1.
2 Liberalismo, conservadurismo y radicalismo como ideología
En el siglo XIX, el liberalismo, el conservadurismo y el radicalismo se van a distinguir por
ser “antagonistas”. Si bien se pueden encontrar algunos puntos en común, sus doctrinas,
vistas de manera holística, son inconciliables y sus implicaciones conducen a metas
radicalmente distintas. Obviamente el radicalismo bebe del liberalismo y está de cierta
forma emparentado con éste pero cuando se habla de radicalismo, por lo menos en
América Latina, se entiende más habitualmente al “ala izquierda” o “más progresista” del
liberalismo24. No obstante, el liberalismo se encuentra a la base misma del radicalismo y
del conservadurismo25 por lo cual es importante mantener las diferencias en aras de una
cabal comprensión de cada una. Las tres corrientes políticas mantienen un énfasis que
funciona como el epicentro de su teoría y su mejor carta de presentación: el individuo. Al
mismo tiempo, declaran sus más grandes diferencias en el reconocimiento de éste. En
efecto, el liberalismo sostiene que el individuo es el elemento fundamental de la sociedad
al cual el Estado debe su origen. Contrario a éste, el radicalismo propone, por encima del
individuo, el derecho de las mayorías; el Estado sirve al grupo mayoritario porque busca
privilegiar el bien general. Finalmente, el conservadurismo desconfía del individuo y su
potencial y propone “ideales del Bien o paradigmas de lo Bueno” que junto a entidades
corporativas, e independientes del individuo, tienen la responsabilidad de guiar y gobernar
a una mayoría ignorante. Por lo tanto, el énfasis liberal en el individuo se va a oponer al
énfasis de las mayorías en el radicalismo. Los primeros defenderán a ultranza los
derechos individuales y pondrán al Estado a su servicio mientras que los segundos,
disponiendo de ese mismo Estado, privilegian al pueblo y su voluntad. Al mismo tiempo, el
enfoque conservador que va en detrimento del individuo por el escepticismo que tiene de
éste y, con más razón, de las mayorías, va a crear la necesidad de una élite u oligarquía
capaz de llevar las riendas del Estado con idoneidad.
LIBERALISMO
El liberalismo es una corriente ideológica de pensamiento que considera que las
personas deben gozar de completa libertad civil, opuesta a cualquier tipo de
despotismo o absolutismo, y se apoya en la primacía de las personas como individuos
libres.
La palabra, dentro de esta definición, ha tenido una multiplicidad de usos según las
coyunturas y los contextos políticos, lo que hace que deba ser necesario repasar
brevemente la historia del liberalismo.
Como doctrina política, el liberalismo se deriva del racionalismo del siglo XVIII, por la
singularidad de diferenciarse de la arbitrariedad del poder absoluto, característica de
muchos de los gobiernos monárquicos de la época. El liberalismo aparece en un contexto
que asigna gran importancia al debate y la discusión, en un clima de tolerancia y libertad.
En paralelo, la cuestión del progreso derivada del uso de la razón surge en rechazo de los
dogmas y el absolutismo religioso. El liberalismo, entonces, se oponía a las ideas de
jerarquía y autoridad, presentando las de libertad e igualdad a partir de las doctrinas de
Montesquieu, Voltaire y Rousseau.
El medio con el que se podía llegar a esto, se sabía, no podía ser otro que el de la
revolución, y no tardó en llegar con el llamado ciclo de las revoluciones
liberales durante las primeras décadas del siglo XIX. Estos son los puntos más salientes
en lo que respecta a la faceta política del liberalismo. Con estas líneas se funda
el respeto a la democracia liberal y a la división del poder del Estado en muchos países.
La otra faceta importante es la que se da desde el costado económico y con la que
durante siglos se ha logrado legitimar al sistema capitalista de producción. El pensador
Adam Smith, a partir de la observación de una fábrica de alfileres, creyó encontrar las
condiciones en las que se desarrollaba la conducta humana en las decisiones
económicas.
Así es como formuló la teoría de la importancia del libre juego entre la oferta y
la demanda de cualquier bien y servicio, a partir de la base de que las personas dejadas
en total libertad para actuar terminarán yendo por el camino del bien común. El primer
fundamento del liberalismo económico es la no intromisión del Estado ni de ningún
mecanismo coercitivo a la libertad absoluta de los agentes económicos. A partir de esto
es como se fueron formulando una serie de funciones y agregados que determinan
la conducta de los agentes: las leyes de oferta y demanda, los puntos de equilibrio y
la competencia perfecta.
Es indudable que el liberalismo funcionó siempre a partir de una serie de principios
filosóficos que lo justifican, basados en primera instancia en la completa libertad de las
personas. A esta libertad se la consideraba como inviolable, y se creía que debía ser lo
más grande que pudiera (incluyendo la tan importante libertad de culto, con un Estado
laico), con el único límite de no atacar la libertad ajena.
A partir de esto es que otra premisa es la igualdad, pero una igualdad en la relación de
las personas frente al Estado y a la Justicia. No se referían a la igualdad en el sentido de
la distribución equitativa de la riqueza, que solo sería responsabilidad del mercado: en el
eventual caso de que se quiera repartir las ganancias, sería únicamente debido a la
caridad privada de los que obtienen la ganancia. Sin embargo, aquella caridad privada se
contrapone con uno de los principios fundamentales de esta doctrina, que es
el individualismo, entendido como las personas en ejercicio de su libertad, por fuera de
una pertenencia a un colectivo.
Sin embargo, la palabra liberalismo ha variado un poco su sentido con el paso del
tiempo, llegando a representar una posición de un país como Estados Unidos, y una muy
distinta en otros, como los de Latinoamérica. Esto puede suceder porque luego
del proceso de globalización, el modelo que pregonaba la ausencia total del Estado
comenzó a mutar pidiendo su intervención a favor de las empresas transnacionales, y las
políticas económicas liberales comenzaron a tener rumbos claros: privatizaciones,
políticas monetarias y fiscales restrictivas, flexibilización laboral. A esto se le suele llamar
hoy neoliberalismo.
Fuente: [Link]
El individuo del liberalismo es racional y autónomo lo cual es precondición de la formación
de la sociedad26. Al ser el individuo precondición para la formación de la sociedad, el
liberalismo lo erige como unidad fundamental que le da razón de ser al Estado, éste no
crea al individuo sino que entra a conformar el Estado mediante un contrato. Es así como
el liberalismo impone un respeto por las elecciones autónomas de las personas y
defiende, a ultranza, los derechos de los individuos ya que son barreras infranqueables
ante cualquier intento opresivo27 estatal como privado. Por tanto, defiende un sistema
institucional destinado a reducir los riesgos de todo tipo de tiranía y a preservar estos
derechos primordiales del individuo.
Ahora bien, la concepción liberal del Estado como concepción política afirma que el
Estado es, ante todo, una forma de vida jurídica en la que la ley limita la voluntad de todos
los miembros de la sociedad, inclusive de aquellos que ejercen la dirección del gobierno y
de los que expiden las leyes. La sociedad está compuesta por la suma de individuos que
la forman y el interés social no es nada diferente del conjunto de los intereses
individuales. Por eso se propone limitar y equilibrar las facultades de las distintas ramas
del gobierno para evitar tanto la anarquía de las mayorías desenfrenadas como la tiranía
de un puñado de ilustres cuya formación, experiencia y abolengo les permita dirigir los
destinos de la sociedad32. En síntesis, el liberalismo se fundamenta en una concepción
fuerte del individuo como sujeto autónomo, prepolítico, dotado de una dignidad inherente
y de derechos. Como el individuo es anterior a la formación de la sociedad, es decir,
prepolítico, cuando contrata con el Estado busca su protección y es esto lo que justifica y
legitima la organización del gobierno33. Finalmente, su defensa del individuo en el plano
político le pone en guardia contra el autoritarismo y la anarquía y le avala en la creación
de un sistema de control que mantenga balanceados los tres poderes constitucionales. Es
así como el Estado se erige como la gran creación del individuo y se pone a su servicio.
Si se quiere la definición más simple, lo que caracteriza al liberalismo es la preocupación
por ampliar, defender, garantizar las libertades individuales. Es una fórmula tosca,
rudimentaria, pero que precisamente por eso puede ser útil como punto de partida, porque
a poco que se piense resulta obvio que esa preocupación por las libertades significa
cosas distintas en un momento u otro, en un país u otro, significa cosas distintas si se
trata de las libertades políticas, las libertades civiles, las libertades económicas. Por eso
no hay el liberalismo, en singular, sino una gran variedad de modos de ser liberal.
Volvamos al argumento. La libertad sólo adquiere un significado concreto cuando se
añaden las determinaciones que permiten definir un derecho, o un conjunto de derechos
que se refieren a un campo de actividad en particular. En esos términos, en los últimos
dos siglos ha habido cinco modos básicos de entender la libertad, que suponen otros
tantos conjuntos de derechos, arreglos legales e institucionales, no siempre compatibles
entre sí, y que implican otras tantas versiones del liberalismo.
Está en primer lugar la libertad entendida estrictamente como libertad personal, en
asuntos privados, es decir, el derecho que tiene cada quien a decidir sobre su propia vida
en todo aquello que sólo le concierne a él, y no afecta a nadie más —sin temor, y sin ser
obligado a actuar contra su voluntad. Según la expresión consagrada por John Stuart Mill,
el individuo no debe dar cuenta de sus actos a la sociedad si no interfieren para nada los
intereses de ninguna otra persona más que la suya (John Stuart Mill, Sobre la libertad, On
Liberty, 1859, cap. V). Es el corazón del programa del liberalismo clásico, que defiende
fundamentalmente los derechos civiles: libertad de conciencia, libertad de pensamiento,
libertad de expresión, derecho a la privacidad y a la intimidad.
En segundo lugar está lo que por abreviar se puede llamar la libertad económica, que
significa evitar la intervención pública en las actividades productivas, y supone por lo tanto
libertad de contratación, libertad de trabajo, libertad de empresa, libertad de mercado,
derecho de propiedad. Aunque tiene afinidades con la libertad personal, no es lo mismo.
Alguien puede ser partidario de las dos cosas, pero no siempre es el caso, y puede haber,
ha habido, enérgicos partidarios de las libertades personales que pidan también la
regulación del mercado laboral, del comercio o de la industria. Porque en general la
actividad económica siempre concierne a otros: ya sea que se explote una mina o se
instale una fábrica, que se firme cierta clase de contratos, que se adopte un determinado
sistema de distribución, las decisiones en asuntos económicos afectan a terceros, y a
veces afectan a la sociedad en su conjunto. En algunas ocasiones esa afectación es
mínima, se puede pasar por alto, pero también puede ser grave. Y ha habido por eso
liberales, Leonard Hobhouse o William Beveridge, por ejemplo, que no son partidarios de
la libertad económica sino con bastantes restricciones.
Está también, es una tercera veta, la libertad política, es decir, el derecho a participar en
las decisiones de gobierno, en lo que toca a la vida colectiva. Depende de un conjunto
particular de derechos: libertad de asociación, libertad de expresión, de manifestación,
libertad de prensa, y desde luego el derecho de votar y ser votado para cargos de
elección popular. No hace falta abundar mucho más para que se vea que se trata de algo
enteramente distinto. Según para qué corriente parece difícil que existan las libertades
políticas sin que haya al menos alguna medida de libertad personal, pero es
perfectamente posible imaginar lo contrario, un sistema que reconozca derechos civiles
pero no derechos políticos, o no a todos. La relación con las libertades económicas es
más complicada todavía porque ponen límites a lo que puede decidir una mayoría en lo
que se refiere a la vida material.
La libertad también puede entenderse como la posibilidad de cada quien de desarrollar
sus propias capacidades, la posibilidad de llevar una vida digna, significativa, valiosa. Si
se entiende así, uno no es libre si no puede elegir verdaderamente, porque no hay
alternativa, si no tiene oportunidad para aprovechar su potencial y decidir su vida. El
argumento es como sigue. Para estar en condiciones de desarrollar sus capacidades,
para que la libertad de elegir tenga sentido, una persona necesita antes verse libre de las
privaciones más graves, libre del hambre, la enfermedad, la ignorancia, la miseria —
porque de otro modo la libertad resulta ilusoria. Definida en esos términos implica una
serie indeterminada de derechos: educación, salud, vivienda, ingreso mínimo. Eso
supone, por supuesto, recortar en mucho las libertades económicas, pero también
algunas libertades personales.
Finalmente, se puede entender la libertad como garantía de pluralidad. Es una idea
compleja, que tiene varias caras. Según la fórmula más clásica, tal como aparece en la
obra de Humboldt, por ejemplo, la diversidad es valiosa en sí misma: la intervención del
Estado, la legislación, la burocracia, terminan por generar comportamientos, ideas y
prácticas uniformes, que sofocan la natural variedad de expresiones de la vida humana
(Wilhelm von Humboldt, Los límites de la acción del Estado, Ideen zu einem Versuch, die
Grenzen der Wirksamkeit des Staates zu bestimenn, 1851 [1792]). La crítica mira en
particular al paternalismo, a la tentación del Estado de ocuparse activamente del bienestar
de sus ciudadanos, porque amenaza la autonomía personal.
La valoración de la diversidad se traduce en el derecho de cada quien de elegir un modo
de vida propio. Pero la veta romántica de la que surge tiene otras implicaciones, porque
aprecia igualmente la diversidad de las culturas, todas igualmente valiosas. Y de ahí
resulta que la libertad individual implica también la libertad de vivir según los valores, las
ideas, las tradiciones de su propia cultura. En su formulación más elaborada, es una
deriva tardía, del último tercio del siglo XX, secuela en parte del feminismo y de los
procesos de descolonización, cuyo punto de partida era la crítica del modelo (masculino,
occidental) implícito en la tradición liberal. La piedra de toque está en la Declaración
Universal de los Derechos del Hombre (ONU, 1947). Es fácil ver de qué manera entronca
con el programa liberal, pero también es muy evidente que plantea paradojas de muy
difícil solución. En teoría, se puede contar entre los derechos individuales el derecho a
escoger un modo de vida, igual que una religión o un oficio, escoger una cultura —
normalmente no es así, fácilmente se convierte en derecho de un sujeto colectivo, la
cultura, sobre los individuos. Y ninguna cultura, se defina como se defina, admite todas
las libertades.
EN ECUADOR
El 5 de junio de 1895, Eloy Alfaro derrocó en Guayaquil al presidente interino Vicente
Lucio Salazar y se nombró Jefe Supremo, con lo cual dio inicio a la Revolución liberal. El
17 de enero de 1897, es nombrado Presidente Constitucional hasta el 1 de septiembre de
1901, con lo cual entre sus principales logros estuvo la separación entre iglesia y Estado;
después de su primer gobierno, apoyó a su sucesor, Leonidas Plaza Gutiérrez, sin
embargo, poco tiempo después surgieron diferencias entre ambos.
Alfaro murió asesinado el 28 de enero de 1912, episodio que dejó una mancha negra en
la historia de una nación que se pensaba había abandonado ya los tiempos de la
barbarie. (16)
La Revolución Liberal marcó el inicio de una nueva era en la política ecuatoriana, no fue
simplemente un golpe de estado, fue un proceso de transformaciones sociales, económicas
y políticas, que se produjeron como consecuencia de la promulgación de importantes
decretos y leyes. Ella estableció la educación laica pública y obligatoria, dispuso que la
mujer pueda acceder a la universidad, incorporándola además al servicio público
permitiéndole trabajar en ciertas dependencias del Estado; decretó la libertad de cultos,
expidió las leyes de matrimonio civil y del divorcio, eliminó la tributación indígena y unificó
al país a través del ferrocarril.
Su gran líder fue el Gral. Eloy Alfaro, quien luchó incansablemente no solo para redimir a
todos los ciudadanos sino, además, para unificar y darle identidad nacionalista al Ecuador.
Diferencias ideológicas entre el litoral y la serranía[editar]
El poder de los terratenientes en la región interandina ecuatoriana (mejor conocida como
Sierra), con apoyo de la propia Iglesia católica, dominaba gran parte en la vida económica
desde tiempos coloniales en la Real Audiencia de Quito. La hacienda tradicional se
hallaba ya consolidada como relación dominante en la región a finales del siglo XVIII.
La región litoral (mejor conocida como Costa), por otra parte, tuvo menos importancia
económica y social frente a la serranía, debido a conflictos internos, ataques,
enfermedades tropicales y trabajos forzados; sin embargo, las reformas borbónicas del
siglo XVIII, las cuales levantaron varias prohibiciones, trajeron como consecuencia que
fuese más viable la exportación del cacao y otros productos tropicales, con lo cual la
Costa experimentó un notable incremento económico, teniendo como eje comercial
a Guayaquil. El latifundio comenzó a convertirse en la forma dominante de posesión de
las tierras en las planicies del Guayas y el litoral sur.
El poder de los serranos y costeños se mantuvo en rivalidad incluso después de la
creación del Estado de Ecuador en 1830, creando el fenómeno constante
del regionalismo, tras lo cual se fueron consolidando tres polos del funcionamiento
económico y del ejercicio del poder político que mostraban discrepancias desde la época
de la Gran Colombia: Quito, Guayaquil y Cuenca. Los comerciantes de Guayaquil
presionaban políticamente por un abierto librecambismo, mientras que los hacendados
serranos veían en el proteccionismo una garantía para sus productos amenazados por la
introducción de artículos importados.
El enfrentamiento se expandió con la creciente diferenciación de la estructura económica
de las regiones. En la sierra centro-norte, así como en igual medida la sierra sur, la
estructura terrateniente acentuó su caracteres específicos, y la vigencia de la relación
latifundio-trabajador se mantuvo en algunos casos, y en otros se profundizó. En la Costa,
en cambio, se fue consolidando la actividad agrocomercial asentada sobre formas
precapitalistas y salariales que además fue definiendo la burguesía guayaquileña, la cual
habría de tener una importante influencia hasta su triunfo al final del siglo XIX.
La Revolución Liberal marcó el inicio de una nueva era en la política ecuatoriana, no fue
simplemente un golpe de estado, fue un proceso de transformaciones sociales, económicas
y políticas, que se produjeron como consecuencia de la promulgación de importantes
decretos y leyes. Ella estableció la educación laica pública y obligatoria, dispuso que la
mujer pueda acceder a la universidad, incorporándola además al servicio público
permitiéndole trabajar en ciertas dependencias del Estado; decretó la libertad de cultos,
expidió las leyes de matrimonio civil y del divorcio, eliminó la tributación indígena y unificó
al país a través del ferrocarril.
Su gran líder fue el Gral. Eloy Alfaro, quien luchó incansablemente no solo para redimir a
todos los ciudadanos sino, además, para unificar y darle identidad nacionalista al Ecuador.
La Revolución Liberal en Ecuador solo logró el poder por las armas. Su fase radical, entre
1895-1912, impuso importantes transformaciones en los campos político e ideológico: se
consolidaron los derechos individuales en las Constituciones de 1897 y 1906, destacándose
la absoluta libertad de opinión, de conciencia y de expresión; fue separada la Iglesia católica
del Estado; se implantó la educación laica y gratuita; fue secularizada la cultura; y se
incorporó a las mujeres, por primera vez, al trabajo público.
AMÉRICA LATINA
Dicha Revolución formó parte del ascenso liberal en América Latina desde mediados del
siglo XIX. En los diversos países, los liberales, que promovían avances capitalistas,
enfrentaron a los conservadores, que permanecían arraigados al tradicionalismo, aliados
con la Iglesia Católica y protectores del régimen oligárquico-terrateniente.
Liberales y conservadores también se expresaron en diversas fracciones y, sobre todo, en
torno a caudillos que se imponían en el ambiente político. En México, Argentina, Uruguay
o Chile, las conquistas liberales fueron relativamente tempranas; pero en Colombia o en
varios países centroamericanos, las confrontaciones con los conservadores fueron
duraderas e incluso, como ocurrió en Colombia, el “bipartidismo” fue hegemónico durante
el siglo XX.