T 10
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0. Introducción.
1. La lengua como sistema.
1.1. Las aportaciones de Saussure
1.2. Las aportaciones del estructuralismo
2. La norma lingüística.
2.1. La norma prescriptiva
2.2. La norma según Coseriu
3. Las variedades sociales y funcionales de la lengua.
3.1. La variación intralingüística
3.2. La variación social o diastrática
3.2.1. Variedades socioculturales
3.2.2. Variedades motivadas por el entorno
3.2.3. Variedades de lengua en los grupos específicos
3.2.4. Variedades motivadas por la edad y el sexo
3.3. La variación funcional o diafásica
3.3.1. Variedades dependientes del canal
3.3.2. Variedades dependientes de la atmósfera
3.3.3. Variedades dependientes del dominio
4. Conclusión.
0. INTRODUCCIÓN
La reflexión lingüística que se desarrolló a principios del siglo XX responde a la necesidad de
delimitar un objeto específico de estudio y un método adecuado que permita su análisis exhaustivo.
Frente a la interdisciplinariedad que había caracterizado a los acercamientos anteriores a la lengua,
desde disciplinas tan diversas como la filosofía, la lógica o la antropología, se perfila una disciplina
que lleva a cabo un estudio inmanente de la lengua, es decir, que la describe sin recurrir a aspectos
externos. El nuevo método comienza por definir la lengua como una estructura organizada en la
que las unidades se describen a partir de las relaciones que establecen entre sí. Este nuevo enfoque
se bautizaría pronto como estructuralismo y, desde la obra de Saussure, gran parte del trabajo
relevante sobre las lenguas ha sido estructuralista en este sentido.
Pero este sistema es puramente virtual y sólo por abstracción se puede acceder a él. Lo que
encontramos en la realidad son distintas realizaciones del mismo que se deben a diferencias
geográficas, socioculturales y situacionales, de modo que si en el plano abstracto cabe hablar de
sistema, en la realidad hay que hablar de variedades diatópicas, diastráticas y diafásicas. Dichas
variedades, que constituyen la realización del sistema de la lengua, se establecen según un criterio
al que se llama norma, definida no sólo como “ideal de buen uso” sino también como “uso
habitual”.
1. LA LENGUA COMO SISTEMA
1.1. LAS APORTACIONES DE SAUSSURE
La moderna lingüística arranca, como es bien sabido, con el Curso de Lingüística General de
Ferdinand de Saussure, en el que se formulan los principios de la nueva ciencia.
El primer problema con el que se encontró fue delimitar el objeto de estudio de la ciencia en
cuestión. Pero, en un rasgo más de su genialidad, se adelantó en muchos años a la ciencia actual al
distinguir entre el objeto natural (o materia) y el objeto teórico de la lingüística, de modo que
estableció las bases metodológicos de esta ciencia.
La materia sobre la que versar la lingüística es el lenguaje como capacidad comunicativa
humana; pero, dentro de esta materia tan vasta, acota el objeto de estudio: el lenguaje verbal
humano, que aún queda difuso para convertirse en el objeto esta ciencia. De aquí que, precisando
aún más, defina el objeto teórico en el que se va a centrar: la lengua como sistema, como
estructura, prescindiendo de las múltiples realizaciones en que se materializa.
Según explica Robins (1987), desde un punto de vista histórico, las ideas de Saussure caen
bajo tres títulos:
1. Formalizó y explicitó las dos dimensiones fundamentales e indispensables de los estudios
lingüísticos: la dimensión sincrónica o descriptiva, merced a la cual las lenguas son consideradas
como sistemas de comunicación independientes en un determinado momento de la línea del
tiempo; y la dimensión diacrónica o histórica, en la que los cambios debidos al paso del tiempo son
tratados históricamente.
2. Distinguió la competencia lingüística del hablante, de los fenómenos o hechos lingüísticos
(las elocuciones), dándoles los nombres de langue (lengua) y parole (habla). El habla está formada
por los datos y hechos accesibles al observador, pero el objeto propio de estudio del lingüista está
en la lengua de una comunidad, en el léxico, la gramática y la fonología impuestos a cada individuo
por la sociedad en que se educa, y en la que habla y entiende.
3. Demostró que se ha de concebir y describir la lengua sincrónicamente como un sistema de
elementos lexicales, gramaticales y fonológicos que mantienen relaciones entre sí, y no como una
suma de unidades independientes. Esta es la teoría expresada en su afirmación de que una lengua
es forma, no sustancia, que ilustró con sus muy conocidas metáforas del ajedrez y de los trenes,
identificados y conocidos por el lugar que ocupan dentro del sistema, del juego o de la red de
ferrocarriles, y no por la composición sustancial de los mismos. En una lengua, estas interrelaciones
se basan en dos dimensiones fundamentales de la estructura lingüística sincrónica, la sintagmática
y la paradigmática.
a) Si contemplamos el eje de la selección, una determinada unidad estará en oposición con
las restantes de su clase porque las excluye. Así, la elección de rojo bloquea la posibilidad de que
aparezcan otros elementos como verde, azul, etc. En este caso, la unidad seleccionada contrae
relaciones paradigmáticas o asociativas, con respecto a las que han quedado al margen de la
selección (relaciones “en ausencia”).
b) Si contemplamos el eje de la combinación, una entidad estará en contraste o “convivencia”
con las restantes que aparezcan en un texto. Dado un enunciado como El coche chocó, el estará en
contraste con coche y coche, con chocará. Al estudio sintagmático le competerá señalar,
básicamente, los hechos de concordancia y régimen (relaciones “en presencia”).
Lo dicho anteriormente, que es sobre lo que basa todo el sistema de la lingüística moderna,
justifica la independencia que tiene la lingüística como ciencia autónoma.
2. LA NORMA LINGÜÍSTICA
2.1. LA NORMA PRESCRIPTIVA
Cuando una comunidad lingüística está compuesta por un número elevado de individuos que
ocupan un vasto espacio geográfico, existe una serie de factores que determinan la diversificación
de la actividad lingüística. Este tipo de sociedad, en la que conviven diferentes variedades
lingüísticas sociales y geográficas, exige la necesidad de una variedad que funcione como vehículo
de comunicación en el conjunto de esa colectividad y que tenga carácter de lengua común. Esta
variedad, que se suele denominar variedad estándar, representa el uso correcto del conjunto de
normas y hábitos lingüísticos seleccionados y aceptados por los propios hablantes.
Este concepto de norma viene a coincidir con el concepto que la tradición gramatical, anterior
al cientifismo, tenía de la gramática: un mecanismo prescriptivo o preceptivo que regulará el buen
uso del idioma. Ahora bien, este modelo de corrección, encargado normalmente a las Academias de
la Lengua, no prescribía arbitrariamente sino atendiendo fundamentalmente a tres criterios:
concuerda más con los hábitos generales de la lengua; o bien admite una justificación lógica; o bien
tiene una explicación en la propia historia de la lengua. La finalidad del hecho preceptivo era fijar
un modelo “ideal” de la lengua, amparado frecuentemente en la tradición, que sirviera de vehículo
de comunicación a todos los hablantes, al margen de sus circunstancias y que ejerciera una
influencia estabilizadora.
Esta variedad puede quedar delimitada atendiendo a ciertas propiedades, funciones y
actitudes que Carbonero (1981) resume así:
- Propiedades:
a) Intelectualización. La variedad estándar sirve a los hablantes para expresarse y
comunicarse no solo acerca de las realidades inmediatas propias de una situación coloquial
o familiar, sino para expresar todo tipo de conceptos intelectuales, científicos, culturales…
en ámbitos coloquiales.
b) Estabilidad. La variedad estándar debe disponer para los hablantes de unas reglas estables
(aunque flexibles) acerca de su uso, que no ofrezcan dudas respecto de lo que es adecuado
e inadecuado.
c) Arraigo. Los rasgos de la variedad estándar, que han de ser considerados por los hablantes
como propios, pertenecientes a su acervo histórico, deben identificarles culturalmente.
- Funciones:
a) Funciones de prestigio. Los rasgos que caracterizan esa norma son prestigiados
socialmente y considerados como de “bien hablar”.
b) Función unificadora/separadora. Todos los hablantes que siguen claramente una variedad,
que ellos consideran de prestigio, se sienten unidos como participantes de ese “modo de
hablar” determinado y, al mismo tiempo, eso les hace diferenciarse, separarse de otros
grupos.
- Actitudes:
a) Conciencia lingüística. Los hablantes son conscientes de que las normas que siguen, o al
menos que deberían cumplir, son las más adecuadas.
b) Lealtad lingüística. Esto se traduce en una actitud de no huir de los rasgos que definen su
modo de hablar y de intentar cumplirlos en lo posible.
Ha sido habitual buscar una relación inmediata entre la posición económica de los hablantes
y el uso de la lengua: de esta forma, se habla a menudo de lengua culta, de un nivel medio de la
lengua y de lengua popular, distinción que pretende ser el correlato de los tres estratos en los que
se supone dividida la sociedad: clase alta, media y baja. Es evidente que tal planteamiento resulta
deformador y nada explicativo: ni la división de la sociedad en grupos es tan simple y mecánica, ni
existe tal correspondencia con el uso de la lengua.
Más aceptable parece la oposición entre código elaborado y código restringido. Se basa en la
idea de que las diferencias lingüísticas entre hablantes de distinto nivel social proceden de su
diferente grado de instrucción. Es precisamente el nivel cultural del hablante el que más contribuye
a un uso distinto de la lengua. La relación cultura/clase social no es biunívoca, pero es evidente que
el estatus social está en relación con el nivel económico y que las posibilidades de acceso a la
cultura de un individuo están muy condicionadas por su nivel económico.
Tres son los rasgos que caracterizan al código elaborado: la precisión en las designaciones y
en la expresión, la tendencia a la corrección frente a la norma, y la riqueza y variedad de los
elementos lingüísticos que utiliza. Intenta, por tanto, emplear la lengua explotando todas sus
posibilidades referenciales y expresivas y cuidándolas al máximo en todos sus planos:
- En el plano fonológico, el hablante procura mantener la pronunciación correcta de los
fonemas, evitando las relajaciones articulatorias que son habituales en el uso descuidado e informal
- En el plano morfosintáctico, lo característico es el rigor en la expresión mediante el empleo
de construcciones sintácticas bien estructuradas. El uso de la subordinación es más frecuente que
en el código restringido. En este sentido, también es característico el uso de muy variadas
conjunciones y locuciones conjuntivas, lo que permite que se puede evitar la repetición constante
de las mismas estructuras sintácticas.
- En el plano léxico-semántico, es característica la gran riqueza léxica, lo que permite al
hablante designar los referentes y matizar las expresiones con mayor precisión y rigor, y también
utilizar fácilmente la variación sinonímica para evitar la constante repetición de los mismos
términos. Por otro lado, su léxico es también más selecto: abundan los sustantivos abstractos y los
diversos tecnicismos que incorpora a su vocabulario personal.
Algún estudioso ha calificado el código restringido como pobre, rutinario, impersonal, poco
matizado, uniformador de las relaciones y simplificador de los conceptos. Se suelen dar los
siguientes como rasgos propios del código restringido:
- En el plano fonológico, es habitual la tendencia a la relajación articulatoria, tanto de
grupos consonánticos cultos ([istitúto]), como de consonantes en posición final ([berdá]) o
intervocálica, sobre todo en los participios, en los que la –d- cae regularmente ([tiráo]). Con
frecuencia, esta pérdida de consonantes da lugar a contracciones de las dos vocales que quedan en
contacto, produciéndose formas como arreglá (< arreglada) o pa (< para).
- En el plano morfosintáctico, domina la misma simplicidad que en el léxico. Las oraciones
suelen ser gramaticalmente simples y con frecuencia no acabadas. Las dificultades para construir
una sintaxis más elaborada se manifiestan a menudo en el recurso a muletillas que suspenden el
discurso y dejan que sea el oyente el que suponga su continuación (…y me dice que ya era tarde y
que no tenía tiempo y tal…), y en la frecuencia de anacolutos (cambios de construcción en mitad de
un enunciado: Yo, aunque he llegado tarde, me parece que tiene razón). En la enunciación de ideas
complejas, la coordinación y la yuxtaposición predominan ampliamente sobre la subordinación.
Además, los enlaces conjuntivos son poco variados y se repiten a menudo (… y… y… y…). Las
relaciones lógicas entre las ideas quedan con frecuencia implícitas y ha de ser el oyente quien las
infiera a partir del contexto.
- En el plano léxico, es considerable la limitación del vocabulario activo: entre los vocablos
que el hablante utiliza habitualmente abundan términos de uso común, de significado muy genérico
o de carácter polisémico: palabras baúl como cosa, gente, hacer, poner o tener recubren el discurso
adoptando en cada caso significados contextuales diversos. Es frecuente el uso impropio de
palabras cuyo significado se desconoce o se confunde: Es adepto a las drogas (por adicto). El léxico
es, pues, poco preciso, por lo que la expresión suele ser escasa en matices, que el hablante ha de
suplir mediante otros recursos: la intensidad en la entonación, la expresividad gestual, el empleo
frecuente de interjecciones, el valor afectivo con el que se cargan ciertos elementos lingüísticos (-
Mira qué cosita), la reiteración (Se quedó blanco, blanco, blanco, que parecía que se iba a
desmayar), etc. En este mismo sentido, es muy significativo el uso frecuente de un léxico grosero
(los tacos, por ejemplo), que hay que entender más como un pobre recurso de expresividad que
como provocación o desconsideración hacia el oyente. Dada la limitación del léxico, el empleo de
variantes sinonímicas para evitar la repetición de la misma palabra se hace muy difícil, por lo que el
discurso resulta a veces reiterativo.
El sociólogo Bernstein ha utilizado los términos elaborated code (código elaborado) y
restricted code (código restringido) aplicándolos al uso que hacen de la lengua las distintas clases
sociales. El primero se asociaba a la clase trabajadora, mientras que el segundo, el de las ricas
manifestaciones lingüísticas, predomina en la clase media-alta. No obstante, la distinción no
conecta sólo con las diferencias de clases sociales sino también con los registros. Así, según
Bernstein, la simplificación estructural y la limitación del vocabulario característicos del código
restringido implican un sistema de presuposiciones, de experiencias y expectativas compartidas,
que hace posible el dominio de lo implícito en el nivel de las significaciones, de ahí que se asocie a
las relaciones de solidaridad e intimidad entre los participantes en el acto discursivo; en cambio, el
código elaborado supone una distancia entre los participantes del acto comunicativo; de ahí la
necesidad de lo “explícito”, de elaborar lingüísticamente los significados para suplir la falta de
conocimientos compartidos. La estructura social brinda, por tanto, ciertos modos de hablar que
están relativamente consolidados como códigos.
Las diferencias que se observan entre determinados entornos sociales, como las ciudades y el
campo, hacen suponer que puede haber también variantes lingüísticas que distinguen a los
hablantes de unas y de otro. Hace varias décadas los estudios que analizaban esas diferencias
apuntaron que la variedad rural se caracterizaba por su mayor aislamiento y, como consecuencia
de ello, por su mayor resistencia a las innovaciones lingüísticas. Como rasgos particulares se
señalaba su léxico conservador, pues pervivían numerosos arcaísmos y términos específicos que se
desconocían en la ciudad, y la mayor tendencia a la entonación y pronunciación relajadas. Frente a
ello, la variedad urbana parecía más renovadora, más abierta a las modas lingüísticas y a los
cambios producidos por la evolución social. Hoy en día, sin embargo, tales diferencias no parecen
interesar demasiado por dos razones fundamentalmente: la primera, porque algunos de los rasgos
señalados pueden explicarse por otros factores; así, la pervivencia de un léxico específico, ligado a
las labores agrícolas, no es distinta de la que se observa en otras ocupaciones, como carpinteros o
zapateros; en segundo lugar, porque el habla rural está perdiendo su especificidad por la presión
uniformadora de los medios de comunicación y el aislamiento cultural de las zonas rurales es hoy
mucho menor, por lo que resulta lógico que las diferencias lingüísticas tiendan a borrarse.
La ciudad interesa ahora a los sociolingüistas por otras razones. El desarrollo urbano y el
fenómeno de la inmigración característico de las últimas décadas las ha convertido en núcleos de
convivencia de grupos humanos muy diferentes por origen geográfico y social y, por tanto, en un
verdadero crisol de lenguas y de variedades lingüísticas diversas. Por un lado, la población
inmigrante tiende a mantener su cultura, sus tradiciones y sus peculiaridades lingüísticas, sobre
todo si la distribución urbanística potencia su segregación en determinados barrios. Por otro, el
contacto entre las distintas comunidades, la influencia de la enseñanza y de las instituciones, etc.,
propician la progresiva neutralización de las diferencias, especialmente en los hablantes más
jóvenes. Esta tensión entre la tendencia a la diversidad y la tendencia a la integración produce
fenómenos lingüísticos peculiares que han despertado el interés de la moderna sociolingüística:
contacto entre lenguas y variedades diferentes, bilingüismo, diglosia...
Suele afirmarse que la edad del hablante influye en la capacidad de adaptación a los cambios
lingüísticos: los hablantes jóvenes son más receptivos ante las innovaciones, especialmente las
léxicas. Frente a ellos, en los hablantes de más edad se observa una tendencia más fuerte al
conservadurismo. No debe extrañar tal diferencia: en los jóvenes, el sistema lingüístico está todavía
en plena formación, mientras que en los adultos los usos están mucho más consolidados, lo que
explica, por ejemplo, por qué en los casos de la población inmigrante los niños y adolescentes
alcanzan antes la integración lingüística en la nueva comunidad.
Otro rasgo que distingue el habla según grupos de edad es el uso de la lengua por los jóvenes
como un símbolo de diferenciación generacional: el habla, como el vestido, se convierte en un
instrumento mediante el cual pretenden establecer una distinción con los adultos y afirmar su
independencia respecto a ellos. Eso les lleva a crear jergas características.
Lugar aparte merecería el lenguaje infantil, por el cual se han interesado los psicolingüistas,
sobre todo por lo que puede revelar sobre la estructuración del lenguaje y sus relaciones con el
pensamiento y la capacidad cognitiva del ser humano. Como no hay espacio para entrar en una
caracterización detallada, baste con saber que sus rasgos fundamentales son la vacilación (fonética,
morfosintáctica y léxica) debida al proceso de aprendizaje, y el constante uso de la analogía (quero,
queres por analogía con otras formas del verbo querer: queremos, queréis…).
En cuanto a las diferencias lingüísticas entre hombres y mujeres, se consideran hoy en día
menos trascendentes. El sexo no es en sí mismo un factor lingüísticamente determinante. Las
diferencias que pueden observarse en el uso de la lengua entre hombres y mujeres derivan de su
situación en la sociedad: si las formas de vida, las costumbres, la educación, la integración laboral,
etc., son muy distintas para unos y otras, las peculiaridades en los usos lingüísticos serán,
evidentemente, más significativas; en cambio, en las sociedades donde más se ha avanzado en la
integración social de la mujer la diferenciación tiende a desaparecer. Como explica Pilar García
Mouton (1999), en principio no hay rasgos más femeninos o más masculinos que otros. Sin
embargo, existen unas preferencias de uso por parte de las mujeres que marcan ciertos rasgos –
ciertos adjetivos valorativos como bonito, mono, ideal, divino o lindo; el uso frecuente de
diminutivos, de intensivos y de vocativos cariñosos; una pronunciación más cuidada que la de los
hombres, etc.- y por eso, a pesar de no ser exclusivamente femeninos, los hombres tienden a
evitarlos.
Además de las variedades debidas a factores sociales y culturales, existen otras que se deben
a factores situacionales. Sea cual sea su nivel de competencia, el hablante pone en juego su
dominio de la lengua para elegir, dentro de sus posibilidades, aquellos elementos que le son útiles
para cada ocasión comunicativa. Este conjunto de elementos (su presencia, su frecuencia) dibuja el
perfil del registro lingüístico. Responde a lo que se llama variación diafásica, que se inserta en un
parámetro que va desde las posturas más coloquiales y espontáneas a las más formales según el
grado de participación de la conciencia lingüística en el momento de hablar: en el estilo
espontáneo la conciencia apenas si está presente; sin embargo, los registros se van haciendo más
formales conforme aumenta la presencia de la conciencia. Los registros son, por tanto, mecanismos
que permiten la adecuación del discurso al contexto y dependen de la adaptación concreta que el
usuario realiza de las variedades funcionales que domina.
Los factores que condicionan, orientan y a veces determinan el registro utilizado por un
hablante son tres:
a) El medio o canal empleado para la comunicación.
b) La llamada atmósfera o tensión comunicativa.
c) El dominio de la comunicación.
El canal permite distinguir entre dos variedades funcionales de la lengua muy definidas: el uso
oral y el uso escrito. No puede considerarse la lengua escrita como una mera transcripción gráfica
de la oral: empleamos lo oral y lo escrito en situaciones diferentes y, además, ambos usos poseen
características peculiares que los diferencian considerablemente uno de otro.
Teniendo en cuenta la situación y el contexto lingüístico, la diferencia fundamental estriba
en que la comunicación oral se desarrolla con los interlocutores presentes, por lo que emisor y
receptor comparten situación comunicativa: las circunstancias espacio-temporales son las mismas
para ambos. La escrita, en cambio, es una comunicación diferida y en ausencia, por lo que la
situación de emisión y de recepción es diferente. Ciertamente, el desarrollo tecnológico ha alterado
esta correlación: la conversación telefónica constituye una comunicación oral simultánea a
distancia; la grabación y reproducción magnetofónica permite la comunicación oral diferida; hoy en
día Internet facilita la posibilidad de establecer comunicaciones escritas simultáneas a distancia.
Con todo, las diferencias fundamentales entre lo oral y lo escrito permanecen en lo esencial.
Ello supone que la comunicación oral se caracteriza por la linealidad, la agilidad y la
interacción. El hablante, normalmente, no puede prever el desarrollo del discurso, que transcurre
en tiempo real, sin posibilidad de vuelta atrás y sujeto, además, a las intervenciones o reacciones
del interlocutor. La necesaria agilidad provoca frecuentes errores e imprecisiones que el emisor no
puede suprimir, dado el carácter lineal de la elaboración del discurso, sino, como mucho, rectificar,
aclarar o matizar en enunciados posteriores. La interacción permite que el mensaje pueda
redefinirse constantemente, no sólo en la conversación, donde el interlocutor puede intervenir
como emisor en cualquier momento, sino incluso en otros tipos de comunicación oral más
formalizados, como una conferencia, donde el hablante observa las reacciones de sus oyentes y
ajusta también a ellas su discurso.
Por el contrario, la comunicación escrita se caracteriza por el detenimiento en la elaboración
y el carácter cerrado del discurso. La recepción del texto no se va a realizar inmediatamente, por lo
que el emisor puede invertir -salvo excepciones, como, por ejemplo, en un examen- cuanto tiempo
desee en su producción. Ello permite la planificación del discurso y la posibilidad de corregir y
rectificar previamente a la emisión: en cierto sentido, el texto escrito no es lineal cuando se está
elaborando, porque el autor puede volver atrás, borrar, corregir o insertar cuantas veces considere
preciso hasta conseguir el resultado deseado. Pero una vez emitido, éste es irreversible, aparece
como una obra terminada, cerrada, lo que hace de la planificación una necesidad: el emisor no
podrá alterar el discurso al hilo de las reacciones del receptor porque en el texto escrito la
interacción no es posible y está obligado a prever esas reacciones.
El hecho de que en la comunicación oral emisor y receptor compartan la misma situación
comunicativa explica también el valor de los elementos deícticos y el recurso a la capacidad de
inferencia por parte del receptor.
- Es característico de la lengua oral el uso de pronombres y adverbios deícticos. La deixis es
un mecanismo que las lenguas han habilitado para anclar el mensaje en unas coordenadas espacio-
temporales. Constituyen, por tanto, referencias directas a la situación que, aunque no son
privativas del habla oral, adquieren en ella toda su vigencia: buena parte de las expresiones sólo
cobran sentido si hablante y oyente comparten la misma situación. Un enunciado como Mañana te
veo aquí a esta misma hora tiene sentido como parte de una conversación y puede ser
comprendido sin dificultad por el receptor, pero es imposible descifrarlo si está escrito en un papel
que hemos encontrado casualmente en la calle.
- Comunicarse es mucho más que cifrar y descifrar las secuencias lingüísticas:
constantemente hay que inferir significados implícitos, es decir, deducir información que no está
presente en los enunciados estableciendo relaciones entre éstos y el contexto lingüístico o la
situación. En la comunicación oral el grado de inferencia es mucho más alto que en la escrita, ya
que está frecuentemente apoyada en la situación comunicativa, la cual permite al oyente inferir a
partir de ella significados fundamentales para la comprensión de un mensaje. En cambio, el emisor
de un texto escrito tiene que hacerlos explícitos lingüísticamente, incorporando al discurso
elementos de la situación, muchos de los cuales se dejan como supuestos en el mensaje oral.
Finalmente, el carácter diferido del texto escrito y su elaboración en ausencia del receptor
facilitan la posibilidad de que pueda ser planificado y elaborado cuidadosamente por el emisor.
Por ello se dice que, en general, el lenguaje escrito muestra un mayor grado de formalización y de
rigor en la corrección normativa. La escritura suele presentar unas estructuras más rígidas que la
lengua oral, tanto desde el punto de vista sintáctico, como desde el punto de vista textual. Lo
normal es que los hablantes, al menos los del nivel culto, procuren mantener la corrección
lingüística en todos sus niveles (ortográfico, morfosintáctico y léxico), y alcanzar la adecuación,
coherencia y cohesión textual necesarias para asegurarse del pleno éxito de la comunicación. Del
mismo modo, en la variedad escrita suelen difuminarse los rasgos de carácter dialectal. La variedad
oral, por su inmediatez, su linealidad y su carácter abierto, suele dar lugar, en cambio, a estructuras
menos planificadas y rígidas, tolera más la aparición de incoherencias y permite, por supuesto, la
aparición de los rasgos propios de la variante dialectal del hablante.
De todos modos, cuanto acabamos de decir tiene una validez parcial. Caracteriza a la mayoría
de los textos orales y escritos, pero no debe olvidarse que el grado de elaboración de un texto está
sujeto también a otros factores, como la capacidad lingüística del hablante. Es obvio que un
hablante con un nivel de formación lingüística bajo producirá textos escritos sin planificar,
incorrectos desde el punto de vista de la norma, poco coherentes y faltos de cohesión, con lo que
habrá poca diferencia con sus habituales discursos orales: se dice entonces que “escribe como
habla”; en cambio, un hablante especialmente preparado y muy habituado a hablar en público será
capaz de improvisar discursos orales altamente formalizados (“habla como escribe”).
El tipo de relación que se establezca entre los interlocutores (de igualdad o diferencia de
jerarquía, de intimidad o distancia, de confianza o desconfianza, etc.) crea unas determinadas
condiciones de comunicación que denominamos atmósfera. Estas condiciones pueden ser muy
diversas. En la vida diaria nos vemos implicados en tal cantidad de actos comunicativos con
interlocutores tan diferentes, que resulta difícil encontrar criterios claros que permitan definir y
clasificar la atmósfera que caracteriza cada uno de ellos.
- Con un criterio más intuitivo que objetivo se suele distinguir entre situaciones formales y
situaciones informales de comunicación, que dan lugar a dos variedades funcionales de la lengua
distintas: el uso formal y el uso informal. Las primeras se caracterizan por un alto grado de tensión
comunicativa entre los interlocutores, que se obligan a cumplir una serie de requisitos que afectan
a la expresión lingüística: la selección de la forma de tratamiento (tú/usted), el uso de mecanismos
de atenuación en enunciados exhortativos (¿Podría atenderme unos segundos?) o el empleo de
ciertas fórmulas de cortesía (con su permiso; si no le es mucha molestia…). En las segundas, el grado
de tensión entre los interlocutores es menor, por lo que estos requisitos, o no son adecuados, o se
acepta que pueda prescindirse de ellos.
La formalidad de un texto está determinada por una serie de circunstancias que afectan a la
situación comunicativa. Las más importantes son las siguientes:
- La jerarquía social de los interlocutores. Hay situaciones en las que emisor y receptor
establecen una relación de igualdad en la comunicación, y otras en las que existe una diferencia de
jerarquía entre ellos. Los hablantes utilizan elementos lingüísticos diferentes si conversan con el
compañero de clase o con el profesor.
- La proximidad. El grado de conocimiento o confianza entre los interlocutores justifica que
los hablantes empleen una variedad de lengua más formal con una persona a la que no conocen de
nada que con una persona a la que conocen bien. Se distingue según este criterio entre situaciones
comunicativas familiares y distanciadas.
- La formalización. El hecho de que el hablante tenga o no la posibilidad de planificar su
discurso permite distinguir entre situaciones que favorecen la espontaneidad (por ejemplo, una
conversación amistosa) y situaciones que exigen que en el discurso se siga una planificación previa
o tenga que ajustarse a ciertas fórmulas o estructuras preestablecidas (una conferencia, un
informativo de televisión o cualquier texto preparado para ser publicado).
- El tono. Dependiendo de la situación comunicativa concreta, del tipo de relación con los
interlocutores y del propósito de la comunicación, el hablante puede utilizar tonos distintos que van
desde la naturalidad hasta la solemnidad. Una actitud de naturalidad favorece la aparición directa y
sin trabas de la subjetividad y de las emociones, de modo que el discurso se llena de elementos
expresivos. El tono solemne, por el contrario, contribuye a mantener o aumentar la distancia entre
los interlocutores, impide la aparición de recursos de expresividad y, en definitiva, supone un grado
máximo de formalidad.
La variedad de lengua que utilice un hablante en una determinada situación comunicativa
dependerá, por tanto, del cruce de estos cuatro factores o del predominio de uno de ellos.
4. CONCLUSIÓN
A partir de lo expuesto se puede concluir que el sistema de la lengua, de carácter abstracto,
se materializa en una serie de variedades geográficas, sociales y funcionales. No obstante, toda
comunidad lingüística se basa en la posesión de una variedad –la llamada variedad estándar- que
se utiliza como modelo, por estar normalizada, de acuerdo con las normas prescritas, y actúa como
elemento identificador del grupo que la habla. Ello no impide la coexistencia de diferencias
lingüísticas –mayores o menores- entre los hablantes. No obstante, la generalización de la
instrucción y la extensión de los medios de comunicación en los países desarrollados están
generando una mayor uniformidad en el uso lingüístico y la progresiva desaparición de los usos
vulgares.
BIBLIOGRAFÍA