tiene una bacía con
un cobertor que haze un globo, o bola redonda con un bocel; por en
medio de la junta tiene quatro seraphines, en la boca de cada uno dellos
un caño de bronze hecho un balaustre por do sale el agua; está
singularmente acabado, con que esta recreación y salida es la más
insigne que en todos estos reynos se halla, por ser tan espaciosa y
desenfadada, con tanto ornato de fuentes y arboledas, huertas y aires,
que en esta parte soplan tan plácida, suave y saludablemente, que
paresce dilatarse los ánimos y desechar gran parte de melancholía,
estendiendo los ojos por tan agradable espectáculo, donde ninguna
10r parte se puede mirar, ociosa o valdíamente. Deste tan illustrado aparato
y su buen término fue comissario Diego de Vargas, más antiguo regidor
y de la antigua y valerosa familia de los Vargas de Madrid.
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Capítulo III
Venida la noche, por todas las torres de todos los templos y casas
principales, y en las torres y chapiteles de la puerta que llaman de
12r
Guadalajara, mandó destribuir el Corregidor y Senado desta Villa
número de hachas para luminarias, y assí se pusieron, que realmente
parescía de día; así con esto, como con los ingenios de fuego que por
todas las plaças y calles de todo el pueblo se pusieron, no diziendo lo
que cada uno en particular ponía en sus ventanas.
El Corregidor con todos los cavalleros del Ayuntamiento, que
fueron Diego de Vargas, don Pedro de Ribera y Vargas, Pedro de
Herrera, Bartolomé Velásquez de la Canal y don Diego de Ayala y de
Luxán, sacaron seis quadrillas de a 10 de cavallo, cada una curiosamente
adereçada con marlotas de tafetán amarillo y capellares de carmesí, y
turbantes de terciopelo amarillo, plumas amarillas y coloradas, tafetanes
en los cavallos de la misma color, con sus hachas en las manos,
precediendo grande diversidad de música y géneros de instrumentos
12v
con que se alegrava todo el pueblo, ultra de la música que por diversas
partes el Corregidor havía distribuido. Con esto no hazía pequeña
consonancia el sonido de las campanas, que por todo el pueblo en
todos los templos repicavan, causava un regozijo tan universal que la
gente andava por las calles más frequente que de día.
Vinieron a palacio, donde a vista de los Sereníssimos príncipes de
Ungría y Bohemia, Rodolpho y Arnesto, hijos de los Sereníssimos
emperador Maximiliano II y de la emperatriz, doña María de Austria,
hermana del Rey, nuestro señor, hizieron un muy aventajado juego y
escaramuça con harta destreza 44.
44 A primera vista resulta sorprendente que el Rey no participara en los diferentes actos públicos, litúrgicos
y profanos, organizados por el Concejo de la Villa los días 5 y 6 de octubre, y que fueran sus sobrinos
Rodolfo y Ernesto quienes le reemplazaran, como ocurriría semanas después en Valladolid. En realidad el
Rey estaba presente en todas partes porque no lo estaba fisicamente en ningún lugar concreto. Se trata de
la manifestación de la “monarquía oculta”, un rasgo característico y distintivo de la monarquía hispana,
frente a otras europeas, y que era, precisamente, imagen de la magestad del Rey. Al ocultarse, el ya maduro
monarca a quien comenzaba a atacar la gota, pretendía evitar que sus súbditos concibieran de su persona
una imagen demasiado humana, sencilla y natural, y, en cambio, que lo identificaran como alguien
sobrehumano, capaz de encarnar tanto al vicario de Dios, como a Atlas, sostenedor del peso del mundo.
45 La ceremonia de Segovia se recoge en la Relación verdadera del recibimiento que hizo la ciudad de Segovia a la
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Magestad de la Reina nuestra señora doña Anna de Austria, en su felicíssimo casamiento, Alcalá, 1572. Segovia era la
ciudad más industrial de España, y destacaba por sus fábricas de paños de lana, en algunas de las cuales
trabajaban más de cien obreros. El cronista Colmenares hizo una relación de todos los gremios que, por
categorías, desfilaron en la Entrada a pie o a caballo. Estos últimos, los más distinguidos, eran los
monederos, los escribanos y los médicos (DOMÍNGUEZ ORTIZ 1974, III, 187-188). Como sede de
celebración del matrimonio real, Segovia preparó un espléndido despliegue decorativo que modificó de
forma sustancial la imagen de la ciudad. A su entrada se instaló un grupo escultórico con tres figuras sobre
pedestales que representaban a la ciudad y a dos de sus “hombres ilustres”: Don Fernán García y don Día
Sanz. El recorrido estuvo jalonado por cuatro arcos triunfales en los que las alusiones a la historia local se
mezclaban con representaciones mitológicas y de personajes reales que intentaban vincular su propia
historia con la de la Monarquía reinante y a ésta, a su vez, con el Imperio en el contexto de la lucha contra
el infiel, lo que otorgaba un tono heroico al conjunto del programa. A este fin contribuía la inclusión de
cuadros de batallas, como la defensa de Malta o la toma de San Quintín, siguiendo la tradicional línea
iconográfica de este tipo de actos festivos. Junto a ello, el programa decorativo incluyó también la
representación de las virtudes del Monarca y la de una saga de “emperatrices y reinas de Castilla”
acompañadas de virtudes. Como en el caso de Madrid, la celebración del festejo segoviano trajo consigo
importantes obras definitivas que afectaron a la imagen urbana. Además del acostumbrado allanamiento de
calles y caminos, se procedió al derribo de casas en el azoguejo y se preparó un espacio festivo ante el
Alcázar para el que se hubieron de derribar algunos muros y obstáculos físicos y visuales, entre ellos dos
arcos que dificultaban el paso del cortejo y la perspectiva de la residencia regia.
46 Doña Juana de Austria era la hija menor de Carlos V e Isabel de Portugal y, por tanto, hermana de Felipe
II y de María, la madre de doña Ana. En 1553 se casó con el infante Juan de Portugal, de cuyo matrimonio
nació el famoso don Sebastián. Meses después de fallecer su esposo, el 2 de enero de 1554, la joven infanta
volvió a Castilla donde actuó como regente en ausencia de su padre y su hermano, hasta 1559. Las crónicas
de la época la califican de “discreta” y “religiosa” (KAMEN 1997, 56) y, de hecho, fue ella quien tomó las
primeras medidas para atajar los brotes de luteranismo en 1558, en colaboración con el inquisidor Valdés,
además de ser la única mujer que profesó en la Compañía de Jesús. Fundó en Madrid, en la casa de don
Alonso Gutiérrez, donde había nacido, el monasterio de las Descalzas Reales, un pequeño palacio-
convento donde periódicamente se celebraban entretenimientos musicales (BONET 1986, 54), y a donde
también fue a retirarse su hermana, la emperatriz María, cuando enviudó de Maximiliano II. Los tres
hermanos se profesaron entrañable afecto durante toda su vida y Felipe II, siempre que podía, sacaba
tiempo para reunirse con ellas. Pese a ser quince años mayor que doña Ana, doña Juana estuvo presente en
todos los actos más importantes de la vida de la nueva reina, a quien siempre acompañó hasta su muerte en
1573.
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47La elección de Segovia fue decisión del Consejo Real, que presidía el cardenal Espinosa, como
conclusión a una polémica en la que Burgos y Valladolid también pugnaron para ser sede de la boda real
(AGS,PR. “lo que paresçe que se deve yr haziendo cerca de la venida de la Reina nra. sra. y casamiento,
1570” (citado por CHECA 1992, 481, n.312).
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Italianos
48 En la Fuenfría se habían iniciado, en 1565, las obras de construcción de una pequeña Casa Real, más
bien un apeadero, para cuya finalización se apremió a Hernán García en 1570 para “antes que la rreina
nuestra señora venga”.
49 Los carpetanos no aparecen en la obra de César, sino en Livio (XXI 5, 6 y 16; XXI 9, 13; XXI 23, 4 y 6,
etc.) y en Plinio, Nat. Hist. III 19. López de Hoyos menciona también esta cuestión al hablar del origen del
nombre latino dado a Madrid, Mantua Carpetana, en la Declaración de armas de Madrid expuesta en su obra:
Historia y relación verdadera de la enfermedad, felicíssimo tránsito y sumptuosas exequias fúnebres de la Sereníssima Reina
de España, doña Isabel de Valois, Madrid, 1569.
50 Uno de los rasgos más marcadamente humanistas de la época fue la exaltación de lo nacional que, en el
caso de la Fiesta de 1570, se tradujo en un reiterado recuerdo neogoticista con alusiones frecuentes al
“tiempo de los godos”. Fue aquélla una época paradigmática por cuanto entonces y por vez primera, se
estableció unidad de pensamiento religioso entre los súbditos del “reino de Toledo”, del que los dominios
hispánicos del rey Felipe se consideraban los sucesores. En relación con ello, hay que destacar la
representación alegórica de España que hace López de Hoyos unas páginas más abajo (f. 54 v.), como una
mujer que, entre otros objetos, porta una lanza corta y otra larga. Se trata de las armas de élite que
sostenían en sus manos los miembros del consejo de ancianos de los primeros monarcas godos como
símbolo de su imperium (Procopio, Bellum Gothicum, I, 27; Claudiano, De bello Pollentino siue Gothico, V, 479-
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de Madrid quedó protegido e inmune a esta devastación gracias a los Reales Sitios de la Casa de Campo y
El Pardo, lo que no ocurrió con el territorio circundante que sufrió las consecuencias de la incesante
actividad de los carboneros y leñadores al servicio de la Corte desde 1561. Felipe II y sus sucesores
adoptaron algunas medidas para reforestar con pinares el sur de la cuenca del Duero, muy afectada tras la
estancia de la corte en Valladolid.
52 La Real Casa era una obra medieval de época de los Trastámara, de cuya conclusión encargó Carlos V al
arquitecto Luis de Vega. Este tiró el edificio anterior y plasmó en el nuevo los modelos franceses vistos por el
Emperador en su viaje de 1540, pero conservó su aspecto exterior de fortaleza. Quedó concluida en 1558 pero,
entre 1563 y 1565, Felipe II mandó traer carpinteros flamencos para rehacer las cubiertas con pizarra y añadir
los chapiteles, con lo que se convirtió en el precedente más claro de El Escorial. El Rey hizo de El Pardo una
de sus residencias favoritas, donde reunió una colección muy personal de obras de arte, y la concibió más con
carácter recreativo que representativo. También prestó especial atención a los jardines, en los que desarrolló los
intereses naturalistas que había heredado de su tía María de Hungría, y combinó los espacios salvajes
abundantes en caza, con los dominados por el hombre -ubicados en el foso-, para cuyo cuidado hizo venir un
jardinero inglés o irlandés, según Checa, y holandés, según Kamen, y cuyo carácter lúdico quedaba subrayado
por la existencia de pajareras alojadas bajo los puentes.
Los Sitios Reales se concibieron como espacios ordenados que debían cumplir la doble función de
casa residencial del rey y lugar de habitación de una inmensa población estable de empleados que, además
de atender el servicio de aquélla y el cuidado de todas las labores derivadas de la caza (aquí había hasta mil
criados) y de los jardines, desarrollaba una producción agropecuaria racionalizada a través de la cual se
pretendía que mejoraran sus modos de vida (TOVAR 1997).
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Capítulo VI
53 Se trata de Plinio el Joven, que poseía una villa, denominada Laurentinum o Laurens, cerca de Ostia, que
describe ampliamente en Epistulae II 17. La referencia a la ininteligibilidad de la descripción alude de forma
directa a esta carta del autor latino, donde hay una prolija descripción de la uilla. López de Hoyos suma esta
mención a su alusión al tópico de lo intrincado del Laberinto del Minotauro, un palacio, de planta tan
compleja que sólo su arquitecto, Dédalo, era capaz de encontrar la salida del mismo.
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55 En esta glosa, el nombre del autor aparece abreviado en Furnu. Se trata de una transcripción realizada
sobre Phornutus, forma del nombre comúnmente utilizada en esta época, junto a la más conocida de Cornutus.
Se trata de Lucio Anneo Cornuto, autor de origen africano, nacido en Leptis, pertenece al grupo de filósofos
de época imperial romana de tendencia estoica. Cultiva una interpretación alegórica de los mitos en su
Compendio de teología griega. Además escribió tratados de retórica y unos comentarios a Virgilio, éstos en latín.
Su obra mitológica, cuya versión latina, intitulada De natura deorum o de nominibus deorum, es la que conoce
López de Hoyos, según se comentó en la Introducción. Como allí se dijo, es posible que el conjunto de
autores que aparecen citados en este párrafo formasen parte de su biblioteca, al menos algunos de ellos,
especialmente utilizados para las cuestiones mitológicas, además del amplio uso que hace de Piero Valeriano
y Celio Rodiginio.
56 Así escrito. Palas era, según la mitología, la diosa de la sabiduría y de la guerra, pero también la protectora
de las ciudades y de las artes. Con esta última atribución aparece aquí representada, ofreciendo a la Reina el
aparato decorativo organizado por la villa de Madrid en su honor. La representación adopta, además, un
carácter alegórico por el que la diosa Palas, con todas las cualidades que la mitografía le atribuye, sabiduría,
virtud, pureza, virginidad, ofrece a la Reina una guirnalda de flores, que confiere a la escena un carácter
triunfal, acorde con el desarrollo de la Fiesta. De forma semejante a la de esta representación, la diosa Palas
también formó parte del aparato decorativo de la Entrada en Madrid de Margarita de Austria en 1599, a la
que la diosa ofrecía en ese mismo lugar “las agradables verduras y frescas fuentes de su prado”. Asimismo
su imagen, asociada a la representación de principios políticos a través de lo efímero, fue también empleada
en 1649 con motivo de la Entrada de Mariana de Austria y lo sería después con las de María Luisa de
Orleans y Ana de Neoburg.
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AL REVERSO
habla la diosa Pales:
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en la década de los cincuenta para trabajar al servicio de la Corte y al que se le atribuye la construcción de
diversas fuentes de los jardines reales. Véase en el capítulo 3 de la Introducción lo dicho sobre este artista.
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Magestad llegasse.
El orden que en besar la mano a Su Magestad se tuvo, y guardaron
27v los consejos, fue éste; después (como avemos dicho) del regimiento,
besaron las manos a Su Magestad todos los consejos.
Orden de besar a Su El primero fue la Contaduría Mayor de Cuentas, donde ivan don
Magestad las manos Pero Niño y el conde de Olivares, como contadores mayores de
los Consejos.
cuentas. El segundo, la Contaduría Mayor de Hazienda. El tercero, el
Consejo de las Órdenes, cuyo presidente es don Fadrique Enrríquez de
Ribera, mayordomo del Rey. El quarto, el Real Consejo de Indias. El
quinto, el Consejo de Italia, y con él su presidente, el doctor don
Gaspar de Quiroga, etcétera. El sexto, el Consejo de Aragón, donde iva
el vicechanciller de Aragón y el conde de Chincón, como su thesorero
general deste reyno de Aragón.
28r El séptimo, y postrero de todos, fue el Consejo Real, donde el
cardenal don Diego de Espinosa, etcétera, como presidente y cabeça
dél, fue el primero que llegó a besar las manos a Su Magestad, la cual,
usando de su generosidad de ánimo, se levantó a él y le mandó dar una
silla.
Preguntando a Su Señoría Illustríssima por su salud (porque en
Segovia avía estado indispuesto), Su Señoría Illustríssima respondió, y
hizo un razonamiento de subido concepto y singular eloquencia, dando
a Su Magestad el parabien de su felice venida, y significándole la
voluntad con que tan afficionadamente todos recebían a Su Magestad.
Y aviéndose Su Señoría Illustríssima y Reverendíssima sentado,
començaron a besar las manos a Su Magestad los señores del Consejo,
por sus antigüedades, nombrando el Cardenal a Su Magestad cada uno
quien era.
28v En el cadahalso huvo gran frequencia de grandes y señores de
título, acompañando a Su Magestad. Entre ellos estava el príncipe su
hermano Alberto de Austria, al lado izquierdo, apartado algo de Su
Magestad, sentado en una silla. Halláronse allí el conde de Benavente, el
duque de Medina de Rioseco, el marqués de Mondéjar, el conde de
Alva de Liste, el marqués de Ayamonte, don Fernando de Toledo, prior
de san Juan, el conde de Arambergue y las damas que con Su Magestad
vinieron.
Después que todos los consejos hizieron este officio, con la
autoridad y decencia que de tan grandes señores y letrados y padres de
la República a Su Magestad se devía, todos precedieron a cavallo con
los grandes y toda la nobleza de España, que a Su Magestad
acompañava.
29r La Reyna subió en un palafrén blanco 61 mosqueado, ricamente
61El caballo blanco es el animal de los dioses buenos y, en el cristianismo, de los santos y los héroes.
Representa el instinto controlado y sublimado, y es símbolo de majestad (CHEVALIER - CHEERBRANT 1986,
208 y 216).
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Ornato de Su adereçado, con un sillón de oro con mucha pedrería, muy bien labrado,
Magestad a la entrada gualdrapa de terciopelo negro, guarnescida y bordada con franjas de
de Madrid.
oro. Su Magestad se mostró este día hermosíssima, y con aquella
magestad y señorío que tan natural y tan fundado y con tantos dotes del
ánimo esmaltado tiene, representó muy bien su ser y monarchía.
Llevava Su Magestad vestida una saya de tela de plata parda, bordada de
oro y plata. Un galdres de terciopelo negro, afforrado en tela de plata,
prensado y guarnescido con unas franjas de oro, collar y apretador de
muchos diamantes, rubíes y piedras de mucho valor. Un sombrero
adornado con una cinta de oro, con unas plumas blancas, coloradas y
29v amarillas, que son las colores del Rey, nuestro señor. El príncipe
Alberto y el Illustríssimo Cardenal ivan cerca de Su Magestad,
acompañándola. El orden con que el demás acompañamiento iva
diremos adelante.
Procediendo un poco más adelante, Su Magestad rescibió muy
grande contento en ver dos estatuas de mármol aparente.
Por qué llamaron a La una representava a Bacho, el qual por aver sido inventor del
Bacho dios del vino. arte de hazer bodegas, plantar las viñas y ordenar las cosas que para
hazer buen vino son necessarias, fingieron los antiguos ser dios del vino
y le llamaron el dios Bacho 62. Éste tiene en su contorno pintado al
fresco una muy regozijada vendimia. Llevaban a Sileno muchos
pastores y sátyros bien borracho, y ellos cargados de vasos llenos de
vino, beviéndose los unos a los otros. El Baccho está recostado sobre
30r un cuero muy bien formado, en la cabeça una guirnalda de razimos, tan
artificialmente hechos que parescían naturales. A los pies tiene un
sátyro de bulto, tan bien acabado que en su género es la cosa más rara
(a dicho de todos) que ay en Italia ni en España. Tiene un razimo