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El Encuentro Hoy

El documento presenta las confidencias íntimas del pensador católico francés Gustave Thibon. En ellas, Thibon reflexiona sobre el deseo humano de felicidad y plenitud que en realidad es un deseo de Dios. Además, analiza las causas espirituales de la alienación moderna y la necesidad de que el hombre descubra su verdadero anhelo de lo infinito que sólo puede saciarse en Dios. Finalmente, expresa su propia búsqueda de Dios a través de las criaturas y su certeza de
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El Encuentro Hoy

El documento presenta las confidencias íntimas del pensador católico francés Gustave Thibon. En ellas, Thibon reflexiona sobre el deseo humano de felicidad y plenitud que en realidad es un deseo de Dios. Además, analiza las causas espirituales de la alienación moderna y la necesidad de que el hombre descubra su verdadero anhelo de lo infinito que sólo puede saciarse en Dios. Finalmente, expresa su propia búsqueda de Dios a través de las criaturas y su certeza de
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33.

El encuentro hoy
GUSTAVE T HIBON
Por JOSÉ RAMÓN AYLLÓN, Dios y los náufragos, Editorial Belacqua, Barcelona, 2002

Un campesino francés, lector, pensador y escritor autodidacta, recibe en 1964 el Gran


Premio Literario de la Academia Francesa. Se llama Gustave Thibon (1903-2001). Los
párrafos que siguen han sido entresacados de su libro Nuestra mirada ciega ante la luz
(Rialp, 1973), cuya versión original fue publicada en París, en 1955. En ellos interpreta en
clave divina el deseo de felicidad que anida en el corazón de toda persona: «En realidad,
todo el mundo busca a Dios, ya que todo el mundo pide a la tierra lo que ésta no puede
dar. »
La plenitud soñada
«¿Cómo hablaré a los hombres?», se preguntaba Saint-Exupéry
poco antes de que su voz se apagara en el silencio eterno. Es el
tormento de todo hombre que intenta escribir, no por el puro afán
de reunir palabras, ni por el deseo de difundir ideas, sino para hacer que sus hermanos
participen de una verdad y un amor que viven en su alma con más fuerza que el mismo.
¿Dónde hallar las palabras que designen, que alcancen la fuente del ser? ¿Dónde encontrar
los términos que trasciendan más allá de sí mismos?
Y, ante todo, ¿qué es el hombre? Un ser que piensa, que ama, que va a morir y que lo
sabe. Poco importa que se esfuerce en olvidarlo, que intente vendarse los ojos inútilmente
con las apariencias: los ojos del alma no se ciegan como los del cuerpo, y el hombre lo
sabe. Es su única certeza, la única promesa que no ha de fallar, la gran paradoja de la vida, cuya suprema verdad
se halla en la muerte. Haga lo que haga y desee lo que desee, tanto si se aferra al pasado como si corre hacia el
futuro, tanto si se busca como si huye de sí mismo, tanto si se endurece como si se abandona, en la sensatez
como en la locura, el hombre no tiene más que un deseo y una meta: escapar de las redes del tiempo y de la
muerte, traspasar sus límites, llegar a ser más que hombre. Su verdadera morada es un más allá, su patria está
fuera de sus fronteras. Pero su desgracia estriba -y ahí está el nudo de esa perversión que llamamos error, pecado
o idolatría- en que, engañado por las apariencias y buscando lo eterno al nivel de lo efímero, se aleja aún más de
la unidad perdida, de la plenitud vislumbrada entre sueños.
Habría que hacer ver a los hombres la maravilla de la realidad divina que su sueño presiente y a la vez oculta. Ha-
cerles comprender que el hambre de Dios se esconde en las cosas en apariencia más ajenas a lo divino: sus
ocupaciones cotidianas, sus pasiones terrenas, su mismo materialismo, porque la materia sólo tiene valor como
signo del espíritu. En realidad, todo el mundo busca a Dios, ya que todo el mundo pide a la tierra lo que ésta no
puede dar. Todo el mundo busca a Dios, puesto que todo el mundo busca lo imposible.
Si el supremo valor del hombre consiste en la superación de lo humano y en la aspiración expresa o tácita hacia el
ser inefable al que un Padre de la Iglesia griega llama «el más allá de todo», nuestro siglo no me parece indigno
del beso de la eternidad. Tal vez nunca como ahora el hombre se haya sentido tan a disgusto encerrado en sus
propios límites. Así como ha logrado la desintegración del átomo, ha hecho también estallar dentro de sí todas las
dimensiones de lo humano. De tal modo se ha vaciado de su equilibrio natural y de sus seguridades terrestres que
ya sólo puede detenerlo al borde de la nada el contrapeso de lo absoluto. Mi única ambición es invitar a los que me
lean a hacer coincidir su mirada con esa gota de luz eterna que es el vestigio y el germen de Dios en el hombre.
Porque la muerte -el único hecho indiscutible del futuro- nos espera según la altura de nuestro deseos, como una
novia o como un verdugo, y de todos los actos de nuestra alma sólo subsistirá nuestra participación en aquello
que, por no proceder del tiempo, no morirá con él. Cronos únicamente devora a sus hijos.
Hace un instante me complacía en ver al hombre tan despojado de sí mismo que no le quedaba otro remedio que
acudir a Dios. Pero hay otros momentos en que me pregunto si aún le queda sustancia humana suficiente para
que pueda prender en ella el injerto divino. El violentar de modo habitual los ciclos de la vida, la desaparición pro-
gresiva de las diferencias y de las jerarquías, el individuo transformado en grano de arena y la sociedad en
desierto; la sabiduría reemplazada por la erudición, el pensamiento por la ideología, la información por la
propaganda, la gloria por la publicidad, las costumbres por las modas, los principios morales por fórmulas muertas,
los padres por tutores; el olvido del pasado haciendo estéril el futuro; la desaparición del pudor y del sentido de lo
sagrado; la máquina rebelándose contra su autor y recreándolo a su imagen; todos estos fenómenos de erosión
espiritual, aliados al orgullo exacerbado de nuestras conquistas materiales ¿no corren el riesgo de conducirnos
hasta ese grado límite de agotamiento vital y de autosuficiencia más allá del cual la piedad de Dios asiste,
impotente, a la decadencia de todo lo humano?
¿Cómo mostrar a los hombres esta dimensión divina que, al entregarles el infinito, les curaría de su aberración? Al
hombre moderno, antes que hablarle de Dios hay que ayudarle a darse cuenta del vacío y falsedad que encierran
todos los ídolos por los que inútilmente intenta sustituir a Dios. Hay que hacerle descubrir, como quiere santa
Teresa, que su deseo no tiene remedio, que es insaciable y más real que todos los objetos en los que hasta ahora

1
ha intentado en vano satisfacerse. Si lo comprende así, el mismo deseo le irá llevando hacia Dios. El diagnóstico
indica el remedio: analizando las causas profundas de la sed es como más directamente se llega a la fuente.
Hemos sido creados para lo divino, pero también para lo sensible. Soñamos al mismo tiempo en la plenitud espiri-
tual y en el amor humano y por eso caemos tan fácilmente en su trampa. Cuando la belleza sensible se nos ofrece,
ya no nos basta aceptarla como tal, es decir, como una cosa efímera y limitada, y le pedimos que sacie nuestra
sed de misterio y de absoluto. Esperamos de ella un Dios a quien podamos estrechar entre nuestros brazos, la
prueba del espíritu por los sentidos y de lo eterno por el tiempo... Hasta que llega la hora inevitable y nos damos
cuenta de que lo que estrechamos en ella no es Dios, sino nuestro deseo desorientado pero incurable de Él.
Dichosos entonces si descubrimos que ese ser impotente para saciar nuestra sed sufre también nuestra misma
sed, y de este modo logramos asociar nuestras dos miserias en una única plegaria. Ésa es la única posibilidad de
supervivencia del amor humano. No se trata de encontrar a Dios el uno en el otro, sino de buscarlo juntos. La
pobreza reconocida y aceptada nos lleva hacia la verdadera riqueza, mientras que la emisión de falsa moneda sólo
puede conducirnos a la ruina.
«Amor es la reducción del universo a un solo ser y el ahondamiento en ese único ser hasta llegar a Dios» (Víctor
Hugo). La fórmula es extraordinaria por su precisión y densidad. Reducir en superficie (el universo se desvanece
en aras de un solo ser) y aumentar en profundidad (descubrimos a Dios a través de un solo ser penetrado a
fondo). En su primer estadio, el amor es un pecado de idolatría (tú solo); en el segundo, ya es la virtud de la
religión (Dios en ti). Toda alma se concentra en un solo punto de ese inmenso velo de apariencias que llamamos
universo, pero, en ese punto preciso, el velo se desgarra y nos deja ver la realidad divina.
Esta vida que amo con toda la ternura de un hijo, con toda la pasión de un amante, me ha colmado de dones que
desbordaban mis deseos, y he de morir con los ojos y el corazón llenos de sus dulces recuerdos. Pero ¿qué es el
recuerdo de una imagen, más que el reflejo y la promesa de un modelo? ¿Puedo hacer algo mejor que desear el
modelo a través de sus copias? Lo más puro que la tierra me ha dado es lo que me venía de más allá de la tierra, y
más que un esbozo de porvenir era una llamada hacia la perfección eterna. Lo que me atrae más allá de la vida es
esos fulgores de eternidad que la atraviesan. Tengo sed de la luz inmarcesible de la que proceden esos fulgores
efímeros.
En la certidumbre de la derrota, una sola esperanza me queda: el Dios que me creó a su imagen y semejanza me
perdonará quizá que en sus criaturas finitas nunca haya amado más que a su imagen infinita. Porque Te juro que
jamás he amado, que jamás he buscado a nadie más que a Ti, que eres la inocencia infinita, la boca que no sabe
decir que no.
A veces he borrado y confundido las distancias y los planos, he podido ahogarme en el barro o perderme en las
nubes, pero en ese barro sólo he buscado la huella de Tus pasos y en esas nubes la estela de Tu luz. Si mi locura
ha traspasado los límites de Tu ley es porque traducía la impaciencia de mi amor. Y si he desconocido los bienes
velados de la tierra ha sido por perseguir la inaccesible pureza de Tu bien. Es verdad que tuve también mis ídolos,
que me fueron dulces y próximos como el anochecer y el lecho al trabajador fatigado: pero Tú estabas en ellos y
detrás de ellos, y mi adoración los ha atravesado siempre pata llegar a alcanzarte. Castígame si quieres, no tengo
miedo de Ti. Abre el desierto bajo mis pasos y aparta de mis labios todas las fuentes: siempre mi sed de Ti me
atará a Ti.

Gustave Thibon: Las confidencias íntimas de uno de los grandes pensadores católicos del siglo XX
Muy leído también en España, la revista francesa Famille Chrétienne lo reivindica en la
portada de su último número.
Sorprendentemente para un autor que, nacido en 1903, murió en 2001, Gustave
Thibon ocupa la portada del último número de la revista Famille Chrétienne, la más
influyente de Francia en el ámbito católico.
La razón es la próxima llegada a las librerías galas de varias de sus obras en nuevas
ediciones. Pero lo que da actualidad permanente a este autor es la influencia de su
pensamiento más allá de su propia generación, que recuerda el fecundo encuentro de
Thibon con la escritora Simone Weil (1909-1943) como una raíz fructífera para la
intelectualidad cristiana en el siglo XX.
Thibon ha sido muy publicado y leído en España: Sobre el amor humano (El Buey Mudo) es, con diferencia, la de
mayor difusión desde los años sesenta (cuando la editó Rialp), pero ya en este siglo la editorial Belacqva publicó
Una mirada ciega hacia la luz o El equilibrio y la armonía.
Como homenaje a Thibon, Famille Chrétienne reproduce la entrevista a fondo que le hizo en 1993, con ocasión de
su nonagésimo cumpleaños, y de la cual recogemos algunas respuestas.
-¿Cuál es su ideal de felicidad terrenal?
- Saber acogerlo todo sin retener nada.
-¿Cuál es su santo preferido?

2
- San Juan de la Cruz1. El Doctor de la noche, el más extremista de todos los santos, con quien Nietzsche se habría
entendido bien. Soy realista porque defiendo los "medios de apoyo": sé que un Dios sin Iglesia es el principio de
una Iglesia sin Dios. Pero soy extremista por mi atracción por la teología negativa 2, la mística de la noche, el "Dios
sin base ni apoyo", que era el de San Juan de la Cruz y el mío hoy.
-¿En qué siglo le habría gustado vivir?
- En el siglo XII, el más libre de los siglos, el de la unidad de Europa, cultural y espiritual. También me habría
gustado el siglo XVIII, por su finura de espíritu.
- ¿Cuál es su ocupación preferida?
- Caminar por la naturaleza. "Sólo se puede pensar sentado", escribía Flaubert 3, a quien contestó Nietzsche: "Las
grandes ideas llegan caminando".
- ¿Cuál es el principal rasgo de su carácter?
- La docilidad. Siempre me he dejado llevar: por los hombres, por las mujeres, por las circunstancias. Prefiero
obedecer a mandar, que me conduzcan la vida y sus azares, que son el camino que Dios toma cuando quiere pasar
de incógnito.
-¿Cuál es vuestro sueño de felicidad?
- La felicidad no se sueña. Está en todas partes, a condición de acogerlo todo como don de Dios.
- ¿Cuál es su pasaje favorito del Evangelio?
- "Padre, ¿por qué me has abandonado?". Ese grito me conmueve mucho hoy. Sobre la Cruz, Dios desespera de sí
mismo, y, si se me permite decirlo, muere ateo. Creo, con Chesterton, que "nuestra religión es la buena porque es
la única en la que Dios ha sido ateo por un momento". Amo a ese Cristo en agonía, el Varón de Dolores, Dios
infinitamente débil, Dios abandonado por Dios. También aprecio mucho el pasaje de la mujer adúltera. Dios es a la
vez exigencia infinita e indulgencia infinita. Él nos perdonará lo que nosotros no nos atrevemos a perdonarnos a
nosotros mismos. Amo las historias de misericordia. Cuando se envejece, uno se hace más indulgente con los
demás.
- ¿Cómo definiría el infierno?
- Como Simone Weil: "Creerse en el Paraíso por error".
- ¿Y la muerte?
- Como Gabriel Marcel: el "exilio absoluto", un salto vertiginoso que no quiero imaginar. No hay que robarle su
virginidad, quitarle el encanto a ese retorno a la patria. Porque nuestra vida es un exilio. Quedaremos estupefactos

1
San Juan de la Cruz. (Juan de Yepes Álvarez; Fontiveros, España, 1542 - Úbeda, id., 1591) Poeta y religioso español. Nacido en el seno de
una familia hidalga empobrecida, empezó a trabajar muy joven en un hospital y recibió su formación intelectual en el colegio jesuita de
Medina del Campo. En 1564 comenzó a estudiar artes y filosofía en la Universidad de Salamanca, donde conoció, en 1567, a Santa Teresa de
Jesús, con quien acordó fundar dos nuevas órdenes de carmelitas. Su orden reformada de carmelitas descalzos tropezó con la abierta
hostilidad de los carmelitas calzados, a pesar de lo cual logró desempeñar varios cargos. Tras enseñar en un colegio de novicios de Mancera,
fundó el colegio de Alcalá de Henares. Más adelante se convirtió en el confesor del monasterio de Santa Teresa.
Aunque los versos que de él se conservan son escasos y no fueron publicados hasta después de su muerte, se lo considera como uno de los
mayores poetas españoles de la época y como el máximo exponente de la poesía mística. Se supone que durante los meses de su encierro en
1577, que pasó en completo aislamiento y sometido a crueles interrogatorios, elaboró sus llamados poemas mayores: Llama de amor viva,
Cántico espiritual y Noche oscura. Por temor a que fueran tomadas por "iluministas", ninguna de estas obras se publicó antes de 1618,
cuando, salvo Cántico espiritual que lo fue nueve años más tarde en Bruselas, se editaron con el título de Obras espirituales que encaminan a
un alma a la perfecta unión con Dios. En 1692 se publicó en Roma la obra en prosa Avisos para después de profesos, escrita poco antes de
morir. En sus tres poemas mayores, estrechamente relacionadas entre sí, Juan de la Cruz condensó sus propias vivencias personales, derivadas
del constante anhelo de que su alma alcanzase la fusión ideal con su Creador; las tres composiciones, de un modo u otro, describen el ascenso
místico del alma hacia Dios, y dado que surgieron como trasunto de una experiencia mística que se expresaba en alegorías y símbolos, San
Juan de la Cruz consideró que debían ser explicadas. Esto le llevó a la escritura de comentarios en prosa a los poemas.
En Llama de amor viva, San Juan de la Cruz recrea la emoción del éxtasis amoroso, mientras que en Noche oscura, utiliza la imagen de una
muchacha que escapa por la noche para acudir a una cita con su enamorado como representación de la huida del alma de la prisión de los
sentidos, en busca de la comunión con Dios. Cántico espiritual es la obra más compleja y extensa de su producción. En ella, para detallar las
diferentes vías que recorre el alma hasta lograr fundirse con la divinidad, desarrolla una recreación, a modo de égloga, del bíblico Cantar de
los Cantares. A través de cuarenta liras describe la búsqueda del Esposo (Dios) por parte de su esposa (el alma), que pregunta por él a las
criaturas de la naturaleza. Tras encontrarlo, se sucede un diálogo amoroso que culmina con la unión de los dos amantes.
2
La teología negativa, también llamada teología apofática, es una vía teológica que se aparta de todo conocimiento positivo de la naturaleza
o esencia de Dios. De acuerdo a la teología negativa, para el intelecto humano sólo es posible aprender lo que Dios no es, mientras que la
comprensión real de la divinidad es imposible, aún de manera fragmentaria, porque trasciende la realidad física y las habilidades cognitivas
humanas. Para esta vía, Dios es incognoscible e incomprensible; lo que conocemos y comprendemos nunca es lo divino, sino una entidad
finita. De aquí se deduce que sólo podemos decir de Dios lo que no es: que no es un género, ni una especie, y que está más allá de todo lo que
podemos conocer y concebir. La teología negativa o vía negativa, como forma de expresar lo inefable, se inicia en la filosofía patrística
cristiana con Clemente de Alejandría (siglo III); su desarrollo continúa en la obra San Agustín (siglo V) y, sobre todo, en los escritos del
Pseudo Dionisio (siglo V).En esta perspectiva, el enfoque más adecuado para conocer a Dios es lo que se espera del silencio, la
contemplación y la adoración del misterio, y que es independiente de cualquier investigación racional o especulación de lo divino.
3
Gustave Flaubert (Ruan, Alta Normandía, 12 de diciembre de 1821-Croisset, Baja Normandía, 8 de mayo de 1880) fue un escritor francés.
Es considerado uno de los mejores novelistas occidentales y es conocido principalmente por su novela Madame Bovary, y por su escrupulosa
devoción a su arte y su estilo, cuyo mejor ejemplo fue su interminable búsqueda de le mot juste ('la palabra exacta').

3
cuando veamos las líneas curvas con las que Dios ha escrito, hasta qué punto el bien y el mal se entrelazan. Creo
en la solidaridad del bien y del mal, de la paja y el grano. A veces hay virtudes que nos pierden y pecados que nos
salvan, no por sí mismos, sino por resurgimiento. Hay momentos en los que hay que arrepentirse de las virtudes
tanto como de los pecados.
-¿Su oración preferida?
- La Salve: María, donde la misericordia desarma a la justicia.
- ¿Su verso favorito?
- "Ella miraba hacia arriba, y yo a ella": Dante, viendo el reflejo de
Dios en la mirada de Beatriz, ya salvada.
- ¿Qué detesta por encima de todo?
- La envidia, ese vicio que nadie confiesa. Todo el mundo es
envidioso, más o menos, pero nadie lo confiesa porque sería
reconocerse inferior. Preferimos confesar los pecados por exceso: la
gula, la lujuria...
- ¿Cuál es el gran mal de nuestra época?
Dante y Beatriz. Beatriz Portinari (20 de junio de 1266 - 8
- Exigir para nuestro tiempo las promesas de la eternidad. Simone
de junio de 1290), dama florentina, que fue idealizada por
Dante en la Divina Comedia
Weil -el gran encuentro de mi vida- lo decía: "Dios y el hombre son
como dos amantes que se equivocan sobre el lugar de la cita; el hombre espera a Dios en el tiempo, y Dios espera
al hombre en la eternidad".
- ¿La virtud más necesaria hoy?
- La reacción contra el conformismo que se oculta bajo la máscara de la libertad. Asistimos a una curiosa inversión
del respeto humano. Esta época que provoca las guerras más sangrientas en nombre de la libertad constituye un
escándalo único en la historia. Dado el grado de moralidad teórica del siglo XX, tales horrores no deberían ser
posibles. Nuestro tiempo es, más que ningún otro, el tiempo del fariseísmo y de la hipocresía: es el reino de las
verdades cristianas que se han vuelto locas que decía Chesterton.
- ¿Cómo se definiría usted?
- Un anarquista conservador. Conservador en relación a
la tradición, anarquista en relación a las modas e ídolos
del siglo. La marginalidad me ha permitido escapar a la
gloria y a las condecoraciones.
- ¿Qué hecho militar admira más?
- La batalla de Lepanto.
- ¿Qué es lo que más le sorprende?
- La debilidad de Dios: ver hasta qué punto Dios está
desarmado. Ha hecho depender lo más alto de lo más
bajo. Lo superior depende de lo inferior, pero al revés no
es así. Dios necesita al hombre, pero el hombre pasa La batalla de Lepanto fue un combate naval que tuvo lugar el 7 de octubre
totalmente de Dios, se ha hecho esclavo de las causas de 1571 cerca de la ciudad griega de Návpaktos (Lepanto en italiano y de
segundas. ahí al español). Se enfrentaron en ella la armada del Imperio otomano
contra la de una coalición católica, llamada Liga Santa, formada por el Reino
- ¿Su palabra de amor preferida? de España, los Estados Pontificios, la República de Venecia, la Orden de
Malta, la República de Génova y el Ducado de Saboya. A pesar de ser una
- "Ti voglio bene", "Te quiero" en italiano, porque alianza, de las 315 embarcaciones cristianas 164 eran españolas.
Los católicos, liderados por Juan de Austria, resultaron vencedores. Se
significa "Te deseo el bien". Amar a otro es decirle: "Tú frenó así el expansionismo otomano en el Mediterráneo oriental durante
no morirás". En cuanto al amor, me gusta la algunas décadas y se provocó que los corsarios aliados de los otomanos
abandonaran sus ataques y expansiones hacia el Mediterráneo occidental.
desmesura, ese "lo he escogido todo" de Santa Teresita En esta batalla participó Miguel de Cervantes, que resultó herido y perdió la
del Niño Jesús. O esa frase de un campesino, vecino movilidad de su mano izquierda, lo que le valió el sobrenombre de «manco
mío, sobre su mujer amada: "Cuando la miro, ya no la de Lepanto».

veo". El amor humano es la sed del infinito aplicada a lo finito. Los grandes momentos del amor humano son de
llamada, más que de plenitud.
- ¿Su definición del hombre casado?
- Quien, en la resaca, mantiene las promesas de la borrachera. Mi experiencia me ha enseñado que uno no se casa
sólo porque ama, sino para amar.
- ¿Cuál será su epitafio?
- "Adieu, à Dieu": "Adiós, me voy con Dios".
- ¿Y sus últimas palabras?
- Señor, pongo mi alma en tus manos. También me gustan las últimas palabras de la última carta de mi amiga
Marie Noël: "Me duermo en Dios". Ella había perdido el Dios de su infancia y lo descubrió en una noche sin
estrellas. Al final de ese "combate desesperado por salvar a Dios", constató que "Dios no es un lugar tranquilo".

4
Paul Claudel
BAJO LA MANO DE DIOS
"El hombre se forma interiormente con el ejercicio y se forja respecto a lo exterior
mediante choques". Estas palabras de Paul Claudel definen admirablemente lo que fue
la esencia de la vida de este gran poeta y dramaturgo francés. En ellas está fijada su
trayectoria vital en toda su síntesis y profundidad. Son palabras de uno de los grandes
poetas de este siglo, son pues pórtico y también desarrollo de algo intensamente
vivido.
Claudel luchó durante su existencia en la búsqueda de su verdadera vida, pero
también fue la misma vida la que lo golpeó encaminándolo por sendas y cimas que
jamás hubiera alcanzado por su propio pie.
Nació en 1868. Licenciado en Derecho y en Ciencias Políticas, después empezó la
carrera diplomática, representando a su país brillantemente por todo el mundo.
Hijo de un funcionario y de una campesina, fue el más pequeño de una familia compuesta por dos hermanas más.
El ambiente en que se desarrolla su vida lo marcará con fuerza en su infancia y adolescencia. Siempre recordará
sus primeros años con cierta amargura: un ambiente familiar muy frío lo lleva a replegarse sobre sí mismo y, como
consecuencia, a iniciarse en la creación poética. Paul Claudel se hace en la soledad; ésta lo marcará para toda su
vida.
También incidirá con fuerza en su espíritu el ambiente de Francia en su época: profundamente impregnado por la
exaltación del materialismo y por la fe en la ciencia. Las lecturas de Renan, Zola... y especialmente su paso por el
liceo Louis-le-Grand y la visión de la muerte de su abuelo, crean en él un estado de angustia en el que la única
certeza es la de la nada en el más allá. Allí se hunde en el pesimismo y la rebeldía.
En medio de ese aire enrarecido y de esa ausencia de horizontes, el joven Claudel se ahoga, y su inquietud hace
que no se resigne a morir interiormente. Busca aire desesperadamente: le llegan bocanadas en la música de
Beethoven, y de Wagner, en la poesía de Esquilo, Shakespeare, Baudelaire; y, de repente, la luz de Arthur
Rimbaud4: "Siempre recordaré esa mañana de junio de 1886 en que compré el cuaderno de La Vogue que
contenía el principio de Las iluminaciones. Fue realmente una iluminación para mí. Finalmente salía de ese mundo
horrible de Taine, de Renan y de los demás Moloch del siglo XIX, de esa cárcel, de esa espantosa mecánica
totalmente gobernada por leyes perfectamente inflexibles y, para colmo de horrores, conocibles y enseñables. (Los
autómatas me han producido siempre una especie de horror histérico). ¡Se me revelaba lo sobrenatural!" [J.
Rivière et P. Claudel: Correspondance (1907-1914)].
Fue el encuentro con un espíritu hermano del suyo, pero que le abría inmensas perspectivas a su vida más
profunda y personal que hasta ese momento desconocía. Pero su habitual estado de ahogo y desesperación
continuó siendo el mismo.
Y ese mismo año, el acontecimiento clave en su vida: es la Navidad de 1886. Él mismo narrará, veintisiete años
después, lo sucedido: "Así era el desgraciado muchacho que el 25 de diciembre de 1886, fue a Notre-Dame de
París para asistir a los oficios de Navidad. Entonces empezaba a escribir y me parecía que en las ceremonias
católicas, consideradas con un diletantismo superior, encontraría un estimulante apropiado y la materia para
algunos ejercicios decadentes. Con esta disposición de ánimo, apretujado y empujado por la muchedumbre,
asistía, con un placer mediocre, a la Misa mayor. Después, como no tenía otra cosa que hacer, volví a las Vísperas.
Los niños del coro vestidos de blanco y los alumnos del pequeño seminario de Saint-Nicholas-du-Cardonet que les
acompañaban, estaban cantando lo que después supe que era el Magnificat. Yo estaba de pie entre la
muchedumbre, cerca del segundo pilar a la entrada del coro, a la derecha del lado de la sacristía.
Entonces fue cuando se produjo el acontecimiento que ha dominado toda mi vida. En un instante mi corazón fue
tocado y creí. Creí, con tal fuerza de adhesión, con tal agitación de todo mi ser, con una convicción tan fuerte, con
tal certidumbre que no dejaba lugar a ninguna clase de duda, que después, todos los libros, todos los
razonamientos, todos los avatares de mi agitada vida, no han podido sacudir mi fe, ni, a decir verdad, tocarla. De
repente tuve el sentimiento desgarrador de la inocencia, de la eterna infancia de Dios, de una verdadera revelación
inefable. Al intentar, como he hecho muchas veces, reconstruir los minutos que siguieron a este instante
extraordinario, encuentro los siguientes elementos que, sin embargo, formaban un único destello, una única arma,
de la que la divina Providencia se servía para alcanzar y abrir finalmente el corazón de un pobre niño desesperado:
"¡Qué feliz es la gente que cree! ¿Si fuera verdad? ¡Es verdad! ¡Dios existe, está ahí! ¡Es alguien, es un ser tan
personal como yo! ¡Me ama! ¡Me llama!". Las lágrimas y los sollozos acudieron a mí y el canto tan tierno del
Adeste aumentaba mi emoción.

4
Arthur Rimbaud: (Charleville, 20 de octubre de 1854-Marsella, 10 de noviembre de 1891) fue un poeta francés. Abandonó la literatura a
los diecinueve años para emprender un viaje que lo llevaría por Europa y África. Para él, el poeta debía hacerse vidente por medio de un largo
e inmenso desarreglo de todos los sentidos. En vida, sus méritos literarios no fueron reconocidos pero, con el tiempo, se abrieron paso entre
las nuevas generaciones.

5
¡Dulce emoción en la que, sin embargo, se mezclaba un sentimiento de miedo y casi de horror ya que mis
convicciones filosóficas permanecían intactas! Dios las había dejado desdeñosamente allí donde estaban y yo no
veía que pudiera cambiarlas en nada. La religión católica seguía pareciéndome el mismo tesoro de absurdas
anécdotas. Sus sacerdotes y fieles me inspiraban la misma aversión, que llegaba hasta el odio y hasta el asco. El
edificio de mis opiniones y de mis conocimientos permanecía en pie y yo no le encontraba ningún defecto. Lo que
había sucedido simplemente es que había salido de él. Un ser nuevo y formidable, con terribles exigencias para el
joven y el artista que era yo, se había revelado, y me sentía incapaz de ponerme de acuerdo con nada de lo que
me rodeaba. La única comparación que soy capaz de encontrar, para expresar ese estado de desorden completo
en que me encontraba, es la de un hombre al que de un tirón le hubieran arrancado de golpe la piel para plantarla
en otro cuerpo extraño, en medio de un mundo desconocido. Lo que para mis opiniones y mis gustos era lo más
repugnante, resultaba ser, sin embargo, lo verdadero, aquello a lo que de buen o mal grado tenía que
acomodarme. ¡Ah! ¡Al menos no sería sin que yo tratara de oponer toda la resistencia posible!
Esta resistencia duró cuatro años. Me atrevo a decir que realicé una defensa valiente. Y la lucha fue leal y
completa. Nada se omitió. Utilicé todos los medios de resistencia imaginables y tuve que abandonar, una tras otra,
las armas que de nada me servían. Esta fue la gran crisis de mi existencia, esta agonía del pensamiento sobre la
que Arthur Rimbaud escribió: "El combate espiritual es tan brutal como las batallas entre los hombres. ¡Dura
noche!". Los jóvenes que abandonan tan fácilmente la fe, no saben lo que cuesta reencontrarla y a precio de qué
torturas. El pensamiento del infierno, el pensamiento también de todas las bellezas y de todos los gozos a los que
tendría que renunciar -así lo pensaba- si volvía a la verdad, me retraían de todo.
Pero, en fin, la misma noche de ese memorable día de Navidad, después de regresar a mi casa por las calles
lluviosas que me parecían ahora tan extrañas, tomé una Biblia protestante que una amiga alemana había regalado
en cierta ocasión a mi hermana Camille. Por primera vez escuché el acento de esa voz tan dulce y a la vez tan
inflexible de la Sagrada Escritura, que ya nunca ha dejado de resonar en mi corazón. Yo sólo conocía por Renan la
historia de Jesús y, fiándome de la palabra de ese impostor, ignoraba incluso que se hubiera declarado Hijo de
Dios. Cada palabra, cada línea, desmentía, con una majestuosa simplicidad, las impúdicas afirmaciones del
apóstata y me abrían los ojos. Cierto, lo reconocía con el Centurión, sí, Jesús era el Hijo de Dios. Era a mí, a Paul,
entre todos, a quien se dirigía y prometía su amor. Pero al mismo tiempo, si yo no lo seguía, no me dejaba otra
alternativa que la condenación. ¡Ah!, no necesitaba que nadie me explicara qué era el Infierno, pues en él había
pasado yo mi "temporada". Esas pocas horas me bastaron para enseñarme que el Infierno está allí donde no está
Jesucristo. ¿Y qué me importaba el resto del mundo después de este ser nuevo y prodigioso que acababa de
revelárseme?"
Una carta de 1904 a Gabriel Frizeau demuestra que el recuerdo de ese instante de Navidad estaba ya fijado
entonces: "Asistía a vísperas en Notre-Dame, y escuchando el Magnificat tuve la revelación de un Dios que me
tendía los brazos".
"Así hablaba en mí el hombre nuevo. Pero el viejo resistía con todas sus fuerzas y no quería entregarse a esta
nueva vida que se abría ante él. ¿Debo confesarlo? El sentimiento que más me impedía manifestar mi convicción
era el respeto humano. El pensamiento de revelar a todos mi conversión y decírselo a mis padres... manifestarme
como uno de los tan ridiculizados católicos, me producía un sudor frío. Y, de momento, me sublevaba, incluso, la
violencia que se me había hecho. Pero sentía sobre mí una mano firme.
No conocía un solo sacerdote. No tenía un solo amigo católico. (...) Pero el gran libro que se me abrió y en el que
hice mis estudios, fue la Iglesia. ¡Sea eternamente alabada esta Madre grande y majestuosa, en cuyo regazo lo he
aprendido todo!".

PAUL-ANDRÉ LESORT, Claudel visto por sí mismo.

6
Narciso Yepes
Por JOSÉ RAMÓN AYLLÓN, Dios y los Náufragos
Narciso García Yepes (Lorca, 14 de noviembre de 1927 - Murcia, 3 de mayo de
1997), más conocido como Narciso Yepes, fue un guitarrista clásico español.
Cuando cumplió los 13 años, comenzó a estudiar en el Conservatorio de Valencia
con Vicente Asencio, famoso pianista de la época.
En 1947, interpretó en público por vez primera el Concierto de Aranjuez (de Joaquín
Rodrigo), lo cual le mereció celebridad inmediata. En 1958 se casó con una joven
polaca, estudiante de filosofía, llamada Marysia Szumlakowska; con la que tuvo tres
hijos: Juan de la Cruz (muerto en un accidente a los 18 años), Ignacio Yepes
(compositor, flautista y director de orquesta), y Ana Yepes (bailarina y coreógrafa).
En 1964, Yepes comienza a utilizar su creación: la guitarra de diez cuerdas, pues de
ella obtenía mucho mejor resonancia y a la vez le facilitaba el tocar piezas de
música barroca (originalmente escritas para laúd). Lo incitó a la creación de esta
nueva guitarra el desequilibrio sonoro debido a la falta de buena parte de los
armónicos naturales en la guitarra de seis cuerdas.
Sencillo y genial al mismo tiempo, Narciso Yepes personifica un importante capítulo de la historia universal de la
guitarra. Las páginas siguientes reflejan su hondura religiosa, y reproducen en su mayor parte la entrevista que
concedió a Pilar Urbano, publicada en el número 149 de la revista Época en enero de 1988.

A Dios le encanta mi música


El pretexto de esta conversación es el sillón número 18 de la Real Academia de Bellas Artes que, sustituyendo a
Andrés Segovia, ocupará Yepes. Pero el motivo es, como siempre, abrir de par en par el personaje y asomarse a
la persona: este hombre de cuerpo pequeño y macizo, rostro tosco, mirada suave como la seda y sonrisa
inocente. Este hombre de manos pequeñas y gordezuelas, como nidos de gorrión, pero, ¡ah!, prodigiosamente
sensitivas, certeras y firmes en el acorde, audaces y agilísimas en el arpegio5. Manos que rasguean, que tañen,
que pulsan, que hacen vibrar y estremecerse las cuerdas de la guitarra, como si las yemas de sus dedos fuesen
los terminales inteligentes de un portentoso cerebro... zahorí6 de manantiales musicales. Que eso es Narciso
Yepes: un insaciable buscador del agua sonora que duerme en el cuenco oscuro de su guitarra.
-Narciso, dígame una cosa con toda sinceridad: ¿Qué es el triunfo para usted?
-Me pide sinceridad total, ¿no? Pues así le hablaré. jamás me he preocupado por el éxito, ni por el triunfo, ni por el
aplauso... Todo lo que me ha ido viniendo de aceptación, por parte del público o de la crítica, lo he recibido con las
mismas dosis de alegría que de humildad. Yo soy humilde de cuna y creo que soy humilde de espíritu. Y en eso
no pienso cambiar. Nunca me he envanecido, ni me he endiosado. El éxito no afecta al interior de mi ser. Dicho
con más crudeza: mis entrañas no saben qué es la fama. Y eso es bueno. Uno sigue siempre aguijoneado por el
instinto de superación. No considero jamás que en nada de lo que hago haya llegado a la cumbre.
-Pero usted trabaja con sus partituras y su guitarra para dar esa música a otros...
-Sí, ¿y qué?
-Luego... está buscando un eco, y que le sea favorable.
-Yo recreo la música, primero, para mi gozo solitario. Y, sólo después, para darla a oír a los demás. Cuando doy
un concierto, sea en un gran teatro, sea en un auditórium palaciego, o en un monasterio, o... tocando sólo para el
Papa, como hice una vez en Roma ante Juan Pablo II, el instante más emotivo y más feliz para mí es ese
momento de silencio que se produce antes de empezar a tocar. Entonces sé que el público y yo vamos a
compartir una música, con todas sus emociones estéticas. Pero yo no sólo no busco el aplauso, sino que, cuando
me lo dan, siempre me sorprende..., ¡se me olvida que, al final del concierto, viene la ovación! Y le confesaré algo
más: casi siempre, para quien realmente toco es para Dios... He dicho «casi siempre» porque hay veces en que,
por mi culpa, en pleno concierto puedo distraerme. El público no lo advierte. Pero Dios y yo sí.
-Y... ¿a Dios le gusta su música?
-¡Le encanta! Más que mi música, lo que le gusta es que yo le dedique mi atención, mi sensibilidad, mi esfuerzo,
mi arte..., mi trabajo. Y, además, ciertamente, tocar un instrumento lo mejor que uno sabe, y ser consciente de la
presencia de Dios, es una forma maravillosa de rezar, de orar. Lo tengo bien experimentado.
-Perdone la humorada, Yepes: es precioso que usted actúe para un espectador divino; pero, si al artista en pleno
concierto «se le va el santo al cielo», el público puede pensar que allí está de más...
-¡No! ¡Yo toco con los pies bien en el suelo! Yo soy consciente de que hay un diálogo mudo, una corriente mutua
de energía que pasa de mí al público y del público a mí. Cuando se tiene el alma llena de fe y de amor,
necesariamente se produce esa comunicación. No das notas, das... todo un mundo de evocaciones, de ideas, y
de emociones que están entre las notas y en tu mente y en tu corazón y en las yemas de tus dedos. Das... tu vida
interior. Al espectador de butaca y al de allá arriba a la vez.

5
El arpegio (del italiano arpeggiare: ‘tocar el arpa’) es una manera de ejecutar los tonos de un acorde: en vez de tocarlos de manera
simultánea, se hacen oír en sucesión rápida, generalmente del más grave al más agudo.
6
Zahorí: Persona que tiene el don de descubrir lo que está oculto, especialmente corrientes de agua bajo tierra y depósitos de minerales.

7
-¿Siempre ha tenido usted esa fe religiosa que ahora tiene?
-No. Mi vida de cristiano tuvo un largo paréntesis de vacío, que duró un cuarto de siglo. Me bautizaron al nacer, y
ya no recibí ni una sola noción que ilustrase y alimentase mi fe... ¡Con decirle que comulgué por primera vez a los
veinticinco años! Desde 1927 hasta 1951, yo no practicaba, ni creía, ni me preocupaba lo más mínimo que
hubiera o no una vida espiritual y una trascendencia y un más allá. Dios no contaba en mi existencia. Pero...
luego pude saber que yo siempre había contado para Él. Fue una conversión súbita, repentina, inesperada... y
muy sencilla. Yo estaba en París, acodado en un puente del Sena, viendo fluir el agua. Era por la mañana.
Exactamente, el 18 de mayo. De pronto, lo escuché dentro de mí... Quizás me había llamado ya en otras
ocasiones, pero yo no lo había oído. Aquel día yo tenía «la puerta abierta»... Y Dios pudo entrar. No sólo se
hizo oír, sino que entró de lleno y para siempre en mi vida.
-¿ Una conversión a lo Paul Claudel, a lo André Frossard..., a lo san Pablo?
-¡Ah..., yo supongo que Dios no se repite! Cada hombre es un proyecto divino distinto y único; y para cada
hombre Dios tiene un camino propio, unos momentos y unos puntos de encuentro, unas gracias y unas
exigencias... Y toda llamada es única en la historia...
-Dice usted que «lo escuchó», que «se hizo oír»..., ¿he de entender, Narciso, que usted, allí junto al Sena,
«oyó» palabras?
-Sí, claro. Fue una pregunta, en apariencia, muy simple: «¿Qué estás haciendo?» En ese instante, todo cambió
para mí. Sentí la necesidad de plantearme por qué vivía, para quién vivía... Mi respuesta fue inmediata. Entré en la
iglesia más próxima, Saint Julian le Pauvre. Y hablé con un sacerdote durante tres horas... Es curioso, porque mi
desconocimiento era tal que ni me di cuenta de que era una iglesia ortodoxa. A partir de ese día busqué
instrucción religiosa, católica. No olvide que yo estaba bautizado. Tenía la fe dormida y... revivió. Y ya desde aquel
momento nunca he dejado de saber que soy criatura de Dios, hijo de Dios... Un hombre con una cita de eternidad
que se va tejiendo y recorriendo ya aquí en compañía de Dios. Así como hasta entonces Dios no contaba para
nada en mi vida, desde aquel instante no hay nada en mi vida, ni lo más trivial, ni lo más serio, en lo que yo no
cuente con Dios. Y eso en lo que es alegre y en lo que es doloroso, en el éxito, en el trabajo, en la vida familiar, en
una pena honda como la de que te llame la Guardia Civil a media noche para decirte que tu hijo ha muerto...
-Esa noticia, ese desgarro, ¿no le hizo encararse con Dios y... pedirle explicaciones? ¿Lo aceptó a pie firme?
-¿Pedirle explicaciones? ¿Por qué iba a hacerlo? Sentí y sigo sintiendo todo el dolor que usted pueda
imaginarse..., y más. Pero sé que la vida de mi hijo Juan de la Cruz estaba amorosamente en las manos de
Dios... Y ahora lo está aún con más plenitud y felicidad. Por otra parte, Pilar, cuando se vive con fe y de fe, se
entiende mejor el misterio del dolor humano. El dolor acerca a la intimidad de Dios. Es... una predilección, una
confianza de Dios hacia el hombre.
-Dios trata duro a los que quiere santos...
-Pues... sí. Así es. Pero no es el trato duro, áspero e insufrible de un todopoderoso tirano, sino..., ¿sabré
hacerme entender?, la caricia de un padre que se apoya en su hijo. Y esa caricia... limpia, sosiega y enriquece
el alma. Y se obtiene la certeza moral y hasta física de que la muerte ha de ser un paso maravilloso: llegar, por
fin, a la felicidad que nunca acaba y que nada ni nadie puede desbaratar... ¡Empezar a vivir de verdad!
-Oyéndolo hablar puede parecer que en usted no hay, como en todos los mortales, el hombre carnal, el bajo
mundo de pasiones, la rebeldía del barro... Se diría que en usted hay una espiritualidad de superhombre, sin
lucha, sin tentación, sin caída... ; y sin tibieza ni rutina! ¿No es demasiado sublime para ser real?
-Pues no habré sabido explicarme. ¡Claro que hay tentación! Pero también hay gracia. ¿Rutina, tibieza? Si se nutre a
diario la experiencia de vivir estando al tanto de Dios, no cabe la rutina: Él interpela de continuo con preguntas y con
solicitudes nuevas... Y uno va de hallazgo en hallazgo. ¡Nada es igual! Todo es novedad. Ya le dije que Dios no se
repite nunca... Ciertamente, yo no le planteo rebeldía a Dios: hacer las cosas bien me cuesta, como a cualquiera.
Pero, desde la libertad para decir «No quiero», decido decir «Sí quiero». Porque, además de creer en Dios..., yo le
amo. Y lo que es incomparablemente más afortunado para mí: Dios me ama. ¡Cambiaría tanto la vida de los hombres
si cayesen en la cuenta de esta espléndida realidad!
-Pero el mundo camina en otra dirección... justo la contraria.
-Sí. Es tremendo que el hombre, por cuatro cachivaches técnicos que ha conseguido empalmar, se haya creído
que puede prescindir de Dios y trate de arreglar esta vida con su solo esfuerzo... Pero ¿qué está consiguiendo? No
es más feliz, no tiene más paz, no se siente más seguro, no progresa auténticamente, pierde el respeto a los demás
hombres, utiliza mal los recursos creados..., y él mismo es cada vez menos humano. La sociedad tecnificada y
postindustrial de este siglo que vivimos ha perdido su norte. Está equivocada. Marcha fuera del camino.
-Otra cuestión: de un tiempo a esta parte, y refiriéndose a terroristas que han asesinado, se dice «no es posible
estrechar unas manos manchadas de sangre». Mi pregunta es comprometedora. Yepes, ¿usted daría la mano a
un etarra asesino?
-Hay manos que se manchan de sangre apretando un gatillo, hay manos que se manchan de sangre provocando una
guerra o practicando un aborto... Hay manos que se manchan firmando leyes que van contra la Ley Natural... Pero
no hay ninguna mano definitivamente indigna. El hombre, por muy abyecto que sea, siempre está a tiempo para dejar
de serlo. Vivir es eso: estar todavía a tiempo.
-Supongo, pues, que usted no es partidario de la pena de muerte.
-¡En modo alguno! ¿Quién es el hombre para disponer de la vida de otro hombre? Castigo al delincuente, sí. Pero
pena de muerte, nunca. Quizás porque soy converso creo más que otros en la capacidad de regeneración y de
redignificación del ser humano. Y no se debe cercenar esa posibilidad.

8
André Frossard
DIOS EXISTE. YO ME LO ENCONTRÉ
André Frossard nació en Francia en 1915. Como su padre, Ludovic-Oscar
Frossard, fue diputado y ministro durante la III República y primer secretario
general del Partido Comunista Francés, Frossard fue educado en un ateísmo
total. Encontró la le a los veinte años, de un modo sorprendente, en una capilla
del Barrio Latino, en la que entró ateo y salió minutos más tarde "católico,
apostólico y romano".
El ateísmo en André Frossard y su posterior y repentina conversión se entienden
un poco más contemplando su propia familia, como nos lo cuenta él mismo:
"Eramos ateos perfectos, de esos que ni se preguntan por su ateísmo. Los
últimos militantes anticlericales que todavía predicaban contra la religión en las
reuniones públicas nos parecían patéticos y un poco ridículos, exactamente igual
que lo serían unos historiadores esforzándose por refutar la fábula de Caperucita
roja. Su celo no hacía más que prolongar en vano un debate cerrado mucho
tiempo atrás por la razón. Pues el ateísmo perfecto no era ya el que negaba la
existencia de Dios, sino aquel que ni siquiera se planteaba el problema. ( ...)
Dios no existía. Su imagen o las que evocan su existencia no figuraban en parte alguna de nuestra casa.
Nadie nos hablaba de Él. (...) No había Dios. El cielo estaba vacío; la tierra era una combinación de
elementos químicos reunidos en formas caprichosas por el juego de las atracciones y de las repulsiones
naturales. Pronto nos entregaría sus últimos secretos, entre los que no había en absoluto Dios.
¿Necesito decir que no estaba bautizado? Según el uso de los medios avanzados, mis padres habían
decidido, de común acuerdo, que yo escogería mi religión a los veinte años, si contra toda espera
razonable consideraba bueno tener una. Era una decisión sin cálculo que presentaba todas las apariencias
de imparcialidad. ¿A los veinte años quiere creer? Que crea. De hecho, es una edad impaciente y
tumultuosa en la que los que han sido educados en la fe acaban corrientemente por perderla antes de
volverla a encontrar, treinta o cuarenta años más tarde, como una amiga de la infancia... Los que no la han
recibido en la cuna tienen pocas oportunidades de encontrarla al entrar en el cuartel...
Mi padre era el secretario general del partido socialista. Yo dormía en la habitación que, durante el día,
servía a mi padre de despacho, frente a un retrato de Karl Marx, bajo un retrato a pluma de Jules Guesde
(socialista que colaboró en la redacción del programa colectivista revolucionario) y una fotografía de
Jaurès.
Karl Marx me fascinaba. Era un león, una esfinge, una erupción solar. Karl Marx escapaba al tiempo. Había
en él algo de indestructible que era, transformada en piedra, la certidumbre de que tenía razón. Ese bloque
de dialéctica compacta velaba mi sueño de niño. (...)
El domingo era el día del Señor para los luteranos, que a veces iban al templo, y para los pi etistas, que se
reunían en pequeños grupos bajo la mirada falta de comprensión de otros. Para nosotros era el día del
aseo general, en el agua corriente del arroyo truchero, después del cual mi abuelo mi friccionaba la cabeza
con un cocimiento de manzanilla..."
En Navidad, las campanas de los pueblos cercanos, que no encontraban eco entre nosotros, extendían
como un manto de ceremonia sobre la campiña muerta. Nosotros también nos poníamos nuestros trajes
domingueros para ir a ninguna parte (...) Almorzábamos en la mejor habitación, sobre el blanco mantel de
los días señalados.
Pero ni el moscatel de Alsacia, ni la cerveza, ni la frambuesa, volvían a la familia más habladora. La
comida, más rica que de costumbre, y el abeto, completamente barbudo de guirnal das plateadas, nada
conmemoraban. Era una Navidad sin recuerdos religiosos, una Navidad amnésica que conmemoraba la
fiesta de nadie.
Entre las izquierdas la política se consideraba como la más alta actividad del espíritu, el más hermoso de
los oficios, después del de médico, sin embargo. A ella debían mis padres, por otra parte, el haberse
encontrado. Mi madre de espíritu curioso, había escuchado a mi padre hablar del socialismo ante un
auditorio obrero, con la fogosidad de sus veinticinco años, una inteli gencia combativa, una voz admirable.
Desde aquel día, ella le siguió de reunión en reunión, por amor al socialismo, hasta la alcaldía. Cuando me
contaba esa historia, yo no comprendía gran cosa. Para mí, mis padres eran mis padres desde siempre y no
imaginaba que hubiesen podido no serlo en un momento dado de su existencia. La honestidad, la natural
decencia de su vida en común, me habían dado del matrimonio la idea de una cosa que no podía
deshacerse y que, al no tener fin, no había tenido comienzo.
Mi madre vendía al pregón el periódico de la Federación Socialista, completamente redactado por mi padre,
entonces maestro destituido por amaños revolucionarios y reducido a la miseria. Pero la política llenaba la
vida de mi padre. (...)

9
Rechazábamos todo lo que venía del catolicismo, con una señalada excepción para la persona -humana- de
Jesucristo, hacia quien los antiguos del partido mantenían (con bastante parquedad, a decir verdad) una
especie de sentimiento de origen moral y de destino poético. No éramos de los suyos, pero él habría
podido ser de los nuestros por su amor a los pobres, su severidad con respeto a los poderosos, y sobre
todo por el hecho de que había sido la víctima de los sacerdotes, en todo caso de los situados más alto, el
ajusticiado por el poder y por su aparato de represión".
Pero sin tener mérito alguno Frossard, porque Dios quiso y no por otra razón, fue el afortunado en recibir
el regalo de la conversión. El no buscaba a Dios. Se lo encontró: "Sobrenaturalmente, sé la verdad sobre la
más disputada de las causas y el más antiguo de los procesos: Dios existe. Yo me lo encontré.
Me lo encontré fortuitamente -diría que por casualidad si el azar cupiese en esta especie de aventura-, con
el asombro de paseante que, al doblar una calle de París, viese, en vez de la plaza o de la encrucijada
habituales, una mar que batiese los pies de los edificios y se extendiese ante él hasta el infinito.
Fue un momento de estupor que dura todavía. Nunca me he acostumbrado a la existencia de Dios.
Habiendo entrado, a las cinco y diez de la tarde, en una capilla del Barrio Latino en busca de un amigo, salí
a las cinco y cuarto en compañía de una amistad que no era de la tierra.
Habiendo entrado allí escéptico y ateo de extrema izquierda, y aún más que escé ptico y todavía más que
ateo, indiferente y ocupado en cosas muy distintas a un Dios que ni siquiera tenía intención de negar -
hasta tal punto me parecía pasado, desde hacía mucho tiempo, a la cuenta de pérdidas y ganancias de la
inquietud y de la ignorancia humanas-, volví a salir, algunos minutos más tarde, "católico, apostólico,
romano", llevado, alzado, recogido y arrollado por la ola de una alegría inagotable.
Al entrar tenía veinte años. Al salir, era un niño, listo para el bautismo, y que miraba ent orno a sí, con los
ojos desorbitados, ese cielo habitado, esa ciudad que no se sabía suspendida en los aires, esos seres a
pleno sol que parecían caminar en la oscuridad, sin ver el inmenso desgarrón que acababa de hacerse en el
toldo del mundo. Mis sentimientos, mis paisajes interiores, las construcciones intelectuales en las que me
había repantingado, ya no existían; mis propias costumbres habían desaparecido y mis gustos estaban
cambiados.
No me oculto lo que una conversión de esta clase, por su carácte r improvisado, puede tener de chocante, e
incluso de inadmisible, para los espíritus contemporáneos que prefieren los encaminamientos intelectuales
a los flechazos místicos y que aprecian cada vez menos las intervenciones de lo divino en la vida cotidiana.
Sin embargo, por deseoso que esté de alinearme con el espíritu de mi tiempo, no puedo sugerir los hitos
de una elaboración lenta donde ha habido una brusca transformación; no puedo dar las razones
psicológicas, inmediatas o lejanas, de esa mutación, porque esas razones no existen; me es imposible
describir la senda que me ha conducido a la fe, porque me encontraba en cualquier otro camino y pensaba
en cualquier otra cosa cuando caí en una especie de emboscada: no cuento cómo he llegado al catolicismo,
sino como no iba a él y me lo encontré. (...)
Nada me preparaba a lo que me ha sucedido: también la caridad divina tiene sus actos gratuitos. Y si, a
menudo, me resigno a hablar en primera persona, es porque está claro para mí, como quisiera que
estuviese enseguida para vosotros, que no he desempeñado papel alguno en mi propia conversión. (...)
Ese acontecimiento iba a operar en mí una revolución tan extraordinaria, cambiando en un instante mi
manera de ser, de ver, de sentir, transformando tan radicalmente m i carácter y haciéndome hablar un
lenguaje tan insólito que mi familia se alarmó.
Se creyó oportuno, suponiéndome hechizado, hacerme examinar por un médico amigo, ateo y buen
socialista. Después de conversar conmigo sosegadamente y de interrogarme indirec tamente, pudo
comunicar a mi padre sus conclusiones: era la "gracia", dijo, un efecto de la "gracia" y nada más. No había
por qué inquietarse.
Hablaba de la gracia como de una enfermedad extraña, que presentaba tales y cuales síntomas fácilmente
reconocibles. ¿Era una enfermedad grave? No. La fe no atacaba a la razón. ¿Había un remedio? No; la
enfermedad evolucionaba por sí misma hacia la curación; esas crisis de misticismo, a la edad en que yo
había sido atacado, duraban generalmente dos años y no dejaban ni lesión, ni huellas. No había más que
tener paciencia.
Se me toleraría mi capricho religioso a condición de que fuese discreto, como lo serían conmigo. Se me
rogó que me abstuviese de todo proselitismo en relación con mi hermana menor. Ella se converti ría a pesar
de todo al catolicismo, y mi madre también, bastantes años después de ella".
Frossard escribió el libro de su conversión, Dios existe. Yo me lo encontré , que mereció el Gran Premio de
la literatura Católica en Francia en 1969, y que se convertiría en un best-seller mundial.
En 1985 fue elegido miembro de la Academia y trabajó en la Comisión del Diccionario. Muere en París en
1995 a los 80 años de edad, tras haber sido uno de los intelectuales católicos franceses más influyentes de
su país en el presente siglo.

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Vittorio Messori
‘Doctor, mi hijo tiene un síntoma gravísimo: he descubierto que va a misa …’

Vittorio Messori (1941) periodista y escritor católico italiano, nacido en Sassuolo cerca de
Módena. Es considerado como el escritor de temas católicos más traducido del mundo.
Si bien fue bautizado al nacer, Messori fue criado en el seno de una familia anticlerical y
el propio Vittorio se negaba a tener relación alguna con la Iglesia, hasta que en sus años
universitarios se convirtió al cristianismo, al igual que su amigo André Frossard.
Se graduó en un reconocido liceo de Azeglio en Turín. Se doctoró en ciencia política con
una tesis sobre el Risorgimento del siglo XIX.
En sus principios Messori era editor y luego líder de la oficina de prensa de una gran casa
editorial. Durante años se desempeñó como cronista de la Stampa Sera, posteriormente
pasó a ser redactor del diario La Stampa y el semanario Tuttolibri.
Es un profundo investigador del cristianismo y especialmente del catolicismo. Sus obras
más influyentes fueron: Hipótesis sobre Jesús (1977), Opus Dei (1996), El informe
Ratzinger (1987).
Fue el primer periodista en realizar una larga entrevista al Papa Juan Pablo II, que se publicó en un libro titulado
Cruzando el Umbral de la Esperanza (1994).
Su investigación en España sobre el Milagro de Calanda tuvo como resultado su libro El Gran Milagro
(1998).Vittorio Messori, es conocido internacionalmente por haber entrevistado a Juan Pablo II en Cruzando el
umbral de la esperanza, y al Cardenal Ratzinger en Informe sobre la fe. Pero, en contra de lo que pudiera
pensarse, no ha sido precisamente un "católico de toda la vida".
"Nací en plena Guerra Mundial en la región quizá más anticlerical de Europa: en la Emilia, zona del antiguo Estado
pontificio, la del don Camilo y Peppone (el cura de pueblo y el alcalde comunista) de Guareschi. Mis padres no
estaban precisamente de parte de don Camilo y, aunque vivían de verdad unos valores -apertura, acogida,
generosidad, etc-, desde pequeño me inculcaron la aversión, no al Evangelio o al cristianismo, sino al clero, a la
Iglesia institucional. Me bautizaron como si fuera una especie de rito supersticioso, sociológico, pero después no
tuve ningún contacto con la Iglesia.
Acabada la Guerra, mis padres se trasladaron a Turín, la mayor ciudad industrial italiana, cuna del marxismo
italiano -de Gramsci, Togliatti y otros dirigentes comunistas-, en la que los católicos hace tiempo que son minoría.
Asistí allí a un colegio público, donde no se hablaba de religión más que para inculcarnos el desprecio teórico hacia
ella. Obligada por el Concordato había, sí, una clase semanal de enseñanza religiosa, pero casi ninguno la tomaba
en serio y yo, en concreto, eludía la asistencia con las más variadas excusas. O sea, que si por mi familia estaba
imbuido de anticlericalismo pasional, la escuela llovió sobre mojado al enseñarme la cultura del iluminismo, del
liberal-marxismo".
Acabado el bachillerato, eligió como carrera universitaria la de Ciencias Políticas. Pertenecía a la famosa generación
del 68 y convirtió la política en su pasión. "Decía el teólogo protestante Karl Barth que «cuando el cielo se vacía de
Dios, la tierra se llena de ídolos». Para mí el cielo estaba vacío, y uno de los ídolos que llenaba la tierra era
precisamente la política. Era para mí una auténtica pasión. Estaba muy comprometido con los partidos de
izquierda".
Se da cuenta con el tiempo de que la política no podía proporcionarle las respuestas sobre el sentido de la vida.
"Sin embargo, aun consciente de esas carencias de la política, a la vez estaba convencido de que no podría
encontrar respuestas fuera de ella, precisamente porque formaba parte de los que rechazaban el cristianismo sin
tomarse la molestia de conocerlo. Pensaba que cualquier dimensión religiosa pertenecía a un mundo pasado, al
que un joven moderno como yo no podía tomar en serio. (...) El Evangelio era para mí un objeto desconocido:
nunca lo había abierto, pese a tenerlo en mi biblioteca, porque pensaba sin más que formaba parte del folklore
oriental, del mito, de la leyenda.
Pero un día sucedió... Llegamos a un punto en que me es difícil hablar... por pudor. André Frossard, colega y
amigo mío, entró un día en una iglesia católica en Francia y de la misma salió convertido. Mi proceso no es tan
clamoroso. Pero un tipo semejante de experiencia mística, no tan inmediata sino diluida en el arco de dos meses,
también la he vivido yo. Mi hallazgo de la fe fue muy protestante. Fue un encuentro directo con la misteriosa figura
de Jesús, a través de las palabras griegas del Nuevo Testamento. No vi luces, ni oí cantos de ángeles. Pero la
lectura de aquel texto, hecha probablemente en un momento psicológico particular, fue algo que todavía hoy me
tiene aturdido. Cambió mi vida, obligándome a darme cuenta de que allí había un misterio, al que valía la pena
dedicar la vida.
La situación que se creó fue todo un drama para mí. De inmediato me vino un gran consuelo, una gran alegría,
pero a la vez un miedo terrible, por varios motivos. Por una parte, me di cuenta de que mi vida debía cambiar,
sobre todo en la orientación intelectual. (...) Me hacía sufrir especialmente el que, si mi familia se enteraba de lo
que me sucedía, me echasen de casa. De hecho, cuando mi madre supo que asistía a Misa a escondidas, telefoneó
al médico y le dijo: «Venga, doctor. Mi hijo padece una fuerte depresión nerviosa». «¿Qué síntomas tiene?»,

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preguntó el médico. Y mi madre le contestó: «Un síntoma gravísimo: he descubierto que va a Misa». Esto da idea
del clima que se vivía en mi familia y de lo mucho que podía afectarme.
Otro ingrediente del drama era una especie de choque entre dos posturas que yo entendía como contrapuestas.
Por un lado, algo me hacía ver que en el Evangelio estaba aquella verdad que había buscado. Se trataba de una
experiencia del Evangelio como "encuentro", no sólo como palabra, valor, moral o ética. Para mí, el Evangelio no
es un libro, sino una Persona. Era la experiencia de un encuentro fulgurante, consolador y, a la vez, inquietante.
Inquietante también porque entonces yo me sentí como aquejado por una especie de "esquizofrenia". Se trataba
de la disociación entre la intuición que me había hecho entender que allí, en el Evangelio, estaba la verdad, y mi
razón, que me decía: No, es imposible, te equivocas.
Desde entonces, todo lo que he hecho y los muchos miles de páginas que he escrito, en el fondo no obedecen más
que al intento de vencer esa esquizofrenia, procurando dar respuesta a esta pregunta: ¿Se puede creer, se puede
tomar en serio la fe, puede un hombre de hoy apostar por el Evangelio? Todo ha girado en torno a la fe, a la
posibilidad misma de creer.
Ha sido una aventura solitaria -siempre he sido un individualista-, en la que me guio Pascal: un hombre de hace
300 años, también laico convertido, que razonaba como yo, que no quería renunciar a la razón y que, antes de
rendirse a la fe, deseaba agotar todas las posibilidades. Él me ayudó a descubrir esa nueva Atlántida personal. He
hablado de aventura solitaria y de mi individualismo, pero también digo siempre que no soy un "católico del
disenso". Al contrario, soy un "católico del consenso". Y es que, en la lógica de la Encarnación, no sólo juzgo
legítimo al Vaticano, a la Iglesia institucional, sino que la considero necesaria, indispensable.
¿Cuándo decidí aceptar la Iglesia? Cuando, al reflexionar sobre el Evangelio para intentar conocer mejor el
mensaje de Jesús, me di cuenta de que el Dios de Jesús es un Dios que quiso necesitar a los hombres, que no
quiso hacerlo todo solo, sino que quiso confiar su mensaje y los signos de su gracia -los sacramentos- a una
comunidad humana. Es decir, si uno reflexiona bien, acepta la Iglesia no porque la ame, sino porque forma parte
del proyecto de Dios. Me ha costado muchos años, pero ahora estoy convencido de que sin la mediación de un
grupo humano, en el fondo no tomaríamos en serio la mediación de Jesús.
Mi aventura también ha sido solitaria porque era uno de los pocos que andaba contracorriente. Entraba en la
Iglesia cuando tantos clericales salían de ella gritando: ¡Qué maravilla, finalmente la tierra prometida! ¡Hemos
descubierto la cultura laicista! Yo, asombrado, intentaba pararlos: ¿Qué hacéis? ¡La verdadera cultura está aquí
dentro, en la Iglesia!
Por eso, algunos me han acusado de ser un reaccionario, un nostálgico. Es absurdo. Yo no he conocido la Iglesia
preconciliar, no he escuchado jamás una Misa en latín, porque antes del Concilio nunca había asistido a Misa, y
cuando comencé a ir, era ya en italiano. De ahí que no pueda ser un nostálgico. ¿De qué? No he tenido ni una
infancia ni una juventud católica. Lo que sí he conocido de cerca es la cultura laicista. Y luego, un encuentro
misterioso y fulgurante con el Evangelio, con una Persona, con Jesucristo; y, después, con la Iglesia".

Las citas son de una entrevista de JOSÉ R. PÉREZ ARANGÜENA.

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