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Arte de la Oración en Cristo

El documento resume el discurso del Padre Jesús Castellanos sobre el arte de la oración. Castellanos explica que la oración es un arte enseñado por Jesús y desarrollado en los creyentes por el Espíritu Santo. Citando la carta del Papa Juan Pablo II al comienzo del nuevo milenio, Castellanos señala que la oración y la contemplación deben fundamentar la acción pastoral de la iglesia. La presencia viva de Cristo entre nosotros debe llevarnos a vivir la vida trinitaria a través de la oración

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Arte de la Oración en Cristo

El documento resume el discurso del Padre Jesús Castellanos sobre el arte de la oración. Castellanos explica que la oración es un arte enseñado por Jesús y desarrollado en los creyentes por el Espíritu Santo. Citando la carta del Papa Juan Pablo II al comienzo del nuevo milenio, Castellanos señala que la oración y la contemplación deben fundamentar la acción pastoral de la iglesia. La presencia viva de Cristo entre nosotros debe llevarnos a vivir la vida trinitaria a través de la oración

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El arte de la Oración

Disertación del P. Jesús Castellanos, o.c.d.


Mza. 2004

Tenemos ya las mejores condiciones para hacer de este momento, un


momento de oración. La Palabra del Señor que ha sido entronizada y
proclamada; el icono de Jesús, el maestro de oración que nos enseña a
orar; la presencia de nuestro querido Arzobispo que nos ha hablado, y esta
pequeña presentación que se ha hecho de mi pobre persona, que la acepto
como un acto de amor, y a la que respondo también con un acto de
disponibilidad y de amor, para que este amor mutuo entre nosotros genere
ya la presencia del Espíritu Santo, la presencia de Cristo Jesús; nos
sintamos hermanos del mismo Padre y funcione ya, desde lo más
sobrenatural, esta comunión grande que queremos tener hablando de la
oración.

El tema que se me ha encomendado es precisamente el que el Santo


Padre ha expuesto en su Carta, a comienzo del nuevo milenio, dentro de
una serie de temas que progresiva y ordenadamente se van poniendo, para
que la Iglesia de este tercer milenio del cristianismo sepa abordar, superar
y encauzar los grandes problemas de la humanidad. Son muchos los temas
que están ahí, en esta Carta, y son temas que el Episcopado Argentino ha
retomado en su Carta Pastoral y que están también en el plan diocesano de
la Arquidiócesis de Mendoza. Y si me atrevo a hablar de ello, es porque
hablar de algo que nos ha trasmitido el Santo Padre con su Palabra y sobre
todo con su ejemplo de gran orante, nos permite hacer una comunión más
intensa con su persona, con su palabra y con su doctrina, y porque estamos
convencidos, que el Espíritu Santo que aletea en la Iglesia, es el que ha
inspirado también al Santo Padre esta oportunidad de relanzar un
cristianismo en toda la fuerza del amor, un amor que se hace
contemplación, que se hace testimonio y que se hace comunión; y que es,
como nos dice el Santo Padre, el mejor fruto que la Iglesia ha podido sacar
del gran jubileo del año 2000, que fue una experiencia de comunión con
Cristo, felicitándole por sus 2000 años de historia con nosotros, y una
glorificación de la Santa Trinidad. Por eso, vamos a hablar de lo que el
Santo Padre nos dice, en este primer momento, y vamos a reservar otro
momento para que sea Jesús mismo, quien con su ejemplo, nos diga que
tenemos que orar y cómo tenemos que orar.
El arte de la oración… Se puede decir que la oración es arte. ¿No se
puede decir mejor que es don? ¿No es para muchos un esfuerzo? ¿No es
para algunos una costumbre? El Papa nos dice: no. La oración es arte; arte
que aprendemos de Jesús, y arte que en nosotros el mismo Espíritu Santo
va suscitando poquito a poco, enseñándonos. Arte, porque orar es una cosa
bella, es una cosa santa, es una cosa buena. Arte, porque sentimos que en
este tiempo, tenemos que ser atraídos por la belleza. Si el Santo Padre nos
dijera: tienen que orar, es su obligación, a veces podríamos tener como un
rechazo. El Santo Padre nos quiere encantar: oren, y verán cómo es bello
orar, cómo se desarrolla en nosotros como un arte, cómo somos artistas de
la oración, guiados por esa mano artista que es la del Espíritu Santo que va
suscitando en nuestros corazones las mejores melodías y las mejores
sinfonías. Oren en soledad con Jesús, pero oren por toda la Iglesia, y oren

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en comunidad, porque esto también es sinfonía de amor. Vamos pues a ver
cómo podemos aprender de labios de Jesús y de la madre Iglesia, nuestra
madre, a quien Jesús le ha encomendado que enseñe a orar a través de los
siglos este arte de la oración.

Ante todo me parece que es importante colocar el tema de la oración


en el conjunto de la Carta Apostólica del Santo Padre. Él nos habla, ante
todo, del gran jubileo del año 2000 y, después, va poco a poco
indicándonos algunas cosas que son importantes para que se desarrolle la
energía suscitada por el Espíritu; y esta ola de amor, de carisma evangélico,
de entusiasmo eclesial que hemos vivido en el Jubileo, pueda llegar
navegando más adentro.

El tema de la oración está precisamente ahí, en un momento en que


la Iglesia tiene que contemplar a Cristo, y contemplando a Cristo tiene que
renovarse interiormente desde esa contemplación: la contemplación del
rostro de Cristo. Hay algunos textos, que después se pueden ir leyendo
poquito a poco en esta carta del Papa al comienzo del nuevo milenio, que
son de gran importancia para conectar profundamente con lo que el Señor
nos quiere decir. Por ejemplo, el Santo Padre nos dirá: “es importante que
lo que nosotros nos propongamos, con la ayuda de Dios, esté fundado en la
contemplación y en la oración”, así en el N° 15: “El nuestro es un tiempo de
continuo movimiento, que a menudo desemboca en el activismo, con el
riesgo fácil de hacer por hacer. Tenemos que resistir a esa tentación
buscando ser antes que hacer. Recordemos a este respecto el reproche de
Jesús a Marta: `Tú te afanas y te preocupas por muchas cosas, y sin
embargo sólo una es necesaria`. Con este espíritu, antes de someter a
vuestra consideración algunas líneas de acción, deseo haceros partícipes de
algunos puntos de meditación sobre el misterio de Cristo, fundamento
absoluto de toda nuestra acción pastoral”. Oración, contemplación,
meditación que desde el corazón mismo del Pastor de la Iglesia, Juan Pablo
II, ahora es para nosotros como una invitación.

Al tema de la oración el Papa lo coloca en un preciso contexto de dos


convicciones fundamentales: la primera es que nosotros, en este tiempo
como en todos los tiempos, vivimos la presencia del Señor. Y esta presencia
de Cristo entre nosotros: Yo estoy con ustedes hasta el final del mundo,
tiene que convertirse en comunión de vida. Tenemos que encontrar a un
viviente. Este es el sentido del ser cristianos, del ser discípulos, tenemos
que caminar con un viviente; se tiene que hacer experiencia gozosa.
Esa doble frase que está allí en la Carta del Papa: “queremos ver a
Jesús”, dijeron unos griegos que querían conocer al Señor; pero también:
“hemos visto al Señor”, dijeron los discípulos después de haber visto al
Resucitado. El deseo se transforme en experiencia, y la experiencia se
transforme en apostolado y en testimonio. Es la presencia del Cristo vivo, y
es precisamente esta presencia del Cristo vivo en medio de nosotros, la que
desemboca en una palabra bella del Papa, cuando nos dice: “Conscientes de
la presencia del Resucitado entre nosotros, nos planteamos hoy la pregunta
dirigida a Pedro en Jerusalén, inmediatamente después de su discurso de
Pentecostés: ´¿qué hemos de hacer, hermanos?” Entre tantas cosas que
hemos de hacer, la primera, dice el Papa, es ésta: “No se trata de inventar

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un nuevo programa”, sino de tener la certeza de una Persona que está con
nosotros y nos salva, la certeza que nos infunde diciendo: ¡Yo estoy con
ustedes! Y por eso este cristianismo suave, verdadero, auténtico, bello, que
llena el corazón, se puede traducir, y son palabras todavía del Santo Padre,
“se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e
imitar para vivir en Él la vida trinitaria, y transformar con Él la historia hasta
su perfeccionamiento en la Jerusalén celestial”. Nada más y nada menos.
Encontrar a Jesús, dialogar con Él, vivir en Él, dejar que Él viva en nosotros;
y de Jesús tener, lo que Él tenía: una experiencia de vida trinitaria. ¿Cómo
la tendremos?

Jesús vivía una experiencia trinitaria, sobre todo, hablando con el


Padre y dejándose mover por el Espíritu. Cuando entramos en la misma
onda de la experiencia de Jesús, también nosotros, hijos, bautizados,
sumergidos en las Personas de la Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo,
vivimos su misma vida. Orar no es sólo decir oraciones, es vivir lo más
íntimo de la vida de Jesús, su relación con el Padre y con el Espíritu, para
ser después una irradiación de vida trinitaria por todo el mundo, y como el
Santo Padre nos dice, una transformación de la historia. Vivir la vida
trinitaria para transformar la historia en nuestro tiempo.
La segunda notación que hace el Papa es ésta: en este tiempo, ¿qué
podemos proponer a la Iglesia? Proponemos nada menos que la santidad.
La santidad en todos los estados, en todas las vocaciones. No sólo la
proponemos como un hecho que está en lo más íntimo de nuestra vocación
personal, bautismal; no sólo porque el Señor nos dice, a través de Pablo:
ésta es la voluntad de Dios, vuestra santificación. No sólo porque Jesús
mismo nos dice: Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto, y
ésta es una llamada a la santidad, sino porque desde este bautismo
recibido, vivir la santidad en este tiempo tan difícil para la Iglesia y para los
cristianos es, y son palabras siempre del Papa, superar una vida cristiana
mediocre, que se traduce en minimalismo ético, lo menos: ¿qué podemos
hacer para ser hijos de Dios?; y en religiosidad superficial, que no es el
contacto vivo con un viviente, con el Padre, con Cristo, con el Espíritu, sino
una serie de oraciones, de gestos, que ni comprometen ni nos embeben,
que quizás conmocionan pero que no transforman. Y ya que esto no es
suficiente, el Papa nos dice: Desde esta vocación universal a la santidad, y
para que la santidad se pueda proponer como pastoral ordinaria de la
espiritualidad y de la santidad, sientan que hay una vocación universal a la
oración; y que la pedagogía de la santidad se distingue precisamente por un
cristianismo que centra su atención en el arte de orar. Así sencillamente,
suavemente, como una lógica que se desprende de la llamada de Dios, del
misterio de Jesús, de nuestro bautismo, de las necesidades del hoy, el
Santo Padre nos pone en esta circunstancia de poder entrar decidida y
lógicamente en un deseo de aprender el arte de orar.

El Papa, cuando propone el arte de orar, sabe que hay como una
personalización de esa contemplación del rostro de Cristo, contemplar a
Cristo y contemplar el rostro de Cristo; de hecho, la oración nos tiene que
llevar a contemplarle a Él, lo podemos contemplar como aquí, en el icono de
Cristo Jesús maestro, lo podemos contemplar con los ojos de nuestro
corazón y de nuestra alma, y decirle esa fórmula tan bella que Santa Teresa
de Jesús, la maestra de oración, inventó, y que un discípulo del Santo que

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hoy celebramos, el Cura de Ars, decía que él estaba delante del Señor,
delante del Santísimo Sacramento, y dejaba que le mirara: Yo le miro y Él
me mira. Antes que lo dijese el discípulo del Cura de Ars, ya Santa Teresa
de Jesús había forjado esa sencilla expresión: “Mire que le mira”, “mire que
le mira”. Como dos enamorados que se quieren, es suficiente que nos
dejemos mirar por Dios, y el mirar de Dios es amar y hacer mercedes, dice
San Juan de la Cruz, y que le devolvamos una mirada de amor. Ya está la
oración. Con la profundidad de los ojos que miran, pero también de la
palabra que se escucha, del corazón que late, de la necesidad de
profundizar lo que Dios nos pide en el momento presente; pero ya está, ya
está la relación, la oración como relación de amor.
El Papa nos presenta este arte de la oración, a través de una serie de
pequeñas anotaciones, que nos van a servir también a nosotros, para
captar toda la importancia que tiene en la vida cristiana; por ejemplo, él
nos dice, y lo hemos repetido, ya lo hemos escuchado: “Para aprender el
arte de orar, hemos de aprenderlo de los mismos labios del Maestro, como
los discípulos”; o como bien dice el Catecismo de la Iglesia Católica,
comentando el texto de Lucas, el capítulo once que ha sido proclamado.
Viendo al Hijo de Dios en oración, los discípulos aprenden a orar. No
hubieran pedido los discípulos a Jesús que les enseñara a orar, sino le
hubieran visto orar a Él, y no hubieran visto cómo Jesús salía de la oración
transformado, transfigurado, lleno de luz y de cariño. Si la oración hacía eso
en Jesús: Maestro, enséñanos a orar.
El arte de la oración no lo podemos aprender ni de un guru, ni de un
usuani, ni siquiera de mis labios, lo tenemos que aprender de los labios de
Jesús. ¿Por qué? Porque la hondura de ese arte de oración que Jesús nos
enseña, es para vivir en Cristo, y para vivir como Él y con Él una relación
filial con el Padre. El arte de la oración tiene la hondura misma de la filiación
de Jesús, y tiene también como la consagración interior del Espíritu Santo.
Es relación trinitaria. Así se realiza también algo que es importante en
nuestra relación con Jesús, es decir, la amistad, la intimidad: los he llamado
amigos y no siervos, porque les he manifestado todo lo que el Padre mío
me ha comunicado. Y ésta es la realidad más íntima del discípulo, que sigue
al Maestro, que escucha al Maestro, que sea un discípulo amigo y que
desarrolle precisamente a través de la oración esta intimidad con el Señor.

Cuando se habla de la oración, el Papa dice una cosa que es de una


gran importancia, es como algo que está como en nuestra misma capacidad
humana: Dios nos ha hecho ya, capaces de orar, capaces de relacionarnos.
Hay textos muy bonitos del magisterio de la Iglesia que dan razón de esta
afirmación. Primero cuando se nos dice, en el Catecismo de la Iglesia
Católica, que toda persona humana es capaz de Dios. Tiene capacidad de
acoger, de recibir, de contener a Dios. Cada uno de nosotros, diría mi
madre Santa Teresa de Jesús, somos un castillo interior donde acogemos la
presencia de Dios, y por eso somos morada de Dios; estamos hechos a su
imagen y semejanza, podemos comunicarnos con Dios.
Y esto es lo que dilata nuestro corazón y lo que dice la dignidad más
alta de la persona humana. Y es lo que confirma otro texto del magisterio
de la Iglesia, que en la Constitución Pastoral Gaudium et Spes, sobre la
Iglesia en el mundo contemporáneo, hablando del ateísmo y por lo tanto,
por contraste, de lo que es el creyente, dice: “la razón más alta de la
dignidad humana es la vocación que él tiene a la comunión con Dios”. La

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razón más alta de nuestra dignidad humana es que podemos relacionarnos
ciertamente los unos con los otros, podemos tener mil, infinitas relaciones
de intereses, de economía, de trabajo, de amistad; pero cuando estamos
llamados a relacionarnos con Dios, con la Trinidad, se dilata nuestra
dignidad.

Si yo tuviera que decir qué es lo que me parece más importante en


un apostolado de la Iglesia, sería esto: es devolverle a cada persona
humana este sentido de su gran dignidad, de poder hablar con Dios, de
tratarlo como amigo, como hijo. De sentir su presencia, y de ver que cuanto
más trata con Dios, más se realiza la persona humana, porque si nos
realizamos los unos a los otros cuanto más capacidad tiene el otro de
amarnos y de recibir amor de él, cuando aquel que nos ama y se relaciona
con nosotros es Dios, llegamos al culmen de nuestra dignidad humana.
¡Qué hermosa la oración que nos permite relacionarnos con Dios! Somos
capaces de Dios.

Y por eso el Papa cuando habla de este Dios, no nos lo describe,


como hoy podríamos tener una cierta tentación, de un Dios absoluto, o de
un Dios de las religiones orientales. No, sino del Dios que Jesús nos ha
revelado: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Y todas las fórmulas que el
Santo Padre usa cuando nos está hablando de la oración, son fórmulas
trinitarias, por ejemplo, cuando él dice: estarán realizadas en nosotros por
el Espíritu Santo, nos abre, por Cristo y en Cristo, a la contemplación del
rostro del Padre. Todo es trinitario: somos hijos del Padre, somos hermanos
de Jesús, somos templo del Espíritu Santo. Y aquí está toda nuestra
dignidad. O cuando dice: que cada uno de nosotros podemos estar
totalmente poseídos por Cristo, el divino Amado, ser sensibles al impulso
del Espíritu y abandonados filialmente en el corazón del Padre. Todo es
trinitario, como la vida de Jesús. Y esta dimensión trinitaria está ya en el
Padre Nuestro, oración que Jesús nos enseña, que dirigimos al Padre, pero
está toda ella movida y realizada por el Espíritu Santo.

¿Por qué el Papa en esta Carta nos dice que es importante, es


decisivo este arte de orar? Que hemos de aprenderlo de nuevo. Porque el
Santo Padre piensa que el secreto de un cristianismo realmente vital es el
cristianismo convencido. Cuántas veces he dicho yo, en mis clases del
Teresianum, que a veces vivimos o pensamos vivir un cristianismo
convencional, un cristianismo que todos viven o que todos vivían. Pero
cuando prácticamente ha desaparecido el cristianismo convencional como
algo que la familia, la sociedad, la escuela o el Estado proponía o apoyaba,
es el tiempo del cristianismo convencido. Y el cristianismo convencido es el
cristianismo donde nos sentimos llamados por nuestro nombre; y Dios es un
Tú que nos interpela, y un Tú al que nos referimos. Y la fe se convierte en
esa fe adulta, madura; en ese: Yo creo en ti, Padre; yo creo en ti, Cristo. Y
las fórmulas de la oración se renuevan porque aunque sean las mismas: el
Padre Nuestro y el Ave María y el Credo, y todo lo que hemos aprendido
como oraciones; pero empiezan a tener la densidad de ese yo – Tú, esa
relación íntima con el Padre por Cristo en el Espíritu Santo. Un cristianismo
vital, una fe convencida, una fe que es orada, una fe personalizada delante
de Aquel que se nos revela.

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Es muy importante que nosotros podamos captar la hondura que
tiene el hecho que Dios nos revele, no sólo su verdad para que la creamos,
sino su vida para que la acojamos. ¡Qué importante es esa famosa frase de
la Constitución sobre la Divina Revelación, cuando nos dice que Dios,
revelándose como amor, revelando su verdad y su vida, entra en comunión
con nosotros. Habla con nosotros como un amigo y se entretiene con
nosotros. Así como habló a Moisés, como Jesús hablaba a sus discípulos,
habla con nosotros como un amigo para invitarnos a la comunión consigo.
Un Dios amigo para unos hombres y mujeres que son hijos y amigos de
Dios. Un Dios que se entretiene, que habla, que conversa, que charla con
nosotros y nos admite también para que hablemos, conversemos, estemos
en relación con Él. El sentido de esa amistad, que es una cosa tan bella,
porque “tratar de amistad” es también una fórmula clásica del orar, es la
definición de Santa Teresa de Jesús.

Este cristianismo vital, convencido, personalizado; este cristianismo


profundo de: yo creo en ti; de ese: te escucho, te sigo, te miro, te
contemplo. Este cristianismo de sentir el gemido del Espíritu dentro de
nosotros, es un cristianismo, dice el Santo Padre, abierto al futuro. ¿Por
qué? Porque se regenera, dice el Papa, en las mismas fuentes del
cristianismo y vuelve a ellas. ¿Dónde se regenera la vida cristiana? En la
Palabra escuchada, meditada, vivida; en la Eucaristía, presencia de Cristo
en nosotros; en la fe vivida; en la relación filial. Cuando nosotros estamos
constantemente en esta dimensión orante de la palabra que nos evangeliza
y deja en nosotros la semilla de Dios; de la Eucaristía que nos alimenta de
Cristo para que: Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en Mí y
Yo en él; cuando sentimos este deseo de amistad con Dios y vivimos esta
filiación, nos regeneramos en la misma fuente. Y la misma fuente es nada
menos que la paternidad de Dios vivida, Dios en nosotros, Dios con
nosotros; como generados, engendrados continuamente por el Padre que
invocamos y está presente. Constantemente configurados a Jesús, Salvador
y Maestro; constantemente impulsados por ese Espíritu que gime en
nosotros, que interpreta nuestra oración, que nos permite decir: Abbá,
Padre, y también: Señor Jesús. Todo es trinitario. Veis, cómo es verdadera
esta expresión, que este cristianismo vital se regenera constantemente en
las mismas fuentes del cristianismo porque vuelve constantemente a ellas.
Es necesario, es urgente para nuestra propia fe, personalizarla en ese
sentido personal de: Yo creo en Ti, yo te escucho, yo te amo.

El Santo Padre nos dice también algo importante: ¿por qué yo les
propongo este arte de la oración? Miren a su alrededor, vean cuántas
ofertas se les hace de un espiritualismo vago; cuántas sectas venden
espiritualidad falsa; cuántas sectas venden cierto sentido de espiritualidad
de relajación, de posibilidad de llegar quién sabe a qué estados místicos.
Hay por allí, por todos los sitios, una invasión de sectas y de engaños; y
precisamente porque hay tantos engaños, y esto es también algo que nos
está solicitando profundamente, que a los fieles les demos una verdadera
escuela de oración, yo les digo: en un tiempo en que hay tantas exigencias
de espiritualidad y tantas vagas respuestas de espiritualidad, o vagas o
falsas, la respuesta es la oración cristiana. Porque no es evasión, sino
compromiso; no es una especie de dilatación de la personalidad en la nada
sino un personalismo, un realismo. No es evasión del presente, no es

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evasión de la historia, no es una cosa que enseguida se consigue con dos o
tres sesiones de yoga. No. Es camino constante, vital, de cada día, del
momento presente. Ésta es la belleza de la oración cristiana. No vendemos
ilusiones enseñando a orar, simplemente transmitimos certezas,
transmitimos la misma vida de Jesús.

Desde la fe cristiana que se convierte en oración cristiana, desde la


profundidad de la fe que se convierte en profundidad de oración, la Iglesia
tiene que dar a sus hijos lo mejor. Y lo mejor de la Iglesia es la Palabra y la
Eucaristía, y el vivir la Palabra y la Eucaristía a través de esta relación
íntima con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Ésta es la oración. Como una
urgencia de enseñar a orar, de una nueva pastoral de la oración para que
los hijos sean hijos adultos, libres como Jesús, a través de ese hablar con el
Padre, discutir con el Padre, escuchar al Padre, dejarse convencer por el
Padre, y darle al Padre también, en la oración, la propia libertad, para que
después Él pueda transformar, a través de nosotros, el mundo.
Como se ha dicho tan bellamente en la Iglesia latinoamericana, que
la contemplación es la experiencia de Dios, pero que también la
contemplación es mirar a Dios para poder después mirar el mundo con los
ojos de Dios. Ésta es la oración de los fieles auténticos, de los santos y de
los místicos. Y esto es lo que el Papa nos propone: ante una gran y difusa
exigencia de espiritualidad, volvamos a la oración cristiana. Una oración que
tiene en la Iglesia una tradición de veinte siglos, y que se mide no sólo con
las oraciones más sencillas, con las formas más populares de la religiosidad
sino con esos mensajes hondos, profundos, que el Papa cita, de la mística
de oriente y occidente, esta mística de la vida en Cristo, esta mística del
amor por la belleza, esta mística de la oración de Jesús, esta mística de la
contemplación, esta mística de Teresa de Jesús y de Juan de la Cruz, que
saben llevar a los cristianos no sólo en el camino ordinario de la vida de
cada día, sino también en las noches oscuras, en las jornadas luminosas, en
los días difíciles, en los momentos de prueba. Y que trazan, con realismo,
un camino; un camino que llega hasta esa experiencia fuerte de Dios que
nos transforma.

Hay pues, en este momento, y el Papa nos lo dice claramente, un


deseo de orar. Pero la Iglesia tiene todos los recursos, tiene todos sus
santos, tiene una tradición que no tiene que envidiar a nadie. Hace años,
algunos católicos fueron a consultar a un guru y le dijeron que les enseñara
a orar, y el guru les dijo: ¿Cómo vienen a mí para que les enseñe a orar si
yo leo asiduamente a los santos católicos y a los místicos, especialmente a
San Juan de la Cruz y a Santa Teresa de Jesús. Pueden sentir con qué gozo,
y estupor, y conmoción, yo que soy hijo de Teresa de Jesús y de San Juan
de la Cruz, escuché el año pasado, en un Congreso de Diálogo entre
cristianos e hindúes, que una cultísima profesora de hinduismo decía: El
santo católico que más me gusta es San Juan de la Cruz, y yo sé de
memoria sus escritos. No tenemos que volvernos a Oriente, al menos a ese
Oriente que está lejano, sino quizás para integrar alguna cosa que nosotros
hemos olvidado, tenemos los Maestros de la Iglesia y por eso vamos a
ponerlos junto a nosotros, para que detrás de Jesús que es el gran Maestro,
estén también todos los otros maestros para que nos enseñen a orar.

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Voy a terminar con tres anotaciones que son muy importantes, y
después hablaremos de Jesús en oración. Esto es una pequeña introducción
nada más.
¿Por qué, me pregunto yo, la oración no es algo que esté como en el
centro de la vida de la Iglesia? Y ¿por qué el Santo Padre ha querido
centrarla de nuevo en la vida de la Iglesia? Yo digo, y es un desafío que
lanzo a los teólogos, incluso a los que están aquí presentes en esta sala,
que la oración no ha tenido una buena Teología. Creo que todos los
seminaristas, todos los que han estudiado la teología, no me dirán que haya
un Tratado sobre la Oración, me dirán que eso lo estudia la Teología
Espiritual.
Nos están pidiendo una fe orante. La Iglesia, ¿no es esa Iglesia que
cree y que ora? ¿Una Cristología, todo un Tratado sobre Jesús, se puede
escribir sin aludir a su Oración? ¿Acaso se puede hablar de la Iglesia sin
decir que es una Comunidad Orante? ¿Y se puede hablar del Cristiano sin
decir que en su entraña y en su vida de fe, de esperanza y de caridad, que
es la vida teologal, no se ejercita creyendo, esperando y amando en una
hermosísima concentración de vida teologal que es la oración? Tenemos que
devolverle a la Oración una buena Teología, a lo mejor tenemos ocasión de
decirlo, para que la pongamos en el centro mismo de la vida de la fe: fe
orante, fe orada, vida orada. Lo que no se ora no se salva. Cuando nosotros
oramos conscientemente, lo que queremos, lo que deseamos, nuestros
pecados, nuestras faltas, todo lo que son nuestros proyectos, sentimos que
hay como una salvación que nos llega, porque el Señor nos lo ilumina con la
Palabra, nos lo foquea con su Espíritu, y nos da la posibilidad de ser
auténticos creyentes orantes u orantes creyentes, que como dice el
Catecismo y un documento de la Santa Sede, la estructura de la fe cristiana
es la misma estructura de la oración. Y en esa frase tan bonita que es un
poco paradójica pero yo la digo: la fe sin oración se disuelve. La fe sin
oración se disuelve. La fe necesita concentrarse. Todo lo que nosotros
creemos, no es sólo creer simplemente en verdades, sino creer en Dios y
decirle: Yo creo en Ti. Devolvamos la dignidad de la oración cristiana con su
buena teología.

Y hay otra cosa importante: ¿Hay en la Pastoral una pedagogía de la


oración? ¿Enseñamos a orar o enseñamos sólo oraciones? ¿Hay en las
parroquias una Pastoral constante, abierta, que enseñe a orar? Si alguno de
ustedes dice: Yo voy a ir a mi párroco y le voy a decir: enséñeme a orar.
¿Dónde le enviará este párroco? A un grupo de oración carismático o quién
sabe a dónde, o le va a decir: No, mire, nosotros tenemos normalmente en
nuestra parroquia, una vez a la semana, una escuela de oración. ¿Por qué?
Porque sentimos que la Pastoral empieza por una Pastoral de una fe adulta,
y sentimos que si no enseñamos a orar, y no sólo a decir oraciones, no
tendremos nunca unos cristianos adultos. ¡Qué importante es, pues, esta
intuición del Papa! Devolvamos a la oración la dignidad de una auténtica
Teología, y devolvamos también a la oración una auténtica Pedagogía. Por
eso, el Santo Padre dirá finalmente: Tenemos que hacer de nuestras
diócesis, de nuestras parroquias, auténticas escuelas de oración, donde
juntos aprendemos a orar, y donde juntos aprendemos la variedad, la
riqueza de la oración cristiana; el camino difícil de la oración, la capacidad
de la perseverancia, el momento difícil que se presenta cuando ya no se
siente nada en la oración, y es que: la oración no se vive por lo que se

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siente sino por lo que se ama. Y cómo se nos tiene que enseñar también, en
esta escuela de oración, a hacer concreto el compromiso en la historia,
porque la oración es algo que va dilatando el corazón. Ya mi madre Santa
Teresa de Jesús decía, me sale el carisma carmelitano, que “para esto es la
oración, para que nazcan siempre obras y obras”; obras y obras.

La oración dilata la capacidad de amar, pero tiene también como un


momento profético en que Dios nos revuelve el corazón y nos está diciendo
cuál es su voluntad. Le pedimos al Señor que nos ilumine y el Señor nos
dice lo que tenemos que hacer. A veces no nos lo dice siempre en la
oración, nos lo dice fuera de la oración. Pero qué más da, en tiempos que
existen los teléfonos móviles, que ahora están todos apagados, Dios nos
puede hacer una llamada en todo momento y en todo lugar. No nos llama
siempre en la oración, sino fuera de la oración. Y cuando la oración nos ha
servido para acentuar ese contacto vivo con el Señor, y esa conciencia de
que Él nos acompaña, cada hermano que encontramos, cada persona que
vemos, cada situación que podemos encontrar es como un Dios que nos
interpela para que vivamos por Él y para Él, y para que transmitamos, en
ese momento, todo el amor que le hemos prometido en nuestra oración.

¡Qué importante es, pues, este problema del Santo Padre! Y podemos
decir, y estoy por terminar, yo diría que se podría concentrar muy bien una
apología de la oración, a través de una Palabra evangélica y de un
comentario de un Padre del Desierto. La Palabra evangélica es ésta: El
Reino de Dios está dentro de vosotros. Este Reino de Dios es un tesoro
escondido y es una perla preciosa. Busquen en el corazón el tesoro
escondido del Reino de Dios, y busquen la perla preciosa de la oración y de
la contemplación. Es vocación a la felicidad, al gozo, al trato con el Señor, a
un cristianismo que no corre el riesgo de la superficialidad, a un cristianismo
que no se va a paralizar por las dificultades.
Y escuchemos un mensaje que viene de lejos, del siglo séptimo.
Isaac de Nínive, cerquita de Irak, por allá por el golfo Pérsico, nos dice, y
ésta es la conclusión de este primer momento: Purifícate y verás el cielo
dentro de ti. La patria espiritual de la persona humana, con el alma
purificada, está dentro de él; el sol que brilla en él es la luz de la Trinidad;
el aire que respiran, los pensamientos que le afloran es el Espíritu Santo
Consolador. Su vida, su alegría, su fiesta es Cristo, Luz de la luz del Padre.
Una persona así, goza a toda hora de la contemplación de su alma, se
maravilla de la belleza que ve en él, cien veces más luminosa que el
esplendor del sol. Es el reino de Dios oculto dentro de nosotros, según la
Palabra del Señor.

El Papa quiere devolvernos a todos, aprendiendo el arte de orar de


los labios de Jesús y de la fuerza conmovedora, pero diría delicadísima del
toque del Espíritu Santo, a encontrar este tesoro escondido. Y si lo
encontramos todos, y cada uno, y nos lo ofrecemos después, en una vida
de oración, se van a multiplicar las gracias, y vamos a tener cristianos
adultos, capaces de espantar al mundo con esta presencia de Dios y de
transformar la historia con una oración, que siendo verdadera, se
transforma en amor, en amor que transforma la historia, como el Santo
Padre nos ha dicho.
Les agradezco toda la atención y hacemos una pausa.

9
***
Este segundo momento de esta hermosa reunión fraternal, eclesial,
donde los hijos de Dios están contentos de sentir la fuerza, la belleza de ser
hijos de Dios, que se encuentran con el Padre a través de la oración, quiere
ser no una lección sobre la oración sino una contemplación de Cristo orante.
Jesús es el modelo y el maestro de la oración; mirándole a él los hijos de
Dios aprenden a orar. Y podemos decir, que el modo con que Jesús ora, nos
transmite no sólo la convicción de que tenemos que orar como él oraba, de
que tenemos que orar porque él oraba, sino algo más profundo: es permitir
que Jesús, ahora, ore en nosotros.

Ciertamente se nos dice que Jesús está siempre delante del Padre
para interceder por nosotros, pero si nosotros vivimos en Cristo Jesús y
somos sus discípulos, él vive en nosotros la oración, como vive en nosotros
el amor, como vive en nosotros el sufrimiento. Cuando oramos, le
permitimos a Jesús que siga orando en nosotros como oraba durante su
vida; él que vivía siempre con los ojos vueltos hacia el Padre.
Es pues importante que nos fijemos en Jesús orante, que con nuestra
imaginación vayamos allá donde las palabras del Evangelio que voy a citar,
nos ayudan a comprender cómo Jesús oraba; que aprendamos
sencillamente, en esta noche, algunas lecciones fundamentales que después
podemos profundizar con la Palabra de Dios en la mano, o también con el
Catecismo de la Iglesia Católica que nos ofrece en bellas páginas, como
estos tres aspectos de la oración de Jesús: Jesús ora, Jesús enseña a orar,
Jesús escucha nuestra oración.

Veamos cómo Jesús oraba. No hubieran pedido los apóstoles a Jesús,


“Maestro, enséñanos a orar”, si ellos mismos no hubieran captado que el
Maestro daba mucha importancia a este momento de intimidad con el
Padre. Lo veían por la mañana, muy de mañanita, que se levantaba y se
retiraba a un lugar solitario para orar; lo han visto durante toda una noche
orar antes de la elección de los discípulos. De vez en cuando lo veían solo y
se preguntaban: ¿por qué Jesús está solo? Él no estaba solo, estaba con el
Padre y estaba con el Espíritu. Y por eso, una vez que lo vieron que estaba
en oración, al volver hacia ellos le dijeron: “Maestro, enséñanos a orar”.

La oración, si ponemos juntos todos los textos del Evangelio que nos
hablan de esta actividad de Jesús, era el corazón mismo de su ser filial, de
su ser Hijo. Jesús tiene la necesidad de vivir siempre con el Padre. Juan nos
dice, que en la eternidad, el Verbo estaba delante del Padre, conversaba
con él, sentía su amor. Y cuando se desprende del cielo para venir a la
tierra, Jesús continúa siempre mirando al Padre, constantemente con los
ojos vueltos hacia él. Desde pequeño, ya cuando se pierde a los 12 años en
el Templo de Jerusalén, le dice a su Madre si no sabía que tenía que estar
siempre en las cosas de su Padre. Y hasta el final, su vida es toda oración.
Muere con la oración en los labios: “En tus manos, Padre, encomiendo mi
espíritu” y resucita glorioso, siempre orando por nosotros e intercediendo
por nosotros.

Es tan importante esta página de la vida de Jesús, que no


entenderíamos lo que él hace y lo que él dice, sin comprender que todo ello

10
nace de esa relación constante con el Padre. Es, como si orando, Jesús se
llenase del amor del Padre, de las palabras del Padre, de la voluntad del
Padre. Y eso cada día, en un cada día perseverante, donde ciertamente
Jesús, cada día, se dedicaba mucho a orar. Así Jesús, que viene del cielo a
la tierra como un celestial peregrino de la Trinidad, nos trae lo que él vivía
en su patria, en la patria trinitaria: el amor del Padre, la comunión del
Espíritu. Como alguien que viene de un lugar y nos trae su lengua, nos trae
sus costumbres, Jesús nos trajo del cielo la vida trinitaria: hablar con el
Padre, estar con el Padre, estar movido por el Espíritu Santo.
¡Qué hermoso! Pensemos, imaginemos, contemplemos: Jesús muy de
mañana, como nos dice San Marcos en el primer capítulo, se ha levantado,
se ha escapado de donde estaban los discípulos. Lo han visto que se iba a
orar. Todavía no ha amanecido, está amaneciendo. Hay todavía estrellas en
el firmamento, y Jesús en el Tiberíades, o quizás en una colina cerquita del
lago, en Galilea, se pone a orar, se recoge, mira hacia el cielo y habla con el
Padre. En esta oración de Jesús, yo veo como tantas coincidencias, veo una
oración cósmica: las criaturas bendicen al Señor con el ritmo que él ha
impuesto en el cosmos. Y Jesús está orando y en él oran las estrellas, los
cielos, la tierra, todo.

Jesús es un hombre orante como toda persona humana, que por ser
religiosa en su ser profundo, se refiere a Dios, quiera o no quiera. Aunque le
parezca que no, sabe de Dios; hay como una búsqueda, una inquietud
dentro de ella. Y Jesús es como el vértice de toda la oración humana. Jesús
es un judío. El pueblo de Israel es el pueblo que sabía orar. Esta hermosa
definición de un protestante, Jeremías, siempre me llama la atención: el
pueblo de Israel era un pueblo que sabía, y sabe todavía, orar. Esto quiere
decir que no tenía la sabiduría de los griegos, ni la fuerza de otros pueblos
que ganaban las batallas…, Israel las perdía todas, pero lo que sabía era
orar, sabía tratar con su Dios, porque no hay Dios tan cercano, dicen los
israelitas ya en tiempos de Moisés, como nuestro Dios que está cerca de
nosotros.
Jesús es un judío que ora, ha aprendido a orar de labios de su Madre.
La Madre, dice el Catecismo de la Iglesia Católica, le ha enseñado a Jesús
las fórmulas de la oración. Él sabe rezar los Salmos, Él ha entrado
totalmente en su cultura, la cultura del pueblo de Israel, sabe decir:
“Escucha Israel”. Su oración es ciertamente la de un judío, pero tiene
acentos, originalidades, expresiones, que sólo pueden ser de Aquel que
hablando con el Padre dice, por primera vez en toda la historia, Abbá,
Padre, con una hondura que viene de su relación trinitaria con el Padre. Es
el Verbo, y con unos sentimientos y una fuerza, que es la que viene como
hijo de una Madre humana que es María. Lo divino y lo humano en la
oración de Jesús.

Jesús, pues, es como el vértice de la oración cósmica, de la oración


de todos los hombres religiosos que han buscado o buscarán a Dios a través
de los tiempos; es el vértice de la oración del pueblo de Israel, pero es el
vértice del Hijo que invoca al Padre. Así ora Jesús. Lo vemos recogido,
sumido en contemplación. Nos acercamos un poquito a Él para verlo y nos
damos cuenta de que el cielo ha bajado a la tierra, y la tierra sube al cielo
con la oración de Jesús.

11
Jesús necesitaba orar. Si somos lógicos con nuestra fe, tenemos que
decir que Jesús vivía siempre con el Padre, vivía en el Padre, tenía un
conocimiento del Padre; entonces, ¿por qué Jesús oraba? ¿Por qué los
Sinópticos y San Juan y también el autor de la Carta a los Hebreos, nos
habla de esta oración de Jesús, incluso una oración hecha con fuertes gritos
y lágrimas? Estas indicaciones nos dicen que Jesús, en su propia
humanidad, necesitaba orar, relacionarse totalmente con Dios. A partir de
su cuerpo, de sus sentimientos, de su humanidad, de su historia; y por eso,
tratando de entrar en el corazón de Cristo orante y aprender también algo
que puede servir para nosotros, pienso que con tres palabras muy sencillas
podemos entender por qué Jesús oraba: oraba porque se sentía solo.
Nadie, nadie en este mundo pudo colmar nunca la soledad que Jesús
experimentaba. Ciertamente en Nazaret estaba la Madre, y como la Madre
estaba totalmente poseída por Dios, hablando con María hablaba con Dios,
estaba en Dios. Pero aún así, nos dice el evangelista Lucas, que incluso
cuando era pequeño Jesús, la Madre veía que iba creciendo en edad, en
sabiduría y en gracia. Crecía en edad, esto es una observación de una
madre, lo ha visto crecer, se hace grande, ya empieza a hablar, ya camina,
empieza a corretear… ¡qué bella la experiencia de María! Empieza a crecer
en sabiduría: ya sabe cosas, ya habla, ya pregunta, ya ha empezado a
estudiar la Biblia, ya empieza a darse cuenta de todo lo que pasa en el
pueblo, crece la sabiduría de Jesús. Pero sobre todo María, y ésta es una
observación que hace Lucas pero es de María, Jesús crece en gracia. Es
decir, dentro lleva al Padre, lleva al Espíritu, y para María, Jesús es un
misterio, es el misterio del Padre. Lo vemos que se retira por aquí, por allá,
podemos imaginárnoslo, y es que está hablando con el Padre, está
creciendo en gracia. Es el crecimiento de Jesús que no terminará nunca. Por
eso en Jerusalén se pierde, lo recordábamos, porque está en las cosas de su
Padre. Y durante toda la vida seguirá escapándose, buscando soledad, hasta
el final en el Huerto de los Olivos. Esta soledad de Jesús es ciertamente una
soledad, porque incluso los que están a su lado no le comprenden, no le
entienden. Dice palabras de vida eterna. Pedro no le entiende siempre, no
le entienden los discípulos. ¿Con quién se desahogará, con quién hablará?
¿Cómo podrá colmar su infinita soledad en este mundo? Jesús tiene infinita
necesidad del Padre que colme su soledad; tiene infinita necesidad de
zambullir, de empapar su propia humanidad en el seno trinitario, y por eso
ora. Como lo necesitamos también nosotros. A veces nos sentimos solos
aunque estemos acompañados, y es que nada ni nadie puede colmar
nuestra soledad como la puede colmar Dios, que nos conoce y nos ama, a
quien podemos decirle todo, incluso lo que no osamos decir, ni aún a los
más íntimos de nuestros amigos o de nuestros familiares. Así le pasaba a
Jesús, y es bello contemplar en él una necesidad de oración porque se
siente solo.

La soledad se colma con la comunión; y Jesús, que viene de una


comunión tan densa, tan bella, tan llena de calor como es la comunión con
el Padre y el Espíritu Santo en el cielo, cuando viene a la tierra quiere vivir
todavía en esa compañía, en esa comunión, y la vive. Y esos momentos
intensos de oración, subrayan esa total comunión con el Padre y el Espíritu
Santo. Siempre en comunión, pero ahora podríamos decir, con una
comunión más consciente. Como nosotros también, contemplando a Jesús,
empezamos también a comprender lo que significan nuestros momentos de

12
oración: un volver a nuestra verdad, a nuestra vida; un estar en contacto
con la fuente de nuestra vida que es el Señor Creador, un sentirnos hijos
porque tenemos un Padre.

La soledad nos llama a la comunión; soledad, comunión, pero


también camino. Me gusta subrayar este aspecto de la oración de Jesús:
Jesús va caminando, toda su vida es un camino, y ese camino tiene un
destino: tiene que ir a Jerusalén, tiene que dar la vida por sus discípulos. Al
tercer día resucitará, pero antes tiene que pasar por la Pasión y por la
muerte. Jesús va caminando, el camino de Jesús es un verdadero camino
espiritual. No pensemos que cada día Jesús ya sabe lo que tiene que hacer.
Para Jesús la vida es como la nuestra, es un enigma: ¿qué sucederá hoy?
Va a depender mucho de los encuentros, de la libertad de los otros. Jesús
sabe que tiene que hacer la voluntad de su Padre siempre; pero no es que
dice: bueno, pasado mañana me toca encontrar a la samaritana, y al otro
día curaré al leproso, no. La vida es vida, la historia es historia. La vida de
Jesús es una historia que se va haciendo día tras día; y para vivir este
camino, y para saber lo que el Señor le pide cada día, y para estar atento y
poder realizar el plan de Dios, necesita sumergirse en el Padre y aprender
del Padre su voluntad, su Palabra, su amor: Padre, Tú quieres que haga
esto, lo voy a hacer, aquí estoy para hacer tu voluntad. Así Jesús va
caminando, viendo cada día lo que el Padre le pide, y haciéndolo cada día,
en este camino que sabe va hacia Jerusalén. Pero tiene que ir viviéndolo
cada día.

Esta luz de Jesús es también una luz en nuestra vida, nuestra vida es
camino. Ahora estamos aquí, mañana empieza un nuevo día. Si somos
capaces de ponernos delante de Dios y decirle: Señor, sé que Tú me amas.
Desde el principio de este día yo quiero escuchar tu Palabra, quiero que tú
imprimas en mi corazón lo que tú quieres de mí. Mañana por la mañana, o
en este día de hoy, yo quiero hacer tu voluntad. Yo no sé lo que tendré que
hacer pasado mañana o la semana que viene, pero qué más da. Puede venir
una enfermedad, puede ocurrir un accidente, puede sobrevenir un
encuentro, pueden pasar tantas cosas…, pero en este caminar como tu hijo
quiero estar siempre con los ojos vueltos hacia ti, para saber lo que tú
quieres que haga. Porque yo sé, Padre, que todo lo que tú quieres para mí
me lo vas indicando poquito a poco, con tu voluntad, a través de las
circunstancias y del momento presente. Ves cómo de esta forma la oración
de Jesús se hace realista, humana, histórica, y va iluminando también
nuestro propio camino de oración.

Jesús, pues, podemos decir que está siempre unido con el Padre, en
oración, y esto nos lo dice sobre todo San Juan. Y por otra parte tiene
momentos intensos de oración, y esto nos lo dicen sobre todo los sinópticos
que subrayan los momentos de oración: por la mañana, por la tarde, por la
noche, se va a una montaña, camina solo, se va solo, va hacia Jerusalén
solo. Parece solo, pero está siempre acompañado por el Padre. De tal forma
que podemos decir, con un hermoso texto de la Iglesia, que la oración en
Jesús era tan intensa, tan normal, que parecía que toda su actividad estaba
como inmersa en la oración, y que toda su actividad brotaba de la oración.
Todo estaba unido en Jesús: su oración y su acción. Y es que en
Jesús todo es vida trinitaria, lo hemos dicho. Cuando ora está inmerso en el

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Padre y en el Espíritu, y cuando predica, cuando hace milagros, cuando
acaricia a los niños, cuando cura a un enfermo, cuando se deja lavar los
pies por la Magdalena, no hace más que transmitir vida trinitaria, está
ampliando el círculo de gratuidad, y otros van entrando. Palabras que llevan
a Dios y están llenas de Dios; obras que son del Padre y están llenas del
amor del Padre; amor que es transmisión de todo el amor de Jesús.
Dimensión interior, trinitaria de la oración, y dimensión también trinitaria de
toda la actividad de Jesús. Por eso Jesús ora en todo momento y reserva
momentos particulares para orar. Y esta actividad es intensa siempre, pero
podemos notar, que sobre todo, se intensifica cuanto más llega el momento
de su camino hacia el Padre que se está terminando, su éxodo pascual. De
hecho, en las narraciones de los Sinópticos y de Juan, la intensidad de la
oración de Jesús se ve en tres momentos: la Cena, el Huerto de los Olivos y
la Cruz. Ahí es cuando Jesús más ora, más intensamente ora. Ahí es donde
la oración tiene una densidad extraordinaria, un dramatismo, tiene algo de
trágico, donde el Hijo se manifiesta Hijo hasta el fondo. Y sobre todo en la
Cruz, ahí es donde la oración llega a tocar los abismos de la confianza,
como toca también, personalmente y humanamente, los abismos del dolor,
de la tristeza, del abandono, que Jesús vive con nosotros y por nosotros.

Esta variedad de momentos de la oración de Jesús es también


interesante, porque me parece que podemos aprender muchas cosas. Me
gusta subrayar, por ejemplo, que la oración de Jesús tiene momentos de
gran felicidad, de gran gozo. Es cuando la oración de Jesús recibe
respuestas. Y respuesta es cuando Jesús es bautizado por Juan, y él estaba
en oración. Dice Lucas: se abren los cielos, se escucha la Palabra del Padre,
baja el Espíritu Santo sobre él. Es una oración que recibe una magnífica,
apoteótica revelación trinitaria. El Padre que dice: “Éste es mi hijo en quien
tengo todas mis complacencias”, es el Siervo en el cual me complazco. El
Padre se revela y escucha la oración de Jesús, y el Espíritu se posa sobre él
y permanece. Eso quiere decir que Jesús está siempre con el Espíritu Santo.
Es magnífica, y tendremos la ocasión de hacer como una experiencia orante
el miércoles, cuando celebremos con toda la Iglesia la Transfiguración del
Señor en el Tabor, que es uno de los momentos estelares de la vida de
oración de Jesús, cuando Jesús se revela como un templo que se abre de
par en par. Y se escucha de nuevo la palabra del Padre: “Éste es mi hijo
amado. Escuchadle.” Y la nube luminosa que lo envuelve a él y a los demás,
y los vestidos blancos significan ese Espíritu Santo que envuelve a Jesús.
Momento de gozo, indecible. Momento, yo diría de contemplación, de cielo
en la tierra, porque el cielo se ha abierto y ha bajado sobre Jesús.

Pero no todo es así en la vida de Jesús. Hay momentos de oración en


que prevalece en él, podemos decir, la tristeza, la lucha, la dificultad. Y esto
ilumina también nuestra propia vida de oración. Jesús se retira a orar en el
desierto, ora y ayuna durante cuarenta días y cuarenta noches, y tal como
nos transmiten los Evangelios Sinópticos, Jesús ora, pero esa oración está
también llena de acechanzas, de tentaciones, de luchas. Jesús va al desierto
para orar, pero su oración en el desierto es una lucha. Como el pueblo de
Israel estuvo en el desierto, lo leemos estos días, y en el desierto tuvo la
tentación y murmuró, Jesús tiene que volver al desierto para vencer esas
tentaciones, y esas murmuraciones, y vencer al diablo con su oración. Pero
es una oración de lucha, es una oración difícil. Jesús en el Huerto de los

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Olivos ora, y la oración de Jesús es muy intensa desde todo punto de vista.
Es intensa, por ejemplo, desde el punto de vista corporal. San Marcos dice
que Jesús, en ese momento, antes de la Pasión, con todo el temor, con todo
el miedo, con toda la angustia, con todo el dramatismo de lo que siente ya
la carne y la psicología de Jesús ante la muerte, que rechaza
instintivamente como la rechazamos todos, se angustia. Y la oración es tan
intensa que Jesús se postra por el suelo con la cara sobre la tierra. Yo
pienso que Jesús ha anticipado en ese gesto, el gesto que tendrá en la cruz
abriendo los brazos, y ahora está por tierra, orando con todo su ser. Una
humillación terrible, el cuerpo de Jesús con la tierra de este mundo.

Jesús suda sangre, Jesús está angustiado, y esta oración angustiada


arranca del corazón de Jesús las palabras más bellas de una oración, una
oración tremendamente humana, como la nuestra. Primero, la oración de
ternura: Abbá, Padre; Abbá, Padre. Marcos, no podía ser sino Marcos.
Marcos es el evangelista que nos transmite el Evangelio de Pedro, y cuando
Marcos, en el Evangelio, nos transmite algunas palabras arameas de la
lengua materna de Jesús, del dialecto de Jesús, es como si recordara a
Pedro que está predicando, y en ese momento está diciendo: Sí, porque el
Maestro, cuando en aquel momento resucitó a la hija de Jairo, dijo aquellas
palabras, las recuerdo perfectamente: Talita cumi; y cuando curó al
sordomudo dijo: Efetá. Y cuando estaba allí en oración, recuerdo, lo oíamos,
era quizás un grito de Jesús, decía: Abbá, Abbá. Era un gemido lo que
escuchaban los discípulos que estaban allí. Jesús hablaba así su dialecto, su
lengua materna, para decir esta expresión tan bella: Abbá. Era la ternura
más grande del Hijo: Abbá. Y después: Si es posible pase de mí este cáliz.
Si es posible… Éste era el temor, la angustia: Padre, haz lo posible porque
yo no muera así. Tú lo has previsto, Tú lo quieres, yo lo siento, yo sé que
va a suceder así. Si es posible, que pase de mí este cáliz. Era como estar
cerca de nosotros, estar en nuestra orilla, la orilla de la humanidad. Pero
después un salto: Pero no se haga mi voluntad sino la tuya, no se haga mi
voluntad sino la tuya. Un abandono total. Así ora Jesús cuando su oración
es lucha. Esta oración, que le lleva también a Jesús a llorar sangre; y esa
respuesta suave, que dice Lucas, le da el Padre, porque le manda un ángel
para que lo consuele.

¡Qué hermosa es la oración de Jesús! Oración de lucha y oración de


gloria, oración de contemplación y oración de angustia; oración del Tabor y
oración del Getsemaní. Oración en que se siente toda la fuerza de este
Jesús que es Persona divina, la Luz del Tabor, y oración en que se siente
toda la verdad de su humanidad, la oración del Huerto de los Olivos.
No siempre la oración de Jesús era Tabor o era Getsemaní. Podía ser
lo cotidiano, podía ser la normalidad, podía ser el vivir de cara al Padre.
Podía ser sentir al Padre: el Padre está siempre conmigo, el Padre me
protege, el Padre me ama. Pero a veces la oración puede tener la intensidad
de una contemplación de amor, o también la intensidad de una prueba
fuerte, de un sufrimiento, de una angustia, como ésta de Jesús en el
Getsemaní, y sobre todo, la oración de Jesús en la Cruz. Ahí es donde Jesús
ora más intensamente, ora para pedir perdón, ora prometiendo al buen
ladrón el Reino de los Cielos, ora con la expresión más angustiosa que se
puede escuchar en labios de Jesús: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has
abandonado? Una oración tan universal… Cuántas veces, en mi apostolado,

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cuando hace años yo asistía a unos enfermos en el hospital de Roma, la
última frase, la más convincente, la que les hacía sentir a los enfermos, a
los enfermos terminales, a los enfermos con cáncer, a los heridos, la frase
que les podía decir algo: Miren Jesús también dijo desde la Cruz: Dios mío,
Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Y todos se encontraban en ese
grito de dolor. Es la angustia más grande, es el abismo más profundo, es
como tocar la nada y desde esa nada, desde ese límite, con una fuerza que
sólo saber expresar San Lucas en su Evangelio, decir todavía al Padre: no
obstante todo esto “en tus manos encomiendo mi espíritu”.

Oración de normalidad en la vida de Jesús, oración de gloria, oración


de angustia, pero una oración donde siempre, y todo, se determina por un
ponerse siempre, abandonado, confiado, en las manos del Padre. Jesús, en
todo momento orando, hace que su vida sea ritmada por la voluntad del
Padre, está poniéndola en práctica, está ejecutando, de tal forma que todo
lo que Jesús hace es una glorificación. Jesús glorifica al Padre, cómo vive, lo
que hace y el Padre lo glorifica siempre. Podemos decir que toda la vida de
Jesús es oración. Me gusta subrayar, que con la Carta a los Hebreos, Jesús
entra a este mundo diciendo: He aquí que vengo, oh Padre, para hacer tu
voluntad. Esta es la primera frase del Verbo que viene a habitar nuestro
mundo a través de la Virgen María, y viene para hacer la voluntad del
Padre. Y esta oración tiene, en su último momento: Padre, en tus manos
entrego mi espíritu; y resucita glorioso para ser el que intercede siempre
por nosotros.

Jesús en oración. Hay tantos momentos en que no sólo escuchamos


de labios de Jesús, o vemos a través de los Sinópticos a Jesús que ora, sino
sentimos también su oración: cómo ora Jesús. Hemos dicho en el
Getsemaní ora así, en otra ocasión nos recuerda San Lucas, exultó con el
gozo del Espíritu Santo y dijo: Bendito seas Padre, Señor del cielo y de la
tierra, porque has ocultado esto a los sabios y lo has revelado a los
humildes. La exultación de Jesús en el Espíritu Santo. Oración trinitaria en
el Espíritu Santo: Bendito seas Padre. ¿Y eso por qué? Porque habla,
transmite mensajes de vida eterna. Hay gente que no le entiende ni le
quiere entender, y los sencillos de corazón, los pobres, están con los ojos
abiertos, los oídos abiertos, el corazón abierto; sonríen porque sienten que
lo que Jesús dice les entra en el corazón. Y eso procura a Jesús un gozo
inmenso. Jesús ora ante la tumba de Lázaro, cuando ante el amigo muerto
solloza, se conmueve totalmente. ¡Qué bello es este Jesús que se conmueve
totalmente con sollozos!, pero delante del Padre dice: Te doy gracias Padre
porque siempre me escuchas. Siempre me escuchas. Y ahora lo va a
escuchar porque le va a conceder que resucite al amigo Lázaro.

Jesús, que en una forma muy semejante a la que emplean los


Sinópticos en el Huerto de los Olivos, en el Evangelio de Juan, quiere
retirarse de la Hora que el Padre le ha concedido que viva, sino ¿qué he de
hacer Padre?: Hágase en mí tu voluntad, se cumpla en mí tu gloria.
Siempre es así Jesús, siempre totalmente orante, orando la vida. ¡Qué
hermoso pensar que Jesús no hacía una oración que era académica! Jesús
no hacía meditación, Jesús escuchaba la Palabra del Padre; Jesús no hacía
consideraciones, Jesús vivía la vida. Me gusta decir que cuando Jesús está
en el Huerto de los Olivos y ora, ora su angustia, ora su miedo. Pone

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delante del Señor el realismo de lo que está sucediendo. No le dice: Padre,
qué bella es la luna de este jueves de Pascua, o qué hermosos son los
olivos que me acompañan, cómo se siente la fragancia de este día… No. La
oración de Jesús es realista. Lleva en el fondo del corazón toda la angustia y
se la presenta al Padre.

Contemplamos a Jesús así, y estamos contemplando nuestra oración.


Nuestra oración es lucha, es gloria, es cotidianidad. Hay momentos en que
le decimos al Padre: ¿por qué me has abandonado?; hay otros, en que
sentimos el gozo de su presencia en nuestra vida. Hay otros momentos en
que le pedimos razón al Padre de todo lo que hace por nosotros… Pero si
Jesús ha orado así, quiere decir que nuestra oración es posible así. Oración
de escucha y oración de respuesta; oración de lamento y oración de
glorificación; oración de Tabor y oración de Getsemaní, y oración de
nuestras cruces con las cuales nos abrimos totalmente a Dios.

¿Por qué Jesús ora así? Jesús ora así porque toda la vida de Jesús es
un diálogo con el Padre; Jesús ora así porque tiene que vivir su misterio
pascual. Jesús está continuamente en relación con el Padre en esta forma,
porque orando así, día tras día, va cumpliendo la voluntad del Padre. Se
entienden el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, se glorifican mutuamente.
En la oración sacerdotal Jesús dirá: Padre, tú me has glorificado, yo te
glorifico. En el fondo toda la oración de Jesús es un diálogo de glorificación,
de gloria: para que sea reconocido el Padre, para que sea amado el Padre;
y todo lo que Jesucristo dice es una glorificación que el Padre hace del Hijo,
revela a Jesús, lo da a conocer, hace que todos lo conozcan como lo que es.
Hasta que la máxima glorificación del Padre, la máxima respuesta, sea la
respuesta a la oración más angustiosa de Jesús, y a la oración más confiada
de Jesús. Si Jesús dijo: ¿por qué me has abandonado? desde lo más
profundo de su corazón, y dijo: en tus manos encomiendo mi espíritu, la
respuesta del Padre fue su glorificación y su resurrección. El Padre responde
siempre. Respondió en el Jordán y respondió en el Tabor, le mandó un
ángel para consolarlo en el Getsemaní. No le respondió en la Cruz, no le
respondió en la Cruz. Y es que Dios no responde siempre en nuestra vida. A
veces sí y a veces no, y quiere que haya momentos en que vivimos en
nosotros la misma experiencia de Jesús orante, de Jesús el Hijo, de Jesús
que hace la voluntad del Padre. Y sólo cuando totalmente nos confiamos en
él, en un tercer día de nuestra vida, el Padre que sabe siempre
respondernos con amor lo que por él hacemos por amor, nos glorifica y nos
da la plenitud de la vida eterna.

Oremos como Jesús oraba; oremos porque Jesús oraba. Dejemos que
Jesús ore en nosotros. Cuantos estamos aquí podemos dar a Jesús, el gozo
de poder continuar, todavía, esa hermosísima aventura de su vida en
relación con el Padre, porque en cada uno de nosotros, Jesús quiere realizar
su vocación orante de Hijo y Hermano nuestro. Oremos para que Jesús
posea el gozo de poseer, en cada uno de nosotros, como un suplemento de
humanidad, como alguien que vive en nosotros, y pueda realizar para la
salvación del mundo, a través de su oración, esta glorificación del Padre y
esta intercesión por todos sus hermanos.

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Jesús no sólo nos llevaba al Padre cuando oraba y nos daba a su
Padre cuando hablaba, sino que la oración de Jesús era una de sus máximas
obras de apostolado. Y por eso dio la vida por nosotros en una oración,
como la de la Cruz, con la cual redimió a todo el mundo. Nuestra oración
también es así: a veces podemos obrar y a veces no podemos obrar, pero
siempre podemos orar. Y si nuestra oración es como la de Jesús, podemos
unir el cielo y la tierra, si unimos con nuestra intercesión los hermanos por
los que oramos, y el Padre, a quien glorificamos y a quien le pedimos lo que
necesitamos para nosotros, y todo lo que el mundo necesita.

Que Jesús en oración, nos convenza de la importancia de la oración y


nos solicite, a través de su Espíritu, para que todavía hoy y mañana y
siempre, en cada uno de nosotros, Jesús continúe siendo el Orante, el Hijo,
el que está totalmente atravesado por la fuerza del Espíritu, para que este
mundo se salve por la oración de los hijos de Dios.

***

La Palabra de los Hechos de los Apóstoles que ha sido proclamada, la


oración que hemos hecho juntos y la presencia de la Virgen María aquí,
como Patrona de la Diócesis, han recreado este lugar como un Cenáculo. Y
si es Cenáculo, es el espacio donde se reúne una Comunidad Orante. Y es
orante porque estamos todos como plasmados por una presencia de Jesús y
de su Espíritu, cerca los unos de los otros, todos en Dios. Y el escuchar y el
hablar y el orar, nos hacen realmente una imagen de la Iglesia; una Iglesia
que escucha, una Iglesia que ora, y una Iglesia que se alegra también por
la fecundidad de próximos ministros, que serán ministros de la Oración y de
la Palabra.

Hoy es un día muy especial y tiene también esta connotación


mariana, porque se celebra la Dedicación de la Basílica de Santa María la
Mayor, esa Basílica romana, uno de los templos más antiguos dedicados en
Occidente a la Virgen María, que quiso ser como una presencia en Roma de
la Basílica de la Natividad en Belén; y que todavía hoy, es como un lugar
desde donde la Virgen Madre, la Salud y Salvación del pueblo romano,
protege al Obispo de Roma que es el Papa; y protegiendo al Papa, que es el
centro de la unidad, nos aglutina en torno a él a todos como Iglesia. María
plasma la Iglesia mariana, y por eso, con ella y en su presencia, vamos a
hablar de la Iglesia como comunidad orante, como comunidad de oración.

Ayer hablábamos de la oración de Jesús, y este ejemplo del Maestro,


esta Palabra suya que nos enseña a orar, y este modelo de Jesús que ora,
plasma enseguida una comunidad orante. La primera imagen que nosotros
tenemos de la Iglesia, después de la Ascensión de Jesús a los Cielos, es el
de una comunidad que ora en comunión con María, la Madre de Jesús. De la
oración de Jesús pasamos pues a la oración de la Iglesia; de la oración de
Jesús, a la comunidad eclesial orante.
Esto quiere decir que no sólo oramos personalmente, como Jesús
delante del Padre, sino que oramos comunitariamente. En realidad, toda
oración cristiana es una oración eclesial. Lo decía ya, hace muchos años,
una judía convertida al catolicismo, carmelita descalza y mártir, que en un

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escrito suyo sobre la oración de la Iglesia decía, que toda auténtica oración,
aunque sea la oración escondida de un ermitaño, o de una monja, o de un
padre o madre de familia, es oración de la Iglesia.

Tanto cuando oramos personalmente como cuando oramos juntos, la


Iglesia se manifiesta en nosotros como comunidad orante. Y entre nosotros
circula la vida a través de la oración. Cuanto más unidos estamos a Dios,
más unidos estamos los unos a los otros; y cuanto más unidos estamos los
unos a los otros, más unidos estamos a Dios. Esto ya lo decía, hace tiempo,
un monje de Palestina, de Gaza, que recordaba que desde la tradición de
los Apóstoles, los cristianos formamos una especie de círculo: en el centro
está Dios, y alrededor una circunferencia desde donde van partiendo los
diversos rayos que van hacia el centro, y son los diversos caminos de los
cristianos, y es el camino que personalmente cada uno recorre. Y en esta
especie de geometría divina del amor, decía este sabio monje, y esto nos
ayuda a sentir lo que significa la oración, cuanto más cerca estamos del
centro de este Dios, más cerca estamos los unos de los otros; y cuanto más
cerca estamos los unos de los otros, más cerca estamos de Dios; que quiere
decir: cuando oramos, todos estamos cerca los unos de los otros porque
nos encontramos en Dios, y cuando amamos al prójimo, también estamos
muy cerca los unos de los otros en Dios, porque en cada prójimo está el
Dios que amamos. Cómo es verdadera esta bella imagen del círculo, del
monje Doroteo de Gaza, que nos enseña la comunión con Dios en la oración
y la comunión con Dios en la caridad.

Somos pues una Iglesia orante, unida con Jesús delante del Padre en
el Espíritu Santo. Pablo VI, dijo en una ocasión, esta sencilla y magistral
frase: La Iglesia es la comunión de las personas que oran. Su finalidad
primaria es enseñar a orar, es decir, a tener una relación personal con el
Señor, con el Padre. La Iglesia misma es una escuela de oración. Y haciendo
eco a esta hermosa expresión de Pablo VI, Juan Pablo II en la Carta que
hemos estado comentando sobre el arte de la oración, nos recuerda que la
invitación a ser cristianos que vitalmente están unidos con Dios por medio
de la oración, es una invitación también, a hacer de las comunidades
cristianas auténticas escuelas de oración. Comunidades orantes y escuelas
de oración; comunidades que oran y comunidades que enseñan a orar.
Enseñan con el ejemplo y enseñan con la pedagogía concreta. Ojalá
nuestras parroquias y todas las comunidades cristianas, acojan esta
invitación del Papa para que tengamos Iglesias orantes y cristianos que
saben, que pueden aprender a orar de labios de la Madre Iglesia, allí donde
se reúnen los fieles para ser Iglesia, comunidad orante.

Y aquí va como alargando el tema de la oración el Santo Padre, y nos


dice cómo la oración, siendo oración de la Iglesia y aprendida en la escuela
de oración que es la Iglesia, en su Liturgia por ejemplo, no es simplemente
una petición de ayuda, sino también una acción de gracias, una alabanza,
una adoración, una contemplación, una escucha de la Palabra. Todo lo que
significa un enamoramiento de Dios, que Dios se enamora de nosotros
porque es nuestro Padre y nos quiere, y le tenemos que devolver ese
enamoramiento de amor. Que la Iglesia es Esposa de Jesucristo, y como
Cristo ama a su Esposa Iglesia porque está enamorado de ella, la Iglesia
tiene que darle también a Jesucristo la demostración de este

19
enamoramiento buscando su rostro, invocando su nombre, reconociendo su
presencia, y alabándole y bendiciéndole y dándole gracias, y dispuesta en
todo la Esposa a hacer la voluntad del Esposo Jesucristo. Así la Iglesia,
mediante la oración, se convierte en una comunidad orante que después
vive la oración también en la vida. Pero esta vez el acento es la comunión,
la comunidad, los fieles reunidos en el nombre del Señor.

Para todo esto, el Santo Padre tiene también palabras y orientaciones


muy precisas. Nos habla de educar a la oración personal y comunitaria, nos
dice que tenemos que renovar nuestras asambleas litúrgicas en calidad, en
belleza, en sentido teologal. Nos propone que nos renovemos también en
una celebración de la Liturgia de las Horas, pero sobre todo, de la
Eucaristía, en especial los domingos. Queremos realmente el rostro de una
Iglesia orante, pero una Iglesia orante y festiva. Una Iglesia que por la
calidad de su celebración demuestra la belleza de la Esposa que le prepara
lo mejor para el Esposo; este Esposo que viene con su presencia de
Resucitado cada domingo, que nos comunica su Palabra, que nos parte el
Pan y nos envía para la misión a todos, a todos como familia de Dios, a
todos como comunidad eclesial.

Vamos a ver cómo, de alguna forma, insistiendo sobre todo con la


inspiración de la Palabra de Dios, proponemos algunas orientaciones que la
misma Palabra de Dios nos da para conocernos, reconocernos, educarnos y
crecer como comunidad orante. Hay un texto muy hermoso del Evangelio
de San Mateo, donde por primera vez resuena la palabra Iglesia, Ecclesia,
que significa la asamblea, la convocación. Dios nos llama, es gracia suya
estar juntos, todos los que por la Palabra de Jesús y el Bautismo,
constituimos la Iglesia. En ese texto del Evangelio de Mateo, en el cap. 18,
se dice que todo lo que pidamos al Padre, en su nombre, él nos lo
concederá, porque “donde dos o más están reunidos en mi nombre, allí Yo
estoy en medio de ellos”. Es como una primera imagen de la Iglesia. La
Iglesia es una comunidad que se reúne en el nombre del Señor y bajo su
Palabra; es una comunidad que expresa sus necesidades al Padre, con
inmensa confianza de hijos, pero sabe que lo que pida lo va a obtener
porque entre nosotros está Aquél que está con el Padre y está con nosotros,
que es Jesús, su presencia.

Este texto tiene también una gran importancia, si lo leemos en una


perspectiva de historia de salvación. En tiempos de Jesús los rabinos
hebreos decían una frase como ésta: si dos o más israelitas se reúnen y
hablan de la Ley de Dios, entonces la presencia de Dios está en medio de
ellos; pero si hablan de cualquier cosa, son un grupo de charlatanes. ¡Qué
diferencia, entre estar juntos hablando de cualquier cosa y estar reunidos
en el nombre del Señor Yaveh; si de ser un grupo de charlatanes, son la
morada donde Dios se hace presente. Y este dicho de los rabinos, Jesús lo
hace suyo y habla de esta forma: “si dos o más están reunidos en mi
nombre”, esto quiere decir: haciendo mi voluntad, viviendo mi Palabra,
entonces Yo, que soy la presencia de Yaveh, estoy en medio de ellos. Este
pequeño grupo se convierte en un templo, en una asamblea, en una
presencia.
¡Cuántas veces esta Palabra de Jesús ha producido el escalofrío, el
estupor y el gozo de sentirse Iglesia a los cristianos que estaban

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perseguidos, que no tenían un lugar para reunirse. Y hay una hermosa frase
del Concilio Vaticano II que dice que: donde dos o más están reunidos en el
nombre del Señor, aunque sean una comunidad pobre, pequeña y dispersa,
que vive en la dispersión en cualquier sitio, o perseguida, o en la cárcel,
Jesús está en medio de ellos y son Iglesia. El Papa Juan Pablo II, en los
inicios de su pontificado, cuando todavía la Iglesia estaba perseguida en los
países comunistas, decía: ¡Qué poco se necesita para hacer la Iglesia! Basta
que dos o más estén reunidos en el nombre de Jesús y allí se realiza la
Iglesia. Se realiza como Iglesia orante, con los ojos hacia el Padre y la
presencia de Jesús, haciendo una oración confiada para que el Señor pueda
escucharla porque se hace en nombre de Jesús. Es como la primera imagen
de la Iglesia que encontramos ya en el Evangelio de San Mateo.

Cuando después de la Ascensión del Señor, la Iglesia se encuentra sin


el Señor, visiblemente presente; después de esa presencia del Resucitado
que durante cuarenta días ha acompañado intermitentemente a los
Apóstoles, cuando la Iglesia, constituida por María, la Madre de Jesús, los
Apóstoles y los otros hombres y mujeres que se reúnen en el Cenáculo, en
espera de Pentecostés, cuando aparece esta Iglesia, aparece como una
comunidad orante. Y nos dicen los Hechos de los Apóstoles, y tendremos
oportunidad de meditar en esto al final de nuestro Encuentro, esta noche,
haciendo una pequeña experiencia de oración, que todos perseveraban
unidos en oración con María, la Madre de Jesús. La primera estampa, la
primera imagen de la Iglesia después de la Ascensión del Señor, es una
imagen de Iglesia orante. Ahí está Pedro, ahí están los otros discípulos, ahí
está María, y yo creo que es María la que hace que esta comunidad esté
unida, sea perseverante y ore, porque María es oración viva, es acogida del
Señor y es expresión constante de una persona que acoge a Dios en su
corazón y alaba al Señor.

Cuando después de Pentecostés, ese famoso día después, el “day


alter” de cada encuentro carismático como Pentecostés, de cada
emocionante experiencia de Iglesia como fue la venida del Espíritu Santo, la
Iglesia se encuentra reunida, también aparece como una comunidad orante.
Y los Hechos de los Apóstoles, nos dicen que la comunidad de la Iglesia, que
se había constituido con los Apóstoles, los discípulos primeros y los que se
habían bautizado en ese día, perseveraban en la Palabra de los Apóstoles
que escuchaban, en la comunión fraterna que realizaban, en la fracción del
pan eucarístico y en las oraciones. Es importante recuperar estas primeras
imágenes de la Iglesia, tal como aparecen en los Hechos de los Apóstoles. Y
recordar también, que ya en los primeros momentos, cuando la Iglesia está
reunida, Pedro toma la palabra y elevando sus ojos y su corazón al Padre,
ora dándole gracias por medio de Jesús, tu Siervo e Hijo. Que así empieza
la gran oración de la Iglesia. Siempre con los ojos dirigidos hacia Padre, por
medio de Cristo que es el mediador, en el Espíritu Santo.

Una Iglesia que todavía se presenta en otra ocasión, por decirlo así,
importante, cuando Pedro está en la cárcel y los hermanos están todos
juntos en la casa donde se reúnen. Es la casa de Marcos, su madre es
María. Y allí se dice, que como Pedro estaba en la cárcel, toda la Iglesia
perseveraba en oración por Pedro. La oración de intercesión de toda la
Iglesia para que Pedro sea liberado: el amor de la Iglesia por el jefe de los

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Apóstoles, con el que preside la comunión de la comunidad apostólica, que
se hace intercesión confiada para que Pedro sea liberado. Y esta vez, la
plegaria de la Iglesia obtiene la liberación milagrosa de Pedro que vuelve a
presidir la comunidad de los fieles del Señor.

La Iglesia pues, se presenta siempre como una Iglesia en oración. Y


es que no puede ser de otra forma: tiene al Padre en los cielos, tiene a
Jesús, que es su Cabeza, en el cielo y también presente aquí en la tierra.
Está poseída del Espíritu Santo que la impulsa constantemente a abrirse
como un cáliz hacia Dios. Y así esta comunidad expresa lo que tiene que ser
toda comunidad cristiana: una familia, una comunidad religiosa, un grupo,
una parroquia, personas que unidas en el nombre del Señor se abren como
un cáliz para recibir constantemente la vida divina; una vida que acogen y
que imploran, que es como un cáliz que es fraternidad de comunión de la
gracia de Dios, y que es como un cáliz que se revierte como caridad en el
apostolado, pero todo empieza por acoger constantemente el cielo que baja
a la tierra, un cielo que Jesús ha prometido a los que están unidos en su
nombre porque él está en medio de ellos.

Esta presencia de las comunidades tiene también todo el encanto de


una oración que es cada vez más íntima, más bella, es una reciprocidad. Y
por eso, me gusta citar dos textos importantes de las Cartas de San Pablo
que nos dan, ya también, la imagen de comunidades vivas que oran, y oran
con esta riqueza de sentimientos, de actitudes y de elementos. Dice en la
Carta a los Efesios, cap. 1, 18-20, que estén llenos del Espíritu Santo, que
oren con Salmos, que recuperen toda la tradición de la plegaria antigua con
Himnos, que probablemente son los primeros Himnos cristianos que nacen
espontáneamente, porque los Salmos no cantan a Jesús, ni cantan el
Bautismo, ni la Cruz, ni el amor, ni las Bienaventuranzas. Y entonces los
primeros cristianos se empiezan a inventar sus nuevos Himnos, que son las
formas de orar de los cristianos. Con cantos espirituales inspirados, que el
Espíritu Santo inspira en los fieles, cantando y alabando al Señor con todo
el corazón. Están haciendo la comunidad cristiana que canta, que alaba, que
bendice, que canta los Salmos, que compone Himnos, que se siente
inspirada por el Espíritu Santo para expresar todo el gozo de la vida nueva.
Y dice también, que todo esto es para alabar al Señor con todo el corazón,
dando gracias por todo al Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo.
¡Qué bella la imagen primitiva de cada una de nuestras Iglesias,
cuando ya en tiempo de Pablo, se reúnen los fieles con este espíritu de
oración, de alabanza, de bendición, con esta riqueza, con este gozo, con
este estupor que producen ante los demás, porque ven que realmente es
una comunidad que sabe orar y que canta a su Dios con el entusiasmo de la
novedad de lo que está surgiendo!

Algo semejante nos dice Pablo en la Carta a los Colosenses, en el


cap. 3, 16-17, cuando propone como otro tipo de esta oración, quizás
también en un sentido más recíproco, una ayuda, una edificación mutua,
cuando nos dice: la Palabra habite entre vosotros con abundancia. Es una
Palabra que nos la pasamos los unos a los otros. Es como si proyectáramos
semillas de vida los unos a los otros; nos vamos llevando los unos a los
otros la semilla de la gracia de Dios: amaestraos y exhortaos con toda
sabiduría. La oración es también discernimiento, es consejo, es decirnos lo

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que el Señor nos pide, y después: Cantad a Dios con gratitud Salmos, de
nuevo, Himnos y Cánticos inspirados, y todo, en palabras y obras sea hecho
en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por medio de él a Dios Padre.

Aquí tenemos la comunidad orante del Nuevo Testamento, tan rica,


tan bella, con una conciencia clara de que el Padre está presente, de que el
Espíritu anima los cantos y las oraciones y que el Señor Jesús es el
mediador que nos trae desde el Padre toda la gracia, y es el mediador que
lleva hasta el Padre toda nuestra oración. Incluso con la nota muy bella de
Pablo, que dice que el Espíritu ora en nosotros, es el intérprete de nuestras
oraciones, que es como decir, que es el que entona nuestras oraciones, es
el que lleva hasta el Padre, es el que purifica nuestras intenciones, es el que
hace buenas y bellas y verdaderas todas nuestras oraciones porque son
oraciones hechas en el Espíritu Santo.
Esta oración comunitaria, tan variada, tan rica, es una comunidad
trinitaria que ora al Padre por Cristo y en el Espíritu Santo. Y es esta oración
la que hace a la Iglesia, la plasma. A la Iglesia la hace la Palabra, la
Eucaristía, pero la Iglesia, plasmada por Palabra y Eucaristía, se resuelve
también en ser una comunidad orante que expresa, realiza, vive la Palabra,
la celebra y se siente fortificada. Los discípulos de Jesús, en el Nuevo
Testamento y en las Iglesias Apostólicas, no sólo se reúnen para escuchar la
Palabra o para vivir el Bautismo, la fracción del pan, esos momentos ya son
momentos orantes, pero además se reúnen en las casas y en otros lugares
para compartir, para escuchar la Palabra de Dios, para orar juntos, para
fortificarse. Y en un mundo hostil como es el mundo pagano, todos estos
fieles del Señor se realizan como comunidad de Jesús orando juntos y
orando también los unos por los otros.

De aquí, que podamos hacer una especie de eclesiología orante, es


decir, de entender los títulos de la Iglesia como títulos que auténticamente
se realizan de verdad, cuando delante de nosotros contemplamos una
Iglesia en oración. Por ejemplo, decimos Iglesia, Iglesia quiere decir
Ecclesia, la llamada, la convocada, y estamos diciendo que Dios nos llama,
que Dios nos convoca, que Dios nos congrega; y nos congrega porque él se
hace presente. Si lo hacía con el pueblo de Israel en el desierto, y lo ha
hecho con el pueblo de Israel durante todo el camino de la historia, a través
de la tienda donde estaba el Arca, y donde Dios prometía su presencia, y a
través del Templo, y cuando se destruye el Templo, Dios va a buscar a su
gente. Tanto más ahora, después que Jesús ha puesto su tienda entre
nosotros y es el templo verdadero, y ha llenado nuestro corazón con su
presencia, cuando la Iglesia es Ecclesia, es Iglesia, Asamblea. No sólo está
convocada por Dios Padre, sino que está reunida en el nombre de Jesús y
tiene el Espíritu Santo.

Ésta es nuestra experiencia y nuestra esperanza; que cuando nos


reunimos, nos reunimos porque nos sentimos convocados y no estamos
solos. No nos miremos solos los unos a los otros, y pensemos que toda la
presencia está ahí. Sepamos captar la presencia de Jesús que está en medio
de nosotros, del Padre que nos mira y del Espíritu Santo que nos ha
convocado y nos hace Ecclesia, es decir, Asamblea del Señor, en una familia
que es una Iglesia doméstica, en un grupo donde el Señor se hace
presente, en nuestra parroquia para celebrar la Eucaristía o una oración

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particular, o un momento de piedad popular, o sobre todo, cuando podemos
rezar juntos, con la Iglesia y como la Iglesia, la Liturgia de las Horas.

La Iglesia es Pueblo de Dios, pero la nota de Pueblo de Dios es


Pueblo sacerdotal de Dios, radicado en el mundo, en la historia, y por eso
es pueblo, pueblo peregrino, pueblo de gente, pueblo de rostros, pueblo
que comparte, pueblo enraizado en esta tierra pero camino del cielo. Pero
es el pueblo de Dios Padre, el pueblo que Dios ha elegido y un pueblo
sacerdotal.
Éste es el sentido profundo que tiene la palabra Pueblo de Dios, sobre
todo en la primera Carta de San Pedro donde se usa esta frase: pueblo
santo, nación consagrada, herencia del Señor. Pueblo sacerdotal de Dios
Padre, hijos sacerdotes con el sacerdocio real de los fieles que nos habilita
para orar. Un pueblo profético donde el bautismo nos habilita para escuchar
primero, como los profetas, la Palabra de Dios y después proferirla y
testimoniarla ante el mundo. Un pueblo sacerdotal, profético y real que
hace que ese pueblo que pone a Dios dentro y en medio de él, es un pueblo
que hace que el Reino de Dios esté aquí y ahora. Todo es oración; todo es
nota de la Iglesia, pueblo sacerdotal de Dios, con la nota de un pueblo de
hijos que acoge el don del Padre, lo manifiesta y lo hace presente en el
mundo.

Un pueblo que ora es sacerdotal; un pueblo que escucha y proclama


es profético; un pueblo que realiza la voluntad del Padre, y un pueblo que
realiza el Reino de Dios en la tierra. Es Cuerpo de Cristo la Iglesia orante,
porque está tan unida con su Señor que todo lo que es suyo es nuestro, y
por eso San Agustín decía: cuando oramos no olvidemos nunca que Cristo
ora en nosotros, y ora por nosotros y es orado por nosotros. Ora en
nosotros como nuestra Cabeza, ora por nosotros como nuestro Mediador y
es orado por nosotros, es invocado por nosotros como nuestro Dios. Allí
donde nos decimos y somos Cuerpo de Cristo, Iglesia del Señor, su Cuerpo,
sintamos la presencia de Cristo, nuestra Cabeza, nuestro Mediador; y como
dice San Agustín, escuchemos en su voz nuestras voces, y escuchemos
nuestras voces en su voz. No estamos abandonados, no estamos solos; es
Cristo quien da todo el sentido de nuestra oración haciéndonos Cuerpo
sacerdotal.

Y cuando hablamos de la Iglesia como Templo del Espíritu Santo,


hablamos de este templo espiritual donde el Espíritu habita y donde este
Espíritu, baja ciertamente para consagrarnos, y sube con nuestra oración
hacia el Padre para que tenga una resonancia, lo que se dice aquí en la
tierra hasta el cielo. Sin el Espíritu Santo nuestras oraciones sólo llegarían
simplemente al techo de nuestras iglesias; con el Espíritu Santo atraviesan
los cielos y llegan al trono del Padre, porque no hay auténtica oración sin el
Espíritu Santo. Y toda auténtica oración realizada en el amor, en el nombre
de Jesús, tiene la fuerza, la eficacia, la belleza y también, toda la
fecundidad que le da el Espíritu Santo. Todos los títulos de la Iglesia son
orantes, como el título de Iglesia, Esposa de Jesús, que significa
reciprocidad, amor, significa cuidado por el Esposo, presencia del Esposo y
significa también ese deseo grande con el que se cierra la última página de
la Biblia, el estuario de esta historia, el Apocalipsis, donde la Esposa dice:
Ven Señor Jesús. El Espíritu y la Esposa. Porque somos un Pueblo que

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camina hacia la Patria, y es un Pueblo que siente que con su oración, tiene
que decir siempre esa palabra tan hermosa que Pablo nos cita en el
lenguaje aramaico, Maranatha: Ven Señor. Es nuestra oración y es nuestro
deseo.

¿Cómo es la oración de la Iglesia? La oración de la Iglesia, plasmada


por estos sentimientos, y con todas estas visiones que vienen de la Biblia y
también de toda la hermosa teología de la Iglesia, tiene una dimensión
trinitaria, como decíamos también ayer, es una oración que siempre,
fundamentalmente, está dirigida al Padre. Hay momentos en que nuestra
oración se dirige a Cristo, o se dirige al Espíritu Santo, o se dirige también
directamente a la Virgen María, pero lo más normal es que cuando nosotros
oramos, según la Palabra de Jesús: cuando oréis decid, Padre nuestro,
Jesús que habita en medio de la Iglesia y es el orante por excelencia, nos
invite con él y por él y en él a dirigirnos al Padre como él se dirigía.
Podemos en ciertos momentos sentirnos tan cerca e identificados con Jesús
que no podemos decir Jesús, sino que él en nosotros dice: Abbá, Padre.
¡Qué bello es todo esto!

Jesús deja a los discípulos sin su presencia y los confía a una oración
unánime y perseverante hasta que venga el Espíritu del Señor sobre los
Apóstoles.
¿Por qué Jesús deja a María para que sea la Compañera, la Madre, la
Discípula, la Hermana de los Apóstoles? Porque a ella le encomienda que
sea la que hace la Iglesia como familia; y una Iglesia como familia sólo
puede hacerla una Madre. María está ahí porque en el momento en que
Jesús ya no está y el Espíritu todavía no ha venido, la única que puede ser
realmente presencia de Jesús es la Madre, que con su rostro, con su
mirada, con su fidelidad a Jesús, con la repetición de sus palabras, Ella que
está totalmente revestida de la Palabra, es referencia constante y perfecta a
aquel Jesús que los discípulos han conocido y que ahora ven en el rostro de
la Madre. Una madre deja siempre algo de la huella de su hijo, y ahora
reconocen que aquellos ojos, aquella mirada, aquel rostro de Jesús tenía
también los rasgos de su madre María.

Cuando Jesús ya no está y María es referencia a Jesús, María es


también referencia que alimenta la oración de los discípulos en este tiempo.
La Virgen habla del Hijo: vosotros lo habéis conocido desde hace muy poco
tiempo, habéis estado con él desde que os llamó junto al Jordán o junto al
lago de Galilea, yo lo conozco desde el principio. Y María iba explicando a
los Apóstoles cómo todo comenzó, cómo vino el Ángel, cómo lo concibió en
su seno, cómo nació en Belén, cómo lo presentó al Templo, cómo se le
perdió en Jerusalén y cómo fue creciendo en Nazaret. ¡Qué hermosa esta
referencia de María a Jesús!, porque es su rostro, es su presencia y es su
madre.
Pero en este tiempo que el Espíritu Santo todavía no ha venido,
cuando algún discípulo quizás dude, o no se sepa cuándo vendrá, vendrá
hoy, vendrá mañana, vendrá dentro de una semana, en unos meses…
¿Seremos capaces de estar aquí esperando? ¿No vendrán aquí los judíos y
nos abrirán esta casa, este cenáculo? María está ahí diciéndoles: no duden,
el Espíritu vendrá. Vino sobre mí, vendrá también sobre ustedes. Yo lo sé,
yo se lo aseguro. María, la vemos aquí de pie. Es el momento en que el

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Espíritu Santo baja sobre los Apóstoles, pero María ha preparado a los
Apóstoles para recibir al Espíritu Santo. Una paloma desprende sobre ella
toda la fuerza de una llamarada, pero todos los Apóstoles tienen también la
llama. María está en pie, es como si continuara en este momento la
intercesión por la Iglesia. María está allí y en torno a ella se realiza la
Iglesia. María, que conoce al Espíritu Santo y que ha sido revestida
totalmente por el Espíritu Santo, les ha asegurado a los discípulos que el
Espíritu vendría y vino. Por eso la vemos aquí con un manto rojo, ese
manto rojo quiere decir que es la toda santa, la que ha recibido el todo
santo que es el Espíritu del Señor.

Podemos, pues, imaginar lo que fueron aquellos días intensos y bellos


en que María no sustituyó a Cristo, pero fue su referencia. Evangelizó a
Cristo en el sentido de que habló de Jesús. Así los Apóstoles, como una
nueva María que acogía la Palabra, que la meditaba, que la contemplaba,
conocieron mejor a Jesús a través de María, lo contemplaron mejor a través
de los ojos de María. Y se prepararon también, humildemente; se
prepararon con un vacío total de sí mismos, se prepararon para acoger el
Espíritu Santo.
María estuvo ahí presente para hacer de la Iglesia una familia; para
hacer de los Apóstoles unos hermanos, y por ello es tan bello contemplar
esta imagen, parece que todos le están mirando y le están diciendo las
palabra que Isabel le dijo a María, y que fueron también las palabras que le
decían: Bienaventurada tú que has creído, Bienaventurada tú que creíste al
Ángel, tú que creíste en aquellas palabras, por ti se ha realizado esta
aventura, por ti vino Jesús al mundo, por ti lo hemos conocido y contigo lo
hemos visto resucitado. Y ahora que el Señor ha subido a los Cielos y nos
ha prometido al Espíritu Santo, sabemos que vendrá porque vino sobre ti.

María es presencia en nuestras comunidades, es la que hace que


nuestra Iglesia sea familia. María, como en Pentecostés, nos ayuda a estar
unidos, porque es Madre que nos une como hermanos e hijos de Dios. Nos
hace perseverantes, porque María supo perseverar tanto tiempo confiando
siempre que se cumplirían las promesas del Señor. María supo esperar, lo
que no supieron hacer los Apóstoles, hasta el tercer día de la Resurrección.
Y María hizo esperar y nos hace esperar, siempre, en ese tercer día de la
vida donde el Señor cumple sus promesas.
María nos enseña a orar con su ejemplo y a esta primitiva Iglesia que
se reúne en torno a la Virgen María, y a todas las Iglesias que tienen a la
Virgen María consigo, en el centro, les enseña a acoger la Palabra de Vida, a
bendecir al Dios de la historia, a pedir constantemente el Espíritu Santo, a
interceder por todas las necesidades del mundo y también, a ser como ella,
una Virgen que se ha ofrecido totalmente a Dios, y mediante este
ofrecimiento Dios, ha bajado al mundo y sigue estando presente entre
nosotros. Contemplemos a la Virgen de Pentecostés y seamos con ella y
como ella, imitándola y haciéndola revivir en nosotros, una Iglesia,
comunidad orante, a imagen de María. Gracias.

***

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En este tercer día de nuestros encuentros vamos a hablar, de una
manera sencilla y práctica, de la pedagogía de la oración. Hemos podido
quedar fascinados por la invitación del Papa que nos invita precisamente a
ejercitarnos en el arte de la oración. Hemos contemplado a Cristo orante y
estamos convencidos de que la Iglesia es una comunidad de oración.
La Virgen María, luminosa, espléndida, interiormente toda sumergida
en la Palabra pero atenta también a las necesidades de los hombres, sus
hijos, nos ha parecido el mejor modelo de la oración de la Iglesia. Pero
tenemos que decir, hoy, cómo podemos orar. ¿Cómo es posible que este
secreto del arte de la oración, lo podamos llevar a la práctica en el día a día
de la experiencia? No sólo en el Templo, donde la Iglesia nos enseña a orar
y donde nosotros somos Iglesia orante, sino en las calles, en nuestras
casas, en todo momento.

¡Señor, enséñanos a orar! Pero ahora también: ¡Iglesia, enséñanos a


orar hoy, aquí y ahora! Creo que tenemos tantas circunstancias que en este
momento nos ayudan a profundizar en este mensaje, la gracia de poder
celebrar este encuentro de oración en una Fiesta tan significativa como es la
Transfiguración del Señor. Y por eso la Celebración Eucarística que va a
seguir, yo quisiera que fuese para todos un vivir el monte Tabor
contemplando la belleza de Jesús. Estamos ya en el tercer día y en estos
días ha aumentado tanto nuestro amor recíproco, la atención profunda de
los unos para los otros; nos hemos sentido como consagrados por el mismo
Espíritu y por la misma presencia de Jesús. Y estamos aquí, ahora, en una
casa de oración donde un gran maestro de oración, Ignacio de Loyola y sus
hijos, durante siglos han enseñado a generaciones de fieles a orar; Ignacio
intercede por nosotros, para que podamos aprender ese arte de la oración
que él tantas veces practicó en su vida, y que transmitió de una forma muy
especial a través de sus ejercicios espirituales, para que como él nos
enseña, podamos en cierto modo ser contemporáneos de Jesús, meditar su
Palabra, y sobre todo vivir sus misterios.

Lo que yo quiero decirles va a ser muy sencillo, y son como pequeños


recursos para orar cada día, pero para orar con esa profundidad que
nosotros queremos que sea nuestra oración, y según esa gracia que Dios
nos concede.
Hay dos principios fundamentales que ya nos abren cordialmente al
deseo de orar y a la posibilidad de hacerlo. El primero es que la oración es
un don y una gracia, no elegimos nosotros al Dios de nuestra oración, es Él
quien nos mueve a hablarle, a comunicar con Él. Es Dios quien ha
depositado ya en nuestro corazón el Espíritu Santo que gime, que interpreta
nuestra oración. Ya Jesús nos ha dado la confianza de que todo lo que
oremos en su Nombre será escuchado por el Padre.

La oración es un don, y todos nosotros estamos habilitados para orar,


para conversar con Dios; primero porque somos creaturas hechas por Dios
a su imagen y semejanza, porque somos morada donde Dios habita y
porque Dios nos ha llamado a la comunión con Él.
Un hermoso texto de la Constitución pastoral Gaudium et Spes dice
que “la razón más alta de la dignidad humana es la vocación de la persona
humana a la comunión con Dios”; que es como decirnos: cuanto más y
mejor nos realizamos es cuanto más y mejor nos abrimos a Dios. Como

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estaríamos orgullosos de poder hablar con una persona importante de la
historia, por ejemplo, poder hablar amigablemente con el Santo Padre Juan
Pablo II, fijémonos lo que significa para cada uno de todos nosotros poder
tener conversación y amistad nada menos que con Dios, con Dios nuestro
Padre.

Decir que la oración es un don es recordar que Dios mismo nos invita
a orar, a hablar con Él, a estar con Él, a mirarle, a entretenernos con Él en
un trato de amistad. Y esto nos dice que cuando nosotros nos ponemos a
orar, Dios ya está presente en nosotros y en medio de nosotros; cuando le
miramos, Él ya nos está mirando; cuando nos hacemos presente, Él ya está
presente y cuando queremos hablarle, Él ya nos está hablando y nos está
escuchando. Ese Dios que nos precede en el amor no sólo es el Dios que
nos invita a la oración, sino Aquel que nos está mirando, escuchando, Aquél
que nos quiere hablar, que se quiere comunicar con nosotros. Si el mirar de
Dios es amar, decía San Juan de la Cruz, Dios nos está siempre mirando
para que le miremos, nos está escuchando para que le hablemos, se hace
presente a nosotros para que nos hagamos presentes. Todo es gracia, un
don de amor que nos permite a los hijos sentarnos junto al Padre en su
mesa, dialogar con Él como un hijo dialoga con su padre. Y éste es el
principio fundamental de la oración, que sea un don y que Dios mismo
quiera que hablemos con Él y nos entretengamos con Él en un diálogo de
amor.

El segundo principio fundamental, que nos facilita al máximo la


posibilidad de orar, es que la oración, el trato con Dios, el referirnos a Dios
es posible en todo tiempo y en todo lugar. Porque Dios está en todas
partes, porque a Dios lo llevamos con nosotros, porque no hay tiempo ni
espacio donde Dios no esté presente, y porque no hay lugar donde Él no
esté ya con nosotros. La habilitación más grande que Dios nos ha hecho
para orar es precisamente revelarnos que nosotros somos el templo de Dios
vivo, ustedes son el templo de Dios, Dios habita en nosotros. Y basta tener
conciencia de esta presencia del Señor, para que se disipen todas las dudas
y todas las objeciones pensando si Dios me oirá o no me oirá, si está cerca
o está lejos. Está, está dentro de nosotros. Somos templo del Dios vivo,
somos morada de Dios.

¡Qué hermosa la convicción con que Santa Teresa de Jesús nos


explica al principio de su gran libro de teología espiritual, el Castillo Interior,
que todos nosotros somos como un castillo, un castillo de su Castilla, o un
castillo como Ávila, que es un castillo que está levantado al cielo. Como
decía alguno de nuestros escritores hispanos, es como una ciudad que está
con la palma de la mano toda levantada hacia Dios. Así somos nosotros, un
castillo interior donde Dios habita. Pero para tener conciencia de esta
presencia, tenemos que penetrar por esa puerta del castillo interior, y la
puerta de ese castillo es la oración. Castillos interiores. Pero a veces
vivimos extroversos, fuera de nosotros, y hay una llamada interior que Dios
nos hace: entra dentro de ti mismo, no estás vacío. No tengas miedo de
entrar dentro de ti, no te vas a encontrar simplemente con un vacío
psicológico, Yo estoy en ti, Yo te habito, Yo soy tu presencia, Yo estoy
dentro de ti.

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Y escuchemos incluso esas palabras todavía más significativas de
Jesús que nos promete una presencia, no abstractamente, sólo de un Dios,
sino concretamente, la presencia de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo: “Si
alguno me ama observará mis mandamientos y vendremos a él y
pondremos en él nuestra morada”. Somos personas habitadas por el Padre,
el Hijo y el Espíritu Santo, somos morada de Dios. Tengamos ojos que se
dirigen hacia la interioridad, oídos que quieren escuchar. Y no tengamos
miedo, por un momento, de zambullirnos en nuestra interioridad porque no
nos vamos a encontrar vacíos sino que vamos a encontrar al Dios que nos
habita, presente con nosotros y en nosotros y en todas partes, en el Templo
y en la calle; de día y de noche; en casa y en conversación también con
nuestros hermanos, porque Dios no nos abandona. Es un amigo fiel que nos
da como garantía de su amor, su presencia. Por poco que tengamos
conciencia de esta presencia vamos a sentirnos como iluminados y atraídos
para orar.

Estos dos principios: la oración como don – invitación de Dios - y la


oración posible en todo lugar, hacen del cristiano un orante que puede orar
en todo momento porque Dios lo invita siempre y puede orar en todo lugar.
Mi madre Santa Teresa de Jesús, maestra de oración, decía
graciosamente a sus hijas que “hasta en los pucheros anda Dios si estáis en
la cocina”, y añadía: “ayudándoos en lo interior y en lo exterior”. Quién
sabe si Dios no le sugería a Santa Teresa, cuando cocinaba alguna hermosa
receta de cocina para dar de comer a sus monjas, siendo ella tan pobre.
Hasta en los pucheros anda Dios ayudándonos en lo interior y en lo exterior.
Y para que no pensemos que una santa contemplativa, piensa sólo que
podemos sumergirnos en oración en una habitación oscura, o en el Templo,
o de tal forma recogidos que no osamos orar a Dios, invocar su nombre
mientras andamos por las calles, ella nos dice que “recia cosa sería que sólo
en los rincones pudiésemos orar”. Porque el amante ama siempre, no hay
paréntesis para la oración para quien ama, no hay lugares donde Dios no
esté presente, no hay circunstancia donde no podamos encontrarnos con
Dios. Es la invitación y es la posibilidad.

Hay algo, sin embargo, que nos puede ayudar a concretizar mejor
esta pedagogía sencilla de la oración. Si la oración es un trato con Dios,
¿cuál es el rostro de este Dios de nuestra oración? El rostro del Dios de
nuestra oración es el Dios trinitario de Jesucristo. Podemos hablar al Padre
que Jesús nos ha revelado, como él oraba al Padre y nos ha enseñado a
orar con el Padre. Y nuestra oración es filial, es confiada, le decimos “Abbá”
con el mismo cariño que Jesús, y podemos hablar con él de todo, como un
hijo habla con su padre, con un padre que nos respeta como hijos, como un
padre que no se impone sino que se propone, con un padre que respeta
nuestra libertad y espera pacientemente, sin obligarnos, que
espontáneamente, libremente, lo reconozcamos y le hablemos.

Nuestra oración puede dirigirse tranquilamente, serenamente a Jesús,


porque Jesús es el rostro del Padre, es la mirada del Padre, es la escucha
del Padre, es el corazón del Padre. Miramos la hermosa figura de Cristo que
reside en esta Iglesia, y sentimos que indicándonos su corazón, nos repite
aquellas palabras del Evangelio de Mateo: Venid a mí. “Vengan a mí todos
los que están agobiados y cansados y Yo los aliviaré. Aprendan de mí que

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soy manso y humilde de corazón porque mi yugo es suave y mi carga
ligera”.

Hay momentos en nuestra vida espiritual en que nos parece más


oportuno dirigirnos al Padre, y hay probablemente muchos otros momentos
durante toda nuestra vida en que la relación se hace con más fluidez, más
perfecta, más fácil con Jesús, porque vemos al Jesús del Evangelio,
contemplamos su rostro, escuchamos su Palabra, nos ensimismamos con
los episodios de su Vida Pública, de su Nacimiento, de su Pasión. Nos gusta
contemplarlo resucitado o acudimos a él cuando está clavado en la cruz.
¡Qué más da! Es siempre el mismo Cristo, pero Cristo que a través de sus
misterios nos habla, que revelándose nos revela, hablándonos nos instruye
y enseñándonos nos invita a hacer de nuestro trato con él, un trato de
amistad con aquel Jesús que se reveló amigo, cercano con publicanos y con
pecadores, con Marta y María de Betania, con sus discípulos a los cuales les
dijo: No os llamo siervos sino amigos porque os he revelado todo lo que el
Padre me dio.

¡Qué hermoso es orar, hablando con Jesús como un discípulo habla


con el maestro, como un hermano habla con el hermano, como una esposa
habla con el esposo, como cada uno de nosotros puede hablar con alguien
que siendo nuestro amigo nos entiende, y por eso, en el flujo de la oración
que es amistad con Jesús, pueden pasar todos los sentimientos, todas las
palabras. Pasa la mirada, pasa la escucha, pero todo es amor para Aquel
que, mirándonos, nos ama.
Podemos orar invocando el Espíritu Santo, el Espíritu que es maestro
interior de nuestra oración, el que la interpreta, el que la purifica, el que la
sostiene, el que la provoca, el que gime en nuestros corazones, el que dice
“Abbá” y el que dice “Señor Jesús”. Hay momentos y hay también ocasiones
en la vida espiritual, en que parece que nuestra oración está como más
cerca de ese Espíritu que Jesús nos ha dado, ese Espíritu derramado en
nuestros corazones. Y aunque el Espíritu no tiene un rostro humano, los
símbolos del Espíritu Santo pueden ser la paloma, o el agua, o la llama;
sentimos su voz, escuchamos esta especie de suspiro en nosotros. El
Espíritu unido a nuestro espíritu; es una especie de alter ego de nosotros,
tan cercano a nosotros. Jesús lo llama, el Consolador; lo llama, el Abogado;
lo llama, el Paráclito, el que ora con nosotros y por nosotros, el que nos
defiende, el que nos recuerda a Jesús, el que constantemente nos da
fuerza. ¡Y cuántas cosas pueden decir del Espíritu Santo y cuán tierna
es la amistad de muchos santos con el Espíritu Santo y cuán profunda debe
ser nuestra relación con él! Es un amigo, es un Abogado el que ora por
nosotros ante el Padre, el que nos defiende y nos defiende incluso de los
que piensan mal de nosotros, de los que nos acusan, de los que no nos
quieren, de nuestros enemigos. Defiéndeme Espíritu Santo, le podemos
decir, defiéndeme de los que piensan mal de mí, no es justo; defiéndeme
para que comprendan quién soy yo delante de ti y delante del Padre. ¡Qué
hermosa esta amistad con el Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo!

Si no hablamos con el Padre hablemos con el Hijo, y sino con el


Espíritu Santo, pero de vez en cuando entremos en la Trinidad, y entremos
en este círculo de comunión. Y como el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo
hablan y se comunican entre sí, también nosotros tenemos acceso a

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escuchar la voz del Padre que le habla al Hijo: Éste es mi Hijo amado; el
Espíritu Santo que susurra y nosotros, que estamos invitados
personalmente y comunitariamente, a participar de la comunión y del
diálogo trinitario. ¿Por qué? Porque somos bautizados, y porque siendo
bautizados hemos sido sumergidos en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu
Santo. Ésta es nuestra suerte y ésta es también nuestra dignidad de hijos
de Dios, hermanos de Cristo, de templos del Espíritu Santo.
Es hermoso que el Papa, en preparación del año 2000, nos hizo
recordar, recuperar y reconocer la dulce figura de Dios Padre en una
sociedad donde se dice que el padre no existe, y los hijos andan sin padre y
no hay una paternidad responsable, y no hay una transmisión de una
filiación generada a través de la educación transmitida con amor y libertad.

No teman orar la vida porque entonces la oración será sanación,


cura, elevación, iluminación de todo nuestro ser y de toda nuestra vida. Un
pequeño secreto para que no seamos cristianos idealistas e ilusos, sino
orantes; orantes que se presentan ante el Señor, de par en par, con el
corazón en carne viva y la herida abierta de nuestro ser, a Dios para que
nos cure, para que nos sane, para que nos santifique.
Oremos la Palabra, oremos la vida. Esto es oración verdadera.
Oremos en la vida. Cierto, cuando oramos en el Templo es orar en la vida,
cuando oramos en nuestra casa es orar en la vida, pero salpiquemos
nuestra existencia, todo nuestro horario, todos nuestros trabajos, de una
mirada, de un recuerdo, de una invocación a Cristo o a la Virgen María,
nuestra Madre, que ella lleva hasta el Padre nuestra oración. Oremos la vida
y oremos en la vida.

A veces, digo yo, y este es un pequeño secreto que les comunico, y


con esto termino y vamos a celebrar, que muchas veces nos quejamos:
Señor, he pasado media hora delante de ti, delante del Santísimo
Sacramento, he orado tu Palabra, he orado mi vida, pero tú no me has
respondido para nada. Me voy como entré en el Templo, me voy de la
oración tal como entré. Señor, me han engañado todos esos maestros,
incluso ése que ha venido ahora a hablarnos a Mendoza.
Yo digo, el Señor nos pide nuestra oración, nos pide que oremos la
vida, que escuchemos su Palabra, que estemos delante de él gratuitamente,
porque esto es amor gratuito, que no temamos el silencio de Dios y que no
pensemos que siempre el Señor nos va a responder en la oración. Pero una
vez que nosotros hemos concluido nuestra oración y nos despedimos del
Señor diciendo: Señor no nos has dicho nada, no tenemos que cortar la
comunicación con Dios. Dios no responde siempre en la oración, responde
fuera de la oración. De un encuentro, una palabra, una carta, una llamada
telefónica, una persona que nos hace bien, una situación dolorosa, esas
sorpresas de la vida de cada día con las que Dios nos responde, es la
respuesta de Dios. Lo que no nos dijo en la oración nos lo dice en la vida,
por eso, no terminen nunca la oración, prolónguenla; dejen abierto el móvil
de su teléfono de Dios, que Dios los va a sorprender en cualquier lugar.
Y aprendan esta lección: que Dios no responde siempre en la
oración, a veces nos responde en la vida. Como nosotros, que por mucho
que le dediquemos a Dios en nuestra oración, no le damos la cabal
respuesta de nuestra vida simplemente en el silencio o en la oración o en la

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meditación de la Palabra o en un grupo de oración donde nos transmitimos
los unos a los otros la verdad.
El verdadero lugar donde nosotros respondemos a Dios es la vida, es
el amor del prójimo, en la voluntad del Señor en nuestra vida profesional,
en nuestra vida familiar. Y así como Dios no nos responde en la oración,
nosotros no le respondemos siempre en la oración. La vida, la vida es creer
en el Dios de la historia, en el Dios de la presencia, en el Dios del Templo y
de fuera del Templo; en el Dios del silencio y en el Dios de la Palabra; en el
Dios de la comunidad y en el Dios de la soledad; en el Dios que escucha
nuestra oración cuando le pedimos algo desde lo más profundo de nuestro
corazón, y el Dios que nos pide algo en un hermano, en un prójimo, en un
familiar que nos interpela. Por eso, no puede haber tiempos cerrados de
oración, que la oración invada toda nuestra vida. Oremos la Palabra,
oremos la vida, vivamos la unidad de oración y la vida, y dejemos que Dios
vaya haciendo de nosotros personas unificadas, personas orantes, personas
capaces de ver a Dios en todo. Es lo que decía San Ignacio de Loyola: orar,
ser orantes es ser capaz de ver a Dios en todo y todo en Dios. Que él,
maestro de oración, Padre y maestro de esta Iglesia, nos ayude a conseguir
este ideal de la oración: ver todo en Dios y a ver a Dios en todo. Y seremos
perfectos orantes, hijos de Dios, discípulos de Cristo, animados por el
espíritu de la oración y del amor.

Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan y los llevó a ellos solos a un


monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos. Sus vestiduras se
volvieron resplandecientes, tan blancas como nadie en el mundo podría
blanquearlas. Y se les aparecieron Elías y Moisés conversando con Jesús.
Pedro dijo a Jesús: Maestro, qué bien estamos aquí. Hagamos tres carpas,
una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Pedro no sabía qué decir
porque estaban llenos de temor. Entonces una nube los cubrió con su
sombra y salió de ella una voz: Éste es mi hijo muy querido. Escúchenlo. De
pronto miraron a su alrededor y no vieron a nadie sino a Jesús solo con
ellos. Mientras bajaban al monte, Jesús les prohibió contar lo que habían
visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos
cumplieron esta orden pero se preguntaban qué significaría resucitar de
entre los muertos.

El misterio de la Transfiguración que estamos celebrando es un


Misterio de Luz, así nos lo ha propuesto recientemente el Papa Juan Pablo II
en su Carta sobre el Rosario de la Virgen. Y me parece que es de gran
importancia para todos los discípulos de Jesús, que así, de una manera más
frecuente y más viva la memoria de la Transfiguración del Señor,
acompañada por otros Misterios de Luz, vaya penetrando en el corazón de
los cristianos. Es un Misterio de Luz, dejémonos iluminar. Es un Misterio de
belleza, porque lo que aparece en el monte Tabor es toda la belleza del
misterio de Dios que se revela en la belleza del rostro de Cristo, en la
blancura de su vestido, en la hermosura de las palabras del Padre y
también en esos rayos que se desprenden de Jesús y que llenan de gozo y
hasta de delirio, a los discípulos que Jesús ha pedido que le acompañen en
esta subida del monte Tabor.

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Este misterio litúrgico es un misterio de la Iglesia, y si lo celebramos
solemnemente, como lo estamos celebrando, en un ambiente de comunión,
de silencio y de paz, es porque el Señor nos invita, no simplemente a
celebrarlo de una manera como externa, sino a participar de él. No fueron
sólo los tres discípulos predilectos los invitados a subir al monte Tabor,
somos todos nosotros los que en este monte Tabor de la Liturgia, de la
Palabra y de la Eucaristía, contemplando el rostro de Cristo y también su
vestido luminoso, como aparece en el Cristo que preside esta Iglesia,
podemos sentirnos discípulos predilectos de Jesús, invitados a escuchar la
voz del Padre, contemplar su rostro, y ser testigos de este misterio, dejando
que la Palabra que hemos proclamado, ayudada por el Espíritu de la Verdad
que está en nuestro corazón, grabe fuertemente en cada una de nuestras
vidas esta experiencia del misterio.

Este misterio de Transfiguración es un misterio que ha ocurrido una


vez en la historia de Jesús, pero que se hace presente en la Iglesia tantas
veces cuanto se celebra esta Fiesta. Es un misterio tan bello que la Iglesia
lo celebra al menos dos veces al año. Hoy, Fiesta de la Transfiguración y,
todos los años, cada segundo domingo de Cuaresma, como una anticipación
de la gloria en el camino de la Pascua.
Y es que todos nosotros, como Jesús, necesitamos también de
momentos como éste que vive el Hijo amado del Padre. Tenemos
necesidad, como Jesús, de entrar en la nube luminosa de la divinidad, de
escuchar la voz del Padre y de sentirnos también, envueltos en el Espíritu
Santo. Jesús se prepara así o el Padre prepara así a Jesús a la muerte y a la
resurrección. Pero anticipa en él, como Padre amadísimo, esa respuesta que
dará sólo cuando Jesús resucite, y no por un momento, no por unas horas
Jesús sea un transfigurado, sino que para siempre, eternamente, él sea el
Transfigurado–Resucitado.
Antes de ser el transfigurado-resucitado para siempre, lo veremos en
la cruz como desfigurado. ¡Qué hermoso es poder jugar con estas dos
palabras: el transfigurado y el desfigurado! ¡Qué hermoso es dejarnos
invadir por el estupor y la belleza de Jesús, como los discípulos que
participan de su luz tabórica, pero qué bello es que no nos escandalicemos
de Jesús cuando lo veamos en la cruz desfigurado! Porque si aquí, en el
Tabor, el hombre tiene también en su rostro la huella de Dios; en la Cruz,
Dios tendrá el rostro del hombre.

Este saber encontrar a Jesús transfigurado, toda la belleza del Hijo de


Dios, nos ayuda a contemplar los momentos en que, como ahora, todos nos
sentimos inundados de luz, de la dulzura de la Palabra, de la fe que nos
hace sentirnos discípulos agraciados de Jesús, invitados a este monte
Tabor. Pero así como Jesús, el Transfigurado, será también el Desfigurado,
Jesús quiere que también sepamos encontrarnos y mirarnos en él y mirar a
los otros en él, cuando el rostro de Jesús en nosotros o en los otros, lleva
las huellas del Desfigurado. Es siempre el mismo Cristo, en la luz y en la
tiniebla; en el Tabor y en la Cruz; en el grito de dolor de su abandono y en
la gloria que el Padre anticipa en este día.

Subimos, pues, al monte Tabor y allí entramos en oración con Jesús.


Entrar en oración puede ser, con el aspecto trinitario de este misterio,
contemplarlo. Contemplar su rostro, reconocerlo como Hijo, como Maestro,

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que por un momento se descubre tal como él vive en la intimidad con el
Padre. Como Luz, como Esplendor, como Belleza, como Templo Santo
donde Dios habita. Contemplar a Jesús, significa hacer referencia a ese
Padre que en este momento, con una ternura inmensa hacia su Hijo,
proclama con voz fuerte y para que le oigan sus discípulos, que es el Hijo
predilecto y que le tenemos que escuchar. Escuchar la Palabra, escuchar a
Aquel en quien el Padre nos lo dice todo y nos lo da todo. Y entrar en
oración es ver también cómo Jesús, el Hijo amado que el Padre proclama,
está todo él siempre envuelto, en esta nube que es la gracia del Espíritu
Santo.

Ahora sí, estamos todos dentro del misterio del Padre que habla, de
Jesús que se revela y del Espíritu que nos envuelve. No es ilusión, la
Liturgia es verdad, es presencia, es gracia, es comunión. Sólo que el Señor
nos pide que, como discípulos predilectos, oremos como él ora, y creamos
en esto que estamos viendo con nuestros ojos de la fe, que no es leyenda,
no es ilusión, es verdad. Es el predilecto que Dios ama, también nosotros
somos predilectos que Jesús ama y nos ha invitado a vivir este misterio y a
percibir por un momento, porque lo necesitamos, toda la belleza, todo el
gozo, toda la bondad y toda la verdad de este misterio. Que si una vez sola
Jesús lo vivió con sus discípulos en el Tabor, ¡tantas veces lo vive y en
tantos lugares hace presente este misterio, cuanto son las asambleas que
hoy han celebrado con gozo esta Fiesta de la Transfiguración del Señor.

Nos sentimos como discípulos predilectos y contemplamos lo que


sucede allí. Vemos a Moisés y a Elías que están contemplando el rostro del
Señor; estos hombres del Antiguo Testamento que desearon ver el rostro
de Dios y no lo vieron. Moisés no pudo nunca contemplar a Dios cara a
cara, porque entonces Dios no tenía rostro, no se había encarnado el Verbo,
el Hijo, en que Dios tiene rostro y mirada y tiene también una Palabra
fuerte que decirnos y que darnos. Elías no pudo contemplar el rostro de
aquel Dios vivo que invocaba, simplemente sintió que pasaba como un
susurro leve la presencia del Señor; pero ahora sí. Aquellos que buscaron el
rostro de Dios lo contemplan, porque Dios ya tiene rostro. Se lo ha dado la
Virgen María; y ahora, aquellos ojos, aquellos oídos, aquellas mejillas,
aquella boca de Dios humanado pueden ser contempladas, incluso por los
personajes del Antiguo Testamento. Contemplar a Jesús es el gran privilegio
de los cristianos, contemplarlo en su imagen, escucharlo en su Palabra,
sentirlo dentro de nosotros, contemplarlo en la intimidad con la cual un
amigo se nos revela, y un maestro nos habla; y un Cristo Resucitado está
para siempre con sus discípulos en la Iglesia. No es ilusión, porque con lo
que la Palabra nos anuncia y nos hace revivir, en este momento en que
estamos todos en el monte Tabor de esta Liturgia, la Eucaristía nos lo
afirma y nos lo da. No es una palabra que anuncia la Transfiguración y nos
la hace revivir como una simple contemplación o imaginación. Es la verdad.
La Eucaristía añade a todo esto, nada más y nada menos, que la Palabra de
Jesús: Ahí tienes mi Cuerpo y mi Sangre, aquí estoy Yo. Yo soy para
siempre el Resucitado, el Transfigurado-Desfigurado y Resucitado, el que
estoy contigo. El que incluso más que a los discípulos que estuvieron
conmigo en el Tabor, no sólo te doy mi Palabra, y no sólo te hago partícipe
de mi oración, sino que te doy mi Cuerpo para que estés en Mí, te doy mi

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Sangre para que vivas en Mí. Os doy mi Cuerpo para que seáis mi Cuerpo-
Iglesia, os doy mi Sangre para que viváis mi vida.

Y así la Transfiguración no está como una imagen delante de


nosotros, sino que por la Eucaristía se convierte en una presencia en cada
uno de nosotros y en todos nosotros; un cristiano transfigurado por la
Presencia Eucarística, y una Iglesia transfigurada y hecha Cuerpo y Esposa
de Jesús por el don de la Eucaristía.

Más allá Jesús no puede ir, no puede darnos más de su Cuerpo y de


su Sangre, no puede hacer más que hacernos Iglesia en su Cuerpo. Pero
hay un algo más que nosotros podemos hacer, y es salir del Templo, vivir la
vida, mirar con ojos nuevos a todos, salir transfigurados y marcados por la
experiencia de Dios, y continuar día tras día, bajando del monte pero
siempre con los ojos luminosos con que Cristo nos ha iluminado, dando
testimonio que, de veras, el Padre nos ha revelado al Hijo. Cristo es nuestro
Maestro y Señor, el Espíritu nos acompaña. Y que el mundo, este mundo
que nos rodea, tiene necesidad de cristianos que miren con ojos luminosos
de paz, de alegría, de amor, para que como Jesús nos transfigura con su
Palabra, con su Eucaristía, transfiguremos también nosotros el mundo, la
historia, con nuestro testimonio y nuestro amor.

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