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Berna 1

El documento describe una fila de ancianos pensionados esperando cobrar su pensión frente a un banco en Bogotá, Colombia. Los ancianos conversan sobre sus enfermedades, recuerdos del pasado y quejas sobre el alto costo de vida. El documento también presenta detalles sobre la diversidad social entre los ancianos a pesar de su edad similar.

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Berna 1

El documento describe una fila de ancianos pensionados esperando cobrar su pensión frente a un banco en Bogotá, Colombia. Los ancianos conversan sobre sus enfermedades, recuerdos del pasado y quejas sobre el alto costo de vida. El documento también presenta detalles sobre la diversidad social entre los ancianos a pesar de su edad similar.

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1

2
Un tal
Bernabé Bernal

3
colección literaria

Viaje a la claridad
Fernando Soto Aparicio

Los estandartes rotos


Luis Corsi Otálora

La batalla olvidada
Luis Corsi Otálora

Don Simeón Torrente ha dejado de... deber


Alvaro Salom Becerra

El Delfin Alvaro
Salom Becerra

El campo y el fuego
Clemente Airó

El estilo poético de León de Greiff


Stephen Ch. Mohler

Un tal Bernabé Bernal


Alvaro Salom Becerra

Cuentos de lluvia
Gloria Serpa de de Francisco

4
ALVARO SALOM BECERRA

UN TAL
BERNABE BERNAL

EDICIONES TERCER MUNDO


Primera edición: noviembre de 1975

5
Segunda edición: diciembre de 1975
Tercera edición: enero de 1976
Cuarta edición: enero de 1976
Quinta edición: febrero de 1976
Sexta edición: julio de 1976
Séptima edición: julio de 1976
Octava edición: septiembre de 1976
edición: noviembre de 1976
Décima edición: julio de 1977
Decimaprimera edición: diciembre de 1977
Decimasegunda edición: junio de 1978
Decimatercera edición: junio de 1979
Decimacuarta edición: noviembre de 1980

Derechos reservados por


EDICIONES TERCER MUNDO

Impreso por
EDICIONES TERCER MUNDO
Apartado aéreo 4817
Bogotá – Colombia

Impreso y hecho en Colombia


Printed and made in Colombia

858-80/59

6
1

El día cinco de cada mes era el señalado para el pago de pensiones a los antiguos
servidores del Estado. Aunque el Banco abría sus puertas al público apenas a las
nueve de la mañana, desde las seis comenzaban a confluir, de los cuatro puntos
cardinales de la ciudad, centenares de hombres y mujeres entre los cincuenta y los
ochenta y cinco años. Unos encorvados y tristes, envueltos en gabanes que
evocaban la época del doctor Abadía Méndez y tocados con sombreros que
recordaban los tiempos de Carlos Gardel, apoyados en bastones adquiridos en el
Almacén Richard o en paraguas comprados en el de Touchet ocho lustros antes,
arrastrando trabajosamente los pies, hoscos y silenciosos, con un rictus doloroso y
amargo; otros, los menos, todavía erectos y garbosos, exhibiendo orgullosamente
la cabeza entrecana, con una amplia sonrisa optimista, ataviados con las chaquetas
deportivas de sus hijos, en un desesperado esfuerzo por detener el paso ineluctable
del tiempo. Viejecitas resignadas a serlo, taciturnas y hurañas, vestidas a la usanza
de la tercera década del siglo, de mirada hostil y suspicaz; otras, muy pocas,
locuaces y coquetas, obstinadamente empeñadas en retener. con el auxilio de Max
Factory de la Revista Vogue, una juventud que se había marchado para siempre. A
medida que llegaban se iban colocando uno detrás de otro. Los que se conocían
entre sí por haber trabajado en una misma dependencia administrativa cambiaban
saludos irónicos: -¡Caray! ¡Cómo está usted de joven! -¡Al que no le pasan los años
es a usted...! ¡Cada día está mejor!
Y los dos viejos celebraban con una carcajada sus mentiras recíprocas.
No todo, sin embargo, era cordialidad y buenas maneras en aquella pintoresca
gerontocracia. De pronto un vejete tembloroso trataba de incorporarse a la fila en
uno de los primeros puestos. Entonces se oía una voz agresiva: -¡Haga cola!
¡Madrugue como lo hicimos nosotros! ¡Viejo abusivo!

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-¡Tengan lástima de mí, señores! -clamaba el anciano- Estoy muy enfermo y no
resisto mucho tiempo de pie...
-¡Aquí todos somos viejos y todos estamos enfermos! ¡Haga cola! -gruñía el vocero
de la protesta, secundado por los demás eslabones de la cadena humana que
circuía el edificio del Banco-.
Algunos aprovechaban la interminable espera en la lectura del periódico, unos
cuantos fumaban en silencio y los más conversaban animadamente. Los temas eran
siempre los mismos: las enfermedades, la muerte de un pensionado, el alto costo
de la vida, el aumento de las pensiones, los recuerdos del pasado burocrático. Un
hombre de cincuenta y cinco años aproximadamente se dirigía a su vecino: un
anciano que revelaba ochenta, quien tosía y escupía incesantemente, para
preguntarle:
- ¿Y usted cómo ha seguido de sus achaques?
- Exactamente lo mismo. O cada día peor-respondía el interpelado - Con esos
médicos que hay en la Caja... Y las drogas que formulan... Tiene uno que hacer una
cola más larga que esta para que le receten cinco aspirinas y un sulfato de soda...
¡Pero, eso si, nunca se les olvida descontarnos el 5% de la miserable pensión...!
-¿Saben quién no va a poder cobrar hoy? --preguntaba un individuo magro, moreno,
con marcado acento tolimense, a dos de sus compañeros de fila. ¡Pues Estanislao
Fonseca! ¿Y saben por qué? ¡Pues porque se murió hace ocho días! Yo estuve en
el entierro... -¡No tenía ni idea! ¡Pobre Estanislao! - contestaba uno de los
interrogados- Tan buen tipo que era... Fuimos compañeros en el Ministerio durante
quince años y nunca tuvimos un si ni un no... En fin, para allá vamos todos...
-Y usted, señor Ramírez, ¿qué opina de la carestía? - inquiría una dama
sexagenaria, quien lucía un abrigo y un sombrero de los que estuvieron en boga
cuando Emilia Nieto Ramos fue Reina de los Estudiantes
-¡Esto ya es inaguantable! --replicaba el señor Ramírez, con inconfundible dejo
bogotano- Con lo que cobran hoy por el arrendamiento de una casa se podía
comprarla anteriormente y lo que cuesta la lavada de un vestido equivale al precio
de venta hace unos años... ¡De los víveres ni hablar...! ¿Usted sabe el último chiste,
doña Paulina? Pues dicen que las secretarias cuando quieren comerse un huevo
tienen que ponerlo... Pero el Gobierno afirma que la situación es muy buena y que
el costo de la vida sigue bajando...
-¿Y qué han oído ustedes decir del aumento de las pensiones?
- preguntaba un anciano alto y enjuto, indudablemente parecido a Don Quijote .
- Absolutamente nada! -respondía un viejo calvo y rechoncho, de aspecto
bonachón-. Yo no me hago ningunas ilusiones. El presupuesto sirve únicamente
para pagar la vagabundería de los parlamentarios, para comprar aviones "Mirage"
y automóviles "Mercedes Benz”... Y a nosotros que nos trague la tierra...

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- ¿Tú has vuelto a pasar por nuestra antigua oficina? - interrogaba un hombre de
mediana estatura, cabeza blanca y gruesos lentes, a su amigo-Si reponía éste-.
Está completamente transformada. ¿Recuerdas como trabajábamos? ¡Qué
seriedad! ¡Y qué honorabilidad! ¡Y qué eficiencia! Me gustaría que la vieras ahora...
¡Eso es un mercado persa, un carnaval! El actual jefe es costeño y naturalmente ha
nombrado paisanos suyos en los distintos cargos. Todos silban, cantan, brincan,
bailan y ninguno hace nada... Me cuentan, además, que el ruido del serrucho no
deja dormir a los vecinos... ¡A la pobre Sección de Fenecimientos se la llevó el
diablo!
Era aquella una multitud cronológicamente homogénea pero socialmente
heterogénea. Allí se confundían ex-Ministros y ex-barrenderas, ex-Embajadores y
ex-choferes, ex-Magistrados y ex-ascensoristas. Las diferencias de clase se
reflejaban obviamente en los rostros, palabras, ademanes y atuendos. Pero sobre
todos los ancianos, los que no hacían nada para ocultarlo y los que se
avergonzaban de serlo y representaban la comedia de la juventud y la alegría, los
elegantes y los desarrapados, flotaba un aire de melancolía, un hálito de frustración,
un aura de fatiga. Era un ejército derrotado por ese enemigo implacable y
todopoderoso que es el tiempo. El reuma y la arterosclerosis, la prostatitis y el
infarto, los eternos verdugos del viejo, recorrían la fila en busca de víctimas. Y el
pájaro de la muerte revoloteaba sobre las cabezas como tratando de elegir aquella
en que habría de posarse unos días después. Tal vez unas horas más tarde.
Bernabé Bernal había llamado a sus amigos Ruperto Medrano y Ambrosio
González, la noche anterior, para recordarles: “No olviden que mañana es día de
pagos. Nos encontramos en el “Muro de las Lamentaciones”, como digo yo, a las
ocho en punto. Por favor no se demoren. Si no hacemos cola desde temprano no
nos alcanzan a pagar y nos sobamos... Yo veré...".
Como los tres amigos eran bogotanos ninguno acudió puntualmente a la cita.
Bernabé Bernal llegó a las 8 y 20, Ambrosio González a las 8 y 30 y Ruperto
Medrano a las 8 y 45. Todos, naturalmente, "muertos de la pena" y apercibidos de
sendas mentiras para disculparse. González justificó su retardo diciendo que se
había varado el bus en que viajaba. Medrano alegó que habiendo pasado una
pésima noche lo había vencido el sueño en la madrugada. Y Bernabé Bernal
atribuyó su demora a la circunstancia de que se le había parado el reloj. Esta última
excusa dio pie a Ambrosio González para hacer un chiste: "Es un gran consuelo, a
tu edad, tener un reloj que se pare... Algo es algo...".
Ingresaron a la fila que, a la sazón, medía ya ciento ochenta metros de larga y que
avanzaba a la velocidad de un pleito sometido a tres instancias. Cada diez minutos
podían dar sus componentes un paso adelante. Una impertinente llovizna bogotana
refrescaba los rostros ajados de los ancianos y humedecía sus ro-

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pas, pues apenas uno de cada diez había llevado paraguas. La temperatura era de
seis grados centígrados. Algunos tosían estruendosamente, varios se sonaban con
estrépito, muchos se frotaban las manos y todos renegaban del mal tiempo y la
demora. -El Gobierno debía mandarnos esta limosna a nuestras casas... ¡Qué
trabajo le cuesta! En vez de obligarnos a permanecer cinco horas de pie, expuestos
a una pulmonía! -decía alguien . -¡De eso se trata! ¡De matarnos aprisa...! -
agregaba otro- ¿No leyó usted las declaraciones del Ministro de Hacienda en la
Comisión de Presupuesto de la Cámara en que nos trató de zánganos, de parásitos,
de sanguijuelas del erario? - Pero se le olvida al Ministro que próximamente va a
tener que hacer cola con nosotros, porque según mis cuentas no le faltan sino unos
meses de servicio para jubilarse... --añadió un tercero-¡Esos oligarcas no sueltan
nunca la teta! --apuntó otro anciano- ¡Ahí está el Ministro de Comunicaciones que
lleva cuarenta años sin soltarla...! Díganmelo a mí que lo conozco desde que
hicimos juntos las primeras letras en el colegio de las señoritas Larrarte...
Al fin, después de cuatro horas de espera, Bernabé Bernal y sus dos amigos
llegaron hasta una pequeña mesa alrededor de la cual permanecían sentados los
tres empleados de la Caja de Previsión encargados de efectuar los pagos. Previa
identificación, firmaron la nómina y recibieron los respectivos cheques.
Inmediatamente después se incorporaron a una segunda y larguísima fila para
cobrarlos. Cuarenta y cinco minutos más tarde, provistos ya de su dinero,
abandonaron el Banco. Bernabé Bernal había recibido $2.785.30, Ruperto Medrano
$2.433.50 y Ambrosio González $1.860.75. Había terminado la odisea mensual. --
¡Estoy derrengado! No resisto ya más... -comentó Bernabé Bernal-A mí me tiene
petrificado el frío, no siento las piernas de las rodillas para abajo... -anotó Ruperto
Medrano--Y a mí me comenzó ya el dolor en la cintura, que es el anuncio de la
ciática... -dijo Ambrosio González- El mes pasado fue lo mismo y duré ocho días en
cama... ¡No hay derecho!
- Qué tal si nos sentamos en alguna parte... Los invito a tomar tinto -dijo Bernabé
Bernal
-¿Tinto no más? ¿Hoy día de pagos? - preguntó Ambrosio González - Les propongo
más bien que nos tomemos unas cervecitas donde la Negra Ifigenia...
-Sí ¡qué caray! El día de gastar se gasta... -contestó Ruperto Medrano. Además, yo
estoy muerto de sed...
La Negra Ifigenia era una cortesana en uso de buen retiro, aunque por culpa de las
injusticias del sistema capitalista no percibía pensión de jubilación como la mayoría
de sus clientes habituales. Cuarenta años antes había sido una guapa morena, de
lindo rostro y cuerpo escultural. Siendo muy niña había caído en

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los brazos de un gamonal de su pueblo nativo y a la primera caída habían sucedido
muchas más. Empujada en parte por la necesidad y en parte por la vocación había
escogido la profesión más antigua del mundo y, después de ejercerla con notorio
éxito en diferentes plazas del país, se había instalado en Bogotá. Su casa fue
durante muchos años el refugio de solterones ávidos de amor, de maridos
insatisfechos y viudos anhelantes de consuelo. Pero como la Negra Ifigenia no sólo
era dadivosa con su cuerpo sino también con su dinero, el mucho que logró
acumular se esfumo en los bolsillos de los indefectibles gigolós. Vinieron después
la inexorable decadencia física y la pobreza y entonces optó por habilitar de cantina
la sala de su casa. Allí, acodada en un viejo mostrador, atendía a sus amigos de
juventud, que se sentaban alrededor de seis pequeñas mesas y rememoraba con
ellos los buenos tiempos.
Desaparecidos los encantos que habían hecho de ella la presa más codiciada por
los galanes de su época, conservaba la simpatía propia de las mujeres cuyo oficio
consiste en halagar y complacer y poseía un repertorio inagotable de anécdotas y
cuentos de subido color. Ya bajo los efectos del licor con que la obsequiaban sus
clientes, rasgaba la guitarra y cantaba con voz todavía melodiosa:
"No sé por qué dices que has visto en
mis ojos que estaba llorando de celos
por ti...".
Se vanagloriaba de haber sido amada por los más conspicuos miembros de la alta
sociedad, la banca, la industria y el comercio y también por eminentes médicos y
respetables abogados, brillantes escritores e inspirados poetas, políticos
prestigiosos y pundonorosos oficiales del ejército, cuyos nombres citaba sin omitir
ninguno cuando refería picantes historietas en que se mezclaban los triunfos y
fracasos de alcoba de que habían sido protagonistas. Invitaba a los nuevos clientes
a su dormitorio y enseñándoles su viejo catre dorado, campo de innumerables
batallas amorosas, les decía con el orgullo de un cicerone francés en el acto de
mostrar a unos turistas la tumba de Napoleón: "Me cabe la satisfacción de que por
este catre desfiló la gente más importante de Bogotá y del país. El Gobierno debía
comprármelo en un millón de pesos, por lo menos, para exhibirlo en el Museo...".
Había tenido siete hijos de otros tantos amantes. El mayor compartía la vanidad
retrospectiva de su madre y solía decir con frecuencia: "Pues ahí donde me ven yo
me escapé de ser hijo de un ex-Presidente de la República, porque cuando él vivió
en Honda mi mamita estaba en el apogeo...".
La cantina de la Negra Ifigenia era uno de los últimos reductos de la bohemia
bogotana de principios del siglo. Allí se

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recitaban todavía versos de Julio Flórez y Enrique Alvarez Henao, se recordaban
chispazos de "Castor y Polux", se cantaban arias de zarzuela y bambucos de Emilio
Murillo, se referían cuentos del General Maza y Gonzalón, se evocaban los
sarcasmos del señor Caro y las terribles irreverencias de don José María Vargas
Vila, se hablaba de la guerra de los Mil Días y del asesinato del General Uribe Uribe,
se hacían chistes y retruécanos sobre lo divino y lo humano. La cortesía y el buen
humor eran los únicos requisitos de admisión en aquel minúsculo bar que, dentro
del conjunto de la moderna ciudad, semejaba una isla. Una porción de pasado
rodeada de presente por todas partes.
Cuando la Negra Ifigenia advirtió la presencia de Bernabé Bernal y sus amigos
Medrano y González, salió alegremente a su encuentro, tendiéndoles los brazos: -
¡Mis viejitos queridos! ¿A qué se debe este milagro? ¡Están muy buenos mozos y
muy elegantes!
- Tú eres la que estás hecha un "churro", como dicen ahora los muchachos...-dijo
Ambrosio González, dándole unas palmadas en las nalgas--Ya comenzó a actuar
el viejo verde... -observó Bernabé Bernal-De viejos es mejor que no hablemos...
repuso González-. Los cuatro sumamos, aquí entre nos, trescientos años... Y en
cuanto al color, yo siempre he sido azul y nunca me he volteado como otros... -y
miró significativamente a Bernabé-"Menos política y más administración”, como
decía el General Reyes... Ifigenia: ¡pase al tablero! -ordenó Ruperto Medrano-. -
Bendito sea Dios que llegaron ustedes, porque hoy no ha venido ni un alma... ¿Qué
quieren que les sirva? - preguntó Ifigenia- Pero, eso sí, plata en mano y... lo demás
en tierra, pues tengo un déficit peor que el del Gobierno... -Aunque nosotros somos
unos viejitos vale... tudinarios, hoy venimos a comprar de contado porque para eso
nos pagaron... - dijo Bernabé Bernal-, -Yo quiero una "Costeña” helada... -manifestó
Ruperto Medrano
-¡Una costeña helada es un fenómeno! -replicó Ambrosio González-. Toda costeña
que se respete es ardiente... Yo quiero la mía al clima...
--A mí me da lo mismo anotó Bernabé Bernal-. Al fin y al cabo, el bebedor de cerveza
no es más que un intermediario entre el contenido de la botella y el orinal... ¿Y tú,
Ifigenia, qué vas a tomar?
-Yo me tomo un brandy - contestó Ifigenia-. Ustedes saben que yo no soy de las de
cerveza en tienda... En mis buenos tiempos tomaba champaña. Recuerdo que la
marca preferida de Ricardo era “Cordón Rojo", a Camilo le gustaba más la
"Pommery"... ¡Ay!, qué tiempos aquellos...-agregó, envolviendo sus palabras en un
hondo suspiro-.

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-No te vas a poner sentimental porque te tiras todo... dijo Ruperto Medrano-. La
diferencia consiste en que en ese entonces la botella de champaña costaba cinco
pesos y ahora cuesta quinientos y en que Ricardo y Camilo eran dos ricachones y
nosotros somos unos pobres de solemnidad... Si tuviéramos dinero para beber
champaña no estaríamos aquí sino en el Jockey... -¡Uy! ¡qué viejo tan bravo! -replicó
Ifigenia-. A medida que envejecen se ponen más susceptibles... Ya una no tiene
derecho ni de recordar... ¿Me perdonas, papito? -y le acarició la cabeza
- Perdonada -dijo Ruperto. Pero nada de papito. ¡La única desgracia que me falta
es tener una hija tan pu...dorosa como tú...! -y soltó la carcajada-. -Bueno, ¡a beber
tocan! ¡Salud! -exclamó Ambrosio González, levantando su vaso coronado de
espuma-. - ¡Salud! - contestaron Bernabé Bernal y Ruperto Medrano, con los suyos
en alto-. - ¡Salud! -dijo Ifigenia, alzando su copa-.
- Una serie de circunstancias comunes habían unido estrechamente a los tres
amigos. Eran contemporáneos como que Bernabé Bernal tenía 62 años, Ambrosio
González 59 y Ruperto Medrano 64. Bogotanos los tres, el primero había nacido en
el Barrio de Las Aguas, el segundo en el de San Agustín y el tercero en el de Belén.
Los tres habían sido hijos de padres decentes y honorables pero paupérrimos.
Representantes auténticos de la clase media económica, no habían podido terminar
sus estudios de bachillerato por invencibles dificultades pecuniarias. La necesidad
de subsistir y la carencia de una profesión definida los había arrojado en brazos de
la burocracia. El destino se había encargado de reunirlos, durante muchos años, en
una dependencia del Estado. Y con cortas diferencias de tiempo habían adquirido
el derecho a la jubilación. Tenían, además, temperamentos afines, hábitos similares
y aficiones análogas. Los tres tenían un innato sentido del humor, se preocupaban
por los problemas públicos, amaban la poesía y la música antigua y, sin ser beodos
consuetudinarios, gustaban de escanciar unos vasos de cerveza esporádicamente.
Entonces acudían a la cantina de la Negra lfigenia quien, muchos años antes y por
espacio de quince días, había sido amante de Ambrosio González. También le
había concedido sus favores a Ruperto Medrano una noche que éste jamás pudo
olvidar. A Bernabé Bernal, a quien había conocido en una época más o menos
reciente, la vinculaba apenas una cordial amistad. "Nosotros, a nuestra edad -le.
decía con frecuencia a lo sumo podemos ser amigos. ¡Lástima que no me hubiera
conocido antes! No sabe de lo que se privó...".
A pesar del evidente parecido que existía entre Bernal, González y Medrano, eran
muy distintos entre sí.
Bernabé Bernal era un hombre de mediana estatura, ni gordo ni flaco, bien
proporcionado, de movimientos lentos y pesados

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que daban a su andar un aire ceremonioso. Tenía el cabello blanco y abundante.
Los ojos y una permanente sonrisa eran las características sobresalientes de su
rostro. Unos ojos, más que expresivos, elocuentes. De aquellos que poseen
solamente los seres que sienten y piensan intensamente. Por ellos se asomaba su
alma de hombre inteligente pero tímido, rebelde pero débil, idealista pero
pusilánime. Su sonrisa, entre despectiva y escéptica, reflejaba todo su mundo
interior que era el de un incomprendido, de un fracasado, de un impotente.
Pertenecía a esa vasta porción de la humanidad ---centenares de millones de
hombres en el mundo que teniendo conciencia de su propia fuerza se declaran
vencidos antes del combate. A esa inmensa legión de los que, dotados de armas
poderosas, se entregan sin oponer resistencia. Al número infinito de los que titubean
en el momento de la decisión, de los que nunca se atreven, de los que siempre
transigen y claudican, de los que se dejan arrastrar mansamente por la corriente de
la vida.
El suyo era el caso de una inteligencia sin el aguijón de la voluntad ni el acicate de
la ambición. Paralizada por la timidez. Desde muy joven había alquilado su cerebro
por un precio muy bajo. Sus ideas le habían servido a otros para triunfar. Sus
conocimientos de autodidacta habían sido los peldaños que otros habían
aprovechado para subir. Dueño de una irresistible vocación literaria, alimentada con
la lectura de los clásicos griegos y latinos, de los españoles y franceses, de los
ingleses y alemanes, había adquirido un estilo en el que la densidad del
pensamiento emulaba con la-galanura de la forma. Muchos de los grandes
discursos pronunciados por políticos que con ellos habían obtenido nombradía y
prestigio y muchas de las páginas que a sus presuntos autores les habían abierto
las puertas de la fama, habían sido escritos por él. Versado en la ciencia de la
administración, no pocos proyectos de reformas fundamentales habían sido obra
suya. Obviamente sus jefes inmediatos habían recibido las felicitaciones. Y gracias
a su pericia en la concepción y redacción de fallos judiciales, varios Magistrados
habían saltado del anonimato a la gloria. Durante cuarenta años, en síntesis, había
pignorado su mente y su conciencia por unos míseros pesos.
Su burocrático instinto de conservación lo había llevado a afiliarse dos veces a uno
de los partidos tradicionales y a militar otras tantas en el bando contrario. Había sido
conservador hasta 1930: liberal de 1930 a 1946; nuevamente conservador del 46 al
58 y por segunda vez liberal de este último año en adelante. Obtenido el derecho a
la jubilación se había declarado apolítico, aunque no disimulaba su simpatía por las
ideas socialistas. Lo aterraba, sin embargo, la posibilidad de que llegaran a
prevalecer en Colombia.
Casado con una mujer dominante, irascible y vulgar, su vida matrimonial había sido
un constante y doloroso viacrucis. Por espacio de treinta años había tenido que
soportar humildemente los vejámenes y los golpes de la que él llamaba "mi
enemiga”, quien

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no desperdiciaba ocasión de enrostrarle su cobardía, su debilidad de carácter, su
incapacidad para la lucha y de atribuir y esas causas la pobreza del hogar y el mal
comportamiento de los hijos Para estos su padre era un pobre diablo, un mártir que
movía a risa. Sus sentimientos hacia él oscilaban entre la lástima y el des. precio.
En el lenguaje común de los bogotanos hay un vocablo cuya fuerza expresiva releva
del trabajo de emplear muchas palabras para definir a una persona. Todas las que
se han usado para describir la personalidad de Bernabé Bernal resultan pobres e
insuficientes frente a ese calificativo que, en sus tres sílabas y siete letras, encierra
un universo de conceptos peyorativos. Ese vocablo es: ¡pendejo!
El consenso general señalaba a Bernabé Bernal como un pendejo. "¡Bernabé
Bernal es inteligente pero es un gran pendejo!” - decían unos-"¡Bernabé escribe
muy bien. Lástima que sea tan pendejo!" - manifestaban otros-"¡Bernabé es muy
honesto pero es un completo pendejo!" - opinaban todos - Algunos amigos procaces
no se limitaban a endilgarle el vocablo despectivo sino que, internándose en las
zonas más recónditas de su anatomía, encarecían el tamaño de sus glándulas
genitales. “Allí viene Bernabé Bernal; los testículos deben venir atrás, en un
camión..." - solía decir Jeremías Rodríguez-. "El día que Bernabé necesite un
suspensorio va a tener que comprar una hamaca"
-apuntaba Gerardino Cifuentes-. Y el infeliz soportaba estoicamente todas las mofas
y escarnios, sin que de su rostro desapareciera la permanente sonrisa enigmática.
Tal era, a grandes rasgos, Bernabé Bernal y tal el concepto que tenían de él quienes
lo conocían.
Ambrosio González era un individuo alto, magro y desgarbado. Tez morena y nariz
prominente. Tenía la mirada agresiva y desafiante de la gente audaz. Las canas,
que ennoblecían la figura de Bernabé Bernal, daban a la de González un aspecto
siniestro. Era un ser egoísta y sin escrúpulos, que todo lo anteponía a su beneficio
personal. Su filosofía de la vida se reducía a una frase: "El fin justifica los medios".
Cualquiera era bueno para satisfacer sus pequeñas pasiones y sus minúsculos
apetitos. Su cultura se circunscribía al conocimiento de la "petit histoire" política del
país en los últimos años y de algunos poemas y gracejos nacidos en la "Gruta
Simbólica". Era un conservador sectario. Su fanatismo lo llevaba a ensalzar
hiperbólicamente todos los actos y omisiones de sus copartidarios ya cohonestar
todos sus errores y pecados. Los liberales, en cambio, eran para él una caterva de
asesinos y ladrones. Del General Uribe Uribe decía, por ejemplo, que había sido un
bandido, responsable de la muerte de cien mil colombianos y que sus asesinos -
Galarza y Carvajal - habían sido los ejecutores de la justicia divina. Laureano Gómez
era su deidad suprema. Aseguraba que la humanidad, a través de los si-

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glos, sólo había producido dos hombres importantes: Laureano y Jesucristo.
Su carrera burocrática había sido una cadena de intrigas, de actos de adulación y
servilismo. La desproporción entre sus capacidades intelectuales y su ambición de
poder y riqueza, lo habían convertido en un resentido. Desahogaba su resentimiento
maltratando de palabra y de obra a su mujer y a sus hijos. Envidiaba las aptitudes
de Bernabé Bernal y no desaprovechaba ninguna oportunidad para reprocharle su
pasividad; no le perdonaba el crimen de haber abjurado dos veces de la sacrosanta
doctrina conservadora y se complacía en zaherirlo con las más crueles burlas. El
día en que recibía el pago de la pensión se transformaba. Con sus dos mil y pico de
pesos en el bolsillo se sentía omnipotente. Olvidaba sus aspiraciones malogradas y
sus deseos insatisfechos de pequeño burgués. Sentía un ansia incontenible de
beber, de estar contento. Invariablemente era él quien proponía a sus amigos que
visitaran la cantina de la Negra Ifigenia.
Ruperto Medrano era físicamente exacto a uno de aquellos personajes de Dickens:
calvos, obesos, rubicundos y plácidos. Detrás de los lentes retozaban sus ojos
diminutos. Vivaces y risueños como los de un niño. Era un hombre elemental, de
esos que pasan por el mundo sin saber dónde han estado. No había tenido
ciertamente ninguna participación en el descubrimiento de la pólvora. Incapaz de
grandes amores ni de grandes odios, su vida no había tenido alternativas violentas.
Un político, pariente suyo, se había encargado de pasearlo, como un lazarillo, por
diferentes entidades oficiales, en las cuales había desempeñado modestos oficios
retribuidos con sueldos más modestos aún. Por única herencia había recibido de
sus padres las ideas liberales, aunque él nunca había sabido cuáles eran ni en qué
consistían. Temperamentalmente alejado de todo apasionamiento, perdía, sin
embargo, la paciencia y los estribos cuando Ambrosio González denigraba a los
jefes liberales y le replicaba diciendo que Morillo, Sámano y Boves habían sido unos
angelitos al lado de Laureano Gómez, Mariano Ospina Pérez y José Antonio
Montalvo. Sentía por Bernabé Bernal una profunda admiración y lo compadecía
sinceramente. Amaba con ternura a su mujer y a su única hija y era feliz hasta donde
puede serlo un hombre de sesenta y cuatro años, que sufre de reumatismo y tiene
un ingreso mensual de $2.433.50.
A las ocho de la noche la cantina de la Negra Ifigenia estaba repleta. Veinte clientes
más habían ocupado las cinco mesas disponibles. Bernabé Bernal, González y
Medrano continuaban sentados alrededor de la suya, sobre la que aparecían,
simétricamente colocadas, varias decenas de botellas vacías, tres semi-llenas y
otros tantos ceniceros atiborrados de colillas. Una densa nube de humo hacía casi
imposible la respiración. La Negra Ifigenia se multiplicaba acuciosamente
repartiendo sonrisas y cervezas. Todos los parroquianos, ya en estado de
embriaguez, hablaban a

16
gritos y se reían ruidosamente. Bernabé Bernal se levantó, no muy seguro de sí
mismo y se encamino a lo que la dueña de la cantina denominaba el "Pipi-room". -
Eso va a ser largo - comentó Ambrosio González- Porque Bernabé orina
deletreando... ¡Pobre hombre! El mismo pendejo de siempre...
-Yo le tengo una gran lástima -dijo Ruperto Medrano-. Un tipo tan inteligente y tan
culto, que había podido hacer un gran papel...
-La inteligencia y la cultura deben servir para hacer dinero, para escalar posiciones...
- replicó González-.¿Para qué le han servido a Bernabé? Para escribir pendejadas...
- Me perdonas, Ambrosio, pero yo creo que no han sido pendejadas. - Repuso
Medrano-. El doctor Mondragón no estaría en el Senado si Bernabé no le hubiera
escrito los discursos que pronunció en la campaña, ni el doctor Velandia habría
llegado a la Corte si Bernabé..
-Lo que estás diciendo confirma mi tesis -dijo González, Bernabé siempre ha
cargado la jaula para que sus explotadores carguen los pajaritos... ¡Eso demuestra
que es un cretino! -y se llevó a la boca el vaso de cerveza-.
-Tú eres muy duro con él -dijo Medrano- ¿Qué culpa tiene Bernabé de ser como es?
Nació así y así morirá.
-¿De qué están hablando ustedes? - preguntó Bernabé Bernal, regresando a la
mesa-.
- Estábamos hablando de política... Como siempre... Componiendo el país... -
contestó Ambrosio González-.
-Y a propósito:¿Cómo ven ustedes la situación? — volvió a preguntar Bernabé,
vaciando en su vaso el residuo de una botella-.
-Pues lo único claro es el mandato porque todo lo demás está muy obscuro... -
respondió Ambrosio González-.
-Eso del mandato claro es un embeleco -arguyó Bernabé Bernal-. Los mandantes
siempre le hemos dado a los mandatarios un mandato claro: el de que nos
gobiernen bien. Y nunca lo han cumplido...
- ¡Alto ahí! -exclamó González- ¡Los conservadores sí!
-No me hagas reír que tengo un labio partido... -dijo Ruperto Medrano-. Los peores
gobiernos que ha tenido el país han sido los del señor Caro y el señor Marroquin,
don Marco Fidel Suárez y el doctor Abadía Méndez... Y los mejores Presidentes de
este siglo han sido Olaya Herrera, Alfonso López, Eduardo Santos y Carlos Lleras...
-Si. ¡Los cuatro jinetes del apocalipsis! - replicó Ambrosio González en tono irónico-
¿Recuerdan ustedes los muertos de Santander y Boyacá? ¿Y el asesinato de
Mamatoco? ¿Y la negociación de la Handel? ¿Y los sucesos de Gachetá? ¿Y el
escándalo de Fadul y Peñalosa? ¿Y la forma como le birlaron la Presidencia a Rojas
Pinilla? - y apuró, sin respirar, un vaso de cerveza-

17
-Ustedes, como los Borbones, ni aprenden ni olvidan -dijo Bernabé Bernal, tomando
la palabra-. Siguen aferrados a los viejos ídolos y a los antiguos mitos. Los instintos,
en ustedes, reemplazan a las ideas. Tú no sabes, Ambrosio, por qué eres
conservador. Ni tú, Ruperto, por qué eres liberal. Y ninguno de ustedes se ha
convencido todavía de que "olivos y aceitunos todos son unos", de que gobiernen
estos, aquellos o todos reunidos, los ricos seguirán siendo ricos y los pobres
seguiremos siendo pobres y no tendremos jamás un techo para guarecernos, ni
tierras para cultivar, ni hospitales para nuestras mujeres, ni universidades para
nuestros hijos, ni tumbas para nuestros muertos... -bebió un sorbo de cerveza y
prosiguió- . El porvenir de la humanidad está en el marxismo. Pero ni mi edad ni mi
temperamento me permiten embarcarme en una aventura revolucionaria... ¡Eso es
para gente valerosa y yo soy un cobarde! Las revoluciones se hacen con sangre y
a mí me produce náuseas una hemorragia nasal...
- ¿De manera que esas tenemos? - preguntó Ambrosio González-. ¡Dos veces
conservador, otras dos liberal y ahora... comunista! ¡Sólo eso te faltaba! Yo
afortunadamente si tengo mis convicciones muy bien arraigadas. Les propongo que
cambiemos de tema. O, más bien, ¿por qué no le pedimos a la Negra que nos cante
una cancioncita? -Yo me voy ya... -dijo Bernabé Bernal-: Me siento un poco
borracho, está ya muy tarde y mi enemiga debe estar hecha una fiera...
-¡No seas pendejo! ¿Cuándo vas a amarrarte los pantalones y a mandar en tu casa?
-dijo Ambrosio González-. Tranquilidad viene de tranca. Haz como hago yo. Dale a
tu mujer un par de patadas en el culo y... arreglado el problema.
Bernabé insistió en marcharse y sus amigos no pudieron disuadirlo. Así sucedía
siempre. A una hora determinada, la perspectiva del encuentro con su mujer lo
llenaba de terror. Le tenía tanto miedo como un judío al comandante de un campo
de concentración. Pagó su cuota: $47.80, se despidió de sus amigos y de la Negra
Ifigenia y abandonó la cantina.
-Te apuesto lo que quieras -le dijo Ambrosio González a Ruperto Medrano- que a
nuestro amigo le va a dar la mujer una paliza esta noche. ¡Esa vieja es terrible! Y
como él es un alma de Dios... Yo no he visto un pendejo más grande... ilfigenia!
¡lfigenia! ¿Por qué no nos cantas algo?
Bernabé Bernal salió a la calle tambaleándose. Sentía que todo daba vueltas a su
alrededor. La jornada etílica había sido de diez horas continuas. Había bebido
treinta botellas de cerveza y se había fumado, por lo menos, cincuenta cigarrillos.
El hambre lo devoraba porque ni él ni sus amigos, desde el desayuno, habían
comido nada. Avanzó unos pocos pasos y se detuvo. Era necesario conseguir un
vehículo que lo condujera a su casa. Hacía un frío

18
intenso. Ráfagas de viento helado le azotaban el rostro. Recordó que ese día le
habían pagado la pensión y que tenía el dinero consigo. La posibilidad de un atraco
lo sobrecogió de espanto. Buscó la protección de un policía que, naturalmente, no
apareció por ninguna parte. Se llevó la mano al bolsillo del pantalón y asió
fuertemente el rollo de billetes. Todas las personas que pasaban por su lado le
parecían sospechosas. Estuvo a punto de morirse de miedo cuando un individuo de
aspecto humilde se le acercó para preguntarle qué hora era. Desde la esquina en
que resolvió apostarse alcanzaba a oír el eco de la voz de la Negra Ifigenia que
cantaba, entre los aplausos de los parroquianos:
"La hija del Penal me llaman siempre a mi
porque mi padre es el carcelero..."
Lo asaltó la tentación de regresar a la cantina pero el recuerdo de su mujer lo
petrificó. Era indispensable llegar cuanto antes a su casa porque mientras más tarde
lo hiciera sería peor. Le hizo señas a un taxi. El chofer, deteniendo la marcha, le
dijo:
-Si va para el norte, lo llevo...
-No señor -contestó Bernabé-, Yo, como buen pobre, vivo al sur..
Después de media hora de espera pudo, por fin, abordar un taxi cuyo rumbo
coincidía con el suyo. El chofer habría sido escogido, sin vacilación, por un director
de cine para representar el papel de bandido en una película del Oeste. Rostro
innoble, circundado por una barba de cuatro días, mirada aviesa, voz cavernosa,
sombrero de anchas alas y ruana. El pánico se apoderó nuevamente de Bernabé.
Este hombre - pensaba- me va a conducir a un sitio apartado y, una vez allí, va a
ponerme un revólver o un puñal en el pecho y a exigirme que le haga entrega de
todo lo que llevo encima. Es muy posible también que, no contento con robarme,
me mate para que no pueda denunciarlo. ¿Qué hago? --se preguntaba- ¿Me apeo
en la próxima esquina? ¿Le doy el dinero antes de que me lo pida? “¡Virgen
Santísima del Carmen, ampárame!", "¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!" -
-musitaba entre dientes-. La impoluta dama y la noble víscera invocadas por
Bernabé debieron escuchar sus fervorosas preces, porque el chofer orientó la
marcha del vehículo en la dirección que le había indicado su pasajero, sin hacer ni
decir nada que confirmara los obscuros presentimientos de éste. Bernabé, un poco
más tranquilo, se puso a pensar en la escena que le esperaba al llegar a su casa.
Un temblor convulsivo comenzó entonces a agitarlo. El chofer lo advirtió y volteando
la cara le preguntó:
-¿El señor tiene mucho frío? ¿O sufre de epilepsia?
-No señor. Lo que pasa es que ya estamos llegando a mi casa...
-repuso Bernabé-.
El chofer lo miró estupefacto y tuvo para sí que su pasajero estaba loco. Finalmente
el taxi se detuvo y Bernabé Bernal,

19
después de pagar la suma que indicaba el taxímetro, se apeó. "¡Gracias señor!" -
dijo levantando los ojos al cielo- "¡Ahora defiéndeme de mi enemiga!".
Se había operado el milagro de que un ciudadano bogotano hubiera podido llegar a
su casa, a las doce de la noche, sano y salvo, con dinero, reloj, anillo, lapicero y
escapulario.
La casa de Bernabé Bernal, que obviamente no era suya, era uno de aquellos viejos
inmuebles de los que quedan aún muchos sobrevivientes en los Barrios de La
Candelaria, San Agustin, Santa Bárbara y Las Cruces y algunos, ya muy pocos, en
los de Las Aguas, Las Nieves y Chapinero. De un solo piso, ventanas defendidas
por balaustres arrodillados, portón, zaguán y transportón, patio atestado de matas
de geranio, azalea, begonia y cilantrillo, vestíbulo y comedor con vidriera, sala y
cuarto de piano, corredores enladrillados, dormitorios húmedos y obscuros con
penetrante olor a moho, baño de cemento con inodoro de cadena, cuarto de San
Alejo con claraboya, solar con aljibe, brevo y papayo.
Los muebles corren parejos con las casas. Mobiliarios Luis XV, más averiados que
don Blas de Lezo, pianola, ortofónica, escupideras, cómodas y armarios con espejo
de cuerpo entero, escaparates, canapés, consolas, escritorios de cortina, retratos
de los tatarabuelos, bisabuelos y abuelos, catres dorados, imágenes de todos los
santos, vírgenes y mártires, la plancha de vapor, la piedra de moler, la paila del
arequipe, la tinaja del agua de Padilla, jaulas de canarios y toches y bacinillas
desportilladas de todos los tamaños.
Bernabé no tenía llave de su casa. Su mujer, que lo trataba como a un menor de
edad o un interdicto, no había querido dársela nunca. Golpeó débilmente. Como
nadie contestara, sacando fuerzas de flaqueza, lo hizo con más energía.
Transcurrieron unos minutos y de pronto oyó algo como el rugido de una fiera. Era
un monólogo de su enemiga que avanzaba por el zaguán y se disponía a abrirle:
- ¡Viejo vagabundo! ¡Sinvergüenza! Bonitas horas de llegar... Para eso sí tiene...
¿Ese es el ejemplo que les da a sus hijos?
Bernabé Bernal se santiguo y cruzó los brazos sobre el pecho. Parecía un mártir del
cristianismo en el acto de penetrar al circo. Su enemiga quitó la tranca, descorrió el
cerrojo y la puerta se abrió.
-¡Claro! ¡Borracho como una cuba! Está que no se puede tener... ¡Viejo degenerado,
asqueroso! --y dos sonoros bofetones cayeron sobre las mejillas del infeliz- ¿No le
da vergüenza?
-continuó, cerrando la puerta tras de si- ¡Un vejestorio como usted, que debía estar
acostado desde las seis de la tarde, bebiendo todo el santo día y tirándose la plata
de la pensión!... Y yo aquí, sin un miserable centavo para hacer una jícara de
chocolate...

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-Pero, señora, si yo apenas gasté $47.80... -balbuceo tímidamente Bernabé-. Aqui le traigo
el resto... -y le entregó el fajo de billetes que había sepultado en el bolsillo del pantalón
-Pues esos $47.80 me habían podido servir para comprar unos calzones... Los únicos que
tengo parecen ya un colador... -contestó la enemiga, mientras contaba el dinero- ¡Aquí
faltan $9.60!
-agregó una vez que hubo terminado de contar-.
-Ah, sí, no recordaba... -repuso Bernabé más muerto que vivo -. Eso fue lo que me costó el
taxi...
-¿De manera que usted es de los que montan en taxi?
-preguntó la enemiga alzando nuevamente la voz--. Mis hijos y yo, en cambio, tenemos que
andar en bus... A usted cada que se emborracha le da delirio de grandeza... ¿Por qué no
se vino a pie para que se le espantara la borrachera por el camino?
-Francamente... me dio miedo de que me atracaran... -respondió Bernabé con voz débil -.
-¡El miedo! ¡El miedo! ¡Siempre el miedo! -tronó la enemiga-. Se lo tuvo a sus papás, a sus
hermanos, a sus maestros, a sus condiscípulos, a sus jefes, a sus compañeros. Me lo tiene
a mí, a sus hijos, a sus amigos. Se lo tiene a su propia sombra... ¡Qué desgracia la mía!
¡Haberme casado con un cobarde, con un pendejo! Y quítesele la idea de que lo van a
atracar. El día que se encuentre con unos atracadores, van a compadecerse de usted y a
darle una limosna...
-¡Cálmese, mujer! -- imploró Bernabé-. No es necesario que grite. ¿Qué van a decir los
vecinos?
-Me importa un bledo lo que digan los vecinos... - respondió la enemiga sin bajar el tono de
voz- Ellos saben que yo tengo razón. ¡A todo el mundo le consta que usted es un pendejo!
¡Y no me diga una palabra más porque le reviento la boca de un bofetón! ¡Ahora orine, rece
y acuéstese! - ordenó imperativamente-.
Bernabé, cabizbajo, se dirigió al baño con el fin de dar cumplimiento a la primera de las
órdenes impartidas por su enemiga. Al pasar por la alcoba de dos de sus hijos, cuya puerta
estaba entreabierta, noto que hablaban entre sí. Se detuvo y escuchó el siguiente diálogo:
-Pobre papá... Lo compadezco en el alma...
-El merece su suerte. Es tan pendejo... Un hombre que se deja insultar y pegar de la mujer,
no inspira compasión sino desprecio... A mí me da vergüenza ser hijo suyo...
La enemiga de Bernabé Bernal, o sea su cónyuge, se llamaba paradójicamente Bonifacia.
Porque nada podía darse más opuesto a ese nombre apacible que la persona que lo llevaba
una mujero. na de facciones bruscas, voz gruesa y ademanes enérgicos. Un sargento con
órganos genitales femeninos. Media 1.70 de alta por 0.60 de ancha. Sus senos, que
pertenecían más al mundo de la orografía que al de la anatomía, eran dos gigantescos
promontorios que la habrían hecho ir de bruces constantemente si, para contrarrestar ese
peso abrumador, no hubiera tenido el imponente

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volumen de sus nalgas. "Yo nunca he podido saber cuáles son más grandes-decía
guasonamente Ambrosio González- si las tetas de Bonifacia o las pelotas de Bernabé".
Velluda y musculosa, sus manos se parecían a las de un leñador vasco. Sus gestos y
movimientos tenían una brutalidad repugnante. Era, en resumen, la negación de la
feminidad. Un tío de Bernabé conceptuó, al enterarse de su noviazgo con Bonifacia, que
para que un hombre se enamorara de ese marimacho tenía que ser homosexual.
Pero si somáticamente era un fenómeno, espiritual y moralmente era un monstruo. La
torturaban la codicia y la envidia. Odiaba al género humano. Para ella no había mujeres
virtuosas ni hombres honestos. No tenía un ápice de nobleza ni un adarme de generosidad.
Su boca era el cráter que arrojaba permanentemente la lava de su resentimiento. La
exasperaba la pusilanimidad de Bernabé y, por el más nimio motivo, descargaba sobre el
desdichado toda su cólera en forma de improperios y golpes.
La única explicación del absurdo matrimonio, según Bernabé, la había dado Shopenhauer
en su teoría del interés de la especie, que justifica la existencia de las parejas disparejas
con el argumento de que el hombre busca siempre en la mujer los atributos y facultades de
que carece y está en el hombre las condiciones y cualidades que le faltan.
“A Bonifacia --solía decir- le sobran la fortaleza y la energía que yo no tengo. Y yo poseo
una concepción del mundo y un sentido ético de la vida que ella desconoce en absoluto. P
nos complementamos...". Y con ese ingenuo sofisma se consolaba de su doloroso drama
conyugal.
Habían tenido tres hijos. Genoveva, a quien su padre había bautizado así, pensando en la
de Brabante. Juan Jacobo, cuyo nombre se lo había inspirado a Bernabé la lectura del
“Contrato Social". Y León, así denominado por Bernal para rendir un doble homenaje a
Trotzky y Tolstoy, aunque las malas lenguas decían que ese nombre le correspondía por
derecho propio ya que era el cachorro de una leona.
Genoveva se había casado con un honrado comerciante quien, por serlo, había quebrado
varias veces y vivía con su mujer y sus dos hijos, al borde de la inanición, en un apartamento
de la "Ciudad Kennedy". Juan Jacobo y León continuaban viviendo al lado de sus padres.
El primero era un buen muchacho. Respetaba a Bernabé, reconocía sus aptitudes
intelectuales y lo compadecía sinceramente. En más de una ocasión había asumido su
defensa ante Bonifacia. El segundo era un mozo díscolo y pendenciero, había heredado el
endemoniado genio de su madre y compartía el odio, mezclado de desprecio, que ella
sentía por Bernabé. En varias oportunidades lo había injuriado soezmente y, en alguna,
había estado a punto de golpearlo.
Juan Jacobo era cajero de un banco y estudiante nocturno de derecho. Por sus manos
pasaban, en el día, centenares de miles de pesos, pero en la noche apenas sí disponía de
un billete de

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cinco para pagar una taza de café y un pan. Era uno de los dirigentes del sindicato
de empleados y había organizado varias huelgas para obtener un aumento de
sueldos (el suyo era de $1.200.00), invariablemente declaradas ilegales y
subversivas por el Ministro del Trabajo, quien a sí mismo se llamaba "abanderado
vindicaciones sociales". El gerente del banco lo había catalogado como un peligroso
agitador comunista. "Hasta el nombre de ese tipo - decía- es de revolucionario". Y
en seis ocasiones le había negado el ascenso a que le daban derecho su
antigüedad y eficiencia.
Aunque distaba mucho de ser un tímido, tenía con su padre afinidades innegables.
Amaba la lectura, era inteligente y sensible y poseía un concepto rectilíneo de la
moral, circunstancia que, según la opinión de su madre, representaba un gravísimo
inconveniente para que pudiera ejercer con éxito la profesión que había elegido. “Un
abogado honorable -aseguraba Bonifacia- está condenado a morirse de hambre".
Tenía, a pesar de su juventud, una férrea autodisciplina que regulaba todos sus
actos. A los veinticinco años había alcanzado la madurez de un hombre de
cincuenta. Con ímprobos sacrificios y esfuerzos había logrado reunir una biblioteca
de ochocientos volúmenes, en la que predominaban los temas jurídicos, sociales.
históricos y políticos. No bebía ni fumaba. Lo apasionaban la música clásica y el
teatro. Lo fastidiaban la ordinariez de su madre y la superficialidad de su hermano.
León era un individuo colombo-americano, como se llamaba el instituto en que había
cursado estudios de inglés. Tenía, sin embargo, mucho más de gringo que de
colombiano, pues todas sus fuerzas físicas e intelectuales estaban orientadas a
imitar los pensamientos, palabras y obras de los amos del mundo. Y se avergonzaba
tanto de su nacionalidad como de su padre. No habiendo podido dominar el inglés,
había olvidado buena parte del castellano y su idioma era una mezcla de las dos
lenguas. Un dia fue testigo presencial de un accidente callejero: un ladrillo caído de
un edificio en construcción golpeó a un transeúnte en la sien, privándolo de
conocimiento. León refirió así lo ocurrido a un policía que intervino en el caso: "Pues
verá my dear Agente: De ese building cayó un brick que hirió a este man en la one
hundred y no ha vuelto en yes". Trabajaba, naturalmente, al servicio de una
compañía petrolera norteamericana, masticaba chicles incesantemente, bebía
"coca-cola" a todas horas, fumaba "Marlboro" y lo enloquecía la música rock.
Prefería lavar platos en un restaurante de Nueva York a ser Presidente de su país.
Consideraba que Teodoro Roosevelt había hecho las cosas a medias cuando se
tomó a Panamá. "Ningún work le había costado say "I took Colombia" y hoy
seríamos one de los United States” -- agregaba-. Su yancofilia lo había llevado a
cambiarse su nombre de pila por el de Lion.

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Amaba desaforadamente el placer. El mundo se reducía para él a una pista de baile.
Dos veces por semana invitaba a una cabinera internacional, de cabello oxigenado,
cara de mujer fatal y mini-falda, a la discoteca "El Hipopótamo Rosado" y allí
bailaban frenéticamente hasta caer exhaustos. En tres ocasiones se había casado
civilmente y en otras tantas se había separado de sus cónyuges. El cabello le cubría
los hombros y era adicto a la mariguana y al L. S. D.
Lion Bernal no se parecía en nada a su padre ni a su hermano Juan Jacobo. De su
madre tenía el pragmatismo grosero, la ordinariez y la irascibilidad.
Bernabé llegó a su alcoba sollozando. El comentario de sus hijos había lastimado
cruelmente su sensibilidad. La conmiseración del uno lo había conmovido y las
duras palabras del otro lo habían sumido en un profundo dolor. Se sentó en el lecho,
se llevó las manos a la cabeza y prorrumpió en un llanto amarguísimo.
- ¿Ya le dio la llorona? - le preguntó Bonifacia, quien había vuelto a acostarse-. Esas
son las consecuencias de sus borracheras... ¡Viejo ridículo! ¡Acuéstese aprisa y
apague la luz, que es la una de la mañana!
-Yo no resisto más... -repuso Bernabé gimiendo y llevándose el pañuelo a los ojos-
¿A quién he matado? ¿Qué crimen he cometido para que usted me insulte y me
pegue y mis hijos me falten al respeto? Yo también tengo derecho de echar una
canita al aire...
- ¡Usted no tiene más derecho que cumplir con sus obligaciones y dar buen ejemplo
a sus hijos...! ---rugió la enemiga-.
-Usted confunde los derechos con los deberes... -contestó modestamente Bernabé
-¡No me venga con sus metafísicas y sus filosofías! -replicó la enemiga iracunda-.
Y en cuanto a las canitas al aire, ¿le parecen pocas las que ha echado? Cada vez
que le pagan la miserable pensión se reúne con ese par de sinvergüenzas, que son
sus íntimos amigos, y se va con ellos a las tabernas y a las casas de lenocinio a
derrochar el dinero como si fuera un millonario...
-Yo no quería beber pero Ambrosio insistió... - dijo Bernabé, enjugándose las
lágrimas-.
-¡La eterna historia! Como usted es un pendejo, incapaz de decirle no a nadie... Y
no más discusiones ni lloriqueos... ¡Acuéstese inmediatamente si no quiere que le
dé otro par de bofetones! -ordenó la enemiga y se volteó para el rincón-.
Bernabé Bernal obedeció dócilmente. Se trataba de una orden inapelable. Además
estaba de por medio su integridad física. Recordó a don Miguel de Cervantes: "La
temeridad no es valor ni el retirar es huir cuando el peligro sobrepuja a la
esperanza”. En sus labios reapareció la peculiar sonrisa melancólica. Se desnudó
con lentitud. Observó los deterioros causados por el tiempo en sus prendas y lanzó
un hondo suspiro. Las colocó, doblándolas cuidadosamente, en el espaldar de una
silla. Se puso el pijama: una colección de remiendos multicolores. Apagó la lámpara
y se me

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tió temerosamente debajo de las cobijas. Su enemiga dormía ya con la tranquilidad
de una Madre Abadesa. Cerro los ojos tratando de dormirse pero el sueño no acudió
a la cita. Le dolía la cabeza y lo devoraba la sed. Resolvió entonces hacer un
balance del día: la cola de largas horas al pie del “Muro de las Lamentaciones”, el
cansancio, el frío intenso, al fin el momento supremo del pago, después la amena
jornada en la cantina de la Negra Ifigenia, las disputas políticas y los gracejos de
Ambrosio González y Ruperto Medrano, el miedo que lo sobrecogió en el taxi, la
bochornosa escena con su enemiga, los comentarios de sus hijos. Primero la
comedia, luego el drama. Rememoró, sonriéndose en la obscuridad, un verso de
Rafael Núñez adecuado a sus circunstancias: "La ley de la armonía, hace que toda
causa de alegría, lo sea de dolor". Y, con el consuelo de ese pensamiento, acabó
por dormirse plácidamente, hasta donde puede ser plácido el sueño de un mártir
que se acuesta al lado de su verdugo.

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