8806 Sdysst
8806 Sdysst
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Índice
1. Niña Mala — Sumisa Adiestrada por el Dominante
Millonario
2. Rey — Romance Prohibido, Erótica y BDSM con el
Señor del Crimen
3. Rey — Esclava Virgen y Prometida del Señor del
Crimen
4. Alfa Peligroso — BDSM y Romance con el Licántropo
Alfa y Millonario
5. El Beso del Vampiro — Romance, BDSM y Erótica
Paranormal con el Rey del Crimen
6. Esclava de Fuego — Fantasía Erótica con la Princesa
Virgen y el Señor de los Dragones
7. Mosquita Muerta — Joven Virginal convertida en
Esclava del Amo Millonario
8. La Sociedad B — Nueva Esclava en el Club Secreto
del Amo Millonario
9. Virgenenventa.com — Sexo Duro y BDSM con la
Virgen y el Amo Millonario
10. El Amigo Dominante de mi Hermano — Sexo Duro
y Pasión Prohibida
Bonus — Preview de “La Mujer Trofeo”
Título 1
Niña Mala
I
-Tienes que salir con él.
-Pero, ¿por qué?
-Sólo tienes que hacerlo, Carol. Es una cuestión de negocios. No lo
entenderías.
No supe qué decir cuando mi padre me dijo esas palabras. Recuerdo que
estaba en la cocina de la casa, sentada en la mesa que estaba allí. Me llamó
para que habláramos sobre mi futuro y pensé estúpidamente que se trataba de
una charla sobre la universidad o algo así. No. Resultó todo lo opuesto.
Me levanté y fue a mi habitación. Aún podía escuchar el trinar de los pájaros
afuera. Cerré la ventana porque no pude tolerar otro sonido. El que había
dentro de mi cabeza era demasiado fuerte. Como si tuviera mil cornetas
haciendo ruido al mismo tiempo. Estaba destrozada.
Seré sincera, no es que mi padre sea el perfecto ejemplo para mí. De hecho, es
una figura casi inexistente en mi vida. Sólo tengo flashes de él cuando era
pequeña. Supe que era alguien “importante” porque llevaba los negocios de
gente en la política y de otros ambientes.
Gracias a eso, vivimos muy bien por largos años: viajes a Europa, ropa de
marca, comidas en los restaurantes más exclusivos de la ciudad. Cualquier
cosa que quisiéramos o imagináramos la podíamos lograr. Pero las cosas
eventualmente fueron en picada. Comencé a verlo con un rostro de
preocupación que no se le quitaba ni con el Xanax ni el whiskey.
Desde hacía varios días me miraba como si estaba tomando las fuerzas para
decirme algo. No ignoré porque francamente estaba en lo mío. Pero luego me
citó para que charláramos y bueno… El resto es historia.
Me senté en la cama para pensar en todo lo que estaba pasando. Fijé la mirada
en los pósters de Anthrax, Megadeht y Black Sabbath, en el clóset medio
abierto y con algún bota de pantalón que salía de allí, los zapatos sobre el
suelo de parqué. Me resultó irónico que el día estuviera particularmente
cálido y bonito mientras estaba allí, sintiéndome como un trozo de carne.
Cualquiera hubiera pedido la intervención de su madre o de cualquiera. Mi
caso es diferente. Mi mamá murió hace un par de años atrás gracias a su
afición al alcohol; por otro lado, mi hermano mayor hizo todo lo que pudo
para alejarse de la familia. No sé en dónde está ni qué hace, pero presiento
que esté mucho mejor que yo.
Finalmente me acosté y pensé en la maleta pequeña que tenía debajo de la
cama. La usaba cuando quería escaparme por unos días pero no era tan mala
idea de tomar unas cuantas cosas e irme por la noche. Dejaría a mi padre
solucionar su problemita y yo estaría a unos cuantos kilómetros de allí... Hasta
que me encontrasen, hasta que me volvieran a arrastrar a este pantano.
Así que deseché la idea. No tiene sentido huir cuando sabes que el pasado te
alcanzará de alguna manera u otra.
Pero no me malinterpreten, no es que tenga miedo a esas cosas relacionadas
con el sexo. Más bien es algo que disfruto inmensamente. He tenido toda clase
de experiencias desde que recuerdo. He estado abierta a probar cosas nuevas.
Mi primera vez, por ejemplo, fue con un hombre casado que conocí cuando
tenía 15 años. Aunque nos confesamos las ganas, no hicimos nada hasta que
nos reencontramos un par de años después. Como formaba parte del mismo
círculo de amigos que mi padre, lo vi en una fiesta con su mujer.
Ella estaba durmiéndose en la silla y él no paraba de verme desde el otro lado
del salón. Por supuesto que estaba nerviosa, pero lo disimulé un poco al
tomarme un trago de lo que tuve cerca. Tosí y sentí un impulso que me llevó
hasta donde se encontraba. Le rocé el hombro y fuimos hacia una de las
habitaciones que había.
Cuando cerró la puerta tras él, mi corazón latía demasiado rápido. Tanto que
pensé que sufriría de un infarto. Se acercó a mí y me tomó por la cintura y me
besó. Lo hizo con fuerza, con determinación.
No paré de gemir gracias a que sus caricias se pasearon por todas partes. Mis
caderas, mi espalda, mis pechos. Su lengua se adentró en mi boca para buscar
la mía. Mordió mis labios y hasta me los rompió un poco. Allí presentí que el
dolor era un buen compañero del placer.
Bajó el cierre de mi vestido y me llevó suavemente a la cama. Su mirada
mezclaba ansiedad y también emoción. Supongo que yo también sentí lo mismo
aunque más bien estaba curiosa. Veía todo como una aventura.
Me dejó desnuda y me acosté. No mentiré, hubo una parte de mí que quiso
salir de la habitación. El miedo pareció abrumarme hasta que sentí la boca de
ese tío en mi coño. Tuve que taparme la boca con ambas manos para reprimir
los gritos que aquello me produjo. No hay sensación comparable con eso.
Cerré los ojos y sentí su lengua dentro de mí, moviéndose, al mismo tiempo
que le escuchaba chupar intensamente. De vez en cuando lo miraba y él sólo
me respondía con una sonrisa malévola.
Siguió comiendo de mí hasta que se levantó y se desvistió. Cuando estuvo
desnudo, pude ver su pene. Se veía grande y grueso y temía el dolor que iba
sentir. Eso era algo que mis amigas y yo del colegio hablábamos, así que
estaba un poco aprehensiva.
Por supuesto que no conté con el hecho de que él era un hombre mucho más
experimentado que yo, así que pensé que era el paso obvio, resultó otra
sorpresa. Tomó su mano y comenzó a masturbarme. Primero introdujo y dedo y
luego dos, poco a poco a pesar que lo veía contenido entre sus ganas. Cuando
los introducía y los sacaba, se los lamía para volver a meterlos. Es una imagen
que aún hoy me produce la piel de gallina.
Volví a perderme en la excitación hasta que sentí que él se preparaba para
penetrarme. Le tomé de los brazos y él se inclinó hacia mí. Me besó y
finalmente lo sentí. Su pene entró en mí.
Paralelamente sentí una mezcla de dolor agudo y un placer infinito. En la
misma cantidad o un poco de una y mucho de la otra. Era algo que todavía no
me queda claro. Él se quedó allí un rato hasta que comenzó a moverse. Al
principio lo hizo con cuidado hasta que poco a poco fue un poco más rápido e
intenso.
Mis piernas no paraban de temblar, su boca estaba anclada en mi cuello y sus
dientes mordían la piel que estaba allí. Me despedazaba por dentro y por
fuera.
Siguió follándome hasta que rodeé su espalda con mis piernas, quería que
estuviera más dentro de mí. El calor de nuestros cuerpos se volvió intenso y
delicioso. En un punto, experimenté algo que hasta después supe se trató del
orgasmo. Puse los ojos en blancos y me agité con fuerza. Él siguió
penetrándome con fuerza hasta que sentí que me deshice entre sus brazos. Las
cosas se tornaron oscuras, un negro cerrado para quedar desconectada de la
realidad.
Al poco tiempo abrí los ojos y me encontré con su cuerpo a mi lado.
-¿Estás bien?
-Sí. ¿Qué sucedió?
Aún veo esa sonrisa descarada.
-Tuviste un orgasmo.
Al terminar de decir esto, volvió a colocarse sobre mí y me folló con más
fuerza que la primera vez. De nuevo, tuve que hacer el esfuerzo por no gritar
como loca. El pene de ese hombre me producía cualquier cantidad de
espasmos y placer, claro.
Estuvimos allí un rato. Al terminar, me levanté para lavarme. Por suerte, las
sábanas no se mancharon demasiado. Él quiso hacerlo conmigo dentro de la
pequeña ducha y tuve que decirle que no. De seguro su esposa lo estaría
buscando como loca y era mejor que lo encontrara con la excusa de que había
bebido de más y que la disculpara por eso.
Salió de la habitación un poco molesto pero me dio igual. Él sólo fue un medio
para introducirme a esto del sexo.
Días posteriores, me buscó como loco. Incluso estableció negocios con mi
padre como una excusa para tenerme cerca. No sé cómo hice para quitármelo
de encima.
Lo cierto es que ese encuentro me marcó para siempre. Después de él, estuve
con un chico que estudiaba en el mismo colegio pero era un año mayor que yo.
Nos veíamos en los pasillos pero no se nos ocurrió acercarnos salvo por la
fiesta de fin de curso.
Estaba sola, sentada en las gradas, fumando y burlándome internamente de
estos rituales tontos adolescentes. Él se me acercó con un vaso de ponche.
Recuerdo que hizo una especie de broma al respecto porque reí un poco.
Estuvimos hablando un rato hasta que pusieron una canción lenta. Nos
miramos fijamente hasta que se acercó y nos besamos. Sus labios me supieron
a dulce y supongo que eso fue gracias al ponche. Aunque había profesores y
monjas en todo el lugar, parece que nos ignoraron por completo.
El hecho es que me tomó la mano y salimos de allí. Nos montamos en su coche
y dimos vueltas por la ciudad. La noche estaba hermosa, la luna se veía grande
y brillaba como si fuera de día.
Dimos más vueltas hasta que aparcó en un estacionamiento vacío. Como el
coche esta descapotable, abrió el techo y los dos quedamos bajo las estrellas.
Volvimos a mirarnos y supe lo nervioso que estaba, así que fui hacia su regazo
y le bajé le cierre con cuidado.
Tomé su pene con suavidad y lo masajeé un poco. Supongo que tuvo una cara
de sorpresa porque sentí que se sobresaltó. Eso me dio un poco de risa porque
me hizo recordar el miedo que experimenté en mi primera vez.
Ese fue otro momento cumbre para mí, mientras le masajeaba, experimenté lo
duro que estaba su pene, incluso pude ver cómo su glande estaba empapándose
cada vez más. Era un espectáculo para la vista.
No pude aguantar más y me incliné hacia su pene y lo besé un poco. Volvió a
estremecerse y me lo introduje en la boca por completo. El pobre chico estaba
que no podía más. Incluso me tomó por el cabello para que fuera más rápido y
así lo hice. Continué hasta que le escuché decir:
-No puedo más.
Lo miré con toda la lujuria dentro de mi ser y esperé a que eyaculara en mis
boca. Mis labios quedaron empapados de su semen. Relamí un poco para
saborear un poco. Volví a verlo y nos reímos un poco. Era como si
acabábamos de hacer una travesura.
Desde ese día, los dos éramos inseparables. Puedo decir incluso que me
enamoré de él aunque no estoy muy segura de ello. Pero, como suele suceder,
me aburrí y lo dejé. Por suerte, ese año terminó muy rápido y supe más tarde
que se había ido muy lejos a estudiar en una universidad. Suspiré de alivio.
Mis aventuras no terminaron allí, también me relacioné con una chica que
vivía en nuestra urbanización. La primera vez que la vi quedé impresionada
por su belleza, de hecho, no era la única. Quien la viera, quedaba prendado de
inmediato.
A primera vista no quise prestarle atención pero luego me di cuenta que
también le gustaba. Al cabo de unos días, ya estaba sobre su cama, comiéndole
el coño y haciéndole llegar tantas veces como quería. Sin duda, fueron unos
meses deliciosos e intensos.
La lista se amplió cada vez más. Nunca tuve interés en coleccionar amantes
pero sí llegué a pensar que tenía unos cuantos. Quise darme la oportunidad de
vivir experiencias y no quedarme siempre en lo mismo; eso también me dio la
oportunidad de juntarme con gente de todo tipo y conocer toda clase de gustos
y estilos de vida.
A veces pienso que eso también fue porque en casa las cosas eran diferentes.
El ambiente pesado era suficiente para escaparme unas cuantas horas de esa
realidad. Cualquier distracción era bienvenida.
La decisión de mi padre de usarme como moneda de cambio era algo que de lo
que le creí incapaz. Sí, era corrupto. Corrupto en todo el sentido de la palabra,
sin embargo no pensé que fuera tan lejos.
… Quisiera huir tan lejos como fuera posible.
II
Después de esa noticia, mi padre me dio una advertencia muy clara:
-Erik es un hombre de poder. Debes tener cuidado y procurar no exacerbar tus
instintos rebeldes. A él no le gusta eso.
Permanecí callada, pensando que todo esto quizás se trataba de un sueño. De
uno muy malo. Aquella ilusión, sin embargo, se rompió en mil pedazos al
darme cuenta que no era así. Él continuó hablando como si hubiera aceptado la
misión alegremente. Por supuesto no era así.
-Tienes que hacerlo bien. De lo contrario nos podría ir mal.
Francamente me daba igual perder todo. Ese imperio que mi padre construyó
en base a mentiras y chantajes, era un burdo montaje. Sabía que el cualquier
momento esa casa de naipes caería con el viento.
Me levanté de la mesa y me fui a mi habitación. Encendí un cigarro, de esos
mentolados porque son mis favoritos y encendí la laptop. Esperó un rato más.
En esos minutos me percaté que había fumado increíblemente rápido y que ya
me encontraba encendiendo el segundo con mucha naturalidad.
La velocidad de esta acción menguó un poco cuando introduje el nombre de
Erik en el buscador. Inmediatamente apareció una serie de imágenes de él en
todas las formas posibles.
En unas estaba acompañado por modelos y actrices de Hollywood. Ellas
sonrientes y él todo galante. Unas cuantas aparecía solo haciendo un gesto para
las cámaras. Las restantes eran imágenes en donde se le veía en fiestas y
reuniones en la alta esfera de la política.
Fui un poco más allá y encontré que era un hombre importante y misterioso.
Los tabloides lo calificaban como el soltero del momento, aunque en la prensa
de economía, la mayoría de los artículos lo vinculaban con redes menos
lícitas. Pensé en mi padre y en la deuda. Sentí una punzada en el estómago y la
ira me hizo encender un tercer pitillo.
-Maldita sea.
Seguí investigando pero después volví en las imágenes. Lucía alto, moreno,
con el cabello negro aunque casi rapado. Los ojos verdes lucían penetrantes e
intimidantes. Además, era alguien que se vestía bastante bien. Fuera verano o
invierno, Erik tenía estilo.
Esa foto me dejó perpleja. Fue tomada como si hubiera estado muy cerca de
él. Casi podía sentir que estábamos frente a frente. Me pregunté si él hizo lo
mismo conmigo. Si se dispuso a investigar sobre mí y sobre mi vida. Si sabía
que mi madre había muerto y que mi hermano se autoexilió. Si mis fotos se
verían en Internet y si me había convertido en el objeto del deseo. Si no fuera
así, podría correr con la suerte de liberarme de esta obligación.
Pasaron los días y se acercó el momento de conocernos. Nos veríamos en una
fiesta en donde se congregarían las personalidades más importantes de la
ciudad.
Si quería salvar el pellejo de mi familia, tendría que hacer el esfuerzo de
verme bien, o al menos lo suficientemente seductora para él. Entonces, luego
de un buen rato en la ducha, salí y fue hacia el clóset. A pesar de los jeans
rotos, las camisetas de bandas de rock o con estampados de cuadros, tenía una
bonita selección de vestidos.
Tomé uno de color amarillo intenso el cual iría bastante bien con mi color de
piel. Era escotado en la espalda y tenía una raja en la pierna derecha. Gracias
a ello, se pueden ver los tatuajes. Las tiras finas servían para enmarcar mi
espalda y hombros. Estaba cobrando un aspecto casi como femme fatal.
Como hacía poco me había cortado el cabello bastante corto, no perdí
demasiado tiempo en arreglármelo, más bien me concentré en el maquillaje.
Ojos ahumados y labios de color rojo. Lo último fue colocarme un par de
sandalias altas de color negro. Estaba lista para enfrentar la batalla.
-Vámonos.
Nos fuimos en el Alfa Romeo como pretendiendo que las cosas estaban mejor
que nunca. Él quiso entablar una conversación pero no quise. Le respondí con
monosílabos y sin intención de extender innecesariamente la interacción. Tuve
suficiente con tener que compartir los minutos incómodos antes de llegar a la
fiesta.
Llegamos y nos dimos cuenta de la concurrencia. No pensé que sería así
porque imaginé que se trataría de una reunión de peces gordos. Aparcamos en
la entrada y enseguida se apareció un valet. Tomó las llaves del coche
mientras que nosotros subimos la escalinata hasta la entrada. Allí se
encontraba un par de guardias y una chica con aspecto amable quien se
encargaba de revisar las invitaciones.
Luego de un saludo formal, nos topamos con un recibo y una sala amplia
repleta de gente. Mujeres hermosas con joyería fina, hombres con trajes
costosos, mesones con comidas de todo tipo. Los meseros iban y venían con
bandejas de tragos, así que aproveché en tomar una copa de champaña
mientras trataba de localizar al objetivo.
-Erik debe estar por aquí.
Tomó mi brazo y me guió hasta el centro del lugar. Una gran araña con
pequeñas luces, colgaba del techo. La luz tenue hacía que el ambiente luciera
cálido y hasta sensual. Mi padre fue interceptado por un tío que no reconocí
así que aproveché para seguir mi camino como un acto de exploración.
Muchos rostros me resultaron familiares así que presumí que allí se
encontraba de todo. Seguí caminando hasta que lo vi. Estaba conversando con
un par de personas con bastante animosidad. Tomé casi por completo la
champaña para contar con un poco de fuerza en mi interior. No sabía por qué
estaba tan nerviosa.
A medida que me acercaba, el corazón parecía que se me iba a salir del pecho.
Me sentí confundida porque no sabía a qué se debía.
Fui entonces hasta la barra y fingí que pedía algo para tomar. Me apoyé un
poco para que viera mi espalda o mis piernas. Giré y sentí que sus ojos
estaban sobre mí. Lo interpreté como una victoria.
Dejó de hablar con el grupo y se acercó a mí.
-Hola…
-Hola. ¿Cómo estás?
Le respondí con toda la picardía posible.
-¿Sabes? Hay algo que no entiendo.
-¿Qué será?
-¿Cómo una mujer tan hermosa puede estar sola? Es algo que no cabe en mi
comprensión.
-Es una pregunta interesante pero es probable que eso sea así porque está
esperando a encontrarse con el hombre correcto. ¿No crees?
Bebí un trago de vino blanco mientras me veía los ojos. Sentí que me
atravesaba con ellos.
-Me llamo Erik. Mucho gusto.
-El placer es mío. Carol.
Nos estrechamos las manos y sentí una especie de electricidad que me
recorrió el cuerpo. Nunca sentí algo así.
En ese momento, apareció oportunamente mi padre. Salió de no sé dónde y se
interpuso entre los dos.
-Erik, querido. Ella es mi hija. Ya veo que los dos se están conociendo. Qué
agradable sorpresa.
Le lancé una mirada de odio que no pude evitar.
-Sí. Estábamos de unas cuantas cosas.
-Perfecto. Por cierto, ¿podemos hablar del asunto del que conversamos el otro
día? Creo que es pertinente.
-Seguro… Carol, espero que tengamos oportunidad de encontrarnos luego.
-Me encantaría.
Los dos se fueron a un lado del salón mientras que yo me quedé en el mismo
lugar. Estando allí, traté de reflexionar sobre mis sentimientos.
Por un lado, Erik me produjo un impacto que casi me estremeció. No sé si
fueron sus ojos verdes o la fuerza que transmitió cuando me estrechó la mano,
la sonrisa blanca y brillante o el porte cuando se acercó a mí. Cualquier cosa
pudo detonar este deseo que no sé cuándo nació.
Vi que seguían hablando por lo que decidí caminar hasta otras escaleras que
parecían conducir a la piscina. Allí había un ambiente un poco más festivo. Se
encontraba un DJ y un par de chicas guapas que repartían chupitos de tequila y
vodka.
Una serie de mesas rodeaban la gran piscina. A un lado, incluso se encontraba
un jacuzzi para los más aventureros. Por mi parte, preferí seguir caminando
hasta que me topé con un pequeño jardín con vista a la ciudad. Las luces de
los edificios, casas y coches parecían pequeñas estrellas en la tierra.
Estaba embelesada con el panorama hasta que sentí el calor de alguien. Giré y
vi el perfil de Erik.
-Linda vista, ¿no crees?
-Sí. Es hermosa. Esta ciudad tiene algo que parece magnético.
-Coincido. Aunque no nací aquí, siento que siempre pertenecí a este lugar.
Creo que suena un poco tonto.
-Para nada.
Me sonrió y sentí que el mundo se movió debajo de mis pies.
-¿Qué te ha parecido la fiesta?
-Un poco formal para mi gusto. –Reí.
-Lo presentí. Espero que no estés aburrida.
-Con tu compañía lo dudo mucho. Pero creo que estás muy ocupado.
-Un poco, sí. Cansa un poco esto de estar saludando a los contactos, pero
forma parte del trabajo.
Estuve tentada en preguntarle cómo había conocido a mi padre, sin embargo,
las palabras no salieron de mi boca. Estaba más bien concentrada en ese
rostro que me tenía hipnotizada. Sentí que cualquier cosa que me pidiera, se lo
cumpliría sin importar qué.
-Te confesaré algo, aunque creo que no me lo creerás.
-Pruébame.
-Llamaste mi atención apenas entraste a la fiesta.
-Es broma, ¿cierto?
-Para nada. Te soy muy sincero. Incluso pensé que no tendría tanta suerte,
quizás me pasarías al lado lanzándome al foso de la ignorancia.
No pude evitar soltar una carcajada. Él sonrió también y volví a quedarme
como estúpida, mirándolo. Sin duda era guapísimo.
-Pero aquí estamos. Hablando y pasándola bien.
-Tu compañía ha hecho que mi noche cambie por completo.
Erik sabía cómo seducir a una mujer. Decía las palabras correctas y en el tono
correcto.
Pude notar además que se me acercó lentamente. De una distancia prudente,
casi pude sentir el calor de su aliento. Aunque no podía verme, sentí que mis
mejillas estaban sonrojadas. Hice un gran esfuerzo para disimular tanto como
pude.
Después de esas palabras no hubo más conversación, más bien nuestras
miradas parecían consumirse en una sola. Finalmente, Erik se acercó hacia mi
rostro y yo cerré los ojos. Quedé consumida por su perfume y por sus labios.
El beso fue suave pero al mismo tiempo intenso. Su lengua jugó con la mía por
un rato, incluso me mordió la boca. Nos alejamos de la baranda y justo en ese
momento, sentí sus manos sobre mi cintura. Me acercó hacia él, mientras que
mis brazos descansaron sobre los suyos. Pude sentir que su contextura era
fuerte y deseé por un momento hundirme en él.
Hice un ligero gemido hasta que recordé que estábamos en público, aunque, si
soy sincera, me hubiera dado igual ser penetrada por él en medio de la gente.
Que arrancara mi vestido con sus fuertes manos y que me lanzara al suelo para
que me hiciera suya las veces que le diera la gana. También tuve otra punzada,
recordé que ese acercamiento se debió a un pago y que yo, por ende, sólo era
una transacción que debía cumplirse.
Se alejó de mí, lentamente, hasta que acercó su boca a uno de mis oídos:
-Debo ausentarme. Prometo que nos veremos pronto.
Sólo asentí.
Nos volvimos a mirar y luego, a besar. Estuvimos un rato así hasta que giró su
cuerpo y se perdió en el grupo de gente que estaba dentro del gran salón. Yo
permanecí en el mismo lugar como si tuviera los pies enterrados sobre la
tierra. Luego me sentí lista para irme de allí y tratar de enfrentar la situación lo
mejor posible.
III
No supe nada de Erik por unos días. Estuve un poco ansiosa porque no supe si
lo había espantado por mi aspecto punk, muy diferente a las chicas que solía
frecuentar, o si hubo una palabra errada en toda la perorata que nos dijimos.
Recordé que no intercambiamos números aunque se me ocurrió que aquello no
resultaría demasiado difícil en un mundo como este. Todos estábamos
conectados.
No quise salir de la habitación para lidiar con los reproches de mi padre.
Quería pensar que aquel beso que nos dimos en esos jardines, había causado
el efecto deseado.
Cuando casi me quedo dormida, escuché el móvil. Lo tomé sin interés porque
probablemente se trataba de algún solitario pidiendo un poco de cariño. Mi
sorpresa y alivio fue cuando se trataba de Erik.
Leí el mensaje y fue como sentir que lo tenía cerca de mí. Pude imaginar el
rostro y la expresión de sensualidad innata. Los dientes blancos asomándose
sobre los labios tan perfectos, la nariz recta con un pequeño surco debido al
gesto, los ojos brillantes y hermosos, con ese fulgor que hacía sentir que era
capaz de atravesarte en cualquier momento.
Mi pecho volvió a latir con fuerza. Por una parte, quise rechazarlo ya que sólo
su recuerdo me hacía pensar en esa deuda odiosa de mi padre. Pero, por otro,
no podía olvidar el sabor de su boca ni el calor de mi cuerpo. Así pues que
dejé de darle largas al asunto y me le respondí.
-Hola. Pensé que ya te habías olvidado de mí.
-Imposible. Sucede que a veces los negocios me absorben y a veces pierdo el
sentido de la realidad. Por más difícil de creer.
-No lo dudo. No lo dudo.
-¿Sabes? Siento que debemos retomar lo que quedó en la fiesta. ¿Qué te
parece si cenamos hoy y hablamos al respeto?
-Me encantaría. ¿En dónde nos vemos?
-Hay un restaurante japonés que abrió hace poco. Dicen que es un lugar
hermoso. ¿Te apetece ir?
-La comida japonesa es mi preferida.
-Excelente. Parece que vamos en buen camino. Pasaré por ti a las 9:00 p.m.
-Vale, llámame cuando estés cerca.
-Seguro… Ya estoy ansioso por esta noche.
Colgué el móvil y sentí como si tuviera una especie de corriente en el cuerpo.
Su voz se sintió lenta, sensual, grave. Sí, era como tenerlo a mi lado.
Luego de unas horas, comencé a prepararme para la cita de esa noche. Como
hacía un poco de frío, opté por unas medias negras, shorts vaqueros y un suéter
tejido de color gris; unos Dr. Martens rojo oscuro y una bufanda por las dudas.
A medida que me arreglaba, pensaba sin parar. Pensaba en lo que sería mi
destino si dejaba el delineador negro sobre la mesa, tomaba un bolso y salía
corriendo de allí. Total, la deuda no era mía y podía mezclarme en las cientos
de almas que vivían en la ciudad.
La idea me seducía cada vez más. Sabía cómo y por dónde salir, sabía burlar a
los guardias y la seguridad de la casa. No importó las veces que me escapé,
mi padre no cambió los códigos. Sentía que la tentación era una especie de
tentáculo suave que me envolvía la cabeza. Sólo tenía que decir sí y dejar lo
que estaba haciendo.
… Pero no. No lo hice. Aunque sentía la repulsión del deber, también estaba
intrigada por lo que él tenía para ofrecerme. Erik tenía un imán y yo era el
trozo de metal que giraba alrededor. Era fuerza era inevitable.
Terminé de arreglarme y casi al instante sonó el móvil. Salí de la habitación y
eché una ojeada hacia el interior. Todo estaba oscuro salvo el resplandor de la
televisión que se reflejaba sobre el pecho de mi padre. Suspiré de la rabia y
de la indignación. Ya tendría tiempo para pensar en eso.
Al cerrar la puerta, me fijé en la tranquilidad de la noche. El ronroneo de los
motores del coche de Erik era lo único que rompía con ese silencio. Era un
Lamborghini. Lo supe porque vivir rodeada de matones y mafiosos con gustos
caros, puede enseñarte mucho de cosas como esas.
Bajé los pocos escalones de cemento y me encaminé hacia el coche. Justo en
ese momento, lo vi bajarse con los ademanes de un tipo seguro de sí mismo.
Tenía un traje negro y una camisa blanca sin corbata. Apoyó su cuerpo sobre la
puerta del conductor y me miró fijamente. A medida que me acercaba, parecía
sonreír más y más. No pude evitar responderle con lo mismo. Incluso me
sonrojé. Estoy segura que fue así.
-Vaya, me siento como el tío más afortunado de la ciudad. Qué bella estás.
-Muchas gracias. Tú no te quedas atrás.
-Bah. Claro que no.
Puso sus manos sobre mi cintura y me llevó hacia él, tal cual lo hizo el día de
la fiesta. Apoyó su frente sobre la mía y luego me besó. Al principio fue suave
hasta que después se volvió intenso. Muy intenso. En ese momento, mientras
estábamos allí, descubrí ese poder de Erik. Él era capaz de hacerte sentir que
te encontrabas en otra galaxia, en un mundo aparte y que todo giraba alrededor
de ti.
Pude quedarme con esa impresión pero luego pensé que tendría una lista de
mujeres, locas por él, y que de seguro les habrá dicho lo mismo. Me aferré a
esta idea porque resultó ser lo mejor, yo era un pago y él el consumidor. Así
tenía que verlo.
Tuvimos que despegarnos porque en cualquier momento, dejaríamos el pudor
y follaríamos en medio del asfalto, sin importar las habladurías. Me llevó
hacia la puerta y la abrió con gesto caballeroso. A veces me costaba aceptar
estas cosas por mi personalidad pero luego me entregué a eso.
El suave olor a cuero me invadió y me hizo sentir que costaba un millón de
dólares. Además de eso, observé los detalles finos y delicados del tablero y el
volante. Todo lucía tan limpio, tan impecable que me dio miedo hasta de
respirar.
Más tarde él se subió y quedamos juntos. Puso la mano sobre el cambio de
velocidades y luego sobre mi muslo. Hablaba sobre reuniones y fiestas hasta
que me apretaba con la mano. De alguna manera me hacía entender que algo
que me costó al principio en responder.
Nos detuvimos en un semáforo, a pocas calles de llegar al restaurante. Apoyó
su cabeza sobre mi hombro y luego fue hacia mi cuello. Sentí sus labios en mi
piel y sentí que esta se me ponía de gallina.
Repartió unos cuantos besos e incluso mordidas. Mientras lo hacía, cerré los
ojos y pude sentir que de nuevo me trasladaba hacia otro lugar. Sólo deseaba
que me consumiera ese fuego que sentía en sus labios.
La magia duró exactamente los 60 segundos del semáforo. Me desperté de ese
ensueño. A pocos minutos ya nos encontrábamos en la entrada del restaurante,
siendo atendidos por un valet que iba y venía velozmente.
Salimos e inmediatamente me tomó de la mano. Llegamos a la puerta y pude
notar la fila de gente que estaba esperando por una mesa. De inmediato pensé
que no tendríamos oportunidad de sentarnos hasta que Erik intercambió unas
pocas palabras con el anfitrión.
-Por supuesto, señor. Acompáñenme.
Trajo consigo un par de menús y nos condujo a través de la gente. Sentí sobre
nosotros esas miradas de desaprobación. Incluso yo lo haría.
-¿Qué le parece esta mesa, señor?
-Perfecta.
Nos ubicaron en una esquina del restaurante, alejados del bullicio y de la
barra principal la cual se encargaba de servir platillos al instante.
-Hoy elegiremos a la carta. Creo que disfrutaremos mejor el menú. ¿Te
parece?
Asentí.
-Excelente elección, señor. ¿Apetecen sake, vino?
-Sake caliente. Creo que la noche se presta para eso.
El mesero retornó hacia la muchedumbre y los dos nos quedamos rodeados de
ventanales y de una luz tenue proveniente del techo. La música era suave y, a
pesar de la cantidad de gente, el ambiente era tranquilo.
No esperé encontrarme en un sitio como ese. Por lo general los chicos me
invitaban a alguna discoteca de mala muerte, bebíamos tragos de licores
baratos y terminábamos retozando en algún hotelucho. Pero aquí me
encontraba, con uno de los tipos más poderosos de la ciudad. ¿Qué más podía
pedir?
-La selección es exquisita. Creo que te gustará el sake, ¿o ya lo probaste?
-Oh, no, no. De hecho creo que desentono un poco con el lugar. Todo se…
pues, tan elegante.
-No digas eso. ¿Quieres que te diga un secreto?
Se acercó hacia mí hasta que casi sentir el roce de sus pestañas sobre las
mías.
-Vayas a donde vayas, de seguro robas la atención.
Me reí por el comentario. Luego de eso, nos sirvieron un poco de sake que
acompañó a un caldo hecho con miso.
-Como la noche es fría, esto será la entrada perfecta.
La presentación era un espectáculo. En el medio del pocillo, había una
pequeña flor que se abrió al contacto del caldo caliente. No pude evitar tener
una expresión casi infantil porque hasta el mismo Erik sonrió al verme.
-Sí. Yo también me puse como un niño cuando lo vi.
Comenzamos a probar la entrada y los sabores eran simplemente sublimes.
Después, nos sirvieron piezas de pescado y mariscos muy frescos con arroz
aromatizado con jazmín. Cuando presentaron el pescado asado, yo sentía que
no podía más.
-Esto es un banquete.
-Lo es. Este es uno de mis lugares favoritos. Lo genial es que no importa si hay
mucha gente, siempre te atienden con esmero.
-Bueno, me imagino que eres uno de los clientes especiales.
Al terminar de decir estas palabras, fue cuando realmente medí las
consecuencias. Por si fuera poco, dejé escapar el sarcasmo con que suelo
acompañar lo que digo. Esperé lo peor y hundí mi cabeza sobre ese pescado
que parecía esperar por mí.
-Tienes razón. El poder que tengo viene con responsabilidades y con
beneficios. Por ejemplo, el comer aquí… Tú.
Lo miré fijamente.
-Sí. Tú. –Se acercó lentamente a mi rostro. –Sabes muy bien qué haces aquí y
lo que hacías en la fiesta. No quería tocar el tema pero ya que lo mencionaste
indirectamente, bien, lo aprovecharé.
Una especie de fuego nació en la boca del estómago para esparcirse por todo
mi cuerpo.
-Tu padre me debe una cuantiosa cantidad de dinero. Cuando se lo pedí, se
humilló a sí mismo para que le diera más tiempo. Fue allí cuando pensé que él
tenía una hija, así que pensé que sería una buena idea pedir a cambio un poco
de diversión. Le planteé la solución y la aceptó de inmediato. Por supuesto,
Carol, esto dependerá de tu desempeño, así que tendrás que hacer tu mejor
esfuerzo, ¿vale?
Justo en ese momento, se acercó el anfitrión para preguntarnos si todo estaba
bien.
-Sí. La cena está estupenda. No pude esperar menos del chef. Por favor,
mándeme mis felicitaciones.
-Enseguida, señor. Permiso.
Mantuve la mirada sobre el plato. Tuve la tentación de tomar el vaso de agua y
echárselo a la cara. Pensé en tantas cosas que ahora no recuerdo. Sólo me
quedó respirar con fuerza porque al menos así controlé las lágrimas que en
algún momento llegaron a asomarse.
Seguía escuchando el sonido de los palillos y sobre el plato hasta que se
detuvo.
-No quise tocar el tema. Insisto.
Alcé la mirada y me encontré con su rostro. Estaba neutral, inexpresivo. Su
actitud me hizo entender que para tener éxito en el mundo de los negocios
parece que había que ser un gilipollas. Aparté el plato de mi vista y no quise
seguir comiendo. Todo me calló como un balde agua fría.
Pensé en mi padre, en su estupidez, en la falta de hombría por defenderme.
Pensé en Erik en su capacidad de usar el poder para manipular a otros. Si así
era mi caso, no quería imaginar lo demás.
Me levanté de la mesa y me dirigí al mirador que tenía el restaurante. La
ciudad se veía brillante, hermosa. Yo me sentí mínima y traté de animarme.
Fue inútil. Al poco rato, sentí la presencia de Erik a mi lado.
-Mi intención era que pasáramos una noche agradable.
Seguí sin contestar.
-Lo siento.
Quise pensar que lo decía de verdad, que no fingía. Pero daba igual. El tío
dijo una verdad y no podía echarse para atrás, así que no quedaba más
remedio que asumir la situación. Tenía que servirle según sus deseos.
-¿Regresamos?
Asentí.
Volvimos a la mesa y ya estaba frente a nosotros dos pequeños bols con un par
de bolas de helado.
-Menta y bambú. El final perfecto para la cena. –Dijo el mesero con un tono
alegre.
Bebí un trago de sake y me devoré el helado. Creo que ni saboreé.
Erik pidió la cuenta en un ambiente tenso. Moría por irme a casa pero
inexplicablemente tampoco quería ir. Era encontrarme en dos aguas. En dos
disyuntivas.
-Quiero llevarte a otro lugar.
-Vale.
Pareció animarse debido a mi respuesta. Entonces pisó el acelerador del
coche y nos encaminamos a un lado de la ciudad que era completamente
desconocida para mí.
Ascendió a una colina y manejó por el camino oscuro por un buen rato. Incluso
llegué a pensar que sería víctima de un enjuiciamiento gracias a mi acto de
pseudo rebeldía. Finalmente, aparcó en la cima y nos bajamos. Me había
llevado hacia la costa.
No visitaba ese sitio desde que era niña, así que me sentí nostálgica y
emocionada. Podía ver el faro rojo a lo lejos, iluminando la superficie
tranquila del agua. Había un par de chicos corriendo e incluso parejas
sentadas en los bancos. Para ser un lugar tan hermoso, en realidad había poca
gente.
Me acerqué a la baranda, cerré los ojos e inhalé. Llené mis pulmones del
aroma del mar y me sentí inmediatamente relajada. Casi olvidé el impasse que
tuvimos.
-¿Qué te parece?
-Es precioso. Tenía mucho tiempo sin venir.
Erik no parecía el tipo de hombre que pedía disculpas o que se sintiera mal
por haber sido extremadamente duro. Lo cierto es que tenía una mirada
diferente. No lo sentí desafiante ni frío, sino incluso amable y casi cariñoso.
Poco a poco se acercó a mí hasta que volvió a hacer lo mismo cuando íbamos
hacia el restaurante. Colocó sus labios sobre mi cuello y sentí el aire caliente
de su respiración. Su brazo rodeó mi espalda y quedé envuelta en su cuerpo.
Siguió moviendo sus labios hasta que sentí su lengua.
Lamió suavemente, incluso sentir sus dientes clavándose en mi piel. No
aguanté más y me volteé para verlo. Sonreía con ese gesto malicioso y me le
fui encima. En ese momento, estando en sus brazos, olvidé todo. Olvidé que
era un juguete más, olvidé que sólo estaba para satisfacer sus necesidades,
olvidé la rabia. Nos besamos con pasión porque nadie más existía salvo
nosotros.
Me volví adicta a sus caricias. Tenía un modo de hacerlas que me hacía
preguntarme si él realmente existía. Estaba embebida por el aroma de su
cuerpo, por la fuerza de sus miembros, por el sabor de sus labios, por la
intensidad de su lengua en búsqueda de la mía.
Comencé a gemir, a sentir el calor de mi coño y la humedad de la excitación,
moría por abrir las piernas y recibirlo allí. Cuando estuve a punto de
pedírselo, me dijo al oído:
-Mejor vamos a mi casa.
Tomó mi mano con fuerza y nos metimos en el coche. Estando allí, volví a
besarlo con más fuerza que cuando estábamos afuera. Instintivamente, mis
dedos comenzaron a jugar con su bulto el cual lo sentí muy duro. Lo rocé
suavemente mientras lo veía a la cara, quería que se diera cuenta que lo hacía
con placer. Genuino y puro.
Bajé el cierre y esperé a que me detuviera, pero no, esperó a que yo
continuase y así lo hice. Me adentré a esa frontera impuesta por el pantalón y
la ropa interior. Fui un poco más allá y finalmente lo encontré como si
estuviera esperándome. Ese pene duro y grueso, el glande palpitante, húmedo.
Mi boca se hizo agua.
Me incliné inmediatamente hacia él y comencé a chuparlo con fuerza, con
desesperación. Al principio me costó un poco, no mentiré. Sin embargo,
estaba decidida a tenerlo todo en mi boca. Por completo. Sentí unas cuantas
arcadas hasta que finalmente lo logré. Estaba dentro, tanto, que creo que llegó
hasta mi garganta.
Permanecí un rato así, quieta, hasta que empecé a hacer un movimiento
ascendente y descendente. Suave al principio y luego más fuerte y rápido. Su
mano descansó sobre mi cuello, apretándolo a medida que lo metía en mi
boca. Después de un rato, decidí masturbarlo mientras mis labios se
concentraron sobre el glande. Seguía chupándolo mientras mi mano lo
apretaba.
Por supuesto que lo sentí más duro, incluso me jactaré en decir que le hice
gemir. Aquello me dio una sensación de victoria por lo que continué. De vez
en cuando lo miraba a los ojos. Cuando retomé la faena, Erik pisó el
acelerador hasta el fondo.
Me concentré tanto en lamerlo que él tuvo que tomarme con fuerza para
decirme que ya habíamos llegado a su casa.
Me incorporé rápidamente y acomodé mi ropa, él hizo lo mismo y hasta
respiró por unos segundos. Volteó a verme y me tomó de nuevo por el cuello.
Me presionó sobre el asiento y me besó.
-Eres una niña mala, lo sabes, ¿verdad?
Apretó un poco y apenas pude asentir.
No puedo describir esa sensación de poder que percibí a través de su mano
sobre mi cuello. Mi coño palpitó con fuerza y hasta pude sentir un hilillo de
mis fluidos recorriendo el interior de mis muslos.
Nos bajamos sonrojados y excitados. Por suerte, no había nada en el
estacionamiento por lo que tomamos uno de los elevadores sin problema. Al
cerrarse las puertas, me colocó delante de él para que mis nalgas sintieran la
dureza de su pene.
Sus manos se acomodaron sobre mis caderas al mismo tiempo que las movía
para excitarnos más. Apoyé mis manos sobre las suyas. El sonido del
elevador, nos avisó que habíamos llegado al piso.
Salimos al pasillo y quedé impresionada por el piso y las paredes de mármol.
Todo lucía tan limpio e impecable que daba miedo respirar siquiera.
Erik sacó una tarjeta de su traje y la pasó por un lector al lado de la puerta.
Marcó rápidamente una clave y se abrió la puerta. Me dejó pasar y di unos
cuantos pasos. Se trataba de un penthouse pero quizás el más lujoso que había
visto. Además, no lucía de mal gusto sino todo lo contrario.
El suelo era de parqué lustroso, los muebles tenían un aspecto minimalista y
las paredes sólo tenían lo necesario en ellas. Algunas sólo estaban decoradas
con arte, lo que encontré interesante.
Caminé unos cuantos metros más para encontrar una amplia sala conectada con
una cocina con artefactos que hubiera envidiado cualquier chef. Apostaría que
Erik no sabe manejar la mitad de los mismos.
Aunque todo era hermoso, no había nada que fuera personal. No había fotos, ni
recuerdos de nada. Me dio la sensación de ser una caja impersonal que servía
de dormitorio para todos los días.
Esa impresión se esfumó de mi mente cuando sentí el contacto de algo frío
sobre mi brazo. Resultó ser una copa de vino blanco que Erik me había
servido.
-Salud. Para que dejemos en el pasado aquellas cosas incómodas.
-Saludo.
Bebimos un trago. El sabor dulce abrazó mi garganta y pude sentir que me
volvía un poco más suelta gracias al alcohol.
-Este lugar es hermoso.
-Sí. Lo es. Le puse mucho empeño para causar la impresión de hombre
interesante.
-Creo que no es necesario pero creo que esto le da el toque final.
-Ven a ver esto.
Subimos las escaleras hasta que llegamos a un espacio completamente vacío y
despejado. Sin embargo, entraba una cantidad de luz impresionante. La luna
llena, irradiaba el lugar con ese brillo azul.
-Aún no sé qué colocar aquí. Parece una exageración que, viviendo solo, tenga
un espacio tan grande, pero así son las cosas… En fin. Este espacio se me ha
hecho difícil en particular. Realmente no lo sé. Sin embargo, es uno de mis
lugares favoritos del piso precisamente por esto.
Caminó por el lugar extendiendo los brazos.
-… Es como si pudieras permitirte ser libre. No sé si me entiendes. Además,
es tan agradable de día como de noche. Esta vez tenemos suerte.
-Es una noche preciosa. La luna parece hipnotizar.
-No. Eres tú quien lo hace, Carol.
Tomó mi copa junto a la suya y la colocó en una esquina de la habitación. Al
incorporarse, se quitó el saco y pude ver mejor la anchura de su pecho y
espalda. Ese hombre vino hacia a mí con un andar que casi me provocó un
infarto.
Sus manos fueron directamente hacia mi rostro. Conjugamos nuestros labios
con pasión, con fuerza. El desespero hizo que Erik me cargara y me llevara
hacia una de las paredes de la habitación. Mientras seguíamos en los besos,
pude ver cómo un rayo de luna bañó el color verde de sus ojos. Estaban más
oscuros, como si se escondieran una pasión tras ellos.
No sé en qué momento me quitó los zapatos ni el short. Lo único que supe era
que mis piernas estaban rodeando su espalda y que sus manos estaban sobre
mis muñecas. Tenía una gran fuerza porque me movía a su antojo. Por
momentos pensaba que iba a perder el equilibrio pero él de nuevo me tomaba
para que obviara ese detalle.
Me dejó en el suelo y luego nos dirigimos a una habitación. Supuse que era la
suya puesto que era de gran tamaño. La cama estaba sobre una alfombra
mullida. Frente a ella, estaba una chimenea y, sobre esta, una gran pantalla de
un televisor de última generación. Unos cuantos controles me hizo concluir que
era amante de los videojuegos. Me sentí más cómoda al saber que al final del
día, era un sujeto como cualquier otro.
Quise seguir explorando pero no tuve oportunidad. Él se sentó en la orilla de
la cama y me tomó entre sus manos. Acarició mi cintura y mis caderas, me
miró a los ojos y volvió a concentrarse en esos lugares.
-Qué divina eres…
Bajó lentamente mis medias para luego quitar el resto de la ropa.
El roce de sus dedos sobre mí, me hacía estremecer. A pesar de las noches y
los amantes, de los besos y de los sabores y de los sexos, ese hombre me hizo
sentir intimidada. Por lo general, soy bastante siento mucha seguridad sobre mi
cuerpo y suelo actuar en consecuencia, incluso tomar la iniciativa. Pero esta
vez no fue así, sólo quise dejarme llevar por él, que el sirviera de guía en todo
este viaje.
Quedé desnuda frente a él y al poco tiempo, su boca fue a parar a uno de mis
pechos. El otro quedó bajo el poder de su mano que no paraba de masajearlo,
apretarlo. Puse mis manos sobre su cabeza. Necesitaba apoyarme de algo o de
seguro caería al suelo.
Su boca me devoraba por completo, sus manos manoseaban a su antojo y era
tonto de mi parte reprimir los gemidos y los gritos. Él sabía cómo tocar a una
mujer, sabía cómo hacerla sentir suya con el roce de su boca, con la mirada.
Me dejó sobre la cama con hambre de más. Se desnudó rápidamente y pude
ver su pene. Estaba completamente erecto, duro, firme. Deseé ir hasta él y
comérmelo entero pero mi instinto insistió que debía esperar un poco más, así
que lo hice.
Erik se masturbó un poco y me excité aún más al ver cómo lo tomaba. Se veía
tan macho, como todo un semental. Las venas brotadas de su miembro se
confundían con la de sus manos y brazos. Sólo quería lamerlas hasta el
cansancio.
Dejó de tocarse para reunirse finalmente conmigo. Antes de sentirlo, se inclinó
hacia a mí y me tomó por el cuello como ya había hecho antes. Me susurró:
-Harás lo que te diga y cuándo te diga. Desde ahora eres mi esclava.
Mi coño palpitó con más fuerza gracias a esas palabras. Me hizo vibrar y
apenas tuve tiempo para asentir cuando su pene me abrió la carne. Mis piernas
comenzaron a temblar y cuando alcé la mirada, observé el brillo de esos
malvados.
Su pelvis chocaba contra la mía, aunque al principio sus movimientos eran
suaves. Sin embargo, al ganar más confianza, se apoyó aún más sobre la cama
y fue aún más profundo dentro de mí. Fue tal la sensación que no me quedó
más remedio que hundir mis uñas sobre su piel.
Él hizo un gemido de dolor por lo que se afincó aún más, lo que me produjo
que casi perdiera la consciencia. Algo que no pensé que sería posible.
Mientras seguía dentro de mí, me tomó por el cuello y lo apretó. Al mismo
tiempo me miraba y lo hizo con un fulgor tan intenso que casi creí perderme en
ellos. Incluso puedo decir que hubo instantes en que mi propia piel se
desintegró en pequeñas partículas que flotaban en el aire. Erik me hacía sentir
que mi ser era flexible e infinito.
Siguió sobre mí hasta que cambiamos de posición, me tomó por la cintura y me
colocó sobre él, estando sentado. Procuré introducirme el pene con cuidado
pero fue inevitable no sentir el grosor de su miembro.
Al estar así, incluso la sensación era más intensa. Traté de acomodarme lo
mejor posible y comencé a moverme. Dejé que mi cintura y mis caderas se
soltaran y tomaran el ritmo que quisieran. Con él me sentí como una amazona
conquistadora. Era una mujer poderosa y sensual.
Hubo un momento en que lo hice con tanta fuerza y rapidez que pude escuchar
un rugido de Erik. En ese momento, volvió a dejarme sobre la cama,
notablemente agitado y con el rostro colorado.
-Casi me haces llegar. Ahora te toca un castigo.
Sonrió para dejarme con la incertidumbre.
Poco después vino hacia a mí con unas cuerdas.
-Así que de esto se trata ser esclava –Pensé.
-Ponte en la orilla de la cama y apoya tus pies sobre el suelo, abriéndolas un
poco.
Mi torso y mis brazos quedaron sobre la superficie mientras que dejé el resto
de mi cuerpo quedara expuesto a él. Esperé ansiosamente hasta que sentí las
cuerdas cerca. Él juntó mis muñecas y las amarró con increíble destreza.
-Muévelas un poco.
Hice lo que me pidió y efectivamente casi las tenía inmovilizadas. Aun así,
podía moverlas un poco, lo suficiente como para no sentir claustrofobia.
Coloqué la cabeza de perfil para poder ver lo que sucedería después, sin
embargo, Erik apareció con un trozo de tela negra.
-Volvamos esto un poco más interesante.
Vendó mis ojos y pude sentir cómo la ansiedad recorría mi cuerpo. Lo que
pasaría después, estaría completamente a merced de Erik.
Respiré profundo y sentí una primera nalgada. Fuerte. Intensa. Dejó esa
sensación de picor y ardor. Después de esa primera, en la que deseé que
continuara, Erik me dio tantas más como pude soportar.
Incluso llegó el punto en que flexionaba mis piernas como un intento burdo
para olvidar el dolor. Por supuesto que eso no fue suficiente, por lo que
continuó haciéndolo hasta que paró. Supuse que su mano se había cansado. Yo,
por mi parte, estaba a punto de desvanecerme.
A pesar del ardor, los dedos de Erik rozaron mi piel con delicadeza. Lo hizo
durante un rato hasta que después besó mis nalgas. Incluso las lamió. En el
proceso, sus manos abrieron mi culo y su lengua fue directamente a mi coño.
Hizo que separara más las piernas pero, la verdad, se me hizo imposible. No
sé cómo pude lograrlo. Sus lamidas, mordidas y besos en mi vagina y hasta en
mi ano, fueron una especie de viaje indescriptible. No paraba de gemir.
Incluso creo que supliqué que me follara. Mis palabras las ignoró por
completo.
Él tenía un rasgo que le hacía destacar de otros hombres. Verán, la mayoría
suele ser, digamos, predecibles. Sin embargo, no pasaba lo mismo con Erik.
Tenía la cualidad de la sorpresa, por lo que se podía esperar cualquier cosa de
él.
Justo cuando estaba al borde de la desesperación, con los sentidos agotados
de tanto buscarlo, con la voz ronca de llamarlo, fue cuando sentí que volvió a
follarme pero con una intensidad superlativa.
Sus manos estaban aferradas a mi carne como si quisiera atravesarme.
Arqueaba mi espalda por el apoyo y, cuando se cansaba, se sostenía de mis
hombros para tener más impulso. Lo sentí tan adentro, tan caliente, que mi
cuerpo y el suyo seguro se fundieron.
Me follaba y me nalgueaba. Si quería cambiar, me halaba del cuello y hacía
que me levantara un poco, hasta que luego me echaba sobre la cama como si
fuera sólo carne y huesos.
Las ataduras en mis manos y brazos se sintieron como una prisión. Moría por
sostenerme de algo, moría por tocarlo y decirle que nadie me había hecho
sentir de esa manera. Pero las palabras no salían de mi boca, mis cuerdas
vocales se quedaron suspendidas en el tiempo, mi lengua sólo le daría placer y
no perdería tiempo en conversar.
Estuvo allí un rato hasta que me giró y así mi espalda de nuevo en las sábanas.
Los dos respirábamos agitadamente, lo pude escuchar antes de que me
penetrara de nuevo.
Lo hizo pero con una variante exquisita. Tomó el pulgar y lo puso justo sobre
mi clítoris así que sentí una corriente eléctrica desde la planta de los pies
hasta la parte baja de mi cuerpo. Su pene y sus manos estaban en dos puntos de
placer.
Acariciaba mi clítoris y también me daba palmadas. Las gotas de sudor de su
frente cayeron sobre mí. Sonreí para hacerle saber que disfrutaba que me
hiciera su mujer.
Continuó con fuerza hasta que no pude más. Aguantar hubiera sido insultar sus
modos como hombre viril que él era.
-Por favor… Por favor.
Le insistí como un último recurso para que atendiera mi llamada desesperada.
Sentí sus labios sobre mi espalda y logré escuchar.
-Vente.
No pasó demasiado tiempo después de esas palabras. Casi de inmediato me
corrí con su verga dentro de mí. Fue tan fuerte que cuando él sacó su pene,
sentí los flujos corriendo entre mis piernas.
Respiré agitadamente y con la oscuridad cubriéndome por completo. No lo
digo por la venda, fue algo más. Como si mi cuerpo se apagara de repente y
volviera en sí en cuestión de segundos.
Abrí los ojos para encontrarme con el rostro sonriente de Erik. Me dio un beso
para luego enseñarme cómo se corría sobre mí. Primero fue un chorro
propulsado por la intensidad del orgasmo, luego, unas cuantas gotas que se
esparcieron desde mis piernas hasta el cuello.
Cayó agotado a mi lado. Los dos respiramos y tratamos de recuperarnos de un
encuentro intenso.
En el transcurrir de los minutos, Erik me limpio, desató los amarres y terminó
de quitarme lo que quedaba de la venda de los ojos. Aunque las luces estaban
apagadas, sentí un poco de ardor.
Él no estaba cerca y durante su ausencia, pude notar las marcas de las cuerdas
en mis muñecas. Algunas partes incluso estaban enrojecidas. Toqué el relieve
que quedó en mi piel. De todas mis experiencias extravagantes, esto fue un
poco más allá y presentía que sólo era el comienzo.
Erik salió del baño totalmente transformado. Se puso un pantalón de pijamas y
me miró para decirme:
-Creo que es mejor que pases la noche en casa. ¿No crees?
Francamente no me esperé una reacción como esa. No quería decir que tenía
que correr a mi lado y abrazarme, pero sí me perturbó un poco la sequedad
del comentario.
-Sí. Tienes razón.
Fingí que no me había incomodado y me levanté. Caminé desnuda hacia él, con
lentitud hasta que le pasé por al lado. Si así íbamos a jugar, pues ya estaba
preparada para ello.
Erik pareció cambiar de opinión. Antes de entrar a la ducha, sentí su mano
sobre mi cintura mientras me empujaba hacia la pared. Mi espalda quedó
contra los azulejos y el frío hizo que se erizaran mis pezones.
-¿Qué crees que ganarás con esa actitud?
-Que me disciplines.
No sé de dónde vino eso pero lo dije de una manera tan natural que él pareció
estar de acuerdo conmigo.
Me cargó y me alzó para quedar entre sus brazos. Escuché cómo una de sus
manos hizo el gesto rápido para bajarse los pantalones. Metió su pene
suavemente y me hizo suya en ese pequeño espacio.
El acto fue corto pero los minutos fueron suficientes para volver a
embriagarme debido a la intensidad de su cuerpo. Cada embestida se sintió
con esa fuerza de quien desea abrirse paso con decisión. Tomé sus hombros y
lo miré a los ojos. Su respiración la sentí en mi cuello y nuestros pechos, muy
juntos, parece que compartieron los mismos latidos.
Me ahorcó y sus labios tensos por el esfuerzo y la excitación se abrieron un
poco para ordenarme que me corriera. La verdad es que no hizo demasiada
falta que me lo dijera. Mis piernas se aferraron en su torso para sentir su pene
más dentro de mí. Dios, cuánto adoraba tenerlo así de profundo.
Gemí y gemí hasta que esos ruidos se volvieron gritos. Mordí mis labios y
finalmente me dejé llevar por el orgasmo. Erik, por su lado, siguió dentro
hasta que también comenzó a hacer quejidos. Al estar cerca, me soltó e hizo
que me arrodillara. Recibí todo el calor de una segunda corrida en mi cara.
Algunos restos cayeron en mis labios y aproveché para comerlos mientras le
sostenía la mirada.
Me levanté suavemente y me metí a la ducha. Todo con esa actitud de
indiferencia que él mismo me transmitió al principio. Él luego se unió y nos
duchamos los dos entre los besos y las caricias.
Al salir, él se excusó por lo que me quedé sola en el baño. Miré mi cara y
supe que había pasado una sesión bastante fuerte. Todavía estaba sonrojada y
hasta tenía los ojos llorosos aunque no supe bien por qué. Miré la piel y
encontré algunas marcas de dientes y chupones. Supongo que no me di cuenta
de ellas porque mi mente quedó sumida en una especie de trance. Uno
increíble.
Como no hacía frío, sólo me coloqué los shorts y el suéter de punto. Bajé las
escaleras descalza y lo encontré en la cocina frente al refrigerador,
concentrado en lo que había en el interior.
-Sé que comimos demasiado pero se me antoja algo dulce. ¿No te pasa lo
mismo?
-Creo que me estás leyendo la mente porque pensaba en lo mismo.
-No se diga más… Déjame… A ver… Debe estar por aquí… ¡AJÁ!
Sacó una caja mediana y la colocó sobre la encimera. Frotó sus manos y me
miró con entusiasmo infantil.
-Esto fue un regalo por una inauguración de una pastelería que está cerca. El
dueño sabe que me desvivo por los dulces así que me preparó esto.
Levantó la tapa de cartón dorado y encontré una variedad de dulces cuyo
aspecto era delicioso. Pasteles de manzana, tartaletas de frutas, canolis,
profiteroles, galletas con chispas de chocolate y hasta fresas con crema.
-Esto es de chocolate blanco. Es un postre francés, creo recordar.
Lo tomó delicadamente entre sus dedos y me lo ofreció.
-Es uno de mis favoritos y quiero que me digas tu opinión.
Tenía forma de esfera, así que tardé un momento para darle el primer
mordisco. Escuché la risa de él, por lo que supongo que me veía bastante
graciosa.
Mis papilas gustativas experimentaron una serie de sabores exquisitos.
Vainilla, notas cítricas y una textura esponjosa parecida a la de una mouse.
-Es delicioso.
-Te lo dije. Esa pastelería será mi perdición.
Nos sentamos a comer dulces como un par de niños. No pensé que la noche
terminaría de esa manera.
IV
Después de comer, nos fuimos a su habitación. Me dispuse a ponerme los
zapatos pero él insistió en que me quedara un rato. Le hice caso pero en cuanto
apoyé la cabeza sobre la almohada, me quedé profundamente dormida.
Desperté al día siguiente de un sobresalto. Escuché el trinar de los pájaros y el
ruido de una bocina a lo lejos. Al incorporarme, noté que todavía estaba
vestida.
Fui al baño, me lavé la cara y salí a buscar a Erik. Caminé por la casa hasta
que me rendí. Una persona tan ocupada como él, de seguro estaba en el
escritorio con una torre de papeles.
Me acerqué a la cocina porque tenía un poco de sed. En una de las puertas del
refrigerador, encontré una pequeña nota. Al tomarla, sólo estaba el número de
un chófer y un “llámalo cuando quieras”. No le presté atención y pensé que era
mejor irme en cuanto antes.
Preparé mis cosas y pedir un Uber. Salí del elegante edificio y esperé hasta
que aparcó un coche. Al subirme, descansé la cabeza sobre el asiento y sentí
que el mundo me daba vueltas. Nunca pude imaginar el experimentar tantas
emociones juntas. Erik hizo lo que quiso conmigo, literalmente.
Al llegar a casa, encontré todo en silencio. Incluso no estaban los guardias de
siempre. Internamente agradecí que fuera de esta manera porque así tendría un
poco de paz espiritual. Subí a mi habitación, dejé mis cosas sobre una silla y
me eché sobre la cama. Ya ansiaba verlo.
Pasaron los días y no tuve noticias de Erik. Aunque sólo compartimos una
noche de sexo, no podía quitármelo de la cabeza. De hecho, había días que
sólo recordaba su perfume, otros el cómo lucía con sus elegantes trajes y el
resto en sus besos. Cada cosa me producía una excitación increíble.
Para distraerme un rato, encendí la televisión. Hice una media hora de zapping
hasta que me topé con algo que me dejó helada. Era la foto de Erik, saliendo
de un elegante restaurante en compañía de una mujer.
El noticiero del corazón hizo énfasis de que quizás se trataba de la nueva
conquista del soltero más cotizado de la ciudad. Me sentí molesta, indignada.
Pero, ¿por qué pasaba eso? ¿No debería estar feliz de que la deuda estuviera
saldada y que, por lo tanto, ya no habría necesidad de preocuparme por el
bienestar de mi familia? Esas preguntas comenzaron a flotar en mi mente.
Aunque todo eso tuvo sentido, me acosté temprano esa noche. No quise pensar
en nada más hasta que escuché el móvil. Ansié como nunca que se tratara de
él… Y así fue.
-¿En dónde estás, niña mala? ¿En dónde te escondes?
-No me escondo. Estoy aquí.
-¿Qué haces allí que no estás aquí? Ven.
-¿De verdad quieres que vaya?
-Deja de hacer preguntas. Te estoy esperando.
Iba responderle cuando escuché la corneta. Era el Lamborghini.
Salté de la cama y corrí por la habitación como si fuera gallina sin cabeza.
Tomé una mochila, guardé una muda de ropa. Me quité la ropa de dormir y me
puse algo ligero. No quería hacerlo esperar demasiado.
Salí con unos jeans algo flojos, una franelilla de tiros y unas zapatillas
deportivas. Tomé un suéter y corrí hacia la puerta. Aunque no escuché nada,
giré la perilla de la puerta principal con cuidado y salí igual. Al cerrar detrás
de mí, él me esperaba como la primera vez: apoyad sobre la puerta y con esa
actitud de chico malo que me mataba.
Al encontrarme con él, recordé la sensación amarga de la tarde así que no fue
tan efusiva como quise.
-¿Sacaste tiempo para mí?
-Siempre tengo tiempo para ti.
-Mmm. Pensé que la deuda estaba saldada.
Seguí provocándolo para ver si lograba alguna reacción.
-Ja, ja, ja. Sí y no. Sucede que quiero más, por lo que tendrás que esperar
cuando quiera parar.
Se acercó a mí y me besó el cuello. Sus labios me llevaron hacia otro plano
así que olvidé por completo la lista de reproches que quería hacerle. Me
apoyé de sus hombros y nos besamos. La dulzura de su boca me recordó lo
delicioso y contradictorio que era estar con él.
-¿Qué tal si damos un paseo primero?
-Vale.
Le dije entusiasmada, así que nos subimos y enseguida pisó el acelerador. Fue
despacio hasta que salió de la tranquilidad de los suburbios. Al ir por la
autopista a toda velocidad, Erik bajó las ventanas y abrió el compartimiento
del techo. No sabía que estaba ahí sino hasta ese momento.
El aire entró y sentí la necesidad de sacar mi cuerpo, extender los brazos y
gritar de la emoción. Era libre y feliz, incluso. Una sensación que no hubiese
cambiado por nada del mundo.
Siguió manejando hasta que desaceleró y fue por otros caminos, los cuales ni
sabía que existían. Me encontré con todo tipo de escenarios: casas, barrios de
lujo y bohemios, calles atestadas de personas comiendo, los olores de las
brasas y de carne asada. La ciudad era como un ser vivo que nunca
descansaba.
Volví a sentarme y él sólo me miraba con una sonrisa. Odiaba cuando lo hacía
porque me hacía sentirme débil e incapaz de negarme a lo que quisiera.
Llegamos al estacionamiento en cuestión de minutos e hicimos el mismo
recorrido que la primera vez. De verdad extrañaba estar con él.
Me dejó pasar y enseguida me pidió que me sentara en el desayunador. Esa
sonrisa de complicidad, se transformó en una expresión de seriedad. Ya estaba
acostumbrándome a esos cambios.
-Tengo algo muy importante que decirte.
-Vale.
Apoyó sus manos sobre la superficie brillante del granito y respiró profundo.
Supuse lo peor.
-Soy Dominante. ¿Sabes a qué me refiero?
-Si es BDSM, sí.
Pareció extrañarse con la naturalidad de mi respuesta.
-¿Has experimentado algo al respecto?
Vinieron a mi mente una serie de imágenes de cadenas, látigos y hasta
buttplugs. Por supuesto que sabía y disfruté cada segundo en que se lo hice
saber.
-Sí, pero hace mucho tiempo, la verdad.
-Vaya…
-¿Qué es lo que te sorprende?
-Es la primera vez que puedo hablar de esto con alguien sin que sienta que
saldrá corriendo. Por lo general tengo que disfrazar las cosas y es un poco
molesto, la verdad.
-Entiendo. Sé qué quieres decir. –Me acerqué a el- ¿Qué tipo de Dominante
eres?
Buscó el banco y se sentó frente a mí.
-Pues, me gusta tener el control y el dominio de todo. Creo que es algo no muy
difícil de supones. –Le sonreí- Para mí es importante hablar de los límites
pues es algo que marca la pauta en toda la dinámica. Así cada quien se sentirá
cómodo y sin complejos.
-¿Qué piensas del control psicológico?
-Una vez lo probé y la verdad es que es extenuante. Al final del día terminaba
agotado y creo que eso le resta diversión a la experiencia. Además, creo que
es extremo eso de controlar la mente de otra persona. Pero venga, es una
opinión personal.
Me sentí en confianza en hacerle preguntas al respecto ya que se veía bastante
abierto al tema.
-¿Desde cuándo eres Dominante?
Llevó la mano al mentón y miró hacia el techo.
-Uf, bastante. Creo que ya perdí la cuenta del tiempo pero sí, tengo mis años
de experiencia. Al principio comencé como sumiso porque quería tener
conocimiento de ambas situaciones.
-¿Te gustaría volver a serlo?
-Soy demasiado controlador y la verdad es que no sé si pueda pero supongo
que la vida puede darte sorpresas. Ahora dime, ¿te gusta este mundo?
-Sí, aunque me sentí muy intimidada cuando fui sumisa la primera vez. Estaba
perdida pero por suerte la guía no fue tan mala. Sin embargo, todo salió mal
porque quería imponerme un control total y no comulgo con eso.
-Opino lo mismo. Cada cosa tiene la dosis correcta y hay que respetarla.
-Entonces, ¿eso mismo se lo dices a la chica con la que sales ahora? ¿Tienes
este mismo tipo de sinceridad con ella?
Traté de guardar la aspereza de la intromisión ya que al final, sólo era un
objeto de la diversión de Erik… Pero no… No pude.
Él se echó para atrás con la mirada extrañada. Trató de hacer memoria y luego
me sonrió.
-¿Tienes celos de mi sobrina?
-¿Tu sobrina?
-Sí. Ha venido de visita en la ciudad y fuimos a almorzar.
Rió un poco y me sentí avergonzada, como una niña que supo que se equivocó
pero que no sabe qué hacer después.
Sí. Sé que no tiene sentido que tenga estos sentimientos y menos cuando quedó
claro el tipo de relación que teníamos. Un absurdo total que se volvió peor al
darle rienda suelta a ese sentimiento.
Él bajó de la silla y se acercó hacia donde estaba.
-Es tonto. Lo sé. Es que…
Tomó mi rostro y me besó con pasión. Sus manos después tomaron mis
hombros e hizo que me levantara también. Daba un poco de risa la diferencia
de tamaños.
Traté de ponerme en puntillas para tratar de alcanzarlo aunque sabía que era
inútil, pero aun así seguimos besándonos y acariciándonos. Me alzó con sus
fuertes brazos y me llevó hacia la parte superior de la casa. Supuse que
entraríamos a la habitación pero me guió hacia otra parte.
Tomó mi mano y me condujo hasta un pasillo oscuro. Con sus manos, rozó
suavemente la superficie de algo que tenía frente a sí. Por mi parte, permanecí
tras él sin poder respirar, ante la expectativa de lo que pasaría después.
Por fin abrió lo que supuse era una puerta y entramos a un lugar de gran
tamaño. Lo confirmé cuando encendió la luz y pude ver el tamaño del lugar.
Era una habitación blanca, rodeada de ventanales. El suelo era de parqué,
como en otros lugares del penthouse. Había una cama y un gran mueble de
madera al frente. Una pequeña chimenea en una esquina, un par de sillas y una
caja de madera no muy alta. A diferencia de las otras estancias, este lugar
mantenía un aire más bien sencillo.
-Este es mi lugar favorito. Anda, conócelo un poco.
Tuve un poco de temor pero finalmente caminé unos metros más adentro. Sin
duda era un gran espacio. Me percaté de varias cosas, un gancho de metal que
colgaba del techo, no había una caja de madera sino dos y había una estructura
de madera similar a la cruz de San Andrés.
Un poco más allá, se encontraba un pequeño baño y algo que no pude
identificar a primera vista. Me acerqué y resultó ser un mueble en donde
colgaba una variedad de látigos. Cualquiera que se pudiera imaginar, estaba
allí.
Sentí atracción hacia uno en particular. Era un fuete pequeño de color negro y
con la punta bastante desgastada.
-¿Puedo bajarlo?
-Por favor.
Lo tomé y percibí la textura del cuero. A pesar del uso, se veía bastante bien y
sentí la curiosidad de experimentar aquello sobre mi piel. Mientras estaba
concentrada en el objeto, las manos de Erik me sorprendieron. Se acomodó
detrás de mí y escuché su voz que casi parecía un susurro:
-¿Quieres probarlo?
-Sí.
Me lo quitó de las manos y lo dejó sobre la cama. Después se concentró en mí
y comenzó a besarme estando en la misma posición. Sentí casi de inmediato el
bulto que indicaba que estaba excitado. Por mi parte, mi coño estaba
empapado, a la espera de sus dedos, de su lengua o lo que le apeteciera.
Paralelamente, sus dedos se encargaron de quitarme la ropa con cuidado. A
medida que lo hacía, mi piel quedaba al descubierto. Tocaba mis curvas como
si las apreciara. Por unos instantes, se concentró en mis pechos pequeños. Los
masajeó un rato, apretó mis pezones y sentí que iba a perder la fuerza en mis
piernas. Descendió lentamente hasta que llegó a mis caderas y hasta el inicio
de mis muslos.
Siguió acariciándome hasta que se detuvo en mi coño. Dejé escapar un gemido
y el descaro de Erik le hizo decir:
-Si aún no he comenzado…
Introdujo sus dedos con suavidad. Sentí cómo se aventuraban dentro de mí y
cómo los movía entre mis carnes. Primero uno y después dos. Me masturbó a
su antojo y yo, internamente, rogaba por sostenerme de algo. Estaba a punto de
dejarme vencer.
-No, no, no. Quietecita.
Reuní todas las fuerzas posibles para hacerle caso. No quería y al mismo
tiempo sí. Debía hacerlo porque esa era la dinámica.
Llevé mis manos y las junté con las suyas. No paré de gemir en ningún
momento. Cerré los ojos como si fuera una medida para encontrar fuerza en
alguna parte. En medio de esas sensaciones que aún trato de comprender, Erik
me giró para que quedara frente a él.
-Arrodíllate.
Se quitó las últimas prendas de ropa y pude ver cómo se sacaba su pene. Lo
sostuvo con una mano, tocándoselo. Estaba desesperada por tenerlo en la
boca, por lo que él lo aprovechó para jugar conmigo. Lo bajaba un poco para
que lo tuviera cerca de los labios pero no demasiado como para chuparlo.
Incluso, me dio unos cuantos golpecitos en la cara con él.
-Por favor… Por favor.
-¿Por favor qué?
-Déjeme chupártelo.
-¿De verdad lo quieres?
-Lo ansío demasiado.
Siguió con el juego hasta que lo colocó sobre mi lengua. Rozó su glande y
poco a poco lo introdujo en mi boca. Pude sentir cómo llegó a mi garganta.
Sinceramente, podría tener el pene de Erik siempre así, entre mis labios. Por
una parte porque exacerba mi gusto por el sexo oral y también porque me
resultaba sumamente excitante el verlo como si estuviera en un trance.
Con su mano, empujaba mi cabeza para que lo tuviera más adentro. Cuando
lograba sacarlo y así recuperar un poco la respiración, caían sobre mis pechos
unos cuantos hilos de saliva. Al verme así, él también aprovechaba la
oportunidad de darme unas cuantas bofetadas. Unas que mezclaban la suavidad
y firmeza de su ser como Dominante.
Se satisfizo y me levantó enérgicamente. Me besó en los labios y me llevó a
esa cama. La función estaba por comenzar.
Desapareció por un momento hasta que trajo consigo unas cuantas cuerdas de
cáñamo. Por lo general, estas se usan para el shibari por lo que pude suponer
lo que haría conmigo.
Me incorporé sobre la cama y e inmediatamente comenzó a atarme. Los brazos
hacia atrás con un nudo que se conectaba con la cintura. Remató con una
cuerda que atravesó el verticalmente mi torso, rozando mi clítoris y el espacio
entre mis nalgas. Ajustó un poco más hasta que le roce me hizo exclamar un
gemido.
-Perfecto –Dijo.
Me ayudó a ponerme de pie y de inmediato sentí la tensión de la cuerda entre
mis piernas. Mientras más erguida me ponía, más fuerte era sensación, por lo
tanto, me obligaba a encorvarme un poco.
Erik hizo que caminara hasta un espacio vacío. No comprendí hasta que
recordé que encima de mí se encontraba un gancho plateado, el mismo que
noté al entrar a la habitación. Esperé un poco mientras él hacía los ajustes
sobre mí y sobre otra extensión de cuerda. Cuando estuvo listo, escuché el
sonido de unas poleas. El gancho estaba unido a una por lo que descendió
suavemente hasta donde me encontraba.
Acomodó todo y volvió a accionar el mecanismo. Fue allí cuando ascendí con
miedo de caerme. Por supuesto que esta sensación la olvidé por un momento
por lo que tenía entre mis piernas. Comencé a gemir a medida que subía.
Desde el suelo, Erik sólo sonreía.
No estuve muy lejos del suelo. De hecho, si ponía mis pies de puntillas, el
dedo gordo podía rozar el suelo. A pesar de ello, sentía que estaba por los
aires. Estuve atenta ante las palabras de Erik. Quería saber cuál sería el
próximo paso.
Tras unos minutos de silencio, volvió hacia donde me encontraba pero con el
fuete que tomé cuando entramos. Como tenía abierta una de sus palmas, podía
escuchar el impacto del cuero sobre su piel.
-Bien… ¿Por dónde deberíamos comenzar?
Permaneció dubitativo hasta que fue detrás de mí. El primer impacto lo recibí
en mis nalgas, como había previsto. Aunque experimenté sensaciones
similares, el pasado no me preparó lo suficiente para un momento como ese.
El ardor y el dolor producto de los latigazos, me hicieron retorcer. Cuando lo
hacía, el templón de la cuerda daba justamente sobre el clítoris, por lo que
experimentaba cualquier tipo de sensación. Era una mezcla simplemente
gloriosa.
Siguió castigándome mientras que le suplicaba por algo que ahora no
recuerdo. Probablemente le dije que se detuviera o que me bajara para que me
follara. Lo cierto es que me ignoró por completo porque continuó. Desde los
muslos hasta la espalda, mi piel era territorio de sus perversidades.
Las cosas siguieron así durante un rato. A pesar que me encontraba bien
asegurada por las cuerdas, los brazos comenzaron a dolerme y las manos me
hormigueaban. Erik se percató que las movía constantemente por lo que me
mantuvo allí un rato más hasta que me bajó.
Desarmó el gancho y lo subió con las poleas. Al terminar, se sentó sobre la
cama y me colocó frente él pero dándole la espalda. Revisó con cuidado mis
extremidades para luego desatar los amarres de mis brazos. Mientras lo hacía,
mi circulación parecía recobrar la normalidad y la sensación de incomodidad
iba desapareciendo.
Pensé que haría lo mismo con los de la cintura y la vagina pero no fue así.
Aunque permaneció en silencio, luego se levantó para llevarme contra una
pared. Seguía de espaldas a él.
Apoyé los brazos sobre la superficie y me incliné un poco, la cuerda no estaba
tensa así que pude respirar de alivio por un rato. Sin embargo, él se colocó
tras detrás y se sostuvo de los amarres, por supuesto no perdió la oportunidad
de tensar ese amarre que atravesaba mi sexo.
Exclamé un largo gemido y sentí su pene adentrándose entre mis carnes. La
penetración y el roce del cáñamo sobre el clítoris, estuve casi lista para
volverme loca en cuestión se segundos.
A Erik lo sentí más libre, más dominante que la primera vez. No paraba de
decirme lo ramera que era, lo puta, lo zorra. Insistía que también era su juguete
y que se cansaría de mí cuando le diera la gana. Todas aquellas palabras, más
el tono en que las dijo, me hizo sentir increíblemente excitada.
De vez en cuando me sujetaba por el cuello, lo apretaba, quizás con la
intensión de apagar mis gemidos y gritos. Era fascinante el poder que me
transmitía con su forma de tratarme. Sosteniéndome, tomándome como
quisiera. Era una sensación que me producía todo tipo de contradicciones. No
quise pensar en nada más porque sólo deseaba que él no se cansara de mí.
Me folló en esa posición hasta que decidió echarme sobre la cama. Caí de
sorpresa y hasta sentí un poco de temor. Cuando lo vi sobre mí, parecía un
animal salvaje.
Abrí las piernas para recibirlo, quería sentirlo de nuevo. Pero Erik hizo otro
cambio de planes. Se arrodilló y comenzó a comer mi coño con desespero.
Sólo pudo observar sus ojos cerrándose y su cabeza en dirección hacia mi
sexo. Estaba caliente y húmeda, deseaba tanto que él me probara y comiera.
Su lengua primero hizo una lenta caricia. Mis piernas temblaron y luego
continuó con un ritmo constante y dulce. Su respiración se escuchaba agitada y
las succiones eran fuertes, agresivas. Quiso ir un poco más allá al introducir
uno de sus dedos. Sus labios, mientras, chupaban el clítoris… Hasta lo
mordía.
Estaba perdida entre la excitación. Mi cuerpo, mi mente y alma se
desintegraron y se esparcieron los aires. La oscuridad me abrazaba pero
también me dejaba libre. Era fuego y hielo, era calor y frío.
Mi ser era conductor de una energía que alimentaba a la Tierra, al mismo
tiempo que ella se albergaba dentro de mí. Erik me hacía perder la razón
tantas veces que no sabía si sería capaz de armarme de nuevo pero sí, al final
lo lograba.
Dejó de lamerme hasta que se colocó sobre mí para reanudar el sexo. Se
volvió más agresivo y más intenso. Estaba hecha pedazos pero podía soportar
un poco más.
Cuando estuve a punto de correrme, traté de guardar silencio aunque para él
era imposible que se escaparan los detalles. Me penetró aún más y de nuevo
bajó hacia mi coño para comérselo.
Sus dientes apretaban mi clítoris con firmeza y su lengua me penetraba. Quería
ir más profundo y yo también. Siguió Hasta que no pude más, exploté en su
cara y de inmediato sus manos se afincaron en mi piel para beber tanto como
pudiera. Francamente no pensé que aquello fuera posible.
Sus labios estaban en mí hasta que perdí la razón. De hecho, si ahora hago un
esfuerzo de lo que pasó después, sólo veré borroso ya que caí en las
profundidades de la petit morte.
Erik, por otro lado, trató de hacerme reaccionar. Cuando lo logró, me hizo
arrodillar frente a él, ordenándome que lo masturbara. Primero metí todo su
pene dentro de mi boca, procuré empaparlo lo suficiente como para
masajearlo con mis manos. Mientras lo hacía, lo miraba a los ojos.
Intercalaba los movimientos y el ritmo. Al principio lo hice suave y después
rápido, duro, lento. Para provocarlo aún más, chupaba su glande al mismo
tiempo que lo masturbaba.
Al poco tiempo, comenzó a hacer unos sonidos que me dieron a entender que
estaba próximo a correrse. Lo metí todo en mi boca hasta que él se lo sacó y
me llevó velozmente sobre la pared. Eyaculó con tanta fuerza, que el semen
incluso cayó sobre mis manos. De resto, pude sentir las gotas calientes de su
fluido sobre mi piel.
Al terminar, se apoyó un momento sobre mí. Su pecho quedó sobre mi espalda
y pude percibir su corazón. Latía a mil por hora y su respiración estaba
también agitada. Con el paso de los minutos, se incorporó para ir al baño y
limpiarme.
Luego de eso, se encargó de desatar los amarres de la cintura. Lo hizo con
cuidado. A medida que lo hacía, rozaba con sus dedos la textura que quedó.
-¿Te duele?
-No…
Quitó el resto de la cuerda y la dejó a un lado sobre la cama. Hizo que me
girara para verificar que todo estaba en orden y así fue.
-Espera aquí.
Tomó unos pantalones de un cajón que estaba cerca de las sillas y fue hacia
otro lugar. Por mi parte, me eché sintiendo todas las endorfinas recorriendo mi
cuerpo. Cerré los ojos por un momento cuando sentí algo frío en mi brazo.
Erik me acercó una botella helada de cerveza. Además, también tenía consigo
una cajetilla de cigarros. Para mayor sorpresa, era de mi marca favorita.
Di un largo sorbo de cerveza, fue agradable sentir la efervescencia en la boca
y la garganta. El frío me hizo sentir un poco más reconfortada.
Él se acercó para encender el cigarro y me encontré en una situación
sumamente agradable al exhalar el humo. El sabor mentolado me pareció que
iba bien con la cerveza.
-Gracias. Creo que esto es una de las combinaciones más perfectas que
existen.
-Estoy de acuerdo.
Nos acostamos juntos en un silencio compartido. No había tenido una situación
similar desde hacía tiempo. Extrañamente no me sentí incómoda.
Cuando apagué el cigarro en un cenicero sencillo de vidrio, Erik seguía con el
suyo entre los labios, mientras que sus ojos permanecían concentrados en el
vacío. El humo rozaba lentamente por su boca y por la nariz.
El brillo de la luz tenue que estaba en el pasillo, iluminaba su piel morena. Tan
suave y perfecta. Quise girarme pero no pude, él era una imagen que se caló en
mi mente. Parecía una escultura, una obra de arte.
Volteé hasta llevarme la sábana hasta el pecho. Estaba preparada para que me
dijera que me fuera de allí, así que guardé toda la naturalidad posible.
El silencio se interrumpió cuando escuché un sonido lejano que me resultó
familiar. Me levanté sin decir nada y seguí el ruido. Era el móvil.
Lo tomé entre las manos y vi que era un mensaje de mi padre:
“Espero que estés haciendo las cosas bien”.
Pasé del cielo al infierno en cuestión de segundos. Una ola de rabia me inundó
y sentí que estaba a punto de explotar. Quise tomar mis cosas e irme pero,
¿para dónde? No tenía un lugar para escaparme.
Entré de nuevo a la habitación y busqué mi ropa, recordé que tenía unos
cientos en el bolso. Al menos podría pasar una noche en algún hotel. Erik,
permaneció en silencio, mirándome. Estaba tan concentrada que olvidé que
estaba allí.
Finalmente se aventuró a decirme:
-¿Qué pasó?
Lo miré de frente y mi juicio se nubló. Erik era el recordatorio de lo que era
realmente para mi padre, un medio para salvarse sin importar lo que me
pasara.
-Nada.
Le respondí con sequedad. Empecé a vestirme y busqué el móvil para
contactar a un Uber. Tenía un nudo en la garganta y las lágrimas al borde de
los ojos. Estaba tan molesta que tenía las orejas encendidas y mis manos no
paraban de temblar.
Cuando terminé de vestirme, Erik se encontró conmigo.
-Al menos déjame llevarte.
-No. El Uber está por llegar.
-Pues dile que no lo quieres y ya. Nada va a pasar.
Trató de acercarse a mí y evité que me tocara el rostro.
-¿Por qué no me dices qué ha pasado?
-No tiene importancia.
No quise hablar más porque estaba segura de que si lo hacía, vomitaría
cualquier cantidad de cosas.
-Vale.
Se colocó el abrigo, recogió las llaves del coche y salimos. Mientras
caminábamos por el estacionamiento, me preguntó si quería que me llevase a
casa.
-No. Mejor un hotel. Cualquiera que sea barato.
-¿Por qué no te quedas en mi casa?
-No puedo.
Volvió a quedarse callado, mientras sostenía el volante con ambas manos.
Respiró profundo y el silencio se hizo tan fuerte que casi podía escuchar mi
corazón latir. Deseaba que girara la llave y me dejara en alguna parte. No me
importaba que fuera en la calle.
-¿Estás segura?
-Sí.
-Vale.
Encendió el coche y suspiré de alivio. No estaba preparada para tener una
discusión con él y menos con este estado de ánimo.
Manejó por un rato hasta que llegamos a un hotel importante. Traté de
increparlo pero de inmediato me dijo:
-Esto lo pago yo. Quédate tranquila.
Intenté convencerlo de lo contrario pero no pude. Al final, fuimos al lobby,
pidió una habitación por una noche y me dio la tarjeta. Traté de pensar en otra
cosa pero no podía. Él habló un rato con una de las recepcionistas. Pagó y
luego se dirigió a mí.
-Este es número de la habitación. Si tienes hambre, pide lo que quieras. Se
cargará a mi cuenta.
-No es necesario.
-Sí lo es. Espero que pronto me digas qué fue lo que pasó esta noche.
-No lo sé.
Tenía las mejillas encendidas, lo podía sentir. Su voz, su aroma, su rostro,
todo era un recordatorio de ese mensaje. Sólo tenía fuerzas para alejarme tanto
como pudiera.
Quise salir corriendo pero mis pies se mantuvieron en el suelo como si
estuvieran pegados a él. Entonces bajé la cabeza, no quería verlo puesto que
podría arrepentirme de mi decisión.
-Llámame.
Escuché los pasos alejándose de mí hasta que alcé la mirada. Las puertas
corredizas se cerraron tras él.
Tomé la mochila y me dirigí hacia los elevadores. Irónicamente, el ambiente
del hotel era de fiesta debido a que estaba acercándose la Navidad. Digo
irónicamente puesto que dentro de mí todo lo sentía tan oscuro, tan triste.
Llegué al piso, pasé la tarjeta en el lector e introduje el código que me Erik me
había dado minutos atrás. Entré a la habitación y me sorprendí enseguida.
Tenía dos ambientes, uno era una especie de recibidor y en la otra se
encontraba la gran cama. Dejé la mochila en un sofá y me asomé por la gran
ventana. La ciudad estaba tan bella que por un momento olvidé lo que había
pasado.
Caminé un poco hacia la otra estancia y escuché el rugido de mi estómago.
Tenía hambre.
Me acosté en la cama e hice un esfuerzo por ignorar las palabras de Erik.
Traté de pensar en otra cosa pero fue imposible. Entonces tomé el teléfono,
ordené una pizza mediana y una Coca-Cola helada. Unos veinte minutos
después, estaba sentada comiendo con el ruido de la televisión al fondo.
Sentí un poco de tranquilidad cuando terminé. Agradecí el estar sola al menos
esa noche. Ahora, tendría la oportunidad de reflexionar sobre lo que debía
hacer después.
Volver a casa ya no era opción. Enfrentar el rostro de descaro de mi padre no
era viable para mi salud mental. Tendría que ir, tomar unas cosas y quizás
improvisar sobre el camino.
Pensé en las cuentas que tenía. Mi madre me había dejado una cantidad más o
menos importante y no me atreví a tocar ese dinero por precaución. Por suerte,
yo era la única persona con acceso a esa cuenta por lo que sería intocable para
mi padre. Tomé el móvil y trasladé el resto allí para que reunir la mayor
cantidad posible.
Podría irme al centro del país, al norte… A dónde quisiera. Sólo un par de
mudas de ropa y un poco de efectivo. Lo suficiente para comprar algo de
comida mientras busco qué hacer.
Las cosas cobraron otra perspectiva pero de inmediato pensé en Erik. Aunque
me daba igual el resto, por alguna razón, no podía desprenderme de él. Algo
completamente absurdo cuando lo único que nos unía era una relación efímera.
Su imagen estaba taladrando mis neuronas. Podía sentir el aroma de su piel, el
brillo de sus ojos, el roce de su piel contra la mía. En ese momento, escuché el
móvil. Temí por un momento que fuera mi padre pero no, era Erik pidiéndome
respuestas de lo que había sucedido.
Dejé el aparato lejos porque no quería saber nada más. Volvió a sonar, de
hecho fue así varias veces hasta que dejó de hacerlo.
Me acurruqué sobre la cama y tomé el móvil por puro masoquismo.
-¿Por qué no te quedaste conmigo?
Fue lo único que pude leer. Enterré la cabeza hasta que me quedé dormida. No
quería saber de nada más.
V
Desperté de nuevo con hambre. Miré el reloj y era las 7:00 a.m., nunca en mi
vida me había levantado tan temprano. Me levanté después de espantar la
pereza y abrí la pequeña nevera. Allí estaba un par de trozos de pizza y un
poco de la Coca-Cola que sobró de la noche anterior.
Antes de comer, tomé una larga ducha y salí como si hubiera recargado las
baterías. Me cambié de ropa y fui de nuevo al refrigerador para comer los
restos. Al terminar, me percaté que me había quedado sin batería. No le di
mucha importancia y esperé un rato más hasta que llamaron para avisar el
check-out.
Bajé al lobby, esperé al Uber y llegué a la casa. Mi plan era subir lo más
rápido posible, tomar unas cuantas cosas, quedarme en un hotel y buscar una
habitación para mudarme. Por un lado estaba tranquila porque tenía fondos.
Cuando fui hacia la puerta, la encontré rota por fuera. Un hilo frío recorrió mi
cuerpo. Empujé un poco y encontré todo en silencio. De nuevo, no estaban los
guardias y eso ya era suficiente advertencia. De todas maneras, subí a mi
habitación, tomé la maleta y empaqué lo que pude. Hice lo propio con la
mochila.
Encontré el cargador y enchufé el móvil. El presentimiento de que algo grave
estaba desesperándome. Bajé entonces a la cocina en done había un pequeño
televisor. Lo encendí y busqué los canales de noticia. Lo que vi fue
sorprendente.
“González era una de las figuras que se veían en los círculos más
importantes de la política. Su desaparición nos deja perplejos ya que
era considerado por muchos como un ciudadano ejemplar,
preocupado por su comunidad…”
No entendí lo que sucedía. ¿Mi padre secuestrado? ¿En dónde estaba la
policía? ¿Por qué no me habían contactado? Algo no estaba bien. Una
sensación de urgencia me invadió y subí de nuevo para tomar las cosas. Era
como si el tiempo se acabara.
Llamé un Uber y me quedé en un hotel. Estaba muerta del miedo.
VI
Pasé unos días en un hotel hasta que la policía hizo contacto conmigo. Me
informaron que quisieron rastrear a mi hermano pero que no pudieron dar con
él. Pasó lo mismo conmigo.
-Son unas personas difíciles de encontrar.
Luego de esa frase incómoda, pedí toda la información posible.
-¿En dónde se encontraba usted?
-En un hotel. Esta es la dirección. Llegué a casa en la tarde y no encontré a
nadie. Por un momento no me pareció extraño pero vi la puerta abierta,
forzada.
-¿Por qué no llamó a las autoridades?
-Como le dije, pensé que era normal. Mi papá tenía problemas con las alarmas
y seguros. Supuse que se trató de uno de sus guardias que la abrió. No lo sé.
Comencé a sentir náuseas y casi se me fueron los tiempos en la silla de la sala
de interrogatorios.
-¿Está bien? Podemos traerle un poco de agua.
-Sí, por favor.
-Le sincero. Su padre está involucrado en una red de corrupción muy intricada.
Quisimos ir a su casa para interrogarlo y resultó que no estaba allí. Nos dieron
una pista de su paradero pero resultó ser falsa. Seguimos a varios
involucrados sin éxito. Allí decidimos contactarla a pesar que sabemos que no
tenía que ver con la organización la cual su padre formaba parte.
-¿Me investigaron?
-Por supuesto. Lo hicimos con todos los miembros de su familia.
-No hay mucho qué investigar. Mi madre murió, mi hermano desapareció y
yo… Yo, pues, aquí estoy. ¿Puedo fumar?
-Seguro.
Al encender el pitillo, noté que las manos no me paraban de temblar. Tenía una
mezcla de miedo y tristeza. Estaba envuelta en todo eso sin saber cómo las
cosas se iban a solucionar. Me aterraba la idea de quedar atada a algo más
siniestro.
-Esta situación me tiene aprehensiva. ¿Es posible que me hagan daño?
-No, francamente no. De lo contrario ya la hubiesen buscado a usted primero
para chantajearlo pero no. Además, nuestra investigación nos arrojó que quien
tenga su padre, sabía muy bien lo que hacía.
Salí de la estación como si aún tuviera aire en la cabeza. En los últimos
arreglos, ofrecieron darme protección pero la rechacé. Ciertamente mi padre
no mezcló los negocios con la familia aunque pensé en Erik.
No he sabido de él desde hace unas semanas y la verdad es que no sé cómo
sentirme al respecto. Lo extraño pero también me da miedo descubrir si él está
involucrado en todo esto.
Con el paso del tiempo, logré alquilar un pequeño piso cerca del centro y
hasta encontré trabajo como diseñadora gráfica en una pequeña empresa de
administración. Tenía la perfecta vida monótona y aburrida. Pero no podía
quejarme, tenía un espacio propio y estaba generando ingresos de manera
honesta.
Esa misma noche, al apoyar la cabeza en la almohada, pensé en todo lo que
estaba sucediendo. En el trabajo no sospechaban que era hija de un tipo
secuestrado con vínculos con la mafia y el crimen. Aunque me aseguré de
esconder todo mi pasado, estando allí, sola y a oscuras, es cuando afloraba
todo eso que con esfuerzo trataba de esconder.
Quise demasiado encontrarme con Erik. Regresar a sus brazos y hundirme en
el calor de su cuerpo. Besarlo, follarlo, montarlo, sentir sus manos sobre mi
cuello.
Estaba en la oficina como un lunes cualquiera. En mi escritorio estaba una taza
blanca con el café ya frío, un pequeño plato con una galleta que me habían
regalado y un trozo de papel con las instrucciones de lo que tenía que hacer
ese día. Estuve a punto de ponerme los audífonos cuando escuché el ruido del
televisor en la cocina. Al alzar la mirada, estaba puesto el noticiero. Hablaban
de mi padre.
Me levanté y fue hasta allí. Luego de pasar su foto, la reportera informó que
habían encontrado su cuerpo en una zanja con un disparo en la nuca.
“Modo ejecución”.
Fueron las palabras que se grabaron en mi mente. Lo mataron por tener el
cuerpo casi hundido en el barro y era momento de hundirlo un poco más.
Aunque los dos no teníamos una relación como tal, sentí que el mundo se me
vino encima. Le pedí a mi jefe que me excusara. No tuvo problema y busqué
mis cosas con rapidez. Tomé un taxi y antes de llegar a casa, estaba llorando
profusamente. El sentimiento de orfandad me resultaba abrumador.
Quisiera explicar con detalle los procesos que vinieron después pero sería
darle larga a cosas que no tienen importancia. Lo cierto es que, el mismo día
en que me enteré de su muerte, tuve que ir a la policía a reconocer el cuerpo.
Sólo vi el tatuaje en honor a mi madre que tenía en el brazo. El único que no
había borrado de su piel. Al verlo, me desplomé. Todas mis defensas se fueron
por el caño.
Por suerte, me sostuvieron y me llevaron a una sala más abierta y menos fría.
El mismo detective que me interrogó, proporcionó una información bastante
resumida de los hechos.
-¿Piensa quedarse con la casa?
-No.
No sé qué más me preguntó porque todavía no podía reaccionar del todo. Lo
cierto es que me levanté y caminé hacia la salida. Un ciclo había terminado.
VII
La vida transcurrió. Logré vender la casa y parte del dinero se la envié a mi
hermano quien se encontró conmigo después de 10 años sin verlo.
Fue una situación un poco extraña porque no lo reconocí bien y me sentí
culpable.
-Todavía eras una niña. –Me dijo apenas logramos establecer una
conversación menos incómoda.
Durante la charla me confesó que estaba por casarse y que esperaba un niño.
No podía creer que sería tía. Era una sorpresa agradable después de todas las
cosas que pasaron. La reunión se volvió más larga de lo que pensé y me sentí
feliz por eso.
Nos despedimos prometiendo que nos veríamos más seguido. Se marchó
cuando cayó el sol. Me quedé allí para verlo partir.
Después de suspirar como una tonta, regresé a casa para retomar mi vida plana
y gris. Me sentía menos triste porque a pesar de todo, podía jactarme de ser
una persona común y corriente.
Me mezclaba entre la gente sin temor de que pasara algo más. Sin embargo,
extrañaba la mirada intensa de Erik. Lo que empezó como el pago de una
deuda, terminó de una manera muy diferente… Al menos para mí.
Cuando llegué al edificio, encontré el mismo modelo de Lamborghini que tenía
él. Albergué la esperanza de que él aparecería de entre el concreto y me dijera
mil cosas.
Deseché esa fantasía. Él no era el único que le gustaba los coches de lujo. Así
que seguí caminando hasta que vi su perfil. Estaba fumando un pitillo, como
esa vez que estábamos juntos. Volví a quedarme hipnotizada por la imagen. El
humo dibujó una línea fina que bordeó el mentó cuadrado.
Giró su cabeza como sabiendo que estaba allí. Lanzó el cigarro al suelo y lo
pisó. Se acercó a mí con un traje azul oscuro con líneas blancas muy finas,
camisa blanca, corbata del mismo azul pero con puntos. Sonrió ampliamente.
-Eres difícil de encontrar.
-Sí… Un poco.
Tuve unas ganas inmensas de lanzarme hacia sus brazos pero me reprimí. No
obstante, se acercó. Su nariz rozó con la mía, así como su frente.
-¿Por qué te fuiste así?
Alcé la cabeza y lo besé. Sus labios envolvieron a los míos y recordé ese
sabor dulce de las primeras veces. Adoré saber que él no me había olvidado.
El que estuviera allí, significaba demasiado y lo sabía.
-Vamos.
Entramos al edificio y tiempo después, llegamos al piso.
-Es bonito, eh. Quizás hasta me compre uno igual. –Me lo dijo acercándose a
mí.
-Creo que llamarías demasiado la atención.
-Bah. Para nada.
Nos sentamos en la mesa de la cocina y le pasé una cerveza fría. Bebió un
poco y me miró. Aquello era señal para que le actualizara sobre lo que había
pasado. Le hablé de mi familia y del secuestro y muerte de mi padre. Él
asintió.
-Esa noticia nos crispó los nervios. Él manejaba información confidencial y
muy delicada de varios políticos. Fue una suerte lamentable.
Le expliqué sobre la venta de la casa y del encuentro con mi hermano. De las
cosas que había hecho y de la vida aburrida que tenía como diseñadora gráfica
en una firma de contadores. Él sólo sonreía.
-¿Por qué te fuiste esa noche?
Hay ciertas cosas que no se pueden evitar en la vida, esta pregunta era una de
ellas. Tomé un poco de aire y puse a mi mente a recordar. Me parecía mentira
que hubiera pasado tanto tiempo.
-Mi padre me envió un mensaje diciéndome que esperara que hiciera bien mi
trabajo o algo así. De hecho fue lo último que me dijo antes de que
desapareciera. Ahora que lo pienso, es terrible.
Erik fijó la mirada en algún lugar del suelo.
-… Me hizo recordar el trato que tenían los dos y el hecho de que él me usó
como una moneda de cambio, como un comodín para salvarse él. Quise
alejarme de todo y cuanto antes. En ese momento, pensé que sería lo más
idóneo para mí. Nunca imaginé lo que pasó después.
Se levantó para caminar unos cuantos pasos.
-Fui a verte a tu casa pero me enteré que la habías vendido. Para mí tuvo
mucho sentido puesto porque conocí a tu padre. Tuvo relaciones turbulentas y
supuse que buscabas un mejor entorno para ti. Yo hubiese hecho lo mismo, la
verdad.
Quedó un momento en silencio y luego continuó:
-Si te soy sincero, esto para mí fue un juego. Al principio me emocionaba la
idea de estar con una chica como tú. Joven, sensual, hermosa, vibrante. Todo
lo que hay en ti me hacía sentir que sería divertido. Pero no conté sentir esta
química.
>>No quiero sonar pretencioso pero he salido con mujeres de todo tipo
aunque eso bien lo sabes. Llegó un punto en que estaba cansado de eso. A
pesar de todo, yo también tuve culpa en involucrarte en semejante situación.
Actué como un gilipollas… Pero… No puedo negar que tuve suerte de que las
cosas se dieran así.
No supe qué decir y creo que él lo entendió sin problemas. Me alegró saber
que no hacía falta hacerlo. Se sentó a mi lado y me acarició la espalda.
-Sé que has pasado tiempos difíciles pero también sé que es bueno tomarse el
tiempo para pensar las cosas y ponerse en orden. No quise interferir en tu
proceso.
-Gracias.
Tenía razón. No tuve cabeza para nada más aunque pensara en él. Recibí tantos
golpes que apenas tuve el tiempo para tratar de enfocarme en cómo tenía que
solucionar las cosas.
Me levanté de repente mientras él permaneció sentado. Me acerqué y le
acaricié la cabeza. Tenía el cabello más largo. Asimismo, me tomó por la
cintura y nos quedamos allí.
El calor del cuerpo de Erik me hizo revivir los momentos que pasamos juntos.
El sentir sus manos sólo hizo que me sintiera ansiosa para que hiciéramos algo
más. Se levantó y se puso de pie. Se veía tan alto que me dio un poco de risa
lo difícil que era tratar de alcanzarlo.
-Te extrañé demasiado.
-Yo también.
Su voz sonó como una caricia más. Cerré los ojos y me dejé vencer por el
deseo que sentía por él. Sus labios divinos, su aliento, el pecho junto al mío.
Es imposible rendirse cuando tienes compartes un sentimiento tan intenso con
alguien.
Sus manos fueron de inmediato hacia mis nalgas, apretándolas con fuerza.
Manoseó parte de mis muslos y de mis caderas. A media que subía, él me
hacía sentir viva.
Nos besamos como si hubiera pasado una eternidad entre los dos. Bueno, al
menos así lo sentí yo. Me cargó con facilidad y me llevó a la habitación. Por
un rato pareció no ubicarse bien, así que le tuve que guiar. Realmente era una
tontería puesto que mi piso es una fracción del suyo.
Me dejó sobre la cama y de inmediato se incorporó sobre mí. El aroma de su
cuerpo y el sonido de sus besos, me llevaban hacia una dimensión
completamente nueva. Lo tocaba, lo acariciaba. Tener a Erik así era lo que
anhelaba desde hacía tanto tiempo.
Poco a poco sentí cómo me desvestía. La verdad ni recuerdo qué era lo que
tenía puesto, sólo que quedé desnuda en un santiamén. Su boca recorrió mi
cuello y bajó, pasando por mis pechos y pezones, estuvo un rato allí;
mordiéndolos, lamiéndolos.
Siguió descendiendo hasta que se detuvo en mi torso. Lo llenó de besos y
caricias hasta que sentí su respiración en el nacimiento de mi coño. El calor
de su aliento me hizo estremecer por lo que me sostuvo con un poco más de
fuerza.
Primero un beso, después otro hasta que abrió la boca para succionar mi
clítoris. Su lengua lo acariciaba y lamía con suavidad y después con fuerza.
Me sostuve de las sábanas tanto como pude aunque sabía que aquello era
inútil.
Comía de mí, de mi carne, como si estuviera desesperado. Yo no paraba de
gritar. De hecho, quería acariciarle la cabeza pero simplemente no podía. La
excitación era tal que sólo me dejaba quedarme allí, presa de él.
Se mantuvo en el mismo lugar por un rato. Dejó de hacerlo fuerte para chupar
más lentamente. Ojalá pudiera describir mejor los sonidos que hacía. Era la
gloria pura.
Cuando me encontré en el punto en el que iba a correrme en cualquier
momento, él se levantó y dejó caer su elegante traje al suelo. Se quitó todo
salvo por la corbata. Deshizo el nudo y luego tensó el trozo de tela para
enseñármelo. Entendí que aquello serviría como objeto de dominación.
Me lo colocó sobre el cuello e hizo un amarre lo suficientemente fuerte y
firme. Luego me haló hacia él para darme un beso. Esta vez sí sentí la fuerza
de mi Amo porque tensó la corbata y su boca denotaba la intensidad que
guarda en él.
Hizo un gesto para fuera al suelo. Así lo hice y comencé a gatear según me dio
a entender. Mis movimientos eran lentos, pausados. Me paseó por la pequeña
habitación como su fuera una especie de mascota. Incluso me daba unas
cuantas nalgadas. Lo encontré increíblemente excitante.
Más tarde me coloqué de rodillas. Acomodé mis piernas y preparé mi
respiración porque sabía que había llegado el momento de chupárselo. Lo dejó
caer sobre mi cara y cuando quise lamerlo, me dio una bofetada.
-Aún no.
Asentí y esperé. Por supuesto que aquello resultó ser toda una tortura. Erik lo
colocaba frente a mí, el glande rozaba mi frente y mis mejillas; me daba
golpecitos con él y ya en ese punto estaba demasiado ansiosa por él.
Finalmente, el brillo juguetón de sus ojos me dio a entender que ya me iba a
recompensar por la paciencia. Me incliné hacia él y su mano me guió hasta que
devorar su pene por completo.
Estaba todo en mi boca, sin dificultades, sin arcadas. Pude verle la expresión
de sorpresa y de gusto. De hecho fui más profundo, al punto que le hice
exclamar un gemido. Adoraba escucharlo así.
Hice movimientos suaves al inicio porque deseaba saborearlo bien. Cuando lo
sacaba, lo rozaba entre mis labios al mismo tiempo que él me daba más
bofetadas. Lo hice tan intenso que se tuvo que apoyar sobre una pared. Sus
piernas le comenzaron a flaquear. Por mi parte, ignoré ese detalle. Moría por
darle todo el placer que pudiera.
De repente, sacó su pene de su boca y me haló por el cuello. Me puso de perfil
y flexionó sus rodillas. Con su mano, sostuvo su verga y me dio varios golpes
con él en la cara. En el proceso, sólo pude escuchar un “mastúrbate”; y así lo
hice.
Apenas puse mis manos en mi coño y de inmediato pude sentir el calor y la
humedad que desprendía mi cuerpo. Rocé mis dedos sobre mi clítoris y
comencé a tocarme con fuerza. Aunque no me lo pidió, chupé mis dedos
mientras lo miraba a los ojos. No sé qué se le cruzó por la cabeza que de
inmediato jaló la corbata, haciendo que me pusiera de pie.
-Sí… Eres una niña mala.
-Sí… Lo soy, Amo.
Me dio un par de nalgadas muy fuertes y me colocó sobre la cama en cuatro.
Todavía sostenía la corbata entre sus manos y haló un poco más. Cuando sentí
que se me cortaba un poco la respiración, me penetró.
Su pene delicioso y caliente se adentró entre mis carnes con salvajismo. Con
la mano que le quedaba libre, me daba más nalgadas o se sostenía de mis
caderas. Por mi parte, traté de abrirme más con el fin de que él pudiera llegar
más lejos y profundo.
Mordí la almohada cando me embestía. Sentía que iba a atravesarme en
cualquier momento. Creo que nunca en mi vida gemí tanto como esa vez.
Entonces, cuando pensé que iba a perder la razón en cualquier momento, Erik
me tomó por la cintura y volvió a acomodar mi cuerpo según sus deseos.
Quedé con la espalda sobre la cama. Nos miramos por un rato. Sus dedos
fueron hacia mi rostro, acariciándolo.
-Sí, te extrañaba demasiado.
Soltó la corbata y fue sobre mí. A diferencia de otras veces, lo hizo con
lentitud y suavidad. Me besó la boca, los ojos y la frente. Parecía un tipo
completamente diferente. Abrió mis piernas y se fundió en mí como si
fuéramos una sola piel.
Sus brazos rodearon mi cabeza, sus piernas rozaban las mías, nuestras pelvis
se golpeaban entre sí haciendo sonidos fuertes y otros más suaves. A veces
enterraba mis uñas sobre sus hombros y otras sólo lo acariciaba. El sexo con
él era como una montaña rusa que me llevaba a donde quisiera.
Permanecimos pegados hasta que tomó la posición que yo tenía hasta ese
momento. Volvió con la corbata y la haló hacia sí mientras yo me sentaba
sobre él. Hice un largo gemido de placer y comencé a moverme. Erik
observaba cómo lo hacía así que asumí un papel de mujer sensual, de femme
fatale que está dispuesta a complacer a su hombre más allá de sí misma.
Fui tan rápido y tan violento que experimenté de nuevo esa sensación de
desprendimiento de alma y cuerpo. Eran flashes intensos que me hacían volar.
El cable a tierra era los jalones que hacía Erik con la corbata.
Lo monté por un rato. Incluso, cuando mis piernas parecieron rendirse, una
fuerza emergía dentro de mi cuerpo para continuar. Ahora que lo pienso,
quizás era él mismo que me contagiaba de esa intensidad.
Eventualmente bajé el ritmo y le pedí que me permitiera correrme. Él no me
respondió inmediatamente ya que era una costumbre que tenía como
Dominante.
-Tienes que acostumbrarte que soy yo quien da la orden.
Abofeteó mi cara para dejarme en claro lo que quería decir.
Sentí una especie de hormigueo en mis muslos. Por una parte me preocupé
pero inmediatamente supe que se trataba del tiempo que tenía moviéndome.
Gracias a la experiencia de Erik, volvimos a cambiar de posición y
experimenté un alivio momentáneo. Sin embargo, ya mi cuerpo no podía más.
Me folló unos cuantos minutos más. Paró y lo mantuvo dentro de mí. En ese
instante me dijo:
-Córrete para tu dueño.
Puso su dedo sobre mi clítoris y una descarga de energía reavivó mis
emociones. No faltó demasiado para que el orgasmo tomara el control de mi
ser. Convulsioné un poco y me rendí sobre la cama. La oscuridad me hizo
saber que estaba en las profundidades de un lugar que ya había visitado.
Mantuve los ojos cerrados hasta que el gemido constante de Erik me hizo
reaccionar.
Sus ojos se encontraron con los míos y sus manos sostenían mi cuello. Sus
labios rozaron mis mejillas mientras que mis brazos lo rodearon a pesar que
no estaba completamente consciente. La intensidad de esa corrida casi me dejó
al borde del desmayo.
Me dio un beso largo y suave hasta que se corrió dentro de mí. Su cuerpo cayó
sobre el mío y los dos compartimos la respiración agitada. Nuestros pechos se
convirtieron en una sinfonía que dejó demostrado el esfuerzo que hicimos para
poseernos. Volvió a mirarme y a besarme. Podía quedarme entre su calor hasta
que se acabara el tiempo.
Los dos nos quedamos dormidos en cuestión de minutos. Sin embargo,
desperté por el sonido de las bocinas. Olvidé que, como vivía más en el
centro, mi piso era más vulnerable a los ruidos de la ciudad.
Me levanté con cuidado para ir a la cocina y buscar un vaso de agua. Mientras
lo hacía, Erik estaba dormido como un bebé. Incluso roncaba. Aquella imagen
me resultó tan enternecedora porque nunca lo había visto así. Siempre era el
tío imponente que, cuando apenas entraba a una habitación todos tenían que
ver con él. Ahora, en una posición tan única, Erik parecía el ser humano más
vulnerable del mundo.
Tomé unos pantaloncillos en una silla, una franela de Rammstein ya toda rota y
una bata, estaba haciendo un poco de frío.
Caminé hasta la cocina con todo el silencio del mundo. Era un intento por no
romper la armonía. Deseaba que ese momento durara todo lo que fuera
posible, aunque sabía que llegaría a su fin.
Abrí la puerta del refrigerador y me serví un vaso. Al terminar de tomarlo, él
estaba allí, en el marco de la puerta, observándome.
-Joder, casi me matas de un susto.
-Ja, ja, ja. Lo siento.
-Creí que estabas dormido.
-Sí lo estaba. Pero me moví, no te sentí a mi lado y me levanté para buscarte.
Se acercó a mí y me dio un beso en los labios.
Nos sentamos en la mesa sin decirnos nada. Concluí en ese instante que él y yo
no nos hacían falta las palabras para sentirnos bien uno junto al otro.
VIII
-¿Tienes los diseños listos?
-Sí. Ya los envié a Dropbox para que lo revisen.
-Bah, no hace falta. Sabemos que están perfectos. Por cierto, necesitamos unas
muestras para la presentación de mañana.
-También los subí.
-Vaya. Excelente. Te avisaremos si surge alguna modificación, aunque
sinceramente no lo creo.
-Vale.
Recliné mi espalda sobre la silla y bebí un sorbo de café. Estaba orgullosa de
mí misma al saber que había tachado todos los pendientes de la semana. Ahora
podía dedicar mi concentración en otra cosa.
Me levanté para ir al baño. Al pasar por los pasillos y cubículos, me di cuenta
que estaba gustándome esto en lo que mi vida se había convertido. La rutina
del trabajo me dio una sensación de seguridad que hallaba agradable.
Por suerte, me encontré sola en el baño. Mi miré al espejo y me arreglé un
poco el cabello. Esa noche tendría una cita especial y estaba un poco nerviosa.
Alcé lentamente la falta y miré el brillo del buttplug que tenía puesto. Desde
hacía tiempo, estaba entrenando mi ano para probar de nuevo los placeres del
sexo anal. Por otro lado, me gustaba saber que tenía eso allí como muestra de
que mi relación con Erik estaba en otro nivel.
Debo acotar que ya soy oficialmente su sumisa. De hecho, el momento en el
que me lo pidió me pareció increíblemente gracioso. Estaba atada en la cruz
de San Andrés, con una mordaza de bola y recibiendo unos fuertes latigazos en
mis piernas y torso.
Mi boca desprendía largos hilos de saliva, mis ojos estaban llorosos y mis
gritos eran reprimidos. Erik, vestía un traje formal mientras me castigaba.
Cada azote era acompañado por una sonrisa.
De repente, me quitó la mordaza y me miró como si estuviera a punto de decir
algo. No le presté mucha atención puesto que estaba concentrada en la
excitación y el escozor que me dejaba el cuero sobre mi piel.
Soltó el látigo y me tomó del rostro pero con suavidad. Traté de descifrar lo
que quería decir hasta que habló:
-¿Quieres ser mi sumisa?
-Sí, Amo. Siempre.
Él sonrió de alivio como si estuviera esperando otra respuesta. Se alejó de mí
por un momento y regresó con una cinta de cuero con un pequeño aro plateado
en el centro. Me lo enseñó y luego lo dejó sobre la cama.
Comenzó a deshacer los amarres con cuidado y me ayudó a incorporarme. Me
senté en el borde de la cama y sentí cómo me ponía el collar. Rocé un par de
dedos sobre él. Estaba impresionada porque, a pesar de las sesiones, vi
nuestra situación como algo que seguía en lo casual.
Se acercó a mí y me besó. Fue un beso dulce, suave.
-Esto es para que los recordemos el compromiso que tenemos. Yo asumo la
responsabilidad de cuidarte y protegerte, y tú el de entregarte a mí, siempre.
-Siempre.
-No sabes lo nervioso que estaba.
-¿Por qué?
-Porque siempre me preparo para peor. Pero nada, hoy no ha sido así. Hoy me
siento como un chaval. Así que, celebremos un poco con más azotes, ¿te
parece?
-Sí, Amo.
Aún puedo recordar el brillo de sus ojos cuando le dije que sí. Después de ese
momento, marcó todo mi cuerpo con el cuero de los latigazos y con las
mordidas que me dio. Estaba dispuesto a decirle al mundo entero que era suya
y de nadie más.
Puse el móvil en la encimera del baño y tomé una foto.
-Buenos días, Amo.
Le envié la imagen a Erik y esperé ansiosamente por su respuesta. Mientras
terminaba de refrescar mi maquillaje, me respondió.
-No sabes lo que te espera.
Sonreír y salí como si no hubiera pasado nada. Me encantaba saber que quien
se acercara a mí, no tuviera la mínima sospecha que tenía esto en mi cuerpo y
gracias a la orden de mi Dominante.
Durante toda la tarde, miré al reloj sin parar. Habíamos quedado que me iría a
buscar por lo que la ansiedad me estaba matando. Al acercarse la hora,
comencé a sentirme nerviosa.
-¿Qué me pasa?
No tenía por qué estar así. No era la primera vez que estaba con él ni era
nuestra primera sesión. Sin embargo, siempre había ese componente en
nuestros encuentros. Supongo que aquello ayudaba a sazonar lo que teníamos.
-Estoy abajo.
Me avisó finalmente. Tomé mis cosas, me despedí de todo el mundo y salí
apretando el paso. Apenas se abrieron las puertas de la entrada principal, allí
estaba él. Apoyado sobre el Lamborghini y con una sonrisa que casi me hizo
correr hacia donde se encontraba. Sí. Ese hombre era me hacía sentir como
una niña.
-Vaya, sí que estás guapa.
-Gracias.
Nos besamos y olvidé por completo el frío que estaba haciendo.
-¿Nos vamos?
-Claro que sí.
Me abrió la puerta con galantería y me subí. Él hizo lo propio y arrancó los
motores. Sabía que iríamos a su casa, a esa mazmorra que ya se convirtió en
nuestro sitio de placeres y lujuria.
Llegamos al poco tiempo y aparcó al frente como siempre. Sin embargo, supe
que había cambiado su modo a Dominante porque no pronunció palabra y
porque la expresión le cambió por completo.
Deshizo el nudo de su corbata y me lo colocó en el cuello. Llegamos a la
entrada y me hizo arrodillar.
-Anda.
En esa posición, mis nalgas quedaban expuestas y, por ende, él podía ver el
buttplug que me había regalado.
Avancé lentamente, subí las escaleras con cuidado. Llegamos a la habitación y
me coloqué sobre la cama. Él dejó parte de la corbata sobre la cama y se
apresuró a darme unas buenas nalgadas.
-No sé por dónde empezar.
-Por donde más te guste, Amo.
Él asintió y sentí cómo se agachaba. Su lengua fue directamente a mi coño y a
mi ano. Volví a morir y a vivir. Volví a ser su esclava… Y me gustaba.
Título 2
Rey
I
Un chico gordo corría por las calles con la respiración a punto de fallarle. Las
punzadas en las espinillas se volvieron más agudas. Era el tipo de dolor que le
indicaba que era momento de parar… Pero no podía. Detenerse lo haría
perder la batalla por sobrevivir.
-Hey, bola de grasa, no llegarás muy lejos.
Logró escuchar a lo lejos. Las risas tras el comentario del matón del barrio
también retumbaron en sus oídos. Era una descarga eléctrica directo a su
orgullo.
Siguió con todas sus fuerzas, volteando cada tanto para cerciorarse que tenía
suficiente ventaja. Sin embargo, no vio un bloque de ladrillo que se encontraba
en medio de su camino. Se percató muy tarde.
Tropezó y cayó de bruces. Se golpeó la nariz y la mejilla. El ardor del impacto
lo hizo sentirse desesperado por recobrar el equilibrio pero no pudo. El grupo
de siete chicos, quienes estaban siguiéndolo, le rodearon. No tenía
escapatoria.
-Te dije que no llegarías lejos. Ahora la pagarás, bola de grasa.
La voz se alejó de su rostro e inmediatamente comenzó a sentir una serie de
patadas y puños sobre su cuerpo. Fueron tantas al mismo tiempo que apenas
tuvo tiempo para cerrar los ojos para protegerse de alguna manera.
Al estar satisfechos, hurgaron entre sus bolsillos para sacarle el reluciente
billete de 20$ que se había ganado ese día trabajando en la farmacia.
-Ya no necesitas esto, bolita.
El calor de la sangre que emanaba de su cabeza y de su nariz hizo que se
concentrara en buscar las respuestas que pudieran calmar a su histérica madre.
Un último golpe al estómago y se alejaron de él, dejándolo en medio de un
callejón golpeado y sin un duro para regresar a casa.
Mark se levantó del suelo y se sacudió el polvo de la ropa. Ya no le dolían las
espinillas por lo que pudo caminar con cierta comodidad a pesar, claro, de los
golpes y las heridas.
Al salir, la luz del sol le hizo recordar la humillación que acaba de sufrir. A
medida que avanzaba, sintió las miradas de pánico y otras de risa que cayeron
sobre él. Hasta llegó a escuchar un “pobre chaval”. Eso era él, un pobre chico
que no pudo pelear como los hombres.
Cayó la noche y se encontró frente al edificio en donde vivía. Sólo ansiaba
acostarse en su cama y olvidar por un momento lo sucedido. Subió las
escaleras y abrió la puerta. Su madre no estaba así que respiró de alivio.
Entonces fue al baño para mirarse.
Se echó para atrás al ver el espectáculo. El pómulo derecho estaba a explotar,
los labios estaban rotos así como la nariz, de la sien brotaba un hilillo de
sangre. Bajó el cuello de la camiseta y observó otro moretón que supuso que
se pondría feo al paso del tiempo.
A diferencia de otras veces, no sintió lástima por sí mismo, sino más bien ira.
Ira que le nació en la boca del estómago y que se repartió a sus extremidades
como un virus. Ya no sentía dolor.
Algo se quebró dentro de Mark ese día y lo supo en cuanto salió de ese
callejón. Supo que ya no sería ese niño gordo objeto de burlas y golpes. Tomó
la decisión de que debía defenderse el resto de su vida y que lo haría con una
furia tal que no dejaría espacio para súplicas.
Abrió la llave de agua y comenzó a limpiar las heridas. Sacó unos cuantos
algodones y alcohol, y los puso sobre el lavabo. Aprovechó la soledad para
cambiarse de ropa y tomar un baño.
Horas después, su madre se asomó a su habitación y lo encontró golpeado. Era
de esperarse los gritos de indignación y las preguntas sobre lo que había
pasado.
-Mamá, no te preocupes, me puse a jugar cerca de las vías y no pillé un tren
que venía. Tuve que salir corriendo y me tropecé con las piedras y la maleza
que hay allí, ¿sabes? Por suerte no pasó nada grave.
Ella insistió en llevarlo al hospital pero la negación tan tajante de Mark ante la
idea, le hizo retroceder.
-Esto no se ve bien, hijo. Necesita curarse.
-Está bien, mamá. No te preocupes.
Claro que necesitaba curarse pero él no quería. Deseaba sentir y ver el dolor
para recordarse que no daría marcha atrás a sus intenciones. Los golpes
transformaron al adolescente para siempre.
Le tomó varios días de planificación pero faltaba poco para ejecutar su plan.
Eran siete así que se tomó el tiempo para hacerles sentir que todo había
pasado sin mayores problemas.
Regresó al trabajo en la farmacia para trabajar largas horas y así reunir un
botín lo suficientemente atractivo para sus matones. Se aseguró que la noticia
llegaría a ellos con el fin de tentarlos a hacerle de nuevo lo que le hicieron.
Cada día, al regresar a casa, tomaba un momento para verse al espejo y
repetirse constantemente que lo lograría. Que debía espantar al miedo porque
de lo contrario nunca sería libre. Y deseaba demasiado serlo.
Su jefe lo despidió con amabilidad y con la sugerencia de que tomara otro
camino. Él supo lo que le pasó porque lo infirió. Mark asintió como el buen
chico que era pero por supuesto que ignoró el consejo. Las semanas le
ayudaron a estudiar las rutas y costumbres de los siete.
Caminó por la calle de siempre y sintió las sombras detrás de él. Comenzó a
correr. No tardó mucho en escuchar las risas al ras de sus pies.
Tomó una vía que lo llevó hacia un espacio abierto. Para cualquiera esto era
un suicidio pero para Mark representaba que todo su plan estaba llevándose a
cabo a la perfección. Apretó el paso y percibió cómo los siete cayeron en una
zanja que había cavado días después y que escondió con hojas y ramas.
El estrecho espacio, limitó el movimiento de los chicos. No podían levantarse
por más que lo intentaran. Una sensación de somnolencia los hizo perder la
consciencia de a poco. Lo último que vieron fue el rostro de Mark envuelto en
un trapo blanco.
Lo cierto es que Mark, luego de hacer la zanja, empapó telas con una fórmula
sedante que había logrado hacer en la farmacia. Lo probó varias veces y hasta
calculó el tiempo de acción. Así que, al verlos así, entre la tierra, lo hizo
sentir poderoso… Aunque no estaba ni cerca de terminar.
Esperó a que todos estuvieran inconscientes para cubrir los espacios de la
zanja con tierra hasta que esta les llegara a la cabeza. Luego extrajo de un
saco, el cuerpo de un gato muerto que encontró en la carretera ese día.
Lo dejó frente a ellos y se sentó a que el efecto pasara. El primero en
despertar fue el líder.
-Pero qué coño…
-Cállate.
Le respondió con la voz sombría.
-Esto no te conviene, bola.
Apenas terminó la frase, sintió el golpe en la nuca que casi lo noqueó. Mark
tenía un bate de béisbol que balanceaba de un lado a otro.
El chico estaba rojo de la rabia hasta que vio a lo lejos una figura que no pudo
reconocer.
-Esta zona está repleta de coyotes, ¿sabes? Es extraño en este lado de la
ciudad pero supongo que tiene que ver con las presas que encuentran.
-¡Mira, gordo…!
-No creo que sea muy conveniente eso de insultarme ahora. Verás, ellos no me
hacen nada porque me conocen. Siempre vengo para aquí cuando se les antoja
golpearme como piñata así que no les molesta mi presencia. Cosa que no
sucede con el resto. De hecho, no sé por qué, pero ellos son una subespecie
algo desconfiada y agresiva.
El sudor le corrió por la mejilla al observar el gato muerto.
-Exacto. Les dejé un regalo para que coman algo.
-Estás loco.
-No lo dudes.
La figura difusa se volvió más nítida, más clara. Por si fuera poco, no era una
sola sino varias. El olor del gato muerto atrajo a unos cuantos coyotes.
Mark estaba muy divertido aunque apenas pudo sonreír porque aún le dolía el
pómulo. Eso le hizo recordar el motivo por el que estaba ahí. Trató entonces
de disfrutar cada momento.
-Bien, tengo que irme.
-PERO TE HAS VUELTO LOCO, TÍO. AYÚDANOS. NO NOS DEJES
AQUÍ.
Unos cuantos más comenzaron a despertarse.
-Ustedes son listos y tienen fuerza para superar esto. Así que no se angustien.
Saldrán de esta.
Se levantó del suelo y se acercó a los cuerpos asustados enterrados en la
tierra.
-Diviértanse.
Se alejó a paso lento, como queriendo recordar el sonido de la desesperación
de quienes le suplicaban la ayuda. Ese sonido más el olfateo de los coyotes, le
dieron una gran satisfacción.
Encontraron a los chicos un par de días después. Hambrientos, débiles y con
heridas en el cuello y la cabeza. Al momento de ser interrogados, ninguno dio
explicación de lo ocurrido. Permanecieron en completo silencio. Desde ese
día, Mark pudo andar por las calles sin el temor de que lo lastimaran.
Los años pasaron y ese chico regordete y tímido, se convirtió en el líder de la
organización criminal más peligrosa de la ciudad. Cualquiera tendría que
pensársela dos veces antes de meterse con él.
El éxito de los negocios ilegales fue tal que pudo costearse la vida que
siempre quiso. Una gran mansión, mujeres a cualquier hora del día y todo lo
que deseara. Sus gustos incluían el usar trajes blancos a medida, habanos,
comida cara y coches de último modelo. No había impedimento ni límites.
Al darse cuenta de que las cosas estaban avanzando, necesitó conformar un
grupo sólido que le ayudara a consolidarse. Así que reclutó cientos de
hombres de los mejores calibres para que le fueran fieles a sus propósitos.
… A estas alturas era imposible detenerlo.
II
Jack era uno de esos casos especiales en donde un ex marine se convierte en
un criminal. Lo cierto es que luego de darse de baja en el ejército, sintió una
profunda decepción por el sistema por lo que decidió que sería gracioso
corromperlo de alguna manera.
Conoció a Mark mientras trabajaba en un campo de tiro. El hombre, vestido de
blanco en medio del humo de los habanos, le preguntó que hacía él en un lugar
como ese. A pesar de querer renunciar a esa charla innecesaria, terminó
convencido de la oferta laboral de aquel hombre corpulento y misterioso. Así
que, al final, tomó sus cosas y se fue con él.
Eventualmente, Jack pasó a ser un sicario de sumo cuidado. De hecho, le
decían “El Francotirador” porque esa era su especialidad, matar a las víctimas
mientras menos se lo esperaban.
Gracias a un récord impecable, también se aseguró uno de los primeros
puestos de confianza entre la organización. Incluso, Mark, quien no sometía a
votación sus decisiones, se apoyó en él en varias ocasiones.
Sin embargo, la larga trayectoria criminal del líder de la mafia, le hizo
susceptible a caer en vicios de todo tipo. Esto le costó el respeto de unos
cuantos miembros, incluido Jack.
Él estaba cada vez más convencido que sería la persona ideal para el grupo.
Dejaría atrás las absurdas extravagancias y se concentraría en lo importante:
hacer tanto dinero como fuera posible.
Estos pensamientos subversivos, sin embargo, los olvidaba cuando su cabeza
estaba entre las piernas de una mujer. Jack, a pesar de ser un hombre frío y
calculador, no obviaba otros placeres de la vida.
Sí, él era amante de las mujeres hermosas y del buen licor. La combinación de
ambas cosas le proporcionaba una experiencia que iba más allá de lo sublime.
Las modelos eran su perdición. El ver aquellas piernas largas y esbeltas le
producían un morbo anormal. Sólo imaginaba en enterrar su cabeza entre ellas
y saborear el coño húmedo. Además, encontraba el sexo oral uno de los
máximos placeres que existían.
Pero, si bien era amante del buen sexo, también lo era del control y la
dominación. Al ganar más experiencia, descubrió su inclinación hacia el
BDSM, por lo que, además, se hizo un nombre en los grupos de esta
inclinación.
En vista de ello, Jack mantenía estos gustos muy alejados de su vida normal.
Cualquier información personal podría convertirse en una bomba de tiempo
que podría actuar contra él.
-¿Vas a ir a la fiesta del jefe?
-¿Cuál fiesta?
-Venga hombre. Es mañana. Champaña, tías buenas, comida. Tienes que ir.
-Mmm. Supongo.
Jack dejó la conversación. Tomó sus llaves y fue hacia su nuevo y flamante
Porsche Carrera 4 GTS. Lo encargó con un tono gris metalizado que iba
perfectamente con su gusto por lo industrial. Calentó un poco los motores y
salió como una flecha hacia su casa.
Se adentró en una zona casi exclusiva de construcciones modernas y
minimalistas. Tomó un atajo que lo llevó a un camino de piedra que lo condujo
una edificación pequeña pero sin duda hermosa.
Había grandes ventanales, concreto y detalles metálicos. La estructura,
además, contrastaba con la vegetación que estaba alrededor. No sólo por
concepto de hacer el lugar más atractivo visualmente sino porque servía para
esconder los artificios para proteger la propiedad.
Aparcó el coche frente a la entrada y salió. Se detuvo por un momento y
observó la casa. Su casa. Le parecía increíble que después de tantos tropiezos,
pudiera tener algo para sí mismo. Recordó los golpes y el sufrimiento de su
familia, la identidad que tuvo que dejar atrás y el hombre que era y que murió
el día que selló su destino con el crimen.
Miró al suelo y trató de darse ánimo al recordar que cada cierto tiempo
enviaba dinero a los suyos. No sabía sus problemas ni dificultades pero, al
menos, tendrían la opción de contar con algo para resolver.
Sacó las llaves de su bolsillo y las hizo sonar hasta que llegó a la puerta. Una
luz proveniente del techo, se encendió apenas puso los pies en el tapete. Entró
con el cansancio en los hombros y se desplomó sobre el sofá que tenía más
cerca.
El espacio amplio de la sala le hizo sentirse un poco solo así que no tardó
mucho en levantarse de nuevo, prepararse un trago e ir a la habitación.
Mientras lo hacía, dudó si ir o no a la fulana fiesta. ¿Por qué tendría ir? Ese
tipo de eventos siempre le parecieron inútiles pero quizás serviría para
reforzar alianzas.
Dejó el vaso de whiskey sobre el elegante mueble de madera y tomó el móvil.
Tecleó con rapidez y se recostó sobre la cabecera mientras esperaba la
respuesta. El pitido lo hizo reaccionar de su ensimismamiento y sonrió.
Recibiría la compañía que deseaba en cuestión de minutos.
III
A pesar de sus esfuerzos por ignorarlo, la fiesta era una noticia que no sólo
corrió entre los miembros de la organización sino también por las altas esferas
de la sociedad. Mark era reconocido como un poderoso hombre de negocios
por lo que podría esperarse cualquier cantidad de invitados esa noche.
La mansión quedó decorada con luces, flores, velas, una banda, un dj, mesas
repletas de comida. Desde sushi hasta los postres más finos. Mark no escatimó
en gastos.
Para no sentirse más fuera de lugar de lo que ya estaba, Jack invitó a una de
sus citas usuales. Unas de las modelos más cotizadas del momento. La mujer
alta, rubia y exuberante, le encantaba estar con aquel hombre imponente e
intimidante.
El vestido azul intenso con una abertura en la pierna y con escote profundo en
la espalda, causó sensación entre los caballeros. Sin embargo, Jack tampoco
se quedó atrás. El traje negro le resaltaba la piel blanca y el rojo intenso de la
barba y del cabello casi rapado.
Aunque le gustaba la sensación de que la gente lo mirara, Jack fue más bien
por cumplir el protocolo. Además, no quería tolerar reproches por parte de su
jefe así que era una forma de evitar momentos incómodos.
-¡Estimados amigos! Estoy feliz de tenerlos aquí, celebrando conmigo. No. No
es mi cumpleaños ni una fecha especial. Más bien esto es para compartir y
celebrar los amigos. Esta noche es para que la pasemos bien. ¡Salud!
Detrás de las palabras de Mark, era claro que sí había una intención. Las
fiestas le resultaban útiles para saber quiénes de verdad estaban con él sobre
todo en el ámbito político.
Jack se desprendió de la elegancia de su acompañante y fue a saludar a su jefe.
-Buen discurso.
-¡Jack! Apostaba a que no vendrías. Perdí 50$, eh.
-Lo siento mucho.
-Venga, venga. ¿Qué te parece?
Miraron hacia la enorme piscina.
-Una gran cantidad de gente. Hay muchos que te siguen queriendo, ¿no crees?
-Pues sí, no lo puedo negar. Pero lo cierto es que realmente sí tengo un motivo
para ser feliz. Mira, por allá. ¿La ves?
Jack se asomó con desgano hasta que se concentró en un rostro hermoso rostro.
Pensó que se trataba de su imaginación hasta que la vio acercarse poco a
poco. Tenía un vestido negro y sandalias altas. El cabello largo le caía sobre
los hombros formando gruesos bucles en las puntas. El andar de sus caderas y
las piernas era un movimiento hipnótico. Tuvo que espabilarse porque de lo
contrario se vería como un chiquillo torpe.
Al estar frente a él, se colocó al lado de Mark con un gesto cariñoso.
-Ella es Amanda. Encontrarla fue un milagro para mí. Querida, él es Jack. Uno
de mis hombres de confianza.
Amanda extendió la mano y apretó fuerte la de Jack.
-Mucho gusto.
-El placer es mío, Amanda.
Volvió a caer en el encanto y el brillo de su piel morena. Sus ojos grandes
parecían absorberlo. Aquellos labios rojos que hacían una media sonrisa. La
pequeña mano que llevaba un mechón de pelo detrás de las orejas. Cada gesto
le pareció en extremo sensual.
-Bien, debo dejarte porque ya sabes cómo son estas cosas. ¿Estarás aquí un
rato?
-Eh… Sí, sí. Seguro.
La idea de irse rápido se fueron al caño al darse cuenta que acababa de ver a
la mujer que le movió el piso como nadie.
Permaneció de pie, mirándolos irse. En ese momento sintió el brazo de su
acompañante que se reunió con él luego de fastidiarse de ser admirada por
otros en la fiesta.
-Cariño, ¿por cuánto tiempo tenemos que quedarnos aquí?
-Un poco más, querida. Después iremos a la casa a divertirnos un poco.
-Vale…
Le dio un beso lento en la mejilla. Él le dio a entender que era mejor que lo
esperara en una mesa cerca de la barra porque aún tenía que saludar algunos
jueces y demás políticos.
Cada vez que quedaba envuelto en alguna conversación de esas aburridas,
buscaba a Amanda con la mirada. Observaba con detenimiento cada esquina
con tal de deleitarse la mirada con el cuerpo de esa mujer.
No la encontró en ninguna parte y se decidió por irse. Se acusó a sí mismo de
infantil por dejarse llevar por los impulsos.
-No es la única mujer bonita que conozco.
Volvió a decirse. Lo único que le restaba por hacer era tener presente el hecho
de que era mujer de su jefe y que era conveniente no pescar en aguas turbias.
La cita de la noche lo estaba esperando en el coche hasta que se topó con la
imagen gloriosa de Amanda.
Estaba en el marco de la puerta con un cigarro en la mano. Miraba el exterior
como si estuviera ansiosa por salir de ahí. Él quiso pasar desapercibido para
no tentar al destino, pero también deseaba ser objeto de su atención.
-¿Ya te vas tan pronto?
-¿Ah? Sí, sí. Tengo un compromiso.
-Ya veo. Es una lástima.
Exhaló el humo con una manera tan elegante que se quedó admirándola como
un tonto.
-¿Cuándo te volveré a ver? –Continuó casi inmediatamente.
Él no quiso verla. Especialmente, porque sabía que si giraba a verla, se
perdería en esos ojos negros. Así que se mantuvo con la vista hacia el coche.
-No lo sé. Depende de las reuniones y todo eso…
Quiso seguir la conversación hasta que ella se cansara de él pero no fue así.
Sintió su presencia. Su cuerpo estaba muy junto al suyo y lo miró de frente.
-He visto que has estado, pues… Un poco distraído y a lo mejor es porque
necesitas a hablar con quien hablar. Toma, este es mi número de teléfono. No
dudes en llamarme o escribirme. ¿Vale?
Para hombre acostumbrado a ser directo y a dar la iniciativa, se sintió
intimidado por esa mujer.
-Vale. Así lo haré.
Le sonrió, tiró la colilla y se dio la vuelta para dejarlo con la boca abierta.
Jack, aún en el umbral, se llevó la mano a la cabeza. Sonrió para sí y fue
caminando hacia el coche. Ya tendría oportunidad de pensar si era buena idea
o no el contactarla.
Abrió la puerta de conductor y lo primero que vio fue las piernas cruzadas de
la rubia.
-Cariño, si te has tardado demasiado. ¿Todo bien?
-Sí, sí. No te preocupes. Cosas de negocios, ya sabes cómo es.
-Entonces, ¿nos vamos?
Se acercó a él como una pantera.
-Claro que sí.
Después de un beso apasionado. Hizo el cambio de velocidades y tomó el
volante con ambas manos. Dio un último vistazo a la puerta de la gran
mansión. Puso el pie en el acelerador y los motores ronronearon y los
neumáticos patinaron sobre el asfalto. Eso correspondía a su afán de dar un
espectáculo cada vez que podía.
La casa de Jack no quedaba muy lejos de allí, por lo que llegaron en cuestión
de minutos.
-Vaya, ya extrañaba ver este hermoso lugar.
-Apuesto que sí, nena.
Le abrió la puerta y la vio salir con esa gracia típica de las chicas como ella,
como si conociera a la perfección todo lo que tenía que hacer.
Llegaron a la cocina. Ella se acercó al refrigerador con la intención de comer
algún bocadillo nocturno.
-¿Tienes algo aquí que sea delicioso y fácil de hacer?
Él se quedó tras ella y la tomó desde atrás con sus manos. Acarició su cintura
y sus pechos. Ella gimió un poco por lo cual fue la ocasión perfecta para
atraerla más hacia su cuerpo. Con una mano la sujetó por el cuello mientras
que con la otra, rozaba la firmeza de sus muslos. Sus labios rozaron la
suavidad de su nuca.
Cuando estuvo un poco más desesperado, la sostuvo por las caderas y la giró
para que quedaran de frente. Subió poco a poco hasta que la tomó por el
cuello y comenzó a besarla apasionadamente.
Su lengua fue directamente a la suya. Jugó con ella. La chupó e hizo lo mismo
con sus labios. No faltó mucho para que los brazos delgados de su
acompañante se apoyaran sobre sus fuertes hombros para no caerse. No quería
perder el equilibrio ante la forma en cómo la besaba.
La alzó suavemente para llevarla consigo a la habitación. Subieron unos
cuantos escalones y la dejó sobre la gran cama que se encontraba en el medio
del lugar.
Él le subió un poco el vestido por el afán de chuparla y por el morbo que le
producían sus piernas exquisitas. Las acarició lentamente hasta que se inclinó
hasta su entrepierna. Descubrió que no tenía debajo por lo que fue más fácil
que su lengua encontrara el punto de placer.
Su coño estaba húmedo y caliente, sus líquidos le sabían dulces así que se
preparó mentalmente para no anticiparse. Se quiso dar el gusto de saborearla
como le diera la gana. Primero besó sus labios para luego chupar con más
fuerzas cada parte. A este punto, ella no paraba de gemir.
Con las manos sobre las sábanas, ella comenzó a pedir clemencia.
-Por favor… Oh, Dios… Por favor.
Jack hizo de oídos sordos y prefirió continuar pero esta vez con un ritmo más
violento. Los gritos hicieron eco en el resto del departamento.
Se encontró satisfecho cuando sintió el temblor de sus muslos cerca del rostro.
Se levantó lentamente y terminó de desvestirla. Al final, quedó ese cuerpo
blanco y sensual que esperaba por más.
Jack se puso de pie y comenzó a desvestirse frente a ella. Encontraba este
momento como algo muy placentero ya que le gustaba exhibirse. Dejó el traje
y la camisa en el suelo, así como los zapatos y medias. Al final, quedó
completamente desnudo, mostrando con orgullo su cuerpo esculpido.
Ambos se sonrieron y avanzó hasta apoyarse sobre la cama. Esperó un poco
más hasta que comenzó a masturbarse muy cerca. Al mismo tiempo, lo hizo
con ella lo que para Jack era toda una odisea. Tenía que mantener la
concentración en ambos puntos sin perder el control.
Se tocó con dureza puesto que así le gustaba sentirlo. Con respecto a ella, lo
hizo un poco suave pero sin perder la firmeza en el tacto. Cuando dejaba de
tocarse el pene, toma su pulgar y acariciaba el clítoris de ella con delicadeza
mientras le introducía un par de dedos.
Alzó la mirada para verla y se dio cuenta del sudor de su frente y del rojo de
las mejillas de ella. Así que se secó un poco y esperó un momento para
penetrarla. Los ojos suplicantes rogaban por sentir el miembro.
Se acomodó mejor para sentirse más cómodo. Antes de penetrarla, tomó el
glande y comenzó a frotarlo entre los labios y el clítoris. De nuevo, el chillido
de desesperación y súplica. Fue allí, en ese punto, cuando él la penetró con
fuerza.
Sintió cómo su carne caliente cedió ante la hombría de él. Se inclinó un poco
más para que ella lo tuviera más dentro. Llevó una de sus manos hasta el
cuello y la otra a uno de sus pechos para pellizcarle el pezón. Cada embestida
la hizo con la furia de un animal.
Siguió follándola hasta que extrajo su miembro y la giró para colocarla en
cuatro sobre la cama. Al apartarse un poco, le encantó ver la curvatura de su
espalda así como esos glúteos que enmarcaban el coño y el ano rosáceos.
Se levantó finalmente para buscar entre sus cosas un pequeño látigo. Sabía que
aquello no se trataba de una sesión en el sentido literal de la palabra, pero al
menos quería darse la oportunidad de ir más allá del comportamiento
controlador de siempre.
Delicadamente, rozó las tiras del látigo sobre el culo de ella. Lo hizo un par
de veces con la finalidad de que se familiarizara con lo que estaba por venir.
-¿Estás lista? –Le preguntó en un susurro.
-Siempre.
Como su especialidad era generar más suspenso, hizo que ella se desesperara
para finalmente darle el primer impacto. Vio encogerse un poco la espalda por
lo que continuó segundos después.
Intercaló los latigazos con lamidas y besos en la espalda. Acarició las partes
en donde era posible ver las marcas de las cintas de cuero. Sus dedos se
paseaban por su piel como si se tratase de un explorador.
Dejó el látigo en el suelo, se acercó al borde de la cama y se sostuvo de las
caderas de ella. Las apretó con fuerza y volvió a penetrarla. Esta era una de
las posiciones favoritas de Jack. Le hacía sentir que era un hombre poderoso y
que, sobre todo, tenía el control de la situación.
Cada tanto se acercaba al oído de ella para decirle cualquier palabra que la
humillara y que la hiciera sentir más excitada.
Jack no dejó de follarla con fuerza hasta que volvió a sentir el temblor
violento de sus muslos perfectos. Siguió y siguió hasta que sintió un par de
hilos calientes descender hasta su pene. Ella estaba tuvo el orgasmo en ese
justo momento.
En su afán de retar los límites de los demás, volvió a tocarla en el clítoris.
Ella se estremeció aún más así que perdió el poco control que tenía de sus
impulsos carnales.
Se estremeció un par de veces más hasta que por fin se dejó caer sobre la
cama. Sin embargo, Jack todavía estaba excitado. Sacó el pene de ella y no
paró de masturbarse hasta que se corrió sobre su espalda. Como un último
toque, tomó un poco de su semen entre sus dedos e hizo que ella lo lamiera.
-Buena chica.
Un rato después, mientras escuchaba la respiración de ella. Jack se escabulló
de entre las sábanas y se levantó. Se acercó al clóset para sacar un par de
pantalones de pijama. Bajó las escaleras para buscar algo para tomar y quizás,
picar algo.
Abrió la nevera y encontró un poco de jamón serrano, el sobrante de queso
manchego y pensó que sería buen maridaje el acompañar todo eso con un poco
de pan y un trago de whiskey. Preparó la sencilla comida en poco tiempo y se
sentó en el desayunador de frente al ventanal de la sala. La primera mordida lo
hizo sentir reconfortado y más porque la noche estaba fresca.
Mientras comía, recordó el rostro de Amanda con esa expresión de mujer
valiente y sensual. Le dio gracia que una chica tan joven tuviera la iniciativa
de acercarse a él sin temor, sino más bien con soltura.
Bebió un poco más de ese trago y el calor del licor que quedó en su garganta,
le hizo preguntarse si era prudente contactarla.
-No, no, no. No es buena idea, tío. Déjalo así.
Pero, ¿por qué? ¿Por qué no darle una oportunidad a ir un poco más lejos?
¿Por qué no probar los límites de lo que era prohibido? Sonrió para sí mismo.
Indirectamente había aceptado el reto del que tanto huyó… O no.
Terminó el bocadillo y esperó un poco más antes de subir. No sería fácil decir
la mala noticia de que era mejor irse a pesar que estaban en medio de la
noche.
IV
Luego de una pelea intensa, Jack pasó la noche solo y a todas sus anchas. Por
suerte hizo esa movida porque la imagen de Amanda se quedó en su mente. Así
que sin duda, hubiera tenido episodios incómodos de haber tenido a esa chica
junto a él.
Al levantarse por la mañana, volvió a bajar a la cocina para prepararse un
café como hacía de costumbre. Ese instante en donde todavía podía disfrutar
un poco más la tranquilidad de la mañana sin sentir la presión de las órdenes,
le hacía apreciar el silencio de esas horas.
Se sentó en la barra mientras leía el móvil. Se concentró por un rato en las
noticias hasta que se aburrió de consumir contenido negativo. Dejó el móvil
sobre el mesón y camino hasta el ventanal de enfrente.
El cielo de ese día lucía estupendo. El sol estaba brillante y, aun así, había una
brisa fresca. Pensó que no estaría mal aprovechar el clima y salir un rato. Así
que bien, una ducha y listo, saldría así fuera a caminar.
Cuando giró para poner en marcha sus planes, miró el móvil. Estaba allí como
una especie de recordatorio. Quiso esquivarlo, olvidarlo pero no, no pudo.
Así que se acercó y lo tomó.
-Al carajo todo.
Subió con rapidez y buscó el trozo de papel que Amanda le había dado. La
desesperación comenzó a subirle por el cuello hasta sonrió de la satisfacción.
Estaba debajo de su cama. Se levantó y comenzó a teclear un rápido mensaje.
¿Acaso no sería estupendo que ella aceptara su invitación a almorzar?
Lo dejó sobre la cama y se fue a tomar una ducha. Al desnudarse, pudo notar
las cicatrices a la altura del torso. Sintió la textura de las veces que recibió
balazos y los filos de cuchillos y de toda clase de objetos cortantes. Recordó
esa adolescencia dura en donde prácticamente luchaba por sobrevivir. Ahora
estaba rodeado de lujos y confort. Las vueltas de la vida.
Luego de que el agua fría le activara la circulación, salió y comenzó a secarse.
Se miró al espejo para verse con mayor detenimiento. Lo cierto es que Jack
era un hombre increíblemente atractivo. El contraste de su piel blanca, con los
ojos verdes y el cabello rojizo, le hacía blanco fácil de miradas.
Otro rasgo que también contribuía al magnetismo que proyectaba, era el tener
ese cuerpo fuerte y tallado gracias al ejercicio. Aunque era de buen comer,
también le gustaba pasar tiempo en el gimnasio aunque lo hacía más que todo
para canalizar su propio ser ansioso de dominio.
Inmediatamente, quiso revisar el móvil por si obtuvo respuesta. La ansiedad el
hizo sentirse como un adolescente.
Los sentimientos se exacerbaron cuando leyó la respuesta:
-Claro que sí. ¿En dónde te espero?
Reflexionó por un momento. Por supuesto que no podía recogerla en casa del
jefe, eso sería demasiado descaro y además, peligroso. Así que escogió un
lugar que fuera terreno neutro para ella.
-¿Qué te parece en la estación del metro principal?
-Estupendo.
Acordaron la hora así que tenía un poco más de tiempo para arreglarse.
Aunque, si fuera por él, iría de inmediato.
Amanda dejó el teléfono sobre la cómoda y sonrió para sí. Peinó el cabello
denso y negro con cuidado. Lo hacía cada vez que se sentía nerviosa. Luego se
levantó para escoger cuál sería el outfit ideal para dejar impresionado a Jack.
Porque, claro, deseaba dejarlo con la boca abierta.
Corrió las puertas de madera y rozó con sus dedos los vestidos casuales
colgados en el clóset. Tomó uno corto de estampado floras, unas medias
negras y unos zapatos de tacón del mismo color. Deseaba verse sensual y
altiva.
Miró el reloj de la mesa de noche y pensó que tenía un poco de tiempo para
prepararse. No era mala idea hacerle esperar un poco, pero sólo lo necesario.
Amanda vivía sola en un piso en el centro de la ciudad. Al formar parte de una
familia nómada por puro impulso, se acostumbró al desarraigo con facilidad.
Eso también le trajo como consecuencia la falta de concentración en la
búsqueda de un objetivo en la vida. Aunque era joven, no tendría 22 años para
siempre.
Dejó la universidad y se dedicó a trabajar en lo que pudiera. Fue mesera,
limpió baños y hasta atendió el delivery de una pizzería. Cualquier cosa que le
diera un poco de dinero, funcionaría.
Sin embargo, un día mientras caminaba en la calle, un hombre alto, corpulento
y de cabeza rapada la miraba desde el otro lado. Amanda estaba acostumbrada
a esas cosas pero aquel tío tenía algo que le resultó atractivo.
Dejó de pensar en eso y siguió concentrada en su camino hasta que entró en un
supermercado para comprar algunas cosas Poco tiempo después, sintió la
mirada del hombre muy cerca de ella.
-Hola.
-Hola, ¿qué tal? –Respondió con desinterés.
-Pues, he querido acercarme a ti desde hace rato y no he sabido cómo sino
hasta ahora.
Se rió con el comentario.
-Una risa. Nada mal, ¿eh?
-Para nada. Te da algunos puntos.
Él le sonrió. Gesto que, además, le hizo cambiar la expresión severa que tenía.
Luego de algunos minutos, la conversación se volvió amena. Amanda y Mark
se presentaron cuando ella estuvo a punto de cancelar la compra y, al salir,
decidieron que irían a por unos tragos. Más tarde esa noche, Amanda terminó
enredada entre las sábanas de la cama de ese hombre increíblemente rico.
Lo que para ella fue un asunto de una noche, no lo fue para Mark. Él,
acostumbrado a tener todo lo que quisiera, se encaprichó de la joven
divertida. Amando vio esto como una oportunidad para dejarse cuidar y, por
qué no, mantener.
Así que dejó de preocuparse por tomar trabajos absurdos y de deambular,
Mark se encargó de darle toda la tranquilidad que fuera necesaria. Incluso la
invitó a vivir a su casa pero la oferta no fue tan tentadora. Ella permanecería
en el mismo lugar porque así tendría un espacio para sí misma.
Sin embargo las cosas no estaban saliendo bien. De repente sintió la necesidad
de cambiar de situación, de hacer un giro importante por lo que la relación era
más bien un obstáculo. Tomar ese paso no sería fácil.
Así pues, le pareció lógico aprovechar la euforia de la fiesta para decirle que
era mejor darse un tiempo. Incluso llegó a practicar las palabras que le diría y
hasta el tono. Aun así, ella no contó con toparse con Jack.
Cuando cruzaron miradas, sintió que las cosas tenían sentido. Que el retraso
de su decisión era una cuestión del destino.
Al tomar su mano, al hundirse en sus ojos verdes, al sentir la fuerza de su
cuerpo, Amanda quiso más de él, por lo que se aventuró a proponerle un
encuentro. No tenía nada que perder.
Esperó ansiosamente su respuesta. Como la mujer confiada que era, nunca
dudó de la efectividad de su mensaje. Sonrió apenas supo que era él.
Allí se encontraba, de pie frente al espejo, mirándose y preparándose para
tejer las redes en las que caería Jack. Porque así sería.
Se acomodó la falda del vestido, se cercioró que las medias estaban impolutas
y que los zapatos estaban en las mismas condiciones. El maquillaje estaba
perfecto así como el cabello.
-Perfecto.
Solicitó un Uber y esperó a que la fuera a buscar. Faltaba poco por verlo.
V
Jack salió al encuentro. Presentía que las cosas se volverían interesantes.
Tiempo después, se encontró maldiciendo porque no encontraba puesto para
estacionar el coche. Finalmente, luego de esperar que una anciana maniobrara
su gran Malibú azul, aparcó.
Bajó con aire resuelto. No obstante, perdió esa actitud de confianza que
siempre solía tener para dar paso a un nerviosismo típico adolescente. De
hecho, a medida que se acercaba al punto de encuentro, el pecho parecía el
motor de una locomotora.
-Qué estúpido soy.
Lo cierto es que su mente estaba embebida entre los recuerdos de sus caderas
y de esa andar tan sensual que lo dejaron hambriento de esas carnes.
Subió las escaleras de concreto, cruzó el paso peatonal y observó el mar de
gente que iba a todos lados con extraordinaria velocidad. Colocó su cuerpo
tan cerca de la pared para así no sufrir demasiado por las embestidas.
-A mí sólo se me ocurre este tipo de lugares.
Luego de recriminarse, se refugió en una librería que estaba cerca. Apareció
como si fuera un milagro. Ese punto, además, era perfecto porque podría ver
las personas que iban y venían. De seguro no se escaparía de sus ojos.
Amanda pagó el Uber y se colocó la chupa vaquera para evitar el golpe de la
brisa traicionera de la primavera. El coche se alejó y ella quedó en medio del
caos. Claro, era hora pico.
Bajó las escaleras con cuidado y se adentró a una especie de laberinto de
pasillos y salidas. Aunque sabía las dificultades de andar en sitios
concurridos, también recordó la razón por la que odiaba a los subterráneos.
Caminó unos cuantos pasos más hasta que vio un destello rojo cerca. Alertada,
se acercó a las tiendas y efectivamente se trataba de Jack quien tenía la cabeza
hundida en un libro de espadas de la Edad Media. Sonrió.
Completamente distraído, Jack no escuchó la campanilla de la puerta que
anunciaba la entrada de alguien. Seguía ojeando el libro que tenía en las
manos hasta que percibió el aroma de un perfume que le pareció delicioso.
-Me da miedo interrumpirte.
Escuchó. Sobresaltado se dio cuenta que era la sensual voz de Amanda.
-Eh, lo siento, me distraje… -Respondió sinceramente apenado.
-Vale, no te preocupes. Parece interesante lo que estás leyendo.
-Ja, ja, ja. Lo está. Debo admitirlo, soy un poco nerd.
-Pues, me encanta eso.
Después de intercambiar un par de sonrisas provocativas, salieron del caos
para ir a almorzar.
-Por aquí hay una pizzería que es genial. Espero que te guste.
-Claro que sí. No lo dudo.
Caminaron un par de calles y entraron a un restaurante estilo rústico.
La expresión calmada de Jack realmente ocultaba la vergüenza de haberle
propuesto semejante lugar para encontrarse.
-Quiero disculparme. No fue buena idea eso de vernos en la estación central.
Pensé que estaría más despejado.
Ella lo miró con dulzura.
-No pasa nada. Me pareció divertido porque tenía mucho tiempo que no iba
allí.
Amanda mintió. Jack se sintió peor.
-Enmendaré el error.
-Estaré ansiosa de ello.
Pidieron un par de cervezas frías y ordenaron una pizza familiar con rúcula y
jamón serrano. Jack estaba decidido que era un tío con buenos gustos.
-Este es uno de mis lugares favoritos para comer. Cada vez que tengo
oportunidad, vengo a comer.
-Es majo el lugar. Me encanta… También me ha encantado que me escribieras.
Pensé que me habías olvidado.
Ella tomó un trago de cerveza y lo miró fijamente. Jack no pudo evitar sentirse
excitado por el arrojo de aquella mujer, así que se inclinó hacia ella.
-Hubiera sido imposible.
Fue la primera vez en que sintió esa aura de poder de Jack. Eso no la hizo
retroceder, más bien se vio intrigada ante ese gesto que sin duda buscaba
provocarla. Volvieron a mirarse como desafiándose hasta que el olor de la
pizza les hizo reaccionar.
-Aquí tienen. Espero que disfruten de su almuerzo.
El chico que los atendió volvió a perderse entre las meses y ambos tuvieron la
sensación que fueron salvados por la campana.
-Tenías razón. Esto está delicioso. Creo que también será mi lugar favorito de
pizzas.
-Te lo dije. No ha desperdicio.
Jack, mientras comía, dudó si era conveniente hacerle la pregunta que le daba
vueltas a la cabeza. Pero, como dicen por ahí, es mejor pedir perdón que pedir
permiso.
-Sabes, siento curiosidad sobre una cosa.
-Dime.
-¿Desde hace cuánto estás con Mark?
La pregunta cayó como una estocada directo al estómago. Si bien era cierto
que los dos disfrutaban de la compañía del otro, no podía obviarse el hecho de
Mark y menos cuando se trataba de un tío sumamente peligroso.
Amanda sabía que en algún momento vendría esa ronda de pregunta.
-Bien, hace unos meses. No recuerdo exactamente.
-¿Vives con él?
-No, en mi piso que, por cierto, no está muy lejos de aquí… Presiento que esa
duda hizo que nos encontráramos en la estación central. Tiene sentido, la
verdad. Pero creo que hubiera sido mejor que me lo preguntaras. No
representa un problema para mí.
Jack comenzó a sentirse encantado con la seguridad y confianza de Amanda.
Volvió a acercarse a ella.
-Tienes razón pero, como sabrás, no es una postura necesariamente fácil para
mí, ¿no crees?
Ella asintió ligeramente.
-Entonces propongo algo, ese tema no lo tocaremos, a menos cuando sea
estrictamente necesario.
-Tienes razón. Sería una lástima arruinar esta velada.
El asunto de Mark quedó guardado en un cajón y fue directo al olvido. Jack y
Amanda se concentrarían en esa tensión sexual que parecía crecer con el paso
del tiempo.
Al cabo de pocos minutos, la bandeja de acero quedó con los restos de migas
de pizza. En la mesa se marcaron los bordes de las botellas y las servilletas de
tela descansaban sobre la superficie. Mientras, Amanda y Jack conversaban
muy íntimamente.
A medida que hablaban, Jack deseaba llevársela a casa. Esperó un rato más
para no parecer descontrolado, hasta que colocó su mano sobre la de ella.
Amanda pareció desconcertada hasta que entendió el gesto.
-¿Nos vamos?
-Justo pensaba en eso.
La ayudó con la silla. Ese espacio mínimo de tiempo le sirvió para admirar las
formas en las que movía su cuerpo. Sin duda, tenía una gracia natural que la
hacía lucir sublime.
Ella avanzó hasta el umbral, esperándolo. La luz de la tarde bañaba su silueta,
marcando así las curvas de su cuerpo. La cintura, las caderas anchas, y las
piernas cuya formas, le hacía querer tenerlas alrededor de su torso.
Salió con ella y caminaron por acera mientras seguía el tráfico y la urgencia
de los peatones.
-Tenía mucho tiempo que no venía para aquí.
-¿Trabajas por aquí?
-Sí. Ja, ja, ja. Hice de todo. Creo que me faltó ser conserje. La verdad es que
he pasado estos últimos años improvisando sobre la marcha. Llega un punto en
que se vuelve agotador.
-¿Por qué has improvisado?
Amanda suspiró y miró hacia el suelo. Trató de escoger entre la colección de
recuerdos que se les presentó de golpe.
-Te lo resumiré. Digamos que mi familia y yo nos acostumbramos a no tener
sitio fijo. Eso, además, influyó a que nuestras relaciones no fueran muy fuertes
entre sí. El hecho es que me fui de casa, traté de estudiar en la universidad
pero terminé aburrida de todo eso. Sentí que estaba siguiendo un rumbo
predecible y quise terminar con eso. Sin embargo, pagué el precio de mi
osadía al trabajar en cualquier cosa para sobrevivir. Aun así, no me
arrepiento, de verdad.
Jack se quedó impresionado con el relato de ella y más cuando lo habló con
tanta naturalidad.
-No tengo miedo en decir este tipo de cosas. Son la verdad.
-¿Ahora cómo te sientes?
Amanda inevitablemente pensó en Mark.
-Pues, por un tiempo todo estuvo bien, pero tengo de nuevo esa sensación de
que tengo que cambiar de estrategia, por así decirlo.
-Entiendo.
Jack de verdad lo comprendió. Tenía claro, además, que sabía de qué se
trataba todo el asunto. Permaneció en silencio.
-¿Y tú?
-Es un asunto complicado.
-Vale. –Respondió ella sin querer ahondar demasiado. Por alguna razón se dio
cuenta que era mejor respetar las respuestas cortantes de Jack.
-¡Aja! Llegamos por fin.
El Porsche pareció brillar gracias a los rayos del sol. Era una joya sobre el
asfalto.
-Con esto queda confirmado que eres un tío que tiene muy buenos gustos.
Él, sin quitarle la mirada de encima, le respondió:
-Claro que lo tengo.
Le abrió la puerta y Amanda sintió la comodidad del cuero debajo de sus
piernas. Jack se incorporó y ambos se prepararon para irse.
-Conozco un sitio que tiene una vista increíble de…
No pudo terminar la oración porque los labios de Amanda acabaron sobre los
suyos. Ese beso, sin duda, lo tomó por sorpresa.
-Tengo rato queriéndote decir esto: quiero que me hagas tuya.
No supo qué responder, al menos no inmediatamente. Así que ella volvió a
besarlo pero esta vez con un poco más de intensidad. Su lengua se adentró la
boca de Jack. Sus delgadas manos tocaron su rostro con suavidad pero
también con pasión.
-Siento que no puedo más. Hazlo, por favor.
Sus manos ansiosas fueron hacia su cintura para apretarla. Gracias a su
cercanía, pudo sentir el latido de su corazón y la respiración agitada. Además,
ese aroma embriagante de su cuello, le hacía querer convertirse en un animal
feroz.
Fue cuando la tomó con ambas manos y le dijo lo que su boca no pudo. Ella
sonrió como si hubiera comprendido de inmediato lo que quiso decir.
Jack tomó el volante con ambas manos y pisó el acelerador. De fondo, se
escuchó el sonido del cierre que descendía entre las manos de Amanda. La
expresión de agradable sorpresa no se hizo esperar.
Apenas lo sintió en sus manos, se apresuró en acariciarle el bulto endurecido
entre sus piernas. Él se echó un poco para atrás y fue allí cuando sintió las
suaves caricias de ella.
Siguió acariciando hasta que ella sintió que la boca se le hacía agua. Tomó el
miembro con fuerza y lo dejó al descubierto. Al hacerlo, hizo una exclamación
de sorpresa. De hecho, le encantó saber que se trataba de un pene grueso,
bastante, y largo. Las venas se marcaban con facilidad y por si fuera poco, el
glande tenía un color rosado pálido que invitaba a ser devorado de inmediato.
Entonces Amanda introdujo un par de dedos dentro de su boca para acariciar
la punta de ese miembro que se veía tan delicioso. Luego se inclinó hacia él
para darle una suave y lenta lamida. De esta manera, pudo escuchar los
sonidos de excitación de Jack.
Un par de lamidas después, Amanda introdujo la carne del hombre que
deseaba desde el primer momento en que lo vio. Fue poco a poco hasta llegar
a la base. A ese punto, sintió un poco que le faltaba el aire pero pudo
acostumbrarse a las sensaciones. Lo dejó dentro por un buen rato hasta que
decidió hacer movimientos ascendentes y descendentes.
Jack, quien hizo un enorme esfuerzo por concentrarse, no pudo evitar colocar
una mano sobre el cabello de Amanda para apartarlo un poco y así tener la
oportunidad de mirarle devorar su pene. Se veía tan bella, tan sensual.
Instintivamente, movió su pelvis como si estuviera follando su boca. Quería
que ella se ahora con esa envergadura, que se tragara cada centímetro de él.
En ese momento, escuchó los pequeños gemidos de placer que ella hacía cada
vez que le hacía comerle su polla.
Desesperado, fue aún más rápido. Aunque si fuera por él, le arrancaría la ropa
ahí mismo y la follaría hasta hacerla gritar.
Tomó un atajo y en poco tiempo se encontró sobre el camino de gravilla que
conducía la entrada de su casa. Amanda no dejó de chuparlo hasta que sintió
que el coche se detuvo.
-Lo siento, es que no pude sacármelo de la boca.
Él la miró con hambre de su cuerpo y se le fue encima para besarla. Sus
lenguas volvieron a encontrarse para explorarse y seducirse. Jack se reprimió
un poco más, así que salió del coche para luego ayudarla a salir de allí.
Cuando se encontró junto a él, la apoyó sobre la puerta del copiloto y bajó sus
manos hasta su entrepierna. Ella se concentró en su mirada hasta que cerró los
ojos. Jack rozó su coño que ya percibía caliente y listo.
Las caricias suaves de al principio, se volvieron después intensas y
desesperadas.
-Te destrozaría aquí mismo.
-Hazlo, hazlo, por favor.
-Todavía no.
Le tomó la mano y llevó hasta la entrada. Gracias a la ansiedad, tardó más
tiempo en abrir que de costumbre. Al lograrlo, Amanda se sintió impresionada
por el tamaño de la casa y por lo elegante que era. Sin embargo, no quería
detenerse en ese detalle tan insignificante, así que se acercó rápidamente a él y
mirándolo con gesto juguetón, le quitó el cinto de cuero.
Jack se quedó en la expectativa hasta que observó que ella usó su cinto para
colocárselo en el cuello. Se puso de rodillas y le dijo:
-Haz lo que quieras conmigo.
Por un momento no pudo creer semejante regalo.
Dio unos cuantos pasos hasta tomar el otro extremo del cinto. Lo haló un poco
hacia arriba, impulsando su cuello y rostro. Estando allí, rozó ese delicado
mentón con sus dedos. Lo hizo suavemente hasta que la abofeteó. Se acercó
hasta su oído.
-No soy un hombre común. ¿Aún lo quieres hacer?
-Sí. Sin duda.
Volvió a darle otra bofetada hasta que una de sus mejillas se enrojeció.
-Veamos si eres la buena chica que pretender ser.
Se dio la vuelta y haló el cinto, haciendo que Amanda gateara por el suelo tras
él. Así lo hizo hasta subir las escaleras con cuidado, había tiempo suficiente
para disfrutar.
Llegaron a la habitación la cual estaba a oscuras. Jack pensó en encender las
luces pero le pareció más interesante el jugar con un ambiente así. Entonces
continuó su paso sobre la habitación hasta que soltó el cinto.
-Párate.
Amanda lo hizo y dejó de lados los zapatos de tacón que ya estaban
estorbándoles. Sintió la suavidad del piso de parqué y el calor que exudaban
de los cuerpos de los dos.
El dedo de Jack fue directo a su cuello hasta que lo tomó por completo y con
firmeza.
-Qué ganas de destrozarte.
-Hazlo.
-Por supuesto que lo haré.
Apretó un poco más.
Después de jugar con su respiración, la soltó y comenzó a desvestirla. Quedó
a la altura de su cintura y metió las manos debajo del vestido, bajó las
pantimedias y las bragas negras de encaje que tenía puestas. Echó a un lado
aquellas prendas y volvió incorporarse para quitarle el resto de la ropa. El
vestido y el sujetador también fueron relegados al olvido en una esquina.
Se echó para atrás para mirarla. Aquellas piernas de infarto, esas caderas
deliciosas que llevaban a ese coño húmedo, los senos pequeños y firmes, la
cintura que tenía esa fuerza magnética.
-Gira.
Quedó de espaldas a él y rozó el arco de su espalda hasta la base de la misma.
Admiró las nalgas que se veían redondas y apetecibles. Las apretó con ambas
manos tantas veces como le provocó. Se agachó por un momento sólo para
morderlas. Era imposible no hacerlo.
Asegurándose de las marcas de sus dientes y manos, se colocó de pie. Se quitó
la ropa de su tren superior. Hizo lo mismo con los zapatos salvo por los
pantalones. Volvió a tomar el cinto.
-Agáchate… Muy bien. Ahora, ¿sabes qué tienes que hacer?
-Terminar lo que empecé.
Se escuchó el sonido de una bofetada fuerte.
-Muy bien. Hazlo.
Amanda se relamió los labios. Bajó el cierre y desabrochó el botón del
vaquero de Jack. Este cayó pesadamente a sus pies. Finalmente era suyo otra
vez.
Con la mano derecha, lo tomó con firmeza y comenzó a masturbarlo
suavemente. A ese punto, el glande estaba palpitante y húmedo, por lo que
aprovechaba la humedad de sus fluidos para hacerlo con facilidad.
A medida que lo hacía, variaba la intensidad y la velocidad. Iba de lento a
rápido, así como de suave a fuerte. Jack sólo la veía aunque, cada tanto,
tocaba su cabello y lo apartaba para tener una mejor perspectiva de su rostro.
Sí, efectivamente era una mujer increíble.
Ella continuó con la masturbación hasta que comenzó a chupar el glande con
sus labios. Se mantuvo allí por un rato hasta que soltó la mano y dejó que su
boca hiciera el trabajo completo. Iba de adentro hacia afuera en un
movimiento constante y repetitivo.
Como en el coche, se volvió a escuchar las veces que se atragantaba con el
grosor de su pene. Eso lo excitaba más. Muchísimo.
Llegó un punto en que no pudo evitarlo más y haló el cinto hacia arriba. Ella
se levantó lentamente hasta quedar en puntillas frente a él. Se lo quitó y le
indicó que fuera hacia la cama.
-En cuatro.
Esas pocas palabras, casi monosílabos, las decía con una entonación grave y
profunda. Una señal clara, además, que su ser estaba sumido en la esencia de
dominante.
Esperó a que ella se acomodara suavemente sobre la superficie de la cama.
Observó la manera que su cuerpo adoptó la posición ideal para recibir lo que
fuera a recibir por parte de él. La curvatura de su espalda que terminaba en sus
dos grandes nalgas.
Esas mismas que enmarcaban el ano y el coño. Este último se veía húmedo y
se sentía caliente. Así que antes de darle azotes, apoyó la mano entre las dos
nalgas y dejó que el pulgar cayera justo entre los labios de la vagina. Así pues,
acarició hasta llegar al clítoris.
Ese delicioso roce, hizo que Amanda no parara de gemir. Encontraba excitante
el estar con un hombre así. Era capaz de excitarla con una mirada y de
volverla loca con unas cuantas caricias.
… Pero siempre lo supo. Algo dentro de ella se lo dijo en el momento en que
lo miró hablando con Mark. Ese mismo instinto le gritó que debía tomar la
iniciativa, que debía perder el miedo y acercarse a él, que debía entregarse a
él. No se había equivocado.
Regresó a la realidad cuando percibió el ardor que le dejó el contacto del
cuero sobre sus nalgas. Experimentó ese dolor y quiso más de él. Así que se
acomodó mejor para recibir tantos como él quisiera.
Luego del primer impacto, Jack se quedó cerca para observar cómo se
formaba la marca sobre la piel de Amanda. Le pareció excitante por lo que
continuó haciéndolo hasta que le dolió la muñeca. Al final, ella estaba entre
los sollozos y los gemidos.
-Sé que te gusta.
-Sí… Oh sí.
Apenas pudo responder. Estaba dominada por una sensación que nunca había
experimentado antes. Jack dejó caer el cinto al suelo. Tuvo suficiente. Era
momento de montar y de dejar libre todas las ganas que había guardado hasta
ese momento. Por fin Amanda sería suya.
En esa misma posición, las fuertes manos se posicionaron en las caderas
anchas y divinas de Amanda. Ella permaneció a la expectativa hasta que
experimentó la sensación gloriosa de tener la carne de él dentro de ella. Él
empujó lentamente, tanto como pudo. Estando allí adentro, no pudo creer esa
sensación de calor y de humedad, esa unión de ambos que además se fundió en
una serie de gemidos y gritos.
Jack siguió adentrándose al mismo tiempo que le daba nalgadas. Como buen
Dominante, quería probar los límites de Amanda. Quería saber hasta dónde
podía llevarla.
El estar así con ella fue como si se le abriera un mundo nuevo de
posibilidades. Esa mujer definitivamente tenía algo que lo tenía embrujado,
atado a un hechizo y justo en ese momento no estaba seguro si quería despertar
de ello.
Cambió de posición y, con un rápido movimiento, la colocó sobre la cama.
Ella agradeció internamente aquello porque estaba a punto de perder la razón
de seguir como estaba… Ingenuamente pensó que sería más suave.
Jack extendió sus piernas y se las colocó sobre los hombros. Tocó la vagina y
la penetró con ambos dedos hasta que volvió a introducir su pene en ella.
Desde esa posición, Amanda experimentó aún más la fuerza y contundencia
del sexo de él.
Sí. Él fue más profundo porque era lo que deseaba sentir. Quería ir tan
profundo como fuera posible. Quería colarse hasta los huesos, que la piel de
Amanda quedara embebida de su ser y que este episodio fuera imposible de
olvidar.
Estando así, tan cerca, Jack aprovechó para juntar los labios con los de ella.
La besaba con suavidad algo que contrastaba con el intenso movimiento que
tenía su pelvis contra la de ella. También aprovechó para acariciarle el rostro,
para hundirse en esas pupilas dilatadas gracias a la excitación.
Amanda, en su trance personal, se sostuvo de los brazos fuertes de Jack.
Definitivamente adoraba que su piel y la de él estuvieran conjugándose en un
verbo exquisito.
Esa intensidad hizo que ella pusiera los ojos en blanco y que sus piernas
temblaran sin parar. Para Jack fue señal inequívoca que ella estaba a punto de
correrse entre sus brazos.
-Anda… Córrete para mí.
Para lograrlo, afincó aún más su cuerpo contra ella para que incrementar la
excitación. Ella exclamó una serie de palabras incomprensibles y finalmente
sintió que todo se apagaba a su alrededor. Un grito profundo después, cayó
abatida entre las sábanas.
Por otro lado, Jack no estaba muy lejos de llegar también al orgasmo. Corrió
hacia un lado las piernas de Amanda y sacó su pene que ya estaba a punto de
explotar. De hecho, cuando apenas lo tomó entre los dedos, un gran chorro de
semen se explayó por el torso de ella, hasta, incluso, el rostro.
El calor de sus fluidos la hizo regresar a la realidad. Apenas vio lo que había
sucedido, sonrió y untó sus dedos con los restos que quedaron sobre su
cuerpo. Ambos intercambiaron miradas y besaron con la pasión restante de
aquel sexo tan intenso. Al final, cedieron ante el cansancio.
VI
Luego de recobrar el sentido, Jack abrió los ojos y se encontró con la figura
desnuda de Amanda. Ella dormitaba entre sus brazos. Con cuidado, se zafó
hasta que bajó de la cama y se dirigió al baño. Los labios y la garganta le
suplicaban por agua.
Tomó un pequeño vaso de vidrio que estaba al lado del lavabo, abrió la llave
y sirvió un poco de agua fría. Luego del trago, se encontró con su reflejo en el
espejo.
Dio un suspiro y notó el brillo blanquecino de las canas en el cabello y la
barba. Se rió porque en otros tiempos, sólo destacaba ese rojo cobrizo
intenso.
Echó a un vistazo a la habitación y Amanda seguía durmiendo. Recordó el
momento en el que ella tomó su cinto para pedirle que la hiciera suya. Sonrió y
tuvo ganas de volver a follarla.
Apagó la luz y salió a su encuentro. Estaba boca arriba, con los brazos
extendidos y con la expresión apacible. La tranquilidad de la respiración, el
movimiento suave de su pecho al inhalar y exhalar, le provocó una sensación
de ternura. Sí, era sensual y atrevida pero también tenía esa apariencia de
inocencia.
Se sentó sobre la cama y le acarició el rostro. Ella despertó y lo miró.
-Hola… ¿Estás bien?
No le respondió. Más bien se acercó para darle un beso. Luego, se volvió más
intenso, más físico y Amanda lo recibió entre sus brazos. Aunque Jack estaba
desesperado por poseerla de nuevo, quería hacerlo diferente.
Colocó su cuerpo sobre el de ella y, antes de volver a penetrarla, colocó su
mano sobre la vagina. Usó un par de dedos para masturbarla. Poco a poco,
pudo sentir esa humedad deliciosa. Siguió tocándola hasta que notó que estaba
lista para recibirlo.
Acercó sus dedos a los labios de ella. Amanda lamió mientras lo miraba a los
ojos. En ese punto, Jack la penetró para llegar tan profundo como pudiera. Sus
brazos fuertes, fueron el soporte de las manos de ella. El dolor y el placer se
conjugaron para generar las sensaciones más increíbles para los dos.
Jack y Amanda no paraban de mirarse, de contemplar las profundidades de sus
ojos y de los deseos que estaban detrás de ellos.
El calor abrasador de sus cuerpos, estaba fundiéndose y produciendo
sensaciones increíbles entre los dos. Amanda enterró sus uñas aún más sobre
la carne de Jack hasta que le suplicó que la dejara correrse.
En ese momento, él no estaba en modo Dominante aunque deseaba esperar un
poco más para hacerla llegar.
-Vamos… Un poco más.
Los ojos de ella se llenaron de lágrimas, los labios comenzaron a temblar así
como sus piernas, el espíritu estaba a punto de desprenderse de su cuerpo. Lo
único que la conectaba a la realidad esa voz que hacía eco en su interior.
Jack esperó hasta el último minuto. Él estaba también a punto de correrse
cuando se lo pidió:
-Hazlo para mí.
Los gemidos fueron aumentando hasta que por fin se corrieron los dos.
Él, luego de sacar su pene, se acostó sobre el pequeño cuerpo de Amanda.
Esperó un momento para recobrar el aliento y se colocó junto a ella.
-¿Un pitillo?
-Por favor.
Extrajo una cajetilla de Lucky Strikes mentolados porque, bueno, eran sus
favoritos. Encendió el que tenía en la boca y luego hizo mismo con el de ella.
Se acostó y dio una calada profunda y lenta. Compartieron el silencio sin
sentirse incómodos, de hecho resultó todo lo contrario.
Amanda se sentía cómoda, tranquila. El sexo lento después de uno intenso, la
llevó de un extremo a otro pero con el mismo resultado. A pesar que estaban
descansando, pensaba en nuevas formas de satisfacerlo. Cada minuto junto a
él, le confirmaba la necesidad de rendirse a sus designios.
En medio de ese trance, el sonido del móvil de Amanda rompió el silencio.
Ella, sobresaltada, apagó el cigarro en un cenicero que tenía cerca. Tomó el
aparato y trato de actuar con naturalidad. Era Mark.
Perdió la llamada pero de inmediato recibió un mensaje de él.
“¿En dónde estás? Estoy buscándote como loco”.
La fantasía de que Jack y Amanda se rompió gracias a ese recordatorio. Ella
se incorporó sobre la cama y lo miró. Él comprendió lo que sucedía.
Ambos se levantaron y comenzaron a vestirse rápidamente. Los pensamientos
iban a toda velocidad porque era claro que había que andarse con cuidado…
Sobre todo si había intención de mantener esa relación.
-¿Podrías llevarme a donde nos encontramos? Así podría caminar a casa.
-No seas tonta. Yo te llevo, no tengo problema.
El ambiente se volvió un poco tenso. Pareció muy lejano que hacía pocos
minutos acababan de tener una de las noches más intensas de sus vidas.
Bajaron las escaleras, tomaron sus cosas y salieron al coche. Durante el
camino, persistió el silencio. La ausencia de comentarios, hizo que Amanda se
sintiera más incómoda. Odiaba cuando eso sucedía.
-Sí… Es por allá. Luego giras a la izquierda.
Jack se encontró de frente con un conjunto de edificios de ladrillos que
bordeaban el mercado municipal. Ese ambiente caótico y repleto de gente,
contrastaba con el suyo que era todo lo opuesto.
-Por aquí está bien.
Él aparcó cerca de la entrada. Amanda se asomó por la ventana con aire
curioso y luego se concentró en ver el rostro de Jack.
-Me llamarás, ¿verdad?
-¿Estás segura?
-Más que nunca.
Se dieron un beso largo e intenso. Finalmente, ella se apartó de sus brazos y
del aroma que la dejaba ansiosa de más. Caminó hacia la puerta principal e
hizo un gesto con la mano. Jack, desde el coche, ya sentía que la extrañaba.
Luego de subir las escaleras, Amanda abrió la puerta del piso. Dejó las cosas
sobre el suelo, soltó los zapatos y los dejó en una esquina. Sintió un gran
alivio y caminó descalza por la cocina y la sala. Tenía hambre por lo que se
inclinó por un bol de ramen instantáneo que tenía guardado en la alacena.
Se dejó caer sobre el sofá y tomó el móvil. Escribió una excusa tonta para que
Mark no se preocupara más de lo necesario y dejó el aparato en la mesita de
café. Hundió la cabeza entre los hilos de fideos y el caldo picante de pollo.
Agradeció las maravillas de las comidas procesadas y poco saludables.
El pitido indicó que la respuesta había sido leída y que además, contestada.
Comió un poco más hasta que leyó.
-Quiero verte.
Tragó con dificultad ya que se trataba de Jack.
Soltó lo que tenía en las manos y, cuando se disponía a responder, recibió una
llamada entrante de Mark.
-¿Aló?
-¿En dónde andas metida?
Sintió rechazo ante el tono de reclamo.
-En casa. Estoy almorzando.
-¿Por qué no dejas eso y vienes a comer aquí?
-No hace falta. Además, quiero descansar un poco.
-¿Qué hiciste?
-¿Es necesario el tono?
Se hizo un silencio incómodo.
-Me gusta saber en dónde estás y las cosas que haces.
-Estuve en casa de unos amigos. Bebí de más y me quedé con ellos. Regresé
hace poco.
-¿Ves? No costaba mucho eso.
-Sabes que no me gusta dar explicaciones. Creí habértelo dicho.
-Pero a mí sí me gusta que me las des.
Ella dio un largo suspiro. Mark, quien no le gustaba discutir y menos con ella,
se disculpó inmediatamente.
-Vale, vale. Pasemos la página. ¿Qué tal si te paso buscando más tarde y
cenamos aquí? Tengo ganas de prepararte mi famosa pasta al pesto.
-¿A qué hora?
-Te escribiré con tiempo para que puedas descansar lo suficiente. ¿Vale?
-Vale.
Colgó la llamada y miró el bol con desinterés.
Amanda se levantó para ir a la habitación. De repente, el cansancio le cayó
sobre los hombros y el cuerpo. Al caminar, se quitó el vestido y la ropa
interior. Sonrió al ver la cama y agradeció tener un tiempo a solas.
Cuando lo hizo, notó que las piernas y las nalgas le dolían. Ese malestar le
hizo recordar que fue Jack el causante de eso. Sonrió y pensó que ya extrañaba
ser el objeto de su fuerza e intensidad.
Abrazó la almohada y cerró los ojos lentamente. Se quedó dormida en cuestión
de minutos.
VII
El ruido de los coches y las cornetas, fueron suficientes para que Amanda
despertara de un golpe. Se incorporó rápido y notó que estaba sudada. Cuando
trató de levantarse para tomar un baño, su entrepierna estaba completamente
mojada. Al tocarse, supo que había tenido un sueño húmedo.
Se tocó un poco más y sí, todavía estaba húmeda. Sus dedos acariciaron
lentamente sus labios y su clítoris. Se apoyó sobre el tope de la cama para
mayor comodidad. Cerró los ojos y evocó el perfume de la piel de Jack. Las
sensaciones estaban a todo dar.
Introdujo lentamente el índice y el dedo medio. Gimió con un poco de dolor
porque aún le dolía el coño. Concluyó que Jack realmente sabía cómo follarla.
Fue adentro, tan adentro como pudo. El calor y la humedad la hicieron sentir
fuera de este mundo. Entre tanto, pellizcaba uno de sus pezones y se mordía
los labios.
Continuó pero esta vez con más rapidez y velocidad. Apretó aún más los
párpados, como si sintiera que él estaba allí, dándole placer. Llegó a un punto
en el que sintió que ya no eran sus manos sino las de Jack. Esas mismas que la
habían conducido a un mundo de placer, a uno que nunca había explorado.
Recordó el sabor de sus labios, su lengua atrevida, el sonido de su boca
cuando chupaba su coño, los brazos fuertes, las piernas de acero, el pene
grande y grueso que le provocaba espasmos apenas lo miraba. Cada una de sus
partes le producía un placer inmenso.
Continuó en su faena hasta que por fin no pudo más. Quiso, no obstante,
acelerar aún más las sensaciones por lo que no dudó en darse pequeñas
palmadas sobre la vagina. Una sensación exquisita que terminó en la expulsión
de un chorro de flujo. Al mismo tiempo, tuvo que reprimir el grito que se
quedó albergado en el pecho.
Con el dolor acentuado en el coño y en los dedos, con la sensación de
felicidad pero también de sueño, Amanda disfrutó una vez más de sus deseos
carnales.
Dormitó un rato más hasta que se decidió levantarse para cambiar las sábanas
y también para ducharse. Al terminar de desocuparse, fue al baño para abrir
las llaves de agua y esperar por la tibieza del líquido.
-Estupendo.
Después de una ducha reparadora y muy necesaria, salió para verse en el
espejo. Secó pacientemente el cabello así como el resto de su rostro y del
cuerpo. Al hacerlo, observó las marcas y moretones de la noche anterior.
Aunque le pareció encantador, tuvo que pensar en una excusa para que nada
pareciera sospechoso a Mark.
Al terminar, salió hacia el clóset para vestirse. Tomó un vestido de algodón
ajustado al cuerpo y unas zapatillas deportivas porque aún le dolían los
talones. Quería algo cómodo. Tomó, además, un cárdigan ancho y se preparó
para esperar el coche de Mark.
-Estoy abajo.
Se vio por última vez en el espejo antes de dejar el piso. Al salir, se encontró
a Mark apoyado en un Lamborghini amarillo. Sonrió al ver ese toque de
excentricidad. Se acercó a él y le dio un beso.
-¿Cómo estás?
-Te he extrañado un montón.
-Ya estoy aquí.
-Lo sé.
La abrazó y le dio un beso. Dio la vuelta y le abrió la puerta, para luego hacer
lo mismo. Al estar juntos, él le comentó.
-Vas a quedar impresionada con lo que te prepararé.
-No lo dudo.
Llegaron en cuestión de minutos. La gran mansión emergió entre las colinas
como un gigante. Esa imagen le resultaba chistosa a Amanda ya que pensaba
que era una exageración por parte de él.
-Los chicos vendrán esta noche después de comer, ¿te quedarás?
-No creo, sería una molestia.
-Querida, tú nunca serás una molestia.
Le tomó la mano y caminaron hacia la gran puerta de madera. Efectivamente,
el lugar estaba desierto salvo por los guardias de siempre que custodiaban el
lugar. Fueron a la cocina en donde él organizó todo para preparar la cena.
Amanda se sentó en un banco cerca del desayunador.
Él la observó desde el otro lado.
-¿Qué pasa?
Se acercó a ella y le dio un beso largo y lento. Para Amanda también otra
cosa.
Aunque Mark fácilmente podría ser su padre, era un hombre muy atractivo.
Tenía la costumbre de dejarse una barba de tres días en la que se podía ver la
mezcla de vellos blancos y negros. Tenía los ojos grandes y las manos gruesas,
así como su contextura. La voz grave y rasposa le daba aire de autoridad
aunque en la cama era un hombre que tendía ser más bien dulce.
Continuó besándola hasta que hizo que se colocara de pie. Debido a su altura,
tuvo que colocarse de puntillas para poder seguir con las caricias.
Las manos de Mark fueron hacia sus nalgas, apretándolas. Su lengua jugaba
con la de ella delicadamente. Pasó de sus labios a su cuello. Lo olió y lo besó
también. Estaba excitándose cuando él escuchó el sonido metálico del cinto.
Amanda estaba preparándose.
Se colocó de rodillas y lo miró con inocencia. Él se acomodó lo suficiente
hasta que sostuvo el cabello de ella con una de sus manos. Inmediatamente
después, sintió la boca de Amanda chupando su pene.
Se lo metió por completo, tanto que casi quiso que se ahogara con él. Gracias
a que la tomaba por el cabello, podía regular el movimiento y el ritmo que
hacía. Le gustaba verla así, le gustaba verla chupar con arte y con esmero, le
gustaba el fulgor de sus ojos oscuros cuando lo miraba.
Entre los sonidos y las sensaciones, Mark se corrió en los labios de Amanda.
Ella, aún en su posición, tragó todo su semen mirándolo a los ojos.
Él quedó aturdido pero satisfecho, así que la ayudó a levantarse, le limpió los
labios suavemente y le dio un beso.
-Vaya que sí te extrañaba.
Ella le sonrió tímidamente y se sentó de nuevo para verle cocinar. Luego de
ese episodio, Amanda sintió la necesidad de encontrarse con Jack. El pequeño
asomo de su rostro, le provocó el pálpito de su coño. En definitiva, él invadió
cada parte de su mente.
Se espabiló cuando vio una copa de vino blanco frío acercársele a su regazo.
-Para la sed.
-Gracias… Umm, esto está delicioso.
-Sabía que te iba a gustar. Es un vino chileno. ¡Ah!, la comida ya va a estar.
Siguió bebiendo como para divorciarse de ese momento incómodo y en poco
tiempo vio un plato de pasta con pesto y lonjas gruesas de queso parmesano.
-¿Te parece bien comer aquí?
-Sí, está perfecto.
-Vale, pues, salud. Espero que te guste.
Amanda tomó un primer bocado y sinceramente le pareció delicioso.
-Está muy bueno.
-No te mentí.
Siguieron comiendo y bebiendo hasta que uno de los guardias se acercó para
decirle algo a Mark al oído.
-Diles que esperen un momento.
-No, mejor ve. Yo termino de comer y después limpio.
-Que ellos esperen. –Dijo con decisión.
-Vale.
Terminaron de comer y Mark miró con impaciencia el reloj.
-Ve. No tengo problemas con limpiar, de verdad.
Se levantó del banco con gesto enojado y la tomó del rostro.
-Quédate.
-Lo haré.
Le dio un beso suave y dejó la cocina. Amanda se sintió más cómoda con la
ausencia de él así que aprovechó para servirse más vino y para limpiar con
calma. Llevaría un poco más consigo para caminar por los jardines, su lugar
favorito.
La noche estaba tranquila y fresca. Caminó lentamente y, luego de observar el
cielo despejado, se sentó en uno de los bancos que estaban allí. No se percató
que Jack estaba observándola.
Escuchó unos pasos pero no le prestó atención, supuso que se trataría de
alguno de los guardias o del propio Mark. Sin embargo, al voltearse, sus ojos
se abrieron de par en par.
-Pareces que has visto un fantasma.
-¿Pero qué…?
-La reunión, ¿recuerdas?
Asintió con lentitud.
La mirada encendida de Jack hubiera podido iluminar una ciudad entera. El
brillo que salía de sus pupilas era un espectáculo.
-Siéntate. Hazme compañía un rato.
Así hizo y los dos permanecieron en silencio un rato. Momentos como ese
valían por todas esas conversaciones interesantes que pudiera tener.
-¿Estás bien? –Dijo él.
-Sí. ¿Y tú?
-También.
Le gustaba la forma tan contundente que tenía al responder.
-Debo regresar.
-Me gustó verte.
-A mí también.
Él estuvo tentado en tocarle el mentón así como besarla, pero aquello era un
absurdo. La sola idea era un absurdo. Amanda siguió sentada hasta que
escuchó los pasos que se alejaban de ella. Suspiró.
Quiso servirse otra copa pero pensó que era mejor idea dejarlo hasta allí. Así
que se levantó y caminó hasta una de las puertas laterales para pasar
desapercibida. Al entrar, miró el pasillo que conducía a la habitación
principal. Cerró con cuidado y cuando se disponía a caminar, percibió la
mirada intensa que Jack le dirigió desde el otro lado de la habitación.
Dejó la copa a un lado y caminó hacia donde debía, no sin antes responderle
también que lo deseaba con desespero. Meneó sus caderas y piernas para él,
para que viera que podía provocarlo en cualquier circunstancia. Jack
disimuló tanto como pudo pero, para él, era difícil resistirse a tamaña
tentación. Antes de que se entregara a las sombras, Amanda le dirigió una
mirada intensa.
Ella entró en la habitación con el pecho acelerado. Respiró profundo y fue
hacia la cama para acostarse. Los efectos del vino y toda la aventura que tuvo
desde ayer, la dejaron agotada.
VIII
Durante la reunión, Jack trataba de mantener la concentración. Sin embargo, su
mente se dividía entre Amanda y las ganas de convertirse en el líder de la
organización. De hecho, antes de llegar a la mansión, los chicos y él fueron a
un bar a hablar al respecto.
-El tío se le ha volado los tapones. Ya no sabe qué hacer.
-Se dice que ha perdido el control en el oeste. Eso no es bueno para nosotros.
-Es que ha perdido la brújula.
-No para de hacer sinsentidos.
Las quejas y reclamos ocuparon la mesa en donde se encontraban. Jack,
mientras, permaneció en silencio.
-Eh, Jack, ¿qué piensas de todo esto?
-Ciertamente la situación está difícil. Más de lo que pensaba.
Ellos le tenían confianza, no sólo por ser la mano derecha sino también porque
era un hombre serio en sus negocios. Hasta ese momento, la fantasía de ocupar
el cargo más importante de la organización parecía volverse realidad.
Permaneció un poco más callado. El ruido del ambiente lo aprovechó para
cavilar cuál era la mejor opción para él.
-Venga, mejor nos vamos porque llegaremos tarde.
-Sí, si no estamos ahí le da un ataque.
Jack entretejía una nueva estrategia.
Mark se sentó en el sofá luego de que terminara la reunión. Con sus dedos,
movió el vaso de vidrio, haciendo girar los cubos de hielo dentro de la
bebida. Miró hacia el frente con aspecto distraído para darse cuenta de una
mancha en la pared.
A diferencia de otras veces, no tuvo esa sensación de satisfacción que siempre
tenía después de eventos como ese. Más bien tuvo el presentimiento de que las
cosas estaban saliendo de su control.
Se percató de ello mientras hablaba al grupo. Ellos lo miraban con recelo y
hasta indiferencia. Incluso Jack, su mano derecha, parecía estar ausente de
todo lo que estaba pasando.
Dio un suspiro y se levantó del sofá. Caminó unos cuantos pasos hasta la
chimenea y se quedó mirando el rastro de cenizas y madera quemada de la
temporada pasada. Seguía analizando lo que sucedía.
Dejó el vaso en una mesa y apagó las luces. Estaba cansado y sólo pensaba en
acurrucarse en el cuerpo de Amanda.
Entró a la habitación. La encontró todavía vestida pero descalza. Se quedó en
el umbral de la puerta un poco más como queriendo llevarse ese recuerdo.
Caminó unos metros más y la arropó. Acarició el cabello y comenzó a
desvestirse. Fue el único momento de paz que tuvo y que tendría en mucho
tiempo.
IX
Los ojos le dolían. La cabeza también. Jack aparcó el coche en la entrada
como de costumbre pero con la diferencia de que tenía dos cosas en mente:
quitar a Mark del camino y ser el dueño de Amanda. Lo segundo ya estaba en
proceso así que se concentraría más en ello… Por los momentos.
Dejó las llaves a un lado y subió las escaleras para ir a su habitación. La
observó y pensó inmediatamente que faltaba el cuerpo de Amanda. Comenzó a
desvestirse y se acostó en la cama.
Se sintió tentado en escribirle pero recordó que ella estaba con Mark… Mark,
esa piedra en el zapato que seguía molestándolo sin importar qué. Trató de
cerrar los ojos y descansar. Le hacía falta.
El cansancio acumulado hizo que se levantara más tarde de lo normal. Apagó
el despertador de mala gana. Se quedó un poco más allí hasta que volvió a
escuchar un pitido. Asumió que se trataba del reloj así que no lo atendió de
inmediato.
El sonido insistente lo enervó hasta hacerlo levantar.
-Joder…
Se restregó los ojos hasta que enfocó la vista. Amanda le había escrito.
“Quiero verte. Déjame verte”.
Se sintió emocionado. Dio un salto fuera de la cama y enseguida le respondió.
-¿En dónde nos vemos?
-Ven a mi casa.
Enseguida le envió un enlace con la dirección por Google Maps. La guardó y
se fue a tomar un baño.
Como el día estaba cálido, tomó un par de jeans, zapatillas deportivas,
camiseta y un jersey de tela ligera de cuadros. Nada del otro mundo porque,
además, lo verdaderamente importante sería qué tal fácil era quitarse esa ropa
en cuestión de minutos. Tomó las llaves y arrancó el coche. Fue a toda marcha.
Horas antes, Amanda despertó en la cama de Mark apenas escuchó el sonido
de la podadora. Luego de estirarse un poco y de constatar que tenía dolor de
cuello, se levantó. Estaba sola salvo por una nota a su lado.
“Tuve que salir temprano. Como siempre, tienes todo a tu disposición.
Te estaré llamando”.
Una reconfortante sensación de alivio invadió su cuerpo.
Finalmente, se levantó, ató sus zapatos y fue al baño a lavarse. Mientras lo
hacía, recordó que podía ir volando a su casa para invitar a Jack. Estaba
deseosa de su cuerpo y de su pene.
Apenas terminó, salió y encontró el coche que la llevaría de regreso. En el
camino, pensaba en cómo sorprender a su amante.
Una larga ducha y un sándwich de jamón y queso crema después, Amanda
caminó desnuda por el piso hasta su habitación. Abrió un cajón con cuidado,
allí guardaba la lencería fina que solía comprar cuando quería consentirse a sí
misma. Acarició las prendas de encaje y tela con una devoción casi religiosa.
Pensó el modelo y el color que iría bien con el tono oliváceo de su piel.
Se decidió por el negro así que tomó un sostén con un diseño sencillo y unas
bragas de encaje con un moño de seda en la parte de atrás. Luego de vestirse
con ello, buscó medias de nylon. Con cuidado, fue moldeándolas sobre sus
piernas y muslos anchos. Al terminar, se miró en el espejo de frente y de
perfil. Un ligero frío le advirtió que Jack estaba cerca.
Se colocó unos tacones negros y se puso una bata para envolverse como si
fuera un regalo… Bueno, de alguna manera era así.
Fue a la cocina a descorchar una botella de vino tinto, sirvió dos copas y
esperó a que él tocara el timbre. No pasó mucho tiempo de eso.
Jack estaba ansioso. Cuando escuchó los pasos que se acercaban a la puerta,
se acomodó un poco. El destello de luz del piso de Amanda la bañó por
completo. Le recibió esa sonrisa amplia, blanca.
-Hola.
-Hola.
Apenas se vieron, él sintió un impulso en sus pies. Le tomó por la cintura y por
la nuca, comenzó a besarla. Con el pie, le dio un empujón a la puerta para que
esta se cerrara. Se adentraron más al piso. Jack saboreó el vino en sus labios.
-¿Quieres algo para beber?
-Sí, a ti.
Ella rió y terminó por abrazándolo con más fuerza. Le gustaba quedar envuelta
en esa fuerza deliciosa y contundente. Se apartó un poco para llevarlo a la
habitación. Él iba tras ella como un niño.
La habitación iluminada por un ventanal que estaba a uno de los costados de la
cama, le hizo pensar a Jack que así era el santuario de esa mujer. Un lugar de
paredes blancas, muebles oscuros pero aun así salpicado de elementos
románticos y femeninos.
Ella hizo que se sentara sobre la cama. Jack esperaba impaciente.
-Déjame comerte, coño.
-Espera- Dijo ella con una sonrisa.
Se echó un poco para atrás y desató la bata. Él se quedó impresionado con lo
que veía. Amanda aprovechó el momento para girarse. Lo hizo lentamente.
Avanzó unos pasos hacia él. Las manos juguetonas de él fueron hacia sus
muslos y subieron por las caderas hasta la cintura. El cuerpo de ella lo hacía
sentir como un explorador ávido de aventura.
Reposó su cabeza sobre el torso de ella. Amanda le acarició su cabeza y el
cuello. Sintió la fuerza de sus manos y de ese cuerpo que la deseaba tanto
como ella a él.
-¿Te ha gustado?
-Mucho. –Respondió alzando la vista.
Se levantó y la tomó entre sus brazos. Ella quedó atrapada en él. Estando tan
cerca, comenzaron a besarse con fuerza y a tocarse como si no pudieran
controlarse.
Amanda comenzó a gemir cuando vio a Jack tomando otra posición, de manera
que fuera ella la que quedara en el borde de la cama. Hizo que se sentara y que
abriera las piernas. Él se arrodilló y rozó su coño con los dedos. Ella se echó
para atrás, sintiéndose cada vez más excitada. Sus gemidos le hicieron tomar
el cabello y halarlo hacia atrás.
Jack terminó por arrodillarse. Lentamente, le quitó las bragas a Amanda,
dejándolas a un lado. Abrió más las piernas hasta que se encontró de frente
con el coño caliente de ella. Estaba esperando ansiosamente ese momento.
Acarició un poco con los dedos, luego lo hizo con la lengua. Una lenta lamida
que despertó los quejidos de ella. Hizo que se recostara para chuparla como
quería. Así pues que la penetró con su lengua, al mismo tiempo que le
estimulaba el clítoris con el pulgar con movimientos circulares.
Jack cerró los ojos para concentrarse más aún en la faena. Sintió la magia del
sabor de ella, de las texturas y de las formas que esa vagina. Tan perfecta, tan
adictiva, como si fuera una droga.
Continuó pero con el deseo de tener los muslos cerca del rostro, así que tomó
ambos con las manos. Apretó con fuerza y desespero. Los juntó tanto que casi
se quedó sin respiración.
De repente se levantó porque el deseo le hizo querer irrumpir entre la figura
que lo llamaba como si tuviera una especie de imán.
Se quitó la ropa e hizo lo mismo con las prendas restantes que ocupaban los
pechos de ella. Los liberó y observó la dureza de los pezones gracias a la
excitación. Al verlos así, los apretó aún más. Llevó su boca hacia ellos para
morderlos y para lamerlos a su placer. Estaba perdido entre su piel. Quería
más y más de ella.
Puso sus manos sobre las muñecas de Amanda para aferrarla hacia la cama, la
miró fijamente mientras la atrapaba con su cuerpo. Volvió a abrirle las piernas
mientras el afán de hacerla suya poseía su cuerpo.
El pene caliente entró para hacerla gritar. Amanda se aferró a las manos de su
captor. Él, mientras, introdujo con decisión su miembro en ese lugar cálido y
tan húmedo.
Bastaron unos minutos para que se acoplaran perfectamente. No sólo sus
carnes se fundieron sino también sus miradas. Estaban concentrados en
ofrecerle al otro un conjunto de sensaciones increíbles e indescriptibles.
Mientras se besaban, él empujó con más fuerza, quería llegar lo más lejos
posibles. Ella sólo le restaba rendirse ante la fuerza de él y ante la lujuria.
Entonces, rodeó el torso de Jack con sus piernas.
-Eres mía. Sólo mía.
-Sí… Siempre… Oh sí.
Le agarró el cuello para jugar con la respiración y para hacerle sentir más
dominada de lo que ya estaba. Apretó un poco y un poco más. Rozó sus labios
con el pulgar y mordió uno de los pezones. Su pelvis hacía movimientos
intensos, rudos. Los gritos no cesaban.
-Te pertenezco.
Llegó a escuchar ligeramente. Volvió a encontrarla con la mirada hasta que se
detuvo. Se levantó entonces, y la apoyó en la pared. Le abrió las piernas e
inclinó un poco la espalda de tal forma que la curvatura le hiciera exponer las
nalgas hacia él. Esa maravillosa vista le hizo darle un par de fuertes nalgadas.
Mandó al diablo a Mark, no le importaba que llegase a ver las marcas. Más
bien esperaba que fuera así.
Apretó el culo y hasta lo mordió. Dejó el sello de sus dientes y luego se
dispuso a follarla desde atrás. La tomó del cabello, como si fuera una yegua en
celo. Esto le dio el control de su cuerpo por lo que aprovechó acercarla y
hacer que se introdujera el pene de él. Con la mano que le quedaba libre,
regulaba el ritmo y la intensidad al sostenerse de las caderas.
Los dos sudaban, los dos exclamaban palabras incomprensibles, los
compartieron la misma piel mientras estuvieron allí. Era como si hubieran
dejado ese lugar para flotar por los aires y perderse en la atmósfera.
Amanda buscaba sus manos mientras lo miraba de reojo. Sí. Siempre fue de él,
incluso desde el primer momento en el que se vieron.
Dejó de halarle el cabello para tomarla por completo por las caderas. El
cabello cayó sobre la espalda como una cascada de hilos negros. Acercó su
boca para morderle el hombro mientras sentía que estaba a punto de explotar.
El orgasmo estaba cerca y quería que ella llegara al mismo tiempo que él, así
que bajó su mano hasta su clítoris y la estimuló al mismo tiempo que la
penetraba con fuerza. Los dos comenzaron a gemir sin control hasta que ella
expulsó sus deliciosos líquidos en su mano y él hizo lo propio pero en su
espalda.
… Fue tan intenso que cayeron juntos al suelo, de rodillas pero sonrientes.
-Espera.
Jack se levantó con cuidado para ir al tocador. Tomó un poco de papel
higiénico y limpió la espalda de Amanda. Ella, medio consciente, esperó a que
él regresara.
-Vamos.
Se levantaron y se acostaron en la cama.
-Si sigues así me vas a matar.
Jack rió a carcajadas. Ella le respondió con una sonrisa.
-Te sorprenderías, la verdad.
-¿Qué quieres decir?
-Pues, que hay otras cosas que todavía no conoces de mí.
-Sé que te gusta dominar, por ejemplo… Y es algo que me gusta mucho.
-Es algo que he dejado en claro, pero la verdad es que hago cosas que podrían
desafiar tus propios límites.
-¿Tiene que ver con eso?
-Sí. Soy Dominante. ¿Sabes a qué me refiero?
-Creo tener una idea al respecto.
-Bien, ¿qué te parece eso?
-Como ya te he dicho, me gusta… Mucho. Ya que nombras lo de los límites,
¿qué pensarías si te dijera que me gustaría probar?
-Tendrías que estar muy segura de ello. Amanda –se acercó a su rostro- esto es
algo serio, muy serio.
-No estoy jugando.
Jack se incorporó y permaneció un momento sumido en sus pensamientos.
Esperó un rato hasta que se dirigió a Amanda.
-¿Te gustaría ver algo en mi casa? Tendrías una mejor visión sobre lo que me
refiero.
Los ojos de Amanda se iluminaron.
-Me encantaría.
Inmediatamente comenzaron a vestirse. Ella optó por un aspecto más o menos
similar al de él para que así salieran rápido… Y así fue. En un santiamén
estaban en la entrada de la elegante casa.
Al bajar, Jack se acercó a ella.
-Si ves algo que te asusta, dímelo y te explicaré cómo funciona. También
quiero que recuerdes que cada cosa la uso bajo el consentimiento de la
persona que esté conmigo. De resto, no. ¿Vale?
-Vale, entendido.
Subieron las escaleras como solían hacerlo cuando iban a la habitación de
Jack, sin embargo, esta vez fue diferente. Él subió un tramo más y sacó un par
de llaves. Abrió lo que parecía una puerta. Con mucho cuidado, entraron a un
espacio completamente oscuro y carente de luz. Él buscó el interruptor con
cuidado hasta que encendió la luz. Amanda se sorprendió por lo que sus ojos
percibieron.
El lugar era más grande lo que pensó. A primera vista, lucía como cualquier
otra habitación. Sin embargo, al acercarse más, observó una especie de repisa
en done estaban expuestas una serie de objetos que le llamaron la atención:
látigos de todo tipo, con una variedad de formas y colores; cuerdas y cintas de
cuero, esposas, una silla y un par de cajas de madera, vendas y máscaras.
Pudo haber visto más pero se concentró en un par de cadenas que brillaban en
una esquina. Las tomó con ambas manos para sentir el peso. Estando allí
también notó unas mordazas de aro y de bola. Era increíble la cantidad de
objetos que estaban allí.
-¿Y bien…?
Ella tardó un momento en responder.
-Es impresionante la cantidad de cosas que tienes.
-Pues sí. Hay unas cuantas y si te soy sincero quiero unas cuantas cosas más.
Pero me he frenado un poco.
Alzó la mirada ver la habitación y, claro, a ella.
-Si te sientes incómoda, podemos irnos…
-No, no me quiero ir. Quiero que probemos, Jack. Di que sí.
Amanda tenía en la mirada un fulgor que lo convencía de su necesidad de ser
sometida a él.
-Dime, ¿qué te gustaría? Vi que te llamaron la atención las cadenas.
Ella sonrió.
-Sí, así es.
De repente, la expresión de él se transformó. Adquirió un comportamiento un
poco más agresivo y controlador. Fue hacia a ella y la tomó del cuello. Lo
apretó un poco hasta que le vio abrir la boca.
-Quítate la ropa.
La soltó y se apartó de ella. Quería verla hacerlo.
Se quitó los jeans, la camiseta y las zapatillas. En cuestión de segundos, estaba
completamente desnuda y frente a él. Sintió la mirada de Jack como si la
acariciara desde lejos.
-Ahora, ven aquí y mira la pared… Así, muy bien. Ahora extiende las piernas
y los brazos. Vale. Ahora espera un momento.
Aunque no tuvieron un contacto significativo, ella ya estaba mojada y se debía
en gran parte a la forma que él tenía de demostrar esa personalidad fuerte a
través de la voz y de las acciones sencillas pero contundentes.
Así pues que se paró frente a la pared con sus miembros extendidos a la
expectativa de lo qué haría él. Poco después, sintió el frío del metal al
contacto con su piel. Las cadenas aunque estaban unidas a cintas de cuero,
aquello le provocó que se estremeciera un poco.
-Tranquila…
Jack se encargó de colocar cada extremo de las cadenas a cuatros soporte
ubicados en las paredes. Al terminar, se encontró satisfecho.
-¿Lista?
-Siempre.
Tenía consigo una paleta de cuero. Con esta, golpeó su mano varias veces para
que ella tratara de reconocer el sonido del objeto. Se acercó a su cuerpo y
acarició su cuerpo con él. Mientras lo hacía, respiraba agitado, así que hizo
que ella se inclinara para darle el primer impacto en sus nalgas. Amanda
tembló por el ardor pero también le pareció exquisito.
-Más… Más, por favor.
-Claro que te daré más.
Alternaba cada glúteo. Cuando sentía que lo hacía con demasiada fuerza, la
acariciaba con suavidad. Siguió así por un rato hasta que observó el culo rojo
y ardoroso de Amanda. Aquella vista le pareció demasiado tentadora por lo
que arrojó la paleta y se agachó para chuparla desde atrás. Ella, apenas sintió
su lengua, no paró de gemir.
Las manos de Jack abrieron las nalgas para mirar con detenimiento aquellas
carnes que tanto le excitaban. El coño efectivamente estaba húmedo y caliente;
el ano, por otro lado, parecía la entrada a su perdición. Ansiaba probarlo
demasiado.
Se aventuró entonces a lamerlo. Chupó y lamió como si se tratara de una fruta
jugosa. Amanda, no se esperó sentir aquello. Era un tipo de placer
indescriptible. Jack la comió entera.
Debido a los espasmos que tuvo por el placer, las cintas de cuero se marcaron
aún más en las muñecas. Con las pocas fuerzas que tenía, se sostenía lo
suficiente para no desplomarse. En definitiva, ese hombre la llevaba al límite.
Jack se detuvo de golpe. Tuvo que hacerlo porque si no se quedaría allí,
clavado entre esas nalgas, en ese coño que le hacía delirar.
Al ponerse de pie, volvió a verla y tuvo la tentación de darle latigazos.
-No… Mejor para después. –Lo dijo para sus adentros. Fue allí cuando se le
ocurrió estrenar un artefacto que había guardado por alguna razón. Esta era la
ocasión perfecta.
Se acercó hasta las muñecas y quitó las cintas una por una. Lo hizo con una
rapidez tal que sólo se escuchó el eco metálico de las cadenas. Amanda sintió
las manos de Jack sobre sus brazos y por el resto de su cuerpo. La tocaba con
suavidad, con lentitud. Ella, en su interior, sabía que era una forma de expresar
un nivel de intimidad que iba más allá del sexo. Esto permitía que sintiera una
especie de comunión con él.
Las manos de él descendieron hasta su coño para tocarle el clítoris. Primero
con suavidad y después con un poco más de fuerza. Amanda volvió a
entregarse a la oscuridad y al trance del placer.
Siguió tocándola, torturándola a su antojo. En el proceso, miró hacia la cama
la cual estaba iluminada por la única fuente de luz de la habitación. La sostuvo
con más fuerza y la llevó hasta allí.
-Espera un momento.
Se perdió de nuevo entre las sombras para buscar algo que guardaba con celo
entre los cajones. Sacó una especie de arnés sencillo de cuero falso. Consistía
más bien en un par de tiras que bordeaban el torso y los pechos pero el detalle
a prestar atención entre en la entrepierna. Había un pequeño dispositivo
circular con un botón rojo en la cara externa. Jack se aseguró que funcionaba.
Al percatarse que no había problema con ello, lo llevó hacia la cama.
-De pie. –Dijo secamente.
Ella no comprendió nada hasta que infirió que le colocaría ese accesorio. Él
le abrochó unas cuantas hebillas, luego se agachó un poco para acomodar el
artefacto. Esa era la pieza vital en todo esto.
-Esto te va a gustar.
Terminó de ajustar el vibrador justo por encima del clítoris. La miró con
expectativa y sonrió. Sus dedos apretaron el botón rojo y enseguida, Amanda
pareció perder la estabilidad en las piernas.
-Ahora acuéstate.
Lo hizo boca arriba. El vibrador replicaba un movimiento constante sobre su
clítoris por lo que cual casi no prestaba atención a lo que estaba pasando a su
alrededor. La electricidad que le producía le inundaba los pies, las piernas, el
abdomen, los brazos y el cerebro.
Sus manos libres trataban de aferrarse a algo que le permitiera conectarse con
la realidad pero era difícil. Era difícil porque no había descanso. De vez en
cuando sentía una desesperación tal que la hacía gritar cualquier serie de
expresiones. Sólo podía escuchar la respiración de él junto a la suya.
Jack la admiró por un instante hasta que comenzó a masturbarse sobre ella.
-Mírame.
Ella abrió los ojos con dificultad. Cuando lo logró, miró ese hombre alto, de
cuerpo perfecto, de pene provocativo, tocarse muy cerca de ella, mirándolo a
los ojos como si el centro del universo fuera su rostro.
Tomó un poco de sus fluidos para mojar más el glande, siguió masturbándose
con fuerza hasta que se rindió ante el placer. Se colocó sobre ella, rozando su
pene con su coño por un tiempo corto. Poco a poco, introdujo su miembro de
ella. De nuevo esas sensaciones que iban más allá de las palabras.
El calor de sus carnes, los fluidos que abrazaban su pene, los gemidos que
fluctuaban a la par de la intensidad que la penetraba, las miradas que
intercambiaban, era una experiencia que lo hacía sentir como el tío más
poderoso del mundo… Ella era su reina.
Amanda, logró desprenderse del dolor y del placer por unos instantes, miró a
su amante para darse cuenta que lo que él la hacía sentir era todo lo que había
estado buscando sin darse cuenta. Ese hombre le daba por entero lo que quería
y más. Jack la envolvía en la fuerza de sus brazos y de su cuerpo, en la lujuria
que la hacía delirar. Estar así con él era la receta para que todo alrededor
perdiera importancia.
Lo abrazó con las piernas y con los brazos. Se sujetó a él como queriendo
borrar la frontera de sus pieles. Quería fundirse con él entre los jadeos y el
sudor, entre el deseo y el dolor.
Jack siguió penetrándola hasta que la sostuvo entre sus brazos e hizo que se
sentara sobre él. Aún con el arnés puesto, con el vibrador concentrado en el
clítoris, el mismo que la llevaba hasta un límite que no sabía que existía,
apenas pudo introducirse por completo el pene de él hasta que lo logró. Las
manos de Jack se ubicaron como siempre en las caderas con el objetivo de
regular la intensidad de los movimientos. Al principio lo hizo lento. Quería
verla rogar.
-Más… Más, por favor.
-Claro que te daré más. No lo dudes.
La empujó más hacia su pene para que lo sintiera como era debido. Ella, con
los ojos en blanco, se entregó a sus demandas por lo que se olvidó de sí
misma por unos segundos. Al momento de hacerlo, las piernas le temblaron
con fuerza, el orgasmo estaba por llegar.
Con la desesperación restante, esa misma que le permitía estar sobre él, la
aprovechó para moverse con sensualidad. Lo hacía suave, lento. Deseó
hipnotizarlo con sus maneras. Aunque para él, eso ya había pasado.
Gracias a ello, Jack se excitó aún más. Por alguna razón, el cambio de ritmo lo
llevó a estar a punto del orgasmo. Así pues, se sostuvo aún más fuerte de ella.
Comenzó a jadear y agitarse en poco tiempo.
Amanda continuó hasta que percibió los espasmos de él.
-Mierda.
De sorpresa, la llevó de nuevo al suelo, ordenándole que se arrodillara
rápidamente. Ella abrió la boca esperando el semen hasta que lo recibió sobre
su lengua. Apenas terminó de correrse, comió de ese manjar.
Sin embargo, aún quedaba un pendiente. Aunque por un rápido movimiento,
Jack apagó el interruptor, ella estaba desesperada por acabar. Él decidió que
lo haría con la boca, así que la acostó de nuevo en la cama, le abrió las
piernas y la chupó con una fuerza descomunal. Tanto así que, aunque acababa
de colocarla allí, el orgasmo se le manifestó en forma de chorros de
deliciosos jugos que él bebió plácido.
Con un poco de calma, Jack procedió a quitarle el arnés de Amanda. Mientras
sus dedos desmontaban la pieza, observó las marcas del cuero sobre su piel
así con el enrojecimiento de su clítoris el cual fue estimulado por largo
tiempo. Esbozó una sonrisa. Terminó por acomodarla en la cama y fue hacia un
pequeño espacio en donde guardaba una muda de ropa. Tomó unos jeans, se
los puso y bajó a la cocina para buscar un poco de agua.
Amanda tocó su pecho para constatar que todavía estaba con el pecho a todo
dar. Abrió los ojos y el brillo de la luz del bombillo del techo, hizo que se
tapara debido a la molestia que le produjo. Se quedó en silencio, relajándose
hasta que sintió algo frío en el brazo, seguido de un beso en la frente.
-Pensé que buscarte agua pero leí en un artículo que la cerveza es una
excelente bebida para recuperar la hidratación, así que pensé que sería buena
idea que hiciéramos la prueba.
Se incorporó, apoyando la espalda sobre la pared fría.
-Creo que me leíste la mente. Una cerveza nunca cae mal.
Sostuvo la botella y tomó un largo trago de cerveza. Las burbujas se
encargaron de acariciar el interior de su garganta así como el frío. Después de
un momento tan intenso y físicamente agotador, esa bebida fue como caída del
cielo.
-Está deliciosa.
-¿Tienes hambre?
-Sí, un poco.
-Vale. –Volvió a ponerse de pie- Allí hay una muda de ropa que creo que estoy
casi seguro te quedará perfecto. Estaré abajo.
-Vale.
Terminó la cerveza y se levantó. Caminó desnuda hasta donde le indicaron y
encendió la luz. Encontró, efectivamente, una muda perfectamente doblada
sobre la tapa del retrete.
Sonrió al ver la franela negra de Rugrats. Quizás fue un gesto para hacerla reír.
Se la colocó así como los pantalones. Le quedaron perfectos. Al verse en el
pequeño espejo que tenía cerca, se sorprendió de la capacidad de percepción
que tenía Jack. Sin duda, tenía buen ojo con los detalles.
Salió de la habitación y se encontró con un Jack diferente. No era el tío
criminal ni el apasionado por hacerla sufrir. Tenía una actitud de atención y
preocupación, algo que no creía poder ver en alguien como él.
-A ver, te preparé un par de sándwiches con jamón y queso fundido. ¿Te
apetece pepinillos?
-Eh, sí, sí, por favor.
-Vale… ¡Ah! Sabía que no me equivoqué con la ropa.
Ella se sonrojó.
-Vale, entonces estamos listos para comer.
Se sentaron en el desayunador como si fueran una pareja cualquiera. Jack
comenzó a hablar de anécdotas graciosas y Amanda rió a carcajadas por las
cosas que él decía. Todo se sentía demasiado surrealista.
Sin embargo, la magia del momento se rompió. El sonido de un tono se
escuchó en la lejanía. Ella se levantó de golpe pero él le hizo señal que se
quedara tranquila.
-Yo subo.
Dejó el pan a medio comer y la cerveza a medio beber. Internamente, Amanda
sintió el frío de algo que se avecinaba. Quiso espantar ese presentimiento al
aferrarse al presente, no quería dejar escapar ningún detalle.
Se quedó sentada por un rato al mismo tiempo que se obligaba a comer. Dio
otro sorbo de cerveza y miró el reloj de la cocina titilando porque ya iba a
cambiar la hora. Enseguida, escuchó los pasos de él bajando por las escaleras.
-Debo irme… Surgió algo.
-Vale.
-Ten, te dejo mis llaves. Termina de comer tranquila y relájate. Cuando estés
por salir, escríbele a este número. Es un amigo mío. Te buscará y te dejará en
donde quieras. Recuerda dejar las llaves debajo del tapete.
No dijo palabra. Se quedó callada porque esa sensación de que una amenaza
estaba por manifestarse, le carcomía por dentro. Aun así, no quería decirle
nada, no quería preocuparlo con tonterías.
-Cuídate, por favor. –Le alcanzó a decir con cierta pena.
-Lo tendré.
Se acercó a ella con lentitud para darle un beso suave y largo. Entonces se
quedó allí, mirándolo irse como una estela. Escuchó el portazo y miró el pan
con desinterés. Hizo un último esfuerzo para llevarse un par de bocados. Al
final, la soledad fue demasiado grande para soportarla por más tiempo.
Tomó una rápida ducha y, luego de arreglarse, escribió a ese misterioso
número. En poco tiempo, ya estaba en el coche camino a su casa con la mente
dándole vueltas.
Agradeció la agradable atención y se dirigió a la entrada. Como siempre, la
calle estaba repleta de gente que iba de un lado para el otro. Subió las
escaleras como alma que lleva al diablo y se adentró. La sensación de miedo
menguó un poco cuando se echó sobre el sofá. Estaba a salvo.
¿También lo estaría Jack?
X
Jack pisó el acelerador hasta el fondo. El mensaje que recibió le hizo
reaccionar con rapidez. Las cosas estaban por cambiar.
Lo cierto es que el resto de sus compañeros estaban esperándolo en un bar
como solían cuando se reunían para beber y comer algunas tapas. Sin embargo,
no había ambiente de celebración, más bien lo contrario.
Apenas asomó la cabeza en el local, todos dieron un suspiro de alivio. Hasta
llegó a escuchar un “les dije que vendría”.
Se sentó en una silla que estaba libre para él. Todos estaban en silencio hasta
que preguntó.
-¿Qué ha pasado?
Unos cuantos dieron largos suspiros.
-Creo que es hora. El tío se ha vuelto loco y ya toca cambiar las cosas.
Jack entendió esto como una oportunidad que no debía dejar pasar. No
contestó inmediatamente, más bien observó y finalmente concluyó que quienes
estaban allí, eran leales a él.
-Entonces debemos planificar el golpe.
Formaron un círculo íntimo para escucharse mejor.
-Bien, primero lo primero. ¿Cómo estamos de armas?
-Nada mal, pero podría buscar más rifles y municiones. El tío tiene una
fortaleza así que hay que estar preparados.
-De acuerdo.
-Revisé los coches y las motocicletas. Están blindadas y listas para la acción.
-Les he hecho unas modificaciones a los chalecos antibalas y están reforzados.
Incluso resistirán ataques con cuchillos y navajas de todo tipo. Así que
estaremos más que protegidos.
-¿Qué dices, Jack?
Tras unos segundos de silencio, afirmó:
-Nos dividiremos en grupos. Unos se encargarán de la vigilancia, otros de la
defensa y el resto haremos el desorden que corresponde.
-Los micrófonos y el resto del equipo de comunicaciones están al punto.
-Excelente. Entonces nos repartiremos lo que haga falta y nos reuniremos en la
45 para irnos juntos. Luego cada ocuparemos los puestos que corresponden y
haremos el golpe. Será a la medianoche, así que los necesito frescos.
Esperó un largo rato. Volvió a verlos.
-¿Están conscientes de que esto no será fácil? ¿Qué quizás nos tome más
tiempo de lo que pensamos? Estamos por enfrentarnos contra el tipo más
temido de la mafia. Eso lo saben, ¿no?
Aquella respuesta tenía una intención oculta. Aunque él estaba esperando este
momento para tomar las riendas del grupo, quería asegurarse que estaba
tomando la decisión correcta, quería saber que ellos realmente eran fieles a él
y que harían lo necesario.
-¿Por qué crees que estamos aquí? Tío, sabes mejor que nosotros la situación
en la que estamos. Hemos estado muy cerca de que nos pille la poli. Casi
hemos perdido hombres a causa de la imprudencia de Mark. ¿Hasta cuándo
toleraremos esto?
Ya no había nada más que decir. Estaba con quienes hacía falta estar.
-Vale. Recuerden que nos reuniremos para organizar bien la logística. Váyanse
tan rápido como puedan y no hablen por los móviles. Es este punto en donde
nos encontraremos, ¿entendido?
Asintieron y se levantaron casi al mismo tiempo. El primero en salir fue él. Se
subió al coche y arrancó a toda velocidad.
Al llegar a casa, y por alguna razón, pensó que ella estaría allí. Pero por
supuesto que no, por supuesto que no estaba. Sin embargo, llegó a percibir su
aroma en el ambiente. Una especie de rastro que dejó para que no se olvidara
de su presencia. Jamás lo haría.
Se quedó de pie solo en el medio de la oscuridad y pensando en Amanda.
¿Sería buena idea hablar con ella? Quizás no. Quizás después. Se espabiló y
se dirigió a la cocina. Detrás de esta, se encontraba una habitación en donde
guardaba todo tipo de municiones y armas. Un paraíso para los aficionados a
este tipo de cosas.
Al encender la luz, tomó un chaleco, varias 9 mm, balas, miras y bombas de
humo. El resto sería repartido por uno del grupo. Se echó para atrás y tomó
más rifles y pistolas. Guardó todo en un bolso grande de color negro y salió.
Mientras lo guardaba en el maletero del coche, dio un último vistazo a la casa.
Era posible que no volviera en mucho tiempo… Si es que salía vivo.
Al subir, tomó el móvil y el impulso de escribirle a ella fue más grande que él.
Tecleó velozmente unas cuantas palabras. Sin embargo, estuvo allí un buen
rato. Finalmente se animó por un “Te extraño” y lo apagó. Debía hacer caso a
la clara instrucción que dio hacía horas antes. Así pues, la oportunidad de Jack
se le presentó y no lo podía dejar escapar.
Mark estaba en la gran mansión en una escena muy parecida a de hacía días.
Sentado con un vaso de whiskey. Tenía el entrecejo fruncido.
A lo largo de su vida se encargó de sobrevivir y de hacerle entender a los
demás que haría lo necesario para lograrlo. Pasó años sintiendo el temor y el
respeto de otros. Desde la policía hasta los ladrones de poca monta, sólo su
nombre hacía temblar a cualquiera… Pero esta vez no era así, esta vez era
diferente.
Mientras estaba sentado en el sofá, mirando a la nada. Tuvo una sensación
extraña y poco alentadora. Permaneció un rato allí hasta que escuchó un
sonido extraño que no pudo identificar inmediatamente. Creció la alerta dentro
de si hasta que vio cómo corrían los guardias que lo custodiaban.
-SEÑOR, TIENE QUE SALIR DE AQUÍ.
Trató de entender lo que sucedía hasta que observó un destello de luz que casi
lo dejó ciego.
-Mierda…
Seguido una explosión. Los coches aparcados en la entrada, volaron por los
aires como naipes. Algunos de sus guardias cayeron mal heridos. Hubo uno
que se acercó a él y le extendió un arma. Al ponerse frente a él, una bala le
cruzó el cráneo dejándolo muerto al instante. La ráfaga se sangre le bañó parte
de la cara y fue allí cuando comprendió que era matar o morir.
Corrió hacia uno de los pasillos y permaneció en silencio por un rato. Trató de
controlar la ira y la indignación, así como el impulso de salir a repartir
disparos. En esa esquina que le sirvió de guarida, se percató que los atacantes
eran sus propios hombres. El terror le hizo sudar.
Se quedó más tiempo quieto. Sólo escuchaba los gritos e insultos que un bando
y otro se repartían. En medio del polvo, el humo y la sangre, emergió la figura
de Jack. Mark no pudo más.
-Vaya cojones que tienes, tío.
Jack sonrió.
-Mejor ríndete. No hagas más el ridículo y ríndete.
-Sabes que nunca lo haré, ¿no?
Ambos desenfundaron las armas, apuntándose mutuamente. Estuvieron así en
medio del caos y los gritos.
Dejaron de hacerlo cuando se manifestó otra explosión cerca de ellos. La
pared se convirtió en una especie de confeti que se desperdigó por todas
partes. Los dos, además, salieron expulsados al otro lado de la habitación.
Jack, acostumbrado a situaciones como esa, se incorporó con rapidez y trató
de buscar a su rival para destruirlo de una vez por todas.
Logró ponerse de pie pero no pudo verlo, así que comenzó la cazaría. El resto
del grupo todavía estaba dando pelea para tomar el control de la mansión.
Jack corrió por todas partes hasta que sintió el frío del metal sobre sien.
-¿Crees que soy tan estúpido como para dejarme sorprender por un idiota
como tú? He matado tíos verdaderamente peores.
-No busques intimidarme que no lo lograrás, gilipollas.
-Vamos, camina.
Lo hizo sentarse en un banco destrozado.
-Sé que te has estado acostando con mi mujer. Ese fue tu primer error pero no
pensé que sería tan cínico. ¿Atacarme en mi propia casa?
Permaneció en silencio hasta que le dio un culetazo en el pómulo. Jack, a
pesar del dolor intenso y casi insoportable, se quedó callado. La cara comenzó
a hincharse a una velocidad sorprendente.
Lo vio amartillar para volverle apuntar la frente. En ese momento, Jack se
levantó de repente y lo empujó para que perdiera el control de su cuerpo.
Cayó al suelo y comenzaron a intercambiar puños e insultos. La fuerza de
ambos hacía sonar los golpes como si un martillo golpeara la pared.
Perdieron la noción del tiempo, tanto, que no escucharon las sirenas ni los
gritos de los testigos al ver que la paz y tranquilidad de su urbanización, se vio
interrumpida por una pelea de mafiosos.
Al final, la poca energía que quedaba entre los dos los hizo enfrentarse con un
par de cuchillos de cocina. Jack, bastante malherido, pensó que no tendría
oportunidad de escaparse hasta que lanzó una estocada en el medio de la
oscuridad producto del cansancio. Llegó escuchar un fuerte alarido.
-Maldito… Maldito.
Las palabras de Mark se arrastraron a medida que la vida se le escapaba del
cuerpo. Jack, por otra parte, sonrió y cerró los ojos.
Lo cierto es que no le importó si lo encarcelaban, por fin logró el objetivo.
Justo en el momento en que se quedó inconsciente, unas manos le tomaron del
cuello y arrastraron su cuerpo hacia una salida que daba directo a una van que
esperaba recogerlos.
-Está vivo pero nos tenemos que ir ya, la poli está pisándonos los talones.
Los neumáticos chirrearon sobre el asfalto. Lograron escapar por milagro.
XI
Después de recibir el mensaje, Amanda lo llamó. Sin embargo, cayó el buzón
de voz. Hizo todos los intentos posibles pero obtuvo el mismo resultado: nada.
Trató de consolarse pensando que quizás se había dañado el móvil o la
batería. Cualquier excusa era bienvenida. No obstante, era inútil. Su instinto le
gritó que pasó algo grave.
Fue a su habitación y encendió el televisor. Pasó los canales con indiferencia,
rogando por una película para distraerla de los pensamientos hasta que se topó
con un reportaje. Reconoció de inmediato la mansión de Mark.
Los cuerpos sobre el césped verde, la cera y pálida que albergaba sangre y
casquillos de bala, coches destrozados, restos por donde se mirara. Según la
reportera, los vecinos temieron por sus vidas así que hicieron llamadas
desesperadas al 911 hasta que la policía hizo acto de presencia.
“… Según testigos, una Van negra salió de las inmediaciones de la mansión
del magnate. Aunque se presume que allí se encontraban los actores de este
escenario tan lamentable, fue imposible identificar el vehículo más allá de
las características que nombramos. Aconsejamos a nuestros espectadores
que, ante cualquier señal sospechosa, no duden en llamar a las
autoridades”.
-Escapó…
Se dijo para sus adentros. Aunque no estaba segura, supuso que él era lo
suficientemente inteligente como para resguardarse tanto como pudiera. Apagó
el aparato y se quedó entre la oscuridad y la angustia.
Pasaron los meses y la vida de Amanda transcurrió en lo mismo de siempre.
La única diferencia fue que, al dejar de tontear, encontró un trabajo como
asistente administrativa en una agencia.
Por suerte, pudo esquivar las investigaciones de la policía. Nadie, por más
extraño que fuera, logró vincularla con la mafia de la ciudad. Se trataba de una
especie de milagro.
Así pues que aprovechó la oportunidad para rehacer su vida, mudarse y hasta
cortarse el cabello. Los cambios los hizo motivada por la necesidad de atraer
cosas más positivas.
Aunque estaba sintiendo que todo marchaba como debía, había un detalle:
siempre pensaba en Jack. De hecho, se preguntaba constantemente si estaba
bien.
Un día después de una larga jornada de trabajo, encontró una pequeña carta
sobre el tapete de entrada. Lo tomó y lo abrió. Sí, estaba dirigido a ella. Se
percató, además, que había algo dentro de este.
Sacó una cadena dorada y muy delicada. Permaneció sorprendida hasta que
leyó un mensaje corto.
“Póntelo. Luego entenderás la razón. J”.
No entendió hasta que vio la firma. “J”. La esperanza le volvió al cuerpo.
Sabía que era él.
Después de ese incidente, no supo más. Sin embargo, nunca se quitaba la
cadena que adornaba su cuerpo.
-Aparecerá en cualquier momento. Lo sé.
Amanda no se equivocó. En el momento menos esperado, Jack hizo acto de
presencia en el umbral de su piso.
Al principio lo miró incrédula, sin saber muy bien qué hacer. Sus pies, no
obstante, tomaron la iniciativa haciéndola que se juntara con él. Se abrazaron
por un largo rato, hasta que ella se alejó.
-La policía…
-No te preocupes, todo está mejor ahora.
En los meses de ausencia, Jack esperó a que las aguas se calmaran, al mismo
tiempo que se hizo oficial su liderazgo en el grupo.
-Mmm. Veo que lo estás usando.
-Me dijiste que lo hiciera.
Acariciándole la cara, le dijo:
-Buena chica.
Se besaron como nunca. Para Jack, todo cobró sentido. Por fin estaba con su
reina y sumisa.
Título 3
Rey
I
El chico temblaba. El chico miraba hacia todas las direcciones en búsqueda
de alguna salida o de un alma que lo ayudara en tamaña encrucijada. Sostenía
una pequeña navaja oxidada aunque sabía que aquello no representaba ninguna
defensa que valiera la pena.
-Vamos, chaval. Deja lo que has robado y te dejaremos en paz. Venga.
Tres tipos delante de él. Uno más grande y fuerte que el otro. Un chiquillo
flacucho no podía con ninguno.
Reían y sonreían en tono de burla. Les parecía gracioso que aquel muchacho
se atreviera a robarle el prendedor de oro de su jefe pero qué iba a saber que
se trataba de Regie, el jefe de la mafia de Nueva York.
Sostenía el prendedor con todas sus fuerzas. No lo soltaría por nada del
mundo, sobre todo, porque esa pieza lo ayudaría a comer un plato caliente esa
noche… Si salía vivo.
-¡Hacia atrás¡ Vamos, gorilas. ¡ATRÁS HE DICHO!
Ellos asintieron con las manos en forma de alto.
-Sé racional, chico. Esto puede solucionarse rápido sin que nadie salga
herido. Piénsalo bien, eh.
Decía uno mientras que el otro aprovechaba la oscuridad del callejón para
acercarse al chico por un costado. Desenfundó el arma y pensó en darle un
golpe seco, sin embargo, un hilo de sadismo se manifestó. ¿Acaso no sería más
divertido darle un balazo?
Sonrió con malicia hasta que quedó a la altura de la sien del chico. El otro le
hacía señas de que se detuviera, mientras que el tercero le alentaba. La
decisión estaba tomada. Ese chico dejaría de molestarlos de una vez por
todas.
El calor del metal abriéndose paso sobre la piel, la sangre brotándole por la
cara, el dolor agudo, las pupilas dilatadas, la pérdida del equilibrio. El chico
maldijo su mala suerte y cayó en el suelo frío del callejón. Los tres hombres lo
vieron desde ese ángulo picado del triunfo.
-Pobre idiota.
-Agarra el prendedor. El jefe se va a poner contento.
-Creo que exageraste.
-No seas marica. Lo merecía. Que conste que le insistimos.
-Venga. Lo único que nos falta es que venga la poli.
Dejaron el cuerpo inconsciente del chico. El charco de sangre se hacía más
grande a medida que se alejaban de él. Un grito en la distancia advirtió a los
vecinos de los edificios aleñados. Una patrulla no tardó demasiado en llegar.
Resulta que el chaval tuvo más suerte de la que pudiera imaginar. A pesar del
disparo, la bala sólo penetró el cráneo sin hacer daño alguno al cerebro. Sin
duda un milagro. A pesar de ello, pasó un mes para que el chico pudiera
recobrar la consciencia.
En ese tiempo, los doctores permanecieron en vilo. Algunos especialistas,
incluso, llegaron de otras partes del país para estar al tanto sobre el progreso
del chico. Muchos de ellos daban por seguro que moriría pronto y que no valía
la pena el esfuerzo.
Sin embargo, la fuerza de voluntad pudo más. Pudo haber sido mero destino o
piedad divina. El hecho, es que Reysiel despertó pidiendo un poco de comida
y agua, todo con una actitud de lo más natural.
Recibió toda clase de explicaciones y advertencias sobre su situación.
-Es importante que recuerdes mantener reposo. Estarás en observación por
unas semanas más, así que no te preocupes.
Él asintió ocultado la falta de interés. Le daba igual si vivía o moría.
Durante una noche, los calmantes no fueron lo suficientes como para que
conciliara el sueño. Recordaba escenas fugaces y retorcidas. Tres hombres,
tres rostros burlones y el sonido del gatillo. Despertó en ascuas, con la frente
llena de sudor y con la expresión de angustia. Cuando encontró un poco de
calma, pudo reconstruir todos los hechos: le había disparado por robarle el
prendedor al jefe de la mafia del barrio.
La ira le nació desde el fondo de las entrañas. Comenzó a temblar y hasta
quiso salir corriendo. La sed de venganza le hizo olvidar que estaba atado a
unos cuantos tubos y que, además, estaba débil. Ese pequeño esfuerzo le valió
para que le doliera la cabeza lo suficiente como para tumbarlo sobre la cama.
Decidió entonces que esperaría todo lo que fuera necesario.
Transcurrió el tiempo y Rey se volvió más ágil y fuerte. Tanto, que hasta
aprovechó el tiempo para estudiar un poco de matemáticas y contabilidad.
Descubrió que no era tan malo con los números después de todo.
Luego de su recuperación, agradeció a su médico tratante y hasta le prometió
que haría lo posible por pagarle todo lo que hizo por él. El buen hombre sólo
se sintió orgulloso de no haber dudado de que su recuperación.
Las puertas corredizas se cerraron tras él. Al quedarse quieto, respiró un poco
de aire hasta que llevó la mirada hacia el frente. Nunca sería víctima de una
humillación.
II
Rey se levantó de la silla de su oficina, mirando hacia el casino. Las mesas
estaban llenas y los jugadores se concentraban con pilas y pilas de fichas.
Junto a ellos, tragos y mujeres que les incitaban a apostar más y más. Sonrió
en vista de aquel panorama.
Dio unos cuantos pasos por la gran oficina. Iluminada, con paredes de color
claro, muebles de madera oscuro y de estilo minimalista. Un gusto que le
recordaba la prolijidad de un pasado que nunca tuvo.
Ese pasado que le recordaba por qué estaba allí. Volvió a sentarse para
revivir el instante en que mató Regie.
Si hubiese sido por él, lo hubiera matado ahí mismo. Pero su instinto le repetía
que debía esperar y, sobre todo, entrenar. Así que sumergió en el oscuro
mundo de las peleas de cuchillos organizadas.
Quedó impresionado por la cantidad de dinero que se movía y también la
cantidad de cuerpos que salían del ring. Aunque nunca llegó a participar, sí
aprendió a cómo defenderse e, incluso, hasta se hizo amigo de uno de los
mejores contendientes.
-Si has sobrevivido a una bala, puedes sobrevivir cualquier cosa, muchacho.
Mientras asentía a esas palabras, se tocaba el relieve de la cicatriz que había
quedado en su cabeza. La misma que quedó oculta por el cabello.
Recibió todos los golpes posibles así como las heridas producto de las
prácticas. No le importó el dolor ni las caídas, la determinación (o terquedad),
hacía que se levantara sin importar las veces que fuera necesario.
Luego de meses intensos, Rey logró perfeccionar su técnica hasta convertirse
en una amenaza ante quien se le cruzara. Se sintió confiado y listo para
enfrentarse a ese enemigo que casi lo suelta a los brazos de la muerte.
Tuvo que invertir más tiempo. Esta vez era para conocer el paradero así como
la rutina de Regie. Mientras lo hacía, logró identificar a sus atacantes quienes
resultaron ser los guardaespaldas más cercanos de este. El brillo del
prendedor de oro se mostraba ante él como una burla. La furia le crecía más y
más.
Una noche, salió de su escondite entre las tuberías rotas de concreto y metal.
Caminó tranquilo entre las fogatas hechas en los contenedores oxidados
adueñados por los vagabundos que buscaban un poco de calor. La expresión
tranquila escondía un interior turbio y violento.
Regie se encontraba cenando en un restaurante elegante de la ciudad. Una
chica, mucho más joven que él, fingía interés en lo que sería una conversación
ridícula sobre sí mismo. En la oscuridad, Rey lo miraba calculando el mejor
lugar para atestar el golpe mortal.
Mientras lo hacía, una gran sombra se dirigió hacia él. Logró esconderse
apenas. Al pasar la sorpresa, observó que era uno de los hombres que lo
atacaron. Había ido allí para orinar.
-Joder, qué bien se siente.
Una oportunidad de oro. Sonrió al mismo tiempo que sacó una pequeña
cuchilla curva. El destello del objeto advirtió al hombre quien giró
violentamente para enfrentar a su atacante. Después de unos minutos,
reconoció el rostro.
-Pero si es el chiquillo de la otra vez. Vaya que si eres jodido de morir, eh.
A diferencia del primer encuentro, Rey estaba preparado. Se acercó a él y
antes de que siquiera hiciera algo, un chorro de sangre empapó la pared que
estaba junto a él. El corte de la yugular, fue precisa y mortal.
Rey se mantuvo de pie, observando cómo la vida se escapaba en los ojos. La
mirada vidriosa anunció finalmente que había muerto en un instante. Sólo
quedaban tres más, así que tendría que apresurarse.
Avanzó unos cuantos pasos y volvió a esconderse. Los dos escoltas restantes,
estaban fuera del coche mientras comían unas donas. Hablaban con normalidad
hasta que notaron la ausencia del tercero.
Los intentos por comunicarse con él, fueron inútiles y justo en el momento de
buscarlo, un destello metálico se abalanzó sobre ellos. El mismo resultado que
el anterior. Sus cuerpos cayeron en el suelo, enmudecidos por la muerte que
los tomaba. De nuevo, Rey se mantuvo de pie mirándolos. Se aseguró que
fuera él lo último que vieran… Tal como le había pasado.
Sólo restaba un último obstáculo. Cuando Rey se asomó aún más cerca, la
chica ya no estaba. Observó y casi todas las mesas estaban vacías salvo por
unos cuantos comensales que estaban allí. Hubiera preferido que el lugar
estuviera solo pero no podía esperar más tiempo, tres muertos son suficientes
para advertir a las autoridades.
Como lo había predicho, el grito de una mujer, advirtió a Regie quien cambió
el semblante. Esperó unos eternos segundos sin que alguno de sus
guardaespaldas fuera a su encuentro. Presintió lo peor.
Se levantó violentamente de la mesa y se dispuso a correr hacia la puerta, no
obstante, la figura de un chico delgado y alto le esperó allí.
-Quítate, muchacho.
-No.
-¿Pero qué coño te pasa? Quítate, te digo.
Rey sacó de nuevo la navilla.
-¿Ve esto? Con esto maté a sus amiguitos.
Secó la hoja con la camiseta que tenía. Regie se puso colérico e hizo un gesto
para buscar su arma. Aquellos instantes siempre se le vuelven borrosos a Rey.
No recuerda exactamente qué sucedió salvo que se ve a sí mismo cansado
pero victorioso, corriendo hacia la escapatoria en medio del sonido de las
sirenas. Había logrado su cometido.
Desde ese momento, siempre llevaba consigo el famoso prendedor de oro. Sin
importar si fuera una ocasión elegante o no, Rey lo usaba como una especie de
amuleto de la buena suerte y también para hacerle saber a todo el mundo de
dónde venía.
Cansado de estar sentado, volvió a levantarse y decidió pasear por el casino.
Bajó por las escaleras, pasó unas cuantas puertas custodiadas y entró a uno de
los elevadores con acceso restringido. Pasó la tarjeta y llegó finalmente a la
sala. El silencio de su oficina, contrastaba con el ruido que se conjugaban allí.
Estrechó la mano de unos cuantos congresistas, saludó amablemente a un grupo
de inversionistas chinos y hasta se tomó un trago con un famoso actor de cine.
Le gustaba rodearse de vida, de esa vida.
Siguió caminando hasta que vio a un hombre con los ojos muy abiertos y
llorosos. Había perdido la última ficha que le quedaba.
Aunque este era una imagen muy común, de alguna manera, Rey no la pudo
dejar de lado. Le causó un impacto muy extraño.
-Tenemos todos los preparativos listos, señor. –Le interrumpió de repente uno
de los guardias.
-Vale.
Se alejó de esa vista aún con esa extraña sensación que no lo dejaba en paz.
III
Leah acariciaba la mano arrugada y frágil de su madre. Ella no había
despertado en varios días y no sabía si realmente lo haría. Escuchó el sonido
de los pájaros y se dio cuenta que había estado allí, en la misma posición,
durante toda la noche.
Se levantó pesadamente y fue hacia el baño. Miró su rostro en el espejo y
observó las grandes bolsas debajo de los ojos, además de la piel amarilla y
opaca. No estaba comiendo ni durmiendo bien.
Para colmo de males, la universidad le pasó una notificación diciéndole que
no podría volver a las aulas hasta que pagara los seis meses que debía. El
único lugar que consideraba su oasis, también era prohibido para ella.
Su padre, un ludópata empedernido, tomó los ahorros de su madre e hipotecó
la casa para consentir su vicio. Gracias a ello, Leah tuvo que hacer maromas
para que el hospital aceptara el ingreso de su madre. Más deudas que seguía
acumulándose.
Abrió el grifo y acumuló un poco de agua fría entre las manos, la llevó
suavemente hasta la cara. La sensación le ayudó a sentirse un poco más
despierta aunque, la verdad, moría por tomarse un baño y dormir.
Regresó a la habitación con la esperanza de hablar con su madre. Sin embargo,
ella estaba igual, como si durmiera un sueño plácido. Leah de repente sintió un
poco de envidia.
-Buenos días, Leah. Te dije que te quedaras tranquila que aquí la estamos
cuidando.
-Hola, Pati. Lo sé. Sólo quería quedarme con ella.
-Ve a casa y duerme un rato. Te avisaremos si sucede algo, ¿vale?
-Vale.
No puso resistencia porque el sueño y el cansancio pudieron más. Tomó la
mochila y se despidió de la enfermera.
Caminó unas cuantas calles hasta la parada del autobús. Por suerte, sólo había
un par de personas esperando. No tendría que poner un esfuerzo extra para
subir. Se sentó en el banco y sintió como todo el peso del mundo se puso sobre
los hombros. Quiso llorar pero estaba en la calle y le parecía humillante tener
que expresar sus emociones frente a los extraños. Así que tomó el reproductor
de música y un par de audífonos, lo que sonara le daba igual.
Después de unos minutos, el autobús se acercó hasta la parada. Los pocos se
subieron con tranquilidad, incluyéndola a ella. Leah, como no tenía ganas de
interactuar, se sentó al fondo junto a la ventana. Ese era quizás el momento de
paz que tanto había deseado durante la semana.
Muchas veces pensó que la mejor solución era escaparse. Dejar todo atrás.
Incluso buscó unos cuantos destinos en Internet en donde podía empezar desde
cero. Podría dar clases de algo, cualquier cosa, mientras se acomodaba. En
cuanto alzara vuelo, enviaría dinero a su madre para tenerla junto a ella y
reunirse. Todo pintaba como el plan perfecto.
Ella no contó con la enfermedad silente de su madre. Una enfermedad que
ocultó por mucho tiempo. Se sintió mal por su egoísmo y por pensar siquiera
en esa remota posibilidad.
Sin embargo estaba cansada, muy cansada. Se obligó a mantenerse despierta
porque era muy probable que se derrumbara sobre el asiento y que se perdiera
por la ciudad. Aquello sería el colmo.
Se levantó como pudo y presionó el botón de la parada. El ligero pitido
advirtió al conductor quien aparcó pocos metros más adelante. Leah bajó y
observó el pequeño edificio de ladrillos. Ese era su hogar.
Los últimos meses tuvo que abandonar su piso para volver a mudarse con su
madre. Noches antes, botó a su padre del lugar porque no podía concebir el
compartir el mismo espacio con un tipo así.
Saludó a unas cuantas vecinas, acarició al perro de la conserje y subió los seis
pisos que la llevaban al piso en donde vivía. Sacó las llaves y abrió la pesada
puerta de madera.
Al empujar, le sobrevino el olor remanente a café colado. Le sorprendió que
hubiera pasado ese tiempo afuera y sobre todo que quedara ese aroma en el
aire.
Dejó la mochila sobre una mesa de madera que estaba en la entrada, hizo lo
mismo con las llaves y caminó hacia la cocina. Quizás no era mala idea
prepararse algo.
Abrió con esperanza el refrigerador y sólo encontró un paquete de arroz y una
cebolla que tuvo que sacar porque estaba casi podrida. Cerró la puerta y
volvió a suspirar. Era como si nada le diera un poco de descanso.
Fue hacia su habitación para quitarse la ropa. Inevitablemente, miró la de su
madre y sintió que sólo quería sentarse al suelo a llorar. Odiaba verla así, tan
débil y tan enferma. No sabía qué hacer.
Al desnudarse, tomó una toalla que tenía cerca para cubrirse con ella.
Encendió la luz del baño y volvió a encontrarse con ese reflejo agrio de la
mañana. Los ojos verdes estaban enmarcados por hilillos rojos. El rubio de
sus cejas y cabello se veía opaco e incluso, a pesar de tener 24 años, tenía un
pequeño surco en la frente. El estrés la rompía de adentro hacia afuera.
Trató de acomodarse el flequillo del cabello corto, como si quisiera rescatar
algún gesto de vanidad. Pero no había cabida. Estaba muy sucio.
Dejó los rodeos y entró a la pequeña ducha. Abrió ambas llaves, aunque giró
un poco más la de agua caliente porque necesitaba algo que la relajara. Cerró
los ojos y se dejó abrazar por el líquido tibio que recorría su cuerpo.
De tener otra vida y otras circunstancias, Leah fácilmente pudo haber sido
modelo, gracias a su altura y delgadez, además de la belleza de su rostro. Sin
embargo, ese mundo no le llamaba la atención. Le parecía frívolo y sin
sentido. Aunque en ese estado, quizás le hubiera ayudado a resolver algunos
de los problemas financieros. De nuevo, se manifestó esa sensación de derrota
y desesperación.
Luego de enjuagarse la cabeza y de darse algunos masajes en el cuerpo, salió
con un poco más de vitalidad. Ciertamente, un baño podía significar un cambio
hasta de ánimo.
Se secó y se dirigió a la habitación para cambiarse de ropa. Algo ligero y
práctico ya que tenía que salir. Uno de los prestamistas de su padre la había
citado para hablar sobre la situación de él.
-Joder.
Ya imaginaba la situación: el tío llegaría en un coche de lujo y se encontraría
con ella para decirle lo mal que está su padre. Leah diría que aquello no era su
problema hasta que la voz de él sobrepasaría la de ella. Insistiría en el monto
a pagar y listo. La dejaría en la calle con esa sensación de desgracia.
Tomó un par de jeans oscuros, una camiseta negra y otra camisa de cuadros.
Llevaría una chupa por si hacía frío. Se puso unas tenis y se arregló un poco, o
al menos lo suficiente para decir que tenía la delicadeza de cuidarse.
Se dirigió al subterráneo para tomar el tren. Mientras se sostenía de uno de los
tubos, no pudo evitar concentrarse en una pareja que se besaba efusivamente.
La chica estaba sobre las piernas de él, y este la rodeaba con los brazos. Los
labios de ambos parecían danzar en una hermosa sinfonía.
Leah los observaba desde su lugar. Cualquier persona al verla, pensaría que
tendría una fila de pretendientes pero no era así. Los problemas familiares y
sus metas personales fueron suficientes para privarla de los conocimientos del
placer y el amor. Incluso tenía vergüenza al admitir que todavía era virgen.
Pero nada, había otros asuntos que atender.
La voz del conductor anunció la llegada a la estación. Leah se espabiló y salió
con la mezcla de miedo y tristeza. A ese punto, cualquier golpe le daría igual.
Estaba acostumbrándose a las malas noticias.
El viento frío le golpeó al salir por las escaleras. Se colocó la chupa vaquera
que llevaba consigo y se abrigó un poco el cuello para protegerlo. Al
encontrarse en la calle, miró a todas las direcciones para dar con el hombre
misterioso que la había citado allí. Este se encontraba sentado en un banco del
Central Park, tomando café en uno de esos vasos elegantes de Starbucks.
Ella logró reconocerlo. Caminó hacia él y se presentó.
-¿Sr. Erasmo?
-¡Señorita! ¿Cómo le va?
Esa expresión le indicó que ciertamente la pudo identificar en un momento.
-A ver, a ver. ¿Te apetece un poco de café o un trago?
-No. La verdad que no. ¿Por qué me citó?
Esa actitud cortante le valió para que el hombre cobrara una expresión severa.
-La deuda de su padre está acumulándose y ya hemos tomado todas las
garantías posibles.
Leah recordó la casa de su niñez.
-Bien. Tratamos de contactarnos con su madre pero no dimos con ella así que
lo hacemos con usted. A ver, a ver… ¡Ajá! Esta es la cuenta por pagar. La
necesitamos saldada para el fin de mes.
El señor con bigote engominado le extendió un trozo de papel con una cuenta
que le hizo perder un poco la respiración. Trató de conservar la calma tanto
como pudo.
-Cuénteme. ¿Su madre también hace apuestas?
Aquella pregunta fue suficiente para sentir la ebullición de la sangre. Ella lo
miró con odio y le respondió:
-Mi madre está muy enferma. He ahí la razón por la que no le contestó.
-Lo siento… Yo…
-¿Hay algo más que desee hablar?
-No.
-Bien. Gracias.
Se levantó, guardó el papel en la mochila y volvió a caminar hacia el
subterráneo. Al bajar, se sentó en uno de los largos bancos que había allí. Ya
no sabía qué hacer.
Hundió entonces la cabeza entre las manos como para aislarse del mundo.
Aunque sabía que aquello pasaría, no estaba lo suficientemente preparada para
ello. Bueno, nadie, en realidad.
La mente le daba vueltas y seguía sin dar con la solución. En ese momento, un
nombre hizo eco dentro de ella: Reysiel.
Era un hombre ampliamente conocido en la ciudad. Estaba vinculado al juego
y hasta se sospechaba que tenía que ver con el tráfico de drogas. Lo cierto es
que el dinero no era un problema para él.
Ella trató de desechar esa idea. Sí. Era completamente absurdo pedirle ayuda
al tipo más peligroso de Nueva York pero qué más podía hacer. Estaba
desesperada y esa era la única alternativa que cada vez tenía más sentido
tomar.
Miró hacia el frente y observó a la gente. Unos escuchaban música, otros
estaban en grupos, conversando de lo más normal. El universo parecía que le
apuntaba con el dedo. Sólo tenía ganas de desvanecerse en la nada.
Se levantó en cuanto miró el tren llegar.
-Rey.
Dijo para sí misma antes de subir.
IV
-Siel, estas son las órdenes de compra para nuevas mesas y aquí están las
firmas que autorizan la construcción de otro casino en Las Vegas.
-Excelente. Quiero copia de todo y, por favor, guárdalas en la bóveda.
-Perfecto.
Rey miró su reflejo en el vidrio. Estaba vestido de negro y llevaba la camisa
sin abotonar, quería estar un poco más informal que de costumbre.
Tomó entre sus dedos un vaso de whiskey y lo meneó un poco hasta que hizo
sonar los cubos de hielo que flotaban en la superficie. Bebió un poco y volvió
a concentrarse en la vista de enfrente. Estaba monitoreando todo con calma.
En ese momento, observó a una mujer que caminaba con un andar sensual. Era
morena, de cabello negro y las curvas de su cuerpo le hacían lucir un vestido
rojo muy ajustado. El escote destacaba los grandes pechos. La cintura
marcada, las piernas largas y torneadas. Esa mujer le llamaba como si tuviera
un imán.
Dejó el trago y bajó rápidamente las escaleras para encontrarse con ella. La
buscó con la mirada hasta que la vio sobre la barra central, justo cuando pedía
algo para tomar.
Él se acercó lo suficiente para decirle:
-Este va por la casa.
La mujer hizo un gesto cansino hasta que miró de quién se trataba: el
mismísimo Reysiel.
-Guao, muchas gracias. Es bueno saber que alguien sabe cómo tratar a una
dama.
-En eso soy un experto. –Dijo él con toda la galantería posible.
Se sentó en una silla junto a ella. Con una mano, apartó un mechón de su
cabello castaño claro, y la miró con los ojos cafés penetrantes que tenía. Hizo
una media sonrisa para mostrar un poco los dientes blancos y relucientes. Sin
duda, era un tipo muy guapo.
Ella no podía creer la suerte de encontrarse con alguien tan poderoso como él.
-¿Cómo has encontrado el lugar? ¿Qué te ha parecido?
-Pues, es lindo. Muy agradable. Con seguridad puedo decir que hasta los
tragos lo saben hacer bien.
- Aquí las cosas se hacen muy bien, siendo sincero.
Se miraron por un rato hasta que él le tomó la mano.
-Esto está un poco ruidoso. ¿Qué te parece si nos vamos a un lugar un poco
más tranquilo?
-Estaría encantada.
Él la ayudó a bajarse. Pudo sentir la suavidad de la piel de sus manos, supuso
en ese momento que sería lo mismo el resto de su cuerpo. Caminaron entonces
hasta la salida. Un gran coche negro los esperaba en la entrada.
-Esto sí que es un servicio de calidad.
-Y es sólo el principio.
Antes de subir con ella, le ordenó a uno de los guardias que lo llamaran en
cuanto surgiera algún inconveniente. El trabajo siempre tenía un lugar
importante, siempre.
El chófer pisó suavemente el acelerador y los llevó hacia la casa de Reysiel.
Pasaron por las calles más lujosas de la ciudad. Como era diciembre, era
posible ver los adornos y las luces con motivo navideño por las calles e
incluso árboles.
La mujer estaba encantada con la vista y con la compañía, por supuesto. Justo
cuando pensaba que no podía sorprenderse más. Se quedó prácticamente
boquiabierta al ver la gran casa de la colina.
-No me digas que es tuya.
-Ja, ja, ja. Así es.
Dos plantas de concreto y metal, emergían del suelo de manera imponente. La
arquitectura era impresionante gracias a la modernidad que exhibía. Al
acercarse, los detalles se volvían hermosos.
Había un camino que bordeaba las curvas de la colina y, a los lados, unas
luces que servían de guía al mismo tiempo en que estas también iluminaban los
arbustos decorativos. Era como adentrarse a un bosque.
Al final, la entrada también estaba coronada por más luces en los techos que
daban un ambiente de lujo. El chófer se detuvo junto a la puerta.
-Gracias, Mark.
-A la orden, señor.
Él se bajó y ayudó a su acompañante a hacerlo también.
Rey se acercó a la puerta de madera y paró al frente de un lector de huellas y
otro ocular. Marcó la clave de seguridad y se escuchó un suave clic. La puerta
se abrió y ella se encontró con una amplia sala que más bien parecía una
galería de arte.
El suelo de madera estaba lustrado, unos ventanales que tenía a su derecha
daban con más árboles y arbustos hasta que pudo ver un poco el jardín.
Presintió que era más grande de lo que sus ojos percibían. Siguió caminando y
se encontró con la cocina con artefactos de última generación, una sala con
muebles oscuros y una gran pintura abstracta que coronaba la pared.
Un poco más allá, se encontraba una escalera que llevaba a la parte superior.
Ella estaba segura que el área era amplia pero quizás luego tendría la ocasión
de verla mejor. Ahora lo verdaderamente importante, era él y su rostro
sonriente y pícaro.
-Bienvenida a mi humilde morada. –Dijo él sin una gota de modestia.
-Gracias. Creo que ya habrás escuchado que es un sitio precioso.
-Digamos que sí pero me gusta oírlo de ti.
Rey pensó en ofrecerle una copa de vino y hablar un poco antes de dejarla
sobre la cama y romperle la piel. Sin embargo, en ese punto estaba ya cansado
de los preámbulos y rodeos, por lo que se acercó a ella y depositó las manos
sobre esa cintura que lo seducía desde hacía rato. Ella, por otro lado, apoyó
sus brazos sobre los suyos y se inclinó hacia él para besarlo.
Sus labios, suaves y carnosos, la hicieron sentir excitada de inmediato.
Mientras lo hacían, Rey la tomaba aún con más fuerza. Estaba a punto de salir
a flote otra característica fuerte de su personalidad: su ser Dominante.
Gracias a la fuerza que él ejercía sobre ella, aquella mujer no le quedó más
remedio que entregarse por completo.
Las manos de Rey encontraron ágilmente el cierre del vestido, lo bajó
lentamente como queriendo causar algún tipo de expectativa en un ambiente en
donde se respiraba el deseo.
Al quitarle el vestido, ella sólo quedó con unas bragas negras. Sus pechos se
mostraron y le resultaron más hermosos de los que había imaginado. Entonces,
sus manos ávidas de lujuria, fueron hacia ellos apretándolos, tocándolos,
acariciándolos con fuerza. Los gemidos de su amante se fundían en el silencio
y la oscuridad de la casa.
Su boca terminó entre los pezones. Estaban duros, firmes. Los chupaba y lamía
a su placer mientras que ella parecía sentir que el cuerpo le fallaría en
cualquier momento.
Antes de eso, Rey la tomó entre sus brazos y la llevó a las escaleras. Subió
lentamente, mientras la besaba y acariciaba.
El piso superior parecía una especie de laberinto de habitaciones y pasillos.
Rey caminó con ella por un pasaje largo y con luz tenue. Unos cuantos más y
llegaron a la habitación de él.
El lugar era bastante amplio, de paredes blancas y suelo de parqué. La cama
estaba frente a una chimenea por lo que era un lugar particularmente agradable
en los días de invierno. Sobre esta, estaban colgados tres cuadros con una
estética similar al que estaba en la sala. Cerca de un gran ventanal, estaba una
poltrona y una mesa de madera pequeña. Sin duda, una decoración hecha por
algún profesional.
Rey dejó sobre la cama a su amante, le acarició las piernas y procedió a
quitarle lo último que le quedaba para que estuviera completamente desnuda.
Ella estaba sonrojada y ansiosa por que él se uniera, sin embargo, según los
deseos de Rey, esperaría un rato más. Se alejó por un momento para buscar
algo para subir un poco más el calor. Como no podía tener una sesión con ella
como tal, al menos tomaría algunas cosas para tener una experiencia más o
menos cercana.
Se decantó por unas cuerdas negras. Cuando finalmente apareció, ella quiso
hablar:
-¿En dónde has estado?
-A partir de este momento soy yo quien tiene el control. ¿Estamos claros?
Ella se quedó por un momento impactada. Sin nada qué decir. Al pasar la
primera impresión, le gustó el tono de voz y la autoridad con que la habló.
Nadie la había tratado así pero quería más de eso.
-Sí, señor.
Ante la afirmación, Rey se acercó hacia las muñecas y comenzó a atarlas
colocándolas sobre la cabeza de ella. Se aseguró de hacerlo firme pero no
demasiado como para no hacerla sentir incómoda. Cuando se encontró
satisfecho, se dispuso a hacer lo mismo pero en los tobillos pero con la
intención de que sus piernas quedaran extendidas y así él tendría paso hacia la
vulva.
Ella estaba cada vez más y más excitada por lo que parecía encontrarse en un
trance. El tacto de él, la respiración que caía sobre su cuerpo, el aliento
caliente que le rozaba los labios. Cada cosa la llevaba a tener una experiencia
fuera de sí.
En ese momento, cuando pensaba que ya lo conocía todo, sintió la lengua de él
dentro de su coño. Rey la sorprendió por completo.
Él se sujetó de los muslos de ella, abrió los labios y sus labios se conjugaron
con los de la vagina. La lengua, paralelamente, la penetraba cada vez más. El
sabor y el olor de la excitación lo empujaban a seguir en esa faena.
Los gemidos y gritos de la mujer le hicieron pensar que lo estaba haciendo
como debía, por lo tanto, continuó hasta el cansancio. Como estaba
desesperado, olvidó que aún estaba vestido, por lo tanto, comenzó a
desvestirse rápidamente. Quedó desnudo en un santiamén.
Ella pudo observar su verga. Larga y gruesa, marcada por las venas, con el
glande rosado y también húmedo. Rey se masturbó un poco sólo para
estimularse lo suficiente. Quería hacerla gritar.
Se acostó sobre ella y le besó el cuello. Descendió un poco más hasta que se
encontró con esos pechos grandes y redondos. Los sujetó y lamió un buen rato.
Con la otra mano, sintió el calor del coño que se volvía más y más intenso.
Sostuvo sus dedos allí hasta que notó la humedad que quería sentir. Se los
chupó mirándola, desafiándola ya que ella se encontraba limitada por los
movimientos.
Dejó de tocarla para volver a los besos como al principio. Entonces, manera
inesperada, introdujo su pene. Primero suave, lento. Luego de encontrarse un
poco más suelto, lo metió todo hasta hacerla gritas como quería. Ella sólo le
restó sujetarse de las cuerdas con firmeza. Cerró los ojos y se entregó al
placer.
Los movimientos de la pelvis de Rey conjugaban movimientos rápidos y
lentos, ritmos que le hacían disfrutar de ese coño delicioso. Aparte de ello,
satisfacía su inclinación como Dominante al tomarla por el cuello,
apretándolo, haciéndole ver que incluso tenía el poder en algo tan importante
como la respiración. A pesar que era una jugada arriesgada, ella se sintió más
excitada aún… Como si no hubiera sido posible poder sentir más.
Siguió penetrándola en esa posición hasta que le desató los tobillos y, con un
rápido movimiento, la giró para que sus nalgas quedaran frente a él. Le dio
unas cuantas nalgadas y apretó tanto como se le antojó.
Apoyó una de sus manos y con el dedo pulgar, estimuló un poco el ano. Ella
siguió gimiendo sin parar hasta que lo introdujo suavemente, muy lento. No
quería hacerle daño y sabía que en ese punto debía tener cuidado.
Luego de acariciarla, le tomó por las caderas con firmeza y volvió a
penetrarla pero desde atrás. Apenas lo hizo, gruñó por sentir el calor de sus
carnes que se rozaban entre sí.
Se encontró follándola con fuerza pero quería hacerlo con más intensidad por
lo que la tomó del cabello. Era como una especie de riendas que tenía a su
disposición. En esa posición también aprovechó para aruñar la espalda y
dejarle marcas para que ella, desde el dolor, recordara quién le había
demostrado poder.
Después de hacerlo, ella pareció que estaba a punto de llegar al orgasmo. Él
todavía tenía algo más por hacer por lo cual volvió a tomarla y la colocó
sobre la cama. Le abrió las piernas y la devoró de nuevo al mismo tiempo que
le daba algunas palmaditas sobre el clítoris. Ese estímulo hizo que se
retorciera más y más. Incluso llegó a vociferar algunas palabras que no
entendió.
Continuó hasta que ella no pudo más, acabó en su boca y él aprovechó para
beber todos los jugos que expulsó su cuerpo. Aunque ella quedó atontada por
aquella intensidad de sensaciones, de inmediato, él colocó una mano sobre el
cabello de ella y la llevó hacia al suelo para que le practicara sexo oral.
El pene de él estaba tan duro como piedra, así que estaba muy cerca de
explotar. Ella abrió bien la boca y de inmediato se dispuso a chuparlo y
lamerlo. Rey le tomó por la cabeza por lo que también reguló la intensidad de
aquello.
Hubo un momento que lo hizo con firmeza y se aseguró de penetrarla la boca
lo más profundo posible. Ella hizo unas cuantas arcadas pero eso no le
importó. Insistió más y más hasta que la mujer lo tuvo prácticamente todo en la
boca. Él lo sacó de repente y se deleitó con los ojos lloros, los hilos de saliva
que caían sobre los pechos y los cuales también mojaban el pene de él. Estaba
tan excitado que incluso le propinó unas cuantas bofetadas.
Siguió entonces en lo mismo hasta que los muslos de Rey comenzaron a
temblarle. Estaba a punto de llegar y quiso asegurarse que tendría la mirada de
ella concentrada en la suya. Al final, sintió como una corriente eléctrica le
atravesaba el cuerpo hasta el pene. Allí expulsó una gran cantidad de semen
que terminó sobre el rostro de ella, mojándola.
Fue tan fuerte que Rey tuvo que inclinarse un momento para recobrar el
aliento. Como pudo, se incorporó, la ayudó a levantarse y a sentarse en la
cama. Seguidamente, entró al baño para limpiarse y hacer lo propio con ella.
Se sentó junto a ella para desatarle los amarres. Mientras lo hacía, se encontró
satisfecho de que estos le causaran unas marcas pronunciadas sobre la piel
bronceada. Al terminar, la acarició un poco y la ayudó a recobrar la
movilidad.
-Hazlo lento, ¿vale?
Ella sólo logró asentir. Todavía tenía el cuerpo cargado de un torrente de
endorfinas en el cuerpo. Le limpió la cara y parte del cuello; y hasta se
aseguró que no tenía alguna herida.
Cuando finalmente todo estaba listo, se acostaron en la cama. La mujer,
gracias al agotamiento, se quedó dormida a los pocos minutos. Rey, por su
parte, todavía tenía los ojos como dos platos. Como estaba inquieto, se
levantó y fue a la cocina a prepararse algo de comer.
Abrió la puerta del refrigerador y lo encontró exageradamente lleno. Pavo,
pollo, frutas, vegetales, botellas de cerveza, pan, mostaza, quesos y hasta
caviar. Había un montón de cosas que a veces ni siquiera probaba y que por lo
tanto le tocaba tirar a la basura.
Sacó pan, el pollo asado de la otra vez, la mayonesa de su marca favorita y un
poco de queso. Las tripas le recordaron que no había comido nada desde el
almuerzo. Tomó un plato y colocó el sándwich. Lo acompañó con una botella
de cerveza y se sentó en la mesa de la cocina mientras escuchaba el sonido del
reloj del horno el cual marcaba los segundos.
Comenzó a comer y sintió que la fuerza le regresaba al cuerpo. Masticaba
lentamente, como si quiera tomarse todo el tiempo del mundo para hacerlo. En
parte porque quería deleitarse de los sabores y también porque quería hacer
tiempo porque sinceramente no quería regresar a donde estaba la mujer. Ya
había terminado lo que tenían que hacer y postergar más el asunto era
innecesario.
Al terminar de comer, escuchó el ringtone del móvil. Se levantó rápidamente y
notó que era uno de los administradores. Era necesario unas cuantas firmas
para autorizar el nuevo sistema de seguridad de la bóveda. La excusa perfecta
para terminar la noche.
Se levantó rápidamente y subió las escaleras. Tomó un par de jeans del clóset
y una camiseta. Al terminar de vestirse, se acercó a la cama hasta la mujer que
dormía plácidamente. Le rozó los dedos sobre el brazo para despertarla.
-Debes irte. Tengo cosas por hacer.
-¿No podría hacerlo por la mañana? Estoy muy cansada.
-No, lo siento.
La sequedad del tono contrastó con aquella actitud galante y seductora del
casino. Aturdida y de un malhumor evidente, se levantó de la cama y se vistió.
Antes de salir, Rey le dijo una última vez:
-No te preocupes. El chófer te llevará a cualquier parte que quieras.
Ella quiso decirle una larga lista de insultos pero no pudo. Sólo le quedó
mirarlo con todo el odio posible. No le respondió y se bajó las escaleras con
prisa sin volver la mirada. Esa noche, ella confirmó lo que tanto se decía de
él. Era un hombre encantador, de buen sexo pero que no le temblaba el pulso
al momento de deshacerse de quien le molestara.
Rey quedó a solas, aliviado y listo para trabajar.
V
Leah dejó la computadora luego de investigar todo lo que pudo sobre Rey.
Además de todo lo que sabía, descubrió que era uno de los hombres más ricos
del país. Sus ojos se iluminaron al leer la información ya que aquello podría
ser su salvación.
Luego de leer, se concentró en buscar imágenes para tener una idea más clara
sobre su aspecto. Era alto, blanco, de cabello castaño largo, hasta los
hombros; ojos cafés y una sonrisa encantadora. Las fotos que veía en la
galería, también le dio a entender que tenía buenos gustos a la hora de vestirse.
Se acostó sobre el sofá, no paraba de pensar. Era una idea descabellada pero
por otro lado tenía sentido. Necesitaba el dinero urgentemente. Las deudas de
su padre, las cuentas de los tratamientos de su madre, más la universidad. Al
recordarse eso último, se sintió amargada, acorralada.
-Lo haré. Ya está.
Se levantó y miró el reloj de la cocina. Fue hasta el baño para tomar una ducha
y prepararse para salir. Iría al casino para pedir una reunión y así convencer a
este tío de que la ayudara.
Mientras el agua caía sobre la espalda, pensaba en las palabras que le diría al
encontrarse con él. Para pagar la deuda, vendería todo lo que se pudiera en la
casa. Incluso, quizás recibiría un buen pago por los libros de la universidad.
Luego buscaría un trabajo y le pasaría una mensualidad. Sí. Eso es.
Al terminar, fue a la habitación y sacó unos pantalones negros, una blusa
blanca escotada en la espalda y unas sandalias altas. Luego de vestirse, se
peinó hacia atrás haciéndola ver más elegante y al mismo tiempo, severa.
Se sentó frente al espejo del tocador, y se maquilló ligeramente. Un delineado
suave en los ojos y rojo en los labios. Era más que suficiente para destacar los
hermosos rasgos de su cara.
Confió en sí misma y en su argumento. Confió en que las cosas saldrían como
quería y que tendría el tiempo suficiente para pagar. No paraba de decirse a sí
misma que todo se solucionaría favorablemente.
Escribió la dirección en un Uber y en cuestión de minutos, llegó el coche para
buscarla. Al montarse, el corazón le latía a mil por hora.
Rey, a diferencia de otras noches, no se encontraba en su oficina. Estaba
sentado en una mesa solo, fumando y leyendo contratos como de costumbre. La
obsesión por el trabajo era tal porque tenía el temor latente de que perdería
todo lo que había logrado si se descuidaba.
Revisaba los libros contables y encontró que era necesario maquillarlos más
para que no levantar las sospechas del fisco. Siguió leyendo con cuidado,
hasta que hubo algo que capturó su mirada.
La costumbre le hacía sospechar de cualquier cosa que se moviera, así que se
levantó en modo de alerta. Recogió los papeles en el suelo, se quitó los lentes
y caminó hacia aquello que le había llamado la atención. No encontraba nada
hasta que la vio.
La espalda desnuda, la postura recta, el cabello corto hacia atrás y la mirada
asustada. Era ella a quien estaba buscando.
La mujer estaba sentada sola, algo que le pareció extraño tratándose de
alguien cuya belleza era impresionante.
Leah pidió un Martini fingiendo que sabía de tragos. Lo cierto es que miraba a
cualquier tipo que le pareciera remotamente parecido a Rey. Comenzó a
tamborilear los dedos hasta que sintió una sombra tras ella.
-¿Le invito un trago?
Era él.
-¿Sr. Reysiel?
La pregunta descolocó un poco a Rey. Por lo general, aquellos bajo su mando
lo llamaban Rey, sus amigos íntimos sólo Siel pero su nombre completo le
hizo pensar en las formalidades que a veces le incomodaban. Sin embargo, eso
también quería decir que ella quizás se presentaba con otra intención.
-Sí. Soy yo. ¿En qué puedo ayudarte?
-Necesito hablar con usted. Es algo muy importante.
-Está bien. ¿Qué te parece si vamos a mi oficina? Así hablaremos más
cómodamente.
-Perfecto.
La ayudó a levantarse y se percató de su altura. Tenía un porte de mujer
segura. Algo que le resultó mucho más atractivo.
Entraron a la oficina y Leah se impresionó con la elegancia del lugar. Esto le
confirmó, además, que Rey sí contaba con los recursos para ayudarla… Si es
que accedía, por supuesto.
-¿Algo de beber?
-No, gracias.
Rey la observó con cuidado. A pesar del nerviosismo que mostraba, no temía
en mirarle a los ojos sin problema. Así que comenzó a pensar en las
intenciones de la muchacha.
Se sirvió un Bourbon y se sentó en la silla de cuero frente a ella. Bebió un
trago y le preguntó:
-¿Qué se te ofrece?
-Mire, me apena tener que hacer esto pero es una situación desesperada. Hace
unos días, un señor me entregó un registro de todas las deudas de mi padre. Un
golpe muy duro puesto que también tengo que lidiar con los gastos del hospital
de mi madre y mis gastos de la universidad.
Rey se echó para atrás.
-… Sé que no es un prestamista. Y sé que tiene todo el derecho de echarme
cuando le plazca pero créame que no tengo a quien recurrir. Hemos vendido
tanto como hemos podido y el tiempo se me acaba, señor.
Lo último lo dijo ahogando el impulso de llorar. Los ojos enrojecidos así
como la expresión de desesperación, fueron dos cosas que no pudo ocultar.
Esa chica estaba al borde de un colapso.
Rey dio otro sorbo de licor al mismo tiempo que le hacía una señal a su
guardia para que le extendiera una pequeña servilleta a Leah.
-¿Cuál es tu nombre?
-Leah.
-A ver, Leah. Ha sido muy valiente de tu parte el venir para aquí. Supongo que
las cosas no estarían nada sencillas para que me dijeras todo esto.
Ella asintió.
-…No tengo problema en ayudarte. Es más, podría firmarte un cheque ahora
mismo con el monto que me digas y así solucionamos esto. Sin embargo,
quiero que estés consciente que todo tiene su precio, ¿no?
-Sí, lo sé.
-Bien. Entonces, te preguntaré esto porque no quiero que haya confusiones.
¿Estás segura? ¿Tanto lo necesitas?
Ella lo miró de frente, como si reuniera toda la fuerza de su cuerpo para
hablarle.
-Sí. No tengo nada más qué pensar. Lo necesito. Lo necesitamos.
Bajó la cabeza hasta llevar la mirada a los pies. Una lágrima corrió por su
mejilla. Estaba realmente preocupada por las cosas.
Por otro lado, Rey, quien no estaba acostumbrado a este tipo de escenas,
despachó a los guardias para que los dos se quedaran a solas. Dejó el vaso
sobre el escritorio fino de madera y se sentó en la silla junto a ella.
-Este es el número de mi administrador. Quiero que le adjuntes toda la
información pertinente sobre los gastos y deudas que tengas. Además, veremos
qué podemos hacer para desvincularte de tu padre. Es obvio que ese señor no
le interesa tu situación así que hay que pensar en el futuro, ¿no te parece?
-Sí, señor. ¿Cómo podría pagarle?
La pregunta definitiva y que él estaba esperando.
-Aún no lo sé pero pronto se me ocurrirá algo. Mientras, comunícate lo más
pronto con él para que soluciones la situación.
Ella le extendió un papel.
-Este es mi número. Estaré atenta ante cualquier eventualidad.
-Perfecto. Bien, Leah. Nos veremos pronto, tenlo por seguro.
No le respondió ya que sólo su cerebro pudo concentrarse en la buena noticia.
Por fin tendría los medios para ayudar a su madre y alejarse de la sombra de
las cuentas de su padre. No obstante, ella no tenía idea del precio que tendría
que pagar.
VI
Leah no podía creer lo que tenía en sus manos. Aquel trozo de papel le hizo
experimentar una agradable sensación de alivio como hacía rato no sentía. El
administrador de Rey, le dio todas las instrucciones de lo próximo que debía
hacer. Ella trató de concentrarse pero la euforia se le brotaba por los poros.
Era algo que iba más allá de sí misma.
-Cualquier inconveniente que tengas, no dudes en llamarme.
Extendió la mano y se despidió. Leah tuvo que espabilarse.
Fue directo a un banco para cobrar el dinero. De allí, pagó al prestamista de
su padre e inmediatamente se desvinculó de él. Ya no quería cargar más con
ese peso muerto. Hizo lo propio con el hospital y la universidad. Al final del
día, estaba exhausta pero tranquila. Todo se solucionó más rápido de lo
esperado.
Para celebrar, compró un par de cervezas que llevó al piso. Las puso a enfriar
y su buen humor fue suficiente para poner un poco de música y prepararse un
plato de pasta. A ese punto, sentía que podía salir a la calle y regalar abrazos
a todo el mundo.
Al sentarse a esperar a que el agua hirviera, tuvo una especie de
presentimiento. Algo que le advirtió que pronto se aproximaba algo inminente.
Permaneció sentada, tranquila hasta que escuchó el móvil.
Se levantó al darse cuenta que el agua estaba lista y que la pasta estaba a punto
de servirse. Miró el móvil y resultó un número desconocido. Abrió el mensaje
y un frío le heló la espina.
“Hola, Leah. Es Rey. Me gustaría que nos viéramos para hablar sobre lo
que está pendiente. Espero que sepas a lo que me refiero. Mañana en el
restaurante italiano en la 5ta Avenida. Mi chófer irá a buscarte a tu casa.
En cuanto puedas, envíame la dirección. Saludos”.
Por un momento quiso huir, total, ya había gastado el dinero y había hecho lo
que debía. Así que podría ir a su habitación, tomar una valija y depositar unas
cuantas prendas de ropa. Las necesarias para tomar viajar con rapidez. Se
confundiría con las masas, con los rostros comunes y desaparecería… Pero
no. Claro que no. Había mucho que la ataba así que no podía renunciar como
en su fantasía. Por alguna razón, esa deuda era mucho más importante.
Así pues que apagó la hornilla, coló la pasta y la sirvió en un plato. Sobre
ella, un poco de salsa en una bolsita que había comprado en el supermercado.
Se sentó en la mesa y apoyó la cabeza sobre la mano. Miró el plato con el
contenido humeante. Tomó un trago de cerveza hasta que dejó la botella sobre
la mesa y hundió entre los hilos de pasta. Comenzó a comer por obligación
más que por placer.
La cita le producía cierto grado de aprehensión, por lo que trató de relajarse
tanto como pudo. Cuando se acercó la hora, tomó una rápida ducha para luego
vestirse y prepararse. Como se trataba de una zona exclusiva de la ciudad,
escogió un vestido negro largo, unas sandalias bajas doradas, y un abrigo
ligero.
Estaba volviéndose cada vez más ansiosa a medida que las horas avanzaban.
No sabía el tipo de propuesta que tendría. Aun así, no se negaría. Desde el
momento en que se encontró con él, sabía que estaba adentrándose en un
mundo muy diferente, como el que veía en las películas.
Por otro lado, Rey le parecía un hombre atractivo como misterioso. Recordó
la forma en cómo la miró durante todo el tiempo que duró la reunión. Los ojos
cafés concentrados en ella, concentrados en cada palabra que decía.
La expresión severa pero tranquila. Era algo que a ella le intrigaba y que
también parecía atraparla. Supo que él sabía que estaba nerviosa, como si
tuviera consigo una especie de lector humano.
Se encontró riéndose de aquello hasta que escuchó el móvil. El chófer estaba
abajo esperándola.
Luego de un rápido saludo, fueron camino a la 5ta Avenida. A Leah le
resultaba curioso cómo una ciudad tan grande como esa tuviera unas zonas tan
contrastantes. Por ejemplo, en donde ella vivía, una zona más o menos
residencial, repleta de coches y caos.
Ahora, estaban en uno de los lugares más concurridos por los ricos y famosos.
Un sitio repleto de tiendas de diseñador, hombres y mujeres elegantes, cafés y
restaurantes para los paladares más exigentes. Todo aquello era un mundo que
le hacía sentir que siempre estaba fuera de lugar.
Despejó la mente cuando aparcó el coche.
-Aquí es señorita.
-Bien, muchas gracias.
Salió de coche y se encontró con la fachada de lo que parecía un restaurante
de larga data. No obstante, se veía elegante por lo que le alivió saber que iba
acorde con el ambiente.
Entró y le comentó al anfitrión que la estaban esperando.
-Claro, claro. El señor Reysiel. Por favor, pase adelante.
Ella bordeó la fila de mesas adornadas con velas y comensales que hablaban
muy juntos. La música de fondo era el sonido de las copas chocando y de un
hombre que tocaba alguna canción en el piano. Siguió hasta que él le señaló el
lugar.
-Pronto me reuniré con ustedes para tomar su orden.
Rey se levantó de la silla y la miró con una sonrisa que ella no pudo descifrar.
-Bienvenida y gracias por venir, Leah.
Le tomó el abrigo y lo colocó cerca de ella.
-No conocía este lugar. Es precioso.
-Lo es, ¿cierto? Cada vez que puedo, vengo, siempre y cuando los negocios me
den un respiro.
Ella sonrió políticamente, sólo a la espera de recibir la sorpresa. De repente,
un mesero se acercó a los dos y les colocó los menús sobre la mesa.
-Ah, aquí sirven una langosta con salsa de orégano que es deliciosa. ¿Te
gustaría probarla?
-Sí, claro, claro.
Todo estaba en italiano así que ella sólo podía inferir sobre los ingredientes y
los platos. Se sentía más intimidada aún.
-También me traes el vino que te comenté hace rato, ¿vale?
-Por supuesto, señor.
Se retiró y quedaron de nuevo los dos. Solos.
Aunque lo ocultaba perfectamente, Rey estaba internamente emocionado y
perdido entre la belleza de Leah. Sabía de la ansiedad de ella, pero le restó
importancia. Lo que había que destacar era cómo los ojos verdes parecían dos
esferas de luz en medio de la noche. ¿De dónde pudo salir una criatura como
esa?
Lo cierto es que, luego de esa reunión que lo tomó por sorpresa, sólo hizo que
pensara más y más ella. Su mente estaba repleta de cada detalle que pudo
observar durante esa charla de una hora. Así que estaba más que decidido
cómo sería el método de pago para saldar esa ayuda que él tan amablemente le
proporcionó.
-Bien, sé que tenemos un asunto pendiente así que no daré más rodeos. Pero
primero, ¿pudiste resolver lo que necesitabas?
-Sí. No hubo problemas. La verdad es que no sabe el alivio que ha sido para
mí. Gracias, de verdad.
-Pues, me alegra. Hablé con el administrador y me comentó que
satisfactoriamente pudiste desvincularte de tu padre. Así que no habrá
problemas en el futuro. Supongo que eso para ti también es otra buena noticia.
-Sí, sin duda.
Ella no pudo dejar entrever un poco de impaciencia. Sin embargo, Rey
consideraba esto como una especie de juego, como si tomara todo el tiempo
del mundo para jugar con su presa hasta el momento de decidir de devorarla.
-Es una suma importante de dinero, Leah. Aunque tengo lo que tengo, no quiere
decir que menosprecie cada centavo. Así que, cuando hago una inversión
importante, me gusta recibir algo del mismo valor… O incluso más.
-Entiendo…
-Estupendo. ¡Ah!, aquí viene la comida.
Un par de platos descendieron ante sus miradas. Por un lado, Rey estaba
fascinado con los aromas y la presentación pero Leah ya estaba al borde de un
colapso. Antes de dejarse llevar, respiró profundamente y pensó que era
necesario mantener la compostura.
-Todo luce estupendo.
Ella concentró la mirada en la de él. Así que mantuvieron una especie de
comunicación sin decir palabras. Rey tomó el cuchillo y el tenedor y picó un
trozo de langosta recién cocida.
-La vida consta de placeres, Leah.
Siguió comiendo hasta que dejó los utensilios en el borde del plato.
-Lo que quiero es que seas mía. Mía de manera incondicional. Tanto así, que
cuando si te pido que vengas a las 2:00 de la mañana, así lo harás. Mía a tal
punto que seas mi esclava.
Ella no supo qué decir. Justo en ese momento, el mesero le servía un poco de
ese vino prometido.
-Te gustará, lo sé.
No sabía a qué se refería exactamente. Así que tomó la copa con fuerza y dio
un largo trago. Él sólo sonrió.
La cena transcurrió con un poco de tensión. Esta era, sin duda, una situación
completamente nueva para él por lo que estaba disfrutándolo tanto como
podía. Pero no era lo mismo en el caso de Leah. Estaba confundida, era como
si tuviera una mezcla de sentimientos: alivio, miedo, desconfianza. Además,
había otro pequeño detalle, era virgen y no sabía cómo lo tomaría él.
Entonces, ¿qué hacer?
-Has estado callada y eso me preocupa un poco. Háblame.
-Eh… No sé muy bien qué decir. Supongo que estaba preparada para otra
cosa. No lo sé.
-Tiene sentido, pero algo me dice que hay otra cosa que no has dicho. Venga,
Leah. Somos dos adultos y podemos hablar con franqueza. Creo que lo he
dejado bastante claro, no crees.
Él sonrió ligeramente. Ella tomó un poco de aire y lo miró fijamente.
-Soy virgen. Nunca he estado con un hombre, no sé aquello que habla la gente
sobre la intimidad y temo que… Temo que esto afecte lo que hemos hablado.
Ahora quien no tenía nada que decir era Rey.
Permaneció en silencio ya que tenía la cabeza dándole vueltas. No entendía
cómo una mujer como ella, tan bella, tan inteligente, no conociera las
maravillas del placer y del amor. Esto, por si fuera poco, le produjo un morbo
como nunca antes había sentido. Nunca tuvo la oportunidad de estar con
alguien remotamente cerca.
-Vale. Entiendo lo que me dices. No te preguntaré al respecto ya que tendrás
tus motivos. Pero, ya que estamos en esta onda de confesiones, yo también
tengo algo que compartir.
-¿Qué pudiera ser? –Se preguntó ella.
-Dominante, sumisa, esclava, BDSM… ¿Te suenan estas palabras?
Leah pareció un poco extrañada.
-Pues, la única referencia que tengo al respecto son los libros de El Marqués
de Sade. Supongo que son cosas relacionadas.
-Pues sí. El término “Sadismo” viene de Sade. Pero supongo que ya sabías de
eso. –Ella asintió- Bien, en pocas palabras, me gusta tener el control en la
cama, Leah. Me gusta dominar y hacerle saber a la persona con quien estoy
que soy yo el que tiene el poder. El poder de hacerte llegar las veces que me
dé la gana, el poder de prohibirte algo, el poder de pedírtelo sin esperar una
negativa.
-Comprendo.
-No comulgo con el control mental ni psicológico. Creo que eso es cruzar un
límite muy peligroso, además innecesario. –Se acercó a ella lentamente- No
haría nada que no quisieras porque todo, absolutamente todo, se habla y se
llega a un consenso. Sería incapaz de hacerte daño… A menos que lo
quisieras.
Leah observó una especie de fulgor en sus pupilas. Un brillo que actuó sobre
ella como un imán. Su instinto le decía que lo intentara, que lo hiciera. No
tenía nada que perder.
-… Así que no te preocupes. Los dos hemos compartido información sensible,
por decirlo de alguna manera. Todos tenemos de eso, Leah. Todos tenemos esa
oscuridad. No lo olvides.
Ella tragó fuerte tratando de asimilar todo lo que estaba pasando.
-Esto no es negociable. Lo sabes, ¿verdad?
-Lo sé.
-Lo único que te prometo es lo que te mencioné anteriormente. Respetaré tus
límites y haré todo el esfuerzo para que entiendas este mundo. Soy un tío que
sabe lo que hace. Te lo puedo garantizar.
En ese instante, su mano se posó sobre la mejilla suave y tersa de Leah.
-No comprendo cómo alguien como tú esté aquí conmigo. Desde que te vi,
supe que las cosas cambiarían drásticamente en mi vida.
Ella no supo qué decir, así que Rey se acercó hacia sus labios y la besó
dulcemente. Instintivamente, Leah se sobresaltó pero enseguida quedó bajo el
placer de los besos de él. Sus bocas estaban fundiéndose en una sola hasta que
ella sintió el calor de la lengua de Rey buscando la suya. La chupaba un poco,
sólo un poco; suficiente para tentarla, para provocarla, para incitarla y
llevarla hasta la locura.
El trance se rompió cuando él se separó un poco de ella.
-Podemos seguir esto en mi casa. ¿Qué dices?
-Está bien.
Alzó la mano para pedir la cuenta y esperó por unos minutos. Mientras, se
dedicó a acariciarle la mano y mirarla… Más bien admirarla.
Salieron y se subieron al coche. El corazón de Leah latía a mil por hora,
mientras que Rey estaba ansioso por poseerla. En el camino, no paraba de
pensar en cómo sería tomarla entre sus brazos.
No quiso esperar más por lo que se acercó a ella para volver a besarla.
Cuando supo que las cosas estaban calentándose, pisó el acelerador para ir
más rápido. Podía sentir cómo el bulto de su entrepierna estaba volviéndose
cada vez más y más duro.
Internamente, Leah estaba lidiando con un torbellino. Los besos de Rey la
encendían. Incluso pudo sentir cómo el coño le palpitaba con fuerza. Por una
parte, no supo muy bien a qué se debía todo aquello pero luego comprendió
que era motivo de la excitación. Además de las palpitaciones, también
experimentó el calor de sus fluidos. En ese punto, moría por tocarse… O que
él hundiera la cabeza entre sus piernas.
Aparcó el coche en medio del silencio. Rey bajó para luego ayudarla, así que
le abrió la puerta y le tomó la mano. Estaba conteniendo las ganas de tomarla
con fuerza y dejarla sobre la cama. Pero no, ya habría tiempo para ello.
Por suerte, los dos estaban lo suficientemente excitados, así que no habría ese
momento incómodo entre los dos. De hecho, a él le pareció extraño que no se
sintiera así con ella. Más bien le daba una sensación de estar tranquilo y en
confianza. Algo que indudablemente quería.
Marcó el código de la puerta y esta se abrió a los segundos. La belleza del
lujo de la casa de Rey, aplastó un poco los ánimos de Leah. Le vino a la mente
todas las penurias y el dolor que tuvo que enfrentar. Las incontables maromas
para pagar, más las veces que tuvo que privarse de algún gusto.
Ahora estaba allí, con un hombre que la atraía como si este tuviera una especie
de imán en el cuerpo. Cada caricia que le hacía, le recordaba que el sentido de
la vida debía ser ese, el de unirse con otro y fundirse, perderse en los límites
de la piel.
Él cerró la puerta y se encontraron con la mirada de la expectativa. Ella sonrió
tímidamente, hasta que dijo:
-Lo siento, no sé muy bien lo que debo hacer. Todo esto es tan nuevo para mí
que temo quedar como una tonta.
-Nunca quedarías como una tonta, Leah. Jamás… Y con respecto con lo de
hacer, déjame que yo me preocupe por eso.
Puso sus manos sobre la cintura y la atrajo hacia sí. Volvió a besarla pero, esta
vez, con una fuerza que sólo reservó para ese momento. Mordió sus labios, su
lengua se adentró para encontrarse con la de ella. Fue inevitable escuchar los
gemidos de ella, así como sentir la respiración agitándose. Un poco más, sólo
un poco más y la tendría lista para él.
Siguieron entregándose, de pie y en medio de la sala oscura. Rey quiso tocarla
aún más así que una de sus manos acarició la larga y suave espalda, mientras
que la otra se quedó sobre esa cintura divina. Hubo un punto en que su propio
ser iba a descontrolarse por lo que se separó de ella y la miró fijamente.
-¿Estás segura de esto? ¿Quieres continuar?
-Sí… Sí quiero.
Experimentó una ola de alivio que le hizo soltarse más. Así que usó un poco
de esa fuerza contenida y la usó para desvestirla. Estaba desesperado por
saber cómo serían sus carnes, cómo serían las texturas de su piel.
Encontró el cierre del vestido y lo bajó lentamente. Escuchó cómo este cayó al
suelo mientras seguía besándola. Se apartó para verla y sintió como si hubiera
descubierto un precioso tesoro. Los pechos eran pequeños pero adornados por
pequeñísimas pecas que lucían como estrellas en el cielo. Su cintura fina
servía de preámbulo de aquellas caderas anchas y las piernas largas. El
abdomen plano enmarcaba el coño que, a ese punto, debía estar suplicando
por él.
Con sus manos, bajó las bragas de seda y miró la piel de ella erizándose ante
el roce. Siguió besándola y acariciándola. Quería tratarla tan suave y dulce
como era su aspecto.
Ella se apoyó de los hombros anchos y fuertes de él. Al acercarse, sintió el
bulto duro entre sus piernas. Rey comenzó a quitarse parte del traje ya que
sintió la ropa era la prisión que no lo dejaba expresarse como quería.
Entonces, al tener sólo los pantalones, tomó a Leah entre sus brazos y la llevó
hacia el piso superior.
A medida que subía los escalones, tuvo retener el impulso de llevarla hacia la
mazmorra. Un lugar dedicado exclusivamente a darle rienda suelta a la
imaginación, humillación y control. No, todavía no. Todavía faltaba para eso.
Ya llegará el momento.
El oscuro pasillo avivó la ansiedad de Leah. Estaba asustada y sintió por
primera vez la necesidad de irse de allí.
-Tranquila, todo está bien.
Se suavizó un poco por las palabras de Rey.
Él, como pudo, subió el interruptor para que la habitación quedara
completamente iluminada. Ella dejó de mirarlo para observar en lugar en
donde se encontraba. Le pareció una habitación acogedora y muy elegante, no
podía esperar más de eso.
Depositó su cuerpo sobre la cama. Dejó que ella se acomodara mientras él se
quitaba los últimos restos de ropa. Leah, quien estaba allí, mirándolo, estaba
abrumada por lo que estaba experimentando.
Pareciera que su cuerpo sabía exactamente lo que tenía que hacer pero, por
momentos, le costaba procesar todo lo demás. Su mente estaba un poco más
atrás. En ese instante, sintió el calor del aliento de Rey.
-Deja de pensar tanto. Concéntrate en sentir.
Ella asintió y lo miró con timidez. Luego se encontró con la desnudez de su
cuerpo. Indudablemente, se trataba de un hombre con una estampa que sería la
tentación de cualquiera. Era tan blanco como ella pero su piel se moldeaba a
las formas de los músculos que había ganado gracias al ejercicio.
Al ponerle un poco más de atención, no obstante, constató que también tenía
algunas cicatrices. Supuso que fueron objeto de algún enfrentamiento. Ese tipo
de hombre debía tener cualquier cantidad de historias al respecto.
Él se le acercó a ella con una actitud suave pero con una mirada que escondía
un deseo indescriptible. Rey estaba indeciso porque sólo quería hacerle
experimentar una serie de sensaciones.
Primero lo primero, como se trataba de una mujer muy diferente a la que había
estado, procuró llenarla de besos… Y así fue. Primero en la boca y después el
resto del cuerpo. A medida que bajaba, Rey sentía que estaba paseando por las
fronteras de un mundo prometido. Cada roce de sus labios era garantía de que
ella se estremeciera, de un temblor que denotaba miedo pero también placer.
Poco a poco, siguió así hasta que llegó a los huesos de las caderas. Estos se
erigían sobre la piel como un par de mesetas y sus dedos eran los valientes
exploradores en esa tierra virgen y deliciosa. Sus labios se detuvieron allí
hasta que los llevó al coño. El calor que este desprendía le hizo abrir más la
boca para encontrarse con el clítoris que ya estaba enrojecido y erecto.
Un primer toque fue suficiente para que ella gimiera con fuerza. La lamió con
dulzura y paciencia.
Leah se sostuvo de las sábanas, era lo único que le recordaba que la ataba a la
realidad porque de hecho, sentía que su cuerpo flotaba por los aires. No había
forma de describir esa sensación. Era una mezcla de dolor y placer, una
conjugación que parecía imposible que ocurriera… Pero así fue.
Cerró sus ojos y ablandó el cuerpo. Experimentó las caricias de ese hombre
mucho más experimentado que ella, vivió cada sensación para que se quedaran
grabadas en la piel y en la memoria.
Rey cada tanto se detenía para saber cómo estaba Leah. Sólo obtuvo las
reacciones que quería puesto que observó en ese rostro puro y perfecto, ese
enrojecimiento propio de la excitación. Así pues que siguió hasta que sintió
que su pene no podía más. Estaba tan duro, tan firme, que prácticamente
cualquier roce le haría explotar.
Se incorporó un momento para tomar un respiro. En ese momento, aprovechó
para levantarse y buscar algo que sabía que sería un acto atrevido sobre todo
para ella pero que su instinto le decía que valía la pena probar.
Buscó un par de cuerdas con textura suave, hizo que ella extendiera sus brazos
y por consiguiente, la sujetó a un par de postes no muy altos de la cama. Ella
sintió un poco de temor pero era de ese que provocaba cuando toca
experimentar cosas nuevas. Leah depositó su confianza en él, plenamente.
-¿Estás bien?
-Sí…
Volvió a besarla para calmarla un poco más. Después, echó su cabello hacia
atrás para que los mechones no le interrumpieran la vista. Le sonrió y se montó
sobre la cama para finalmente penetrarla.
Rozó primero el glande sobre su clítoris. Suave. Lento. Seguidamente, se
acomodó para introducirse en ella. A medida que lo hacía, observó los gestos
de dolor y los pequeños sonidos de incomodidad y excitación. Se aseguró que
lo hacía con delicadeza, no quería lastimarla.
Ella cerró con más fuerza sus ojos. El dolor que sentía no era tan extremo
como había leído en los artículos de Internet. Los foros de mujeres en los que
tanto estaba en secreto, encontró cualquier tipo de descripciones. Tuvo miedo
porque pensó que el sexo era una especie de tortura. Pero increíblemente no le
pareció así.
Era una locura que un tío con un aspecto tan rudo y distante, tuviera las
maneras correctas para tratarla, para cuidarla. Sus manos estaban fijas en el
marco del rostro, sus ojos se concentraban en los suyos, la boca le regalaba un
sinfín de besos. El dolor físico se mezcló con algo más que no pudo definir.
Un último empujó le hizo perder la virginidad por completo a Leah. Ella
manifestó un gritito y dejó la tensión de las piernas. Estas rodearon el torso de
Rey para que él estuviera más dentro de sus carnes. Sus manos atadas,
buscaban acariciarlo en el vacío de los gestos. Ellos hicieron que sus cuerpos
se convirtieran en uno solo.
No sólo era una experiencia única para Leah, sino también para Rey. El calor
de su coño, la humedad, los aromas de su piel excitada, los ojos llorosos por
el placer. Cada aspecto de esa intimidad se calaban también en su ser.
Esa intensidad abrasadora le hizo perder por un momento la compostura para
llevar la fuerza de sus manos sobre las muñecas de ella, ejerciendo más
presión. Era algo natural para él dejar en claro que era el Dominante en
cualquier momento y situación.
Siguió follándola. A ese punto su pelvis hacía ese movimiento sensual hasta
que lo hizo un poco más fuerte y rápido. Se sintió seguro de ir más lejos
puesto que sintió que era lo ideal.
Sus manos fueron hasta sus muslos para abrirlos un poco más, de esta manera,
ella lo sintió aún más. Gimió un poco más, mucho más en realidad. Estaba
sometida a esos placeres y no sabía cómo iba a continuar sin desfallecer.
De repente, los muslos y piernas de Leah comenzaron a temblar. Rey lo
interpretó como ella ya estaba lista para dejarse llevar por el orgasmo. Así
que siguió dentro de ella pero hizo algo más. Humedeció un poco el pulgar y
lo llevó hasta el clítoris. Una doble estimulación que le hizo sentir a ella una
especie de electricidad que la consumía poco a poco.
Desde la planta de los pies hasta la última hebra de cabello. Leah albergaba
una especie de bola de fuego. Quería hacérselo saber y lo hizo por medio de
los gemidos y los gritos. Él, mirándola con la lujuria, sonrió y comenzó a
desatarla con rapidez. Quería liberarla.
Al hacerlo, ella buscó aferrarse a sus hombros y se quedó allí hasta que abrió
la boca para decir algo aunque no pudo. Finalmente se dejó vencer y un chorro
de líquido empapó el pene de Rey.
Temblando aún, Leah se quedó en la cama admirando a Rey. Él quiso hacerle
lo que consideraba un regalo, así pues que esperó un poco más, extrajo su
miembro y explotó sobre su torso suave. Las gotas de semen se esparcieron
hasta llegar incluso al nacimiento de su cabello. Era un espectáculo para sólo
para sus ojos.
Poco a poco, extrajo su miembro de ella. Leah sintió un poco de dolor pero
luego alivio. Sin embargo, tenía ganas de continuar. Acalló el deseo y esperó a
que Rey se levantara. Él, antes de hacerlo, volvió a tomarle el rostro con
delicadeza.
Rey tomó las cuerdas y se las llevó consigo en el mismo sitio en el baño. Las
dejó en un pequeño cajón y buscó entre las cosas, algo para limpiar. Al
mirarse al espejo, se sorprendió no encontrarse con una sensación de premura
o incomodidad. Más bien estaba tranquilo. La compañía no lo perturbaba sino
más bien le agradaba. Ella le hacía sentir conforme.
Se encontró con ella quien todavía estaba cansada. Se acercó suavemente y
limpió todo lo que pudo. No obstante, le extendió la mano y la llevó hacia la
ducha.
Leah no tenía palabras, así que prefirió mantener el silencio. Se adentró en la
ducha y esperó pacientemente para reunirse con él. Rey abrió las llaves y dejó
salir el agua caliente que sirvió para que los dos se relajaran. Entre las gotas y
las manos de Rey, Leah estaba siendo cuidada como nunca. Por un momento
pudo olvidar todos los problemas que sufría y que todo aquello se trataba de
una deuda. Más bien se sentía lo contrario.
Rey le enjuagó el cabello y la piel. Le rozó con una esponja con un jabón
suave. Ella, mientras, se mantuvo en su regazo en todo momento. Gracias a la
intimidad que se formó allí, los dos comenzaron a besarse de nuevo, a tocarse
y a mirarse como queriendo retomar lo que dejaron en la cama.
La boca de Rey fue hacia el cuello de Leah, quien a su vez, lo sostenía del
cabello. Sus manos la tomaron por la espalda y cintura, hizo que los dos se
acercaran aún más. Siguieron besándose hasta que él la cargó de repente y la
colocó sobre la pared. Tuvo el cuidado de plantarse bien, no quería que
sucediera algún accidente.
Como pudo, acarició los labios vaginales y el clítoris. Masajeó un poco hasta
que escuchó los gemidos de ella. Al final, su pene, ya duro como una roca, lo
introdujo de nuevo en ese maravilloso mundo.
Esta vez sí imprimió un poco más de fuerza. Al tenerla allí, al presionarla
contra la pared, tuvo más control sobre los movimientos. De nuevo, salía a
flote su ser Dominante.
Colocó su cabeza sobre el cuello de ella mientras la follaba. Las piernas de
Leah rodeaban su torso con fuerza, tanto para mantener el equilibrio como
para aferrarse a él. Tanto como pudiera.
En ese punto, ella no sentía dolor ni incomodidad. De hecho, las embestidas
de Rey le hacían sentir que lo quería con más fuerza, con contundencia. Poco a
poco descubría que le gustaba eso de ser dominada y controlada. Por supuesto,
había mucho más que aprender.
Leah gemía en el oído de él por lo que Rey sentía la urgencia de adentrarse
más y más, sin embargo, aquello también lo desesperaba, a tal punto, en que se
concentró en la sola idea de correrse en el rostro.
Como era una idea que se estaba volviendo casi en una obsesión, para dejarla
a un lado, la bajó y le hizo arrodillarse. No hizo falta palabras para hacerle
entender lo que tenía que hacer. Entonces Leah tomó con cierta timidez el pene
de Rey. Lo hizo desde la base y lo miró por un momento.
Quedó fascinada por las venas, los relieves de su piel, el glande húmedo por
el agua y por sus fluidos. Por instinto, llevó sus dedos hasta allí y acarició
suavemente, aprovechando la viscosidad. Supo que lo hacía bien cuando alzó
la mirada y lo encontró mordiéndose los labios. Volvió a concentrarse en lo
que tenía en sus manos y hasta sintió cómo él le sostenía por el cabello con
fuerza.
Así pues que sin más preámbulos se lo llevó a la boca. Luego de un beso, ella
lo introdujo lentamente dentro. Dejó caer sus manos y las apoyó sobre los
muslos. Su cabeza hacía un movimiento suave y uniforme, hasta que se
encontró más segura de sí misma y lo hizo con un poco más fuerza.
Él la tomó después para que fuera más profundo. Al lograrlo, exclamó un
gemido tan sexy que hizo sonreír a Leah. Ella, internamente, también descubrió
que disfrutaba dar placer con su boca, no sólo por los gestos de él sino
también por las sensaciones que percibía entre sus labios. Desconocía que,
además, esto era uno de los tantos gestos de sumisión.
Continuó hasta que él volvió a tomarla. Quería metérselo con urgencia por lo
que hizo que quedara de espaldas a él. Las manos de ella se apoyaron sobre la
pared, haciendo que se arqueara la espalda y expusiera un poco las nalgas.
Estas se veían suaves y muy provocativas. Rey, al verla así, aprovechó para
darle unas cuantas nalgadas. Al principio, lo hizo con suavidad pero luego lo
hizo con fuerza, haciendo que se marcara la palma de la mano.
Al terminar, se apoyó de sus caderas y lo empujó con fuerza. Leah exclamó un
fuerte grito que incluso hizo que casi perdiera la fuerza de sus piernas.
Follaron con la intensidad de dos personas que se desearon desde un
principio, como si fueran amantes que se reencontraban luego de pasar tiempo
separados. Eran un par de almas que por fin se hallaron para compartir ese
instante. Sus vidas estaban destinadas a eso.
Al mismo tiempo, gimieron desde la visceralidad del sexo. Leah se sostuvo de
una de las manos de Rey y él hizo lo mismo pero desde sus caderas. Enterró
aún más las manos en ese cuerpo que le volvía loco.
Aún en ese trance de locura y lujuria, Rey se acercó a ella para decirle algo
muy corto pero contundente:
-Lo harás cuando yo diga… Vamos. Aguanta un poco.
Sabía que estaba jugando con fuego, ella todavía tenía una serie de
sensaciones por experimentar por lo que esto era un riesgo. Pero qué más
daba, le serviría de muestra para que viviera algo que no había tenido
oportunidad. Algo que, de paso, le ayudaría a comprender las dimensiones
entre la relación que estaba formándose entre los dos.
Leah estaba al borde de la desesperación. Aunque sabía que su deber era
acatar la orden de su nuevo Amo, no sabía cómo lo iba a lograr. En definitiva
era algo imposible.
Cerró los ojos para esperar, para concentrarse en que no debía hacerlo ahora
sino después, cuando él quisiera.
-Así es… Así es. Muy bien.
Escuchó en uno de sus oídos. O pensó que había escuchado. A ese punto no lo
tenía muy claro. Aunque parecía que lo tenía controlado, realmente no era así.
Volvió al principio y a las ganas de explotar. No podía contenerse más.
-Por favor… Por favor.
-Te dije que esperaras.
Le dio una nalgada que le hizo retorcerse un poco.
-Tienes que entender que yo soy quien manda.
-Sí…
-¿Sí qué?
-Sí, señor.
-Muy bien.
Como castigo, llevó uno de sus dedos y lo posó sobre la vagina. La frotó con
fuerza e incluso le dio unas cuantas palmadas. Paralelamente, Leah se
estremecía cada vez más. Esos estímulos ciertamente sólo la desesperaban aún
más.
El método pareció funcionar. Por lo que Rey siguió penetrándola con fuerza
hasta que finalmente pronunció las palabras mágicas.
-Hazlo… Córrete que sé que lo quieres.
-Sí… Oh Dios, sí…
Lo hizo con más fuerza aún y así, en un instante, ella se corrió de nuevo con él
adentro. Fue tan intenso que casi cayó al suelo de no haber sido por los
reflejos de su Amo. Él la sostuvo tanto como pudo hasta que también eyaculó.
Los hilos de semen dibujaron cualquier serie de patrones sobre su espalda e
incluso el cuello.
Por suerte, estaban todavía en la ducha por lo que terminaron de bañarse y
salieron. Rey encontró una bata y se la colocó suavemente.
-Espera un momento. –Le dijo.
Después de varias horas, Leah finalmente se vio en el espejo. Estaba todavía
agitada, con hambre pero feliz. Extrañamente feliz. Se sorprendió un poco al
darse cuenta que había perdido la virginidad con uno de los hombres más
poderosos de la ciudad.
Por si fuera poco, a pesar de aquella fama de tipo intimidante y mujeriego,
criminal y peligroso, Rey se presentó ante ella con una personalidad diferente.
Quizás se debió a que este fue su primer encuentro. De seguro las cosas
cambiarían con el paso del tiempo.
Él procuró de acomodar el cuarto. Cambiar las sábanas por unas nuevas y
recoger la ropa. Sin saber muy bien por qué, estaba empeñado en hacer un
ambiente más agradable y cómodo para Leah.
-Ven.
La llevó de la mano de nuevo a la cama.
-¿Tienes hambre? ¿Se te apetece algo?
-Sí… Creo que hasta había olvidado que tuvimos una cena copiosa.
Los dos rieron.
-Tienes razón. Déjame bajar un momento y te preparo algo, ¿quieres?
-Sí, pero, ¿puedo acompañarte? Me da un poco de temor estar sola.
Rey se conmovió por la respuesta y asintió.
Él tomó un par de pantalones de pijama y una franela; y se dispusieron a bajar
hasta la cocina. Ya no hubo nervios ni tensión. A Rey le pareció irónico que
esa sensación de soledad que le producía el refrigerador lleno, ahora había
desaparecido. Tenía tantas opciones que no sabía por dónde comenzar.
-A ver, tengo pan, queso… Mmm, frutas… Yogurt. Cerveza y un paquete de
fideos instantáneos.
-Creo que el yogurt y frutas estarían bien.
-Excelente. –Sonrió.
Rey no estaba acostumbrado a tener visitas y menos servirles. Más bien lo
hacían a él y en ambientes más formales. La situación de ese momento fue toda
una sorpresa, sin duda.
- Aquí tienes.
-Vaya, estas fresas y duraznos se ven muy frescos… Y deliciosos. ¿En dónde
los compras?
-Te mentiría si te dijera un lugar. En realidad las compras las hacen por mí.
-Entiendo.
Ella se llevó degustó un bocado.
-Sí, exquisito.
Él se sentó frente a ella mientras comía. Todos los placeres del mundo no se
comparaban a ese momento. Ni un poco.
-¿Estás bien?
Leah no pudo evitar sonrojarse.
-Sí… Lo estoy. Gracias.
-Cuéntame. ¿Qué tiene tu madre?
-Tiene cáncer de estómago. Pasó años ocultando la enfermedad hasta ahora.
Todo se puso peor después de enterarnos que mi papá puso una hipoteca en la
casa como garantía para pagar sus deudas. Allí no hubo punto de retorno. –
Miró el envase de yogurt- Creo que es la primera vez en mucho tiempo que no
pienso en los problemas. Y si te soy sincera esto me hace sentir culpable.
-¿Por qué?
-Porque se supone que debo estar con ella, cuidándola.
-Tienes que tener momentos para ti también, Leah.
Se sintió extraño en darle un consejo a alguien tan diferente a él. En el poco
tiempo que tenía conociéndola, Leah representaba el extremo opuesto. Era
honesta, dulce, dedicada. Cada gesto suyo le hizo comprender que no quería
mancharla con las atrocidades del mundo que pertenecía.
-Lo sé. Pero así son las cosas.
-No pienses en ello.
-¿Por qué BDSM?
Él no supo qué responder en un momento, hasta que tragó fuerte.
-No lo sé. Supongo que tiene que ver con el hecho de que siempre me ha
gustado tener el control de las cosas. El dominar. No sólo en la intimidad sino
también en todos los aspectos de mi vida. Es una especie de necesidad. No sé
si me entiendes.
-Perfectamente.
-Pues, así es. Gracias a ello pude escalar poco a poco. Ganar el respeto de los
personajes más turbulentos de la ciudad y hacerme un nombre. Inicialmente
quería salir de la miseria y obtuve mucho más que eso. Por eso no me costó
entender la situación en la que te encontrabas. Sé lo que es estar en un callejón
sin salida.
Era la primera vez que desnudaba una verdad de esa manera. Dejó entrever un
aspecto muy oscuro de sí mismo a una completa desconocida. Leah lo miró en
silencio.
Estuvieron un rato así, compartiendo una especie de comunicación sin
palabras. En otras ocasiones, él siempre tenía el impulso de alejarse pero esta
vez no quería. Pudo haber congelado ese instante de poder hacerlo.
-Vamos a descansar.
Ella se levantó del desayunador y volvieron a subir las escaleras. Al acostarse
sobre la cama, cerraron los ojos compartiendo los mismos sentimientos:
confusión y alegría.
VII
Luego de esa noche intensa, Rey tuvo que ausentarse por los negocios. Leah
tomó sus cosas y la llevaron a casa. En el trayecto, recibió un mensaje de él
diciéndole que pronto se verían, así que estaba como en una nube.
Al llegar a casa, tomó un baño, se cambió y fue al hospital. Aunque estaba de
muy buen humor, tuvo el presentimiento de que las cosas no estaban tan bien.
Antes de entrar a la habitación, un médico le detuvo para decirle que tuvieron
que inducirle el coma. Al parecer, el tratamiento fue inútil por lo que los
síntomas se agravaron. Sólo le dieron un pequeño porcentaje de mejoría.
Leah se sentó sobre la cama junto a ella. Aunque estaba preparada para una
noticia d este tipo, no pudo evitar las lágrimas. Lloró profusamente, en el
silencio de la habitación, escondiendo el dolor que esa pérdida le podría
causarle.
Se arrepintió por no haber pedido ayuda antes y por creerle las veces que le
decía que estaba bien. Su madre soportó y aguantó todas aquellas palabras por
largos años sin darse cuenta del daño que estaba causándose.
Permaneció allí un buen rato.
VIII
Rey miró el libro de cuentas con atención. Subrayó algunos números
importantes y continuó leyendo. Aparentaba estar concentrado hasta que su
mente quedó interrumpida por la imagen de Leah sobre su cama. El cuerpo de
ella moviéndose debajo del suyo, las palabras y los gemidos que se escurrían
de su boca perfecta.
Los detalles se avivaron a tal punto que no pudo soportar la idea de aguantar
más tiempo sin ella. Así que dejó los lentes sobre el escritorio y tomó el
móvil. Tecleó velozmente para decirle la urgencia que tenía por verla. Al
poco tiempo, Leah respondió y quedaron en verse en el piso de ella. Antes de
irse, revisó que tuviera consigo algo que quería usar para ese encuentro.
No tardó demasiado tiempo en dar con la dirección. Incluso olvidó que Nueva
York era una ciudad increíblemente grande y que eso traía los contrastes
típicos de un lugar como ese. El vecindario en donde ella vivía era más
terrenal y sin los lujos típicos de los ricos.
Al aparcar el coche, encontró la figura de Leah quien lo esperaba a pocos
metros. Se bajó y fue directo a su encuentro. No obstante, pudo notar el rostro
compungido de ella.
-¿Qué ha pasado?
-Mi madre.
Fueron al piso y Rey se encontró en una dimensión. El lugar lucía mucho más
familiar y cálido a diferencia de su casa. Miró las fotos familiares y hasta un
par de dibujos infantiles que hizo Leah cuando era pequeña. Siguió
paseándose hasta que ella le invitó una taza de café.
-Está en coma. Los médicos dijeron que el tratamiento no funcionó. Siento que
el mundo se me viene encima.
-Lo siento. Lo siento muchísimo de verdad.
Realmente lo lamentaba sobre todo al ver los ojos llorosos de Leah. Por
primera vez se sintió impotente. Ante esto, le tomó las manos y le dijo:
-Mejor me voy. No quiero ser una molestia.
-No, no. Quédate. No quiero estar sola, por favor.
Ella se sentó sobre sus piernas y se aferró a sus hombros, acurrucándose un
poco.
Estuvieron así un rato hasta que ella lo miró fijamente. Observó el brillo de
los ojos y hasta pudo leer las ganas de estar juntos. Entonces le tomó el rostro
y lo besó suavemente.
-Quiero estar contigo así…
Él aprovechó para sostenerla con fuerza y responderle el beso. No quería
aprovecharse de la situación por la que estaba pasando así que le preguntó:
-¿Estás segura?
-Siempre.
Siguieron tocándose y acariciándose como si no hubiera un mañana. Rey se
levantó de la silla para abrazarla y abarcar su delgado cuerpo. Estuvieron de
pie hasta que ella le tomó la mano y lo guió hasta la habitación.
Al encontrarse allí, siguieron besándose hasta que Rey comenzó a desvestirla
poco a poco. Quedó desnuda y ella hizo el gesto de hacerle lo mismo a él.
-No. Tú te arrodillas.
Ella asintió y le hizo caso. Él, por su parte, se quedó de pie aún vestido.
Comenzó a quitarse el traje salvo por los pantalones. Al quedar el torso
despejado, le miró con severidad:
-Chúpalo.
Con gesto delicado, bajó el cierre del pantalón. Mientras lo hacía, sintió la
dureza de su bulto por lo que aprovechó masajearlo un poco. Lo provocó aún
más hasta que él le sostuvo el cabello con fuerza.
-Hazlo.
Finalmente lo hizo. Sus labios primero acariciaron la base hasta la punta. Con
suavidad y dulzura. Más tarde, lo tomó con firmeza para llevárselo a la boca.
Se lo introdujo y degustó otra vez ese pene delicioso. Le gustaba tenerlo
dentro y empaparlo con su saliva.
Se lo sacaba y se lo metía con fuerza. Mientras lo hacía, él estaba
impresionado por la habilidad que había adquirido y por la pasión con que lo
chupaba. Instintivamente, la sostuvo con más fuerza para follarla por la boca.
Quería hacerla suya por todos los lados.
-Ahora mastúrbate así. Mientras me lo chupas.
Ella bajó la mano hasta su vagina y comenzó a tocarse al mismo tiempo que lo
lamía. Se daba unos cuantos golpes sobre el clítoris y gemía de placer. Rey,
mirándola desde su posición, se excitó aún más.
Cuando sintió que ya no podía soportarlo, la colocó de pie y se apartó para
sacar un pequeño collar de cuero con pequeños tachos de metal. Se lo colocó
rápidamente y conectó una cadena corta del mismo material de los tachos. Lo
tomó con una de sus manos e hizo que caminara hasta la cama.
-En cuatro.
Se posicionó sobre su cama y esperó lo próximo que vendría. Él terminó de
quitarse las últimas prendas y quedó de frente a ese vista tan placentera.
Permaneció un rato allí hasta que se arrodilló y comenzó a lamerla desde
atrás.
Rozó su lengua desde los labios vaginales hasta el ano. Saboreó y disfrutó de
la textura de aquel botón perfecto. Sus dedos ansiosos por jugar, también la
acariciaron al mismo tiempo que la devoraba.
Apretó las nalgas, las juntó más, enterró la cabeza para perderse en ella. La
fuerza que le imprimió sus caricias la transportaron a otro lugar. Al terminar,
se levantó y sostuvo de nuevo la cadena. La haló hacia sí y ejerció un poco de
presión, como buscando jugar con su respiración.
Ella hizo un esfuerzo por levantarse un poco por lo que arqueó la espalda un
poco más. En ese momento, sintió cómo el pene de Rey se adentró entre sus
carnes, abriéndose paso con fuerza y determinación.
La folló como un animal salvaje, la dominó como quiso hacerlo desde un
principio. Aunque todavía tenía ciertas reservas.
Siguió penetrándola, sosteniéndose de las carnes de sus caderas, de la piel.
Leah estaba perdida en las sensaciones que experimentaba. Era la sumisa de
Rey, o al menos así se sentía.
Él cambió de posición, se sentó sobre la cama e hizo que ella lo hiciera sobre
su pene. El rostro de temor de Leah le hizo decirle:
-Tranquila…
Le besó y le ayudó a descender sobre su regazo. El pene erecto fue
adentrándose en la vagina de Leah. Ella no pudo creer que lo sintiera más en
esta posición. Estaba tan excitada que casi perdió el equilibrio, por lo que Rey
le haló la cadena para hacerla reaccionar.
Al ya acomodarse, Leah esperó un momento para moverse. Su inexperiencia la
hizo sentir un poco intimidada pero gracias a la excitación, dejó de pensar en
ello para concentrarse en el placer que quería sentir y hacer sentir. Sus
caderas comenzaron a moverse, el ritmo lo impuso la cintura.
Rey la ayudaba al apoyarse en una de sus nalgas. Hacía que ella fuera adelante
y hacia atrás, rápido o lento, todo según cómo se sintieran los dos. De repente,
Leah se separó un poco de él para colocarse en cuclillas. Comenzó a dar
pequeños saltos en medio de la euforia.
Ella enterró sus uñas sobre los hombros de Rey, él gimió del dolor pero le
gustó ver cómo ella se encontraba más y más suelta. Así que también dejó
libre un poco su salvajismo y procedió a tomarla por el cuello. La sostuvo con
fuerza, apretándola un poco para asfixiarla. Aquel juego le resultaba
increíblemente excitante para él.
Siguió saltando hasta que volvieron a cambiar de posición. La colocó sobre la
cama y la miró fijamente.
-¿Tienes una vela y un encendedor?
Ella pareció sorprenderse.
-Eh… Sí, sí. En la cocina.
-No. No te muevas. Yo iré por las cosas.
Rey se levantó de la cama con prisa. Buscó como si la vida se le fuera en ello.
En ese instante, encontró los dos objetos muy juntos, como si estuvieran
esperándolo.
Finalmente fue de nuevo a la habitación y habló con severidad.
-Probemos esto. Recuerda, si no te sientes cómoda, avísame que me detendré.
-Sí, señor.
Le gustó saber que ella todavía estaba en modo sumisa. Así pues encendió la
vela y puso a sus dedos a jugar con la llama. Dejó de hacerlo hasta que
observó la cera acumulándose. Esperó un poco más. Dejó el encendedor cerca
y la miró.
-Recuerda lo que te dije.
-Sí, señor.
Con cuidado, vertió un poco de la vela sobre una de sus piernas. De
inmediato, escuchó el quejido de dolor de Leah. Continuó al ver que podía
soportar un poco más. Volvió a verter en la otra extremidad y se encontró
conforme con las marcas rojas que se estaban formando en la piel.
Al ver sus piernas, tuvo la tentación de hacer lo mismo sobre el torso y hasta
los pechos. Lo hizo con delicadeza puesto que la intención era causarle la
combinación perfecta entre dolor y el placer.
Después dejó la vela sobre una mesa que tenía cerca, admiró lo que había
hecho con su cuerpo. La fijación de marcarla se volvió casi en una obsesión.
Así que se encontró satisfecho con lo que hizo.
Leah le miró suplicante, quería más de él. A ese punto, Rey actuaba como una
especie de droga para ella. Nunca era suficiente.
Rey hizo que se levantara para llevarla a una pared. Ella estaba mentalmente
entregada a su hombre. Le abrió las piernas estando de pie. Se colocó frente a
su rostro y comenzó a masturbarla con fuerza. Introdujo sus dedos hasta que
por fin escuchó el líquido que comenzó a expulsó su coño.
Ella puso los ojos en blanco a medida que sentía las caricias. Rey se puso de
rodillas sin dejarle de mirar. Abrió su boca y comenzó a comerla. Leah,
impresionada, sólo le restó responderle con gemidos y gritos. Ciertamente la
boca y la lengua de Rey no tenían igual.
Las lamidas se volvieron intensas por lo que ella comenzó inmediatamente a
suplicar.
-Por favor… Por favor.
-Espera un poco más.
Siguió comiéndosela hasta que por fin le ordenó que se corriera. Rey
concentró los ojos a los de ella y sintió como su coño expulsó los líquidos
gracias al orgasmo. Su cuerpo tembló cada vez más. Esa intensidad le hizo
también que se le erizara la piel.
La tomó entre sus brazos y la llevó a su cama. En silencio, se acomodó sobre
la misma superficie a la altura de su cintura, de tal manera que su pene quedó
frente a ella, muy cerca de su cara.
Él comenzó a masturbase poco a poco hasta que tuvo una serie de espasmos
que le dieron a entender a Leah que Rey estaba cerca de tener un orgasmo.
Finalmente, expulsó aquellos fluidos que cayeron en los labios y rostro de
ella. Leah, también contagiada por el éxtasis de él. Relamió sus labios.
Optaron por acostarse uno junto al otro en la habitación de Leah. Rey tuvo la
oportunidad de observar aquel microuniverso que era ella. Las paredes
blancas decoradas con afiches de películas y portadas de discos.
El pequeño clóset de madera con puertas corredizas cerradas salvo por un
pequeño espacio que dejaba entrever un poco la ropa que solía usar. Le llamó
la atención que, considerando que tenía un cuerpo que envidiarían algunas
mujeres, ella se sentía más cómoda usando jeans y zapatillas deportivas.
Detalló la organización de sus libros y de algunos objetos geeks. Un escritorio
con una laptop viaja y un par de cuadernos y lápices. Todo limpio pero con la
sensación de que estaba así más por desuso.
Ella apoyó la cabeza sobre el pecho desnudo de Rey. Por primera vez se
sentía segura. De hecho, los dos se sentían así.
IX
-Tenemos un problema grave. El fisco nos está siguiendo los pasos. El pago
que hicimos no sirvió de nada. Además, retuvieron una mercancía en la aduana
estatal. Eso podría representar una pérdida importante durante este mes.
Los ojos de Rey estaban concentrados en los informes que tenía sobre el
amplio escritorio.
-¿Qué han dicho los congresistas?
-Que nos apoyarán tanto como puedan.
-Gilipollas.
Los negocios no estaban pintando bien. Desde hacía un par de meses, Rey
detectó una fuga de capital y la lenta respuesta de sus contactos en la policía
hacía todo más engorroso. Por si fuera poco, recibió una especie de propuesta
que más bien sonó a oferta que debía tomar. Surgió un comprador interesado
en el casino.
Por varios años, permaneció blindado por las relaciones con políticos y
policías. Sin embargo, sintió que lo estaban dejando solo. Por suerte, era un
hombre que solía tener una opción bajo la manga.
Aunque eran noticias amargas, no podía quitarse a Leah de la cabeza. El
pequeño asomo de su rostro y sus maneras, le proporcionaba cierta esperanza.
Se alejó un poco del escritorio y miró uno de los cajones. Allí guardaba el
collar que le quería dar como símbolo de la unión Dominante y sumisa. Ahora,
con todo lo que estaba pasando, no sabía cuándo se le presentaría esa
oportunidad.
Tanto él como su mano derecha, permanecieron sentados pensando en la
próxima estrategia. Las cosas estaban tomando color de hormiga.
Se levantó con decisión y miró fijamente a su administrador.
-Tenemos que llegar al fondo de esto.
Los dos extrajeron un gran archivo con los documentos de transacciones
anteriores. Desde el primer día en que Rey comenzó el casino, el plan era
lavar el dinero que había logrado por medio de la venta de drogas. Al
terminar, ya no tuvo la necesidad de mezclarse con ese negocio por lo que
restauraría su imagen con un establecimiento legítimo.
No obstante, fue objeto de investigaciones del fisco y hasta de la policía
federal. Pasó varios años evadiéndolos y disfrazando las cifras. A pesar de
todo el cuidado que puso, no obtuvo los resultados que quería.
Tras varias horas de encierro y una botella de Jack Daniel’s, Rey se detuvo
frente al ventanal que le permitía ver al resto del casino. Respiró profundo y
miró ese prendedor de oro que tenía en el traje como siempre.
-Creo que tendremos que tomar medidas drásticas.
X
Tras largos años de lucha, de silencio y dolor, la madre de Leah murió durante
la madrugada. Ella quiso pensar que ese coma en el que estuvo en los últimos
momentos, realmente se trató de una transición hasta que encontró la paz,
finalmente.
Permaneció sentada sobre la cama, mirando la nada, queriendo abrazarla por
última vez. Lloró en silencio y, a medida que lo hacía, sintió que la aplastaba
la realidad. La sensación se incrementó más cuando tuvo que buscar sus cosas.
-Querida, te ayudaremos con los arreglos del funeral. No te preocupes.
-Lo lamento mucho.
-Ella ya se encuentra en un lugar mejor.
Las palabras que le decían le parecieron vacías. Un acto cortés que la gente
hace en situaciones como esa. Ahora, más que nunca, necesitó de Rey. Ansiaba
refugiarse en sus brazos y así olvidarse del mundo.
Fue a casa en el mismo autobús que solía tomar. Posiblemente sería la última
vez que lo haría. En él, iba cualquier cantidad de personas, algunas con la
misma expresión de ausencia que de ella, mientras que otras preferían
olvidarse del mundo a través del paisaje que veían en la ventana. Ella sintió
que el mundo se frenó de repente pero que al mismo tiempo seguía. No tuvo
palabras para definir exactamente a qué se debía eso.
Bajó en la parada con una pequeña caja de cartón. Allí se encontraban las
batas de flores que le compró, un par de paquetes de galletas, una botella de
agua a medio tomar, un libro, un foto en donde salían las dos sonriendo
forzadamente y unas flores que le había llevado para levantarle el ánimo. Su
madre estaba allí y al mismo tiempo no.
Abrió la puerta del piso y el lugar se sintió increíblemente grande. Respiró
profundamente y se dejó caer en el suelo. Para colmo, su padre trató de
comunicarse con ella; insistiéndole en un encuentro que Leah veía innecesario.
No tenía ganas de actuar con decencia y menos con la persona que le produjo
tantos dolores de cabeza.
Se quedó allí hasta que escuchó el pitido del móvil. Lo ignoró por un
momento, no quiso saber de él hasta que el sonido persistía en el ambiente. Se
levantó de mala gana. Lo tomó entre sus manos y lo revisó. Al ver la pantalla,
sintió una especie de ola de alivio. Rey quería estar con ella.
“Quiero verte. ¿En dónde estás?”.
Deseó que no fuera en esa casa, ya que la no la sentía como suya. Todo lo que
veía era su madre.
Quedaron en verse en un café a unas pocas calles. Como era fin de semana, era
normal ver un mar de gente que iba y venía. Mientras caminaba, observaba a
la gente que pasaba junto a ella. Las risas, las sonrisas, las conversaciones
casuales, las agarradas de mano, los helados y los gestos de alegría de los
niños. Cada cosa se sentía como un golpe directo al estómago.
Tenía claro que aquello sucedería. Se convenció a sí misma que quizás esa era
la solución. Sin embargo, era una situación diferente el pasar por la situación.
La mente aún tiene que procesar tanto y el cuerpo también. La sensación de
vacío era tan grande que tuvo que sentarse en un banco al mismo tiempo que
hacía un esfuerzo por no derrumbarse ahí mismo.
Rey dio con ella desde la distancia. El instinto le dijo que debía acercarse a
ella lo más pronto posible porque algo estaba mal. Atravesó velozmente la
calle y la gente. Al final, se sentó suavemente a su lado.
-¿Qué pasó?
Ella, giró los ojos para encontrarse con los suyos.
-Ha muerto.
Se quedaron en silencio en medio de la algarabía. Leah le resultó irónico que
se encontrara en tal situación cuando por dentro estaba destrozada.
Él se colocó a su lado y ella le respondió apoyando su cabeza sobre el
hombro. Permanecieron así un buen rato.
Cuando el sol comenzó a ocultarse en el horizonte, Rey se levantó y le
extendió la mano.
-Vamos a mi casa.
Ella la tomó y caminaron más hacia el centro. La noche también daba paso a la
celebración y el ánimo de los dos era lo opuesto. Se subieron al coche de él, y
comenzaron el camino hacia la gran casa.
Rey estaba preocupado por ella. Por lo general, Leah tenía un espíritu animado
y optimista, sin embargo, esa no era la ocasión. De hecho, tenía la vista hacia
la ventana, como si afuera se encontrara algún tipo de respuesta.
Por otro lado, él también tenía sus propios problemas y no sabía si sus planes
representaban una buena idea. Mientras tomaba el volante, reflexionaba sobre
la decisión que había tomado horas antes. Por más vueltas que le daba, estaba
seguro que era la mejor opción; así que sólo le restaba concentrarse en los
momentos que compartiera con ella.
En poco tiempo, aparcaron frente a la casa. Bajaron en silencio y se
adentraron como de costumbre, salvo que esta vez no había hambre de
cuerpos, ni pasión. Más bien existía una especie de dolor compartido y
quisieron mantenerlo así.
Leah, apenas cruzó el umbral, sintió como si el peso del mundo cayó sobre sus
hombros. Las piernas no podían más y justo en ese momento, Rey se ofreció
para llevarla.
Subieron las escaleras y se encontraron en la habitación de él. Dejó que se
acostara sobre la cama y que permaneciera allí. Él bajó de nuevo para darle
un trago, de alguna manera así se sentiría mejor consigo misma al percibir el
calor del licor bajando por su garganta. Gracias a que la noche estaba un poco
fría, le sirvió un brandy que guardaba para momentos críticos y este era uno de
ellos.
Lo calentó un poco y lo sirvió en una copa. Subió y la encontró sentada con la
expresión neutra.
-Toma esto. Te hará bien.
Ella asintió y bebió un trago. El calor del brandy la abrasó y le hizo sentirse
mucho mejor. Tomó el resto y dejó la copa en una mesa que tenía cerca. Volvió
a apoyarse sobre los hombros de Rey.
-Gracias.
Alcanzó a decirle con una voz débil. Él le acarició el cabello y el rostro.
Llegó a ver una lágrima que le corrió por la mejilla. Se sintió aplastado por
aquella muestra de tristeza. Estaba tan acostumbrado a la dureza de su
ambiente, que se olvidó que existía la vulnerabilidad. Incluso en sí mismo.
-Quiero darte algo.
Ella se incorporó.
-¿De qué se trata?
Rey se levantó de la cama y fue a la mesa que se encontraba en el otro
extremo. Extrajo una pequeña caja, esa misma que guardó en la oficina y que
pensó mientras revisaba los estados de cuenta. Finalmente, decidió dárselo
para recordarle el compromiso que habían adquirido. Para Rey, hacía rato que
aquello dejó de ser el pago de una deuda, de hecho se convirtió en algo más.
Se acercó a ella, abrió la caja cuadrada y le mostró lo que había en el interior:
un collar fino y dorado.
-En el BDSM, esto significa que la relación entre el Amo y la sumisa es
oficial. Es un vínculo que nada ni nadie podrá romper a menos que ellos lo
decidan. En cada momento que estuve contigo, sentí una conexión como nunca
antes y siento que esta es la mejor decisión para los dos. Además, Leah, esto
no se limita en la cama, también es un compromiso que personalmente quiero
llevar más allá. Ser el compañero que mereces.
Ella estaba impresionada. Ciertamente también había sentido lo mismo pero
no pensó que fuera prudente decirle. Ahora, estaba allí, en la habitación de él,
escuchando unas palabras que le llegaron en el alma. Necesitaba compañía y
Rey se la dio. Quería sentirse protegida y así se sentía con él.
Tomó el collar de la caja y se colocó en el cuello, él se adelantó para
abrocharlo y notó que le había quedado tal y como lo había imaginado.
Leah se levantó y quedó de pie, junto a él. Se abrazaron y se besaron
dulcemente. Rey deseó que ese instante no se acabara.
Más tarde, los dos se quedaron dormidos. Leah incluso roncaba mientras que
Rey, a pesar de tener los ojos cerrados, tenía una sensación que lo obligaba a
sentirse en estado de alerta. Finalmente se levantó de la cama y comenzó a
andar por la habitación con ansiedad. El momento de tomar acciones drásticas,
había llegado.
Se comunicó con uno de los suyos advirtiendo que el golpe debía hacerse en la
mañana. Al cabo de unos minutos, quienes trabajaban para él o sus súbditos,
como llegó a pensar en un momento, respondieron afirmativamente. Sus
hombres estaban siempre preparados para la acción.
Apagó el móvil y se sentó en el borde la cama. Miró a Leah, miró la paz que
emanaba su cuerpo y deseó encontrarse allí, quedarse allí. Fue hacia una
pequeña mesa, tomó una hoja y lápiz y escribió una rápida nota. Algo que no
procurara demasiada información sobre todo para protegerla.
La dejó a su lado y se fue, dejándola sola.
XI
Leah se despertó con el sonido de los pájaros en el exterior. Se levantó con
una sensación de pesadez pero con al menos la satisfacción de que había
descansado algo. Al abrir bien los ojos, se percató que no estaba Rey. No se
preocupó, al menos no de inmediato.
Caminó por la habitación hasta que decidió bajar las escaleras. Nada. Un
silencio pareció consumirla en ese instante. Volvió a subir para buscar su
móvil y fue allí cuando vio la nota que estaba a poca distancia de donde
estaba. La tomó con nerviosismo y comenzó a leer.
“Debo ausentarme por un tiempo. Todo lo que ha pasado en las últimas
semanas, ha sido una sorpresa para mí y sé que para ti también. Es mejor
que no me contactes. Podría ser muy peligroso para ti. Cuando termines de
leer esto, destruye la carta. Me comunicaré contigo en cuanto pueda.
Recuerda el compromiso que tenemos ahora. R.”.
Leah cayó sobre la cama. Se imaginó a sí misma recibiendo una bala de cañón.
Otro golpe más. En ese momento, reflexionó sobre algo que había obviado.
Reysiel era un criminal. Sin suda, aquella desaparición forzada se debió a eso.
Llevó sus manos sobre la cabeza y sintió que el mundo le daba vueltas. Deseó
con fervor que él estuviera bien.
Esperó un poco más y se preparó para irse. En la misma carta, ofreció que uno
de los chóferes la llevara pero era mejor declinar esa oferta. Por su seguridad
y la de él. Al bajar, fue a la cocina, encendió una de las hornillas y quemó la
carta tal y como él le pidió. Miró cómo las llamas consumieron lentamente
aquel trozo de papel. Con sus dedos tocó el collar que todavía tenía puesto.
Cerró la puerta tras ella y comenzó a caminar. Era la mejor opción que tenía
entre sus manos.
Después de ese día, Leah no pensó que pasaría tanto tiempo desde la última
vez que se vieron. Incluso se dio la oportunidad de conversar con su padre y
de escuchar la versión de la historia. Al final concluyó que todo aquello fue en
vano y que más bien fue una pérdida de tiempo.
Vendió el piso en donde vivía con su madre y con el dinero, compró un lugar
mucho más pequeño pero más cerca del centro. Con lo que sobró, se permitió
hacer un curso de administración y secretaría. No era la universidad pero al
menos estaba conformando poco a poco los cimientos para una mejor calidad
de vida.
A pesar de los avances que estaba experimentando, aún seguía pensando en él.
Lo único que pudo saber sobre Rey, lo vio por las noticias, en donde
señalaban una especie de matanza de los líderes más importantes de la mafia
de la ciudad lo que produjo también la caída de figuras de políticos hasta
miembros de la policía. El escándalo no se quedó allí. Hubo juicios más la
intervención de Asuntos Internos. Todo ese espectáculo representó el
hazmerreír de las instituciones y de lo que se creía de la justicia y el orden.
Mientras la gente se espantaba por lo que decía los medios de comunicación,
Leah internamente pedía comunicarse por él. Los reportajes que salían al
respecto, lo comprometían como uno de los autores de semejante desastre,
pero no lograban dar con él. Aunque sabía que aquello estaba mal, ansiaba su
bienestar.
Luego de un arduo día de trabajo, caminaba en dirección al edificio en donde
vivía. Mientras se acercaba, observó que alguien la miraba desde la entrada.
Extrañada, desaceleró el pasó como para darse tiempo para huir. Pero no
podía, su cuerpo parecía estar atraído por una fuerza invisible. El rostro cobró
más y más sentido. Era Rey.
Él estaba apoyado en una columna, oculto en la sombra que le daba un árbol.
Ella, mientras, corrió hacia él con todas sus fuerzas. Al encontrarse de frente,
no supo bien qué hacer. Rey tomó la iniciativa.
Fue hacia su rostro y le dio un largo beso. Se sintió como si no hubiera pasado
el tiempo.
-Ha pasado demasiado… Demasiado. ¿En dónde has estado?
-Es una historia muy larga.
-Ven, vamos a casa.
Pasaron por el lobby y se dirigieron hacia los elevadores. Mientras estaban
allí, no paraban de abrazarse ni de besarse. Rey sintió que estaba con la
persona correcta, que la espera y las dificultades, se resumieron en ese
instante.
Al entrar, ella lo ubicó rápidamente en el sofá y lo miró impaciente.
-Hablaban de ti en las noticias.
-Lo sé. Por eso no pude comunicarme contigo antes. Estaban husmeando mis
pasos como unos sabuesos. Fue un infierno.
Ella temió hacerle esa pregunta.
-¿Es cierto?
-Algunas cosas sí.
Leah sabía con quién estaba metiéndose. Así que prefirió quedarse callada y
esperar a que él se sintiera cómodo y confiado de decirle todo los detalles.
-El mismo día en que me despedí de ti, tuve que saldar algunas cuentas.
Sinceramente fue una decisión inminente y necesaria. En algún momento iba a
suceder. Lo cierto es que no tuve oportunidad de explicártelo mejor y me sentí
como un patán, pero tampoco quería arrastrarte a esto y menos por el momento
en que estabas pasando.
-Estuve muy preocupada por ti.
-Y yo por ti. Temí por que los federales te contactaran o algo peor.
-Me citaron porque obtuvieron unas grabaciones en donde aparecía hablando
contigo. Fue la vez que hablé contigo en el casino, ¿recuerdas?
-Claro que sí.
Se miraron con complicidad. Sin embargo, Leah estaba preocupada por el
futuro.
-¿Qué pasará ahora?
-Debo irme. Las cosas aún están tensas. Cayeron los peces gordos y los
federales no perderán oportunidad en investigar a cualquiera.
Ella se quedó pensando. A pesar de las cosas que había logrado, en la
tranquilidad de su nueva vida, comprendió que era imposible separarse de él
otra vez.
-Llévame contigo.
Rey abrió bien los ojos -¿Pero qué dices? No sabes lo peligroso que sería
para ti? ¿Los riesgos que tendrías que pasar? Dejarías todo, Leah. Todo.
Ella guió la mirada por las esquinas del piso, por la madera gastada, el
calentador que no funcionaba, la esquina de la sala con la marca de filtración
del mes anterior. Observó también las fotos en donde aparecía su madre,
aquella sonrisa apacible y tranquila. Lo cierto, era que todo aquello que quería
y conocía se había ido. Aprendió a ser una persona desprendida y más desde
la muerte de su madre.
-Llévame contigo.
Repitió las palabras con calma y sin dar marcha atrás. A pesar de que quedar
demostrado que él era un hombre peligroso, que sus métodos eran arriesgados.
Aun así, Rey representaba algo más. Las veces que había estado con él, su
instinto le repitió que debía seguirlo.
Él le tomó el rostro entre sus manos para persuadirla, sin embargo, se topó con
el brillo del collar. El mismo que le había regalado. Comprendió que Leah
estaba dispuesta a todo y que gracias a ella, recuperó algo de su humanidad.
La besó con ternura y la tomó para sí. Comenzó a acariciarla con suavidad y
pasión. Había pasado tiempo, mucho tiempo desde la última vez que se vieron.
Desde que la divisó en la distancia, no pudo esperar hasta el momento para ser
suyo.
Comenzó a desvestirla y a desvestirse. La misma piel blanca y brillante, los
ojos verdes que lo atravesaban por completo, el cabello corto, cortísimo que
le enmarcaba el rostro perfecto, las pecas y lunares en sus pechos. Leah era la
galaxia entera.
Ella lo detuvo por un momento hasta que le dijo:
-Hagámoslo bien.
Entonces le tomó la mano y lo guió hasta la habitación principal. Se acostaron
en la cama. Rey se colocó sobre ella y Leah acarició el cabello castaño ahora
corto. Cerró los ojos para recordarse que ese era el calor de ese cuerpo lo que
tanto extrañaba.
El miembro de Rey, tan duro y grueso, penetró las carnes de Leah. El coño de
ella estaba empapado y hecho fuego. Las caricias y los besos de los dos,
hacían que la excitación aumentara cada vez más.
A diferencia de las otras veces, había un componente especial. Los dos
comulgaban en un abrazo. Las extremidades e Leah estaban enlazadas con las
de Rey. Sus piernas rozaban su torso, la pelvis de él hacía un movimiento
fuerte, contundente. Sus embestidas eran rudas y decididas. De alguna manera,
había que retomar el tiempo perdido.
Los gemidos de Leah le hicieron recordar que ese era el sentido de la vida, el
estar con la mujer que quería, demostrarle la devoción que le producía porque
ella era para él una especie de diosa.
Siguieron follando entre el dolor y el placer. Rey la ahorcaba y le mordía los
pechos, ella se dejaba dominar por la fuerza de él. Una fuerza aplastante pero
a la vez dulce. Contradictorio pero real.
Ella comenzó a temblar y él también. Los dos se miraron a los ojos y se
perdieron en el trance de la excitación. Rey fue cada vez más rápido y más
fuerte hasta que por fin escuchó un grito proveniente de las entrañas de ella.
Él, a su vez, apoyó la cabeza sobre su cuello y eyaculó dentro de ese calor que
tanto bien le hacía. Se corrieron al mismo tiempo.
XII
Después de dormir varias horas, de ponerse al día con sus vidas y de unos
cuantos polvos más, Leah estaba preparando un bolso con las cosas más
importantes. Rey hablaba por teléfono para finiquitar los últimos detalles del
escape de los dos.
Un par de jeans, unas camisetas, las zapatillas deportivas favoritas, unas fotos
con su madre y nada más. No hacía falta nada más. Aquel cascarón fue más
bien una especie de excusa para pretender que su vida sería normal pero
estando allí, mirándolo hablar, ella se dio cuenta que las cosas nunca
volverían a ser como antes… Y tampoco lo querían.
-¿Lista?
-Siempre.
Salieron agarrados de la mano, espiando si alguien los veía y cuando pasaron
el miedo, fueron al aparcamiento. Se subieron a una Pick-Up bastante vieja y
comenzó a la marcha a un destino desconocido.
Mientras huían por la noche, en medio de las luces tenues, el tráfico escaso y
el sonido de algún que otro grillo, Leah se encontró en paz consigo misma.
Finalmente estaba persiguiendo el futuro que quería sin importar las
consecuencias que pudieran representar. Por otro lado, Rey, dejó de sentirse
como ese chaval asustadizo. Por fin podía sentirse tranquilo y en confianza.
XIII
En algún lugar remoto, Rey leía el periódico al caer la tarde. A su lado, tenía
una taza de café humeante y un par de galletas de aspecto simple. Estaba
concentrado puntualmente en las acciones de la bolsa. Pensaba que quizás era
una buena oportunidad en comprar algunas de Google y de Aple.
En ese momento, una figura gateó lentamente hacia él. Leah estaba vestida con
un arnés de cuero. En el cuello tenía un collar del mismo material el cual
estaba unido a una cadena, en el extremo de esta, otra cinta. Ella la llevaba en
la boca.
Rey la miró y se dispuso a doblar el periódico con cuidado. Lo dejó sobre la
mesa. Se levantó y le dio un par de nalgadas hasta que escuchó los quejidos de
dolor.
-Bien. Es hora de comenzar.
Título 4
Alfa Peligroso
I
Era el vigésimo día del séptimo mes del año. La luna llena, encendió el cielo
con un brillo intenso y rojizo. Los habitantes de la villa se encerraron en sus
casas. Las puertas y cualquier abertura, quedó bloqueada para que ningún
intruso se le ocurriera aparecerse.
La neblina descendió de las montañas y se coló entre las callejuelas. Era tan
espesa, que los animales se arrinconaron entre sí para protegerse. Los perros
ladraban y ningún insecto se atrevió a emitir sonido. El ambiente era denso. La
oscuridad casi absoluta.
Aunque todos tomaron medidas para protegerse del peligro sobrenatural, un
joven hizo caso omiso a las advertencias. Salió de su hogar cálido para
caminar por ahí, por mera rebeldía. Quería demostrarle a la gente que los
cuentos de vampiros y hombres lobo eran eso, cuentos.
Se extrañó por el frío a pesar que era uno verano caluroso. Se extrañó del
silencio cerrado y del latido de su corazón. El lado animal de su cuerpo le
manifestó a través de la piel erizada, que algo malo estaba a punto de suceder.
Sin embargo, sus pies continuaron una ruta dispersa y vaga, la terquedad de la
mente humana insistió en desafiar lo que la gente sabía.
Luego de un rato, el joven quedó satisfecho. Se sintió feliz de que había
probado un punto importante. La gente del pueblo era simplemente una masa
de ignorantes que se doblegaban ante las habladurías.
Justo en el momento en que recogía un par de fresas a orillas del camino, el
fulgor de un par de ojos rojos le llamó la atención. Bajó la mirada como para
convencerse a sí mismo que se trataba de un animal del bosque.
-Seguro está perdido –Se dijo sintiendo el hilillo del miedo que le atravesó la
espina.
Se levantó y los ojos quedaron al descubierto poco a poco. El cuerpo emergió
entre los arbustos y árboles, de entre la oscuridad espesa. Era un lobo enorme.
Más grande de lo que había visto jamás. Se echó para atrás e
inconscientemente, dejó caer las dulces fresas que esperaba probar.
El joven, como el buen cazador que era, retrocedió y cada tanto echaba una
mirada para encontrar un espacio lo suficientemente amplio para enfrentarse a
la bestia. Mientras, el animal, avanzaba en su dirección mostrando los
colmillos blancos y relucientes, la baba caía al suelo, los gruñidos eran lentos
y amenazantes.
Sacó una pequeña navaja que tenía guardada en la pierna. Se sintió confiado
pero su instinto le dijo lo que temía: aquello no sería suficiente.
Al desenfundar el arma, casi no pudo creer lo que vio. El lobo le hizo un gesto
casi de burla. Trató de frotarse los ojos para asegurarse que había visto bien
pero obviamente pasó lo que él sabía que sucedería.
El lobo se le vino encima con una fuerza y velocidad que lo tumbó al suelo
como si fuera una muñeca de trapo. El aliento lo sintió en el cuello, las garras
de sus patas en el pecho y el torso. El peso le hizo sentir que perdería la
respiración en cualquier momento.
Retozaron por unos minutos. El joven notó que su ropa rasgada también tenía
un poco de sangre. Le había dado al animal.
Cobró seguridad en la técnica y fue hacia él con decisión. Sin embargo, el
adversario lo recibió con una mordida directo al cuello. Apretó tan fuerte que
perdió el conocimiento por unos segundos.
Al abrir los ojos, todavía lo tenía sobre su cuerpo. El dolor agudo le
recordaba que moriría si no se defendía prontamente. El olor metálico de su
sangre era señal de que la muerte lo observaba entre los árboles. Esperando
por él.
-NO.
Gritó y volvieron a rodar por la tierra y la maleza. Lucharon por un largo
tiempo. Estaban exhaustos. El joven no se explicó la fuerza del animal pero
ahí estaba. Dispuesto a pelear a morir como él.
El instinto de supervivencia del cazador, le hizo mirar una herida profunda del
lobo. De ella brotaba grandes cantidades de sangre. El animal respiraba con
dificultad.
Entornó los ojos y dio un gran salto hacia él. El brillo del filo de la navaja fue
a parar al cuello de la bestia, haciéndole chillar.
Cayó al suelo cansado y si fuerzas. El cuerpo del lobo quedó frente a él. Antes
de morir, sus miradas se encontraron. El joven sintió algo particularmente
extraño. Aunque quiso buscar más explicaciones a lo sucedido. Se desmayó.
El trinar de los pájaros, le advirtieron la llegada de la mañana. Él abrió los
ojos para darse cuenta que el lobo ya no estaba. Se levantó con cuidado y
examinó su cuerpo. Estaba herido, muy malherido.
Miró hacia el frente y notó que la villa estaba más lejos de lo que esperaba. La
lucha fue tan intensa que perdió el sentido del espacio y el tiempo.
Recordó que estaba cerca de una quebrada, por lo que fue allí para lavarse las
heridas antes de regresar. Al encontrarse con su reflejo en la superficie
cristalina del agua, algo lo perturbó. Sí, era él pero al mismo tiempo no.
Volvió el frío en la espina, el presentimiento de que algo no iba bien. Espantó
los pensamientos y se lavó. Estaba ansioso por ir a casa y retomar la vida de
siempre.
Al caminar hacia la entrada de la villa, un grupo de hombres y mujeres lo
esperaban con rostros severos y amenazantes.
-¿Qué ha pasado?
-Sabemos que peleaste con el lobo. Ya no eres bienvenido aquí.
-Te lo advertimos y no nos escuchaste.
-MIREN, TIENE LA MORDIDA DEL HOMBRE LOBO. DEBEMOS
MATARLO.
Se echó para atrás. Su propia gente iba hacia él como si fuera una presa.
-¿PERO QUÉ OS PASA?
Un hombre de vientre prominente y barba espesa, hizo un gesto para callar a
quienes estaban tras él. Luego, se dirigió al muchacho con seriedad.
-Cedric, es mejor que te vayas y no regreses. Ahora eres una amenaza para
todos nosotros.
-Pero si he matado a ese animal. La amenaza no soy yo.
-Vete, Cedric.
No pudo. Sus pies estaban pegados al suelo. La incredulidad no lo dejaba
moverse.
De repente, divisó una piedra que recorrió los aires hacia él. Le dio en el
pecho. Después de esa, hubo muchas más. Hubo palos, bosta de caballo y
blasfemias de todo tipo. Cedric comenzó a correr en dirección contraria tan
rápido como pudo. Mientras lo hacía, comprendió que ciertamente algo en él
cambió… Para siempre.
II
El sonido de las olas lo despertó. Cedric abrió los ojos y miró al techo como
de costumbre. Giró hacia un lado. El despertador marcaba las 7:00 a.m. Se
incorporó y se estiró. Tenía hambre pero primero revisó el móvil. Unos
cuantos correos de los clientes solicitando una reunión de junta de emergencia,
una promoción de una tienda de caballeros y un mensaje de su mayordomo. En
algún punto debía regresar a la ciudad.
Evadió el mensaje y se concentró en el resto. De seguro una videollamada
sería suficiente para ponerse al día y hacer lo que se tenía que hacer.
Finalmente se levantó y fue hacia el baño. La barba estaba demasiado larga y
la piel seguía viéndose opaca. Las bolsas de los ojos y la mirada cansada,
también seguían allí a pesar que se obligaba a dormir todas las noches.
Se encontraba aprehensivo porque faltaban algunos días para la luna llena.
Uno de los castigos de la inmortalidad, era ese, el tener que lidiar con esos
momentos en donde salía a relucir lo peor de sí mismo.
Fue a la ducha y abrió la llave de agua caliente. El vapor ayudaría a dilatar los
poros y así facilitar el rasurado. Llenó parte de su rostro con una crema espesa
para afeitar, revisó el filo de la navaja y luego de hallarse satisfecho, deslizó
la hoja sobre la piel. Con movimientos suaves y cargados de paciencia, los
vellos rojos intensos cayeron sobre el lavabo color marfil.
Se aplicó un poco más de agua, se limpió y se encontró conforme con el
reflejo. Ahora sí, sus ojos verdes se veían con más intensidad sin esas capas
de vello en la cara.
Fue hacia la ducha y se quitó la ropa por completo. Echó un último vistazo en
el espejo, percatándose de las batallas que quedaron reflejadas en la piel.
Cuchillos, espadas, balazos, golpes. Todo tipo de heridas imaginables las
tenía él. Por suerte, con el paso del tiempo, se volvió más fuerte y más
resistente al dolor. Incluso sanaba mucho más rápido.
Entró y disfrutó de una larga ducha. Como el silencio era abrumador, salió
rápido para encender la radio. A pesar que agradecía el espacio y la soledad,
aún era difícil tener que lidiar con las largas horas en donde sólo podía
escucharse a sí mismo. A veces pensaba que enloquecería.
Secó su cuerpo ejercitado y macizo y fue hacia el clóset para buscar un poco
de ropa. Como vivía en una isla, optó por unos jeans, unas zapatillas
deportivas y una camiseta blanca. El día estaba espléndido y tenía ganas de
caminar un poco.
Bajó a la cocina y abrió el refrigerador. Mientras decidía qué desayunar, la
playa que se encontraba a pocos metros, lucía más hermosa que nunca. Sonrió
y volvió hacia los víveres. Era un buen día para disfrutar de unos panqueques.
Encendió la radio y colocó la única estación que captaba el aparato, por
suerte, sólo transmitía canciones de rock clásico. En ese momento, sonaba
Time de Pink Floyd.
Mientras batía los huevos con la leche, pensó que la letra de la canción le
hablaba directamente. El tiempo, eso que tenía de sobra desde hacía años. No
sabía cuántos. Perdió la cuenta.
Parece que fue ayer cuando corría por su vida luego que sus vecinos de la
villa quisieran matarlo. Pasó días y noches muriéndose de frío, hambre y
rabia. Por más que lo pensara, no se le pasaba por la mente la verdadera razón
por la que se había convertido en un paria. Así fue hasta que hubo luna llena.
Sentado en una colina, esperando a que unos cazadores olvidaran al venado
que habían matado, un repentino dolor en el pecho lo sacudió. Colocó sus
manos en el corazón y trató de buscar ayuda. Sin embargo, ese mismo dolor lo
sintió en la espalda, piernas, cuello y en sus extremidades. Incluso los dedos
de los pies parecían fracturarse, descomponerse, volverse otra cosa.
Su piel se oscureció. El color rojo de su cabello y el verde brillante de sus
ojos se transformaron por completo. Una capa de vello negro y espeso rodeó
su cuerpo. Sus manos y pies ya no lo eran, más bien lucían como un híbrido de
patas de lobo. Sus dientes rectos, se volvieron filosos y muy blancos. Los
colmillos sobresalían de su boca y cualquier rastro de humanidad se esfumó
para dar paso al puro instinto animal.
Cedric aulló a la luna y corrió por los bosques en busca de una presa. Estaba
hambriento. A su paso, destruyó todo lo que se le atravesó. No tuvo compasión
alguna. No había cabida en él.
La noche pasó rápidamente y Cedric despertó cerca de una quebrada sucio,
con raspones y sangre en la boca. Al levantarse, encontró una pata de venado a
medio comer.
Horrorizado, fue a lavarse y a tratar de recordar lo que había sucedido. Poco a
poco entendió el miedo de la gente de la villa. Ciertamente él era un hombre
lobo.
Se sentó en el césped completamente compungido. No sabía qué hacer. Era un
tipo joven, con aspiraciones de tener esposa, familia y una casa. Deseos de un
hombre sencillo. Lo que había sido un plan de vida, ahora pasó a una fantasía
imposible de cumplir.
Luego de un tiempo, Cedric trató de entender mejor su naturaleza. Supo que se
transformaba sólo en las noches de luna llena, que la plata lo mantenía al
margen, que debía encerrarse como pudiera y que morder a otro, le haría
también hombre lobo. Asimismo, comprendió otras cosas. Se volvió más
fuerte, viril, ágil, inteligente y rápido. Las heridas no tardaban en sanar y, tanto
el olfato como la vista, se agudizaron increíblemente.
Una bendición, o maldición, de su nueva condición era el de ser inmortal. El
tiempo transcurriría para los demás pero no para él. Esto, por supuesto, trajo
consigo episodios amargos de pérdidas de todo tipo. Amigos, amantes. Cedric
tuvo que hacerse una coraza para soportar el costo de sus poderes.
Fue por ello que se concentró en hacer dinero. Si viviría por tiempo
indefinido, al menos lo haría bien. Así que construyó un imperio que le hizo
ganar millones y millones de dólares. La revista Times lo catalogó como uno
de los hombres más influyentes en el mundo de los negocios. Sus empresas
fueron comparadas con grandes como Google y Apple. Se rodeó de éxito.
En el pico más alto como millonario y hombre de negocios, Cedric era el
objeto de deseo de la prensa del corazón y de las mujeres atractivas. Cada
tanto se le veía con alguna actriz o modelo. Incluso estuvo a punto de casarse
con una princesa de un país remoto de Europa. Sólo era una treta de él para
hacer caer a la gente.
Salía en las portadas de las revistas y periódicos de economía y farándula. Le
decían “el hombre más deseado por las mujeres” y así era.
Vivió feliz y conforme hasta que las cosas cambiaron drásticamente. En una de
las tantas veces que se transformó, Cedric perdió el control y casi mata a una
chica que estaba con él. Tuvo que convencerla que se trata de una mascota
exótica que tenía. Ella accedió a duras penas.
Como no quiso repetir el episodio, construyó una habitación aparte y colocó
un conjunto de cámaras de video para monitorearse. Su mayordomo se
encargaría de observarlo y de anotar los comportamientos y cualquier
incidencia que encontrara interesante.
Luego de unos meses, Cedric se enfrentó con el hecho de que su ser licántropo
se volvía cada vez más peligroso.
Con el deseo de encontrar la mejor solución al respecto, se topó con el
BDSM. Le atrajo la idea de dominar y controlar, ya que pensó que eso le
ayudaría a apaciguar su hambre descontrolada.
Las cadenas, látigos y amarres funcionaron temporalmente. En ese lapso,
aprendió todo tipo de trucos e incluso fue capaz de tener intimidad con las
mujeres. Con ello mató dos pájaros de un solo tiro.
Por cosas del destino, el lobo dentro de él se volvió indomable. Al llegar a
ese punto, él tomó la decisión de aislarse por completo. Así evitaría hacer y
hacerse daño. Gracias a las riquezas acumuladas, fue capaz de comprar una
isla, residenciarse allí y administrar sus negocios con tranquilidad.
La casa que tenía la isla estaba equipada con lo necesario para que cualquiera
se sintiera seguro ante cualquier catástrofe. Los controles y accesos cambiaban
prácticamente cada semana. Las paredes estaban revestidas de un material
resistente, había vidrios antibalas y como era de esperar, libre de plata.
La ubicación de la isla también era un punto fuerte. Estaba cerca de los límites
con el país de origen de Cedric, pero lo suficientemente alejada para alejar a
los curiosos. Los metros cuadrados de palmeras, árboles y selva, eran
perfectos para él se sintiera libre por esas tierras, en especial los noches de
luna llena. Cuando presentía que se volvería incontrolable, se encerraba en
una mazmorra en las profundidades de la casa. Allí contaba con cadenas de
plata y con sistemas de máxima seguridad.
El día que empacó para mudarse allí, pensó que quizás lo mejor era
suicidarse. ¿Qué sentido tenía la vida si debía estar solo? Esa pregunta resonó
en su cerebro y trató de distraerse con otra cosa. Quizás habría esperanzas
para él.
La rutina era casi siempre la misma. Levantarse temprano, desayunar, sentarse
en la computadora, revisar constantemente el estado de las acciones, hacer
inversiones, responder preguntas de las mesas directivas, esquivar entrevistas
de los tabloides, ejercitarse, comer y dormir. Era tan rígido que era seguro
sentir que todos los días eran iguales. Y de cierta manera así era. Sin embargo,
a pesar del hastío, Cedric aprendió a vivir de esa manera.
III
-Este título lo puedes hacer mejor y lo sabes.
-Sí. Es que no se me ocurre nada.
-Venga. Estás sentada en esa silla y no te has despegado de allí desde hace
horas. Deja eso aquí y tómate un café. Relájate un rato y vuelve a intentarlo,
¿vale?
-Vale.
Helena tomó el bloc de notas y la hoja impresa con la nota del día. Pasó media
hora pensando en un mejor título para la noticia, pero la cabeza no le daba.
¿La razón? El viaje que tomaría en un par de días la tenía ansiosa.
Desde niña ha tenido miedo a las alturas, así que la idea de subirse a un avión
y estar allí unas horas, no sonaba a un plan agradable que digamos.
Volvió a su puesto y fue a la cocina de la redacción. Allí estaban unos cuantos
compañeros que miraban concentrados la televisión mientras hacían
comentarios. Ella pasó por un lado, se sirvió una gran taza de café que mezcló
con un chorrito de crema y se sentó en la pequeña mesa que estaba allí.
Suspiró largamente y tomó un sorbo del brebaje. Por suerte, estaba caliente.
La conversación de sus compañeros se terminó y ambos salieron dejándola
sola. Helena, mientras estaba en la silla, pensaba que deseaba tener un poco
más de acción en su vida.
-Creo que el vuelo es un buen comienzo.
Miró el reloj que colgaba sobre el horno microondas y se levantó. Había
pasado unos 10 minutos así que fue tiempo suficiente para retomar la jornada.
Mientras caminaba en dirección a su puesto de trabajo, pensó tuvo una idea
brillante para el título.
El día terminó y Helena se encontraba en la parada del autobús. La noche
estaba un poco fría pero no demasiado. Fue lo suficientemente precavida como
para llevar un abrigo en caso de emergencia.
El autobús aparcó y un grupo de personas se preparó para subir. Ella, luego de
pagar el boleto, fue hacia el final para sentarse en los últimos asientos. Sentía
que así la gente no la podía molestar.
Buscó en su mochila el reproductor de música y buscó Karma Police. Por
alguna razón, Radiohead era lo que solía escuchar cuando regresaba a casa.
Apoyó la cabeza sobre el vidrio y respiró profundamente. Estaba cansada y
soñaba con dormir en su cama.
Helena, a pesar de tener un trato cordial con la gente, era más bien tímida. Por
lo que era un poco disonante el que fuera periodista. Oficio que requería de
cualidades de persuasión. Sin embargo, ella veía su trabajo como si actuara en
una obra. Cada pauta era un espectáculo en donde se investía de mujer valiente
y aguerrida.
A pesar de encontrarse satisfecha con lo que hacía, pensaba que su vida podía
ser un poco más que eso. Así que no tardaba en soñar en cualquier otra cosa.
Aspiraba a tener estabilidad y tranquilidad.
Si bien su desarrollo personal era una preocupación, también lo era el amor.
Lamentablemente, tenía un haber de relaciones fallidas. Incluso llegó a pensar
que pasaría sola el resto de su vida.
El sexo era otro aspecto el cual no le gustaba pensar demasiado. Sus anchas
caderas y piernas gruesas, le producían inseguridad, por lo que pensaba que
no era lo suficientemente atractiva para el sexo opuesto. Por supuesto, no era
así.
Era morena y su tono de piel, hiciera o no hiciera sol, era brillante y luminoso.
Aspecto que no pasaba desapercibido. Asimismo, tenía ojos y labios grandes,
que resultaban intimidantes y atractivos. El cabello, negro y corto, le hacían
lucir práctica y segura de sí misma.
Cuando no estaba demasiado cansada, pasaba gran parte de la noche pensando
en lo mucho que le gustaría estar con un hombre. No tendría que ser una
relación seria y formal, podría ser algo casual. Encontrarse en un sitio, beber
unos tragos y quizás ir a la casa de uno o del otro. Besarse, tocarse y dejarse
llevar por el deseo de sus cuerpos. ¿Qué habría de malo en tener algo así?
Abrió la puerta del piso. Suspiró de alivio porque las tripas no dejaban de
sonarle y la verdad era que necesitaba un baño.
Apenas entró, su gata se acercó a ella para rozarse contra su pierna. Un
maullido suave de bienvenida, para luego apartarse y dejarla entrar. Helena
acarició su cabeza, dejó el bolso en la silla que estaba junto a la puerta y
volvió a cerrar.
El pequeño piso todavía preservaba el olor a café que había quedado en la
mañana. Fue hacia la cocina y buscó los ingredientes para hacerse un
sándwich. Cleo, su gata, se acercó a ella y maulló. Le dio un trozo de jamón de
pavo y se concentró en preparar la comida. Tarareó un rato la última canción
que había escuchado en el autobús mientras untó un poco de mostaza en el pan.
Al terminar, sacó una botella fría de Coca-Cola que estaba reservando para
ese momento.
Se sentó en una mesa que había comprado en Ikea en una barata y se sirvió. Al
llevar un bocado, se encontró a sí misma sola y triste. Deseaba que algo
extraordinario y único pasara. La rutina le estaba pesando en la mente y el
corazón.
Limpió las últimas migajas de la mesa y el suelo. Barrió, sirvió un poco de
agua en el platito de plástico de Cleo y fue al baño para tomar una ducha. Al
entrar, se encontró con ese reflejo que tanto temía. Era una mujer de 30 años
que sólo se dejaba llevar por las circunstancias y que no tenía un rumbo fijo.
Como si estuviera en la espera de algo más.
Dejó la autocompasión y se metió en la ducha. Abrió las llaves de agua
caliente y fría. La tibieza del líquido la abrazó por completo y pudo olvidar
por algunos instantes la incomodidad de tener un cerebro que sobreanalizara
las cosas.
Salió y buscó un pijama en medio de la oscuridad. Recordó que luego debía
llamar a su madre para informarle sobre el viaje que haría y que debía
empacar en cualquier momento. Odiaba empacar.
Se acostó en la cama y Cleo se reunió con ella. La gata le puso la pata sobre
su mano, se sintió menos sola.
-A ver qué sale de todo esto.
Cerró los ojos y se obligó a dormir.
IV
-Sí, mamá, me llevó el dramamine. Sí. Lo sé. Lo sé. Aja… Sí. La llevaré a la
veterinaria. Allí la cuidarán mientras esté afuera. Tampoco la quiero dejar allí
pero mis vecinos no la pueden cuidar, se irán de vacaciones. Vale. Te llamo
cuando llegue. Yo también te quiero.
Colgó la llamada y miró la maleta sobre la cama. Todavía estaba abierta y con
unas cuantas prendas. No demasiadas. Contó un par de jeans, unas camisetas,
un par de jerséis, zapatillas deportivas y una chupa de denim que llevaría
puesta durante el vuelo. La sola idea le valió un mareo magistral y fue a la
cocina a bebe un vaso de agua.
Sin embargo, la idea se le desvaneció rápido porque recordó la lista de
pendientes de ese día: llevar a Cleo, dejar instrucciones de su cuidado,
recoger una ropa que dejó en la lavandería, avisar a la conserje que estaría
fuera por unos días y, claro, limpiar un poco para tener un sitio ordenado en
donde llegar.
Casi al final del día, Helena se acostó en la cama, agotada. Sólo reunió las
fuerzas suficientes para quitarse la ropa. Desnuda, se quedó dormida.
La alarma sonó a las 6:00 a.m., como había previsto. I Got Mine de The Black
Keys sonó tan fuerte que casi saltó de la cama. Apenas comenzó la canción, se
levantó y fue a bañarse. Prefirió el agua fría para espabilarse, por supuesto no
recordó que las horas tempranas de la mañana siempre eran frías.
Temblando y empapada, salió de la ducha a su habitación para comenzar a
vestirse. Recordó las recomendaciones de su madre y preparó una muda
cómoda. Un par de jeans que le quedaban anchos, una camisa de Pink Floyd y
unas New Balance que encontraba sumamente cómodas. Revisó el móvil y se
alegró en saber que todavía tiempo para tomar un rápido desayuno y revisar
que tuviera todo listo.
Se preparó velozmente un pan tostado, queso y café negro. Aunque trataba de
pensar en la semana cultural que pasaría en el pueblo que visitaría, no podía
dejar atrás la imagen del avión y ella subiéndose en él. Su pecho se agitaba,
incluso le costaba respirar.
Hizo los ejercicios de relajación que vio en unos videos de Youtube. Los puso
en práctica varios días antes como prevención en casos de que sintiera
pánico. Al terminar, se levantó y lavó los platos. El móvil comenzó a sonar,
era el equipo del periódico que la pasó a buscar.
En la van estaba un fotógrafo y el chófer. Los dos estaban hablando sobre las
mujeres y cómo estas utilizaban la manipulación para engatusar a los hombres.
Helena, fastidiada, se dispuso a revisar una revista vieja que estaba en el
coche. No podía creer que gente adulta hablara como si fueran un conjunto de
chavales.
Luego de bajar las maletas y comunicarse con la redacción, Helena y su
compañero se prepararon para hacer fila antes de subirse al avión. Mientras se
acercaba, una especie de malestar la hizo casi retroceder. Era extraño porque
sus pies estaban plantados en el suelo, como si insistiera en no avanzar.
Pensó que era una tontería y entregó el boleto. Ahí mismo, destapó una botella
de agua y se tomó una pastilla para el mareo con suficientes miligramos como
dejarla rendida en cuestión de segundos. Ciertamente no tenía ganas de
experimentar la magia de viajar entre las nubes.
Apenas se acomodaron en los puestos, todos atendieron las instrucciones en
caso de un siniestro. Ella permaneció atenta, como si sintiera que necesitaba
hacerlo. Respiró profundo y comenzó a sentir cómo el sedante de la pastilla
estaba haciendo efecto. Sus párpados se cerraban lentamente hasta que se
quedó profundamente dormida.
El piloto del avión tomaba café hasta que vio un aviso en el tablero. Una luz
roja indicaba una falla mecánica en uno de los motores. Dejó el vaso de cartón
a un lado y le informó a su primer oficial. Este revisó las medidas y números
para confirmar lo que estaba frente a sí.
-La próxima ciudad queda a una hora de aquí.
-Es demasiado tiempo.
La luz roja, estática por un momento, comenzó a titilar salvajemente. El piloto
sintió un miedo frío que le atravesó el cuerpo. Aquello era señal de algo muy
grave.
Las azafatas fueron informadas de la situación y ahí mismo salieron para
recordarle a los pasajeros aquellas primeras instrucciones. En un primer
momento, nadie pareció prestarle importancia. Sin embargo, el rostro
alarmado de las mujeres más el fuerte sacudón, hizo que algunos gritaran del
pánico.
El terror de Helena se volvió real. Ella aún dormía aunque su umbral de
sueño se interrumpió por el llanto de un bebé. Abrió los ojos y se encontró con
el caos que reinaba alrededor. Su compañero tenía una expresión de poco
entendimiento.
Instintivamente ajustó el cinturón de su asiento, buscó el salvavidas y colocó
su cabeza sobre sus rodillas. Intentó gritarle las instrucciones a su
acompañante pero hubo una imagen horrible que quedaría marcada a fuego en
sus neuronas. Otro fuerte sacudón hizo que el avión se partiera como una
galleta. Varios pasajeros, incluyéndolo a él, salieron disparados por los aires
con los sus gritos ahogados en el aire.
Helena intentó reaccionar pero su cuerpo estaba compacto en ese espacio.
Cerró los ojos, pensó en su madre, pensó en la vida que tenía, en que desearía
tener una oportunidad.
El mar se volvió más próximo. El avión cayó sobre la superficie del agua y se
perdió entre las olas y el silencio. Antes, el piloto y el primer oficial, enviaron
señales de ayuda a quien pudiera escucharlos. Las respuestas llegaron
segundos después de estrellarse.
Las autoridades marítimas trataron de encontrar supervivientes pero no
encontraron rastros de vida. La noticia llegó al país y los familiares de las
víctimas quedaron destrozados por lo sucedido.
El periódico hizo un par de obituarios para Helena y el fotógrafo.
Permanecieron cerrados por una semana. El llanto de sus compañeros
denotaba incredulidad y negación. Era una tragedia sin precedentes.
La sensación de espacio y tiempo se convirtió en un concepto elástico,
flexible. Helena quedó suspendida en una oscuridad que no le resultó familiar.
Quería abrir los ojos pero no podía. Su cuerpo estaba atrapado en un dolor
agudo que no podía descifrar. Cayó de nuevo en esas tinieblas.
Por un milagro o por un acto caprichoso del destino, el cuerpo de Helena cayó
en las arenas blancas de una isla desierta.
Fue la única sobreviviente.
V
Sintió algo que mojaba sus pies. También que su mejilla rozaba con una
superficie rasposa. Pensó que se trataba de un sueño así que abrió los ojos.
Sintió dolor en los párpados. Una locura ya que no habría razón para eso.
Estaba acostada sobre la arena, las pequeñas olas a la orilla, mojaba la parte
inferior de su cuerpo. Trató de levantarse aunque se encontraba débil y muy
mareada.
Se tomó su tiempo entonces para sentarse y se percató de su ropa rota y de las
heridas en los brazos y piernas. Tenía hambre y también le dolía la cabeza.
Sentía que tenía un yunque sobre su cabeza.
Se puso de pie y los recuerdos le vinieron de repente: el rostro de pánico de
su amigo volando por los aires, el llanto del bebé y las azafatas pasando por
los asientos tratando de calmar a otros cuando ellas mismas también querían
desplomarse de la desesperanza.
Su memoria le retrató cómo sus pies quedaron enterrados en el suelo para que
no siguiera avanzando. El presentimiento era tan fuerte… Pero no le prestó
atención. Le pareció absurdo.
Mientras el sol se ocultaba, cayó de rodillas y comenzó a llorar
desconsoladamente. Por ella, por su compañero, por la gente que murió. Fue
tanto y tan fuerte que se desmayó.
Horas más tardes, en la noche, una gran sombra se colocó tras el cuerpo
inconsciente de Helena. La figura se acercó para tomarle el pulso y para
verificar la respiración. Todo parecía el orden.
Tocó el resto de su cuerpo para tantear la presencia de fracturas o de otros
daños. De nuevo, no hubo novedades. Un par de fuertes brazos la tomaron y la
llevaron hacia una gran casa en medio de las hojas, arbustos y palmeras.
Unos cuantos metros fueron suficientes para llegar a destino. Dejó a Helena
sobre un sofá y él se apartó. Buscó la fuente de luz más cercana para
observarla mejor. Sí. Se trataba de una mujer muy hermosa.
Las sombras de la oscuridad quedaron atrás y así salió a relucir la expresión
de preocupación de Cedric. Con temor, acarició el rostro de la desconocida.
Sintió como si un fuego le alcanzara las entrañas. Hacía tanto que no veía una
mujer, hacía tanto que no había tocado a una.
El pasado le recordó el hombre mujeriego que era, antes de convertirse en lo
que era… Un monstruo.
Se alejó asustado ante ese pensamiento. Dio vueltas por la sala y miró para
todas partes. Se acercó a uno de los monitores escondidos en la cocina para
cerciorarse de que no había nadie en el perímetro. En efecto, estaba la misma
imagen de siempre, la playa desierta, el agua tranquila, la luna en el cielo.
Llevó sus manos a su cabeza, esperando que se le ocurriera alguna idea. En
ese instante, pensó en la mazmorra que estaba un par de pisos abajo. Había
construido un par de celdas como medida de protección. Esta sería la primera
vez que las usaría.
La cargó entre sus brazos y descendió por unas escaleras. A medida que
bajaba, había menos fuentes de luz. Aquello no era un problema para él, sus
vista era tan aguda que podía visualizar su camino así estuviera en la
penumbra.
Finalmente, encontró un la entrada hacia la mazmorra principal. Como pudo,
introdujo un código en un pequeño tablero y colocó el pulgar en un lector que
estaba debajo. Se escuchó un clic y se abrieron las rejas. Avanzó hasta que la
dejó en una celda.
Con cuidado, la dejó en el catre que estaba allí. Cuando la miró, parecía que
dormía. Tenía una expresión de tranquilidad y quietud. Le generó una extraña
sensación. En parte era ternura y en otra, envidia. Deseaba tener esa misma
paz aunque hubiera pasado una tragedia.
Avanzó hasta otro especio de la celda. Verificó que el baño funcionó a la
perfección y que contaba con todo lo necesario para usarlo. Asimismo, hizo
con las sábanas y frazadas. Era un lugar frío así que no quería preocuparse por
ese detalle. Observó el techo y miró la pequeña cámara que estaba allí. La
mantendría vigilada en todo momento.
Cerró con llave y volvió a salir, dejándola sola. De seguro ella, al despertar,
se encontraría más desconcertada de lo que suponía él.
Al subir, encendió el televisor. Ya estaban reportando el accidente del vuelo
del United Airlines.
“En estos momentos, las autoridades están estudiando el contenido de la
caja negra del vuelo. Lamentablemente, los rescatistas no han podido
encontrar a algún sobreviviente por lo que se estima que el número de
fallecidos es el mismo de los pasajeros y de los tripulantes. Entre las
investigaciones, se ha encontrado que ninguno de los motores recibió el
mantenimiento de rutina, hecho que no se le notificó al capitán del avión.
Pronto estaremos ampliando esta noticia para ustedes…”
Cedric puso mute el televisor y se sentó en la silla de cuero que se encontraba
en su estudio. Sintió lástima por esa mujer. Ella era la única que salió ilesa de
una tragedia. Parecía un milagro. ¿Eso tendría algún sentido? Hacía tanto que
sus conceptos de fe se habían diluido entre las tragedias personales que
aquello le pareció todo un acontecimiento.
Encendió la pantalla que transmitía el video de la celda en donde se
encontraba la mujer. Seguía durmiendo. Incluso pudo ver cómo respiraba.
Luego de concentrarse en ella, observó el calendario que estaba a poca
distancia en el escritorio. Faltaban pocos días para la luna llena.
-Joder.
VI
Las náuseas despertaron a Helena. Sensación que se entremezclaba con el
hambre que parecía aferrarse a su cuerpo con fuerza. Se levantó y se encontró
en un lugar completamente diferente. El catre, los barrotes y el baño que
estaba a un metro de distancia. Las paredes de piedra fría le sobrecogieron.
-¿HAY ALGUIEN ALLÍ? ¡HOLA! ¡HOOOOOLAAAA! POR FAVOR,
CONTÉSTEME, POR FAVOR. ¡AUXILIO!
Sus gritos sólo se hicieron eco entre las paredes. No hubo respuesta. En ese
momento, se dejó caer en el catre. Se acostó en posición fetal controlando la
desesperación que le invadía el cuerpo.
En los minutos que estuvo allí, escuchó unos pasos que venían hacia ella. Por
un momento pensó que se trató de un juego mental. Agudizó los oídos y le dio
crédito a ese estímulo.
Se levantó de repente y frenó el impulso de decir algo. La imagen de Cedric la
golpeó, impidiéndole decir algo inmediatamente. Los ojos grandes y verdes, el
cabello liso y de un rojo intenso. La piel blanca, el mentón cuadrado, la nariz
recta y los labios un poco finos. Se miraron por unos segundos que parecieron
una eternidad. Una eternidad intensa y placentera, fogosa y calma.
-Asumo que tienes hambre. Aquí tienes el desayuno.
-Señor, señor. Por favor, déjeme salir de aquí. Tengo… Tengo que hablar con
mi madre, ella debe saber que estoy bien, que estoy viva.
-Lo sabrá. Todo a su debido tiempo. Por lo pronto, deberías tomar un baño y
comer. Debes estar famélica.
-¿Me ha escuchado? Le dije que me saque de aquí. Se lo ruego.
-Toma un baño y come. Allá tienes una muda de ropa y zapatos nuevos. Revisé
tu estado y estás bien. Tuve que suministrarte un suero porque estabas
deshidratada.
Los ojos de Helena se llenaron de lágrimas. Cedric quiso explicarle por qué
estaba allí pero no pudo. Era demasiado complicado. Mientras más
información supiera, más peligroso sería para ella.
-Me llamo Cedric. Estaré siempre cerca por si necesitas algo.
Entre sollozos, ella suplicó aún más.
-Por favor, déjeme salir. No diré que me mantuvo aquí, pero por favor, déjeme
ir. Tengo que ir a casa.
Le dejó la bandeja con la comida y se fue. Hizo un esfuerzo por hacerlo.
Esperaba poder explicarle después las cosas o no tener que hacerlo. Sí. Mejor
así.
Helena volvió a quedarse sola. Continuó con los gritos de ayuda, incluso trepó
unas cuantas rocas hasta la ventana alta con barrotes. Gritó y gritó hasta que
sintió una punzada en los pulmones. Se dejó caer al suelo y cerró los ojos para
reprimir las ganas de ponerse a llorar.
Como ya no le quedaban fuerzas, se arrastró un poco hasta la bandeja. Para su
sorpresa, todo lo que estaba allí se veía genuinamente delicioso. Sacó un par
de dedos y pellizcó un trozo de la comida. Se lo llevó a la boca y la sensación
de bienestar le embargó el cuerpo. Comenzó a comer como si no hubiera un
mañana.
En la celda se encontraba un filtro de agua. Luego de comer, una Helena con
más vigor, casi consumió un cuarto del botellón. Respiró aliviada, casi era una
persona nueva. Por supuesto, recordó las palabras de su carcelero y se acercó
al baño tímidamente.
En comparación con su piso, el lugar parecía de lujo. Azulejos blancos y
negros en el suelo, paredes blancas y pulcras, una cortina del mismo color y un
lavabo de mármol. El espejo, que estaba sobre este, era cuadrado y con un
delicado marco color marfil.
Sobre el inodoro, estaban unas cuantas toallas blancas y hasta un pequeño
florero con un par de lavandas. Suspiró y le pareció tentadora la idea de tomar
un baño. Así que se quitó rápidamente la ropa, abrió las llaves y se sorprendió
de encontrar agua caliente. Así pues que se quedó allí, bajo la tranquilidad y
la tibieza que le hacían pensar que estaba en otro lugar.
Salió de la ducha y encontró una muda de ropa. Miró a todas partes y no
encontró nada que le resultara sospechoso. Lo que tenía puesto, lo dejó a un
lado. Se cambió y salió de nuevo para encontrarse prisionera otra vez. Luego
de asomarse inútilmente, Helena trató de descansar un rato más. Aún pensaba
que el hecho de que estuviera viva era un hecho sin precedentes.
Desde la oscuridad del estudio, Cedric no paró de observar los movimientos
de Helena. Estaba atento a lo que hacía y cómo lo hacía. Se tranquilizó al
saber que al menos había tomado el desayuno y que se había duchado. Adivinó
sus medidas y hasta se congratuló por no perder el ojo agudo. Sin embargo,
seguía pensando qué podía hacer con ella. Dejarla libre, a estas alturas, podía
ser contraproducente para él. Por otro lado, retenerla era igual de peligroso…
Sobre todo por él.
Se levantó y caminó unos cuantos pasos. Era obvio que estaba ansioso, la luna
llena sería al día siguiente y tendría que optar por otros métodos para
protegerla.
Volvió a sentarse en la silla para seguir mirándola. Luego de un rato, ella se
quedó dormida. Supuso el dolor que sufrió a raíz del accidente. Se acercó a la
computadora y envió una captura de pantalla de su rostro a su mayordomo para
que este le enviara más información al respecto.
Esperó unos minutos y enseguida recibió el nombre completo y profesión.
Supo también que iba de viaje para hacer un reportaje sobre las fiestas de un
pueblo cercano. Observó su perfil de Facebook y se enteró que era fanática
del rock y el blues, que le gustaban los gatos y que comer era su debilidad.
Mientras más sabía de ella, más le gustaba.
Cerró las ventanas de sus redes sociales y se quedó pensativo. Se levantó de
nuevo y se percató que se sentía muy atraído hacia ella. Quería hablar más,
quería escucharle la voz, quería tocarla… Besarla, quizás. Pero, ¿cómo
hacerlo? Helena era su prisionera.
Esa noche, luego de la cena, ella se acostó de nuevo en el catre. Miro al techo
y notó que había un tragaluz. En donde estaba, podía ver el resplandor de la
luna. Su luz caía al suelo de la celda, iluminando todo como si fuera de día.
Suspiró de nuevo, pensó en su madre, en sus compañeros del periódico, en
Cleo y su piso. De seguro, todos pensarían que estaba muerta y ella estaba allí,
sin la posibilidad de comunicarse con alguien para decir que estaba bien.
-Señor… Señor, sé que está allí y puede escucharme. Le suplico, le imploro
que me deje al menos decirle un mensaje a mi madre. Ella debe saber que
estoy viva. Es todo… Es todo lo que le pido.
Efectivamente, Cedric escuchó cada palabra. No obstante, cualquier
comunicación que saliera de ella proveniente de la isla, representaría la
presencia de las autoridades y toda una serie de invasores que no se cansarían
en reclamarle las razones por el secuestro. El peor escenario, además, era él
convirtiéndose en hombre lobo y desatando una carnicería sin razón. No, no,
no. Ya habría una forma de hacer las cosas como debía.
Horas más tarde, Helena se quedó profundamente dormida. Al verlo en la
pantalla, Cedric bajó hacia la mazmorra para aprovechar y verla de cerca.
Bajó esos escalones que tanto recordaban la prisión que era su cuerpo, caminó
unos cuantos metros y la encontró con la cabeza apoyada en la almohada.
Estaba boca arriba por lo que pudo ver la suave respiración de su pecho. Una
mano estaba sobre el torso y la otra descansaba en la colcha. Pensó que sería
buena idea cambiarle el catre por una cama pequeña. Al menos así dormiría
mejor. Se distrajo de su hilo de pensamientos al pensar en lo bella que era.
Comenzó a sentir una especie de debilidad por sus labios carnosos. Sintió la
curiosidad de probarlos.
Admitió que ella le generaba sensaciones pasionales pero también otras muy
distintas. Sólo estando allí, junta a ella, estaba en paz. Nunca se sintió a lo
largo de los años.
-Es posible que tú seas… Que tú me ayudes –Dijo casi en un susurro.
Sostuvo un par de barras de metal y se aproximó más. Deseaba verla abrir los
ojos para encontrarse en ellos. Deseaba que ella perdiera el miedo hacia él.
Quizás lo mejor que podía hacer, era dejarla salir poco a poco. Lo suficiente
para… No. No podía. Él era demasiado peligroso.
Se echó para atrás. Rechazó la idea de plano por lo que se fue como alma que
lleva el diablo. A pesar que faltaban unas cuantas horas para los días terribles
que estaban por venir, estaba sintiéndose mal, descompuesto.
Helena despertó empapada de sudor. Se levantó del catre de un solo golpe. El
corazón no le paraba de latir. Aún podía ver el rostro de terror de su
compañero, los gritos confundiéndose con el sonido del avión rompiéndose a
pedazos, el olor a la sangre y la muerte. Inevitablemente, se puso a llorar,
quiso abrir su cabeza y botar el recuerdo muy lejos de ella.
Se levantó y se percató que ya era de día. Al mirar hacia los barrotes, había
otra muda de ropa y una bandeja con comida. No había visto su captor desde
el primer encuentro.
Aunque su instinto le dijo que podía confiar esos extraños gestos de
amabilidad, no podía olvidar la intensidad y belleza detrás de esos ojos
verdes ni el rojo de su cabello. La altura de su cuerpo, la manera de hablar e
incluso el tono de voz. Ese hombre le cautivaba y le daba miedo al mismo
tiempo. Tomó la muda y fue hacia el baño.
Se cepilló los dientes y preparó la ducha, se bañó por unos minutos y salió un
poco más renovada. Al verse desnuda, examinó su cuerpo para ver si
encontraba alguna herida. De hecho encontró unos moretones en los muslos y
brazos, una pequeña raja en la cadera pero nada por qué alarmarse. De resto
no vio nada más. Sí, sin duda se trataba de alguien con mucha suerte.
Antes de sentirse más culpable de lo que ya estaba, comenzó a vestirse y a
mirarse con más detenimiento al espejo. Tenía ojeras a pesar que había
dormido bien, el cabello estaba creciendo a un ritmo que le desagradaba y la
expresión de tristeza no se la quitaba por más optimista que se sintiera. Era
claro que deseaba encontrarse en casa, en su cama, acariciando a Cleo.
Al terminar, salió a tomar la bandeja y comer, en ese instante vio a Cedric
sentado en el catre, esperando por ella.
-Buenos días.
El terror le impidió siquiera responder. Se mantuvo allí, pegada a la pared de
piedras como si fuera una estatua.
-No te haré daño.
-¿Por qué me tiene aquí? No entiendo.
Cedric bajó la cabeza, buscando un momento para seguir hablando. Quiso
tener paciencia para contarle todo lo que realmente estaba pasando pero no
pudo. Así que ignoró la pregunta y continuó:
-Luego entenderás la razón pero es importante que sepas que esto es por tu
propio bien.
Ella arrugó el entrecejo. Se mantuvo de pie porque era incapaz de moverse
unos centímetros más.
-No te haré daño. Lo juro. ¿Por qué no desayunas?
-No tengo hambre.
-Apuesto que sí.
Helena le echó una mirada a los gofres con frutas y al vaso de jugo de naranja.
Se veía todo tan apetitoso que sólo se pudo resistir un poco más.
-Venga.
Él insistió y ella accedió a acercarse a él. Se sentó en el extremo opuesto del
catre, tomó la bandeja y comenzó a comer. Inmediatamente hizo un gesto de
satisfacción y Cedric lo reconoció. Hubo algo allí que le pareció terriblemente
encantador.
Se mantuvieron en silencio hasta que ella estuvo a punto de terminar. Cedric
volteó a verla. No se había equivocado, estaba cada vez más prendado de ella.
-Sé que te llamas Helena y que eres periodista en una cadena de medios del
país. –Ella abrió los ojos- Estoy ideando la manera de que puedas enviarle un
mensaje a tu madre, diciéndole que estás bien. Pero sólo a ella.
-Es todo lo que pido.
Ella sintió que había ganado una batalla.
-Lo sigo pensando así que no estoy seguro. Aún siguen con las averiguaciones.
Lamento mucho lo que sucedió.
No pudo evitarlo. Las lágrimas empezaron a correr sobre las mejillas de ella.
-… Vi a un amigo morir. Es algo que está marcado a fuego dentro de mí.
-Sé lo que quieres decir. De verdad.
La cercanía de su voz, se sintió tan suave, tan sensual.
-Por eso sólo le pido que me dé la oportunidad de avisarle a mi madre. Verá,
las dos somos muy unidas y no quiero que sufra más por mi culpa.
-Lo sé. Veremos qué podemos hacer.
-Vale.
-Por otro lado. Será necesario que te mantengas aquí por un tiempo. Ah, antes
de que se me olvide. Esto es un intercomunicador remoto. Sólo presionas este
botón por si necesitas algo de mí. Estaré atento ante cualquier cosa que surja.
-Gracias.
Se levantó para dejarla allí pero un impulso lo detuvo. Se volvió a ella y le
dijo:
-¿Te gustaría salir un rato?
Los ojos de ella brillaron con fuerza.
-¡Me encantaría!
Él sonrió ante el dulce gesto y le dejó salir.
Aunque estaba un poco más fuerte, Helena sintió que las piernas le temblaban
un poco. Incluso, estuvo de caer cuando sintió el brazo de Cedric rodeándola.
Se sorprendió de la fuerza que sintió así como la rapidez de su reacción.
-¿Estás bien?
-Sí. Muchas gracias.
Subieron por las escaleras y poco a poco Helena se encontró con una imagen
completamente a la que tenía en mente. Era un lugar sin duda hermoso. Una
amplia sala, una cocina grande y abierta y una serie de ventanales que daban
vista al mar. El paisaje era simplemente increíble.
Se detuvo un momento porque se quedó hipnotizada por el movimiento de las
olas y por el brillo de la arena. Parecía mentira que hacía varios días había
estado allí a su suerte de no ser por él. Justo en ese momento se le presentaron
una serie de posibilidades. Pudo morir por algún animal o por el hambre y la
deshidratación. Sí, estaba presa pero también estaba viva gracias a la buena
suerte y a la ayuda de un desconocido.
-¿Quieres ir allá?
-Sí, me encantaría.
A medida que se acercaba, tuvo la tentación de salir corriendo. Calculó el
estado de su cuerpo así como la ropa que tenía. Al salir, se percató de unos
cocoteros y palmeras. Bien, no le faltaría comida ni bebida, al menos se
mantendría lo suficiente para pedir ayuda o nadar. ¿Cuán lejos estaba de
tierra? ¿Cuánto tiempo le llevaría llegar? La mente no paraba de hacerle ruido.
Dejó de pensar cuando se encontró con el calor del día. El sol estaba a lo alto,
el cielo despejado y una brisa fresca pareció darle la bienvenida. Sus ojos se
perdieron en el horizonte. Dio unos pasos más adelante hasta que se sentó
sobre la arena. Estaba calmada y en silencio.
Cedric, desde cierta distancia, la miraba. Supuso que ella estaría pensando en
cómo escapar. Tenía sentido, cualquiera desearía regresar a casa. Así que la
dejó allí porque no quiso perturbar su tranquilidad.
Iba a regresar al interior de la casa hasta que los dos intercambiaron miradas.
Helena se levantó y fue hacia él.
-¿No vendrá?
Cedric tuvo miedo. Tuvo miedo porque la presencia de ella era un peligro
para sus instintos más bajos. Ella pareció sonreírle y él respondió de la misma
manera. Pensó que quizás era una estrategia para hacerlo sentir en confianza y
así correr lo más lejos posible. No quiso sobre-analizar más y se encontró con
ella. Quedaron juntos sobre la arena caliente, en silencio.
Cedric cerró los ojos y suspiró de cansancio. Recordó que esa noche era luna
llena y que los malestares propios de la anticipación de su transformación, lo
agobiaban. Le dolía la cabeza, espalda y manos. Sus venas estaban tan
brotadas que casi parecía que iban a explotar. Por otro lado, la serenidad de
Helena le hacía sentir mejor. Tenía un efecto curativo en él.
-Es momento de regresar.
-Ella quiso objetar pero asintió pesadamente. Si quería salir viva de allí,
debía ganarse su confianza.
Cayó la tarde y Cedric se aseguró que todo estaba con la seguridad cerrada de
siempre. Por último revisó la transmisión en vivo desde la celda de Helena.
Ella estaba sobre el catre y parecía estar despierta. Miró el reloj y fue hasta
las afueras de la casa. Los dolores se volvieron más agudos, punzantes.
Su espalda comenzó a encorvarse y la piel a transpirar profusamente. Las
manos y piernas estaban cobrando una forma animalesca así como el rostro.
Vellos gruesos y oscuros emergieron desde su carne para cubrirlo por
completo. El torso, así como sus extremidades, se estiraron hasta convertir a
Cedric en una bestia de 2 mts de altura.
Corrió velozmente por entre la selva de la isla y se detuvo en un desfiladero.
Aulló varias veces y volvió a adentrarse en la oscuridad de noche.
A poca distancia de allí, Helena escuchó los aullidos desde su celda. Se
levantó de repente y sintió un terror inmenso. Primero le extrañó la presencia
de lobos en la isla y segundo ese conjunto de sonidos, le pareció particular,
como si no fuera un animal después de todo.
Se escondió en el baño y apagó todas las luces. Por alguna extraña razón, tuvo
el presentimiento que algo iba a suceder. Contuvo la respiración y esperó, y
esperó. Cuando pensó que todo aquello era producto de su imaginación,
escuchó unos pasos extraños que bajaban por los escalones. El roce sobre la
piedra, el peso de las pisadas, fueron detalles que le erizaron los vellos de la
nuca.
Comenzó a temblar, hizo todo lo que pudo para no hacerlo aunque le pareció
inútil. Escuchó la nada y pensó que había pasado nada, sin embargo, a salir de
su escondrijo se encontró con una imagen aterradora. Era un lobo o un hombre,
o las dos cosas. No lo supo identificar inmediatamente.
Se quedó de pie, mirándolo a los ojos, esos ojos rojos y brillantes. El animal
se acercó hacia las barras de metal y Helena miró hacia los lados, no había a
dónde huir. Se echó para atrás pero él avanzaba hasta que se detuvo justo a
unos centímetros. Ladeó la cabeza y siguió mirándola. Abrió un poco la boca y
ella observó el filo de sus dientes. Ella estaba segura que perdería la razón en
cualquier momento.
A pesar del miedo, del pánico profundo, Helena sintió que se trataba de
alguien familiar. Por más extraño que fuera, se acercó y se encontró de frente a
él. La expresión de furia y hambre de la bestia, menguó poco a poco. Era casi
como si ella le diera una dosis de paz. Ella intentó tocarlo pero él bruscamente
se echó para atrás. Luego, corrió escalones arriba y no lo sintió más.
El impacto del momento hizo que se desplomara en el suelo frío.
-¿En qué lío me he metido?
Llevó sus manos a la cabeza, insistiéndose a sí misma que todo era producto
de un sueño… Aunque sabía que no era así.
VII
El reloj de pulsera de Cedric no paró de sonar. El fastidioso ruido lo hizo
reaccionar en poco tiempo. Al despertar, se percató que se encontraba en
medio del patio principal, desnudo y con rasguños.
-Una noche cualquiera.
Se incorporó y caminó hacia un pasadizo que lo llevaba a la habitación. Aún
era muy temprano en la mañana. Como siempre, sólo logró recordar algunos
fragmentos de la noche anterior.
Se introdujo en la ducha y tomó un largo baño caliente. Al terminar, ya se
encontraba más relajado por lo que se sentó en su cama y trató de colocar las
cosas en orden dentro de su cabeza. Los trozos comenzaron a encajar. Había
subido a la colina, luego corrió en la selva, no obstante había algo con lo que
no lograba dar. Era extraño.
Siguió cavilando hasta que vino a su memoria algo que confirmó sus
preocupaciones. En efecto, bajó a la mazmorra para encontrarse con Helena.
Vino a su mente la mirada de sorpresa y de curiosidad que tenía ella. Por
primera vez desde que era hombre lobo, sintió que su bestia no tomó por el
completo el control de sí mismo. Helena le transmitió algo que no pudo
describir.
-Joder.
Sin embargo esto lo dejó en evidencia. Tendría que ir hacia donde estaba y
explicarle lo que era. ¿Sería muy pronto? Probablemente, pero aun así, se
quitaría un peso de encima.
Terminó de vestirse y fue con paso decidido hasta encontrarse con Helena. La
encontró sentada en el catre con los ojos rojos y con la expresión de
cansancio. Al verlo, se sobresaltó y esperó que él hablara.
-Tengo que confesar algo.
Permanecieron en silencio por un rato. Helena no podía creer lo que acababa
de escuchar. Todo le parecía inverosímil.
-¿Así que eras tú?
-Sí.
-¿Por eso estoy aquí?
-Sí. Generalmente es aquí en donde me encierro para que nadie me encuentre
pero era el único sitio seguro para ti. Así que decidí dejarte aquí para que
estuvieras segura. Sin embargo, lo de ayer fue… Algo que se salió de control.
Definitivamente.
Ella lo miró y suspiró.
-Fue por eso que no quise que te comunicaras con nadie. Compré esta isla para
alejarme de todos, para encontrar un poco de tranquilidad y para evitar que
otros corran peligro junto a mí. De hecho, mi mayordomo, no vive aquí. Sólo
estoy yo.
Helena trató de comprender lo que sucedía. Estaba sentada con un tipo con un
gran secreto que, a la vez, le hacía sentir que cargaba un peso insoportable.
-A veces pienso en dejar todo esto. Ya no le encuentro el sentido de las cosas.
-No digas eso.
Fue lo primero que pudo salir de su boca después de mucho tiempo sin decir
palabra.
Cedric se levantó de repente y la miró. Se le hacía cada vez más difícil el
resistirse ante los deseos de estar con ella.
-Es mejor que me vaya. Puedes correr peligro aún si estoy así.
Se acercó hacia los barrotes y cerró la celda con rapidez. Ella se acercó y lo
miró fijamente.
-Déjame ayudarte.
-No puedes. Nadie puede.
Se volteó para dejarla allí otra vez, sumida entre la duda, confusión y
curiosidad.
Volvió a caer la noche y Helena trató de resguardarse de lo que venía. Agudizó
los oídos y esperó escuchar los aullidos de Cedric. Minutos después, el
sonido se hizo eco en la oscuridad de la isla. Él no debía estar demasiado
lejos.
Así que repitió todo el procedimiento de la noche anterior, apagó las luces y
se escondió en el baño. El corazón le latió con fuerza. Deseaba verlo y
convencerlo que no quería hacerle daño. Pero, según todo lo que escuchó, él
dejaba de ser humano cuando se transformaba. De nuevo el miedo invadió su
cuerpo.
Por otro lado, pensó que quizás no se repetiría lo de la primera vez.
Probablemente estaría afuera y allí se quedaría… Pero no fue así.
Las pisadas resonaron en el largo pasillo que comprendía la mazmorra. Una
por una, pesadamente, anunció la llegada de él en el lugar. La respiración y los
ruidos de las garras rozando el suelo, los gruñidos y la saliva. Los ojos
inyectados de sangre que la buscaban con desesperación.
La bestia se detuvo y la miró. Ella estaba frente a él con una actitud estoica.
Dio un paso hacia el frente.
-¿Sabes quién soy?
No hubo respuesta.
-No quiero hacerte daño. Sólo quiero que me dejes ayudarte.
La bestia hizo un resoplido extraño y fuerte. Helena quiso echarse para atrás y
esconderse como un ratón, pero no lo hizo. Quiso insistir, algo la obligó a
hacerlo.
-Por favor, déjame hacerlo.
Dentro de ese lobo de dos metros y 100 kilos, se encontraba un hombre
desesperado. Así que emergió y se notó en un pequeño brillo en los ojos. Una
de sus garras se apoyó sobre la barra cerca de la cara de ella. Al sostenerse,
Helena notó cómo se quemaba. Supuso que el metal contenía plata. Así que
entendió por qué estaba segura en ese sitio.
-¡Basta!
La bestia se echó para atrás en un gesto de dolor. Volvió a irse con rapidez y
no volvió más. Helena estaba decidida a comprometerse a ayudarlo tanto
como pudiera.
Se encontraron en la mañana. Esta vez, estaban en la cocina. Ella le curaba la
herida mientras él le explicaba los mecanismos de seguridad.
-Listo. Creo que así está bien.
-No resistirá demasiado esta noche.
-¿Cuánto tiempo dura la fase?
-Depende. Puede ser un par de días o una semana. Como tengo muchos años
así, varía mucho más. Sin embargo, creo que esta será la última vez… Hasta
que tenga que lidiar con esto de nuevo. Un ciclo sin fin.
-Debe existir un método que al menos te permita tener cierta estabilidad.
-Créeme que lo he intentado. He hecho de todo. Por un momento el
encadenarme funcionó. Me mantuve tranquilo y di las cosas por sentado pero
por supuesto que me equivoqué.
-Tendremos que pensar en algo.
-¿Por qué me quieres ayudar?
-Porque me salvaste la vida. Pudiste simplemente ignorarme allí y listo. No lo
hiciste. Siento que tengo una deuda muy grande contigo.
-No exageres.
-No lo hago. ¿Qué tal si probamos algo? No me encierres esta noche, deja la
celda abierta.
-No. Imposible, Helena. Sería demasiado arriesgado para ti. Además de
absurdo.
-Venga, vamos a intentarlo.
La mirada insistente de ella le hizo cambiar de opinión. Así pues que
esperaron a que cayera la noche y se prepararon. Los malestares de Cedric se
intensificaron de un momento para otro y, justo antes, él le pidió que se
alejara. Ella accedió y fue hacia la mazmorra. Si bien estaba libre, también
tenía que refugiarse en un lugar que le proporcionara cierto grado de
protección.
Minutos después, un aullido largo y fuerte resonó por la casa. Permaneció de
pie, junto a la celda por si las cosas se complicaban. Enseguida escuchó los
pasos de la bestia acercándose a donde se encontraba. En una mano, sostenía
una navaja de plata que él le dio como medida de precaución. Sin embargo,
sabía que ciertas situaciones de peligro, lo máximo que se puede hacer, es
quedarse congelado. Eso era lo que más temía.
La sombra de la bestia comenzó a extenderse lentamente sobre el suelo. La
silueta enorme e intimidante, cubrió por completo cualquier rastro de luz. Los
rugidos se hicieron fuertes a medida que descendía por los escalones.
Cedric, en modo licántropo, emergió entre las sombras. Su figura era tan
grande que hacía ver a Helena del tamaño de una hormiga.
Ella pudo notar que la respiración de él era fuerte y agitada, sus ojos se veían
más agresivos que nunca y su lenguaje corporal denotaba que en cualquier
momento se le vendría encima. No obstante, no fue suficiente como para
hacerla retroceder.
-Te dije que te quería ayudar y eso haré.
Soltó la navaja de plata y caminó hacia su dirección. Poco a poco, alzó su
mano para colocarla sobre el largo hocico. En el primer intento, él hizo un
resoplido que casi le hizo duda de su intensión.
Volvió a tomar valor y, a pesar de la intensa agresividad en la mira, logró
descansar su mano sobre él. Acarició con suavidad e inmediatamente él cerró
los ojos. Pareció calmarse a tal punto, que se inclinó un poco hacia ella, como
si fuera un animal manso.
Helena continuó acariciándolo hasta que encontró en sus ojos un poco más de
la esencia de Cedric. Su presentimiento estaba en lo correcto. No le haría
daño porque sorprendentemente hizo que él la reconociera.
Después de ese momento en donde ambos experimentaron una intensa
conexión, Cedric se fue en silencio para adentrarse en la selva. A pesar de que
había rescatado un poco de su ser, todavía era un animal. Así que se fue para
no lastimarla.
La mañana siguiente fue una revelación para él. Se encontró desnudo,
cansado, con hambre pero también optimista. Ciertamente ella lo había
domado con facilidad y eso podría representar una luz de esperanza.
Se levantó de entre las palmas secas y fue a casa. Mientras caminaba, encontró
la figura de Helena en la cocina. Parecía que estaba preparando algo. Por un
momento, se quedó allí, mirándola. Esa sensación de paz regresó a él para
reconfortarlo. Sin embargo, tuvo que espabilarse porque se percató que
todavía estaba desnudo.
Fue corriendo a una parte lateral de la casa y allí se escabulló hasta su
habitación. Tomó un baño rápido y bajó para encontrarse con ella que todavía
allí.
-Hola. Preparé un poco de café e hice esto. No se me da muy bien el cocinar
por lo que espero que haya salido bien.
Los ojos se le iluminaron y comenzó a comer con rapidez. Efectivamente, el
hambre le hizo devorarse el plato en pocos segundos.
-Por cierto, ¿cómo te sientes?
Hacía tiempo que no escuchaba una pregunta como esa.
-Pues, como siempre cuando pasan estas cosas. Cansado y con unas cuantas
heridas.
-¿Recuerdas las cosas que haces cuando te transformas?
-Antes no. Por más que lo intentara era imposible, sin embargo, ya ahora es
diferente. Si me concentro lo suficiente, mi mente es capaz de hacer una
retrospectiva de lo sucedido.
-¿Sabes lo que pasó ayer?
Dejó a un lado la taza humeante de café.
-Sí. Por supuesto.
Se miraron y permanecieron en silencio por un rato. Cedric percibió una
especie de magnetismo que le hizo pararse de la silla y avanzar hacia a ella.
Helena, tuvo el impulso de salir corriendo pero no pudo. La cercanía de él le
hizo temblar suavemente.
-Hay algo en ti que hace que encuentre paz. Desde el primer momento que te
vi. No lo puedo explicar.
Ella no pudo decir palabra. Esos labios, esos ojos verdes, el destello rojizo
de su cabello, esa fuerza de su cuerpo que emanaba hasta en el hablar.
Quedaron frente a frente. Helena se concentró en el deseo de no desfallecer en
ese espacio.
Él le acarició el mentón con suavidad y posó sus labios sobre su frente. El
corazón casi le estalló. Sonrió hasta que le sostuvo el cuello con ambas
manos. El aliento cálido envolvió sus labios. Se besaron suavemente.
La cercanía, los gemidos delicados de ella, la carnosidad de sus labios le
recordaron lo bien que se sentía estar con una mujer. El color moreno de su
piel le volvía loco, así como el cabello corto y sus reflejos blancos gracias a
las contadas canas que tenía. Posó sus manos sobre la cintura y descubrió su
finura. Luego acarició su espalda. Mientras estuvieron así, casi sintió que iba
a perderse entre esa carne.
Cuando tuvo el impulso de hacer algo más, inmediatamente se detuvo. Sabía
que cualquier desliz podía hacerla correr y no quería eso. Helena, por su
parte, sintió que caminaba por las nubes.
-Tengo que hacer algo de mis negocios. Nos vemos en un rato, ¿vale?
-Vale.
La dejó como queriendo quedarse con ella. Mientras caminaba hacia su
estudio, no pudo dejar de pensar en la suerte que tenía al estar cerca de
alguien como Helena. Aunque sólo pensar su nombre le producía tranquilidad,
no podía esconder el hecho que ansiaba devorarla. Era un morbo difícil de
explicar.
VIII
Helena estaba impresionada. No podía creer lo que acababa de suceder, por lo
que pensó que no era tan mala idea eso de sentarse un momento. Analizó un
poco la situación y comprendió que era inevitable negar lo que estaba
sucediendo.
La química que sentía no era cuestión unilateral, él también la compartía. Por
otro lado, tocó sus labios para cerciorarse que realmente se habían besado.
Resultó ser un momento mágico que no esperaba.
Se levantó de repente como si quisiera ir hacia él y decirle algo. Decirle que
quería más besos y más caricias. Con el mismo impulso, se hecho hacia atrás.
El detalle de que era un hombre lobo todavía resonaba dentro de su cabeza.
Sin duda, se trataba de algo extraordinario.
Como no supo qué hacer, salió hacia la playa para sentarse sobre la arena para
que se le despejara la mente y el cuerpo de un suceso tan fuerte.
Cedric hundió la cabeza en la pantalla de su computadora. Tecleaba
velozmente a medida que recibía correos solicitándole cualquier cantidad de
peticiones. Miraba la bolsa de valores, se comunicaba con los socios de las
otras empresas y esperaba respuestas para seguir en marcha con lo que solía
hacer siempre.
Tuvo un momento de descanso en donde echó su cabeza hacia atrás. Estiró los
brazos y observó cómo algunas partes estaban marcadas por rasguños y
golpes. Rastros que, además, se veían más intensamente gracias a la palidez de
su piel.
Suspiró y pensó en Helena. En la posibilidad de que ella le devolviera un
poco de humanidad. Aunque era una buena noticia, también sabía que sería
difícil puesto que aún era arriesgado. Fue en ese momento cuando quiso
mandar todo al diablo y pensar en que era la mejor opción que tenía.
Además, gracias a ese beso, tuvo la necesidad de ir hacia a ella. Quería ir
hacia ella. Deseaba colocar su cuerpo con el suyo y fundirse, arrancarle la
piel, hacerla gemir, olvidar los límites de ambas pieles. Retuvo el impulso al
volver al trabajo. Tenía demasiado que hacer.
Anocheció rápidamente y Helena terminó vagando por la casa. Todavía tenía
la duda de que si tenía que volver a la celda. Entonces subió unas escaleras ya
que supuso que allí, en alguna parte, encontraría a Cedric.
Se acercó a una puerta en donde escuchó el sonido del teclado. Por un instante,
pensó en entrar violentamente y comunicarse con su madre. Hizo de tripas
corazón y tocó.
-¿Cedric? Disculpa que te…
La mano de él giró rápidamente la perilla y ambos se encontraron de frente.
-No quería molestarte. Sólo que tenía la duda de que si era necesario que
regresara a la celda. La verdad es que no me gustaría.
-Entiendo. Está bien. Como te dije, te mantuve allí para cuidarte. De todas
maneras podemos encontrar una manera en que puedas resguardarte cuando
suceda pues… Estas cosas.
-Vale. Gracias.
Quiso voltearse y dejar la conversación hasta allí. Sus pies se lo impidieron.
Algo hizo que se quedara en ese sitio. Alzó la mirada y él estaba
observándola. Sin pensarlo dos veces, rodeó sus brazos sobre su cuello, se
puso de puntillas y fue directo a sus labios. Estaba ansiosa por hacerlo.
Al principio, se besaron con reservas, contenidos; sin embargo, a medida que
lo hacían, todo se volvió más fuerte e intenso. Las manos de Cedric bordearon
el cuerpo de Helena, acariciándole la cintura, las caderas y espalda.
De vez en cuando sus dedos rozaban la espina hasta la nuca. Este gesto hacía
que ella se estremeciera. Sus lenguas, tímidas al inicio, intimaron mucho más.
Entre ellas, las mordidas de Cedric, quien estaba ansioso por ir más allá.
Helena estaba en una actitud más dócil y dispuesta, la fuerza de él, esa misma
que oprimía el cuerpo de él sobre ella, era como si le hiciera entender que
debía doblegarse, que luchar era inútil.
Se separaron por un momento, la mano de Cedric sostenía el mentón de
Helena, acariciándolo delicadamente. Todavía era posible ser así, todavía era
posible volver a ser un hombre de verdad.
-Ven.
Le tomó la mano y la llevó hacia su habitación, la cual estaba a pocos metros
de allí. Al entrar, ella se encontró con un gran espacio y, además, rodeado de
ventanales que daban vista al mar y a la selva de la isla. Las altas palmeras,
los arbustos, ese verde que contrastaba con el azul del agua y el rojo del
horizonte.
-¿Estás bien? –Dijo ella cuando notó que la noche se aproximaba.
-Contigo sí.
No tuvo tiempo ni de decir ni de ver nada. Sus ojos se ahogaron en las pupilas
de Cedric. Al cerrar los ojos, su boca y cuerpo descubrían, al mismo tiempo,
los placeres escondidos de estar con un verdadero alfa.
Él inmediatamente le tomó por la cintura, apretándola con firmeza. Poco a
poco la llevó hasta la cama. Mientras lo hacía, escuchó atentamente los
sonidos que emitían esa boca perfecta. Tan tentadora, tan dulce. Volvió a
saborear su lengua, a degustar el aliento cálido que se volvía más intenso
gracias a la fuerza de sus caricias.
Comenzó a desvestirla. Ella quiso hacer lo mismo pero inmediatamente la
detuvo.
-No. Déjamelo a mí.
Ella asintió y dejó que Cedric tomara el control de la situación. Sus manos
recorrieron velozmente entre las telas de su ropa. En un abrir y cerrar de ojos,
ya estaba en bragas. El pudor quiso apoderarse de ella, pero de alguna
manera, no fue posible. La confianza que le transmitía él era tan magnética que
olvidó detenerse en esos pequeños detalles.
Cedric se detuvo justo en sus caderas. Sostenía lo restante que tenía puesto y
luego fijó la mirada en ella, con la intención de provocarla aún más. Al
quitarle eso último, un gemido salió de la boca de ella y fue allí cuando
finalmente la colocó sobre la cama.
Se echó para atrás y la miró entera. Desnuda. Perfecta. La piel brillando con
los últimos rayos del sol, los pechos y sus pezones erectos, las manos sobre la
suave superficie y la mirada en él. Sus ojos le suplicaban que la hiciera suya,
que no tardara más y lo hiciera.
También procedió a quitarse la ropa con la misma velocidad que le imprimió a
ella. A medida que lo hacía, su torso, piernas, brazos y hombros quedaban al
descubierto. Su altura pareció acentuarse por lo que, al final, lucía como un
ser de otro mundo. La blanca piel tenía los relieves y cicatrices de batallas y
pelas de todo tipo. Incluso, en algunas partes, podían verse los moretones y
golpes de la noche anterior.
Los arañazos de sus antebrazos y las venas que los enmarcaban. Su pene, por
otra parte, estaba completamente erecto y duro. El glande rosáceo estaba
húmedo y palpitante. Ella concluyó al verlo desnudo, que se trataba de un
hombre apuesto, seguro pero que también tenía un gran nivel de
vulnerabilidad.
Fue a encontrarse con ella. Sus brazos se apoyaron sobre la cama mientras que
su boca parecía buscar la de Helena con desesperación. Al unirse con ella,
volvieron a experimentar esa electricidad que parecían compartir desde el
momento en que se vieron.
Los dedos de Cedric descendieron hasta las profundidades del calor que
emanaba el coño de Helena. Ella, en su excitación, gimió un poco más fuerte.
Lo hizo con más intensidad cuando él se decidió a explorarla con decisión.
Acarició primero sus labios gruesos, tanteó la humedad divina y luego se
concentró en el punto de carne que era su clítoris. Lo masajeó un rato, lo
suficiente para escuchar casi de inmediato unos sonidos incompresibles pero
que denotaban placer.
Siguió acariciándola hasta que lo hizo con más contundencia. Él juntó más su
rostro con el de ella pero sin dejar de mirarla. En ese punto, adoraba saber
que era el causante de esos movimientos violentos, de la súplica que
comunicaba sus ojos negros.
De repente, tomó dos dedos y los llevó hacia adentro. Comenzó a penetrarla
así mientras que con la mano que le quedaba libre, apretó su cuello. Le gustó
la idea de poder jugar con su respiración al mismo tiempo que la masturbaba.
Siguió así hasta que la propia ansiedad de su cuerpo le hizo parar. Estaba
desesperado por adentrarse en ella así que abrió sus piernas con sus brazos e
introdujo su pene. Se tomó su tiempo para hacerlo lento. Al tenerlo casi
adentro por completo, dio un último empujón.
La presión que sintió por la estrechez de ese coño así como el calor y la
humedad de sus fluidos que terminaron por mojarlo por completo, casi le hizo
convertirse en un animal. En ese estado, estaba a pocos pasos de convertirse
en el lobo que era.
En ese momento, el umbral de su concentración se interrumpió al escuchar los
gritos de Helena. Además, sintió el roce de sus manos con las suyas. Sintió las
uñas enterrándose en su piel, así que volvió en sí.
La pelvis de Cedric tuvo un movimiento fuerte y constante. Incluso era posible
escuchar los golpes producto de sus embestidas. Iban tan rápido que ella
entornó los ojos hasta ponerlos en blanco. Era como estar en otro mundo.
-Eres mía. Eres sólo mía.
Logró decir en medio de los gemidos y gruñidos. Lo dijo desde su sinceridad
y no sólo porque la estaba follando, sino porque así lo sintió desde el
momento en el que ella logró dominar a su bestia.
-Sí. Sí lo soy.
Siguió follándola con fuerza, con brusquedad. Adoraba sentir el calor y las
convulsiones de ella cuando lo hacía. Buscaba penetrarla aún más, quería
romperle la piel, destrozarla.
Cambió de posición rápidamente. Hizo que se colocara en cuatro, de manera
que así pudo ver la hermosa humanidad de su coño abierto. Esos labios
gruesos, húmedos que clamaban por él. Le dio unas cuantas nalgadas mientras
que mordía más piel de ella. La carnosidad de su cuerpo curvilíneo le llevaba
al descontrol.
La masturbó un poco antes de volver a penetrarla. Al hacerlo, ese calor lo
envolvió por completo e hizo que se reconectara como licántropo. Entonces, el
dolor de la transformación se conjugó con la excitación y la lujuria que sentía
en ese momento.
Su espalda se arqueó, sus manos cambiaron para convertirse en híbridos de
garras, las uñas le crecieron y los ojos cambiaron a un rojo intenso, casi
sanguíneo. De resto, mantuvo la misma imagen de humano.
Aunque tuvo el temor de completar su transformación, fue un hecho de que la
presencia y el intercambio que tuvo con Helena, era aquello que lo impidió.
Así pues que aprovechó ese rasgo de sí mismo para penetrarla más
intensamente, para sostenerse con más determinación de sus caderas y de sus
nalgas. Incluso llegó a pensar que faltaba poco por romperle la piel.
Sí… Romperle la piel. No era tan mala idea después de todo, así que procedió
a rasguñar la espalda. Las uñas estaban tan filosas, que sólo el roce de las
mismas fue suficiente como para brotar sangre. Helena, en medio de las
profundidades de la excitación, comenzó a gritar desesperada. El estímulo
doloroso, sin embargo, fue un buen maridaje con lo que experimentaba en el
momento, por lo que fue algo simplemente increíble.
Hizo lo que quiso sobre ella. Hizo que fuera hacia los límites de lo que
conocía para sacarla fuera de su zona de confort. Deseaba que se desprendiera
de lo sabía para que conociera una nueva forma de sentir.
Aunque esa posición le resultaba placentera, quiso encontrarse con su mirada
otra vez. Cambió de nuevo e hizo que quedara como al principio. Al verlo,
Helena se sobresaltó un poco pero en la mirada de él no había maldad ni
rabia, era una combinación que no pudo definir.
Entonces, acarició el mentón de él y lo besó. Cedric parecía reconectarse con
ella. La iris roja debido a su transformación, cambió un poco más al verde
habitual. Ella lo salvaba de caer de nuevo.
Se mantuvo dentro de ella tanto como pudo. Cada tanto, la cabeza de Helena
ladeaba de un lado a otro, sus gemidos se intensificaban o disminuían, ella
estaba en un vaivén que de sensaciones y emociones.
Al caer la noche, en ese momento crítico en donde era posible que se volviera
en esa bestia que tan calada estaba en su piel, pasó sin problemas. Siguieron
sobre la cama, en la oscuridad y entre el deseo que emanaba de los dos.
Helena, quien suspendió los placeres de la carne, sintió que estaba a punto de
correrse en cualquier momento. Sostuvo la mirada en Cedric porque las
palabras no podían salir de su boca. Él avanzó hasta su oído para hablarle.
-Un poco más, sólo un poco más.
-Siento que… Siento que no puedo.
Justo en ese momento la embistió con profundidad y ese movimiento hizo que
ella gimiera con un poco de más fuerza.
-Te he dicho que aguantes un poco más.
Ella se aferró a sus brazos y manos como si la vida se fuera en ello. Incluso
era posible ver las venas brotadas por el esfuerzo que hacía. Cedric, mientras
tanto, empujaba cada vez más hasta que notó el temblor de las piernas de ella
entre las suyas. Le divertía jugar con los estímulos al mismo tiempo que la
forzaba a tener consciencia de ellos al controlarlos.
-Córrete para mí.
Exclamó un fuerte gemido, casi gutural y ella se derrumbó entre sus brazos en
pocos minutos. Sus ojos se cerraron mientras mordía el labio inferior. El
esfuerzo con que tanto se aferró, la dejó agotada sobre la cama. En vista de
todo lo que pasó en cuestión de segundos, él también lo hizo. Encontró
increíblemente placentero la forma en que lo hizo.
Extrajo su pene justo antes del momento de explotar. El semen cayó
descontroladamente por las piernas, torso y hasta rostro de ella. El calor de
sus fluidos le hizo abrir los ojos a pesar de estar un poco atontada. El pecho
de Cedric estaba tan agitado, que ella trató de tomarlo para que se acostara. El
gesto hizo que él lo hiciera sobre ella. Su cabeza descansó sobre ese regazo
dulce y se quedó quieto por un rato.
Las manos de Helena acariciaban su cabello con suavidad. Gracias a la
tranquilidad que regresaba a su cuerpo, pudo regresar a su estado original.
Cedric levantó la vista y la encontró casi dormida.
-¿Estás bien?
-Sí.
Se besaron y él se acomodó junto a ella. Permanecieron juntos así por un rato.
Las ganas y ansias de Cedric no cesarían con un sólo polvo, por lo tanto, se
giró para ver a Helena. Ella todavía dormía. Aunque estaba desesperado por
poseerla otra vez, la miró tan apacible que quiso mantener en su memoria esa
imagen por más tiempo. Luego de encontrarse satisfecho, acarició el muslo
que se encontraba junto a él. Lo hizo un par de veces hasta que se subió por las
caderas hasta la cintura.
Buscó entre su piel uno de sus pechos para acariciarlo. Apretó un poco y
pellizcó el pezón levemente, justo allí, ella abrió los ojos al mismo tiempo que
exclamaba un gemido. Se acomodó mejor y vio la boca de su amante que fue
directo a sus senos. Sus manos los apretaba, su lengua los lamía. Los gruñidos
de él volvieron a hacer eco en la habitación.
No faltó demasiado para que ella se excitara. Él, por otro lado, estaba tan duro
que tuvo que reprimir las ganas de follarla de una vez. Antes de eso, deseó
probar sus fluidos, así que bajó poco a poco por su cuerpo hasta encontrarse
con su coño. Acarició el clítoris y sintió los retorcijones de ella. Esperó un
poco más para que se humedeciera lo suficiente y hasta allí.
Al encontrarse entre sus piernas, no podía creer lo perfecto que era ese lugar.
Sus labios estaban húmedos y su clítoris enrojecido debido a las caricias
hacía momentos antes. Su aliento envolvió las partes de ella, haciéndola
desfallecer un poco más. Con la punta de la lengua, acarició cada espacio que
sus ojos pudieron ver. Incluso se mantuvo un rato entre la carnosidad de su
coño. Seguidamente, fue a parar a su clítoris.
Succionó y lamió hasta que, al apartarse, pudo ver el rojo intenso de esa
parte. Cerró los ojos mientras se alimentaba de ella, cerró los ojos para
conectarse con el deseo que le despertaba entre las entrañas. Así que siguió
allí, en ese lugar hermoso y delicioso hasta que su cuello y lengua no pudieron
más.
A pesar de ello, quiso seguir comiéndola. Así que hizo que su coño se
acomodara sobre sus labios. Al final, Helena estaba sentada sobre su cara con
una expresión de sorpresa porque era la primera vez que le pasaba algo así.
Sin embargo, no tuvo tiempo para pensar ya que ahí mismo sintió el roce de su
lengua dentro de ella. Trató de sostenerse de algo porque tuvo la sensación de
que iba a perder el equilibrio en cualquier momento. Como no encontró nada
cercano, tomó sus manos y sostuvo sus pechos con fuerza, pellizcándolos y
agarrándolos con firmeza.
Cedric casi pudo sentir que podía quedarse allí por tiempo indefinido. Estaba
en una posición cómoda y por si fuera poco comía de la mujer que tanto
deseaba. Era una la combinación perfecta.
Como había pasado demasiado tiempo sin estar con alguien, hubo momentos
en donde parecía indeciso. No por inexperiencia sino por la indecisión de
escoger el lugar para satisfacerse. Era difícil encontrar un punto cuando todo
su cuerpo era la perfección.
Sostuvo su torso las veces en las que sentía que ella perdía el control de sí
misma. Sus manos apretaron fuertemente su piel. En poco tiempo, sintió las
convulsiones propias de la excitación. Así que succionó con un poco más de
fuerza hasta que finalmente, justo antes de que ella se corriera, hizo que se
levantara, le tomó el cuello y la llevó hasta la pared. Comenzó a darle unas
nalgadas tan fuertes que hubo un momento en el que tuvo que controlar.
Con las manos extendidas y las piernas en la misma posición, Helena recibía
las nalgadas más deliciosas de la vida. No sólo eran los impactos, sino
también los agarrones que Cedric le hacía. Sostenía su piel con tal brío que
era posible sentir que faltaba poco para que él la destrozara por completo. En
esos instantes, él se echaba para atrás y retomaba la faena.
Después de un rato, él le colocó la mano sobre su cuello, apretándolo. La otra
extremidad quedó libre para seguir con las nalgadas. Cada impacto lo
acercaba a su ser dominante y controlador. Era un estímulo que lo hacía sentir
vivo, como una droga que no podía dejar de consumir.
En ese momento, Helena nunca creyó que pudiera ser posible acercarse al
orgasmo de esa manera. Gracias al control de su respiración así como los
impactos que recibía en su culo, eran estímulos que no se había permitido
hasta entonces.
Comenzó a suplicar, a pedirle, a decirle que parara porque ya no podía más.
Cedric, en el estado álgido de su excitación, ignoró estas palabras por lo que
continuó.
Hubo un momento en el que se echó para atrás a mirar la belleza de las marcas
que habían quedado en su piel. Los rasguños y las formas de sus palmas
estampadas en ella. El brillo de su tonalidad que contrastaba con la intensidad
del rojo de esos patrones, era un deleite para sus ojos.
Como estaba cerca de correrse, se permitió masturbarse sobre ella. Entonces,
colocó su pene entre sus nalgas y comenzó a moverse como pretendiendo que
la iba a penetrar el cualquier momento. Aunque no fue así, los dos
experimentaron una sensación tan increíble que parecía fuera de este mundo.
Así pues, Cedric tomó los brazos de Helena para privarle de movimiento. Al
hacerlo, tuvo más impulso con los roces así que estaba seguro que en
cualquier momento estaría cerca de llegar al orgasmo.
Ella se aferraba a él mientras disfrutaba del calor de su pene y de esa tortura
sin penetración. Así pues que Cedric hizo unos cuantos gruñidos cuando
finalmente se corrió entre las nalgas de ella. Los grandes chorros de semen
quedaron enmarcaron la belleza de ese culo redondo y protuberante. Al
alejarse de ella, algunas gotas cayeron al suelo.
Él, al mirar ese espectáculo, tomó un poco de sus fluidos con sus dedos,
acercándoselos a ella para que los lamiera. La lengua suave y delicada de
Helena, saboreó lo que su amante le ofreció entre los jadeos y gemidos.
Después de limpiarse y de tomar un poco de aire, los dos terminaron
acostados en la cama. La intensidad del acto les hizo olvidad el entorno e,
incluso, la hora. Ella mantuvo un rato los ojos abiertos mientras Cedric
descansaba en sus pechos. No podía creer que tuviera sexo con un tío tan
extraordinario como él. Parecía una historia sacada de una película. La idea le
siguió dando vueltas hasta que por fin se quedó dormida.
La suave respiración de ella, el movimiento armónico de su pecho así como el
calor de su piel, era un conjunto que le brindaba un espacio para sentirse
seguro. Durante los años de cargados de vaivenes, muerte y soledad, nunca se
vio a sí mismo de esa manera. Acompañado de alguien que le generaba
emociones tan positivas.
Aun así, aún en la tranquilidad de ese momento, vino a su mente algo que no
podía obviar. Era el hecho de que ella, tarde o temprano, tendría que irse de
allí. También recordó la súplica de unos días sobre comunicarse con su madre.
Tenía que compensarla de alguna manera.
IX
El hambre no dejó que Helena durmiera más. De hecho, se levantó
apretándose el estómago porque creía que iba a desmayarse si no comía algo.
Al enfocar la vista, se encontró rodeada de los mismos ventanales que
recordaba de la noche anterior. Estaba en la habitación de Cedric.
Ahora podía dedicarse un poco a mirar mejor el mundo de él. Se sorprendió
de no encontrar nada extravagante, más bien el lugar era austero en cuanto a
muebles y accesorios. Sólo la cama, un par de mesas a los lados, el clóset de
madera y el baño que estaba a pocos metros de allí. Era un hombre,
aparentemente, con gustos modestos.
Así pues que se levantó de la cama y fue hacia el cuarto de baño. Tenía una
toalla sobre la mesa del lavabo y otra muda de ropa. Sonrió porque le pareció
curioso que él supiera exactamente las medidas de su cuerpo.
Luego de un largo baño, fue hacia la cocina para comer algo. Al bajar, esperó
encontrarlo allí pero sólo estaba el silencio del lugar. El cual, además, sólo
estaba acompañado por el ruido de las olas a lo lejos.
Abrió el refrigerador y sacó unas cuantas frutas tropicales frescas y unas
rebanadas de pan y queso. Se sentó en la soledad mientras pensaba en la
aventura que se encontraba. Al estar completamente relajada, sintió unos
cuantos dolores en su cuerpo, puntualmente en su espalda, piernas y nalgas.
Por supuesto, eso tenía que ver con la noche anterior. Recordó el momento en
el que él casi se transformó pero que por alguna manera, no fue así. Recordó
lo increíble que fue el conectarse con alguien, sensación que le pareció
extraordinaria porque pensaba que se trataba de una ficción, de una mentira de
la gente. Resultó que no.
Aunque era innegable que estaba contenta por ello, también le afligía el no
saber de su madre. Habían pasado varios días desde el accidente y deseaba
con todas sus fuerzas poder decirle que estaba bien. La idea comenzó a ganar
fuerza dentro de su cabeza, así que tendría que pedirle a Cedric que se lo
permitiese… De lo contrario, ella buscaría la forma de hacerlo aunque eso
representara lo peor.
Terminó de comer y de limpiar, así que se levantó para terminar de acomodar
la cocina. Después de eso, el plan consistió en buscar a Cedric o al menos un
lugar en donde pudiera comunicarse con su madre. Recordó el estudio.
Subió rápidamente las escaleras y observó las puertas que tenía frente a ella.
Reconoció una que le resultó familiar. Se acercó lentamente y tocó con cierta
debilidad. Esperó unos segundos y no obtuvo respuesta. Volvió a tocar. Al no
escuchar nada, giró la perilla y se encontró con una especie de sala de control.
En la habitación había un par de grandes escritorios. En uno estaba una pila de
papales, una computadora y un pequeño monitor. La otra, estaba frente una
pared repleta de pantallas. Incluso había un intercomunicador.
El espacio era amplio pero tuvo que mermar su curiosidad porque debía
buscar lo puntual. Algo que le permitiese enviar una señal de que estaba viva
y bien.
Se sentó en la silla en donde se encontraba el primer escritorio y buscó el
mouse. Por suerte, la computadora estaba encendida y sin bloquear. Buscó
abrir una ventana incógnita en el buscador, y colocó la dirección de su correo
electrónico.
Tuvo que esperar un momento para escribir un mensaje porque la bandeja de
entrada estaba tan repleta que casi había colapsado el sistema. Dio un vistazo
de lo que se encontraba allí. Ignoró los mensajes que estaban allí y abrió la
opción de enviar un correo. Colocó la dirección de su madre y elaboró unas
frases sencillas.
“Mamá, soy yo, realmente soy yo. A pesar del accidente, estoy viva y estoy
bien. No te preocupes por mí, por favor. Espero volver pronto a casa. Te
ama, H”.
Quiso explicarle más, quiso contarle todo lo que había sucedido con lujos de
detalles pero sabía que sería incomprensible para ella. Envió la información
con el corazón latiéndole a mil por hora, era como si presintiera que Cedric
estuviera a punto de entrar de un portazo.
Al enviarse el mensaje, cerró sesión y trató de dejar todo como estaba. Salió
de la habitación en puntillas y se alejó tan rápido como pudo de allí. Cuando
sintió que todo estaba bajo control, miró hacia adelante. Él tenía una expresión
seria.
-¿En dónde estabas?
-Me perdí. Apenas me desperté, tomé un baño y fui a comer. Me pareció raro
no verte y traté de buscarte pero esta casa es inmensa. Ya iba de regreso a la
sala para tomar un poco de aire afuera.
Él no pareció muy convencido al respecto. Ella trató de sonar un poco más
natural.
-¿En dónde estabas?
-Arreglando algunas cosas.
Los sentidos agudos de Cedric le dejaron en claro que algo había sucedido.
Sin embargo, tenía una preocupación más inmediata. Según el calendario, la
fase de luna llena había pasado, las noches posteriores igual serían un riesgo
para él. No sabía hasta qué punto pero era así.
-Ven. Quiero mostrarte algo.
Bajaron hacia la mazmorra. Helena encontró inverosímil que ese mismo
pasillo había sido su prisión en un pasado. Caminaron de largo por el par de
celdas que se encontraban allí y fueron al sector más alejado de la casa. Era
una mazmorra más grande y más oscura. De hecho, él tuvo que encender un par
de luces para que pudieran ver por dónde caminaban.
-Aquí es donde solía recluirme. Como habrás visto. Si venía para aquí,
aumentaba el riesgo de hacerte daño puesto que no que no hay mucha distancia
de las celdas y este lugar.
Helena se quedó impresionada. Observó las cadenas incrustadas en la piedra
húmeda. Tanto en la parte superior como inferior.
-Son para mis manos y pies. Quise hacer una que llegara hasta mi torso pero es
cosa imposible cuando estoy en proceso de transformación. Necesitaría la
ayuda de otra persona y eso sería demasiado riesgoso.
-¿Estabas ajustando esto?
-Sí. Estuve analizando mis cambios en las últimas veces y parece que también
soy propenso hacia otras fases lunares. No sé cuál o cuáles pero sí, es casi un
hecho.
De inmediato cobró una expresión de genuina preocupación.
-Estoy cansado de esto. Físicamente es agotador y mentalmente también. Mis
empresas necesitan de alguien que se mantenga con energía y concentrado y
esto, indudablemente, es un factor que pone en peligro toda la situación.
-¿Cuándo crees que te transformarás?
-Probablemente esta noche.
-Vaya. Es muy corto tiempo.
-Sí. Por eso tuve que afinar algunos detalles. Quizás es mejor que permanezca
por aquí por si sucede algo.
-Déjame quedarme contigo.
-No. Es imposible.
-Por favor.
Ella quiso insistir hasta que Cedric recibió una notificación de su asistente y
mayordomo. Era una comunicación urgente.
-Debo ausentarme por un momento.
-Vale.
Mientras subía hasta su estudio, Cedric pensó que las cosas no podrían
ponerse peor. Fue la primera vez que recibió un mensaje de esa manera. Llegó
casi sofocado al estudio y preparó la vídeollamada.
-¿Qué ha pasado, Luís?
-Señor, debido a que algunos escombros producto del accidente de avión,
cayeron sobre la isla, las autoridades comenzarán una investigación al
respecto. Desean buscar sobrevivientes aunque han encontrado todos los
cuerpos.
La noticia le cayó como un balde de agua fría. Por unos segundos se mantuvo
incrédulo pero reaccionó rápido para seguir preguntando.
-¿Crees que pisarán tierra?
-No, por los momentos. De igual manera, saben que primero deben
comunicarse con usted para ello.
-Vale. ¿Algo más?
-Eso es todo, señor.
-Bien, muchas gracias, Luís.
La transmisión terminó y la cabeza de Cedric daba vueltas. Era la peor noticia
que había recibido en mucho tiempo. Trató de consolarse al pensar que cabía
la posibilidad que se limitaran al agua y no a la isla. Quería aferrarse ante esa
idea.
Cuando se dispuso a levantarse, notó que algo no estaba bien. La silla de su
otro escritorio, estaba en una posición que no recordaba haberla dejado. Dejó
ese detalle atrás porque era restarle tiempo a las cosas verdaderamente
importantes. Así que salió para ir hacia la mazmorra. El tiempo apremiaba.
El horizonte se tiñó de un naranja intenso a medida que el sol caía. Las aves en
el cielo y el sonido de las olas en la orilla, era la imagen de ensueño. Sin
embargo, en las profundidades de la casa, en la mazmorra más oscura y
húmeda del lugar, Cedric estaba comenzando a prepararse para lo que vendría.
Con el tiempo, sabía que iba a sufrir una transformación porque su propio
cuerpo se lo hacía entender. Las vértebras le sonaban, la piel se le estiraba en
algunas partes, las uñas le ardían como si tuviera un hierro caliente debajo de
ellas. También solía transpirar y estar más irritable que de costumbre.
Mientras preparaba las cadenas, Helena, desde el otro extremo, lo observaba
en silencio.
-Deberías irte.
-No. Aquí me quedo.
Esa insistencia de ella contribuía más a su malestar.
-Por favor, Helena. Que es arriesgado para ti, eh.
-No.
En vista de esa respuesta, no le dijo más. No le comentó la posibilidad de
unos extraños a la isla que se sentían más próximos de lo que hubiera querido.
Frunció el entrecejo mientras ese hilo de pensamientos cargaba sus neuronas.
Miró el reloj y se dio cuenta que la transformación empezaría dentro de poco.
Helena, en silencio, seguía mirándolo.
-Vete.
-No.
-JODER, HELENA, ¿ES QUE NO VES QUE PODRÍA MATARTE? ¿ACASO
NO ENTIENDES EL PELIGRO QUE REPRESENTA TODO ESTO? ¿HASTA
CUÁNDO TE LO TENGO QUE REPETIR?
Los gritos dejaron entrever que ya era demasiado tarde para más advertencias.
El dolor punzante, agudo en la espalda que también se repartía por todo el
cuerpo, le causaba convulsiones de desesperación.
Su piel blanca se volvió más oscura gracias al vello que comenzaba a cubrir
su cuerpo. Las garras, las piernas que se retorcían. Fue todo tan violento que
apenas tuvo tiempo para encadenarse los brazos. Una pierna quedó libre
mientras que la otra también quedó prisionera por el metal.
Ella se echó para atrás asustada. A pesar que ya lo había visto como hombre
lobo, nunca pensó que sería capaz de ver semejante cambio. Temió tanto por él
que hubo un punto en que olvidó por completo las advertencias y su propio
terror.
Se acercó a él mientras la bestia emanaba toda la ira y fuerza posible. Jalaba
las cadenas como haciendo el esfuerzo de romperlas para así, abalanzarse
sobre su presa.
La fuerza que imprimieron sus brazos en esos violentos movimientos, no
fueron suficientes para que Helena retrocediera. Estaba determinada seguir.
Dio unos pasos más hacia adelante. Casi pudo sentir el aliento de la bestia
sobre su cabeza.
Cedric, o lo que quedaba de él, mostraba los dientes con agresividad. Sí.
Estaba dispuesto a liberarse. Sin embargo, le frenaba el hecho de que el metal
de las cadenas que no retenían, tenía una aleación con plata.
Siguió retorciéndose como el animal que era en ese momento hasta que sintió
el calor de la mano de Helena sobre su frente. Ella le transmitió toda la paz
que podía así que la bestia, por más intentos que hiciera, no podía frenar la
sensación de bienestar que le producía aquello.
Rugió, mostró más los dientes, gritó, aulló. Nada fue suficiente para que
retrocediera. En el punto más álgido de la luna, aunque su luz no podía
iluminar el oscuro lugar, Cedric sentía que estaba muy cerca de entregarse por
completo al lobo.
-Quédate aquí. Quédate conmigo.
Comenzó a decir Helena.
-Quédate, Cedric. Sé que estás allí. Quédate conmigo.
Dejó de hacer ruidos. El tono suave y lento de su voz, lo calmó casi por
completo.
-Así… Así es.
Ella se colocó peligrosamente cerca. Él, al darse cuenta de ello, trató de
alejarse aunque no podía por estar inmovilizado.
-Está bien. Está bien.
Lo acarició un par de veces más hasta que encontraron en la mirada. Ya no
tenía los ojos rojos, ahora era un verde claro. Era como ver dos luceros en el
cielo.
Poco a poco, el cuerpo grotesco de Cedric cambió de forma, aunque
manteniendo la imponente musculatura y altura. Estaba más calmado, incluso
sumido. Helena, mantuvo su mano allí y esperó a que su rostro retomara el
aspecto de siempre. Cedric respiraba agitadamente, como si le faltara el aire.
-¿Cómo te sientes?
-Un poco mejor. –Le dijo al mirarla-.
No pudo evitarlo más. Le tomó el rostro con ambas manos y lo besó. A pesar
de la sorpresa del gesto, Cedric le correspondió con más fuerza e intensidad.
Helena se echó para atrás y pensó en quitarle las cadenas pero tuvo una mejor
idea. Así que continuó besándolo hasta que llevó su mano la entrepierna de él.
Acarició suavemente hasta que lo sintió duro.
Siguió haciéndolo hasta que bajó el cierre para sacárselo. No tuvo muchos
problemas ya que sus pantalones estaban hechos jirones y, además, no tenía
una camiseta. Rozó sus labios sobre sus perfectos abdominales y muslos.
Se agachó lentamente hasta que quedó a la altura de su pene. Lo miró con
deseo, con lujuria. Una como nunca había sentido antes. Entonces, con una
mano comenzó a masturbarlo. Enseguida escuchó el tintineo de las cadenas
que se movían al ritmo de ese cuerpo excitado.
Poco después, procedió a chuparlo. Primero lo hizo con el glande. Se
concentró un rato allí, luego se lo introdujo en su boca por completo hasta no
dejar ningún espacio sin mojar con su saliva. Lo dejó allí por un momento
hasta que se lo sacó. Volvió a introducírselo y así hizo por varias veces más.
Él, desde su inmovilización, disfrutaba ser objeto de ella. Disfrutaba verla
devorarlo con gusto, con placer. Se excitaba cada vez más con aquellos hilos
de saliva que caían sobre sus pechos, con la carnosidad de su boca que
enmarcaba su grueso y venoso pene, con los ojos negros concentrados en los
suyos.
Siguió lamiendo y chupando con una maestría que lo dejó sorprendido.
Mientras lo hacía, también comenzó a acariciar sus testículos suavemente.
Ante esto, Cedric no pudo escapar un gemido de placer.
Estando allí, Helena le quitó la cadena que sostenía uno de sus tobillos.
Inmediatamente, observó que lo movía como si esperara que hiciera lo mismo
con las extremidades faltantes.
-Todavía no. –Sonrió de manera pícara.
Así que se levantó y dio unos cuantos pasos para atrás. Con lentitud, comenzó
a quitarse la ropa. Primero la camiseta blanca, luego los jeans oscuros que
mostraban tan bien esas curvas divinas, después las zapatillas. Quedó en
bragas y en sostén. Fue hacia a él y rozó su cuerpo con el de él. Enseguida,
Cedric se mostró ansioso por ella.
Colocó sus nalgas sobre su pene, imitando el mismo movimiento que él había
hecho antes de correrse entre ellas. Esto lo enloqueció aún más. Pensó que esa
mujer lo llevaba a lugares inexplorados del placer. Quería más y más de ella.
Así que volvió a jalar las cadenas, estaba decidido a tomarla a como diera
lugar.
En ese momento, se escuchó el sonido de las piedras rompiéndose. Sin
embargo, ella lo obvió pensando que se trataba de un problema menor. Siguió
rozando su cuerpo, provocando a su hombre hasta que por fin un ruido más
fuerte la sorprendió. Cedric había logrado romper las cadenas.
Ella se apresuró en quitárselas previendo que el metal le hiciera más daño.
Observó sus muñecas quemadas por el roce. El resto de sus brazos estaban
enrojecidos por el esfuerzo.
Él se acercó a ella con paso lento, intimidante. Sus pies desnudos desafiaban
el frío del suelo de esa mazmorra, sus manos, casi ensangrentadas, estaban
ansiosas por tocar la piel desnuda que se le presentaba ante los ojos.
Con un movimiento rápido, fue hacia a ella y le arrancó lo poco que le
quedaba. Observó sus pechos pequeños, las caderas, la piel brillante y el
coño. Ella inesperadamente se giró con la intención de que él la siguiera. Le
dio un último vistazo antes de salir de allí.
Tan excitado como estaba, fue hacia ella, buscándola. Vio una ráfaga de piel y
puso en práctica sus habilidades para dar con Helena sin que anticipara.
Entonces, tomó un atajo que le permitió llegar antes. Ella se topó con él de
frente, quedando sin escapatoria.
-Eres mía.
-Sí. Lo sé.
Fue hacia a ella y volvieron a besarse con descontrol. La sostuvo hasta que la
alzó con sus brazos y la cargó. Helena se quedó impresionada por la fuerza de
su cuerpo. Cosa que, además, también le excitaba mucho.
La colocó sobre la pared, apoyándola. Ella abrazó el torso con sus piernas
para no caerse y mantener el equilibrio. Se miraron por un instante antes de él
la penetrara desde esa posición. Se besaron, mordieron sus labios y Helena
sintió el calor de su pene dentro de ella.
A diferencia de otras veces, Cedric dejó la delicadeza de lado. Así que la
embistió con intensidad. Tanto así, que su pelvis chocaba con la de ella,
haciéndola gritar más de la cuenta.
Quiso agarrarla por el cuello, así que se afincó un poco más y lo hizo. De esta
manera, también garantizaba que la mirada se mantuviera. Así que pudo
observar los microgestos que hacía cuando él iba más adentro, la forma en la
que abría un poco la boca para dejar salir los deliciosos gemidos, sus dientes
blancos, la gota de sudor que le bajaba por la sien. Fotografiaba esas
imágenes en su mente.
Pensó de nuevo en las cadenas que se encontraban en la mazmorra. Aunque
había roto la de los brazos, todavía estaban disponibles las que iban en los
pies. Así que la tomó de nuevo y la llevó al lugar. Hizo que se acomodara en
el frío suelo y le colocó las cadenas con rapidez.
Quedó en cuatro cuando terminó. Se sintió tentado por destrozar su delicioso
coño que emergía entre sus protuberantes nalgas. Rescató un trozo de cuero
del cinto que tenía puesto y comenzó a darle azotes.
Algunas marcas se imprimieron sobre su espalda y culo. Ella no paraba de
gemir. Cedric fue un poco más allá al atarle el cinto sobre el cuello. Haló un
poco hacia él y ejerció presión. Al escucharla excitada, le dio una nalgada y
no esperó demasiado en penetrarla con fuerza.
Gracias a la velocidad de la penetración, el pene entraba y salía con gran
impulso. Con una mano, él la sostenía por el cuello y con la que quedaba libre,
le daba más nalgadas y agarrones. Deseaba tanto hacerla enloquecer, que iba
más rápido, más violento. Era un macho alfa y ella, su presa.
No permanecieron demasiado tiempo en esa misma posición puesto que
Cedric sintió la necesidad de probar algo más. Helena quedó completamente
tendida, aun dándole la espalda. Cedric se masturbó un poco antes de volver a
penetrarla. Al hacerlo, gracias a esa postura, sintió más presión en el coño de
Helena. Sí, era una sensación increíblemente deliciosa.
Apoyó sus manos sobre el suelo y continuó con las embestidas tanto como su
cuerpo se lo permitió. Colocó su cabeza sobre la espalda de ella y miró las
marcas de sus rasguños. Las lamió con suavidad y pudo ver cómo Helena se
estremecía. Siguió penetrándola hasta que, finalmente, sacó su pene para que
explotara sobre ella. El chorro de semen salió eyectado con fuerza para
abarcar la espalda y culo de Helena. Al terminar, le dio un par de nalgadas.
Aunque se sentía agotado, sabía que ella merecía también el orgasmo. Así que
hizo que se levantara y que se sentara sobre su boca.
-¿Estás seguro? No quiero hacerte daño.
-No lo harás. Ven.
Ella se trató de acomodar como pudo. Se colocó de rodillas sobre la boca de
Cedric y en seguida sintió esa lengua que la penetraba. Sus manos se
colocaron sobre los muslos, sosteniéndose de ellos.
Él, con sus dientes, mordió un poco su clítoris hasta sentir el temblor del
cuerpo de Helena.
-Bien –Pensó para sí.
Succionó ese punto de placer carnoso con fuerza hasta que ella comenzó a
gritar. Las cadenas le impedían moverse demasiado por lo que eso se sumaba
a la desesperación que sentía en ese momento.
Ella mordió sus labios y miraba cómo él la devoraba. Trató de callarse por un
momento para escuchar los ruidos que hacía mientras se la comía. Era una
sinfonía increíble.
Echó su cabeza para atrás, al mismo tiempo que sus caderas se meneaban al
son de las lamidas de su amante. Era delicioso aquello. Más que eso, incluso.
Siguió chupando con fuerza hasta que finalmente sintió cómo los fluidos de
Helena empaparon parte de su rostro. Lamió más, un poco más hasta que los
muslos convulsionaban por el placer. Estaba más allá del éxtasis.
Así pues que exclamó un último grito y cayó a un lado. Por suerte, Cedric
pudo sostenerla con rapidez para que no se hiciera daño. Luego de
acomodarse, los dos permanecieron acostados allí por un largo rato.
Después de dormir, él se incorporó para quitarle las cadenas y llevarla hacia
la habitación. Helena todavía estaba un poco fuera de sí, por lo que aprovechó
para cargarla. Ella estaba acurrucada en su regazo mientras que él caminaba
con paso firme por la casa.
El cielo de la noche estaba despejado. Las pocas nubes tapaban la luna. Por
primera vez, él no se sintió preocupado ni angustiado. Ella era su especie de
amuleto que lo protegía de esas transformaciones violentas.
Entraron a la habitación y la dejó en el suelo. La llevó suavemente hasta el
baño para que se ducharan juntos. Abrió las llaves de agua. Él la enjabonó con
cuidado, casi con devoción. Al hacerlo, también aprovechaba para acariciar
su piel, para hacerle entender que estaría allí para cuidarla y protegerla.
Compartieron besos y abrazos. Quedaron envueltos en una intimidad mágica,
única.
Al salir, hizo lo propio. La secó y la llevó a la cama. Helena ansiaba
descansar un poco y él también. Así que se reunió con ella. Aunque tenía
sueño, Cedric no paraba de pensar en la amenaza que se le venía encima y
menos en el presentimiento que se le hacía cada vez más real. ¿Era posible
que ella lograra comunicarse con el mundo exterior? En el peor de los casos,
él tendría que hacer lo posible por huir y esconderse por un tiempo. Pero, ¿y
ella? No quería sentirse confundido. Odiaba la preocupación.
En ese momento, sintió la mano de ella que se apoyaba sobre su pecho. Sí.
Pensaría en ello la próxima vez.
X
La madre de Helena casi sufrió un infarto después de leer las impactantes
palabras de su hija. No lo pudo creer en un primer momento por lo que luego
releyó el mensaje. “Soy yo, estoy viva y bien”.
La oración le retumbó en la cabeza y una ola de esperanza albergó su corazón.
Recordó el dolor abrasador que tuvo cuando se enteró que su hija se
encontraba en ese horrible accidente de avión. No podía imaginar la angustia
que sufrió ella. No podía imaginar seguir la vida sin ella.
Así que este mensaje le regresó la vida al cuerpo. Después de leerlo varias
veces, después de internalizar que no se trataba de una broma pesada, llamó a
la policía.
-Sí, sí. Le he dicho que he recibido un mensaje de ella. No lo sé, pero se lo
puedo mostrar. No miento. Es mi hija, ¡mi hija está viva!
La mujer fue corriendo hacia la estación de policía en donde examinaron el
mensaje. Efectivamente el remitente era Helena y la fuente era su dirección del
correo electrónico.
-¿Creen que podrán localizarla?
-No estamos seguros. Dependerá si la red de donde envió el mensaje está
protegida o no. De no estarlo, es seguro que encontraremos el origen y las
coordenadas.
Hacía pocos días, las autoridades habían informado que encontraron,
milagrosamente, todos los cuerpos del siniestro salvo por uno, el de Helena.
La hipótesis que manejaban hasta ese momento, era que podría haberse
perdido por las corrientes de agua.
Sin embargo, era inverosímil debido a que otras víctimas que cayeron al mar,
las pudieron encontrar a pesar de las dificultades del clima. Le resultó extraño
por lo que decidieron ampliar el rango de búsqueda hacia una isla cercana.
Una la cual pertenecía a un excéntrico multimillonario.
Sin embargo, al presentarse esta oportunidad, las posibilidades de encontrarla
viva, aumentaron en grado superlativo.
-Señora, le pediremos que se mantenga atenta por si ella trata de comunicarse
de nuevo con usted. Cualquier información que crea que pueda ayudarnos con
el caso, por favor, no dude en compartirla.
-Sí, sí. Así lo haré.
El equipo informático de la policía se mantuvo en vilo sobre varios días. La
dirección efectivamente estaba protegida pero no por ello se rindieron.
Estaban convencidos de que era posible encontrar una dirección al menos un
poco más clara de lo que suponían al principio.
Las tazas de café, los bollos dulces y las blasfemias se hicieron común en la
pequeña sala en donde se encontraban los hackers contratados por la policía.
Se suponía que era el mejor equipo de rastreo que cualquiera pudiera contar.
Permanecieron así hasta que un día, durante la hora del almuerzo un “¡eureka!”
rompió el silencio de quienes estaban perdiendo las esperanzas.
-Anotad. Estas son las coordenadas que nos arrojó la búsqueda.
-¿Cómo diste con eso? A nosotros nos lanzó virus y bugs de miedo.
-El proxy efectivamente era muy agresivo. Quien tenga esto es un tío que sabe
lo que hace pero, amigos míos, toda fortaleza tiene su debilidad. El sistema
dejó, por defecto, una puerta trasera. No la pudimos ver por las capas y capas
de seguridad y trampas. Por más tonto que suene, la solución estaba sólo al
alcance de un clic. Así que coloqué un comando que usé una vez cuando se me
presentó una situación similar hace unos años. Lo hice por puro descarte y
¡listo!” la puerta se me presento a mí como por arte de magia.
-Vale, esto sí que nos ha dado trabajo. A ver, ¿qué sale?
Después de un rato, introdujeron la dirección en un banco de coordenadas de
la policía.
-Joder. Es en una isla. Parece que está a pocos kilómetros de aquí.
-¿No era la misma en donde había caído partes del avión?
-Sí. Esa misma es.
-Bien. Creo que podemos celebrar. Dimos con nuestra única sobreviviente.
XI
En el sótano de un pequeño edificio en el centro de la ciudad, Luís, estaba
atiborrándose de un bol de ramen mientras veía una película de David Fincher.
Mientras miraba concentrado la historia, una pequeña luz roja se encendió en
el tablero. Dejó el bol sobre la mesa y miró extrañado el aviso.
Luís, el fiel mayordomo, asistente y todo lo demás de Cedric, era realmente un
chico hacker que se hizo amigo de él. Decidieron conservar la formalidad de
la comunicación como una medida de protección para él. Así que daría
entender al resto que se trataba de un pobre anciano cuando era más bien un
hombre joven.
Lo cierto es que se concentró en ese aviso y notó el descubrimiento de lo que
había encontrado la policía. Dieron con el paradero de Helena y de su jefe.
Casi sintió que iba atragantarse así que se apresuró en avisarle. Al enviar el
mensaje, esperó en la silla con impaciencia. Tamborileaba los dedos y
caminaba de un lugar a otro. Estaba preocupado.
Cedric inmediatamente lo llamó y le dijo sin rodeos:
-Dieron con Helena. La policía halló las coordenadas en donde se encuentra
ella. Están movilizándose para buscarla. Es posible que, mientras te digo esto,
estén en camino.
-Gracias.
Cortó la llamada secamente. Supo que no tenía demasiado tiempo para
accionar.
Luís entonces, se quedó sentado en silencio, pensando en una manera en la que
podría apoyar a su amigo. No se le ocurría nada.
Suspiró.
XII
Aunque no lo quiso admitir, Cedric supo que ese momento llegaría.
Efectivamente, Helena se comunicó con alguien, muy probablemente con su
madre. Pensó que, a pesar de la seguridad que tuviera, por más tecnología que
contara, siempre era posible romper con esas barreras.
Salió corriendo de su estudio para encontrarla. La halló sentada sobre la
arena, con la mirada al mar.
-Helena.
Ella se sobresaltó por el tono de voz de él.
-Saben en dónde estás.
No quiso mentir al respecto. Sabía lo que había hecho y ahora tenía que lidiar
con las consecuencias.
-Le tuve que decir a mi madre que estaba bien. No podía, Cedric… No podía
permitir que ella se ahogara en el dolor sin saber que estaba bien.
La ira le comenzó a nacer en el estómago. Por ese error, lo que construyó con
tanto esfuerzo, la fortaleza que le permitió vivir tranquilo por tanto tiempo,
ahora corría peligro. Frunció el entrecejo y llevó la mirada hacia el suelo.
Estaba pensando en qué hacer.
Helena se levantó de repente y se le acercó.
-Sé que esto fue una estupidez de mi parte. Pero tienes que entenderme.
Por un momento, Cedric comprendió que él hubiera hecho lo mismo de haber
tenido la oportunidad. Parte de la responsabilidad fue suya por no haberle
dado la oportunidad de que lo hiciera. En cualquier caso, era un riesgo.
De alguna manera, darían con ella. También reflexionó sobre algo, quizás era
buena idea el dejar de huir. A pesar del mundo de posibilidades que tenía
frente a sí, en el fondo quería que ella se quedara con él ya que le recordaba
que aún era un humano, que aún era capaz de sentir. No quería perder más.
-¿Qué quieres hacer?
-No entiendo.
-Esto se trata sobre ti, Helena. Se supone que tienes que saber qué es lo que
quieres, ya que llegamos a este punto.
Ella se quedó desconcertada. Por un lado, ansiaba ver a su madre, abrazarla,
abrazar a Cleo, regresar a su casa, a sus cosas. Pero luego pensó, ¿qué sentido
tenía volver a tener una vida vacía, tener una vida sin nada verdaderamente
significativo, donde todo era mortalmente rutinario? Esos segundos eran
cruciales.
-¿Y bien?
-Quiero quedarme contigo.
La respuesta le hizo casi perder el equilibrio. Estaba genuinamente feliz.
-¿Estás segura?
-Completamente segura.
Se acercó a ella para darle un beso. Fue uno suave, dulce, con un sentimiento
de entrega que iba más allá de lo carnal. Cedric nunca pensó, que en su vida
tan intensa, cargada de fama, dinero, placer, dolor, pérdidas y sufrimiento,
estaría allí mirando a una compañera de vida con esa expresión de niño bobo.
Sin duda Helena lo fortalecía y lo hacía vulnerable al mismo tiempo.
-Bien. Tenemos que actuar.
Corrieron hacia el interior de la sala y subieron por las escaleras. Ella, como
no tenía qué empacar, salvo por algunas pocas prendas que él le había dado,
se encargó de recolectar lo necesario. Él se comunicó inmediatamente con su
mayordomo para arreglar un hospedaje en el continente. Algo que sirviera de
coartada para él.
-De inmediato, señor.
Luís, desde la distancia, se alegró por su jefe.
Tomaron un pequeño bolso en donde guardaron lo necesario. Incluyó la
identificación de él así como unos cuantos objetos para que siguiera operar en
otro lugar.
-Ven.
Bajaron a una zona más profunda que la mazmorra. El olor a mar le llamó la
atención a Helena.
Frente a ella se le presentó un pequeño muelle con una lancha.
-Móntate.
Ella le hizo caso y luego él hizo lo propio. Calentó los motores con rapidez y
tomó el volante con ambas manos. Retrocedió con cuidado y salió de la cueva
como una flecha. Fueron en dirección al continente.
Mientras recorrían las aguas, Helena pensó que iniciaba un nuevo ciclo en su
vida. Estaba emocionada y asustada. Pero, aun así, en buena compañía. En la
mejor que había en el mundo.
XIII
La policía y el equipo de rescatistas no encontraron nada en la isla, salvo por
la casa. Lograron comunicarse con el multimillonario, dueño de ese lugar, y
les dijo que desde hacía unas semanas no estaba allí. Que se encontraba en el
país haciendo una ronda de negocios.
Revisaron registros de hoteles y restaurantes, hasta cámaras de seguridad.
Verificaron la coartada y decidieron que todo resultó ser un caso muy extraño.
Mientras él respiraba de alivio, Helena, bajo la seguridad más extrema; le
aseguró a su madre que ahora que era una mujer feliz. Luego de dejar ese
asunto en el mejor término.
Una noche, luego de que el miedo dejó de ser una constante en sus vidas. En el
sexo, Cedric dejó salir un poco su lado animal. Helena, tomó el rostro de su
amante para que la mordiera, para que la llevara con él a los caminos de la
inmortalidad.
-¿Estás segura?
-Siempre lo estuve.
Título 5
El Beso del Vampiro
I
-¿Irás sola?
-Sí.
-¿Estás segura? Mateo puede ir contigo.
-No. Sería un estorbo.
-Pero qué dices. Ir sola será demasiado riesgo para ti.
-Soy policía. Sé lo que estoy haciendo.
-Francamente no lo creo.
El jefe de Alissa estaba allí, postrado en ese cubículo con la única finalidad
de convencerla para que cambiara de opinión. No quería arriesgar a uno de
los elementos más importantes de su unidad.
Suspiró largamente y alzó la mirada para verla.
-Venga, Alissa. Sé que eres una de las mejores. Si te digo que no vayas sola,
es por tu bien. Ese barrio está repleto de antros peligrosos y lo sabes.
De hecho, así era. Desde hacía tres meses, la policía intervino una serie de
teléfonos públicos por sospechas de operaciones con drogas y prostitución.
Alissa dio con la pista de lo que sucedía en la zona cuasi exclusiva de la
ciudad. El departamento realizó arrestos a diestra y siniestra pero todavía
existía una pieza importante que desmontar. El cabecilla conocido
ampliamente como Kilian.
Por alguna razón, apenas escuchó el nombre, Alissa estaba lista para dar el
próximo paso. Descubrir el entramado de Kilian.
Ella esperó ansiosamente por ese día. Así que lo daría todo por el todo. Se
compró un vestido rojo, de escote en la espalda y ceñido al cuerpo. Prenda
que le marcaba las hermosas curvas de su cuerpo, las mismas que solía
esconder con ropa grande y masculina. Se recortó un poco el cabello y se
maquilló los ojos lo suficiente para destacar el hermoso tamaño de estos.
-Me llevo uno de los micrófonos. Dejé constancia en uno de los informes de
evidencia.
-¿Estás segura?
-He dicho que sí, joder.
Decir palabrotas no era lo suyo salvo que estuviera a punto de ebullición.
-Toma.
-¿Un bíper? ¿No crees que sea un poco antiguo?
-A veces estos métodos nunca fallan. Créeme… A ver, esta es el código que
usarás para que la línea directa caiga aquí, a la oficina. ¿Vale?
-Vale. ¿Me veo convincente?
Él se echó para atrás. No pudo esconder la admiración que le produjo esa
imagen.
-Perfecta. Ni se nota que tienes un arma.
Ella rió. Necesitó drenar un poco el estrés.
-Bien. Tengo que irme.
Dio un último vistazo a la oficina. Por un instante, pensó que lo mejor que
podía hacer era tomar impulso de sus entrañas y salir. La decisión estaba
tomada.
II
La noche era fría a pesar de que le pronóstico del tiempo anunció que las
temperaturas estarían un poco más cálidas. Pero eso era un detalle menor para
Kilian, el rey del crimen y del mundo de los vampiros.
La piel pálida resplandecía bajo la luz de la luna. Los ojos azules, casi grises,
miraban ausentes hacia la calle a través del ventanal de la oficina. Buscó un
pitillo en el escritorio y lo encendió con aire cansino. Aspiró lentamente y
expulsó el humo por la nariz aguileña.
-Jefe, ya todo está listo.
-Vale.
Apenas logró decir. Permaneció allí un rato más, le gustaba ese instante en
donde podía estar tranquilo y en silencio, sin que nadie le molestara.
Al levantarse, miró su reflejo en ese mismo ventanal. 1. 90 cts., de altura se
dice fácil pero lo cierto es que resulte más que intimidante a primera vista.
Limpió un poco el traje azul oscuro de rayas blancas finas y quedó conforme.
Apenas salió, pudo escuchar el sonido de la música que se hizo más notable a
medida que caminaba. La discoteca era el negocio principal por lo que era
necesario mantenerlo como la joya de la corona.
La vista de Kilian se encontró con la pista central. Las luces rojas le daban un
aire místico al lugar. Algunas chicas bailaban en especies de jaulas y el resto
de la gente estaba sumida en el alcohol y el éxtasis de la drogas.
Caminó entre ellos. Los miraba con desdén.
-Los mortales y sus conductas predecibles. –Dijo para sus adentros.
Sin embargo, observó que todo estaba en orden. El bar estaba repleto de
botellas de todos los brebajes posibles. Había copas y vasos lustrados y sobre
la superficie brillante del bar, había pequeños recipientes de vidrio con
“dulces”. Estos no eran más que paquetitos de MDMA escondidos debajo de
montoncitos de maní y nueces. Kilian le agradaba la idea de burlarse de la
policía en sus narices.
Como una ironía del destino, Alissa acaba de entrar al local. Primero le echó
un vistazo tratando de memorizar cada espacio. Asimismo, trató de disimular
el instinto policial, tragó fuerte y se adentró en el mar de gente que bailaba sin
parar.
Enseguida notó a unos cuantos que la miraba con deseo.
-Imbéciles. –Se dijo a sí misma.
Pero no había tiempo para detenerse en esas nimiedades. ¿La razón? Ella
debía encontrar al verdadero rostro detrás de una de las organizaciones
criminales más letales de la ciudad. Memorizó cada detalle de su rostro y de
sus facciones. Las fotografías que sacó, sirvieron para alimentar la
imaginación de cómo sería el primer encuentro en el que lo pondría tras las
rejas. Esa era su verdadera fantasía.
Siguió caminando hasta que pensó que tendría mejor perspectiva si se sentaba
en la barra. Ubicó un puesto que le pareció interesante y ordenó un Martini
seco con dos aceitunas.
El chico del bar la miró por un rato más como esperando a que dijese algo
más. Ella infirió que muy cerca de allí debían hacerse, al menos, pequeñas
transacciones para la obtención de drogas.
De nuevo, tuvo que aguantar el brío de la justicia, así que se quedó tranquila y
bebió para distraerse. En ese momento, hubo algo que le hizo sentir una
especie de frío en el estómago. Era él. Era Kilian.
Estaba en una esquina de la discoteca hablando con alguien.
-¿Pero qué me pasa?
La impresión la aplastó en la silla. Se sintió mínima. Los días y las noches que
sirvieron para estudiar su cara y su cuerpo no la prepararon lo suficiente para
el momento. Sí, era él, pero no como lo imaginaba.
Sintió el pecho acelerarse hasta que se llevó una de sus manos hasta la
muñeca. Allí percibió el micrófono y se recordó la razón por la que estaba en
ese sitio. Tomó lo último que quedaba en la copa y se preparó para avanzar
hacia él. En ese instante, sintió una mano pesada sobre su hombro.
-Hey, ¿quieres bailar?
-No.
Hizo el gesto de alejarse pero sintió una presión dolorosa.
-Venga, una canción y ya. No te hagas del rogar.
-Déjame en paz, imbécil.
No terminó de decir la frase cuando sintió un fuerte olor a alcohol que le nubló
la vista. No supo más de ella misma.
III
Kilian escuchaba las cifras de su asistente cuando percibió el destello rojo
que le llamó la atención. Al enfocar bien la vista, quedó impresionado con lo
que vio. Una mujer con curvas sensuales y con la mirada dura iba camino
hacia él.
De repente, dejó de verla y fue allí cuando agudizó todos los sentidos para dar
con ella.
-Dame un momento.
-Sí, jefe.
Se alejó de las luces y la música. Mentalmente, acalló todo ruido posible sólo
para concentrarse en la misteriosa mujer.
Ante él, se le presentó una especie de panorámica que le permitió ver más allá
de lo que los humanos podemos. Visualizó un callejón oscuro, húmedo y tres
hombres de pie cerca del cuerpo inconsciente de una mujer. Una furia le nació
desde las entrañas. Los ojos azules se tiñeron de rojo sangre y los colmillos se
asomaron suavemente sobre los labios. Desapareció en medio de la multitud
sin dejar rastro.
Alissa despertó entre las náuseas. Sabía que las cosas no estaban bien y trató
de encontrar su bolso en la oscuridad. Maldijo cando recordó que lo había
dejado en algún lado de la barra. Allí estaba su móvil y el bíper.
Centró sus esperanzas en el micrófono. Con cuidado, trató de palparlo pero se
acercó el rostro que reconoció de la discoteca.
-Pierdes tu tiempo. Sabemos que eres una poli… Vaya que nos vamos a
divertir contigo, eh.
Le dijo tocándole el rostro con lascivia.
Alissa se puso de pie a duras penas. Aún estaba sujeta bajo los efectos de
aquello que desconocía. Así que se echó para atrás, lentamente, hasta tocar la
superficie fría de ladrillos. No había escapatoria.
-Ahora, nosotros estamos emocionados porque no sabemos quién va a
empezar.
Ella reunió todas las fuerzas posibles y se puso a la defensiva. Pelearía tanto
como pudiera, así le costara la vida.
Lanzó un par de golpes en el aire hasta que sintió el calor de un puñetazo
sobre el pómulo. Dio un paso más atrás y trató de tomar impulso cuando
recibió una patada. Llevó su mano hasta allí en medio de las risas de los tres.
-Te ves preciosa hecha una leona, cariño.
-Sí, sí. Se ve linda cuando se pone así.
-Ya, ya. No perdamos el tiempo. ¿Quién va primero?
Escuchó el sonido metálico del cinturón. El dolor y las náuseas no la dejaron
pensar en una mejor estrategia para defenderse. ¿Qué podría hacer?
Los postes de luz del callejón se doblaron como si fueran plastilina. Todo se
volvió más negro y frío, más de lo que se pudiera tolerar. Los tres hombres se
quedaron pasmados por la escena. En medio de su sorpresa, un montón de
papeles y bolsas de basura se arrastraron por el suelo como si hubiera un
huracán cerca, incluso ellos trataron de buscar de qué aferrarse.
La intensidad de esa brisa violenta envolvió una figura alta y oscura.
-¿QUIÉN COÑO ERES?
Nada. Hubo silencio.
-RESPONDE, GILIPOLLAS.
Unos pasos hicieron eco en el estrecho lugar.
-Vaya, vaya. Qué valiente son cuando se trata de golpear mujeres. ¿Por qué
tienen miedo ahora?
Él podía respirar el pánico de los tres.
-A VER, VENTE Y LO ARREGLAMOS.
-JA, JA, JA, JA. Increíble. Tienen cojones y muy grandes. ¿Qué tal si se van y
dejamos esto aquí? De lo contrario mi apetito tomará control de mis impulsos
y créanme que no es algo que querrían.
De nuevo silencio hasta que uno le dio una patada a Alissa en el rostro.
-CÁLLATE Y PELEA COMO LOS HOMBRES.
La carcajada del contrincante misterioso sonó grave y desgarradora… Hasta
que se detuvo.
-Se los advertí.
Alissa, entre el dolor y la consciencia, alzó la mirada para conocer qué era lo
que estaba pasando. Justamente, un rayo de luna iluminó parte del rostro de
él… Era Kilian.
El miedo se caló en las entrañas y una sensación de incredulidad le invadió el
cuerpo. ¿Cómo era posible?
Los ojos azules que tanto había memorizado, tenían un color extraño. Además,
la blancura de su tez se acentuó más así como la altura. Cobró un aspecto
aterrados cuando mostró los largos y afilados colmillos.
Para ellos no hubo tiempo ni escapatoria. La ráfaga de viento los envolvió de
manera tal que perdieron la sensación de espacio y tiempo. Uno a uno, al ser
alcanzado por aquella fuerza sobrenatural, les hizo gritar de dolor… Un dolor
que nunca experimentaron.
Finalmente, quedó el “más valiente” de todos.
Con los ojos grandes y las venas de la cara y el cuello brotadas por la
desesperación, suplicó con esa voz aguda producto del miedo.
-DÉJAME IR, TÍO. NO LE HAREMOS NADA PERO DÉJAME IR.
La carcajada de Kilian al borde de sus oídos.
-¿Haremos? Tus amigos no vendrán a tu auxilio aunque debo confesar que su
sangre es deliciosa.
En medio de la implacable oscuridad, se dibujó la sonrisa malévola de Kilian.
Lo último que vio el hombre fue el brillo de un par de ojos rojos que se
acercaban a arrastrarlo a la muerte. Al final, sólo se escuchó un grito que se
ahogó en la nada.
Alissa se encontró en una disyuntiva. No sabía si era su turno o si había sido
salvada por la buena voluntad de Kilian. Quiso saber más pero no pudo, el
dolor era intenso y gracias a la sangre que brotaba de la sien, casi no podía
ver.
El pecho se le aceleró aún más al escuchar esos pasos que se acercaban a ella.
Cerró los ojos por instinto y esperó ansiosamente.
-¿Estás bien?
No supo cómo responder.
Pensó que la mejor opción era rogarle por su vida. Escogió las palabras
indicadas y esperó que el pecho se calmara… Pero no, fue imposible. La
garganta estaba bloqueada. Las palabras se hicieron prisioneras de sus labios.
Mantuvo los ojos cerrados hasta que sintió el frío tacto de Kilian sobre el
mentón. Algo se estremeció dentro de ella.
-Sí… Sí.
-Estuviste muy cerca, eh. Aunque te ves como alguien que es capaz de
defenderse.
Él sabía qué tipo de mujer era. Lo podía olfatear a kilómetros.
-Eso lo supuse pero no. No es así. Me drogaron con algo. No sé… No sé lo
que me pasa.
Kilian se acercó a ella y la cargó entre sus brazos. Alissa, por su parte,
todavía estaba en un estado que le impedía poner resistencia ante él. Sabía que
el tío le salvó la vida pero no podía obviar el hecho de que era un criminal y,
de paso, un ser sobrenatural.
-Te llevaré a un lugar seguro.
Ella cerró los ojos y quedó envuelta en una brisa fuerte y oscura.
El eco de un reloj que marcaba la hora se volvió cada vez más perceptible.
Alissa sintió una gran pesadez sobre sus párpados pero, aun así, pudo abrirlos.
Se apoyó con los brazos y se dio cuenta que se encontraba en una gran cama.
Cuando pudo recobrar sus sentidos, se percató en la habitación. Paredes de un
rojo intenso que extrañamente no le resultó abrumador. Muebles finos y
elegantes con líneas limpias y modernas. Algunos, de hecho, tenían acabados
en metal lo que resultaba un contraste interesante con aire nostálgico del lugar.
Trató de levantarse y notó que tenía pantalones de pijama y una camiseta
graciosa de los Ositos Cariñosos. Estos detalles la desconcertaron sobre todo
por el hecho de que la hayan visto desnuda.
Decidió dejar ese hecho para después y comenzó a caminar por la habitación.
Sí. Realmente era hermosa y espaciosa, incluso más que su propio
departamento al otro lado de la ciudad.
Giró la manilla de la puerta y salió para encontrarse con un largo pasillo con
luces en el techo que daban una sensación de prolijidad y amplitud. Observó
los ventanales, las escaleras que llevaban hacia el piso inferior de la casa y el
enorme jardín que había en los alrededores.
Siguió caminando hasta que percibió el olor de café recién hecho. Se asustó
porque de seguro había perdido la noción del tiempo. Dejó entonces de
admirar la gran casa para bajar y encontrarse con su salvador.
Kilian estaba sirviendo el café desde una greca con las manos desnudas. Ella
se quedó impresionada aunque trató de mantener la naturalidad.
-¿Descansaste?
-Eh… Eh. Sí, sí. Gracias. ¿En dónde me encuentro?
-Estás en mi casa. Espero que no te haya molestado el traerte hasta aquí. Me
pareció que era el lugar más seguro para ti.
Sonrió con malicia y le acercó una taza finamente decorada.
-Creo que eres de las personas que disfruta de un buen café sin importar la
hora, ¿cierto?
Ella tomó la taza entre las manos y la miró con miedo. Ciertamente, sin
importar la hora ni el lugar, siempre optaba por tomar café mientras fuera
posible.
-Gracias.
-Espero que te guste.
Apenas sorbió un poco del líquido caliente, tuvo una agradable sensación. El
aroma del café, además, parecía estar entremezclado con otro sabor. ¿Canela,
quizá?
-Está delicioso. Ya me había acostumbrado al que se bebe en la comisaría.
Demasiado aguado y frío.
Dijo esto último para probar el temple de Kilian. Sí, estaba agradecida con él
pero también tenía claro que era un hombre peligroso. Así que esperó
ansiosamente su respuesta.
-No puedo imaginarme algo diferente a eso. La verdad es que es tal cual como
lo sospeché.
Nada, ningún signo de preocupación o miedo. Alissa, mientras, trataba de
medir las palabras para que el tiro no le saliera por la culata. Interrumpió los
pensamientos cuando sintió una punzada en uno de los costados. De seguro
tenía que ver con los golpes que recibió en el callejón.
Arrugó la cara y permaneció en silencio para concentrarse en el dolor. Kilian,
mientras, la observaba desde la distancia.
-Es mejor que vayas a un hospital. Ya no corres peligro y allí te examinarán
mejor.
-Sí. Tienes razón.
Al levantarse, todo volvió a ser oscuridad. Sin embargo, pudo sentir los
brazos de Kilian que de nuevo la rodeaban con agilidad. No le quedó más
remedio que dejarse llevar otra vez.
De un sobresalto, Alissa despertó empapada de sudor. Cuando se dispuso a
frotar su frente para secársela, se dio cuenta que tenía una vía y un adhesivo
con su nombre y número de identificación. Estaba en el hospital.
Estaba más confundida que nunca. No estaba segura si todo había producto de
un sueño pero no tuvo tiempo para las respuestas, enseguida percibió la
presencia de su jefe quien estaba sentado en una silla cerca de la cama.
-Por fin despertaste, ¿cómo te sientes?
-¿Qué hago aquí?
Él sacudió la cabeza lentamente.
-Te dejaron en Emergencias. Los médicos nos informaron que estabas muy
golpeada y bajo los efectos de una potente droga. Alissa, te dije que no fueras
sola.
-¿Qué pasó con el micrófono?
-No pudimos rastrear tu localización. Quisimos saber en dónde te encontrabas
pero sufrió una interrupción que nos hizo imposible dar con tu paradero. De
hecho, durante las horas de ausencia, informamos a todas las unidades de la
ciudad.
Ella dejó de hablar. No quería.
-¿Estás bien? –Él insistió.
-Sí…
-El médico nos ha dicho que sufriste varias facturas en las costillas. Una
estuvo a punto de perforar el pulmón. ¿Sabes en el peligro en el que estabas?
-Lo vi. Vi a Kilian, estaba segura que lo iba a atrapar… Unos tíos se me
vinieron encima pero no recuero nada más. Joder.
Alissa se sintió avergonzada de tener que decirle a su jefe que ella realmente
era más vulnerable de lo que le gustaba admitir. Apoyó la cabeza sobre la
almohada recordándose a sí misma que estuvo a punto de probarles a todos
que era capaz de ser una mujer fuerte… Pero no. Al menos no para ella.
Tuvo que hacer un enorme esfuerzo para no dejarse llevar por la ira y la
frustración.
-Venga. Ya después pensarás en eso. Ahora concentrémonos en algo, ¿qué
pudiste ver que te pareció importante?
Arrugó en entrecejo como forzándose a recordar tanto como pudiera. De
alguna forma, todavía tenía los efectos de la droga por lo que le pareció que su
cerebro estuviera nadando en un coctel de sombras.
-Tranquila, tómate tu tiempo.
-A ver… La discoteca es grande. Bastante, de hecho. Recuerdo que caminé
entre algunas personas hasta llegar a la barra. Noté que había un particular
número de recipientes de vidrio con maní y otras cosas para picar. Cuando
pedí algo para tomar, el encargado del bar me miró como si estuviera atento a
que le pidiera otra cosa, así que supuse que allí había algo más…
-Los famosos “dulces”.
-Sí. Precisamente. Bueno, estuve allí por un buen rato hasta que vi a Kilian.
Estaba hablando con lo que creo era su asistente. Traté de acercarme a él
pero… Allí perdí el conocimiento.
-Justo antes perdimos la señal del bíper y del micrófono.
-Quise saber más, lo sabes. Pero no creí… No creí…
-Ya, ya pasó. Debemos pensar ahora en cuál será nuestro próximo paso. De
resto, tienes que concentrarte en recuperarte. Estuviste muy cerca de morir.
-Hierba mala nunca muere, dicen por ahí.
-Vale. Me voy. He puesto guardias para que te cuiden.
-Estás gastando recursos. Es innecesario.
-No voy a arriesgarme. No otra vez.
El tío alto con cara triste y espalda encorvada, salió para ocupar su mente en
un plan para arrestar al fulano Kilian. Sus operaciones se filtraban de manera
peligrosa. Había que frenarlo lo antes posible.
Ella concentró la mirada al techo de la habitación. Blanco, prístino salvo por
una pequeña mancha en una esquina. Trató de recordar los detalles pero el
esfuerzo fue inútil. Sintió un punzante dolor de cabeza, uno que la convenció
todo era una masa amorfa de recuerdos y fantasías. No estaba segura cuál era
la realidad. Trató de consolarse hasta que se quedó dormida.
Las luces del hospital las apagaron justo después. Las enfermeras iban de un
lugar a otro con pasos más tranquilos y los médicos hacían rondas en las
habitaciones para estudiar el estado de los pacientes.
Alissa se encontraba en un ala extrema del edificio por órdenes del teniente en
jefe. La intención era mantenerla lo más protegida posible.
Los guardias que estaban frente a su puerta, se sentaron unas sillas no muy
lejos de allí. Sacaron un paquete de cartas y comenzaron a hablar de los
partidos de béisbol. El ambiente era tranquilo y apacible.
Ella aún dormitaba cuando una sombra se manifestó en la ventana. Los bordes
blancos fueron abrazados por una negrura espeluznante. Pasó lo mismo con la
habitación.
Como si era presintiera que algo sucedía, comenzó a agitarse con violencia.
Comenzaron a nacerle gotas de sudar en la frente y cuello. Sus manos tomaban
las sábanas con fuerza.
Poco a poco, esa oscuridad se extendió sobre el suelo en forma de sombra. La
misma se elevó hasta transformarse en una figura delgada y muy alta. El brillo
del azul de los ojos de Kilian parecían dos fuentes de luz penetrantes e
intimidantes.
Dio unos cuantos pasos hacia a ella. Al verla así, tan inquieta, posó una de sus
manos sobre su frente con suavidad. De inmediato, Alissa dejó de temblar y
recobró la respiración suave propia de un sueño profundo. Él sonrió.
Esperó un poco hasta que acercó sus labios hasta el oído de ella.
-Te dije que te cuidarían bien aquí.
No hubo respuesta. Alissa parecía estar sumida en una especie de
encantamiento.
-Tienes una deuda conmigo, policía. Y tarde o temprano vendré a cobrar esa
cuenta. Tenlo por seguro.
Dejó de susurrarle y se alejó de ella lentamente. La sombra volvió a
arrastrarse sobre el suelo hasta la ventana. La oscuridad dejó de ser y las
pocas luces que habían quedado encendidas, volvieron a la normalidad.
Ella se despertó con una sensación inexplicable en el pecho. Se sentó con
violencia y miró hacia todos lados con la urgencia de encontrar algo. No hubo
nada, sólo las voces de unos guardias en la distancia.
-Dios mío, me voy a volver loca.
De nuevo, se acostó pero no pudo dormir más. Fue imposible.
IV
Kilian se sentó en uno de sus muebles de jardín. Sacó un pitillo y lo encendió
con un Zippo firmado por Jimi Hendrix. Lo miró con orgullo. Sin duda era una
pieza preciosa para cualquier amante del Rock.
Lo guardó en el bolsillo al mismo tiempo que expulsó un poco del humo que
había aspirado. Lo hizo con calma puesto que se encontraba cansado.
-Sangre de porquería.
A pesar de haber bebido litros y litros de sangre la pasada noche, esta podría
considerarse como una del tipo corrupta. Por lo tanto, los vampiros hacían lo
posible para alejarse de este tipo puesto que acarreaban consecuencias
molestas como el cansancio. De lo contrario, mientras más pura, las
sensaciones que producían eran casi orgásmicas.
Cruzó las piernas mientras se deleitaba con el sabor del cigarro. Desde que
recuerda, fumaba la misma marca. Ciertos hábitos nunc cambian… Y más si se
habla de un vampiro de más de 500 años.
Cerró los ojos y se vio a sí mismo corriendo por las calles de la cuna del
Renacimiento. Pudo oler el pan fresco y las aguas estancadas como si
estuviera allí. Sonrió.
De niño, solía ir de aquí para allá, robando alguna fruta o un trozo de carne
para llevar a su casa. Se acostumbró a deambular y a conocer los rincones más
oscuros jamás vistos por alguien. Su corazón y espíritu se volvieron duros
como el cuero viejo.
Ya de adulto, continuó ese mismo estatus de vida: pobre y hambriento. Los
recuerdos dulces de la infancia terminaron en el dolor de la desesperación por
comida. Peleaba con otros como él. A veces mujeres, a veces hombres…
Otras, niños.
Cada noche, se acostaba pensando en lo que podría hacer para cambiar esa
miserable existencia. La desesperación fue tal que llegó a desear tener la
posibilidad de vender su alma por una oportunidad de ser rico. Lo quería con
fervor.
Un día, luego de correr varias calles, tropezó con una figura fuerte. Cayó de
espaldas pero el sujeto no. Permaneció de pie, frente a él, imperturbable. Por
alguna extraña razón, no tuvo miedo, más bien presintió que ese día cambiaría
su vida para siempre.
El sujeto extendió su mano para ayudarle a colocarse de pie.
-Ven conmigo.
Escuchó de él y le siguió sin chistar. Se alejaron del caos para ir al sitio
apartado.
-Tu corazón me dice que quieres ser rico… Yo puedo darte eso pero el precio
que tienes que pagar es muy alto.
-No me importa.
-Escucha, joven. Piénsalo bien. Tendrás vida eterna pero verás a tus amigos
morir, así como cualquier persona que ames. Para ellos el tiempo los
castigará, mientras que para ti no será así. Te sentirás solo y confundido…
¿Quieres seguir adelante?
Kilian nunca dudó de su determinación. Estaba asqueado de vivir en y entre la
porquería.
-No me importa…
La figura asintió. Seguidamente movió su capa y descubrió así su aspecto total.
Un hombre bastante algo, fuerte, blanco, muy pálido y el cabello negro y largo.
Sus manos eran fuertes y sus uñas largas. Sonrió y dejó ver unos largos y
afilados colmillos.
Se acercó a él con paso seguro y lo tomó por el cuello.
-Prepárate para abrazar la inmortalidad.
Kilian cerró los ojos y sintió un dolor agudo y penetrante. Trató de zafarse
pero la fuerza de ese sujeto era impresionante. Lo retuvo contra su cuerpo
hasta que perdió la noción de sí mismo. Lo último que recordó, fue el sentir su
cuerpo cayendo al suelo.
Al poco tiempo, despertó confundido pero sintiéndose vigoroso. Algo anormal
puesto que no había comido en todo el día. Se puso de pie y dio unos cuantos
pasos hasta ver su reflejo en un charco de agua. Su piel bronceada ahora era
pálida y sus ojos pardos se tiñeron de azul casi gris. Tocó su rostro para
asegurarse que era él de verdad.
Sintió la mano del sujeto y preguntó:
-¿Qué soy?
-Un vampiro, amigo mío.
-Me siento… Extraño.
-Es normal. Ven… Ven conmigo. Es importante que aprendas unas cosas y te
prepares para el mundo.
Desde ese día, Lucius se convirtió en una especie de mentor para Kilian. Le
enseñó que, como ya no era humano, su apetito ya no sería por los alimentos
de los mortales sino que más bien sería muy diferente.
-No se trata de beber de cualquiera. Existen dos tipos de sangre. Una es la que
llamamos corrupta. Es muy líquida porque su pureza ha sido diluida por los
vicios de quienes consumes. Al beber de esta sangre, te sentirás cansado y
hasta de malhumor. Sin embargo está la pura. Es la que todos deseamos.
Proviene de mortales que han tratado de mantener una vida sana y equilibrada.
Tiene una consistencia espesa y dulce. Es una especie de ambrosía.
Deliciosa... Así que no te aventures a morder a quien se te cruce, muchacho, a
menos que tengas demasiada necesidad.
Lucius le daba charlas extensas sobre cómo protegerse de las armas
rudimentarias de los humanos…
-Tenemos una fuerza extraordinaria pero no podemos pensar que somos
invencibles. Existe una manera de matar a un vampiro.
-¿Cómo?
-Una estaca al corazón. Si esta está hecha de un material sagrado, la muerte
será fulminante.
Los ojos de Kilian se abrían ante las advertencias que su maestro le decía.
Paralelamente, ambos viajaban a través del mundo, bebían, disfrutaban. De
hecho, Lucius fue quien le recomendó que bebiera sangre pura en un ambiente
tranquilo ya que su cuerpo sería capaz de experimentar un éxtasis que lo
elevaría hacia sensaciones inexploradas. Siempre lo hizo y recordaba a su
amigo que no dejaba de decirlo cuando se alimentaban juntos.
A pesar de haber compartido un sinfín de vivencias, Kilian nunca supo el
verdadero origen de Lucius, ni siquiera su edad. Él seguía siendo la misma
figura misteriosa que conoció la primera vez.
Pasó por alto el hecho y lo dejó en el olvido. Estaba feliz de poder contar con
alguien que dedicara tiempo y esfuerzo en educarle.
… Sin embargo, las cosas tomaron un rumbo catastrófico. Ambos se
residenciaron en una ciudad puritana en los Estados Unidos. Ignoraron por
mucho tiempo que estaban siendo vigilados por los pobladores y que estos,
además, estaban organizando un cacería para matarlos. Kilian dejó la mansión
en donde vivían para explorar unas tierras, mientras que Lucius se entregó a la
tranquilidad de la soledad. De repente, una horda de hombres y mujeres
enardecidos entró.
El caos le tomó desprevenido y no tuvo tiempo de transformarse. Trataron de
forcejear pero sin éxito, Lucius era más fuerte y experimentado. Pudo derribar
algunos cuantos con facilidad hasta que una flecha le atravesó el pecho…
Justo en el corazón. El impacto lo paralizó por completo.
Los intentos para levantarse fueron inútiles, sintió cómo poco a poco la vista
se le nublaba salvo por la última imagen de un padre vertiéndole agua bendita.
Dejaron su cuerpo en el medio del campo para que se quemara con los
primeros rayos de la mañana.
Kilian no supo de la noticia hasta que regresó un par de días después. Se
encontró al sirviente esperándolo con las malas noticias.
-… Lo siento mucho, señor.
Sintió que el alma se le fue al piso. Escuchó atentamente lo que había pasado
hasta que no pudo aguantar más las lágrimas.
-Debemos irnos de aquí. Su vida corre peligro.
-Antes debo hacer algo. Prepara el coche con el equipaje y espérame en el
próximo pueblo. Me reuniré contigo y de allí partiremos a otro lugar.
-Sí, señor.
Perdió a su único amigo, a la única persona que le había sacado de la miseria
y que le había ayudado a entender su naturaleza. Lucius era lo único que le
recordaba qué era ser humano.
Pensó en las últimas palabras que llegó a escuchar de él.
-No sabes el potencial que tienes como vampiro. Puedes ser y convertirte en
lo que quieras. Para lograrlo, debes conectarte con tu ser animal y dejar que el
instinto viaje por tu cuerpo como desee. Lo entenderás cuando sientas el
momento.
… Ese era el momento.
Cerró los ojos y no pudo dejar de pensar en un gran lobo negro. Era una
imagen que se materializaba poco a poco. Una especie de ventisca rodeó su
cuerpo. Kilian dejó el aspecto humano para convertirse en ese lobo negro que
imaginó en un principio.
Salió por la puerta principal hacia el pueblo. La sed de venganza le hizo llegar
más rápido de lo que esperaba. Volvió a su estado natural y decidió incendiar
la villa hasta dejarla en cenizas. Le daba igual quienes murieran.
Recorrió las calles dormidas para convertirlas en fuego y destrucción a su
paso. A medida que se adentraba, podía escuchar los gritos de desesperación y
dolor. Quería más y más de eso.
Al final, se paró frente a una colina para ver la imagen de lo que había
logrado. A pesar de ello, no sintió tranquilidad, sino más bien sufrimiento. Era
una victoria amarga.
Ese día, Kilian se aseguró que se convertiría en una maldición para los
mortales. Así que, con el paso del tiempo, se adentró en el mundo de las
drogas hasta volverse más rico y poderoso de lo que hubiera imaginado. Él
era su propia arma de destrucción.
Le gustaba ver desde su oficina la manera en cómo la gente perdía el sentido y
la dirección de sus vidas por unos cuantos gramos de lo que fuera.
-Asquerosos y predecibles…
Se decía mientras su bolsillo engordaba por los ingresos que percibía.
Aunque Kilian le gustaba esa sensación de poder y control que no sólo era
posible tener a través del negocio, sino también por medio del BDSM. Lo
conoció cuando formó para de la corte de María Antonieta. Se enamoró de una
cortesana que le enseñó toda clase de placeres y formas amatorias que
escapaban de lo convencional.
Con ella aprendió el control de la respiración, los amarres y el la tortura
orgásmica. Ella se lo hizo a él y él, más tarde, le haría lo mismo hasta
convertirse en una de sus prácticas favoritas.
Kilian se volvió un experto Dominante que se sintió aliviado a medida que el
BDSM cobraba más y más popularidad. Incluso hasta viajó a Japón para
aprender el arte del shibari.
Exploró los placeres vinculados la electricidad y las agujas. Tuvo tiempo
suficiente para perfeccionar la manipulación de estos instrumentos y de
usarlos a su antojo. Incluso fuera de la habitación.
Así pues, Kilian era el rey del crimen organizado y también un vampiro que
adoraba el control y el dominio.
Aún sentado en el jardín, luego de embeberse en la memoria, pensó en Alissa,
en la forma en la que ella le robó la atención con ese vestido rojo, en las
curvas, en el cabello corto. También pensó en el miedo que podía percibir. La
angustia de desconocer si su hora había llegado o no.
Todavía se preguntaba por qué le había salvado de un momento como ese.
¿Qué iba a ganar con eso? Era una humana más del montón… Sí y no. Ella
tenía algo, un magnetismo que olvidó que existía y que, al verlo, se sintió
como si hubiera revivido. Encendió otro cigarro más y rió para sí.
Era una noche bella y brillante.
-Vas a tener que pagar esa deuda, policía.
V
-Señorita, es preferible que se quede unos días más en observación. Las
heridas que recibió necesitan más atención.
-Entiéndame, si no me voy, perderá la oportunidad de desmantelar una de las
organizaciones más peligrosas. Estoy perdiendo el tiempo aquí. Así que
déjeme pasar.
El médico hizo lo que pudo para insistir. Dio una larga lista de tratamientos y
exámenes que debían hacerse para cerciorarse que todo estaba bajo control.
Pero no, no fue suficiente. Alissa estaba lista para dejar ese recinto. Dos
semanas le pareció demasiado para tolerar.
Pudo salir tras unos intentos frustrados de las enfermeras. Así que llamó a un
taxi para que la dejara en casa. Necesita cambiarse para ir a la comisaría.
Estaba pendiente el asunto de Kilian.
Kilian. Repitió el nombre en sus adentros hasta que hizo un retroceso de los
últimos acontecimientos. En ese instante, pareció sentir el aliento cálido y
unas palabras en el borde del oído:
-Pagarás la duda, policía.
¿Aquello habrá sido verdad o fue producto del delirio? Quería pensar que era
esto último porque no le ocurría qué debía pagar ni cómo.
-Joder pero por qué tarda tanto.
20 minutos después, el taxi le llevaba al centro de la ciudad. Nunca pensó que
extrañaría el sonido de la calle rompiéndose o el sonido incesante de las
cornetas en el tráfico. Por fin se sentía segura, en casa.
Luego de dejarla en la puerta de aquel edificio viejo de ladrillos, Alissa le dio
un vistazo a la facha del mismo. Observó los cordones que exhibían toda clase
de prendas de ropa, las plantas de otros pisos y la música que salía del vecino
de arriba. Respiró profundo y entró.
Subió por los elevadores y sacó las llaves del bolso que tenía. Su jefe y otros
compañeros se habían encargado de llevarle ropa y algunos objetos
personales. Después de dos semanas que se sintieron como toda una eternidad,
por fin estaba en un ambiente sólo para ella, sin dar explicaciones ni razones
de ningún tipo.
Se acercó al refrigerador y sacó una botella de cerveza. La abrió e ignoró toda
advertencia médica. Ese día sólo pensaría en ella misma.
El frío hizo que le doliera la cabeza y gruñera del dolor por una de sus
costillas. A pesar de que su recuperación fue casi milagrosa, todavía tenía el
recordatorio de que tenía que darse su tiempo.
Dejó la botella en una mesa cercana y se recostó en el sofá. Cerró los ojos y
pensó en la suerte que tenía de estar viva. Sin embargo el frío del miedo se le
manifestó en la columna. Kilian se le apareció entre los pensamientos. El
rostro pálido, los ojos azules y la sonrisa malévola que enseñaba los
colmillos. El recuerdo vívido la convenció de que ciertamente él era un ser
sobrenatural. Pero, ¿cómo era posible?
De repente escuchó el sonido del teléfono. Se levantó despacio y tomó el
auricular.
-¿Aló?
-Hola, Alissa. ¿Cómo te sientes?
Era su jefe.
-No es necesario que pienses una excusa, ya nos dijeron que te fuiste del
hospital a pesar de las advertencias de los médicos. Así que esperé a que
llegaras a casa para hablar contigo.
-¿Qué ha pasado?
-¿Recuerdas a los atacantes que nos comentaste?
-Sí, tres tíos. ¿Los encontraron?
Escuchó un largo suspiro –Verás, esto es extraño. Se encontraron los cuerpos
pero estaban en unas condiciones que nos parecieron, pues, particulares.
-¿Qué quieres decir?
-Estaban en un avanzado estado de descomposición. Creo que el forense se
refirió a “momificación”.
-Pero…
-Sí, carece de todo sentido. Tampoco lo puedo creer. Murieron de un paro
cardíaco, al parecer estuvieron sometidos a una gran carga de estrés antes de
morir. ¡Ah! También se encontraron dos marcas extrañas en el cuello, pero se
presume que fueron algún animal aunque mi intuición dice que no es así.
-¿Mordidas? ¿En los tres?
-Sí… Lo sé. Demasiado extraño. El teniente quiere dejar el caso así para que
nos concentremos en Kilian.
Alissa, desde su silencio, sabía que estaban conectados. Se dio cuenta en ese
momento que aquellas sombras que iban y venían en su mente, que lo que
pensó se trataba de una fantasía de un hombre bebedor de sangre, al final
resultó que sí era verdad. Kilian era un vampiro.
-Bueno, cuando te sientas un poco mejor, ven para que hablemos más al
respecto, ¿vale?
-Eh, sí, sí. Perfecto.
Colgó el teléfono con aire sombrío. Sintió como si el cerebro estuviera lleno
de aire. Se apartó hasta llegar a una de las ventanas que de la sala. Se abrazó y
comenzó a sudar. Comenzó a sentirse prisionera de una verdad que no sabía si
decirla o no.
Tomó la botella de cerveza y bebió todo el contenido. Volvió el mareo y el
dolor en la costilla, pero dio igual porque su mundo se puso de cabeza.
Un par de días después, Alissa se miró en el espejo. Las heridas estaban
mucho mejor y estaba más fuerte. Así que sintió el alivio al suponer que no
sufriría de un desmayo de un momento a otro. Esa sensación, sin embargo, se
nubló por el recuerdo de aquella noche que casi le costó la vida.
-Ya pasó.
Se consoló.
Mientras caminaba por el estacionamiento, las luces, de repente, comenzaron a
titilar al mismo tiempo. Asimismo, un ventarrón hizo que se le pusiera la piel
de gallina. Sin importar lo que pasara, no la iban a tomar desprevenida, así
que desenfundó su arma y miró hacia todos los lados, buscando a un posible
atacante.
Una especie de figura oscura comenzaba a tomar forma frente a sus ojos, poco
a poco se echó para atrás.
-IDENTIFÍQUESE, YA.
-Esa arma no me hará ni cosquillas, policía. Así que olvídalo.
-IDENTIFÍQUESE LE HE DICHO.
-Sabes quién soy.
Soltó el arma producto del pánico que sintió. Estaba segura que ese sería su
final.
El rostro de Kilian se abrió paso entre la oscuridad del estacionamiento.
Aquella expresión serena, se volvió juguetona en cuestión de minutos.
-Así que no fue un sueño…
-Comprenderás mejor las cosas si dejas ese estado de negación. Es absurdo
además de una pérdida de tiempo. Bien, veo que se te hará difícil comprender
las cosas así que hablaré yo.
Ella lo miró fijamente. Esos ojos azules, fríos y penetrantes, también la
observaban.
-Nuestros caminos se cruzaron de una manera extraordinaria, así que tomaré
esta coincidencia para decirte que tienes una deuda conmigo.
-¿De qué hablas?
-Sabes de lo que hablo.
-¿Te refieres a esa noche?
-Precisamente.
-Pe-pero…
-Verás, no suelo intervenir en asuntos de los humanos. Si mueren, si se odian,
si se aman, me da lo mismo. Los veo como seres inferiores.
-Hasta que te aprovechas de ellos para lucrarte… Ahí sí te conviene, ¿verdad?
–Ella mostró una postura más segura de sí misma. –Sé quién eres y créeme que
haré todo lo que tenga en mi poder para hacerte pagar los crímenes que has
cometido.
Con un movimiento violento, Kilian la tomó por el cuello y la apoyó sobre la
pared.
-No existe poder alguno que pueda destruirme, humana. Ninguno. –Respiró
sobre su cuello. –Te entregarás a mí y será más temprano que tarde. No lo
dudes.
Sacó su larga lengua y le lamió el cuello. Lo hizo suave y delicadamente,
como saboreando cada parte de ella.
En un abrir y cerrar de ojos, Kilian desapareció y todo volvió a la normalidad.
Alissa, mientras, se desplomó en el suelo entre el miedo y el deseo. Ese
hombre era una nueva definición de peligro pero también sintió algo
inexplicable. Algo que la hizo sentir atraída hacia él como si estuvieran unidos
por una fuerza, por un magnetismo.
Esperó un poco más de tiempo y se levantó, aún las rodillas le temblaban y el
corazón estaba a mil por hora. Cada fibra de su ser había recibido un sacudón.
Cuando pudo recobrar el sentido de la realidad, ella corrió hasta el coche. Iría
a toda marcha a la estación.
Las puertas se deslizaron para dejarla pasar, el vigilante de la puerta la miró
con los ojos muy abiertos.
-¿Cómo se encuentra? ¿No debería estar todavía en el hospital?
-Hola. Sí, pero el deber es más fuerte.
Continuó hacia los elevadores, por suerte, no había nadie. Aprovechó un
momento para verse en el espejo que tenía en frente. Estaba despeinada, con
bolsas debajo de los ojos y todavía con los vellos erizados.
Trató de peinarse un poco y de aplicarse un poco de labial para disimular el
estado de crispación. No quería dar excusas de ningún tipo, había pasado por
suficiente.
Se alegró al ver que ya había llegado al piso. La oficina estaba desierta,
imagen que le hizo un poco de ruido. Buscó a su jefe y lo encontró hablando
por teléfono con aire de disgusto. Cuando se vieron, le hizo una seña de que
cerrara la puerta y se sentara a esperar.
-… Sí, sí. Vale. Ya hemos hecho lo que se nos ha ordenado. Vale.
Colgó y no pudo evitar soltar un resoplido.
-Joder.
-¿Pero qué ha pasado? Es extraño que esto esté así.
-Asuntos Internos está investigando al escuadrón. Parece que encontraron
indicios de corrupción en algunos agentes.
-No lo puedo creer.
-No lo hagas.
-¿Por cuánto tiempo estaremos así?
-No lo sé. Hace rato me informaron que sólo sería cuestión de días pero no lo
sé.
Alissa sintió que no podía más.
-¿Qué han dicho del caso de Kilian? ¿Los cuerpos?
-Todo está desestimado hasta nuevo aviso. Tenemos las manos atadas, Alissa.
-¿Qué puedo hacer?
-Descansar. Aprovecha estos días para dormir.
-Sabes que no puedo hacer esto. Es imposible.
-Pero tendrás que hacerlo. No queda remedio.
-Está bien.
Se levantó del escritorio. Su jefe quiso decirle algo pero justo en ese momento
recibió una llamada.
-Lo siento mucho.
-Entiendo.
Salió de la oficina cabizbaja y más confundida que nunca.
VI
Kilian cobró unos cuantos favores de la policía. Logró incluso que Asuntos
Internos pusiera en pausa una investigación que tenía en su contra… Porque
claro que lo sabía.
Durante el tiempo que pasó Alissa en el hospital, investigó su expediente.
Resultó ser un caso interesante.
Huérfana desde los cinco años, Alissa se volvió introvertida y con un sentido
preocupante de desarraigo, al menos para una niña de su edad. Unos parientes
cercanos tomaron la custodia hasta que se fue a estudiar a los 18 años. Se
convirtió en un prodigio de la policía gracias a su mente brillante y aguda.
Entre los párrafos referentes a diferentes estudios psicológicos, encontró algo
que le llamó la atención.
“… A pesar de un carácter duro y hostil, la paciente esconde el deseo de
protección. Esa misma que le fue privada a tan corta edad”.
-Así que quieres que alguien te proteja, mujer policía. Interesante.
Reunió toda la información posible sobre ella. Su pasado, sus logros, miedos
y hasta gustos personales. Cada cosa le dio una imagen más cercana sobre la
persona que había salvado y de la cual quería poseer completamente.
Sin embargo, lo que empezó como curiosidad, fue creciendo hasta convertirse
en una obsesión que no podía quitarse de encima. Pensaba en ella todos los
días y más desde su tercer encuentro. La vio tan resuelta, valiente pero
también temerosa. Casi podía jurar que observó un destello de deseo hacia él.
Sin importar el tiempo que le tomase, la haría suya.
El reloj marcó las 6:01 p.m.
-Hora de salir.
Se levantó de la cama desnudo y entró al baño para darse un baño. A pesar
que ya no era necesario, era una costumbre que no quiso dejar de lado. Era
más fuerte que él.
Se miró en el espejo. Tenía las mismas facciones de hacía 500 años, como si
su rostro se hubiera congelado en el tiempo… Y de alguna manera era así. Sin
embargo, tenía ciertas arrugas en la frente y en los ojos. Recordó en la sangre
que había bebido días atrás.
-Joder.
Bajó rápidamente a la cocina y se colocó frente al refrigerador. Cerca de la
expendedora de hielo, había un lector de huellas digitales. Puso allí su pulgar
y un ligero pitido anunció un compartimiento que escondía la verdadera carga
preciosa de Kilian: sangre pura.
Sirvió una pequeña copa con el líquido espeso y aromático. Acercó su nariz y
quedó hipnotizado por las sensaciones que tuvo. Era estar cerca del éxtasis.
Sus largos colmillos parecieron prepararse para el momento. Dio un sorbo y
cerró los ojos. El mundo entero desapareció de repente para sólo concentrarse
en esa copita de cristal.
Se sentó en la barra de desayuno para no dejarse arrastrar por los efectos de la
sangre. Era una sensación maravillosa, increíble, tanto que no paraba de
sonreír.
Sintió su cuerpo con más energía. Ese cansancio lo abandonó por completo y
pareció que era el mismo de antes. Luego de beber todo, se levantó y volvió a
examinar su reflejo. Las arrugas habían desaparecido, los ojos estaban más
brillantes que nunca, la piel parecía tersa y suave. Sólo bastó un poco de esa
sangre exquisita para devolverle la juventud.
Subió de nuevo para retomar la ducha. Mientras el agua tibia cubrió su cuerpo
como una fina tela, pensó en las curvas de Alissa. Volvió a sonreír al
recordarla aunque deseaba que ella lo mirara diferente, no con miedo. La vez
que se encontró con ella en el estacionamiento, el instante en el que saboreó la
piel de su cuello, se estremeció por completo. Así que no tardó mucho en
ponerse duro.
Su pene, grande y grueso, parecía clamar el cuerpo de Alissa lo más pronto
posible. Fue entonces cuando tomó su mano y comenzó a masturbarse con
fuerza, imaginando al mismo tiempo en las formas en que la haría suya.
Cerró los ojos y recordó la pequeña cintura, las caderas y la fuerza detrás de
esos ojos oscuros. Los labios gruesos y la piel que parecía brillar desde el
interior. Kilian había vivido lo suficiente para conocer a una gran cantidad de
mujeres pero ninguna le había capturado como Alissa. Ella tenía algo que no
sabía cómo describir.
El glande estaba húmedo por lo que continuó tocándose con fuerza. Se aferró
en el sabor de su cuello y en la belleza exótica de su rostro. Imaginó que la
tenía cerca, que rozaba sus colmillos sobre sus piernas y su cintura, sus manos
recorrerían los misterios de su vulva, sus dedos se aferrarían al calor y la
humedad de ese coño que debía ser el paraíso.
En medio del silencio del baño, sólo era posible escuchar los gemidos de él,
entregándose a una fantasía tan vívida que no quería desprenderse de ella.
Deseaba tenerla entre sus brazos.
Continuó con otra imagen que lo hizo sentir al borde de la locura, ella
arrodillándose ante él, pidiéndole su carne y su sangre. Rogando por su fuerza
y su control. Esos labios gruesos abriéndose para recibir su pene, su lengua
decidida a lamer cada parte. Era un espectáculo que le causó un gran placer.
Se sostuvo de la pared hasta que sintió que estaba a punto de explotar. Aferró
el deseo de tenerla a sus pies hasta que abrió los ojos y eyaculó una gran
cantidad de semen. Quedó atontado que casi perdió el equilibrio de sus
piernas.
Luego de unos minutos, recobró el sentido gracias al sonido constante del
agua. Se levantó poco a poco y abrió un poco más la llave de agua fría.
Necesitaba que algo le diera un golpe para terminar de espabilarse.
Salió y comenzó a secarse. Volvió a mirarse en el espejo y pensó que era
momento de cobrar esa deuda.
Alissa se encontraba en el piso, acostada en el sofá y con el cuerpo hecho
trizas. Por una parte, pensó que debía hacer lo posible para descubrir su
intricada red de narcotráfico o entregarse a él. Porque sí, ya a estas alturas
pensaba en probar que sería estar entre sus brazos. Sin duda, sería peligroso.
No sabía qué hacer.
Dejó su mente en blanco y fue hacia la habitación. Decidió que iría a la
discoteca para hablar con él, pero esta vez lo haría con astucia. Lo seduciría
lo más posible. Así pues que tomó otro vestido ceñido al cuerpo, uno negro de
escote profundo tanto en el pecho como en la espalda. Acomodó su cabello y
se colocó un par de sandalias altas. Estaba decidida a darlo el todo por el
todo.
Llamó un Uber que supo sin problemas cómo llegar al lugar. La noche cayó y
Alissa estaba preparada para definir su destino.
Como siempre, Kilian estaba en su oficina supervisando todo. Vigilaba que los
“dulces” estuvieran a la disposición y que sus guardias impedirían el ingreso
de cualquier presencia no deseada. Esa noche era como cualquier otra.
Justo al momento de darse vuelta para fumar un cigarrillo, vio de reojo algo
que le llamó la atención. Agudizó sus sentidos y se trató de una visita
inesperada. Era Alissa que parecía buscarlo, además.
Se levantó de su silla de cuero. Se acercó aún más a la ventana y la miró
desde la distancia. Se veía muy sensual y segura de sí misma. Le encantaba
estar con una mujer como ella.
La observó caminar entre la gente hasta sentarse en la barra. El mismo lugar en
donde la vio la primera vez.
Apagó las luces y bajó por las escaleras, esas mismas que daban hacia uno de
los costados de la pista. El DJ de ese momento también ofreció un espectáculo
de luces. Como si fuera algo sólo para él, todo quedó a oscuras
intencionalmente. Miró a Alissa alarmarse un poco mientras paralelamente
escuchaba cómo la gente del lugar celebraba el misterio del momento.
Kilian se acercó sigilosamente hacia ella hasta que las luces volvieron a
iluminar todo. Ella se sobresaltó un poco pero después lo miró sin el temor
que había dejado ver anteriormente. Él le acarició el mentón y Alissa quedó
envuelta en un aura de sensualidad del cual no quería salir.
Ella se levantó entonces pare reunirse con él. Kilian la rodeó con sus brazos y
Alissa se puso de puntillas para que sus labios encontraran los de ese hombre.
Lo que al principio fue descubrirlo, resultó todo lo contrario. Fue un encuentro
que sus almas quisieron desde el primer momento en que se vieron.
Se dieron un beso largo y apasionado. Gracias a la música y a los gritos de los
jóvenes eufóricos, los dos pudieron entregarse, al menos por un momento, a lo
que sentían sin ningún tipo de remordimiento.
Los brazos de Kilian se sentían fuertes, el cuerpo de Alissa era la conjugación
perfecta de belleza y delicadeza. Él se dejó llevar un poco y la apretó sin
recordar que todavía estaban esas heridas odiosas. Ella gimió un poco por el
dolor por lo que lo apartó de ella.
-Lo siento.
-Está bien. Hasta yo misma olvido que las tengo.
Él acarició suavemente hasta que no hubo incomodidad sino placer.
-Sabía que vendrías.
-Mi intención era otra… Yo…
-A veces las cosas resultan de manera diferente. Como muestra un botón.
Volvió a tomarla para sí.
-Creo que deberíamos ir a un lugar un poco más privado, ¿no crees?
-Tienes razón.
La tomó de la mano y caminaron juntos entre la gente. Alissa se sintió como la
mujer más poderosa del mundo sólo por estar junto a él. Aunque seguía
ensimismada por los labios y la sensualidad, dedujo que la estaba llevando
hacia su oficina.
-Esta es una oportunidad invaluable.
Subió por las escaleras. Dejó atrás el ruido y el caos para encontrarse con una
oficina amplia y modernamente decorada. Las paredes eran de un rojo intenso
pero que inexplicablemente no resultaba incómodo de ver. El escritorio era de
madera muy pulida y las sillas del otro lado eran de cuero. La más grande,
supuso que era de él.
-Y bien, ¿qué te parece?
-Bastante bien. No sé por qué imaginé algo estrafalario.
-Me insultas.
-Ja, ja, ja. Lo siento.
-¿Algo de beber?
-Bourbon, por favor.
Escuchó mientras servía los tragos y aprovechó el momento para ver el lugar
tanto como pudiera. Además del aspecto elegante, Alissa trató de ubicar algún
compartimiento que se viera misterioso, cualquier indicio que le indicara que
debía seguir esa pista. No obstante, a pesar del esfuerzo, las ideas comenzaron
a diluirse, ya no pensaba como una policía sino como una mujer. Estaba
cayendo más hondo en el encanto de Kilian.
-No encontrarás nada. –Sonrió- Sé cuáles son tus intenciones, policía.
Alissa quedó al descubierto sin embargo, no se sintió mal o presionada, más
bien resultó como si un peso se le hubiera quitado de encima. Algo que por
cierto, era extraño.
-Aquí tienes.
-Gracias.
Esperó un poco. La observó mientras tomaba.
-¿Cómo has estado?
-Bien. Aunque me resulta un poco extraño estar aquí. Siento que todos los
recuerdos vienen hacia mí como si fuera una ola.
Él se acercó a ella con suavidad. Tomó el vaso que tenía entre los manos y la
miró fijamente.
-No tienes por qué preocuparte ahora.
La besó con pasión, aferrándose a su curvilíneo cuerpo, a sus brazos, a sus
labios gruesos que le hacían sentir como si fuera humano otra vez. En ese
momento, ese instinto animal se manifestó en él. Abrió los ojos.
Estos, inyectados de sangre, pudieron ver el interior del cuello de Alissa.
Kilian observó el torrente sanguíneo a toda velocidad, las venas cargadas de
ese preciado líquido, incluso su instinto le dijo que se trataba de sangre pura.
Así que de seguro estaría embebido en el éxtasis por mucho tiempo.
Así fue que sus colmillos se asomaron. Tan puntiagudos y brillantes como la
luna de esa noche. La sostuvo con fuerza mientras que ella estaba perdida en el
deseo, cegada por el placer de los besos y las caricias con las que él recorría
su cuerpo.
Kilian, a pesar de encontrarse demasiado cerca, se alejó bruscamente. Ella,
por su parte, pareció salir del ensimismamiento de aquellos encantos.
-Creo que es mejor que nos veamos en otro momento.
-Oh… Entiendo.
-Le diré a alguien que te lleve a tu casa. No te preocupes por eso, ¿vale?
-Vale.
Cuando se dispuso a salir, él la tomó del brazo con fuerza.
-Nos volveremos a ver.
-Eso espero… De verdad.
Esta vez, fue ella quien se acercó a él con cuidado. Se puso de puntillas una
vez más para alcanzar un poco esa gran altura que se exhibía delante de su
presencia. Acarició el mentó cuadrado, sus dedos también rozaron las mejillas
frías y la nariz aguileña y predominante.
-A veces siento que te conozco desde siempre.
-Me pasa lo mismo.
-Esto no es correcto. Esto está mal.
-¿Por qué piensas demasiado, policía? Eso le quita diversión a las cosas.
Ella inclinó un poco la cabeza pero luego quiso reencontrarse con esa mirada
que escondía un alma complicada y que había pasado por mucho.
Kilian, a pesar de sus palabras, entendía perfectamente a esa confusión de
Alissa. 500 años vagando por la tierra, mezclándose con los extraños,
haciéndose rico, probando los placeres de la carne y de la sangre, detrás de
todo eso, todavía existía dentro de él, algunos rastros de humanidad. No estaba
del todo muerta.
-Sé que no es sencillo. Por eso quiero que pienses bien las cosas.
-¿Ya lo hiciste?
-Hace tiempo que tomé la decisión. No tengo nada más que analizar.
Volvieron a besarse pero, esta vez, como si no existiera el resto del mundo. El
mundo era sólo los dos.
-Vale, mejor ve a casa. Te han pasado demasiadas cosas y que debes procesar.
Ella se apartó de él y bajó las escaleras. Se detuvo en el medio de la pista
para verlo antes de irse. A pesar de los vidrios oscuros, estaba segura que
Kilian la observaba. Finalmente se dio la vuelta y se fundió entre los cuerpos
que estaban allí.
Al dejar de verla, Kilian se dejó caer sobre la silla de cuero. Por un lado no
paraba de preguntarse por qué le había dejado ir. Además, dejó escapar la
valiosa oportunidad de morderla y así convertirla en una esclava para
siempre.
Sin embargo, en medio de estos pensamientos se sintió aliviado de que hubiera
ido. De hecho, realmente sí tenía que analizar ciertas cosas. Entre todo ese
cúmulo, tenía seguro algo: la ansiedad de hacerla suya crecía cada vez más.
VII
Sonaron las llaves sobre la superficie de la mesa de la entrada. El silencio
ahogó el ligero tintineo y Alissa sintió más confundida que nunca. Todavía
recordaba el sabor de los labios de Kilian, un sabor que la acercaba al éxtasis
y a la gloria. Esa sensación, por si fuera poco, también estaba acompañada por
la necesidad de entregarse a sus brazos y así dejarse llevar por una aventura
desconocida.
Pensó en el departamento de policía, en el esfuerzo que había hecho para
endurecerse. Recordó ese instinto de preservación que le insistía en mostrar
distancia con los otros para no involucrarse demasiado. Pero, como si fuera un
capricho del destino, ella se encontraba en ese lugar, con la urgencia de correr
hacia sus brazos. ¿Acaso valdría la pena?
Enseguida le vino a la mente el brillo de los colmillos de Kilian. No habían
hablado de eso y no sabía si lo harían en algún momento. La cabeza le
comenzó a doler.
El silencio quedó interrumpido por el sonido del teléfono.
-¿Qué será ahora? –Se dijo mientras tomaba el auricular con notable desgano.
-¿Aló?
-Alissa…
La voz de su jefe se escuchó más preocupada que nunca.
-¿Qué ha pasado?
-Creo que debemos hablar urgente. ¿Puedes venir a la oficina?
-Está bien. Dame 20 minutos.
Colgó e inmediatamente se cambió de ropa. Dejó los tacones y el vestido
sensual y lo cambió por un par de jeans oscuros, unas botas rústicas, una
camiseta y una chupa de jean. No había tiempo de pensar en indumentarias
finas. Se acercó al clóset y sacó el arma de reglamento, verificó que estuviera
cargada y lista para usar. Tomó la placa y se miró en el espejó por accidente.
Era otra mujer.
Salió como una flecha, directa al estacionamiento. Encendió el coche y pisó el
acelerador con fuerza. Esa llamada le resultó inquietante.
Apenas tardó cuando llegó a la oficina. Todo permaneció sin mayores cambios
como cuando lo visitó después de salir del hospital. Pasó los cubículos vacíos
hasta que se encontró a su jefe con las manos hundidas en la cabeza.
-¿Qué ha pasado?
-Siéntate.
El corazón parecía una locomotora.
-Estamos suspendidos. Por órdenes del teniente.
-No entiendo…
-Sí. Como te lo he dicho. Estamos suspendidos. Asuntos Internos encontró un
soplón que ha expuesto todo el caso de Kilian. Lo tomará el FBI y nosotros,
mientras, miraremos el techo por tiempo indefinido.
-Nosotros hemos sido los únicos que mostramos interés en el caso. Esto se ha
salido de control.
-Pienso lo mismo.
Los dos estaban sentados, uno frente al otro, mirándose y sintiendo la pesadez
de esa decisión sobre los hombros.
-No puedo creer que nos esté pasando esto.
Alissa permaneció callada. Mirando la nada. En ese momento supo lo que
tenía qué hacer.
-Tengo un plan. Pero necesito que me des autorización para trabajar
encubierta. Sólo necesito eso. Si algo sale mal, asumiré las consecuencias.
-Alissa…
-Necesito la autorización. Ya.
Se levantó con tanta fuerza que la silla cedió hasta caer en el suelo. Tenía la
expresión severa y la decisión de seguir adelante.
-Vamos, Joel. Esto es importante y debo seguir con esto hasta el final.
-Estás poniendo en riesgo tu vida. Este caso no lo vale, Alissa.
-La autorización, por favor.
A través de los años, Joel comprendió que Alissa era una mujer de palabra.
Como sabía que iría hasta las últimas consecuencias sin importar las intentos
que hiciera para convencerla de lo contrario.
-¿Segura?
-Completamente.
-Vale.
Sacó del escritorio una hoja con un formato que comenzó a llenar de
inmediato y hasta verificó los números de placa de Alissa y de él para no
darle cabida a los errores.
-Firma y por tu huella. Ajá. Perfecto.
Se alejó con la hoja y la depositó en un montó que decía “correo interno”.
Luego se giró para encontrarse con Alissa.
-No tengo una buena sensación pero sé que no importará nada de lo que te
diga.
-Es así.
Se dieron un abrazo. Joel sintió que algo le gritaba internamente.
-Cuídate. Por favor.
-Lo haré.
Se despidieron como si se tratara de la última vez.
Entonces, Alissa recobró el paso seguro y salió con el objetivo de encontrarse
con Kilian. El riesgo que estaba a punto de tomar era más que necesario.
Ella tomó el coche y cambió de rumbo. Ya no iría a su casa sino a la
discoteca. El camino, por alguna razón, se le volvió eterno. Así que puso un
poco de música para no pensar demasiado. Al llegar, miró hacia la calle para
encontrar un lugar para aparcar al mismo tiempo que se concentraba con el
objetivo de verlo y encontrarse con él.
Al salir, se topó con una aire frío que casi la hizo retroceder. Mientras
caminaba, se topó con el mismo callejón en donde estuvo a punto de morir.
Casi podía observar la sangre, su sangre en el suelo debido a los golpes. Ese
recuerdo amargo no lograba quitárselo de la cabeza.
Siguió caminando hasta que sintió el frío tan particular por la espina. Sabía
que Kilian estaba cerca.
-Necesito hablar contigo.
No había un cuerpo a quién hablarle, más bien Alissa observaba a un conjunto
de sombras que iban y venían.
-¿Estás segura?
-Sí.
De repente todo cobró forma. La alta figura de Kilian se materializó en un
cuerpo delgado y blanco. Parecía resplandecer.
Él se acercó a ella lentamente. Estaba vestido completamente de negro, un
tono tan oscuro que parecía confundirse con la noche.
-Vamos a mi casa.
Ella no objetó. Pensaba que tenía que hacer un sacrificio por su trabajo y sus
compañeros. Trataría de encontrar la razón por la cual el departamento había
quedado suspendido. Sabía que estaba en medio de un juego peligroso.
-¿Ese es tu coche?
-Sí.
-Es interesante que te gusten los modelos clásicos.
-Siempre ha sido así.
El porsche del 69 color verde pistacho se había convertido en una especie de
amigo fiel. Ella, al pasar junto a él, acarició el techo suavemente.
-Era de mi padre. Es lo único que tengo de él… De ellos.
Ella se quedó callada. Kilian se acercó a ella.
-No te preocupes. Estará bien cuidado.
Continuaron hasta adentrarse a un callejón. Emergió de las sombras, un
Camaro del 70. Negro y reluciente.
-Este es un gusto que compartimos, me parece.
Alissa asintió.
Él le abrió la puerta y subió. No pudo evitar sentirse impresionada por la
calidad de detalle del coche. Luego recordó que de seguro tenía que ver con su
inmortalidad.
Kilian pisó el acelerador a fondo con el fin de llegar lo más rápido posible.
Mientras manejaba, puso Breezeblocks de Alt-J. Alissa le pareció interesante
que pusiera justamente esa canción ya que era algo que reflejaba de cierta
manera el momento que estaba viviendo.
Siguieron hasta que vio la gran casa. Sus recuerdos le confirmaron que
ciertamente había estado allí.
Aparcó al frente y apagó los motores. Kilian bajó rápidamente hasta volverle
abrir la puerta. Ella salió y se encontró con un lugar sencillamente hermoso.
Tres plantas de estilo moderno. Una construcción hecha con especificaciones.
La entrada era completamente de vidrio por lo que era fácil ver hacia el
interior. Le sorprendió que fuera un espacio propicio para dejar pasar la luz.
-¿Esto no es peligroso para ti?
-¿Los ventanales?
-Sí.
-Sí. Es peligroso. Sin embargo es una forma de recordarme lo que fui en algún
momento. Además, de noche puede ser tan hermoso como de día. ¿No crees?
-Supongo.
Ingresó un código y entraron. A primera vista, Alissa reconoció la cocina y el
color rojo de las paredes. Este último rasgo le hizo pensar en la oficina. Sin
duda, era algo en lo que Kilian era constante.
Siguió caminando y encontró mesas con objetos particulares: un avioncito de
juguete hecho de latón, un portacigarros de madera con caracteres chinos y un
par de libros. No los identificó hasta que los tomó.
-Son dos tomos de poemas de Bécquer. Obras inéditas. Fui uno de los pocos
que pudo obtenerlas. Ah, esto es de la época de la Segunda Guerra Mundial y
esto cuando viajé a China en la Revolución Cultural. Sí. Sin duda, unas
aventuras interesantes.
Aunque Alissa sabía la verdad sobre él, ella necesitaba que Kilian se lo
confesara. Quizás era el último rastro de su estado de negación que le impedía
enfrentar la realidad.
Volvió a andar y se encontró con un pequeño cuadro.
-¿Klimt?
-Sí. Es exquisito, ¿verdad? Fue un regalo.
-Hermoso.
-Tengo debilidad por las artes y me es grato saber que conoces un poco sobre
el tema.
-Pues sí. Mencionaste que era un regalo. ¿Podrías contarme más al respecto?
Ella sabía que estaba adentrándose en terreno delicado con esta pregunta. Pero
sin duda, estaba decidida a obtener una respuesta.
-¿Qué quieres saber? Es mejor que me lo preguntes de frente en vez de dar
rodeos.
-Vale. Dime, ¿qué es lo que eres?
-Sabes muy bien quién soy. Todo el lugar te lo dice a gritos. Tu instinto te lo
dice a gritos. Pero es como te dije, dejar la negación hará que las cosas
resulten más fáciles.
Él se sentó frente a ella con aire desafiante. De hecho, los dos.
-Dímelo.
-¿Estás preparada para escucharlo?
-¿Ahora eres tú quien anda con rodeos?
Se rió y se acercó a ella. Extendió su mano para acariciarle el cuello. Cuando
lo hizo, Alissa se estremeció. Algo dentro de ella le hacía querer renunciar a
todo. Dejar su vida como era para entregarse a él. No sabía qué fuerza
desprendía de su cuerpo para producirle tales sentimientos.
-Soy un vampiro, Alissa. Uno con unas ganas inmensas de poseerte ya mismo.
Siguió susurrándole con lentitud.
-He sentido esto desde que te vi la primera vez. Con ese vestido rojo… Sí. Lo
recuerdo muy bien. Recuerdo cada detalle como si lo estuviera viviendo
ahora.
Sacó su lengua para lamerle el cuello. Alissa cerró los ojos y apretó los
puños.
-No tienes por qué sentir miedo... No haré nada que no quieras.
-Lo quiero…
Su boca dejó salir esas palabras que para Kilian tenían todo el sentido del
mundo. Era claro que ella también quería lo mismo.
-Dime qué quieres.
-Quiero que me hagas tuya.
A ese punto, ella estaba en una especie de trance que la hacía hablar de esa
manera. Kilian sacaba de ella ese instinto animal que vivía dentro de su
cuerpo. Era imposible reprimir todo aquello.
-Esas palabras pueden ser peligrosas, Alissa. Debes estar consciente de las
consecuencias que puedan tener.
-Estoy segura.
Le respondió con un fuego en los ojos. Entonces Kilian la alzó entre sus brazos
como si pesara nada. De esta manera, sus manos sostenían su cintura mientras
que ella rodeaba su torso con sus piernas. Comenzaron a besarse
apasionadamente hasta que él la llevó hacia la habitación. Subió las escaleras
y se encontraron con espacio bastante amplio. Alissa ya estaba familiarizada
con el lugar.
Él la acostó sobre la cama mientras seguía besándola. Su lengua se sentía
provocadora y dominante. Las manos de él se pasearon por todo su cuerpo
hasta que empezó a desvestirla. Se deshizo lentamente de los jeans, de la
camiseta y la chupa. Le quito todos los obstáculos posibles hasta que
finalmente la vio desnuda.
Se echó un poco para atrás para verla mejor. Esa cintura divina, esas caderas,
las piernas y los pechos con esos pezones duros, erectos. La excitación fue tal
que no pudo ocultar aquellos colmillos filosos. Entonces, volvió hacia a ella
para lamer cada rincón de su cuerpo.
Ella, tendida, estaba entregada al placer que le proporcionaba Kilian. Sintió
su lengua chupando sus pezones así como sus dientes que mordían un poco
para hacerla gemir. Siguió bajando hasta encontrarse con el coño húmedo y
caliente de ella. Suavemente, acarició el clítoris hasta que escuchó esos
quejidos exquisitos producto a esa estimulación.
Mientras lo hacía, observó la humedad de esos fluidos que empapaban los
labios gruesos de la vagina. Incluso el olor le hacía recordar a los duraznos
maduros. Fue entonces cuando sintió la boca agua por lo que llevó sus labios
hasta su entrepierna. El primer roce le hizo devorarla como nunca.
Sus manos fueron directamente a sus muslos para sostenerse de ellos al mismo
tiempo que la chupaba con violencia. El sabor de ese coño le hizo casi delirar.
Unas veces introducía su lengua para penetrarla con ella, otras lo hacía al
mismo tiempo que su pulgar estimulaba su clítoris. La electricidad que sentía
Alissa le hacía cosquillas desde la planta de los pies hasta la cabeza. Recorría
su cuerpo por entero.
Siguió comiéndola hasta escuchar los gritos de ella. Supuso que estaba a punto
de llegar al orgasmo por lo que se detuvo.
-Todavía no.
La besó para que ella también se saboreara.
-Eres deliciosa.
De repente se detuvo y se levantó para desvestirse. Ella aprovechó el
momento para ver ese cuerpo que le llevaba a la perdición. Poco a poco, al
quedar de lado la ropa oscura y sombría de Kilian, quedó al desnudo una
figura que resultó ser todo un deleite. Un torso con los abdominales marcados,
los mulos y piernas fuertes así como los brazos, la espalda ancha y formada.
Los pectorales también ejercitados y en las manos era posible ver las venas
brotadas. El cabello negro ondulado con algunos hilos plateados, parecía
brillar. Sus ojos azules la miraban de arriba abajo. La piel de Kilian era
blanca, blanquísima. Ella no podía dejar de admirarlo. Era un hombre
increíblemente guapo.
Él volvió a reunirse con ella. Sus manos se posaron sobre sus pechos y su
boca sobre el cuello. Estaba segura que en cualquier momento la mordería.
Ansiaba el dolor penetrante. Kilian, sin embargo, como si leyera sus
pensamientos, optó por rozar sus dientes sobre ella. Incluso en algunas partes
logró hacerle pequeños cortes de los cuales brotaban unas cuantas gotas de
sangre.
Se repitió a sí mismo que debía esperar un poco más, así que se acercó a su
rostro y la tomó por la nuca.
-Arrodíllate.
Ella quedó frente a su gran pene. La sonrisa de él le hizo entender lo que tenía
que hacer, entonces, sintió el contacto de su lengua sobre su miembro. Suave al
principio, para saborear cada parte de él. Luego de hacerlo de arriba hacia
abajo, lo tomó entre sus manos y lo introdujo por completo en la boca.
Él la ayudó al apoyar su mano sobre la cabeza. Hizo que fuera tan profundo
como pudiera. Alissa se ahogó un poco al principio, hasta hizo unas cuantas
arcadas, aun así, continuó dándole placer.
Kilian cerró los ojos para concentrarse en las sensaciones que esa boca
sensual le proporcionada. Cuando podía, abría los ojos para encontrarse con
la imagen de los labios carnosos que lo devoraban. Los ojos negros se
concentraban en los suyos, ella le hacía ver que estaba entregada a sus deseos.
Hizo que se detuviera para penetrarla. Deseaba tanto penetrarla que ni
siquiera podía pensar. Se sentó al borde de la cama e hizo que ella se sentara
sobre él. El pene, duro como una roca, estaba completamente erecto y a la
espera de ese coño tan exquisito.
Antes, con los dedos índice y medio, acarició la vulva. Le gustaba saber que
estaba aún más mojada de lo que recordaba. La masturbó un poco mientras la
tomaba del cuello.
-Así es. Mírame.
Ella no decía nada. No podía. Su voz era prisionera de ese placer
indescriptible por lo que no le quedó más remedio que subyugarse por
completo.
Kilian, al encontrarse satisfecho, se sostuvo de la cintura de Alissa y la acercó
de manera que ella sólo debía acomodarse sobre su pene. Descendió poco a
poco hasta que sintió una fuerte presión dentro de ella. Efectivamente era un
pene muy grueso.
Él conquistó su carne al poseerla así. Apoyó sus piernas sobre la cama y sus
manos y brazos sobre esos hombros de acero. Sus rostros quedaron cerca, muy
cerca. Ella al principio le costó moverse un poco, sentía un poco de dolor
hasta que encontró el punto justo en donde comenzó a sentir placer. Así que
automáticamente sus caderas hicieron un movimiento suave y lento.
De esta manera y gracias al roce, sus carnes calientes parecían abrasarse
mutuamente. Alissa dejó la timidez y aumentó el ritmo y la velocidad. El
choque de su pelvis sobre la de él, esas embestidas violentas hicieron que
Kilian marcara las manos sobre las caderas de ella, como queriendo pasar el
límite de la piel.
El deseo se volvió tan intenso que en la habitación había un ambiente denso.
Los dos estaban sincronizándose en un movimiento que los fundía en un solo
ser.
En ese momento, Kilian se sintió vivo, realmente vivo. Su cuerpo
generalmente frío, se volvió cálido gracias al contacto de Alissa y por
supuesto debido a lo que ella le producía.
Se miraban de frente, se volvían cómplices de la lujuria que transmitía el uno
y el otro. Ella acercó sus labios a los de él para besarlo. Lo hacían con pasión,
con desesperación.
Cambiaron de posición. Ella quedó sobre la cama, tendida, mientras lo
esperaba.
-¿Confías en mí?
-Sí.
-Espera un momento.
No dudó en responder porque ciertamente se sentía así. Entonces lo vio
emerger de la oscuridad con un par de cuerdas. Extendió sus brazos y ató las
muñecas a los postes de la cama.
-Avísame si estás bien o incómoda.
-Estoy bien.
Siguió atándola hasta que sus extremidades quedaron extendidas. Ella estaba
sonrojada por el placer, lo llamaba con la mirada. Kilian se arrastró sobre su
cuerpo, besándola, adorándola.
-Cierra los ojos.
Ella lo hizo y volvió a experimentar la humedad de su lengua sobre varias
partes de su cuello. También chupaba con fuerza.
-Quiero que quedes marcada por mí.
-Sí… Sí, señor.
Esa última palabra le produjo una emoción tan grande que pensó que el pecho
comenzó a sentirse increíblemente acelerado. En ese instante, sus ojos azules
se volvieron rojos y los colmillos se alargaron aún más.
Alissa reconoció esos gruñidos debido a la transformación de ese amante
insaciable.
-Hazlo… Hazlo, por favor.
Por un lado tenía miedo a dejar atrás su propio ser pero también recordó que
se había prometido haría lo posible de resolver el caso que le había devanado
los sesos. Por ella y por el departamento. Por su jefe, por su trabajo.
Le mostró el cuello esperando ansiosamente el dolor que vendría con él. Se
sostuvo de las cuerdas y sintió el cálido aliento de Kilian.
-Serás mía por el resto de la eternidad.
Él abrió bien la boca y finalmente la mordió. Un fuerte grito se hizo eco dentro
de la habitación hasta que quedó ahogado por las succiones de Kilian. Esa
sangre resultó ser alimento de dioses.
La vida iba diluyéndose a medida que él estaba allí, en su cuello. Alissa
mantuvo los ojos cerrados y en ese éxtasis de dolor y placer, se recordó a sí
misma siendo niña, recordó el día en que entró a la academia y hasta el
momento en que cruzó miradas con Kilian. Allí comprendió el sentido de su
vida.
El rosado de su piel desapareció para dar paso a esa misma palidez del
cuerpo de Kilian. Sus ojos negros se tornaron azules y el cabello,
completamente gris. Él se levantó con una sonrisa para morder su muñeca.
-Ahora tienes que beber de mí.
Le extendió su brazo y ella desesperada comenzó a beber. Era una sed como
nunca había sentido. Era nuevo, muy nuevo. Kilian gimió un poco de dolor
hasta que ella se encontró satisfecha. Al terminar, Alissa se transformó en un
vampiro.
Luego de esto, él volvió a tomarle del cuello para apretarlo con fuerza. Ella
sintió cómo el aire se le escapaba de los pulmones pero no tuvo miedo de
morir. Ya no era necesario.
Ambos, con los labios mojados por la sangre, unieron sus labios para besarse
y saborearse una vez más.
Kilian se acomodó para volver a follarla. La penetró con tal fuerza que a ella
le temblaron las piernas. Él comenzó a moverse con el único objetivo de
llegar más y más profundo entre sus carnes. Los dos estaban fundidos en el
placer por lo que no faltó demasiado en que tuvieran el orgasmo al mismo
tiempo.
-Ven… Llega conmigo.
Ella se mordió los labios y allí sintió el filo de sus nuevos colmillos. Sintió
una energía vigorizante que le recorría el cuerpo. Los dos gimieron con
intensidad hasta que el extrajo su pene para eyacular en ese torso exquisito y
ella, por otro lado, expulsara los líquidos de vulva. Lo hicieron al mismo
tiempo.
La fuerza de ese orgasmo hizo que Alissa se cayera inconsciente. Kilian, al
recobrar el aliento, la observó. Le acarició el rostro y se levantó rápidamente.
Fue al baño y buscó algunas toallas para limpiarla a la vez que la
desamarraba.
Las muñecas estaba marcadas por las cuerdas y su cuerpo daba muestra de las
mordidas y lamidas. Él se sintió el conquistador de esa piel que tanto lo
trastorno la primera vez.
De regreso, se miró en el espejo y esa sangre de ella, la misma que recorría su
cuerpo, lo hizo sentir más poderoso que nunca. ¿Qué querría decir eso?
Se lavó la cara y se reunió con ella. Mientras se acostaba, miró el reloj. Aún
había tiempo antes de que llegara el amanecer.
VIII
Alissa despertó un poco mareada. Se incorporó y enfocó sus ojos. Kilian tenía
entre sus manos lo que parecía una copa.
-Bébelo.
-¿Qué es?
-Tu nuevo alimento.
Ella tomó la copa y bebió. Sus pupilas se dilataron y una sensación de
bienestar le invadió el cuerpo. Sonrió mientras sus sentidos danzaban al ritmo
del éxtasis de la sangre.
-Esto… Esto es delicioso.
-Lo es.
Relamió los labios.
-Quiero un poco más.
-No. Es más que suficiente. –Dejó la copa en una mesa para luego ponerse
muy serio- Esto es lo que debes beber siempre. Sangre pura. De lo contrario te
sentirás débil y cansada.
-¿Sangre pura?
-Sí. Tus sentidos, a medida que se agudicen, sabrán detectarlo, incluso hasta
saber la cantidad exacta que tu cuerpo necesita. Más de eso, terminarás como
los humanos adictos a las drogas.
Alissa cobró consciencia de su nueva naturaleza. Extendió sus brazos y los vio
increíblemente pálidos. Se levantó y fue hacia el baño para verse mejor. El
cabello negro ahora era gris, el cambio se extendió hasta sus ojo; un azul claro
casi glacial. Parecía una persona completamente diferente… De alguna manera
así era.
Tocó su rostro y por fin entendió lo que era ahora y la misión que debía seguir.
Kilian se acercó para quedar tras ella.
-Si somos vampiros. ¿Cómo es posible vernos?
-Eso es un invento producto del mito hecho por los humanos. De hecho,
podemos vernos en cualquier superficie reflectante.
-¿Todos cambian cuando son mordidos?
-Sí. Aunque esos cambios varían en unos y otros. En tu caso fue el cabello y
los ojos. Algunos permanecen igual. Es, digamos, cuestión de lotería.
Se acercó a ella y la miró todavía insegura.
-Tienes un poder muy grande entre tus manos. Poco a poco te darás cuenta que
serás capaz de cosas que jamás habrías soñado. Pero tienes que tener presente
que debes tener paciencia contigo misma. Es un proceso que tomará tiempo.
-Entiendo.
-Estaré contigo pero eso también implica otra cosa, Alissa.
-Estoy entregada a ti.
-Lo sé, pero me gustaría que tuvieras algo que te recordara eso.
Acarició su cuello y le puso un collar de cuero negro fino.
-Esto representa que eres mía y sólo mía; y que yo soy tu dueño. Como tal, te
enseñaré todo lo que sé de este mundo y más.
Luego de colocárselo, ella lo acarició con un par de dedos.
-Así será, señor.
-Me gusta que aprendas rápido. Ahora, hay algo importante y que de verdad no
es un invento. Los rayos del sol es nuestro enemigo. Debemos evitarlo tanto
como sea posible. Asegúrate que cada abertura quede cubierta mientras
descansas. De lo contrario, morirás. ¿Entendiste?
-Sí.
-¿Recuerdas que me preguntaste si tener tantas ventanas no era peligroso?
Bien. Ven conmigo.
Le tomó la mano y descendieron lentamente. La luz de la luna era brillante y
hermosa.
-Esta noche está espléndida.
Siguieron caminando hasta que se encontraron con una pared de concreto.
Kilian rozó suavemente sus dedos y se abrió un compartimiento.
-Es por aquí.
Todo estaba muy oscuro, sin embargo, ella podía ver como si estuviera en
pleno día. Caminó junto a él hasta que se detuvo. Encendió una luz y vio un
ataúd. Aquella imagen le causó un impacto muy grande, tanto que se echó para
atrás. Le parecía imposible de creer que todo aquello que había leído sobre
los vampiros en los libros y en las páginas de fanáticos en Wikipedia,
resultara verdad.
Él se acercó a ese cajón negro brillante y lo abrió.
-Como verás, es completamente hermético.
-¿Qué hay de la habitación?
-Tiene un sistema de seguridad que permite que la luz no pase por ningún
espacio. Sin embargo, a veces vengo aquí.
Ella se acercó tímidamente.
-Esto es impresionante.
-No quiere decir que tengas que tener uno. De hecho, muchos creen que las
urnas son una cuestión pasada de moda pero, al menos para mí, es una especie
de hábito que se me hace difícil olvidar. –Luego se giró hacia ella- Pero sí es
importante que recuerdes tener un lugar seguro para ti.
-Vale.
Kilian miró un reloj que estaba cerca.
-Como soy un buen maestro, te dejaré que duermas aquí. Me interesa saber si
serás de esos vampiros de la vieja escuela o más bien parte de los modernos.
¿Qué dices?
Él sonreía como si todo se tratara de un juego. Era evidente que le resultaba
divertida toda la situación.
Alissa dio una mirada que denotaba inseguridad. Hacía pocas horas, su vida
se había regido bajo las costumbres humanas: dormir en una cama, desayunar,
pelear con la gente que toma el tren, sentir el corazón acelerado por un beso.
Ahora ella se encontraba en una situación en donde todo le resultaba
sumamente diferente. No sabía cómo actuar. Él permaneció a un lado,
esperando alguna respuesta de ella.
-¿Lo harás?
Un impulso la hizo aceptar el desafío.
-Sí.
-Bien.
Kilian tomó un paso al frente y abrió el ataúd. La imagen que tenía por fuera
era un reflejo de lo que había dentro. Una tela similar al terciopelo, cubría
todo el interior. Si se miraba más de cerca, era posible observar una serie de
dispositivos modernos.
-Esto que ves aquí es un regulador de oxígeno. Sin importar qué tan profundo
estés, recibirás una excelente calidad de aire. Mira esto… -Ella acercó su
rostro a lo que parecía un pequeño botón insignificante- Pensarás que no tiene
importancia pero es quizás lo más importante de esta belleza ya que avisa
cuándo es el mejor momento para salir. Estarás protegida de los rayos del sol.
Acarició la superficie con sumo cuidado.
-Para mí esto es importante porque perdí un amigo a causa de ello. Aprenderás
con el tiempo que tú misma eres un bien que debes proteger a toda costa.
-Vale.
-Bueno, es mejor que vayamos a descansar. ¿Estás segura?
-Sí.
No esperó a que él la guiara hasta el interior, lo hizo por sí misma. Se acostó
con lentitud hasta que se sintió cómoda. Aquella textura aterciopelada, la
sintió como una caricia en la piel. Sus párpados se sintieron de repente muy
pesados. Cuando comenzó a cerrarlos, escuchó el sonido de los pájaros que
anunciaban el nacimiento del día.
-Estaré pendiente de ti.
-Gracias… Amo.
Se quedó dormida al instante por lo que Kilian cerró el sarcófago para que
pudiera dormir en paz.
El “Amo” lo hizo sentir que no sólo se había convertido en su Dominante, en
el hombre que le había hecho suya, sino también en el mentor que debía
guiarla en el nuevo mundo que se presentaba. Recordó a su amigo Lucius y en
la actitud paciente con él.
Subió las escaleras con rapidez, cerró la puerta de la habitación y tomó un
control remoto que le ayudó a manejar las cortinas de los grandes ventanales.
Todo quedó en penumbras de inmediato. Encendió un sistema de alarmas y una
pequeña cámara reflejó las grabaciones de aquel cuarto oscuro en donde se
encontraba Alissa. La tapa estaba aún cerrada, quería decir que el sueño era
profundo.
Kilian sonrió y se acostó en la ancha cama, aunque no tardó en añorar la
presencia de ella, supo en su interior que era necesario que Alissa no tardara
en familiarizarse con las sensaciones como vampiro. La imagen de su rostro
confundido, le evocó el suyo cuando aún estaba experimentando el meollo de
su ser inmortal. Aunque quería seguir, el cansancio terminó por hacerle dormir
profundamente.
El sutil pitido hizo eco en el interior del ataúd. Los ojos de Alissa se abrieron
lentamente hasta que se encontró con la penumbra de la tela negra. Por un
instante, sintió pánico y comenzó a forzar la tapa para poder salir. Al darse
cuenta que debía girar una pequeña manija, se tranquiló un poco y pudo salir.
Se puso de pie entre aturdida y confundida. Dio unos cuantos pasos y salió de
la caja. Se aventuró a salir de la habitación, pasar por el pasadizo hasta que
encontró este completamente abierto. Kilian se le anticipó.
Salió y se encontró con que era de noche. Miró hacia arriba y subió las
escaleras. Olvidó que todavía estaba completamente desnuda.
Encontró la habitación vacía. Cuando se dispuso a encontrar sus cosas, un
trozo de papel con su nombre estaba sobre la cama.
“He salido. Creo que no tendrás hambre pero, cuando eso suceda, ya sabrás
en dónde buscar alimento. Sólo debes confiar en tu instinto. Otra cosa, aquí
está el número de un taxi, llámalo para que te lleve a casa. Nos veremos
pronto. K.”.
Alissa dobló el papel y lo dejó sobre una mesa. Pensó que sería buen momento
para tomarse un baño. Tras unos minutos, ella salió renovada. Se miró de
nuevo en el gran espejo y le pareció gracioso que pudiera verse. También
reconoció que ahora su estatus había cambiado por lo que debía aprovechar
sus nuevas habilidades para desmantelar el negocio de Kilian.
Después de mirarse la piel, el rostro y el cabello, se dio cuenta que todavía
tenía el collar que le había dado. Un recordatorio que se debía a él
incondicionalmente, por lo tanto tenía que andar con cuidado si quería llevar
esa doble vida.
Salió para comenzar a vestirse. Encontró los jeans, la camiseta blanca y la
chupa de jean. Luego de recoger el resto de sus cosas, bajó las escaleras.
Decidió que iría caminando a su casa.
Aunque la sola idea parecería una locura para cualquiera, Alissa quiso saber
qué tan cierto era aquello de sus poderes. A medida que avanzaba, se sentía
con más energía y hasta con ganas de volar… Sí, volar.
Aquella idea le pareció una locura a pesar que no la sentía imposible de
lograr. Aunque era tentador, recordó que, gracias a la agudeza de sus sentidos,
ahora tendría la oportunidad de usarlos a favor del caso.
Llegó finalmente hasta una parada de autobús. Aprovechó que esta se
encontraba completamente desierta y se sentó en el banco. Pensó en los
avances que tuvo el caso hasta el día en que la atacaron. Si bien la discoteca
era el punto central, Kilian también tenía otros negocios con el fin de lavar el
dinero de las drogas.
Incluso una de las pistas más importantes del caso, se trataba de una libreta
negra en donde se encontraban anotados los contactos de Kilian. Este más el
registro de las cuentas, eran las piezas claves y, por lo tanto, debía hacer lo
posible para dar con el lugar en donde se encontraban.
Justo en ese momento, se detuvo un autobús que pasaba por el centro de la
ciudad. Esta sería una oportunidad de oro.
Al subirse, se sentó en el último puesto. Miró por la ventana y enseguida
percibió diferentes olores y esencias de quienes compartían el espacio con
ella. Algunos desprendían un aroma agradable por lo que sintió cómo sus
colmillos se asomaron violentamente. Trató de reprimir ese instinto animal,
ahora tenía que lidiar con esto nuevo que se presentaba.
Cerró los ojos y volvió a concentrarse en lo que debía encontrar. Debía
permanecer así, tranquila y enfocada. Ansió por primera vez las palabras de