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Reflexiones sobre el Espacio y el Vacío

El documento describe la reflexión del autor sobre el concepto de espacio a través de conversaciones con su maestro. El maestro creía que el espacio no existe independientemente de las personas y objetos, sino que es una reunión entre ellos. Cuando el taller del maestro quedó vacío tras su muerte, el autor se enfrentó a un "no-lugar" sin significado. Ahora solo puede imaginar espacios donde recuerda a su maestro.

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Julieta Lomelí
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Reflexiones sobre el Espacio y el Vacío

El documento describe la reflexión del autor sobre el concepto de espacio a través de conversaciones con su maestro. El maestro creía que el espacio no existe independientemente de las personas y objetos, sino que es una reunión entre ellos. Cuando el taller del maestro quedó vacío tras su muerte, el autor se enfrentó a un "no-lugar" sin significado. Ahora solo puede imaginar espacios donde recuerda a su maestro.

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El drama del vacío

Entré al taller donde él era libre, el lugar en el cual apostillaba mundos. Sintiéndome
derrotada, vi muchos relojes que resguardaban el infinito pero sólo en apariencia, me di
cuenta que en algún momento detendrían su segundero: los respiros cesan de un instante
a otro. Me dijeron que me llevara lo que quisiera del recinto, pero sentí mucha culpa de
tomar lo que nunca más volvería a tener dueño. No pude apropiarme de las cosas sin
nombre y mucho menos del espacio que no sería ya más un lugar.

Mi maestro tenía una hipótesis, que mucho tiempo después leí en frases crípticas
de un filósofo germano, o francés, ni siquiera lo recuerdo bien, pero el crédito de la
reflexión siempre se la dejo a quien mejor la explica, en este caso, a mi maestro. La
pedantería de cualquier teoría lograba ser limpiada bajo su voz, aquélla que más
recuerdo, acerca del espacio, era de la cual hablábamos de manera reiterada, él quería
romper con la concepción que la física, en su sentido más general tenía de aquél. Mi
maestro no estaba de acuerdo con que el espacio estuviera dado de antemano, de modo
independiente a las personas o a las cosas. El espacio para él*, sólo era posible a partir
del habitar cara a cara con otro hombre, o estando en correspondencia con las cosas.

Hablábamos por horas del asunto, un enigma era para nosotros la pregunta por el
espacio, y cuando el tema seguía siendo una obsesión, mi maestro siempre resolvía la
intriga con una frase de Goethe: el espacio despierta en el hombre una suerte de espanto
que llega a convertirse en angustia. Palabras que sólo entendí, hasta hace poco tiempo,
justo en el momento en el cual volví a aquel taller ausente de él.

La última vez que regresé al recinto donde él y yo conversábamos, sentí que no


había más espacio, delante de mí sólo un hoyo descolorido, no existía nada, ni siquiera
sus relojes: se borró la relación que había entre ellos y mi maestro. Estaba frente a un
desierto dramático, creciente. Ni delante, ni detrás de mí, sentía algo hacia lo cual
aferrarme. No hubo nada más allá del abismo, ni siquiera el sonido de algún segundero
que coartara la sensación de insignificancia que me agobiaba aquel taller. Me encontré
en un no-lugar.

El espacio era para mi maestro, un tipo de reunión de objetos y hombres en


constate comunión, en el caso de su taller, sólo podría ser un lugar si él estaba ahí
compareciendo con sus relojes y todas aquellas artesanías que le gustaba crear en su
tiempo libre. El recinto de mi maestro era un tipo de comarca, un lugar, que preservaba
y mantenía a las cosas y a él mismo de manera libre, en ese taller, él encontraba un
sentimiento de permanencia, de terruño, un hogar-espaciado que prescindiendo del
maestro, no existiría nunca más.

Pensé de manera fantástica que quizá mi maestro podría haber, desde su propia
concepción del espacio, construido un taller en otra dimensión. Porque para él, la
configuración de un lugar “no se trataba ya de una delimitación recíproca de espacios,
en las que los superficies envolvían un interior opuesto a un exterior, sino que habría de
aprender que las cosas y las personas mismas son los lugares y que no se delimitan a
pertenecer a un espacio”.

Quizá por la fuerza y la fe en su propia teoría, mi maestro logró abrirse por sí


mismo un recinto nuevo, alguno muy cercano a las puertas del Olimpo, porque
“espaciar es esta libre donación de lugares en los que aparece un dios, o donde los
dioses han huido”. Sin embargo, no quiero ilusionarme tanto, porque la superstición no
es la manera más científica de llevar la vida, pero sí quizá de tener cierta paz mental.

Mi cabeza fue demasiado lejos, exigiendo algo más esencial, o trascendente,


como la necesidad de creer en un dios, de tener desesperadamente una experiencia
mística que serenara la tristeza ante la pérdida, o de construir algún símil que redimiera
el drama del vacío. Porque la muerte no es algo, sino sólo una posibilidad trágica, ligada
al triunfo de situarnos ante la nada, ante un no-lugar fáctico que nos obliga a seguir
imaginando espacios paralelos.

El taller de mi maestro no es más un lugar. Se ha perdido todo, pero me queda la


esperanza única de situarlo donde mi imaginación lo desee. Me basta el consuelo de
poder generar la donación más libre de sitios, en los cuales puedo comparecer siempre
con él, en un pensamiento que transluce la movilidad de un recuerdo eterno.

* El presente artículo es una reminiscencia a


“El arte y el espacio” de Martin Heidegger, las
frases entrecomilladas, pertenecen a dicho autor.

Julieta Lomelí Balver


[email protected]

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