Artículo 1314.
- “Quien actúa con la diligencia ordinaria requerida, no es
imputable por la inejecución de la obligación o por su cumplimiento
parcial, tardío o defectuoso”.
Felipe Osterling Parodi
El artículo 1314 prescribe que quien actúa con la diligencia ordinaria requerida, no
es imputable por la inejecución de la obligación o por su cumplimiento parcial,
tardío o defectuoso. De acuerdo a Felipe Osterling Parodi esta norma se refiere
a la causa no imputable, es decir, a la ausencia de culpa, como concepto genérico
exoneratorio de responsabilidad. Basta, como regla general, actuar con la
diligencia ordinaria requerida para no ser responsable por la inejecución de la
obligación o por su cumplimiento irregular. Es justamente ese principio el que
determina las consecuencias de la ausencia de culpa.
En caso de ausencia de culpa, el deudor no está obligado a probar el hecho
positivo del caso fortuito o fuerza mayor, es decir, la causa del incumplimiento por
un evento de origen conocido pero extraordinario, imprevisto e inevitable. En la
ausencia de culpa, el deudor simplemente está obligado a probar que prestó la
diligencia que exigía la naturaleza de la obligación y que correspondía a las
circunstancias del tiempo y del lugar, sin necesidad de demostrar el
acontecimiento que ocasionó la inejecución de la obligación.
Asimismo el artículo 1315, define los casos fortuitos o de fuerza mayor como
causas no imputables, atribuyéndoles las características de eventos
extraordinarios, imprevisibles e irresistibles que la ejecución de la obligación o
determina su cumplimiento parcial, tardío o defectuoso.
Los casos fortuitos o de fuerza mayor tienen iguales características.
Teóricamente, sin embargo, cabe hacer una distinción. Así, se considera que el
caso fortuito alude solo a los accidentes naturales lo que en el Derecho anglosajón
se denomina “Act of God” (hecho de Dios); en cambio, la fuerza mayor involucra
tanto los actos de terceros como los atribuibles a la autoridad denominados en el
Derecho anglosajón “Act of Prince” (hecho del príncipe), sin embargo ambos
consisten en acontecimientos extraordinarios, imprevisibles e irresistibles para el
deudor y, desde luego, independientes de su voluntad, como es el caso de la
cancelación del vuelo por mal tiempo. Por lo que en todo caso fortuito o de
fuerza mayor hay, necesariamente, ausencia de culpa, siendo así que estos
eventos configuran, definitivamente, causas no imputables.
Es por ello que conviene precisar que la previsibilidad no debe apreciarse en
abstracto, porque si así lo hiciéramos prácticamente todo acontecimiento sería
previsible y no existiría, por tanto, el caso fortuito o de fuerza mayor. El
acontecimiento es imprevisible cuando los contratantes no tienen motivos
atendibles para presumir que éste vaya a suceder. La noción de
imprevisibilidad se aprecia, pues, tomando en consideración todas las
circunstancias de la obligación. La rareza, el carácter anormal del evento, las
remotas posibilidades de realización, configuran el caso fortuito o de fuerza
mayor.
Pero lo expresado no significa que todos los acontecimientos que se presenten sin
culpa, como antes lo indicamos, configuren casos fortuitos o de fuerza mayor.
Usualmente el deudor tan solo debe probar que ha actuado con la diligencia
requerida, vale decir, sin culpa, para quedar exonerado de responsabilidad.
Generalmente el deudor no precisa demostrar el caso fortuito o de fuerza mayor.
Así lo señala, lo reiteramos, el artículo 1314 del Código, que exige –como causa no
imputable- la prueba de la diligencia ordinaria requerida.
La excepción se configura cuando la ley o el pacto establecen en forma expresa lo
contrario, es decir, cuando prevén para la exoneración del deudor que el
acontecimiento obedezca a un caso fortuito o de fuerza mayor. Ello ocurre, ……
Los Mazeaud, al distinguir entre el caso fortuito o de fuerza mayor y la ausencia de
culpa, expresan que “para saber si existe ausencia de culpa, hay que preguntarse
si una persona cuidadosa se habría comportado como el demandado. Para saber si
existe fuerza mayor, hay que preguntarse si una persona cuidadosa se habría
encontrado en la imposibilidad de obrar de manera distinta que el demandado. Así,
cabe no haber incurrido en culpa alguna sin que exista fuerza mayor”.
Esta doctrina ya había sido enunciada por tratadistas tan distinguidos como
Giorgi y Josserand. Dice Giorgi que “no en todas las obligaciones
contractuales el deudor está sujeto a esta prueba (la del caso fortuito o
fuerza mayor) para librarse, sino solamente es necesaria en los casos en
que la ley no admite otra excusa más que el caso fortuito o fuerza mayor. En
los demás puede librarse probando simplemente haber usado el grado de
diligencia exigido en el contrato, esto es, diciendo hallarse exento de una
culpa de la que debía responder”.
Messineo, comentando el Código Civil italiano de 1942, se refiere al caso
fortuito o fuerza mayor con significado diverso del de causa no imputable. La
causa no imputable afirma Messineo- debe concebirse en sentido negativo,
esto es, como la circunstancia genérica impeditiva cuya paternidad no puede
hacerse remontar a la voluntad o conciencia del deudor y cuya presencia
basta para exonerarlo; el caso fortuito o de fuerza mayor es un hecho
positivo que en determinadas circunstancias se exige para la exoneración.
La regla general para exonerarse – agrega- es la presencia de una causa no
imputable (hecho negativo), mientras que en otros casos es necesaria la
prueba más gravosa del caso fortuito o de fuerza mayor (hecho positivo
tampoco imputable).
Parece claro, entonces, que en la ausencia de culpa el deudor no está obligado a
probar el hecho positivo del caso fortuito o de fuerza mayor, esto es la causa del
incumplimiento debida a un evento de origen extraordinario, imprevisto e inevitable.
En la ausencia de culpa, el deudor está simplemente obligado a probar que
actuó con la diligencia requerida, sin necesidad de demostrar el
acontecimiento que ocasionó la inejecución de la obligación. La ausencia de
culpa se prueba acreditando la conducta diligente; a diferencia del evento fortuito,
cuya prueba, a veces más severa, requiere identificar el acontecimiento y otorgarle
las características señaladas de extraordinario, imprevisible e irresistible.
El principio general, en conclusión, es que el deudor solo debe demostrar su
conducta diligente para quedar exonerado de responsabilidad, salvo que la ley o el
pacto exijan la presencia del caso fortuito o de fuerza mayor. En esta última
hipótesis habrá que identificar el acontecimiento que impidió que se cumpliera la
obligación, y probar sus características de extraordinario, imprevisible e irresistible.
Si una persona emplea la “diligencia ordinaria requerida por las circunstancias”, y a
pesar de ello deja de cumplir con la obligación asumida, resulta razonable que tal
particularidad u ocurrencia sea considerada como una determinante de la ruptura
de la relación causal.
El tema del incumplimiento, a pesar de haber obrado con total diligencia, según las
circunstancias, está regulado por el citado numeral 1314 del Código Civil peruano,
el mismo que constituye la puerta de entrada al Título de Inejecución de
Obligaciones. En efecto, dicha norma prevé que la inejecución comprende tanto el
incumplimiento, como el cumplimiento parcial, tardío o defectuoso.El dispositivo
bajo comentario establece la pauta de inimputabilidad, dada por el concepto de la
culpa. Si bien el texto no menciona expresamente el término “culpa”, se infiere
nítidamente que su presencia es requerida para atribuir imputabilidad, al disponer
que no es imputable por las consecuencias del incumplimiento quien actúa con la
diligencia ordinaria requerida.
Si partimos de la premisa de que quien actúa con dicha diligencia no es imputable
de la inejecución o cumplimiento parcial, tardío o defectuoso de la obligación,
llegamos a la conclusión evidente de que quien no actúa con tal diligencia sí es
imputable (o responsable) de la inejecución o cumplimiento parcial, tardío o
defectuoso de la obligación.
Esto quiere decir que a efectos de establecer la responsabilidad de quien ha
incumplido o cumplido parcial, tardía o defectuosamente con su obligación, se
debe partir del análisis de su culpabilidad. En otras palabras, la responsabilidad
en la inejecución de obligaciones es de tipo subjetivo.
¿En qué casos podría un deudor no ser imputable por su incumplimiento? En
principio, cuando habiendo actuado con la “diligencia ordinaria requerida” no ha
cumplido satisfactoriamente con la prestación a su cargo. Esto implica,
ciertamente, elaborar un análisis conceptual para estructurar el marco dentro del
cual se considera que existe tal diligencia exoneratoria de responsabilidad.
El autor de estos comentarios en la Exposición de Motivos 1 del numeral antes
referido, señala lo siguiente:
“El artículo 1314 prescribe que quien actúa con la diligencia ordinaria requerida, no
es imputable por la inejecución de la obligación o por su cumplimiento parcial,
tardío o defectuoso. La norma se refiere a la causa no imputable, es decir, a la
ausencia de culpa, como concepto genérico exoneratorio de responsabilidad.
Basta, como regla general, actuar con la diligencia ordinaria requerida para no ser
responsable por la inejecución de la obligación o por su cumplimiento irregular. Es
justamente ese principio el que determina las consecuencias de la ausencia de
culpa.
En caso de ausencia de culpa el deudor no está obligado a probar el hecho
positivo del caso fortuito o fuerza mayor, es decir, la causa del incumplimiento por
un evento de origen conocido pero extraordinario, imprevisto e inevitable. En la
ausencia de culpa el deudor simplemente está obligado a probar que prestó la
diligencia que exigía la naturaleza de la obligación y que correspondía a las
circunstancias del tiempo y del lugar, sin necesidad de demostrar el
acontecimiento que ocasionó la inejecución de la obligación”.
1 Osterling Parodi, Felipe. Las Obligaciones. Biblioteca Para leer el Código Civil. Lima: Fondo Editorial de la Pontificia
Universidad Católica del Perú, 1988, vol. VI, pp. 198 y 199.
Para nuestro ordenamiento y, en general, éste constituye el criterio de
responsabilidad que sigue la mayor parte de los sistemas de la familia romano
germánica, el actuar con la diligencia ordinaria requerida exonera al deudor de la
responsabilidad por la inejecución de la obligación, o por su cumplimiento parcial,
tardío o defectuoso. En los demás casos desde la culpa leve, hasta la culpa
inexcusable y el dolo, el deudor sí es imputable e incurre en responsabilidad. Y de
ser imputable, el deudor está sujeto al pago de la correspondiente indemnización
por los daños y perjuicios causados por su inejecución.
Apunta la doctrina que tres son los requisitos para que se constituya el
incumplimiento imputable:
(a) Que se trate de un obrar humano.
Siempre es una conducta, un comportamiento del sujeto que se manifiesta por
un hecho exterior, positivo o negativo.
(b) Que se trate de un incumplimiento contrario a Derecho.
Entendido el Derecho como totalidad, es decir, integrado no solo por la ley en
sentido lato (incluyendo las cláusulas contractuales), sino también –en
expresión de la doctrina- por los principios jurídicos superiores. En el plano
contractual, si se acepta la teoría normativa (según la cual las cláusulas
convencionales son verdadero “derecho objetivo”), también debe admitirse que
su violación está comprendida en el concepto de antijuridicidad.
(c) Que preexista una obligación anterior.
Hay incumplimiento cuando se debe una prestación y no se la ejecuta.
Nuestro ordenamiento exige diligencia ordinaria en el cumplimiento de las
obligaciones. En caso contrario el deudor incurre en responsabilidad. La dificultad
consiste no solo en definir, sino en dar consistencia objetiva a esta categoría, a fin
de llevarla a un uso jurídico justo y eficaz.
La diligencia ordinaria importa una conducta o comportamiento, pudiendo ser esta
actividad negativa- que el deudor debe desplegar para satisfacer el interés del
acreedor, es decir, el deber del deudor consiste en la ejecución de la prestación
debida. El carácter subjetivo de nuestro ordenamiento está marcado, pues, por
este requisito de “diligencia ordinaria”, ya que de lo contrario, sin tan solo
importase el resultado sin considerar conducta, actividad o comportamiento alguno
por parte del deudor, sería irrelevante que el deudor hubiese actuado diligente o
negligentemente, puesto que solo se evaluaría dicho resultado, y esta evaluación
devendría en objetiva. El cumplimiento o incumplimiento sería todo lo que habría
que verificar a efectos de la determinación de responsabilidad.
Más aún, la responsabilidad “objetiva” donde no interesa la existencia de culpa o
dolo ya ingresa más al campo del riesgo creado, el mismo que calibra la
graduación de la responsabilidad, así como la determinación y la imputación de
ésta.
Para Cabanellas el término “diligencia” ostenta múltiples y trascendentes
significados jurídicos: cuidado, solicitud, celo, esmero, desvelo en la ejecución de
alguna cosa, en el desempeño de una función, en la relación con otra persona,
etc. Los demás significados apuntan más a su acepción del trámite, siendo la
acepción general la que nos atañe. Al respecto, Cabanellas amplía: “la diligencia
se erige en la clave de la observancia de las obligaciones legales y aun
voluntarias; y determina, en su declinación o falta, la calibración de la culpa, desde
el rigor de la grave a la eventual exigencia de las resultas de la levísima. Como
desempeño de funciones a cargo, el eclipse de esta diligencia –en el parcial de la
negligencia o en el total de la omisión- origina además eventuales sanciones
punitivas, con la pérdida de los puestos desempeñados y resarcimiento económico
pertinente. Así, pues, se está en el antídoto más eficaz frente a las
responsabilidades de carácter civil, penal o profesional”.
2
Cabanellas, Guillermo. Diccionario Enciclopédico de Derecho Usual. Buenos Aires: Editorial Heliasta S.R.L., 1989, tomo
III, p. 253.