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Aspiración a un nuevo
humanismo
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R690
CH38 2017
Chávez, Ignacio, 1897-1979
Aspiración a un nuevo humanismo : Grandeza y
miseria de la especialización médica / Ignacio
Chávez. — Primera edición. — México :
El Colegio Nacional, 2017
44 páginas ; 11 × 17 centímetros. — (Opúsculos)
ISBN 978-607-724-235-2
1. Medicina como profesión. I. Título. II. Serie. IV.
El Colegio Nacional.
Primera edición: 2017
D. R. © 2017. El Colegio Nacional
Luis González Obregón 23
Centro Histórico
06020, Ciudad de México
ISBN: 978-607-724-235-2
Impreso y hecho en México
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Conferencia pronunciada en
el III Congreso Mundial de Cardiología,
celebrado en septiembre de 1958
en Bruselas.
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Vengo aquí con una viva sensación de in-
quietud, vecina del temor. Por primera vez
asisto a un congreso de cardiología para
presentar no un tema concreto de investi-
gación clínica o de laboratorio, sino un te-
ma general, mitad historia y mitad filosofía,
de nuestra rama médica. Yo no me hubiera
atrevido a tanto, sabedor de mis limitacio-
nes, pero fue el ilustre presidente de es-
te congreso, el profesor Rijlant, quien me
pidió que, junto a los centenares de temas
específicos que figuran en el programa, hu-
biese una hora destinada a discutir uno de
los problemas cruciales de nuestro tiempo:
el de la profunda transformación científica
y técnica de la medicina, con su consecuen-
cia inmediata: el auge de la especializa-
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ción, fecunda en realizaciones meritorias,
pero preñada también de riesgos.
Los peligros de la especialización
Es cierto que la especialización trae en su
interior una enorme fuerza expansiva de
progreso, responsable en buena parte del
avance espectacular que estamos presen-
ciando, pero también contiene el germen de
una regresión en el orden intelectual y es-
piritual. Especialización quiere decir frag-
mentación, visión parcial, limitación de
nuestro horizonte. Lo que se gana en hon-
dura se pierde en extensión. Para dominar
un campo del conocimiento, se tiene que
abandonar el resto; el hombre se confina
así en un punto y sacrifica la visión inte-
gral de su ciencia y la visión universal de su
mundo. Sufre con ello su cultura general,
que se ve obligado a soltar, como se suelta
un lastre; sufre después su formación cien-
tífica, porque deja de mirar la ciencia como
un todo para quedarse con una pobre pe-
queña rama entre las manos; sufre, por úl-
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timo, su mundo moral, porque el sacrificio
de la cultura constituye un sacrificio de los
valores que debieran fijar las normas de su
vida. Y en este drama del hombre de cien-
cia actual se perfila un riesgo inminente: la
deshumanización de la medicina y la des-
humanización del médico.
Quien sólo mire la carrera fulguran-
te de los avances que realiza la medicina
puede no percibir los riesgos severos que
esa carrera trae aparejados; puede no dar-
se cuenta de que estamos en un punto de
encrucijada, capaz de hacernos cambiar el
rumbo, y puede no percatarse de que las
conquistas y los avances materiales ten-
dremos, quizá, que pagarlos con una triste
moneda, todos, el médico, el enfermo y la
medicina misma.
Este es un problema real, no ficticio.
Constituye una de las grandes preocupa-
ciones de médicos, educadores y filósofos
de nuestro tiempo. En más de una ocasión
yo he expresado mi inquietud angustia-
da por esta situación, que no conocieron
nuestros abuelos. Como no soy filósofo ni
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historiador, me doy cuenta cabal de mi es-
casa autoridad para abordar el tema; pero,
como el problema me atañe en tanto mé-
dico y en tanto educador, he aceptado la
invitación y quiero presentaros una serie
de reflexiones que intentan despertar el
interés de todos, los viejos y los jóvenes.
Me importa, sobre todo, dirigirme a los jó-
venes porque ellos serán los que hagan la
medicina del futuro y de ellos depende el
sello que le impriman como ciencia; de
ellos también depende la forma de medici-
na que ejercerán mañana como profesión.
Yo sé muy bien que no está en el gus-
to de nuestra época una larga exposición
de ideas generales y que los médicos
habitualmente prefieren las aportaciones
concretas, los hechos nuevos, las técni-
cas audaces o las formulaciones matemá-
ticas que definan problemas no resueltos.
Esa actitud la comprendo; en el fondo todo
eso es bello. Conquistar una nueva ver
dad es como apoderarse de una estrella.
Además, da la sensación de poder o la em-
briaguez del triunfo, cosas ambas que es-
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tán a tono con el alma de la juventud. A
pesar de eso, yo os invito a sentirnos estu-
diantes de los tiempos helénicos y a pasear
juntos por los jardines de Akademos1 o del
Lyceo,2 mientras discutimos serenamente
algunas cosas generales de la medicina.
El auge de la medicina científica
Que estamos en un momento fascinante
de la evolución de la medicina es algo que
miran hasta los profanos; los avances lo-
grados en esta primera mitad de nuestro
siglo valen tanto como todo lo acumulado
en muchos siglos anteriores. Naturalmente
que ese avance prodigioso no hubiera po-
dido realizarse sin la obra de los que nos
precedieron. La ciencia actual estaba ya en
germen en la obra previa, pero el milagro
de la semilla no mengua en nada la majes-
tad del árbol.
1 Lugar a las afueras de Atenas donde enseñaba Platón, de
donde toma su nombre la escuela que él fundó: la Academia.
[N. del E.]
2 Gimnasio ubicado cerca de Atenas donde Aristóteles fundó
la escuela que lleva el mismo nombre. [N. del E.]
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Fue en este siglo cuando la medicina de-
jó de ser puramente clínica y la confronta-
ción anatómica dejó de ser suficiente. Llegó
un día en que se requirieron estudios minu-
ciosos de la función orgánica. Para lograr-
los entraron a la medicina, primero con
timidez, después tumultuosamente, la física
y la química, la biología y la matemática, y
con ellas entraron las técnicas complejas,
el instrumental de precisión y el rigor del
cálculo. Fue el auge del laboratorio y el co-
mienzo de una nueva era: la era de la in-
vestigación. Las ciencias llamadas de base
vinieron a cambiar el aspecto tradicional
de la medicina, tratando de sustituir el co-
nocimiento empírico por el científico y la
“casta observación” por el experimento de
laboratorio.
Es imposible trazar el límite preciso
que separa las dos épocas. Nunca en la
historia ha podido decirse dónde termina
una era y dónde empieza otra y tienen que
aceptarse límites convencionales. Aun en
los cambios más radicales, las eras se su-
perponen o se imbrican, como aconteció
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con la medicina medieval y la del Renaci-
miento, cuando Galeno seguía reinando en
la fisiología un siglo después de que Vesa-
lio había iniciado su revolución en la ana-
tomía. Si eso acontece en épocas que son
esencialmente opuestas, como el Medioe-
vo con su filosofía escolástica —hecha dog
ma— y el Renacimiento con su criterio
científico —hecho libre crítica—, mayor
dificultad existe para trazar el punto de
donde arranca la medicina científica y ex-
perimental de nuestros días.
Es que, en el fondo, no hay diferencia
esencial, sino cuantitativa; la medicina era
ya científica desde antes, particularmen-
te la del siglo xix. No puede pedirse rigor
científico mayor a las confrontaciones de
Laënnec ni a los experimentos de Claude
Bernard. La ciencia no pudo ser más rigu-
rosa en las manos de Pasteur y de Koch,
lo mismo que en las de Virchow, ni fue
nunca más desinteresada y certera que en
los experimentos de Roentgen. El cambio
no estriba, pues, en que nuestra medicina
sea científica y la otra no, sino en que aho-
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ra no es sólo un aspecto fragmentario o
un campo aislado los que se transforman,
sino que todos los campos de la medici-
na son atacados en forma científica, todos
están sometidos al método experimental
y en todos han entrado las ciencias llama-
das básicas para aclarar los problemas.
Las grandes aportaciones
de nuestro tiempo
Nadie podría negar que la cosecha ha si-
do extraordinaria, por no decir que fan-
tástica. Si nos limitamos sólo a nuestro
campo de la cardiología, vemos que en es-
ta mitad del siglo ha nacido la radiología
cardiovascular y ha alcanzado los refina-
mientos técnicos de la quimografía, la to-
mografía, la angiocardiografía selectiva
y la radiocinematografía; ha nacido la
electrocardiografía, con su aportación in-
mensa, particularmente en el campo de la
insuficiencia coronaria y del comporta-
miento mecánico por hipertrofias o sobre-
cargas, y ha nacido la exploración fecunda
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del cateterismo cardiaco, con todo lo que
enseña de presiones, de gastos y de flujos,
de respiración tisular y de metabolismo;
vemos que casi todo lo que se sabe sobre
las cardiopatías congénitas, las hiperten-
sivas y las pulmonares es cosa de nuestro
tiempo, como también lo es el conocimien-
to del infarto del miocardio, de las cardio-
patías carenciales y de las chagásicas; que
con nosotros ha nacido la cirugía del cora-
zón, el dominio de la sífilis cardio-aórtica
y de la endocarditis bacteriana, el control
de la actividad reumática sostenida y la
prevención de las carditis reumáticas me-
diante los antibióticos; que nuestro arsenal
se ha enriquecido con las estrofantinas de
Fraenkel, la ouabaína de Arnaud, los lana-
tósidos de Stoll y toda la gama de los hipo-
tensores, los diuréticos mercuriales y las
vitaminas, la medicación anticoagulante y
la antiarrítmica. Para qué seguir una enu-
meración interminable. La lista incluiría la
influencia de las hormonas, la acción de las
enzimas y el papel de los electrolitos, todo
ese mundo de conocimientos nuevos que
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nos han venido a aclarar causas y meca-
nismos en el capítulo del diagnóstico y que
nos han dotado de armas eficaces en el tra-
tamiento y la prevención.
Que se ponga la aportación actual en un
platillo de la balanza y se ponga en el otro
la aportación de los cincuenta siglos ante-
riores y se verá que no hay error en afir-
mar que la cosecha reciente es superior a
la antigua. Si hoy viniera aquí, a este con-
greso, uno de los grandes cardiólogos del
siglo pasado, Traube, Stokes o Potain, su
pasmo no reconocería límites. Empezaría
por no entender nuestro lenguaje técnico.
Lo que ellos no pudieron siquiera colum-
brar con todo su saber y su experiencia
hoy se ha vuelto noción fácil, al alcance de
cualquier estudiante de medicina.
La investigación científica
en marcha
El asombro por lo realizado en dos o tres
generaciones sería infinitamente mayor
al asomarse a lo que se está fraguando.
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La patología visceral que ellos conocieron
empieza a explicarse en términos de pato-
logía tisular y más tarde de patología de las
células; además de entidades específicas,
las enfermedades se están convirtiendo
en reacciones sistémicas; en el fondo de
la fiebre reumática, aparece la reacción
del tejido fibroblástico; en lugar de cau-
sas únicas —germen, producto tóxico o
carencia—, se descubren interacciones
complejas, choques alérgicos y acciones
enzimáticas; detrás de las lesiones orgá-
nicas, aparecen trastornos metabólicos,
profundos cambios bioquímicos o altera-
ción de las propiedades físicas de una cé-
lula o de una membrana, que alteran su
carga eléctrica, su recambio de sales o
su riqueza de iones. Al llegar al nivel del
átomo, la materia y la energía se confun-
den; el límite entre lo orgánico y lo funcio-
nal se vuelve borroso y toda la inmensa
máquina del organismo exhibe sufrimien-
to hasta en sus células y en sus electrones
cuando se establece una enfermedad. Al
asombro de nuestros visitantes se añadi-
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ría el gozo de mirar que sus hipótesis tie-
nen ya validez de teorías.
Nosotros, los que estamos asistiendo a
los cambios, vemos también con gozo los
avances, pero empezamos a mirar con an-
gustia lo que podría ser la medicina de ma-
ñana, el día en que las investigaciones que
están en fragua arrojen su respuesta. Co-
mo en los sueños de los alquimistas, no sa-
bríamos qué hacer con una medicina así,
transmutada y deshumanizada, converti-
da en piedra filosofal.
El advenimiento
de las especialidades
La investigación pura frente
a la investigación clínica
El resultado natural de esta masa impresio-
nante de conocimientos y de esta tecnifica-
ción de la medicina, de esta invasión de las
ciencias físicas, químicas y matemáticas,
ha sido el nacimiento de las especialidades.
Imposible que un hombre pueda conocer
ya, ni siquiera en sus aspectos esenciales,
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todo este mundo de la medicina. Imposi-
ble que pueda seguir sus rápidas transfor-
maciones. Imposible también que pueda
dominar todas las técnicas de estudio, tan
variadas y tan complejas. Como un signo
del tiempo, han nacido las especialidades,
que permiten a un hombre concentrarse en
un campo y ahondar en él, hasta dominar-
lo. Lo que fue un efecto del avance vertigi-
noso de la ciencia se convirtió después en
factor causal de ese progreso.
La ventaja de la especialización médi-
ca no puede ya discutirse ni en el aspecto
pragmático de la profesión ni como factor
de avance en el conocimiento. Cada espe-
cialidad ha realizado la investigación clí-
nica de su rama y todas pueden ufanarse
de haber contribuido con una gran masa de
aportaciones.
Pero la investigación del especialista se
agota pronto si éste la efectúa sólo como
clínico y como técnico, sin tener la prepa-
ración científica de base. Las grandes res-
puestas serán dichas en el lenguaje de la
física, la química y la biología, apoyadas
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en el rigor matemático. De aquí ha surgido
una querella que se perfila más cada día:
la de la investigación pura o de base frente
a la investigación aplicada de los clínicos.
Los sabios “puros” miran esta última con
desdén, por pragmática y por limitada en
sus alcances, y aun le niegan la categoría
científica, pretendiendo que no se aparta
mucho del conocimiento empírico.
Esto es un grave error que inhibe la co-
laboración entre los dos grupos. La inves-
tigación aplicada puede ser tan científica
como la otra, aunque ambas difieran en
sus metas y en sus resultados inmediatos.
Es cierto que la investigación desinteresa-
da es la que suele dar la clave de los gran-
des problemas científicos. Es cierto que la
fórmula de la relatividad de Einstein hi-
zo posible el estudio de la radiación ató-
mica y dio las bases para la mediación por
isótopos radioactivos; que el hallazgo de
Fleming hizo posible la fabricación de los
antibióticos y vino a resolver el tratamien-
to de las enfermedades infecciosas, y que
en la teoría de Planck, de los quanta, es-
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tá la verdad que ha de explicar un día los
procesos de oxidación en la vida celular
y la transformación de la energía química
en eléctrica, base de la actividad nerviosa,
o en energía mecánica, base de la activi-
dad muscular. Pero la investigación apli-
cada a la clínica, aunque habitualmente
sea modesta, no por eso es menos noble,
con tal que se la realice con método cien-
tífico. El experimento regulado en el ani-
mal de laboratorio no puede compararse
al experimento natural provocado en el
hombre por la enfermedad. Con tal de que
el investigador clínico tenga en cuenta las
variables numerosas y no caiga en falsas
esquematizaciones, puede lograr una ex-
perimentación tan rigurosa como la del la-
boratorio y del mismo valor científico.
Como prueba de lo anterior están los
aportes extraordinarios que debemos a la
investigación clínica. Mellanby se pregun-
ta con justicia qué sabríamos de las vita-
minas B2, C o D, de la insulina, la tiroxina
y los principios activos del hígado y del es-
tómago en la anemia perniciosa si la expe-
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rimentación no hubiese sido realizada por
los clínicos en el campo de lo patológico.
Habrá, pues, que reaccionar contra la
tendencia que se observa en las genera-
ciones jóvenes de considerar científica
sólo la investigación de laboratorio y de
mirar con desdén la de tipo clínico, co-
mo si fuese una forma de valor secunda-
rio. Es uno de tantos fetichismos que el
hombre de estudio crea, olvidando que
lo científico no depende del instrumen-
tal que se emplee, sino del método que se
siga, y que lo meritorio no estriba en el
método, por científico que sea, sino en la
idea creadora. Hay mucha investigación
de laboratorio que no vale nada por estar
vacía de contenido. Simel ha lanzado la
acusación de que “padecemos desde ha-
ce tiempo un culto fetichista del método
y consideramos de gran valor una aporta-
ción cualquiera por el solo hecho de que
el método sea impecable”, y aun hay es-
tudios que justifican la frase cáustica de
Chesterton de que “muchas investigacio-
nes le hacen pensar a uno en un ciego que
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busca en un cuarto oscuro un sombrero
negro que no está allí”.
En realidad, las dos formas de inves-
tigación no son extrañas y deben, al con-
trario, complementarse. Los estudios en
el campo de lo normal pueden hacerse al
mismo tiempo que los del campo de lo pa-
tológico; la observación se hermana bien
con la experimentación y las aportaciones
del análisis no son sino la etapa obligada
para llegar a la obra de la síntesis.
La formación científica
del especialista
Mas para que los especialistas, los cardió-
logos en nuestro caso, puedan participar
en ese movimiento conjunto, deben tener
una recia formación científica. Esa debe
ser hoy día una exigencia indispensable.
Ya no basta con ser buenos clínicos en el
sentido tradicional de la palabra. Eso pue-
de estar bien para los fines prácticos de la
profesión, pero la cardiología de hoy está
demasiado incrustada de ciencias exactas
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para que se la pueda dominar sin una sóli-
da preparación científica.
Vosotros no podéis aspirar a mucho como
modestos ingenieros sino hasta que hayáis
hecho las matemáticas y la física, de las cua-
les surge la verdadera interpretación de la
ciencia. Vosotros no podréis ser especialis-
tas sino hasta que seáis hombres de ciencia
decía Jacob Bronowski3 a sus alumnos.
Eso es lo mismo, exactamente, que debe
mos decir hoy a los que quieran especia-
lizarse en nuestra rama: “Vosotros no
podréis ser especialistas en cardiología si
no sois, al mismo tiempo, clínicos y hom-
bres de ciencia”.
Saber la clínica tradicional, dominar las
técnicas usuales, estar enterado de las doc-
trinas corrientes, eso basta para hacer un
cardiólogo práctico, pero no un especialis-
3 Jacob Bronowski (1908-1974) fue un matemático británi-
co conocido por su trabajo como divulgador científico. Su inte-
rés por la relación entre ciencias y humanidades se puede ver
en su libro El ascenso del hombre, originalmente una serie de
televisión producida por la bbc y Time-Life Films. [N. del E.]
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ta en cardiología. Los primeros son clíni-
cos en el noble sentido de la palabra, pero
de actividad circunscrita, clínicos de vue-
lo corto, muy útiles en la comunidad social,
pero que lo son menos en la comunidad
científica. Los verdaderos especialistas, en
cambio, son los que pueden hacer avanzar
los conocimientos de su ramo.
Esta exigencia de que el especialista sea,
además de clínico, hombre de ciencia no
entraña ningún desdén para la clínica tra-
dicional. El lugar de ésta es otro, muy alto
y muy noble. Me he referido al especialis-
ta capacitado para la investigación, pero
yo no pretendo que todos los cardiólogos
se consagren a ella. Pienso, como Sir John
Parkinson, que en todo hospital de catego-
ría, junto a los hombres de ciencia, debe
guardarse un lugar de honor para los clíni-
cos superiores, los que no son más que eso,
clínicos de saber y de experiencia, en cuyas
manos se prolongan las más bellas tradicio-
nes y descansan la confianza y la seguridad
de los enfermos. Ellos viven también su
ciencia especial, que hace vivir. Saben que
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con una cierta dosis de ciencia y una de ex-
periencia está salvado un hombre.
La ciencia frente al humanismo
Pero cuando este requisito de la doble pre-
paración sea satisfecho por los especia-
listas, surgirá aun más grave el problema
que ya se plantea con el auge de las cien-
cias: hablo de su divorcio con el humanis-
mo. Y mientras el especialista cultive más
su aspecto científico, el riesgo será mayor.
Surgirá en él la tendencia a la superespe-
cialización, que amenaza con romper el
criterio de unidad en la ciencia y que hará
inminente el divorcio con el humanismo. Y
no hay peor forma de mutilación espiritual
de un médico que la falta de cultura huma-
nística. Quien carezca de ella podrá ser un
gran técnico en su oficio, podrá ser un sa-
bio en su ciencia, pero en lo demás no pa-
sará de un bárbaro, ayuno de lo que da la
comprensión humana y de lo que fija los
valores del mundo moral. Y eso en un car-
diólogo es imperdonable.
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El humanismo no es un lujo ni un refi-
namiento de estudiosos que tienen tiempo
para gastarlo en frivolidades disfrazadas
de satisfacciones espirituales. Humanis-
mo quiere decir cultura, comprensión del
hombre en sus aspiraciones y miserias;
valoración de lo que es bueno, lo que es
bello y lo que es justo en la vida; fijación
de las normas que rigen nuestro mundo
interior; afán de superación que nos lle-
va, como en la frase del filósofo, a “igua-
lar con la vida el pensamiento”.4 Esa es la
acción del humanismo al hacernos cultos.
La ciencia es otra cosa, nos hace fuertes,
pero no mejores. Por eso el médico mien-
tras más sabio debe ser más culto.
Los humanistas del Renacimiento, hartos
del mundo bárbaro en que vivían socialmen-
te y hartos del mundo oscuro intelectual de
la Edad Media, hicieron el gran movimien-
to de liberación de las conciencias. Re-
montaron el río de la historia para buscar
contacto con la cultura helénica, buscaron
4 “Iguala con la vida el pensamiento” es un verso de la Epísto-
la moral a Fabio, de Andrés Fernández de Andrada. [N. del E.]
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inspiración en los grandes clásicos de la li-
teratura y la filosofía, y aprendieron a libe-
rarse del dogmatismo escolástico, usando
su razón. Se dieron cuenta de que el interés
mayor del hombre es el de asomarse sobre
el hombre, para conocerlo y comprender-
lo. Su visión cobró entonces la anchura del
mundo y pudieron gritar orgullosamente la
frase de Terencio: “Homo sum; humani nihil
a me alienum puto”.5
El mundo vivió entonces una hora de
milagro, que no volverá a repetirse jamás
en la historia, porque jamás volverá a ha-
ber la conjunción feliz de circunstancias
que la engendraron. En esa hora de mila-
gro, Leonardo da Vinci anuncia el prodigio,
mostrando lo que es “un hombre capaz de
cuanto pueda hacer criatura humana”; Co-
pérnico hace que nuestro mundo baje de
su trono geocéntrico y lo lanza a girar hu-
mildemente en su órbita; Vesalio inicia
la revolución de la medicina en contra de la
autoridad de los textos; Miguel Ángel plas-
5 “Hombre soy; nada de lo humano me es ajeno”. [N. del E.]
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ma otro mundo en la Capilla Sixtina y hace
que el mármol hable: “Parla! Perché non
parli?”;6 América surge del océano, pre-
sentida por Colón, y Asia se dibuja en el
horizonte, anunciada por Marco Polo y su-
jetada por Vasco da Gama, y la imprenta,
la gran renovadora, se encarga de difundir
por el mundo esta maravillosa conjunción
de rebeldías contra la vida medioeval y el
pensamiento escolástico.
Fue ese humanismo espléndido el que en
gendró nuestro mundo moderno; el que
en el orden intelectual nos lanzó a la bús-
queda de la verdad, interrogando a la na-
turaleza misma, y en el aspecto artístico
nos inculcó el amor a la belleza, libre del
pecado; el que en el orden espiritual nos
infundió la aspiración de ser hombres
universales y el que reivindicó, en el or-
den moral, nuestra dignidad superior de
hombres.
6 “¡Habla! ¿Por qué no hablas?” es lo que, según se cuenta, di-
jo Miguel Ángel a su escultura Moisés al terminarla. [N. del E.]
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Humanismo y medicina
Ese legado precioso es el que ha dado al médi-
co, a través del tiempo, su posición superior
y su autoridad frente a los enfermos, al hacer
de él un consultor y un guía, no sólo un mé-
dico. Su cultura le ha permitido la compren-
sión del problema humano que se encierra
en cada caso clínico, y comprensión signi-
fica empatía. El médico no es un mecánico
que deba arreglar un organismo enfermo co-
mo se arregla una máquina descompues-
ta. Es un hombre que se asoma sobre otro
hombre, en un afán de ayuda, ofreciendo lo
que tiene, un poco de ciencia y un mucho de
comprensión y simpatía. ¿Por qué hemos
de dejar perder ese aspecto fundamental,
humano, que no viene de nuestra ciencia, si-
no de raíces más hondas, de nuestra cultura
que nos fija un deber y de nuestra sensibi-
lidad que traduce, parafraseando a Péguy,
un impulso del alma hacia el bien?
Inútil la sonrisa del escéptico que crea que
con su técnica y su ciencia no necesita más
para dominar la cardiología. Ese hombre será
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un mutilado si no es también rico en cultura,
hondamente impregnado de humanismo, hu-
manismo iniciado desde antes de llegar a la
universidad, continuado a lo largo de todos
los estudios médicos y prolongado después,
indefinidamente, a lo largo de toda la vida.
La sonrisa escéptica podría, quizá, jus-
tificarse si se objetara que el hombre de
ciencia y el humanista adoptan a veces po
siciones opuestas y en cierto modo antité-
ticas. El humanista con la cara vuelta hacia
el pasado remoto y el científico viviendo só-
lo el minuto presente, ávido del último ha-
llazgo, desinteresado de los conocimientos
de ayer, ya superados. Esas situaciones ex-
tremas, por fortuna, no son la regla. El
hombre de ciencia que procediera así de-
mostraría que no merece tal nombre, al ig-
norar que la ciencia de hoy carece de base y
de sentido sin la de ayer, porque ella, según
la expresión de Sarton, “es la única actividad
humana que es acumulativa y progresiva”.7
7 George Sarton (1884-1956) fue uno de los fundadores de
la historia de la ciencia. La cita es de su libro The Study of the
History of Science. [N. del E.]
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No; por fortuna esas dos conquistas del
hombre, la ciencia y la cultura, no son
opuestas ni mucho menos excluyentes;
antes bien, se hermanan y se completan
armoniosamente cuando el hombre reúne
talento y sensibilidad.
El humanismo de nuestro tiempo
Ante esta situación, cabe preguntar cuál es
el humanismo que se preconiza como com-
plemento de la educación científica. ¿Es
el humanismo clásico?, ¿el que cultiva las
lenguas muertas, el que comenta los clási-
cos griegos y latinos y hurga en la historia
del pensamiento filosófico?
No es ése, seguramente. Sería un bello
ideal si los científicos pudieran llegar a un
refinamiento así de la cultura, recrean-
do el arquetipo del hombre universal. Eso
se ha vuelto imposible en nuestro tiempo,
que tiene mucho de vértigo. Ya no existe el
hombre omnivalente de esas dimensiones,
como lo fue Leonardo, que lo mismo pre-
paraba un tratado de anatomía en trein-
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ta volúmenes, que pintaba La última cena
o elaboraba cálculos para que el hombre
pudiese volar; o como lo fueron Alberti o
Fracastoro o Erasmo o tantos otros, que
lo mismo cubrían una cátedra de medicina
que una de lenguas o una de filosofía.
Nuestro tiempo ya no permite una om-
nivalencia así. El humanismo que perse-
guimos no es el tradicional y nostálgico,
como lo llama Laín Entralgo, que sólo mi-
ra hacia atrás. Cabe tener un humanismo
de nuestro tiempo dinámico y eficaz. “En
el principio fue el Verbo”,8 dice el Evange-
lio. Igual en nuestro caso: la raíz del hu-
manismo actual debe ser el conocimiento
de las principales lenguas vivas. A través de
ellas podremos asomarnos al pensamien-
to de razas y países que no son los nuestros
y beber la información de las fuentes mis-
mas. Recibiremos, de paso, la lección de
humildad de que la ciencia y la cultura no
terminan en las fronteras de nuestro país.
El mundo entero bulle, el mundo entero
8 Así comienza el evangelio de Juan. [N. del E.]
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trabaja y crea. ¿Cómo seguir aislados, igno-
rándonos, dueños y prisioneros a la vez de
nuestra propia lengua? Para los fines cien-
tíficos eso constituye una limitación por ig-
norancia y para los fines humanos eso nos
empuja a la incomprensión, forma primera
del desprecio. Ya a mediados del siglo xviii
protestaba Sénac:
El prejuicio nacional —decía— domina hasta
a los mismos sabios; muchos se imaginan que
el genio y el saber son exclusivos de su país y
que las otras naciones están condenadas por
la naturaleza a la esterilidad. Esta vanidad
quizá sea útil a los Estados —agregaba—
pero es algo que degrada el espíritu.9
Por todo ello pienso que en el mundo de
la inteligencia no basta con la propia len-
gua y que, si el hombre de ciencia ha de
ser culto, debe empezar por cultivar las
lenguas.
9 Jean Baptiste Sénac (1693-1770) fue un médico francés au-
tor del Traité de la structure du cœur, de son action, et de ses
maladies, de cuyo prefacio se cita este fragmento. [N. del E.]
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Siendo una aspiración eterna, la cultu-
ra no es una cosa universal y estática, sino
que cambia y se modela según el tiempo y
el lugar. De aquí que el conocimiento de
la historia sea un requisito esencial del
humanismo contemporáneo, historia am-
plia, de los pueblos, de la civilización y del
pensamiento del hombre. A nosotros, mé-
dicos, nos interesa además y en forma de-
cisiva la historia de nuestra rama, que nos
muestra la evolución de las doctrinas mé-
dicas. Jacobi decía a sus alumnos:
De igual modo que sin el conocimiento de la
historia de vuestro país no podéis entender
su estructura y sin el conocimiento del em-
brión no podéis seguir cabalmente el desa-
rrollo del cuerpo, así, sin el conocimiento de
la historia de vuestra ciencia o de vuestro
arte, no seréis nunca ciudadanos de vuestra
profesión.10
10 El autor cita el discurso “The Modern Doctor”, de Abra-
ham Jacobi (1830-1919), dictado en la ceremonia de gradua-
ción del Washington University Medical Department en 1905.
[N. del E.]
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Como una imposición de la cultura, el hom-
bre debe después sumergirse en el mundo
en que vive, sintiéndose no un extraño y ni
siquiera un puro espectador de la realidad
social que lo rodea. Que sea apenas un áto-
mo de ese mundo, si se quiere, pero vivo y
vibrante; una energía creadora de su tiem-
po; porque no se concibe la cultura en di-
vorcio con la vida misma ni un humanismo
genuino que se desinterese de los proble-
mas del hombre.
Y cuando ya se tenga todo eso, el cono-
cimiento de las lenguas y el de la historia
en su mayor anchura, cuando ya se co-
nozca la realidad social y se tenga interés
por la hora en que se vive, el humanismo
de nuestro tiempo quedaría triste y mate
si el hombre no puliera su espíritu con las
lecturas selectas, con la frecuentación de
los clásicos modernos, con el amor de la
belleza —palabra, música o plástica— y
con la reflexión sobre los temas eternos de
la conducta —el deber, el amor, el bien—,
formas todas de sublimar el alma frente
a la dura realidad de vivir. La marcha por
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esos caminos ásperos de la perfección nos
lleva a un punto, el mismo adonde llegaron
los humanistas clásicos: el de saber que
la preocupación máxima del hombre de-
be ser el hombre mismo, para estudiarlo y
comprenderlo, con todo lo que eso implica
de interés por su vida y de respeto por su
esfuerzo creador.
Ese es el humanismo que debemos fo-
mentar en nuestro tiempo, humanismo
tanto más hondo y apasionado cuanto ma-
yor sea la limitación impuesta por una
educación científica exigente y unilateral.
Esa es la dosis indispensable para el es-
pecialista de hoy; la que le enseña que lo
importante no es saber, sino comprender,
comprender al hombre, comprender el
mundo, comprender su posición en la vida;
la que, además, le ayuda a desarrollar el
don de simpatía con que debe aproximarse
al enfermo. Como por un efecto cataliza-
dor, el humanismo proyectado en la cien-
cia invita al hombre a huir del aislamiento
egoísta y le empuja a trabajar noblemente
en colaboración, a la vez que le ofrece una
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fórmula para contrarrestar, en buena par-
te, los daños que surgen de la especializa-
ción: el hombre de ciencia que se aísla de
los otros hombres, la especialidad que se
separa de las otras especialidades, la me-
dicina que se aleja de las otras ciencias y
la ciencia que se divorcia de la cultura.
El humanismo, correctivo
de la deformación científica
Esa situación de aislamiento y de divorcio
se acentúa cada día más. Las generacio-
nes jóvenes parecen no haberlo adverti-
do. Yo he podido mirarla de cerca porque
llevo muchos años dedicado a eso, a la for-
mación de especialistas en cardiología. En
casi todos ellos se advierte un afán apasio-
nado por dominar la técnica más que por
apropiarse del método y con facilidad se
les ve desarrollar el culto de los aparatos
más que la pasión por las ideas científicas.
Es el error característico de nuestra épo-
ca, que señala Samuel Ramos, de elevar
los medios a la categoría de fines: “Ante los
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maravillosos resultados de la técnica —di-
ce— el hombre de ciencia cae de rodillas
ante ella, olvidándose de que es un simple
medio”.11 En cambio, las doctrinas genera-
les importan menos a los jóvenes y los pro-
blemas de la cultura suelen interesarles
menos aun.
Es posible que surja de nuevo la sonri-
sa del escéptico, pensando que hay en es-
to una exageración y que la cultura, siendo
estimable, es más un adorno que una ne-
cesidad para el especialista médico. Yo,
en cambio, la considero tan imperiosa co-
mo la propia disciplina científica y por eso
digo con toda convicción a mis alumnos:
“Vosotros no seréis buenos cardiólogos
mientras no seáis hombres cultos”. Forma
nueva de repetir la vieja sentencia de Pa-
racelso en el siglo xvi: “Es burda cosa para
un médico llamarse médico y hallarse va-
cío de filosofía y no saber de ella”.12
11 Samuel Ramos (1897-1959) fue un filósofo mexicano
miembro de El Colegio Nacional. El autor parafrasea un frag-
mento de su obra Hacia un nuevo humanismo. [N. del E.]
12 Paracelso (1493-1541) fue un médico, alquimista, astróno-
mo y filósofo suizo. Para él, la medicina se apoyaba en cuatro
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El espíritu humanista imbuido en el hom
bre de ciencia le obliga a huir del pragma-
tismo puro como filosofía de la medicina y
le fuerza a no contentarse con los hechos
sin ahondar en su explicación, a no atas-
carse en los datos acumulados sin buscar
la doctrina que los integre. Esa actitud
ayuda a despejar uno de los grandes pro-
blemas de nuestra medicina actual, frag-
mentada, desarticulada, rica en hechos y
pobre en teorías. Antes sobraban las doc-
trinas y faltaba el soporte de los hechos.
Hoy que aprendimos la lección del “saper
vedere”,13 hoy tenemos hechos sobrados y
pocas doctrinas generales. Abundan los
hombrecillos del análisis y nos faltan hom-
bres superiores que elaboren las sínte-
sis, cuando el verdadero espíritu científi-
co estriba justamente en alternar ambas
cosas.
columnas: la filosofía, la astronomía, la alquimia y la virtud.
Así lo expone en su obra Paragranum, de donde está tomada
esta cita. [N. del E.]
13 “Saber ver” es un lema de Leonardo da Vinci (1452-1519),
para quien la observación metódica era un medio para obtener
conocimiento. [N. del E.]
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Las investigaciones analíticas —dice Sar-
ton—, si no son seguidas del intento de sín-
tesis, degeneran necesariamente en crudo
empirismo, y las construcciones sintéticas sin
contacto experimental periódico degeneran
necesariamente en estéril dogmatismo.14
El espíritu humanista imbuido en el cien
tífico le impide poner en la ciencia una fe
mítica, creyéndola de valor absoluto, y le
ayuda a comprender, humildemente, la re-
latividad de ella y a admitir que la cien-
cia no cubrirá nunca el campo entero de
la medicina: que, por grandes, por des-
mesurados que sean sus avances, queda-
rá siempre un campo muy ancho para el
empirismo del conocimiento, para la “cas-
ta observación” de nuestros antepasados.
Si todas las reacciones orgánicas pudieran
llegar un día a ser medidas, registradas y
aun reproducidas en el laboratorio, queda-
rán siempre fuera del control riguroso de
la física y de la química las reacciones psí-
14 La cita es de su libro Introduction to the History of Scien-
ce. [N. del E.]
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quicas del enfermo, sus sufrimientos y su
angustia, como también quedará fuera el
oscuro factor genético, que nos gobierna
desde el fondo del tiempo.
Si no es de preverse que todo eso quepa
dentro del rigor de una fórmula matemáti-
ca y si el que sufre es un hombre y no una
máquina o una retorta de laboratorio, ha-
brá siempre lugar para que el clínico diga
su palabra y conduzca la medicina del fu-
turo como la ha conducido hasta hoy. Por
eso no debe abdicar de sus altos valores
humanos y debe enriquecer porfiadamen-
te su cultura. Si por exigencia del tiempo
gira su especialización hacia la ciencia pu-
ra, su humanismo le ayudará a inclinarse
con humildad ante la inmensidad de lo que
ignora. Poco antes de morir decía melan-
cólicamente Newton, uno de los gigantes
del pensamiento científico:
Ignoro cómo pueda yo aparecer ante el mun-
do; pero para mí, me parece haber sido como
un niño que juega en la playa y se divierte
encontrando un guijarro más liso o una con-
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cha más hermosa que las otras, mientras
que el gran océano de la verdad ha quedado
ignorado para mí.15
Creo que es tiempo de detenerse. Mien-
tras paseábamos por el jardín de Akade-
mos discutiendo estas cosas generales de
la medicina, ha caído la tarde. El sol se ha
puesto del lado del Pireo y sólo se ve, co-
mo una claridad, mitad rosa y mitad oro,
la colina sagrada de la Acrópolis.16 Por for-
tuna, esa luz es bastante para guiar nues-
tros pasos.
15 Así lo narra Sir David Brewster en The Life of Sir Isaac
Newton. [N. del E.]
16 Recinto fortificado en la parte más alta de la ciudad de
Atenas donde, entre otros edificios, se encuentra el Partenón.
[N. del E.]
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Aspiración a un
nuevo humanismo
se terminó de imprimir
en el mes de septiembre de 2017
en los talleres de Offset Rebosán,
S. A. de C. V., Acueducto 115,
14370, Ciudad de México.
Para su composición se utilizó
la familia tipográfica Surveyor.
Impreso en papel Snow Cream de 60 g.
El tiraje consta de 1 500 ejemplares.
Dirección y cuidado editorial:
Alejandro Cruz Atienza
Coordinación editorial:
María Elena Ávila Urbina
Diseño editorial:
León Muñoz Santini
Maquetación:
Sandra Gina Castañeda Flores
Corrección:
Daniela Ivette Aguilar Santana
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