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Dirección de

Manuel Aragón Reyes


Edición y coordinación de
Manuel Gahete Jurado
Colabora Fatiha Benlabbah
Este libro se encadena, ampliando su dimensión informativa,
con la página web www.lahistoriatrascendida.es
El Protectorado español

en Marruecos: la historia trascendida

Volumen III

Dirección de Manuel Aragón Reyes


Edición y coordinación de Manuel Gahete Jurado
Colabora Fatiha Benlabbah

Juan Pando Despierto / Rachid Yechouti / Emilio de Diego García


María Rosa de Madariaga Álvarez-Prida / Miguel Hernando de Larramendi Martínez
Ricardo Martí Fluxá / Santos Juliá Díaz / Abdelmajid Benjelloun / Rafael Guerrero Moreno
Mohamed Larbi Messari / Marion Reder Gadow / Andrés Cassinello Pérez
Manuel Espluga Olivera / José Luis Isabel Sánchez / Juan José Amate Blanco
Boughaleb El Attar / José Manuel Guerrero Acosta / Pedro Luis Pérez Frías
Manuel Gahete Jurado / Geoffrey Jensen / Julián Martínez-Simancas Sánchez
Índice

pág. 11

La vertiente histórico-política

La herida que se cierra o combatientes sin causa


Juan Pando Despierto
pág. 13

Las relaciones hispano-marroquíes a principios del siglo XX


Rachid Yechouti
pág. 43

El contexto histórico del Protectorado español en Marruecos


Emilio de Diego García
pág. 55

El papel del Rif en el Protectorado: entre la colaboración


y la resistencia
María Rosa de Madariaga Álvarez-Prida
pág. 75

El Protectorado en Marruecos
y las relaciones internacionales de España (1912-1956)
Miguel Hernando de Larramendi Martínez
pág. 97

Las relaciones de Marruecos y España a partir de la independencia


Ricardo Martí Fluxá
pág. 149

Donde se torció la Historia


Santos Juliá Díaz
pág. 167

Le mouvement nationaliste marocain dans l’ex-Maroc espagnol (1930-1956)


Abdelmajid Benjelloun
pág. 183

La proyección actual de la memoria histórica hispano-marroquí


Rafael Guerrero Moreno
pág. 201

Antagonismo hispano-francés con relación


al Protectorado en Marruecos
Mohamed Larbi Messari
pág. 219

El norte de África en la política española hasta el siglo XIX


Marion Reder Gadow
pág. 231
pág. 269

La vertiente militar

El ejército español en Marruecos.


Organización, mandos, tropas y técnica militar
Andrés Cassinello Pérez
pág. 271

Las campañas de Marruecos, gestas y desastres


Manuel Espluga Olivera
pág. 299

La formación de los oficiales de Infantería entre 1909 y 1921


José Luis Isabel Sánchez
pág. 325

La Legión como respuesta a las necesidades militares


Juan José Amate Blanco
pág. 349

La memoria común y la participación de los marroquíes


en la Guerra Civil española
Boughaleb El Attar
pág. 373

Estampas militares de España en Marruecos:


el Protectorado español y la pintura de Historia
José Manuel Guerrero Acosta
pág. 393
pág. 429

Las preocupaciones magrebíes de un militar ilustrado


en el primer tercio del siglo xx.
La obra de Antonio García Pérez sobre Marruecos

Antonio García Pérez y África


Pedro Luis Pérez Frías
pág. 431

Los escritos de Antonio García Pérez sobre Marruecos


Manuel Gahete Jurado
pág. 465

Morocco and Spain in the eyes of Antonio García Pérez


Geoffrey Jensen
pág. 501

pág. 519

Epílogo

El rescate de Marruecos
Julián Martínez-Simancas Sánchez
pág. 521

pág. 531

Índice alfabético de autores


Imagen página anterior:

La Comisión Brunswick-Prusia llega a palacio, noviembre de 1899


En 1899, despojada de sus posesiones antillanas y filipinas, arruinada y apática, avergonzada de sí misma,
la España de la Regencia aún conservaba opciones para su regeneración: reducir su ejército —su Armada había
sido hundida— y sanear las finanzas públicas con un severo reduccionismo de su Administración y gastos
anexos. Propiedades aún se tenían y eran oceánicas: la Micronesia. Solo un imperio pujó por ella, Alemania.
Y por veinticinco millones de pesetas se llevó el lote entero: archipiélagos de las Carolinas, Marianas y Palaos.
El Tratado de compraventa se firmó en junio de 1899. Cinco meses después, una comisión alemana llegaba
a Madrid. Venía a dar las gracias a la reina María Cristina en la persona de su hijo, Alfonso XIII con trece años
de edad, al que distinguieron con la Orden del Águila Negra y la Cruz que la define.
Una condecoración que podía valer ochocientos marcos por un imperio de catorce grandes islas,
otras seis de menor tamaño y mil cuatrocientos atolones.
La Comisión Brunswick-Prusia la integraban once delegados, a los que presidía el príncipe Albrecht de Prusia,
regente del pequeño reino de Brunswick. En los soportales de palacio fueron requeridos por Christian Franzen,
fotógrafo danés afincado en España y germano-hablante, para posar ante su cámara. Franzen,
maestro en humanizar actitudes protocolarias y grupos envarados, supo transmitirles seguridad y soltura.
Su logro al efecto es el mejor de su obra como retratista de situaciones. Franzen supo combinar un providencial
nublado alto con el apoyo de sábanas blancas para tamizar expresiones y uniformes aquel
domingo 5 de noviembre de 1899. En la primera y segunda filas (de izquierda a derecha),
Joseph Maria von Radowitz, embajador de Alemania; detrás, el duque de Almodóvar del Río, ministro de
Estado, a quien tanto confundirá y desesperará, en 1904, el embajador León y Castillo
desde su puesto en París; en el centro, poderoso en su envergadura como afable en el trato,
el príncipe Albrecht y su hijo Friedrich Heindrich de Prusia. En los extremos,
el coronel Juan Monteverde y Gómez Inguanzo, edecán de la reina María Cristina y (a la derecha)
el capitán de navío José María Chacón y Pery.
Vintage de Franzen montado en cartulina con las firmas de los delegados alemanes. Colección Pando.

10
La vertiente histórico-política
La herida que se cierra o combatientes sin causa

Juan Pando Despierto

1. Realidades de las que partimos y reflexiones


sobre el reinado de la libertad

Toda reflexión sobre centenario que afecta a naciones de frontera, tan


cercanas por la normalidad que sus pueblos practican a diario, como se-
paradas por la insinceridad rutinaria que guía las declaraciones de sus go-
biernos, siempre expectantes a cualquier maniobra del otro que perturbe el
sopor estatal en su descanso de siglos, nos previene sobre su realidad. Este
centenario no se cumple sobre cosas muertas o de imposible modificación,
pues es cuerpo vivo y bífido: dos identidades en un mismo organismo com-
partido. Casos así son en verdad raros —todo lo relacionado con España
y Marruecos es doble perfil infrecuente, desde su belleza y mistérico vigor
a sus batallas legendarias—, pero pueden resolverse en el quirófano y con
una notable proporción de éxitos.
Una cosa es ser hermanos por cruce de sangres y otra ser hermanos
siameses, unidos de por vida. Hasta que la muerte los separe o se los lleve
juntos. Así sobreviven España y Marruecos, presos a la espera de su recurso
de mutua supervivencia que nadie atiende; limitados por las dimensiones
de su celda biológico-histórica; durmientes en pie y caminantes en sueños,

Juan Pando Despierto 13


La vertiente histórico-política

obligados a pactar cada gesto, cada necesidad por mínima que sea, pues su
fisiología no es coincidente. Hay que poner fin a esa política siamesa de los
estados, que tiraniza a dos seres inermes y esclaviza a multitudes inocentes:
españoles y marroquíes.
En consecuencia, reflexionemos sobre el cómo y cuándo nos unimos
y del por qué debemos separarnos. Sin olvidarnos de que hace cincuenta
y seis años hubo una primera operación, con propósitos curativos para los
dos pacientes, intervención que resultó fallida. No se supo cómo afrontar
el posoperatorio, la sutura de la zona operada fue un desastre, la herida se
infectó y la incapacidad de los pacientes fue a más. Aunque el problema fí-
sico-orgánico de partida sigue sin resolverse, la fortaleza identitaria de las
naciones intervenidas es cosa cierta, constatable en la exploración actuali-
zada en estos comienzos del año 2013: las lesiones anteriores a la fracasada
intervención de 1956, más las severas infecciones posteriores, tienden hoy a
coincidir en sus impulsos de cicatrización.
Ambos pacientes, en sus ansias por revivir, demuestran una emocio-
nante voluntad de superación. Su dignidad no ha capitulado ante el ab-
surdo ni el catastrofismo de dictámenes sesgados, obra de facultativos de
la expolítica en curso, doctorados en sus propios intereses, a los que poco
les importa prolongar los daños de tantos por mantener una situación
como esta, congénesis abrumadora e incapacitante de naciones y pueblos,
si con tal proceder aseguran sus privilegios e ingresos. Sufren los perju-
dicados hasta el desvanecimiento, pero no claudican. Su altivez resistente
es su escudo; la legitimidad de su causa su bandera, aunque no por mu-
cho flamear consigue movilizarnos en su auxilio. Por eso nos convocan
con la mirada, exponente de esa fe mayestática que solo detentan los un-
gidos por la razón, verificable en sus pulsos, reconocible en el valor de
sus gestos, comprobable en la serenidad de su luz interior, su alma. Esta
es la realidad clínica positiva. La que ridiculiza nuestros miedos e infan-
tiliza todas nuestras dudas, la que justifica el acto quirúrgico aquí reco-
mendado.
Desde una tomografía axial del estado de la cuestión, con el rigor
deductivo y la ecuanimidad que el asunto requiere, a la vista las pruebas
radiológicas del acelerado deterioro que afecta a sus entes estatales, amena-
zados de invalidez absoluta o simultánea muerte, el diagnóstico debe ele-
varse por encima de los pavores (intereses) localistas y atender las urgencias
prioritarias: para que seres nacionales privados de toda movilidad indepen-
diente dejen de ser cautivos uno del otro; facilitándoles una plena autono-
mía en su existencia por cauces paralelos, nunca más sobre un solo plano

Juan Pando Despierto 14


La vertiente histórico-política

de contacto y sometidos a continuas tracciones contrapuestas, con el fin de


que renazcan como personas-nación que en su momento lo fueron y vuel-
van a tener vida internacional propia.
Porque sin cirugía ni valentía, sin proyecto reparador alguno, es seguro
que muertos acabaremos y puede que muy pronto. Me refiero a los estados
que nos rigen. Y es que nosotros los pueblos, al igual que nuestros hijos y
los hijos de estos, constituimos hoy y ellos constituirán mañana las fuerzas
nacidas libres que, por su connatural capacidad para procrear ideas, des-
cendencias y resistencias generacionales afines, son y serán lo único feha-
ciente que a la Humanidad le ha sido dado, en su evolución, para aproxi-
marse a la inmortalidad.
Los pueblos de España y Marruecos se han ganado el derecho a pasar
de una esclavitud heredada a la emancipación de sus cuerpos-nación. Con
ser notorios sus padecimientos, nadie oye sus lamentos, ni siquiera sus for-
mas se ven. De que existen ambas naciones no cabe duda. Y se presiente
donde están, pero no se quiere, bajo ningún concepto, que sus padecimien-
tos puedan ser vistos. Encadenadas a enorme peñasco cuaternario, que su-
mergido yace, quién sabe si en el Estrecho, aúnan energías para aflorar sus
cabezas gigantes y respirar a la vez. De madrugada, cuando los estados
duermen y las olas consienten.
A esta situación se ha convenido en denominarla histórica por vul-
gar comodidad descriptiva de tantos escribientes como hay de la historia
oficial, cuando esta se caracteriza no ya por su insinceridad de estirpe y
ocultismo de oficio, sino por su mazariniano empeño en vetar toda ecua-
nimidad y antes, claro está, ahogar a la verdad. Por nuestra parte, esta-
mos convencidos, al igual que lo estuvo el añorado Ignacio Ellacuría, de
que “no hay realidad histórica sin realidad puramente material, sin rea-
lidad biológica, sin realidad personal y sin realidad social” (Ellacuría:
1990, 39).
España y Marruecos alcanzarán esa “realidad entera”, emergida en
toda su plenitud en “el reino social de la libertad”, que Ellacuría definiera
con maestría. El noble Ignacio no lo verá, inmolado en el altar de los odios
totalitarios, pero quien esto escribe sabe bien que, si él tampoco llegase a
ver ese reinado de la realidad, muchos sí lo verán.
A los que ya no están con nosotros y a cuantos intuyan que pueden
ser ellos los que tomen las decisiones finales que pongan fin a las incapa-
cidades que impiden a España y Marruecos ser naciones libres en sí mis-
mas —como hoy lo son sus pueblos sin darse cuenta—, se dedica este
ensayo.

Juan Pando Despierto 15


La vertiente histórico-política

2. Lo que Mohammed V debía a Franco: su tutela


en contra de España misma

España y Francia no entraron de la mano, consensuadas en lealtades


militares y propósitos civilizadores de sus políticas nacionales, en el Ma-
rruecos inerme de 1912. Cuando ambas potencias abandonaron su disfun-
ción protectoral, actuaron igual: cada una fue por su lado. La diferencia
estuvo en sus respectivos portazos: agobiado y desesperado a la par que des-
pótico el francés; estupefacto, dolido y torpe el español. Dos formas de sa-
lir, una peor que otra, siendo malas en sí mismas, para un desplante en dos
tiempos antecedido de una mutua derrota consumada. Porque el Protecto-
rado se rompió en 1953, no en 1956.
Cuando el 20 de agosto de 1953 se supo que Mohammed Ben Yussuf
(luego Mohammed V), había sido derrocado tras ser privado de su potes-
tad religiosa —pilar sobre el que se sustenta el categórico mandato de todo
monarca alauí sobre su pueblo—, obligado a subir a un avión militar fran-
cés en compañía de sus hijos, los príncipes Muley Hassán y Muley Abde-
llah, pasaportados los tres hasta el exilio en Córcega, la sorpresa fue total
en España. Ni Vincent Auriol como presidente de la República, ni Joseph
Laniel como jefe del Gobierno, comunicaron a Franco, siquiera fuese por
unas horas, lo que habían decidido. Augustin Guillame, residente general
de Francia en Rabat, nada previno a su homónimo, Rafael García-Valiño,
alto comisario en Tetuán.
Tanto en París como en Marrakech, urbe imperial donde la Francia de
Guillaume se revistiese con su redingote blindada —al frente de un escua-
drón de carros se presentó ante el palacio del sultán—, uniforme apropiado
a su involución, se había puesto en práctica, previamente, la telepatía deduc-
tiva: dado que Franco es el sultán de los españoles, la impavidez de Espa-
ña está asegurada. Apuesta ganada. Un día más tarde, Manuel Aguirre de
Carcer, exembajador en Lisboa, París y Tánger, comprobaba su firma al
pie de “Ante los sucesos de Marrakech”, artículo-editorial que le publicase
el diario del franquismo monárquico, donde argumentaba: “España, que
tiene resuelta su cuestión marroquí, hace bien, a nuestro juicio, en seguir
inhibiéndose, como hasta ahora, de esas discordias interiores (sic) que me-
noscaban la autoridad del sultán y el prestigio de la nación francesa” (ABC,
viernes 21 de agosto de 1953).
Si Franco hubiese sido un estadista, a esa confabulación de soberbias en-
tre la Francia de Guillaume y el Marruecos feudalista de Thami El Glaui,
bajá (gobernador) de Marrakech, habría replicado con el debido contragol-

Juan Pando Despierto 16


La vertiente histórico-política

pe: reconocer la soberanía de los pueblos del Garb, Gomara, Rif y Yebala so-
bre los territorios del norte, convirtiéndolos en reino independiente. Franco
detestaba a la Francia atea, comunista e ingrata, que conmutase la pena de
muerte a quien fuese su salvador en Verdún por su encarcelamiento, a per-
petuidad, en un islote-prisión, Yeu, en las costas de Bretaña, donde el maris-
cal Pétain había fallecido en julio de 1951. Franco había admirado a Pétain
desde 1925, cuando el mariscal no dudara en movilizar el máximo esfuerzo
francés contra Abd-el-Krim y su República del Rif. Con el tiempo, el endio-
sado vencedor en una guerra fratricida fue otro y la admiración se trocó en
suficiencia. Y el admirado lo percibió al instante: “Se equivoca al considerar-
se un primo de la santa Virgen” (Moulin de Labarthète: 1946, 102).
Para llevar a buen fin su propósito vengador de Pétain y flagelador de
Guillaume, Franco disponía de la personalidad idónea y las fuerzas apro-
piadas. El Mahdi (predestinado) franquista no era otro que Muley el Has-
san Ben El Mhedi Ben Ismail, jalifa (lugarteniente del sultán) desde 1925,
casado en mayo de 1949 con la princesa alauí Lal-la Fatima Zohora Ben
Muley Abdelaziz, nacida en 1929 y primera hija del sultán derrocado, el
luego Mohammed V.
Este enlace de familias entroncaba al sultán español con el sultán fran-
cés, y a tal nivel de legitimidades que podría reemplazarlo como rey de todo
Marruecos. En cuanto a las fuerzas del nuevo reino, en soldados no existía
carencia: a los setenta y un mil efectivos hispano-marroquíes podrían su-
marse los combatientes movilizables en el Protectorado, unos noventa mil,
muchos de ellos veteranos. España habría probado, a los pueblos del norte,
que respetaba la promesa de libertad nacional que el coronel Juan Beigbe-
der les hiciera en 1936 y repitiese en 1937 y 1938, cuando los veteranos de
Abd-el-Krim embarcaban para ir a morir en las riberas del Jarama, en los
campos de Brunete, entre las ruinas de la madrileña Ciudad Universitaria
o en las agrestes sierras que escoltan al Ebro.
Algo así se temían en París y Rabat. Conscientes los mandos franceses de
la ofensa infringida a Franco y España, por este orden, “para calmar los renco-
res de tales vecinos, habría existido el proyecto de reemplazar a Muley Arafa
por un sultán salido de la zona española, pero eso no habría bastado” (Clé-
ment: 1975, 104). La posibilidad del plan y el aviso sobre su fracaso, que Clé-
ment sugirió veintidós años después, nos previene de que no era tal proyec-
to, sino tosco atizador de los fuegos nacionalistas, porque el único sultán del
norte posible era El Mhedi. Y que el jalifa cambiara de palacio para conver-
tirse en prisionero del ejército francés en Rabat, hubiese enfurecido a Franco,
pero sobre todo a las tropas hispano-rifeñas, que se habrían sublevado.

Juan Pando Despierto 17


La vertiente histórico-política

Ciertamente, para que Franco hubiera concebido una maniobra como


la planteada en estas páginas no hubiese sido él, sino el resurrecto Pedro
Abarca de Bolea, aquel ilustrado militar y sagaz diplomático aragonés,
que viera acercarse, por el noroeste del imperio español, amacizado fren-
te de rayos, por lo que aconsejó a Carlos III que tuviese cuidado con ese
Hércules relampagueante, conocido como Estados Unidos. En cuanto al
África de su época, Abarca, que era conde y el X de Aranda, poco amigo
de contemplaciones, dio explosivo consejo: “Arrasar Melilla y los presidios
menores”. Esta política de la pólvora Aranda la conocía en propia carne.
Sucedió cuando los ingleses decidieron volar, en 1782, el castillo menor-
quín de San Felipe para que España no aprovechara ni tanto así. Siglo y
medio después, los dos mejores diplomáticos del franquismo citarán esa
sentencia con latente escalofrío, pero sin su explícita condena (Areilza y
Castiella: 1941, 270).
A Franco, tan alejado de Aranda como del luteranismo, pese a sus limi-
taciones como estratega, no creemos excesivo atribuirle la elementalidad de
repetir, en el Marruecos septentrional, el modelo impuesto a España: otra
dictadura. Ese sultanato militar, sujeto por el puño del general Mohammed
Ben Mizzian Ben Kassem, conveniente ministro del Ejército en el Estado
normarroquí, se apoyaría en la legitimidad de Muley El Mehdi, pero si las
circunstancias lo exigieran podría prescindirse de él. Con esa filosofía de re-
cámara, Franco habría cautivado a los EE. UU. de Eisenhower, fascinado al
igual que sus antecesores, Roosevelt y Truman, por la instauración de au-
tocracias estratégicas, garantistas de la seguridad de los imperios sin rendir
cuentas a sus pueblos.
Con el reino del Rif o república del Rif, Estados Unidos obtendría idén-
ticas ventajas: dominio del Mediterráneo al sumar la fachada rifeño-yebalí
a las Baleares y estas a sus bases griegas y turcas; el Atlántico Sur al apo-
yarse en las Canarias, el Sáhara Occidental, Guinea Ecuatorial y la isla-
portaaviones de Fernando Póo. Como resultado, imposibilidad soviética de
un golpe de fuerza sobre el Canal de Suez y lo mismo cara al Magreb o el
África ecuatorial. Amenazas borradas al hallarse advertidas por las mejores
legiones posibles, siempre alertas en su patria campamental. El Rif era y es
un campamento entre montañas y páramos, hogar de la milicia más temi-
ble al constituirse como una nación militar. Las familias son el ejército, to-
dos son soldados. Atacan y resisten los más fuertes, pero al lado tienen a sus
hijos, a sus padres, a sus abuelos.
Estos supuestos, de haberse llevado a cabo por un Franco aconsejado
por Carrero Blanco, ministro de la Presidencia o convencido por García-

Juan Pando Despierto 18


La vertiente histórico-política

Valiño y Muñoz Grandes, cabezas del ejército y exfranquistas en evo-


lución —García- Valiño lo demostrará en 1970 al apoyar las recomen-
daciones de Naciones Unidas para que España concediese al Sáhara
Occidental la independencia— hubiesen puesto abrupto término a todo
posibilismo reinante para Mohammed V. Con su concesión de la inde-
pendencia a los pueblos del septentrión marroquí, esa España osada y
lógica habría dejado, medusée, a la izquierda socialista de Guy Mollet,
stordita a la democracia cristiana de Amintore Fanfani, astonished a los
conservadores del Gobierno Churchill a excepción de este mismo; puesto
triple sello urgente a su pasaporte para las Naciones Unidas; asegurado a
Ceuta y Melilla una españolidad longeva tan placentera como la disfruta-
da por Cádiz y Huelva.
Guillotinado el Protectorado por Francia, aquella España de triunviros
hubiera convertido la restauración del alauísmo en un empeño errático y ex-
tenuante. Marruecos hubiese tenido dos monarcas en el exilio: quien ganase
una guerra a los españoles y quien perdiese la suya ante los franceses. Pero
la contrainvolución española disponía de estrechísimo margen para mani-
festarse: cuatro días todo lo más desde el 20 de agosto de 1953. No hubo cón-
clave de jefes en El Pardo, nadie llamó al jalifa el Mehdi y nada se consultó
con nadie.
De haber habido planes, con apellidos y propósitos concretos, sus trazas
permanecerán en los archivos familiares de aquellos jefes o en el Archivo
Militar de Ávila, laberíntico sepulcro de nuestra historia africana, pues allí
aparecieron, hace cuatro años, ocho mil ochocientas cajas con “toda la do-
cumentación” de las campañas en Ifni y el Sáhara, hecho vergonzoso reco-
nocido, el 22 de octubre de 2009, ante la Comisión de Defensa del Senado,
por María Victoria San José Villacé, quien probó así su coraje y sentido de
la responsabilidad como secretaria de Estado.

3. Enamoramiento de Franco hacia Marruecos


y debilidad del enamorado

Franco solo tuvo dos amores en su vida: la idea que él tenía de España
y la imagen idealizada de Marruecos. La primera permaneció impasible a
sus requerimientos; la segunda no comprendía el porqué de tanto amor. Al
confundir su memoria de guerras con una paz eterna entre ambas naciones,
el dictador creyó que Marruecos era Mohammed V y nadie más, cuando
existían pueblos en el norte que nunca fueron parte de ningún rey ni reino.
En la estudiada simpatía de Mohammed V creyó Franco percibir consenti-

Juan Pando Despierto 19


La vertiente histórico-política

miento: su pasión era correspondida. Y todo deseo de la amada fue acepta-


do, incluso entregado por adelantado. Marruecos se convirtió en emperatriz
y España en su criado.
Mohammed V, conocido como el “Bien Amado”, ser inalcanzable por
su condición de monarca celestial, puesto que su perfil bendecido se reco-
nocía en los mares de la luna —las buenas gentes marroquíes certificaban
sobre tal prodigio nocturno—, pudo así recuperar prestigio y seguridad,
animado por tres evidencias: Franco no había movido un dedo en El Par-
do, el Rif seguía unido a Marruecos y Francia era atacada desde el Rif bajo
la impasibilidad de Franco.
Si Franco hubiese liberado al Rif, cuando Mohammed V regresó coro-
nado por la ilusión marroquí, ni hubiese recibido el clamor de las multitu-
des patrias aquel viernes 18 de noviembre de 1955 ni siquiera llegado en-
tonces. Esta fue la deuda de un rey afortunado al recibir cuanto recibió no
de un prestamista, sino de un dictador sin cabeza. Aquellos triunviros —
Carrero Blanco, García-Valiño y Muñoz Grandes—, dotados de materia
gris, al final tuvieron que cuadrarse ante quien, sin ser una cabeza poseía
gran listeza y la materia del poder: ese efecto paralizante que todo dictador
inyecta en cuantos ignoran su pobreza intelectual y bajeza moral, señas de-
finitorias de los caudillos implacables.
Aquella inhibición de España, a la que se refiriese Aguirre de Carcer,
tenía fundamento. Franco estaba obsesionado por atender a sendos símbo-
los del poder religioso-terrenal, básicos para su concepción del mundo: la
Roma de Pío XII y el Washington de Eisenhower. La emancipación del
norte protectoral, porque tal carácter legal tenían todavía el Rif y Yebala, le
pareció irrelevante, incluso impropia. No es que le negase trascendencia, es
que no comprendía que la tuviese ni que España precisara de ella. Cuando
esa independencia fue peleada y ganada, en los campos de batalla peninsu-
lares, por rifeños y yebalíes.
A Franco nada le sedujo la ostentosa coherencia de afirmar la sobera-
nía de España en Ceuta y Melilla al reintegrárselas a sus dueños naturales,
prehistóricos en su derecho, óptimos defensores de su españolidad al sentir-
la parte viva, consustancial a su identidad. Porque el castellano y el chelja o
tamazigh, desde su diaria fecundidad convivencial, rearmaban un disuasi-
vo acuerdo entre españoles y normarroquíes frente a terceros. Ambos idio-
mas serán vetados por el hijo del deseado, consciente Hassán II de la fuer-
za de toda conjunción entre culturas, leyes, religiones y voluntades. Franco
no fue ese “gran africanista” al que se glorificase sin tregua, sino un militar
que pasó por África sin entender absolutamente nada de lo que África su-

Juan Pando Despierto 20


La vertiente histórico-política

ponía para España y lo mucho que el Ejército, y por consiguiente, España,


arriesgaban en Marruecos.
El 27 de agosto de 1953 el ministro Alberto Martín Artajo y el embajador
de España ante el Vaticano, Fernando María Castiella, ponían su firma junto
a la del cardenal Domenico Tardini. El Concordato con la Santa Sede propor-
cionaba al franquismo esa amplitud del reconocimiento hacia su pobre existen-
cia, rechazada por los organismos internacionales. A la par, Franco acuciaba
a su ministro del Ejército, Agustín Muñoz Grandes, para que cerrase las ne-
gociaciones con el embajador estadounidense, James Clement Dunn. El 26 de
septiembre de 1953 se firmaba el “Pacto de Madrid”, por el que España y Esta-
dos Unidos convenían aquellos Des-Acuerdos, asimétricos desde su redacción.
España arriesgaba sus dominios saharianos y sus plazas de soberanía al no re-
cibir garantías del insensible firmante, dado que EE. UU. no se sentía concer-
nido por un ataque a esa España acuartelada, pero sin capitán.
Franco persistió en su enamoramiento por Marruecos y su devoción
hacia la palabra de un rey. Lo primero era beatitud desmedida más que
metafísica pura; lo segundo, un clásico entre los tipos catalogados de impo-
sibles. El alauismo, de siempre patriota, solo concedía favores al engrande-
cimiento de Marruecos. Harto del cortejo de Franco, abofeteará al ofuscado
amante por ser extranjero y además tonto. Llevado de su desdén, cederá la
iniciativa a su primogénito, Muley Hassán. Ansioso el príncipe de probar
sus aptitudes, organizará un entramado de exaltaciones patrióticas para re-
cuperar, con armas y conjuras, el Marruecos imperial extraviado entre los
desiertos españoles y franceses (Mauritania).
A unos y otros atacará a traición y sin piedad, porque la disparidad de
sus fuerzas con las contrarias justificaba el método y los procedimientos.
España lo hizo frente a los ejércitos de Napoleón y Francia ante las divisio-
nes de Hitler. Sus resistencias no exigieron formalidades ni noblezas, solo
resultados victoriosos. Subsistía una doble amenaza: Marruecos estaba ro-
deado por ejércitos europeos y africanos, cohesionados por la lealtad de sus
batallas compartidas. Mohammed V vaciló: se jugaba el trono y los hijos, su
vida. El príncipe convenció al rey: “atacaré a los españoles, la debilidad de
Franco hacia ti les hace a ellos débiles”.
Los guerrilleros del príncipe marcharán sobre Ifni y el Sáhara Occi-
dental. Mohammed V supo de su partida con angustia. Buen padre de fa-
milia y persona de paz, era radicalmente opuesto a su heredero, hombre de
guerra en cualquier paz. De los guerrilleros pocos volverán, su jefe político
y príncipe no les hará el menor caso, pero el padre del príncipe les ofrecerá
su consuelo y protección.

Juan Pando Despierto 21


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4. Patrias sacrificadas para feliz conclusión


de un Protectorado (1956-1959)

En 1956, dos años después del bofetón del presidente Eisenhower al or-
den colonial franco-británico imperante en Suez, emancipado el Egipto de
Nasser, la verdad virgen miró hacia el Extremo Occidente y allí descubrió
viril esposo: Marruecos recuperaba sus históricas libertades. Aquel titular a
toda plana del ABC (7 de abril de 1956), en el que, con mayúsculas al cuer-
po veinte, se decía que “El Gobierno Español reconoce la independencia de
Marruecos y su plena soberanía”, era tal sinsentido como afirmar, con toda
seriedad, que España reconocía la libertad de navegación en los mares o el
vuelo libre de las aves.
La orden de retirada al ejército español no se hizo esperar: los prime-
ros documentos conminatorios llevan fecha del 9 de abril. El repliegue se
planteó a largo plazo: tres años mínimo. Al final fueron cinco. Y pudieron
ser el doble. En la madrugada del 23 de noviembre de 1957 más de dos mil
voluntarios del Ejército de Liberación atacaron en masa el anillo de puestos
españoles en Ifni. Pese a las numantinas defensas que se dieron en diver-
sos puntos, los atacantes aniquilaron o capturaron a sus defensores y fue-
ron contra la capital. Para sorpresa de asaltantes y asaltados, en Sidi Ifni
no hubo otro Annual. Llevada de su impulso, la marea guerrillera se desvió
hacia su flanco izquierdo, embutiéndose en las defensas del Sáhara, donde
fue contenida.
El ejército español del sur solicitó refuerzos a su hermano del norte.
Este otro ejército había llegado a sumar 70.859 hombres, de los que 12.572
eran normarroquíes. Hermanos de bandera hasta 1956, no había una sola
fuerza en África y Asia Menor que pudiera hacerles frente. Pese a su for-
zosa segregación, seguían siendo fuerzas fortísimas por separado. A su fren-
te, ciento veintisiete “oficiales moros” —así se les localiza todavía en nues-
tros archivos militares—; y en su pecho quinientos suboficiales, punzantes
como lanzas. Guerreros por educación familiar y tradición social, lucían
sus cicatrices: los últimos años (1926-27) de la guerra del Rif y los tres de
nuestra contienda civil. Nadie los igualaba y se acantonaban en coraje y ex-
periencia: desde niños llevaban la guerra en su cabeza.
Después de diecinueve meses de insistentes mermas sobre sus efecti-
vos, los setenta y un mil del norte eran cuarenta y cinco mil, de los que
27.531 acantonaban en sus cuarteles del Garb, Rif y Yebala (antiguo SHM,
Sección África, Memoria del Repliegue a Soberanía de las Fuerzas Españolas
en Marruecos). De aquellos doce mil quinientos, tres mil saludaban aún a

Juan Pando Despierto 22


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la bandera española. Los restantes nueve mil se habían alistado en las FAR
(Forces Armées Royales, en adelante, Fuerzas Reales); retornado a sus fae-
nas en el campo; sustituido a sus padres en el comercio, abierto diminutas
peluquerías, regentaban bulliciosos cafetines o conducían remendados ta-
xis. Pero si algunos jefes de esos tres mil les hubiesen convocado para que
se presentaran voluntarios para defender la independencia del norte, to-
dos habrían dado un paso al frente. Y los tres mil hubiesen sido doce mil.
Cinco años de guerras y dieciséis de paz cuestionada, arma al brazo y ojo
atento, no podían borrarse por el hecho de arriar una bandera y alzar otra
en su lugar.
Aquella petición para el envío de refuerzos, que el sur español hiciera
al norte hispano-marroquí, fue atendida. El 9 de enero de 1958, la IX Ban-
dera de la Legión embarcaba en el Virgen de África, en Ceuta, rumbo a Vi-
llacisneros. Otras tres banderas apretaban sus filas en el Sáhara. Entre los
cuatro batallones legionarios sumaban dos mil trescientos cincuenta y siete
efectivos. Ese mismo miércoles 9 de enero zarpaba de Valencia el Dómine,
con los ochocientos veinticinco hombres del batallón Guadalajara, a los que
se unieron los ochocientos treinta integrados en el San Fernando, embarca-
dos en Alicante (Diego Aguirre: 1988, 377-391).
La España de Franco desguarnecía sus plazas africanas y mentía a sus
movilizados peninsulares: a los soldados del Guadalajara, veteranos del
humanitarismo tras pelear durante seis semanas en “la batalla del barro”,
aquella marea de lodazales que a Valencia sepultase en las catastróficas
inundaciones de 1957, una vez en cubierta, uno de sus oficiales los puso
firmes y anunció: “Nos dirigimos al área de maniobras”. Pero las costas de
España quedaron atrás y “al oscurecer del segundo día nos dimos cuenta
de que estábamos en pleno Atlántico” (testimonio de Vicente Penadés, pre-
sidente de la asociación de excombatientes del Guadalajara 20). Aquellas
maniobras duraron un año.

5. Los cautivos de Axdir tuvieron hijos y presos


fueron del Marruecos alauí

El 18 de enero de 1958 terminaba la segunda fase del repliegue espa-


ñol. Faltaban diecinueve días para la contraofensiva franco-española, codi-
ficada como operaciones Ecouvillon y Teide. El ataque combinado demoró
su arranque por las tumultuosas consecuencias derivadas del bombardeo
de una situación delicada. Precisiones: cuatro soldados franceses, captura-
dos por las guerrillas argelinas e internados en Túnez, padecían malos tra-

Juan Pando Despierto 23


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tos. Desafío calculado. Perdió la Francia militar sus nervios y el general


Jouhaud, jefe de la Aviación, decidió bombardear su propia impotencia. El
8 de febrero, dos escuadrillas arrasaron el poblado tunecino de Sakiet Sidi
Yussef. Resultados: cien heridos, setenta y dos muertos, doce de ellos niños.
Y Francia en la picota planetaria.
La sociedad francesa se sintió sobrecogida y avergonzada. El Gobierno
Gaillard se dispuso a morir en la Asamblea Nacional y el clamor interna-
cional fue a más. Franco, temeroso de otro aislamiento, desastroso para su
política de conciliación, previno al ejército del sur sobre cualquier exceso de
celo: “Se nos repitieron, verbalmente, tajantes órdenes de limitarnos a de-
fender nuestro territorio, nada de perseguir al enemigo en suelo marroquí o
liberar a nuestros camaradas cautivos” (Conversaciones con el coronel José
Frías O’Valle, 1988).
El ejército español del sur, sin otro recurso a su alcance que la discipli-
na, padecía esos martirios, multiplicados por nueve y desde hacía tres meses.
Treinta y tres de los suyos, capturados en Ifni tras defender, bajo condiciones
extremas, los puestos de Hameiduch, Tabecult y Tamucha, habían sido in-
ternados en Marruecos y trasladados de un poblado-cárcel a otro hasta aca-
bar en Akka ¡doscientos cuarenta kilómetros al este de Sidi Ifni! En Akka se
unieron a los secuestrados en Cabo Bojador dos soldados de Transmisiones,
tres civiles y dos mujeres. Cuarenta españoles cautivos de la inmensidad de-
sértica. Inviable toda huida.
Transcurriría año y medio hasta saberse lo ocurrido en Tabelcut. El te-
niente Felipe Sotos, quien junto con doce hombres defendía la posición, te-
nía que velar por las vidas de la esposa, embarazada, del cabo de la Guardia
Civil del puesto y los hijos del matrimonio: dos niños de solo tres y cuatro
años de edad. Aquel 23 de noviembre, unos ciento veinte guerrilleros ataca-
ron Tabelcut. Sotos y su gente rechazaron la primera embestida, no la se-
gunda. Acorralados, los españoles se hicieron fuertes en el primer piso de
la casa-cuartel. Debajo de ellos, el enemigo. Temieron ser abrasados o vola-
dos. Esos niños los salvaron.
El 25 de noviembre, agotada el agua, que los sitiados atesoraban en
un cubo —para dieciséis personas—, sin nada para comer y con sus úl-
timas municiones en la mano, Sotos aceptó las condiciones de un parla-
mentario, con bandera blanca, que resultó ser “el caíd de Tiznit (ciudad
marroquí situada cuarenta kilómetros al norte de Ifni) enviado por el go-
bernador de Agadir para hacerse cargo del puesto en representación del
Gobierno marroquí”. ¡La guarnicion de Tabelcut iba a rendirse al Reino
de Marruecos! El teniente, más furioso que desconfiado, exigió pruebas.

Juan Pando Despierto 24


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Y a su presenœcia llevaron a “Sidi Said, conocido por los defenso-


res”. Era un jefe ifneño de la región y desertor confeso, al que “acompa-
ñaban cuatro policías marroquíes de uniforme, con metralletas”. Sin más
preámbulos, los montaron en un camión que les llevó hasta Mirleft, en
territorio marroquí. Al día siguiente, de madrugada, los despertaron, ase-
gurándoles que “su autobús estaba preparado”. Ilusionados con llegar a
Agadir, donde imaginaban ser canjeados, al intentar salir se les contuvo
con inesperada brusquedad, advirtiéndoles: “De uno en uno”. A todo el
que traspasaba la puerta, dos guerrilleros lo encañonaban y otros lo ma-
niataban. El autobús era el mismo camión del día anterior (Casas de la
Vega: 2008, 609-615).
Así acabó la primera y única capitulación, en campo abierto, de un
destacamento español ante fuerzas armadas de un gobierno marroquí,
reconocido, en persona, por españoles derrotados bajo el número y el estupor.
Los cuarenta cautivos fueron trasladados a Egleimin y Akka. Después, por
etapas que duraban semanas o meses según el capricho de sus carceleros,
más poblados-cárceles: Unein, Tali, Assarag. Aquí volvieron a quedar in-
comunicados, pero sin puertas en sus celdas. El desierto era su absolutis-
ta guardián. Nada sabían de sus familias ni de la guerra, nada tampoco de
cuándo serían libres.
El 5 de mayo de 1959, Mohammed V hacía entrega oficial de los pri-
sioneros españoles, en el Palacio Real de Rabat, al “embajador de España,
Cristóbal del Castillo” (ABC y La Vanguardia Española, ediciones del 9 y 10
de mayo)”. Error intencionado, porque el señor Castillo no era el embaja-
dor, sino José Felipe de Alcocer y Sureda, quien ostentaba tal rango en Ra-
bat desde agosto de 1956. Alcocer había sido el guía de Mohammed V en su
visita a El Pardo, donde aquel sábado 7 de abril Franco lo reconociese como
rey de Marruecos y lo ungiera con una bendición que nunca agradeció: la
santísima paciencia de España.
Todo apunta a que Alcocer, enfrentado al aviso humillante de recibir
a los españoles liberados en el palacio del rey enemigo, siendo embajador de
Franco, tan excautivo era el dictador de España como la diplomacia espa-
ñola. Y por eso se opuso a que su rango y representación formaran parte del
decorado alauí. Los cuarenta excautivos se mantenían en pie, aunque fal-
taba uno: el hijo que llevara en su vientre la esposa del guardia civil de Ta-
belcut había nacido muerto en Agadir, pues hasta allí fue conducida la par-
turienta, pero ya era tarde. El único niño de la España africana de Franco,
nacido en tierra de cautivos, allí fue enterrado. Sus padres y los restantes
prisioneros habían cumplido dieciocho meses de cautividad, tantos como

Juan Pando Despierto 25


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los españoles que sobrevivieron al desastre de Annual y a las consecutivas


matanzas habidas en Dar Quebdani, Monte Arruit y Zeluán.
Que sucedieran tales cosas treinta y ocho años después del suicidio del
general Fernández Silvestre y la muerte de la casi totalidad de su ejército
en el Rif de 1921 debió alertar a Franco y sus ministros sobre el porqué se
repetían situaciones tan dolorosas para España. Ni el dictador ni sus vice-
presidentes ni demás miembros de sus gobiernos dejaron escrito testimonio
alguno, que se sepa, sobre esa entrega de prisioneros y sus cruficantes an-
tecedentes.
Aquel domingo 28 de enero de 1923, cuando los trescientos veintiséis
españoles supervivientes de las lúgubres casas-prisión de Axdir, embarca-
dos el día antes en el Antonio López, desembarcaban, exhaustos y medio
muertos, en los muelles de Melilla, para recibirlos estaba el pueblo, no las
instituciones. No hubo ese día noticia alguna de Alfonso XIII ni de Gar-
cía Prieto, jefe de su Gobierno, ni del ministro de la Guerra, que entonces
era Niceto Alcalá Zamora, ni de Luis Silvela, alto comisario de España, ni
siquiera del comandante general de Melilla, Pedro Vives Vich. Todos te-
nían compromisos ineludibles, empezando por el rey: “Estaba en Doñana,
invitado a una cacería por el duque de Tarifa, Carlos Fernández de Cór-
doba” (Pando: 1999, 338).
Comprendemos que Franco no quisiera hacer lo que Alcocer se negó a
padecer el 5 de mayo de 1959. Pero pudo recibirles en Ceuta, adonde llega-
ron todos e igual de enflaquecidos; incluso en Algeciras, donde desembar-
caron el 7 de mayo. La bahía algecireña no cae lejos de la onubense Doña-
na... Y hasta comprendemos la fatiga de Franco tras haber presenciado el
XXI desfile de su propia apoteosis, medida en horario y con titulares: “No-
venta minutos duró la gran parada militar conmemorativa de la victoria”.
Acontecimiento que, dos días antes, con grandes mayúsculas, fue titulado:
“Hoy desfile de la Victoria”. Cuando el subtítulo, discreto en su tamaño,
contenía la máxima importancia: “Tomarán parte en la gran parada los
paracaidistas del Ejército de Tierra, que lucharon en Ifni” (ABC, ediciones
del domingo 3 y martes 5 de mayo de 1959).
La ciudadania madrileña y con ella la española, quedó admirada. ¿En-
tonces es verdad que hubo una guerra en Ifni? Y otra en el Sáhara. Algunos
madrileños recordaron entonces que no solo esa guerra había sido radical
certeza, con sus muertos, heridos y prisioneros, sino que ellos mismos ha-
bían coadyuvado a su conclusión. Con un procedimiento espontáneo, pero
tan resolutorio, que el Generalísimo reconoció los hechos bélicos al recono-
cerse él mismo vencido.

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6. La guerra que Franco perdió en vida y la que


Ufkir ganó para su príncipe

En abril de 1958 un suceso y la consecuencia del mismo se dieron en


Madrid con una diferencia de solo cuatro días: abucheos y silbidos a la es-
colta personal de Franco y la terminante decisión del dictador en contra de
su propia guardia.
La guerra de Ifni y el Sáhara parecía terminada, no sus secuelas. La
ofensiva franco-española, finalizada el 24 de febrero con indudable éxito,
pues el Ejército de Liberación quedó diezmado y puesto en desbandada,
aportó sus listas de bajas, menores de lo esperado, pero aun así doce fueron
los muertos y cuarenta y seis los heridos. A estos se sumaban los heridos o
enfermos graves no recuperados de otros combates. En consecuencia, las fa-
milias españolas recibían notificaciones de sus hijos fallecidos o de los toda-
vía ingresados en los hospitales de El Aaiún, Las Palmas o Villacisneros. Y
el régimen sin inmutarse. Los familiares de los cuarenta prisioneros, cifra
prohibida por su trascendencia social y política, ninguna noticia recibían y
Franco mudo. Inmutable el dictador, enmudecida la prensa del régimen,
bajo inmutabilidad manifiesta quedó el pueblo. España, país de inmutables
en democracia orgánica: de arriba a abajo.
Estudiada la secuencia de los eventos franquistas entre los meses de
marzo y abril de 1958, una ceremonia protocolaria de no especial relevan-
cia atrajo mi atención: la presentación de cartas credenciales de los emba-
jadores de Haití —Placide David— y Venezuela —general José Guerrero
Rosales. El recorrido de ambos, en sus borbónicos carruajes, terminaba en
el Palacio de Oriente.
Franco se sentía monarca elegido. Por el dios de las batallas o por gracia
divina. Su complacencia al servirse de los símbolos del poder monárquico
venía de antiguo. Pétain, al poco tiempo de residir en Madrid como emba-
jador, había descubierto esa otra debilidad de Franco. En su Informe del 31
de octubre de 1939, el mariscal escribió: “Franco se instala cada vez más en
el lugar del rey” (Séguéla: 1994, 48).
Aquel 10 de abril de 1958 los madrileños se rebelaron contra el Genera-
lísimo al protestar por la presencia de su guardia, integrada por normarro-
quíes. Fue un Dos de Mayo asimétrico: merecidísimo para el dictador aver-
gonzado; inmerecido para los que dieron la cara por él como hicieron en
tantas batallas y en las paces desperdiciadas. No hubo navajazos goyescos
que hendieran los ijares de encabritadas monturas imperiales, ni sablazos
de mameluco sobre cuellos y cabezas de amotinados. Pero la pitada contra

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la columna a caballo, de tan cerrada que fue, la tensó de punta a punta y


lágrimas de rabia surcaron rostros rifeños o yebalíes. Franco, arrebatado de
ira, dicen que parecía Murat redivivo, pero alguien supo aconsejarle: Mi ge-
neral, disuelva la Guardia Mora.
Cuatro días después, el 14 de abril, fecha por azar que a los funcionarios
de la Secretaría de Presidencia —dependiente del ministro Carrero Blanco—,
en nada les molestó, firmada la orden de su disolución, la Guardia Mora en
papel se convirtió y a los archivos pasó. De sus cerca de trescientos efectivos,
doscientos treinta optaron por el licenciamiento. Los demás regresaron a Ma-
rruecos y unos pocos se quedaron en España (López Jiménez: 2010).
Por esos días de sublevada primavera, Marruecos padecía los conflic-
tos entre istliqualíes y excombatientes de la ALN (Armée de Libération Na-
tionale). El exprotectorado perseveraba en su desmantelamiento. Con cen-
tinelas. El 19 de mayo de 1958, “una compañía de fusiles del Tercio IV de
la Legión fue a reunirse, en el Peñón de Vélez, con la Sección que ya tenía
allí destacada” (Memoria del Repliegue a Soberanía, 64). Los españoles pre-
venían ulteriores males sin tener ni idea de cuáles podían ser. No podían
imaginarse que la exhumación de un cadáver, enterrado tres años atrás,
pudiese afectarles. Y es que en el Rif, al igual que en España, los muertos
trascendentes nunca mueren, tan solo dejan de aparecer en público; viven en
la memoria de las gentes.
El 27 de junio de 1956, el cuerpo de Abbas el Messaaîdi, líder rifeño de
la ALN, había aparecido en Fez, mutilado con brutal saña. La conmoción
en el Rif fue enorme. Al transcurrir los meses y los años sin decisiones ju-
diciales, sus partidarios solicitaron autorización para exhumar sus restos.
La administración alauí, dominada por funcionarios istliqlalíes, denegó tal
permiso. En el crimen estaban implicados, por inducción o silencio cómpli-
ce, gentes entonces de Palacio, como Mehdi Ben Barka, quien luego desa­
parecería en el París de 1965.
Los fervorosos solicitantes no se arredraron. Y en octubre de 1958, en
noche por precisar, recuperaron lo poco que aún quedaba del valiente Mes-
saaîdi y con él se fueron al Rif. Viaje tremendo, de furia y pena, concluido
en Al Hoceima, el nombre que merecía Villa Sanjurjo. Hubo segundo en-
tierro. Y al finalizar, doliente manifestación cívica por la pérdida del héroe.
La multitud fue disuelta como solían disolverse, en Marruecos y España,
las manifestaciones contrarias a sus regímenes: a tiros. Y el Rif, yesca eterna
a la espera de fuego, se incendió.
Entre revueltas y represiones, pasaron dos meses. Y de repente, el rayo.
Que fue alauí para dolor de tantos. Su látigo cegador impactó en las playas

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de Alhucemas para después culebrear a lo ancho y largo del Rif. Las Fuer-
zas Reales desembarcaban como fuerza de invasión. Quince mil hombres
con órdenes de hacer un escarmiento. Otros cinco mil, en columna moto-
rizada procedente de Nador y Midar, llegaban. La tenaza se cerraba. El
príncipe Muley Hassán (futuro Hassán II) era su comandante en jefe. En
ningún momento intervino sobre el terreno; limitándose a inspeccionar su
cumplimiento y aceptar sumisiones, siempre que hubiera supervivientes.
De todo eso se encargaba la mano del rey, el comandante (luego general)
Mohammed Ufqir, al frente del mando táctico. El Rif, al sublevarse contra
los abusos de los dirigentes del Istliqlal (Independencia), la fuerza nacional-
populista de Alal-el-Fassi, reconocida como el partido de palacio, desafiaba
a la monarquía y al rey. Debía pagar por ello.
A Mohammed V le repudiaban esas intenciones; sobre todo que perso-
nas de su entorno estudiaran cómo y cuándo ejecutarlas. El Bien Amado se
sentía muy molesto —tal vez por un cáncer en el recto, aún no manifesta-
do—; se hallaba débil en fuerzas y depresivo en ánimo, pues los informes
diplomáticos españoles de la época insisten en tales síntomas. Mohammed
V mantuvo a su primogénito como cabeza del ejército y a Ufkir como su
maza. Entre los dos aplastaron al Rif.
La artillería desembarcada indultó algunas casas de Axdir y otras en Al
Hoceima, pero sin escarbar en esas heridas. Esperaba a la infantería y esta,
a su vez, aguardaba a la aviación. Que era francesa en la mayoría de sus pi-
lotos; en la naturaleza de sus cargas —cohetes de sesenta y ocho milíme-
tros, bombas de napalm de los arsenales repatriados de Indochina o los que
Estados Unidos repuso—; en la totalidad de su despliegue, en forma de
arco invertido, su interior repleto de bases aéreas situadas a un lado y otro
de la frontera entre Marruecos y Argelia. Las flechas de sus escuadrillas
apuntaban al corazón del Rif. No todas fueron disparadas. Las designadas
cubrieron sus cuadrículas de objetivos con desigual precisión, pero no falla-
ron en sus pasadas rasantes con napalm. Los aviones cogieron altura para
apartarse de los hongos de fuego y se fueron en dirección este-sureste. La
infantería alauí tomó el relevo. Armada con lanzallamas, no tenía prisa, sí
múltiples objetivos a la vista. Los convirtió en antorchas.
El que fuera Rif Libre con los hermanos Abd-el-Krim, luego el más
firme aliado de España bajo los comisariatos de Varela y García-Valiño, ha-
bía derivado en el Rif del Rey, viéndose empujado a un precipicio ardiente
a los treinta y cuatro años de abrirse a sus pies el dispuesto por el alfonsis-
mo químico, al que el consorcio Stoltzenberg facilitase los compuestos y las
técnicas de uso, en revulsiva demostración del industrialismo de la Repú-

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La vertiente histórico-política

blica de Weimar. Sus efectos ulcerosos se vieron en los barrancos de Mo-


rro Viejo, en las azotadas cumbres de los Malmusí, en la yperitada batería
del Yebel Seddun, monte cañonero que tuvo al Peñón hispano en su tenaz
mira durante cinco años (1921-1925). En 1959 el corazón del Rif ardió pero
sin llegar a carbonizarse; de la misma forma que su mente resistió entre
1923 y 1926. El milagro de ambas supervivencias, frente a uno y otro marti-
rios, residía en su espíritu. Toda carne abrasada putrefacta queda y muere;
toda nación con alma inmune es al fuego.
Llegado febrero de 1959, cielos de un azul oceánico, deshabitados de
nubes, actuaban como abovedado apósito curativo sobre las llagas de una
población trastornada por los cúmulos de benceno, omnipotentes en ene-
ro. Una quietud de panteón tendía su manto sobre los campamentos espa-
ñoles recién clausurados: trece en el Garb y Yebala, seis en el Rif. De los
otros dieciocho todavía ocupados por las tropas hispano-marroquíes llega-
ban ecos de mudanzas: escapes de camiones, motocicletas, autobuses. De
algunos barracones se elevaban sutiles columnas de humo: los españoles
quemaban promesas y propósitos de enmienda, incluso sus remordimien-
tos. Convertidos en cenizas, por las chimeneas volaron.
Hacía frio, helaba y faltaba leña. Manuales de las severas ordenanzas
militares acabaron en las estufas. Ningún sentido tenía el conservarlos. Es-
paña había faltado a su palabra militar con quien fuera su más duro ene-
migo y luego su más cándido aliado. Eran tiempos de pésames en voz baja,
no de inútiles relecturas. El Rif buscaba a sus desaparecidos. España a su
extraviada fe en sí misma. El primero encontró a más de los que esperaba,
siendo muchos los no aparecidos. La segunda aún sigue buscando. Empe-
ño pone, suerte no tiene.

7. Saldos de una regencia y tentadora permuta:


Marruecos por Cuba

El 5 de noviembre de 1899 tenía lugar, en el salón del trono del palacio


real, una ceremonia de asimetrías: el príncipe Albrecht de Prusia, sesenta y
dos años, hombretón afable y regente de Brunswick, reino cuya extensión
de 3.965 km2 ni a la isla de Gran Canaria igualaba, imponía a un Alfonso
XIII de trece años, rey de un país sin imperio que ni al hombro le llegaba,
la imperial Orden del Águila Negra.
Tan rutilante condecoración era la manera elegida por la opulenta Ale-
mania de Guillermo II —sobrino de Albrecht— para dar las gracias al
arruinado rey-niño tras consentir su madre y regente, María Cristina de

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La vertiente histórico-política

Habsburgo, en saldar sus últimos dominios en el Pacífico, los archipiélagos


de las Carolinas, Marianas y Palaos. El lote completo por veinticinco mi-
llones de pesetas. Dado que la compra concernía a veintitrés islas de acep-
table tamaño, más mil cuatrocientos atolones e islotes, el precio de unas
con otros era tal baratura que no había memoria de negocio semejante en
el mercado colonial: a 17.568 pesetas resultó la isla-atolón de la Microne-
sia española. El monto de aquella liquidación suponía el 1,12% de los 2.225
millones de deuda que España arrastraba tras sostener tres guerras en Ul-
tramar, perder la última y quedarse sin fuerzas, sin su mejor sueño y sin fe.
El 26 de abril de 1898, al día siguiente de que el presidente McKinley
firmase la declaración de guerra a la aturdida España de Sagasta, el conde
de Benomar, Francisco Merry y Colom, firmaba una carta anexa a un me-
morando suyo, antecedido por el aviso de “Muy Secreto” y se lo dirigía a la
reina para serle entregado en mano. En el texto, manuscrito por ambas ca-
ras en la impecable caligrafía del diplomático catalán, prevalecían la lógica
militar —España no podría derrotar a los Estados Unidos— y una subyu-
gante tentación: a lejano imperio perdido, imperio próximo recibido. Desde
el otro lado del Estrecho.
Merry volvió a escribir a la regente el 1 de junio, al cumplirse un mes
de la destrucción de la escuadra de Montojo en Cavite bajo la artillería de
los buques de Dewey. Entendía Merry que aún había tiempo para que el
abatido Gobierno liberal propusiera a EE. UU. “la venta de Cuba por 400
millones de dólares-oro”. El conde exponía su convencimiento de que “las
grandes potencias adjudicarían a España el Imperio de Marruecos” (AGP:
Cajón 18 / Expediente 6).
Si Merry, exembajador en Roma y Tánger, muy prestigiado desde que
ocupase el mismo cargo en el Berlín de Bismarck con ocasión de la Con-
ferencia de 1885, en la que se pactase el reparto de África, razonaba con
desparpajo sobre el trueque de poderes y territorios, era porque las de-
funciones imperiales de España y Marruecos se consideraban acto clínico
inevitable desde entonces. Ante la evidencia, lo más práctico e importante
era distribuir, en buena armonía, la herencia de los desahuciados y así ce-
lebrar en paz sus funerales.
Lo que proponía Merry no era cosa rara, sí a destiempo. En día por pre-
cisar de enero a febrero de 1898, Stewart Lyndon Woodford, embajador es-
tadounidense, ofreció a España la compra de Cuba por trescientos millones
de dólares. Del todavía neblinoso ofrecimiento de Woodford, sugerido a
Moret como ministro de Ultramar o a la regente en San Sebastián, pruebas
escritas no se encuentran. Pero las de Merry en palacio siguen. Merry había

Juan Pando Despierto 31


La vertiente histórico-política

puesto cien millones más. La diferencia no era para comisionistas al ace-


cho, sino por valorar la zozobra de McKinley al afrontar dos guerras, una
en cada hemisferio. Evitarlas tenía un precio.
Preocupaciones mayores las había padecido Prim en 1869, por cuanto
ni tenía ejército ni flotas ni dinero, además de enfrentarse al imperativo de
las distancias bajo el tictac del reloj oceánico: de quince a veintiún días de
navegación entre Vigo y La Habana; un solo día de mar para enlazar Tam-
pa (en Florida) con La Habana. De ahí su audaz pero coherente proposi-
ción al presidente Grant: “España tiene un problema y Estados Unidos ex-
pone una ambición. Le vendo el problema por 250 millones de pesos (125
millones de dólares-oro); yo pongo fin a la guerra y modernizo mi patria
con ese capital y ustedes se quedan con su ambición, más la dictadura sobre
el mercado mundial del azúcar” (Pando: 1995, 359-377).
Aquel entendimiento Grant-Prim derivó en conjura triangular: la Ca-
pitanía General de la Habana, a su frente Antonio Caballero de Rodas, ín-
timo amigo de Prim y a quien debía su nombramiento, no dudó en ame-
nazar de muerte a quien era el ministro de la Guerra y jefe del Gobierno
tras enterarse de sus propósitos pactistas (ARAH: Correspondencia Cab. de
Rodas, tomo II, Sig. 9/7537). Los odios confluyentes que el general Serra-
no y el duque de Montpensier tenían a Prim pusieron el dinero y los asesi-
nos, aunque no todos los pistoleros. Quedó España sin Prim ni revolución
industrial, Cuba sin libertades ni reformas y Marruecos privado del mejor
centinela posible para protegerlo de España misma.
Aquel Prim batallador, nunca enemistado con la lucidez, tras haber-
se impuesto a las harcas de los uadrasíes, defensores de Tetuán, el día an-
tes de salir de la capital de Yebala para regresar a su patria, escribió carta a
O’Donnell, presidente del Gobierno y comandante en jefe, advirtiéndole:
“Nunca más deben volver nuestras tropas a pisar tierra de Marruecos, re-
gada por sangre española”. Prim fue el mejor vigia de crisis a la vista que
jamás tuvo España.

8. Presupuestos para repatriaciones y modelo


de victoria sin entrar en guerra

En septiembre de 1898, cuando a los puertos de España comenzaban a


llegar ejércitos de espectros, las espadas coloniales habían sido desenvaina-
das, en África, por británicos y franceses. Aquellos aparecidos parecían mu-
chos, habiendo sido muchísimos: 223.250 soldados embarcaron para defen-
der la españolidad de Cuba y Filipinas. Regresaron 169.678. La diferencia,

Juan Pando Despierto 32


La vertiente histórico-política

53.572, bajo tierra, en nichos o en los océanos. A los supervivientes se les


prometió “5 pesetas por mes de campaña, de media, 160 pesetas por hom-
bre”. Y el dinero dispuesto: “Treinta y cinco millones esperaban a esos ter-
cios navegantes” (Pando: 1998, 97). Aquellos millones alistados para los ex-
combatientes de Ultramar no se les entregaron. Y ellos murieron de pena y
soledad, enfermedades que matan más que el cólera, las balas o la metralla.
Aquella españa (en minúscula) se cubrió de soldados menesterosos, cuando
el indigente era el Estado al carecer de moral.
Esto nos previene sobre las deudas que España contrae con quienes lo
dieron todo por ella, sea la familia o la vida, incluso ambas. Esa ilegitimi-
dad del Estado demanda la revaluación de políticas distintas, las que evitan
guerras a sus pueblos o les permiten sobrevivir a guerras impuestas. El refe-
rente subsiste: Francia mantiene sus libertades y soberanía nacional desde
1898. Dado que esa misma nación, al salvarse entonces, pensó en España
para entrar juntas a la vez en aquel Marruecos preprotectoral, lógico es que
reconstruyamos las circunstancias y los objetivos de aquella acción trascen-
dente, que tanto nos afectaría, y aún afecta a los españoles, pues todavía no
hemos aprendido la lección: compartir es asegurar la vida de dos o más ame-
nazados por terceros.
El 18 de septiembre de 1898, una columna francesa, acampada en Fas-
hoda (Sudán) adonde había llegado tras titánica marcha de catorce me-
ses con la intención de cortar en dos el África británica al unir Brazavi-
lle, en el Congo, con Yibuti, a orillas del Índico, veía arribar una flotilla
de cañoneros, Nilo arriba, que remolcaban grandes barcazas con infante-
ría y artillería. El jefe de los desembarcados, Kitchener, fue cumplimen-
tado por Marchand, al mando del destacamento galo. Kitchener presentó
sus números: doce a uno en soldados, dieciséis a cero en ametralladoras y
cañones. Marchand señaló a su estandarte. Insistió el general inglés y el
capitán francés repitió su ademán: mi bandera se queda ahí y yo con ella.
Kitchener decidió incomunicarlo. Marchand y los suyos —doce oficiales
y suboficiales con ciento cuarenta senegaleses— se rendirían por hambre
y falta de noticias.
La altivez de Marchand enardeció a Francia y enfureció a Inglaterra.
Los bloqueados, aburridos y malcomidos, resistieron mientras su jefe se las
ingeniaba para enviar y recibir despachos. Bajo una tensión política y social
que empujaba a Francia e Inglaterra hacia guerras antiguas, movilizadas sus
flotas y escuadras periodísticas, Marchand recibía órdenes de ministros en
pie de guerra y consejos de un ministro que solo temía a una futura gran
guerra: Théophile Delcassé, editorialista y articulista de fama, nuevo ge-

Juan Pando Despierto 33


La vertiente histórico-política

rente del Quai D’Orsay. Su consejo era siempre el mismo: Fashoda nada
importa, lo que cuenta es Francia. Y cuando Marchand dudó, le aclaró: No
podemos ser enemigos de Inglaterra, la necesitamos como aliada para vencer a
Alemania en la guerra que viene.
Marchand se mostró tan de acuerdo con esas tesis que resistió el aco-
so bélico-ordenancista de los tres ministros de la Guerra —generales Ca-
vaignac, Zurlinden y Chanoine— que le tocara soportar durante la crisis.
El 3 de noviembre la enseña tricolor fue arriada en Fashoda, pero su altivo
guardián, ascendido a comandante, se la llevó desplegada, con los tambores
ingleses redoblando honores. Esa retirada se vivió en Francia como un se-
gundo Waterloo. A su regreso, Marchand cruzó el Hexágono vitoreado por
las multitudes, mientras que Delcassé era abucheado y amenazado. Ambos
triunfaron sobre los prejuicios y errores de tantos para asegurar el triunfo
final de su patria. Esa guerra que llegaba los alcanzaría en 1914, distancia
sobre los hechos sudaneses que prueba la calidad intelectiva y ética de los
protagonistas de este episodio. Fashoda se mantiene hoy como el más con-
cluyente ejemplo de la supremacía del poder civil sobre el militar y con be-
neficios incuestionables a largo plazo.
Al abandonar Sudán los franceses, los ingleses recuperaron la paz men-
tal: sus comunicaciones Atlántico-Índico vía Gibraltar-Suez, aseguradas;
sus ansiedades por la ruptura del eje Egipto-Suráfrica, disipadas. De ver-
se acosada en el Alto Nilo y apartada de su pujante colonia en el Cabo por
una barrera de países-fortín del imperialismo galo, la reina Victoria pasaba
a ser Señora Única del noreste, oriente y sur africanos. Y todo sin un tiro,
sin un muerto ni un mal gesto. El Gobierno de Lord Salisbury, abrumado,
no sabía cómo mostrar su agradecimiento. El donante le respondió con un
cordial c’est ne vaut pas la peine. Pero sí la merecía. Delcassé tenía decidido
el regalo: un imperio muerto y otro que reunía el mayor vigor militarista y
con planes de conquista actualizados. Marruecos más Alemania fueron las
exquisitas piezas adquiridas por Francia en aquella subasta de Fashoda a la
que solo se presentó un pujador, vestido de insólita manera: llevaba levita
de ministro y en la cabeza un salacot.

9. Una diplomacia consigue sus fines (Francia)


y otra los pierde (España)

En la inmensidad del mapa colonial de África, Marruecos no pare-


cía gran cosa. Pero el territorio dominado por el sultán reinante —Ab-
delaziz—, sumado al que en su día tuvieron los sultanes de anteriores

Juan Pando Despierto 34


La vertiente histórico-política

dinastías, equivalía a Francia. Enfrente España, ese viejo reino vencido


con una espina clavada en su frente: Gibraltar. Inglesa y medio atlánti-
ca, la Roca observaba con recelo a Tánger, intacta en su atlantidad ab-
soluta, sin importarle la Ceuta española. A la derecha de esta, un conti-
nuo alboroto de montañas insumisas, alineadas como borde (er-rif) del
África más altiva frente a la Europa intrigante. Por debajo, valles férti-
les, ríos auténticos, capitales imperiales, la imponente barrera atliense y
el desierto sin fin. Tan grande que se salía del mapa, cubría desde el At-
lántico al Mar Rojo.
Delcassé supo, en el acto, la política a seguir. Ofrecer a Inglaterra la
neutralidad de Tánger y a España esas cordilleras sin bandera, más todo
cuanto pudiera del imperio xerifiano. A partir de Ceuta fue bajando, des-
pacio, su regla milimetrada hasta detenerla en Kenitra, desembocadura
del Sebú. En ese mágico momento, Fez pasó a ser ciudad imperial espa-
ñola. Delcassé se apartó, satisfecho, del mapa de Marruecos. España no
podría quejarse e Inglaterra nada. Francia se contentaba con un universo
arenoso con inconexa salida al Atlántico. No cabía mayor humildad. Des-
pués del Sudán, donación mayor. Delcassé sabía el porqué: la flota fran-
cesa era mala por lo obsoleta y la dudosa capacitación de sus almirantes.
Francia no podía arriesgarse a otro Trafalgar. Le había costado un siglo
salir del primero. Si no podemos forzar el paso de Gibraltar, hagamos de
la Roca inglesa la torre más alta y fuerte de una misma familia estratégi-
ca. Engrandecer Gibraltar. Esta fue la segunda tentación. Y Londres no
la resistiría.
Pasó un año y luego otro. Londres sabía ya, por Jules Cambon, las sa-
ludables intenciones de Francia. Francia esperaba que España dijese algo,
pero el minué del turnismo todo lo paralizaba. En la primavera de 1902,
Delcassé decidió precisar su oferta. Aquella destelleante diadema africana,
en su centro la verde esmeralda de Fez, fue ofrecida a la España de Sagasta.
El destinatario creyó morirse de la impresión. Recibía un país tan grande
como Andalucía, parecido en su clima, incluso sus gestas eran afines. Una
segunda España. Y entonces empezó la pesadilla: avisos, cartas, memoran-
dos y telegramas entremezclados con negativas y protestas, modificaciones,
recomendaciones y propuestas. Se había movilizado la España diplomática.
La plataforma del desastre.
El estudio de la documentación de la época conduce al vértigo, lleva al
asombro y de ahí sube y sube hasta la indignación. Personajes como el sevi-
llano Emilio de Ojeda, embajador en Tánger, que escribía o pedía audien-
cia a la regente saltándose al ministro de turno porque órdenes tenía de la

Juan Pando Despierto 35


La vertiente histórico-política

mismísima reina o el canario Fernando León y Castillo, marqués del Muni


y embajador en París, que se permitía el lujo de dejar pasar tres o cuatro
semanas para contestar a cartas de ministros; más el duque de Almodóvar,
ministro de Estado con Sagasta, falto de carácter para cesar a embajadores
pavoneantes por su ambición, egolatría y tortuosidad; sin olvido del inep-
to y pusilánime Buenaventura Abárzuza, ministro de Estado con Silvela,
que llegará a renegar de su patria en la sede de la embajada inglesa, todo lo
atascaron, confundieron y empozaron.
Víctima de esa colección de imprudencias y desplantes fue la regente.
En agosto de 1902, al regreso de un viaje a Viena para ver a su anciana ma-
dre, no dudó en detener el tren en París para hablar con el presidente Émi-
le Loubet. Sentada frente a su bondadoso interlocutor llegó a pedirle “la
línea Rabat-Salé” reclamación exorbitante sugerida, a la reclamante, por
el ministro señor duque de Almodóvar y por el embajador señor marqués
del Muni. ¡Un trazado ajustado al paralelo 34! ¿Acaso los españoles cavila-
ban en recuperar Orán y apoderarse de Tlemcén y Uxda? Claro que cavilaban.
Loubet se sintió irritado por tan enemistosa osadía y la regente quedó aver-
gonzada como messagère d’autres.
Como toda secuencia de errores tiene su colmo, este lo puso el mismo
señor marqués. Llegado el 15 de noviembre de 1902, en paz los paralelos y
Madrid reencontrado con la cordura, Almodóvar despachó a París su tele-
grama de conformidad con una sola palabra: “Guadalajara”. La contraseña
para que León y Castillo firmase el Tratado. El telegrama se registró en la
embajada, pero ni caso. Sin embargo, Almodóvar, que tenía sus cosas bue-
nas, el día antes había puesto en el correo una carta a León y Castillo, jus-
tificándose por el retraso en enviarle esa contraseña. Almodóvar envió otra
carta, esta vez con la conformidad del rey coronado, pues Alfonso XIII lo
era desde mayo. Almodóvar no se fiaba del señor marqués. Con razón. El
telegrama y las cartas quedaron sin acuse de recibo.
Transcurrieron siete días. Siete. Y sin noticias del señor marqués. En
tan insoportable entreacto se cruzó nimia solicitud francesa sobre el tra-
zado de sus ferrocarriles hacia Argelia. Eran “modificaciones sin impor-
tancia” como León y Castillo reconocería años después, máxime cuando
Delcassé estaba dispuesto a compensar esos pocos kilómetros ferroviarios
en el norte con muchísimos kilómetros cuadrados en el sur. El embaja-
dor se puso a pensar sobre el mapa y sus desvelos confió a Guadalmina,
uno de sus correos de gabinete. Guadalmina y el tren de París llegaron a
Madrid el 25 de noviembre, pero Almodóvar no aparecía. La boda de su
hija en Jerez de la Frontera y el funeral anticipado por el gobierno Sagas-

Juan Pando Despierto 36


La vertiente histórico-política

ta, lo tornaron ilocalizable. El 3 de diciembre cayó el gobierno liberal y


la diadema española en África por los sumideros de una embajada se fue.
Lo hiriente del caso es que, en sus Memorias, León y Castillo, en referen-
cia a esa palabra de aladino que “Guadalajara” representaba, mintiese al
afirmar: “La contraseña convenida no fue telegrafiada” (León y Castillo:
1978, 206).
El marqués del Muni falleció en 1918. Sus recuerdos, publicados en
1921, se reeditaron en 1978 y 2006. Tres veces fue impresa esa mentira. Y
su descubridor, con razón, sostiene: “León y Castillo mintió en este pun-
to para embellecer su vida y enmascarar su directa responsabilidad” (Pas-
tor Garrigues: 2006, 1147-1164). La clave reside en aquellas personas que
no solo mienten en vida, sino que las guardan entre escritos y testamentos,
con lo cual las mentiras emergen cuando nadie se lo espera, pero también
cuando ya han causado su peor daño.
La cultura, la política y la milicia españolas, fascinadas por la podero-
sa fertilidad de los valles del Innauen y del Uarga, conscientes de las posi-
bilidades atlánticas entre Arcila y Kenitra; absortas ante la majestuosidad
del Medio Atlas que a la vista tendrían, respetuosas de la grandeza de Fez
y la solemnidad de Uazzan y Xauen, ciudades santas ambas, habrían con-
centrado sus inteligencias y fuerzas, incluso sus oraciones, en la edificación
de un genuino Protectorado, mundo equilibrado de convivencias y ayudas
mutuas, de razones y defensas asociadas. El Rif, fiero y soberano, libre hu-
biera sido por décadas.
Más adelante, esa España enjoyada por Delcassé hubiera podido ofre-
cerle escuelas e institutos, clínicas y hospitales, carreteras y puertos, la jus-
ticia y la paz. Incluso la independencia. Todo lo que España quiso donar al
Rif cuando ella ya se iba.
El viernes 8 de abril de 1904 Delcassé y Paul Cambon —su hermano
Jules era entonces embajador en Madrid— firmaban, en Londres, la En-
tente Cordiale y el mundo fue otro desde ese día. Aquella alianza defensiva
consolidó la salvación de Francia y afirmó su triunfo en 1918, no los desas-
tres de 1940. Toda obra maestra en diplomacia debe ser actualizada, máxi-
me si es responsabilidad de la nación creadora.
La España de Maura firmó, el 3 de octubre siguiente, con la mano
de León y Castillo, lo poco que Delcassé, bastante harto del embajador
señor marqués, le ofreciera. Maura tuvo que dar su conformidad porque
Alfonso XIII lo exigía, más la nefasta opinión predominante: la indepen-
dencia de España solo podía asegurarse desde la otra orilla, con la posesión
de Marruecos.

Juan Pando Despierto 37


La vertiente histórico-política

10. La misa de Reims o sentida oración


por España y por Marruecos

El 31 de agosto de 1961, el teniente general Alfredo Galera Paniagua


firmaba, en Ceuta, la Orden General a sus tropas, en cuyo primer párra-
fo se decía: “En el día de hoy, cumplida la misión que España asignó a
su Ejército en Marruecos, las últimas Unidades Militares Españolas han
abandonado el Territorio Marroquí”. Recuperar no solo el modo redaccio-
nal, sino incluso el tono argumental del estereotipado parte de Franco con
el que significase el final de la guerra civil, ni era lo procedente ni lo que se
merecían aquellas tropas hispano-marroquíes, pero desde luego era todo un
abandono. Binacional, moral y social.
Abandonados dejaba España a los pueblos del norte y ella misma aban-
donada quedó en esa retirada, que todavía prosigue cincuenta y dos años
después.
Y es que aquella España, “en el día de nuestra despedida” (Memoria
del Repliegue a Soberanía, 99-101), frase con la que el general Galera ini-
ciaba el penúltimo párrafo de su Orden General, se despedía también de
Marruecos, abandonándolo a sus iniciativas institucionales, que lo volve-
rían a enfrentar con España y Franco, el orden inverso a lo presentido en
1953 por los franceses de Guillaume. España se despedía sin irse, cosa muy
británica, pero contraria a la razón. Marruecos no por ello se sintió más li-
bre, al seguir España dentro de él, pero no la cultural y emocional, que am-
bas son amadas, ni siquiera la militar, que es respetada, sino la estatalizada,
la que no se mueve, la que no piensa ni previene nada, la que no honra ni se
honra a sí misma. Faltó entonces y más en falta está hoy ese encuentro en-
tre naciones de la mano de sus jefes de Estado.
La lección estaba tan cerca que en solo once meses se confirmó. El 8 de
julio de 1962, dos hombres de avanzada edad subían juntos las escalinatas
de magnificente catedral gótica, pero con muescas de cañón en sus arqui-
voltas y en no pocos vitrales faltos aún de reponer. Las huellas de aquella
gran guerra, a la que Marchand tanto temía y en la que Francia pudo so-
brevivir gracias a él. Esos dos ancianos eran Charles de Gaulle y Konrad
Adenauer, setenta y dos años el natural de Lille, ochenta y seis años el naci-
do en Colonia. Supervivientes de dos guerras mundiales. Nada más entrar
en la colosal nave, vieron el altísimo palio y sus asientos. Enfrente, el altar
de la historia. Ante él se arrodillaron y rezaron. Por los alemanes y france-
ses caídos en los odios sin sentido, en las guerras que creyeron ganar y al
final perdieron todos. También rezaron por sus hijos y nietos, fuesen de fa-

Juan Pando Despierto 38


La vertiente histórico-política

milia o de patria, que no caben diferencias entre ambos conceptos. Aquel


día era domingo, así que esa misa de Reims fue bendecida y dignificada.
Francia trataba de enterrar en Argelia su ayer más cruel, que la identi-
ficase como nación represora a la vez que sociedad sufriente. Alemania re-
vivía, pese a los estigmas del nazismo y el amenazante ojo soviético. Ambos
países fueron más libres desde ese domingo de julio. La Alemania fede-
ral se consolidó como estructura estatal y referencia económica; la Francia
gaullista como modelo de soberanía política y cohesión nacional. Todavía
lo es y será por mucho tiempo.
España y Marruecos, de tan cerca que están, no se encuentran. Cuando
son tantas las razones mutuas para sellar ese reencuentro. Una interrela-
ción entre sus economías y sistemas productivos puede salvar a las juven-
tudes de ambos países. España tiene hoy una tasa de paro juvenil de casi el
60%, superior a la de Marruecos. España es hoy, en lo laboral, la máxima
preocupación de Europa. Presentemos un plan de recuperación económi-
ca y social no solo de España, sino de España con Francia en Marruecos y
Argelia, con el Magreb y todo el Sahel, incluso extendiéndolo hasta el Nilo
(Marchand nos sonreiría desde su paz) y el cinturón ecuatorial africano.
Porque ya no se trata de salvar África, sino de salvar Europa a través de
África, salvando las dos a la vez.

11. La Alianza Convincente frente a una política


nacional intrascendente

Europa debe volcarse en África por su propia seguridad, pues la soli-


daridad solo la practican entidades como Médicos sin Fronteras u ONGs
similares. Los estados nunca son solidarios, pero sí pueden serlo sus polí-
ticas. Debemos enviar ejércitos de arquitectos, educadores, enfermeros, in-
genieros, proyectistas y reconstructores, que den trabajo para asegurar la
alimentación y salud de los pueblos, incluso la supervivencia de la justicia,
pero sin intervenir en la misma. No sería ni un antiprotectorado, escarmen-
tado por su convulso pasado, ni un protectorado en minúsculas, fuerza que
quiere pero no puede. Debe ser una acción tutorial colegiada de la Unión
Europea, con un mando militar único y un alto comisario económico. Que
responderán ante el Consejo de Europa, que refrendará su gestión o los ce-
sará. Podemos hacer esto o lo contrario: nada. Si optamos por esto último a
nadie extrañará, porque es nuestra política corriente.
Ante tal posibilidad procede recordar una obviedad y señalar una ten-
dencia, subdividida en tres trayectorias. Empecemos por lo obvio: la Penín-

Juan Pando Despierto 39


La vertiente histórico-política

sula Ibérica no es la escandinava. Estamos en primera línea: excelente posi-


ción para avanzar, pero muy mala para retroceder, porque toda vanguardia
se convierte en retaguardia en cuanto un ejército o una política se dan la
vuelta. Primera trayectoria: la Primavera Árabe ha pasado de ser un planeta
liberado y pacífico a una supernova con final explosivo seguro. Serán meses,
años o decenios. Segunda trayectoria: el yihadismo ha desembarcado en el
Magreb para quedarse. Morirá matando y resucitando en cada una de sus
muertes. Tercera trayectoria de la tendencia: el yihadismo irá a más mien-
tras el sionismo no vaya a menos.
Solo una acción combinada entre las potencias de Europa y las nacio-
nes del Magreb puede oponer fiables resistencias al caos con una estructura
productiva y asistencial, asociativa y disuasiva. Ese proyecto modular es la
Alianza Convincente. Su operatividad debe apoyarse en la solvencia de las
políticas de Estado. Y solo son creíbles las de la Europa del norte y Fran-
cia. Italia y Marruecos aprueban por los pelos. España recibe un suspenso de
vergüenza.
Marruecos crece y España decrece. En su comportamiento más que en
su PIB. En Marruecos nadie discute la Patria marroquí. En España nadie
habla de la patria ni en familia. Es cosa antigua. Hemos dejado de ser pa-
triotas al no exigir patriotismo a nuestros gobiernos. Honestidad y eficacia
hacen patria.
En España, los conflictos secesionistas han emergido a la vez. Marrue-
cos cree no tenerlos e insiste, en el Sáhara Occidental, con su obsesión al
modo sagatista, como la que España sufriera con respecto a Cuba. Marrue-
cos precisa de las ideas españolas y España de la seguridad patriótica de
Marruecos. Lo primero abre puertas; lo segundo impide que las puertas se
descuelguen. España intenta reformarse. Pero no sabe cómo hacerlo. Pien-
sa en federalismo, no en un nuevo estatalismo, equilibrado y transparente.
Marruecos no padece estos agobios, pero depende del sobrevivir económico
de España y Francia, con lo que todos somos prisioneros no de la geografía,
sí de toda política enemiga de los hechos geográficos. Que pueden ser utili-
zados en beneficio de las partes.
España arrastra una funesta dispersión crónica de su política y fuer-
zas institucionales. Porque una economía fuerte se sustenta en la credibi-
lidad del Estado, en la confianza que transmite todo gobierno con amplio
soporte nacional. Pero toda mayoría legislativa obtenida en las urnas pue-
de quedar en nada si los hechos cotidianos la denuncian o ridiculizan. Las
elecciones que cuentan son las que se ganan día tras día. No hay otras en
democracia ni jamás las habrá.

Juan Pando Despierto 40


La vertiente histórico-política

En España no hay cultura de la responsabilidad. Cuando no se tiene el


poder, se pide al Gobierno que asuma sus responsabilidades; cuando se está
en el Gobierno, se rehúye toda responsabilidad por grave que sea e impli-
que la dimisión inmediata. Tampoco hay educación cívico-legislativa, por
cuanto el Gobierno entrante suele derogar las leyes del Ejecutivo saliente,
con lo que confunde a la ciudadanía, deslegitima al Estado e incapacita a
la Nación.
Llegado el momento de poner punto final a este ensayo me vuelvo ha-
cia una personalidad admirable y perdurable, de la que hace poco se han
cumplido ochenta y ocho años de su muerte, no lejos de aquí, en la céle-
bre Casa del Pico, en Torrelodones, mansión legada a un dictador, pero en
la que murió uno de los grandes liberales españoles. Aquel hombre ínte-
gro, en un breve descanso de sus ejercicios espirituales entre los jesuitas de
Deusto (Vizcaya), escribió:
“Cuando los partidos guerrean legislando, la libertad perece” (Maura:
1897).
Archivos y Bibliografía
Archivo de la Fundación Antonio Maura, Madrid. Leg.: 360 / 2 y 5.
Archivo General Militar de Madrid. Fondos del antiguo SHM (Servicio Histórico Mi-
litar). Memoria del Repliegue a Soberanía de las Fuerzas Españolas en Marruecos,1956-1961,
Madrid: Servicio Geográfico del Ejército, 1962.
Archivo General de Palacio: Legs. Reinados. Cajón 18/6.
Areilza, J. M. y Castiella, F. M.: Reivindicaciones de España, Madrid: Instituto de
Estudios Políticos, 1941.
Casas de La Vega, R.: La última guerra de África. Campañas de Ifni-Sáhara, Madrid:
Ministerio de Defensa, 2008 (reedición).
Clément, C.: La incógnita Ufkir. Biografia del general que mató a Ben Barka. Traduc-
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Diego Aguirre, J. R.: La verdad de una traición. Historia del Sáhara Español, Madrid:
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Ellacuría Beascoechea, I.: Filosofía de la realidad histórica, Madrid: Fundación Xa-
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Juan Pando Despierto 41


La vertiente histórico-política

— “Ultramar en España, España por Ultramar”, en Catálogo de la Exposición El


Sueño de Ultramar en la Biblioteca Nacional, Madrid: Electa, 1998.
— Historia secreta de Annual, Madrid: Temas de Hoy, 1999.
Pastor Garrigues, F. M.: España y la apertura de la cuestión marroquí (1897-1904),
Valencia: Universitat de València, 2006-2007.
Séguéla, M.: Franco-Pétain. Los secretos de una alianza (traducción de Juana Big-
nozzi), Barcelona: Prensa Ibérica, 1994.
ABC y La Vanguardia Española, ediciones en agosto y septiembre de 1953; abril de
1956; enero-marzo de 1958, enero-febrero de 1959.

Juan Pando Despierto 42


Las relaciones hispano-marroquíes a principios del siglo XX

Rachid Yechouti

Las relaciones hispano-marroquíes a principios del siglo XX se carac-


terizan por el cúmulo de tensiones asociadas a los problemas globales que
afectaron a la región del norte de Marruecos: los problemas de las fronteras
de Melilla y de Ceuta, la rebelión del Rogui Bu Hamara y sus graves im-
pactos, el refugio de musulmanes y judíos en la ciudad de Melilla, el esta-
blecimiento de una empresa francesa en La Mar Chica, además de los gas-
tos debidos a la guerra en Casablanca el año 1907.
En este sentido, Marruecos siempre mantuvo una actitud pacifista res-
pecto a sus vecinos, en particular con España, en tratar de resolver las cues-
tiones pendientes con el Gobierno de Madrid, sobre todo los amargos acon-
tecimientos entre rifeños y españoles a lo largo de la región de Melilla. Pero
cuando viajó la misión marroquí a Madrid para tratar dichas cuestiones, y
en el mismo día en que fue recibido el embajador Ahmed ibn Al Muaz por
el rey Alfonso XIII, llegó la noticia de que la guerra de Melilla de 1909 en-
tre los rifeños y los españoles había entrado en erupción.
Marruecos y España hicieron todo lo posible para evitar la guerra y
los peligros que perturbaban las relaciones bilaterales entre ambos países.
Sin embargo, las aparentes contradicciones en las demandas de las partes

Rachid Yechouti 43
La vertiente histórico-política

en conflicto, y las exigencias de cada una de permanecer en su posición,


coadyuvaron a la solución militar en vez de la diplomática. Al sumarse a
estas demandas el problema de las minas, sobre todo porque España quiso
promulgar con rapidez la Ley de Minas a fin de garantizar la plena segu-
ridad de sus intereses, el Gobierno marroquí intentó, por su parte, buscar
soluciones justas y urgentes a este conflicto, teniendo en cuenta las acusa-
ciones negativas provenientes de España, sobre todo en lo respectivo a la
ausencia de sus fuerzas y autoridad en el Rif.
A esto se une el miedo que provocan en España las posibles consecuen-
cias del nombramiento como sultán de Mulay Abdul Hafid, gracias al apo-
yo de los rifeños, quienes lo ayudarán contra su hermano Abdul Aziz en su
definida aspiración de poner rápido fin al problema que estalló entre rife-
ños y españoles.
Recordemos que las tribus del Rif estaban cerca de los conflictos di-
plomáticos, ya que, cuando no hay acuerdo particular entre ambas partes
—rifeña y española—, las tribus se apresuran a enviar un representante o
representantes a Fez, la capital marroquí, con el fin de informar al sultán
sobre los acontecimientos ocurridos.
A pesar de la multitud de problemas suscitados, las gestiones diplomá-
ticas entre Marruecos y España permanecieron siempre activas en ambas
direcciones (Fez y Madrid).

1. Las misiones rifeñas en Fez: 1908-1909

1.1. La misión individual de Muhamad Azmani en 1908

Después de la llegada del sultán Abdul Hafid al poder, y a fin de in-


formarlo sobre el sufrimiento al que eran sometidas las tribus rifeñas por
parte de los españoles de Melilla, varios notables rifeños visitaron la capi-
tal de Fez.
El estudio de los documentos históricos nos permite estimar en tres via-
jes el número de estas misiones. La primera fue la misión presidida por el
Faqih Muhamad Azmani (alias El Gato), recibido personalmente en Fez
por el sultán Mulay Abdel Hafid. Este le dio varias cartas destinadas a las
tribus de Guelaya, invitándolas a ser coherentes en sus posturas y a redoblar
los esfuerzos en la lucha contra el pretendiente Yilali Zerhuni (el Rogui)
establecido en su capital en Seluan (Rif oriental).
Al mismo tiempo, las informaba del envío de una mehal-la jerifia-
na bajo la comandancia de Muhammad ibn Buxta el Baghdadi (D.P.C.:
1911, 156).

Rachid Yechouti 44
La vertiente histórico-política

1.2. La misión rifeña de Muhammad Tabaa a Fez: 1908

A causa de la explotación temprana de las minas marroquíes situadas


en el Rif oriental por parte de España, además de la construcción de líneas
de ferrocarril que se extendían más allá de las tierras tribales —y para no
acusar a las tribus rifeñas de desobedecer a la autoridad del sultán Abdul
Hafid y no inculparlas de cualquier agresión contra los vecinos españoles
de Melilla— su líder, el jerife Muhammad Amezian (El Mizian), se apre-
suró a enviar una misión a Fez para explicar al sultán los acontecimientos.
Esta es la traducción al español de la carta de respuesta encontrada en
los fondos de la Dirección de Archivos Reales:
(Saludos de costumbre)
Tenemos la respuesta más querida de que usted está de pie con nuestro nieto
(Muhammad Tabaa), que enviamos al umbral jerifiano, y sabemos que no escati-
ma esfuerzos para lograr este objetivo, que Allá lo recompense con el bien por su
atención... También me gustaría conocer datos de cuándo (el nieto) regresó. Mu-
chas gracias... (D.A.R.: 1326H).
A pesar de los esfuerzos del delegado del sultán en Tánger y la llegada
de la misión a Fez en 1908, los delegados no fueron recibidos por el sultán
Abdul Hafid, debido a la inestabilidad que reinaba en el país y porque ha-
bía otros asuntos políticos que tenían prioridad para el sultán.
1.3. La misión rifeña de Muhammad Xadli a Fez: 1909

Esta misión viajó a la capital inmediatamente después del estallido de


la guerra entre las tribus rifeñas y las tropas españolas el 9 de julio de 1909,
a causa de la explotación minera y la construcción de líneas de ferrocarril.
La componía una delegación de veinticinco hombres, encabezada por el
caíd Muhammad Xadli, y llegó a Fez el 15 de octubre de 1909 (A.V.G.: C
3H16).
Tanto la prensa como las legaciones extranjeras prestaron la mayor
atención a la representación rifeña, sobre todo los responsables del consula-
do español en Fez. Y tan pronto se tuvo noticia de su llegada, el Gobierno
marroquí quedó encargado de su alojamiento y manutención.
Según los documentos españoles, los representes rifeños fueron reci-
bidos por el gran visir el Glaui el 18 de octubre de 1909. El objetivo de la
misión fue conseguir armas y dinero del Gobierno marroquí (D.P.C: 1911,
326), y no informar al sultán de los acontecimientos y los hechos ocurridos
en el Rif.
El advenimiento de la delegación rifeña perturbó la existencia de los
diplomáticos españoles de Fez, quienes no escatimaron esfuerzos para ex-

Rachid Yechouti 45
La vertiente histórico-política

tender una red de espionaje sobre la delegación, sus objetivos y sus rela-
ciones con las autoridades marroquíes. Además, plantearon preguntas al
sultán y su Gobierno sobre el objetivo puntual de la misión. La respuesta
al cónsul español fue que la delegación no podría recibir ayuda alguna
(D.P.C.: 1911, 326).
El gran visir recibió la delegación rifeña liderada por Xadli y Muham-
mad Tabaâ, por segunda vez, el 1 de noviembre de 1909, pero, en el momen-
to en que los representantes rifeños esperaban un apoyo militar y una asis-
tencia financiera, el gran visir les dijo que el sultán había retirado su oferta
de proporcionar cualquier apoyo material a los rifeños, debido a las circuns-
tancias temporales del nuevo régimen, y que su deseo era enviar delegados
como embajadores de paz a las tribus rifeñas para solicitar el abandono de
las armas y la convivencia en armonía con los españoles de Melilla (D.P.C.:
1911, 329). Esas mismas declaraciones fueron registradas en el mensaje del
ministro francés en Tánger Regnault quien calmó a los representantes de las
delegaciones diplomáticas en Tánger, destacando que el “sultán hasta este
momento no ha facilitado ningún tipo de ayuda, ni de armas, ni de municio-
nes, ni de fuerzas militares a las tribus rifeñas”; y que el comunicado oficial
solo se resume en lo siguiente: “la excepción de la protesta y de cara a las po-
tencias internacionales en Tánger, se limita a enviar delegados encargados de
calmar la zona rifeña...” (D.D.F.: 1910, 253).
Las declaraciones del gran visir el Glaui enfurecieron a la delegación
rifeña, especialmente al caíd Xadli. Es probable también que estas declara-
ciones sean la verdadera causa de la disputa entre la delegación y las auto-
ridades gubernamentales de Fez, si no ¿cómo se explica la permanencia de
esta delegación largos meses en la capital?
Escudados en este razonamiento, y temiendo posibles represalias por
parte de las autoridades de Fez, el caíd Xadli y sus compañeros dejaron
la sede que les habían preparado y se refugiaron en el mausoleo de Mu-
ley Idriss en Fez, donde más tarde murió el caíd Xadli (D.P.C.: 1911, 329).
Pasaban los meses sin que la misión regresara al Rif, porque “queda-
ba en Fez, esperando las instrucciones del sultán, quien finalmente les
dio permiso, después de una larga espera, diciéndoles: “Partan a su terri-
torio. Vuestros hermanos están en guerra contra los españoles” (Ayache:
1992, 153).
La multiplicidad de dichas misiones es una señal de buena voluntad
por parte de la población rifeña, que aspiraba a mantener buenas relaciones
con los españoles. Pero, según parece, el sultán Mulay Abdelhafid, preocu-
pado por los problemas políticos relativos al intento de instaurar un nuevo

Rachid Yechouti 46
La vertiente histórico-política

régimen en Fez, no podía percibir los fines de dichas gestiones, por eso dio
instrucciones de que ningún acercamiento con los españoles por parte de
los rifeños se efectuara sin su permiso.

2. La embajada española del ministro


Merry del Val a Fez: 1909

La embajada —constituida por el embajador Alfonso Merry del Val, un


miembro del primer secretariado de la misión Alejandro Padilla, dos secre-
tarios Lignière y Miguel Angel Muguiro, el doctor Francisco García Belen-
guer, dos traductores y un padre franciscano (A.G.A.: 81 M 39)— llegó a
Fez con el objetivo de negociar la cuestión de las fronteras de Melilla y de
Ceuta. La embajada permaneció en Fez desde el 8 de marzo hasta el 15 de
mayo de 1909 (A.G.V.: C 3H16).
Durante las deliberaciones entre los negociadores marroquíes y españo-
les, el embajador español Merry del Val exigió al Gobierno marroquí una
serie de requisitos, cuyo número se estima en unos treinta. Algunas de es-
tas exigencias figuran en el kunnash (registro) con el número 868, relativo
a las cartas intercambiadas entre el Gobierno marroquí y español sobre la
guerra del Rif entre 1909-1910:
— Nombramiento de una guardia militar para la vigilancia de las cos-
tas de Melilla, del Nekkur y de Badis.
— Reembolso de los gastos que pagó España para mantener a los refu-
giados rifeños, musulmanes y judíos, en Melilla durante la rebelión del Ro-
gui Zerhuni (Bu Hamara).
— El pago de los honorarios que España pagó a la mehal-la jerifia-
na (ejército marroquí) que estaba en el Rif, y que se había refugiado en
Melilla.
En otro documento de la misma carpeta, encontramos la respuesta de
las demandas españolas antes citadas. En cuanto al reembolso del gasto
que España había pagado a favor de los refugiados rifeños, musulmanes y
judíos, en Melilla, durante cuatro años —tiempo que duró la rebelión de
Zerhuni—, con un montante aproximado de doscientos mil reales españo-
les, el Majzén jerifiano respondió que había dado instrucciones al repre-
sentante del sultán en Tánger y a los ministros de Hacienda y de Asuntos
Exteriores para negociar posteriormente la cuestión con el Estado español.
Los documentos del kunnash terminan declarando que:
... Los objetivos de S.M el sultán fueron la retirada de los soldados españoles
a la frontera de Melilla y de las otras zonas costeras rifeñas ocupadas sin ninguna
razón, y en violación contra lo que se ha cumplido. Además, la tardanza del servi-

Rachid Yechouti 47
La vertiente histórico-política

cio de la minería en dicha región, hasta que la emisión del reglamento minero sea
ejecutado en el futuro... En fin, prohibir los soldados españoles circular libremente
dentro de la región de Anyera, y evitar todo lo que pueda perturbar el orden públi-
co, conforme a lo estipulado en las cláusulas de tratados, para que la situación que-
de en su vía normal... (B.H.R.: 868).
Es claro observar a través de estas conversaciones que el Majzén del
sultán Abdul Hafid no satisfizo todas las reclamaciones presentadas direc-
tamente por la Embajada española, sobre todo cuando reconoció el sultán
que la ocupación militar de los territorios marroquíes por los españoles no
era temporal como afirman las autoridades de Madrid o como dedujo la
circular marroquí presentada al decano del cuerpo diplomático en Tánger,
el ministro francés Rengault:
... Lo que más alarmado a S.M. Jerifiana y a todos sus súbditos ha sido el ru-
mor esparcido con instancia de que el Gobierno español no se limitaría a los pro-
pósitos que anunció de castigar a los que asesinaron a los obreros que trabajaban
en las minas cerca de Melilla, castigo que, por otra parte, España no tenía tampo-
co derecho de efectuar en el terreno de lo justo y equitativo, de conformidad con lo
que veréis en la relación que recibiréis adjunta, donde se hace el historial desde el
comienzo del asunto del Rif hasta hoy. El objeto del Gobierno de España es otro
muy distinto del que anunció, puesto que la aglomeración de fuerzas reunidas en
Melilla y sus alrededores dan margen a pensar así... (Madariaga: 1999, 347).
Es conveniente notar en este sentido, a través del documento que se
examina, que el Majzén no redujo sus posiciones en ningún momento
frente a las reclamaciones de los españoles, al contrario mostró una dura
resistencia diplomática durante las negociaciones entre los dos países.
Al final de las conversaciones y frente a las muchas demandas de los
españoles, el Majzén suscitó una cuestión importante relativa a la retirada
de las autoridades de Madrid de las tierras ocupadas en el Rif, como lo de-
muestra el siguiente documento: “... Su Majestad Jerifiana pidió al ministro
español negociar la cuestión de la retirada de tropas españolas de Cabo de
Agua y de Mar Chica a las que [Merry del Val], respondió que carecía de
instrucciones de su gobierno para discutir este tema...”. Siendo así, el sultán
“... respondió que desde el momento en que [Merry del Val] no había reci-
bido ninguna instrucción relativa al tema, todas las cuestiones que se están
negociando son suspendidas...” (A.G.A.: 81 M 90).
Las autoridades de Madrid no habían podido comentar los hechos con-
signados en Fez, como aclara la carta recibida por el ministro Merry del
Val, en fecha del 8 de mayo de 1909, donde podemos ver que el Gobierno
español considera que la forma en que las controvertidas demandas polí-
ticas fueron presentadas al sultán muestra que el Majzén trata deliberada-
mente de retrasar el trabajo de España y se niega a satisfacer sus demandas,

Rachid Yechouti 48
La vertiente histórico-política

sobre todo su promesa de mandar fuerzas militares al Rif y a Ceuta, que


queda vaga, ya que no se especifica ni fecha ni número de soldados que for-
maban el contingente.
Al darse cuenta del fracaso de las negociaciones, debidas a la intransigen-
cia del sultán para satisfacer todas las peticiones, las autoridades españolas or-
denaron a su enviado Merry del Val recuperar Tánger el 15 de mayo de 1909.
En conclusión, como indican los archivos marroquíes y españoles, las
conversaciones de Fez fueron un verdadero fracaso, porque ante las múlti-
ples reclamaciones españolas, el sultán Abdul Hafid permanece inflexible,
prevaleciendo únicamente la retirada española de los territorios ocupados
en el Rif.
Marruecos, sin embargo, deseaba resolver la controversia por medios
pacíficos, especialmente los asuntos de las fronteras y la cuestión de las mi-
nas del Rif. Para dar entonces reparación a las aspiraciones de la legación
española, que volvió desde Fez a Tánger con las manos vacías, el sultán co-
municó al ministro español Merry del Val su intención de enviar próxima-
mente una embajada a Madrid.

3. Las embajadas de Marruecos a Madrid: 1909-1910

Para demostrar su apertura diplomática indudable a principios del si-


glo XX, y como lo había prometido, Marruecos envió dos legaciones su-
cesivas: la de Ahmed Ibn el Muaz en julio de 1909 y la de Muhammad el
Mokri en octubre de 1910, para “... ajustar lo que no se ha establecido antes,
sobre todo el asunto de las fronteras de Ceuta y de Melilla, y la cuestión de
las minas del Rif...”. Esto dio lugar a la firma de la convención entre Ma-
rruecos y España, el 16 de noviembre de 1910.
3.1. La primera embajada marroquí:
embajada de Ahmed ibn Abdul Wahid al Muaz

Esta delegación salió de Marruecos el 18 de yumada II de 1327 H, que


corresponde al 6 de julio de 1909, y llegó a Madrid el 8 de julio del mismo
año, para iniciar las negociaciones el 9 de julio de 1909. La delegación ma-
rroquí fue recibida, respectivamente, por el ministro de Asuntos Exteriores
español Allendesalazar y, el 10 de julio, por el rey Alfonso XIII. Las con-
versaciones se reanudaban en la primera reunión del 12 de julio de 1909.
Esta embajada, que se estableció en Madrid desde el 9 de julio de 1909
hasta principios de octubre de 1910, estaba integrada por el embajador Ah-
med ibn Al Muaz, sus consejeros Muhammad Zniber y Bennacer Ghan-
nam, el secretario Muhammad el Kardudi y el tesorero Muhammad Ben-

Rachid Yechouti 49
La vertiente histórico-política

jellun. En víspera de la recepción por el rey Alfonso XIII, Ibn Al Muaz


expresó a S. M. el deseo sincero del sultán Abdul Hafid para fortalecer las
relaciones con España. (B.C.A.F.: 1909, 262-263).
La embajada coincidió con circunstancias inoportunas, primero por
causa de la inestabilidad política que reinaba tanto en España como en
Marruecos. Segundo, por el comienzo de la guerra entre Marruecos y Es-
paña el 9 de julio de 1909, viéndose la misión obligada a resolver no solo
los problemas contraídos anteriormente, sino también todos los proble-
mas adicionales provocados por el impacto de la guerra entre Marruecos
y España; y, sobre todo, afrontar la cuestión conocida comúnmente en la
historiografía española como la Semana Trágica, y el malestar social que
llevó a la caída de ambos gobiernos liberales y conservadores. Por este
motivo, Ibn al Muaz se vio obligado a negociar con varios ministros de
Asuntos Exteriores españoles: Manual Allendesalazar, Juan Pérez Caba-
llero y García Prieto.
Las negociaciones con el ministro Manuel Allendesalazar se centraron
en resolver los problemas pendientes entre ambas partes desde la última
embajada del ministro Merry del Val a Fez. Estas negociaciones se celebra-
ron a lo largo de seis sesiones y se centraron en tres puntos:
— El tema de la retirada de las tropas españolas de los territorios ocu-
pados en la zona rifeña.
— El problema del “asalto” de los rifeños a los trabajadores españoles
el día 9 de julio de 1909.
— La cuestión de enviar una harca (expedición militar) a la zona del
Rif para mantener el orden.
Las conversaciones mantenidas durante la época del nuevo gobierno de
Segismundo Moret acaecieron después de la caída del gobierno de Antonio
Maura el 21 de octubre de 1909, como resultado de los problemas políticos,
económicos y sociales, agravados por el impacto de la guerra de Melilla de
1909. Las negociaciones entre el negociador marroquí y el nuevo ministro
de Asuntos Exteriores español Caballero se basaban en varios puntos, entre
ellos, la cuestión de la indemnización, la construcción de la carretera entre
Ceuta y Tetuán, la garantía de seguridad en los territorios ocupados y las
protestas del caíd Bashir ibn Sannah contra el general José Marina.
Después de la caída del gobierno de Segismundo Moret a causa de los
problemas políticos y económicos, y la perturbación social que sufrió Es-
paña durante largo tiempo, advino el gobierno de José Canalejas el 9 de fe-
brero de 1910. Las negociaciones hispano-marroquíes con el nuevo minis-
tro García Prieto se concentraron en las demandas españolas antecedentes.

Rachid Yechouti 50
La vertiente histórico-política

El embajador marroquí trató de satisfacer algunas de estas peticiones, sobre


todo el establecimiento de la electricidad y el teléfono.
Aunque fue inmenso el esfuerzo realizado por el embajador ibn al Muaz
a lo largo de las conversaciones con los españoles en defensa de los intereses
de Marruecos y los rifeños, la embajada marroquí se enfrenta con graves di-
ficultades para cumplir sus deberes, a causa de la actitud severa de los dele-
gados españoles y su discurso engañoso. Todo esto terminó con un fracaso
tremendo de las negociaciones. Abdul-lah Larui aclara en este sentido:
Las intenciones encubiertas de España para obligar al Sultán a pagar una
significativa reparación de guerra condujeron al fracaso de las negociaciones. Es-
paña creía que Marruecos no sería capaz de llevarla a cabo, lo que hizo más fá-
cil una imposición del protectorado real y temprano en la zona del norte (Larui:
1993, 401).
Por último, parece que la mentalidad religiosa de Ibn al Muaz jugó
en contra de hacer concesiones libres. Esto explica la larga duración de las
negociaciones, más de un año y dos meses. Es probable que las autorida-
des españolas exigieran la sustitución de Ibn Al Muaz, requerimiento que
cumplió el Majzén al enviar una segunda embajada liderada por el Mokri,
que llegaba a un acuerdo el 16 de noviembre de 1910, en menos de mes y
medio; convenio que iba en contra de los intereses de Marruecos.
3.2. La segunda embajada marroquí:
la embajada de Muhammad ibn Abdul Salam el Mokri

Después del fracaso de las negociaciones dirigidas por Ibn al Muaz, el


sultán Abdul Hafid envió a Madrid un nuevo emisario, el ministro Mu-
hammad ibn Abdul Salam el Mokri, para completar las obras emprendi-
das con los españoles y resolver todas las cuestiones pendientes entre am-
bos países.
Esa embajada estaba formada por Muhammad el Mokri, su hijo Ta-
yeb, un delegado del Majzén de Bank Al-Maghrib, el secretario de Estado
de Asuntos Exteriores Idriss Albuqili y Ali Zaki Bey, encargado de la mi-
sión (Tazi: 1989, 57). El sultán Abdul Hafid informó al rey Alfonso XIII,
en una carta, el propósito de la segunda embajada marroquí en los siguien-
tes términos: “resolver las contradicciones, teniendo en cuenta la longitud
(de conversaciones); y lograr su deseo de vivir totalmente en cortesía con el
Estado español, hasta que su embajada vuelva (de Madrid) contenta, victo-
riosa y obteniendo todos los deseos...” (Kunnach: 569, p. 364).
Las conversaciones entre los ministros el Mokri y Prieto se centrali-
zaron sobre los gastos españoles relativos a la estancia de musulmanes y
judíos en Melilla, en los gastos de la guerra en Casablanca el año 1907,

Rachid Yechouti 51
La vertiente histórico-política

en las minas y la indemnización de los trabajadores muertos en las tierras


de los yacimientos cercanos a Zegangan y, por último, en las fronteras de
Ceuta y Melilla.
La diplomacia española tuvo la firme determinación de reprimir y so-
focar al embajador marroquí que intentaba salir sano y salvo de las con-
versaciones. España consideró mezquinas las justificaciones del Mokri
de no contar con los fondos necesarios para llevar a cabo todas las com-
pensaciones, e impuso duras condiciones, especialmente sobre la cuestión
de indemnización de guerra estimada en sesenta y cinco millones de pe-
setas pagadas durante un periodo de setenta y cinco años. Así cuando la
tesorería del Gobierno marroquí no dispuso de los fondos para pagar la
compensación, el embajador el Mokri se vio obligado a hacer concesio-
nes referentes a las minas como lo estipulaban las cláusulas 13, 14 y 15
del convenio de Madrid de 16 de noviembre de 1910 (Vid. Cagigas: 1952,
285-290).
En resumen, Marruecos soportó una fuerte oposición diplomática por
parte de España. Defendió con argumentos y pruebas la invasión española
de los territorios del Rif y la explotación temprana de sus minas. Hizo todo
lo que pudo para mantener buenas relaciones y caritativa vecindad con Es-
paña, pero, a falta de estrategias diplomáticas y por una aspiración rápida
para resolver los problemas pendientes, Marruecos se convirtió en una pre-
sa fácil entre las manos de la diplomacia española, quien logró imponer su
presión sobre el Gobierno marroquí y lo obligó a realizar muchas concesio-
nes financieras y metalúrgicas.

Archivos y documentos
Archivo general de la Administración, Alcalá de Henares (A.G.A.): caja núm. 81 M
39, Expediente núm. 2, Embajada de Merry del Val a Fez 1908-1909. Carta de Alfonso
Merry del Val al ministro de Estado Allendesalazar de 5 de enero de 1909.
— A.G.A.: caja núm. 81 M 90, Expediente núm. 2, 1909. Expediente sobre proyecto
de protesta del Majzén por sucesos en el Rif.
Archivos de guerra, Vincennes (A.G.V.): caja 3H16. Informe mensual de marzo de
1909. Fez de 3 de abril de 1909.
— A.G.V.: Informe del comandante francés Mangin al ministro de la Guerra. Infor-
me mensual de mayo de 1909. Fez de 4 de junio de 1909.
— A.G.V.: C 3H16. Informe del capitán Brémond al ministro de la guerra. Informe
mensual del mes de octubre. Fez de 3 de noviembre de 1909.
Biblioteca Hasania Rabat (B.H.R.), Kunnach (Registro bajo forma de manuscrito)
núm. 868 “Cartas intercambiadas entre el Gobierno marroquí y español sobre la guerra
del Rif entre 1327-1328 H / 1909-1910, Reinado del Sultán Abdul Hafid». Carta de res-
puesta a las demandas españolas de 18 de Safar 1327 H.

Rachid Yechouti 52
La vertiente histórico-política

— B.H.R.: Kunnach, núm. 868. Carta del delgado Muhamed el Guebbas al ministro
francés Regnault de 30 de chaâban de 1327 H.
— B.H.R.: Kunnach (Registro) núm. 569. “Resumen de los correos enviados por el
ministro de Asuntos Exteriores Muhammad el Mokri”. Carta de respuesta de el Mokri al
sultán Abdul Hafid, de fecha 6 de septiembre de 1328 H, p. 364.
Boletín del Comité de África Francesa (B.C.A.F.), núm. 7, 1909, pp. 262-263.
Dirección de Archivos Reales (D.A.R.), Rabat, expediente del mes de Kiïda de 1327
H. Carta de 19 de Kiïda de 1327 H.
— D.A.R.: Rabat, expediente del mes de safar de 1326 H. Carta del jerife Muhammad
Amezian al delegado del sultán en Tánger Muhammad Torres de 25 de safar de 1326 H.
Documentos diplomáticos franceses (D.D.F.) 1910, Affaires de Maroc (Asuntos de
Marruecos) 1908- 1910, Paris: Imp. nationale, 1910, doc. núm. 311, p. 253. Carta de Reg-
nault, ministro francés en Tánger, a S. Pichon, ministro de Asuntos Exteriores. Tánger, 6
de octubre de 1909.
Documentos presentados a las cortes en la legislatura de 1911 por el ministro de Esta-
do, Manuel García Prieto (D.P.C.), 1911. Madrid: Imprenta del Ministro de Estado, 1911,
Telegrama del gobernador militar de Melilla al ministro de España, núm. 402, de 4 de
diciembre de 1908, p. 156.
— D.P.C.: 1911, Telegrama núm. 753, de 19 de octubre de 1909, p. 326.
— D.P.C.: Telegrama núm. 756, de 23 de octubre de 1909, p. 326.
— D.P.C.: 1911, Telegrama del cónsul de España en Fez, Manuel Cortés, al ministro
plenipotenciario de S.M. en Tánger, Merry del Val, núm. 764, de 1 de noviembre de 1909,
p. 329.
— D.P.C.: 1911, Telegrama del ministro plenipotenciario de S.M. en Tánger, Merry
del Val, al ministro de Estado, núm. 787, de 17 de diciembre de 1909, p. 343.

Bibliografía
Ayache, G.: Orígenes de la guerra del Rif. Arabización de Muhamed Amin el Bezzaz y
Abdul Aziz Khallouk Temsamani, Casablanca: Ed. smer, 1992.
Cagigas, I. de las: Tratados y convenios referentes a Marruecos, Madrid: Publicación del
Consejo Superior de Investigaciones Científicas y el Instituto de Estudios Africanos, 1952.
Larui, A.: Orígenes sociales y culturales del nacionalismo marroquí 1912-1930, Casa-
blanca: Editora Centro cultural árabe, 1993.
Madariaga, M. R. de: España y el Rif, crónica una historia casi olvidada, Melilla: Ed.
uned Melilla, 1999.
Tazi, A.: Historia diplomática de Marruecos, Mohammedia: Ed. Fdala, 1989, vol. X.

Rachid Yechouti 53
54
El contexto histórico del Protectorado español
en Marruecos

Emilio de Diego García

La historia de España se conforma acaso en mayor medida que la de


ningún otro país occidental, salvo tal vez el Reino Unido, por su relación
con América, el resto de Europa, África y, en menor grado, con algunos
escenarios del Pacífico y Asia. Para lo que aquí vamos a exponer conviene
recordar que, aparte del amplísimo periodo que va del 711 a 1492, la histo-
ria española acusa de manera profunda la huella africana. Pero África sería
casi lo mismo que decir Marruecos para la mayoría de los españoles de va-
rias generaciones, sobre todo durante la primera mitad del siglo XX; hasta
tal punto que, incluso en círculos académicos, políticos y periodísticos, el
“africanismo” del periodo intersecular del ochocientos al novecientos dejó
paso al “marroquismo”.
África, percibida como un cúmulo de resonancias míticas y legendarias
en lo más profundo del subconsciente hispano, venía a ser la sombra
imprescindible de la luz española, una combinación reactiva de nuestra
identidad. Marruecos, tras la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, se
había convertido en el hipotético consolatorio de nuestras desdichas; y la
relación con los moros en memoria de gestas bélicas, nunca o casi nunca en
recuerdos de los momentos de convivencia y de pacífico trasiego cultural.

Emilio de Diego García 55


La vertiente histórico-política

El Rif, imaginado como escenario del fanatismo, la violencia y el caos,


habitado por feroces y despiadados guerreros, constituía una especie de
fatalismo histórico. Tal construcción, en la medida en la que aún hoy se
mantiene, solo puede asentarse sobre el desconocimiento; o mejor, desde el
mal conocimiento recíproco.
Las palabras de Costa, afirmando que “los marroquíes han sido nues-
tros maestros y les debemos respeto; han sido nuestros hermanos y les debe-
mos amor, han sido nuestras víctimas y les debemos reparación cumplida”
(Costa: 1906), sonaban más o menos bien en los oídos de unos pocos con-
vencidos pero encontraban apenas un eco escaso en el conjunto de la socie-
dad española; entonces y después.
Al cumplirse el centenario del inicio formal del Protectorado español
en el norte de Marruecos, buenas serán cuantas iniciativas se acometan
para superar la ignorancia acerca de unas páginas importantes de la histo-
ria hispano-marroquí. Un tiempo que va del 27 de noviembre de 1912 al 7
de julio de 1956 (salvo la zona de Cabo Juby que llegaría hasta 1958), cu-
yos antecedentes inmediatos y directos discurren de 1906 a 1912. Un perio-
do marcado en su mayor parte por la guerra, dentro y fuera de Marruecos,
con diversa intensidad en las variadas consecuencias, siempre negativas,
que aquellos conflictos acarrearon para la acción española en suelo marro-
quí. La lucha armada hasta lograr pacificar el territorio asignado al cuida-
do de España reduciría la posibilidad “protectora”, más o menos efectiva, a
la etapa 1927-1956; teniendo en cuenta además que, en este último lapso,
se sucederían posteriormente la Guerra Civil española (1936-1939), que tan
profundas repercusiones tuvo para la población norteafricana, y la Segunda
Guerra Mundial (1939-1945).
Particularmente traumática fue la primera de las contiendas mencio-
nadas, sostenida con alguna discontinuidad, prácticamente durante dos dé-
cadas. Se repite con harta frecuencia que aquella es una guerra olvidada y,
acaso, convendría más hablar de una contienda mal conocida. La andadura
bélica de 1909 a 1927 llegó a calar profundamente en los sentimientos y en el
imaginario colectivo del pueblo español. Difícilmente puede hablarse de ol-
vido cuando alguno de sus pasajes se evocan todavía en la memoria colecti-
va. La tragedia de López Pintos y sus hombres se cantaría por todos los rin-
cones de nuestro país. “¡En el Barranco del Lobo, hay una fuente que mana,
sangre de los españoles, que murieron por España...!”. Por su parte Annual
representó, por segunda vez en menos de un cuarto de siglo, el “desastre”.
Más oscuridad se cierne sobre el esfuerzo reformador y modernizador
llevado a cabo por los españoles en aquellas tierras y los sacrificios de todo

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La vertiente histórico-política

tipo que costó. O peor aún, se trata, en demasiadas ocasiones, de condenar-


lo y ocultarlo desde presupuestos ideológicos, valores individuales y colecti-
vos, sentimientos, etc., bien distintos de los que informaban la cosmovisión
dominante hace un siglo (Vid. Morales Lezcano: 1984). Por ello, insisto,
conviene la rememoración que aquí se propone; aunque solo sea un paso
en el recuerdo del ayer cercano, pues “... la historia, que más que ciencia es
una iglesia, que conserva el pasado” —escribía Ortega y Gasset—, y con-
cluía con claras reminiscencias hegelianas: “de aquí, que un pueblo sin his-
toria sea un pueblo salvaje” (Ortega y Gasset: 1909). O simplemente añadi-
ríamos para concluir, a la luz de la atroz ignorancia general de la sociedad
española actual, en este tema, que necesitamos saber historia para seguir
siendo un pueblo. No se concibe el ayer sin el hoy, pero tampoco se com-
prende este sin aquel.
Para ese propósito de comprensión, capítulo imprescindible en el co-
nocimiento histórico, será conveniente que hagamos un breve ejercicio de
contextualización, en buena medida, de la mano de los personajes más lú-
cidos de aquellos momentos.

1. La mentalidad de la época

No son pocos los historiadores que, desde la perspectiva actual, consi-


deran incomprensible, cuando menos, el hecho de que España se embar-
cara en la aventura de crear un protectorado en Marruecos, teniendo en
cuenta las graves carencias, militares, económicas y políticas, el pesimista
ambiente psicosocial y el desconocimiento de lo que se debía proteger. Este
planteamiento corre el riesgo de conducirnos al precipicio del anacronismo;
salvo que consideremos los factores que pueden ayudarnos a superar dicha
incomprensión, que no a la justificación ni a la condena de aquella empre-
sa. Algo que exige la aproximación a los autores, al libreto y el escenario en
que se desarrolló. En el catálogo de elementos a considerar, para compren-
der aquella andadura, acaso la primera cuestión a tener en cuenta sea pues
la mentalidad de los sujetos implicados en el proceso.

1.1. Un tiempo de cambios “vertiginosos” y de contradicciones flagrantes

La etapa, 1900-1914, que media entre el comienzo del XX y la Prime-


ra Guerra Mundial ha sido denominada, por Philipp Blom, como los años
de vértigo (Blom: 2010). Un tiempo marcado por las profundas contradic-
ciones que definen la modernidad. De la Exposición Universal de París, al
asesinato en Sarajevo del archiduque Francisco Fernando discurren una

Emilio de Diego García 57


La vertiente histórico-política

serie de acontecimientos emblemáticos, en los más diversos campos, que


muestran la magnitud de tales claroscuros y el sustrato espiritual y material
en que se apoyaron.
Pocas veces se ha percibido tan profundamente en la sociedad occiden-
tal la sensación de cambio brusco, de ruptura incluso entre el pasado y el
presente, como en el periodo que va de 1902, fin de la época victoriana y
comienzo de la mayoría de edad de Alfonso XIII, a 1914. Acaso había que
llegar a nuestros días para encontrar una coyuntura parecida. Von Hof-
mannsthal escribía “no hay entendimiento posible entre la gente, ni diálo-
go, ni conexión entre hoy y ayer”.
Años más tarde, en 1923, Virginia Wolf titulaba una conferencia sobre
literatura contemporánea, impartida en Cambridge, “En o alrededor de di-
ciembre de 1910, la naturaleza humana cambió”. Obviamente este enun-
ciado era, en primer término, una licencia retórica provocativa pero, a la
vez, día, mes o año antes o después, lo que señalaba era cierto. “Todas las
relaciones humanas han cambiado... entre amos y sirvientes, entre maridos
y esposas, entre padres e hijos... y eso produce cambios en la religión, en el
comportamiento, en la política...”; en la mentalidad, en suma. Y, dentro de
ella, un nuevo modo de relación del hombre con el producto de su trabajo,
más eficiente por imposición del “taylorismo” pero más alienante.
Se asentaba en Occidente la llamada sociedad de masas proletarias,
cuyo escalón superior se hallaba representado por una aristoplutocracia
más fuerte a cada momento, en tanto que la vieja nobleza cedía en impor-
tancia. Un paisaje de grandes urbes, verdaderas macrópolis, ya en algunos
casos, en las que la opinión pública y los medios de comunicación, especial-
mente la prensa, se alzaban como nuevos referentes.
Un mundo que miraba con admiración a los grandes personajes cientí-
ficos (Marie y Pierre Curie, Röentgen, Becquerel, Rutherford, Niels Böhr,
Max Planck, Erlich, Poincaré, Mach, Einstein...) y a los grandes inventores
(Edison, Westinghouse, Laforest...). Asombrado por los avances de la técni-
ca en el campo del automovilismo, de la aeronáutica, con la velocidad como
expresión superior del nuevo ritmo vital y el cine poniendo movimiento a
la fotografía; de la electricidad, de la telecomunicación, de la química, de
la náutica..., con el Titanic simbolizando el infinito humano, el sueño del
buque enorme e insumergible que Morgan Robertson había imaginado en
su novela Futilidad y al que había llamado Titán. Pero, simultáneamente,
aturdido ante la trágica limitación de su poder, la pérdida de las certezas y
el avance del relativismo. Por tanto, más seguro y, a la par, más temeroso
que nunca antes.

Emilio de Diego García 58


La vertiente histórico-política

En ese horizonte, no siempre agradable, se buscarían nuevas dimensio-


nes espirituales del hombre, por Freud, Jung y otros navegantes del alma
humana. No faltaban, desde luego, quienes, física e intelectualmente, tra-
taban de poner tierra por medio con un mundo incongruente: de Picasso a
Delauny, pasando por Proust o Kafka; y los compases de la ruptura musi-
cal, de Mahler y Richard Strauss a Schoenberg.
Allí donde Pío X, con su encíclica Pascendi Dominici gregis, rechazan-
do frontalmente el modernismo, prolongaba el desencuentro entre la Igle-
sia católica y la ciencia moderna, Hussel abría la puerta a la fenomenología;
y el pragmatismo de los Peirce, William James y John Dewey se afianza-
ba en el pensamiento norteamericano, a partir de la nueva dimensión de
la verdad.
Un tiempo de canto a la masculinidad, tal vez por sentirla atacada en
su papel dominante, en el cual asomaba provocadoramente la homose-
xualidad y avanzaba decididamente el feminismo. Los nombres de Emile
Pankhurst, Flora Drummond, Mary Gawthorpe, Leonora Cohen, Mar-
guerite Durand, Madeleine Pelletier, Alma Mahler, Rosa Mayreder..., etc.
provocaban el entusiasmo de algunos círculos femeninos y el horror de no
pocos responsables políticos, autoridades religiosas y sectores “bienpensan-
tes”.
Era un mundo basado en la desigualdad, en la superioridad de unos
grupos sociales, económicos, étnicos y culturales, sobre el resto, que no pre-
tendía justificarse en igualitarismos de ninguna clase, donde figuraba en
lugar preferente el superhombre (übermensch) niezstcheniano, que debía
tratar despóticamente a la clase “inferior”, y se enseñoreaba de todo la vo-
luntad de poder.
1.2. El darwinismo social, sustrato del colonialismo

La superioridad de los más fuertes, inspiradora del racismo, predica-


da entre otros por Haeckel, se había convertido en el credo imperante en
círculos sociales y políticos. Más allá de los postulados de Darwin, tras me-
dio siglo de debates, se afirmaba la conveniencia de contribuir al selectivo
evolucionismo biológico incluso en el dominio de los seres humanos.
Tal vez sería el Primer Congreso Internacional de Eugenesia, celebrado
en Londres (24/30 de julio de 1912), el escaparate más revelador de los nue-
vos valores. La mejora genética de la especie humana se debatía allí desde
postulados racistas, bajo el manto de la ciencia. Los Weismann, Galton,
von Gruber, Ploetz, Forel..., en compañía del presidente del Real Colegio
de Médicos de Inglaterra, del obispo de Oxford, del rector de la Universi-

Emilio de Diego García 59


La vertiente histórico-política

dad de Stanford y del rector emérito de Harvard, del fabricante de alimen-


tos sanos J. H. Kellogg, con Churchill entre los vicepresidentes honorarios,
hablaban de mejorar la raza humana sin detenerse, en muchos casos, ante
ningún obstáculo, incluso el de la eliminación de los débiles, los deformes
físicos, los disminuidos psíquicos, los invertidos... Todo ello con la simpatía
de personajes como la ya aludida Virginia Woolf o George Bernard Shaw,
J. D. Rockefeller, A. Carneige, Emile Laurent y una inacabable y heterogé-
nea lista de adeptos a teorías y prácticas aberrantes, formuladas como mé-
todos “defensivos” frente a la degeneración o a manera de “soluciones” para
avanzar en aras del progreso, en el hipotético beneficio de la humanidad.
Lo cierto es que las instituciones y las prácticas políticas se fueron de-
sarrollando desde el convencimiento de la necesidad de transformar a las
diferentes sociedades, culturas y estados hacia el modelo superior; es decir
el de la raza blanca y la cultura occidental, con su ciencia y su técnica capaz
de dominar el mundo. Un espacio cuyos diversos rincones podían pasar a
constituir un todo comunicado, eficazmente, por primera vez en la historia.
Se imponía la colonización de amplias zonas del planeta con los objeti-
vos confesados de avanzar en el conocimiento de los pueblos y la geografía,
“marginados” hasta entonces, y desarrollar la obra civilizadora de la mo-
dernización. Pero en ese itinerario entrarían en conflicto los intereses eco-
nómicos y políticos tanto de las potencias colonizadoras, en su afán impe-
rialista, desde la esencia nacionalista, con los sujetos colonizables, como de
ellas entre sí.
Así pues la ampulosa retórica pacifista, generada para la ocasión, se
veía superada por la carrera armamentística en el camino hacia la guerra.
Las sucesivas alianzas franco-rusa, franco-británica, Triple Entente, Tri-
ple Alianza..., dictadas por el hipernacionalismo y el miedo recíproco, y la
construcción de buques como el Dreagnouth (1906), símbolo del poder na-
val británico, y la respuesta alemana de manos del programa impulsado por
von Tirpitz, amén de la fabricación de todo tipo de armas para los ejércitos
de tierra, no dejaban lugar a dudas. Esa paradoja se pondría en escena con
motivo, por ejemplo, de la Conferencia de La Haya de 1907. En el fondo,
nadie creía en la paz, salvo alguna escritora como la baronesa von Suttner,
premio Nobel en 1905 y autora de la novela Abajo las armas. La guerra de
los boers, la ruso-japonesa, la balcánica de 1911-1912 y la Primera Guerra
Mundial, iniciada dos años después, serían la prueba del belicismo reinante
sobre la palinodia del pacifismo.
Curiosamente en ese concierto internacional basado en la ley del más
fuerte, mientras las grandes naciones europeas pensaban que seguían de-

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La vertiente histórico-política

tentando la supremacía universal, el epicentro del mundo se desplazaba


ya hacia el otro lado del Atlántico, y nuevos actores, como Japón, apare-
cían desafiantes en Extremo Oriente. Pero, para entonces, mientras Esta-
dos Unidos atendía a otros espacios, África se había convertido en el último
confín europeo y el tema marroquí acabaría concitando un enorme interés
para las potencias del viejo continente.
Desde la perspectiva francesa, inglesa, española, alemana, austría-
ca, italiana e incluso rusa y, en menor medida, de otras naciones, suponía,
nada más y nada menos, conforme a sus respectivas aspiraciones, que abrir
o cerrar la puerta del Mediterráneo, cuya trascendencia estratégica se había
incrementado, exponencialmente, desde hacía unas décadas, con la inaugu-
ración del Canal de Suez. En esa coyuntura la intervención de Francia en
Marruecos abrió un frente más de tensiones internacionales.

2. La reacción española

El Protectorado español en el extremo septentrional del Imperio ma-


rroquí fue por tanto la respuesta, con luces y sombras, a un problema que
España no creó. Nuestro país, a lo sumo, fue un actor importante, pero se-
cundario, en el desarrollo de un proceso cuyas claves excedían ampliamen-
te el voluntarismo del Gobierno español.
La intervención francesa en Marruecos puso a España ante un nuevo
horizonte estratégico que afectaba a nuestros emplazamientos norteafrica-
nos, a la situación en el Estrecho e incluso a la seguridad de los archipiéla-
gos de Baleares y Canarias. No era únicamente el mantenimiento de unos
“derechos históricos” lo que demandaba una respuesta. Aunque el conoci-
miento del ámbito marroquí, en el orden económico y cultural, fuese des-
afortunadamente abismal, algo estaba claro en el ánimo de los más destaca-
dos políticos españoles: la necesidad de situar a nuestro país en la posición
más favorable dentro del nuevo orden de cosas, aunque hubiera de hacerse
al amparo de los planes de Francia e Inglaterra. Ni cabía otra solución ni
importaba el coste a pagar.
Así lo expresaron, entre otros, Silvela y Maura quienes entendían que
Marruecos carecía de interés económico y que más que un atractivo, en
este sentido, supondría un motivo de pobreza y estancamiento para Es-
paña, pero constituía un objetivo estratégico de primer orden, al que, en
modo alguno, cabía renunciar. Algo semejante pensaba Canalejas, a pesar
de sus diferencias ideológicas con los anteriores, y así lo puso de manifiesto
con motivo de los avances franceses en Marruecos. El líder del partido li-

Emilio de Diego García 61


La vertiente histórico-política

beral, según Ortega, opinaba que los pueblos tenían derecho a regirse por
sí mismos, pero no estaba dispuesto a ceder ante el expansionismo galo. A
la ocupación de Fez respondió con la incorporación a España de Larache y
Alcazarquivir. “Si es necesario reforzar las actuales ocupaciones territoria-
les —declaraba— las reforzaremos...” (Andes: 1912). Romanones alegaba
razones “naturales” y de política internacional para insistir en que “no po-
demos, ni debemos, abandonar Marruecos”.
¿Cómo entender tal decisión, aparentemente contradictoria en muchos
aspectos?
2.1. Una empresa marcada por múltiples carencias

Ortega y Gasset nos ofrece uno de los resúmenes más reveladores sobre
la situación en nuestro país al inicio del Protectorado en Marruecos. No se
le escapaba que la intervención en tierras norteafricanas, a partir de 1912,
modificaría sin remedio las condiciones de la política nacional. Pero se pre-
guntaba
¿cómo prescindir ya de los compromisos contraídos y de la acción comenzada? Su
cumplimiento y su desarrollo —en el marco del tratado hispano-francés— exigi-
rán de momento —añadía— gastos cuantiosos y recios contingentes militares y
constituirán una preocupación constante de los gobernantes. Y esto ocurre preci-
samente —concluía— cuando radicales, socialistas y sindicalistas, se oponen con
energía amenazadora a toda empresa militar y a todo esfuerzo de irradiación del
poder del Estado.
No distaba mucho de lo que Julián Ribera había señalado años antes.
En 1902, resumía, a propósito de las circunstancias que condujeron al Pro-
tectorado:
Y, he aquí —escribía el arabista valenciano— la situación de los españoles:
vernos comprometidos forzosamente en la cuestión marroquí, por nuestra posi-
ción geográfica; no poder permanecer indiferentes en lo que afecta a intereses
muy vitales; y encontrarnos sin rumbos en la opinión, ni criterio definido, ni fuer-
za en los gobiernos, sin cuerpo diplomático instruido, sin una entidad organiza-
da, ni institución, cuerpo o instrumento adecuado para el consejo ni para la obra
(Ribera: 1901).
O sea, con un ejército frustrado, la marina deshecha, la sociedad dividi-
da y atrapada en el pesimismo, y con el Gobierno desprestigiado y sin ideas
claras sobre la estrategia más adecuada a aplicar en el norte de África.
A todo ello se unía la difícil coyuntura por la que atravesaba nuestro
país, y que el propio Ribera, con ojo clínico, describía con doliente ironía, a
manera de diagnóstico médico:
Con las costillas rotas, —por el reciente varapalo noventayochista—, aplanado
por los efemerones polaviejanos, dolorido por inflamaciones regionales, con delirio

Emilio de Diego García 62


La vertiente histórico-política

por calenturas socialistas y lucha de clases y amenazado de una epidemia, la cues-


tión religiosa, que es la que ofrece más feo cariz (Ribera: 1901).
Lo cierto es que, a pesar de esos y otros inconvenientes, España, con-
tra el sentir de buena parte de los españoles, sin desearlo pero tampoco sin
rechazarlo de manera decidida, se halló involucrada en el problema ma-
rroquí. Y lo hizo a partir de una serie de circunstancias negativas, de todo
tipo, que debemos tener en cuenta. En primer lugar
2.2. El desconocimiento

Uno de los elementos más decisivos a la hora de evaluar la obra de Es-


paña en su zona de Protectorado en Marruecos fue el desconocimiento del
territorio y, especialmente, de sus habitantes. Basta con repasar las publica-
ciones de algunos autores españoles, sobre todo durante la segunda mitad
del siglo XIX, para darnos cuenta (Vid Abenia: 1859; Reparaz: 1891 y 1893;
Bécker: 1903, 1909, 1915 y 1918). Cualquiera que fuese el tipo de acción a
desarrollar, civil o militar, o ambas, requería una información imprescindi-
ble que no poseíamos. Las advertencias al respecto se repitieron con tanta
frecuencia como falta de éxito.
Dadas las limitaciones de espacio exigidas en este trabajo menciona-
remos solo algunos testimonios, circunscritos a fechas relevantes en los
pródromos de la oficialización del “Protectorado” y en sus primeros años;
aunque no olvidemos, junto a otros escritos dirigidos a combatir aquella ig-
norancia, la tarea pionera de Ángel Ganivet editando La Estrella de Orien-
te, revista árabe-española. En 1901, al inicio de las negociaciones hispano-
francesas, el citado Julián Ribera y Tarragó reclamaba la creación de una
escuela-taller para formar expertos en conocimientos aplicables a la colo-
nización del vecino norteafricano. Pedía, además, con humor ácido, que
nuestro gobierno encargara las negociaciones del asunto de Marruecos, a
diplomáticos que supieran algo más que bailar el rigodón y repetir fórmu-
las protocolarias (Ribera).
Poco después, en 1904, al momento de firmarse el tratado franco-espa-
ñol sobre Marruecos, Emilio Corbella fundó los centros comerciales hispa-
no-marroquíes en Barcelona, Madrid y Tánger, así como la revista España
en África que, entre otras cosas, pretendían tender puentes para la penetra-
ción pacífica de España en Marruecos a través del conocimiento recíproco.
Al amparo de dichos centros se llevaron a cabo diversas iniciativas, como la
impartición de clases gratuitas de árabe vulgar, en varias ciudades españo-
las: Madrid, Zaragoza, Barcelona, Valencia...; y se impulsó la celebración
de los Congresos africanistas de 1907 en Madrid, 1908 en Zaragoza, 1909

Emilio de Diego García 63


La vertiente histórico-política

en Valencia y 1910, nuevamente, en Madrid. Pero los logros distaron mucho


del entusiasmo de sus promotores, incluso cuando, ya en 1913, se fundara la
Liga Africanista Española.
También con el fin de ir rompiendo la ignorancia mutua, el general
Marina envió a la Península, en 1910, a una decena de “moros” que habían
luchado a nuestro favor y los centros les hicieron recorrer las principales po-
blaciones españolas. Por entonces Corbella se trasladó a Melilla para crear
una escuela gratuita para niños indígenas, que se inauguró el 6 de enero de
1911; aunque tuvo una existencia fugaz.
En 1911 y 1912, en vísperas de la oficialización del Protectorado, José
Ortega y Gasset insistía una y otra vez en el grave problema del desconoci-
miento que teníamos del norte de Marruecos y de sus gentes. “El Rif —es-
cribía— es más ignorado que el Tíbet” (Ortega y Gasset: 1911). No le faltaba
razón. A propósito de la incultura general sobre el África española citaba la
anécdota de Silvela, referida por Cunnigham Graham, quien aseguraba que
el político español había confundido solemnemente, y con empecinamien-
to, Santa Cruz de Mar Pequeña con Mar Chica. Para corregir esas caren-
cias solicitaba Ortega una campaña en la prensa, informativa/formativa, con
la colaboración de los pocos que supieran algo de Marruecos. Reseñaba con
cierta envidia el capítulo dedicado a “Los derechos históricos de España” del
libro que acababa de publicar Otto C. Artbauer, Kreuz und quer durch Ma-
rokko (1911). En la misma línea, Donoso Cortés publicaría Estudio geográfi-
co político-militar sobre las zonas españolas del norte y sur de Marruecos (1913).
En varias ocasiones declararía el filósofo madrileño su preocupación
por este asunto y se mostraba escandalizado. En 1914 continuaba pidiendo
un poco de seriedad para la cuestión marroquí y se dolía de que “la gente,
como en tiempos de Cuba, no sabe lo que pasa” y, repitiendo la eterna pre-
gunta ¿debemos ir o no a Marruecos?, decía:
... antes de volver sobre esta cuestión parcial es menester que sepamos bien que es
España y que es Marruecos, porque la ignorancia de la realidad nacional, de sus
posibilidades actuales, de los medios para poder organizar una mayor potenciali-
dad histórica y, de otro lado, el grado de ignorancia de lo que constituye nuestro
problema marroquí, más aún de lo que es Marruecos... es verdaderamente increí-
ble (Ortega y Gasset: 2004).
Años más tarde la cuestión permanecía sin grandes cambios. En 1918
el partido reformista denunciaba que la situación en Marruecos era casi
desesperada
porque no hemos cuidado de formar un personal capaz de emprender seriamente
la colonización. Dudoso es —se aseguraba— que haya siquiera dos docenas de es-
pañoles que sepan el árabe vulgar, conozcan el país y sus gentes, y tengan las ideas

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La vertiente histórico-política

claras de cuál es la esencia y el método de la colonización en pueblos de carácter


oriental (VV. AA.: 1918).
Aún en nuestros días no son pocos los españoles, incluidos algunos res-
ponsables políticos de alto nivel, que desconocen que, además de Portugal,
Francia, Andorra y el Reino Unido (por interposición de Gibraltar) tam-
bién Marruecos tiene frontera con España.
Pero ese mismo desconocimiento, o peor aún conocimiento negativo,
padecían los norteafricanos acerca de España y los españoles; a pesar de los
millares de nuestros compatriotas residentes en Marruecos. Nuestras ciu-
dades, que les eran vecinas, “presidios” y plazas militares no habían sido,
ciertamente, la mejor y más abierta panorámica de cara a la relación hispa-
nomarroquí. Sobre esa desinformación tomaban cuerpo los recelos mutuos,
los complejos, los falsos estereotipos y, finalmente, el rechazo recíproco.
2.3. La falta de opinión pública y la indecisión gubernamental

Desde comienzos del XX, al igual que ocurría con el desconocimien-


to, las críticas sobre la despreocupación de la opinión pública, más allá de
las ocasionales quejas espasmódicas y violentas, y la astenia de los sucesivos
gobiernos, a propósito de Marruecos, se convertirían igualmente en lugar
común. En 1901 era Francisco Silvela el que manifestaba su preocupación
por “nuestra natural inclinación a no hacer nada”. Sin embargo, los cam-
bios que se estaban operando en la política internacional obligaban, a las
“clases directoras” de “la sociedad española, tan quebrantada en todo cuan-
to es espíritu y sentimiento nacional, a llamar la atención del común de las
gentes sobre aquellos problemas y conflictos que más de cerca nos amena-
zan” (Silvela: 1923). Y uno de esos problemas era, sin duda, la situación en
Marruecos. Había que despertar la opinión pública, a la que ya dos décadas
antes consideraba el mismo Silvela la “reina del mundo”.
El mencionado Julián Ribera, aún discrepando de la estrategia silve-
lista en cuanto a la política a seguir en Marruecos, aplaudía que, al menos
un político, se manifestara con claridad sobre asunto tan decisivo. También
insistía en que era necesario potenciar la opinión pública. Pero ni entonces
ni en momentos claves como 1904 y 1906 se había producido una toma de
postura decidida a propósito de Marruecos.
Así lo indicaba Ortega y Gasset quien con sus reservas sobre la opinión
pública, “pues muy rara vez es lo que ella dice y solo en algunos instantes
coincide lo que se dice con lo que se siente”, destacaba que después de la
conmoción de 1909, en la que el pueblo había expresado su rechazo a ir a
combatir en tierras norteafricanas, solo las minorías se habían declarado

Emilio de Diego García 65


La vertiente histórico-política

contra la campaña de Marruecos. En el Parlamento “sí pero no”, aunque


discursos a favor de la guerra no hubo prácticamente ninguno. En 1915 se
lamentaba de que, al igual que sucedía frente a los demás problemas nacio-
nales, no se producían más que actitudes equívocas a propósito de la cues-
tión marroquí.
La opinión pública —criticaba ácidamente don José— rebosa despre-
cio de sí misma.
No tenemos fe en nosotros mismos —proseguía— ni en donde apoyar la es-
peranza. No se tiene confianza en la organización del Ejército, e irrita comparar lo
que cuesta con lo que vale. Pero no se hace nada. Se desprecia al político pero tam-
poco se actúa y se le teme (Ortega y Gasset: 1915).
Sin apenas resquicios para el irresponsabilismo fácil y habitual, senten-
ciaba en términos que inducen a la reflexión en muchos momentos de la
historia contemporánea española “nuestra opinión pública es hoy una opi-
nión inmoral, de abandono y abyección”.
Por su parte, Unamuno supone un buen ejemplo de falta de opinión
suficientemente formada sobre “nuestro problema en África”, según comen-
taba en 1913; aunque creía entonces que no se podía dar un paso atrás pues
el espíritu nacional podría sufrir una depresión indeseable. Antes, en 1909,
había escrito a Federico de Onís que la guerra en Marruecos le parecía muy
bien y convenientísima en todos los sentidos. Sin embargo, como en tantas
otras cosas, don Miguel se mostraría más adelante crítico furibundo de las
aventuras españolas al otro lado del Estrecho (Vid. Hajjak: 2007).
A la desorientación y falta de compromiso social, incluidos algunos
intelectuales de primer orden, se uniría la indecisión política; motivada,
en parte, por la desorientación colectiva y, simultáneamente, por la ines-
tabilidad gubernamental. Difícilmente podía seguirse una línea de actua-
ción, más o menos constante, cuando entre abril de 1900 y diciembre de
1912 se sucedieron dos docenas de gabinetes ministeriales. De este modo,
ni la sociedad, mal informada y desconfiada, se manifestaba con rigor exi-
giendo a los responsables políticos una estrategia clara sobre Marruecos;
ni los gobernantes tomaron la iniciativa al respecto, con la decisión preci-
sa. A estos obstáculos de origen propio, se unirían otros generados fuera
de nuestro país.

3. La inestabilidad de la situación en Marruecos

La evolución de la situación marroquí, que conduce al Protectorado es-


pañol, establecido por el Tratado de Madrid de 27 de noviembre de 1912,
obedece a un conjunto de factores, internos y externos, que se interacciona-

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La vertiente histórico-política

rán decisivamente. Dentro de los primeros hemos de considerar que la reali-


dad económica, social y política de Marruecos, desde los años ochenta y no-
venta del siglo XIX, venía marcada por graves problemas intestinos. El país
norteafricano, más que un Estado cohesionado institucionalmente, venía a
ser lo que Metternich había dicho en el Congreso de Viena, a propósito de la
Italia de 1815, “una expresión geográfica” y además, añadiríamos, compleja.
Un territorio en el que la orografía, la hidrografía y los demás elemen-
tos geofísicos determinaban una serie de espacios muy diferentes y, en mu-
chos casos, incomunicados. A esto se unía la diversidad étnica y el carácter
tribal sobre el que se asentaba el devenir simultáneamente centrífugo, hacia
los demás, y centrípeto, en su interior, que movía la vida de las cabilas, sobre
todo en la región del Atlas. El nexo común, el sentido de unidad radical, la
religión islámica no bastaba, en circunstancias normales, para alimentar un
proyecto político verdaderamente compartido (Vid. Pastor Garrigues: 2005).
La administración del Majzén era poco más que un artificio ineficien-
te y costoso cuyo mantenimiento resultaba casi imposible. Ortega la definía
como conjunto de todos los vicios sin mezcla alguna de virtud. Los impues-
tos, recaudados con no pocas irregularidades y abusos, resultaban insufi-
cientes y lo mismo ocurría con el resto de los ingresos públicos. La crisis de
la Hacienda pública llevó al país a la bancarrota y, ante la falta de recur-
sos, la capacidad de ejercer algún tipo de autoridad para asegurar el orden
interno y la independencia, frente a las aspiraciones e injerencias, se reve-
laba una quimera. En el Imperio de Marruecos, en la realidad cotidiana,
parecía no mandar nadie. Desde fuera, se veía como un castillo de naipes
que amenazaba desplomarse al menor soplo, dando paso a la anarquía más
completa (Vid. López García: 2007).
En los años que nos ocupan, el peligro de la quiebra institucional se vio
incrementado por la crisis económica y las hambrunas subsiguientes en va-
rias zonas del país. El fenómeno del bandolerismo y las taifas sometidas a su
antojo por los caudillos locales acabaron por generalizar un clima de inse-
guridad insostenible. Así pues, a principios del siglo XX, incapaz de impo-
ner el orden en su territorio y sometido a las crecientes presiones exteriores,
Marruecos se hallaba al borde de la más completa desintegración política.

4. La presión exterior: el imperialismo europeo

Tanto para Marruecos, como en cierta medida para España, a los pro-
blemas propios vinieron a sumarse los suscitados por las ambiciones impe-
rialistas de los principales estados europeos.

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La vertiente histórico-política

Desde los primeros compases del novecientos la “carrera por África”,


iniciada en la segunda mitad de los ochenta del siglo anterior, iba a rema-
tarse en el tablero de Marruecos. Francia, decidida a asegurarse el mayor
protagonismo posible en este escenario; el Reino Unido afianzado en Egip-
to y enfrascado en la guerra de los boers, tratando de someter el otro extre-
mo del continente, pero sin descuidar sus aspiraciones norteafricanas; Ale-
mania buscando ocupar un lugar acorde a su papel de gran potencia; Italia
constreñida a tratar de evitar su total desplazamiento en la orilla sur del
Mediterráneo más próximo; y España, con intereses estratégicos irrenun-
ciables, pero con evidentes limitaciones políticas, económicas y militares,
obligada a conjugar sus aspiraciones con los movimientos urdidos en París
y Londres, se enfrentaban en una partida difícil de jugar, sobre todo para
los alemanes, pero también para los gobernantes españoles.
Nuestro país veía con buenos ojos el statu quo anterior a la penetración
francesa, que vino a cambiar la situación. España se encontró inmersa en-
tonces, como decíamos, en un proceso, no deseado, cuyo devenir daría pie
a los episodios diplomáticos franco-españoles de 1901, 1902 y 1904, para
desembocar por último, con la aquiescencia británica, en la Conferencia
de Algeciras de 1906 y, en penúltimo término, en la de Cartagena un año
más tarde.
El Gobierno de Marruecos estuvo sometido durante este periodo, a una
presión cada vez mayor por parte de las potencias mencionadas, que fue
erosionando sus escasas posibilidades de mantener la independencia del
país. Por un lado se le exigía mayor eficacia, lo que incrementaba el coste
de un ejército poco operativo y de una policía incapaz; en caso contrario se
dejaba ver la sombra de la intervención europea.
El acuerdo alcanzado en Algeciras, en 1906, lejos de conseguir el orden
interior desató una mayor anarquía, con la consiguiente pérdida de presti-
gio del sultán, que se mostraba ante sus súbditos débil y claudicante a las
imposiciones extranjeras. Por si fuera poco, ya en 1907, las necesidades fi-
nancieras lo obligaron a aumentar la deuda externa hasta límites insopor-
tables.
El margen de maniobra del sultán era francamente reducido; si aca-
so llegar a nuevos compromisos con alguno de los países implicados que
parecieran menos peligrosos, por ejemplo España, para evitar una acción
conjunta desde el exterior. Por ese camino se llegaría al convenio hispano-
marroquí (16 de noviembre de 1910) que pretendía asegurar el equilibrio
al menos en la región más septentrional. No obstante, los franceses no tar-
daron en ocupar Fez y, en 1912, Muley Hafiz acabaría sometiéndose a las

Emilio de Diego García 68


La vertiente histórico-política

disposiciones de París que establecían el Protectorado de Francia, según el


tratado de Fez (30 de marzo de 1912). El Reino Unido, España y Alemania
no podían permanecer al margen. Finalmente la solución pactada por las
potencias involucradas en la zona, salvo por el II Reich que provocó el in-
cidente de Agadir (1911), fue el referido Tratado de Madrid (27 de noviem-
bre de 1912).
En el orden internacional la nueva alianza signada entre Francia y Es-
paña culminaba un profundo cambio en Marruecos, principalmente en
contra de los intereses alemanes, pero también para nuestro país. El comer-
cio germano, controlado principalmente por los hermanos Mannesman,
desarrollado al amparo del régimen de “puerta abierta” hasta entonces vi-
gente, se había aprovechado del esfuerzo militar de españoles y franceses,
para introducir sus productos en tierras marroquíes, sin coste alguno. Ade-
más había acaparado la mayor parte del comercio marroquí hacia Europa
(frutos, minerales y cereales), mediante los barcos de la compañía de Ol-
demburgo. Hasta el setenta por cien de la exportación marroquí se hacía
bajo bandera alemana en la etapa inmediatamente anterior a 1912. Pero tal
estado de cosas tocaba a su fin, sin que las maniobras del gobierno de Ber-
lín pudieran impedirlo.

5. ¿Cómo actuar?

En España, a pesar de la relativa falta de interés y la desorientación


apuntadas, pocas eran las voces absolutamente discordantes sobre la necesi-
dad de intervenir en Marruecos. De Costa a Labra pasando por la inmensa
mayoría de cuantos expresaron su pensamiento acerca de aquella cuestión,
las diferencias se cifraban en mayor medida en la forma en que debería ha-
cerse (Vid. Labra: 1914).
Entre las excepciones cabría citar al Unamuno de 1896. Escéptico y
desconfiado entonces sobre la labor civilizadora de las naciones europeas,
se declaraba opuesto a
irse por esas tierras de Dios a meter a pueblos muy extraños al nuestro, en espíri-
tu, ideas y doctrinas, que son aquí el producto refinado de largos siglos de cultu-
ra propia, es como empeñarse en que un potro llegue a ser un buen toro. Así no se
conseguirá que sea toro ni caballo bueno, sino un mal jamelgo, si es que resiste la
prueba (Unamuno: 1896).
Una sugerente teoría sobre la alianza de civilizaciones que a duras pe-
nas y, pese a su rechazo del colonialismo, asumía, de forma más o menos
explícita, la asimetría cultural. No obstante, como hemos indicado, don
Miguel cambiaría varias veces de opinión en torno a la cuestión marroquí.

Emilio de Diego García 69


La vertiente histórico-política

Joaquín Costa se había pronunciado mucho antes, en 1884, a favor de


un Magreb independiente, pero unido a España por el interés común, los
vínculos de vecindad y la historia. Tal proyecto no pasaba de ser la formu-
lación de una utopía, deseable aunque no posible a aquellas alturas y me-
nos dos décadas después. Pero en la medida en que hubiera sido realizable
exigía algún tipo de participación española, muy semejante a la del Protec-
torado, en el mejor sentido del término. El mismo don Joaquín abogaría
por la acción política, como instrumento posible, y rechazaba la guerra por
considerarla absurda.
Asimismo, la opinión de Ortega abundaba en clave “pacifista”, reivin-
dicando una política de pueblo a pueblo, no de gobierno a gobierno, si bien,
como sucedía con Unamuno, su pensamiento se modificaría ocasionalmente.
En 1911 consideraba que el tema de Marruecos debería ser competencia de
todos los ministerios del Gobierno español, menos del de la Guerra, y recha-
zaba que estuviera siendo completamente al revés (Ortega y Gasset: 2004).
A favor de la acción pacífica se pronunciaba también Labra. La políti-
ca española en Marruecos, a su entender, debía basarse en las reformas y el
estrechamiento de lazos culturales. En ningún caso podíamos abandonar
Marruecos, pero se mostraba refractario a la acción militar.
La defensa de una actuación principalmente económica y en menor
medida cultural, aparentemente más pragmática pero escasamente opera-
tiva, venía de la mano de los ya mencionados centros comerciales hispano-
marroquíes. Según estos, la acción de España tendría como meta el desa-
rrollo de nuestro comercio, de nuestras industrias y nuestro tráfico, para
aumentar de este modo la riqueza nacional. Así se obtendrían “los frutos
de los sacrificios a que viene obligada España en su zona de Marruecos, en
función de los tratados, y asegurar su independencia” (Labra: 1922).
En 1918 el partido reformista, cuya voz hemos escuchado en algún otro
punto, incluía en su programa el rechazo a la colonización en Marruecos,
cuyo saneamiento moral y económico habría de lograrse evitando el mili-
tarismo conquistador. El eje central de nuestra actuación sería la política
internacional y el empleo los recursos en obras públicas y desarrollo de la
justicia y la educación.
Otras propuestas de diferente signo apuntarían en la línea del esfuerzo
pacífico, cultural y económico. Sin embargo, cabría preguntarse, si las dis-
tintas opciones teóricas, más o menos eufónicas y bienintencionadas, eran
alternativas reales. ¿Sería posible acaso una penetración pacífica de carácter
económico o cultural, sin respaldo militar? La práctica dejaba en evidencia
cualquier teoría simplista.

Emilio de Diego García 70


La vertiente histórico-política

Los débiles intentos en el ámbito educativo habían fracasado, como


atestiguaban los magros resultados obtenidos. El interés de los marroquíes
y su actitud ante este ensayo de aculturación tampoco se compadecían con
el entusiasmo de sus impulsores. Por su lado, las empresas españolas re-
lacionadas con el comercio marroquí, antes de 1912, como la Compañía
Valenciana de Navegación, la Casa Rius y Torres, la Sociedad Ibarra, la
Compañía Vascoandaluza, etc., o alguna otra interesada en la estrategia a
desplegar, como la Compañía Trasatlántica, demostraron una escasa capa-
cidad para el pretendido desarrollo de la economía del Marruecos “espa-
ñol”. Tampoco demostrarían suficiente empuje las compañías mineras y
constructoras, creadas al amparo de las nuevas condiciones generadas por
los acuerdos internacionales de 1904, 1906 y 1907.
En última instancia la cuestión se resumía en el siguiente dilema: ¿acep-
taban o rechazaban los marroquíes del Rif, Yebala y Gomara el protectorado
pacífico de España? La respuesta sería la clave y esta no dejaría lugar a dudas.
El ejercicio del “Protectorado” pasaba por el mantenimiento de las formas de
gobierno autóctonas, así como el respeto a las instituciones tradicionales y a
la idiosincrasia cultural de Marruecos. Pero una parte importante de la po-
blación bereber no estaba dispuesta a tolerar la protección de los europeos.
Años más tarde, y tras mucha sangre derramada, Abd-el-Krim escribía:
Los españoles creen que Europa les ha confiado la misión de reformar y civi-
lizar el Rif. Pero los rifeños se preguntan ¿acaso la reforma consiste en destruir las
casas utilizando armas prohibidas, consiste en inmiscuirse en la religión ajena o en
usurpar sus derechos? ¿o no es más que una palabra para designar la anexión de la
tierra de los demás so capa de protección?... El Rif no se opone a la civilización mo-
derna; tampoco se opone a los proyectos de reforma ni a los intercambios comercia-
les con Europa (Abd-el-Krim: 1922).
Al margen del carácter autojustificativo de ese texto y del hecho de que
la propia consideración de un Rif independiente arrancaba ya de la ruptura,
en primer lugar de Marruecos, la declaración propagandística de que no se
oponía a la civilización moderna ni a los proyectos de reforma ni a los inter-
cambios comerciales con Europa no pasaba de ser un enunciado tan vago,
al menos, salvo los negocios que pudieran interesar al líder rifeño, como los
peores discursos en defensa de las bondades del Protectorado.
La labor dirigida a mejorar las condiciones de vida de los marroquíes
debería tener en cuenta esta realidad. Se trataba de abordar un empeño
costoso y difícil, sin duda; más aún cuando, como hemos visto, se sabía tan
poco de aquel territorio de unos 20.000 km² y de la mayoría de sus habitan-
tes, cuyo número se cifraba, sin el menor rigor, entre 600.000 y 1.000.000, y
se disponía de tan escasos recursos para llevarlo a cabo.

Emilio de Diego García 71


La vertiente histórico-política

La actuación española, a la vista de las circunstancias que hemos apun-


tado y de las múltiples carencias que hubo de arrostrar, no podía dejar de
sustentarse en el esfuerzo militar. No otra cosa hizo Francia en su ámbi-
to de responsabilidad. Cabría cuestionarse, eso sí, la eficacia con la que se
operó en algunos casos, pero sin olvidar nunca los medios disponibles y el
ambiente psicosocial imperante.

A manera de conclusión

Según el historiador tetuaní Ben Azzuz, la historia del Protectorado de


España en Marruecos ha sido hecha por algunos demasiado a la ligera; a
base de repetir simplismos y maximalismos insignificantes y vacuos, sin te-
ner en cuenta la situación marroquí, la española y la internacional, en los
diversos aspectos que enmarcaron dicho proceso. A señalar los más relevan-
tes hemos dedicado estas páginas.
Otros autores se dedican a la descalificación total, desde prejuicios ma-
niqueos que ya Ortega criticaba en su día. Por ejemplo cuando, a propósi-
to de la intervención española en tierras marroquíes, se burlaba de quienes
reducían su argumentación a expresiones como esta:
Las minorías, dueñas del capital y de la gobernación, impiden que se mani-
fiesten los sentimientos populares y movidas por un apetito imperialista, imponen
la continuación de la campaña de Marruecos. He aquí una buena idea para un mi-
tin, es decir para un lugar donde se va a dar grandes voces y a pensar con la laringe
(Ortega y Gasset: 1915).

Semejante esfuerzo “laringológico”, despreciando e ignorando los va-


lores e intereses, materiales y espirituales del contexto, se ha mantenido
durante demasiado tiempo. Los discursos denunciadores del imperialismo
apoyados en la idealización de un mundo “russonianamente” bueno, por
naturaleza, y la “perversión” de las potencias cuyo fin era la “explotación”
de aquellos “paradisíacos lugares”, aportan poco a la comprensión de lo
sucedido, en cuanto se supera el límite de la ideología y el maniqueísmo.
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Emilio de Diego García 74


El papel del Rif en el Protectorado: entre la
colaboración y la resistencia

María Rosa de Madariaga Álvarez-Prida

1. “Moros pensionados” y confidentes

¿Qué entendemos por Rif? Para algunos el término sería el equivalente


a toda la zona del Protectorado español en Marruecos, es decir, la franja
septentrional que se extiende desde el Atlántico, al oeste, al río Muluya,
al este, o sea, la franja que comprendía también la regiones de Gomara y
Yebala. Sin embargo, propiamente hablando, estas ya no forman parte del
Rif. Aquí vamos a referirnos exclusivamente a la región que se extiende
desde el este de Gomara hasta la frontera con Argelia, con especial hincapié
en el Rif central, en las cabilas situadas frente al peñón de Vélez de la
Gomera y el peñón de Alhucemas, sobre todo estas últimas, con referencia,
no obstante, al Rif oriental y a cabilas como la de Beni Said, puerta al Rif
central. Fue en ese Rif central, considerado el foco de todo las “rebeldías”
y resistencias a la penetración extranjera, donde también se dieron, según
las épocas y las circunstancias, importantes casos de colaboración con la
administración colonial española.
El 23 de julio de 1508, el capitán Pedro Navarro, aventurero al servicio
de los Reyes Católicos, ocupaba el peñón de Vélez de la Gomera (Badis), que,
aunque recuperado el 20 de diciembre de 1522 por los marroquíes, sería re-

María Rosa de Madariaga Álvarez-Prida 75


La vertiente histórico-política

conquistado por García de Toledo en 1564. Algo más de un siglo después,


el 28 de agosto de 1673, una pequeña escuadra española bajo el mando del
príncipe de Montesacro se apoderaba del islote de Nekor, que los ocupantes
llamarían peñón de Alhucemas. El pretexto para ambas ocupaciones era que
allí encontraban refugio y albergue los corsarios que en sus correrías ataca-
ban las naves de las naciones cristianas. Tanto el peñón de Vélez como el de
Alhucemas sufrirían continuos ataques de las cabilas costeras en sus inten-
tos por recuperarlos. Aunque las guarniciones de los dos peñones y los habi-
tantes de la costa se observaban con desconfianza y recelo y se atacaban con
frecuencia, no por ello dejaron de mantener activos intercambios, no solo
humanos, sino también comerciales. Cuando las relaciones eran buenas, los
habitantes “del campo”, como se les llamaba, surtían a los de los dos peño-
nes los productos alimentarios que necesitaban, fundamentalmente hortali-
zas, huevos y gallinas, y se exportaban también a los dos peñones pieles, cera
virgen, almendras y pasas, mientras que recibían de Melilla o de la Penínsu-
la aceite, bujías, arroz, tabaco, té, azúcar y tejidos. Cuando los jefes de linaje
de una fracción de cabila adoptaban en una asamblea la prohibición de co-
merciar con los peñones, ningún cabileño se atrevía a trasladarse allí de día,
pero trataría de hacerlo de noche burlando la vigilancia de los que se opo-
nían a ese comercio. Los incidentes entre los que querían comerciar con los
dos peñones y los hostiles al trato con los cristianos se daban con frecuencia.
Eran sobre todo los cabileños de las fracciones de la montaña de la cabila de
Beni Urriaguel los que se oponían al comercio con los cristianos y hostiliza-
ban a los de la cabila de Bocoya cuando sus lanchas se dirigían a la plaza de
Alhucemas con víveres, llegando incluso algunos de los proyectiles que lan-
zaban a alcanzar a la población, lo que llevaba al gobernador de la plaza a
efectuar disparos de cañón para que cesara el fuego. Los cabileños de Beni
Urriaguel, frente a las protestas por estos repetidos ataques, se disculpaban
siempre diciendo que eran los cabileños de la montaña los que, cuando baja-
ban a la costa, abrían fuego contra los botes de los bocoya. Sucedía, en efec-
to, que las fracciones de Beni Urriaguel de la costa, más acostumbradas al
trato con los vecinos de enfrente y partidarios de intercambiar productos con
ellos, sufrían frecuentes ataques de sus contríbulos de la montaña, enemi-
gos acérrimos de toda relación con los europeos (Madariaga: 2009, 44-45).
Muchos de los incidentes de las guarniciones de los dos peñones con la
costa se producían en el mar cuando las salidas a pescar ofrecían la mejor
ocasión para lanzar ataques. Así, era frecuente que las lanchas pescadoras
que salían del peñón de Alhucemas fueran apresadas por cárabos, peque-
ñas embarcaciones de remo y vela, utilizadas por los habitantes de la costa

María Rosa de Madariaga Álvarez-Prida 76


La vertiente histórico-política

con el objeto de hacer cautivos por los que pedían luego un rescate. Los in-
cidentes, que podían llegar a ser graves, con presas de cautivos o de rehenes,
eran relativamente frecuentes y originaban protestas y reclamaciones de las
autoridades españolas al sultán para que castigara a sus súbditos de las ca-
bilas de Beni Urriaguel y Bocoya, vecinos del peñón de Alhucemas y del de
Vélez. Excelentes marinos, los bocoyas eran los que tenían sobre todo fama
de piratas y contrabandistas. Tanto ellos como los de Beni Urriaguel, ade-
más de estas actividades de las que se les acusaba, sobre todo a los de Boco-
ya, llegaban hasta las costas españolas para comerciar. Aunque confundi-
do a veces con el contrabando, el comercio con Málaga y con Gibraltar era
particularmente activo (Madariaga: 2009, 45).
Pero, contrariamente a lo que pudiera pensarse, los contrabandistas no
eran únicamente cabileños de Bocoya o de Beni Urriaguel, sino europeos, en-
tre los que figuraban mayoritariamente los españoles, cuya “mala fe insigne,
la codicia y la carencia de sentido moral” igualaban y superaban “a la barba-
rie de los rifeños”, en palabras del cónsul de España en Tánger, en un despa-
cho del 13 de abril de 1896, quien lamentaba que los gobiernos de los países
europeos tuvieran que dirigir al sultán enérgicas reclamaciones en defensa
muchas veces de “algunos desalmados que deshonraban a la civilización tras
de la cual se amparan” (Madariaga: 2009, 45). En los años noventa del si-
glo XIX era sobre todo la prensa tangerina la que excitaba a la opinión sobre
las piraterías de los rifeños. Era muy cierto que no había buque extranjero
que pudiera aproximarse a la costa rifeña sin ser atacado y saqueado, aunque,
si se remontaba a las causas que habían originado esos ataques, el mencio-
nado cónsul advertía que se trataba de represalias por parte de los naturales
que, habiéndose visto en múltiples ocasiones engañados y estafados por algu-
nos desaprensivos sin conciencia, se vengaban agrediendo no solo a faluchos
contrabandistas de cuyas tripulaciones habían sido en uno u otro tiempo víc-
timas, sino también a muchos inocentes cuyos barcos habían sido lanzados a
aquellas costas por la fuerza de los vientos (Madariaga: 2009, 46-47).
Desde el último cuarto del siglo XIX, hacía dos siglos que los habitan-
tes del poblado de Axdir y los españoles de la fortaleza roquera de Alhuce-
mas eran vecinos que se observaban a diario. Tan solo ochocientos metros
separaban el islote de la costa; y los del peñón de Alhucemas podían ver a
los de Axdir dedicados a sus quehaceres cotidianos, lo mismo que estos úl-
timos podían ver a los del peñón, dedicados a los suyos. Cada vez eran más
numerosos los habitantes de Axdir que visitaban el peñón de Alhucemas y
que, venciendo los prejuicios ancestrales hacia el “cristiano”, se habían pau-
latinamente acostumbrado al trato con los ocupantes.

María Rosa de Madariaga Álvarez-Prida 77


La vertiente histórico-política

Para evitar enfrentamientos y favorecer los intercambios comerciales, las


autoridades españolas de ambas plazas pensaron en recurrir a lo que sin
ambages llamaban “compra de voluntades”, que no era otra cosa que lo que
más lisa y llanamente conocemos como “soborno”, designado eufemística-
mente “asignación de pensiones” a los “moros adictos”. Fue así como surgió
la figura del “moro pensionado”, inseparable de la acción colonial de España
en Marruecos. Este método, instaurado ya desde antes de la firma del Pro-
tectorado de 1912 permitió la creación de una red de cientos de jefes y nota-
bles de distintos niveles que percibían mensualmente un sueldo de España.
El promotor del “sistema de confidencias” para vencer al enemigo se
basaba en los Estudios del Arte Militar, de Martín García y Gómez Jorda-
na, a los que hace referencia, en unas notas sueltas inéditas, el interven-
tor militar Manuel del Nido. Según dichos Estudios, el buen resultado del
espionaje dependía ante todo “de la buena conducta que se observase con
los espías adictos”. Para ello, lo primero era asegurarse de su fidelidad y
capacidad, a cuyo fin se les encargaría de datos que no fueran conocidos
con exactitud, circunstancia que, como era natural, se les ocultaba, y los
informes que suministraran servirían para juzgarlos; no tendrían sueldo
fijo y se encomendaría a otro la misma misión para comprobar su lealtad
(AGA: Caja 81/199).
El “confidente o espía adicto” no tenía forzosamente que ser un jefe o
un notable, sino sencillamente un personaje, cuya situación le permitía es-
tar bien informado de lo que sucedía en su aduar, en su fracción o incluso
en su cabila y estar dispuesto a comunicárselo a la autoridad española con
quien hubiese establecido una especie de acuerdo tácito de colaboración. No
percibía sueldo fijo, sino que cobraba por información suministrada; y, para
asegurarse de que no se inventaba su “confidencia”, se contrastaba esta con
la de otro a quien se encomendaba la misma misión para comprobar la vera-
cidad de su información. Junto a estos, los “pensionados”, personajes de más
relevancia, constituían una pieza fundamental en la política de Gómez Jor-
dana de implantación de la presencia española en la región, recurriendo lo
menos posible a las armas. En las cabilas situadas frente al peñón de Vélez
de la Gomera, el número total de jefes o notables que percibían pensiones
ascendía a sesenta y dos, de los cuales treinta y seis pertenecían a Bocoya.
Junto a las cabilas que formaban parte de la “esfera de influencia” del peñón
de Vélez, había las que entraban en la “esfera de influencia” del peñón de
Alhucemas, cuyo número ascendía en una relación del 12 de julio de 1913 a
ciento cuarenta y tres, todos de Beni Urriaguel, excepto uno de Beni Tuzin y
otro de Bocoya, cuyos sueldos iban desde treinta pesetas el más bajo a ciento

María Rosa de Madariaga Álvarez-Prida 78


La vertiente histórico-política

setenta y cinco el más alto, con sueldos intermedios de cuarenta, cuarenta y


cinco, cincuenta y sesenta pesetas (Madariaga: 2009, 98).
Entre los jefes importantes de Beni Urriaguel que cobraban un sueldo
de las autoridades españolas figuraban Abd el-Krim el Jatabi, padre del que
luego sería líder de la resistencia rifeña, y otros jefes de Axdir, como el Hach
Mohamed Cheddi (Chindi para los españoles), que cobraba ciento cincuen-
ta, y otro de los miembros importantes del llamado “partido español” de Ax-
dir, que cobraba cien pesetas, es decir, menos que los dos anteriores. A al-
gunos de los “colaboradores” de las autoridades españolas se les concedían
además gratificaciones por haber tenido que refugiarse en el peñón de Al-
hucemas para sustraerse a los ataques de sus contríbulos. Un notable de Ax-
dir que, encima de tener un buen sueldo, recibía frecuentemente generosas
gratificaciones era el jerife Sidi Ahmed Ben Mesaud Boryila, quien, además
de las doscientas pesetas que tenía asignadas, había recibido de gratificación
cinco mil y le habían ofrecido otras dos mil (Madariaga: 2009, 98-99).
En una relación de la Oficina de Asuntos Indígenas de Alhucemas, el
número de los que percibían pensiones ascendía a ciento cincuenta y siete,
pertenecientes a las cabilas de Beni Urriaguel, Bocoya, Temsaman y Beni
Tuzin. Los más numerosos eran los de Beni Urriaguel, cuyo número ascen-
día a ciento treinta y ocho; y, de estos, los del poblado de Axdir, que eran
noventa y tres. En lo que respecta a las demás cabilas, el número de los bo-
coyas que cobraban ascendía a doce; de Temsaman, solo dos; de la fracción
de Tugrut, lindante con Beni Urriaguel, y de Beni Tuzin, cinco, todos ellos
de la fracción de Beni Akki. La cantidad total que se les asignaba ascendía
a diez mil seiscientas cincuenta y cinco pesetas, aunque las sumas que reci-
bían no eran, naturalmente, las mismas para todos (Madariaga: 2009, 100).
En Axdir eran cuatro las “familias” que controlaban el poder: la del
alfaquí Abd el-Krim, la del Hach Mohamed Cheddi, la de Moh Abocoy y
la de Sidi Bucar. Cada una de estas familias estaba constituida por varias
personas, no necesariamente parientes; y, aunque lo fueran, el término “fa-
milia” significaba en este caso un conjunto de personas que seguían a un
mismo jefe, lo que equivalía a “partido” o “facción”. En las listas de cada
una de las cuatro “familias” figuran los nombres de sus miembros, con in-
dicación del sueldo que cobraban. Los que formaban parte de la “familia”
de Abd el-Krim padre eran, en una de estas listas, veinticuatro, incluido
el propio Abd el-Krim, ascendiendo la suma total que cobraban a dos mil
treinta y cinco pesetas al mes. La “familia” de Moh Abocoy era la más nu-
merosa por el número de sus miembros, que eran treinta y siete, aunque el
total de la cantidad percibida, que ascendía a mil novecientas treinta pese-

María Rosa de Madariaga Álvarez-Prida 79


La vertiente histórico-política

tas al mes, era inferior a la asignada a la “familia” de Abd el-Krim. De la


otra “familia” que controlaba el poder, la del Hach Mohamed Cheddi, for-
maban parte diecinueve personas, incluido el jefe, ascendiendo la suma to-
tal que cobraban a mil setenta pesetas. La familia de Sidi Bucar era la me-
nos importante, tanto por el número de miembros, que ascendían a nueve,
como por el total de la suma asignada que era de quinientas pesetas. El to-
tal de las pensiones a las cuatro “familias” ascendía a cinco mil quinientas
cincuenta pesetas (Madariaga: 2009, 101-102).
Las relaciones sobre pensiones a “moros adictos” son muy numerosas.
Hay que advertir que las listas cambian a veces, y así vemos que ciertos
nombres que figuraban en una lista desaparecen de otra, en general por fa-
llecimiento del “pensionado” o porque, a juicio de las autoridades españo-
las, este no cumplía con las obligaciones que se le habían asignado, apare-
ciendo entonces nuevos nombres, al tiempo que se producían cambios en las
sumas adjudicadas. En cuanto a las personas que formaban parte de estas
“familias”, entre 1913 y 1914 hubo también cambios importantes cuando va-
rias personas pertenecientes al partido o leff de Cheddi lo abandonaron para
unirse al de Abd el-Krim padre, lo mismo que otros pertenecientes a la “fa-
milia” de Moh Abocoy como Mohamed Azerkan, que sería años más tarde
uno de los colaboradores más próximos de Abd el-Krim como ministro de
Asuntos Exteriores de la “República del Rif”, además de ser su cuñado al es-
tar casado con Rahma, hermana del jefe rifeño (Madariaga: 2009, 102-103).
La “familia” de Abd el-Krim iba cobrando una preponderancia cada vez
mayor en relación con las otras tres familias de Axdir, lo que no podía dejar de
originar tensiones y desavenencias que podían trastornar la buena inteligen-
cia que las autoridades españolas deseaban que imperase entre los miembros
del “partido español”. La rivalidad era fundamentalmente entre Abd el-Krim
padre y Cheddi, quien arrastraba a las otras dos “familias”, la de Moh Abocoy
y la de Sidi Bucar, contra la “familia” del Jatabi. Aunque las autoridades del
peñón de Alhucemas deberían mantenerse neutrales en las rencillas entre las
cuatro “familias” de Axdir, el comandante militar del islote daba crédito a lo
que le contaban Cheddi, Moh Abocoy y Sidi Bucar, que era siempre en benefi-
cio de ellos. Al comandante general de Melilla no se escapaba esta situación de
enfrentamiento, que lamentaba; pero, al no ser posible constituir un solo par-
tido con los cabileños que acaudillaban Cheddi y Abd el-Krim padre, lo im-
portante era que ambos fuesen “afectos” a la causa de España y se sometieran
a las órdenes de las autoridades de Alhucemas y de Melilla.
La Primera Guerra Mundial y el apoyo de Abd el-Krim padre a la causa
germano-turca, que no estaba bien visto por los rifeños, ocasionaría igual-

María Rosa de Madariaga Álvarez-Prida 80


La vertiente histórico-política

mente tensiones. Para la mayoría de las gentes de su cabila, Abd el-Krim pa-
dre seguía siendo un “amigo de España”, mientras que los que lo acusaban
de progermánico, por apoyar a los que combatían a Francia, terminarían
reaccionando contra él, ya que para los resistentes rifeños todos los “cristia-
nos” (europeos) eran enemigos por igual, y, por ello, los alemanes lo eran en
la misma medida que los españoles y los franceses (Madariaga: 2009, 174).
Las autoridades españolas consideraban, por su parte, que la nueva situación
creada en el Rif exigía una reorganización del “partido español”, con sus
dos componentes principales: el grupo de Boryila, que había remplazado a
Cheddi al frente del “partido español”, y el grupo liderado por Abd el-Krim
padre. El asesinato a principios de marzo de 1917 de Abd es-Selam, hijo de
Ahmed Boryila, generó tensión en la cabila de Beni Urriaguel, al tratarse de
un aviso de los resistentes rifeños a los “colaboracionistas”. Aunque las repre-
salias contra estos últimos podían llegar a la eliminación física, los peligros
que solían cernerse sobre ellos eran el incendio de sus casas y el saqueo de
sus bienes, sin olvidar el pago de fuertes multas (Madariaga: 2009, 174-175).
Tras el asesinato de su hijo Abd es-Selam en 1917, el jerife Ahmed
Boryila ya no levantó más cabeza y sería Abd el-Krim padre quien pasa-
ría a ser el jefe del “partido español” en Axdir. Después de pasar once meses
encarcelado, de septiembre de 1915 a agosto de 1916, en el fuerte de Cabre-
rizas Altas de Melilla —supuestamente por sus simpatías progermánicas,
pero en realidad por las ideas que empezaban ya abrirse en su ánimo sobre
la independencia del Rif y la determinación de oponerse a la ocupación del
territorio por España—, Abd el-Krim hijo era repuesto en sus funciones de
cadí en mayo de 1917. Tanto el padre como el hijo volvían a trabajar para
España tras el intermedio de alejamiento durante la Primera Guerra Mun-
dial. No obstante, este retorno al “redil” solo duraría hasta finales de 1918,
cuando Abd el-Krim tomó la importante decisión de abandonar Melilla y
regresar a su cabila, no con la intención de “trabajar en contra de España”,
sino de descansar y dedicarse a sus asuntos privados. Su hermano pequeño
M’hamed, que preparaba el ingreso en la Escuela Superior de Ingenieros de
Minas de Madrid, becado por el Gobierno español, regresaba también a Ax-
dir en enero de 1919. La intención del padre era que, una vez que sus dos hi-
jos estuvieran con él en plena seguridad en Axdir, ya no los dejaría marchar-
se. El pretexto que dio Abd el-Krim padre a los españoles para no dejarlos
volver eran las amenazas que decía haber recibido de algunas fracciones de
su cabila si se reincorporaban a sus puestos. Podríamos calificar esta etapa
de “distanciamiento” de España sin ruptura. Esta actitud “neutral” duraría
aún unos dos meses hasta finales de febrero de 1920, en que Abd el-Krim

María Rosa de Madariaga Álvarez-Prida 81


La vertiente histórico-política

y su tío Abd es-Selam, hermano de su padre, salieron de Axdir para unir-


se a la harca que combatía a los españoles (Madariaga: 2009, 193). Aban-
donando el campo de la colaboración, la familia de Abd el-Krim se unía al
movimiento de resistencia. Todavía pasaría más de un año antes de que la
resistencia rifeña infligiera al ejército español su primer gran revés. Fue el
primero de junio 1921 en Dar Abarran. Luego, sería Igueriben y Annual en
julio del mismo año. En pocos días todas las posiciones españolas hasta las
puertas de Melilla se habían derrumbado como un castillo de naipes. Y Abd
el-Krim aparecía cada vez más como jefe indiscutible de la resistencia rifeña.

2. De colaboradores a resistentes

Los triunfos alcanzados por la resistencia en tan breve espacio de tiem-


po trastocaron totalmente la situación. La mayoría de aquellos “moros pen-
sionados” que se unieron a la resistencia lo hicieron de mala gana, porque
era mucho más cómodo recibir regularmente una lluvia de pesetas a cam-
bio de confidencias, no siempre veraces, sobre la situación en las cabilas, y
propiciar la presencia de España en el territorio, que los hipotéticos bene-
ficios de un Rif gobernado por los rifeños, de futuro incierto. Pero no tu-
vieron más remedio que seguir la corriente, para no quedar aislados o ser
incluso objeto de represalias por parte de los resistentes más radicales. Así,
”pensionados” veteranos como Cheddi o Boryila se unirían al movimien-
to de resistencia rifeño más por conveniencia que por convicción, mientras
que otros “pensionados”, asimismo de larga trayectoria, se incorporaron
también a la resistencia rifeña, movidos por la aspiración a un Rif inde-
pendiente sin ocupación extranjera. Mohamed Azerkan, cuñado de Abd
el-Krim, por estar casado con una hermana de este, y los Budra, uno de los
cuales, Mohamed, estaba casado con otra hermana de Abd el-Krim, son
ejemplos de los que siguieron al jefe rifeño porque compartían sus ideas y,
también hasta el final, compartieron su suerte.
Las motivaciones de los colaboradores para unirse al movimiento de
resistencia encabezado por Abd el-Krim eran varias. Es muy cierto que,
dadas las circunstancias, el no tener otra opción fue para algunos un ele-
mento determinante. Los cambios de actitud, las volteretas eran sintomáti-
cas de una situación inestable, que podía alterarse de la noche a la maña-
na. En las circunstancias del Rif de aquella época, el hecho de no estar con
los que mandaban podía ser causa de graves contratiempos y desgracias. Si
los “pensionados” habían sido tradicionalmente víctimas de numerosas re-
presalias por parte de los resistentes más radicales —aquellos a los que las

María Rosa de Madariaga Álvarez-Prida 82


La vertiente histórico-política

autoridades españolas designaban los “fanáticos” o “recalcitrantes”, de las


fracciones de Beni Urriaguel de la montaña—, después de la instauración
del gobierno de Abd el-Krim en el territorio que controlaba, toda sospecha
de colaboración con España que recayera sobre los antiguos “pensionados”
podía llevar a la confiscación de sus bienes y a que dieran con sus huesos en
la cárcel. Eran tiempos de guerra y la colaboración con el enemigo consti-
tuía ni más ni menos un acto de “traición”.
Aunque aquí vamos a referirnos sobre todo al Rif central como núcleo
principal de la resistencia rifeña en los años veinte del siglo pasado, diremos
unas palabras sobre la situación en el Rif oriental, donde, después de venci-
do el movimiento de resistencia de las cabilas en 1909 en contra de la insta-
lación de las industrias mineras y la explotación de las riquezas del país por
extranjeros, y el rebrote de la resistencia, encabezada por el jerife Amezian
en los años de 1911-1912, que terminaría con la muerte del jerife el 15 de
mayo de 1912, el territorio quedó bajo el control del ejército español, con
todo lo que ello implica. La mayoría de los jefes de la región (distintas frac-
ciones de las tribus de Guelaya y de otras cabilas situadas en los territorios
sometidos como Kebdana, Ulad Settut y Beni Bu Yahi) pasarían a ser acti-
vos colaboradores de las autoridades españolas, a quienes debían su nombra-
miento, amén de prebendas y privilegios. Después del desastre de Annual en
julio de 1921 y el subsiguiente derrumbamiento de todas las posiciones de la
región hasta las puertas de Melilla, la actitud de la mayoría de los jefes del
Rif oriental fue la de sumarse al movimiento de Abd el-Krim, es decir, cam-
biar de campo, como la cosa más natural del mundo, justificando su actitud
con el argumento de que no les había quedado más remedio que someter-
se a la ocupación española; aunque, naturalmente, ellos compartían plena-
mente las ideas de Abd el-Krim y acogían, por ello, con regocijo el “nuevo
orden”, instaurado por el jefe rifeño. La verdad es que se encontraron meti-
dos en una situación difícil y espinosa. Por el hecho de mantener estrechos
vínculos con las autoridades españolas no eran bien vistos por las gentes de
su cabila, que buscaban frecuentemente ocasiones de ejercer represalia con-
tra ellos, causándoles daño no solo en sus bienes, sino en sus personas, mien-
tras que su adhesión a la causa rifeña, encabezada por Abd el-Krim, les trae-
ría sin duda perjuicios tan pronto como los españoles volvieran a controlar
el territorio. De estos jefes o notables, la mayoría de los que se pasaron a la
resistencia lo hicieron para evitar represalias, aunque no faltaron los que in-
tentaron “jugar con dos barajas” o “nadar y guardar la ropa” (Madariaga:
2009, 212). Muchos de estos jefes o notables, colaboradores de los españoles,
tenían parientes en el campo adverso, a los que las autoridades españolas re-

María Rosa de Madariaga Álvarez-Prida 83


La vertiente histórico-política

currían con frecuencia como intermediarios entre ellos y los resistentes, lo


que no dejaba de suscitar dudas sobre su “lealtad” a España. Aunque ofi-
cialmente siguieran siendo “moros adictos”, había sospechas de que muchos
de ellos estaban en connivencia con el enemigo, en general porque no tenían
más remedio para salvar sus bienes, cuando no ya el pellejo. En aquella gue-
rra las familias podían estar divididas y encontrarse en campos contrarios:
unos junto al ocupante y otros junto a la resistencia. Aunque lo normal era
que los que colaboraban con España mantuvieran estrechos contactos con
los parientes que luchaban en el campo rifeño y estos, a su vez, con aquellos,
los contactos entre ellos, aunque no fueran más que estrictamente familia-
res, podían dar lugar a situaciones ambiguas. Un ejemplo de estas fue el de
Si Mohamed Asmani, apodado el Gato, uno de los colaboradores más fieles
y adictos a la causa española, sobre quien parecía inimaginable que pesara
la más leve sospecha, aunque tenía parientes en el lado rifeño. El Gato, rico
comerciante de Melilla oriundo de Farhana, fracción de la vecina cabila de
Mazuza, fue objeto de grandes acusaciones de connivencia con el enemigo,
pese a ser el más eximio representante del “moro español”, perfectamente
integrado en la sociedad melillense, en la que mantenía excelentes relacio-
nes no solo con la comunidad musulmana, sino también con la cristiana y
la israelita. Una de las pruebas contra Asmani era que los resistentes rifeños
le habían respetado sus bienes y propiedades, cosa que no había sucedido
con otros “moros adictos”. También se le acusaba, entre otras cosas, de man-
dar cartas de apoyo al jefe de la harca rifeña en el territorio, de enviar dinero
para la compra de municiones y de informar sobre los lugares de Melilla a
los que debía dirigir sus tiros de artillería para causar más daño.
Perjudicó a Asmani el que el jefe de la harca rifeña que atacaba Meli-
lla fuera un primo hermano suyo, de su misma yema’a. El soplo de que era
un buen confidente de Abd el-Krim y lo ponía al corriente de lo que suce-
día en Melilla llegó a oídos del general Navarro, prisionero de Abd el-Krim
después del desastre de Annual, quien se las arregló para hacer llegar la
noticia al alto comisario, general Dámaso Berenguer, quien decretó su en-
carcelamiento, así como el de toda su familia. La reclusión del Gato en las
islas Chafarinas duró de septiembre de 1921 a octubre de 1922, en el que el
nuevo alto comisario general Burguete lo puso en libertad. El Gato volvía
a recuperar el aprecio y la consideración de que gozaba con las autoridades
españolas, quienes eran perfectamente conscientes de que las conveniencias
políticas aconsejaban pasar página y volver a contar con su valiosa colabo-
ración (Madariaga: 2009, 217). El caso del Gato no era el único, por lo que
lo mejor sería adoptar una actitud pragmática y tener manga ancha. Dada

María Rosa de Madariaga Álvarez-Prida 84


La vertiente histórico-política

las circunstancias, era más conveniente contemporizar con los dispuestos a


volver al redil. Si con los “irreductibles” se practicó una política de guerra
sin cuartel, a los “arrepentidos” se les otorgaba el perdón y se les volvía a
reponer en sus cargos. Se trataba en general de jefes o de notables con pre-
dicamento en su cabila, a los que no era siempre fácil encontrar un sustitu-
to. Por ello, pese a sus defectos, flaquezas, veleidades, dobleces o “deslealta-
des”, se les aceptaba porque no había demasiado donde elegir. Eso sí, había
que tenerlos bien vigilados y controlados.
Dentro de la amplia gama de casos de caídes que cambiaron de chaque-
ta los hubo que cayeron definitivamente en desgracia sin volver nunca a recu-
perar el favor de las autoridades del Protectorado. De estos el caso quizás más
representativo fue el de Kaddur Na’amar, uno de los jefes más prestigiosos de
Beni Said, cabila limítrofe de Guelaya, al otro lado del río Kert, que constituía
la puerta del Rif central. En las listas del 31 de octubre de 1914 de la Oficina
Central de Asuntos Indígenas de la Comandancia General de Melilla, figu-
raba como uno de los jefes más distinguidos de su cabila que había estable-
cido contacto con esa comandancia, aunque era de los que todavía no se ha-
bía “presentado” a las autoridades españolas, lo que marcaba la línea divisoria
entre los que estaban dispuestos a prestar su apoyo a la ocupación del territo-
rio por España y los que no estaban por la labor. A este último grupo perte-
necía Kaddur Na’amar, quien había establecido contacto con dicha oficina,
pero manteniendo sus distancias. Cauto, esperaba a ver cómo evolucionarían
los acontecimientos antes de tomar una decisión. La cabila de Beni Said era
clave para el avance de las tropas hacia el Rif central. Era también el principal
obstáculo por hallarse en ella situado el Monte Mauro, inexpugnable fortaleza
natural, en la que estacionaba en permanencia una harca. La sumisión de esta
cabila no se produciría hasta diciembre de 1920. El día 7 de dicho mes, Kad-
dur Na’amar presentaba por fin la sumisión de su fracción, la de Uld Abd-Ed-
Daim, y el día 9 seguiría la de las cuatro fracciones restantes.
Hasta el desastre de Annual, la actitud de Kaddur Na’amar parecía ins-
pirar entera confianza. Sentía, al parecer, según cuentan, especial afecto
por el general Fernández Silvestre, a quien solía dar buenos consejos sobre
cómo actuar en determinadas ocasiones difíciles. Había estado con una har-
ca amiga en Annual, donde permaneció junto al general, al que había acon-
sejado que no se retirara. “Tribu abandonada, tribu sublevada”, le habría
dicho. Eso fue lo que efectivamente ocurrió en su propia cabila, después de
que las tropas españolas se hubieran retirado. Cuando a Kaddur Na’amar se
le preguntó si su cabila seguiría “fiel a España”, respondió que así sería si el
Gobierno español enviaba fuerzas suficientes para resistir el empuje de las

María Rosa de Madariaga Álvarez-Prida 85


La vertiente histórico-política

“cabilas levantadas”, pero que, de no enviar más, lo mejor que podían ha-
cer los españoles era marcharse, ya que “él tenía que sublevarse con su ca-
bila, caso de venir la harca”. Estas palabras de Kaddur Na’amar son harto
reveladoras de la situación imperante en el Rif en aquellas circunstancias
y de la obligación de todo jefe que se respetase de seguir lo que la mayoría
de la cabila determinase, si no quería verse marginado y repudiado. Y ante
la incapacidad de las fuerzas españolas de contener aquella riada, Kaddur
Na’amar terminaría sublevándose con su cabila. De cualquier modo, Kad-
dur Na’amar intentó que la entrega de las posiciones situadas en su cabi-
la se efectuase de la mejor manera posible para evitar matanzas. Después
de la rendición de Dar Kebdani, el coronel Araujo y otros jefes oficiales y
soldados, que quedaron prisioneros de Kaddur Na’amar, serían finalmen-
te entregados por este a Abd el-Krim. Las autoridades militares de Melilla
pensaban que la actitud de aquel caíd después de Annual había sido bas-
tante ambigua, particularmente en relación con la cuestión de los prisio-
neros, que le hacía aparecer como enteramente sometido a Abd el-Krim.
Cuando se inició la recuperación del territorio de Beni Said y las autorida-
des de Melilla entablaron conversaciones con los principales jefes de la ca-
bila, el coronel Riquelme, jefe entonces de la Oficina Central de Asuntos
Indígenas de Melilla, tomó la decisión de prescindir de él, en vista de su ac-
titud poco clara, y neutralizarlo poniéndole un contrario en la persona de
Amar Uchen, apodado por los españoles el Lobo (uchen en tarifit o rifeño
significa “lobo”). Kaddur Na’amar, sin ponerse abiertamente en contra de
los españoles, seguía sin atreverse a entrevistarse con ellos ni a actuar en
uno u otro sentido. Pero había prisa por ocupar la cabila, a ser posible de
manera pacífica, negociando con los jefes más representativos. Con la espe-
ranza de que lo nombraran caíd, Amar Uchen apoyó resueltamente la re-
cuperación a principios de abril de 1923 de Dar Kebdani y otros lugares del
territorio de Beni Said.
Después de haber sido considerado el principal colaborador en Beni
Said, Kaddur Na’amar se veía ahora marginado y menospreciado. No solo
sus quejas por el nombramiento de su rival Amar Uchen fueron en vano,
sino que, sospechoso de “comportamiento desleal”, fue encarcelado en el
fuerte de Rostrogordo. Sintiéndose profundamente humillado, se negó a
ingerir alimentos y se sumió en un mutismo absoluto. Trasladado al Hos-
pital Central, su estado fue considerado por los médicos grave. Un mes y
medio después fallecía Kaddur Na’amar. Aunque la causa directa de su
muerte fuese la inanición, detrás de su negativa a ingerir alimentos yacía
la inmensa pena que sentía al verse marginado y privado de su dignidad.

María Rosa de Madariaga Álvarez-Prida 86


La vertiente histórico-política

Ante tal deshonor era preferible la muerte. Optó por dejarse morir de ham-
bre (Madariaga: 2009, 217-219).
Junto a los casos de los que, después de unirse al movimiento de resis-
tencia iniciado en el Rif central, mostraron su arrepentimiento y fueron per-
donados por las autoridades españolas, o el caso de Kaddur Na’amar, hubo
los de caídes que permanecieron incondicionalmente al lado de los españo-
les sin flaquear en ningún momento. Quizá el ejemplo más ilustrativo de
esta categoría fue el de Abd el-Kader bel Hach Tieb, de la fracción de Abdu-
na, cabila de Beni Sicar, gracias al cual esta cabila no solo no se sublevó, sino
que además reclutó contingentes para formar una harca amiga. Antiguo re-
sistente en la guerra de 1909, Abd el-Kader había terminado por presentar-
se al general Marina en diciembre de 1909 para pedir el perdón y hacer acto
de sumisión a España (Madariaga: 2008, 367-368). Desde entonces no hubo
otro caíd más leal que él a la autoridad española, fuese cual fuese el régimen
imperante en España: monarquía constitucional, dictadura de Primo de Ri-
vera, república, dictadura franquista. Una calle de Melilla lleva su nombre.

3. Colaboradores siempre adictos y


resistentes reconvertidos

Como ejemplo de jefe siempre “adicto”, y no por ello menos libre


de sospecha de la administración española, cabe mencionar el de Amar
Uchen, nombrado caíd de la cabila de Beni Said por decreto visirial del 28
de diciembre de 1924. Hay en la vida de este singular personaje episodios
comparables a los de una tragedia de Esquilo, tal como nos revela su deta-
llada ficha de la Delegación de Asuntos Indígenas. En su historial se conta-
ba que la hermana de Amar Uchen, Mimunt, había sido casada por su pa-
dre con Al-lal Chaib el Mokram. Habiendo sido preguntado Amar Uchen
por Si el Bachir Mokaddem el Hatri por qué había casado a su hermana
cuando él la quería, Amar le dijo que si seguía queriéndola y, como el otro
le respondiera que sí, le ofreció arreglar el asunto pidiéndole a cambio cua-
renta duros. El arreglo al que Amar Uchen se refería consistió en ir una no-
che a casa de su cuñado, llamarlo y, cuando este salió, pegarle un tiro. A los
dos meses, Mimunt regresó a casa de su padre y una noche Amar llevó a su
hermana a casa de Si el Bachir, sin que mediara la correspondiente boda.
Si el Bachir al ver todo este tejemaneje pensó que los parientes del muerto
podrían atribuirle a él la autoría del crimen y entonces degolló a Mimunt
y la enterró en un silo. El padre de Amar buscó a la desaparecida y llegó a
descubrir el cadáver al cabo de tres meses, iniciándose entonces una guerra

María Rosa de Madariaga Álvarez-Prida 87


La vertiente histórico-política

con Si el Bachir, en la que murieron cinco hombres, y Si el Bachir se vio


obligado a huir a Argelia. El padre llamó a dos adules y les hizo redactar
un acta de repudio contra Aman Uchen, en la que decía que no lo consi-
deraba su hijo y que aquel “sinvergüenza” no podía vivir en la cabila. Fue
expulsado y se marchó a Metalza, donde “se hizo ladrón”. En aquella situa-
ción llegaron los días del establecimiento de las intervenciones militares y
entonces Amar Uchen se dedicó al negocio de compraventa, a veces, y otras,
a dar golpes de mano. Cuando las tropas españolas ocuparon Beni Said, el
comandante Fortea pagó la diya (deuda de sangre) por la muerte de Al-lal
Chaib, para dejar libre de culpa a Amar Uchen (AGA: Caja 81/2377). Este
episodio es suficientemente revelador de la catadura moral de Amar Uchen:
asesino de su cuñado y causante del asesinato de su hermana, repudiado
por su padre, expulsado de su cabila, terminó como un vulgar salteador de
caminos, hasta que las autoridades españolas decidieron traerlo de vuelta a
su cabila y oponerlo a Kaddur Na’amar, como ya quedó dicho.
Sobre Amar Uchen existen diversos informes de diferentes intervento-
res. El correspondiente a 1932 resaltaba que era “inteligente” y se daba rá-
pidamente cuenta de todos los asuntos que, en general, resolvía bien. Se le
consideraba “enérgico, reservado, orgulloso, absorbente y muy apegado a
los usos, costumbres y tradiciones del país”. Había hecho la peregrinación
a la Meca y, desde entonces, se distinguía por el rigor con que observaba
los preceptos coránicos. Poseía gran facilidad para el desempeño de su car-
go, en el que podría considerársele “insustituible”. En el “aspecto moral”,
nada podía decirse de él en aquel momento. “Lo saneado de su fortuna” —
seguía diciendo el informe— “le permite no descender a pequeñeces con
las que pudiera lucrarse”. Su influencia en la cabila era grande y también
lo era en las limítrofes. Un informe del interventor regional del mismo año
era ya menos elogioso. Actuaba bien y resolvía con rapidez y “claro criterio”
cuantos asuntos eran sometidos a su autoridad. No obstante, en los que in-
tervenían parientes suyos, se inclinaba “a favor de éstos”. No había quien
se atreviera a presentar ninguna reclamación contra él, aunque no faltaría
“quien quisiera hacerlo”. Era atento y cariñoso, pero “excesivamente reser-
vado”. Tenía conocimiento de cuantas cosas sucedían en la cabila, algunas
de las cuales no comunicaba a la Intervención.
Como se ve, este segundo informe era más matizado: no era todo oro
lo que relucía. Por decreto visirial del 16 de junio de 1937, Amar Uchen fue
nombrado caíd coiad de Beni Said, Beni Ulichek, Tafersit y Beni Tuzin,
es decir que su “supercaidato” se ejercía sobre cuatro cabilas del Rif cen-
tral, incluida la suya. Otro informe del interventor en 1940 era ya mucho

María Rosa de Madariaga Álvarez-Prida 88


La vertiente histórico-política

más crítico hacia Amar Uchen, a quien se le consideraba “hombre extre-


madamente reservado y hermético”, lo que sí podía ser una virtud en la
vida privada por aquello de que quien mucho habla yerra, se convertía en
negligencia o cálculo, y, a veces, “en mala fe”, tratándose de un caíd cuya
obligación era la de informar al interventor de los sucesos más nimios,
a los de más fuste. Obraba con absoluta independencia de la Oficina de
Asuntos Indígenas, sin consultar casi nada. Lo que es más, tenía incluso
prohibido a todas las autoridades el que fueran a dar cuenta de los sucesos
o hechos, fueran de la clase que fueran, acaecidos en sus yema’as, y si era
una buena cosa que como caíd estuviera enterado de cuanto ocurría en su
cabila, no lo era tanto cuando no comunicaba nada de ello a la Interven-
ción, no solo de las noticias o hechos, sino también de la resolución que
había dado a los asuntos, lo cual era en innumerables casos partidista por
haber mediado “la dádiva o el regalo”. Con su actitud, la de oponerse sis-
temáticamente a que las autoridades diesen cuenta a la oficina de las no-
vedades acaecidas, así como que los descontentos con sus fallos (que eran
muchos) acudieran igualmente a la oficina , conseguía la doble finalidad
de querer dar siempre la sensación de la absoluta tranquilidad que, según
él, reinaba en la cabila, ya que el temor les impedía ir con reclamaciones,
pues el que tal hiciera caería inmediatamente en desgracia; y la finalidad
ulterior de los regalos que, en cantidades enormes, llevaban diariamente a
su casa los litigantes (AGA: Caja 81/2377). Aquí ya aparecen claramente
expresadas las características del mandato de Amar Uchen; por un lado,
la corrupción y, por otra, el miedo de los administrados. Otra faceta de la
actuación de Amar Uchen eran las tuizas (prestaciones personales) que
ordenaba hacer en la cabila. Era también pródigo en las dádivas con los
moqaddemin y chiujs de cualquier tariqa (cofradía religiosa) que fueran a
visitarlo, ya que para él eran alabanzas y, en definitiva, se sumaba adep-
tos de calidad, aunque como siempre fuera “el pueblo llano” quien paga-
ra. Para las tuizas, no contaba en absoluto con la oficina ni se producían
reclamaciones de ningún género. Ello no quería decir que los rumores de
los descontentos no llegaran tarde o temprano, pero “siempre con la au-
sencia del descontento que da la cara” (AGA: Caja 81/2377). Otras apre-
ciaciones sobre Amar Uchen eran no menos demoledoras. “Moralmente es
un ególatra” —seguía diciendo este informe— “cuya ambición” no tiene
meta posible, de donde su inquietud constante por inmiscuirse en cuantos
asuntos podía y le dejaban en las demás cabilas de las que no era coiad”,
pero de las que pretendía serlo, haciéndose el “imprescindible” y atrayendo
a gentes de las mismas, que pudieran servirle para su política de atracción

María Rosa de Madariaga Álvarez-Prida 89


La vertiente histórico-política

o disgregación, según los casos, pero siempre “en provecho propio y exclu-
sivo de él”, ya que, en opinión del autor del informe, a aquellas alturas, no
creía que existiera un cándido que, de buena fe, pensara que Amar Uchen
se movía o hacía algo provechoso “pensando solo en servir a España”. Si a
esto se sumaba el que por la oficina solo aparecía de tarde en tarde, se po-
día sentar el principio de que la cabila no tenía caíd, a la manera en la que
los interventores entendían que debía ser esta autoridad, dado que, por ha-
berlo encumbrado tanto, su función resultaba para él ya subalterna; y la
tenía a menos, habiendo declarado varias veces que había delegado el cai-
dato en su hermano Mohamedi, jalifa (lugarteniente) suyo, aunque aque-
llo no era enteramente exacto y había que aplicarle el dicho del perro del
hortelano “que ni come ni deja comer”. Así, iniciativas y resoluciones to-
madas por el jalifa Mohamedi de acuerdo con el interventor eran echadas
por tierra por el caíd, “según su capricho o conveniencias”, por muy justas
que aquellas fueran. Por todo ello, el autor del informe consideraba que
sería de la mayor conveniencia para la cabila el que, “con tacto y diciéndo-
le que se le relevaba de un puesto subalterno”, se le dejase de coiad de Beni
Said, Beni Ulichek, Tafersit y Beni Tuzin, y se nombrase a su hermano
Mohamedi caíd de Beni Said. El informe hacía resaltar que, junto a es-
tos grandes defectos de su actuación, constaba “en su haber” la ayuda que
a veces había prestado, “sobre todo durante el pasado Movimiento Nacio-
nal”, en el que con su ayuda se llegaron a tener filiados en la cabila unos
mil novecientos hombres, lo que, a juicio del autor del informe, no aten-
taba “su silueta moral y su proceder”, ya que, “si no tuviera algunas face-
tas buenas y aprovechables hacia el pueblo protector”, sería absurdo man-
tenerlo en un puesto tan delicado, “después de haberlo encumbrado de la
nada, cubrirlo constantemente de atenciones” y, lo que era más práctico
para él, “dejarle engordar y redondear su fortuna”, que distaba mucho de
ser limpia, una parte importante de la cual, como era sabido, se la había
procurado, y seguía haciéndolo, “por caminos tortuosos e inconfesables”.
El taimado caíd sabía cómo pasar factura. A sus méritos iniciales de ayu-
dar a la recuperación de la cabila durante la guerra del Rif, supo cómo ga-
nar el favor de las nuevas autoridades, reclutando masivamente a cientos
de soldados en su cabila para el ejército de Franco (AGA: Caja 81/2377).
Otro informe del interventor regional era aún más demoledor. Este ha-
cia un fino análisis del personaje. Afirmaba que Amar Uchen estaba en “la
plenitud de su vida política, había alcanzado la madurez en su lucha por
encumbrarse”. Había conseguido un puesto de caíd por derecho propio:
“Era el más osado, valiente, ambicioso e inteligente, sin escrúpulos de con-

María Rosa de Madariaga Álvarez-Prida 90


La vertiente histórico-política

ciencia y con sobrada energía para ganar. Y ganó”. Había tenido la habili-
dad, “hija de su talento”, de saber compaginar su ambición con los intere-
ses de las autoridades españolas, y el logro de aquellos hizo que apareciera
como un valioso elemento de la política española. “El mejor informador y
el más atrevido colaborador en la guerra y en la paz”, admitía el informe
lapidariamente. Pero “el tiempo acumulando sobre él, riquezas y poder le
van desorbitando. Es un saco sin fondo” —seguía diciendo el interventor
regional implacablemente. “Su ambición no tiene límites” y cada vez ha-
bía que echar cosas más grandes en ese saco para “satisfacer los apetitos
de ‘chacal’ que llevaba dentro”. “Su vista se desparramaba por fuera de su
cabila y aún fuera de la región. Para él ser caíd coiad no era suficiente, as-
piraba a más y jugaba con otras cartas”. Amar Uchen no era leal más que
“con su egoísmo” y como no era fácil satisfacerlo, porque le habían dado ri-
quezas y honores en mayor grado que a los demás, sus esperanzas estaban
puestas en Tetuán o en Rabat. El coronel Bermejo, buen conocedor de los
“puntos” que calzaba, “supo sacarle la parte provechosa de sus tortuosida-
des” y lo empleó como gancho para atraer a el Mansori, caíd de Beni Snas-
sen y a otros personajes de menor cuantía de la zona francesa.
De todas formas —seguía diciendo el informe— su trabajo es turbio y tiene
el sello de la insinceridad [...] Vende su alma al diablo con tal de seguir en el poder
[...] Es un personaje peligroso por su carácter y porque es una potencia hecha por
nosotros. No siente gratitud por nadie y juega a tres cartas: con nosotros, con los
nacionalistas y con los franceses. Hasta que consiguió encaramarse fue muy útil.
Hoy no es tanto, no lo creo tan nuestro y tengo la seguridad de que se nos irá en
cuanto nos vea en mala postura. No se recata en censurar nuestras personas y nues-
tras cosas con esa dureza que le es característica, llegando momentos en que algún
interventor (el de Metalza) le tuvo que llamar la atención y hacerle rectificar. Su
doble juego con el nacionalismo fue criticado por el coronel Bermejo. A él le decía
una cosa y luego en Tetuán hacia otra ante el Jalifa y el coro nacionalista, a los que
ante mi ponía de vuelta y media. Considero a este caíd elemento difícil de manipu-
lación por su ambición desmedida, dureza de carácter y lealtad frágil, que no resis-
tiría una dura prueba (AGA: Caja 81/2377).
A pesar de sus guiños a los nacionalistas de Tetuán, estos tachaban a
Amar Uchen de “sinvergüenza” que tenía “mil caras”. Personas que lo co-
nocían bien decían que era un hombre a quien su baja cultura y su “gita-
nería” (sic) de hombre de campo y “salteador de caminos” le dictaban que
debía mantener sus riquezas y buena situación fuera como fuera, sin com-
prometerse en serio con nadie y que entendía que por su posición política
había de mostrar fidelidad a los españoles, al mismo tiempo que coquetea-
ba con los nacionalistas por si llegase a cambiar la situación en Marruecos
(AGA: Caja 81/2375).

María Rosa de Madariaga Álvarez-Prida 91


La vertiente histórico-política

Por Melilla corrió el rumor de que cotizaba trescientas cincuenta pese-


tas semanales al Partido Reformista de Abd el-Jalek Torres; y que, durante
su estancia en Tetuán, cuando la concentración de caídes y otras autorida-
des musulmanas para asistir al acto de adhesión al alto comisario y a Es-
paña el 21 de enero de 1954, estando en casa de Torres, le manifestaba lo
siguiente: “La política española que se hace no me gusta, no está bien, no
se hace nada positivo y no comprendo por qué nos han traído. Si queréis,
mañana mismo empezamos una guerra”.
Hay que reconocer que Amar Uchen era de una rara habilidad para
hacer creer que su influencia era mucho mayor de la que en realidad tenía
y para impresionar a los altos comisarios. Un informe que enviaba el inter-
ventor comarcal señalaba cómo Amar Uchen era tenaz en la táctica de bus-
car popularidad y de impresionar a cada nuevo alto comisario o delegado
de Asuntos Indígenas en sus primeras etapas, para lo cual gustaba de repre-
sentar papeles falsos hasta que al final llegaba a ser conocido y calado por
todos. “Entonces —decía el autor de este informe— se agazapa, escondién-
dose en su concha, y espera que te espera, hasta que nombren a un nuevo
alto comisario o un nuevo delegado, para salir a escena o repetir los mis-
mos cuadros”. Este interventor decía conocerlo bien y por ello le dolía que
pudiera ser creído o que se le tuviera por persona de influencia en la zona
francesa. En los tiempos de Abd el-Krim había hecho creer a las Oficinas
de Asuntos Indígenas que su influencia en el campo rebelde era tan gran-
de que incluso los jefes de harcas enemigas se dirigían a él. El autor del in-
forme, que había estado más de seis años de interventor en Beni Urriaguel,
había tenido curiosidad de comprobar personalmente con los principales
jefes rebeldes del frente de Tizzi-Azza-Afrau lo que había representado
Amar Uchen a este respecto. Todo había sido una farsa. Era preciso llamar
la atención sobre esta característica de Amar Uchen porque este interventor
comarcal temía que se le tomara por el barómetro de lo que podía ocurrir
en la zona francesa y llevara a los españoles a cometer errores lamentables
y de consideración. Podía asegurar que Amar Uchen no se atrevería nunca
a decirle que conocía a tal o a cual de la zona francesa o que había recibi-
do tal o cual carta. Terminaría seguro diciendo que era una broma. Amar
Uchen pensaba que sabía navegar y que nadie podría descubrirle sus fla-
quezas (AGA: Caja 81/2375).
Por los informes de algunos interventores vemos que esas flaquezas lle-
garían a descubrírsele, pese a lo cual no se hizo nada para destituirlo de su
cargo, sino que continuó gozando aparentemente de la confianza de las au-
toridades. El caso de Amar Uchen, aunque el más representativo del régi-

María Rosa de Madariaga Álvarez-Prida 92


La vertiente histórico-política

men imperante, no fue el único. Hubo otros muchos caídes que, sin quizás
llegar tan lejos en sus excesos, dejaron bastante que desear en su conducta
y actitudes. Los desfalcos, las corruptelas, los métodos represivos contra la
población estaban a la orden del día y todo ello con la connivencia de las
autoridades. De nada servía que algunos interventores denunciasen en sus
informes los defectos e insuficiencias de muchos caídes. A los altos comi-
sarios y delegados de Asuntos Indígenas parecía bastarles que proclamasen
su “lealtad” a España.
Frente al caso de Amar Uchen, colaborador que permaneció siempre
“adicto”, cabe mencionar, como representativo del “resistente reconvertido”,
el de Ahmed Budra, exministro de la Guerra de Abd el-Krim. Oriundo de
la cabila de Beni Urriaguel, poblado de Iqueltumen del Monte, Ahmed Bu-
dra, sin parentesco con los Budra de Axdir, había destacado desde muy jo-
ven por sus dotes políticas, su inteligencia y como hombre de guerra, siendo
elegido cheij de Iqueltumen hacia 1911 y uno de los más significados im-
garen (singular amgar), es decir, notables, de los Ait Yusef U Ali del Mon-
te. Ahmed Budra se mostró siempre irreductible enemigo de la penetración
española. Cuando surgió el movimiento encabezado por Abd el-Krim el
Jatabi, fue uno de sus más fuertes puntales por tener entonces mucho pres-
tigio en las fracciones de Ait Yusef U Ali y de Ait Bu Ayyach. Organizó dos
harcas de Yub el Kaama (Tensaman), designándolo Abd el-Krim para lle-
var la política de atracción hacia los jefes de las cabilas sometidas a España
y de las cabilas del Rif que todavía no acataban la autoridad del líder rifeño.
Después del desastre de Annual en julio de 1921, Ahmed Budra fue nom-
brado jalifa (lugarteniente) de Sidi Abd es-Selam el Hach Mohamed, y, al
ser este destituido por el fracaso de Tizzi-Azza en 1923, fue nombrado mi-
nistro de la Guerra. Dirigía las operaciones de la mahkama de Asgar y en-
lazaba telefónicamente con los puestos de mando de las harcas. Cuando el
avance español de 1926, se puso al frente de las harcas del Rif para impe-
dirlo. Se retiró después a Gomara, organizando allí la resistencia, pero fue
hecho prisionero y resultó herido en Tiguisas, cuando luchaba contra las
fuerzas del entonces comandante Capaz. Se le envió después deportado a
las islas Chafarinas hasta febrero de 1935, que pasó residenciado en Xauen
hasta febrero de 1936, en que se le concedió la libertad, yendo a residir en
su cabila. Su comportamiento había sido “excelente”, apartándose por com-
pleto del trato con nadie. Al estallar el alzamiento militar de julio de 1936,
fue uno de los primeros que acudió a ofrecerse, reclutando a sus tres hijos.
En octubre de 1938, al ser nombrado Solimán el Jatabi, pariente de Abd el-
Krim, pero su enemigo acérrimo, bajá de villa Sanjurjo, a Ahmed Budra se

María Rosa de Madariaga Álvarez-Prida 93


La vertiente histórico-política

le designó para el cargo de caíd del Uta. Tal nombramiento produjo algún
recelo en el bajá Solimán y en un grupo de amigos de este, llegando a ser
tirantes las relaciones de aquellos (AGA: Caja 81/2375). Los recelos de So-
limán el Jatabi eran comprensibles. Había sido desde el inicio el más firme
puntal de los españoles frente a Abd el-Krim, en la cabila de Beni Urria-
guel, mientras que Ahmed Budra, que había llegado a ser nada menos que
ministro de la Guerra del líder rifeño, es decir, enemigo declarado de los
españoles, recibía el mismo trato y consideración que él, que les había sido
siempre leal y adicto. Solimán el Jatabi veía en Budra a un rival en el apre-
cio de los españoles y en los posibles beneficios y privilegios que recibiría de
ellos y de los que él quedaría privado.
Ahmed Budra sería, en cambio, muy bien recibido por la cabila, según
el informe del interventor, para quien trabajaba con “lealtad, competencia
y tacto”. Cuando en mayo de 1947, se difundió la noticia de la libertad de
Abd el-Krim, después de evadirse del barco que lo traía a Europa y soli-
citar el asilo al Gobierno egipcio, Ahmed Budra se mostraba muy reser-
vado sin que la Intervención hubiese podido recoger su opinión sobre este
asunto ni directa ni indirectamente a través de informadores. Estos hacían
saber que procuraban estar al corriente de cuanto con ello se relacionaba,
por medio de sus íntimos y que, si bien las noticias no le desagradaban, no
se observaba que hiciera manifestación alguna. La impresión de la Inter-
vención era que a todos los que habían colaborado íntimamente con Abd
el-Krim les satisfacían las noticias que circulaban que pudieran benefi-
ciarle. No obstante, concluía el interventor, “en el fondo les agradaría no
encontrarse de nuevo con su persona; se entiende aquellos que están ac-
tuando hoy de nuestro lado” (AGA: Caja 81/2375). El informe del inter-
ventor decía que la “edad aparente” de Ahmed Budra era de sesenta y cua-
tro años. Por ello, aunque seguro que se alegraba en su interior de todo lo
bueno que pudiera sucederle a Abd el-Krim, no estaría tampoco dispuesto
a echar por la borda la buena posición de que gozaba. Por muy interesado
que estuviera en todo lo que se refería al jefe rifeño, no lo mostró en nin-
gún momento, haciendo gala de una extraordinaria capacidad de ocultar
sus sentimientos. Pese a ello, pesaban sospechas sobre él. Si en el informe
se decía que había sido bien recibido en su cabila cuando regresó a ella en
1936, también se decía que contaba con “muy pocas simpatías” en el cai-
dato, donde “por su gran habilidad” se desenvolvía bien, pero “por las ac-
tuales circunstancias se le está haciendo bastante campaña”, colocándo-
lo como nuestro “mayor enemigo, de quien nunca podemos esperar nada
nuevo, aunque aparentemente se muestra muy dúctil con la Intervención”.

María Rosa de Madariaga Álvarez-Prida 94


La vertiente histórico-política

Sus numerosos enemigos, por haber conseguido ganarse el favor de las


autoridades españolas, a pesar de su pasado próximo a Abd el-Krim, ha-
cían todo por desprestigiarlo, particularmente Solimán el Jatabi, que era
su principal detractor. Intentaron por todos los medios hacer creer a los es-
pañoles que Ahmed Budra era su “mayor enemigo”. No lo consiguieron.
Pese a las sospechas, y a que lo tenían bien vigilado, las autoridades espa-
ñolas siguieron prestándole su apoyo.
Contrariamente a los informes sobre Amar Uchen, en los que sus auto-
res ponían de relieve los numerosos rasgos negativos del personaje, sus de-
fectos y vicios, algunos gravísimos, en el informe sobre Ahmed Budra no
hemos encontrado nada que se le asemeje. Lo único que podría reprochár-
sele era que ocultaba algunos asuntos a la Intervención o querría cargar so-
bre la Oficina de Asuntos Indígenas la responsabilidad de otros asuntos lle-
vados por él. Pero ni una sola acusación contra Ahmed Budra de codicioso,
corrupto o ladrón.
Hubo una ocasión en la que Ahmed Budra tuvo un ligero choque con
la administración española, debido a su negativa a aceptar imposiciones de
personajes ajenos a la región. Para combatir la actividad nacionalista en
los medios rurales, Jaled Raisuni, bajá de Arcila e hijo del célebre jerife y
bandolero Ahmed Raisuni, elaboró un manifiesto de condena del nacio-
nalismo, destinado a obtener la adhesión de todos los jefes o notables del
Protectorado. El encargado de recaudar firmas en el Rif era Si el Mekki
Ben Solimán el Jatabi, quien al solicitar al caíd Si Ahmed ben Mohamed
Budra y a otros significados miembros de su caidato que firmaran el do-
cumento, opusieron resistencia, no por estar disconformes con la idea de
protesta de los “desmanes nacionalistas” y “demostrar su adhesión al alto
comisario”, decía un informe de la Delegación de Asuntos Indígenas, sino
por creer que, por la forma en que estaba redactado el documento, su fir-
ma pudiera interpretarse como una adhesión a Si Jaled Raisuni y su acción
futura, de la que desconfiaban, haciendo presente que ni él ni su padre
habían sido nunca amigos de los rifeños, ni habían tenido nunca prestigio
en aquel territorio. Ahmed Budra visitó al interventor territorial para ex-
plicarle los motivos antes expuestos y decirle que estaba dispuesto a firmar
otro documento en el que se condenara aún con más fuerza el naciona-
lismo. El interventor territorial trató de convencerle, argumentado que la
conformidad con el manifiesto lanzado por el bajá de Larache no impli-
caba estar de acuerdo con la actuación anterior o futura de Jaled Raisuni,
sino con lo expresado por este en ese documento. El caíd Budra manifestó
estar convencido y que firmaría el documento (AGA: Caja 81/2375).

María Rosa de Madariaga Álvarez-Prida 95


La vertiente histórico-política

Esta actitud era reveladora del sentimiento de rechazo absoluto impe-


rante en el Rif hacia personas incondicionalmente al servicio de los españo-
les, pero tradicionalmente enemigos de la causa rifeña, como lo había sido
el jerife Raisuni y lo sería luego su hijo Jaled, pero también de la más acé-
rrima hostilidad hacia el nacionalismo de las ciudades. La preocupación
de las autoridades españolas ya desde el surgimiento de los primeros bro-
tes del nacionalismo en los años treinta, de que este no “contaminara” el
campo, es decir, las cabilas, bien sujetas bajo el control de los interventores
militares y las caídes “adictos”, se incrementó en los años cuarenta cuando
el movimiento nacionalista cobró nuevo ímpetu y se hicieron más patentes
sus reivindicaciones independentistas. Durante el proconsulado del general
Varela (1945-1951), la preocupación por mantener a las cabilas alejadas de
la “contaminación” nacionalista se convirtió ya en una verdadera obsesión.
De todos modos, los esfuerzos de la Alta Comisaría, y más concretamente
de la Delegación de Asuntos Indígenas, por impedir que las ideas naciona-
listas penetraran en el mundo rural, no encontraron demasiados obstáculos
entre los rifeños, que miraban con mal disimulado recelo, cuando no abier-
ta hostilidad, a aquellas gentes de Tetuán, que pretendían imponerles sus
ideas. Para hombres como Ahmed Budra, Abd el-Jalek Torres y otros na-
cionalistas de Tetuán, hijos de viejas familias de la alta burguesía tetuaní,
eran unos “niños bien”, metidos a revolucionarios.
El rechazo del nacionalismo de las ciudades por parte de la mayoría de
los caídes era, por supuesto, aprovechado por las autoridades españolas para
mantener su control y dominio sobre las cabilas. Esta situación se mantuvo
hasta el final del Protectorado. Los caídes, aunque algunos jugaran a varias
cartas, como Amar Uchen, mantuvieron su “adhesión” a las autoridades del
Protectorado, considerando que, dadas las circunstancias, esa era la mejor
opción para ellos. Dádivas y regalos, prebendas y privilegios de la adminis-
tración española a cambio de mantenerse “leales”, al menos en apariencia,
a la potencia protectora.

Bibliografía
Madariaga, M. R., Abd el-Krim el Jatabi. La lucha por la independencia, Madrid:
Alianza Editorial, 2009 (1ª edición).
— España y el Rif. Crónica de una historia casi olvidada, Melilla: Ciudad Autónoma de
Melilla-uned-Centro Asociado de Melilla, 2008 (3ª edición).
Fuentes de archivo:
AGA (Archivo General de la Administración):
Fondo Histórico de Marruecos, Caja 81/199.
Fondo África- Sección Marruecos: Cajas 81/2375 y 81/2377.

María Rosa de Madariaga Álvarez-Prida 96


El Protectorado en Marruecos
y las relaciones internacionales de España (1912-1956)

Miguel Hernando de Larramendi Martínez

La cuestión de Marruecos domina las relaciones de España con las po-


tencias europeas durante la primera mitad del siglo XX. Marruecos y el Es-
trecho de Gibraltar fueron uno de los principales escenarios de la actividad
internacional de España y un espacio de interacción, cooperación y rivali-
dad con las principales potencias europeas —Gran Bretaña, Alemania e
Italia— y sobre todo con Francia ya que los avatares de la colonización so-
bre Marruecos influyeron de forma directa en los vaivenes de las relaciones
mantenidas con París.
La posición internacional de España durante las primeras décadas del
siglo XX quedó definida por su participación en el statu quo establecido en
el área del Estrecho de Gibraltar por la Entente Cordiale franco-británica
de 1904. Para un país como España, marginado de los asuntos continen-
tales e inmerso en una cíclica conflictividad interior durante el siglo XIX,
la colonización de Marruecos se convirtió en uno de los pivotes que le per-
mitieron acceder a la política europea e insertarse en el sistema de alianzas
europeo en un contexto en el que su debilidad como actor internacional se
había acentuado tras la pérdida de Cuba y Filipinas en 1898 (Jover Zamo-
ra: 1999).

Miguel Hernando de Larramendi Martínez 97


La vertiente histórico-política

Se trató de una política subordinada y dependiente de los intereses de


Gran Bretaña y de Francia, potencias europeas que en 1904 habían acorda-
do poner fin a su rivalidad colonial en el Mediterráneo, espacio cuyo peso
geopolítico se había visto reforzado tras la apertura del Canal de Suez en
1869 que permitía conectar por vía marítima el continente europeo con la
India y las colonias asiáticas sin tener que circunnavegar el continente afri-
cano. El acuerdo alcanzado por Londres y París establecía, a cambio de la
promesa francesa de no obstruir las acciones británicas en Egipto, el re-
conocimiento al derecho de Francia, establecida en Argelia desde 1830, a
“preservar el orden” en Marruecos y a “proporcionar asistencia para todas
las reformas administrativas, económicas, financieras y militares” que re-
quiriera el Imperio jerifiano, único territorio norteafricano que no había
pertenecido al Imperio otomano y que había mantenido una tradición es-
tatal autónoma.
Fue el juego de intereses contrapuestos en la región del Estrecho de Gi-
braltar, zona vital para los intereses de comunicación, lo que permitió que
España fuera incorporada a las negociaciones internacionales para el re-
parto de Marruecos. Los intereses españoles en Marruecos, derivados de
su posición geográfica y de sus posesiones territoriales en la costa norteafri-
cana (Ceuta, Melilla e islotes y peñones de soberanía), fueron reconocidos
por la Entente Cordiale. Aunque en la sociedad española de la época había
llamamientos a la implicación colonial, procedentes tanto de los círculos
africanistas como de los sectores de la oligarquía económica afectados por
la desaparición de los mercados antillanos, fue la debilidad estructural del
Estado español y su incapacidad para poner en peligro los intereses de Lon-
dres lo que permitió su incorporación a la colonización de Marruecos como
“actor pasivo” y contrapeso a los intereses franceses (Sueiro: 2003, 187). Al
conseguir que la zona norte de Marruecos y el mar de Alborán quedaran
fuera de la órbita francesa bajo la influencia de una potencia de segundo
orden como España, Gran Bretaña conseguía preservar su control sobre el
Estrecho de Gibraltar, acceso vital para asegurar sus comunicaciones con el
Mediterráneo oriental y el Oriente lejano.

1. La colonización de Marruecos, una cuestión franco-española


con ramificaciones europeas

La condición de “actor pasivo” de España en el tablero de intereses me-


diterráneos quedó reflejada de nuevo en las negociaciones previas al esta-
blecimiento del Protectorado en Marruecos en 1912. Los gobiernos españo-

Miguel Hernando de Larramendi Martínez 98


La vertiente histórico-política

les no fueron capaces de conseguir que el reparto de Marruecos se hiciera


en dos zonas de influencia con competencias equivalentes. La participa-
ción de España en Marruecos fue establecida de forma bilateral con Fran-
cia, país con el que el sultán había firmado previamente el Tratado de Fez
el 30 de marzo de 1912, cuya finalidad teórica era el establecimiento de un
régimen que permitiera la introducción de reformas y que asegurase el de-
sarrollo económico del país. El carácter subordinado de la participación es-
pañola quedaba claramente recogido en el acuerdo hispano-francés de 27
de noviembre de 1912 por el que París cedía a Madrid las competencias de
intervención y organización del Protectorado en la zona norte del Imperio
jerifiano, con unos límites geográficos muy inferiores a los ofrecidos por
Francia en 1902 y de los que quedaba excluida Tánger, puerta sur de entra-
da al mar Mediterráneo, donde posteriormente se estableció un régimen de
ciudad internacional
La satisfacción inicial producida por la incorporación al sistema de
alianzas europeas, en 1904, dio paso a un sentimiento de frustración que
fue alimentado por el papel marginal y subordinado atribuido a España en
el reparto colonial de Marruecos. A esto pronto se añadieron los reveses y
dificultades sufridos por el ejército español en el denominado como proce-
so de “pacificación” o de control del territorio que le había correspondido
administrar a España. Estos sentimientos alcanzaron su punto culminan-
te con la derrota de las tropas españolas en Annual en 1921, en un episodio
que supuso el principio del fin del régimen parlamentario liberal y que re-
forzó la condición de Marruecos como escenario clave de la política interior
española durante la primera mitad del siglo XX.
La colonización en Marruecos alimentó los prejuicios antifranceses
sólidamente arraigados en los círculos africanistas españoles. Francia fue
considerada, en gran parte, responsable de empujar a España a una diná-
mica colonial frustrante y onerosa que dividía a la sociedad española y que
tenía como escenario una zona desprovista de recursos naturales, en clara
contraposición con los existentes en la zona del Protectorado francés. El te-
rritorio marroquí ofrecido por Francia a España en el non nato Convenio
de 1902 era muy superior al firmado en 1912 tanto en superficie (doscientos
mil kilómetros frente a los veintitrés mil finalmente obtenidos) como en ri-
quezas y potencialidad de explotación económica, al incluir la cuenca fértil
del río Ouergha en las estribaciones meridionales del Rif, la ciudad de Taza
y la de Fez, capital política y religiosa del Imperio jerifiano, así como el rico
valle del Sus y la ciudad de Agadir en el litoral atlántico al sur del país. El
rechazo español al ofrecimiento francés de 1902 fue motivado por los te-

Miguel Hernando de Larramendi Martínez 99


La vertiente histórico-política

mores españoles de firmar un pacto secreto con París, a espaldas de Gran


Bretaña. Tras la firma del Protectorado los sectores antifranceses responsa-
bilizaron a Francia de la expoliación de derechos españoles en el territorio
como consecuencia de su “inagotable voracidad territorial” que reducía la
presencia española al yermo territorio rifeño del Norte y a un hinterland al-
rededor del enclave de Sidi Ifni en el sur. El sentimiento de agravio com-
parativo se veía reforzado al recordar los “derechos históricos” derivados de
una centenaria presencia en el norte de África en comparación con los de
los franceses que como recordaba Alfonso XIII en una entrevista concedi-
da en 1924 “están en Marruecos desde ayer, por así decirlo, y nosotros desde
hace siglos” (Sueiro: 1992, 2).
La asimetría de estatus jurídico entre ambas zonas fue otro de los te-
mas que alimentó el resentimiento de las autoridades y de una parte de la
opinión pública española. La equiparación jurídica de la zona de influen-
cia española con el Protectorado francés fue una aspiración permanente de
Madrid (Sueiro: 1992, 65). Para justificarla se rechazaban las tesis de la in-
tegridad territorial del Imperio jerifiano y de la soberanía del sultán sobre
todo el territorio marroquí y se defendía la idea de que el jalifa, delegado
del sultán en la zona española, tenía competencias soberanas en el territo-
rio administrado por España (Villanova: 2004). Durante la I Guerra Mun-
dial, Francia intentó que la declaración de guerra a Alemania realizada por
el sultán marroquí Muley Yusef, inducida por el residente general francés
mariscal Lyautey, fuera aplicada también a la zona española. Esta interpre-
tación fue rechazada por el gobierno de Madrid quien defendió la aplica-
ción de un estatus de neutralidad en su zona de influencia al no ser España
potencia beligerante en la contienda mundial (Madariaga: 2007, 173-174).
La presencia en la zona española de agentes alemanes con el objetivo no al-
canzado de provocar una insurrección generalizada de las tribus de la zona
francesa fue una fuente periódica de fricciones durante la guerra (Lüdke:
2005 y Madariaga: 2013, 97-98).
Las dificultades para “pacificar” el territorio otorgado a España, paso
previo para intentar incrementar su explotación económica, reforzaron el
clima de francofobia creciente que alcanzaría su cénit tras el desastre de
Annual de 1921. Francia era acusada de prestar apoyo a la resistencia rifeña
y de tolerar el tráfico de armas desde su territorio, en una estrategia diseña-
da por el lobby colonial francés con la que se perseguiría asumir en solitario
la administración de todo el Protectorado marroquí lo que, de ser logrado,
provocaría que España quedara emparedada entre la Francia metropolita-
na al norte de los Pirineos y la Francia colonial y ultramarina al otro lado

Miguel Hernando de Larramendi Martínez 100


La vertiente histórico-política

del Estrecho de Gibraltar, alimentando un temor presente desde que se ini-


ció la expansión colonial francesa en el norte de África con la ocupación de
Argelia en 1830.
El resentimiento compartido contra Francia impulsó el acercamiento
a Italia durante la dictadura de Primo de Rivera pero no acabó poniendo
en cuestión las relaciones con París, ya que pese a ser el principal compe-
tidor de España en Marruecos era, sin embargo, el socio cuya cooperación
era insoslayable para consolidar la presencia española. La definitiva derrota
de la resistencia a la penetración colonial en 1927, no en vano, fue el resul-
tado de la cooperación político-militar con Francia iniciada dos años antes
cuando Abd-el-Krim el Jatabi atacó la zona del Protectorado francés (Ma-
dariaga: 1999 y 2009). El éxito de la intervención militar conjunta no acabó
con las fricciones y los malentendidos. La ocupación, durante las operacio-
nes conjuntas, de partes del territorio que los españoles consideraban que
pertenecían a su zona de influencia (cabilas de Beni Zerual y de Beni Snas-
sen) pero que acabarían siendo incorporadas al Protectorado francés fue un
agravio nunca perdonado por los militares africanistas españoles (Nerín y
Bosch: 2001, 34).

2. La reivindicación de un “Tánger español”

El sentimiento de agravio por el trato recibido en la colonización de


Marruecos y la necesidad de buscar una salida al avispero rifeño impulsó
el desarrollo de posiciones revisionistas que exigían la modificación del sta-
tu quo en Marruecos y el Estrecho de Gibraltar mediterráneo occidental. A
la reivindicación sobre el Peñón de Gibraltar, ocupado por Gran Bretaña
desde 1704, se añadió la pretensión de que la ciudad de Tánger fuera in-
corporada a la zona del Protectorado español en el norte de Marruecos. La
exclusión de la ciudad del Estrecho del territorio asignado a España en Ma-
rruecos no solo era considerada una afrenta a los derechos históricos, geo-
gráficos y demográficos, sino también un grave obstáculo para la puesta en
práctica de la misión colonizadora española, embarrancada frente a la resis-
tencia encabezada por el líder rifeño Abd-el-Krim. Las autoridades españo-
las consideraban que sin una solución a sus reivindicaciones sobre Tánger
nunca se lograría la “pacificación” de Marruecos. La frustración española
por la “amputación” de Tánger de su zona de influencia aumentó cuando
la diplomacia española se vio empujada, en diciembre de 1923, a sumarse
a las tesis inglesas sobre la internacionalización de la ciudad como un mal
menor con el que hacer frente a las pretensiones francesas de conseguir una

Miguel Hernando de Larramendi Martínez 101


La vertiente histórico-política

influencia preponderante sobre la ciudad, invocando la tesis de la integri-


dad territorial del Imperio jerifiano y la soberanía del sultán sobre el con-
junto del territorio marroquí.
El texto final del Estatuto aprobado en 1923 no recogía ninguna de las
aspiraciones españolas sobre la ciudad. Tánger era declarada ciudad inter-
nacional bajo la soberanía del sultán, representado por un mendub. El Es-
tatuto disponía la creación de una serie de instituciones plurinacionales
encargadas del gobierno de la ciudad (Asamblea Legislativa, Tribunal Mix-
to, Cuerpo de Gendarmería y Administrador de la Ciudad). El organismo
clave era el Comité de Control integrado por los cónsules de carrera de las
potencias signatarias de la Conferencia de Algeciras, celebrada en 1906, y
responsable de velar por la observancia del régimen de igualdad económi-
ca y de las disposiciones recogidas en el Estatuto (Hernando de Larramen-
di: 1988).
La decisión del general Primo de Rivera de aceptar la firma ad referen-
dum del Estatuto no acalló unas reivindicaciones que se veían impulsadas
por la escalada militar en el Rif. La exitosa colaboración franco-españo-
la frente a Abd-el-Krim no acabó con los sentimientos de agravio frente a
Francia liderados por la Liga Africanista. Al concluir las operaciones mili-
tares, la reivindicación sobre Tánger fue reactivada en el marco de una re-
novada política exterior hacia el Mediterráneo que se había iniciado con la
firma de un Tratado de Amistad con Italia en 1926. El acercamiento a la
Italia de Mussolini, que también aspiraba a reforzar su condición de po-
tencia mediterránea, fue utilizado por el general Primo de Rivera como un
instrumento de presión ante Francia y Gran Bretaña con el que intentar
conseguir la revisión de un Estatuto considerado injusto y lesivo para los
intereses españoles. Los resultados obtenidos fueron mínimos. El nuevo
convenio firmado en 1928 consagró la adhesión italiana al régimen interna-
cional establecido en 1923 pero no introdujo modificaciones sustantivas en
el mismo. España tuvo que conformarse con un pequeño logro, la recupe-
ración de la jefatura de policía que había perdido en 1923, muy alejado de
las objetivos maximalistas defendidos por los medios africanistas de la épo-
ca. La cuestión de Tánger mostraba de nuevo la subordinación en la que se
encontraba España frente a Francia y Gran Bretaña, así como los escasos
resultados de la aproximación a Italia como vía de presión (Neila: 1997, 43).
Aunque el establecimiento de la II República en abril de 1931 favoreció
un nuevo acercamiento hispano-francés, cuestiones coloniales pendientes
como la definición de los límites entre las dos zonas del Protectorado ma-
rroquí en Marruecos, el Estatuto de Tánger, la política de tolerancia puesta

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La vertiente histórico-política

en marcha hacia el nacionalismo marroquí, la delimitación de los límites


de Ifni y la rectificación de las fronteras del Sáhara español fueron temas
que siguieron interfiriendo en unas relaciones incapaces de superar el cli-
ma de desconfianza bilateral. Consciente de los problemas que una retirada
del Protectorado podría tener en el ámbito internacional, el régimen repu-
blicano mantuvo la presencia colonial española en Marruecos pero intentó
dotarla de una dimensión civil más acentuada. Las tesis irredentistas sobre
Tánger también fueron mantenidas a través de una política de revisionis-
mo moderado que aceptó la prórroga del estatuto internacional de la ciudad
en 1935 a cambio de unas contrapartidas modestas (Egido: 1987, 329-339).

3. La ocupación de Tánger y el sueño truncado de un imperio

colonial en el noroeste de África

La evolución de la II Guerra Mundial, favorable a las potencias del Eje


durante los primeros años de la contienda, creó las condiciones para que los
sentimientos de agravio comparativo por el papel marginal y subordinado
atribuido a España en el reparto colonial del noroeste de África cristaliza-
ran en un proyecto expansionista de tonos imperiales. Las tesis irredentis-
tas del africanismo militar español (Morales Lezcano: 1989), fusionadas
con la retórica imperial de la Falange, dieron lugar a un proyecto expansio-
nista plasmado en conferencias, artículos y publicaciones de la época entre
las que destaca la obra conjunta de Fernando Mª Castiella y José María de
Areilza, Reivindicaciones de España, que se autopresentaba como “un sen-
cillo alegato a favor de los derechos de España, despreciados, heridos de
muerte durante más de 100 años por la política exterior de Londres y París”
(Areilza y Castiella: 1941, 19). Las tesis allí recogidas fueron desarrolladas
en otras monografías a cargo de militares como el general Díaz de Ville-
gas, politólogos como José María Cordero Torres o economistas como Al-
berto Cavanna. El argumentario de esta literatura irredentista, impulsada
por la aparición de nuevas expectativas coloniales, sostenía la imposibilidad
de mantener el statu quo colonial al final de la guerra y reclamaba repara-
ciones por el expolio territorial del que habría sido objeto España. La geo-
grafía del proyecto expansionista era elástica según los autores pero incluía
como puntos irrenunciables la recuperación de Gibraltar, objetivo que nun-
ca sería abandonado por el régimen franquista, la anexión de la zona in-
ternacional de Tánger y la unión del enclave de Ifni a la zona sur del Pro-
tectorado español en Marruecos. Las reivindicaciones más maximalistas
llegaban a reclamar la anexión íntegra del Marruecos francés, la anexión

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La vertiente histórico-política

del Oranesado en Argelia, la de Mauritania así como la de Gabón, Congo


y Camerún en el África subsahariana o la de Andorra, el Rosellón y la Cer-
deña (Nerín y Boscho: 2001, 48).
La ocupación de Tánger tuvo lugar el 14 de junio de 1940 justo el mis-
mo día que el ejército alemán ocupaba París. Ese mismo día el Boletín
Oficial del Estado recogía el abandono de la neutralidad española, decla-
rada al inicio de la guerra, y su sustitución por un estatus de “no belige-
rancia”. Aunque la ocupación fue inicialmente presentada por el ministro
de Asuntos Exteriores, Juan Beigbeder, como una medida provisional en-
caminada a garantizar la neutralidad de la ciudad en un contexto bélico,
la decisión española, azuzada por los sectores falangistas, no podía ocul-
tar la tentación de convertirla en un primer paso hacia la construcción de
un imperio mediterráneo que reforzase la posición internacional de Es-
paña. La acción española fue recibida de manera muy distinta en las di-
ferentes cancillerías europeas. Alemania e Italia tomaron nota y expresa-
ron sus simpatías por la decisión española. La Francia de Vichy, a punto
de firmar el armisticio con Alemania, se opuso enérgicamente. Gran Bre-
taña, por su parte, formuló severas protestas y la consideró ilegal aunque
acabó aceptando negociar un complicado modus vivendi en el que se re-
conocía el “especial interés” de España en la zona y expresaba “estar dis-
puesta a examinar con interés las propuestas españolas para regularizar
la zona de Tánger” (Hernando de Larramendi: 1988, 577). Sin embar-
go, las autoridades españolas no tardaron en adoptar una serie de me-
didas orientadas a anexionar de facto Tánger a la zona del Protectorado
español, al tiempo que eran eliminadas las instituciones internacionales
recogidas en el Estatuto. Por ejemplo, la categoría del Consulado General
de España en la ciudad fue reducida a la de un consulado ordinario “como
consecuencia de la incorporación de Tánger a la zona del Protectorado
español” (Decreto de 9 de noviembre de 1940). Como culminación de ese
proceso, el mendub, representante del sultán en la ciudad, fue sustituido en
marzo de 1941 por un pachá nombrado por el jalifa de la zona española a
indicaciones del alto comisario español.
El sueño de construir un imperio colonial español a costa de Francia
se desvaneció conforme evolucionaba el curso de la guerra. La negativa de
Hitler a aceptar unas pretensiones que entraban en colisión con las aspira-
ciones alemanas e italianas y que, además, corrían el riesgo de irritar a la
Francia colaboracionista de Vichy fue determinante para explicar la nega-
tiva de Franco a entrar en guerra al lado de las potencias del Eje. Estas di-
ferencias no impidieron que Alemania utilizara la ciudad de Tánger como

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La vertiente histórico-política

plataforma para sus actividades de inteligencia en el norte de África a través


de su Consulado, que estuvo abierto entre 1941 y 1944 hasta que la previsi-
ble victoria de las fuerzas aliadas aconsejó a las autoridades españolas pro-
ceder a su clausura. Al acabar la guerra, España se vio obligada a ceder el
control de la ciudad en octubre de 1945, restableciéndose el Estatuto inter-
nacional. Su participación en las instituciones internacionales, al igual que
la de Italia, quedó drásticamente reducida, al tiempo que los Estados Uni-
dos y la Unión Soviética se incorporaban a las mismas.

4. El Protectorado español en Marruecos y la política


árabe del franquismo

Al acabar la II Guerra Mundial España quedó al margen del nuevo or-


den internacional surgido tras la contienda. La Asamblea General de la Or-
ganización de las Naciones Unidas (ONU) aprobó en diciembre de 1946
una resolución de condena en la que se declaraba “convencida de que el go-
bierno fascista de Franco en España, fue impuesto al pueblo español por la
fuerza con la ayuda de las potencias del Eje” y recomendaba su exclusión
de las actividades de la ONU, así como la retirada inmediata de los emba-
jadores y ministros plenipotenciarios acreditados en Madrid. La superación
del aislamiento internacional se convirtió en el objetivo prioritario de una
política exterior orientada en un primer momento a conseguir la deroga-
ción de esa resolución condenatoria y, posteriormente, a obtener los respal-
dos suficientes para incorporarse a la Organización de las Naciones Uni-
das. El estrechamiento de las relaciones con los Estados árabes de Oriente
Próximo se convirtió, junto a las relaciones con Hispanoamérica, en uno
de los ejes de una política exterior de supervivencia en el marco de lo que
la retórica oficial calificaba como “tradicionales relaciones de amistad con
el mundo árabe”. Esta política se basó en la explotación ideologizada de las
afinidades históricas y culturales derivadas de una historia común duran-
te los ocho siglos de presencia musulmana en Al-Ándalus y en el mante-
nimiento de posiciones proárabes en la cuestión palestina, explicitadas en
el rechazo al reconocimiento del Estado de Israel, creado en mayo de 1948
(Algora: 1995).
La necesidad de obtener el respaldo de los Estados árabes para alcanzar
ambos objetivos chocaba con el hecho de que España siguiera siendo una
potencia colonial en el noroeste de África. Uno de los objetivos perseguidos
por la Liga de Estados Árabes, creada en El Cairo en marzo de 1945, era
precisamente el de ayudar a los países árabes todavía colonizados a alcan-

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La vertiente histórico-política

zar sus independencias. La capital egipcia se convirtió, por este motivo, en


un punto de atracción para los dirigentes nacionalistas magrebíes que du-
rante la II Guerra Mundial habían comenzado a reclamar de forma cada
vez más abierta las independencias. En 1947 fue creada allí una Oficina del
Magreb Árabe de la que formaban parte los principales partidos naciona-
listas de Argelia, Marruecos y Túnez incluyendo el Partido Nacional Refor-
mista, liderado por el tetuaní Abdeljalek Torres, y cuyo campo de actuación
era el Protectorado español en Marruecos. El objetivo de la Oficina era el
de informar y sensibilizar a la opinión pública internacional sobre la situa-
ción de la ocupación colonial existente en el norte de África. En enero de
1948 fue creado, también en El Cairo, un Comité de Liberación del Ma-
greb Árabe bajo la presidencia de líder rifeño Abd-el-Krim el Jatabi, quien
durante su traslado a la metrópoli desde la Isla de la Reunión en la que ha-
bía estado preso desde 1926 aprovechó la escala realizada en Port Said para
refugiarse en Egipto. Los partidos nacionalistas magrebíes integrados en
el Comité establecieron como objetivo alcanzar una independencia total
para Argelia, Marruecos y Túnez. El régimen franquista se enfrentó en-
tonces al dilema de cómo conciliar el necesario reforzamiento de las rela-
ciones con los Estados árabes de Oriente Próximo como instrumento para
normalizar su posición en el orden internacional surgido tras la conferen-
cia de Yalta, con su condición de Estado colonizador poco predispuesto a
atender las crecientes demandas nacionalistas de independencia apoyadas
por la Liga Árabe.
El régimen franquista recurrió al mito de una “fraternidad hispano-
marroquí” que estaría alimentada por la benévola política que este desa-
rrollaba hacia los marroquíes en el Protectorado, calificado como “zona fe-
liz”. Este relato pasaba por alto la animadversión recíproca provocada por
las guerras coloniales durante las décadas anteriores y ponía el énfasis en
la existencia de una larga y fecunda historia común. Concesiones realiza-
das por el alto comisario Juan Beigbeder durante los años de la guerra civil,
para asegurarse de que el movimiento nacionalista marroquí no obstaculi-
zara el reclutamiento de tropas marroquíes, eran presentadas como ejem-
plos concretos de esa relación fraternal aunque desigual entre marroquíes y
españoles. La legalización de partidos nacionalistas en la zona del Protec-
torado español (Partido de la Reforma Nacional en 1936 y el Partido de la
Unidad Marroquí en 1937), la participación de algunos líderes nacionalis-
tas en la administración jalifiana o la creación de instituciones educativas
y culturales como el Instituto Jalifiano Muley el Hassan de Estudios Ma-
rroquíes (1937) o el Instituto General Franco de Estudios e Investigación

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La vertiente histórico-política

Hispano-Árabe (1938), que buscaban reforzar la existencia de una identi-


dad compartida, fueron presentadas a posteriori como ejemplos concretos
de una idealizada “hermandad hispano-marroquí” utilizada como carta
de presentación ante los Estados de la Liga Árabe.
La estrategia consistía en tratar de difundir ante la opinión pública de
Oriente Próximo una imagen de España como país favorable a las aspira-
ciones nacionalistas magrebíes en contraste con la política represiva lleva-
da a cabo por Francia en la zona sur de su Protectorado. Para reforzar ese
argumento se ponía como ejemplo la creación y el funcionamiento de una
Casa de Marruecos en El Cairo (Bayt al-Magrib), dependiente del Institu-
to Jalifiano Muley el Hassan de Estudios Marroquíes que dirigía el líder
nacionalista Mekki el Nasiri, y en la que se habrían alojado medio cente-
nar de jóvenes marroquíes becados por la Alta Comisaría entre 1938 y 1948
(González y Azaola: 2008). La “marroquinización” de la enseñanza aco-
metida en 1937 con la transformación de las antiguas escuelas hispano-ára-
bes en escuelas marroquíes era presentada como una prueba adicional del
compromiso de España con la formación de una élite que estuviera en con-
diciones de asumir responsabilidades crecientes en la dirección y gestión de
los asuntos marroquíes (González: 2010, 386-393).
La credibilidad de esta estrategia chocaba sin embargo con las reivindi-
caciones de unos dirigentes nacionalistas que, tras el final de la II Guerra
Mundial, se alejaban cada vez más de las veleidades colaboracionistas con
la administración colonial española y reclamaban abiertamente la opción
de la independencia. Eso fue lo que ocurrió, por ejemplo, con la delegación
enviada en 1946 a El Cairo por la Alta Comisaría a instancias de la Liga
Árabe. Dos de sus tres integrantes se desmarcaron de la función amplifica-
dora de las bondades de la política española y emprendieron una gira para-
lela por Siria, Libia, Irak, Transjordania y Arabia Saudí en la que criticaron
abiertamente a la administración colonial española y reclamaron apoyos
para la independencia (Madariaga: 2013, 355-357).
La centralidad que la cuestión palestina adquirió en la agenda de la
Liga Árabe, tras la aprobación del Plan de Partición de Palestina por la
ONU en noviembre de 1947, relegó a un segundo plano la atención que la
organización panárabe prestaba a los movimientos nacionalistas magrebíes.
Aunque España seguía siendo un país colonizador, comenzó a ser percibi-
do cada vez más como un país comprometido con la cuestión palestina al
autorizar durante la guerra de 1948 la venta secreta de armamento a Siria,
Líbano y Egipto y también como un intermediario capaz de atraer hacia
las tesis árabes el voto de los países iberoamericanos en la ONU.

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La vertiente histórico-política

Para reforzar esa imagen proárabe el Protectorado fue utilizado como


escenario privilegiado de la solidaridad española con el pueblo palestino. El
alto comisario Varela autorizó, por ejemplo, la realización de una suscrip-
ción popular a beneficio de los damnificados de la guerra de 1948 cuyo im-
porte —4,5 millones de pesetas— fue recogido en marzo de 1949 por un
representante del Alto Comité Árabe de Palestina pocas semanas antes de
que la “cuestión española” fuera tratada de nuevo en la Asamblea General
de la ONU. Ese mismo año, el Gobierno español respondió favorablemente
a los llamamientos de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados
de Palestina y se ofreció a acoger a mil niños palestinos en familias árabes
residentes en el Protectorado (Algora: 2003, 28).
La negativa a reconocer al Estado de Israel tras su proclamación en
mayo de 1948 fue determinante para que los países de la Liga Árabe apo-
yaran, en noviembre de 1950, la derogación de la resolución condenatoria
sobre España pese a que la votación tuvo lugar en un contexto en el que la
Alta Comisaría había endurecido la represión hacia el movimiento nacio-
nalista tras los sucesos de Tetuán de febrero de 1948, provocados por la ne-
gativa de las autoridades coloniales a permitir la entrada en la zona españo-
la de Abdeljalek Torres procedente de El Cairo (Velasco: 2012).

5. La destitución de Mohamed V y la
independencia de Marruecos

El alineamiento de Mohamed V con las tesis independentistas del mo-


vimiento nacionalista marroquí provocó una creciente tensión entre el sul-
tán y las autoridades coloniales francesas. El punto de inflexión tuvo lugar
cuando el sultán se desplazó a la ciudad internacional de Tánger en abril
de 1947 y pronunció un discurso en el que reclamaba una independencia
unitaria bajo su soberanía que incluyera las tres zonas en las que había sido
dividido el Imperio jerifiano. Su apoyo cada vez más explícito al partido del
Istiqlal, principal formación nacionalista de la zona sur, y los violentos in-
cidentes que tuvieron lugar entre franceses y nacionalistas marroquíes en
Casablanca a finales de 1952, endurecieron la respuesta de la Residencia
General con el apoyo de los colonos franceses. El 20 de agosto de 1953 Mo-
hamed V fue depuesto y deportado, primero a Córcega y luego a Madagas-
car. En su lugar fue situado Muley ben Arafa, figura decorativa y fácilmen-
te controlable por la Residencia General.
Las autoridades españolas, que, tras la llegada a la Alta Comisaría en
1951 del general García-Valiño, habían iniciado una política de claro acer-

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La vertiente histórico-política

camiento hacia el movimiento nacionalista, criticaron abiertamente la de-


cisión unilateral francesa de destituir al sultán sin haberlo consultado pre-
viamente con España. La posición española fue la de no reconocer al sultán
“títere” de Francia manteniendo la autoridad del jalifa, representante en la
zona norte del legítimo sultán.
El Protectorado español se transformó en un refugio seguro para los
nacionalistas marroquíes que luchaban contra el colonialismo francés y se
negaban a reconocer al sultán impuesto por Francia. Los refugiados en la
zona española fueron provistos de documentos de identidad ad hoc y reci-
bieron ayudas económicas procedentes tanto de la Alta Comisaría como de
colectas organizadas por el Partido Nacional Reformista de Abdeljalek To-
rres. A esta ayuda material hubo que añadir las facilidades proporcionadas
para la compra y el transporte de armas dirigidas al Ejército de Liberación
Marroquí, brazo armado del partido del Istiqlal (Ybarra: 1998, 230-235).
Esta posición autónoma frente a París reflejaba, por un lado la voluntad de
ajustar cuentas con la política antifranquista llevada a cabo por la IV Repú-
blica francesa, pero también respondía a la necesidad de reforzar la imagen
de España ante los países árabes de Oriente Próximo una vez que la cues-
tión de la independencia de Marruecos había sido oficialmente planteada
por la Liga Árabe en la ONU en 1951.
La política de apoyo a los nacionalistas perseguidos en el Protectora-
do francés fue utilizada como elemento de presión ante París para inten-
tar limitar las actividades de los exiliados republicanos y, sobre todo, como
instrumento para reforzar la imagen proárabe del régimen español en un
momento en el que habían comenzado a surgir regímenes panarabistas en
algunos países de Oriente Medio como Egipto. El voto árabe fue decisivo
cuando en 1955 se votó la incorporación de España a la ONU culminan-
do un proceso de normalización internacional que se había visto favoreci-
do por el inicio de la Guerra Fría y que había sido precedido por el estable-
cimiento de relaciones diplomáticas con El Vaticano y por la firma de los
acuerdos con Estados Unidos en 1953.
El paternalismo deformante que inspiró la política marroquí del régi-
men franquista no fue, sin embargo, capaz de comprender que la lógica
descolonizadora era imparable. Cuando Francia rectificó su política permi-
tiendo regresar a Marruecos a Mohamed V en noviembre de 1955, España
no comprendió que el proceso de independencia se aceleraba. Esta incom-
prensión impidió capitalizar el apoyo prestado al movimiento nacionalista
durante los años anteriores. Las vacilaciones y titubeos mostrados entonces,
restaron credibilidad a la política española que volvió, una vez más, a ir a

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La vertiente histórico-política

remolque de Francia. España concedió la independencia a su Protectorado


en abril de 1956, un mes después de que Francia lo hubiera hecho. La ne-
gativa a descolonizar Tarfaya, la zona sur del Protectorado español atribui-
da a España en el Convenio hispano-francés de 1912, dio lugar a la “Guerra
de Ifni” entre 1957 y 1958 en la que hubo que recurrir a la ayuda militar de
Francia para derrotar al Ejército de Liberación Marroquí. Las tesis irreden-
tistas del “Gran Marruecos” formuladas por Allal el Fasi situaron a España
a la defensiva, hipotecando unas relaciones caracterizadas por una descolo-
nización por etapas que desde entonces no ha dejado de inyectar una con-
flictividad cíclica a las relaciones entre Marruecos y España, el único Esta-
do europeo que tras la independencia de Argelia sigue teniendo una parte
de su territorio nacional en el norte de África (Hernando de Larramendi:
2008, 307-320).

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Miguel Hernando de Larramendi Martínez 111


112
La vertiente histórico-política

Canalejas, modelo de liberales, retratado por Kaulak, ca. 1905


En el áspero debate (que prosigue) entre una España reformista y su contraria, opuesta a todo cambio,
José Canalejas Méndez (1866-1912) lideraba no solo la primera, sino que, por su categoría intelectual y moral,
su carácter emprendedor, responsable y dialogante, convencida tenía a parte de esa otra España. Su asesinato,
por el anarquista Pardiñas, privó al régimen protectoral hispano-francés, que por entonces se debatía en las
cancillerías europeas, de la palabra más autorizada de España.
Vintage de Antonio Cánovas del Castillo y Vallejo (Kaulak), coincidente con sus primeros trabajos en el que fue su gran estudio
—en el 4 de la calle de Alcalá— en los que firmaba como “Dalton-Kaulak”. El primer concepto por el “daltonismo” del blanco y negro;
el segundo sigue siendo un misterio. Colección Pando.

El Protectorado español en Marruecos 113


La vertiente histórico-política

Jefe condecorado de una harca amiga, 1913


La política militar de España en Marruecos insistió en dos gravísimos errores: utilizar a las tropas indígenas
como fuerza de choque —mientras los soldados españoles asistían como “espectadores” a los combates—
y el auxilio de otros naturales del país agrupados en “harcas amigas”. Ambos contingentes sufrieron las mayores
pérdidas o las irremediables (mutilados o muertos), causantes de la ruina de sus familias al quedar estas sin
pensión; el desdén o los malos tratos de oficiales incompetentes o despóticos; el abusivo retraso en abonarles sus
pagas. Este chiuj (jefe), que no hemos identificado, fue uno de aquellos leales y pacientes rifeños. En su pecho
ostenta la Cruz del Mérito Militar con distintivo rojo y pensionada.
Autor anónimo. Vintage en papel-foto levemente virado a sepia. Colección Pando.

El Protectorado español en Marruecos 114


La vertiente histórico-política

Poincaré recibe a Alfonso XIII en París, mayo de 1912


El 8 de mayo de 1913 el presidente Raymond Poincaré se esforzaba por acompasar su paso a la zancada de
Alfonso XIII durante la segunda visita (la primera fue en junio de 1905) del monarca español a París.
Original de autor anónimo, en papel-foto para tarjeta postal. Colección Pando.

Prisioneros liberados por el Mizzian, febrero de 1912


El 8 de febrero de 1912, delegados del Rif liberaron a los ocho soldados y el cantinero español capturados en
los combates de Izarrora (27 diciembre 1911). Aquel gesto humanitario probaba, tanto a españoles como rifeños,
la autoridad moral y política de Mohammed el Mizzian, santón y afamado guerrero del insumiso norte.
En la imagen aparecen seis de los soldados —uno de estos con un brazo en cabestrillo— y el cantinero. Fueron
testigos de aquella entrega los generales García Aldave y Jordana (detrás del primero, en la segunda fila).
Autor anónimo. Copia del original en papel-foto. Colección Pando.

El Protectorado español en Marruecos 115


La vertiente histórico-política

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El Protectorado español en Marruecos
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La vertiente histórico-política

Alfonso XIII y Poincaré en Toledo, octubre de 1913


En octubre de 1913 el presidente Poincaré llegó a España en amistosa compensación por la visita del rey Alfonso. Poincaré visitó la Academia
de Infantería de Toledo, donde fue hecha esta fotografía. Alfonso XIII tenía, a su derecha, al general Lyautey y, a su izquierda, Poincaré.
Al lado de este se encontraba el general Agustín Luque, ministro de la Guerra. Y a la derecha, dos figuras políticas de relieve: Léon Marcel
Geoffray, embajador de Francia y el conde de Romanones (Álvaro de Figueroa y Torres). El conde, líder de los liberales y por entonces jefe del
Gobierno, observa, con antipático gesto, las labores del apurado fotógrafo Carmona.
Original distribuido como tarjeta postal, impresa en fotograbado. Colección Pando.
La vertiente histórico-política

El Protectorado español en Marruecos 118


La vertiente histórico-política

Fuerzas de Caballería en el Kert, invierno de 1912-1913


Jinetes de una unidad no identificada, que daban escolta a un convoy,
abrevan sus monturas en la corriente del Kert, río-frontera entre la paz y la guerra.
Original de autor anónimo en papel-foto virado a sepia. Colección Pando.

El Protectorado español en Marruecos 119


La vertiente histórico-política

Mohammed Ben Mizzian, jefe de los Beni Sicar, 1914


La cabila de los Beni Sicar ocupa la península de Tres Forcas, constituyendo el flanco derecho (exterior) de
Melilla. Este murallón de rocas y escalonados aduares cierra la retaguardia de la plaza. De haberse sublevado
en 1909 y 1912 y sobre todo en 1921, hubiese hecho imposible la defensa de Melilla, al quedar toda la población
a merced de la fusilería rifeña. Quien evitó esos desastres fue el jefe de los Beni Sicar, Ben Mohammed Ben
Kassem el Mizzian. Leal siempre a España, también lo fue su hijo, el teniente (luego general) Mizzian, que
estuvo en Annual el día del desastre, donde fue gravemente herido.
Vintage de autor anónimo. Copia en papel-foto virada a sepia. Colección Pando.

El Protectorado español en Marruecos 120


La vertiente histórico-política

Primeros desembarcos en Larache, junio de 1912


El 13 de junio de 1911 el teniente coronel Silvestre desembarcaba, con una reducida escolta, en Larache.
Su inmediato entendimiento con el Raisuni propició la llegada de refuerzos y la ocupación de los territorios
del Garb. La imagen muestra la arribada de lanchones con tropas y caballerías.
Vintage de autor anónimo. Copia del original virada a sepia. Colección Pando.

El primer jalifa entra en Tetuán, abril de 1913


El 27 de abril de 1913 hacía su triunfal entrada en Tetuán, a través de la Puerta de la Reina —recuerdo
de la guerra de 1859-1860—, el primer jalifa (lugarteniente del sultán) nombrado por España:
Ben Mohammed Muley el Mhedi.
Tarjeta postal en fotograbado a partir de un original de Agustín Rectoret, fotógrafo tetuaní. Colección Pando.

El Protectorado español en Marruecos 121


La vertiente histórico-política

Convoy de suministros en su ascensión al Monte Harcha, 1914


En esta altura, al noreste de Arruit, quedó emplazada una batería de cuatro piezas Krupp de 80 milímetros
—material obsoleto del “repatriado” desde Cuba— y media compañía de Infantería. Entre artilleros e infantes,
ciento treinta y cinco hombres. Para su abastecimiento en agua, comida y municionamiento se organizaban
convoyes como el que muestra la imagen, con doscientos mulos de carga. Cuando las últimas caballerías
afrontaban los primeros zig-zags, las que iban en cabeza aún no habían entrado en la posición. Estos convoyes
abastecían la línea del frente con una periodicidad diaria (cubas de agua) o entre catorce y veintiún días
(con víveres, correo postal y municiones).
Autor anónimo. Copia en papel-foto distribuida como tarjeta postal, 1914. Colección Pando.

El Protectorado español en Marruecos 122


La vertiente histórico-política

El sultán Muley Hadif a su llegada a Madrid, 1914


El exsultán Muley Hafid —décimo monarca de los alauíes—, rodeado por la expectación de las gentes tras su
llegada a la estación de Príncipe Pío, en el Madrid de 1914. Exiliado primero en Francia tras los Acuerdos de
Protectorado, el comienzo de la Gran Guerra alteró sus ánimos y planes, decidiéndose por lo lógico y próximo:
la neutralidad acogedora de la España de Alfonso XIII. Muley Hafid fallecería en París, en 1937.
Vintage (original) del primer Alfonso (Sánchez García). Copia en papel-foto virada a sepia,
distribuida por la agencia Hugelmann. Colección Pando.

El Protectorado español en Marruecos 123


La vertiente histórico-política

Aizpuru recibe adhesiones de los jefes de Quebdana, 1918


Al dorso de esta imagen, se dice: “El comandante general Aizpuru a su llegada a Zoco el Haraig
(en Quebdana, Rif Oriental), hablando con los jefes de estas cabilas, donde asientan las nuevas posiciones
ocupadas, que fueron a saludarle y hacerle ofrecimientos (de paz)”. Durante sus casi cinco años de mandato
(1915-1920) al frente de la Comandancia de Melilla, Luis Aizpuru Mondéjar dejó reiteradas pruebas de su
política de concordia, respetuosa del indígena y auxiliadora de sus familias. Su labor fue proseguida por el
coronel Gabriel de Morales, pero este no pudo impedir ni el cruce del Kert (divisoria con el Rif Central)
ni la efímera toma de Abarrán por la columna Villar, que abrieron puertas a la guerra y el desastre.
Vintage del capitán Lázaro, “informado” por él mismo, 1918. Colección Pando.

Alfonso XIII con los cadetes de la Academia de Toledo, 1914


Rodean al rey Alfonso XIII los oficiales y cadetes alumnos de la Academia de Infantería en Toledo,
durante una visita del monarca, en marzo de 1914, al campamento de Los Alijares.
Fotografía atribuible a Casa Rodríguez, luego publicada en la prensa de la época. Copia en papel-foto. Colección Pando.

El Protectorado español en Marruecos 124


La vertiente histórico-política

Entrevista de los generales Marina y Lyautey, marzo de 1914


En la primavera de 1914, a instancias del rey Alfonso XIII, el general Lyautey, residente general en Marruecos,
volvió a Madrid para entrevistarse con el general Marina, por entonces alto comisario. La reunión tuvo lugar
en la embajada francesa. Ambos jefes no concertaron acuerdos de importancia. Las fricciones entre las políticas
coloniales de España y Francia seguirían su curso, aunque llegado agosto, con el inicio de la Guerra Europea,
Francia recibiría generosa ayuda española auspiciada por Alfonso XIII.
Fotografía de Vidal, que fue portada interior de Mundo Gráfico en su edición del 18 de marzo de 1914. Colección Pando.

El Protectorado español en Marruecos 125


La vertiente histórico-política

Jordana y el Raisuni en El Fondak, mayo de 1916


Momento en el que las máximas autoridades del norte de Marruecos, el general Jordana
y el Raisuni, se aproximan, acompañados por sus respectivos séquitos, a la tienda ceremonial donde
sellarían su acuerdo político-militar.
Autor anónimo. Vintage en papel-foto. Colección Pando.

El Protectorado español en Marruecos 126


La vertiente histórico-política

El Protectorado español en Marruecos 127


La vertiente histórico-política

Cañón recuperado a los rifeños en el Gurugú, octubre de 1921


En la meseta de Haxdú (centro teórico del Gurugú norte), tropas españolas rodean una de las piezas de
artillería allí recuperadas a las fuerzas rifeñas en retirada. El cañón es un Saint-Chamond, pieza francesa de
75 milímetros, cuyas granadas rompedoras podían alcanzar el centro del casco urbano de Melilla.
Fotografía de Vidal, “informada” (al dorso) por el capitán y reportero gráfico Carlos Lázaro.
Copia del original en papel-foto. Colección Pando.

El Protectorado español en Marruecos 128


La vertiente histórico-política

Banquete al ministro Eza y Berenguer en Melilla, agosto de 1920


En el centro de la imagen, con su indefectible pajarita, el vizconde de Eza, ministro de la Guerra. A su derecha,
el oficial intérprete Clemente Cerdeira y, al lado de este, el general Dámaso Berenguer. A la izquierda de Eza,
los generales Silvestre y Monteverde. En la última fila el coronel de E. M. Francisco Jordana (hijo). En primera
fila, el más joven (que sonríe) es Manuel Fernández Duarte, hijo de Silvestre; el de mayor edad es el teniente
coronel Enrique Manera Valdés. Manera y Tulio López Ruiz, los ayudantes de Silvestre, sortearon entre sí quién
se quedaba al lado de su general. Ganó Manera y murió al lado de Silvestre.
Autor anónimo. Vintage en papel-foto. Colección Pando.

Viaje del Ministro Eza a Melilla, 1920


En agosto de 1920, Eza visitó Marruecos. Estuvo en las principales plazas, vio escuelas y dispensarios e
inspeccionó las minas de los Beni Bu Ifrur. Como ministro de la Guerra vio mucho, pero se enteró de poco. De
ese “poco” —criterios opuestos entre Silvestre y Berenguer—, nada dijo al rey. En esta imagen, tomada entre
Arruit y Drius, Eza posa en el centro. A su izquierda, los generales Silvestre y Monteverde. A su derecha, los
coroneles Riquelme y Morales, seguidos del general Berenguer. En los extremos, el teniente coronel Dávila
(derecha) y el coronel Masaller (izquierda), al mando de la Artillería y tercer jefe de la Comandancia.
Fotografía atribuible al capitán Lázaro. Vintage en papel-foto. Colección Pando.

El Protectorado español en Marruecos 129


La vertiente histórico-política

Silvestre retratado por Kaulak, 1919


El general Silvestre posa aquí, frente al más afamado retratista de su época, con su imponente apostura:
torso fuerte, gesto erguido, mirada enérgica y mostachos ya entonces legendarios. Kaulak
(Antonio Cánovas del Castillo y Vallejo), sobrino del estadista, logró aquí uno más de sus excepcionales
retratos. En 1919 Silvestre se disponía a tomar el mando de la Comandancia de Ceuta. De allí pasó a Melilla.
Y en sus barrancos quedará para siempre.
Fotografía atribuible al capitán Lázaro. Vintage en papel-foto. Colección Pando.

El Protectorado español en Marruecos 130


La vertiente histórico-política

Abd-el-Krim, jefe del Rif en guerra, pero sin teléfono, agosto de 1922
En agosto de 1922, Luis de Oteyza, director del diario La Libertad, tomó la resolución de viajar a Marruecos
para conocer de cerca la situación de los cautivos españoles al cumplirse un año de su internamiento en Axdir,
capital del Rif Libre. Lo acompañaban dos de los mejores reporteros gráficos: José María Díez Casariego y
Alfonsito (Sánchez Portela), hijo del primer Alfonso (Sánchez García). Llegado el momento de retratar
a quien se había arrogado el título de “emir del Rif ”, Mohammed Abd-el-Krim, cincuenta y un años,
no quiso que apareciera teléfono alguno en su “despacho”. Logró ocultar así la importancia de su red telefónica,
montada con la ayuda de técnicos alemanes y turcos. Y demostró al pueblo español que, sin aviones,
sin tanques, sin flota de guerra y sin tecnología, los rifeños contenían el empuje de un ejército europeo.
De aquella sesión de fotos, la mejor fue esta e hizo célebre a su autor.
Copia del original en papel-foto con el anagrama de los Alfonso. Colección Pando.

El Protectorado español en Marruecos 131


La vertiente histórico-política

El Protectorado español en Marruecos 132


La vertiente histórico-política

Silvestre pasa revista al regimiento Alcántara, 1920-1921


Al atardecer de un día invernal, los jinetes del Alcántara desfilaron, al trote largo, ante su comandante en jefe.
Los cinco escuadrones del regimiento pasaron envueltos en compromiso, orgullo y resolución.
Así combatirán y morirán. De ellos quedarán las osamentas de sus monturas.
Fotografía atribuible al capitán Lázaro. Vintage en papel-foto. Colección Pando.

El Protectorado español en Marruecos 133


La vertiente histórico-política

Silvestre con su cuartel general, en Annual, invierno de 1921


Los generales Silvestre y Navarro (con barba) estudian los alrededores del enclave rifeño que simbolizará
la mayor catástrofe, militar y política, de la España colonial. Detrás de Silvestre, casi tapado por su hombro
izquierdo, el coronel Morales. Todo el grupo mira al noroeste, en dirección al Tizzi (Paso de)
Takariest y el Yebel (monte) Abarrán. El tercer oficial por la izquierda pudiera ser el teniente
Diego Flomesta, futuro jefe de la batería de artillería en Abarrán y de la que hará (el 1 de junio)
empecinada defensa, muriendo en cautividad.
Fotografía atribuible al capitán Lázaro. Vintage en papel-foto. Legado Silvestre integrado en la Colección Pando.

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La vertiente histórico-política

El Protectorado español en Marruecos 135


La vertiente histórico-política

Silvestre y Manella comentan asuntos del servicio, 1921


El coronel Manella (de espaldas), jefe del regimiento Alcántara, mantiene distendida conversación
con el general Silvestre. Ambos jefes se reunieron en Segangan, enclave situado al pie del Gurugú
por su vertiente meridional (izquierda de la imagen). Por la derecha, en posición “descansen”,
los integrantes de varios escuadrones esperan ser revistados.
Autor anónimo. Copia del original en papel-foto, 1921. Colección Pando.

Silvestre charla con los jefes del Alcántara, 1921


En el centro, incómodo ante la cámara, su brazo izquierdo oculto tras la espalda para que nadie viera
los dedos rígidos de esa mano, deshecha en su odisea cubana, Manuel Fernández Silvestre, cincuenta años.
A su derecha, afirmado en su posición, rostro serio, Francisco Javier Manella, cincuenta y un años,
coronel jefe del Alcántara. De perfil y sonriente, brazo derecho doblado y su mano en el bolsillo,
Fernando Primo de Rivera, cuarenta y dos años, teniente coronel.
Vintage en papel-foto, atribuible al capitán Lázaro. Legado Silvestre, integrado en la Colección Pando.

El Protectorado español en Marruecos 136


La vertiente histórico-política

Los jefes de Quebdana rinden sus armas ante Riquelme, febrero de 1922
Los jefes de las cabilas de Quebdana deponen sus armas a los pies del coronel Riquelme. Las escuelas y
dispensarios de la época de Aizpuru y Morales devinieron en edificios derruidos y fusiles humillados,
no en lealtades probadas con razón y valor, propias de firmes aliados. Fue el precio de una política
colonial totalmente equivocada, tan lesiva para España como para Marruecos.
Original del capitán Lázaro, febrero de 1922. Colección Pando.

Alfonso XIII escucha la odisea de un suboficial herido, 1922


Nada más saberse las dimensiones del desastre de Annual, la Cruz Roja Española movilizó sus recursos y aportó
su rigurosa metodología clínica. La duquesa de la Victoria (Carmen Angoleti de Mesa) desarrolló tal labor
asistencial y organizativa —en Melilla y la Península—, que todos los partidos políticos se volcaron en elogios
hacia su persona. Las Actas del Congreso y el Senado así lo atestiguan. En Madrid, el hospital de San José y
Santa Adela fue su sede. Allí acudió Alfonso XIII para visitar a los heridos llegados de Marruecos.
Autor anónimo. Copia del original en papel-foto, 1922. Colección Pando.

El Protectorado español en Marruecos 137


La vertiente histórico-política

Villalba, un militar internacional en Toledo y Buenavista, 1907-1920


El gaditano José Villalba Riquelme (1856-1944) fue un modelo para el reformismo hispano
y aún hoy se mantiene como ejemplo. De su padre, el inspector médico Rafael de Villalba, adquirió
un talante guiado por la eficacia y la resolución, perceptible en cuatro facetas: capacidad de diagnóstico;
atrevimiento, claridad y contundencia en el análisis; amplio sentido de la perspectiva; determinación
a la hora de aconsejar la solución idónea para cada problema. Estos valores distinguirían a Villalba:
militar sagaz, combativo y diplomático, una mente internacionalista y racionalista,
persona contraria a toda vacilación y enemigo del eufemismo.
La impronta de Villalba se dejó ver en sus mandos como director de la Academia de Infantería
en Toledo (1909-1912) y ministro de la Guerra (1919-1920). En Toledo renovó la instrucción de tiro,
reformó la docencia sobre fortificación y la táctica de grandes unidades en campo abierto.
En Buenavista supo prevenir, proponer y perseverar. Sin desmayo y sin miedo. Creaciones suyas
fueron la Escuela Central de Gimnasia y el Tercio de Extranjeros, cuyo decreto él mismo firmase,
como ministro, el 28 de enero de 1920. Sustituido por Eza, con la Legión en fase de organización,
el vizconde, para satisfacer a Berenguer, concentró todos los efectivos del Tercio en Yebala, cuando
el máximo peligro estaba en el Rif, tal y como advirtiese Villalba.
Al distinguirse el Tercio tras el desastre de Annual, Eza se arrogó los méritos y hasta la “fundación”
de la ya célebre Legión. Entre las iniciativas de Villalba destacan sus memorandos para poner fin a la penosa
situación del Ejército de África, rearmándolo en artillería, armas automáticas y vehículos con los stocks existentes
en el Reino Unido. Preocupado por la seguridad del Protectorado y el futuro de los legionarios veteranos,
propuso que se les facilitaran tierras, casa y aperos de labranza tras cumplir diez años de servicios.
Sus obras y proyectos definen a Villalba como una de las mejores luces militares —si no la mejor—
de su tiempo. Falleció en Madrid, el 24 de noviembre de 1944, a los 88 años.
Se sintió muy francés y muy británico, lo que le convirtió en un militar universal al extraer
lo mejor de ambos referentes y combinarlos con lo español.
Fotografía de la familia Villalba.

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La vertiente histórico-política

Excautivos evadidos, con sus guardianes, de Axdir, noviembre de 1921


Al dorso de la imagen se especifica: “Soldados del regimiento Melilla nº 59, que hallándose cautivos
de Abd-el-Krim en Yebel Kaman (sic), huyeron en compañía de dos policías, cogiendo una lancha
en Axdir y desembarcando en (el Peñón de) Alhucemas”. El texto lo firma Lázaro (capitán Carlos Lázaro
Muñoz), uno de los grandes fotorreporteros de su época y debe ser considerado el mejor fotógrafo militar
español (llegó a general de división). Su prudencia al no precisar que aquellos “dos policías”
habían sido, previamente, desertores o su error al confundir Ait Kamara con “Yebel Kaman”
son cuestiones menores: el 90% de los efectivos de la Policía Indígena desertaron en julio de 1921.
Lo importante era su ecuanimidad ante la actualidad de su tiempo y su responsabilidad manierista:
Lázaro “informaba”, a mano, casi todos sus originales.
Copia del original en papel-foto. Colección Pando.

Tropas de regulares en su reconquista de Quebdana, febrero 1922


Fuerzas de Regulares camino de Afsó, El Zaio, Hassi Berkan y Muley Rachid, posiciones que encontrarán
arrasadas, con sus guarniciones aniquiladas e insepultas. Toda la labor de Aizpuru y Morales
había quedado destruida.
Original atribuible al capitán Lázaro, febrero de 1922. Colección Pando.

El Protectorado español en Marruecos 140


La vertiente histórico-política

Heridos en artolas y su escolta, convertidos en blancos, 1922


La iconografía de las Campañas de Marruecos quedó asociada a repetitiva imagen de indefensiones y
sufrimientos: el transporte de los heridos en artolas, aparejos que permitían a su dolido ocupante ir recostado.
Sistema tan incómodo como provocativo, por cuanto los heridos iban al descubierto y delataban su estado,
confirmando a las harcas rifeñas el efecto mortífero que su fuego causaba entre las filas españolas. En esta
imagen de autor anónimo, la escolta ha decidido detenerse, tal vez a exigencias del fotógrafo. De inmediato, siete
hombres quedaron convertidos en objetivos idóneos para los pacos (tiradores emboscados), capaces de acertar
blancos a distancias de hasta mil cien metros (pruebas documentales en el Archivo Maura).
Copia del original en papel-foto. Colección Pando.

El Protectorado español en Marruecos 141


Franco toma el mando de la Legión, junio 1923
El teniente coronel Franco arenga a los efectivos de la Legión, en Taffersit, tras su designación como jefe del Tercio a raíz de la muerte del carismático
teniente coronel Rafael Valenzuela Urzaiz, fallecido, junto con cincuenta de sus legionarios, el 5 de junio de 1923 en el barranco de Iguermiren, al sur
de Tizzi Assa. A la izquierda de Franco, su ayudante, el capitán Ortiz de Zárate.
Fotografía del segundo de los Alfonso (Sánchez Portela). Copia del original en papel-foto. Colección Pando.

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La vertiente histórico-política

El grueso de la Escuadra en la bahía de Alhucemas, octubre de 1927


Unidades de la Escuadra maniobran en la bahía de Alhucemas con ocasión de la visita que los reyes Alfonso
XIII y Victoria Eugenia hicieron al Marruecos protectoral, en octubre de 1927, tres meses después de finalizar
la guerra —proclama al efecto del general Sanjurjo en Bab Taza (Gomara), el 10 de julio anterior—, visita en la
que el rey Alfonso llegó hasta Annual y rezó unos minutos ante la Cruz de Arruit. La unidad de mayor porte (a
la derecha de la imagen) es el acorazado Jaime I, buque insignia de la Flota.
Autor anónimo. Copia del original en papel-foto. Colección Pando.

El Protectorado español en Marruecos 145


La vertiente histórico-política

Tumba de los legionarios caídos en Edchera, Sáhara, enero de 1958


Cementerio de El Aaiún con las cruces, orladas con ramajes, de los cuarenta y siete españoles
—cuarenta y cuatro eran legionarios— muertos en el combate del 13 de enero de 1958,
en las barrancadas de Edchera (Saguía El Hamra).
Copia en papel-foto del original, propiedad de la Asociación de Excombatientes de ACET-IV (Cª de Transmisiones).

El Protectorado español en Marruecos 146


La vertiente histórico-política

Marcha por el desierto de Hagunía (Sáhara, febrero de 1958)


El 17 de febrero de 1958 una patrulla del Batallón Guadalajara descubrió un depósito de víveres y decidieron
hacer con aquella harina capturada buñuelos para todos. En la imagen aparecen cuarenta y dos hombres.
A fecha de hoy, muchos han muerto. Quien sostiene la paleta es Pedro Torralba García, hoy con
setenta y siete años. Detrás (en la segunda fila), el capitán Sergio Pedrajas Carrillo (fallecido).
En la última fila (el cuarto por la izquierda), Enrique Sanz Franco, hoy con ochenta años.
El octavo es Vicente Penadés Carbonell, con setenta y cinco años.
Original propiedad de la Asociación de Excombatientes del Bon. Guadalajara, de la que Penadés es su presidente.

Recuperación del pan lanzado por los JU-52 (Hagunía, febrero de 1958)
El 18 de febrero de 1958, los hombres de Pedrajas nada tenían para comer ni beber. Solicitado socorro aéreo,
los trimotores JU-52, en pasadas a baja altura, lanzaron sacos de pan. La imagen muestra aquella recogida,
acosada la tropa por tornados que los azotaban con arenisca y piedras. Pedrajas solicitó ayuda para evacuar
a los suyos. Llevaban treinta kilómetros de marcha por el desierto. La columna de socorro quedó a medio
kilómetro de ellos. Pedrajas y Sanz decidieron poner a salvo a los que yacían inconscientes, y así diez hombres
salvaron su vida. Pedrajas cumplió la promesa que, el 10 de febrero, hiciera a su gente: “Nadie quedará
a mis espaldas”. Recibió la Cruz del Mérito Militar con distintivo rojo. A Sanz, el Gobierno
de Franco nada le concedió y los gobiernos democráticos, tampoco.
Original propiedad de la Asociación de Excombatientes del Bon. Guadalajara.

El Protectorado español en Marruecos 147


La vertiente histórico-política

Encuentro de las fuerzas españolas y francesas (Sáhara, febrero de 1959)


A mediados de febrero de 1959, fuerzas españolas y francesas se encontraron en Gor-Am-Ghana, punto
del Sáhara situado al oeste de Tinduf. Hubo intercambio de saludos, no de presentes. Los españoles solo
llevaban encima unos mendrugos de pan. Los franceses iban tan bien pertrechados como alimentados.
E invitaron a los españoles, avergonzados de su andrajoso aspecto (por eso se pusieron capotes, aunque
la temperatura superaba los 30º). “Aquel día comimos como reyes”. Esta frase de Josep Riatós i Casajuana
(segundo por la izquierda de la segunda fila) resume esas diferencias. El cuarto por la izquierda
es Francisco Mas Olivé, hoy con setenta y siete años al igual que Riatós. Abraza a los bravos catalanes
“un sargento fortísimo y simpático, de Marsella”. Españoles y franceses nunca volvieron a verse,
pero los primeros no olvidan la solidaridad de los segundos.
Copia en papel-foto del original, propiedad de la Asociación ACET-IV (Cª de Transmisiones),
de la que Riatós es su presidente.

Selección de fotografías y elaboración de textos a cargo de Juan Pando Despierto.

El Protectorado español en Marruecos 148


Las relaciones de Marruecos y España a partir
de la independencia

Ricardo Martí Fluxá

Durante largo tiempo, la concepción predominante de la política ex-


terior afirmaba el protagonismo absoluto de los estados. Estos, a su vez,
tendrían que valerse en la ejecución de esta política internacional de dos
herramientas fundamentales. Una de ellas es la diplomacia y la otra las
fuerzas armadas. A la diplomacia le correspondería la vía pacífica y a las
fuerzas armadas la vía bélica. Este esquema básico sigue siendo aprovecha-
ble en sus grandes líneas pero, indudablemente, necesita correcciones ya
que al día de hoy es incompleto. Para completarlo precisa la incorporación
de diversas innovaciones sobrevenidas en el mismo desarrollo de la activi-
dad internacional.
En primer lugar, la incorporación a la acción exterior de nuevos secto-
res y elementos como la cultura, la ciencia, la tecnología, la economía, las
cuestiones sociales, la información y un amplio etcétera. En segundo lugar,
el hecho de que la dinámica de la política exterior ha dejado de estar limi-
tada a un juego entre los diferentes estados, sino que, por el contrario, di-
ferentes organizaciones internacionales han ido creciendo en importancia
en la actividad internacional. De ello da buena prueba la creciente transfe-
rencia a organismos supranacionales de competencias que antaño definían

Ricardo Martí Fluxá 149


La vertiente histórico-política

la misma existencia y caracterización de los estados. En tercer lugar, la cre-


ciente intervención en la misma definición de la actividad exterior de las
naciones de los grupos y de las redes sociales que dejan de ser testigos mu-
dos para convertirse, muchas veces, en actores fundamentales de la misma.
Hoy ya no cabe conducir una política exterior coherente sin contar con la
solidaridad, la complicidad y el asentimiento de la sociedad.
Tiene también que ser acorde la política internacional de un estado
con su situación geoestratégica. Por ello, una antigua nación como Espa-
ña, con largos siglos de historia a sus espaldas y con una determinada situa-
ción geográfica tiene forzosamente unas coordenadas que condicionan in-
dudablemente su actuación. Nuestro espacio físico tiene dos características
propias que le confieren, a primera vista, una ventaja comparativa a escala
global, una de ellas es su extensión y la otra su ubicación. Pero, al mismo
tiempo estas dos ventajas plantean igualmente problemas, como pueden ser
la defensa de unas extensas fronteras marítimas o el “efecto llamada” que
un mayor nivel de riqueza puede realizar sobre sociedades menos desarro-
lladas y muy próximas, bien por la geografía, bien por una lengua y una ci-
vilización comunes.
También resulta necesario destacar la profunda relación que existe
entre la política interior y la política exterior de los estados. La actividad
internacional debe ser un eco preciso de la sociedad nacional, de sus in-
tereses, de sus aspiraciones y debe reflejar con la máxima exactitud po-
sible la política interior. Una política exterior sólida es aquella que pro-
yecta naturalmente la política interna de una sociedad estable y bien
estructurada.
Por último, y como señala Kenneth Waltz,
lo que necesita una política exterior no es un conjunto de simples atributos sino un
adecuado equilibrio de cualidades: realismo e imaginación, flexibilidad y firmeza,
vigor y moderación, continuidad de una política cuando resulta ser buena y capa-
cidad de cambiar de dirección cuando las condiciones internacionales hacen desea-
bles nuevos rumbos, en suma adaptación de la política sin destrucción de su cohe-
rencia o de su crédito (Waltz: 1967, 16).

Si nos referimos, como es el propósito de estas páginas, a la política ex-


terior de España en relación con Marruecos desde la independencia de esta
nación, es decir desde el 2 de marzo de 1956, veremos que los principios an-
teriores no han estado siempre patentes en nuestras relaciones. En muchas
ocasiones las emociones han primado sobre el realismo, y el equilibrio ha
brillado por su ausencia. En palabras de Alfonso de la Serna, “los hechos
geográficos e históricos han ido levantando, a través de los siglos, una fron-

Ricardo Martí Fluxá 150


La vertiente histórico-política

tera erizada de obstáculos entre esos dos grandes países que hoy llamamos
Marruecos y España” (Serna: 2001, 62). Nada hay más cierto que esta afir-
mación. Nuestra historia común, a lo largo de los siglos, está plagada de
guerras, de ocupaciones militares, de invasiones y reconquistas, de reivin-
dicaciones seculares, de conflictos de todo tipo y de crisis diplomáticas que
se extienden hasta nuestros días. En el mundo del siglo XXI, en el que el
fenómeno de la globalización parece atenuar diferencias y difuminar viejas
controversias, crecen sin embargo nuevas fuentes de problemas que se acen-
túan cuando se producen entre naciones que todavía no han conseguido ci-
catrizar antiguas heridas. Una y otra vez, si nos atenemos a los titulares de
los periódicos durante las últimas décadas, hemos abierto “nuevas etapas”
en nuestras relaciones “aparcando antiguas controversias”, y sin embargo,
esas antiguas controversias han reaparecido como los ojos de un Guadiana
que no parece tener fin.
Indudablemente, las relaciones entre España y Marruecos han sido
tradicionalmente conflictivas, desde la independencia de esta nación, con
ciclos de mayor hostilidad y otros de mayor cooperación. Alejandro del Va-
lle señala como hitos la retrocesión de Tarfaya (1958), el conflicto y retro-
cesión de Ifni (1969), la Marcha Verde (1975), los Acuerdos de Madrid y la
retirada española del Sáhara (1975-1976), los continuos conflictos de pes-
ca, el Acuerdo de Amistad y Cooperación de 1991, la crisis de 2001-2003 y
una normalización iniciada en 2004, que ha llevado a la existencia hoy de
una intensa colaboración bilateral con múltiples grupos de trabajo y comi-
siones mixtas en diferentes ámbitos, aunque con innumerables problemas
latentes.
Es clara y evidente la percepción del Estrecho de Gibraltar como una
frontera problemática entre España y Marruecos, como un espacio condi-
cionado por su propia naturaleza a ser continua fuente de problemas y de
contenciosos. A esta percepción colabora indudablemente la desigualdad en
el índice de riqueza y de desarrollo a ambos lados del Estrecho que se tra-
duce hoy en día en un flujo imparable de inmigración legal e ilegal.
Es imposible en el corto espacio del que disponemos hacer un reco-
rrido pormenorizado por lo que han sido las relaciones diplomáticas en-
tre los dos países en estos casi sesenta años. Por ello, me centraré en las
cuestiones que, a lo largo de estos años, han podido crear mayor nivel de
confrontación. Comenzaré con la antigua reivindicación marroquí sobre
nuestras plazas de soberanía, Ceuta y Melilla, para continuar con la cues-
tión del Sáhara y concluir con los actuales problemas derivados de la in-
migración ilegal.

Ricardo Martí Fluxá 151


La vertiente histórico-política

1. Ceuta y Melilla. La reivindicación constante

La recuperación de Ceuta y de Melilla ha sido un objetivo constante de


la política exterior marroquí pese a que son
ciudades españolas, construidas principalmente por españoles, habitadas mayori-
tariamente por españoles, regidas conforme a las leyes españolas (...) y sin embar-
go, desde que Ceuta fue conquistada, en 1415, por los ejércitos de Portugal, y desde
que Melilla lo fue por los soldados del duque de Medina Sidonia en 1497, ambas
ciudades han vivido precariamente, en frecuente zozobra, por los ataques y cercos
militares a que les han sometido los combatientes marroquíes a lo largo de los si-
glos (Serna: 2001, 177).

Las dos ciudades, junto con los diferentes islotes del norte de África,
alcanzan un territorio de treinta y dos kilómetros cuadrados aproximada-
mente, de estos, diecinueve corresponden a Ceuta y doce a Melilla, el resto
se reparte entre las islas Chafarinas, los peñones de Vélez y Alhucemas y el
controvertido y ya famoso islote de Perejil. No es, por lo tanto, un territo-
rio de extensión considerable pero, sin embargo, supone uno de los princi-
pales focos de tensión y de inseguridad para España debido a una serie de
factores derivados de la constante presión política por parte de Marruecos.
Es, sin duda, difícil aproximarnos a este problema con frialdad y sin
apasionamiento. A lo largo de los sesenta años que transcurren desde la in-
dependencia del reino alauita hasta nuestros días se han sucedido múltiples
teorías, diferentes estrategias diplomáticas, pero unas y otras se estrellan
contra dos posiciones berroqueñas, defendidas la una y la otra por los suce-
sivos gobiernos marroquí y español sea cual fuera el partido político que lo
sustentara. La primera, defensora a ultranza de la imprescindible retroce-
sión a Marruecos de las ciudades de Ceuta, de Melilla y de los demás micro
territorios del norte de África; y la segunda, abanderada de la indudable e
irrenunciable españolidad de las ciudades y territorios citados.
De cualquier forma, y basándonos en hechos objetivos, las dos ciu-
dades presentan, en comparación con las demás comunidades que com-
prenden el territorio de la nación española, una serie de peculiaridades no
solo geográficas, sino también políticas y demográficas que complican la
normal administración de estos territorios. La población musulmana au-
menta de forma continuada en ambas ciudades, mientras que la de origen
peninsular, muchas veces asentada por generaciones, va disminuyendo;
todo ello, por efecto del muy diferente índice de natalidad de ambas co-
munidades. Es difícil, por otra parte, saber con precisión cómo se repar-
ten, en porcentajes, estas dos comunidades ya que la población de origen
marroquí ha adquirido en una enorme mayoría la nacionalidad españo-

Ricardo Martí Fluxá 152


La vertiente histórico-política

la y los intentos de establecer una clara diferenciación basándonos en los


apellidos fracasa cuando además muchas familias ostentan ambas nacio-
nalidades. Sí, se puede señalar, como dato objetivo, el incremento del voto
registrado por los partidos musulmanes, desde su aparición en las eleccio-
nes municipales y autonómicas de 1995. Este incremento de voto, que en
Melilla, por una serie de circunstancias derivadas de la complicada perso-
nalidad del líder del partido musulmán Mustafá Aberchán, ha sido más
oscilante, en Ceuta ha registrado un crecimiento exponencial. No pode-
mos tampoco olvidar los problemas de origen económico que van a inci-
dir muy negativamente en la estabilidad de ambas ciudades. Este año ter-
mina el proceso de desarme arancelario de Marruecos en relación con la
Unión Europea y, por lo tanto, tenderá a disminuir considerablemente el
pequeño comercio que es la base fundamental de la actividad económi-
ca de las dos plazas. Además, no podemos olvidar la incidencia de la cri-
sis económica general que afecta a aquellos territorios de forma similar o
incluso superior a la de la vecina Comunidad de Andalucía. Así, y como
señala en un estudio el Real Instituto Elcano, Ceuta y Melilla se enfren-
tan hoy al declive económico, a la amenaza terrorista y a la división étni-
ca, con el pronóstico de la conversión en mayoría de la población de ori-
gen marroquí.
No podemos tampoco olvidar en este contexto el proceso creciente de
europeización de la política exterior española. A juicio de José Ignacio To-
rreblanca, es posible observar una notable convergencia de nuestra política
exterior con la de nuestros socios de la Unión Europea. Nuestra aproxima-
ción a los problemas internacionales se fundamenta más en nuestra partici-
pación en las instituciones europeas que en los propios intereses bilaterales
y, según sus palabras, España, muchas veces, “ha tendido a fijar y definir su
posición teniendo en cuenta no sólo sus propios intereses sino fundamen-
talmente teniendo en cuenta los intereses de Europa en su conjunto” (To-
rreblanca: 2001, 488). En su opinión, la europeización de la política exterior
española ha adquirido un claro contenido de “transferencia de problemas”
(Torreblanca: 2001, 489). Así, la participación de España en la Unión Euro-
pea ha permitido multilateralizar relaciones, como las hispano-marroquíes
que, de otra forma, corrían el riesgo de enquistarse bilateralmente. En este
sentido, la mayoría de los aspectos conflictivos en las relaciones entre los
dos países se han atenuado por la participación de España y Marruecos
en la Unión. La colaboración de los organismos de Bruselas ha suaviza-
do cuestiones siempre complicadas como la pesca y ha logrado aportar una
mayor estabilidad a las relaciones.

Ricardo Martí Fluxá 153


La vertiente histórico-política

Sin embargo, el conflicto pervive y la posición de ambas naciones en re-


lación con Ceuta, Melilla y los demás territorios en el norte de África no ha
variado. Se han registrado aportaciones y soluciones académicas, algunas
realmente valiosas y otras más complicadas de defender ante las opiniones
públicas de ambos países. Ángel Ballesteros las clasifica en maximalistas,
posibilistas, intermedias, superadoras autónomas, superadoras vinculadas y
autónomas. Se refiere a un gran número de diferentes posibilidades: man-
tener la actual situación, la cesión a Marruecos, la cesión con contraparti-
das, la cesión de una ciudad manteniendo la otra, la cesión de Melilla man-
teniendo Ceuta, la cesión de los Peñones e Islas (posibilidad a la que me
referiré con más detenimiento), la bilateralización con la creación de un
gobierno mixto con instituciones regidas en pie de igualdad por españoles
y marroquíes, el “pacto de las Tres Coronas” (que también abordaré más
adelante), la gibraltarización o cesión de la soberanía a Marruecos a cam-
bio de una administración sine die española, la evianización o dar la doble
nacionalidad a los nativos, el establecimiento de bases conjuntas OTAN en
Ceuta y Melilla, incluyendo también Gibraltar, el proceso euromediterrá-
neo, o la hongkonización.
Tal vez la más rompedora sea la defendida por Máximo Cajal que afir-
ma que la marroquinidad de Ceuta y Melilla “no debe ser puesta en cues-
tión” y que
por el bien de la salud colectiva de los españoles y para desactivar toda esa mezcla de
temor, recelo y resentimiento histórico contra el “moro”, España debería dar comien-
zo a una reflexión conjunta con Rabat sobre este delicado asunto (Cajal: 2003, 285)
Una reflexión que, a su juicio, debería desembocar en soluciones acep-
tables para ambos países, pero “sin regatear por parte española, cualesquie-
ra que sean sus modalidades y plazos, la definitiva marroquinidad de las
plazas” (Cajal: 2003, 286). En lo que se refiere a los tiempos, el embajador
Cajal señala que el proceso debe iniciarse antes incluso de resolver el con-
tencioso que enfrenta a España y el Reino Unido en relación con Gibraltar.
La publicación del libro de Cajal vino acompañada de la correspondiente
polémica, aunque se señalaba que ya en 1975 el entonces embajador ante
los Organismos Internacionales con sede en Nueva York, Jaime de Piniés,
en un despacho dirigido al ministro de Asuntos Exteriores, proponía como
solución razonable “retroceder inmediatamente islotes y peñotes a Marrue-
cos, concertar un plazo de veinte años para retroceder a Marruecos la so-
beranía sobre Melilla, y rechazar cualquier discusión sobre Ceuta hasta
que hubiera obtenido España la incorporación de Gibraltar a su soberanía”.
Máximo Cajal relaciona así la reivindicación española sobre Gibraltar con

Ricardo Martí Fluxá 154


La vertiente histórico-política

las pretensiones del reino alauita sobre los territorios del norte de África, e
incluye en la polémica la ciudad de Olivenza. Para él, los tres conflictos es-
tán relacionados y es imposible la solución de uno o de otro por separado.
Aboga, por lo tanto, por una solución global que, por el momento, no pasa
de ser una mera utopía.
Alfonso de la Serna se pregunta “¿qué sería lo justo?”, y responde que
“los españoles no pueden, así, de repente, olvidar y abandonar ambas ciu-
dades con todos sus habitantes y hacerlas desaparecer, de la noche a la ma-
ñana, en tanto que ciudades españolas” (Serna: 2001, 317). Pero, sin embar-
go, también afirma que tampoco pueden Ceuta y Melilla vivir sine die bajo
la tensión reivindicativa de Marruecos.
Los españoles debemos librarnos de la precariedad física, de la incertidumbre
del futuro, de la amenaza y del peligro. Los marroquíes, librarse del sentimiento
de haber sido “despojados” por lo que ocurrió hace ya más de cinco siglos, cuando
eran otras las circunstancias (Serna: 2001, 317).

A su juicio, la solución pasaría por la creación común de una gran zona


de cooperación y de desarrollo a ambos lados del Estrecho incidiendo en la
ayuda mutua en cuestiones como el subdesarrollo, la emigración ilegal, el
contrabando o el narcotráfico. En suma, aboga por una política de desarro-
llo del norte de Marruecos, propiciada y amparada por España que debería
aportar medios, técnicas y financiación. Esta política implicaría la creación
de una red tupida de afectos e intereses que podría, en el transcurso del
tiempo, llegar a poner fin al contencioso.
Alejandro del Valle, catedrático de Derecho Internacional Público de
la Universidad de Cádiz, ha estudiado bajo un punto de vista académico el
contencioso y su aproximación, lejos de planteamientos maximalistas, utó-
picos o sentimentales, ofrece una mayor posibilidad de poderla llevar a cabo
algún día. Señala, en primer lugar, que la posición española con sus dis-
tintos títulos de adquisición de soberanía y tratados de límites fronterizos
de los siglos XVIII, XIX y XX es sólida en Derecho Internacional y nunca
los territorios del norte de África han sido considerados internacionalmen-
te como colonias. Pero, sin embargo, Marruecos los considera como una
parte irrenunciable de su identidad histórica y de su integridad geográfica,
como, a su juicio, lo fueron Tarfaya, Sidi Ifni o el Sáhara. En efecto, para
el reino alauita, los tratados firmados antes de la independencia no tienen
fuerza vinculante en cuanto fueron firmados desde una posición de fuer-
za por una de las partes contratantes. Afirma también que Marruecos ha
venido reiterando que busca una solución por vía pacífica, en negociación
bilateral con España. Punto este último más discutible ya que esta reivindi-

Ricardo Martí Fluxá 155


La vertiente histórico-política

cación constante puede llegar a ser agresiva, y lo veremos más tarde cuando
me refiera a la emigración ilegal, sin olvidar, a lo largo de los años, alguna
escaramuza como los sucesos del islote de Perejil en julio de 2002. Por todo
ello, no podemos olvidar que nos encontramos frente a un importante foco
de conflicto y de inseguridad para España y que antes o después tendremos
que hallar una solución. La arbitrada por el profesor del Valle pasa por di-
ferenciar los territorios legalmente en dos bloques e introducir en la gestión
de uno de ellos a la Unión Europea en un primer momento, y más tarde a
Marruecos. Se diferenciarían, por una parte, las Ciudades Autónomas de
Ceuta y Melilla, y por otra los demás territorios, islotes, peñones e islas, Vé-
lez de la Gomera, Alhucemas y Chafarinas. Estos territorios ni tienen un
estatuto internacional claro y definido, ni tampoco están claramente regu-
lados en el derecho interno español, salvo alguna normativa de índole mi-
litar. Por ello, debería dotarse a estos territorios de un estatuto diferenciado
del que hoy en día disfrutan Ceuta y Melilla. La diferenciación en dos blo-
ques permitiría un tratamiento diferenciado e implicar a la Unión Europea
en la gestión del segundo bloque, partiendo de unas premisas de carácter
medioambiental y aprovechando el marco actual de la cooperación trans-
fronteriza con Marruecos que permitiría integrar programas de colabora-
ción bajo normativa europea. Esta solución supondría, a su juicio, facili-
tar una posible respuesta a Marruecos, destacando la plena españolidad de
las dos ciudades, dotadas de estatutos de autonomía y plenamente integra-
das en el sistema constitucional español, mientras que los demás territorios
podrían ser la base de una estrecha cooperación hispano-marroquí en el
seno de la Unión Europea. También coincide en esta postura Domingo del
Pino que habla de la entrega “como un acto de buena voluntad a cambio
del compromiso de Marruecos de proponer soluciones al conflicto exclusi-
vamente por medios pacíficos y negociables”. Esta línea la menciona Án-
gel Ballesteros cuando se refiere a los varios escenarios posibles para lograr
solucionar el contencioso y habla de la “cesión de los Peñones y las Islas”
(Ballesteros: 2010, 105). Destaca la existencia de tres planos convergentes:
primero, la solidez de los títulos españoles sobre Ceuta y Melilla, y la debi-
lidad de la pretensión sobre los demás territorios; en segundo lugar, la falta
de mención constitucional de los citados islas y peñones; y, en tercer lugar,
una razón puramente utilitaria: “son fuente de problemas y reportan esca-
sa o nula utilidad, incluso desde el ángulo militar” (Ballesteros: 2010, 105).
El Pacto de las Tres Coronas supondría una cosoberanía que ante la
precariedad de la situación y, en palabras de Miguel Herrero de Miñón, por
no constituir la soberanía sobre aquellos territorios una cuestión de interés

Ricardo Martí Fluxá 156


La vertiente histórico-política

nacional, se constituiría entre España y Marruecos para Ceuta y Melilla y,


de forma paralela, entre España y el Reino Unido para Gibraltar.
Ha sido, por lo tanto, constante el tratamiento tanto político como di-
plomático de este complicado contencioso que enturbia desde su indepen-
dencia las relaciones entre Marruecos y España. Es difícil pensar que el
actual statu quo pueda mantenerse indefinidamente y para evitar futuras
crisis que siempre suelen aparecer en momentos en los que nuestro país se
encuentra envuelto en mayores problemas conviene, sin duda, diseñar una
política de actuación, una “hoja de ruta”. Creo que en este caso, como en
otros, debemos ser proactivos y no esperar a reaccionar cuando desde la otra
parte se realice algún movimiento reivindicativo, movimientos e iniciativas
que por parte del reino alauita se producirán sin duda.

2. El Sáhara Occidental. La dificultad de la posición española

Una de las páginas más difíciles de la política exterior española se abría


a finales de 1975 cuando, con Franco agonizante, España se enfrentó a la
Marcha Verde, organizada por Marruecos sobre el Sáhara Occidental. El
régimen, en una situación de enorme debilidad optó por claudicar de su
responsabilidad sobre este territorio y el 14 de noviembre firmó los Acuer-
dos Tripartitos y la Declaración de Madrid, cediendo la administración del
Sáhara a Marruecos y Mauritania. Esta decisión suponía desconocer el de-
recho de autodeterminación de los saharauis que había estado España pro-
clamando hasta el día anterior. A los pocos meses, en un vano intento de
recomponer su posición, el Gobierno español anunció que se retiraba de-
finitivamente de aquel territorio pero manifestaba que el proceso descolo-
nizador solo culminaría cuando la voluntad del pueblo saharaui se hubiese
expresado libremente. A partir de aquella decisión de la administración es-
pañola se rompió el frágil equilibrio que manteníamos en la zona jugando
con los intereses contrapuestos de Argelia y Marruecos. A partir de entonces,
y como señala Carlos Alonso Zaldívar, Marruecos y Argelia utilizarían a Es-
paña como instrumento en sus disputas. En 1975 se inició una fase de ten-
sión y Argelia reaccionó prestando apoyo político al MPAIAC, Movimiento
para la Autodeterminación e Independencia del Archipiélago Canario, diri-
gido por el recientemente fallecido Antonio Cubillo, y alentando reivindica-
ciones africanistas en el seno de la Organización para la Unidad Africana.
El abandono de España supuso la proclamación de la República Árabe
Saharaui Democrática, reconocida por setenta y seis países y miembro nú-
mero cincuenta y uno de la Organización de la Unidad Africana desde 1984.

Ricardo Martí Fluxá 157


La vertiente histórico-política

Supuso también el inicio de un conflicto bélico, a veces larvado y a veces en


plena ebullición, librado por el llamado Frente Polisario que culminó, como
recuerda Alejandro del Valle, con la retirada de Mauritania, la construcción
de los muros marroquíes en el Sáhara, el “Plan de Arreglo” entre Marruecos
y el Polisario en 1988 y el posterior alto el fuego en 1991 con la aprobación el
mismo año por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas del citado
“Plan de Arreglo”, por el que Marruecos y el Frente Polisario aceptaban ce-
lebrar un referéndum al año siguiente, es decir en 1992.
Se iniciaba así un proceso de descolonización tutelado por Naciones
Unidas para la aprobación de un referéndum. Un proceso que todavía no
ha culminado pese a los diferentes esfuerzos y a las varias iniciativas des-
plegadas. Así, la Misión de las Naciones Unidas para el Referéndum en el
Sáhara Occidental, el Acuerdo Marco sobre el Estatuto del Sáhara Occi-
dental (Plan Baker I de 2001), o el Plan de Paz para la libre determinación
del pueblo del Sáhara Occidental (Plan Baker II aprobado por el Consejo
de Seguridad en 2003). El punto de conflicto radica en la absoluta negati-
va de Marruecos a la aceptación de la independencia como una de las solu-
ciones que podría plantear el referéndum. El Gobierno marroquí abogaría
por la creación de una región bajo la plena soberanía alauita, aunque tam-
poco está esta solución perfectamente definida y aceptada. Fue enunciada,
como señala Hernando de Larramendi, en la carta que Abraham Serfaty
dirigió al presidente Buteflika el 8 de enero de 2000, y en la que menciona-
ba “la autonomía de un Sáhara democrático, ligado a Marruecos median-
te una solución negociada en el marco y al amparo del derecho internacio-
nal”. Esta propuesta que parece atractiva no tiene todavía hoy el apoyo de
los gobiernos implicados. Un posible estatuto de autonomía del Sáhara po-
dría suponer la aparición de similares movimientos autonomistas en otras
regiones de Marruecos y Argelia y la asunción de un mayor grado de demo-
cracia por parte de gobiernos y naciones que todavía no han hecho más que
iniciar tímidamente el camino hacia instituciones más libres.
Para la opinión pública española, el conflicto el Sáhara es y ha sido
una cuestión sensible y dolorosa, con diferentes planteamientos y diferen-
tes propuestas de posibles soluciones, según los distintos partidos políticos.
Primero, por nuestra posición como potencia en su día colonizadora y tam-
bién por nuestra incapacidad, en un primer momento por las difíciles cir-
cunstancias por las que atravesábamos, y más tarde por las ambigüedades
de nuestros planteamientos que, por una parte, intentaban hacer frente a
nuestras responsabilidades internacionales y, por otra, no complicar nues-
tras relaciones con Marruecos. Bernabé López García, en un artículo pu-

Ricardo Martí Fluxá 158


La vertiente histórico-política

blicado en el diario El País el 17 de agosto de 1999 y citado por Hernando


de Larramendi, planteaba que el pecado original del Gobierno español en
relación con el Sáhara fue el de no haber sabido preparar en los años seten-
ta una posible incorporación de aquel territorio al reino de Marruecos tal
vez como una región con cierta autonomía y haber abogado solo por la in-
dependencia como solución. Esta postura no entraba a considerar que Ma-
rruecos no aceptaría nunca la independencia o el reparto del Sáhara y que
insistir en esta solución solo acarrearía conflictos armados, tensiones e in-
comprensión entre gobiernos, principalmente Marruecos, Argelia y Espa-
ña, que por su posición geoestratégica estaban condenados a entenderse.
La posición oficial española ha mantenido unas ciertas líneas de conti-
nuidad pero con matizaciones a lo largo de los años transcurridos desde los
acuerdos tripartitos de 1975. En un primer momento, la actitud fijada, en
1976, por el entonces ministro de Asuntos Exteriores, José María de Areilza,
fue de alguna forma un salto en el vacío destinado a intentar salvar la posi-
ción española como antigua potencia colonizadora ya que consideraba que
por los citados acuerdos se cedía a Marruecos y a Mauritania la administra-
ción del Sáhara Occidental, pero no la soberanía que residía en la población.
Esta postura dotó a la posición española desde sus inicios de ambigüedad ya
que el tema del referéndum aparecía implícito como única vía de solución.
Sin embargo, nuestra adhesión a la Comunidad Europea en 1986 su-
puso un cierto cambio en nuestra posición, abogando por una política glo-
bal en la zona, a través de la intensificación de las relaciones políticas, cul-
turales y económicas, con el fin de crear una tupida red de intereses que
coadyuvara a resolver la conflictividad. Comienza entonces una época de
“neutralidad activa” que tiene como hitos fundamentales el citado “Plan de
Arreglo”, los “Acuerdos de Houston” de 1997, y el “Acuerdo Marco” que in-
troducía la idea de una autonomía del Sáhara durante cuatro años con de-
terminadas limitaciones. Este último “Acuerdo” coincidió con un momento
de enfriamiento en las relaciones hispano marroquíes derivado de la nega-
tiva de Rabat a renovar el acuerdo pesquero con la Unión Europea en 2001
y el referéndum casi clandestino organizado por la ONG de Andalucía en
el Sáhara. Comenzó así un largo periodo de tensión que supuso la retirada
del embajador de Marruecos en octubre de 2001 y la invasión del islote de
Perejil en julio de 2002. Pese a todo ello, en noviembre de 2001, por primera
vez un gobierno español, por boca del entonces ministro de Asuntos Exte-
riores José Piqué, aceptaba en unas declaraciones al diario La Vanguardia,
una solución autonomista en la línea del “Acuerdo Marco”, siempre que
esta solución fuera aceptada por la comunidad saharaui.

Ricardo Martí Fluxá 159


La vertiente histórico-política

La llegada al poder del partido socialista en 2004 supuso un cambio


en la “neutralidad activa” y se abogó por una intervención mediadora en
el viejo conflicto apoyando la búsqueda de una solución política entre las
partes. En julio de 2004, y en el viaje que realizó el presidente Rodríguez
Zapatero a Argelia, el ministro de Asuntos Exteriores Miguel Ángel Mora-
tinos afirmaba: “España debía abandonar su inhibición tradicional sobre el
Sáhara, camuflada de activismo en el marco hasta ahora estéril de las Na-
ciones Unidas, por una neutralidad activa que llevara a ‘mancharse’ para
impulsar un acuerdo.”
La iniciativa política socialista, a este respecto, podía resumirse en el
mandato a Naciones Unidas para que lograse un gran acuerdo entre Ma-
rruecos, Argelia y el Frente Polisario respetando todos los derechos de las
tres partes implicadas. Esta postura partía de la idea de que la prolonga-
ción del conflicto era el mayor obstáculo para la estabilidad de la zona y
que dificultaba el desarrollo de aquella sociedad. No podemos aquí olvidar
los brotes de terrorismo, los secuestros y las mismas raíces de la inmigra-
ción ilegal y sus mafias. El Gobierno español tomaba entonces una posi-
ción más activa en la línea de las grandes directrices diseñadas por las Na-
ciones Unidas.
En efecto, en agosto de 2005, Peter van Walsum, diplomático holandés,
asumió el papel de Baker como enviado especial del secretario general de
las Naciones Unidas y Francesco Bastagli, funcionario italiano, ocupó en
El Aaiún la representación del alto organismo. Después de su primera vi-
sita a la zona, el diplomático holandés resumió la posición de las diferentes
partes en conflicto como “cuasi irreconciliables”. Frente a este panorama,
el secretario general propuso en su informe de 2006 que la disputa se re-
solviera mediante “conversaciones directas sin condiciones previas entre las
partes con el fin de lograr una solución política que fuera justa, duradera y
mutuamente aceptable”.
Así y a partir de 2008 el Consejo de Seguridad insistió a las partes en
la necesidad de entablar conversaciones “sin precondiciones”, pero estable-
ciendo por parte del alto organismo dos condiciones propias: la autodeter-
minación del pueblo del Sáhara y la realización de las conversaciones bajo
el auspicio del secretario general. En este marco se desarrolla una nueva
ronda de negociaciones que fracasa y el Frente Polisario acaba por recha-
zar a van Walsum como mediador que fue sustituido por Christopher Ross.
Meses más tarde, este mediador logra sentar de nuevo a Marruecos y al Po-
lisario en una nueva mesa de negociación para concretar las esperanzado-
ras propuestas presentadas por el rey Mohamed VI en octubre de 2010 con

Ricardo Martí Fluxá 160


La vertiente histórico-política

ocasión del trigésimo quinto aniversario de la Marcha Verde. Estas iniciati-


vas planteaban tres ejes: la “regionalización avanzada”, la reestructuración
del Consejo Real Consultivo para Asuntos del Sáhara y la reorganización
de la Agencia para la Promoción y el Desarrollo Económico y Social de las
Provincias del Sur. Iniciativas todas estas que contaron con el apoyo del go-
bierno de Rodríguez Zapatero, con algún problema derivado de la diferen-
te consideración de la defensa de los derechos humanos de los gobiernos de
Madrid y de Rabat. A título de ejemplo, se puede citar la decisión del eje-
cutivo español de no condenar el asalto llevado a cabo por Marruecos a un
campamento de más de veinte mil saharauis en noviembre de 2010, posi-
ción que intentó defender con escaso éxito la entonces ministra de Asuntos
Exteriores, Trinidad Jiménez.
Por su parte, el actual Gobierno español ha logrado dejar clara su postu-
ra pese a la conferencia que bajo el título “La política exterior de España en
el Mediterráneo”, pronunció el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel
García Margallo, en la sede de la Unión para el Mediterráneo en octubre de
2012. En su intervención, afirmó que Marruecos se había comprometido con
la vía de las reformas y, respecto del conflicto saharaui, señaló que el mayor
problema para Rabat era, al día de hoy, el desarrollo de la autonomía para
los “territorios del sur”. La prensa marroquí destacó positivamente que el
ministro español no se refirió al “Sáhara Occidental”, sino que habló de los
“territorios del sur”, como una vía para marcar la marroquinidad de aquella
zona. Igualmente destacó la prensa del país vecino el llamamiento de Gar-
cía Margallo, el pasado verano, a los cooperantes españoles que trabajan en
los campamentos humanitarios de Tinduf para que abandonaran el territo-
rio por tratarse de un área de peligro por la acción del terrorismo islamista.
Todo ello fue debidamente criticado por los partidos de la oposición españo-
la que juzgaron negativamente este cambio de actitud.
Es hoy evidente, y así lo han demostrado el sinnúmero de intentos de-
sarrollados durante casi cuarenta años, que las oportunidades de llegar a
una solución definitiva del problema del Sáhara son poco menos que impo-
sibles. Marruecos controla el ochenta y cinco por ciento del territorio saha-
raui, incluyendo las zonas más productivas, y cualquier intento de partición
en la línea de los acuerdos primitivos de 1975 sería imposible. La división
del territorio en dos partes supondría asignar a Marruecos la zona norte, el
Sáhara más productivo ya que concentra los mayores recursos como los fos-
fatos, y crear una nueva nación, con capital en Dajla, la antigua Villa Cis-
neros, en la zona que en su día se cedió a Mauritania, y que más tarde se
anexionó a Marruecos. Tampoco podemos olvidar que el Sáhara es un te-

Ricardo Martí Fluxá 161


La vertiente histórico-política

rritorio sobre el que no ha existido tradicionalmente fronteras, es decir, lí-


neas perfectamente definidas conforme a realidades geográficas, políticas,
históricas fraguadas a lo largo de los siglos y reconocidas internacionalmen-
te. Las fronteras actuales de aquel territorio, como señala Alfonso de la Ser-
na, son líneas convencionales trazadas por acuerdos internacionales con-
venidos o impuestos por las potencias europeas, pero ignorando realidades
que fueron “a menudo desgarradas por el lápiz” que dibujaba en las can-
cillerías europeas las líneas fronterizas. Quienes se trasladaban, indistinta-
mente, entre Marruecos, Mauritania, Argelia o Mali no poseían el concepto
de la frontera territorial como podía tenerla un europeo. Para el saharaui,
su territorio era un todo.
Por todo ello debemos preguntarnos cuál sería la mejor solución para
los más de ciento cincuenta mil saharauis que hoy pueblan este territorio, y
que se agolpan en los campamentos en condiciones precarias. ¿Es posible
para ellos un desarrollo sostenible y en libertad formando parte de Marrue-
cos? ¿Hasta qué punto el gobierno de Rabat estaría dispuesto a dotar de
una autonomía razonable a aquella comunidad? Pero, por otra parte, ¿se-
ría viable un estado libre e independiente con escasa población y gran ex-
tensión de territorio? De cualquier forma pienso que la única solución debe
ser la voluntad libremente expresada de una población que lleva casi cua-
renta años de indeterminación política y jurídica y por ello de indefensión.

3. La inmigración ilegal. ¿Una corriente imparable?

En Mauritania, al oeste de Nouakchott, junto al mar, se encuentra un


pequeño pueblo pesquero. Las construcciones son básicas, habitaciones
únicas, tejados de chapa, sin agua ni alcantarillado ni calles. Multitud de
niños que corretean entre los desperdicios. En todas y cada una de las cons-
trucciones precarias, una enorme antena de televisión. No sé cómo los pes-
cadores llegan a adquirir los aparatos receptores, pero allí están. Suponen
una ventana abierta a un mundo, para ellos hasta entonces desconocido,
de desarrollo, de abundancia. La posibilidad, cercana en el espacio, de una
vida más fácil lejos de la miseria. Esta imagen, que me impresionó hace
unos años, supone la base misma del problema de la inmigración ilegal,
cuestión de dificilísima solución para los países más desarrollados y que
para España por su situación geográfica adquiere una importancia capital.
España se ha convertido durante la última década en el primer o en el
segundo país receptor de inmigrantes ilegales en Europa. Nuestro país es
además el paso obligado de miles de inmigrantes, generalmente norteafri-

Ricardo Martí Fluxá 162


La vertiente histórico-política

canos o subsaharianos que tienen la intención de llegar a otros países de la


Unión Europea. Los pocos kilómetros que separan la costa española del
norte de Marruecos fomentan la aparición de las pateras, de las que se han
interceptado más de veinticinco mil en los últimos tres años, y que en cual-
quier momento del año, con buena o mala mar, pero más intensamente en
los meses de verano, circulan llevando a bordo, de forma indiscriminada a
hombres, mujeres y niños. Muchas de estas embarcaciones son apresadas,
otras logran su fin, pero, en todo caso, han implicado la proliferación de
mafias que viven de la explotación de estos medios de transporte. Se apro-
vechan del sueño casi inalcanzable de miles de africanos que muchas veces
perecen en el intento.
Junto al problema de las pateras no podemos olvidar la entrada en te-
rritorio español, por tierra, a través de las ciudades de Ceuta y Melilla. En
territorio marroquí se van agolpando miles de inmigrantes, de Marruecos,
de Argelia, de Mali, de Mauritania, de Senegal principalmente que, a pesar
de las sucesivas vallas que se han ido construyendo, penetran en las ciuda-
des españolas violentando las barreras físicas y humanas que se han podido
erigir. Últimamente han sido también los islotes cercanos a la costa los uti-
lizados como base para esta inmigración ilegal. En septiembre de 2012, se-
senta y ocho inmigrantes ilegales, entre ellos tres menores, llegaron a nado
a un islote situado a treinta metros de la costa marroquí, entre ellos mujeres
embarazadas y niños que tuvieron que ser evacuados por helicóptero. Por
todo ello, es imposible abrir un periódico en España o en Marruecos o ver
un telediario que no aporte alguna noticia sobre la última tragedia produ-
cida en el Estrecho de Gibraltar o en las ciudades de Ceuta y Melilla.
Frente a este problema que, por otra parte, aborda cuestiones éticas y de
solidaridad, son posibles varias actitudes. La primera considerar todo tipo
de inmigración como una fuente larvada de peligro para la sociedad y de
amenaza para la estabilidad económica de España y de Europa. Ello nos
llevaría a reafirmar a Europa como una “fortaleza inexpugnable” que de-
bería dotarse de todo tipo de armas legislativas para proteger su territorio.
Otra posición pasa por la apertura plena de fronteras, considerando la emi-
gración como un fenómeno natural e incontrolable, derivado de los diferen-
tes niveles de desarrollo de unas y otras naciones. Por ello, debemos buscar
un punto de equilibrio para abordar un problema acuciante y presente día
tras día en nuestro contexto social.
Es indudable que en esta cuestión España y Marruecos tienen intereses
contrapuestos. España recibe constantes requerimientos de la Comunidad
Europea tanto para que fortalezca e impermeabilice sus fronteras como

Ricardo Martí Fluxá 163


La vertiente histórico-política

para que revise su normativa sobre extranjería e inmigración. Una revisión


que debe contemplar los contingentes así como los flujos migratorios de
forma que pueda controlarse el acceso de extranjeros en el territorio espa-
ñol. Marruecos, por su parte, es un país de fuerte emigración. Más de dos
millones de marroquíes viven al día de hoy en territorio europeo y más del
noventa por ciento de las remesas de los emigrantes provienen de los esta-
blecidos en nuestro continente. Hasta el punto que el citado envío de reme-
sas de residentes en el extranjero supone el principal concepto de la balanza
de pagos del vecino reino, por delante del turismo o de los derivados de la
exportación de los fosfatos saharauis. Junto a ello, Marruecos recibe enor-
mes oleadas de ciudadanos de otras nacionalidades que toman su territo-
rio como vía de acceso hacia Europa creando problemas de seguridad que
pretenden resolver de la forma más expeditiva como puede ser facilitando el
acceso de estos ciudadanos subsaharianos a las fronteras terrestres o maríti-
mas con el continente europeo.
Debemos por lo tanto buscar la cooperación y la ayuda de Marruecos
para hacer frente a estas cuestiones que para España suponen que más de
un millón de ciudadanos extranjeros viva en nuestro territorio en situación
irregular, sin mencionar los problemas constantes de seguridad y orden
público derivados de los centenares de emigrantes ilegales que se agolpan
a ambos lados de las fronteras de Ceuta y de Melilla. A partir del acuer-
do de asociación Marruecos-Unión Europea de 26 de febrero de 1996, se
ha creado un grupo de trabajo euro-marroquí sobre las migraciones, con
participación española, pero, hasta el momento, se ha limitado a formular
deseos y recomendaciones y no ha abordado la cuestión en su magnitud.
Marruecos y España deben abordar el problema, como una parte esencial
de sus relaciones bilaterales teniendo en cuenta todos los factores en pre-
sencia. Por ello, se requiere un incremento de la cooperación para el desa-
rrollo creando áreas en determinadas zonas del territorio de Marruecos en
las que la mano de obra emigrante pueda encontrar acomodo, trasladan-
do la experiencia de nuestro país en sectores como el turismo o la agricul-
tura intensiva. Tampoco podemos olvidar el imprescindible incremento
de la cooperación policial de forma que pueda constituirse en el territorio
marroquí una barrera de contención que ayude a evitar las bolsas de emi-
grantes ilegales hoy establecidas en Ceuta y Melilla y que son las víctimas
de las mafias. Iniciativas que no han contado hasta ahora con el apoyo del
reino alauita que muchas veces prefiere desviar la mirada de esta terrible
realidad y traspasar el problema a España. Por su parte los intentos de los
sucesivos gobiernos españoles a lo largo de los últimos veinte años de con-

Ricardo Martí Fluxá 164


La vertiente histórico-política

trolar este flujo constante han sido en parte estériles. Ni el fortalecimiento


físico de las fronteras ni el incremento de las patrullas marítimas han bas-
tado, ya que las medidas han carecido de la imprescindible cooperación
del país vecino.
Para concluir, vuelvo a Alfonso de la Serna que unía a su condición de
gran diplomático el profundo conocimiento de la región magrebí. En su li-
bro Al sur de Tarifa, hablaba de nuestras dos sociedades separadas por dife-
rencias aún vivas a pesar de la globalización de la vida moderna. Señalaba
la tendencia española a ignorarlas, a juzgar a la sociedad marroquí confor-
me a nuestra propia escala de valores y como consecuencia el oscurecimien-
to de nuestra visión acentuando la incomprensión y los reflejos psicológicos
negativos. Cometemos, a su juicio, el doble error de no solo confundir nues-
tra manera de ver las cosas con la suya, sino además de entender el asunto
en dos únicos colores el blanco y el negro, sin matices. Y termina, Marrue-
cos no solo se halla en la frontera física y geográfica de España sino tam-
bién en su frontera histórica y cultural desde hace mil doscientos años. Una
frontera que, a lo largo del tiempo, ha sido atravesada por penetraciones
profundas en el ser histórico, en el alma de cada pueblo, donde han queda-
do como enclaves espirituales permanentes.
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Ricardo Martí Fluxá 165


166
Donde se torció la Historia

Santos Juliá Díaz

“El punto más bajo de la depresión del espíritu nacional español coin-
cide con el albor del siglo XX”, escribió Manuel Azaña en 1939, desde su
exilio en Francia, cuando recordaba que españoles muy distinguidos cre-
yeron en aquellos años “llegado el fin de nuestra historia de pueblo inde-
pendiente”.
Y tal vez ninguna imagen haya expresado mejor la soledad y el aisla-
miento de España en el fin del siglo que la firma del Tratado de París con
Estados Unidos el 10 de diciembre de 1898. Meses antes, el embajador de
Francia en Washington, Jules Cambon, con plenos poderes del Gobierno
español, había firmado con William R. Day, secretario de Estado de Esta-
dos Unidos, el protocolo preliminar por el que España renunciaba a toda
pretensión de soberanía sobre Cuba y cedía a Estados Unidos la isla de
Puerto Rico, así como la soberanía española en las Indias Occidentales. Es-
paña había buscado en las potencias europeas un auxilio para su desigual
enfrentamiento con Estados Unidos y solo obtuvo la mediación francesa
para firmar una humillante derrota, vivida en el interior como un desastre,
o mejor aún, como el desastre que amenazaba con empujar a España a la
tumba (Azaña: 2007a, 196).

Santos Juliá Díaz 167


La vertiente histórico-política

1. Con Francia e Inglaterra

Del desastre y sus secuelas arranca la titubeante política exterior espa-


ñola en África y sus consecuencias sobre la política interior de España du-
rante el reinado de Alfonso XIII. España pagó muy caro el recogimiento
que había definido aquella política, o más bien, ausencia de política, desde
la restauración de la Monarquía hasta lo que el mismo Azaña llamó “aque-
lla guerra nuestra con Estados Unidos”, mientras Francia, que había cono-
cido la humillación en Sedán y temía contarse entre las naciones que lord
Salisbury había definido como moribundas, volvía a ocupar un lugar cen-
tral en la competencia entre las naciones europeas por el reparto de Áfri-
ca. El único camino que a España quedaba abierto para retornar a la esce-
na internacional pasaba por repetir lo que en el siglo XIX se había elevado
a regla de oro de su política exterior: cuando Francia e Inglaterra van de
acuerdo, marchar con ellas; si caminan separadas, abstenerse. España in-
tentará a toda costa, desde que se inicia el nuevo siglo y como garantía de
independencia y seguridad, que Francia e Inglaterra la admitan a su lado,
aunque no fuera más que como potencia de segundo orden y guardando
una reserva de neutralidad para el caso en que retornara la vieja rivalidad
franco-británica.
En plena era del colonialismo, con su específica concreción en el repar-
to de África, el único lugar en que ese retorno al concierto europeo podía
realizarse en compañía de Francia e Inglaterra era Marruecos. Y así, el sen-
timiento de humillación, casi de inexistencia entre las naciones civilizadas,
que dominó a la opinión pública y a la clase política española tras la hu-
millante derrota de ultramar buscó en Marruecos la oportunidad de una
soñada reivindicación y revancha. Era el tiempo en que para ser conside-
rada como nación en plenitud de soberanía había que cumplir en el mun-
do una misión civilizadora. España, con un presupuesto que no le permitía
una expansión más allá de sus fronteras, dirigió la mirada hacia el norte de
África por razones derivadas de su historia, de su proximidad geográfica,
de la seguridad de sus territorios y, no en último lugar, por presiones de un
ejército que solo disponía para mantener su moral del recuerdo de derrotas.
Había que recuperar el honor perdido y mostrar al mundo que España vol-
vía a estar política y militarmente preparada para asumir un papel civiliza-
dor entre las naciones europeas.
La aventura comenzó pronto y enseguida se convirtió en fuente de
frustraciones internas con nefastas y finalmente letales consecuencias
para el sistema político de la Restauración. Desde 1902, Francia y Espa-
ña estuvieron de acuerdo en compartir una función de Protectorado so-

Santos Juliá Díaz 168


La vertiente histórico-política

bre Marruecos que en ningún caso debía enojar ni molestar a los britá-
nicos. Tras un convenio que no llegó a firmarse y un acuerdo secreto, las
visitas del rey Alfonso XIII a París y del presidente Loubet a Madrid en
1905, más el matrimonio al año siguiente del monarca con Victoria Eu-
genia de Bettenberg y la visita en abril de 1907 de Eduardo VII al puerto
de Cartagena, establecieron vínculos que parecían firmes con las dos po-
tencias, ratificados en la Conferencia de Algeciras, que asignará en abril
de 1906 a España un modesto papel en una desigual relación colonial.
Ciertamente, los Acuerdos de Cartagena de 1907 empujaban a España
hacia una mayor integración en la entente franco-británica, pero, como
tampoco dejó de observar Manuel Azaña, los españoles no tenían nin-
guna gana de ir a Marruecos y menos aún de batirse allí. Se impusieron,
sin embargo, la razón de Estado, el interés estratégico, el sentimiento de
continuidad histórica y las perspectivas de ciertas ventajas económicas; y
España no supo ni pudo desentenderse de participar como socia menor
del reparto de zonas de influencia y, desde 1912, de protectorado de aquel
caos montañoso en que consistía el hueso de la Yebala y la espina del Rif
(Tusell: 1990, 159).
Las ningunas ganas de ir a Marruecos se convirtieron muy pronto en
las dificultades españolas para afirmar una presencia militar consolidada
en la franja del Rif. El gobierno conservador, presidido por Antonio Mau-
ra desde el 29 de enero de 1907, inició una política de reconstrucción de la
armada y acometió la explotación minera de la zona de influencia españo-
la emprendiendo una serie de obras públicas que dieron lugar a los prime-
ros enfrentamientos armados con los rifeños. En julio de 1909, los sucesivos
ataques a las vías de ferrocarril culminaron en una nueva humillación para
el ejército español y, de rechazo, para España como aspirante a potencia co-
lonial en el Barranco del Lobo con el resultado de setecientas cincuenta y
dos bajas (diecisiete jefes y oficiales y ciento treinta y seis hombres de tro-
pa y soldados muertos, y treinta y cinco jefes y oficiales y quinientos sesen-
ta y cuatro hombres de tropa y soldados heridos) (Madariaga: 2008, 248).
Se habló de un nuevo desastre, a poco más de diez años del primero, y el
fantasma de la guerra de Cuba reapareció en la memoria de los españoles
que habían presenciado el retorno de los soldados heridos y macilentos, sin
un pan que llevarse a la boca, y lo habían simbolizado con la profusión de
imágenes de una España moribunda en trance de descender al sepulcro:
sin alcanzar las dimensiones de una derrota similar a lo ocurrido en 1898,
las imágenes de los soldados humillados fueron recibidas con indignación
pronto transformada en protesta.

Santos Juliá Díaz 169


La vertiente histórico-política

2. Primera quiebra del sistema político

Pues si en 1898, la repercusión interna de la derrota militar había sido


de desolación acompañada de pasividad, ahora, once años después, las noti-
cias que llegaban del Rif dieron lugar a una viva agitación ante el anuncia-
do propósito del Gobierno de enviar a Marruecos nuevos y más numerosos
contingentes de tropas, reservistas incluidos. La consigna de “Todos o nin-
guno” volvió a movilizar a los que se sentían condenados a un largo perio-
do de servicio militar, que ahora aguantaban mal el privilegio de quienes
podían evitarlo con la redención en metálico. En Madrid, desde finales de
junio de 1909, el Partido Socialista lanzó una campaña contra la política
colonial y el consiguiente auge del militarismo, en cumplimiento de las re-
soluciones aprobadas, con el voto favorable de los delegados españoles, en el
congreso celebrado por la Internacional Obrera en Sttugart dos años antes.
Se sucedieron los mítines contra la guerra a medida que llegaban noticias
de la lucha en Marruecos y de la llamada a filas de los reservistas, hasta el
punto de que el 19 de julio, en un mitin celebrado en un cine de Madrid,
Pablo Iglesias afirmó que había llegado el momento de convocar una huel-
ga general “con todas las consecuencias y si esto no basta, la acción revolu-
cionaria” (Ullman: 1972, 284).
Lo que en Madrid no pasó de una amenaza
se transformó en Barcelona en una revolución social sin un objetivo políti-
co excepto el de impedir el embarque de reservistas. Con una potente tra-
dición de centros obreros, ateneos y casas del pueblo donde se encontraban
socialistas, anarquistas y republicanos, y desde donde habrían de partir los
reservistas a combatir en un conflicto que ya había adoptado el nombre de
una nueva guerra, la Guerra de Melilla, la agitación se convirtió muy pron-
to en movilización que de la protesta pasó rápidamente a la declaración de
una huelga general para el 26 de julio del mismo año. Durante una sema-
na, y sin una dirección clara de los acontecimientos, la huelga convocada
contra el embarque de reservistas tomó un sesgo violentamente anticlerical,
con el incendio de veintiuna de las cincuenta y ocho iglesias y de treinta de
los setenta y cinco conventos de Barcelona. Murieron en los enfrentamien-
tos ciento cuatro civiles y ocho guardias y militares, mientras los heridos
sumaban varios centenares.
El Gobierno suspendió los derechos de reunión y asociación y proce-
dió a una sistemática represión culminada con la ejecución de varios dete-
nidos, sometidos a consejos de guerra y sentenciados a muerte, entre ellos,
notoriamente, Francisco Ferrer, pedagogo libertario elevado por el gobierno
conservador a la categoría de chivo expiatorio de la revolución. La campaña

Santos Juliá Díaz 170


La vertiente histórico-política

de “Maura, no”, lanzada por los socialistas, las movilizaciones y protestas


que se sucedieron en Europa por el fusilamiento de Ferrer, y la obstinación
de Maura en su política represora, de la que no se libraron los socialistas
madrileños, con Pablo Iglesias a la cabeza, allanó el camino para el en-
cuentro de socialistas y republicanos, que en un mitin celebrado el 7 de
noviembre llegaron al primer acuerdo para formar una “conjunción”. La
Guerra de Melilla había tenido como primera consecuencia en la política
interna española el comienzo de un entendimiento entre republicanos y so-
cialistas que, tras no pocos avatares, culminará, pasadas dos décadas, con la
proclamación por segunda vez de una república en España.
No fue esta la única consecuencia política de la Guerra de Melilla y de
la brutal represión por los hechos de Barcelona: si los partidos de la oposi-
ción antisistema sellaron su conjunción, los partidos del sistema —liberal
y conservador— rompieron en la práctica el pacto histórico que los obliga-
ba a turnarse pacíficamente en el poder por medio de elecciones amaña-
das. La campaña del “Maura, no” hizo aparecer, según lo expresaba el lí-
der conservador objeto de la repulsa, “revueltos y apiñados a ministros de
la Corona y revolucionarios” en el común propósito de provocar la caída de
los conservadores por medio de movilizaciones populares. Era el “bloque
de izquierdas”, fraguado en la alianza por vez primera de un partido dinás-
tico, el liberal, con partidos de la oposición antidinástica, los republicanos
y socialistas, en el común propósito de provocar la caída del gobierno con-
servador. El 21 de octubre de 1909 Alfonso XIII retiró su confianza al pre-
sidente del Consejo, Antonio Maura, adelantando en dos años el fin de la
legislatura o situación conservadora al ofrecer el encargo de formar gobier-
no y, por tanto, de convocar las siguientes elecciones, a Segismundo Moret,
líder del partido liberal.
Con esa iniciativa regia, y con la respuesta de Maura prometiendo para
el futuro una “implacable hostilidad” a los liberales, el turno pacífico, ci-
miento en el que se sostenía todo el edificio de la monarquía restaurada,
sufrió su primer resquebrajamiento. Primero, pero de consecuencias per-
durables: a partir del otoño de 1909, el ejercicio de la prerrogativa real en la
designación y destitución de presidentes del Consejo de Ministros, aunque
mantuvieran la confianza de las Cortes, será un factor determinante de la
fragmentación de los dos partidos dinásticos: al arbitrio de un monarca,
guiado únicamente por sus preferencias personales, quedaba confiar el en-
cargo a uno u otro de los diferentes líderes de las facciones o clientelas en
las que se atomizaban los partidos liberal y conservador. Y como resultado
de esta intromisión o, por decirlo de otro modo, de esta figura de rey polí-

Santos Juliá Díaz 171


La vertiente histórico-política

tico superpuesta o añadida a la de rey soldado, agravada en la crisis abierta


por el asesinato de Canalejas en noviembre de 1912, el quita y pon de los
gobiernos será en adelante la prueba de una creciente fragmentación de los
dos partidos del turno, preludio de la inestabilidad del sistema que afectó
profundamente a su eficiencia y legitimidad y a su capacidad para resistir
ante presiones externas al Parlamento: el rey político/soldado y los soldados
en connivencia o a espaldas del rey se convirtieron, sobre todo desde 1917,
en los principales responsables de las crisis de gobierno.
José Canalejas, encargado de convocar elecciones una vez puesto pun-
to final al bloque de izquierdas que había precipitado la caída de Maura,
será el liberal que pondrá manos a la obra de la creación de un nuevo ejér-
cito que remediara lo que hasta entonces parecían más bien famélicos sol-
dados incapaces de mantener un fusil en sus manos. El 30 de junio de 1911,
la Gaceta de Madrid publicaba las “Bases para la Ley de Reclutamiento y
Reemplazo del Ejército” con el principal fin de establecer el servicio mili-
tar obligatorio para todos los españoles, dando cumplimiento así al artículo
3º de la Constitución de 1876, que imponía a todos los ciudadanos el de-
ber de defender la patria con las armas cuando sean llamados a filas. Había
pasado mucho tiempo y ahora, finalmente, el gobierno de su majestad se
disponía a cumplir el mandato constitucional, aunque manteniendo, para
quienes pudieran pagarla, la posibilidad de reducir el servicio activo de tres
a un año si abonaban la cantidad de mil pesetas, y solo a cinco meses si in-
gresaban dos mil en las arcas públicas. La redención en metálico quedaba,
pues, solo a medias derogada, de modo que los jóvenes reclutas de las cla-
ses profesionales tendrían que pasar al menos cinco meses o un año en los
cuarteles.
La Ley de Reclutamiento y Reemplazo del Ejército, tercera de las con-
secuencias de la Guerra de Melilla aquí consideradas, fue promulgada fi-
nalmente en febrero de 1912 y sirvió como fundamento para la política de
consolidación militar de la zona atribuida a España en el tratado de 1904 y
por el Acta de Algeciras de 1906. La ocupación en 1911 de Larache, Alca-
zarquivir y Arcila y las campañas en la región del río Kert dieron paso al
nuevo convenio hispanofrancés de 27 de noviembre de 1912 que convertía
en Protectorado español toda la anterior zona de influencia en el norte de
Marruecos, lo que no dejó de levantar las protestas de la oposición socialis-
ta y republicana. El dominio sobre una parte de Marruecos, decía un co-
municado del comité nacional del PSOE en junio de 1913, utilizando un
lenguaje propio de 1898, “amenaza poner a esta desdichada nación en tran-
ce de muerte”. Los males que ese dominio había causado eran ya muy hon-

Santos Juliá Díaz 172


La vertiente histórico-política

dos, por las vidas que había costado, por los millones de pesetas que había
devorado y por la “tremenda desconsideración” de licencias a los reclutas
de la cuota de dos mil pesetas y las licencias que el Gobierno se disponía a
conceder a los de mil, “o lo que es igual a los hijos de la gente acomodada”.
España entera debe levantarse contra la guerra de Marruecos. No más gue-
rra con los marroquíes, terminaba el llamamiento firmado por Daniel An-
guiano y Pablo Iglesias (El Socialista: 1913).

3. Neutralidad forzosa

Sin embargo, los reveses cosechados en el terreno militar parecían ha-


ber llegado a su fin: con la ocupación de Tetuán en febrero de 1913, España
se disponía a desempeñar en el reparto de África el papel de leal, y subal-
terno, aliado de Francia sin agraviar a Gran Bretaña y manteniendo nor-
males relaciones con Alemania. Y quizá lo que la clase política experimen-
taba como un retorno de España al concierto de naciones civilizadas de la
mano de Francia habría avanzado sin posible marcha atrás si el estallido de
la Gran Guerra no hubiera provocado en los líderes políticos, acompaña-
dos en la ocasión por la mayoría de la opinión popular, una inmediata reac-
ción de recogimiento al modo del siglo XIX. Aunque vinculado a Francia
e Inglaterra por los acuerdos de 1907 y 1912, el Gobierno español (presidi-
do desde octubre de 1913 por el conservador Eduardo Dato ante el rechazo
de Maura, con su memorable consejo al rey de que buscara a alguien “idó-
neo” si pretendía volver al turno) declaró enseguida y de forma unilateral
su neutralidad ante el conflicto: “Existente, por desgracia, el estado de gue-
rra entre Austria, Hungría y Servia [...] el Gobierno de Su Majestad se cree
en el deber de ordenar la más estricta neutralidad a los súbditos españoles”
(Gaceta de Madrid: 1914, 238). Comenzaba una guerra grande para la que
España, carente de recursos, se consideraba muy pequeña.
Sin duda, el Gobierno español hacía saber de inmediato que su neu-
tralidad sería favorable a la entente franco-británica, a la que suministró
durante todo el conflicto materias primas y productos manufacturados.
Pero, como escribió Romanones en artículo anónimo, hay “neutralidades
que matan” (Romanones: 1999, 379). Lo que esta mató fue la oportuni-
dad de dar el salto que hubiera situado a España en el gran escenario don-
de se debatían las cuestiones que configurarían el mundo futuro. España
prefirió recogerse otra vez en lo que Ortega llamó la cómoda, grata, dulce
neutralidad, para a renglón seguido preguntarse: “¿Seguirá pareciéndo-
nos una política? ¿Nos parecerá siquiera una política?” (Ortega y Gasset:

Santos Juliá Díaz 173


La vertiente histórico-política

1915). No se lo parecía a Manuel Azaña, para quien la posición de Espa-


ña estaba lejos de alcanzar el rango de “una neutralidad libre, declarada
por el Gobierno y aceptada por la opinión después de un maduro examen
de todas las conveniencias nacionales.” Era, por el contrario, una “neutra-
lidad forzosa, impuesta por nuestra indefensión, por nuestra carencia ab-
soluta de medios militares capaces de medirse con los ejércitos europeos”
(Azaña: 2007b, 295).
El precio de esa neutralidad forzosa lo habrían de pagar los políticos
españoles al término de la Gran Guerra, cuando quisieron sentarse en la
mesa de las Conversaciones de Paz y encontraron las puertas cerradas. El
mismo Romanones, de nuevo presidente de Gobierno en diciembre de 1918,
tuvo suficiente arrojo como para viajar a París y obtener del presidente Wil-
son la garantía de que España sería tratada como miembro fundador de la
Sociedad de Naciones. Pero, por lo que concernía a Francia, los problemas
surgirán muy pronto por las dificultades españolas para conseguir en Ma-
rruecos algo que se aproximara a lo que el résident général, mariscal Lyau-
tey, había logrado para Francia, no sin antes haber probado también las
hieles de la derrota: penetración, pacificación, civilización. Francia había
sido durante la Gran Guerra el ideal de las clases medias y profesionales es-
pañolas que veían en ella la capacidad militar de resistencia al invasor ger-
mánico a la vez que mantenía el Estado democrático. Luego, terminada la
guerra con el triunfo de los aliados, Francia volvía ser el espejo en que mi-
rarse para desarrollar una política civilizadora en Marruecos.

4. El desastre, otra vez

España intentará, con un resultado catastrófico para sus aspiraciones,


contar entre las naciones que se creían investidas de la misión de civilizar
al mundo, pero sobre todo para su sistema político y para su ejército, que
sumando españoles, regulares y extranjeros, perdió en solo unos días de ju-
lio y agosto de 1921 nada menos que trece mil ciento noventa y dos hom-
bres, de los que ocho mil serían muertos españoles, según “el estado de las
fuerzas disponibles en la zona de Melilla” presentado en el Congreso de los
Diputados por Indalecio Prieto. Era, o así fue bautizado, un nuevo desastre
de esta larga y penosa historia, en una guerra pequeña, miserable, con per-
durables efectos sobre la moral, la ideología y la práctica de las tropas co-
loniales. Como en 1898, la voz desastre, que enseguida volvió a resonar en
todos los oídos, a saltar a los editoriales, comentarios y noticias de todos los
periódicos, se refería mucho más al modo de ser derrotados que a la derro-

Santos Juliá Díaz 174


La vertiente histórico-política

ta misma: un desastre que revelaba la desorganización, la improvisación y


la cobardía de un ejército; un desastre que anulaba todo lo hecho, a costa
de esfuerzos innúmeros, desde el año 1909, como calificaba El Imparcial lo
acontecido en aquellos días de julio; será para siempre “el desastre de An-
nual” (El Imparcial: 1921a, b, c).
Poco más de veinte años habían transcurrido desde que los buques de
Estados Unidos dispararan a placer sus cañones, como si se tratara de un
ejercicio de tiro, hasta hundir en el fondo del mar a una flota incapaz de
responder al fuego enemigo. Ahora, un ejército de ocupación, irresponsa-
blemente diseminado en posiciones mal fortificadas, contemplaba en la im-
potencia la pérdida, uno tras otro, de todos sus “blocaos”, ocupados a costa
de grandes sacrificios, hasta la desbandada de Annual, los días 21 y 22 de
julio de 1921, con toda la cohorte de soldados, oficiales y jefes abandonando
sus armas para morir asesinados sobre la marcha, aplastados por los carros
o asfixiados por el calor. Cuando unos meses después, el diputado socialista
por Bilbao, Indalecio Prieto, envíe desde Melilla sus impresiones sobre “la
vergüenza del desastre”, podrá escribir que en la inminente recuperación
de Monte Arruit por las tropas del alto comisario, la labor principal tendría
que recaer sobre los enterradores: “hay más cadáveres insepultos que com-
batientes”, escribió Prieto (Prieto: 1972, 117).
Los cadáveres insepultos exigían lo que comenzó a llamarse una “de-
puración de responsabilidades”. Era tal la magnitud de lo ocurrido que sus
consecuencias no podían limitarse a una crisis de gobierno, con la sustitu-
ción a mediados de agosto de Manuel Allendesalazar por Antonio Maura
al frente de una gran coalición que incorporó a conservadores y liberales
de las principales facciones; tampoco a un mero debate parlamentario para
“formar juicio respecto a las causas del desastre ocurrido en la parte orien-
tal de la zona del Protectorado de España en Marruecos”, como se preten-
día al reanudarse las sesiones del Congreso el jueves, 20 de octubre de 1921.
La intervención de Indalecio Prieto el día 27, con sus reiteradas y muy di-
rectas alusiones al rey, recordando la “frase altísima según la cual resulta
cara la carne de gallina” —en relación con el rescate de prisioneros—, po-
niendo en duda la obligación constitucional de “ir a pelear” a unas tierras
que “nunca fueron nuestras y pertenecieron como un florón a la Corona”,
acusando al rey de haber decretado la operación sobre Alhucemas y, en fin,
evocando a los “ocho mil cadáveres que se agrupan en torno de las gradas
[del trono en demanda de justicia (Prieto: 1972, 158)]”, mostraba bien que
la movilización por las responsabilidades no acabaría en el lamento gene-
ralizado sobre los males de España, ni iba a detenerse en los jefes y oficiales

Santos Juliá Díaz 175


La vertiente histórico-política

que habían desertado de sus puestos, partícipes ellos también de la fuga tu-
multuosa y multitudinaria en “aquellas tierras odiosas” de la zona de Me-
lilla, como las dibujaba el mismo Prieto. Apuntaba directamente al rey y al
alto mando militar, los dos poderes sobre los que para entonces se sostenía
el sistema político.
Y no solo llegaba este clamor desde los dirigentes de partidos de la iz-
quierda republicana o socialista; también desde la derecha se elevaron vo-
ces proclamando que “España exige una reparación”, como titulaba Álvaro
Alcalá Galiano una de sus habituales colaboraciones en el diario monár-
quico ABC, indignado, más que por la sorpresa del fracaso o del dolor por
haberse perdido tanta sangre y tanta tierra ganada palmo a palmo, por “la
bofetada que en pleno rostro y a la faz del mundo nos había dado el moro,
ese moro a quien considerábamos un ser inferior”. Alcalá Galiano pensa-
ba que la exigencia de reparación comprendía no solo la depuración de res-
ponsabilidades, la rendición de cuentas por los más altos personajes de la
milicia y de la política, sino “lo que llamaríamos la revancha militar”, que
consistiría en “vengar nuestro honor y reparar la ofensa a España por me-
dio de la armas” y la tarea de “colonizar cuando hayamos conquistado lo
perdido”. Hoy, en opinión del comentarista de ABC, se ventila un pleito de
la mayor trascendencia: “España tiene que rehabilitarse ante el mundo”
(Alcalá Galiano: 1921). Y eso fue lo que intentó Antonio Maura con el en-
vío de un ejército de ciento cincuenta mil hombres a recuperar, en lo que
el general Berenguer bautizó como una nueva reconquista, las posiciones
perdidas en el desastre de julio.

5. ¿Puede España civilizar Marruecos?

“¿Por qué no quieren combatir nuestros 150.000 soldados de África?”:


tal era la pregunta que se formulaba el editorialista del semanario España
en abril de 1922 ante la resistencia a entrar en la lucha mostrada por los es-
pañoles enviados a África. Por absurda, quedaba descartada la hipótesis de
ausencia de valor como totalmente inadecuada para explicar lo que acon-
tecía en Marruecos, que la mayoría de la gente atribuía, según España, a
“que el soldado español no siente la guerra con el rifeño”. Unos creían que
esa ausencia de sentimiento se debía a la falta de un ideal nacional o de
una idea de civilización capaces de hacerla vibrar; otros, como Ramiro de
Maeztu, afirmaban que el ideal existía, pero que los españoles lo ignora-
ban. Terciando en el debate, y concediendo por vía de argumento el prin-
cipio de intervención y el derecho a intervenir, el semanario se preguntaba

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La vertiente histórico-política

si acaso era España un país civilizado y, en consecuencia, si podía España


civilizar a nadie. Y en este punto, la respuesta habría de ser contundente y
desmoralizadora: desorganización de los transportes, terrible carestía por
acaparación y agiotismo, estado de naturaleza en que viven regiones ente-
ras, encarcelamientos en masa, bancarrota de la Hacienda, pretorianismo y
cesarismo de Estado, analfabetismo, un criminal régimen sanitario, irres-
ponsabilidad en todo y de todos. No, ni España era un país civilizado ni
podía civilizar a nadie. Tal era el estado de ánimo de buena parte de la po-
blación cuando llegaron las crónicas, y las fotografías, del desastre de An-
nual (España: 1922, 3-4).
No faltaban motivos para trazar el desolador cuadro que ofrecía un
Estado como el español, que pretendía civilizar a un pueblo considerado
primitivo o salvaje y no podía, porque carecía de medios o porque los esca-
sos recursos con los que contaba se los tragaban las tierras áridas del nor-
te de África sin provecho alguno. En el presupuesto de gastos para el año
económico 1923-1924, del total general que ascendía a 2.954,1 millones
de pesetas, nada menos que 498,7 se destinaban al Ministerio de la Gue-
rra y 242,7 a la Acción en Marruecos. Si se añaden a estas extraordinarias
cantidades, los 81,9 millones consignados a Marina y la astronómica cifra
de 664 millones destinados al pago de la deuda, solo quedaban para todas
las demás obligaciones del Estado 1.466 millones; o, dicho de otro modo,
entre el pago de la deuda y los gastos de Defensa consumía el Estado la
mitad exacta de los gastos presupuestados. Nada tiene de extraño que las
iniciativas contra el impunismo y en exigencia de responsabilidades por lo
ocurrido, como la reunión de directores de periódicos y la serie de confe-
rencias organizadas por una Liga Nacional pro responsabilidades desde
el Ateneo de Madrid incluyeran en su programa una completa revisión de
la política seguida en Marruecos que comprendía contener la sangría de
hombres y dinero, repatriar al ejército y poner fin a la supuesta acción ci-
vilizadora (1923).
No era este, sin embargo, el parecer mayoritario entre los políticos di-
násticos ni, claro está, entre altos mandos militares, obligados a optar por
un camino intermedio: mantener en Marruecos el contingente de tropas
coloniales, mientras, de una parte, se encargaba al general Juan Picasso
continuar la investigación, abierta por el mismo gobierno de Allendesa-
lazar antes de su dimisión, sobre las causas que condujeron al derrumba-
miento de la Comandancia de Melilla; y de otra, aunque no sin resisten-
cias procedentes de su propio bando, llevar el resultado de esa investigación
para su debate al Congreso de los Diputados. Picasso se empleó a fondo en

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La vertiente histórico-política

su tarea recogiendo testimonios y elaborando un expediente ejemplar; por


problemas internos a la gran coalición, Maura dimitió en marzo de 1922 la
presidencia de un gobierno que nunca gozó de unidad de propósito ni de
programa; el conservador Sánchez Guerra, su sustituto, no pudo ni quiso
paralizar la investigación ni guardarla en el cajón una vez concluida; Picas-
so entregó su expediente y el Congreso eligió una comisión parlamentaria
para que emitiera su dictamen.
Cuando el Congreso avanzaba en el debate sobre las responsabilidades,
y los diputados de la comisión se dividían en torno a las propuestas sobre el
“magno y complicado problema” y salieron a la luz pública las noticias so-
bre la “enorme tragedia y suprema afrenta que padeció España en tierras
africanas”, se produjo un nuevo cambio de situación. El presidente del Go-
bierno, José Sánchez Guerra, que había mantenido un bravo combate por
afirmar el po