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El documento aborda la lengua como un sistema estructural, destacando las aportaciones de Saussure y el estructuralismo en la lingüística moderna. Se discuten las normas lingüísticas, tanto prescriptivas como descriptivas, y se analizan las variedades sociales y funcionales de la lengua, que surgen de factores geográficos y socioculturales. Finalmente, se concluye que la lengua es un fenómeno complejo que requiere un enfoque sistemático para su estudio y comprensión.
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El documento aborda la lengua como un sistema estructural, destacando las aportaciones de Saussure y el estructuralismo en la lingüística moderna. Se discuten las normas lingüísticas, tanto prescriptivas como descriptivas, y se analizan las variedades sociales y funcionales de la lengua, que surgen de factores geográficos y socioculturales. Finalmente, se concluye que la lengua es un fenómeno complejo que requiere un enfoque sistemático para su estudio y comprensión.
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TEMA 10

LA LENGUA COMO SISTEMA. LA NORMA LINGÜÍSTICA. LAS VARIEDADES


SOCIALES Y FUNCIONALES DE LA LENGUA.

0. Introducción.
1. La lengua como sistema.
1.1. Las aportaciones de Saussure
1.2. Las aportaciones del estructuralismo
2. La norma lingüística.
2.1. La norma prescriptiva
2.2. La norma según Coseriu
3. Las variedades sociales y funcionales de la lengua.
3.1. La variación intralingüística
3.2. La variación social o diastrática
3.2.1. Variedades socioculturales
3.2.2. Variedades motivadas por el entorno
3.2.3. Variedades de lengua en los grupos específicos
3.2.4. Variedades motivadas por la edad y el sexo
3.3. La variación funcional o diafásica
3.3.1. Variedades dependientes del canal
3.3.2. Variedades dependientes de la atmósfera
3.3.3. Variedades dependientes del dominio
4. Conclusión.

0. INTRODUCCIÓN
La reflexión lingüística que se desarrolló a principios del siglo XX responde a la necesidad de
delimitar un objeto específico de estudio y un método adecuado que permita su análisis exhaustivo.
Frente a la interdisciplinariedad que había caracterizado a los acercamientos anteriores a la lengua,
desde disciplinas tan diversas como la filosofía, la lógica o la antropología, se perfila una disciplina
que lleva a cabo un estudio inmanente de la lengua, es decir, que la describe sin recurrir a aspectos
externos. El nuevo método comienza por definir la lengua como una estructura organizada en la
que las unidades se describen a partir de las relaciones que establecen entre sí. Este nuevo enfoque
se bautizaría pronto como estructuralismo y, desde la obra de Saussure, gran parte del trabajo
relevante sobre las lenguas ha sido estructuralista en este sentido.
Pero este sistema es puramente virtual y sólo por abstracción se puede acceder a él. Lo que
encontramos en la realidad son distintas realizaciones del mismo que se deben a diferencias
geográficas, socioculturales y situacionales, de modo que si en el plano abstracto cabe hablar de
sistema, en la realidad hay que hablar de variedades diatópicas, diastráticas y diafásicas. Dichas
variedades, que constituyen la realización del sistema de la lengua, se establecen según un criterio
al que se llama norma, definida no sólo como “ideal de buen uso” sino también como “uso
habitual”.
1. LA LENGUA COMO SISTEMA
1.1. LAS APORTACIONES DE SAUSSURE

La moderna lingüística arranca, como es bien sabido, con el Curso de Lingüística General de
Ferdinand de Saussure, en el que se formulan los principios de la nueva ciencia.
El primer problema con el que se encontró fue delimitar el objeto de estudio de la ciencia en
cuestión. Pero, en un rasgo más de su genialidad, se adelantó en muchos años a la ciencia actual al
distinguir entre el objeto natural (o materia) y el objeto teórico de la lingüística, de modo que
estableció las bases metodológicos de esta ciencia.
La materia sobre la que versar la lingüística es el lenguaje como capacidad comunicativa
humana; pero, dentro de esta materia tan vasta, acota el objeto de estudio: el lenguaje verbal
humano, que aún queda difuso para convertirse en el objeto esta ciencia. De aquí que, precisando
aún más, defina el objeto teórico en el que se va a centrar: la lengua como sistema, como
estructura, prescindiendo de las múltiples realizaciones en que se materializa.
Según explica Robins (1987), desde un punto de vista histórico, las ideas de Saussure caen
bajo tres títulos:
1. Formalizó y explicitó las dos dimensiones fundamentales e indispensables de los estudios
lingüísticos: la dimensión sincrónica o descriptiva, merced a la cual las lenguas son consideradas
como sistemas de comunicación independientes en un determinado momento de la línea del
tiempo; y la dimensión diacrónica o histórica, en la que los cambios debidos al paso del tiempo son
tratados históricamente.
2. Distinguió la competencia lingüística del hablante, de los fenómenos o hechos lingüísticos
(las elocuciones), dándoles los nombres de langue (lengua) y parole (habla). El habla está formada
por los datos y hechos accesibles al observador, pero el objeto propio de estudio del lingüista está
en la lengua de una comunidad, en el léxico, la gramática y la fonología impuestos a cada individuo
por la sociedad en que se educa, y en la que habla y entiende.
3. Demostró que se ha de concebir y describir la lengua sincrónicamente como un sistema de
elementos lexicales, gramaticales y fonológicos que mantienen relaciones entre sí, y no como una
suma de unidades independientes. Esta es la teoría expresada en su afirmación de que una lengua
es forma, no sustancia, que ilustró con sus muy conocidas metáforas del ajedrez y de los trenes,
identificados y conocidos por el lugar que ocupan dentro del sistema, del juego o de la red de
ferrocarriles, y no por la composición sustancial de los mismos. En una lengua, estas interrelaciones
se basan en dos dimensiones fundamentales de la estructura lingüística sincrónica, la sintagmática
y la paradigmática.
a) Si contemplamos el eje de la selección, una determinada unidad estará en oposición con
las restantes de su clase porque las excluye. Así, la elección de rojo bloquea la posibilidad de que
aparezcan otros elementos como verde, azul, etc. En este caso, la unidad seleccionada contrae
relaciones paradigmáticas o asociativas, con respecto a las que han quedado al margen de la
selección (relaciones “en ausencia”).
b) Si contemplamos el eje de la combinación, una entidad estará en contraste o “convivencia”
con las restantes que aparezcan en un texto. Dado un enunciado como El coche chocó, el estará en
contraste con coche y coche, con chocará. Al estudio sintagmático le competerá señalar,
básicamente, los hechos de concordancia y régimen (relaciones “en presencia”).
Lo dicho anteriormente, que es sobre lo que basa todo el sistema de la lingüística moderna,
justifica la independencia que tiene la lingüística como ciencia autónoma.

De estas consideraciones se pueden inferir tres conceptos distintos de lengua:


1. La lengua entendida como acervo lingüístico. La lengua es, según Saussure, “una realidad
psíquica formada por significados e imágenes acústicas”, “un sistema gramatical virtualmente
existente en cada cerebro […] más o menos como un diccionario cuyos ejemplares, idénticos,
fueran repartidos entre los individuos”.
2. La lengua entendida como institución social. La lengua “es a la vez un producto social de la
facultad del lenguaje y un conjunto de convenciones necesarias adoptadas por el cuerpo social para
permitir el ejercicio de esa facultad en los individuos”.
3. La lengua entendida como sistema funcional. La lengua es “un sistema de signos distintos
que corresponden a ideas distintas”, “un juego de oposiciones”. En este sentido lo único esencial en
ella es que un signo no se confunda con otros.
La heterogeneidad de estas definiciones se resuelve si tenemos en cuenta que ninguna de
ellas conviene al habla: ésta es contingente (emisión ocasional), es individual y es realización parcial
de la lengua. Así pues, si la lengua no se corresponde con los hechos puramente concretos,
entonces no es sino una generalización que se obtiene en el ámbito de la abstracción científica.
La contraposición tan radical que hace Saussure entre lengua y habla ha motivado multitud de
interpretaciones, la más famosa de las cuales quizá sea la de Coseriu, a la que nos referiremos más
adelante. A pesar de todo, se ha mostrado muy fecunda para la ciencia lingüística y su metodología
que, desde entonces y hasta las corrientes pragmáticas, ha tenido un carácter inmanente y ha
seguido una metodología descriptiva que ha alcanzado grados de suma perfección en las diferentes
escuelas de investigación que se han ido desarrollando tras la publicación del Curso de Lingüística
General de Saussure en 1916, como la Escuela de Praga en fonología.

1.2. LAS APORTACIONES DEL ESTRUCTURALISMO

La estructura de la lengua consta, por tanto, de sus elementos o unidades situadas en


diferentes planos y de sus relaciones mutuas, pues la lengua tiene el carácter de un sistema basado
únicamente en la oposición de sus unidades concretas. Cada sistema está conformado por unidades
mutuamente condicionadas; a su vez, cada sistema se diferencia de los otros sistemas por la
organización interna de sus unidades, organización que constituye la estructura.
Adoptar un punto de vista metodológicamente estructural consiste en considerar la lengua
como un sistema organizado por una estructura que se ha de descubrir y describir. Este sistema
organiza una serie de unidades que se diferencian y se delimitan mutuamente. Los criterios
estructuralistas proclaman el predominio del sistema de la lengua sobre sus elementos y tratan de
conseguir una triple finalidad:
- Reducir la estructura del sistema a través de las relaciones de sus elementos.
- Mostrar el carácter orgánico de los cambios a que ha estado y está sometida la lengua.
- Predecir las situaciones de funcionamientos que aún no han sido inventariados en el
corpus de las realizaciones.
Por otro lado, las lenguas son sistemas productivos desde el momento en que un hablante
puede producir e interpretar mensajes nuevos ilimitadamente diferentes, con la única limitación de
que esos mensajes formen parte de dicha lengua. Ejemplos de esta propiedad pueden encontrarse
en diferentes parcelas del sistema. En el caso del léxico, los mecanismos de derivación permiten
obtener, a partir de una palabra básica, otras palabras formal y semánticamente emparentadas con
ella, ahorrándole así al hablante la tarea de tener que aprender en cada ocasión palabras
completamente distintas.
En relación estrecha con la productividad se encuentra la composicionalidad. Según Simone
(1993), este término se refiere al hecho de que las lenguas consienten, a partir de un elemento
cualquiera (sonido, sílaba, palabra, etc.), combinaciones de elementos de ilimitada variedad. Visto
así, las lenguas son intrínsecamente sintácticas, en tanto en cuanto permiten “poner juntos”
elementos simples para obtener elementos complejos en un continuum teóricamente ilimitado.
Asimismo, las lenguas son doblemente articuladas. A partir, sobre todo, de los trabajos de
André Martinet es habitual hablar de la doble articulación del lenguaje como una característica
distintiva de las lenguas naturales. Con ello se alude a que las unidades lingüísticas son resultado
de, al menos, dos tipos de procesos compositivos, diferenciados por la naturaleza de las unidades
que intervienen en ellos: en la primera articulación se encuentran las unidades mínimas dotadas de
significación, esto es, los monemas; en la segunda articulación se distinguen las unidades mínimas
carentes de significado o fonemas. Por ejemplo, leonera es analizable en dos monemas: el lexema
león y el morfema –era, que podemos encontrar en otras formaciones con un significado similar:
perrera, osera. En cambio, en el lexema león, cuando es dividido en elementos menores, no
encontramos ya unidades significativas, sino unidades carentes de significado: los fonemas /l/, /e/,
/o/, /n/.
La productividad, la composicionalidad y la doble articulación del lenguaje justifican la
consideración de cinco axiomas con los que ha trabajado la lingüística del siglo XX, especialmente la
lingüística estructuralista. Estos cinco axiomas, con palabras de Simone, son:
1. Niveles de análisis. Teniendo en cuenta que las lenguas son objetos complejos, para
afrontar su estudio es necesario hacerlas lo más manejables posibles. Toda lengua, por tanto, se
descompone en distintos niveles de análisis, cada uno de los cuales se puede estudiar
independientemente, y entre los cuales, además, se pueden detectar interrelaciones. Los niveles de
análisis son los siguientes: fonología, morfología, sintaxis y léxico.
2. Jerarquía de niveles. Entre los niveles de análisis existe una relación jerárquica, en el
sentido de que cada nivel está hecho de los elementos del nivel inferior, y constituye con los
propios elementos el nivel superior. Por ejemplo, la morfología “está hecha” de elementos
fonológicos y constituye con su propio material el nivel sintáctico.
3. Segmentación. Utilizando metodologías apropiadas, en cada nivel de análisis se pueden
efectuar segmentaciones, es decir, seccionar la cadena lineal del enunciado en elementos
sucesivos. La segmentación recalca la doble articulación de los elementos lingüísticos.
4. Unidades mínimas. En cada nivel el análisis llega a una unidad que ya no puede
segmentarse de nuevo sin, con eso, pasar el nivel inferior. Esas unidades no segmentables se
denominan unidades mínimas de ese nivel. En general, las unidades mínimas en lingüística van
marcadas a menudo con el sufijo –ema.
5. Economía y recurrencia. Las unidades mínimas de todo nivel tienen un número limitado.
La limitación cuantitativa es tanto mayor cuanto más se avanza de un nivel superior a otro inferior.
El número de unidades mínimas de la fonología es, por ejemplo, inferior al de las unidades de la
morfología. Las lenguas funcionan con un número mínimo de unidades básicas (por ejemplo, en el
nivel fonológico ninguna lengua tiene más de cuarenta fonemas) que, al combinarse entre sí, dan
lugar a un número más alto de unidades en el nivel superior, y así sucesivamente. Esto significa
también que la misma unidad de un determinado nivel tiene que ser recurrente, o sea, tiene que
poder aparecer un número ilimitado de veces en la enunciación.

2. LA NORMA LINGÜÍSTICA
2.1. LA NORMA PRESCRIPTIVA

Cuando una comunidad lingüística está compuesta por un número elevado de individuos que
ocupan un vasto espacio geográfico, existe una serie de factores que determinan la diversificación
de la actividad lingüística. Este tipo de sociedad, en la que conviven diferentes variedades
lingüísticas sociales y geográficas, exige la necesidad de una variedad que funcione como vehículo
de comunicación en el conjunto de esa colectividad y que tenga carácter de lengua común. Esta
variedad, que se suele denominar variedad estándar, representa el uso correcto del conjunto de
normas y hábitos lingüísticos seleccionados y aceptados por los propios hablantes.
Este concepto de norma viene a coincidir con el concepto que la tradición gramatical, anterior
al cientifismo, tenía de la gramática: un mecanismo prescriptivo o preceptivo que regulará el buen
uso del idioma. Ahora bien, este modelo de corrección, encargado normalmente a las Academias de
la Lengua, no prescribía arbitrariamente sino atendiendo fundamentalmente a tres criterios:
concuerda más con los hábitos generales de la lengua; o bien admite una justificación lógica; o bien
tiene una explicación en la propia historia de la lengua. La finalidad del hecho preceptivo era fijar
un modelo “ideal” de la lengua, amparado frecuentemente en la tradición, que sirviera de vehículo
de comunicación a todos los hablantes, al margen de sus circunstancias y que ejerciera una
influencia estabilizadora.
Esta variedad puede quedar delimitada atendiendo a ciertas propiedades, funciones y
actitudes que Carbonero (1981) resume así:
- Propiedades:
a) Intelectualización. La variedad estándar sirve a los hablantes para expresarse y
comunicarse no solo acerca de las realidades inmediatas propias de una situación coloquial
o familiar, sino para expresar todo tipo de conceptos intelectuales, científicos, culturales…
en ámbitos coloquiales.
b) Estabilidad. La variedad estándar debe disponer para los hablantes de unas reglas estables
(aunque flexibles) acerca de su uso, que no ofrezcan dudas respecto de lo que es adecuado
e inadecuado.
c) Arraigo. Los rasgos de la variedad estándar, que han de ser considerados por los hablantes
como propios, pertenecientes a su acervo histórico, deben identificarles culturalmente.
- Funciones:
a) Funciones de prestigio. Los rasgos que caracterizan esa norma son prestigiados
socialmente y considerados como de “bien hablar”.
b) Función unificadora/separadora. Todos los hablantes que siguen claramente una variedad,
que ellos consideran de prestigio, se sienten unidos como participantes de ese “modo de
hablar” determinado y, al mismo tiempo, eso les hace diferenciarse, separarse de otros
grupos.
- Actitudes:
a) Conciencia lingüística. Los hablantes son conscientes de que las normas que siguen, o al
menos que deberían cumplir, son las más adecuadas.
b) Lealtad lingüística. Esto se traduce en una actitud de no huir de los rasgos que definen su
modo de hablar y de intentar cumplirlos en lo posible.

2.2. LA NORMA SEGÚN COSERIU

Algunos lingüistas creyeron posible recuperar la palabra “norma” y utilizarla en un sentido


nuevo, mediante el cual ya no sirve para distinguir un uso particular de la lengua. El primer
antecedente de norma lingüística está en la base del pensamiento saussureano, si bien no su
formulación, ante la consideración del carácter social de la lengua. En Los principios de fonología,
Trubetzcoy también captó el concepto de norma dentro de las variantes facultativas al considerar
que estas podían ser generales e individuales.
Ahora bien, la aportación fundamental para el tratamiento del concepto de norma ha sido la
expuesta por Eugenio Coseriu, recogida en su obra Teoría del lenguaje y lingüística general. Coseriu
convierte la dicotomía lengua/habla en sistema, norma y habla. Para Coseriu, la dicotomía de
Saussure es muy rígida porque no permite saber cómo se pasa del sistema abstracto a las
realizaciones concretas del habla, para lo que introduce un nivel intermedio de abstracción llamado
“norma”.
Coseriu parte de que la única realidad investigable no es, como creía Saussure, el sistema sino
el acto concreto de habla y de éste habrá que partir para cualquier análisis inmediato. Para él cada
acto de habla individual es un acto de creación inédito, pero, a su vez, es un acto de re-creación que
se estructura sobre modelos precedentes que los nuevos actos contienen. En un primer grado de
formalización, esos actos, que son simplemente normales y tradicionales en la comunidad y
contienen sólo lo que en el hablar concreto es repetición de modelos anteriores, constituyen lo
que llamamos norma; pero, en un plano de abstracción más alto, se desprenden de ellos mismas
una serie de elementos esenciales e indispensables, de oposiciones funcionales: lo que llamamos
sistema. El sistema contiene, por tanto, sólo lo que en la norma es forma indispensable, oposición
fundamental.
Lo que en realidad se le impone al individuo, limitando su libertad expresiva y comprimiendo
las posibilidades ofrecidas por el sistema es la norma, que se presenta como un conjunto de
realizaciones obligadas, de imposiciones sociales y culturales, y varía según la comunidad de
hablantes. He aquí algunos hechos de norma en cada uno de los niveles de la lengua:
a) Nivel fónico.
En español no existe oposición distintiva entre vocales abiertas y cerradas en el sistema; ves
tiene una e cerrada, mientras que ver tiene una e abierta. El hecho de pronunciarlas
indistintamente en uno u otro caso no provocará un cambio de palabra, pero resultará anormal.
Nos encontramos, pues, con un único fonema en el sistema, con dos variantes típicas den la norma
y una infinidad de realizaciones individuales y ocasionales en el hablar concreto.
b) Nivel morfológico.
Los errores en los que incurren los niños al hacer participios analógicos del tipo rompido son
hechos de norma, ya que precisamente el sistema determina que esta debería ser su formulación
según los modelos de los verbos en –er (comido). Es precisamente la norma –histórica o etimológica
en este caso- la que ha fijado formas contrarias al sistema.
c) Nivel sintáctico.
Dice Coseriu que “entre las variantes de un esquema sintáctico permitidas por el sistema, una
puede considerarse como la realización normal en la lengua dada, mientras que las demás, o son
anormales, o adquieren normalidad sólo en una determinada convención estilística”. En latín el
sistema permitía decir Petrus Paulum amat, Paulum Petrus amat, Petrus amat Paulum, Paulum
amat Petrus, Amat Petrus Paulum y Amat Paulum Petrus, pero sólo la primera de estas
combinaciones sintagmáticas era considerada la normal.
d) Nivel léxico.
En cuanto a la norma se comprueba, según Coseriu, que “entre las variantes admitidas por el
sistema, tanto desde el punto de vista significativo como desde el punto de vista formal”, una de
esas variantes se considera la normal frente a las demás que o son anormales o poseen algún valor
estilístico. Un ejemplo claro lo ofrece la sinonimia. Se dice, por norma, perro rastrero y no can
rastrero (a pesar de que en el sistema son sinónimos), mientras que en astronomía hay Can mayor
pero no Perro mayor.
De ello se deduce que la norma puede coincidir con el sistema (cuando el sistema ofrece una
única posibilidad), así como la realización individual puede coincidir con la norma, pero esto no
implica que no se refieran a distintos planos de abstracción. La distinción queda patente sobre
todo cuando el sistema admite una serie de variantes de realización, aparentemente facultativas.
Por otro lado, no todas las asociaciones posibles en el sistema se dan en la norma: precisamente la
labor creativa del lenguaje, especialmente en la lírica, consiste en descubrir nuevas asociaciones
significativas (imágenes) o formales (recurrencias), virtualmente existentes en el sistema, pero
inéditas en la norma.
La conexión entre las dos acepciones de norma es clara: la norma académica o prescriptiva se
basa generalmente en la aceptación como correcto de un uso que se ha generalizado y se ha hecho
común entre los hablantes, es decir, que se ha convertido en norma lingüística, ya que lo más
frecuente es que la “norma normal” se adelante a la “norma correcta”, es decir, sea siempre
anterior a su propia codificación.

3. VARIEDADES SOCIALES Y FUNCIONALES DE LA LENGUA


3.1. LA VARIACIÓN INTRALINGÜÍSTICA
La lengua no es un código ni uniforme ni rígido, ya que en el aspecto mismo del hablar los
diversos hablantes adaptan las reglas del sistema a sus propias peculiaridades, rompiendo la
uniformidad del código. Las diferentes circunstancias sociales, geográficas e, incluso individuales,
contribuyen a que existan, desde el punto de vista sincrónico, diversas formas de usar una misma
lengua; es decir, el sistema se encuentra interiormente diferenciado. Por otra parte, el lenguaje
compartido es una forma de cohesión social, de aquí que los distintos grupos presenten ciertos
hábitos lingüísticos que los caractericen frente a los demás y actúen como signos de identidad.
Podemos definir una variedad de lengua como el conjunto de hábitos lingüísticos
caracterizados (rasgos fonéticos, morfosintácticos y léxicos) que se asocian con un tipo particular de
relación geográfica, social o situacional. Dadas dos o más variedades se comprueba que pertenecen
a la misma lengua cuando cumplen estos requisitos: la recíproca comprensibilidad de los hablantes
de una y otra variedad; una gran homogeneidad en la estructura del sistema de niveles; la adopción
y uso por varios hablantes de la misma comunidad social.
Cada uno de los factores citados da lugar a variedades diferentes de una misma lengua:
- Una variedad geográfica (o diatópica) es el conjunto de rasgos fonéticos, morfosintácticos
y léxico-semánticos que definen una lengua utilizada por los hablantes de una determinada zona
geográfica. Así, distinguimos la forma de hablar de un andaluz, un extremeño o un argentino. En
líneas generales, estas variedades tienen un origen histórico: se han formado como consecuencia
de la evolución autónoma de la lengua común en cierta zona. La disciplina que se encarga del
estudio y caracterización de las variedades geográficas –también llamadas dialectos- es la
Dialectología, cuyo objetivo es describir comparativamente los diferentes dialectos en los que una
lengua se diversifica en el espacio y establecer sus límites.
- Una variedad social (o diastrática) es aquélla que viene determinada por diversos factores
relacionados con la organización y la estratificación de la sociedad, como el nivel cultural de los
hablantes, el sexo, la edad, la profesión, etc. Cada uno de estos factores permite distinguir grupos
sociales más o menos definidos en los que, por desempeñar papeles o funciones diferentes dentro
de la sociedad, se observa un uso peculiar de la lengua. Del estudio de estas variedades,
denominadas en general sociolectos, se ocupa la Sociolingüística, que se ha preocupado de conocer
la diversidad interna de cada lengua dentro del contexto social en que se produce y las variaciones
sistemáticas correlacionadas de la estructura lingüística y la estructura social.
Los dos últimos tipos de variación que hemos señalado determinan cuál es la lengua del
usuario o idiolecto, es decir, la realización particular de la lengua común en cada uno de los
hablantes que forman la comunidad lingüística. La identidad de cada hablante o idiolecto es, por
tanto, producto de su procedencia geográfica, de sus condicionamientos sociales y de su grado de
instrucción. Un idiolecto es, por ejemplo, el que corresponde a una mujer joven, culta y de Jaén.
El tercer tipo de variación lingüística, la variación funcional o diafásica, es la que define, no el
código o modelo de lengua que el hablante tiene interiorizado sino el uso que de ese código hace
en un momento determinado dependiendo de la situación comunicativa en la que se encuentre. Un
usuario, pongamos por caso un cacereño de nivel culto –que domina, por tanto, el código
elaborado del castellano en su variedad dialectal extremeña-, utiliza de manera distinta la lengua
cuando se encuentra conversando con los amigos en un bar que cuando ha de dar una conferencia
ante un público selecto. La distinta relación que establece con sus interlocutores y oyentes, el papel
social que desempeña en cada uno de esos casos (amigo/conferenciante) y el diverso ambiente en
el que se encuentra determinan que haya de emplear un registro o estilo de lengua diferente en un
acto comunicativo y en otro.
Afirma Hudson (La Sociolingüística) que el dialecto (o sociolecto) de cada individuo muestra
quién (o qué) es uno, mientras que el registro de cada individuo muestra qué es lo que uno está
haciendo.

3.2. LA VARIACIÓN SOCIAL O DIASTRÁTICA

La existencia de distintas variedades sociales de lengua (o sociolectos) se justifica por la


intuición generalizada de que en comunidades histórica y geográficamente unitarias se pueden
observar diferencias considerables en el uso de una lengua entre unos y otros hablantes, en virtud
de ciertos factores de carácter social. Aun cuando la lengua común o la variedad dialectal sea la
misma, hay variantes lingüísticas que se convierten en un medio de identificación social puesto que
caracteriza a unos grupos de hablantes frente a otros.
Los factores que pueden determinar esas diferencias son, en general, muy diversos: raciales,
religiosos, de origen (en el caso de comunidades con fuerte presencia de inmigrantes), económicos,
culturales, generacionales, etc. Basta con pensar en grandes urbes como Nueva York, con toda su
extensión y complejidad, para comprender la diversidad de variedades sociales de una misma
lengua que pueden llegar a contender. Para el caso que aquí nos interesa, que es el de los
sociolectos del castellano, se han propuesto los siguientes factores de diferenciación:
a) El nivel sociocultural de los hablantes.
b) El entorno.
c) Las actividades grupales.
d) Otros factores de repercusión lingüística menor, como la edad o el sexo.

3.2.1. VARIEDADES SOCIOCULTURALES

Ha sido habitual buscar una relación inmediata entre la posición económica de los hablantes
y el uso de la lengua: de esta forma, se habla a menudo de lengua culta, de un nivel medio de la
lengua y de lengua popular, distinción que pretende ser el correlato de los tres estratos en los que
se supone dividida la sociedad: clase alta, media y baja. Es evidente que tal planteamiento resulta
deformador y nada explicativo: ni la división de la sociedad en grupos es tan simple y mecánica, ni
existe tal correspondencia con el uso de la lengua.
Más aceptable parece la oposición entre código elaborado y código restringido. Se basa en la
idea de que las diferencias lingüísticas entre hablantes de distinto nivel social proceden de su
diferente grado de instrucción. Es precisamente el nivel cultural del hablante el que más contribuye
a un uso distinto de la lengua. La relación cultura/clase social no es biunívoca, pero es evidente que
el estatus social está en relación con el nivel económico y que las posibilidades de acceso a la
cultura de un individuo están muy condicionadas por su nivel económico.
Tres son los rasgos que caracterizan al código elaborado: la precisión en las designaciones y
en la expresión, la tendencia a la corrección frente a la norma, y la riqueza y variedad de los
elementos lingüísticos que utiliza. Intenta, por tanto, emplear la lengua explotando todas sus
posibilidades referenciales y expresivas y cuidándolas al máximo en todos sus planos:
- En el plano fonológico, el hablante procura mantener la pronunciación correcta de los
fonemas, evitando las relajaciones articulatorias que son habituales en el uso descuidado e informal
- En el plano morfosintáctico, lo característico es el rigor en la expresión mediante el empleo
de construcciones sintácticas bien estructuradas. El uso de la subordinación es más frecuente que
en el código restringido. En este sentido, también es característico el uso de muy variadas
conjunciones y locuciones conjuntivas, lo que permite que se puede evitar la repetición constante
de las mismas estructuras sintácticas.
- En el plano léxico-semántico, es característica la gran riqueza léxica, lo que permite al
hablante designar los referentes y matizar las expresiones con mayor precisión y rigor, y también
utilizar fácilmente la variación sinonímica para evitar la constante repetición de los mismos
términos. Por otro lado, su léxico es también más selecto: abundan los sustantivos abstractos y los
diversos tecnicismos que incorpora a su vocabulario personal.
Algún estudioso ha calificado el código restringido como pobre, rutinario, impersonal, poco
matizado, uniformador de las relaciones y simplificador de los conceptos. Se suelen dar los
siguientes como rasgos propios del código restringido:
- En el plano fonológico, es habitual la tendencia a la relajación articulatoria, tanto de
grupos consonánticos cultos ([istitúto]), como de consonantes en posición final ([berdá]) o
intervocálica, sobre todo en los participios, en los que la –d- cae regularmente ([tiráo]). Con
frecuencia, esta pérdida de consonantes da lugar a contracciones de las dos vocales que quedan en
contacto, produciéndose formas como arreglá (< arreglada) o pa (< para).
- En el plano morfosintáctico, domina la misma simplicidad que en el léxico. Las oraciones
suelen ser gramaticalmente simples y con frecuencia no acabadas. Las dificultades para construir
una sintaxis más elaborada se manifiestan a menudo en el recurso a muletillas que suspenden el
discurso y dejan que sea el oyente el que suponga su continuación (…y me dice que ya era tarde y
que no tenía tiempo y tal…), y en la frecuencia de anacolutos (cambios de construcción en mitad de
un enunciado: Yo, aunque he llegado tarde, me parece que tiene razón). En la enunciación de ideas
complejas, la coordinación y la yuxtaposición predominan ampliamente sobre la subordinación.
Además, los enlaces conjuntivos son poco variados y se repiten a menudo (… y… y… y…). Las
relaciones lógicas entre las ideas quedan con frecuencia implícitas y ha de ser el oyente quien las
infiera a partir del contexto.
- En el plano léxico, es considerable la limitación del vocabulario activo: entre los vocablos
que el hablante utiliza habitualmente abundan términos de uso común, de significado muy genérico
o de carácter polisémico: palabras baúl como cosa, gente, hacer, poner o tener recubren el discurso
adoptando en cada caso significados contextuales diversos. Es frecuente el uso impropio de
palabras cuyo significado se desconoce o se confunde: Es adepto a las drogas (por adicto). El léxico
es, pues, poco preciso, por lo que la expresión suele ser escasa en matices, que el hablante ha de
suplir mediante otros recursos: la intensidad en la entonación, la expresividad gestual, el empleo
frecuente de interjecciones, el valor afectivo con el que se cargan ciertos elementos lingüísticos (-
Mira qué cosita), la reiteración (Se quedó blanco, blanco, blanco, que parecía que se iba a
desmayar), etc. En este mismo sentido, es muy significativo el uso frecuente de un léxico grosero
(los tacos, por ejemplo), que hay que entender más como un pobre recurso de expresividad que
como provocación o desconsideración hacia el oyente. Dada la limitación del léxico, el empleo de
variantes sinonímicas para evitar la repetición de la misma palabra se hace muy difícil, por lo que el
discurso resulta a veces reiterativo.
El sociólogo Bernstein ha utilizado los términos elaborated code (código elaborado) y
restricted code (código restringido) aplicándolos al uso que hacen de la lengua las distintas clases
sociales. El primero se asociaba a la clase trabajadora, mientras que el segundo, el de las ricas
manifestaciones lingüísticas, predomina en la clase media-alta. No obstante, la distinción no
conecta sólo con las diferencias de clases sociales sino también con los registros. Así, según
Bernstein, la simplificación estructural y la limitación del vocabulario característicos del código
restringido implican un sistema de presuposiciones, de experiencias y expectativas compartidas,
que hace posible el dominio de lo implícito en el nivel de las significaciones, de ahí que se asocie a
las relaciones de solidaridad e intimidad entre los participantes en el acto discursivo; en cambio, el
código elaborado supone una distancia entre los participantes del acto comunicativo; de ahí la
necesidad de lo “explícito”, de elaborar lingüísticamente los significados para suplir la falta de
conocimientos compartidos. La estructura social brinda, por tanto, ciertos modos de hablar que
están relativamente consolidados como códigos.

3.2.2. VARIEDADES MOTIVADAS POR EL ENTORNO

Las diferencias que se observan entre determinados entornos sociales, como las ciudades y el
campo, hacen suponer que puede haber también variantes lingüísticas que distinguen a los
hablantes de unas y de otro. Hace varias décadas los estudios que analizaban esas diferencias
apuntaron que la variedad rural se caracterizaba por su mayor aislamiento y, como consecuencia
de ello, por su mayor resistencia a las innovaciones lingüísticas. Como rasgos particulares se
señalaba su léxico conservador, pues pervivían numerosos arcaísmos y términos específicos que se
desconocían en la ciudad, y la mayor tendencia a la entonación y pronunciación relajadas. Frente a
ello, la variedad urbana parecía más renovadora, más abierta a las modas lingüísticas y a los
cambios producidos por la evolución social. Hoy en día, sin embargo, tales diferencias no parecen
interesar demasiado por dos razones fundamentalmente: la primera, porque algunos de los rasgos
señalados pueden explicarse por otros factores; así, la pervivencia de un léxico específico, ligado a
las labores agrícolas, no es distinta de la que se observa en otras ocupaciones, como carpinteros o
zapateros; en segundo lugar, porque el habla rural está perdiendo su especificidad por la presión
uniformadora de los medios de comunicación y el aislamiento cultural de las zonas rurales es hoy
mucho menor, por lo que resulta lógico que las diferencias lingüísticas tiendan a borrarse.
La ciudad interesa ahora a los sociolingüistas por otras razones. El desarrollo urbano y el
fenómeno de la inmigración característico de las últimas décadas las ha convertido en núcleos de
convivencia de grupos humanos muy diferentes por origen geográfico y social y, por tanto, en un
verdadero crisol de lenguas y de variedades lingüísticas diversas. Por un lado, la población
inmigrante tiende a mantener su cultura, sus tradiciones y sus peculiaridades lingüísticas, sobre
todo si la distribución urbanística potencia su segregación en determinados barrios. Por otro, el
contacto entre las distintas comunidades, la influencia de la enseñanza y de las instituciones, etc.,
propician la progresiva neutralización de las diferencias, especialmente en los hablantes más
jóvenes. Esta tensión entre la tendencia a la diversidad y la tendencia a la integración produce
fenómenos lingüísticos peculiares que han despertado el interés de la moderna sociolingüística:
contacto entre lenguas y variedades diferentes, bilingüismo, diglosia...

3.2.3. VARIEDADES DE LENGUA EN LOS GRUPOS ESPECÍFICOS


Ciertos grupos sociales, definidos por algún tipo de relación específica como, por ejemplo, la
edad, las costumbres, la profesión u otro tipo de actividad común, puede desarrollar una variedad
de lengua especial que emplean sus miembros para comunicarse dentro del grupo. A estas
variedades grupales se las denomina jergas y se caracterizan por mantener la base gramatical de la
lengua y variar el léxico, constituido por palabras propias (piltra, pinrel…) o bien por palabras ya
existentes a las que se da un significado distinto (pipa ‘pistola’, saco ‘cárcel’…).
Este léxico diferente del común se forma en unas variedades por las necesidades designativas
propias de una determinada actividad: así, por ejemplo, la jerga utilizada por los pescadores o la de
los médicos. En estos casos, se trata de variedades específicas de una profesión, lenguas de
especialidad que exigen del hablante cierta formación o experiencia, pues su principal característica
es el uso de términos específicos o tecnicismos que resultan necesarios para denominar referentes
que son exclusivos de su trabajo, aunque puedan llegar a la lengua común.
Otras jergas tienen como finalidad afirmar la cohesión interna del grupo y diferenciarlo de
otros. Entre ellas, las más importantes y conocidas son las jergas juveniles y las empleadas por
determinados grupos marginales. Las jergas marginales, además de reforzar la cohesión y
solidaridad del grupo, pretenden también formar un código lingüístico especial que sólo conozcan
sus miembros, de manera que nadie más que ellos pueda tener acceso a los mensajes. A la jerga
que busca el secreto y la ocultación se la suele denominar también argot. Este carácter tiene, por
ejemplo, el talegario, el lenguaje hablado en la cárcel. El más antiguo y representativo es el caló, la
lengua específica de los gitanos. Las jergas de grupos marginales evolucionan con mucha rapidez,
primero porque algunos de los vocablos acaban siendo muy conocidos incluso fuera del ámbito
marginal, por lo que dejan de cumplir su función de ocultación y deben ser sustituidos por otros;
segundo, porque el frecuente contacto entre sus miembros en los mismos ambientes hace que
haya un trasvase constante de términos de unas a otras, formándose así una especie de fondo
común de términos jergales que caracteriza el habla de los ambientes marginales.

3.2.4. VARIEDADES MOTIVADAS POR LA EDAD Y EL SEXO

Suele afirmarse que la edad del hablante influye en la capacidad de adaptación a los cambios
lingüísticos: los hablantes jóvenes son más receptivos ante las innovaciones, especialmente las
léxicas. Frente a ellos, en los hablantes de más edad se observa una tendencia más fuerte al
conservadurismo. No debe extrañar tal diferencia: en los jóvenes, el sistema lingüístico está todavía
en plena formación, mientras que en los adultos los usos están mucho más consolidados, lo que
explica, por ejemplo, por qué en los casos de la población inmigrante los niños y adolescentes
alcanzan antes la integración lingüística en la nueva comunidad.
Otro rasgo que distingue el habla según grupos de edad es el uso de la lengua por los jóvenes
como un símbolo de diferenciación generacional: el habla, como el vestido, se convierte en un
instrumento mediante el cual pretenden establecer una distinción con los adultos y afirmar su
independencia respecto a ellos. Eso les lleva a crear jergas características.
Lugar aparte merecería el lenguaje infantil, por el cual se han interesado los psicolingüistas,
sobre todo por lo que puede revelar sobre la estructuración del lenguaje y sus relaciones con el
pensamiento y la capacidad cognitiva del ser humano. Como no hay espacio para entrar en una
caracterización detallada, baste con saber que sus rasgos fundamentales son la vacilación (fonética,
morfosintáctica y léxica) debida al proceso de aprendizaje, y el constante uso de la analogía (quero,
queres por analogía con otras formas del verbo querer: queremos, queréis…).
En cuanto a las diferencias lingüísticas entre hombres y mujeres, se consideran hoy en día
menos trascendentes. El sexo no es en sí mismo un factor lingüísticamente determinante. Las
diferencias que pueden observarse en el uso de la lengua entre hombres y mujeres derivan de su
situación en la sociedad: si las formas de vida, las costumbres, la educación, la integración laboral,
etc., son muy distintas para unos y otras, las peculiaridades en los usos lingüísticos serán,
evidentemente, más significativas; en cambio, en las sociedades donde más se ha avanzado en la
integración social de la mujer la diferenciación tiende a desaparecer. Como explica Pilar García
Mouton (1999), en principio no hay rasgos más femeninos o más masculinos que otros. Sin
embargo, existen unas preferencias de uso por parte de las mujeres que marcan ciertos rasgos –
ciertos adjetivos valorativos como bonito, mono, ideal, divino o lindo; el uso frecuente de
diminutivos, de intensivos y de vocativos cariñosos; una pronunciación más cuidada que la de los
hombres, etc.- y por eso, a pesar de no ser exclusivamente femeninos, los hombres tienden a
evitarlos.

3.3. LA VARIACIÓN FUNCIONAL O DIAFÁSICA

Además de las variedades debidas a factores sociales y culturales, existen otras que se deben
a factores situacionales. Sea cual sea su nivel de competencia, el hablante pone en juego su
dominio de la lengua para elegir, dentro de sus posibilidades, aquellos elementos que le son útiles
para cada ocasión comunicativa. Este conjunto de elementos (su presencia, su frecuencia) dibuja el
perfil del registro lingüístico. Responde a lo que se llama variación diafásica, que se inserta en un
parámetro que va desde las posturas más coloquiales y espontáneas a las más formales según el
grado de participación de la conciencia lingüística en el momento de hablar: en el estilo
espontáneo la conciencia apenas si está presente; sin embargo, los registros se van haciendo más
formales conforme aumenta la presencia de la conciencia. Los registros son, por tanto, mecanismos
que permiten la adecuación del discurso al contexto y dependen de la adaptación concreta que el
usuario realiza de las variedades funcionales que domina.
Los factores que condicionan, orientan y a veces determinan el registro utilizado por un
hablante son tres:
a) El medio o canal empleado para la comunicación.
b) La llamada atmósfera o tensión comunicativa.
c) El dominio de la comunicación.

3.3.1. VARIEDADES DEPENDIENTES DEL CANAL

El canal permite distinguir entre dos variedades funcionales de la lengua muy definidas: el uso
oral y el uso escrito. No puede considerarse la lengua escrita como una mera transcripción gráfica
de la oral: empleamos lo oral y lo escrito en situaciones diferentes y, además, ambos usos poseen
características peculiares que los diferencian considerablemente uno de otro.
Teniendo en cuenta la situación y el contexto lingüístico, la diferencia fundamental estriba
en que la comunicación oral se desarrolla con los interlocutores presentes, por lo que emisor y
receptor comparten situación comunicativa: las circunstancias espacio-temporales son las mismas
para ambos. La escrita, en cambio, es una comunicación diferida y en ausencia, por lo que la
situación de emisión y de recepción es diferente. Ciertamente, el desarrollo tecnológico ha alterado
esta correlación: la conversación telefónica constituye una comunicación oral simultánea a
distancia; la grabación y reproducción magnetofónica permite la comunicación oral diferida; hoy en
día Internet facilita la posibilidad de establecer comunicaciones escritas simultáneas a distancia.
Con todo, las diferencias fundamentales entre lo oral y lo escrito permanecen en lo esencial.
Ello supone que la comunicación oral se caracteriza por la linealidad, la agilidad y la
interacción. El hablante, normalmente, no puede prever el desarrollo del discurso, que transcurre
en tiempo real, sin posibilidad de vuelta atrás y sujeto, además, a las intervenciones o reacciones
del interlocutor. La necesaria agilidad provoca frecuentes errores e imprecisiones que el emisor no
puede suprimir, dado el carácter lineal de la elaboración del discurso, sino, como mucho, rectificar,
aclarar o matizar en enunciados posteriores. La interacción permite que el mensaje pueda
redefinirse constantemente, no sólo en la conversación, donde el interlocutor puede intervenir
como emisor en cualquier momento, sino incluso en otros tipos de comunicación oral más
formalizados, como una conferencia, donde el hablante observa las reacciones de sus oyentes y
ajusta también a ellas su discurso.
Por el contrario, la comunicación escrita se caracteriza por el detenimiento en la elaboración
y el carácter cerrado del discurso. La recepción del texto no se va a realizar inmediatamente, por lo
que el emisor puede invertir -salvo excepciones, como, por ejemplo, en un examen- cuanto tiempo
desee en su producción. Ello permite la planificación del discurso y la posibilidad de corregir y
rectificar previamente a la emisión: en cierto sentido, el texto escrito no es lineal cuando se está
elaborando, porque el autor puede volver atrás, borrar, corregir o insertar cuantas veces considere
preciso hasta conseguir el resultado deseado. Pero una vez emitido, éste es irreversible, aparece
como una obra terminada, cerrada, lo que hace de la planificación una necesidad: el emisor no
podrá alterar el discurso al hilo de las reacciones del receptor porque en el texto escrito la
interacción no es posible y está obligado a prever esas reacciones.
El hecho de que en la comunicación oral emisor y receptor compartan la misma situación
comunicativa explica también el valor de los elementos deícticos y el recurso a la capacidad de
inferencia por parte del receptor.
- Es característico de la lengua oral el uso de pronombres y adverbios deícticos. La deixis es
un mecanismo que las lenguas han habilitado para anclar el mensaje en unas coordenadas espacio-
temporales. Constituyen, por tanto, referencias directas a la situación que, aunque no son
privativas del habla oral, adquieren en ella toda su vigencia: buena parte de las expresiones sólo
cobran sentido si hablante y oyente comparten la misma situación. Un enunciado como Mañana te
veo aquí a esta misma hora tiene sentido como parte de una conversación y puede ser
comprendido sin dificultad por el receptor, pero es imposible descifrarlo si está escrito en un papel
que hemos encontrado casualmente en la calle.
- Comunicarse es mucho más que cifrar y descifrar las secuencias lingüísticas:
constantemente hay que inferir significados implícitos, es decir, deducir información que no está
presente en los enunciados estableciendo relaciones entre éstos y el contexto lingüístico o la
situación. En la comunicación oral el grado de inferencia es mucho más alto que en la escrita, ya
que está frecuentemente apoyada en la situación comunicativa, la cual permite al oyente inferir a
partir de ella significados fundamentales para la comprensión de un mensaje. En cambio, el emisor
de un texto escrito tiene que hacerlos explícitos lingüísticamente, incorporando al discurso
elementos de la situación, muchos de los cuales se dejan como supuestos en el mensaje oral.
Finalmente, el carácter diferido del texto escrito y su elaboración en ausencia del receptor
facilitan la posibilidad de que pueda ser planificado y elaborado cuidadosamente por el emisor.
Por ello se dice que, en general, el lenguaje escrito muestra un mayor grado de formalización y de
rigor en la corrección normativa. La escritura suele presentar unas estructuras más rígidas que la
lengua oral, tanto desde el punto de vista sintáctico, como desde el punto de vista textual. Lo
normal es que los hablantes, al menos los del nivel culto, procuren mantener la corrección
lingüística en todos sus niveles (ortográfico, morfosintáctico y léxico), y alcanzar la adecuación,
coherencia y cohesión textual necesarias para asegurarse del pleno éxito de la comunicación. Del
mismo modo, en la variedad escrita suelen difuminarse los rasgos de carácter dialectal. La variedad
oral, por su inmediatez, su linealidad y su carácter abierto, suele dar lugar, en cambio, a estructuras
menos planificadas y rígidas, tolera más la aparición de incoherencias y permite, por supuesto, la
aparición de los rasgos propios de la variante dialectal del hablante.
De todos modos, cuanto acabamos de decir tiene una validez parcial. Caracteriza a la mayoría
de los textos orales y escritos, pero no debe olvidarse que el grado de elaboración de un texto está
sujeto también a otros factores, como la capacidad lingüística del hablante. Es obvio que un
hablante con un nivel de formación lingüística bajo producirá textos escritos sin planificar,
incorrectos desde el punto de vista de la norma, poco coherentes y faltos de cohesión, con lo que
habrá poca diferencia con sus habituales discursos orales: se dice entonces que “escribe como
habla”; en cambio, un hablante especialmente preparado y muy habituado a hablar en público será
capaz de improvisar discursos orales altamente formalizados (“habla como escribe”).

3.3.2. VARIEDADES DEPENDIENTES DE LA ATMÓSFERA

El tipo de relación que se establezca entre los interlocutores (de igualdad o diferencia de
jerarquía, de intimidad o distancia, de confianza o desconfianza, etc.) crea unas determinadas
condiciones de comunicación que denominamos atmósfera. Estas condiciones pueden ser muy
diversas. En la vida diaria nos vemos implicados en tal cantidad de actos comunicativos con
interlocutores tan diferentes, que resulta difícil encontrar criterios claros que permitan definir y
clasificar la atmósfera que caracteriza cada uno de ellos.
- Con un criterio más intuitivo que objetivo se suele distinguir entre situaciones formales y
situaciones informales de comunicación, que dan lugar a dos variedades funcionales de la lengua
distintas: el uso formal y el uso informal. Las primeras se caracterizan por un alto grado de tensión
comunicativa entre los interlocutores, que se obligan a cumplir una serie de requisitos que afectan
a la expresión lingüística: la selección de la forma de tratamiento (tú/usted), el uso de mecanismos
de atenuación en enunciados exhortativos (¿Podría atenderme unos segundos?) o el empleo de
ciertas fórmulas de cortesía (con su permiso; si no le es mucha molestia…). En las segundas, el grado
de tensión entre los interlocutores es menor, por lo que estos requisitos, o no son adecuados, o se
acepta que pueda prescindirse de ellos.
La formalidad de un texto está determinada por una serie de circunstancias que afectan a la
situación comunicativa. Las más importantes son las siguientes:
- La jerarquía social de los interlocutores. Hay situaciones en las que emisor y receptor
establecen una relación de igualdad en la comunicación, y otras en las que existe una diferencia de
jerarquía entre ellos. Los hablantes utilizan elementos lingüísticos diferentes si conversan con el
compañero de clase o con el profesor.
- La proximidad. El grado de conocimiento o confianza entre los interlocutores justifica que
los hablantes empleen una variedad de lengua más formal con una persona a la que no conocen de
nada que con una persona a la que conocen bien. Se distingue según este criterio entre situaciones
comunicativas familiares y distanciadas.
- La formalización. El hecho de que el hablante tenga o no la posibilidad de planificar su
discurso permite distinguir entre situaciones que favorecen la espontaneidad (por ejemplo, una
conversación amistosa) y situaciones que exigen que en el discurso se siga una planificación previa
o tenga que ajustarse a ciertas fórmulas o estructuras preestablecidas (una conferencia, un
informativo de televisión o cualquier texto preparado para ser publicado).
- El tono. Dependiendo de la situación comunicativa concreta, del tipo de relación con los
interlocutores y del propósito de la comunicación, el hablante puede utilizar tonos distintos que van
desde la naturalidad hasta la solemnidad. Una actitud de naturalidad favorece la aparición directa y
sin trabas de la subjetividad y de las emociones, de modo que el discurso se llena de elementos
expresivos. El tono solemne, por el contrario, contribuye a mantener o aumentar la distancia entre
los interlocutores, impide la aparición de recursos de expresividad y, en definitiva, supone un grado
máximo de formalidad.
La variedad de lengua que utilice un hablante en una determinada situación comunicativa
dependerá, por tanto, del cruce de estos cuatro factores o del predominio de uno de ellos.

3.3.3. VARIEDADES DEPENDIENTES DEL DOMINIO DE LA COMUNICACIÓN

En sociolingüística se denomina dominio a un tipo de situación comunicativa ligada a alguna


actividad social típica, por lo que la intervención de los interlocutores aparece siempre regulada de
alguna forma. Son dominios, por ejemplo, la escuela, la familia, la administración, la ciencia, la
prensa… En la medida en que cada uno de estos dominios –en virtud de su tema peculiar, del
propósito con el que se establece la comunicación o del marco social en que ésta se produce–
determine la aparición de algunas peculiaridades lingüísticas, podremos decir que le corresponde
una variedad funcional específica. Así, por ejemplo, existe un uso específico de la lengua en textos
de carácter científico, uso que viene determinado tanto por el tema mismo como por el propósito
de la comunicación (la transmisión del conocimiento), mientras que en el dominio de la
administración el uso de la lengua está condicionado por el marco en que se produce (las
instituciones del Estado) y por la relación jerárquica entre los interlocutores
(Administración/ciudadanos). Estas variedades funcionales ligadas a un dominio concreto suelen
denominarse usos específicos de la lengua en los textos (científicos, burocráticos, periodísticos…).
Todos estos dominios distintos pueden clasificarse en dos grandes grupos: dominios abiertos
(o cotidianos), en los que participan todos los hablantes de la lengua, como puede ser la escuela, la
familia, el ocio compartido, etc., y dominios cerrados (o especializados), que son exclusivos de
determinados grupos de hablantes. La actividad profesional es, por ejemplo, un dominio cerrado y
la variedad funcional ligada a ese grupo es, al mismo tiempo, una jerga de grupo.
Cada variedad funcional constituye un código particular que los usuarios dominan o no, según
su competencia comunicativa, entendida aquí como la capacidad que cada hablante posee para
producir mensajes socialmente adecuados a cada situación. Un hablante culto conoce diversas
variedades funcionales, lo que le permite cambiar de registro para adaptarse a la situación en que
se encuentre; en cambio, quien disponga sólo del código restringido será incapaz de variar de
registro o, al menos, tendrá dificultades para hacerlo. Por eso, quienes desconocen los requisitos y
características lingüísticas propias de la expresión formalizada utilizan la variedad informal incluso
en las ocasiones en que la situación comunicativa exigiría un uso más formal.

4. CONCLUSIÓN
A partir de lo expuesto se puede concluir que el sistema de la lengua, de carácter abstracto,
se materializa en una serie de variedades geográficas, sociales y funcionales. No obstante, toda
comunidad lingüística se basa en la posesión de una variedad –la llamada variedad estándar- que
se utiliza como modelo, por estar normalizada, de acuerdo con las normas prescritas, y actúa como
elemento identificador del grupo que la habla. Ello no impide la coexistencia de diferencias
lingüísticas –mayores o menores- entre los hablantes. No obstante, la generalización de la
instrucción y la extensión de los medios de comunicación en los países desarrollados están
generando una mayor uniformidad en el uso lingüístico y la progresiva desaparición de los usos
vulgares.

BIBLIOGRAFÍA

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