TEMAS RETIRO COORDINADORES EJC DIOCESANO
Escuchar, Discernir y Vivir la Misión
Tema 1: ¿Cómo puedo escuchar la voz de Dios?
Daniel López
Tema 2: “El poder de la escucha”
Carla Giménez
Tema 3:
Jesús Granados
Tema 4: El Don de Discernir!
Maria Gabriela / Gustavo y Marielys
Tema 5: ¿Se necesita ser perfecto para vivir la
llamada/misión de Dios?
Frank Luis / Gabino y Eliana
Desarrollo
Tema 1
¿Cómo puedo escuchar la voz de Dios?
Como cristiano, con el deseo de agradar a Dios, dependo de su guía y de su consejo.
Pero, ¿Cómo puedo escuchar la voz de Dios?
1. El ruido del odio: Este sentimiento hace inviable la oración, pues la persona no tiene
vida espiritual o vida de Dios pues prescinde del otro. Bien lo dice san Juan: “Todo el que
aborrece a su hermano es un asesino” (1 Jn 3, 15).
2. El ruido de la crítica a Dios: Cuando le reprochamos a Dios lo malo que nos pasa o
vemos. Este ruido silencioso nos hace callar al ser una actitud de reproche, crea
distancias y elimina deseos de diálogo con Dios. Con un sentimiento de disgusto contra
Dios se impide entablar un diálogo sereno.
3. El ruido del rencor: El enfado por algo o contra alguien, si no se elimina a tiempo, se
puede convertir en rencor. Este ruido es negativo hasta para la salud física y psicológica.
Aquí conviene recordar que una condición previa para la oración es tener un corazón
reconciliado (Mt 5, 24).
4. El ruido del orgullo: Este ruido silencioso es exceso de amor propio, un amor hacia
los propios méritos por lo que la persona se cree superior a las demás o no necesitada de
Dios.
5. El ruido de la envidia: Este ruido silencioso hace que no se alabe a nadie ni se hable
bien de alguien. Es un ruido que desconoce los propios talentos negando la acción de
Dios en la propia vida, esto crea tensión contra Él.
6. El ruido del miedo: Impide confiar en Dios y en su providencia. Incluso se cree que a
Dios no le importamos.
7. El ruido de las preocupaciones: Estas circunstancias absorben la atención. No hay la
debida cercanía con Dios, hay incomunicación pues las preocupaciones generan
inquietud.
8. El ruido de la debilidad: Es prácticamente el silencio de la impotencia. Se cree que la
oración no es posible, o que sea ineficaz. No se sabe qué hacer o decir en la oración y se
decide no hacerla.
9. El ruido de la acomodación en el pecado: El recuerdo del propio pecado y/o la
complacencia o la instalación en el mismo es un ancla que nos impide elevarnos a Dios, o
sintonizarnos con Él.
10.- El ruido de la vanidad: La inclinación a amoldarnos a la mentalidad del mundo y a
sus frivolidades acaparan la atención y hacen que la oración sea inviable al no
considerarla algo prioritario en la vida.
11.- El ruido del propio pasado personal: Un pasado en el que no se ha tenido
experiencia ni de Dios ni de oración. Además el recuerdo de los errores del pasado crea
un desasosiego e inquietud interior.
12. El ruido de las fantasías: Una imaginación desbordada que no se controla genera
fantasías de todo tipo que impiden escuchar la voz de Dios.
Conviene recordar estos ruidos y detectar otros tantos para luego reconocerlos como un
problema, porque sólo de esta manera podemos hacer algo para superarlos y favorecer la
oración.
Escuchando la Voz de Dios -¿Estás listo a escuchar?
Escuchar la voz de Dios es algo que todos deseamos - pero ¿sabías tú que esto no sea
difícil? De hecho, ¡Dios quiere que escuches Su voz! Él no nos habla a través de un
temblor en el riñón o de vibraciones o de un médium. Escuchar la voz de Dios es tan
natural como escuchar hablar a tu mejor amigo. Lo que es más, podemos escuchar a Dios
todos los días y no sólo en ocasiones especiales o en ensalmos especiales. Él nos habla
en los momentos más naturales de la vida. ¿Quieres escuchar la voz de Dios? Entonces
debes estar preparado para escucharla.
Escuchar la Voz de Dios - ¿Por qué Quieres Escuchar a Dios?
¿Por qué quieres escuchar la voz de Dios? Ésta podría parecer una pregunta tonta, pero
las intenciones son importantes en todo lo que hacemos. La Biblia dice esto acerca de la
Palabra de Dios: “Porque la Palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda
espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los
tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.” (Hebreos 4:12)
Escuchando la Voz de Dios a Través de la Oración
Cuando deseas tener una conversación con alguien, ¿cómo comienzas? ¿Te paras frente
a la persona con la esperanza de que él o ella te hable? Eso podría pasar si la otra
persona es lo suficientemente sociable, pero usualmente comenzamos una conversación
abriendo nuestra propia boca y hablando, así logrando la atención de la otra persona. ¡Es
igual con Dios! Él desea escucharnos hablarle, y es en esos momentos que nos
preparamos para oír la voz de Dios. La oración es como decir, “Hola Dios, soy yo. Yo creo
que Tú me has creado y que Tú sabes más acerca de cómo yo debería llevar mi vida que
yo. Me gustaría conocerte mejor. Esto es lo que pasa en mi vida, y me gustaría saber tus
ideas de cómo manejarla. Por favor, ¿me puedes hablar acerca de esto hoy?”
En una conversación ordinaria, hablamos y luego esperamos la respuesta de la otra
persona. ¡Es igual con Dios! Una vez hemos preparado nuestros corazones para
escuchar a través de la oración, es mucho más probable que escuchemos la voz de Dios.
¿Nos habla Dios en una voz audible? Algunos dicen que sí, pero generalmente este no es
el caso. Puede que no “oigamos” la voz de Dios, pero él nos habla de muchas maneras. A
continuación algunas de ellas:
Dios habla a través de Su Palabra
Dios habla a través de nuestros pensamientos
Dios habla a través de conversaciones con otros
Dios habla a través de circunstancias
Escuchando la Voz de Dios a Través de Jesús
La Biblia también nos dice que Jesús es Dios manifestado en carne. Por lo tanto, si tú
deseas escuchar la voz de Dios, debes estudiar y conocer las enseñanzas de Jesús. Esto
es como Juan describe a Jesús: “Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que
hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos
tocante al Verbo de vida.” (1 Juan 1:1) Debes tener también una relación personal con
Jesús ¿Alguna vez has tratado de tener una conversación profunda con alguien que no
conoces? Generalmente no llega muy lejos.
Poco antes de ser crucificado, Jesús se reunió con sus discípulos para asegurarles de lo
que pasaría después de qué Él se hubiese ido. Les prometió un ayudante “Y yo rogaré al
Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de
verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce; pero vosotros le
conocéis, porque mora con vosotros y estará en vosotros.” (Juan 14:16-17) ¡El Espíritu
Santo es, entonces, el cumplimiento de cómo escuchamos la voz de Dios!
Escuchando la Voz de Dios con la Ayuda del Espíritu Santo
“Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os
enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que os he dicho.” (Juan 14:26. El
segundo capítulo de Hechos describe los eventos que ocurrieron en el Día de
Pentecostés, después de la ascensión de Jesús al cielo. El verso 3 dice que todos fueron
llenos del Espíritu Santo, el Consolador prometido por Jesús. Este aspecto único de la
personalidad de Dios no vino a ellos como alguien que ellos pudieron ver y tocar, sino que
Él vino para vivir dentro de ellos. Ese mismo Espíritu está disponible a ti y a mí hoy. ¿Eres
cristiano? Si es así, ya tienes acceso al Espíritu Santo. Pídele a Dios una llenura nueva
cada día y Él preparará tu corazón para escuchar la voz de Dios. Su Espíritu, esa voz sutil
dentro de ti, es Aquel que te recuerda de lo que Dios ha dicho y te ayuda a reconocer las
oportunidades de Dios en tu vida.
Así que tenemos la Biblia, la oración, a Jesús, al Espíritu Santo y a nuestros propios
corazones para ayudarnos a escuchar la voz de Dios. ¿Quieres escuchar la voz de Dios?
Esa es la pregunta final, porque Dios responde a los corazones dispuestos. En el libro de
Apocalipsis leemos: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la
puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.” (Apocalipsis 3:20) Dios nunca te
obligará a obedecerle, pero espera una respuesta de buena voluntad a Su llamado.
¿Estás escuchando Su voz ahora mismo? No permitas que tu respuesta final sea la
equivocada.
Tema 4
Tema 4
El Don de Discernir: Que quiere Dios de Mi?
Estructura:
Que es Discernir?
Ejercicios del Corazón: Reconocer , Interpretar y elegir
Testimonios: Tíos Gustavo y Marieli
Video: 7 Claves para discernir la voluntad de Dios
Testimonio: Gabriela Martínez
Cancion y Oracion para pedir al espíritu que nos ayude a saber Discernir
DICERNIR
Jesús, leyendo en la sinagoga de Nazaret el pasaje del profeta Isaías,
discierne el contenido de la misión para la que fue enviado y lo
anuncia a los que esperaban al Mesías: «El Espíritu del Señor está
sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los
pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a
poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del
Señor» (Lc 4,18-19). Del mismo modo, cada uno de nosotros puede
descubrir su propia vocación sólo mediante el discernimiento espiritual,
un «proceso por el cual la persona llega a realizar, en el diálogo con el
Señor y escuchando la voz del Espíritu, las elecciones fundamentales,
empezando por la del estado de vida» (Sínodo de los Obispos, XV
Asamblea General Ordinaria, Los jóvenes, la fe y el discernimiento
vocacional, II, 2). Descubrimos, en particular, que la vocación cristiana
siempre tiene una dimensión profética. Como nos enseña la Escritura,
los profetas son enviados al pueblo en situaciones de gran
precariedad material y de crisis espiritual y moral, para dirigir palabras
de conversión, de esperanza y de consuelo en nombre de Dios. Como
un viento que levanta el polvo, el profeta sacude la falsa tranquilidad
de la conciencia que ha olvidado la Palabra del Señor, discierne los
acontecimientos a la luz de la promesa de Dios y ayuda al pueblo a
distinguir las señales de la aurora en las tinieblas de la historia.
También hoy tenemos mucha necesidad del discernimiento y de la
profecía; de superar las tentaciones de la ideología y del fatalismo y
descubrir, en la relación con el Señor, los lugares, los instrumentos y
las situaciones a través de las cuales él nos llama. Todo cristiano
debería desarrollar la capacidad de «leer desde dentro» la vida e intuir
hacia dónde y qué es lo que el Señor le pide para ser continuador de
su misión.
El don del discernimiento
Tomar decisiones y orientar las propias acciones en situaciones de
incertidumbre y frente a impulsos internos contradictorios es el ámbito
del ejercicio del discernimiento. Se trata de un término clásico de la
tradición de la Iglesia, que se aplica a una pluralidad de situaciones.
En efecto, existe un discernimiento de los signos de los tiempos, que
apunta a reconocer la presencia y la acción del Espíritu en la historia;
un discernimiento moral, que distingue lo que es bueno de lo que es
malo; un discernimiento espiritual, que tiene como objetivo reconocer
la tentación para rechazarla y, en su lugar, seguir el camino de la
plenitud de vida. Las conexiones entre estas diferentes acepciones
son evidentes y no se pueden nunca separar completamente.
Teniendo presente esto, nos centramos aquí en el discernimiento
vocacional, es decir, en el proceso por el cual la persona llega a
realizar, en el diálogo con el Señor y escuchando la voz del Espíritu,
las elecciones fundamentales, empezando por la del estado de vida. Si
el interrogante de cómo no desperdiciar las oportunidades de
realización de sí mismo afecta a todos los hombres y mujeres, para el
creyente la pregunta se hace aún más intensa y profunda. ¿Cómo vivir
la buena noticia del Evangelio y responder a la llamada que el Señor
dirige a todos aquellos a quienes les sale al encuentro: a través del
matrimonio, del ministerio ordenado, de la vida consagrada? Y cuál es
el campo en el que se pueden utilizar los propios talentos: ¿la vida
profesional, el voluntariado, el servicio a los últimos, la participación en
la política?
El Espíritu habla y actúa a través de los acontecimientos de la vida de
cada uno, pero los eventos en sí mismos son mudos o ambiguos, ya
que se pueden dar diferentes interpretaciones. Iluminar el significado
en lo concerniente a una decisión requiere un camino de
discernimiento. Los tres verbos con los que esto se describe en
la Evangelii gaudium, 51 – reconocer, interpretar y elegir – pueden
ayudarnos a delinear un itinerario adecuado tanto para los individuos
como para los grupos y las comunidades, sabiendo que en la práctica
los límites entre las diferentes fases no son nunca tan claros.
Reconocer
El reconocimiento se refiere, en primer lugar, a los efectos que los
acontecimientos de mi vida, las personas que encuentro, las palabras
que escucho o que leo producen en mi interioridad: una variedad de
«deseos, sentimientos, emociones» (Amoris laetitia, 143) de muy
distinto signo: tristeza, oscuridad, plenitud, miedo, alegría, paz,
sensación de vacío, ternura, rabia, esperanza, tibieza, etc. Me siento
atraído o empujado hacia una pluralidad de direcciones, sin que
ninguna me parezca la que claramente se debe seguir; es el momento
de los altos y bajos y en algunos casos de una auténtica lucha interior.
Reconocer exige hacer aflorar esta riqueza emotiva y nombrar estas
pasiones sin juzgarlas. Exige igualmente percibir el “sabor” que dejan,
es decir, la consonancia o disonancia entre lo que experimento y lo
más profundo que hay en mí.
En esta fase, la Palabra de Dios reviste una gran importancia:
meditarla, de hecho, pone en movimiento las pasiones como todas las
experiencias de contacto con la propia interioridad, pero al mismo
tiempo ofrece una posibilidad de hacerlas emerger identificándose con
los acontecimientos que ella narra. La fase del reconocimiento sitúa en
el centro la capacidad de escuchar y la afectividad de la persona, sin
eludir por temor la fatiga del silencio. Se trata de un paso fundamental
en el camino de maduración personal, en particular para los jóvenes
que experimentan con mayor intensidad la fuerza de los deseos y
pueden también permanecer asustados, renunciando incluso a los
grandes pasos a los que sin embargo se sienten impulsados.
Interpretar
No basta reconocer lo que se ha experimentado: hay que
“interpretarlo”, o, en otras palabras, comprender a qué el Espíritu está
llamando a través de lo que suscita en cada uno. Muchas veces nos
detenemos a contar una experiencia, subrayando que “me ha
impresionado mucho”. Más difícil es entender el origen y el sentido de
los deseos y de las emociones experimentadas y evaluar si nos están
orientando en una dirección constructiva o si por el contrario nos están
llevando a replegarnos sobre nosotros mismos.
Esta fase de interpretación es muy delicada: se requiere paciencia,
vigilancia y también un cierto aprendizaje. Hemos de ser capaces de
darnos cuenta de los efectos de los condicionamientos sociales y
psicológicos. También exige poner en práctica las propias facultades
intelectuales, sin caer sin embargo en el peligro de construir teorías
abstractas sobre lo que sería bueno o bonito hacer: también en el
discernimiento«la realidad es superior a la idea» (Evangelii gaudium,
231). En la interpretación tampoco se puede dejar de enfrentarse con
la realidad y de tomar en consideración las posibilidades que
realmente se tienen a disposición.
Para interpretar los deseos y los movimientos interiores es necesario
confrontarse honestamente, a la luz de la Palabra de Dios, también
con las exigencias morales de la vida cristiana, siempre tratando de
ponerlas en la situación concreta que se está viviendo. Este esfuerzo
obliga a quien lo realiza a no contentarse con la lógica legalista del
mínimo indispensable, y en su lugar buscar el modo de sacar el mayor
provecho a los propios dones y las propias posibilidades: por esto
resulta una propuesta atractiva y estimulante para los jóvenes.
Este trabajo de interpretación se desarrolla en un diálogo interior con
el Señor, con la activación de todas las capacidades de la persona; la
ayuda de una persona experta en la escucha del Espíritu es, sin
embargo, un valioso apoyo que la Iglesia ofrece, y del que sería poco
sensato no hacer uso.
Elegir
Una vez reconocido e interpretado el mundo de los deseos y de las
pasiones, el acto de decidir se convierte en ejercicio de auténtica
libertad humana y de responsabilidad personal, siempre claramente
situadas y por lo tanto limitadas. Entonces, la elección escapa a la
fuerza ciega de las pulsiones, a las que un cierto relativismo
contemporáneo termina por asignar el rol de criterio último,
aprisionando a la persona en la volubilidad. Al mismo tiempo se libera
de la sujeción a instancias externas a la persona y, por tanto,
heterónomas, exigiendo asimismo una coherencia de vida.
Durante mucho tiempo en la historia, las decisiones fundamentales de
la vida no fueron tomadas por los interesados directos; en algunas
partes del mundo todavía es así, tal como se ha apuntado también en
el capítulo I. Promover elecciones verdaderamente libres y
responsables, despojándose de toda connivencia con legados de otros
tiempos, sigue siendo el objetivo de toda pastoral vocacional seria. El
discernimiento es en la pastoral vocacional el instrumento
fundamental, que permite salvaguardar el espacio inviolable de la
conciencia, sin pretender sustituirla (cfr. Amoris laetitia, 37).
La decisión debe ser sometida a la prueba de los hechos en vista de
su confirmación. La elección no puede quedar aprisionada en una
interioridad que corre el riesgo de mantenerse virtual o poco realista –
se trata de un peligro acentuado en la cultura contemporánea –, sino
que está llamada a traducirse en acción, a tomar cuerpo, a iniciar un
camino, aceptando el riesgo de confrontarse con la realidad que había
puesto en movimiento deseos y emociones. Otros movimientos
interiores nacerán en esta fase: reconocerlos e interpretarlos permitirá
confirmar la bondad de la decisión tomada o aconsejará revisarla. Por
esto es importante “salir”, incluso del miedo de equivocarse que, como
hemos visto, puede llegar a ser paralizante.
Tema 5
¿Se necesita ser perfecto para vivir la llamada/misión de Dios?
Estructura
- Refrescar lo conversador en “escucha y discernimiento”
- ¿Qué necesitamos para poder vivir la misión que Dios nos tiene?
- El ejemplo de Jesús: Lecturas sugeridas (Lc 4,16-21), (Lc 4,20)
- Necesitamos ser auténticos, no perfectos. Textos del papa sobre “vivir la
llamada de Dios”
- Plenaria, conclusiones