La discriminación étnico-racial es un problema que afecta gravemente a la
sociedad peruana, pues acentúa la desintegración nacional, profundiza la
pobreza e incrementa la exclusión social, impidiendo un desarrollo basado
en la igualdad. Diversas investigaciones realizadas en el país han señalado
que este tipo de discriminación sería la mayor causa de pobreza y exclusión
de los pueblos indígenas y la población afroperuana.
En el Perú existen muy pocos procedimientos administrativos o judiciales
iniciados por motivos de discriminación étnico -racial, pues es percibida
como una situación normalizada. Además es difícil identificar con claridad
a discriminados y discriminadores, convirtiéndose en un fenómeno
multidireccional.
Otra dificultad que existe en el Perú es que las personas no denuncian haber
sido objeto de discriminación étnica o racial. Esta situación se explica por
diversos factores como: la vergüenza de denunciar tales hechos, la negación
y normalización del racismo, el desconocimiento de los mecanismos de
denuncia y la ausencia de una cultura de sanción social contra la
discriminación. Adicionalmente, la obtención de pruebas para demostrar la
existencia de actos discriminatorios es complicada.
LA DISCRIMINACIÓN ENQUISTADA EN LA SOCIEDAD
EXPRESIONES DESATINADAS COMO “¡NO SABES CON QUIÉN TE HAS
METIDO!”, “¡TÚ NO ERES NADIE!” Y “¿QUIÉN TE HAS CREÍDO, INDIO DE
M…?”, SE REPITEN CON PREOCUPANTE FRECUENCIA EN LA SOCIEDAD
PERUANA.
Tales frases no solo evidencian un mal
manejo de las emociones y una falta de
sensibilidad y empatía, sino que, en el
ámbito jurídico, constituyen una
vulneración a derechos fundamentales,
reconocidos por nuestra Constitución,
como el derecho a la dignidad, a la
igualdad ante la ley y a la no discriminación. Nadie debe ser discriminado por motivo de
origen, raza, sexo, idioma, religión, opinión, condición económica o de cualquier otra
índole.
Más aún, nuestro Código Penal tipifica como delito contra la humanidad a la
discriminación e incitación a la discriminación, castigando tales acciones con pena
privativa de libertad no menor de dos años ni mayor de tres. Si el hecho se realiza
mediante actos de violencia física o mental, a través de internet u otro medio análogo,
o si quien comete el hecho es servidor público, la pena privativa de libertad será no
menor de dos años ni mayor de cuatro, además de quedar inhabilitado.
Debemos recordar que, en el Perú, la protección legal de derechos tuvo luz por primera
vez en el derecho a la igualdad y no discriminación que reconoció la Constitución
Peruana de 1979, que incluía como motivos prohibidos de discriminación el sexo, la raza,
la religión, la opinión y el idioma.
Posteriormente, en la Constitución de 1993 se garantizó el derecho a la igualdad y no
discriminación y se ampliaron los motivos prohibidos: origen, raza, sexo, idioma,
religión, opinión, condición económica o de cualquiera otra índole.
Sin embargo, en pleno siglo XXI, cuando se creía que el racismo debía estar extinguido y
que el Perú se iba asumiendo como un país pluricultural, el Ministerio de Cultura nos
recuerda que el 53% de la población considera que los peruanos son racistas o muy
racistas; y que incluso un 8% se percibe a sí mismo como tal, es decir, se perciben
“racistas” o “muy racistas”, conforme los resultados de la primera encuesta nacional
sobre Percepciones y Actitudes sobre Diversidad Cultural y Discriminación Étnica-Racial.
Por eso, no solo en fechas como el Día Internacional para la Eliminación de la
Discriminación Racial (21 de marzo), saludamos los esfuerzos que contribuyen a la
construcción de un país sin discriminación.
En esa línea, merecen un reconocimiento especial iniciativas como la del Viceministerio
de Interculturalidad del Ministerio de Cultura que impulsa campañas –mediante la
plataforma Alerta Contra el Racismo– para llamar la atención de la ciudadanía sobre la
dañina presencia de la discriminación en nuestro país.
En consecuencia, la ciudadanía le dice “¡No!” al racismo, a los estereotipos y al prejuicio.
No existen personas superiores a otras. Ante la ley, todos somos iguales.
La población indígena constituye uno de los sectores más relegados y pobres del país. A
través de la atención a sus necesidades, el Perú no sólo lograría incrementar su
capacidad productiva y el bienestar, sino que alcanzaría una mayor integración social y
la afirmación de una democracia más sólida.
El Perú alberga una población importante de indígenas que comparten una serie de
características comunes tales como lengua, raza, cultura, origen e identidad. Tomando
como referencia la lengua materna, se estima que existen alrededor de 3 millones y
medio de peruanos pertenecientes a esos diversos grupos étnicos. Casi la tercera parte
de esa población vive en zonas urbanas, incluyendo a la ciudad de Lima donde residen
al menos 800,000 personas vernáculohablantes.
Es evidente que a lo largo de nuestra historia han existido diversas formas de
discriminación abierta hacia su cultura, su apariencia física y su lengua. Menos obvio
resulta, sin embargo, la identificación de otros mecanismos de discriminación
estructural que han generado la exclusión social de esa población.
Diversos estudios han demostrado que la población indígena está entre quienes menos
disfrutan de los beneficios del desarrollo en el Perú. Y esto no sólo sucede con los
indígenas ubicados en las zonas rurales del país; la desventaja de los mismos se
mantiene y se reproduce en contextos urbanos a los que han migrado en búsqueda de
mayores oportunidades de vida.
Según un reciente estudio de GRADE si bien un 46 % de la población urbana no indígena
es pobre, este porcentaje llega al 61 % entre la población urbana indígena. Incluso el
nivel de pobreza extrema resulta ser tres veces más alto en esta última población.
Mientras que el 56 % de la población no indígena no tiene acceso a la seguridad social,
un 65 % entre los indígenas presenta esta carencia. Asimismo estos muestran mayores
tasas de morbilidad y una mayor proporción de viviendas de adobe y piso de tierra.
Resultados parecidos se obtienen al usar como criterio de identificación étnica la
autoadscripción de las personas. Según el INEI, la pobreza incide con mayor fuerza en
los hogares cuyos jefes señalan tener un origen nativo y en menor medida entre los
conducidos por personas que se autoidentifican como mestizos.
En otro estudio de GRADE se comprobó que cuanto más rasgos raciales indígenas tiene
una persona, mayor es la probabilidad de que sea pobre, que cuente con menos
educación y que carezca de algún seguro de salud. Además, teniendo las mismas
características personales y ocupacionales, una persona con rasgos raciales indígenas
como asalariado en el sector privado ganaba menos que otra persona con rasgos
blancos.
Los altos niveles de pobreza están asociados a los escasos logros educativos, las bajas
tasas de matrícula y las altas tasas de deserción y repetición escolar que prevalecen
entre la población indígena. Por lo general, esta accede a una educación que -además
de ser de baja calidad- no ha tenido en cuenta su condición vernáculohablante.
Por otro lado, un estudio del Banco Mundial realizado en 1993 comprobó que teniendo
el mismo capital humano la población indígena gana 44 % menos que los
hispanoparlantes. El retorno económico por nivel educativo de estos últimos es tres
veces mayor que el de los trabajadores indígenas.
En suma, la información disponible demuestra que la población indígena -definida por
su raza, su lengua o su autoidentificación étnica- constituye uno de los sectores más
pobres en nuestro país. Resulta imperativo que el Estado y la sociedad peruana asuman
la deuda histórica con esta población dando prioridad a estrategias de desarrollo que
respeten sus valores culturales, eliminen toda forma de discriminación hacia ella y
permitan su inclusión social a través de la generación de mayores oportunidades
sociales, educativas y laborales.
La década de 1990 es uno de los peores
periodos de la historia del Perú. En esos años se
rompió todo equilibrio entre mercado, Estado y
sociedad. También se resquebrajó casi todo
balance entre economía, política y sentido ético
y solidario; a tal punto que sus principales
protagonistas están hoy en condición de
fugitivos o encausados en numerosos procesos
judiciales. Fue, pues, una década signada por el autoritarismo y la corrupción ejercidos
por un gobierno que alcanzó ribetes mafiosos nunca antes vistos en nuestra historia.
Se trató, también, de años adversos para la idea del desarrollo con contenidos sociales
y democráticos. El discurso imperante y la política económica le rendían culto a los
mecanismos de un mercado supuestamente libre. En 1990 se aplicaron medidas de
radical e indiscriminada reducción de los gastos e inversiones del Estado, como parte de
su privatización. También fue indiscriminada y radical la liberalización del comercio y de
los precios. Esta política sirvió para mejorar sobre el papel las cuentas fiscales y los
negocios de las grandes empresas, especialmente las financieras. Sus efectos, sin
embargo, resultaron profundamente destructivos del consumo de la gente común y
corriente y sobre los sectores productivos como la agricultura y la industria. La
educación y la salud públicas, así como la seguridad ciudadana, sufrieron un enorme
deterioro. El Ministro de Economía que inauguró esta política en agosto de 1990
concluyó su discurso pidiendo “Que Dios nos ayude”. En ese momento, nuestra revista
institucional (Quehacer n.º 63) tituló: “Acabar con la inflación, sí; pero NO así”.
Al inicio de este periodo desco mantuvo e incluso amplió sus compromisos con las
organizaciones sociales, las agencias de cooperación y las diversas instituciones socias
en redes y consorcios. Sin embargo, los problemas de la época obligaron a adecuar
algunos de nuestros proyectos. Un efecto del enorme recorte de salarios y derechos
laborales fue el significativo debilitamiento de las organizaciones sindicales, de sus
actividades y de sus movimientos. Ello llevó a que se tuviera que reorientar el trabajo
del antiguo Programa Laboral hacia otras líneas de promoción de la pequeña producción
y el empleo, y al fortalecimiento del Programa de Microempresarios.
A partir de 1992, con el inicio de la privatización y venta de numerosas empresas
estatales a precio de remate, con enormes facilidades tributarias, con recortes
significativos de los derechos laborales y con muy escasa transparencia, empezó a
reactivarse la economía, pero básicamente en sectores como la minería, las finanzas y
ciertos servicios. La industria, la agricultura y los servicios públicos, como la educación,
continuaron en su nivel de depresión a lo largo de la década.
En abril del mismo año, para brindarle el adecuado sostén político a su gestión
económica, el gobierno de entonces dio un golpe de Estado, disolvió el Congreso e
intervino el Poder Judicial. Ese año, con la mediación de su asesor de Inteligencia, el
gobernante selló su pacto con la cúpula militar para edificar el régimen autoritario que
prevaleció hasta el final de la década. Apenas tomada, la decisión recibió el apoyo de la
gente ilusionada por la afluencia de las inversiones extranjeras y por la providencial
captura del jefe del PCP-SL. Más tarde se combinó la manipulación masiva de los
programas de asistencia social con el control de todos los poderes del Estado y el
soborno a los dueños de los medios de masas como la televisión. Era la combinación de
discursos neoliberales y prácticas autoritarias, también aplicada en países vecinos.
Desde el comienzo de este ciclo, a mediados de 1992, la institución expresó su oposición.
En su número 74, Quehacer tituló: “Salvo el mercado, todo es ilusión: El sendero liberal”,
y Quehacer n.º 78 rotuló: “Dividiendo al país”.
En colaboración con dos instituciones amigas —
CEPES y CEDEP—, impulsamos la formación del
consorcio Propuesta Ciudadana como parte de un
esfuerzo por contribuir en la defensa de la
democracia y la urgente reforma del Estado. Ese
intento inicial se vio fortalecido con el correr de los
años: el consorcio reúne hoy a once organizaciones como la nuestra, comprometidas
con el proceso de descentralización en curso.
En este contexto, cada vez más autoritario y cerrado al diálogo, nuestros proyectos
Programa Rural Valle del Colca y Programa Urbano alentaron decididamente espacios
de concertación que convocaban a diversos sectores sociales, económicos y políticos y
reconocían un papel central a los gobiernos locales. En paralelo, los componentes
tecnológicos y productivos de nuestras intervenciones articulaban mejor sus propuestas
a partir del enfoque que supone identificar y promover los principales circuitos
económicos de cada zona de intervención. En general, nuestros proyectos
contribuyeron durante esos años no solo a mejorar las capacidades productivas o los
recursos habitacionales de las poblaciones campesinas o urbanas, sino también a
recomponer y a fortalecer sus organizaciones y bases institucionales.
Pusimos especial énfasis en mejorar la capacidad de asociarse ya sea hacia dentro o
hacia fuera de sus comunidades o barrios. De la misma manera, fortalecimos su
capacidad de incidir en los gobiernos locales o en las instancias de decisión. Un sentido
de autonomía de las organizaciones sociales y de democratización de la esfera local
acompañó siempre el trabajo de nuestros programas, en tensión con las prácticas de
clientelismo y de manipulación ejercidas por el gobierno central.
Desde los programas de intervención directa de la institución, continuamos alentando
tanto el debate y la reflexión académica cuanto el desarrollo de capacidades y el
fortalecimiento organizativo de las agrupaciones sociales. Destacaron en este periodo,
entre otras publicaciones, Producir la ciudad popular de los 90: Entre el Estado y el
mercado, Planificando el desarrollo: Manual del dirigente popular y En el juego de la
vida: Ser delincuente en Lima. En esta etapa los investigadores de la institución
contribuyeron al análisis político nacional y a la crítica del difícil momento que vivía el
país con la publicación de distintos títulos, entre los que destacaron: Tiempos de ira y
amor, Las barriadas de Lima: Historia e interpretación, Vinieron los sarracenos... El
universo mental de la conquista de América, El racismo: La cuestión del otro y Para
conocer la Constitución de 1993.
Los cambios económicos y de poder que se sucedieron en el país también fueron objeto
de atención especial en el quehacer institucional. La deuda externa y el sector industrial
fueron materia de nuestro interés, como lo demuestran distintas publicaciones de
aquellos años: Inserción y deuda. Perú, 1985-1990: Un caso especial; De poder a poder:
Grupos de poder, gremios empresariales y política macroeconómica; Cooperando para
competir: Redes de producción en la pequeña industria peruana y De la matriz Estado-
céntrica a la matriz mercado-céntrica: Régimen y empresarios 1990-1994.
El régimen político imperante en la década de 1990 terminó el 2000 convertido en una
franca dictadura revestida de procedimientos electorales poco transparentes. Desde
que el gobierno fuera reelegido en 1995, se combinaron la desaceleración de las
inversiones extranjeras, la continuación de la depresión económica en el agro y en las
regiones del interior del país, y los efectos de distintas crisis en los mercados
internacionales. El modelo económico no tuvo respuestas para esos problemas. El
régimen acentuó su autoritarismo, y las protestas de diversos movimientos sociales y
cívicos confluyeron en 2000 para derribarlo y restaurar la democracia.
Hacia fines de la década, las experiencias acumuladas en el valle del Colca y Villa El
Salvador nos permitieron diseñar e implementar proyectos de promoción para zonas
rurales profundamente castigadas por el entorno económico de esa década. Entre 1999
y 2000 comenzaban sus actividades el Programa de Desarrollo de Huancavelica —que
inició su intervención directa con la publicación del Atlas del departamento de
Huancavelica—, el Programa Selva Central y el Proyecto de Desarrollo de la Provincia de
Caravelí, que depende del Programa Arequipa. En la misma época, el Programa Urbano
inauguró oficinas propias en Villa El Salvador y desde allí amplió su mirada al resto de
distritos que componen el Cono Sur de Lima.
Con el porfiado respaldo de varias agencias de cooperación, desco pudo continuar su
trabajo de investigación, análisis y publicaciones. En esta línea, se hizo visible la posición
de claro cuestionamiento del conjunto de la política que imperó en la década de 1990 y
en especial el rechazo a la actuación dictatorial que se acentuó a fines de ese decenio.
En este periodo publicamos nueve números de la revista Pretextos, un espacio de
reflexión académica del área de investigaciones. Los aniversarios institucionales de los
veinticinco años (1990) y los treinta años (1995) fueron ocasiones bien aprovechadas
para publicar series de libros sobre promoción del desarrollo a las que se sumaron
reflexiones más ambiciosas sobre nuestros espacios de intervención directa, como
Sociedad y poder local: Villa El Salvador y Colca: El vuelo del cóndor. Nuestra reflexión
buscaba combinar el debate que ya se afirmaba en el mundo —La arqueología de la
modernidad— con el intento por empezar a explicar la década vivida —La anunciación
de Fujimori: Alan García 1985—1990; La ilusión del poder: La escena política en 1997; El
Estado post-ajuste: Institucionalidad, Estado, actores y conflictos empresariales;
Sociedad y gobierno local: Espacios de concertación y democracia y Política y antipolítica
en el Perú—.
Durante esta década iniciamos la serie editorial Blanco y Negro, colección de libros de
formato pequeño que se mantiene hasta la fecha. En ella se ofrecen los resultados de
distintos estudios realizados por desco o por profesionales vinculados a la institución.
Entre los temas tratados, destacaron la promoción al desarrollo, deuda externa, política
petrolera, empresariado, seguridad ciudadana, pobreza y políticas sociales, racismo y
discriminación, entre otros. A este informativo semanal se sumó el boletín Reporte
Especial sobre Violencia Política, publicado desde 1991 hasta 2001, y cuya colección fue
una importante referencia para los investigadores de la violencia política y sirvió de
mucho para el trabajo de la Comisión de la Verdad y Reconciliación. Finalmente, en 1998
apareció la colección Perú Hoy, pensada como un balance anual de la situación del país
y que se mantiene vigente con dos ediciones al año. El contexto imperante, adverso a
los espacios de encuentro y diálogo, reforzó el interés de desco por cultivar y ampliar
sus alianzas y su presencia en redes institucionales. El ejemplo más destacado fue el
fortalecimiento del ya mencionado Grupo Propuesta Ciudadana con otras ONG locales.
En el ámbito internacional, desco asumió la Presidencia de la Asociación
Latinoamericana de Organizaciones de Promoción (ALOP), espacio desde el cual buscó
contribuir al debate regional y a la construcción de capacidades de incidencia en el
escenario global. Además, y en esta misma perspectiva, nos incorporamos a una red de
ONG que interviene, como parte de la sociedad civil, en el seguimiento de los acuerdos
asumidos por los estados en las Cumbres de las Américas. La permanente relación con
diversos espacios internacionales de debate y con la cooperación internacional nos llevó
a editar un boletín especializado denominado precisamente Cooperación.
A fines de 2000, en el último número de Quehacer de ese año, la carátula celebraba
discretamente la instalación del gobierno de transición con este titular: “El poder en
otras manos”. Había terminado una década desfavorable para el tipo de desarrollo que
promovemos y deseamos, pero nuestra institución no solo se mantuvo íntegra sino que
logró avances importantes y asumió nuevos retos. Al comenzar la primera década del
nuevo siglo el régimen autoritario había caído, el culto al mercado estaba bastante
cuestionado, se habían incrementado la pobreza y la inequidad, mientras la
construcción de una democracia efectiva se mantenía como un reto sustantivo.
Discriminación es el acto de separar o formar grupos de personas a partir de un criterio
o criterios determinados. En su sentido más amplio, la discriminación es una manera de
ordenar y clasificar. Puede referirse a cualquier ámbito, y puede utilizar cualquier
criterio. Si hablamos de seres humanos, por ejemplo, podemos discriminarlos entre
otros criterios, por edad, color de piel, nivel de estudios, conocimientos, riqueza, color
de ojos, etc. Pero también podemos discriminar fuentes de energía, obras de literatura,
animales, etc.
No obstante, en su acepción más coloquial, el término discriminación se refiere al acto
de hacer una distinción o segregación que atenta contra la igualdad de oportunidades.
Normalmente se utiliza para referirse a la violación de la igualdad de derechos para
los individuos por cuestión social, racial, religiosa, orientación sexual o por razón
de género. Tomando una parte del artículo 1º de la Convención Internacional sobre la
Eliminación de todas las formas de discriminación se clasificarían o se definirian en dos
partes.
DISCRIMINACIÓN POSITIVA Y NEGATIVA
La discriminación se denomina positiva cuando:
Observa las diferencias entre grupos de individuos.
Favorece a un grupo de individuos de acuerdo a sus características y/o circunstancias
sin perjudicar de ninguna manera a otro/s.
La discriminación se denomina negativa cuando:
Realiza un prejuicio con base en oposición a las basadas en las observaciones
científicas.
No aceptación que perjudica.
Los Derechos humanos en cuestión:
El derecho humano a la no - discriminación confiere a cada hombre, mujer, joven y niña o niño los
siguientes derechos fundamentales, incluyendo:
El derecho a la no distinción, exclusión, restricción o preferencia por motivos de género, raza,
color, origen nacional o étnico, religión, opinión política u otra, edad, o cualquier otra condición
que tenga el propósito de afectar o deteriorar el goce completo de los derechos y libertades
fundamentales.
El derecho a la igualdad entre hombre y mujer tanto en la familia como en la sociedad.
El derecho a la igualdad entre niño y niña en todas las áreas: educación, salud, nutrición y
empleo.
El derecho de todas las personas para estar libres cualquier tipo de discriminación en todas las
áreas y niveles de educación y acceso igualitario a una educación continua y capacitación
vocacional.
El derecho al trabajo y a recibir salarios que contribuyan a un estándar adecuado de vida.
El derecho a una remuneración igualitaria en el trabajo.
El derecho a una estándar alto y accesible de salud para todos.
El derecho de crecer en un ambiente seguro y saludable.
El derecho a participar en la toma de decisiones y políticas que afecten a su comunidad a nivel
local, nacional e internacional.
¿Qué son los derechos humanos a la no-discriminación?
Cada hombre, mujer y niño tiene el derecho a estar libre de discriminación basada en género,
raza, etnia, orientación sexual u otra condición, así como a otros derechos humanos
fundamentales que dependen de la realización plena de los derechos humanos para la
protección de la discriminación. Estos derechos se encuentran establecidos en la Declaración
Universal de los Derechos Humanos, los Pactos Internacionales, la Convención Internacional de
los Derechos del Niño y otros tratados y declaraciones internacionales; todas éstas constituyen
herramientas poderosas que deben ser puestas en marcha para eliminar todo tipo de
discriminación.
TIPOS DE DISCRIMINACIÓN
Discriminación social.- Las personas discapacitadas son unas de las más afectadas en nuestro país. Para
ellos es difícil: conseguir trabajo, obtener una óptima asistencia médica para su problema, lograr
conseguir instituciones educativas acorde a sus necesidades y recursos.
Discriminación laboral.- Aquellos que superan los 40 años son viejos, las mujeres reciben menores
sueldos, los jóvenes sino tienen experiencia no son tomados. Para bajar los costos emplean obreros en
negro casi esclavizados.
Discriminación sexual.- Entre hombres y mujeres ha existido una puja, desde que el mundo es mundo.
Hasta nuestra época siguen haciéndose diferencia entre los géneros. Esta lucha se convirtió en bandera
de dos ideologías: el machismo y el feminismo, relativamente nuevo.
Discriminación racial.- Los negros son una de las razas más castigadas, desde los períodos coloniales,
fueron víctimas de la esclavitud. En la actualidad, las minorías raciales son rechazadas y experimentan, en
ocasiones, agresiones físicas.
Discriminación religiosa.- La falta de comprensión por las costumbres de nuestros semejantes es la razón
del rechazo a aquellos que practican otra religión o credo. La intolerancia muestra una inmadurez de
pensamiento y entendimiento. La Argentina vio como este odio se convertía en bombas que destruían
dos instituciones de la comunidad judía.
Discriminación ideológica.- Rechazar por las ideas puede ser uno de los más grandes atentados. Te
pueden quitar todo, torturarte, robarte las ganas de gritar pero jamás deben despojarte de tus ganas por
pensar, crear, soñar.
Situaciones típicas de discriminación por razones de género
1. Trato desigual en cuanto a formalidad, dignidad y profesionalismo.
2. Tratar a unas personas por su nombre propio por el hecho de que sean mujeres o porque
provengan de una determinada estrata socio-económico, mientras que a otras personas se
les trata por el apellido, añadiéndoles el título de don, señor o el de cualquier profesión.
3. Hacer comentarios o incurrir en gestos que pueden ofender a otros o hacerlos sentir
incómodos. Actitudes de burla, de risa, gesticulaciones faciales o corporales, comentarios
sugestivos u ofensivos.
4. Comentarios o bromas de contenido sexual, al igual que los de contenido racial, social,
religioso o étnico.
5. Conducta de naturaleza sexual, verbal o física, implícita o explícita. Lo anterior incluye
manifestaciones sutiles como piropos, guiñadas, insinuaciones, filisteo, coqueteo, así como
manifestaciones más directas como roces corporales y pellizcos.
6. Uso de las llamadas términos de encariñamiento, como "negra", "negrita", "nena",
"corazón", "amorcito", "querida", "cariñito", "linda", "preciosa", los cuales no tienen lugar
en el Tribunal.
7. Uso de diminutivos respecto a unas personas pero no a otras, como por ejemplo, referirse
a una testigo como "muchachita", "damita", o a una profesional como abogadita, fiscalita,
doctorcita, lo cual puede tener carga peyorativa.
8. Uso de términos que reflejan valores o construcciones sociales negativas como, por ejemplo,
usar el término "femenino" como reflejo de algo débil o endeble, o "feminista" como
postura contraria a los hombres, sobre todo si media una intención de ridiculizar o de restar
importancia a la persona.
9. Elogiar a una persona en cuanto a su apariencia o atributos físicos cuando ello sea impropio
porque se haga en el Tribunal, donde debe primar un ambiente profesional y no ha lugar
para ese tipo de confianza. Aunque ello pueda concebirse como un gesto de caballerosidad,
no necesariamente es recibido como tal y puede resultar impertinente o tener efectos
negativos.
La Juventud y la Discriminación en las Universidades
El presente artículo intenta aportar con algunos cuestionamientos e ideas que llamen a
reflexión sobre el rol de la Universidad – y Educación para enfrentar la exclusión o
discriminación en nuestro país. Sobre la responsabilidad que le compete a la institución
ante la crisis de ética y valores que se está manifestando en nuestra sociedad.
Escribir sobre Educación es luchar por cada uno de los estudiantes que no son
escuchados y son víctimas de una serie atingencias, y abusos dentro de las instituciones
educativas; he aprendido a escuchar a quienes se sienten vulnerados en sus derechos
por docentes prepotentes ,que tergiversan el contexto de observaciones críticas, y
justifican sus acciones con “Libertad de Cátedra”, reclamos de alumnos por ausencia de
Tutorìas guiadas, evaluaciones incongruentes, Coordinadoras prepotentes, amorales
que ostentan Títulos y no tienen una estructura metodológica de investigación
perjudicando al alumnado, quienes son víctimas del desconocimiento integral del
significado de la investigación., donde se vulneran los derechos de libertad de opinión y
de expresión de los alumnos, donde el alumno que reclama por pertinencia tiene que
ser marginado y “Discriminado”, impidiendo su inscripción en alguna de las propuestas
educativas de la institución educativa
La Universidad en pleno siglo XXI, no puede ser clasista y elitista en su composición
social, Los estatutos y reglamentos de la universidad deben ser honrados tanto por los
docentes como por los alumnos.
Si queremos hablar de la universidad como una comunidad, debemos hablar de la libre
expresión de los alumnos, de los derechos de los alumnos, del cumplimiento del
reglamento, se debe honrar la misión, la visión de la Institución, se debe cumplir con la
pertinencia social.
Aunque suene paradójico, violan los derechos humanos y constitucionales de los
individuos, esta exclusión es realizada por las mismas autoridades de las instituciones
educativas, que desconocen el discernimiento, el diálogo y tolerancia, el rol de la
Universidad es formar ciudadanos que a su vez aporten cultura de derechos humanos.
Lima constituye uno de los sectores mas afectados por conductas discriminatorias, que
si bien son tangibles en el ámbito educativo, atraviesan todos los espacios sociales, sin
embargo prácticamente ninguno de estos casos de discriminación llegan a
materializarse en una denuncia concreta. Y cuando existen, son las mismas autoridades
de la universidad responsables que ocultan los episodios y amenazan con acciones
legales, carentes de sustento cuando, cuando las verdaderas víctimas son los alumnos.
Existe un precedente histórico en el Ecuador, donde la Defensorìa del Pueblo marcó un
hito histórico en pro de los derechos de un ciudadano transexual. a quien le impidieron
inscribirse en la carrera de Periodismo en la Universidad Laica “Vicente Roca Fuerte”,
vulnerando sus Derechos Civiles y Constitucionales.
Lo que demuestra que está prohibida en las instituciones educativas la aplicación de
medidas que impliquen exclusión o discriminación por causa de una condición personal
del estudiante.
Resulta paradójico, inconsecuente y perturbador, que estos abusos existan dentro de
las instituciones y que sean permitidos; no se puede hablar de innovación en la
Educación desconociendo, los derechos de los alumnos, no se puede hablar de
innovación educativa desconociendo la labor deontológico, no se puede atropellar
capacidades de los educandos subvalorando talentos.
Estudiar en una universidad significa comprender lo que somos. Conocer, sentir y gozar
nuestra necesidad de vivir en sociedad, de ser un fluido continuo con todos los otros
seres humanos a pesar de nuestras diferencias, pugnando por la tolerancia y el respeto
a los demás. Tener capacidad crítica y propositiva para edificar todos los días un mundo
con más oportunidades para todos. Signar un compromiso para buscar que todos los
humanos tengamos una vida digna, sin hambre y con salud, educación y empleo
Significa tener elementos para condenar a quienes han usado el potencial humano para
su beneficio personal y a costa del sufrimiento de los otros. Un aprendizaje doloroso,
una advertencia y un compromiso para estar alerta, en contra de los abusos de los
derechos humanos.
La universidad no cumple sus metas como institución social, cuando en un afán
pragmático de visión corta del futuro niega la oportunidad a quienes quieren estudiar,
limitándoles la posibilidad de integrarse a la sociedad de acuerdo con su inteligencia,
capacidad de trabajo y vocación.
La educación nos acerca a la libertad a la que todos aspiramos. No es posible alcanzar la
democracia en la ignorancia. ”El derecho a la educación es intangible”.
Discriminación en el Perú
Hace pocos días el Perú entero fue un mudo testigo de un claro ejemplo de la discriminación en
el mismo seno del Congreso de la República por parte de desenfrenados periodistas quienes
lejos de inmutarse ante los errores ortográficos mostrados por una ciudadana publicaron sendas
fotografías – en un diario de circulación nacional - en las que clara y fehacientemente se
apreciaba como una Congresista de la República no podía siquiera hilar frases en la lengua
castellana, interpretando ello como una burla que agravia los intereses de las personas que han
sido representados por una parlamentaria del Departamento de Cuzco.
Lo antes expuesto no tendría nada de extraño sino fuera porque los preceptos vulnerados tienen
una connotación no solo en el marco del derecho interno peruano, sino también a nivel
supranacional ya que el mandato de la no discriminación está contemplado en diversos
documentos como son la Declaración Universal de Derechos Humanos, el Pacto Internacional
de Derechos Civiles y Políticos, la Convención Americana de Derechos Humanos y demás foros
internaciones donde se tiene como primacía el derecho a no ser discriminado en todas sus
vertientes.
Como es bien sabido tales instrumentos señalan por ejemplo que los Estados deben abstenerse
de realizar tales practicas discriminatorias ya sea interviniendo de manera directa y/o indirecta;
así como, también deben adoptar medidas proactivas que permitan revertir tales conductas
discriminatorias; a raíz de ello se contempló en nuestra Carta Magna este derecho en el inciso 2
del artículo 2 prohibiendo toda forma de discriminación por razones de origen, raza, sexo,
idioma, religión, idioma, y condición económica.
Sin perjuicio de lo antes expuesto, debemos mencionar que sí bien es cierto no podemos estar
de acuerdo o en desacuerdo con la mencionada legisladora debido a su bajísima o casi nula
participación en la vida política de nuestro país en su condición de parlamentaria nacional;
también es cierto que queramos o no estos son los representantes que tenemos y que han sido
elegidos por el voto popular, no teniendo en consecuencia sentido que por tratarse de dicha
persona con tales características merezca ser expuesta de una manera tan baja ante los ojos de
la opinión pública.
En este orden de ideas, el Estado Peruano ha dictado una serie de normas de carácter
administrativa que sanciona el fenómeno de la discriminación en nuestro país como también lo
incorporó de manera sosegada en nuestra legislación penal el 23 de mayo del 2000 (artículo
323º del Código Penal) al expedirse la Ley Nº 27270, ley contra actos de Discriminación,
sancionando 02 modalidades de conducta como son: el discriminar a una o más personas o
grupo de personas; así como, el de incitar o promover en forma pública actos discriminatorios.
Como es de suponer para que dichas conductas sean pasibles de persecución penal deben
estar fundadas en motivos de índole racial, religioso, sexual, de factor genético, filiación, edad,
discapacidad, idioma, identidad étnica y cultural, indumentaria, opinión política o de cualquier
índole, o condición económica y que deben estar orientadas a anular o menoscabar el
reconocimiento, goce o ejercicio de los derechos de la persona, con una pena privativa de
libertad no menor de dos años, ni mayor de tres años, cuyas agravantes se sancionan en los
supuestos en que el autor sea un funcionario o servidor público.
Mucho se habla de la inclusión social y en general se la asocia con la reducción de la
pobreza, y por tanto con la efectividad y eficacia de los programas sociales. Sin embargo,
aun si la pobreza desapareciera, podrían existir problemas de inclusión social. La
pobreza se mide por ingresos o satisfacción de necesidades básicas y la inclusión,
además, por acceso a los bienes públicos y a todo aquello que ofrece la sociedad
nacional.
La inclusión busca que la población tenga acceso al conjunto de oportunidades que
ofrece una sociedad. La inclusión social implica acceso a educación de calidad; servicios
de salud ; vivienda adecuada (incluyendo saneamiento, electricidad, recojo de basura);
conectividad, utilización de espacios públicos; acceso a la cultura, a la justicia, a no ser
discriminados; pero más importante aún, a la posibilidad de generar ingresos o producir
riqueza que permita a los ciudadanos , como dice la constitución política del Perú: Tener
derecho a la vida, a su identidad, a su integridad moral, psíquica y física y a su libre
desarrollo y bienestar”.
El Ministerio de Inclusión Social debiera coordinar la acción del Estado para que sus
acciones converjan en lograr una sociedad incluyente y no ejecutar programas sociales
que pueden realizar otras entidades ejecutoras, compitiendo con otros pliegos por
recursos del presupuesto y dejar al MEF la decisión sobre montos y tipo de gasto social
a realizarse. Por ello, hubiésemos preferido verlo manejando un Fondo de Inclusión, que
en el marco de un Plan Nacional de Inclusión Social (acordado como una política de
Estado) priorice, financie, coordine y evalúe las actividades de los organismos del Estado
que actúan reduciendo la pobreza y favoreciendo la inclusión.
Se habla de Cuna Más como el gran programa del cuidado de niños de 0 a 3 años, al
asegurar su desarrollo físico e intelectual. Sin embargo, aparte de solo cambiar el
nombre de los wawa wasi, no incluye el cuidado de las madres gestantes pobres, cuyos
más de 120 mil hijos anuales debieran nacer en óptimas condiciones físicas y mentales
que aseguren sus posibilidades futuras. Por ello, las madres gestantes pobres, en su
mayoría adolescentes, deben ser incluidas en Juntos, asegurándoles así educación,
alimentación, salud y parto asistido. Este programa aseguraría que el esfuerzo del
Estado en niños de 0 a 3 años no se pierda y que podamos contar con una generación
óptima de peruanos del bicentenario.
Beca 18 debería reformularse, utilizando los 700 millones que costaría, en mejorar las
capacidades académicas y de infraestructura de la universidad pública, que ya siendo
gratuita, beneficiaría a muchos más de los 5 mil estudiantes que este programa pretende
atender mediante el subsidio a universidades privadas.
Finalmente, teniendo en cuenta que Inclusión social también es acceso oportuno a la
justicia, nos preguntamos: ¿Qué espera el Poder Judicial para hacer justicia a las madres
de Utopía?
“La inclusión social significa integrar a la vida comunitaria a todos los miembros de la
sociedad, independientemente de su origen, condición social o actividad. En definitiva,
acercarlo a una vida más digna, donde pueda tener los servicios básicos para un
desarrollo personal y familiar adecuado y sostenible”, dice.
Bajo esta premisa resalta la importancia de distinguir la inclusión social del
asistencialismo. “Ciertamente, son necesarios algunos programas de reducción de
pobreza o de asistencia directa, pero estos solo paliarán problemas, y deben ser
temporales y rápidos, ya que tienen el riesgo, si se eternizan, de institucionalizar la
mendicidad, atrofiando las capacidades de emprender de los ciudadanos”.
Seguidamente enumera tres tipos de inclusión
A los marginados. La construcción de carreteras es la mejor base para una efectiva
inclusión social, ya que permite que los ciudadanos se vinculen, comercien, vayan a
escuelas o institutos técnicos y los enfermos puedan ser llevados a centros de salud.
A los que no tienen agua ni desagüe. Hay ciudades donde el sistema de desagües
está colapsado, con serios riesgos para la salud; hay zonas que no cuentan con agua
potable. Poder disponer de agua y tratar los desagües de manera adecuada es de
alta prioridad.
A los informales. Una legislación laboral tan generosa solo beneficia a una parte
reducida de la población y ahuyenta mayor formalidad. Hay que dejar de alabar al
emprendedurismo cuando solo disfraza la informalidad.
CINCO CONDICIONES QUE HA DE CUMPLIR UN PROYECTO DE INCLUSIÓN SOCIAL.
Identificados los errores y las falsas expectativas, es el momento de abordar la cuestión
en positivo, apuntando a formular caminos efectivos y eficaces conducentes a superar
las situaciones estructurales de exclusión social tan ampliamente extendidas en
nuestros países latinoamericanos. Comenzaremos identificando algunas condiciones
generales que han de cumplirse, y que deben ser consideradas en toda propuesta que
contribuya a generar dinámicas de genuina inclusión social.
Primera condición. La organización, la solidaridad y el esfuerzo activo de los mismos
grupos y comunidades que experimentan la exclusión.
La experiencia es abundante y reiterada en el sentido de que la organización popular es
un requisito de la superación de la pobreza. La organización refuerza las iniciativas,
multiplica las energías, facilita la obtención de los indispensables recursos. Un pueblo
desorganizado no podrá jamás salir de la pobreza; lo más probable es que, por el
contrario, se sumerja en un proceso de deterioro tendencial. En este sentido, la
solidaridad y la cooperación constituyen la más potente fuerza movilizadora del
progreso social, en cuanto ella estimula las iniciativas, hace descubrir recursos y
capacidades ocultas existentes en las personas y grupos, refuerza la voluntad, activa la
conciencia, y da lugar a la formulación y puesta en marcha de proyectos que movilizan
esas mismas capacidades y recursos.
Segunda condición. El proceso de inclusión social debe ser integral, a la vez económico,
político y cultural.
La expansión de las capacidades para hacer frente a las carencias económicas, la
obtención de los medios indispensables para satisfacer las necesidades básicas, son
parte y condición ineludible del desarrollo social. Pero éste no se agota en la dimensión
económica. Tanto o más importante que la obtención de ingresos y la inserción en los
procesos económicos, lo es la expansión de los espacios de participación y poder, que
signifiquen la recuperación de la ciudadanía política real por parte de los grupos
excluidos. Y aún más importante que esto, es el desarrollo cultural y la expansión del
conocimiento, pues sólo él posibilita que los eventuales logros económicos y políticos
sean estables y permanentes.
El carácter "integral" de la pobreza a que hemos hecho referencia, plantea la necesidad
de que también su proceso de superación resulte integral y polivalente.
Tercera condición. Agente principal de los procesos de inclusión social y de la superación
de la pobreza son las propias comunidades y grupos afectados.
Entender la inclusión social como un proceso endógeno del que son protagonistas
principales los sectores populares afectados, es la más importante conclusión de los
análisis anteriores y es lo que corroboran todas las experiencias que pueden
considerarse exitosas. La acción del Estado y de agentes externos puede ser necesaria
para ciertas categorías y grupos desvalidos que carecen de lo indispensable para activar
sus propias capacidades; pero la subsidiaridad y el asistencialismo no conducen a la
inclusión social, permitiendo en el mejor de los casos la subsistencia.
Cuarta condición. La dimensión territorial y la segregación que afecta a la pobreza y la
exclusión plantean la dimensión de lo local como esencial al desarrollo social.
Concentrada la pobreza en ámbitos territoriales marginados de los procesos de
desarrollo, las iniciativas de familias o de grupos particulares corren el riesgo de ser
reabsorbidas por el contexto de pobreza en que se desenvuelven. Es preciso involucrar
a las comunidades y a los barrios organizados. Ello plantea la necesidad de que los
programas de inclusión social se asienten localmente, concentrando las actividades
promocionales, de educación popular y de apoyo a las experiencias económicas, de
manera que sus efectos se extiendan a toda la comunidad local.
Quinta condición. La superación de la pobreza y la inclusión social de los excluidos son
responsabilidad de toda la sociedad.
La pobreza no es solamente un problema de los pobres, sino de la sociedad entera.
Vivimos en un mundo en que, no obstante la segregación e incluso guetización de los
excluidos, la magnitud de la población afectada es tal que de un modo u otro toda la
población lo resiente, incluida la calidad de vida de los sectores de altos ingresos.
Definitivamente, si en una sociedad hay muchos pobres, toda la sociedad es pobre y
subdesarrollada. Si el problema es de todos, la superación de la pobreza y la inclusión
social son también responsabilidad de todos: los organismos internacionales, las iglesias,
los gobiernos, las empresas de todos los tamaños, los diversos grupos y categorías
sociales y profesionales, los mismos sectores sociales más pobres. De hecho, todos
pueden hacer algo, más o menos relevante según las posibilidades de cada uno. Tarea
relevante es concitar esos esfuerzos, coordinarlos, hacerlos más eficientes.
Considerando estas cinco grandes condiciones, llega finalmente el momento de precisar
conceptualmente los procesos, dinámicas y acciones concretas que han de formar parte
de auténticas y eficaces políticas de inclusión social.