EL
VILLANO VICTORIA VALE
Sinopsis
Un villano sin corazón…
Lady Daphne Fairchild se arriesga a hacer sola el viaje desde Londres a los
parajes remotos de Escocia con un solo propósito en mente: confrontar al
hombre que expresa y metódicamente se propuso llevar a la ruina a los hombres
de su familia. Pero lo que él exige a cambio de respuestas, arrojará a Daphne
dentro de un mundo de misterio, odio y lujuria.
Una propuesta indecente…
Treinta días y noches en la cama del Conde de Hartmoor… es el precio que tiene
que pagar para saber la verdad sobre la venganza que el lord oscuro ha llevado
adelante contra su familia. Sin embargo, cuando acepta la oferta, Daphne nunca
esperó encontrar que nada es como ella piensa, y que la verdad prueba ser más
dura para su estómago de lo que había imaginado.
Un deseo cruel que la mantiene cautiva…
Incluso cuando la usa para su venganza final contra su familia, Daphne no puede
negar la manera en que su cuerpo reacciona al toque masculino, la manera en
que su alma se entremezcla con la de él día a día. A pesar de la ruina en que él ha
convertido su vida, no puede escapar de las hebras de engaño, deseo y dolor que
los han atado irrevocablemente. Teniendo él su destino en las manos, no está
segura si se va a convertir en el héroe que roba su corazón o el villano que
destroza su alma.
ADVERTENCIA: Esta no es una historia de amor corriente… contiene
elementos de dudoso consentimiento y un antihéroe tan retorcido y malvado que
no puedes evitar enamorarte de su lado oscuro.
Capítulo 1
Escocia, 1819
Lady Daphne Fairchild bajó su cabeza contra la lluvia y espoleó la montura
hacia su destino. Luchando contra el telón de fondo del enojo, contra el cielo
cubierto de nubes, una enorme forma negra sobresalía sobre la cima del
acantilado. La explosión de un rayo lo iluminó brevemente, un trueno
amenazante parecía que le advertía que se fuera lejos.
Date la vuelta, le advertían.
No puedo, replicaba ella.
No después de haber volado de Londres precipitadamente en la oscuridad de la
noche, con solo las ropas que llevaba sobre su espalda y las escasas provisiones
que podía cargar. Ella enfrentaba la ruina y el escándalo por venir aquí, y ahora
que los vientos y la lluvia torrencial la habían dejado helada, también se
arriesgaba a morir.
Y así y todo, nada la detendría en su camino a la cima, nada le impediría
cabalgar justo hasta la puerta del frente del imponente castillo escocés y
demandar audiencia con su propietario. Incluso siendo la mitad de la noche,
cuando ninguna mujer joven decente se animaría a hacer una visita a un hombre
sin ataduras. Incluso estando casi segura que la arrojaría fuera para que cayera
sobre su trasero en el momento que abriera la boca para proclamarse como una
Fairchild. Incluso si había arriesgado todo, sin ninguna certeza de conseguir lo
que había venido a buscar.
Entrecerrando lo ojos para ver a través de la cortina de lluvia que parecía luchar
con su caballo a cada paso, siguió el único camino que le permitía subir al
acantilado. Serpenteaba por lo que parecía ser un sendero pastoso a la luz del
día, que la llevaría directamente a las fauces del verdadero demonio.
-Coraje Daphne- se susurró a sí misma cuando se aproximaba por el camino. –
Ten coraje.-
Estiró el cuello para ver mejor su destino, pero no pudo ver más que la enorme
silueta oscura que constituía la famosa morada escocesa.
Los relámpagos brillaron otra vez, una, dos veces, seguido por unos truenos
rugientes. En el breve momento que el cielo se había quebrado con los rayos de
luz, el castillo del demonio se había revelado a sí mismo.
Una colección de edificios desordenados, estaban detrás de una pared de piedra
y en algún lugar fuera de su vista, el palacio mismo.
El Castillo Dunnottar.
Había sido un lugar bien fortificado, lugar de defensa y el centro de intriga
política; ahora era una reliquia legendaria, restaurado para convertirse en el
hogar de un hombre que vivía como un rey. Sin embargo, el gobernante de este
castillo no era un monarca. Tampoco podría compararse a un héroe de novela
gótica, a pesar de residir en un lugar que podría perfectamente servir de telón a
semejante historia.
No, este hombre estaba hecho de las cosas que poblaban las pesadillas. El
susurro de su nombre causaba que su corazón latiera más fuerte y que las
lágrimas cayeran de sus ojos.
Era un bandido. Un ladrón. Una plaga sobre la tierra.
Un villano.
Siguiendo una curva del camino, se acercó a la pared y a la amenazante portería.
Un antiguo portón levadizo de hierro impedía que alguien entrara, pero cuando
se acercó más, distinguió un hombre, solo, dentro de la estructura de piedra.
Desmontando y tomando las riendas del caballo, miró dentro de la amenazante
portería. Una puerta de madera estaba abierta, y ahí se reveló un hombre sentado
cerca de un hogar encendido. Envidió el calor de ese pequeño fuego que el
hombre disfrutaba mientras sus dedos se habían puesto tan duros por el frío que
temía que se le cayeran de las manos.
-Perdóneme- gritó para ser escuchada sobre el ruido de la lluvia.
Levantando su cabeza, el portero la miró con los ojos bien abiertos. Daphne se
agarró de las barras del portón, apretando para detener el temblor de sus manos.
-¿Qué diablos está haciendo aquí afuera en el medio de la noche, y nada menos
que con una tormenta? –bramó ásperamente, con acento escocés cuando se
aproximaba al portón.
-He venido a ver a Lord Hartmoor- respondió ella, haciendo lo posible por
profundizar su voz.
Con su disfraz de pantalones a la rodilla, botas y un abrigo masculino, esperaba
hacerse pasar por un hombre hasta que obtuviera una audiencia con el dueño de
casa.
El hombre arrugó una ceja, mirándola como si fuera una fugitiva de Bedlam. No
era tan imposible, dado que solo la locura la podría haber impulsado a hacer una
cosa tan temeraria. Ahora, aquí estaba y no tenía intención de irse sin haber
conseguido lo que había venido a buscar.
-¿Es tonto?- exclamó. –Estamos en el medio de la noche y el señor no lo puede
estar esperando.-
-He viajado desde Londres a caballo con este clima espantoso- argumentó ella.-
No volveré ahora. Por favor… mi asunto con el conde es muy urgente.
Sacudiendo su cabeza, el hombre le hizo un gesto con la mano para que se fuera
como si fuera una molesta mosca zumbando alrededor de su cabeza. –Su asunto
urgente puede esperar hasta mañana. Dé marcha atrás y baje la montaña.-
La desesperación le obstruyó la garganta cuando el portero se dio vuelta,
volviendo a su pequeño rincón. ¿Esto era todo? Después de viajar hasta aquí, un
aburrido viejo portero la iba a echar de la entrada?
No… no podía ser echada.
-¡Dígale que Fairchild quiere tener una palabra con él!- gritó, sin molestarse en
bajar la voz ya que necesitaba hacerse oír sobre la lluvia.
Se detuvo y sus hombros se pudieron rígidos. Volviendo al portón, la miró con
intensa y pensativamente. Como si su nombre lo hubiera enojado de alguna
manera… y así y todo no la echó como había hecho antes. Inclinando su cabeza,
estrechó sus ojos hacia ella.
-¿Dijo Fairchild? – masculló.
Elevando su barbilla y enderezando los hombros, ella asintió. –Es correcto.-
Frotando su barbilla barbuda, el viejo asintió. Sin otra palabra, se alejó de ella
hasta la manivela que operaba el portón levadizo. La antigua puerta crujió y
gruñó cuando la cadena la levantó.
-Oh, gracias- dijo ella cuando ingresaba al patio, y llevaba a su montura. –
Muchas gracias.-
-Preséntese en la puerta del frente del palacio.- refunfuñó el viejo, sacudiendo el
pulgar hacia el enorme y oscuro edificio que amenazaba en la esquina más
alejada de la pared de piedra. Asegúrese de decirles que es Fairchild antes de
pedir su audiencia. Lo llevarán directamente con él.-
Daphne lo miró inquisidora, la pregunta le quemaba la punta de la lengua. ¿Lord
Hartmoor la estaba esperando? No, por supuesto que no. Quizás esperaba a su
hermano Bertram. Entonces había sido astuto usar solamente su apellido.
Cuando fue a tomar las riendas de su caballo, el portero señaló un edificio, los
establos, con su cabeza.
-Yo me ocupo de su caballo.-dijo.
Asintió para darle las gracias y siguió el amplio sendero a través de los pequeños
edificios que ocupaban el enorme patio interior, su cabeza se inclinó hacia atrás
para poder observar la vivienda conocida simplemente como el “palacio” de
Dunnottar. Con la lluvia que regaba su rostro y las manos cerradas en puños a
sus lados, se acercó con pasos seguros, apretando los dientes con determinación.
Un conjunto de escalones de piedra lisos llevaban hacia unas puertas de madera
tallada. Subiendo de dos en dos, se acercó a la puerta con el puño en alto y
golpeó tan fuerte como pudo. El impacto sacudió su brazo, y le produjo un
escozor en su helada mano. Sin embargo persistió, golpeando una y otra vez
hasta que, al final, una de las pesadas puertas se abrió.
Se encontró con un hombre tan grande e imponente como el palacio; quien a
pesar de su obvio estatus de mayordomo, parecía haber nacido para una posición
menos refinada. Una cicatriz mellada le recorría un lado de la cara, los planos
ásperos de su rostro eran tan terroríficos como sus fríos ojos oscuros. Su cuerpo
corpulento estiraba las costuras de su abrigo negro y su corbata apenas contenía
a su cuello grueso.
-¿Qué desea?- refunfuño en un acento escocés tan duro como el del portero.
La boca de Daphne se abrió, la conmoción le robó momentáneamente las
palabras. Este hombre era un mayordomo muy poco convencional, sin embargo
ella se mantuvo consiente de la rareza de la situación. Cuando levantó sus cejas
y la miró como si ella estuviera loca, ella se aclaró la garganta.
Fingiendo la voz gruesa, enderezó los hombros. –Fairchild, aquí para ver a Lord
Hartmoor.-
La expresión del mayordomo cambió de desinteresada y apática, a una de
disgusto. -¿Dijo Fairchild?-
Ella se estremeció ante la forma en que dijo su apellido, como si estuviera
pronunciando una mala palabra. –Si, debo hablar con su Señoría en seguida.-
Recorrió su cuerpo de la cabeza a los pies con ojos de halcón, le dio un leve
asentimiento y dio un paso al costado para abrirle paso a través de la puerta. No
dijo nada, pero ella aceptó la invitación silenciosa y entró.
La puerta crujió cunado se cerró detrás de ella, el eco audible de ella al golpearse
contra el marco resonó a través de ella con un extraño sentido de finalidad. Su
sangre se enfrió cuando miraba a través del gran vestíbulo principal. De las
paredes de piedra colgaban ricos tapices, candelabros de hierro que tenían velas
chorreantes, y gruesas alfombras marcaban el camino hacia adelante.
Aquí estaba, justo frente a las fauces de la bestia, en la fortaleza conocida como
Dunnottar y el monstruo que vivía en sus profundidades. Un paso más, y ella
podría ser devorada entera, tragada y dejada para languidecer hasta que la
hubiera digerido con una lentitud desesperante. Pero ella había venido aquí por
su propia voluntad y solo podía rezar salir de aquí tan entera como había llegado.
-Sígame- le dijo el mayordomo, su tono era sucinto mientras pasaba rápidamente
a su lado y a través del vestíbulo principal.
Daphne forcejeó para seguir su paso cuando la llevaba por un interminable
corredor sin pensar en sus piernas cortas. Su mirada casi no registró lo que la
rodeaba a medida que lo seguía, sus pies se movían silenciosos sobre las gruesas
alfombras que cubrían el corredor, las vacilantes llamas de las velas hacían bailar
las sombras sobre las obras de arte en marcos dorados. La evidencia de las
riquezas de Hartmoor se apreciaba a simple vista en cada objeto que captaba su
mirada, las alfombras de Aubusson, las pinturas de artistas conocidos, los
paneles de madera que cubrían las paredes de piedra. Los objetos medievales de
la fortaleza que se mezclaban bien con lo nuevo, creaban una inquietante mezcla
entre el pasado y el presente.
A pesar de la urgencia de su misión y de la ira que hervía a fuego lento en su
estómago por el hombre que poseía todo esto, no pudo evitar admitir de mala
gana que las partes que había visto de Dunnotarr la intrigaban. Trazado sobre un
cuadrado, el palacio se jactaba de tener alas largas llenas de habitaciones, cuyo
contenido solo podía suponer. Había rumores sobre pasajes secretos y túneles
subterráneos que siempre iban acompañados de historias de lugares donde se
habían peleado batallas y monarcas se habían escondido en medio de la rebelión.
Si no fuera por sus asuntos urgentes, se permitiría imaginar que le sería
permitido vagabundear a voluntad.
-Espere aquí.- dijo el mayordomo abruptamente deteniéndose delante de una de
las muchas puertas.
La abrió, le permitió tener un breve vistazo de lo que parecía ser un estudio antes
de dar un portazo sin ceremonia frente a su cara. El bajo murmullo de voces
masculinas se filtró al corredor debajo de la puerta, pero no pudo distinguir una
palabra de otra. Se quedó mirando la madera pesada lo que le pareció una
eternidad hasta que se abrió otra vez y el mayordomo reapareció, llenado todo el
marco con su tamaño.
-El Amo la verá ahora.- refunfuñó con su voz ominosa.
-El Amo, no “su señoría” o “Lord Hartmoor”, solo el Amo. Si, podía imaginar
que a un hombre que poseía uno de los castillos más atesorados del país le
gustaría que lo llamaran el Amo en referencia a su dominio. Y en Escocia, ella
creía que se referían a los Lores en esos términos. Sin embargo la referencia le
mandó un escalofrío a través de ella. Lord Hartmoor era el amo de este palacio,
de todo lo que había dentro de las murallas de piedras que recién había
atravesado y de todos los que vivían dentro del perímetro. Ahora que había
pasado a través del portón levadizo y había entrado a las fauces del palacio,
¿Esto hacía que él fuera su amo también?
Pasando al lado de ella, el mayordomo la sacó de sus reflexiones, alejándose por
donde había venido, las sombras oscuras del corredor eventualmente se lo
tragaron y lo dejaron fuera de la vista.
Daphne observó a través de la puerta abierta, y vio más alfombras gruesas sobre
el piso, y las llamas parpadeantes contra la pared. El crujido de un fuego la
invitó a que entrara con la promesa de calor: aun así, el miedo la dejó en el
corredor. Se quedó parada en el abierto umbral de la puerta lo que le parecieron
horas, y todavía nadie apareció en su campo de visión, y ninguna voz la llamó
para que entrara.
-Coraje, Daphne- susurró, repitiendo las palabras que había estado diciéndose a
lo largo del viaje. –Ten coraje.-
Había llegado hasta aquí y no podía volver ahora. El destino de su familia
dependía de que ella entrara en ese estudio y le hiciera frente al hombre que los
había arruinado. Cruelmente. Metódicamente. A propósito.
El primer paso fue el más difícil. Una vez que cruzó el umbral, se movió más
fácilmente, haciendo pasos lentos para entrar en el estudio. Girando hacia la
izquierda, descubrió una gran habitación delante de ella, iluminada y calentada
por dos enormes hogares cortados en las paredes de la derecha y de la izquierda.
El espacio estaba desnudo de muebles excepto por un gran escritorio de caoba
delante del que estaba parado un hombre que parecía tan grande como el
mayordomo. Estaba de espaldas a ella, las manos tomadas a su espalda, parecía
que no se había dado cuenta que ella había entrado en la habitación. Tenía
hombros anchos, que estiraban la tela de una camisa de lino blanca, y estaba sin
saco o chaleco. Pantalones marrones colgaban de la parte baja de su cuerpo, que
mostraban piernas poderosas. Las botas brillantes se adherían a sus pantorrillas,
las extremidades musculosas llenaban el cuero de calidad de una forma que
muchos hombres de Londres envidiarían.
Largos mechones ondeados de cabello castaño oscuro caían más allá de sus
hombros de forma rebelde. Los mechones de profundo color marta cibelina se
veían mezclados con mechones dorados, que captaban la luz del fuego aquí y
allá.
Deteniéndose en la mitad de la habitación, ella trató de pasar su saliva más allá
del nudo que sentía en su garganta, mientras el calor de los fuegos pasaban por
su ropa empapada y le daban un poco de alivio. Lo que daría por una taza
caliente de té y su propia cama caliente.
El hombre frente a ella de repente se movió, dándose vuelta lentamente para
enfrentarla, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Como si dominara el
tiempo a su voluntad en vez de lo contrario.
Su boca se abrió, consternada cuando se enfrentó al resto de él. Los rudos
músculos de su cuerpo se volvieron más imponentes, la evidencia de su fuerza
en el contorno de sus brazos que se mostraba a través de la tela de la camisa,
junto con el ancho de su pecho amplio. Su boca se secó cuando su mirada cayó
sobre el parche de piel que se revelaban por lo botones abiertos de su camisa,
salpicado de vello oscuro que se mostraba en el hueco de su cuello.
Ella se detuvo ahí, aterrorizada de mirar más, por razones que ella no
comprendía. Pero sintió la mirada masculina sobre ella, e incluso sin conectar
con la mirada de él, podía sentirlo estudiándola, evaluándola, desnudándola de
su ropa y de la carne de sus huesos.
Finalmente, ella se obligó a continuar, levantó los ojos y admiró el grueso
cilindro de su cuello, y más arriba, la cara que parecía haber sido grabada en
granito. Las líneas duras y los planos mezclados con ángulos sólidos, una
mandíbula cuadrada que enmarcaba una nariz un poco torcida que parecía que
había sido rota por lo menos una vez. Una boca que debería ser llena y lujuriosa
que estaba apretada en una sola línea, apretada en los bordes. La dura sombra de
barba de un día sembrada a lo largo de su mandíbula como si no hubiera sido
afeitada en días.
Al final, la mirada de ella se enganchó con la de él, y el terror en su estómago se
volvió sólido, una masa fría de completo terror. A la luz del fuego, los ojos
parecían dorados con un borde de marrón oscuro alrededor de los bordes
externos. A medida que pasaba el Daphne, comenzó a detectar motas de verde,
cerca de los irises, que creaban una mezcla de color que se transformaba
dependiendo de la luz de la habitación o la posición del sol. Ese largo, y salvaje
cabello enmarcaba su rostro, pero no hacía nada por suavizar los rasgos. Ella
imaginaba que el efecto sería el doble de intimidante si lo tuviera recogido.
Él comenzó a acercarse a ella, y la urgencia por retroceder tan rápido como sus
piernas le permitieran hacerlo hizo que se le erizara el vello de la nuca. Pero, se
mantuvo en su puesto, permaneció arraigada al lugar mientras él avanzaba hacia
ella con una gracia casi felina, sus músculos que una vez aparecían duros ahora
eran líquidos y muy fluidos, ondulándose y estirándose bajo la ropa.
Se detuvo cuando estuvieron a unos pocos centímetros de distancia, y su esencia
la encontró, golpeándole como decididamente masculina. Cedro, el humo de
cigarro, brandy y… algo más. Un aroma primitivo que ella solo podía describir
como “masculino”. Sus ojos no dieron ni una señal de lo que pensaba mientras
revisaba sus rasgos debajo del sombrero. El sombrero escondía su cabello, la
trenza larga y dorada estaba guardada bajo el cuello de su abrigo y solo unos
finos mechones caían alrededor de su rostro.
-Usted no es Bertram Fairchild- dijo él con voz dura y cortada.
Los tonos bajos y retumbantes le recordaron el ronroneo de un gato, un gato muy
grande. Un león. Ella nunca había visto o escuchado uno, pero se imaginaba que
su áspera y sonora voz y su ronroneo subyacente serían exactamente como
sonaría un gato grande. Sus tonos cultos tenían un ligero acento escocés, no tan
fuerte como el del mayordomo y el portero.
Se quitó el sombrero, levantó la barbilla y se reveló. –No mi Lord. No lo soy.
Pero su personal no me hubiera permitido entrar si no hubiera usado el nombre
de mi hermano.-
-Lady Daphne, presumo.- expresó él.
No era una pregunta, solo la declaración de un hecho.
Por supuesto que sabía quién era ella. Considerando la forma en que había
estado destrozando todo lo que estuviera, aunque sea remotamente, conectado
con el nombre Fairchild, era razonable pensar que sabría mucho sobre la familia.
-Sabe quién soy- dijo ella con un asentimiento decidido.- Bien, entonces
podemos eximirnos de los cumplidos.-
Él elevó una ceja, su expresión decía claramente que no había estado dispuesto a
ofrecerlos. –Usted afrontó el viaje desde Londres a las zonas remotas de Escocia,
sola, para venir aquí. ¿Por qué?-
Cruzando sus brazos sobre el pecho, ella estrechó los ojos. –Usted, Lord
Hartmoor, es un despreciable libertino… un villano del peor orden.-
Él sonrió, un relámpago cegador de dientes blancos la sorprendió
momentáneamente. Dios del cielo, incluso cuando reía, parecía alguna bestia
salvaje lista para devorar a su presa. La sonrisa era burlona y carecía de humor,
le causaba un enojo que recorría su espalda.
-¿Hizo todo el viaje hasta aquí para decirme eso?-
Ella apretó la mandíbula tan fuerte, que los dientes empezaron a dolerle. –He
venido a demandarle una explicación por su venganza contra mi familia. Usted
ha buscado despiadadamente nuestra caída y deseo saber por qué. No me haga el
flaco favor de pensar que soy tonta, sé que fue usted el que manipuló los eventos
para que se arruinen mi padre, mi hermano y mi tío. Ahora somos indigentes, el
título de mi padre y las tierras no valen nada sin la influencia para respaldarlas,
el compromiso de mi hermano está arruinado por una palabra suya, mi tío…-
Su garganta se cerró ante el pensamiento del tío William.
-Una situación lamentable cuando un hombre es llevado a poner su pistola en la
boca y aprieta el gatillo. – replico Lord Hartmoor divertido.
Daphne jadeó ante la forma insensible en que las palabras salían de su boca,
azotándola como si fuera la punta de un látigo. -¿No tiene buenos modales?
¿Ningún sentido de la decencia? ¡Usted llevó a un hombre a su muerte sin
ninguna causa!
La ceja de él se frunció, cuando estiraba los labios hacia ella. -¿Quién dijo que
no tenía causa?-
Determinada a no se influenciada por su evasión, puso las manos en las caderas
y se adelantó un paso hacia él, fingiendo un descaro que no sentía. –No tenemos
nada y mi padre y mi hermano se han convertido en cáscaras de los hombres que
fueron una vez. Demando saber por qué. ¿Qué demonios le han hecho los
Fairchild alguna vez para merecer tanta crueldad?-
Cruzando los brazos sobre el pecho, él inclinó la cabeza. ¿Qué hicieron, verdad?
-
La irritación finalmente superó el miedo que él le inspiraba, y se acercó para
pincharle el pecho con el índice. -¡Escuche! No me animé a sufrir la ruina y la
enfermedad en este horrible clima para venir aquí a que se burlaran de mí. Me
debe una explicación y la tendré, mi Lord…-
Dándole la espalda, él rodeó el escritorio y fue hasta el gran asiento detrás de él.
Se tomó su tiempo para sentarse, sacó la silla, y descendió hasta sentarse.
Entonces, se inclinó hacia atrás y dejó la silla en las dos patas traseras, levantó
primero un pie y luego otro y se equilibró con el escritorio cuidadosamente.
Parecía completamente tranquilo en esa posición tan precaria, y eso, solamente
la frustró más. La necesidad de correr hacia el escritorio y empujarlo la superó
rápidamente. Pero ella estaba enojada, no era suicida.
-Le advierto ahora, mi lady… sus deseos no le traerán paz. – dijo él evitando la
mirada femenina y mirando a través del estudio. –Las damitas jóvenes, como
usted son protegidas por una razón, van directo del aula de escuela a conseguir
un marido que las mimará y consentirá tal cual lo hizo el padre. Usted, con su
piel de lirio blanco protegida por bonetes y parasoles, sus manos tan suaves
como el día en que nacieron… como una palomita en una jaula para ser
admirada por los hombres que las protegen.-
Abrió la boca para negar sus afirmaciones, para insistir que estaba equivocado
sobre ella. Sin embargo, sus palabras la golpearon por ser enojosamente ciertas y
las palabras murieron en su lengua. Como cualquier joven, dama soltera, había
sido protegida, habían evitado que viera nada de la fealdad del mundo. Sin
embargo la destrucción de todo lo que su familia apreciaba la había impulsado a
buscar la verdad, para desenterrar a propósito las cosas que le habían escondido.
La sacaba de sus casillas la forma en que su padre y su hermano habían aceptado
pasivamente los golpes que este hombre les había lanzado… rehusándose a
contratacar, a hacer nada para detenerlo. Su madre nunca había sido una mujer
fuerte, pareciendo contenta de seguir a los dictados de su padre siempre.
Eso la dejaba a ella, la única persona que había tenido el coraje de confrontar al
responsable de su ruina. No sería detenida.
Se estiró hasta alcanzar toda su altura, inspiró profundamente y probó otra vez.
-No soy una chica de escuela- insistió- Tengo veinticuatro años y se más del
mundo de lo que usted podría pensar. Por ejemplo, sé que hay hombres como
usted que se complacen en herir a otros, en tomar lo que no les pertenece,
robando cosas como un gran dragón que reúne su tesoro en su cueva oscura.-
Él hizo una mueca, y puso el pulgar de su mano izquierda contra sus dedos.
Frotó el pulgar contra cada dedo, la miró descaradamente, evaluándola. El
movimiento se repetía una y otra vez, y plantó un desafío silencioso. Ella alejó la
mirada, solo para encontrar que se dirigía a esa mano, al pulgar acariciando cada
dedo en lo que parecía un gesto calculado.
-Yo la robaría a usted, palomita. Arrastraría su jaula a mi guarida y la colgaría
del techo, admirándola cada vez que deseara. -¿Vino para eso?-
Un sabor amargo llenó su boca por la insinuación, su cara se calentó por lo que
sus palabras implicaban. -¿Cómo se atreve—
-No, mi lady, como se atreve usted- espetó repentinamente enderezándose y
permitiendo que sus pies bajaran al piso, las botas hicieron un golpe sordo. –
Usted vino aquí, en medio de la noche, nada menos, y demanda respuestas de
mí. Respuestas a preguntas para las que usted todavía no está preparada, y quizás
nunca esté completamente lista para escuchar. Le advierto otra vez para que dé la
vuelta y se vaya por la puerta. Váyase de este lugar, ahora, y recoja el último
jirón de dignidad que le queda. Es la última vez que le haré semejante oferta.-
El peso de sus palabras colgó denso en el aire entre ellos, la amenaza contenida
estaba clara. ¿Qué haría si ella rehusaba a irse? ¿Lastimarla físicamente?
¿Derribarla con palabras crueles? Quizás dijera la verdad, darse vuelta e irse
ahora, podría ser lo mejor. Si cabalgaba rápido y fuerte, podría estar de vuelta en
Londres antes que un daño mayor se hiciera a su reputación. Su familia cubriría
su desaparición y serían capaces de hacerlo hasta que ella volviera. No era tarde
para volver.
Pero no… no podía volver. No ahora. No cuando ya había perdido demasiado.
-¡Tendré las respuestas a mis preguntas y al demonio sus nociones de lo que
puedo o no manejar!- gritó ella, su voz temblaba por la fuerza de su frustración.
Ella le había preguntado a su hermano porque había tanta mala sangre entre ellos
y Lord Hartmoor, pero Bertram se había encogido de hombros simplemente y la
miró con desconcierto.
-No tengo la más remota idea, Daff- le respondió. –Nunca conocí al hombre en
mi vida, antes que comenzara a arruinarme.-
Lo que solo podía significar que Hartmoor tenía sus propios motivos, algo que lo
impulsaba que ella tenía que descubrir si tenía alguna esperanza de arreglar las
cosas.
No era que ella tuviera idea de cómo hacerlo.
Lentamente se levantó de la silla, dobló sus manos en puños y los apoyó sobre la
superficie del escritorio. Se inclinó un poco hacia adelante, los músculos
poderosos de los hombros abultándose bajo la camisa. Él la miró y la luz del
fuego convirtió sus ojos en oro líquido.
-Muy bien- dijo, su voz inquietantemente baja. – Haga lo que quiera. Le revelaré
las razones detrás de mis acciones… en el lapso de treinta días, y treinta noches.-
Daphne frunció el entrecejo, confundida. –No entiendo.-
-No- murmuró él, acercándose a ella rodeando el escritorio. –Pero le explicaré.
Estoy consciente de la situación… desesperada de su familia.-
-Naturalmente- refunfuñó ella entre dientes apretados. –Usted lo causó.-
Él se encogió de hombros como si estuvieran discutiendo el clima y continuó. –
Estoy preparado para escribir una letra bancaria por treinta mil libras.-
Sus ojos se abrieron grandes ante la absurda suma. Era tres veces la cantidad de
su dote, que su padre había usado para pagar deudas. Pero no había sido
suficiente. Las deudas habían seguido acumulándose, amenazando su sustento
más y más cada día.
Treinta mil libras… sería suficiente para arreglar todo, aunque nunca repararía el
compromiso roto de Bertram. No importaba. Su hermano era un hombre bien
parecido, que compartía su cabello castaño rojizo y ojos azules, los rasgos
Fairchild pasaban a través de las generaciones. Él era conocido entre los
miembros de la alta sociedad por su rápida sonrisa y su encanto fácil. Habría
otras mujeres, otras chances para Bertram de conseguir una buena pareja.
Pero, el dinero… no habría otra oportunidad como esta. Una posibilidad de
ganar lo suficiente para sacar a los Fairchild del borde de la pobreza.
-¿Y a cambio?- pinchó, estaba segura que este hombre, este monstruo, no
ofrecería simplemente su dinero a cambio de nada.
-A cambio, usted se quedará aquí en Dunnottar por treinta días y noches,
conmigo.- murmuró él inclinándose para agarrar la trenza que caía dentro del
cuello de su abrigo. La dejó libre, no gentilmente, y la empuño en su mano
enorme, estudiándola como si lo fascinara.
Ella se puso rígida, ofendida por lo que había sugerido. –Soy una dama, no una
puta.-
Él levantó la mirada para encontrar la de ella una vez más, y sonrió, un lento,
perezoso arqueo de los labios y destello de dientes. ¿Era su imaginación o sus
colmillos eran un poco más largos de lo que nunca había visto?
Dios querido, se estaba volviendo loca.
-Será una cuando acabe con usted, Daphne.- declaró él, deslizando la trenza a
través de sus dedos y soltándola cuando llegó al final. –Entréguese a mí por
treinta días, y no solamente le revelaré, a mi tiempo, las respuestas que usted
busca, sino que devolveré lo que tomé de su familia dándole a usted los fondos
para arreglar las cosas.-
Su cuello se calentó cuando examinaba su cuerpo de la cabeza a los pies con una
mirada indudablemente lasciva. A pesar del pesado abrigo de algodón húmedo
que ocultaba sus formas ella estaba consciente de su atavío indecente: pantalones
ceñidos a su cadera y piernas, una camisa de hombre con nada debajo. Dejaba
sus sentidos desarmados porque siempre tenía su corsé y enaguas para ponerse
bajo sus vestidos como una forma de armadura.
Ella abrió la boca para reprocharle, pero un pesado y filoso dedo contra los
labios la silenció.
-Antes de que me reprenda por ser indecente, permítame que la ilumine.- dijo él,
sus ojos parecían más oscuros cuando se paró tan cerca que parecían metal
lustrado. –No me importan sus sensibilidades de doncella. Sé que es virgen
como la mayoría de las chicas solteras y me da igual. Tomaré su virginidad con
entusiasmo, y no me importa en qué estado irá hacia su futuro marido después.
La degradaré, y la poseeré cada uno de los treinta días y noches que estoy
pidiendo. Usted se someterá a mi voluntad y me obedecerá, o habrá
consecuencias. Si usted es suficientemente fuerte para aguantar, al final, tendrá
su recompensa, la verdad que busca, más la gran suma de treinta mil libras.-
Una réplica punzante murió en los labios de ella. Sus promesas de degradación y
la pérdida de su virtud la tendrían que haber asustado. La tendrían que haber
enviado corriendo a través de la puerta y de vuelta la noche tormentosa. Sin
embargo, su mente eligió agarrarse a las únicas palabras que podría haber dicho
para hacerla considerar seguir adelante con esto.
Si usted es suficientemente fuerte para aguantar…
Su columna se enderezó, y las aletas de su nariz se inflaron cuando la rebeldía
que su madre había tratado de aplastar toda su vida salió a la superficie. Si Lady
Fairchild estuviera aquí, le advertiría en contra de su impulsividad, un rasgo que
la había metido en problemas en más de una ocasión. Una mujer cautelosa estaba
segura, le había dicho a Daphne en su primera temporada, esperando mantenerla
alejada de situaciones que la podrían haber llevado a la ruina de su reputación.
Su padre se habría burlado e insistiría que su madre podría también advertirle a
una pared de piedra, ya que atreverse a algo parecía ser parte de la verdadera
naturaleza de Daphne. Bertram simplemente se reiría y les recordaría la cantidad
de veces que ella había perdido los estribos porque él decía que ella no podía
hacer algo tan bien como él.
No podía soportar que alguien le dijera que no podía hacer algo, y estaba harta
de ser mimada.
Por mucho que aborreciera a este hombre, no podía negar la verdad de sus
palabras anteriores comparándola con una paloma. Blanca, impecable,
inmaculada. Protegida, consentida y protegida.
Mira a otro lado Daphne, le diría su madre para evitar que presenciara algo que
la pudiera alterar.
No debe preocuparle a una doncella criada suavemente, su padre le diría cuando
fuera necesario.
Algún día, tu marido te enseñará sobre lo que pasa en la cama matrimonial,
incluso mujeres casadas que conocía le decían, como si revelar los secretos del
dormitorio le provocarían un desmayo temporal.
Estaba cansada de ser protegida, que le dijeran que esos temas que relacionados
con su bienestar, no eran asunto de ella. De permitir que sus padres rigieran su
vida, aceptando pasivamente cada una de sus decisiones. En los pasados cinco
años, ellos se hundieron más y más en la indigencia, y ninguno de ellos fue
capaz de arreglar las cosas.
Pero ella podía.
Y todo lo que costaría sería su virtud y un corto tiempo permitiéndole acceder a
su cuerpo.
No, se dio cuenta cuando encontró su mirada desafiante. Si este hombre lograba
lo que quería, le costaría el alma. Ya había destruido su familia y forma de
vida… ¿qué garantía tenía de que no la destruiría a ella también?
-¿Tendría su promesa de que no… me maltrataría?- tartamudeó ella, bajando los
ojos.
La vergüenza la llenó cuando le fue recordado que estaba fuera de lugar. ¿Cómo
podía saber qué hacer en esta situación? No obstante, estaban negociando con su
cuerpo, ella no podría permitirse ponerlo en la línea sin ciertos reaseguros.
Él sofocó su risa, y el sonido hizo que su estómago se calentara. El calor la
cubrió por completo, dejando detrás una sensación rara que ella no entendía.
-Que ingenua que es, palomita.- bromeó él, sosteniendo su cara con la enorme
mano. Su agarre no dolía, pero tampoco le permitía moverse o alejarse. Su
pulgar acarició su labio inferior, causando que su boca se abriera. –Dolerá y no
solo la primera vez. Habrá momentos donde haré que duela. Pero Daphne… le
va a gustar. No solamente puedo prometerle que le va a gustar, al final, estará
rogándome para que lo haga.-
Ella quería burlarse y decirle que no era probable. Quería cachetear su cara
arrogante y decirle que se fuera a la mierda; ella no era alguna ramera de
Haymarket y su cuerpo no estaba a la venta. Sin embargo, la promesa velada
como una amenaza no la asustó de la forma que pensó que lo haría.
Si usted es suficientemente fuerte para aguantar…
No había nada que odiase más que le pusieran un cebo… excepto, quizás que se
burlara la persona que le ponía el cebo.
Levantando su barbilla, encontró la mirada de él, rehusando estremecerse cuando
él acarició el interior del labio inferior con su pulgar. –Quiero la letra de banco
escrita de antemano. Quiero ver que usted la firme, y quiero que me asegure que
lo pondrá en mi mano en treinta días. –
Él inclinó su cabeza, pero no dio señales de estar sorprendido con su aceptación.
-¿Tengo que creer que está aceptando mi oferta?-
-Primero veo la nota de banco.- dijo ella. –Después aceptaré.-
Con una sonrisa, asintió, y bajó la mano para rodear su garganta. Sus ojos se
ampliaron, el miedo se instaló nuevamente cuando la amenaza del pulgar
presionando contra su pulso le hizo querer escapar. Pero ella se mantuvo quieta,
inspirando profundamente cuando le acariciaba la vena palpitante de su garganta
en un círculo lento.
-Voy a disfrutar tanto de esto.- dijo antes de liberarla y volver detrás de su
escritorio.
Abrió un cajón, sacó una pila de notas de banco, tomó una libre y la apoyó sobre
el escritorio. La miró cuando tomaba una pluma y destapó el tintero. Entonces,
bajando la cabeza, llenó la nota. Se enderezó y levantó el papel en el aire y lo
sopló para secar la tinta antes de extenderlo hacia ella. No podía alcanzarlo
desde donde estaba parada, y parecía satisfecho de esperar que ella viniera hacia
él.
Ella se acercó lentamente, buscando alguna señal de duplicidad o de intento de
lastimarla. Una vez que estuviera al alcance de la mano, ¿la atacaría? ¿la
arrastraría a una esquina oscura del estudio y le asestaría el dolor que había
prometido?
No, decidió ella. Simplemente estaba tratando de asustarla. Si, Lord Hartmoor
había arruinado a su familia, pero nunca los había lastimado físicamente. Por eso
Daphne había venido sola a hacer esto, sabiendo que ninguna corte en Inglaterra
lo encontraría culpable. Simplemente él había manipulado las circunstancias
hasta conseguir el resultado que deseaba. Mientras él la había manipulado para
llegar a este acuerdo, ella lo vio como la oportunidad que era. Se protegería de
este hombre, dándole su cuerpo mientras protegía su corazón y alma.
Había destruido a los hombres Fairchild, pero siempre había creído que las
mujeres estaban hechas de material más duro que sus equivalentes masculinos.
Después de todo, ¿qué hombre podría jactarse de sobrevivir a los partos una y
otra vez? ¿O sufrir mensualmente las dolencias femeninas sin languidecer hasta
la muerte? Bertram se convirtió en un niño por algo tan menor como un
enfriamiento.
Ella podía hacer esto.
Ella lo haría.
Acercándose al escritorio, miró hacia abajo a la nota de banco. En efecto, en su
escritura precisa y clara, las prometidas treinta mil libras estaban escritas junto
con su firma. Ella no conocía su nombre, pero lo vio ahora sobre la nota.
Lord Adam Callahan.
-Mi familia… - empezó ella.
-No me importa su familia.- declaró él.
-No saben a dónde fui- insistió ella. –Debería mandar—
-Yo me ocuparé de que estén informados de su bienestar.- dijo él con un gesto
casual de su mano. –Se quedará los treinta días o no recibirá nada. Tampoco
conocerá toda la verdad sobre mi venganza contra los hombres de su familia. -
¿Tenemos un acuerdo?-
Ella miró la nota y la promesa que ofrecía. La posibilidad de seguridad
financiera y eventualmente conocer la verdad. ¿Qué era la molestia de su
virginidad en comparación con esto? Ningún hombre se casaría con ella si se
corría lo voz de que ella se había ido sola a Escocia, no era que los problemas de
su familia no le hubieran dejado ya una mancha, marcándola como desesperada
y no como el diamante de primer agua que había sido en su primera temporada.
Inclinando la cabeza, encontró su mirada sin vacilación. Y con un puñado de
palabras, se puso dentro de las mandíbulas de la bestia.
-Tenemos un acuerdo… Adam.-
Capítulo 2
Después de aceptar la propuesta indecente de Lord Hartmoor, Daphne fue
escoltada fuera del estudio por el aterrador mayordomo, quien silenciosamente la
escoltó por el corredor y por un laberinto de pasillos casi idénticos hasta que
llegaron a un ala diferente del palacio. Justo cuando empezaba a preguntarse
adonde la estaba llevando, se detuvo delante de una las muchas puertas talladas
de roble y la abrió.
-Dormirá aquí- dijo simplemente, antes de darse vuelta e irse dejándola parada
frente a la puerta.
Ella le frunció el ceño a su espalda, desconcertada por el hombre que debía ser el
mayordomo menos convencional con el que alguna vez se había tropezado. Un
sirviente londinense habría buscado su comodidad, le hubiera preguntado si
necesitaba que alguien buscara los elementos que había dejado sobre el caballo.
Había decidido tener una palabra con Adam respecto de la hospitalidad de su
casa, si esperaba que ella se quedara… y lo sirviera, entonces esperaría ser
tratada con buenas costumbres.
Aunque, por lo que ella sabía, la nota bancaria por treinta mil libras que él
escribió justo en frente de ella, podría ser la mayor consideración que ella
recibiría por su sacrificio.
Esos pensamientos murieron en el momento que pisó dentro de la habitación y
encontró un fuego crepitante y una humeante bañera esperándola. Al lado de la
bañera estaba de pie una mujer joven vestida con el uniforme de doncella.
Parecía fuera de lugar en el oscuro e imponente castillo donde un salvaje lord
insistía en ser llamado “Amo” y un enorme mayordomo con la cara llena de
cicatrices que trataba a los invitados como si le molestaran por el sólo hecho de
existir. Con una sonrisa amigable, mejillas coloradas y el cabello rubio arreglado
en un suave rodete parecía una flor silvestre en el medio de un desierto
agrietado.
-Buenas noches, mi Lady- dijo con una cortesía. El amo me ha elegido para que
sea su doncella durante su estadía aquí. –¿Le gustaría bañarse?-
El acento de la muchacha la mostraba como distintivamente inglesa, un poco
más pulida que la mayoría de los sirvientes, pero no totalmente culta. ¿Cómo
sabía esta chica hacerle una cortesía y referirse a ella como Lady? En realidad,
¿Cómo se había preparado una habitación y un baño para ella tan rápido, cuando
Adam no podría haber sabido si ella aceptaría su oferta? Cuando llamó al
mayordomo, no le dio instrucciones sobre escoltar a Lady Daphne a su
habitación de invitados.
Entonces ella recordó los murmullos de una conversación que había escuchado
entre el amo y el mayordomo cuando esperaba fuera del estudio. Quizás las
instrucciones habían sido dadas antes de que la conversación hubiera tenido
lugar, lo que significaba él sabía que Bertram no había llegado a su puerta
demandando una audiencia. Él se había figurado quién era ella incluso antes de
darse vuelta para saludarla, y había asumido, con la típica arrogancia de los
hombres de poder, que ella aceptaría.
Por ahora, la fatiga la abrumaba, y ella no podía ni preguntar ni discutir.
-Un baño sería espléndido, gracias.- le dijo a la muchacha. -¿Cómo te llamas?-
-Soy Maeve mi Lady.- respondió la doncella cuando se acercó para ayudarla a
desvestirse. –Pobrecita… debe estar helada hasta los huesos. Saquémosla de
estas ropas mojadas.-
La vestimenta pesada cayó en una pila mojada, y Maeve la ayudó a entrar en la
bañera, donde se hundió en el agua caliente con un suspiro. Le permitió a la
doncella que la atendiera, recostada contra la parte de atrás de la bañera mientras
Maeve tomó una esponja y refregó sus brazos, cuello y pecho con un jabón de
aroma dulzón. Parecía que se desconectaba de su cuerpo, dejó que la doncella la
manipulara como si fuera una muñeca de trapo, que la movía para alcanzar
diferentes partes de su cuerpo.
Le acabo de vender mi cuerpo a un monstruo.
El pensamiento resonó a través de su mente, recordando la voz de Adam, tan
ominosa como cuando la había escuchado en su cavernoso estudio. Quedó
entumecida, sus extremidades colgaban inútiles de su cuerpo y sus ojos se
desenfocaron. Quizás no era tan tarde para renegar del acuerdo. Después de
todo, su virginidad estaba intacta. Sin embargo volver a Londres se sentiría
demasiado como haber fallado, sin las respuestas que buscaba, sin el dinero que
podría salvar a su familia.
Le acabo de vender mi cuerpo a un monstruo. Pero no vendí mi alma.
Resuelta, dejó la bañera y alejó las manos inquietas de Maeve. Despidió a la
doncella asegurándole que ella podría hacer todo bien completamente sola.
Daphne se secó y se puso una bata de noche que le habían ofrecido. Era
santurrona y adornada con puntillas, un poco rara para el rol que iba a
interpretar, pero no lo iba a cuestionar. La bata era abrigada y se sentía cómoda
contra su piel fresca y la ropa de cama ya preparada y abierta parecían invitante.
Mañana, se endurecería para enfrentar cara a cara a Lord Adam Callahan otra
vez. Esta noche, descansaría así ella tendría la fuerza para luchar.
Porque tenía que luchar.
Para proteger su alma de la bestia, para salvar su mente de la ruina que las
palabras afiladas y los actos viles podrían causarle. Un cuerpo podía sanar… un
espíritu roto nunca sería igual.
Cuando trepaba a la cama de cuatro postes en el centro de la habitación, Daphne
se preguntó donde dormía Lord Hartmoor en el castillo. ¿Se desvestía para
dormir por el pasillo o incluso en la puerta de al lado? ¿O la había desterrado a
algún ala alejada donde debería quedarse hasta que el viniera a reclamar lo que
ella le había prometido, lo que le pertenecía a él por el acuerdo alcanzado?
A pesar de la ansiedad que le causaba imaginar que se despertaba con él
acostado sobre ella, no pudo mantener sus ojos abiertos una vez que se deslizó
debajo de las sábanas. No… Adam nunca sería tan tramposo. Un hombre que
había expresado tan claramente sus intenciones no se escondería en la oscuridad
y tomaría lo que quería con las velas apagadas. Vendría a ella con cada vela en la
habitación ardiendo, así ella estaría obligada a ver como él la reclamaba, la
mancillaba, la trataba como la puta en que la iba a convertir como le había
prometido.
Ella necesitaría su cordura cuando lo enfrentara otra vez, y ese conocimiento le
permitió deslizarse en un sueño profundo.
Cuando Maeve entró en la habitación la mañana siguiente, Daphne ya se había
despertado. Había encontrado una bata a los pies de la cama, se la puso sobre el
camisón. Alisó con la mano la tela pesada y rica, y se preguntó a quien le había
pertenecido antes que a ella. Pensar en otra mujer joven y confiada, en esta
habitación, usando la misma bata mientras esperaba que Adam viniera a
arruinarla la hizo estremecer. Sin embargo, el frío que invadía la recámara la
hizo envolverse en la bata abrigada mientras se acercó descalza hacia el fogón
para avivar el fuego.
Cuando logró que las llamas volvieran a brillar, permaneció delante de la gran
chimenea, de espaldas al fuego para absorber su calor. Había estudiado el
ambiente que la rodeaba con ojos curiosos, forzada a regañadientes a admitir que
le habían dado una habitación apropiada a una princesa. Tal como eran las celdas
de las prisiones, no podía pedir por una mejor.
La gran cama estaba apoyada sobre una plataforma elevada en el centro de la
habitación cubierta con cortinas de damasco azul atadas a los postes con cuerdas
con borlas. Gruesas alfombras a juego cubrían las piedras del piso, y la parte
baja de las paredes tenían paneles de rica madera oscura. La mitad superior
mostraba un empapelado azul que tenía impresa una filigrana plateada. Ella se
acercó a la pared para tocar el papel, maravillada por su hermosa textura. No se
habían ahorrado gastos para remodelar y amueblar esta habitación y suponía que
debía ser así para el resto del antiguo castillo. No estaba segura sobre que
esperar cuando salió hacia Dunnottar, pero ciertamente no eran paredes con
paneles y candelabros de bronce.
Así la encontró Maeve, tocando el empapelado. Deteniéndose cerca de la puerta,
sonrió e hizo una cortesía como si hubiera sido elegida para servir a la reina en
lugar de a una mujer contratada para ser el juguete de Lord Hartmoor.
-Buenos días mi Lady, -gorjeó feliz, yendo hacia el armario grande y decorado
localizado en la esquina de la habitación. –El amo ha solicitado su presencia en
la sala contigua, donde se servirá el desayuno.-
Así que ya empezaba. Enderezando los hombros, Daphne asintió cuando la
doncella se puso frente a ella con un vestido doblado sobre su brazo.
-Muy bien- respondió. -¿Puedo preguntar a quién pertenecen los vestidos que
tomaré prestados durante mi estadía aquí?-
Le permitió a Maeve que la ayudara a sacarse la bata, y estudió a la doncella de
cerca. La niña evitó su mirada.
-Estas serán las únicas cosas prestadas que necesitará para vestirse mientras esté
aquí- respondió cuando desabrochaba el camisón de Daphne. –El Amo hará que
le tomen las medidas y conseguirá ropa para usted.-
Daphne frunció el ceño cuando le sacó el camisón. ¿Por qué tener esas gentilezas
cuando sus motivos hacia ella probaron ser de la clase desagradable? ¿Lo
divertiría vestirla con ropas finas solo para romperlas antes de saquear su
cuerpo?
-Eso es completamente innecesario- protestó ella cuando Maeve la ayudaba a
ponerse un par de medias y las ligas. – Mi estadía aquí va a ser corta, y unos
pocos vestidos prestados serán suficientes.-
-Órdenes del Amo, mi Lady- replicó la doncella y sin que su tono alegre
vacilara. – Encontrará que es más fácil simplemente acceder a sus deseos y todo
estará bien.-
La rabia la quemó como un montón de carbón caliente en su garganta, la rebeldía
crecía desde sus entrañas hasta llenar su pecho. Otra persona que esperaba que
ella simplemente aceptara los dictados de un hombre controlando su destino. Ya
había tenido suficiente de eso, de su hermano y padre, entonces ella ciertamente
no lo toleraría de él.
-Quizás usted lo haga, pero yo no.- argumentó. –Hablaré del tema con él en el
desayuno.-
La diversión tiró de los extremos de los labios de la boca de Maeve y se acercó a
Daphne con el vestido. La expresión parecía una burla, parecía advertirle que
ella podría abordar el tema con Adam, pero no debería esperar que el accediera.
Bueno, la doncella y su así llamado “Amo” iban a pensar de otra manera. Solo
porque él hubiera adquirido el derecho a usar su cuerpo por treinta días y noches,
no significaba que ella no podía imponer su criterio en temas como este.
Miró hacia abajo y jadeó cuando se dio cuenta que mientras sus pensamientos
vagaban, Maeve la había empezado a vestir… sin prendas interiores debajo del
vestido.
-¿Hay aunque sea una blusa que pueda usar debajo de esto? Preguntó sintiéndose
completamente desnuda sin las capas de enaguas, corsés y bragas.
Al final, el comportamiento de Maeve trastabilló, sus mejillas se sonrojaron y
parecía que buscaba las palabras apropiadas. Finalmente, pudo murmurar algo
sobre “las órdenes del Amo” y “sin ropa interior”. La cara de Daphne se calentó
cuando la doncella terminó de cerrar la hilera de botones en su espalda, y la ira
hacia Adam crecía todavía más.
-Otro tema que deberé conversar con Lord Hartmoor.- declaró Daphne.
La sonrisa de Maeve volvió cuando la apuró para que se sentara al tocador para
cepillar su cabello.
-Por supuesto, mi Lady.- murmuró.
Sufrió el resto de su arreglo en silenció, permaneció quieta cuando Maeve soltó
su trenza y cepilló el pelo, y lo dejó colgando libre por su espalda. Entonces, en
un acto que le mandó la bilis saliendo de la parte trasera de su garganta, Maeve
le ató un largo de cinta alrededor de su cuello en una improvisada gargantilla,
creando un descarado moño contra su clavícula.
Como si ella fuera una gata adornada antes de ser presentada a su nuevo dueño.
La doncella la giró para que estuviera de frente al adornado espejo, parada detrás
de ella sonriendo como si estuviera orgullosa de su trabajo. La anterior dueña del
vestido de terciopelo azul marino que vestía, tenía un cuerpo pequeño, porque le
quedaba corto y le abrazaba el cuerpo un poco apretadamente. Suponía que
debía estar agradecida por no usar un corsé, porque el vestido se ceñía a su
cintura bastante por su cuenta, el escote mordía sus senos. La carne turgente se
derramaba del corpiño y a pesar de que trató de tirar la tela hacia arriba para
cubrirse, Daphne se dio por vencida eventualmente. El traje era muy chico, y no
importaba cuanto tirara nada cambiaría eso.
Tenía que admitir que la gargantilla que Maeve había hecho de cinta mejoraba su
cuello, y lo hacía aparecer más largo y esbelto. Su color azul marino, a juego con
el vestido, hacía que el color de sus ojos azules pareciera más brillante y
vibrantes.
-Quizás un moño, - sugirió acariciando un mechón de cabello entre sus dedos.
Maeve inclinó la cabeza, -El Amo—
-Ha ordenado que lo lleve suelto, - Daphne terminó por ella la oración con un
suspiro.
-Ahora lo está entendiendo, mi Lady- replicó Maeve con una risita. –Lo
encontrará por esa puerta, ahí.-
Siguió al dedo con el que apuntaba la doncella, y Daphne descubrió una puerta
que no había notado antes, un panel de madera que aparentemente conducía a la
sala antes mencionada.
Maeve se dio vuelta para arreglar la cama, como si ella ya no estuviera en la
habitación.
Daphne inspiró profundo, enderezó los hombros y marchó hacia la puerta con
resolución. Nunca sería de esconderse o acobardarse, lo enfrentaría y no le
mostraría su miedo. Él podría haber destruido a los hombres de su familia, pero
Adam Callahan no la destruiría a ella.
Abrió la puerta y se encontró con un salón que tenía la misma decoración del
dormitorio. El mismo papel azul y plateado cubría las paredes y muebles de gran
tamaño en tonos combinados estaban frente al hogar. Cruzando la habitación
había una mesa cubierta de un mantel blanco, adornada con candelabros de plata
y velas que goteaban cera y cargada de varias bandejas de comida.
Ahí encontró a Adam, sentado en una de las dos sillas, tenía las largas piernas
cruzadas en ángulo así que no se escondían debajo de la mesa. Una servilleta
blanca de lino descansaba sobre su muslo y tomaba te en una taza de porcelana
que parecía un dedal en su mano enorme.
Se le secó la boca y titubeó a mitad de la habitación cuando lo vio. Cielos, había
olvidado lo grande que era, sus hombros y brazos inflaban la tela de su chaqueta,
los pantalones eran una segunda piel que apretaban los muslos poderosos.
Apretando las manos y tratando de pasar el nudo de ansiedad en su garganta, ella
levantó la barbilla, rehusando a sentirse intimidada.
-Buenos días.- dijo él sin dar vuelta su cabeza para mirarla. –Ven. Come.-
Las palabras cayeron sobre ella como las secas órdenes que eran, y la hicieron
ponerse rígida. Pero hizo como él decía, no tenía intención de perderse la comida
después de haber pasado la noche sin cenar.
Cuando se acercaba a la mesa una sombra larga se alejó de la esquina y se reunió
con ella. Un grito estrangulado murió en su garganta cuando reconoció al
mayordomo, todavía vestido de implacable negro, todavía luciendo una
expresión de desprecio cuando la miraba.
Permaneció en silencio y con su cara de piedra, se acercó a la mesa y sacó una
silla vacía para ella. Agradeciendo con un gesto afirmativo de la cabeza, ella se
sentó y estudió las bandejas desparramadas delante de ella. Por un momento, ella
simplemente miró las comidas abrumada por la selección.
Después de servir una taza de te del juego de plata que estaba en el centro de la
mesa, el mayordomo volvió a su lugar en la esquina.
-Sírvete lo que quieras- dijo Adam- Ciertamente espero que no seas una de esas
chicas que insiste en pretender que tienen el apetito de un pájaro.-
Tomando el plato que contenía huevos cocidos, ella levantó una ceja. –Muchas
damas comen de esa forma en público por la forma en que la ropa interior
restringe sus estómagos. Aunque, durante el tiempo que esté aquí, supongo que
no tendré ese problema.-
Él dejó de ponerle manteca a la tostada y la miró, el humor bailaba en sus ojos
pero su boca se quedó en un línea dura inmóvil. Ella sonrió, segura de que él
había entendido su burla sutil. Bien. Se aseguraría que el supiera lo disgustada
que estaba por ser forzada a pavonearse sin ropa interior apropiada.
Volvió a desayunar sin haberle contestado. El estómago de ella había comenzado
a dolerle de hambre, así que llenó su plato con rodajas de jamón y tostadas,
después le puso a su te leche y azúcar. Mientras comía, le echaba miradas al
hombre sentado al otro lado de la mesa, al demonio que había destruido a su
familia salvajemente.
Tenía el cuerpo de un corintio que los londinenses intentaban simular con
almohadillas debajo de la ropa, y que provocaba que las damas rieran tontamente
detrás de sus abanicos. Su ropa era simple y sin adornos, no eran a la última
moda pero habían sido confeccionadas para que calzaran perfectamente y
parecían de calidad superior.
Su cabello, todavía cayéndole suelto alrededor de la cara, tenía mechones
castaño oscuro que brillaban dorados a la luz de las velas. Esta mañana, sus ojos
parecían marrones oscuros, las motas verdes y doradas estaban prácticamente
invisibles. Su expresión no ofrecía señales sobre sus pensamientos o humor, y
Daphne encontraba esto desconcertante. Eso lo hacía peligroso, más de lo que
había imaginado antes de venir aquí.
Cuando había comido lo suficiente calmando la sensación de vacío en su
estómago, tomó un trago de su té y levantó la mirada y lo encontró mirándola. Él
había limpiado su plato y ahora estaba reclinado hacia atrás en su silla, la miraba
de una manera que la dejó sintiéndose como un ratón siendo acechado por un
gato.
Una presa. Así la hacía sentirse… como un juguete a ser devorado por un
depredador.
-¿Tienes algo en mente, Palomita?- murmuró él inclinando su cabeza.
El nombre de mascota que él le daba la humillaba, recordándole los insultos que
le había lanzado la noche anterior. Él pensó que ella era débil, una muchachita
atontada acurrucada en una jaula dorada, acicalándose para aquellos que la
admiraban y la protegían.
Las aletas de la nariz se le estremecieron cuando inspiró profundamente,
determinada a no permitirle que la erizara y a mantener el control. –Me gustaría
hablar contigo, Adam.-
La única respuesta por haber usado su nombre de bautismo vino con una leve
elevación de su ceja.
Agitando una mano, él se encogió de hombros. –Habla libremente… Daphne.-
Expresamente enfatizó su nombre, el gruñido subyacente en su profunda voz
retumbó a través de las sílabas como un ronroneo. El sonido le hizo cosas
extrañas a su estómago.
Inclinando su cabeza hacia el enorme mayordomo que acechaba en el rincón,
aclaró su garganta. –Solos-
Adam sonrió, el destello de dientes fue repentino e inesperado. Ese gesto careció
de humor, y más parecido a un león mostrando los dientes.
-Niall, Daphne está incómoda con tu presencia.- declaró, mirando sobre su
hombro a su mayordomo silencioso. – Has asustado a la niña y la sacaste de
quicio. ¿Te mataría mostrar una sonrisa de vez en cuando?-
Ella amplió los ojos, y ella miró al mayordomo, quien aparentemente se llamaba
Niall. Su cara se calentó de vergüenza, pero el apenas parecía molesto.
-Por supuesto que no estoy enojada.- dijo ella, dándose vuelta hacia Adam. –Lo
que desearía discutir es un tema delicado y –
-Excelente- él ironizó con un movimiento despectivo de su mano. –Niall ama
escuchar las preocupaciones fatuas de las damas consentidas, ¿no es cierto,
Niall?-
El mayordomo se quedó dónde estaba, pero giró su cabeza para encontrar la
mirada de su señor. –Soy conocido por deleitarme un poco con los chismes,
Amo.-
El tono burlón de las dos voces hizo que le rechinaran los dientes.
-Mi lord, realmente debo insistir—
El puño de Adam bajó con un golpe sobre la superficie de la mesa, causando que
la platería traqueteara y que el té se rebalsara de su taza y se volcara en el
platillo. Ella saltó, encogiéndose frente al repentino estallido, su corazón se
aceleró. Cualquier humor en la expresión masculina desapareció cuando
lentamente se puso de pie, los prismas dorados de sus ojos destellando vivos por
un fuego interior.
Rodeó la mesa en dos pasos rápidos, la tomó del brazo con un agarre de hierro y
tiró de ella para ponerla de pie. Ella forcejeó contra su agarre, pero él le dio un
veloz tirón y envolvió el otro brazo alrededor de la cintura de ella. Todo su
cuerpo se endureció cuando la apretó contra él, los planos duros de su pecho se
clavaron contra la carne suave de sus pechos.
Se tragó la respiración, y la sostuvo en la garganta cuando el sopló contra su
mejilla.
-Quizás no me he expresado con claridad.- susurró, su voz baja y ominosa
cuando apretaba su boca contra la oreja de ella. –Este es mi dominio. Soy el amo
de todo y de todos y por los próximos treinta días y noches, eso te incluye a ti.
Además de tu doncella, no posees la autoridad de ordenar a mi personal para
nada. Esto no es Londres, Palomita… no puedes echar a Niall de la habitación
como si fuera una mosca molesta. Si no quieres hablar frente a él, entonces te
sugiero que mantengas esos bonitos labios tuyos cerrados, a menos que yo
encuentre otra forma de ocuparlos.-
Jadeos cortos hacían que sus pechos se empujaran contra el pecho de Adam, la
rabia y la confusión que este hombre le hacía sentir le habían prendido fuego a la
superficie de su piel. Un segundo, ella estaba lista para cuestionarlo, al siguiente,
él la atrapó con la guardia baja con sus súbitos cambios de humor. Se quedó floja
en sus brazos, dejó de pelear contra su agarre de hierro y lo miró, rehusándose a
evitar la mirada de él.
-Me informaron que pretendes comprar ropa para mi.- espetó. –Simplemente
deseaba decirte que no hacía falta llegar tan lejos. Si hay más de estos vestidos
que me prestaron, estoy feliz de arreglarme con ellos. O, quizás Maeve me
prestaría unos pocos vestidos sencillos.-
Él se rió y el sonido vibró a través de todo su cuerpo, y por proximidad en el de
ella también. Sus dientes destellaron otra vez con una sonrisa sardónica, y
mantuvo un brazo alrededor de ella, pero soltó el que la sostenía usando la ahora
mano vacía para sostener su rostro.
-¿No es un encanto, Niall?- bromeó, apretando un pulgar sobre su labio inferior.
–La muchachita preferiría usar los trapos de la doncella que la vestimenta
costosa que le puedo comprar. ¿Será porque ella no quiere estar linda para mi?-
-No pretendo saber, Amo.- replicó Niall secamente.
-No importa si usas trapos, el más fino vestido de baile o nada de nada.-
continuó Adam, apretándole el labio inferior con lentas pasadas de su pulgar. –
Tú eres mía para hacer lo que quiera. Estoy pagando buen dinero por acceder a
tu cuerpo maduro, virginal y eso significa que te usaré como quiera, cuando
quiera, donde quiera. Y también significa que vestirás lo que yo te diga, o no
vestirás nada de nada.-
Cuando miró lascivamente la generosa cantidad de carne que revelaba el
indecente corpiño que llevaba, un miedo persistente le recorrió la columna.
Algo le decía que el cumpliría su amenaza de hacerla andar desnuda.
-¿Me permitirías por lo menos usar una blusa?- preguntó ella, odiando que él la
redujera a rogar por algo tan básico como ropa interior.
Pero, rayos, no podía dejar pasar este encuentro si ganar nada, aunque sea algo
tan pequeño como una bragas. No después de que él la insultara y humillara
frente a Niall.
-No- respondió él. –Quiero la menor cantidad de ropa entre tú y yo. ¿Cómo me
divertiría si usaras una blusa bajo ese vestido?-
Él enfatizó sus últimas palabras moviendo las manos desde su cara y
poniéndolas entre sus omóplatos. Con un giro de sus dedos el primer botón salió
de su ojal.
Ella inspiró secamente e intentó soltarse. Ningún hombre la había visto
completamente desvestida, y su limitada experiencia no la había preparado para
esto. Sabía que no debía esperar los besos suaves y las caricias vacilantes con
que la habían tratado en el pasado. Pero puestos a enfrentarlo en una batalla, no
había esperado que la desarmara tan rápidamente.
Él apretó los brazos alrededor de ella, la mano que estaba en su espalda ahora
subía para agarrar su cuello. Ella detuvo sus movimientos y lo forzó a que la
mirara, y él tenía la mirada enmascarada y calma. Debajo de la mirada limpia,
vio la depravación hirviendo a fuego lento en las profundidades, el hambre de un
depredador preparado para malherir y devorar a su presa.
-Shhh- murmuró él. –Pelear no va a enfriar mi ardor, Palomita. De hecho, la va a
aumentar. ¿Es eso lo que quieres?-
Temblando entre sus brazos, ella sacudió la cabeza. Por supuesto que él
disfrutaría la caza, la persecución y la inevitable rendición. Ningún monstruo
quería perseguir a una víctima que se quedaba inmóvil y aceptaba su destino.
Quizás eso sería su salvación, aceptar pasivamente sus atenciones en lugar de
pelear contra ellas. Si pudiera lograr que él se aburriera de ella, podría escapar de
esta ordalía ilesa. Ella no era tan mundana como para elaborar otro tipo de
defensa. Maldiciendo su inexperiencia, ella deseaba saber qué hacer, qué decir
para construir bases más firmes frente a él.
-Ahora te voy a desvestir y tú me vas a dejar.- dijo él en voz baja pero con tono
firme. -¿Si?-
Inspirando profundamente soltó el aire con una espiración temblorosa. ¿Qué otra
cosa podía hacer más que permitírselo?
-Si-
Volvió a sus botones y se rio. –Buena chica.-
Ella evitó su mirada, mirando hacia afuera de la habitación mientras el acariciaba
su columna hacia abajo, abriendo botones y causando que su vestido se aflojara
hasta que se deslizó de sus hombros. El calor del fuego, le acarició su espalda
desnuda, pero ella no quiso pensar en ello, o sobre el hecho que solo el cuerpo
masculino que se apretaba fuerte contra el de ella, evitaba que su vestido cayera
y la dejara desnuda por completo. Ella trató de tomar distancia de él, de
convertirse en un pedazo de carne para que él lo manipulara, y no un mujer que
vivía y respiraba que podría ser lastimada por él.
La mantuvo apretada contra él, la bajó, haciendo que su cuerpo se arrastrara por
el de él con una suave caricia. La tela de su abrigo de lana le raspó los pezones a
través del terciopelo del vestido, y la polla rozó su estómago. El calor flameó en
sus mejillas al sentir el órgano masculino, duro y pulsante contra ella.
-No tratarás de correr o clavar las uñas en mis ojos cuando te suelte. ¿Lo harás?-
el bromeó con un mirada al vestido que todavía se sostenía sobre sus pechos.
Parecería que él no tenía intención de permitirle la distancia que necesitaba para
sobrevivir este encuentro. Muy bien, entonces. Ella haría lo que tenía intención
de hacer desde el momento que había aceptado este ridículo acuerdo… lo
enfrentaría, confrontaría, aceptaría sus desafíos mostrándole que no la alteraría
fácilmente.
Todavía evitando su mirada, apretó los labios juntos y se alejó un paso de él, no
tan lejos como para que malinterpretara su movimiento evasivo, pero justo lo
suficiente para que el vestido cayera hasta su cintura. Sus antebrazos todavía
estaban atrapados en las mangas largas del vestido, sus pechos y estómago
estaban ahora desnudos para que la vieran, y el vestido descansaba sobre sus
caderas.
Solo los ojos de Adam reaccionaron a su estado medio desnudo, las pupilas
oscuras se dilataron y las motas doradas bailaron con las verdes. Se le puso la
piel de gallina mientras la mirada masculina admiró sus pechos desnudos y viajó
sobre el plano de su estómago. Alcanzándola con una mano, tomó en un puño el
frente del vestido y le pegó un fuerte tirón, y lo dejó en una pila en el piso. Ella
se estremeció, pero se mantuvo firme cuando él se alejó, estudiándola con casi
un detalle clínico.
El misterio de lo que él podría estar pensando mientras recorría las curvas de su
cintura y cadera la puso nerviosa. A ella no le importaba si poseía suficiente
atractivo femenino para tentarlo, pero tampoco quería que él estuviera
descontento con una simple mirada. Después de todo, él había pagado treinta mil
libras por cada centímetro de la piel que ahora miraba.
-Mira eso- murmuró él, su voz se unió a su mirada sobre ella en una caricia sin
manos. –Niall, ¿No es la cosa más bonita?-
Jadeando, ella se tapó, una mano tapaba su monte y con la otra abrazaba sus
pechos. Él había hecho que ella se olvidara de la presencia del mayordomo,
quien estaba en algún lugar detrás de ella, siendo testigo silencioso de todo el
encuentro. Había permitido voluntariamente que él inspeccionara su cuerpo, eso
era una cosa… ser forzada a dejar que otro hombre lo presenciara, era otra.
-Es difícil de decir desde atrás, Amo.- replicó Niall en un tono ligero, como si
los dos hombres estuvieran discutiendo el clima en lugar del aspecto de la mujer
desnuda que estaba de pie entre ellos. –Aunque desde aquí, puedo atestiguar que
tiene un culo encantador.-
Si se ponía más roja, podría estallar en llamas, su cuerpo entero desde el cuero
cabelludo hasta los pies estaba encendido de humillación.
-Bueno, no seas tímida- provocó Adam, tomando los hombros de la mujer. –
Estoy un poco celoso de la vista de Nial de tu culo, y sé que él está ansioso de
ver estas finas tetas tuyas.-
Antes de que ella pudiera pestañear, la dio vuelta para enfrentar al mayordomo,
que permanecía en su puesto en la esquina de la habitación. Tenía una vista
directa de su trasero cuando Adam le dio un pequeño empujón hacia adelante.
Entonces, viniendo desde atrás, le tomó las manos y las forzó a alejarse de su
cuerpo, revelando cada pedacito de lo que trataba de ocultar. Le sostuvo las
manos firmemente, las bajó hacia los costados y presionó su frente contra la
espalda de ella, su pelvis se mecía contra el culo de la mujer y dándole otra
muestra de la dura cresta entre sus piernas.
-Disfrutas de los ojos de él sobre ti, ¿no es cierto Daphne?- dijo con aspereza
contra su oído y al otro lado del cuarto Niall la apreciaba con ojos que no
indicaban nada.
Levantando la barbilla, ella encontró la mirada de Niall con desafío, -No-
Adam restregó su nariz y boca contra su cuello, inhalando profundamente y
luego soltando su respiración con una risa sofocada. –Mentirosa. Tú sabes lo
bonita que eres. ¿No es cierto? Te acicalas y pavoneas para los jóvenes de
Londres, orgullosa de permanecer casta mientras los vuelves locos de lujuria por
ti. Meciendo esas caderas tuyas cuando caminas, y batiendo esas pestañas largas
para lograr su atención, y después retrocediendo, a la protección de los hombres
que te miman y consienten. De vuelta en tu jaula donde estás segura, Palomita…
no te pueden tocar ahí. Y tú permaneces, hermosa, inmaculada y pura.
-¿No por mucho tiempo, no?- murmuró Niall provocando la risa de Adam.
-No por mucho tiempo, en efecto- estuvo de acuerdo Adam.
La soltó y se aproximó al mayordomo, dándole la espalda a ella despectivamente
y metió la mano en el bolsillo de su saco. Daphne se negó a cubrirse, no
queriendo darle la satisfacción de saber cómo la había humillado. Mantuvo su
cabeza alta y su mirada fija en él cuando Adam le dio un sobre a Niall.
-Envía esta carta a Fairchild House en Londres, inmediatamente. –Adam ordenó.
–Debemos hacer saber a la familia de Daphne que su princesa consentida estará
segura con nosotros.-
Con una reverencia a su señor, Niall le dio un rápido vistazo. –Enseguida, Amo.-
Cuando el mayordomo salió de la habitación, poniendo el sobre en el bolsillo,
ella respiró con alivio. Al final Adam, se mantuvo fiel a su palabra y se aseguró
que su familia supiera que estaba a salvo. Al menos, lo más segura que podría
estar en la compañía del hombre empeñado en destruirlos.
Ellos estarían horrorizados si supieran dónde había ido ella, pero no serían tan
tontos como para venir por ella. Había mucho colgando de la balanza, y con la
reputación de Bertram hecha trizas, harían todo lo que pudieran para ocultar su
ausencia. Ellos entenderían que tenía que ser ella, que ella era la única Fairchild
con algo de valor para negociar.
Cuando ella volviera a casa treinta mil libras más rica, esperaba que ellos fueran
capaces de perdonarle lo que había tenido que hacer. Esperaba que Bertram
entendiera que había hecho todo por él, su hermano; el único hombre que
siempre la había tratado como si ella tuviera mente propia. El único hombre que
le trataba como un igual.
Su virtud a cambio de su familia, un precio que ella estaba más que dispuesta a
pagar. Quizás no siempre la hubieran entendido, sus padres trataban de sofocar
sus inclinaciones menos propias de una dama, pero la amaban, y habían hecho lo
que pudieron para ayudarla a encajar con otras damas de su edad, para
asegurarse que tenía un futuro seguro y pudiera conseguir pareja para casarse.
Bertram la había aceptado como era, y frecuentemente le daba la clase de
entendimiento y afecto que su padre parecía incapaz de darle. Cuando hubieran
superado la herida por haber actuado sin autorización, la perdonarían. Quizás
ellos podrían incluso agradecerle.
Una vez que Niall se había ido, Adam volvió a ella, los brazos cruzados sobre el
pecho. Todo el humor había desaparecido de la habitación, como si el
mayordomo se lo hubiera llevado con él. La mirada de Adam sobre ella era fría
ahora, como si estimara la mejor manera de desarmarla.
Entonces, se movió hacia la mesa donde habían compartido el desayuno, y
empujó la vajilla y las bandejas hacia un costado. Se dio vuelta hacia ella, la
tomó de la cintura y la levantó como si no pesara más que una pluma. La
depositó sobre la mesa, le tomó las rodillas y separó las piernas de un tirón tan
ampliamente como fuera posible. El rápido movimiento la sacó de equilibrio, y
ella usó las manos para abrazarse, y así arqueó su espalda y empujó sus pechos
hacia arriba. No quería otra cosa que enderezarse y cerrar las piernas, pero él se
ubicó entre ellas rápidamente, inclinándose sobre ella, apoyando las manos en
los bordes de la mesa atrapándola entre sus brazos.
-La idea de obligarte a andar desnuda, me gusta cada vez más.- le dijo él, y sus
labios rozaban su mandíbula. –Si, lo puedo ver ahora… tú arrastrándote hasta mí
sobre tus manos y rodillas usando solamente estas medias.-
Ella dio vuelta la cabeza justo antes que los labios de él pudieran tocar los suyos,
estrechando los ojos hacia él. –No soy un perro, y no voy a gatear por el piso
como uno.-
Inclinándose más cerca, él le acarició la nariz con la suya, desarmándola
momentáneamente con ese gesto inesperado. Si no la estuviera mirando como si
se estuviera preparando para hacerla pedazos, podría haberlo confundido como
un gesto de afecto.
-No, no un perro- acordó. –Más como un gatito con una cinta pequeña y bonita.-
Tomando entre los dedos el extremo de la cinta atada alrededor de su garganta, él
la acarició, su piel bronceada contra la piel de porcelana de ella. Sus nudillos
rozaron sus pechos, y cuando ella se estremeció en respuesta, sonrió y repitió el
movimiento, arrastrando sus nudillos sobre los pezones una y otra vez mientras
el pulgar y el índice jugaba con la cinta de seda.
-¿Ronronearas para mí cuando te trate como una mascota?- susurró él.
Justo había abierto la boca para lanzarle una respuesta punzante cuando
sorpresivamente le golpeó los labios con los suyos. Las palabras se quedaron en
su garganta, fueron empujadas por la invasión de la lengua que deslizó dentro de
su boca.
Daphne había sido besada antes, y en verdad siempre había encontrado la
experiencia variada dependiendo de quien la besaba. Le hubiera gustado pensar
que su experiencia la habría preparado para ser besada por Adam.
Al final resultó que nada la podría haber preparado para esto.
Su boca presionaba duro contra la suya, sus labios se separaban y cerraban en un
ritmo lánguido que la dejaba drogada, su lengua se retiraba para trazar su boca
antes de invadirla otra vez buscando la suya. El terciopelo áspero de su lengua le
enviaba sensaciones a través de ella causando que sus pezones se endurecieran.
Un sonido bajo reverberó entre ellos un gruñido vibrante a través del pecho
masculino que hizo eco entre las bocas abiertas de ambos. La cabeza de ella
comenzó a girar con ese sonido primitivo mientras él la devoraba con sus labios,
lengua y dientes. Ella se encogió cuando él le mordió el labio inferior, y después
suspiró cuando la acarició con la lengua alejando el escozor. Después, como si el
primer mordisco hubiera sido un preludio, la mordió otra vez, suficientemente
fuerte como para provocarle un grito. Siguió la mordida con gentiles
mordisquitos, después bajó el ritmo de sus besos enteramente, rozando
lánguidamente su boca sobre la de ella mientras sus respiraciones agitadas
compartían el aire entre ellos.
Antes de que ella pudiera entender el desorden que el asalto de Adam le había
causado a sus facultades, su mano pesada cayó sobre su estómago. Encontró la
mirada de ella, y la mantuvo mientras su mano comenzó a deslizarse hacia abajo
hacia el montículo entre sus piernas. A pesar de sus intenciones de mantenerse
pasiva, no pudo silenciar el bajo gemido de pánico que se le escapó cuando sus
muslos sostenidos estaban impedidos de cerrarse por el cuerpo ubicado
efectivamente entre sus rodillas.
Shh- canturreó él, todavía rozando con sus labios los de ella. –Déjame tocarte,
Palomita.-
Su pulgar se deslizó entre los labios de su vagina, encontrando el botón
escondido del placer. Ella solamente había dejado a un solo hombre tocar ahí,
pero era difícil pensar en él, ahora, cuando Adam la apretaba con círculos lentos
y las almohadillas callosas de sus dedos le daban una fricción deliciosa.
-Oh.- gimió y pequeños temblores de placer la inundaban con cada pasada de su
dígito sobre su clítoris.
Él profundizó el beso, su lengua se enredaba con la de ella y hundía su pulgar
más abajo para descubrir la humedad que surgía de su centro. La desparramó
sobre su perla, e incrementó la presión de sus caricias, cambiando el ritmo como
si hubiera notado que ella había cambiado el ángulo de sus caderas hacia él
cuando la tocaba de determinada manera. Como si supiera, por el simple toque,
lo que ella deseaba.
-Así es, amor- gruñó él, su voz sonaba gruesa y pesada con la lujuria que
causaba que su polla abultara contra el frente de sus pantalones. –Relájate y
déjame tocarte. ¿No se siente muy bien?-
Le volvió a morder el labio inferior y ella ahogó un gemido. Él la estaba tocando
como si se metiera en sus sueños y supiera lo que ella imaginaba que un amante
le haría cuando estaba acostada sola en su cama. Como si la hubiera tocado antes
y ya supiera y conociera cada curva y cada punto de placer.
Como si se quisiera asegurar de que ningún hombre podría tocarla de esta forma
otra vez sin que ella se acordara de él.
Maldito bastardo.
Ella no podía caer presa de su seducción, no podía dejarlo hacer que olvidara
porqué estaba aquí. Su familia estaba en la indigencia, y él tenía los fondos que
ella necesitaba para arreglar las cosas. Todo lo que tenía que hacer era dejar que
él la usara sin perder el buen sentido en el proceso.
-¿No me vas a follar?- preguntó ella, jadeando las palabras entre respiraciones
entrecortadas.
Con una sonrisa, le hizo cosquillas en la entrada con el dedo índice, todavía
acariciando su clítoris con el pulgar. –¿Ya estás ansiosa por mi polla? A veces un
hombre quiere simplemente probar la mercancía antes del saqueo.-
Encontrando la mirada de él con una desafiante inclinación de la cabeza, y se
burló- O quizás un hombre no está a la altura del reto.-
Él se congeló, sus dedos se detuvieron entre sus muslos, los ojos destellaron con
rayos dorados. El salvaje brillo ahí, le advirtió que había ido muy lejos, pero ella
estaba impotente para evitar su destino cuando el agarró una mano de ella de la
mesa y la hizo caer sobre su espalda. Los platos rebotaron cuando ella golpeó la
superficie y así como intentó volver a levantarse sobre un codo, él tomó su otra
mano y la presionó contra la bragueta de sus pantalones. Ella jadeó cuando
sintió la polla contra su palma, el órgano parecía que había crecido mucho más
desde que él había presionado contra ella más temprano. Palpitaba con poder y
promesas, una amenaza muy grande para ser ignorada.
-¿Se siente como si yo no estuviera a la altura del reto de follarte hasta que me
ruegues que me detenga?- desafió él- O quizás no rogarás que pare… quizás
suplicarás por más.-
Incluso sabiendo que pincharlo sería peligroso para su bienestar, Daphne no se
pudo resistir. -¿Yo, rogarte? Nunca.-
Apretando el pulgar otra vez contra su clítoris, él hizo una mueca. –Nunca
¿Estás segura?-
Su mente se vació, todo pensamiento racional voló cuando comenzó a apretarla
otra vez, esta vez incrementando la fuerza. El pecho de ella estaba pesado por el
esfuerzo que le costaba contener los gemidos que flotaban en su garganta,
rogando ser soltados junto con la tensión que se enrollaba en su ingle.
Maldita sea, ella estaba metida hasta el cuello. No se suponía que fuera así. Se
suponía que su toque le daría repugnancia, que no la haría sentir… sentir…
bueno, como que la superficie de su piel hubiera sido prendida fuego. Como si
ella fuera a morir si alguna vez él se detenía.
-No cometas el error de pensar que soy un torpe Neardenthal que va a pasar los
próximos treinta días en celo sobre ti por menos de un minuto cada noche antes
de quedarme dormido.- dijo él y su mirada fija en ella cuando unía su mano con
la otra, su pulgar firme haciendo círculos alrededor del clítoris y otro dedo
ingresaba con fuerza en su canal. –Intento saborearte, Palomita… tomarme mi
tiempo y usarte de todas las formas que pueda pensar. Para cuando termine
contigo, no habrá ningún lugar en el que no haya entrado, ningún lugar de tu
cuerpo que tus futuros amantes tocarán y que yo no haya tocado primero.-
Doblándose sobre ella, giró sus caderas, sumando su peso a las manos que la
atormentaban peligrosamente cerca del borde. El gemido que había estado
ocultando, se derramó, sonando alto y agudo, completamente ajeno e impulsado
por la necesidad primitiva de corcovear sus caderas contra las manos de él.
-Tomarás mi polla en cada orificio.- se burló él. –Primero aquí.-
Su lengua salió para lamer sus labios, y la empujó dentro de la boca como para
imitar un acto que hacía que su cara estallara en llamas.
-Después aquí- agregó y su índice se metió 5 centímetros más dentro de su coño,
y después otros más.
Ella cerró los ojos y enterró la cabeza contra el hombro de él, demasiada ida para
que le importaran las palabras groseras y sus implicancias, demasiado superada
por el placer para pensar más allá del pulgar que le daba placer a su lugar más
sensible mientras sus dedos lentamente acariciaban sus paredes internas.
-Y aquí- gruño él, deslizando un segundo dedo más allá del primero y hacia el
agujero apretado de su pasaje trasero. –Follar tu apretado pequeño culo se sentirá
tan bien alrededor de mi polla.-
Ella jadeó cuando su segundo dedo se coló dentro del anillo apretado de carne,
lo suficiente para mandarle una descarga a través de ella. Este placer le era
ajeno, teñido con una sensación tenue de quemazón. Tomar a un hombre por ahí
era una perspectiva que nunca había pensado posible. La hacía llenarse de
vergüenza, incomodidad y curiosidad mezclados de una forma que hacía
aumentar el placer del pulgar contra su clítoris. No importaba que su mente le
dijera que la mención de estos actos debería hacerla sentirse insultada, su cuerpo
estaba vivo ante la promesa que sus palabras y toque le ofrecían.
¿Qué demonios estaba mal con ella? Necesitaba ponerle fin a esto, empujarlo y
demandarle que le sacara las manos de encima a menos que la fuera a desflorar.
Esto no era parte del acuerdo, obligarla a sentir placer, sacarle la determinación
de estar acostada debajo de él pasivamente entregando su virginidad.
Que Dios la ayudara, estaba haciendo espirales crecientes, su cuerpo entero se
puso rígido cuando la tensión se desplegó de un solo golpe al que no pudo más
que rendirse. Tiró la cabeza hacia atrás, dejó salir un grito agudo, su espalda se
arqueó por la corrientes de placer que la atravesaban, todas convergiendo entre
sus piernas en pulsantes espasmos que hicieron girar hacia atrás sus ojos.
Cuando se calmó y se quedó quieta debajo de él, su cuerpo estaba flácido sobre
la mesa. Sus extremidades estaban flojas y ella dudaba si podría encontrar la
fuerza para levantar su cabeza.
Sus ojos le escocían, lágrimas calientes se acumulaban en la profundidad de
ellos. ¿Qué estaba pensando para desafiar a este hombre? No solamente la había
desnudado y sacado su armadura, le había probado que ella no tenía ni un arma
para batallar con él.
Adam la miró hacia abajo, aparentemente imperturbable por lo que recién había
pasado entre ellos. ¿Y por qué debería sentir algo? Esto había sido para probar
que él podía hacer que lo deseara, que ella no tenía ninguna chance de yacer
pasivamente debajo de él y pretender que estaba en otro lado. Él no lo iba a
permitir.
Se alejó un paso de ella, y siguió mirándola hacia abajo de una forma que la dejó
al límite. La había mirado de la misma forma justo antes de ofrecerse a comprar
su cuerpo por treinta mil libras. Su labio superior fruncido como si ella le
disgustara ahora que ya habían terminado, le lanzó las palabras en un tono que
hizo que el calor que tenía después del clímax muriera rápidamente.
-Tu padre… tu tío… tu precioso hermano… no son los hombres que tú crees que
son.-
Dio vuelta sobre sus talones y dejó la habitación como si no pudiera alejarse de
ella lo suficientemente rápido. Detrás de él la puerta se cerró de golpe, rebotando
en el marco y haciendo que ella se estremeciera. Un frío entumecimiento la
bañó, las palabras del hombre penetraron su centro como un afilado trozo de
hielo, alojándose profundamente.
Se sentó lentamente, después se levantó de la mesa y comenzó a temblar, su
cuerpo entero tan frío como si su sangre se hubiera convertido repentinamente en
agua helada. Sus palabras hacían eco en su mente, cada una dando vueltas, como
si una parte de ella no pudiera darles sentido. ¿Qué había querido decir con eso y
qué había esperado conseguir lanzándole esa crueldad después de hacerle sentir
semejante placer? Parecía que lo había hecho a propósito para arruinar el
momento, para desequilibrarla.
Había funcionado, le había hecho girar la cabeza y sus entrañas se revolvieron
cuando trató de reponerse.
Se envolvió con sus brazos y caminó hasta donde había quedado su vestido, se
arrodilló para tomarlo todavía en estupor. Sus manos temblaban demasiado para
que pudiera ponérselo de nuevo, así que simplemente lo sostuvo sobre su pecho
desnudo y cruzó la puerta que conectaba con su dormitorio.
Capítulo 3
Daphne se despertó unas horas después con un terrible dolor de cabeza. Después
del desayuno con Adam, ella había sido incapaz de hacer algo más que retirarse
a su habitación de invitados y arrastrarse hasta la cama, dejando su ropa en una
pila en el piso. Tiró de las sábanas y las puso sobre su cabeza, se encogió en una
pelota, escondiéndose del mundo… del hombre que fácilmente había controlado
su cuerpo antes de librar una guerra con su cabeza.
Tu padre… tu tío… tu precioso hermano… no son los hombres que tú crees que
son.
Esas palabras habían atormentado sus sueños y ahora, tenían amplia resonancia
en las paredes de la habitación. Necesitaba escapar de ahí, de su cuarto por un
tiempo. Ella encontró la vestimenta que había descartado esa mañana y
rápidamente se la puso otra vez. La cinta azul que llevaba como gargantilla
quedó en el suelo. Se aseguró de pisarla antes de caminar hacia la puerta, dando
un pequeño giro con el talón. Si nunca más veía un trozo de satén otra vez, sería
demasiado pronto.
Plantó su mano sobre el picaporte, chillo y retrocedió cuando se movió contra
sus dedos. El picaporte giró, y el pesado panel se abrió para revelar a Adam.
Inclinando su cabeza, le hizo una mueca a ella, como si supiera que la había
asustado, apareciendo del otro lado de la puerta justo cuando ella estaba por
abrirla.
Entrando en la habitación se detuvo justo delante de ella. Olía a caballo, cuero y
aire libre. Su cabello estaba hacia atrás atado con una cinta, pero algunos
mechones enmarcaban su cara como si se hubieran soltado por el viento.
Recién volvía de cabalgar, si Daphne no se equivocaba en su suposición.
-¿Cómo se encuentra mi Palomita?- bromeó él tomándose las manos en su
espalda y mientras la repasaba con la mirada.
-Cansada de mirar estas cuatro paredes.- confesó ella.
Él asintió. –Me imaginaba. Vine a darte un recorrido por Dunnottar, si estás
dispuesta.-
-Si- ella aceptó rápidamente, eligiendo estar agradecida por la oportunidad de
caminar libremente en vez de enojarse por la compañía que tenía que aceptar.
No podía evitarlo enteramente durante su estadía si quería ganar las prometidas
treinta mil libras, así que podría también aceptar el hecho de que estaba forzada
a complacer sus caprichos. Quizás consentir en vez de pelear podría conseguir
que él la tratara mejor.
-Excelente- dijo él, parándose a un costado y haciendo un gesto hacia la puerta
abierta. -¿Nos vamos?-
Ella pasó a su lado lo más rápido que pudo, su hombro rozó el marco de la
puerta porque trató de evitar caminar muy cerca de él. Después de la
impredecible conducta que había tenido en la mañana, ella medio esperaba que
se abalanzara sobre ella, la arrastrara hasta la cama y la violara.
Pero no. Él le había asegurado que no tenía interés en tomar su virginidad
rápidamente. Él iba a prolongar el acto, dejando que se preguntara cuando podía
esperar que él la arruinara.
Era mucho más aterrador que la perspectiva de que se abalanzara sobre ella, la
arrastrara a la cama y la violara. Al menos si hacía esas cosas, sería rápido. Este
juego la desgastaría mucho antes y la espera sería insoportable. Tendría que
endurecerse para los próximos días. Hasta aquí, él había conseguido desarmarla
en cuestión de minutos, y había pasado solamente el primer día.
-Ven.- le ordenó, doblando a la izquierda para guiarla por un corredor.
La orden hizo que se le erizara la columna, agitando su ira hacia él. No obstante,
no dijo nada sobre la forma en que él le ladraba órdenes como si fuera un perro.
Desesperada por hacer algo de ejercicio, incluso si era solamente una caminata
por el enorme castillo, apretó sus labios juntos y se ajustó a la situación.
-¿Estás familiarizada con la historia de Dunnottar?- Le preguntó cuándo se
acercaban al vestíbulo principal.
-Me temo que no.- respondió ella, dando un giro lento en la luz que se filtraba
por los grandes vitrales.
Los cristales de colores formaban un prisma de arcoíris que danzaba sobre el
piso de piedra mientras que los ricos tapices adornaban las paredes y llenaban de
explosiones de color, lo que de otra manera hubiera sido una habitación
deprimente. Parecía el tipo de lugar donde un rey podría albergar a su corte, y
ella podía imaginar un enorme trono contra la pared más alejada.
Adam se paró al lado de ella, con sus manos tomadas en la espalda, pareciendo
satisfecho de dejarla mirar todo. –Al principio, había solamente una capilla aquí
sobre el promontorio rocoso. St Ninian la fundó en algún momento del siglo V.
Nadie está seguro de cuando se convirtió en una torre fortificada, pero a través
del tiempo, se levantaron paredes y se agregaron y quitaron partes a la
propiedad, algunas se derrumbaron para crear estructuras mejores.-
-Eso explicaría la colección de edificios anexos que atravesé de camino aquí
anoche.- replicó ella.
-Tienes razón.-dijo él. –Una cosa que nunca cambió… Dunnottar siempre ha
sido una de las fortalezas más inexpugnables de toda Escocia. Los acantilados
escarpados y la tierra llana alrededor de ella, asegura que nadie podría acercarse
sin ser visto, y tendrían una subida empinada hasta los portones. Hay solamente
dos formas de entrar y salir, la entrada principal que hace que los asaltantes sean
vulnerables de ser atacados por todos lados, y el túnel subterráneo en el lado
norte.-
Ella abrió mucho los ojos ante la idea de poder explorar la entrada subterránea.
Había leído sobre lugares como Dunnottar en sus novelas, castillos góticos
oscuros, llenos de misteriosos pasajes secretos. El hogar de Adam, parecía un
lugar salido de un sueño.
-Absolutamente fascinante.- dijo ella.
Sintió su mirada al costado de su cara y se dio vuelta para mirar sus ojos. Él la
estudió en silencio, su cara inescrutable, sus ojos no mostraban ningún
pensamiento. Casi como si se preguntara si su interés era real o fingido para
ganar su favor.
-Creo que me gustaría ver el túnel.- agregó ella sinceramente.
Él asintió brevemente. –Quizás en otro momento. Quiero mostrarte más cosas.
Ven.-
Esta vez, ella estaba feliz de seguirlo mientras la guiaba hacia otro corredor que
se dirigía en la dirección opuesta.
-Dunnottar ha cambiado de manos varias veces a lo largo de los años.- continuó
él mientras caminaban. –Durante el reinado del Rey Guillermo el León, era el
centro administrativo de Kincardinesshire. Lo heredó el Rey Eduardo I, solo
para que le fuera arrebatado un año después por Sir William Wallace.-
-Sir William Wallace- repitió ella.- El caballero que lideró la rebelión durante la
guerra escocesa por la independencia.-
Deteniéndose cerca de una puerta cerrada, Adam se dio vuelta hacia ella y
sonrió. –La dama sabe historia. Si, el mismísimo Sir Wallace. Dunnottar no
volvería a caer en manos de los ingleses hasta 1336. En algún momento en siglo
XVI, le fue otorgado a la Familia Keith, Condes Marischal, por el Rey James V.
Y fue la sede de Marischal por más de 100 años. Durante ese tiempo, la fortaleza
se transformó en el suntuoso palacio en el que ahora estás parada. Tuve un poco
de trabajo para volver a amueblar el lugar, pero lo dejé casi como lo encontré. –
Abrió la primera puerta para revelar una gran biblioteca, cada pared cubierta con
estantes y más estantes de libros. Un hogar estaba apagado, pero ella podía
imaginar el espacio siendo muy acogedor con un fuego ardiente dando luz y
calor a la habitación.
-Cuantos libros- murmuró ella mientras miraba alrededor del gran espacio. –
Nuestra biblioteca en Fairchild House podría entrar varias veces en esta.-
-Si alguna vez quieres venir a leer, le informas a Maeve, ella se encargará de que
la chimenea esté encendida.- dijo él.
Lo siguió al corredor y sonrió. –Muy generoso de tu parte, Adam. Gracias.-
Él agitó la mano como si no tuviera importancia y la siguió guiando, abriendo
puertas mientras recorrían el corredor. Había varias salas, todas decoradas en una
intrigante mezcla de antiguo y nuevo. En el medio del corredor estaba el estudio
donde había sido conducida, el dominio de Adam.
-¿Cómo adquiriste Dunnosttar?- preguntó ella cuando llegaron al final donde un
conjunto de escalones indicaban el camino hacia arriba.
-En 1715, el Conde Marschal fue encontrado culpable de traición y le quitaron
los títulos y tierras, incluido este castillo. Fue adquirido por la Compañía de
Construcciones de York, y permaneció en sus manos hasta que lo compré hace
cinco años. Un gasto lujoso, podrán algunos pensar, pero como descendiente
directo de William El León, por parte de mi madre, pensé que era necesario. Un
pedazo de mi linaje, supongo.
-Me había preguntado cuál de tus padres era el escocés.- reflexionó cuando
llegaron al rellano del segundo piso.
Él elevó una ceja y se rió, -¿Fue el acento lo que me traicionó?-
A pesar de lo que le había hecho esa mañana, no pudo evitar sonreírle. Parecía
una sonrisa genuina, a diferencia del destello de dientes y el gruñido que le había
dedicado previamente, recordándole un depredador preparado para atacar su
presa.
-No es fuerte,- le aseguró ella. -Solo lo suficientemente pronunciado para ser
notablemente escocés.-
-Lo puedo hacer más fuerte cuando me concentro, muchacha- dijo él, el acento
se volvió más pronunciado con cada palabra. –Muchos no pueden captarlo
cuando no quiero que lo hagan.-dijo esto con un tipo de dialecto casi
incomprensible.
Daphne suprimió una risita, recordando quien era este hombre. Esto no era un
cortejo, él no era un pretendiente flirteando con ella mientras le daba un tour de
su casa. Él era un libertino, que la había desnudado en frente de su mayordomo
antes de tirarla sobre la mesa para hacerle cosas malvadas. Él era el hombre que
había arruinado a su familia.
El comportamiento de Adam cambió como si hubiera tenido el mismo
pensamiento al mismo tiempo que ella. Su expresión se endureció, su mandíbula
se apretó y el humor huyó de sus ojos. Alejando su mirada, inclinó su cabeza en
dirección al corredor. -¿Vamos?-
Manteniendo alta su cabeza, ella se mantuvo al paso con él, mientras la guiaba
por un corredor que se abría a una larga galería al final. Se detuvieron ahí así ella
podía inspeccionar las pinturas que colgaban de las paredes, con vitrales aquí y
allá a lo largo de la piedra. En lugar de los retratos de familia que ella esperaba
ver, la galería estaba llena de arte, costosas pinturas de famosos artistas
londinenses. En algunos lugares, encontró esculturas de piedra y bustos. Además
de estos elementos, la galería estaba prácticamente vacía, a excepción de los
estantes llenos de armas que vio al final del espacio.
Ella jadeó de placer cuando su vista cayó sobre las espadas de esgrima que
colgaban ahí, al lado de una colección de máscaras. Un baúl estaba debajo sobre
el piso y ella apostaría que contenía las almohadillas necesarias para practicar
esgrima.
-¿Haces esgrima?- preguntó ella.
-Si- contestó, abriendo el baúl y revelando que de hecho, contenía vestimenta de
esgrima. -¿No me digas que has practicado esgrima, Palomita?¿Las damas de tu
posición social no se dedican normalmente a la costura, el canto y el pianoforte?-
Daphne se enojó. –Con una aguja de coser todos mis dedos se convierten en
pulgares, soy una cantante abominable y encuentro que el pianoforte es un
instrumento aburrido. Debes saber que he practicado esgrima desde la edad de
doce años.-
La mueca burlona que le hacía apretar los dientes volvió, y él se acercó a ella,
cerrando los ojos seductoramente.
-Traviesa Palomita. Participando de deportes masculinos cuando nadie miraba. -
¿Qué otras cosas te consientes cuando nadie mira, me pregunto?-
Un bulto se alojó en su garganta, y se alejó de él, incapaz de evitar el sentido de
auto preservación que la obligaba a hacerlo. El recuerdo de lo que había ocurrido
en el desayuno le hizo tener presente cuan fácilmente un encuentro con él podía
cambiar a merced de su humor.
Él la siguió y la apretó con su cuerpo contra la pared, atontándola y
sometiéndola con el crudo poder que emanaba de sus músculos duros.
Ella se puso tensa contra él, inspirando afiladamente, haciéndolo sonreír, una
feroz muestra de dientes que le mandó un escalofrío por la espalda.
-N-nada, realmente- puso reparos ella, dando vuelta su cabeza para evitar la
mirada masculina.
Era demasiado agudo, demasiado conocedor.
Él respiró junto al cuello de Daphne, su nariz se deslizó a lo largo de su
mandíbula cuando movía la boca hacia el oído de ella.
-Oh, vamos, Palomita.- Debe haber algo. Cuéntame algo travieso, un secreto que
nunca te atreverías a decir en voz alta.-
Su cara se sonrojó cuando pensó en los días que pasó escondida en el bosque,
cuando el pasto le manchaba los vestidos y los levantaba para permitir que un
par de manos se metieran debajo de la ropa. Se le aceleró el pulso, cerró los ojos
y recordó la sensación de sus labios en su cuello y pechos, los gemidos en su
oído mientras le enseñaba como tocarlo de la misma manera que él la tocaba a
ella.
No. Esos veranos pasados en éxtasis, vagabundeando entre las propiedades de
sus padres, eran demasiado preciosos para hablar de ellos.
-De verdad, no hay nada- susurró ella cuando él continuó acariciándole el cuello
con la nariz y sus brazos la rodeaban en una jaula amenazante contra la pared.
-Mentirosa.- gruño y le mordisqueó el lóbulo de la oreja con los dientes. –
Vamos, ahora, Daphne, dime uno de tus secretos y yo te diré uno mío.-
El corazón se salteó un latido cuando se dio cuenta lo que el hombre le quería
decir, y se forzó a encontrar su mirada y no alejarla. –Un secreto sobre mi
familia… sobre porque nos has arruinado.-
Él se rió, su pecho retumbó contra sus pechos y provocó que sus pezones se
volvieran guijarros. Se estremeció pero mantuvo la mirada, determinada a no
retroceder frente a un desafío directo.
-Un intercambio justo.- cedió él. –Tu primero, Palomita. Cuéntame algo
escandaloso.-
Trató de pensar en algo, cualquier cosa que pudiera apaciguarlo lo suficiente
como para ganarse el prometido secreto. Había venido aquí buscando respuestas
y hasta ahora le habían dicho que los hombres responsables de protegerla no
eran lo que ella había creído. ¿Cómo podía ser si su padre siempre la había
adorado, incluso cuando su naturaleza voluntariosa lo había frustrado? ¿Cómo
podía ser cuando Bertram había siempre sido el hombre en el que confiaba más
que en ningún otro en el mundo? Su tío había cometido sus faltas, pero
ciertamente no había merecido ser coaccionado para suicidarse.
Tenía que pensar en algo, pero no traicionaría la memoria de esos veranos
pasados en el campo con el hombre que una vez había esperado que fuera su
marido. Había algunas partes de ella que Adam nunca tocaría.
Buscando en su memoria, el primer recuerdo que se le ocurrió que era uno de los
pocos que podrían considerarse traviesos y lo soltó sin pensar.
-Una vez le robé una novela erótica a mi hermano.-
Adam se alejó un poquito, sus labios temblaban de diversión. -¿Eso es todo?-
Se le cayó la mandíbula de la conmoción. –Bueno, por supuesto es todo. No
necesitabas sonar como si confesara haber hurtado una galleta de la panadería,
como si lo que hice no tuviera ninguna consecuencia. La novela era muy
explícita en detalles y bastante escandalosa para leer. Sin mencionar el
escándalo que hubiera estallado si alguien hubiera sabido que la leí. Mi
reputación—
-Siempre me ha divertido cuan fácilmente la reputación de una mujer puede ser
arruinada. – la interrumpió él. –Que adorable eres, Palomita… tan pura y dulce,
sus alas blancas intactas y prístinas. Voy a disfrutar manchándolas.-
Un escalofrío pasó a través de ella por lo que sus palabras implicaban, y recordó
las promesas que le había hecho en el desayuno sobre las diferentes formas que
usaría para arruinarla.
-¿Te sonrojaste cuando leíste la novela erótica? - se burló. –¿Esas palabras
hicieron que tu coño se humedeciera?-
Su cuello se calentó cuando recordó leer página tras página de groserías, de
haberse sentido excitada y curiosa por ello.
-Por supuesto que no.- mintió.
Él se rió otra vez, el sonido fue un gran recordatorio de que se reía de ella. –Qué
fácil que mientes, Palomita. Sé que te enseñaron que es más seguro pretender,
que te mientas a ti misma sobre las cosas que piensas cuando estás sola a la
noche en tu cama… a avergonzarte de las cosas que deseas. Aquí no hay nadie.
Me lo puedes admitir a mí.-
La vergüenza cayó sobre ella como una fuerza aplastante, pero igual levantó la
barbilla y le dirigió una mirada desafiante. Nunca le confesaría ser lasciva, que
había llegado en pocas ocasiones a casi convertirse en la puta en la que ahora
trataba de convertirla.
-No hay nada que contar.- insistió ella. –Robé el libro, lo leí, y lo devolví antes
que Bertie se diera cuenta.-
Él frunció el ceño, alejándose de ella con un suspiro profundo. –Me decepcionas,
Daphne. Disfrutaremos más nuestro tiempo junto cuando decidas dejar de jugar
a la oveja frente a mi león. Me llamaste villano anoche, pero nunca he sido
deshonesto acerca del hombre que soy. Te dije lo que quería de ti, y el precio que
estoy dispuesto a pagar. Pero tú insistes en jugar a la coqueta, mintiéndonos a los
dos, a mí y a ti misma con respecto a quien eres y lo que deseas. –
¿Cómo había visto a través de ella tan fácilmente cuando él la había tratado por
un escaso día? Ella había pasado su vida escondiéndose detrás de una máscara
de inocencia cuidadosamente cultivada, conteniendo su lengua cuando casi no
hablaba, rechazando besos cuando lo único que quería era que la besaran,
pretendiendo estar incómoda con las reacciones de su cuerpo ante ciertos
estímulos cuando en realidad quería disfrutarlas. ¿Cuán buenas eran sus
simulaciones si un hombre como Adam podía descubrirlas?
-No sé lo que pretendes de mi.- respondió ella, inyectando toda la frialdad a su
voz que podía reunir. –Pero nunca jugaré a ser tu puta.-
-Mi puta- murmuró él, envolviendo su cara con la mano, su pulgar rozaba su
labio inferior, todavía sensible de su asalto anterior. –Quizás no, pero tú serás
mía, Daphne. Yo te tendré, juegues a la inocente o a la desenfrenada.-
Le apretó el labio con la yema del pulgar, apretando hacia abajo lo suficiente
para abrirle la boca. Se aceleró la respiración de ella, y la respuesta que le obligó
a dar a la mañana volvió a la vida una vez más, dejándola desequilibrada y
mareada.
Dios, ¿por qué no puedo luchar contra él? ¿Qué pasa con él que me hace sentir
tan débil?
-Me prometiste un secreto- le recordó ella, porque necesitaba que él hablara para
volver a la conversación original antes que ella perdiera la cabeza otra vez.
Él sonrió lentamente, bajó la mano y se permitió rozarle le pecho cuando lo
hacía. –Así lo hice. Deseas saber cómo tu tío encontró su muerte.-
-En tus manos.- le devolvió ella, aprovechando que había bajado el brazos y
saliendo del lugar entre él y la pared.
Él dio un paso hacia ella, y ella retrocedió tanto como el avanzó. -¿Estás segura?
Tengo la certeza de haber escuchado que él se suicidó.-
-¡Por tu culpa!- ella bramó, enfrentándolo con sus manos en puños a cada lado
de su cuerpo.
Imperturbable frente a su estallido, se detuvo y se inclinó contra una puerta
cerrada que no habían explorado todavía.
-No- replicó, mordiendo las palabras entre sus dientes apretados. –Permíteme
informarte un pequeño secreto sobre tu tío. El hombre era un apostador
conocido, un hábito solo exacerbado cuando empezó a doblar las apuestas…
algo que hizo más frecuentemente hacia el final de su vida. ¿Nunca te has
preguntado porque comenzó a beber tanto, ahogándose desde el amanecer hasta
el anochecer?
Daphne frunció su ceja, su ira se enfriaba con la confusión de aparecía en su
mente. Era verdad, Tío William siempre había tenido el hábito de apostar,
aunque nunca perdió tanto hasta… bueno, no estaba completamente segura.
Quizás, cinco años atrás. Ahí fue cuando comenzó un rápido descenso hasta
llegar a condiciones cercanas a la pobreza, llevándose a su padre con él.
-Por supuesto me pregunto.- susurró, rompiéndose la cabeza buscando una pista
para entender la razón de su problema con la bebida. Por la vida de ella, no podía
pensar en nada.
-Te escondieron la razón, naturalmente- replicó el, cruzando los brazos sobre el
pecho y haciendo que su saco se estirara en las costuras sobre sus hombros. –
Pobre dulce Daphne, demasiado inocente para saber la verdad.-
-¿Y qué verdad es esa?- demandó ella, estrechando los ojos. -¿Qué le hiciste a mi
tío para empujarlo al fondo de una botella?-
Adam se rió con un sonido áspero que carecía de humor. –Cuando un hombre
bebe así, hay solamente una causa… los demonios de los que escapa. No le hice
nada a tu tío para que bebiera hasta estar medio muerto. La culpa lo llevó a
beber, que lo llevó también a apostar, haciendo que fuera más fácil para mí,
tomar todo lo que alguna vez poseyó.-
Se le apretó el pecho, como si estuviera dentro de una prensa mientras estudiaba
al hombre de corazón frío delante de ella. La mandíbula apretada, los ojos
oscuros y sin vida, la boca arrugada en una mueca cruel. A pesar de su belleza
tosca, el desprecio que sentía por su familia ensombrecía todo.
-A propósito lo empujaste a apostar su medio de vida.- ella acusó
Él se encogió como si estuvieran hablando del clima en vez de la destrucción
metódica de Lord William Fairchild. -¿El hombre no tenía su propia mente, no
era capaz de parase de la mesa e irse?-
-Si, pero—
-Tu tío fue irresponsable con sus propiedades, apostándolas sin cuidado como un
niño tira los juguetes alrededor del cuarto de los niños.- la interrumpió. –Si voy a
ser culpado de algo, será de simplemente recordarle que después del dolor que le
había causado a otros, él no tenía ya una razón para seguir viviendo.-
La consternación la atravesó, dando lugar rápidamente a la rabia. Su columna se
enderezó, sus puños se apretaron hasta que las uñas se clavaron en sus palmas.
-Bastardo,- gruñó ella, su voz estaba torturada de la pena que la rompía por
dentro. –Tu… tu…-
-¿Asesino?- ofreció él permaneciendo tan caradura como había estado desde que
comenzó esta conversación. –Ninguna corte me encontraría culpable. Quizás tu
tío sabía que yo tenía razón… se suicidó porque sus pecados habían vuelto su
vida despreciable. El dolor que sintió en el momento que la bala rompió su
cráneo, no fue nada comparado con el dolor que infligió a otros.-
¿Otros? ¿Podría ser que la persona que tío William lastimó fuera Adam? El
hombre parecía una fuerza de la naturaleza, como un enorme árbol antiguo,
imposible de ser doblegado incluso por los más fuertes vientos. ¿Cómo diablos
podría su tío haberlo lastimado? Y si William había cometido un perjuicio en
contra de Adam, ¿Qué rol habían jugado su padre y su hermano?
-Hiciera lo que hiciera, estoy segura que se arrepintió.- pudo decir, su cabeza
comenzando a doler otra vez por el esfuerzo que le demandaba entender lo que
había pasado. –No tenía que pagar con su vida.-
Acercándose otra vez, lo suficientemente cerca que podía ver los puntos dorados
y verdes arremolinados dentro de sus irises marrones, y dejó caer los brazos a los
costados de su cuerpo. Ella se irguió, pero solo se acercó, tan cerca que sus
labios rozaron su mejilla, su respiración le acarició la piel cuando habló.
-Una vida por una vida- murmuró él. –Su deuda final… la pagó con sangre.-
Ella jadeó, y sus ojos se abrieron grandes. -¿Una vida por una vida? ¿Mató a
alguien?-
Alejándose de ella, se dio vuelta y salió a la galería. –Ven-
Ella se estremeció como si la hubiera empapado con un balde de agua helada,
pero se recompuso rápidamente, y trotó para alcanzarlo cuando volvía por donde
habían venido. -¿No me vas a contestar?-
-Esto es lo máximo que deseo decirte en este momento.- le replicó él, con tono
seco como si se hubiera aburrido de la conversación y de ella.
-Pero no lo puedes dejar ahí.- argumentó ella. –No puedes acusar a mi tío de
asesinato y después negarte a explicar el hecho.-
La miró y le hizo una mueca. –El peso de mi secreto es equivalente a tu secreto.
Quizás, si quieres saber más, no evitarás contestarme cuando quiera saber algo.
Recibirás de mí lo mismo que me das, Palomita. Recuérdalo la próxima vez que
quieras pedirme algo.-
Ella abrió la boca para protestar, pero rápidamente la cerró. Protestar no la
llevaría a ningún lado. Él le había dado una pieza del rompecabezas, una sobre la
que podía pensar cuando volviera a su habitación. Quizás alguna pista de las
fechorías de su tío estaban a plena vista, solamente necesitaba pensarlo mejor.
No quería creer que alguno de los hombres de su familia fuera capaz de la clase
de cosas que Adam sugería, pero algo le decía que debía haber algo de verdad.
Desde el momento que había conocido a Adam, había sido franco, incluso
cuando había sido cruel. La había mirado a los ojos y admitió haber orquestado
todo para arruinar a su padre, tío y hermano. ¿Por qué mentiría acerca de las
razones?
Cualquiera fuera el caso, ella sabría la verdad completa para el final de sus
treinta días aquí. Ella había venido hasta aquí y puso su virtud en juego, irse sin
respuestas no era una opción.
Lo siguió en silencio, inspeccionó aturdida el contenido de cada habitación, su
mirada recorría opulentas salas de estar, un solario, más habitaciones de
invitados de las que podía contar, y un pequeño comedor apropiado para
comidas íntimas, y pasó por todos estos lugares sin ver. Otro comedor, mucho
más grande podía encontrarse fuera del salón principal y contenía una mesa
suficientemente larga para sentar a cincuenta personas.
-Con esto finalizamos la visita de hoy- anunció él una vez que volvieron al
corredor donde estaba ubicada su habitación. –Todavía hay más para explorar,
pero Dunnottar es muy grande para que veas todo en un día. Te acompaño hasta
tu habitación.-
Asintiendo, lo siguió por el corredor hacia su habitación. Se detuvieron delante
de la puerta, ella miró hacia lo que quedaba del corredor que no habían recorrido
y frunció el ceño. Ahora que estaba iluminado más brillantemente, ella notó que
se curvaba hacia la izquierda, parecía que conducía hacia zonas más profundas
del palacio.
-¿Qué hay para ese lado?-
Adam siguió su mirada, y su expresión se volvió más cerrada cuando sacudió su
cabeza. –Esa parte del palacio está prohibida para ti, Daphne. ¿Lo entiendes?
Puedes visitar cualquier otra parte del lugar que ya te he mostrado, excepto esa
ala del castillo. En el momento en que pongas un pie en ese corredor, te echaré
de mis tierras con nada más que la ropa que traías puesta y el caballo en el que
llegaste. Nuestro acuerdo será nulo e inválido, y no recibirás nada de mí.-
La súbita dureza de su tono la desconcertó, y cuando miró hacia el ala prohibida,
un estremecimiento le recorrió la columna. ¿Qué podría haber ahí que no quería
que ella viera? ¿Sus habitaciones privadas? ¿Algo más vil?
Contrólate. No podía dejar volar su imaginación, arruinaría todo.
Saber lo que había en ese pasillo no le importaba mientras que saber la verdad
que Adam le revelaría era imprescindible para ella. No podía irse de Dunnottar
sin respuestas.
-Daphne- ladró, llamándole la atención. –Te hice una pregunta. ¿Entiendes lo
que te dije recién?-
Ella asintió rápidamente y recuperó su voz. –Si, por supuesto. Entiendo. –
Con un seco asentimiento, le abrió la puerta. –Maeve te traerá pronto el
almuerzo. Esta noche, cenarás conmigo en la habitación al lado de la tuya, donde
compartimos el desayuno.-
Asintiendo nuevamente, pasó al lado de él tan veloz como pudo, el instinto de
estar fuera de su alcance más fuerte que nunca. Él le sonrió, como si fuera muy
consciente de que la llevaba al límite.
-Hasta la cena, Palomita.- ronroneó antes de irse de la habitación y cerrar la
puerta detrás de él.
Daphne exhaló, la respiración que había estado conteniendo salió a toda prisa.
Su amenaza de arrastrarla a la situación de perder su virginidad resultó ser más
aterradora que cualquier cosa que hubiera soportado desde que estaba aquí. No
saber cuándo atacaría, cuando la desnudaría y usaría su cuerpo para su propio
placer, la tendría siempre sobre ascuas. Lo que, suponía, era su propósito.
-Bueno, estás sola ahora.- se dijo a si misma entre dientes. –No hay necesidad de
tener miedo, si él ni siquiera está en la habitación.-
En su lugar, ella debería llevar sus pensamientos a las cosas que Adam le había
revelado hace un momento. Paseando sin propósito alrededor de la habitación,
encontró un antiguo pero lustroso y bien preservado escritorio, con una silla de
madera rugosa debajo de él. Sacando la silla, se sentó y abrió el cajón, dentro de
él encontró una pila de papel, junto con una pluma y tintero lleno.
Misterioso.
¿Habían puesto estas cosas aquí, para su uso? Quizás Maeve, pensó que ella
quería escribir a su familia mientras vivía en Dunnottar.
Por ahora, ella no tenía nada que decirle a su padre que Adam no hubiera
revelado en la carta que envió a Londres. ¿Qué otra cosa podría decirle?, además
de “Lo estoy haciendo por ti, papa, Bertie y tío William.” Su padre sabría sin que
ella tuviera que contarlo en una carta y escribirlo solamente conseguiría que ella
derramara más lágrimas. Probablemente él escribiría rogándole que volviera a
casa, debilitando su resolución. Era mejor si ella no hacía contacto hasta que
estuviera lista para volver, treinta mil libras más rica.
Sacó una hoja de papel, destapó el tintero y mojó la punta de la pluma. Con la
escritura irregular que siempre había enojado a su institutriz, registró
rápidamente los pensamientos acerca de las revelaciones de Adam.
El exceso de bebida del Tío William lo llevó a apostar.
¿Obligado a apostar y perder su fortuna y propiedades por Adam? ¿Por qué?
Una vida, por una vida. ¿Tío William, un asesino?
Deteniéndose un momento, ella jugó ausente con la pluma mientras miraba lo
que había escrito hasta ahora.
Adam había dado a entender que su tío le causó dolor a alguien, que no se podía
comparar con el dolor que se había infligido a si mismo con una bala. ¿A quién
había malherido haciendo que Adam sintiera que William no merecía vivir más?
En su experiencia, el género masculino reaccionaba fuertemente al dolor de otro
cuando era infligido a una mujer bajo su cuidado, o un niño de sus entrañas.
Frunciendo las cejas, agregó otra nota.
¿Una mujer o un niño?
¿Adam se había casado alguna vez o había sido padre de un niño? No podía
pensar en ningún chisme, por pequeño que fuera, que hubiera escuchado sobre la
vida familiar de Lord Hartmoor. Siendo de ascendencia inglesa y escocesa y
teniendo una propiedad en Londres y también en Escocia, él dividía su tiempo
entre los dos lugares. Sin embargo ella no podía recordar haber escuchado que
hubiera visitado Londres en mucho tiempo. Ciertamente nunca se lo había
encontrado en la ciudad.
Cinco años atrás. ¿El retorno de Adam a Londres coincidía con la súbita
adicción a la bebida de tío William?
Miró la nota después que la escribió, y se fijó en ella. Daphne no creía en
coincidencias. Él había vuelto a Londres justo antes que empezaran los
problemas de su familia. Pero, ¿su plan vil siguió su curso? ¿O su padre y
hermano sufrirían más su cólera?
Frotó sus ojos cansados y decidió que todo necesitaba de más investigación.
Estaría preparada para darle a Adam cualquier cosa que pidiera a cambio de otra
pieza de este rompecabezas.
Tapó el tintero y se aseguró que lo que escribió estuviera seco antes de guardar
todo en el cajón del escritorio. Poco después, llegó Maeve con una bandeja con
el almuerzo. Después de los eventos de la larga mañana, Daphne estaba
hambrienta. La doncella dejó la bandeja, aparentemente para hacerse cargo de
una tarea urgente, y la dejó sola con sus pensamientos.
Pensamientos que, a pesar de su mejor intención de evitarlos, continuaban yendo
hacia Adam, sus manos desvistiéndola, tocando su cuerpo, sus labios
reclamando los suyos de una forma que sería difícil de olvidar.
Lord Adam Callahan había destruido a su familia y comprado su cuerpo como si
fuera una puta de prostíbulo…aún, esa cosas parecían menores en comparación a
la forma en que su cuerpo se incendiaba, causando que ella anhelara su toque
cuando debería haberlo encontrado repugnante.
Eso, Daphne se dio cuenta, lo hacía mucho más peligroso de lo que nunca
hubiera imaginado.
Capítulo 4
La segunda noche de Daphne en Dunnottar pasó sin incidentes, para su sorpresa.
Como había prometido, Adam cenó con ella en la sala junto a su dormitorio, la
misma habitación donde la avergonzó en frente de Niall y le hizo cosas perversas
sobre la mesa. Su cara se incendió con una vergüenza insoportable cuando se
sentó ahí, obligada a comer en la misma mesa sobre la que le demostró la podía
hacer acatar su voluntad. Parecía saber eso, y le echó miradas cómplices a través
de la mesa, riendo con suficiencia mientras llevaba bocados de cordero a su boca
con el tenedor.
Ella casi esperaba que él se lanzara sobre la mesa y que la tirara sobre la
alfombra, quizás complaciéndose en una repetición de la actuación de la
mañana. Capaz llevaría las cosas más lejos. Su garganta se apretó pensando en
eso, no podía respirar bien, y mucho menos comer.
Sin embargo, Adam demostró ser capaz de comportarse como un caballero.
Comieron juntos casi en silencio las únicas palabras que intercambiaron fueron
comentarios sobre la comida preparada para ellos. Una vez que terminaron, le
deseó buenas noches y la dejó sola en el salón. Ni siquiera la tocó, aunque se
detuvo en la puerta y la miró de esa forma tan suya, la forma que le recordaba
que por los próximos veintinueve días era la propiedad de este hombre. Casi no
sobrevivió el primer día, sintiendo muchas veces que se podría romper bajo la
presión y el suspenso. Hasta ahora había perseverado.
-Pasó uno, faltan veintinueve.- se murmuró a si misma cuando dejó la sala y
volvió a su dormitorio.
Mañana, no pasaría tanto tiempo en esta habitación sola. Quizás exploraría las
áreas que Adam le había permitido. Sin embargo, la curiosidad la tenía
preguntándose que había en el ala que continuaba a la suya. La que había sido
explícitamente prohibida.
-No seas tonta.- Se retó a sí misma. -El hombre te echará sin el dinero, y
entonces ¿dónde quedarías?-
El sonido de una garganta aclarándose la sorprendió, y luchó para calmar su
acelerado corazón cuando Maeve se puso a la vista, acercándose desde la
esquina de la habitación.
-Discúlpeme, mi Lady- dijo ella con una rápida cortesía. –No quería asustarla.
Estaba esperándola para prepararla para la cama.-
Levantando su barbilla, Daphne pretendió estar imperturbable por haber sido
sorprendida hablando sola. –Eso está bien, Maeve.-
Cuando la joven doncella se acercó, Daphne se quedó quieta y le permitió
comenzar a desabrochar su vestido.
Dejó salir un suspiro de alivio cuando el apretado vestido cayó al piso,
despreocupada por su desnudez. A pesar de estar enojada con Adam por insistir
en que ella tuviera un nuevo vestuario durante su estadía, ella descubrió que
esperaba con ansia usar vestidos a su medida.
Maeve tarareaba felizmente mientras gentilmente dejaba el vestido sobre un
banco al final de la cama, y tomó el camisón. Daphne estudió a la doncella con
ojos curiosos, preguntándose por que podría ella trabajar voluntariamente para
un hombre como Adam. Si, conseguir trabajo podría ser difícil para un sirviente,
pero no había escasez de hogares en Londres donde Maeve podría trabajar como
doncella. ¿Qué inspiraba semejante lealtad por el “Amo” de Dunnostar? ¿Sabía
ella las cosas que Adam le había hecho desde que había llegado? Quizás no era
sorprendente porque tenía el hábito de corromper jóvenes vírgenes de la
sociedad. O peor… se lo había hecho a Maeve.
Por razones que no podía entender, la noción de que Adam besara a Maeve de la
forma en que la había besado a ella, tocándola, desvistiéndola con una sola
mirada, provocó un enojó que prendió fuego a sus entrañas.
-Ahí está- dijo Maeve una vez que terminó de cepillar y hacer una trenza con el
cabello de Daphne. -¿Le gustaría algo más antes de irse a dormir, mi Lady? Un
gorro de dormir o una taza de té, quizás? El Amo me dio una colección de libros
que pensó que disfrutaría.-
Levantó las cejas, y se detuvo a mitad de camino subiendo a la cama, los
cobertores estaban abiertos y ella tenía una rodilla sobre el colchón. -¿Lo hizo?
¿Cuándo?-
Maeve sonrió, como si estuviera orgullosa de su “Amo” por hacer algo tan
considerado por su invitada. –Justo esta noche antes de la cena. Los puse sobre
la mesita de noche.-
Mirando hacia su izquierda, encontró una pila de libros esperándola junto a una
lámpara encendida. Frunciendo el ceño, volvió a mirar a Maeve. La doncella
siguió sonriendo, y le dio un animoso asentimiento, con la mirada puesta en los
libros.
Apoyada sobre las almohadas, suspiró. –Gracias Maeve. Leeré uno de estos
libros, pero no necesitaré un gorro de dormir. Buenas noches.-
La doncella hizo una cortesía, levantó el vestido descartado y las zapatillas antes
de irse. –Buenas noches, mi Lady.-
Una vez que quedó sola, Daphne se acercó a los libros, tomando el primero de la
pila. Solo porque odiaba a Adam y las cosas que le había hecho a su familia, no
significaba que no podía disfrutar lo que su amplia biblioteca podía ofrecer.
Por lo que había visto hoy durante la visita, había más libros de dónde venían
estos.
Miró a la tapa del tomo en sus manos y jadeó, su respiración se atoró en su
garganta y comenzó a quemarla. Su corazón tronó en su pecho mientras leía el
título, su cara se enrojeció visiblemente.
La escuela de Venus o la delicia de las Damas. Las normas de la práctica.
Una novela erótica. Adam había enviado una novela erótica a su habitación.
Tirando el libro a un lado, tomó el próximo de la pila y su mandíbula se apretó
cuando leyó el segundo título.
Venus en la clausura.
Otra obra de ficción obscena e indecente.
Daphne rebuscó entre los otros libros, y se le abrió la boca cuando encontró más
del mismo tipo, más de lo que podría leer en una noche.
Diálogo en una dama casada y una doncella.
Memorias de una mujer del placer.
El cuento de los dos amantes.
Fanny Hill
Les bijoux indiscrets
Tiró los libros, y se desparramaron sobre el cobertor. Las tapas la miraban
acusadoramente, el conocimiento sobre su contenido la llenaba de vergüenza,
aunque no los había leído.
Maldito Adam… se estaba divirtiendo a costa de ella y su confesión de esta
tarde. De hecho, probablemente sabía que reaccionaría de esta forma, con
recatada indignación. Sería lógico pensar que Niall y él compartirían la diversión
en el estudio compartiendo vasos de brandy. El pensamiento la enfureció y la
urgencia de tirar los libros al fuego la sobrecogió.
Con todo, mientras miraba los libros desparramados frente a ella, decidió no caer
tan bajo. Si destruía su propiedad, él pensaría alguna manera de hacerla pagar
por ellos, o peor, la echaría sin el pagaré o las respuestas por las que había
venido.
Apiló cuidadosamente los libros, sobre la mesa de noche. Después, apoyándose
sobre las almohadas, cerró los ojos esperando que el sueño la reclamara. El
agotamiento le había estado pisando los talones todo el día, a pesar de la siesta
que había tomado a la tarde. El largo viaje a Escocia y el trastorno emocional
que la había hecho pasar Adam desde que había llegado, la habían dejado seca.
Unos pocos segundos con los ojos cerrados tendrían que haber sido suficiente
para que se durmiera.
Sin embargo, un minuto pasó, y después otro. Cuanto más tiempo permanecía
acostada ahí contando los minutos, más tiempo pensaba en los libros cerca de
ella. Como una impía señal de alarma, parecían que las novelas eróticas la
llamaban, que la animaban a abrir sus tapas y que descubriera las pícaras delicias
que contenían.
Suspirando, abrió los ojos y miró al baldaquín sobre ella. Él se había equivocado
con ella. No era una hipócrita, un león en ropa de cordero. Ella había permitido
que un hombre se tomara algunas libertades con su cuerpo y había disfrutado.
No fue más que lo que algunas de sus amigas habían hecho. Eso no la hacía una
puta, o una persona perversa. Si sentir fuertes deseos era antinatural, ¿por qué
tantas jóvenes caían presas del escándalo? ¿Por qué innumerables mujeres se
deshonraban por un momento robado de placer?
Con todo, los libros seguían tentándola, la luz del fuego parpadeaba sobre ellos y
proyectaban sombras sobre los paneles de la pared.
Si su deseo fuera normal, entonces leer sobre los deseos de otros no podía estar
tan mal. Y verdaderamente, leerlos significaría que ella había ganado, no Adam.
Él quería que ella sintiera vergüenza, quería burlarse de su confesión. Ella le
mostraría. Leería cada uno de estos libros, y cuando preguntara si los había
disfrutado, ella mantendría la cabeza en alto y le contaría las partes favoritas.
Habiendo decidido eso, alcanzó la copia de La escuela de Venus y lo abrió. Se
enroscó sobre las almohadas y poniendo el libro de manera que el candelabro
alumbrara sobre las páginas, comenzó a leer.
La mañana siguiente, Daphne se despertó con un poderoso dolor de cabeza. No
había dormido mucho, se había quedado tan absorta con la lectura de La escuela
de Venus que casi no había podido dejarlo. La excitante historia de Kate y su
educación íntima a manos de su pretendiente, Roger, había capturado su atención
a consciencia. Además de calentar sus mejillas, también la hizo reir, probando
ser bastante ingenioso en algunos pasajes. Le recordó sobre los veranos que
había pasado en el campo, explorando nuevos deseos y pasiones con su apuesto
vecino. De hecho, esas hazañas serían ejemplos dignos de una novela erótica.
Ella se rio de sí misma mientras leía, preguntándose si ella sería suficientemente
atrevida para escribir sobre sus propias experiencias. Quizás no serían tan
lascivas como el contenido de Venus, pero ciertamente le hacía acelerar el pulso
siempre que pensaba en ellos. Además, cuando terminaran sus treinta días con
Adam, quizá ella tendría más material para semejante proyecto. El pensamiento
la había humedecido un poco. Si iba a explorar su propia sensualidad con un
hombre, nunca hubiera elegido a Lord Hartmoor para hacerlo.
Había tenido a alguien una vez, pero no lo había visto en años. Ahora que su
familia estaba al margen de la alta sociedad, probablemente él la rechazaría si
volvían a cruzarse sus caminos. La idea hacía que le doliera el pecho, pero se
endureció contra la sensación de congoja. Nunca se casaría ahora que se había
entregado a Adam para que la arruinara, pero sería la salvadora de su familia.
Eso era todo lo que importaba.
Parecía que la mañana había llegado demasiado rápido después que finalmente
dejó la novela a un costado para dormir, pero una vez que Maeve entró y abrió
las cortinas para dejar entrar la luz del sol, Daphne no pudo obligarse a dormir
otra vez. La doncella anunció alegremente que su nuevo guardarropa había
llegado, antes de conducir a un grupo de lacayos, todos cargados de paquetes de
compras envueltos en papel marrón. Sus ojos se abrieron grandes cuando las
cajas lentamente llenaron su habitación, cubriendo la cama y cada superficie
disponible. Maeve giró en círculos, su sonrisa era ancha como si tuviera que
decidir cuál paquete abría primero.
Acercándose a la cama, Daphne comenzó a romper el papel de la primera caja
que su mano tocó. ¿Por qué tantas?-
Maeve se juntó con ella cerca de la cama, levantando la tapa de la caja de
sombreros y revelando un bonete adornado con flores a lo largo del borde. –El
Amo quería que tuviera vestimenta para cada posible contingencia.-
Frunciendo el ceño, levantó un vestido mañanero de la caja que había abierto. –
No puedo imaginar por qué. Había pensado que pasaría la mayoría del
tiempo…-
Ella se detuvo y aclaró la garganta, empujando la primera caja a un costado y
buscando una segunda. Maeve tarareaba bajito mientras abría otra caja. Las
palabras no dichas persistían entre ellas. Daphne había esperado pasar la mayor
parte de su tiempo desnuda en la cama de Adam. Parecía ser que su captor tenía
otras ideas. No saber lo que podría estar pensando le helaba la sangre, su boca se
secaba mientras su cabeza analizaba diferentes posibilidades.
-Déjeme que la vista, y termino esto sola, mientras usted desayuna y explora un
poquito, mi Lady.- Maeve gorjeó sacando un par de zapatillas de sus manos.
Su ansiedad y la necesidad de salir de la habitación hicieron que Daphne
accediera. Quizás algún tiempo explorando el castillo la ayudara a pasar el
tiempo hasta que Adam decidiera que la quería.
-¿Dónde está Lord Hartmoor?- preguntó mientras la doncella la ayudaba a
sacarse el camisón y a ponerse uno de los nuevos vestidos mañaneros, sin ropa
interior.
-Tenía que atender unos negocios esta mañana.- respondió la doncella. –Dijo que
tenía que tomar el desayuno sola y ocuparse de sí misma hasta que terminara.-
Maeve cepilló su cabello y aseguró una peineta enjoyada rosada de un lado de su
cabeza, alejando el pelo de su oreja. Después le puso las medias y zapatillas,
antes de ponerle otra cinta atada alrededor del cuello, encaje blanco y rosado.
Dentro de una de las cajas, había muchos rollos de cintas en diferentes colores,
algunas adornadas con encaje, otras con piedras preciosas falsas. Suponía que
también era idea de Adam. Parecía que le había gustado la cinta azul que había
llevado ayer. Con un bufido despreciativo se dio cuenta que, por supuesto,
disfrutaba que una parte de su vestimenta la hiciera ver como una mascota. Una
posesión. Suya para usar y jugar.
Maeve la miró curiosamente, y anunció que había terminado y que el desayuno
sería servido en la sala contigua como antes. Dejó a la doncella haciendo su
trabajo y entró en la sala para encontrar la mesa servida con variados platos y el
mismo juego de té de plata. Solo que esta vez, comió sola, sin la presencia
imponente de Niall para que la angustiara. Una vez que comió hasta llenarse,
dejó la sala por la puerta principal hacia el corredor. Se detuvo, mirando hacia el
giro marcado que conducía hacia un ala diferente del castillo. Al pasillo
prohibido.
Se dio cuenta que Adam seguramente se enojaría si la pescaba aunque sea
pensando en ir por ahí, se dio vuelta por donde había venido con él, el día
anterior. Caminó sin prisas, abrió puertas y espió dentro de las habitaciones para
familiarizarse con esta ala del palacio.
La mayoría resultaron ser habitaciones de invitados con salas contiguas, pero
una puerta no muy lejos de la suya la atrajo. Pasó el umbral, sus ojos se abrieron
grandes, su boca se abrió de admiración, y observo la impresionante colección
de instrumentos en una sala de música. Una larga mesa baja contra la pared,
tenía varios violines, flautas, un clarinete y un laúd. Una colección de atriles de
latón lustrado, brillaban a la luz de varias lámparas, mientras pilas de partituras
llenaban las mesas ubicadas entre muebles de gran tamaño. Un clavecín y una
espineta ocupaban esquinas opuestas de la habitación.
Sin embargo, los dos instrumentos que llenaban el centro de la sala atrajeron su
ojo y sostuvieron su atención. El primero era una gran arpa dorada, la más
hermosa que había visto. Su pilar estaba adornado con figuras pintadas de
ángeles volando. Cuando se acercó, incapaz de tener las manos alejadas de
instrumento, su mirada se dirigió sobre los ángeles, sus cabellos ondeaban como
si estuvieran expuestos al viento, sus alas doradas extendidas detrás de ellos.
Sonrió recordando las clases. Habían pasado años desde la última vez que había
tocado un arpa, pero mientras acarició las cuerdas de ésta, algo dentro de ella
resonó con una fuerza abrumadora. Si se decidiera a probar, tenía la sensación de
que sus dedos volverían a hacerlo con sorprendente precisión. Una parte de ella,
claramente no había olvidado.
Al lado del arpa estaba el más grande y hermoso pianoforte que había visto. Su
superficie pulida, el desgastado cojín del banco que descansaba delante de él, y
las lámparas prendidas le dijeron que alguien usaba esta habitación bastante a
menudo. Evidentemente, los sirvientes se aseguraban que estuviera listo para que
esa persona lo usara.
¿Adam quizás? ¿O alguien diferente de su familia?
¿Había una familia aquí en Dunnottar? Por lo que había visto, Lord Hartmoor
vivía solo.
-¿Tocas un instrumento?-
Su voz profunda y resonante la estremeció, la sangre corría rápido y su piel
pareció vibrar en respuesta a su presencia. Dejó una mano apoyada sobre la
superficie del pianoforte, se dio vuelta lentamente para enfrentarlo e inspiró
profundamente. Su aliento salió velozmente cuando se encontraron las miradas.
Estaba apoyado contra el marco de la puerta, su postura casual desmentía la
capacidad de destrucción que irradiaba de sus ojos.
Su cabello había sido peinado hacia atrás y asegurado con una cinta a la altura de
su nuca, aunque su atuendo era lisa y llanamente indecorosa. No usaba saco, y su
camisa estaba abierta mostrando la mayor parte de su pecho. Espirales de vello
negro atrajeron su mirada y la vista de los músculos abultados le secaron la boca.
Sus pantalones eran tan ceñidos, que no había forma de disimular la hinchazón
de su polla mientras seguía parado mirándola. A pesar de la distancia y la luz
tenue, ella podía ver que él estaba solamente medio excitado. Incluso así, el
órgano masculino parecía tan intimidante como el resto de él.
Elevando una ceja, él le hizo una mueva como si supiera la dirección de sus
pensamientos. –Te hice una pregunta, Daphne.-
Sacudiendo su cabeza, ella pestañeó y alejó su mirada de él, enfocándose en el
papel de la pared. –Nunca fui nada buena con el pianoforte… para desilusión de
mi madre. Pero el arpa…-
Su mirada se dirigió hacia el dorado instrumento, aunque la de Adam nunca la
abandonó. Su garganta se estrechó de miedo como si se preguntara si perdería su
virginidad aquí, en la alfombra, en esta sala de música, con los ángeles pintados
justo delante de ella.
-¿Te gustaría tocarla?- preguntó, alejándose del marco de la puerta y entrando en
la habitación.
Los músculos duros ahora se movían fluidos debajo de su ropa y su piel mientras
se acercaba a ella lentamente, como un cazador acechando su próxima comida.
Ella retrocedió hasta que el pianoforte detuvo su movimiento. Su cola golpeó las
teclas, sacando una colección discordante de notas que flotaron por el aire.
-Me… me gustaría- tartamudeó – Si me lo permites.-
Se detuvo solo cuando quedaban unos cm de separación entre ellos, apoyando
las manos a cada lado de ella contra el instrumento, y sus brazos la atraparon.
Ella intentó aguantar la respiración, pero después de un momento, fue necesario
inspirar, absorbiendo la fragancia masculina en su nariz. Su cabeza comenzó a
girar cuando la esencia picante de él pareció grabarse sobre ella desde adentro.
-Quizás lo haga- murmuró en un tono burlón. –Quizás no. Todo depende,
Daphne.-
Levantando su barbilla y luchando por mantener su dignidad, ella encontró su
mirada penetrante con la suya casi tan aguda como la de él.- ¿De qué?-
-De lo que estés dispuesta a darme a cambio.- respondió él, apretando con la
mano la línea de la mandíbula. -¿Estás lista para revelarme más de tus secretos,
Palomita?-
Le salió piel de gallina cuando su agarre llegó al costado de su cuerpo,
deteniéndose sobre la cinta como si la aprobara, y luego bajando más.
-¿Qué quisieras saber?-
Repentinamente la tomó por la cintura, y la levantó sobre la superficie del
pianoforte. La parte trasera de sus muslos golpeó las teclas, llenando la
habitación con más notas inconexas. Él se sentó sobre el banco delante de ella, la
posicion de él puso su cabeza a la altura de las rodillas de ella. Agarró los
tobillos, la miró mostrando un brillo malvado en sus ojos.
-¿Escogiste un libro entre aquellos que te mandé?- preguntó él, apretando su
agarre sobre las piernas con sus manos que parecían esposas.
-Si- respondió ella. –La escuela de Venus.-
-Ah- dijo él. –Las aventuras lascivas de la virginal Katy. Qué… lectura
estimulante.-
Una de sus manos se deslizó hacia arriba sobre su pantorrilla, enviando un
estremecimiento a través de su columna. Estimulante, de hecho.
-Lo encontré interesante.- admitió ella, sus defensas se derritieron cuando las dos
palmas masculinas apretaron sus piernas, sus manos ásperas y callosas raspaban
la seda que las recubría.
Lo estaba haciendo otra vez, bombardeaba sus defensas, rompía su guardia y la
forzaba a sentir… a reconocer como la afectaba el placer, como la afectaba él.
-¿Si?- la pinchó. -¿Quizás también fue educativo?-
Cerrando los labios, se negó a romper el contacto visual cuando levantó su
vestido hasta sus rodillas y sus dedos se enroscaron en las ligas. Movió los
nudillos lánguidamente sobre su piel, doblando los dedos alrededor de la cinta de
encaje que la adornaba.
-El contenido, hasta ahora, es apenas chocante.- respondió ella, levantando las
cejas. –No era nada que yo no supiera ya.-
Soltó las ligas con un tirón, se burló cuando ella jadeó al sentir la tela golpeando
su piel. Sus manos se escurrieron más arriba, apretando los muslos, y sus dedos
se hundieron cuando llegaron a la cadera. Ella se puso rígida, sus pechos se
levantaban cuando inspiraba profundamente y lo atrapaba en los pulmones.
-Mi palomita ha sido traviesa- se burló él, acercándose y poniendo sus anchos
hombros entre las piernas de ella. –Dime, Daphne, cuántos hombres han
saqueado tu cuerpo… y permitiré que practiques con el arpa cuando desees.-
-S-Solo ha habido uno antes de ti- susurró ella, cerrando los ojos por la
vergüenza que brillaba en sus mejillas cuando él acariciaba su monte con la boca
a través del vestido, recordándole que una sola capa de tela fina la separaba de
él.
-Un bastardo afortunado- gruñó él, su aliento calentaba la carne entre sus
piernas. -¿Encontró su camino bajo tu vestido, así?-
Ella se retorció, su aliento salió rápido cuando apretó sus caderas. –Si.-
Otro gruñido salió de la garganta,… primitivo, masculino. -¿Qué edad tenías la
primera vez que lo dejaste tocarte?-
-Dieciséis, la primera vez. Su propiedad familiar en el campo lindaba con la
nuestra, y éramos de edad aproximada.-
Ella se había prometido que no le revelaría estas cosas, pero la estaba dejando
sin opciones. Justo como había hecho esa mañana que la tiró denuda sobre la
mesa, no le estaba dando espacio para negarse.
Cerró los ojos, trató de pretender que no sentía la mirada incendiaria sobre ella.
Se recordó que darle sus secretos le permitiría conseguir algo que quería… y ya
había perdido la pelea sobre la ropa interior con él. Lastimaría su orgullo si
perdía ahora, también. Además, estos detalles mundanos no le daban el cuadro
completo de sus sentimientos por joven pretendiente de su pasado… y tampoco
arruinaba sus recuerdos. No dejaría que los arruinara.
-Qué romántico- refunfuñó, era claro el desprecio que hormigueaba en sus
palabras. –La joven hija del señor y el hijo del vecino… escapándose para
robarse besos cuando papá no estaba mirando. Que niña malvada que eras.-
Su respuesta murió en sus labios cuando de repente le levantó el vestido hasta la
cintura, desnudando su cuerpo de las caderas hasta abajo. A pesar del hecho de
que él ya la había visto desnuda, el instinto hizo que quisiera juntar sus muslos.
Encontraron la resistencia de los hombros masculinos, y él se rio, parecía sentir
su angustia por ser incapaz de cubrirse.
Ella mantuvo sus ojos cerrados, esperando que desprenderse de él, lo haría más
fácil para ella. Quizás ella podía pretender que era su primer amante, un hombre
que la había tocado con tanta reverencia y cuidado.
Sus manos se apretaron contra el interior de los muslos en una reprimenda, y un
gemido se alojó en la garganta cuando abrió los ojos. Lo miró con estupor, y se
comió un lloriqueo ante el dolor punzante que crecía donde la había apretado.
Su mirada la quemó, su voz estaba entrecortada cuando habló. –Siempre debes
mantener tus ojos abiertos. No quiero que escapes de mí.-
Tenía en la punta de la lengua contradecirlo, decirle que no había tratado de
escapar. Pero los dos sabrían que era una mentira. Que era precisamente lo que
había tratado de hacer. Cuando él dio vuelta la cabeza y comenzó a besar la piel
enrojecida, Daphne se dio cuenta que ella debería haber sabido que él nunca lo
hubiera permitido.
Así que mantuvo su atención sobre él cuando siguió besando el interior de sus
muslos, como si estuviera calmando la piel que había amoratado. No se había
afeitado esta mañana, y su rastrojo filoso le picó la piel, exacerbando la punzada
de su golpe. Aun así, sus labios la calmaron en un placentero contrapunto. La
sensación dual le hizo cosas extrañas en su estómago, retorciéndola en nudos
hasta que quedo desconcertada sobre qué sentir.
-Cuéntame más, sobre tu primer amante.- murmuró entre besos, tomando con sus
grandes manos los muslos para mantenerla abierta.
Ella tembló en su agarre, pero no se pudo mover, obligada a estar recostada
sobre sus codos, cuando él puso su atención en la otra pierna, besándola y
recorriéndola con la nariz sobre la piel como si la estuviera absorbiendo con la
respiración. Cuanto más lo miraba, más reaccionaba una parte escondida de
ella… más disfrutaba lo que él le hacía.
-Él no era alguien importante.- mintió ella.
Ella podría revelar sus secretos, pero no diría su nombre.
-Por supuesto que lo era.- Adam contrarrestó, levantando su cabeza y
encontrando su mirada una vez más. –Tiene que haber sido muy especial para
ti… si le permitiste acceder a tu cuerpo. ¿Te tocó Palomita?-
Le tocó la entrepierna con su aliento, la sensación le dejó su respiración
contenida en la garganta. Ella solo pudo hacer un rápido asentimiento, que hizo
aparecer una sonrisa felina en la cara de Adam.
-¿Así?- Preguntó, deslizando el pulgar entre los labios de su vagina, buscando el
pequeño nudo de su placer.
Ella jadeó cuando él lo apretó, y después comenzó a mover su pulgar en lentos
círculos. El interior de su cuerpo se onduló, y sus caderas se encabritaron contra
su mano.
¿Cómo hacía eso… comprender lo que haría responder a su cuerpo con tanta
exactitud?
-N-no.- ella resolló entre rápidas respiraciones. –Quiero decir… si, pero… no de
la manera en que lo estás haciendo.-
Él se rio, las motas doradas de sus ojos se volvieron categóricamente derretidos
cuando mantuvo la mirada de ella mientras seguía apretando su clítoris. -¿No te
gusta la forma en que te estoy tocando?-
El temblor que la atravesó respondió su pregunta, incluso cuando ella forcejeó
para encontrar las palabras. Su mente había comenzado a desvanecerse al mismo
tiempo que su cuerpo parecía prácticamente canturreaba con placer solo con el
apretón de su pulgar.
-Su toque era más suave que el tuyo.- susurró ella. –Más gentil.-
Él se rio otra vez un mano sostenía su muslo apretadamente, enviando un rayo
de placer directo a su núcleo.
-Qué caballero que debe haber sido. Apostaría que no te abrió y extendió así de
amplio. ¿No es cierto?-
Su rostro llameó cuando recordó las manos delgadas del hombre en cuestión
deslizándose bajo sus polleras, tocándola a través de sus calzones. Ella no
necesitó contestar para que Adam supiera la verdad.
-Se lo perdió él, diría.- declaró el. ¿Qué te parece esto, Palomita... te tocó así?-
Ella maulló cuando el empujó un dedo grueso dentro de ella, la humedad que
forzó de su núcleo humedeciendo su paso. Uno de sus pies se resbaló y apretó
varias teclas del pianoforte, enviando notas de música flotando a través del aire
para mezclarse con los suaves sonidos que él le sacaba con cada lento empujón
de su dedo dentro de ella. Una sensación familiar comenzó a dar vueltas en su
centro, creciendo apretadamente hasta que ella sintió que podría quebrar.
Arqueando su columna, ella forcejeó para mantener los ojos abiertos como
Adam había ordenado. Ella caía en espiral, su cuerpo rondaba el límite de la
liberación.
-¿Lo hizo?- preguntó otra vez, su voz volviéndose más gruesa y afilada cuando
súbitamente salió de ella.
-No.- exclamó ella, las palabras salieron en un grito de lamento por la pérdida de
ese dedo grueso que la llenaba.
- ¿Qué tal así?- preguntó, apretando los dos pulgares contra sus labios internos
de su vagina y separándolos para revelar la suave carne interior.
Antes que ella pudiera responder, puso su lengua contra la carne de ella
arrastrándola hacia arriba y sobre sus dobleces, y después arremolinándola sobre
el clítoris en una larga lamida. Ella gritó, sus ojos se cerraron otra vez cuando la
sensación desconocida envió olas nuevas de deseo a través de ella. Ahora
además de preocuparse por quien era él o lo que había hecho, su cuerpo
simplemente anhelaba la liberación. Por treinta días, él poseería su cuerpo, lo
usaría como le pareciera mejor. ¿Por qué no obtener placer si él se lo quería dar?
La alternativa era algo en lo que no quería pensar.
-N-no.- susurró ella, temblando en sus brazos. –Nadie me ha hecho esto antes.-
Él produjo un pequeño sonido con su garganta justo antes de adelantarse y poner
su boca sobre ella. Su lengua lavó su clítoris y le chupó la suave carne interior,
sus manos le sostenían fuertemente los muslos. A ella se le cayó la cabeza hacia
atrás, y se derritió, sus miembros se volvieron pesados cuando la mordisqueó
como si estuviera hambriento. Lamió, besó, chupó y tironeó, haciéndola
retorcerse debajo de él, sus pies y piernas golpearon las teclas cuanto él alcanzó
un lugar particularmente sensible y provocó que todo su cuerpo sufriera un
terremoto. Entonces, centró todas sus atenciones sobre su clítoris, metiéndolo
dentro de la boca y chupándolo con profundos e inclementes tirones y los dedos
de los pies se le encogieron.
La tensión de su núcleo se desplegó en un torrente que le robó el aliento. Sus
labios se abrieron en un grito silencioso y los temblores del clímax la arrasaron
violentamente, acompañado de un torrente de humedad. Adam la sostuvo hacia
abajo cuando levantó las caderas del pianoforte, rehusando sacar sus labios de
ella hasta que los espasmos cesaran y ella se hubiera quedado quieta debajo de
él.
Ella abrió los ojos y encontró que el cielorraso sobre ella giraba, todo su mundo
se inclinaba y oscilaba precariamente. Ella había alcanzado el clímax muchas
veces, a manos de su primer amante, y por ella misma una vez que se dio cuenta
que solamente necesitaba tocarse de la manera que él lo había hecho, pero nunca
había sido tan explosivo, tan completo. Y él solo la había tocado con su boca.
Forcejeó para volver a apoyarse sobre sus codos, y se obligó a mirarlo. No era
necesario perder lo que había ganado si la pescaba tratando de evitarlo. Él la
estaba observando con una mueca burlona que curvaba su boca arrogante, sus
ojos centelleaban de forma inconfundible. Él sabía lo que le había hecho y debía
sentirse orgulloso de sí mismo. Se puso de pie abruptamente, haciendo que ella
jadeara y que su corazón empezara a bombear de anticipación sin saber que haría
él a continuación. Sus piernas fallaron, y el instinto de auto preservación llameó
a la vida cuando se cernió sobre ella, tan abrumadoramente grande y masculino.
Con una risa afónica, enganchó sus dedos en la cinta atada alrededor del cuello y
tiró, levantándola para dejarla contra él. Su cuerpo ancho la obligó a mantener
las piernas separadas, dejándola abierta y vulnerable, sus nudillos se clavaban en
la garganta.
Levantó la otra mano y la apoyó en la cara, la mantuvo cautiva con sus fieros
ojos, inmovilizados en su mirada mientras trazaba sus labios con el dedo. El
aroma de su propia excitación inundó sus sentidos, mezclándose con el aroma
terroso y masculino de Adam. Una fragancia que se subía a la cabeza,
mareándola y su cuerpo se relajó contra él. El sacó la lengua, y le tocó con ella el
labio superior, después el inferior y luego el centro de su boca. Ella la abrió para
él con un suspiro, gimiendo ante el sabor mezclado que abrumaba su paladar, y
el deseo llameó de vuelta a la vida profundamente en su estómago.
Él se alejó repentinamente, la sentó, tomando sus dos manos en las de él y
presionándolas sobre su centro. Ella jadeó al sentirlo a través de su camisa. Sin
las capas de tela de un chaleco y un saco entre ellos, ella podía sentir cada cm
duro de su abdomen, su piel irradiando calor a través del lino.
-Ahora tú- demandó- Muéstrame como lo tocabas.-
Sus manos temblaron cuando frunció una ceja, su boca se secó y se dio cuenta
que lo que él le estaba pidiendo. Ella había sido tan atrevida solamente una vez,
después de muchos halagos.
La mano de él saltó en un parpadeo, y los dedos se clavaron en su mandíbula.
Ella jadeó ante la desnuda intensidad que encontró en su mirada y tenía una
amenaza silenciosa en sus profundidades.
-Obedece, Daphne- dijo en un susurro bajo, más amenazante de lo que hubiera
sido un bramido. –Si peleas conmigo, solamente lo disfrutaré más.-
Esas las palabras la impulsaron a actuar, y dejó caer las manos sobre los
pantalones, sus dedos hurgaron torpemente para abrírselo. Apretó los dientes, y
obligó a su mano temblorosa a calmarse y así consiguió su objetivo, liberó la
raíz pesada que él tenía entre los muslos. Su boca se abrió en un sorprendido
jadeo cuando miró su polla, un largo y grueso órgano que se estiraba hacia ella
por la abertura de los pantalones y de la cabeza chorreaba su humedad.
Ella solo había tocado la polla de otro hombre y la de él no había sido la mitad
de grande que esta. Sus entrañas se revolvieron cuando trató de imaginar que él
se metía dentro de ella y se preguntó si no la partiría en dos. Se sacudió de su
ensueño, y recordó su amenaza. Si no hacía lo que le había ordenado, quien sabe
que haría para castigarla.
Envolvió una mano alrededor de él, probó su peso y largo, y la curiosidad se
impuso al miedo. Cuando había tocado a su amante anterior, había estado muy
avergonzada para mirarlo, era muy joven y tenía mucho miedo de ser audaz. Esta
sería la primera vez que podía ver directamente el pene de un hombre, la primera
exploración minuciosa.
La piel era caliente y lisa, muy suave contra su palma. Sin embargo, cuando ella
le dio un pequeño apretón, se sintió como si fuera por dentro de acero, dura e
implacable. Él gruño y elevó sus caderas, golpeando su polla contra las palmas
de ella. Ella siguió su conducción, cerrando la mano alrededor de él, sus dedos
casi no tocaban el pulgar y apretaba al ritmo de sus empujes.
Él le tomó la otra mano y la llevó hacia su polla, envolviéndola alrededor de él
justo debajo de la otra. Pero no la soltó esta vez. En cambio, mantuvo un agarre
apretado en la primera y la guio, moviendo sus caderas para acompasarse con
cada movimiento descendente de las manos. La respiración se volvió áspera y
contra la base de su garganta su pulso martillaba salvajemente.
-Así es Palomita- gruñó apurando los golpes obligando a las manos a moverse
más rápido, la humedad salió más abundante de la cabeza de la polla y hacía que
la piel se deslizara más fácilmente entre sus manos. –Apriétame con esas
pequeñas manos suaves.-
Le capturó el labio inferior entre sus dientes, haciéndola gemir y estremecerse
ante el punzante mordisco de sus dientes. Después la calmó con su lengua,
metiéndola en la boca mientras seguía empujando su polla en sus manos.
-Mierda- dijo entre dientes, sacudiéndose contra ella y apretando los dientes, los
músculos de su cuello se estiraron.
Lo sacudió un estremecimiento y luego explotó, su polla disparaba chorros
calientes de semen sobre ella. Ella jadeó cuando se salpicó sobre su barriga y
otro repentino chorro le manchó un muslo y mucho más chorreaba por el dorso
de su mano. Lo miró con la boca abierta, se quedó sin habla cuando se guardó y
cerró su pantalón.
Todavía respirando pesadamente, su pecho estiraba la camisa con cada
respiración, y la miró con maldad. –El arpa es tuya, Palomita… cada vez que lo
desees.-
Después se dio vuelta para irse, caminando hacia la puerta con todo el pavoneo
decidido y arrogante de un hombre que recién había conseguido todo lo que
quería.
Daphne se quedó dónde estaba sentada sobre el pianoforte por un momento,
todavía espantada. Tembló, su cuerpo canturreaba como si su sangre corriera
hirviendo por las venas. Como le había prometido, la usó, y parecía que ahora
había terminado.
Se bajó cuidadosamente al piso, se encogió cuando el vestido la cubrió. La
semilla de Adam todavía la marcaba, pegajosa y húmeda contra su estómago y
un muslo. Esperando que Maeve no estuviera en su habitación así ella podía
limpiar la evidencia del encuentro de su cuerpo en privado, salió de la sala.
Capítulo 5
Después de limpiarse, Daphne dejó su habitación y continuó explorando el
castillo sola. A pesar de tener el permiso de Adam para usar el arpa en la sala de
música, estaba demasiado inquieta como para quedarse sentada y practicar. El
encuentro con el Amo de este de palacio imponente, nunca estaba lejos de su
mente, cada toque de su mano, y de su lengua grabados indeleblemente en su
memoria. Mientras caminaba por el castillo, tomándose su tiempo para
inspeccionar las habitaciones de cerca, tan solo el pensamiento de las cosas
perversas que le había hecho la hacía ruborizarse intensamente. Sus pezones se
ponían duros bajo su vestido, y sus muslos se ponían húmedos por los jugos que
le caían de su centro.
Lord Hartmoor había conseguido la única cosa que ella esperaba que no lograra
haciendo que ella lo deseara. Mientras debería sentirse aliviada de que al menos
encontraría placer durante sus encuentros, eso también la atemorizaba. El
hombre había pagado por usar su cuerpo como si ella no fuera mejor que una
prostituta, y ahora… y ahora haría que toda la cuestión le gustara. Si la forma en
que se sentía ahora era alguna indicación, haría que lo anhelara intensamente.
Le resultó imposible alejar sus pensamientos de él cuando siempre estaba
consciente de sus alrededores, el castillo ominoso era un reflejo de su dueño. Un
poco de aire fresco ayudaría a aclarar su cabeza antes del encuentro inevitable
con él. Volvió a su habitación a buscar un chal, insegura acerca del clima, pero
sabiendo que debía protegerse de tomar frío cuando saliera con una sola capa de
tela entre su cuerpo y los elementos.
Cuando salió de la habitación, casi chocó con una doncella que llevaba una
canasta llena de ropa recién lavada. Ella jadeó cunado la mujer cayó sobre su
trasero en el piso, y varias prendas cayeron de la canasta.
-Oh, le suplico su perdón.- dijo Daphne ofreciéndole la mano para levantarla. –
Me temo que tenía la mente en otro lado.-
La doncella sonrió, pero parecía una sonrisa forzada. Evitó la mirada de Daphne
a propósito mientras se arrastraba para comenzar a alcanzar las cosas que se
habían caído de la canasta.
-Está bien, mi Lady- murmuró la doncella.
-Aquí, deja que te ayude.- dijo Daphne arrodillándose para dar una mano.
La doncella jadeó, sacándole las cosas que había tomado y metiéndolas
rápidamente en la canasta. Daphne frunció el ceño mientras la doncella se
apuraba a recoger todos los artículos como si estuviera ofendida porque se había
atrevido a tocarlos. Escondiéndolos debajo de una pila de lino se enderezó e hizo
una cortesía.
-Perdón por haberla molestado, mi Lady- murmuró antes de moverse rápido
alrededor de Daphne y desaparecer por el corredor.
Con el ceño fruncido, se dio vuelta y miró a la doncella irse, su curiosidad creció
cuando la vio doblar a la izquierda y e irse por ese pasillo. Quedándose donde la
mucama la había dejado, su mente dio vueltas mientras consideraba lo que
recién había visto. Los únicos sirvientes que había conocido desde que había
llegado a Dunnottar eran Niall y Maeve. Su suposición de que había un grupo
más grande de sirvientes parecía ser verdad ahora que se había encontrado con
una mucama en el corredor. Más desconcertante era la ropa que había visto en
las manos de la mujer. Ropa adornada con encaje.
Ropa que claramente pertenecía a una mujer.
Y desde que la mucama las había tomado, recién lavadas y la llevó al pasillo
prohibido, Daphne solo podía concluir que Dunnottar tenía una residente
femenina. La bilis le subió a la parte de atrás de la garganta, ácida y amarga
cuando se preguntó quién podría ser la mujer.
¿Una esposa, una amante? ¿Otra muchacha desprevenida como ella, que también
había sido coaccionada a vender su cuerpo?
La idea hizo que se le cerrara la garganta, y con la rabia cerró los puños a sus
costados. Debía saber la verdad, especialmente si resultaba ser que había una
Lady Hartmoor de la que no sabía nada. Ella no podía, no podría, acostarse con
el esposo de otra mujer, ni siquiera por treinta mil libras. Ni siquiera por la
respuestas por las que había venido. Un cosa era venderse a sí misma… y otra
muy diferente cometer un pecado tan grave como cometer adulterio.
Con eso decidido, se fue hacia el estudio de Adam. Sus hombros se desplomaron
cuando lo encontró vacío, el fuego en el hogar se había reducido a rescoldos.
Enojada volvió a su cuarto, resuelta a encontrar respuestas. Ahí, encontró a
Maeve colgando el último vestido en su armario.
-¡Oh, mi Lady!- exclamó Maeve, dándose vuelta para quedar frente a ella con
una sonrisa brillante. -¿Hay algo que necesite?-
-Si- declaró, cerrando la puerta firmemente y cruzando los brazos sobre su pecho
cuando enfrento el rostro rosado de la joven mujer. –Puedes decirme quien vive
aquí con Lord Hartmoor.-
Si no se equivocaba, las mejillas de la doncella enrojecieron y bajó la mirada al
piso.-
-Bueno, estamos Niall y yo, por supuesto, murmuró con la voz tan baja que
Daphne tuvo que acercarse para poder oír.
-Por supuesto.- ironizó.- Y una multitud de otros servidores, me imagino. Un
castillo de este tamaño debe necesitar una gran cantidad de empleados para ser
eficiente.-
Maeve asintió, forzando una sonrisa y encontrando tímidamente la mirada de
Daphne. –Tiene razón. Está el cocinero y las fregonas, los lacayos y mozos… las
mucamas y todo eso.-
Inclinando su cabeza, Daphne levantó una ceja. -¿Y a quién, además de Lord
Hartmoor, atienden estos sirvientes? ¿Una esposa? ¿Miembros de la familia
Callahan?-
Levantando la barbilla, Maeve juntó las manos delante de ella. –Bueno, mi Lady,
no está bien que me haga estas preguntas a mí. Al Amo no le gustará.-
-¡No importa lo que el Amo le guste o no!- escupió Daphne, con sus nervios
alterados por el encuentro explosivo de la sala de música y ahora por darse
cuenta que ella podría estar poniéndole los cuernos a la dama de la casa en su
propio hogar.
Maeve jadeó y se estremeció como si Daphne hubiera blasfemado. –Mi Lady,
por favor… su tiempo aquí sería mucho más disfrutable si no anda metiendo las
narices donde no pertenecen. El Amo quiere que usted esté aquí, en este
corredor, donde estará confortable y—
-¿Y alojada cómodamente lejos de su esposa?- preguntó.
-No, mi Lady- replicó Maeve, con un ruego en su tono de voz. –No hay nada de
eso.-
-¿Y entonces porque no me lo dices simplemente?-
Moviéndose alrededor de Daphne y ocupándose de secar la superficie del
lavabo, la doncella siguió evadiendo su mirada. –Por favor, no hable más de
esto. Si el Amo se entera que discutimos sobre esto, se pondrá furioso.-
Burlándose, Daphne agitó la mano despidiendo a Maeve. Sus piernas largas la
llevaron rápidamente hasta la puerta, que abrió y la golpeó detrás de ella llena de
frustración. No era usualmente tan petulante, pero la lealtad inquebrantable de
esta mujer al así llamado “Amo” la irritaba al extremo. Con una sonrisa, se
preguntó qué pensaría Maeve de Adam si supiera las cosas que le había hecho a
ella sobre el pianoforte. Se le ruborizó el rostro ante el recuerdo, y supuso que la
doncella no lo odiaría por ello. Después de todo, él se había asegurado que
Daphne recibía su placer antes de tener el propio.
Pero, ¿a qué costo podría ella disfrutar las manos de él sobre su cuerpo y
eventualmente el acoplamiento, cuando la despediría con una pequeña fortuna?
Daphne no sería nunca capaz de vivir consigo misma si resultaba que tenía una
esposa, encerrada en un ala alejada del castillo cuando la tomaba a ella.
Sin embargo, un recorrido por las áreas de la casa que conocía, resultó negativo
y una pesquisa con el imponente mayordomo le reveló que Adam se había ido de
Dunnottar para atender un negocio urgente en Kincardineshire. Él estaría de
vuelta para la cena y había solicitado que se ella se reuniera con él.
Daphne iba a estar preparada para reunirse con él, y no descansaría hasta que
obtuviera las respuestas a cada una de estas preguntas candentes. Quizás
entonces, la culpa que permitió que se instalara en su interior no sería tan
insoportable.
Daphne llegó al comedor esa noche y encontró que Adam ya estaba ahí. Por
primera vez desde que se conocían, él estaba vestido apropiadamente, su camisa
abotonada hasta la garganta y una corbata atada simplemente adornada con un
broche de corbata de ónix, un chaleco de brocado que abrazaba su pecho y
cintura, un saco negro que caía perfecto de sus hombros. Ni un mechón de
cabello estaba fuera de lugar, estaba peinado hacia atrás fuera de su frente y
atado prolijamente a la altura de su nuca.
Sin embargo, incluso vestido tan finamente, el sutil aire de peligro se mantenía.
En verdad, estas ropas solo ampliaban el efecto, las afiladas líneas hacían que su
cabello y sus ojos parecieran más oscuros. Su cuerpo parecía más grande
envuelto en el chaleco y los pantalones, la gruesa columna de su cuello y la línea
rígida de su mandíbula casi no se suavizaba con el cuello de lino blanco.
Estaba parado detrás de la silla en la cabecera de la mesa, sus manos tomadas
detrás de la espalda. Cuando la miró, ella se congeló en el umbral, cautiva de sus
ojos. Mientras su expresión estaba impasible, severa, sin emoción, los lagos de
sus ojos cambiaron volviéndose más líquidos, como bronce fundido. Cuando
bajó la mirada, y sus ojos la acariciaron desde el otro lado de la habitación, ella
supuso que había encontrado aceptable su atuendo.
Maeve le había puesto un vestido de satén borgoña adornado con encaje negro,
los guantes hacían juego y cubrían los brazos hasta el codo. A pesar de sus
protestas, la doncella le había atado una cinta haciendo juego alrededor de la
garganta, insistiendo que al Amo le gustaría. Daphne supuso que no lastimaría
apelar a sus urgencias básicas. Quizás si estaba complacido, estaría más
dispuesto a responder sus preguntas.
-Estás deslumbrante, Palomita- declaró el, caminando alrededor de la mesa hacia
ella. –¿Te quedarás parada ahí toda la noche para que te admire o te reunirás
conmigo en la mesa?
La suavidad de su tono, así como el humor bailando en sus ojos, la desarmaron
cuando él se acercó, y le ofreció una mano. ¿Era esto una especie de truco? Esto
era, quizás, lo más cortés que había sido con ella desde que se conocieron.
Cuando ella puso su mano en la de él y dejó que la guiara a su lugar a la derecha,
casi pudo imaginar que la estaba escoltando en una cena de Londres.
Alguien se había tomado mucho trabajo solo para ellos dos, sirviendo una
variedad de platos suntuosos y adornando la mesa con bella porcelana
Wedgewood. Las velas prestaban un brillo etéreo a la oscuridad de la habitación,
las cortinas estaban cerradas contra la luz de la luna.
Si no hubiera sabido la verdad, pensaría que el hombre intentaba ser romántico.
Ella decidió seguirle el juego, y esperaba que suavizaría la forma en que recibiría
sus preguntas.
-Te ves muy guapo esta noche- señaló ella, tomando la servilleta y poniéndola
sobre su falda prolijamente.
Él sonrió, recostándose en la silla más casualmente de lo que sería aceptable en
un comedor de Londres. La postura le recordó que poco le interesaba el decoro a
Adam.
-¿Si?- se burló. –Bueno, es bueno escucharlo. Le transmitiré tu apreciación a
Maeve, que insistió que debía vestirme apropiadamente si comía en tan buena
compañía.-
Ella le sonrió, esperando que pareciera genuina. Sus manos temblaban en su
falda, y su cuerpo parecía estar en alerta máxima, como si recordara cuan fácil y
velozmente él podría desnudarla y desparramarla donde quisiera, Ya había
probado que no estaba en contra de ponerla sobre la mesa y hacer lo que quisiera
con ella.
-¿Te gustaría tomar vino?- preguntó, haciendo un gesto hacia las dos botellas
descansando en la mesa entre ellos. –Despedí al lacayo para que pudiéramos
cenar solos, así que tenemos que servirnos esta noche. No estaba seguro cual
preferirías, así que ordené los dos, jerez y madeira, que trajeron de la bodega.-
-Me encantaría el madeira, gracias.- respondió ella. –Muy atento de tu parte,
Adam.-
Él llenó la copa vacía junto al lugar de ella, y después la suya. Después de poner
la botella otra vez en su lugar, la miró con curiosidad.
-Que bien dispuesta estás esta noche.- señaló el. -¿A qué debo el súbito cambio
en tu comportamiento?-
Daphne tomó un pequeño sorbo de vino para no contestar de inmediato. La
pregunta aceleró su pulso, preocupada porque pudiera ver a través de ella y se
pusiera nerviosa. El trago fortalecedor de madeira engañó un poco a su estómago
y se relajó en si asiento.
-Quizás que me hayas permitido usar el arpa me ha pacificado.- se cubrió ella
encogiendo un hombro desnudo.
Adam tomó una bandeja y comenzó a servirse la comida, entonces Daphne hizo
lo mismo. Ella estaba hambrienta y se sirvió una porción grande de carne de
venado antes de servirse nabos.
-Hmmm- murmuró él cuando se servía una saludable porción de cordero. –Sin
embargo no oí una sola nota de música antes de irme hacia Kincardineshire.-
Ella bajó los ojos y se mordió las palabras que tenía en la punta de la lengua. En
vez de informarle que estuvo muy ocupada limpiándose su semilla de la piel, y
después tratando de desentrañar el misterio de la mujer escondida en la casa, ella
cortó la carne y evitó su mirada.-
-Planeo comenzar a practicar mañana.- dijo ella.-Han pasado años, pero no creo
que me haya oxidado tanto desde la última vez que toqué un arpa.-
-Espero escuchar música dulce en el corredor hasta mi estudio.- dijo él,
mirándola entre bocados de comida. –Después de todo, te has más que ganado
tanto tiempo con el instrumento como desees.-
El recordatorio de lo que había tenido que hacer para ganarse el arpa, casi la
atoró. Aclaró su garganta y se forzó a tragar, tomando un sorbo de vino para
lavar todo hacia abajo. Su burla le hizo apretar los dientes, pero consiguió
mantener la compostura mientras comían.
Él preguntó por qué había estudiado el arpa, y ella le contestó que ella era
terrible con el pianoforte así que su madre contrató alguien que le enseñara un
instrumento diferente. Desde la primera vez que había tocado el arpa, se destacó.
Ella preguntó por su negocio en Kincardineshire y si tenía tierra aquí en Escocia.
Le informó que Dunnottar era simplemente el castillo, no una gran propiedad
con granjas y arrendatarios de los que ocuparse. Sin embargo, él tenía dos
grandes propiedades, las dos con tierras para administrar, una en Escocia y la
otra en Inglaterra. El tiempo que pasaba en su estudio seguramente lo ocupaba
en proteger sus activos.
Él habló sobre el buen tiempo que tuvieron hoy y le informó que era libre de
tomar un caballo y cabalgar mañana si le interesaba, pero debía llevar a Maeve
como escolta. Ella le agradeció por su generosidad y alabó los esfuerzos de su
cocinero ya que había probado un poquito de cada cosa antes de servirse el
postre.
Daphne estaba casi reacia a destruir la camaradería que habían encontrado
durante la cena. Por lo menos durante una hora, él había sido educado, un
perfecto caballero que parecía escuchar todo lo que ella tenía para decir, y
respondiendo sus preguntas y haciendo algunas por su cuenta.
Sin embargo, la sospecha persistente concerniente a qué escondía en el corredor
prohibido, no la dejaba disfrutar su compañía con tranquilidad. No cuando su
esposa podría estar comiendo su comida sola en su habitación justo ahora.
La idea la recorrió como un balde de agua fría, y dejó caer el tenedor sobre su
plato y el ruido fuerte atrajo su mirada. Él frunció el ceño cuando ella se
enderezó, levantó la barbilla y entrecerró los ojos mirándolo.
-¿Algo está mal con tu postre?- preguntó él, con una mirada de genuina
curiosidad en su cara.
En lugar de responder su pregunta, ella le hizo una a él. -¿Hay una mujer
viviendo aquí?-
Detuvo la copa de vino a medio camino hacia su boca, y le sonrió burlonamente.
–Si. Palomita… tu.-
Ella se mofó, sacudió su cabeza, enojada por la evasión de sus preguntas. –
Quiero decir, otra mujer además de mí. ¿Una esposa? ¿Una amante? ¿Alguien
que no quieras que me encuentre mientras esté aquí?-
Por un momento, algo titiló en sus ojos, pero desapareció tan rápido como había
aparecido. ¿Eso había sido desconcierto, ansiedad incluso? Como si ella le
hubiera golpeado un nervio.
Él inclinó la cabeza.-¿Qué más da?-
-¡Importa!- exclamó ella, su voz subió cuando el enojo y la rabia que había
estado tratando de contener toda la noche, hirvió saliendo a la superficie. –
Importa si estás manteniendo a tu esposa y tu… tu…-
-¿Puta?- terminó por ella con una burla sarcástica.
Después de haberla obligado a este acuerdo, humillado en frente de su
mayordomo, sometido a sus atenciones depravadas, ¿tenía el descaro de llamarla
puta?
La ira se apoderó de ella tan rápido, que casi no pudo registrar la emoción antes
de hacerla actuar. Envolvió una mano alrededor del pie de una copa, que recién
él había llenado para ella, y le tiró el contenido en su dirección. El líquido
ambarino se derramó sobre su cara, empapó su corbata y el frente de su camisa.
Él se encogió, cerró los ojos y agarró rápidamente su servilleta, usándola para
aclarar su visión antes de clavar la mirada sobre ella.
El terror se anudó en su estómago ante la mirada predatoria de sus ojos, su
mandíbula estaba endurecida, las aletas de la nariz se estremecían como las de
un animal oliendo a su presa. Ella comprendió su error demasiado tarde, y ahora
no podía encontrar la fuerza para pararse y correr. Sus piernas se habían vuelto
de gelatina, y ella permanecía congelada en su mirada, incluso cuando el labio
superior de él se frunció hacia atrás mostrando sus dientes cuando gruñó. Incluso
cuando él tomó su propia copa y le tiró su contenido a ella, devolviendo ojo por
ojo.
Ella jadeó cuando el vino erró su cara pero empapó su cuello y pecho. Se regó
dentro de su escote y bajó hasta su estómago, y en consecuencia el corpiño del
vestido se pegó a sus pechos. Mientras ella lo miraba con la boca abierta, él se
inclinó y agarró una de sus muñecas.
Antes de darse cuenta de lo que estaba pasando, la había levantado de la silla y
la había tirado sobre su falda. Ella forcejeó, pero rápidamente le capturó la otra
muñeca, juntándolas en su espalda y así quedaron sus manos atrapadas detrás de
ella. Le aseguró las muñecas con una sola mano. Usó la otra para agarrar su
garganta, la toma suficientemente apretada para amenazarla y que se quedara
quieta.
La estaba mirando de la misma forma que antes de desnudarla y humillarla
delante de Niall. De la misma forma que cuando la había amenazado de abusar
de ella de todas las formas que pudiera pensar. ¿Lo había enojado lo suficiente
como para que simplemente la tirara sobre la mesa y la violara?
La atravesó un escalofrío, aunque, de la forma en que su cuerpo traidor se estaba
comportando en su presencia, ella no estaba segura si era de miedo o de
excitación.
-¿Escandalizada, Palomita?- refunfuñó, su tono de burla afilado como la hoja de
un cuchillo. –Quizás te tendría que haber advertido de antemano, yo no soy un
caballero, y tu estallido virginal e infantil rabieta no te ganarán mi simpatía.-
-Que no eres un caballero ha sido evidente para mí desde el principio.- gruñó
ella.
Apretó su agarre sobre el cuello femenino lo suficiente para acelerar su pulso y
se inclinó acercándose… tan cerca que su boca rozó la línea de su mandíbula.
Ella sintió un escalofrío, su cuerpo estaba frío por el baño de madeira que
empapaba el frente de su vestido.
-Se paga con la misma moneda, ¿no es cierto?- murmuró él, deslizando sus
labios sobre la línea de la mandíbula y hacia el mentón.
Él abrió la boca, y le lamió la piel, que ahora estaba pegajosa del vino. Hizo un
sonido profundo en su garganta, como un ronroneo, y cerró los labios cobre la
barbilla y chupó.
-Si querías que lamiera vino de tus hermosas tetas, simplemente tendrías que
haberlo dicho, Daphne- dijo él, su voz profunda retumbó y golpeó por su
columna mientas le besaba la mandíbula, y volvió a lamerla con su caliente y
áspera lengua.
-¡Yo no he… oh!-
La protesta se rompió con un grito sorprendido cuando él bajó su cabeza hacia su
clavícula, después lamió lentamente un recorrido subiendo por un costado de su
cuello. Se prendió y chupó y le sacó un sonido profundo sin aliento de su
garganta.
-Por supuesto que si.- susurró, su respiración le picaba en las zonas que había
dejado húmedas con su lengua. –Puedo sentir que respondes a mí… mierda, si
estuvieras un poco más excitada, sería capaz de olerte.-
Sus palabras crudas la aturdieron, pero su coño palpitó en respuesta, sus pezones
se apretaron y su respiración se aceleró. Él siguió lamiéndola, como un gato que
disfrutaba un cuenco de crema, forjando un sendero hacia su escote. Soltó su
garganta, agarró el frente de su corpiño, tiró de él hacia abajo y liberó sus
pechos. Se detuvo, sus labios se posaron justo sobre los montes carnosos.
-Cristo, eres una cosita preciosa.- murmuró, su respiración le produjo piel de
gallina que se propagó sobre la piel desnuda de su cuello. –No, Palomita… para
responder tu pregunta, no hay otra mujer aquí. Solo tú. Mía para hacer lo que
desee.-
-Por los próximos veintiocho días, por lo menos.- respondió ella desafiante, a
pesar de la necesidad de arquear su espalda y poner su pezón dentro del alcance
de su boca para que chupara fuerte y profundo.
Él se rio, acariciando con la nariz uno de sus pechos y burlándose con una rápida
pasada de su lengua. –Por supuesto.-
Ella jadeó cuan él continuó lamiéndola hasta dejarla limpia, hundiendo su lengua
entre sus pechos, y luego pasando sobre la cresta de cada uno, evitando sus
pezones intencionalmente. Ella se retorció en su falda, sin preocuparse porque
con cada movimiento hacia que su trasero se refregara contra la polla masculina.
El órgano estaba lleno y grueso, empujando contra ella a través de sus
pantalones.
-No me voy a acostar con el esposo de otra mujer.- consiguió decir entre jadeos,
su resolución se escapaba mientras él seguía tentándola, mordisqueando sus
pechos, hociqueando su cuello, raspando sus clavículas con los dientes. –Ni
siquiera por treinta mil libras.-
-No tengo esposa.- gruño él. –Y ahora deja de parlotear.-
Ella gimió cuando cerró los labios sobre su pezón, finalmente dándole lo que
quería. El placer de su lengua haciendo círculos alrededor del duro botón la
golpeó profundo causando dolor en su núcleo en respuesta. La chupó con
entusiasmo, sus mejillas se ahuecaban mientras introducía más de su pecho
dentro de la boca, tanto como pudiera caber, como si la quisiera devorar entera.
Ella se volvió maleable en sus manos, un poco de arcilla para moldear como él
quisiera. Incluso el malestar de sus brazos mantenidos en sus espalda se
desvanecía cuando el soltaba un pecho y se dirigía al otro. Las mordisqueó con
los dientes y la hizo gritar por el leve pinchazo y luego, suspirar derritiéndose
por el placer de su lengua que aliviaba el dolor anterior.
Cuando él se detuvo, ella quiso llorar, el latido entre sus mulos era ahora
insoportable. Ella quería enredar sus dedos en su cabellos y sostenerlo contra sus
pechos, arqueando la espalda e invitándolo a que la consumiera, todo lo que el
deseara. Pero, sus manos implacables agarradas a su cintura le recordaban que
no estaba en posición de hacer demandas.
Ella perdió su asidero racional, anhelando la boca del hombre que, cuando no la
estaba haciendo sentir de esta manera, estaba lanzándole insultos y hablaba mal
de su familia. Desafiaba explicaciones y razón, esta noción de que ella podría
desear a alguien que despreciaba. Ella siempre había pensado que el deseo
estaba entrelazado con emociones más suaves, pero Adam le había probado que
estaba equivocada con cada beso, cada toque.
Como si quisiera probar más cabalmente su punto, le soltó las muñecas y la paró.
Después, movió hacia atrás su silla alejándola de la mesa un poco, y la agarró
otra vez y la volcó rápidamente para que quedara recostada sobre sus rodillas.
Un gemido de consternación se alojó en su garganta cuando el comenzó a subir
su vestido con una mano, y se abrazó a su espalda con la otra.
-¿Qué demonios estás haciendo?- gritó ella, pateando con sus piernas cuando el
aire frío de la habitación besó su parte posterior, sacándola de su aturdimiento
lascivo.
Una gran mano chocó contra la parte trasera de un muslo, aquietando sus
movimientos. Se dio cuenta que el golpe había sido una advertencia. Ya lo había
enojado con su interrogatorio… quizás sería mejor dejar de presionarlo mientras
la tenía a ella en esa posición tan vulnerable.
-Enseñándote una lección, Palomita.- respondió el, pasando lentamente una
mano sobre el muslo que había golpeado, apoyándola luego sobre la curva de sus
nalgas. –Si no obedeces cuando lo ordene, o actúes como una bruja inculta, te
pondré sobre mis rodillas.-
Las palabras para reprenderlo vinieron rápidamente hacia su lengua, pero
murieron de rápida muerte ante el primer golpe de su mano sobre su trasero
desnudo. Un jadeo se alojó en su garganta cuando el golpe movió su cuerpo, su
piel floreció con el dolor que se desparramó desde el lugar de impacto. Antes
que pudiera recobrarse, él alzó la mano y cayó otra vez, pero sobre la otra
mejilla del trasero. Una y otra vez el golpeó incrementando la fuerza con cada
golpe, hasta que ella estuvo segura que no iba a poder sentarse en días. Pero
entonces el fuego de dolor se desvaneció y cambió hacia algo diferente, un calor
que insuflaba todo su cuerpo, que la relajó contra él, su cabeza cayó hacia
adelante como si hubiera dejado de combatir el castigo.
Le produjo una nueva sensación que no entendió. Sus golpes dolían, realmente
castigándola por actuar fuera de lugar. Sin embargo, su cuerpo había traducido el
dolor en otra cosa… algo aterrador y exquisito todo en uno. Apenas lo pudo
comprender antes que hubiera terminado.
Él parecía satisfecho con su sumisión, dejó de golpearla y comenzó a acariciarle
las nalgas doloridas, su toque era como una pluma, y se sentía como un bálsamo
calmante. Ella suspiró, la tensión de su cuerpo se derritió cuando amasó y
masajeó su trasero, aliviando el dolor tan fácilmente como lo había causado.
Entonces, hurgó con dos grandes dedos entre sus piernas, y lentamente los
deslizó lentamente hacia su coño. Ella jadeó ante el primer toque de sus dedos
contra su carne y luego respondió sonoramente cuando comenzó a acariciarla.
-Tan mojada para mí, Palomita.- dijo él con voz ronca y brusca cuando encontró
su clítoris y le dio un pequeño pellizco.
Volvió a jadear ante la presión, y luego gimió cuando hundió un dedo dentro de
ella. El dedo acarició sus paredes internas antes de salir y ella gruño enfadada.
El rio, apretando los dedos sobre ella dibujando círculos, su toque se deslizaba
sobre su humedad sedosa. –Y eres una cosita tan golosa… necesitando placer tan
pronto después de esta tarde. Si no tienes cuidado, te hare arder por mi… día y
noche, ansiando vehemente que te toque.-
Ella quería negarlo, quería declarar que él nunca le podría hacer esto a ella.
Darle la satisfacción sería una cosa más por la que él podría reírse de ella… una
cosa más que le quitaría. Además de eso, ella necesitaba negárselo a sí misma
para asegurarse que no había caído tan bajo en su cueva de depravación.
Sin embargo, ahora estaba ardiendo por él, gimiendo y arqueando su espalda,
intentando conducir sus dedos donde los quería, donde los necesitaba.
-Si, así es, Daphne- el susurró, agarrando su clítoris y pellizcándolo otra vez,
más fuerte. –Deja de reprimirte, y permítete sentir. No hay nadie más aquí, salvo
tú y yo… Nadie tiene que saber que lo disfrutaste.-
No… nadie lo sabría. Así como nadie supo nunca sobre la pasión secreta que
compartió con su vecino, o las veces en que se había dedicado a satisfacer sus
deseos depravados y se había provocado el clímax con sus propios dedos. Pero
ella sabría… ella recordaría siempre.
A pesar de eso, no podía detenerse… no podía conjurar palabras como “alto” o
“no”. No era que pensara que él las obedecería. Él estaba pagando bastante
dinero para hacer lo que quisiera con ella, y rechazarlo podría provocar que el
abandonara el acuerdo.
Cerró los ojos, mordió su labio cuando él volvió a introducir su dedo en su
entrada mojada, burlando su clítoris mientras entraba y salía con su dedo. Su
interior se quebró, la tensión de su necesidad voló y se desparramó en olas de
euforia. La fuerza de su orgasmo la golpeó hasta su núcleo, agradeciéndole a
Adam que la sostuviera fuertemente evitando que se cayera de su falda. Él siguió
apretándola, su toque fue gentil y liviano hasta que la alivió y calmó lentamente.
Cuando se quedó quieta y silenciosa, él sacó sus dedos y el sonido de él
lamiéndolos hasta dejarlos limpios provocó que su núcleo apretara otra vez, un
eco de su anterior orgasmo.
Él bajó rápidamente su pollera, la enderezó tan velozmente que se mareó. La
dejó caer otra vez sobre la silla que había ocupado, Daphne casi no se dio cuenta
que él se había parado hasta que lo vio caminar hacia la puerta. Atónita, se
levantó el corpiño del vestido tapó su pechos con dedos temblorosos, el frío de la
tela mojada la volvió lúcida rápidamente.
La vergüenza la arrolló cuando se dio cuenta lo que había hecho, que se deleitó
con el toque del hombre que había destruido su familia, no solo una vez, sino
dos veces en el mismo día. Ella se recostó descaradamente en su falda, y
permitió que la tocara, que le hiciera olvidar quien era él y porque ella estaba
aquí.
Él se detuvo en el umbral de la puerta, la miró sobre su hombro, su expresión
ilegible como siempre.
-Ten cuidado, Palomita- dijo él con tono de advertencia. –La próxima vez, mi
castigo no será misericordioso.-
Se levantó lentamente sobre sus piernas temblorosas, cerró las manos en puños y
encontró su mirada, negándose a ser intimidada. –Tú eres, por mucho, el hombre
más despreciable que he conocido.-
Él se rio, el sonido fue seco y sin humor. Su cara casi parecía fantasmal, el color
de su ojos tan oscuros desde la distancia, que parecían insondables.
-Pobre Daphne.- dijo él en un tono teñido de arrepentimiento. –No tienes la
menor idea. Los hombres más despreciables que has conocido son los que dicen
que te aman. Casi te compadezco por la lección que estás por aprender.-
Ella se enfureció cuando pensó en su padre, en su querido Bertram, en su tío que
se había quitado la vida por este hombre. ¿Cómo podía haberse olvidado tan
rápidamente y haberle permitido seducirla?
-Di lo que quieras sobre los hombres Fairchild- dijo exhausta, todo su cuerpo
temblaba de rabia. –Pero ellos no necesitan llevar una mujer a la cama a la
fuerza, usando tretas y notas de banco.-
Apareció la sonrisa amenazadora de Adam, la que le recordaba a la mueca de un
león. –No, ellos usan la fuerza bruta y las amenazas para tomar lo que quieren
del sexo opuesto.-
Sus palabras la golpearon en la cara, la acusación hacía eco en su mente tan
fuerte, que ella no podía esperar dejarla de escuchar alguna vez. -¿Cómo te
atreves? Mi padre y hermano—
-Oh, no tu padre.- Adam se corrigió rápidamente con un encogimiento casual. –
Solo Bertram. Tú sabes, el hermano por el que te animaste a enfrentar la
desgracia y el escándalo.-
-No- susurró ella, sacudiendo su cabeza velozmente de un lado a otro. –Estás
mintiendo.-
-¿Por qué lo haría?- la desafió, apretando su agarre en el picaporte. Su voz
comenzó a temblar, la única señal de emoción. –No ganaría nada mintiéndote.-
-Si ganarías.-lo acusó ella, incapaz de evitar que su voz subiera tanto como para
que se formara un eco desde el alto cielorraso. – ¡Destruiría el amor que tengo
por mi hermano, como has destruido todo lo demás!-
Acusaba a Bertram de algo inconcebible, completamente opuesto a la naturaleza
de su hermano. Nadie lo conocía como ella; habían sido los mejores amigos
desde que ella fue lo suficientemente mayor para seguirlo, queriendo hacer todo
lo que él hacía. Y él la dejaba… la consentía como nadie. Más que eso, nunca le
dijo que fuera alguien diferente de lo que era. Al contrario de su madre y su
padre, nunca trató de cambiarla.
-Sí, está bien, la culpa es mía… el villano sin corazón- se mofó él con un bufido
burlón. –Eso no cambiará lo que Bertram es… o las cosas que ha hecho.-
Sin otra palabra, dejó la habitación, golpeando la puerta tan fuerte, que las
paredes alrededor parecieron temblar. Daphne se sentó otra vez, temblando,
ignorando su dolorido trasero. Su cabeza daba vueltas con las ramificaciones de
lo que Adam había revelado.
Las cosas que dijo sobre su tío habían sonado verdaderas, alineándose con su
inclinación a la bebida y al juego. Pero esto… no era verdad. Simplemente no
tenía sentido. Las debutantes acudían hacia un hombre como su hermano.
Bertram podría haber tenido cualquier mujer que quisiera para casarse, o en su
cama.
No tenía sentido que el forzara a cualquiera a hacer algo cuando había tantas que
harían lo que él pidiera con nada más que un murmullo dulce y una sonrisa. Solo
pensar que él había perdido todo la hizo salir de Londres hacia Escocia,
buscando respuestas en su nombre. Era por él, por encima de su padre y su tío,
que ella había hecho esto.
Ella simplemente se rehusaba a creer que había arriesgado a la ruina y su propio
cuerpo para vengar a un violador.
Tenía que haber alguna equivocación… algún rumor que lo hacía ver con malos
ojos. Adam estaba equivocado… tenía que estarlo. Y cuando lo viera otra vez, se
lo diría.
Capítulo 6
Daphne se despertó la mañana siguiente sintiendo que tenía la boca llena de
algodón. Tenía un tremendo dolor de cabeza y cuando se sentó en la cama, la
habitación comenzó a dar vueltas. No podía recordar cuanto madeira había
tomado la noche anterior y no sabía si sufría los efectos del exceso de bebida o
de su encuentro con Adam. Las acusaciones que él había hecho colgaban sobre
su cabeza como una nube, las implicaciones de lo que podrían significar la
habían mantenido despierta la mayor parte de la noche. Cuando finalmente se
durmió, tuvo un sueño inquieto, su mente se negaba a darle paz ahora que las
palabras de Adam se habían sembrado en su mente.
Encontró un vaso de agua en la mesa adyacente de la cama, lo tomó y vació, y se
recostó otra vez sobre las almohadas y se tapó los ojos con las cobijas. Se
durmió otra vez por un rato, aliviada de encontrar que su boca no estaba tan seca
y su cabeza no dolía tanto como antes cuando se despertó la segunda vez. Dejó
la cama, se estiró y parpadeó con sus ojos para ajustarse al brillo del sol que
entraba por las cortinas abiertas.
Tomó la bata que estaba sobre el banco a los pies de la cama, cubrió su camisón
fino y se dirigió a su escritorio. El tintero, la pluma y las notas que había escrito
sobre su tío permanecían en el cajón, pero sobre la superficie encontró un sobre
sellado con su nombre escrito sobre el frente. Ella reconoció la letra de Bertram,
el sello en la parte posterior revelaba que era de él.
Se le subió el corazón a la garganta y se quedó allí hasta que rompió el sello y
sacó la carta. Maeve la debía haber entregado cuando dormía, y su llegada
significaba que su padre y hermano sabían dónde estaba ella.
Era bastante seguro que la carta había sido escrita por su hermano el día anterior.
Sus ojos se humedecieron cuando detectó su aroma familiar sobre el papel, las
palabras nadaban frente a su mirada. Ella lo extrañaba… así como extrañaba sus
padres y su hogar en Londres. Parpadeó para aclarar la visión, se enfocó en la
carta.
Mi querida Hermana,
Nos han llegado palabras concernientes a tu paradero. Mientras padre y yo no
aprobamos que hayas viajado a Escocia y que arriesgaras tu reputación para
confrontar a Hartmoor, ciertamente entendemos porque harías semejante cosa.
Oh, Daphne ¿Por qué te has puesto al alcance de ese depravado? He estado listo
para matar desde que padre me leyó la carta de ese villano que nos informaba
que te tenía en sus garras.
Sin embargo, él me ha recordado que ir tras de ti causaría un escándalo mayor.
Así que por favor debes saber que haremos lo que podamos aquí en Londres para
mantener los chismes sobre tu desaparición al mínimo. Mientras tanto, haz lo
que debas para volver con nosotros. Te estaremos esperando con los brazos
abiertos cuando vuelvas a casa.
Todo mi amor
Bertie
Dobló la hoja de papel, bajó la cabeza y su garganta se apretó tan fuerte, que casi
no podía respirar ante el nudo que tenía allí. Le dolía saber que su hermano no
vendría rápidamente a Escocia a salvarla; pero, aunque lo hiciera, ella no querría
ser rescatada. Había venido libremente y acordado con la propuesta escandalosa
de Adam por su familia, y no podía irse sin los fondos prometidos.
La carta de Bertram, le recordó las revelaciones de Adam de la noche anterior y
apretó la mandíbula al pensar en eso. Él podía odiar a su familia y las cosas que
dijo sobre su tío podrían ser verdad, pero esto… el solo pensar en que su
hermano fuera el tipo de hombre que abusaría de una mujer, iba en contra de
todo lo que sabía sobre Bertram. Simplemente no podía ser verdad.
Se levantó del escritorio, puso la carta en el cajón y se alejó, determinada a
llegar al fondo de esto. Ella jadeó cuando encontró a Maeve en la habitación, se
había concentrado tanto en la carta que se había distraído y no había escuchado
entrar a la mujer.
-Disculpas por sorprenderla, mi Lady.- dijo Maeve con una suave sonrisa. -¿Está
lista para vestirse para el desayuno?-
-Si- contestó. –¿Su señoría está en su estudio o se reunirá conmigo para el
desayuno?-
Maeve sonrió cuando sacó un vestido verde esmeralda del armario. –El Amo se
levantó temprano y ya desayunó. Fue a los establos justo ahora para preparar su
caballo para cabalgar esta mañana.-
A pesar de tener el estómago vacío, Daphne no podría retener un solo bocado
hasta que hubiera pasado la inevitable confrontación. –Entonces me gustaría
vestir para cabalgar… rápido, por favor, así lo puedo alcanzar.-
La sonrisa de Maeve se volvió amplia y luminosa, y la miró con complicidad.
Ella luchó para no poner los ojos en blanco, y le informó a la doncella que ella
no buscaba a su “Amo” por ninguna razón romántica que podría estar
imaginando. Al contrario, ella se imaginaba arrancándole la lengua por las
calumnias que había dicho sobre Bertram.
Apuró a Maeve ayudándola a ponerse un traje de montar marrón, su cabello
estaba trenzado ajustadamente cuando salió apuradamente de su habitación. El
traje estaba bien hecho, le quedaba como un guante y reflejaba el estilo militar
que era última moda, con botones de latón y soguitas trenzadas que colgaban de
hombro a hombro. Se sentía bastante como un soldado marchando a la batalla
con el hombre que había destruido a su familia… que parecía determinado a
destruirla, a pesar del hecho que ella nunca le había hecho daño
conscientemente. Si ella desentrañaba todo el misterio, seguramente descubriría
las respuestas.
Salió de la puerta del frente del palacio, corrió bajando los escalones, tenía las
manos en puños mientras miraba el establo y a Adam parado afuera, con las
riendas de un enorme semental negro en su puño. Él se dio vuelta como si
hubiera sentido su mirada de odio sobre él y se apoyó en el flanco del animal,
levantando una ceja cuando ella se acercó. Él había terminado con las cortesías
la noche anterior, su camisa blanca estaba desabotonada desnudando una gran
porción de su pecho, vestía unos pantalones gastados que caían de sus caderas.
Ella se acercó, la preservación le advirtió que no se pusiera al alcance de su
mano. El pareció darse cuenta, sus labios se extendieron en una burlona sonrisa
mientras le recorría el cuerpo de la cabeza a los pies.
-¿Bueno?- él la pinchó. -¿Me dirás porque vienes corriendo de la casa como si tu
trasero se hubiera prendido fuego o me dirás qué es lo que quieres?-
Ella cruzó los brazos sobre el pecho, y luchó por recuperar la compostura. Si ella
permitía que él la irritara, seguramente lo golpearía, y después del “castigo” de
la noche anterior, no estaba segura de que haría como represalia.
-Tiene que haber un error.- escupió ella, sin cuidarse de que el ruego en su tono
la hacía sonar desesperada. –Yo conozco a Bertram como nadie más, y puedo
asegurar que él nunca… ¡no es un violador!-
La expresión de Adam no le permitió saber lo que podría estar pensando de su
estallido. Su voz permaneció plana, indiferente cuando respondió.
-Un error.- repitió el diciendo las palabras lentamente como si las estuviera
saboreando, con su lengua.
-Si- dijo ella con un asentimiento resuelto. –Algún rumor que has escuchado,
historias sobre mi hermano que no podrían ser verdad.-
Inclinando su cabeza el frunció el ceño. -¿Estás en compañía de tu hermano todo
el tiempo, Palomita?-
-Por supuesto que no- ella respondió secamente.
-Entonces no lo puedes saber con seguridad, ¿cierto?- preguntó
Ella abrió la boca para replicar, pero cerró la boca, dándose cuenta que él tenía
razón en eso, por lo menos.
-Dime lo que sabes.- susurró ella bajando la voz.
Ella había venido buscando la verdad, después de todo. Quizás alguien le había
dicho Adam algo que no era cierto, o la situación había sido mal interpretada.
Una mujer podía arruinarse por algo tan simple como un beso... quizás lo que
Bertram había hecho no era tan malo como le habían hecho creer.
-Cabalga conmigo.- dijo él. –Y te lo diré.-
Como si fuera una señal, el semental oscuro relinchó y sacudió su cabeza,
impaciente por estar en camino. Mirando hacia los establos, se dio cuenta que su
castrado había estado encerrado desde su llegada. Sería bueno pasar tiempo al
aire libre y hacer un poco de ejercicio. Además, estaba vestida para cabalgar.
-Muy bien– respondió ella
Adam le gritó a un mozo de cuadra quien rápidamente fue a preparar su caballo.
Daphne estuvo complacida cuando vio a su castrado, que parecía haber sido bien
cuidado en su ausencia. Ella agradeció al mozo, y le permitió a Adam que la
ayudara a subirse a la montura de costado que alguien había puesto sobre la
espalda de su caballo. Como había venido con pantalones, ella había montado a
horcajadas, y eso la dejó preguntándose a quien pertenencia la silla que estaba
usando. Quizás la mujer era la que también era dueña de la vestimenta con
encajes que había visto.
Un misterio a la vez, se amonestó a sí misma.
Le dio a su caballo un pequeño golpe con sus talones, siguió a Adam desde el
establo, siguiéndolo entre el puñado de edificios exteriores que llenaban el patio
de armas. Entonces, se acercaron a la caseta de la entrada, de detuvieron lo
suficiente para que el portero levantara el portón para ellos. Cuando alcanzó la
altura necesaria para que pudieran salir, Adam apuró a su montura, y juntos,
dejaron las imponentes piedras de Dunnottar. El sol de la mañana brillaba en sus
ojos, hacía que tuviera que entrecerrarlos para tratar de ajustarse al cambio de
luminosidad después de estar días encerrada dentro del castillo.
Cabalgaron por el camino inclinado bajando de los acantilados hacia la planicie,
Daphne ignoró al hombre que iba a su lado y se embebió del entorno. El campo
escocés que rodeaba a Dunnottar había parecido amenazador de noche, una
extensión empapada de lluvia y cubierto de oscuridad. Hoy, con el sol brillando
sobre la planicie y nuevas hojas de césped primaveral inclinándose en la brisa
como olas en la superficie de una laguna, simplemente quitaba el aliento.
Solamente había un camino sin pavimentar que permitía alejarse del castillo e
interrumpía la naturalidad del campo, todos los alrededores se veían como la
pintura de un paisaje perfecto.
Cuando llegaron a la cima del escarpado camino en pendiente, Daphne notó
grupos de tojos, brezos campana y campánulas en pleno florecimiento, sus
capullos amarillos, magenta y lila mostraban explosiones de color aquí y allá
entre el vibrante verde de la hierba.
El caballo de Adam se puso a medio galope, así que ella aceleró a su castrado
para que se pusiera a la misma velocidad, su ánimo se elevó un poco cuando el
balanceo del animal debajo de ella y la familiar emoción de ser capaz de
cabalgar sin inhibiciones le plantó una sonrisa en el rostro. No había sido libre
para cabalgar así desde antes de irse de la propiedad familiar para ir a Londres
para su primera temporada, nunca lo había podido hacer en los caminos
incómodos de Hyde Park.
Delante de ella, Adam cabalgaba con una habilidad y facilidad que no casi no la
sorprendía. Su estructura corintia mostraba que era atlético y sabía que hacía
esgrima. Tenía sentido que cabalgara con este control, su gran cuerpo relajado en
la silla de montar, sus manos firmes sobre las riendas.
Cuando su caballo se puso hombro a hombro con el de él, lo miró para encontrar
que las duras líneas de su rostro se habían suavizado y la dureza alrededor de su
boca había desaparecido. Algunos mechones de su cabello caían sueltos de su
atadura y enmarcaban su cara, brillando con líneas doradas en la luz del sol.
Se dio vuelta para encontrar su mirada, sonrió burlonamente antes de darle un
talonazo a su semental y frunció los labios, y un agudo silbido sonó sobre el
prado. Su caballo fue como una bala saliendo de un arma. La risa de Adam
sonaba a través del aire. Daphne lo siguió, su montura se puso a galopar.
Por lo que parecieron horas, se permitió olvidar los eventos de la noche anterior,
las circunstancias que la llevaron a estar en las garras de Adam. Simplemente
disfrutó de cabalgar a través de la campiña escocesa con el tipo de abandono
salvaje al que nunca podía rendirse en los parques de Londres. Aquí, nadie podía
verla con excepción de Adam, y él no la juzgaría por cabalgar tan fuerte y rápido
que la trenza se le empezó a desarmar, su cabello volaba sobre su cara y hombros
como un estandarte. Y si él pensaba que ella era incivilizada, ¿Qué importaba?
Apenas le afectaba lo que un hombre como él podría pensar de ella. Lo odiaba…
odiaba lo que le había hecho a su familia.
Ese pensamiento casi le arruinó la cabalgada, pero lo puso a un lado. Pretendería
que él no estaba ahí, que había salido a cabalgar con alguien que realmente le
gustaba.
Pero su fantasía, así como la emocionante cabalgata, tenía que terminar. Su
castrado aflojó la marcha primero mientras el semental del Adam lo llevó un
poco más lejos antes de que diera la vuelta la bestia, volviendo hacia ella. Se
detuvieron en un sector de hierba casi completamente cubierto de margaritas
salvajes y otras flores que ella no pudo identificar, la explosión de blanco y
amarillo los rodeaba cuando el desmontó y se acercó.
Ella se puso rígida cuando él la alcanzó, tomándola de la cintura y levantándola
fácilmente de la silla de montar para ponerla de pie. El alivio la barrió cuando la
soltó y se alejó, pasando una mano sobre su cabello enredado. El respiraba un
poco agitado, así como lo hacía ella, su pecho se expandía bajo la camisa casi
abierta. Su mirada cayó sobre la piel expuesta, la piel estirada parecía dorada por
el sol y salpicada con rulos esparcidos de cabellos a juego con el de su cabeza.
Cuando lo miró a la cara, lo encontró mirándola de esa forma tan de él, los
puntos dorados de sus ojos brillaban cuando parecía desvestirla con la mirada.
Ella supo sin tener que preguntar que lo que él le revelaría la rompería en
pedazos, que era algo que ella no estaba lista para saber. Tomando su falda para
levantarla con una mano, ella lo esquivó, dio la vuelta a su alrededor y caminó
sobre la suave alfombra de flores. Se agachó para tomar una margarita, la llevó a
su nariz cuando se enderezó.
-Entiendo porque pasas la mayor parte del tiempo aquí- dijo ella, el aroma de la
margarita inundaba sus sentidos, sus pétalos le daba cosquillas en su labios
superior. –El campo es tan hermoso.-
-Daphne.-
Su tono contenía una advertencia, pero ella siguió parloteando, no estaba lista
para pararse ahí y escuchar las palabras que cambiarían todo, quizás para mejor.
-El aire es tan limpio aquí… para nada como la contaminación de Londres.- dijo
ella, quedándose de espaldas a él, y mirando hacia las praderas que los rodeaban.
–El silencio es reconfortante después del torbellino constante de la ciudad.-
-Daphne- dijo él otra vez sonando más cerca esta vez.
Se dio vuelta para enfrentarlo, sorprendida por la inesperada cercanía. Estar tan
cerca de él, todavía la ponía nerviosa, los recuerdos de las cosas que le había
hecho a su cuerpo hacía que su pulso se acelerara. Él se detuvo al lado de ella
con las manos tomadas detrás de la espalda, su mirada sostenía la de ella sin
vacilar. Su aroma se enroscó en su nariz, fuerte y masculino, combinado con la
esencia fresca y limpia del aire libre en un efecto placentero.
-Eres mejor que esto.- dijo él, su tono más suave de lo que nunca había
escuchado. –Detén tu parloteo sonso. Estás divagando para evitar lo que viene,
pero esto no puede eludirse.-
Sacudiendo su cabeza, ella abrió grandes los ojos en un ruego silencioso. –
Cuando era una niña pequeña, casi muero de fiebre. Bertram, que era solo unos
años mayor que yo, se negó a dejar mi lado, incluso cuando mi padre trató de
obligarlo a salir de la habitación. Los doctores y doncellas iban y venían, igual
que mis padres… pero fue Bertram quien me obligó a beber caldo y tomar té…
Bertram fue el que me secó el sudor de la frente y cambiaba las sábanas de mi
cama cuando yo las empapaba con transpiración.-
Inclinando su cabeza, Adam la estudió con una mirada que casi se podría
interpretar como lástima, si no fuera por el duro rayo de su mirada. –Era un niño
entonces… nada como el hombre en el que se convirtió.-
-Me enseñó a bailar el vals cuando el maestro que madre había contratado se
frustró, -continuó ella, sabiendo que estaba evadiendo lo inevitable como él la
había acusado, pero incapaz de detenerse. –Me consoló después de mi primera
temporada, cuando el hombre que había elegido le propuso matrimonio a otra. E-
el me enseñó esgrima y nunca le contó a nuestros padres cuando cabalgaba a
horcajadas o hacía cosas que ellos podrían considerar impropias.-
-Daphne—
-¡Mi hermano no puede ser un violador!- soltó ella con sus ojos llenos de
lágrimas. –¡Lo conozco… es una buena persona! No es cierto. No puede ser.-
Cruzando los brazos sobre el pecho, él suspiró, evitó su mirada y miró al
horizonte sobre su hombro. –Te voy a contar una historia, sin mencionar ningún
nombre, y tú vas a escuchar. Y cuando termine, puedes decidir si me crees, o
puedes seguir creyendo en la gran ilusión de la que estás tratando de
convencerme tan ardientemente.
Se le apretó la garganta, su lengua pareció hincharse dentro de su boca,
suspendiendo su discurso. Estiró su columna, y se abrazó a sí misma por lo que
él le diría, recordando que ella lo había pedido. Adam le había advertido que se
fuera, que ella no era suficientemente fuerte para soportar los treinta días que
prometió o la verdad que se revelaría durante esos días.
Ella le mostraría. Escucharía cada palabra.
-Había una vez un hombre joven en el pueblo… era el heredero de un señorío y
resultaba encantador, conocido por su rápido ingenio y su sonrisa fácil.-
comenzó Adam. –Las mamás lo perseguían para sus hijas mientras debutantes
jóvenes se reían tontamente detrás de sus abanicos cada vez que él miraba en su
dirección. Era admirado por la mayoría de sus pares, parecía tener el mundo
entero a sus pies. Un día, heredaría la riqueza de su padre, los títulos, las
tierras… y todos sabían que pronto necesitaría una esposa para que tuviera su
propio heredero.-
Daphne apretó sus manos temblorosas juntas, era asombroso como su
descripción traía a Bertie tan fácilmente a su mente.
-Temporada tras temporada, podía ser visto con las más hermosas debutantes del
año- continuó Adam. –Haciendo alarde de ellas por la ciudad en carruajes,
escoltándolas al teatro con sus chaperonas, firmando sus tarjetas de baile en
Almack’s. Ante los ojos de la sociedad, aparecía como el perfecto cuadro de un
caballero a la caza para un buen matrimonio. Pero, cuando nadie miraba, él
atraería a la dama de su elección a un lugar privado, un jardín, un salón vacío,
un carruaje. Nunca era violento con ellas… oh, no, no este joven encantador.
Todo comenzaría con besos castos y palabras apasionadas pronunciadas en
susurros. Después, una mano bajo la pollera, pasando el límite de la media,
quizás el toque de un pecho o una probada de su cuello. Pero una vez que había
bajado las defensas de esas señoritas, el joven hombre atacaría, presionando para
obtener otras libertades. Si la dama ponía reparos, lo permitiría la primera o
segunda vez, llevando cada encuentro cada vez más lejos, haciéndoles creer que
siempre respetaría sus deseos y se detendría cuando ellas le pidieran.-
Sacudiendo su cabeza, ella cerró los ojos, su sangre se enfrió. –Es suficiente.-
-Pero verás.- él siguió su voz cada vez más afilada- Este hombre era en realidad
una serpiente… un intrigante, manipulador bastardo sin consciencia.-
-Por favor.- susurró ella. –Basta.-
Le tomó la cara sorprendiéndola, y cuando abría los ojos, él apretó el agarre,
parado tan cerca, que ella podía sentir el calor que irradiaba de él como una
fuerza tangible. Se aceleró la respiración de ella, y la recorrió el miedo mientras
la sostenía y se burlaba de ella.
-No cierres tus ojos, Palomita.- gruñó él. - Por una vez en tu mimada y protegida
vida, sabrás la verdad, sin importar lo horrible que sea. ¿Te gustaría saber lo que
el hombre joven hacía cuando intentaba tener relaciones sexuales, solo para ser
rechazado por su debutante elegida?-
No.
La palabra se alojó en su garganta, gruesa y pesada. Ella solo podía estar ahí
parada y mirándolo porque sostenía su cara, sus dedos se clavaban en su
mandíbula.
-Él las forzaba.- dijo roncamente, su voz baja y áspera. –Ignoraba sus ruegos y
llantos… las mantenía inmovilizadas… las penetraba a la fuerza, las arruinaba y
las arrojaba a un lado cuando había terminado.-
-No- ella sollozó, su pecho dolía por la agonía que la revelación de Adam le
provocaba. –No… por favor.-
-¿Por favor, qué, Palomita?- se mofó, el escarnio irradiaba de él tan fuerte, que
ella lo podía sentir hasta su centro. –¿Por favor que no te diga la verdad, así
como hicieron los hombres de tu familia?¿Por favor que te mienta, así te puedes
sentir mejor acerca de venderte a mí para salvar al hombre que viola mujeres
contra su voluntad?-
-¿Así como me has forzado a mi?- respondió ella, con la voz estridente y
haciendo eco a través de aire alrededor de ellos. -¿Cómo es esto diferente de
poner treinta mil libras sobre mi cabeza y obligarme a ir a tu cama?-
Soltó su cara como si le hubiera quemado, y se mofó- ¿Tú crees que me importa
si te quedas? ¿Qué iré corriendo detrás de ti como un perro persiguiendo a su
perra caliente? Disfruté probarte, Palomita, pero no eres tan buena.-
Ella se encogió como si le hubiera pegado físicamente, el insulto la bañaba y la
llenaba de vergüenza. Por supuesto, ella no significaba nada para él, y nunca le
había dado motivos para creer otra cosa. Pero, ella había sido lo suficientemente
tonta como para pensar que quizás él la podría respetar. Ellos firmaron un
acuerdo de la misma forma que dos hombres lo hacían, poniéndose de acuerdo
en los términos. Sin embargo, él dejaba claro su desprecio por ella cada vez que
podía. Por mucho que odiara admitirlo a sí misma, la lastimaba.
-Lo suficientemente buena para que pagues una pequeña fortuna por tenerla.- le
contestó, apartando la mirada de él.
¿Por qué le importaba si él pensaba que no valía lo que la nota de banco decía?
Él dio un paso acercándose otra vez a ella, se inclinó hasta que estaban casi nariz
con nariz, su mandíbula tenía el pulso visible y parecía que era la furia apenas
contenida. –El dinero no es por la alegría de tomar tu pequeño coño… pero
ciertamente endulza el negocio. Pero yo pagaría con mucho gusto esa cantidad
tres veces por el placer de arruinar a la única mujer que a Bertram Fairchild le
importa algo.-
La garganta de Daphne se apretó tanto que casi no pudo respirar, los bordes de
su visión se volvieron borroneados cuando dio rienda suelta a su desesperación,
dejándole nada más que furia. Este hombre… este bastardo inconsciente había
destruido su orgullo, su amor por su hermano, su fe en la bondad de las personas
que amaba.
Un extraño y animal llanto rompió por sus garganta, y ella arremetió contra él,
su cuerpo lo golpeó. Ella se giró y su palma conectó con la mejilla de él una vez,
dos veces. Él la agarró por la cintura y la dio vuelta, pero no antes que sus uñas
cavaran en un lado de su cuello. Le apretó la espalda contra su pecho, y la apresó
con los brazos, los gruesos músculos de sus brazos mordían su pecho y
estómago.
Ella gritó otra vez, pateando y agitándose mientras las lágrimas llenaban sus
ojos, su furia se disipaba porque parecía que él la apretaba para sacarle cada
gramo de ella. Él soportó todo eso en silencio, manteniéndola pegada a él hasta
que ella se calmó, y sus piernas cedieron.
Arrodillándose en el suelo, él la dejó caer en la hierba, las manos de ellas
temblaban cuando las levantó para limpiar sus ojos. La casi confortable
presencia de su cuerpo contra el de ella se alejó, y él se puso en cuclillas al lado
de ella.
Si no lo supiera mejor, ella podría haber pensado que él tenía lástima en su
mirada cuando se acercó para limpiar una lágrima con su pulgar. Ella estaba
sentada, dividida entre darle un cachetazo para borrarle la expresión de su cara o
aferrarse a él y llorar hasta que no le quedaran más lágrimas.
Se sorbió la nariz, se alejó de su mano, enojada consigo misma por encontrar
alivio en el toque del hombre que le causaba dolor.
-¿Qué te he hecho alguna vez para merecer esto?- susurró ella, con la voz ronca
por los gritos.
Él sacudió su cabeza lentamente. –Nada de nada, Palomita… los pecados de tu
hermano han caído sobre la cabeza de la hermana. Pero es tu culpa, ¿No es
cierto?- Viniste aquí a enfrentarme, a saber la verdad, a ocupar el lugar de
Bertram y recibir su castigo.-
-No- protestó ella, sacudiendo su cabeza. –Esto no es como había pensado que
sería.-
-¿No lo es?- La desafió, su voz sonaba más suave que nunca mientras la
estudiaba pensativo. –Te advertí que dolería… que te dolería. Quizás pensaste
que yo quería decir físicamente… lo que todavía puedo hacer. Pero cuando tú
pusiste tu mano en la mía y accediste a treinta días y treinta noches,
deliberadamente ocupaste el lugar de los hombres de tu familia. Eres muy
valiente al querer salvarlos, incluso cuando están más allá de la salvación.-
Estrechó los ojos cuando lo miraba, envolvió sus brazos alrededor de ella para
intentar dominar los temblores que sacudían su cuerpo.
-Te desprecio.- escupió ella y con cada palabra derramaba veneno.
Él asintió, dándole una media sonrisa triste. –Si, ya me di cuenta.-
-¿Siempre has sido un bastardo tan implacable?- lo acusó ella, alejando su
mirada de él y mirando hacia el campo.
Él se rio y sonó áspero y sarcástico. –No, en realidad. Tendrás que agradecerle a
tu precioso hermano, padre y tío por mi estado actual… aunque, supongo que
ellos no tienen toda la culpa. También podríamos tirar a mi propio padre al
fuego.-
Frunciendo la ceja, trató de darle sentido a sus palabras. -¿Qué hizo mi padre.
Adam? ¿Qué hizo el tuyo?-
-Lo sabrás… a su debido momento.- esquivó la pregunta.
Ella gruño de frustración, enferma de que siempre le hablara con acertijos. –
Maldito sea todo, no entiendo.-
Tomó su barbilla gentilmente con la mano, le dio vuelta la cara para que volviera
a mirarlo, su expresión se volvió dura otra vez. Su voz sonó delicada, pero cada
palabra estaba rodeada de frío y duro acero.
-No quiero que entiendas, Palomita… solo necesito que pagues.-
Sin otra palabra, se paró, le dio la espalda y caminó a través del campo hasta su
montura. El semental estaba comiendo hierba cerca, su propio castrado se había
alejado solo un poco más. Ni siquiera la miró cuando se montó en la silla, le dio
una orden al caballo. Entonces, el amo y caballo se fueron, corriendo a través de
los campos, devuelta a Dunnottar.
Daphne colapsó sobre el suelo con un suspiro, su cuerpo amortiguado por una
manta de capullos floreciendo alrededor de ella. Sobre su cabeza, el cielo era tan
azul como nunca lo había visto, las nubes esponjosas y blancas. La belleza que la
rodeaba parecía nauseabunda ahora, mancillada por el hombre que recién se
había ido, porque estaba sangrando internamente por las heridas que le había
infligido. Todo su cuerpo dolía como si él le hubiera dado una paliza, cuando en
realidad, casi no la había tocado.
En el fondo de su mente, ella se preguntaba si el la castigaría por haberlo
golpeado. ¿No le había prometido que un golpe le ganaría otro? Si la había
puesto sobre sus rodillas por haberle tirado a la cara un vaso de vino, ¿Qué le
haría por haberlo atacado?
A pesar de saber que debía estar ansiosa, ella estaba entumecida, incapaz de
conjurar ninguna emoción más allá del dolor que tenía en el corazón. Mientras
quería acusarlo de mentir, su lado racional argumentaba que no tenía pruebas de
que lo hiciera. Además, ella sabía que a su hermano le encantaba cortejar
debutantes. Él y sus amigos se acercaban como si fuera un deporte, compitiendo
para ver quién podía firmar su nombre en más tarjetas de baile, quien podía
asegurarse la más hermosa para los valses o para cabalgatas en Hyde Park o
noches en el teatro. Todo le había parecido tan inofensivo, un grupo de jóvenes
probando las aguas, disfrutando del cortejo antes de ponerse inevitablemente los
grilletes en las piernas.
Pero ¿y si todo había sido más infame que eso? ¿Y si su hermano había resultado
ser la serpiente manipulativa que Adam había dicho?
¿Podría alguna vez perdonarlo por las cosas que soportaría por su causa?
Capítulo 7
Una vez que se había recuperado de su encuentro con Adam en la pradera,
Daphne regresó a Dunnottar sola. Saltó a horcajadas sobre su caballo, y cabalgó
devuelta al castillo tan rápido como la bestia la podía llevar, tan rápido, que el
azote del viento le secó las lágrimas sobre la cara. Galopó como si los sabuesos
del infierno le mordisquearan los talones, y en realidad, ella se sentía como si lo
hicieran. La horrible acusación que Adam lanzó a sus pies la perseguía sin
descanso, haciendo eco en su mente, reverberando como la voz de un fantasma a
través de un corredor oscuro. No importaba como trataba ella de escapar de ella,
la comprensión de que su hermano podía ser un libertino la seguía, trayendo a su
mente recuerdos largamente olvidados.
Bertram firmando tarjetas de baile, una tras otra en Almacks… despareciendo
hora tras hora en diferentes veladas… prestando atención a diferentes mujeres
cada quincena.
Lo que al principio, parecía nada más que un hombre joven disfrutando sus días
de soltero y comprometiéndose en un ligero cortejo ahora era visto bajo una luz
infame. No podía evitar imaginar a Bertram firmando esas tarjetas de baile como
forma de ablandar a jóvenes muchachas y llevarlas a una falsa sensación de
comodidad, o deslizándose en jardines oscuros con mujeres inconscientes para
tener algo con ellas donde nadie pudiera verlos y después seguir adelante hacia
la próxima víctima una vez que había terminado con ella.
Cuando entró al patio de armas y se acercó a los establos, su mente giraba, su
estómago daba tumbos tan violentamente, que era un milagro que no hubiera
devuelto sus entrañas. Le entregó las riendas a un mozo, apretó sus manos en su
centro, tragando bilis y diciéndose a sí misma que no podía ser cierto. Este era
Bertram, su hermano, el hombre más amable que ella conocía. La clase de
hombre del que todos sus congéneres querían ser amigos, que toda mujer joven
quería para marido. ¿Por qué necesitaría él tener que forzar a las mujeres para
que fueran a su cama cuando podía elegir a cualquier muchacha en Londres?
No, Adam tenía que estar equivocado… alguien le había dado información falsa.
No tenía sentido.
Sin embargo, cuando entró en su habitación y deambuló hacia el pequeño
escritorio, su certeza comenzó a flaquear. Las cosas que había sabido sobre su tío
habían sonado precisas y ella había estado obligada a admitir que podrían ser
ciertas. Ella tenía que poner a un lado su amor por Bertram y pensar
objetivamente. Adam le había advertido que su versión de la verdad podría ser
difícil de comprender, lo que significaba que debía examinar esta pieza nueva de
información desde cada ángulo posible.
Cuando Maeve entró en la habitación para ofrecerle té y una merienda liviana,
Daphne la despidió. Ella no podía siquiera pensar en tratar de comer. En cambio,
tomó el papel, tintero y pluma que había guardado dentro del escritorio, y los
desparramó sobre su superficie. Dejó a un lado las notas que había hecho sobre
su tío William, y tomó una hoja vacía. Sus otras notas habían indicado que el
regreso de Adam a Londres cinco años atrás después de una larga ausencia
parecía alinearse con el cambio de fortuna de su tío descendiendo a la pobreza y
desesperación antes de su muerte. En ese momento, ella comenzaba su segunda
temporada, justo antes que sus problemas financieros hubieran comenzado.
Bertram le había dedicado su atención a varias debutantes jóvenes, cuyos
nombres Daphne escribió a medida que le venían a la mente.
Lady Cassandra Lane. Señorita Caroline Redgrave. Lady Avis Urswick.
A medida que su lista crecía, trató de recordar si Bertram había expresado interés
en el matrimonio con alguna de ellas. Cuantos más nombres agregaba, más
frustrada se sentía, dándose cuenta que nunca había prestado atención a ninguna
de ellas por más de una semanas. En verdad, su hermano nunca había cortejado
seriamente a ninguna mujer.
-Me casaré cuando sea necesario, Daff- le decía cuando ella se burlaba de él,
diciéndole que moriría soltero. –Padre todavía tiene buena salud, así que parece
poco probable que herede el título en el futuro cercano. Tu no quieres que
cualquier muchacha se convierta en vizcondesa, ¿No es cierto?-
Habiendo llegado a la edad de veinticuatro sin elegir marido, Daphne nunca
encontró que el deseo de Bertram de permanecer disponible fuera raro. Después
de todo, ella todavía tenía que encontrar un hombre con el que quisiera pasar el
resto de su vida y no tenía intenciones de casarse hasta que lo consiguiera. ¿Era
tan extraño que su hermano esperara el amor… o por lo menos, pasión?
Y aun mirando la lista de nombres, su corazón se hundió. La gran cantidad de
ellas no indicaba la predilección de un hombre de quedarse lejos del amor.
Parecía la marca de un depredador… un delincuente… un sinvergüenza que se
aprovechaba de las inocentes.
Dejó la pluma a un lado, enterró la cara en sus manos con un profundo suspiro.
Si las afirmaciones probaban ser ciertas, entonces la venganza del hombre contra
su familia tenía algo que ver con una de las mujeres de su lista. Una mujer que
Bertram había arruinado… una que era importante para Lord Hartmoor de
alguna manera.
Durante su corto tiempo en Dunnottar, no se había encontrado con nadie más que
Adam y los sirvientes que lo atendían. Sin embargo, el palacio era enorme, con
muchos pisos y alas que ella no había explorado, muchos lugares donde la mujer
arruinada podría estar escondida. Estaba además la inexplicable ropa femenina;
los ítems que había usado su primer día aquí y los que estaban en la canasta de
ropa lavada que tenía la doncella.
Cuanto más pensaba en ello, más sentido comenzaba a tener. Si su hermano
había arruinado a alguien por quien Adam se preocupaba, entonces él se sentiría
obligado a defender su honor. Sin embargo, las acciones del hombre que había
pagado una enorme suma por acceder a su cuerpo, no parecía en línea con esa
noción. Cuando se arruinaba a una mujer, su padre o guardián normalmente
buscaba restitución del hombre, usualmente terminaba en un matrimonio
apresurado en orden a salvar la reputación de la dama. Entonces ¿Por qué Adam
no visitó a su padre, demandando que se hiciera algo sobre la situación? ¿Por
qué organizar la destrucción sistemática de la familia completa? Él le había
dicho que lo único que había hecho era ojo por ojo, pero había elegido apuntar a
los tres hombres por el supuesto pecado de uno.
Si vamos a eso, ¿quién podía ser esta mujer sin rostro? A pesar de ser varios
años mayor que ella, Adam no era lo suficientemente mayor para tener una hija
que se podría haber encontrado con Bertram. ¿Era una que quería para sí mismo?
¿Una mujer que había sido cortejada, amada y esperaba casarse con ella? ¿Una
hermana, una prima, una pupila?
Emitió un gruñido de frustración, levantó su cabeza. Tenía que descubrir el
secreto de Adam, saber más sobre su familia y su pasado… era la única forma en
que podría desenmarañar esta complicada tela de araña de secretos y mentiras.
Resuelta, devolvió rápidamente sus notas al cajón de escritorio, y se puso de pie.
No hacía mucho tiempo, estaba desesperada por alejarse de él, de escapar de la
verdad que usaba contra ella como un arma. Ahora, ella tenía que ponerse
voluntariamente en peligro, haciendo peligrar los dos, su cuerpo y su alma para
traer más de su tormento sobre ella.
Ella se endureció para lo que iba a venir, preparándose para ser despertada por su
toque malvado…para retirarse cubierta por una manta de vergüenza apoyada
sobre sus hombros y su mente lógica batallando con su cuerpo que no tenía
discernimiento.
Dejó la habitación, y fue a encontrarlo, luchando con las palabras correctas en su
cabeza. No podía simplemente acercarse a él y demandarle respuestas; él se
reiría en su cara antes de hacer algo para recordarle que ella estaba sujeta a sus
caprichos. No había querido jugar sus juegos, pero no le habían dejado otra
opción. Necesitaba saber la completa verdad, poner a dormir las voces en su
mente que le decían que se estaba sacrificando por nada, que estaba permitiendo
que este monstruo la rompiera en pedazos y luego la devolvería a su familia
hecha jirones.
Se detuvo fuera de la puerta donde Niall la había llevado su primer noche aquí,
levantó el puño y golpeó antes de cambiar de opinión. Cuando no obtuvo
respuesta, golpeó de nuevo, apretó su oreja contra el pesado panel para escuchar
los profundos y reverberantes tonos de su voz.
Después de un momento, la inquietud la obligó a tomar el picaporte. Empujó la
puerta y la abrió lo suficiente para mirar por una rendija, buscando su imponente
figura en la débil luz que iluminaba la habitación. Cuando no lo encontró, abrió
del todo la puerta, dándose cuenta rápidamente que no estaba en el estudio. Su
presencia parecía llenar cualquier espacio que ocupara, una cosa elemental que
nunca fallaba en hacer que el vello de su nuca se erizara.
Esa sensación estaba distintivamente ausente, sin embargo entró en la cavernosa
habitación, la curiosidad la llevaba hacia el enorme escritorio que estaba en el
extremo opuesto a la puerta. Los dos hogares habían sido prendidos, los fuegos
la rodeaban con un confortable calor. A pesar del tamaño del estudio, parecía
íntimo, el aroma era distintivo de Adam y permeaba el espacio, cedro, picante y
musk, mezclado con cuero y el aceite de limón con el que su escritorio y las
bibliotecas habían sido lustradas. Se acercó al escritorio, espió el cenicero de
cristal que estaba sobre la superficie, el pedazo de un cigarro, estaba sobre una
pila de cenizas. Su aroma estaba en el aire, mezclándose con otros aromas.
La fuerza de su fragancia y la del cigarro le decía que había estado ahí
recientemente. Mirando sobre su hombro para asegurarse que él o un sirviente,
no se acercaba, ella rápidamente rodeó el escritorio. Ahora la impulsaba la
curiosidad, la necesidad de saber, cualquier cosa sobre Adam que lo hacía tan
peligroso. Ella no se permitió pensar lo que podría hacerle si la encontraba ahí.
No podía haber nada peor que las cosas que ya le había hecho, o las cosas que le
prometió que haría.
Se sentó en su silla, se hundió en el cuero confortable y gastado, el aroma
masculino era más fuerte aquí. La superficie del escritorio estaba inmaculada,
libre del revoltijo y desorden que había esperado. Un gran libro cubierto de
cuero estaba en el centro, resultó ser el registro financiero de algún tipo cuando
lo abrió. Su letra manuscrita era más clara que la de ella, las líneas agradables y
las curvas de las letras y números fueron una rara sorpresa. Se lo imaginó
sentado a este escritorio, su cabello largo cayendo por su espalda, la cara fijada
en una mueca de desprecio, encontraba difícil imaginárselo escribiendo
dibujando esa letra sin errores, opuesto a clavar las hojas mientras soplaba humo
y resoplando fuego.
Ella se rio ante la imagen que había conjugado y cerró el libro, observó las otras
cosas presentes en el escritorio. Un tintero y pluma estaban perpendiculares al
libro mientras otra caja abierta, de madera mostraba varios palitos de cera roja y
un gran sello ornamentado. Tomó el sello, lo dio vuelta en sus manos, notando
que el calor todavía permanecía en su superficie dorada lo que significaba que
recién lo había usado. Su parte inferior había sido creada para crear la impresión
de un castillo sobre la cera, con la palabra Dunnottar escrita elegantemente
debajo de la imagen.
Dejó el sello donde estaba, se inclinó hacia atrás en la silla, y abrió el cajón
delgado y largo construido justo debajo de la superficie superior del escritorio.
Dentro había fajos de papel, varias plumas con bellas filigranas, otro tintero y
una colección de elementos de escribir. Entre todo esto, había un puñado de
sobre cuadrados, estampados con la cera y el sello que recién había revisado.
Frunció el ceño, sacando un sobre del cajón y dándolo vuelta en sus manos. Su
forma y tamaño no dejaba dudas de que era una invitación. Los otros sobres eran
idénticos, le hacían creer que eran para una fiesta con cena. Las invitaciones
serían unas cien para un baile organizado en una casa del tamaño de Dunnottar.
Los nombres no habían sido escritos en el frente del sobre, así que no podía
saber a quién estaría invitando a la fortaleza. Con un suspiro, puso el sobre
cuidadosamente otra vez en su lugar antes de cerrar el cajón.
En una familia convencional, las invitaciones de este tipo serían elegidas por la
dama del lugar, y enviadas con el sello de ella. Los solteros podrían depender de
un hombre de negocios o incluso sus madres para que el trabajo se hiciera. Pero,
en la ausencia de ambos, parecía que Adam tomaba la tarea él mismo. ¿A quién
había invitado a Dunnottar y con qué propósito? ¿Llegarían cuando ella todavía
residiera aquí?
Sacudió su cabeza, decidió que no tenía relación con su búsqueda de la verdad.
A menos que su padre o Bertram estuvieran entre los invitados, una posibilidad
muy improbable, no era de su interés.
Exploró rápidamente el resto del escritorio, abriendo dos grandes cajones a la
izquierda de su silla para revelar un humidificador lleno de cigarros y un cofre
de cedro que contenía un par de revólveres.
Ya estaba aburrida del escritorio y el estudio, se puso de pie y salió
apresuradamente, deteniéndose en la puerta para espiar el corredor y asegurarse
que ningún sirviente pasara. Se deslizó en el corredor, siguió su camino, pero no
sabía hacia donde ir ahora. Adam no había divulgado cuales eran sus
habitaciones favoritas en el castillo, tampoco lo había visto en otro lugar que no
fuera su estudio, la sala donde desayunaban y la sala de música.
Ella recordó repentinamente, la galería, dio vuelta sobre sus talones y se
encaminó en la dirección opuesta.
Sus pasos se apresuraron cuando se acercó al gran hall y al corredor que se
dirigía hacia la otra ala del piso principal del castillo. El equipamiento de
esgrima que había visto en la galería significaba que él debería pasar tiempo
practicando. Que haya dejado el estudio cuando el día apenas había empezado le
dijo que él debía estar intranquilo. Para ella un enfrentamiento de esgrima era la
justo la actividad que debía hacer cuando su mente estaba inquieta y se preguntó
si él pensaba lo mismo.
Efectivamente, el sonido de metal golpeando metal la alcanzó cuando se acercó
a la galería, los sonidos de los pasos que se arrastraban se mezclaban con las
respiraciones agitadas. Cuando giró hacia el espacio largo y ancho, espió a los
dos hombres en vestimenta de esgrima, las máscaras oscurecían sus rostros. A
pesar de ser de gran estatura, los dos se movían con fluida destreza, demostrando
habilidades impresionantes con la espada que manejaban.
El primer hombre era Adam, indudablemente, su cuerpo grande se movía con
toda la gracia de una gato grande, su cabello largo se derramaba de su gorro y
bajaba por su espalda. El otro seguramente debía ser Niall, el único hombre del
castillo tan grande e imponente como Adam.
Se apoyó en la pared cercana, los observó atacarse mutuamente, debidamente
impresionada con la forma en que parecían conocerse, moviéndose adelante y
atrás en una danza en lugar de una pelea.
Durante unos minutos, Adam había sido mejor que su mayordomo, dando el
golpe de punto y poniendo fin al encuentro. Niall se sacó la máscara primero,
deslizándola para que descansara sobre su cabeza. A diferencia de las otras veces
que lo había visto, sonreía, suavizando las líneas ásperas de su cara parecía tener
un semblante casi apuesto. Adam lo siguió, sacándose completamente la máscara
y sacudiendo su cabeza, haciendo que su cabello se ondulara, los mechones
ondeados eran besados por el sol que entraba a través de las ventanas de la
galería.
Los dos hablaban, pero ella no escuchó nada más que el ruido de las voces, la
distancia que los separaba de ellos era demasiada para discernir las palabras.
Repentinamente, Niall levantó su cabeza y miró en su dirección. Ella sintió el
momento en que la mirada cayó sobre ella, toda la calidez se evaporó de su
expresión. El frio le subió por la columna, seguido de un temblor cuando el
mayordomo le murmuró algo a Adam, haciéndolo darse vuelta y mirarla sobre
su hombro.
Se le apretó la garganta, cuando él dobló un dedo llamándola, demandando que
se acercara sin hablar. Ella quería esto ¿No es cierto? Encontrarlo, hablarle, y
encontrar una forma de descubrir las cosas que le ocultaba.
Pero cuando obligaba a sus piernas a moverse y comenzaba a recorrer el largo
camino por la galería hacia ellos, el miedo la recorrió, dando vuelta su estómago.
Los dos hombres habían dado vuelta la cara hacia ella, viéndola acercarse y el
recuerdo de la última vez que ella había estado atrapada entre ellos abrió un pozo
de ansiedad en sus entrañas.
Se tragó la amarga bilis, puso una expresión de indiferencia en su rostro cuando
se acercaba, los aromas mezclados de los dos hombres, y el olor de sus
transpiraciones le revolvieron el estómago, y el calor florecía en su centro. Adam
la estudió con interés, su mirada la recorría de la cabeza a los pies. A la inversa,
Niall la miraba con una burla clara en sus ojos, como si pudiera romperla en
pedazos con sus manos desnudas si le dieran la mitad de una opción.
-Bueno- Adam dijo lentamente cuando se paró frente a ellos, las manos
agarradas recatadamente frente a ella. –Cuando Maeve me dijo que no aceptaste
el almuerzo, no pensé que te vería antes de la cena. ¿Qué te trae por aquí,
Palomita?-
Sus maneras joviales la sorprendieron, un completo cambio del hombre que la
había confrontado en la pradera, demandándole que abriera los ojos y enfrentara
la espantosa verdad.
-Yo… yo tengo una proposición que hacerte. –ella tartamudeó con su cara
hirviendo cuando Niall se rio en reacción a su declaración.
Adam levantó una ceja e intercambió miradas divertidas con su mayordomo. -
¿Una proposición, eh? Niall mejor desapareces… la dama quiere hacerme una
proposición.-
El mayordomo frunció los labios y la miró enojado, pero rápidamente se sacó la
máscara y la vestimenta de esgrima que se había puesto sobre los pantalones,
camisa y chaleco. Los colgó en un estante cercano, tomó su saco de vestir y se lo
puso antes de inclinarse con formalidad.
-Como desee, Amo.- murmuró, le dirigió otra mirada malevolente a ella y los
dejó.
Sus pasos hicieron eco sobre las baldosas de mármol pulido, y eventualmente se
silenciaron cuando él desapareció de la vista.
Apoyó su espada sobre un hombro y la sondeó con mirada curiosa. La luz del sol
inundaba a la habitación, y hacía que los mechones rubios de su cabello brillaran
y sus ojos parecieran del color de la miel caliente.
-¿Y bien?- la empujó él, cuando pasaron varios segundos y ella continuaba sin
hablar.
Aclaró su garganta, y levanto la barbilla. –Había esperado retarte a un duelo.-
Él se rio, girando el agarre de su espada, la luz del sol relumbró sobre la hoja de.
-¿Ah, si?-
Ella asintió. –Si… pero quiero agregar una apuesta a nuestro combate. Si gano,
tienes que responderme una pregunta. Cualquier pregunta que haga.-
Él arrugó el ceño y asintió lentamente, como digiriendo la propuesta. -¿No fue
suficiente lo que supiste esta mañana?-
El recuerdo de las revelaciones que había hecho le había dejado un gusto
amargo. – No me hace gracia esperar por las respuestas que busco. Si eres lo
suficientemente audaz como para permitirme la opción de ganar más, me
gustaría probar.-
La mueca se convirtió en una sonrisa, exponiendo sus dientes. -¿Y que gano
cuando te derrote?-
Ella se erizó ante sus burlas, enojada porque pensara tan poco de su capacidad.
Cuando cayera se probaría que la había subestimado. Ella podía vencerlo… lo
vencería.
-Tu puedes tener…-
Ella se mordió el labio, sabiendo que tenía que ofrecer algo tentador; de otra
manera, él se reiría de ella. Pero, ofrecerle demasiado, demasiado pronto haría
más difícil que usara esta táctica en el futuro. Perdería su atractivo, si por
ejemplo, le ofreciera su virginidad aquí y ahora sin una pelea. No, debía ser algo
que lo complaciera lo suficiente para hacerlo arriesgar el ser forzado a revelar
algo antes de estar preparado para ello.
-M-mi boca.- ofreció ella antes de perder el valor.
Su sonrisa desapareció, y sus pupilas se ampliaron, convirtiendo sus ojos en
bronce insondable. Le aletearon las fosas nasales, y dio un paso hacia ella, le
tomó la barbilla con la mano desocupada. Su pulgar descansó junto a su labio
inferior, su mirada cayó como si contemplara su oferta.
-Es una linda boca, Palomita.- murmuró. -¿Qué es exactamente lo que estás
ofreciendo?-
Le tembló la barbilla, su respiración se cortó por la cercanía masculina que la
bañó como una ola en el mar, confundiendo todos sus sentidos. Llenó su visión
con su gran tamaño, y su aroma flotó hacia su nariz, tan embriagador y
masculino, que casi lo podía probar. Primitivo. Salvaje. Picante con un toque de
sudor por su esfuerzo. Se le debilitaron las rodillas y sus piernas se volvieron de
gelatina.
-Amenazaste usarla, ¿no es cierto?- consiguió decir ella, sus palabras le salieron
bajas y roncas.
-Si. Lo hice.- respondió, trazando la línea de su labio inferior lentamente, y
después apretando hacia abajo para separarlo del superior. – ¿Y tú entiendes lo
que significa, verdad? ¿No eres tan inocente como había asumido, cierto?-
Él le hundió su pulgar en la boca, y ella levantó la lengua para encontrarlo,
lamiendo la punta en respuesta a su pregunta. Nunca había hecho sexo oral, pero
creía que sabía lo básico. No debería ser difícil.
-Dilo, Palomita.- gruñó él apretando otra vez su labio, mordiéndose el propio
como reprimiendo la urgencia de devorarla completa. –Di en voz alta que vas a
hacer con esa pequeña y hermosa boca.-
Las palabras flotaron en la punta de su lengua, la vergüenza le hacía difícil
decirlas. Ella había insistido que nunca se comportaría como una puta, y aún
aquí estaba, haciendo un trueque de favores sexuales a cambio de algo que
necesitaba.
-Dilo, Daphne.- gruñó él, había un filo de enojo inflando su voz. –Quiero
escucharlo-
-Yo-yo voy…-
Él se inclinó acercándose, tan cerca que ella podía sentir su respiración sobre su
cara, picándole en la mejilla.-
-Chupar tu polla, Adam.- terminó por ella.
-Voy a chupar tu polla, Adam.- dijo ella, bajando la mirada, pero no antes de que
el calor y la satisfacción se hiciera visible en la de él, marcando su rostro como
una plancha caliente.
Volvió su sonrisa, lenta, burlona y felina, y ella levantó la vista. –Tienes una
apuesta, Palomita.-
Soltó un suspiro de alivio, se alejó de él, enderezó los hombros y lo rodeó para
acercarse al estante contra la pared. Rápidamente abrió los botones de su
chaqueta, cambiándola por la ropa de protección que Adam ya vestía. Después
de ponerse la chaqueta acolchada y los guantes, ella eligió una máscara, y
sosteniéndola bajo un brazo mientras inspeccionaba la hilera de espadas sobre la
pared al lado del estante de los equipamientos. Flanqueadas entre floretes de un
lado y sables del otro, las espadas parecían todas idénticas, así que eligió una,
probando su balance.
La sostuvo en alto por la empuñadura, y la giró, la dejó ir y la atrapó con la
punta de su índice, balanceándola por la hoja. Un truco que Bertram le había
enseñado. Satisfecha con la espada, giró la muñeca y tomó la espada por la
empuñadura y se dio vuelta para enfrentarse a Adam.
Levantó las cejas, e inclinó su cabeza hacia ella. –La dama sabe cómo manejar
un arma.-
Ella encogió un hombro, lo rozó al pasar a su lado y se puso la máscara. –Te
dije… he estado haciendo esgrima desde que era una niña. No soy una novata.-
-Probaremos tu habilidad.- replicó él, caminado por la galería unos pasos antes
de enfrentarla. -¡En garde!-
Daphne reaccionó rápidamente a la orden, adoptando la posición de arranque y
empujando la espada frente a ella, las piernas flexionadas una mano doblada
detrás de su espalda.
-¿Reglas?- preguntó ella después que él asumió la posición de partida. –El
primero en alcanzar cinco puntos gana el combate… ¿Tres combates en total?-
Ella asintió en acuerdo. –El ganador de dos de tres combates reclama su premio.-
-Muy bien- afirmó el. -¿Lista?-
Si- respondió ella justo cuando dio la voz de empezar.
-¡Allez!-
Él siguió la orden con una rápida estocada, sus largas extremidades le permitían
llegar con la espada al centro del cuerpo de su contrincante. Ella retrocedió y
giró su propia arma para desviar la estocada, y fácilmente la golpeó hacia un
costado. El hizo una estocada otra vez, amagando hacia la izquierda, y después
atacando a la derecha rápidamente cuando ella se movió para defenderse. La
punta de su espada tocó el hombro de ella cosa que le dio el primer punto.
Ella apretó los dientes, se alejó de él, se volvió a flexionar en su posición inicial
y el hizo lo mismo.
-En garde.- gruñó ella irritada porque él había conseguido el primer punto.
Bertram la había acusado siempre de ser competitiva en todo, a menudo
incitándola a hacer apuestas incluso sobres las cosas más mundanas. Su
necesidad de ganar era ahora más que un deseo para desentrañar más de los
secretos de Adam. Se había vuelto una cuestión de orgullo. Este hombre la había
humillado demasiadas veces desde que se habían conocido y le debía una
recompensa.
-¡Allez!-
Esta vez ella atacó primero, haciendo una estocada, y después retrocediendo
cuando el amagó y trató de contra atacar. Ella amagó otra vez, más bajo,
obligándolo a proteger sus piernas. Entonces, ella rápidamente cambió la
dirección de la espada y golpeó su hombro.
La miró a través de la malla de la máscara, retrocedió, y adoptó la posición otra
vez. Ellos pelearon tres veces más, bailando alrededor uno del otro como si
estuvieran estudiándose, probando variados ataques y descubriendo las
debilidades de su oponente.
Cuando estuvieron empatados con cuatro puntos cada uno, Adam consiguió
vencerla en el primer combate, contrarrestando su ataque y tocando con su
espada el fémur de ella. A pesar de haber perdido, Daphne sonreía, dándose
vuelta para ir a adoptar la posición inicial otra vez para el segundo encuentro.
Ella siempre había disfrutado de la esgrima y no había enfrentado a un oponente
tan capaz en bastante tiempo.
-Tienes capacidades admirables con la espada.- le dijo él cuando la enfrentó y
adoptó la posición. –En garde.-
Ella puso los ojos en blanco y resopló. –Que gracioso… iba a decir lo mismo
sobre ti… ¡Allez!-
Él se rio, retrocedió velozmente para alejarse del ataque de ella antes de
contraatacar. El segundo combate duró más tiempo que el primero, los dos dando
tanto como recibiendo, el aprendizaje tentativo de la primera pelea haciendo
posible que desplegaran estilo y talento. Ella resultó más ligera y un blanco más
pequeño y por eso más difícil de tocar.
Ella ganó el segundo encuentro, dándole cinco puntos para derrotar sus tres.
-Bien hecho, Palomita.- jadeó él levantando su máscara por un momento y
usando su manga para secar el sudor que hacía que su frente brillara, - Pero no te
irá tan bien en el último combate. Ya puedo sentir tus dulces labios alrededor de
mi polla.-
La determinación apretó su mandíbula, y ella ignoró su burla, permaneciendo en
silencio mientras reasumía su posición inicial. Riéndose como si supiera que
había tocado un nervio, dio vuelta alrededor de ella, volviendo a su lugar y
preparándose para la tercera ronda. Ella luchó con la urgencia para ni siquiera
parpadear para no perder ningún indicio de sus movimientos cuando él arrancó
la ofensiva, usando fuerza bruta para hacerla retroceder. Ella se alejó dando
vueltas y deteniendo los golpes para evitar el toque de su espada. Pero él no le
permitió dar un solo golpe, volviéndose mucho más cruel en este combate de lo
que había sido en los dos previos. Dio dos golpes seguidos, y se sacrificó y le
permitió a ella dar uno en el proceso.
Su risa se burló de ella, se le aceleró la respiración que se convirtieron en jadeos
rabiosos cuando él dio un tercer golpe y luego un cuarto. La sacó de balance tan
rápido que ella se desesperó y enojó y así se volvió descuidada. El quinto golpe
cayó tan fácilmente, que ella bien podría haber estado parada quieta para
permitirle que hiciera el punto.
La espada cayó en el centro de su pecho, su extremo desafilado se apoyó entre
sus pechos. Adam la mantuvo ahí cuando se sacaba la máscara y la tiraba a un
costado. El sudor empapaba su frente, pero sus ojos bailaban cuando le sonreía a
ella, con el triunfo en la forma en que enderezaba sus hombros y levantaba la
barbilla.
Ella lanzó su espada al piso enojada, tiró de su propia máscara y la tiró también,
sus manos se convirtieron en puños a cada lado de su cuerpo, posiblemente con
ganas de darle una cachetada que le dejaría la huella de la palma de su mano
sobre la cara.
Sin embargo, había sido vencida legalmente y no podía encontrar ninguna falta
en su comportamiento esta vez. Recordó como la había castigado por actuar
como una bruja la noche anterior, inspiró profundamente y se calmó. No
necesitaba provocarlo más, especialmente cuando ahora podría tenerla en una
posición vulnerable.
-No lo haces nada mal, Palomita.- ironizó él bajando su espada e inclinándose
para recoger la de ella antes de llevarlas al lugar y colgarlas sobre la pared. –
Solamente Niall alguna vez probó ser un desafío, así que es lindo tener alguien
nuevo con quien cruzar espadas.-
Él comenzó a quitarse la chaqueta ella se sorprendió con su tono jovial. Justo esa
mañana, él había sido tan duro con ella, pero parecía que hacer esgrima lo había
puesto de buen humor. Había esperado que se burlara de ella, que le refregara
por la nariz la pérdida antes de tirarla sobre sus rodillas para reclamar lo que
había ganado con justicia.
-Estoy fuera de práctica.- admitió ella, comenzando a desabotonar su propia
chaqueta. –Ha pasado un tiempo desde que tuve alguien con quien entrenarme
diariamente. Bertram y yo…-
Ella bajó la mirada cuando su mirada la encontró, dura y con reproche ante la
mención del nombre de su hermano. La necesidad de darse una patada la
abrumó, y no podía creer que había pronunciado el nombre que garantizaba que
lo volvería a llevar a un calabozo.
Aclarando su garganta, ella lo miró, poniendo en su cara una expresión plácida.
-Si quieres comenzar—
-Aquí no.- la interrumpió él sacudiendo su cabeza. –Ven.-
Se dio vuelta y salió de la galería, la dejó sin otra opción más que seguirlo.
Capítulo 8
Daphne permaneció en silencio mientras seguía a Adam desde la galería,
recorriendo el serpenteante corredor que llevaba de vuelta al hall central. Sus
pasos largos eran veloces y seguros, como si tuviera un destino particular en
mente. Al principio, ella pensó que la llevaba a su estudio, la única habitación
del palacio que había visto que él ocupaba además de la galería y el salón de
música. Pero siguieron de largo hacia una puerta que ella no había notado antes,
una que asumió que llevaba hacia afuera.
Efectivamente cuando él abrió el pesado panel, la luz del sol inundó el corredor
y le ardieron los ojos. Entrecerró los ojos, lo siguió a un gran patio cuadrado. Se
detuvo a su lado, ella jadeó asombrada, empapándose de cada detalle del
espacio. Los lados del palacio con forma de cuadrado rodeaban el patio,
cerrándose para el mundo. Había caminos de piedras que conducían hacia
laberinto de seto verde y bancos de hierro aquí y allá invitaban a los visitantes a
sentarse y absorber el escenario. Estallidos de color atrajeron la mirada hacia las
flores que alguien había cultivado cuidadosamente, rosas, edelweiss, azucenas,
iris, tulipanes y una gran cantidad de otras, complementaban el seto verde con
explosiones de rojo, amarillo, violeta y rosa. En el centro de todo había un pozo,
y el borde bajo le permitió observar el agua limpia y clara que tenía dentro.
-Oh.- susurró ella, habiendo olvidado la razón por la que lo había seguido. –Es
tan…-
Un suspiro sin aliento escapó de su boca cuando se acercó a la planta más
cercana, extendiendo su mano para acariciar los delicados pétalos de una rosa
rojo sangre.
-Debes amar estas flores.- murmuró ella, la tranquilidad del jardín demandaba
hablar en voz baja. –Están muy bien cuidadas.-
-Mis jardineros son bien compensados por mantenerlo en buena forma.-
respondió él.
A pesar de su intento de sonar indiferente, ella pudo oir la tensión de su voz. Se
dio vuelta para mirarlo sobre un hombro, ella frunció el ceño. Él evitó su mirada,
su cabello caía sobre un hombre mientras miraba el jardín.
-Aun.- ella dijo tentativamente. –Esta debe ser la parte más inmaculada y bien
mantenida del castillo. Tiene que significar algo para ti.-
Insegura de porqué la vista de él rodeado de tanta luz y vida le tiró de las cuerdas
de su corazón, Daphne se acercó al pozo, dejándolo detrás de ella. No quería ver
esa mirada perseguida en sus ojos, o preguntarse qué podía significar. Este
hombre había destruido su familia, y, si se salía con la suya, la destrozaría a ella
también. No merecía su lástima.
-Alguien que vivía aquí plantó las flores.- dijo él, siguiéndola hacia el pozo. –
No puedo atribuirme el mérito por ellas.-
Apoyó las manos sobre la piedra del pozo, miró hacia el agua en el fondo.
Reflejaba su imagen y la de Adam que se asomaba amenazante detrás de ella.
Ella contuvo la respiración cuando él apoyó las manos de cada lado de ella,
atrapándola entre sus brazos y apretando su cuerpo contra el de ella.
-La cisterna abastece a todo el castillo con agua fresca.- dijo él conversando,
como si no estuviera presionando su gruesa polla erecta contra su espalda. –Un
sistema de caños instalados dentro del palacio nos permite bombearla a la cocina
y a los baños.-
Ella quería preguntar quién había plantado las flores y porque ya no vivía aquí,
por si resultaba ser la misma persona que su padre, tío y hermano de alguna
manera habían agraviado. Pero, la fuerte presión del pecho de él contra su
espalda, el calor que emanaba de él y que se colaba a su piel, y la advertencia de
su aliento contra su nuca le robó las palabras de los labios. Mantuvo su espalda
erguida, y combatió la urgencia de hundirse contra él, arquear su columna y
ponerse en puntas de pie así podía anidar su cadera sobre su ingle.
-¿Por qué tienes que luchar contra mí, Palomita?- murmuró él, bajando su cabeza
y presionándole su boca contra la oreja.
Le rozó la nuca con los labios, su vello facial le hacía cosquillas en la piel
delicada, su aliento la acariciaba como el roce de insistentes dedos. Con un
gemido, ella cerró sus ojos, su cuerpo se sacudió por los escalofríos que quería
mantener a raya, el deseo que quería esconderle.
-Las cosas que quieres… las cosas que necesitas… yo sé lo que son.- susurró,
tomando su cadera y tirándola contra él. – Son la razón por la que has
permanecido soltera por tanto tiempo, a pesar de ser la clase de mujer por la que
los hombres de Londres claman… a pesar de haber podido elegir entre los
mejores solteros. Son la razón por la que te quedaste, incluso cuando te prometí
que iba a lastimarte y romperte.-
-No sabes nada de mi.- replicó ella a pesar de que el placer le hacía retorcer los
dedos de los pies dentro de las botas, sus ojos se ponían en blanco cuando él
acariciaba su nuca con los labios, su lengua se acercaba para probar el sabor de
su columna.
Él se rio burlonamente, el sonido áspero hizo que se soltara un calor líquido en
su centro y su coño se tensó con anhelo.
-Sé que no quieres modales corteses o besos dulces.- respondió el. –No quieres
ser apreciada o mimada. Quieres ser usada, manchada… quebrada. Quieres que
separen tus piernas y te saqueen hasta que no quede nada.-
No pudo esconder su temblor esta vez, su boca se secó cuando él tomó su
cabello, envolvió su trenza alrededor de su puño antes de darle un duro tirón. Su
cuello se arqueó, su cuero cabelludo dolió por el agarre brutal cuando la dio
vuelta, parecía que no le importaba que el ángulo en que la sostenía podría
causar malestar. Su corazón bombeaba tan rápido y fuerte, que no se
sorprendería si él podía escucharla, sus venas zumbaban con la prisa
embriagadora de su sangre y la excitación que había acelerado su pulso.
-Mantenerte aquí durante treinta días y mandarte de vuelta a Londres será más
que suficiente para arruinar tu reputación.- dijo con aspereza, sus patillas le
raspaban las mejillas, sus labios calmaban después donde el vello la había
abrasado. –Pero supe en el momento en que te vi que no sería suficiente, no para
mí, y no para ti. Sería más fácil para ti si te sometes y obedeces, Daphne… si te
rindes a lo que los dos queremos.-
Ella resopló burlonamente, se retorció en su agarre, decidida a ganar la batalla
contra su cuerpo, que parecía reaccionar a él por su propia voluntad, incluso
cuando su mente le gritaba que estaba en los brazos de un monstruo.
-¿Cómo puedo desear a alguien que odio?- respondió ella.
Él se rió otra vez, el estruendo de su pecho resonó a través de su espalda,
calentando su cuerpo entero y le dieron pinchazos en la piel tomando conciencia
del dolor.
-Es muy inocente de tu parte pensar que la lujuria tiene algo que ver con
emociones más suaves, como la admiración o el respeto. Cuando vuelvas a
Londres con tu reputación en pedazos, ¿qué importará que lo hayas disfrutado,
que lo deseaste desesperadamente… que incluso rogaste por ello?-
-Nunca te rogaré.- le dijo entre los dientes apretados, incluso cuando el frotaba
su pelvis contra ella, llenando su mente con toda clase de pensamientos eróticos,
imaginándose todas las cosas que él le podría hacer con esa polla.
-Quizás no,- cedió él soltando su cabello y dándola vuelta para que lo enfrentara.
Sus ojos brillaban como oro líquido a la luz del sol, se veían puntos verdes en las
profundidades, tenía una mirada inconfundible de depredador que la observaba
con una promesa destructiva.
-Pero al final no importará.- le recordó él. –Estoy completamente decidido a
tomar lo que quiero. Aunque pelees o te entregues y te permitas disfrutarlo, no es
mi problema.-
Ella elevó la barbilla desafiante, y encontró su mirada silenciosamente, decidida
a no ser vencida, a no dejar que él le hiciera sentir cosas que no deseaba sentir.
Él se había equivocado con ella, ella no quería aquello con lo que la amenazaba,
el dolor o la deshonra. Ella no quería un monstruo en su cama, que reclamara su
cuerpo, que la llenara con su veneno.
Incluso si cuerpo prácticamente cantaba en respuesta a su toque.
Él le tomó el hombro, la empujó, dándole la orden de arrodillarse sin palabras.
-¿Me darás lo que se me debe, o me obligarás a sacártelo?- preguntó, mirándola
desde su posición de dominancia.
Parecía más grande desde esta posición, su sombra bloqueaba el sol, sus gruesas
piernas separadas a cada lado de ella, su cuerpo grande la atrapaban contra la
pared de piedra de la cisterna. El duro perfil de su polla se mostraba al frente de
sus pantalones, empujando hacia ella a través de la tela. Recordó lo que se sentía
tener el órgano en sus manos, tan duro y suave a la vez, hizo que su garganta se
apretara.
-Ganaste la apuesta de buena ley.- ella declaró, alejando su mirada de su bulto y
obligándose a mirarlo a los ojos. –Soy una mujer de palabra.-
Él asintió, su cuerpo se relajó un poco, sus músculos estaban listos para saltar y
atacar. Le tomó el brazo, arrastró su mano sobre su miembro hasta que llegó a la
mano. Con un agarre apretado sobre su muñeca la inclinó hacia su bragueta,
haciendo que ella apoyara su mano plana sobre los pantalones. Ella jadeó, su
calor irradiaba a través de la tela y quemaba su palma. El órgano se sacudió en
respuesta, parecía que pulsaba con poder salvaje y masculinidad. Él gruñó,
empujando su cadera y clavando su polla contra la palma de la mano femenina,
frotándose contra ella.
Entonces, soltó su mano, dejó que sus brazos cayeran a los costados de su
cuerpo, y la miró expectante. –Sácala.-
Ella se apresuró a obedecer, no queriendo hacer que esto fuera más difícil para
ella que lo necesario. Si ella lo complacía, quizás, él sería más amable con ella
en el futuro, sería más probable que la cuidara cuando tomara su virginidad.
Estabilizó su manos temblorosas, rápidamente abrió la bragueta de sus
pantalones, revelando su polla centímetro a centímetro. Esta saltó cuando ella
terminó de abrir los botones, la ausencia de ropa interior permitió que
prácticamente cayera en sus manos. Era tan amenazante como recordaba, grande
y estirándose hacia ella, casi violeta en la punta por la sangre que la llenaba y la
estiraba hasta proporciones casi imposibles. Una vez más se encontraba
preguntándose cómo iba a entrar en ella sin romperla en dos una vez que él se
decidiera a reclamarla.
Miró hacia arriba a Adam, lo encontró mirándola impasible, su expresión no
traicionaba nada. Él se acercó un paso a ella, la obligó a que inclinara su cabeza
contra la pared de piedra, y llenó su visión con la vista de su polla saltando fuera
de su ropa y el puñado de cabello oscuro que cubría su ingle. Sus pelotas
colgaban pesadas y llenas entre sus muslos que parecían troncos de árboles, todo
músculos sinuosos y abultados. Su aroma hacía girar su cabeza, su perfume
almizcleño único se mezclaba con los aromas de cedro y cigarro que parecían
estar siempre presentes en su piel.
-Tómame en tus manos.- dijo él impaciente.
Ella obedeció velozmente, envolviendo sus dedos alrededor de su vara, su mano
casi no podía rodear su anchura. Él apretó sus dientes y empujó contra la
abertura de su mano, su semilla brotaba de la hendidura de la cabeza. A pesar de
la dureza y longitud que pulsaba en su agarre, él no parecía afectado por su
toque, su cara permanecía sin expresión como siempre.
-Dos manos.- dijo él con la voz ronca, su voz salía áspera y temblorosa.
Ella sonrió, dándole su otra mano, la evidencia de su lujuria ahora comenzaba a
mostrarse a través de la máscara de indiferencia. Él gruñó cuando ella lo
encarceló con la segunda mano, lentamente movía las caderas para crear fricción
entre ellos. Su polla parecía crecer con cada empuje, las venas palpitantes
vibraban con cada pulso del corazón. Él añadió su mano a las de ella, apretando
su agarre y mostrándole el ritmo que quería. Su respiración salió en jadeos
duros, sus ojos se cerraban mientras la ayudaba a bombearlo, sus manos
moviéndose en tándem sobre la dura cresta de su pene.
La miró hacia abajo por detrás de sus pestañas, soltó las manos de ella. –Tu
boca, Palomita… jódeme con esa linda boquita.-
Ella dejó caer las manos, reunió coraje para hacer lo que él había ordenado. ¿Y si
ella era horrible haciéndolo? ¿Y si él se enojaba con ella por no saber qué hacía y
encontraba otra forma de satisfacer sus necesidades?
El miedo la retuvo un ratito, la comprensión de que hacerlo esperar podría ser la
peor ofensa la puso en movimiento. Se inclinó hacia adelante, acarició la cabeza
de su polla con los labios, tentativamente lo besó. Él se mantuvo perfectamente
quieto, incluso el sonido de su respiración se disipaba como si esperara,
anticipándose a lo que ella podría hacer.
Abrió su boca, sacó la lengua y se sorprendió ante su sabor. Un poquito de sus
jugos cayó sobre su lengua le supo a salvaje y primitivo, lo que ella suponía era
masculinidad pura y cruda. Algo salado, algo dulce, completamente masculino.
Lo lamió otra vez, y esta vez hundió la lengua en su hendidura. Él hizo un
sonido con su garganta que le hizo fruncir la piel y le dio una intensa sensación
de poder. Lo exploró más con la lengua, rodeó la punta y apretó la parte inferior,
lamiendo hacia la base, y luego volviendo hacia arriba lentamente.
Él respiraba otra vez, el sonido áspero del aire que salía y entraba por sus labios
separados, tenía el pecho pesadoa y apretaba las manos en puños a sus costados.
Ella lo tomó entre sus labios instintivamente lo chupó, moviendo la boca sobre él
de la misma forma en que lo había hecho con las manos. Adam tembló, una
mano se disparó hacia adelante y apretó el borde del pozo.
-Más.- gruñó él, empujando su cadera hacia la cara de ella y enviando su polla
más profundo en su boca. –Toma más.-
Respirando por la nariz, ella cerró los ojos y obedeció, apretando sus labios
alrededor de él mientras apretaba la parte inferior de su pene con la lengua.
-Si, Palomita… justo así.- la alentó, encontrando un ritmo parejo en su boca
cuando se adaptó, alentada por los bajo gruñidos y la rápida respiración que el
parecía no poder controlar.
Sus palabras encendieron un fuego en su estómago, que incendiaron su coño
haciéndolo gotear, desatando un anhelo que solamente él podía satisfacer. Su
canal vacío se cerraba con necesidad, y sus pechos se apretaban en los pezones.
Murmurando un juramento, le agarró el cabello con la otra mano y empujó más
profundo, mandando su punta hasta la parte de atrás de su garganta. Gruñó,
incluso cuando ella se atragantó alejándose de él peleando por respirar.
Sus dedos se apretaron alrededor de la trenza hasta que los ojos de ella se
llenaron de lágrimas y empujó contra su boca implacablemente.
-Tómalo todo.-dijo él antes de empujar la cabeza de ella contra su longitud.
El pecho de ella se quemaba por el esfuerzo para poder respirar cuando él
llegaba al fondo de su boca otra vez, manteniéndola ahí sin compasión.
-Respira.- le ordenó tirando de su pelo antes tomarla brutalmente otra vez. –A
través de tu nariz… relaja tu mandíbula… llévame más adentro.-
Hizo lo que él había ordenado, calmando la urgencia de luchar contra la carne
rígida que demandaba acceso a su garganta, aflojando y abriendo su mandíbula e
inspirando aire por la nariz. Tragó la saliva que inundaba su boca y él jadeó,
hundiéndose más en ella antes de retroceder, y luego bombeando otra vez. Él
estiró y amplió su boca, nunca soltó el agarre del cabello mientras seguía
jodiendo su boca, al principio lento y luego aumentando la velocidad cuando ella
se acostumbró.
Ella apretó sus ojos cerrados, y se rindió a su control, le dejó usarla, y se volvió
más fácil por su falta de resistencia. Cada respiración que ella tomaba por la
nariz la llenaba con su aroma, cada empuje de su polla dentro de su boca
resonaba a través de su cuerpo y producía una punzada de anhelo profundo en su
núcleo con cada empuje. Ella necesitaba alivio, apretar una mano contra su
clítoris y apretar hasta que se liberara, aliviar la agonía que se retorcía en su
útero, volviéndose más aguda con cada sonido áspero que le sacaba a él.
-Mierda, que bueno.- gruñó él, sus rodillas se aflojaban cuando sus empujes se
volvieron más salvajes y menos controlados. –Si, Palomita… Dios eres tan
perfecta… tan buena…-
Ella abrió los ojos y lo miró fijamente, y un inesperado triunfo inundó su pecho
ante la vista que el mostraba. Ojos cerrados apretadamente, cabeza lanzada hacia
atrás exponiendo su cuello, los labios separados para gemir su placer. Incluso
mientras la usaba, y tomaba de ella, la ponía en posición inferior a sus pies, ella
sentía que había ganado este jueguito, casi lo puso de rodillas con nada más que
su boca.
-Maldito infierno, me voy a venir.- jadeó él, sus rodillas se doblaron cuando
apretó la cabeza de ella con las dos manos, poniéndola en el ángulo que quería. –
Tómalo todo, Daphne,… cada gota.-
Ella hizo un pequeño sonido de consentimiento, mirándolo hacia arriba, y viendo
cuando se derrumbaba, temblando y estremeciéndose porque parecía luchar por
durar más tiempo. Pero, en el momento en que la miró a los ojos, el jadeó y se
dobló cuando comenzó a derramarse dentro de la boca femenina. Chorros
calientes de semen inundaron su paladar, cada empuje de sus caderas trayendo
más y más de ese líquido salado y picante. Ella tragó hasta la última gota, como
él había ordenado, manteniéndolo en la boca hasta que la última ola de semilla
dejó el cuerpo masculino, y se volvió flácido contra la lengua y así salió de su
boca.
Él respiraba pesado, la miró con los ojos casi cerrados, el brillo dorado lleno de
satisfacción. Soltó su cabello, amoldó su mano a la cara, y apretó su pulgar
contra los labios de ella.
-Que boca tan bonita.- murmuró él- Y perversa, también. Bien hecho, Palomita.-
Sus palabras tuvieron un efecto extraño sobre ella, le calentó el pecho, y por el
orgullo levantó la barbilla. Él la había desequilibrado desde que había llegado,
sin embargo por primera vez sintió que había ganado algo de terreno en esta
batalla de voluntades.
Él soltó su cara, guardó su polla en los pantalones y rápidamente abrochó los
botones de la bragueta. Mientras ponía la camisa dentro de ellos, la estudió con
diversión en sus ojos.
-Mírate…una criatura tan lasciva como nunca vi.- bromeó el. –Y he disfrutado
mi cuota de mujeres lascivas.-
Se miró a sí misma y se sonrojó, la vergüenza le calentó las mejillas. La posición
de sus rodillas le había levantado la falda de su traje de montar hasta sus muslos,
revelando sus piernas enfundadas en las medias. Su blusa estaba arrugada sin
arreglo, su blanco inmaculado manchado por la proximidad con la tierra. Estaba
segura que la parte de atrás no estaba mejor que la delantera por haber estado
apretada contra el pozo. Las puntas de sus pezones eran visibles a través de la
seda fina, sin ninguna camisa para darle un aspecto de modestia. Un inequívoco
aroma flotaba en el aire, la esencia de su excitación.
Ella lo miró nuevamente en silencio, la vergüenza la bañaba cuando se dio
cuenta que él había tenido razón. Si la tiraba al piso ahí mismo y saqueaba su
cuerpo, difícilmente lo pelearía. Justo como le había pasado cada vez que él la
había tocado, ella estallaría en llamas, consumida por el deseo y una necesidad
insaciable.
¿Qué mierda estaba mal en ella?
-¿Por qué simplemente no continuas?- preguntó ella, sacudiendo su cabeza con
incredulidad. –Acepté darte mi cuerpo… estoy aquí día y noche vestida como
una prostituta y a tu disposición. ¿Por qué no terminas de una vez?-
Ella se mordió el labio cuando se dio cuenta que su pregunta había sonado
demasiado como un ruego para su tranquilidad mental.
Adam le lanzó su sonrisa gatuna. -¿Qué gracia tendría eso, Palomita?-
Dijo eso, se dio vuelta y se alejó, sus piernas largas lo llevaban rápidamente por
el patio. Entonces, desapareció dentro del castillo, dejándola sentada sobre el
piso con un coño dolorido y la cabeza confundida.
Los días siguientes pasaron en suerte de quietud que a Daphne le resultaba
desconcertante. Ella y Adam parecían haber caído en una suerte de limbo, que la
dejaba al límite y preguntándose cuando atacaría otra vez.
Cada mañana después del desayuno, ella iba hacia la galería, segura de
encontrarlo haciendo esgrima con Niall. Lo observaba practicar con su
mayordomo, estudiaba su suave elegancia y la fluidez con la que se movía con la
misma seguridad y confianza que desplegaba en cada aspecto de su vida.
Cuando terminaba con Nial, combatía con ella a continuación, y parecía disfrutar
cruzar espadas con ella. Después de haber sido despedido, el mayordomo no
perdía la oportunidad de dar a conocer su disgusto, su desdén hacia ella era claro
cuando se quitaba el equipo de esgrima y todo el tiempo la destruía con la
mirada. La recorrían temblores por la columna y se asentaba una fría bola de
miedo en sus entrañas. El hombre la estudiaba como si no fuera más que un
bicho repugnante que aplastaría con su tacón si tuviera la oportunidad.
Sin embargo la presencia de Adam la calmaba, y una parte de ella parecía
entender de forma innata que él no permitiría a nadie del servicio que la dañara.
Ella no era lo suficientemente densa para creer que fuera por algún afecto o
cuidado de su parte. El hombre simplemente deseaba proteger su inversión de
treinta mil libras. Una inversión de la que tenía que tomar todavía plena ventaja.
Parecía satisfecho con adherir a su plan, dejarla en vilo adivinando cuando le
arrebataría la única cosa de la que nunca se podría recobrar una vez que él se la
sacara.
Y así, en los días que siguieron a la apuesta y con el posterior reclamo del botín
por parte de él, ella se obligó a relajarse y a tomar las cosas como vinieran. Por
un tiempo vivieron con alarmante previsibilidad, combates de esgrimas en las
mañanas, leyendo en su habitación mientras Adam atendía sus negocios en su
estudio, cabalgatas a través de la campiña escocesa, horas en la sala de música
practicando el arpa.
Ella estaba tan oxidada con el arpa como estaba en esgrima, pero unas horas en
el banquito punteando el instrumento y fue como si nunca hubiera dejado de
hacerlo. Estos momentos eran sus favoritos, los momentos que podía encerrarse
en la sala de música y tocar las cuerdas con los dedos. La música flotaba
alrededor de ella, y podía cerrar los ojos, imaginándose que estaba en otro lugar,
quizás en un gran escenario con muchísima gente viéndola, escuchando y
empapándose en cada nota que extraía del instrumento. Y era un hermoso
instrumento, el oro pesado descansaba en su hombro como un viejo amigo, sus
ángeles alados volaban y transportaban la música con ellos.
Poco después, Adam comenzó a aparecer en la sala de música, parado en el
umbral de la puerta u holgazaneando en los grandes muebles. Una tarde, trajo
una pila de registros y una pluma, y en silencio se ubicó en una esquina de la
habitación. Cuando ella se detuvo en el medio de Concierto de arpa de Charles
Oberthur para echarle una mirada cautelosa, él encontró sus ojos e hizo una
mueca.
-Toca, Palomita.- la alentó, su voz baja y tranquila en el silencio de la sala, le
envió un rayo de calidez a sus palmas. –No te detengas por mí.-
Ella continuó con el concierto, manteniendo su mirada sobre él, segura de que
tenía que tener un motivo para interrumpir su soledad. Medio esperaba que se
abalanzara sobre ella y terminara lo que había comenzado la última vez que ellos
había ocupado juntos esta habitación, ella siguió tocando con la vista fija sobre
él.
Cuando terminó el concierto de arpa, fluyendo fácilmente a la Sinfonía Nro 1 de
Jean Baptiste Krumpholz estuvo claro que él simplemente quería sentarse y
escuchar, con la cabeza sobre los registros y seguir trabajando. Ella cerró los
ojos, volvió a su mundo privado, ese lugar interior de su mente donde solamente
ella y la música existían, las notas fluían de sus dedos como plumas en el viento.
Un concierto se convirtió en dos y luego tres, y antes de que se diera cuenta, ella
abrió los ojos horas después para encontrarlo mirándola, sus registros estaban
cerrados y su intensa mirada fija sobre ella.
Se le aceleró la respiración y el pulso, estaba aferrada al arpa, registrando el
sudor sobre su frente y el cansancio de sus manos. Ella no había tocado tanto
tiempo y tan apasionadamente en mucho tiempo.
-Tocas maravillosamente.- dijo él, manteniendo su voz baja como para no
romper el hechizo. –Hacía bastante tiempo que una persona con tu habilidad no
ponía sus manos en esas cuerdas.-
Ella frunció el ceño mientras lo estudiaba, sorprendida por la forma en que esa
confesión transformó su cara, sus ojos se oscurecieron como si se hubieran
reunido nubes de tormenta en su mirada, su boca fruncida en los extremos.
Como el jardín, habló del arpa como si perteneciera a alguien importante,
alguien que ya no vivía en Dunnottar, pero que había significado algo para él.
-¿La amaste?- preguntó ella, insegura porque esperar la respuesta le cortaba el
aliento.
Él mantuvo su mirada por un largo momento antes de contestar, un millón de
expresiones en conflicto sobre su cara, incluso cuando había permanecido
implacable, inmóvil. Sus ojos lo habían traicionado, dándole a Daphne su
respuesta antes de hablar.
-Si- dijo con voz ronca.
La única palabra había tenido dentro notas de ira y rabia, cosa que la había
desconcertado mucho más. Si él la había amado, entonces ¿por qué esa amargura
ante su recuerdo?
-¿Qué le paso a ella?-
Entonces, le cayó encima…la razón por la que estaba aquí, la razón por la que
Adam le había declarado la guerra a su familia.
-Bertram- dijo ella antes que él pudiera responder. – Él le ocurrió a ella.-
Él asintió lentamente, cruzó una pierna sobre la otra, sus manos se flexionaban y
apretaban como si deseara usarlas contra algo, para romper y destruir. El poder
de esos dedos, las venas pulsando sobre el dorso de las manos, le envió un
temblor a través de ella.
-Estas empezando a desanudar los hilos.- replicó él. –Es un poco más
complicado que eso, Palomita, pero resumiendo…si. Bertram le ocurrió a ella.-
Sin otra palabra, él se puso de pie y se fue de la sala, llevando sus cosas con él y
dejando la puerta abierta. Ella se quedó sentada en el banquito por lo que
parecieron muchas más horas, volviendo sobre el misterio que Adam le había
presentado a su mente. Alguien a quien había amado, una mujer, que había sido
arruinada por Bertram. ¿Quién había sido la mujer? Él declaró que no tenía
esposa, pero el arpa y el jardín aquí en Dunnottar contaban una historia
diferente.
Sacudiendo su cabeza, suspiró dándose cuenta que todavía no tenía sentido. Lord
Hartmoor era conocido como un soltero confirmado y no había sido juntado
públicamente con ninguna mujer de la que ella tuviera conocimiento. Quizás una
amante o querida con la que había vivido en pecado o un contacto secreto.
Aun, ahí quedaba la acusación hecha contra su tío… el cargo de asesinato. Si
Adam creía que Bertram había violado a esta mujer, entonces seguramente,
¿también creía que William la había matado? ¿Qué parte creía él que su padre
había jugado en todo esto? ¿Qué razón tendrían ellos para victimizar a una mujer
presumiblemente inocente?
La pregunta la persiguió por días, robándole el sueño, los únicos momentos en
que ella podía alejar esos pensamientos era su tiempo haciendo esgrima con
Adam o practicando el arpa.
Para la quinta noche, casi se había vuelto loca pensando. Se levantó de la cama
se había puesto una bata sobre el camisón esperando que un tiempo en la sala de
música calmara su mente. No sabía dónde estaba el dormitorio de Adam dentro
del palacio, pero estaba bastante segura que no estaba lo suficientemente cercana
a la sala de música como para despertarlo. En la mañana, ella intentaría
conseguir más respuestas de él, incluso si lo provocaba como para ponerla sobre
sus rodillas o le empujaba la polla por la garganta. Cualquier cosa sería mejor
que este lugar de quietud, el tormento de no saber lo suficiente para entender las
cosas que pasaban alrededor de ella.
Recién había salido de la habitación cuando un extraño sonido llevó su mirada
hacia el pasillo prohibido, la esquina que llevaba más dentro del palacio, más
allá del hall que Adam le había advertido que nunca debía ir. Sus pasos
vacilaron, su garganta se apretó cuando se repitió ese ruido, reverberando por el
pasillo y haciendo eco con los altos cielorrasos. Cerró su bata con manos
temblorosas, se dio vuelta para mirar al hall oscuro, solo ligeramente iluminado
por la luz de la luna que brillaba frente a las ventanas del hall principal.
El sonido se repitió, más cerca esta vez, su tono inconfundible.
Los gritos de una mujer.
Quien quiera que sea, sonaba medio loca, aullando y llorando como si estuviera
poseída por un demonio. Daphne luchó con ella misma, la mitad de ella
queriendo retroceder hacia su habitación y cerrar la puerta, bloqueando el sonido
afuera, y la otra mitad muriendo por saber quién era la mujer que estaba en el
pasillo prohibido, y qué la hacía gritar como si su alma se estuviera prendiendo
fuego.
La decisión le fue arrebatada de sus manos cuando una aparición se materializó
al final del pasillo, brillando como un espectro blanco. Corrió hacia ella, sus
gritos alcanzándola, dejándola helada en su lugar y causando que su sangre se
congelara.
Era la mujer, se dio cuenta, delgada vestida con un camisón blanco, cabello
oscuro cayendo detrás de ella como seda negra. Su cara brillaba tan pálida como
su camisón, sus ojos desesperados no veían, desenfocados, registrando algo en el
aire que Daphne no podía ver.
Ella corrió hacia Daphne, las lágrimas caían por su rostro, sus pies descalzos
golpeaban contra la alfombra. Cuando se acercó, se hizo patente que no tenía
intención de bajar su velocidad o detenerse, Daphne comenzó a retroceder, el
pánico le quemaba las entrañas. Quien quiera que fuera esta mujer, claramente
no tenía todas sus facultades mentales y podría ser peligrosa.
Antes que pudiera volver a su habitación, la extraña mujer estaba sobre ella,
llorando y gimiendo tomó las solapas de su bata.
-Por favor- gimió, los largos mechones de cabello caían sobre su cara y
oscurecían sus facciones. –¡No deje que me lleven… no deje que me lastimen!
La invadió la pena cuando la mujer la aferraba, temblando y moqueando,
claramente aterrada por cualquier amenaza que ella imaginaba que la perseguía.
Ella no era más que una débil mujer, delgada y pequeña, con ojos grandes que
espiaban a Daphne a través de la cortina de cabello que parecía más largo en esa
cara demacrada.
Tomó los brazos de la mujer, forzó una sonrisa y trató de hacer que su voz
sonara tranquila. –Está bien. No dejaré que nadie la lastime. Soy Daphne
Fairchild. ¿Cuál es tu nombre?-
La muchacha levantó su cabeza súbitamente, sus ojos grandes y marrones
conectando con los de Daphne. Se abrieron más grandes, y el apretón sobre los
brazos se ajustó dolorosamente.
-Fairchild- gruñó, sus pupilas se dilataron y oscurecieron los ojos, el gruñido
hizo eco por el pasillo ominosamente. -¡Fairchild!-
Daphne soltó un grito cuando el cuerpo de la mujer chocó con ella, tirándola
sobre la gruesa alfombra, cayendo sobre ella apilada. La azotaron unas manos,
las uñas le arañaron la cara y el cuello, agarraron mechones de cabello y tiraron
ferozmente.
-¡No!- la mujer gritó, atacando a Daphne como si su vida dependiera de ello. –
¡No. No permitiré que me la quites!-
Levantando las manos para defenderse, se retorció y resistió debajo de la mujer,
pero la locura parecía darle fuerza. Un grito pidiendo ayuda estaba en su
garganta, alojado ahí por el pánico y se mantuvo ahí por miedo. La mujer siguió
gritando y arañándola, la saliva volaba de su boca, su camisón se caía de un
hombro, el cabello las rodeaba a las dos en una enredada neblina de oscuridad.
Entonces, tan repentinamente como había caído sobre Daphne, ella se había ido,
un par de manos fuertes la levantaron.
Luchando por volver a respirar, Daphne se arrastró rápidamente retrocediendo,
su corazón tronando en su pecho mientras observaba a Adam luchar con la
enfurecida mujer.
-Está bien, Livvie- murmuró él, su voz estaba firme pero amable mientras
sostenía sus brazos y le daba un pequeño sacudón. –Estoy aquí. Soy yo… Hart.-
La mujer se quedó quieta en sus brazos, poniéndose rígida y luego se desinfló, su
pequeño cuerpo se marchitó como una flor en la ausencia del sol. -¿Hart?-
El labio inferior de Daphne tembló. Había un asombro y amor en la voz de ella
cuando pronunció la versión acortada de su título como si lo quisiera, como si lo
quisiera a él.
-Si, Mariposa.- susurró él su voz se quebró cuando dijo el afectuoso apodo. –
Hart… estoy aquí. Siempre estoy aquí.-
Asintiendo, la mujer, Livvie, o Mariposa, como Adam la había llamado, cayó en
otro ataque de gemidos, bajando la cabeza y tapando su cara con el cabello otra
vez.
-¿Dónde estabas?- gritó ella, su pequeña voz ronca y áspera de tanto gritar. -
¿Dónde estabas, Hart?-
Él se hundió apoyando una rodilla cuando ella colapsó, apretando sus brazos
alrededor de ella cuando se enroscó en sí misma y se anidó contra él, los
gemidos destrozando su cuerpo.
-Lo siento, Mariposa.- replicó él, en voz baja, un brusco susurro, tan torturado
como el grito de ella. –Estoy aquí ahora… siempre.-
Otra larga sombra apareció de la oscuridad, y Daphne miró hacia arriba para
encontrar a Niall descendiendo sobre ellos, su cara blanca como una sábana, las
duras líneas más marcadas por la preocupación que arrugaba su ceño.
Se arrodilló al lado de Adam y la ignoró, le ofreció a su Amo una botella clara
tapada con una tapa de madera. El tremendamente dulce aroma del láudano salió
de la botella abierta que le dio a la mujer. Su llanto disminuyó y se prendió a la
botella chupando como si tomara leche de su madre, sonaban leves quejidos del
fondo de su garganta mientras tragaba la droga que era conocida por curar todas
las dolencias.
A Daphne se le cayó la mandíbula cuando la niña consumió una cantidad que
parecía demasiado para una persona de su tamaño. Pero, una vez que terminó y
Adam le quitó la botella de sus labios, ella cerró los ojos y suspiró con alivio, la
tensión de sus extremidades se derritió. Una suave sonrisa curvó su boca y sus
ojos se volvieron vidriosos y una paz desenfocada la aquietaba.
Estudiando sus rasgos que ya no estaban oscurecidos por su cabello, Daphne
sintió una fuerte sensación de deja vu. Ella conocía a esta mujer… o por lo
menos, se la habían presentado en el pasado. Antes de que pudiera determinar
cuando y donde, Adam se puso de pie, llevando a la mujer acunada en sus brazos
como un bebé. Se la dio a Niall con el láudano y puso mala cara.
-Llévala a su recámara.- dijo él, la usual severidad reemplazada por una fatiga
que provocó que el corazón de Daphne cayera en picada en sus entrañas. –
Quédate con ella… ella responde de buena gana a ti.-
El mayordomo miró a la mujer en sus brazos y asintió, una lágrima solitaria
recorría su mejilla escarpada. Levantó la mirada para encontrar a Daphne
mirándolo y frunció el ceño, la muerte brillaba en sus ojos. Daphne tragó el bulto
que obstruía su garganta, helada bajo su mirada feroz.
-¡Niall!- gritó Adam, rompiendo el embrujo en el que había caído el
mayordomo. -¡Ahora!-
El hombre apretó la mandíbula, pero asintió, devolvió su atención a la mujer,
murmurándole algo cuando se alejaba y se iba por el corredor, eventualmente
quedando fuera de la vista.
Por un largo momento, Adam simplemente se quedó parado ahí, mirando a
Daphne muy parecido a la manera en que lo había hecho Niall, como queriendo
destruirla, romperla en pedazos y dejar los restos en la alfombra. Pero no dijo
nada, y eventualmente se dio vuelta y se fue, tomando la dirección contraria del
mayordomo.
Luchando por ponerse de pie, Daphne se dio vuelta para verlo irse, su estómago
estaba revuelto y su corazón se apretaba dolorosamente.
-Adam- llamó ella, tropezando detrás de él, su bata colgaba entre sus piernas
mientras ella forcejea para mantenerle el ritmo. -¡Adam, espera!-
Se tensaron sus hombros debajo del lino arrugado de su camisa, pero siguió
caminando, rehusando a darse vuelta. Siguió hacia su estudio, las manos
convertidas en puños, su espalda dura e implacable.
Maeve apareció, parecía salida del aire, apurándose hacia ellos con los ojos
abiertos tomando la pollera con sus manos.
-¡Amo!- lo llamó. –Vine tan pronto como oí. Niall… está el—
-Atiende a Lady Daphne- dijo bruscamente, girando hacia la puerta de su estudio
y abriéndola.
Daphne resbaló hasta detenerse antes que chocara contra él, jadeando cuando él
se dio vuelta para verla, permitiéndole una visión despejada de su cara por un
segundo. Después, se había ido, tragado por la cavernosa habitación, golpeando
la puerta tan fuerte que tembló en el marco.
Ella se quedó de pie ahí por un momento en espantado silencio. Su mente se
tambaleó por lo que recién había presenciado, todavía no estaba segura sobre
que significaba.
La mujer misteriosa que claramente había perdido contacto con la realidad, la
manera gentil en que los dos, Adam y Niall la habían manejado, el claro afecto
entre ellos.
Sobre todo, no podía comprender la agonía cruda que había visto recién en la
cara de Adam, las líneas duras y rígidas que se mezclaban con una expresión de
desesperación tan intensa, que lo sintió en su núcleo.
-Venga, mi Lady- la animó Maeve, adelantándose para tomar gentilmente su
brazo. –Oh, ha pasado por algo horrible. Vamos a limpiarla.-
Se miró aturdida y notó la evidencia de su encuentro con Livvie, los agujeros en
su pecho y las gotas pequeñas de sangre que se acumulaban en los bordes. Se dio
cuenta que debería sentír algo, el dolor remanente de los rasguños, la sangre
caliente y pegajosa. Aun así, permanecía alarmantemente insensibilizada
mientras Maeve la conducía de vuelta a su recámara, ubicándola frente al lavabo.
Miró fijamente a la habitación, se mantuvo pasiva, dejando que Maeve limpiara
sus heridas y untando ligeramente un ungüento de fuerte aroma, y después una
pomada calmante de aloe. No se molestó en buscar respuestas de la doncella,
sabiendo que no conseguiría nada. Cuando fuera el momento correcto, tendría
que confrontar a Adam sobre lo que había visto y oído.
Una cosa que se dio cuenta sin que se lo dijeran… Livvie era claramente la
mujer que su hermano, su tío y su padre habían arruinado. Basada en su presente
condición, Daphne no tenía dudas en su mente que ellos merecían cada golpe
que Adam les había lanzado en represalia. Y, por haber sido ignorante sobre lo
que los hombres de su familia habían hecho, los graves pecados que habían
conducido a la locura de una mujer joven e inocente, quizás ella también.
Capítulo 9
Daphne se sacudió y dio vueltas en la cama durante horas después que Maeve la
dejó, incapaz de cerrar los ojos sin ver las caras de Livvie, Adam y Niall. Las
pocas veces que se durmió, el recuerdo de los gritos de la mujer llenó su mente,
despertándola al instante.
-¡Fairchild… no… no permitiré que me la quites!-
No se podía negar que había visto los rasgos de Bertram cuando miró a Daphne,
el azul de sus ojos y el rojo de su cabello marcándola claramente como una
Fairchild. Lo que sea que le hubieran hecho, iba más allá de la simple ruina.
Tenía que haber habido algo atroz y depravado, la simple vista de Daphne había
angustiado a la víctima hasta el punto de no retorno.
La culpa que la asaltaba se mezclaba con la curiosidad en sus entrañas, la
necesidad de saber más, de descubrir lo que faltaba de la verdad. Si había algo
que ella pudiera hacer para hacer lo correcto, además de entregar su virginidad y
su orgullo a Adam, ella debía hacerlo. Descansaba sobre ella la oportunidad de
enmendar las cosas, incluso si no había tenido noción de los hechos.
Suspirando, se sentó en la cama, frotando sus ojos soñolientos. A pesar de estar
más exhausta de lo que había estado nunca, no pudo encontrar el descanso, no
podía dormir con su consciencia pesando tanto sobre ella. Las cuatro paredes de
su habitación la encerraban, obligándola a estar en un espacio confinado con sus
turbulentos pensamientos y emociones.
Desesperada por escapar, se paró y se vistió. El sol saldría pronto, y ella se había
abandonado la esperanza de obtener algún descanso. Un libro de la biblioteca
podría servir para distraerla hasta… bueno, hasta que Adam viniera a buscarla,
suponía ella. Después de la forma en que él y Niall la habían mirado, como si
fuera la cosa más vil en la que alguna vez había posado sus ojos, ella no debería
esperar que eso pasara pronto.
Salió al pasillo y dio vuelta en dirección a la biblioteca, sus pasos vacilaron
cuando detectó notas de música en el aire. Frunciendo el ceño miró a la puerta de
la sala de música, que estaba entreabierta, el suave brillo amarillo de los
candelabros se derramaba al hall.
Quienquiera que ocupara la habitación tocaba el pianoforte maravillosamente,
con una maestría nacida de años de práctica y dedicación. La melodía
inolvidable la atrajo, las notas cadenciosas resonaban a través de todo su cuerpo
desde la cabeza a los pies. Como si estuvieran tirando de ella con una soga
invisible, la melodía la atraía hacia la puerta, levantó su mano al pesado panel y
provocó que la abriera.
Sentado en el banco acolchado con sus manos moviéndose ligeramente sobre las
teclas de marfil, encontró a Adam. Era la última persona que había esperado
encontrar produciendo la hermosa música, sus manos grandes y dedos carnosos
parecían hechos para la destrucción, no para el arte. Pero se encorvaba sobre el
instrumento, sus dedos se movían como si acariciaran a una amante o saludaran
a un amigo perdido hace tiempo.
Su cabello caía sobre su espalda, la luz del fuego iluminaba los mechones
dorados que salpicaban el marrón de su pelo. La tensión y rigidez de su espalda
se había derretido, y aún desde atrás, ella podía decir que la música lo había
calmado, que poner los dedos en las teclas lo enfocó de la misma manera que
manipular las cuerdas del arpa la hacía sentir a ella.
Ella no estaba familiarizada con la pieza que estaba tocando, pero la golpeó de
una manera hermosa y macabra a la vez. De la forma como podrían ser las flores
que crecían de una rajadura en el duro desierto. De la forma en que las manos de
él golpeaban su trasero creando dolor y placer en un acto dichoso e insoportable.
Sus pies la llevaron hacia adelante otra vez, hasta que estuvo parada detrás de él,
suficientemente cerca para detectar la subida y bajada de sus hombros con cada
respiración, para oler el aroma a cedro y humo de cigarro que emanaba de él. Se
mezclaba con el toque de brandy, y ella vio el casi vacío decantador apoyado
sobre el instrumento, con un vaso medio lleno al lado.
¿Cuánto tiempo había estado aquí, buscando consuelo en el pianoforte y
ahogándose en alcohol?
Se produjo una pausa en la música, sus dedos golpearon una nota discordante
antes de quedarse quieto. Él dio vuelta su cabeza lo suficiente para mirar sobre
su hombro.
-¿Por qué estás aquí?- dijo con voz ronca, baja, las palabras un poco arrastradas
por efecto del brandy.
Un nudo de ansiedad se alojó en su garganta, pero se lo tragó, cerrando los ojos
por un momento y tomando una profunda inspiración antes de zambullirse.
-Yo… yo vine a decir…-
La luz iluminaba el color dorado en el prisma de sus ojos, la furia hervía con una
luz roja anaranjada en las profundidades. Venir aquí, entrometiéndose en su
soledad cuando estaba en este estado, había sido un error terrible.
Pasó una pierna sobre el banco del piano, y se dio vuelta para enfrentarla. El
vaso medio vacío estaba en su mano, el líquido ámbar brillaba.
-¿Qué, Palomita?- dijo él abruptamente, mordiendo su apodo como su fuera un
insulto. -¿Qué viniste a decir?-
Ella bajó la vista, incapaz de soportar el asco que emanaba de sus ojos… la
evidencia de la profundidad del odio que sentía por ella y por toda su familia.
-Lo siento tanto.- susurró ella, su voz estaba gruesa por las lágrimas que luchaba
por no derramar.
Él frunció el labio superior sobre sus dientes, y un gruñido tronó ominosamente
desde lo profundo de sus entrañas. El sonido, lleno de agitación y furia, la hizo
deslizarse hacia atrás hacia la puerta. Su pulso se aceleró, el instinto de auto
preservación la forzó a tomar el picaporte de la puerta, buscando escapar.
Él se movió con una velocidad que le robó el aliento, tomó en un trago lo que
quedaba en el vaso y tirándolo a través de la alfombra con un ruido sordo.
Después, estaba recorriendo la habitación y llegó detrás de ella para cerrar la
puerta antes de que ella se pudiera deslizar hacia afuera. Apoyó un brazo en el
panel, se inclinó sobre ella, el aroma caliente del brandy le hizo picar las fosas
nasales cuando abrió la boca para hablar.
-Lo sientes- murmuró él, frunciendo el ceño como si encontrara el sabor de la
palabra repugnante. -¿Por qué, exactamente? ¿Por la ruina en que tú hermano
convirtió su vida? ¿Por ser tan ingenua y protegida que nunca pudiste
desentrañar que tu precioso Bertram podía ser tan despreciable?-
Ella se estremeció cuando el cuerpo de él se apoyó en el de ella, apretándola
contra la puerta. Metida entre dos cosas duras e implacables, no había
escapatoria. Los planos y crestas de su torso la mantenían cautiva, su pecho
apretaba el de ella y un muslo largo se metió entre los de ella.
-Si- susurró ella, levantado su cabeza para mirarlo. –Por todo eso. Si hubiera
sabido—
Él se burló. -¿Y qué habrías hecho?-
-Yo… yo no sé.- tartamudeó ella.
Él se rió, el sonido no tenía humor e hizo que se retorciera de miedo su
estómago. –Ese es el problema, ¿verdad? No sabes nada… ni siquiera la
verdad de tu actual situación. Te atreves a venir aquí para ofrecerme tu
lamentable disculpa, como si cambiara algo entre nosotros… como si significara
algo más que un medio para conseguir algo… no necesito tus disculpas.-
La barbilla de ella tembló, pero se obligó a mantener la mirada, a esconder su
miedo frente a su furia. Él lo disfrutaría demasiado, disfrutaría saber que la había
aterrorizado por completo.
-Yo sé que las disculpas no son suficiente.- respondió ella, usando su tono más
tranquilizador.
Necesitaba que él la liberara, que la dejara salir de la habitación. Haber venido
había sido un error, pero no podía ser muy tarde para que escapara.
-Entiendo que sientes la necesidad de venganza.- agregó ella.
-¿Realmente entiendes?- le echó en cara él, levantando una mano para agarrar la
cara de ella, sus dedos se clavaron en la mandíbula. -¿Cómo se siente tener en
mis manos el objeto de sus afectos… fantasear sobre envolver mis dedos
alrededor de tu garganta y apretar hasta que te quedes inerte… bajarte y joderte
hasta que grites y ruegues por misericordia… romperte en pedazos hasta que no
quede nada?-
Un gemido brotó de su pecho, sus palabras la golpearon como si tuvieran más
peso que la mera amenaza.
-Por favor.- rogó ella, apretando los ojos cerrados y tratando de calmarse.
Su cuerpo se separó bruscamente de la puerta, y ella jadeó, pateando y
sacudiéndose cuando la levantó en el aire. Sus dedos se apretaron en los brazos
femeninos mientras la transportó hasta el centro de la habitación, entonces la tiró
hacia abajo sobre la alfombra.
Le creció el pánico en las entrañas cuando él se arrodilló sobre ella, tomando el
cinturón de su bata. A pesar de saber que ella le había dado libre uso de su
cuerpo, que no podía negarse sin renegar del acuerdo, no podía luchar contra el
instinto que le decía que corriera, que preservara las partes de ella que Adam
seguramente destruiría. Ella retrocedió, su bata cayo abierta cuando el soltó el
cinturón. La pesada vestimenta se cayó de un hombro mientras ella se alejaba
apresuradamente de él y sus piernas se enredaban con la tela.
Con un frustrado gruñido, le agarró el tobillo y le dio un rudo tirón, trayéndola
otra vez hacia él y poniéndose a horcajadas sobre ella.
-¿Crees que ella rogó también, Palomita?- declaró él a través de su mandíbula
apretada, rompiendo el vestido de su hombro y tirando de los trozos de seda que
vestía, arrancándolos completamente. -¿Crees que el escuchó… que le importó
cuando ella gritó y suplicó clemencia?-
Ella se mordió un grito cuando rompió el frente del vestido, exponiendo sus
pechos. Un sonido ronco emanó de él en reacción a la carne expuesta, su lengua
salió para humedecerse los labios. Los pezones se arrugaron y endurecieron bajo
su mirada, un dolor agudo creció entre sus piernas llenándola de vergüenza. A
pesar de su miedo, o, quizás por esa causa, su cuerpo reaccionaba a él, con una
sensación innegable de excitación sexual.
Le agarró las dos muñecas y las puso sobre su cabeza sosteniéndolas con una
sola mano, usando la otra para tirar del corpiño de su camisón más abajo.
Después, palmeó un pecho, apretándolo hasta que ella se retorció debajo de él, y
su pezón le rascaba la palma de la mano.
-Tan malditamente perfecto.- escupió él, casi como si la perfección de la que la
acusaba lo disgustara infinitamente. –Tan suave y sin mancha… tan frágil. ¿No
tienes idea lo mucho que quiero destruirte, cuánto placer me daría?-
Ella jadeó otra vez cuando le pellizcó el pezón, se le cerraron los ojos cuando lo
manipuló con el pulgar y el índice. Sus ojos se abrieron cuando se lo retorció
vilmente, y envió un calor líquido y agónico en espirales hacia su vientre. Se
derritió y desparramó por su núcleo cuando él lo soltó, y su filoso grito de dolor
se convirtió en suspiro de alivio… de dicha.
-Tan sensible.- murmuró el, tratando al otro pecho de la misma forma, tocando
su pezón hasta que se convirtió en un pico duro antes de torturarlo retorciéndolo.
–Te gusta esto, ¿no es cierto, Palomita? Ser ultrajada… controlada… usada.-
Dio vuelta su cabeza, evito su mirada y cerró la boca. Responder su pregunta la
condenaría. Más que eso, la obligaría a enfrentar cosas sobre ella misma que no
estaba lista para hacer frente.
Él bajo la cabeza y apretó su boca contra la oreja de ella, el lino de su camisa
frotaba las puntas de sus pechos, y su cadera encajando en la cuna entre las
piernas de ella.
Él se rio otra vez, el sonido erizó su columna y le avivó la ira. – Veo que si mi
pequeña, lasciva… puta.-
El grito áspero de rabia se abrió paso desde su garganta, y ella se resistió debajo
de él, pateando y tirando de sus brazos para liberarlos de su agarre. Arremetió
contra él, gritó, arañó su cara y cuello con sus uñas, retorciéndose para salir de
debajo de él. Maldito sea él por hacerle esto, por meterse y pinchar en las
profundas partes escondidas de ella y haciendo que los reconociera. Por hacerse
odiar y desear todo al mismo tiempo.
Riendo como si lo divirtiera, agarró una muñeca y después la otra,
inmovilizándola tan rápido como lo había hecho antes, le presionó la espalda
contra la alfombra. Le salieron ampollas rojas en las mejillas donde ella lo había
atacado, los botones estaban arrancados de su camisa, la abertura exponía una
amplia franja de su pecho.
-Si, Palomita- dijo él con una lenta y depredadora sonrisa. –Lucha contra mi…
tu sabes cómo me gusta cuando peleas.-
Su cara se calentó cuando él clavó las caderas contra ella, dejándole sentir la
evidencia de sus palabras. Estaba duro como una piedra, el calor de su lujuria
abrasaba las capas de sus pantalones y su camisón. Ella se quedó quieta, flotando
sobre la línea entre el deseo de seguir peleándolo y estar asustada de provocarlo
mucho más.
Metió la mano entre ellos y velozmente abrió su bragueta. Su coño se apretó
hambriento a la vista de su polla, grande, roja y enojada, que la espiaba desde la
apertura de los pantalones. Tirando hacia arriba el borde de la pollera de su ropa,
cayó sobre ella otra vez, manteniendo una toma apretada sobre sus muñecas
mientras acomodaba su polla en la hendidura entre sus piernas.
-Niégalo todo lo que quieras,- dijo ronco en su oreja, balanceándose contra ella y
ocasionando llamas en el lugar en que sus cuerpos se encontraban. –Pero los dos
sabemos que no importa cuán duro trates de pelear conmigo, tu cuerpo anhela lo
que le puedo dar. ¿No es así, mi Palomita?-
Ella arqueó su espalda, alzando la barbilla con gesto desafiante mientras él
empezaba a consumirla, devorando su vulnerable cuello con sus labios, lengua y
dientes. Le lamió el pulso, y luego hundió sus dientes en los tendones, cada
succión le mandaba un rayo de placer directo a su centro. Una mano se apretó
alrededor de sus muñecas y la otra manoseó su pecho, apretando, amasando y
pellizcando. Las caderas de ella se levantaron del suelo, ondulando contra él y
agregando un dulce contrapunto a sus rítmicas estocadas.
Los jugos femeninos recubrieron su cabeza hinchada, empapando su vara. Un
gemido salió de los labios de ella y después otro, y todo el contacto se volvió
resbaladizo entre ellos.
Él hundió sus dientes en sus pechos, enviando otra sacudida de placer que
apuñaló su núcleo… y después ella comenzó a girar en espirales. El climax se
precipitó sobre ella tan veloz, que casi no podía respirar, los poderosos espasmos
estrujaban su cuerpo con violentos estremecimientos. Su coño se estrujó
alrededor del aire, buscando más y cuando las vibraciones del orgasmo
empezaban a disiparse, quedó despojada y anhelante en vez de satisfecha.
Como sintiendo el camino de sus pensamientos, él cambió el ángulo de sus
caderas así la punta de su polla besó su dulce abertura, preparándose para entrar
dentro de ella. Ella abrió los ojos, sus labios se separaron cuando trató de
entender lo que iba a pasar. Parecía imposible que esa cabeza hinchada entrara
en ella, seguido de la vara larga y gruesa que sobresalía del cuerpo masculino,
Ella se retorció debajo de él, sus hombros quemaban por la posición de sus
brazos, su cuerpo balanceándose sobre el borde entre la anticipación y el miedo.
Adam se cernió sobre ella, sus ojos vidriosos y desenfocados, su respiración
salía en duros jadeos como si apenas pudiera contenerse. Apretando los dientes,
soltó un gruñido salvaje, empujando su cadera con una fuerza que la dejó
aturdida.
Sus labios se abrieron en un grito silencioso, un dolor abrasador le apuñaló la
carne entre las piernas como si un hierro caliente hubiera sido metido en su
cuello. Su espalda se inclinó, la tensión en sus brazos y hombros ahora era
insoportable mientras luchaba contra su agarre y contra la invasión de su cuerpo
cuando él entraba por la fuerza en ella. Sus pulmones quemaban por el aliento
que contenía, pero no podía soltarlo para volver a inspirar, no podía moverse. No
podía hacer nada salvo yacer allí y sentir la palpitante agonía de su canal
estirándose para alojarlo mezclándose con la dicha espectral de su reciente
orgasmo.
-Cristo.- gruñó él saliendo ligeramente antes de empujar otra vez. –Tan
jodidamente apretada.-
Ella se mordió el labio hasta que se sacó sangre, las lágrimas inundaban sus ojos
cuando él avanzaba y retrocedía, llevándose más profundo dentro de ella.
Solamente le había dado la mitad de su longitud en el primer empujón y con
cada empuje de su cadera la abría más, rompiéndola, llegando dentro de ella a
sus más secretos lugares. Parecía interminable, el lento progreso que hizo para
entrar en ella, el agonizante dolor que sería difícil de olvidar.
Pero entonces, ella exhaló, su cuerpo se alivió sobre la alfombra cuando su
cadera tocó la de ella, el cuerpo de él se apoyó en ella cuando logró meterse
hasta la empuñadura.
Él soltó sus muñecas, y cayó sobre sus hombros sobre ella mientras descansaba
dentro de ella. Ella tembló contra él, sus muslo estaban abiertos por su peso, su
canal apretaba alrededor del intruso grueso que ocupaba espacio dentro de su
cuerpo.
Él enredó los dedos en el cabello de ella, desplazó la cadera y rodó contra ella.
Ella gritó, el sonido reverberando a través de la habitación y resonaba como las
notas que él sacaba del pianoforte. El golpe de su polla contra sus paredes
internas creaba más de ese tortuoso ardor; pero su pelvis moliéndole el clítoris
creó una explosión de placer. Las sensaciones en duelo peleaban una contra otra
mientras él se movía otra vez, después otra vez, moviéndose con un ritmo
agonizante. Su cuerpo se relajó mucho más, su espalda se clavaba en la
alfombra, sus piernas se abrían tanto como se lo permitía la articulación. Su
cuerpo se abrió a él, su canal se extendió para él, más humedad lo facilitaba.
-Jodido infierno, Palomita- gruñó en su oído, incrementando el ritmo mientras
envolvía su puño con un mechón de cabello de ella. –Te siento… Cristo, te
sientes tan malditamente bien.-
Ella gimió, el sonido estaba estrangulado por un jadeo cuando le pegó un
doloroso tirón de cabello, levantándole la mandíbula y exponiendo su garganta
una vez más. Entonces su cuerpo martilleo el de ella, sus caderas la empujaban
contra el piso.
Su vagina se apretó alrededor de él, las ondas de dolor se enredaban con placer
hasta que se volvieron una sola. El profundo palpitante dolor irradiaba desde su
vientre, enviando estremecimientos de éxtasis sobre la superficie de su piel
desde la cabeza hasta los pies. Le chupó el cuello como un hombre hambriento,
mordió su barbilla, reclamando sus labios con un fervor que le robó el aliento.
Ella forcejeó para respirar a través de la nariz, abriendo la boca para su lengua.
Las caderas de ella se ondularon por propia voluntad, igualando su ritmo, el
golpe cadencioso de su pelvis colaborando con la de ella en un dúo primitivo.
Él arrancó sus labios de los de ella, la miró con un fuego abrasador en su mirada
quemándola hasta el alma. La presión en su vientre se volvió más y más
apretada, sus muslos temblaban a cada lado de él mientras la llevaba más cerca
del inevitable final, uno que ella de alguna manera sabía que sería mucho más
poderoso que ninguno que hubiera experimentado.
-Por favor- jadeó ella, gruñendo y retorciéndose debajo de él ciegamente, sus
pensamientos racionales volando como si su cuerpo rogara silenciosamente por
lo que solo Adam podría darle. –Por favor…-
Ella no sabía que era lo que pedía, pero parecía que él si. Todavía tenía su
cabello en el puño, deslizo la otra mano entre ellos y el pulgar encontró su
clítoris.
-Oh- lloriqueó ella cuando empezó a apretarla en rápidos círculos, el empuje de
sus caderas agregaban peso detrás de sus apretones. –Oh, Dios…-
La liberación golpeó dentro de ella con la fuerza de un ariete, su vulva pulsaba
alrededor de Adam y trayéndolo más profundo. Su espalda se arqueó y los dedos
de los pies se curvaron, lo rodeó con los brazos, aferrándose, y tirando de él, le
hundía las uñas para encontrar apoyo. Él gruñó cuando ella le arrastró sus uñas
hacia abajo por la espalda, sus caderas se retorcieron contra ella una vez, dos
veces y después una tercera antes de liberar su polla. La tomó en las manos,
bombeándose con el puño apretado hasta que se derramó, los chorros calientes
de su semilla manchando la seda que cubría el vientre de ella. Con un
estremecimiento, él bajo la cabeza, soltando el aliento con un sonido gutural, y
su cabello caía sobre su cara cubriéndolo de sombra.
Ella yació debajo de él, repentinamente fría a pesar del fuego que ardía en el
hogar. Tiritando incontrolablemente, ella empezó a preocuparse por su
vestimenta, sus dedos temblorosos se negaban a cerrarse alrededor de la tela de
damasco. Su cabeza flotaba y daba vueltas, y sus extremidades se rehusaban a
responder a las órdenes de su mente. Necesitaba pararse, caminar, escapar. Huir
de la vergüenza que la abrumaba ahora que todo había terminado… ahora que la
había deshonrado y le había hecho disfrutarlo.
Él se sentó sobre los talones, y se quitó el cabello de la cara, su pecho se elevaba
mientras su respiración comenzaba a calmarse, y la miraba con los ojos
entrecerrados. Ella se volvió extremadamente consciente de la imagen que debía
ofrecer cuando la seguía observando, el pelo muy enredado por sus rudos
tirones, la cara ruborizada, los labios rojos en hinchados por la presión de sus
besos, la ropa rota y caída sobre su cintura, el satén gris, manchado con una
mezcla de semen y sangre virginal.
Más de lo mismo chorreaba de la parte interna de sus muslos, las vetas rojas eran
un alarmante recordatorio de lo que él recién le había arrebatado.
Le colgaban los pantalones todavía abiertos, su polla flácida estaba visible a
través de la abertura. Ella había arrancado los botones de su camisa y le colgaba
de un hombro con la costura desgarrada. Su cabello le caía alrededor de la cara y
por su espalda como una cortina enredada.
Él cerró su pantalón con dedos firmes, sin molestarse en arreglar su camisa.
Él agarró la ropa de ella, la sacó de debajo de ella y la dobló sobre el hueco de su
brazo. Después, deslizó una mano debajo del hombro de ella, la movió como si
fuera una muñeca de trapo. Ella lo dejó, le faltaba la fuerza para moverse por sí
misma. Se dejó sostener y permaneció quieta cuando él le cubrió los hombros
con la bata y la tomó en sus brazos como si fuera un niño. El mundo vaciló y
giró alrededor de ella cuando la sacó de la sala y se encontró con el frío del
pasillo.
Ella se estremeció y una parte de ella quería creer que el agarre de él se apretó en
respuesta. Pero, eso no podía ser verdad… seguramente ella lo había imaginado.
Él abrió una puerta y entró en una habitación, se dio cuenta que era su
habitación, reconociendo la decoración. La luz que se filtraba por las cortinas
abiertas le pinchó en los ojos, un recordatorio de que había amanecido mientras
Adam la había despedazado en la sala de música.
-Cierra las cortinas.- le ordenó a alguien que no podía ver.
Ella se preguntó cómo sabía él que la luz le lastimaba los ojos. Pero después se
dio cuenta que debía ser porque ella dio vuelta la cara contra su pecho,
escondiéndose para escapar de ella.
-Amo, ella está—
-Está bien- dijo él bruscamente, interrumpiendo la voz que reconoció como de
Maeve. –Pero quizás un baño caliente sea bienvenido.-
-Si, Amo- dijo la doncella rápidamente, sus pasos la llevaron fuera de la
habitación.
Ella sintió que él la bajaba sobre la cama, el suave colchón resultó un contraste
impresionante con su cuerpo duro. Él se paró sobre ella, mirándola con la
expresión inescrutable que siempre usaba justo antes de decir algo que sabía que
le iba a doler. La luz del sol revelaba que él estaba exhausto, tenía círculos
oscuros debajo de los ojos y la cara demacrada.
-Nunca más intentes ofrecerme tus trivialidades inútiles.- murmuró él, aunque el
silencio de la habitación magnificaba su voz como la explosión de un cañón. –Al
final, no significan nada para mi… tu no significas nada para mi.-
Le picaron los ojos cuando se dio vuelta y se enroscó sobre sí misma, insegura
de porque sus palabras la despellejaban tan brutalmente, como el golpe de un
látigo. Por supuesto que ella no significaba nada para él, ¿y por qué debería?
Pero, sus crueles palabras eran como dagas en su pecho, el dolor resonaba y se
mezclaba con el ardor entre sus piernas. Como si él la hubiera dado vuelta de
adentro hacia afuera, exponiendo todas sus terminaciones nerviosas a los
elementos.
Sus ojos le quemaron la espalda, ardiendo a través de las capas de seda y
damasco como si pudiera ver las manchas de su semilla y la sangre de ella. Se
dobló más apretadamente, abrazó sus rodillas y las apretó contra su pecho,
cerrando los ojos apretadamente. Las lágrimas calentaban su cara, pero ella
mantuvo la respiración para no sollozar. La había lastimado, y él lo sabía… pero
ella no le daría la satisfacción de romperse. No ahora cuando podía verla y oírla.
Poco después, un frenesí de actividad le dijo que los sirvientes habían llegado
con la bañera y agua caliente. Ella yació y miró aturdida a la pared, no estaba
segura de como sabía que él había salido de la habitación. Su presencia
simplemente se desvaneció, y cuando Maeve vino para levantarla de la cama,
ella se dio vuelta y descubrió que se había ido.
Capítulo 10
Daphne durmió el resto de la mañana, levantándose horas después que Maeve la
había metido en la cama. La doncella revoloteó por la recámara mientras se
remojaba en la bañera de agua caliente, le lavó la cabeza y le peinó los nudos, la
relajó la cara con un paño mojado con agua caliente, atendió su cuello herido
cuando salió del agua.
-Debes perdonar el mal genio del Amo. –insistió Maeve mientras esparcía un
bálsamo sobre las huellas de los rasguños. –Es que… la condición de Livvie lo
atormenta, usted vio. Él cree que todo es su culpa.-
Ella surgió de su estado confundido sumergiendo su mente en esto, desvió la
mirada hacia la doncella para verla sobre el hombro. -¿Es así?-
Y ella que pensaba que le echaba toda la culpa a Bertram.
-Si- respondió Maeve, cerrando el frasco de bálsamo y limpiándose las manos
sobre su delantal. –Él y Niall… ellos la cuidan con la esperanza de que ella
encuentre su camino de vuelta a ellos algún día.-
Cuando la mujer comenzó a llevar su cabello hacia atrás para hacer una trenza,
Daphne había mirado al espejo del lavabo, estudiando el reflejo de la doncella.
Tenía la mirada baja, sus manos temblaban mientras trabajaba en el cabello de
Daphne.
-¿Quién es ella para él?- preguntó, esperando que la doncella le tuviera la
suficiente lástima como para decirle algo… cualquier cosa. –Me dijo que la
amaba.-
-Todos la amamos.- Maeve susurró, su voz sonaba baja y ronca como si
estuviera conteniendo las lágrimas.
Entonces, levantando la mirada para encontrar su reflejo en el espejo, hizo una
pausa, sus manos continuaban enredadas con el cabello de Daphne.
-Por favor, no me pregunte más.- rogó ella. –Ya dije demasiado. El Amo no
estará complacido al saber que he hablado de ella con usted.-
Asintiendo en comprensión, Daphne dejó que el tema se fuera, no queriendo que
la cólera de Adam cayera sobre la doncella inocente. El reconocimiento viajaba
por el fondo de su mente cada vez que pensaba en la misteriosa Livvie, y se
sentía segura que si pensaba suficiente tiempo ella recodaría donde la había
visto antes. Las cosas habían pasado tan repentinamente la noche anterior, que
apenas le había dedicado una buena mirada a la cara de la mujer.
Ella miró fijamente a su reflejo mientras Maeve terminaba con su cabello, la
imagen que la enfrentaba era una que casi no reconocía. Su piel estaba pálida,
sus ojos parecían más grandes y oscuros y las líneas rojas donde había sido
arañada parecían peores. Dio vuelta ligeramente su cabeza, y se encogió ante la
evidencia del ataque de Adam, unos moretones comenzaban a formarse
alrededor de su garganta donde él había chupado y mordido. Maeve la había
vestido con otro camisón, este era de seda color durazno con un corpiño de corte
bajo que mostraba más marcas sobre su clavícula y la hinchazón de uno de sus
pechos.
Su coño se contrajo, el calor líquido de deseo se combinó con el dolor que le
hicieron dar vuelta la cabeza y su estómago se revolvió. ¿Cómo podía ser que la
evidencia de lo que había pasado en la sala de música la afectara de esta manera?
Ella tendría que estar sollozando con pena por la pérdida de su virginidad, sobre
la dolorosa invasión que le había robado la inocencia, por las palabras crueles
que él le había lanzado después de terminar con ella. En su lugar, se encontró
apretando los muslos juntos para sofocar la sensación, para aliviar el anhelo en el
fondo de su útero.
Ella se quedaría en la cama incontables minutos tratando de olvidar, cerrando los
ojos y buscando el sueño que la había esquivado la noche anterior. El cansancio
finalmente la venció y durmió profundamente por horas, aunque su descanso no
había sido pacífico. Adam persiguió sus sueños, el feroz brillo de sus ojos, el
rayo de sus dientes blancos, el dolor de su mordida y la ardiente quemazón de su
polla entrando en ella por primera vez.
Se despertó jadeando, su camisón colgaba de su cuerpo y sus extremidades
temblaban incontrolablemente.
Salió de la cama y optó por refrescarse sola, no queriendo llamar a Maeve y
dejar que la doncella la viera en este estado. Se acercó al lavabo, se sacó el
sudado camisón de su cuerpo y rápidamente hundió un paño de lino en el bol de
agua de rosas fresca que había sido dejado ahí. Hacía tiempo que se había
enfriado, pero le trajo alivio cuando se lavaba el sudor de la piel. Hizo una
mueca de dolor cuando la tela tocó su monte, la carne tierna todavía estaba
hinchada y dolorida. No había más sangre, sin embargo, ella suponía que debía
estar agradecida por eso. A pesar de haber lavado las marcas de sangre de sus
muslos, los refregó otra vez, segura que nunca volvería a sentirse completamente
limpia, como si esa manchas se hubieran hundido profundamente,
convirtiéndose en parte de ella, una cicatriz permanente que se marcaría
indeleblemente en su alma.
Fue hacia el armario donde habían colgado sus vestidos, capturó un reflejo de sí
misma en el espejo del lavabo. Su garganta se veía peor ahora, las manchas
violetas estaban empezando a tener una tonalidad amarillenta. Alejó la mirada,
velozmente eligió un vestido simple de muselina blanco, un par de medias y las
ligas. Cuando deslizó sus pies dentro de un par de zapatillas, su estómago gruñó,
el hambre comenzó a corroer su interior.
Dejó la habitación y se dirigió directamente al comedor, sabiendo que una
comida de mediodía estaría disponible en el aparador a esta hora del día.
Aliviada de encontrar los pasillos vacíos salvo por unas mucamas que sacaban el
polvo de los apliques de la pared, se introdujo en el enorme y aireado cuarto,
feliz de encontrar una bandeja de comida fría que parecía haber sido dejada
recientemente. Llenó un plato y tomó asiento, agradeció al lacayo que apareció
al lado de su codo con un vaso de limonada.
Mientras comía, mirando hacia la vista pintoresca que había afuera, enmarcada
por las cortinas abiertas del comedor, ella pudo pretender estar en otro lugar. Un
hermoso y tranquilo lugar, lejos de Londres, de su familia y de las otras cosas
que preferiría evitar antes de confrontar.
Por ejemplo, la verdad que Adam había desenterrado concerniente a su soltería,
de las incontables ofertas de matrimonio que ella había rechazado. Ella había
querido amor, se dijo a sí misma, y no se asentaría por menos que eso.
Pero, ella había amado al muchacho de la propiedad vecina de su familia, había
soñado en convertirse en su esposa más veces de las que podía contar. Ella casi
le había entregado su virtud a él y había estado cerca de dejarlo comprometerla
la última vez que se habían visto. En ese momento, se dijo a si misma que el
miedo la había llevado a rechazarlo, a bajar su pollera sobre sus piernas y a
correr lejos de él, murmurando un torturado “lo siento mucho” antes de huir.
Había sido joven, había estado asustada y no tenía experiencia. Al menos, esto
era lo que se había dicho a sí misma.
¿Podía la verdad ser algo mucho más difícil de digerir? ¿Qué había estado
esperando a alguien que no la tratara como una delicada muñeca de porcelana?
¿Alguien que la desafiara, la asustara, la excitara?
Sacudiendo la cabeza, apretó la mandíbula, dejó el tenedor en el plato medio
vacío con un ruidoso “clang”. No… él estaba equivocado sobre ella, lo había
estado desde el momento en que se habían encontrado. Ella no era una cosa
frágil que podía romper fácilmente, y no era la puta que la había acusado de ser,
solo por haber conseguido engatusar a su cuerpo para tener un orgasmo con su
rudo manejo. Ella era una mujer que había caído por el momento y había
encontrado una manera de arreglar las cosas. Cuando su tiempo aquí hubiera
terminado, ella volvería a casa treinta mil libras más rica… y quizás más sabia
por haber averiguado la verdad sobre su familia.
Habiendo decidido eso, tomó la servilleta y la dobló, la dejó al lado del plato
antes de abandonar el comedor. Estaba demasiado angustiada para regresar a su
dormitorio o para practicar el arpa. Tampoco creía que encontraría a Adam en la
galería para hacer esgrima juntos. Así que se propuso hacer una caminata,
esperando explorar partes del castillo que no había visto todavía.
Adam nunca le había dicho que no podía explorarlo por su cuenta, solamente
que tenía prohibido ir al pasillo adjunto al que albergaba su habitación. Por
supuesto, se dio cuenta que era porque esa ala del palacio era donde Livvie había
estado escondida. Ahora que se había dado a conocer a Daphne, ¿Adam todavía
querría que se mantuviera alejada de allí?
Decidiendo pecar de cautelosa, se fue en la dirección opuesta. Pasó de largo el
estudio de Adam, la biblioteca, la sala de música y otras salas de estar que ya
había visto, se introdujo en el tercer brazo del cuadrado. En él, ella encontró más
salas de estar, unos cuantos grupos de puertas dobles que llevaba a un enorme
salón de baile. Entró en el espacio, encontrándolo polvoriento y cerrado, una luz
exigua se filtraba por las ventanas emplomadas de los vitreaux. Los rayos
coloridos iluminaban columnas blancas y enormes candelabros que podrían darle
a la habitación un efecto gótico pero también etéreo una vez que fueran bajados
y encendidos. Baldosas lisas y veteadas cubrían el suelo y un estrado elevado
para una orquesta estaba flanqueado por más columnas.
¿Había habido alguna vez una fiesta de gala en Dunnottar? Ella se imaginaría
que si esta casa tuviera una dama, ella abriría las puertas y sería anfitriona de
bailes extravagantes. Era capaz de ver el potencial de este espacio cavernoso,
quizás incluso organizar una mascarada gótica o bailes temáticos griegos. Una
repentina imagen de sí misma sentada en el centro del estrado, cubierta de seda
blanca y tocando el arpa delante de una audiencia cautivada, saltó a su mente.
No sabía de dónde había venido ese pensamiento, se dio vuelta y salió del salón
de baile cerrando rápidamente las puertas por las que había entrado. Había sido
un pensamiento descabellado, sin ninguna base en la realidad. Este lugar era su
prisión y lo seguiría siendo por los próximos veinte días. No importaba cuan
bello, siempre sería la guarida de un monstruo.
Continuó hasta el final del corredor, encontró una escalera que subía a la torre y
le daría acceso al segundo nivel. La subió y llegó a otro corredor, este parecía
estar lleno de dormitorios. Abrió las puertas para descubrir que estaba en lo
cierto. Las habitaciones estaban tan hermosamente decoradas como la suya,
llenos de muebles antiguos y pesados que estaban extraordinariamente bien
preservados, y también terminaciones modernas que se combinaban
perfectamente.
La quinta habitación a la derecha, le pareció diferente de las otras. En vez de
cortinas pesadas, cortinas blancas cubrían las ventanas, dejando entrar mucha
más luz que las otras recámaras. Una gran cama con dosel hacía gala de las
mismas cortinas, aunque estas habían sido bordadas con delicadas rosetas
rosadas. Un cubrecama de damasco rosado estaba grabado con flores blancas,
mientras que un banco que descansaba a los pies de la cama había sido tapizado
con tela que hacía juego. Un escritorio de roble enfrentaba una de las ventanas,
cubierto de pedazos de papel que parecían estar escritos. Cuando se acercó, se
dio cuenta que en realidad era dibujos al carbón, de flores, pájaros, personas.
Eran bastante buenos, mejores que cualquier intento de ella.
-Livvie- susurró ella, tocando un dibujo de un picaflor bebiendo del pistilo de
una flor.
Algún instinto le dijo a Daphne que esta habitación le pertenecía, que una vez
había llenado esta recámara con calidez, risas y creatividad. Una artista… y
probablemente la persona que había amado tanto el jardín donde la había llevado
Adam.
Desviando la mirada de los dibujos, ella descubrió una forma grande en la
esquina, cubierta con una sábana blanca. Miró sobre su hombro para asegurarse
que nadie podría verla, y luego se acercó a ese lugar. Se arrodilló en la gruesa
alfombra, corrió la sábana a un costado revelando un gran objeto que resultó ser
un conjunto de pinturas que estaban apilados juntas contra la pared.
El primero le quitó el aliento por el increíble parecido con Adam. El marco
dorado contenía un retrato que lo representaba en vestimenta de cabalgata, tenía
una fusta apoyada sobre un hombro. Aunque él no sonreía, el humor curvaba sus
labios y encendía sus ojos, que el pintor había capturado siendo mayormente
verdes. Si no supiera la verdad, ella podría haber pensado que era alguien
diferente, alguien más joven y más feliz. Pero, el artista había logrado pintar su
cabello correctamente, la inclinación de su frente y el perfil de su nariz, la
suavidad de su boca. Incluso la barba incipiente que crecía sobre su mandíbula
había sido perfectamente representada en el lienzo añadiendo un encanto
peligroso al poderoso cuerpo envuelto en la ropa de equitación.
Miró el retrato durante mucho tiempo mientras se preguntaba cómo había sido
ese Adam más joven y feliz. ¿Un seductor con el que las mujeres de Londres y
Escocia tropezaban entre ellas para captar su atención? ¿Un colega divertido que
podría tener una habitación llena de hombres atados con nada más que un buen
chiste? Era difícil de imaginar, pero, el retrato probaba la verdad que no podía
negar. Adam había sido irrevocablemente cambiado por las circunstancias que
enredaba su familia con él.
Movió la pesada pintura a un costado, y ella estudió el próximo, la imagen de un
hombre que seguramente debía ser el padre de Adam. El parecido era realmente
asombroso. Los dos hombres poseían el mismo cabello oscuro y los ojos
peculiares. Él lucía una expresión similar a la que ella encontraba típicamente en
la cara de Adam, dura e implacable. Una innegable severidad apretaba su
mandíbula y convertía su boca en una línea apretada. Claramente era un hombre
de constante mal humor.
Empujó ese cuadro a un costado para revelar una mujer, con el cabello dorado la
alegría bailaba en sus ojos azules. Una hermosa mujer joven que ella no
reconoció. Basada en el estilo del retrato, debía tener varias décadas de
antigüedad, quizás una semejanza con la mamá de Adam en su juventud. Adam
no poseía ninguno de sus rasgos, habiendo heredado todo su aspecto de su padre.
Daphne corrió la pintura a un costado, revelando uno que envió su corazón en
una espiral hasta su garganta. La mujer que le devolvía la mirada desde el cuadro
poseía un cutis perfecto de alabastro, complementado con cabello negro brillante
y unos ojos castaños, inocentes. Reconoció la nariz respingona, las mejillas con
pecas ligeras, una boca rosada. Vestida con sus mejores galas y mostrando la
imagen impecable de una joven debutante, le trajo a la mente una niña que
Daphne se había encontrado varias temporadas atrás.
-Lady Olivia Goodall.- murmuró ella, tocando la pintura.
-Si- dijo la voz de Adam detrás de ella, dándole un susto de muerte.
Ella jadeó, poniéndose de pie y girando lo encontró apoyado en el umbral de la
puerta, con los brazos cruzados cobre su pecho. Se expresión no indicaba enojo
o desaprobación, pero ella se estremeció igual bajo su mirada. Su piel se erizó
como si recordara como se sentía ser tocada por él, su pulso se aceleró mientras
ella luchaba contra la necesidad de correr.
-¿Ella es un miembro de tu familia?- preguntó ella, su mente daba vueltas
mientras trataba de recordar lo poco que sabía sobre la dama.
Se la habían presentado en Almack’s y hacía concurrido del brazo de un hombre.
Un primo, quizás. El hombre había sido olvidable… ciertamente no era Adam.
-Mi hermana.- confirmó él, asintiendo hacia el retrato. –Bueno… hermanastra
para ser preciso.-
Eso explicaría porque no tenían ningún parecido. Empezaba a tener sentido,
porqué Adam había tomado la ruina de Olivia tan personalmente, lo que Maeve
había querido decir cuando afirmó que todos los residentes de Dunnottar la
amaban.
-La recuerdo.- susurró ella, las cosas que había olvidado ahora volvían a ella a
toda prisa. –Fuimos presentadas en Almack’s… era una joven dama encantadora.
Todos los hombres querían bailar con ella. Su tarjeta de baile estaba llena una
hora después de llegar.-
-Lo sé- contestó él, apoyando un hombro en el marco de la puerta. –Me escribió
innumerables cartas detallando los eventos de su primera temporada. Después de
haber pasado toda su vida aquí en Escocia, encontró que Londres era
completamente excitante.-
¿Por qué Adam se quedó atrás cuando su joven hermana se fue a disfrutar la
temporada? Uno pensaría que él le haría de chaperón en lugar de un primo.
¿Dónde estaba el padre?
-Yo estaba de viaje en el continente.- continuó como si le hubiera leído la mente.
–Para mi gran tour. Mi padre pensó que era una frívola pérdida de tiempo. Él
pensaba que cualquier cosa que no estuviera directamente relacionada con el
condado era una pérdida de tiempo. Verás, el insistía que el nombre Callahan
tenía mala suerte. Condesas que mueren jóvenes. Condes que languidecen en su
ausencia… una línea familiar reducida a casi nada. Después que mi madre
murió, él se casó con Lady Edith, una joven viuda con una hija recién salida de
los pañales. La segunda esposa no le duró ni la mitad de mi madre, y poco
después, se encontró viudo otra vez cargado con dos niños.
-Cuanto lo lamento- susurró ella no sabiendo qué decir.
Adam bufó. –Yo también lo lamenté… por el bien de Olivia por lo menos. A
menudo pienso que él era frío para proteger su corazón de más dolor y pérdida.
No importaba lo que Livvie o yo hiciéramos, nunca fue suficiente para hacerlo
sonreír… nunca fue suficiente para que nos amara.-
-Por eso tu primo la acompañó para su primera temporada.- dijo ella.
-Su primo… era un pariente de Edith,- corrigió él. –Pero si, fue por eso. Él no
podía ser molestado con ella, así que la mandó a Londres en la compañía de su
primo y su esposa, que patrocinaría su presentación y verían que consiguiera una
buena pareja.-
-Entonces ella conoció a Bertram.-
-Si, Palomita.- respondió inclinando su cabeza hacia ella. –Entonces conoció a
Bertram.-
Ella bajó la vista a la alfombra, sus hombros se hundieron cuando recordó una
fiesta nocturna, ver a Bertram inclinándose sobre la mano de la joven y rozar con
un beso sobre los nudillos. Bertram bailando con ella dos veces en una noche.
Bertram conduciéndola a la terraza por aire, y no volviendo por casi una hora.
Bertram inclinándose un poco demasiado cerca para susurrarle cosas en el oído.
Se envolvió con sus brazos, Daphne se sostuvo apretadamente, sintiendo que
podría caerse a pedazos. La evidencia había estado frente a ella todo el tiempo, y
nunca se dio cuenta, nunca entendió lo que él había estado haciendo. O, quizás
una parte de ella ¿se había dado cuenta? ¿Podía ella ser tan frágil como Adam
afirmaba, mirando a otro lado así no tenía que reconocer la verdad?
-Los vi juntos.- admitió ella. –Bertram y Olivia. Pero, nunca supe…-
-Nadie lo hizo.- dijo Adam cuando ella se calló.
Ella levantó la mirada hacia él, preguntándose si era lástima lo que detectaba en
su tono. Lástima por ella. Como si lo sintiera por ella, sabiendo que había sido
engañada por tanto tiempo, siendo ignorante de la verdad.
-Tu hermano es muy bueno en lo que hace.- agregó él con una mueca de
desprecio, toda la compasión se había evaporado de su tono. -¿Cómo piensas que
hizo eso durante tanto tiempo sin haber sido descubierto?-
Pensando sobre las cosas que él recién le había revelado, ella entendió adonde la
estaba conduciendo. –Mi padre. No hay forma que Bertram haya arruinado
tantas mujeres sin que un padre enojado o dos aparecieran en su puerta. Solo
puedo asumir que mi padre hizo lo necesario para enterrar los secretos y evitar
el escándalo.-
Adam gruñó en respuesta, y su expresión se endureció. Ella abrió grandes los
ojos dándose cuenta, su estómago se retorció cuando varios de los hilos que
Adam le había ido revelando, empezaban a entrelazarse, creando un tapiz de
fraude y dolor que claramente mostraba que su hermano era culpable.
-Él la echó- susurró ella, llevando una mano hacia su estómago revuelto. –
Cuando fue a decirle lo que Bertram le hacía hecho… mi papá la rechazó.-
Él apretó la mandíbula con la furia apenas contenida, su voz salió tensa y
entrecortada cuando le contestó. - ¿Te escandaliza?-
Pensando en su padre, el vizconde de cabello blanco, firme y altanero, sacudió la
cabeza. Le habría parecido una traición diez días atrás… cuando pensaba que él
era irreprochable. Quizás un poquito snob, pero no una persona maliciosa. Ahora
estaba comenzando a darse cuenta que nada era como creía.
-No, realmente.- contestó ella. –No era un hombre cruel, no conmigo, pero un
poquito… frío. Parecido a tu padre, supongo. Nunca tuvo mucho interés en mí,
aunque estaba muy involucrado en el futuro de Bertram. Él sería el vizconde
algún día y la sangre Fairchild es antigua.-
-Una de las más azules en toda Inglaterra.- él estuvo de acuerdo. –Es por eso que
Fairchild no deseaba mancillarla casando a su preciado heredero con una chica
escocesa cuya madre venía de dinero nuevo.-
Apretó sus dedos contra sus sienes palpitantes, ella sacudió su cabeza. –Si
hubiera sabido—
Rápidamente apretó sus labios, recordando sus palabras esa mañana cuando la
tiró en la cama. Él no quería disculpas o frases hechas. Pero, ella no podía evitar
pensar que podría haber hecho si hubiera sabido sobre Olivia. Lo cuestionaría, y
le demandaría que hiciera lo correcto. Pero, ¿qué hubiera conseguido? Lady
Olivia había sido solamente una en una sarta de conquistas, y Bertram las había
arrojado a un lado todas ellas.
-¿Cuándo lo descubriste?- preguntó ella, recordando que él había estado en el
Continente y Maeve declaraba que se culpaba a sí mismo.
Quizás él depositaba mucho de su ira en sí mismo por haber estado en otro país
mientras su pequeña hermana era convertida en presa por su hermano.
-No hasta que fue muy tarde.- dijo él antes de darse vuelta para dejar la
habitación.
A pesar de que su sentido de auto preservación le decía que no lo siguiera, sus
pies se movieron por cuenta propia y lo siguió al pasillo, observando que sus
largas piernas lo llevaban hacia la escalera.
-Adam- lo llamó, deteniendo sus pasos.
¿Por qué lo había llamado? ¿Qué quería?
¿Consolarlo? ¿Buscaba consuelo del hombre que la había estado atormentando
desde el primer momento que la había visto?
Él se detuvo al borde de la escalera, sus hombros tensos y sus manos en puños.
Sin embargo, no se dio vuelta para mirarla cuando respondió.
-¿Dónde estaba tu padre cuando pasó todo esto?-
Adam puso mala cara. –Muriéndose. Una enfermedad del corazón, dijeron los
médicos. La mala suerte de los Callahan dijo él, como si hubiera sabido que eso
iba a pasar.-
El silencio estuvo entre ellos durante otro largo momento, durante el que Daphne
jugueteó con el encaje que ribeteaba su vestido.
-Ten cuidado Palomita.- le advirtió repentinamente. –Podré haber estado
borracho anoche, pero eso no significa que no estaba plenamente consiente sobre
lo que estaba haciendo o a quien se lo estaba haciendo. No creo que disfrutes ser
tirada sobre tus manos y rodillas en esta escalera y ser arrasada. O… quizás si.
Provócame y quizás me olvidaré que tu cuerpo necesita un aplazamiento
temporal y lo pondré a prueba.-
Ella tragó pasando el bulto en su garganta, se alejó de él, apretando su pollera en
las manos temblorosas. El miedo pasó a través de ella con el conjuro de la
imagen, y ella podía prácticamente sentir los escalones fríos y duros calvándose
en sus rodillas y las palmas de las manos de él cuando la tomaba desde atrás tan
ciega y brutalmente como lo había hecho cuando tomo su virginidad.
Pero su núcleo se apretaba con anhelo, las puntas de sus pechos se volvieron
piedras y su interior se derretía como lava. Que Dios la ayudara, él había
despertado algo que no sabía si podría alguna vez volver a dormir. Una cosa
sucia en las profundidades de su alma que deseaba la depravación… sexo…
olvido.
Ella quería probarlo, dar un paso hacia él y ver que ganaba haciéndolo, ver qué
pasaría si lo desafiaba. En lugar de eso, retrocedió unos pasos, que
aparentemente la liberaron de su esclavitud. Él desapareció rápidamente bajando
la escalera, dejándola sola en el pasillo.
Otra noche insomne llevó a Daphne devuelta a la sala de música, donde ella
rondó la entrada, mirando lánguidamente al pianoforte. Su corazón se hundió
cuando entró y lo encontró vacío, a pesar de no saber porque le importaba.
Tendría que ser un alivio volver a este lugar que había comenzado a considerar
un paraíso para encontrar soledad. Con toda seguridad no debería importarle que
Adam no estuviera ahí, o que la melodía evocativa que había tocado la noche
anterior no reverberara desde las paredes.
Se aproximó al arpa, acarició las cuerdas, y apretó los dedos sobre los ángeles
dorados. Cuando se sentó en el banco bajo, su mirada se dirigió al lugar en el
piso donde Adam la había sometido. A pesar de que la alfombra se mantenía
inmaculada, ella imaginaba que tenía una marca de su encuentro, una mancha
que no podría lavarse nunca. La enfrentaba acusadoramente, recordándole las
cosas oscuras que habían pasado aquí, de los deseos retorcidos que él había
sacado a la luz desde la profundidad de su interior, forzándola a reconocerlos y
aceptarlos.
Cerrando los ojos, envolvió el arpa con sus brazos, buscando ayuda en la música.
La Fantasía de Louis Sphor en Si menor voló de sus dedos sin pensarlo dos
veces, a pesar de que habían pasado años desde que ella había visto la partitura
por última vez. Ella no la necesitaba para recordar cada nota, y hacer que la
llevaran bien lejos. Mantuvo sus ojos cerrados e ignoró la mancha invisible en la
alfombra y el dolor que le causaba en el pecho. Su mente se volvió más ligera
que el aire y se alejó flotando con la música.
Pasó a otra composición de la que había olvidado el nombre hace mucho tiempo.
A pesar de que era una de las primeras y la tocó tan fácilmente como había
tocado Fantasía. No fue hasta que se acercó al final que se dio cuenta que no
estaba sola, que su música no era la única que sonaba llenando ese confinado
espacio.
Abriendo los ojos, encontró a Adam sentado al pianoforte, tenía las mangas de la
camisa enrolladas hasta el codo para revelar sus fuertes antebrazos. Los
músculos se estiraban con gracia fluida cuando sus manos se movían sobre las
teclas, tocando un acompañamiento a la composición que ella estaba
interpretando. Los dos sonidos se fusionaron y se convirtieron en uno solo,
cuerdas y teclas entremezclándose en notas armoniosas que volaban en el aire
alrededor de ellos.
Él estaba sentado con el perfil hacia ella, su visión posada en algún lugar que
ella no podía ver. Y así, ella lo miró abiertamente, trazó el ángulo de su afilada
mandíbula con barba incipiente, vagó por los ondulados mechones de sus
cabellos, se empapó en los relieves de sus hombros debajo de la camisa blanca
inmaculada.
Igual que la noche anterior, su expresión se había fundido en una de quietud y
paz mientras tocaba, las preocupaciones del día se fueron hasta que existió como
uno con la música… y de alguna forma, con ella. Tocaron juntos naturalmente,
Adam la guiaba sin palabras hacia otra composición, y luego otra. Después de lo
que parecieron horas, finalmente terminaron, llegando al final de la quinta
composición sin que él siguiera hacia otra.
Daphne apoyó su instrumento en la alfombra, soltando un hondo suspiro cuando
su cuerpo comenzó a registrar la tensión de haber tocado tanto tiempo. Sus dedos
estaban cansados, sus hombros y espalda dolían por haber estado sentada
perfectamente erguida.
Adam se encorvó sobre el banco, las manos en su falda mientras miraba a las
teclas. Desde donde ella estaba sentada, el parecía abatido…afligido. Ella se
preguntó si venía de ver a Livvie, si la joven mujer había sufrido otro episodio.
Se le asentó en las entrañas una lástima que no quería sentir, y esto causó que su
corazón se retorciera violentamente en su pecho. Sin la rabia que vestía como
una manta, él parecía una criatura lastimosa… un león lamiéndose la espina en la
pata. Si ella pensara que él no la golpearía hasta matarla por acercarse
demasiado, ella podría desear ayudarlo a sacarse la tristeza, a aliviar el dolor que
obviamente lo atormentaba.
Dobló las manos en su falda, y aclaró su garganta. -¿Dónde aprendiste a tocar?-
Él no se molestó en mirarla, y se estiró para apretar con su índice una de las
teclas. La nota larga dejó de sonar, rápidamente desvaneciéndose sin que hubiera
otra detrás para prestarle su fuerza.
-Mi madre.- respondió él, su voz estaba baja como para cuidar la paz que habían
encontrado juntos. –No fue un pasatiempo típico, el de enseñar a su hijo, pero yo
era todo lo que tenía. Este era su instrumento… un regalo de bodas extravagante
de mi padre. Pasé horas aquí sentado en este banco al lado de ella, mirándola
tocar, juntando las notas con las teclas que tocaba. Un día, me escabullí aquí solo
y toqué una composición entera por mí mismo. Solo tenía cinco años.-
Ella jadeó, asombrada por la revelación de que Adam era un genio musical. Ella
había escuchado que existían esas personas pero nunca se había encontrado con
uno.
-No lees partituras.- dijo en voz alta.
Él sacudió su cabeza. –Nunca necesité. Había algo en mí que parecía entender la
música sin las partituras. A mi padre no le gustaba, pero mi madre vio lo que
tenía y lo nutrió. Aunque también se tocar el violín, el arpa y el cello, nunca
destaqué con ningún instrumento como lo hice con el pianoforte.-
Ella sonrió al pensar en un joven Adam compartiendo el banquito del piano con
su madre, sus pequeñas piernas hamacándose a cm del piso, su pelo alborotado
por manos cariñosas.
-¿Qué hay de Olivia? ¿Le enseñaste a tocar el pianoforte?-
Al final, él se dio vuelta para mirarla, la expresión preocupada de su cara se
profundizó y provocó que se pecho se apretara dolorosamente.
-No- respondió. –Olivia amaba el arpa y la tocaba mejor que cualquiera que
hubiera escuchado alguna vez… hasta que te oí a ti. Es por eso que comencé a
llamarla Mariposa, por la forma en sus manos volaban sobre las cuerda, tan
ligeras y rápidas.-
Mirando al dorado instrumento en frente de ella, ella suspiró, la tristeza
desplomó sus hombros. La hermosa arpa pertenecía a Livvie, sin duda, otra cosa
que Bertram le había robado, asegurándose que ella nunca pudiera disfrutarla
otra vez.
-Compré esa arpa para ella en su cumpleaños.- agregó él. -Cuando cumplió
diecisiete… justo antes de irme a mi Gran Tour. Ella amó la maldita cosa.
Cuando volví del continente para ocupar mi lugar como conde, compré
Dunnottar y cree esta sala de música. Creí que tocar otra vez podría curarla…la
haría sentirse más como ella misma.-
Él no tuvo que decir las palabras que colgaban en el aire entre ellos, no tuvo que
decirle que no pudo conseguir que ella mirara el arpa otra vez, mucho menos
tocarla con sus dedos sobre las cuerdas.
Ella abrió los labios, pero después cerró su boca. Había estado al borde de
disculparse, de soltar las palabras que sabía que solo lo enfurecerían. Porque sus
disculpas no significaban nada…porque expresar su arrepentimiento no le
devolvería su hermana o calmaría su culpa.
-Ven aquí.-
Sus palabras convirtieron su sangre en agua helada en sus venas, un
estremecimiento de miedo bajó rodando por su columna. Él no la miraba, no
parecía impaciente porque obedeciera su orden. Quizás porque sabía que ella
obedecería, aunque solo fuera para hacerlo más fácil para ella.
Cerrando y abriendo sus manos, ella lentamente se paró del banco y obligó a sus
extremidades a que se movieran. Tomó consciencia de su coño, que todavía dolía
por su primer encuentro, y sus pechos, sus pezones que se habían convertido en
puntos duros con el sonido de su voz y lo que su orden sugería. ¿La usaría otra
vez, arrancaría la ropa de su cuerpo y la tiraría al piso?
Él se estiró para alcanzarla cuando ella se acercó, su agarre de la muñeca era tan
alarmantemente gentil que ella no supo que hacer. Se dio vuelta sobre el banco,
cerró el pianoforte y cubrió las teclas antes de arrastrarla hacia él. La tiró sobre
sus rodillas, calzándola entre sus rodillas y el instrumento.
Antes que ella pudiera parpadear, le había arrancado el corpiño de su camisón,
liberando sus pechos. Soltó un pesado suspiro antes de prenderse sobre uno
como un hombre hambriento, chupándola como si nunca hubiera saboreado nada
más dulce que su pezón. Ella gritó, el placer de sus caderas y el latigazo de su
lengua se dirigían directamente entre sus piernas. Se retorció sobre la falda de él,
bajó su coño sobre el duro muslo, buscando presión y fricción, alivio para la
desesperación que él había creado en ella con nada más que el toque de su boca
sobre el pecho.
Soltó uno y fue al otro, amoldando los dos en sus grandes manos, amasándolos,
apretando y acariciándolos mientras los probaba hasta hartarse.
La miró hacia arriba, jugueteó con cada pezón con pellizcos de sus pulgares,
mofándose cuando le sacó un afilado grito sofocado y luego un gemido
anhelante. Arrastró la lengua lentamente sobre uno, mientras pellizcaba el otro y
cuando ella apretó los dientes, siseando ante la confusión que las sensaciones
diferentes le provocaban.
-Una cosa tan bonita y diminuta.- remarcó él, tirando todavía firmemente de sus
pezones con las yemas de sus pulgares. –Especialmente con mis huellas sobre
toda tu piel. Esos otros hombres que te codiciaron… que valoraron tu estado de
bondad prístina…tu muselina blanca con encaje y puntillas, tu cabello alisado y
tu postura perfecta. Pero no, mi Palomita. Te prefiero más así… el cabello
enredado, tu cuello con moretones de mis labios, tu espalda arqueada hasta casi
romperse mientras envuelvo mis manos en tu cabello y tiro.-
Ella gritó sin aliento cuando raspó el duro capullo de su pezón con una uña,
aliviando el filoso ardor con su boca.
-Nadie más te ha visto así, Palomita. ¿Verdad?- demandó él, mirándola otra vez
con fuego en sus ojos, cambiando el prisma de sus ojos en oro derretido. -
¿Verdad, Daphne?-
Ella sacudió su cabeza, y él se estiró alrededor para agarrar uno de los cachetes
de su trasero, dándole un fuerte apretón y luego una palmada. Le picó a través de
las capas que formaban su bata y el camisón, su calor irradiaba a su núcleo y la
inflamaba más.
-Respóndeme.- gruñó él, hociqueando su pecho y dándole pequeños mordiscos y
suaves bocados molestos. -¿Quién te ha visto así?-
-N- nadie.- jadeó ella. –Solo tú.-
-Es correcto.- canturreó él antes de meter uno de sus pechos dentro de la caverna
de su boca, hundiendo los dientes en la tierna carne.
Ella gimió se retorció en su falda, su canal pulsaba con necesidad, calor líquido
se juntaba ahí preparando la entrada de su cuerpo.
No importaba que la lastimara cuando entrara en ella… ella invitaría el dolor
igual que invitaría a la dicha que conseguiría después, llevándola al arrebato que
la estaría esperando del otro lado.
-Di mi nombre.- ordenó él, apretando su cintura para levantarla y apoyarla sobre
el pianoforte. –Dime ¿quién es el único hombre que te ha visto así, Palomita?-
-Adam- gimió ella cuando velozmente le separó las piernas y la empujó abajo
sobre la tapa de las teclas, posicionándola en el ángulo perfecto para entrar en
ella.
Ella se aferró al borde del instrumento, la boca de ella prácticamente se hizo
agua cuando el comenzó a abrir sus pantalones, revelando la dureza de su polla.
Ella lloriqueó cuando él se apretó a sí mismo, apuntando su gruesa punta hacia
su abertura. El interior de los muslos femeninos estaban regados con la evidencia
de su necesidad, pero incluso cuando el deslizó la cabeza en su coño, ella sabía
que su humedad no sería suficiente. Estaba todavía tan hinchada, demasiado
sensible de su primer asalto para aceptarlo fácilmente.
Pero al final lo aceptó, cuando él enganchó los brazos bajo sus rodillas y tiró de
ella hacia él mientras simultáneamente empujaba su cadera. Ella tiró su cabeza
hacia atrás y gritó frente a la invasión, partes iguales entre éxtasis y agonía. Su
canal hinchado se rindió para dejarlo entrar, tomándolo hasta la empuñadura,
envolviéndolo en carne pulsante.
-Otra vez- dijo con voz rasposa, apretando su agarre sobre ella mientras salía y
se preparaba para entrar una vez más. –Déjame escucharlo otra vez.-
-¡Adam!-
Él gruño cuando la empaló una y otra vez, enviando olas de placer a través de
ella que resonaban en las partes más alejadas de su cuerpo. Ella cantó su nombre
mientras él la jodía, sin sentido por el éxtasis, el cuerpo de ella creaba música en
las manos de él mientras la tocaba magistralmente como lo hacía con el
instrumento sobre el que yacía.
-¡Adam… Adam… Adam!-
La tomó más lento que la noche anterior, pero su presencia dentro de ella, no
tenía un impacto menor, llevándola clímax tan rápidamente, que ella no podía
recuperar el aliento antes de volar en espirales. Colapsó sobre el pianoforte, los
bordes le mordían su espalda mientras él usaba su dureza como ventaja y
apuraba sus golpes alcanzando aparentemente su propio final.
Salió de ella con un gruñido áspero, y se derramó, su esencia líquida caía sobre
el vientre y los muslos de Daphne marcándola, manchándola. Las mejillas de
ella se enrojecieron mientras muy profundo, una parte de ella casi ronroneó de
satisfacción. La parte de ella que ansiaba la depravación de Adam suspiró feliz,
emocionada de haber sido tomada y mancillada.
Ella cerró los ojos, luchó por recuperar el aliento, pero también para evitar la
mirada de Adam. Su experiencia limitada con él la había preparado para lo que
podría venir después. Si no escupía su veneno, castigándola con palabras,
entonces la dejaría ahí, aturdida y fuera de equilibrio, su cuerpo todavía pulsando
por su invasión.
No estaba preparada para el toque de lino contra su piel. Abriendo los ojos, ella
lo encontró limpiándola con su propio pañuelo, el blanco nieve del suave
material contra sus muslos. El rubor se sus mejillas se profundizó, su cara ardía
mientras él se tomó su tiempo, quitando minuciosamente su semilla del vientre
de ella, y después doblando la tela y usándola entre sus piernas. Su cara estaba
inexpresiva, sus ojos entrecerrados y sus labios eran una línea firme mientras
completaba su tarea y volvía a poner el pañuelo en el bolsillo de su saco.
Después, rápidamente abotonó su pantalón antes de tomarla de cintura y dejarla
sobre sus pies. Su bata y camisón cayeron para cubrirla, pero cuando la miró a
los ojos, se sintió absolutamente expuesta. La estudió en silencio por un largo
momento antes de moverse otra vez, tomándole la mano y tirando de ella,
llevándola hacia la puerta.
Ella tropezó, sus piernas todavía no habían recuperado su fuerza. Tomó el
dobladillo de su bata, y lo siguió la inseguridad le hacía latir el corazón y su
boca se estaba secando.
¿Adónde la llevaba… y qué le haría una vez que llegaran ahí?
Llegaron a la habitación de ella un momento después, y él abrió la puerta y la
empujó dentro. Ella la encontró vacía, pero preparada para ella, el fuego todavía
crepitaba en el hogar, la ropa de cama cuidadosamente doblada, un camisón
limpio apoyado cerca del lavabo donde una jofaina con agua de rosas la
esperaba.
Como si Maeve hubiera sabido que necesitaría limpiarse cuando volviera. Se
preguntó si la doncella la había esperado, y de alguna manera supiera que Adam
la usaría otra vez esta noche. O, quizás Adam le había ordenado que hiciera todo
esto.
Él le dio un pequeño empujón hacia el lavabo, que ella interpretó como una
orden silenciosa para que lo usara. Le temblaron las manos cuando fue hacia el
lugar, miró hacia atrás sobre el hombro y lo miró. Él había comenzado a
desvestirse, su saco colgaba sin cuidado sobre un banco ubicado a los pies de la
cama, su corbata tirada encima del saco. Ella le dio la espalda rápidamente antes
que él se quitara la camisa, su garganta se apretó tan fuerte, que casi no podía
respirar.
¿Pensaba tomarla otra vez… en la cama de ella?
Ella tembló por miedo y anticipación en partes iguales cuando se sacaba la bata
y después el camisón, que no había sobrevivido al encuentro en la sala de música
indemne. Gotas de la semilla de Adam habían comenzado a secarse sobre la
tela. Lo dejó deslizar de sus hombros, tomó el jabón y el pedazo de lino que
esperaba en el lavabo. Encontró que el agua de rosas todavía estaba templada, su
aroma se mezclaba agradablemente con el aroma del jabón floral.
Se limpió rápidamente, se secó y se puso el camisón limpio. Como las otras
cosas que Adam había ordenado para ella, este camisón parecías más como algo
que usaría una cortesana que una recatada joven dama, la seda negra se aferraba
a sus pechos y cintura, un tajo alto permitía fácil acceso.
Pero, cuando se acercaba a la cama, ella supuso que el título de cortesana no
estaba lejos de donde se encontraba ahora.
Pagada para ser el juguete de un hombre.
Él estaba parado del otro lado de la cama vestido solamente con sus pantalones,
su cabello suelto le caía por la espalda. La parte superior de su cuerpo estaba
desnuda y a la vista para su ventaja, la luz de la luna iluminaba los duros bultos y
las crestas sinuosas. Ella se preguntó perezosamente como se sentiría si
presionaba las manos contra el pecho de él. ¿Sería esa parte de él caliente al
tacto, parecido a la piel aterciopelada de su polla? ¿Le picarían esos cabellos
gruesos en sus dedos… sería suave al tacto como el cabello de su cabeza?
-Entra- ordenó y la voz de él la sacó de su ensimismamiento.
A pesar de la tensión de su voz, no parecía estar irritado con ella… solamente un
poco impaciente. Ella se metió en la cama, y se tapó velozmente con las mantas.
Él la siguió, trepando en la cama al lado de ella y poniéndose de costado. Un
brazo largo la rodeó, arrastrándola por el espacio entre ellos hasta que ella
descansó contra él. Un jadeo le calentó la garganta, una reacción visceral al
cuerpo masculino caliente presionado contra ella. Él soltaba un calor que parecía
hundirse en su piel y depositarse profundamente en sus huesos.
-Relájate- gruñó él en su oído. –No voy a tomarte otra vez… no ahora mismo.
No quiere decir que no quiera más tarde. Mejor te mantengo al alcance si me
despierto y decido que te quiero, en lugar de cruzar todo el palacio para
despertarte en el medio de la noche.-
Asintió su entendimiento, y tragó pasando la ansiedad que se alojaba en su
garganta. Sus palabras no aliviaron su mente. En verdad, ella no lo habría
soportado otra vez enseguida en vez de ser despertada cuando menos lo
esperaba. Mientras todavía estaba lúcida, ella podía prepararse para lo que él
pudiera hacerle. Mientras estaba medio dormida ella estaría indefensa.
Ella estuvo silenciosa por un tiempo, mirando el cielorraso sobre su cabeza. Su
cuerpo lentamente se relajó contra el de él, y la fatiga comenzó a ganarle la
partida. El cambio en la respiración de él le dijo que se había dormido, lo que
servía para aliviar un poco más su ansiedad. Se dio vuelta para mirarlo, y no lo
encontró menos intimidante dormido que despierto. Incluso con sus ojos
cerrados, sus labios separados, su respiración profunda y el peligro de su gran
mano extendida sobre su vientre bajo la ponían al borde.
A pesar de eso, ella eventualmente se durmió bajo su pesado y sin embargo
placentero peso de su brazo, su respiración caliente abanicándole suavemente el
costado de su cuello.
Capítulo 11
Cuando Daphne se despertó la mañana siguiente, encontró que estaba vacía la
cama al lado de ella. El sol que se filtraba por la ventana le hizo arder los ojos,
su brillo le decía que debía ser por lo menos una hora después del mediodía.
Había tenido un sueño reparador, a pesar de que Adam la había despertado dos
veces durante lo que quedaba de la noche. La primera vez, ella estaba con su
polla deslizándose dentro de ella y con el dobladillo de su camisón enrollado a la
altura de su cintura. Había entrado en ella mientras estaba acostada de costado,
el gran cuerpo masculino enroscado a su alrededor, una mano le sostenía
posesivamente la cadera. Ella se había venido en segundos, y amortiguo sus
gritos en la almohada mientras él la empujaba desde atrás, y su pelvis
colisionaba con su trasero en un ritmo que igualaba los latidos de su corazón.
Salió de ella y tuvo su clímax con un profundo gruñido, se alejó de ella para
derramar su semilla sobre las sábanas.
La segunda vez, la excitó con la lengua entre sus muslos y el brillo naranja del
amanecer aparecía por la ventana. Había abierto los ojos para encontrarlo
acostado entre sus piernas abiertas, su cabello sobre los hombros, y los ojos
cerrados. La lamió con minuciosa lentitud una forma completamente reñida con
su reclamo anterior. Se tomó su tiempo explorándola con lánguidos movimientos
de su lengua y suaves tirones de sus labios, empujando las manos bajo su
camisón para encontrar sus pechos para poder jugar con ellos. La hizo venir más
veces de las que podía contar, su gentileza eventualmente dio lugar a la urgencia
hasta que la devoró como si estuviera hambriento, su respiración se aceleró
contra su húmeda y sensible carne.
Entonces, sin advertencia, él se sentó sobre sus talones y la dio vuelta
apoyándola sobre su vientre. Ella casi no había recuperado el aliento antes que él
estuviera cabalgándola, metiéndose dentro de ella hasta la empuñadura. El
trabajo de su lengua la había puesto tan mojada que el ardor de su invasión duró
solamente un instante. Él agarró su cabello en un puño y tiró obligándola a hacer
un arco profundo con la espalda, ella cerró los ojos y se rindió. Él la tendría ya
sea si ella se permitía disfrutarlo como si no…por lo menos, esto era lo que se
dijo a sí misma mientras gritaba su placer, apretando las sábanas en sus puños,
mientras él la enviaba hacia otro poderoso orgasmo. Era lo que se decía a si
misma cuando él se liberó de su envoltura y le manchó la espalda con su
semen… cuando ella colapsó en la cama, él la pudo limpiar antes de volver a
tirar de ella contra su pecho y la instó a dormir un rato más.
Ahora, mientras se sentaba en la cama, un vació bostezó en su interior,
abriéndose en el fondo de su vientre. Tendría que estar contenta por encontrarse
sola, por estar libre de él por al menos un corto tiempo. Pero ella se obligó a
confrontar el hecho de que recién había tenido la más descansada noche de
sueño desde que había llegado a Dunnottar, a pesar de haber sido despertada dos
veces para satisfacer la lujuria de Adam. O quizás, hasta por ese motivo.
Gruñendo, ella se pasó los dedos por su cabello y bajó la cabeza. ¿Qué diablos
estaba mal con ella? No debería extrañar su presencia, y tampoco debería
permitirse sentir nada hacia él excepto antipatía. El hombre la había tratado
cruelmente desde el principio, nuca dejó de recordarle que ella no era más que
un medio para un fin.
Pero entonces, su mirada perseguida pasó por su mente, recordándole la razón de
todo. Porqué la odiaba… por qué no era nada más que un medio a través del cual
él podría lastimar a Bertram… porque él no podría preocuparse por ella de
ninguna manera. Las cosas que le había revelado en las horas más oscuras de la
noche, su dolor, su tristeza, le daban tanta pena como aborrecimiento.
-¡Oh, mi Lady, está despierta!- exclamó Maeve.
Daphne levantó la vista para encontrar a la doncella acercándose a la cama,
trayendo una bandeja con comida y te.
-El Amo quería que me asegurara de que usted tuviera una comida apropiada. –
continuó ella esperando que Daphne se sentara erguida así podía apoyar la
bandeja sobre su falda. –Él fue convocado por un asunto urgente en
Kincardineshire, pero debería volver en unos días.-
Tomando un triángulo de tostada con manteca, la mordió y casi se desmayó del
placer. No se había dado cuenta lo hambrienta que estaba hasta que probó el
primer bocado.
-¿Por qué debería importarme donde se fue o cuándo volverá?- replicó ella,
enojada con ella misma por la sensación de ansiedad en sus entrañas cuando
digirió las novedades.
Se dijo a si misma que era solo porque la ausencia de Adam significaba que se
aburriría. Sin alguien con quien practicar esgrima ¿cómo iba a ocupar su tiempo
cada mañana? Además, ella no podría desentrañar las otras respuestas a sus
preguntas concernientes a Bertram y Olivia si él no estaba aquí.
Maeve no respondió, y le dio simplemente una mirada engreída, una mirada
conocedora, antes de dedicarse a sus tareas. Mientras Daphne comía, ella eligió
un traje de montar, sugiriéndole una cabalgata mientras el tiempo estaba todavía
bueno, y después preparó otra palangana de agua de rosas.
Después que comió hasta que estaba llena, la doncella puso la bandeja a un
costado y comenzó su aseo. Una vez que se había bañado con el agua de rosas y
se vistió con una blusa de montar simple de color blanco y una pollera de
montar, Daphne se sentó para soportar que peinara su cabello, lo cepillara y lo
arreglara en un simple rodete.
Su espíritu se levantó un poco cuando pisó los escalones del frente del palacio,
dando vuelta su cara hacia el sol. No había pasado tanto tiempo al aire libre
como estaba acostumbrada, y con la campiña escocesa extendiéndose por km
delante de ella, la urgió la necesidad de cabalgar tan lejos y tan rápido como su
montura la pudiera llevar.
Un mozo del establo preparó rápidamente su caballo y en poco tiempo, ella
estaba bajando el acantilado, dejando a Dunnottar atrás de ella. Ella cabalgó lo
que parecieron horas, su rostro iluminado con una sonrisa mientras la brisa suave
apretaba sus dedos entre su cabello y el sol le acariciaba la cara. Incluso el
persistente malestar entre sus piernas no pudo robarle el disfrute de andar a
caballo, el ejercicio hizo mucho por aliviar la tensión de los músculos de sus
muslos.
Su buen humor duró el resto de la tarde, que disfrutó leyendo en el jardín.
Ahí se encontró con Olivia, quien parecía vagar alejada del ala de su casa.
Daphne jadeó cuando la vio, se congeló en su banco con el libro abierto en su
falda. Se mantuvo completamente quieta, pero cautivada por la vista de ella.
Ella vestía un recatado vestido mañanero de muselina verde primavera, su
cabello oscuro estaba suelto y cayendo por su espalda. Caminaba por el jardín
descalza, sus pasos eran lentos y fluidos. Se movía con la misma gracia que
Daphne había notado en Adam, aunque con su forma delgada y pies delicados,
los movimientos parecían de ensueño, como si Olivia flotara en lugar de
caminar.
Se acercaba a un rosal que explotaba en pimpollos, ella se sonrió, y se acercó a
tocar uno. Ella debía ser la razón de que Adam tuviera el jardín bien mantenido.
La joven parecía estar en su hogar, como parte de un escenario con los arbustos
floreciendo a su alrededor.
Parecía más tranquila de lo que había estado la noche que había atacado a
Daphne. Cuando Olivia arrancó un capullo y se dio vuelta para enfrentarla, se
dio cuenta porque. Sus ojos relucían con un brillo desenfocado que le dijo que
recién salía de la neblina inducida por el láudano. Los efectos perduraban,
manteniéndola pasiva.
Una suave sonrisa, curvaba la boca de Olivia, cuando las miradas se
encontraron, y ella llevó la rosa a su nariz para inhalar el aroma.
-Hola- murmuró ella con voz suave y cantarina cuando no estaba tensa por los
gritos. Tenía el mismo acento escoces que Adam. –No creo que nos hayamos
conocido.-
Daphne cerró su libro y lo puso a un lado, tratando de no moverse demasiado
rápido para no sobresaltar a la joven.
-Soy Daphne Fa—
Se detuvo aclarando su garganta, dándose cuenta del error que casi cometió.
Decirle a Olivia su apellido la haría explotar otra vez.
-Sólo Daphne- corrigió ella. –Soy una huésped de tu hermano.-
Con una risa tonta, Olivia se acercó, girando el tallo de la rosa entre sus dedos. –
Hart siempre ha tenido buen gusto en mujeres. Eres absolutamente hermosa.-
La sonrisa de Daphne fue genuina esta vez. –Gracias. Te encuentro muy
hermosa, también.-
Pero Olivia no le prestó atención a su cumplido. En su lugar, ella mantuvo la
rosa en una mano mientras se acercaba a Daphne con la otra.
Ella se mantuvo tan quieta como pudo, y dejó que la joven tocara su cabello, y la
trajera sobre su hombro para deslizarla entre los dedos. Eran las manos de una
arpista, femeninas y delicadas, con largos dedos delgados que ella imaginaba que
se deslizarían sobre las cuerdas con facilidad.
-Tan bonito tono rojo.- murmuró Olivia.- Como—
-¡Livvie!- una voz masculina resonó a través del jardín.
Las dos mujeres se dieron vuelta para encontrar a Niall acercándose desde la
puerta principal. Su saco negro se estiraba en las costuras, sus hombros y brazos
se ondulaban con fuerza cuando apretaba los puños a sus costados. Él no parecía
complacido, sus ojos oscuros se estrechaban cuando se posaron en Daphne, su
boca expresaba el rechazo.
Pero Olivia no se dio cuenta de su disgusto, riéndose cuando se puso de pie y se
lanzó hacia él. -¡Niall!-
El mayordomo dirigió su atención a la joven, su expresión se suavizó
considerablemente cuando las miradas se encontraron. Daphne miró consternada
cuando la muchacha se lanzó sobre él. Él envolvió sus brazos alrededor de ella y
la sostuvo fuertemente, y la levantó para mirarla a los ojos. Su tamaño diminuto
hizo que sus pies colgaran en el aire, y apoyó su mano sobre el rostro masculino.
-Eres tan gruñón- bromeó ella. –Cuidado, Niall…tanto fruncir el ceño produce
arrugas.-
Él gruñó cuando ella comenzó a besarlo, sus labios rozaron la frente de ella y el
puente de la nariz, y luego sus labios. – Tu sola me harás salir arrugas yéndote
así. Y sin zapatos. Hart me matará si te lastimas.-
A Daphne se le abrió la boca ante la clara evidencia del afecto entre ellos. A
pesar de que Olivia no estaba en el estado mental adecuado, existía una
familiaridad entre ellos que no podía negarse. Ella se preocupaba por Niall y por
la forma en que el enorme mayordomo la trataba, obviamente el sentimiento era
recíproco.
Daphne nunca hubiera pensado que él era capaz de tal gentileza, pero sostenía a
Olivia como si fuera de cristal, como si ella fuera más preciosa para él que un
puñado de gemas de valor incalculable.
-Vamos, entonces.- murmuró él, dándose vuelta para caminar hacia la puerta
abierta con ella todavía en sus brazos. –Te llevaré de vuelta a tu habitación a
ponerte un par de zapatillas.-
Olivia se colgó de él, con sus brazos apretados alrededor de su cuello mientras la
transportaba.
-Adiós, Daphne.- le gritó alegremente. –¡Fue un placer conocerte!-
Como si se hubiera olvidado de su presencia, Niall se dio vuelta para mirarla
sobre el hombro. –Usted… quédese ahí. Hablaremos cuando vuelva.-
Ella los miró irse con la boca abierta. Nial parecía una persona diferente en la
presencia de Olivia, su trato cuidadoso de la muchacha era asombroso.
Especialmente considerando que el hombre parecía listo para matarla en
cualquier momento en que ella estaba en una habitación con él.
Se quedó sentada silenciosamente en el jardín y esperó, no porque Niall le había
ordenado que lo hiciera, sino porque ella necesitaba otro hilo de este retorcido
tapiz. Ella necesitaba saber que más le ocultaba Adam. Parecería que había más
que lo que el ojo podía ver… tantas facetas de esta situación que ella todavía
ignorada.
Cuando el mayordomo volvió, otra vez lucía su expresión desdeñosa, sus ojos
oscuros que ardían como carbón ardiendo. Daphne se puso de pie para
enfrentarlo, poniendo el libro sobre el banco agarrándose las manos
recatadamente frente a ella.
-Niall, yo—
-Lady Olivia no está bien.- la interrumpió él, la furia hacía temblar su voz. –Días
como este, cuando se comporta más como ella, son raros. No permitiré que
arruine eso.-
Ella retrocedió como si la hubiera golpeado, sorprendida por el veneno de sus
palabras. -¿Arruinar? Yo no sabía que estaba aquí. De hecho, yo no sabía que era
la hermanastra de Adam hasta después que ella me atacó. Él me dijo que le
pasó… lo que mi hermano hizo.-
-Entonces usted sabe por qué solo la visión de usted es suficiente para enviarla a
la locura otra vez.- replicó él. –Mantenga la distancia, o yo haré el resto del su
estancia aquí en Dunnottar un infierno. El Amo puede estar obsesionado con su
coño. Pero yo no he olvidado quien es usted y lo que los Fairchild le hicieron.-
Se quedó con la boca abierta, y tuvo problemas para encontrar las palabras para
defenderse, para recordarle que ella no tuvo nada que ver con la condición de
Olivia y que el nombre Fairchild no la marcaba como un monstruo.
Antes de que pudiera, él se había ido, girando sobre sus talones y alejándose con
los puños apretados a cada costado. Cerró la boca y lo pensó mejor. Haberla
visto cerca de Olivia había sido suficiente para sacarlo de quicio y no quería
provocarlo más.
Ella volvió a sentarse en el banco y dejó el libro olvidado, miró a través del
jardín con la mirada perdida. Había muchas cosas que todavía tenía que
descubrir, pero una cosa había quedado extremadamente clara…Niall estaba
enamorado de Olivia. Le devolviera ella el sentimiento o no, el mayordomo se
preocupaba por ella de una forma que iba más allá de la relación de un sirviente
con la dama de la casa. Ella había visto la devoción en sus ojos cuando la
miraba, había escuchado la ternura en su voz cuando le hablaba.
Saber esto, solo incrementó su culpa, el número de personas que su hermano
había afectado con su fatal decisión se incrementaba día a día. Olivia. Adam.
Niall. Los tres estaban dañados irreparablemente por la familia Fairchild.
-Bertram, idiota.- murmuró ella. -¿Qué has hecho?-
Adam estuvo lejos de Dunnottar unos cuantos días más, durante los cuales
Daphne casi se volvió loca de aburrimiento. Sus días continuaron con la misma
monotonía de antes, cabalgatas a la mañana, y las tardes las pasaba en la sala de
música, la biblioteca o el jardín. Mantuvo su distancia de Niall y no se encontró
nuevamente con Olivia. Quizás el mayordomo estaba más vigilante para
mantenerla fuera de la vista en ausencia de Adam, determinado a mantenerla
alejada de Daphne. Maeve continuó tratándola con bondad, aunque volvió a
cerrar la boca firmemente sobre el tema de Adam u Olivia.
Daphne no quería admitir que extrañaba su imponente presencia en el castillo,
que sin el miedo que inspiraba, ella estaba aburrida hasta las lágrimas, que su
cuerpo permanecía en un estado de elevada excitación, anhelando su toque. Más
que nada, ella lamentaba la pérdida de la música que él podía crear, las notas
evocadoras del pianoforte llenando la sala de música y que tiraban algo que
estaba profundamente anidado dentro de ella. Se encontró visitando la sala de
música por ninguna otra razón que no fuera sentarse frente al pianoforte, sus
dedos tocaban ligeramente las teclas, las yemas de sus dedos trazaban los
mismos lugares donde él había estado. Esto, inevitablemente la llevaba a
recordar las veces que la había tomado en esta habitación, sobre la alfombra,
sobre el piano.
Tenía que haber algo terriblemente mal con ella, un defecto que la hacía anhelar
la depravación. ¿De qué otra forma podía alguien explicar que Adam había
tenido razón sobre ella todo el tiempo, que ella deseaba fuerza bruta y placer con
dolor, completo olvido antes que una gratificación simple? Ella nunca le daría la
satisfacción de admitirlo en voz alta, pero ella ya no podía engañarse a sí misma.
Siempre había sabido que había algo que la distinguía, una razón por la que
ningún hombre le había parecido el correcto.
Lord Hartmoor era la cosa más alejada de ser el hombre correcto, se decía a sí
misma, horrorizada que ella pudiera siquiera considerarlo.
Mientras su crueldad hacia ella podría justificarse a la luz de las transgresiones
de Bertram, no negaba el hecho de que poseía la capacidad para destruir. A pesar
de que su cuerpo parecía quererlo con una locura que no podía explicarse, su
mente lógica se daba cuenta que malo era realmente este hombre para ella. Si
ella lo dejaba, él la devoraría, y después usaría sus huesos de palillo para los
dientes. Esto no podía pasar. Ella tenía que soportar lo que quedaba de su tiempo
aquí con su corazón y alma intactos. Y cuando se fuera, ella no podría rendirse al
impulso de mirar atrás.
El cuarto día de la ausencia de Adam, Daphne decidió explorar más del castillo
por su cuenta, habiéndose aburrido del jardín y la sala de música. La belleza
misteriosa y gótica del Castillo la mantenía extasiada porque escaleras
serpenteantes llevaban a diferentes alas que todavía tenía que descubrir. Ella
encontró puertas que llevaban a pequeños patios, algunos con flores o arreglados
con muebles para descansar, otros deteriorados e invadidos con vides y follaje. A
ella le gustaron más estos lugares y amaba pasar sus manos sobre las vides
gruesas y las piedras antiguas, preguntándose qué clase de citas románticas
podrían haber tenido lugar aquí.
Pero fue el descubrimiento de los pasajes secretos los que realmente la
embelesaron. Apartando el miedo de que podría perderse en los túneles oscuros
construidos dentro de las paredes, había buscado una lámpara y entrado en el
laberinto. Envuelta en la oscuridad ella entraba en un lugar y salía en otro, solo
para descubrir otro pasaje, otro secreto, otra ruta escondida de un ala a otra.
Después de poco tiempo, ella empujó un largo panel y se encontró enfrente de un
tapiz. Frunciendo el ceño por el peso del elemento, inclinó su cabeza, y escuchó
el sonido de voces femeninas que venían a través de la cortina. Una de ellas
sonaba familiar, incluso apagada por la tela gruesa que la separaba de quien
quiera que estuviera del otro lado. La otra era baja, dulce y aguda.
Un niño.
Con el aliento atorado en su garganta, sus pulmones quemaban mientras con una
mano alcanzaba al tapiz y lo tocaba. La superficie de su piel se erizó, le dio piel
de gallina en los brazos y un hormigueo le recorrió la columna. Ni una vez se
había cruzado con alguna evidencia de que hubiera un niño en Dunnottar. Sin
embargo, la alegre risa que se escuchaba a través del tapiz claramente no era de
un sirviente, o incluso de Olivia. Tenía la distintiva calidez de la niñez…la
ligereza sin la carga de problemas de alguien que había alcanzado la madurez.
Sus manos se sacudieron, la luz de su lámpara parpadeó y comenzó a apagarse.
Vagabundeó tanto tiempo que la mecha se había consumido casi hasta la ceniza.
Una parte de ella le advirtió que nada bueno podía salir de entrar en esa
habitación, sus instintos le decían que debía dar la vuelta y volver por donde
había venido y olvidar que había escuchado el sonido de la risa de un niño. Sin
embargo, otra parte de ella no le permitía irse sin investigar el sonido, sin ver por
si misma el último secreto que Adam le había ocultado.
Lentamente corrió el tapiz a un lado, su garganta se apretó rápidamente mientras
se revelaba lo que parecía ser un cuarto de niños. Las paredes estaban adornadas
con un alegre papel amarillo mientras un ornamentado candelabro sobre sus
cabezas llenaba la habitación de luz. Claramente había sido decorada para una
niña, con encaje blanco grabado en las cortinas, tapicería blanca y rosada
cubriendo muebles en miniatura. Había sogas de saltar, muñecas y otros juguetes
que cubrían la alfombra mientras un caballito balancín descansaba en una
equina. Una enorme casa de muñecas ocupaba una esquina completa de la
habitación, su interior lleno de réplicas opulentas de muebles Chippendale y
Hepplewhite. La habitación era propia de una princesa, y tan opulenta como
cualquiera que hubiera en Londres.
El movimiento en el centro de su habitación atrajo su mirada y encontró a Olivia
sentada en una silla pequeña, dándole la espalda al pasaje abierto. Daphne
reconoció la caída de su cabello oscuro y brilloso, así como la voz hablando con
tonos alegres a una persona que ella no podía ver. Una mesa baja, redonda,
estaba servida con lo que parecía un juego de té, y cuando Olivia se quedó
callada, la voz de niña apareció otra vez. La niña estaba sentada del otro lado de
la mesa, bloqueada de su vista por Olivia, que se rio por algo que la niña dijo.
Daphne no entendió las palabras por el ruido que hacía su corazón que llenaba
sus oídos y borraba todos los sonidos.
Sus pies se movieron por su cuenta, llevándola dentro de la habitación,
acercándola a la mesa. Si se acercaba lo suficiente, podría ver a la niña. Podría
ver por sí misma esas cosas que no podían ser como parecían.
Olivia no se dio cuenta de la presencia de Daphne, levantando una tetera del
tamaño de una niña y fingiendo servir te en una taza del mismo juego. Sin
embargo, la niña sentada enfrente de ella miró justo cuando Daphne se acercó lo
suficiente para verla por sobre el hombro de Olivia.
Sus pasos titubearon, y la lámpara se cayó de su mano con un golpe sordo, la
llama exigua se apagó, el olor a kerosene le escoció la nariz cuando se extendió
en una mancha sobre la alfombra. Se olvidó de ella cuando puso una mano
temblorosa sobre su boca, ahogándose con un jadeo cuando miró los ojos de una
niña que no podía ser mayor de cinco años.
Tenía la cara de un ángel, con una pequeña nariz de botón, una boca dulce y
mejillas suaves y redondas. Sus ojos, grandes y redondos, eran del mismo
marrón terciopelo de Olivia, inocentes y llenos de picardía. Pero era su cabello
lo que acaparaba la atención de Daphne. Largo, con gruesos rulos atados y
alejado de su cara con una cinta rosada… rubio dorado a la luz del candelabro.
Los mechones brillantes tenían la marca inconfundible del linaje Fairchild, el
decadente rojo brillando con dorado que resplandecería al sol.
Daphne la miró con ansiedad, contando cada trozo de evidencia que retrataba
una verdad demasiado impactante para soportar. Las pecas en el puente de la
nariz, el arco del labio superior, el puntito bajo un ojo, la evidencia de altos
pómulos que se volverían más evidentes cuando creciera.
Esa cara era su cara.
No, no su cara… la cara de Bertram.
-Hola- dijo la niña con una sonrisa cautelosa, sacando a Daphne de su
contemplación.
Olivia se dio vuelta para ver sobre su hombro, el brillo de sus ojos alivió un poco
a Daphne. Parecía haber tomado su dosis de láudano recientemente, sus mejillas
estaban ruborizadas y una ligera capa de sudor humedecía su frente. Sin
embargo, ella se mantuvo dócil, y era poco probable que atacara.
-Buenas tardes,- Daphne dijo con voz quebrada, ronca por el bulto alojado en su
garganta.
Casi no podía entender lo que estaba viendo, aunque débilmente registraba que
miraba a una niña de su propia familia… Una niña de Bertram. No se podía
negar el parecido.
-Soy Lady Serena Grace Goodall- dijo la niña cuando la habitación se quedó en
silencio otra vez.
Su corazón se calentó frente a severidad educada del tono de la niña, como si le
hubieran enseñado a presentarse y la importancia de incluir la palabra Lady antes
de su nombre.
-Es un placer conocerla, Lady Serena.- consiguió decir acercándose a la pequeña
mesa y arrodillándose a la izquierda de esta. –Soy Daphne.-
-Nunca conocí a nadie que tuviera el mismo cabello que yo.- declaró Serena.
La familia de tu padre está repleta de persona con un cabello como este, pensó.
-Es poco común.- respondió en voz alta. –Pero tú lo llevas muy bien. Que
hermosa niña que eres, Serena. ¿Cuántos años tienes?-
-Cuatro.- respondió la niña. –pero estamos cerca de mi cumpleaños. Mama dice
que puedo tener un cachorro cuando cumpla cinco… pero si el Tío Adam lo
permite.-
- El frunce el ceño y protesta cuando tratamos de intimidarlo.- Olivia
interrumpió con una sonrisa infantil. –Pero aceptará. Él adora a Serena… le da
todo lo que su pequeño corazón desea.-
-Qué maravilloso.- murmuró Daphne, por no tener algo mejor que decir.
Ella se estaba mareando, su estómago estaba revuelto mientras intentaba digerir
esta revelación final, la evidencia de los pecados de Bertram justo delante de
ella.
Antes que pudiera separar sus labios para formar más palabras, una sombra
oscura cayó sobre ella, haciendo que su sangre se enfriara. Todo su cuerpo se
puso rígido, su columna se tensó y se le secó la boca. Serena se paró, con una
expresión de pura alegría.
-¡Tío Adam!- chilló corriendo alrededor de Daphne y desapareciendo de la vista.
Una risa masculina le envió una piedra fría de miedo revolviendo su estómago,
el peso la hizo sentir como si se fuera a descomponer violentamente. Ella
permaneció donde estaba sentada, con la cabeza baja, la respiración cortada y
esforzada por el pánico; trataba de mantenerse compuesta mientras Olivia se
levantaba para saludar al hombre que había entrado en la habitación. Desde el
rabillo del ojo, espió la puerta de la habitación, que estaba en el lado opuesto al
pasaje por el que había llegado.
-¿Qué tenemos aquí? ¿Quién es esta muchacha bonita que se lanza a mis brazos?
-
La voz profunda de Adam resonó a través de la habitación, con una ternura que
Daphne solo había escuchado cuando hablaba con Olivia.
Serena se rió. -¡Soy yo tonto! Serena.-
-¿En serio?- dijo con un jadeo exagerado. –Pero, cómo has crecido en mi
ausencia. ¡Eres casi una joven mujer!-
La niña se rió otra vez, el sonido convirtiéndose en la exuberante alegría que casi
siempre acompañaba a estar recibiendo cosquillas. Daphne se animó a mirar
sobre su hombro y lo encontró sosteniéndola debajo de un brazo, y con los dedos
le hacía cosquillas en las costillas mientras ella pateaba y sacudía los brazos,
gritando con deleite.
Él tenía ojos solo para Serena, su afecto por la niña era claro cuando la
enderezaba y paraba su asalto para abrazarla. La niña envolvió los pequeños
brazos alrededor del su cuello y se sostuvo fuerte, cerrando sus ojos y suspirando
feliz.
-Te extrañé- murmuró él, cerrando los ojos cuando le acariciaba la parte superior
de la cabeza con la nariz. - ¿Haz sido una buena niña en mi ausencia?-
-¿Me has traído un regalo?- contrarrestó ella, mirándolo a los ojos.
Adam se rio. –Todo depende de que te hayas portado bien.-
-Oh, si. –declaró la niña. -¿No es cierto, mamá?-
Olivia sonrió y asintió, sus palabras estaban un poquito mal articuladas por el
láudano cuando habló. –Ella ha sido un ángel.-
Adam asintió como satisfecho y después la bajó y la dejó parada. Daphne
retorció sus dedos juntos, sus manos temblaban en su falda mientras esperaba
que él la mirara, que reconociera su presencia en la habitación y actuara en
consecuencia. Sabía sin que le dijeran que no era bienvenida aquí.
-Muy bien.- dijo él, acercándose para enredar los rulos de Serena. –Nanny te está
buscando. Ve a verla, y yo vendré y te daré tu presente muy pronto.-
-¿Puede venir Daphne?- preguntó la niña que no se daba cuenta de la tensión
que apretaba la mandíbula de su tío y le oscurecía los ojos. -¡Ella tiene el pelo
rojo, como yo!-
-Si, lo tiene.- dijo Adam, su tono de voz se volvió duro cuando llevó la mirada
en su dirección. –Pero Lady Daphne se va ahora. Su visita a Dunnottar ha
terminado. No la verás otra vez.-
Serena miró como si quisiera protestar, pero Olivia intervino, y tomó la mano de
la niña.
-Vamos- animó a su hija. –Hablaré con Niall para que nos traiga chocolate de la
cocina. ¿No te gustaría eso?-
La niña se olvidó de Daphne ante las noticias del chocolate caliente y saltó fuera
de la habitación al lado de su madre.
Ella las vio irse, y la desesperación le hizo latir más fuerte su corazón. Quería
llamarlas para que volvieran, ese llamado estaba en la punta de su lengua, quería
rogarles que no la dejaran sola con Adam. Pero su lengua se convirtió en algo
difícil de manejar, una cosa inservible que ocupaba espacio en su boca. Le
fallaron las palabras. Solo podía quedarse sentada ahí, atrapada en la mirada de
Adam y temblando como un árbol vapuleado por una tormenta furiosa.
Su rostro se endureció una vez que se quedaron solos, las aletas de su nariz se
dilataban y sus ojos ardían con un fuego verde y dorado. Su cabello estaba
peinado hacia atrás, pero unos pocos mechones colgaban alrededor de su cara
fatigada por el viaje. Tenía polvo en las botas, y la ropa arrugada. Debía haber
llegado recién al hogar, y visitado directamente la habitación de la niña para
saludar a su sobrina.
A Daphne le tembló la barbilla, cuando la comprensión de lo que podría pasar a
continuación la golpeó con toda la fuerza de un carnero.
-Adam- chilló intentando encontrar su voz. –Puedo explicar… --
-Levántate.-, gruñó y entrecerró los ojos al mirarla.
Sus extremidades se movieron por su cuenta, como respondiendo a su orden. Se
puso de pie, sus piernas hormigueaban porque la sangre comenzó a recorrerlas
otra vez, su cabeza daba vueltas por el movimiento súbito.
El brazo del él salió disparado a través del espacio entre ellos, y su mano se
apretó alrededor del brazo de ella clavándole los dedos. Sin una palabra, estaba
tirando de ella hacia la puerta, sin preocuparse en acortar sus pasos largos para
ella. Ella se tropezó todo el camino, obligada prácticamente a correr para
mantenerse a su lado y así aliviar su agarre. Le dolían las extremidades, sus
dedos le picaban y se dormían por falta de sangre. Doblando en una esquina del
pasillo, ahora transitaban el que llevaba al frente del palacio… que llevaba a su
habitación.
La habitación de la niña estaba en el corredor que Adam le había prohibido
acercarse. Se le cayó el corazón en lo profundo de su vientre y se quedó allí, su
intención estaba clara mientras seguía arrastrándola, hacia dentro de su
habitación.
-Adam, espera.- rogó ella, clavando los talones en el piso para tratar de impedir
su avance. –Por favor…-
Él solo apretó más su agarre y siguió caminando, ignorando la mirada espantada
de los sirvientes que pasaban junto a ellos, algunos deteniéndose en su tarea para
seguir mirando con la mandíbula floja. Apareció Maeve, trotando hacia ellos con
el horror pintado en sus facciones.
-Amo—
-Junta la ropa que traía Lady Daphne cuando llegó.- ladró él sin siquiera mirarla.
–Se va.-
A Daphne se llenaron los ojos de lágrimas cuando tiraba de la mano que apretaba
su brazo, desesperada por explicarse y por librarse de su agarre.
-Por favor, te lo suplico.- intentó otra vez. –Fue un accidente, Adam, no quería—
Sus palabras se quebraron en un grito cuando él se detuvo abruptamente,
girándola alrededor para que lo enfrentara. La cólera que contorsionaba sus
facciones, la asustó hasta la médula, la mordida de sus dedos alrededor de su
brazo no era nada a comparación de su mirada de muerte.
-Te advierto.- gritó él, su voz temblaba con furia poco contenida. - Creo que fui
bien claro sobre lo que pasaría si desobedecías mi orden.-
-¿Entonces nunca tuviste intención de contarme sobre ella? ¿Una niña nacida de
mi familia… mi propia sangre?- lo acusó ella.
Tomándole el otro brazo con su mano libre, la sacudió como si ella no pesara
más que una muñeca de tela. –Serena puede parecer una Fairchild, pero es una
Callahan. No tienes ningún reclamo sobre ella, y ahora que te vas, nunca más
tendrás contacto con ella.-
-¿Crees que debes protegerla de mí?- sollozó, las lágrimas calientes empapaban
su rostro. –Es mi sobrina… nunca –
-No- escupió él, su labio superior se fruncía de asco. –Nunca lo serás… porque
te estás yendo en este instante- Nuestro acuerdo se volvió nulo e inválido en el
segundo que pusiste un pie en la habitación de los niños.-
El sonido de pasos dirigió la mirada de Daphne hacia Maeve, que había venido
velozmente por el corredor, tenía un saco rugoso de yute sobre su hombro. Le
dio el saco a regañadientes, que soltó uno de los brazos de Daphne para
agarrarlo.
-Amo, quizás podría—
-Termina esa oración y te tiraré afuera junto a ella.- rugió dirigiéndole un mirada
caliente a la doncella.
Ella se encogió alejándose de ellos, mandándole una mirada de disculpa a
Daphne antes de darse vuelta y alejarse de ahí.
-No hagas esto.- rogó ella, mirando con sus ojos llenos de lágrimas a Adam. –
Me portaré bien… haré lo que quieras… te dejaré hacer lo que quieras conmigo.
No puedo volver a Londres sin nada.-
-¿Por qué no?- se burló el con una risa sin gracia. –Viniste sin nada.-
Eso no era cierto. Había venido con su virtud… la única cosa que tenía para
trocar. Ahora se iría sin ella, sin poseer nada más para negociar.
Antes que pudiera intentar rogar otra vez, la arrastró hasta la puerta del frente.
Un lacayo se apuró a abrirla y sin preámbulo, Adam la arrojó sobre el umbral,
tirando el saco detrás de ella. Tropezando hasta los escalones de entrada, ella se
giró para mirarlo, los temblores la recorrían de la cabeza a los pies mientras
intentaba recuperar la compostura. Las lágrimas empapaban su cara enrojecida,
su corazón tronaba salvajemente y la bilis caliente y amarga amenazaba en la
parte de atrás de su garganta.
-Ve a los establos a recuperar tu caballo.- Ordenó Adam, una mano agarrando la
puerta abierta. –Vete a tu casa.-
El pesado panel se cerró con un golpe entre ellos. Segundos después, ella
escuchó el sonido ominoso de un pestillo encajando en su lugar, poniendo una
barrera entre ella y el interior. Ella corrió hacia la puerta de roble sobre piernas
temblorosas y cayó sobre ella. La golpeó con los puños, ella lloriqueó, elevando
su voz para ser escuchada a través de la madera.
-¡Déjame entrar! Adam, por favor… seré buena. Lo prometo! ¡Haré cualquier
cosa!-
Golpeó la puerta hasta que el dolor reverberó subiendo por su brazo, sus nudillos
estaban arañados y sangrantes. Gritó y lo llamó, la desesperación la estaba
volviendo loca, robándole hasta el último gramo de su orgullo. Ella no podía ser
echada, no sin las treinta mil libras por las que había vendido su cuerpo. Sin el
pago, bajaría las montañas sin un centavo y también en desgracia. Se perdería la
casa familiar, y ella no podría estar segura de donde vendría su próxima comida.
Dunnottar y el señor que vivía dentro probaban ser intimidantes y totalmente
alarmantes, pero no la aterrorizaban tanto como el futuro sin el dinero que le
habían prometido. Todo su futuro descansaba en asegurar esos fondos. Ella se
estremecía al pensar a lo que se vería reducida sin eso.
-Por favor- susurró roncamente, hundiéndose sobre sus rodillas y apoyando se
agotado cuerpo contra la puerta. –Haré cualquier cosa.-
Aun así, ninguna respuesta vino del otro lado de la puerta. Él no escuchó su
suave susurro más de lo que había escuchado sus gritos estridentes. Ella no
dudaba que la sacó de su mente tan fácilmente como la había sacado de su casa.
Esto no podía ser el final. Debía haber una forma de poder volver a caerle en
gracia. Quedaba tan poco tiempo para cumplir el acuerdo de treinta días, que no
podía enfrentar lo que significaría volver a Londres con las manos vacías.
Decidida a esperarlo ahí afuera, a obligarlo a enfrentarla, se acurrucó contra la
puerta. Llevó las rodillas a su pecho y apretándolas fuerte, bajó la cabeza, Había
comenzado el atardecer, enfriando el aire. Poco después, caería la noche, que
sería directamente helada.
Alcanzó el saco y encontró el abrigo que había vestido cuando viajaba desde
Londres. No la abrigaría mucho dado que llevaba un vestido fino sin ropa
interior. Sin embargo, sería mejor que nada y podría evitar que muriera.
No pensaba irse hasta que Adam decidiera venir y la hiciera bajar por el
acantilado él mismo. Sacó el sombrero de entre sus otras pertenencias, se lo
puso, lo bajó sobre sus orejas, y se armó de valor frente a la fría noche que tenía
por delante.
Capítulo 12
Daphne pasó la noche y una buena porción del día siguiente, en los escalones del
frente del castillo. Cuando cayó la noche se acurrucó en la entrada y apretó las
rodillas sobre su pecho. Temblando y apretando los dientes para evitar que
castañetearan, casi se había rendido. Estaba tan fría, su respiración se convertía
en vapor en el aire nocturno, las puntas de sus dedos estaban más pálidos que la
luna.
Un mozo había venido del establo, intentando obligarla a irse. Le había dicho
que su caballo había sido preparado y que el Amo esperaría que ella se hubiera
ido en la mañana. Ella lo había echado, declarado que no se iría por propia
voluntad. El mozo quedó atónito, no podía creer lo que escuchaban sus oídos.
Pero, ella solamente dio vuelta su cabeza y lo ignoró, la determinación le ganaba
a la necesidad de encontrar algún lugar para calentarse.
Durmió de manera irregular, despertándose cuando temblores muy fuertes
sacudían su cuerpo, sus dientes estaban tan apretados, que tenía miedo que se
rompieran.
Parecía que tardó años en llegar la mañana, el cielo cubierto le permitió
solamente un poquito del calor del sol. Se abrió la puerta un rato después y
apareció Maeve, quien la miró como si fuera un perro que había sido pateado.
-El Amo no sabe que vine.- murmuró ella antes de dejar una bandeja en el piso
al lado de ella. –Tiene que apurarse y terminarlo antes de que él se levante y
descubra que estuve aquí. Si significa algo, el pasó toda la noche en su estudio
paseándose. Incluso regreso a la puerta después que cayó la noche, pero lo pensó
mejor antes de abrirla.-
Alcanzó la taza de té de porcelana, le dedicó a doncella una sonrisa agradecida.-
Gracias-
No quería reconocer las declaraciones de Maeve respecto de Adam… no quería
permitirse creer que él podía preocuparse mínimamente por ella. La doncella
solamente estaba tratando de hacerla sentir bien. Si Adam le importara algo que
ella se congelara en su entrada, habría venido a buscarla.
Tragó el té caliente, sin importarle que le quemara la lengua, Daphne se dijo que
el sentimiento era mutuo. A ella no le importaba él mucho más de lo que ella le
importaba a él. Ella solamente necesitaba que él la dejara entrar otra vez, así
podía ganarse las treinta mil libras. Si pudiera convencerlo de terminar de
cumplir su tiempo del acuerdo, ella volvería a Londres con lo quedaba de
dignidad.
Se comió el desayuno rápidamente, engullendo las tortitas que Maeve había
traído y vació la tetera. La doncella volvió para llevarse la bandeja vacía y
desapareció velozmente dentro de la casa. Daphne se acurrucó dentro de su
abrigo lo mejor que pudo, estremeciéndose y contando los minutos. Se dio
cuenta que la mayor parte del día había pasado cuando su estómago comenzó a
protestar otra vez, con el hambre royendo persistentemente sus entrañas.
El alivio la inundó en una ráfaga eufórica cuando se abrió la puerta y apareció
Niall. Su expresión firme y libre de emociones se volvió la más bienvenida del
mundo cuando se extendió hacia afuera y le dio la mano. Ella puso la de ella en
las manos de él, y soltó un suspiro cuando el tiró de ella para ponerla de pie. Sin
embargo, él la soltó rápidamente como si tocarla lo hubiera quemado.
-Venga, entonces.- dijo él con cansancio
Ella lo estudió cuando entraban, buscando en su cara alguna pista de lo que
podía esperar. Se dirigieron hacia el estudio de Adam, así que asumió que él
había decidido hablar con ella. Niall no reveló nada, aunque por la boca apretada
y los rayos que despedía de los ojos, le dijeron que el desaprobaba la decisión
del amo. Ella no pudo evitar la sonrisa engreída cuando el mayordomo abrió la
puerta del estudio e inclinó su cabeza para indicarle que entrara.
-Gracias Niall- dijo ella imperiosamente antes de deslizarse por la abertura
sosteniendo su cabeza en alto.
Él gruñó algo en respuesta, y después cerró el panel con un golpe detrás de ella,
encerrándola en la cavernosa habitación. El calor de los grandes hogares la
alcanzó devolviéndole las sensaciones a los dedos de las manos y los pies. Su
cara entumecida empezó a descongelarse, el calor del fuego casi dolía después
que su piel había sido vaciada de calor tan minuciosamente.
Encontró a Adam sentado detrás de su escritorio, su apariencia no era para nada
lo que esperaba. Se veía demacrado, su cabello estaba enredado como su hubiera
pasado los dedos a través de él cientos de veces. No llevaba ni saco si chaleco, y
los botones de su camisa arrugada estaban abiertos. Pero lo que más la espantó
fue su cara, tenía círculos oscuros bajos los ojos, su boca se curvaba hacia abajo.
Se veía tan horrendo como suponía que se veía ella.
-Gracias por recibirme.- murmuró ella una vez que se detuvo delante del
escritorio.
Mirándolo, sintió el peso de su mirada, la manera en que su vista parecía recorrer
cada cm visible de ella. Se estremeció, sintiendo como si le hubiera quitado la
ropa con los ojos.
-No deseaba hacerlo, pero eres tan testaruda como temeraria, Palomita.-
respondió él. –Había pensado en salir, tirarte sobre mi hombro y llevarte hasta el
establo, y luego tirarte sobre la silla de tu caballo. Pero entonces…-
Ella lo miró y frunció el ceño cuando él se quedó en silencio. -¿Entonces?-
Él encontró su mirada descaradamente, con una mueca que curvaba sus labios.
La expresión carecía de humor, el movimiento gatuno más parecido al de un
depredador que había arrinconado su próxima comida. Ella tragó pasando el
bulto de su garganta y resistió la necesidad de correr. Le había permitido entrar
nuevamente en el palacio y ahora, ella debía hacer lo que fuera necesario para
volver a caerle en gracia.
-Entonces decidí dejar que me convencieras- dijo él inclinando la cabeza.
El bulto de su garganta se agrandó, cuando se dio cuenta de lo que estaba
diciendo y dificultándole seguir respirando. -¿C-cómo voy a hacer eso?-
Él hizo un pequeño sonido, un breve resoplido de risa, como si la ignorancia de
ella lo divirtiera. Agarrando con sus manos grandes los bordes del escritorio,
alejó la silla empujándola. Entonces, se reclinó casualmente, se tomó las manos
detrás de la cabeza y levantó las cejas mirándola.
-Compláceme, y dejaré que te quedes.- declaró él.
Ella aspiró y su vientre se retorció frente a la implicancia de sus palabras.
¿Complacerlo? En casi todos los encuentros sexuales que compartieron, él había
sido el que estaba en control. Ella había sido el recipiente para su uso, y él había
hecho con ella lo que le apetecía. Una sola vez ella actuó por propia voluntad.
Ese día en el jardín, cuando se arrodilló y lo tomó en su boca.
Levantó la barbilla y recordó el poder que había sentido en ese momento. A
pesar de estar de rodillas, ella había absorbido los ruidos de placer que le salían
de la garganta, lo hizo sentirse débil con nada más que el toque de sus labios. Si
podía hacer eso, ciertamente podía hacer esto. Su sostén económico dependía de
esto.
-Estoy esperando- agregó él cuándo ella no respondió ni se movió.
La impaciencia de su tono no era alentadora. Él ya estaba en un calabozo y
enojado con ella por desobedecer sus órdenes. Esto iba a ser una ardua batalla.
Apretó en puño y luego aflojó las manos, y comenzó a moverse hacia él. Obligó
a sus manos a trabajar, las subió y comenzó a soltar los botones de su abrigo
mientras rodeaba el escritorio. Todavía estaba recuperando sus sensaciones, sus
dedos eran torpes cuando intentaba quitarse la ropa. Él la miró fijamente con la
expresión en blanco, sus ojos profundos marrón oscuro no traicionaban nada
cuando ella se acercó al espacio entre el escritorio y él.
Él separó las piernas, inclinando la cabeza y la miró expectante. Inspiró otra vez
para fortalecerse y se puso de rodillas en la alfombra. Apoyó las manos sobre los
muslos apretados de él, alisando con las manos la tela de los pantalones. No
estaba caliente al toque, su cuerpo duro canturreaba de poder contenido. Ella
apretó deslizando las manos hacia su pelvis, rodeando el notable bulto que
presionaba contra la abertura del pantalón. Estaba por lo menos a mitad de su
extensión, y la vista de su polla a través de la tela le hacía salivar.
Ella gozó de las sensaciones que le causaban mirarlo así, sin preocuparse por
ocultar la lujuria que él le inspiraba. Ahora no era el momento de reticencia
virginal o de resistencia. Necesitaba complacerlo, y a pesar de que él afirmaba
que le gustaba cuando ella lo peleaba, justo ahora, no sería suficiente. Estaba
sentado en actitud pasiva, mirando todos sus movimientos y tenía que actuar
como la puta a menudo la acusaba de ser.
Apoyando una mano sobre el bulto, lo probó, lo rozó con la mano desde la base
hasta la punta, y volvió a bajar. Lo acarició a través de los pantalones, apretando
con ligera presión de vez en cuando. Con cada estrujón de sus dedos, su polla
aumentaba, creciendo y llenándose de sangre en respuesta a su toque. Para el
momento que comenzó a desabrocharle los botones, estaba completamente
hinchado. Cayó libre de la contención de la ropa como si luchara por salir,
estirándose hacia ella con mente propia.
Envolvió los dedos alrededor de él, le dio otro apretón, usando el pulgar para
acariciarle la punta. Él permaneció en silencio, con la mirada en blanco hacia
ella, mientras lo trabajaba, untándole la humedad que le provocaba. Su quietud
la ponía nerviosa, tan diferente de las otras veces que estuvieron juntos. Ella se
había acostumbrado a su rudeza, a sus manos apretándole el cabello dentro de su
puño, la fuerza bruta de su cuerpo bombardeándola cruelmente.
La determinación la condujo más cerca, animándola a tomarlo en la boca. Ella
detectó el ligero jadeo de su respiración cuando lo tomó todo lo que pudo,
chupando cuando volvía con los labios hacia la punta. La polla se estremeció en
su boca, la gruesa vena que recorría la parte inferior pulsaba contra su lengua. El
perfume original de almizcle inundaba sus sentidos, haciendo que su coño se
apretara y que las puntas de sus senos picaran. Apretó los muslos entre sí, lo
tomó otra vez, y otra follándolo con la boca.
Ella se volvió más audaz, chasqueando la lengua contra la cabeza de la polla en
cada pasada, rozándolo con los dientes ligeramente, haciendo trabajar una mano
y la boca al mismo tiempo. Poco después, él comenzó a moverse, sus caderas
ondulaban debajo de ella, sus manos apretaban los brazos de la silla. Se aceleró
su respiración, y se volvió ruidoso y más rudo cuanto más lo chupaba ella.
Parecía decidido a combatirla, a hacer que fuera difícil para ella, pero se
defendió dándole todo lo que tenía. Lo agarró con el puño y lo apretó, lamiendo
su cabeza y hundiendo la lengua en su hendidura. Lo acarició con las dos manos,
con una lo apretaba y con la otra le acariciaba gentilmente la pesada bolsa
debajo. Después de un tiempo, él comenzó a corcovear con su cadera, creando
más fricción entre las manos y su polla. Ella relajó la mandíbula abriendo más la
boca para abarcar más con cada empuje.
Poco después ella miró hacia arriba y lo encontró con los ojos entrecerrados,
estaba con los labios separados y respiraba agitadamente, el pecho subía y
bajaba pesadamente. La necesidad de tenerlo dentro de su cuerpo la abrumó, el
latido de su canal interior era ya doloroso. Su cara se ruborizó ante las imágenes
licenciosas que pasaban por su mente, fantasías sobre sentarse sobre su polla
haciéndola sentir con la criatura más lasciva que alguna vez hubiera vivido.
Pero, él le estaba pagando para que fuera lasciva, para que actuara como una
puta.
Ella ignoró el sonido violento de enojo que él hizo cuando ella soltó su polla, se
agarró de los brazos de la silla y se puso de pie. Tenía todo el cuerpo tenso, los
puños cerrados, temblando como si casi no pudiera controlarse. Aun así,
permaneció tan quieto como siempre, mientras ella se levantaba la pollera y
trepaba sobre él. Dobló las rodillas y las metió en los espacios entre su cuerpo y
la silla, se posicionó de manera que su coño desnudo quedara justo sobre la
cabeza del pene. Ella se estremeció al sentirlo cerca de su entrada, mientras las
rozaba. Ella giró su cadera, y envolvió la cabeza con su canal y dejó caer la
pollera.
Los ojos de él ardían verdes y dorados, aleteando con lujuria y depravación en
igual medida. Ella mantuvo su mirada, abrió la boca en un suspiro suave de
alivio cuando descendió sobre su polla. Jadeando, dejó caer la cabeza hacia atrás
cuando estuvo llena de él, su canal se estiraba para dejarlo entrar y se apretaba
para sostenerlo bien adentro. Le apretó el pecho con las manos y probó el
movimiento de su cadera. Primero giró, después balanceó la cadera en un círculo
lento en una dirección y luego la otra. Cada movimiento enviaba una explosión
de placer a través de ella, moliendo el clítoris contra su pelvis llevándola
rápidamente hacia un final que la dejaba sin aliento.
Sosteniéndose de los hombros masculinos, encontró un ritmo que le gustó, sus
suaves jadeos se convirtieron en gemidos que hacían eco en la habitación.
Debajo de ella, él se movía otra vez, sus caderas coincidían en el ritmo y sus
manos dejaron los apoyabrazos para tocarla. Le palmeó la cadera, apretó y
pellizcó su trasero a través de la tela antes de acercarse para acunar sus pechos.
-Dios, si.- gritó ella, arqueando la espalda para encajar en sus palmas, sus
pezones crecían duros en respuesta a su toque.
Le bajó el corpiño del vestido y los apretó entre los dedos, enviando rayos de
puro éxtasis a su núcleo. Los movimientos de ella se volvieron más salvajes,
menos precisos y ella lo llevó al clímax. Se olvidó de complacerlo, se enfocó, en
cambio, en lo que ella quería, apretó los dientes y se tensionó hacia el explosivo
final.
Antes de que se pudiera preparar, la mano de él llegó a su garganta. La palma la
cubrió y sus dedos se clavaron en las venas que abastecían su sangre. Ella se
asustó cuando apretó su agarre, la mirada quemaba cuando comenzó a corcovear
debajo de ella, martillando su polla dentro de ella mientras le cortaba el
suministro de aire y sangre. De golpe la sangre rugía en sus oídos y el miedo en
sus entrañas se derritió en calor líquido, poniéndola más húmeda, su coño se
apretó alrededor de él cuando comenzó el clímax.
Ella hizo un ruido ahogado y cerró los ojos entregándose a su agarre. ¿La
estrangularía hasta matarla como había amenazado una vez?¿Moriría así con su
pene dentro de ella y su mano alrededor de la garganta?
-Respira.- ordenó
Se alivió la presión y el aire precioso llenó sus pulmones, la sangre corrió
velozmente otra vez a su cabeza. Ella se fragmentó, sus labios se separaron en un
grito silencioso cuando un orgasmo poderoso la destruyó, exacerbado por la
sensación de volar que la bañó en el exacto momento en que él le soltó la
garganta. El orgasmo golpeó dentro de ella con la fuerza de una avalancha,
retorciendo su interior violentamente y luego soltándose con una fiebre
alucinante que le robó la fuerza de las extremidades.
Ella cayó contra él, demasiado débil para hacer nada más que cabalgar la marea
furiosa de su éxtasis mientras él empujaba dentro de ella unas veces más antes de
seguirla. Tomó la cintura de ella entre sus manos, y la levantó justo antes de
derramarse, los chorros calientes de su semilla los ensuciaron a los dos. El
líquido pegajoso y caliente se derramó sobre su vientre ensuciando su vestido y
también el corpiño.
Apoyada en los muslos de él, tenía sus extremidades demasiado débiles para
sostenerse. Cayó contra él, encogiéndose al sentir la ropa mojada contra su piel,
pero incapaz de hacer nada al respecto. Adam estuvo sentado debajo de ella un
momento en silencio, su respiración agitada armonizaba con los suaves jadeos de
ella.
Después de un momento, él se movió debajo de ella, y la empujó para que se
sentara. Ella se ruborizó cuando vio las manchas de la camisa de él y de su
vestido, la realidad de su posición volviéndose evidente otra vez. Ella debía
verse como una ramera de Haymarket, las piernas separadas sobre sus muslos, el
vestido arrollado en sus cadera, el pelo enredado y el corpiño caído mostrando
sus pechos.
Aun así, el calor de la mirada masculina hizo que el triunfo creciera dentro de su
pecho. Él no tenía que decirlo en voz alta porque ella sabía que había ganado.
Media hora después, Daphne estaba inmersa en una gran bañera en el cuarto de
baño de la recámara de Adam, su mente todavía se tambaleaba por todo lo que
había pasado desde el día anterior.
Después de juntar sus cosas finalizado el explosivo encuentro en el estudio.
Adam se puso de pie y tomó su mano, la sacó rápidamente de la habitación. Casi
no tuvo tiempo de pensar en la suciedad que manchaba el frente de su vestido o
el estado debilitado de sus miembros, mientras intentaba mantener el ritmo de él.
-¿Adónde vamos?- ella se enojó, sin aliento ya cuando llegaron al final de la
escalera.
No le llevó mucho tiempo darse cuenta que estaban en el mismo corredor donde
descubrió la habitación de Olivia. O mejor dicho, lo que una vez había sido el
dormitorio de Olivia. Ahora, ella estaba escondida en el corredor prohibido junto
con su hija, la sobrina de Daphne.
-Mi dormitorio.- dijo con él con tono todavía brusco y apretado a pesar del
hecho de que ella recién le había hecho pasar un muy buen momento.
Parecía tan tenso como siempre, sus hombros estaban erguidos, la espalda recta,
sus pasos tenían un ritmo veloz sobre las baldosas.
-De ahora en adelante irás donde quiera que yo vaya.- agregó él, haciendo una
pausa delante de la puerta cerrada y alcanzando el picaporte.- No confío en ti si
estás fuera de mi vista.-
Su corazón se hundió con su declaración, pero no protestó. No la había vuelto a
tirar a la calle, así que no tenía motivo para quejarse. Además, le quedaba menos
de una quincena, podía soportar estar bajo su pulgar por ese corto tiempo.
La había apurado para que entrara en una habitación tan oscura y masculina
como el hombre que la habitaba, ordenó que los sirvientes prendieran un fuego
en el hogar y corrieran las cortinas de las grandes ventanas permitiendo que
entrara la luz de la tarde y enmarcando el paisaje de la campiña escocesa. El
pesado amoblamiento ornamentado y bien construido era casi todo antiguo como
en el resto de la casa. Un cubrecama dorado y negro estaba sobre la cama, y
varios almohadones estaban arreglados contra la cabecera.
Los perfumes que había comenzado a asociar con Adam eran más fuertes aquí,
inundando sus sentidos con cedro, humo de cigarro y ese aroma a pura
masculinidad que parecía único.
Una puerta abierta llevaba a un baño equipado con los últimos avances de la
plomería. Cañerías de metal descendían desde el techo, trayendo agua fría dentro
de la casa desde la cisterna para mezclarse con el agua caliente que un lacayo
acarreaba desde la cocina. Un artilugio que Adam había mencionado como
ducha estaba en la otra esquina del cuarto, parecía una gran palangana con unas
varas de madera que llegaban arriba y sostenían una cortina que cerraba el
espacio. Mientras se desvestía y preparaba para entrar en su propio baño, ella
miró a Adam desvestirse y después abrir la cortina, revelando que la gran
palangana tenía incorporada una bomba a un lado. Unos postes de madera
sostenían otro gran recipiente que colgaría sobre Adam una vez que entrara en
ese espacio.
Espiaba sobre el borde de la enorme bañera de cobre, y con el calor del agua que
calmaba su cuerpo, observó a Adam que continuaba desvistiéndose. Era incapaz
de mirar a otro lado, se embebió de todos los detalles, dándose cuenta que él
nunca se había desvestido por completo cuando fueron íntimos. Su boca se secó
a la vista de él que ondulaba con fuerza y poder, cuerdas abultadas de músculos
se flexionaban y contraían bajo su piel. Rulos oscuros de cabello marrón le
cubrían el pecho, y seguían bajando por su abdomen, convirtiéndose en un nido
áspero en su ingle. Estaba esculpido como una estatua, profundos surcos cavados
entre abultamientos y sus piernas eran tensas y sinuosas. Su cabello caía por su
espalda en suaves olas, pasando sus hombros. En Londres, ese cabello podría ser
considerado indecente, la marca un hombre no educado, no la de un hombre con
título. Aun así, le quedaba bien, lo hacía parecer una parte de las tierras salvajes
e indómitas que rodeaban su castillo.
Él encontró su mirada, pero no dijo nada, parecía sereno frente al examen
descuidado de su cuerpo desnudo. Dejó la ropa en una pila sobre el piso, se
acercó a la ducha y entró en la bañera, su estatura lo obligaba a agacharse un
poco para evitar golpearse la cabeza. Se inclinó para agarrar la bomba y la
trabajó con una mano, los delgados caños que estaban pegados a los postes de
madera traquetearon un poco.
-¿Cómo funciona?- preguntó ella frunciendo una ceja. Había estado demasiado
curiosa para preocuparse de que él podría no querer hablar en ese momento.
-El lacayo lo llena de agua, y yo uso la bomba para llenar esas tuberías y llenar
así la bañera superior.- dijo mientras se enderezaba. –Entonces simplemente tiro
de este cordel.-
Ella observó cuando él alcanzó la cuerda sobre su cabeza y tiró de ella. La
acción produjo una lluvia de agua desde arriba, que lo mojó de la cabeza a los
pies. Entonces, tomó un jabón y se lo pasó por el cuerpo, refregando la piel,
luego enjabonó su cabello antes de trabajar con la bomba otra vez para rellenar
la bañera superior. Tiró de la cuerda una vez más, se enjuagó con más agua.
Era un invento maravilloso, uno del que había escuchado muy poco. Estaba
segura que esto sería instalado en los hogares de las familias nobles que no
estaban tan en bancarrota como la suya.
Dejó entonces el espacio del baño y se envolvió con un lino alrededor de su
cintura, su cabello se ondulaba y chorreaba agua sobre las baldosas.
Las doncellas ingresaron para limpiar detrás de él, ignorándolo. Poco después se
fueron, y Adam volvió, vestido en pantalones y una camisa, los pies descalzos y
su cabello mojado alejado de su rostro. Verlo de esta manera parecía
extrañamente íntimo, su camisa colgaba abierta. Arrastró un banquito hasta la
bañera y se sentó en él.
Sacó un cepillo y le tomó el cabello que ella había dejado caer sobre el borde de
la bañera después de lavarlo para que se secara. Sin decir una palabra, comenzó
a desenredarle el cabello, su agarre era sorprendentemente ligero y sus
atenciones gentiles. Ella cerró los ojos y suspiró entregándose al calor del agua y
al roce calmante del cepillo sobre su cabello.
-Te diré el resto ahora.- dijo él. –Todo lo que necesitas saber sobre Serena. Pero
te advierto, Daphne… después de hoy, no me preguntarás sobre ella otra vez. No
tratarás de interferir en su vida, y nunca intentarás otra vez ir a ese ala de la
casa.-
Ella abrió la boca para protestar, para recordarle que Serena era su sobrina y que
él no tenía derecho a separarlas. Quería insistir que haber tropezado con esas
habitaciones había sido un accidente, y no un desafío intencional de sus órdenes.
En vez de eso, asintió dando su consentimiento.
-Como te dije antes, tu padre rechazó a Olivia cuando ella trató de informarle la
indiscreción de Bertram.- él continuó, su voz estaba sorprendentemente calma
mientras tejía el resto de su historia. –Trató de contactar a los dos varias veces
durante el resto de la temporada, insistiendo para que Bertram hiciera lo
correcto. Su mayor temor era que un hombre pidiera su mano y eventualmente
tuviera que explicar su falta de virginidad. Pero la ignoraron… hasta que ella se
dio cuenta que estaba embarazada. Olivia trató una vez más acercarse a Bertram,
pensando que haría lo correcto seguramente ahora que había engendrado un
niño. Tu hermano insistió que el niño no podía ser de él… la acusó de tratar de
atraparlo en un matrimonio e insistió que ella debía haberse acostado con otros
hombres después de estar con él y que no tenía forma de saber quién era el padre
del niño.-
La rabia le quemaba la superficie de la piel, sus ojos se llenaron de lágrimas que
secó inmediatamente con manos temblorosas. Maldito Bertram, había resultado
ser la peor clase de perro. Ella no podía ni siquiera encontrar las palabras para
defenderlo, habiendo visto la criatura y presenciado el horror de Olivia al estar
en presencia de un Fairchild.
-Así que, como no se podía contar con Bertram y tu padre, ella fue a ver al único
otro hombre en Londres que podría tenerle lástima.- dijo Adam.
-Tío William.- susurró ella cerrando los ojos. -¿Qué le hizo?-
-Fue a ver a tu padre, por supuesto, quien lo trajo de vuelta al redil. –escupió
Adam, su mano dejó de cepillar cuando su voz se estremeció de furia. –Juntos
los dos decidieron que había que encargarse de Olivia antes que ella hiciera
pública la vergüenza de la familia Fairchild. No se la podía comprar
simplemente como a las otras damas, eso estaba claro. William fue el líder,
insistiendo que tenía las cosas controladas. Llamó a Olivia y le dijo que Bertram
era joven y tonto y que podría necesitar algún tiempo para sentar cabeza.
Mientras tanto, la condición de ella necesitaba ser escondida del público. Le dijo
que él la mandaría a buscar… la llevaría a una propiedad de tu familia donde
podría esconderse en paz y esperar la llegada de Bertram. William insistió que lo
pondría en cintura y todo estaría bien. Olivia siempre ha sido un alma gentil, y
demasiado confiada. Ella le creyó.-
Daphne apretó el borde de la bañera tan fuerte que le comenzaron a doler los
dedos. No se animaba a moverse, o hablar, o incluso respirar, necesitando oir lo
que su mente había adivinado…necesitando que él lo dijera en voz alta.
-Él la engañó.- murmuró Adam y bajó la voz que estaba ronca de la furia. –Se
encontró con ella y se la llevó cubierto por la oscuridad… pero no había una
finca familiar. La llevó a través de toda Inglaterra a un asilo para madres
solteras.-
El sabor agrio del vómito llegó al fondo de su garganta, y ella tuvo miedo de
enfermarse violentamente. Los asilos para madres solteras eran un poco mejor
que las prisiones, dirigidas por viejas brujas que pasaban más tiempo castigando
a las pobres mujeres por ser fáciles, que por cuidarlas. Algunos eran conocidos
por sus condiciones parecidas a Newgate, donde muchas mujeres se morían
antes de dar a luz o morían durante el parto. Los niños se convertían en
huérfanos, que se entregaban a la familia de la mujer o eran puestos en orfanatos
o conventos. Pensar en Olivia, una dulce joven dama que había amado las flores
y la música, en un lugar como ese, le dieron ganas de vomitar.
-Oh, Adam…-
Él no respondió, pero continuó con la historia, las palabras salían más rápido
ahora, como si quisiera librarse de ellas.
-Yo no supe dónde estaba hasta varios meses después. Su primo me escribió para
decirme que ella había desaparecido, y había asumido que se había escapado con
Bertram en cuya compañía se la había visto varias veces. Inmediatamente viajé a
Londres y busqué a Bertram. Él insistió que no la había visto en bastante tiempo
y que no tenía idea donde podría haber ido. No fue hasta que la descubrí en ese
asilo, donde ya había dado a luz a Serena, y casi muere en el proceso, que me di
cuenta que me había mentido. La niña se parecía demasiado a él para que otra
persona la hubiera engendrado.-
Ella dobló su cuello para mirarlo, lo que resultaba difícil porque el sostenía su
cabello con una mano. Él había apretado el agarre, haciendo que la piel de su
cabeza doliera cuando ella trataba de mirarlo, quería ver las emociones que
escondía bajo ese tono monótono. Justo como la noche que estuvieron en la sala
de música, sus ojos parecían perseguidos, llenos de dolor y pena.
-No puedo ni imaginar por lo que pasó.- susurró ella, las únicas palabras que
pudo decir dado que Adam había prohibido las disculpas que ofrecía ella.
-Una habitación fría sin chimenea, gruño levantando los ojos para encontrar la
mirada de ella. – Poca comida y horas de tareas forzadas… una penitencia por
sus pecados, dijeron. Las parteras que la cuidaban… le dijeron que el dolor era la
carga que tenía que soportar. No hicieron nada para ayudarla, incluso cuando se
desangró casi hasta morir. Dios la estaba juzgando… ella tenía que sufrir su ira.
Y si vivía, significaba que ella había expiado sus pecados y Él había aceptado su
arrepentimiento.-
Ella sorbió haciendo ruido y ahogó un sollozo, incapaz de retener las lágrimas
por más tiempo. Su corazón dolía por Olivia, que no había hecho nada para
merecer su destino. Igual que Daphne no había hecho nada para merecer el
suyo… y aun así una abrumadora culpa la obligaba a cuestionar su inocencia.
¿Cómo podía haber estado tan ignorante de lo que pasaba? Había pasado bajo
sus narices, pero estaba tan absorbida en sí misma y preocupada por sus propios
asuntos, que no había reconocido el ruego de otra mujer. Una mujer que podría
haber ayudado si hubiera sabido.
-La traje a casa y llamé al mejor doctor de Kincardineshire… la puse en su
habitación justo al final de este corredor y esperé que estando rodeada de sus
propias cosas le levantaría el ánimo. Niall… maldito tonto… ha estado
enamorado de ella desde que éramos niños y él era solamente un mozo de
establo. Le había dado su primer beso, le enseñó a montar, él… él pensó que
podía ayudarla. Pero era muy tarde. Su mente se había roto de la aflicción… se
volvió loca. En la niebla de todo su divague y desvarío, discernimos que las
parteras mencionaron haber llamado a William para que viniera a buscar el
bebé.-
Ella jadeó, recordando la primera vez que se encontró con Olivia. Ella le había
gritado y arañado, declarando que no se la llevarían. Esa “ella” había sido
Serena, estaba segura. Olivia había tenido miedo que un Fairchild viniera y se
llevara a su hija. A medida que la piezas de este mosaico roto empezaban a
formar una escena clara, Daphne despreciaba lo que veía… el desdén creció en
su vientre por el hombre que la había criado y el hermano que la había engañado
para que creyera que era un buen tipo. Muchas veces lo había llamado el mejor
hombre que había. La enfermaba darse cuenta que era todo lo contrario de todo
lo que ella había creído.
-Acusaste a tío William de asesinato.- le recordó ella.
Él sacudió su cabeza. –Tú asumiste eso, pero nunca dije exactamente eso. Dije
que él pagó por su vida con la de él. La has visto, Daphne… ella no murió, pero
está atrapada dentro de su mente rota. Es como si todas las cosas que la hacían
ser ella, hubieran muerto. A veces, creo que ella desea haber muerto.-
-Tienes que saberlo, yo nunca…- ella se detuvo con un hipo, tratando de
controlar sus emociones turbulentas. –Yo nunca lastimaría a Serena, o trataría de
llevármela y alejarla de su familia.-
-No.- estuvo de acuerdo, soltando su cabello y acunando su rostro. –No creo que
tu hicieras algo así, Palomita. Pero Bertram o tu padre lo harían, si supieran que
sobrevivió. En lo que a ellos concierne, ella murió al nacer,… y así va a seguir
siendo.-
Ella asintió, encogiéndose cuando él apretó su mandíbula, sus dedos se apretaron
casi dolorosamente. –Lo prometo… no diré nada.-
-No creo que quieras saber cuáles serían las consecuencias si te olvidas y dejas
que se deslice esa información.- murmuró él, una clara amenaza en su voz baja.
–Creo que nos entendemos, Daphne. ¿No es cierto?-
Ella respiró temblorosamente y asintió otra vez, el miedo le aceleraba el pulso y
hacía que su coño se apretara con anhelo. ¿Cómo podía este hombre hacerla
responder al miedo y la degradación con lujuria? Ahora, se encontraba deseando
que bajara su mano y apretara sus dedos alrededor de su garganta otra vez y que
le diera más del abandono a la que la había sometido en su estudio. Ella quería
que le explotara todo el mundo y que solo ellos dos quedaran y que reclamara su
cuerpo de una forma que nadie había hecho. Y ella dudaba que alguien alguna
vez lo haría.
-Y ahora entiendes porque tienes que pagar.- añadió él, inclinando su cabeza y
estudiándola pensativamente. –¿Por qué la única forma de realmente arruinar a
Bertram es arruinarte a ti?-
Ella asintió, otra vez. Porque ella entendía mejor de lo que él imaginaba… ella
incluso estuvo de acuerdo en que debía ser ella. A Bertram no le importaría si
fuera otra persona, pero su hermana… tomaría su ruina como una afrenta
personal.
-Entiendo.- ella susurró bajando los ojos. –Haz lo que tengas que hacer, Adam.
Cualquier cosa que pienses que necesitas hacerme… lo puedo soportar.-
Asintió lentamente, y apretó el pulgar sobre los labios de ella. –Si, sé que
puedes. Quizás es por eso que estoy disfrutando esto mucho más de lo que
debería… porque tú soportas y te sometes tan hermosamente. Si no fueras quien
eres, y yo no fuera quien soy…-
Se le enganchó la respiración cuando él se quedó en silencio, ella buscó su
mirada cuando él desvió la suya y sacudió la cabeza.
¿Qué? quería preguntarle. ¿Qué pasaría si fuera otra persona—si fueras otra
persona?
Pero él no continuó. Simplemente sacudió su cabeza y la liberó, levantándose del
banquito.
-Báñate, vístete y encuéntrate conmigo en el dormitorio. Cenaremos ahí.-
Con eso, se dio vuelta y se fue del baño, cerrando la puerta detrás de él.
Suspiró y apoyó la cabeza contra el borde de la bañera y trató de entender todo
lo que él no dijo.
Otra lágrima se deslizó por la mejilla, esta fue por Adam. Por el hombre que
parecía no tener emociones, pero que sentía las cosas más profundamente de lo
que ella se había dado cuenta. Ella no quería soportar las cosas que él le hacía
sentir, tampoco quería tenerle lástima. Aun así, ella lo hacía. Él hacía que ella
quisiera consolarlo, aliviarlo, deseaba corregir todo lo que su padre, tío y
hermano habían hecho.
Cómo haría eso, no estaba segura. Todo lo que tenía para ofrecerle era su cuerpo,
y mientras el parecía gozar con él, ella se dio cuenta que no contaba para mucho.
En verdad, ella no tenía nada, y cuando esto hubiera terminado, ella no sería
nada… no más que una herramienta que él había usado para ejecutar su
venganza final.
Capítulo 13
La siguiente semana, Daphne pasó cada hora, despierta y dormida con Adam.
Durmió en su cama y comió las comidas en la pequeña mesa cerca de la ventana
mirando el campo. Se juntaba con él en la galería cada mañana para verlo
practicar esgrima con Niall, después de eso siempre la ocupaba en algunos
combates. Esos momentos resultaron disfrutables, porque aprendía más sobre su
oponente, y lo superaba con mayor facilidad de lo que había hecho cuando
perdió la apuesta. Se convirtió más en una danza entre ellos que un duelo, cada
uno conocía los movimientos del otro con una extraordinaria previsión. Después
de eso, ellos hacían su cabalgata matutina. Galopaban por horas a través de la
pradera y por los árboles que rodeaban la propiedad.
Entonces, él se dedicaba completamente a los negocios, y la traía a su estudio
mientras el atendía su trabajo diario. Los primeros días, la obligó a sentarse en el
piso a sus pies, una posición de le erizó la espalda con indignación. Aun así, ella
se acostumbró a eso, y leía o dibujaba, aunque era abominable dibujando. A
menudo el miraba hacia abajo con el rostro inescrutable, pero sus ojos giraban
con buen humor y diversión. ¿Disfrutaba verla así, dócil a sus pies?
Al tercer día, llegó al estudio y encontró el arpa depositada en el medio de la
habitación, y el banquito bajo descansaba delante de ella. Cuando ella levantó la
ceja por la sorpresa, él simplemente le dijo que tocara para él. Y ella tocó. Ella
tocó por horas, perdiéndose en la música mientras él trabajaba, practicando cada
concierto que conocía de memoria y después le pidió partituras para poder
aprender nuevas piezas.
Durante la tarde cenaban y a menudo pasaban tiempo en la sala de música donde
Adam tocaba. No para ella… ya que parecía muy poco consiente de su presencia
una vez que empezaba. Tocaba para él, parecía depositar toda su rabia y dolor en
las teclas. Ella escuchaba cada nota, lo sentía en la energía que permeaba el aire
cuando la soltaba de la única forma que parecía capaz de hacerlo.
Y por supuesto, él usaba su cuerpo frecuentemente y en casi todas las formas que
podía imaginar. La tiró arriba de su escritorio y la jodió desde atrás, la arrojó en
el piso de la galería y la jodió después de hacer esgrima, le levantó la pollera en
el piso de la sala de música. Sus emparejamientos eran frenéticos,
desesperados… crudos. Le tiraba fuerte del cabello tanto que la hacía lagrimear,
pero solamente la hacía gemir más fuerte. Le apretaba la garganta hasta que la
visión se volvía neblinosa, pero solo conseguía que sus orgasmos fueran más
fuertes. Él la bombeaba sin misericordia, dejando el interior de sus muslos
doloridos en las horas siguientes, pero ella lo presionaba para conseguir más,
envolvía las piernas alrededor de él y lo convencía para que la tomara más
fuerte, más rápido. Él hacía otras cosas que ella disfrutaba, cosas que le hacían
cuestionarse su propia cordura. Como que le atara las piernas a los postes de la
cama para abrirla ampliamente y hacerle exponer su secreta carne. O la zurraba
mientras la jodía desde atrás, hasta que ella no podía separar el dolor del placer.
O le dejaba las marcas de sus dedos o de mordidas en lugares que nadie podía
ver, pero que ella sentía por días. A ella le gustaba tocar los puntos doloridos,
apretarlos y cerrar los ojos, recordando el tormento maravilloso de ser reclamada
por él.
En verdad, se suponía que él la tenía que arruinar, pero se empezaba a sentir
como que la estaba liberando. Cuanto más la usaba, enseñándole lo que su
cuerpo era capaz y al someterla al tipo de placer que debería darle vergüenza,
más disfrutaba ella de su propia lascivia. Disfrutaba del poder que surgía de
sentirse deseada y de inspirar lujuria. Se había acostumbrado a andar sin ropa
interior, preparada para ser tomada en cualquier momento, en cualquier lugar.
Sus días tenían un tipo de excitación que no había conocido antes, una emoción
que no podía conseguir cabalgando como una endemoniada o leyendo a
hurtadillas una novela erótica.
Raramente se encontraba con nadie además de Adam, Niall mantenía su
distancia y hacía un buen trabajo manteniendo a Olivia y Serena fuera de la
vista. Mientras ella quería interrogarlo sobre ellas, se refrenaba, no queriendo
provocar a Adam. Él podría no recibirla de nuevo si ella lo tentaba a tirarla a la
calle otra vez. Se obligó a aceptar que Adam no quería que su hermana o sobrina
tuvieran algo que ver con Daphne o su familia. Después de todo, los Fairchild le
habían hecho, se sentía obligada a respetar sus deseos.
El séptimo día se volvió extremadamente consciente de que se estaban haciendo
preparativos para una fiesta. Comenzó con la costurera, que llegó a tomar
medidas. Las asistentes ayudaron a envolverla en satén azul marino,
desenrollando rollos de encaje negro y jadeando por como los colores la hacían
ver su cabello más rojo y sus ojos de un tono más vibrante de azul.
Después, notó doncellas yendo y viniendo por el castillo con manteles recién
lavados, candelabros de plata lustrados, y fina porcelana. Recordó las
invitaciones que había visto cuando revisaba el escritorio de Adam, se dio cuenta
que había invitado huéspedes a Dunnottar… invitados frente a los que la haría
desfilar. En los días siguientes con más pruebas de vestuario y conversaciones
entre sirvientes sobre las ricas comidas que estaban siendo preparadas para el
evento, Daphne se volvió más ansiosa por la inevitable humillación.
Sería el golpe de gracia de Adam… el golpe final a su reputación y por
proximidad, la de toda su familia. Nunca podrían mostrar sus caras en público
otra vez sin que les dieran directamente la espalda.
La fiesta tendría lugar la última noche que pasaría en Dunnottar, terminando su
estadía como había empezado, con humillación.
La noche anterior a la fiesta, ella estaba sentada en el borde de la cama de Adam,
tirando de un hilo suelto de su ropa y esperando que Adam saliera del baño. Ella
se había bañado y vestido con una bata, sin nada debajo, con la expectativa de
que la desvistiera en cuanto entrara en la habitación.
En lugar de ello, se detuvo a los pies de la cama y la estudió con el ceño
fruncido. -¿Ocurre algo?-
Ella sacudió la cabeza, se puso de pie y desató el cinturón de bata. –Por supuesto
que no. Estoy lista.-
Él se acercó, mirando la piel desnuda que revelaba la abertura de la bata. Ella
contuvo su respiración cuando él la alcanzó, esperando el primer toque. Nunca
fallaba en hacer correr su sangre por la venas y se le formó la piel de gallina.
Sin embargo, él no la tocó salvo para cerrar los lados de la bata y ató
nuevamente el cinturón en su cintura. –No me mientas, Palomita. No disfruto
llevando una mujer enfurruñada a la cama. Dime que te está molestando.-
Suspirando, ella encogió un hombro y trató de no mostrarle cuanto la
aterrorizaba la inminente fiesta. – Mañana. Tengo una idea de lo que va a pasar,
pero saberlo apenas me tranquiliza.-
Él cruzó los brazos sobre el pecho. –Es solamente una cena, Palomita… casi
nada, no tiene sentido que te aflijas. Además, no te he dicho siquiera quienes
serán nuestros invitados.-
Ella resopló. -¿Importa? No invitarías a nadie que no fuera importante. Quien
quiera que venga me verá aquí sin acompañante y sabrá… ellos sabrán…-
-Que he tenido sexo contigo.- ofreció él con una mueca divertida. –Si. Todos
sabrán que jodemos y es probable que vean que lo disfrutas. Te verán vestida con
las mejores galas que yo te di y pensarán—
-Ellos pensarán que soy una puta.-
Él levantó una ceja. - ¿Y qué te importa si lo hacen? De hecho, ¿Qué te importa
lo que piensen de ti en absoluto? Como recientemente aprendiste, la mayoría de
la gente no es lo que parece. La gente que te condenaría por lo que has hecho
tiene sus propios secretos.-
-Si, pero sus secretos no serán expuestos ante toda la sociedad.- replicó ella. –Y
yo… no me importa lo que piensen de mí.-
Él le dio una mirada conocedora. –Dite a ti misma lo que debas, pero puedo ver
el miedo en tus ojos… miedo al juicio y al desprecio. Miedo a que alguien pueda
verte como realmente eres.-
-¿Una puta?- escupió ella, evitando su mirada, con la vergüenza que le hacía
arder las mejillas.
Incluso ahora, decir la palabra le traía a la mente la noche que tomó su
virginidad, cuando se acostó encima de ella y le susurró la palabra en el oído
antes de meterse dentro de ella con su polla.
Él se acercó para levantarle la barbilla con los dedos, sacudiendo su cabeza una
vez que las miradas se encontraron.
-Una mujer más hermosa y atrevida que cualquiera de ellos. ¿No entiendes por
qué esas viejas charlatanas, odiosas y marchitas odian a las damas como tu? Es
porque ellas desean secretamente poder desplegar sus talentos con algo más que
sosos colores y trabajos de aguja insípidos. Es porque quieren ser el tipo de
mujer por el que los hombres nadan a través de los océanos y se arrastrarían por
desiertos para reclamarla. Porque ellas desearían ser como tu… quieren ser tu.
Ellas podrán levantar sus narices cuando descubran que estás aquí conmigo…
pero se irán a casa verdes de envidia porque ningún hombre pagaría un centavo
por sus cuerpos, y menos una gran fortuna como treinta mil libras.-
Se quedó con la boca abierta, y el impacto de sus palabras la dejó sin aliento.
¿Eso era realmente lo que pensaba de ella? Sus palabras fueron las más
bondadosas que alguna vez le había dirigido, incluso cuando ella consideraba
que solamente la estaba fortaleciendo para enfrentar la situación… preparándola
para florearla como su amante en público.
-Cuando entres en esa fiesta mañana en la noche, lo harás con la cabeza en alto.-
le dijo, su tono no dejaba lugar para argumentos. –Les dejarás ver lo poco que te
interesan sus opiniones. Y te irás la mañana siguiente siendo una mujer muy
rica.-
Ella asintió y cerró la boca, dándole la razón como sabía que debía hacer. Un día
más. Ella podía soportarlo… había sobrevivido los veintinueve anteriores.
Sin decir otra palabra Adam volvió a abrir el cinturón de su bata, arrancándola
de sus hombros y tirándola al costado. Después, la levantó sobre sus pies y la
tumbó en la cama, donde se unió a ella y procedió a hacerle olvidar sus
problemas, ofreciéndole consuelo en forma de placer.
El último día de Daphne en Dunnottar comenzó inocentemente. Después del
desayuno con Adam, le informaron que la modista había venido a entregar el
vestido y sus accesorios. La mujer insistió en una última prueba para asegurarse
que el vestido calzaba perfectamente. Satisfecha, se fue después de haber
cobrado un generoso pago de Adam por haber confeccionado un elegante
vestido en tan solo tres días.
Después de su combate de esgrima, sin embargo, el día cambió inesperadamente.
En lugar de ir a la cabalgata matutina, se encontraron en el estudio, donde Adam
mencionó tener algunos asuntos que no podían esperar. Esa inesperada alteración
de la rutina no la despeinó. Se sentó frente al arpa y la tocó mientras él trabajaba,
consolándose con la familiaridad, tocando todas sus piezas favoritas en el
hermoso instrumento. Después de ese día, ella nunca podría volverlo a tocar.
Alrededor de la hora en que habitualmente tomaban su almuerzo, Adam se puso
de pie y declaró que había terminado su trabajo. Entonces, estudiando el reloj
que estaba cercano a los hogares, le indicó a ella que se levantara.
-Todo debería arreglarse ahora.- dijo él, rodeando el escritorio a aproximándose
a ella. –Ven.-
Frunció el ceño confundida, pero lo siguió, acostumbrada ahora a obedecer sus
órdenes rápidamente y sin preguntas. El la dirigió hacia el hall principal del
palacio, donde Maeve esperaba por ellos con una gran canasta sostenida en una
mano. Pero fue ver a la persona que estaba a su lado lo que hizo que sus pasos
vacilaran. Ella jadeó y parpadeó varias veces, segura que sus ojos la tenían que
estar engañando.
Aun así, Serena estaba delante de ella, viéndose adorable en un vestido de paseo
de muselina blanca, sus rizos dorados estaban atados hacia atrás con una cinta a
juego.
La miró boquiabierta y luego a Adam, Daphne trató de envolver su mente
alrededor de lo que estaba viendo, porque, seguramente, él no había arreglado el
encuentro para que ella pasara tiempo en la compañía de Serena.
Pero, cuando la niña corrió hacia él y trepó su brazo, le quedó claro que esto era
exactamente lo que tenía que pasar.
-¿Estás lista para nuestro paseo, Princesa?- preguntó él, la calidez de su voz
cuando hablaba con la niña casi le llenaba los ojos de lágrimas a Daphne.
Él podía odiar a la familia Fairchild, pero no se podía negar que amaba a Serena.
-Oh, si- contestó la nena con una amplia sonrisa. –¿Crees que Cook empacó
tartaletas de jamón en nuestra canasta?-
Riéndose le tiró gentilmente uno de sus rizos. –Quizás. Tendremos que esperar
para ver. Si abrimos la canasta ahora, arruinaríamos la sorpresa.-
La dejó nuevamente sobre sus pies, tomó su mano, y extendió la otra a Maeve.
La doncella sonrió cuando le alcanzaba la canasta, y luego ejecutó una rápida
cortesía y desapareció por el corredor.
Daphne bajó su mirada y manoseó la pollera de su vestido, sintiéndose como una
intrusa. Ellos dos eran parte de una familia a la que ella no pertenecía. Que
Serena fuera de su propia sangre no hacía la menor diferencia cuando la niña no
la conocía y tampoco sabía de su parentesco.
-Ven, Palomita.- dijo Adam, atrayendo su mirada. –Serena está ansiosa de pasar
la tarde con nosotros.-
Frunciendo el ceño, miró a la niña, que la observaba con abierta curiosidad
agarrada de la mano de su tío.
-¿Tú… tú deseas que vaya con ustedes?-
Inclinándose cerca de ella y bajando la voz así solamente ella podía oírlo, el
murmuró en su oído. –Ya me prometiste que mantendrías su existencia en
secreto. Así que ¿Cuál sería el daño si permito que pases algunas horas con ella?
-
Sus ojos se humedecieron por el simple gesto que la abrumó. Él había hecho
pequeñas cosas que podrían considerarse amables durante el tiempo que estuvo
aquí, pero habían sido también en su propio beneficio. Comprarle la vestimenta
significó que ella siempre se viera bien para él. Dejarla tocar el arpa lo
entretenía. El vestido de fiesta que le habían hecho era para lucirlo en una fiesta
diseñada para conseguir sus propios objetivos. Incluso permitirle volver después
de haberla echado lo había beneficiado, porque después le calentó la cama.
Pero esto… permitirle pasar tiempo con Serena no lo beneficiaba en nada. Lo
que significaba que había decidido hacerlo por ella… y quizás, de alguna
manera, por la niña también.
-Gracias- le susurró en voz ronca, luchando con la necesidad de llorar.
No quería alterar a Serena, quien no tendría idea de porqué Daphne se quedaba
ahí parada lloriqueando como una tonta.
Él dobló el brazo que sostenía la canasta y se lo ofreció con una sonrisa de
satisfacción. Ella lo tomó, el calce de su mano en el hueco del codo la sorprendió
por su corrección. Si las cosas entre sus familias no hubieran sucedido de la
manera que lo hicieron, podría imaginar un final diferente. Que la niña que se
parecía tanto a ella era su propia hija, y Adam…
No. Ella no podía pensar de esa manera. Sería peligroso permitirse caer en la
trampa de la ilusión. Las únicas cosas entre ella y Adam eran el acuerdo por las
treinta mil libras y las semanas de placer carnal. No significaba que él se
preocupaba por ella y en verdad, no le había dado para nada razones para que
ella se preocupara por él.
Ella aceptaría este regalo como una obligación, su derecho como tía. Incluso si
ella se iba de Dunnottar en la mañana, y nunca volvía a ver a Serena. Siempre
recordaría el corto tiempo en que tuvo el privilegio de conocerla. Nunca culparía
a Adam por su decisión de mantenerla en secreto. Eso pesaba sobre la cabeza de
su padre y hermano, quienes se habían asegurado que Serena nunca fuera parte
de la familia Fairchild.
Abandonaron el palacio, y atravesaron el gran patio hacia el portón de entrada,
donde el cuidador levantó el puente levadizo para ellos. En lugar de tomar
caballos, ellos caminaron, Adam insistió en que fueran hacia la cara norte del
acantilado, donde el mar lamía la costa. El espíritu de Daphne se elevó ante la
perspectiva de caminar por la playa, algo que no había hecho nunca durante su
estadía aquí. El tiempo era placentero, templado con justo con una pequeña
briza.
Mientras bajaban caminando el sendero en pendiente, Serena conversó
excitadamente de la manera en que los niños hacían. Daphne estaba pendiente de
cada palabra, conversando con ella sobre las cosas que le gustaban. Muñecas,
caracoles, caballos, cintas. Se aferró a estas cositas, almacenándolas en su mente
junto con otros detalles que descubrió. La forma en que el cabello de Serena
brillaba con reflejos dorados en el sol, igual que ella. Como se fruncía su
pequeña nariz cuando se reía, y el tono de su dulce voz.
¿Cómo algo tan precioso había nacido de algo tan oscuro?
Era nada menos que un milagro.
Cuando llegaron a la arena, Serena soltó la mano de Adam y corrió delante de
ellos, chillando con deleite cuando el viento soplaba entre su cabello. Daphne
sintió que Adam la miraba mientras observaba a Serena, y su cara se calentó, su
examen le ponía los nervios de punta.
-Es una niña hermosa.- dijo ella porque no tenía nada mejor que decir.
-Si.- coincidió él. –Lo es.-
Serena se había quitado los zapatos y medias y ahora se acercaba al borde del
agua, riendo de anticipación porque el mar le lavara los pies.
-Ella parece tan… feliz.- agregó ella.
-Niall, Maeve, y yo…-
Ella lo miró cuando se quedó en silencio, su pecho se apretó dolorosamente por
la tristeza que convertía sus ojos en lagunas oscuras. Él miró a Serena, su
expresión se suavizó como si verla tan feliz lo tranquilizara.
-Olivia no está en condiciones de cuidarla.- continuó él. –Incluso en los días
cuando está lucida y en calma, ella piensa que Serena es una compañera de
juegos. Es como si ella también se hubiera convertido en una niña. Así que,
Niall, Maeve y yo…-
-Hacen lo que pueden para cuidarla.- completó ella. –Parece que están haciendo
un muy buen trabajo.-
Encogiendo un hombro, la volvió a mirar. –Nunca parece suficiente. Ella sabe
que es amada, pero yo soy solamente el tío, y Maeve y Niall solamente son
sirvientes. La niña no tiene madre.-
Juntando las manos sobre el brazo de él, lo aferró, acercándose. –Eso no es
verdad. Ella tiene una madre… incluso si se da cuenta que Olivia no es perfecta.
Estoy segura que Serena sabe que la ama. Ese tipo de vínculo no se rompe
fácilmente. -
Él asintió lentamente, pareció digerir esa declaración por un momento antes de
hablar otra vez. –Si… supongo que tienes razón.-
Se quedaron parados así un tiempo, Daphne aferrada a su brazo, descansando su
cabeza sobre el hombro masculino mientras observaban a Serena jugar en la
rompiente.
-Adelante.- la regañó después de un tiempo. –Es tu oportunidad de conocerla.
No la desperdicies.-
Tomando su consejo, soltó su brazo y se quitó sus zapatillas. Después de sacarse
las medias, atravesó la arena hacia Serena. La niña la llamó con un gesto de su
mano, deleitada mientras le mostraba las conchas marinas que había recogido de
la orilla del mar.
Por horas, se salpicaron y jugaron en el agua, cavaron la arena buscando
conchas, todo bajo la mirada atenta de Adam. Él mantuvo la distancia, sentado
en la arena al lado de la canasta de picnic, en la postura más relajada que le había
visto hasta ahora.
Finalmente, ellas caminaron cansadas hacia él, los dobladillos de sus vestidos
estaban empapados y manchados con arena, y sus cabellos enredados por el
viento.
-Se ven como una pareja de espíritus del mar.- bromeó Adam cuando se
arrodillaron en la arena frente a él.
-¿Los espíritus del mar son mágicos?- preguntó Serena con los ojos grandes por
la expectativa.
Riéndose, él se acercó para limpiarle un poco de arena que la niña tenía en la
mejilla. –Si pequeña…tienen la más hermosa forma de magia.-
La niña le sonrió a Daphne, acurrucándose contra ella mientras Adam abría la
canasta y comenzaba a sacar su contenido.
-¿Has oído Daphne? Tío Adam dice que somos mágicas.-
No pudo evitar la sonrisa, y levantó la mano y la apoyó en la cabeza de Serena. –
Si, cielo, lo escuché.-
-Tú debes serlo.- Adam replicó con una mueca, sacando un plato de la canasta y
retirando la tela que lo cubría para revelar un grupo de tartaletas de jamón. –
Porque creo que deseabas esto.-
Daphne se rio ante el chillido excitado de Serena. La niña se paró de repente,
para tomar un puñado de pequeñas tartas. En segundos, devoró tres, ensuciando
sus labios, mejillas y deditos con jamón.
Adam le pidió que comiera más despacio para que no se enfermara, y los tres se
acomodaron en la arena para disfrutar de la comida que el cocinero de Dunnottar
les había preparado. Daphne se hinchó de pastel de carne y frutas y se unió a
Adam bebiendo un vino blanco directamente de la botella.
Para el final del almuerzo, Serena se había acomodado en la falda de Daphne,
donde se enroscó y durmió. Ella se abrazó a la niña, no importándole los dedos
sucios de jamón que se aferraban al corpiño de su vestido o el peso de la niña
sobre ella. La puso más confortable, y cuando levantó la vista encontró a Adam
mirándolas, con una expresión pensativa en su rostro.
-No me había dado cuenta del fuerte parecido hasta que te vi con ella.- remarcó
él. –Es bastante asombroso.-
Ella quería sonreir, pero no estaba segura si él consideraba el parecido algo
bueno.
-Parece que le gustas.- agregó él. –La única mujer con la que siempre es tan feliz
es con su madre.-
Él miró hacia otro lado quedándose en silencio, y Daphne no necesitó que él
dijera el resto en voz alta para entender lo que no había dicho. Olivia solamente
podía hacer feliz a Serena cuando estaba lúcida.
Adam se quedó sentado mirando el mar en silencio, unos largos mechones de
cabello acariciaban su cuello movidos por la brisa. La inundó un inesperado
sentimiento de ternura y antes de poder pensar en lo que estaba haciendo, se
acercó y apoyó la mano en su cara, sus dedos acariciaron la dura barba que
poblaba su mandíbula.
Se dio vuelta para mirarla, y su mandíbula se endureció contra la mano de ella
como si el gesto lo hubiera desagradado. Pero, sus ojos se derritieron en lagos de
oro cálidos en el centro y se acurrucó contra su mano, frotando su barbilla contra
la palma como si buscara socorro.
-Una vez te llamé villano.- susurró ella, todavía acariciando su barbilla. –Pero
ahora que sé por qué fuiste forzado a hacer lo que has hecho… sabiendo lo que
te llevó a la venganza… pienso que no debe ser para nada verdad.-
Sus ojos la quemaron, llamas verdes que estallaban a través del dorado y
perturbaban la tranquilidad de su mirada.
-Pones demasiada esperanza en mi bondad, Palomita.- replicó él. –No soy tu
héroe.-
Ella sacudió su cabeza, apretando su labio inferior con el pulgar. – No mi héroe.
El de Serena. El de Olivia.-
Él no respondió, mirándola atentamente mientras Serena dormía en sus brazos y
el mar se estrellaba contra la costa. Finalmente él eliminó la distancia entre ellos
y presionó su boca contra la de ella, sorprendiéndola con su ternura. Apoyó una
de sus grandes manos sobre la de ella, apretó la mano de ella contra su cara y
bebió de su boca. Ella se abrió a él, ya no era tan tonta pensando que podría
luchar contra él. Él la había desnudado, había destruido todas sus defensas y
sensibilidades de doncella, revelando su núcleo, una parte de ella que nadie
había visto.
Ella se rindió y lo besó, sabiendo que era tonto desear que nunca terminara…
pero deseándolo de todas maneras.
Cuando volvieron de la playa, Adam depositó una durmiente Serena en los
brazos de Maeve y le entregó la canasta de picnic a Niall. Entonces, tomándole
la mano, la llevó a sus habitaciones, donde la vestimenta para la cena estaba
sobre la cama. Las mariposas empezaron a revolotear en su estómago, mientras
esperaba que llegara Maeve y la ayudara a prepararse y transformarse de sirena
llena de arena a artefacto decorativo. Era un rol que desempeñaba bien, habiendo
sido usada como herramienta para ganar posición y poder por su padre durante
años. Desde su presentación, le había complacido lucirla frente a pretendientes,
hombres que ella sabía que nunca elegiría, pero que podrían abrir las puertas
correctas a la familia Fairchild.
Si había algo que Daphne sabía cómo hacer, era soportar ser el centro de la
atención. Por primera vez, sin embargo, la atención sería su ruina… su
destrucción social. Mientras se rendía a las atenciones de Maeve, permitiendo
que la doncella la bañara y vistiera antes de arreglar su cabello, pensó en Olivia.
Pensó en cómo le habían devastado la vida a una joven mujer y supo que tenía
que atravesar esto. Tenía que soportar este acto final de penitencia por las cosas
que Bertram había hecho. Porque podría ser mucho peor. Ella podría haber
salido de Dunnottar sin su cordura, algo que podría pasarle a Olivia el resto de su
vida.
Ella no tenía idea quien asistiría a la cena, pero como todo lo que hacía Adam,
ella no dudaba que los invitados habían sido seleccionados con cuidado. Serían
gente influyente… personas que tenían la posición social para conseguir que ella
fuera rechazada por la sociedad londinense. Entonces, la ruina de los Fairchild
sería completa.
-Listo, mi Lady.- declaró Maeve después de poner el último alfiler en su lugar. –
Oh, pero está usted encantadora. ¿No está deslumbrante, Amo?-
Daphne se dio vuelta para mirar a Adam sobre su hombro desde donde estaba
sentada cerca de la ventana. No había lavabo en su recámara, así que no podía
sentarse frente a un espejo y no podía ver lo que Maeve había hecho con su
cabello o el maquillaje suave que había usado en su cara. Sin embargo, la
reacción de Adam a su apariencia le dijo todo lo que necesitaba saber.
Él abrió grandes los ojos y agitó sus fosas nasales, como si estuviera absorbiendo
su esencia a través de la habitación. Le latió la mandíbula y una mano se apretó
en un puño, el movimiento hizo que le picara el cuello cabelludo. Él hacía eso a
menudo antes de agarrar un manojo de su cabello, así que ella se preguntaba si él
estaba imaginando que lo hacía ahora.
-Si, Maeve- respondió él, aunque no la miró. –Es una visión. Te puedes ir ahora.-
-Disfruten la velada.- gorjeó antes de hacer una cortesía y obedecer la orden de
Adam.
Daphne permaneció en la silla, congelada en su mirada mientras él se acercaba.
Se veía muy elegante también, de hecho, más elegante que nunca. Traje de noche
negro, perfectamente ajustado a su contextura y de acuerdo a la última moda.
Una cadena de reloj de plata aparecía contra el azul marino de un chaleco de
brocado, la corbata era del mismo azul que se ajustaba con un prendedor de
diamantes. Su cabello había sido domado y atado en la parte de atrás de su
cabeza, enfatizando las líneas cinceladas de su rostro. Mientras se acercaba, los
músculos ondulaban bajo la tela de su vestimenta, recordándole el poder que
tenía.
Se paró al lado de ella, y su mirada la recorrió desde la cabeza hasta las manos
enguantadas que descansaban en su falda, antes de mirar su cara otra vez. Puso
dos dedos bajo su barbilla y levantó su cara gentilmente.
-¿Estás lista?-
Ella asintió, aunque su estómago continuó retorciéndose ante el pensamiento de
bajar las escaleras y enfrentar a los invitados. Él le ofreció la mano libre, y
esperó que ella aceptara su ayuda antes de levantarla. Tomó su mano y tiró de
ella, guiándola hacia el espejo de cuerpo completo en la esquina de la habitación.
Se paró detrás de ella, apoyando sus manos sobre los hombros desnudos de ella
mientras ella enfrentaba su reflejo.
El corpiño de satén azul oscuro se apretaba sobre sus pechos antes de caer de la
cintura alta de su vestido de fiesta, la tela fluía como líquido sobre su cintura,
cadera y piernas. Tenía un escote que dejaba sus hombros desnudos y revelaba
un poquito más de piel de lo que estaba acostumbrada a vestir en público,
incluyendo una generosa cantidad de sus senos. Guantes blancos cubrían sus
manos y brazos hasta arriba del codo. Maeve había recogido su cabello en un
arreglo extravagante, con bandas azul marino que adornaban su corona y un
ramillete de flores sobre una oreja. Pequeños rizos enmarcaban su rostro, que
Maeve había realzado con solo un toque de rubor en sus mejillas y labios, y kohl
alrededor de los ojos. Como siempre, una cinta que hacía juego con el vestido
había sido atada alrededor de su cuello, y un coqueto moño descansaba sobre su
clavícula.
Él le apretó una mejilla mientras estudiaba su imagen, sus dedos rozaban el
costado de su cuello. –Recuerda lo que te he dicho, Palomita. Lo que digan, lo
que piensen… nada de eso importa realmente.-
Ella asintió como si estuviera de acuerdo, pero no pudo evitar preguntarse si él
realmente creería eso. Si pensaba que nada de eso importaba, entonces él no los
usaría para hacerla quedar en ridículo. Por supuesto que importaba. Sin embargo,
ella mantuvo la barbilla alta cuando él puso su mano en el hueco del codo y la
guio fuera de la habitación.
El bajo zumbido de voces los alcanzó cuando bajaban la escalera, el acento
áspero de Niall se mezclaba con los tonos cultos de los invitados. Apretó su
agarre al brazo de Adam, sus piernas se debilitaron a medida que se acercaban a
la planta baja. Desde el corredor, ella vio varias personas reunidas en el hall de
entrada, entregando sus abrigos y capas a un pequeño ejército de lacayos.
Percibiendo su turbación, gentilmente palmeó su mano, apoyándo la suya sobre
la de ella prestándole su fuerza silenciosa. Ella levantó su barbilla, adoptando la
máscara de apatía que le gustaba lucir en reuniones sociales. La que escondía su
aburrimiento y enojo… la que cubría todos sus secretos.
-Ah, aquí está nuestro anfitrión.- dijo uno de los invitados que esperaban,
encontrando a Adam y acercándose a saludarlo. –Es bueno verlo otra vez, Hart.
Ha pasado mucho tiempo.-
-Ciertamente.- contestó Adam, removiendo su mano de sobre la mano de ella así
podía extenderla hacia sus invitados. –Loring, puedo presentarle a Lady Daphne
Fairchild, quien ha sido mi huésped en Dunnottar recientemente. Lady Daphne
este es Lord Eugene Loring.-
Forzando una sonrisa, ella soltó el brazo de Adam para hacer una reverencia a
Lord Loring, un vizconde, si recordaba correctamente. Nunca habían sido
formalmente presentados, pero su esposa tenía la reputación de ser una de las
mayores chismosas de Londres.
Dicha esposa, empujó a otros en su camino para verla, una mano apretada contra
su enorme pecho como si estuviera en estado de shock.
-¿Lady Daphne? ¿La hija de Lord Fairchild?-
Ella forzó otra sonrisa y se inclinó ante la mujer. –Si, mi Lady. Es un honor
conocerla…-
Ella elevó las cejas para recordarle a la mujer que había tan rudamente
comenzado a lanzar preguntas a Daphne que todavía no habían siquiera sido
presentadas.
-Lady Loring.- la vieja entrometida replicó imperiosamente.
Levantando la nariz y resoplando desdeñosamente, se alejó de Daphne como si
un olor nocivo se desprendiera de ella.
Como si pudiera oler la naturaleza pecadora que irradiaba de ella como una nube
de niebla. Ignorando a la mujer, ella sufrió el resto de las presentaciones,
pretendiendo que no notaba la forma en que los invitados de Adam la miraban.
Retrataban diferentes grados de curiosidad o shock, todos parecían luchar
consigo mismos por si debían saludarla cortésmente o darle vuelta la cara. ¿Una
mujer soltera, invitada de un hombre en un castillo remoto en el rincón más
alejado de Escocia? Seguramente sería forraje para los molinos de los chismes.
Ahora, no solamente conversarían sobre como la familia Fairchild se había
empobrecido, sino que también desparramarían su caída en desgracia.
Un golpe en la puerta llevó su mirada hacia Niall, que había estado parado cerca
como un silencioso centinela, esperando que se terminaran las presentaciones
para así llevarlos al comedor. Ahora, se movió para atender la puerta, y así
recibir lo que parecía el último de los invitados de Adam.
Un intercambio de voces le congeló la sangre en las venas, la baja y profunda
resonancia de la persona que saludaba a Niall envió sus entrañas a una actividad
frenética. Sus palmas comenzaron a sudar, y su corazón se hundió en el pozo de
su vientre.
Sus pies la hicieron retroceder, el horror la abrumaba cuando la parte superior de
una cabeza rubia se asomó por la puerta. No importaba que los reunidos
alrededor de ella le bloquearan la vista de su rostro… ella reconocería su voz
donde fuera. Ella había acariciado sus cabellos con los dedos, acostada en suaves
porciones de césped con sus polleras enrolladas alrededor de la cadera y los
dedos masculinos dentro de sus bragas. Apretó los ojos cerrados, su mente se
llenó de imágenes de él recostado sobre ella, con el sol haciendo brillar su
cabello dorado como un halo, sus ojos parpadeando cuando se inclinaba para
darle su primer beso.
-No- susurró ella.
Él no podía estar aquí… no ahora. Ella podía tolerar ser objeto de ridículo y
escarnio ante casi cualquiera… pero no frente a él.
Antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo, giró sobre sus talones y
comenzó a irse. Adam quiso agarrarla, pero falló, sus manos se cerraron en el
aire cuando ella comenzó a alejarse por el pasillo.
-¿Daphne?-
Su voz la congeló en sus pasos, y se detuvo, las lágrimas llenaban sus ojos. Era
muy tarde… la había reconocido. Maldito sea su cabello que siempre la delataba
en una multitud.
Apretando su pollera en las manos húmedas, respiró profundamente. No había
escapatoria. Las cosas solamente se pondrían peor para ella si se derrumbaba
delante de estas personas. Entonces, no solamente le contarían a la sociedad que
era una mujer caída, también mencionarían sus modales atroces.
Parpadeando para evitar las lágrimas, se puso otra vez la máscara y se dio vuelta.
Él la había seguido, y estaba más cerca de lo que ella esperaba. Su dulce y
apuesto rostro llenó su visión y sus sinceros ojos azules se cruzaron con los de
ella, la luz de los candelabros sobre sus cabezas hacía que su cabello brillara
como oro.
Él sonrió aunque su ceño fruncido y su mirada incrédula desmentían su
expresión.
-Daphne- repitió él, como si se estuviera asegurando que verdaderamente era
ella. –Mi Dios. Pensé que estaba teniendo alucinaciones, pero… realmente eres
tu.-
Inclinó su cabeza y forzó una sonrisa infantil y se obligó a hablar. A saludar al
hombre que ella había esperado que algún día fuera su marido.
-Robert.- murmuró.- Ha pasado mucho tiempo.-
-Por lo menos seis años.- respondió él rápidamente.
Demasiado rápido. Como si hubiera contado cada año pasado después de su
partida a Londres para su primera temporada.
-¿Qué estás haciendo aquí?- preguntó él, mirando sobre su hombro como para
asegurarse que nadie los escucharía.
No tuvo esa suerte. Adam se acercó, su expresión tan inescrutable como
siempre. Se puso en medio de los dos, tomó la mano de Daphne y la puso
nuevamente en el hueco de su codo.
-Daphne es mi invitada.- declaró él, enfatizando el nombre como queriendo que
Robert supiera que había escuchado como se dirigía a ella tan informalmente. –
Ella ha disfrutado de la hospitalidad de Dunnottar por varias semanas… ¿no es
cierto, Palomita?-
La intimidad del nombre de mascota que Adam le había puesto le enrojeció las
mejillas y bajó la vista cuando Robert la observó cuestionándola. La tensión se
sintió en el aire entre los tres, y silenciosamente ella rezó para que se abriera el
piso y se la tragara.
Niall se materializó cerca, y aclarando la garganta para captar la atención de
Adam., anunció –La cena está servida, Amo.-
Nunca había estado más agradecida hacia el hombre como en este momento.
-¿Vamos hacia el comedor?- murmuró Adam antes conducirla ante Robert sin
esperar una respuesta.
Se pegó una sonrisa en la cara y dejó que la condujera, mortificada por la forma
en que bordeaba el decoro cuando la escoltaba. Como el anfitrión, tendría que
haber escoltado a la mujer de mayor alcurnia en la habitación,… quien
ciertamente no era ella.
-¿Lo invitaste a propósito?- bufó ella, tratando de mantener su voz baja porque
los demás los seguían.
Le dedicó una de sus sonrisas depredadoras, aunque no llegó a sus ojos. -¿A
quién… Mr Robert Stanley?-
Cuando la única respuesta que obtuvo fue una mirada fulminante, él se rio.
-Si, Palomita.- confirmó. –Aunque no estaba completamente seguro de que él
fuera tu amor pasado. Simplemente miré entre los vecinos tuyos en Suffolk…
aquellos con hijos que tendrían una edad parecida a la tuya. Me arriesgué, pero
no estaba seguro, por lo menos hasta que recién lo confirmaste.-
Ella cerró la boca, y apretó la mandíbula, segura que se avergonzaría más si
hablaba. Para ella, se hacía cada vez más difícil soportar esta noche, sin embargo
no era imposible. Robert siempre había sido del tipo cordial. Él haría que se
sintiera más avergonzada de lo que ya estaba y por esto, ella suponía que debería
estar agradecida.
Sin embargo, casi no hubo consuelo cuando el próximo pensamiento llegó a su
mente…
Al invitar a Robert aquí, Adam había roto los últimos retazos de su inocencia.
Capítulo 14
Daphne lentamente llenó su cuchara con pequeñas porciones de sopa de
vegetales y las llevó a su boca, tratando de serenar sus manos temblorosas así no
ensuciaba el mantel blanco. Mantuvo sus ojos bajos, murmuró aquí y allá en
respuesta a las conversaciones que tenían lugar en la mesa alrededor de ella. De
otra forma, se hubiera mantenido en silencio, su lengua era un bulto dentro de su
boca. Cada bocado de sopa sabía a cenizas, su estómago se rebelaba contra cada
sorbo. Ella permaneció constantemente consiente del constante escrutinio… del
desprecio y el cuestionamiento que lanzaban en su dirección.
Mientras Adam demostró ser un anfitrión consumado, entreteniendo a sus
invitados con historias de Dunnottar y prometiendo una visita al mismo cuando
terminaran de comer, ella parecía ser la atracción principal. Alejado en el final
de la mesa, Lady Loring ya estaba ocupada en su pasatiempo favorito,
susurrando a las damas que estaban cerca de ella mientras mandaba miradas
desdeñosas a Daphne desde la esquina de su ojo. Cerca de Daphne se sentaba
una mujer que no había notado con la sorpresa de la llegada de Robert, Lady
Stanley, la mamá de Robert. Su cara arrugada sostenía una medida importante de
censura cuando miraba a Daphne desde el otro lado de la mesa, y de vez en
cuando ella podía verse sacudiendo su cabeza y murmurando bajo el aliento…
palabras como “vergüenza” y “despreciable”.
La mujer había parecido rebelarse contra la forma en que los asientos habían
sido acomodados, con Adam en la cabecera de la mesa y Daphne sentada a su
izquierda, y Robert encajado a su izquierda. Sentado enfrente de ellos, ella tenía
una visión clara de su hijo entre una ramera y un hombre que había pagado para
poseer su cuerpo.
-El tiempo no te ha cambiado.- dijo Robert de repente, llamando su atención y
alejándola de la sopa.
Cuando ella levantó las cejas preguntando, él aclaró su garganta y se sonrojó. El
carácter simpático siempre le había dado vergüenza, haciendo que sus mejillas y
las puntas de sus orejas se pusieran escarlata.
-Eso era para decir… estás tan encantadora como siempre.- agregó- Y me atrevo
a decir que igual de fogosa.-
-Oh, si.- dijo Adam entre dientes y porciones de sopa, su tono era
inequívocamente cómico. –Lady Daphne tiene un carácter muy fogoso.-
Frente a ella, Lady Stanley emitió un jadeo suave, dejando caer su cuchara que
golpeó con estrépito el plato debajo de su tazón. Robert parecía inconsciente y
no le prestó atención a la broma de Adam y continuó.
-¿Recuerdas cómo nos divertíamos tu, Bertie y yo?- preguntó él, sus ojos
brillaban con buen humor cuando se inclinaba hacia ella, olvidando su sopa. –
Cabalgando, corriendo por los bosques entre nuestras tierras. Nuestra gobernanta
tuvo un tiempo endiablado tratando de controlarnos, eso es seguro. Y tú, tan
salvaje e indomable como cualquier niño de nuestra edad.-
A pesar de su posición en este momento, los recuerdos que el conjuró la hicieron
sonreir. Trajeron a su mente momentos simples, cuando el mundo no era tan
complicado. Cuando ella solamente era una niña que amaba correr y jugar con
los niños, usando los viejos pantalones de su hermano, abandonando las
zapatillas y vagabundeando descalza. En el campo, una niña podía tener
semejante comportamiento, rodeada de árboles y cubierta por el cielo, sus
acciones pasaban inadvertidas para los ojos prejuiciosos de la sociedad de
Londres.
-Pintas el retrato de una completa harpía.- musitó Adam cuando los sirvientes
vinieron a llevarse la sopa y preparar el plato principal.
Robert se rio y se reclinó en su silla mirando a Adam. –Ella era muy simpática,
mi Lord. Imagine mi sorpresa cuando volví a casa de Harrow un verano y
descubrí que se había convertido en una joven dama.-
-Como es la costumbre de las niñas.- murmuró secamente Adam.
Daphne se mantuvo ocupada tomando sorbos de vino, necesitando refrescar su
cara por los recuerdos que Robert trajo a su mente. De ellos vadeando un arroyo
poco profundo en el bosque, sin la compañía de Bertram, para variar. De él
mirando sus pantorrillas expuestas cuando sostenía su vestido en alto, y se lamía
los labios hambriento. De él levantándola en brazos después que ella se paró
sobre una piedra y se cortó el pie… y uso su corbata para parar el sangrado…
inclinándose sobre ella para besarla.
Le había enseñado el placer femenino, acariciando sus tiernos e incipientes
pechos, y haciendo que se diera cuenta como masajeando el pequeño botón de su
femineidad podía causar que estrellas explotaran detrás de sus ojos cerrados.
-Si, bueno algunas cosas nunca cambian.- dijo Robert, llenando el incómodo
silencio. –Lady Daphne siempre ha sido única, compartiendo los mismos
intereses que teníamos Bertram y yo. Tengo que decir que es muy raro
encontrarlo en una mujer.-
-Oh, yo creo que nuestro amigo Bertie ha desarrollado algunos nuevos intereses
con el paso del tiempo.- dijo Adam entre dientes.
Daphne escupió y casi se ahogó con un trago de Madeira. Bajó su copa,
comenzó a toser y su garganta quemaba cuando luchaba por respirar a través del
vino que casi había inhalado en respuesta a burla de Adam. Por supuesto,
parecería un comentario inocente para cualquiera que no conociera las fechorías
de Bertram.
Afortunadamente, los sirvientes había terminado de servir el plato principal, y la
conversación se redujo al mínimo mientras los hombres se servían a sí mismos y
a las mujeres que estaban sentadas a su lado. Adam llenó el plato de Daphne de
las fuentes más cercanas y parecía recordar sus preferencias. Durante una
comida íntima, cuando cenaban solos, lo hubiera encontrado entrañable. Sin
embargo, ella podía sentir los ojos penetrantes de Robert y su madre sobre ellos,
que parecían catalogar sus interacciones, la familiaridad que había entre ellos.
-Una gran lástima, los problemas que recientemente ha tenido su familia, Lady
Daphne.- Lady Stanley habló mientras usaba su cuchillo para cortar una porción
de cordero.
Daphne se detuvo con su tenedor a medio camino hacia sus labios y frunció el
ceño. No podía estar segura de exactamente a qué se refería la mujer dados los
eventos de los últimos cinco años.
-Gracias mi Lady.- respondió ella, agarrándose de la primer cosa que vino a su
mente. –La pérdida de tío William fue un golpe devastador.-
-Hmph- la mujer murmuró entre bocados de cordero. –Estoy segura. Ser
obligados a abandonar la casa Fairchild en Londres deber haber agravado la
carga.-
Esta vez fue Daphne la que dejó caer su utensilio, la impresión causada por las
palabras se clavaron en su vientre como una daga. ¿Sus padres habían estado
obligados a vender su casa en Londres? Su abuelo había comprado era casa en
Grosvenor Square, una de las zonas más elevadas de Mayfair. ¿Significaba eso
que habían vuelto a su propiedad en Suffolk? Las circunstancias ahí eran más
funestas que en Londres, las tierras producían lo justo para cubrir los gastos
necesarios e incluso algunos de ellos serían pronto abandonados. En los
próximos años, podría convertirse en una ruina… una reliquia de una familia
largamente olvidada caída en la ruina.
-Yo… yo…-
Ella tanteó buscando las palabras, insegura de cómo responder cuando Lady
Stanley la tomó por sorpresa. La mujer le dio una mirada conocedora… como si
hubiera sabido que Daphne estaba ignorando el desarrollo de los
acontecimientos. Por supuesto que no sabía, había estado actuando como la puta
de Adam las pasadas cuatro semanas.
-Muchas familias han enfrentado la ruina por las acciones de sus patriarcas.-
interrumpió Adam, su tono era tan helado como para bajar tremendamente la
temperatura de la habitación. – Como todos sabemos, las mujeres solteras y
jóvenes no pueden ser culpadas por el destino que las afecta.-
Daphne le dirigió una mirada a Adam, y vio que él podría haber reducido a Lady
Stanley a cenizas si las miradas pudieran matar. La cara de la mujer se puso muy
roja, pero ella simplemente volvió su atención al cordero.
Adam la miró a los ojos y le dio un breve asentimiento, como para tranquilizarla.
¿Pero por qué? Él había armado esta situación para conseguir sus propios
objetivos. Ella no era tan estúpida como para creer que a él le importaba la
pérdida de Fairchild House. Debía haber sido otro paso en su plan para
arruinarlos.
¿Había hablado para protegerla de la humillación de Lady Stanley? No, tampoco
le podría importar eso. Toda esta farsa era para humillarla.
Cualquiera fuera la causa, ella estaba agradecida por el indulto temporario. Sin
embargo, no la sorprendía el comportamiento de Lady Stanley. Nunca le había
gustado a la mujer, pensaba que ella estaba por debajo de su precioso hijo,
aunque ella era la hija de un vizconde y Robert era el hijo de un barón. Daphne
era demasiado salvaje, demasiado poco convencional para casarse con Robert y
la vieja había hecho conocer sus pensamientos bastante frecuentemente.
El resto de la cena continuó sin otro incidente embarazoso, la conversación se
volvió un intercambio de banalidades. Adam conversó con Robert sobre
esgrima, un interés que compartían, mientras Daphne puso mala cara en silencio,
moviendo la comida por el plato para hacer ver que estaba comiendo. Todo el
tiempo, Robert la observaba pensativamente. Ella se estremeció al pensar lo que
podría encontrar si miraba demasiado cerca. Como la evidencia de que el toque
de Adam la había convertido en adicta y cuánto disfrutaba ella de eso.
Después del postre, Adam anunció que los conduciría en un tour por el castillo.
Los invitados parecieron excitados por la posibilidad, ya que muchos habían
escuchado solo rumores sobre el castillo en ruinas que el Conde de Hartmoor
había convertido en su propio palacio.
Él mantuvo una mano apoyada en la parte baja de su espalda mientras conducía
al grupo por los corredores del castillo, alardeando sobre la sala de música y los
solarios, como así también de la biblioteca. Los impresionó con su conocimiento
sobre la historia del castillo, y sobre los constructores que habían influenciado su
estética durante los siglos pasados. Hasta ella se encontró embelesada por las
historias que tejió, con alguna información que todavía no le había contado a
ella.
-Oí rumores sobre pasajes secretos y cavernas.- dijo uno de los caballeros. –
¿Cómo así también sobre una vía de escape que lleva a la costa?-
-Si, hay muchos pasajes en los que uno puede perderse.- confirmó Adam. –La
cueva que usted hace referencia fue usada para escapar en muchas batallas que
tuvieron lugar aquí. Conduce a una puerta postigo y hacia abajo al costado del
acantilado en la cara norte. ¿Les gustaría verlo?-
Todo el grupo accedió colectivamente, incluso Lady Stanley parecía excitada por
la posibilidad de ver esta caverna. Hasta Daphne no pudo evitar que su
curiosidad fuera atizada, siendo la caverna uno de los pocos lugares que nunca
había visto.
Ellos partieron liderados por Adam. Él hizo una parada en el camino para
recoger un gran candelabro, y lo usó para iluminar el camino cuando fueron
hacia partes oscuras de Dunnottar… las zonas que no habían sido renovadas
todavía. Ella encontró que los corredores oscuros eran hermosos en su crudeza,
las sombras se ceñían a las esquinas dándole un toque gótico a todo el lugar.
Después de un rato, Adam los condujo a un largo y oscuro corredor pavimentado
con piedras. Se rio cuando unas cuantas mujeres jadearon y lloriquearon
angustiadas, acercándose a los hombres que las habían acompañado.
-No tengan miedo señoras.- bromeó. –Estoy seguro que los valientes hombres
que nos acompañan las protegerán de cualquier cosa que pueda aparecer
corriendo por el túnel.-
La luz que llevaba avanzó y la siguieron caminando tan rápido que pasaron a
Daphne, y la dejaron a la cola de la procesión. Después de un rato, la piedra dio
lugar a las paredes de tierra y el piso bajo sus pies adoptó una brusca pendiente.
El olor a tierra se mezclaba con el del océano cuando se acercaron a la costa.
Adam continuó con su historia sobre las batallas que habían sido ganadas y
perdidas aquí, de los hombres que habían sobrevivido solo por el túnel que
estaban recorriendo. Ella perdió la atención por una mano que rozó la suya en la
oscuridad. La mano de un hombre.
-Daphne.- Robert susurró cerca de su oreja, su familiar aroma llenó su nariz
cuando ella se acercó. –Daphne, tenemos que hablar.-
Su mirada giró hacia la sombra de Adam, grande y ominosa al frente del grupo.
El parecía no notarlos, entreteniendo a sus invitados.
-Robert, por favor…-
La mano de él se cerró alrededor de la de ella, apretándola fuertemente. –Solo
dime si te ha lastimado, Daphne. ¿Debo desafiarlo?-
Ella tironeó de su mano como si la hubiera quemado, insegura sobre porque
permitirle esta libertad se sentía tan mal después de todo lo que habían
compartido. Se sentía como una traición a Adam.
-No preguntes más, te lo suplico.- siseó ella. –Sólo conseguirás que las cosas
empeoren.-
Ella trató de pasarlo pero sentía constantemente su presencia muy cerca. Se
quedó a su espalda el resto de la caminata por los túneles, y después a su lado
una vez que Adam los guio a la costa iluminada por la luna.
Después de lo que pareció una eternidad, Adam los guio de vuelta al túnel.
Dándose vuelta para ponerse en la fila con el resto de la gente, Daphne levantó
su pollera y los siguió sobre la arena. Justo cuando la boca del túnel se la
tragaba, una mano se cerró alrededor de su brazo y fue tirada hacia atrás.
Robert.
Ella sofocó un sonido de alarma cuando la tomó entre sus brazos y la empujó
hacia fuera de la caverna. La apretó con la piedra, le cubrió la boca con una
mano y la dejó ahí hasta que las voces se perdieron en el túnel.
Después sacó la mano y la reemplazó con su boca. Su beso silenció su protesta,
sus manos eran insistentes recorriendo sus hombros, su cuello y yendo hacia su
cabello. La besó hambriento, lamiéndola con su lengua y atrapando la parte
posterior de su cabeza de la forma que él sabía que a ella le gustaba.
La forma en que solía gustarle.
Ahora, ella no podía dejar de comparar su beso y compararlo con otros y darse
cuenta que le faltaba algo. El cuerpo de él era muy fibroso contra el de ella, le
faltaba la dureza de Adam, La sostenía muy gentilmente, como si ella fuera una
cosita frágil que tenía miedo de romper. Ella casi deseaba que él apretara su
agarre sobre el cabello, que empujara con sus caderas, que le mordiera el labio…
algo que le mostrara que él se daba cuenta que ella ya no era la doncella inocente
que él había besado y tocado en praderas escondidas seis años atrás.
Cuando finalmente se separó, ella suspiró, el sonido fue de decepción. Él no se
dio cuenta, y presionó su frente contra la de ella y apretó su mejilla. Le dio
pequeños besos sobre la nariz, sus mejillas, su cuello.
Después de un momento ella puso sus manos en su pecho y empujó. No sabía
porque había permitido que durara tanto tiempo. Quizás ella buscaba algo de su
perdida inocencia. Quizás, su decepción no era con él, sino con ella misma y las
profundidades en las que se había hundido.
-Robert, no podemos hacer esto.- insistió ella. –Adam… no le va a gustar.-
-¿Así que es Adam, verdad?- se burló él.
La luz de la luna iluminó su rostro, mostrando claramente su enojo. Ella nunca
se había dado cuenta de cuan petulante se veía cuando estaba enojado.
-Lo siento.- dijo él rápidamente, pasando una mano por sus cabellos. –Los
rumores de la desesperada situación de tu familia llegaron a Suffolk. No puedo
culparte por la situación en la que te hayas visto envuelta, pero… ¡rayos, Daff!
¿Por qué no recurriste a mí?-
La indignación le erizó la columna, y el enojo le calentó la cara. -¿Tú? ¿El
hombre que no me ofreció matrimonio cuando llegué a la mayoría de edad? ¿El
hombre que dejó que me fuera a Londres para mi primer temporada y no tuvo las
bolas de seguirme?-
Él agarró sus hombros otra vez, sosteniéndola fuertemente, sus ojos bien abiertos
y salvajes mientras las acercaba otra vez a él. –Me arrepiento de tantas cosas,
Daphne… no tienes idea. Era joven, y pensé que quizás que podría aprender más
cosas antes de casarme contigo.-
Ella se burló y revoleó los ojos. – ¡Fue más que pensaste que podría haber más
coños para que pudieras perseguir!-
Él retrocedió como si lo hubiera golpeado y ella disfrutó de la satisfacción que le
causó. Él tenía que entender que ya no era la niña que había conocido.
-Tienes razón.- respondió él, bajando la cabeza. –Fui un tonto y después que dejé
de perseguir esas cosas me di cuenta que esas cosas no tenían ningún valor…
que sólo estabas tú. La mujer que amo. La mujer que—
-Es muy tarde.- interrumpió ella, sabiendo que no podría soportar escucharlo
decir que quería casarse con ella.
Por supuesto que no es tarde.- declaró él sacudiéndola. –¿No te das cuenta que te
he amado desde que era un niño? Nada cambiará eso.-
-No puedo ser lo que quieres que sea, Robert.- argumentó ella, tratando de
soltarse de su agarre y fallando. –Estoy arruinada.-
Él se volvió más fuerte en su desesperación, sus dedos se clavaron
dolorosamente en sus brazos. Finalmente una demostración de fuerza por parte
de él… y ella no lo encontró para nada atractivo.
-Crees que me importa que él te ha tenido?- insistió él. –No me importa… no
cuando sé que te ha tenido de coaccionar o forzar… Dios Daphne, dime que te
obligó, y lo desafiaré. Ese bastardo… ¡sentado haciendo alarde de ti como si
fueras una maldita amante! Provocándome con observaciones maliciosas. Di una
palabra y le daré su merecido.-
Ella ahogó una carcajada pensando en Robert intentando retar a Adam a un
duelo. El hombre que tan esforzadamente la doblegó a su voluntad no era un
debilucho. Ella podía imaginarlo envolviendo una enorme mano alrededor del
cuello de Robert de la misma manera que se lo había hecho a ella… solo que
esta vez, él apretaría hasta que Robert dejara de respirar.
-Las cosas son diferentes ahora.- dijo ella. –Por favor… déjame en paz.-
Ella trató de soltarse, pero él la persiguió, abrazando su cintura e intentando
traerla contra él. A pesar de saber que no tenía que tener miedo de él, ella se
retorció en su agarre.
-Robert… suéltame en este instante… suelta… ¡suelta!-
-¡Solo espera un momento… por favor!-
Una sombra oscura cayó sobre ambos, tapando la luna. Ella se quedó quieta, y
un estremecimiento le recorrió la columna tranquilizándola en lugar de asustarla.
Robert, el muy tonto, solo apretó más su agarre, estrechando los ojos ante el
intruso.
La voz de Adam los bañó como una marea helada, convirtiendo su sangre en
hielo en sus venas. -¿Hay algún problema?-
-Mire, Hartmoor—
Daphne arrancó su brazo de Robert y se acercó rápidamente a Adam, viendo en
sus ojos los que el tonto detrás de ella no podía. El asesinato brillaba en su
mirada, convirtiendo sus irises en frías esmeraldas. Él abría y cerraba las manos
a los costados, moviéndolas como si imaginara estrangular a Robert hasta
matarlo.
-Todo está bien- dijo ella, esperando que la suavidad de su tono lo convencería. –
Adam… estamos bien. Robert simplemente deseaba hablar conmigo en privado.-
Ella apretó su mano en el pecho de Adam, vacilando cuando el gruñó
moviéndose como para acercarse a Robert. Los duros músculos se flexionaron y
endurecieron contra su palma, pero el toque de ella lo detuvo, aunque nunca
alejó la mirada de Robert.
-Si ya han terminado, ahora quizás ustedes dos puedan entrar.- espetó Adam. –
Señor Stanley, creo que su madre se preguntaba dónde se había metido.-
La mirada de Robert le quemó la espalda, y Daphne la sintió deslizándose sobre
ella, observando como interactuaba con Adam… la forma en que lo tocaba.
Después de un largo momento de silencio entre los dos hombres, ella sintió
movimiento en su espalda.
-Por supuesto.- respondió Robert, su voz entrecortada y tensa. –Debería ir con
ella directamente. Estoy seguro que nos iremos pronto. Tenemos que ir a una
fiesta no muy lejos de aquí. Daphne fue un placer volver a verte.-
Ella evitó encontrar su mirada cuando la rozó al pasar a su lado, hecho una furia
entró en la caverna y desapareció en ella.
Levantó sus ojos para encontrar la mirada de Adam, se ahogó en un jadeo, su
aliento se cortó ante la expresión que encontró en su cara. La luz de la luna
recortaba sus facciones, iluminando la rabia pura que prendía fuego su mirada.
Su boca se desfiguraba en una expresión de desprecio cuando se inclinaba hacia
ella y una mano salía disparada para agarrar su mandíbula.
Se le aceleró el pulso con su toque, el miedo familiar se enroscaba en su vientre
y derramaba calor entre sus piernas.
-¿Te tocó?- gruñó él, sus dedos mordían su barbilla. -¿Le dejaste poner las
manos sobre ti?-
Sabiendo que él la había visto forcejeando en sus brazos, sabía que no tenía que
mentirle. Sin embargo, decirle que Robert la había besado sería un error.
-S-solo cuando me agarró el brazo.- consiguió decir entremedio de inspiraciones
apresuradas. –Eso es todo.-
Él entrecerró los ojos mirándola, pero entonces asintió como si aceptara su
palabra. -¿Entonces no estás lastimada?-
Ella sacudió la cabeza. –Por supuesto que no. Robert nunca haría—
-Vamos- espetó, tomándola del brazo y tirando de ella por el camino que Robert
había tomado.
La oscuridad se los tragó sin el beneficio del candelabro, pero él caminó
confiadamente, permitiéndole relajarse a su lado. Por alguna razón, su corazón
retumbaba en su pecho, su mente no podía tranquilizarse por su fácil aceptación
de lo que recién había visto.
La tensión del cuerpo de Adam no aflojó, solo parecía aumentar cuando se
acercaban al castillo, sus pasos largos la obligaban a trotar para mantener el
ritmo de él.
Ella se estremeció ante la silenciosa promesa que contenía la fuerte toma de su
brazo. Estaba enojado y ella estaba segura que sufriría su cólera una vez que los
invitados se hubieran ido.
El interior de sus muslos se estaba embadurnado con su excitación cuando se
preguntaba qué iba a hacerle.
Ella casi se rio frente al absurdo de todo esto. Cuando le dijo a Robert que estaba
arruinada, no había querido significar de la forma que él pensaba. Perder su
virginidad no la había arruinado… Adam la había arruinado. Él le había hecho
desear cosas que no debería desear, cosas que una dama educada no debería
desear. Y ahora, no podía parar de anhelarlo o anhelar las cosas que él le había
enseñado a disfrutar.
Ella estaba arruinada… quizás de modo irreparable.
Una hora después, con los invitados idos, Daphne siguió a Adam hacia su
recámara. La tensión que estuvo presente durante el encuentro en la costa no
había abandonado su cuerpo. De hecho, parecía haber empeorado con cada
minuto que pasaba su mirada caustica se posó sobre Robert varias veces durante
el tiempo que quedaba de la velada. Entonces, él puso esa mirada sobre ella y
sus ojos prometían retribución.
La culpa y miedo que había experimentado por haber sido pescada sola con
Robert se desvaneció, la indignación tomó su lugar. Él no tenía derecho a estar
enojado con ella cuando había orquestado toda la velada. Ella había soportado
todo, sonriendo y poniendo una cara valerosa como él le había dicho. ¿No era
suficiente haber destruido lo que quedaba de su reputación? ¿No había quedado
satisfecho con su desempeño, incluso después de los insultos y desaires que
sufrió durante la noche?
Para el momento en que los últimos invitados se fueron, ella había comenzado a
devolverle las miradas enojadas con algunas propias. La larga velada le había
agotado los nervios y estaba con poca paciencia como también exhausta.
Así que cuando cerró la puerta del dormitorio detrás de ella, fue con la intención
de desvestirse y caer inmediatamente en la cama.
Adam, parecía que tenía otra idea.
Mantuvo su mirada depredadora sobre ella mientras se desvestía, cada
movimiento de sus manos mostraba su agitación. Se veía en la forma en que
sacudía su corbata, tirándola descuidadamente en la cama, y la forma en que
tiraba de los botones de su chaleco, los arrancó y uno de ellos salió volando
hasta caer al piso.
Una vez que se desvistió hasta la cintura, levantó una ceja al mirarla. –Todavía
estás vestida.-
Burlándose, ella dio vuelta los ojos, y cruzó los brazos sobre el pecho. –Eso
parece.-
Él se acercó a ella, el brillo del fuego del hogar jugaba sobre sus músculos que
se movían fluidamente bajo su piel.
-No juegues conmigo, Daphne.- gruñó.
No estaba de humor para acobardarse ante él después de haber sido intimidada
toda la noche, y lo golpeó con el dedo en el medio del pecho.
-¿Por qué no?- lo desafió. –¡Ciertamente disfrutas tus juegos! ¿No es por eso que
apropósito invitaste e Robert y a Lady Stanley sin avisarme?-
Acercándose y aferrando su muñeca la arrastró más cerca, hasta que sus cuerpos
chocaron. El calor de su piel la quemó a través del satén de su vestido,
abrasándola hasta los huesos.
-Tu preciado Robert es afortunado de que no lo rompí miembro a miembro por
atreverse a poner una mano sobre lo que es mío.- gruñó él.
Ella luchó para soltarse, pero él solo apretó más su agarre en la muñeca. Cuando
ella impulsó su mano libre contra él, él la atrapó en el aire también, sosteniendo
ambos brazos entre los dos cuerpos, negándose a soltarla.
-No te pertenezco.- escupió ella, incapaz de evitar la chispa de desafío
provocando que se pegara al cuerpo del otro.
Ella pasó la noche entera siendo lo más silenciosa y recatada posible,
mordiéndose la lengua para no responder a cada rudo comentario que dejó caer
Lady Stanley. Se negaba a callarse más.
Su sonrisa la enfrió hasta la médula, enviando un estremecimiento de terror por
su columna.
-Pero me perteneces. Accediste a estar conmigo treinta días y noches, y hasta
que el sol salga mañana me perteneces, Palomita. Y es por eso que te voy a hacer
pagar por dejar que ese atontado niño de mamá te tocara y después me mintieras
sobre eso.-
Su audacia comenzó a derretirse cuando la giró y la empujó hacia la cama,
tirándola boca abajo sobre el cubrecama. Ella intentó ponerse de pie, pero se
puso sobre ella inmediatamente, sus dedos aferraron sus cabellos en un puño y
tiró de su cabello y sintió la respiración masculina en su oído cuando presionó su
boca contra él.
-Ibas a mentirme otra vez.- murmuró él. –Así que permíteme que te evite el
problema. Yo sé que puso las manos sobre ti… que te besó… que trató de
obtener lo que me pertenece. Lo puedo oler sobre ti. Ese marica usa más
perfume que tú.-
Ella cerró los ojos y soltó un suspiro de arrepentimiento, maldiciéndose por ser
una tonta. Por supuesto que sabía.
-Traté de evitarlo.- susurró roncamente, con lágrimas que saltaban de sus ojos. –
Pero él no aceptó un no por respuesta.-
Adam se rio, el suave rugido vibró a través de todo su cuerpo. –Por supuesto que
él no aceptaría. El idiota piensa que eres suya… que todavía eres la misma niña
pequeña que él acarició y besó hace tantos años.-
Ella jadeó cuando soltó su cabello y rápidamente tomó la espalda de su ropa y la
rompió. Se partió como si fuera de papel en lugar de satén, dejándola desnuda de
espaldas a él.
-¿Te gustó cuando te besó, Palomita?- se burló él tirando de la tela rota hacia
abajo dejando el trasero y las medias a la vista. –¿Eran sus labios más
placenteros que los míos? ¿Más suaves… más gentiles?-
Ella jadeó cuando empujó un dedo dentro de ella, no molestándose en ser gentil.
Pero ella no necesitaba que lo fuera, su coño estaba mojado y listo para él.
Retorciéndose debajo de él, ella apretó la colcha con las dos manos y se sostuvo,
apretando los dientes para refrenar su gemido. Su grueso dígito acariciaba sus
pareces internas, moviéndose lentamente hacia adelante y hacia atrás dentro de
ella.
-Respóndeme- ordenó agregando otro dedo. –Y no me mientas otra vez. ¿Te
gustó?-
Ella arqueó la espalda y sus rodillas se apretaron bajo su cuerpo, levantando su
trasero en el aire, invitándolo a que fuera más profundo. Ella giró su cadera
desvergonzadamente contra su mano, buscando su placer, rogando por más sin
palabras.
-N-no.- lloriqueó ella, bajando la cabeza para apoyarla sobre la cama, cerrando
los ojos y entregándose el momento.
No valía la pena luchar contra él. Ella había aprendido hace tiempo que él se
esforzaría más en romperla si lo hacía… y no sería gentil.
-No me gustó.- agregó.
-¿Por qué no?- insistió él, deslizando su pulgar entre los labios de su vagina y
buscando su clítoris mientras seguía bombeando a ritmo constante ahora tres
dedos dentro y fuera de su canal. -¿Por qué no te gustó?-
Ella jadeó, separando más las piernas y ondulando sus caderas, tan cerca de irse,
que ya lo podía saborear.
-Él… era demasiado suave… demasiado… tierno.-
Adam gruñó y sonó bajó y ominoso. Ella no podía decir si era un sonido de
aprobación o de enojo.
-Y tú no quieres que sea suave y tierno, ¿no es cierto, Palomita?- insistió él,
llegando más profundo dentro de ella, golpeando sus nudillos contra ella con
cada empuje.
-No- replicó ella, ya no le importaba lo que significaba que admitiera eso… lo
puta que parecía.
Lo único que importaba era llegar al orgasmo que Adam mantenía justo fuera de
su alcance, escondiendo la clase de final glorioso que solo él podía darle.
-¿Es esto lo que quieres?-
Su pregunta fue la única advertencia que hubo antes de sacarle los dedos y luego
golpearle con la palma de la otra mano uno de los cachetes de su trasero. Le
ardió la piel en el punto de impacto, la fuerza del golpe la dejó sin aliento.
Separó los labios en un grito silencioso y apretó su agarre en la ropa de cama.
-¿Es lo que quieres?- insistió golpeando otra vez en el otro cachete.
Este golpe expulsó el aire de sus pulmones y le salió un gemido sordo. Sus
piernas temblaron bajo ella, y su vagina se apretó vorazmente con los ecos de su
desesperación.
-¡Si!- gritó ella cuando la golpeó otra vez, más fuerte… tan fuerte, que cayó
sobre su estómago.
Él tomó su cadera y la volvió a poner en posición.
-Te advertí que mi próximo castigo no iba a ser tan compasivo, ¿No es verdad?-
dijo con aspereza antes de palmearla tres veces más en rápida sucesión, estos
golpes más potentes que los anteriores. –Pero tú no quieres que sea clemente
¿verdad? Tú me quieres duro y cruel, porque esa es la clase de insaciable
pequeña puta que eres, ¿verdad? ¡Respóndeme!-
-¡Si!- lloró ella sin aliento entre golpes. -¡Si, si, si!-
El dolor de su culo se dispersó y convirtió en otra cosa a medida que seguía
golpeándola, el fuego que prendió en su trasero se combinó con su deseo.
-Él no te conoce… nunca podría.- jadeó entre respiraciones rabiosas
deteniéndose en el medio del castigo. –Nunca te valoraría, Palomita, cuando
estás más hermosa y vulnerable. Es por eso que escapaste a Londres sin casarte
con él… es por eso que llegaste a la edad de veinticuatro años todavía virgen.
¿Verdad?-
Ella asintió. La colcha debajo de su mejilla estaba empapada con sus lágrimas.
Un sollozo salió de su pecho cuando la verdad cayó sobre ella, tan pesada que
ella no podía respirar bajo su peso.
-Si- lloriqueó. –Si… es verdad.-
Ella cerró los ojos y lloró contra el cubrecama cuando él volvió a castigarla. Se
hundió en la oscuridad, en la bruma donde solo importa y existe este
sentimiento. Necesitaba escapar de sus propios pensamientos, la verdad de
porque, a pesar de sus acusaciones, Robert no era su marido. Ella podría haber
vuelto a Suffolk en cualquier momento, y él se habría declarado. Ella siempre
supo eso. En su lugar, se escondió de él en Londres sabiendo que él nunca podría
darle las cosas que ella verdaderamente deseaba… los anhelos que escondía en
las esquinas oscuras de su corazón y mente.
Cuando volvió de la niebla él se estaba ubicando en su entrada, sosteniendo
apretadamente su cadera. Ella tiró su cabeza hacia atrás y gritó cuando entró, el
primer empuje brutal disparó su clímax. Su coño apretó y tuvo espasmos tan
fuertes alrededor de él, tan poderosos, que ella lo sintió profundo hasta su útero.
Sus pulmones ardieron porque contuvo la respiración, incapaz de espirar
mientras él empujaba fuertemente dentro de ella, su pelvis chocaba contra su
culo dolorido y su polla la perforaba sin descanso.
Lo miró sobre su hombro, y lo encontró perdido en su propio deseo, los ojos
cerrados apretadamente, labios separados mientras gruñidos guturales salían
desde adentro, los músculos en su abdomen se contraían y flexionaban con cada
movimiento. Su cabello se había soltado caía sobre sus hombros y lo envolvía
con hermosas ondas negras.
Tan repentinamente como había comenzado, salió de ella abruptamente,
provocando un grito de consternación de ella. El rio, el sonido fue cruel y burlón
mientras rayaba su columna con un dedo hacia abajo.
-No te preocupes, Palomita… estoy lejos de terminar contigo.-
Ella jadeó cuando su dedo hurgó en su vulva antes de sacarlo otra vez. Entonces,
comenzó a sondear su entrada trasera, enviando un nuevo golpe de calor y
vergüenza a través de ella. Nunca antes le había hecho esto… nunca violó esta
parte prohibida metiendo la punta de su dedo.
-Adam- lloriqueó ella, forcejeando contra la necesidad de protestar y el deseo de
saber a donde la llevaría. –Espera.-
-Mía- dijo roncamente, empujando el dedo mojado con sus jugos dentro y fuera
de su pasaje. –Cada parte de ti, Daphne… todo es mío.-
Ella gritó ahogadamente cuando él retiró su dedo, agarrando su culo con las dos
manos y separando ampliamente los cachetes.
-Espera- jadeó ella cuando la cabeza de su polla la tocó ahí, la punta parecía
imposiblemente grande contra la pequeña abertura. –Adam… por favor…-
Él se desplazó contra ella con un gruñido, su polla empujaba contra el agujero
apretado, enviándole rayos por todo su cuerpo.
-Sabes cómo me gusta cuando ruegas, Palomita.- gimió él empujando contra ella
otra vez, entrando un poquito.
La nueva sensación dio lugar a un dolor ardiente cuando se forzó dentro de ella
centímetro a centímetro lentamente, gruñendo y jadeando con cada movimiento
de su cadera. Ella sollozó y clavó los dedos en la colcha, apretando los dientes
para amortiguar los sonidos.
-No puedo… duele… por favor.- gimió ella, pero sus palabras contradecían a su
cuerpo. Sus rodillas se separaron más ampliamente, su espalda se arqueó como
para permitirle entrar más lejos, como para tomar cada centímetro de él.
-Puedes.- respondió él, su voz ronca y torturada, como si flotara en la misma
línea entre la dicha y la agonía en la que estaba ella. –Tócate, Daphne,…
respira… relájate.-
Ella soltó un aliento tembloroso mientras llevaba una mano bajo su cuerpo,
buscó su clítoris. Cuando sus dedos lo encontraron, ella jadeó, en reacción al
placer que le causó y a la evidencia de su propio deseo. Esta absolutamente
empapado, su coño más mojado de lo que nunca había estado.
-Si, así- insistió él, saliendo lentamente unos pocos centímetros y después
bombeando en su culo, su agarre tan apretado que le iba a dejar sus dedos
marcados. –Permítete sentir… no luches contra esto.-
Ella soltó otro sollozo, este combinado con el sonido de placer mientras hacía
círculos con sus dedos sobre su clítoris. Adam le daba más de su polla con cada
empuje, la sensación ardiente estaba en conflicto con el placer que explotaba
donde tocaba su pequeño botón de placer. Entonces la pelvis de él se apoyó
sobre su culo, su polla completa estaba alojada dentro de ella. Ella continuó
respirando lentamente, dentro, fuera, instando a su cuerpo a relajarse y aceptarlo
en vez de luchar contra ello.
Cuando él se movió otra vez haciendo un círculo con su cadera, le envió una
onda de éxtasis a la punta de sus dedos de manos y pies, arrancándole un gemido
sorprendido. Él lo hizo otra vez y otra, enseñándole al cuerpo de ella un nuevo
placer, uno que parecía diez veces más intenso que lo que sentía cuando
empujaba dentro de su coño.
-Si, Palomita…. así… desliza tus dedos dentro de tu coño… jódete con ellos.-
Ella hizo lo que le ordenó, aumentando su éxtasis hasta límites insoportables. Sin
embargo aguantó, moviéndose rítmicamente con dos dedos dentro y fuera de su
canal mientras Adam jodía su culo, moviéndose más fuerte con cada empuje.
-Maldición.- gruñó él, su cuerpo entero temblaba contra ella. –Jodido- Jesu-
Cristo… Daphne… Daphne…-
Su nombre en los labios de él, áspero y gritado entre dientes apretados, la envió
sobre el borde, y ella explotó otra vez, sus gritos reverberaban sobre las paredes.
Su visión se volvió negra mientras su coño palpitaba alrededor de sus dedos, su
cuerpo se sacudió con espasmos tan violentos que no los pudo controlar. Colapsó
sobre su estómago y Adam la siguió, su pecho se apoyó sobre la espalda de ella
mientras bombeaba en su trasero unas cuantas veces más antes de derramarse
con un quejido torturado.
Él cayó flácido sobre ella, descansando ahí un momento y jadeando en su oreja.
Su cabello caía alrededor de ellos, envolviéndolos en un capullo de seda negra.
Ella cerró los ojos y se rindió al olvido, permitiendo a su cuerpo flotar en la
oscuridad que llenaba su mente. La oscuridad la envolvía como una manta
cálida, que la arrastraba a la inconciencia.
No estaba segura de cuánto tiempo permaneció así, pero cuando volvió, Adam la
cargaba hacia el cuarto de baño. Un candelabro iluminaba la ducha, donde
ingresó con pasos seguros.
¿Cómo podía pararse después de lo que recién habían compartido? Ella se sentía
como si estuviera medio muerta, no era capaz de pararse sobre sus dos pies por
su cuenta.
Ella trató de balbucear algo sobre esto que pensaba pero le salió algo
incomprensible, mal articulado como si estuviera borracha.
-Te tengo.- murmuró él, manteniendo sus brazos alrededor de ella mientras
apoyaba sus pies en el fondo de la bañera. –Aférrate a mí, Palomita.-
Ella envolvió sus brazos débiles alrededor de él, apoyando la cabeza contra su
pecho. Un momento después, cayó el agua sobre ellos en una avalancha caliente,
volviéndola nuevamente consiente. Ella jadeó, levantando su cabeza cuando el
agua se la empapaba y las gotas salpicaban su cara. El agua la dejó limpia
lavando la semilla de Adam y su toque. Las manos de él se movían sobre ella sin
quedarse en ningún lugar demasiado tiempo, ayudando al agua a remover los
rastros de él que podían ser lavados. Siguió el jabón, una pastilla con aroma
masculino que le recordaba a él. Lo usó sobre ellos dos, logrando dejarlos
limpios antes de enjuagarse.
Después la cargó otra vez. La acostó sobre el cubrecama y la secó con una toalla
de lino limpio. Un momento después, la movió para remover la colcha y dejarla
descansar sobre las frescas sábanas. Desplegó su cabello mojado sobre la
almohada, después se acostó sobre ella, gentilmente separó sus piernas y bajó su
cadera entre ellas.
A pesar de haberlo tenido recién, su cuerpo rugió a la vida cuando la cabeza de
su polla besó su entrada. Ella arqueó la espalda, clavándole las uñas en los
hombros cuando empujó dentro de ella, tan lenta y gentilmente que los ojos se le
llenaron de lágrimas otra vez. Él la envolvió con sus brazos, hundiendo su cara
en el hombro de ella mientras la tomaba lentamente. El dolor pulsante de su
trasero se mezclaba dichosamente con el placer que él creaba en su coño, su
pelvis estaba ubicada en el ángulo perfecto para estimular su clítoris con cada
movimiento.
-Ah, Palomita.- susurró él, mordisqueando su oreja y besando su cuello como si
fuera su amante y no su verdugo. –Si las cosas fueran diferentes… si tú fueras
otra persona…-
Ella gimió en respuesta, incapaz de decir con palabras que sabía lo que quería
decir… que había escuchado las cosas que no dijo.
-En la mañana, te dejaré ir.- gruñó él. –Pero no ahora… no esta noche.-
No… esta noche él era todavía el monstruo que la había arrastrado dentro de su
caverna. Y ella era su Palomita, arrancada de su jaula y atrapada en las fauces de
la bestia.
Cuando el clímax volvió a explotar dentro de ella, Daphne no tuvo otra opción
que admitir para sí misma que estaba exactamente donde quería estar.
Capítulo 15
-Bueno, entonces… aquí estamos.-
Daphne corrió a un costado una de las cortinas de las ventanas del carruaje ante
la fachada de piedra sin pretensiones del edificio que se cernía sobre ella. Al otro
lado del transporte, frente a ella estaba sentado Niall, quien había estado
encargado de devolverla a Londres.
Adam aparentemente, no podía haber sido molestado ni siquiera para despedirla.
Se había despertado sola en la cama, con nada más que el persistente dolor en su
trasero y el aroma de él pegado en su piel para ofrecer una prueba de lo ocurrido
la noche anterior. Maeve había entrado a la habitación con una bandeja de
desayuno y un traje de viaje doblado sobre su brazo… junto con una camisa y un
corsé.
Con la salida del sol, la restricción de usar ropa interior de Adam había
terminado. Mientras comía, envuelta en la camisa de él desde la noche anterior,
sirvientes entraron y salieron del cuarto de baño para llenar la bañera para ella.
Maeve había insistido en que tuviera un largo baño para relajarla para el viaje de
vuelta a Londres. Ella se preguntaba si la doncella sabía de alguna manera lo que
Adam le había hecho la noche anterior. Sentía que casi lo tenía tatuado en el
rostro para que el mundo lo viera.
Había disfrutado el baño, remojando la rigidez de sus músculos, aunque la paliza
de Adam y la penetración de su culo no podían lavarse con un solo baño. Ella
probablemente sentiría los efectos por lo menos un día más.
Había esperado que él apareciera mientras Maeve la vestía y acicalaba, dando
vuelta la cabeza ante cada ruido, esperando poder tener aunque sea un vistazo de
él. Con cada minuto que pasaba, se hacía más y más evidente que no lo vería…
quizás nunca más.
Eso dolió, sabiendo que las palabras que había pronunciado en el calor del
momento no habían significado nada.
Si fueras otra persona…
Pero no era otra persona. Era Lady Daphne Fairchild, y él se había asegurado de
recordárselo, a la dura luz del día, ella había significado nada más que un medio
para un fin. Había conseguido su venganza y ahora, había terminado con ella.
Cuando Maeve la había escoltado hasta el vestíbulo del palacio, había mirado
con tristeza la sala de música, donde habían vuelto a llevar el arpa. Ella iba a
extrañar el hermoso instrumento más que nada.
Vieron que la puerta del estudio de Adam estaba cerrada cuando pasaron por ahí,
aunque el calor, y el brillo rojizo debajo de la puerta le decían que él ocupaba esa
habitación. Alejando la mirada de las imponentes puertas dobles, siguió a la
doncella a las puertas del frente… donde Niall estaba parado esperándolas,
vestido para viajar.
-El Amo me ha encomendado ver que llegue segura a su hogar.- dijo él cuando
ponía la mano dentro de su bolsillo. –Y me dio instrucciones de que le diera
esto.-
Sacó el sobre que tenía el sello Hartmoor estampado sobre él y se lo entregó.
Ella rompió la cera roja y abrió el sobre, esperando encontrar una nota… una
carta… alguna forma de adiós.
Encontró solamente una letra de banco a su nombre con la gran suma de treinta
mil libras.
La única cosa que había prometido, entregada puntualmente antes de su partida.
Levantó la barbilla, guardó la nota en el sobre y lo deslizó en el bolsillo de su
vestido de viaje. No le dijo una sola palabra al mayordomo que parecía odiarla
tanto como Adam. Ni siquiera un “gracias”.
Parecía que a Niall no le había importado, murmurando un simple “vamos” antes
de salir del palacio. Maeve, sin embargo, tiró de ella en un cálido abrazo.
-Voy a extrañarla mi Lady.- había dicho ella, con la voz pesada como si quisiera
evitar las lágrimas. –Había esperado… bueno, no importa lo que yo desee. No
me haga caso. Que tenga un viaje seguro a Londres.-
Daphne le sonrió triste a la doncella, pero no dijo nada más. No había querido
hacerle notar que ella también había esperado.
El viaje a Londres pasó sin incidentes, sin que una palabra se intercambiara entre
ella y Niall. ¿Qué más había que decir? Ella había ido a Dunnottar y cumplió su
propósito. Ahora, volvía a casa.
Pero, ¿dónde estaba su hogar? Suponía que debería encontrar donde vivían ahora
su padre, madre y hermano ahora que habían tenido que abandonar Fairchild
House.
Volviendo al presente, ella miró a Niall frunciendo el ceño.
-¿Dónde estamos?-
Inclinando su cabeza, él hizo un gesto hacia los edificios que los rodeaban. –
Estos edificios son apartamentos rentados por aquellos que no pueden costearse
casas en la ciudad, o no desean el gasto de rentar una durante la temporada.-
Se dio vuelta para estudiar las ventanas que daban a la calle, encontró
candelabros ardiendo en muchas de ellas. Las sombras se movían dentro, gente
que vivía su vida, ignorantes de todo lo demás.
-Aquí vive mi familia ahora.-
-Si- confirmó Niall.- El Amo supuso que usted desearía volver a ellos.-
¿Por qué Adam asumiría tal cosa? ¿No se había dado cuenta que ella estaba
indignada con lo que habían hecho?
Pero entonces, él debía saber que hasta que depositara la letra en el banco, no
tendría los fondos para conseguir una habitación en una posada. Así como,
seguramente se daría cuenta que ella desearía confrontarlos sobre lo que
averiguó… lo que le habían ocultado.
-Bueno, entonces.- dijo ella repitiendo lo dicho por el mayordomo. -¿Por
casualidad sabe cuál es el apartamento?-
-Tercer nivel.- contestó él. –La segunda puerta a la izquierda.-
-Gracias.-
Con eso, ella salió del carruaje con un saco lleno de la ropa que había llevado a
Dunnotar. Su caballo lo dejó atrás cuando se dio cuenta que no tendría lugar para
él en Londres. Ella solo podía desear que Adam lo cuidara.
Daphne no se dio vuelta para ver el carruaje que se iba con Niall, y se enfocó en
la entrada del poco impresionante edificio. No la impresionó como una guarida
de pobres, y mientras no era una de las direcciones con más clase, tampoco
estaba situado en los barrios marginales. Aún era muy distinto de la casa
opulenta en la que había residido desde que había venido a la ciudad para su
primera temporada.
Debido a lo avanzado de la hora, encontró los pasillos del lugar vacíos, por lo
que estaba agradecida. Fue hasta el tercer nivel y localizó el apartamento del que
Niall había hablado y golpeó la puerta. Voces y movimientos vinieron del otro
lado y un momento después, se encontró enfrente con la cara familiar de
Ruthers, el valet de su padre.
Estos días, parecía que también trabajaba de sirviente en diferentes puestos, lo
que incluía atender la puerta.
-¡Lady Daphne!- exclamó él, con los ojos muy abiertos mientras la repasaba de
la cabeza a los pies.
Ella se dio cuenta que debía lucir totalmente inapropiada, apareciendo en la
oscuridad de la noche sin escolta. Su vestimenta no incluía ni siquiera un
sombrero.
No obstante, no tenía la paciencia de explicar su repentina aparición, y tampoco
sentía la necesidad de darle explicaciones a un hombre que trabajaba para su
padre.
-¿Me va a dejar entrar?- le lanzó, levantando la barbilla imperiosamente.
El sirviente parpadeó, parecía que se sacudía la sorpresa que le había provocado
su presencia. Se movió a un costado de la abertura y abrió la puerta
ampliamente.
-Por supuesto… por favor, discúlpeme. Pase.-
Ella entró en un pequeño vestíbulo que se abría a un conjunto de dos
habitaciones con grandes entradas que le permitían ver directo a la parte
posterior del apartamento. La habitación en la que estaba debía ser el salón
principal, con lo que parecía un estudio más allá. Un corredor se curvaba a
derecha e izquierda, conduciendo más dentro de la vivienda, hacia dormitorios,
asumía ella.
Una ráfaga de movimiento capturó su mirada, y se dio vuelta justo cuando
Bertram descendía sobre ella con los brazos abiertos.
-¡Daff!- exclamó él. – Por Júpiter, es bueno verte-
Ella puso sus manos al frente para rechazarlo, retrocediendo antes que pudiera
envolverla en su abrazo. Tan solo pensar en que él la tocara le puso la piel de
gallina, la negra mancha de sus pecados seguro que serían contagiosos.
Su cara cambió cuando la miró, pareciendo dolido por su rechazo. Se veía muy
mal, su cabello dorado había perdido su lustre, círculos oscuros habían
comenzado a formarse bajo sus ojos. Su piel estaba pálida y cetrina, aunque el
rubor de sus mejillas le decía que debía estar bebido.
-Parecería que no retribuyes el sentimiento.- murmuró él, rascando con sus
dedos entre los mechones de cabello, enredándolos más.
-¿Dónde está padre?- dijo ella, mirando alrededor del pequeño salón, no tenía
ningún mueble de Fairchild House lo que le hacía creer que también los habían
vendido.
-Justo aquí, querida.-
Ella levantó la mirada para ver que su padre venía hacia ella desde una puerta
abierta a la izquierda, se dio cuenta que era la cocina. Una mujer trabajaba con
ahínco, que Daphne reconoció como una doncella de Fairchild House. Quizás
era la nueva ama de llaves.
Así, que ellos no eran completamente indigentes, después de todo. Obviamente,
su padre había conseguido asegurar los fondos para retener a dos personas del
personal de la casa.
Él se detuvo delante de ella con una bandeja en las manos, su cabello encanecido
de punta. Lord Gillian Fairchild se veía más viejo de lo que recordaba, sus
mejillas estaban caídas y su rostro mostraba líneas profundas.
-Bertram y yo estábamos a punto de cenar.- dijo él sonriéndole.
Parecía casi vacilante… tímido. Como si le tuviera miedo.
-Estoy seguro que Cora hizo suficiente. ¿Quieres un poco?-
Aclaró su garganta y bajó la vista. Casi no podía mirarlo, sabiendo lo que él
había hecho. Y seguramente su estómago no podría tolerar un solo bocado de
comida por la forma en que se revolvía.
-No gracias- respondió tan educadamente como pudo.
Ella era la perfecta Palomita, como había dicho Adam, recordando sonreir de
forma encantadora y cuidando sus modales, incluso estando en la compañía de
un violador y del delincuente que lo ayudó a cubrir sus pasos.
-Es bueno verte- señaló su padre, depositando la bandeja en una mesa baja que
estaba frente a un sofá tapizado de damasco floreado. –Te ves… bien.-
Ella apretó la mandíbula cuando se dio vuelta para mirarlo. Él se acomodó en el
sofá mientras Bertram se adelantaba y tomaba un sillón cercano, tirando para
acercarlo a la mesa.
-¿Esperabas otra cosa?- dijo ella
Bertram frunció el ceño desplomándose en el sillón. -¿Faisán otra vez?-
El padre entrecerró los ojos mirando a su hijo. –Es barato y una de las pocas
comidas que Cora sabe preparar. –Puedes comerlo o quedarte con hambre.-
Ignorándolo Bertram la miró a ella. –Sé que debes estar enojada con nosotros,
Daff. Pero no podíamos ir a buscarte… no a menos que deseáramos que él te
lastimara.-
Ella se rio, el sonido salió ronco y falto de humor. -¿Y qué te hace pensar que no
lo hizo?-
Su padre se detuvo en el medio de untar con manteca un pan, gimiendo mientras
elevaba los ojos para encontrar su mirada. –No te ves… maltratada.-
Si solo supieran. Si, había sido maltratada… pero, oh, como había disfrutado
estar en las garras de su captor.
-Tienes que entender.- trató Bertram otra vez, sus ojos grandes y suplicantes. –
Nos tenía entre la espada y la pared… no había nada más que pudiéramos hacer
si queríamos—
-Bertram, por una vez en tu vida mantén la boca cerrada.- espetó su padre, con la
miranda yendo y viniendo entre ellos.
Daphne entrecerró los ojos, cuando una sospecha comenzó a recorrerle la espina
dorsal. -¿Por qué no podían hacer nada? ¿Qué les dijo para que no vinieran por
mí?-
Era la única cosa que no había entendido nunca, qué contenía la carta de Adam
para evitar que su padre y hermano vinieran a Escocia a recuperarla. ¿Había
amenazada la vida de ella… de ellos?
Sus ojos se abrieron más grandes cuando se dio cuenta que no había visto ni un
rastro de su madre. -¿Dónde está mamá?-
-Se fue- suspiró su padre, pasando una mano sobre su cara demacrada. –Se fue a
vivir con su hermana en Mayfair. Ella no…-
-Ella no descendería a la alcantarilla con nosotros. – dijo Bertram con una risa
áspera. –Ella es demasiado buena para gente como nosotros.-
-Simplemente está acostumbrada a cierto estilo de vida- la defendió su padre. –
Pronto podré dárselo. La ganaré de vuelta… ya verán.-
-Maldito seas, viejo.- hirvió Bertram. –Si no tienes el buen sentido de darte
cuenta que ella nunca va a volver—
-La carta- escupió ella, habiendo tenido más que suficiente de los dos. –La que
mandó Lord Hartmoor… quiero verla.-
Ella conseguiría las respuestas que buscaba, y por la mañana se encontraría un
hotel donde vivir. No sería una solución permanente, pero una que le compraría
tiempo hasta que averiguara que hacer con el resto de su vida.
-Daphne, querida. Nada bueno puede salir de leerla. – imploró su padre.
-Guárdate tu cariño- replicó ella. –No soy la misma chica ignorante que corrió a
Escocia buscando respuestas, y no me dejaré desviar con sus excusas. ¡Quiero
leer la carta de Hartmoor… ahora!-
-Rayos, deja que la lea.- refunfuñó Bertram, levantándose del sillón y tropezando
hacia el escritorio de la esquina. –Ella bien puede saber la verdad.-
-¡Bertie, no lo hagas!-
Pero ya era tarde. O su hermano era demasiado estúpido para darse cuenta de lo
que pasaba o estaba borracho y eso lo había vuelto imprudente. Retiró algo del
cajón del escritorio y se inclinó hacia ella.
-Aquí.- empujando un sobre abierto en la mano de ella antes de volver a su
sillón.
Se tiró ahí y miró como estudiaba el sello roto. El mismo que estaba estampado
en el sobre que guardaba en su bolsillo. Dentro, encontró una carta escrita con la
letra familiar de Adam.
Fairchild,
Puede dejar de preocuparse por su hija. Ella ha llegado a Dunnottar, donde se
quedará como mi invitada treinta días y sus noches. Las cosas que su
despreciable hijo le hizo a mi hermana fueron juegos de niños comparadas con
todas las formas que pretendo usar a Lady Daphne. Le advierto no intentar
ningún acto de caballerosidad que lo pueda poner a mi alcance.
Mientras siento que este particular giro del destino fue causado por lo que le
pasó a mi hermana, entiendo el valor de la hija única de uno. Adjunto,
encontrará la compensación por el monto de diez mil libras. Es mi pago por la
virginidad de su hija. Tenga la plena seguridad, que intento cobrarme cada
centavo con ella durante los próximos treinta días.
Saludos
Hartmoor
La hoja de papel flotó hasta el piso, las puntas de sus dedos se habían dormido
para el momento en que había llegado a la firma velozmente garabateada de
Adam al final. Su boca se había secado completamente y ya no sentía sus
piernas. Era un milagro que se hubiera hundido en el piso.
-Ves, no podíamos arriesgarnos.- dijo su padre, su voz baja y suave como si le
preocupara que hablando muy fuerte la hiciera explotar. –Él podría—
-¿Lastimarte a ti o a Bertie?- interrumpió ella burlándose. –Se quedaron aquí
para salvar sus cuellos.-
-No es exactamente—
-¿Qué hicieron con el dinero?- Susurró ella con los ojos llenos de lágrimas.
-Daphne, por favor…-
Ignorando el ruego de su padre, se limpió las lágrimas.
-¿Qué hicieron con el dinero?- gritó ella con las manos cerradas en puños a sus
costados. –¡Las diez mil libras que pagó por acostarse conmigo! ¿Dónde están?
¿Qué hicieron con ellas?-
-La letra de cambio nos llegó solo unos días atrás. – dijo Bertram con un
movimiento despectivo de su mano.
Actuaba como si haberla vendido no significara nada más que la vuelta de una
carta en un juego del infierno.
-Para ese momento ya nos habíamos visto obligados a vender Fairchild House
para pagar nuestras deudas.- agregó su padre. –El dinero es todo lo que tenemos
para vivir a partir de ahora.-
La risa burbujeó e la garganta de ella, sonaba frenética y loca, incluso para sus
propios oídos. Comenzó como una risita, pero rápidamente se transformó en una
carcajada que casi sacudió el techo.
Malditos tontos. Habían caído en la trampa de Adam, igual que ella. Había
colgado treinta mil libras frente a ella, sabiendo muy bien que para el momento
que ella los obtuviera, su familia habría perdido todo. Él sabía que estaban
desesperados y eran suficientemente codiciosos para aceptar un pago por usar su
cuerpo. Qué irónico, que las diez mil libras que su padre había tomado a cambio
de ella no eran ni un tercio de lo que ella había ganado.
Y pensar que pretendía volver a casa con ese dinero y entregárselos. Daphne, la
heroína inesperada… la salvación de la familia Fairchild.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas cuando aumentó su risa, sus
costados dolían por lo duro que se retorcían sus entrañas. Los dos hombres la
miraban como si se hubiera vuelto loca y quizás era verdad. Finalmente, ella se
rompió bajo el peso de todo esto.
Era tan ridículo, ¿Que podía hacer aparte de reír? Se había ganado el dinero, solo
para descubrir que su familia estaba más allá de la redención.
Finalmente, quedó en silencio, y limpió sus mejillas empapadas.
-Me vendieron.- dijo ella con otra pequeña risa. –Ustedes se quedaron con ese
dinero sabiendo lo que me costaría a mí… sabiendo…-
Bertram se puso de pie al momento, intentando agarrarla de los hombros. –
¡Hicimos los que había que hacer! Y quizás, por una vez en tu vida, hiciste lo
que se requería de ti, también.-
Daphne lo empujó tan fuerte, que el tropezó sobre la mesa, rompiendo la madera
y estrellando la porcelana en el piso. Su padre levantó los pies, gritando de
consternación, por su comportamiento o por haber perdido su cena, ella no
estaba segura.
-Nunca vuelvas a tocarme.- gruñó ella, dando un paso para imponerse sobre él. –
Yo hice lo que debía… sonsacándole la verdad sobre ti. Tú, y padre y el tío
William.-
-Lo sabía- gruñó Bertram, forcejeando para ponerse de rodillas en intentando
limpiar la sopa de su pelo usando la manga de su ropa. –Sabía que te
envenenaría en contra mía.-
-Veneno.- dijo ella burlona. –¡Eso es exactamente lo que son… todos ustedes!
¡Se lo que le hiciste a Olivia, Bertram. Padre, se sobre todas las veces que
escondiste sus secretos… toda la gente que pagaste para que mantuvieran
silencio cuando tu hijo iba violando a la mitad de las debutantes en Londres! No
es de extrañar que nos arruináramos tan fácilmente.-
-Mira- Bertram fanfarroneó volviendo a ponerse de pie.
-Se cómo padre envió a tío William a deshacerse de la evidencia.- acusó ella,
golpeándole el pecho con el índice. –A deshacerse de tu hijo.-
Su hermano palideció, finalmente pareciendo darse cuenta que no había nada
que pudiera decir para convencerla de creer en sus mentiras. Ella sabía la verdad,
y él había sido expuesto por violador y promiscuo.
-Yo te amaba- susurró ella, otra lágrima se deslizó por su mejilla y después otra.
–Te quise mucho, estaba dispuesta a arriesgar mi reputación, mi vida, mi cuerpo,
para exonerarte. Para hacer las cosas bien. Y me dejaste... me dejaste ponerme en
esa posición, y todo el tiempo sabías que era un desastre que tu habías
provocado.-
-Daff, escúchame.- dijo él, suavizando su tono y tratando de obligarse a sonreír.
–Fue una simple indiscreción, esos fue todo. A veces, un caballero malinterpreta
las señales de una dama… fue un simple malentendido. Seguramente, debes
saber—
-No- interrumpió ella. –No te conozco. Me doy cuenta ahora, que nunca lo hice.-
Se dio vuelta y fue hacia la puerta, los dejó atrás, ahora incapaz de soportar la
vista de ellos. Una parte de ella había esperado que pudieran redimirse… ahora
sabía que había sido un error esperar eso. Ellos no valían su sacrificio, pero Dios
la ayudara, no disfrutarían de los beneficios de lo que había ganado. Ella
encontraría la manera de construirse una vida para ella. Ella los dejaría a todos
atrás, Bertram, su padre… Adam.
-¡Daphne! ¡Daff… espera!-
Ella se detuvo a medio camino del pasillo, dándose vuelta para encontrar a
Bertram corriendo hacia ella, sus ojos abiertos con desesperación. ¿Era miedo lo
que veía? ¿Adam había tenido razón todo el tiempo? ¿Haberla arruinado lo había
arruinado también a él? Esperaba que fuera eso.
-La vi, Bertram- murmuró ella, sacudiendo la cabeza. –Vi a Olivia con mis
propios ojos y fui testigo de su miedo. Me miró y te vio a ti… y nunca vi a una
mujer tan aterrorizada en mi vida. ¿Y tienes el coraje de decir que fue una mera
indiscreción?-
Él bajó la cabeza, finalmente encontrando la gracia de verse arrepentido. –No se
suponía que las cosas sucedieran así, Daphne. Tienes que creerme.-
-No- estuvo de acuerdo ella. –No se suponía que yo llegara a la adultez solo para
descubrir que la gente que amo, que los hombres con los que contaba para
protegerme, resultaran verdaderos villanos.-
Bertram se burló de ella, emitiendo un bufido. -¿Tomarás partido por Hartmoor
sobre nosotros? ¿El hombre que compró tu coño por diez mil libras?-
Ella casi se rio en su cara, casi reveló que ella era ahora más rica de lo que él
nunca podría desear ser con lo que Adam había pagado por acceder a su cuerpo.
-Si- declaró ella. – Porque por todos sus pecados, Hartmoor no me mintió ni una
sola vez. Desde el momento que lo conocí, nunca estuve engañada sobre lo que
él era o lo que quería de mí. A ti, te he amado y confié en ti toda mi vida…lo que
resultó ser un error. No voy a cometer el error de dejarte comprometerme con
más mentiras.-
Ella le dio la espalda otra vez, marchando hacia la escalera. Haciendo un puño
con una mano, metió la otra en el bolsillo, encontrando consuelo en el sobre que
tenía escondido. Dentro de él, estaba su futuro... y ahora, ella dejaría su pasado
atrás.
Cuando llegó a la planta baja, se deslizó por el vestíbulo y esperó encontrar un
coche de alquiler que la llevara al hogar de su tía, donde su madre se había
refugiado. Ella no podía quedarse para siempre, pero unas noches le darían
tiempo suficiente para ordenar sus asuntos.
Estaba tan concentrada en su misión que no vio la pesada sombra de Niall hasta
que estaba sobre ella. Se alejó de él, muy alterada para dejar que la mano que se
acercaba a ella la tocara.
-¿Qué diablos quiere?- escupió ella mirando al hombre que solamente le
recordaba al único con el que estaba realmente enojada.
El que había roto el velo sobre sus ojos y le expuso el mundo por lo que
realmente era. El que le había dado a probar el gusto de algo que la había hecho
sentir viva antes de descartarla como basura.
-Preferiría estar de camino a Dunnottar, créame.- respondió él. –Pero mi Amo
me dio estrictas órdenes de no volver hasta que esperara aquí el tiempo
suficiente para asegurarme que usted no volvía a salir.-
Ella frunció la frente y vio que el carruaje que la había traído a Londres venía
hacia ellos. Parecía que había estado dando vueltas a la manzana desde que había
entrado, mientras Niall esperaba en las sombras.
-¿Por qué?- murmuró ella y su voz se quebró cuando las lágrimas fluyeron de
sus ojos una vez más. -¿Por qué haría eso? ¿Por qué hacer todo esto?-
La expresión de Niall permaneció dura y falta de emoción cuando encogió su
gran hombro. -No puedo pretender conocer su mente. Solo sé que él sospechaba
que usted se iría poco después de haber llegado, y se mantuvo firme en que yo
debía asegurarme que llegara segura a su destino final.-
Limpiándose los ojos una vez más, ella suspiró. Al menos, no tendría que pedirle
a su madre que pague el coche.
-Muy bien- cedió ella. –Me puede llevar a la dirección de mi tía en Mayfair. Una
vez que me deje ahí, ¿confío en que no lo volveré a ver?-
-Sinceramente espero que no.- respondió él guiándola hasta el carruaje.
Le ofreció una mano, pero ella lo ignoró, metiéndose por su cuenta en el
vehículo. Se dio cuenta que había dejado sus saco en el apartamento, el que
contenía la ropa que había llevado a Dunnottar.
No importaba. No tenía razones para volver.
Mirando a Niall, que estaba sentado frente a ella, le sonrió con satisfacción.
-Cuando vea a su Amo otra vez, agradézcale de mi parte.- dijo ella, poniéndose
más cómoda en el coche.
-¿Cuál sería la razón?- dijo entre dientes.
El coche comenzó a moverse, y por primera vez en todo el día, Daphne sonrió…
una sonrisa de verdad.
-Por liberarme.-
Epílogo
Tres meses después…
Adam entró por las puertas abiertas de Dunnottar, llevaba los puños a los
costados. Un lacayo cerró una de las grandes puertas dobles detrás de él, dejando
afuera el frío. A pesar de las horas que recién había pasado cabalgando al
infierno por las tierras salvajes de Escocia, estaba en un estado de gran agitación.
Su cuerpo permanecía alterado, cada músculo estirado, cada vena pulsando con
sangre caliente hasta el punto de hervor.
Niall salió de la nada, su siempre presente ceño fruncido en lo que podría
haberse considerado un rostro apuesto.
-¿Disfrutó su cabalgata, Amo?- preguntó aunque sonaba como si no le importara
nada.
Niall, que era más un amigo de Adam que su mayordomo, estaba enojado con él.
Lo había estado desde el día que había cedido y así permitido a Daphne volver a
entrar al palacio después de haberla tirado en los escalones del frente. Cuando se
refería a los Fairchilds, la única persona que quería su sangre más que Adam
debía ser Niall.
El hombre no entendía las sutilezas de la guerra. No entendía que un verdadero
general no se arrojaba al campo de batalla y apuñalaba al enemigo en el corazón.
El planificaba la muerte de su némesis, estratégicamente cortando partes trocito
a trocito… hasta que no quedaba nada.
Había pasado cinco años destruyendo metódicamente a Bertram Fairchild, como
así también a su padre y su tío. Había probado ser más satisfactorio que un fugaz
duelo o una pelea a puñetazos.
-Tú sabes bien que no, así que vete a la mierda.- escupió él, pasando como un
tornado al lado de Niall por el pasillo.
No tenía ganas de soportar la censura de Niall, o los lloriqueos de Maeve. Uno
de ellos estaba enojado por dejar que Daphne se quedara y el otro no dejaba de
mirarlo enojado porque la había dejado ir.
Que se jodan los dos.
Él se preguntaba lo que cualquiera de ellos diría si supieran que a pesar de
haberla enviado lejos, ella no se había ido realmente. Ella lo acosaba a diario,
rastros de ella parecían dar vueltas en cada rincón y grieta de Dunnottar. La veía
en la pradera donde le había revelado por primera vez la verdadera naturaleza de
Bertram, su cara bonita mojada de lágrimas y el sol brillando sobre su cabello.
La escuchaba en la sala de música, el sonido celestial de sus dedos contra las
cuerdas del arpa que lo calmaban como ningún número de espíritus o tener sexo
lo hacía. Olía su perfume en ese cuarto también, oía sus gritos de rendición
cuando la había tirado a la alfombra y tomado su virginidad. Incluso la veía en
su estudio, arrodillada en silencio a sus pies con un libro en su falda, y los ojos
recatadamente bajos.
La chica no tenía conocimiento de cómo lo inflamaba y que el simple acto de
ponerse de rodillas en el piso era suficiente para llenar su polla de sangre hasta
casi reventar. La había tenido de todas las formas que imaginó, pero ahora que se
había ido, se encontró imaginando nuevas formas.
-Se terminó maldito imbécil- se quejó consigo mismo cuando entró en su
recámara y golpeó la puerta al cerrarla. –Ella sirvió su propósito.-
Eso era verdad. Él consiguió lo que quería de ella, golpeando a Bertram a través
de ella. ¿Qué más podía hacer?
Se obligó a alejar la mirada de la cama, apretó los dientes, un gruñido primario
atravesó su pecho. Ella lo acosaba incluso aquí, sus gritos reverberaban en las
paredes y el techo, el recuerdo de zurrarla hasta que su trasero brillaba rojo antes
de empalar su culo apretado, interrumpía sus sueños.
Haberla traído a su santuario privado había sido un error… se daba cuenta ahora.
Pero, ¿qué otra cosa podía hacer después que ella había tropezado con Serena,
desobedeciendo su orden directa?
Cuando entró en el cuarto de baño, se dijo a si mismo que solo extrañaba tener
un coño disponible siempre que las ganas de joder lo apremiaran. Que estaba
casi obsesionado con la novedad de meter en su cama a la hermana pequeña de
Bertram… de profanarla de toda las maneras posibles.
Sin embargo, esos argumentos no lo calmaron, su cuerpo estaba más agitado que
nunca… a pesar de que se había masturbado al despertarse esa mañana. Y
también lo hacía cuando se iba a dormir. Y la noche anterior… y la noche
anterior a esa.
-Jodido infierno,- dijo entre dientes, caminando hacia el lavabo y el espejo
dorado que estaba en el rincón donde se dispuso a afeitarse.
Niall a menudo se refería a él como un bárbaro por no contratar un valet, pero
siempre prefirió vestirse y arreglarse por sí mismo.
Apoyó las manos sobre el lavabo e inclinó la cabeza. Cerró los ojos e intentó
desgarrar sus pensamientos rebeldes alejándolos de Daphne. Sin embargo, cerrar
los ojos solo empeoró el efecto, los rizos rojos se movían sobre sus párpados
recordándole el cabello de ella. Cerró un puño, e imaginó envolver el cabello en
su mano y tirar hasta que gritara… hasta que sus ojos se llenaran de lágrimas y
lloriqueara.
Dios, nunca había visto nada más hermoso que su suspiro de rendición, que el
momento en que el miedo dejaba sus ojos y se asentaba la sumisión a su
voluntad. Él había tenido razón sobre ella todo el tiempo, habiéndolo visto en
sus ojos la primera vez que posó su vista sobre ella.
Daphne anhelaba peligro, la emoción de una amenaza, la promesa de
destrucción. Ella bailaba sobre el precipicio, bromeaba con la oscuridad,
golpeaba sus prístinas alas blancas para pavonearse, para provocar a la bestia
que acechaba en las profundidades.
Cada movimiento de ella parecía decir, ven por mí.
Él había disfrutado cada momento de acoso, y lograr finalmente conquistarla.
Abriendo los ojos con un sonido estrangulado de frustración, descubrió un
pequeño retazo de seda depositado junto a la bacinilla que la doncella de la
recámara había llenado con agua limpia para él.
La tomó, la alisó con los dedos, y le llevó a su nariz. Todavía mantenía su
aroma… aunque su fuerza se había desvanecido más y más con cada día que
pasaba.
Era una de las cintas que había usado alrededor del cuello, la había encontrado
en la habitación de invitados que ella había ocupado. Sonrió ante el recuerdo de
tirarla sobre la mesa del comedor después de haberle arrancado el vestido, su
cuerpo desnudo salvo por esta cinta.
Con un gruñido, abrió sus pantalones, incapaz de soportar este tormento por más
tiempo. Él no podía luchar más tiempo lo que parecía ser una fuerza de la
naturaleza, una ráfaga de viento empujándolo en determinada dirección.
Con la cinta todavía en sus manos, empuñó su polla, envolviéndose en seda y
palma áspera. La cabeza ya derramaba gotas húmedas de tan excitado, y se
apretó con una brutal desesperación nacida de la necesidad que ella había
creado. Se masturbó la polla mientras imaginaba que la sostenía abajo y la
perforaba como un loco, con una mano envuelta alrededor de la garganta.
Recordó la manera en que había abierto los ojos la primera vez que había
apretado las venas vitales de su cuello, frenando la circulación de la sangre.
Había estado asustada, pero eso solo había hecho surgir su lujuria, y él había
apretado los dedos, queriendo probar su temple.
Como esperaba, se había desempeñado hermosamente, cerrando los ojos y
permitiendo las sensaciones elevaran su clímax, inspirando una bocanada de aire
antes de caer en el olvido.
Se dobló por la fuerza de su culminación, y tomó un trozo de lino justo a tiempo
para atrapar su semilla. Bombeó con su cadera escurriéndose hasta dejarse seco a
pesar de saber que nunca sería suficiente. Para la noche él estaría otra vez donde
había empezado, queriendo una mujer que ya no estaba a su alcance.
Pero… ella nunca había estado completamente fuera de su alcance. Tenía a la
familia Fairchild completa en la palma de su mano. Con un puño cerrado, él
podría convertirlos en polvo. Ella nunca estaría completamente libre de él.
Mirando el retazo de seda manchado con su semilla, llegó a la decisión. Su
cuerpo estaba descargado y sus músculos relajados.
Lo embargó la paz, y encontró el equilibrio una vez más, la clase de calma
calculadora que típicamente lo gobernaba.
La respuesta era simple.
Se sentía de esta manera porque tenían negocios inconclusos. Ella no estaba
completamente fuera de su sangre, pero este era un problema que podía
remediarse fácilmente.
Adam se limpió rápidamente antes de dejar el cuarto de baño, entró en su
recámara y retiró un gran baúl que estaba debajo de la cama. Tiró unas cuantas
cosas dentro antes de tener un pensamiento repentino.
Encontró la cuerda para sonar la campana y llamó a Niall y volvió a la tarea.
Para el momento que su amigo y mayordomo llegó, el baúl estaba medio lleno
con las cosas que necesitaría para su viaje.
-¿Qué es esto?- preguntó Niall, con las cejas fruncidas cuando se dio cuenta del
sistema errático de empacar de Adam.
-Prepara un carruaje para viajar, Niall.- ladró Adam. –Salgo inmediatamente.-
-¿Por qué? ¿Adónde vas?-
Ignoró su primera pregunta, Adam se rio, la excitación de la caza hizo que los
vellos de la parte posterior de su cuello se erizaran. Esta vez, cuanto pusiera las
manos sobre su Palomita, iba a exorcizar cada fantasía depravada que alguna vez
había tenido sobre ella. No escaparía de él hasta que el estuviera bien y
realmente listo para dejarla ir.
-Londres, Niall.- declaró el con una sonrisa feroz. –Vamos a Londres.-