En lo que respecta a la arqueología, gran parte del temprano trabajo
realizado en Palestina, por parte de E. Sellin y W.M.F. Petrie por ejemplo,
había sido profesional, esto es, no estuvo sujeto a una lectura acrítica del
texto bíblico.
Todo cambió con la aparición de la arqueología bíblica tradicional
conducida por W.F. Albright a inicios de la década de 1920, la cual
apuntaba a confrontar teorías críticas y a probar que la historia bíblica era
un relato preciso del pasado
La arqueología bíblica conservadora mantuvo su predominio durante gran
parte del siglo XX. La reacción ante esta situación ha sido un enfoque
ultra-crítico (“minimalista”) que apareció en los años ’90, en contra del
uso tradicional de la arqueología en la reconstrucción de la historia del
Antiguo Israel en la Edad del Hierro y avanzando la opinión de que los
textos bíblicos que refieren a la historia del Antiguo Israel fueron todos
compilados durante el período persa y el período helenístico y, así, carecen
de valor real para comprender períodos anteriores (por ejemplo, Davies,
1992; Thompson, 1999).
En paralelo a la obra de los minimalistas, se ha desarrollado una escuela
que puede ser descrita como promoviendo una “visión desde el centro”.
Esta escuela, a la cual pertenezco, mantiene una actitud crítica tanto hacia
el texto como hacia la arqueología, pero difiere de los minimalistas al
sostener que un número significativo de registros bíblicos provienen de
tiempos monárquicos tardíos y que otros relatos, que fueron puestos por
escrito más tarde, incluyen tradiciones que reflejan realidades de la Edad
del Hierro (para esta aproximación, que recientemente ha sido
ingeniosamente descrita por Jean-Marie Durand como déconstruction
positive, véase, por ejemplo, Liverani (2005), Miller y Hayes (2006),
Na’aman (1994), Knauf (2013), Finkelstein y Silberman (2001).
La cuestión crucial, por supuesto, es qué hacer cuando la arqueología y el
texto bíblico proporcionan historias confrontadas. En tal caso, ¿cuál de los
dos tiene prioridad?
En el caso de la arqueología, dos factores son de importancia: (1) la
intensidad de la evidencia, incluyendo el tamaño del área expuesta y la
buena representación de las diferentes partes del asentamiento, en el caso
de un sitio grande; (2) buen control sobre los datos; solamente en el caso
de una estratigrafía segura, conjuntos cerámicos claros y buenos fechados
de radiocarbono puede la arqueología proveer de evidencia confiable y no
distorsionada.
No obstante, no hay dudas de que aun en condiciones casi perfectas la
evidencia arqueológica puede estar abierta a diferentes interpretaciones
culturales e históricas.
Con respecto al texto, la cuestión más importante es la distancia temporal
entre los eventos descritos y el tiempo de composición. En el caso de la
proximidad cronológica y de textos de naturaleza cronística (esto es, libres
de posturas teológicas expresadas en, por ejemplo, discursos y profecías),
el texto puede considerarse como contenedor de evidencia confiable.
Cuando los ostensibles eventos proceden de siglos anteriores al tiempo de
composición, y el relato no es cronístico en su naturaleza, el texto tiene
menos chances de ofrecer un testimonio confiable del pasado. Todo esto
significa que, en el caso del Antiguo Israel, no trabajamos en una situación
de blanco y negro, y tampoco existe una sola actitud de corroboración
frente al tema de la historicidad; cada caso debe ser tratado de acuerdo
con sus circunstancias específicas.
||||||
La dicotomía Israel-Judá
Cuando se desea reconstruir la historia del Antiguo Israel, las diferencias
entre las tradiciones del sur y del norte integradas en la Biblia deben ser
tenidas en cuenta (cfr. Fleming, 2012). Por supuesto, el texto bíblico
refleja una perspectiva meridional. Esto es discernible, por ejemplo, en el
montaje del libro de Génesis: la narrativa patriarcal abre con el sureño
Abraham, quien se transformará en el abuelo del norteño Jacob.
En la así llamada Historia Deuteronomística, todos los reyes del norte son
evaluados de modo negativo; y en el libro de Crónicas, el reino del norte
ignorado casi por completo. Esta reelaboración meridional de las
principales partes de la Biblia Hebrea ha influenciado a los investigadores,
quienes en muchas ocasiones han “heredado” la perspectiva meridional.
En breve, pues, demográfica, económica, militar y geopolíticamente, Israel
fue el poder dominante durante la mayor parte del tiempo cuando los dos
reinos hebreos existieron lado a lado. Estos factores deben ser tomados en
cuenta al analizar las narrativas bíblicas.
No existe evidencia de una compilación de textos complejos antes de
comienzos del siglo VIII
Las observaciones anteriores parecieran excluir la posibilidad de una
composición de los textos bíblicos antes de la primera mitad del siglo VIII
a.n.e. Esta afirmación incluye a aquellas teorías que consideran a los
tempranos materiales del Pentateuco y pre-deuteronomísticos en los libros
de Samuel, tales como el Ascenso de David al poder y la Historia de
Sucesión (cfr. Halpern, 2001; Dietrich, 2007).
Y esto tiene perfecto sentido históricamente: la repentina aparición de
textos desarrollados en la primera mitad del siglo VIII, probablemente en
los días de Jeroboam II, está relacionada con la prosperidad durante este
período, la temprana influencia asiria sobre el norte y probablemente con
la reorganización del reino por ese entonces.
Tradiciones tempranas en la Biblia: ¿qué tan atrás pueden llegar?
Lo que acabamos de sostener con respecto a la difusión de la escritura
puede conducir a concluir que los materiales que describen eventos que
ostensiblemente tuvieron lugar en las tempranas fases de la historia del
Antiguo Israel, siglos antes de la compilación de los textos bíblicos o aun
de la habilidad de poner composiciones por escrito, deberían considerarse
ficticios: una invención de autores posteriores, destinada a la concreción
de ciertos objetivos.
Otra manera de formular esto sería sostener que la temprana “historia” del
Antiguo Israel es ahistórica. Esta afirmación no es precisa. La arqueología,
los textos extrabíblicos y la exégesis bíblica demuestran que la Biblia
Hebrea contiene lo que describiría como tempranas “memorias” –
históricas o, preferiblemente, cuasi-históricas– que se originaron siglos
antes de la más temprana fecha posible para la composición de los textos
bíblicos.
Ellas tendrían que haber sido transmitidas oralmente hasta que fueron
puestas por escrito, y pueden tomarse como referencias que preservan
situaciones históricas tempranas, aunque por cierto no descripciones
precisas del pasado. Leídas en la actualidad, ellas a veces se ocultan en
capas textuales posteriores, envueltas en la ideología del/de los autor/es
del/de los período/s. Ofrezco ahora un par de ejemplos.
En el caso de Shiloh, tenemos evidencia, entonces, de la preservación en la
Biblia de memorias –si bien vagas– de eventos que probablemente
tuvieron lugar en la segunda mitad del siglo XI a.n.e.
Deseo resumir esta breve discusión de los materiales textuales de la Biblia
que representan tempranas fases en la historia del Antiguo Israel con dos
comentarios.
En primer lugar, muchos de estos viejos materiales provienen del norte,
que tenía una población de mayor importancia, cuyo poder surgió antes
que Judá y que fue probablemente capaz de componer textos con
anterioridad que en el reino del sur. En segundo lugar, es la arqueología la
que juega un rol importante –por no decir crucial– en identificar tales
tradiciones tempranas.
El Levante geográfico. Suelen estar incluidos los países de Siria, Líbano,
Israel, Palestina y Jordania. La región de Hatay (Turquía) y la isla de
Chipre (con Chipre) también se consideran parte. Otras fuentes incluyen la
península del Sinaí (Egipto) y Ambar (Irak).
Históricamente se solía incluir la zona africana de Egipto, el este de Libia,
la península asiática de Anatolia, la región europea de Tracia Oriental
(Turquía) y toda Grecia.
Uno de los mejores ejemplos de tradición estratificada es la narrativa de
David en Samuel 1. Esta tradición presenta realidades que provienen de
varios contextos históricos diferentes. Los tres contextos que creo son los
más obvios son los siguientes.
Como se indicó más arriba, el núcleo del relato describe a David y su banda
como mercenarios activos en los bordes áridos de Judá, al sur de Hebrón, y
en la frontera de Gat de los filisteos.
Este material textual representa una fase en la historia de la región
anterior a la expansión demográfica (y por ende también administrativa)
de Judá en estas áreas, o sea, antes del Hierro IIA (en este caso,
probablemente antes de la fase posterior del período en la segunda mitad
del siglo IX a.n.e.).
Las descripciones de guerras realizadas por el rey David parecen
representar realidades de tiempos posteriores cuando los reinos
territoriales del Levante –incluyendo sus ejércitos– se habían consolidado
(cfr. Na’aman, 2002a).
Una capa literaria aún más tardía se encuentra incorporada con referencias
a los filisteos como mercenarios griegos y se caracteriza por una
terminología deuteronomística; por lo tanto, encaja en una situación no
anterior a fines del siglo VII a.n.e.
Considero lo mismo en lo referente a los capítulos sobre Salomón. La
sección inicial (1 Reyes 1-2) pertenece a la Historia de Sucesión, la cual
podría expresar necesidades propias de fines del siglo VIII.
Las tradiciones que representan a Salomón como un gran monarca –
constructor y mercader– reflejan realidades tanto del siglo VIII, antes de
la caída del reino del norte, como del siguiente “siglo asirio” en la historia
de Judá.
La referencia a Hazor, Meguido y Guézer como centros importantes del
reino de Salomón (1 Reyes 9:15), la descripción de los caballos y los
establos de Salomón, así como la realidad detrás del relato de las ciudades
otorgadas a Hiram rey de Tiro, deben provenir del reino del norte.
Pero, historias como la visita de la reina de Saba y las expediciones
comerciales zarpando desde Ezion-geber reflejan la participación de Judá
en el comercio árabe dirigido por los asirios, probablemente en los días de
Manasés, un período de gran prosperidad en el sur.
Finalmente, la condena de Salomón en 1 Reyes 11 representa un
inequívoco tono deuteronomístico de fines del siglo VII, o sea, luego del
repliegue asirio. Estas capas literarias representan no sólo diferentes
locaciones históricas sino también diferentes ideologías.
¿Cómo se preservaron y se transmitieron las viejas tradiciones del norte a
Judá?
Un interrogante importante es saber cómo se transmitieron viejas
historias, especialmente durante el tiempo anterior a cuando fueron
puestas por escrito. Una posibilidad reside en su preservación (primero
oralmente y luego en forma escrita) en santuarios regionales,
promoviendo estas tradiciones locales.
Por ejemplo, el ciclo de Jacob y Guilead podría haberse preservado en el
templo de Penuel; la narrativa del éxodo podría haberse venerado en
Samaria; y las tempranas tradiciones sobre la presencia de Israel en el
mishor de Moab podrían haberse memorizado en Nebo, referido como la
locación de un santuario israelita en la inscripción de Mesha.
Desde esta perspectiva de la historia de la actividad escribal, podría
indicarse que la transmisión de una tradición de la oralidad a la escritura
debería haber tenido lugar en torno a 800 a.n.e. o poco después en Israel y
tal vez a fines del siglo VIII en Judá.
En el norte, consideraciones históricas parecen apuntar a los días de
Jeroboam II, cuando Israel alcanzó su pico de prosperidad y cuando el
reino fue aparentemente reorganizado, incluyendo la “centralización” del
culto en diversos santuarios regionales (Na’aman, 2002b). En el sur, la
transición a las tradiciones escritas puede haber tenido lugar poco tiempo
después, bajo la dominación asiria.
La segunda cuestión –cuándo y cómo tradiciones israelitas “migraron” a
Judá– es esencial para reconstruir la historia del Antiguo Israel y, en
efecto, también para establecer una base para comprender la composición
de la Biblia Hebrea, debido al gran número de dichas tradiciones y su
relativamente temprana proveniencia (véase más arriba).
Esto se conecta con otra cuestión: por qué estas tradiciones, algunas de
ellas hostiles hacia Judá, fueron incorporadas en el canon del sur. Después
de todo, los autores judaítas podrían simplemente haber ignorado al norte,
como lo hicieron el/los autor/es del libro de Crónicas siglos más tarde.
Muchos investigadores han indicado la posibilidad de que las tradiciones
del norte llegaron al sur junto con los israelitas que se asentaron allí en las
décadas posteriores a 720 a.n.e. (Broshi, 1974; van der Toorn, 1996: 339-
372; Schneidewind, 2004).
La arqueología parece confirmar esta teoría, mayormente en el ámbito de
los patrones de asentamiento. Me refiero al gran crecimiento demográfico
en Jerusalén en particular y en Judá en general a fines del siglo
VIII/principios del siglo VII a.n.e. A mi parecer, la transformación
demográfica de Judá no puede ser explicada de otra manera.
Y este aumento de población podría haber sido el disparador de la
aparición de la ideología pan-israelita en Judá. En un principio, bajo la
dominación asiria, la ideología fue pan-israelita hacia adentro, dirigida a la
nueva integración de judaítas e israelitas en el reino del sur, en un intento
por crear una identidad compartida.
Sólo posteriormente, luego del repliegue asirio de la región, la ideología
panisraelita fue “exportada” para remitir a los israelitas que vivían en los
territorios del antiguo reino del norte. Este fue el momento de la aparición
de la ideología territorial davídica que encuentra expresión en la
descripción de la época dorada de David y Salomón, la gran monarquía
unida.
Teología versus historia
Evidentemente, la descripción de la historia del Antiguo Israel se
encuentra inmersa en la ideología y teología políticas de los autores de la
monarquía tardía y post-exílicos.
La cuestión es, entonces, cómo leer esta historia sin sucumbir al programa
ideológico de estos autores. Por supuesto, la primera distinción que debe
ser hecha es entre los reportes cronísticos y las afirmaciones, los discursos
y las profecías teológicos.
i se toma la historia de Jeroboam I en 1 Reyes 12:25-29 como ejemplo,
está bastante claro que el reporte sobre Siquém y Penuel en el versículo 25
es de naturaleza cronística, mientras que los versículos 26-29 son de un
carácter propio de una evaluación cultual. En efecto, la arqueología indica
que Dan probablemente no estaba habitado en los días de Jeroboam I
(Arie, 2008).
En este sentido, deseo ahora retornar a la cuestión de si los relatos bíblicos
son más históricos cuando describen tiempos más cercanos a los días de
los autores.
Aquí la respuesta es tanto positiva como negativa. Tomo como ejemplo el
“siglo asirio” en la historia de Judá, entre ca. 730 y ca. 630 a.n.e. Tres
reyes gobernaron en Jerusalén en ese tiempo: Ahaz, Ezequías y Manasés.
El contexto de sus reinados –sus fechas, años en el trono y la conexión con
los monarcas asirios– es completamente histórico, pero la teología está
obviamente vinculada al modo en que estas historias están contadas (cfr.
Na’aman, 1994).
Ahaz es evaluado negativamente, mientras que la arqueología demuestra
que este rey gobernó cuando Judá hizo un enorme progreso como un reino
densamente poblado y económicamente próspero.
Ezequías es evaluado favorablemente, mientras que la arqueología
demuestra que en ese período, y como resultado de su decisión errónea de
participar en un levantamiento contra Asiria, la Shefelá y el valle de
Beershebá fueron devastados por Sennaquerib; cada centro judaíta
excavado en estas áreas revela signos de una severa destrucción.
Manasés es evaluado como el peor y más malvado pecador de todos los
reyes judaítas, cuya conducta cultual eventualmente trajo la caída de Judá,
pero la arqueología indica que en este período Judá estaba revitalizado,
participó como obediente vasallo en la economía global asiria, y como
resultado prosperó como nunca.
En ese momento, la actividad escribal se expandió y ello contribuyó a la
posibilidad, un par de décadas más tarde, de componer la primera
“edición” de la Historia Deuteronomística.
Resumen: Puntos de referencia en el desarrollo de la temprana historia
bíblica
La descripción bíblica de la historia del Antiguo Israel incluye viejas
“memorias” que se retrotraen hasta la fase final del segundo milenio (en el
caso de Shiloh, por ejemplo) y tal vez aun antes, si el Éxodo preserva una
referencia a la expulsión de los asiáticos del delta del Nilo en el siglo XVI
a.n.e. (cfr. Redford, 1987). La mayoría de estas tempranas memorias
proviene del norte.
Esto no debería sorprendernos ya que Israel estaba más densamente
poblado que Judá, más desarrollado económicamente, mejor conectado a
las rutas comerciales y con los acontecimientos en las tierras bajas, y
mejor incorporado en la escena geopolítica del Levante.
Como resultado de todo ello, el norte desarrolló habilidades escribales
avanzadas con anterioridad al sur. Pero Judá también preservó tradiciones
tempranas, por ejemplo en la historia de David como un líder de una banda
de Apirus con actividad en el borde meridional del reino.
El gran salto hacia adelante se produjo en el siglo VIII. Sospecho que las
habilidades en escritura demostradas en Deir Alla y Kuntillet Ajrud hacia
inicios del siglo VIII están conectadas con la reorganización de Israel en
los días de Jeroboam II – probablemente el más grande de los monarcas
israelitas.
Es lógico asumir –aunque imposible de probar– que las tempranas
tradiciones israelitas fueron puestas por escrito por primera vez durante
su reinado. En Judá, la composición de textos puede haber comenzado
medio siglo más tarde, con la incorporación del reino como vasallo en el
imperio asirio y el comienzo de la influencia económica y cultural asiria;
este último aspecto se refleja en la avanzada burocracia y en el impacto de
los géneros literarios asirios.
Desde las perspectivas ideológica y teológica, la historia bíblica comienza
en 720 a.n.e., con la caída de Israel. Judá e Israel –reinos muy diferentes
entre sí en términos de condiciones ambientales y la naturaleza de su
población– tuvieron en común características culturales, como la lengua,
aspectos de la cultural material y el culto.
Con la caída de Israel y la migración de muchos israelitas a Jerusalén y
Judá, la composición demográfica del reino meridional se alteró
dramáticamente, en el sentido de que los israelitas se transformaron en
una gran parte de su población.
Judá ahora se consideraba a sí mismo como el heredero y el detentor de
una tradición compartida de dos reinos hebreos y tomó así el nombre del
norte –Israel–, ahora disponible, para describir a la nación unida bajo su
gobierno.
Este es el período en el que la ideología panisraelita se desarrolló por
primera vez, promoviendo dos mensajes: que todos los israelitas deben
aceptar el gobierno de la dinastía davídica y el dominio de Jerusalén con su
templo. Durante un siglo, estas ideas tuvieron predominio en Judá en la
combinada población de israelitas y judaítas, una suerte de monarquía
unida interna.
Y como parte de los esfuerzos por “crear” un nuevo Israel en Judá, las
tradiciones israelitas fueron incorporadas en los textos judaítas, aunque
bajo el control de los objetivos ideológicos de Judá.
Recién con el repliegue de Asiria en el siglo VII –durante el reinado de
Josías–, estas ideas fueron “exportadas” a los territorios originalmente
israelitas como una ideología actualizada, de acuerdo con la cual todos los
hebreos que vivían en Judá y en el territorio del caído Israel, “desde Dan
hasta Beer-shebá”, debían aceptar a la dinastía de David y al templo de
Jerusalén para poder así ser parte de los beney Israel.
Esta ideología necesitaba una actualización en tiempos exílicos, luego de la
destrucción de Jerusalén y el fin de la dinastía davídica, lo cual hizo
necesarias redacciones y revisiones de viejos textos y la producción de
nuevos. Lo que sucedió a continuación es un enigma.
El período persa se ha convertido en una moda en los estudios bíblicos, con
la proposición de que cada uno de los libros bíblicos ha sido compilado o
redactado en esta época. Sin embargo, no sabemos casi nada sobre este
período en las fuentes extrabíblicas y la evidencia arqueológica es magra.
La arqueología y las fuentes extrabíblicas –esta vez, la rica literatura judía
de fines del período helenístico en el siglo II a.n.e.– parecen indicar que
parte considerable de los materiales textuales específicos para reconstruir
la historia en Nehemías y Crónicas, especialmente las listas de lugares,
representan realidades de tiempos hasmoneos.
Israel Finkelstein - Tel Aviv University
La historia del Antiguo Israel: la arqueología y el registro bíblico – la
perspectiva en 2015.
Rihao /18 (2017), pp.7-25.
Rivista Biblica LXVIII (2015), 371-392.
RESUMEN: Mario Liverani, catedrático de Historia del Oriente Próximo
considera que las narraciones bíblicas son invenciones posteriores. La
mayoría de ellas responden a la necesidad en que se encontraban los que
volvían del destierro de Babilonia de dar una base a su retorno.
Los patriarcas prefiguran la vuelta del destierro de Babilonia. El éxodo
justifica la vuelta de los desterrados, al igual que la conquista de Canaán.
Josué es modelo para los que volvían. Los jueces proyectan problemas del
presente al pasado. La Liga de las 12 Tribus no existió. El reino unido de
David y de Salomón es un ideal. El templo de Salomón no es anterior a los
siglos V-IV. La invención de la Ley es muy posterior. Evolucionó el
concepto de pacto, que sigue modelos asirios.