Tragedia Neoclásica Francesa: Corneille y Racine
Tragedia Neoclásica Francesa: Corneille y Racine
1. Tragedia
Argumento:
El argumento es histórico, aunque no siempre real. Pretende separar la obra del público. Verosimilitud.
Recursos:
Los recursos principales son: introducción in media res, retrospección, peripecia, anticipación de sucesos, largo parlamento, enfrentamientos
duales, oposiciones binarias, perspectiva múltiple, paralelismo, anagnórisis, simbolismo, resúmenes didácticos y el poder del destino.
Personajes:
Los personajes son ocho o diez de condición alta. Son muy importantes, al contrario que en la comedia de espectáculo, en la que lo que importa
es el hecho. Representan cualidades morales y se debaten entre sentimientos contrapuestos. Normalmente son fríos y los sentimientos son
colectivos. Utilizan un lenguaje elevado. Aparecen héroes, heroínas, poderosos, caballeros, consejeros, mensajeros, y, por supuesto, el galán y
la dama.
Temas:
Los temas suelen aparecer formando parejas antitéticas: amor, honor, relaciones paternofilial, libertad, patria y estado.
La tragedia presenta una tesis, presenta modelos de comportamiento. Defiende un modelo social.
2. Pierre Corneille
Nace en Ruán en 1606. Inicia su actividad teatral a los 23 años representando tragedias, en las cuales muestra un
profundo talento.
Algunas críticas han señalado a Corneille como “El Padre de la Tragedia”, no porque fue su creador, sino por haber
dado sus rasgos esenciales: intriga, pasiones violentas, voluntades tensas que chocan entre sí.
Muere en el año 1684.
Obras:
El Cid, Horacio, Cina, Polyeucto, Medea Discurso sobre el arte dramático.
3. Jean Racine
Nace en la Ferté Milán, en el seno de una familia perteneciente a la burguesía jansenista se dio a conocer en el teatro
con su Tebaida, seguida posteriormente de Alejandro y logra triunfar con Andrómana.
Nadie ha pintado mejor que Racine los sentimientos humanos: el amor, sobre todo, con todas sus facetas. Sus personajes
son amantes sobrecogidos por un apasionado sentimiento amoroso, empujados hacia un inexorable destino, víctimas del
amor. Muere en 1699.
Obras:
Tebaida, Alejandro, Andrómana, Fedra, Ifigenia en Äulide; Mitridate, británico, Berenice.
El Cid
I. Contesta:
II. Completa:
V F
Jean Baptiste Poquelin nació en París durante el reinado de Luis XIII, poco antes de que Ricehlieu accediese al
poder y emprendiera la tarea de consolidar la monarquía absoluta que desembocó en el esplendoroso reinado de Luis
XIV. Su padre ostentaba los cargos de tapicero y ayuda de cámara del rey y en 1636 ya había conseguido que su hijo
fuera designado su sucesor. Una acomodada vida burguesa favorecida por la realeza era lo que esperaba al joven, y
muchos hubieran entregado todo cuanto poseían a cambio de tan cómodo destino. Sin embargo, sus intereses tenían
muy poco que ver con brocados y canapés. Ya en el renombrado colegio de jesuitas de
Clermont, JeanBaptiste había conocido a algunos ilustres condiscípulos con quienes
compartía su afición: el príncipe de Conti, que más tarde sería su protector, el futuro médico
y viajero Franois Bernier y un gascón ingenioso y pendenciero llamado Cyrano de Bergerac,
inmortalizado después por sus propias obras, literarias y mundanas, y por el autor
dramático Edmond Rostand. Los tres asistían embelesados a las representaciones que el
cómico Tabarin ofrecía cerca del Pont Neuf, y no le importaba reír junto al buen pueblo los gruesos chistes que
mascullaban unos pésimos actores.
En la universidad de Orléans estudió leyes y frecuentó a los clásicos, necesario contrapunto a las veladas del Pont
Neuf. Luego, tras obtener su licenciatura, consideró que había llegado el momento de cambiar de nombre, de familia
y de ocupación; ya no sería tapicero, sino cómico, oficio que en aquella época era poco menos que infamante; En esta famosa escena del
más para no avergonzar a sus padres, Poquelin pasó a llamarse Moliere, en honor del hoy olvidado autor de una Tartufo, el arquetipo de los
hipócritas intenta seducir a la
novela titulada Polixena; además, hizo suya una nueva familia, la de los Béjart, actores de profesión, que lo mujer de Orión, quien, escondido
emparentaron con la más vasta familia de las gentes del teatro. bajo la mesa, comprueba la vileza
de aquel a quien tanto ha
beneficiado.
Cómicos de la lengua
Los Béjart eran una familia de comediantes entre los que destacaba Madeleine, primera compañera del recién nacido Moliere. Como todos los
cómicos de la época, los Béjart gozaban de una pésima reputación y se ganaban la vida actuando allí donde la fortuna los conducía. Aunque por
aquel entonces ya se habían llevado a cabo diversos intentos por dignificar el teatro, aún iba a pasar mucho tiempo antes de que los actores
empezaran a ser bien vistos por sus contemporáneos. Moliere formó con los Béjart una compañía llamada “El Ilustre Teatro”, pero la aventura
fracasó y dos años después nuestro hombre fue conducido a prisión rodeado de un coro vociferante de acreedores. De esta forma, el joven
dramaturgo conoció los sinsabores de su nueva profesión, pero su ánimo no se enfrió.
A finales de 1645, tras ser puesto en libertad, reunió a los supervivientes de la compañía y abandonó París en busca de un público más indulgente.
Durante trece años recorrió prácticamente toda Francia, representando obras de repertorio, sobre todo farsas italianas y piezas españolas,
y aprendiendo cuanto era menester para su oficio. Los secretos d su arte le iban a ser revelados a través del contacto directo con el público,
actuando en decenas de ciudades y pueblos y sufriendo penalidades sin cuento. En este sentido, Moliere tiene poco que ver con sus ilustres
coetáneos Corneille y Racine, autores formados en bibliotecas, salones y reuniones cortesanas. En su caso, lo aprendió todo de los rostros de
sus espectadores, de las compañías con las que compartió los caminos y de los saltimbanquis y titiriteros, herederos de los juglares medievales,
que encontraba en las plazas de las aldeas. Además de revelarse pronto como un excelente actor, dirigía las obras y acumulaba en su persona
una serie de atribuciones que requerirían hoy en día el concurso de al menos una docena de personas: montaje de los espectáculos, preparación
de los viajes, búsqueda de protectores y créditos, contratos a nuevos comediantes, relaciones con carpinteros, sastres y demás proveedores,
etcétera.
De esos años datan sus primeras obras cómicas, pequeños divertissements que hacían las delicias del público provinciano. Sin embargo, el
primer admirador importante de una de estas piezas ligeras iba a ser, por caprichos del destino, el propio rey. Fue después de que el príncipe
de Conti le retirase su protección aquejado de repentinos escrúpulos de conciencia. Le sustituyó en el papel de patrocinador de la compañía
nada menos que el duque de Orléans, único hermano de Luis XIV. El duque hizo lo mejor que podía hacer: presentar a Moliere y sus actores al
Rey Sol. El 2 de octubre de 1658, el grupo representó en el Louvre la tragedia de Corneille Nicomedes.
En el tercer acto el rey había bostezado dos veces y en el cuarto se quedó traspuesto. Moliere, siempre ágil de reacciones, solicitó entonces
interpretar una de las obritas con las que había triunfado en provincias. Luis XIV accedió; la escenificación de El doctor enamorado le hizo
reír a mandíbula batiente y la compañía fue autorizada a ocupar el teatro del Petit Bourbon: el éxito había sido total.
Críticas y amenazas
Pero con el triunfo llegaron las envidias. Las preciosas ridículas y La escuela de los maridos fueron obras que le granjearon tantos aplausos en
escena como enemigos fuera de ella. Muchos se sentían ridiculizados en el Petit Bourbon, las gentes d la farándula veían peligrar su futuro con
el advenimiento de aquel nuevo astro y los predicadores lo pintaban como un demonio cubierto de carne y disfrazado de hombre, un libertino
redomado que sólo merecía desprecio.
Moliere hizo frente a las calumnias, los libelos y las amenazas con una gallardía y un temple impresionantes. Además, contaba con la secreta
simpatía del soberano, que le otorgó diversas pensiones en qualité de bel espirt e incluso llegó a apadrinar a su primer hijo. Pero las injurias
redoblaron cuando en 1662 contrajo matrimonio con una muchacha veinte años más joven que él: la actriz Armando Béjart, probable hermana,
y quizás hija, de Madeleine. Moliere fue acusado de desposar a su propia hija y nuevamente se desató una campaña contra él. Las investigaciones
actuales han podido probar que esta ignominiosa acusación carecía de fundamento, pero en aquellos años nadie estaba dispuesto a creer al
dramaturgo o a indagar sin prejuicios sobre el supuesto parentesco.
Un nuevo problema vino a sumarse a la larga lista de censuras y condenas: su Tartufo fue prohibido porque, además de escarnecer el vicio de
la hipocresía, escondía una feroz crítica a cierta sociedad llamada Compañía del Santísimo Sacramento, cuyos poderosos miembros se dedicaban
a espiar las vidas ajenas. Además, los numerosos enemigos de Moliere pretendían que el autor atacaba por igual a la falsa devoción y la auténtica
piedad. Algún cura fanático llegó a pedir para él un último suplicio público y ejemplar: “El fuego de la hoguera, anticipo del eterno fuego del
infierno”.
Obras imperecederas
Al tiempo que luchaba por conseguir el permiso regio para representar el Tartufo, Moliere compuso sus mejores obras. A la audacia y la
brillantez de Don Juan sucedió una de las piezas más personales y originales de su repertorio, El misántropo, en la que construyó con el
personaje de Alceste uno de sus tipos más logrados, el del hombre virtuoso que se obstina en imponer sus principios al mundo chocando con
intrigas, traiciones e insinceridades, convirtiéndose a la postre en un ser huraño e inadaptado, obligado a alejarse de todo y de todos y a
renunciar al amor y a la amistad. Poco después se estrenaría El avaro, obra en la que a través de ese soberbio personaje que es Harpagón se
describe la avaricia en estado puro, la avaricia pasional, la avaricia absoluta que pulveriza virtudes, ensombrece cualquier otro vicio y acaba
por marchitar el alma misma.
Por fin, el 5 de febrero de 1669, Tartufo fue autorizado definitivamente a subir a los escenarios. Convertido en intendente de los espectáculos
reales, Moliere escribió para Luis XIV El burgués gentilhombre y Psyche, ésta última en colaboración con el ya anciano Corneille sobre una
música de Lully. A éstas seguirían otras obras de éxito que, según sus propios enemigos, “hacían correr en tropel a todo París para verlo”. Sus
últimos años, sin embargo, se vieron ensombrecidos por la muerte de un ser muy querido: Madeleine Béjart, su compañera de los primeros años
de lucha.
La salud de Moliere comenzó a debilitarse paulatinamente y a pesar de los muchos médicos que lo atendían su estado no mejoró. Fue
precisamente la desconfianza que le inspiraban aquellos doctores parlanchines y su obsesión por la enfermedad y la muerte lo que lo llevó a
escribir El enfermo imaginario.
Última representación
La comedia se estrenó el 10 de febrero de 1673 en el teatro del Palais Royal con Moliere en el papel de Argan, y obtuvo un resonante éxito, lo
que lo obligó a mantenerla en cartel a pesar de que sus compañeros, viendo su precario estado de salud, le aconsejaron insistentemente
suspenderla. El 17 de febrero, en el transcurso de la cuarta representación, Moliere sufrió un acceso de tos, aunque, como gran actor
experimentado que era, fue capaz de simularlo con algunas muecas. Una vez terminada la función, fue trasladado a su casa de la calle de
Richelieu, donde tuvo un vómito de sangre y le sobrevino la muerte alrededor de las diez de la noche.
En principio, se le negó la sepultura cristiana. Desde el punto de vista de la doctrina de la Iglesia, los comediantes, como personas que ejercían
una profesión infame, estaban excomulgados. Conforme a las decisiones eclesiásticas, el ritual de París prohibía dar la comunión “… a las
personas públicamente indignas, tales como los proscritos, las prostitutas, los concubinarios, los usureros, los comediantes y los hechiceros”.
Los actores de teatro sólo podían recibir la extremaunción después de haberse retractado de sus errores y promedio solemne y sinceramente
renunciar a su profesión.
A pesar de la posición doctrinal inmutable de la Iglesia y de la acción enérgica de los rigoristas, en la práctica estos asuntos tenían arreglo,
puesto que se había establecido un modus vivendi tácito entre el clero y las gentes de la farándula, debido a un hecho esencial que nadie podía
ignorar: la afición que el monarca sentía por la comedia y la ópera. Por ser motivo, aunque el párroco de Saint Eustache, iglesia a la que
pertenecía Moliere, se negó a inhumar en tierra sagrada los restos de un comediante excomulgado y muerto sin confesión ni retractación, el
arzobispo de París revocó la prohibición para complacer al Rey Sol, pero impuso unas condiciones restrictivas para guardar en lo posible las
apariencias.
La sepultura religiosa fue concedida “con la condición d que se efectúe sin pompa alguna y sólo con dos sacerdotes, fuera de las horas diurnas
y a ser posible en secreto”. De este modo, los principios doctrinales quedaban a salvo. Al mismo tiempo, en el acta de defunción se calificaba
a Moliere de “tapicero ayudante de cámara del rey”, ignorándose deliberadamente su condición de actor.
Las obras más importantes
En 1659, estrenó las preciosas ridículas, escrita en un estilo similar al de las farsas antiguas; la obra satiriza las aspiraciones de dos jovencitas
de provincias. La comedia impresionó tanto que desde entonces hasta su muerte se representó en París todos los años, al menos, una de las
obras de Moliere.
Las escuelas de las mujeres (1662) constituye un cambio de rumbo con respecto a la tradición de la farsa. Considerada como la primera
gran comedia seria de la literatura francesa, analiza el papel de las mujeres en la sociedad y su preparación para él. La obra constituye
una gran sátira de los valores materialistas de la época y, como tal, fue acusada de impía y vulgar.
En Tartufo (primera versión, 1664; tercera y definitiva versión 1669) Moliere creó uno de sus personajes cómicos más famosos, el del
hipócrita religioso. De la audacia de esta obra da testimonio el hecho de que el rey prohibiera su representación pública durante cinco
años pese a que él personalmente la consideraba divertida, pero tenía buenas razones para creer que la comedia, con el hipócrita y
avaricioso Tartufo vestido de cura y con cilicio, ofendería al poderoso alto clero francés.
El misántropo (1666) introduce un nuevo tipo de necio: un hombre de elevados principios morales, que critica constantemente la debilidad
y estulticia de los demás y, sin embargo, es incapaz de ver los defectos de Céliméne, la muchacha de la que se ha enamorado y que encarna
a esa sociedad que él condena.
El avaro (1668), una ácida comedia vagamente inspirada en una obra de Plauto.
El burgués gentilhombre (1670), una comedia ballet con música del compositor favorito del rey, Jean BaptisteLully, ridiculiza a un rico e
ingenuo comerciante, Monsieur Jourdain, que aspira a ser recibido en la corte. Aparece un timador que lo embauca con falsas promesas,
el futuro caballero se prepara para la ocasión tomando clases de música, baile, esgrima y filosofía. Estas escenas se encuentran entre las
más divertidas que escribiera Moliere a lo largo de su vida.
La última comedia de Moliere el enfermo imaginario (1673), en torno a un hipocondríaco (véase hipocondría) que teme la intervención de
los médicos, sigue la tradición de aquellas sátiras de la medicina tan populares en la literatura de los siglos XVI y XVII. Irónicamente,
pocos días después del estreno, en plena representación, Moliere se sintió indispuesto y murió al cabo de unas horas, el 17 de febrero de
1673.
El Enfermo Imaginario
Personajes:
Argán : enfermo imaginario.
Belina : segunda esposa de Argán.
Angélica : hija de Argán enamorada de Cleante.
Luisita : segunda hija de Argán y hermana de Angélica.
Heraldo : hermano de Argán.
Cleante : enamorado de Angélica.
Señor Diafoirus : el médico.
Tomás Diafoirus : su hijo y pretendiente de Angélica.
Señor Purgón : médico de Argán.
Señor Fleurant : boticario de Argán.
Señor Bonnefoy : notario.
Antoñita : sirvienta de Argán.
La comedia se divide en tres actos, con intermedios musicales y danzas. Moliere se la dedica, naturalmente, al rey Luis XIV, por eso el prólogo
es una égloga pastoril que canta sus alabanzas e insinúa que la obra es un mero divertimento con el que se pretende dar descanso a la agitada
vida del rey.
Un segundo prólogo anuncia por la voz de una pastora el tema de la obra: la ignorancia de los médicos.
El primer acto comienza con un monólogo de Argán donde hace repaso a todos sus males y lo que le cuestan, y después se van presentando el
resto de personajes. La segunda escena es una tira y afloja de los muchos que aparecerán entre Argán y Antoñita, diálogos veloces en donde
se encuentran algunos de los momentos más hilarantes de la comedia. Aparece Angélica y con ella el segundo hijo de la trama: la elección del
esposo. Angélica ya tiene ocupado su corazón, pero Argán ha pensado en otro hombre, un futuro médico, para así tener los remedios a sus
achaques en casa. Pasa a escena Belina, la madrastra aduladora que parece preocuparse por Argán pero que en realidad no hace nada, que viene
acompañada, como por casualidad, por un notario para que Argán le ceda todo en su testamento, momento que aprovecha para criticar a esa
profesión.
Tras un intermedio musical muy cómico con Polichinela, aparece Cleante, que urde con Antoñita la manera de llegar hasta Angélica, haciéndose
pasar por el sustituto de su profesor de música. Entran el doctor Diaforius y su hijo, que demuestra ser un auténtico patán que solo sabe de
la jerga de los médicos (crítica a la Facultad). Cleante se las arregla para declarar de nuevo su amor a Angélica y ésta acaba por dejar claro
que no quiere al médico. Argán decide que entonces tendrá que meterse monja como, interesadamente, le ha sugerido Belina.
El segundo intermedio es un canto a la juventud y en el tercer acto Beraldo trata de hacer entrar en razón a Argán. Despide al boticario y,
cuando el médico de Argán se entera, va a la casa a romper el contrato y a asegurarle a su desesperado paciente que, sin sus atenciones, le
queda poco de vida.
La escena en la que Antoñita se hace pasar por un médico ambulante es de carcajada limpia. Y por último el ardid que traman para desenmascarar
a Belina y demostrar los buenos sentimientos de Angélica y Cleante, dará paso a la escena surrealista del nombramiento de Argán como médico
por la plana mayor de la facultad.
I. Contesta:
II. Completa:
2. El Avaro
3. El Enfermo Imaginario
4. Tartufo
V F
EL ÁVARO
Género : Dramático
Especie : Comedia
Actos : Cinco
Tema Principal : La avaricia como defecto
Personajes:
El viejo Rapagón tiene dos hijos que no lo aman ni lo estiman, Elisa y Cleanto. La primera ha conocido un joven que, para casarse con ella, se ha
introducido en la case de su padre como intendente con el nombre de Valerio; Cleanto por su parte está enamorado de una muchacha pobre,
Mariana, con quien es indudable que su padre no lo dejará casarse. Harpagón tiene proyectos muy diferentes y hace saber a sus hijos que está
dispuesto a tomar a Mariana para sí. Una intrigante, llamada Frosine, se encarga de negociar el matrimonio, la joven no conoce a Harpagón he
ignora que es el padre del muchacho que la corteja. La grotesca figura de Harpagón la llena de espanto, pero la presencia de Cleanto la
reconforta. Harpagón, frente a las buenas relaciones que ve establecerse entre los jóvenes, concibe una sorpresa que quiere comprobar.
Finge haber reflexionado sobre su edad y propone a Cleanto que sea él quien se case con Mariana. Cleanto cae en la trampa, pero cuando su
padre lo desenmascara y le dice que las cosas han llegado al extremo, el anuncia que no la cederá sino por la fuerza. Un terrible descubrimiento
distrae la atención del avaro pues le han robado una cajilla con 10 mil francos que guardaba enterrada en el jardín. El ladrón es la Flecha,
criado de Cleanto al que Harpagón había despedido.
Pero las sospechas caen sobre Valerio, a consecuencia de una denuncia del mayordomo que quiere hacer pagar al señor intendente los palos y
maltratos que recibió de él. Para disculparse Valerio no tiene más remedio que dar a conocer su identidad. Mariana reconoce en él a su
hermano y el noble Anselmo, un hombre de 50 años con quien Harpagón quería casar a Elisa, abre a ambos sus brazos: ¡es su padre!
En otro tiempo, por una serie de circunstancias novelescas, la familia se había dispersado en un naufragio. Llega entonces Cleanto y propone
un trueque a su padre: harán que le devuelvan a su padre los 10 mil francos si Harpagón le da a Mariana. Harpagón consiente en todo, incluso
que Valerio se case con Elisa a condición que las dos bodas no le cuesten nada y que se le pague un traje nuevo para asistir a ellas.
“El Avaro es en parte una imitación de la comedia de Plauto (254 a.C. – 184 a.C.) llamada La Perdularia, pero mientras Plauto había pintado las
angustias surgidas del encuentro fortuito de un tesoro, Moliere, en la figura de Harpagón, creó el tipo del verdadero avaro, odioso, ridículo y
terrible. Harpagón no sólo es el clásico avaro que oculta su oro, sino que es un rico burgués y un usurero moderno, que saca provecho de su
capital y al que su pasión por el dinero hace olvidar sus deberes como padre. Para realizar su vasta producción se inspiró Moliere en las fuentes
más diversas, desde la comedia antigua, con Plauto y Terencio, hasta sus más próximos contemporáneos, pasando por la Edad Media y el siglo
XVI. Me es permitido coger lo bueno donde lo hallo respondió a los que reprobaban lo que llamaban sus plagios. Si en algunas ocasiones copió,
buscaba la vida en sus antecesores, pero más aún la buscaba en la observación directa de la realidad. Para él, el objeto de la comedia era
presentar en general los defectos de los hombres y principalmente de los hombres de nuestro siglo. La pintura de los caracteres era la base
de su realismo psicológico. Los personajes que crea se mueven en la sociedad contemporánea”.
“No se limitó a estudiar los estragos del vicio en el hombre, sino que siguió fuera del hombre las alteraciones de los sentimientos naturales
que dichos vicios provocan. Esto es muy visible en el avaro: la avaricia de Harpagón mata en él el sentimiento del honor, de la dignidad, la
noción de sus deberes familiares, y en sus hijos destruye el respeto, el amor filial, los vínculos familiares se disuelven, padres e hijos se
enfrentan como extraños y como enemigos. Se le ha reprochado el haber forzado la naturaleza y exagerado los caracteres: el dinero es la
única idea de Harpagón; pero esas exageraciones acentúan el relieve del personaje, son necesarios el teatro tanto para dar veracidad, como
para dar la nota cómica”.
ACTO CUARTO
ESCENA PRIMERA
Cleantes, Mariana, Elisa, Frosina
Cleantes. - Pongámonos ahí, que estaremos mucho mejor. Ya no queda nadie sospechoso alrededor, y podemos hablar en libertad.
Elisa. - Sí, señora, mi hermano me hizo confidencia del amor que os profesa. Conozco las cuitas y sinsabores que son capaces de causar tales
inconvenientes, y os aseguro que participo de vuestra peripecia con enorme cariño.
Mariana. - Dulce consuelo el verse apoyada por alguien como vos, y os insto, señora, a que mantengáis por siempre esta generosa amistad, tan
capaz de suavizarme las crueldades del destino.
Frosina. - ¡Vive Dios que sois, el uno y la otra, unos desdichados por no haberme avisado de este particular vuestro antes que nada sucediera!
Os habría ahorrado sin duda la desazón y no habría dejado llegar las cosas hasta donde están.
Cleantes. - ¿Y qué quieres? Mi mal sino lo ha dispuesto así. Pero vos, hermana Mariana, ¿qué resoluciones tomaréis?
Mariana. - ¡Ay, desdichada de mí! ¿Acaso estoy yo en condiciones de resolver nada? ¿Y puedo yo concebir algo más que ilusiones en la obediencia
a que me debo?
Cleantes. - ¿No hay más sostén para mí en vuestro corazón que unas simples ilusiones? ¿No hay servicial piedad? ¿No hay compasiva bondad?
¿No hay activa ternura?
Mariana. - ¿Qué podría deciros? Poneos en mi lugar y ved lo que puedo hacer. Reflexionad, disponed vos mismo: a vos me encomiendo, pero os
creo demasiado prudente como para no exigir de mi más que lo que permiten la honra y el decoro.
Cleantes. - ¡Ay, desdichado de mí! ¿A qué reducís relegándome a lo que enojosos criterios de una honra rigurosa y un decoro escrupuloso
quieran dictarme?
Mariana. - Pero, ¿qué queréis que haga? Aun cuando pudiera pasar por alto mucho del recato a que nos obliga nuestra condición, tengo respeto
a mi madre. Ella me educó siempre con el mayor de los cariños, y yo no estaría dispuesta a darle disgusto. Moveos, influidla, emplead todos
vuestros recursos para ganárosla. Podréis hacer y decir que cuanto queráis, os doy licencia para ello, y si todo depende de que me declare a
favor vuestro, yo misma me prestaré a hacerle una confesión de lo que siento por vos.
Cleantes. - Frosina, mi vieja Frosina, ¿querrías ayudarnos?
Frosina. - ¡Anda! Ni que decir tiene. Lo haría de todo corazón. Sabéis que soy de natural bastante humano. El cielo no me ha dado un corazón
de bronce, y no siento sino ternura al prestar estos pequeños servicios, más aún tratándose de gente que se ama con toda honestidad y buena
intención. ¿Qué podríamos hacer?
Cleantes. - Te ruego que lo pienses un poco.
Mariana. - Danos alguna luz.
Elisa. - Ingéniatelas para desbaratas lo que tú hiciste.
Frosina. - Harto difícil es eso. (A Mariana) En cuanto a vuestra madre, no es el todo imprudente y tal vez queda ganársela y disponerla para
que traslade al hijo la dádiva que quiere hacer el padre (A Cleantes) Pero el trastorno lo encuentro yo en que vuestro padre es vuestro padre.
Cleantes. - Claro
Frosina. - Quiero decir que se sentirá despechado como parezca que se le rechaza, y que no estará de humor para, a continuación, dar su
consentimiento a vuestro matrimonio. Para hacerlo bien, sería menester que el rechazo partiera de él y habría que tratar por algún medio de
quitarle las ganas de vuestra persona.
Cleantes. - Sí, tengo razón, ya lo sé. Eso es lo que haría falta; ¡pero el diablo que encuentre la manera! Esperad: si contáramos con una mujer
ya un poco mayor, así como de mis alcances, que actuara lo suficientemente bien como para imitar a una dama de alcurnia, con la ayuda de una
comitiva improvisada y un nombre raro de marquesa o de vizcondesa, que ubicaríamos en la Baja Bretaña, entonces me daría maña para hacer
crecer a vuestro padre que se trataba de una persona rica, con cien mil escudos en dinero contante, además de sus tierras, la cual se había
enamorado perdidamente de él y deseaba ser su mujer al punto de cederle todos sus bienes de fortuna por contrato de boda, y no me cabe
duda de que él prestaría oídos a esta proposición, porque, en fin, os quiere mucho, lo sé, pero un poco más quiere al dinero; y una vez que,
deslumbrado por ese señuelo, hubiera transigido en lo que os afecta, poco importaría luego que se desengañara, cuando llegara a descubrir los
posibles de nuestra marquesa.
Cleantes. - Todo eso está muy bien pensado.
Frosina. - Dejadme a mí. Acabo de acordarme de una de mis amigas que nos viene a propósito.
Cleantes. - Estate segura, Frosina, que, de llevarlo a buen término, tendrás mi gratitud. Pero encantadora Mariana, os ruego que empecemos
por ganarnos a vuestra madre; se trata nada menos que de desbaratar esa boda. Os pido que hagáis por vuestra parte todos los esfuerzos
que podáis. Aprovechaos de todo el poder que os proporciona el apego que siente por vos; desplegad las elocuentes gracias, los todopoderosos
encantos que el cielo puso en vuestros ojos y en vuestra boca, y no olvidéis, por favor, ninguna de esas palabras cariñosas, de esos ruegos
delicados y de esas caricias conmovedoras a las que, estoy persuadido, nadie podría resistirse.
Mariana. - Haré todo cuanto pueda, y nada olvidaré.
ESCENA SEGUNDA
Harpagón, Cleantes, Mariana,
Elisa, Frosina
Harpagón. (Aparte). - ¡Anda! Mi hijo besándole la mano a su futura madrastra, y su futura madrastra sin oponer ni poca ni mucha resistencia.
¿Habrá algún misterio en esto?
Elisa. - Ahí viene mi padre.
Harpagón. - El coche está ya listo. Podéis partir cuando os plazos.
Cleantes. - Puesto que vos no vais, padre, las llevaré yo.
Harpagón. - No, quedaos. Irán perfectamente ellas solas, y además a vos os necesito.
ESCENA TERCERA
Harpagón, Cleantes
Harpagón. - ¡Oh!, esto, dejando a un lado lo de madrastra, ¿qué te parece a ti como persona?
Cleantes. - ¿Que qué me parece?
Harpagón. - Sí, su porte, su talle, su belleza, su ingenio.
Cleantes. - Así, así.
Harpagón. - ¿Y qué más?
Cleantes. - Para hablaros con franqueza, no la he encontrado ahora como había pensado que era. Su porte es el de una auténtica coqueta 15, su
talle asaz desgarbado, muy mediocre su belleza, y su ingenio de los más vulgares. No penséis, padre, que pretendo quitaros las ganas, porque,
puesto a escoger madrastra, lo mismo da ésta que otra.
Harpagón. - Sin embargo, tú antes le estabas diciendo…
Cleantes. - Le dije cuatro requiebros en vuestro nombre, pero era para complaceros.
Harpagón. - De manera que no sentiríais afecto por ella.
Cleantes. - ¿Yo? Ni por pienso.
Harpagón. - Me fastidia, porque eso trunca una idea que me había venido en mientes. Al verla aquí, he reflexionado acerca de mi edad, y he
pensado que la gente podría criticarme por casarme con una persona tan joven. Esa consideración me ha llevado a abandonar mi propósito;
pero como yo la pedí y estoy comprometido con ella de palabra, te la hubiera dado en matrimonio, si no fuera por la aversión que manifiestas.
Cleantes. - ¿A mí?
Harpagón. - A ti.
Cleantes. - ¿En matrimonio?
Harpagón. - En matrimonio
Cleantes. - Escuchad; cierto es que no es del todo de mi gusto; pero por complaceros, padre, estaría dispuesto a desposarla, si vos queréis.
Harpagón. - ¿Yo? Yo soy más sensato de lo que tú te crees: no quiero forzar tu voluntad.
Cleantes. - Perdonadme, pero haría ese esfuerzo por amor de vos.
Harpagón. - No, no: no han de dar los padres a sus hijos estado contra su voluntad y sin amor.
Cleantes. - Pero eso es algo que tal vez venga luego, padre; dicen que con frecuencia el amor es fruto del matrimonio.
Harpagón. - No, del hombre es no aventurarse en un caso de estos, que luego se desprenden enojosas consecuencias de las que yo me guardaré
mucho. Si hubieras sentido algún afecto por ella, ¡estupendo!, te habrías desposado por mí, pero no siendo así, seguiré con mi primer propósito
y yo mismo contraeré matrimonio.
Cleantes. - Pues bien, padre, ya que están, así las cosas, es menester que os abra mi corazón, que os desvele nuestro secreto. La verdad es
que la amo desde un día que la vi de paseo, que mi intención de hace un momento era pedírosla por esposa, y que sólo la declaración de vuestros
sentimientos y el temor de disgustaros me detuvo.
Harpagón. - ¿Y vos la habéis visitado?
Cleantes. - Sí, padre.
Harpagón. - ¿Muchas veces?
Cleantes. - Bastantes para el tiempo que hace que la conozco.
Harpagón. - ¿Os han recibido bien?
Cleantes. - Muy bien, aunque no sabían quién era, y eso es lo que ha provocado antes la sorpresa de Mariana.
Harpagón. - ¿Le habéis declarado vuestro amor y el propósito que teníais de casaros con ella?
Cleantes. - Por supuesto, e incluso ya le había adelantado algo a su madre.
Harpagón. - ¿Y ella escuchó por su hija vuestra proposición?
Cleantes. - Sí, y muy contéstame.
Harpagón. - ¿Y la hija corresponde sobremanera a vuestro amor?
Cleantes. - De creer en las apariencias, estoy persuadido, padre, de que algún aprecio me tiene.
Harpagón (En voz baja, aparte). - Me alegro mucho de haberme enterado de ese secreto, y eso es precisamente lo que andaba buscando. (En
voz alta). ¡E, sus!, hijo, ya sabéis lo que hay, ¿no? Con que id pensando, si os parece, en desprenderos de ese amor, en acabar con todos esos
acosos a alguien cuya mano pretendo yo mismo, y en casaros dentro de poco con la que os asigne.
Cleantes. - Si, padre, ¿así es como me engañáis? ¡Pues bien, hasta aquí hemos llegado! Que os conste que no cejaré en el amor que siento por
Mariana y que no habrá límite para mi entrega con tal de disputaros esta conquista, y que, si vos contáis con el consentimiento de la madre, tal
vez yo cuente con otros auxilios que se batan por mí.
Harpagón. - ¡Cómo, sinvergüenza! ¡Tienes el valor de irme pisando los talones!
Cleantes. - Sois vos quien me los pisáis a mí; además, tengo prioridad.
Harpagón. - ¿Y no soy yo tu padre? ¿No me debes respeto?
Cleantes. - No son éstos asuntos en los que los hijos tengan obligación de condescender con los padres; el amor todas las cosas iguala.
Harpagón. - Ya verás cómo te igualo yo a los palos.
Cleantes. - Vuestras amenazas todas nada conseguirán-
Harpagón. - Renunciarás a Mariana.
Cleantes. – De ninguna manera.
Harpagón. - Dadme un palo ahora mismo.
ESCENA CUARTA
Maese Santiago, Harpagón, Cleantes
Maese Santiago. - ¡Eh! ¡Eh! ¡Eh! Señores, ¿qué es esto? ¿No os dais cuenta de lo que hacéis?
Cleantes. - No se me da un higo.
Maese Santiago. - ¡Bueno!, señor, poco a poco.
Harpagón. - ¡Habladme a mí con ese descaro!
Maese Santiago. (A Harpagón). - ¡Ah!, señor, por lo que más queráis.
Cleantes. - No daré mi brazo a torcer.
Maese Santiago. (A Cleantes). - ¡Guarda! ¿A vuestro padre?
Harpagón. - Déjame que lo coja.
Maese Santiago. (A Harpagón). - ¡Guarda! ¿A vuestro hijo? Todavía a mí, pase…
Harpagón. - Maese Santiago, quiero que tú mismo hagas de juez en este caso, para demostrar que tengo razón.
Maese Santiago. - Acepto (A Cleantes). - Alejaos un poco.
Harpagón. - Amo a una muchacha con la que quiero casarme, y el sinvergüenza éste tiene el atrevimiento de amarla al mismo tiempo y aún de
pretender su mano a pesar de mis órdenes.
Maese Santiago. - ¡Ah!, mal hecho.
Harpagón. - ¿No es espantoso que un hijo quiera entrar en liza con su padre? ¿No debería, por respeto, abstenerse de andar en mis afectos?
Maese Santiago. - Tenéis razón. dejadme que le hable y vos quedaos ahí. (Va al encuentro de Cleantes, al otro extremo del teatro).
Cleantes. - Pues bien, sí, ya que él quiere elegirte como juez, yo no me echo atrás; no me importa el que sea, y también estoy conforme con
fiarte a ti, maese Santiago, nuestra diferencia.
Maese Santiago. - Gran honor el que me hacéis.
Cleantes. - Estoy prendido de una joven que responde a mis deseos y recibe con cariño mis promesas de fidelidad, cuando a mi padre se le
ocurre venir a perturbar nuestro amor con la petición que ha hecho.
Maese Santiago. - Mal hecho, claro.
Cleantes. - ¿No le dará vergüenza, a su edad, andar pensando en casarse? ¿Acaso le pega estar enamorado todavía? ¿No debería, más bien,
dejar ocupaciones tales para los jóvenes?
Maese Santiago. - Tenéis razón. está de burlas. Dejadme que le diga cuatro cosas. (Vuelve a donde HARPAGÓN) Bueno, vuestro hijo no está
tan extraño como decís, y entra en razón. dice que sabe el respeto que os debe, que se dejó llevar por el primer impulso, y que no se negará a
someterse a lo que os plazca, siempre que accedáis a tratarle mejor de lo que lo hacéis y le deis en matrimonio a alguien con quien pueda
sentirse satisfecho.
Harpagón. - ¡Ah!, dile, maese Santiago, que, en ese caso, puede esperar todo de mí, y que le dejo libertad para elegir, aparte de Mariana, a
quien quiera.
Maese Santiago. - Dejadme a mí. (Va a donde el hijo) Bueno, vuestro padre no es tan poco razonable como lo ponéis, y me ha manifestado que
han sido vuestros arrebatos los que le han enfurecido, que únicamente desaprueba vuestro modo de obrar, y que está dispuesto a concederos
lo que deseéis, siempre que queráis calmaros y le restituyáis el respeto, la consideración y la sumisión que un hijo debe a su padre.
Cleantes. - ¡Ah!, maese Santiago, puede asegurarle que, si me concede a Mariana, siempre hallará en mí al más sumiso de los hombres, y que
nunca haré nada sino por voluntad suya.
Maese Santiago. (A Harpagón). - Ya está. Se aviene a lo que decís.
Harpagón. - Esto va mejor que mejor.
Maese Santiago. (A Cleantes). - Todo concluido. Se da por contento con vuestras promesas.
Cleantes. - ¡Alabado sea el cielo!
Maese Santiago. - Señores, ya no os queda sino hablar; ahora ya estáis de acuerdo, ibais a reñir por un quítame allá esas pajas.
Cleantes. - Mi pobre maese Santiago, te estaré agradecido toda la vida.
Maese Santiago. - No las merece, señor.
Harpagón. - Me has colmado, maese Santiago, y eso merece una recompensa. Vete, te aseguro que lo tendré en cuenta.
(Se saca un pañuelo del bolsillo, lo que lleva a Maese Santiago a creer que va a darle algo)
Maese Santiago. - Os beso la mano.
ESCENA QUINTA
Cleantes, Harpagón
El Flecha. (Saliendo del jardín con un cofrecillo)- ¡Ah, señor qué a El Flecha. - En todo el día no quité el ojo a esto.
punto os encuentro! Seguidme, deprisa. Cleantes. - ¿Y qué es?
Cleantes. - ¿Qué ocurre? El Flecha. - El tesoro de vuestro padre; se lo he pescado.
El Flecha. - Os digo que me sigáis, que estamos de suerte. Cleantes. - ¿Cómo lo has hecho?
Cleantes. - ¿Cómo? El Flecha. - Ya lo sabréis. Ahora marchémonos, que le estoy
El Flecha. - Algo que nos trae cuenta. oyendo gritar.
Cleantes. - ¿El qué?
i. Contesta:
ii. Completa:
V F