Universidad Alberto Hurtado
Departamento de Lengua y Literatura
Literatura Antigua
ANTOLOGÍA DE POESÍA LATINA
CATULO
uiuamus mea Lesbia. atque amemus.
rumoresque senum seueriorum
omnes unius aestimemus assis.
soles occidere et redire possunt.
nobis cum semel occidit breuis lux
nox est perpetua una dormienda.
da mi basia mille. deinde centum.
dein mille altera. dein secunda centum.
deinde usque altera mille. deinde centum.
dein cum milia multa fecerimus
conturbabimus illa ne sciamus
aut ne quis malus inuidere possit
cum tantum sciat esse basiorum.
Versión de Rubén Bonifaz Nuño Versión de Ernesto Cardenal
Vivamos, Lesbia mía, y amemos, Vivamos, Lesbia mía, y amémonos,
y de los más serios viejos las voces sin importarnos la crítica de los viejos.
en el valor de un as1 tengamos todas. El sol se pone cada tarde y sale al día
Pueden morir y regresar los soles; siguiente,
muerta una vez la breve luz, nosotros pero nosotros, cuando se nos apague la
dormir debemos una noche eterna. vela,
Dame mil besos, y después un ciento, dormiremos una noche sin fin.
luego otros mil, luego segundos ciento; Dame mil besos y después dame cien
luego otros mil seguidos, después más
ciento. y después otros mil más y después
Luego, cuando habremos hecho otros cien más
muchos miles, y después otros mil más y después
los turbaremos, porque no sepamos, otros cien más
2
o no pueda aojar algún malvado y muchos miles hasta que enredemos la
cuando sepa qué tanto había de besos. suma
y ya no sepamos cuántos besos nos
damos
ni los envidiosos lo sepan
1 As. Moneda de ínfimo valor.
2 Aojar. Echar mal de ojo.
VII
quaeris quot mihi basiationes
tuae Lesbia sint satis superque.
quam magnus numerus Libyssae harenae
lasarpiciferis iacet Cyrenis
oraclum Iouis inter aestuosi
et Batti ueteris sacrum sepulcrum.
aut quam sidera multa cum tacet nox
furtiuos hominum uident amores.
tam te basia multa basiare
uesano satis et super Catullo est
quae nec pernumerare curiosi
possint nec mala fascinare lingua.
Versión de I.A.
Versión de Rubén Bonifaz Nuño Preguntas, Lesbia, cuántos besos tuyos
Preguntas, Lesbia, cuántos besos tuyos me bastan y sobran.
me sean bastantes y demasiados. Tantos como el gran número de las
Cuan magno número de arenas líbica arenas de Libia,
yace en Cirene, rica en laserpicio3, que yace por Cirene rica en laserpicio,
entre el oráculo de Jove4 ardiente entre el oráculo de Júpiter ardiente
el sacro túmulo del viejo Bato; y el sagrado sepulcro del viejo Bato,
o cuantos astros, al callar la noche, o tantos como las muchas estrellas que,
miran furtivos amores de hombres, cuando calla la noche, ven los furtivos
que beses tantos besos tú, bastante amores de los
es a Catulo el loco, y demasiado, hombres.
que ni contarlo bien los curiosos Besarte tantos besos basta y sobra al
puedan, ni mala lengua enhechizarlos. loco Catulo,
tantos que no podrían contarlos los
curiosos,
ni maldecirlos con mala lengua.
3 Laserpicio. Planta herbácea, vivaz, de la
familia de las umbelíferas, con tallo rollizo,
estriado, poco ramoso, de seis a ocho
decímetros de altura, hojas partidas en
lóbulos lanceolados, con flores blancas,
semillas pareadas, ovoideas, algo vellosas,
y raíz gruesa y fibrosa (DRAE).
4 Jove. Júpiter.
LI5
ille mi par esse deo uidetur.
ille si fas est superare diuos.
qui sedens aduersus identidem te
spectat et audit.
dulce ridentem misero quod omnes
eripit sensus mihi. nam simul te
Lesbia aspexi nihil est super mi
uocis in ore.
lingua sed torpet. tenuis sub artus
flamma demanat. sonitu suopte
tintinant aures. gemina et teguntur
lumina nocte.
otium Catulle tibi molestum est.
otio exsultas. nimiumque gestis.
otium et reges prius et beatas
perdidit urbes.
Versión de Ernesto Cardenal
Me parece que es como los dioses
Versión de Rubén Bonifaz Nuño
-o más que los dioses-
Que es igual a un dios aquél me parece,
el que puede sentarse junto a ti
que vence a los dioses él, si es posible,
y contemplarte y oírte reír
quien frecuentemente ante ti sentándose
dulcemente.
te mira y te oye
dulce rïente, lo que todos, mísero,
Porque yo no puedo mirarte cara a
los sentidos me roba, pues al punto
cara,
que te vi, Lesbia, nada me ha quedado
Lesbia,
….
sin perder los sentidos
Mas cae mi lengua; tenue por mis miembros
(Quedo sin voz)
flama se infiltra; las orejas tañen
y se me paraliza la lengua,
con ruido suyo; cúbrense con doble
y una ola caliente me recorre la piel,
noche vislumbre.
y una doble noche me cubre los dos
Catulo, el ocio para ti es funesto.
ojos.
Con ocio exultas, y de más de alegras.
Antes, el ocio reyes y felices
Tanta cavilación es peligrosa, Catulo.
perdió ciudades.
Tanta cavilación te enloquece y
desespera.
El amor ha sido causa de la caída de
los reyes
y de imperios.
5 Cfr. Safo, fragmento 2D: Me parece que es igual a los dioses / el hombre aquel que frente a ti
se sienta, / y a tu lado absorto escucha mientras / dulcemente hablas // y encantadora sonríes.
Lo que a mi / el corazón en el pecho me arrebata; / apenas te miro y entonces no puedo / decir
ya palabra. // Al punto se me espesa la lengua / y de pronto un sutil fuego me corre / bajo la
piel, por mis ojos nada veo, / los oídos me zumban, // me invade un frío sudor y toda entera /
me estremezco, más que la hierba pálida / estoy, y apenas distante de la muerte / me siento,
infeliz.
LXXXV
Odi et amo. Quare id faciam, fortasse requiris
Necio, sed fieri sentio et excrucior
Versión de Rubén Bonifaz Nuño Versión de Ernesto Cardenal
Odio y amo. Por qué lo haga, Odio y amo. Tal vez me preguntéis
preguntas acaso. por qué.
No sé. Pero siento que es hecho, y No lo sé, sólo sé que lo siento y que
me torturo. sufro.
MARCIAL
I, 110
Scribere me quereris, Velox, epigrammata longa,
Ipse nihil scribis: tu breviora facis
Versión de Ernesto Cardenal
Te quejas, Velox, de que escriba epigramas largos.
Tú no escribes ninguno. Los tuyos son más cortos.
VII, 3
Cur non mitto meos tibi, Pontiliane, libellos?
Ne mihi tu mittas, Pontiliane, tuos.
Versión de Ernesto Cardenal
¿Por qué no te envío, Pontiliano, mis libros?
Para que tú no me envíes, Pontiliano, los tuyos.
V, 10
“Esse quid hoc dicam vivis quod fama negatur
et sua quod rarus tempora lectus amat?”
hi sunt invidiae nimirum, Regule, mores,
praeferat antiquos semper ut illa novis.
sic veterem ingrati Pompei quaerimus umbral,
sic laudant Catuli vilia templa senes.
Ennius est lectus salvo tibi, Roma, Marone,
et sua riserunt saecula Maeoniden,
rara coronato plausere theatra Menandro,
norat Nasonem sola Corinna suum.
vos tamen o nostri ne festinati libelli:
si post fata venit gloria non propero.
Versión de Ernesto Cardenal
“¿Cómo explico que los vivos no tengan fama
y pocos lectores amen su propio tiempo?”
Es ya costumbre tradicional de la envidia, Régulo:
preferir siempre los antiguos a los actuales.
Preguntamos por la sombría columnata de Pompeyo.
Los viejos suspiran por sus templos ruinosos.
Lees a Ennio, oh Roma, y ahí anda vivo el Virgilio:
sus contemporáneos se rieron de Homero;
pocas veces los teatros aplaudieron a Menandro;
a Ovidio solamente lo conoció su Corina.
Sin embargo, no tengáis prisa, mis libritos:
si la fama viene con la muerte, no me apresuro.
I, 38
Quem recitas meus est, o Fidentine, libellus:
Sed male cum recitas, incipit esse tuus.
Versión de Ernesto Cardenal
El libro que recitas, oh Fidentino, es mío,
pero por tu mala recitación es casi tuyo.
II, 38
Quid mihi reddat ager quaeris, Line, Nomentanus?
Hoc mihi reddit ager: te, Line, non video.
Versión de Ernesto Cardenal Versión de Luis A. de Cuenca y Antonio Alvar
¿Preguntas, Lino, qué me renta mi villa ¿Me preguntas qué me dan mis tierras
de Nomenta? de Nomentano, Lino?
Que no te veo a ti, Lino: eso me renta. Esto me dan las tierras: el gusto, Lino,
de no verte.
IV, 38
Galla, nega: satiatur amor nisi gaudia torquent:
sed noli nimium, Galla, negare diu.
Versión de Ernesto Cardenal
Recházame, Gala: el amor que no atormenta
aburre: pero, Gala, no me rechaces demasiado.
III, 28
Auriculam Mario graviter miraris olere.
Tu facis hoc: garris, Nestor, in auriculam.
Versión de Luis Alberto de Cuenca y Antonio Alvar
Te sorprende que la oreja de Mario huela tan mal.
Tú tienes la culpa: por cotillearle, Néstor, en la oreja.
HORACIO
Tu ne quaesieris, scire nefas, quem mihi, quem tibi
finem di dederint, Leuconoe, nec Babylonios
temptaris numeros. ut melius, quicquid erit, pati!
seu pluris hiemes seu tribuit Iuppiter ultimam,
quae nunc oppositis debilitat pumicibus mare
Tyrrhenum: sapias, vina liques, et spatio brevi
spem longam reseces. dum loquimur, fugerit invida
aetas: carpe diem, quam minimum credula postero.
Versión de Luis Alberto de Cuenca y Antonio Alvar
No pretendas saber, pues no está permitido,
el fin que a mí y a ti, Leucónoe6, nos tienen asignados los dioses,
ni consultes los números babilónicos7.
Mejor será aceptar lo que venga,
ya sean muchos los inviernos que Júpiter
te conceda, o sea este el último,
el que ahora hace que el mar Tirreno
rompa contra los opuestos cantiles.
No seas loca, filtra tus vinos8
y adapta al breve espacio de tu vida
una esperanza larga.
Mientras hablamos, huye el tiempo envidioso.
Vive el día de hoy. Captúralo9.
No fíes del incierto mañana.
Versión de Enrique Badosa
No preguntes, Leucónoe –saberlo es sacrilegio–
qué fin a mí y a ti
los dioses nos deparan, ni consultes
babilónicos cálculos. ¡Mejor será sufrir
lo que acontezca, sea lo que sea!
Si Júpiter te otorga vivir muchos inviernos,
o si el último es este
que ahora quiebra las aguas del Tirreno
contra escollos de piedra corroídas,
sé juiciosa y tus vinos filtra, pues.
Ya que la vida es breve,
6 Leucónoe. Según Nisbett y Hubbard, se trata obviamente de un nombre ficticio de mujer,
probablemente utilizado debido a sus resonancias literarias. Parece derivar del griego noús
(inteligencia, pensamiento, memoria). Querría decir, en este contexto, “de clara inteligencia”.
Otras posibilidad es que Leucónoe quiera decir “de inteligencia blanca” en el sentido de
“sencilla”.
7 Astros babilonios. Literalmente los “números babilonios”, los cálculos astrológicos.
8 Filtra los vinos. Los antiguos removían el sedimento del vino cribándolo en un colador de metal
o junco, o en una bolsa de lino; a menudo se hacía esto justo antes de la libación. Otra
posibilidad era mantenerlo en posición vertical, lo que aplazaba su consumo.
9 Goza el día. “Carpe diem”, en el original latino. La metáfora es agrícola: carpere es el verbo que
se utiliza para la acción de coger la fruta.
ponle fin a la larga esperanza.
Mientras vamos hablando,
se habrá escapado el envidioso tiempo:
goza el día de hoy,
y no confíes mucho en el futuro.
Versión de I.A.
No busques (es imposible saberlo)
El fin que los dioses, a ti o a mí, nos habrán de dar,
Leucónoe, ni consultes los astros babilonios.
Mejor será padecer lo que venga, sea lo que sea.
Sea que Júpìter te conceda más inviernos,
sea el último éste que debilita
las olas del mar Tirreno contra las rocas:
sé sensata: filtra los vinos
y en breve corta10 una larga esperanza.
Mientras nosotros hablamos
se habrá escapado el malvado tiempo.
Goza el día, y no creas demasiado en lo siguiente.
ADRIANO, EMPERADOR
Animula, vagula, blandula,
hospes comesque corporis
quae nunc abibis in loca,
palidula, rigida, nudula
nec, ut soles, dabis jocos.
Versión de I.A.
Pequeño aliento, tierno y flotante,
huésped y compañero del cuerpo,
te irás ahora a otros lugares,
pálidos, rígidos, desnudos
y no podrás, como sueles, hacer bromas.
10 Corta. “Reseces” en el original latino, palabra utilizada para la poda de los viñedos.
OVIDIO
“Narciso y Eco”, de Las metamorfosis
Trad. Luis Alberto de Cuenca y Antonio Alvar
Fueron muchos los jóvenes y las muchachas que desearon
a Narciso. Pero –tan dura soberbia residía en su tierna
belleza– ningún joven, ninguna muchacha consiguió
conmover su corazón. Conducía él hacia las redes
a los trémulos ciervos, cuando lo vio la ninfa de la voz,
la que no ha aprendido a callar cuando se le habla
ni a hablar ella primero, Eco, la resonante. Un cuerpo
era todavía Eco, no una voz; y, sin embargo, la charlatana
no hacía otro uso de su boca que el que ahora hace:
poder repetir, de entre muchas, las últimas palabras.
Obra de Juno fue esto, porque, cuando a menudo
sorprendía a las ninfas yaciendo con su Júpiter en el monte,
aquélla, sagazmente, retenía a la diosa con sus largas
conversaciones hasta que las ninfas huían.
Después que la Saturnia se apercibió de esto, le dijo:
“Sobre esa lengua con la que he sido engañada te daré
un poder ilimitado, y un más breve uso de tu voz”.
Y con la realidad confirma las amenazas; la ninfa,
empero, duplica las voces al final de cada frase
y devuelve las palabras que ha oído. Así, pues,
cuando vio a Narciso, que vagaba por campos solitarios,
y se inflamó de amor, siguió furtivamente sus pasos;
y, cuanto más lo sigue, más cerca siente la llama
que la abrasa, no de otro modo que cuando, aplicado
al extremo de las antorchas, suscita el inflamable azufre
viva llama. ¡Oh, cuántas veces quiso acercársele
con tiernos ruegos y dirigirle delicadas palabras!
Su naturaleza se opone y no le permite empezar;
pero está preparada para aquello que sí le es permitido:
esperar sonidos a los que hacer volver sus palabras.
El muchacho, aislado por azar de su fiel grupo
de acompañantes, había dicho: “¿Hay alguien aquí?”,
y “aquí” había respondido Eco. Estupefacto queda él,
dirige su mirada en todas direcciones y grita
con potente voz: “¡Ven!”, y llama ella a quien la llama.
Se vuelve él y, al no venir nadie, dice: “¿Huyes de mí?”,
y recibe en respuesta las mismas palabras que ha dicho.
Persiste y, engañado por la imagen de la otra voz,
dice: “Aquí, reunámonos”, y Eco, que nunca respondería
con más placer a otro sonido, repite: “Reunámonos”,
y, surgiendo del bosque para dar cumplimiento a sus palabras,
acude a echar los brazos al cuello deseado. Huye él,
y, huyendo, retira sus manos del abrazo; “antes morir”,
le dice, “que darte mi belleza”. Ella no repitió
más que “darte mi belleza”. Desdeñada, se oculta
en los bosques y, avergonzada, cubre su rostro con follaje
y desde entonces vive en cuevas solitarias.
Pero, a pesar de todo, el amor sigue clavado en ella,
y crece con el dolor del rechazo; desvelos e inquietudes
debilitan su cuerpo digno de lástima, la delgadez
arruga su piel y todo el jugo de su cuerpo se disuelve
en el aire. La voz sólo y los huesos sobreviven;
su voz perdura; los huesos dicen que tomaron
la forma de una piedra. Y, desde entonces, está oculta
en los bosques y no se la ve en ninguna montaña;
pero todos la oyen: un sonido es lo que vive en ella.
Así había él burlado a ésta, y así a otras ninfas
nacidas en las aguas o en los montes; así antes
a muchos hombres. Entonces, uno de los despechados,
levantando las manos al cielo, dijo: “¡Ojalá ame él
de este modo y, de este modo, nunca llegue a poseer
al ser amado!” Asintió la Ramnusia11 a tan justa súplica.
Había una fuente límpida, de aguas brillantes
como la plata, que no habían tocado los pastores,
ni las cabras que pastan en el monte, ni ningún otro
ganado, y que ningún pájaro, ni fiera, ni rama caída
de árbol había enturbiado. Y había alrededor un prado
al que la próxima humedad alimentaba, y un bosque
que nunca permitía que el sol entibiase el paraje.
Allí el muchacho, fatigado por los afanes de la caza
y por el gran calor, se inclinó, seducido por la fuente
y por la hermosura del lugar. Y mientras anhela apagar
la sed, otra sed ha brotado; mientras bebe, cautivado
por la imagen de la belleza que está viendo, ama
una esperanza sin cuerpo; cree que es cuerpo lo que es agua.
Se queda atónito ante sí mismo y permanece inmóvil
y con el rostro imperturbable, como una estatua modelada
en mármol de Paros. Contempla, puesto en tierra,
la estrella doble de sus ojos, y sus cabellos, dignos
de Baco y dignos de Apolo, sus mejillas imberbes,
su cuello de marfil, la gracia de su boca y el color
rosado que se mezcla con un blancor de nieve, y se admira
de todo aquello que lo hace admirable. Se desea a sí mismo
sin saberlo, y aprecia a aquel por quien es apreciado;
mientras solicita, es solicitado, y, al mismo tiempo
que enciende, arde. ¡Cuántas veces dio vanos besos
a al engañosa fuente! ¡Cuántas veces sumergió sus brazos
intentando asir aquel cuello visto en mitad del agua,
y no logró cogerse en ellos! Qué es lo que ve, lo ignora,
pero lo abrasa lo que ve, y la misma ilusión
que engaña sus ojos, los estimula. Crédulo,
¿por qué intentas en vano capturar fugaces apariencias?
Lo que buscas no existe en parte alguna; lo que amas,
márchate y lo perderás. Esa sombra que miras
es el reflejo de tu imagen. Nada es suyo; contigo
viene y se queda; contigo se alejará, si puedes
tú alejarte. Ni el cuidado de Ceres12 ni el del sueño
11 Ramnusia: la griega Némesis (venganza), llamada así por su templo en Ramnus.
pueden arrancarlo de allí; tendido en la tupida
hierba, contempla con mirada insaciable la engañosa
figura, y se muere por sus propios ojos; alzándose
un poco y tendiendo los brazos a los bosques
que lo rodean, dice: “¿Alguien, oh selvas, amó
más cruelmente? Porque vosotras lo sabéis y fuisteis
para muchos oportuno refugio. A lo largo de un tiempo
tan prolongado, cuantos siglos de vuestra vida
han transcurrido. ¿recordáis a alguien que se haya
consumido así? Me gusta y lo veo, pero lo que veo
y me gusta no lo consigo; tan grande es la ilusión
que se apodera del que ama. Y, para aumentar mi dolor,
no nos separa el inmenso mar, ni un camino,
ni una cordillera, ni muros con sus puertas cerradas.
¡Un poco de agua es el obstáculo! Él desea que yo lo abrace,
pues cuantas veces tiendo mis labios a las límpidas aguas,
otras tantas se esfuerza él en levantar su boca hacia la mía.
Dirías que lo puedes tocar: es mínimo el obstáculo
que se interpone entre los amantes. Quienquiera que seas,
¡sal aquí! ¡Por qué, muchacho, incomparable, me engañas?
¿Adónde vas cuando te busco? Ni mi figura ni mi edad
son como para hacerte huir; las propias ninfas me han amado.
No sé qué esperanza me ofreces con tu rostro amistoso,
y, cuando tiendo hacia ti los brazos, también tú
me los tiendes; si río, ríes tú; si lloro, veo lágrimas
en tus ojos; tus señas de cabeza se corresponden con las mías,
y, por lo que puedo conjeturar del movimiento de tu hermosa
boca, me respondes palabras que no llegan a mis oídos.
¡Ése soy yo! Me he dado cuenta, y ya no me engaña
mi imagen; me consumo en amor de mí mismo, y provoco
y padezco las llamas. ¿Qué haré? ¿Solicitar
o ser solicitado? ¿Y para qué solicitar? Lo que anhelo
está en mí, la abundancia me ha hecho indigente.
¡Ay, ojalá pudiera separarme de mi cuerpo!
Inaudito deseo en un amante, quisiera que lo que amo
estuviera ausente. Pero ya el dolor me quita las fuerzas
y el tiempo de mi vida toca a su fin. Me extingo
en mi primera edad. No es rigurosa la muerte conmigo,
pues con la muerte acabarán mis sufrimientos.
El que yo amo sí quisiera que fuese más duradero,
pero los dos tenemos que morir fundidos en un solo aliento”.
Dice. Y en su locura se vuelve al mismo rostro,
y con sus lágrimas enturbia el agua, y al moverse
las ondas se oscurece la forma reflejada. Al verla
disiparse, grita: “¿Adónde huyes? Quédate, cruel,
y no abandones al que te ama. Séame permitido mirar
lo que tocar no puedo, y alimentar así mi desdichada
locura”. Mientras así se duele, arranca su ropa
de arriba abajo, y se golpea el pecho desnudo
con las marmóreas manos. Al ser golpeado, el pecho
12 Ceres: la romana Démeter, diosa de la tierra y la Agricultura.
adquiere un tono sonrosado, no de otro modo
que las manzanas que, blancas por una parte,
enrojecen por otra, o como las uvas, no maduras
aún, que toman un color purpúreo en sus matizados
racimos. Cuando se vio en las aguas, transparentes
de nuevo, no pudo soportarlo más; sino que, como suele
derretirse la rubia cera a un fuego ligero,
o la escarcha de la mañana bajo un sol tibio,
así él se deshace, consumido por el amor,
y, poco a poco, el fuego oculto lo devora.
No tiene ya el color aquel en que el blancor
se mezclaba con lo rosado, ni su vigor, sus fuerzas
y todo lo que poco antes le gustaba ver, ni subsiste
el cuerpo que, otro tiempo, había amado Eco.
Cuando ésta lo vio, aunque irritada y rencorosa,
se dolió, y cuantas veces el desventurado muchacho
decía “¡ay!”, ella repetía “¡ay!” con voz resonante,
y cuando él se golpeaba los brazos con las manos,
ella devolvía el mismo sonido doliente de los golpes.
Sus últimas palabras, al mirarse en las aguas
habituales, fueron éstas: “¡Ay, muchacho querido
en vano!”, y otras tantas repitió el paraje;
y al decir adiós, “¡adiós!” dijo también Eco.
Reclinó él en la verde hierba la cabeza cansada,
y la muerte cerró aquellos ojos que admiraban
la hermosura de su dueño. Incluso entonces,
una vez recibido en la morada infernal,
se miraba en el agua estigia13. Lo lloraron
las Náyades, sus hermanas, y se cortaron los cabellos
como ofrenda en honor del hermano muerto; lo lloraron
las Dríades. Responde Eco a todos sus sollozos.
Y ya preparaban la pira, y el blandir de las antorchas,
y el féretro, cuando su cuerpo no aparecía
por ninguna parte; en lugar de su cuerpo encuentran
una flor amarilla14 con pétalos blancos rodeando su centro.
Heroida I: “Penélope a Ulises”, de Heroidas
Traducción y notas: Vicente Cristóbal
Esta carta te la envía tu esposa Penélope a ti, Ulises, que tanto tardas. Pero no
me escribas ninguna respuesta, ven tú en persona.
Troya yace abatida, odiada en verdad por las mujeres de los dánaos. Apenas
Príamo y Troya entera han podido compensar tanto esfuerzo. ¡Ojalá las encrespadas
aguas hubieran sumergido al adúltero15 cuando navegaba con su flota rumbo a
Lacedemonia! No me hubiera acostado yo, helada, en el lecho sin compañía, no me
13 Agua Estigia: agua del río Estigia, que recorre los infiernos.
14 Cfr. El cuento “Una flor amarilla” de Julio Cortázar
15 Paris, raptor de Helena.
quejaría en mi abandono del lento correr de los días, ni fatigaría mis manos de viuda el
lienzo colgante, mientras intento engañar con él las horas largas de la noche16.
¿Cuándo no he temido yo peligros más graves que los auténticos? Cosa es el
amor llena de temor angustioso. Imaginaba que los troyanos violentos iban a ir contra
ti. Al oír el nombre de Héctor, palidecía siempre. Y si alguien me contaba que
Antíloco17 había sido derrotado por Héctor, Antíloco era causa de mi temor. O si
contaban que el hijo de Menecio18 había sucumbido, cubierto con engañosa armadura,
lloraba porque el éxito no hubiera acompañado a sus engaños. Que Tlepólemo19 había
entibiado con su sangre la lanza de Licia: la muerte de Tlepólemo renovaba entonces
mi preocupación. En suma, siempre que alguien era degollado en el campamento
aqueo, mi corazón de amante se ponía más frío que el hielo.
Pero la divinidad justa tuvo buen cuidado de mi casto amor. Troya se ha
convertido en cenizas, escapando sano y salvo mi marido. Han regresado los caudillos
argólicos. Humean los altares. El botín extranjero se pone a los pies de los dioses
patrios. Las recién casadas llevan ofrendas de agradecimiento por haberse salvado sus
maridos. Ellos celebran que los destinos de Troya hayan sido vencidos por los suyos.
Los justos ancianos y las doncellas temblorosas se quedan extasiados. La esposa está
pendiente de los labios del marido, que cuenta sus aventuras. Y más de uno en la
sobremesa relata los fieros combates y pinta con un poco de vino todo el recinto de
Pérgamo: “por aquí pasaba el Símois”; ésta es la comarca del Sigeo; aquí se alzaba el
palacio elevado del anciano Príamo; aquí acampaba el Eácida20; ahí Ulises; aquí Héctor
destrozado espantó a los caballos en su galope”. Pues todo se lo contó el anciano
Néstor a tu hijo, enviado a buscarte, y él me lo ha contadazo a mí. Le contó también el
asesinato con espada de Reso y Dolón, y cómo al primero lo perdió su sueño y al
segundo una emboscada21.
Te atreviste, oh tú, una y mil veces olvidado de los tuyos, a atacar con engaño
nocturno el campamento de los tracios y a dar muerte a tantos hombres, con ayuda
sólo de uno22. ¡Pero antes, bien precavido que eras y bien que pensabas en mí!
Incluso palpitaba de miedo mi pecho cuando me dijeron que entraste victorioso
con los caballos ismarios23 por medio del batallón amigo.
Pero ¿de qué me sirve a mí que vuestros brazos hayan destruido Ilio y que lo
que fue muralla sea suelo ahora, si permanezco igual que cuando Troya existía, y está
lejos mi marido, del que he de verme privada sin saber hasta cuándo? Pérgamo24 ha
sido arruinada para otras; sólo para mí continúa en pie, aunque el vencedor, habitando
su suelo, lo are con un buey apresado. Hay mieses ya donde se alzaba Troya, y la tierra
que la hoz ha de rasurar brota exuberante, fertilizada con la sangre frigia. Los curvos
arados rompen los huesos semisepultos de los guerreros; la maleza esconde las casas
en ruinas.
Tú, sin embargo, a pesar de tu victoria, permaneces lejos y no me es dado saber
cuál es la causa de tu retraso o en qué rincón, ¡oh más duro que el hierro!, te escondes.
16 El sudario de Laertes, que Penélope tejía de día y destejía de noche, para engañar a los
pretendientes.
17 En la Ilíada, hijo de Néstor y amigo de Aquiles. Antíloco, sin embargo, no es muerto por
Héctor sino por Memnón; más que errores de Ovidio, se trata del uso de otras fuentes, distintas
del poema homérico.
18 Patroclo, amigo de Aquiles.
19 Hijo de Hércules y rey de Rodas, muerto en Troya por el licio Sarpedón.
20 Aquiles, nieto de Éaco.
21 Alusión al canto X de la Ilíada, la Dolonia.
22 A saber: Diomedes.
23 Ismarios. Tracios, es decir, los del rey Reso.
24 Pérgamo, Ilio y Troya son, con alguna libertad, sinónimos.
Todo el que dirige su popa extranjera hasta estas costas, se marcha de aquí no
sin antes haberle hecho yo muchas preguntas sobre tu persona. Y se le entrega un
papel, escrito con estos mis dedos, para que, a su vez, te lo entregue a ti, si te viera en
algún lugar.
Hemos mandado emisario a Pilos, la tierra de Neleo gobernada por el anciano
Néstor; pero oscuras son las noticias que nos han traído de Pilos. Hemos mandado
emisario también a Esparta; pero también Esparta desconoce la verdad.
¿Qué tierras habitas o dónde te demoras lejos de nosotros? Mejor sería que las
murallas de Febo25 se mantuvieran en pie todavía. ¡Ay!, me enfado yo misma, voluble,
por haber deseado esto. Sabría así, al menos, dónde estabas luchando y temería tan
solo los combates, y mi queja se habría juntado a la de muchas otras.
No sé qué temer; aun así, lo temo todo, loca de mí, y un amplio campo se abre
ante mis angustias. Todos los peligros del mar, todos los de la tierra, sospecho que son
motivos de tu larga tardanza. Y mientras yo neciamente tengo este miedo, tú –con esa
lujuria que os caracteriza26– acaso seas cautivo de un amor extranjero. Quizás le
cuentes también cuán ordinaria es tu esposa, que sólo sabe trabajar la lana. ¡Ojalá me
equivoque y esta acusación se desvanezca en los aires ligeros! ¡Ojalá no sea tu deseo el
estar lejos, pudiendo regresar!
Mi padre Icario me insta a dejar el lecho de viuda e increpa constantemente mi
prolongada tardanza. ¡Que siga increpándome, si quiere! Tuya soy, preciso es que se
me llame tuya; yo, Penélope, siempre seré la esposa de Ulises. Él, sin embargo, se
doblega al ver mi cariño hacia ti y al oír mis castas súplicas, y sabe frenar sus ímpetus.
Pretendientes de Duliquio y Samos, y los que crió la elevada Zacinto,
muchedumbre lujuriosa, corren en mi busca y dan órdenes en tu palacio sin que nadie
se lo impida. Destrozan mis entrañas y tus riquezas. ¿Para qué voy a hablarte de
Pisandro, Pólibo, del cruel Medonte, de las avarientas manos de Eurímaco y Antínoo, y
de otros más, a todos los cuales tú mismo, ausente para tu vergüenza, alimentas con los
bienes que conseguiste derramando la propia sangre?
El mendigo Iro y Melantio, encargado de apacentar tu ganado, ¡el colmo de la
venrgüenza!, se les unen para perdición tuya.
Sólo estamos tres personas incapaces: tu esposa sin fuerzas, el anciano Laertes y
Telémaco, un muchacho. A este último casi me lo han arrebatado hace poco con
acechanzas, mientras preparaba su viaje a Pilos contra la voluntad de todos ellos. Pido
que los dioses dispongan esto: que discurriendo los destinos según su orden, sea él
quien cierre mis ojos y quien cierre los tuyos.
Con nosotros está también el boyero y la anciana nodriza, y en tercer lugar, el
fiel guardián de la apestosa pocilga27.
Pero Laertes, puesto que es ya inútil para las armas, no puede mantener tu
reino en medio de enemigos. A Telémaco le llegará una edad de más fuerza, con tal
que siga con vida, ¡pero ahora sus años debían refugiarse en el amparo de su padre!
Tampoco yo tengo fuerzas para expulsar del palacio a nuestros enemigos.
¡Apresúrate tú, puerto y altar de los tuyos! Tienes, ¡y ojalá lo sigas teniendo!, un
hijo en edad juvenil que debía ser instruido en las artes de su padre. Piensa en Laertes:
está aplazando el último día de su destino para que, cuando llegues, le cierres los ojos.
Por lo que a mí respecta, que cuando te marchaste era una muchacha, por muy pronto
que vuelvas me verás sin duda alguna… convertida en una anciana.
25 Las murallas de Troya fueron construidas por Apolo y Neptuno.
26 A los hombres, se debe entender.
27 Filetio, Euriclea y Eumeo.
Heroida VII: “Dido a Eneas”, de Heroidas
Traducción y notas: Vicente Cristóbal
Como canta el blanco cisne, cuando la muerte lo llama, tendido sobre las
húmedas hierbas en la ribera del Meandro28, así te hablo yo, y no porque abrigue
esperanzas de conmoverte con mis súplicas.
Contra la voluntad divina he dado comienzo a esta carta. Pero, puesto que para
mi desgracia he perdido ya mi buena fama y la honestidad de mi cuerpo y de mi alma,
de poca importancia es perder también unas palabras.
Tienes decidido, a pesar de todo, irte y dejar a la desdichada Dido, y los vientos
se llevarán al mismo tiempo tus velas y tu promesa. Tienes decidido, Eneas, desatar
amarras a las naves a la vez que te desatas tú de tu compromiso, y buscar los reinos
ítalos, que no sabes dónde están. Y nada te importa la naciente Cartago ni las murallas
que van alzándose ni el sumo poder entregado a tu cetro. Escapas de lo que está hecho,
persigues lo que está por hacer. Otra es la tierra que debes buscar a través del orbe,
otra es la tierra que buscabas. Mas, aunque encuentres esa tierra, ¿quién te la ofrecerá
para que la poseas?, ¿quién dará sus campos a unos desconocidos para que se queden
con ellos? Otro amor te está esperando y otra Dido a la que engañar de nuevo, otra
palabra tienes que dar.
¿Cuándo llegará el tiempo en que fundes una ciudad como Cartago y veas a tu
gente desde la altura de un alcázar? Aunque todo esto ocurra y los dioses no demoren
tus deseos, ¿de dónde te vendrá una esposa que te ame como yo? Me abraso cual las
antorchas rociadas con azufre, como el incienso sagrado esparcido sobre humeantes
fuegos. Eneas está siempre clavado en mis ojos que no duermen, la noche y el día traen
a Eneas a mi pensamiento. Él, en cambio, es ingrato y sordo a mis dones, y actúa de
manera que, de no ser yo necia, quisiera librarme de él. Aún así, no odio a Eneas, a
pesar de sus perversas maquinaciones, sino que me quejo de su infidelidad y, al
quejarme, lo amo de peor manera.
Venus, ten piedad de tu nuera, y tú, Amor, hermano suyo, abraza a tu
insensible hermano; que milite en tu campamento. O bien que él, a quien yo comencé a
querer (y no me avergüenzo de ello), me dé razones para amarlo.
Me engaño y esta imagen se me aparece en falso: disiente él del carácter de su
madre. A ti la piedra y los montes y los robles que nacen en las altas rocas te
engendraron, a ti las salvajes fieras o el mar cual también ahora lo ves agitarse con los
vientos.
¿Por dónde te dispones a marchar, si las olas te son contrarias? ¿Adónde huyes?
El invierno te lo impide. ¡Sírvame de algo la merced del invierno! Mira cómo el Euro
arremolina las aguas y las revuelve. Lo que habría preferido debértelo a ti, permite que
se lo deba a las tempestades; más justo es el viento y la ola que tu corazón. No soy yo
tan importante –puesto que te empeñas en ello, malvado– como para que mueras por
huir de mí a través del vasto mar. Ejerces un odio costoso y de alto precio si, con tal
verte lejos de mí, poco te importa morir. Pronto los vientos se calmarán y, una vez
abatido y allanado el oleaje, correrá Tritón por el mar en su tiro de azules caballos.
¡Ojalá tú también con los vientos fueras mutable!, y, a no ser que superes en
dureza a los robles, lo serás.
¿No será que no sabes cuál es el poder de las furiosas llanuras marinas?
¿Confías en el agua que tantas veces para tu mal has conocido? Aunque el piélago
incluso te persuadiera a soltar amarras, muchos peligros encierra, no obstante, el
anchuroso ponto. Y no es bueno que rompan sus promesas aquellos que se arriesgan
28 Río de Asia Menor, célebre por su sinuosidad al punto que su nombre designa las
sinuosidades de un cauce.
en el mar: ese lugar hace pagar castigo a la infidelidad, y sobre todo cuando el amor ha
sido herido, porque se dice que la madre de los Amores nació desnuda en las aguas de
Citera.
Perdida yo, temo ser causa de perdición y dañar al que me daña: no vaya a ser
que naufrague mi enemigo y beba las marinas aguas. ¡Vive, te lo ruego! Así te perderé
mejor que si mueres; al menos se dirá que fuiste causa de mi muerte. Imagínate, ea, que
te coge por sorpresa un rápido turbión –¡que no se haga realidad este augurio!–, ¿qué
pensarás entonces? Al punto te acordarás de los perjurios de tu lengua mentirosa y te
acordarás de la frigia Dido, obligada a morir por fraude tuyo; ante tus ojos se erguirá la
imagen de la esposa traicionada, triste y ensangrentada, con los cabellos en desorden.
Sea como sea, tú tal vez digas: “He merecido tan gran castigo, ¡apartáos de mí!”, y
acaso pienses que esos rayos que caen van dirigidos contra ti.
Concede un poco de tiempo a la furia del mar y a la tuya. Un camino sin
peligros ha de ser la gran recompensa de la demora.
Y no me preocupo por ti, pero ¡téngase piedad del niño Julo29! Ya es suficiente
que recaiga en ti la responsabilidad de mi muerte. Mas ¿qué méritos ha hecho para ello
tu hijo Ascanio? ¿qué méritos los dioses Penates30? ¿Sumergirá a los dioses el oleaje
después de haber sido salvados del fuego?
Pero ni los llevas contigo, ni esas sagradas imágenes ni tu padre hicieron peso
sobre tus hombros, según ante mí presumes, traidor. Todo lo que dices son mentiras; y
tu lengua, además, no empieza conmigo a ser mentirosa, ni soy yo la primera
embaucada. Si preguntas dónde está la madre del bello Julo, murió sola y abandonada
por su cruel esposo31. Esto me lo habías contado, y con razón me conmovió. De ello el
castigo ha de ser menor que la culpa.
Y no tengo ninguna duda de que los dioses te son hostiles. Es el séptimo
invierno que te hostiga por mar y por tierra.
Arrojado por el oleaje, te acogí en un seguro refugio, y no bien escuché tu
nombre, te entregué el reino. ¡Ojalá, sin embargo, me hubiera contentado con estos
cumplidos y no hubiera sido enterrada mi fama cuando me uní a ti! Dañino me fue
aquel día en que la azulada lluvia nos obligó, con repentino aguacero, a entrar en la
pendiente de una gruta. Había escuchado voces y creí que ululaban las ninfas. Mas
eran las Euménides que daban aviso a mi destino. Reclama venganza, oh tú, herido
pudor, y vosotras, leyes del tálamo, que habéis sido violadas, y tú, honra, que no he
mantenido hasta mis cenizas, y vosotros, Manes, espíritu y cenizas de mi querido
Siqueo, a cuyo encuentro, ¡ay, desgraciada de mí!, marcho llena de vergüenza.
Tengo en un templo de mármol una imagen consagrada de Siqueo; follaje en
derredor y blancos vellones la cubren. Desde aquí he sentido cuatro veces que una voz
conocida me llamaba; él mismo con débil murmullo me dijo: “¡Ven, Elisa!”. No hay ya
demora para mí. Voy, voy hacia ti yo, la esposa que a ti me debo, aunque por haber
perdido la castidad me retraso. Perdona mi culpa; el que me engañó la justifica; él es
una disculpa para mi falta. Su madre divina y su anciano padre, carga piadosa del hijo,
me dieron esperanzas de que un esposo tal permanecería a mi lado como debía. Si fue
preciso que me equivocara, mi equivocación tiene una honrosa causa. Añade la
promesa: por ningún concepto tendría entonces que quejarme de él.
El rumbo de mi anterior destino se mantiene hasta el final y persiste hasta el
extremo de mi vida. Puesto que mi esposo murió asesinado junto a los altares de Tiro y
mi hermano tiene la recompensa de tamaño crimen, me veo obligada al destierro, dejo
las cenizas de mi esposo y mi patria, y la persecución del enemigo me empuja a
29 Hijo de Eneas y Creúsa, llamado también Ascanio.
30 Dioses Penates de Troya (protectores primero del hogar y luego del Estado) que Eneas lleva
consigo.
31 Creúsa se pierde mientras escapa con su esposo del incendio de Troya.
emprender duros caminos. Librándome de mi hermano y del mar, arribo a tierras
desconocidas y compro el litoral que a ti, traidor, te he regalado. He asentado una
ciudad y cimentado unas murallas que abarcan gran extensión, motivo de envidia para
las regiones fronterizas. Brotan las guerras; extranjera y mujer como soy, me amenazan
las guerras y a duras penas puedo preparar las puertas rudimentarias de mi ciudad y
las armas. He parecido bien a mil pretendientes, que vinieron todos a mí quejándose de
que, en vez de casarme con ellos, hubiera preferido a un no sé quién. ¿Por qué dudas
en entregarme encadenada al getulo Yarbas? Ofrecería mis brazos a tu crimen. Tengo
también un hermano, cuya impía diestra, tinta ya en la sangre de mi esposo, reclama
mancharse con la mía.
Deja a los dioses y los objetos sagrados que profanas con tu tacto. Una mano
impía no es digna de dar culto a los celestiales. Si después de salvar del fuego a los
dioses, ibas a ser tú quien les diera culto, se arrepienten de haber sido salvados del
fuego.
Quizás incluso, malvado, abandones a una Dido embarazada y en mi cuerpo se
esconda encerrada una parte de ti. La desdichada criatura seguirá el destino de su
madre y serás culpable de la muerte de alguien que aún no ha nacido; el hermano de
Julo morirá junto con su madre y un único castigo arrastrará a dos que están unidos
entre sí.
“Pero es el dios –dirás– quien me ordena marchar”. ¡Quisiera yo que te hubiera
prohibido llegar hasta aquí y que no hubieran nunca pisado los teucros la tierra
púnica! Sin duda con ese dios como guía eres zarandeado por vientos enemigos y
consumes tiempo ilimitado en el furioso mar. A duras penas merecía Pérgamo, si fuera
tal cual era cuando Héctor vivía, que regresaras a ella con tanto esfuerzo. Pero no
buscas el patrio Símois, sino la corriente del Tíber, y aunque llegues allí donde deseas,
serás evidentemente un extranjero. Y puesto que el camino seguro para tus naves se
esconde en la incertidumbre, apenas llegarás a la tierra que buscas cuando seas un
anciano.
Recibe mejor como dote, dejando a un lado lo incierto, estos pueblos y las
riquezas de Pigmalión aquí traídas. Traslada Ilio a la ciudad tiria con más felices
auspicios, y ya desde ahora ocupa el puesto de un rey y empuña el sagrado cetro. Si
tienes fervientes deseos de guerra, si busca Julo de dónde obtener un triunfo
conseguido con su Marte, le ofreceremos un enemigo al que vencer, para que nada le
falte. Este lugar da cabida a leyes pacíficas, da cabida a las armas.
Tú sólo (¡por tu madre y por las flechas, armas de tu hermano, y por los dioses
compañeros de tu exilio, objetos sagrados de Dardania!, ¡ojalá sobrevivan todos los de
tu raza que llevas contigo, ojalá aquel Marte fiero sea el fin de tu daño, ojalá cumpla
Ascanio felizmente los años que le están asignados y descansen en paz los huesos del
anciano Anquises!) ten piedad, te lo ruego, de una casa que a ti se entrega para que
seas su dueño.
¿Cuál dices que ha sido mi falta sino el haberte amado? No soy yo de Ftía32 ni
oriunda de la gran Micenas33 ni se levantaron contra ti mi marido ni mi padre. Si te
avergüenzas de llamarme esposa, no me llamaré tu mujer sino tu anfitriona. Dido, con
tal de ser tuya, consentirá en ser lo que quieras. Me son conocidos los mares que azotan
la costa africana; a intervalos fijos permiten u obstaculizan la navegación. Cuando la
brisa conceda vía libre, ofrecerás tus lienzos a los vientos. Ahora las algas flotantes
detienen la nave que se confía al mar. Mándame que vigile el tiempo: partirás con más
seguridad y yo misma, si lo deseas, consentiré que no te quedes. Pero tus compañeros
piden descanso, y tu maltrecha flota, aún a medio reparar, reclama una corta demora.
32 Es decir, no soy Aquiles, enemigo de Troya.
33 Es decir, no soy Agamenón.
¡Por mis méritos y por cualquier otros servicio que me hayas de deber en el futuro, por
la esperanza de matrimonio, te pido un poco más de tiempo! Mientras se calman los
mares y mientras el amor modera sus hábitos, aprenderé con fortaleza a ser capaz de
afrontar la desgracia. Si no es así, tengo decidido quitarme la vida; no puedes ser cruel
por más tiempo conmigo.
¡Ojalá vieras cuál es la estampa de esta que te escribe! Te escribo y en mi regazo
está la espada troyana, y de mis ojos corren las lágrimas y caen sobre la espada
desenvainada que dentro de poco se teñirá con sangre y no con lágrimas. ¡Qué
oportuno es tu regalo para mi destino! Con poco gasto edificas mi sepulcro. Y no es la
primera vez que un arma hiere mi pecho; ese lugar tiene la herida del cruel Amor.
Ana, hermana mía, hermana mía, Ana, cómplice en mala hora de mi culpa,
pronto ofrecerás a mis cenizas los últimos dones.
Y no se escriba de mí, una vez quemada en la pira, “Elisa, mujer de Siqueo”.
Este otro, más bien, será el epitafio sobre el mármol de mi tumba: “Eneas dio el motivo
de muerte y la espada. Dido sucumbió por su propia mano”.
Libro primero, de Arte de amar (fragmento)
Si alguien en la ciudad de Roma ignora el arte de amar, lea mis páginas, y ame
instruido por sus versos. El arte impulsa con las velas y el remo las ligeras naves, el
arte guía los veloces carros, y el amor se debe regir por el arte. Automedonte34
sobresalía en la conducción de los carros y el manejo de las flexibles riendas; Tifis35
acreditó su maestría en el gobierno de la nave de los Argonautas; Venus me ha
escogido por el confidente de su tierno hijo, y espero ser llamado el Tifis y el
Automedonte del amor. Éste en verdad es cruel, y muchas veces experimenté su enojo;
pero es niño, y apto por su corta edad para ser guiado. La cítara de Quirón36 educó al
jovenzuelo Aquiles, domando su carácter feroz con la dulzura de la música; y el que
tantas veces intimidó a sus compañeros y aterró a los enemigos, dícese que temblaba
en presencia de un viejo cargado de años, y ofrecía sumiso al castigo del maestro
aquellas manos que habían de ser tan funestas a Héctor. Quirón fue el maestro de
Aquiles, yo lo seré del amor: los dos niños temibles y los dos hijos de una diosa. No
obstante, el toro dobla la cerviz al yugo del arado y el potro generoso tiene que tascar
el freno; yo me someteré al amor, aunque me destroce el pecho con sus saetas y sacuda
sobre mí sus antorchas encendidas. Cuanto más riguroso me flecha y abrasa con sin
par violencia, tanto más brío me infunde el anhelo de vengar mis heridas.
Yo no fingiré, Apolo, que he recibido de ti estas lecciones, ni que me las
enseñaron los cantos de las aves, ni que se me apareció Clío con sus hermanas37 al
apacentar mis rebaños en los valles de Ascra38. La experiencia dicta mi poema; no
despreciéis sus avisos saludables: canto la verdad. ¡Madre del amor, alienta el principio
de mi carrera! ¡Lejos de mí, tenues cintas39, insignias del pudor, y largos vestidos que
cubrís la mitad de los pies! Nosotros cantamos placeres fáciles, hurtos perdonables, y
los versos correrán limpios de toda intención criminal.
Joven soldado que te alistas en esta nueva milicia, esfuérzate lo primero por
encontrar el objeto digno de tu predilección; en seguida trata de interesar con tus
ruegos a la que te cautiva, y en tercer lugar, gobiérnate de modo que tu amor viva
34 Automedonte: el auriga de Aquiles y Pirro.
35 Tifis. El piloto de la nave de Jasón en las Argonáuticas
36 Quirón. Centauro, hijo de Saturno.
37 Es decir, las Musas.
38 Como lo hace Hesíodo en la Teogonía.
39 Cintas con las que se recogían el pelo las muchachas.
largo tiempo. Éste es mi propósito, éste el espacio por donde ha de volar mi carro, ésta
la meta a la que han de acercarse sus ligeras ruedas.
Pues te hallas libre de todo lazo, aprovecha la ocasión y escoge a la que digas:
«Tú sola me places». No esperes que el cielo te la envíe en las alas del Céfiro40; esa
dicha has de buscarla por tus propios ojos. El cazador sabe muy bien en qué sitio ha de
tender las redes a los ciervos y en qué valle se esconde el jabalí feroz. El que acosa a los
pájaros, conoce los árboles en que ponen los nidos, y el pescador de caña, las aguas
abundantes en peces. Así, tú, que corres tras una mujer que te profese cariño
perdurable, dedícate a frecuentar los lugares en que se reúnen las bellas. No pretendo
que en su persecución des las velas al viento o recorras lejanas tierras hasta encontrarla;
deja que Perseo nos traiga su Andrómeda41 de la India, tostada por el sol, y el pastor de
Frigia robe a Grecia su Helena; pues Roma te proporcionará lindas mujeres en tanto
número, que te obligue a exclamar: «Aquí se hallan reunidas todas las hermosuras del
orbe». Cuantas mieses doran las faldas del Gárgaro, cuantos racimos llevan las viñas
de Metimno, cuantos peces el mar, cuantas aves los árboles, cuantas estrellas
resplandecen en el cielo, tantas jóvenes hermosas pululan en Roma, porque Venus ha
fijado su residencia en la ciudad de su hijo Eneas.
Si te cautiva la frescura de las muchachas adolescentes, presto se ofrecerá a tu
vista alguna virgen candorosa; si la prefieres en la flor de la juventud, hallarás mil que
te seduzcan con sus gracias, viéndote embarazado en la elección; y si acaso te agrada la
edad juiciosa y madura, créeme, encontrarás de éstas un verdadero enjambre. Cuando
el sol queme las espaldas del león de Hércules42, paséate despacio a la sombra del
pórtico de Pompeyo, o por la opulenta fábrica de mármol extranjero que publica la
munificencia de una madre añadida a la de su hijo, y no olvides visitar la galería,
ornada de antiguas pinturas, que levantó Livia, y por eso lleva su nombre. Allí verás el
grupo de las Danaides43 que osaron matar a los infelices hijos de sus tíos, y a su feroz
padre, con el acero desnudo. No dejes de asistir a las fiestas de Adonis, llorado por
Venus, ni a las del sábado que celebran los judíos de Siria, ni pases de largo por el
templo de Menfis que se alzó a la ternera vendada con franjas de lino; Isis convierte a
muchas en lo que ella fue para Jove.
Hasta el foro44, ¿quién lo creerá?, es un cómplice del amor, cuya llama brota
infinitas veces entre las lides clamorosas. En las cercanías del marmóreo templo
consagrado a Venus surge el raudal de la fuente Appia con dulcísimo murmullo, y allí
mil veces se dejó prender el jurisconsulto en las amorosas redes, y no pudo evitar los
peligros de que defendía a los demás; allí, con frecuencia, el orador elocuente pierde el
don de la palabra: las nuevas impresiones le fuerzan a defender su propia causa; y
Venus, desde el templo vecino, se ríe del desdichado que, siendo patrono poco ha,
desea convertirse en cliente; pero donde has de tender tus lazos sobre todo es en el
teatro, lugar muy favorable a la consecución de tus deseos. Allí encontrarás más de una
a quien dedicarte, con quien entretenerte, a quien puedes tocar, y por último poseerla.
Como las hormigas van y vuelven en largas falanges cargadas con el grano que les ha
de servir de alimento, y las abejas vuelan a los bosques y prados olorosos para libar el
jugo de las flores y el tomillo, así se precipitan en los espectáculos nuestras mujeres
elegantes en tal número, que suelen dejar indecisa la preferencia. Más que a ver las
40 Viento del oeste
41 Andrómeda. Hija de Cefeo, rey de Etiopía, y Casíope. Montado en Pegaso, Perseo la liberó de
un monstruo marino que suscitó Neptuno, enojado porque Andrómeda competía con las
Nereidas por la belleza.
42 Es decir, en el mes de Julio, el verano del hemisferio norte.
43
Danaides. Las cincuenta hijas de Dánao, quienes en la noche de bodas mataron todas a sus maridos,
menos una. Fueron condenadas al Tártaro, a llenar de agua un tonel sin fondo.
44
Foro. plaza donde se trataban los negocios públicos y donde el pretor celebraba los juicios.
obras representadas, vienen a ser objeto de la pública expectación, y el sitio ofrece mil
peligros al pudor inocente.
No dejes tampoco de asistir a las carreras de los briosos corceles; el circo, donde
se reúne público innumerable, ofrece grandes incentivos. Allí no te verás obligado a
comunicar tus secretos con el lenguaje de los dedos, ni a espiar los gestos que
descubran el oculto pensamiento de tu amada. Nadie te impedirá que te sientes junto a
ella y que arrimes tu hombro al suyo todo lo posible; el corto espacio de que dispones
te obliga forzosamente, y la ley del sitio te permite tocar a gusto su cuerpo codiciado.
Luego buscas un pretexto cualquiera de conversación, y que tus primeras palabras
traten de cosas generales. Con vivo interés pregúntale a quién pertenecen los caballos
que van a correr, y sin vacilación toma el partido de aquel, sea el que fuere, que
merezca su favor. Cuando se presenten las imágenes de marfil en la solemne procesión,
aplaude con entusiasmo a la diosa Venus, tu soberana. Si por acaso el polvo se pega al
vestido de la joven, apresúrate a quitárselo con los dedos, y aunque no le haya caído
polvo ninguno, haz como que lo sacudes, y cualquier motivo te incite a mostrarte
obsequioso. Si el manto le desciende hasta tocar el suelo, recógelo sin demora y quítale
la tierra que lo mancha, que bien pronto recabarás el premio de tu servicio, pues con su
consentimiento podrás deleitar los ojos al descubrir su torneada pierna. Además,
observa si el que se sienta detrás de vosotros saca demasiado la rodilla y oprime su
ebúrnea45 espalda. La menor distinción cautiva a un ánimo ligero. Fue útil a muchos
colocar con presteza un cojín o agitar el aire con el abanico, y deslizar el escabel bajo
unos pies delicados. El circo brinda estas ocasiones al amor naciente, como la arena del
foro que entristecen las contiendas legales.
...
¿Qué espectáculo iguala en lo emocionante al simulacro de una batalla naval en
la que César lanza las naves de Persia contra las de Atenas? Desde uno y otro mar
acuden mozos y doncellas, y el orbe entero se da cita en Roma. Entre tanta
muchedumbre, ¿quién no hallará la mujer de su predilección? ¡Ah, cuántos se dejaran
abrasar por una hermosa extranjera! César se dispone a sojuzgar pronto lo que le falta
del orbe, y pronto serán nuestros los últimos confines del Oriente. ¡Reino de los
parthos, vas a sufrir rudo castigo! ¡Alborozaos, manes de Craso; estandartes que, a
pesar vuestro, pasasteis a poder de los bárbaros, aquí está vuestro vengador,
acreditado de insigne caudillo en los primeros encuentros, pues muy joven obtiene
victorias no concedidas a la juventud! ¡Espíritus apocados, no preguntéis el día natal de
los dioses: el valor de los Césares se adelanta siempre a la edad, su genio soberano
brilló desde los tiernos años, rebelde a los tardíos pasos del crecimiento! Hércules, de
niño, ahogó con sus manos dos serpientes, y ya en la cuna se mostró digno vástago de
Jove. ¡Tú, Baco, que seduces con tus gracias juveniles, cuán grande apareciste en la
India, conquistada por tus tirsos victoriosos! Joven príncipe, combatirás alentado por
los auspicios y el valor de tu padre, y gracias a los mismos reportarás la victoria; debes
ilustrar con hazañas heroicas tu nombre glorioso, y si hoy eres el príncipe de la
juventud, luego lo serás de la vejez. Hermano generoso, venga la injuria de tus
hermanos; modelo de hijos, defiende los derechos de tu padre. Tu padre, que lo es
también de la patria, te puso las armas en la mano; el enemigo arrebató con violencia el
reino al autor de tus días, pero tus dardos serán sagrados, y las saetas de aquél
45
Ebúrnea. Parecida al marfil.
sacrílegas; la justicia y la piedad combatirán bajo tus enseñas, y el partho, ya vencido
por su mala causa, lo será asimismo por las armas, y mi joven héroe añadirá a las del
Lacio las riquezas del Oriente. ¡Marte, que eres su padre, y tú, César, su padre también,
prestad ayuda al guerrero, ya que uno de vosotros es dios, y el segundo lo será presto!
Las mesas de los festines brindan suma facilidad para introducirse en el ánimo
de las bellas, y proporcionan además de los vinos otras delicias. Allí, con frecuencia, el
Amor de purpúreas mejillas sujeta con sus tiernos brazos la altiva cabeza de Baco;
cuando el vino llega a empapar las alas de Cupido, éste queda inmóvil y como
encadenado en su puesto; mas en seguida el dios sacude las húmedas alas, y entonces,
¡desgraciado del corazón que baña en su rocío! El vino predispone los ánimos a
inflamarse enardecidos, ahuyenta la tristeza y la disipa con frecuentes libaciones.
Entonces reina la alegría; el pobre, entonces, se cree poderoso, y entonces el dolor y los
tristes cuidados desaparecen de su rugosa frente; entonces descubre sus secretos,
ingenuidad bien rara en nuestro siglo, porque el dios es enemigo de la reserva. Allí,
muy a menudo, las jóvenes dominan al albedrío de los mancebos: Venus, en los
festines, es el fuego dentro del fuego.
No creas demasiado en la luz engañosa de las lámparas; la noche y el vino
extravían el juicio sobre la belleza. Paris contempló las diosas desnudas a la luz del sol
que resplandecía en el cielo, cuando dijo a Venus: «Venus, vences a tus competidoras».
La noche oculta las marcas, disimula los defectos46, y entre las sombras cualquiera nos
parece hermosa. Examina a la luz del día los brillantes, los trajes de púrpura, la
frescura de la tez y las gracias del cuerpo.
¿Habré de enumerar todas las reuniones femeninas en que se sorprende la
caza? Antes contaría las arenas del mar. ¿A qué citar Bayas, que cubre de velas sus
litorales y cuyas cálidas aguas humean con vapores sulfurosos? Los que salen de allí
con el dardo mortal en el pecho dicen de ellas: «Estas aguas no son tan saludables
como publica la fama.» Contempla el ara de Diana en medio del bosque próximo a
nuestros muros y el reino conquistado por el acero de una mano criminal; aunque la
diosa es virgen y odia las flechas de Cupido, ¡cuántas heridas causa a su pueblo y
cuántas causará todavía!
46
Nocte latent menda, que hay llegado a convertirse en un adagio.