PEC II de la asignatura Historia de la Ciencia II.
Por Jordi Juan Baucells.
“Sabido es que al aplicar la electrodinámica de Maxwell –tal y como se suele entender normalmente hoy día-
a cuerpos en movimiento, aquella conduce a ciertas asimetrías que no parecen ser inherentes a los
fenómenos. Piénsese, por ejemplo, en la acción electrodinámica recíproca de un imán y un conductor. [...]
“Ejemplos de esta especie, junto con los intentos infructuosos de descubrir algún movimiento de la Tierra
con relación al “medio lumínico”, obligan a sospechar que ni los fenómenos de la electrodinámica ni los de
la mecánica poseen propiedades que se correspondan con la idea de un reposo absoluto. Indican más bien,
como ya ha sido demostrado para magnitudes de primer orden, que las mismas leyes de la electrodinámica y
de la óptica son válidas en todos los sistemas de referencia para los que son ciertas las ecuaciones de la
mecánica. Elevemos esta conjetura (cuyo contenido llamaremos de ahora en adelante “Principio de
Relatividad”) a la categoría de postulado, e introduzcamos además otro, cuya incompatibilidad con el
primero es solo aparente, a saber: que la luz se propaga siempre en el vacío con una velocidad independiente
del estado de movimiento del cuerpo emisor. Estos dos postulados bastan para obtener una teoría simple y
coherente de la electrodinámica de los cuerpos en movimiento basada en la teoría de Maxwell para los
cuerpos estacionarios.”
[A. Einstein y otros, La teoría de la relatividad. Selección e introducción de L. P. Williams. Trad. En
Alianza, Madrid, 1973, págs- 61 y 62]
Durante el siglo XIX se vive una auténtica revolución en la ciencia. Se dieron importantes
unificaciones en los campos de la física que hasta el momento se había considerado como ramas de
la ciencia claramente separadas. Un primera unificación se dio entre la electricidad y el
magnetismo. Más tarde, de la mano de Einstein, con su «teoría de la relatividad» tuvo lugar otra
unificación entre el electromagnetismo y la mecánica clásica. En este fragmento de texto de Albert
Einstein se enuncia la segunda unificación que, como es de esperar, tiene en su interior asumida la
primera unificación.
Esta primera unificación entre electricidad y magnetismo es muy importante. Pensemos por
un momento que hasta el momento el desarrollo las investigaciones de la electricidad y el
magnetismo se habían dado de manera totalmente separada. La teoría de Benjamin Franklin fue
pionera en estudiar la electricidad, permitiendo el desarrollo de los conceptos de carga eléctrica y
la cantidad de electricidad. Recordemos que para Franklin la electricidad se trataba de una
atmósfera que cubría los cuerpos antes que un fluido que estos emanaban, explicando desde este
marco teórico los fenómenos de atracción y repulsión, los fenómenos que protagonizaban el estudio
de la electricidad. Aepinus se opuso a esta conceptualización de la electricidad, pensándola como
fluido en vez de como atmósfera situada alrededor del cuerpo. Aepinus, estudiando la turmalina,
introdujo la idea de los polos, sugiriendo así que el origen de los fenómenos de repulsión y
atracción era una cuestión que se hallaba en la propia constitución microscópica de los cuerpos.
Intentó de esta manera subsumir los fenómenos eléctricos en el marco propuesto por los Principia
de Newton, entendiendo la atracción y repulsión como fuerzas a distancia.
Respecto al magnetismo, las concepciones no distaban mucho de las que se tenían para la
electricidad. Fue Musschenbroek quien negó abiertamente la teoría de la circulación, la cual
proponía que los fenómenos de atracción y repulsión se producían por la circulación del fluido
magnético de un polo a otro, los cuales se creaban al separarse el fluido en el interior del cuerpo.
Pero Musschenbroek descalificó la teoría aludiendo a experiencias que la hacían inconsistente. Por
ejemplo, al colocar un cuerpo cualquiera, entre dos polos, no había una variación de la atracción o
repulsión, a no ser que el cuerpo fuese de hierro. Se tuvo que esperar a la llegada de Coulomb al
panorama científico de la época para proponer que el fluido magnético de Aepinus se encontraba
confinado dentro de cada partícula del cuerpo, siendo susceptible de polarizarse y constituir un
pequeño imán que explicaría los efectos microscópicos que observamos.
La historia de la unificación de estos dos campos de estudio separados tiene su inicio con
las investigaciones de Hans Christian Oersted (1777 – 1851), quien dio a conocer el resultado de un
experimento que relacionaba el magnetismo con la corriente eléctrica. Encontró que, al acercar una
aguja metálica a un alambre por el que pasaba corriente eléctrica, la aguja variaba su orientación
dependiendo de su posición respecto a la corriente eléctrica. Sin duda, los descubrimiento de
Oersted motivaron a Michael Faraday (1791 - 1867) a investigar los fenómenos atendiendo a una
intuición: si una corriente manifestaba propiedades magnéticas, un imán podría manifestar
propiedades eléctricas. Pero estas propiedades electrostáticas no se mostraban en un estado
estacionario, sólo se daban si había una variación de la corriente variaba o si el imán se encontraba
en movimiento respecto del conductor. A la hora de intentar explicar estos efectos Faraday se alejó
de las típicas explicaciones fluídicas. Detengámonos momentáneamente en el experimento que le
llevó a tal conclusión. Faraday utilizó una barra de hierro redonda para recubrirla de tres hélices de
alambre de cobre de 24 pies cada una (unos 7,352 metros). Utilizó hilo aislar las espiras de cobre
tanto del metal como de sí mismas. Asimismo, cabe decir que no cubrió totalmente el anillo de
hierro, sino que cubrió dos segmentos del anillo separándolos por unos cuantos centímetros de
hierro sin cubrir. Una vez hecho esto hizo pasar una corriente eléctrica por el alambre de cobre
conectando uno de los extremos a una pila y el otro extremo a un galvanómetro. Observó que,
efectivamente, el galvanómetro recogía la señal de una corriente eléctrica, que no podía ser otra que
la que se creaba al inducir magnetismo a través de la corriente eléctrica y, a su vez, la electricidad
que esta fuerza magnética inducía en el hilo de cobre, que finalmente recogía el galvanómetro. Pero
esta señal se desvanecía rápidamente, y sólo al desconectar el alambre de las pilas el galvanómetro
experimentaba un movimiento en sentido contrario. Así pues, una corriente eléctrica creaba una
fuerza magnética y esta misma fuerza magnética creaba corriente eléctrica que hacía mover el
galvanómetro. Así pues, como decíamos, Faraday se alejó de las explicaciones fluídicas para dar
cuenta de estos fenómenos. Él pensó que, cuando la corriente se iniciaba, el conductor secundario
(el anillo de hierro en este caso) adoptaba lo que el denominó un “estado electrónico”, un estado de
tensión que duraba el tiempo que la corriente recorría el circuito primario (el cobre). Sospechaba
que el estado electrotónico que se inducía en el circuito secundario se extendía más allá del material
del imán. De este modo, la electricidad sería antes un estado de tensión, de polarización, que se
transmitía por contigüidad y no por fuerzas a distancia, como se suponía al entender la misma
electricidad como fluido. Algunas consecuencias que se derivaron de esta concepción tienen que ver
con el aislamiento de las cargas eléctricas y las diferencias entre materiales conductores y aislantes.
En resumidas cuentas, en esta nueva concepción de la electricidad no podían existir cargas aisladas,
sino que a cualquier carga debía corresponder una de signo opuesto inductivamente relacionada con
ella. Respecto a los materiales, los aislantes y los conductores sólo diferían en su capacidad de
trasmitir la polarización.
Tanto Oersted como Faraday hicieron descubrimientos importantes para la historia del
electromagnetismo. Pero si hay algo que los diferencia de James Clerk Maxwell (1831 -1879) es la
falta de matematización. Esta ansias de matematización se encuentra desde sus primeros trabajos en
los que concibe un modelo geométrico para los descubrimientos de Faraday. Pero en cualquier caso
este modelo geométrico no aspiraba a la representación de la realidad, sino que era más bien una
analogía a fin de facilitar la comprensión y la cuantificación. Maxwell imaginó las superficies
separadas por una diferencia de potencial constante. En esta superficie delimitó áreas tales que la
intensidad de la fuerza ya fuese eléctrica o magnética fuese inversamente proporcional a la
extensión de su superficie. Sustituyó así las líneas de fuerza de Faraday por la sucesión de estas
superficies que delimitaban “finos tubos de fuerza” en el espacio. Como decimos, a modo de
analogía, Maxwell imaginó estas fuerzas como un fluido incompresible. Las cargas positivas
actuarían de manera similar a fuentes, y las cargas negativas se asemejarían a pozos o sumideros.
Así, el movimiento de la fuerza se movería desde las cargas positivas a las negativas, desplazándose
dentro de tubos de fuerza por los que sería posible determinar la cantidad de volumen por unidad de
tiempo, siendo su velocidad en cada parte inversamente proporcional a su sección. La velocidad del
fluido sería la análoga de la fuerza eléctrica, y su presión análoga al potencia de la misma fuerza.
Pero en los siguientes trabajos dejó de lado esta analogía en la medida en que no permitía
explicar nada, era un mero instrumento para la comprensión. Se decidió así a establecer una fiel
representación de los fenómenos electromagnéticos. Su punto de partida fue la idea propuesta por
William Thompson (1824 -1907), a saber, que el efecto magnetoóptico descubierto por Faraday –
esto es, que la luz se puede polarizar al hacerla a través de un campo magnético – podía explicarse
por un movimiento vorticial al nivel de las moléculas. Esta idea le valió a Maxwell para proponer
un medio etéreo que giraría en torno a las líneas de fuerza magnéticas. La corriente eléctrica sería,
desde este punto de vista, el movimiento de partículas por los espacios entre estos remolinos
etéreos. Aunque estas elucubraciones sobre la naturaleza del electromagnetismo son de notable
importancia, Maxwell sobretodo destaca por hacer de la luz un fenómeno electromagnético. En este
medio etéreo que él había concebido, las perturbaciones se propagaban a velocidad infinita.
Lo que la teoría de la relatividad viene a resolver tiene que ver con las “asimetrías” de la
electrodinámica de Maxwell. Como indica Albert Einstein (1879 – 1955), no hay una diferencia
observacional si un imán se mueve alrededor de un conductor o si el conductor se mueve al rededor
de un imán: se crea una corriente inducida de determinada intensidad y sentido. Pero a nivel teórico
estas situaciones se dejan notar. Si el imán se mueve, se crea un campo eléctrico que induce la
corriente; si se mueve el conductor, una fuerza electromotriz es la causante de la corriente que
aparecía en el conductor. Esta situación se debe a la consideración del éter estacionario respecto del
cual las cosas se mueven. Es por ello que Einstein, siguiendo en este punto la teoría de Hendrik
Lorentz (1853 – 1928), introduce el Principio de Relatividad, de manera similar a como lo había
hecho ya en el pasado Galileo. En el caso de Lorentz, este consideraba dos sistemas: uno, el del éter
estacionario dentro del cual los cuerpos se moverían; otro, el de un cuerpo, p.e, la Tierra, que se
consideraría en reposo dentro del éter estacionario. Pero a diferencia de Lorentz, considera la idea
del éter nada provechosa, y por añadidura, también desecha la idea de un espacio y tiempo
absolutos, que son siempre relativos al observador. Estas ideas de la relatividad del espacio y el
tiempo se deben, como decimos, a la influencia de Lorentz sobre Einstein. Además del Principio de
Relatividad, Einstein añadió el postulado de la constancia de la velocidad de la luz, c. En la teoría
de Einstein, es la velocidad de la luz es siempre la misma independientemente de que un sistema en
movimiento se mueva a velocidades muy cercanas a la de la luz: para el observador dentro del
sistema la velocidad de la luz seguirá midiendo c.
A modo de conclusión, los nuevos avances el campo de la electrodinámica necesitaron de
una revisión del marco general de la física como sistema. En un principio, tanto la electricidad
como el magnetismo, incluida la luz, se pensó que se transmitían a través del éter, que sería este
sistema de referencia inercial absoluto, a partir del cual el resto de movimientos podían encontrar su
medida. Es destacado el intento de Albert Abraham Michelson (1852 - 1931) y Edward William
Morley (1838 -1923) por intentar determinar la velocidad de la tierra respecto del éter. Los
experimentos que la pareja de científicos realizó dieron siempre un resultado negativo, es decir, no
se pudieron recoger sino medidas muy pequeñas de la velocidad de la tierra respecto del éter
estacionario. Mas el fracaso de los experimentos no echó por tierra la suposición de ese éter
estacionario, más bien al contrario: se refinaron todavía más para poder dar sentido a los fenómenos
del electromagnetismo. Es precisamente de estos “intentos infructuosos de descubrir algún
movimiento de la Tierra con relación al “medio lumínico”” de los que habla Einstein que le hacen
sospechar que la idea de un sistema de referencia inercial absoluto es más molesto que provechoso.
Es por ello que Einstein introduce el Principio de Relatividad, esto es, que todos los sistemas
inerciales se consideren como si estuvieran en reposo respecto del éter. Así las ecuaciones de
Maxwell funcionan tanto en el sistema del éter como en todos y cada uno de los sistemas inerciales.
Einstein, sin embargo, a fin de no multiplicar innecesariamente las entidades, es decir, los éteres,
decide deshacerse del concepto mismo, siendo necesario que para cada sistema de referencia
inercial exista un espacio y un tiempo relativo a ese sistema, con lo que se acaba con la objetividad
de un espacio y tiempo absolutos.
El electromagnetismo es un ejemplo de revolución científica. Es un ejemplo de como un
campo de fenómenos incitan al replanteamiento del marco total de la ciencia. De manera similar a
como ocurrió con la problemática del flogisto, el éter fue un remanente de una concepción científica
concreta, a saber, de la mecánica clásica newtoniana.