¿Qué Paso Cuando Se Terminaron Las Perdices 2
¿Qué Paso Cuando Se Terminaron Las Perdices 2
Gema Tacón
¿Qué pasó cuando se terminaron las perdices 2?
ISBN: 9781976732560
CAPÍTULO UNO
CAPÍTULO DOS
CAPÍTULO TRES
CAPÍTULO CUATRO.
CAPÍTULO CINCO
CAPÍTULO SEIS
CAPÍTULO SIETE.
CAPÍTULO OCHO.
CAPÍTULO NUEVE.
CAPÍTULO DIEZ.
CAPÍTULO ONCE.
CAPÍTULO DOCE.
CAPÍTULO TRECE.
Prólogo
Cuando mi amiga y hermana Gema Tacón me pidió que le hiciera el prólogo
de su obra, le dije sí sin pensarlo, aunque después me eché a temblar. ¿Por
qué? Porque sé lo que ha supuesto para ella escribirla.
He vivido esta bilogía desde el primer capítulo de la primera, es más,
desde antes de que empezara a escribirla, cuando me dijo: Gorda, me apetece
escribir algo diferente a la fantasía, algo así como una novela romántica. ¿Tú
lo leerías y me vas diciendo si voy bien? Aquel viaje a Málaga fue
inolvidable.
He vivido junto a Gema muchos momentos, unos mejores, otros peores,
algunos para olvidar, y también he vivido cada uno de sus pequeños retoños
literarios. Sé de buena tinta que le ha costado sudor y sangre escribir esta
historia, y por ello tengo que decir que me siento muy orgullosa de lo que
vais a encontrar en las siguientes páginas.
Una historia cargada de misterio, intriga, amistad, decepción, amor, locura
y humor. Como escritora que soy, os puedo asegurar que unir todo eso en una
misma novela es muy complicado y que conseguirlo es una genialidad que
solo ella sabe lograr.
Así que, no os doy más la lata. Os dejo disfrutar de esta novela única que
os hará sonreír, llorar, enamoraros y cagaros en to las castas de mi querida y
adorada Gema Tacón.
Noni García.
Capítulo uno
El regreso.
Podía ver la silueta de mi cara reflejada en el opaco cristal del enorme
ventanal de mi querido y variopinto dormitorio sobre el gran faro. Hacía una
noche de tormenta en la que ningún barco se había atrevido a zarpar, y tan
solo se distinguía un negro horizonte con algún que otro rayo suelto sobre las
agitadas olas, iluminando de vez en cuando la noche.
Pese a que para otras personas estos días eran deprimentes para mí, sin
embargo, eran mis preferidos. Amaba sentarme a observar cómo las gotas
bailaban y formaban dibujos en los cristales. Fue en ese instante en el que la
paz y la calma me embargaban que no pude evitar recordar nuestro regreso;
Mérida se marchó a su casa después de dejarme y de decir unas cientos de
veces que necesitaba unas vacaciones, pero esta vez lejos de mí.
Sabía que precisaba centrarme y pensar qué iba a hacer con mi vida a
partir de ahora. El maldito karma estaba al acecho, un día sin que me
sucediese alguna locura era digno de apuntar en el calendario. No sonreír al
pensar en nuestro aterrizaje era impensable.
—¿¡Recuérdame exactamente por qué no debería tirarte ahora mismo al
agua y disfrutar mientras te come algún tiburón con mal gusto!? —Mérida se
estaba empezando a poner de colores y sus mejillas pecosas brillaban rojas de
tanto sol.
—¡Mérida, esta vez no he tenido la culpa! Ha sido ese piloto que se ha
puesto nervioso al verme —intenté defenderme.
—¡¡Al verte!! ¡¡Le has chupado un dedo con cara de sádica mientras el
hombre intentaba llevar un puñetero avión y, claro, mejor no hablemos de
cuando te has sentado encima de él con la jodida copa y la has derramado
sobre todos los botones haciendo que se incendiase la cabina…!! Eso
tampoco lo causaste tú, ¿cierto? ¡¡Y que estemos en medio de la nada, sin
teléfonos, sin comida y sin agua es solo y únicamente porque el hombre se
alteró, solito!! ¿Verdad, Ariel? ¡¡Vete a la mierda un ratito!!
—Si lo miras desde ese punto de vista puede ser que algo haya tenido que
ver…
—¡Yo te mato! —dijo, haciendo que la mini barca salvavidas se moviese,
a la vez que me metía la cabeza dentro del agua, mientras yo intentaba
desesperadamente manotearla para poder volver a llenar mis pulmones de
aire.
Después de no sé cuántas horas a la deriva, y de esquivar la mirada de
Mérida, tarea difícil dentro de aquella miniatura, escuchamos la bocina de un
barco y nos pusimos a saltar y a gritar como locas para que nos viesen. La
barquita hinchable de las narices comenzó a moverse de un lado a otro de
forma peligrosa, hasta que finalmente se dio la vuelta y terminamos las dos a
remojo agarradas a los flotadores. Si en el mar hubiese habido un poquito
menos de agua, juro que Mérida la hubiera evaporado del mosqueo[1].
El barco se paró cerca y de pronto un montón de chinos se asomaron y nos
miraron —o nos sospecharon, no lo tengo claro—, desde cubierta. De
repente, vi que desplegaban un gran palo metálico; era una especie de grúa y,
en su extremo más cercano al agua, llevaba una red con trozos de pescado y
aroma a marisco rebujado con olor a [2]chumino de vieja en sus últimos días.
Aquella cosa cayó sobre nuestras cabezas, los asiáticos nos gritaron y nos
hicieron señas para que nos subiésemos.
—¡Y una mierda me voy a subir! —gritó Mérida, pero los hombrecitos
solo sabían vociferarnos cada vez más fuerte, como si en vez de no entender
el idioma fuésemos sordas.
«Nunca comprenderé por qué la gente le hace eso a los extranjeros, ¿qué
pasa que si gritas te voy a entender…?»
Me armé de valor y decidí ser la primera en montar en aquello; metí los
pies como pude entre los boquetitos de la red e introduje la cabeza por la gran
abertura superior. Entonces mi culo hizo de efecto péndulo impulsándome
más de lo debido y terminé cayendo de narices en la asquerosidad de malla,
quedando con la nariz por fuera de uno de los orificios, la oreja por otro, las
piernas por otro distinto y así hasta parecer un jodido puzle de cuadraditos de
mí misma. Por lo visto, el pescante estaba diseñado tan solo para enganchar
pequeñas cantidades de peces o gambas, y tras escuchar un «crack», fui a
tomar por culo al agua otra vez como si de la mismísima sirenita me tratase.
La red me tenía totalmente aprisionada y no me dejaba moverme lo suficiente
como para nadar y salir a flote.
Cuando unas pequeñas burbujitas comenzaron a esfumarse de mi boca y el
aire en mis pulmones empezó a escasear, pensé que mi vida terminaría allí,
en medio del mar, con el corazón destrozado, hasta que algo me agarró del
cuello y me sacó a la superficie. Para cuando volví a ver la luz del sol, mi
consciencia se evaporó.
Un gran ataque de tos seguido de una horrible fatiga y unas gigantescas
ganas de vomitar me devolvieron al mundo de los vivos, alguien me estaba
besando. En mi mente imaginé a un príncipe azul con los ojos de Jim, el
mentón de Adam y el culo del marido de Aurora —que fuese tonto no quería
decir que el hombre no estuviese de buen ver—, abrí los ojos ilusionada tras
mi visión y frente a mi nariz me topé a un vejestorio asiático, casi sin dientes,
más calvo que el genio de la lámpara maravillosa y con las mismas orejas de
Dumbo, que en este caso servían para quitarme el sol de casi toda la jodida
cara. Cuando el hombrecillo me vio reaccionar, sonrió encogiendo tanto los
ojos que me parecieron dos puñaladas en una caja de cartón. Me giré y
vomité hasta la primera papilla. Me incorporé como pude para buscar a
Mérida. Estaba a mi lado sentada, tapada con una manta de rayas marrones y
los pelos del león de la Metro Goldwyn Mayer, la pobre tenía la cara de
preocupación más chunga que le había visto jamás. Al verme revivir, se lanzó
sobre mí, me dio un pequeño golpecito en el hombro y me abrazó con fuerza.
Jamás olvidaré ese abrazo.
Señorita Ariel,
Soy la directora de la revista Yensid. Me pongo en contacto con usted
para pedirle que esté esta tarde a las siete y media en nuestras oficinas y
tener una reunión. Nos gustaría contar con usted para un puesto de
reportera.
Atentamente, Úrsula.
Los ojos se me abrieron como platos, faltaban tres horas para las siete y
media. Me incorporé de un salto y vacié el armario buscando algo formal que
ponerme. No podía creer lo que acababa de leer: la revista Yensid era una de
las más famosas, se trataba de una apuesta digital en la que trataban desde
prensa rosa hasta reporteros infiltrados en sectas para desmontarlas. Era la
oportunidad que tanto había estado esperando, si me paraba a pensarlo con
frialdad, esto era justo lo que mi cabeza necesitaba; una tregua y estar
sumergida en un nuevo trabajo.
Finalmente escogí una falda de tubo rosa pastel, una camiseta blanca de
tirantes, unos tacones y un bolso a juego. Me peiné con una coleta alta, no me
daba tiempo a nada más elaborado si quería llegar a la hora, me pinté de
forma discreta, me monté en mi destartalado vehículo con los zapatos en la
mano y conduje descalza todo el trayecto escuchando el disco de Arena en
los bolsillos de Manolo García. Cantar a todo trapo siempre conseguía
relajarme, pero tuve que contenerme un poco. Si continuaba sudando como lo
estaba haciendo, cuando llegase a las oficinas, mi olor no iba a ser lo que se
dice demasiado atrayente…
La zona en la que se encontraba el edificio de la revista Yensid estaba
justo en el centro de la ciudad, aparcar allí no sería nada divertido. Quedaban
diez minutos para las siete y media, ya había dado tres vueltas a la manzana
sin éxito alguno y mis glándulas sudoríficas estaban volviendo a parecer las
cataratas del Niágara.
Levanté la vista desesperada buscando un maldito aparcamiento cuando a
unos cien metros vi salir un coche negro, estacionado casi al lado de la
puerta. Volví a mirar el reloj, aún me quedaban siete minutos, aceleré para
que nadie me lo quitase y en ese momento la pantalla de mi teléfono se
iluminó. El nombre de Jim apareció de pronto en ella dejándome
completamente bloqueada, lo siguiente que recuerdo es un estruendo y un
dolor terrible de cabeza seguido por un humo negro proveniente de mi capó.
—¡¿Estás borracha, ciega o te han dado el puto carnet en la tómbola?! —
Escuché que alguien me gritaba desde el exterior. Aún mareada, salí
tambaleándome con una terrible presión en la sien derecha, llevé mi mano
hasta el foco del dolor y al bajarla y comprobar que estaba cubierta por un
líquido carmesí, la visión se me nubló y caí al suelo de rodillas—. ¡Llamen a
una ambulancia! —ordenó la misma voz que me acababa de insultar hacía tan
solo unos segundos.
Tenemos que hablar. Estoy trabajando con Jim en un caso del que no
puedo decir nada por el tema de la confidencialidad. Te debo una
explicación.
¿En qué podían esos dos estar colaborando? Tan solo esperaba que no
fuese en el mismo del hotel porque, si no, iba a haber demasiadas personas
que me conocían como para seguir pasando desapercibida. Estaba Adam
revoloteando alrededor de Reina, Jim investigándola y ahora Aurora… La
tapadera se me iba a ir al garete en breve. Miré a Duque que estaba
empezando a espabilarse y que se acababa de caer de la cama, lo recogí, lo
acuné y le dije:
―Te ha salido caro tu primer polvo, compañero.
El pobre Duque me miró y volvió a dormirse. A ver cómo le decía a Reina
lo de la transformación de su mascota…
Me armé de valor y subí hasta la planta de la habitación de Reina. «Estas
cosas son como la cera, con un tirón rápido duele menos», pensé. Cuando fui
a llamar a su puerta, la encontré entreabierta y escuché a Reina dando voces
en el interior.
―¡Te dije que tenía que estar todo listo para la entrega de esta noche!
¡Eres una incompetente! A ver cómo le explicas a Mal el retraso, después de
la recepción de esta noche voy a la fábrica.
A continuación, arrojó algo de cristal contra la pared y pegó un grito; me
di la vuelta y salí sin hacer ruido del pasillo. De esa conversación que
acababa de oír, había sacado dos cosas en claro: una, que tenía que
perseguirla esta noche y descubrir dónde estaba esa fábrica; y, otra, que no
era el mejor momento para informar a mi jefa sobre la transexualidad de su
gato.
Capítulo seis
La fábrica
Regresé al dormitorio y llamé a Blanca para ver cómo seguía, Mérida se
había asentado en el hospital y no se separaba del lado de la pequeña Tiana.
―Mérida, esta tarde tengo una recepción con mi nueva jefa… He
descubierto que tienen una fábrica clandestina en algún sitio y voy a intentar
investigar un poco. Por cierto, dile a Blanca que va a ser abuela. —Colgué
antes de que pudieran preguntarme nada.
La gala era para dar la bienvenida a unos socios capitalistas nuevos, en su
mayoría viejos a los que Reina había engañado. Me vestí con un traje
estrecho y unos tacones de aguja de los que para andar tenías que dar
pequeños y ridículos saltitos.
El acto era en el salón principal del hotel. Había fuentes de ponche sobre
las mesas, un catering como el de una boda, la luz era tenue y azul y había
vejestorios enchaquetados por todas partes, con momias vivientes agarradas
del brazo de sus obsoletos maridos y las narices apuntando al techo como si
estuviesen oliendo a mierda. Auguraba una fiesta divertidísima, así que me
fui a un rincón a dar buena cuenta de mi petaca. Estaba escondida llenando el
vaso disimuladamente cuando alguien me agarró por la cintura con ambas
manos desde la espalda y me susurró al oído.
―Si llenas el mío, no me chivaré a tu jefa. ―Esa voz era inconfundible,
me giré y me topé con la sonrisa de Adam en primera plana. No sé cómo no
deduje que él también estaría por allí.
―Adam ―lo saludé, soltándome de su agarre y escondiendo mi alijo.
―Hola, querida ―se agachó y me dio un sonoro beso en la mejilla.
―Así que era aquí dónde te escondías ―dijo Reina acercándose a
nosotros―. Últimamente para contactarte creo que será más efectivo
localizar a mi asistente, aunque eso tampoco es tarea fácil teniendo en cuenta
que la he llamado unas veinte veces sin obtener respuesta en todo el día.
―Lo siento, tuve un pequeño incidente con Duque.
―Ariel, dirás con Duquesa. ¿Está bien, le ha sucedido algo? ―preguntó,
medio tambaleándose y agarrándose a una silla que tenía al lado.
―Está todo bien señora, lo único es que su gata no era gata, es gato, se ha
intentado acostar con la mascota de mi amiga y ha salido un poco trasquilado.
Creo que va a ser abuela.
Acababa de montarme una operación cera rápida e indolora, pero a Reina
no le pareció tan buena idea. Se desplomó en la silla y se empezó a poner
blanca, estaba a puntito de darle un vahído cuando se me ocurrió la brillante
idea de coger un vaso de agua de la mesa y tirárselo por la espalda para que
se le pasase. Craso error, teniendo en cuenta que el agua estaba helada y que
Reina llevaba un traje con los hombros al descubierto. En el momento en el
líquido rozó a la mujer, pegó un respingo y se puso a bailar la jota. Me miró a
punto de explotar, me dio un manotazo en el vaso de cristal, haciéndolo
añicos contra el suelo, y salió corriendo del lugar lanzándome furtivas
miradas asesinas.
―Eres la mejor para animar el cotarro ―se burló Adam, tapándose la
boca para no soltar una carcajada y tocándome la moral. Lo ignoré y seguí de
cerca a Reina, no sin antes robar las llaves del coche de hacer recados del
hotel, que estaban en el mostrador.
Reina se montó en el ascensor y el indicador superior exterior indicó que
se dirigía al parking. «¡Bien por coger las llaves!», me autofelicité y bajé
corriendo como una exhalación para no perderla de vista, procurando no
partirme la crisma con el dichoso trajecito y los tacones. Con tantos escalones
para arriba y para abajo esa noche no iba a tener narices de moverme.
Mi jefa se montó en un coche negro con los cristales tintados, arrancó y
derrapó para salir del aparcamiento. Encontré el coche pulsando el botón de
las llaves que había tomado prestadas, me monté y antes incluso de que me
diese tiempo a meter las llaves, alguien abrió la puerta y se sentó a mi lado.
―¡Baja, Adam, no estoy de broma! ¡Esto es importante!
―Ariel, tenemos que hablar, no me pienso ir del coche hasta que no
aclaremos las cosas.
―Tú mismo.
Derrapé con las ruedas sin moverme del sitio con el freno de mano
agarrado, intensificando el estruendo gracias al eco del sitio y haciendo que
Adam se tuviese que sujetar al cinturón de seguridad y al asita que traen los
coches para que las personas mayores se sientan seguras de que, en el
momento en el que lo tocan, nada malo podrá sucederles. Apagué las luces en
la persecución como en las películas y me concentré en seguirla de lejos sin
que me descubriese, ignorando a mi inesperado acompañante.
―¿Adónde vamos?
―Adam, lo creas o no, estoy trabajando, el problema es que no sé por qué
siempre estás en medio entorpeciéndome.
―Ariel, siento mucho lo del otro día, creo que no estuve en mi mejor
momento. Siento si te hice sentir incómoda, no fue mi intención, eres muy
importante en mi vida como para perderte por una tontería.
―¿Tontería? ¡Me hiciste sentir como una puta! Me he acostado con
muchos indeseables en mi vida, pero créeme cuando te digo que les ganaste a
todos.
―Lo siento, me superó. No sé cómo resarcirme.
―No creo que puedas, Adam, lo que sentía por ti se rompió aquella noche
junto con mis bragas.
Después de algunos kilómetros, Reina se detuvo en una nave abandonada
a las afueras de la ciudad. Lo único extraño era que las luces de la segunda
planta estaban encendidas y se escuchaba un traqueteo en su interior que no
terminaba de reconocer. Antes de salir del vehículo Adam me cogió del brazo
y me detuvo.
―Ariel, quiero ayudarte, pero necesito comprender qué está sucediendo.
―Su cara de total arrepentimiento y los ojos de cordero degollado que tenía
puestos no me permitieron seguir siendo cruel con él. Todos nos
equivocamos, yo la primera, y merecemos una segunda oportunidad, pero
dudaba mucho que mi corazón volviese a latir por él como hasta esa noche.
―¡De acuerdo! Estoy trabajando de infiltrada, tengo que espiar a Reina y
a otra mujer. En un principio, pensé que se trataba de líos de faldas, pero me
temo que es algo mucho más fuerte que unos simples cuernos. Jim también
está pululando por aquí y creo que Aurora lo está ayudando.
―¿Jim? ¿Estás saliendo con él?
―¿De todo lo que te he contado, lo único que te llama la atención es que
haya nombrado a Jim?
―Yo…
―¡No estoy con nadie! Estáis consiguiendo que prefiera que se me
reconstruya el himen, antes que tener que soportaros a ninguno. Si quieres
ayudarme, ponte en el sitio del conductor y mantén el motor encendido. Si no
regreso en media hora, avisa a Jim.
Me escabullí dentro del edificio por una puerta trasera y subí las escaleras
metálicas con cuidado para que no me descubriesen. Asomé la cabeza por la
rendija y dentro de la sala, totalmente iluminada con unas escandalosas luces
blancas, encontré alrededor de unas treinta mesas con máquinas de coser e
inmigrantes de todas las razas afanadas en coser estrafalarias ropas de pieles.
Reina y Cruella estaban en el centro de la sala hablando acaloradamente.
Por desgracia, el ruido de las máquinas no me dejaba escuchar nada de lo que
decían. De pronto, se giraron y se dirigieron hasta donde yo estaba, reculé y
me escondí dentro de la primera puerta que encontré. A los pocos minutos
ambas entraron y dieron un portazo.
―Mal ha dicho que traerá el siguiente cargamento mañana, dijiste que
todo estaría preparado para efectuar el envío.
―Es imposible que estas ineptas corran más. Si lo hacen, se pinchan y
manchas las pieles, y encima quieren dormir y comer; eso nos está
retrasando.
―¿Hiciste lo que te dije con las enfermas?
―Humbert se encargará de ellas esta noche ―confirmó Cruella.
Las dos mujeres hablaban de las chicas como si fuesen trozos de carne sin
sentimientos. Se me estaba empezando a levantar el estómago y además había
un fuerte olor a carne quemada y a sangre en el aire que me tenía mareada.
De repente, mi misión había pasado de sacar algunas fotos e indagar, a salvar
la vida de alguien…
Esperé a que saliesen y me puse a buscar por todas las puertas a las chicas
de las que hablaban las dos arpías, solo esperaba que Adam no hiciese
ninguna tontería. La situación era mucho más seria de lo que jamás habría
imaginado, y me temía que no había desatado ni la mitad del entuerto.
Por fin, vi una puerta cerrada desde fuera con un cerrojo manual de hierro.
Al abrirla encontré dentro a dos chicas asustadas: una, era alta, la melena
lacia y negra le llegaba por la cintura, tenía rasgos indios en la cara y me
observaba como si estuviese a punto de atacarme; la otra, estaba detrás de
ella, escondida, y en un principio me pareció asiática.
―Vengo a ayudaros, ¡corred, vámonos de aquí! ―les dije sin que ninguna
de las dos se moviese un milímetro, ¿sería que no me entendían?―. ¿Queréis
morir aquí dentro? ¡Pues seguidme sin hacer ruido!
La mujer alta agarró del brazo a la otra, aún con recelo me miró y asintió
con la cabeza. La orientación nunca fue lo mío, y había ido como loca
buscando a las chicas, sin marcarme ningún punto de referencia, así que
resumiendo: no tenía ni zorra idea de cómo salir.
Todos los malditos pasillos me parecían iguales, los zapatos me estaban
matando y la falda hacía mella en el interior de mis muslos, creándome tales
rozaduras que no sería capaz de mitigar ni con un kilo de crema de bebé.
Después de diez minutos corriendo de un lado a otro sin encontrar la
salida de aquella locura, la muchacha alta me agarró del hombro y me detuvo.
―¿Tienes idea de cómo escapar de aquí?
―¿Ahora sí hablas mi idioma? ―me defendí―. Estaba demasiado
ocupada buscándoos antes de que os matasen y no me ha dado tiempo de ir
dejando miguitas de pan, lo siento.
―Dime que traes un coche, por favor ―lloriqueó la china.
―Sígueme, nos sacaré yo misma ―dijo la india, apartándome de un
manotazo sin soltar a la otra chica de la mano.
Sin esperarlo, al pasar por uno de los pasillos, me pareció reconocer el
sitio donde me escondí para oír a las villanas; lo que quería decir que las
escaleras y nuestra libertad estaban justo al lado.
―Psss, venid por aquí.
Las llamé justo cuando mi tacón se enganchó en uno de los rieles que
había pegados a la pared —no me preguntéis para qué los usaban porque no
tengo ni idea—, el traje se rompió por la mitad y caí contra una de las
puertas. Sin saber cómo, quedé tumbada bocarriba casi en bragas y con la
pierna doblada, todavía con el tacón sujeto, en medio de la sala donde estaban
todas las demás muchachas trabajando.
Cuando escucharon el portazo, y luego me vieron a mí surgir de la nada,
las que se encontraban más cerca gritaron o se levantaron de su asiento
formando un gran revuelo. El mismo que me sirvió para camuflarme y que ni
Reina ni Cruella me descubrieran, pero sí que vieron la cabeza de la india
aparecer por el umbral para ayudarme a salir de allí.
―¡Guardias, las prisioneras se escapan! ―gritó Cruella.
Unas sirenas empezaron a sonar en todo el recinto, la muchacha alta me
agarró del pecho y me levantó sin el más mínimo esfuerzo. Salimos corriendo
de allí y Adam ya estaba, como buena persona arrepentida que era, con el
motor encendido, aguardando pacientemente a que la loca de su amiga
apareciera después de colarse en una propiedad privada. Lo que nunca
hubiera esperado era que saliera acompañada.
―¡Corre, corre, correeee! ―grité, entrando en el coche. Detrás de
nosotros un hombre estaba disparándonos sin el menor prejuicio.
Cuando llevábamos una distancia lo suficientemente prudencial, Adam
detuvo el coche y se giró.
―¿Se puede saber qué coño acaba de pasar y quiénes son estas?
―vociferó, dándose la vuelta para verlas mejor―. Y lo más importante,
¿sabes que hay una que se está desangrando?
―¿Cómo? ―Miré hacia atrás, vi a la india con sangre en el hombro, y a la
otra chica al lado temblando, llorando, con los brazos cruzados y las manos
metidas en los sobacos―. ¡corre a un hospital, Adam!
―Nooo, a un hospital no, nos encontrará ―fue lo último que dijo antes de
desvanecerse.
―Tú mandas ―me indicó Adam, volviendo a encender el motor.
―Sé que moriré joven por esto. Conduce, yo te indico dónde ir.
Subimos a la casa procurando que nadie nos viese. Entre Adam y yo
cargamos a la enorme chica agarrada por los hombros, le sacaba a él casi una
cabeza de alto y a mí ni os cuento. La otra pobre continuaba llorando como
una magdalena sacándome de mis casillas; si no se calmaba, se iba a llevar un
bofetón.
Una vez dentro, la pusimos sobre el sofá y fui corriendo en busca de gasas
o algo que nos sirviese para detener la hemorragia. La puerta principal se
abrió y desde el baño oí un grito demasiado familiar, corrí con las manos
ensangrentadas hasta el salón de nuevo, para intentar que a Mérida no le
diese un infarto.
―¡¿Se puede saber qué coño está pasando?!
―Mérida, no hay tiempo para explicaciones, tú hiciste un curso de
enfermera o algo así, ¿no? Le han disparado.
―Ariel, eso lo hice para follarme a mis compañeras, ¡¡no presté mucha
atención!!
―Por favor, no dejes que se muera ―le suplicó la china con un ataque de
nervios.
―Uf, tráeme el botiquín que hay en el cuarto de baño y una botella de
whisky del mueble.
Fui corriendo y le llevé todo lo que me había pedido, rezando por no
terminar con un cadáver en el sofá y porque no hubiese cámaras en la
puñetera fábrica. Aquello se me estaba empezando a ir de las manos. En el
momento en el que Mérida intentó incorporar a la muchacha esta se despertó
y la agarró por la garganta.
―Esto me gusta tan poco como a ti, pero necesito ver si la bala te ha
atravesado o si la sigues teniendo dentro antes de que te desangres en mi
casa, ¿me lo vas a poner fácil? ―ella asintió con una mueca de dolor―. Te
voy a cortar la camiseta.
―Esperaré en el balcón ―dijo Adam para no estar presente mientras la
desnudaba.
Mérida cortó la ropa de la chica dejando al descubierto dos tetas como dos
carretas. Tenía la piel morena y unos abdominales en los que se podían lavar
los vaqueros, a Mérida se le fueron los ojos al canalillo de la chica, me miró y
dijo.
―La botella, rápido.
―Hay alcohol dentro de la caja ―la informé.
―Es para ella. ―Se la di y, cuando la cogió, la levantó y se bebió la mitad
de un trago―. ¿Cómo te llamas?
―Po, se llama Po ―se apresuró a decir la chiquita que permanecía de pie
detrás de nosotros con los ojos hinchados de llorar y las manos aún en los
sobacos.
―¿La botella no era para mí? ―atinó a decir Po.
―Era, tú lo has dicho. ―Po le cogió el whisky con el brazo bueno y se la
terminó de un solo trago sorprendiendo a Mérida.
Mi amiga le estuvo toqueteando y mirando la herida hasta comprobar que
no había bala dentro. Empezó a cogerle puntos a ambos lados, y en el instante
en el que vi la aguja me empecé a marear, las dejé allí a las tres y salí con
Adam a que me diese un poco de aire.
―¿Seguimos sin cadáveres?
―Parece que saldremos de esta ―le respondí, quitándole el cigarro de la
mano y fumándomelo casi de una calada, mi cuerpo necesitaba nicotina de
manera urgente.
―¿Qué vamos a hacer?
―Adam, no voy a meterte en esto, ya has hecho demasiado.
―Nadie tiene que meterme; si tú estás dentro, yo también. Además,
necesitarás un infiltrado cuando Reina te despida.
―¿Me va a despedir?
―Has mutilado al gato.
―¡¡Venía con pito de fábricaaa!! ―Miré dentro y vi que Po ya tenía
puesta una camiseta de Mérida―. Entremos.
―¿Qué haremos ahora? ―preguntó la chinita―. ¿Dónde iremos? ¿Qué
comeremos? ¡Nos van a atrapar, estoy segura, y nos van a matar!
―Definitivamente no tenía el toto para fiestas y menos para niñas histéricas.
Me di la vuelta y le di el merecido tortazo que llevaba pidiendo un buen rato
a gritos. Esta se quedó inmóvil, se puso los dedos bajo la nariz y empezó a
aspirar como si tuviese una flor en las manos.
―¿Qué haces? ―le preguntó Mérida descolocada.
―Se huele los dedos después de tenerlos en los sobacos, le relaja el olor
cuando está nerviosa ―dijo Po, intentando levantarse.
―¡Qué fatiga! ―exclamé.
―¿Adónde vas? ―dijo Mérida.
―Nos vamos.
―Perdona que te diga, pero soy tu enfermera personal y no pienso dejar
que te vayas hasta que no esté segura de que estás bien. Tu novia y tú podéis
quedaros en la habitación de invitados. ―Mérida era capaz de darle la vuelta
a cualquier situación para ligar.
―No somos pareja ―se pronunció por fin la chinita, que había dejado de
olerse los dedos, lo que en su dialecto corporal quería decir que estaba más
tranquila y que no le tendría que volver a atizar.
―¡Mierda, el gato!
―Estás empezando a tener una relación insana con ese animal, amiga
―me advirtió Mérida, bastante contenta después de descubrir que Po estaba
libre.
―Lo dejé en mi dormitorio y de seguro que Reina está que trina. Tengo
que volver al hotel y comprobar cómo sigue.
―Te llevo ―se ofreció Adam en modo pelota activado.
―¿Estaréis bien? ―pregunté preocupada.
―Sí, tranquila, yo me encargo de ellas ―sonrió Mérida con cara de
pícara.
El camino en coche lo pasamos en silencio. Cuando llegamos a la puerta,
Adam me miró intentando ser seductor, pero esa faceta suya había dejado de
interesarme.
―Han pasado muchas cosas, creo que lo más sensato sería que subiese
contigo.
―Adam, han puesto micrófonos en mi dormitorio.
―Me han dicho muchas excusas para no invitarme a una casa, pero desde
luego siempre eres la más original ―se burló.
―No es ninguna broma, y además estoy demasiado cansada, tan solo
quiero dormir. Gracias por acercarme, mañana hablamos. ―Esa fue mi
última respuesta antes de bajarme del coche y dejarlo con la cara de los pies
de otro mirando cómo me iba.
Estaba deseando llegar al cuarto y comprobar el estado de Duque, tan solo
esperaba que Reina no me hubiese desalojado. Al llegar a mi planta vi a
alguien sentado en las escaleras, salí rápido del ascensor temiendo que fuese
el mismo que disparó a Po. En la puerta me puse nerviosa y para abrir creo
que metí la llave de todas las maneras posibles en la cerradura menos en la
correcta.
―¿Te ayudo? ―Estoy segura que pegué el salto más ridículo, seguido del
gritito de terror más tonto de la historia. Al girarme, vi a Rider y mi corazón
se ralentizó, un poco…
―Me has dado un susto de muerte.
―Me tenías preocupado.
―Dentro hay micrófonos, no podemos hablar de temas laborales.
―No era esa mi intención precisamente.
―Necesito un trago, ¿quieres uno? ―le invité, ruborizándome como una
quinceañera.
Cuando estuvimos dentro, me arrepentí de ser tan desastre. La ropa estaba
esparcida por todos sitios, Duque se había encargado de llenar de pelos
blancos todo lo que era negro —supongo que en señal de venganza—, y
dormía a pata ancha sobre mi almohada. En cuanto me vio, abrió un ojo, se
dio la vuelta y continuó su siesta.
Rider y yo nos miramos y nos reímos encogiéndonos de hombros. Saqueé
el mini bar y nos servimos todo lo que contenía alcohol que había en la
habitación, terminando sentados en la moqueta con la espalda apoyada en el
colchón.
―Creo que la habitación está empezando a darme vueltas, necesito una
ducha ―confesé.
Rider esperó pacientemente en el dormitorio mientras que yo intentaba
que mis neuronas dejasen de moverse como si estuvieran bailando la conga.
Dejé que el agua corriese por mi cuerpo, necesitaba sentir algo real y que me
evadiese de las circunstancias, pero creo que por mucho jabón que usase, la
preocupación por toda esa incertidumbre seguiría estando. Cerré los ojos e
intenté mantener la mente en blanco.
Me sobresalté al notar que alguien me sostenía por la cintura y me daba un
beso en el cuello y luego otro y después otro más. Absolutamente todos los
bellos de mi piel se erizaron en respuesta al contacto de sus carnosos labios
sobre mí. Tenía su cuerpo totalmente pegado al mío y pude notar cómo cada
músculo de su pecho se rozaba contra mi espalda, mientras nos caía el agua
de la ducha y las gotas rodaban entre los dos.
No podía negar que cada vez que Rider abría la boca mi cuerpo temblaba.
Procuré recordar el tamaño actual de los pelos de mis piernas, y de lo que no
eran las piernas precisamente. Tenía que hablar urgentemente, necesitaba
decir alguna estupidez de las mías, me estaba empezando a entrar mareo y
fatiga, y lo último que quería era vomitarle encima.
Me separé de él, se aproximó lentamente y di un paso atrás activando mi
modo juguetón, luego otro y otro más, cuando de pronto…, se fue a tomar
por saco todo el romanticismo. Mis piernas chocaron contra el borde de la
magnífica bañera vista, y caí de culo quedando a una altura bastante
embarazosa, teniendo en cuenta que ambos estábamos desnudos.
Rider se agachó, me dio la mano y me ayudó a levantarme mientras la
incansable agua no dejaba de cubrirnos. Introduje mis dedos en su pelo y nos
fundimos en un lujurioso beso. Su expresión me decía que me deseaba tanto
como yo a él. Su agarre comenzó a ser más feroz y contundente. Me aferró
una pierna fuertemente con su enorme mano, me la plantó en el borde de la
bañera y aprovechó la abertura para introducirme su tan anhelado miembro
dentro de mí.
En el momento en el que lo sentí entrar, mi sexo se humedeció y se
contrajo intentando que no se marchase nunca y que aquello durase para
siempre. Me elevó la otra pierna y continuó haciéndome el amor en el aire,
como si mi cuerpo no se resistiera a la gravedad. Yo no podía hacer otra cosa
más que asirme a su cuello y morderle en el hombro para silenciar un poco
mis orgasmos. Sus brazos y su abdomen quedaron en tensión debido al
esfuerzo que estaba haciendo al sostenerme, lo que hacía que sus músculos se
viesen todavía más protuberantes de lo que ya eran. Y si juntamos eso y el
agua, la escena era como la de las películas porno que veía en la oscuridad de
mi dormitorio cuando me sentía sola, solo que en lugar de una guapísima
brasileña era a mí a la que penetraba ese adonis personificado.
Me sacó con cuidado de la bañera y me llevó al dormitorio. Me tumbó en
la cama y prosiguió haciéndome el amor, dejándome casi sin aliento. Colocó
sus manos sobre las mías comprimiéndomelas contra el cochón, dejando caer
todo su peso sobre mí. Contemplarlo sin peinar y con el pelo mojado era
todavía mejor que verlo arreglado con sus trajes habituales; ese aspecto le
daban un toque de niño malo que nunca había visto en él. Sus suaves besos
mezclados con un pequeño atisbo de inseguridad en su mirada hacían que
aquello resultase aún más especial.
Le di la vuelta sobre la cama y le demostré que la diferencia de edad no
tenía por qué ser un punto en mi contra en esos momentos. Me senté sobre él
e intenté que disfrutase todo lo que yo lo hacía. La textura de su piel, de sus
músculos, el ancho de su cintura entre mis piernas, hasta el tenue olor a
hombre que desprendía, me excitaba.
Cuando hubo explotado en éxtasis me tumbé a su lado y me dormí
mientras me abrazaba, sintiendo al momento la dureza de su miembro rozarse
en mi trasero de nuevo, recordándome que, aunque no lo admitiese, la
vigorosidad que se tiene con veinte años menos no era la misma que a mi
edad. Aguardé esperando un tercer round, pero en vez de eso, me besó en el
cuello y me susurró al oído.
―Descansa, princesa.
Capítulo siete.
Las nuevas.
Ese incómodo momento de despertar al lado de alguien la primera vez que
dormís juntos: tienes los pelos que ni las brujas, el aliento como si te hubieras
comido siete ratones muertos, las ojeras te llegan hasta el culo, por la falta de
horas de sueño y el exceso de horas de hacer guarrerías, y lo peor es que si
dejaste abierta la ventana y, estás desnuda, quieres transformarte en Mística
la de los X-men para mimetizarte y que no te vean —porque seamos claras,
de noche todos los gatos son pardos, pero de día hablamos de temas mayores
—.
Podía notar el calor de su cuerpo pegado al mío, me puse la palma de la
mano en la boca y efectivamente mi aliento era aún más jodido de lo que
pensé en un principio. Escuchaba su respiración acelerada y el pecho le hacía
unos extraños ruiditos, no lo conocía lo suficiente como para saber si tenía
asma o no. Se pegó un poco más reclamando mi atención, las piernas todavía
me temblaban, mi vagina no se había recuperado del dichoso huevo y yo no
era que le hubiese dado el margen de descanso que requería precisamente;
pero, por otro lado, desde que la noche anterior me dispararán, mi visión de la
vida había cambiado por completo, no pensaba dejar nada para después, así
que… ¡Qué diablos!
Me giré rápido, preparada mentalmente para otro asalto e incluso excitada
de tan solo pensarlo, le propiné un beso con los ojos cerrados aguardando su
cálido abrazo. Unos pelillos sospechosos y luego un doloroso arañazo en el
cuello hicieron que me acordase de la familia del que inventó el
romanticismo.
En el lugar de Rider estaba Duque sentado, lamiéndose las patas y
pasándoselas por la cara como si al besarlo le fuese a pegar la lepra o algo
peor. Fui al servicio de puntillas esperando encontrarlo allí aseándose y
cogerlo desprevenido, aunque seguía sin encontrar a nadie en toda la estancia.
Cuando mi decepción fue en aumento, me senté en la cama y abracé la
almohada enfadada y triste; la idea de comenzar el día con un polvo
mañanero me resultó bastante atrayente cuando me lo planteé. De pronto, el
timbre de mi móvil anunció el tan ansiado mensaje:
Era la primera vez que un mensaje de Jim me la traía floja, deseaba saber
dónde estaba Rider. «¿Tan mal lo pasó?, ¿solo quería eso y una vez
conseguido había desaparecido?», las dudas traqueteaban en mi cabeza como
un martillo y decidí coger al toro por los cuernos.
Me di una larga ducha para no pensar, con la pena de quitarme su olor de
mi piel, agarré todos los bártulos de Duque y fui a buscar a Reina, a ver si
todavía seguía teniendo trabajo, no sin antes hacer el amago de llamarlo y de
escribirle más de treinta veces.
Reina estaba en su oficina. Tomé una gran bocanada de aire, entré con el
pobre minino en los brazos con las orejas gachas, como si pensase que lo
llevaba al matadero, puse mi mejor cara de no haber roto un plato en la vida y
carraspeé para llamar su atención.
―Señora, le traigo su mascota. ―Decidí que lo mejor sería no enfatizar
mucho en el tema del nombre del animal.
―Haz con él lo que te plazca.
―¿Señora?
―Tengo muchos líos ahora mismo como para tener que pensar en ese
engendro. ―Comencé a salir de la oficina detestándola todavía más de lo que
ya lo hacía―. Por cierto, Ariel, estás despedida, salid inmediatamente tú y
eso de mi hotel.
Salí de allí con lo poco que había llevado y con Duque mirándome con
carita de circunstancia. Tenía tres opciones: ir a casa de Mérida a ver si al
final se había montado un trío con las dos pobres indigente; llamar a Jim y
ver qué mosca le había picado ahora; o ir en busca de Rider y montarle un
numerito de novia poseída por escaparse de mi lecho a hurtadillas.
Finalmente me decanté por ir a ver a Mérida; tanto mi nueva mascota
como yo necesitábamos una reunión femenina urgente.
―¡¡Ni puto caso a estas dos!! ¡¡Tíratelo, que está que te cagas!! ―gritó
Blanca.
Tras unas risas de fondo, el silencio más sepulcral se hizo entre esas cuatro
paredes.
«Nota recordatoria para todo el mundo mundial: nunca jamás abrir un
audio de las locas de tus amigas en público si no quieres morir de la
vergüenza.»
A medida que fueron soltando barbaridades, noté cómo me iba
empequeñeciendo en el sillón, hasta sentirme casi como una mini yo con los
coloretes de Mafalda.
―Ni una palabra al respecto, por favor. Creo que finalmente sí que vamos
a poder ir a la casa sin que nos molesten.
―No he dicho absolutamente nada ―atinó a decir antes de que le diese un
ataque de risa de tres mil pares de narices, llevándose su correspondiente
puñetazo en el hombro a continuación.
En cuanto entré Duque abrió un ojo, me miró, se levantó, estiró su
pequeño cuerpecito y se dio la vuelta dejándome claro que no lo molestase.
Creo que le había cogido tanto cariño porque si fuese persona sería como
Mérida.
Abrí el mueble donde mi amiga guardaba las botellas, serví dos copas y
nos sentamos en el sofá. Procuré guardar una distancia prudencial para que ni
tan siquiera nos rozásemos.
Rider se quitó la chaqueta y se quedó con una de sus características
camisas de cuello de barco, con los botones superiores abiertos que tan bien
le quedaban. Tenía una sombra gris bajo los ojos y tristeza en la mirada, en
ese poco tiempo era la segunda vez que lo veía así, y la anterior fue por culpa
de Úrsula. Así que, por muy cachonda que me pusiese con solo mirarlo, no
iba a dejar que mis hormonas interfiriesen en la investigación, que ya no me
pagasen no quería decir que hubiese olvidado el tema.
―¿Y bien?
―Ariel, realmente te he estado siguiendo porque necesitaba encontrar
algo en contra de Úrsula. No acabo de entender el interés que puede tener
para destruir a las mujeres a las que te hizo seguir, pero estoy seguro de que,
si ella las quiere fuera de su camino, es porque tienen algo en su contra lo
suficientemente fuerte como para usarlo yo y poder recuperar lo que es mío.
―¿Ese ha sido el único motivo por el que te has acercado a mí? ―le
increpé. Se me estaba empezando a hinchar el toto de que todos los hombres
con los que me acostaba tuviesen intenciones ocultas para conmigo.
―No, mi idea fue simplemente seguirte, con el GPS no fue muy difícil,
pero el día que te vi intentando pegar una paliza al personal de seguridad de
la revista, cuando ayudaste a tu amigo en la discoteca y después de pasar un
tiempo contigo no he podido dejarte tranquila.
―Si eso es cierto, ¿por qué desapareces cada vez que hay problemas?
―Ariel, Úrsula es muy peligrosa, si te relaciona conmigo y se entera de lo
que estoy intentando hacer, no sé de lo que sería capaz…
Sin querer mi trasero fue poco a poco, milímetro a milímetro, deslizándose
por los cojines del sofá para terminar con las piernas pegadas la una con la
otra.
«La mierda del subconsciente me ha traicionado».
―Supongamos que te creo, ¿qué quieres que hagamos ahora? ―me medio
insinué poniéndole ojitos.
―No tengo claro cuál es el siguiente paso que tengo que dar, pero de lo
que estoy totalmente seguro es de que quiero hacerte el amor esta noche
como nadie te lo haya hecho. ―Morí con sus palabras.
Se acercó y me dio un sensual beso en el cuello, deslizó un poco la manga
de la camiseta dejándome al descubierto el hombro, rozó sus labios contra él,
provocando que se me pusieran los vellos de punta y que mi vagina se
contrajese al sentir su cálido aliento cosquillear mi piel. Se fue recostando
poco a poco con delicadeza sobre mí, mi cuerpo cedió bajo el suyo hasta
quedar tumbada en el sofá con Rider mirándome fijamente, con sus
penetrantes ojos y esa sonrisa aniñada, junto con un pequeño temblor en la
barbilla. Pese a no ser nuestra primera vez, no tenía claro cuál de los dos
estaba más nervioso, ya sabía que podía confiar en él.
Se deshizo de la camisa ágilmente con una mano, acaricié su pecho
desnudo siguiendo la línea de sus músculos con mis dedos, sin poder evitar
soltar varios suspiros mientras lo hacía. Fue como si el tiempo pasase más
despacio de lo que realmente transcurría, desde mi perspectiva todo sucedía a
cámara lenta: su respiración, la mía y el acelerado latir de su corazón
acompasado con el mío.
Por fin bajó su cabeza e introdujo su lengua en la húmeda oquedad de mi
boca. Le devolví el beso procurando no acelerarme, pero mi sexo quería
sentirlo cerca, necesitaba que nuestros cuerpos se uniesen. Mientras me
continuaba besando, desabroché torpemente su pantalón y abrí los muslos
haciendo que su peso recayese sobre mi entrepierna, pudiendo notar su
miembro sediento de mí.
Pasados unos segundos, su ritmo cambió. Sabía que había estado
intentando decelerar el momento, sin embargo, él estaba tan ansioso como yo
por continuar. Con una mano agarró mis muñecas y las apretó contra el cojín
que había sobre mi cabeza, mientras con la otra levantaba mi blusa dejando al
descubierto mis pechos y los besó, pasando la lengua alrededor del encaje del
sujetador. La cintura se me arqueaba y mi pubis se apretaba contra el suyo.
Mis ojos rogaban que me penetrase, pero los suyos eran juguetones y picaros
pese a tener esa mirada viciosa que delataba su excitación; continuaba
reprimiéndose. Me mordió el lóbulo de la oreja y me susurro al oído.
―Te quiero.
Entonces fue cuando mi razón dejó de funcionar y decidí tomar las riendas
de aquello antes de que me corriese sin que siquiera me la hubiese
introducido. Me impulsé a la derecha cogiéndolo desprevenido y haciendo
que ambos cayésemos al suelo, quedando esta vez sobre él. Las tornas
acababan de cambiar.
Con los dos dedos índices le dibujé un corazón usando como extremo
inferior su ombligo, agaché la cabeza y puse mi nariz a la altura de su cintura,
desabroché los botones que le quedaban del pantalón, le di un pequeño
tironcito de las costuras de la cadera y dejé al descubierto unos divertidos
calzoncillos a cuadritos azules. Mordí el débil elástico bajándolo con los
dientes y tuve frente el miembro erecto de Rider, le rocé la suave cabecita
con la lengua, para luego mordisquearle con cuidado los lados. Levanté la
vista mientras lo hacía para comprobar su estado: tenía los ojos cerrados, y se
mordía el labio inferior intentando ocultar un gemido de placer. Metí por
completo su pene dentro de mi boca y aspiré como si fuese a quitarle el aire
por allí.
Rider se sentó de golpe, me sostuvo la nuca y me besó fuerte y
ardientemente. Me coloqué de rodillas dándole la espalda y él siguió
comiéndome por detrás del cuello. Enterró su mano dentro de mis bragas y
jugueteó con mi clítoris durante los pocos segundos que se lo permití. Me
coloqué los pantalones a la anti erótica altura de los tobillos dejándole en
primera plana mi trasero y con suavidad y precisión me dio la primera
embestida, haciéndome dar un pequeño e incontrolable gritito. Después de
algunos minutos así, mi cuerpo no pudo seguir aguantando y noté cómo mi
vulva se estremecía y se contraía una y otra vez empapándonos a los dos.
Justo entonces sentí una sacudida más feroz y un suspiro, ahogado en el
mordisco de mi hombro.
No recuerdo exactamente cómo ni cuándo nos dormimos. Lo único que
saqué en claro aquella mañana era que me sentía más relajada de lo que lo
había estado en mi vida, tumbada sobre el pecho de la criatura más perfecta
con la que había yacido jamás, tapada solo por la colcha que tenía Mérida
sobre el sofá. Rider dormía, con una sonrisa en los labios, respirando con la
misma tranquilidad con la que yo lo hacía. Me entretuve en acariciar su pecho
y me permití el lujo de quedarme embobada mientras descansaba. Su sonrisa
se amplió y abrió un ojo para cogerme desprevenida con cara de tonta
mirándolo fijamente.
―¿No te has cansado aún de observarme? ―me preguntó, agarrándome la
mano y besándomela.
―No creo que pudiese cansarme nunca ni de mirarte ni de tocarte.
Rider se colocó sobre mí y volvió a besarme, justo cuando pensé que el
día empezaría como uno de los mejores de mi vida, escuché la cerradura de la
puerta abrirse. Se tumbó sobre mí, aún estábamos en el suelo, al lado del
sofá, casi bajo la mesa. A continuación, vimos las piernas de Mérida que
andaba apresuradamente al baño y unos ruidos escatológicos se cargaron el
romanticismo del momento. Rider y yo nos miramos y empezamos a reírnos
a carcajadas.
―¡¿Ariel?! ―llamó Mérida desde el servicio.
―Sí, estoy en el sofá ―mentí procurando que no se me escapase una
carcajada.
―Si no estoy en mi casa, no soy capaz de ir al servicio, ya casi pensaba
que el estómago me iba a explotar de un momento a otro.
La dejamos con su explicación de dónde hacer o no mejor sus necesidades
y nos vestimos rápido, sin poder parar de reír. Me dio un beso en la puerta y
me prometió que me llamaría. La cerré en cuanto se fue, poniendo
seguramente la mayor cara de tonta que había puesto jamás, y lancé un
sonoro suspiro mientras Mérida salía del baño y me observaba desconcertada.
—¿Se puede saber qué haces?
―Ser feliz, amiga ―respondí, dándole un beso en la mejilla junto con un
inesperado achuchón. Y me fui saltando ridículamente a la ducha con la pena
de quitarme su olor de mi piel.
Capítulo nueve.
La huida.
Después de cantarle al sol, a la luna, y al coño de mi prima en la ducha, mi
neurona regresó a la realidad, corrí al bolso y deslié el papel que me dio
Aurora antes del pequeño accidente en la discoteca.
―¡Joder!
―¿Qué sucede? A veces pienso que eres bipolar, Ariel.
―Mira, dentro de cuatro horas sacarán a las chicas del país.
―¡Mierda, tenemos que movilizarnos a la de ya!
Mérida llamó a Blanca y le dio los datos para que ella informase a su nada
peligrosa nueva pareja. Quedamos en una hora en su casa, y él ya nos daría
las directrices a seguir. Siendo sincera, me daba pánico lo que estábamos a
punto de hacer; a lo mejor, si hablase con Jim, él podría ayudarnos, o si
convencíamos a las prisioneras para que vendieran a Cruella y a Reina.
Mi cabeza no dejaba de dar vueltas, era tan desgraciada que con lo que el
karma me quería, capaz de que justo cuando parecía que había encontrado el
amor de mi vida, y encima me correspondía, acabaría en medio de un tiroteo
y me matarían.
Nos pusimos ropa negra tal y como nos había indicado el experto. Que
fuese justo al mediodía, no nos ayudaba en absoluto a mantener el anonimato,
solo esperaba que Jim no se encargase del traslado o me iba a meter en
muchos problemas, y me temía que Aurora iba a correr la misma suerte por
nuestra culpa. Justo en la puerta de casa de Blanca, Mérida detuvo el coche y
me miró muy seria.
―Si me lo pides, lo dejamos.
―¡Ah, no! No voy a consentir que esto recaiga sobre mi conciencia.
―Ariel, si te paras a pensarlo, es una locura.
―Como todas las que hemos hecho desde que nos conocemos, ¿no?
―Pero esto es distinto, podríamos ir a la cárcel, o incluso morir.
―¿Y cuál es la otra opción? ¡Dejamos a esas dos a su suerte de nuevo en
su país para que las esclavicen, las torturen o las maten?
―Te quiero, enana.
―¡Mido uno sesenta y tres! ―me defendí, haciendo un estúpido mohín y
cruzándome de brazos, intentando que Mérida se relajase.
Una vez dentro, Naveen se despidió de su amada Blanca y de la pequeña
Tiana, nos montamos en un cuatro por cuatro completamente negro, cristales
incluidos, y nos fuimos al punto donde íbamos a interceptar a un coche de la
policía y secuestrar a dos presas. El pan nuestro de cada día de una persona
normal y corriente, vaya…
Al menos, la carretera por la que iban a pasar era de un solo sentido,
estaba bordeado por un camino de árboles pegados justo a unos barrancos;
por eso la pusieron de secundaria, porque con las borracheras nocturnas y la
estrechez, en la parte baja de la hondonada había una especie de desguace de
coches accidentados, y de seguro algún que otro cadáver extraviado, un
panorama para nada alentador teniendo en cuenta nuestra situación. La idea
era hacer como si el coche hubiese sufrido una avería, y estuviese allí
abandonado obstaculizando parte de la vía.
Justo a pocos metros de donde nos encontrábamos, había una parte en la
que la carretera se ensanchaba formando una inútil explanada. Naveen se
encargaría de salir y de rescatar a las chicas, nosotras solo tendríamos que
estar de apoyo sicológico por si algo saliese mal, pero claro, de la teoría a la
práctica siempre iba un jodido mundo.
Nos escondimos en los asientos traseros esperando que el coche
apareciese. Naveen, antes de irse, nos miró y nos dio dos pistolas como las de
las películas.
―¿Sabéis usarlas? ―nos preguntó, añadiendo al lote unos feos
pasamontañas.
―Sí, he disparado alguna que otra vez ―confesó Mérida.
Yo, al contrario, no había tocado una de esas en la vida, pesaba más de lo
que pensaba, estaba fría y olía mal, o simplemente no olía a nada y mi
subconsciente estaba comenzando a hacer de las mías, nunca lo sabré. Cogí
mi arma con dedos temblorosos mientras escuchaba una clase rápida de cómo
disparar sin matar a nadie. «¡¿Cómo diantres se puede estar seguro de
disparar sin matar a nadie?!».
―Tienes en tu mano una Glock de 9mm. Ya me he encargado de llenarla
de balas, quita el seguro que está en el costado, en la parte más cercana del
mango, carga el arma tirando para atrás de la parte superior, así pones una
bala en la recámara, y dejas la pistola lista para ser usada. Nunca pongas el
dedo en el gatillo hasta no estar segura de dónde vas a disparar, intenta que
no sean puntos vitales, siempre que no sea necesario, cuando estés lista
presiona el gatillo y el resto sucederá solo. No es un arma con mucho
retroceso, así que no creo que tengas problemas ―concluyó saliendo del
vehículo, dejándome memorizando cada puñetero paso que acababa de
explicarme, sudando como si estuviese en el desierto por los nervios y por la
lana del maldito pasamontañas que llevaba puesto.
Naveen estiró unos pinchos metálicos a todo lo largo de la carretera y se
camufló entre unos arbustos, Mérida se quedó agazapada en el sillón del
copiloto jugueteando con la pistola y yo, bueno, yo solo me fumé un paquete
de tabaco en menos de veinte minutos y acabé con las reservas de mi petaca
en menos tiempo aún.
Tal y como dijo Aurora, el coche pasó a las doce y pocos minutos frente a
nosotros, deteniéndose delante de los pinchos. Del vehículo, se bajó un
policía vestido de paisano con barriga regordeta y unas ridículas gafas de sol,
que comenzó a andar hasta nuestro coche con paso lento y aburrido. En el
sitio del piloto había otra persona, pero el sol nos daba de frente y no sabría
decir si era hombre, mujer o incluso burro. Cuando el poli estuvo al lado de
Naveen, este salió y le encañonó la sien haciendo que casi me hiciese pipí
encima. Mérida, al contrario, parecía que hubiese trabajado en esto toda su
maldita vida y no se movió ni un milímetro. Naveen y su rehén fueron de
vuelta al coche, el compañero del aterrorizado hombre salió y apuntó al
marido de Blanca con un arma, apoyándose sobre el techo.
―¡¡Libera a las chicas y nadie saldrá herido!!
―¡Alto o disparo! ―gritó una voz demasiado familiar. Naveen en ese
momento bajó un segundo el arma y disparó al regordete en la rodilla―. De
acuerdo, de acuerdo.
Mi peor pesadilla se estaba haciendo realidad, delante de mí tenía a Jim
con los brazos en alto abriendo la puerta de atrás de las chicas. Lo conocía lo
suficiente como para saber que aquello no quedaría así.
De repente, el desagradable sonido de las aspas de un helicóptero nos
sorprendió a todos menos a Mérida, el artefacto aterrizó en la hasta ahora
inútil explanada, abrió la puerta lateral y vi la sonriente cara de Jasmine,
vestida de camuflaje como si fuese un soldado. El rostro de desconcierto de
Jim no tenía precio, aunque creo que el mío incluso lo superaba.
Naveen dejó caer al hombre herido al suelo y se apresuró a sacar a las
asustadas muchachas y conducirlas hasta el helicóptero. Mérida se apeó y
apuntó a Jim para que no hiciese tonterías. Yo, por mi parte, salí y la imité
temblorosa. Jim dio un paso hacia delante, pero Mérida le disparó justo a
pocos centímetros del pie. La locura estaba comenzando a salirse de madre.
Po y Mulán corrían delante de Naveen sin saber qué sucedía en dirección a
Jasmine. Mérida me hizo señales para que me uniese a la carrera mientras ella
nos cubría la retaguardia y caminaba de espaldas sin dejar de apuntar a Jim.
El sonido de las aspas, aún en funcionamiento del cacharro, mezclado con
algún disparo de Mérida, hacía que mi corazón estuviese a punto de salirme
por la boca. Una vez en el interior, Jasmine me reconoció y me guiñó un ojo.
Mérida estaba tan tranquila porque sabía que ella iba a venir y no me había
dicho nada, en estos instantes no tenía claro si la amaba o si quería probar mi
puntería con ella.
Cuando Mérida llegó hasta nosotros, el helicóptero ya volaba a un metro
del suelo, ella saltó y Naveen la agarró del brazo para ayudarla a subir, pero
Jim ya estaba debajo aguantándola por la pierna para evitar nuestra huida.
Naveen sacó su arma y apuntó directamente a la cabeza de Jim, este vio el
cañón apuntándolo sin inmutarse ni cesar su agarre, a cámara lenta contemplé
como Naveen movía el dedo dispuesto a presionar el gatillo y terminar con
él, grité y salté sin pensármelo sobre Jim, derribándolo y cayendo sobre él.
Solo me dio tiempo a levantar la vista y a hacerles señales con la mano para
que se marchasen.
Jim se dio la vuelta y se colocó sobre mí, presionándome los brazos con
las rodillas y dejándome totalmente inmóvil. Cogió mi pasamontañas y lo
arrancó para apuntarme con su arma. Cuando nuestros ojos se cruzaron, y por
fin me reconoció, cayó abatido hacia atrás soltándome. Intenté incorporarme,
levanté la rodilla y le di justo en las pelotas haciéndolo caer de espalda,
todavía más enfadado de lo que ya estaba.
―¡¡¿En serioooo?!!!
―¡¡No quisiste ayudarme!! Lo siento.
―¿Pero cómo sabías…? ¿Ha sido Aurora? ¡¡Os habéis reído bien de mí,
debí haberlo sabido en cuanto que he visto a la dominatriz de tu amiguita
volando!! ―gritó, se echó sobre mí de nuevo, me dio la vuelta y me puso las
esposas lastimándome las muñecas―. Quedas detenida, cualquier cosa que
digas podrá ser utilizada en tu contra.
―Jim, por favor.
―Tienes derecho a guardar silencio, tienes derecho a un abogado.
―¡Jim, quieres escucharmeeee!
―¡Noooo! ¡No quiero volver a oír tu voz jamás!
―Puedo ayudarte, Jim. Lo prometo. ―Me levantó y me metió de un
empujón en el coche, ayudó a su compañero que tenía un rasguño
ensangrentado en la pierna y arrancó en silencio―. Jim puedo ayudarte a
desarticular la red de esclavas que estabas investigando.
―¿Qué red de esclavas?
―¡La de Reina y Cruella y otra más que no sé quién es, pero tengo
pruebas y puedo ayudarte, de verdad!
―Ariel, no estaba trabajando en eso, como siempre te has vuelto a
equivocar conmigo ―dijo sin mirarme, cogiendo la dirección que llevaba al
hospital. Si todavía no me metía en comisaría, a lo mejor tendría alguna
posibilidad para convencerlo…
Entramos en el hospital y rápidamente salieron los médicos a llevarse al
regordete para curarlo. Jim no me dirigió ni una sola mirada, al contrario que
el resto del personal allí presente, que cada vez que se fijaban en las esposas
se apartaban de mí como si fuese la persona más peligrosa del mundo.
―¡Oh, por favor! ¿Podrías quitarme estas cosas? ¡Acabo de salvarte la
vida! ―Jim me agarró y me sacó del recinto bruscamente.
―Tú has sido la que has puesto en peligro mi vida y la de mi compañero
con tus locuras. ¿Cuándo dejarás de comportarte como si tuvieses dieciséis
años, Ariel? ¡¿Cuándo coño vas a pensar en que tus actos traen
consecuencias?!
―Lo hice con buena intención ―me defendí sin poder ocultar una
lágrima, pero intentando guardar la compostura.
―¡¡Nos harías un favor a todos los que te rodeamos si desaparecieses de
nuestras vidas!! ¡Eso sí que sería hacer una buena obra para variar, y dejar de
pensar egoístamente como haces siempre!
―¡Ariel! ―me gritaron desde los aparcamientos. Aurora y Adam venían
corriendo hasta nosotros―. ¿Qué haces? ―le increpó Aurora.
―No sé, dímelo tú, capturar a una de las que han liberado a dos
prisioneras y han disparado a un agente de la ley, por ejemplo.
―Suéltala inmediatamente ―le ordenó Adam.
―El que faltaba, ¿tú no tienes que peinarte o algo así? ―se burló Jim.
Adam, que le sacaba casi media cabeza de alto, lo cogió por la pechera de
la camisa y lo levantó del suelo. Con el escándalo, la gente comenzó a gritar
que llamaran a la policía. Aurora se quedó muda tras escuchar parte de
nuestra pequeña aventura y permanecía a mi lado ocultándome las manos
esposadas para no levantar más revuelo entre los curiosos.
―Por favor, deteneos. Esto ha sido un terrible malentendido ―supliqué.
―Jim, piensa en los animales, Ariel puede ayudarnos.
―Ya no sé de parte de quién estás ―le escupió Jim a Aurora, dejándole a
esta una sombra gris en la mirada tras escucharlo.
―¿Qué animales? ―preguntó Adam perdido.
―¿Todo esto es por Duque? Juro que la víbora de Reina me lo dio, yo ni
lo quería.
―Ariel, ¿qué dices? ―preguntó Aurora como si me hubiese bebido el
alcohol de media destilería y no estuviese en mis cinco sentidos.
―¿Os dais cuenta que esta conversación está empezando a resultar un
poco de besugos? Lo único que está claro es que usted, Aurora, ha dejado de
trabajar con la policía y que Ariel vendrá detenida con bastantes cargos.
―¡Y la burra al trigo! ¡Qué pelusilla me tienes, hijo mío!
―¿Cuánto dinero quieres para hacer la vista gorda y dejar libre a Ariel?
―le preguntó Adam, sacando su billetera y condenándome aún más.
―¿Estás intentando sobornarme?
―No, estoy procurando que dejes de molestar a mi pareja.
―¿A tu pareja? ¡Tú y yo no somos nada!
―Entonces no le pago.
―Pues no le pagues, ¡no te jode! Prefiero ir presa que estar contigo.
―¡¡Podéis dejar de decir estupideces de una maldita vez!! ―nos gritó
Aurora―. A ver, todo esto empezó porque queríamos salvar a los animales.
Te guste más o menos Ariel puede ayudarnos y creo que se te han escapado
las dos únicas testigos que tenías, ¿no es cierto?
―Pero ¿qué animales?
―¡Ariel, cállate! ―ordenó Jim alterado. Me giró, agarró mis muñecas y
me quitó las apretadas esposas con resignación―. Sé que voy a arrepentirme
de esto, lo sé, pero Aurora tiene razón. Vayamos a un lugar más tranquilo y
exponedme lo que tenéis pensado. Os juro, que a la mínima tontería, esta loca
entra en prisión sin que podáis hacer nada por evitarlo.
Nos fuimos al coche de Jim con Adam siguiéndonos.
―¿Y tú dónde cojones vas?
―Con vosotros.
―No te necesitamos ―le informó Jim metiéndose en el coche. Adam se
acercó a la ventanilla y le dijo.
―¿Ariel no te ha contado que ya no tiene ningún contacto con las
supuestas villanas? En estos instantes el único enlace que tenéis soy yo.
―¿Ariel? ―preguntó Jim, mirándome con recelo.
―¡Mierda! ―dije a modo de afirmación.
―Sube, pero no quiero héroes.
Adam se montó a mi lado en el asiento trasero con una sonrisa de oreja a
oreja, como si fuese un niño y hubiera obtenido la piruleta más grande de la
tienda. Si lo hacía por putearme, desde luego que lo estaba consiguiendo.
Jim nos llevó al bar donde me quedé trabada en la ventana del cuarto de
baño, el mismo en el que los camareros no se habían olvidado de mí, nada
más verme entrar empezaron a cuchichear y a reírse por bajini, tocándome la
moral de mala manera.
―¿Realmente no había otro sitio?
―Me trae buenos recuerdos ―dijo sonriente.
―Si queréis que trabajemos juntos, tenemos que poner las cartas sobre la
mesa y debemos confiar los unos en los otros ―expuso Aurora en cuanto nos
sentamos.
―Dijo la mujer que no ha sido capaz de callarse el tema del traslado…
―Jim, por favor.
―Además, ¿qué más te da que esas dos pobres se hayan escapado de
volver a sus países de origen? Si de todas formas no te iban a decir nada, una
se olía los sobacos y la otra era como Tarzán pero embrutecida. Ya me tienes
a mí ―le recordé.
―Y eso es precisamente lo que me preocupa ―respondió mirando a
Adam, que, de pronto, se había hecho amiguísimo de Jim, le guiñó un ojo y le
rió la gracia. «¡Hombres!». De repente, me acordé de Rider, él también estaba
metido en el ajo y podría ayudarnos con el tema.
―Tenemos que avisar a mi amigo Rider.
―No quiero a nadie más metido en este embrollo.
―Pero él…
―Pero él nada, Ariel, he dicho que no y es que no.
A veces me costaba recordar que vi en estos dos imbéciles. Observándolos
me di cuenta de cuan cierto es eso de que el amor es ciego, y si ya hablamos
de los polvos…
Les conté lo que había descubierto de la fábrica clandestina de ropa y,
cuando Jim supo que sabía la ubicación, casi saltó de alegría en la silla.
Teníamos pruebas para capturar a dos de las cabecillas de la red, pero aún nos
faltaba la principal, la tal Mal a la que ambas mujeres temían tanto y a la que
yo no terminaba de ponerle cara.
―Ariel, no es una simple fábrica de ropa con mano de obra esclava, es
algo peor aún ―me explicó Aurora bastante abatida―. La piel es de verdad
de animales en peligro de extinción, a los que capturan de sus lugares de
nacimiento y traen en condiciones paupérrimas, para luego matarlos y
torturarlos con tal de obtenerla.
―¿En serio? Menos mal que me llevé al gato.
―¡Ariel! ―me amonestó Jim.
―Perdón, cuando me pongo nerviosa digo tonterías ―me justifiqué sin
dejar de sentirme aliviada por Duque.
―Bueno, es sencillo, ¿no? Solo tienes que mandar a tus hombres para que
registren el lugar y listo ―expuso Adam, resolviendo la pobreza en el
mundo.
―No puedo, no tengo pruebas que me permitan montar algo de tal
magnitud.
―¿Y si le pedimos ayuda a Naveen? A ti te ha quitado a Po y a Mulán sin
pestañear ―sugerí, arrepintiéndome al instante de mis palabras.
―¡Ariel! ―me amonestó Aurora.
―Tiene razón, Aurora. ¿Sabes dónde estará? ―dijo rindiéndose a mis
locuras.
―Mmm, podría ser que nosotros nos hayamos enterado de que estabais en
el hospital porque... alguien nos hubiera avisado y dicho que estarían en casa
de Blanca.
―Aurora, cada día te estás pareciendo más a Ariel ―se lamentó Jim.
Capítulo diez.
El plan.
Llamé a Mérida para que, cuando llegásemos, Naveen no se liara a disparar a
diestro y siniestro.
Ya era más de mediodía cuando aparecimos en casa de Blanca. Po y
Mulán estaban en el jardín junto a Mérida y a Jasmine con una cogorza de
tres mil pares de narices. Unirnos a la fiesta no me pareció para nada
descabellado, aunque mucho me temía que los demás tenían otros planes
menos divertidos en mente. En cuanto entramos, y Jasmine me vio, se tiró
sobre mí y me dio un abrazo de los que, mientras te aguantan, te cuesta
respirar. Era la más delgada del grupo pero os aseguro que ni mucho menos
la más indefensa.
―¿Se puede saber qué estás haciendo tú aquí?
―Mérida me llamó, me dijo que estabais en problemas y que viniese con
un helicóptero, y aquí estoy. No soy mucho de hacer preguntas, ya lo sabes.
―Jasmine se fijó en Jim y se puso a la defensiva―. Lo que me gustaría saber
es qué hace él aquí.
―Aguantarme por no meterte presa.
―Bueno, ya nos hemos saludado todos. ¿Una copita? ―dije suplicante,
mirando a Blanca que estaba pálida al ver la que se podía liar en su casa de
un momento a otro. Asintió y trajo bebidas en cantidades industriales para
todos los gustos. El problema era que acababa de caer en la cuenta de que si
sobrios eran difíciles de controlar, borrachos casi prefería ni pensarlo.
Observando la escena desde fuera, resultaba bastante divertida, o al menos
variopinta. Estaba: una lesbiana con problemas de autocontrol, liada con una
india que no sabía qué era depilarse las piernas; una china con sudoración
extra; una sadomasoquista con ira contenida; una defensora de los animales
con ganas de ser malota; un negro con el pito chico enamorado de una
aspirante a monja de clausura; un poli rodeado de delincuentes, pensando a
cuál de todos disparar primero; un niño rico abandonado y aburrido con
ganas de aventuras y exceso de confianza; y yo, que si de los demás podía
decir mil barbaridades, de mí directamente el diccionario se quedaba corto.
En ese instante eché de menos a Rider, era lo único cuerdo —o
medianamente cuerdo—, que había tenido en mi vida desde lo de Erick. El
problema era que no quería meterlo en esto, él ya tenía bastante con su
vendetta personal, como para encima pedirle que se uniese a nuestra causa.
El teléfono que me había dado Úrsula, y que no tiré para que Rider supiese
dónde estaba en cada momento, sonó con el número de la bruja de su
madrastra en la pantalla.
―Ariel, querida.
―Úrsula.
―Creo que me precipité contigo y voy a darte una segunda oportunidad,
espero que no me falles. Me han dicho que del hotel de Reina saldrán unos
camiones con una mercancía secreta, quiero que te enteres de qué se trata.
―En un principio me entró ganas de mandarla a paseo, pero luego recapacité
y vi la oportunidad que necesitábamos para zanjar este asunto.
―De acuerdo, en cuanto tenga las pruebas te llamaré ―le respondí lo más
seca que pude.
Una cosa era entrar por el aro y otra distinta comerle el toto de gratis. El
único problema ahora era ver a cuál de todos los majaras elegía para que me
acompañase. Si era sincera conmigo misma, y me paraba a pensar fríamente,
Adam era el que mejor me podría venir en este caso, y más tratándose de
Reina. Me tragué el orgullo, agarré al ególatra por el brazo y lo llevé aparte.
―Sabía que al final entrarías en razón.
―No inventes. Tenemos que colarnos en el hotel de Reina. ¿Me ayudas?
―¿Por qué tendría que hacer eso?
―Porque no se lo vamos a contar a los demás y, si conseguimos
solucionar este embrollo, Jim se quedará a la altura del betún a tu lado.
―Lo compro ―aceptó sonriendo, viendo al otro lamiéndole los zapatos.
Me inventé que íbamos a ver cómo estaba Duque, y que Adam me
acompañaría porque era el que menos cantidad de alcohol había ingerido.
Como cada uno estaba en su mundo, no me prestaron demasiada atención y
fue fácil escaquearnos. Al llegar a la puerta del hotel, con el cuatro por cuatro
de Naveen, vimos limusinas de todos los colores, fotógrafos y celebridades
varias entrando. Aquello no nos iba a ayudar demasiado.
―¿Qué hacemos?
―Da la casualidad que tengo una invitación doble para este evento,
aunque mucho me temo que con esas pintas… Ni aunque el papel fuese de
oro te dejarían pasar. Espera aquí ―me indicó saliendo del coche, dejándome
aparcada en la acera de enfrente.
Después de más de quince minutos, y no sé cuántos cigarrillos, mi
paciencia comenzó a menguar. Por un instante, pasó por mi mente un atisbo
de preocupación, pero al momento recordé de quién se trataba y se disipó
igual de rápido que vino.
Salí del coche aburrida y entumecida, nada más asomar la cabeza por la
puerta una mano me agarró y me volvió a empujar dentro, para acto seguido
tirarme encima una percha con una funda de tela y una caja de cartón.
—Ponte esto, lo mismo aún tienes arreglo.
―¡Todavía me pregunto por qué narices me fijé en ti! ―le grité, cerrando
de un portazo.
Bien cierto era que del amor al odio había un paso, pero eso ya estaba
empezando a rozar la repulsión.
Embutirme en el traje no fue tarea fácil y menos aún dentro del coche. Lo
más divertido fue el tema de la cremallera, por muchas vueltas que di no fui
capaz de subirla más de la mitad de la espalda. Era un traje con escote de
corazón, corte de sirena y dos aberturas a ambos lados que casi me llegaban a
la cintura. Los kilométricos tacones de aguja eran todo lo contrario a algo que
yo usaría. No fue hasta que salí que comprobé el color de la tela.
Me miré de arriba abajo e hice el amago de montarme de nuevo, antes de
que nadie me viese de esa guisa, sin embargo, Adam me aferró por el tobillo
y tiró de mí hasta ponerme de pie a su lado, cerró con la llave y se la guardó
en el bolsillo, me miró satisfecho por su maniquí viviente y agregó:
―El dorado te queda genial, no sé por qué te quejas.
―¿Podría ser porque parezco una burbuja de champán?
Adam se metió la mano en el interior de la chaqueta y sacó algo del
mismo ridículo color que lo que yo llevaba puesto. Lo abrió y de la nada el
trozo de tela se transformó en una especie de condón gigante.
―El toque final ―dijo acercándome eso a la cabeza.
―¿Te digo dónde te lo puedes poner?
―Había que intentarlo ―se rio, tirándolo y cediéndome el brazo para que
me enganchase.
Lo hice porque si no, no hubiese dado ni dos pasos con esos malditos
tacones. Allí estábamos los dos sonriendo ante las cámaras, paseando por la
alfombra roja frente a un montón de estúpidos, que nos envidiaban porque se
pensaban que al entrar en esta clase de eventos se es alguien. «¡Cómo echaba
de menos mi faro en esos instantes!». En el momento en que cruzamos el
camino vallado, noté que todo el mundo se fijaba en nosotros. No me había
peinado demasiado, dentro del coche y con salivita no pude hacer milagros,
pero tampoco era para llamar tanto la atención como lo estábamos haciendo.
Un grupo de fotógrafos corrieron a nuestro lado e hicieron algo extraño, lo
lógico era que las fotos se tomasen de frente o como mucho de perfil, pero
todos ellos comenzaron a lanzar flashes en dirección a mi espalda. Me giré
bruscamente para ver qué sucedía sin terminar de comprenderlo,
cuando Adam, sin esperarlo, me trincó por la cintura y se colocó justo detrás
de mí, pegando su señor paquete a mi culo, hasta el punto de conseguir
hacerme sentir incómoda.
―No te separes, continúa andando y sonriendo ―me susurró al oído sin
cambiar de posición, empujándome para que anduviese más rápido.
Entregó las entradas y continuó sujetándome, indicándome dónde
dirigirme. Juré que, si se trataba de un simple ardid para poder meterme
mano, se iba a acordar de lo que valía un peine. Me topé con la puerta del
baño de señoras, Adam incluido. En cuanto entramos, se separó de mí y se
puso a reír a carcajadas.
―¡¿Se puede saber qué cojones te pasa?! —Mi grado de mosqueo estaba
empezando a alcanzar cotas desorbitadas. Me miré en el espejo la parte de
atrás y descubrí que la jodida mitad inferior del dichoso traje de sirena estaba
enganchado al broche de mi sujetador, dejando al descubierto mis enormes
bragas sobaqueras color beige y mis pelillos de las piernas. El karma había
vuelto a hacer de las suyas y me estaba castigando por haber mandado a Po a
hacerse la cera en vez de hacérmela yo. Si a mi semidesnudo le sumaba que
la cremallera seguía subida solo hasta la mitad, las fotos que acababan de
sacar no tendrían precio. Intenté colocar la ropa de nuevo en su sitio sin éxito
mientras Adam me observaba con las lágrimas corriéndole por las mejillas―.
¿Piensas ayudarme o nos vamos a quedar aquí toda la noche?
―Solo por esto ya ha merecido la pena venir ―añadió mientras se
peleaba con la maldita cremallera y me empujó contra la mesa de mármol del
lavamanos, clavándomelo en la cintura.
―¡Un poquito más de delicadeza, por favor! ―me quejé.
―Ariel, tengo que quitarte el sujetador, no sé cómo puñetas lo has hecho,
pero no hay forma de soltarlo.
Me saqué las tirantas por los brazos y lo arrojé enfadada, esperando que
ahora sí pudiésemos continuar nuestra misión. Justo entonces, se abrió la
puerta y la cara de Rider apareció de la nada, cayéndole la prenda sobre la
cabeza. Verme en el baño de señoras, de culo, sin sujetador, con Adam detrás
quitándome el traje, no le dejaba mucho lugar a dudas sobre lo que estaba
sucediendo.
―¡Rider, puedo explicarlo! ―le dije intentando andar hasta él
tropezándome con los tacones y liándome las piernas con las rajas del traje,
me precipité y caí sobre un pasmado Adam. Rider me lanzó la peor mirada
que me habían echado en la vida y se fue dando un portazo.
―¿Y este es?
―¡Cállate! ―gruñí, tirándome del vestido hacía arriba, quedándome tan
solo con las bragas de barco y los tacones. Coloqué la dichosa prenda en
condiciones y me la volví a poner, esta vez bien―. ¿Dónde están los
camiones?
―Supongo que en el aparcamiento sería demasiado obvio, sin embargo, la
lavandería tiene entrada de vehículos. Podemos ir allí.
Salimos del baño bajo furtivas miradas acusadoras por parte de los
invitados al evento, bajamos las escaleras y nos dirigimos a la lavandería. No
tenía muy claro qué estaba buscando, y si era sincera y egoísta en ese
momento me importaba una mierda; solo quería salir de allí lo antes posible,
llamar a Rider e intentar explicarle de alguna jodida manera lo que había
visto. En el aparcamiento destinado a los coches de la ropa había seis tráileres
cerrados a cal y canto. Mi idea de un sitio donde lavan cosas era la de un
lugar con olor a detergente y suavizante, en su lugar olía a excrementos y a
humanidad, dato significativo de que no estábamos lejos de encontrar lo que
buscábamos, pero no lo suficiente como para inculpar a nadie.
―Tengo que entrar en uno y hacer fotografías ―le susurré.
―Ariel, es muy peligroso, no voy a dejarte ir. ¿Has visto la pinta de los
conductores que hay en las cabinas? ¿Realmente crees que para conducir un
camión lleno de sábanas tienen que ser Rambo?
―Toma ―le dije sacando del bolso la pistola que me había dado
Naveen―. ¿Sabes usarla?
―Sí, Ariel, pero, aunque no me creas, me da miedo que pueda sucederte
algo. ―Era la primera vez en mucho tiempo que veía verdadera preocupación
en su mirada. Le di un suave beso en la mejilla, me quité los tacones y cogí
uno como si fuese un machete, desde luego ese tacón podría atravesar una
yugular. Tras el beso Adam se había quedado helado y estaba segura de que
haría cualquier cosa que le pidiese.
Corrí descalza hasta la parte trasera de uno de los furgones que estaba más
cerca, abrí la puerta procurando hacer el menor ruido posible, salté y me metí
en el oscuro contenedor. El hedor allí dentro era aún más fuerte que en el
exterior, hasta el punto de llegar a darme nauseas.
Escuché un disparo y me agazapé tras unas cajas. Alguien cerró la puerta y
sentí cómo aquello comenzó a moverse. Encendí la linterna del teléfono para
saber de dónde provenía la peste y lo primero que vi delante de mi nariz
fueron los dientes de un león. Reculé hacía atrás y me golpeé la espalda con
unos barrotes, se me cayó el móvil al suelo cubierto de paja y este quedó
boca arriba alumbrando directamente a unos ojos negros vidriosos que me
miraban hambrientos. Algo me atizó en la cabeza y de pronto todo se me
nubló.
Desperté con un terrible dolor en la sien, alguien me estaba acariciando el
pelo, para variar supuse que estaría en el hospital por alguna burrada de las
mías, pero de pronto no recordaba cuál de todas ellas podría ser, hasta que mi
nariz también despertó y me senté rápidamente apartándome de lo que fuese
que me estuviese tocando.
Trasteé el suelo hasta encontrar el prófugo móvil, y cuando por fin lo hallé
y lo encendí, descubrí que los ojillos negros que tanto me habían asustado no
eran otros que los de unos graciosos chimpancés, casi más aterrorizados que
yo. Uno de ellos tenía un extremo de mi pelo asido y se estaba metiendo las
puntas en la boca. Pensé que iba siendo hora de darme un peladito…
En cuanto me incorporé el león, que estaba dormido tranquilamente, se
arrimó nervioso y se puso a darse golpes contra los barrotes. El animal estaba
delgado, y tenía un aspecto peor que el mío recién levantada después de una
borrachera.
Oí voces en el exterior y me metí en la jaula de los monos, rezando para
no rememorar mi experiencia con la cebra en el pasado. Como si supiesen
que tenían que protegerme, o eso quise pensar, los cinco se agruparon sobre
mí camuflándome entre la paja del suelo. Unos hombres abrieron las puertas
y empezaron a sacar las jaulas y cajas de madera con una máquina elevadora.
Ya era de noche, si me encontraban allí dentro casi prefería no imaginar lo
que me sucedería.
Fueron depositándonos en un almacén. Por lo poco que pude ver entre
pelos, paja y mierda acumulada frente a mi cara, estábamos en el mismo
lugar en el que tenían retenidas a las chicas. Al menos alguien sabía dónde
estaba, eso si no lo habían matado.
«¡Dios mío, Adam!». Lo último que oí fueron unos disparos. Era un gran
capullo y no era que se hubiese portado bien conmigo últimamente, pero no
se merecía morir por mi culpa, que lo capasen puede ser que sí, pero morir…
Al rato de no escuchar a nadie más y cuando los motores de los camiones
rugieron alejándose, intenté salir de la prisión y avisar a los demás. La
pantalla de mi teléfono se había rajado y solo funcionaba la maldita parte
superior del táctil, el karma decidió que iba a llamar a mi madre… Unas
voces me quitaron de la cabeza lo de salir.
―¿Están todos?
―Sí, en dos días los matarán para poder limpiar las pieles y que las
trabajadoras acaben las prendas.
―Ya sabes que Mal quiere que esta sea la última vez.
―Reina, no te estreses. Todo está saliendo a pedir de boca. Tenemos el
doble de ingresos. ¿Qué sabemos exactamente de Mal?
―Cruella, sabemos lo necesario. Nos proporciona los animales y la mano
de obra gratuita, nosotras solo tenemos que vigilar que se cumplan sus
órdenes y poner la mano.
Las mujeres se fueron alardeando del dinero que cogerían a costa de la
vida de estas pobres criaturitas. Por lo visto ellas tampoco conocían la
identidad de Mal.
Salí corriendo de allí prometiéndome que volvería a buscarlos, juraría que
incluso el tigre cambió su feroz mirada a una de tristeza cuando oyó la fecha
de su muerte.
Al llegar a la entrada un coche casi me atropella. Pegó un volantazo y su
conductor se apeó rápidamente. ¿El mundo no me iba a dar un poco de
vidilla?
―¡Ariel, corre! ―Fue de las pocas veces que ver a Adam me daba
tantísima alegría. Me monté congelada de frío y salimos de allí como alma
que lleva el diablo―. ¿Estás bien?
―Sí, necesito una ducha, un trago, una pastilla y algunos paquetes de
tabaco. Vayamos con los demás, no podemos solos con esto.
Cuando nos vieron llegar les prometí a todos que les contaría lo sucedido,
pero no antes de una larga ducha.
―Sabes que hueles a mierda, ¿verdad?
―Mérida, yo también te quiero…
Tenía que llamar a Rider y decirle todo lo que estaba sucediendo, aunque
supuse que si su madrastra me había vuelto a meter en plantilla, él ya debería
saberlo. Si esa mujer era tan mala como decía, a lo mejor no quería contactar
conmigo por no ponerme en peligro, o puede ser que me odiase tanto que
incluso haya sido idea suya lo de volver a ponerme en el punto de mira de
Úrsula.
Decidí arreglar las cosas como hacía Jack el Destripador, por partes.
Primero, necesitábamos solucionar el tema de los animales y, luego,
arreglaría el problema del corazón. Recordé una frase que me decía mucho
mi padre: «Prioridades, Ariel». E hice justo lo que él hubiese hecho en mi
lugar, coger al toro por los cuernos.
Después de restregarme hasta casi arrancarme la piel para dejar de oler a
culo de mono mojado, salí al jardín y el ánimo alegre que había cuando
aparecimos había desaparecido por completo. Todos estaban sentados
expectantes, ya que Adam no había querido revelar nada de lo sucedido hasta
que yo llegase; un detalle por su parte…
―Bueno, la cosa está jodida ―comencé a decir cuando me interrumpió el
indicador de mensajes de mi teléfono. Como estaba medio muerto solo pude
leer el primero de los que me llegaron.
Mañana tendrá lugar una venta de la mercancía, supongo que a estas
alturas ya sabrás de lo que te hablo. En el ático del hotel. Infíltrate. Úrsula.
―¿Piensas contarnos algo o de pronto tienes afán de protagonismo? ―me
sermoneó Jasmine con alguna que otra copa de más y su carácter habitual.
Los miré a todos, parecíamos más bien un jodido circo que un grupo de
élite que fuese a desarticular una red de venta, trata de blancas y exportación
ilegal de animales, y fue precisamente eso lo que me dio la idea para nuestro
siguiente paso.
―Mañana vamos a hacernos pasar por un grupo de modelos en una fiesta
privada que organizan para la venta ilegal.
—¿Lo haces queriendo o es que te pone cachonda meternos en líos? —
preguntó Mérida delante de todos. Cada día me planteaba más el tema del
reality show y lo de ponerme una cámara en la cabeza, sinceramente.
―Ariel, no lo veo ―confesó Blanca, que ya sabía cómo solían terminar
mis planes.
―Jim, ¿no puedes avisar para que vayan al lugar y los cojan infraganti?
―Aurora, he dejado a un compañero en el hospital herido por arma blanca
y he desaparecido con una supuesta terrorista. Creo que en estos momentos
no me van a condecorar como el mejor poli de la comisaría, créeme. Lo que
hagamos tendrá que ser fuera de la ley.
―Eso me gusta ―dijo Naveen.
―Sí, además está el pequeño detalle de que vamos con el traficante y con
la Viuda Negra.
―A mí me hace la misma gracia que a ti estar a tu lado, madero de
pacotilla.
―Creo que pelearnos entre nosotros no solucionará nada, Jasmine.
―Habló el hombre que susurraba a los caballos ―se mofó Mérida cuando
Adam abrió la boca.
―Nosotras queremos ayudar, en parte todo ha empezado por rescatarnos
―continuó Po, siendo la primera vez que decía algo coherente, mientras que
Mulán hacía rato que había tomado postura de cigüeña pero en modo
«sobaquil», y ya estaba empezando a ponerme nerviosa.
Ni yo misma tenía claro cómo iba a finalizar aquella locura. Como
siempre, la teoría no pintaba mal del todo, el problema sería la práctica, eso sí
que ya era otro cantar. Jasmine tiró de sus todavía contactos en el mundo de
la noche para hacerse un hueco en el pase, su extraña vida, sus
excentricidades y que fuera una prófuga de la ley en nuestro país, le daban
puntos de sobra para ello.
El tema principal eran los animales y la selva, así que solo teníamos que
sustituir a las verdaderas modelos y ponernos nosotros en su lugar. La idea
era atrapar a Cruella y a Reina sin que estuviesen sus matones cerca, y así
poder entregarlas a la policía junto con las pruebas de lo que estaba
sucediendo. O lo mismo, dicho de otra manera: tomarnos la ley por nuestra
cuenta.
Por mucho que me gustase haber llevado a Naveen, no podía permitir que
se siguiese arriesgando todavía más. Cuando se lo dije a Blanca, se negó
rotundamente, pero en el fondo de sus ojos se vislumbró agradecimiento y
descanso. La pobre, desde que parió, no había disfrutado de un instante de
tranquilidad, ya tenían bastante con su guerra. Mulán lo único que haría sería
estorbarnos, así que la dejé fuera también, por puro egoísmo más que otra
cosa, la verdad. Así que quedábamos Jasmine de infiltrada, Aurora, Mérida,
Po y yo de modelos y Jim y Adam para cubrirnos las espaldas y secuestrar a
las susodichas.
No podía haber fallo alguno con ese planteamiento, ¿verdad, señor
Karma?
Capítulo once.
La farsa.
Lo primero era introducirnos en el recinto sin ser vistos, cosa que no fue muy
difícil gracias a tener a Adam de nuestro lado. Habló con Reina y le dijo que
se había enterado de que tenía una fiesta y que no lo había invitado, tonteó un
poco y se hizo el ofendido. Si no fuese porque después de esa noche
esperábamos que estuviesen entre rejas, Adam se hubiera visto en la tesitura
de tenerle que dar de comer al pavo de la señora, cosa que me daba fatiguita
con solo pensarlo. La mujer aceptó encantada. Si a mí, la diferencia de edad
de Rider, ya me volvía loca, a ella que a Adam le sacaba cerca de treinta años
no quiero ni pensar en cómo se le pondría el ego.
Estuvimos montando guardia hasta que vimos entrar a unas altas,
esqueléticas y repeinadas chicas por la puerta lateral, donde estaba el
ascensor que usaba el servicio y nos apresuramos para subir todos juntos.
Cuando entramos, nos miraron de arriba abajo de modo despectivo, si tenía
algún tipo de remordimiento por lo que estaba a punto de suceder, acababan
de lograr que se disipase. Una vez arriba, a falta de una hora para que
comenzase el show, las chicas corrieron por un pasillo y se metieron en un
cuarto transformado en camerino, según pude cotillear por las cortinitas que
cubrían la puerta. Suspiré y le hice señas a Jim para que entrase, las apuntase
con el arma y ya nosotras nos encargaríamos de amordazarlas y esconderlas,
pero por desgracia nada cerca de la realidad… En cuanto Po me vio mover la
mano en dirección a la habitación, se adelantó y, para cuando quisimos
alcanzarla, ya tenía medio noqueadas a todas las estiradas.
―Po, ¿qué te dije sobre lo de dar ostias como panes a las personas? ―le
recriminó Mérida, viendo a las chicas inconscientes en el suelo con la boca
reventada o los pelos de la Novia Cadáver.
―Lo siento, de donde vengo no dejamos que los hombres nos defiendan,
eso querría decir que somos débiles y no es cierto. Es la costumbre ―se
disculpó, poniendo cara de corderito. Mérida se abalanzó y le dio un beso de
tornillo con lengua a la vista incluida.
―¿Nos centramos?
―Ariel, como amiga te recomiendo que eches algún polvo porque te estás
avejentando ―me dijo, dándome dos palmaditas en el hombro.
Jim y Aurora ataron a las chicas y las metieron detrás de un biombo
plegable, que hacía las funciones de cambiador. Justo cuando estaban detrás
colocándolas, entró Cruella y se quedó mirando fijamente a Po, quien tensó la
mandíbula y cerró los puños nada más verla. Mérida le sujetó la mano
disimuladamente intentando tranquilizarla; si hubiese estado en su lugar, no
sé cómo habría actuado, pero no era momento de perder los papeles, las
necesitábamos a las dos juntas.
―¿Tú has trabajado antes para mí? Me suena tu cara ―le preguntó,
aguantándole el mentón y mirándola como si fuese un caballo.
―No habla nuestro idioma, señora ―me adelanté a decir antes de que nos
metiese en más problemas.
―¿Y tú también modelas o eres la esteticista?
―Modelo, señora.
―Tengo que hablar con la empresa, cada vez os mandan más feas y más
viejas. ―«Zorra»―. Ahí tenéis la ropa, cuestan más que vuestras vidas, así
que mil ojos con ellas o las sustituiré con vuestros pellejos. Os aviso cinco
minutos antes de salir. ¡Eh, tú! La guapita, intenta adecentar un poco a este
vejestorio, cógele una gomilla en la nuca para ver si así disimula esas
arrugas.
―Por supuesto, mis manos hacen milagros ―respondió Mérida,
ocultando una sonrisa.
―Eso espero ―concluyó saliendo del cuarto, quedándose más a gusto que
un arbusto, dejándome con cara de tonta y con los mayores deseos homicidas
de toda mi jodida vida. Lógicamente, en cuanto se marchó, el pitorreo del
personal fue monumental…
―Abuela, le traigo el bastón.
―Mérida, haz como la que te caes y me comes el toto.
―Pues yo que quieres que te diga. Si no fuese por lo de la matanza
indiscriminada de animales, esta mujer me caería bien ―se jactó Jim,
saliendo de su escondite lágrima en el ojo incluida.
―Paso de vosotros. ¡Sal de aquí para que podamos cambiarnos!
―Los infartos, Ariel, a tu edad hay que controlarlos ―continuó Mérida,
llevándose un merecido golpe en la cabeza por mi parte y yo un gruñido por
la de Po.
Cuando Jim salió y comenzamos a sacar las prendas de las bolsas, el
estómago empezó a revolvérseme. Nunca había sido amante de las pieles,
pero después de mirar a los ojos a los propietarios de estas, mi aberración
ante tal atrocidad aumentó unas diez veces más. Lo único que no tuve en
cuenta fue que tendríamos que ponérnoslas y de eso ya sí que no estaba para
nada segura de ser capaz.
Aurora fruncía el ceño y tragaba saliva cada vez que rozaba una de las
mudas, y hasta Mérida ponía cara de asco al tocarlas. Po, sin embargo, estaba
tan acostumbrada a tratar con ellas que creo que no las veía como lo que
realmente eran. Para ella tan solo eran simples telas que tenía que coser y en
ese momento ponerse.
De pronto, alguien llamó a la puerta y las cuatro nos sobresaltamos. Le
hice una señal a Mérida para que aguantase al bulldog que tenía por novia y
abrí.
―Siento mucho llegar tarde. pero el aparcamiento estaba horrible ―dijo
un hombre musculoso entrando en la sala sin ni siquiera mirarnos―. Creo
que me he confundido. Soy el modelo masculino del desfile, ¿me podríais
decir dónde están mis compañeras? ―me encogí de hombros resignada.
―Po, ataca ―le ordené, justo cuando el hombre se giraba y recibía un
puñetazo en la nariz, que no supo por dónde le venía, y quedaba tumbado en
el suelo viendo estrellitas a su alrededor. Entonces entró Jim y vio al
musculitos derribado.
―¿Podemos dejar de pegar y de secuestrar personas, por favor?
―Se suponía que estabas vigilando ―le encaró Mérida.
―Di un número, Jim.
―¿Cómo?
―Da igual cuál digas, te va a tocar ―le informó Aurora divertida.
―Aquí el señor fuertecito también formaba parte del desfile, así que nada,
ya tenemos a todos los componentes. Átalo y ponte esto ―le indiqué,
tirándole una bolsa que ponía Curtis. La abrió y sacó un taparrabos de
leopardo, una pajarita de a saber qué animal y un chaleco negro que, casi
seguro, estaría hecho de alguna pantera―. Mira, con el chaleco y la pajarita
recuerdas viejos tiempos. Verás cuando te vea Jasmine lo que se va a reír.
―¡Mierda! ―Por una maldita vez el karma no se había ensañado conmigo
y esa nueva sensación molaba tela.
Po se puso un traje de piel gris ajustado y los únicos zapatos que le
entraban teniendo en cuenta que tenía un cuarenta y tres, así que se tuvo que
conformar con unas zapatillas con las que se le quedaban la mitad de los
dedos fuera. Aurora, después de mucho mirar y aguantándose la fatiga, se
puso una falda crema a juego con un mini top. Mérida, con esa larga melena
pelirroja rizada, usó un chaquetón largo blanco y negro, con un pantalón de
piel de serpiente y una camiseta corta. Y, finalmente, yo, más que por
elección propia por talla, me tuve que vestir con un traje para liliputienses
que no dejaba nada a la imaginación.
―Cinco minutos ―nos avisó la desagradable voz de Cruella a través de la
puerta.
―¡No pienso salir así en público!
Jim asomó la cabeza por el biombo, me acerqué y tiré de él para
comprobar el resultado. Si no hubiese sido por el material con el que estaba
hecha la ropa, me hubiera derretido en ese preciso instante. Contemplarlo casi
con el torso desnudo, marcando la tableta de abdominales, ese pequeño
taparrabos puesto y despeinado era para nombrarlo Monumento de la
Humanidad. Cuando se enfadaba se le acentuaban los hoyuelos de la cara y lo
hacía parecer aún más carismático de lo que ya era.
Rápidos flashes acudieron raudos a mi memoria de cuando estábamos
juntos, sin poder evitar sentirme culpable por Rider, pero los sentimientos
que en su día sentí por Jim fueron muy fuertes y donde hubo llamas siempre
quedan rescoldos, más si tenía en cuenta que lo nuestro fue un incendio en
toda regla. Mi mente calenturienta dejó de elucubrar en el instante en el que
me fijé en la expresión de admiración que Aurora tenía puesta. Cuando se dio
cuenta de que todos la observábamos, se puso roja como un tomate y se fue
hasta la puerta para intentar disimular.
―Bueno, ¿cuál es el plan?
―¿Cómo?
―Ariel, el plan, ¿no me digas que después de la que estamos liando aún
no pensaste nada?
―Mérida, lo tengo todo totalmente controlado, no te preocupes ―mentí
como una bellaca―. Primero, hagamos la pantomima y, luego, las
atrapamos.
Una estruendosa música mezclada con rugidos, cantos de pájaros y otros
sonidos típicos de la selva empezaron a sonar. Las luces se apagaron
quedando tan solo un foco que alumbraba a la improvisada pasarela del
centro de la sala, rodeada por decenas de sillas llenas de personas —por
llamarlas de alguna manera—, esperando ver la aberración textil para llevarse
su animal «ponible» a casa.
No podría negar que estaba nerviosa debido a la cantidad de gente que nos
estaría mirando, pero ya no había marcha atrás. Salí decidida junto con las
demás y esperamos detrás de una cortina a ser llamadas por nuestra locutora.
La primera en salir fue Aurora. Anduvo con paso decidido y seguro, tenía
el semblante tan serio y la frente tan fruncida que, por un instante, dudé si se
sacaría de la manga un montón de cubos de sangre y se los tiraría a los
asistentes a modo de protesta, pero no, salió como si llevase haciendo esto
toda su vida, dio dos elegantes vueltas y regresó a su sitio en un lado de la
pasarela.
Cuando escuché que nombraban el diseño de Po, comencé a sudar más
que Mulán en sus mejores momentos. Po caminaba con paso tan firme que
por un segundo creí que desmontaría el tinglado. Su negra melena ondeaba
tras de ella como los de las amazonas y sus expresivos ojos negros miraban al
público con el coraje y genio que la caracterizaba.
Mérida llevaba como complemento un arco y unas flechas a la espalda,
cosa que nos vendría bastante bien si teníamos en cuenta a lo que habíamos
venido realmente.
―Señoras, ¿están preparadas para disfrutar del mejor espectáculo de sus
vidas? Desde el Amazonas viene un guerrero de una tribu indígena recién
descubierta. ¡Con todos vosotros Mondongooo! ―Sí, lo sé, era una cosa
seria, pero la cara que puso Jim cuando la arpía lo llamó Mondongo, no tuvo
precio, hasta Po sonrió al oírlo, y claro yo no pude ser menos y me desternillé
en el suelo, textualmente, hablando. Así que, no fui capaz de ver su desfile,
aunque toda la mancha de puercas presentes le aplaudieron más que a las
otras.
Finalmente, llegó mi turno. Me puse en pie como pude, respiré hondo y
me concentré en cada paso que daba para no liarla como siempre. Busqué la
mirada de complicidad de Jasmine o de Adam para sentirme más segura, pero
los focos me daban directamente en la cara y no veía más allá de la
plataforma en la que estaba subida; todo el fondo era negro, como si
estuviese sola, y eso me insufló un chute extra de confianza. En cualquier
otra ocasión, me los habría imaginado a todos desnudos pero esa vez, lo de
ojos que no ven, corazón que no siente, me vino como anillo al dedo. Llegué
hasta el fondo, me giré ágilmente y continué con paso decidido para ocupar el
lugar que me correspondía. Cuando llegué al sitio sin ningún incidente me
sentí bastante orgullosa de mí misma.
―Comienza la puja.
Eso de la puja me cogió por sorpresa. Creí que tendrían varios trajes
iguales a los nuestros a la venta pero claro: ¿de cuántos animales tenían que
disponer entonces para tanta ropa?
Comenzaron la subasta en el orden que habíamos ido saliendo. Todos se
fueron vendiendo por cantidades desorbitadas, sobre todo, el de Jim que tuvo
que ponerse en el centro de una peana por lo menos quince minutos, a esperar
que las desequilibradas féminas dejasen de pelearse por él, más bien parecía
que el subastado fuese el modelo en vez de las prendas. Cruella estaba
animadísima a su lado, tocándole los brazos y aprovechando para meterle
toda la mano que podía sin disimulo alguno.
Mi traje era el más feo de todos y tampoco es que me quedase demasiado
bien, que todo hay que decirlo. Cuando subí al lado de Cruella, y comenzó la
puja al alta, un silencio absoluto llenó la sala. Fue bajando poco a poco la
cantidad hasta casi llegar a un precio ridículamente accesible para cualquier
bolsillo mortal. La buena señora me miraba con cara de víbora a punto de
atacarme y, de pronto, se oyó la voz de Adam dando el doble de dinero; a
Cruella se le suavizó un poco el gesto y a mí el amor propio, la verdad.
Regresé a la casilla de salida y esperé que se me iluminase el espíritu santo
con alguna genial idea. Pero en vez de eso, cuatro mujeres aún con cuerdas
en las manos, aparecieron en el gran salón gritando improperios y
señalándonos con el dedo. Nos acabábamos de meter en un lío.
Se escucharon dos disparos y todos los presentes se levantaron en
estampida, derribando tanto sillas como personas para escapar de lo que fuese
que estuviera sucediendo, y aprovechamos ese momento de confusión para
intentar atrapar Cruella.
―¡¡Po, vía libre, cógela!! ―le grité.
«Esto de tener a una sicaria en potencia como aliada mola un huevo»,
pensé. Po cogió a Cruella por el pecho, la levantó unos centímetros del suelo
y vi como la vieja asquerosa pataleaba para intentar zafarse, seguro que como
alguno de tantos animales que había aniquilado. Su rostro mostró el
verdadero significado de la palabra terror.
―¿Ahora recuerdas mi cara? ―fue lo único que le dijo Po antes de
asestarle un puñetazo y lanzarla fuera de la pasarela, dejándola
completamente fuera de juego. «Nota recordatoria: jamás discutir con esta
mujer».
Tan solo quedábamos nosotros en el lugar, todos los asistentes habían
salido despavoridos.
―Adam, Reina no está ―le recordé corriendo a su lado. Jim estaba
atando a la inconsciente mujer cuando salimos de allí en busca de la secuaz
de Cruella.
La encontramos en el pasillo de sus aposentos, huyendo asustada, porque
realmente ellas no sabían qué estaba pasando. En cuanto vio a Adam se
abalanzó sobre él lloriqueando, pidiéndole ayuda.
―Adam, hemos sufrido un atentado. ¡Sácame de aquí, por favor! ―le
mintió, fijándose en mí―. ¿Qué hace esta aquí? ¿Y por qué lleva mi ropa?
―Esta está aquí porque le da la real gana y va a hacer algo que estaba
deseando hacer.
―Toda suya, madame ―dijo Adam, echándose a un lado y dejándome
frente a Reina que estaba totalmente desconcertada.
―Esto por Duque ―le indiqué, dándole un señor puñetazo al más puro
estilo Po, volviéndole casi la cara del revés―, y esta por los monos —
continué, dándole el golpe final y dejándola medio tonta.
―La policía esta de camino ―me advirtió Mérida, que había venido en
nuestra busca junto con Jasmine y Po.
―Id a casa de Blanca, nos quedaremos aquí aguantándolas con Jim y
Aurora. Nos vemos allí.
―¿Tú has hecho eso? ―preguntó Mérida, ignorando mis indicaciones y
mirando el pómulo amoratado de Reina.
―Sí, estoy aprendiendo de tu novia.
―Pues me acabas de poner perraca[12] ―vaciló, dándome un beso en los
labios y salió de allí corriendo, seguida de las demás por el ascensor de
servicio en el que subimos.
Para cuando llegó la policía, Jim ya se había cambiado de ropa y los
esperábamos en el salón con Cruella y Reina atadas. Jim les explicó lo que
sucedía, se llevaron la ropa que quedaba allí, detuvieron a las dos
energúmenas y los acompañamos a la fábrica para soltar a las mujeres y a los
animales.
Al menos siete coches de policía y dos furgones vinieron con nosotros al
lugar. Les dije dónde estaba todo y esperamos fuera de la propiedad a que se
ganaran el sueldo. Me encendí un cigarro y me apoyé en el capó del coche
que nos traía.
―Lo has hecho bien, princesa ―me alabó Adam torpemente, poniéndose
delante de mí, moviendo los pies de un lado a otro y mirando al suelo. Al otro
lado del vehículo, estaban Jim y Aurora. Vi cómo mi amiga soltaba una
lágrima de alegría al ver que todo había terminado. Jim se acercó a ella, la
abrazó y la besó. Me estaba haciendo mayor, porque realmente me alegraba
por ellos―. Creo que te ha levantado el novio.
―Con lo bien que ibas… ―le dije, dándole un cariñoso puñetazo en el
hombro.
―Sargento, el recinto está vacío ―informó uno de los policías a Jim.
―¡¡Eso es imposible!! Estaba todo lleno de jaulas con animales, máquinas
de coser y mujeres encerradas, trabajando en contra de su voluntad.
―Pues o sabían que veníamos o todo esto es una broma de mal gusto
―agregó otro hombre que, por su aspecto y la cara de Jim, supuse que era su
superior.
Capítulo doce.
Adiós.
Regresamos con el amargo sabor de la derrota en los labios. No podía
comprender cómo habían sabido que iríamos. Nadie conocía nuestro plan.
Jim tuvo que ir a comisaría a rellenar un montón de papeleo y a esperar su
veredicto tras todo lo ocurrido. Cuando regresó, las noticias no mejoraron.
―Me han suspendido de empleo y sueldo hasta que se aclare algo de este
entuerto.
―¿Y qué pasará con Cruella y Reina? ―preguntó Po angustiada.
―En su contra solo tienen la venta de pieles ilegales, pueden acusarlas de
eso, pero tras una considerable cuantía de dinero, volverán a la calle de
rositas.
―No es justo.
―Aurora, la vida no lo es, más bien todo lo contrario ―la informó
Jasmine.
―Siento mucho todo lo ocurrido, pero tenéis que ver el lado positivo, os
habéis conocido y ellas están en libertad.
―Blanca, adoro tus buenas intenciones, pero esto es una mierda con todas
sus letras.
―Ariel, lo sé, cariño. Y no sabes cómo lamento seguir siendo portadora
de malas noticias, pero tengo que deciros que nos marchamos esta noche. Ha
habido mucho revuelo y no podemos arriesgarnos a estar más tiempo por
aquí.
―Blanca es culpa nuestra, somos unas egoístas ―lagrimeó Mérida,
acariciando la cabecita de la pequeña Tiana y haciendo que se me encogiese
el corazón. Era fácil ver derrotada a Aurora o a mí, pero Mérida era la fuerte
del grupo y, si ella se venía abajo, las demás caeríamos detrás.
―Os echaré mucho de menos, mi vida será muy aburrida sin vosotras
cerca ―lloriqueó Blanca―, pero no todas son malas noticias. Ariel, tengo
que pedirte un favor.
―Lo que quieras.
―Necesitamos que te quedes en casa hasta que regresemos, no hay nadie
para que cuide de ella, ¿podrás mantenerla en pie durante algún tiempo?
―Esa fue la gota que hizo que mi lagrimal rebozase y le di un abrazo al que
se unió Mérida, Aurora e incluso Jasmine.
―Pedazos de putas, al final vais a conseguir que llore y no pienso hacerlo,
tengo una proposición que hacer yo también, aunque sé que me voy a
terminar arrepintiendo de mis palabras ―continuó Jasmine, quien, incluso
cuando era amable, parecía que iba a morder a alguien―. Mérida, ¿qué te
parece si tú y tus dos amigas prófugas os venís a vivir conmigo? Allí mando
yo y nadie será capaz de hacerles nada.
―¿En serio la señorita insecto palo haría eso por mí?
―Mérida no tientes a tu suerte ―le indicó Jasmine―¿Qué decís?
―¿Qué vamos a decir? Será horrible vivir rodeada de criados y lujos pero
podemos intentarlo.
El helicóptero no tardó en aparecer y llevarse a mi mejor amiga con él;
Blanca, Naveen y Tiana desaparecieron en el cuatro por cuatro en el oscuro
camino; y yo me quedé allí mirando al cielo, pensando en todo lo que
acababa de perder esa noche. Sí que había ganado una casa enorme que no
sería capaz de ensuciar entera en la vida, y Duque también estaría contento de
volver a ver a su amada, sin embargo, ¿con quién discutiría? No había nadie
en el mundo que me conociese como Mérida, ella era más que mi hermana,
era mi locura cuando yo estaba cuerda, era la que me detenía cuando hacía
burradas, mi pañuelo de lágrimas y mi sacadora de risas. Madurar era una
verdadera mierda, en otra época le habría suplicado que se quedase, hubiese
usado el chantaje sicológico para retenerla, pero ya no. Había visto el brillo
especial en su mirada cuando se quedaba embelesada oyendo a Po, y eso que
era como ver unos dibujos animados para preescolares, aun así, ella estaba
enamorada locamente de esa bruta medio analfabeta, que no se había hecho la
cera en su vida y que se parecía más cercana al eslabón perdido que a las
típicas mujeres con las que acostumbraba a estar.
―¿Estás bien? ―me preguntó Adam, sentándose a mi lado.
―Lo estaré.
―Ariel, si quieres que nos quedemos lo haremos ―dijo Aurora,
acercándose agarrada a Jim.
―No es necesario, estoy bien. Os podéis ir tranquilos, no voy a
suicidarme ni nada de eso, lo prometo. Sería un cadáver demasiado bonito
para enterrarlo ―bromeé, disimulando la pena que me consumía―. Eso
también va por usted, caballero. Mañana hablamos, necesito estar sola.
―Cualquier cosa, nos llamas ―añadió Jim. Volviendo a ser agradable
conmigo de nuevo, se agachó y me dio un tierno beso en la frente.
Una vez que se fueron todos, y me quedé sola en aquella gran mansión,
mis lágrimas comenzaron a correr por las mejillas como si de un caño
desbocado se tratase.
Fui al salón, puse música a todo trapo, atraqué el bar de Blanca y me puse
a bailar y a beber como si no hubiese un mañana. Tenía que estar contenta
por mis amigas, todas eran felices: Mérida tenía a Po; Jasmine sus riquezas y
con eso le bastaba; Aurora por fin estaba con alguien que realmente la quería
y la valoraba; Mulán… Vale, bien, dejemos a parte a Mulán; Blanca después
de la mierda de vida que había llevado, finalmente encontró el amor
verdadero; y yo…, bueno, yo era una maldita desgraciada que moriría sola
rodeada de jodidos gatos. Si Úrsula no me hubiese dado ese trabajo, nada de
todo aquello habría pasado. Sí, estaba hablando como una egoísta malcriada,
pero llegados a ese punto de alcohol en sangre, tenía todo el derecho del
mundo a dejar de respirar y ponerme de colores. Ella fue la que comenzó toda
esta locura, y total, ¿para qué? Porque lo peor de todo era que aún no sabía
qué sacaba ella de beneficio si la red de Cruella y Reina se iban al garete.
Me pegué una ducha para espabilarme, cogí el coche y me fui directa a las
oficinas de Yensid, a que me explicase por qué cojones había trastocado mi
vida de esa manera.
El guardia de seguridad al que golpeé y que debería estar en la entrada no
estaba y el edificio parecía desierto. Entré tan solo empujando la puerta, el
eco de mis pasos al caminar retumbaban por todas las paredes y subí
convencida de que Úrsula seguiría en su despacho trabajando o maquinando
la vida de quién arruinar.
Abrí dando un portazo sin llamar y, al fondo de la gran habitación, detrás
de su mesa, estaba la buena señora echada sobre los brazos tomándose una
siestecita. Me coloqué frente a ella y propiné un manotazo en la madera de al
lado de su oreja con la intención de darle un susto de muerte, pero o era de
oído duro o estaba completamente sorda.
―¿Úrsula? ―la llamé zarandeándola un poco por los hombros y entonces
giró la cabeza, quedando al descubierto sus enormes ojos inertes.
La parte oculta con su cuerpo estaba llena de sangre y tenía una raja que le
llegaba de lado a lado del cuello. Grité y pegué un salto hacia atrás. «Dios
mío, está muerta», pensé. Úrsula estaba muerta y la única que lo sabía era yo.
Llamé rápido a Jim que tardó bastante en descolgar el teléfono, de fondo se
oyó una música y bastante barullo.
―Jim, soy Ariel, Úrsula está muerta, le han rebanado el cuello. Está en las
oficinas Yensid, voy a casa de Rider estoy preocupada por él ―le dije con
medio ataque de ansiedad.
Creí escuchar la voz de Adam en el teléfono de Jim, pero después de cómo
se llevaban, estaba segura de que me habían traicionado los nervios.
La mansión estaba completamente a oscuras y aparqué casi encima de las
escaleras que conducían a la puerta principal. En cuanto salí del coche un olor
característico que no olvidaría jamás llegó hasta mí.
Desde que Naveen me dio la pistola, como que le había cogido cariño a
eso de sentirme segura y siempre la llevaba conmigo. La saqué y seguí el
inconfundible aroma sin saber muy bien a qué atenerme. La fetidez provenía
de la gran puerta metálica de un almacén, pegado a la propiedad. La empujé
abriendo con facilidad y más ruido del que me hubiese gustado. «Siempre se
ha dicho que el olfato es el sentido que más recuerda», me dije confirmando
mis sospechas.
Corrí hasta la primera jaula, donde mis amigos los simpáticos chimpancés
continuaban allí sin comida ni agua y, junto a ellos, el triste león recostado
sobre su gran estómago. No sabía por qué, pero había dejado de darme
miedo, solo me inspiraba ternura. «Tenía que hacerme mirar lo de mi nueva
obsesión con los jodidos felinos, sobre todo si tienen los dientes del tamaño
de la palma de mi mano», reflexioné.
¿Qué estaba ocurriendo? ¿Por qué estaban esos animales ahí? ¿Quién los
había movido? ¡Rider! Si le había ocurrido, algo no me lo perdonaría nunca,
debí de haberlo informado o al menos intentar llamarlo y explicarle el
malentendido; de nuevo me sentí como una auténtica zorra.
Uno de mis amigos peludos sacó la manita entre las rejas, me agaché a
tocársela para intentar infundirle algo de serenidad cuando, de pronto, todos
saltaron y se pusieron a gritar como locos. Mi amigo, el Rey de la Selva, se
incorporó como si tuviese un resorte y soltó un gruñido que me heló la
sangre. Me giré y vislumbré la silueta de una persona en las sombras detrás
de mí, saqué el arma y lo apunté intentando recordar exactamente cómo
cojones me había dicho Naveen que se usaba esa cosa.
―¡¡No des ni un paso más!! ―Pero quien fuese se tambaleó y se cayó de
lado. Me acerqué temerosa hasta que identifiqué a Rider en el suelo―.
¡Rider, arriba, tenemos que salir de aquí!
―Ariel ―balbuceó.
Le di la pistola y lo levanté en peso como pude para ver qué heridas tenía,
pero en el instante en que la sostuvo se enderezó sin ayuda y me apuntó con
ella en la sien.
―¿Qué haces?
―Sinceramente, tengo que felicitarte. Si te digo la verdad, no esperaba
que llegases tan lejos, lo único que tenías que hacer era ser tú misma y no dar
pie con bola. Ariel, ahí reside tu encanto, no te esfuerces. Las caras bonitas
con poco cerebro están para servir a los hombres inteligentes. ―No daba
crédito a lo que estaba oyendo. El corazón se me detuvo por un momento, el
cerebro se me bloqueó y la mandíbula casi se me desencajó. Di tres pasos
atrás para separarme de él. Me sentí utilizada, engañada, abochornada,
enfadada y defraudada. ¡Coño, que se la había chupado!―. Todavía podemos
seguir juntos, Ariel. Esto no tiene por qué terminar aquí, serías la perfecta
ama de casa, amante y compañera.
―Rider, cariño mío, ¿sabes qué hay detrás de un hombre tan inteligente
como tú? ―me miró extrañado ante mi nueva actitud sumisa―. Una mujer
asombrada, estúpido. ¡Jamás, en mi jodida vida sería tu puta limpiadora
personal!
―Ariel, Ariel, Ariel ―repitió meneando la cabeza y la pistola a la vez―.
Me decepcionas mucho, tenía grandes planes para ti. Ahora tendré que
matarte y prometo que no quería. ―Continué reculando, haciendo tiempo
para ver qué mierda se me ocurría para escapar de este sicópata.
―¿Por qué mataste a Úrsula?
―Era demasiado avariciosa. Cuando las cotillas de sus amigas le contaron
lo de la venta de pieles, quiso formar parte de ello y, al no dejarla, empezó a
hacer demasiado ruido. Lo que nunca imaginé era que te contratase a ti para
detenerme, fue ilusa, realmente esa mujer me menospreciaba demasiado.
―Siempre pensaron que eras una mujer. ¿Tú eras Mal?
―Avances de la tecnología. De verdad adoro hablar contigo, estás a
tiempo de planteártelo, Ariel. Yo te quiero y eso es más de lo que he sentido
jamás por nadie.
―Eso no es amor. Cuando estás enamorado, no se engaña, ni se utiliza.
Tú solo te quieres a ti mismo. —Algo metálico cayó a su espalda, haciendo
que se volviese y disparase a un bulto que medio se veía al lado de la puerta,
haciendo que un cuerpo cayese al suelo.
Aproveché la distracción sin pensar mucho de quién se trataría y rezando
porque no fuese Jim. Me giré y los ojos del león me miraron. Sin saber qué
hacía, abrí la puerta de par en par y me aparté de su camino. El felino saltó
sobre Rider, que no se lo vio venir. Le clavó los dientes en la garganta y tiró
fuerte arrancándole la yugular delante de mis narices. El miedo me tenía
bloqueada, el león se quedó junto al cuerpo de Rider chupando la sangre
esparcida por todos sitios. No podía quitar la vista de él, pero necesitaba ir a
comprobar a quién había disparado ese puto degenerado. Anduve con
cuidado lo más lejos que pude del cuerpo, en cualquier momento podría ser
usada de postre.
Adam estaba tumbado boca arriba sobre un gran charco de sangre, con los
ojos abiertos mirando a la nada. Cuando me vio, sonrió e intentó hablar.
―Princesa.
―Calla, no hables. Te vas a poner bien, maldito cabezota.
―Lo siento, princesa ―susurró, dejando caer la cabeza hacía un lado y
desapareciendo de mi vida para siempre.
Al parecer Jim y Adam habían ido esa noche a tomar algo juntos. Jim fue
con la policía a las oficinas Yensid y Adam vino a comprobar que estaba
bien. Si no hubiese sido por su interrupción, ahora mismo yo estaría en el
ataúd que estaba mirando.
Capítulo trece.
El crucero.
Nunca comprenderé a las personas que se llevan todo el santo día tomando el
sol, para mí era un aburrimiento y una pérdida de tiempo enormes.
―¿Alguien te dijo alguna vez que la carne de burro no es transparente?
―Mérida, el día que seas agradable es porque te estarás muriendo.
―Ariel, con setenta años puedo ser como me dé la jodida real gana.
―¿De cuál de todas fue la maldita idea de volver a quedar treinta años
después?
―Jasmine, no te quejes, que tú has hecho un pacto con el diablo.
―Aurora, ¿tú no estabas vomitando?
―Ariel tiene la culpa, quería venir a este magnífico crucero sin parejas.
―Blanca, no seas más lapa y sepárate de una vez del morenito que lo
tienes encanijado. Además, ¿habéis visto el culo del camarero?
―Ariel, podrías ser su abuela. Estate quietecita y siéntate en la hamaca
antes de que se te suba la tensión ―me reprendió Aurora.
El chico que se encargaba de atender a la tercera edad tenía la sonrisa de
Adam, y los ojos de Jim, los dos grandes amores de mi vida, el problema era
que también poseía los hoyuelos del mayor error que cometí jamás.
Estábamos tumbadas en la cubierta de babor mirando el mar, el día era
perfecto para no hacer absolutamente nada, el muchacho se acercaba
mirándome —sí, sé que esta vez la diferencia de edad era mucho mayor que
la anterior, pero a nadie le amarga un dulce y yo todavía mantenía mi sexapil,
aunque las pedorras de mis amigas dijesen lo contrario—.
Conté los segundos que tardó en llegar a mi lado con la bandeja, me
levanté cuando lo tuve enfrente para ocasionar un encuentro casual, cosa
antiguamente me funcionaba y no veía por qué en ese momento no, me
encendí un cigarro y por desgracia no controlé demasiado bien las distancias,
al incorporarme tardé un poquillo más de lo que pensé en un principio —los
achaques, por mucho que no lo quiera reconocer, es lo que tienen—, me
golpeé con la bandeja de las bebidas que llevaba en la cabeza, volcándola y
tirándolas encima de las demás, que intentaban tomar el sol con pareos más
grandes que ellas, que pensé yo que así poco color iban a coger.
Con el golpe y la falta de equilibrio, me agarré con mis huesudos dedos a
lo primero que encontré, que no fue otra cosa que los testículos del chico al
que casi dejo eunuco de por vida. Este lanzó un grito de dolor, se apartó todo
lo posible del repentino cascanueces, tropezó con la barandilla y cayó por la
borda. Lo último que vi de él, fueron sus pies volando frente a mi cara.
―¡¡Ariel, en serioooo!! ―gritaron todas al unísono.
―¡Mierda!
Agradecimientos
Este libro ha pasado por varias etapas y por todavía más versiones, sé que hay
mucha gente expectante a ver qué sucedía con los protagonistas y la presión
de una segunda parte a la altura de la primera ha sido demoledora. Al
principio intenté hacer otro parecido al primero y me devané los sesos para
que saliese, pero después de muchos meses de cabezonería decidí desistir y
hacer lo que siempre hago, dejarme llevar por mis emociones y crear una
trama con unas alocadas historias que a mí me gustasen leer. Cuando dejé de
especular en qué pensarían los demás y comencé a oírme a mí misma fue
cuando volvió a surgir la magia, digamos que me volví un poco como
Cicerón cuando dijo: «Me interesa más mi conciencia que la opinión de los
demás». Espero de corazón que tras finalizar las perdices se os quede un buen
recuerdo y sabor de boca, que en definitiva es por lo que existe la literatura,
para hacernos sonreír y evadirnos de la realidad. Si he logrado esas metas me
siento orgullosa.
En este caso las que me han acompañado desde el principio en esta nueva
aventura han sido Ester Martín Moya, Ana Tinoco Morcillo, María Esteban,
Tania García, Noelia Tejada, Puri Real Garry, Helena Sivianes, Sonia
Fernández y Noni García, gracias a todas y cada una de vosotras por tener la
paciencia de leerme por fascículos, de aguantar la falta de inspiración y el
exceso de confianza cuando os amenazo con que si no leéis podéis morir,
sabéis que es bromita, o no… nunca lo descubriréis porque habéis sido muy
aplicadas. Sin que ellas lo sepan a veces la historia ha dado un giro cuando
me han contado sus elucubraciones, así que no sería justo no decir que este
libro es obra de todas, gracias chicas, de corazón.
En esta ocasión la encargada de corregir esta obra a contrarreloj no ha sido
otra que Sonia García, (Noni para los amigos), que se ha pegado noches sin
dormir volviéndome a echar el cable para que este disparatado libro os llegue
impecable. Gracias amiga, te debo otra, he perdido la cuenta.
Mi madre se ha quedado con mi pequeño monstruito para que yo pudiese
escribir tranquila y eso es un mundo, te quiero.
En el trabajo me he tenido que escaquear más de un día y de dos y eso no
hubiese sido posible sin mis dos manos derechas Katy Molina y Pablo Ruiz,
aunque no os lo diga muy a menudo, o nunca, mi mundo sería mucho más
difícil sin vosotros apoyándome tanto en lo personal como en lo profesional,
gracias, os quiero.
La portada ha vuelto a ser otro éxito de mi paciente Mónica Gallard, mil
gracias por ser tú.
Todo libro tiene su punto de misterio, en este tengo que darle las gracias a
una persona muy especial para mí, quien en los últimos meses ha empezado a
formar parte de mi vida y de mi familia, la misma que me ha inspirado,
animado y robado el corazón. Sobran palabras. Gracias.
Y para finalizar agradeceros a todos los que estáis leyendo estas líneas
porque sin vosotros nada de esto sería posible, gracias por hacer de mi sueño
una realidad.
Biografía