Expulsión de Los Moriscos
Expulsión de Los Moriscos
El 9 de abril de 1609, Felipe III de España decretó la expulsión de los moriscos, descendientes
de la población de religión musulmana convertida al cristianismo por la pragmática de los Reyes
Católicos del 14 de febrero de 1502.
Contenido
1 Causas y antedecentes
2 Desarrollo de la expulsión
3 Consecuencias
4 Cronología
5 Vindicación posterior de los moriscos
6 Bibliografía
7 Referencias
8 Véase también
9 Enlaces externos
Causas y antedecentes
La decisión de expulsar a los moriscos vino determinada por varias causas:
La opinión pública acerca de los moriscos se encontraba muy dividida entre los que consideraban
que se debía dar tiempo a su cristianización, los que consideraban que se debía seguir tolerando y
los que proponían expulsarlos.
La población morisca consistía en unas 325.000 personas en un país de unos 8,5 millones de
habitantes. Estaban concentrados en los reinos de Aragón, en el que constituían un 20% de la
población, y de Valencia, donde representaban un 33% del total de habitantes. A esto hay que
añadir que el crecimiento de la población morisca era bastante superior al de la cristiana. Las
tierras ricas y los centros urbanos de esos reinos eran mayormente cristianos, mientras que los
moriscos ocupaban la mayor parte de las tierras pobres y se concentraban en los suburbios de las
ciudades.
En Castilla la situación era muy distinta: de una población de 6 millones de personas, entre
moriscos y mudéjares sólo juntaban unos 100.000 habitantes. Debido a este mucho menor
porcentaje de población y a la positiva experiencia con los antiguos mudéjares, los cuales
llevaban siglos conviviendo con la población cristiana, el resentimiento hacia los moriscos en la
corona de Castilla era menor al de la población cristiana de la corona de Aragón.
Un gran número de eclesiásticos apoyaban la opción de dar tiempo, una opción en parte apoyada
por Roma, pues consideraban que una total conversión requería de una prolongada asimilación
en las creencias y sociedad cristianas. La nobleza aragonesa y valenciana era partidaria de dejar
las cosas como estaban, pues éstos eran los grupos que más se beneficiaban de la mano de obra
morisca en sus tierras. El campesinado, sin embargo, los veía con resentimiento y los
consideraba rivales.
Entre los defensores de la expulsión se cuenta a Jaime Bleda, inquisidor de Valencia, donde la
población morisca era la más numerosa, quien propuso al rey la expulsión de los moriscos. En un
principio la idea no fue considerada por el gobierno, pero la misma fue propuesta de nuevo por el
arzobispo de Valencia, Juan de Ribera, que apoyaba la expulsión al considerarlos herejes y
traidores, a lo que el arzobispo añadió una característica que hizo la proposición bastante
atractiva: el rey se podría beneficiar de la confiscación de bienes y propiedades de la población
morisca e incluso esclavizarlos.
La política acerca de la población morisca hasta 1608 había sido la de conversión, aunque con
anterioridad Carlos I (en 1526) y Felipe II (en 1582) hubiesen insinuado y pretendido una
medida más radical. Sin embargo, fue a partir de 1608 cuando el Consejo de Estado comenzó a
considerar la opción de la expulsión y en 1609 recomendó al rey tomar dicha medida.
Desembarco de los moriscos en el Puerto de Orán (1613, Vicente Mestre), Fundación Bancaja de
Valencia.
El 9 de abril de 1609 se tomó la decisión de expulsar a los moriscos. Pero el proceso podía
suponer problemas debido a la importancia en factores de población de dichos habitantes. Se
decidió empezar por Valencia, donde la población morisca era mayor y los preparativos fueron
llevados en el más estricto secreto. Desde comienzos de septiembre, tercios llegados de Italia
tomaron posiciones en el norte y sur del reino de Valencia y el 22 de ese mes el virrey ordenó la
publicación del decreto. La aristocracia valenciana se reunió con representantes del gobierno
para protestar por la expulsión, pues ésta supondría una disminución de sus ingresos, pero la
oposición al decreto fue disminuida ante la oferta de quedarse con parte de la propiedad
territorial de los moriscos. A la población morisca se le permitió llevarse todo aquello que
pudiesen, pero sus casas y terrenos pasarían a manos de sus señores, con pena de muerte en caso
de quema o destrucción antes de la transferencia.
A partir del 30 de septiembre fueron llevados a los puertos, donde como ofensa última fueron
obligados a pagar el pasaje. Los primeros moriscos fueron transportados al norte de África,
donde en ocasiones fueron atacados por la población de los países receptores. Esto causó temores
en la población morisca restante en Valencia, y el 20 de octubre se produjo una rebelión morisca
contra la expulsión. Los rebeldes fueron reducidos en noviembre y se terminó con la expulsión
de los últimos moriscos valencianos. A principios de 1610 se realizó la expulsión de los moriscos
aragoneses y en septiembre la de los moriscos catalanes.
La expulsión de los moriscos de Castilla era una tarea más ardua, puesto que estaban mucho más
dispersos tras haber sido repartidos en 1571 por el reino después de la rebelión de las Alpujarras.
Debido a esto, a la población morisca se le dio una primera opción de salida voluntaria del país,
donde podían llevarse sus posesiones más valiosas y todo aquello que pudieran vender. Así, en
Castilla la expulsión duró tres años (de 1611 a 1614) e incluso algunos consiguieron evadir la
expulsión y permanecieron en España.
[editar] Consecuencias
El Consejo de Castilla evaluó la expulsión en 1619 y concluyó que no había tenido efectos
económicos para el país. Esto es cierto para el reino de Castilla, ya que algunos estudiosos del
fenómeno no han encontrado consecuencias económicas en los sectores donde la población
morisca era menos importante. De hecho, el quebranto demográfico no podía compararse, ni de
lejos, al medio millón de víctimas de la gran peste de 1598-1602, cinco veces más que el número
de moriscos expulsados en dicho reino. Sin embargo, en el Reino de Valencia supuso un
abandono de los campos y un vacío en ciertos sectores al no poder la población cristiana ocupar
el gran espacio dejado por la numerosa población morisca. En efecto, se estima que en el
momento de la expulsión un 33% de los habitantes del Reino de Valencia eran moriscos, y
algunas comarcas del norte de Alicante perdieron a prácticamente toda su población, que tanto
en esta como en otras zonas fue necesario reponer con incentivos a la repoblación desde otros
puntos de España.
[editar] Cronología
711. Invasión de la península Ibérica por algunos pueblos de religión musulmana.
1492. Rendición del Reino nazarí de Granada, dando fin a la Reconquista, en cuya
capitulación se respetaba la religión islámica de sus habitantes.
1499. Conversión forzosa de los granadinos por el Cardenal Cisneros
1501-02. Pragmática de conversión forzosa del Cardenal Cisneros dando a elegir a los
musulmanes del reino de Castilla entre el exilio y la conversión: los mudéjares del
Medioevo pasaron a ser así pura, y simplemente moriscos
1516. Se les fuerza a abandonar su vestimenta y costumbres, aunque la medida queda en
suspenso por espacio de diez años
1525-26. Conversión por edicto de los moriscos de Aragón y Valencia.
1526. Rebelión de Espadán, en la sierra del mismo nombre cerca de Segorbe, al sur de la
provincia actual de Castellón.
1562. Una junta compuesta de eclesiásticos, juristas y miembros del Santo Oficio prohíbe
a los granadinos el uso de la lengua árabe.
1569-70. Rebelión de las Alpujarras y guerras de Granada. Los moriscos alpujarreños son
reasentados y dispersados por tierras de Castilla-La Vieja.
1571, 7 de octubre. Batalla de Lepanto ganada por la Liga Santa (1571), liderada por
España contra el Imperio Otomano.
1588-1595. Aparecen en Granada los falsos Plomos del Sacromonte y los manuscritos de
la Torre Turpiana, intento desesperado de un grupo de moriscos de legitimar su estancia
en España.
1609, 9 de abril. El Duque de Lerma firma la expulsión de los moriscos de todos los
reinos de España.
1609, 30 de septiembre. Empieza la expulsión de los moriscos valencianos.
1609, el 20 de octubre se produce una rebelión morisca contra la expulsión, pero los
rebeldes son reducidos en noviembre.
1610. Se expulsa a los moriscos aragoneses.
1610, septiembre. Se expulsa a los moriscos catalanes.
1611-1614. Se expulsa a los moriscos de tierras de Castilla.
[editar] Bibliografía
Caro Baroja, Julio, Los moriscos del Reino de Granada (Madrid, Alianza, 2003)
Manuel Barrios Aguilera, La convivencia negada. Historia de los moriscos del Reino de
Granada, (Comares, 2008, 2.ª ed.)
Benítez Sánchez-Blanco, Rafael, Heroicas decisiones: La Monarquia Católica y los
moriscos valencianos, (Institució Alfons el Magnànim, Valencia, 2001).
Bernabé Pons, Luis F., Los moriscos: conflicto, expulsión y diáspora, Catarata, Madrid,
2009.
Boeglin, Michel, Entre la Cruz y el Corán. Los moriscos en Sevilla (1570-1613),
(Instituto Cultural de las Artes de Sevilla, Sevilla, 2010).
Candau Chacón, María L. Los moriscos en el espejo del tiempo. (Universidad de Huelva.
Huelva, 1997).
Bernard Vincent, Historia de los moriscos. Vida y tragedia de una minoría (Madrid,
1978, ed. Revista de Occidente, 3.ª ed., Madrid: Alianza ed., 1985 (en col. con Antonio
Domínguez Ortiz), trad. árabe, Qatar, 1984)
Mikel de Epalza, Los moriscos antes y después de la expulsión (Mapfre, 1992)
Francisco Márquez Villanueva, El problema morisco desde otras laderas (Libertarias)
Bernard Vincent, El río morisco (Valencia: Universidad de Valencia, 2006)
Ildefonso Falcones, "La Mano de Fátima" novela histórica" (GRIJALBO 2009)
Antonio Moliner Prada, Manuel Barrios Aguilera, Rafael Benítez Sánchez-Blanco,
Dolors Bramon Planas, Miguel Ángel de Bunes Ibarra, Mª Luisa Candau Chacón,
Eugenio Ciscar Pallarés, Gregorio Colas Latorre, Ignasi Fernández Terricabras, José Mª
Perceval, Valeriano Sánchez Ramos, Eliseo Serrano Martín, La expulsión de los
Moriscos (Nabla Ediciones 2009) ISBN 978-84-92461-38-7
[editar] Referencias
1. ↑ pág. 48 de ANES Y ÁLVAREZ DE CASTRILLÓN, Gonzalo; Gonzalo Anes Alvarez.
Real Academia de la Historia. ed. Las tres culturas. pp. 260. ISBN 8495983990. «Tanto en Castilla
como en Aragón los mudéjares hablaban corrientemente la lengua romance a fines de la Edad
Media. No así en Valencia, cuyos musulmantes tenían contactos más continuos con Granada y el
Magreb»
=============================================0
[Link]
==============================================0
El Rey y por [Link] Carrillo de Toledo, Marqués de Caracena, Señor de la villas de Pinto y
Inés, y Comendador de Chinclana y Montison, Virey y Lugarteniente y Capitan General en esta
ciudad y reino de Valencia, por el Rey nuestro Señor. A los Grandes, Prelados, Titulados,
Barones, Caballeros, Justicias, Jurados de las ciudades, villas y lugares, Bailes, Gobernadores y
otros cualesquiera Ministros de S.M., ciudadanos, vecinos particulares de este dicho Reino.
S.M. en una su Real carta de cuatro de agosto pasado deste año, firmada por su Real mano, y
refrendada de Andrés de Prada, su Secretario de Estado, nos escribe lo siguiente.
1. . . . . "Primeramente, que todos los moriscos deste reino, así hombres como mugeres, con sus
hijos, dentro de tres dias de como fuere publicado este bando en los lugares donde cada uno vive
y tiene su casa, salgan dél, y vayan á embarcarse á la parte donde el comisario, que fuere á tratar
desto, les ordenare, siguiendole y sus órdenes; llevando consigo de sus haciendas los muebles, lo
que pudieren en sus personas, para embarcarse en las galeras y navíos, que están aprestados para
pasarlos á Barbería, á donde los desembarcarán, sin que reciban mal tratamiento, ni molestia en
sus personas, ni lo que llevaren, de obra ni de palabra, advirtiendo que se les proveerá en ellos
del bastimiento que necesario fuere para su sustento durante la embarcacion, y ellos de por sí
lleven tambien el que pudieren. Y el que no lo cumpliere, y excediere en un punto de lo
contenido en este bando, incurra en pena de la vida, que se ejecutará irremisiblemente.
2. . . . . "Que cualquiera de los dichos moriscos que publicado este bando, y cumplidos los tres
dias fuese hallado desmandado fuera de su propio lugar, por caminos ó otros lugares hasta que
sea hecha la primera embarcacion, pueda cualquiera persona, sin incurrir en pena alguna,
prenderle y desbalijarle, entregándole al Justicia del lugar mas cercano, y si se defendiere lo
pueda matar.
3. . . . . "Que so la misma pena ningun morisco, habiéndose publicado este dicho bando, como
dicho es, salga de su lugar á otro ninguno, sino que estén quedos hasta que el comisario que les
ha de conducir á la embarcacion llegue por ellos.
4. . . . . "Item que cualquiera de los dichos moriscos que escondiere ó enterrase ninguna de la
hacienda que tuviere por no la poder llevar consigo, ó la pusiere fuego, y á las casas, sembrados,
huertas ó arboledas, incurran en la dicha pena de muerte los vecinos del lugar donde esto
sucediere. Y mandamos se ejecute en ellos por cuanto S.M. ha tenido por bien de hacer merced
de estas haciendas, raices y muebles, que no pueden llevar consigo, á los Señores cuyos vasallos
fueren.
5. . . . . "Y para que se conserven las casas, ingenios de azúcar, cosechas de arroz, y los regadíos,
y puedan dar noticia á los nuevos pobladores que vinieren, ha sido S.M. servido á peticion
nuestra, que en cada lugar de cien casas, queden seis con los hijos y muger que tuvieren, como
los hijos no sean casados, ni lo hayan sido, sino que esto se entienda con los que son por casar, y
estuvieren debajo del dominio y proteccion de sus padres; y en esta conformidad mas ó menos,
segun los que cada lugar tuviere sin exceder, y que el nombrar las casas que han de quedar en los
tales lugares, como queda dicho, esté á eleccion de los Señores de ellos, los cuales tengan
obligacion despues á darnos cuenta de las personas que hubieren nombrado; y en cuanto á los
que hubieren de quedar en lugares de S.M., á la nuestra, advirtiendo que en los unos y en los
otros han de ser los mas viejos, y que solo tienen por oficio cultivar la tierra, y que sean de los
que mas muestras hubieren dado de cristianos, y mas satisfacion se tenga de que se reducirán á
nuestra Santa Fe Católica.
6. . . . . "Que ningun cristiano viejo ni soldado, ansí natural de este reino como fuera dél, sea
osado á tratar mal de obra ni de palabra, ni llegar á sus haciendas á ninguno de los dichos
moriscos, á sus mugeres ni hijos, ni á persona dellos.
7. . . . . "Que ansimismo no les oculten en sus casas, encubran ni den ayuda para ello ni para que
se ausenten, so pena de seis años de galeras, que se ejecutarán en los tales irremisiblemente, y
otras que reservamos á nuestro arbitrio.
8. . . . . "Y para que entiendan los moriscos que la intencion de S.M. es solo echallos de sus
reinos, y que no se les hace vejacion en el viaje, y que se les pone en tierra en la costa de
Berbería, permitimos que diez de los dichos moriscos que se embarquen en el primer viaje,
vuelvan para que den noticia dello á los demás, y que en cada embarcacion se haga lo mismo:
que se escribirá á los Capitanes Generales de las galeras y armada de navíos lo ordenen así, y que
no permitan que ninguno soldado o marinero les trate mal de obra ni de palabra.
9. . . . . "Que los mochachos y mochachas menores de cuatro años de edad que quisieren
quedarse, y sus padres y curadores, siendo huérfanos, lo tuvieren por bien, no serán expelidos.
10. . . . . "Item, los mochachos y mochachas menores de seis años, que fueren hijos de cristianos
viejos, se han de quedar, y sus madres con ellos aunque sean moriscas; pero si el padre fuere
morisco y ella cristiana vieja, él sea expelido, y los hijos menores de seis años quedarán con la
madre.
11. . . . . "Item, los que de tiempo atrás considerable, como seria de dos años, vivieren entre
cristianos, sin acudir á las juntas de las aljamas.
12. . . . . "Item, los que recibieren el Santísimo Sacramento con licencia de sus Prelados, lo cual
se entenderá de los retores de los lugares donde tienen su habitacion.
13. . . . . "Item, S.M. es servido y tiene por bien que si algunos de los dichos moriscos quisieren
pasarse á otros reinos, lo puedan hacer sin entrar por ninguno de los de España, saliendo para
ello de sus lugares dentro del dicho término que les es dado; que tal es la Real y determinada
voluntad de S.M., y que las penas de este dicho bando se ejecuten, como se ejecutarán
irremisiblemente. Y para que venga á noticia de todos se manda publicar en la forma
acostumbrada. Datis en el Real de Valencia á veinte y dos dias del mes de setiembre del anyo mil
seiscientos nueve. - El Marqués de Caracena. - Por mandato de su Excelencia. - Manuel de
Espinosa.
================================================0
El presente año de 2009 se cumplen 400 años de la expulsión de los moriscos. En decisión ya tomada en enero
de 1609 y refrendada en abril, el Consejo de Estado votaba a favor de que fueran expulsados de España los
moriscos, cristianos nuevos de moro o nuevamente bautizados, como se les conocía en la época. Eran los
moriscos los descendientes de los mudéjares, musulmanes que vivían bajo poder cristiano pero con un estatuto
reconocido que les permitía mantener su lengua, religión, sistema jurídico y modos de vida. A partir de 1501 en
Granada, estos mudéjares irán siendo obligados a convertirse al cristianismo y bautizarse (Castilla, 1502;
Navarra, 1515; Aragón 1526), con lo que pasan a ser cristianos y, por tanto, sujetos doctrinalmente a la Iglesia
y a su brazo represor: el Tribunal del Santo Oficio. El siglo escaso en el que existe un “problema morisco” en
España, ésta será incapaz de encontrarle una solución más digna que el de expulsarles finalmente. Hoy en día,
tras haber pasado por dos guerras mundiales, dos bombas atómicas, genocidios atroces y éxodos sin cuenta y –
quizá lo peor- asistir impertérritos a varios de estos dramas sofocados en la avalancha mediática, puede que se
haya perdido la perspectiva de lo que supuso esta medida.
Puesta en su tiempo, se trataba de la mayor expulsión de población que había sufrido España y que había de
sufrir hasta la mismísima guerra civil de 1936. Algo más de 300.000 personas fueron obligadas a salir de sus
lugares de nacimiento o de vida para enfrentarse con lo desconocido más allá de las fronteras peninsulares.
Quizá, por las razones antes expuestas, pueda no parecer una cifra espectacular: apenas un 4 % de una
población total de 8,5 millones. Pero las cifras redondas engañan hasta cierto punto: si bien había zonas
hispanas prácticamente vacías de moriscos, otras tenían un alto porcentaje de cristianos nuevos. En Aragón
suponían un 20 % por la población, mientras que en el Reino de Valencia el porcentaje ascendía hasta el 33 por
ciento. Por supuesto, sobre el hecho de la brutalidad de la medida –afectara a 10.000, 50.000 o 123.000
personas-, hay que tener en cuenta que las zonas del levante peninsular se verían especialmente afectadas por
la expulsión.
Importa señalar que en 1609 la propuesta de expulsar a una parte de la población española no era nueva. Desde
finales del siglo XVI se están alzando, aquí y allá en España, voces que claman por una “solución final” a la
cuestión morisca. Personas de altos cargos y dignidades de respeto proponían al rey imaginativas medidas
como castrar a todos los varones moriscos, hundirlos en la mar o sacarlos de las fronteras peninsulares. Estas
personas se sentían defraudadas de que todos los esfuerzos que se había hecho durante décadas para
evangelizar a los moriscos habían caído en saco roto. Para ellos los moriscos seguían siendo, a finales de siglo,
tan musulmanes y tan enemigos de España como lo habían sido siempre. Así lo denunciaba un historiador
insigne, Luis del Mármol Carvajal:
si con fingida humildad usaban de algunas buenas costumbres morales en sus tratos, comunicaciones y trajes,
en lo interior aborrecían el yugo de la religión cristiana, y de secreto se doctrinaban y enseñaban unos a otros
en los ritos y ceremonias de la secta de Mahoma. Esta mancha fue general en la gente común, y en particular
hubo algunos nobles de buen entendimiento que se dieron a las cosas de la fe, y se honraron de ser y parecer
cristianos, y destos tales no trata nuestra historia. Los demás, aunque no eran moros declarados, eran herejes
secretos, faltando en ellos la fe y sobrando el baptismo, y cuando mostraban ser agudos y resabidos en su
Seguramente no hubo un único factor que terminara de inclinar la balanza a favor de la expulsión, sino una
convergencia de varios: la gran influencia del Duque de Lerma, favorable a la expulsión, la desastrosa
campaña norteafricana de España, las paces que se había visto obligado a firmar en Europa, el tremendo
egotismo de Felipe III… todos influirían a la hora de tomar una decisión política que transmitiera el mensaje
de que España aún era fuerte, católica y arrojada. Y las culpas vinieron a pagarlas uno de los grupos con peor
fama y mayor marginación: los moriscos.
Los primeros moriscos en ser expulsados de España por decreto fueron los del Reino de Valencia. Se procedía
así por considerarlos el grupo morisco más homogéneo, más pertinaz en su creencia y práctica islámicas y de
Que tal es la Real y determinada voluntad de su Majestad, y que las penas deste dicho Bando se
ejecuten, como se ejecutarán irremisiblemente. Y para que venga a noticia de todos, se manda
publicar en la forma acostumbrada. Datis en el Real de Valencia, a 22 días del mes de Septiembre
1609. El Marqués de Caracena.
======================================0
Pese a que se insistia desde la Corte en que la expulsión de los moriscos valencianos se
circunscribiría únicamente a ellos, tenidos por los más peligrosos, pocos en el resto de
España se llamaban a engaño, asumiendo que muy pronto otros moriscos iban a seguir
el camino de los primeros expulsados. Así el 9 de diciembre, cuando la expulsión por el
Mediterráneo da sus últimas bocanadas, el rey firma el Decreto de expulsión de los
reinos de Granada, Murcia y Andalucía y la villa de Hornachos, decreto que será hecho
público en enero del siguiente año. Previendo que el paso de los moriscos de estos
reinos por Castilla podría provocar alteraciones, el rey publicó previamente una cédula
permitiendo a los moriscos castellanos que así lo quisieran vender sus bienes con
ciertas limitaciones y emigrar por tierra hacia el norte por Burgos, puesto que se les
prohíbe pasar a Valencia y Aragón.
28/XII/1609. Cédula real permitiendo a los moriscos de Castilla salir con sus bienes
muebles.
Por cuanto por muy justas y precisas causas que a ello me movieron del servicio de
Dios nuestro Señor y mío, bien y seguridad de estos reinos de España, mandé que
saliesen del de Valencia todos los cristianos nuevos moriscos que estaban y residían en
él, y que se fuesen fuera de estos dichos reinos de España, por las causas que se
declaran en el bando que sobre ello mande publicar en el dicho reino. Y ahora viendo
que los de la dicha nación que habitan en los reinos de Castilla Vieja, Nueva,
Extremadura, y la Mancha, se han inquietado y dado ocasión de pensar que tienen gana
de irse a vivir fuera destos reinos, pues han comenzado a disponer de sus haciendas,
vendiéndolas por mucho menos de lo que valen y no siendo mi intención que ninguno
viva en ellos contra su voluntad. Por tanto permito, y doy licencia en virtud de la
presente a todos los que se quisieren ir destos mis reinos y señoríos de España a vivir
fuera de ellos adonde bien visto les fuere, para que sin caer ni incurrir en pena alguna,
lo puedan hacer dentro de 30 días, que corren desde la publicación della. Y tengo por
bien que puedan durante el dicho tiempo disponer de sus bienes muebles, y
semovientes, y no de las raíces, y llevarlos no en moneda, oro, plata, ni joyas, ni letras
de cambio, sino en mercadurías no prohibidas, compradas de los naturales destos
reinos, y no de otros y en fruto dellos. Pero bien permito que puedan llevar el dinero
que hubieren menester para el tránsito que han de hacer. Y para que puedan hacer
todo lo susodicho con seguridad de los que tomo y recibo, a los que ansí se quisieren
salir destos reinos, debajo de mi protección y amparo real, y los asegurar de ellos y a
sus bienes para que durante el dicho tiempo puedan andar y estar seguros, vender,
trocar y enajenar todos los dichos sus bienes muebles, y semovientes, y emplear la
moneda, oro, plata, joyas en mercadurías cuya saca lo permitida por leyes y premáticas
destos reinos, compradas como queda dicho de naturales de ellos, y en fruto de los
mismos reinos, sin que en el dicho tiempo les sea hecho mal ni daño en sus personas ni
bienes contra justicia so las penas en que caen e incurren los que quebrantan el seguro
real. Y ansí mismo doy licencia y facultad a los susodichos para que puedan sacar
destos dichos mis reinos y señoríos, las dichas mercadurías y frutos, por mar, y por
tierra, pagando los derechos acostumbrados: con tanto que como arriba se dice, no
saquen oro, ni plata, moneda amonedada ni las otras cosas vedadas por leyes destos
reinos, en especie y por cambios. Y mando a todas las justicias destos dichos mis
reinos, y a los mis gobernadores de fronteras, capitanes, generales de galeras, y
armadas de alto bordo, que guarden, y hagan guardar y cumplir todo lo susodicho y no
solamente nadie vayan contra ellos, pero para su buena y breve ejecución todo el favor
y ayuda que fuere menester, so pena de privación de oficios, y confiscación de bienes.
Y mando que esta mi cédula en ella contenido, se pregone públicamente, para que
venga a noticia de todos. Dada en Madrid a 28 de diciembre de 1609.
Es mi voluntad que los que así se quisieren ir fuera destos dichos mis reinos y señoríos,
no pasen por la provincia del Andalucía, ni por los Reinos de Granada, Murcia, Valencia,
ni Aragón, so pena de muerte y perdimientos de bienes: no valga lo testado.
Yo el Rey / Andrés de Prada
Publicado por Luis Bernabé en 00:04 2 comentarios
Etiquetas: moriscos
Las noticias llegarían pronto a las costas valencianas, que mientras tanto seguían
despidiendo más y más barcos cargados de moriscos, y produjeron que dos grandes
contingentes de moriscos valencianos, ya de por sí angustiados por su destino, se
rebelaran en contra de sus desplazamientos a la costa y se retiraran a las alturas de las
montañas valencianas de la Muela de Cortes y del Valle alicantino de Laguar.
Eran los que ya andavan con las armas los moriscos de Alahuar, Alcalá, Ebo, Parcente,
Alcahalí, Tarbena, Castell de Castells, arraual de Murla, Orba, Sagra, y Tormos: y
comunicándose con los del marquesado de Guadaleste, y valle de Çeta, hizieron un
cuerpo para levantarse. A estos sigieron los de Relleu, Sella y valle de Planes,
quemando los más destos pueblos las iglesias y cosas sagradas el día de su
levantamiento. A veynte y siete de octubre se acavaron de levantar los del valle de
Guadaleste y Baronia de Confrides, y juntándose con los de Relleu y Sella se vinieron
con cuatro banderas tendidas al lugar de Fageca, donde aguardavan los de las valles de
Çeta y Travadel, para subirse a Alahuar, con toda la ropa de sus casas y los
bastimentos que podían llevar, saqueando lo primero las casas de los señores y de los
curas.
La ruta parece ir desde el interior a los valles más orientales, para buscar el lugar más
fácil de defender, el Cavall Verd. El primer núcleo, junto con Fageca, será Castell de
Castells, donde asolarán la iglesia, y desde allí, tras una breve y dudosa estancia en
Aialt, pasarán al Valle de Laguar. El gran número de moriscos rebelados, unos 15.000
aproximadamente, hará que no puedan alojarse todos en los pueblos de Laguar (Fleix,
Benimaurell y Campell), y la gran mayoría lo hará en Gorga, en tiendas de campaña y
las cuevas esparcidas por el monte. Allí comenzarán, al decir de los cronistas cristianos,
los padecimientos de los moriscos: en sus miserables chozas y en hacer justicia “a
fuero de Argel, verbalmente, y con palos en las barrigas y caderas”, como si fuera una
nueva Babilonia, enardecidos por sus alfaquíes “Pallop” y “Barom".
Rabiando de sed se arrojaban al agua, bebiendo algunos tanto que rebentaron (Marcos
de Guadalajara)
Todas las fuentes coinciden en afirmar que la rendición, camino y embarque de los
moriscos sublevados fue uno de los más patéticos que tuvieron lugar en aquellas
fechas. Así habla Gaspar Escolano:
En la sierra de Pop se hallaron gran cantidad de cuerpos muertos: los demás llegaron a
tan increíble miseria que no sólo los padres por hambre daban sus hijos a los cristianos
que conocían, más aún, los vendían a los soldados extranjeros por una cuaderna de
pan y por un puñado de higos. Por los caminos los llevaban medio arrastrando a la
embarcación y les quitaban los hijos y las mujeres, y aún la ropa que traían vestida: y
llegaban tan desvalijados, que unos medio desnudos y otros desnudos del todo se
arrojaban al mar por llegar a embarcarse; y se entiende que la mayor parte dellos
murieron en el pasaje, y antes de la embarcación.
La relación oficial de embarcados estima en unos 1.500 los moriscos rendidos que
murieron antes de poder embarcarse. Del 4 al 17 de diciembre, los moriscos del Vall de
Laguar fueron embarcando hacia Argelia en los puertos de Denia (4.000) y Jávea
(7.537): en total unas 11.500 personas que tras su rebelión salieron envueltas en la
miseria de su tierra.
PROGRAMA
LUNES, 23
11.00 h.
Luis F. Bernabé
Bernard Vincent, "Las ordenanzas del obispo de Almeida para los moriscos de la
diócesis de Cartagena".
16.00 h.-17.15 h.
17.15 h.-18.30 h.
MARTES 24
10.00 h.-11.15 h.
11.15 h.-12.30 h.
12.30 h. - 13.45 h.
Luis F. Bernabé - José María Perceval, "Expulsados 1609. La tragedia de los moriscos"
16.30 h.-17.15 h.
Juan Carlos Villaverde, "Un códice morisco inexplorado de medicina (Ms. RAH Gayangos
T15)"
17.15 h.-18.30 h.
MIÉRCOLES 25
10.00 h.-11.15 h.
11.15 h.-12.30 h.
12.30 h.-13.45 h.
16.30 h.-17.15 h.
Ana Labarta, „La cultura de los moriscos valencianos"
17.15 h.-18.30 h.
JUEVES 26
10.00 h.-11.15 h.
Manuel Barrios Aguilera, "Del 'modo único y decoroso' de vindicar las 'invenciones'
sacromontanas: la disertación de Urbina y Dusfusa"
11.15 h.-12.30 h.
Juan Bautista Vilar Ramírez, "Los moriscos del reino de Murcia: de los intentos de
asimilación a la expulsión".
12.30 h.-13.45 h.
El presente año de 2009 se cumplen 400 años de la expulsión de los moriscos. En decisión ya tomada en enero
de 1609 y refrendada en abril, el Consejo de Estado votaba a favor de que fueran expulsados de España los
moriscos, cristianos nuevos de moro o nuevamente bautizados, como se les conocía en la época. Eran los
moriscos los descendientes de los mudéjares, musulmanes que vivían bajo poder cristiano pero con un estatuto
reconocido que les permitía mantener su lengua, religión, sistema jurídico y modos de vida. A partir de 1501 en
Granada, estos mudéjares irán siendo obligados a convertirse al cristianismo y bautizarse (Castilla, 1502;
Navarra, 1515; Aragón 1526), con lo que pasan a ser cristianos y, por tanto, sujetos doctrinalmente a la Iglesia
y a su brazo represor: el Tribunal del Santo Oficio. El siglo escaso en el que existe un “problema morisco” en
España, ésta será incapaz de encontrarle una solución más digna que el de expulsarles finalmente. Hoy en día,
tras haber pasado por dos guerras mundiales, dos bombas atómicas, genocidios atroces y éxodos sin cuenta y –
quizá lo peor- asistir impertérritos a varios de estos dramas sofocados en la avalancha mediática, puede que se
haya perdido la perspectiva de lo que supuso esta medida.
Puesta en su tiempo, se trataba de la mayor expulsión de población que había sufrido España y que había de
sufrir hasta la mismísima guerra civil de 1936. Algo más de 300.000 personas fueron obligadas a salir de sus
lugares de nacimiento o de vida para enfrentarse con lo desconocido más allá de las fronteras peninsulares.
Quizá, por las razones antes expuestas, pueda no parecer una cifra espectacular: apenas un 4 % de una
población total de 8,5 millones. Pero las cifras redondas engañan hasta cierto punto: si bien había zonas
hispanas prácticamente vacías de moriscos, otras tenían un alto porcentaje de cristianos nuevos. En Aragón
suponían un 20 % por la población, mientras que en el Reino de Valencia el porcentaje ascendía hasta el 33 por
ciento. Por supuesto, sobre el hecho de la brutalidad de la medida –afectara a 10.000, 50.000 o 123.000
personas-, hay que tener en cuenta que las zonas del levante peninsular se verían especialmente afectadas por
la expulsión.
Importa señalar que en 1609 la propuesta de expulsar a una parte de la población española no era nueva. Desde
finales del siglo XVI se están alzando, aquí y allá en España, voces que claman por una “solución final” a la
cuestión morisca. Personas de altos cargos y dignidades de respeto proponían al rey imaginativas medidas
como castrar a todos los varones moriscos, hundirlos en la mar o sacarlos de las fronteras peninsulares. Estas
personas se sentían defraudadas de que todos los esfuerzos que se había hecho durante décadas para
evangelizar a los moriscos habían caído en saco roto. Para ellos los moriscos seguían siendo, a finales de siglo,
tan musulmanes y tan enemigos de España como lo habían sido siempre. Así lo denunciaba un historiador
insigne, Luis del Mármol Carvajal:
si con fingida humildad usaban de algunas buenas costumbres morales en sus tratos, comunicaciones y trajes,
en lo interior aborrecían el yugo de la religión cristiana, y de secreto se doctrinaban y enseñaban unos a otros
en los ritos y ceremonias de la secta de Mahoma. Esta mancha fue general en la gente común, y en particular
hubo algunos nobles de buen entendimiento que se dieron a las cosas de la fe, y se honraron de ser y parecer
cristianos, y destos tales no trata nuestra historia. Los demás, aunque no eran moros declarados, eran herejes
secretos, faltando en ellos la fe y sobrando el baptismo, y cuando mostraban ser agudos y resabidos en su
Durante todo el reinado de Felipe II, sin embargo, estas propuestas no serán tenidas en cuenta y se insistirá
siempre en la perseverancia en la evangelización de los moriscos. La Iglesia debía preparar a sus mejores
pastores para hacer válido el bautismo que habían recibido estos hombres en su nacimiento y que les hacía
pertenecer a la comunidad cristiana. Cesar en el empeño de conseguir que los moriscos fueran buenos
cristianos significaba no creer en la gracia del bautismo y desconfiar en el poder persuasivo de la palabra de
Dios.
Y puestas así las cosas, todavía sigue siendo hasta cierto punto un enigma el porqué Felipe III termina
aceptando una medida que había sido rechazada con anterioridad, incluso por él mismo en los años
inmediatamente anteriores a 1609.
Seguramente no hubo un único factor que terminara de inclinar la balanza a favor de la expulsión, sino una
convergencia de varios: la gran influencia del Duque de Lerma, favorable a la expulsión, la desastrosa
campaña norteafricana de España, las paces que se había visto obligado a firmar en Europa, el tremendo
egotismo de Felipe III… todos influirían a la hora de tomar una decisión política que transmitiera el mensaje
de que España aún era fuerte, católica y arrojada. Y las culpas vinieron a pagarlas uno de los grupos con peor
fama y mayor marginación: los moriscos.
Los primeros moriscos en ser expulsados de España por decreto fueron los del Reino de Valencia. Se procedía
así por considerarlos el grupo morisco más homogéneo, más pertinaz en su creencia y práctica islámicas y de
Que tal es la Real y determinada voluntad de su Majestad, y que las penas deste dicho Bando se
ejecuten, como se ejecutarán irremisiblemente. Y para que venga a noticia de todos, se manda
publicar en la forma acostumbrada. Datis en el Real de Valencia, a 22 días del mes de Septiembre
1609. El Marqués de Caracena.
literatura aljami ada de los moriscos de Aragón. Este escritor castellano, cuyo
nombre ignoramos, cuenta, en la primera mitad del siglo XVI, cosas que nadie más cuenta, y visita
personas y lugares que desconocíamos que pudieran existir en la España de esa época. Autor de tres
voluminosos tratados de espiritualidad islámica, el Mancebo de Arévalo encuentra lugar para narrarnos
partes de su vida, en especial sus viajes por la Península buscando los restos del naufragio del islam
en la forma de maestros que le iluminen. Es profundamente original hablando, con lenguaje nuevo e
intransferible, de ciertos aspectos de la espiritualidad islámica y sorprendentemente moderno al
describirnos su visión de la actitud que se ha de tener ante la religión. Su fama entre los moriscos
aragoneses le sobrevivió y su nombre era aún recordado como el de un gran sabio en el gozne con el
nuevo siglo XVII.
El fragmento que incluimos es uno de los más impresionantes de la obra del Mancebo de Arévalo.
Extraído de la Tafsira, una de sus grandes obras, cuyo manuscrito se encuentra en el C.S.I.C. y que
ha sido transcrito por María Teresa Narváez (Madrid, Trotta, 2003), nos narra una reunión de notables
“Era un día de los siete del año, veinticinqueno de Du-l-Qiyâda. Fueron ajuntados en
Zaragoza una compaña de honrados muslimes, adonde se hallaron más de veinte
muslimes, y entre ellos siete 'alimes doctos y fasalados (virtuosos?); y después del
azzuhar (oración del mediodía) comenzaron a tratar de nuestros duelos, y cada uno dijo
su arenga. Y entre muchas cosas no faltó quien dijo cómo era grande nuestra pérdida y
de cuán poca esencia era nuestra obra. Y dijo otro 'alim que los trabajos que teníamos
y los que de cada día se nos aparejaban, que todo sería para más meritanza; y
repugnaron su dicho, diciendo que los trabajos no cumplían para ningún menoscabo de
la obra preceptada, y que faltando la medula principal, que es el llamamiento para el
asala (oración), que la obra no podía ser grata, y que los trabajos
desta addunia (mundo) no pueden dejar de ser descanso para la otra vida, pero que sin
obras no habría cambianza de excelencia. Y de aquí somovieron muchos contrechos,
anteponiendo pecados y otros directos de los pasados y presentes; y entre todos estos
disgustos dijo otro 'alim una razón harto cruda y empinada: a par de todos dijo que
cada uno pusiese haldas en cinta, y que aquéllos que quisiesen salvación, que la fuesen
a buscar. A todos pareció mal su dicho, porque causó grande fiesa y no dio ejemplo de
muslim. Allí se dijeron diferentes enantos y como cada uno de aquellos sentía el daño
general como el propio suyo no lo tuve por mucho que cada uno dijese si parecer,
porque no estábamos de gozo para decir donaires y cosas desaguisadas. Al fin, no
cartearon ningún juicio, aunque se dijo mucho traspiés a nuestra merecida, porque
dijeron que la obra sin al-imam y sin llamador que era como la lluvia de las otoñadas,
que las recibe la tierra con poco fruto, y asimismo es el asala que se hace fuera de su
hora. Plegue a su divina bondad darnos parsida (perdón) contra tan fieros pertrechos,
que aún no llegábamos a los ocho años de nuestra conversión cuando ya se alcanzaban
los destinos unos a otros. Allí hicimos al-'asar (oración de la tarde) con ayuntamiento y
fue adelantado Don Manrique de Segovia, que a la sazón estaba en Zaragoza con
ciertas mercancías (...), y yo dije el aljutba (discurso, sermón) como criado y menor de
todos. Y como ya se acercaba mi romeaje, que no faltaba sino llegar la compañía, que
ya estaban a punto en Ávila la Real, y como el señor Don Manrique entendió la cuita de
mi viaje reparó parte de mi necesidad y diome diez doblas moriscas, y los demás
'alimes que allí se hallaron contribuyeron todos en mi favor. Allah les dé tal merecida
como yo les hafsiré (mantendré) si Allah me hace gracia de llegar a Meca, ensálcela
Allah. Aquí me rogaron estos honrados 'alimes, viendo la demencia sobredicha de
nuestro addin (religión) que, en el intre de mi partida yo me ocupase en renumerar
alguna parte sustancial de salhes (comentarios) de nuestro honrado Alcorán, lo más
breve y compendiosamente posible. Yo acepté este pequeño trabajo de esta tafsira
(comentario religioso) por sumelar a la obligación musliminada y por el ruego de estos
honrados 'alimes. Plegue a su inmensa bondad caiga en aplazo y parabién de todos
hasta que la plegue otra tafsira más granada con libertad de esta tierra.”
Mancebo de Arévalo, Tafsira, ms. J LXII del C.S.I.C. 1v - 3v
Por su parte Bennassar establece una relación entre la "identidad entre el aparato de estado (la
monarquía hispánica) y el poder inquisitorial" (Bennassar 1979, p. 76.) Esto sugiere que la
Inquisición no hizo otra cosa que asegurar la unidad religiosa primero e indirectamente favoreció la
emergencia del estado moderno. Así, la Inquisición española se convirtió en un instrumento en
manos del Estado más que de la Iglesia, aunque los eclesiásticos, y de forma destacada los
dominicos, actuaran siempre como sus funcionarios.
La conversión forzada
Según Henry Kamen[4]la España mora, la España de los invasores procedentes África del Norte,
estuvo en algunos lugares bajo el dominio musulmán unos siete siglos. Así, los pueblos que entraron
en la historia de España, formaban parte de su estructura tanto como los cristianos y los judíos.
Hubo matrimonios mixtos entre ellos, e intercambiaron ideas y lenguajes, así que las tres religiones
fueron reconocidas como parte de un imperio. La Reconquista cambió todo esto. En otro texto este
autor señala la Reconquista del territorio musulmán había llevado a las razas cristianas a dominar y
explotar a los moros vencidos desde la segunda mitad de la Edad Media.
Los cristianos, en su avance, tomaron Zaragoza en 111.8, Córdoba en 1236, Valencia en 1238, y
Sevilla en 1248; finalmente, y tras un largo intervalo, Granada cayó en 1492. El fin poder político
musulmán significaba que los moros dejaban de existir como nación, y que pasaban a ser una
minoría dentro de un país cristiano. Como súbditos musulmanes de un rey cristiano, se convertían
en mudéjares. Los términos de la rendición de Granada fueron generosos con los vencidos y
reflejaban las tradiciones de la convivencia de la época medieval. Recibieron garantías sobre la
conservación de sus costumbres, propiedades, leyes y religión; conservaron sus propios funcionarios,
aunque éstos estuvieran supervisados los gobernadores castellanos, y aquellos que deseaban emigrar
tenían permiso para hacerlo. Muchos de entre la élite mudéjar encentraban intolerable una vida
sometida a la ley cristiana y emigraron al Norte de África. Iñigo López de Mendoza, segundo conde
de Tendilla y más tarde primer marqués de Mondéjar, fue encargado de la reorganización del
territorio. Hernando de Talavera fue nombrado primer arzobispo y como tal estimuló las
conversiones a través de la persuasión, la caridad, el respeto a la cultura mudejar y el uso del árabe
como lengua litúrgica. Pero el avance fue lento y Cisneros pidió permiso a Isabel y Fernando, que a la
sazón estaban en Granada (1499), para poner en marcha una política más dura. Kamen continúa
diciendo que la nueva fase de conversión obligatoria, basada en bautismos masivos, no se realizó
pacíficamente sino que hubo distintas revueltas. La rebelión más importante de moriscos se produjo
en las Alpujarras, entre 1568 y 1569, por los decretos que limitaban el derecho de propiedad a los
moriscos.
Con las conversiones forzadas el Islam desapareció del territorio castellano pero fue tolerado en
Aragón por el gran poder de la nobleza terrateniente y la autoridad de las Cortes. Los mudéjares
eran, en las fincas de los nobles, una fuente de mano de obra barata y altamente productiva. En este
punto Kamen coincide con Bennassar[5]al sostener esta diferencia en el trato morisco tenia que ver
con dos razones: en primer lugar, existían regiones enteras donde la población era exclusivamente
morisca y donde, por consiguiente, había pocas probabilidades de delación. En segundo lugar, los
moriscos de Valencia, por ejemplo, eran casi todos vasallos de los grandes magnates y es conocida la
protección relativa, o por lo menos la falta de cooperación entre la alta nobleza valenciana y el Santo
Oficio, puesto que los moriscos eran la mano de obra esencial de los grandes magnates
La Inquisición se ocupó de mantener a los mudéjares dentro de los términos de su bautismo. A la
objeción de que las conversiones habían sido hechas por la fuerza, se contestaba siempre de la misma
manera: escoger el bautismo como alternativa a la muerte significaba que se había ejercido el libre
albedrío, y por lo tanto el sacramento era válido. Con base en esta premisa, se ordenó a la Inquisición
que prosiguiera con la suposición de que todos los bautismos hechos con propiedad eran válidos.
En ese momento se volvió incongruente tolerar que hubiera musulmanes en la corona de Aragón. En
noviembre de 1525, Carlos V promulgó un decreto en el que ordenaba la conversión de todos los
mudéjares de Valencia para finales de año y en todos los demás reinos para finales de enero del año
siguiente, 1526. A partir de 1526 la religión musulmana ya no existía oficialmente en España: todos
los mudéjares eran ahora moriscos.
Los moriscos rechazaban la cristianización. En 1526, en Granada, Carlos V fue informado de que
«los moriscos eran muy finos moros: veinte y siete años había que eran bautizados no hallaron
veinte y siete de ellos que fuesen cristianos, ni aun siete». En Granada y Valencia rendían culto a su
religión, practicaban la oración, los ritos y las abluciones y fortalecían su fe a través de sus
sacerdotes, los alfaquíes. La tensión social aumentó en el trato cotidiano ya que los cristianos viejos
se irritaban a causa de las vestimentas, el lenguaje y la comida. También tendían aislarse en
comunidades separadas de las demás. Los moriscos rechazaban la doctrina de la Trinidad y de la
divinidad de Jesús, y sentían gran repugnancia por el sacramento del bautismo.
Hubo muchos intentos por catequizar a los moriscos y algunos para acercarse a la cultura árabe
como los jesuitas pero en Aragón hubo una fuerte oposición a este programa misionero. Mientras
tanto los nobles presionaban constantemente a las cortes para que los moriscos quedaran libres de
las confiscaciones inquisitoriales.
Desde el principio, la legislación había intentado privarlo de todos los rasgos de su identidad
cultural, pero ellos mantuvieron una postura desafiante y proclamaron ser distintos: sus costumbres
hasta la forma de sentarse eran consideradas heréticas.
La legislación represiva se repitió en 1567. Las tensiones acumuladas durante dos generaciones
explotaron en la revuelta que comenzó la Nochebuena de 1568 en Granada y que pronto se extendió
a las Alpujarras. Fue una guerra salvaje en la que se cometieron atrocidades por ambos bandos, y la
represión militar fue brutal. Kamen señala que miles de moriscos murieron y más de 80.000 fueron
expulsados por la fuerza del reino y obligados a asentarse en Castilla. El final de la rebelión no
solucionó el problema. Los granadinos introdujeron en las comunidades castellanas una presencia
islámica que antes había sido desconocida en Castilla, que pasó de una población de 20.000 a una de
100.000 mudéjares de lengua árabe y cultura musulmana. Además, la amenaza militar se volvía una
evidencia: unos 4.000 turcos y bereberes habían venido a España a luchar al lado de los insurgentes
de las Alpujarras. El bandolerismo morisco llegó a su clímax en el sur de España durante la década
de 1560; tenían esperanzas milenaristas y deseaban liberarse de la opresión. Inevitablemente, viendo
la obstinación de los moriscos las autoridades se volcaron en una política represiva.
La Inquisición fue particularmente activa después de 1560, los moriscos fueron perseguidos y
juzgados. Para los moriscos los inquisidores eran como "lobos robadores, su oficio es soberbia y
grandia, y sodomía y luxuria y tiranía y rozamiento y sin justicia", y la Inquisición era un tribunal
"donde preside el demonio y tiene por consejeros el engaño y la ceguedad"
La amenaza morisca era poderosa y real ya que conspiraban con Enrique VI de Francia. En 1608, los
moriscos valencianos pidieron la ayuda de Marruecos, aunque retuvieron su identidad como
comunidad, su cultura activa se vio impelida a la clandestinidad bajo el peso de la confrontación.
Para poder coexistir con una religión mayoritaria, la ley musulmana permitió la práctica de la taqiya
o simulación, por medio de la cual fingían ostentar el credo establecido y al mismo tiempo practica
su propia fe.
Existía el convencimiento de que la población morisca estaba creciendo de una manera
incontrolable: entre Alicante y Valencia, por un lado, y Zaragoza por otro, una vasta masa de
200.000 almas moriscas penetraba el cuerpo de la España cristiana. En Granada hubo posteriores
expulsiones para contrarrestar el creciente número de moriscos. En Aragón había, en 1495, 5.674
moriscos, mientras que en 1610 su número había aumentado a 14.190 constituyendo ya una quinta
parte de la población total. En Valencia, los resultados de los censos de 1565 y 1609 sugerían que el
número de cristianos viejos había aumentado un 44,7 por ciento, mientras que los moriscos lo
habían hecho en un espectacular 69,7 por ciento. "Su intento era crecer y multiplicarse como las
malas hierbas", decía un escritor en 1612. Martín de Salvatierra recomendó la castración en 1587
como posible método de control.
La imagen del Morisco
Por el miedo a una posible invasión, la sospecha de conspiración con Francia, el crecimiento de la
población y la falsa conversión de los moriscos al cristianismo, hubo si un enfrentamiento entre los
valores mayoritarios de la población de España y los de una minoría étnica inasimilable.
Los moriscos fueron englobados en un grupo homogéneo, arquetípico y perfectamente identificable
que reunía dos características: "de un lado, se enfatizó el matiz conspiratorio, necesario para unificar
los fines perversos de la comunidad. Del otro, se afirmó un arquetipo de morisco o de "lo morisco,"
necesario para unificar y cosificar la comunidad, pudiendo así expulsarla, como un todo, del cuerpo
social"[6].
La literatura hecha por los cristianos desde la época medieval es una prueba testimonial de ciertas
actitudes discriminatorias que sirvieron para consolidar la hegemonía del cristianismo frente a sus
adversarios religiosos y militares. En Don Quijote se pueden visualizar los prejuicios que los
cristianos tenían ante los otros grupos religiosos y la representación de las imágenes que reforzaban
el estrato inferior de las comunidades minoritarias en la sociedad del siglo XVII, reiterándose así en
esta obra una serie de referencias y comentarios estereotipados sobre la figura del árabe.
La creencia en la superioridad cristiana se refleja en el capítulo VIII de la segunda parte del Quijote
cuando Sancho dice "cuando otra cosa no tuviese sino el creer, como siempre creo, firme y
verdaderamente en Dios y en todo aquello que tiene y cree la santa Iglesia Católica Romana, y el ser
enemigo mortal, como lo soy, de los judíos, debían los historiadores tener misericordia de mí y
tratarme bien" (II, 503). En este comentario de Sancho es evidente el enfoque negativo hacia la
figura del otro, quien aparece aquí representado con el nombre de judío. Es importante recordar que
ya las palabras "moro, judío o hereje" se usaban desde siglos anteriores para categorizar al intruso y
excluirlo de la sociedad cristiana, facilitando así el rechazo colectivo que estas comunidades llegaron
a experimentar.
Frente a la expulsión Cervantes también crea un personaje morisco, Ricote, que apoya la heroica
resolución le Felipe III "de hechar frutos venenosos de España, ya limpia, ya les embarazada de los
temores en que nuestra muchedumbre la mía".
Puentes Sanchez, quien realiza un abordaje del morisco desde la vision de Cervantes indica que en El
Quijote hay muchas otras referencias al carácter moro, ninguna buena: personajes maléficos
surgidos de la imaginación del caballero andante que también son moros, músicas árabes que suenan
cuando van a aparecer fuerzas del mal y curiosas y no muy positivas referencias a negros, judíos y
gitanos. También hay muchos recuerdos a la Reconquista y al motivo que la provocó: la historia del
último rey visigodo, don Rodrigo y la Cava, (puta, en árabe) hija del conde Don Julián, gobernador
de Ceuta, en la que éste abre las puertas del Estrecho a los árabes al saber que su señor natural ha
seducido a su hija, que estaba en Toledo, lejos de la protección paterna.
Sin embargo, si hay una constante, sobre todo en la 2ª parte, por el ya citado decreto de expulsión de
los moriscos, es la cantidad de veces que Sancho, y algún otro personaje, se enorgullecen de ser
"cristianos viejos", es decir, sin mezcla de sangre mora ni judía entre sus antepasados. En (I, 47, p.
733) Sancho Panza afirma de sí mismo: «aunque pobre, soy cristiano viejo y no debo nada a nadie
(...) y cada uno es hijo de sus obras» [7]
Siguiendo el analisis realizado por Corbalan ella señala el significado que tenía conquistar a una
mora, es decir, ello implicaba conseguir una victoria adicional frente al otro por medio de la posesión
del bien más preciado del enemigo: sus mujeres. Por ello, la conversión de Zoraida representa una
forma más de garantizar la expansión religiosa y otro triunfo del cristianismo frente al Islam: "quiero
que sepas que ella es cristiana, y es la que ha sido la lima de nuestras cadenas y la libertad de
nuestro cautiverio; ella va aquí de su voluntad, tan contenta, a lo que yo imagino, de verse en este
estado, como el que sale de las tienieblas a la luz, de la muerte a la vida y de la pena a la gloria" (I,
350).
Sin embargo, la primera impresión que causa Zoraida es de rechazo entre las mujeres de la venta, ya
que su apariencia física sigue siendo la de una mujer árabe. Esto provoca la pregunta que hace
Dorotea al cautivo con el objetivo de decidir si la aceptan o no en su grupo: "¿esta señora es
cristiana o mora? Porque el traje y el silencio nos hace pensar que es lo que no querríamos que
fuese" (I, 317). En este pasaje se ve nuevamente los prejuicios negativos que los españoles tenían
hacia los musulmanes. Estos prejuicios se perciben también cuando aparece por primera vez en Don
Quijote Ana Félix, la hija del morisco Ricote, y la van a ahorcar pensando que es un "turco de nación,
o moro, o renegado" (II, 857). No obstante, desde el momento en el que se descubre su identidad
femenina y su cristianismo, se convierte en objeto de deseo, exactamente al igual que ocurre con
Zoraida, pues la idealización de su belleza es tan extrema que "toda la gente de la ciudad, como a
campana tañida, venían a verla" (II, 861). Asimismo, de sus palabras se desprende un marcado tono
de odio hacia el resto de los moriscos, al describir e insultar a los turcos como "codiciosos e
insolentes" y al mencionar que los moros y turcos que viajaban con ella "no sirven de más que de
bogar al remo" (II, 859).
Estos son algunos ejemplos de cómo Cervantes plasma en su literatura la visión respecto del morisco
y se considera importante tenerlo en cuenta ya que las obras literarias habían sido utilizadas como
vehículos de publicidad y propaganda de la hegemonía española y cristiana en todo el mundo
LA EXPULSION:
La expulsión fue decretada el 4 de abril de 1609, y se llevó a cabo por etapas hasta 1614. Las
operaciones comenzaron en Valencia, que tenía la mitad de los moriscos de la península y que por lo
tanto era la provincia potencialmente más peligrosa. En total fueron expulsados unos 300.000
moriscos de una población peninsular estimada en 320.000. Aunque las pérdidas humanas de la
expulsión representaban poco más del 4 por ciento de la población de España, el impacto real de la
medida en algunas áreas fue muy severo. En las zonas donde los moriscos habían sido una amplia
minoría, como Valencia y Aragón, ocurrió inmediatamente una catástrofe económica; pero también
para los lugares en los que habían un número reducido: su ausencia significaba una dislocación
económica. Los ingresos de los impuestos bajaron y el rendimiento agrícola disminuyó.
Con el apoyo de la Inquisición, en el espacio de un siglo las autoridades realizaron una operación
radical para extirpar de España a dos de las tres grandes culturas de la península.
Para Kamen, los moriscos fueron acusados de ofensas contra la religión, y solo un pequeño grupo de
moriscos logró obtener permisos especiales y quedarse en España: se trataba en parte de la nobleza
bien asimilada y, en parte, de esclavos (Kamen, 1986. Pág. 199). Casi en su totalidad, la España
musulmana fue rechazada y arrojada al mar: miles de personas sin otro hogar que éste fueron
expulsadas a Francia, África y el Oriente. Fue el último paso para la creación de una sociedad cerrada
y completó la tragedia que se había iniciado en 1492.
La deportación, pese a su brutalidad, contemplaba algunas excepciones. Las mujeres casadas con
cristianos viejos, los niños menores de diez años, los ancianos y los minusválidos. Una parte de la
nobleza local valenciana se esforzó por evitar el éxodo, interesada en no perder unos vasallos
laboriosos que pagaban sus impuestos. La corte no atendió estas peticiones ni la de ciertos religiosos,
como Fray Juan de Pereda. Este intentó en vano convencer a Felipe III de que los moriscos
murcianos se habían integrado a la perfección en la sociedad cristiana.
Pasados unos años, los moriscos que podían regresaban clandestinamente a la península. Se
arriesgaban a ser descubiertos y condenados a remar en galeras. Cervantes incluyó uno de estos
casos en un capitulo del quijote en el que Sancho Panza encuentra a Ricote, antiguo vecino suyo. Al
reconocerle, el escudero le pregunta: "¿Cómo tienes atrevimiento de volver a España, donde si te
cogen y conocen tendrás harta mala ventura?". En su respuesta, el morisco expresa la nostalgia de
los suyos por la tierra perdida: "Donde quiera que estamos lloramos por España; que, en fin, nacimos
en ella y es nuestra patria natural". (Historia y Vida, Pág. 71)
A pesar de la propaganda oficial, no existen pruebas de que misión recibiera el apoyo de los
españoles. Fernández de Navarrete comentaba en 1626: "Es una política muy maligna del Estado que
los príncipes retiren la confianza a sus súbditos". (Kamen, Pág. 156)
Según Benassar (2005, Pág. 53) hasta el año 1640, el poder político de España, ya minada en muchos
aspectos, sigue siendo considerable. Felipe III (1598-1621), lamentable soberano, más hecho para el
convento que para el trono, deja gobernar al duque de Lerma y a una serie de ministros mediocres y
ambiciosos. La corrupción de la que da ejemplo el gobierno es imitada por los altos funcionarios, los
tribunales y los hombres de la Iglesia. Fuera de algunas decisiones sin gran alcance (creación en 1601
de una Comisión para una mejor percepción de los "millones", impuestos sobre el vino y el aceite, el
hecho principal es la expulsión de los moriscos que afectó primero a los del reino de Valencia (22 dé
septiembre de 1609), se extiende pronto a sus correligionarios de Andalucía (diciembre de 1609), de
Aragón (mayo de 1610), de Cataluña (marzo de 1611) y de Castilla (diciembre de 1611); en total se
expulsa de España a casi 275.000 moriscos —de los cuales más de 100.000 .pertenecen sólo a
Valencia, que buscan refugio en África del Norte (Marruecos, Oran); así se realiza la unidad religiosa
y se preserva la "pureza de sangre", pero al precio de una profunda decadencia económica de las
provincias meridionales de España.
Al respecto Amparo Felipo Orts[8]sostiene que esta expulsión obedece a una política de carácter
absolutista exigida por la unidad religiosa de la Monarquía, que pretendía acabar con la diversidad
de una minoría que había mostrado una recalcitrante resistencia a la asimilación.
CONCLUSIÓN
A través del desarrollo de este trabajo se puede visualizar el carácter "moderno" que adquiere la
Inquisición que se convierte en un instrumento del Estado absolutista español para eliminar la
diversidad cultural y hacer sentir su poder coercitivo ya sea mediante decretos, leyes o el ejercito.
Esto supone que no se trató de un fanatismo religioso católico y que, inevitablemente, la monarquía,
al deshacerse de una parte de sus súbditos más laboriosos, habría precipitado la decadencia
económica del país. Su existencia en la sociedad generó distintas representaciones, aunque para los
nobles significaba una mano de obra barata, no supieron hacer prevalecer sus intereses, aunque
algunos moriscos permanecieron como esclavos de esa sociedad marginal.
Este Estado para construir su identidad lo realiza por exclusión y, en este sentido, la literatura se
constituye como otra herramienta para publicar una imagen negativa del morisco en la sociedad
española y a la vez para imponer la superioridad cristiana
También se observa las estrategias que los moriscos implementaron para mantener sus costumbres
así como la violencia ejercida sobre su cultura.
BIBLIOGRAFÍA
BENNASSAR, BARTOLOMÉ Y OTROS, Historia Moderna, Cap. XVI, XVII, XVIII y XX, Editorial
Akal, Toledo, 2005
KAMEN, Henry. Cap 7. La sociedad marginal en La sociedad europea (1500-1700), Alianza,
Madrid, 1986.
KAMEN, Henry. La inquisición española. Ed
Felipo Orts Amparo, Monarquías rivales, Francia (1610-1661) y España (1598-1665) en
Floristán Alfredo, (coord.) Historia Moderna Universal, Editorial Ariel, Barcelona, 2005
Revista Historia y Vida N º 441. Pág. 64 al 71
Archivos en PDF
Bango Torviso Isidro G. Inquisición Universidad Autónoma de Madrid
Corbalan ,Ana Entre la aversión y el deseo: Aproximación a la mirada del otro en las
páginas de Don Quijote. University of North Carolina, Chapel Hill
Escudero, José Antonio. La Inquisición En España Catedrático de la Universidad Complutense
Director del Instituto de Historia de la Inquisición
Peña Díaz Manuel Libros permitidos, lecturas prohibidas (siglosxvi y xvii) en Cuadernos de
Historia Moderna Anejos
Míkel de Epalza Los moriscos antes y después de la expulsión. Biblioteca Virtual de Cervantes
Lic. Javier de la Puente Sánchez Los Moros En El Quijote Foro de Educación, n.o 9, 2007, pp. 37-45
Bartolomé Bennassa. La Inquisición De Aragón Y Los Heterodoxos en Rev. Zurita, 63-64. Pp.
87-92
Internet
Las revueltas de los moriscos ([Link]
[Link]
[Link]
Autor:
Maria Ester Santul
[1] Inquisición. Isidro [Link] Torviso Universidad Autónoma de Madrid
[2] José Antonio Escudero.
[3] Toby Green. La inquisición. El reino del miedo. Ed Vergara. Barcelona 2007
[4] Kamen, Henry; Zayas, Gabriela. La inquisición española. Ed. Alianza, Madrid, 1986.
[5] Bennassar. La Inquisición De Aragón Y Los Heterodoxos En Rev. Zurita, 63-64. Pp. 87-92
[6] Ana Corbalan. University of North Carolina, Chapel Hill
[7] Lic. Javier de la Puente Sánchez LOS MOROS EN EL QUIJOTE Foro de Educación, n.o 9, 2007,
pp. 37-45
[8] FELIPO ORTS AMPARO, Monarquías rivales, Francia (1610-1661) y España (1598-1665) en
Floristán Alfredo, (coord.) Historia Moderna Universal, Editorial Ariel, Barcelona, 2005
Partes: 1, 2
Comentarios
PARTE 2
================================0
Por su parte Bennassar establece una relación entre la "identidad entre el aparato de estado (la
monarquía hispánica) y el poder inquisitorial" (Bennassar 1979, p. 76.) Esto sugiere que la
Inquisición no hizo otra cosa que asegurar la unidad religiosa primero e indirectamente favoreció la
emergencia del estado moderno. Así, la Inquisición española se convirtió en un instrumento en
manos del Estado más que de la Iglesia, aunque los eclesiásticos, y de forma destacada los
dominicos, actuaran siempre como sus funcionarios.
La conversión forzada
Según Henry Kamen[4]la España mora, la España de los invasores procedentes África del Norte,
estuvo en algunos lugares bajo el dominio musulmán unos siete siglos. Así, los pueblos que entraron
en la historia de España, formaban parte de su estructura tanto como los cristianos y los judíos.
Hubo matrimonios mixtos entre ellos, e intercambiaron ideas y lenguajes, así que las tres religiones
fueron reconocidas como parte de un imperio. La Reconquista cambió todo esto. En otro texto este
autor señala la Reconquista del territorio musulmán había llevado a las razas cristianas a dominar y
explotar a los moros vencidos desde la segunda mitad de la Edad Media.
Los cristianos, en su avance, tomaron Zaragoza en 111.8, Córdoba en 1236, Valencia en 1238, y
Sevilla en 1248; finalmente, y tras un largo intervalo, Granada cayó en 1492. El fin poder político
musulmán significaba que los moros dejaban de existir como nación, y que pasaban a ser una
minoría dentro de un país cristiano. Como súbditos musulmanes de un rey cristiano, se convertían
en mudéjares. Los términos de la rendición de Granada fueron generosos con los vencidos y
reflejaban las tradiciones de la convivencia de la época medieval. Recibieron garantías sobre la
conservación de sus costumbres, propiedades, leyes y religión; conservaron sus propios funcionarios,
aunque éstos estuvieran supervisados los gobernadores castellanos, y aquellos que deseaban emigrar
tenían permiso para hacerlo. Muchos de entre la élite mudéjar encentraban intolerable una vida
sometida a la ley cristiana y emigraron al Norte de África. Iñigo López de Mendoza, segundo conde
de Tendilla y más tarde primer marqués de Mondéjar, fue encargado de la reorganización del
territorio. Hernando de Talavera fue nombrado primer arzobispo y como tal estimuló las
conversiones a través de la persuasión, la caridad, el respeto a la cultura mudejar y el uso del árabe
como lengua litúrgica. Pero el avance fue lento y Cisneros pidió permiso a Isabel y Fernando, que a la
sazón estaban en Granada (1499), para poner en marcha una política más dura. Kamen continúa
diciendo que la nueva fase de conversión obligatoria, basada en bautismos masivos, no se realizó
pacíficamente sino que hubo distintas revueltas. La rebelión más importante de moriscos se produjo
en las Alpujarras, entre 1568 y 1569, por los decretos que limitaban el derecho de propiedad a los
moriscos.
Con las conversiones forzadas el Islam desapareció del territorio castellano pero fue tolerado en
Aragón por el gran poder de la nobleza terrateniente y la autoridad de las Cortes. Los mudéjares
eran, en las fincas de los nobles, una fuente de mano de obra barata y altamente productiva. En este
punto Kamen coincide con Bennassar[5]al sostener esta diferencia en el trato morisco tenia que ver
con dos razones: en primer lugar, existían regiones enteras donde la población era exclusivamente
morisca y donde, por consiguiente, había pocas probabilidades de delación. En segundo lugar, los
moriscos de Valencia, por ejemplo, eran casi todos vasallos de los grandes magnates y es conocida la
protección relativa, o por lo menos la falta de cooperación entre la alta nobleza valenciana y el Santo
Oficio, puesto que los moriscos eran la mano de obra esencial de los grandes magnates
La Inquisición se ocupó de mantener a los mudéjares dentro de los términos de su bautismo. A la
objeción de que las conversiones habían sido hechas por la fuerza, se contestaba siempre de la misma
manera: escoger el bautismo como alternativa a la muerte significaba que se había ejercido el libre
albedrío, y por lo tanto el sacramento era válido. Con base en esta premisa, se ordenó a la Inquisición
que prosiguiera con la suposición de que todos los bautismos hechos con propiedad eran válidos.
En ese momento se volvió incongruente tolerar que hubiera musulmanes en la corona de Aragón. En
noviembre de 1525, Carlos V promulgó un decreto en el que ordenaba la conversión de todos los
mudéjares de Valencia para finales de año y en todos los demás reinos para finales de enero del año
siguiente, 1526. A partir de 1526 la religión musulmana ya no existía oficialmente en España: todos
los mudéjares eran ahora moriscos.
Los moriscos rechazaban la cristianización. En 1526, en Granada, Carlos V fue informado de que
«los moriscos eran muy finos moros: veinte y siete años había que eran bautizados no hallaron
veinte y siete de ellos que fuesen cristianos, ni aun siete». En Granada y Valencia rendían culto a su
religión, practicaban la oración, los ritos y las abluciones y fortalecían su fe a través de sus
sacerdotes, los alfaquíes. La tensión social aumentó en el trato cotidiano ya que los cristianos viejos
se irritaban a causa de las vestimentas, el lenguaje y la comida. También tendían aislarse en
comunidades separadas de las demás. Los moriscos rechazaban la doctrina de la Trinidad y de la
divinidad de Jesús, y sentían gran repugnancia por el sacramento del bautismo.
Hubo muchos intentos por catequizar a los moriscos y algunos para acercarse a la cultura árabe
como los jesuitas pero en Aragón hubo una fuerte oposición a este programa misionero. Mientras
tanto los nobles presionaban constantemente a las cortes para que los moriscos quedaran libres de
las confiscaciones inquisitoriales.
Desde el principio, la legislación había intentado privarlo de todos los rasgos de su identidad
cultural, pero ellos mantuvieron una postura desafiante y proclamaron ser distintos: sus costumbres
hasta la forma de sentarse eran consideradas heréticas.
La legislación represiva se repitió en 1567. Las tensiones acumuladas durante dos generaciones
explotaron en la revuelta que comenzó la Nochebuena de 1568 en Granada y que pronto se extendió
a las Alpujarras. Fue una guerra salvaje en la que se cometieron atrocidades por ambos bandos, y la
represión militar fue brutal. Kamen señala que miles de moriscos murieron y más de 80.000 fueron
expulsados por la fuerza del reino y obligados a asentarse en Castilla. El final de la rebelión no
solucionó el problema. Los granadinos introdujeron en las comunidades castellanas una presencia
islámica que antes había sido desconocida en Castilla, que pasó de una población de 20.000 a una de
100.000 mudéjares de lengua árabe y cultura musulmana. Además, la amenaza militar se volvía una
evidencia: unos 4.000 turcos y bereberes habían venido a España a luchar al lado de los insurgentes
de las Alpujarras. El bandolerismo morisco llegó a su clímax en el sur de España durante la década
de 1560; tenían esperanzas milenaristas y deseaban liberarse de la opresión. Inevitablemente, viendo
la obstinación de los moriscos las autoridades se volcaron en una política represiva.
La Inquisición fue particularmente activa después de 1560, los moriscos fueron perseguidos y
juzgados. Para los moriscos los inquisidores eran como "lobos robadores, su oficio es soberbia y
grandia, y sodomía y luxuria y tiranía y rozamiento y sin justicia", y la Inquisición era un tribunal
"donde preside el demonio y tiene por consejeros el engaño y la ceguedad"
La amenaza morisca era poderosa y real ya que conspiraban con Enrique VI de Francia. En 1608, los
moriscos valencianos pidieron la ayuda de Marruecos, aunque retuvieron su identidad como
comunidad, su cultura activa se vio impelida a la clandestinidad bajo el peso de la confrontación.
Para poder coexistir con una religión mayoritaria, la ley musulmana permitió la práctica de la taqiya
o simulación, por medio de la cual fingían ostentar el credo establecido y al mismo tiempo practica
su propia fe.
Existía el convencimiento de que la población morisca estaba creciendo de una manera
incontrolable: entre Alicante y Valencia, por un lado, y Zaragoza por otro, una vasta masa de
200.000 almas moriscas penetraba el cuerpo de la España cristiana. En Granada hubo posteriores
expulsiones para contrarrestar el creciente número de moriscos. En Aragón había, en 1495, 5.674
moriscos, mientras que en 1610 su número había aumentado a 14.190 constituyendo ya una quinta
parte de la población total. En Valencia, los resultados de los censos de 1565 y 1609 sugerían que el
número de cristianos viejos había aumentado un 44,7 por ciento, mientras que los moriscos lo
habían hecho en un espectacular 69,7 por ciento. "Su intento era crecer y multiplicarse como las
malas hierbas", decía un escritor en 1612. Martín de Salvatierra recomendó la castración en 1587
como posible método de control.
La imagen del Morisco
Por el miedo a una posible invasión, la sospecha de conspiración con Francia, el crecimiento de la
población y la falsa conversión de los moriscos al cristianismo, hubo si un enfrentamiento entre los
valores mayoritarios de la población de España y los de una minoría étnica inasimilable.
Los moriscos fueron englobados en un grupo homogéneo, arquetípico y perfectamente identificable
que reunía dos características: "de un lado, se enfatizó el matiz conspiratorio, necesario para unificar
los fines perversos de la comunidad. Del otro, se afirmó un arquetipo de morisco o de "lo morisco,"
necesario para unificar y cosificar la comunidad, pudiendo así expulsarla, como un todo, del cuerpo
social"[6].
La literatura hecha por los cristianos desde la época medieval es una prueba testimonial de ciertas
actitudes discriminatorias que sirvieron para consolidar la hegemonía del cristianismo frente a sus
adversarios religiosos y militares. En Don Quijote se pueden visualizar los prejuicios que los
cristianos tenían ante los otros grupos religiosos y la representación de las imágenes que reforzaban
el estrato inferior de las comunidades minoritarias en la sociedad del siglo XVII, reiterándose así en
esta obra una serie de referencias y comentarios estereotipados sobre la figura del árabe.
La creencia en la superioridad cristiana se refleja en el capítulo VIII de la segunda parte del Quijote
cuando Sancho dice "cuando otra cosa no tuviese sino el creer, como siempre creo, firme y
verdaderamente en Dios y en todo aquello que tiene y cree la santa Iglesia Católica Romana, y el ser
enemigo mortal, como lo soy, de los judíos, debían los historiadores tener misericordia de mí y
tratarme bien" (II, 503). En este comentario de Sancho es evidente el enfoque negativo hacia la
figura del otro, quien aparece aquí representado con el nombre de judío. Es importante recordar que
ya las palabras "moro, judío o hereje" se usaban desde siglos anteriores para categorizar al intruso y
excluirlo de la sociedad cristiana, facilitando así el rechazo colectivo que estas comunidades llegaron
a experimentar.
Frente a la expulsión Cervantes también crea un personaje morisco, Ricote, que apoya la heroica
resolución le Felipe III "de hechar frutos venenosos de España, ya limpia, ya les embarazada de los
temores en que nuestra muchedumbre la mía".
Puentes Sanchez, quien realiza un abordaje del morisco desde la vision de Cervantes indica que en El
Quijote hay muchas otras referencias al carácter moro, ninguna buena: personajes maléficos
surgidos de la imaginación del caballero andante que también son moros, músicas árabes que suenan
cuando van a aparecer fuerzas del mal y curiosas y no muy positivas referencias a negros, judíos y
gitanos. También hay muchos recuerdos a la Reconquista y al motivo que la provocó: la historia del
último rey visigodo, don Rodrigo y la Cava, (puta, en árabe) hija del conde Don Julián, gobernador
de Ceuta, en la que éste abre las puertas del Estrecho a los árabes al saber que su señor natural ha
seducido a su hija, que estaba en Toledo, lejos de la protección paterna.
Sin embargo, si hay una constante, sobre todo en la 2ª parte, por el ya citado decreto de expulsión de
los moriscos, es la cantidad de veces que Sancho, y algún otro personaje, se enorgullecen de ser
"cristianos viejos", es decir, sin mezcla de sangre mora ni judía entre sus antepasados. En (I, 47, p.
733) Sancho Panza afirma de sí mismo: «aunque pobre, soy cristiano viejo y no debo nada a nadie
(...) y cada uno es hijo de sus obras» [7]
Siguiendo el analisis realizado por Corbalan ella señala el significado que tenía conquistar a una
mora, es decir, ello implicaba conseguir una victoria adicional frente al otro por medio de la posesión
del bien más preciado del enemigo: sus mujeres. Por ello, la conversión de Zoraida representa una
forma más de garantizar la expansión religiosa y otro triunfo del cristianismo frente al Islam: "quiero
que sepas que ella es cristiana, y es la que ha sido la lima de nuestras cadenas y la libertad de
nuestro cautiverio; ella va aquí de su voluntad, tan contenta, a lo que yo imagino, de verse en este
estado, como el que sale de las tienieblas a la luz, de la muerte a la vida y de la pena a la gloria" (I,
350).
Sin embargo, la primera impresión que causa Zoraida es de rechazo entre las mujeres de la venta, ya
que su apariencia física sigue siendo la de una mujer árabe. Esto provoca la pregunta que hace
Dorotea al cautivo con el objetivo de decidir si la aceptan o no en su grupo: "¿esta señora es
cristiana o mora? Porque el traje y el silencio nos hace pensar que es lo que no querríamos que
fuese" (I, 317). En este pasaje se ve nuevamente los prejuicios negativos que los españoles tenían
hacia los musulmanes. Estos prejuicios se perciben también cuando aparece por primera vez en Don
Quijote Ana Félix, la hija del morisco Ricote, y la van a ahorcar pensando que es un "turco de nación,
o moro, o renegado" (II, 857). No obstante, desde el momento en el que se descubre su identidad
femenina y su cristianismo, se convierte en objeto de deseo, exactamente al igual que ocurre con
Zoraida, pues la idealización de su belleza es tan extrema que "toda la gente de la ciudad, como a
campana tañida, venían a verla" (II, 861). Asimismo, de sus palabras se desprende un marcado tono
de odio hacia el resto de los moriscos, al describir e insultar a los turcos como "codiciosos e
insolentes" y al mencionar que los moros y turcos que viajaban con ella "no sirven de más que de
bogar al remo" (II, 859).
Estos son algunos ejemplos de cómo Cervantes plasma en su literatura la visión respecto del morisco
y se considera importante tenerlo en cuenta ya que las obras literarias habían sido utilizadas como
vehículos de publicidad y propaganda de la hegemonía española y cristiana en todo el mundo
LA EXPULSION:
La expulsión fue decretada el 4 de abril de 1609, y se llevó a cabo por etapas hasta 1614. Las
operaciones comenzaron en Valencia, que tenía la mitad de los moriscos de la península y que por lo
tanto era la provincia potencialmente más peligrosa. En total fueron expulsados unos 300.000
moriscos de una población peninsular estimada en 320.000. Aunque las pérdidas humanas de la
expulsión representaban poco más del 4 por ciento de la población de España, el impacto real de la
medida en algunas áreas fue muy severo. En las zonas donde los moriscos habían sido una amplia
minoría, como Valencia y Aragón, ocurrió inmediatamente una catástrofe económica; pero también
para los lugares en los que habían un número reducido: su ausencia significaba una dislocación
económica. Los ingresos de los impuestos bajaron y el rendimiento agrícola disminuyó.
Con el apoyo de la Inquisición, en el espacio de un siglo las autoridades realizaron una operación
radical para extirpar de España a dos de las tres grandes culturas de la península.
Para Kamen, los moriscos fueron acusados de ofensas contra la religión, y solo un pequeño grupo de
moriscos logró obtener permisos especiales y quedarse en España: se trataba en parte de la nobleza
bien asimilada y, en parte, de esclavos (Kamen, 1986. Pág. 199). Casi en su totalidad, la España
musulmana fue rechazada y arrojada al mar: miles de personas sin otro hogar que éste fueron
expulsadas a Francia, África y el Oriente. Fue el último paso para la creación de una sociedad cerrada
y completó la tragedia que se había iniciado en 1492.
La deportación, pese a su brutalidad, contemplaba algunas excepciones. Las mujeres casadas con
cristianos viejos, los niños menores de diez años, los ancianos y los minusválidos. Una parte de la
nobleza local valenciana se esforzó por evitar el éxodo, interesada en no perder unos vasallos
laboriosos que pagaban sus impuestos. La corte no atendió estas peticiones ni la de ciertos religiosos,
como Fray Juan de Pereda. Este intentó en vano convencer a Felipe III de que los moriscos
murcianos se habían integrado a la perfección en la sociedad cristiana.
Pasados unos años, los moriscos que podían regresaban clandestinamente a la península. Se
arriesgaban a ser descubiertos y condenados a remar en galeras. Cervantes incluyó uno de estos
casos en un capitulo del quijote en el que Sancho Panza encuentra a Ricote, antiguo vecino suyo. Al
reconocerle, el escudero le pregunta: "¿Cómo tienes atrevimiento de volver a España, donde si te
cogen y conocen tendrás harta mala ventura?". En su respuesta, el morisco expresa la nostalgia de
los suyos por la tierra perdida: "Donde quiera que estamos lloramos por España; que, en fin, nacimos
en ella y es nuestra patria natural". (Historia y Vida, Pág. 71)
A pesar de la propaganda oficial, no existen pruebas de que misión recibiera el apoyo de los
españoles. Fernández de Navarrete comentaba en 1626: "Es una política muy maligna del Estado que
los príncipes retiren la confianza a sus súbditos". (Kamen, Pág. 156)
Según Benassar (2005, Pág. 53) hasta el año 1640, el poder político de España, ya minada en muchos
aspectos, sigue siendo considerable. Felipe III (1598-1621), lamentable soberano, más hecho para el
convento que para el trono, deja gobernar al duque de Lerma y a una serie de ministros mediocres y
ambiciosos. La corrupción de la que da ejemplo el gobierno es imitada por los altos funcionarios, los
tribunales y los hombres de la Iglesia. Fuera de algunas decisiones sin gran alcance (creación en 1601
de una Comisión para una mejor percepción de los "millones", impuestos sobre el vino y el aceite, el
hecho principal es la expulsión de los moriscos que afectó primero a los del reino de Valencia (22 dé
septiembre de 1609), se extiende pronto a sus correligionarios de Andalucía (diciembre de 1609), de
Aragón (mayo de 1610), de Cataluña (marzo de 1611) y de Castilla (diciembre de 1611); en total se
expulsa de España a casi 275.000 moriscos —de los cuales más de 100.000 .pertenecen sólo a
Valencia, que buscan refugio en África del Norte (Marruecos, Oran); así se realiza la unidad religiosa
y se preserva la "pureza de sangre", pero al precio de una profunda decadencia económica de las
provincias meridionales de España.
Al respecto Amparo Felipo Orts[8]sostiene que esta expulsión obedece a una política de carácter
absolutista exigida por la unidad religiosa de la Monarquía, que pretendía acabar con la diversidad
de una minoría que había mostrado una recalcitrante resistencia a la asimilación.
CONCLUSIÓN
A través del desarrollo de este trabajo se puede visualizar el carácter "moderno" que adquiere la
Inquisición que se convierte en un instrumento del Estado absolutista español para eliminar la
diversidad cultural y hacer sentir su poder coercitivo ya sea mediante decretos, leyes o el ejercito.
Esto supone que no se trató de un fanatismo religioso católico y que, inevitablemente, la monarquía,
al deshacerse de una parte de sus súbditos más laboriosos, habría precipitado la decadencia
económica del país. Su existencia en la sociedad generó distintas representaciones, aunque para los
nobles significaba una mano de obra barata, no supieron hacer prevalecer sus intereses, aunque
algunos moriscos permanecieron como esclavos de esa sociedad marginal.
Este Estado para construir su identidad lo realiza por exclusión y, en este sentido, la literatura se
constituye como otra herramienta para publicar una imagen negativa del morisco en la sociedad
española y a la vez para imponer la superioridad cristiana
También se observa las estrategias que los moriscos implementaron para mantener sus costumbres
así como la violencia ejercida sobre su cultura.
BIBLIOGRAFÍA
BENNASSAR, BARTOLOMÉ Y OTROS, Historia Moderna, Cap. XVI, XVII, XVIII y XX, Editorial
Akal, Toledo, 2005
KAMEN, Henry. Cap 7. La sociedad marginal en La sociedad europea (1500-1700), Alianza,
Madrid, 1986.
KAMEN, Henry. La inquisición española. Ed
Felipo Orts Amparo, Monarquías rivales, Francia (1610-1661) y España (1598-1665) en
Floristán Alfredo, (coord.) Historia Moderna Universal, Editorial Ariel, Barcelona, 2005
Revista Historia y Vida N º 441. Pág. 64 al 71
Archivos en PDF
Bango Torviso Isidro G. Inquisición Universidad Autónoma de Madrid
Corbalan ,Ana Entre la aversión y el deseo: Aproximación a la mirada del otro en las
páginas de Don Quijote. University of North Carolina, Chapel Hill
Escudero, José Antonio. La Inquisición En España Catedrático de la Universidad Complutense
Director del Instituto de Historia de la Inquisición
Peña Díaz Manuel Libros permitidos, lecturas prohibidas (siglosxvi y xvii) en Cuadernos de
Historia Moderna Anejos
Míkel de Epalza Los moriscos antes y después de la expulsión. Biblioteca Virtual de Cervantes
Lic. Javier de la Puente Sánchez Los Moros En El Quijote Foro de Educación, n.o 9, 2007, pp. 37-45
Bartolomé Bennassa. La Inquisición De Aragón Y Los Heterodoxos en Rev. Zurita, 63-64. Pp.
87-92
Internet
Las revueltas de los moriscos ([Link]
[Link]
[Link]
=========================0
El decreto de expulsión de los moriscos del reino de Valencia fue firmado por Felipe III
el 19 de septiembre de 1609. No obstante, ocho días antes el rey dirigió Reales
Cédulas a los Consejos de las ciudades más importantes del reino valenciano (Alicante
entre ellas, tal como hemos visto) anunciando y justificando tal decisión.
A partir del día 22 del mismo mes, por orden del virrey Luis Carrillo de Toledo, marqués
de Caracena, fue publicado el Decreto Real en todos los lugares del reino de Valencia,
empezando por la capital.
Todos los moriscos del reino debían dirigirse a los lugares dispuestos para su
embarque en el plazo de tres días, amenazando con la pena de muerte a quienes
desobedecieran. Sólo podrían quedarse los que hubiesen observado una costumbre
cristiana desde hacía tiempo y pudieran probarla.
Se les permitía llevar consigo todos los bienes muebles que pudieran portar,
prohibiéndoles, también bajo pena de muerte, la destrucción de sus propiedades o
cosechas, que debían entregar a sus señores.
Se castigaría con pena de muerte a los cristianos viejos que permitieran quedarse a
algún morisco, ocultándolo, o escondiendo alguna parte de su hacienda.
Como excepción, se permitía quedar a seis familias moriscas de cada cien, repartidas
por señoríos, para evitar el deterioro de las haciendas y enseñar a los nuevos
pobladores el modo de cultivar los campos. Asimismo podían quedarse las familias
formadas por cristiano viejo y morisca; en el caso de que el matrimonio estuviese
compuesto por morisco y cristiana vieja, ella podría quedarse con sus hijos si eran
menores de seis años, pero el marido sería expulsado. También podrían quedarse los
morisquillos menores de cuatro años, si querían ellos y lo consentían sus padres.
EMBARCACIONES
Del mismo modo que Pedro de Toledo, marqués de Villafranca, llegó a Denia
comisionado para coordinar el embarque de los moriscos en este puerto, con idéntica
misión llegó a Alicante por esas mismas fechas Baltasar Mercader, hermano del conde
de Buñol.
ALEGRÍA MORISCA
Aunque la decisión de expulsar a los moriscos dejó de ser secreta semanas antes de la
publicación del Decreto Real, no fueron pocos los que se vieron sorprendidos por tan
drástica medida. Como aquel morisco ilicitano que, desconocedor de su inmediato
extrañamiento, compraba tierras junto al Vinalopó y las registraba ante notario aquel
mismo día 22 de septiembre.
Pese a todo, la noticia de su destierro forzoso fue recibida por la mayoría de los
moriscos con alivio y hasta con alegría. En su desesperación, imaginaban su vida en
Berbería sin opresión, libres para practicar sus costumbres y profesar abiertamente su
auténtica fe. En muchas aljamas el éxodo fue masivo, sin aceptar las excepciones
autorizadas por el rey.
Abundan los testimonios de aquella alegría, como el del obispo de Orihuela, quien
escribió al monarca el 3 de noviembre para expresarle su sorpresa por el modo como
los moriscos se aprestaban a marchar con júbilo, manifestando a las claras su ansia de
libertad: «que ya hablan con esta libertad», dice con asombro. También este obispo dio
testimonio de cómo muchos marchaban al destierro voluntariamente, sin acogerse a los
casos excepcionales. Como en Redován, donde «Pedro Masclou natural de Segorbe
hijo de cristiana vieja que comulgara desde pequeño, y Alonso Martinez q. por averse
criado desde pequeño en casa del señor de dicho lugar comulgava se embarcaron con
tanto gusto como los demas, no obstante que tenian certificatoria del Rector de cómo
comulgavan»; o en Novelda, donde Felipe Campos, que confesaba y comulgaba y
tenía licencia para llevar armas, por ser hijo de cristiano viejo y de morisca, se embarcó
disfrazado de mujer para evitar que se lo impidieran; o en Aspe, donde el señor había
retenido a la fuerza a sus vasallos más acaudalados, uno de los cuales, N. Alfafar, «q.
a sido siempre muy amigo de xpianos viejos, y ha tenido siempre muy honrrado trato, y
quando se publico el edicto de V. Magd dixo al Rector de Novelda q. el Rey nro. Señor
diga que hemos sido moros y q. lo somos dize mucha verdad, porq. en effecto jamás
hemos sido xpianos ninguno de nosotros por mas demostraciones q. hayamos dado
dello. Pero q. diga q. somos traydores no lo se yo, puede ser q. su Magd. no este bien
informado».
No sólo en Aspe fueron retenidos los moriscos ricos por sus señores. Lo mismo
hicieron otros barones del obispado oriolano, sin respetar el límite del 6% decretado,
según informaba el mismo obispo al rey en otra carta, fechada el 9 de octubre. El
párroco de Elda acompañó a los moriscos de esta villa «hasta la orilla del mar» y los
vio embarcar, pero «después q. estuvo en su casa quando pensava q. estarian en alta
mar vio venir muchos carros cargados con sus feligreses y los de Petrel», obligados a
regresar por el conde. Entre los que volvieron estaban «los mas finos moros de todo el
obispado». La mayoría no obstante logró marcharse al mes siguiente. Poco después
fue abrogada la disposición que autorizaba a quedarse al 6% de los moriscos.
Pero no fueron muchos los moriscos retenidos a la fuerza. La mayoría de los que
embarcaron durante los primeros días lo hicieron entre aires de fiesta. Se presentaron
en Alicante y en Denia cantando y tocando sus instrumentos, dando gracias a Alá por la
bienaventuranza de poder marchar a tierra de fieles.
En Dénia, al mando del marqués de Santa Cruz y durante los días 30 de septiembre, 1
y 2 de octubre, embarcaron 3.803 moriscos repartidos en 17 galeras de Nápoles. Al
mismo tiempo, otros 1.536, vasallos del duque de Borja y procedentes de la huerta de
Gandía, hicieron lo propio en una docena de barcos mercantes. El día 17 zarparon de
este mismo puerto otros 29 barcos mercantes con 4.587 moriscos de Vergel, Gata,
Pedreguer, Ondara, Miraflor, Setla y Mirarrosa.
Bajo las órdenes de Luis Fajardo y Pedro de Leyva, con la coordinación del comisario
Baltasar Mercader, embarcaron en la bahía de Alicante 2.978 moriscos de Elche,
Crevillent, Elda, Petrer, Novelda, Monóvar, Albatera y Relleu, en siete galeones y cuatro
navíos del Mar Océano; 1.789 en nueve galeras de Sicilia; 960 en las cuatro galeras de
Portugal y 2.516 en nueve barcos mercantes. En total, unos 8.000, según informó por
escrito el virrey a Felipe III el día 7. Arribaron a Orán a partir del 11 de octubre.
SEGUNDA EMBARCACIÓN
Pero a Agustín Mejía se le ocurrió la solución al percatarse de que los moriscos más
ricos preferían contratar navíos privados para marchar a África, por no fiarse de las
naves reales. Hacerlo así les costaba 75 reales por cada individuo mayor de 12 años, y
35 por los más jóvenes. Como medida de seguridad, quienes optaban por este
procedimiento depositaban el importe de sus pasajes en el banco de Valencia, el cual
no lo hacía efectivo en tanto el patrón no presentara un certificado de que sus
pasajeros habían llegado con bien a su destino.
En carta fechada en Dénia el 8 de octubre de 1609, Mejía ya pedía a Felipe III que las
naves se fletaran a costa de los moriscos ricos «si fuese posible, porque ay muchos
pobres y es menester que los ricos paguen por ellos y no todos lo quieren hazer, ni
tampoco se les puede apremiar a ello, pero hácese la diligencia, y quando no se
pudiese salir será menester cumplir alguna parte con la hacienda de V.M., que ésta
será lo menos que yo pudiese». Y añade el siguiente dato: el concierto que se había
hecho con los patronos de las naves, para el transporte de Berbería «es a diez reales
por persona, que, según el marqués de Santa Cruz dize y otras personas que
entienden desto, es precio moderado, aunque lo sienten los dueños de los nabíos que
les parece poco». Dos días después, en otra carta, Mejía comunica a Felipe III que
«salieron ayer seis nabíos en setecientas y tantas personas y estaban embarcadas 680
para salir, que la mayor parte habían pagado el flete».
A diferencia de los navíos oficiales, que ponían rumbo indefectiblemente a Orán, puerto
español donde desembarcaban a los moriscos, las naves privadas se dirigían a otros
puertos, como Argel o Túnez.
La segunda embarcación se produjo a lo largo de los últimos diez días del mes de
octubre de 1609 y desde los mismos puertos.
El día 22 volvió a partir el marqués de Santa Cruz del puerto de Dénia con 17 galeras y
3.406 moriscos de la actual provincia de Valencia. Entre el 22 y el 24 zarparon del
mismo puerto 15 barcos mercantes con otros 2.456 moriscos valencianos. En esos
mismos días, en el puerto de Alicante, embarcaron en nueve galeras sicilianas y cuatro
portuguesas 3.039 moriscos procedentes de Benilloba, Cocentaina, Muro, Aspe,
Redován y Orihuela. El 26 partieron también de Alicante y de Villajoyosa nueve barcos
mercantes con 5.654 moriscos de Monóvar, Granja de Rocamora, Cox y Orcheta.
TERCERA EMBARCACIÓN
En esta última embarcación los moriscos partieron de los puertos de Dénia, Alicante y
Vinaròs.
De nuevo el marqués de Santa Cruz zarpó de Dénia el día 2 de noviembre al mando de
16 galeras y 20 naves francesas con 3.819 moriscos.
De Alicante salieron los días 1 y 21 nueve galeras sicilianas con 2.120 moriscos y tres
galeras portuguesas con 399. En el mismo puerto, el día 4 embarcaron 3.225 moriscos
en siete galeones y cuatro naves de guerra, que partieron rumbo a Orán junto con 18
naves mercantes que llevaban otros 3.795 moriscos a bordo.
Según los datos de Jaime Bleda, recogidos por el historiador Henry Lapeyre, entre
septiembre de 1609 y enero de 1610 fueron embarcados 47.144 moriscos en Dénia,
30.204 en Alicante, 17.776 en el Grao de Valencia, 15.208 en Vinaròs y 5.690 en
Moncófar. Pero hubo embarcaciones posteriores y quizás por otros puertos, como
Santa Pola. De manera que es posible que fueran más de los 116.022 que dan Bleda y
Lapeyre.
PROHIBICIÓN DE VENDER
El decreto de expulsión autorizaba a los moriscos a vender sus bienes muebles, pero
los señores quisieron entender que la autorización comprendía tan sólo el ajuar de las
casas, y que por tanto el ganado y los granos quedaban para ellos. Esto originó graves
tensiones entre algunos señores y sus vasallos expulsos. Como el conde de
Cocentaina, famoso por su avaricia y crueldad, que retuvo a los moriscos de la aljama y
les robó dinero, ropas, joyas y caballos. Así lo denunció al virrey su comisionado el
doctor Nofre Rodríguez en carta fechada el 3 de octubre de 1609. Este comisario
virreinal advirtió al conde «que no le parecia bien tubiese tan oprimidos a los moriscos»
y le sugirió que «les dexassen libremente venderlos [sus bienes] para poderse prevenir
de lo necesario para su embarcacion». Al conde «paresciole esto una cosa fuerte
porque lo tenia ya todo como proprio», aunque acató la sugerencia del doctor
Rodríguez. Pero, pocos días más tarde, encontrándose éste en Benilloba, llegó allí un
correo con una carta del conde de Cocentaina, en la que le comunicaba triunfalmente
que la Audiencia había dado por buena la tesis de los señores. Como consecuencia, a
través de su procurador general, el conde de Cocentaina volvió a impedir que sus
vasallos moriscos vendieran sus bienes, arrebatándoles, además del ganado y los
granos, cuanto de valor tenían en sus casas.
El virrey también había hecho suya la opinión de los señores y, dos días antes de que
su comisionado Rodríguez le mandara su carta de denuncia desde Cocentaina, había
firmado la crida en que disponía la entrega de granos y ganados a los señores,
pretextando que los moriscos lo vendían a bajo precio, para poder así llevarse el dinero
en su destierro.
Simultáneamente, el rey reiteraba la autorización de vender todos los bienes muebles a
los moriscos, a buen seguro ignorando la crida del virrey, pero esta discrepancia se
resolvió en la práctica a favor de los intereses señoriales.
[Link]
No eran pocos los bandidos que asaltaban a los moriscos mientras se desplazaban a
las costas. El cronista Fonseca asegura que estaba «la tierra llena de los bandoleros
del Reyno, y aun de los de Aragon, y Cataluña, que cada dia acudian como moscas a
la miel». Y el virrey, marqués de Caracena, en su carta del 3 de octubre a Felipe III,
informaba de que aquellos forajidos habían matado a más de veinte moriscos en pocos
días.
Sin duda, tanto los bandoleros como los cristianos viejos que rapiñaban los huertos de
los moriscos que aún no se habían atrevido a abandonar sus casas, estaban
envalentonados al saberse impunes, no en balde hacían lo mismo que sus señores:
expoliar a los infieles, indefensos y en trance de ser expulsados.
Hubo sin embargo señores que escoltaron a sus vasallos hasta los puntos de
embarque, impidiendo así que fueran asaltados. Tal es el caso del duque de Gandía,
quien acompañó hasta Dénia a sus 5.500 vasallos. También Jorge de Cárdenas,
marqués de Elche, aparece en las crónicas y libros de historia como uno de los señores
que se portó con sus vasallos expulsos con humanidad, pero al parecer la realidad fue
bien distinta, según escribió Mario Martínez Gomis, profesor de historia de la
Universidad de Alicante, en el tomo IV de la Historia de la provincia de Alicante (1985):
«Un documento recién exhumado del Archivo Municipal de esta ciudad [Elche] revela lo
falso de la noticia difundida por Cristóbal Sanz en su crónica del siglo XVII. Este
escritor, enfiteuta a la sazón del señor y beneficiado con espléndidas parcelas entre
1611 y 1614, divulgó la historia, repetida después por otros escritores, acerca del
comportamiento ejemplar del noble con sus moriscos, acompañándoles paternalmente
hasta el lugar de embarque. Lo que no divulgó fue lo que hizo por el camino, tal y como
nos narra el documento en cuestión: expoliarles de todo cuanto llevaban encima». Por
desgracia, al no contar con notas a pie de página la obra citada, no figura la referencia
de tan curioso documento. Tan curioso y revelador que bien merecía la pena buscarlo
para que ilustrara este texto. Sin embargo, veinticuatro años después de su
publicación, el autor ya no guarda la referencia, por lo que resulta muy difícil hallarlo
ahora. El legajo se encuentra en alguno de los expedientes que, sobre los conflictos
habidos entre el marqués y el Consejo de la villa, hay guardados en el archivo
municipal ilicitano. Pero son tantos y tan voluminosos estos expedientes que, sin la
referencia, su búsqueda se antoja larga y ardua. Por supuesto, damos como seguro el
descubrimiento y la información del profesor Martínez Gomis, historiador serio y
riguroso, lamentándonos únicamente de no poder ofrecerle al lector la reproducción del
documento en cuestión.
ROBOS EN MAR
Algunos de los moriscos ricos que embarcaron en buques privados fletados a su costa
fueron robados por los patronos. Codiciosos del oro que portaban, estos patronos, en
su mayoría extranjeros, degollaron a los desterrados o los arrojaron al mar, después de
desvalijarles y violar a sus esposas e hijas.
Despreocupado de la animadversión que hacia los moriscos destilaba su pluma, fray
Damián Fonseca plasmó una amplia colección de estos hechos violentos acaecidos en
alta mar, en su Relacion de lo que passo en la expulsion de los Moriscos del Reyno de
Valencia, editado por primera vez en Roma en 1618.
CÁLCULO DE EXPULSADOS
Sabemos que, según Lapeyre, fueron 116.022 los moriscos valencianos que
embarcaron en los distintos puertos durante los tres meses que duró esta operación. A
ellos añade 5.500 que murieron antes de ser embarcados y unos 2.000 fugitivos. En
total y redondeando: 125.000 personas; lo que supone una cuarta parte de la población
valenciana.
SUBLEVACIONES MORISCAS
Para tranquilizar los ánimos de los moriscos, el virrey valenciano precisaba en el octavo
párrafo del bando de expulsión que se permitiría el regreso de diez de los desterrados
en la primera embarcación, para que garantizasen a los demás el trato respetuoso que
recibirían durante el viaje a Berbería.
=========================0