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idFallo=73317
A C U E R D O
En la ciudad de La Plata, a 25 de agosto de 2010,
habiéndose establecido, de conformidad con lo dispuesto en el
Acuerdo 2078, que deberá observarse el siguiente orden de
votación: doctores Negri, Kogan, de Lázzari, Soria,
Pettigiani, Hitters, Genoud, se reúnen los señores jueces de
la Suprema Corte de Justicia en acuerdo ordinario para
pronunciar sentencia definitiva en la causa A. 68.436,
"Giannino , Domingo Pablo contra Colegio de Abogados Buenos
Aires".
A N T E C E D E N T E S
I. La Cámara de Apelación en lo Contencioso
Administrativo con asiento en La Plata declaró la
inconstitucionalidad de los arts. 1º y 2º de la ley 13.325 y
1º, 2º y 3º de la ley 13.329, en su aplicación al caso, y
dispuso que el recurso contra la decisión del colegio
profesional que impuso al abogado Domingo Pablo Giannino una
sanción disciplinaria tramitara por el procedimiento
establecido en el art. 74 de la ley 12.008, texto según las
modificaciones introducidas por la ley 13.101.
II. Disconforme con tal pronunciamiento, el Colegio
de Abogados de la Provincia de Buenos Aires dedujo los
recursos extraordinarios de inconstitucionalidad y de
inaplicabilidad de ley o doctrina legal.
III. Oída la señora Procuradora General, la causa
se encuentra en estado de dictar sentencia, por lo que
corresponde plantear y votar las siguientes
C U E S T I O N E S
1ª. ¿Es fundado el recurso extraordinario de
inconstitucionalidad?
En caso negativo:
2ª. ¿Es fundado el recurso extraordinario de
inaplicabilidad de ley?
V O T A C I Ó N
A la primera cuestión planteada, el señor Juez
doctor Negri dijo:
I. Brevemente reseñadas, las circunstancias de la
causa, relevantes para la decisión del recurso en
tratamiento, son las siguientes:
1. Con fecha 22 de febrero de 2000 el Tribunal de
Disciplina del Colegio de Abogados del Departamento Judicial
de Quilmes dispuso sancionar al doctor Giannino con la medida
de suspensión en el ejercicio de la profesión por el lapso de
tres meses (fs. 124/129 del expte. L. 1097/89 y su acumulado
B. 1089/89, agregados por cuerda a la causa).
Contra la aludida decisión el interesado interpuso
recurso de apelación (fs. 132/134 del expte. adm. citado), el
que fue desestimado por el Consejo Superior del Colegio de
Abogados de la Provincia de Buenos Aires con fecha 17 de
julio de 2003 (fs. 3/5 del expte. 01-059, agregado por
cuerda).
2. El actor dedujo lo que denominó "recurso de
apelación" (fs. 7 del expte. adm. citado) cuyos fundamentos
obran a fs. 3/5 de esta causa.
3. Sustanciado el trámite por aplicación de las
previsiones del dec. ley 9398/1979 con las modificaciones
dispuestas en el dec. ley 9671/1981, se dispuso el
llamamiento de autos para sentencia con fecha 14 de octubre
de 2003 (fs. 7 de la causa).
4. El 28 de abril de 2004 la Presidente de la Sala
Especial, con cita de la resolución dictada por este Tribunal
en la causa B. 67.744, en resolución del 31-III-2004, decidió
la remisión de los autos al Juzgado en lo Contencioso que
correspondiera previa intervención de la Receptoria General
de Expedientes (fs. 12).
5. Si bien en un primer momento el Juzgado en lo
Contencioso Administrativo nº 1 de La Plata tomó intervención
en la causa (fs. 14), con fecha 13 de mayo de 2005, por
aplicación del art. 2º de la ley 13.329, dispuso su elevación
a la Cámara de Apelación con asiento en la ciudad de La Plata
(fs. 18).
6. Con fecha 28 de junio de 2005 la Cámara actuante
dictó la sentencia que se cuestiona en autos, en la que -de
oficio- declaró la inconstitucionalidad de los arts. 1º y 2º
de la ley 13.325 y 1º, 2º y 3º de la ley 13.329, en su
aplicación al caso (conf. arts. 15, 57 y 166 de la
Constitución provincial, y 18 y 31 de la Constitución
nacional), y resolvió dar curso a la pretensión impugnatoria
con arreglo al trámite previsto en el art. 74 de la ley
12.008 (texto según el art. 49 de la ley 13.101), disponiendo
la remisión de los autos al juzgado que previno (fs. 21/37 de
la causa).
El tribunal a quo fundó su decisión (considerando
aquellos tópicos en los que los señores jueces expresaron
opiniones sustancialmente coincidentes; conf. art. 168, 2º
párrafo, Const. prov.; Fallos 321:1652) en los siguientes
argumentos:
a. Corresponde revisar, aun de oficio, la remisión
que efectuara el juez de la causa invocando el art. 2º de la
ley 13.329 en tanto se encuentra involucrada en autos la
competencia material definida en el art. 166 de la
Constitución provincial, cuestión que es de orden público y
de insoslayable ponderación por los jueces en la primera
oportunidad en que tomen intervención.
b. Corresponde emitir pronunciamiento respecto de
la constitucionalidad de las normas legales en que se funda
la remisión efectuada por el juez que previno, aún de oficio,
en resguardo de la jurisdicción que constitucional-mente le
ha sido asignada para el juzgamiento de casos en materia
administrativa.
c. El régimen procesal establecido en las normas
para el juzgamiento de los actos emanados de los colegios y
consejos profesionales, en tanto establece un recurso directo
por ante la Cámara de Apelación en lo Contencioso
Administrativo ceñido al control de legalidad del acto, sin
sustanciación, no se compadece con las bases constitucionales
de la justicia administrativa (arts. 15 y 166 de la Const.
prov.), asignándosele al organismo profesional atribuciones
propias del juez de la causa, con violación de las normas del
debido proceso y de la tutela judicial continua y efectiva
(arts. 15, Const. prov. y 18, Const. nac.), que requiere un
juicio de conocimiento ante un juez imparcial que conduzca a
una sentencia de mérito sobre los hechos del caso y el
derecho aplicable.
d. El antiguo sistema de juzgamiento de las
contiendas originadas en los actos de gravamen emitidos por
los colegios profesionales (decretos leyes 9398/1978 y
9671/1981), armonizable con la jurisdicción ejercida por la
Suprema Corte de Justicia de conformidad con el derogado art.
149 inc. 3º de la Constitución provincial, resulta
inconciliable con el sistema de juzgamiento de casos en
materia administrativa cuyos lineamientos han de encontrarse
en los arts. 15 y 166 de la Constitución provincial.
e. La creación de un "recurso directo" de apelación
no satisface el principio de tutela judicial continua y
efectiva, ni el acceso irrestricto a la justicia, menos aún
en el marco del recaudo de control amplio y el juicio pleno
impuesto por el art. 166 de la Constitución provincial.
f. Se socava la atribución constitucional de los
jueces del fuero, produciéndose un desplazamiento de la
función judicial hacia un órgano extraño al Poder Judicial,
con detrimento de atribuciones propias.
g. Se vulnera el derecho de defensa en juicio en
tanto se priva al litigante de la posibilidad de formular
alegaciones y producir prueba, así como de obtener un
pronunciamiento del juez de la causa sobre los hechos del
caso, con violación de los arts. 15 de la Constitución
provincial y 18 de la nacional.
h. Declarada la inconstitucionalidad de los arts.
1º y 2º de la ley 13.325 y 1º, 2º y 3º de la ley 13.329, la
Cámara actuante imprimió al caso el trámite previsto por el
art. 74 de a ley 12.008 en el texto ordenado por ley 13.101.
II. Contra el aludido decisorio se alza el Colegio
de Abogados de la Provincia de Buenos Aires, representado por
su Presidente, aclarando que recurre por considerarse
afectado por la decisión, sin que ello implique "asumir el
carácter de contraparte, oponente, contrincante o
contradictor del interesado", posición que resigna asumir en
el entendimiento de que "de aceptarse el criterio ahora
expuesto, el Colegio de la Provincia pasaría de juzgador
primero a convertirse en parte oponente del abogado cuyo
reclamo previamente juzgara".
III. Como consideración preliminar debo dejar
sentado que si bien se han interpuesto conjuntamente los
recursos extraordinarios de inconstitucionalidad y de
inaplicabilidad de ley, no corresponde tener a esa
particularidad como causal de rechazo en tanto resulta
posible discernir los argumentos de uno y de otro (doct.
causas P. 51.953, sent. del 11-VII-1995; P. 50.224, sent. del
8-IX-1998; P. 70.428, sent. del 17-VII-2002; P. 80.176; sent.
del 6-VII-2005; Ac. 91.830, sent. del 5-V-2006).
1. Para así decidir habré de considerar, asimismo,
que, dado que la finalidad del recurso de
inconstitucionalidad es asegurar la supremacía de la
Constitución de la Provincia de modo que sus principios,
declaraciones y garantías no resulten conculcados por leyes,
decretos, ordenanzas y reglamentos locales, resguardando la
uniformidad en su interpretación judicial (Ac. 3508,
"Acuerdos y Sentencias", t. 1961-V-193; Ac. 24.277, sent. del
12-XII-1977, "Acuerdos y Sentencias", t. 1978-II-543;
"D.J.B.A.", 116-109), verificada la presencia de un caso
constitucional en los términos del art. 161 inc. 1º de la
Constitución local, debe seguirse un criterio amplio en la
tarea de analizar su admisibilidad y adecuada fundamentación
(Ac. 79.369, sent. del 1-IV-2004).
2. El objeto del recurso extraordinario de
inconstitucionalidad es el de corregir errores in iudicando
cometidos al considerarse el apego de una norma local a la
Constitución provincial (arts. 161 inc. 1º de la Const.
prov.; 299 y 300 del C.P.C.C.). De allí que en esta primera
cuestión analizaré la impugnación efectuada por el recurrente
a las motivaciones esenciales del pronunciamiento objetado
que dan sustento al caso constitucional, posponiendo el
tratamiento de aquellas otras, propias del recurso de
inaplicabilidad de ley, que habrá de realizarse al tratar la
segunda cuestión.
Dentro de este catálogo de cuestionamientos habrá
de marginarse el que se refiere a la violación del art. 171
de la Constitución provincial ya que resulta sólo reparable
por la vía del recurso extraordinario de nulidad (art. 296
del C.P.C.C.) que no ha sido articulado por el recurrente
(doct. causa P. 53.789, sent. del 12-V-1998).
Tampoco es propio del recurso de inconstitucio-
nalidad -pero en este caso habrá de ser tratado como
argumento del de inaplicabilidad- aquel por el que se
denuncia que la sentencia ha vulnerado el art. 41 de la
Constitución provincial, pues tal agravio resulta ajeno al
carril intentado (doct. causa L. 78.205, sent. del 10-IX-
2003; Ac. 94.716, res. del 3-V-2006).
IV. Tal como ha quedado planteada, la cuestión a
decidir se vincula con los recaudos a los que la Constitución
de la Provincia de Buenos Aires ha sujetado la revisión
judicial de las decisiones adoptadas en el ejercicio de
funciones administrativas.
1. En primer lugar he de recordar que tal actuación
por parte de entes públicos no estatales -como en el caso, el
gobierno de la matrícula y el ejercicio de facultades
disciplinarias en relación a los matriculados-á no exhibe
ninguna característica que permita eximirla de los recaudos a
los que se sujeta la juridicidad de la actuación de los entes
públicos que desempeñan función administrativa en cualquiera
de los tres poderes del Estado (conf. causas B. 62.308,
"Clemeno", sent. del 3-XII-2003; Ac. 79.728, sent. del 24-
III-2004).
El mismo criterio habrá de aplicarse en lo que se
refiere a los principios que rigen el juzgamiento de los
casos originados en su actuación. La diferenciación que
pregona el recurrente, con pie en la naturaleza del ente que
dictó los actos cuestionados, no encuentra sustento en el
carácter de la institucióná y tampoco en la cláusula del art.
166 de la Constitución provincial, que al definir la materia
contencioso administrativa, incluyó el juzgamiento de los
casos originados en el ejercicio de función administrativa
por parte de entes públicos no estatales.
El cumplimiento de la garantía de la defensa en
juicio de la persona y de sus derechos -en el caso, lo que
está en juego es el derecho a trabajar (arts. 27 de la Const.
provincial y 14 de la nacional)-, establecida en el art. 15
de la Constitución local (art. 18 de la Constitución
nacional) reclama, como condición de validez constitucional,
que la decisión de los órganos administrativos esté sujeta a
un control judicial suficiente. Ello supone asegurar al
afectado la oportunidad de ocurrir ante un órgano judicial
por una vía ordinaria, mediante una pretensión a través de la
cual pueda solicitar la revisión de las cuestiones de hecho y
de derecho comprendidas o resueltas en la decisión
administrativa (Ac. 87.265, "Carrefour S.A.", res. delá 12-
II-2003; L. 75.708, "Quiroga", sent. del 23-IV-2003; L.
76.941, "Mezza", sent. del 8-IX-2004; L. 89.144, "Luna",
sent. del 10-V-2006).
2. El sistema adoptado por la legislación
provincial a partir de la sanción de la ley 13.325, no cumple
con los recaudos señalados (conf. mi voto en A. 68.782,
"Colegio de Bioquímicos", sent. del 22-XII-2008).
Dice el texto del art. 74 de la ley 12.008 con las
modificaciones insertas por la ley citada:
"Las pretensiones que tengan por objeto la
impugnación de actos administrativos definitivos emanados de
los Colegios o Consejos Profesionales referidos al gobierno
de la matrícula o registro de profesionales y/o control
disciplinario de los mismos y los definitivos emanados de los
órganos de control disciplinario, tramitarán mediante recurso
directo ante la(s) Cámara(s) Departamental(es) en lo
Contencioso Administrativo que corresponda(n) al lugar donde
se produjo el hecho que motivó el acto cuestionado a los
fines de establecer el debido control de legalidad de
aquéllos. El plazo para deducir el recurso será de quince
(15) días a partir de la notificación de la última resolución
administrativa y deberá interponerse ante el órgano colegial
que dictó el acto administrativo. El recurso tendrá efectos
suspensivos y deberá ser fundado en el mismo acto".
"El órgano colegial pertinente deberá remitir el
recurso juntamente con las actuaciones administrativas,
dentro de los diez (10) días hábiles de recibidos, bajo
exclusiva responsabilidad de las autoridades de la
Institución, quienes serán pasibles de multas procesales en
caso de incumplimiento".
"Recibidas las actuaciones, la Cámara deberá llamar
autos para sentencia y dictará el fallo definitivo dentro del
plazo de sesenta (60) días".
"En caso de denegarse la concesión del recurso por
parte del órgano colegial, el recurrente podrá interponer
recurso de queja ante la Cámara competente dentro del plazo
de cinco (5) días de notificado de la denegatoria. Con la
queja deberá adjuntarse copia de la sentencia recurrida y del
escrito recursivo. La Cámara podrá requerir las actuaciones
administrativas, las que deberán ser remitidas por la
Autoridad Colegial dentro del plazo de cinco (5) días
hábiles, bajo el apercibimiento antes previsto. La remisión
de las actuaciones administrativas tendrá efectos suspensivos
respecto de la sentencia dictada por el órgano colegial".
3. Como se afirma en la sentencia recurrida, el
art. 74 de la ley 12.008, con las modificaciones de la ley
13.325 ciñe el control confiado al órgano jurisdiccional al
de la legalidad de lo decidido, privando al afectado de
ejercer adecuadamente su derecho de defensa en juicio,
constituyendo en definitiva al ente colegial en el único juez
de los hechos.
4. Ninguno de los argumentos esgrimidos en el
recurso en tratamiento logran conmover las conclusiones a las
que arriba en este tópico la alzada.
Cabe señalar que, a contrario de lo sostenido por
el recurrente, la fiscalización jurisdiccional de los actos
administrativos que traducen el ejercicio de una potestad
disciplinaria -criterio extensible a cualquier otra actividad
estatal que se concrete en el dictado de actos incluidos
dentro de la calificación de discrecionales- no exhibe, en
principio, elemento estructural alguno que conlleve un trato
diferencial al momento de establecer la impugnabilidad en
sede procesal administrativa.
Conforme lo he sostenido antes de ahora, la
doctrina judicial que reconoce amplias facultades a la
autoridad administrativa para valorar y calificar los hechos
y determinar las sanciones, se restringe naturalmente por la
exigencia de un control judicial posterior al acto.
Ello conduce a la posibilidad de revisión judicial
de tales facultades de la Administración (doct. de la mayoría
en causa B. 51.249, "Trezza", sent. del 10-XI-1992 y fallos
allí citados), sin que el aludido control suficiente
signifique sustituir a la Administración en el ejercicio de
su propia competencia, sino sólo restablecer, en su caso, el
derecho que se denuncie como vulnerado.
Sostener que cada poder es soberano en su esfera no
equivale a prohibir al Poder Judicial controlar la validez de
los actos de los otros poderes del Estado, siempre que ello
ocurra en el marco de un caso puesto a su decisión. No se
trata de la injerencia de un poder en las atribuciones del
otro sino de la supremacía de una norma sobre la otra. Y es
al Poder Judicial a quien se ha confiado la potestad de decir
el derecho en un caso dado, con fuerza de verdad legal. La
revisión judicial de los actos del Poder Legislativo o de la
Administración -o, como en el caso de las personas jurídicas
que actúan por delegación- sólo presupone una jerarquía de
normas y/o de actos, no una jerarquía de Poderes (Mairal,
Héctor, "Control Judicial de la Administración Pública",
edición de 1984, volumen I, pág. 107 y siguientes).
No encuentro en este punto que el recurrente haya
logrado acreditar los vicios que le atribuye al decisorio
cuestionado.
5. Distinta consideración merece, en mi opinión, la
decisión de la Cámara en cuanto se refiere a la doble
instancia como requisito del sistema de juzgamiento de casos
administrativos. No existiendo al respecto limitación
constitucional alguna, la adopción de uno u otro esquema de
juzgamiento es resorte del Poder Legislativo y el escogido no
se exhibe, en principio, como irrazonable.
Ha dicho este Tribunal que la doble instancia
garantida por los arts. 14.5 del Pacto Internacional de
Derechos Civiles y Políticos y 8.2.h) de la Convención
Americana de Derechos Humanos, no se extiende a situaciones
distintas al enjuiciamiento, atribución de responsabilidad e
imposición de penas por la comisión de ilícitos comprendidos
en la ley penal. La diversidad de bienes e intereses
jurídicos involucrados torna impropio identificar dichos
supuestos con casos como el que se ventila en autos (Fallos
323:1787; Ac. 87.265, res. del 12-II-2003; Ac. 89.297, res.
del 4-II-2004; Ac. 93.314, res. del 15-III-2006).
En esta parcela, entiendo que corresponde revocar
la sentencia impugnada en cuanto dispuso la remisión de las
actuaciones al Juzgado en lo Contencioso Administrativo que
previno.
V. Por los fundamentos expuestos propongo hacer
lugar parcialmente al recurso intentado y revocar la
sentencia recurrida en cuanto dispuso la remisión de las
actuaciones al Juzgado en lo Contencioso Administrativo que
previno.
Con tal alcance, a la primera cuestión voto por la
afirmativa.
Costas por su orden dada la naturaleza de la
cuestión planteada (art. 68, segundo párrafo, del C.P.C.C.;
conf. voto de la mayoría en causa A. 68.782, "Colegio de
Bioquímicos", sent. del 22-XII-2008).
A la primera cuestión planteada, la señora Jueza
doctora Kogan dijo:
He de adherir al voto del doctor Negri, con las
siguientes consideraciones adicionales que expuse al votar la
causa A. 68.782, "Colegio de Bioquímicos", sent. del 22-XII-
2008.
1. Tal como prescribe nuestra Constitución
nacional, y de conformidad con los presupuestos esenciales
del sistema de gobierno democrático y participativo, la
facultad para resolver disputas en forma final ha sido
atribuida exclusiva y excluyentemente a los tribunales
integrantes del Poder Judicial, quedando expresamente
prohibido a los Poderes Ejecutivo y Legislativo el ejercicio
de facultades jurisdiccionales (art. 109, Const. nac.).
Así también lo ha entendido la Corte Suprema de
Justicia de la Nación, en tanto ha sostenido en reiteradas
ocasiones que, cualquiera sea la naturaleza de las
competencias ejercidas por el Poder Ejecutivo
-sancionatorias, de resolución de conflictos, etc.- las
decisiones por éste adoptadas siempre deben estar sujetas a
control amplio y suficiente por parte de los jueces
ordinarios, en tanto el Poder Judicial es el único órgano
constitucionalmente autorizado para dictar resoluciones
finales en cuanto a los hechos y al derecho controvertidos
("Fernández Arias, Elena y otros c/ Poggio, José", Fallos
247:646).
En este célebre precedente la Corte sostuvo que
"... control judicial suficiente quiere decir: a)
reconocimiento a los litigantes del derecho a interponer
recursos ante los jueces ordinarios; b) negación a los
tribunales administrativos de la potestad de dictar
resoluciones finales en cuanto a los hechos y al derecho
controvertidos, con excepción de los supuestos en que,
existiendo opción legal, los interesados hubiesen elegido la
vía administrativa, privándose voluntariamente de la judicial
(doct. de Fallos 205:17 y 245:351). La mera facultad de
deducir recurso extraordinario basado en inconstitucionalidad
o arbitrariedad, no satisface las exigencias que en la
especie han de tener por imperativas...".
Este criterio fue reiterado en numerosas
oportunidades. Así, por ejemplo, en la causa "Litoral Gas
S.A. v. Enargas, resolución 29/1994", sent. del 16-VIII-1998,
el máximo Tribunal sostuvo que "... conviene recordar la
doctrina de esta Corte en cuanto al ejercicio de facultades
jurisdiccionales por órganos administrativos a efectos de una
mayor protección de los intereses públicos mediante el
aprovechamiento de la experiencia administrativa en la
decisión judicial que finalmente se adopte. La actuación de
tales entes u órganos ha sido siempre condicionada a
limitaciones constitucionales que surgen del art. 109 de la
Constitución Nacional y de la garantía consagrada en el art.
18 de la Ley Fundamental, tales como la exigencia de dejar
expedita una vía de control judicial verdaderamente
suficiente (Fallos 247:646; 310:2159; 311:334) y la
limitación que se deriva de la materia especifica que la ley
sometió al previo debate administrativo".
Por su parte, en un reciente precedente el Tribunal
federal ha restringido aún más la facultad de la
Administración para ejercer facultades que signifiquen
resolver controversias en sede administrativa, al exigir
-además de la existencia de un contralor judicial amplio y
suficiente- que éstas hayan sido atribuidas por ley formal,
que el órgano que las ejerza esté dotado de suficiente
independencia y, asimismo, que tal asignación de competencias
haya sido razonablemente justificada por el legislador
("Angel Estrada y Cía. S.A. c/ Secretaría de Energía y
Puertos", sent. del 5-IV-2005).
Sólo asegurando una oportunidad al afectado de
ocurrir ante el órgano judicial en procura de justicia, con
el fin de someter a su contralor cualquier decisión de la
autoridad administrativa, no se configura un menoscabo a las
garantías del juez natural y la defensa en juicio (art. 18,
Const. nacional).
2. Como bien señala el colega preopinante a similar
conclusión habrá de arribarse en el ámbito provincial.
El cumplimiento de la garantía de la defensa en
juicio de la persona y de sus derechos, establecida en el
art. 15 de la Constitución local (art. 18 de la Constitución
nacional) reclama, como condición de validez constitucional,
que la decisión de los órganos administrativos esté sujeta a
un control judicial suficiente.
Este Tribunal, aún con anterioridad a la reforma
constitucional, había cimentado un criterio amplio para el
enjuiciamiento de los casos administrativos, al establecer
que "... para que la jurisdicción administrativa sea
constitucional deben satisfacerse dos requisitos: que exista
control judicial suficiente, el que queda cumplido, en
principio, cuando al justiciable se le reconoce el derecho a
interponer recurso ante un tribunal judicial contra la
decisión del órgano administrativo, y que en el procedimiento
se garantice la audiencia y defensa del involucrado,
otorgándose la posibilidad de ofrecer pruebas..." (causa I.
1428, sent. del 8-IX-1992).
De esta manera, quedaba en claro que la revisión
judicial resultaba comprensiva tanto de los hechos como del
derecho tenidos en cuenta por el órgano administrativo.
Este criterio fue reiterado recientemente por esta
Corte al sostener que "el cumplimiento de la garantía de la
defensa en juicio (art. 18, Const. nac.) sólo requiere, como
condición de validez constitucional, que la decisión de los
órganos administrativos esté sujeta a un control judicial
suficiente, y ello supone asegurarle al afectado la
oportunidad de ocurrir ante un órgano judicial, en procura de
justicia, por una vía ordinaria, mediante una pretensión a
través de la cual pueda solicitar la revisión de las
cuestiones de hecho y de derecho comprendidas o resueltas en
la decisión administrativa" (Ac. 87.265, "Carrefour S.A.",
res. del 12-II-2003; L. 75.708, "Quiroga", sent. del 23-IV-
2003; L. 76.941, "Mezza", sent. del 8-IX-2004; L. 89.144,
"Luna", sent. del 10-V-2006).
3. El mecanismo de revisión judicial de la
actuación de los colegios y consejos profesionales tal como
se encuentra regulado actualmente por las leyes 13.325 y
13.329 parece estar en pugna con los principios
constitucionales de acceso irrestricto al proceso judicial y
de tutela judicial efectiva.
Dice el texto del art. 74 de la ley 12.008 con las
modificaciones insertas por las leyes citadas:
"Las pretensiones que tengan por objeto la
impugnación de actos administrativos definitivos emanados de
los Colegios o Consejos Profesionales referidos al gobierno
de la matrícula o registro de profesionales y/o control
disciplinario de los mismos y los definitivos emanados de los
órganos de control disciplinario, tramitarán mediante recurso
directo ante la(s) Cámara(s) Departamental(es) en lo
Contencioso Administrativo que corresponda(n) al lugar donde
se produjo el hecho que motivó el acto cuestionado a los
fines de establecer el debido control de legalidad de
aquéllos. El plazo para deducir el recurso será de quince
(15) días a partir de la notificación de la última resolución
administrativa y deberá interponerse ante el órgano colegial
que dictó el acto administrativo. El recurso tendrá efectos
suspensivos y deberá ser fundado en el mismo acto".
"El órgano colegial pertinente deberá remitir el
recurso juntamente con las actuaciones administrativas,
dentro de los diez (10) días hábiles de recibidos, bajo
exclusiva responsabilidad de las autoridades de la
Institución, quienes serán pasibles de multas procesales en
caso de incumplimiento".
"Recibidas las actuaciones, la Cámara deberá llamar
autos para sentencia y dictará el fallo definitivo dentro del
plazo de sesenta (60) días".
"En caso de denegarse la concesión del recurso por
parte del Órgano Colegial, el recurrente podrá interponer
recurso de queja ante la Cámara competente dentro del plazo
de cinco (5) días de notificado de la denegatoria. Con la
queja deberá adjuntarse copia de la sentencia recurrida y del
escrito recursivo. La Cámara podrá requerir las actuaciones
administrativas, las que deberán ser remitidas por la
Autoridad Colegial dentro del plazo de cinco (5) días
hábiles, bajo el apercibimiento antes previsto. La remisión
de las actuaciones administrativas tendrá efectos suspensivos
respecto de la sentencia dictada por el órgano colegial".
Del texto citado surge que el problema radica, no
en el establecimiento de un remedio directo, sino en las
características especiales que tiene dicho recurso, en tanto
califica virtualmente como sentencias a las resoluciones
administrativas dictadas por los órganos colegiales; y -de
hecho- los convierte en juzgados de primera instancia. Siendo
obligatoria la interposición del recurso directamente ante el
colegio o consejo profesional, a quien le corresponde llevar
a cabo el análisis de admisibilidad. Si lo encontraren
admisible deberán remitirlo a la cámara de apelaciones
respectiva, en caso contrario, procederán a rechazarlo,
habilitándose una queja por denegación del recurso directo.
El sistema veda expresamente cualquier posibili-dad
de sustanciación del recurso y tampoco admite, el
ofrecimiento y la producción de prueba. A su vez, limita los
alcances de la revisión únicamente a los aspectos de
legalidad de la resolución administrativa emitida por los
colegios y consejos profesionales.
Es decir, esa limitación -y no el carácter directo
del recurso- hace patente que el mecanismo instaurado soslaya
y recorta el sistema de revisión amplio que consagran la
Constitución provincial y el Código Procesal Contencioso
Administrativo, afectando la garantía del debido proceso y
los principios constitucionales de acceso irrestricto a la
jurisdicción y tutela judicial efectiva (arts. 15 y 166,
último párrafo de la Constitución provincial; 18 y 75 inc.
22, Constitución nacional).
4. Reiterando mi adhesión al voto del doctor Negri,
con el alcance allí señalado, doy el mío también por la
afirmativa.
Costas por su orden dada la naturaleza de la
cuestión debatida (art. 68, segundo párrafo, del C.P.C.C.).
A la primera cuestión planteada, el señor Juez
doctor de Lázzari dijo:
I. Discrepo con la opinión de los distinguidos
colegas preopinantes, tal como lo hiciera al dar mi voto en
la causa A. 68.782 ("Colegio de Bioquímicos", sent. del 22-
XII-2008), en la que se decidió una cuestión análoga.
II. Liminarmente, cabe resaltar que a posteriori de
la reforma constitucional de 1994, fue sancionado el Código
en lo Contencioso Administrativo, cuyo art. 74 establecía la
impugnación de las resoluciones de colegios y consejos
profesionales por ante los tribunales de primera instancia en
lo contencioso administrativo.
Con la sanción de las leyes 13.325 y 13.329, se
produjo una modificación al sistema de control judicial
instaurado anteriormente, estableciéndose que la impugnación
de las resoluciones de colegios y consejos profesionales se
efectuara por medio de un recurso directo ante la cámara en
lo contencioso administrativo que correspondiere.
Así, el art. 74 vigente reza: "Las pretensiones que
tengan por objeto la impugnación de actos administrativos
definitivos emanados de los Colegios o Consejos Profesionales
referidos al gobierno de la matrícula o registro de
profesionales y/o control disciplinario de los mismos y los
definitivos emanados de los órganos de control disciplinario,
tramitarán mediante recurso directo ante las Cámaras
Departamentales en lo Contencioso Administrativo que
corresponda al lugar donde se produjo el hecho que motivó el
acto cuestionado a los fines de establecer el debido control
de legalidad de aquéllos. El plazo para deducir el recurso
será de quince (15) días a partir de la notificación de la
última resolución administrativa y deberá interponerse ante
el Órgano Colegial que dictó el acto administrativo. El
recurso tendrá efectos suspensivos y deberá ser fundado en el
mismo acto".
"El Órgano Colegial pertinente deberá remitir el
recurso juntamente con las actuaciones administrativas,
dentro de los diez (10) días hábiles de recibidos, bajo
exclusiva responsabilidad de las autoridades de la
Institución, quienes serán pasibles de multas procesales en
caso de incumplimiento".
"Recibidas las actuaciones, la Cámara deberá llamar
autos para sentencia y dictará el fallo definitivo dentro del
plazo de sesenta (60) días".
"En caso de denegarse la concesión del recurso por
parte del Órgano Colegial, el recurrente podrá interponer
recurso de queja ante la Cámara competente dentro del plazo
de cinco (5) días de notificado de la denegatoria. Con la
queja deberá adjuntarse copia de la sentencia recurrida y del
escrito recursivo. La Cámara podrá requerir las actuaciones
administrativas, las que deberán ser remitidas por la
Autoridad Colegial dentro del plazo de cinco (5) días
hábiles, bajo el apercibimiento antes previsto. La remisión
de las actuaciones administrativas tendrá efectos suspensivos
respecto de la sentencia dictada por el Órgano Colegial".
El sistema así consagrado posee total similitud con
el vigente antes de la sanción del nuevo Código Contencioso
Administrativo, en el que era un tribunal recursivo de
instancia única el Tribunal Especial creado para resolver
recursos contra sanciones disciplinarias de los Colegios y
Consejos profesionales, integrado por los presidentes de las
Cámaras de Apelación en lo Civil y Comercial I y II de La
Plata, vigente desde 1975.
Análogo régimen puede apreciarse actualmente en
relación al recurso en instancia única para las sanciones del
Colegio Público de Abogados de la Capital Federal. De igual
manera pueden mencionarse otros supuestos de sanciones con
recurso en instancia única, tales como los vinculados con
infracciones a la Ley de Pesca y de Caza de la Provincia (ley
11.477).
III. Numerosos ejemplos pueden citarse en los que
la Corte Suprema trató cuestiones atingentes al poder
disciplinario de órganos administrativos, en los que la
constitucionalidad de tal sistema en modo alguno resultó
observada (vgr. causas D. 1607. XL, "Disco S.A.", sent. del
19-VII-2006, recurso previsto en el art. 22 de la ley 22.802
de lealtad comercial; C.3 XXXV. Recurso de hecho, sent. del
6-II-2003, "Cencosud S.A.", misma ley; en S. 2702 XXXVI,
"Superintendencia de Seguros c/ LUA", trató el tema con
respecto al recurso del art. 83 de la ley 20.091 de las
aseguradoras y su control; C. 2096 XXXIX, "Central Térmica
Quemes c/ resolución 1650/98 ENRE", sent. del 26-IX-2006 con
respecto al recurso del art. 76 de la ley 24.065; C.904
XXXVII, "Cencosud S.A." del 15-VI-2004 con respecto a la ley
24.204 de Defensa del Consumidor, recurso del art. 45; L. 46.
XXXVII, "Laboratorios Duncan" del 5-VI-2005 con relación a la
ley de medicamentos 16.463; Y.31 XXXVII, "Yacht Club
Argentino c/Inspección General de Justicia" del 28/II/2006
respecto a la ley 22.315).
Desde el célebre precedente "Fernández Arias, Elena
c/ Poggio, José", fallado por la Corte Suprema de Justicia de
la Nación en 1960, la doctrina y jurisprudencia han aceptado
unánimemente la existencia de actividad jurisdiccional a
cargo de organismos administrativos como son, en el caso
subexamen, los colegios profesionales.
Sobre fenómenos similares a éste, surgidos al amparo de
justificaciones eminentemente pragmáticas ("hacer más
efectiva y expedita la tutela de los intereses públicos,
habida cuenta de la creciente complejidad de las funciones
asignadas a la administración", ver fallo nacional cit.), nos
alertaba Mauro Cappelletti diciendo que "el más grande
peligro (...) consiste en el riesgo de que por perfeccionar
los procedimientos se dejen a un lado las garantías
fundamentales, especialmente las que se refieren al juez
imparcial y al derecho de las partes a ser oídas (...). Aún
cuando la innovación sea importante, no hay que olvidar que,
después de todo, las grandes instituciones procesales han
sido moldeadas, durante muchos siglos de lucha, para evitar
la arbitrariedad y la injusticia" (en "El acceso a la
justicia", Col. de Abog. de La Plata, 1983, p. 182).
Sin embargo, y consciente de los riesgos que
implica la plena consagración de la "jurisdicción
administrativa", la existencia de la misma fue condicionada
por la Corte Suprema -de manera indefectible- al "control
judicial" suficiente y efectivo. "Una interpretación
contraria no tendría cabida dentro del derecho argentino
(...). Primeramente, porque el art. 18 de la Constitución
Nacional incluye la garantía de que, mediando situaciones del
carácter indicado (resoluciones administrativas con contenido
jurisdiccional), ha de reconocerse a los habitantes del país
el derecho a ocurrir ante un órgano judicial en procura de
justicia (...). Si este requerimiento no recibe satisfacción,
esto es, si las disposiciones que gobiernan el caso impiden a
las partes tener acceso a una instancia judicial propiamente
dicha (...) existe agravio constitucional originado en
privación de justicia. En efecto, ésta se configura toda vez
que un particular, no obstante hallarse protegido por la
indicada garantía del art. 18, queda sin juez a quien
reclamar la tutela de su derecho" (del considerando 20º del
fallo citado supra).
Estos conceptos altamente garantistas, emanados de
nuestra Corte nacional hace más de tres décadas, se ven
revitalizados en nuestros días a partir de los trascendentes
cambios introducidos en la Constitución nacional por la
reforma de 1994. En efecto, el nuevo art. 75, en su inc. 22,
otorga jerarquía constitucional a una serie de tratados
internacionales, entre los que se encuentra la Convención
Americana sobre Derechos Humanos que fuera suscripta en la
ciudad de San José de Costa Rica el 22 de noviembre de 1969 y
ratificado por la República Argentina el 14 de agosto de
1984, previa aprobación por parte del Congreso mediante la
ley 23.054. El depósito en la Secretaría General de O.E.A.
del instrumento de ratificación -que tuvo lugar el 5 de
noviembre de 1984- marcó el momento a partir del cual entró
en vigencia en nuestro ámbito (ver Hitters, "Derecho
Internacional de los Derechos Humanos", t. II, Ediar, 1993,
p. 76). Este Tratado dispone en su art. 8 ("Garantías
judiciales") que "Toda persona tiene derecho a ser oída, con
las debidas garantías y dentro de un plazo razonable por un
juez o tribunal competente, independiente e imparcial,
establecido con anterioridad por la ley en la sustanciación
de cualquier acusación penal formulada contra ella o para la
determinación de sus derechos y obligaciones de orden civil,
laboral, fiscal o de cualquier otro carácter".
De aquí se deduce que es connatural con el debido
proceso la existencia de un juez o tribunal "independiente e
imparcial". "No es dudoso, asimismo, -enseña Morello- que
entre las cuestiones que se vinculan con la mejor
administración de justicia, la primera y basilar es la de que
ella se ejerza con imparcialidad. Por cierto que es éste uno
de los elementos esenciales de la defensa en juicio, tal como
con esos términos está subrayado por el Alto Tribunal, entre
otros precedentes, en Fallos, 198:78; 257:132, consid. 3º.
Independencia e imparcialidad no obstante ser conceptualmente
autónomas, se interrelacionan pues la falta de aquélla obsta,
en los hechos, a la imparcialidad del juicio. La garantía de
imparcialidad del Juez pegada al principio de legalidad, es
condición de efectividad de la función decisoria" (en "El
proceso justo", Lib. Edit. Platense, 1994, p. 418).
Tales notas son propias del "juez judicial" y
ajenas, por naturaleza, al ámbito de la Administración -donde
quien ejerce funciones jurisdiccionales es, al mismo tiempo,
parte en la controversia-. De allí que la falta de esta
figura en procesos de cualquier índole es violatoria del art.
8º del pacto mencionado, el que tiene -a partir del nuevo
texto del art. 75 inc. 22- rango constitucional (ver Hitters,
Martínez y Tempesta, "Jerarquía de los Tratados sobre
Derechos Humanos...", "El Derecho", t. 159, p. 1074).
IV. Sentadas así las bases que atañen a la
posibilidad de existencia de actividad jurisdiccional en el
ámbito administrativo a condición de que se garantice
suficientemente el control judicial adecuado, corresponde
examinar concretamente si en el caso se han dado notas de
relevancia tal que conduzcan a una conclusión descalificadora
de la norma aplicable como la adoptada por la Cámara.
Y en esa labor de apreciación específica de las
particularidades que presenta el sub lite, encuentro que el
decisorio recurrido ha emanado desde una perspectiva
puramente teórica y abstracta, decididamente independizada de
las connotaciones que exhibe la litis, en una suerte de
ensayo genérico y omnicomprensivo sobre la naturaleza y
caracteres que indeterminadamente refleja el instituto del
recurso consagrado en el art. 74 del Código Contencioso
Administrativo, sin referencia alguna a la hipótesis en
juzgamiento. En efecto, el decisorio en examen ha formulado
una serie de consideraciones jurídicas expuestas en términos
generales, mas omitiendo analizar el caso puntual de la
sanción aplicada al abogado Giannino y la manera en que en
todo caso el sistema estatuido legalmente habría coartado el
ejercicio de su derecho de defensa y el debido proceso legal
que se le debe constitucionalmente.
Entiéndase bien. No estoy sosteniendo que la Cámara
carezca de la facultad de plantear de oficio la
inconstitucionalidad de una norma. Solamente advierto que, en
autos, lo ha hecho sin evidenciar en dónde radica el agravio,
la lesión, la afectación o el perjuicio que se seguiría al
eventual interesado.
La atribución de declarar la invalidez
constitucional de los actos de los otros poderes reconocida a
los tribunales ha sido equilibrada poniendo como límite
infranqueable la necesidad de un caso concreto, excluyendo el
control genérico. Esta pauta se conoce desde "Marbury vs.
Madison", en donde se dijo que "la competencia de la Corte es
solamente decidir sobre derechos de los individuos, no para
analizar cómo el ejecutivo o los oficiales del ejecutivo
desarrollan sus deberes sobre los cuales ellos tiene
discreción" (conf. "La Corte Suprema de Justicia de la Nación
en la interpretación de variables mutables", María Rosa
Cilurzo; "La Ley", 2006-E, 850).
Esta Suprema Corte, en la causa "Candia" (C.
85.129, sent. del 16 de mayo de 2007, voto del doctor
Roncoroni) expresó que "los jueces, en ejercicio del control
difuso de constitucionalidad, no sólo pueden sino que deben
declarar de oficio la invalidez de una norma pues la
Constitución no rige cuando alguien lo pide, sino siempre
(art. 31, Const. nac.). Por cierto, eso no significa que los
jueces reemplacen a los legisladores, lo que también sería
inconstitucional, pues resultaría contrario al régimen
republicano (art. 1, Const. cit.; conf. L. 71.014, sent. del
29-X-2003)(...). La pregunta relevante no es si es posible o
no la declaración oficiosa, sino bajo qué requisitos lo es,
debiendo examinarse si ellos se cumplen en el caso en
juzgamiento (...). En efecto, la declaración de
inconstitucionalidad de la norma (o más exactamente, la
inconstitucionalidad de su aplicación al caso), no se
proclama en abstracto, sino en una causa abierta. Tampoco se
trata de un dictum, u opinión de los miembros del tribunal,
sino de una declaración estrictamente determinada, provocada,
por pretensión de mejoramiento del resultado del proceso en
que el recurso intentado consiste".
Los requisitos a que me refiero han sido
explicitados por la Corte Suprema (conf. "Mill de Pereyra
c/Prov. de Corrientes", Fallos 324:3219). Por cierto que no
resultan del hecho de que hayan sido reconocidos por el más
Alto Tribunal de la Nación, sino que derivan de la división
de poderes que ordena la Constitución. Así, señaló la Corte
federal que la declaración de inconstitucionalidad "es un
acto de suma gravedad, al que sólo debe recurrirse cuando una
estricta necesidad lo requiera, en situaciones en las que la
repugnancia con la cláusula constitucional sea manifiesta e
indubitable y la incompatibilidad inconciliable ... la
declaración de inconstitucionalidad sólo será procedente
cuando no exista la posibilidad de una solución adecuada del
juicio por otras razones que las constitucionales
comprendidas en la causa" (cit., considerando 10).
V. En tales condiciones, considero que la
pretendida incompatibilidad del sistema establecido en el
art. 74 del Código Contencioso Administrativo debió ser
analizada en autos a la luz de su aplicación al caso concreto
sometido a juzgamiento. Dicho de otro modo, la Cámara
necesariamente tenía que efectuar un pormenorizado análisis
de los datos de la causa evaluando la situación en que se
encontró colocado el profesional objeto de la sanción, en
particular verificando qué afectaciones se deparaban para su
defensa, para su posibilidad de ofrecer y producir prueba,
para el aseguramiento a su respecto del debido proceso. Era
imprescindible el adecuado examen de la relación existente
entre el sistema creado por el art. 74 y las pretensiones y
alegaciones incorporadas por el sancionado. Nada de esto
observó el a quo, que se ha abstenido de incorporar datos del
expediente del que resulte algún tipo de eventual
quebrantamiento de los derechos del apelante, razón por la
cual su decisión aparece, cuanto menos, como prematura.
En resumen, es posible que se susciten supuestos en
los que el régimen de apelación de las decisiones emanadas de
los colegios profesionales se torne inconstitucional al
constatarse efectiva lesión al plexo garantista que hace a la
defensa en juicio. Del mismo modo, el juzgamiento por ese
carril, en situaciones que en modo alguno trasunten tal
perjuicio, no sería susceptible de invalidación. Mas lo que
de ningún modo puede hacerse, en mi opinión, es predicar en
abstracto la inconstitucionalidad de una norma sin atender
mínimamente a la existencia o inexistencia, en el particular
supuesto de que se trata, de lesión constitucional. De allí
que lo decidido en autos sea meramente conjetural e
hipotético en tanto la sentencia carece de toda referencia a
la demostración del interés sustancial que autorice a
pronunciarse en la forma en que se lo hace.
La Corte federal, en este sentido, no tolera la
declaración de inconstitucionalidad sobre hipótesis
abstractas sin demostración de agravios concretos a las
garantías que se afirman vulneradas (conf. Fallos 256:602;
258:255; 307:1656; 314:407; 315:952, entre otros).
En definitiva, el ejercicio del control de
constitucionalidad, preciada potestad del órgano
jurisdiccional, ha de ejercerse con la prudencia y
responsabilidad que corresponde a tan delicada función. En el
caso, al omitir toda consideración a la existencia de
eventuales afectaciones, la Cámara interviniente ha
extralimitado su labor. A lo que se agrega que la reiteración
de pronunciamientos, que emergen en igual ausencia de
ponderación de las particularidades de cada causa, que se
constata en los expedientes que arriban al Tribunal,
conduciría a la virtual derogación de la norma involucrada,
lo que es intolerable para nuestro sistema jurídico.
VI. Por lo expuesto y las fundadas razones en que
sustenta su dictamen la señora Procuradora General, propongo
hacer lugar al recurso intentado revocándose la declaración
de inconstitucionalidad del art. 74 del Código Contencioso
Administrativo por prematura, debiendo retornar los autos al
tribunal de origen para que integrado por jueces hábiles,
proceda a resolver el caso en atención a sus específicas
particularidades. Se imponen las costas en el orden causado
(arts. 303 del C.P.C.C. y 51 de la ley 12.008 con las
modificaciones de la ley 13.101, conforme mi voto en A.
68.914, "Larrauri", sent. del 22-XII-2008).
Con el alcance indicado, voto por la afirmativa.
A la primera cuestión planteada, el señor Juez
doctor Soria dijo:
I. Discrepo con las conclusiones a las que arriba
el señor Juez doctor Negri en el punto III de su voto.
II. Más allá de que, según comenta, la recurrente
lo hace sin "... asumir el carácter de contraparte, oponente,
contrincante o contradictor del interesado", sino en calidad
de "parte desde el punto de institucional" (fs. 45), lo cual
en esta litis torna difícil explicar su legitimación, es
menester destacar que, además y fundamentalmente, en su
presentación engloba, en modo confuso, indistinto y no
diferenciado, argumentos de orden doctrinario y
constitucional, cuya correspondencia con los recursos que
dice plantear no es discernible.
III. Lo expuesto evidencia la inadmisibilidad de
los reclamos.
1. De acuerdo con el criterio que adopté en la
causa Ac. 88.638, "Iezzi", de fecha 8-III-2008, al adherir en
un todo al voto de mayoría expedido por mi distinguido
colega, doctor Hitters, considero que los recursos
extraordinarios interpuestos a fs. 77/108 deben ser
desestimados en atención a su insuficiente fundamentación
(arts. 279, C.P.C.C.).
En esa oportunidad, el colega mencionado recordó la
reiterada doctrina de este Tribunal, por la cual se descarta
la posibilidad de fundar recursos extraordinarios diferentes
(el de inaplicabilidad de ley, el de nulidad o el de
inconstitucionalidad) en los mismos fundamentos o con
agravios entremezclados (Ac. 46.599, sent. de 10-VIII-1993,
Ac. 50.762, sent. de 7-III-1995, Ac. 57.323, sent. de 13-II-
1996, Ac. 61.024, sent. de 7-VII-1998, entre otras), toda vez
que en esta sede extraordinaria no cabe admitir embates cuya
promiscuidad argumental genere una confusión en la que no sea
posible desentrañar, con debida certeza, dónde comienza o
finaliza uno u otro (doct. Ac. 45.213, sent. de 27-XII-1991,
v. voto del doctor Hitters en la causa Ac. 91.830, sent. de
3-V-2006).
Por otra parte, parece obvio recordar que no es
labor de la Corte suplir falencias de orden técnico que
mellan la viabilidad de la impugnación que se intenta en su
sede extraordinaria (arg. arts. 279 y 300, C.P.C.C.).
2. Según sostuvo el ministro cuyo pronunciamiento
rememoro "... los recursos extraordinarios tienen exigencias
técnico-formales propias, de insoslayable cumplimiento, que
la Suprema Corte no puede dejar de lado, pues de lo
contrario, se infringen normas de carácter constitucional y
legal que lo sustentan (arts. 161, Const. prov.; 279 y 296,
C.P.C.C.; Ac. 40.667, sent. de 6-VI-1989; Ac. 44.744, sent.
del 13-VIII-1991; Ac. 50.193, sent. del 22-III-1994; Ac.
57.323, sent. del 13-II-1996)" (conf. causa Ac. 88.638,
cit.).
Tras recordar la aplicabilidad del principio
dispositivo, también explicó que "... [p]or ello es que en
este campo se advierte una característica propia, conocida
como "principio de formalidad" (ajeno, por supuesto, a toda
connotación excesiva o formulista), del cual se deriva, como
uno de sus principales corolarios, la regla de la "unicidad"
recursiva, según la cual cada resolución tolera
-generalmente- un solo carril de impugnación (mi voto en la
causa L. 75.147, sent. del 6-VIII-2003, v. Barbosa Moreira,
Comentarios ao Código de Processo Civil, Ed. Forense, 4° ed.,
v. V, p. 281)" (causa Ac. 88.638).
3. Que se admita deducir en un solo escrito más de
un recurso (Ac. 91.909, "Porta", sent. de 23-V-2007), no
conduce a una solución diversa en la especie por cuanto tal
posibilidad tiene cabida si los fundamentos en que cada uno
se asienta han sido debidamente deslindados (Ac. 91.909,
cit.), cosa que aquí no ocurre. La carga de exponer con
claridad y precisión los agravios que a cada recurso le
corresponden no ha sido observada. Fiscalizar su cumplimiento
atañe al Tribunal, a quien le está vedado efectuar lecturas
"creativas" o "reconstructivas" de planteos carentes de los
recaudos de suficiencia impuestos por el ordenamiento.
Tampoco, se menciona, ni se presenta, la situación
excepcional que permite abordar en forma conjunta agravios
pertenecientes a ambos tipos de recursos como los aquí
formulados. Ello ha procedido solamente cuando los preceptos
cuya errónea aplicación se denuncia son del mismo contenido
normativo ([Link].: la infracción a la garantía de la
inviolabilidad de la propiedad, a la igualdad, al derecho a
trabajar, o a otras normas idénticas o similares incluidas en
los textos constitucionales nacional y provincial; conf. Ac.
32.929, "Fisco de la Provincia de Buenos Aires", sent. de 30-
XI-1984; L. 81.849, "Larrosa", sent. de 10-XI-2004),
circunstancia que en modo alguno se presenta en el sub lite.
Por todo ello, se impone en autos la desestimación
del remedio intentado (arts. 279 y 300 ya citados).
Costas al recurrente vencido (arts. 60 inc. 1º del
C.C.A., ley 12.008 -texto según ley 13.101 y 303 del
C.P.C.C., conf. doctrina de la mayoría en causa A. 68.914,
"Larrauri", sent. de 22-XII-2008, sin perjuicio de mi opinión
en contrario allí manifestada).
Voto por la negativa.
A la primera cuestión planteada, el señor Juez
doctor Pettigiani dijo:
Adhiero al voto del doctor Negri.
I. 1. Suficiencia de los recursos. Si bien no
resulta de aplicación en nuestro ordenamiento jurídico la
teoría del recurso indiferente, por la cual basta apelar el
decisorio y expresar los agravios que éste le causa al
recurrente, para que el tribunal adecue la pretensión
impugnatoria al tipo de recurso que corresponda, entiendo,
como bien sostiene el doctor Negri en el punto III de su
voto, que la interposición conjunta de los recursos
extraordinarios traídos no constituye por sí una técnica
impugnatoria que los descalifique cuando, como en el
presente, resulta posible discernir cuales agravios fundan
cada uno de ellos y éstos no se contraponen entre sí de
manera que se neutralicen.
2. Legitimación. Sabido es que, por principio, para
poder impugnar un acto procesal de resolución resulta
menester haber tenido intervención en el proceso de que se
trate y que lo decidido le produzca al impugnante un
gravamen, es decir una diferencia perjudicial entre lo
peticionado y lo que le fuera concedido.
Ahora bien, en el caso que nos ocupa, por la propia
reforma introducida por la ley 13.325 al art. 74 del Código
Contencioso Administrativo, los colegios o consejos de
profesionales han dejado de ser parte en el proceso de
revisión judicial de sus decisiones definitivas referidas al
gobierno de la matrícula o registro de profesionales y/o
control disciplinario de los mismos y las definitivas
emanadas de los órganos de control disciplinario, motivo por
el cual obviamente no han tenido intervención previa en el
proceso.
Siendo ello así, nos encontramos frente a un
supuesto en el que articulado por el interesado el recurso de
apelación previsto en dicha norma, lo decidido in limine
litis (la sentencia que descalificaba constitucionalmente la
norma) se le notificó al órgano del cual emanaba el acto
decisorio final, en virtud de haberse dispuesto por la Cámara
que el hasta entonces recurrente adecuara su presentación
inicial -recurso de apelación- de conformidad con lo
establecido en el art. 27 del Código Contencioso
Administrativo -de acuerdo a la ley 13.101- al procedimiento
ordinario o sumario de ilegitimidad, intimando a su vez a las
partes a constituir domicilio procesal dentro del radio de
asiento del juzgado (conf. art. 56 inc. 4 del C.C.A.).
"Los terceros no pueden interponer recursos en los
procesos en que no intervengan, pero pueden hacerlo desde que
se incorporen a la relación procesal, porque en ese momento
asumen calidad de partes" (Alsina, Hugo Tratado Técnico
Práctico de Derecho Procesal Civil y Comercial, ed. Adiar,
Bs. As. 1961, tomo IV, p. 191).
Ahora bien, en el sub lite quien es llamado al
proceso para que tome intervención como parte, atento la
readecuación de la pretensión de la parte actora que se
ordenara, impugna el decisorio.
En tal sentido y como recaudo de admisión subjetiva
del recurso traído, es menester considerar si del decisorio
surge un agravio.
En ese análisis debemos considerar que el perjuicio
concreto para la entidad impugnante viene dado por dejarse de
lado el control de legalidad de sus actos decisorios finales,
que la ley 13.325 introdujo en la reforma del art. 74 del
Código Contencioso Administrativo, para pasar a un proceso de
revisión plena, menoscabando el poder de policía delegado
para el juzgamiento entre pares, colocándolo como contraparte
del profesional.
Desde esa plataforma y más allá de lo que se decida
al respecto, encuentro cumplido este presupuesto de
admisibilidad del recurso.
3. Inconstitucionalidad de oficio. Es dable señalar
que el art. 15 de nuestra Constitución local, siguiendo el
paradigma del art. 18 de la Constitución nacional, establece
la inviolabilidad de la defensa de la persona y de los
derechos en todo procedimiento administrativo o judicial y
que, a su turno, el art. 57 edicta, clara y concretamente,
que toda ley, decreto u orden contrarios a los artículos
precedentes o que impongan al ejercicio de las libertades y
derechos reconocidos en ellos, otras restricciones que las
que los mismos artículos permiten o priven a los ciudadanos
de las garantías que aseguran, serán inconstitucionales y no
podrán ser aplicados por los jueces.
Desde esa plataforma y tratándose el artículo cuya
inaplicabilidad por inconstitucionalidad nos ocupa de una
cuestión procesal, eminentemente local, no cabe duda de la
validez del escrutinio estricto que al respecto realizara la
Cámara de intervención.
Por lo demás, la facultad de los magistrados para
decretar de oficio la inconstitucionalidad de las normas
legales, ha sido superado por esta Corte en el precedente
identificado como L. 67.598, "Blanco", sent. del 2-XI-2002,
en el cual por mayoría se expidió en forma favorable por la
habilitación de los magistrados para tal cometido.
Señalé allí que en el precedente ("Mill de Pereyra,
Rita Aurora y otros c/ Provincia de Corrientes", sent. del
27-IX-2001, "La Ley", 5-XII-2001), la Corte Suprema de
Justicia de la Nación introdujo una variante en su criterio
en orden a la prohibición de la judicatura para decretar de
oficio la inconstitucionalidad de las normas legales,
sostenido en diversos precedentes de ese Tribunal (Fallos
282:15; 289:89, entre otros).
Se conformó la necesaria mayoría de opiniones en el
fallo señalado, con los votos de los señores jueces doctores
López y Bossert, quienes expresaron su adhesión a ejercer la
facultad de declarar de oficio la inconstitucionalidad de las
normas -en la especie la ley de convertibilidad 23.928-
cuando se ha garantizado el derecho de defensa de los
litigantes, esto es, si éstos han tenido suficiente
oportunidad de ser oídos sobre el punto como sucedió en el
referido caso en el remedio federal y su escrito de
contestación. Exigencia que, en mi concepto, en las presentes
actuaciones se cumplimenta con la deducción del recurso
extraordinario de inaplicabilidad de ley.
En relación a que la declaración efectuada fuera
realizada in limine litis, tengo para mi que no conculca el
derecho de defensa ni resulta prematura, desde que, de un
lado, como manifestamos, en virtud de que por lo resuelto fue
traído al proceso el organismo de derecho público no estatal,
a los fines de respetar el principio de bilateralidad de la
acción y, en su consecuencia, darle oportunidad de impugnar
lo decidido -como hizo- a quien era traído al proceso (arts.
18 de la Constitución nacional, 15 de la local y 8 de la
Convención Americana de Derecho Humanos).
De otro lado, pues la cuestión resuelta versaba
sobre el tipo de proceso que correspondía transitar, por lo
que el hecho de que lo hiciera sin atenerse a las
circunstancias expresadas en el recurso de apelación que
abriera su competencia funcional revisora, pues éstas
eventualmente estarían encorsetadas en el marco de la
normativa vigente, que motivara su descalificación por la
restricción a la revisión plena en sede jurisdiccional de lo
actuado que para la Cámara supone, y porque paralelamente se
determinaba, de manera refleja, la competencia funcional del
organismo al que le correspondería dirimir el conflicto, lo
que demuestra claramente que la cuestión versaba sobre el
encuadre procesal y por lo tanto debía tratarse de manera
previa.
Con el alcance indicado por el señor Juez doctor
Negri, voto por la afirmativa.
Costas de esta instancia por su orden dada la
naturaleza de la cuestión planteada (art. 68, 2º párrafo del
C.P.C.C.) por aplicación -por razones de economía y celeridad
procesal- del régimen del Código Procesal Civil y Comercial
en la materia (conf. doct. de la mayoría en causa A. 68.782;
ver mi voto en A. 68.442, sent. del 12-VIII-2009).
A la primera cuestión planteada, el señor Juez
doctor Hitters dijo:
I- EL CASO EN JUZGAMIENTO. IMPUGNACION DE UNA
SANCIÓN IMPUESTA POR EL COLEGIO DE ABOGADOS.
1- La Cámara de Apelación en lo Contencioso
Administrativo con asiento en La Plata declaró, de oficio, la
inconstitucionalidad de los arts. 1 y 2 de la ley 13.325 y 1,
2 y 3 de la ley 13.329. De tal modo ordenó dar curso a la
pretensión impugnatoria articulada contra la resolución del
17-VII-2003 dictada por el Consejo Superior del Colegio de
Abogados de la Provincia de Buenos Aires (por la que se le
impusiera al accionante la sanción de tres meses de
suspensión en el ejercicio profesional), con arreglo al
procedimiento del art. 74 de la ley 12.008 (texto según art.
49, ley 13.101).
Para así decidir -tal como lo expone el colega que
abre el presente Acuerdo- el a quo señaló: i) que
correspondía revisar, aún de oficio, la remisión que
efectuara el juez de la causa invocando el art. 2º de la ley
13.329 en tanto se encuentra involucrada en autos la
competencia material definida en el art. 166 de la
Constitución provincial, cuestión que es de orden público y
de insoslayable ponderación por los jueces en la primera
oportunidad en que tomen intervención; ii) que correspondía
emitir pronunciamiento respecto de la constitucionalidad de
las normas legales en que se funda la remisión efectuada por
el juez que previno, aún de oficio, en resguardo de la
jurisdicción que constitucionalmente le ha sido asignada para
el juzgamiento de casos en materia administrativa; iii) que
el régimen procesal establecido en las normas para el
juzgamiento de los actos emanados de los colegios y consejos
profesionales, en tanto establece un recurso directo por ante
la Cámara de Apelación en lo Contencioso Administrativo
ceñido al control de legalidad del acto, sin sustanciación,
no se compadece con las bases constitucionales de la justicia
administrativa (arts. 15 y 166 de la Const. provincial),
asignándosele al organismo profesional atribuciones propias
del juez de la causa, con violación de las normas del debido
proceso y de la tutela judicial continua y efectiva (art. 15
Const. Prov.; art. 18 Const. nacional), que requiere un
juicio de conocimiento ante un juez imparcial que conduzca a
una sentencia de mérito sobre los hechos del caso y el
derecho aplicable; iv) que el antiguo sistema de juzgamiento
de las contiendas originadas en los actos de gravamen
emitidos por los colegios profesionales (decretos leyes
9398/1978 y 9671/1981), armonizable con la jurisdicción
ejercida por la Suprema Corte de conformidad con el derogado
art. 149 inc. 3º de la Constitución provincial, resulta
inconciliable con el sistema de juzgamientos de casos en
materia administrativa cuyos lineamientos han de encontrarse
en los arts. 15 y 166 de la Constitución provincial; v) que
la creación de un "recurso directo" de apelación no satisface
el principio de tutela judicial continua y efectiva, ni el
acceso irrestricto a la justicia, menos aún en el marco del
recaudo de control amplio y el juicio pleno impuesto por el
art. 166 de la Constitución provincial; vi) que se socava la
atribución constitucional de los jueces del fuero,
produciéndose un desplazamiento de la función judicial hacia
un órgano extraño al Poder Judicial, con detrimento de
atribuciones propias; vii) que se vulnera el derecho de
defensa en juicio en tanto se priva al litigante de la
posibilidad de formular alegaciones y producir prueba, así
como de obtener un pronunciamiento del juez de la causa sobre
los hechos del caso, con violación de los arts. 15 de la
Constitución provincial y 18 de la nacional.
También argumentó que el derecho a la tutela
jurisdiccional efectiva ha sido proclamado en la Declaración
Universal de Derechos Humanos (art. 10), en el Pacto de
Derechos Civiles y Políticos (art. 14), en el Convenio de
Roma para la Protección de los Derechos Humanos y las
Libertades Fundamentales (art. 6) y en el Pacto de San José
de Costa Rica (arts. 8 y 25), señalando que se desplaza, sin
justificación, la competencia de los Juzgados de primera
instancia del fuero contencioso administrativo, y de este
modo se hace excepción al principio de doble instancia
ordinaria que rige en la materia (conf. ley 12.074 y sus
reformas; conc. ley 12.008), regla que aunque no conforma un
requisito de validez constitucional en este ámbito
jurisdiccional (art. 215, Const. prov.; doct. arts. 8 inc. 2
"h", C.A.D.H.; 75 inc. 22, Const. nac.), hallándose
establecida no podría ser motivo de salvedades irrazonables
(arts. 15, Const. prov.; 18 y 28, Const. nac.).
2- Contra tal decisión el Colegio de referencia
interpuso los recursos extraordinarios de
inconstitucionalidad e inaplicabilidad de ley.
En lo que interesa para la resolución de esta
cuestión, cabe señalar que tras destacar las características
esenciales de los entes profesionales, su enclave
constitucional y el significado de la potestad disciplinaria
a ellos atribuida, denunció que el fallo impugnado violenta
los arts. 15, 41 y 166 de la Constitución local.
Adujo que esta última norma define lo que es
"materia" o "sustancia" contencioso administrativa pero nada
establece acerca del procedimiento a seguir; de cuáles serán
los principios a regir en el contencioso administrativo; ni
como se organizará el fuero (doble o única instancia),
resultando claro que todo esto se supedita a los
procedimientos que determine la ley. Precisamente -añade el
quejoso- ello es lo que ha hecho el legislador a través de la
ley 12.008 y sus modificatorias, que el fallo en crisis
declara inconstitucional.
Advierte que el art. 15 de la Constitución local no
tiene la amplitud y el alcance que pretende el a quo en el
fallo recurrido, sino que se trata solamente de asegurar al
individuo el acceso a la "jurisdicción", a fin de que un
tribunal de justicia resuelva su caso o problema, mas no dice
que debe asegurarse la revisión por un proceso ordinario
amplio, ni que tenga que haber doble o triple instancia de
revisión.
Describe que lo que prevé el Código Contencioso
Administrativo y la reforma vigente es que haya un recurso
"directo" de revisión por ante la Cámara de Apelaciones,
acotado o limitado a considerar la legalidad de la resolución
del Tribunal de disciplina.
Entiende que la forma y modo de acceso a la
jurisdicción es una cuestión de política legislativa,
incumbiendo al Poder legislativo establecer la forma y modo
de organización del Poder Judicial y sus procedimientos.
Finalmente sostiene que la reforma constitucional
de 1994 reconoció a las entidades intermedias expresivas de
las actividades culturales, gremiales, sociales y económicas
y garantiza el derecho a la constitución y desenvolvimiento
de los colegios o consejos profesionales (art. 41).
Expone que uno de los capítulos fundamentales de
los colegios o consejos profesionales fue el juzgamiento por
los propios pares de las posibles infracciones a la ética en
el ejercicio de la actividad. La propia existencia de la
colegiación legal no tendría, en rigor, ningún sentido sin
esta jurisdicción disciplinaria. El juzgamiento por los pares
importa, al igual que todo el sistema de colegiación legal,
una delegación del Estado en tales instituciones, por
entenderse que son ellas las más indicadas y competentes para
interpretar conductas éticas y resguardar a la profesión y a
la comunidad aplicando las sanciones disciplinarias
consiguientes.
Aduce que haber extraído de la órbita del Estado y
de los poderes gubernamentales el juzgamiento ético es una
garantía de la libertad, independencia y dignidad profesional
con miras al bien común de la sociedad. Que tal razón
justifica que los procesos disciplinarios, de amplio debate,
se desarrollen ante los Colegios y que las decisiones
dictadas por los tribunales de ética o disciplina sólo puedan
ser revisadas por la justicia, en cumplimiento de una
elemental garantía constitucional, por la "vía del recurso",
sin que sea posible, salvo alguna grave infracción al derecho
de defensa, abrir nuevamente el debate y la prueba. De otro
modo, se volvería al sistema anterior en el que el gobierno
-ahora a través del Poder Judicial-, se arrogaría la facultad
casi exclusiva del juzgamiento ético. Afirma que nadie niega
a dicho Poder su rol de guardián de la legalidad de todo acto
emanado del Estado, de los entes paraestatales y de los
particulares; pero lo que no puede hacer, a riesgo de borrar
la historia, es atribuirse una competencia que no le
corresponde y que ya ha sido delegada en los colegios por la
ley y garantizada por la Constitución provincial (art. 41).
3- Por las razones que a continuación expongo, me
anticipo a señalar que el recurso sólo debería prosperar
parcialmente.
Como tuviera oportunidad de sostener al votar la
causa A. 68.782, "Colegio de Bioquímicos", sent. del 22-XII-
2008, en la que se ventiló un cuestionamiento parcialmente
análogo al presente, mediante las reformas introducidas al
Código Contencioso Administrativo (ley 12.008 texto según ley
13.101) por las leyes 13.325 y 13.329, se modificó la
competencia de las Cámaras de Apelación y también el íter
adjetivo de las pretensiones impugnatorias deducidas contra
actos de los Colegios o Consejos Profesionales.
En el presente asunto, al tiempo de asumir el
conocimiento de la causa y proveer su trámite, el tribunal a
quo resolvió, oficiosamente, la inconstitucionalidad tanto de
su competencia como de las nuevas normas adjetivas.
En lo que sigue analizaré, en primer término, si la
vía prevista por el aludido art. 74 vulnera los principios de
acceso irrestricto a la justicia, tutela judicial efectiva,
inviolabilidad de la defensa en juicio, juzgamiento integral
de los casos en materia administrativa y control judicial
suficiente. En segundo lugar asumiré el examen de la garantía
de la doble instancia, deteniéndome en las normas
supranacionales que la establecen (particularmente en el art.
8, 2.h] Pacto de San José) y en los precedentes en los que se
abordó el análisis de tal tópico en el ámbito de este
Tribunal, en la Corte Suprema de Justicia de la Nación como
así en la Corte Interamericana de Derechos Humanos.
II. INCONSTITUCIONALIDAD DEL LLAMADO RECURSO
DIRECTO CONTRA ACTOS DE COLEGIOSá O CONSEJOS PROFESIONALES:
A- EL ACCESO A LA JUSTICIA. EL RECURSO DIRECTO Y LA
VÍA PREVISTA EN EL ART. 74 DEL CÓDIGO CONTENCIOSO
ADMINISTRATIVO.
1. El art. 74 del Código Contencioso
Administrativo, texto según ley 13.325, en lo pertinente
establece que "Las pretensiones que tengan por objeto la
impugnación de actos administrativos definitivos emanados de
los Colegios o Consejos Profesionales referidos al gobierno
de la matrícula o registro de profesionales y/o control
disciplinario de los mismos y los definitivos emanados de los
órganos de control disciplinario, tramitarán mediante recurso
directo ante las Cámaras Departamentales en lo Contencioso
Administrativo que corresponda al lugar donde se produjo el
hecho que motivó el acto cuestionado a los fines de
establecer el debido control de legalidad de aquéllos ...
Recibidas las actuaciones, la Cámara deberá llamar autos para
sentencia y dictará el fallo definitivo dentro del plazo de
sesenta (60) días...".
Cabe analizar, entonces, si la reglamentación
adjetiva precedentemente transcripta vulnera los principios
de acceso irrestricto a la justicia, tutela judicial
efectiva, inviolabilidad de la defensa en juicio, juzgamiento
integral de los casos en materia administrativa y control
judicial suficiente.
El establecimiento de una vía procesal específica
para tramitar pretensiones impugnatorias de actos de consejos
o colegios profesionales, en sí mismo, no importa vulneración
a los aludidos postulados. Encuentra justificación en la
búsqueda de una mayor celeridad, atendiendo al interés
público comprometido en la efectividad del ejercicio de la
policía profesional, así como en el derecho de los
sancionados a un control judicial suficiente y adecuado.
La Corte Suprema de Justicia de la Nación ha
exigido, a efectos de evitar un poder absolutamente
discrecional sustraído a toda revisión ulterior, que las
decisiones de los órganos administrativos queden sujetas a un
control judicial suficiente, cuyo alcance no depende de
reglas generales u omnicomprensivas, sino que ha de ser más o
menos extenso y profundo según las modalidades de cada
situación jurídica.
El cumplimiento de la garantía de la defensa en
juicio (art. 18, C.N.) sólo requiere, como condición de
validez constitucional, que la decisión de los órganos
administrativos esté sujeta a un "control judicial
suficiente" (C.S.J.N., Fallos 247:646; 323:1787). Ello supone
asegurarle al afectado la oportunidad de ocurrir ante un
órgano jurisdiccional, en procura de justicia, por una vía
ordinaria, mediante una pretensión a través de la cual pueda
solicitar la revisión de las cuestiones de hecho y de derecho
comprendidas o resueltas en la decisión administrativa.
En palabras del máximo Tribunal federal "... la
medida del control judicial requerido deberá ser la que
resulte de un conjunto de factores y circunstancias variables
o contingentes, entre los que podría mencionarse, a título de
ejemplo, la naturaleza del derecho individual invocado, la
magnitud de los intereses públicos comprometidos, la
complejidad de la organización administrativa creada para
garantizarlos y la mayor o menor descentralización del
tribunal administrativo, lo que obliga a examinar en cada
caso sus aspectos específicos...".
2. Ahora bien, la interpretación gramatical o
literal de la norma analizada conduce a considerar que la
actividad judicial, en este tipo de procesos, estaría
limitada a verificar el adecuado o inadecuado encuadramiento
"jurídico" efectuado por la entidad profesional, sin que en
forma previa pudiera llevarse a cabo una etapa de debate y
prueba. Ello se desprende, sin hesitación, de las expresiones
"recurso directo", "control de legalidad", así como del
trámite previsto "Recibidas las actuaciones, la Cámara deberá
llamar autos para sentencia y dictará el fallo definitivo
dentro del plazo de sesenta (60) días...".
En la medida que el sancionado accede a la
jurisdicción por vez primera lo que deduce, en puridad, es
una pretensión, no siendo posible menoscabar el debate y
grado de conocimiento.
En mi parecer, tales limitaciones vulneran el
debido proceso legal y el control judicial suficiente y
adecuado, al retacear la inspección de los temas de hecho (al
no contemplarse una etapa probatoria) y limitar la revisión
de las cuestiones de derecho, a sólo la legalidad.
3. El primer aspecto es de tal patencia que no
exige mayor desarrollo.
Basta, a tal efecto, recordar que tal como lo
señaló esta Corte en un antiguo precedente (causa B. 49.102,
"Pizzagalli", sent. del 28-X-1986, voto del doctor Rodríguez
Villar), la Convención Americana sobre Derechos Humanos,
también llamada "Pacto de San José de Costa Rica", consagra
en su art. 8.1 el derecho de toda persona a ser oída por un
juez o tribunal competente "independiente e imparcial",
protección judicial concreta que se reitera en el art. 25, al
asegurar a toda persona la sustanciación de un proceso
judicial.
Tal expresión sentencial cobra mayor virtualidad
ahora, puesto que la Reforma de la Constitución nacional del
año 1994 le otorga al "Pacto" de marras, jerarquía
constitucional (art. 75 inc. 22), dándole preeminencia sobre
cualquier norma local y un mismo rango con la Constitución
nacional estando inclusive por encima de todo precepto aún de
las constituciones provinciales que se le pueda oponer (art.
31 de dicho cuerpo supralegal).
El Tribunal Europeo de Derechos Humanos,
interpretando el art. 6.1 del Convenio Europeo sobre Derechos
Humanos, de similar redacción al art. 8.1 del Pacto de San
José de Costa Rica, ha dicho en el caso "Adolf" (García de
Enterría, Lin de Ortega, Sánchez Morón, "El Sistema Europeo
de Protección de los Derechos Humanos", Civitas, España, año
1983, fs. 95) que la garantía de ser juzgado equitativamente
por un organismo judicial independiente, significa el derecho
de acceso a la justicia.
Por último, considero necesario valorar la temática
en cuestión a la luz de la reforma de la Constitución
provincial que asegura por mandato constitucional la tutela
judicial continua y efectiva y el acceso irrestricto a la
justicia (art. 15).
Como lo he señalado al votar la causa B. 56.626,
"Suárez", sent. del 17-XII-2003: "La Corte Interamericana de
Derechos Humanos ha dicho que ‘el elenco de garantías mínimas
establecido en el numeral 2 del art. 8 de la Convención se
aplica -con ciertas limitaciones que luego veremos- a los
órdenes mencionados en el numeral 1 del mismo artículo, o
sea, la determinación de derechos y obligaciones del orden
civil, laboral, fiscal o de cualquier otro carácter. Esto
revela -añade- el amplio alcance del debido proceso; el
individuo tiene el derecho al debido proceso entendido en los
términos del art. 8.1 y 8.2, tanto en materia penal como en
todos estos otros ordenes" (caso "Baena, Ricardo y otros",
sent. del 2-II-2001, párr. 125), ello sin perjuicio de que,
en los casos que no deriven de sanciones estrictamente
punitivas, puedan ser relativizadas ciertas reglas enunciadas
en el segundo apartado de la mencionada norma trasnacional,
según las circunstancias del caso (ver ap. IV de este voto).
El debido proceso como derecho debe exigirse ante
cualquier autoridad estatal, no sólo ante los cuerpos
jurisdiccionales (conf. Corte Interamericana de Derechos
Humanos, caso "Del Tribunal Constitucional", sent. del 31 de
enero de 2001). Las garantías judiciales reconocidas en el
art. 8º de la C.A.D.H., no se limitan -salvo lo atinente a la
doble instancia, como luego se verá- al ámbito penal, sino
que comprenden los órdenes civil, laboral, fiscal y los
procedimientos sustanciados como dije ante cualquier órgano
estatal no judicial que ejerza funciones materialmente
jurisdiccionales, afectando la determinación de tales
derechos (Corte Interamericana de Derechos Humanos, caso
"Ivcher Bronstein", sent. del 6-II-2001). Es decir, que
cuando el Pacto se refiere al derecho a ser oído por
cualquier juez o tribunal competente, esta expresión alude a
toda autoridad pública, sea administrativa, legislativa o
judicial que a través de sus resoluciones determine derechos
y obligaciones de las personas.
En el marco de tal hermenéutica, el Tribunal
Supranacional aludido señaló que cualquier órgano del Estado
que ejerce funciones de carácter materialmente
jurisdiccional, tiene la ineludible obligación de adoptar
resoluciones apegadas a las garantías del debido proceso
legal en los términos del artículo mencionado (caso "Del
Tribunal Constitucional" citado). Destacó, además que "si
bien el art. 8 de la Convención Americana se titula
'Garantías Judiciales', su aplicación no se limita a los
recursos judiciales en sentido estricto, sino al conjunto de
requisitos que deben observarse en las instancias procesales
a efectos de que las personas estén en condiciones de
defender adecuadamente sus derechos ante cualquier tipo de
acto del Estado que pueda afectarlos. Es decir, cualquier
actuación u omisión de los órganos estatales dentro de un
proceso, sea administrativo sancionatorio o jurisdiccional,
debe respetar el debido proceso legal" (caso "Baena, Ricardo
y otros", sent. del 2-II-2001, párr. 124).
Es un derecho humano el obtener todas las garantías
que permitan alcanzar decisiones justas, no estando la
administración excluida de cumplir con este deber. Las
garantías mínimas deben respetarse en el procedimiento
administrativo y en cualquier otro procedimiento cuya
decisión pueda afectar los derechos de las personas" (caso
"Baena", párr. 127). En suma, para dicho organismo
supraestatal "la justicia, realizada a través del debido
proceso legal, como verdadero valor jurídicamente protegido,
se debe garantizar en todo proceso disciplinario, y los
Estados no pueden sustraerse de esta obligación argumentando
que no se aplican las debidas garantías del art. 8 de la
Convención Americana en el caso de sanciones disciplinarias y
no penales. Permitirle a los Estados dicha interpretación
equivaldría a dejar a su libre voluntad la aplicación o no
del derecho de toda persona a un debido proceso" (caso
"Baena", párr. 129).
4. En relación al segundo, es decir, la limitación
de la revisión de las cuestiones de derecho a la legalidad,
importa señalar que modernamente el control de legalidad ha
cedido paso a un escrutinio de legitimidad o de juridicidad
sustancial, avance que queda en evidencia, particularmente,
al permitirse el contralor del ejercicio de las potestades
discrecionales.
Como lo he señalado en reiteradas otras
oportunidades (vgr. causas B. 55.191, "Espilman" sent. del
16-XII-1997; B. 50.082, "Filomeno de Questa", sent. del 25-X-
1999; B. 56.758, "Neustadt", sent. del 5-IV-2000; B. 57.944,
"Samara", 18-VII-2001, entre otras), comparto la postura que
propugna la amplitud de la revisión judicial de las
potestades discrecionales de la Administración, tal como lo
ha resuelto este Tribunal por mayoría en la causa B. 51.249
(sent. del 10-XI-1992, "Trezza", en especial, votos de los
doctores Ghione y Negri).
Ello, por cuanto es doctrina unánime que no existen
actos estrictamente reglados, o totalmente discrecionales,
sino que, en todo caso, tales caracteres pueden informar
predominantemente un determinado acto administrativo. En ese
orden de ideas, se inscribe la moderna corriente doctrinaria
y jurisprudencial que niega diferencias extremas entre ambas
actividades, debido a que todo acto administrativo participa
de ambos caracteres (García de Enterría, Eduardo, "La lucha
contra las inmunidades del poder", p. 25, Civitas Ediciones,
Madrid, 1983; íd. "Democracia, jueces y control de la
Administración", págs. 134 y 143, 2da. ed. ampliada, Ed.
Civitas S.A., Madrid, 1996).
En efecto, no es el "acto" en sí mismo el que puede
calificarse de "discrecional" o "reglado", sino la atribución
que al efecto se ha ejercido. Como señala Laubadère "se ha
tornado banal repetir de acuerdo a Hauriou que no existen
actos discrecionales, sino solamente un cierto poder
discrecional de las autoridades administrativas. Esta
precisión es una alusión a una categoría de actos hoy
desaparecidos cuya noción era en realidad muy diferente de
aquélla de poder discrecional. Se llamaban actos
discrecionales (o de pura administración) a ciertos actos
respecto de los cuales ninguna crítica de legalidad parecía
concebible y que escapaban así por su naturaleza a todo
control..." ("Traité elémentaire de droit administratif",
París, 1963, t. I, 3ª ed., pág. 214).
Por ende, repito, nunca las atribuciones de un
órgano administrativo pueden ser totalmente regladas o
absolutamente discrecionales. La actividad de la
Administración Pública, como acertadamente lo expresaba
Fiorini, sea discrecional o reglada, estará ligada radical y
fundamentalmente con la norma legislativa o ley que ejecuta.
No puede existir, agrega, actividad de la Administración,
vinculada o discrecional, sin ley previa que autorice la
gestión. La tarea discrecional está tan ligada a la norma
como lo debe estar la actividad vinculada. En el Estado de
derecho concluye dicho autor no se concibe que los órganos
realicen determinada labor sin tener como fundamento una
regla autoritativa, sea de carácter administrativo,
legislativo o constitucional. Toda la Administración está
vinculada a una norma jurídica ("La discrecionalidad en la
Administración Pública", [Link]., págs. 41 y sigtes.). Es
decir, que la tarea discrecional no está desvinculada de la
reglada; sino comprendida, como todo accionar estatal, por la
plenitud hermenéutica del orden jurídico; de allí, y tal como
lo ha señalado la Corte Suprema de Justicia de la Nación, la
discrecionalidad del obrar de los cuerpos administrativos no
implica que ellos tengan un ámbito de actuación desvinculado
del orden jurídico o que tal discrecionalidad no resulte
fiscalizable (C.S., en autos "Consejo de Presidencia de la
Delegación Bahía Blanca de la Asamblea Permanente por los
Derechos Humanos s/Acción de amparo", sent. del 23-II-1992).
Por ello, y compartiendo la doctrina elaborada por
el Alto Tribunal federal, juzgo que el órgano jurisdiccional
se encuentra investido de la potestad de revisar los actos
disciplinarios emanados de la Administración, abarcando no
sólo el control de su "regularidad", sino también el de la
"razonabilidad" de las medidas que los funcionarios hayan
adoptado en el ejercicio de sus facultades (C.S., mayo 13
1986, "D'Argenio de Redwka, Inés A. c/Tribunal de Cuentas de
la Nación", "La Ley", 1986-D, 123).
En ese orden de ideas, sostengo que la
circunstancia de que la Administración obre en ejercicio de
potestades "discrecionales" en manera alguna puede constituir
un justificativo de su conducta arbitraria, puesto que es
precisamente la razonabilidad con que se ejercen tales
potestades el principio que otorga validez a los actos de los
órganos del Estado y que permite a los jueces, ante planteos
concretos de parte interesada, verificar el cumplimiento de
dicha exigencia (C.S., marzo 22 1984, "Fadlala de Ferreyra,
Celia R." y Fallos 298:223).
Ello, en modo alguno significa conculcar el
principio de división de poderes, y menos limitar el accionar
del Estado en el ejercicio de las funciones que le son
propias, por cuanto la postura que propugno reconoce la
existencia de un casillero de la actividad discrecional
exenta del control judicial: la oportunidad, mérito o
conveniencia, elementos que integran la competencia jurídica
que el legislador ha conferido al administrador,
habilitándolo para que pueda realizar concretamente su
función de tal, en orden a satisfacer las necesidades
públicas, dándole la posibilidad de gobernar sin retaceos. La
diferencia entre "discrecionalidad" y "oportunidad, mérito o
conveniencia", obedece a la circunstancia de que mientras el
poder discrecional aparece como un margen de "arbitrio" del
órgano administrativo que se opone al carácter reglado o
vinculado de la respectiva facultad, el juicio de
conveniencia o mérito, se vincula a la potestad de apreciar
libremente o con sujeción a ciertas pautas del ordenamiento
positivo, la oportunidad de dictar un acto administrativo por
razones de interés público (Cassagne, Juan Carlos, "Derecho
Administrativo", t. II, pág. 105).
En suma, soy de la opinión de la factibilidad ‘sin
restricciones’ del control judicial de las facultades
disciplinarias de la Administración Pública, no sólo en
cuanto a su "legalidad" sino también en lo atinente a su
"razonabilidad" aún cuando se trate de potestades
discrecionales, sin que ello implique que los jueces tengan
la posibilidad de inspeccionar la "oportunidad, mérito o
conveniencia" de dichas facultades, misión que le es ajena.
Ello así porque la actividad discrecional no implica una
franja vacua de revisión judicial (B. 55.191, B. 56.758 y B.
59.744, cits.).
Lo que acabo de señalar se inscribe en general en
lo que oportunamente (mi voto en la causa B. 55.392,
"Rusconi", sent. del 4 de julio de 1995) he remarcado como
los principios liminares del Estado de Derecho, éstos son, el
de legalidad administrativa y el acceso a la justicia. En tal
sentido, cabe rechazar toda hermenéutica que conspire contra
la adecuación de la Administración a la ley y cierre el
camino a la jurisdicción. En ese orden de pensamiento, remito
a lo que expresé en las causas B. 54.239, "González", sent.
del 28-III-1995, B. 52.111, "Vázquez", sent. del 14-XI-1995;
B. 54.200, "González", sent. del 28-V-1996, con relación al
control jurisdiccional: "... Como con toda justicia pone en
evidencia Mauro Cappelletti, en general en el Estado moderno
el Poder Judicial aparece como una barrera de contención
contra el sobredimensionado auge de los cuerpos ejecutivos y
legislativos" ("El formidable problema del control judicial y
la contribución del análisis comparado", Trad. de Faustino
González, "Nueva Época, Revista de Estudios Políticos",
enero-febrero 1980, nº 13, pág. 95), ello sin perjuicio
obviamente de la autorrestricción que deben tener los jueces
(self restraint) a fin de evitar que se rompa aquel
equilibrio de funciones (frenos y contrapesos) (ver mi voto
en causa Ac. 102.434, sent. del 17-X-2007).
Las consideraciones expuestas, que resultan
aplicables, aún con mayor razón, a los órganos públicos no
estatales (en este caso los Colegios Profesionales), permiten
concluir que el procedimiento ideado por el legislador
reformista, no se ajusta a las normas, principios y
postulados constitucionales y supranacionales precedentemente
invocados.
B-. INTIMACIÓN AL PODER LEGISLATIVO.
Por lo tanto, cabe poner de resalto la necesidad de
que el Poder Legislativo adopte disposiciones de derecho
interno para evitar la Responsabilidad Internacional.
En tal sentido, me permito recordar, tal como lo
hiciera al votar la causa Ac. 102.434, "De Narváez", res. del
17-X-2007, que el art. 1.1 de la Convención Americana sobre
Derechos Humanos señala que los países se comprometen a
respetar los derechos y libertades reconocidas en dicho
cuerpo y a garantizar su libre y pleno ejercicio; y el art. 2
completa el concepto proclamando que si los derechos y
libertades mencionadas en el art. 1 no estuvieran ya
garantizados por disposiciones legislativas o de otro
carácter "... los Estados parte se comprometen a adoptar ...
las medidas legislativas o de otro carácter que fueran
necesarias para hacer efectivos tales derechos y libertades".
Estos dos preceptos perfectamente alineados e imbricados
marcan las reglas generales que operan como el árbol de levas
de todo el sistema. El Estado debe 'respetar' y 'garantizar'
el cumplimiento de sus deberes y si quedara algún hueco
tutelar, debe adoptar las conductas pertinentes para llenar
dichos baches" (art. 2).
No debemos olvidar que, según ese Tribunal, para
cumplir con el mandato del mencionado art. 2, es necesario:
1) "el dictado de normas"; y 2) el desarrollo de prácticas
conducentes al acatamiento efectivo de los derechos y
libertades consagrados en el pacto aludido ... "Este deber
general del Estado Parte implica que las medidas del derecho
interno han de ser como se dijo efectivas (principio del
effet utile), para el cual el Estado debe 'adaptar' su
actuación a la normativa de protección de la convención".
En definitiva, a fin de evitar la eventual
responsabilidad internacional del Estado por el aludido vicio
normativo, se intima al Poder Legislativo para que, en
ejercicio de sus atribuciones, dicte en un tiempo prudencial
la norma pertinente que garantice el ajuste del procedimiento
previsto para la impugnación de actos de colegios o consejos
profesionales a la supralegalidad, pues nada mejor que la ley
para enmendar estos huecos del poder legisferante, que
obligan a los jueces a estirar demasiado el caucho normativo:
in claris non fit interpretatio.
III. LA GARANTÍA DE LA DOBLE INSTANCIA EN EL
DERECHO INTERNO.
Como se desprende de la reseña de antecedentes, el
tribunal a quo ha declarado la invalidez de la reforma
establecida por las leyes 13.325 y 13.329, señalando -entre
otros fundamentos- que se desplaza, sin justificación, la
competencia de los Juzgados de primera instancia del fuero
contencioso administrativo, y de este modo se hace excepción
al principio de doble instancia ordinaria que rige en la
materia (conf. Ley 12.074 y sus reformas; conc. ley 12.008),
regla que aunque no conforma un requisito constitucional en
este ámbito jurisdiccional (arts. 215, Const. prov.; doct.
art. 8 inc. 2 "h", C.A.D.H., 75 inc. 22, Const. nac.),
hallándose establecida no podría ser motivo de salvedades
irrazonables (arts. 15, Const. prov.; 18 y 28, Const. nac.).
Cabe, entonces, esclarecer si la garantía de la
doble instancia es exigible en el ámbito de la impugnación
judicial de sanciones por infracciones administrativas
disciplinarias, de conformidad con las circunstancias de
autos.
A) INTRODUCCION.
La Constitución provincial, en el apartado quinto
del artículo 166 sienta como principio que los casos
originados por la actuación u omisión de la Provincia, los
municipios, los entes descentralizados y otras personas en el
ejercicio de funciones administrativas serán juzgados por
tribunales competentes en lo contencioso administrativo, de
acuerdo a los procedimientos que determine la ley...
En virtud de tal mandato, el legislador dictó las
leyes 12.008 (Código Contencioso Administrativo) y 12.074
(Fuero contencioso administrativo).
La lectura de ambos ordenamientos permite advertir,
como pauta liminar, el establecimiento de carriles procesales
con base en una doble instancia ordinaria, aunque con
excepciones: i) la ley 13.325 dispone para encausar
pretensiones impugnatorias de actos administrativos emanados
de Colegios o Consejos Profesionales referidos al gobierno de
la matrícula o registro de profesionales y/o control
disciplinario, un llamado recurso directo ante las Cámaras en
lo Contencioso Administrativo; y ii) la ley 13.405 contempla
que las pretensiones impugnatorias deducidas contra actos
dictados por el Tribunal de Cuentas o Tribunal Fiscal de
Apelación serán conocidas y decididas por las Cámaras de
Apelación, tramitando por el proceso ordinario.
Si la propia Constitución habilita al legislador a
determinar los procedimientos, no se advierte que el
establecimiento de trámites de una sola instancia se
encuentre -en principio- reñido con el texto constitucional
bonaerense.
Con todo, la invocación del requisito de la
duplicación de la instancia -con sustento en el derecho
supranacional- para declarar la invalidez constitucional de
las normas que atribuyen competencia originaria a las Cámaras
de Apelación, exige un análisis que permita establecer el
exacto alcance de tal garantía.
B) LA GARANTÍA DE LA DOBLE INSTANCIA EN LA
JURISPRUDENCIA DE LA CORTE SUPREMA DE JUSTICIA DE LA NACIÓN:
1. La Corte Suprema de Justicia de la Nación en
autos "Recurso de Hecho deducido por Sociedad Anónima
Organización Coordinadora Argentina en la causa Sociedad
Anónima Organización Coordinadora Argentina s/Infracción a la
Ley 22.802 -causa Nº 38.104", fallado con fecha 27-VI-2000
(Fallos 323:1787), en voto mayoritario de adhesión al
dictamen del Procurador General, estableció que la aplicación
de las normas internacionales que consagran la garantía de la
doble instancia, se halla supeditada a la existencia de un
fallo final dictado contra una "persona inculpada de delito"
o "declarada culpable de un delito", por lo que resultan
ajenas a su ámbito las sentencias que condenan o absuelven
con motivo de la imputación de faltas, contravenciones o
infracciones administrativas, doctrina reiterada en Fallos
325:2711 ("Butyl").
Tal criterio ha sido recientemente reafirmado por
el alto Tribunal federal, en su nueva integración.
En efecto, por una parte los doctores Fayt,
Lorenzetti y Argibay, en el marco de un incidente de revisión
de un concurso preventivo, sostuvieron que "... la aplicación
del art. 8º inciso 2º, ap. h), de la Convención Americana
sobre Derechos Humanos, que consagra la garantía de la doble
instancia, se halla supeditada a la existencia de un fallo
final dictado contra una persona 'inculpada de delito' o
'declarada culpable de un delito' (Fallos 323:1787). Es
decir, dicha garantía no tiene jerarquía constitucional en
juicios civiles (Fallos 323:2357, voto del juez Petracchi),
por lo que el debido proceso legal en causas como el sub lite
no se afecta por la falta de doble instancia, salvo cuando
las leyes específicamente lo establecen..." (Fallos 329:1180
- abril 2006).
Por la otra, los doctores Lorenzetti, Highton de
Nolasco, Maqueda y Argibay, en un caso en que se cuestionaba
la sanción de multa del diez por ciento de la remuneración
que por todo concepto percibe un juez de primera instancia
aplicada a los letrados firmantes de un escrito que contenía
imputaciones injuriosas hacia los magistrados intervinientes,
al remitir al dictamen del procurador fiscal subrogante,
hicieron propio el criterio según el cual "... desde antiguo,
la Corte sostiene que la doble instancia judicial no es, por
si misma, requisito constitucional de la defensa en juicio
(Fallos 244:301; 318:514; 319:699; 320:2145; 322:2488;
324:2554, todos ellos mutatis mutandi), jurisprudencia
enteramente aplicable al sub lite en tanto la sanción
impuesta no tiene sustancia penal, sino disciplinaria"
(Fallos 330:1036 - marzo de 2007).
2. Cierto es que en abril de 2007, al resolver la
causa "Marchal", la Corte federal dejó sin efecto la
sentencia de este Tribunal, señalando la omisión de examinar
y resolver si el art. 8.2.h de la Convención Americana sobre
Derechos Humanos resultaba o no aplicable al caso, en el que
se cuestionaba una clausura impuesta por la por entonces
Dirección Provincial de Rentas.
Sólo el voto concurrente de los doctores Fayt y
Zaffaroni avanza sobre la pertinencia de analizar la cuestión
a la luz de la jurisprudencia de la Corte Interamericana de
Derechos Humanos, pues ella debe servir de guía para la
interpretación de esos preceptos convencionales,
transcribiendo un pasaje del "caso del Tribunal
Constitucional", aunque sin explicitar su posición sobre el
tópico.
C) LA DOCTRINA LEGAL DE ESTA SUPREMA CORTE RESPECTO
DE LA GARANTÍA DE LA DOBLE INSTANCIA:
1. El 25-III-2009 esta Suprema Corte -sin mi
intervención- se expidió nuevamente en la aludida causa P.
86.954, "Marchal" ("El Derecho", 23-II-2010).
En tal oportunidad mi distinguida colega, la
doctora Kogan en su voto, que concitó la adhesión de los
doctores Pettigiani, Genoud y de Lázzari, con remisión a
precedentes de la Corte federal sostuvo que "... el derecho a
recurrir del fallo ante un juez o tribunal superior, previsto
en el artículo 8, inc. 2, ap. h, de la Convención Americana
sobre Derechos Humanos y art. 14 inc. 5º del Pacto
Internacional de Derechos Civiles y Políticos (que tienen
jerarquía constitucional según el art. 75 inc. 22 de la
Constitución Nacional), se halla supeditado a la existencia
de un fallo dictado contra persona 'inculpada de delito' o
'declarada culpable de delito', por lo que resultan ajenas a
su ámbito los pronunciamientos judiciales que condenen o
absuelvan con motivo de la imputación de faltas,
contravenciones o infracciones administrativas". De tal modo
se reiteró la doctrina sostenida en causas Ac. 98.745, "S, J.
M.", sent. del 31-VIII-2007; Ac. 102.502, sent. del 7-XI-
2007; Ac. 101.655, sent. del 8-VII-2008; Ac. 101.898, sent.
del 8-X-2008.
Por su parte el doctor Negri sostuvo que "la doble
instancia garantizada por los arts. 14.5 del Pacto
Internacional de Derechos Civiles y Políticos y 8.2.h) de la
Convención Americana sobre Derechos Humanos, no se extiende
al tipo de situaciones como la analizada en el presente, en
las que el sistema adoptado por el régimen aplicable otorgó
al afectado la oportunidad de ocurrir ante un órgano judicial
por una vía ordinaria, asegurándole de tal modo un control
judicial suficiente", agregando que "... la diversidad de
bienes e intereses jurídicos comprometidos en el caso, torna
impropio identificar dicho supuesto con el relativo al
enjuiciamiento, atribución de responsabilidad e imposición de
penas, por la comisión de ilícitos comprendidos en la ley
penal. A estos últimos casos y no a los primeros, se refieren
los preceptos de los pactos internacionales relativos a la
consagración de la doble instancia", reiterando lo dicho por
el Tribunal en las causas Ac. 87.265, "Carrefour", res. del
12-II-2003, Ac. 89.297, "Lagrasta", sent. del 4-II-2004 y Ac.
98.547, "S., J.M.", sent. del 31-VIII-2007).
No está de más destacar que, en sentido
concordante, este Tribunal ha reconocido la existencia de
modalidades singulares de enjuiciamiento de decisiones
sancionatorias de la Administración, cuyo conocimiento las
leyes atribuyen originariamente a las Cámaras de Apelación
(vgr. causa Ac. 91.506, "C. S.A. Apela multa", res. del 31-
VIII-2005).
IV- LA GARANTÍA DE LA DOBLE INSTANCIA EN EL DERECHO
SUPRANACIONAL
A) GENERALIDADES.
Siendo que la garantía de la doble instancia se
encuentra consagrada en diversos instrumentos internacionales
con jerarquía constitucional, considero necesario -como dije-
analizar dicha normativa, detenerme en sus antecedentes, así
como poner bajo el microscopio los diversos precedentes en
que la Corte Interamericana se ha pronunciado sobre su
significado, a fin de estar en condiciones de obtener
conclusiones respecto del exacto alcance del mentado art.
8.2.h. de la C.A.D.H.
No puede perderse de vista que el aludido órgano
jurisdiccional, siguiendo lo dispuesto por los arts. 62.3 y
68.1 del Pacto de Costa Rica, ha dicho que sus fallos son -en
el caso concreto- de cumplimiento obligatorio para los
Estados, sobre la base de considerar la responsabilidad
internacional de los países derivada del deber de cumplir sus
obligaciones convencionales de buena fe (pacta sunt
servanda), criterio que nuestro cimero Tribunal nacional, en
su nueva integración, ha hecho propio (casos "Espósito
[Bulacio]", Fallos 327:5668 - 2004: "Simón", Fallos 328:2056
- 2005).
Por lo demás, cabe tener presente que las
sentencias de la Corte I.D.H. -así como algunos
pronunciamientos de la Comisión- están revestidas de cierto
valor vinculante en general (ya no en el caso concreto) o,
por lo menos, deben servir de guía para la interpretación del
Pacto de San José de Costa Rica por parte de los tribunales
argentinos, sobre todo teniendo en consideración la
importante función de hermenéutica evolutiva o aggiornamiento
que el órgano jurisdiccional supranacional desarrolla sobre
la antigua normativa de la Convención de 1969.
B) LA DOBLE INSTANCIA EN EL ARTÍCULO 8.2.H. DEL
PACTO DE SAN JOSÉ DE COSTA RICA (INTERPRETACIÓN DE LA
JURISPRUDENCIA DE LA CORTE I.D.H.).
Preceptúa el artículo 8.2 h) que el inculpado de un
delito tiene "derecho de recurrir del fallo ante juez o
tribunal superior".
La fuente directa de este dispositivo es el
artículo 14.5 del P.I.D.C. y P. que dispone que "toda persona
declarada culpable de un delito tendrá derecho a que el fallo
condenatorio y la pena que se le haya impuesto sean sometidos
a un tribunal superior, conforme a lo prescripto por la ley".
El art. 7.2 i) del Proyecto de la Comisión I.D.H.
-que sirvió de puente al texto vigente- preveía esta vía
impugnativa contra "el fallo de primera instancia". Esta
norma fue preparada por dicho órgano de la OEA y presentada
finalmente en el año 1969, en Costa Rica cuando se sancionó
la C.A.D.H.
La Corte Interamericana ha considerado en general
que el derecho a recurrir un pronunciamiento judicial es una
garantía primordial que se debe respetar en el marco del
debido proceso legal, en aras de permitir que una sentencia
adversa pueda ser revisada por un juez o tribunal distinto y
de superior jerarquía orgánica. Esta vía -remarcó- debe ser
permitida antes de que la sentencia adquiera calidad de cosa
juzgada. En ese sentido añadió que se intenta proteger el
derecho de defensa otorgando durante el pleito la posibilidad
de incoar un recurso para evitar que quede firme una decisión
que fue adoptada con vicios y que pueda contener errores que
originen un perjuicio indebido a los intereses de una
persona.
En tal orden de ideas ha indicado que esta potestad
impugnativa no se satisface con la mera "existencia" de un
órgano de grado superior al que juzgó y condenó al inculpado,
ante el que éste tenga o pueda tener acceso. Para que exista
una verdadera revisión del fallo -dijo ese organismo- es
necesario que el tribunal superior reúna las características
jurisdiccionales para conocer del caso concreto; "...
conviene subrayar que el proceso penal es uno solo a través
de sus diversas etapas, incluyendo la tramitación de los
recursos ordinarios que se interpongan contra la
sentencia..." (énfasis añadido).
Sostuvo en el caso "Baena" y lo repitió en "Herrero
Ulloa" que "... De acuerdo al objeto y fin de la Convención
Americana, cual es la eficaz protección de los derechos
humanos, se debe entender que el recurso que contempla el
art. 8.2.h. de dicho tratado debe ser un recurso ordinario
eficaz mediante el cual un juez o tribunal superior procure
la corrección de decisiones jurisdiccionales contrarias al
derecho. Si bien los Estados tienen un margen de apreciación
para regular el ejercicio de ese recurso, no pueden
establecer restricciones o requisitos que infrinjan la
esencia misma del derecho de recurrir del fallo. Al respecto,
la Corte ha establecido que ‘no basta con la existencia
formal de los recursos sino que éstos deben ser eficaces’, es
decir, deben dar resultados o respuestas al fin para el cual
fueron concebidos..." (lo remarcado no pertenece al texto
original). Este criterio ya había sido fijado en el caso
"Castillo Petruzzi" en 1999.
Lo cierto es que el Convenio Europeo no contiene un
dispositivo así, por lo que debió ser completado por el
Protocolo 7º, del 22 de noviembre de 1984, que incorpora tal
carril de ataque contra los fallos condenatorios, de toda
persona declarada culpable de una infracción penal, la que
tiene derecho a que la declaración de culpabilidad o la
condena sean examinadas por un Tribunal superior. El
ejercicio de este derecho incluye que los motivos por los que
puede ser ejercitado deben ser regulados por la ley.
Aclarando en su apartado 2 que tal vía puede estar sujeta a
excepciones respecto de las infracciones de carácter menor
definidas por la ley, así como en los casos en que el
interesado haya sido juzgado en primera instancia por un
Tribunal superior o haya sido declarado culpable y condenado
después de un recurso contra su absolución.
Como se advierte fácilmente, el documento
internacional de marras habla de doble instancia sólo para
los casos de sentencias condenatorias en "materia penal".
Antes que nada conviene destacar que también en el
ámbito interamericano la posibilidad impugnativa que estamos
estudiando, fue pensada en principio sólo para los juicios
criminales, ya que el art. 8.2. del Pacto de San José de
Costa Rica -cuando se ocupa específicamente de esta
problemática-, permite tal sendero para los casos de personas
"inculpadas de delitos", aunque como veremos esta afirmación
tiene algunos detractores.
No se debe perder de vista a la par que a su vez el
art. 8.1 -cuando se refiere al plazo razonable-, extiende en
general las garantías del Pacto a los procesos de esencia
civil, laboral, fiscal o de cualquier otro carácter.
Como se ve, la norma comentada habla de un "juez o
tribunal superior", a diferencia del modelo de la O.N.U. que
sólo hace referencia a un "tribunal" superior. Se nos ocurre
que los "legisladores" del instrumento americano han querido
dar dos opciones para que no se entienda que el ad quem deba
ser necesariamente colegiado. Ello así si se tiene en cuenta
que en la terminología de nuestro continente, cuando alude a
un "tribunal", por lo general se estima que es pluripersonal.
Si comparamos los respectivos preceptos del Protocolo 7º
(europeo) y el art. 14.5 del P.I.D.C. y P. (O.N.U.) veremos
que los dos permiten el recurso contra fallos condenatorios.
Frase que está ausente en el art. 8.2.h. de la C.A.D.H. Nos
parece que en este aspecto el sistema de la Convención de
Costa Rica es técnicamente más afinado, porque en puridad
procesal, sólo se puede recurrir de lo que causa agravio, por
lo que es impensable que el encartado quiera atacar un
pronunciamiento que lo absuelve, dado que carecería de
interés.
Debe entenderse que el recurso al que se refiere el
art. 8.2.h tiene que ser amplio, es decir de los llamados
ordinarios, que permitan la revisión de las cuestiones de
hecho y de derecho, aunque la temática se complica en
aquellos países que contemplan una instancia única y oral,
pues allí el contralor recursivo se dificulta, si la vista de
la causa no está totalmente registrada.
En la República Argentina el Estado se comprometió
hace ya tiempo a incorporar la obligatoriedad del
otorgamiento del recurso para la revisión de condenas en el
anteproyecto del nuevo Código Procesal Penal de la Nación.
En los procesos minoriles el órgano judicial
interamericano ha dejado en claro en su Opinión Consultiva
17, que la doble instancia se aplica también a los juicios de
menores en virtud de lo dispuesto en los artículos 8.2.h de
la C.A.D.H. y 40.b. inc. v) de la Convención sobre los
Derechos del Niño. En efecto esta última norma dice que "...
v) Si se considerare que el niño ha infringido, en efecto las
leyes penales, que esta decisión y toda medida impuesta a
consecuencia de ella, serán sometidas a una autoridad u
órgano judicial superior competente, independiente e
imparcial, conforme a la ley..." (lo remarcado me pertenece).
C) ¿LA DOBLE INSTANCIA SE APLICA EN TODO TIPO DE
PROCESO O SÓLO EN LOS DE ESENCIA PENAL?
Antes de seguir adelante con esta problemática
conviene contestar la pregunta del epígrafe, respecto de si
el art. 8.2.h de la C.A.D.H. que impone "el derecho a
recurrir del fallo" se aplica solamente a los procesos de
esencia típicamente penal, como parece indicarlo en forma
indiscutible la referida norma en su inciso 2, cuando dice
que la figura impugnativa tiene vigencia para "toda persona
inculpada de ‘delito’" (énfasis añadido); o si tal preceptiva
es válida para todo tipo de proceso, incluyendo aquellos que
no tengan una naturaleza típicamente sancionatoria.
Conviene alertar que -como luego veremos- de la
letra de la Convención y de sus trabajos preparatorios
-travaux preparatories- puede colegirse que su art. 8.2.h
está diseñado y pensado para toda persona inculpada de un
delito.
Aunque no podría descartarse que actualmente sea
válido -según las circunstancias- para otros pleitos de
eminente esencia penal y para casos excepcionalísimos, como
lo hemos sostenido hace más de 15 años.
Lo cierto es que el Tribunal regional viene
abordando la cuestión aquí analizada y en puridad de verdad
parécenos que no se ha expedido en forma concreta y clara en
lo que tiene que ver con la doble instancia en los pleitos no
criminales. Si analizamos su jurisprudencia a partir de los
años 90, advertiremos que lo que se ha señalado es que en
todos los pleitos se debe poner en juego no sólo el art. 8.1,
sino también el 8.2, para garantizar el debido proceso legal.
Empero, no parece surgir de manera asertiva e
indiscutible -sino lo contrario por ahora-, que la figura del
doble conforme sea aplicable lisa y llanamente a los juicios
que podríamos llamar -haciendo una amplia generalización- de
esencia civilística o no penal.
Si se ponen bajo el microscopio los fallos de ese
Tribunal que algunos autores utilizan para extender el
contralor impugnativo, veremos que la respuesta no arroja un
resultado contundente en tal sentido, como más adelante lo
pondremos de relieve.
En efecto, en la OC-11/90, se le consultó a la
Corte si se aplicaba el requisito de agotar los recursos
internos a un indigente, que debido a circunstancias
económicas, no era capaz de hacer uso de los recursos
jurídicos. Allí el organismo se ocupó de la cuestión del
debido proceso legal, sin hacer referencia expresa al tema
que nos convoca, contestando que "... en materias que
conciernen con la determinación de los derechos y
obligaciones de orden civil, laboral, fiscal o de cualquier
otro carácter el art. 8 no especifica garantías mínimas, como
lo hace en el numeral 2 al referirse a materias penales. Sin
embargo, el concepto de debidas garantías se aplica también a
esos órdenes y, por ende, en ese tipo de materias el
individuo tiene derecho también al debido proceso que se
aplica en materia penal. Cabe señalar aquí que las
circunstancias de un procedimiento particular, su
significación, su carácter y su contexto en un sistema legal
particular, son factores que fundamentan la determinación de
si la representación legal es o no necesaria para el debido
proceso..." (la cursiva es del original).
Si se observa con detenimiento dicho
pronunciamiento se advierte que en ningún momento hace
referencia a la doble instancia en materia penal. Sólo
discurre sobre generalidades atinentes al due process of law
sosteniendo que el concepto de debidas garantías es válido
para todo tipo de enjuiciamiento.
Nadie le planteó a la Corte en esa oportunidad si
la doble instancia era obligatoria para todos los procesos.
Sin embargo la conclusión fijada en la Opinión Consultiva de
referencia, fue luego citada reiteradamente por el propio
Tribunal en varios fallos posteriores, con la misma
generalización que surge del pronunciamiento comentado.
La verdad es que cuando se refirió expresamente a
la doble instancia (art. 8.2.h), lo hizo, casi siempre en los
casos de naturaleza criminal, remarcando la necesidad de que
la decisión final no quede en manos de un solo órgano
jurisdiccional.
En el año 1998, en el caso "de la Panel Blanca
(Paniagua Morales y otros)", estaban en juego delitos
típicamente penales, como el secuestro, la detención
arbitraria, el trato inhumano, la tortura y el asesinato,
cometidos por agentes del Estado de Guatemala contra 11
víctimas. Allí el Tribunal ratificó textualmente lo
anticipado en la OC-11/90, pero con la aclaración de que en
la segunda instancia la alzada doméstica había sobreseído a
los encartados sin la debida fundamentación, con el objeto de
proteger a los militares que habían actuado en esa
oportunidad, y declaró en paralelo que el Estado guatemalteco
"... debe realizar una investigación real y efectiva para
determinar las personas responsables de las violaciones a los
derechos humanos a que se ha hecho referencia en esta
Sentencia y, eventualmente, sancionarlos...".
En puridad de verdad, lo que hizo tal cuerpo fue
anular todo el proceso judicial, por haberse llevado adelante
sin las debidas garantías.
Poco tiempo después, en el año 1999, dicho
organismo judicial se ocupó nuevamente de este tema en el
caso "Castillo Petruzzi", en el que varias personas habían
sido "condenadas" en el fuero militar por el delito de
traición a la Patria. Dijo allí que "... la Corte advierte
que, según declaró anteriormente, los procesos seguidos ante
el fuero militar contra civiles por el delito de traición a
la patria violan la garantía del juez natural establecida por
el art. 8.1 de la Convención. El derecho de recurrir del
fallo, consagrado por la Convención, no se satisface con la
mera existencia de un órgano de grado superior al que juzgó y
condenó al inculpado, ante el que éste tenga o pueda tener
acceso. Para que haya una verdadera revisión de la sentencia,
en el sentido requerido por la Convención, es preciso que el
tribunal superior reúna las características jurisdiccionales
que lo legitiman para conocer del caso concreto. Conviene
subrayar que el proceso penal es uno solo a través de sus
diversas etapas, tanto la correspondiente a la primera
instancia como las relativas a instancias ulteriores. En
consecuencia, el concepto del juez natural y el principio del
debido proceso legal rigen a lo largo de esas etapas y se
proyectan sobre las diversas instancias procesales. Si el
juzgador de segunda instancia no satisface los requerimientos
del juez natural, no podrá establecerse como legítima y
válida la etapa procesal que se desarrolle ante él. En el
caso que nos ocupa, el tribunal de segunda instancia forma
parte de la estructura militar. Por ello no tiene la
independencia necesaria para actuar ni constituye un juez
natural para el enjuiciamiento de civiles. En tal virtud,
pese a la existencia, bajo condiciones sumamente
restrictivas, de recursos que pueden ser utilizados por los
procesados, aquéllos no constituyen una verdadera garantía de
reconsideración del caso por un órgano jurisdiccional
superior que atienda las exigencias de competencia,
imparcialidad e independencia que la Convención
establece...".
Como se observa, éste es un típico asunto "penal"
en el que la Corte aborda a cabalidad la necesidad de la
doble instancia en dicho fuero, expresando que "... el Estado
violó el art. 8.2.h de la CADH...". Sostuvo allí en forma
clara que el derecho a recurrir el fallo implica "... una
revisión de los hechos objeto de la causa, un estudio acabado
del juicio, dando de esta forma garantías reales a los
acusados de que su causa será vista y sus derechos serán
garantizados en conformidad a los principios del debido
proceso establecidos en el art. 8 de la Convención,
antecedentes que no se cumplieron en la presente causa,
habiéndose en consecuencia violado el art. 8, párrafo 2,
letra h) de la Convención...".
Considero que éste fue el primer pleito donde la
Corte I.D.H. se ocupó en forma amplia y expresa del art.
8.2.h, sosteniendo la necesidad de la doble instancia en el
campo punitivo.
Aquí vale la pena repetir -perdóneseme la
hipérbole- que se trataba de un juicio de tipo criminal donde
el Tribunal interamericano aplicó sin titubear -como no podía
ser de otro modo-, la necesidad del doble control en el
ámbito del proceso penal; mas tal conclusión no permite
inferir que dichas reglas recursivas se extiendan a todos los
procesos.
En el año 2001 en el caso del "Tribunal
Constitucional", la Corte volvió sobre esta temática; se
trataba de un juicio político contra jueces del Tribunal
Constitucional en la época de Fujimori, habiendo sido los
magistrados despedidos de manera irregular. Ellos acudieron a
la Corte I.D.H. luego de pasar por la Comisión I.D.H.. Aquel
cuerpo jurisdiccional consideró que el Estado peruano había
desoído varias normas sobre el debido proceso legal, por lo
que dispuso la indemnización patrimonial a favor de dichos
jueces.
Aquí repitió lo que había expresado en la OC-11/90,
pero la verdad es -y esto debe quedar bien claro- que en
ningún momento se habló del ap. "h" del inc. 2 del art. 8,
sólo se transcribió dicho artículo (referido a la doble
instancia). Simplemente el fallo dejó en claro que el Estado
había infringido el derecho a la defensa en juicio. Téngase
en cuenta que no se trató de trámite criminal, sino de un
proceso de enjuiciamiento de magistrados llevado a cabo ante
el Congreso.
En definitiva el vicio respecto de la cesantía de
los jueces decretada en el ámbito interno se concretó por
violación del debido proceso (párrs. 80 y 83), especialmente
por falta de independencia de los juzgadores y no por
ausencia de la alzada.
En el caso "Ivcher Bronstein", fallado en el mismo
año, se reclamó ante la Corte que Perú privó ilegítimamente
de esa nacionalidad al señor Baruch Ivcher Bronstein
-ciudadano de dicho país por naturalización-, que era el
accionista mayoritario y Presidente del Directorio de la
Emisora de Televisión (Canal 2 Frecuencia Latina). Los
denunciantes sostuvieron que se lo enjuició con el objeto de
desplazarlo del control editorial de dicha emisora y de
coartar su libertad de expresión. También se le expropiaron
sus bienes de manera ilegal.
En verdad el desarrollo fáctico y jurídico del
asunto permite poner de relieve que se trató de una
resolución emitida en el Derecho interno en un proceso
administrativo, que luego fue recurrida ante los Tribunales
judiciales. La Corte consideró inválidas esas decisiones ya
que el Estado al crear Salas y Juzgados Transitorios
especializados de Derecho Público, y designar a los jueces en
el momento en que ocurrían los hechos del caso sub judice, no
garantizó al reclamante ser juzgado por jueces de los
tribunales creados con anterioridad a la ley (art. 8.1,
C.A.D.H.) (párr. 114).
En el asunto que estamos analizando no estaba
implicada una cuestión penal propiamente dicha sino más bien
de tipo administrativo, donde estuvo en juego un pleito que
podríamos considerar viciado de nulidad por ser fallado -como
vimos- por jueces no independientes.
Si bien el Tribunal habla allí -erróneamente y
obiter dictum- del art. 8.2.h, lo cierto es que a lo que está
aludiendo es a la violación de las garantías judiciales en
general que regula dicha norma, pero en ningún momento se
dijo que faltó a la doble instancia, en ese tipo de debates
donde -vale la pena señalar-, no estaban sobre el tapete
cuestiones criminales en sentido estricto. Aplicó aquí la
generalización que había nacido en la 11ª Opinión Consultiva.
También en el año 2001 ese órgano recaló sobre esta
problemática en el caso "Baena Ricardo". Se trataba de 270
empleados públicos que fueron destituidos de sus cargos en un
proceso administrativo por cuestiones laborales, por
participar de una manifestación en reclamos relativos a sus
tareas.
Ahí sostuvo la Corte que "... si bien el artículo 8
de la Convención Americana se titula ‘Garantías Judiciales’,
su aplicación no se limita a los recursos judiciales en
sentido estricto, ‘sino al conjunto de requisitos que deben
observarse en las instancias procesales’ a efectos de que las
personas estén en condiciones de defender adecuadamente sus
derechos ante cualquier tipo de acto del Estado que pueda
afectarlos. Es decir, cualquier actuación u omisión de los
órganos estatales dentro de un proceso, sea administrativo
sancionatorio o jurisdiccional, debe respetar el debido
proceso legal..." (énfasis añadido) [...] "... la Corte
observa que el elenco de garantías mínimas establecido en el
numeral 2 del artículo 8 de la Convención se aplica a los
órdenes mencionados en el numeral 1 del mismo artículo, o
sea, la determinación de derechos y obligaciones de orden
‘civil, laboral, fiscal o de cualquier otro carácter’. Esto
revela el amplio alcance del debido proceso; el individuo
tiene el derecho al debido proceso entendido en los términos
del artículo 8.1 y 8.2, tanto en materia penal como en todos
estos otros órdenes..." (lo remarcado no está en el texto
original).
Siguió diciendo el Tribunal que "... en cualquier
materia, inclusive en la laboral y la administrativa, la
discrecionalidad de la administración tiene límites
infranqueables, siendo uno de ellos el respeto de los
derechos humanos. Es importante que la actuación de la
administración se encuentre regulada, y ésta no puede invocar
el orden público para reducir discrecionalmente las garantías
de los administrados. Por ejemplo, no puede la administración
dictar actos administrativos sancionatorios sin otorgar a los
sancionados la garantía del debido proceso..." [...] "... es
un derecho humano el obtener todas las garantías que permitan
alcanzar decisiones justas, no estando la administración
excluida de cumplir con este deber. Las garantías mínimas
deben respetarse en el procedimiento administrativo y en
cualquier otro procedimiento cuya decisión pueda afectar los
derechos de las personas...".
En este pleito los damnificados impugnaron sin
éxito a través de varios procesos judiciales las "medidas
administrativas". Por consecuencia, la Corte declaró que se
habían violado varios preceptos de la C.A.D.H., entre ellos
los arts. 8.1 y 8.2.
La Corte I.D.H. se refirió a la necesidad de
control jurisdiccional de un proceso administrativo
"sancionatorio", como ella misma lo calificó.
Más adelante dice el fallo que "... al considerarse
la Ley 25 constitucional y al derogar ésta la normativa
vigente al momento de los hechos por tener carácter
retroactivo, los trabajadores tuvieron que acudir a la Sala
Tercera de la Corte Suprema de Justicia mediante demandas
contencioso-administrativas. En estos procesos los
trabajadores no contaron con amplias posibilidades de ser
oídos en procura del esclarecimiento de los hechos. Para
determinar que los despidos eran legales, la Sala Tercera se
basó exclusivamente en el hecho de que se había declarado que
la Ley 25 no era inconstitucional y en que los trabajadores
habían participado en el paro contrario a la democracia y el
orden constitucional. Asimismo, la Sala Tercera no analizó
las circunstancias reales de los casos y la comisión o no,
por parte de los trabajadores despedidos, de la conducta que
se sancionaba. Así, no consideró los informes en los cuales
se basaron los directores de las diferentes entidades para
determinar la participación de los trabajadores en el paro,
informes que ni siquiera constan, según las pruebas
aportadas, en los expedientes internos. La Sala Tercera, al
juzgar con base en la Ley 25, no tomó en cuenta que dicha ley
no establecía cuáles acciones atentaban contra la democracia
y el orden constitucional. De esta manera, al acusar a los
trabajadores de participar en un cese de actividades que
atentaba contra la democracia y el orden constitucional, se
les culpaba sin que estas personas hubieran tenido la
posibilidad, al momento del paro, de saber que participar en
éste constituía causal de una sanción tan grave como el
despido. La actitud de la Sala Tercera resulta más grave aun,
si se considera que sus decisiones no eran susceptibles de
apelación, en razón de que sus sentencias eran definitivas e
inapelables..." [...] "... el Estado no proporcionó elementos
sobre los casos de todos los trabajadores, y de los que
proporcionó se desprende la ineficacia de los recursos
internos, en relación con el artículo 25 de la Convención.
Así se evidencia que los tribunales de justicia no observaron
el debido proceso legal ni el derecho a un recurso efectivo.
Como fue expresado, los recursos intentados no fueron idóneos
para solucionar el problema del despido de los
trabajadores...".
Se observa en este pronunciamiento que el Tribunal
interamericano abordó dos cuestiones, una referida a la
irregularidad del trámite llevado a cabo por ante la Sala
Tercera de la Corte Suprema de Justicia de Panamá; y otra, la
falta de apelación en este pleito que -en parte- se ventiló
en instancia única ante dicho cuerpo supremo de Justicia
panameño (párrs. 140 y 141).
Puede decirse que en estos procesos la Corte IDH
dejó bien en claro que estaban en juego temas no penales,
puesto que no había allí tipificación de ningún delito ni
imposición de pena, y añadió sin rodeos que la cuestión era
de índole administrativa o laboral (párrs. 123 y 124).
Debe tomarse en consideración que el Caso "Baena"
por sus particularidades no puede ser citado como paradigma
de la doble instancia en temas no penales.
El argumento de la falta de apelación ha sido
esgrimido a fortiori por las características especiales de
ese conflicto para desterrar la discrecionalidad
administrativa.
En efecto, en el pleito de marras hubo una serie de
irregularidades procesales violatorias del postulado del
debido proceso legal; la falta de la doble instancia fue
utilizada por el Tribunal del Pacto de San José de Costa Rica
a todo evento y como argumento reforzante, pero no ha sido
causal de la invalidación del fallo pues el cuerpo
interamericano quiso decir -creemos- que la vía judicial no
podía arrancar directamente ante el órgano judicial de la
máxima jerarquía luego de un proceso administrativo donde se
habían violado todas las garantías procesales.
En el caso "Herrera Ulloa", sentenciado en el año
2004, el organismo de marras aludió nuevamente a la
problemática aquí abordada. Se trataba de "una sentencia
penal condenatoria" contra un periodista por una publicación
difamatoria. Lo cierto es que el decisorio apuntado se ocupó
ampliamente de la doble instancia, pero en un típico pleito
criminal que en definitiva ratifica lo dispuesto por la
C.A.D.H. en el art. 8.2.h., por lo que poco aporta a la
eventual dilatación interpretativa de tal precepto.
En este asunto quedó condenado un periodista por
calumnias publicadas en un diario. Conviene aclarar que aquí
la Corte inspeccionó la legislación costarricense, que no
impone una doble instancia amplia contra este tipo de
decisiones, ya que sólo incluye una especie de recurso de
casación "reducido", que no permite un contralor de los
hechos y del derecho como en verdad corresponde, como sucedía
en la Argentina antes del fallo "Casal" resuelto por la Corte
Suprema de Justicia.
Lo que en definitiva puso de relieve el decisorio
analizado es que "... de acuerdo al objeto y fin de la
Convención Americana, cual es la eficaz protección de los
derechos humanos, se debe entender que el recurso que
contempla el artículo 8.2.h. de dicho Tratado [recuérdese que
aludía a un proceso penal] debe ser un recurso ordinario
eficaz mediante el cual un juez o tribunal superior procure
la corrección de decisiones jurisdiccionales contrarias al
derecho. Si bien los Estados tienen un margen de apreciación
para regular el ejercicio de ese recurso, no pueden
establecer restricciones o requisitos que infrinjan la
esencia misma del derecho de recurrir del fallo. Al respecto,
ha establecido que ‘no basta con la existencia formal de los
recursos sino que éstos deben ser eficaces’, es decir, deben
dar resultados o respuestas al fin para el cual fueron
concebidos...".
Como vimos en este caso de sustancia típicamente
penal, la Corte se explayó sobre el art. 8.2.h y la necesidad
de la doble instancia, pero -repetimos-, se trataba de una
cuestión de esencia criminal.
En dicho asunto el Tribunal dispuso que el derecho
a recurrir un fallo es una garantía primordial que se debe
respetar en el marco del debido proceso legal. Claro está que
si bien aquí se hace una nueva generalización, no podemos
dejar de repetir una vez más que el pronunciamiento de
referencia alude a un pleito de naturaleza típicamente
punitiva.
D) CONCLUSIONES SOBRE LA JURISPRUDENCIA DE LA CORTE
I.D.H. EN MATERIA DE DOBLE INSTANCIA.
He querido hacer un detallado análisis de la
jurisprudencia de la Corte I.D.H., tratando de escudriñar si
la garantía de la doble instancia impuesta por el art. 8.2.h
para la persona "inculpada de un delito" se aplica más allá
de los asuntos de naturaleza penal, es decir todos los
pleitos fuera cual fuere su esencia.
Conviene resaltar que en el modelo europeo, que fue
la fuente más directa de nuestra C.A.D.H., no existía un
precepto que aludiera a la doble instancia, hasta que en el
año 1984 el Protocolo 7º la impuso pero sólo contra los
fallos condenatorios, respecto de una persona declarada
culpable de una infracción penal. Vimos también que este
documento internacional relativizó la posibilidad recursiva
duplicada, aun respecto a las decisiones de esencia penal,
delegando en una ley del Derecho interno las excepciones a la
regla para las "infracciones" de menor gravedad. Esto último
significa que aun en las faltas leves de materia criminal es
posible en el viejo continente evitar el doble conforme, si
una ley lo dispusiera.
En lo que respecta al modelo interamericano no
puede aseverarse en forma contundente -a nuestro modo de ver-
que la Corte regional haya adoptado la doble instancia para
todo tipo de causas.
Por el contrario soy de la opinión que si bien no
cabe hesitación respecto a que en los procesos criminales se
aplica sin circunloquios el art. 8.2.h, no debe predicarse lo
mismo para los litigios no penales, ya que si bien ese
Tribunal ha extendido a partir de la OC-11/90 las garantías
del art. 8 a los juicios de orden civil, laboral, fiscal, o
de cualquier otro carácter, tal "dilatación" de la regla no
alcanza a la todos los litigios.
Importa reiterar que cuando ese cuerpo
jurisdiccional se ocupó a fondo de esta problemática -doble
instancia-, lo hizo para los juicios de contenido
eminentemente criminal o sancionatorio.
Empero algunos consideran que en el caso "Baena"
-ya aludido-, sentenciado en el año 2001, la Corte dio un
paso más, extendiendo la posibilidad impugnativa al
procedimiento administrativo sancionatorio (punitivo). No
coincidimos con esta interpretación pues tal cual lo
adelantamos, juzgo que en ese asunto el Tribunal
interamericano -en un fallo no del todo claro- lo que en
verdad dijo -o quiso decir, suponemos-, es que en el
procedimiento administrativo -como en cualquier otro-, debe
respetarse el debido proceso legal, añadiendo que los
principios que iluminan el pleito administrativo
sancionatorio son similares a los del juicio criminal, ya que
en ambos está en juego el poder punitorio del Estado. En
suma, lo que queda en claro es que en este tipo de pleitos
están excluidos de acatar las garantías mínimas que imperan
en la C.A.D.H., en lo que hace al due process of law (art.
8.1, C.A.D.H.).
Estimo que la Corte I.D.H. debe tener mucho cuidado
y total claridad cuando hace excesivas generalizaciones en
esta materia, como lo hizo a partir de la OC-11/90, ya que si
se entendiese que la doble instancia vale para todo pleito
sin ninguna excepción, se minaría gran parte del Derecho
interno de los países suscriptos al sistema que no contempla
recursos contra ciertas decisiones, por ejemplo de los
tribunales laborales, de familia, civiles, etc.
En todo caso lo prudente sería remitir a la ley
doméstica en los temas no penales como las infracciones de
menor gravedad de esencia criminal, tal cual lo dispone el
Protocolo 7º del Convenio Europeo (art. 2.2).
Lo que sí es imprescindible es el "entronque"
judicial, pero -repetimos- no el doble juzgamiento, salvo
casos excepcionales de graves faltas en el trámite adjetivo,
como sucedió en "Baena".
Recordemos que el art. 14.5 del Pacto Internacional
de los Derechos Civiles y Políticos sólo habla del derecho a
la doble instancia respecto de "... toda persona culpable de
un delito..." (lo remarcado me pertenece), similar al
criterio que modula el modelo europeo.
Hay que tener muy en cuenta la doctrina que sobre
ésta y otras cuestiones fija la Corte I.D.H. pues
considerando que -en principio- sus pronunciamientos son
vinculantes para los poderes domésticos, incluyendo al
judicial.
Si bien es cierto que ese cuerpo tiene dicho que no
controla el derecho interno de los países ya que sólo se
ocupa de que cumplan con los Tratados internacionales
suscriptos por ellos, lo cierto es que la jurisprudencia del
Tribunal de marras tiene en la práctica un verdadero efecto
expansivo.
Para finalizar es necesario reiterar que el art.
8.2.h de la Convención se aplica -por regla- sólo a los
pleitos de naturaleza penal donde ha habido una condena.
Extender dicha pauta a todos los procesos
implicaría -como ya lo dije- un verdadero barquinazo para el
derecho interno de los países adheridos al Pacto de San José
de Costa Rica, que en la mayoría de los casos siguen todavía
con la instancia única en varios tipos de enjuiciamiento.
La Corte Interamericana debería ser muy cuidadosa y
clara cuando interpreta la Convención pues ampliando
demasiado la hermenéutica de la norma convencional en
cuestión podría minar -tal cual se anticipó- muchas
instituciones domésticas.
V. CONCLUSIONES SOBRE EL CASO SUB EXAMINE.
INTIMACION AL PODER LEGISLATIVO.
A partir del desarrollo precedente y a modo de
síntesis final es posible concluir:
a) Que la vía prevista por el artículo 74 del
Código Contencioso Administrativo (texto conf. ley 13.325)
para la impugnación de actos de colegios o consejos
profesionales, vulnera los principios de acceso irrestricto a
la justicia, tutela judicial efectiva e inviolabilidad de
defensa en juicio, por ende cabe confirmar la descalificación
supralegal adoptada sobre el tópico por el a quo en el
pronunciamiento impugnado.
b) Que si bien parece no existir hesitación que
respecto a los procesos criminales juega sin requilorios el
art. 8.2.h, no debe predicarse lo mismo para los litigios no
penales, ya que si bien el Tribunal Interamericano ha
extendido a partir de la OC-11/90 las garantías del art. 8 a
los juicios de orden civil, laboral, fiscal, o de cualquier
otro carácter, tal "dilatación" de la regla no alcanza a la
totalidad de los litigios.
En consecuencia no existe óbice constitucional, ni
supranacional, para que las Cámaras de Apelaciones en lo
contencioso administrativo conozcan originariamente respecto
de las pretensiones que tengan por objeto la impugnación de
las resoluciones relativas al gobierno de la matrícula o
registro de profesionales y/o control disciplinario de los
mismos, razón que justifica la revocación parcial del
decisorio puesto en crisis.
c) Que a fin de evitar la eventual responsabilidad
internacional del Estado cabe intimar al Poder Legislativo
para que, en un tiempo prudencial, dicte la norma pertinente
que ajuste el procedimiento previsto para la impugnación de
actos de colegios o consejos profesionales a las exigencias
constitucionales y supranacionales (arts. 1.1 y 2 del Pacto
de San José de Costa Rica).
VI- ALCANCE DEL PRONUNCIAMIENTO.
Por lo hasta aquí expuesto, si mi parecer fuese
compartido, correspondería acoger parcialmente el recurso
extraordinario de inconstitucionalidad articulado, revocando
la sentencia recurrida en cuanto, a partir de la declaración
de inconstitucionalidad de los arts. 1, 2 y 3 de la ley
13.329, dispuso la remisión de las actuaciones al Juzgado en
lo Contencioso Administrativo que previno (art. 299,
C.P.C.C.).
Asimismo, a fin de evitar la eventual
responsabilidad internacional del Estado, cabe intimar al
Poder Legislativo para que, en un tiempo prudencial, dicte la
norma pertinente que ajuste el procedimiento previsto para la
impugnación de actos de colegios o consejos profesionales a
las exigencias constitucionales y supranacionales (arts. 1.1
y 2 del Pacto de San José de Costa Rica).
Atento el alcance por el que prospera la
impugnación, como así la naturaleza y novedad de la cuestión
planteada, corresponde imponer las costas de esta instancia
en el orden causado (arts. 68 inc. 2º y 289, C.P.C.C.).
Con el alcance precedente, voto por la afirmativa.
A la primera cuestión planteada, el señor Juez
doctor Genoud dijo:
I. En virtud de las razones que expresara al
sentenciar la causa A. 68.782, "Colegio de Bioquímicos" del
22-XII-2008, las cuales considero de aplicación al caso,
adhiero en cuanto resultan concordantes con aquellas a los
fundamentos dados por el señor Juez doctor Negri.
II. 1. Sin perjuicio de ello, a mayor abundamien-
to, corresponde puntualizar que la garantía de doble ins-
tancia establecida en los arts. 14.5 del Pacto Internacio-nal
de Derechos Civiles y Políticos y 8. 2. h) de la Convención
Americana sobre Derechos Humanos, no se extiende al tipo de
situaciones contenciosas como la ventilada en el presente
caso.
Ello ha sido materia de pronunciamiento por parte
de la Corte Suprema de Justicia de la Nación al predicar que
el derecho a la múltiple instancia no reviste jerarquía
constitucional y no es requisito de la defensa en juicio
(conf. Corte Suprema de la Nación, Fallos 224:810; 238:503;
322:2488; 323:2357) salvo en los casos en que la ley procesal
respectiva la instituya como vía recursiva (Fallos 162:363;
230:166, entre otros).
Asimismo ha precisado en la causa [Link].
Recurso de hecho. "Hojman, Rubén Evar sobre concurso pre-
ventivo", del 11-IV-2006 (voto de los doctores Fayt,
Lorenzetti y Argibay) que "la aplicación del art. 8, inc. 2,
ap. h de la Convención Americana sobre Derechos Humanos, que
consagra la garantía de la doble instancia, se halla
supeditada a la existencia de un fallo final dictado contra
una persona "inculpada de delito" o declarada culpable de un
delito (Fallos: 323:1787)".
2. De dicho modo corresponde hacer lugar parcial-
mente al recurso interpuesto y revocar la sentencia exami-
nada en la medida en que dispuso la remisión de las actua-
ciones al juzgado de primera instancia en lo contencioso
administrativo que previno.
Costas por su orden, atento la naturaleza del tema
debatido y la forma en que se resuelve esta cuestión (art.
68, 2do. párr., C.P.C.C.).
Con tal alcance, voto por la afirmativa.
A la segunda cuestión planteada, el señor Juez
doctor Negri dijo:
1. A pesar de la técnica, por demás confusa, en lo
que se refiere a la estructura del escrito impugnatorio,
pueden señalarse como fundamentos del recurso extraordina-rio
de inaplicabilidad de ley en tratamiento los siguien-tes:
violación del art. 41 de la Constitución provincial;
inaplicación de normas de la ley 5177 y encuadre de la
decisión cuestionada en la doctrina del "absurdo".
2. Adelanto que, en mi opinión, el recurso resul-ta
insuficiente en tanto carece de una argumentación con-
vincente sobre el yerro imputado al pronunciamiento de grado
(art. 279, C.P.C.C.).
3. En primer lugar he de señalar que el art. 41 de
la Constitución provincial no tiene el alcance que pre-tende
el recurrente. En lo que al caso interesa, el citado precepto
constitucional dice: "La provincia reconoce a las entidades
intermedias expresivas de las actividades cultu-rales,
gremiales, sociales y económicas y garantiza el de-recho a la
constitución y desenvolvimiento de colegios o consejos
profesional...".
Esta garantía de constitución y desenvolvimiento no
puede equipararse al otorgamiento de la potestad de admisión
en la matrícula profesional y control del ejerci-cio
profesional.
Obsérvese que el art. 42 del mismo cuerpo
constitucional, al establecer que queda a la legislatura la
facultad de determinar lo concerniente al ejercicio de las
profesiones liberales, de ningún modo establece una pauta que
implique que el Poder Legislativo deberá delegar tal
actuación en las corporaciones profesionales.
Pero, aunque se concluya en forma contraria a lo
recientemente expuesto, es claro que la atribución a los
colegios o consejos profesionales de la facultad de ejercer
el control de la matrícula profesional -sea ésta una
atribución deferida por la ley o la Constitución- de ningún
modo es puesta en riesgo ni retaceada por la circunstancia de
que los actos de gravamen que tales instituciones emitan sean
pasibles de un amplio control judicial, ni ello implica
transferir las potestades que les fueran otorgadas al ente
por la legislación al juez del caso.
4. Tampoco se satisface adecuadamente la funda-
mentación del agravio consistente en la inaplicación de la
ley 5177, desde que ni siquiera se precisa qué preceptos del
aludido cuerpo legal han sido inaplicados o violentados en la
sentencia, ni en qué consiste el error que al res-pecto se
adjudica a la misma.
El código ritual estipula que el escrito en el que
el recurso se deduzca deberá contener en términos claros y
concretos la cita de la norma o, en su caso, la doctrina,
violadas o aplicadas falsa o erróneamente en la sentencia,
indicando igualmente en qué consiste la viola-ción, o el
error (art. 279, C.P.C.C.), recaudos no cumpli-dos en el
caso.
5. También yerra el recurrente al denunciar la
existencia de absurdo en la decisión del a quo.
El colegio profesional impugna el fallo en tanto
entiende que produce una confusión normativa que afecta la
supremacía constitucional y por ende la seguridad jurídica y
la paz social. En tal sentido alega que "... Casi podría
afirmarse que se aproxima a lo que ha dado en llamarse
'doctrina del absurdo', a la que define como una creación
pretoriana mediante la cual se habilita una vía para que se
puedan ventilar muy excepcionalmente planteos de hecho,
persiguiendo un objetivo similar al de la 'arbitrariedad'
acuñada por la Corte Suprema de Justicia de la Nación..." y
aduce que el decisorio cuestionado provoca una situación
confusa al restituir la vigencia de una norma que había sido
derogada.
Sin embargo, advierto que el pronunciamiento no se
ha sustentado en la apreciación de cuestión de hecho o prueba
y la argumentación del recurrente se circunscribe a genéricas
afirmaciones que solo indican un criterio discor-dante con el
del juzgador sin efectuarse, como debiera, un cuestionamiento
concreto, razonado y eficaz de la motiva-ción esencial que
contiene el pronunciamiento objetado (conf. causas L. 74.165,
sent. del 18-IX-2002; L. 76.216, sent. del 16-VII-2003; L.
76.691, sent. del 2-IV-2003; L. 80.838, sent. del 6-IV-2004,
entre otras).
6. Por las razones expuestas, corresponde recha-zar
el recurso intentado.
Costas al vencido (art. 289 del Código Procesal
Civil y Comercial).
El depósito previo de $2500 (cuya integración obra
a fs. 42), queda perdido para el recurrente (art. 294,
C.P.C.C.), debiendo el tribunal a quo dar cumplimiento a lo
dispuesto por los arts. 6 y 7 de la Resolución 425/2002
(texto Resol. 870/2002).
Voto por la negativa.
A la segunda cuestión planteada, la señora Jueza
doctora Kogan dijo:
Adhiero al voto del doctor Negri y doy el mío
también por la negativa.
Costas a la recurrente vencida (art. 289,
C.P.C.C.).
A la segunda cuestión planteada, el señor Juez
doctor de Lázzari dijo:
En virtud de lo expuesto al tratarse la primera
cuestión, el tratamiento de la presente se torna innecesa-
rio.
Así lo voto.
A la segunda cuestión planteada, el señor Juez
doctor Soria dijo:
Por lo expuesto al tratar la primera cuestión,
propongo también el rechazo del recurso de inaplicabilidad de
ley deducido, al que le cabe el mismo reparo, en tanto ha
sido promiscuamente formulado con el de inconstitucio-
nalidad.
Costas al recurrente vencido (arts. 60.1 del
C.C.A., ley 12.008 -texto según ley 13.101- y 289 del
C.P.C.C., conf. doctrina de la mayoría en causa A. 68.914,
"Larrauri", sent. del 22-XII-2008, sin perjuicio de mi
opinión en contrario allí manifestada).
Voto por la negativa.
A la segunda cuestión planteada, el señor Juez
doctor Pettigiani dijo:
Por los mismos fundamentos adhiero al voto del
doctor Negri.
Voto por la negativa.
A la segunda cuestión planteada, el señor Juez
doctor Hitters dijo:
Adhiero al voto del distinguido colega que abre el
presente Acuerdo.
Voto por la negativa.
Costas al recurrente vencido (arts. 60.1, C.C.A.,
ley 12.008 -texto según ley 13.101- y 289, C.P.C.C., conf.
doctrina mayoritaria en causa A. 68.914, "Larrauri", sent.
del 22-XII-2008).
A la segunda cuestión planteada, el señor Juez
doctor Genoud dijo:
Adhiero al voto del señor Juez doctor Negri y doy
el mío en igual sentido.
Voto por la negativa.
Costas a la vencida (art. 289, C.P.C.C.).
Con lo que termino el acuerdo, dictándose la
siguiente
S E N T E N C I A
Por lo expuesto en el acuerdo que antecede, oída la
señora Procuradora General, por mayoría, se hace lugar
parcialmente al recurso extraordinario de
inconstitucionalidad, revocándose la sentencia impugnada sólo
en cuanto dispuso la remisión de las actuaciones al juzgado
en lo contencioso administrativo que previno. Las costas de
este recurso, por mayoría, se imponen en el orden causado
(art. 68, 2° párrafo, C.P.C.C.).
Asimismo, por mayoría de fundamentos, se rechaza el
recurso extraordinario de inaplicabilidad de ley o doc-trina
legal, imponiéndose las costas del mismo, por mayo-ría, a la
recurrente vencida (art. 289, C.P.C.C.).
El depósito previo de $2500 queda perdido para el
recurrente (art. 294, C.P.C.C.), debiendo el tribunal a quo
dar cumplimiento a lo dispuesto por los arts. 6 y 7 de la
Resolución 425/2002 (texto Resol. 870/2002).
Regístrese, notifíquese y devuélvase.
HILDA KOGAN
EDUARDO JULIO PETTIGIANI HECTOR NEGRI
EDUARDO NESTOR DE LAZZARI DANIEL FERNANDO
SORIA
JUAN CARLOS HITTERS LUIS ESTEBAN GENOUD
JUAN JOSE MARTIARENA
Secretario