0% encontró este documento útil (0 votos)
103 vistas14 páginas

Duc in Altum

Este documento resume el pensamiento social del Papa Juan Pablo II sobre el trabajo desde la perspectiva de una "espiritualidad de la comunión" propuesta por el Papa. Señala que Juan Pablo II dedicó gran atención a la cuestión social a través de encíclicas como Laborem Exercens y Sollicitudo Rei Socialis. El autor explica que Juan Pablo II promovió una espiritualidad basada en dar espacio al otro, valorar lo positivo en el otro, y sentirse parte de un cuerpo, y cómo esto se aplica especialmente a una "espiritualidad del
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
103 vistas14 páginas

Duc in Altum

Este documento resume el pensamiento social del Papa Juan Pablo II sobre el trabajo desde la perspectiva de una "espiritualidad de la comunión" propuesta por el Papa. Señala que Juan Pablo II dedicó gran atención a la cuestión social a través de encíclicas como Laborem Exercens y Sollicitudo Rei Socialis. El autor explica que Juan Pablo II promovió una espiritualidad basada en dar espacio al otro, valorar lo positivo en el otro, y sentirse parte de un cuerpo, y cómo esto se aplica especialmente a una "espiritualidad del
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

"Duc in altum" El pensamiento social

de Juan Pablo II

Cardenal Jorge M. Bergoglio03 Diciembre 2017


El íntimo nexo eucarístico y escatológico que une la mirada de la
doctrina social de la Iglesia de los Papas Wojtyla y Bergoglio.

* El presente texto contiene la Conferencia pronunciada en Roma en


2003, del entonces Cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de
Buenos Aires.

Duc in altum” —¡navegad mar adentro!, “¡sin titubeos!, ¡zarpad!”—.

La exhortación de Jesús a Pedro, que Juan Pablo II hace suya para luego
transmitirla a nosotros con renovado ardor apostólico, nos anima a
adentrarnos en su vasto pensamiento social. Juan Pablo II es
indudablemente el pontífice que más escribió sobre la “cuestión
social”: tres encíclicas, innumerables discursos y homilías, y el
permanente llamado a lo social en todos sus documentos nos
sorprenden no solo por la vastedad, sino también por la amplitud de
horizontes, la valentía y la profundidad con que el Papa considera
toda la doctrina social de la Iglesia y la replantea con un nuevo
enfoque y nuevo fervor. “Navegar mar adentro” en su reflexión nos lleva
a los recorridos que el Señor hacía con sus discípulos, instruyéndolos en
medio de la rica y misteriosa realidad del lago de Genesaret, símbolo del
mundo y de la historia. En el ámbito bien delimitado de Laborem
exercens o Sollicitudo rei socialis, vibra toda la doctrina social de la Iglesia
en un molde universal y concreto, iluminado por el Evangelio. Y se siente
en el aire de mar el perfume que promete una pesca abundan-te. Desde
el comienzo de su pontificado, el Papa trabajador nos invita a entrar en el
lugar donde la vida social del hombre está en juego a fuerza de remos, ahí
donde es preciso una y otra vez lanzar las redes al mundo del trabajo y de
la solidaridad.

“DUC IN ALTUM”: con amplitud de horizontes


Comprometerse en la “cuestión social” significa entrar plenamente en la
“cuestión planetaria”.

Comienzo con algunas palabras de Juan Pablo II en Novo millennio


ineunte (2001):

Es notorio el esfuerzo que el Magisterio eclesial ha realizado, sobre todo


en el siglo XX, para interpretar la realidad social a la luz del Evangelio y
ofrecer de modo cada vez más puntual y orgánico su propia contribución
a la solución de la cuestión social, que ha llegado a ser ya una cuestión
planetaria (NMI 52).

Para el Papa, “esta vertiente ético-social” debe proponerse “como


una dimensión imprescindible del testimonio cristiano”. Juan Pablo
II tiene la valentía de rechazar como “tentación” una “espiritualidad
oculta e individualista”. Su propuesta es una espiritualidad de comunión,
una espiritualidad que considera la dimensión social del hombre. La otra,
individualista y oculta, “nunca tendría que ver con las exigencias de la
caridad, ni con la lógica de la Encarnación y, en definitiva, con la misma
tensión escatológica del cristianismo”. Ciertamente, si bien la esperanza
del cielo “nos hace conscientes del carácter relativo de la historia, no nos
exime en ningún modo del deber de construirla. Es muy actual a este
respecto la enseñanza del Concilio Vaticano II: “El mensaje cristiano no
aparta a los hombres de la tarea de la construcción del mundo, ni les
impulsa a despreocuparse del bien de sus semejantes, sino que les obliga
más a llevar a cabo esto como un deber”.

“Duc in altum”, en la voz del Papa, es una exhortación que nos con-suela
y nos anima a navegar mar adentro en el nuevo milenio, y a la luz del
Evangelio iluminar la “cuestión social”, que ha llegado a ser ya una
cuestión planetaria.

“Duc in altum” es una invitación a comprometernos en la tarea de


edificación del mundo, y un incentivo para preocuparnos del bien de
nuestros semejantes como un deber que surge del Evangelio mismo.
Las etapas fundamentales de la doctrina social en el
siglo XX
El esfuerzo del magisterio por interpretar la realidad social a la luz del
Evangelio del cual habla el Papa tuvo al Pontífice mismo como principal
protagonista.

En Tertio millennio adveniente (1994), Juan Pablo II recuerda las etapas


principales del pensamiento social de los pontífices, entre los cuales está
el suyo:

Además, los Papas a lo largo del siglo, siguiendo las huellas de León XIII,
han tratado sistemáticamente los temas de la doctrina social católica,
considerando las características de un sistema justo en el campo de las
relaciones entre trabajo y capital. Basta pensar en la Encíclica
Quadragesimo anno de Pío XI, en las numerosas intervenciones de Pío
XII, en la Mater et magistra y en la Pacem in terris de Juan XXIII, en la
Populorum progressio y en la Carta Apostólica Octogesima adveniens de
Pablo VI. Sobre este argumento yo mismo he vuelto repetidamente: he
dedicado la Encíclica Laborem exercens de modo particular a la
importancia del trabajo humano, mientras que con la Centesimus
annus he intentado reafirmar la validez de la doctrina de la Rerum
novarum después de cien años. Además, anteriormente, con la Encíclica
Sollicitudo rei socialis había propuesto de nuevo en forma sistemática toda
la doctrina social de la Iglesia desde la perspectiva del enfrentamiento
entre los dos bloques Este-Oeste y del peligro de una guerra nuclear. Los
dos elementos de la doctrina social de la Iglesia —la tutela de la dignidad
y de los derechos de la persona en el ámbito de una justa relación entre
trabajo y capital, y la promoción de la paz— se encontraron en este texto
y se fusionaron (TMA 22).

Una espiritualidad del trabajo


Considerando los dos elementos de la doctrina social de la Iglesia
señalados por el Papa —“la tutela de la dignidad y de los derechos de la
persona en el ámbito de una justa relación entre trabajo y capital, y
la promoción de la paz”—, en esta breve exposición nos centraremos en
la cuestión del trabajo. Lo haremos partiendo de la perspectiva de la
“espiritualidad del trabajo”.
Quiero explicar el motivo de esta opción. En Novo millennio ineunte, esta
espiritualidad nueva, solidaria, de comunión, de la cual habla el Papa, tiene
una evidente concreción en lo que él define como “espiritualidad del
trabajo”.

Gran impacto tuvo el encuentro de los trabajadores, desarrollado el 1° de


mayo dentro de la tradicional fecha de la fiesta del trabajo. A ellos les pedí
que vivieran la espiritualidad del trabajo, a imitación de san José y de Jesús
mismo. Su jubileo me ofreció, además, la ocasión para lanzar una fuerte
llamada a remediar los desequilibrios económicos y sociales existentes en
el mundo del trabajo, y a gestionar con decisión los procesos de la
globalización económica en función de la solidaridad y del respeto debido
a cada persona humana (NMI 10).

El Papa Juan Pablo II unió el trabajo de manera explícita, exhortando a


esta Espiritualidad de Comunión, que aspira a ser el paradigma de la
Iglesia del nuevo milenio. Las características de esta espiritualidad están
claramente señaladas.

Espiritualidad de la comunión significa ante todo una mirada del corazón


sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya
luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están
a nuestro lado (NMI 43).

A continuación, el Papa especifica tres ámbitos que debemos “promover”


para que haya comunión a la luz de la presencia de Dios en el rostro de
cada hombre. Los definiremos así:

* Promover el sentido de pertenencia a un cuerpo:

Espiritualidad de la comunión significa, además, capacidad de sentir al


hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como
“uno que me pertenece”, para saber compartir sus alegrías y sus
sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para
ofrecerle una verdadera y profunda amistad (NMI 43).

* Promover una visión que valorice orgánicamente:

Espiritualidad de la comunión es también capacidad de ver ante todo lo


que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de
Dios: un “don para mí”, además de ser un don para el hermano que lo ha
recibido directamente (NMI 43).
* Promover el concepto de dar espacio al otro y no de dominar
espacios:

En fin, espiritualidad de la comunión es saber “dar espacio” al hermano,


llevando “mutuamente la carga de los otros” (Ga 6,2) y rechazando las
tentacionesegoístas que continuamente nos asechan y engendran
competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias (NMI 43).

Nos parece que esta espiritualidad de comunión, con múltiples reso-


nancias en cada ámbito concreto de la vida eclesial, tiene un sabor
especial si la aplicamos a esa espiritualidad del trabajo a cuyo cultivo el
Papa Juan Pablo II invitaba a los trabajadores. También debemos señalar,
entre paréntesis, que comunión y trabajo son las dos realidades que en el
documento subrayan la espiritualidad.

“DUC IN ALTUM”: con la valentía de entrar en el


argumento fundamental. El trabajo, clave de la
cuestión social
Veamos por qué.

Preguntémonos: ¿cuál es la concepción de Juan Pablo II en relación con


el trabajo humano?

Todos sabemos que Redemptor hominis, su primera encíclica (1979), era


programática. El Papa consideraba necesario partir del hombre, de ese
hombre cuyo sentido profundo y final se encuentra únicamente en
Jesucristo, Redentor del hombre. Dos años después, en 1981, Juan Pablo
II publicó Laborem exercens, otra encíclica programática, que dedicó “al
hombre” en el vasto contexto de la realidad del trabajo.

Deseo dedicar este documento precisamente al trabajo humano, y más


aún deseo dedicarlo al hombre en el vasto contexto de esa realidad que
es el trabajo. En efecto, si como he dicho en la Encíclica Redemptor
hominis, publicada al principio de mi servicio en la sede romana de San
Pedro, el hombre “es el camino primero y fundamental de la Iglesia”, y ello
precisamente a causa del insondable misterio de la Redención en Cristo,
entonces hay que volver sin cesar a este camino y proseguirlo siempre
nuevamente en sus varios aspectos en los que se revela toda la riqueza y
a la vez toda la fatiga de la existencia humana sobre la tierra (LE 1).
Así, subrayamos ante todo la visión del Papa que nos habla de una
espiritualidad que “comienza y prosigue” en el camino del hombre: de un
hombre —y lo subrayo— inmerso en el misterio de Jesucristo Redentor;
no de un hombre puramente en su dimensión vertical, sino de un hombre
contextualizado en la realidad y en la historia desde el punto de vista del
trabajo.

¿Por qué esta importancia del trabajo? ¿No serían más importantes otros
valores, como el de la solidaridad y de la paz que supone la justicia…?

Escuchemos la opinión de Juan Pablo II sobre el trabajo en relación con la


cuestión social:

Si en el presente documento volvemos de nuevo sobre este problema (la


cuestión social) —sin querer por lo demás tocar todos los argumentos que
a él se refieren— no es para recoger y repetir lo que ya se encuentra en
las enseñanzas de la Iglesia, sino más bien para poner de relieve —quizá
más de lo que se ha hecho hasta ahora— que el trabajo humano es una
clave, quizá la clave esencial, de toda la cuestión social, si tratamos de
verla verdaderamente desde el punto de vista del bien del hombre. Y si la
solución, o mejor, la solución gradual de la cuestión social, que se presenta
de nuevo constantemente y se hace cada vez más compleja, debe
buscarse en la dirección de “hacer la vida humana más humana”, entonces
la clave, que es el trabajo humano, adquiere una importancia fundamental
y decisiva (LE 3) (Catecismo de la Iglesia Católica n.2427).

Solo hace dos años, con ocasión del vigésimo aniversario de Laborem
exercens, el Papa ratificó esta intuición del comienzo de su pontificado:

Mientras exista el hombre, existirá el gesto libre de auténtica participación


en la creación que es el trabajo. Es uno de los componentes esenciales
para la realización de la vocación del hombre, que se manifiesta y se
descubre siempre como el que está llamado por Dios a «dominar la tierra».
Ni aunque lo quiera, puede dejar de ser «un sujeto que decide de sí
mismo» (Laborem exercens, 6). A él Dios le ha confiado esta suprema y
comprometedora libertad. Desde esta perspectiva, hoy más que ayer,
podemos repetir que «el trabajo es una clave, quizá la clave esencial, de
toda la cuestión social» (Mensaje del Santo Padre Juan Pablo II en la
Conferencia Internacional El trabajo, clave de la cuestión social, en el
vigésimo aniversario de la encíclica Laborem exercens, 14 de septiembre
de 2001).
El Papa hace esta repetición desde la perspectiva de la esencia misma del
hombre, esencia de la cual surge la misión de “dominar la tierra” y que
implica la “libre decisión de ser colaborador de su Creador”. En esto
subyace la profecía de Romano Guardini, que en su libro El Poder indicaba
el motivo fundamental del cambio de paradigma que se estaba verificando
de manera creciente en nuestro mundo moderno. Guardini decía que la
característica más completa y decisiva de nuestra civilización actual
era que el poder se estaba transformando cada vez más en algo
anónimo. De esto derivan, como en el caso de una raíz, todos los
peligros y las injusticias que padecemos actualmente. El antídoto
propuesto por Guardini no era sino ser responsables, cada uno y de
manera solidaria, del poder. Precisamente en este punto se basa la visión
de Juan Pablo II sobre el trabajo humano como lugar donde el hombre
decide libremente usar el poder como instrumento de servicio y
colaboración en la obra creadora de Dios por el bien de sus hermanos.

El hombre que trabaja, libremente, creativamente,


de manera participativa y solidaria.
El trabajo es el lugar donde todos los principios de la doctrina social de la
Iglesia y de la sociedad adquieren verdadera concreción. Juan Pablo II
siempre sostuvo que lo primero, punto de partida de la doctrina social, del
cual provienen todos los demás, es que el hombre está en el centro del
orden social. El hombre que trabaja —nos permitimos agregar—, el
hombre que trabaja, libremente, creativamente, de manera participativa y
solidaria. En este hombre que trabaja se centran y se conectan de manera
concreta todos los demás principios.

A través del trabajo, adquiere realidad el principio del “destino universal de


los bienes”. A través del trabajo, adquiere realidad “la legitimidad de la
propiedad privada como condición indispensable de autonomía personal y
familiar”.

En la valorización del trabajo —de todos los trabajos— en cuanto fuente


de la cual surgen todos los bienes que hacen posible la vida de la sociedad,
está radicada la concepción de los derechos y deberes que el Estado debe
regular, y así se aclara el rol del Estado mismo en cuanto promotor y tutor
del bien común.
El trabajo: el lugar donde se realizan gradualmente
todas las transformaciones sociales
Esta perspectiva basada en el hombre que trabaja desarticula todas las
concepciones fatalistas y mecanicistas al juzgar cómo y dónde se realizan
las grandes transformaciones sociales.

Sería un grave error creer que las transformaciones actuales acaecen de


modo determinista. El factor decisivo, dicho de otro modo, «el árbitro» de
esta compleja fase de cambio, es una vez más el hombre, que debe seguir
siendo el verdadero protagonista de su trabajo. Puede y debe hacerse
cargo de modo creativo y responsable de las actuales transformaciones
para que contribuyan al crecimiento de la persona, de la familia, de la
sociedad en la que vive y de la totalidad de la familia humana (cfr. encíclica
Laborem exercens) (Mensaje del Santo Padre Juan Pablo II en la
Conferencia Internacional El trabajo, clave de la cuestión social, en el
vigésimo aniversario de la encíclica Laborem exercens, 14 de septiembre
de 2001).

Visión personalista y orgánica de la dimensión


social del trabajo
Diez años después de su primera encíclica social, en Centesimus
annus (1991), el Papa sitúa nuevamente al trabajador en el centro de la
vida económico-social.

Con el propósito de esclarecer el conflicto que se había creado entre


capital y trabajo, León XIII defendía los derechos fundamentales de los
trabajadores. De ahí que la clave de lectura del texto leoniano sea
la dignidad del trabajador en cuanto tal y, por esto mismo, la dignidad del
trabajo, definido como “la actividad humana ordenada a proveer a las
necesidades de la vida, y en concreto a su conservación” (CA 6).

El Pontífice califica el trabajo como “personal”, ya que “la fuerza activa es


inherente a la persona y totalmente propia de quien la desarrolla y en cuyo
beneficio ha sido dada”. El trabajo pertenece, por tanto, a la vocación de
toda persona; es más, el hombre se expresa y se realiza mediante su
actividad laboral. Al mismo tiempo, el trabajo tiene una dimensión “social”,
por su íntima relación así sea con la familia, así sea con el bien común,
“porque se puede afirmar con verdad que el trabajo de los obreros es el
que produce la riqueza de los Estados”. Todo esto ha quedado recogido y
desarrollado en la encíclica Laborem exercens (CA 6). El punto 15 de
Laborem exercens es la clave de una visión orgánica de la dignidad del
trabajo desde la perspectiva del argumento personalista.

La relación entre trabajo y capital


En la necesaria relación que existe entre trabajo y capital, tiene prioridad
el trabajo, por cuanto el hombre “desea que los frutos de este trabajo estén
a su servicio y al de los demás” y también desea ser corresponsable y
coartífice del trabajo que realiza. Desea ser tomado en consideración en
el proceso mismo de producción, desea sentir que está trabajando “en algo
propio”.

Esta conciencia se extingue en él dentro del sistema de una excesiva


centralización burocrática, donde el trabajador se siente engranaje de un
gran mecanismo movido desde arriba; se siente por una u otra razón un
simple instrumento de producción, más que un verdadero sujeto de trabajo
dotado de iniciativa propia. Las enseñanzas de la Iglesia han expresado
siempre la convicción firme y profunda de que el trabajo humano no mira
únicamente a la economía, sino que implica además y sobre todo, los
valores personales (LE 15).

La relación entre trabajo y propiedad privada


Desde esta perspectiva basada en los valores personales, Juan Pablo II
entra en el núcleo del debate entre propiedad privada y socialización de
los medios de producción, y afirma que lo importante, al adoptarse
cualquiera de los dos sistemas a nivel macroestructural, es que el tra-
bajador tenga la sensación de trabajar “en algo propio”.

El mismo sistema económico y el proceso de producción redundan en


provecho propio cuando estos valores personales son plenamente
respetados. Según el pensamiento de Santo Tomás de Aquino, es
primordialmente esta razón la que atestigua en favor de la propiedad
privada de los medios mismos de producción. Si bien admitimos que
mediante ciertos fundados motivos se pueden plantear excepciones al
principio de la propiedad privada —y en nuestro tiempo somos incluso
testigos de la introducción del sistema de la propiedad “socializada”—,
el argumento personalista sin embargo no pierde su fuerza, ni a nivel de
principios ni a nivel práctico. Para ser racional y fructífera, toda
socialización de los medios de producción debe tomar en consideración
este argumento. Hay que hacer todo lo posible para que el hombre, incluso
dentro de este sistema, pueda conservar la conciencia de trabajar “en algo
propio”. En caso contrario, en todo el proceso económico surgen
necesariamente daños incalculables; daños no solo económicos, sino ante
todo daños para el hombre (LE 15).

El salario digno
Dentro de esta visión del “trabajar en algo propio”, es fundamental la
cuestión del salario digno.

Esta consideración no tiene un significado puramente descriptivo; no es un


tratado breve de economía o de política. Se trata de poner en evidencia el
aspecto deontológico y moral. El problema clave de la ética social es el de
la justa remuneración por el trabajo realizado. No existe en el contexto
actual otro modo mejor para cumplir la justicia en las relaciones trabajador-
empresario que el constituido precisamente por la remuneración del
trabajo. Independientemente del hecho de que este trabajo se lleve a cabo
dentro del sistema de la propiedad privada de los medios de producción o
en un sistema en que esta propiedad haya sufrido una especie de
“socialización”, la relación entre el empresario (principalmente directa) y el
trabajador se resuelve en base al salario, es decir, mediante la justa
remuneración del trabajo realizado (LE 19).

El Papa concentra en este punto toda su visión del hombre que trabaja. El
salario digno se transforma en el punto clave para verificar la justicia o
injusticia de cualquier sistema socioeconómico en cuanto se trata de
aquello con lo cual adquiere realidad el principio del “uso común de los
bienes”.

Hay que subrayar también que la justicia de un sistema socioeconómico y


—en todo caso— su justo funcionamiento merecen en definitiva ser
valorados según el modo como se remunera justamente el trabajo humano
dentro de tal sistema. A este respecto volvemos de nuevo al primer
principio de todo el ordenamiento ético-social: el principio del uso común
de los bienes. En todo sistema que no tenga en cuenta las relaciones fun-
damentales existentes entre el capital y el trabajo, el salario —es decir, la
remuneración del trabajo— sigue siendo una vía concreta, a través de la
cual la gran mayoría de los hombres puede acceder a los bienes que están
destinados al uso común, tanto los bienes de la naturaleza como los que
son fruto de la producción. Unos y otros se hacen accesibles al hombre del
trabajo gracias al salario que recibe como remuneración por su trabajo.

De aquí que precisamente el salario justo se convierta en todo caso en la


verificación concreta de la justicia de todo el sistema socioeconómico y, de
todos modos, de su justo funcionamiento. No es ésta la única verificación,
pero es particularmente importante y es en cierto sentido la verificación
clave (LE 19).

Crear estructuras que tutelen la dignidad del trabajo


Por cuanto en el tema del trabajo dignamente remunerado está en juego
la participación real de todos los hombres en relación con el destino
universal de los bienes, el Papa exhorta a las instituciones a “crear
estructuras que tutelen la dignidad del trabajo”.

Ante estos problemas, hay que imaginar y construir nuevas formas de


solidaridad, teniendo en cuenta la interdependencia que une entre sí a los
hombres de trabajo. Aunque el cambio actual es profundo, deberá ser más
intenso aún el esfuerzo de la inteligencia y de la voluntad para tutelar la
dignidad del trabajo, reforzando, en los diversos niveles, las instituciones
afectadas. Es grande la responsabilidad de los Gobiernos, pero no menos
importante es la de las organizaciones encargadas de tutelar los intereses
colectivos de los trabajadores y de los empresarios. Todos están llamados
no sólo a promover estos intereses de manera honesta y por el camino del
diálogo, sino también a renovar sus mismas funciones, su estructura, su
naturaleza y sus modalidades de acción. Como escribí en la
encíclica Centesimus annus, estas organizaciones pueden y deben
convertirse en “lugares donde se expresa la personalidad de los
trabajadores” (n. 15) (Mensaje del Santo Padre Juan Pablo II en la
Conferencia Internacional El trabajo, clave de la cuestión social, en el
vigésimo aniversario de la encíclica Laborem exercens, 14 de septiembre
de 2001).

La tarea de crear estructuras que tutelen la dignidad del trabajo presenta


una doble exigencia. Para los pensadores e investigadores, en diversas
disciplinas, el desafío reside en examinar con rigor científico y sabiduría el
tema del trabajo, para así favorecer la comprensión del cambio que está
ocurriendo en el mundo del trabajo y señalar las ocasiones y riesgos del
mismo. Para todos los cristianos, el desafío está en crear “una opción
preferencial de amor” para los más pobres, para quienes están excluidos
del trabajo:

Pero hoy, vista la dimensión mundial que ha adquirido la cuestión social,


este amor preferencial, con las decisiones que nos inspira, no puede dejar
de abarcar a las inmensas muchedumbres de hambrientos, mendigos, sin
techo, sin cuidados médicos y, sobre todo, sin esperanza de un futuro
mejor: no se puede olvidar la existencia de esta realidad. Ignorarlo
significaría parecernos al “rico epulón” que fingía no conocer al mendigo
Lázaro, postrado a su puerta (cf. Lc 16, 19) (SRS 42).

Uniendo en una sola mirada la espiritualidad de comunión y la


espiritualidad del trabajo, podemos afirmar que:

El elemento común de cualquier espiritualidad de comunión, desde el


punto de vista del sujeto, es la mirada que viene del corazón. Una mirada
cordial es una mirada integradora. En cuanto al concepto que reduce el
trabajo a mera ocupación cuya finalidad es la producción de bienes que
serán utilizados únicamente por pocos, la mirada espiritual considera el
trabajo como expresión de todas las dimensiones del hombre, desde la
más básica, vinculada con la “realización de la persona”, hasta la más
elevada, que lo considera “servicio” de amor.

Desde un punto de vista objetivo, esta mirada cordial, dirigida


simultáneamente “al misterio de la Trinidad y al misterio de cada rostro
humano”, nos hace apreciar el ca-rácter vinculante del trabajo, nos lleva a
ver a cada hombre como “alguien que me atañe” y destaca el esfuerzo de
cada uno que se convierte en un “don para todos”. En torno a estos valores
se teje una sociedad humana sin exclusión alguna. Al mismo tiempo, el
trabajo abre por sí mismo esos “espacios de participación” de los cuales
habla el Papa y los transforma en espacios de participación real, concreta
y digna.

“DUC IN ALTUM”: hacia la profundidad teológica de


la dignidad del trabajo
La dignidad supereminente del trabajo de
Jesucristo
El trabajo favorece la dignidad del hombre uniendo la dimensión personal
con la dimensión social del mismo, y tiene además una dignidad
supereminente cuya razón última se encuentra en Jesucristo. Así expresa
el Papa el concepto en Christifideles laici:

Con el trabajo, el hombre provee habitualmente a la propia vida y a la de


sus familiares; se une a sus hermanos los hombres y les hace un servicio;
puede practicar la verdadera caridad y cooperar con la propia actividad al
perfeccionamiento de la creación divina. No sólo esto. Sabemos que, con
la oblación de su trabajo a Dios, los hombres se asocian a la propia obra
redentora de Jesucristo, quien dio al trabajo una dignidad supereminente,
laborando con sus propias manos en Nazaret (CL 43).

Si comprendemos en profundidad que el Señor nos ha redimido con toda


su vida —acciones, palabras y gestos, felicidad y sufrimientos…—, sus
largos años de trabajo silencioso y cotidiano en el pequeño mundo de
Nazaret deben incidir en nuestro ánimo con toda su grandeza. Si vibran en
silencio en el Evangelio, es precisamente por esto: porque el valor de una
espiritualidad del trabajo es en sí mismo silencioso, humilde, contenido.
“Dignidad supereminente del trabajo”, así califica el Papa Juan Pablo II el
trabajo de Jesús hecho con sus propias manos.

El trabajo hunde las raíces de su dignidad en la Trinidad misma: “Mi Padre


trabaja hasta ahora, y yo también trabajo”, dice el Señor. El Papa señala
precisamente una imagen de trabajo para que podamos conservarla en
nuestros corazones y así poder enfrentar los problemas que oscurecen el
horizonte de nuestro tiempo:

Baste pensar en la urgencia de trabajar por la paz, de poner premisas


sólidas de justicia y solidaridad en las relaciones entre los pueblos, de
defender la vida humana desde su concepción hasta su término natural. Y
¿qué decir, además, de las tantas contradicciones de un mundo
“globalizado”, donde los más débiles, los más pequeños y los más pobres
parecen tener bien poco que esperar?

¡En este mundo —dice el Papa— es donde tiene que brillar la esperanza
cristiana! También por eso el Señor ha querido quedarse con nosotros en
la Eucaristía, grabando en esta presencia sacrificial y convival la promesa
de una humanidad renovada por su amor. ¿Y cuál es por consiguiente la
imagen universal y concreta de la esperanza cristiana? ¿Aquella que se
presenta de manera más clara y eficaz? Es la imagen de Jesús, Maestro
de comunión y servicio. Es significativo —dice Juan Pablo II— que el
Evangelio de Juan, allí donde los Sinópticos narran la institución de la
Eucaristía, propone, ilustrando así su sentido profundo, el relato del
“lavatorio de los pies”, en el cual Jesús se hace maestro de comunión y
servicio (cfr. Jn 13, 1-20). El Señor ha querido quedarse con nosotros en
la Eucaristía, grabando en esta presencia sacrificial y convival (en el
servicio humilde del lavatorio de los pies, trabajo de esclavo) la promesa
de una humanidad renovada por su amor (Ecclesia de Eucharistia).

En la celebración de este “trabajo” en el cual, imitando al Redentor, la


Iglesia “hace la Eucaristía”, se concentra toda la tensión escatológica del
cristianismo: el compromiso de transformar el mundo y toda la existencia
para que llegue a ser eucarística:

Anunciar la muerte del Señor “hasta que venga” (1 Co 11, 26) implica para
los que participan en la Eucaristía el compromiso de transformar su vida,
para que toda ella llegue a ser en cierto modo “eucarística”. Precisamente
este fruto de transfiguración de la existencia y el compromiso de
transformar el mundo según el Evangelio, hacen resplandecer la tensión
escatológica de la celebración eucarística y de toda la vida cristiana
(Ecclesia de Eucharistia 20).

Quisiera terminar estas reflexiones expresando al Santo Padre el


sentimiento de gratitud de parte de todos nosotros por toda esta rica
doctrina sobre la cuestión social y por la manera en que la ha propuesto a
nosotros: con amplitud de horizontes, con la valentía de ir al fondo del tema
y mostrando la profundidad teológica de la dignidad del trabajo.

Santo Padre, ¡muchas gracias!

* El presente texto contiene la Conferencia del entonces Cardenal Jorge Mario Bergoglio,
arzobispo de Buenos Aires, pronunciada en Roma en 2003, que revela el íntimo nexo
eucarístico y escatológico que une la mirada de la doctrina social de la Iglesia de los Papas
Wojtyla y Bergoglio.

También podría gustarte