0% encontró este documento útil (0 votos)
407 vistas117 páginas

¿Qué Paso Cuando Se Terminaron Las Perdices 2

Cargado por

Eugenia Quintero
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
407 vistas117 páginas

¿Qué Paso Cuando Se Terminaron Las Perdices 2

Cargado por

Eugenia Quintero
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

¿Qué pasó cuando

se terminaron las perdices 2?

Gema Tacón
¿Qué pasó cuando se terminaron las perdices 2?

Primera edición: Diciembre de 2017

©Gema Tacón, 2017


©Ilustración y diseño de portada ©Mónica Gallart, 2017
©Corrección: Sonia García

Todos los derechos reservados.

ISBN: 9781976732560

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su


incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier
forma o por cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por
fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por
escrito del autor. La infracción de los derechos mencionados puede
ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Art. 270 y
siguientes del Código Penal).
Cuando la vida te presente razones para llorar,
demuéstrale que tienes mil y una razones para reír.
Índice
PRÓLOGO

CAPÍTULO UNO

CAPÍTULO DOS

CAPÍTULO TRES

CAPÍTULO CUATRO.

CAPÍTULO CINCO

CAPÍTULO SEIS

CAPÍTULO SIETE.

CAPÍTULO OCHO.

CAPÍTULO NUEVE.

CAPÍTULO DIEZ.

CAPÍTULO ONCE.

CAPÍTULO DOCE.

CAPÍTULO TRECE.
Prólogo
Cuando mi amiga y hermana Gema Tacón me pidió que le hiciera el prólogo
de su obra, le dije sí sin pensarlo, aunque después me eché a temblar. ¿Por
qué? Porque sé lo que ha supuesto para ella escribirla.
He vivido esta bilogía desde el primer capítulo de la primera, es más,
desde antes de que empezara a escribirla, cuando me dijo: Gorda, me apetece
escribir algo diferente a la fantasía, algo así como una novela romántica. ¿Tú
lo leerías y me vas diciendo si voy bien? Aquel viaje a Málaga fue
inolvidable.
He vivido junto a Gema muchos momentos, unos mejores, otros peores,
algunos para olvidar, y también he vivido cada uno de sus pequeños retoños
literarios. Sé de buena tinta que le ha costado sudor y sangre escribir esta
historia, y por ello tengo que decir que me siento muy orgullosa de lo que
vais a encontrar en las siguientes páginas.
Una historia cargada de misterio, intriga, amistad, decepción, amor, locura
y humor. Como escritora que soy, os puedo asegurar que unir todo eso en una
misma novela es muy complicado y que conseguirlo es una genialidad que
solo ella sabe lograr.
Así que, no os doy más la lata. Os dejo disfrutar de esta novela única que
os hará sonreír, llorar, enamoraros y cagaros en to las castas de mi querida y
adorada Gema Tacón.
Noni García.
Capítulo uno
El regreso.
Podía ver la silueta de mi cara reflejada en el opaco cristal del enorme
ventanal de mi querido y variopinto dormitorio sobre el gran faro. Hacía una
noche de tormenta en la que ningún barco se había atrevido a zarpar, y tan
solo se distinguía un negro horizonte con algún que otro rayo suelto sobre las
agitadas olas, iluminando de vez en cuando la noche.
Pese a que para otras personas estos días eran deprimentes para mí, sin
embargo, eran mis preferidos. Amaba sentarme a observar cómo las gotas
bailaban y formaban dibujos en los cristales. Fue en ese instante en el que la
paz y la calma me embargaban que no pude evitar recordar nuestro regreso;
Mérida se marchó a su casa después de dejarme y de decir unas cientos de
veces que necesitaba unas vacaciones, pero esta vez lejos de mí.
Sabía que precisaba centrarme y pensar qué iba a hacer con mi vida a
partir de ahora. El maldito karma estaba al acecho, un día sin que me
sucediese alguna locura era digno de apuntar en el calendario. No sonreír al
pensar en nuestro aterrizaje era impensable.
—¿¡Recuérdame exactamente por qué no debería tirarte ahora mismo al
agua y disfrutar mientras te come algún tiburón con mal gusto!? —Mérida se
estaba empezando a poner de colores y sus mejillas pecosas brillaban rojas de
tanto sol.
—¡Mérida, esta vez no he tenido la culpa! Ha sido ese piloto que se ha
puesto nervioso al verme —intenté defenderme.
—¡¡Al verte!! ¡¡Le has chupado un dedo con cara de sádica mientras el
hombre intentaba llevar un puñetero avión y, claro, mejor no hablemos de
cuando te has sentado encima de él con la jodida copa y la has derramado
sobre todos los botones haciendo que se incendiase la cabina…!! Eso
tampoco lo causaste tú, ¿cierto? ¡¡Y que estemos en medio de la nada, sin
teléfonos, sin comida y sin agua es solo y únicamente porque el hombre se
alteró, solito!! ¿Verdad, Ariel? ¡¡Vete a la mierda un ratito!!
—Si lo miras desde ese punto de vista puede ser que algo haya tenido que
ver…
—¡Yo te mato! —dijo, haciendo que la mini barca salvavidas se moviese,
a la vez que me metía la cabeza dentro del agua, mientras yo intentaba
desesperadamente manotearla para poder volver a llenar mis pulmones de
aire.
Después de no sé cuántas horas a la deriva, y de esquivar la mirada de
Mérida, tarea difícil dentro de aquella miniatura, escuchamos la bocina de un
barco y nos pusimos a saltar y a gritar como locas para que nos viesen. La
barquita hinchable de las narices comenzó a moverse de un lado a otro de
forma peligrosa, hasta que finalmente se dio la vuelta y terminamos las dos a
remojo agarradas a los flotadores. Si en el mar hubiese habido un poquito
menos de agua, juro que Mérida la hubiera evaporado del mosqueo[1].
El barco se paró cerca y de pronto un montón de chinos se asomaron y nos
miraron —o nos sospecharon, no lo tengo claro—, desde cubierta. De
repente, vi que desplegaban un gran palo metálico; era una especie de grúa y,
en su extremo más cercano al agua, llevaba una red con trozos de pescado y
aroma a marisco rebujado con olor a [2]chumino de vieja en sus últimos días.
Aquella cosa cayó sobre nuestras cabezas, los asiáticos nos gritaron y nos
hicieron señas para que nos subiésemos.
—¡Y una mierda me voy a subir! —gritó Mérida, pero los hombrecitos
solo sabían vociferarnos cada vez más fuerte, como si en vez de no entender
el idioma fuésemos sordas.
«Nunca comprenderé por qué la gente le hace eso a los extranjeros, ¿qué
pasa que si gritas te voy a entender…?»
Me armé de valor y decidí ser la primera en montar en aquello; metí los
pies como pude entre los boquetitos de la red e introduje la cabeza por la gran
abertura superior. Entonces mi culo hizo de efecto péndulo impulsándome
más de lo debido y terminé cayendo de narices en la asquerosidad de malla,
quedando con la nariz por fuera de uno de los orificios, la oreja por otro, las
piernas por otro distinto y así hasta parecer un jodido puzle de cuadraditos de
mí misma. Por lo visto, el pescante estaba diseñado tan solo para enganchar
pequeñas cantidades de peces o gambas, y tras escuchar un «crack», fui a
tomar por culo al agua otra vez como si de la mismísima sirenita me tratase.
La red me tenía totalmente aprisionada y no me dejaba moverme lo suficiente
como para nadar y salir a flote.
Cuando unas pequeñas burbujitas comenzaron a esfumarse de mi boca y el
aire en mis pulmones empezó a escasear, pensé que mi vida terminaría allí,
en medio del mar, con el corazón destrozado, hasta que algo me agarró del
cuello y me sacó a la superficie. Para cuando volví a ver la luz del sol, mi
consciencia se evaporó.
Un gran ataque de tos seguido de una horrible fatiga y unas gigantescas
ganas de vomitar me devolvieron al mundo de los vivos, alguien me estaba
besando. En mi mente imaginé a un príncipe azul con los ojos de Jim, el
mentón de Adam y el culo del marido de Aurora —que fuese tonto no quería
decir que el hombre no estuviese de buen ver—, abrí los ojos ilusionada tras
mi visión y frente a mi nariz me topé a un vejestorio asiático, casi sin dientes,
más calvo que el genio de la lámpara maravillosa y con las mismas orejas de
Dumbo, que en este caso servían para quitarme el sol de casi toda la jodida
cara. Cuando el hombrecillo me vio reaccionar, sonrió encogiendo tanto los
ojos que me parecieron dos puñaladas en una caja de cartón. Me giré y
vomité hasta la primera papilla. Me incorporé como pude para buscar a
Mérida. Estaba a mi lado sentada, tapada con una manta de rayas marrones y
los pelos del león de la Metro Goldwyn Mayer, la pobre tenía la cara de
preocupación más chunga que le había visto jamás. Al verme revivir, se lanzó
sobre mí, me dio un pequeño golpecito en el hombro y me abrazó con fuerza.
Jamás olvidaré ese abrazo.

Noté su respiración acercándose a mi nuca, antes incluso de que me rozase,


conseguía erizar el vello de todo mi cuerpo. Esperaba con ansias que
acariciase mi piel con sus labios. En el momento en que sus manos tocaban
mi cintura podía percibir cómo todo mi ser se avivaba transformándome en
una llama incandescente que necesitaba ser consumida. Cuando apretaba su
pecho contra mi espalda y me rodeaba con los brazos, era como si me
encontrase en el lugar más seguro del mundo, donde nada ni nadie podría
lastimarme jamás. Moría dentro de sus ojos, cada vez que nuestras miradas se
topaban me perdía en el infinito de sus pupilas; llegando a darme miedo de
no ser capaz de apartar la vista de ellas nunca más. Anhelaba tenerlo dentro
de mí y poder estar todo lo cerca de él que la física nos permitiese. Siempre
que formábamos un único cuerpo bailando al unísono, deseaba que el tiempo
se detuviese y así poder contener esa sensación de éxtasis y gozo
eternamente.
Me desperté sobresaltada, excitada y acalorada. Eran muchas las noches
que soñaba y añoraba nuestros encuentros, los que cada día eran más reales
en mi imaginación y más lejanos en mi realidad. Desde que regresamos no
había vuelto a tener noticias de ninguno de mis hombres, algunas noches mi
mente decidía escaparse y evocar recuerdos, unas de Adam y otras de Jim.
Me encontraba en ese momento de mi vida en el que para descubrir si
realmente tenía bigote, pasaba los dedos por la parte superior del labio, y si
me pinchaba, era que me tocaba una desafortunada visita a Lilo… Ese
instante en el que los excesos pasaban factura a mis bragas y, al subirlas, se
enredaban en mis muslos y se me quedaban atrapadas a mitad del recorrido
hechas un [3]guiñapo. Ese periodo de tiempo en el que seguía sin saber qué
hacer con lo que me quedaba de existencia. Lo peor de todo era que mi
corazón continuaba dividido en dos, y lo más gracioso de todo que no sabía si
algún día me aclararía.
El indicador de email de mi nuevo teléfono vibró, mostrando que me había
llegado alguna nueva publicidad, hacía tiempo que nadie me contactaba por
esa vía. Desde que había dejado la columna de consejos románticos del
diario, mi vida social en las redes había caído vertiginosamente. Continué
tumbada un rato escuchando el oleaje del mar, intentando no pensar en nada
que no fuese fusionarme con el colchón.
Por la tarde, la batería del dichoso móvil gruñendo para ser cargada me
despertó de nuevo. Al levantar la pantalla vi el e-mail que me había llegado
en la mañana, y decidí abrirlo con la intención de borrarlo.

Señorita Ariel,
Soy la directora de la revista Yensid. Me pongo en contacto con usted
para pedirle que esté esta tarde a las siete y media en nuestras oficinas y
tener una reunión. Nos gustaría contar con usted para un puesto de
reportera.

Atentamente, Úrsula.

Los ojos se me abrieron como platos, faltaban tres horas para las siete y
media. Me incorporé de un salto y vacié el armario buscando algo formal que
ponerme. No podía creer lo que acababa de leer: la revista Yensid era una de
las más famosas, se trataba de una apuesta digital en la que trataban desde
prensa rosa hasta reporteros infiltrados en sectas para desmontarlas. Era la
oportunidad que tanto había estado esperando, si me paraba a pensarlo con
frialdad, esto era justo lo que mi cabeza necesitaba; una tregua y estar
sumergida en un nuevo trabajo.
Finalmente escogí una falda de tubo rosa pastel, una camiseta blanca de
tirantes, unos tacones y un bolso a juego. Me peiné con una coleta alta, no me
daba tiempo a nada más elaborado si quería llegar a la hora, me pinté de
forma discreta, me monté en mi destartalado vehículo con los zapatos en la
mano y conduje descalza todo el trayecto escuchando el disco de Arena en
los bolsillos de Manolo García. Cantar a todo trapo siempre conseguía
relajarme, pero tuve que contenerme un poco. Si continuaba sudando como lo
estaba haciendo, cuando llegase a las oficinas, mi olor no iba a ser lo que se
dice demasiado atrayente…
La zona en la que se encontraba el edificio de la revista Yensid estaba
justo en el centro de la ciudad, aparcar allí no sería nada divertido. Quedaban
diez minutos para las siete y media, ya había dado tres vueltas a la manzana
sin éxito alguno y mis glándulas sudoríficas estaban volviendo a parecer las
cataratas del Niágara.
Levanté la vista desesperada buscando un maldito aparcamiento cuando a
unos cien metros vi salir un coche negro, estacionado casi al lado de la
puerta. Volví a mirar el reloj, aún me quedaban siete minutos, aceleré para
que nadie me lo quitase y en ese momento la pantalla de mi teléfono se
iluminó. El nombre de Jim apareció de pronto en ella dejándome
completamente bloqueada, lo siguiente que recuerdo es un estruendo y un
dolor terrible de cabeza seguido por un humo negro proveniente de mi capó.
—¡¿Estás borracha, ciega o te han dado el puto carnet en la tómbola?! —
Escuché que alguien me gritaba desde el exterior. Aún mareada, salí
tambaleándome con una terrible presión en la sien derecha, llevé mi mano
hasta el foco del dolor y al bajarla y comprobar que estaba cubierta por un
líquido carmesí, la visión se me nubló y caí al suelo de rodillas—. ¡Llamen a
una ambulancia! —ordenó la misma voz que me acababa de insultar hacía tan
solo unos segundos.

Tenía la boca seca, olía a limpiador desinfectante a mi alrededor y escuché la


preciosa voz de Jim a mi lado. No quería abrir los ojos, aquello tenía que ser
un sueño, porque ¿cómo de otra forma estaría él en el faro?
—¿Qué voy a hacer contigo?
Sentí una caricia en la mejilla y un beso tierno en los labios.
—¿¡Cómo está!? —Ese portazo y esa voz fueron inconfundibles y me
devolvieron a la realidad.
—El médico dice que bien, tan solo ha sido una contusión que le dejará
una cicatriz para recordarle que no debe despistarse cuando conduzca.
—Creo que eras tú el que me estaba llamando precisamente —me defendí
abriendo los ojos y cogiendo a Jim por sorpresa.
—Sí, mucho me temo que esta vez he sido el culpable —respondió
sonriéndome. Adoraba su sonrisa y sus ojos de niño.
—¿Qué hora es? —dije sobresaltada en cuanto mi consciencia comenzó a
volver.
—Las nueve de la noche, tendrás que estar hoy en observación —me
respondió Mérida—. ¿Se puede saber qué haces en la ciudad y por qué no me
has dicho que venías?
—¡¡Mierda, me he perdido la entrevista!! —me lamenté—. Tenía una
reunión en la revista Yensid.
—¿En serio? ¡Eso es genial! —se alegró mi amiga.
—Sabes que no he ido a esa cita, ¿verdad? —le recordé.
—Ve mañana con un parte médico como cuando faltas al colegio, a lo
mejor lo entienden —intentó consolarme.
—Os dejo tranquilas, me alegro que estés bien —dijo de pronto Jim,
levantándose y dirigiéndose a la puerta.
—¿Te vas? —le pregunté abatida. Esperaba que ya que estaba allí
pudiésemos hablar.
—Sí, me están esperando, lo siento. Ya nos veremos, suerte con esa
entrevista.
Lo conocía lo suficiente como para saber que algo le llenaba la cabeza,
hacía meses que no me llamaba… «y en el mismo día lo hace y ¿luego viene
a verme al hospital? Aquí hay gato encerrado.»
—¿Quieres que te acompañe mañana al edificio ese a ver si consigues otra
oportunidad? —se ofreció Mérida mirándome preocupada.
—Sí, claro. ¿Por qué estaba Jim aquí?
—Miraron en tu teléfono y llamaron a la última persona que te contactó,
ya luego él me avisó a mí. Es majo el muchacho, mira que dejarlo escapar.
—No estoy ahora mismo para sermones —me quejé.
Di la vuelta y deseé dormirme pronto para que las horas transcurrieran lo
más rápido posible.
Fuimos a casa de Mérida y me prestó algo de ropa para estar medio
decente. La convencí de que se fuese a trabajar y que me dejase uno de sus
coches, no sin antes hacerme jurarle que tendría mil ojos con él. Tenía la
herida de la cabeza tapada con una antiestética gasa que se veía a kilómetros
de distancia, pero necesitaba ese trabajo, y ahora más que nunca; ver a Jim
había removido mis sentimientos, y no podía quitármelo de la mente.
Entré con paso decidido dispuesta a conseguir hablar con la tal Úrsula y
obtener ese puesto. Después de todos estos años escribiendo en un diario de
pueblo me lo merecía.
Tenía las típicas puertas giratorias de cristales de los hoteles que salían en
las películas. Detrás de un gran mostrador blanco y gris había una chica de
unos veinte y pocos años hablando sola, me acerqué, le puse mi mejor sonrisa
y me presenté.
—Buenos días. Ayer tenía una reunión con Úrsula, pero me fue imposible
asistir. ¿si fueses tan amable de decirle que Ariel está aquí?
—Claro, por supuesto.
—Mil gracias.
—Y luego dirás que no te estás tirando al jefe de personal, eres como las
otras, lo único que quieres es liarte con el socio capitalista y quitarle el
dinero.
La respuesta que me acababa de dar aquella anoréxica siliconada me dejó
de piedra, ¡pero quién puñetas[4] se creía que era para hablarme así! La cabeza
me iba a explotar y lo último que me apetecía era escuchar cómo una niñata
aventajada me insultaba sin venir a cuento. Estiré el brazo, la cogí de la
solapa de la camisa donde llevaba colgada la identificación y la leí en alto.
—A ver si nos vamos entendiendo, señorita Drizella, te he dicho que
llames a Úrsula y le digas que estoy aquí, quien se meta o se deje de meter en
mis bragas no es asunto tuyo.
La chica se puso blanca y me miró como si fuese la primera vez que
reparaba en mi presencia.
—¡Anastasia, llama a seguridad, hay una loca que quiere pegarme! —
gritó, quitándose un cacharrito del oído y haciéndome sentir más ridícula que
en toda mi maldita vida. La solté rápidamente al darme cuenta del error e
intenté explicarle lo sucedido, pero justo al segundo siguiente, un par de
gorilas llegaban corriendo por las escaleras, porra en mano incluida y venían
directos hacía mí. Mi instinto de supervivencia hizo que corriese a la salida, y
mi querido Murphy actuó de nuevo haciendo que, cuando yo iba a entrar en
uno de los separadores de la puerta giratoria, alguien intentase salir. Ambos
nos golpeamos y caímos al suelo, concediéndoles el tiempo que necesitaban
los matones para atraparme. Me levantaron del suelo, pataleé y les dije mil
improperios, hasta que la persona que acababa de fastidiarme la huida habló.
—¡Soltadla!
—Pero, señor Rider —intentó objetar uno de ellos cuando le propiné un
codazo en sus partes nobles, en el momento en el que soltó su agarré. El otro,
como respuesta, me atizó con la porra de goma en la espalda, dejándome
seguramente un moratón considerable y haciendo que cayese de rodillas del
dolor. Solté un alarido que en aquella mega entrada descomunal se repitió
con eco y se esparció por todo el dichoso edificio.
Todos los trabajadores salieron de sus oficinas y se asomaron a la
balaustrada que tenía justo sobre mi cabeza. El tipo que había intentado
detener a los seguratas me tendió la mano para que me incorporase, le di un
manotazo y se la rechacé, notando por segundos cómo toda la sangre de mi
cuerpo se acumulaba en mis mejillas. El rumor de la gente hablando, cada
vez era más fuerte. Me levanté y me topé con una mirada de preocupación de
un joven de no más de treinta años, con unos preciosos ojos azul cielo, un
pelo castaño con flequillo, apuesto mentón pronunciado y bíceps del tamaño
de mis tetas. Que aquel adonis estuviese frente a mí, no ayudó mucho a que
mi tono gusiluz[5] se relajase. Le di un empujón y salí de las instalaciones
corriendo en dirección al coche de Mérida, antes de que me llevasen presa y
tuviese que volver a llamar a Eric, quien desde mi última entrada en
comisaría no había vuelto a tener noticias.
Me monté en el coche, aceleré y salí derrapando del aparcamiento con la
mala suerte de que en mi escapada le di al vehículo que estaba estacionado al
lado. Lo único que esperaba era no haberle hecho nada al amor con ruedas de
Mérida o estaría metida en un lío de narices. Miré por el retrovisor y vi la
silueta del tal Rider mirando cómo me alejaba, y a una esbelta mujer a su lado
con el pelo pintado de lila.
Llegué a casa de Mérida abatida y sin muchas ganas de hablar, pero ella
ya estaba en el sofá impaciente, esperando a que le contase si me habían dado
el trabajo, hasta que vio mi cara.
—¿Qué ha pasado? —me preguntó antes de que pudiese mentirle.
—Pues que no me lo han dado —abrevié.
En esos momentos la televisión estaba puesta sin volumen y en las noticias
salió en primera plana la cara de la niñata que había formado todo aquel
desastre. Cuando la reconocí, creí que mis ojos se saldrían de las cuencas.
Agarré el mando y le di voz, y entonces todo fue a peor.
«Una loca entró e intentó agredirme y luego golpeó al Señor Rider,
tirándolo al suelo para después dejar sin sentido a uno de nuestros jefes de
seguridad. No sé cómo sigo viva».
—¡¡Será puta!! ¡¡Eso no fue así!! —grité, dejando muda a Mérida.
—¿Qué has hecho qué?
—Te prometo que eso está totalmente sacado de contexto.
A Mérida le dio tal ataque de risa que terminó por caerse del sofá, le arrojé
todos los cojines que tenía cerca, pero no contuvieron sus lágrimas.
—¿Salimos esta noche y así te desmelenas? —me preguntó aún roja.
—Sinceramente, en estos instantes es lo mejor que me podías haber
propuesto.
Intentamos quedar con las demás, pero no hubo forma. Blanca tenía el
teléfono apagado; Aurora estaba de viaje buscando una especie nueva de
algún insecto extraño; Bella se había ido al extranjero con su nuevo y
perfectísimo marido; y Jazmín seguía en su ciudad natal y tardaría en
regresar. Mérida prometió llevarme a un bar nuevo que habían abierto, donde
no iría nadie que nos conociese y podríamos hacer lo que nos diera la gana,
sin temor a salir en las noticias al día siguiente. Esto último lo dijo con cierto
retintín y guiñándome un ojo debido a mi aventura mañanera, pero solo
pensar en alcohol y música, hizo que me relajase un poco y que incluso me
hiciese gracia la escena.
—¿Metiste el coche en el garaje?
—Claro, pero ¿por qué no vamos dando un paseo?
—Ariel, ¿qué le has hecho al coche?
—Nada, te prometo que te mueras que nada.
Entonces Mérida salió corriendo escaleras abajo hasta toparse con la cruda
realidad de un arañazo de unos veinte centímetros en el lado derecho de su
precioso vehículo.
—Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve y diez.
—Fue sin querer.
—Once, doce, trece, catorce, quince, dieciséis, diecisiete, dieciocho,
diecinueve y veinte.
—¿Eso quiere decir que ya no salimos?
—Veintiuno, veintidós, veintitrés, veinticuatro…
—¡¿Quieres dejar de jugar al escondite y contestarme?!
—Ariel, cualquier día de estos se me va a ir la cabeza y la tuya va a rodar
—dijo por fin, respirando profundamente por la nariz, y soltando el aire por
la boca como si estuviese en el paritorio.
Estuvimos en silencio los quince minutos que tardamos en llegar a nuestro
destino, preferí no decir nada que pudiese molestarla más, por varias razones:
no tenía coche, el mío estaba en el taller, no tenía dinero y las llaves del piso
de Adam estaban en el fondo del mar, junto a mi bolso. Es decir, como me
echase de su piso a ver dónde cojones me quedaba…
La verdad estaba que el bar estaba muy bien, si no se tenía en cuenta que
la cola le daba la vuelta a la manzana, y que las chicas que había delante de
nosotras eran todas sacadas de revistas. Eso hizo que a Mérida le mejorase el
humor considerablemente y que, si quería ligar con alguna, tenía que empezar
a sonreír, aunque fuese por echar un polvo. Casi no me notaba el hombro
donde el grandullón me había dado el porrazo, no le dije nada a ella porque
estaba segura de que se seguiría burlando de mí, pero en el espejo de la ducha
me lo vi y aquello parecía el mapa de Europa con tonalidades entre violetas,
azules y verdes. Alguien me dio unos delicados golpecitos justo en medio de
donde debería de estar Italia en mi nuevo tatuaje, poniéndome de una mala
leche impresionante. Cuando me giré casi con la misma cara de la niña del
exorcista, y me crucé con la mirada de Adam, mis rodillas comenzaron a
temblar.
—¿Queréis entrar conmigo? —se ofreció.
—No hace falta —casi le escupió Mérida. Adam nunca había sido santo
de su devoción, ella era más team Jim y no se preocupaba en ocultarlo. Le di
un disimulado pellizco en el brazo.
—Hola, Adam.
—Ariel, no sabía que estabas de vuelta.
—Tampoco es que la hayas llamado para comprobarlo…
—¡Mérida!
—No pasa nada, es cierto, siento haberos molestado. Me gustó verte —se
despidió, se agachó, me dio un beso en la mejilla y perdí de vista su silueta en
la oscuridad del garito, quedándome totalmente hecha polvo.
—Ya me lo agradecerás algún día y, si no, te jodes por arañarme el coche
—soltó con una sonrisa maquiavélica. Aunque intentaba hacerse la mala, de
sobra sabía que en el fondo lo había hecho por mí, ella mejor que nadie
conocía nuestra historia y lo mal que lo había pasado, y que lo seguía
pasando, a lo mejor mi amiga estaba en lo cierto y debía pasar página. Lo que
me resultaba extraño era lo de Jim, no había vuelto a llamar y su salida
acelerada del hospital después de besarme a hurtadillas no encajaba.
La discoteca era más grande de lo que parecía desde fuera, lo cual fue un
alivio porque así no tendría que cruzarme con Adam de nuevo. Hice lo que
siempre hacía cuando llegaba a un antro nuevo, ubicar la barra y escoger el
sitio en esta más cercano a los servicios, por si tenía que salir corriendo. Nada
más sentarme, Mérida se fue a dar una vuelta, con vistas, como buena
depredadora que era en busca de su víctima, no sin antes dejarme dinero
suficiente para un taxi y para copas, demasiado para que lo gastase en una
noche sin cogerme un coma etílico… Supuse que se sentía culpable por lo de
Adam y esa era su manera de resarcirse, así que tampoco me quejé.
Efectivamente, tras media hora y dos copas, Mérida ya había
desaparecido, pero siendo sincera, casi lo preferí, esa noche necesitaba estar
sola. El ridículo que había hecho en mi supuesto futuro lugar de trabajo ideal
había sido tan grande que no me atrevería a regresar, lo que quería decir que
de nuevo estaba sin blanca, sin saber qué hacer con mi vida y soltera.
Aquella nueva visión de mi futuro hizo que acelerase el ritmo de alcohol
ingerido y, a la hora de estar allí, ya llevaba una borrachera considerable. Me
entraron ganas de bailar, pero ahí llegaba el incómodo momento en el que
una mujer sola no tiene claro qué hacer.
«Si te pones en medio de la pista, seguro que algún baboso se pone delante
y empieza a rozarse la cebolleta; si te pegas a la pared y bailas, es peor
porque entonces, si te dan la lata, no tienes ninguna vía de escapatoria». Así
que, después de planteármelo un rato, decidí salir a fumarme un par de
cigarros.
Por lo visto, en la parte trasera había una especie de patio para fumadores
con barra incluida. Me senté de nuevo en una esquina y de pronto se me pasó
por la cabeza la opción de que Jim estuviese con otra, después de todo habían
pasado varios meses y yo había sido quien lo había dejado.
Levanté la cabeza a ver si encontraba a Adam y, efectivamente, en una
esquina estaba tonteando con una rubia unos diez años menor que yo,
tampoco podía reprocharle nada, también lo abandoné a él. En ese momento
me sentí completamente sola y vacía. No pude evitar que las lágrimas
rodasen por mis mejillas y terminasen cayendo en mi mano, emborronándola
con el rímel negro, o lo que quedaba de él. Sentí que alguien se sentaba a mi
lado y me acercaba una servilleta, la cogí sin mirar y me soné la nariz como
si no hubiese un mañana, justo cuando la dichosa música dejó de sonar. Otra
marca más de ridículo en mi amplio currículo no me molestaba a estas
alturas, pero la risa de mi nuevo acompañante sí que logró sonrojarme.
—¿Siempre eres así? ¿O solo haces méritos cuando estoy yo delante?
Solo lo había oído hablar una vez, pero ese instante no lo olvidaría en la
vida. Tragué saliva, suspiré hondo, me agarré la cabeza con una mano
apoyando el codo sobre la barra y la giré lentamente para enfrentar su sonrisa.
—Estoy haciendo méritos para que me contraten en tu empresa —sonreí.
—Pues perdona que te diga, pero lo llevas regular. Primero, casi destrozas
el coche de Úrsula; segundo, agredes a dos de mis empleados; y tercero me
tiras al suelo.
—Bienvenido a mi vida.
—Me gustaría conocer un poco más de esa vida —dijo cogiéndome por
sorpresa, terminando la copa de un trago y encendiéndose un cigarro.
En ese instante mi único pensamiento fue: «¡De las tres malditas bragas
que traía el paquete, por qué me tuve que poner las feas!»
Capítulo dos
La infiltrada
Verlo sonreír me hacía sentir extraña, una confusa sensación de ASMR[6]
recorría mi espalda con tan solo contemplarlo. Tenía un brillo especialmente
aniñado en la mirada, estaba segura de que le sacaba más de diez años y que
para él, seguramente, tan solo fuera la abuela de Heidi o, peor, un mero
entretenimiento pasajero. Después del tiempo que llevaba sin practicar sexo,
estaba empezando a plantearme si mi himen se habría regenerado, y la sola
idea de acostarme con aquel Adonis personificado, poder acariciar los
músculos de su pecho, hacía que tuviese contracciones entre las piernas y
sudores fríos.
—¿Por dónde quieres que empiece a contarte?
Justo cuando finalmente me decidí a tontear con él —ignorando tanto la
abismal diferencia física que existía entre nosotros como el contraste de edad
—, un vaso voló peligrosamente cerca de mi cabeza y a continuación unos
gritos, seguidos de más cristales rotos junto con una estampida general del
precioso patio, hicieron que recordase que el Karma seguía ahí acechando; no
fuera a ser que alguna maldita vez las cosas resultaran como las planeaba.
Rider se levantó y me cubrió con su cuerpo como todo un caballero y, en
el momento en el que noté sus pectorales presionar mi espalda, la batalla
campal que se había formado detrás de nosotros desapareció de mi mente;
por unos segundos, para mí, solo estábamos los dos. Hasta que por el hueco
que quedaba libre entre su brazo y su costado distinguí la familiar silueta de
Adam, intentando defenderse de dos matones que le sacaban dos cabezas,
mientras la rubia con la que se estaba liando solo unos instantes antes gritaba
a uno de ellos que se detuviese. Un feo corte sobre su ojo izquierdo sangraba
de manera escandalosa y teñía de rojo su preciosa y delicada cara. Suspiré,
me quité a Rider de encima dejándolo sorprendido e imité a Mérida rezando
porque me saliese igual de bien que a ella: cogí una botella, corrí hasta donde
se encontraban y, pillando desprevenido a uno de ellos, se la rompí en la
cabeza con todas mis fuerzas, dejándolo en el suelo inconsciente. Cómo no,
el contenido de la botella era vino y mi glamour se acababa de ir al bar de la
esquina, quedando toda mi ropa a parches.
Adam aprovechó el desconcierto del agresor que quedaba en pie, le asestó
un puñetazo en la nariz y lo dejó viendo pajaritos el tiempo suficiente para
que pudiésemos escapar. Me agarró la mano, tiró de mí y me sacó de allí
como alma que lleva el diablo. En mi huida tan solo pude lanzar una furtiva
mirada a mi espalda y vislumbrar por el rabillo del ojo a Rider anonadado,
viendo cómo hacía de novia a la fuga, perdiendo de nuevo cualquier
posibilidad de entrar en Yensid y ahora, además, de tener a aquel encantador
jovencito entre mis piernas.
Entramos en uno de los cochazos de Adam a toda carrera, el corazón se
me iba a salir de la boca y podía notar cómo el pecho se me levantaba con
cada respiración, correr nunca había sido lo mío, a veces podría jurar que en
otra vida fui un pez y que en este las piernas me sobraban. La ceja de Adam
continuaba sangrando, él se quitaba con la manga de la camisa la sangre del
inundado ojo, hasta que de pronto perdió el conocimiento y la cabeza se le
cayó sobre el volante.
—¡¡Adaaam, despierta!!
El coche hizo un giro brusco al quedarse sin conductor y por unos
segundos volví a temer por mi vida. Justo antes de estrellarnos contra un
semáforo, Adam recobró el conocimiento, dio un volantazo esquivando el
impacto e hizo que casi me mease encima. Gracias al cielo estábamos cerca
de su ático, así que lo convencí para que detuviese el coche y conduje hasta el
parking, rezando porque no se volviese a desmayar ante la negativa por su
parte de llevarlo a un hospital.
Tanto el ascensor como la moqueta de este quedaron cubiertos de
salpicaduras de sangre y vino. En cuanto llegamos al ático, y las puertas se
abrieron, tuve ante mí una visión totalmente diferente a la de mi recordado
piso encantador y romántico. Todo estaba tirado, en la isleta de la cocina
había platos sucios y el lugar olía a basura. La ropa estaba dejada caer en
cualquier parte y unas docenas de botellas de vino vacías, junto con ceniceros
llenos de colillas, hacían de trampas mortales en la ya no impoluta alfombra
blanca.
Lo subí como pude por las escaleras para dejarlo en la cama, no tenía claro
si largarme corriendo de allí e implorar perdón al futuro padre de mis hijos —
si no estuviese menopáusica perdida—, pero en cuanto lo dejé caer sobre el
colchón e hice el amago de marcharme, mis ojos se toparon con el único
retrato que estaba en pie en la pequeña cómoda, frente a mí había una foto
mía de poca calidad de cuando estaba en el instituto y abajo una rosa fresca.
Creo que aquello era lo más tierno y lo más macabro que había visto en mi
vida, porque que yo sepa las flores se les ponen a los muertos, pero a lo mejor
él la colocaba allí como señal del fracaso de nuestro amor, el caso es que no
tenía ni idea. Mi cabeza giraba vertiginosamente sin saber si irme o
quedarme, hasta que oí un sollozo en un tono casi inaudible.
—Ariel, perdóname.
Al mirarlo vi una pequeña lágrima que recorría su mejilla, Adam tenía los
ojos cerrados y respiraba con dificultad, no podía abandonarlo en aquel
estado. Me consideraba una mala pécora, pero algo quedaba aún dentro de mi
corazón.
Le limpié la herida y le puse unas antiestéticas tiritas pegadas a una gasa
para que aguantasen la hemorragia, sin embargo, pese a mis esfuerzos de
enfermera improvisada, estaba segura de que aquello le dejaría una cicatriz.
Le quité la camisa intentando no mirar su pecho, ni su abdomen, me deshice
de sus zapatos y me tumbé a su lado luchando por no dormirme para
controlar que siguiese respirando. No había dado tiempo a que le diesen
muchos golpes, pero visto lo visto, prefería no despistarme.
El olor a café recién hecho hizo que mi estómago rugiera y por un
momento me sentí desorientada. Cuando abrí los ojos y volví a ubicarme, me
senté de un salto buscando a Adam sin encontrarlo. No recordaba cuándo me
había dormido, pero estaba claro que como vigilante de seguridad tampoco
iba a ganarme la vida. Bajé las escaleras y de espaldas, entretenido y
canturreando con la escoba en la mano y una bolsa de basura de comunidad
llena en una esquina del salón, estaba Adam, con un pantalón de pijama gris,
sin camiseta, dejando el piso impoluto.
—¿Café? —dijo sonriéndome nada más verme.
Asentí con la cabeza y me senté en el sofá.
—¿Qué te ha pasado? —le pregunté en cuanto estuvo a mi lado con la
humeante taza.
Adam se ruborizó, se sentó conmigo, dejó caer la cabeza sobre mi regazo
y se tumbó ocupando todo el largo de los asientos restantes, con la mirada fija
en un punto en el techo.
—¿Sabes que Bella se casó y se marchó?
—Sí, pero no pensé que te sentaría tan mal…
—Se llevó a mi pequeño con ella, y hace un tiempo que lo único que sé de
él es por teléfono o mensajes. Lo echo mucho de menos, sé que no era mío
realmente, pero lo quiero como si lo fuese. Ellos ahora son una familia real en
la que yo no encajo en ninguna parte. —Escucharlo tan abatido e indefenso
me partía el corazón—. Y luego tú también te fuiste y mi mundo dejó de
tener sentido.
No pude controlar mis instintos y me incliné lo suficiente hasta quedar a
escasos centímetros de su boca, él se incorporó lo justo como para que
nuestros labios se rozasen, juro que casi pude notar una descarga eléctrica. Se
bajó del sofá, se colocó delante de mí de rodillas, me miró a los ojos y me
sostuvo la barbilla.
—Adam, yo…
No me dio tiempo a decir nada más, para cuando quise darme cuenta su
lengua abarcaba toda mi boca y giraba incansable, deseosa, sedienta de mí, y
la mía hacía exactamente lo mismo, sin que yo tuviese ningún tipo de poder
sobre ella. Me sujetó la nuca agarrándola con fuerza e introdujo sus dedos
entre mi pelo, me tenía asida la cabeza como si fuese un balón que pudiera
explotar si apretaba lo suficiente. Abrió aún más mis piernas con su cuerpo al
levantarse y echarme hacía atrás, notaba como todo su peso recaía sobre mí
sin el más mínimo miramiento. Una de sus manos apretó con fuerza mi pecho
mientras que la otra seguía asegurándose de que mi cabeza no fuese a
ninguna parte que él no quisiese. Era la primera vez que se mostraba tan
agresivo, tenía su punto de morbo, pero a la vez me daba miedo esta nueva
particularidad de mi hombre idílico y delicado. Bajó la mano hasta mis
bragas y tras un tirón escuché el sonido de la tela rasgarse. Sin ningún tipo de
sutileza ni de más preliminares sacó su miembro y me lo introdujo llenando
toda mi oquedad, la misma que estaba empezando a secarse; las embestidas
comenzaron a resultar dolorosas. Noté el líquido caliente dentro de mí y
suspiré porque todo hubiese terminado. Como si de una muñeca de trapo se
tratase, me recostó en el sofá tumbándose a mi lado, rodeándome con sus
brazos. Esa no era la forma en la que quería regresar a ser activa sexualmente.
―Ariel, te quiero.
No fue hasta que no escuché su respiración lo suficientemente relajada,
como para estar segura de que dormía, que me zafé de su abrazo y me fui
descalza de allí con la ropa llena de vino de la noche anterior, sin ropa
interior, con la vagina dolorida y el corazón destrozado.
Llamé a un taxi y le pedí que me recogiese en la puerta del parking para
que nadie me viese de esa forma a plena luz del día. En el momento en el que
me sentí segura dentro del vehículo, y le hube dicho mi destino, sin siquiera
levantar la vista, comencé a llorar como nunca jamás lo había hecho antes.

Por la mañana me embutí unos vaqueros, me puse una camiseta ancha y


recogí mi pelo en una cola alta, sin ni siquiera mírame al espejo. No me
apetecía estar guapa, solo quería partirle la cara al mundo entero, estaba
indignada, enfadada, dolida, ultrajada, decepcionada y, lo peor de todo, me
sentía indefensa. No sé cómo reaccionaría la siguiente vez que lo viese, pero
tampoco quería pensarlo, tan solo quería huir.
—Ariel, ¿estás segura de que quieres marcharte? Hay muchas más revistas
que matarían por tenerte trabajando para ellas.
—Mérida, este no es mi lugar, necesito irme.
—Sé que algo te pasó esa noche que te dejé sola, sabes que puedes
decirme cualquier cosa.
—No pasó nada, en serio. Es solo que quiero regresar a mi casa, a mi vida,
a mi mundo.
En ese momento el teléfono sonó como otras tantas veces en esos días,
Adam no había dejado de llamarme y de mandarme mensajes, no comprendía
por qué no le respondía, para él lo que sucedió fue hermoso, mientras que
para mí sería algo que nunca olvidaría.
—¿No lo coges?
—Se habrán equivocado. —Ya no sabía cómo disimular mi pena delante
de mi amiga.
—Teléfono de Ariel, al habla su secretaria. —Mérida acababa de saltar
por encima de la cama y descolgado mi móvil por mí—. Sí, perfecto, pero
mejor a las ocho de la tarde, antes tiene otra entrevista… Gracias, se lo diré.
—¿Y?
—Eran los de la revista Yensid, tienes que estar a las ocho para otra nueva
reunión, pero esta vez iré contigo. —La abracé y sollocé de nuevo—. Eso es
un sí, ¿verdad?
—No tengo nada más que perder —le respondí entre aliviada y asustada.
Mérida me acompañó hasta el mismísimo mostrador donde estaba la
paliducha becaria aventajada, mirándome con una expresión mezcla de
curiosidad y miedo.
―Dile a tu jefa que la señorita Ariel la espera ―escupió mi amiga a la
chica con tono despectivo.
Nos hicieron esperar en un recibidor y a los cinco minutos llegó Rider,
quien creo que a partir de ese momento sería señor Rider para mí, después de
lo de la otra noche…
―Úrsula la aguarda en su despacho. ―Efectivamente, elegir a Adam en
vez de a él fue una mala decisión.
La oficina de la dueña capitalista y socia mayoritaria de la revista era tal y
como lo imaginé: tremendo, con una mesa de cristal, sillas de cristal que daba
miedo sentarse en ellas, y más yo, y un enorme retrato de ella misma que
ocupaba toda una pared.
Una pecosa secretaria nos abrió la puerta y anduve los quince metros que
separaban a esta de la gigantesca mesa; no fue hasta que estuve justo detrás
de ella que Úrsula se dio la vuelta.
Tenía el pelo corto y teñido de lila, con los labios pintados a juego. Usaba
unos pantalones azules de pinza sueltos y una chaqueta de verano con medias
mangas. La forma en la que miraba la cicatriz de mi cabeza, y fruncía el ceño,
me daba un poco de miedo. Teniendo en cuenta que le había dado por detrás
con el coche y que me escapé, no tenía claro si quería contratarme o
denunciarme.
―Puedo explicárselo.
―Si necesitase algún tipo de explicación, no estarías aquí. Te voy a ser
franca, Ariel, soy una mujer de negocios, quiero que trabajes conmigo de
forma discreta, estarás en nómina, pero para el resto del mundo no formas
parte de esta empresa. ¿Lo aceptas?
―¿Qué tendría que hacer exactamente?
―Nada fuera de la ley, quiero que investigues a ciertas personas. Es lo
único que te puedo decir por el momento, ¿lo aceptas? ―repitió.
―Sí.
―Toma este dosier, dentro tienes tus primeras instrucciones. Vivirás en
un hotel, dentro están la llave y la dirección, y cobrarás en efectivo. Te repito
por si no te ha quedado lo bastante claro: para el resto del mundo, nosotras no
tenemos nada que ver.
Salí de allí con Mérida colgada de mi brazo, saltando y preguntándome
insistentemente. ¿Por qué había dicho que sí? ¿No era mi día a día lo
suficientemente complicado? Iba a tener que hacérmelo mirar.
Antes de entrar en el coche de Mérida, miré el alto edificio y en uno de los
ventanales estaba asomada Úrsula, fumando, con Rider a su lado. Realmente,
esa mujer me daba miedo.
En ese momento sonó el teléfono de Mérida y, como ella conducía, lo cogí
yo. Era Blanca, estaba llorando y quería vernos. Hacía ya ocho meses desde
nuestro último encuentro, ella era de las personas que te inspiraban paz.
Después de quedarse viuda, su vida cambió y se convirtió en la jefa de las
minas de su padre, tal y como debió de haber sido siempre. Quedé en ir a su
casa por la tarde.
―¿Me vas a decir qué ha pasado con el trabajo?
La miré y observé el enorme sobre marrón que reposaba en mis manos.
Por un instante, pensé que se podría tratar incluso de una bomba. Vacié el
contenido de este en mi regazo y me puse a investigarlo: había tres
invitaciones para un evento esa misma noche, las llaves de las que habló mi
nueva y excéntrica nueva jefa, un móvil enano y un folio lleno de
instrucciones. Mérida no comprendía nada y yo casi que tampoco.
―Todo esto huele mal, Ariel.
―Lo sé, pero ¿no tienes curiosidad? A las diez de la noche tenemos que
estar en esta dirección.
―¿Tenemos?
―Hay tres invitaciones, es mi trabajo, son mis reglas, además me temo
que Blanca necesita una noche de chicas, así que matamos dos pájaros de un
tiro. ¿Quieres ver mi nueva casa? ―le sonreí mostrándole la tarjeta del hotel.
El hotel era el más lujoso de la ciudad, teníamos la suite principal, era
como mi faro multiplicado por tres o cuatro…
―¿A quién tienes que matar exactamente para que te hayan dado esto?
Estaba atónita. Los armarios tenían vestidos de fiesta, bolsos, zapatos,
joyas y todo lo que jamás pensé que tendría sin tener que robar un banco. Me
senté rápido en la cama y leí detenidamente el papel que me había dado
Úrsula.
Con el teléfono ha de hacerles fotos a estas dos mujeres. Tiene que
averiguar sus horarios y sus intimidades. Hazte amiga de ellas.
Al lado de los nombres venían unas fotos con las caras de las pobres a las
que tenía que acosar. El caso era que me sonaban de algo, pero la televisión
nunca fue lo mío, y si eran famosas no tenía ni idea.
―Te dejo disfrutar de tu nueva vida de lujos. Voy a recoger a Blanca y
venimos a buscarte. Disfruta mientras no te meten en la cárcel ni nada de eso.
Tenía dos opciones: o me centraba en el trabajo e indagaba quiénes
puñetas eran las dos mujeres o llamaba a Jim. No sabía por qué me apetecía
verlo, no se me quitaba de la cabeza nuestro último encuentro. Respiré
hondo, cogí el teléfono y tras algunos tonos lo descolgó y comencé a hablar
sin dejarle hablar.
—Jim, sé que no tengo derecho a pedirte nada después de dejarte tirado en
la fiesta, pero es muy importante; te necesito.
—Jim está en la ducha, ¿quién has dicho que eres? —la voz de una mujer
me respondió curiosa. Mi instinto hizo que colgase inmediatamente y poner
cara de asesina en serie, el problema era que me resultaba familiar. Me centré
en los papeles que tenía delante e intenté no pensar en quién puñetas era esa
mujer.
M. Reina era la primera foto que salía. Por lo visto, se trataba ni más ni
menos que de la dueña de unos complejos hoteleros. Su fortuna había sido
ganada de forma no demasiado limpia, expropiando a personas tras
engañarlas y hacer firmar la venta de sus terrenos por mucho menos de lo que
realmente costaban. Después de leer el currículo de la señora, se me quitaron
un poco las reticencias de vigilarla.
La otra era una mujer con una mecha blanca en la cabeza, delgada, con
pómulos marcados, largas pestañas y con los labios exageradamente rojos.
Era una diseñadora de modas, pero no una cualquiera, tenía en su contra a
todo Greenpeace; la ropa que hacía estaba hecha exclusivamente de pieles de
animales, cuanto más extraños, y menos existieran de esa especie, más
valorados estaban, solo de pensarlo se me revolvió el estómago. Si Aurora
hubiera estado ahí, entraría en cólera.
El tiempo se me estaba echando encima y ya sabía más de lo que me
hubiese gustado de esas dos energúmenas como para no tener escrúpulo
ninguno, así que ahora tocaba divertirse un poco. Llené la mega bañera, abrí
una botella de vino, me encendí un cigarro y me quedé allí metida hasta que
empecé a parecer un garbanzo.
Capítulo tres
Los consoladores son peligrosos
Mérida y Blanca llegaron un poco antes de lo que pensé, les abrí la puerta y
corrí a continuar arreglándome para que no me matasen.
―¡Entrad, juro que ya estoy terminando! ―les grité desde el baño sin
siquiera mirarlas.
―Ariel, creo que deberíamos hablar antes de ir a ningún sitio. ―El tono
serio de Mérida me preocupó. Volví al dormitorio, vi a Blanca pálida, con un
chaquetón descomunal, sentada en la cama y a Mérida de pie con el ceño
fruncido. Justo entonces, Blanca se incorporó y se desabrochó la chaqueta,
dejando al descubierto un bombo monumental.
―¡¡Ostras!! ¿Y eso?
―Pues mira, papá se acuesta con mamá y papá le mete el nabo hasta la
boca a mamá…
―Mérida sé de dónde vienen los niños, quiero decir que cómo, quién…
―¿Recuerdas al moreno que metiste en el capó? ―dijo Blanca
avergonzada.
―¿En serio? No había ninguno que no fuese jefe de la mafia ni nada de
eso, ¿verdad?
―Ariel, Naveen es dulce y encantador, y le encanta darme masajes en los
pies.
―Por lo visto no es eso lo único que le gusta hacer… ―puntualizó
Mérida, tocando la barriga de Blanca, quien se puso a llorar como una
Magdalena.
―¿Y dónde está el señor micropene en estos instantes si puede saberse?
―le dije abrazándola, intentando consolarla.
―Se ha tenido que ir del país por un tiempo ―continuó diciendo Blanca
entre sollozos.
―Estás con nosotras y no te vamos a dejar sola ―le prometí―. ¿Estás
segura de que quieres venir a la fiesta? Puede resultar peligrosa en tu
estado. Sinceramente, no sé qué nos vamos a encontrar.
―Una noche de chicas le vendrá bien a ella y al monstruito ―sonrió
Mérida tirándole del brazo.
Después de dar en la puerta las entradas, y de que nos registrasen de arriba
abajo varias veces, ingresamos en una casa y nos condujeron a un sótano con
poca luz y música de discoteca de cuando yo llevaba aparato en los dientes.
Donde otras doce mujeres más esperaban impacientes, no tengo muy claro
qué. Cuando pasaron diez minutos, y ya estaba empezando a desesperarme,
apareció una muchacha pintadísima, con un escote que le llegaba hasta el
ombligo, y por el que casi se le podían ver los pelillos muelles, con una
enorme maleta negra.
Un foco la alumbró a ella directamente y el resto de las luces del cuarto
bajaron la intensidad. Todas aquellas mujeres se pusieron a saltar. Empezaba
a pensar que nos habíamos equivocado y estábamos en una fiesta de
lesbianas, cosa que a Mérida le iba a doler en el alma..., pero justo cuando mi
mente empezó a divagar, la chica colocó la maleta sobre una silla, comenzó a
sacar objetos eróticos de su interior y a colocarlos encima de una mesa que
tenía enfrente. Los ojos de las tres se nos iban a salir de las órbitas.
—¿A qué coño de fiesta nos has traído, Ariel? —susurró Mérida.
—Ni idea, pero aún no he visto a las dos a las que tengo que vigilar.
Nos dimos la vuelta para escabullirnos de allí sin que nadie lo notase,
cuando la comercial de nabos de plástico de colores alzó la voz y dijo:
—La señorita del pelo rojo, présteme su vagina.
«¡Tierra trágame!». Me habían dicho burradas en la vida, sin embargo, era
la primera vez que me pedían una cosa así. Me estuve muy quieta intentando
camuflarme con el entorno y rezando para que no se estuviera refiriendo a mí,
pero no, era mi toto el que quería.
Todas las chicas empezaron a jalearme para que acudiera a la llamada de
la loca vendedora y no tuve más remedio que darme la vuelta e ir. No sin
antes robarle un vaso a una mujer que estaba a mi derecha y tomármelo de un
trago. Gracias al cielo, mi suerte no era tan mala y la señora estaba bebiendo
ginebra con tónica.
La cara de satisfacción de Mérida y de intriga de Blanca eran para
grabarlas en video, pero casi prefiero no pensar en la que tenía yo en ese
momento. Cuando me hube colocado delante de todas, la chavala siguió
ridiculizándome.
—Tenemos a una valiente entre nosotras. Abre las piernas un poco, esto
no te dolerá más de lo que duele una de verdad —me explicó sonriente,
mientras acercaba a mis partes bajas una cosa con forma de mariposa lila y un
montón de cuerdecitas.
Esa noche me había dado por ponerme una camiseta ancha atada a la
cintura con un lacito negro y unas mallas estrechas a más no poder, con las
cuales seguro que sentiría perfectamente todo lo que esa tía con cara de
lujuriosa quisiese hacerme. Obedecí y le cedí mi toto tal y como me había
pedido. Ella se puso a explicar el funcionamiento de aquella cosa, cómo
limpiarlo tras usarlo y lo maravilloso que era atártelo, tumbarte en la cama y
simplemente darle a un botón para tener un orgasmo del carajo en tan solo
tres minutos. Cuando la mariposita empezó a vibrar creí que me moría,
intenté hacerme la dura, pero la mamona de la chica le subió la potencia y ya
aquello no había quien lo soportase, tuve que encogerme para no soltar un
gritito allí en medio. Solo deseaba que terminase pronto o me iba a morir de
la vergüenza.
—Un fuerte aplauso para nuestra modelo. —«Bien, pensaba salir
corriendo de aquel lugar de locas masturbadoras a la de ya»—. ¿Creéis que
será capaz de superar otra de nuestras pruebas de iniciación o será una gallina
y saldrá corriendo? —«¡La jodida niñata de mierda, además de ser una
guarrona de campeonato, era telépata, por mi madre!».
Algunas de las allí presentes gritaron que sí lo haría; de entre todas las
voces, la que más se escuchaba era la de mi querida y gran amiga Mérida a la
que se la pensaba tener guardada de por vida, mientras que otras chillaban
que no, que era una cagada. Tras escuchar eso, mi orgullo se antepuso a mi
razón y acepté el siguiente reto. Entonces, a los lejos, vi a una de las mujeres;
la señora M. Reina estaba disfrutando del espectáculo de lo lindo.
La niñata escotada —que cada vez me caía peor— cogió esta vez un
huevo color rosa fosforito y se lo enseño al público. Volví a separar las
piernas para que lo colocase en el sitio, pero ella negó divertida con el dedo
índice.
—No, no, no. Esta vez tienes que ir al servicio e introducirte esto dentro
de tu vagina.
—¿En serio? —le pregunté. Pero el querido público ya me respondió por
ella.
—¡¡Que se lo meta, que se lo meta!!
Empecé a pensar que estaba en una cámara oculta y que un presentador
iba a salir de un momento a otro a decirme inocente o algo así. Tras esperar
algunos segundos, y ver que nadie salía en mi defensa, cogí el huevo de las
narices y me fui al servicio. Una vez allí cerré la puerta y dejé caer la cabeza
contra ella.
«¿Por qué, Dios mío? ¿Tan mala he sido en otra vida? Di la verdad, tú me
odias, ¿a que sí?»
Me bajé los pantalones y mis preciadas bragas sobaqueras, le escupí un
poco de salivita a la cosa ovalada para que entrase mejor, porque sin
maromos de por medio y sin besitos aquello se iba a mojar un lunes…
Al entrar de nuevo en la sala, se hizo un silencio absoluto y todos los ojos
allí presentes se clavaron en mi pelvis. La tía rara cogió un extraño mando del
mismo color que el huevo que llevaba dentro a modo de tampax y, tras una
risa maquiavélica, presionó todos los botones que el artefacto tenía. De
pronto, empecé a bailar la jota y a dar saltitos sin poder hacer nada para
evitarlo, el cacharro había comenzado a moverse como si tuviera vida propia
y casi estuve a punto de correrme justo cuando a la puta esa le dio por
apagarlo. Me cedió el mando y explicó al resto cómo funcionaba, esta vez sin
pulsarlo, entre otras cosas porque para que se lo devolviese tendría que
arrancármelo de la mano.
—Muchas gracias por participar. Te regalamos el huevo a control remoto
para que lo uses cuando quieras. —Todas aplaudieron como si hubiese
ganado una jodida maratón.
Regresé a mi sitio mirando al suelo. Mérida estaba a mi lado con las
lágrimas saltadas y Blanca observaba el techo como si este estuviese a punto
de derrumbarse. La comercial salida siguió pidiendo totos y en esta ocasión
un montón de manos se pelearon por ser las escogidas para la siguiente
prueba. Pero en vez de eso se apagó la luz durante un minuto y de detrás de
una cortina salió un cachas cubierto de aceite y brillantina, llevando puesto
tan solo un tapa rabos de leopardo y una pajarita, que me recordó demasiado
a Jim y me deprimió para siempre. Subieron la música y otros tantos hombres
semidesnudos surgieron de la nada con bandejas llenas de copas de alcohol,
corrí hasta uno, le arrebaté la bandeja tras un gruñido de leona mosqueada y
me bebí la mitad de su contenido casi de un sorbo, todavía con el aparato en
mi interior.
El resto de mis compañeras de experiencia se animaron con la música y
las feromonas del ambiente, todas las presentes terminaron descocadas
bailando como locas, hasta Blanca movió el culo un poco. Uno de los chicos
se acercó a mí y me comió la boca sin que me lo esperase, pero ya me daba
un poco igual que me comiera lo que le diera la gana, mi grado de alcohol en
sangre daba Rives positivo. Poco a poco el macizorro me fue empujando
hasta sacarme de la sala e introducirme en una especie de cuarto de la
limpieza, donde me quitó salvajemente la camiseta. Yo le rompí la cuerdecita
que sostenía el tanga que llevaba y me agaché a lamerle el gran miembro que
me estuvo apuntando casi toda la noche. Él no me dejó hacerlo y me ayudó a
levantarme —menos mal, porque no sé si sola hubiese podido—, me bajó los
pantalones y me quitó las velas de barco que llevaba por bragas, me levantó
una pierna y se la puso a la altura de la cintura arremetiendo contra mí con
todas sus fuerzas. Al introducir su pene dentro de mí, soltó un gran grito de
dolor y se cayó al suelo medio en coma; del extremo de su pito salía bastante
sangre. El pobre muchacho solo sabía sostenérselo, encogido en el suelo, y
gritar de dolor. Fue entonces cuando, con toda mi borrachera, recordé que
todavía llevaba dentro el puto huevo de las narices, y que seguramente le
había quebrado el miembro de por vida al pobre chaval. Me vestí como pude
y salí de allí corriendo, pidiendo auxilio.
Al poco llegó una ambulancia y me preguntó qué había pasado. Si alguna
vez en mi jodida vida había querido desaparecer, os aseguro que nunca fue
con la misma intensidad que ahora mismo. Los enfermeros no podían
creérselo y me hicieron contárselo uno a uno a los cuatro que venían en la
maldita ambulancia. Mérida por su parte no dejó de reírse ni un minuto en
todo el tiempo, Blanca solo sabía mover la cabeza de un lado a otro.
En cuanto la ambulancia se fue con el pobre muchacho, medio mutilado,
casi inconsciente, me fui al servicio a deshacerme de la cosa esa, pero se ve
que, al introducirme parte del pene, el cacharro también se había metido más
de la cuenta en el túnel y no lo alcanzaba de ninguna manera; no había forma
humana de agarrar la cuerdecita que llevaba para extraerlo. Asomé la cabeza
fuera del servicio y llamé a Mérida.
—Psss, psss. Mérida. ¡Ven!
—¿Qué te pasa? ¿Nos vamos ya o vas a seguir cargándote machotes?
—¡Entra, coño! —La agarré de la mano y la metí dentro del baño conmigo
—. No sale.
—¿El qué no sale? —me preguntó abriendo los ojos de par en par.
—¡La cosa, Mérida, no sale el huevo que tengo dentro del toto! —Creo
que esto último lo dije un poco más fuerte de lo debido y escuché unas risas y
un «¡No me jodas!» provenientes de donde se encontraban los lavamanos. La
cara de Mérida entonces sí que fue un poema, mi amiga no sabía si reírse,
llorar o sentarse en el suelo.
—¿Y qué quieres que haga?
—¡Cantarle una saeta, no te jode! ¡Sácamelo!
—¡Venga ya!, ¡¿en serio?!
Apoyé una pierna en el retrete y aspiré hondo, Mérida metió sus dedos
dentro de mi vagina y se puso a hurgar como si fuese una boca de metro sin
obtener resultado alguno.
—Ariel, tenemos que ir al hospital.
—No.
—Ariel, no seas cabezota, no hay más remedio, eso creo que ya va
navegando por tu estómago. Vámonos ya, antes de que tengan que operarte,
por Dios.
Le hice caso y las tres nos fuimos a urgencias. Mérida estaba disfrutando
como una niña pequeña con un caramelo por la situación.
A la salida de la casa clandestina en la que nos encontrábamos, vi a Jim
vestido de chofer fuera de una limusina negra y a M. Reina saludarle y entrar
en ella. Por un instante, nuestras miradas se cruzaron, él giró bruscamente la
cabeza e hizo como si no me conociese. ¿Qué hacía allí? Desde luego, si Jim
estaba de infiltrado, quería decir que aquello era más turbio de lo que pensaba
en un principio, tan solo esperaba que no se hubiese enterado del altercado.
Cuando entramos en la recepción del hospital, escuchamos a dos
enfermeras hablar divertidísimas.
—¿Has oído lo del pobre muchacho que ha venido con el pene doblado?
—Sí, criatura, si no lo llegan a coger a tiempo, en vez de empalmar para
delante hubiera tenido erecciones apuntando al costado para el resto de su
vida.
Me di la vuelta e intenté huir, pero Mérida me agarró por la camiseta y se
dirigió a las dos señoras que estaban narrando mi peripecia.
—Disculpen. —Las dos se giraron y le prestaron atención—. El chico del
que estáis hablando —continuó, y entonces quise que la tierra se abriese y me
tragase para siempre.
—¿Sois familiares? —preguntó una de ellas.
—No, ella es la Lorena Bobbit en cuestión. Se le ha quedado un cacharrito
dentro de sus partes nobles y no hay forma de sacárselo —explicó
tranquilamente señalándome. Las dos enfermeras no sabían cómo reaccionar,
se miraron y una de ellas fue corriendo en busca del médico de guardia.
«¡Que sea una mujer, por favor, me portaré bien el resto de mi vida, que
sea una mujer, por favor, por favor!», recé en silencio con los ojos cerrados,
hasta que escuché una voz femenina que me habló y suspiré aliviada.
—Sígame, por favor.
Otra enfermera venía a socorrerme con una silla de ruedas. Después de lo
que le había hecho al chaval, del que tampoco sabía el nombre, supondrían
que lo de andar no lo llevaba del todo bien. Justo a su espalda se aproximaba
un rubio con bata blanca y ropa verde debajo, de alrededor de uno noventa de
alto, unos espectaculares ojos color miel, dos hoyitos a ambos lados de la
cara, un pelo perfecto, dientes impolutos, y milimétricamente colocados, y
unas enormes manos que sujetaban un dosier de papeles. Me tocó el hombro,
me miró y me dijo cortésmente:
—Bueno, veamos qué hay por ahí dentro. —Mérida hinchó los mofletes,
intentando soportar el ataque de risa que le acaba de entrar a la muy zorra, me
miró y me guiñó un ojo.
—Yo te espero aquí, Ariel, ánimo, que seguro que el doctor te tratará con
cuidadito —. «Juro que cuando salgamos de aquí la mato…»
Me colocaron en un potro y me pusieron las piernas en los enormes brazos
que eso tenía, el guapísimo doctor acercó una lupa y encendió una luz blanca
como la de los quirófanos, casi metiendo la cabeza en mi interior. Desde mi
postura solo escuchaba muchos: ejem, ajam, y vaya.
—Sí que se ha ido lejos —agregó.
—Le juro que puedo explicarlo.
Justo entonces una enfermera entró y cogió mi ropa que estaba sobre una
silla para ponerla en otro sitio y poderse sentar en ella, con la mala suerte de
que presionó el jodido mando que se encontraba en uno de los bolsillos
externos del minibolso, haciendo que el cacharro vibrase en modo rápido sin
esperármelo. Con el susto, encogí las piernas y le di una patada monumental
al doctor, «eliminando de la lista lo de pedirle el teléfono», este reculó atrás
mientras se agarraba su preciosa y sangrante nariz con ambas manos. La
enfermera se puso nerviosa y no supo cómo reaccionar, tiró las cosas al suelo
para ir a atender al hombre y el huevo de los cojones se paró.
Me senté como pude en la camilla bajando las piernas y lo miré mejor: en
cuestión de segundos toda la zona de debajo de los ojos se le había puesto de
un color azul violáceo y la hemorragia de su nariz continuaba activa. Ahora sí
que quería morirme, pero textualmente. Si me hacía la muerta o me
desmayaba, lo mismo se lo creían y me dejaban tranquila en la morgue.
—¡Lo siento, lo siento, de verdad, discúlpeme! Yo no quería, me llevaron
a una fiesta, me cogieron de modelo, me tuve que meter la mierda esta, luego
me emborraché y el chico intentó, y yo no me acordé, y ahora eso se ha
empezado a mover y no he podido… ¡Perdón! —titubeé y lloré a moco
tendido a la vez.
—No pasa nada, no te preocupes, creo que he entendido algo de lo que me
has dicho. Son gajes del oficio —me consoló el pobre hombre con voz de
estar resfriado, sin soltarse la nariz e intentando sonreír, pero al hacerlo, uno
de sus preciosos dientes saltó a mis pies, él se llevó la mano a la boca, se
levantó y se fue corriendo de la sala, dejándome allí medio desnuda con el
puto huevo todavía dentro, aunque al menos ya no vibraba.
Al cabo de un rato enorme en el que me cuestioné varias veces si vestirme
y salir corriendo de allí, quedarme a vivir con aquello, ponerle un nombre y
no volver a tener relaciones sexuales nunca más en mi vida, entró una mujer
que me recordó bastante a mi depiladora personal, Lilo. Lo que no me trajo
muy buenos recuerdos, y más teniendo en cuenta que tenía el «pototo» al
descubierto.
La señora se dirigió a mi bolso, sacó el mando y lo colocó a buen recaudo,
estaba claro que la habían informado de lo sucedido… Sin besitos ni nada
introdujo unas pinzas en mi interior y se puso a buscar el cacharro, jalando
fuertemente de él. Trasteó un rato y por fin logró sacarlo sonriendo
victoriosa, me miró y me dijo:
—¿Se lo meto en una bolsita?
—No, gracias, puede tirarlo —respondí muy bajito.
—¿Cómo?
—¡¡Que lo tire!! —le repetí esta vez más alto de lo que debía.
La mujer se enfadó, tiró el objeto a la basura de forma despectiva y salió
dando un portazo tras de sí. Me vestí corriendo y me fui intentando
camuflarme con las paredes sin conseguirlo, porque con cada persona que me
topaba del hospital, me miraba y se reía. Me iba a llevar más de un mes sin
poder cerrar las piernas y ya de hacer guarrerías ni hablar.
—¿Por qué has tardado tanto? —me preguntó Mérida cuando me vio salir.
—No preguntes.
—¿Te has traído de recuerdo el cacharro?
—¡Vete un ratito a la mierda!
Blanca nos aguardaba dormida en el coche. Antes de entrar, alguien me
tocó el hombro, cuando me giré y vi a Rider el mundo se me vino encima,
había olvidado completamente que tenía que vigilar a las dos pécoras.
―¿Todo bien? Me han informado que ha estado una ambulancia en el
lugar de la fiesta a la que tenías que ir.
―Sí, mi amiga Blanca empezó a sentirse mal y la trajimos al hospital ―le
mentí, señalando a mi embarazadísima amiga―, pero todo está bien. Gracias
por preocuparte.
―Ven conmigo, Úrsula quiere verte.
Me despedí de ellas y me monté en el coche con Rider. Notaba cómo me
miraba de reojo y sonreía de vez en cuando. Estaba segura de que sabía lo
que había sucedido, el silencio me estaba empezando a agobiar y no
terminábamos de llegar a nuestro destino.
―¡Dilo!
―¿Qué diga qué? ―me preguntó divertido.
―¡Oh, por favor!, ya sabes a lo que me refiero. ¡La otra noche te di
plantón y me fui con un loco al que estaban pegando una paliza, y hoy me
han cogido de conejillo de indias y casi le troncho el pito a un musculitos…,
el mismo que creo que se va a acordar de una servidora para el resto de su
maldita vida!
Rider paró el coche en el arcén de pronto y se puso a dar carcajadas; era
tanto lo que se estaba riendo que, cuando me detuve a mirarlo roja como un
tomate e imaginé la situación desde su punto de vista, lo imité y reí hasta que
los abdominales empezaron a dolerme.
―Te prometo que jamás he conocido a nadie que esté tan loca como tú.
―No soy yo, son el karma y Murphy juntos, que son unos hijos de la gran
puta y no pueden ni verme.
―Te daré un consejo porque me caes bien: No sé qué te ha ofrecido
Úrsula ni hasta qué punto la conoces, pero no te fíes de ella. Es una mujer
fría, calculadora y no parpadeará si quiera si tiene que aplastarte para
conseguir su objetivo.
―Gracias, lo tendré en cuenta.
Llegamos a una gran mansión a las afueras de la ciudad que estaba
decorada con cosas referentes al mar. Había una estatua gigante del rey
Tritón en medio de una fuente con sirenas bajo él, mirándole con rostros
suplicantes mientras el señor barbudo las apuntaba con su tridente. No era la
imagen que recordaba de la sirenita.
Úrsula nos aguardaba impaciente en el salón de la inmensa residencia.
―Rider, llegas tarde.
―Lo siento, madre ―cuando dijo la palabra madre, me quedé bastante
sorprendida. No hubiese imaginado que fuesen familia, y mucho menos que
ella fuese madre de nadie.
―Úrsula, estoy cansada de decirte que me llames por mi nombre ―le
amonestó, haciéndome sentir bastante incómoda. Rider agachó la cabeza y se
marchó en silencio.
―¿Has descubierto algo esta noche?
―Si no sé qué estoy buscando, será mucho más difícil encontrarlo ―la
encaré―. Pero después de investigar a las dos mujeres creo que no estoy
detrás de un desliz ni nada parecido, ¿me equivoco?
―No, es algo más grande que unos simples cuernos, y prefiero que lo
vayas descubriendo a medida que avances en la investigación. Aquí tienes un
nuevo currículo con el que te infiltrarás en la empresa de Reina, quiero que
seas su mano derecha y que hagas lo que sea necesario para conseguirlo.
―¿La policía sabe algo de todo esto? ―le pregunté cuando ya me
marchaba, como si se me hubiese acabado de ocurrir.
―No ―respondió tajante.
Rider me esperaba en el coche jugueteando con el teléfono.
―¿A dónde la llevo, señorita?
―Al hotel, por una noche he tenido más sobresaltos de los que soy capaz
de aguantar. ―Rider intentaba mostrarse normal, sin embargo, algo le
enturbiaba esa mirada juguetona que habitualmente tenía―. No sabía que
fuese tu madre.
―No lo es, bueno, al menos, no para ella. Mi madre murió cuando yo
nací, y Úrsula se casó con mi padre. Al poco él también murió y ella se hizo
responsable tanto de mí como de mi fortuna.
―Perdona, la sutileza no es algo que me caracterice.
―No importa, la sinceridad sí es algo que valoro en las personas ―me
agradeció justo cuando llegamos al aparcamiento del hotel.
Un silencio incómodo surgió entre nosotros, se acercó unos milímetros
más y se quedó aguardando, mirándome fijamente a los ojos. Me incliné
intentando hacer exactamente el mismo recorrido que él, pero al doblarme,
una punzada de dolor me recordó el estado en el que se encontraba mi vagina
y, con todo el dolor de mi corazón, volví a dejar a Rider tirado. Le aguanté la
cara y le propiné un sonoro beso en la mejilla a modo de premio de
consolación.
―Muchas gracias. En cuanto tu madrastra te moleste otra vez, silba y
acudiré en tu ayuda ―bromeé antes de salir del coche, pero entonces él
agarró mi brazo, tiró de mí, me besó en los labios y dijo:
―Silbaré. Buenas noches, princesa.
Capítulo cuatro.
Blanca.
Entré en la recepción del hotel dando pequeños saltitos como si fuese una
quinceañera, con maripositas en la barriga incluidas. Me lancé con todo mi
entusiasmo al ascensor y me pegué un cabezazo con alguien que salía tan
ensimismado como yo. Levanté la vista, con la mano en la frente, justo en el
mismo sitio donde ya tenía la herida aún sin cicatrizar, la misma que
comenzó a darme punzadas, y de pronto se fue a tomar por saco todo el júbilo
del momento.
―¿Ariel?
―Tenías que ser tú…
―Yo también me alegro de verte, sobre todo teniendo en cuenta que tu
móvil ha decidido no devolverme las llamadas. ―Junto a Adam estaba
Reina, mirándome con un enorme gato blanco metido en el bolso, y le tenía
puesto al animalito un vestido rosa con un ridículo tutú; me compadecí nada
más verlo―. ¿Qué haces aquí?
―Vivo aquí, ¿y tú? ―respondí intentando suavizar el tono de voz para no
espantar a Reina. Si se suponía que tenía que ser su mano derecha, la cosa
estaba empezando con muy mal pie.
―El señor B es socio capitalista de este hotel y un gran amigo mío ―dijo
Reina rápido, saltando como una fiera a defenderlo. «Segundo round perdido
para Ariel.»―. ¿No nos hemos visto antes? Su cara me resulta familiar.
―Me lo dicen muy a menudo, tengo una cara bastante común ―mentí,
rezando para que no relacionase el incidente de hacía unas horas conmigo,
aunque mucho me temía que por el tono mordaz que había usado eso era
exactamente lo que acababa de suceder―. Mañana tenemos una reunión.
―¿Sí? ―preguntó Adam intrigado. No sabía si me molestaba más que me
estuviese fastidiando la estratagema o que se sorprendiese de que tuviera
temas que tratar con esta estirada.
―Me han dicho que hay un puesto libre en su empresa.
―Pues no busques más, Reina, Ariel es la indicada, ella tiene todo lo que
necesitas en una ayudante personal. Hace tan solo un instante me decías lo
poco que te gustaban las entrevistas de trabajo, así que ya lo tienes quitado de
en medio. Yo respondo por ella. ―Eso sí que acababa de sorprenderme.
―Confiaré en ti, pásate mañana por mi oficina y te daré las instrucciones
pertinentes. Adam nunca me ha fallado y si lo hace sabe que se lo cobraré
muy caro ―respondió sonriéndole y agarrándolo del brazo.
La complicidad que había entre ellos era la de conocerse más que de unos
simples negocios. Cada vez que descubría más cosas sobre Adam me daba
más cuenta de lo poco que realmente lo conocía… A lo mejor no me
equivoqué tanto al no escoger aquella noche.
No podía quitarme de la cabeza a la pobre Blanca, la verdad era que tenía
el ojo clínico casi peor que el mío. Primero, se casa con un maltratador que le
hace la vida imposible… Sí, vale, que al final terminó muriendo en un trágico
accidente, pero se había ido a fijar en un capo de las drogas buscado en no sé
cuántos países, con el miembro de un niño de cinco años y encima de color
berenjena. Yo al menos fui feliz con Erik; poco tiempo, pero nuestra historia,
hasta que metí la pata, fue de cuento de hadas. Me entristecía sobremanera
recordar esa época, pero era cierto que, si no hubiera vivido todo aquello, hoy
no sería quien soy. Todos los pasos que recorremos en la vida son para llegar
a una meta, aunque no tengamos claro cuál.
Unos golpecitos en la puerta me devolvieron a la realidad del vacío y
enorme dormitorio. Por muy pijo que fuese el lugar, mis costumbres seguían
siendo las mismas de siempre; en cuanto llegué, me deshice del molesto
sujetador, lo tiré donde primero cayó, y me puse un pijama comodísimo y feo
de narices. Lo cierto era que, después de la experiencia con el huevo
vibrador, no tenía pensamiento de que nada volviese a entrar en mi cueva en
bastante tiempo.
Asomé la cabeza por la mini rendija que había abierto de la puerta y me
topé con los nerviosos ojos de Jim, ataviado aún con el uniforme de chófer.
Empujó la puerta y se escabulló dentro de la habitación, cerrándola tras de sí
como si lo persiguiese un demogorgon[7], con la respiración acelerada y
sudando.
―¿Qué haces? ―comencé a decir antes de que me pusiese la mano en la
boca y me la tapase para que me callara. Jim me hizo señas para que no dijese
nada y se puso a buscar algo por toda la habitación sin demasiado éxito,
mientras yo lo miraba perpleja, intentando taparme el pecho, cruzándome de
brazos para que no se me viese que me había entrado un poco de frío y mis
pezones lo demostraban―. ¿Se puede saber qué?
―No he podido resistirme, tenía que verte, mi mujer no se enterará de
nada ―me respondió elevando la voz, dejándome a cuadros sin dejar de
poner patas arriba todo el dormitorio.
―¿Tu qué?
Jim sacó de la lámpara de la mesita de noche una especie de botón y me lo
mostró sonriente, como el que acababa de descubrir oro en las obsoletas
minas de Blanca; cogió un vaso y lo cubrió con él. Me quedé con cara de
estúpida mirando el artilugio a través del opaco cristal, encogiéndome de
hombros. Jim cogió su teléfono y puso una canción metal al máximo de lo
que le permitía el aparato, me agarró de la muñeca y me llevó al cuarto de
baño, cerró la puerta y la sonrisa que acababa de mostrarme desapareció en
un segundo.
―No me he casado en estos meses, si es lo que quieres saber, pero sí que
tengo pareja. ―La noticia me sentó como si me hubiese apuñalado justo en el
corazón. ―¿Se puede saber qué diantres estás haciendo aquí?
―¿Perdona? ¡Eres tú el que está en mi dormitorio comportándose como
un pirado!
―Ariel, tienes esa habilidad de meterte en la boca del lobo y ni siquiera
darte cuenta. Dime, ¿cómo has terminado alojándote aquí precisamente?
―Es por trabajo.
―¿Qué trabajo?
―A ver, dejemos las cosas claras: primero, yo trabajo donde me dé la
gana; segundo, no eres nadie a quien tenga que dar explicaciones; y, tercero,
o posees secretaria que te conteste el teléfono mientras estás en la ducha o
creo que el que realmente tiene algo que contarme eres tú.
La expresión de Jim se suavizaba a medida que me escuchaba, pero lo que
noté que le sentó como un jarro de agua fría fue el último punto.
―Ariel, estoy infiltrado en una misión ―respondió evitando el tema
delicado―, no quiero que suceda como la vez anterior, ya ha habido
suficientes malentendidos entre nosotros. Solo puedo decirte que tengas
cuidado. Cuando me vaya, vuelve a poner el micrófono en la lámpara y así no
levantaremos sospechas.
―¿Micrófono?
―No puedo decirte nada más. Si yo fuese tú, me iba de aquí
inmediatamente y regresaba a tu tranquila vida en el faro ―dijo esto último
como si me estuviese lanzando un cuchillo.
―Pues da la casualidad de que no lo eres ―le recordé, indicándole la
puerta de salida y dando un portazo en cuanto la hubo cruzado.
Lo único que Jim me había dejado claro era que la policía estaba detrás de
alguna de las tres mujeres que ahora formaban parte de mi entorno laboral. El
problema fue que, en vez de asustarme como haría cualquier otra persona, a
mí me excitaba descubrirlo antes que ellos. Esa noche me dormí y soñé con
conspiraciones, con pistoleros del oeste y, para no mentir, con Jim en
calzoncillos disparándole a Adam en la entrepierna.
―Señorita Ariel, tiene usted una llamada, ¿quiere que se la pase? ―Me
levanté de un salto buscando la voz femenina que acababa de hablarme y cogí
un cojín a modo de arma por si tuviese que lanzárselo a alguien. Matarlo no
lo iba a matar, pero lo mismo si se reía lograba escapar… No, no había nadie
más allí―. Señorita Ariel, ¿le pasó la llamada?
La voz salía de un pequeño interlocutor que había en la pared, al lado del
cabecero de la cama.
―Sí, por favor ―le respondí con la boca todavía pastosa y llena de babas.
―Ariel, tengo que salir urgentemente, ven a mi dormitorio y te daré las
tareas para hoy, no tardes porque Duquesa tiene que desayunar temprano
―me gritó la desagradable voz de Reina, poniéndome de una mala leche
impresionante.
Dudaba bastante que esta mujer tuviese hijos pequeños, los cuales, por
cierto, se me daban como el culo; la maternidad y yo no fuimos creadas
pensando la una en la otra, tan solo rezaba para que Duquesa fuese alguna
adolescente problemática, con eso sí que podría lidiar, pero con bebés,
pañales con cacas y mocos, no.
Me vestí rápida y subí al ático donde vivía mi nueva jefa. La puerta estaba
abierta y dentro había cuatro mujeres corriendo detrás de Reina. Una,
intentando tomarle medidas; otra, con una taza de café; la tercera, con un
block anotando cada palabra que esta decía mientras hablaba por teléfono; y,
la cuarta, que fue la que más se alegró de verme, llevaba al ridículo gato
blanco, ataviado esta vez con un gorrito de dormir.
―Ariel, ya era hora ―me amonestó como si hubiese tardado un siglo en
vez de cinco jodidos minutos―, aquí tienes una lista con todo lo que debes
hacer hoy. Nos vemos esta noche en una gala con la diseñadora Cruella. ―Se
paró, me miró con cara de asco y agregó―. Ponte algo decente.
La chica que cargaba al gato casi me lo lanzó, me dio una agenda rosa con
piedrecitas y una megabolsa llena de cosas para mininos, me empujó fuera de
la habitación y me dejó en el pasillo con aquel animalito mirándome
fijamente a los ojos. Justo entonces, me llamó Mérida al móvil, cuando fui a
cogerlo la bolsa se me resbaló al suelo, el felino me arañó y acto seguido voló
por el pasillo hasta el ascensor, quedándose dentro y observando cómo corría
para atraparlo. Juro que el desgraciado tenía cara de satisfacción mientras
veía cómo las puertas se cerraban en toda mi cara.
Bajé las escaleras saltando los escalones de dos en dos, deteniéndome en
cada planta por si se abrían las puertas, hasta llegar a recepción sin aliento y
con taquicardia. El ascensor estaba en la otra punta del vestíbulo y troté los
metros que me separaban de él cuando un botones se cruzó en mi camino con
un carrito lleno de maletas. Intenté esquivarlo gritándole que se apartara, pero
el niñato pajillero hizo caso omiso, se quedó petrificado al ver a una loca
abalanzarse sobre él y terminamos el pecoso, las maletas y yo desparramados
por el suelo. Cuando levanté la vista para no perder a Duquesa, me topé con
unos zapatos negros de hombre, continué subiendo por unos pantalones de
pinza, un cinturón de cuero negro, una camisa blanca, el jodido gato y,
finalmente, la sonriente mirada de Adam.
―No me digas que se te cayó una lentilla ―preguntó, acariciando al
diablo de cuatro patas.
―Dame a esa bestia ―respondí, ignorando la broma y arrebatándole al
animal, que no tenía ningunas ganas de soltarse de él; era como Epi y Blas[8]
en una cama de velcro, pero en gato.
―¿No crees que estás exagerando un poco?
―No. Además, se me ha olvidado darte las gracias por ayudarme a
conseguir este importantísimo trabajo con tu amiga.
―Reina no le deja su mascota a nadie, tienes que estar orgullosa; solo
intenta no perderla.
Decidí ignorarlo, me di la vuelta y salí a la calle a llamar a Mérida.
Necesitaba una cerveza de manera urgente y me la traía floja si eran las nueve
de la mañana, ya estaba pensando en la hora de acostarme de nuevo.
Rebusqué en la bolsa mientras la esperaba y encontré una especie de arnés
de bebé, la gata se seguía resistiendo a mis encantos, así que se lo puse y me
la até a la cintura, al menos así no volvería a escaparse.
―¿Se puede saber qué haces con eso?
―Mejor no preguntes, necesito un trago.
―Yo soy más de cerdos vietnamitas, pero oye, cada una tiene sus gustos.
―Cada día eres más simpática.
Fuimos a ver cómo estaba la barriga con patas que teníamos por amiga;
gracias al cielo, los tres demonios que tenía por hijos estaban en el internado
y no tendría que fingir que me caían bien. Duquesa, en cuanto entramos y vio
a la gata de Blanca, comenzó a maullar para que la soltase, después de que
me prometiese unas mil veces que allí no podía sucederle nada, cedí y las
dejé a sus anchas. Después de todo, vivir con Reina no debía ser fácil y el
animalito merecía un poco de libertad controlada.
―A ver, la mujer de Al Capone, ¿cómo se encuentra hoy?
―¿Quieres dejarla tranquila, Mérida? ―Justo cuando terminé de reñir a
Mérida, Blanca se llevó la mano al vientre y lanzó un grito de dolor.
―¡Ya viene!
―Déjate de tonterías, prometo que ya no me meto contigo.
―¡¡No he hablado más en serio en mi puta vida!!
Mérida se puso en el asiento del conductor y me dejó detrás con Blanca
tumbada, apoyando la cabeza en la ventanilla, una pierna dejada caer sobre la
bandeja trasera que cubría el maletero y la otra en el reposacabezas del sillón
del acompañante; dejándome un mini hueco junto a ella, con la maravillosa
vista frente a mí de unas bragas tamaño seis XL y algo oscuro y húmedo
detrás de ellas.
―¡Ariel, tengo muchas ganas de empujar, quítame las bragas!
―¡Ni se os ocurra parir en mi coche!
―¡¡Cállate la boca!! ―La respiración de Blanca era cada vez más
acelerada, estaba sudando a mares y las venas del cuello parecía que le fuesen
a salir disparadas. Como pude, le quite las «braguitas» y mi vista empezó a
nublarse.
―Mérida me estoy mareando, tengo ganas de vomitar.
―¡Eso sí que no! Puedo pasar porque Blanca me manche el coche pero
que tú me lo vomites, ¡no!
Tragué saliva y no pude evitar echar una mirada furtiva al toto de Blanca
quedándome completamente impactada: aquello era más grande que el túnel
del metro y del boquete salían pelos que no deberían estar allí.
Mérida conducía como si estuviéramos en un rally y entonces escuchamos
el sonido de una sirena. Si era una ambulancia, estábamos salvadas, pero no;
si eso hubiese sido así, el karma me habría dado tregua, y no era su intención.
―¡La policía nos está persiguiendo! ¡Para! ―grité.
―¡¡Y una mierda voy a parar!!, saca algo blanco por la ventanilla para
que comprendan que vamos en una urgencia.
Lo único que había blanco en todo el vehículo era la camisa que llevaba
puesta, así que me la quité como pude y me quedé en sujetador, con un brazo
por fuera aguantándola, a ver si esos lumbreras captaban la indirecta y nos
ayudaban en vez de atosigarnos. Mérida pitaba, vociferaba y maldecía a todo
lo que se le ponía por delante, el coche de policía no apagaba la dichosa
sirena ni cesaba en su cacería.
―¡¿Tú no podías vivir más cerquita?!
―¡¡Conduceeee y no hableees!! ―gritó Blanca con la misma voz de la
niña del exorcista, agarrando por la melena a Mérida y tirándole de los rizos
para que girase un poco la cabeza. Cuando miró, de pronto abrió los ojos de
par en par, se giró y aceleró aún más. Debajo del asiento de Blanca chorreaba
un líquido oscuro. Mérida abrió la guantera, sacó una bufanda y me la tiró a
la cabeza.
―¿En serio?, ¿no me la podías haber dado antes? ―dije con cara de
circunstancia, en sujetador y con la mano todavía por fuera aguantando la
camisa.
―¿!Queréis dejar de discutir y sacarme esto de dentro!? ―Con los gritos
me despiste un segundo y solté mi agarré, yendo la prenda a parar a la luna
delantera del coche de policía que nos perseguía. Estos dieron un volantazo y
se estrellaron contra unos cubos de basura, entonces la sirena se les jodió y
empezó a sonar como un gato en celo.
―¡¡Mierda, la gata!!
―¡¡Que le den por culo a la gataaa!! ―chilló Blanca, cerró los ojos,
apretó los dientes como si estuviese yendo al baño a hacer de cuerpo y, de
repente, el manojo de pelos que le tapaba el boquete del toto se convirtió en
una cabeza.
―¡¡Mérida, esto está aquí!! ¿Qué hago?
―¡Yo qué sé, tira…!
Con pánico coloqué la bufanda bajo la cabeza del pequeño e introduje mis
dedos en el viscoso orificio, abriéndolo un poco más para facilitarle la salida
a los hombros. En cuanto hice eso, un bebé color chocolate se deslizó
suavemente hasta caer en la mullida tela de cachemir. Lo envolví y lo llevé
contra mi pecho más bien por instinto, que por tener idea de lo que estaba
haciendo.
―Es una niña preciosa, Blanca. ―Pero mi amiga ya se había desmayado
del esfuerzo.
A los pocos minutos llegamos al hospital. Mérida salió rápido en busca de
ayuda y, nada más sacar la mano fuera del coche, tiraron de ella y vi cómo un
policía le ponía unas esposas, entonces otro abrió mi puerta y me apuntó con
una pistola. Creo que la visión de una mujer en sujetador sosteniendo a un
recién nacido con el cordón umbilical aún unido a su madre, una mujer
desmayada y un pototo de dimensiones descomunales en primera plana será
una anécdota que ese hombre no dejará de contar mientras viva.
Explicarlo no fue tarea fácil, pero esas cosas se las dejaba a Mérida, ella
era la que estaba acostumbrada a mentir y a tratar con la burguesía.
Una vez que estuvimos en el dormitorio, y que tanto Blanca como la bebé
estaban fuera de peligro, me prestaron una bata de enfermera para que no
llamase tanto la atención. Blanca se afanaba en que la pequeña chocolate le
cogiera el pecho sin atragantarla con esos gigantescos pezones, mientras que
Mérida y yo discutíamos sobre el nombre de la criaturita como si fuese de
nuestra propiedad.
―Díselo tú, Blanca, ¿a que la niña se va a llamar Mérida?
―Perdona, pero la que ha metido las manos ahí dentro he sido yo, la que
la ha sacado he sido yo, a la que ha llenado de sangre y la que se ha
desnudado he sido yo, por lo tanto, se va a llamar Ariel.
Blanca cogió la diminuta manita de la nena, le besó los deditos, la miró a
los ojos y dijo:
―Tiana, te llamarás Tiana, pequeña mía.
―Bueno, vale, aceptamos barco como animal acuático ―le respondí,
siendo este el momento más emotivo y tierno que había vivido y que
seguramente viviré jamás.
―Yo me conformo con cualquier nombre menos con el de Ariel ―se
burló Mérida, poniendo la nota discordante. Le fui a dar un puñetazo en el
hombro justo cuando lo esquivó y recibió por ella el golpe un nuevo
acompañante que acababa de entrar.
―Recuérdame que no te enfade nunca ―exclamó Rider, frotándose el
brazo.
―Perdona, perdona, no era mi intención… ―me disculpé―. Espera, ¿se
puede saber qué haces tú aquí?
―Pues aparte de servirte de saco de boxeo, salvarte el culo: Úrsula te ha
llamado unas cientos de veces y no le has contestado; ha activado tu
localizador GPS del teléfono que te dio y cuando vi que la dirección era la del
hospital, decidí venir por si te había sucedido algo.
―¡El teléfono! Lo dejé en silencio anoche y luego entre el gato y que todo
se complicó yo… ¡¡¡El gatooo!!! ¡¡Tengo que ir a buscar a Duquesa o estoy
muerta!!
―Coge mi coche, yo me quedo con Blanca. Total, después de esto, voy a
tener que incinerarlo. No creo que seas capaz de dejarlo mucho peor de lo
que ya está…
La idea de montarme de nuevo en ese vehículo, y de oler los mismos
olores, me levantó el estómago tanto que creo que incluso se me notó.
―Vamos en el mío, yo te ayudo ―se ofreció Rider.
Me despedí de Tiana y de Blanca y, justo cuando Rider y yo nos giramos
para marcharnos, Mérida soltó una burrada de las suyas.
―Machote, te prometo que, si fuera hetero, esa caja de peos que llevas a
la espalda, ya tendría dueña.
A mí casi me dio un infarto al corazón y Rider lanzó una sincera
carcajada. Le guiñó un ojo a mi amiga y me cedió el brazo para que lo
agarrase, provocando que me derritiese.
―¿Te puedo confesar una cosa?
―Sorpréndeme.
―No sé si hoy podré contenerme viéndote así vestida y, de ser así, estoy
seguro de que en mis sueños aparecerá en más de una ocasión una enfermera
de pelo rojo, sonrisa pícara y mirada juguetona.
Capítulo cinco
Duquesa
Una vez hubimos llegado a casa de Blanca, nos pusimos a buscar al dichoso
animalito por todos sitios sin éxito. No había señales de las dos gatas por
ninguna parte, así que decidí ir en busca de algo de comida de mininos para
atraerlas.
Nos repartimos pienso en dos bolsitas, y cada uno nos pusimos a moverlas
a modo de sonajero dando vueltecitas de un lado a otro y siseando. La verdad
es que ver a Rider haciendo las onomatopeyas gatunas, con pantalón de
pinza, mocasines negros, camisa blanca de cuello de mao[9], una pulsera de
cuero de ancla de plata, el pelo milimétricamente colocado y su sonrisa de
anuncio de dentífrico, metido entre los matorrales, agachado, buscándolas, y
a mí vestida de enfermera, como si me acabase de escapar de una película
porno, era una escena bastante cómica.
De pronto, en los árboles que estaban justo al lado de la piscina, escuché
un débil maullido. Arriba del todo, en la rama más alta, estaban las dos
escapistas aterradas de miedo sin saber cómo bajar —nunca entenderé cómo
los gatos son capaces de subir a esos sitios y que luego no sean capaces de
descender—.
―¡¡Aquí!!
―Iré a mirar si hay una escalera por alguna parte ―dijo Rider, regresando
a los pocos minutos con una destartalada escalerilla metálica formada de
esqueléticos peldaños.
La colocó sobre el tronco y comenzó a escalar. Sinceramente, no me hacía
ninguna ilusión trepar, así que dejé mi lado gentil a parte y me quedé abajo
aguantándola y mirándole el trasero mientras subía, notando cómo mis
mejillas empezaban a sonrojárseme. Lo mismo, si Mérida no lo hubiese
nombrado hace un rato, yo ahora mismo no estaría tan concentrada
averiguando qué le había llamado tanto la atención a mi lesbianísima amiga.
―¡Ten cuidado! ―fue lo único que acerté a decirle.
Rider llegó hasta casi donde se encontraban los animales, si hubiese tenido
un escalón más nuestros problemas estarían resueltos, pero al no ser así, tuvo
que ponerse de puntillas para agarrarse al árbol e intentar acercarse a ellos.
En cuanto la gata de Blanca notó el cimbreo de la madera, bufó, de un
saltó monumental llegó al tronco y descendió como si del mismo Spiderman
se tratase, mientras que Duquesa seguía aferrada con uñas y dientes a la
corteza.
Rider saltó y se agarró con ambas manos a la rama, elevó su cuerpo cual
trapecista y se sentó sobre ella cerca de Duquesa. Cuando la gata lo vio, se le
abalanzó y se le agarró a la camisa; por la mueca de dolor, deduje que
aquellas uñas clavadas en el pecho debían de doler bastante, pero Rider
aguantó estoicamente —yo hubiese mandado al felino a tomar viento fresco
—. Con una mano se sostuvo a la ramita y con la otra asió a Duquesa, dio un
pequeño bote hacia detrás para acercarse al tronco y poder comenzar la
maniobra de descenso, cuando algo crujió peligrosamente en el árbol.
―¡No te muevas!
―No tengo pensado quedarme aquí a vivir ―me respondió moviéndose
con parsimonia, aunque para nuestra mala suerte, la gravedad ya había
empezado a hacer acto de presencia en el show, provocando que la rama
finalmente cediese al peso y ambos cayesen a la piscina frente a mis ojos, sin
que pudiese hacer nada para evitarlo
Corrí a socorrerlos; Duquesa en cuanto notó el agua, se subió a la cabeza
de Rider, escalándole por la espalda y llenándole la empapada camisa de
gotas de sangre. Me agaché rápido y le alargué la mano para ayudarlo a salir.
La gata no perdió el tiempo y usó nuestros brazos como puente poniéndose
ella solita a salvo, huyendo a la parte más lejana del jardín. Rider y yo nos
miramos, él me sonrió poniendo cara de niño travieso y tiró de mí con fuerza,
haciendo que cayese al agua junto a él.
―¿En serio? ―grité enfadada, completamente chorreando.
―¿Sabes que estás más guapa cuando te enfurruñas? ―Rider se acercó
hasta mí, me apartó el pelo de la cara y me acarició la mejilla, nuestros ojos
se volvieron a encontrar, no podía dejar de mirarlos cada vez que eso
sucedía―. Gato salvado, ¿cuál es mi premio?
―Creo que perdió usted esa recompensa en el momento en el que se le
pasó por la cabeza arrastrarme hasta aquí.
―¿Estás segura?
Rider anduvo los metros que nos separaban, dejando tan solo unos
centímetros entre nuestros rostros; con el pelo empapado, y las gotas de agua
cayéndole de las pestañas estaba todavía más atractivo. Colocó una mano
sobre mi hombro y con la otra sostuvo mi cintura, acercó su nariz a la mía y
la movió dándome un cariñoso beso de gnomos. Se retiró, me sonrió
marcando más los hoyuelos de la cara, entonces fue cuando mis barreras se
bajaron y cedí a todos sus encantos. En ese momento la diferencia de edad
dejó de importarme, rodeé su cuello con mis brazos y me puse a horcajadas
en sus caderas aprovechando la ingravidez del agua, me apretó delicadamente
las nalgas con sus manos, sosteniéndome para que no me alejase. Cuando el
aire entre nuestros labios era casi inexistente, un maullido desgarrador hizo
que ambos diésemos un salto y nos pusiésemos alerta. El fuerte chillido fue
como si acabasen de atravesar con un cuchillo al animal. Nos miramos
aterrados y salimos de un salto de la piscina corriendo hacia donde procedían
los llantos. Al llegar al lugar, mis ojos se abrieron a la par de mi boca:
Duquesa y la gata de Blanca estaban haciendo la postura del perrito, o mejor
dicho del gatito: la gata de Reina estaba encima de la otra dándole fuertes
sacudidas, mientras la primera gritaba como si la estuviese matando.
―¡¿Las hembras hacen eso?!
―¿A qué especie te estás refiriendo exactamente? ―se mofó Rider tan
atónito como yo.
Al momento, Duquesa se retiró y salió corriendo despavorida, con la
violada gata persiguiéndolo de cerca con cara de pocos amigos, hasta que al
final lo cogió y le dio una paliza considerable. Cuando logramos separar a los
dos animales y encerrar a la que sí que era gata en la casa, tapé al malherido
Duque con una toalla; me negaba a llamarle Duquesa después de lo que le
había visto hacer…
Nos montamos en el coche, aún mojados, y corrimos al veterinario a que
lo mirase. Si Reina se enteraba de que su gato había cambiado de sexo, y que
encima estaba lleno de heridas, adiós al trabajo y adiós a mi extraña relación
con Rider.
―No sirvo ni para cuidar a una maldita mascota ―me lamenté, acunando
al gato apaleado.
―Tranquila, lo arreglaremos ―intentó tranquilizarme, dejando caer la
mano derecha sobre mi rodilla y apretando con delicadeza antes de volver a
colocarla sobre la palanca de cambios. Al mirar su mano vi que la manga de
la camisa seguía húmeda.
―¿Ves? Ni siquiera te he dado tiempo a secarte o a cambiarte.
―Soy mayorcito, Ariel, no necesito que me protejas. Sé cuidarme solito,
créeme.
Nada más llegar, entramos corriendo en el centro veterinario, pasé junto a
la auxiliar que estaba en la recepción ignorándola por completo y abrí la
primera puerta que vi con Duque en volandas para dárselo al primero que
encontrase, como si de un paquete bomba se tratase. Dentro de la consulta
había un hombre mayor regordete, con gafas, barba blanca y cierto parecido a
Papá Noel, que nada más vernos se giró e intentó echarnos.
―¡¡Tiene que ayudarme, Duque está muy mal!! ―le imploré,
percatándome de que el abuelete estaba al lado de una mujer rubia aún vuelta
de espalda.
―¡Señorita, hay más pacientes! ―protestó el viejo desagradable.
―¿Ariel? ―exclamó la mujer girándose―, casi prefiero no preguntar qué
te ha pasado para venir de esa guisa…
―¿Aurora? ¡Aurora! Ayúdanos, por favor. Hazle el boca a boca o algo, el
pobre tiene muy mala pinta.
―Doctor, ruego que la disculpe, es una vieja amiga de la infancia y de
bebé se le cayó a la madre de la cuna, desde entonces no anda demasiado
bien ―escuché que le susurraba en el oído, haciendo que tuviese que apretar
la mandíbula para no mandarla un poquito lejos…
El médico resopló y salió de la estancia mirando con más atención la
maraña de pelos, sangre y mordeduras que llevaba en los brazos.
Aurora le inyectó algo al animalito para tranquilizarlo y poder obscultarlo
en condiciones.
―Gracias, te debo una.
―¿Una? He perdido la cuenta de las que me debes, Ariel.
―Vale, pero te he pedido perdón cientos de veces por lo que sucedió ―le
recordé, haciendo que se sonrojase y que mirase a Rider.
―¿Qué le ha sucedido? ―preguntó rápido cambiando de tema.
―Es difícil de explicar: primero era una gata, después trepó a un árbol y
se quedó atrapada, luego se transformó en gato, se tiró a la gata de Blanca y
para rematar la faena la otra intentó matarlo.
―¡¿Qué?! ―Aurora soltó una carcajada.
―El pobre se ve que no escogió bien su pareja, nos suele pasar mucho a
los del sexo débil ―bromeó Rider.
―¿Y tú eres?
―Flyn, Flyn Rider, a su servicio ―se presentó, sosteniéndole la mano y
dándole un beso en ella, derritiendo a Aurora y provocándome un ataque de
celos de tres mil pares de narices.
―Ariel, entra en mi despacho, es el que está justo al lado y cámbiate, la
anestesia tardará unos minutos en hacer efecto. Creo que en el armario tengo
que tener algo que te sirva, pareces recién sacada de un anuncio de Play Boy.
Salí no muy convencida de dejarlos solos. Aurora se había enterado antes
que yo del nombre de Rider, realmente tenía que hacerme mirar eso de los
nombres. En el despacho había un armario y allí tan solo una camiseta de
mangas cortas azul; mi amiga era bastante más delgada que yo, así que
cuando me la puse, mis michelines hicieron acto de presencia. No había
ningún espejo para verme y casi que lo preferí. Cuando regresé, y abrí la
puerta, vi a Rider y a Aurora sentados frente a la mesa de quirófano riendo y
hablando tranquilamente.
―¿Tú no estabas en el culo del mundo haciendo que los animales se
empalmasen?
―Regresé hace un tiempo, tenía asuntos pendientes aquí ―respondió,
incorporándose incómoda tras mis palabras y volviendo a prestarle atención
al pobre Duque.
―Ya le ha hecho efecto la anestesia, el pobre tiene mordiscos por todas
partes. Tengo que desinfectar las heridas, le quedará alguna calva que otra,
pero quitando eso no parece nada grave.
―¿Calvas? ¿Y no hay pelucas para gatos o algo parecido?
―No, Ariel, no existen esas cosas. No sé por qué estoy empezando a
pensar que este gato no es tuyo, ¿me equivoco? ―conjeturó Aurora justo
cuando llamaban a la puerta y la abrí quedándome a cuadros.
―¡Esto se puede empezar a considerar acoso! ―grité ofuscada.
―No eres el centro del universo, no vengo por ti, ¿y qué haces así
vestida? ―Encontrarse de pronto con Jim en una consulta en la que
trabajaba Aurora, y de la que ninguna de ellas sabía nada, resultaba un
tanto extraño.
―Ariel, puedo explicártelo ―intentó excusarse Aurora, pero la cara de
culpabilidad que se le estaba poniendo era bastante esclarecedora.
―¿Has terminado con el gato? ―le dije cogiendo en brazos al aún
dormido Duque.
―¡Oh, venga ya, no seas cría! ―me amonestó Jim. Me giré, le hice un
gesto a Rider y salimos de allí sin que ninguno de los dos intentase
impedírnoslo.
―¿Quieres hablar? ―preguntó Rider una vez que regresamos al
vehículo.
―No, solo quiero llegar al hotel y ver cómo salgo de esta ―confesé
mirando a Duque.
Sabía que no tenía ningún derecho de molestarme, pero no me hubiese
imaginado jamás que ellos dos pudiesen llegar a estar juntos. Eran el día y
la noche, eran…, eran… Hasta que caí en la cuenta: eran jodidamente
perfectos el uno para el otro… El teléfono vibró con un mensaje de Aurora:

Tenemos que hablar. Estoy trabajando con Jim en un caso del que no
puedo decir nada por el tema de la confidencialidad. Te debo una
explicación.

¿En qué podían esos dos estar colaborando? Tan solo esperaba que no
fuese en el mismo del hotel porque, si no, iba a haber demasiadas personas
que me conocían como para seguir pasando desapercibida. Estaba Adam
revoloteando alrededor de Reina, Jim investigándola y ahora Aurora… La
tapadera se me iba a ir al garete en breve. Miré a Duque que estaba
empezando a espabilarse y que se acababa de caer de la cama, lo recogí, lo
acuné y le dije:
―Te ha salido caro tu primer polvo, compañero.
El pobre Duque me miró y volvió a dormirse. A ver cómo le decía a Reina
lo de la transformación de su mascota…
Me armé de valor y subí hasta la planta de la habitación de Reina. «Estas
cosas son como la cera, con un tirón rápido duele menos», pensé. Cuando fui
a llamar a su puerta, la encontré entreabierta y escuché a Reina dando voces
en el interior.
―¡Te dije que tenía que estar todo listo para la entrega de esta noche!
¡Eres una incompetente! A ver cómo le explicas a Mal el retraso, después de
la recepción de esta noche voy a la fábrica.
A continuación, arrojó algo de cristal contra la pared y pegó un grito; me
di la vuelta y salí sin hacer ruido del pasillo. De esa conversación que
acababa de oír, había sacado dos cosas en claro: una, que tenía que
perseguirla esta noche y descubrir dónde estaba esa fábrica; y, otra, que no
era el mejor momento para informar a mi jefa sobre la transexualidad de su
gato.
Capítulo seis
La fábrica
Regresé al dormitorio y llamé a Blanca para ver cómo seguía, Mérida se
había asentado en el hospital y no se separaba del lado de la pequeña Tiana.
―Mérida, esta tarde tengo una recepción con mi nueva jefa… He
descubierto que tienen una fábrica clandestina en algún sitio y voy a intentar
investigar un poco. Por cierto, dile a Blanca que va a ser abuela. —Colgué
antes de que pudieran preguntarme nada.
La gala era para dar la bienvenida a unos socios capitalistas nuevos, en su
mayoría viejos a los que Reina había engañado. Me vestí con un traje
estrecho y unos tacones de aguja de los que para andar tenías que dar
pequeños y ridículos saltitos.
El acto era en el salón principal del hotel. Había fuentes de ponche sobre
las mesas, un catering como el de una boda, la luz era tenue y azul y había
vejestorios enchaquetados por todas partes, con momias vivientes agarradas
del brazo de sus obsoletos maridos y las narices apuntando al techo como si
estuviesen oliendo a mierda. Auguraba una fiesta divertidísima, así que me
fui a un rincón a dar buena cuenta de mi petaca. Estaba escondida llenando el
vaso disimuladamente cuando alguien me agarró por la cintura con ambas
manos desde la espalda y me susurró al oído.
―Si llenas el mío, no me chivaré a tu jefa. ―Esa voz era inconfundible,
me giré y me topé con la sonrisa de Adam en primera plana. No sé cómo no
deduje que él también estaría por allí.
―Adam ―lo saludé, soltándome de su agarre y escondiendo mi alijo.
―Hola, querida ―se agachó y me dio un sonoro beso en la mejilla.
―Así que era aquí dónde te escondías ―dijo Reina acercándose a
nosotros―. Últimamente para contactarte creo que será más efectivo
localizar a mi asistente, aunque eso tampoco es tarea fácil teniendo en cuenta
que la he llamado unas veinte veces sin obtener respuesta en todo el día.
―Lo siento, tuve un pequeño incidente con Duque.
―Ariel, dirás con Duquesa. ¿Está bien, le ha sucedido algo? ―preguntó,
medio tambaleándose y agarrándose a una silla que tenía al lado.
―Está todo bien señora, lo único es que su gata no era gata, es gato, se ha
intentado acostar con la mascota de mi amiga y ha salido un poco trasquilado.
Creo que va a ser abuela.
Acababa de montarme una operación cera rápida e indolora, pero a Reina
no le pareció tan buena idea. Se desplomó en la silla y se empezó a poner
blanca, estaba a puntito de darle un vahído cuando se me ocurrió la brillante
idea de coger un vaso de agua de la mesa y tirárselo por la espalda para que
se le pasase. Craso error, teniendo en cuenta que el agua estaba helada y que
Reina llevaba un traje con los hombros al descubierto. En el momento en el
líquido rozó a la mujer, pegó un respingo y se puso a bailar la jota. Me miró a
punto de explotar, me dio un manotazo en el vaso de cristal, haciéndolo
añicos contra el suelo, y salió corriendo del lugar lanzándome furtivas
miradas asesinas.
―Eres la mejor para animar el cotarro ―se burló Adam, tapándose la
boca para no soltar una carcajada y tocándome la moral. Lo ignoré y seguí de
cerca a Reina, no sin antes robar las llaves del coche de hacer recados del
hotel, que estaban en el mostrador.
Reina se montó en el ascensor y el indicador superior exterior indicó que
se dirigía al parking. «¡Bien por coger las llaves!», me autofelicité y bajé
corriendo como una exhalación para no perderla de vista, procurando no
partirme la crisma con el dichoso trajecito y los tacones. Con tantos escalones
para arriba y para abajo esa noche no iba a tener narices de moverme.
Mi jefa se montó en un coche negro con los cristales tintados, arrancó y
derrapó para salir del aparcamiento. Encontré el coche pulsando el botón de
las llaves que había tomado prestadas, me monté y antes incluso de que me
diese tiempo a meter las llaves, alguien abrió la puerta y se sentó a mi lado.
―¡Baja, Adam, no estoy de broma! ¡Esto es importante!
―Ariel, tenemos que hablar, no me pienso ir del coche hasta que no
aclaremos las cosas.
―Tú mismo.
Derrapé con las ruedas sin moverme del sitio con el freno de mano
agarrado, intensificando el estruendo gracias al eco del sitio y haciendo que
Adam se tuviese que sujetar al cinturón de seguridad y al asita que traen los
coches para que las personas mayores se sientan seguras de que, en el
momento en el que lo tocan, nada malo podrá sucederles. Apagué las luces en
la persecución como en las películas y me concentré en seguirla de lejos sin
que me descubriese, ignorando a mi inesperado acompañante.
―¿Adónde vamos?
―Adam, lo creas o no, estoy trabajando, el problema es que no sé por qué
siempre estás en medio entorpeciéndome.
―Ariel, siento mucho lo del otro día, creo que no estuve en mi mejor
momento. Siento si te hice sentir incómoda, no fue mi intención, eres muy
importante en mi vida como para perderte por una tontería.
―¿Tontería? ¡Me hiciste sentir como una puta! Me he acostado con
muchos indeseables en mi vida, pero créeme cuando te digo que les ganaste a
todos.
―Lo siento, me superó. No sé cómo resarcirme.
―No creo que puedas, Adam, lo que sentía por ti se rompió aquella noche
junto con mis bragas.
Después de algunos kilómetros, Reina se detuvo en una nave abandonada
a las afueras de la ciudad. Lo único extraño era que las luces de la segunda
planta estaban encendidas y se escuchaba un traqueteo en su interior que no
terminaba de reconocer. Antes de salir del vehículo Adam me cogió del brazo
y me detuvo.
―Ariel, quiero ayudarte, pero necesito comprender qué está sucediendo.
―Su cara de total arrepentimiento y los ojos de cordero degollado que tenía
puestos no me permitieron seguir siendo cruel con él. Todos nos
equivocamos, yo la primera, y merecemos una segunda oportunidad, pero
dudaba mucho que mi corazón volviese a latir por él como hasta esa noche.
―¡De acuerdo! Estoy trabajando de infiltrada, tengo que espiar a Reina y
a otra mujer. En un principio, pensé que se trataba de líos de faldas, pero me
temo que es algo mucho más fuerte que unos simples cuernos. Jim también
está pululando por aquí y creo que Aurora lo está ayudando.
―¿Jim? ¿Estás saliendo con él?
―¿De todo lo que te he contado, lo único que te llama la atención es que
haya nombrado a Jim?
―Yo…
―¡No estoy con nadie! Estáis consiguiendo que prefiera que se me
reconstruya el himen, antes que tener que soportaros a ninguno. Si quieres
ayudarme, ponte en el sitio del conductor y mantén el motor encendido. Si no
regreso en media hora, avisa a Jim.
Me escabullí dentro del edificio por una puerta trasera y subí las escaleras
metálicas con cuidado para que no me descubriesen. Asomé la cabeza por la
rendija y dentro de la sala, totalmente iluminada con unas escandalosas luces
blancas, encontré alrededor de unas treinta mesas con máquinas de coser e
inmigrantes de todas las razas afanadas en coser estrafalarias ropas de pieles.
Reina y Cruella estaban en el centro de la sala hablando acaloradamente.
Por desgracia, el ruido de las máquinas no me dejaba escuchar nada de lo que
decían. De pronto, se giraron y se dirigieron hasta donde yo estaba, reculé y
me escondí dentro de la primera puerta que encontré. A los pocos minutos
ambas entraron y dieron un portazo.
―Mal ha dicho que traerá el siguiente cargamento mañana, dijiste que
todo estaría preparado para efectuar el envío.
―Es imposible que estas ineptas corran más. Si lo hacen, se pinchan y
manchas las pieles, y encima quieren dormir y comer; eso nos está
retrasando.
―¿Hiciste lo que te dije con las enfermas?
―Humbert se encargará de ellas esta noche ―confirmó Cruella.
Las dos mujeres hablaban de las chicas como si fuesen trozos de carne sin
sentimientos. Se me estaba empezando a levantar el estómago y además había
un fuerte olor a carne quemada y a sangre en el aire que me tenía mareada.
De repente, mi misión había pasado de sacar algunas fotos e indagar, a salvar
la vida de alguien…
Esperé a que saliesen y me puse a buscar por todas las puertas a las chicas
de las que hablaban las dos arpías, solo esperaba que Adam no hiciese
ninguna tontería. La situación era mucho más seria de lo que jamás habría
imaginado, y me temía que no había desatado ni la mitad del entuerto.
Por fin, vi una puerta cerrada desde fuera con un cerrojo manual de hierro.
Al abrirla encontré dentro a dos chicas asustadas: una, era alta, la melena
lacia y negra le llegaba por la cintura, tenía rasgos indios en la cara y me
observaba como si estuviese a punto de atacarme; la otra, estaba detrás de
ella, escondida, y en un principio me pareció asiática.
―Vengo a ayudaros, ¡corred, vámonos de aquí! ―les dije sin que ninguna
de las dos se moviese un milímetro, ¿sería que no me entendían?―. ¿Queréis
morir aquí dentro? ¡Pues seguidme sin hacer ruido!
La mujer alta agarró del brazo a la otra, aún con recelo me miró y asintió
con la cabeza. La orientación nunca fue lo mío, y había ido como loca
buscando a las chicas, sin marcarme ningún punto de referencia, así que
resumiendo: no tenía ni zorra idea de cómo salir.
Todos los malditos pasillos me parecían iguales, los zapatos me estaban
matando y la falda hacía mella en el interior de mis muslos, creándome tales
rozaduras que no sería capaz de mitigar ni con un kilo de crema de bebé.
Después de diez minutos corriendo de un lado a otro sin encontrar la
salida de aquella locura, la muchacha alta me agarró del hombro y me detuvo.
―¿Tienes idea de cómo escapar de aquí?
―¿Ahora sí hablas mi idioma? ―me defendí―. Estaba demasiado
ocupada buscándoos antes de que os matasen y no me ha dado tiempo de ir
dejando miguitas de pan, lo siento.
―Dime que traes un coche, por favor ―lloriqueó la china.
―Sígueme, nos sacaré yo misma ―dijo la india, apartándome de un
manotazo sin soltar a la otra chica de la mano.
Sin esperarlo, al pasar por uno de los pasillos, me pareció reconocer el
sitio donde me escondí para oír a las villanas; lo que quería decir que las
escaleras y nuestra libertad estaban justo al lado.
―Psss, venid por aquí.
Las llamé justo cuando mi tacón se enganchó en uno de los rieles que
había pegados a la pared —no me preguntéis para qué los usaban porque no
tengo ni idea—, el traje se rompió por la mitad y caí contra una de las
puertas. Sin saber cómo, quedé tumbada bocarriba casi en bragas y con la
pierna doblada, todavía con el tacón sujeto, en medio de la sala donde estaban
todas las demás muchachas trabajando.
Cuando escucharon el portazo, y luego me vieron a mí surgir de la nada,
las que se encontraban más cerca gritaron o se levantaron de su asiento
formando un gran revuelo. El mismo que me sirvió para camuflarme y que ni
Reina ni Cruella me descubrieran, pero sí que vieron la cabeza de la india
aparecer por el umbral para ayudarme a salir de allí.
―¡Guardias, las prisioneras se escapan! ―gritó Cruella.
Unas sirenas empezaron a sonar en todo el recinto, la muchacha alta me
agarró del pecho y me levantó sin el más mínimo esfuerzo. Salimos corriendo
de allí y Adam ya estaba, como buena persona arrepentida que era, con el
motor encendido, aguardando pacientemente a que la loca de su amiga
apareciera después de colarse en una propiedad privada. Lo que nunca
hubiera esperado era que saliera acompañada.
―¡Corre, corre, correeee! ―grité, entrando en el coche. Detrás de
nosotros un hombre estaba disparándonos sin el menor prejuicio.
Cuando llevábamos una distancia lo suficientemente prudencial, Adam
detuvo el coche y se giró.
―¿Se puede saber qué coño acaba de pasar y quiénes son estas?
―vociferó, dándose la vuelta para verlas mejor―. Y lo más importante,
¿sabes que hay una que se está desangrando?
―¿Cómo? ―Miré hacia atrás, vi a la india con sangre en el hombro, y a la
otra chica al lado temblando, llorando, con los brazos cruzados y las manos
metidas en los sobacos―. ¡corre a un hospital, Adam!
―Nooo, a un hospital no, nos encontrará ―fue lo último que dijo antes de
desvanecerse.
―Tú mandas ―me indicó Adam, volviendo a encender el motor.
―Sé que moriré joven por esto. Conduce, yo te indico dónde ir.
Subimos a la casa procurando que nadie nos viese. Entre Adam y yo
cargamos a la enorme chica agarrada por los hombros, le sacaba a él casi una
cabeza de alto y a mí ni os cuento. La otra pobre continuaba llorando como
una magdalena sacándome de mis casillas; si no se calmaba, se iba a llevar un
bofetón.
Una vez dentro, la pusimos sobre el sofá y fui corriendo en busca de gasas
o algo que nos sirviese para detener la hemorragia. La puerta principal se
abrió y desde el baño oí un grito demasiado familiar, corrí con las manos
ensangrentadas hasta el salón de nuevo, para intentar que a Mérida no le
diese un infarto.
―¡¿Se puede saber qué coño está pasando?!
―Mérida, no hay tiempo para explicaciones, tú hiciste un curso de
enfermera o algo así, ¿no? Le han disparado.
―Ariel, eso lo hice para follarme a mis compañeras, ¡¡no presté mucha
atención!!
―Por favor, no dejes que se muera ―le suplicó la china con un ataque de
nervios.
―Uf, tráeme el botiquín que hay en el cuarto de baño y una botella de
whisky del mueble.
Fui corriendo y le llevé todo lo que me había pedido, rezando por no
terminar con un cadáver en el sofá y porque no hubiese cámaras en la
puñetera fábrica. Aquello se me estaba empezando a ir de las manos. En el
momento en el que Mérida intentó incorporar a la muchacha esta se despertó
y la agarró por la garganta.
―Esto me gusta tan poco como a ti, pero necesito ver si la bala te ha
atravesado o si la sigues teniendo dentro antes de que te desangres en mi
casa, ¿me lo vas a poner fácil? ―ella asintió con una mueca de dolor―. Te
voy a cortar la camiseta.
―Esperaré en el balcón ―dijo Adam para no estar presente mientras la
desnudaba.
Mérida cortó la ropa de la chica dejando al descubierto dos tetas como dos
carretas. Tenía la piel morena y unos abdominales en los que se podían lavar
los vaqueros, a Mérida se le fueron los ojos al canalillo de la chica, me miró y
dijo.
―La botella, rápido.
―Hay alcohol dentro de la caja ―la informé.
―Es para ella. ―Se la di y, cuando la cogió, la levantó y se bebió la mitad
de un trago―. ¿Cómo te llamas?
―Po, se llama Po ―se apresuró a decir la chiquita que permanecía de pie
detrás de nosotros con los ojos hinchados de llorar y las manos aún en los
sobacos.
―¿La botella no era para mí? ―atinó a decir Po.
―Era, tú lo has dicho. ―Po le cogió el whisky con el brazo bueno y se la
terminó de un solo trago sorprendiendo a Mérida.
Mi amiga le estuvo toqueteando y mirando la herida hasta comprobar que
no había bala dentro. Empezó a cogerle puntos a ambos lados, y en el instante
en el que vi la aguja me empecé a marear, las dejé allí a las tres y salí con
Adam a que me diese un poco de aire.
―¿Seguimos sin cadáveres?
―Parece que saldremos de esta ―le respondí, quitándole el cigarro de la
mano y fumándomelo casi de una calada, mi cuerpo necesitaba nicotina de
manera urgente.
―¿Qué vamos a hacer?
―Adam, no voy a meterte en esto, ya has hecho demasiado.
―Nadie tiene que meterme; si tú estás dentro, yo también. Además,
necesitarás un infiltrado cuando Reina te despida.
―¿Me va a despedir?
―Has mutilado al gato.
―¡¡Venía con pito de fábricaaa!! ―Miré dentro y vi que Po ya tenía
puesta una camiseta de Mérida―. Entremos.
―¿Qué haremos ahora? ―preguntó la chinita―. ¿Dónde iremos? ¿Qué
comeremos? ¡Nos van a atrapar, estoy segura, y nos van a matar!
―Definitivamente no tenía el toto para fiestas y menos para niñas histéricas.
Me di la vuelta y le di el merecido tortazo que llevaba pidiendo un buen rato
a gritos. Esta se quedó inmóvil, se puso los dedos bajo la nariz y empezó a
aspirar como si tuviese una flor en las manos.
―¿Qué haces? ―le preguntó Mérida descolocada.
―Se huele los dedos después de tenerlos en los sobacos, le relaja el olor
cuando está nerviosa ―dijo Po, intentando levantarse.
―¡Qué fatiga! ―exclamé.
―¿Adónde vas? ―dijo Mérida.
―Nos vamos.
―Perdona que te diga, pero soy tu enfermera personal y no pienso dejar
que te vayas hasta que no esté segura de que estás bien. Tu novia y tú podéis
quedaros en la habitación de invitados. ―Mérida era capaz de darle la vuelta
a cualquier situación para ligar.
―No somos pareja ―se pronunció por fin la chinita, que había dejado de
olerse los dedos, lo que en su dialecto corporal quería decir que estaba más
tranquila y que no le tendría que volver a atizar.
―¡Mierda, el gato!
―Estás empezando a tener una relación insana con ese animal, amiga
―me advirtió Mérida, bastante contenta después de descubrir que Po estaba
libre.
―Lo dejé en mi dormitorio y de seguro que Reina está que trina. Tengo
que volver al hotel y comprobar cómo sigue.
―Te llevo ―se ofreció Adam en modo pelota activado.
―¿Estaréis bien? ―pregunté preocupada.
―Sí, tranquila, yo me encargo de ellas ―sonrió Mérida con cara de
pícara.
El camino en coche lo pasamos en silencio. Cuando llegamos a la puerta,
Adam me miró intentando ser seductor, pero esa faceta suya había dejado de
interesarme.
―Han pasado muchas cosas, creo que lo más sensato sería que subiese
contigo.
―Adam, han puesto micrófonos en mi dormitorio.
―Me han dicho muchas excusas para no invitarme a una casa, pero desde
luego siempre eres la más original ―se burló.
―No es ninguna broma, y además estoy demasiado cansada, tan solo
quiero dormir. Gracias por acercarme, mañana hablamos. ―Esa fue mi
última respuesta antes de bajarme del coche y dejarlo con la cara de los pies
de otro mirando cómo me iba.
Estaba deseando llegar al cuarto y comprobar el estado de Duque, tan solo
esperaba que Reina no me hubiese desalojado. Al llegar a mi planta vi a
alguien sentado en las escaleras, salí rápido del ascensor temiendo que fuese
el mismo que disparó a Po. En la puerta me puse nerviosa y para abrir creo
que metí la llave de todas las maneras posibles en la cerradura menos en la
correcta.
―¿Te ayudo? ―Estoy segura que pegué el salto más ridículo, seguido del
gritito de terror más tonto de la historia. Al girarme, vi a Rider y mi corazón
se ralentizó, un poco…
―Me has dado un susto de muerte.
―Me tenías preocupado.
―Dentro hay micrófonos, no podemos hablar de temas laborales.
―No era esa mi intención precisamente.
―Necesito un trago, ¿quieres uno? ―le invité, ruborizándome como una
quinceañera.
Cuando estuvimos dentro, me arrepentí de ser tan desastre. La ropa estaba
esparcida por todos sitios, Duque se había encargado de llenar de pelos
blancos todo lo que era negro —supongo que en señal de venganza—, y
dormía a pata ancha sobre mi almohada. En cuanto me vio, abrió un ojo, se
dio la vuelta y continuó su siesta.
Rider y yo nos miramos y nos reímos encogiéndonos de hombros. Saqueé
el mini bar y nos servimos todo lo que contenía alcohol que había en la
habitación, terminando sentados en la moqueta con la espalda apoyada en el
colchón.
―Creo que la habitación está empezando a darme vueltas, necesito una
ducha ―confesé.
Rider esperó pacientemente en el dormitorio mientras que yo intentaba
que mis neuronas dejasen de moverse como si estuvieran bailando la conga.
Dejé que el agua corriese por mi cuerpo, necesitaba sentir algo real y que me
evadiese de las circunstancias, pero creo que por mucho jabón que usase, la
preocupación por toda esa incertidumbre seguiría estando. Cerré los ojos e
intenté mantener la mente en blanco.
Me sobresalté al notar que alguien me sostenía por la cintura y me daba un
beso en el cuello y luego otro y después otro más. Absolutamente todos los
bellos de mi piel se erizaron en respuesta al contacto de sus carnosos labios
sobre mí. Tenía su cuerpo totalmente pegado al mío y pude notar cómo cada
músculo de su pecho se rozaba contra mi espalda, mientras nos caía el agua
de la ducha y las gotas rodaban entre los dos.
No podía negar que cada vez que Rider abría la boca mi cuerpo temblaba.
Procuré recordar el tamaño actual de los pelos de mis piernas, y de lo que no
eran las piernas precisamente. Tenía que hablar urgentemente, necesitaba
decir alguna estupidez de las mías, me estaba empezando a entrar mareo y
fatiga, y lo último que quería era vomitarle encima.
Me separé de él, se aproximó lentamente y di un paso atrás activando mi
modo juguetón, luego otro y otro más, cuando de pronto…, se fue a tomar
por saco todo el romanticismo. Mis piernas chocaron contra el borde de la
magnífica bañera vista, y caí de culo quedando a una altura bastante
embarazosa, teniendo en cuenta que ambos estábamos desnudos.
Rider se agachó, me dio la mano y me ayudó a levantarme mientras la
incansable agua no dejaba de cubrirnos. Introduje mis dedos en su pelo y nos
fundimos en un lujurioso beso. Su expresión me decía que me deseaba tanto
como yo a él. Su agarre comenzó a ser más feroz y contundente. Me aferró
una pierna fuertemente con su enorme mano, me la plantó en el borde de la
bañera y aprovechó la abertura para introducirme su tan anhelado miembro
dentro de mí.
En el momento en el que lo sentí entrar, mi sexo se humedeció y se
contrajo intentando que no se marchase nunca y que aquello durase para
siempre. Me elevó la otra pierna y continuó haciéndome el amor en el aire,
como si mi cuerpo no se resistiera a la gravedad. Yo no podía hacer otra cosa
más que asirme a su cuello y morderle en el hombro para silenciar un poco
mis orgasmos. Sus brazos y su abdomen quedaron en tensión debido al
esfuerzo que estaba haciendo al sostenerme, lo que hacía que sus músculos se
viesen todavía más protuberantes de lo que ya eran. Y si juntamos eso y el
agua, la escena era como la de las películas porno que veía en la oscuridad de
mi dormitorio cuando me sentía sola, solo que en lugar de una guapísima
brasileña era a mí a la que penetraba ese adonis personificado.
Me sacó con cuidado de la bañera y me llevó al dormitorio. Me tumbó en
la cama y prosiguió haciéndome el amor, dejándome casi sin aliento. Colocó
sus manos sobre las mías comprimiéndomelas contra el cochón, dejando caer
todo su peso sobre mí. Contemplarlo sin peinar y con el pelo mojado era
todavía mejor que verlo arreglado con sus trajes habituales; ese aspecto le
daban un toque de niño malo que nunca había visto en él. Sus suaves besos
mezclados con un pequeño atisbo de inseguridad en su mirada hacían que
aquello resultase aún más especial.
Le di la vuelta sobre la cama y le demostré que la diferencia de edad no
tenía por qué ser un punto en mi contra en esos momentos. Me senté sobre él
e intenté que disfrutase todo lo que yo lo hacía. La textura de su piel, de sus
músculos, el ancho de su cintura entre mis piernas, hasta el tenue olor a
hombre que desprendía, me excitaba.
Cuando hubo explotado en éxtasis me tumbé a su lado y me dormí
mientras me abrazaba, sintiendo al momento la dureza de su miembro rozarse
en mi trasero de nuevo, recordándome que, aunque no lo admitiese, la
vigorosidad que se tiene con veinte años menos no era la misma que a mi
edad. Aguardé esperando un tercer round, pero en vez de eso, me besó en el
cuello y me susurró al oído.
―Descansa, princesa.
Capítulo siete.
Las nuevas.
Ese incómodo momento de despertar al lado de alguien la primera vez que
dormís juntos: tienes los pelos que ni las brujas, el aliento como si te hubieras
comido siete ratones muertos, las ojeras te llegan hasta el culo, por la falta de
horas de sueño y el exceso de horas de hacer guarrerías, y lo peor es que si
dejaste abierta la ventana y, estás desnuda, quieres transformarte en Mística
la de los X-men para mimetizarte y que no te vean —porque seamos claras,
de noche todos los gatos son pardos, pero de día hablamos de temas mayores
—.
Podía notar el calor de su cuerpo pegado al mío, me puse la palma de la
mano en la boca y efectivamente mi aliento era aún más jodido de lo que
pensé en un principio. Escuchaba su respiración acelerada y el pecho le hacía
unos extraños ruiditos, no lo conocía lo suficiente como para saber si tenía
asma o no. Se pegó un poco más reclamando mi atención, las piernas todavía
me temblaban, mi vagina no se había recuperado del dichoso huevo y yo no
era que le hubiese dado el margen de descanso que requería precisamente;
pero, por otro lado, desde que la noche anterior me dispararán, mi visión de la
vida había cambiado por completo, no pensaba dejar nada para después, así
que… ¡Qué diablos!
Me giré rápido, preparada mentalmente para otro asalto e incluso excitada
de tan solo pensarlo, le propiné un beso con los ojos cerrados aguardando su
cálido abrazo. Unos pelillos sospechosos y luego un doloroso arañazo en el
cuello hicieron que me acordase de la familia del que inventó el
romanticismo.
En el lugar de Rider estaba Duque sentado, lamiéndose las patas y
pasándoselas por la cara como si al besarlo le fuese a pegar la lepra o algo
peor. Fui al servicio de puntillas esperando encontrarlo allí aseándose y
cogerlo desprevenido, aunque seguía sin encontrar a nadie en toda la estancia.
Cuando mi decepción fue en aumento, me senté en la cama y abracé la
almohada enfadada y triste; la idea de comenzar el día con un polvo
mañanero me resultó bastante atrayente cuando me lo planteé. De pronto, el
timbre de mi móvil anunció el tan ansiado mensaje:

Buenos días, tenemos que hablar. Jim.

Era la primera vez que un mensaje de Jim me la traía floja, deseaba saber
dónde estaba Rider. «¿Tan mal lo pasó?, ¿solo quería eso y una vez
conseguido había desaparecido?», las dudas traqueteaban en mi cabeza como
un martillo y decidí coger al toro por los cuernos.
Me di una larga ducha para no pensar, con la pena de quitarme su olor de
mi piel, agarré todos los bártulos de Duque y fui a buscar a Reina, a ver si
todavía seguía teniendo trabajo, no sin antes hacer el amago de llamarlo y de
escribirle más de treinta veces.
Reina estaba en su oficina. Tomé una gran bocanada de aire, entré con el
pobre minino en los brazos con las orejas gachas, como si pensase que lo
llevaba al matadero, puse mi mejor cara de no haber roto un plato en la vida y
carraspeé para llamar su atención.
―Señora, le traigo su mascota. ―Decidí que lo mejor sería no enfatizar
mucho en el tema del nombre del animal.
―Haz con él lo que te plazca.
―¿Señora?
―Tengo muchos líos ahora mismo como para tener que pensar en ese
engendro. ―Comencé a salir de la oficina detestándola todavía más de lo que
ya lo hacía―. Por cierto, Ariel, estás despedida, salid inmediatamente tú y
eso de mi hotel.
Salí de allí con lo poco que había llevado y con Duque mirándome con
carita de circunstancia. Tenía tres opciones: ir a casa de Mérida a ver si al
final se había montado un trío con las dos pobres indigente; llamar a Jim y
ver qué mosca le había picado ahora; o ir en busca de Rider y montarle un
numerito de novia poseída por escaparse de mi lecho a hurtadillas.
Finalmente me decanté por ir a ver a Mérida; tanto mi nueva mascota
como yo necesitábamos una reunión femenina urgente.

Después de aporrear la puerta durante más de cinco minutos, la Huelededos


me abrió aún con los ojos pegados y se nos quedó mirando a Duque y a mí.
―¿Quieres algo?
―A ti por lista no te captaron, ¿verdad? ―La ignoré y pasé por su lado
soltando al animal y poniéndole el comedero y el arenero en la cocina, antes
de que Mérida me gritase.
La chica se sentó en el sofá y se volvió a colocar las manos en su sitio
habitual, esa mujer me sacaba de mis casillas sin hablarme. Duque se apropió
de un brazo del sillón preferido de mi amiga, se hizo una bolita y se durmió
de nuevo. Definitivamente, de mayor quise ser como él.
Mérida entró en el salón, lo vio, me miró y comenzó su retahíla.
―Recuérdame desde cuándo soy un refugio para animales y personas
desvalidas.
―Nos han despedido.
―¿A los dos?
―Sí.
―¿A él también? ―agregó la chica del olor a sobaco.
―Se podría decir que sí ―le respondí por pura educación, intentando no
cachondearme de ella.
―Buenos días ―saludó Po, saliendo del dormitorio de Mérida con una
camiseta demasiado pequeña y con los pezones como timbres de castillo
apuntándome directamente a los ojos.
―¿No crees que deberías prestarle a esa mujer algo de ropa interior? ―le
pregunté a Mérida señalando a Po―. Veo que estás mucho mejor.
―Sí, gracias. Mé tiene unas manos maravillosas.
―Preferiría que no entrarais en detalles…
―¿Qué vamos a hacer? ¿Adónde vamos a ir? ―saltó de pronto la chinita
hiperventilando de nuevo.
―¿Tienes nombre? ―le dije, pretendiendo que su cabeza dejase de
pensar.
―Mulán.
―Perfecto, Mulán, primero vamos a desayunar y luego ya veremos.
―Tengo un plan mejor ―sugirió Mérida dándome miedo―. Vamos a
comprar ropa interior y a dar una vuelta a ver a Lilo.
―¿En serio? ¿Crees que es buena idea ir con dos sin papeles de compras
como si tal cosa? ―le dije sin esperarme su repentino buen humor, a ver si
entraba en razón.
―Habrá alcohol y tabaco.
―Me acabas de convencer.
Si algo jodidamente complicado en la vida para mí era comprarme un
maldito sujetador. Las tallas eran distintas según el fabricante —o sea que eso
de anotar la última que adquiriste era para nada—. Luego, había tantas letras
como casi alfabeto y, también, por si eso no fuese suficiente venían los
números… ¿Cuántas puñeteras tetas había en el mundo? Que también existía
la opción de mandar al garete la tela asfixiante e ir con las domingas al aire,
pero la gravedad era más cruel cuantos más años se cumplen y, si no me lo
ponía, lo mismo me llegaban al ombligo.
Encontrarle un sujetador a Po que le estuviese bueno fue una odisea. La
chica tenía los pechos enormes y la espalda de un camionero: o se ponía uno
del estilo de la abuela de Heidi en sus mejores tiempos, o uno de deporte, o se
quedaba alegrándose de ver a la gente de por vida, porque al parecer para las
indias la gravedad no existía.
Comprarle uno a Mulán tampoco fue tarea fácil, porque la chica era todo
lo contrario, tenía dos pimientillos y la espalda de una niña de nueve años.
Los únicos que le servían eran los que tenían dibujitos de maripositas y
gatitos; no es que la viese en una cita erótica precisamente, pero hombre, un
poco de encanto interior nunca venía mal para el estado anímico de una.
Mérida, al contrario, tenía la talla estándar, es decir, la hija de la mala
madre daba igual el que cogiese, todos le estaban perfectos.
Y, para concluir el circo de los extraños, llegamos a mi turno, que tengo
espalda de nadadora profesional, y pechos más bien normalitos. Así que, al
final tuve que optar por un antiestético gancho de empalme que unía los dos
extremos con una telita extra totalmente anti erótica, porque los que me
servían de un lado me colgaban de otro.
En la glamurosa tienda de lencería nos dieron dos botellas de vino
mientras nos probábamos la ropa y nos metíamos las unas con las otras.
Cuando Mérida pagó todo, nos dirigimos a ver a mi querida Lilo, con la
diferencia de que esta vez estaba preparada y pensaba dejársela a Mulán para
que la espabilase. Me negaba a recibir otra paliza de gratis como la vez
anterior.
Mi extraño nuevo amor seguía sin dar señales de vida y, en cuanto
entramos en el centro de belleza y Lilo nos vio, nos dio un abrazo grupal que
solo ella era capaz de dar y nos dijo que habían abierto una zona de baños
termales. Si era sincera, el tema de los pelillos me la empezaba a traer sin
cuidado si lo comparábamos con lo de los baños. Así que, insistí para que
Mulán y Po sufriesen lo mismo que yo en su día, como si fuese una prueba de
iniciación, y me fui con Mérida a ver qué tal era eso de bañarse con naranjas
flotantes.
Mérida se quedó hablando con unas chicas en la piscina de agua fría y
rosas, y yo me fui sola a otra que se encontraba como metida en el suelo y
estaba casi a oscuras, era como nadar en una gruta secreta. Apoyé la cabeza
en el borde y me quedé un rato allí pensando en la mierda de vida que tenía
cuando, de repente, algo me agarró las piernas, y del susto me resbalé y casi
me ahogo.
―Perdona, perdona, no creí que te fueses a asustar tanto ―escuché la voz
de Rider aún con los ojos cerrados. Al abrirlos, y ver la cara entre preocupado
y divertido por la situación, no tuve claro si enfadarme, sentirme aliviada o
reírme.
―¿Qué haces aquí?
―El móvil, ¿recuerdas?
―Vas a tener que dejar de espiarme.
―No puedo, forma parte de mi trabajo. Me manda Úrsula.
―Ah, ya me parecía extraño que asomases por aquí en plan romántico
después de desaparecer esta mañana…
―Lo siento, te vi dormida y me dio pena despertarte. Tenía que ir a
trabajar. ―Seguramente decía la verdad, pero estaba acostumbrada a que
Adam me dejase notas y me mandase mensajes cada vez que se iba a
ausentar, que el hecho de que Rider no lo hiciese, me decepcionó un poco.
―Pues tenemos un problemilla con respecto al trabajo ―le informé
intentando suavizarlo―. Me han despedido.
―Vaya, eso sí que es un contratiempo. Creo que a Úrsula no va a hacerle
mucha gracia.
―También me han echado del hotel, gato incluido.
No estaba segura de contarle el tema de la fábrica de ropa clandestina.
Además, aún teníamos pendiente lo de hablar con las chicas y que nos lo
explicasen todo bien. Todavía tenía algo que no acababa de convencerme del
todo por muy encantador que fuese, en el fondo de su mirada había algo
negro que no lograba encajarme con tanta amabilidad y perfeccionismo.
―Ariel ―dijo acercándose más a mí, tanto que llegó un momento en el
que entre nuestros cuerpos no podía pasar el agua, colocó su nariz pegada a la
mía, me miró a los ojos y continuó―. Lo de anoche fue muy especial para
mí, y no quiero que nadie nos lo estropee.
―Yo… ―fue lo único que atiné a balbucear.
Pude notar que su miembro me señalaba desde las profundidades y sentí
cómo mi cuerpo le respondía internamente. Rodeé su cuello con mis brazos
y, justo cuando nuestros labios se iban a rozar, escuchamos un gran estruendo
de cristales rotos, de gritos y de golpes.
Rider y yo nos miramos y salimos corriendo del agua con Mérida por
delante. Al llegar a la entrada del salón, nos topamos con Lilo y Po
ensalzadas en una gran pelea al más puro estilo de los gladiadores
americanos. Estaban tiradas en el suelo pegándose puñetazos la una a la otra.
No era capaz de saber con seguridad quién iba ganando, lo que sí era
cierto era que el local estaba perdiendo por goleada: una de las paredes de
papel que dividía los espacios dentro del lugar, tenía un boquete gigante en
medio, por el que se distinguía a Mulán oliéndose los dedos sentada en una
camilla y observando el espectáculo aterrada; las velas olorosas de las
mesitas se encontraban esparcidas por el suelo, y habían formado un incendio
con los restos de papel y toallas volcadas de los carritos de trabajo; el aceite
no ayudó mucho y se estaba propagando con rapidez; y el resto de las clientas
ya estaban en la calle semidesnudas con medio infarto cada una.
Mérida y yo nos miramos y ella se lanzó a separar a su nueva amiga Po,
dejándome a mí al toro de Osborne[10] como única elección. Las sirenas de la
policía ya se oían a lo lejos, teníamos que salir de allí rápido si no queríamos
que descubriesen a las dos refugiadas que estábamos ocultando. Busqué
rápido a Rider para ver si él podía echarme un cable, pero este era como
Houdini y ya había desaparecido. Suspiré y me tiré en plancha sobre Lilo
para intentar controlarla, «ilusa yo…». La sostuve por la espalda, aunque mis
brazos no alcanzaban a rodearla por completo, y me quedé colgando como si
fuese un mono en su espalda, pataleando en el aire hasta que finalmente la
agarré con las piernas y me convertí en la mochila de Dora la exploradora.
Nunca me había subido a un cacharro de los de la feria en los que hay que
permanecer arriba mientras eso da vueltas y se menea de un lado a otro, pero
juraría que eso no era demasiado distinto.
Las dos chicas estaban en pie con las manos entrelazadas empujando cada
una para el lado contrario al más puro estilo de ciervos salidos.
―¡¡Mulán, una ayuditaaaa!! ―grité a la empanada a la que le faltaban las
palomitas.
Po le ganó terreno a Lilo empujándola contra la pared y haciendo que mi
espalda golpease el espejo convirtiéndolo en añicos. La solté y, justo
entonces, echó el codo hacía atrás para propinarle un puñetazo a Po y me dio
un golpe en la nariz de tres mil pares de cojones, dejándome de rodillas
rodeada de cristales, con la mosqueta[11] y la cara cubierta de sangre.
Sin saber cómo había pasado, a mi lado cayó desmayada Lilo. Al mirar, vi
a Mulán con un trozo de florero de cristal en la mano y con cara de estúpida
mirando a la nada. Juro que, aparte de hacerla coser, también habían hecho
pruebas médicas con su cerebro.
Dos coches de policía ya estaban fuera del local. Mi suerte fue la misma
de siempre y el primero en entrar, pistola en mano incluida, fue Jim, que
cuando nos vio de esa guisa seguro que no supo si tirarse de los pelos o si
dispararme directamente. Bajó el arma e intentó tranquilizar al resto de sus
compañeros que ya estaban entrando también. Todos se quedaron con los
ojos como platos al ver a Po con una mini toalla, a Mérida y a mí en biquini y
a Mulán aún con el arma del delito en la mano, de pie junto al cuerpo de Lilo.
―¡Mierda! ―dije.
La policía nos esposó y nos llevó a comisaría sin que nos diese tiempo de
vestirnos. Cuando íbamos montadas en los coches patrulla, vi la ambulancia
que se dirigía con las sirenas puestas, en dirección contraria a la nuestra, para
ayudar a la pobre Lilo.
Los calabozos de la comisaría ya me estaban empezando a resultar
demasiado familiares, aunque esa vez no había ninguna otra detenida. Nos
proporcionaron unos monos de prisión para que nos tapásemos una vez que
estuvimos abajo, no sin antes tener que hacer un pase de modelos por todas
las dependencias con cientos de ojos observándonos y riéndose.
―¡¡¿Se puede saber qué cojones ha pasado?!! ―les grité.
―Quería interrogarnos y quemarnos las piernas con un líquido pegajoso
―explicó muy digna Po, haciendo que me sentase en el suelo y me echase las
manos a la cabeza.
―Eso es cera, cariño.
―¡Mérida, ni cariño ni pollas! ¡Casi mata a Lilo por hacer su trabajo!
¿Cómo explicamos lo sucedido? Y lo que es peor, ¿recuerdas que no tienen
papeles?
―¡¡Nos van a matar!! ―lloriqueó Mulán.
―No, bonita, aquí no se mata a la gente, se las deporta, que creo que en
vuestro caso es casi peor ―la informé siendo demasiado cruel.
Un guardia apareció y me dijo que tenía que ir a la sala de interrogatorios,
en la que, por supuesto, me esperaba Jim con un humeante café y un paquete
de cigarrillos.
―¿Y ahora qué coño has hecho?
―Te juro que no he sido yo ―comencé a decirle mientras me encendía un
pitillo―. La cosa se nos ha ido un poco de las manos.
―¿Un poco? La dependienta de ese local tiene casi seguro un
traumatismo en el cráneo, el centro de belleza está destrozado y quemado, y
tienes a dos inmigrantes en la celda, ¿eso te parece un poco?
―Las saqué de la fábrica ―susurré, dejando a Jim con los ojos como
platos. Se levantó, salió de la habitación, escuché voces al otro lado del cristal
opaco, a continuación, Jim volvió a entrar, apagó la cámara de la esquina y
agregó.
―Ariel, te dije que dejases ese tema para los profesionales. ¿Por qué te
empeñas en llevarme la contraria? ¡¿Qué puñetas te he hecho para que
siempre estés complicándome la existencia?!
―¡¡No he sido yo la que se ha olvidado de todo y se ha buscado pareja al
día siguiente!!
―¿Y realmente no entiendes por qué he preferido estar con alguien
normal y que no me vuelva loco? ―De sobra sabía que tenía razón y que me
merecía esa respuesta, pero eso no quitaba que me sintiese como si me
acabase de atravesar el corazón de nuevo―. Mérida y tú podéis marcharos.
―¿Qué les pasará a las otras chicas?
―Eso ya no es de tu incumbencia ―me dijo levantándose y marchándose,
dejándome allí con el alma hecha jirones y el corazón en busca y captura.
Llamamos a Blanca para que viniese a recogernos, pero en su lugar
apareció el moreno padre de Tiana en un coche con los cristales negros.
―Blanca está en casa con la niña, he preferido venir yo.
―¿Y tú no estabas en busca y captura? ―preguntó Mérida todavía
enfadada por lo que acababa de pasar.
―Sí, pero al parecer se me da mejor que a vosotras escapar de la policía.
«Touché», pensé abatida.
Capítulo ocho.
El rescate.
Blanca casi no podía creer lo que le acabábamos de contar. El enorme
Naveen estaba en un lado del salón meciendo a la pequeña Tiana, mientras
que ella nos daba algo de beber en la cocina. Mérida estaba visiblemente
afectada por Po y yo lo estaba por Jim y por la nueva desaparición de Rider.
―¿Por qué creéis que tienen esa fábrica escondida?
―Puede ser por la mano de obra gratuita de mujeres sin papeles y en
condiciones infrahumanas ―sugirió Mérida indignada.
―Me parece que hay algo más detrás de todo esto, no creo que dos
mujeres tan fuertes, como lo son Cruella y Reina, se jueguen el pellejo por no
querer pagar a los trabajadores. Además, oí hablar de una tercera mujer a la
que le tenían miedo ―agregué.
―Ariel, no quiero dejar abandonadas a Po y Mulán a su suerte.
―Mérida, están detenidas y no sabemos qué va a pasarles.
―¿No puedes intentar sonsacarle al poli buenorro algo de información?
―Jim me odia, no creo que me diga nada de nada.
―Si os enteráis de cuándo será el traslado podría ayudaros ―intervino
Naveen.
―No queremos meterte en líos ―dije.
―No podría estar en más de los que ya estoy. En unos días nos iremos del
país, no me importa tener algún que otro delito más a mi espalda.
―¿Os vais? ―preguntamos Mérida y yo al unísono.
―Sí, nos queremos y no quiero que mi hija esté lejos de su padre. Los
niños están en un internado fuera de aquí, así que los recogeremos y
desapareceré. Siento no habéroslo dicho antes ―se disculpó Blanca.
―Vale, ¿y cómo lo hacemos? ―le pregunté justo cuando mi teléfono de
empresa empezó a vibrar.

Ariel, ya me han informado que has echado a perder la misión, destruye


las pruebas y olvídate de nuestra relación. Úrsula.

―¿Malas noticias? ―preguntó Blanca.


―No, lo de siempre, chica encuentra trabajo, chica se enamora del niñato
de su jefe, a chica la meten en la cárcel y la mandan a paseo del trabajo… Es
mi sino ―suspiré y me terminé el vaso de ginebra de un trago.
―¿Cómo podríamos enterarnos del día que se las llevan? ―preguntó
Mérida.
―Aurora.
―¿Aurora? ―se extrañó Blanca.
―¿No estaba empalmando cebras por ahí afuera? ―agregó Mérida.
―Está de regreso, trabaja en un veterinario y creo que está liada con Jim
―les expliqué, siendo la primera vez que decía en alto lo que ya me había
planteado en la cabeza unas cuantas veces sin ser capaz de pronunciarlo.
―¡Joder, con la tonta! Blanca se acuesta con este, tú estás en modo
asaltacunas activado, y ahora la otra se tira al poli macizo. Creo que estoy
perdiendo facultades.
―¿Te tengo que recordar que vamos a jugarnos la libertad por un polvo
tuyo de una noche? ―le espeté.
―Ni punto de comparación, ¿le viste las tetas?
―Nos estamos yendo del tema, niñas. ¿Cómo convencemos a la señora
puritana e inquebrantable para que venda a Jim?
―Blanca, ni a Ariel ni a mí nos va a hacer ni puñetero caso, creo que te
toca actuar.
―Sorpréndeme… ―dijo un poco asustada.
―Fiesta de despedida, es fácil. Blanca la llama, le dice que se marcha para
siempre y que, como la quiere tanto, necesita que esté presente en la fiesta.
―Nunca comprenderé cómo todos tus planes acaban con una borrachera.
―Ariel, eso es práctica, ya aprenderás.
―¿Sabes que tienes muy poquísima vergüenza? ―se rio Blanca.
―Sí, pero por eso no podéis vivir sin mí.
Blanca convenció a Aurora para que quedásemos esa misma noche en su
casa y me fui con Mérida a estar un rato con Duque, ese diablillo había
conseguido conquistar mi corazón. Le iba a preguntar a Blanca si podía
traerlo, pero casi que después de la experiencia con su gata preferí no sacar el
tema.
Estuve a punto de tirar el teléfono que me dio Úrsula por la ventanilla del
coche, el problema era que esa era la única forma de que Rider me contactase
y todavía necesitaba saber de él. Entre el felino y el jovencito habían
mandado al traste mi vida en cuestión de días, lo que en parte era de
agradecer, ya que enterarme del palo de Jim y Aurora juntos me lo hubiera
tomado de otra manera si no tuviese la cabeza caliente con tantas locuras.
Volví a guardar el dichoso teléfono en el bolso y me acosté un rato,
impaciente porque llegase la noche.
No es que tuviese demasiadas ganas de estar de fiesta con esa traidora de
Aurora… Sí, ya sabía que Jim no era de mi propiedad, pero coño, eso de
liarse con los ex de tus amigas era algo que no hacía falta decir en voz alta,
eso simplemente se respetaba y punto.
Llegamos al anochecer a casa de Blanca. Antes de salir, ya me había
tomado alguna que otra copa para poder montarme mejor el papel de amiga
feliz y encantada por volver a estar tiempo a solas con la arpía robahombres,
así que mi grado de euforia fue creciendo a medida que nos acercábamos a la
mansión.
Nos abrió la puerta Naveen con Tiana en los brazos. El hombre no estaría
muy bien dotado, pero no se podía negar que como padre era insuperable;
tanto que por una milésima de segundo me entraron ganas de ser madre, pero
luego Tiana le vomitó en el hombro y el instinto maternal se me fue a la
basura…
―Aurora, ¡¡qué de tiempo!! ―gritó Mérida más falsa que Judas,
abalanzándose sobre Aurora y dándole un fuerte abrazo. De pronto, me di
cuenta de que mi grado de alcohol en sangre actual no iba a ser suficiente
para tanto teatro.
―Aurora ―fue lo único que pude decir sin ponerle cara de asco.
―Naveen se va a quedar con la niña en casa, soy toda vuestra, ¿adónde
vamos? ―dijo Blanca rápidamente, intentando cortar la tensión del ambiente.
―El de Chip lo cerraron, ¿no? ―preguntó Aurora.
―Sí, finalmente detuvieron a ese malnacido ―respondí.
―Bueno, creo que, para variar, soy la que más antros nocturnos conoce.
Yo os llevo ―alardeó Mérida.
En los vehículos siempre nos sentábamos por tamaño de trasero, por lo
que, la que tenía el culo más gordo, iba de copiloto, así que me tocó ir detrás
con Aurora; Blanca nos ganaba a todas. Sí, la segunda era yo, pero hasta en
eso me tocaba perder y joderme al lado de la tonta.
Mérida condujo hasta el bar del que salí corriendo después de la pelea de
Adam. Gracias al cielo, después de la que lio, dudaba mucho que volviese a
aparecer por allí. El problema era que el matón al que le aticé me
reconociese, pero bueno, eso tampoco me preocupaba demasiado porque iba
con mi escolta particular, y si venía la policía también tenía la espalda
cubierta con mi mega amiga Aurora de vuelta al clan.
Esta vez ya conocía el lugar y las llevé directamente a la parte del patio
donde se podía fumar, y ya de paso hablar con un poco más de tranquilidad.
Nos sentamos en un reservado, apartado tanto de la barra como de los baños
y del mundanal ruido estridente de la música de discoteca. A los pocos
minutos Mérida se fue a pedir dos tandas de chupitos.
―Por nosotras ―brindó mi ilusa amiga, si pensaba que así Aurora picaría
estaba muy equivocada. En vez de eso en cuanto vio los vasos arrugó la nariz
como un puercoespín.
―Mérida, Aurora tan solo bebe con sus amigos de verdad, nosotras no
somos lo suficientemente cercanas como para que se rebaje a hacerlo ―dije,
metiendo cizaña y consiguiendo mi objetivo.
―Ariel, siempre tienes que dar la nota, pero tengo que decirte que si estoy
aquí es por Blanca, no por ti, que te quede bien claro. ―Aurora cogió sus dos
vasos y se los tomó uno tras otro casi sin respirar.
―¡Eah!, ¡al carajo el brindis! ―nos amonestó Mérida, levantándose y
yendo de nuevo a la barra para regresar con otras dos rondas.
Cuando llevábamos demasiados chupitos tomados hasta para mí, vi que ya
era buen momento para comenzar el ardid. Miré a Mérida y a Blanca y les
guiñé un ojo para que iniciasen ellas la actuación.
―Otro trago por las que no tenemos suerte en el amor. ―Cuando Blanca
alzó su vaso Mérida la interrumpió―. A ti no te toca, que tu hombre, además
de estar forrado, cuida a mi ahijada de escándalo. ―Aurora nos miró sin
saber exactamente qué hacer―. Ariel, tú sí, porque tienes un ojo clínico que
jode… y yo también porque para una vez que me enamoro se la van a llevar
lejos sin poder ni siquiera despedirme. ―Mérida comenzó a llorar y a hacer
el papel de su vida, dejándose caer encima de Aurora y casi sonándose los
mocos en la blusa de esta―. ¿Tú tienes a alguien en tu corazón? Cuéntanos y
así, al menos, nos alegraremos por ti.
―Yo, a decir verdad… ―carraspeó―, hay alguien… Todavía no sé si
vamos en serio o si solo me está utilizando―. Tras oír eso mi modo
de mala persona se activó y una pequeña sonrisa asomó por la comisura de
mis labios casi imperceptible. Aunque nadie la viese, yo sabía que estaba ahí
y que no debería estar.
―¿Y eso? ―pregunté con cara de tonta.
―Es una larga historia y no es el mejor lugar para contárosla.
―En unos días me voy, no creo que tengamos muchas más oportunidades.
―«Esa Blanca metiendo presión», la vitoreé en silencio.
―Ariel ―me llamó mirándome a los ojos directamente. Temí que aquello
no me iba a gustar―, nunca he querido hacerte daño. ´El apareció en mi vida
hace unos meses, necesitaba ayuda con un caso y poco a poco lo fui
conociendo mejor y me fui enamorando locamente de él. ―Sollozó con la
mirada más sincera que había visto en mi maldita vida.
―Jim no es mío y nunca lo fue, perdí mi oportunidad en su momento y no
puedo volver atrás. Si te soy sincera, prefiero que esté con una arpía hija de la
mala madre a la que quiero que una a la que no conozco. ―Aurora se puso a
llorar a moco tendido con Blanca haciéndole los coros y, de repente, me vi a
mis tres amigas compungidas, llorando y jodiéndome la noche―. ¡Venga ya,
no tocadme el toto!
―Para una cosa bonita que dices y al final la cagas…
―Yo también te quiero, Mé.
―Bueno, pues ahora sí que nos merecemos un brindis ―dijo Blanca,
secándose las lágrimas.
Nos quedamos un rato más sentadas hablando y bebiendo, hasta que mi
vejiga me saludó para que fuese al servicio. Al salir del apestoso cubículo
que había en el garito por letrina, me topé de frente con Aurora que
aguardaba fuera mirándose al espejo, retocándose el maquillaje. La cogí de la
mano y la metí conmigo en las cuatro paredes asfixiantes y con olor a pis de
caballo, cosa que creo que ella en particular no notaría.
―Aurora, ¿sabes cuándo van a sacar a las chicas del país? ―le pregunté
sin tapujos, ya habíamos perdido demasiado tiempo de lo que podría ser una
noche memorable.
―Sí, pero no vais a poder hacer nada para liberarlas. Les han propuesto
un trato: si delatan a sus jefes, se quedan aquí, pero no han querido, están
aterradas.
―Tú solo dime día, hora y lugar, no te pido que te mojes más, te lo
prometo. Mérida y yo nos apañaremos. ―Aurora sacó un bolígrafo y un
papel, escribió en él y me lo guardó en el bolsillo lateral del bolso―. Gracias,
no te arrepentirás.
―Ya me estoy arrepintiendo, Ariel.
Nos dimos un abrazo como hacía mucho tiempo que no nos dábamos,
olvidándonos de dónde nos encontrábamos, tanto del olor como de las
reducidas dimensiones de aquello.
De repente, la puerta cedió detrás de mí, bisagras incluidas, y ambas
caímos sobre ella como si de una cama se tratase. En el mini descenso, le di
una patada a la pared contigua y esta también se desplomó, pero para el lado,
estrujando la cabeza de alguna pobre meona inoportuna. Y así fueron
cayendo los seis sanitarios uno tras otro, como si de un juego de dominó se
tratase, con los gritos de cada una de sus ocupantes de fondo.
Aurora y yo nos miramos, levantamos la vista y justo fui a ver, desde mi
postura, los pelillos de la nariz de Rider que estaba en pie en la puerta de los
baños, mirando atónito la escena que se había montado: un montón de
mujeres saliendo de debajo de las maderas con las bragas por los tobillos y
otras que tan solo habían ido a acompañarlas, las féminas y esa fea costumbre
de ir como los donuts al servicio, juro que jamás olvidaré su cara en ese
momento.
Levanté la mano como pude y lo saludé con los dedos. Aurora se
incorporó presionándome el estómago y casi haciendo que vomitase entre el
hedor, el ridículo y el apretón. Rider me dio la mano y me ayudó a
levantarme.
―Creo que lo mejor sería que nos marchásemos ―informé a los demás,
despeinada y llena de restos de orín y de otras cosas que prefiero no saber qué
eran.
―¿Ya la habéis liado?
―No ha podido darte tiempo. Ariel, habéis tardado cinco minutos
―suspiró Blanca.
Rider estaba detrás de nosotras, yo no hacía más que mirar para los
servicios y comprobar que ninguna escapista nos estuviese señalando con el
dedo a los de seguridad, pero también vigilando que Rider no se evaporase
como solía hacer. Una vez en los aparcamientos al lado del coche, Rider me
detuvo y me miró suplicante.
―Chicas, nos vemos mañana.
―¿Seguro? ―me preguntó Mérida, lanzándole una feroz mirada a Rider.
―Seguro, mañana pasamos al plan B.
Me monté en el coche de Rider y abrí las ventanas inmediatamente para
que el olor se disipase un poco con el viento, mientras veía a mis amigas salir
en dirección contraria a casa de Blanca.
―Creo que te debo una explicación.
―Yo diría más bien unas cuantas.
―Y te las daré, pero antes necesito que me cuentes qué te encargó Úrsula
que hicieras exactamente.
―Yo me suelo caracterizar por mi sinceridad y hay algo en ti que hace
que desconfíe. No te voy a decir nada, Rider.
―¿Podemos ir a tu casa para que no nos molesten?
―No sé si deberíamos, no es la mía, es la de Mérida y ella estará a punto
de llegar.
En ese momento entró un mensaje de voz de Mérida, me lo puse en la
oreja para que tan solo sonase para mí, hasta que Murphy decidió que mi
móvil lo pusiese en grado concierto de Iron Maiden, se conectase al bluetooth
y se oyeron por los altavoces las voces gritonas de mis amigas.

—¡¡Ariel, nos quedamos en casa de Blanca de fiesta de pijama!!


¡¡Cualquier cosa silba y le corto las cabezas!! ―dijo Mérida.

—¡¡No te bajes las bragas y no tendrás problemaaaas, mantén tu toto


sequitoooo!! ―espetó Aurora borracha.

―¡¡Ni puto caso a estas dos!! ¡¡Tíratelo, que está que te cagas!! ―gritó
Blanca.

Tras unas risas de fondo, el silencio más sepulcral se hizo entre esas cuatro
paredes.
«Nota recordatoria para todo el mundo mundial: nunca jamás abrir un
audio de las locas de tus amigas en público si no quieres morir de la
vergüenza.»
A medida que fueron soltando barbaridades, noté cómo me iba
empequeñeciendo en el sillón, hasta sentirme casi como una mini yo con los
coloretes de Mafalda.
―Ni una palabra al respecto, por favor. Creo que finalmente sí que vamos
a poder ir a la casa sin que nos molesten.
―No he dicho absolutamente nada ―atinó a decir antes de que le diese un
ataque de risa de tres mil pares de narices, llevándose su correspondiente
puñetazo en el hombro a continuación.
En cuanto entré Duque abrió un ojo, me miró, se levantó, estiró su
pequeño cuerpecito y se dio la vuelta dejándome claro que no lo molestase.
Creo que le había cogido tanto cariño porque si fuese persona sería como
Mérida.
Abrí el mueble donde mi amiga guardaba las botellas, serví dos copas y
nos sentamos en el sofá. Procuré guardar una distancia prudencial para que ni
tan siquiera nos rozásemos.
Rider se quitó la chaqueta y se quedó con una de sus características
camisas de cuello de barco, con los botones superiores abiertos que tan bien
le quedaban. Tenía una sombra gris bajo los ojos y tristeza en la mirada, en
ese poco tiempo era la segunda vez que lo veía así, y la anterior fue por culpa
de Úrsula. Así que, por muy cachonda que me pusiese con solo mirarlo, no
iba a dejar que mis hormonas interfiriesen en la investigación, que ya no me
pagasen no quería decir que hubiese olvidado el tema.
―¿Y bien?
―Ariel, realmente te he estado siguiendo porque necesitaba encontrar
algo en contra de Úrsula. No acabo de entender el interés que puede tener
para destruir a las mujeres a las que te hizo seguir, pero estoy seguro de que,
si ella las quiere fuera de su camino, es porque tienen algo en su contra lo
suficientemente fuerte como para usarlo yo y poder recuperar lo que es mío.
―¿Ese ha sido el único motivo por el que te has acercado a mí? ―le
increpé. Se me estaba empezando a hinchar el toto de que todos los hombres
con los que me acostaba tuviesen intenciones ocultas para conmigo.
―No, mi idea fue simplemente seguirte, con el GPS no fue muy difícil,
pero el día que te vi intentando pegar una paliza al personal de seguridad de
la revista, cuando ayudaste a tu amigo en la discoteca y después de pasar un
tiempo contigo no he podido dejarte tranquila.
―Si eso es cierto, ¿por qué desapareces cada vez que hay problemas?
―Ariel, Úrsula es muy peligrosa, si te relaciona conmigo y se entera de lo
que estoy intentando hacer, no sé de lo que sería capaz…
Sin querer mi trasero fue poco a poco, milímetro a milímetro, deslizándose
por los cojines del sofá para terminar con las piernas pegadas la una con la
otra.
«La mierda del subconsciente me ha traicionado».
―Supongamos que te creo, ¿qué quieres que hagamos ahora? ―me medio
insinué poniéndole ojitos.
―No tengo claro cuál es el siguiente paso que tengo que dar, pero de lo
que estoy totalmente seguro es de que quiero hacerte el amor esta noche
como nadie te lo haya hecho. ―Morí con sus palabras.
Se acercó y me dio un sensual beso en el cuello, deslizó un poco la manga
de la camiseta dejándome al descubierto el hombro, rozó sus labios contra él,
provocando que se me pusieran los vellos de punta y que mi vagina se
contrajese al sentir su cálido aliento cosquillear mi piel. Se fue recostando
poco a poco con delicadeza sobre mí, mi cuerpo cedió bajo el suyo hasta
quedar tumbada en el sofá con Rider mirándome fijamente, con sus
penetrantes ojos y esa sonrisa aniñada, junto con un pequeño temblor en la
barbilla. Pese a no ser nuestra primera vez, no tenía claro cuál de los dos
estaba más nervioso, ya sabía que podía confiar en él.
Se deshizo de la camisa ágilmente con una mano, acaricié su pecho
desnudo siguiendo la línea de sus músculos con mis dedos, sin poder evitar
soltar varios suspiros mientras lo hacía. Fue como si el tiempo pasase más
despacio de lo que realmente transcurría, desde mi perspectiva todo sucedía a
cámara lenta: su respiración, la mía y el acelerado latir de su corazón
acompasado con el mío.
Por fin bajó su cabeza e introdujo su lengua en la húmeda oquedad de mi
boca. Le devolví el beso procurando no acelerarme, pero mi sexo quería
sentirlo cerca, necesitaba que nuestros cuerpos se uniesen. Mientras me
continuaba besando, desabroché torpemente su pantalón y abrí los muslos
haciendo que su peso recayese sobre mi entrepierna, pudiendo notar su
miembro sediento de mí.
Pasados unos segundos, su ritmo cambió. Sabía que había estado
intentando decelerar el momento, sin embargo, él estaba tan ansioso como yo
por continuar. Con una mano agarró mis muñecas y las apretó contra el cojín
que había sobre mi cabeza, mientras con la otra levantaba mi blusa dejando al
descubierto mis pechos y los besó, pasando la lengua alrededor del encaje del
sujetador. La cintura se me arqueaba y mi pubis se apretaba contra el suyo.
Mis ojos rogaban que me penetrase, pero los suyos eran juguetones y picaros
pese a tener esa mirada viciosa que delataba su excitación; continuaba
reprimiéndose. Me mordió el lóbulo de la oreja y me susurro al oído.
―Te quiero.
Entonces fue cuando mi razón dejó de funcionar y decidí tomar las riendas
de aquello antes de que me corriese sin que siquiera me la hubiese
introducido. Me impulsé a la derecha cogiéndolo desprevenido y haciendo
que ambos cayésemos al suelo, quedando esta vez sobre él. Las tornas
acababan de cambiar.
Con los dos dedos índices le dibujé un corazón usando como extremo
inferior su ombligo, agaché la cabeza y puse mi nariz a la altura de su cintura,
desabroché los botones que le quedaban del pantalón, le di un pequeño
tironcito de las costuras de la cadera y dejé al descubierto unos divertidos
calzoncillos a cuadritos azules. Mordí el débil elástico bajándolo con los
dientes y tuve frente el miembro erecto de Rider, le rocé la suave cabecita
con la lengua, para luego mordisquearle con cuidado los lados. Levanté la
vista mientras lo hacía para comprobar su estado: tenía los ojos cerrados, y se
mordía el labio inferior intentando ocultar un gemido de placer. Metí por
completo su pene dentro de mi boca y aspiré como si fuese a quitarle el aire
por allí.
Rider se sentó de golpe, me sostuvo la nuca y me besó fuerte y
ardientemente. Me coloqué de rodillas dándole la espalda y él siguió
comiéndome por detrás del cuello. Enterró su mano dentro de mis bragas y
jugueteó con mi clítoris durante los pocos segundos que se lo permití. Me
coloqué los pantalones a la anti erótica altura de los tobillos dejándole en
primera plana mi trasero y con suavidad y precisión me dio la primera
embestida, haciéndome dar un pequeño e incontrolable gritito. Después de
algunos minutos así, mi cuerpo no pudo seguir aguantando y noté cómo mi
vulva se estremecía y se contraía una y otra vez empapándonos a los dos.
Justo entonces sentí una sacudida más feroz y un suspiro, ahogado en el
mordisco de mi hombro.
No recuerdo exactamente cómo ni cuándo nos dormimos. Lo único que
saqué en claro aquella mañana era que me sentía más relajada de lo que lo
había estado en mi vida, tumbada sobre el pecho de la criatura más perfecta
con la que había yacido jamás, tapada solo por la colcha que tenía Mérida
sobre el sofá. Rider dormía, con una sonrisa en los labios, respirando con la
misma tranquilidad con la que yo lo hacía. Me entretuve en acariciar su pecho
y me permití el lujo de quedarme embobada mientras descansaba. Su sonrisa
se amplió y abrió un ojo para cogerme desprevenida con cara de tonta
mirándolo fijamente.
―¿No te has cansado aún de observarme? ―me preguntó, agarrándome la
mano y besándomela.
―No creo que pudiese cansarme nunca ni de mirarte ni de tocarte.
Rider se colocó sobre mí y volvió a besarme, justo cuando pensé que el
día empezaría como uno de los mejores de mi vida, escuché la cerradura de la
puerta abrirse. Se tumbó sobre mí, aún estábamos en el suelo, al lado del
sofá, casi bajo la mesa. A continuación, vimos las piernas de Mérida que
andaba apresuradamente al baño y unos ruidos escatológicos se cargaron el
romanticismo del momento. Rider y yo nos miramos y empezamos a reírnos
a carcajadas.
―¡¿Ariel?! ―llamó Mérida desde el servicio.
―Sí, estoy en el sofá ―mentí procurando que no se me escapase una
carcajada.
―Si no estoy en mi casa, no soy capaz de ir al servicio, ya casi pensaba
que el estómago me iba a explotar de un momento a otro.
La dejamos con su explicación de dónde hacer o no mejor sus necesidades
y nos vestimos rápido, sin poder parar de reír. Me dio un beso en la puerta y
me prometió que me llamaría. La cerré en cuanto se fue, poniendo
seguramente la mayor cara de tonta que había puesto jamás, y lancé un
sonoro suspiro mientras Mérida salía del baño y me observaba desconcertada.
—¿Se puede saber qué haces?
―Ser feliz, amiga ―respondí, dándole un beso en la mejilla junto con un
inesperado achuchón. Y me fui saltando ridículamente a la ducha con la pena
de quitarme su olor de mi piel.
Capítulo nueve.
La huida.
Después de cantarle al sol, a la luna, y al coño de mi prima en la ducha, mi
neurona regresó a la realidad, corrí al bolso y deslié el papel que me dio
Aurora antes del pequeño accidente en la discoteca.

Día 12 a las 12.00h. Carretera secundaria de la ciudad. Coche blindado.

―¡Joder!
―¿Qué sucede? A veces pienso que eres bipolar, Ariel.
―Mira, dentro de cuatro horas sacarán a las chicas del país.
―¡Mierda, tenemos que movilizarnos a la de ya!
Mérida llamó a Blanca y le dio los datos para que ella informase a su nada
peligrosa nueva pareja. Quedamos en una hora en su casa, y él ya nos daría
las directrices a seguir. Siendo sincera, me daba pánico lo que estábamos a
punto de hacer; a lo mejor, si hablase con Jim, él podría ayudarnos, o si
convencíamos a las prisioneras para que vendieran a Cruella y a Reina.
Mi cabeza no dejaba de dar vueltas, era tan desgraciada que con lo que el
karma me quería, capaz de que justo cuando parecía que había encontrado el
amor de mi vida, y encima me correspondía, acabaría en medio de un tiroteo
y me matarían.
Nos pusimos ropa negra tal y como nos había indicado el experto. Que
fuese justo al mediodía, no nos ayudaba en absoluto a mantener el anonimato,
solo esperaba que Jim no se encargase del traslado o me iba a meter en
muchos problemas, y me temía que Aurora iba a correr la misma suerte por
nuestra culpa. Justo en la puerta de casa de Blanca, Mérida detuvo el coche y
me miró muy seria.
―Si me lo pides, lo dejamos.
―¡Ah, no! No voy a consentir que esto recaiga sobre mi conciencia.
―Ariel, si te paras a pensarlo, es una locura.
―Como todas las que hemos hecho desde que nos conocemos, ¿no?
―Pero esto es distinto, podríamos ir a la cárcel, o incluso morir.
―¿Y cuál es la otra opción? ¡Dejamos a esas dos a su suerte de nuevo en
su país para que las esclavicen, las torturen o las maten?
―Te quiero, enana.
―¡Mido uno sesenta y tres! ―me defendí, haciendo un estúpido mohín y
cruzándome de brazos, intentando que Mérida se relajase.
Una vez dentro, Naveen se despidió de su amada Blanca y de la pequeña
Tiana, nos montamos en un cuatro por cuatro completamente negro, cristales
incluidos, y nos fuimos al punto donde íbamos a interceptar a un coche de la
policía y secuestrar a dos presas. El pan nuestro de cada día de una persona
normal y corriente, vaya…
Al menos, la carretera por la que iban a pasar era de un solo sentido,
estaba bordeado por un camino de árboles pegados justo a unos barrancos;
por eso la pusieron de secundaria, porque con las borracheras nocturnas y la
estrechez, en la parte baja de la hondonada había una especie de desguace de
coches accidentados, y de seguro algún que otro cadáver extraviado, un
panorama para nada alentador teniendo en cuenta nuestra situación. La idea
era hacer como si el coche hubiese sufrido una avería, y estuviese allí
abandonado obstaculizando parte de la vía.
Justo a pocos metros de donde nos encontrábamos, había una parte en la
que la carretera se ensanchaba formando una inútil explanada. Naveen se
encargaría de salir y de rescatar a las chicas, nosotras solo tendríamos que
estar de apoyo sicológico por si algo saliese mal, pero claro, de la teoría a la
práctica siempre iba un jodido mundo.
Nos escondimos en los asientos traseros esperando que el coche
apareciese. Naveen, antes de irse, nos miró y nos dio dos pistolas como las de
las películas.
―¿Sabéis usarlas? ―nos preguntó, añadiendo al lote unos feos
pasamontañas.
―Sí, he disparado alguna que otra vez ―confesó Mérida.
Yo, al contrario, no había tocado una de esas en la vida, pesaba más de lo
que pensaba, estaba fría y olía mal, o simplemente no olía a nada y mi
subconsciente estaba comenzando a hacer de las mías, nunca lo sabré. Cogí
mi arma con dedos temblorosos mientras escuchaba una clase rápida de cómo
disparar sin matar a nadie. «¡¿Cómo diantres se puede estar seguro de
disparar sin matar a nadie?!».
―Tienes en tu mano una Glock de 9mm. Ya me he encargado de llenarla
de balas, quita el seguro que está en el costado, en la parte más cercana del
mango, carga el arma tirando para atrás de la parte superior, así pones una
bala en la recámara, y dejas la pistola lista para ser usada. Nunca pongas el
dedo en el gatillo hasta no estar segura de dónde vas a disparar, intenta que
no sean puntos vitales, siempre que no sea necesario, cuando estés lista
presiona el gatillo y el resto sucederá solo. No es un arma con mucho
retroceso, así que no creo que tengas problemas ―concluyó saliendo del
vehículo, dejándome memorizando cada puñetero paso que acababa de
explicarme, sudando como si estuviese en el desierto por los nervios y por la
lana del maldito pasamontañas que llevaba puesto.
Naveen estiró unos pinchos metálicos a todo lo largo de la carretera y se
camufló entre unos arbustos, Mérida se quedó agazapada en el sillón del
copiloto jugueteando con la pistola y yo, bueno, yo solo me fumé un paquete
de tabaco en menos de veinte minutos y acabé con las reservas de mi petaca
en menos tiempo aún.
Tal y como dijo Aurora, el coche pasó a las doce y pocos minutos frente a
nosotros, deteniéndose delante de los pinchos. Del vehículo, se bajó un
policía vestido de paisano con barriga regordeta y unas ridículas gafas de sol,
que comenzó a andar hasta nuestro coche con paso lento y aburrido. En el
sitio del piloto había otra persona, pero el sol nos daba de frente y no sabría
decir si era hombre, mujer o incluso burro. Cuando el poli estuvo al lado de
Naveen, este salió y le encañonó la sien haciendo que casi me hiciese pipí
encima. Mérida, al contrario, parecía que hubiese trabajado en esto toda su
maldita vida y no se movió ni un milímetro. Naveen y su rehén fueron de
vuelta al coche, el compañero del aterrorizado hombre salió y apuntó al
marido de Blanca con un arma, apoyándose sobre el techo.
―¡¡Libera a las chicas y nadie saldrá herido!!
―¡Alto o disparo! ―gritó una voz demasiado familiar. Naveen en ese
momento bajó un segundo el arma y disparó al regordete en la rodilla―. De
acuerdo, de acuerdo.
Mi peor pesadilla se estaba haciendo realidad, delante de mí tenía a Jim
con los brazos en alto abriendo la puerta de atrás de las chicas. Lo conocía lo
suficiente como para saber que aquello no quedaría así.
De repente, el desagradable sonido de las aspas de un helicóptero nos
sorprendió a todos menos a Mérida, el artefacto aterrizó en la hasta ahora
inútil explanada, abrió la puerta lateral y vi la sonriente cara de Jasmine,
vestida de camuflaje como si fuese un soldado. El rostro de desconcierto de
Jim no tenía precio, aunque creo que el mío incluso lo superaba.
Naveen dejó caer al hombre herido al suelo y se apresuró a sacar a las
asustadas muchachas y conducirlas hasta el helicóptero. Mérida se apeó y
apuntó a Jim para que no hiciese tonterías. Yo, por mi parte, salí y la imité
temblorosa. Jim dio un paso hacia delante, pero Mérida le disparó justo a
pocos centímetros del pie. La locura estaba comenzando a salirse de madre.
Po y Mulán corrían delante de Naveen sin saber qué sucedía en dirección a
Jasmine. Mérida me hizo señales para que me uniese a la carrera mientras ella
nos cubría la retaguardia y caminaba de espaldas sin dejar de apuntar a Jim.
El sonido de las aspas, aún en funcionamiento del cacharro, mezclado con
algún disparo de Mérida, hacía que mi corazón estuviese a punto de salirme
por la boca. Una vez en el interior, Jasmine me reconoció y me guiñó un ojo.
Mérida estaba tan tranquila porque sabía que ella iba a venir y no me había
dicho nada, en estos instantes no tenía claro si la amaba o si quería probar mi
puntería con ella.
Cuando Mérida llegó hasta nosotros, el helicóptero ya volaba a un metro
del suelo, ella saltó y Naveen la agarró del brazo para ayudarla a subir, pero
Jim ya estaba debajo aguantándola por la pierna para evitar nuestra huida.
Naveen sacó su arma y apuntó directamente a la cabeza de Jim, este vio el
cañón apuntándolo sin inmutarse ni cesar su agarre, a cámara lenta contemplé
como Naveen movía el dedo dispuesto a presionar el gatillo y terminar con
él, grité y salté sin pensármelo sobre Jim, derribándolo y cayendo sobre él.
Solo me dio tiempo a levantar la vista y a hacerles señales con la mano para
que se marchasen.
Jim se dio la vuelta y se colocó sobre mí, presionándome los brazos con
las rodillas y dejándome totalmente inmóvil. Cogió mi pasamontañas y lo
arrancó para apuntarme con su arma. Cuando nuestros ojos se cruzaron, y por
fin me reconoció, cayó abatido hacia atrás soltándome. Intenté incorporarme,
levanté la rodilla y le di justo en las pelotas haciéndolo caer de espalda,
todavía más enfadado de lo que ya estaba.
―¡¡¿En serioooo?!!!
―¡¡No quisiste ayudarme!! Lo siento.
―¿Pero cómo sabías…? ¿Ha sido Aurora? ¡¡Os habéis reído bien de mí,
debí haberlo sabido en cuanto que he visto a la dominatriz de tu amiguita
volando!! ―gritó, se echó sobre mí de nuevo, me dio la vuelta y me puso las
esposas lastimándome las muñecas―. Quedas detenida, cualquier cosa que
digas podrá ser utilizada en tu contra.
―Jim, por favor.
―Tienes derecho a guardar silencio, tienes derecho a un abogado.
―¡Jim, quieres escucharmeeee!
―¡Noooo! ¡No quiero volver a oír tu voz jamás!
―Puedo ayudarte, Jim. Lo prometo. ―Me levantó y me metió de un
empujón en el coche, ayudó a su compañero que tenía un rasguño
ensangrentado en la pierna y arrancó en silencio―. Jim puedo ayudarte a
desarticular la red de esclavas que estabas investigando.
―¿Qué red de esclavas?
―¡La de Reina y Cruella y otra más que no sé quién es, pero tengo
pruebas y puedo ayudarte, de verdad!
―Ariel, no estaba trabajando en eso, como siempre te has vuelto a
equivocar conmigo ―dijo sin mirarme, cogiendo la dirección que llevaba al
hospital. Si todavía no me metía en comisaría, a lo mejor tendría alguna
posibilidad para convencerlo…
Entramos en el hospital y rápidamente salieron los médicos a llevarse al
regordete para curarlo. Jim no me dirigió ni una sola mirada, al contrario que
el resto del personal allí presente, que cada vez que se fijaban en las esposas
se apartaban de mí como si fuese la persona más peligrosa del mundo.
―¡Oh, por favor! ¿Podrías quitarme estas cosas? ¡Acabo de salvarte la
vida! ―Jim me agarró y me sacó del recinto bruscamente.
―Tú has sido la que has puesto en peligro mi vida y la de mi compañero
con tus locuras. ¿Cuándo dejarás de comportarte como si tuvieses dieciséis
años, Ariel? ¡¿Cuándo coño vas a pensar en que tus actos traen
consecuencias?!
―Lo hice con buena intención ―me defendí sin poder ocultar una
lágrima, pero intentando guardar la compostura.
―¡¡Nos harías un favor a todos los que te rodeamos si desaparecieses de
nuestras vidas!! ¡Eso sí que sería hacer una buena obra para variar, y dejar de
pensar egoístamente como haces siempre!
―¡Ariel! ―me gritaron desde los aparcamientos. Aurora y Adam venían
corriendo hasta nosotros―. ¿Qué haces? ―le increpó Aurora.
―No sé, dímelo tú, capturar a una de las que han liberado a dos
prisioneras y han disparado a un agente de la ley, por ejemplo.
―Suéltala inmediatamente ―le ordenó Adam.
―El que faltaba, ¿tú no tienes que peinarte o algo así? ―se burló Jim.
Adam, que le sacaba casi media cabeza de alto, lo cogió por la pechera de
la camisa y lo levantó del suelo. Con el escándalo, la gente comenzó a gritar
que llamaran a la policía. Aurora se quedó muda tras escuchar parte de
nuestra pequeña aventura y permanecía a mi lado ocultándome las manos
esposadas para no levantar más revuelo entre los curiosos.
―Por favor, deteneos. Esto ha sido un terrible malentendido ―supliqué.
―Jim, piensa en los animales, Ariel puede ayudarnos.
―Ya no sé de parte de quién estás ―le escupió Jim a Aurora, dejándole a
esta una sombra gris en la mirada tras escucharlo.
―¿Qué animales? ―preguntó Adam perdido.
―¿Todo esto es por Duque? Juro que la víbora de Reina me lo dio, yo ni
lo quería.
―Ariel, ¿qué dices? ―preguntó Aurora como si me hubiese bebido el
alcohol de media destilería y no estuviese en mis cinco sentidos.
―¿Os dais cuenta que esta conversación está empezando a resultar un
poco de besugos? Lo único que está claro es que usted, Aurora, ha dejado de
trabajar con la policía y que Ariel vendrá detenida con bastantes cargos.
―¡Y la burra al trigo! ¡Qué pelusilla me tienes, hijo mío!
―¿Cuánto dinero quieres para hacer la vista gorda y dejar libre a Ariel?
―le preguntó Adam, sacando su billetera y condenándome aún más.
―¿Estás intentando sobornarme?
―No, estoy procurando que dejes de molestar a mi pareja.
―¿A tu pareja? ¡Tú y yo no somos nada!
―Entonces no le pago.
―Pues no le pagues, ¡no te jode! Prefiero ir presa que estar contigo.
―¡¡Podéis dejar de decir estupideces de una maldita vez!! ―nos gritó
Aurora―. A ver, todo esto empezó porque queríamos salvar a los animales.
Te guste más o menos Ariel puede ayudarnos y creo que se te han escapado
las dos únicas testigos que tenías, ¿no es cierto?
―Pero ¿qué animales?
―¡Ariel, cállate! ―ordenó Jim alterado. Me giró, agarró mis muñecas y
me quitó las apretadas esposas con resignación―. Sé que voy a arrepentirme
de esto, lo sé, pero Aurora tiene razón. Vayamos a un lugar más tranquilo y
exponedme lo que tenéis pensado. Os juro, que a la mínima tontería, esta loca
entra en prisión sin que podáis hacer nada por evitarlo.
Nos fuimos al coche de Jim con Adam siguiéndonos.
―¿Y tú dónde cojones vas?
―Con vosotros.
―No te necesitamos ―le informó Jim metiéndose en el coche. Adam se
acercó a la ventanilla y le dijo.
―¿Ariel no te ha contado que ya no tiene ningún contacto con las
supuestas villanas? En estos instantes el único enlace que tenéis soy yo.
―¿Ariel? ―preguntó Jim, mirándome con recelo.
―¡Mierda! ―dije a modo de afirmación.
―Sube, pero no quiero héroes.
Adam se montó a mi lado en el asiento trasero con una sonrisa de oreja a
oreja, como si fuese un niño y hubiera obtenido la piruleta más grande de la
tienda. Si lo hacía por putearme, desde luego que lo estaba consiguiendo.
Jim nos llevó al bar donde me quedé trabada en la ventana del cuarto de
baño, el mismo en el que los camareros no se habían olvidado de mí, nada
más verme entrar empezaron a cuchichear y a reírse por bajini, tocándome la
moral de mala manera.
―¿Realmente no había otro sitio?
―Me trae buenos recuerdos ―dijo sonriente.
―Si queréis que trabajemos juntos, tenemos que poner las cartas sobre la
mesa y debemos confiar los unos en los otros ―expuso Aurora en cuanto nos
sentamos.
―Dijo la mujer que no ha sido capaz de callarse el tema del traslado…
―Jim, por favor.
―Además, ¿qué más te da que esas dos pobres se hayan escapado de
volver a sus países de origen? Si de todas formas no te iban a decir nada, una
se olía los sobacos y la otra era como Tarzán pero embrutecida. Ya me tienes
a mí ―le recordé.
―Y eso es precisamente lo que me preocupa ―respondió mirando a
Adam, que, de pronto, se había hecho amiguísimo de Jim, le guiñó un ojo y le
rió la gracia. «¡Hombres!». De repente, me acordé de Rider, él también estaba
metido en el ajo y podría ayudarnos con el tema.
―Tenemos que avisar a mi amigo Rider.
―No quiero a nadie más metido en este embrollo.
―Pero él…
―Pero él nada, Ariel, he dicho que no y es que no.
A veces me costaba recordar que vi en estos dos imbéciles. Observándolos
me di cuenta de cuan cierto es eso de que el amor es ciego, y si ya hablamos
de los polvos…
Les conté lo que había descubierto de la fábrica clandestina de ropa y,
cuando Jim supo que sabía la ubicación, casi saltó de alegría en la silla.
Teníamos pruebas para capturar a dos de las cabecillas de la red, pero aún nos
faltaba la principal, la tal Mal a la que ambas mujeres temían tanto y a la que
yo no terminaba de ponerle cara.
―Ariel, no es una simple fábrica de ropa con mano de obra esclava, es
algo peor aún ―me explicó Aurora bastante abatida―. La piel es de verdad
de animales en peligro de extinción, a los que capturan de sus lugares de
nacimiento y traen en condiciones paupérrimas, para luego matarlos y
torturarlos con tal de obtenerla.
―¿En serio? Menos mal que me llevé al gato.
―¡Ariel! ―me amonestó Jim.
―Perdón, cuando me pongo nerviosa digo tonterías ―me justifiqué sin
dejar de sentirme aliviada por Duque.
―Bueno, es sencillo, ¿no? Solo tienes que mandar a tus hombres para que
registren el lugar y listo ―expuso Adam, resolviendo la pobreza en el
mundo.
―No puedo, no tengo pruebas que me permitan montar algo de tal
magnitud.
―¿Y si le pedimos ayuda a Naveen? A ti te ha quitado a Po y a Mulán sin
pestañear ―sugerí, arrepintiéndome al instante de mis palabras.
―¡Ariel! ―me amonestó Aurora.
―Tiene razón, Aurora. ¿Sabes dónde estará? ―dijo rindiéndose a mis
locuras.
―Mmm, podría ser que nosotros nos hayamos enterado de que estabais en
el hospital porque... alguien nos hubiera avisado y dicho que estarían en casa
de Blanca.
―Aurora, cada día te estás pareciendo más a Ariel ―se lamentó Jim.
Capítulo diez.
El plan.
Llamé a Mérida para que, cuando llegásemos, Naveen no se liara a disparar a
diestro y siniestro.
Ya era más de mediodía cuando aparecimos en casa de Blanca. Po y
Mulán estaban en el jardín junto a Mérida y a Jasmine con una cogorza de
tres mil pares de narices. Unirnos a la fiesta no me pareció para nada
descabellado, aunque mucho me temía que los demás tenían otros planes
menos divertidos en mente. En cuanto entramos, y Jasmine me vio, se tiró
sobre mí y me dio un abrazo de los que, mientras te aguantan, te cuesta
respirar. Era la más delgada del grupo pero os aseguro que ni mucho menos
la más indefensa.
―¿Se puede saber qué estás haciendo tú aquí?
―Mérida me llamó, me dijo que estabais en problemas y que viniese con
un helicóptero, y aquí estoy. No soy mucho de hacer preguntas, ya lo sabes.
―Jasmine se fijó en Jim y se puso a la defensiva―. Lo que me gustaría saber
es qué hace él aquí.
―Aguantarme por no meterte presa.
―Bueno, ya nos hemos saludado todos. ¿Una copita? ―dije suplicante,
mirando a Blanca que estaba pálida al ver la que se podía liar en su casa de
un momento a otro. Asintió y trajo bebidas en cantidades industriales para
todos los gustos. El problema era que acababa de caer en la cuenta de que si
sobrios eran difíciles de controlar, borrachos casi prefería ni pensarlo.
Observando la escena desde fuera, resultaba bastante divertida, o al menos
variopinta. Estaba: una lesbiana con problemas de autocontrol, liada con una
india que no sabía qué era depilarse las piernas; una china con sudoración
extra; una sadomasoquista con ira contenida; una defensora de los animales
con ganas de ser malota; un negro con el pito chico enamorado de una
aspirante a monja de clausura; un poli rodeado de delincuentes, pensando a
cuál de todos disparar primero; un niño rico abandonado y aburrido con
ganas de aventuras y exceso de confianza; y yo, que si de los demás podía
decir mil barbaridades, de mí directamente el diccionario se quedaba corto.
En ese instante eché de menos a Rider, era lo único cuerdo —o
medianamente cuerdo—, que había tenido en mi vida desde lo de Erick. El
problema era que no quería meterlo en esto, él ya tenía bastante con su
vendetta personal, como para encima pedirle que se uniese a nuestra causa.
El teléfono que me había dado Úrsula, y que no tiré para que Rider supiese
dónde estaba en cada momento, sonó con el número de la bruja de su
madrastra en la pantalla.
―Ariel, querida.
―Úrsula.
―Creo que me precipité contigo y voy a darte una segunda oportunidad,
espero que no me falles. Me han dicho que del hotel de Reina saldrán unos
camiones con una mercancía secreta, quiero que te enteres de qué se trata.
―En un principio me entró ganas de mandarla a paseo, pero luego recapacité
y vi la oportunidad que necesitábamos para zanjar este asunto.
―De acuerdo, en cuanto tenga las pruebas te llamaré ―le respondí lo más
seca que pude.
Una cosa era entrar por el aro y otra distinta comerle el toto de gratis. El
único problema ahora era ver a cuál de todos los majaras elegía para que me
acompañase. Si era sincera conmigo misma, y me paraba a pensar fríamente,
Adam era el que mejor me podría venir en este caso, y más tratándose de
Reina. Me tragué el orgullo, agarré al ególatra por el brazo y lo llevé aparte.
―Sabía que al final entrarías en razón.
―No inventes. Tenemos que colarnos en el hotel de Reina. ¿Me ayudas?
―¿Por qué tendría que hacer eso?
―Porque no se lo vamos a contar a los demás y, si conseguimos
solucionar este embrollo, Jim se quedará a la altura del betún a tu lado.
―Lo compro ―aceptó sonriendo, viendo al otro lamiéndole los zapatos.
Me inventé que íbamos a ver cómo estaba Duque, y que Adam me
acompañaría porque era el que menos cantidad de alcohol había ingerido.
Como cada uno estaba en su mundo, no me prestaron demasiada atención y
fue fácil escaquearnos. Al llegar a la puerta del hotel, con el cuatro por cuatro
de Naveen, vimos limusinas de todos los colores, fotógrafos y celebridades
varias entrando. Aquello no nos iba a ayudar demasiado.
―¿Qué hacemos?
―Da la casualidad que tengo una invitación doble para este evento,
aunque mucho me temo que con esas pintas… Ni aunque el papel fuese de
oro te dejarían pasar. Espera aquí ―me indicó saliendo del coche, dejándome
aparcada en la acera de enfrente.
Después de más de quince minutos, y no sé cuántos cigarrillos, mi
paciencia comenzó a menguar. Por un instante, pasó por mi mente un atisbo
de preocupación, pero al momento recordé de quién se trataba y se disipó
igual de rápido que vino.
Salí del coche aburrida y entumecida, nada más asomar la cabeza por la
puerta una mano me agarró y me volvió a empujar dentro, para acto seguido
tirarme encima una percha con una funda de tela y una caja de cartón.
—Ponte esto, lo mismo aún tienes arreglo.
―¡Todavía me pregunto por qué narices me fijé en ti! ―le grité, cerrando
de un portazo.
Bien cierto era que del amor al odio había un paso, pero eso ya estaba
empezando a rozar la repulsión.
Embutirme en el traje no fue tarea fácil y menos aún dentro del coche. Lo
más divertido fue el tema de la cremallera, por muchas vueltas que di no fui
capaz de subirla más de la mitad de la espalda. Era un traje con escote de
corazón, corte de sirena y dos aberturas a ambos lados que casi me llegaban a
la cintura. Los kilométricos tacones de aguja eran todo lo contrario a algo que
yo usaría. No fue hasta que salí que comprobé el color de la tela.
Me miré de arriba abajo e hice el amago de montarme de nuevo, antes de
que nadie me viese de esa guisa, sin embargo, Adam me aferró por el tobillo
y tiró de mí hasta ponerme de pie a su lado, cerró con la llave y se la guardó
en el bolsillo, me miró satisfecho por su maniquí viviente y agregó:
―El dorado te queda genial, no sé por qué te quejas.
―¿Podría ser porque parezco una burbuja de champán?
Adam se metió la mano en el interior de la chaqueta y sacó algo del
mismo ridículo color que lo que yo llevaba puesto. Lo abrió y de la nada el
trozo de tela se transformó en una especie de condón gigante.
―El toque final ―dijo acercándome eso a la cabeza.
―¿Te digo dónde te lo puedes poner?
―Había que intentarlo ―se rio, tirándolo y cediéndome el brazo para que
me enganchase.
Lo hice porque si no, no hubiese dado ni dos pasos con esos malditos
tacones. Allí estábamos los dos sonriendo ante las cámaras, paseando por la
alfombra roja frente a un montón de estúpidos, que nos envidiaban porque se
pensaban que al entrar en esta clase de eventos se es alguien. «¡Cómo echaba
de menos mi faro en esos instantes!». En el momento en que cruzamos el
camino vallado, noté que todo el mundo se fijaba en nosotros. No me había
peinado demasiado, dentro del coche y con salivita no pude hacer milagros,
pero tampoco era para llamar tanto la atención como lo estábamos haciendo.
Un grupo de fotógrafos corrieron a nuestro lado e hicieron algo extraño, lo
lógico era que las fotos se tomasen de frente o como mucho de perfil, pero
todos ellos comenzaron a lanzar flashes en dirección a mi espalda. Me giré
bruscamente para ver qué sucedía sin terminar de comprenderlo,
cuando Adam, sin esperarlo, me trincó por la cintura y se colocó justo detrás
de mí, pegando su señor paquete a mi culo, hasta el punto de conseguir
hacerme sentir incómoda.
―No te separes, continúa andando y sonriendo ―me susurró al oído sin
cambiar de posición, empujándome para que anduviese más rápido.
Entregó las entradas y continuó sujetándome, indicándome dónde
dirigirme. Juré que, si se trataba de un simple ardid para poder meterme
mano, se iba a acordar de lo que valía un peine. Me topé con la puerta del
baño de señoras, Adam incluido. En cuanto entramos, se separó de mí y se
puso a reír a carcajadas.
―¡¿Se puede saber qué cojones te pasa?! —Mi grado de mosqueo estaba
empezando a alcanzar cotas desorbitadas. Me miré en el espejo la parte de
atrás y descubrí que la jodida mitad inferior del dichoso traje de sirena estaba
enganchado al broche de mi sujetador, dejando al descubierto mis enormes
bragas sobaqueras color beige y mis pelillos de las piernas. El karma había
vuelto a hacer de las suyas y me estaba castigando por haber mandado a Po a
hacerse la cera en vez de hacérmela yo. Si a mi semidesnudo le sumaba que
la cremallera seguía subida solo hasta la mitad, las fotos que acababan de
sacar no tendrían precio. Intenté colocar la ropa de nuevo en su sitio sin éxito
mientras Adam me observaba con las lágrimas corriéndole por las mejillas―.
¿Piensas ayudarme o nos vamos a quedar aquí toda la noche?
―Solo por esto ya ha merecido la pena venir ―añadió mientras se
peleaba con la maldita cremallera y me empujó contra la mesa de mármol del
lavamanos, clavándomelo en la cintura.
―¡Un poquito más de delicadeza, por favor! ―me quejé.
―Ariel, tengo que quitarte el sujetador, no sé cómo puñetas lo has hecho,
pero no hay forma de soltarlo.
Me saqué las tirantas por los brazos y lo arrojé enfadada, esperando que
ahora sí pudiésemos continuar nuestra misión. Justo entonces, se abrió la
puerta y la cara de Rider apareció de la nada, cayéndole la prenda sobre la
cabeza. Verme en el baño de señoras, de culo, sin sujetador, con Adam detrás
quitándome el traje, no le dejaba mucho lugar a dudas sobre lo que estaba
sucediendo.
―¡Rider, puedo explicarlo! ―le dije intentando andar hasta él
tropezándome con los tacones y liándome las piernas con las rajas del traje,
me precipité y caí sobre un pasmado Adam. Rider me lanzó la peor mirada
que me habían echado en la vida y se fue dando un portazo.
―¿Y este es?
―¡Cállate! ―gruñí, tirándome del vestido hacía arriba, quedándome tan
solo con las bragas de barco y los tacones. Coloqué la dichosa prenda en
condiciones y me la volví a poner, esta vez bien―. ¿Dónde están los
camiones?
―Supongo que en el aparcamiento sería demasiado obvio, sin embargo, la
lavandería tiene entrada de vehículos. Podemos ir allí.
Salimos del baño bajo furtivas miradas acusadoras por parte de los
invitados al evento, bajamos las escaleras y nos dirigimos a la lavandería. No
tenía muy claro qué estaba buscando, y si era sincera y egoísta en ese
momento me importaba una mierda; solo quería salir de allí lo antes posible,
llamar a Rider e intentar explicarle de alguna jodida manera lo que había
visto. En el aparcamiento destinado a los coches de la ropa había seis tráileres
cerrados a cal y canto. Mi idea de un sitio donde lavan cosas era la de un
lugar con olor a detergente y suavizante, en su lugar olía a excrementos y a
humanidad, dato significativo de que no estábamos lejos de encontrar lo que
buscábamos, pero no lo suficiente como para inculpar a nadie.
―Tengo que entrar en uno y hacer fotografías ―le susurré.
―Ariel, es muy peligroso, no voy a dejarte ir. ¿Has visto la pinta de los
conductores que hay en las cabinas? ¿Realmente crees que para conducir un
camión lleno de sábanas tienen que ser Rambo?
―Toma ―le dije sacando del bolso la pistola que me había dado
Naveen―. ¿Sabes usarla?
―Sí, Ariel, pero, aunque no me creas, me da miedo que pueda sucederte
algo. ―Era la primera vez en mucho tiempo que veía verdadera preocupación
en su mirada. Le di un suave beso en la mejilla, me quité los tacones y cogí
uno como si fuese un machete, desde luego ese tacón podría atravesar una
yugular. Tras el beso Adam se había quedado helado y estaba segura de que
haría cualquier cosa que le pidiese.
Corrí descalza hasta la parte trasera de uno de los furgones que estaba más
cerca, abrí la puerta procurando hacer el menor ruido posible, salté y me metí
en el oscuro contenedor. El hedor allí dentro era aún más fuerte que en el
exterior, hasta el punto de llegar a darme nauseas.
Escuché un disparo y me agazapé tras unas cajas. Alguien cerró la puerta y
sentí cómo aquello comenzó a moverse. Encendí la linterna del teléfono para
saber de dónde provenía la peste y lo primero que vi delante de mi nariz
fueron los dientes de un león. Reculé hacía atrás y me golpeé la espalda con
unos barrotes, se me cayó el móvil al suelo cubierto de paja y este quedó
boca arriba alumbrando directamente a unos ojos negros vidriosos que me
miraban hambrientos. Algo me atizó en la cabeza y de pronto todo se me
nubló.
Desperté con un terrible dolor en la sien, alguien me estaba acariciando el
pelo, para variar supuse que estaría en el hospital por alguna burrada de las
mías, pero de pronto no recordaba cuál de todas ellas podría ser, hasta que mi
nariz también despertó y me senté rápidamente apartándome de lo que fuese
que me estuviese tocando.
Trasteé el suelo hasta encontrar el prófugo móvil, y cuando por fin lo hallé
y lo encendí, descubrí que los ojillos negros que tanto me habían asustado no
eran otros que los de unos graciosos chimpancés, casi más aterrorizados que
yo. Uno de ellos tenía un extremo de mi pelo asido y se estaba metiendo las
puntas en la boca. Pensé que iba siendo hora de darme un peladito…
En cuanto me incorporé el león, que estaba dormido tranquilamente, se
arrimó nervioso y se puso a darse golpes contra los barrotes. El animal estaba
delgado, y tenía un aspecto peor que el mío recién levantada después de una
borrachera.
Oí voces en el exterior y me metí en la jaula de los monos, rezando para
no rememorar mi experiencia con la cebra en el pasado. Como si supiesen
que tenían que protegerme, o eso quise pensar, los cinco se agruparon sobre
mí camuflándome entre la paja del suelo. Unos hombres abrieron las puertas
y empezaron a sacar las jaulas y cajas de madera con una máquina elevadora.
Ya era de noche, si me encontraban allí dentro casi prefería no imaginar lo
que me sucedería.
Fueron depositándonos en un almacén. Por lo poco que pude ver entre
pelos, paja y mierda acumulada frente a mi cara, estábamos en el mismo
lugar en el que tenían retenidas a las chicas. Al menos alguien sabía dónde
estaba, eso si no lo habían matado.
«¡Dios mío, Adam!». Lo último que oí fueron unos disparos. Era un gran
capullo y no era que se hubiese portado bien conmigo últimamente, pero no
se merecía morir por mi culpa, que lo capasen puede ser que sí, pero morir…
Al rato de no escuchar a nadie más y cuando los motores de los camiones
rugieron alejándose, intenté salir de la prisión y avisar a los demás. La
pantalla de mi teléfono se había rajado y solo funcionaba la maldita parte
superior del táctil, el karma decidió que iba a llamar a mi madre… Unas
voces me quitaron de la cabeza lo de salir.
―¿Están todos?
―Sí, en dos días los matarán para poder limpiar las pieles y que las
trabajadoras acaben las prendas.
―Ya sabes que Mal quiere que esta sea la última vez.
―Reina, no te estreses. Todo está saliendo a pedir de boca. Tenemos el
doble de ingresos. ¿Qué sabemos exactamente de Mal?
―Cruella, sabemos lo necesario. Nos proporciona los animales y la mano
de obra gratuita, nosotras solo tenemos que vigilar que se cumplan sus
órdenes y poner la mano.
Las mujeres se fueron alardeando del dinero que cogerían a costa de la
vida de estas pobres criaturitas. Por lo visto ellas tampoco conocían la
identidad de Mal.
Salí corriendo de allí prometiéndome que volvería a buscarlos, juraría que
incluso el tigre cambió su feroz mirada a una de tristeza cuando oyó la fecha
de su muerte.
Al llegar a la entrada un coche casi me atropella. Pegó un volantazo y su
conductor se apeó rápidamente. ¿El mundo no me iba a dar un poco de
vidilla?
―¡Ariel, corre! ―Fue de las pocas veces que ver a Adam me daba
tantísima alegría. Me monté congelada de frío y salimos de allí como alma
que lleva el diablo―. ¿Estás bien?
―Sí, necesito una ducha, un trago, una pastilla y algunos paquetes de
tabaco. Vayamos con los demás, no podemos solos con esto.
Cuando nos vieron llegar les prometí a todos que les contaría lo sucedido,
pero no antes de una larga ducha.
―Sabes que hueles a mierda, ¿verdad?
―Mérida, yo también te quiero…
Tenía que llamar a Rider y decirle todo lo que estaba sucediendo, aunque
supuse que si su madrastra me había vuelto a meter en plantilla, él ya debería
saberlo. Si esa mujer era tan mala como decía, a lo mejor no quería contactar
conmigo por no ponerme en peligro, o puede ser que me odiase tanto que
incluso haya sido idea suya lo de volver a ponerme en el punto de mira de
Úrsula.
Decidí arreglar las cosas como hacía Jack el Destripador, por partes.
Primero, necesitábamos solucionar el tema de los animales y, luego,
arreglaría el problema del corazón. Recordé una frase que me decía mucho
mi padre: «Prioridades, Ariel». E hice justo lo que él hubiese hecho en mi
lugar, coger al toro por los cuernos.
Después de restregarme hasta casi arrancarme la piel para dejar de oler a
culo de mono mojado, salí al jardín y el ánimo alegre que había cuando
aparecimos había desaparecido por completo. Todos estaban sentados
expectantes, ya que Adam no había querido revelar nada de lo sucedido hasta
que yo llegase; un detalle por su parte…
―Bueno, la cosa está jodida ―comencé a decir cuando me interrumpió el
indicador de mensajes de mi teléfono. Como estaba medio muerto solo pude
leer el primero de los que me llegaron.
Mañana tendrá lugar una venta de la mercancía, supongo que a estas
alturas ya sabrás de lo que te hablo. En el ático del hotel. Infíltrate. Úrsula.
―¿Piensas contarnos algo o de pronto tienes afán de protagonismo? ―me
sermoneó Jasmine con alguna que otra copa de más y su carácter habitual.
Los miré a todos, parecíamos más bien un jodido circo que un grupo de
élite que fuese a desarticular una red de venta, trata de blancas y exportación
ilegal de animales, y fue precisamente eso lo que me dio la idea para nuestro
siguiente paso.
―Mañana vamos a hacernos pasar por un grupo de modelos en una fiesta
privada que organizan para la venta ilegal.
—¿Lo haces queriendo o es que te pone cachonda meternos en líos? —
preguntó Mérida delante de todos. Cada día me planteaba más el tema del
reality show y lo de ponerme una cámara en la cabeza, sinceramente.
―Ariel, no lo veo ―confesó Blanca, que ya sabía cómo solían terminar
mis planes.
―Jim, ¿no puedes avisar para que vayan al lugar y los cojan infraganti?
―Aurora, he dejado a un compañero en el hospital herido por arma blanca
y he desaparecido con una supuesta terrorista. Creo que en estos momentos
no me van a condecorar como el mejor poli de la comisaría, créeme. Lo que
hagamos tendrá que ser fuera de la ley.
―Eso me gusta ―dijo Naveen.
―Sí, además está el pequeño detalle de que vamos con el traficante y con
la Viuda Negra.
―A mí me hace la misma gracia que a ti estar a tu lado, madero de
pacotilla.
―Creo que pelearnos entre nosotros no solucionará nada, Jasmine.
―Habló el hombre que susurraba a los caballos ―se mofó Mérida cuando
Adam abrió la boca.
―Nosotras queremos ayudar, en parte todo ha empezado por rescatarnos
―continuó Po, siendo la primera vez que decía algo coherente, mientras que
Mulán hacía rato que había tomado postura de cigüeña pero en modo
«sobaquil», y ya estaba empezando a ponerme nerviosa.
Ni yo misma tenía claro cómo iba a finalizar aquella locura. Como
siempre, la teoría no pintaba mal del todo, el problema sería la práctica, eso sí
que ya era otro cantar. Jasmine tiró de sus todavía contactos en el mundo de
la noche para hacerse un hueco en el pase, su extraña vida, sus
excentricidades y que fuera una prófuga de la ley en nuestro país, le daban
puntos de sobra para ello.
El tema principal eran los animales y la selva, así que solo teníamos que
sustituir a las verdaderas modelos y ponernos nosotros en su lugar. La idea
era atrapar a Cruella y a Reina sin que estuviesen sus matones cerca, y así
poder entregarlas a la policía junto con las pruebas de lo que estaba
sucediendo. O lo mismo, dicho de otra manera: tomarnos la ley por nuestra
cuenta.
Por mucho que me gustase haber llevado a Naveen, no podía permitir que
se siguiese arriesgando todavía más. Cuando se lo dije a Blanca, se negó
rotundamente, pero en el fondo de sus ojos se vislumbró agradecimiento y
descanso. La pobre, desde que parió, no había disfrutado de un instante de
tranquilidad, ya tenían bastante con su guerra. Mulán lo único que haría sería
estorbarnos, así que la dejé fuera también, por puro egoísmo más que otra
cosa, la verdad. Así que quedábamos Jasmine de infiltrada, Aurora, Mérida,
Po y yo de modelos y Jim y Adam para cubrirnos las espaldas y secuestrar a
las susodichas.
No podía haber fallo alguno con ese planteamiento, ¿verdad, señor
Karma?
Capítulo once.
La farsa.
Lo primero era introducirnos en el recinto sin ser vistos, cosa que no fue muy
difícil gracias a tener a Adam de nuestro lado. Habló con Reina y le dijo que
se había enterado de que tenía una fiesta y que no lo había invitado, tonteó un
poco y se hizo el ofendido. Si no fuese porque después de esa noche
esperábamos que estuviesen entre rejas, Adam se hubiera visto en la tesitura
de tenerle que dar de comer al pavo de la señora, cosa que me daba fatiguita
con solo pensarlo. La mujer aceptó encantada. Si a mí, la diferencia de edad
de Rider, ya me volvía loca, a ella que a Adam le sacaba cerca de treinta años
no quiero ni pensar en cómo se le pondría el ego.
Estuvimos montando guardia hasta que vimos entrar a unas altas,
esqueléticas y repeinadas chicas por la puerta lateral, donde estaba el
ascensor que usaba el servicio y nos apresuramos para subir todos juntos.
Cuando entramos, nos miraron de arriba abajo de modo despectivo, si tenía
algún tipo de remordimiento por lo que estaba a punto de suceder, acababan
de lograr que se disipase. Una vez arriba, a falta de una hora para que
comenzase el show, las chicas corrieron por un pasillo y se metieron en un
cuarto transformado en camerino, según pude cotillear por las cortinitas que
cubrían la puerta. Suspiré y le hice señas a Jim para que entrase, las apuntase
con el arma y ya nosotras nos encargaríamos de amordazarlas y esconderlas,
pero por desgracia nada cerca de la realidad… En cuanto Po me vio mover la
mano en dirección a la habitación, se adelantó y, para cuando quisimos
alcanzarla, ya tenía medio noqueadas a todas las estiradas.
―Po, ¿qué te dije sobre lo de dar ostias como panes a las personas? ―le
recriminó Mérida, viendo a las chicas inconscientes en el suelo con la boca
reventada o los pelos de la Novia Cadáver.
―Lo siento, de donde vengo no dejamos que los hombres nos defiendan,
eso querría decir que somos débiles y no es cierto. Es la costumbre ―se
disculpó, poniendo cara de corderito. Mérida se abalanzó y le dio un beso de
tornillo con lengua a la vista incluida.
―¿Nos centramos?
―Ariel, como amiga te recomiendo que eches algún polvo porque te estás
avejentando ―me dijo, dándome dos palmaditas en el hombro.
Jim y Aurora ataron a las chicas y las metieron detrás de un biombo
plegable, que hacía las funciones de cambiador. Justo cuando estaban detrás
colocándolas, entró Cruella y se quedó mirando fijamente a Po, quien tensó la
mandíbula y cerró los puños nada más verla. Mérida le sujetó la mano
disimuladamente intentando tranquilizarla; si hubiese estado en su lugar, no
sé cómo habría actuado, pero no era momento de perder los papeles, las
necesitábamos a las dos juntas.
―¿Tú has trabajado antes para mí? Me suena tu cara ―le preguntó,
aguantándole el mentón y mirándola como si fuese un caballo.
―No habla nuestro idioma, señora ―me adelanté a decir antes de que nos
metiese en más problemas.
―¿Y tú también modelas o eres la esteticista?
―Modelo, señora.
―Tengo que hablar con la empresa, cada vez os mandan más feas y más
viejas. ―«Zorra»―. Ahí tenéis la ropa, cuestan más que vuestras vidas, así
que mil ojos con ellas o las sustituiré con vuestros pellejos. Os aviso cinco
minutos antes de salir. ¡Eh, tú! La guapita, intenta adecentar un poco a este
vejestorio, cógele una gomilla en la nuca para ver si así disimula esas
arrugas.
―Por supuesto, mis manos hacen milagros ―respondió Mérida,
ocultando una sonrisa.
―Eso espero ―concluyó saliendo del cuarto, quedándose más a gusto que
un arbusto, dejándome con cara de tonta y con los mayores deseos homicidas
de toda mi jodida vida. Lógicamente, en cuanto se marchó, el pitorreo del
personal fue monumental…
―Abuela, le traigo el bastón.
―Mérida, haz como la que te caes y me comes el toto.
―Pues yo que quieres que te diga. Si no fuese por lo de la matanza
indiscriminada de animales, esta mujer me caería bien ―se jactó Jim,
saliendo de su escondite lágrima en el ojo incluida.
―Paso de vosotros. ¡Sal de aquí para que podamos cambiarnos!
―Los infartos, Ariel, a tu edad hay que controlarlos ―continuó Mérida,
llevándose un merecido golpe en la cabeza por mi parte y yo un gruñido por
la de Po.
Cuando Jim salió y comenzamos a sacar las prendas de las bolsas, el
estómago empezó a revolvérseme. Nunca había sido amante de las pieles,
pero después de mirar a los ojos a los propietarios de estas, mi aberración
ante tal atrocidad aumentó unas diez veces más. Lo único que no tuve en
cuenta fue que tendríamos que ponérnoslas y de eso ya sí que no estaba para
nada segura de ser capaz.
Aurora fruncía el ceño y tragaba saliva cada vez que rozaba una de las
mudas, y hasta Mérida ponía cara de asco al tocarlas. Po, sin embargo, estaba
tan acostumbrada a tratar con ellas que creo que no las veía como lo que
realmente eran. Para ella tan solo eran simples telas que tenía que coser y en
ese momento ponerse.
De pronto, alguien llamó a la puerta y las cuatro nos sobresaltamos. Le
hice una señal a Mérida para que aguantase al bulldog que tenía por novia y
abrí.
―Siento mucho llegar tarde. pero el aparcamiento estaba horrible ―dijo
un hombre musculoso entrando en la sala sin ni siquiera mirarnos―. Creo
que me he confundido. Soy el modelo masculino del desfile, ¿me podríais
decir dónde están mis compañeras? ―me encogí de hombros resignada.
―Po, ataca ―le ordené, justo cuando el hombre se giraba y recibía un
puñetazo en la nariz, que no supo por dónde le venía, y quedaba tumbado en
el suelo viendo estrellitas a su alrededor. Entonces entró Jim y vio al
musculitos derribado.
―¿Podemos dejar de pegar y de secuestrar personas, por favor?
―Se suponía que estabas vigilando ―le encaró Mérida.
―Di un número, Jim.
―¿Cómo?
―Da igual cuál digas, te va a tocar ―le informó Aurora divertida.
―Aquí el señor fuertecito también formaba parte del desfile, así que nada,
ya tenemos a todos los componentes. Átalo y ponte esto ―le indiqué,
tirándole una bolsa que ponía Curtis. La abrió y sacó un taparrabos de
leopardo, una pajarita de a saber qué animal y un chaleco negro que, casi
seguro, estaría hecho de alguna pantera―. Mira, con el chaleco y la pajarita
recuerdas viejos tiempos. Verás cuando te vea Jasmine lo que se va a reír.
―¡Mierda! ―Por una maldita vez el karma no se había ensañado conmigo
y esa nueva sensación molaba tela.
Po se puso un traje de piel gris ajustado y los únicos zapatos que le
entraban teniendo en cuenta que tenía un cuarenta y tres, así que se tuvo que
conformar con unas zapatillas con las que se le quedaban la mitad de los
dedos fuera. Aurora, después de mucho mirar y aguantándose la fatiga, se
puso una falda crema a juego con un mini top. Mérida, con esa larga melena
pelirroja rizada, usó un chaquetón largo blanco y negro, con un pantalón de
piel de serpiente y una camiseta corta. Y, finalmente, yo, más que por
elección propia por talla, me tuve que vestir con un traje para liliputienses
que no dejaba nada a la imaginación.
―Cinco minutos ―nos avisó la desagradable voz de Cruella a través de la
puerta.
―¡No pienso salir así en público!
Jim asomó la cabeza por el biombo, me acerqué y tiré de él para
comprobar el resultado. Si no hubiese sido por el material con el que estaba
hecha la ropa, me hubiera derretido en ese preciso instante. Contemplarlo casi
con el torso desnudo, marcando la tableta de abdominales, ese pequeño
taparrabos puesto y despeinado era para nombrarlo Monumento de la
Humanidad. Cuando se enfadaba se le acentuaban los hoyuelos de la cara y lo
hacía parecer aún más carismático de lo que ya era.
Rápidos flashes acudieron raudos a mi memoria de cuando estábamos
juntos, sin poder evitar sentirme culpable por Rider, pero los sentimientos
que en su día sentí por Jim fueron muy fuertes y donde hubo llamas siempre
quedan rescoldos, más si tenía en cuenta que lo nuestro fue un incendio en
toda regla. Mi mente calenturienta dejó de elucubrar en el instante en el que
me fijé en la expresión de admiración que Aurora tenía puesta. Cuando se dio
cuenta de que todos la observábamos, se puso roja como un tomate y se fue
hasta la puerta para intentar disimular.
―Bueno, ¿cuál es el plan?
―¿Cómo?
―Ariel, el plan, ¿no me digas que después de la que estamos liando aún
no pensaste nada?
―Mérida, lo tengo todo totalmente controlado, no te preocupes ―mentí
como una bellaca―. Primero, hagamos la pantomima y, luego, las
atrapamos.
Una estruendosa música mezclada con rugidos, cantos de pájaros y otros
sonidos típicos de la selva empezaron a sonar. Las luces se apagaron
quedando tan solo un foco que alumbraba a la improvisada pasarela del
centro de la sala, rodeada por decenas de sillas llenas de personas —por
llamarlas de alguna manera—, esperando ver la aberración textil para llevarse
su animal «ponible» a casa.
No podría negar que estaba nerviosa debido a la cantidad de gente que nos
estaría mirando, pero ya no había marcha atrás. Salí decidida junto con las
demás y esperamos detrás de una cortina a ser llamadas por nuestra locutora.
La primera en salir fue Aurora. Anduvo con paso decidido y seguro, tenía
el semblante tan serio y la frente tan fruncida que, por un instante, dudé si se
sacaría de la manga un montón de cubos de sangre y se los tiraría a los
asistentes a modo de protesta, pero no, salió como si llevase haciendo esto
toda su vida, dio dos elegantes vueltas y regresó a su sitio en un lado de la
pasarela.
Cuando escuché que nombraban el diseño de Po, comencé a sudar más
que Mulán en sus mejores momentos. Po caminaba con paso tan firme que
por un segundo creí que desmontaría el tinglado. Su negra melena ondeaba
tras de ella como los de las amazonas y sus expresivos ojos negros miraban al
público con el coraje y genio que la caracterizaba.
Mérida llevaba como complemento un arco y unas flechas a la espalda,
cosa que nos vendría bastante bien si teníamos en cuenta a lo que habíamos
venido realmente.
―Señoras, ¿están preparadas para disfrutar del mejor espectáculo de sus
vidas? Desde el Amazonas viene un guerrero de una tribu indígena recién
descubierta. ¡Con todos vosotros Mondongooo! ―Sí, lo sé, era una cosa
seria, pero la cara que puso Jim cuando la arpía lo llamó Mondongo, no tuvo
precio, hasta Po sonrió al oírlo, y claro yo no pude ser menos y me desternillé
en el suelo, textualmente, hablando. Así que, no fui capaz de ver su desfile,
aunque toda la mancha de puercas presentes le aplaudieron más que a las
otras.
Finalmente, llegó mi turno. Me puse en pie como pude, respiré hondo y
me concentré en cada paso que daba para no liarla como siempre. Busqué la
mirada de complicidad de Jasmine o de Adam para sentirme más segura, pero
los focos me daban directamente en la cara y no veía más allá de la
plataforma en la que estaba subida; todo el fondo era negro, como si
estuviese sola, y eso me insufló un chute extra de confianza. En cualquier
otra ocasión, me los habría imaginado a todos desnudos pero esa vez, lo de
ojos que no ven, corazón que no siente, me vino como anillo al dedo. Llegué
hasta el fondo, me giré ágilmente y continué con paso decidido para ocupar el
lugar que me correspondía. Cuando llegué al sitio sin ningún incidente me
sentí bastante orgullosa de mí misma.
―Comienza la puja.
Eso de la puja me cogió por sorpresa. Creí que tendrían varios trajes
iguales a los nuestros a la venta pero claro: ¿de cuántos animales tenían que
disponer entonces para tanta ropa?
Comenzaron la subasta en el orden que habíamos ido saliendo. Todos se
fueron vendiendo por cantidades desorbitadas, sobre todo, el de Jim que tuvo
que ponerse en el centro de una peana por lo menos quince minutos, a esperar
que las desequilibradas féminas dejasen de pelearse por él, más bien parecía
que el subastado fuese el modelo en vez de las prendas. Cruella estaba
animadísima a su lado, tocándole los brazos y aprovechando para meterle
toda la mano que podía sin disimulo alguno.
Mi traje era el más feo de todos y tampoco es que me quedase demasiado
bien, que todo hay que decirlo. Cuando subí al lado de Cruella, y comenzó la
puja al alta, un silencio absoluto llenó la sala. Fue bajando poco a poco la
cantidad hasta casi llegar a un precio ridículamente accesible para cualquier
bolsillo mortal. La buena señora me miraba con cara de víbora a punto de
atacarme y, de pronto, se oyó la voz de Adam dando el doble de dinero; a
Cruella se le suavizó un poco el gesto y a mí el amor propio, la verdad.
Regresé a la casilla de salida y esperé que se me iluminase el espíritu santo
con alguna genial idea. Pero en vez de eso, cuatro mujeres aún con cuerdas
en las manos, aparecieron en el gran salón gritando improperios y
señalándonos con el dedo. Nos acabábamos de meter en un lío.
Se escucharon dos disparos y todos los presentes se levantaron en
estampida, derribando tanto sillas como personas para escapar de lo que fuese
que estuviera sucediendo, y aprovechamos ese momento de confusión para
intentar atrapar Cruella.
―¡¡Po, vía libre, cógela!! ―le grité.
«Esto de tener a una sicaria en potencia como aliada mola un huevo»,
pensé. Po cogió a Cruella por el pecho, la levantó unos centímetros del suelo
y vi como la vieja asquerosa pataleaba para intentar zafarse, seguro que como
alguno de tantos animales que había aniquilado. Su rostro mostró el
verdadero significado de la palabra terror.
―¿Ahora recuerdas mi cara? ―fue lo único que le dijo Po antes de
asestarle un puñetazo y lanzarla fuera de la pasarela, dejándola
completamente fuera de juego. «Nota recordatoria: jamás discutir con esta
mujer».
Tan solo quedábamos nosotros en el lugar, todos los asistentes habían
salido despavoridos.
―Adam, Reina no está ―le recordé corriendo a su lado. Jim estaba
atando a la inconsciente mujer cuando salimos de allí en busca de la secuaz
de Cruella.
La encontramos en el pasillo de sus aposentos, huyendo asustada, porque
realmente ellas no sabían qué estaba pasando. En cuanto vio a Adam se
abalanzó sobre él lloriqueando, pidiéndole ayuda.
―Adam, hemos sufrido un atentado. ¡Sácame de aquí, por favor! ―le
mintió, fijándose en mí―. ¿Qué hace esta aquí? ¿Y por qué lleva mi ropa?
―Esta está aquí porque le da la real gana y va a hacer algo que estaba
deseando hacer.
―Toda suya, madame ―dijo Adam, echándose a un lado y dejándome
frente a Reina que estaba totalmente desconcertada.
―Esto por Duque ―le indiqué, dándole un señor puñetazo al más puro
estilo Po, volviéndole casi la cara del revés―, y esta por los monos —
continué, dándole el golpe final y dejándola medio tonta.
―La policía esta de camino ―me advirtió Mérida, que había venido en
nuestra busca junto con Jasmine y Po.
―Id a casa de Blanca, nos quedaremos aquí aguantándolas con Jim y
Aurora. Nos vemos allí.
―¿Tú has hecho eso? ―preguntó Mérida, ignorando mis indicaciones y
mirando el pómulo amoratado de Reina.
―Sí, estoy aprendiendo de tu novia.
―Pues me acabas de poner perraca[12] ―vaciló, dándome un beso en los
labios y salió de allí corriendo, seguida de las demás por el ascensor de
servicio en el que subimos.
Para cuando llegó la policía, Jim ya se había cambiado de ropa y los
esperábamos en el salón con Cruella y Reina atadas. Jim les explicó lo que
sucedía, se llevaron la ropa que quedaba allí, detuvieron a las dos
energúmenas y los acompañamos a la fábrica para soltar a las mujeres y a los
animales.
Al menos siete coches de policía y dos furgones vinieron con nosotros al
lugar. Les dije dónde estaba todo y esperamos fuera de la propiedad a que se
ganaran el sueldo. Me encendí un cigarro y me apoyé en el capó del coche
que nos traía.
―Lo has hecho bien, princesa ―me alabó Adam torpemente, poniéndose
delante de mí, moviendo los pies de un lado a otro y mirando al suelo. Al otro
lado del vehículo, estaban Jim y Aurora. Vi cómo mi amiga soltaba una
lágrima de alegría al ver que todo había terminado. Jim se acercó a ella, la
abrazó y la besó. Me estaba haciendo mayor, porque realmente me alegraba
por ellos―. Creo que te ha levantado el novio.
―Con lo bien que ibas… ―le dije, dándole un cariñoso puñetazo en el
hombro.
―Sargento, el recinto está vacío ―informó uno de los policías a Jim.
―¡¡Eso es imposible!! Estaba todo lleno de jaulas con animales, máquinas
de coser y mujeres encerradas, trabajando en contra de su voluntad.
―Pues o sabían que veníamos o todo esto es una broma de mal gusto
―agregó otro hombre que, por su aspecto y la cara de Jim, supuse que era su
superior.
Capítulo doce.
Adiós.
Regresamos con el amargo sabor de la derrota en los labios. No podía
comprender cómo habían sabido que iríamos. Nadie conocía nuestro plan.
Jim tuvo que ir a comisaría a rellenar un montón de papeleo y a esperar su
veredicto tras todo lo ocurrido. Cuando regresó, las noticias no mejoraron.
―Me han suspendido de empleo y sueldo hasta que se aclare algo de este
entuerto.
―¿Y qué pasará con Cruella y Reina? ―preguntó Po angustiada.
―En su contra solo tienen la venta de pieles ilegales, pueden acusarlas de
eso, pero tras una considerable cuantía de dinero, volverán a la calle de
rositas.
―No es justo.
―Aurora, la vida no lo es, más bien todo lo contrario ―la informó
Jasmine.
―Siento mucho todo lo ocurrido, pero tenéis que ver el lado positivo, os
habéis conocido y ellas están en libertad.
―Blanca, adoro tus buenas intenciones, pero esto es una mierda con todas
sus letras.
―Ariel, lo sé, cariño. Y no sabes cómo lamento seguir siendo portadora
de malas noticias, pero tengo que deciros que nos marchamos esta noche. Ha
habido mucho revuelo y no podemos arriesgarnos a estar más tiempo por
aquí.
―Blanca es culpa nuestra, somos unas egoístas ―lagrimeó Mérida,
acariciando la cabecita de la pequeña Tiana y haciendo que se me encogiese
el corazón. Era fácil ver derrotada a Aurora o a mí, pero Mérida era la fuerte
del grupo y, si ella se venía abajo, las demás caeríamos detrás.
―Os echaré mucho de menos, mi vida será muy aburrida sin vosotras
cerca ―lloriqueó Blanca―, pero no todas son malas noticias. Ariel, tengo
que pedirte un favor.
―Lo que quieras.
―Necesitamos que te quedes en casa hasta que regresemos, no hay nadie
para que cuide de ella, ¿podrás mantenerla en pie durante algún tiempo?
―Esa fue la gota que hizo que mi lagrimal rebozase y le di un abrazo al que
se unió Mérida, Aurora e incluso Jasmine.
―Pedazos de putas, al final vais a conseguir que llore y no pienso hacerlo,
tengo una proposición que hacer yo también, aunque sé que me voy a
terminar arrepintiendo de mis palabras ―continuó Jasmine, quien, incluso
cuando era amable, parecía que iba a morder a alguien―. Mérida, ¿qué te
parece si tú y tus dos amigas prófugas os venís a vivir conmigo? Allí mando
yo y nadie será capaz de hacerles nada.
―¿En serio la señorita insecto palo haría eso por mí?
―Mérida no tientes a tu suerte ―le indicó Jasmine―¿Qué decís?
―¿Qué vamos a decir? Será horrible vivir rodeada de criados y lujos pero
podemos intentarlo.
El helicóptero no tardó en aparecer y llevarse a mi mejor amiga con él;
Blanca, Naveen y Tiana desaparecieron en el cuatro por cuatro en el oscuro
camino; y yo me quedé allí mirando al cielo, pensando en todo lo que
acababa de perder esa noche. Sí que había ganado una casa enorme que no
sería capaz de ensuciar entera en la vida, y Duque también estaría contento de
volver a ver a su amada, sin embargo, ¿con quién discutiría? No había nadie
en el mundo que me conociese como Mérida, ella era más que mi hermana,
era mi locura cuando yo estaba cuerda, era la que me detenía cuando hacía
burradas, mi pañuelo de lágrimas y mi sacadora de risas. Madurar era una
verdadera mierda, en otra época le habría suplicado que se quedase, hubiese
usado el chantaje sicológico para retenerla, pero ya no. Había visto el brillo
especial en su mirada cuando se quedaba embelesada oyendo a Po, y eso que
era como ver unos dibujos animados para preescolares, aun así, ella estaba
enamorada locamente de esa bruta medio analfabeta, que no se había hecho la
cera en su vida y que se parecía más cercana al eslabón perdido que a las
típicas mujeres con las que acostumbraba a estar.
―¿Estás bien? ―me preguntó Adam, sentándose a mi lado.
―Lo estaré.
―Ariel, si quieres que nos quedemos lo haremos ―dijo Aurora,
acercándose agarrada a Jim.
―No es necesario, estoy bien. Os podéis ir tranquilos, no voy a
suicidarme ni nada de eso, lo prometo. Sería un cadáver demasiado bonito
para enterrarlo ―bromeé, disimulando la pena que me consumía―. Eso
también va por usted, caballero. Mañana hablamos, necesito estar sola.
―Cualquier cosa, nos llamas ―añadió Jim. Volviendo a ser agradable
conmigo de nuevo, se agachó y me dio un tierno beso en la frente.
Una vez que se fueron todos, y me quedé sola en aquella gran mansión,
mis lágrimas comenzaron a correr por las mejillas como si de un caño
desbocado se tratase.
Fui al salón, puse música a todo trapo, atraqué el bar de Blanca y me puse
a bailar y a beber como si no hubiese un mañana. Tenía que estar contenta
por mis amigas, todas eran felices: Mérida tenía a Po; Jasmine sus riquezas y
con eso le bastaba; Aurora por fin estaba con alguien que realmente la quería
y la valoraba; Mulán… Vale, bien, dejemos a parte a Mulán; Blanca después
de la mierda de vida que había llevado, finalmente encontró el amor
verdadero; y yo…, bueno, yo era una maldita desgraciada que moriría sola
rodeada de jodidos gatos. Si Úrsula no me hubiese dado ese trabajo, nada de
todo aquello habría pasado. Sí, estaba hablando como una egoísta malcriada,
pero llegados a ese punto de alcohol en sangre, tenía todo el derecho del
mundo a dejar de respirar y ponerme de colores. Ella fue la que comenzó toda
esta locura, y total, ¿para qué? Porque lo peor de todo era que aún no sabía
qué sacaba ella de beneficio si la red de Cruella y Reina se iban al garete.
Me pegué una ducha para espabilarme, cogí el coche y me fui directa a las
oficinas de Yensid, a que me explicase por qué cojones había trastocado mi
vida de esa manera.
El guardia de seguridad al que golpeé y que debería estar en la entrada no
estaba y el edificio parecía desierto. Entré tan solo empujando la puerta, el
eco de mis pasos al caminar retumbaban por todas las paredes y subí
convencida de que Úrsula seguiría en su despacho trabajando o maquinando
la vida de quién arruinar.
Abrí dando un portazo sin llamar y, al fondo de la gran habitación, detrás
de su mesa, estaba la buena señora echada sobre los brazos tomándose una
siestecita. Me coloqué frente a ella y propiné un manotazo en la madera de al
lado de su oreja con la intención de darle un susto de muerte, pero o era de
oído duro o estaba completamente sorda.
―¿Úrsula? ―la llamé zarandeándola un poco por los hombros y entonces
giró la cabeza, quedando al descubierto sus enormes ojos inertes.
La parte oculta con su cuerpo estaba llena de sangre y tenía una raja que le
llegaba de lado a lado del cuello. Grité y pegué un salto hacia atrás. «Dios
mío, está muerta», pensé. Úrsula estaba muerta y la única que lo sabía era yo.
Llamé rápido a Jim que tardó bastante en descolgar el teléfono, de fondo se
oyó una música y bastante barullo.
―Jim, soy Ariel, Úrsula está muerta, le han rebanado el cuello. Está en las
oficinas Yensid, voy a casa de Rider estoy preocupada por él ―le dije con
medio ataque de ansiedad.
Creí escuchar la voz de Adam en el teléfono de Jim, pero después de cómo
se llevaban, estaba segura de que me habían traicionado los nervios.
La mansión estaba completamente a oscuras y aparqué casi encima de las
escaleras que conducían a la puerta principal. En cuanto salí del coche un olor
característico que no olvidaría jamás llegó hasta mí.
Desde que Naveen me dio la pistola, como que le había cogido cariño a
eso de sentirme segura y siempre la llevaba conmigo. La saqué y seguí el
inconfundible aroma sin saber muy bien a qué atenerme. La fetidez provenía
de la gran puerta metálica de un almacén, pegado a la propiedad. La empujé
abriendo con facilidad y más ruido del que me hubiese gustado. «Siempre se
ha dicho que el olfato es el sentido que más recuerda», me dije confirmando
mis sospechas.
Corrí hasta la primera jaula, donde mis amigos los simpáticos chimpancés
continuaban allí sin comida ni agua y, junto a ellos, el triste león recostado
sobre su gran estómago. No sabía por qué, pero había dejado de darme
miedo, solo me inspiraba ternura. «Tenía que hacerme mirar lo de mi nueva
obsesión con los jodidos felinos, sobre todo si tienen los dientes del tamaño
de la palma de mi mano», reflexioné.
¿Qué estaba ocurriendo? ¿Por qué estaban esos animales ahí? ¿Quién los
había movido? ¡Rider! Si le había ocurrido, algo no me lo perdonaría nunca,
debí de haberlo informado o al menos intentar llamarlo y explicarle el
malentendido; de nuevo me sentí como una auténtica zorra.
Uno de mis amigos peludos sacó la manita entre las rejas, me agaché a
tocársela para intentar infundirle algo de serenidad cuando, de pronto, todos
saltaron y se pusieron a gritar como locos. Mi amigo, el Rey de la Selva, se
incorporó como si tuviese un resorte y soltó un gruñido que me heló la
sangre. Me giré y vislumbré la silueta de una persona en las sombras detrás
de mí, saqué el arma y lo apunté intentando recordar exactamente cómo
cojones me había dicho Naveen que se usaba esa cosa.
―¡¡No des ni un paso más!! ―Pero quien fuese se tambaleó y se cayó de
lado. Me acerqué temerosa hasta que identifiqué a Rider en el suelo―.
¡Rider, arriba, tenemos que salir de aquí!
―Ariel ―balbuceó.
Le di la pistola y lo levanté en peso como pude para ver qué heridas tenía,
pero en el instante en que la sostuvo se enderezó sin ayuda y me apuntó con
ella en la sien.
―¿Qué haces?
―Sinceramente, tengo que felicitarte. Si te digo la verdad, no esperaba
que llegases tan lejos, lo único que tenías que hacer era ser tú misma y no dar
pie con bola. Ariel, ahí reside tu encanto, no te esfuerces. Las caras bonitas
con poco cerebro están para servir a los hombres inteligentes. ―No daba
crédito a lo que estaba oyendo. El corazón se me detuvo por un momento, el
cerebro se me bloqueó y la mandíbula casi se me desencajó. Di tres pasos
atrás para separarme de él. Me sentí utilizada, engañada, abochornada,
enfadada y defraudada. ¡Coño, que se la había chupado!―. Todavía podemos
seguir juntos, Ariel. Esto no tiene por qué terminar aquí, serías la perfecta
ama de casa, amante y compañera.
―Rider, cariño mío, ¿sabes qué hay detrás de un hombre tan inteligente
como tú? ―me miró extrañado ante mi nueva actitud sumisa―. Una mujer
asombrada, estúpido. ¡Jamás, en mi jodida vida sería tu puta limpiadora
personal!
―Ariel, Ariel, Ariel ―repitió meneando la cabeza y la pistola a la vez―.
Me decepcionas mucho, tenía grandes planes para ti. Ahora tendré que
matarte y prometo que no quería. ―Continué reculando, haciendo tiempo
para ver qué mierda se me ocurría para escapar de este sicópata.
―¿Por qué mataste a Úrsula?
―Era demasiado avariciosa. Cuando las cotillas de sus amigas le contaron
lo de la venta de pieles, quiso formar parte de ello y, al no dejarla, empezó a
hacer demasiado ruido. Lo que nunca imaginé era que te contratase a ti para
detenerme, fue ilusa, realmente esa mujer me menospreciaba demasiado.
―Siempre pensaron que eras una mujer. ¿Tú eras Mal?
―Avances de la tecnología. De verdad adoro hablar contigo, estás a
tiempo de planteártelo, Ariel. Yo te quiero y eso es más de lo que he sentido
jamás por nadie.
―Eso no es amor. Cuando estás enamorado, no se engaña, ni se utiliza.
Tú solo te quieres a ti mismo. —Algo metálico cayó a su espalda, haciendo
que se volviese y disparase a un bulto que medio se veía al lado de la puerta,
haciendo que un cuerpo cayese al suelo.
Aproveché la distracción sin pensar mucho de quién se trataría y rezando
porque no fuese Jim. Me giré y los ojos del león me miraron. Sin saber qué
hacía, abrí la puerta de par en par y me aparté de su camino. El felino saltó
sobre Rider, que no se lo vio venir. Le clavó los dientes en la garganta y tiró
fuerte arrancándole la yugular delante de mis narices. El miedo me tenía
bloqueada, el león se quedó junto al cuerpo de Rider chupando la sangre
esparcida por todos sitios. No podía quitar la vista de él, pero necesitaba ir a
comprobar a quién había disparado ese puto degenerado. Anduve con
cuidado lo más lejos que pude del cuerpo, en cualquier momento podría ser
usada de postre.
Adam estaba tumbado boca arriba sobre un gran charco de sangre, con los
ojos abiertos mirando a la nada. Cuando me vio, sonrió e intentó hablar.
―Princesa.
―Calla, no hables. Te vas a poner bien, maldito cabezota.
―Lo siento, princesa ―susurró, dejando caer la cabeza hacía un lado y
desapareciendo de mi vida para siempre.
Al parecer Jim y Adam habían ido esa noche a tomar algo juntos. Jim fue
con la policía a las oficinas Yensid y Adam vino a comprobar que estaba
bien. Si no hubiese sido por su interrupción, ahora mismo yo estaría en el
ataúd que estaba mirando.
Capítulo trece.
El crucero.
Nunca comprenderé a las personas que se llevan todo el santo día tomando el
sol, para mí era un aburrimiento y una pérdida de tiempo enormes.
―¿Alguien te dijo alguna vez que la carne de burro no es transparente?
―Mérida, el día que seas agradable es porque te estarás muriendo.
―Ariel, con setenta años puedo ser como me dé la jodida real gana.
―¿De cuál de todas fue la maldita idea de volver a quedar treinta años
después?
―Jasmine, no te quejes, que tú has hecho un pacto con el diablo.
―Aurora, ¿tú no estabas vomitando?
―Ariel tiene la culpa, quería venir a este magnífico crucero sin parejas.
―Blanca, no seas más lapa y sepárate de una vez del morenito que lo
tienes encanijado. Además, ¿habéis visto el culo del camarero?
―Ariel, podrías ser su abuela. Estate quietecita y siéntate en la hamaca
antes de que se te suba la tensión ―me reprendió Aurora.
El chico que se encargaba de atender a la tercera edad tenía la sonrisa de
Adam, y los ojos de Jim, los dos grandes amores de mi vida, el problema era
que también poseía los hoyuelos del mayor error que cometí jamás.
Estábamos tumbadas en la cubierta de babor mirando el mar, el día era
perfecto para no hacer absolutamente nada, el muchacho se acercaba
mirándome —sí, sé que esta vez la diferencia de edad era mucho mayor que
la anterior, pero a nadie le amarga un dulce y yo todavía mantenía mi sexapil,
aunque las pedorras de mis amigas dijesen lo contrario—.
Conté los segundos que tardó en llegar a mi lado con la bandeja, me
levanté cuando lo tuve enfrente para ocasionar un encuentro casual, cosa
antiguamente me funcionaba y no veía por qué en ese momento no, me
encendí un cigarro y por desgracia no controlé demasiado bien las distancias,
al incorporarme tardé un poquillo más de lo que pensé en un principio —los
achaques, por mucho que no lo quiera reconocer, es lo que tienen—, me
golpeé con la bandeja de las bebidas que llevaba en la cabeza, volcándola y
tirándolas encima de las demás, que intentaban tomar el sol con pareos más
grandes que ellas, que pensé yo que así poco color iban a coger.
Con el golpe y la falta de equilibrio, me agarré con mis huesudos dedos a
lo primero que encontré, que no fue otra cosa que los testículos del chico al
que casi dejo eunuco de por vida. Este lanzó un grito de dolor, se apartó todo
lo posible del repentino cascanueces, tropezó con la barandilla y cayó por la
borda. Lo último que vi de él, fueron sus pies volando frente a mi cara.
―¡¡Ariel, en serioooo!! ―gritaron todas al unísono.
―¡Mierda!
Agradecimientos
Este libro ha pasado por varias etapas y por todavía más versiones, sé que hay
mucha gente expectante a ver qué sucedía con los protagonistas y la presión
de una segunda parte a la altura de la primera ha sido demoledora. Al
principio intenté hacer otro parecido al primero y me devané los sesos para
que saliese, pero después de muchos meses de cabezonería decidí desistir y
hacer lo que siempre hago, dejarme llevar por mis emociones y crear una
trama con unas alocadas historias que a mí me gustasen leer. Cuando dejé de
especular en qué pensarían los demás y comencé a oírme a mí misma fue
cuando volvió a surgir la magia, digamos que me volví un poco como
Cicerón cuando dijo: «Me interesa más mi conciencia que la opinión de los
demás». Espero de corazón que tras finalizar las perdices se os quede un buen
recuerdo y sabor de boca, que en definitiva es por lo que existe la literatura,
para hacernos sonreír y evadirnos de la realidad. Si he logrado esas metas me
siento orgullosa.
En este caso las que me han acompañado desde el principio en esta nueva
aventura han sido Ester Martín Moya, Ana Tinoco Morcillo, María Esteban,
Tania García, Noelia Tejada, Puri Real Garry, Helena Sivianes, Sonia
Fernández y Noni García, gracias a todas y cada una de vosotras por tener la
paciencia de leerme por fascículos, de aguantar la falta de inspiración y el
exceso de confianza cuando os amenazo con que si no leéis podéis morir,
sabéis que es bromita, o no… nunca lo descubriréis porque habéis sido muy
aplicadas. Sin que ellas lo sepan a veces la historia ha dado un giro cuando
me han contado sus elucubraciones, así que no sería justo no decir que este
libro es obra de todas, gracias chicas, de corazón.
En esta ocasión la encargada de corregir esta obra a contrarreloj no ha sido
otra que Sonia García, (Noni para los amigos), que se ha pegado noches sin
dormir volviéndome a echar el cable para que este disparatado libro os llegue
impecable. Gracias amiga, te debo otra, he perdido la cuenta.
Mi madre se ha quedado con mi pequeño monstruito para que yo pudiese
escribir tranquila y eso es un mundo, te quiero.
En el trabajo me he tenido que escaquear más de un día y de dos y eso no
hubiese sido posible sin mis dos manos derechas Katy Molina y Pablo Ruiz,
aunque no os lo diga muy a menudo, o nunca, mi mundo sería mucho más
difícil sin vosotros apoyándome tanto en lo personal como en lo profesional,
gracias, os quiero.
La portada ha vuelto a ser otro éxito de mi paciente Mónica Gallard, mil
gracias por ser tú.
Todo libro tiene su punto de misterio, en este tengo que darle las gracias a
una persona muy especial para mí, quien en los últimos meses ha empezado a
formar parte de mi vida y de mi familia, la misma que me ha inspirado,
animado y robado el corazón. Sobran palabras. Gracias.
Y para finalizar agradeceros a todos los que estáis leyendo estas líneas
porque sin vosotros nada de esto sería posible, gracias por hacer de mi sueño
una realidad.
Biografía

Gema Tacón, nació en Cádiz en el 1981. Estudió en el Liceo Sagrado


Corazón.
Actualmente es propietaria de la cafetería biblioteca "La Buhardilla.
La primera novela de la saga La Reina de las Sombras, Escondida,
representó su debut en el mundo literario. En su momento, le llegaron el
turno a Vencida y Condenada, continuación de la exitosa saga creada por
Gema.
La autora nos sorprende con una nueva incursión en otro género, el Chick
Lit, con la obra: ¿Qué pasó cuando se terminaron las perdices.
En el mundo de la novela policíaca y de thriller queda El último Susurro,
primer libro en el mundo en tratar la temática ASMR.
Regresa a la fantástica con La vida secreta de la última Wiccana, una
historia llena de aventuras y acción para todos los públicos.
Y para terminar aquí nos trae la esperada segunda parte de la bilogía ¿Qué
pasó cuando se terminaron las perdices? donde las risas están más que
aseguradas.
[1]
Mosqueo: cabreo, indignación, enfado.
[2]
Chumino: partes bajas femeninas.
[3]
Guiñapo: Ovillo.
[4]
Puñetas: coloquialmente se usa para expresar enfado.
[5]
Gusiluz: peluche con cabeza redonda que brilla en la oscuridad.
[6]
ASMR: un fenómeno biológico caracterizado por una placentera sensación que provoca
calidez y relajación, y que en ocasiones puede estar acompañado de cierto hormigueo que
se siente usualmente en la cabeza, cuero cabelludo o regiones periféricas del cuerpo como
respuesta a varios estímulos visuales y auditivos.
[7]
Demogorgon: monstruo de ciencia ficción, guiño a la serie Stranger things.
[8]
Epi y Blas: muñecos de espuma de la serie infantil de Barrio Sésamo.
[9]
Cuello de mao: es de líneas rectas, manga larga sin puños y cuello ligeramente alto,
formado por una tirilla recta cortada a contra hilo para que no ceda y abotonado delante.
[10]
El toro de Osborne es una enorme silueta de un toro de lidia, de aproximadamente 14
metros de altura, concebida originalmente como una gran valla publicitaria de carretera
para promocionar el brandy de Jerez Veterano del Grupo Osborne.
[11]
Mosqueta: hemorragia nasal.
[12]
Perraca: cachonda, excitada.

También podría gustarte