Pueblo mío, yo te quiero,
Pero, a ratos me das pena y a ratos, enojos,
que me golpean el pecho muy fuerte.
¿Es que acaso tienes una venda en tus ojos
o lagunas en tu mente?
No sé, pero así parece, pues olvidas fácilmente.
Dime, pueblo, ¿por qué reclamas?
¿Por qué protestas? ¿Por qué te levantas?
La realidad que ves, tú la construiste,
y el futuro que viene es lo que pediste.
Te enojas por eso, ¿por tu desatino?
Y le echas la culpa al destino alegando muchas razones.
Pero te digo, pueblo:
pobre de ti y de los hombres
que destino llaman a la consecuencia de sus acciones.
Por eso me das pena y me das rabia.
Pena porque no piensas y rabia porque te engañas.
Pueblo, mío, yo te quiero,
pero a veces no logro entenderte.
Te he visto luchar desesperado,
gritando inútilmente como un río enfurecido;
pero, luego, muy luego, pueblo,
agachas la cabeza, avergonzado,
igual que un niño que han reñido entre tanta gente.
Pueblo, mío, yo te quiero,
y es por eso que sufro cuando así te veo,
taciturno, casi dormido,
con una paciencia infinita, que desvela,
ofreciendo siempre la otra mejilla a quien te abofetea.
¿Qué pasa, pueblo? ¿Qué esperas?
El tiempo pasa y no despiertas.
¡Pálpate los ojos! ¡Quítate la venda!
Y unámonos todos para la lucha.
No habrá rival que nos venza,
ni hoy, ni mañana, ni nunca…