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Cronica

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HÉCTOR CEBALLOS GARIBAY

FRANCISCO
J. MÚGICA
C RÓNICA P OLÍTICA DE UN R EBELDE

[Link] 5 24/08/2007, 08:33 p.m.


Primera edición: 2002

Derechos reservados conforme a la ley

ISBN 968-476-

© Distribuciones Fontamara, S.A.


Av. Hidalgo No. 47-b, Colonia del Carmen
Deleg. Coyoacán, 04100 México, D.F.
Tels. 5659l7117 y 5669l7978 Fax 5658-4282

Impreso y hecho en México


Printed and made in Mexico

[Link] 6 24/08/2007, 08:33 p.m.


A José Ceballos Maldonado,
in memoriam.

A Eduardo y Rosalba.

A Magui .

Agradezco a Mayolo López


sus comentarios a este libro.

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Yo no soy un político.
Dicen los que se acercan a mí,
que mi símbolo es el chayote:
tengo espinas por todas partes.

F. J. Múgica

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PRÓLOGO

En términos generales puede decirse que la historia ha sido escrita, a


su manera y para su gloria, por los hombres y grupos que han salido vic-
toriosos de las contiendas bélicas y políticas: los jerarcas de los Esta-
dos y las oligarquías que conforman las élites del poder. Una de las múl-
tiples consecuencias de esta imposición discursiva es la existencia de
dos tipos de saberes: por un lado, la historia oficial y mistificada que se
enseña obligatoriamente en las escuelas; y, por el otro, la diversidad
de historias subterráneas y marginales que permanecen relegadas y si-
lenciadas por la ideología dominante de cada época específica.
A tal grado resulta cierta esta apropiación y manipulación de la “in-
terpretación histórica” por parte de los discursos oficiales, que por ejem-
plo todo el complejo entramado social del siglo XIX aparece reducido a
la confrontación política entre los liberales y los conservadores (a quie-
nes se estigmatiza como vendepatrias). Una simplificación aún más grave
ocurre en el caso de la versión histórica institucional de la Revolución
Mexicana, la cual convierte en héroes de la patria con similar jerarquía
histórica y moral a Madero, Carranza, Villa, Obregón, Zapata, Calles,
Cárdenas, etc., olvidándose que estos líderes revolucionarios tuvieron
enormes diferencias ideológicas y políticas entre sí, que unos salie-
ron triunfadores y otros derrotados del conflicto armado, y que en el
transcurso de ese convulso proceso histórico abundaron las pugnas de
poder, los odios mutuos, y las traiciones y los asesinatos entre ellos.
Así las cosas, con el propósito de huir de estos maniqueísmos carac-
terísticos de la “historia patria” y teniendo como objetivo indagar más
acerca de esa “otra historia” tan menospreciada por la historiografía ca-
nónica, considero que es justo y necesario rescatar del olvido histórico
a Francisco J. Múgica, un individuo cuyas cualidades personales y mé-

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ritos como revolucionario y funcionario público lo convierten, por un
lado, en un caso sui generis de la política mexicana, y, por el otro, en
un referente que puede servirnos para dilucidar el tipo de virtudes que
deben poseer aquellos hombres y mujeres que se dedican a la praxis po-
lítica, concebida ésta no como el ejercicio egocéntrico del poder por el
poder sino como una actividad profesionalizada y eficiente cuya priori-
dad es contribuir al bienestar de la comunidad.
En efecto, más que situar a Francisco J. Múgica (1884-1954) en el
panteón dorado de los héroes patrios, lo que interesa es proporcionar una
respuesta al interrogante de porqué un hombre que fue uno de los au-
tores de la Constitución de 1917, gobernador de Tabasco, Michoacán y
Baja California Sur, secretario de Estado durante el sexenio cardenista,
y artífice junto con Lázaro Cárdenas de la expropiación petrolera, pasó
los últimos años de su vida alejado de la clase política en el poder y con-
vertido en un infatigable opositor al modelo económico y al régimen po-
lítico que finalmente se impusieron en el país a partir del viraje derechista
de los años 40.
De cara a los cruentos vaivenes y las recurrentes traiciones que son
parte consustancial de la historia de la Revolución y la posrevolución,
resulta pertinente rescatar el perfil ético-político de un hombre que per-
maneció fiel a sí mismo, que siempre fue vertical y consecuente con su
ideario político, y que se distinguió por su probidad como administra-
dor de los bienes públicos y por ser un funcionario incorruptible.
Si bien es cierto que a partir de sus ideas igualitarias puede ubicarse
a Múgica como uno de los representantes del ala radical del movimien-
to insurgente (una filiación ideológica que compartió, cada uno a su
manera y en su contexto, con Salvador Alvarado, Adalberto Tejeda,
Felipe Carrillo Puerto y Lázaro Cárdenas), igualmente debe precisarse
que de todos los izquierdistas revolucionarios fue él, sin duda, el más
apegado a los ideales democráticos y liberales inscritos en la Carta
Magna, un documento del cual se sentía orgulloso.
Al emprender esta crónica política de Múgica no sólo quise enfati-
zar su vertiente democrática –comúnmente soslayada por los historiado-
res–, sino que también me interesó desmentir todos aquellos mitos y pre-
juicios que insisten en caracterizarlo como una personalidad carcomida
por la intolerancia anticatólica y el fanatismo político. Tal como se re-
lata a lo largo de este texto, Múgica no fue una persona antirreligiosa,
sino más bien un ferviente partidario de la libertad de cultos y del Esta-
do y la educación laicas. Ciertamente poseía un carácter poco flexible
en el arte de la negociación política y obstinado a la hora de seguir sus
convicciones, pero asimismo es verdad que su respeto irrestricto al Es-

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tado de derecho y su aprendizaje a partir de incursionar en los proble-
mas concretos de la vida lo vacunaron contra los virus del fanatismo y
el dogmatismo.
Desde una perspectiva weberiana, el estilo político de Múgica se en-
cuentra más cerca de una praxis moralista basada en la ética de convic-
ción (regida por principios) que de la ética de responsabilidad (susten-
tada en los resultados), y es por ello que contrasta en forma tan radical
con las prácticas públicas de la mayoría de los políticos que han gober-
nado este país, quienes generalmente han tenido como única preocupa-
ción la de conseguir éxitos personales o cupulares a fin de agrandar su
riqueza o su gloria particulares. Incluso si se le compara con Lázaro
Cárdenas, gran maestro en el arte de la política maquiavélica (entendi-
da ésta como la habilidad para conseguir y conservar el poder) y hom-
bre honrado como pocos, son notables las diferencias que existieron entre
los dos generales michoacanos en cuanto a la manera de concebir la
relación compleja entre los fines y los medios. Francisco José, dada su
férrea personalidad y su apego escrupuloso a las normas éticas, chocó
frontalmente con las mañas y artimañas de los políticos tradicionales. Así
entonces, prefería pecar de utopismo cuando iba en pos de sus ideales,
que incurrir en un pragmatismo (realpolitik ) que pudiera llevarlo tarde
o temprano hacia el extremo de la política cínica, esa que recurre a cual-
quier medio sin plantearse reparo moral alguno y cuyo único fin no es
otro que satisfacer intereses egoístas y megalómanos.
Tal como lo demuestra la propia biografía de Múgica, quien murió
al margen de los fastos del poder y con la certeza dolorosa de que la Re-
volución Mexicana había sido traicionada, ocurre frecuentemente en este
país que todo aquel individuo (tales como Felipe Ángeles, Adolfo de la
Huerta, Salvador Alvarado) que privilegia los principios y las convic-
ciones sobre las componendas políticas y las prácticas oportunistas tie-
ne a la postre que pagar un precio muy alto y hasta funesto. En este sen-
tido, quise aprovechar el ilustrativo ejemplo de su vida para abrir la
discusión en torno al desafío inmenso que enfrentan las nuevas genera-
ciones de políticos al momento de buscar el justo medio ideal: aquel que
evite los extremos del sectarismo y el cinismo, es decir, un camino
que desemboque en una praxis racional-democrática capaz de sustentarse
en criterios tan primordiales como: la preocupación por el bien común,
la referencia permanente a valores y derechos universales, el análisis ob-
jetivo de la realidad concreta y cambiante, y el aprendizaje de la tole-
rancia entendida como el respeto y la convivencia pacífica con los que
piensan y actúan en forma distinta a nosotros.

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A efecto de ponderar mejor la contribución histórica del general
Múgica y a fin de poder derivar de su peculiar perfil ético-político cier-
tas lecciones que puedan conducirnos a la creación de nuevos paradigmas
de acción política, fue necesario realizar una reconstrucción amplia del
contexto histórico específico que enmarcó su vida. Es precisamente a la
luz de este marco histórico general, que abarca el ocaso del porfiriato,
la Revolución y la posrevolución, donde adquiere toda su enorme riqueza
el personaje michoacano, quien no sólo merece ser mejor conocido y
comprendido como hombre público y revolucionario, sino que, debido
a su peculiar talante moral y político, me sirvió como un excelente con-
trapunto para ofrecer en este libro una historia particularmente crítica de
la génesis y consolidación del sistema político mexicano.
Y si alguna virtud puede encontrarse en esta crónica política d e
Múgica, ella no reside en la aportación de nuevos y reveladores conoci-
mientos acerca de su vida y obra, sino en la interpretación crítica que se
hace tanto del personaje como del ámbito histórico al que perteneció.
En efecto, debido a que son muy pocos y escasamente significativos los
datos que podrían desempolvarse de los archivos históricos, me concentré
en una investigación principalmente bibliográfica, pues lo que requiere
el prócer michoacano no es tanto descubrir detalles biográficos comple-
mentarios, sino más bien formular planteamientos históricos y socioló-
gicos novedosos que contribuyan a iluminar y aquilatar mejor su lega-
do histórico.
Tal como lo sugiere la denominación crónica política, circunscribí
este estudio al relato de la vida pública del general Múgica, y por ende
no abordé todas aquellas cuestiones que se refieren a su mundo privado
y el de su familia. Dada la enorme importancia de la relación entre Fran-
cisco J. Múgica y Lázaro Cárdenas (sus luchas comunes, su afinidad
ideológica, sus desencuentros políticos y su reconciliación final), el li-
bro trata con particular extensión la historia del cardenismo, e incluso
extiende su relato hasta la muerte de don Lázaro en 1970, fecha
conclusiva que me permitió hacer una última consideración tanto sobre
el proyecto revolucionario que amalgamó a los dos generales
michoacanos, como en torno a las causas que llevaron a la derrota a esa
utopía política que tuvo su mejor momento y su razón de ser en el México
de los años 30.
Por último, es conveniente aclarar que para hacer la crónica política
de este inveterado y paradigmático rebelde que fue Francisco J. Múgica,
no elegí la exposición histórica de corte tradicional y académico, sino
que preferí una forma discursiva más libre y heterodoxa que igual recu-
rrió, según fueran las necesidades del caso, al uso de técnicas narrati-

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vas, al recuento histórico, a la crónica periodística y, sobre todo, al en-
sayo sociológico, un género que me permitía hacer reflexiones críticas
a la hora de referir los hechos históricos que constituyen el sustento de
este libro.

Sés Jarháni, Uruapan, Mich., octubre de 2001.

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I. EL ANTIGUO RÉGIMEN

EL CREPÚSCULO

Fue en el transcurrir de la segunda mitad del siglo XIX que aconteció


en Europa el triunfo definitivo de la sociedad moderna sobre las ruinas
del orden feudal. El resultado de este complejo y prolongado proceso
histórico –el cual se remonta a la época del Renacimiento– tuvo una tri-
ple dimensión sociológica: la hegemonía del universo urbano-industrial
a costa del mundo agrario-rural, la expansión del mercado mundial ca-
pitalista y el desarrollo apoteótico de la ciencia y la técnica.
A manera de sustento ideológico de la nueva “era capitalista” surgió
la filosofía positivista, concepción cientificista del mundo que encontró
fundamento en la crítica radical de la metafísica medieval, y en la rei-
vindicación del método experimental y de los “hechos” empíricos en
tanto que instrumentos infalibles en el camino hacia el conocimiento
verdadero. Así pues, las teorías positivistas, biologicistas y organicistas
(Comte, Spencer, Morgan, etc.) contribuyeron, voluntaria o involun-
tariamente, a crear la cosmovisión ideológica que le confirió legitimi-
dad a esa nueva realidad histórica caracterizada por la explotación im-
perialista de las colonias, la voraz competencia entre los monopolios y
la aparición progresiva de la sociedad de masas.
En México, luego de la victoria de Porfirio Díaz en 1876 con el Plan
de Tuxtepec, el positivismo se convirtió igualmente en el clima espiri-
tual que le otorgó razón y sentido al prolongado periodo dictatorial co-
nocido como el porfiriato. Por razones históricas particulares, en este país
la filosofía positivista floreció en un contexto de lucha política e ideo-
lógica de la élite intelectual porfirista, los “científicos”, en contra de la
generación precedente, los liberales, acusados de haber conducido a

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la sociedad mexicana a un estado de perpetua guerra civil, crisis social
y anarquía.
De esta forma, el positivismo, aderezado con la hipótesis darwinis-
ta del triunfo fatal del más fuerte, se convirtió en el basamento intelec-
tual de un régimen que al mismo tiempo que despreciaba a la democra-
cia como forma de gobierno, postulaba a la “tiranía honrada” como la
única manera eficaz de garantizar la paz social y, por ende, el camino
hacia el anhelado “orden y progreso”. Al grupo de los “científicos” per-
tenecieron connotados intelectuales y políticos como Porfirio Parra, Luis
E. Ruiz, Manuel Flores, Francisco Bulnes, José Y. Limantour, Joaquín
Casasús, los hermanos Macedo y otros. Algunos de ellos, previo a su in-
greso a la política, publicaron su ideario en el periódico La Libertad
(1878-1884), y, más tarde, todos se incorporaron al establishment polí-
tico de la época, ya fuera como funcionarios, diputados o ideólogos. El
planteamiento común que los identificaba como grupo consistió en rei-
vindicar las tesis positivistas en boga, con miras a plantear, sobre supues-
tas bases científicas, la justificación ideológica de una sociedad carac-
terizada por la extrema desigualdad social y el despotismo político. El
objetivo prioritario de los “científicos” residía en conseguir el progreso
técnico e industrial del país, verificable en cifras macroeconómicas; más
tarde, cuando el pueblo estuviera preparado, se resolverían asuntos como
la igualdad, la libertad y la democracia.
En este sentido, los intelectuales favorables al sistema y el propio don
Porfirio, la mayoría de ellos pertenecientes a la tercera edad, se olvida-
ron de su herencia ideológica liberal plasmada en la Constitución de
1857, y postularon el argumento –paternalista y clasista a un tiempo–
de que el pueblo mexicano, debido a su bajo nivel educativo y dada su
propensión al caos, tenía que ser disciplinado por medio de la tutela
bienhechora del régimen dictatorial.
Más allá de la retórica oficial, no hay duda de que el porfiriato arro-
jó algunos hechos de enorme significado histórico para el país, tales como
la centralización del poder político, el saneamiento del Ejército, el com-
bate al bandolerismo y una política exterior digna de encomio. Debe
precisarse, en este sentido, que los datos más espectaculares del porfiriato
se alcanzaron con referencia a la economía nacional. En particular, so-
bresale el crecimiento de la infraestructura de comunicaciones (postal,
telegrafía y telefonía) y el desarrollo de la red del ferrocarril. Igualmen-
te, y gracias a la puesta en práctica de la consigna de “poca política y
mucha administración”, se incrementó la productividad en la agricultu-
ra, la minería, la industria, el comercio y el sector financiero. A manera

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de motor de la modernización económica, la clase política fomentó como
nunca antes la inversión del capital foráneo.
No obstante sus éxitos, el porfiriato también dejó un pesado lastre que
originó, con razón, su leyenda negra. En primer lugar, debe mencionarse
la semiesclavitud de los peones en las haciendas (baste recordar el sis-
tema de servidumbre por deudas en las tiendas de raya), grandes latifun-
dios en donde alrededor del 1% de los propietarios poseían el 97% de
la tierra disponible. Si a este dato le agregamos el que un 90% de las
comunidades indígenas sufrió el despojo de sus tierras comunales por
parte de los hacendados, entonces puede entenderse por qué, desde 1876
hasta 1901, todos los años se verificaron levantamientos rurales, mismos
que fueron sofocados con brutalidad por el gobierno. En segundo, no
puede soslayarse el carácter autoritario y coercitivo del régimen: la guerra
contra los yaquis y mayas, la represión de los floresmagonistas así como
de los obreros huelguistas de Cananea (1906) y Río Blanco (1907), la
masacre de opositores políticos (cómo no recordar los asesinatos de los
partidarios de Lerdo de Tejada en Veracruz, el 25 de junio de 1876,
cuando Porfirio Díaz firmó aquel famoso telegrama de “mátalos en ca-
liente”; o el aplastamiento a sangre y fuego de los insurrectos
chihuahuenses de Tómochic en 1892). En tercero, resulta imposible dejar
de lado la vertiente negativa de la inversión extranjera, sobre todo por
tratarse de una explotación intensiva, con excesivos privilegios para sus
dueños, de los recursos naturales más preciados del país (los bosques,
el petróleo, la plata y otros minerales), sin que se generaran mayores bene-
ficios para la nación. En cuarto, es necesario aludir a los factores retar-
datarios del orden socioeconómico porfirista: el estancamiento del merca-
do interno, la escasa movilidad social de una mano de obra atada a la
tierra, el analfabetismo y la marginación social de la mayoría de la po-
blación, y la ociosidad e improductividad de una gran cantidad de lati-
fundios, todos ellos elementos que obstaculizaban el desarrollo ulterior
del capitalismo en México. En quinto y último, es de rigor mencionar el
tópico más problemático de esta dictadura que duró más de 30 años: la
carencia de libertad y democracia, es decir, la inexistencia de los dere-
chos y las garantías individuales de expresión, manifestación, organiza-
ción, elección de los gobernantes y alternancia política en el poder.
El ocaso del porfiriato ocurrió en el marco de una severa crisis eco-
nómica, sobre todo en el norte del país (Chihuahua, Sonora, Durango y
Sinaloa). Y aunque en la historia no siempre ha existido una relación
causal entre la crisis económica y la revolución política, en este caso
particular sí encontramos un ejemplo de cómo la coyuntura económica
desfavorable pronto se convirtió en caldo de cultivo propicio para la

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insurrección política en contra de la dictadura. Varios fueron los facto-
res que incidieron en esta debacle final del régimen: la caída mundial
del precio de la plata a partir de 1905, fecha en la que México se afilió
al patrón oro; el derrumbe financiero de la banca nacional en 1907, ele-
mento que contribuyó al incremento de la inflación; las pésimas co-
sechas y la sequía durante los últimos años de la década, factor explica-
tivo del aumento del precio del maíz; y el descenso de la producción
manufacturera y de los precios de los metales de exportación, situa-
ción que condujo a la elevación del déficit de la balanza comercial del
país; finalmente, todos estos elementos, al interrelacionarse, redundaron
en un crecimiento de la pobreza y del descontento general de la pobla-
ción.
No son suficientes, sin embargo, los factores objetivos para enten-
der el estallido de una revolución; también se vuelve necesario ponde-
rar los subjetivos, los elementos que corresponden a las formas de la
conciencia social. En el caso del porfiriato es imposible no mencionar
la denodada acción subversiva de los hermanos Flores Magón y del
Partido Liberal Mexicano (larga tradición de lucha a la que pertenecie-
ron individuos como Juan Sarabia, Antonio Villarreal, Librado Ribera,
Camilo Arriaga y otros), cuyo programa político consistía ya desde 1905
en promover el sufragio efectivo, las libertades democráticas, la refor-
ma agraria y avanzadas reivindicaciones en favor de los obreros. Y no
obstante que su incidencia política no fue nacional –afectados por la
represión y su forzada ausencia del territorio mexicano–, y a pesar asi-
mismo de que durante el año capital de 1910 practicaron el anarco-
sindicalismo y se opusieron a Madero por considerarlo poco radical, no
hay duda de que los floresmagonistas representaron un antecedente re-
volucionario y una escuela de oposición política a la dictadura.
Dos libros, muy diferentes entre sí, serían las simientes del contexto
ideológico que facilitó la insurrección. Por un lado, la publicación en
1908 de La sucesión presidencial de 1910, de Francisco I. Madero,
ensayo político que ofreció la visión histórica de un México caracteri-
zado por periodos cíclicos de opresión y libertad, de bonanza y deca-
dencia, en los cuales el porfiriato representaba el fin de una época som-
bría y la posibilidad de recuperar la democracia liberal que inspiró al
gobierno durante la Reforma. Por el otro, en ese mismo año, igualmen-
te vio la luz el libro clásico de Andrés Molina Enríquez: Los grandes
problemas nacionales, el cual aportó, en primer término, una lúcida in-
terpretación de la historia del país sustentada en las diferencias sociales
y raciales propias de nuestra comunidad; y, en segundo, una exhaustiva
investigación –verdadera denuncia mo ral del porfiriato– sobre el latifun-

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dio, concebido como una forma de tenencia de la propiedad privada en
la cual se explotaba a los peones y se excluía de la posesión de las tie-
rras a la mayoría campesina, al tiempo que se favorecía el interés egoís-
ta de una minoría de hacendados. Así pues, a partir de este texto ca-
pital, surgió de manera argumentada la inagotable polémica en torno de
la contraposición entre el interés privado y el colectivo, los fines priva-
dos y los públicos, discusión que luego sería retomada por los constitu-
cionalistas de 1917.
Un suceso incidental, la entrevista que concedió Porfirio Díaz al pe-
riodista James Creelman a comienzos de 1908, se convirtió a la postre
en el principio del final de la dictadura. En efecto, al declarar pública-
mente que México ya estaba preparado para la democracia y que, inclu-
so, el gobierno aceptaría la participación libre de los partidos políticos,
fue el propio Díaz quien alentó la irrupción de una oposición cada vez
más combativa, decidida a renovar el sistema político en el marco co-
yuntural de la próxima sucesión presidencial. Así, por ejemplo, con
nuevos bríos creció y se extendió por todo el país el Partido Antirre-
leccionista de México, estructura organizativa fundada por Madero e ins-
pirada en el lema “sufragio efectivo, no-reelección”, y a la cual perte-
necieron figuras de la talla de Filomeno Mata, Félix Palavicini, José
Vasconcelos, Luis Cabrera y Emilio Vázquez Gómez. Igualmente, en el
contexto de la agudización de la crisis y la cercanía de las elecciones, la
misma clase política porfirista comenzó a escindirse a raíz del brote
incontenible de ambiciones políticas en personajes como José Y.
Limantour y Bernardo Reyes. Este último y sus seguidores, integrantes
de la tendencia liberal –siempre críticos de los “científicos”–, acentua-
ron su actividad política y crearon un movimiento opositor al régimen
que tuvo bastante eco entre los partidarios del cambio democrático, so-
bre todo antes del vigoroso ascenso del maderismo.

LA GÉNESIS DE UN REBELDE

No es posible entender la práctica y el ideario político de Francisco


José Múgica al margen del contexto histórico coercitivo y asfixiante del
porfiriato. Su vida y obra están signadas, de raíz, por ese ambiente de
injusticia social y opresión que respiró desde su nacimiento, el 3 de sep-
tiembre de 1884, en el minúsculo pueblo de Tingüindín, cercano a
Zamora, Michoacán. Tampoco se puede comprender su personalidad si
no se hace referencia a la influencia benigna de su padre, Francisco
Múgica Pérez, quien se formó a sí mismo en el diario arrostrar la “cru-

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da realidad” en diferentes oficios: como seminarista (1875-1879), em-
pleado de Rentas (1882-1902), visitador de Hacienda y administrador
interino en Jiquilpan (1904-1905), diputado federal suplente por el dis-
trito de Zamora, periodista antiporfirista y maestro rural. En efecto, tanto
las convicciones liberales así como el arduo peregrinar del profesor por
todo el noreste del estado (Zináparo, Chilchota, Penjamillo, Sahuayo,
etc.), conformaron una inmejorable “lección de vida” para los herma-
nos Francisco José y Carlos, hijos también de Agapita Velázquez Espi-
nosa.
Un dato interesante en la biografía de Francisco José fue su paso,
como alumno externo, por el seminario de Zamora. Ciertamente, entre
1898 y 1905, Múgica vivió una experiencia fundamental al enfrentarse
en su primera juventud a dos mundos contradictorios entre sí: el saber
científico y racional, por un lado; y los dogmas cristianos y la rigidez
propios de una institución religiosa, por el otro. Con respecto al univer-
so del conocimiento, puede citarse el aprendizaje del latín (al grado de
poder traducir a Horacio, Ovidio y Cicerón) y de todas las disciplinas
básicas como química, física, matemáticas, prosodia, sintaxis, etc., ma-
terias que acreditaba con excelentes calificaciones y que, sin duda, le
servirían años más tarde para ubicarlo como uno de los revolucionarios
mejor preparados en el orden intelectual. Y con referencia al ámbito de
lo sagrado, ocurrió un desencuentro natural, típico de su espíritu con-
testatario, que conduciría a la expulsión del estudiante en 1905. No obs-
tante estos conflictos con la fe y la ortodoxia, que anunciaban su pro-
gresivo camino hacia el ateísmo, el seminario representó para Múgica
una verdadera escuela de rigor académico y disciplina personal, valio-
sos sin duda para delinear ese carácter férreo y esforzado que lo carac-
terizaría a lo largo de su vida. Además, gracias a esta institución se hizo
de amigos perdurables, clérigos o no, y pudo conocer los claroscuros de
uno de los bastiones de la iglesia católica.
Sus primeros pasos en el camino de la independencia y la búsqueda
de la autosubsistencia (la familia pasaba en esa época por un periodo de
“vacas flacas”, al grado de verse en la necesidad de rifar el piano de cola
que poseían), los dio trabajando en la notaría de Diego Méndez, donde
copiaba los protocolos y elaboraba las escrituras. Su capacidad de tra-
bajo lo condujo, en 1909, a convertirse en receptor de rentas de Chavinda
y de Tancítaro, dos experiencias laborales que le proporcionaron cono-
cimiento directo de la desigualdad social prevaleciente en su estado.
Además de trabajar para ganarse la vida, durante 1909 y 1910 publicó
poemas en prosa en la revista Flor de Loto, la cual agrupaba a buena parte
de la intelectualidad progresista de Michoacán.

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Lo más significativo en la vida de Múgica, durante esta época de oca-
so del porfiriato, fue su labor como periodista revolucionario. Aquí, en
este noble oficio, se expresó en forma plena y por primera vez el espíri-
tu contestatario del hombre rebelde, acérrimo enemigo del sistema po-
lítico. Así pues, desde 1907, asumiendo por lo general todas las fun-
ciones (tipógrafo, redactor, prensista, etc.) y acompañado por su padre
o bien por amigos ex seminaristas, Francisco José comenzó su prolífica
carrera de editor de periódicos: El Rayo, El Faro, La Voz, La Luz, La
Prensa Libre, El Ideal, El Demócrata Zamorano y 1910.
La crítica que brotó de la pluma de Múgica fue contundente y siste-
mática, y se dirigió a todo el statu quo representado por dos hombres:
Porfirio Díaz, Presidente de la República, y Aristeo Mercado (1838-
1913), gobernador de Michoacán. Ambos políticos tuvieron pasado li-
beral y lucharon contra la intervención francesa; asimismo, los dos ca-
yeron víctimas de la seducción del poder y se convirtieron en dictadores
sobre la base de sucesivas reelecciones antidemocráticas y mediante el
recurso del autoritarismo y la represión. El segundo de ellos gobernó a
lo largo de 19 largos años, con un poder absoluto que sólo abandonaría
el 13 de mayo de 1911, forzado por el levantamiento revolucionario.
Mercado fue una réplica en pequeño de don Porfirio, su protector polí-
tico; y, al igual que éste, tuvo su lado positivo en el rubro de la econo-
mía, pues fomentó el desarrollo industrial del estado (en Uruapan, por
ejemplo, se creó la empacadora de carne y la fábrica de textiles), con-
tribuyó a la expansión de las vías de comunicación, y promovió la
inversión en grandes obras urbanísticas. La similitud, por desgracia, tam-
bién se verificó en la vertiente negativa que caracterizó al gobierno de
don Aristeo, sobre todo si se traen a colación cuestiones como el des-
pilfarro de recursos debido a la creación de las subprefecturas, la proli-
feración del caciquismo, la concesión indiscriminada de los recursos na-
turales a las compañías extranjeras (particularmente humillante fue el
bajo precio requerido al empresario Santiago Slade por la cesión de los
montes de la sierra purépecha), y la implantación de un orden opresivo
que aplicó el garrote y la “ley fuga” en contra de los opositores. Sin te-
ner la suerte del Presidente, quien viviría sus últimos años en un exilio
envidiable, el michoacano murió al poco tiempo de abandonar el poder,
acosado por la ceguera, la diabetes y la decrepitud.
Antes de convertirse en seguidor de Madero, Múgica tuvo un fugaz
coqueteo político con los simpatizantes de Bernardo Reyes, y portó en
su solapa el clavel rojo que era el símbolo de la oposición a la dictadu-
ra. Su pasión contestataria lo llevó a participar en el enfrentamiento entre
jóvenes partidarios de Reyes y adeptos al porfirista Ramón Corral, can-

23

[Link] 23 24/08/2007, 08:33 p.m.


didato a la vicepresidencia. La trifulca se escenificó en el hotel García,
de Guadalajara, adonde llegaron los reyistas para boicotear el acto pro-
corralista. Una vez logrado su propósito, y luego de haber propiciado
los destrozos que afectaron el recinto, los demócratas se encaminaron
hacia el Teatro Degollado para realizar ahí su propio mitin político,
con gran despliegue de oratoria. Esta primera experiencia de participa-
ción política directa tuvo sus consecuencias, pues ya de regreso en
Zamora, Francisco José descubrió los alcances de los tentáculos de la
policía porfirista, la cual pudo ficharlo y reportarlo a las autoridades
michoacanas, mismas que procedieron a encarcelarlo bajo la acusación
de incitar desmanes en el estado vecino de Jalisco. Su breve estancia en
prisión le permitió conocer a otros futuros revolucionarios y, de paso,
alimentar su repudio al régimen.
No obstante haber sufrido la represión en carne propia, Múgica fue
capaz de distinguir que una cosa era mantener convicciones firmes y di-
ferencias políticas –incluso insuperables– con sus semejantes, y otra muy
distinta profesar el odio de los fanáticos hacia sus adversarios. Tenía
escasos 22 años cuando escribió esta lección moral a Carlos:

...todo fanatismo es malo, y toda exageración es fanatismo [...] La so-


ciedad en la cual se vive está pendiente de las menores acciones de los
individuos [...] Ten presente esto querido hermano, y entiende que una
palabra mal sonante, un dicterio cualquiera en cuestión de ideas políti-
cas es suficiente para matar de muerte civil al individuo que las profiere.
Muerte aún más temible que la corporal. Además la exageración y la ofen-
sa son en mengua de los principios que se defienden.1

La labor periodística de Múgica en Zamora constituyó, ciertamente,


una experiencia fundamental en su formación como intelectual crítico
del régimen e ideólogo de la revolución por venir. Y en este cotidiano
aprendizaje de confrontar ideas, teorías y proyectos políticos distintos,
nada mejor que abrevar del excelente periodismo antiporfirista de la
época. En efecto, la prensa de los últimos años del porfiriato tuvo
adalides de la talla de Filomeno Mata, director de El Diario del Hogar,
quien padeció la cárcel en más de treinta ocasiones debido a sus acérri-
mas críticas al gobierno. En situación semejante se encontraba Daniel
Cabrera, editor de El Hijo del Ahuizote, víctima también de esta políti-
ca de “pan y palo” que aplicaba el régimen, puesto que unas veces toca-
ba tolerancia y permisividad y otras tantas se ejercía la represión, la
prisión y la censura. A consecuencia de estos vaivenes, periódicos como

1
Alfonso Reyes H. , Cauce 17, México, Zirahuén, p. 23.

24

[Link] 24 24/08/2007, 08:33 p.m.


El Demócrata y La República dejaron de existir; otros diarios connota-
dos, principalmente El Siglo XIX y El Monitor Republicano, que pudie-
ron sobrevivir las embestidas represivas, no fueron capaces de subsistir
frente a la competencia que representaba la modernización y el bajo
precio de los ejemplares de El Imparcial, el órgano oficial.
En este somero recuento de la espléndida prensa antiporfirista no po-
día faltar la mención de Regeneración, el periódico que se distribuía clan-
destinamente en México y el cual llegó a tener veinte mil suscriptores.
Gracias a este cotidiano, editado (a partir del 5 de noviembre de 1904),
en San Antonio, Texas, por los hermanos Flores Magón, Múgica pudo
enterarse de las luchas del Partido Liberal a favor de la no-reelección,
la jornada laboral de ocho horas, los salarios mínimos, el reparto agra-
rio, etc. Particularmente impactantes le resultaron las noticias leídas en
este periódico sobre la represión porfirista de los obreros de Cananea y
Río Blanco. Más tarde, se convertiría en esporádico corresponsal de este
órgano informativo. Asimismo, metido ya de lleno en el bregar perio-
dístico, el michoacano mantuvo correspondencia con Filomeno Mata y,
desde Zamora, le envió algunos artículos para El Diario del Hogar, ro-
tativo que le permitió, además, seguir los pasos de la pujante lucha de-
mocrática del movimiento maderista.
Para un hombre del temple de Múgica, la tribuna periodística resul-
taba insuficiente: había que actuar, transformar prácticamente esa reali-
dad injusta y despótica vivida con intenso patetismo durante los estertores
del porfiriato. Por esta razón, a muy temprana edad comenzó su labor
sediciosa, reuniéndose clandestinamente con paisanos entrañables como
Gildardo Magaña (quien luego sería prominente líder del zapatismo) y
Antonio Navarrete (que más tarde ocuparía el cargo de diputado suplente
en el Constituyente de 1917). Un primer paso importante en ese sentido
lo fue la creación de la Junta Revolucionaria de Zamora, la cual mantu-
vo relaciones con otras asociaciones similares de estados vecinos, y, a
partir de fines de 1910, trasladaría su lugar de operaciones a la ciudad
de México.
La lucha ideológica y política a través del periodismo también siguió
su curso, y los Múgica, padre e hijo, enfrentaron las embestidas de las
huestes derechistas y clericales, así como la represión y la censura por
parte de las autoridades judiciales porfiristas. El Prefecto de Zamora
ordenó el encarcelamiento de don Francisco Múgica Pérez, quien había
denunciado en el periódico 1910 el fraude electoral fraguado por los
porfiristas el 10 de julio. Y ahí, desde la prisión, el profesor encomen-
dó a su hijo la elaboración del siguiente número, ejemplar de impor-
tancia histórica porque en él salieron publicados dos textos relevantes:

25

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por un lado, la célebre carta de Madero a Porfirio Díaz (escrita en
Monterrey, a poco de la detención del demócrata), misma que no se atre-
vieron a publicar los diarios de la capital afines al régimen; y, por el otro,
el artículo Consumatum est en el cual Francisco José impugnó la enésima
reelección de Díaz, pues ella era el producto de unos sufragios manipu-
lados que conculcaban la voluntad democrática de la nación.
Quizá por el hecho de que Múgica fue, en esencia, un hombre prác-
tico, un político que postulaba la divisa “hechos, no palabras”, sus apor-
taciones intelectuales han sido subestimadas por los historiadores. Sin
embargo, al revisar sus textos periodísticos, el lector contemporáneo
descubre a un joven precozmente consciente del valor supremo de la de-
mocracia como forma de gobierno. En efecto, estos artículos de 1909
y 1910 no sólo eran inusitados en su tiempo, sino que aún ahora, de cara
a las experiencias totalitarias del siglo XX, conservan plena su vigencia
teórica y política. Sobre la legalidad y las elecciones democráticas, por
ejemplo, escribió:

Sí, esa lucha del civismo dentro de la ley debe provocarse constante-
mente en los pueblos, porque es la vida de la democracia la muerte del
despotismo y el antídoto del abuso. En medio de la paz que imponen los
tiranos se producen los más grandes crímenes. Luchemos porque surja
el civismo en la República. Lucha siempre en las urnas electorales, para
que no te burlen ni escarnezcan los tiranos; para sofocar sus ambiciones
bastardas y para matar las revueltas del futuro.2

Y en torno del papel cardinal del pluripartidismo en todo sistema


democrático, adujo que:

Los Clubes Políticos [...] debían tener por mira educar al pueblo en
la práctica del sufragio, haciendo del votante mexicano un ciudadano hon-
rado, con el fin de que siempre tenga autoridades dignas en el poder,
empeñadas en el engrandecimiento de los pueblos [...] La lucha de prin-
cipios y de programas políticos, cuyos triunfos se deciden en las urnas
electorales, es benéfica para el pueblo, porque, lejos de envilecerlo, le hace
sentir la conciencia de su misión, como entidad política; hace que re-
cobre el uso de su soberanía usurpada, y que sea el responsable de su pro-
pia existencia, el factor principal de su progreso. Las luchas políticas son
el crisol donde se purifican las virtudes cívicas de la ciudadanía.3

2
Armando de María y Campos, Múgica, crónica biográfica, México, Compañía de
Ediciones Populares, 1939, p. 27.
3
Idem.

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Después del confinamiento carcelario de tres meses que padeció don
Francisco, y con objeto de fugarse del ambiente represivo y claustro-
fóbico de Zamora, la familia tomó la decisión de trasladarse a la ciudad
de México. En la capital, por lo demás, se vislumbraban mejores posi-
bilidades de lucha para la junta revolucionaria michoacana. El 27 de
septiembre de 1910, precisamente cuando se escenificaban con extrema
ostentación y lujo las fiestas del centenario de la Independencia, llega-
ron a la capital los Múgica. Parientes lejanos les dieron alojamiento en
pleno centro de la gran urbe, así es que Francisco José podía ser testigo
cotidiano de las fiestas públicas, de ese derroche y boato con los cuales
el porfiriato pretendía encubrir su canto de cisne. A poco de su arribo a
la metrópoli, consiguió empleo, primero, como zapatero en una fábrica
de calzado, y luego, como ayudante facturista en una droguería; estos
trabajos le permitieron contribuir al sustento familiar y, paralelamente,
conocer en carne propia la deplorable situación laboral de los asalaria-
dos.
La noche del 10 de noviembre, Múgica regresaba a casa cuando, pro-
ducto del azar, se topó con una manifestación de estudiantes cerca del
Zócalo. Los enardecidos jóvenes ahí reunidos protestaban por el
linchamiento de un mexicano en Texas, supuesto responsable del homi-
cidio de una estadounidense. Según las informaciones periodísticas,
Antonio Rodríguez había sido sacado en vilo de su prisión en Rock
Springs, para luego ser quemado vivo por la muchedumbre iracunda. A
la postre, la última parte de la noticia resultó falsa, pues el susodicho
pudo escapar de la muerte al huir de sus captores. De cualquier modo,
ese día los manifestantes repudiaban el racismo implícito en el inten-
to de linchamiento, y la respuesta tímida e hipócrita del régimen, en boca
del gobernador del Distrito, Guillermo de Landa y Escandón, no hizo
sino caldear más los ánimos. Y fue gracias a la improvisada interven-
ción de Francisco J. Múgica, quien subió a la palestra como orador es-
pontáneo, que la indignación anti-yanqui de los manifestantes poco
a poco se transformó en reprobación política del propio sistema de do-
minación porfirista. Los discursos de los oradores contra el régimen fue-
ron tan efectivos que, de pronto, la multitud decidió ir en procesión ha-
cia las oficinas de El Imparcial (el odiado vocero de la dictadura), y ahí
la protesta pública degeneró en trifulca y desmanes, al grado de suscitar-
se la intentona de incendiar el edificio del periódico. De inmediato in-
tervinieron los cuerpos policiacos para sofocar el motín, generándose un
muerto y la detención de un puñado de revoltosos; Múgica pudo eva-
dirse de la represión, pero tuvo que esconderse en su casa por varios días.

27

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LA ALBORADA EFÍMERA

No obstante las progresivas pugnas al interior de la clase política, la


crisis económica del país y la propia vetustez de los “científicos”, los
porfiristas se resistieron a dejar el poder y cometieron un fraude de pé-
sima factura: baste decir que le atribuyeron a Madero escasos 183 vo-
tos. La indignación nacional creció a la par de la figura redentora de don
Francisco, quien a pesar de ser hombre institucional, miembro de la plu-
tocracia e individuo con merecimientos académicos (estudió comercio
y economía política en Francia y Estados Unidos), supo anteponer su
convicción humanista de que la lucha por la libertad y la democracia
valían cualquier sacrificio personal. Y ya desde 1908, cuando la publi-
cación de su celebérrimo libro, el coahuilense fue paulatinamente
radicalizando sus planteamientos: primero se sugería el puesto de la vi-
cepresidencia para un demócrata, en vistas a una transición pacífica de
la forma de gobierno; pero luego, ante la cerrazón del régimen, se vol-
vió perentoria la consigna de “sufragio efectivo, no-reelección”, propues-
ta política que cuestionaba de raíz la permanencia del dictador en el
poder. Así pues, las circunstancias históricas favorecían la ruptura con
el sistema. No hay duda, en este sentido, que debido al ignominioso frau-
de electoral de 1910 y forzado por la represión en su contra (se le en-
carceló en San Luis Potosí), Madero no tuvo otra opción política que
aceptar su papel como cabeza de un proceso complejo y vertiginoso,
cuyo entramado apuntaba hacia la insurrección armada.
Como resultado de la crisis política generada por la detención de Ma-
dero, el régimen porfirista decidió atender las demandas de
excarcelación, queriendo bajar la presión en su contra. Don Francisco
salió libre y huyó a los Estados Unidos. El 5 de octubre, un día antes de
abandonar el país, proclamó el Plan de San Luis, texto capital que mar-
có el punto de inflexión hacia la lucha revolucionaria y en el cual se
declaraban nulas las elecciones de Presidente y vicepresidente, de los
magistrados y de los representantes al parlamento; se convocaba a nue-
vos sufragios generales sobre la base del voto libre y la no-reelección
(planteamiento fundamental dados los antecedentes históricos de Santa
Ana y el propio Díaz); se demandaba la libertad de los presos políticos;
se exigía, en un párrafo apenas, la restitución de tierras a los campesi-
nos; y, lo más importante, se llamaba al pueblo a que se levantara en
armas en contra de la dictadura para el 20 de noviembre de ese año axial.
En este contexto insurreccional, Múgica fue comisionado por la jun-
ta revolucionaria zamorana para trasladarse a San Antonio, Texas, con
el propósito de coaligarse políticamente con la dirección maderista y

28

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pedirle a ésta recursos económicos. El viaje se realizó el 20 de febrero
de 1911, y su costo fue sufragado por Gildardo Magaña. La estancia del
michoacano en Estados Unidos quedó relatada en un emotivo Diario,
documento autobiográfico en donde aparecen con nitidez algunos de los
rasgos que caracterizarían su personalidad: “Ayer estuve lleno de ansie-
dad esperando fondos conforme las promesas de Gustavo Madero, fui a
verlo y nada hubo, pues sujeto a un interrogatorio enojoso y humillante,
me negué a contestar y a recibir viles dinerillos que no he de mendigar”.4
Y aunque el dinero nunca le fue proporcionado, Múgica estableció en
San Antonio una vinculación política con el maderismo; este hecho, así
como haber publicado textos en el periódico revolucionario México
Nuevo, fueron sucesos que le otorgaron un gran relieve personal a su
estancia en dicha ciudad.
La inercia de las circunstancias históricas llevó a Múgica a la con-
vicción de que debía incorporarse a la Junta Revolucionaria Maderista,
pues era en la frontera norte en donde se jugaba el destino de la Revo-
lución, gracias a las sublevaciones armadas de Pancho Villa, Pascual
Orozco, y otros. En su nuevo papel de soldado, participó en acciones
militares contra el Ejército Federal durante febrero y marzo, la mayoría
de las veces bajo las órdenes del mismo Madero, quien, luego de las
batallas de Casas Grandes y Bauchín, lo ascendió en el escalafón mili-
tar: primero le confirió el grado de teniente y luego el de capitán.
Y mientras Múgica hacía sus primeras incursiones como militar, sus
compañeros de la junta zamorana continuaron en la ciudad de México
los preparativos del Plan de Tacubaya. Se trataba de una insurrección
antiporfirista en la cual participarían los comités revolucionarios clan-
destinos de Guerrero, Michoacán, Tlaxcala, Campeche, Puebla y el Dis-
trito Federal, amparados en el Plan Político Social que demandaba la
sustitución del viejo sistema sociopolítico por otro basado en los prin-
cipios democráticos. El complot preveía la toma del cuartel federal de
Tacubaya el 27 de marzo, por lo cual, con bastante anticipación, se die-
ron a la tarea de recabar fondos (recuérdese que éste era el objetivo ini-
cial del viaje a Texas de Francisco José), fabricar bombas caseras,
imprimir cinco mil ejemplares del plan revolucionario y consolidar la
promesa de apoyo político por parte de los obreros de Tizapán y San
Ángel. Producto de una delación, la policía porfirista no tuvo mayores
problemas para espiar a los conspiradores y propiciar el aborto de la
sublevación; el mismo día 27 fueron apresados algunos de los com-
plotistas (Dolores Jiménez Muro y Carlos Múgica, entre ellos), y los

4
Francisco J. Múgica, Estos mis apuntes,México, Conaculta, 1997. p. 32.

29

[Link] 29 24/08/2007, 08:33 p.m.


restantes huyeron solapados por la confusión que se generó durante el
enfrentamiento de los bandos y por la obscuridad de la noche.
Y si la maquinaria represiva porfirista aún mostraba cierta capacidad
para sofocar pequeños conatos de sublevación, como fue el caso del ase-
sinato de los hermanos Serdán cuando preparaban el levantamiento del
20 de noviembre en Puebla o el recién referido, no sucedió lo mismo en
el plano de la confrontación bélica nacional. En efecto, el Ejército del
viejo régimen estaba carcomido por la corrupción y la falta de prepara-
ción profesional, padecía el flagelo de la burocratización y los malos
sueldos, amén de una carencia absoluta de motivación anímica; es de-
cir, al igual que toda la estructura de dominación política y social, su-
fría de fatal obsolescencia. El 9 de mayo, gracias a la experiencia gue-
rrera del pueblo de Chihuahua y a la pericia militar de Villa y Orozco,
los revolucionarios pudieron derrotar a los federales en el norte del país
y tomar Ciudad Juárez, sitio estratégico desde la perspectiva militar y
logística.
La victoria permitió a Madero instalar un gobierno provisional en ese
poblado norteño, creándose con ello una situación política que cuestio-
naba radicalmente la legitimidad del poder central. Al mismo tiempo, la
revuelta se extendió por el sur –sobre todo los zapatistas en Morelos– y
la capital fue escenario de concurridas manifestaciones públicas pidien-
do la caída del dictador. Éste, fatigado y temeroso, aceptó su rendición
y firmó el Tratado de Ciudad Juárez el mismo mes de mayo de 1911.
Varios asuntos medulares se estipularon en el convenio de marras: las
renuncias de Porfirio Díaz a la Presidencia y de Ramón Corral a la vice-
presidencia; la formación de un gobierno provisional, a cargo de Fran-
cisco León de la Barra, Ministro de Relaciones Exteriores, quien
convocaría a nuevos sufragios en un plazo perentorio; y la disolución de
la milicia revolucionaria, al tiempo que se dejaba intacta la estructura
básica del estado porfirista con sus aparatos de funcionamiento político
(Poder Judicial, Legislativo, estatal y municipal) y de represión a través
del Ejército y la policía. Este último punto de los acuerdos de paz, en
un contexto de colapso de los federales y hegemonía militar de los re-
volucionarios, se convirtió a la postre en uno de los más fatídicos erro-
res políticos de Madero.
Así pues, ante un panorama sociopolítico cargado de nuevas e incier-
tas perspectivas, pero todavía anclado en el pasado, el anciano dictador
salió rumbo a Francia el 25 de mayo, en un ambiente desolado y lúgu-
bre que evidenciaba esa dolorosa sensación de “paraíso perdido”; en
contraste, el líder de los demócratas entró a la ciudad de México el 7 de
junio en forma triunfal y con exceso de ostentación: en lujosa carroza,
rodeado de lacayos de librea y empolvada peluca.

30

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Durante los meses del interinato, Madero recorrió el país para soli-
citar el voto popular que lo llevaría a la Presidencia y a Pino Suárez a la
vicepresidencia, en una nueva fórmula política apoyada por el recién
creado Partido Constitucional Progresista. Las elecciones se verificaron
el 15 de octubre de 1911, y el triunfo de los maderistas fue respaldado
por una mayoría abrumadora, en elecciones plenas de legalidad y legi-
timidad. La asunción del poder ocurrió el 6 de noviembre, y la sorpresa
se suscitó cuando el Presidente nombró a un gabinete híbrido: integra-
do conciliatoriamente con representantes de la élite porfirista y algunos
pocos miembros fieles al ideario democrático; esta situación, ciertamente,
generó descontento entre sus adeptos y, sobre todo, produjo un gobier-
no endeble que no pudo consolidarse y fortalecerse a lo largo de los
quince meses escasos que duró la gestión maderista.
No obstante su impericia política, don Francisco pudo ensayar un mo-
delo democrático de gobierno sustentado en el respeto irrestricto a las
libertades esenciales del individuo y la comunidad; aunque el precio que
tuvo que pagar por ello fue muy alto: quizá la campaña crítica más
despiadada que se recuerde en la historia de México contra un Presidente
en funciones. Además de poner en práctica esta experiencia democráti-
ca, misma que hubiera estado incompleta de no haberse garantizado la
autonomía de los tres Poderes (Ejecutivo, Legislativo y Judicial), tam-
bién deben atribuírsele otras virtudes al periodo gubernamental
maderista: los esfuerzos por descentralizar la administración pública, la
legalización de la libertad sindical y de huelga, y la creación del Depar-
tamento de Trabajo en una época donde adquirió vida la Casa del Obrero
Mundial y tuvo lugar la primera convención de la industria textil.
Ahora bien, nadie mejor que Luis Cabrera para brindarnos la otra faz
del asunto, el lado tenebroso del maderismo y su cascada de errores po-
líticos desde la firma del Tratado de Ciudad Juárez. En efecto, ya fuere
en su papel de diputado o como periodista, don Luis advirtió a tiempo
el desastre por venir y señaló con lucidez la responsabilidad de Made-
ro: su falta de astucia política al aceptar a León de la Barra como Presi-
dente interino; su poca claridad sobre el peligro que representaba con-
servar incólume al Ejército Federal, al tiempo que se licenciaba a las
tropas revolucionarias; su carencia de sensibilidad con respecto a las de-
mandas sociales de los obreros y campesinos, en particular el olvido
total de las demandas agrarias del Plan de San Luis; y su debilidad ante
la clase política porfirista, a la cual le permitió conservar sus cuotas de
poder al interior de la maquinaria burocrática y en la estructura de do-
minación social. A tal grado fueron demoledoras estas críticas –varias
de ellas escritas en el opúsculo La revolución dentro del gobierno, que

31

[Link] 31 24/08/2007, 08:33 p.m.


el propio Presidente consideró a Cabrera como el principal responsable
de la ruina de su carrera política.5
La breve gestión política de Madero no satisfizo las expectativas ge-
neradas en la población: los porfiristas querían más poder y seguridad
para sus privilegios, y por ende lo atacaron con saña en la prensa o con
acciones golpistas (baste mencionar los casos de Bernardo Reyes y Félix
Díaz); las clases medias y los intelectuales democráticos se sintieron
desplazados de la toma de decisiones y criticaron las concesiones a la
vieja élite; y las masas populares vieron cómo sus demandas sociales iban
siendo relegadas del programa de gobierno, y por ello se consideraron
traicionadas (recuérdese el levantamiento militar de Pascual Orozco
en marzo de 1912 y la persistente oposición política de los floresmago-
nistas). Este sentimiento de desazón fue el que prevaleció en el otro gran
impugnador del maderismo: Emiliano Zapata.
El zapatismo –como ideario político– reivindicó una tradición comu-
nal que se remonta a los tiempos prehispánicos y de la Colonia. No cues-
tionó la existencia de la propiedad privada en particular, pero sí tuvo un
programa específico de justicia social y de respeto a las tradiciones co-
munitarias de trabajo colectivo en su territorio. Luego de siglos de agra-
vios y despojos por parte de los latifundistas (con la complicidad de los
sucesivos gobiernos, promotores de una suerte de acumulación origina-
ria de capital), los campesinos de Morelos (y estados circunvecinos) de-
cidieron levantarse en armas y exigirle a las autoridades porfiristas la
restitución de sus tierras. En un inicio y dadas las coincidencias con el
Plan de San Luis, sobre todo en los puntos en donde se aludía a la liber-
tad, la justicia y la tierra, los zapatistas ofrecieron su cuota de sangre a
la nación con tal de lograr la caída del dictador y el ascenso del made-
rismo; pero más tarde, al cerciorarse de las limitaciones del nuevo régi-
men, mostraron su frustración y se rebelaron contra el propio Madero
el 25 de noviembre de 1911, fecha de la promulgación del Plan de Ayala.
En esta perspectiva de conseguir una justicia agraria, denegada des-
de tiempos ancestrales, los zapatistas jamás se plantearon un proyecto
global de nación, que pasara por la resolución de los múltiples y hetero-
géneos problemas políticos y económicos de las distintas regiones del
país. Puede afirmarse, entonces, que la revuelta se circunscribió a su
ámbito local específico, y que tuvo como preocupación primordial la
restitución, dotación y nacionalización de las tierras, los montes y las
aguas para los pueblos. Esta conclusión no invalida, obviamente, la enor-

5
Eugenia Meyer, Luis Cabrera: Teórico y crítico de la revolución, México, Sep-
Setentas, 1972, p. 33.

32

[Link] 32 24/08/2007, 08:33 p.m.


me significación histórica del zapatismo, ya se trate de su contribución
propiamente militar y revolucionaria, de su experiencia en la práctica de
los primeros repartos agraristas (iniciados formalmente el 30 de abril
de 1912, en Ixcamilpa, Puebla), o de su legendaria y legítima exigen-
cia de justicia social para los campesinos.

EL GOLPE DE ESTADO

Poco antes del triunfo final del maderismo –entre mayo y junio de
1911– Múgica conoció el aciago rostro de la derrota, pues fue vencido
por los federales en San Miguel Camargo, Tamaulipas, el 23 de abril.
Meses más tarde, su suerte mejoró debido a que, en un contexto políti-
co novedoso e imprevisible, recibió la encomienda de marchar a su es-
tado natal y asumir ahí el cargo de Comisionado de Paz. Su nueva tarea
–asignada por Emilio Vázquez Gómez, Ministro de Gobernación de la
Presidencia interina– consistía en combatir al flagelo del bandolerismo
que brotó a la sombra de la violencia revolucionaria, con particular
virulencia en el caso de Michoacán. Así entonces, un inusitado horizonte
de acción cívica se le abrió al recién nombrado capitán, quien, del 3 de
junio al 21 de octubre, y teniendo como sede la ciudad de Zamora, se
dedicó a una labor no del todo agradable para su espíritu rebelde: me-
diar entre los jefes guerrilleros renuentes a someterse al orden institucio-
nal y conseguir su pacificación. Y aunque en términos generales su ges-
tión como delegado de paz fue exitosa, siendo uno de sus logros la
sumisión del líder Sabás Valladares, no hay duda que sus preocupacio-
nes primordiales se ubicaban en el ámbito de la política. Y a ella se
dedicó con pasión en su tiempo libre.
En vísperas del proceso electoral nacional, Múgica hizo proselitis-
mo a favor del Partido Constitucional Progresista, dirigido por Camilo
Arriaga, el cual respaldaba al binomio Madero-Pino Suárez. Más tarde
se involucraría también en promover la candidatura del Dr. Miguel Silva
para la gubernatura de Michoacán, ya que éste representaba a la corriente
liberal y progresista contrapuesta al partido católico. Estas actividades
no le impidieron retomar su oficio más preciado: la crítica periodística,
su arma predilecta para señalar las lacras del viejo orden porfirista en-
quistadas perniciosamente, primero, en la Presidencia interina, y luego,
en el mismo gobierno maderista. Dos medios impresos utilizó como tri-
bunas en esta época de 1911-1912: El Despertador del Pueblo y El
Demócrata Zamorano. En ambos ofreció batallas memorables contra los
arribistas, los porfiristas embozados, los fanáticos clericales, y otros de
sus enemigos de siempre. En particular son dignas de recordarse tanto

33

[Link] 33 24/08/2007, 08:33 p.m.


la mordaz admonición al gobierno estatal por haberse atrevido a bauti-
zar una plaza pública con el nombre de Carmen Romero Rubio, esposa
de Porfirio Díaz, así como la revisión crítica que realizó de la persona-
lidad histórica de Agustín de Iturbide.
El perfil de Múgica como hombre político chocaba de manera fron-
tal con la situación prevaleciente en el país: una revolución a medias en
la que no se vislumbraba por ningún lado las anheladas reformas socia-
les, amén de una oprobiosa coexistencia entre el viejo y el nuevo régi-
men que no auguraba perspectivas hacia la plena refundación del Esta-
do. Las cartas a Roque Estrada y Sánchez Azcona, connotados
maderistas, al igual que sus artículos de estos años corroboran ese pro-
gresivo desencanto que sentía el michoacano ante las múltiples y suici-
das concesiones políticas a los porfiristas hechas por Madero, y ante la
exigua sensibilidad de éste con respecto a las lacerantes desigualdades
sociales padecidas por las mayorías. Dos asuntos en particular lo irrita-
ban sobremanera: por un lado, el que no se hubieran afectado los múlti-
ples privilegios políticos y económicos de la élite porfirista; y, por el otro,
la falta de reconocimiento y promoción política a todos los jóvenes re-
volucionarios que, como él, se sumaron a la lucha armada en aras de un
México más justo y democrático. Esta última situación la vivió en car-
ne propia cuando, luego de renunciar a la misión de paz el 21 de octu-
bre de 1911, marchó a la ciudad de México con el propósito de conti-
nuar su carrera periodística o, de no ser éste el caso, trabajar al servicio
del nuevo gobierno. Desdichadamente, en lugar de conseguir empleo se
topó con una maraña burocrática prepotente y sectaria que le cerró to-
das las puertas.
De nada le sirvió llevar consigo una carta de recomendación de José
Vasconcelos, dirigida a Miguel Díaz Lombardo, Ministro de Instrucción
Pública:

El portador de la presente, don Francisco J. Múgica, es un revolucio-


nario de los ameritados a quien conocí y traté en San Antonio Texas.
Constantemente ha estado prestando sus servicios a la causa y como es
persona ilustrada creo que será muy útil en la administración pública.
Hasta ahora no ha ocupado ningún puesto y como está ya necesitado por
los gastos que ha venido haciendo, me permito recomendárselo para que
si puede ocupar sus servicios se sirva hacerlo.6

Tampoco tuvo buen fin la intervención de Sánchez Azcona para con-


seguirle acomodo en la Secretaría de Hacienda, pues el ministro Ernes-
6
Armando de María y Campos, Múgica... op. cit., p. 47.

34

[Link] 34 24/08/2007, 08:33 p.m.


to Madero precisó que a todos los puestos se llegaba siguiendo el esca-
lafón reglamentario. Como respuesta a tan endeble justificación, el
michoacano reviró con una pregunta: ¿Y cuál ha sido la carrera admi-
nistrativa meritoria de los porfiristas y advenedizos que pululan en las
altas esferas del poder?
Esta rutina de frustraciones y desencantos cambió un poco al recibir
Múgica la invitación del gobernador de Veracruz para que fungiera como
orador en una conmemoración oficial. Pero su distanciamiento con el
maderismo no tenía punto de retorno y ello se evidenció en el acerbo
discurso que pronunció por esos días ante los obreros de “La hormiga”,
durante un mitin celebrado en el Hemiciclo a Juárez. La versatilidad
oratoria del michoacano se concentró en denostar al nuevo gobierno,
integrado en buena medida por personeros del antiguo régimen, y al cual
le reclamaba su falta de voluntad para llevar adelante las promesas de
la revolución. Lo impresionante del caso es que tales críticas las hizo
Múgica en presencia de Vito Alessio Robles, jefe de la policía, quien
recientemente le había ofrecido un puesto como sub-comisario. Y pesó
más la convicción política que el pragmatismo, la indignación moral que
la necesidad de empleo. Al terminar el acto, don Vito se le acercó y le
reprochó el tono encendido, casi subversivo, de su discurso, y la respues-
ta que obtuvo fue contundente: “Pues voy a pronunciar otros más enér-
gicos que el que acaba usted de escuchar”.7
El escenario en la capital no tenía visos de modificación y por ello
decidió regresar a Zamora, donde, tal como lo apuntamos arriba, se de-
dicó a la crítica periodística y a impulsar la candidatura del doctor Silva.
Y nuevamente su temperamento rebelde, expresado en marchas, desplie-
gues oratorios y escritos demoledores en contra de las fuerzas vivas del
catolicismo, lo condujo al choque fatal con las autoridades distritales,
las cuales lo citaron con objeto de aplicarle sanciones administrativas por
“revoltoso”. Múgica no atendió la requisitoria, y la policía lo apresó
acusándolo de “desobediencia” al Poder Judicial. Cansado de este cli-
ma intolerante y represivo, decidió darle un giro radical a su vida al
aceptar la plaza de Director General de Estadística que le ofreció
Venustiano Carranza, gobernador de Coahuila. Así pues, con renovados
bríos, salió rumbo a ese estado norteño a fines de octubre de 1912.
Don Venustiano, quien había tomado posesión de su cargo en sep-
tiembre de 1911, con la anuencia y el respaldo de Madero, tenía una vida
a caballo entre el viejo y el nuevo régimen. Por un lado era miembro dis-
tinguido de la plutocracia porfirista: poseía valiosas haciendas y había

7
Ibid., p. 34.

35

[Link] 35 24/08/2007, 08:33 p.m.


sido alto funcionario y senador durante la dictadura. Por el otro, y a pesar
de su edad avanzada, apoyó a su amigo Bernardo Reyes en la truncada
oposición política de éste al presidente Díaz, y más tarde se subiría a la
ola democrática del maderismo, sin tener en el movimiento una partici-
pación significativa.
Al asumir la gubernatura, Carranza buscó rodearse de gente joven y
con ambiciones políticas, características que poseía Múgica. Y poco
tardó el michoacano en ganarse la confianza de su jefe, al grado de que
éste le encomendó la importantísima misión de trasladarse a la ciudad
de México con el objeto de ofrecerle al Presidente la solidaridad del
estado de Coahuila. Esta medida preventiva se hacía necesaria dado
el clima de inestabilidad política reinante en el gobierno central. Fran-
cisco José arribó a la capital el 14 de febrero de 1913, pero no tuvo suerte
en su intento de entrevistarse personalmente con Madero, así que se las
ingenió para enviar el mensaje a través del capitán Federico Montes,
miembro del cuerpo de ayudantes del Ejecutivo. La respuesta volvió a
Múgica por la misma vía y en ella Madero agradecía el apoyo, pero
puntualizaba que no creía que existiera peligro real para la conservación
del orden institucional.
Los acontecimientos se precipitaron fatídicamente, desmintiendo el
optimismo candoroso del Presidente. El golpe de Estado comenzó en la
madrugada del 9 de febrero, al amotinarse los batallones de la Escuela
Militar de Tlalpan y los cuarteles de Tacubaya. En un principio los
insurrectos tuvieron éxito en el objetivo de liberar a Bernardo Reyes y
Félix Díaz, pero fracasaron en su propósito de tomar Palacio Nacional,
razón por la cual tuvieron que acuartelarse en la Ciudadela. Luego de
un sitio de diez días saturados de vaivenes políticos y militares (inclui-
da la muerte de Reyes en un tiroteo), los generales Victoriano Huerta y
Aureliano Blanquet, azuzados por el intrigante embajador estadouniden-
se, Henry Lane Wilson, traicionaron al gobierno y apresaron a Madero
y Pino Suárez. Ambos gobernantes –además de Gustavo Madero– se-
rían liquidados a sangre fría el 22 de febrero, en un asesinato donde
confluían, perversamente amalgamados, las ambiciones de poder de los
golpistas, la prepotencia imperialista del embajador y el deseo de ven-
ganza de algunos miembros de la oligarquía porfirista.
Y mientras Victoriano Huerta tejía los hilos de su hegemonía políti-
ca, Múgica, informado de la Decena Trágica, buscaba la forma de re-
tornar a Coahuila. Primeramente se dirigió a Querétaro, desde donde
telegrafió al gobernador para dar cuenta de lo acontecido y recibir ór-
denes. Carranza le indicó que intentara recuperar un dinero que le ha-
bía enviado por conducto del Mandatario estatal, Loyola; pero tal mi-

36

[Link] 36 24/08/2007, 08:33 p.m.


sión se volvió imposible puesto que el individuo de marras se había alia-
do a las fuerzas huertistas. Finalmente, la única forma que encontró para
hacerse de recursos económicos que le permitieran emprender el regre-
so a Saltillo fue la penosa venta de su reloj y de otros artículos persona-
les. Su llegada a la capital coahuilense tampoco fue fácil debido a que
los hermanos Cedillo se levantaron en armas en San Luis Potosí y cor-
taron las comunicaciones entre el centro y el norte del país; así enton-
ces, después de un largo rodeo pudo llegar a Monterrey, donde se
encontró con la pésima noticia de que el gobernador de dicha entidad
también se había incorporado a los traidores y por ello se negaba a pres-
tarle el último auxilio. No sería sino hasta el 25 de febrero cuando ocu-
rrió su ingreso al aura protectora del estado carrancista
A manera de contrapeso frente a estos funestos sucesos históricos re-
cién vividos, Múgica tuvo un solo motivo personal gratificante: su boda
con la zamorana Ángela Alcaraz, con quien casó en Michoacán aprove-
chando el breve permiso que le otorgó don Venustiano, ya que a más
tardar el 5 de marzo tendría que incorporarse a lo que se convertiría en
la segunda etapa de la revolución. La joven pueblerina, su primera es-
posa, sería la madre de sus cuatro primeros hijos: María, Blanca, Bertha
y Hugo.

37

[Link] 37 24/08/2007, 08:33 p.m.


38

[Link] 38 24/08/2007, 08:33 p.m.


II. LA REVOLUCIÓN
CONSTITUCIONALISTA

LA DICTADURA

El nuevo orden político fue, de nacimiento, ilegal e ilegítimo, y no


obstante ello contó con el decidido apoyo de la iglesia católica, la em-
bajada norteamericana, el Ejército Federal, la oligarquía porfirista y, más
tarde, el gobierno alemán. Ese enorme poder acumulado por Huerta en
esta coyuntura histórica quedó de manifiesto, a manera de gesto histrió-
nico, en el Te Deum que celebró el Arzobispo de México en presencia
del dictador. Por si fuera poco, debe añadirse que los miembros de la
clase política, diputados, senadores, gobernadores, etc., salvo contadas
excepciones, no levantaron su voz ni para repudiar el magnicidio ni para
oponerse al golpe de Estado; la prensa, en su mayoría, también se plegó
servilmente a las condiciones de represión y censura prevalecientes en
el país (los escasos periódicos opositores fueron clausurados); empero,
fueron los intelectuales quienes ofrecieron la nota más escandalosa en
esta competencia por conseguir la máxima abyección.
En efecto, sorprende por su cantidad y calidad la lista de escritores
y artistas que se sometieron a los lineamientos de este gobierno crapu-
loso y corrupto: Nemecio García Naranjo, Federico Gamboa, Julián
Carrillo, Manuel Gamio, Enrique González Martínez, Salvador Díaz
Mirón (quien tuvo la vileza de afirmar que el déspota “despedía un per-
fume de gloria”), etcétera. De este modo, implícita o explícitamente, por
comodidad o cobardía, cada uno de ellos se convirtió en cómplice de
un régimen a cuyas arbitrariedades se sumaron los asesinatos del gober-
nador de Chihuahua Abraham González, del general Gabriel Hernández,
del periodista Alfonso Campos Ortiz, del poeta Solón Argüelles, del

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[Link] 39 24/08/2007, 08:33 p.m.


diputado Serapio Rendón y del senador Belisario Domínguez. Los dos
últimos, notables como ejemplos de valor civil, pagaron con su vida el
honroso mérito de haberse atrevido a criticar públicamente los atrope-
llos de la tiranía.
A poco de hacerse con el poder, Victoriano Huerta disolvió el Con-
greso de la Unión y rompió la promesa de apoyar la candidatura presi-
dencial de Félix Díaz, su compinche en la asonada militar. Particular-
mente expedita y astuta fue su estrategia con los gobernadores: mandó
asesinar al de Chihuahua, detuvo al de San Luis Potosí, destituyó al de
Aguascalientes, presionó al de Sonora para que pidiera licencia, y a to-
dos los demás los fue domesticando. Sólo Venustiano Carranza, que sin
duda ambicionaba la silla presidencial, tomó la muy riesgosa decisión
de encabezar, desde el poder soberano del estado de Coahuila, la revuelta
armada contra el autócrata. Con ese fin, solicitó en préstamo los fondos
financieros de su entidad, desconoció al gobierno central y desde prin-
cipios de marzo tomó la batuta militar en contra del usurpador.
Esta segunda revolución (1913-1914), como la denomina Friedrich
Katz, fue más radical y sangrienta, más abarcadora y menos espontánea
que la primera de 1910-1911.8 Y en ella, ciertamente, ocurrió la confluen-
cia virtuosa de tres componentes sociales: una clase media creciente y
politizada, decidida a no quedar marginada de la toma de decisiones; un
grupo de políticos de la vieja guardia, institucionales y pro-democráti-
cos, deseosos de obtener gloria personal; y una masa popular que per-
sistía, sobre todo los villistas y zapatistas, en sus perennes reivindica-
ciones de justicia social.
Fue otra vez en el norte (Coahuila, Chihuahua, Durango y Sonora)
donde se formó el nuevo ejército revolucionario, comandado, de un lado,
por líderes guerrilleros del tipo de Pancho Villa y Calixto Contreras, y,
del otro, por individuos provenientes en buena medida de la pequeña bur-
guesía, tales como Álvaro Obregón, Pablo González, Plutarco Elías
Calles, Salvador Alvarado, Manuel Diéguez, Lucio Blanco, Benjanin
Hill, Jacinto Treviño, etc., quienes al fragor de las batallas se transfor-
maron en eficientes estrategas militares.
Francisco J. Múgica perteneció a este último grupo, aunque él jamás
llegó a distinguirse por su capacidad en el oficio de la guerra. A su re-
greso de Michoacán se incorporó al ejército carrancista, con el cual
participó en el importante combate de Anhelo, Coahuila, asumiendo el
puesto de oficial de órdenes. Más tarde, tras la disolución del contingente

8
Friedrich Katz, Pancho Villa, 2 vols., México, Era, 1998, Vol. I, p. 231.

40

[Link] 40 24/08/2007, 08:33 p.m.


militar en fracciones, el michoacano quedó al servicio de Lucio Blan-
co, en calidad de Jefe del Estado Mayor de Operaciones. Una anécdota
trivial da cuenta de cómo sucedió este cambio y, de paso, nos ofrece un
retrato de la personalidad del joven intelectual. Fue el propio Blanco
quien le solicitó a Carranza le permitiera a su tropa quedarse con un
“mentiroso” como Múgica, capaz de hacer buen uso del idioma; por
desgracia, el michoacano no reparó en el lado amable del asunto y re-
clamó de viva voz la supuesta ofensa. El malentendido hizo necesaria
la aclaración de la “broma” por parte de Blanco: “Le pido a usted, Jefe,
que se me incorpore el capitán Múgica porque sé lo que vale en la lu-
cha que vamos a emprender un hombre que tiene la cultura y las con-
vicciones de él”.9 La anuencia de don Venustiano llegó de inmediato, y
un caluroso abrazo rubricó la amistad entre los militares.
El ejército carrancista se instaló en la hacienda de Guadalupe,
Coahuila, luego de varios fracasos militares iniciales. Gracias a la be-
nigna costumbre de escribir su diario, Múgica dejó para la posteridad
una de las más vívidas crónicas de la gestación y las discusiones en tor-
no del Plan de Guadalupe. Este documento histórico, cuyos planteamien-
tos tuvieron un perfil eminentemente político, fue firmado el 26 de marzo
de 1913, y en él se estipuló el desconocimiento del gobierno huertista
y de sus comparsas, la promesa de elecciones generales a la caída del
usurpador, el restablecimiento de la Constitución de 1857 (incorporan-
do enmiendas como la prohibición de la reelección del Presidente), y el
reconocimiento de Venustiano Carranza como Primer Jefe del Ejército
Constitucionalista.
Sin duda lo más sobresaliente del “Diario de Campaña” de Múgica
fue la reproducción fidedigna de aquella confrontación ideológica y tem-
peramental entre, por un lado, el espíritu justiciero e impetuoso de los
jóvenes que pugnaban por una revolución que atacara pronto y de raíz
las injusticias sociales; y, por el otro, el temple sosegado y conservador
de Carranza que anteponía el realismo político de concentrar los esfuer-
zos en dos puntos prioritarios: el derrocamiento de los golpistas y la
gestación del nuevo orden constitucional.
El propio Múgica, al relatar la polémica, parece darle la razón al Pri-
mer Jefe al sumarse con sus compañeros al pragmatismo del momento,
pero la distinta manera de enfocar el asunto entre ambos bandos jamás
desaparecería:

9
Armando de María y Campos, Múgica..., op. cit., p. 58.

41

[Link] 41 24/08/2007, 08:33 p.m.


Don Venustiano se presentó en el recinto de la asamblea pidiendo
informes de nuestra actitud. Fueron amplias las explicaciones... Deseá-
bamos hablarle al pueblo, no sólo de la razón legal de la guerra, sino de
la oportunidad, de la necesidad de vindicar las usurpaciones desde la tierra
hasta la del poder, desde la económica hasta la política. Ya sereno, el cau-
dillo de la legalidad contestó así: “¿Quieren ustedes que la guerra dure
dos años, o cinco años? La guerra será más breve mientras menos resis-
tencia haya que vencer. Los terratenientes, el clero y los industriales son
más fuertes que el gobierno usurpador; hay que acabar primero con éste
y atacar después los problemas que con justicia entusiasman a todos us-
tedes, pero a cuya juventud no les es permitido excogitar los medios de
eliminar fuerzas que se opondrían tenazmente al triunfo de la causa”. La
asamblea objetó aun que había juventud para luchar no sólo cinco sino
diez si era preciso para llegar al triunfo; pero prevaleció la opinión del
Primer Jefe y con agregado de los considerandos ya escritos y la prome-
sa de formular el programa social al triunfo de la lucha, se suscribió el
documento histórico.10

Y aunque por modestia personal no lo consignó en su relato, Múgica


no sólo era el líder de los jóvenes contestatarios, sino que también fue
él quien se atrevió a escribir un proyecto alternativo al Plan de
Guadalupe, en el cual se enarbolaba el reparto de los latifundios, se exi-
gían mejoras laborales y se hacían críticas puntuales al clero. Finalmen-
te la autoridad moral del Primer Jefe se impuso sobre el ímpetu radical
de los rebeldes, y se aprobó el texto moderado que se convertiría en el
santo y seña del carrancismo.
Una vez que el ejército revolucionario se dividió en pequeños gru-
pos, Múgica quedó al mando de trescientos hombres y a las órdenes de
Lucio Blanco, un individuo sin duda interesante en términos históricos.
Su padre fue Ministro en época de Juárez, así que desde la infancia pudo
abrevar del ideario liberal. Como militar obtuvo renombradas victorias,
y gracias a su arrojo y enorme carisma fue ascendido precozmente y por
aclamación de su tropa al puesto de general. Asimismo logró fama como
hombre agraciado en su presencia física, dicharachero y mujeriego
empedernido. Pero además de esa simpatía innata que lo caracterizaba,
también fue un hombre celoso de su independencia, con criterio propio
y quizá demasiado pundonor, pues tuvo conflictos de autoridad con
Carranza, González, Obregón y Villa.
Y no obstante que Blanco y Múgica coincidían en el objetivo de ace-
lerar y radicalizar la revolución, diferían notablemente en personalida-
des: mientras el primero era campechano y gozador de la vida, el segundo

10
Ibid, p. 61 y 62.

42

[Link] 42 24/08/2007, 08:33 p.m.


siempre se mostró como un hombre disciplinado, austero, rígido en sus
convicciones morales, compulsivo a la hora del trabajo, reacio a los pla-
ceres mundanos, y, sobre todo, enemigo acérrimo del tabaco, el alcohol
y los juegos de azar. Esta desemejanza fue el motivo de la desavenen-
cia que tuvieron mientras permanecieron juntos en Tamaulipas, después
de la relevante toma militar de Matamoros a mediados de 1913. El cho-
que de caracteres ocurrió al quedar Múgica como Jefe del Estado Ma-
yor y administrador de la ciudad, pues de inmediato ordenó a los oficia-
les que se comportaran con decoro y dignidad dada la necesidad de sentar
precedente en ese sentido y ser ejemplo para la soldadesca. Blanco,
por su cuenta, no sólo veía como natural el comportamiento relajado de
sus subordinados, sino que les autorizó una concesión para que abrie-
ran un casino donde pudieran darle rienda suelta a su momentáneo es-
parcimiento. El michoacano, al enterarse de la autorización, montó en
cólera e impugnó el permiso que según él acarrearía el descrédito de los
revolucionarios y pervertiría la vida sana de los soldados. Luego de la
sorpresiva iracundia, Blanco le preguntó: “¿Y piensa usted denunciar-
me?” “No, haré algo peor, voy a exibirlo a usted”, repuso Múgica.11 Se-
mejante desafío a su superior en grado llevaba añadida, por si no basta-
ra, la solicitud de que, en caso de no cancelarse el permiso, le otorgara
su traslado de tropa. Para estas fechas, existía ya entre ellos un respeto
y admiración mutuas, así que el general prefirió dar marcha atrás en lo
relativo a la licencia y conservar consigo a tan puntilloso como aprecia-
ble compañero de lucha.
Ciertamente, aún les faltaba vivir y compartir una experiencia revo-
lucionaria en la cual se amalgamaron estupendamente, y por la que ambos
pagaron el precio de contravenir las directrices de don Venustiano. En
efecto, el reparto agrario de la hacienda Los Borregos, propiedad de Félix
Díaz, tuvo un doble significado histórico: por un lado, esta medida de
repartir el latifundio entre los campesinos y soldados de Matamoros se
convirtió en el primer acto agrarista de la revolución del norte; por el
otro, la acción de afectar los intereses económicos del odiado sobrino
de Porfirio Díaz volvió a poner en el tapete de la discusión la disputa
entre el conservadurismo político carrancista y el radicalismo social de
los jóvenes rebeldes, tales como Múgica y Salvador Alvarado.
Cabe precisar, sin embargo, que fue el michoacano y no Lucio Blanco
quien ideó y organizó esta temprana afectación del sistema latifundista,
aunque haya que adjudicársele al coahuilense la responsabilidad políti-
ca de la decisión final. La ceremonia para la entrega de los títulos de

11
Ibid., p. 65.

43

[Link] 43 24/08/2007, 08:33 p.m.


propiedad se verificó el 29 de agosto de 1913. Fue un acto solemne, muy
del gusto de Múgica, en donde hubo marchas revolucionarias y se can-
tó La Marsellesa y el Himno Nacional. El escenario se improvisó ase-
mejando un teatro al aire libre, con estrado, mesa para los dirigentes y
sillería para ubicar a los lugareños, azorados ante tan providencial me-
dida que los volvía beneficiarios de aquellas tierras. Lucio Blanco leyó
el Manifiesto de Reparto Agrario (probablemente redactado por el
michoacano), y procedió a firmar y entregar los documentos a los cam-
pesinos. Se escucharon también discursos encendidos de Ramón Puen-
te y del propio Múgica, en los cuales se fustigaba a los latifundistas y
caciques, amén de justificar y ponderar el hecho histórico que todos ahí
presenciaban y aplaudían.
La noticia del reparto de Los Borregos causó estupor en el ámbito na-
cional. Igualmente hubo repercusiones internacionales, por ejemplo, Jean
Jaures, el insigne socialista francés, publicó un artículo alusivo y enco-
miástico en L´Humanité. Quizá el más escandalizado fue el propio
Carranza, quien al instante se percató de que estaba siendo rebasado por
el ala radical, lo cual afectaba a su autoridad como Primer Jefe, a los
lineamientos del Plan de Guadalupe y a su futuro como candidato a la
Presidencia. No podía, sin embargo, por razones de pragmatismo polí-
tico, condenar la medida agrarista –la cual incluso se vio forzado a rati-
ficar meses más tarde–, pero en cambio sí podía separar definitivamen-
te a esa explosiva pareja conformada por Lucio Blanco y Francisco J.
Múgica. Así entonces, luego de reprender al primero por no haber con-
sultado al mando superior y por haberse extralimitado en sus funciones,
le ordenó su traslado al ejército comandado por Álvaro Obregón; el se-
gundo, a su vez, fue transferido a las tropas de Pablo González.
Nada mejor para reconfortar el ánimo en esta coyuntura de vaivenes
políticos, que la carta que Emiliano Zapata envió a Múgica (y no al ge-
neral Blanco) por conducto de Gildardo Magaña:

Por informes honorables tengo conocimiento de los trabajos que ha


llevado a cabo a favor de la causa que se sostiene y que es usted ardiente
partidario del problema agrario bien definido en el Plan de Ayala, que es
la bandera del pueblo pobre y la que tanto ha defendido con abnegación
y sacrificio, por lo que sinceramente felicito a usted y ojalá que siempre
vea en usted un buen partidario que se preocupe por el bien del pueblo y
que jamás defienda causas personales... Espero que usted sabrá secundar
mis ideas en bien del pueblo mexicano y que pronto nos veamos.12

12
Ibid, p. 70.

44

[Link] 44 24/08/2007, 08:33 p.m.


Varios pasajes de su Diario, durante este convulso año de 1913, nos
reflejan al Múgica íntimo, al hombre de carne y hueso con sus contra-
dicciones, melancolías, anhelos y pesares. Resulta curioso, por ejemplo,
descubrir las reminiscencias religiosas en alguien que después sería fa-
moso por su ateísmo:

Muchos han sido los recuerdos para mi guare y mis deseos de verla
crecen con los días que huyen azarosos y llenos de peligro pero es por
ella y por nuestro futuro angelito por quien trabajo. Dios me ayude y me
proteja.13

Tantos años en el seminario no pasaron sin huella, así que fue paula-
tino y con altibajos su proceso hacia la incredulidad religiosa. En otro
pasaje aparece un atisbo de su filón crítico, cuando rememora el día de
su boda en “aquella capillita y cómo el ministro nos habló de deberes y
trazó sobre nosotros los signos esos idolátricos que admira tanto la so-
ciedad”.14
Igualmente resulta interesante advertir que, no obstante ser un hom-
bre dedicado de tiempo completo a la política, Múgica disfrutaba de la
música culta en sus ratos de ocio. El 7 de mayo, luego de relatar en su
Diario las peripecias de la huida del administrador de la hacienda La
Sauteña (quien hasta se olvidó de su veliz con tal de no caer en manos
de los revolucionarios) escribió: “Oyendo Pescatori di Perle de Bizet,
en nuestro gramófono, pienso en mi adorada Blanca, tan hermosa, tan
buena y tan amada por su guerrillero”.15 Otro día del mismo mes cuenta
cómo, mientras escuchaba la “Rapsodia Húngara”, volvió a sentir esa in-
cisiva nostalgia que acomete a los enamorados. No hay duda, empero,
que estas pequeñas distracciones son rarezas en un Diario que refiere,
principalmente, los vericuetos de su oficio como político en perenne
búsqueda de la justicia social: la satisfacción al sentir la entusiasta aco-
gida popular después de cada discurso revolucionario, las visitas para
auxiliar a las viudas y los huérfanos que aparecen como víctimas iner-
mes de la guerra, el castigo ejemplar a los soldados de su ejército que
cometen atropellos y robos amparándose en la fuerza militar, y la per-
sistente solidaridad con los desposeídos: “Queremos que los pobres vean
prácticamente cumplidos sus deseos de evolución económica. Quién pu-
diera darme el gozo de ir a mis montañas michoacanas y darles a mis
indios sus bosques y a mis gañanes sus praderas”.16

13
Francisco J. Múgica, Estos mis..., op. cit., p. 53.
14
Ibid, p. 53.
15
Ibid, p. 56.
16
Ibid, p. 78.

45

[Link] 45 24/08/2007, 08:33 p.m.


Para cerrar el círculo de esta temporada fugaz pero luminosa al lado
de Lucio Blanco, nada más conveniente que ponderar aquí una de las
cualidades proverbiales de Francisco J. Múgica: la honradez a la hora
de administrar los recursos públicos. En efecto, en un país en donde la
corrupción y el latrocinio han sido práctica consuetudinaria de los polí-
ticos, el michoacano emerge como una rara avis. En una carta del ge-
neral al capitán, Blanco apuntó: “En cuanto al manejo de los fondos de
la revolución que tuvo usted encomendados, debo decirle, por ser la
verdad, que lejos de haber tenido motivos de queja o de desconfianza,
tuve y tengo la convicción de que se portó usted con intachable honra-
dez”.17
Y si bien la disolución de la pareja Múgica-Blanco, ordenada por
Carranza, retrasó el proyecto político de los jóvenes radicales, no mo-
dificó en cambio el curso de los acontecimientos que tendía hacia el de-
rrocamiento de la dictadura. Victoriano Huerta, además de dipsómano
y corrupto, fue un mediocre como estratega político. Rápidamente, en
un contexto nacional de crisis económica y degradación espiritual, per-
dió los apoyos iniciales a su régimen y no supo sobreponerse a la in-
tervención militar norteamericana de Veracruz (abril-noviembre de 1914),
ordenada por el Presidente demócrata Woodrow Wilson.
Particularmente trascendente fue el papel que jugó el ejército villista
en la derrota del usurpador, al apoderarse la División del Norte del con-
trol militar en Chihuahua, Coahuila y Zacatecas. El mítico Pancho Villa
llevaba en sus entrañas el sino de su naturaleza ambigua, esa perpetua
polarización de su personalidad que aún nos deja perplejos: bandolero
y revolucionario, hombre sanguinario y protector de sus soldados, fiel
con sus amigos y cruel con sus mujeres, sensible hasta el llanto ante el su-
frimiento de sus seres queridos y xenófobo agresor de minorías étnicas
como los españoles y chinos, enemigo acérrimo de los hacendados y él
mismo acaudalado empresario al final de sus días, sencillo en el trato
con sus semejantes y autoritario e irascible al ejercer el mando, indivi-
duo consciente de sus limitaciones intelectuales pero compulsivo en su
sed de poder. Este esbozo quedaría incompleto si no se subraya el he-
cho de que, al igual que Zapata, el “Centauro del Norte” tampoco tenía
un proyecto global de nación, y que, en contraste con el “Atila del Sur”,
su programa de reparto agrario se circunscribía principalmente a la con-
fiscación de tierras –como forma inmediata de subsidiar a su ejército–
y a la conformación de colonias militares para sus soldados. Así enton-
ces, con este cúmulo de virtudes y defectos a cuestas, Villa se convirtió
en uno de los artífices de la debacle del ejército huertista.

17
Armando de María y Campos, Múgica..., op. cit., p.58.

46

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La batalla de Zacatecas, a fines de junio, significó la liquidación bé-
lica de los federales. Para salvar su vida, Huerta renunció a la Presiden-
cia el 15 de julio y huyó a los Estados Unidos, sin saber que pronto y de
manera brutal encontraría la faz de la muerte en una cárcel de Texas.
A manera de contrapunto histórico, Venustiano Carranza entró a la ca-
pital el 13 de agosto de 1913, ostentando con aire triunfal su condición
de Primer Jefe de la revolución constitucionalista.
Ciertamente, el magnicidio de Madero y la tiranía huertista habían lo-
grado la unificación circunstancial, efímera por desgracia, de diferentes
formas grupales e individuales de percibir y actuar en el decurso de la
guerra civil. En este maremágnum de fuerzas que confluyeron en el río
revolucionario había de todo: diferentes estratos sociales con sus respec-
tivos intereses de clase, reivindicaciones disímbolas centradas en la justi-
cia social o bien dirigidas al ámbito político, programas de gobierno con
proyección nacional o bien restringidos al marco local, y levantamien-
tos espontáneos de pueblos agraviados por el despojo y la explotación,
cuya razón de lucha difería de las motivaciones egoístas que explicaban
la conducta de los políticos arribistas y de los bandoleros oportunistas.
Desdichadamente, al desaparecer del escenario el enemigo común, los
antiguos aliados entraron en colisión, las desemejanzas políticas y so-
ciales se convirtieron en contradicciones irresolubles y, al igual que el
Saturno de Goya, la revolución comenzó ese patético ritual que consis-
te en devorar a sus propios hijos.

LA GUERRA FRATRICIDA

El de México no es, ciertamente, un caso extraordinario. Baste re-


cordar la época del terror de los jacobinos contra los girondinos en la
revolución francesa, o la liquidación física, luego de la muerte de Lenin,
de los principales líderes bolcheviques durante el genocidio estalinista.
En nuestro país los acontecimientos fueron menos dramáticos y sangrien-
tos, pero igualmente revelaron una fatídica incapacidad de los líderes re-
volucionarios para conciliar sus diferencias políticas en beneficio de la
nación, una funesta predominancia de las ambiciones caudillistas de
poder y un odio personalizado que cancelaba de raíz el trabajo conjun-
to hacia la refundación política de la República.
Este choque irreconciliable de egos, proyectos y actitudes se mani-
festó claramente durante la Convención de Aguascalientes, celebrada
entre el 10 de octubre y el 10 de noviembre de 1914, la cual se procla-
mó a sí misma como soberana. El espectro político era bastante com-
plejo: Zapata controlaba Morelos y sus alrededores, Pablo González tenía

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el mando en Tampico, Maytorena gobernaba Sonora, Pancho Villa do-
minaba Chihuahua y los estados circunvecinos, y los carrancistas ejer-
cían su hegemonía en la capital y buena parte del país. Para colmo, al
radicalizarse la Convención, una vez que se asumieron como propios los
artículos principales del Plan de Ayala, y al adoptarse la salomónica e
impráctica decisión de destituir de sus mandos a Villa y a Carranza, eli-
giéndose como Presidente interino a Eulalio Gutiérrez, las perspectivas
de acuerdo entre los representantes de las distintas fuerzas militares se
fueron evaporando y resurgió entonces el clamor de que la obtención del
poder supremo se dirimiría fatalmente a través de la guerra.
Así las cosas, las viejas rivalidades reaparecieron: por un lado,
Maytorena, Villa y Zapata consolidaron su alianza en contra de los
carrancistas, y continuaron ofreciéndole apoyo al gobierno emanado de
la Convención; por el otro, Obregón, González y otros muchos genera-
les se alinearon finalmente al proyecto constitucionalista del Primer Jefe,
quien decidió trasladar su gobierno a Veracruz, el 1 de noviembre de ese
año.
Por su parte, aprovechando el vacío de poder, las fuerzas con-
vencionistas tomaron la capital y varios de los generales se instalaron en
las residencias de los porfiristas, quienes en su mayoría pudieron refu-
giarse en el extranjero, evitando con ello caer víctimas del terror re-
volucionario, el cual ciertamente no resultó tan cruento si se compara
con el ocurrido en Francia y Rusia. Friedrich Katz apunta la cifra de
ciento cincuenta individuos que murieron (fusilados en masa y sigilo-
samente en los amaneceres de esos días) a consecuencia del odio y las
venganzas de villistas y zapatistas durante el breve tiempo que perma-
necieron en la ciudad de México.18 Empero, lo que más sorprende al his-
toriador austriaco no es la violencia que se aplicó a los huertistas y
porfiristas, sino aquélla que se emprendió en contra de los propios
convencionistas, algunos de ellos distinguidos revolucionarios, como
García Aragón y Paulino Martínez, cuyo único defecto consistió en te-
ner viejas rencillas con alguno de los dos caudillos. Así pues, Zapata (que
admiraba a los jacobinos franceses y justificaba el terror revoluciona-
rio) y Villa (famoso por acribillar sin piedad a todo aquel que conside-
raba traidor) se intercambiaron sus respectivos enemigos personales en
el Pacto de Xochimilco y los pasaron por las armas.
En este ambiente caracterizado por el desorden y la debilidad polí-
tica del Presidente Eulalio Gutiérrez, ocurrió una de las ceremonias más

18
Friedrich Katz, Pancho Villa, op. cit., vol. 2, pp. 34 y 35.

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inusitadas de la historia del país. El 6 de diciembre de 1914 los líderes
populares, Zapata y Villa, se encontraron en Palacio Nacional y ahí se
tomaron la celebérrima foto que mostraría al mundo el rostro tímido y
receloso del primero, contrastando notablemente con el gesto gozoso
y satisfecho del segundo.
Declaradas las hostilidades entre convencionistas y carrancistas, entre
Maytorena y Obregón, y, más tarde, a partir de la ruptura entre Villa y
Gutiérrez, no quedaba otra alternativa que reagrupar las respectivas fuer-
zas militares y hacer nuevos aliados políticos con vistas al desenlace final.
En este sentido, los carrancistas, que para entonces ya contaban con el
respaldo pleno de los generales sonorenses, fueron más astutos y toma-
ron la iniciativa de los acontecimientos. Un aspecto central en esta es-
trategia fue la promulgación de la Ley del 6 de enero de 1915, surgida
de la sabia inspiración de Luis Cabrera. En ella, y para beneplácito de
Múgica y los jóvenes radicales, se plantearon finalmente demandas so-
ciales agraristas tales como la restitución de las tierras comunales a los
campesinos y la disolución de los grandes latifundios en ejidos y peque-
ñas propiedades, además de que se estipularon algunos de los instrumen-
tos generales que harían más efectiva y expedita la justicia a favor de
los obreros y campesinos. Indudablemente, el momento político esco-
gido por los carrancistas para enarbolar la bandera agrarista no podía
haber sido más oportuno, pues de esta manera sumaron a sus filas
adherentes rurales y se los restaron al zapatismo; asimismo, al conven-
cer a Carranza de los beneficios políticos de la medida, don Luis no sólo
cumplía eficientemente como asesor del Primer Jefe sino que también
le era fiel a sus propias convicciones heredadas de su maestro Molina
Enríquez.
En esta búsqueda de la supremacía estratégica frente a su enemigo
común, Obregón y Carranza se percataron de la importancia política de
ganarse al movimiento obrero para su causa, y con esta finalidad ofre-
cieron una legislación que favorecía a la clase trabajadora a cambio de
su respaldo político y militar. La alianza fructificó y en febrero de 1915
los carrancistas firmaron un pacto político con los dirigentes de la Casa
del Obrero Mundial, de reciente creación, y los asalariados se dieron a
la tarea de formar los Batallones Rojos que combatirían al lado de los
constitucionalistas.
No hay duda que, en última instancia, fue la superioridad técnica y
logística del ejército obregonista la clave de su victoria sobre las tropas
villistas. En efecto, a diferencia de Villa, quien rehusó seguir los atina-
dos consejos del general Felipe Ángeles, Obregón supo sacar provecho
inmediato de los nuevos inventos y experiencias bélicas que se estaban

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experimentando en la Primera Guerra Mundial, tales como el uso de las
trincheras y las alambradas de púas, amén de los nuevos rifles y ame-
tralladoras que multiplicaban la capacidad de fuego. Si a todo ello le su-
mamos los errores militares del “Centauro del Norte”, resultan com-
prensibles entonces las estrepitosas derrotas de la caballería de los
Dorados en Celaya, León y Aguascalientes. Para el mes de octubre, el
otrora temible ejército villista se encontraba en retirada, diezmado y con
escasa presencia tan sólo en Chihuahua. Los zapatistas, por su parte,
habían sido severamente golpeados y desde agosto se atrincheraron en
su bastión morelense. Como corolario de esta guerra intestina ganada por
los constitucionalistas, y luego de verificarse la salida de la capital de
los restos del gabinete convencionista, ocurrió también el reconocimiento
diplomático norteamericano otorgado por Wilson al gobierno provisio-
nal de Carranza el 19 de octubre de 1915. El Primer Jefe, dueño al fin
de los destinos del país, ordenó el traslado del Poder Ejecutivo a
Querétaro y durante el año de 1916 dedicó sus esfuerzos a preparar la
génesis del nuevo orden constitucional.
La guerra civil de 1913-1915, a diferencia del interludio maderista,
dio lugar a una revolución en el sentido amplio del término, es decir, fue
la causa de la destrucción violenta del antiguo régimen y propició el
cambio radical de las estructuras sociales y políticas de la nación. A partir
de los años 1916 y 1917 se gestó ese nuevo orden político y social que,
por un lado, erradicó definitivamente el anquilosado estado porfirista con
su pesada burocracia, su marco institucional despótico, su Poder Judi-
cial, Ejército y policía; y, por el otro, sentó las bases para la paulatina
modificación de las rígidas relaciones económicas de propiedad y pro-
ducción que ataban la fuerza laboral al campo y obstaculizaban con ello
el desarrollo ulterior de un capitalismo más pujante y moderno.

LA PROBIDAD DEL FUNCIONARIO PÚBLICO

Dos actitudes aparecen como señas de identidad de la vida de Fran-


cisco J. Múgica: en primer término su radicalismo social, causante de
filias y fobias; y, en segundo, su indeclinable honradez, reconocida in-
cluso por sus más acérrimos detractores, misma que practicó cotidia-
namente como una suerte de rara virtud en una época y una cultura
caracterizadas por la utilización de los puestos públicos y militares como
vía rápida para el enriquecimiento personal. Esta probidad en el mane-
jo de los recursos públicos, sin demérito de la eficiencia, se corroboró
desde el primero al último de los puestos de responsabilidad que tuvo a
su cargo.

50

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El 14 de mayo de 1914, el general Pablo González, a cuyo mando
quedó Múgica luego de la disolución de su mancuerna con Lucio Blan-
co, lo nombró Administrador de la Aduana Marítima de Tampico. Seis
meses escasos le fueron suficientes al michoacano para emprender una
labor que dejó huella positiva en el puerto: la reestructuración adminis-
trativa, la creación de la Lotería Nacional, el mejoramiento de las con-
diciones de los trabajadores portuarios, la inversión en ferrocarriles y
correos y la prohibición de los juegos de azar.
Venustiano Carranza, quien no simpatizaba políticamente con el idea-
rio radical de Múgica, pero lo respetaba y hasta llegó a tratarlo con el
mote paternal de “hijo”, sabía bien de su capacidad y honradez y por tal
motivo, a fines del año, lo transfirió de Tampico a Veracruz con la mis-
ma encomienda de poner en orden esta aduana marítima de importancia
estratégica. En efecto, esta ciudad no sólo era vital desde el punto de vista
comercial, sino que también tenía trascendencia como bastión político
y plaza militar, y por eso había sido ocupada por los estadounidenses
de abril a noviembre de 1914. Al irse los norteamericanos, el flamante
administrador dispuso que se publicara en la prensa la lista de personas
que habían colaborado con los invasores, a quienes Múgica consideró
traidores a la patria (en este listado aparecía el nombre de Adolfo Ruiz
Cortinez, futuro Presidente de México). Más controvertida aún, pero muy
propia de su personalidad, fue la decisión de cesar de sus puestos de
trabajo a todos los funcionarios huertistas, acusados de complicidad con
el tirano. Los afectados apelaron la medida ante las instancias superio-
res y obtuvieron una orden de reinstalación, misma que finalmente fue
desechada pues Múgica contraatacó e insistió en la legalidad y justeza
de su decreto.
Además de meterse en problemas con las fuerzas de la reacción,
Múgica aprovechó su nuevo cargo para incrementar los sueldos de los
alijadores, ampliar la capacidad productiva de los muelles y construir un
nuevo edificio que alojara las oficinas de la Aduana. Sus éxitos como
funcionario, a los cuales habría que agregar su nombramiento oficial a
principios del año como Presidente del Supremo Tribunal de Justicia
Militar, tuvieron dos recompensas inmediatas: una de carácter militar,
ya que el Primer Jefe lo ascendió a General Brigadier, a partir del 28 de
enero de 1915; y la otra, del orden de las satisfacciones más intimas, la
carta encomiástica que recibió de Luis Cabrera:

...el jefe del Departamento de Contabilidad me informa del resultado


de la visita extraordinaria que practicó en la Aduana Marítima de
Veracruz, el día 24 de junio de 1915. [...] quedé satisfecho por la confir-

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[Link] 51 24/08/2007, 08:33 p.m.


mación respecto a la laboriosidad, empeño, honradez y orden con que
había sido manejada por usted la Aduana Marítima de Veracruz, que es
la primera de nuestras Aduanas. En vista de la probabilidad de que el ciu-
dadano Primer Jefe llame a usted nuevamente al servicio activo militar,
y de que, por lo tanto, pudiera usted tener que dejar el puesto que hasta
ahora ha desempeñado, no quiero dejar pasar esta oportunidad sin mani-
festarle que, tanto en mi calidad de Secretario de Hacienda del Gobierno
Constitucionalista, como en lo personal, considero a usted como a uno
de los elementos que ha prestado mejores servicios a nuestra causa en el
ramo de Hacienda, y que mi mejor deseo sería que en cualquier época
que el ciudadano Primer Jefe no necesitara de los servicios militares de
usted, pudiera prestarnos su valiosa ayuda en la Secretaría que ahora tengo
a mi cargo.1 9

Efectivamente, tal como lo preveía Cabrera en su misiva, al poco tiem-


po Carranza requirió los servicios militares y políticos de Múgica en
Tabasco, estado en donde había sido asesinado el gobernador Pedro C.
Colorado, víctima de una sublevación militar golpista que generó anar-
quía en esta importante región del sureste mexicano. A principios de sep-
tiembre, ostentando el nombramiento de Jefe de Operaciones Militares
y a cargo de setecientos hombres, el michoacano salió de Veracruz rumbo
a la Chontalpa con la encomienda de castigar a los insurrectos y pacifi-
car al estado tabasqueño. La misión fue cumplida al pie de la letra, y tal
como era la usanza en aquellos tiempos de guerra, los responsables del
amotinamiento fueron fusilados (recuérdese, a propósito, las despiadadas
matanzas mutuas entre villistas y carrancistas). A manera de recompen-
sa por sus servicios y dada la confianza que sentía el Primer Jefe en su
capacidad administrativa, Francisco José fue designado Gobernador
Provisional del Estado de Tabasco el 8 de septiembre de 1915.
Es una ironía de la historia que un político conservador como Carran-
za se viera en la necesidad de reclutar a dos individuos inscritos ideoló-
gicamente en lo que hemos denominado “radicalismo social”, esta co-
rriente específica y minoritaria que fue una más de las distintas tendencias
políticas que convergieron en la Revolución Mexicana, y la cual estuvo
abanderada por hombres como Múgica, Salvador Alvarado, Felipe Ca-
rrillo Puerto y Adalberto Tejeda. Y si a Múgica se le convocó en 1915
para que gobernara Tabasco, lo mismo sucedió con Salvador Alvarado
a quien en este mismo año se le solicitó se hiciera cargo de pacificar y
gobernar Yucatán. Nacido en Sinaloa, Alvarado hizo su carrera militar

19
Armando de María y Campos, Múgica..., op. cit., pp. 79-80.

52

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en las entrañas del grupo sonorense, no obstante que fue uno de los ge-
nerales más autónomos frente a la sombra poderosa de Obregón. Revo-
lucionario por convicción, luchó en contra de Porfirio Díaz, Pascual
Orozco y Victoriano Huerta. Su gestión administrativa en Yucatán, de
1915 a 1918, guardó enormes similitudes con la de Múgica en Tabasco.
En la península, el sinaloense llevó adelante una reforma social de gran
envergadura: legisló a favor de los obreros y creó la filial yucateca de
la Casa del Obrero Mundial; organizó congresos para fomentar la edu-
cación y reivindicar el papel de la mujer en la vida social; fundó la Es-
cuela de Artes y Oficios, la de Bellas Artes y la Libre de Derecho; co-
menzó una política ambiciosa de reparto agrario; legisló en contra del
alcoholismo para proteger a los indígenas, y regresó a Sonora a los in-
dios Yaquis que se vendían como esclavos en Yucatán; y favoreció la
democratización del estado y la participación de la juventud universita-
ria. En fin, realizó una transformación radical y socializante, inusitada
para la época y a contracorriente de los designios del Primer Jefe.
De manera similar, Múgica aprovechó la gubernatura de Tabasco para
ensayar su modelo igualitario de sociedad, actuando siempre, como
era su costumbre, con rectitud, firmeza y enorme valor civil a la hora de
enfrentar innumerables obstáculos y enemigos poderosos. De su labor
administrativa cabe citar reformas de muy diversa índole: promulgó la
Ley Orgánica de Administración de Justicia, suprimió las jefaturas po-
líticas, fomentó la autonomía municipal basada en el sufragio democrá-
tico, auspició la reforma al código sanitario (punto de partida del com-
bate a las epidemias), prohibió el pago con bebidas embriagantes a
los trabajadores, terminó con la discriminación clasista en el uso de los
panteones y sustituyó el nombre de San Juan Bautista por el de Villa-
hermosa, tal como se denominaba anteriormente a la capital. Entre to-
das estas disposiciones, resulta digno de mención el hecho de que
Múgica, considerado un fanático antirreligioso por muchos de sus
malquerientes, haya propiciado el traslado respetuoso de los restos mor-
tales de monseñor Castellanos, obispo de Tabasco, a su tierra natal,
Ecuandureo, Michoacán. Lo interesante del caso es que este prelado no
sólo era su paisano, sino el hombre que, muchos años atrás, siendo di-
rector del Seminario de Zamora, tomó la decisión de expulsar del mis-
mo al joven rebelde.
Una de las preocupaciones primordiales de Múgica en todas las oca-
siones en que ocupó puestos gubernamentales fue la instrucción y
concientización educativa de la gente. Por ello se dio a la tarea de crear
el Departamento de Educación Pública, además de multiplicar el presu-
puesto estatal destinado al sector escolar. Consecuente con sus ideales,

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fundó la Escuela de Artes y ordenó, antes de que esa medida se volvie-
ra constitucional en 1917, que todos los planteles privados impartieran
educación laica y adoptaran los programas aprobados por la Dirección
General de Educación. Ya desde entonces, enarbolaba los cuatro pila-
res que debían apuntalar la tarea educativa: la gratuidad, la obligatorie-
dad, el laicismo y la cientificidad. Y para poner en práctica sus anhelos,
nada mejor que abrir instituciones como la Escuela de Música y la Vo-
cacional de Señoritas, y apoyar con becas a un grupo de jóvenes
talentosos, dieciséis hombres y tres mujeres, quienes de este modo pu-
dieron continuar sus estudios universitarios en la ciudad de México. No
pudo, por falta de tiempo, llevar adelante el decreto 179 por medio del
cual se fundaba en Tabasco una “República Escolar”, en donde se im-
partirían materias de política y civismo, mismas que coadyuvarían tan-
to a la regeneración espiritual del pueblo como a fomentar la libertad e
igualdad entre los individuos.
A semejanza de Alvarado, quien organizó en Yucatán (enero de 1916)
el Primer Congreso Feminista, Múgica también abogó toda su vida por
la igualdad social, política y cultural entre hombres y mujeres. Además
de ser famoso por sus ideas vanguardistas, igualmente fue solidario con
los movimientos democráticos y revolucionarios latinoamericanos, con-
tribuyendo con dinero y armas a la insurrección política guatemalteca
que, en1920, acabaría con el gobierno dictatorial de Estrada Cabrera.
El espíritu impetuoso y justiciero de Múgica lo llevó, nuevamente, a
una confrontación con el Primer Jefe en lo concerniente a la cuestión
agraria. Los acontecimientos se presentaron desde el inicio de su ges-
tión administrativa, cuando recibió la visita de una comisión de campesi-
nos de Jonuta que le solicitó, amparándose en la Ley del 6 de enero, la
restitución de las tierras de la isla de Santa Rita (también llamada El
Chinal). El nuevo gobernador ordenó de inmediato una investigación
exhaustiva de la historia de la propiedad, la cual había sido arrebatada
a la comunidad cien años atrás, y que en ese momento era usufructua-
da por la Compañía Agrícola Tabasqueña, S.A., de capital español y es-
tadounidense. Luego de recibir los informes requeridos, Francisco José
confirmó la legalidad del reclamo y ordenó, el 13 de mayo de 1916, el
reparto de El Chinal en forma de ejidos para los campesinos. Evidente-
mente, la poderosa empresa no se ató de manos y elevó una airada pro-
testa dirigida directamente a Carranza, quien, como era previsible, se
puso de su parte y ordenó a Múgica la devolución inmediata de las tie-
rras a los capitalistas extranjeros. Pero si tiempo atrás el michoacano
contuvo sus ansias revolucionarias, ahora no podía ceder pues se trata-
ba de un acto de justicia agrarista que le llegaba al fondo del alma. En

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una extensa carta, el gobernador explicó al Presidente las razones polí-
ticas y sociales de la medida, se refirió al hecho de que desde 1914-1915,
el movimiento constitucionalista había incorporado a su programa de go-
bierno las demandas de los campesinos que pedían la reintegración de
sus propiedades, y que por todo ello sería una inconsecuencia y un des-
crédito ir en contra de los principios por los cuales tanto se había lucha-
do. Para rematar su catilinaria, y en el caso de que el Primer Jefe reite-
rara la orden contraria a los lugareños, apuntó: “...me permito rogar a
usted que me permita hacer entrega del gobierno a otra persona para que
se efectúe la devolución de dichas tierras a la acaudalada compañía, pues
por mis sentimientos personales sería un sacrificio inaceptable obrar en
inverso sentido de mis convicciones revolucionarias, de las leyes del
gobierno preconstitucional y de las aspiraciones del pueblo”.20 Aunque
no por mucho tiempo, Francisco José se apuntó esta vez una victoria
significativa: el reparto ejidal ordenado por él fue respetado y pudo per-
manecer en su puesto hasta septiembre de 1916. A partir de esta fecha,
sin embargo, Carranza se cobró la afrenta de Múgica y, para evitarse más
problemas con la oligarquía Tabasqueña, decidió comisionarlo en otro
lugar asignándole el puesto de Jefe Militar de Tehuantepec. ¿Por qué,
cabe preguntar, pudo quitarlo de la gubernatura tan fácilmente? Porque
Múgica, a pesar de su capacidad y probidad como funcionario, nunca
recurrió a las prácticas de los políticos tradicionales: conseguir adeptos,
construir un grupo de apoyo, repartir cuotas de poder, etc. A diferencia
de líderes locales como Alvarado, Tejeda, Cedillo y Carrillo Puerto,
Múgica siempre desestimó que fuera imprescindible hacerse de un
poder regional propio, más allá del prestigio y la eficiencia administra-
tiva del individuo.
No obstante que profesaba fidelidad política y militar al Primer Jefe,
es difícil encontrar en los escritos de la época un documento más críti-
co del carrancismo en el poder que la carta escrita por Múgica a su com-
pañero de ideas, Salvador Alvarado, en agosto de 1916. Esta misiva no
tiene desperdicio: en ella se enjuició negativamente la actitud reaccio-
naria del Presidente, el incumplimiento de la Ley del 6 de enero en lo
concerniente al reparto de tierras, el burocratismo de la Gran Comisión
Nacional Agraria, la protección que se les brindaba a los terratenientes
(en particular mencionó el caso de Santiago Slade, explotador de los
indios tarascos), la permanencia de huertistas y porfiristas en algu-
nos puestos públicos, la actitud servil de la prensa oficialista y la inep-

20
Ibid., p. 101.

55

[Link] 55 24/08/2007, 08:33 p.m.


titud generalizada de la administración pública, todas ellas razones su-
ficientes como para “sentirse decepcionado y triste viendo tanta vida per-
dida, tanta orfandad, tanta riqueza y energía nacional sacrificadas para
conseguir a medias lo que ambicionábamos entero para la patria”.21
No obstante que su gestión gubernamental duró apenas un año, pudo
dejar sentados algunos principios de enorme valor normativo para la vida
política posterior. Tres disposiciones oficiales así lo atestiguan: el ha-
ber puesto en práctica los plebiscitos como forma novedosa para elegir
a los funcionarios públicos, el rodearse exclusivamente de oriundos de
Tabasco para la conformación de su gabinete, y la prohibición de los
tradicionales festejos de pleitesía a los políticos en turno.
La experiencia mugiquista en estos lares corroboró, además, que el
ejercicio de un gobierno como el suyo, que aumentó el presupuesto, mul-
tiplicó los gastos en educación e invirtió recursos en servicios para la
población, no necesariamente conduce al desequilibrio fiscal y a la te-
mida inflación; en su caso específico, Francisco José tuvo el orgullo de
informarle a los tabasqueños que dejaba ese estado con un superávit
hacendario, a pesar de que al comienzo de su gestión había recibido las
arcas con un gravoso déficit en las finanzas.
El paso fugaz de Múgica por Tehuantepec, de septiembre a diciem-
bre de 1916, no tuvo para él mayor importancia, dado que lo entendía
como un simple trámite para removerlo y desembarazarse de su radica-
lismo. A Carranza, sin embargo, el tiro le salió por la culata, pues el
nuevo puesto se convirtió a la postre en la puerta abierta que le permi-
tió a Múgica inscribirse como candidato a diputado para el Congreso
Constituyente. Y aquí, en este magno suceso histórico, ocurrió el enfren-
tamiento más relevante de Múgica con el Primer Jefe, y, al mismo tiem-
po, la batalla más conspicua de su vida política.

LA EPOPEYA DEL CONSTITUYENTE

Venustiano Carranza, Presidente del periodo preconstitucional, sabía


bien que sería en el seno del Congreso Constituyente, al cual se convo-
có el 19 de septiembre de 1916, donde se daría la siguiente y más tras-
cendente lucha política entre los revolucionarios; ahí se determinaría,
finalmente, qué proyecto de nación triunfaría y cuál sería la estructura
juridico-política que serviría de base para el ejercicio del poder del Es-
tado naciente.

21
Ibid., p. 103.

56

[Link] 56 24/08/2007, 08:33 p.m.


La Carta Magna concebida por el Primer Jefe se inspiraba, fundamen-
talmente, en la Constitución liberal de 1857, y sólo contemplaba modi-
ficaciones en algunos preceptos políticos como la prohibición de la re-
elección y la eliminación de la vicepresidencia. En esencia se trataba de
un proyecto de alcances modestos que, por un lado, excluía la incorpo-
ración de grandes reformas sociales, y que, por el otro, restringía el pa-
pel del Estado a sus funciones estrictamente políticas, desdibujando con
ello la posibilidad de una mayor intervención de éste en asuntos de equi-
dad y justicia social. Félix Palavicini, responsable de la Secretaría de
Instrucción Pública, se encargó de publicitar en su periódico El pueblo
este modelo constitucional que aglutinaría, luego de las elecciones del
22 de octubre, al grupo carrancista o de los moderados, integrado por
diputados como: Alfonso Cravioto, Luis Manuel Rojas, José Natividad
Macías, Juan N. Farías y el propio Palavicini.
De un conglomerado heterogéneo en edades y procedencia social,
pero donde abundaban los jóvenes de clase media (periodistas, intelec-
tuales, abogados, médicos, etc.), surgió el grupo de los congresistas ra-
dicales, gente como Enrique Colunga, Luis G. Monzón, Alberto Román,
Heriberto Jara, Enrique Recio y Francisco José Múgica, quienes aspira-
ban a una Constitución de avanzada, en cuyos lineamientos no sólo se
plasmara un orden jurídico liberal y democrático, garante de la legali-
dad y la legitimidad, sino en el cual se aseguraran los derechos sociales
y las demandas de justicia por las cuales tanto se había luchado en el de-
curso de la revolución. Del listado de reivindicaciones que se pondrían
en el tapete de la discusión en un periodo formal de sesiones que abar-
có del 1 de diciembre de 1916 al 31 de enero de 1917, las que más
álgidamente confrontaron a moderados y radicales fueron las concernien-
tes a la relación iglesia-Estado y a los problemas agrario, laboral y edu-
cativo.
En este contexto de polarización política y de arduo trabajo legisla-
tivo (se produjo un texto voluminoso en un tiempo bastante menor que
el requerido por los constituyentes de 1824 y 1857), deben mencionarse
dos factores significativos que incidieron en el rumbo de los aconteci-
mientos: 1) La dinámica de los debates nunca fue monolítica, dada la
presencia en la polémica y en las votaciones de grupos políticos inter-
medios, el cruce de lealtades en los momentos culminantes y la partici-
pación de algunos personajes independientes como el caso de Pastor
Rouaix; y 2) La persistente sombra de Alvaro Obregón en las entretelas
y meandros del Constituyente, pues aunque no imponía directamente su
voluntad a los radicales, ni su ideología personal coincidía con la de
éstos, sí en cambio cumplía con su cometido de restarle poder a Carranza
a través de debilitar el proyecto constitucional del Primer Jefe.

57

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En octubre de 1916, a los 32 años, sin ser profesionista (aunque po-
seía un importante bagaje cultural), amparado por su historial al servi-
cio de la revolución y respaldado por el Club de Obreros Libres Melchor
Ocampo, Francisco J. Múgica se inscribió y ganó las votaciones que lo
convirtieron en diputado propietario por Zamora. Apenas recibió la no-
ticia de su triunfo electoral se trasladó a Querétaro, donde el 21 de
noviembre comenzaron las juntas preparatorias para elegir la mesa di-
rectiva y las diferentes comisiones que coordinarían los trabajos del Con-
greso a partir del 1 de diciembre en el Teatro Iturbide.
Dados los antecedentes izquierdistas del michoacano, el grupo con-
servador maniobró políticamente para que, por ningún motivo, Múgica
quedara como presidente del Congreso. Desgraciadamente para ellos,
esta medida precautoria se les revirtió pues, al quedar libre, Francisco
José pudo ser designado como presidente de la Comisión de Puntos
Constitucionales, un cargo de menor jerarquía protocolaria pero de im-
portancia estratégica, ya que dicho comité tenía la decisiva encomienda
de presentar a la asamblea el dictamen de cada uno de los artículos. ¿Qué
mejor forma de poder influir en el espíritu de las leyes? Y en efecto,
Múgica, Colunga, Recio, Román y Monzón, miembros de la comisión
de marras, aprovecharon óptimamente la oportunidad de presentar sus-
tanciales modificaciones al anteproyecto moderado y de elaborar redac-
ciones con un marcado sesgo radical.
Al comenzar los ríspidos debates entre conservadores y radicales,
Carranza se percató de que Múgica se estaba convirtiendo en un rival
poderoso, enemigo denodado de su concepción moderada de Constitu-
ción, y por tal motivo intentó sacarlo del juego parlamentario a través
de ofrecerle nuevamente la gubernatura de Tabasco. Francisco José, que
tenía cabal conciencia tanto de la trascendencia del Constituyente, como
de la maniobra astuta del Primer Jefe, decidió visitar al Presidente lle-
vando como testigo al general Jacinto Treviño. Y de este modo, cara a
cara, el michoacano expuso que en tanto militar no podía desobedecer
la orden presidencial, pero que sí podía en cambio dejar esclarecida la
verdadera intención del Mandatario: “Alejarme del Congreso, es que
usted teme que derrote su proyecto de Constitución”. Al verse confron-
tado de esta forma por Múgica, y con un escucha de honor ahí presente,
a Carranza no le quedó más remedio que desdecirse y romper el oficio
recién firmado; sus palabras finales fueron concisas: “Puede usted vol-
ver a ocupar su curul, general”.22

22
Magdalena Mondragón, Cuando la revolución se cortó las alas, México, Costa-
Amic, 1966, p. 81.

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De las célebres batallas oratorias entre moderados y radicales des-
taca, por el fervor polémico, la discusión del Artículo 3º constitucional.
Múgica, en efecto, desempeñó aquí un papel destacadísimo a la hora de
defender en la palestra las directrices que debía tener la enseñanza edu-
cativa. En primer lugar, tenía que ser laica, pues existía una contradic-
ción insuperable entre la razón y la fe, entre los principios de la ciencia
y las creencias del dogma religioso. Desde esta perspectiva, ninguna
institución eclesiástica tendría que intervenir en la impartición de los ser-
vicios educativos, mismos que deberían estar bajo la tutela exclusiva del
Estado. Según el criterio de Múgica, estudioso de la historia de Méxi-
co, que sabía de la activa participación política de la jerarquía católica
en contra de la Independencia, la Reforma y la Revolución, que no ol-
vidaba el apoyo brindado por ésta a las tropas norteamericanas en 1847,
a los invasores franceses y al dictador Victoriano Huerta, el alto clero
conformaba “el más funesto enemigo de la patria”. El ex seminarista
también consideraba, seguramente radicalizado por la propia dinámica
del debate, que la enseñanza religiosa afectaba el desarrollo psicológi-
co de los niños al educarlos con base en el odio y el fanatismo, al opo-
nerse, en los hechos, a los “principios de justicia, igualdad y fraternidad
predicados por el más grande apóstol [...] Jesucristo”.23 En este sentido,
constituía una labor de extrema importancia para el Estado “salvar a
nuestra niñez y juventud de la enajenación religiosa”, ya que si se deja-
ba la educación en manos del clero “no se podrían crear generaciones
de gente sensible y pensante”. En segundo lugar, y dada su convicción de
que la enseñanza educativa era la clave de la superación moral e inte-
lectual de las sociedades, debía legislarse con el fin de que ella adqui-
riera dos características más: la gratuidad y la obligatoriedad. Finalmente,
luego de caldeadas intervenciones de ambos bandos, los radicales obtu-
vieron una victoria histórica.
En la disputa por el Constituyente ocurrió, explícita e implícitamen-
te, una confrontación ideológica que puede considerarse clásica en la his-
toria del pensamiento político moderno: por un lado, se encontraban los
defensores de la postura liberal, que promueve la defensa irrestricta del
individuo, con sus derechos inalienables, frente al poder expansivo y a
veces opresivo del Estado; y, por el otro, se ubicaban los portavoces de
la tendencia estatalista, la cual concibe al Estado como representante
general de la nación, como encarnación de una colectividad cuyas pre-
rrogativas están por encima de las de los individuos concretos, y cuya

23
Berta Ulloa, Historia de la revolución mexicana. La Constitución de 1917, México,
El Colegio de México, 1983, p. 467.

59

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misión no se restringe al orden gubernamental sino que abarca la
preocupación por el bienestar social de las grandes mayorías. La dis-
cusión del Artículo 27 constitucional se verificó precisamente en el
marco de esta polarización teórica. En la mayoría de las veces, los
radicales lograron inclinar la balanza de las votaciones hacia la pre-
valencia del estatalismo, a costa del ánimo liberal predominante en los
moderados; pero en el debate de este capital inciso, gracias a la sabia
intervención como asesor de don Andrés Molina Enríquez, así como a
la presentación atinada del proyecto de ley por parte de la comisión
presidida por Pastor Rouaix, el texto final quedó al gusto de los diputa-
dos y fue aprobado por unanimidad. Para explicar lo sucedido en este
caso específico debe añadirse que, más allá de sus acerbas diferencias,
tanto los moderados carrancistas como los radicales jacobinos coinci-
dían políticamente en un punto esencial: su acendrado nacionalismo.
En uno de sus más encendidos discursos, el 29 de enero, Múgica cri-
ticó acremente las leyes vigentes que protegían a los latifundistas, y para
reforzar su protesta citó el ejemplo de la explotación irracional de los
bosques en Michoacán y la miseria de los indios tarascos. Con la voz
vibrante preguntó al auditorio: “¿vamos a dejar eso de esa manera, nada
más porque la ley lo permite? Entonces ¡maldita revolución, mil veces
maldita, si fuésemos a consentir en esa injusticia! Si para que haya jus-
ticia estorba la ley, venimos a reivindicar todas las propiedades despo-
jadas al amparo de una ley creada para favorecer a los poderosos, y bajo
cuyo amparo se cometieron muchas injusticias”.24 En ésta como en otras
ocasiones, su capacidad retórica le mereció atronadores aplausos.
Es verdad que los postulados del Artículo 27 se tradujeron en una sig-
nificativa revolución jurídica, en el fundamento legal que permitía que
los gobiernos revolucionarios, en caso de así proponérselo, afectaran de
manera profunda los intereses económicos de las compañías extranje-
ras y de la oligarquía terrateniente. Sus incisos principales establecían
que la Nación era la dueña de toda la riqueza del subsuelo, que la pro-
piedad de la tierra debía tener límites precisos y estaba supeditada al
interés público, que todos los pueblos y rancherías podían exigir la res-
titución o la dotación de tierras sobre la base del reparto de los latifun-
dios y el fomento de la pequeña propiedad privada y las propiedades
comunales, y que el capital foráneo debía someterse a fuertes restriccio-
nes en la adquisición y el usufructo de los bienes inmuebles y de los
recursos energéticos y mineros del país.

24
Ibid., p. 415.

60

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Sobre este último punto, Múgica fue testigo de los intentos de las com-
pañías petroleras por corromper a los diputados moderados –se especu-
ló acerca de un ofrecimiento de 500 mil pesos– y por socavar el espíritu
nacionalista del Artículo 27. En una reveladora carta al general Amado
Aguirre, el michoacano apuntó que “cuando la primera comisión de
Constitución presentó el dictamen sobre el mencionado artículo, supe,
por el mismo diputado Palavicini, que él impugnaría lo relativo al pe-
tróleo, así como supe también, por otros conductos, que las más po-
derosas empresas extranjeras habían ofrecido pagar bien a los dipu-
tados que impugnaran y votaran en contra de la reforma propuesta”.25
A la postre, y dado el ambiente de fervor patriótico que reinó en el Con-
greso al discutirse este punto, las tentativas de soborno no prosperaron.
La historia particular del Artículo 123 resulta, aún hoy, interesante,
pues ni siquiera estaba considerado un apartado referente a los derechos
de los obreros en el proyecto presentado por los carrancistas, y no exis-
tía un precedente al respecto en la Constitución de 1857. Y precisamente
por el carácter incipiente del desarrollo industrial en México, porque
apenas se estaban conformando en el país un proletariado con sentido
de clase social, es que se vuelve inevitable enfatizar la condición
vanguardista y progresista de este inciso constitucional. En efecto, por
primera vez, y esto valía para buena parte del mundo, los obreros ad-
quirieron derechos consagrados en el propio texto constitucional. Este
hito histórico fue en buena medida obra, como lo reconoció Pastor
Rouaix, del esfuerzo y el liderazgo que ejerció Múgica en el Constitu-
yente. Aún ahora, al despuntar el siglo XXI, es posible considerar como
postulados loables para los asalariados: la prohibición del trabajo infantil,
la reglamentación del trabajo de los jóvenes y las mujeres, la jorna-
da laboral de ocho horas, el descanso obligatorio, la correspondencia
entre el trabajo y su pago en efectivo, el reparto de utilidades a los em-
pleados y las indemnizaciones por despido y accidente laboral.
Muy en particular, por su trascendencia y novedad histórica, debe
subrayarse la perseverante intervención del michoacano en la consecu-
ción del derecho de huelga. No existían antecedentes en este sentido y a
iniciativa suya se le buscó lugar aquí, en el Artículo 123, y plenamente
diferenciado del capítulo consagrado a la libertad de asociación. En
definitiva, también en este apartado imperó finalmente la lógica, pugnada
por el ala radical, de que el Estado debía situarse como una instancia

25
Armando de María y Campos, “La expropiación: verdad verdadera y verdad
política”, en Diorama de la Cultura , suplemento de Excélsior, México, 18 de marzo de
1973, p. 7.

61

[Link] 61 24/08/2007, 08:33 p.m.


jurídica por encima de las clases sociales, reguladora de los conflictos
obrero-patronales, baluarte y garante de la justicia social.
Convertido de pronto en paladín del Constituyente, el joven Múgica
no sólo tuvo grandes triunfos, igualmente sufrió amargas derrotas: sus
innovadoras argumentaciones a favor de otorgarle el voto a la mujer ape-
nas si tuvieron eco; tampoco ganó su pronunciamiento en contra de con-
cederles, en el Artículo 13, fuero a los militares (quienes hasta la fecha
disfrutan de privilegios excesivos); asimismo perdió su propuesta de, sin
que se perdiera la libertad de expresión, crear un Jurado Popular que
sometiera a juicio los delitos de prensa; y particularmente doloroso para
él fue el fracaso que tuvo en su poco tolerante iniciativa de ley para pro-
hibir ese tipo de disipación humana –siempre controvertida– que com-
prende el alcohol, las drogas, los juegos de azar, las corridas de toros y
las peleas de gallos. Cuando un diputado, queriendo convencerlo por la
vía pragmática, le informó que los impuestos generados por la venta del
pulque eran millonarios, Múgica le reviró con una pregunta igualmen-
te alusiva a pesos y centavos: “¿cuántos millones de pesos gasta la na-
ción manteniendo ebrios en las cárceles y enfermos en los hospitales,
cuyos males los han originado el uso excesivo del alcohol?”.26
No obstante ser el líder del ala radical, Múgica supo estar por enci-
ma del espíritu sectario y votar no por consigna, sino de acuerdo con sus
principios. Cuantas veces coincidió con los moderados, votó a su lado
sin remordimientos de conciencia: tal fue el caso de su decidido apoyo
a la propuesta de Carranza de sancionar a los diputados que, sin causa
justificada, no se presentaran a trabajar. En sentido inverso, muchos de
los moderados apoyaron al michoacano cuando insistió en la creación
del Banco Único de Emisión, otra de sus aportaciones.
En términos generales ha existido entre los historiadores una incom-
prensible subestimación del papel desempeñado por Múgica en el Cons-
tituyente. Para situar objetivamente la participación del michoacano en
este insigne acontecimiento, nada mejor que recurrir a las palabras de
los propios compañeros y testigos. Pastor Rouaix, respetado por tirios
y troyanos, salió al paso de las injustas críticas que Múgica, dada su
personalidad, generaba entre los políticos oportunistas:

Respecto a su labor en el Congreso Constituyente, es inexacto que haya


sido nula y que no haya puesto usted nada de su parte en el título obrero
ni en el Artículo 27, ni en el 3, ni en el 130, pues me consta que como

26
E. Víctor Niemeyer, “La delegación michoacana en el Congreso Constituyente de
Querétaro de 1916 y 1917 en Desdeldiez, México, diciembre de 1985, p. 25.

62

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Presidente de la Primera Comisión en ese Congreso, trabajó usted
ardientemente y que al presentarle yo el proyecto sobre la cuestión obre-
ra y sobre la cuestión agraria, fueron estudiadas ampliamente por usted,
correspondiéndole en gran parte el mérito de casi todas las ampliaciones
de carácter eminentemente radical que dichos proyectos pudieran tener.27

Incluso sus adversarios conservadores, tales como Macías, Colunga


y Palavicini, le reconocieron a Múgica su labor propositiva y sobresa-
liente a lo largo de esas históricas jornadas que felizmente culminaron
en la Carta Magna. En su afamada Historia de la Constitución de 1917,
F. Palavicini le rindió un digno y generoso tributo a su colega: “El ge-
neral Múgica ha sido muy combatido por los periodistas y no pocas ve-
ces de mala fe, tergiversando sus palabras o alterándolas. Los periodis-
tas que han obrado así cometen un acto de ingratitud con el hombre que
más enérgicamente defendió la garantía de la prensa libre”.28 Sin duda,
agregaba, él ha sido el “verdadero gran líder de la Constitución de 1917”.
La noche del 31 de enero, alejados ya de la formalidad parlamenta-
ria, un nutrido grupo de diputados festejó la conclusión exitosa de sus
trabajos y con vivas y aplausos se despidieron unos de otros. En medio
de la algarabía reinante, alguien tuvo la ocurrencia de llevar en triunfo
al general Múgica hacia su domicilio; al momento, tres voluntarios en-
tusiastas lo cargaron en sus hombros y jubilosos marcharon en proce-
sión por una ciudad de Querétaro resplandeciente de historia.

INTERLUDIO

Una vez que fue promulgada la Constitución, el 5 de febrero de 1917,


Francisco José tuvo tiempo escaso para recorrer buena parte de
Michoacán, invitado por el novísimo Partido Socialista. El propósito del
viaje era sondear el espectro político y solicitar adhesiones para su can-
didatura como gobernador del estado. Las elecciones estaban programa-
das para mayo, pero, para fortuna de Múgica, finalmente se verificaron
el 1 de julio, situación que le concedió un mínimo lapso extra para ha-
cer proselitismo político. Esta experiencia electoral, aunque fracasada,
resultó muy significativa en su vida, sobre todo porque gracias a ella con-
formó un grupo político con quienes pasarían a la historia como los
fundadores del socialismo michoacano: Isaac Arriaga, José Valdovinos
Garza, Alberto Bremauntz, Jesús Ramírez, Ernesto Soto Reyes, Jesús
Herrejón, etc. En el programa de acción del Partido Socialista aparece

27
Armando de María y Campos, Múgica..., op. cit., p. 131.
28
Félix F. Palavicini, Historia de la Constitución de 1917, México, Consenso Editorial
del Gobierno de Tabasco, 1980, p. 349.

63

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claramente la impronta de Múgica, principalmente cuando se postula la
defensa irrestricta de los derechos de los obreros y la importancia de
la educación laica. Otros puntos acusaban utopismo o simple candidez
política, por ejemplo, la exigencia de abolir las fronteras y suprimir el
Estado.
Tres candidatos se enfrentaron en la liza electoral: Pascual Ortiz Ru-
bio, por el Partido Liberal; Antonio Magaña, por el Partido Católico; y
Francisco J. Múgica, por el Partido Socialista. El oriundo de Tingüindín
salió derrotado en estas atropelladas elecciones, a las cuales consideró
fraudulentas debido a lo inequitativo de la contienda; dado los múltiples
errores del Tribunal Electoral Estatal, que no contabilizó los distritos en
donde él llevaba la delantera (Tanhuato, Ecuandureo, etc.); y producto
del sesgo oficialista que favoreció finalmente a Ortiz Rubio, quien tomó
posesión de su cargo el 8 de agosto. En un airado Manifiesto a la Na-
ción, fechado el 20 de noviembre de 1917, Múgica denunció estas ano-
malías y, más aún, acusó al gobernador victorioso de haber sido simpa-
tizante del dictador Victoriano Huerta y de haber desatado, una vez
instalado en el poder, una feroz represión en contra de todos los oposi-
tores políticos, principalmente los socialistas.
Meses antes de la reñida competencia electoral, en noviembre de
1916, ocurrió un primer incidente conflictivo entre Álvaro Obregón y
Múgica. Al general sonorense le llegaron rumores, propalados por el ala
más reaccionaria del sector militar, de que el michoacano denigraba al
Ejército en sus discursos proselitistas; sumamente irritado, envió a éste
un telegrama que contenía una severa reclamación y urgiéndole ex-
plicaciones al respecto. De inmediato, Francisco José respondió al “Man-
co de Celaya” precisándole que nunca había denigrado a la institución
castrense, sino que únicamente había criticado a sus elementos corrup-
tos, como era el caso del coronel Villarreal. Para reforzar su dicho, so-
licitaba públicamente a los presidentes municipales de su estado que con-
firmaran o desmintieran la veracidad del infundio que manchaba su
honor. Las respuestas favorables a Múgica no se hicieron esperar, y
Obregón tuvo que mandar un último telegrama en el cual confirmaba el
“patriotismo y la caballerosidad” del aludido, al tiempo que le informa-
ba sobre las averiguaciones judiciales ordenadas en torno al caso
Villarreal.
Al calor de los enfrentamientos de los bandos que se disputaban la
gubernatura, Múgica fue nuevamente insultado y calumniado por las fuer-
zas más retrógradas del estado. Nada mejor, como defensa de su trayec-
toria revolucionaria, que volver a utilizar la estrategia –ya probada en
el incidente con Obregón– de solicitar referencias públicas a connota-
das figuras de la política nacional. Lo interesante del caso no sólo resi-

64

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de en la cantidad y el prestigio de los individuos, que con el fin de rei-
vindicarlo, contestaron la petición del michoacano: Lucio Blanco, Pas-
tor Rouaix, Pablo González, Jesús Agustín Castro, Luis G. Monzón, etc.,
sino en corroborar el pundonor que era inherente a su personalidad.
No obstante que la derrota electoral fue dolorosa, también le resultó
muy aleccionadora. A manera de consuelo, y para ratificar su bien ga-
nada fama como funcionario probo y eficiente, Múgica fue invitado por
el presidente Carranza a volver a ocupar el cargo de Jefe de la Aduana
de Veracruz. Así pues, a partir del mes de mayo de 1918, Francisco José
asumió la encomienda asignada. En esta ocasión no se encontraba solo
en el puerto, sino acompañado por un copioso contingente de camara-
das socialistas, como Lamberto Moreno, Isaac Arriaga, J. Valdovinos
Garza, la célebre Cuca García (una de las primeras feministas mexi-
canas), etc., quienes siguieron a su líder para huir de la represión que
padecían en Michoacán y, por otro lado, ilusionados ante la posibilidad
de conseguir empleo al amparo del afamado constituyente. Tal como lo
cuenta Valdovinos Garza, con desparpajo y buen humor, la mayoría de
los mugiquistas pasaron esa temporada veracruzana en ascuas, pues,
salvo contados casos, nunca llegó la chamba y el grueso del grupo iz-
quierdista vivió de la caridad, en un ambiente de miseria y juntas
conspirativas muy “revolucionarias”.29
A diferencia de otros líderes políticos, a Múgica no le preocupaba de-
masiado esto de mantener la unidad básica de sus simpatizantes, de ma-
nera que, cuando tuvo que dejar el puerto y asumir a fines del año la
misión de Jefe de Aprovisionamientos Generales del Ejército, algunos
de sus colaboradores más cercanos (Jesús Romero Flores, Rubén C.
Navarro, etc.) lo siguieron a la ciudad de México, mientras que los de-
más, la mayoría socialistas, se sintieron relegados, abandonados a su
propia suerte.
Instalado en la capital, ocurrió que los ejidatarios de Guarachita, te-
rritorio michoacano entrañable para él, le solicitaron ayuda para que
intercediera por ellos; el asunto apremiaba pues el representante de la
hacienda había conseguido un amparo que lo protegía del reparto agra-
rio. Las rápidas gestiones de Múgica ante el subsecretario de Agricultu-
ra, Manuel Diéguez, y con los funcionarios de la Comisión Nacional
Agraria, tuvieron éxito, de modo tal que el caso se resolvió a favor de
los campesinos.
Durante el conflictivo año de 1919, luego de recibir el puesto hono-
rario de Inspector del Cuerpo de Voluntarios, otorgado por el goberna-

29
José Valdovinos Garza, 3 capítulos de la política michoacana, México, Casa de
Michoacán, 1960, p. 40.

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[Link] 65 24/08/2007, 08:33 p.m.


dor del Estado de México, Agustín Millán, Múgica vivió una interesan-
te experiencia fuera del país. En efecto, durante varios mese residió en
Nueva York, a donde lo había comisionado Carranza como Jefe de
Compras de las Oficinas Federales. En la Urbe de Hierro Múgica inter-
vino como orador en varios mítines; en el primero de ellos atacó la ac-
titud intervencionista contra México del senador Fall, y en el segundo
explicó las razones históricas que le conferían sentido y legitimidad a
los artículos nacionalistas de la Constitución de 1917.

LA TORMENTA

La nueva Constitución fue proclamada el 5 de febrero de 1917, y al


día siguiente se convocó al país a elecciones generales para diputados,
senadores y Presidente de la República. Don Venustiano, por fin, ganó
legal y legítimamente la tan anhelada silla presidencial el 11 de marzo,
día de los sufragios, y tomó posesión del cargo el 1 de mayo. De esta
manera, y luego de una sangrienta guerra civil, pasó de ser el Primer Jefe,
responsable transitorio del Poder Ejecutivo, a convertirse en Presidente
del nuevo Estado surgido de la revolución constitucionalista.
El contexto histórico que le tocó vivir a Carranza le fue adverso de
principio a fin, de modo tal que jamás pudo disfrutar de las mieles del
poder. Por un lado, con referencia a la economía, la nación estaba de-
vastada: imperaba el caos y la miseria, no existía una autoridad finan-
ciera central, la inflación crecía sin cesar, la minería y el petróleo per-
manecían en manos de compañías extranjeras, y, para colmo de
fatalidades, la sequía produjo las hambrunas generalizadas de 1917 y
1918, las cuales fueron acompañadas de mortales epidemias. Por el otro,
con relación al orden político, el país distaba mucho de estar pacifica-
do, pues persistían las guerrillas anticarrancistas y el bandolerismo:
Zapata en Morelos, Villa en Chihuahua, Domingo Arenas en Tlaxcala y
Puebla, Félix Díaz y Peláez en Veracruz, los hermanos Cedillo en San
Luis Potosí, Fernández Ruiz en Chiapas y Tabasco, Inés Chávez García
y Jesús Cíntora en Michoacán, y Calixto Contreras en Durango. Y aun-
que ninguno de estos focos bélicos ponían en peligro la estabilidad po-
lítica del régimen, sí representaban un permanente desafío institucional
y un pretexto para que Estados Unidos –y esto sí que era un asunto
mortificante– acentuara sus presiones políticas y económicas en contra
del gobierno de Carranza.
Los vaivenes diplomáticos entre México y Estados Unidos nos re-
miten al nacionalismo de don Venustiano, quizá su aportación guberna-
mental más destacada. Debe recordarse que ya desde 1914 se había

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opuesto a la invasión norteamericana de Veracruz, como igualmente
presionó políticamente para que fuera retirada la expedición punitiva de
Pershing contra Villa (1916-1917), pero fue durante su gestión presiden-
cial cuando pudo aquilatarse su estatura como un estadista celoso de la
soberanía del país. En efecto, Carranza siguió al pie de la letra el Ar-
tículo 27 en lo concerniente a los límites impuestos a la propiedad de
los extranjeros, y, sobre todo, se atrevió a incrementar los impuestos a
las compañías norteamericanas. La respuesta del gobierno estadouniden-
se fue contundente y excesiva, pues decretó un severo bloqueo comer-
cial en contra de México. El espíritu nacionalista del Presidente también
se manifestó en otras relevantes decisiones correlativas a la política in-
ternacional. Por ejemplo: la neutralidad sostenida de cara a la conflagra-
ción militar de 1914-1918. Asimismo, la creación de la “Doctrina
Carranza” ofreció mecanismos de mutuo apoyo entre los países más
débiles (en particular las naciones latinoamericanas) y estableció su de-
recho a la autodeterminación frente a las grandes potencias, todo ello al
amparo de la supremacía política y jurídica del concepto de soberanía
nacional.
Por desgracia, las expectativas generadas por don Venustiano, tanto
en el periodo preconstitucional como en su gestión presidencial, tuvie-
ron más bemoles que notas halagüeñas. Este fue el caso de su expedien-
te político, pues si bien tuvo a su favor el hecho de haber iniciado la
centralización política del país (aumentando el control de las vías de co-
municación, sometiendo a los caciques y generales al fuero federal y
combatiendo a los bandoleros regionales), asimismo y en su demérito
puede atribuírsele una escasa voluntad democrática corroborable tan-
to en los reiterados fraudes electorales que se verificaron en los estados,
así como en las trabas legales impuestas a los candidatos opositores al
régimen. Una prensa amordazada y servil agravó el déficit democráti-
co. Del archivo de las acciones que dejaron oscura mácula cabe hacer
referencia a la ruptura con los obreros, víctimas no sólo de la inflación
que menguaba sus salarios, sino de la política represiva ordenada por el
Presidente en contra de sus huelgas, sindicatos y líderes, quienes fueron
encarcelados e intimidados. Carranza, sin que le temblara la mano,
clausuró la Casa del Obrero Mundial y militarizó las empresas afecta-
das por las luchas proletarias. Para completar este cuadro en negro, y no
obstante que a él personalmente no le interesaba atesorar dinero sino sólo
poder y gloria, debe subrayarse que fue la perniciosa corrupción sola-
pada y generalizada durante su gestión administrativa, lo que a la pos-
tre se convertiría en el estigma más oprobioso del Mandatario coahui-
lense. Ciertamente, la mayoría de los generales y funcionarios del

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gobierno se hicieron acaudalados hombres de negocios y se convirtie-
ron en terratenientes al amparo de los puestos públicos y las jefaturas
militares; el escándalo fue tal, que en los meandros de la sabiduría po-
pular se acuñó el verbo “carrancear” como sinónimo de robar.
En este somero historial de venturas y desventuras, de aciertos y des-
aciertos, no podía faltar la alusión al conservadurismo agrario de
Carranza. En efecto, el “emperador de la barba florida” –como le lla-
mara con adulación Isidro Fabela– prefirió ser fiel a su estirpe porfirista
que cumplir con las demandas del agrarismo estipuladas en el Artículo
27 constitucional. De este modo, se opuso a las restituciones ejidales
llevadas a cabo por Francisco J. Múgica en Tabasco y Salvador Alvarado
en Yucatán; ordenó la devolución de las haciendas a los terratenientes
del viejo régimen (Limantour, Creel, Terrazas, etc.); y obstaculizó con
trabas burocráticas los trabajos de las Comisiones Agrarias Estatales
y de la Comisión Nacional Agraria, razón explicativa de los magros
repartos de tierras entre 1915 y 1920, unas doscientas mil hectáreas, ape-
nas el 1% del territorio nacional.
La insensibilidad de Carranza ante el problema agrario del país se
convirtió, ciertamente, en el leitmotiv de las desavenencias irreconcilia-
bles entre zapatistas y constitucionalistas. Emiliano Zapata supo del enojo
del Primer Jefe en contra de Múgica y Blanco cuando el reparto de la
hacienda Los Borregos, se enteró de su negativa a incluir demandas
sociales en el Plan de Guadalupe, y, sobre todo, padeció diariamente la
ofensiva militar ordenada por el Presidente con el objetivo de liquidar
las guerrillas campesinas en el estado morelense. La disputa por el con-
trol militar de este territorio fue una de las más cruentas de la revolu-
ción: las huestes del general Pablo González fusilaron masiva e indis-
criminadamente a los detenidos; los zapatistas, por su parte, utilizaron
el recurso extremo del terrorismo y volaron trenes repletos de civiles.
El corolario de esta añeja rivalidad de proyectos y temperamentos fue
el asesinato del caudillo sureño, ocurrido el 10 de abril de 1919 en el
cuartel de Chinameca. La estratagema que utilizó González para perpe-
trar el crimen, autorizado y generosamente recompensado por don
Venustiano (quien astutamente olía y temía una posible alianza de los
zapatistas con la candidatura de Obregón), fue de meticulosa precisión
y de macabra lucidez. El coronel carrancista Jesús Guajardo entró en
acuerdos clandestinos con Zapata y simuló pasarse a su bando, urgido
en ese momento de refuerzos antigobiernistas. Con objeto de evitar
la proverbial suspicacia del caudillo, había que ofrecerle una muestra
irrecusable de que la traición del coronel a los constitucionalistas era
sincera y definitiva, así que el supuesto desertor tuvo que sacrificar a doce

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ex zapatistas que poco tiempo antes se habían pasado al carrancismo.
Consumada la matanza, se disiparon las dudas y Emiliano, con muy
pocos guardias de escolta, aceptó entrevistarse con Guajardo en su gua-
rida, saturada de federales. Así entonces, en un escenario geográfico que
le era entrañable y harto conocido, la misma tropa que instantes antes le
brindara honores militares a su arribo, procedió enseguida a masacrarlo.
Emboscado y a traición cayó inerme el hombre –transfigurado en mito–
que mejor representaba la razón y el sentido de las luchas ancestrales
de los pueblos campesinos.
La muerte de Zapata conmovió a la opinión pública, estupefacta y en
parte incrédula ante la imagen de ese individuo yacente y petrificado que
aparecía en los periódicos. El suceso se convirtió, asimismo, en la más
importante de las postreras victorias del “rey viejo”. En su oficina de la
ciudad de México, donde fungía como Jefe de Aprovisionamientos Mi-
litares, un atribulado Múgica platicaba con Jesús Romero Flores sobre
la funesta noticia. Francisco José había mantenido enormes coinciden-
cias ideológicas con el zapatismo a pesar de su afiliación carrancista, y
siempre conservó fuertes lazos amistosos con su paisano Gildardo
Magaña, el líder agrarista que se convertiría en el sucesor del caudillo
del sur. Así pues, en ese ambiente fúnebre, poco era lo que atinaban a
musitar los coterráneos durante esa larguísima mañana en la cual preva-
lecía el asco y el silencio. Luego de releer por enésima ocasión la noti-
cia, esa manera cínica con la cual el gobierno se vanagloriaba de su pro-
pio crimen, Múgica no pudo más y soltó una indignada perorata en contra
de la “turba de acomodaticios que estaba en el poder”.30
El decurso de la revolución, no obstante el nuevo orden constitucio-
nal, continuaba manando sangre a raudales. Fue esta, quizá, la razón por
la cual José Vasconcelos decidió denominar La tormenta al segundo
volumen de sus memorias: porque igual villistas, que zapatistas o ca-
rrancistas recurrían a la masacre inmisericorde del enemigo, asemejan-
do un temporal no de lluvia, sino de odios y venganzas. En su libro
Vasconcelos narró, en calidad de testigo (fue Ministro de Instrucción
Pública durante la Convención) y haciendo uso de una prosa volcánica
y cautivante, la crueldad paroxística de los villistas, particularmente du-
rante su estadía en la ciudad de México. Igualmente censuró en su texto
a los generales “carranclanes” y al propio don Venustiano por la prácti-
ca cotidiana de asesinar en masa a prisioneros y enemigos políticos; res-
pecto a estos últimos, con particular desazón escribió páginas amargas

30
John Womack Jr., Zapata y la revolución mexicana, México, Siglo XXI, 1969,
p. 324.

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para condenar la forma vil como fueron pasados por las armas los ge-
nerales convencionistas Eugenio Aguirre Benavides y José Isabel Ro-
bles, a pesar de que ya se habían rendido y hasta portaban un salvocon-
ducto carrancista. ¿Acaso es posible justificar estos excesos violentos con
el argumento de que así ocurre en todas las revoluciones? ¿Cómo sim-
patizar con Francisco Villa si, aun reconociéndole su contribución mili-
tar a la debacle de Díaz y Huerta, sabemos que fue responsable de actos
como la matanza de todos los hombres indefensos que habitaban San Pe-
dro de las Cuevas, o la violación tumultuaria de las mujeres de
Namiquipa, o el asesinato de noventa prisioneras en Camargo? Curio-
samente fue un antiguo villista, Martín Luis Guzmán, quien en dos de
los más estremecedores –tanto por su precisión dramática como por su
belleza prosística– pasajes de la literatura mexicana, La fiesta de las
balas y La muerte de David Berlanga (ambas escenas incluidas en El
águila y la serpiente), recreó magistralmente ese ambiente de heroici-
dad siniestra que acompañaba los crímenes cometidos por generales
villistas como Rodolfo Fierro y el compadre Urbina.
En esta breve recapitulación de la infamia inherente a la revolución,
todavía faltaba un acto más de ignominia: la muerte de Felipe Ángeles,
el 26 de noviembre de 1919. Aludimos a un hombre sin duda excepcio-
nal: respetado –hasta por sus enemigos– debido a sus prendas como
hombre de honor, patriota, honrado, humanista y gran estratega militar.
Fue maderista, líder destacado de la Convención, y el más talentoso e
insrtruido de los generales villistas. A diferencia de la mayoría de los
jerarcas militares carrancistas, tales como Treviño o Murguía, jamás se
enriqueció al amparo de sus puestos de mando, y siempre se preocupó
por el bienestar de los contrincantes caídos en desgracia. Sus sabios
consejos militares no fueron atendidos por Villa, y ello contribuyó a la
derrota del caudillo norteño ante las tropas de Obregón. En 1918, cuan-
do volvió de los Estados Unidos para apoyar al alicaído Villa y su lu-
cha guerrillera contra Carranza, tuvo la mala suerte de ser apresado. Por
órdenes del Presidente se le inició un Consejo de Guerra en Chihuahua,
acusándolo de traición y desobediencia militar al régimen establecido.
El juicio estuvo manipulado de principio a fin. Felipe Ángeles pronun-
ció encendidos alegatos en su defensa y demostró fehacientemente los
vicios y las tropelías del proceso judicial en su contra. En un clima de
creciente y masivo apoyo popular al inculpado, los jueces y el propio
don Venustiano soslayaron las peticiones de clemencia. Finalmente, uti-
lizando argucias burocráticas de última hora, avalaron la condena y or-
denaron la ejecución del general. Antes de marchar al patíbulo, le pre-
guntaron si deseaba confesarse; rehusó con comedimiento, y arguyó que

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no le tenía miedo a la muerte a pesar de lo mucho que amaba la vida.
Estoico, erguido, con suma dignidad, Felipe Ángeles mostró su enorme
temple al pelotón de fusilamiento. Al día siguiente, una multitud anóni-
ma de cinco mil personas acompasó el transcurrir lento del féretro rum-
bo al panteón.

EL OCASO DEL “REY VIEJO”

Las muertes de Zapata y Ángeles fueron los primeros síntomas del


ambiente ominoso en el cual se escenificaría la lucha por la sucesión pre-
sidencial de 1920. Según varios indicios históricos,31 don Venustiano no
respetó el pacto secreto acordado con Obregón desde 1914-1915, me-
diante el cual el sonorense contribuiría militarmente a llevar al
coahuilense al poder, a cambio de que éste no se opusiera a que fuera
don Álvaro el candidato a sucederlo como primer mandatario. A princi-
pios de 1919, el “Manco de Celaya”, quien desde mayo de 1917 se ha-
bía retirado de la vida política (para no ser cómplice de los yerros que
le auguraba a la gestión carrancista), y el cual estaba dedicado
exitosamente a la creación de un gran emporio agrícola y ganadero en
su estado, tuvo conocimiento de que el Presidente tenía como favorito a
Ignacio Bonillas, un personaje de poco lustre e incondicional de
Carranza, que fungía como embajador de México en Washington. Más
allá de la traición a la palabra, resultaba evidente el poco tacto político
de don Venustiano al proponer a un civil para el puesto Ejecutivo en una
época donde florecía incontenible la insaciable ambición de los genera-
les revolucionarios; sobre todo si se pretendía imponerle al país a un can-
didato sin carisma y prestigio, desplazando con ello y para colmo las as-
piraciones presidenciales de Álvaro Obregón y Pablo González, nada
menos que los dos militares más afamados dentro de la nueva y victo-
riosa institución castrense.
El 1 de junio de 1919 Obregón publicó un Manifiesto a la nación que
lo situó en el vórtice de la lucha política por el poder presidencial. Su
astucia –que no sólo concernía al orden militar– quedó demostrada de
inmediato. En el documento de marras se hacía una severa crítica al
carrancismo, cuestionándole los múltiples obstáculos burocráticos im-
puestos a la aplicación de los artículos sociales de la Constitución, la
escandalosa deshonestidad de los funcionarios públicos y la imposición
antidemocrática del favorito del Presidente. De cara a los Estados Uni-

31
Pedro Castro, Adolfo de la Huerta, la integridad como arma de la revolución,
México, Siglo XXI Editores, 1998, p. 22.

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dos y el gran capital nacional y extranjero, el general invicto mostró una
faz moderada y aperturista, sin olvidarse por ello de cuán importante era
la progresiva conformación de una estratégica alianza política con los
líderes de la Confederación Regional de Obreros Mexicanos (Luis N.
Morones, a la cabeza de la CROM, concertó un pacto secreto con Obre-
gón), y con los partidos políticos de nuevo cuño como el Partido Labo-
rista y el Partido Cooperativista. Pero no sólo tendió puentes con obre-
ros y burguesía, asimismo consolidó los vínculos políticos y militares con
los generales sonorenses que le eran fieles (Calles, Hill, Serrano, etc.),
gestionó el apoyo de importantes gobernadores (Zacatecas, Michoacán,
Sonora, etc.) y tejió una madeja de compromisos políticos tanto con las
guerrillas derechistas de Félix Díaz y Manuel Peláez, como con los bas-
tiones zapatistas sobrevivientes a la muerte del caudillo del sur. En esta
sagaz muestra de virtud maquiavélica de Obregón para conseguir el poder
del Estado, no podía faltar un acuerdo político con su poderoso rival a
la candidatura presidencial, el general Pablo González, consistente en
aliarse para impedir la imposición de Bonillas como el ungido de
Carranza.
El ambiente político nacional estaba enrarecido; se vislumbraba por
doquier y fatídicamente la amenaza de una cruenta guerra civil. A prin-
cipios de abril de 1920, con el propósito noble de intentar un último
esfuerzo de conciliación política entre Obregón y Carranza, un grupo de
generales y licenciados, entre ellos Francisco J. Múgica, Jacinto Treviño
e Isidro Aguilar, pidieron audiencia con el señor Presidente. Los dos
primeros expusieron a don Venustiano su preocupación por la gravedad
de la situación y el espíritu de concordia que los animaba al solicitar la
entrevista. La respuesta del Ejecutivo fue contundente y obcecada, como
era usual en él: primero los regañó, recordándoles que eran funcionarios
públicos, razón de sobra para guardarle fidelidad y obediencia; enseguida
adujo la existencia de un fantasmal apoyo popular a su gobierno y a su
candidato civilista; y por último se negó a cualquier esfuerzo de recon-
ciliación con los generales sonorenses, a quienes acusó de ser traidores
a la patria. La cólera del Presidente no concluyó en ese frustrado encuen-
tro, sino que más tarde derivó en el despido de Múgica de su puesto como
Jefe del Departamento de Aprovisionamientos de la Nación.
Don Venustiano, ofuscado por la soberbia, cometió un último error:
envió al Ejército Federal en contra de los indios yaquis, violando con
ello la soberanía del estado de Sonora. La protesta del gobernador,
Adolfo de la Huerta, condujo a la ruptura total con el poder central, el
10 de abril de 1920. Mientras tanto, Obregón continuaba en la capital
su campaña proselitista en un clima de hostilidad, vigilancia rigurosa de

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sus pasos y amenaza de captura judicial (acusado de sedición). El día
12 evadió la inminente aprehensión y, ayudado por trabajadores del fe-
rrocarril, se disfrazó de garrotero y logró huir rumbo a Chilpancingo. La
rebelión de Agua Prieta en contra del gobierno carrancista estalló el 23
del mismo mes. Se trató, ciertamente, de un golpe de Estado que presu-
puso, además, el cisma del nuevo Ejército, esa renovada institución que
se había formado y que había triunfado durante la gesta revolucionaria.
Del lado del Presidente estuvieron generales como Cándido Aguilar,
Manuel M. Diéguez, Francisco Murguía, Francisco Urquizo, Cesáreo
Castro, etc.; y de parte de Obregón estuvieron militares experimentados
y otros muy jóvenes tales como F. Maycotte, Rentería Luviano, Arnulfo
R. Gómez, Enrique Estrada, Lázaro Cárdenas, Pablo González y, obvia-
mente, los principales estrategas sonorenses.
Francisco J. Múgica, al cerciorarse de la cerrazón política del primer
mandatario, y luego de haber sido cesado en forma descomedida, salió
rumbo a Michoacán en calidad de enemigo del régimen y huyendo de
la persecución de los carrancistas. Cerca de El Oro, él y varios de sus
camaradas socialistas bajaron del tren para esconderse en un refugio
seguro. Pronto salieron de su guarida para incorporarse a las tropas
obregonistas de Francisco Cárdenas, y el 3 de mayo firmaron el Plan de
Tlalpujahua, mediante el cual desconocían a Carranza como Presidente
y se adherían a la rebelión aguaprietista. En Morelia se reagruparon las
fuerzas anticarrancistas del estado –cuyo gobernador, Ortiz Rubio, era
partidario del levantamiento– y un contingente a cargo del general J.
Rentería Luviano salió a combatir a Diéguez en Jalisco; debido a su tra-
yectoria política y militar, Múgica fue designado en el segundo puesto
de mando. La experiencia bélica fue breve –27 días escasos duró la re-
vuelta–, así que, al concluir las hostilidades, de inmediato Francisco José
regresó a su estado natal para participar otra vez como candidato a go-
bernador.
En Muertes históricas, Martín Luis Guzmán logró una crónica esplén-
dida del ocaso ineluctable de Venustiano Carranza. En efecto, el Presi-
dente se fue quedando solo, sin apoyos políticos y con un enemigo
insurrecto que crecía diariamente en consenso público y poderío mili-
tar. En forma por demás ilusoria, el “rey viejo” creía que podía salvar
su gobierno repitiendo la maniobra de 1914, cuando evacuó la ciudad
de México y se instaló en Veracruz. El contexto histórico no sólo resul-
taba distinto ahora sino que le era desfavorable en todos los sentidos.
Quizá haya sido su megalomanía, agravada con despuntes de senilidad,
el factor explicativo de esta desmesurada e inopinada empresa de orde-
nar el traslado del gobierno, con todo y sus archivos, funcionarios, fa-

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milias, y el Tesoro, en una situación tan adversa, puesto que la expedi-
ción no contaba con suficientes provisiones, las líneas del ferrocarril
estaban bloqueadas, no había el combustible necesario, y las tropas ene-
migas avanzaban y asediaban a los fugitivos. De poco le servía al con-
voy presidencial la presencia de unos cuantos funcionarios y de los ge-
nerales que aún le eran fieles: su salida de la capital, el 6 de mayo, estuvo
signada desde el principio por tropiezos y torpezas, por la mala fortuna
y las deserciones. El día 13 la situación se volvió catastrófica, y la es-
trategia para evadirse tuvo que modificarse radicalmente: en lugar de ir
hacia el sur la comitiva presidencial se dirigiría rumbo al norte, aban-
donando los trenes y cruzando a caballo la sierra de Puebla. Todavía en
esas últimas y aciagas horas, don Venustiano mostraba una voluntad fí-
sica y emocional inquebrantable, aún confiaba en que su destino sería a
la postre venturoso. Al caer la noche, y por consejo del brigadier Rodolfo
Herrero, quien apenas unos meses antes se había rendido y pasado al
bando carrancista, los trashumantes decidieron pernoctar en Tlaxca-
lantongo, un poblado que, extrañamente, permanecía completamente de-
solado. En la anochecida, sólo una pertinaz lluvia rompía la continui-
dad del silencio. El propio Herrero –oriundo de la región– dispuso el
acomodo de los visitantes en las casuchas; más tarde, con el pretexto de
que lo requerían para atender un asunto familiar urgente, abandonó la
ranchería en forma sospechosa e intempestiva. En la madrugada del 20
de mayo, soldados obregonistas que sabían con precisión en qué choza
y cuál era el sitio exacto en dónde dormía el Presidente, dispararon sin
cesar y certeramente sobre el blanco. El Presidente no murió de inme-
diato: entre estertores y quejidos se percató de la trampa fatal en que
había caído. Al conocerse la noticia, muchos ciudadanos repararon con
lucidez en el hecho de que la traición aparecía nuevamente como el eje
del magnicidio, tal cual si fuera un lastre ominoso y recurrente en la
historia de este país.

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III. LA SOMBRA DEL CAUDILLO

EL INTERINATO PACIFISTA

Pasada la tormenta el país entró en un periodo inusual de tranquili-


dad. El Congreso de la Unión eligió a un hombre probo, Adolfo de la
Huerta, como Presidente interino del país, cuya gestión gubernamental
duraría del 1 de junio al 30 de noviembre de 1920. Algunas de sus ta-
reas primordiales consistieron en convocar a elecciones generales y dar
posesión, legal y legítima, al nuevo gobierno que se haría responsable
del destino de la nación en el siguiente cuatrienio. Se trataba, en princi-
pio, de asegurar la continuidad política del régimen posrevolucionario
–sustentado en la Constitución de 1917–, y, en segundo término, de crear
las condiciones indispensables para la puesta en práctica y consolidación
de un proyecto específico de Estado-Nación.
Para lograr sus objetivos, De la Huerta se dio a la tarea primordial
de lograr la pacificación del territorio nacional. Tarea colosal, ciertamen-
te, máxime si para aquietar a los enemigos políticos se recurría como
método no al asesinato sino al convencimiento, no a la traición sino a la
persuasión. Así, de esta forma y en un lapso de apenas seis meses, el ex
gobernador de Sonora consiguió su propósito gracias a iniciativas como:
la rendición de Pancho Villa (a cambio de una hacienda de 80 mil hec-
táreas, escolta de 50 hombres y gastos pagados), la subordinación mili-
tar de las tropas de Manuel Peláez al Ejército nacional, la reconciliación
con los yaquis, el desarme de las guerrillas de Chiapas, Jalisco y Oaxaca,
la marginación política del general Pablo González (a quien se le per-
donó la vida luego del juicio militar a que fue sometido como sospechoso
de sedición), la amnistía y el exilio concertado con Félix Díaz, y la in-
corporación de la división zapatista del sur a la institución castrense

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oficial. Otra de las bondades de que reinara la paz en el país fue la po-
sibilidad de licenciar a parte importante de la milicia, con lo cual el
gobierno provisional pudo ahorrarse un millón de pesos diarios.
Sin duda, las virtudes y logros que se manifestaron durante el
interinato tuvieron su origen en la personalidad del primer mandatario,
quien, a diferencia de sus correligionarios sonorenses –Obregón, Calles,
Serrano, etc.–, se caracterizó por su conducta mesurada, honrada, con-
ciliadora y tolerante. Así pues, el gobierno delahuertista representó una
suerte de lapso agraciado de la historia contemporánea, en donde ocu-
rrió la confluencia benigna de la honradez administrativa en el manejo
de las finanzas públicas, el respeto a la soberanía de los estados, el plu-
ralismo en el gabinete presidencial y la reconciliación de las distintas
fuerzas políticas auspiciada desde el poder Ejecutivo. Otro de los des-
tellos del periodo fue la designación de José Vasconcelos como Jefe del
Departamento Universitario y de Bellas Artes, desde donde comenzó su
odisea a favor de la educación, misma que se prolongaría durante el
obregonismo.
En la cuestión social también hubo avances notables, sobre todo si
se considera la brevedad del ejercicio gubernamental. Los obreros
vivieron una época de mayor libertad en lo concerniente a formar sindi-
catos y enarbolar demandas laborales; en vez de ordenar la represión de
las huelgas obreras, el Presidente intervino para solucionarlas sin
desmedro de los trabajadores, tal fue el caso de movimientos como
el de los ferrocarrileros. Con referencia a la cuestión agraria, De la Huerta
repartió alrededor de 166 mil hectáreas, cifra cercana a las 180 mil dis-
tribuidas por Carranza a lo largo de cinco años. Esta preocupación por
la justicia en el campo fue patente, asimismo, a la hora de concederles
mayor autonomía a los Departamentos Agrarios Locales.
Tantos momentos señeros en una gestión administrativa tan concisa
nos alertan sobre la calidad humana de Adolfo de la Huerta, quien cier-
tamente perteneció a la cofradía sonorense, pero, tal como se demostra-
ría en el conflicto de 1923-1924, mantuvo un talante ético y una pers-
pectiva política divergentes por completo de la de sus paisanos. El
Presidente, que nunca fue un radical como Múgica, sí en cambio tenía
con éste cierto parecido en lo referente a la rectitud moral y en lo con-
cerniente a la vocación de servicio a la nación en vez de la obsesión del
poder por el poder mismo. Quizá por esta similitud de personalidades,
y siempre con el ánimo de rodearse de los revolucionarios más valio-
sos, el Ejecutivo tuvo a bien invitar al michoacano a ocupar la Oficialía
Mayor de la Secretaría de Guerra, alto cargo que Francisco José rehusó

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dado su interés prioritario de volver a competir por la gubernatura de
su estado natal.
Las elecciones generales se verificaron el 5 de septiembre y corro-
boraron el arrollador y esperado triunfo de Álvaro Obregón, quien al
tomar posesión de la silla presidencial, el 1 de diciembre de 1920, se
convirtió en el caudillo de caudillos, en un poder omnímodo cuya som-
bra cubriría –para bien y para mal– buena parte de la siguiente década.

RADIOGRAFÍA DEL PODER

La concepción de un Estado capitalista centralizado, con un gobier-


no legal y legítimo, convertido en garantía de la soberanía nacional,
pivote del desarrollo económico y salvaguarda del bienestar de las gran-
des mayorías, tuvo la oportunidad de ponerse en práctica, en forma ge-
neral y sistemática, a partir del periodo gubernamental obregonista de
1920-1924. Efectivamente, la revolución constitucionalista había destrui-
do en forma violenta y vertiginosa la estructura social y política del
porfiriato, ahora tocaba a los sonorenses, Obregón y Calles –al amparo
de la Constitución de 1917– la tarea de construir paulatinamente las ins-
tituciones que conformarían al nuevo Estado nacional mexicano. Se tra-
taba, ciertamente, de un proyecto político que había salido victorioso de
las lides de la guerra civil y el cual giraba sobre dos ejes: 1. Establecer
una sólida base económica capitalista, sustentada en la relación capital-
trabajo asalariado, en el respeto a la propiedad privada, en el fomento
de la inversión y la acumulación de capitales y en la ampliación del
mercado interno; y 2. Consolidar al Estado como el motor del desarro-
llo general del país, procurando el bienestar de la población gracias a
una amplia y consistente participación económica del sector público. De
esta forma, la burguesía naciente pudo crecer y aprovechar la concesión
de créditos, la exención de impuestos, el proteccionismo arancelario y
la cuantiosa inversión estatal en obras de infraestructura. Los sectores
medios y los obreros y campesinos, por su parte, se beneficiaron
en menor medida del paternalismo oficial, pero estuvieron presentes en
el escenario político tanto en la retórica gubernamental como a través
de las negociaciones cupulares y las concesiones que el gobierno esta-
bleció con los líderes sindicales, los cuadros políticos partidarios y los
caciques afines al grupo en el poder.
A partir de los años 20 emergió, bajo la tutela del poder centraliza-
dor del Estado y su caudillo, una nueva burguesía industrial y te-
rrateniente, dinámica y arribista, que aprendió a interrelacionar en su
favor los negocios privados con el ejercicio del poder político. El em-

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presario Aarón Sáenz y el propio Álvaro Obregón (quien pasó de mo-
desto ranchero a ser un acaudalado latifundista en Sonora) son ejemplos
notables de esta nueva élite que supo acumular tierras, negocios, preben-
das y puestos públicos.
Un político tan astuto como el “Manco de Celaya” no podía soslayar
a los sectores populares en su proyecto de conseguir el control guber-
namental del país. Con el sector campesino mantuvo una estrategia flexi-
ble y conforme a los casos particulares: cuando se trataba de aliados
reales o potenciales, favorecía la existencia de Ligas Agrarias autóno-
mas (como las de Tejeda en Veracruz y las de Cedillo en San Luis
Potosí); pero si los agraristas estaban fuera de su control y se radi-
calizaban demasiado (esto sucedió con los mugiquistas en Michoacán),
entonces apoyaba a los guardias blancas contratados por los terratenien-
tes. Así pues, en esta doble y mutante cara, a veces radical y en ocasio-
nes conservador, Obregón utilizó a su conveniencia y de manera prag-
mática el ancestral problema agrario del país: repartió tierras en Morelos
y Yucatán, al mismo tiempo que frenaba la reforma agraria en el norte,
donde él poseía un rancho de 3,500 hectáreas. Finalmente, gracias a la
escasa dotación de tierras durante la gestión Carrancista fue que, por
simple comparación, se elevó la importancia histórica del millón de
hectáreas repartidas por el sonorense.
Respecto al sector obrero, cuya organización sectorial era incipien-
te, Obregón estableció una alianza política con los líderes sindicales de
la CROM. A cambio de puestos políticos en el gabinete, curules en las
Cámaras, beneficios salariales y otros privilegios concedidos por el go-
bierno, Morones y sus comparsas del grupo Acción retribuían los fa-
vores al caudillo mediante el control político de los trabajadores, es decir,
utilizándolos como ejércitos de votantes, huestes acarreadas con fines
políticos y grupos de presión en los conflictos obrero-patronales. La de-
magogia oficial, de perfil populista, contribuyó a la gestación de esta
simbiosis entre el Estado posrevolucionario y los dirigentes del movi-
miento obrero organizado, pacto político que amén de garantizar la he-
gemonía estatal, presupuso además la marginación y la represión del
sindicalismo independiente.
Dos asuntos, de signo distinto, deben ser mencionados en esta radio-
grafía del gobierno obregonista. En primer lugar, del lado de los hechos
bienaventurados, se ubicó el florecimiento cultural ocurrido en México
durante este periodo (1921-1924). Fue la época gloriosa de José
Vasconcelos en la recién fundada Secretaría de Educación Pública, ins-
titución que le sirvió como plataforma para su titánico proyecto de re-
generar espiritualmente a la nación a través de iniciativas tales como: el

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espectacular aumento del presupuesto para el ramo educativo (el cual
pasó de 1% a 9.3%), la creación del Departamento de Educación Indí-
gena, la edificación de numerosas bibliotecas públicas, la edición y dis-
tribución masiva de los clásicos de la literatura universal (Homero,
Platón, Dante, Virgilio, Goethe, etc.), la fundación de las Escuelas Ru-
rales (mil quinientos profesores impartieron clases en pueblos y ran-
cherías), la publicación de manuales de geografía, agricultura e historia
nacional y de la revista El libro y el pueblo (concebida para fomentar el
hábito de la lectura), y el apoyo al Muralismo Mexicano, corriente pic-
tórica que impulsó a que una pléyade de artistas (Siqueiros, Rivera,
Orozco, etc.) pintara las paredes de los edificios públicos, gestándose
de esta forma –más allá de la retórica nacionalista implícita en el movi-
miento– una de las más grandes aportaciones estéticas de México al arte
universal.
En segundo lugar, de lado de los hechos cuestionables y regresivos
se encuentra la firma de los Tratados de Bucareli por parte de los go-
biernos de México y Estados Unidos. Negociados entre abril y agosto
de 1923, los acuerdos estipularon, entre otras cosas, cuestiones nodales
como: la no-retroactividad del Artículo 27 constitucional y la inviola-
bilidad de las posesiones de tierra de las compañías y particulares ex-
tranjeros. El objetivo político de Obregón, buscado afanosamente, se
logró el 31 de agosto, día en que por fin Estados Unidos reconoció ofi-
cialmente al gobierno del sonorense. A éste no le importó que con los
Tratados de marras se estuviera frenando la reforma agraria y cediendo
soberanía nacional, lo importante desde la perspectiva de la realpolitik
era conseguir de inmediato el apoyo del gobierno norteamericano, so-
bre todo de cara a los conflictos políticos internos que anunciaban una
nueva confrontación militar con motivo de la sucesión presidencial de
1924.

EL GOBIERNO TRUNCADO

Francisco José rompió sus lazos políticos con Carranza a fines de abril
de 1920, y al poco tiempo se incorporó a la rebelión de Agua Prieta, pero
nunca fue un partidario político del Caudillo; y no podía ser obregonista
porque existía entre el michoacano y el sonorense una absoluta incom-
patibilidad de personalidades: ética y políticamente se encontraban en
las antípodas.
En los meses postreros de 1919, mientras residía en Nueva York y
fungía como Jefe del Departamento de Aprovisionamientos Generales
del Gobierno, Múgica recibió varias cartas de los líderes del Partido

79

[Link] 79 24/08/2007, 08:33 p.m.


Socialista Michoacano en las cuales se le invitaba a ser nuevamente
candidato a gobernador en las elecciones estatales de 1920. La respues-
ta de aceptación se demoró al sobrevenir la crisis política y el golpe de
Estado, pero finalmente, el 14 de marzo, Múgica asumió oficialmente
la candidatura del Partido Socialista, a la cual se sumaron el Partido
Renovador Nacionalista y la Federación de Sindicatos Obreros de la Re-
gión Michoacana. Un programa de 17 puntos fue elaborado por los
mugiquistas a manera de proyecto de gobierno, y en él se destacaron tres
asuntos: el reparto de los latifundios, la reglamentación de la jornada de
trabajo y el mejoramiento del sector educativo.
El 3 de mayo, luego del triunfo militar de los aguaprietistas y de su
fugaz expedición militar en Jalisco, Múgica arribó a tierras michoacanas
en su condición de candidato a gobernador y con la encomienda de ha-
cer una campaña proselitista intensa y rápida, dado el breve lapso que
permitían unas elecciones programadas para fines de junio. Y, en efec-
to, sin mayores recursos económicos, con escaso tiempo y en un con-
texto político adverso, recorrió a pie y a caballo buena parte del estado.
Su aliciente principal durante estas jornadas preelectorales fue el entu-
siasmo de sus camaradas socialistas, dirigidos por Isaac Arriaga, quie-
nes conformaban dos grupos bien diferenciados: los moderados (Alber-
to Bremauntz, Abel García, Adalid, etc.) y los radicales (Arriaga, Soto
Reyes, Justino Bermúdez, Miguel [Link], etc.). A varios de sus sim-
patizantes, como J. Romero Flores, Arriaga, Quintero y Antonio
Navarrete, los conocía desde 1909, cuando fundaron la Sociedad Lite-
raria Melchor Ocampo y publicaron la revista Flor de Loto. Algunos de
ellos, incluidos Luis Mora Tovar y el guanajuatense Agustín Arroyo Ch.,
consiguieron empleo a la sombra protectora de los propios puestos ad-
ministrativos de Múgica, primero en Veracruz, como Jefe de la Adua-
na, y luego en la ciudad de México, cuando fue Jefe del Departamento
de Aprovisionamientos Generales.
El ambiente político en Michoacán se encontraba caldeado al máxi-
mo, debido al enfrentamiento entre el gobernador Pascual Ortiz Rubio
y el Poder Legislativo local. El choque llegó al extremo de que el pri-
mero desconoció a la legislatura y el segundo decretó la inhabilitación
del gobernador. La respuesta del Ejecutivo estatal tomó entonces un
cauce represivo al ordenar la aprehensión carcelaria de los diputados que
votaron en su contra (Primo Serranía, Félix Ramírez, etc.). Al mismo
tiempo, y para favorecer a su propio candidato a la gubernatura, Porfirio
García de León, miembro del Partido Liberal, Ortiz Rubio ordenó a sus
subalternos el boicot de la campaña política de los mugiquistas, presen-
tándose casos como el asedio a balazos a que fue sometido el comité

80

[Link] 80 24/08/2007, 08:33 p.m.


socialista en diversas ocasiones y el encarcelamiento de Isaac Arriaga,
candidato a diputado por el distrito de Uruapan, a quien se acusó de
“hacer propaganda sediciosa y pronunciar discursos subversivos”.32
A manera de recompensa por haber apoyado oportunamente a los
sonorenses en su conflicto con Carranza, Ortiz Rubio fue llamado a
ocupar la Secretaría de Comunicaciones en el gobierno interino de Adol-
fo de la Huerta. El mismo ex gobernador, ante el vacío de poder, impu-
so al general Rafael Álvarez como su sustituto, situación que enturbió
aún más el panorama y fortaleció la posición política de Múgica, crítico
severo del clima represivo y autoritario previo a las elecciones. Presio-
nado por los acontecimientos, el presidente De la Huerta intervino en el
conflicto local y dispuso el nombramiento de Lázaro Cárdenas como go-
bernador militar interino del estado; se trataba, sin duda, de un indivi-
duo valioso para intentar resolver el caso por ser ajeno a los bandos en
pugna, por su condición de oriundo de la región y por su probidad como
soldado formado bajo el ascendiente de Plutarco Elías Calles, miembro
conspicuo del grupo sonorense en el poder. A poco de tomar posesión
de su cargo, el nativo de Jiquilpan prorrogó la fecha de las elecciones
hasta el 4 de julio, medida que, al concederles un tiempo extra, benefi-
ció a los mugiquistas, a quienes recién conocía y con los cuales mantu-
vo una afinidad política que crecería con el paso de los años. (Luego de
truncarse la carrera política de Múgica, los socialistas se incorporaron
al cardenismo, cuyo cenit ocurrió en la década de los años 30).
Los sufragios se verificaron el día señalado y estuvieron muy reñi-
dos; según el Colegio Electoral, instalado el 9 de agosto, Francisco J.
Múgica obtuvo 18 mil 684 votos, Porfirio García de León consiguió 16
mil 587, y Antonio Márquez de la Mora 13 mil 217. Los liberales no
aceptaron su derrota electoral y se movilizaron para impedir la asunción
al poder de Múgica; utilizaron para ello medidas radicales como crear
un nuevo ayuntamiento en Morelia y formar un Colegio Electoral pa-
ralelo. Los marquistas, por su parte, se aliaron con los socialistas en apo-
yo de Múgica. El 16 de septiembre el Congreso aprobó la investidura
de Francisco José como gobernador, pero Cárdenas recibió órdenes del
gobierno federal para que no entregara el mando, razón por la cual no
publicó el decreto de la legislatura al respecto. Sobrevino entonces un
intercambio de cartas y telegramas: primero, Múgica envió a Cárdenas
una misiva en la cual criticó la intervención del Centro en aspectos elec-
torales que competían exclusivamente a la soberanía del estado; segun-

32
Gerardo Sánchez D., “El partido socialista michoacano 1917-1922”, en VII Jornadas
de historia de Occidente, México, CERMLC, 1984, pp.147-150.

81

[Link] 81 24/08/2007, 08:33 p.m.


do, remitió un mensaje a los centros obreros del país, con el propósito
de solicitarles solidaridad ante la injerencia arbitraria de la federación
en los asuntos michoacanos; tercero, Obregón giró al de Tingüindín un
telegrama en donde anunció su intención de visitar Morelia para zanjar
los conflictos; cuarto, Francisco José contestó al caudillo en forma ter-
minante: “Como Gobernador del Estado de Michoacán, y representante
de su soberanía, no podría tolerar la intromisión de nadie para decidir
sus cuestiones por ellos, ni podría ratificar invitación que hice como can-
didato; pero si usted se dirige a mí en lo personal y desea venir como
particular (...) lo invito cordialmente”.3 3
Ante el caos político imperante y a sabiendas de que no podía retra-
sar más la entrega del poder ganado legalmente por Múgica, Cárdenas
presentó su renuncia como gobernador interino (aunque permaneció al
frente de la Jefatura Militar) el 15 de septiembre. El gobierno central,
reticente ante los mugiquistas, reaccionó a la medida nombrando a Pri-
mo Serranía, presidente de la Diputación, como nuevo gobernador pro-
visional, sin saber que éste aceptaba el puesto con la intención de ce-
dérselo de inmediato a Múgica. Dado el ambiente de confusión, los
formalismos legales quedaron paralizados y dejaron su lugar a los acon-
tecimientos de facto: el día 21 los mugiquistas, descontentos ante los
vaivenes políticos instigados por la Presidencia, decidieron marchar en
procesión para tomar el Palacio de Gobierno. Invitado por una comisión
de obreros y campesinos, Múgica y varios diputados entraron a un edi-
ficio rebosante de entusiastas simpatizantes que con aplausos y vítores
rendían tributo al gobernador electo. Al caer la noche, se improvisó ahí
mismo una ceremonia oficial con marcha de honor y entonación del him-
no nacional; luego, para proteger el recinto de una posible intervención
de los garcíaleonistas, se organizaron guardias que permanecieron en
vigilia hasta el siguiente día. El éxito de la jornada fue tal, que esa mis-
ma mañana se decidió movilizar a la población para tomar también el
Palacio de Justicia: los agraristas, los estudiantes nicolaítas, el sindi-
cato de costureras, los comuneros de la sierra de Uruapan, etc., marcha-
ron jubilosos y sin contratiempos por las calles de Morelia en pos de su
objetivo.
No obstante que en los hechos eran dueños del poder gubernamental
y a pesar de que los liberales se encontraban de capa caída, los
mugiquistas no pudieron aún cantar victoria, pues el 27 de septiembre
salió a la palestra un tal Manuel E. Ortiz, quien, arguyendo apoyos del

33
Armando de María y Campos, Múgica..., op. cit., pp. 151-152.

82

[Link] 82 24/08/2007, 08:33 p.m.


Centro, se autonombró gobernador del estado. Su zona de influencia se
concentraba en la parte occidental de Michoacán, y su sede gubernamen-
tal la ubicó en Jiquilpan, gracias al apoyo de los terratenientes de la
hacienda La Guaracha. Frente a tal ofensiva desestabilizadora, Múgica
reaccionó de manera poco usual en él, comportándose como lo haría
cualquier político maquiavélico: forzó –incluso utilizando la fuerza pú-
blica– a los presidentes municipales para que le brindaran su adhesión
(los alcaldes de Tlalpujahua, Maravatío y Senguio presentaron quejas al
respecto); cesó de sus puestos y reprimió a los funcionarios zamoranos
que respaldaron a Ortiz; y tomó represalias políticas en contra de las
ciudades que dieron cobijo al usurpador (a Jiquilpan quiso castigarla por
medio de una iniciativa de ley para trasladar la cabecera del distrito hacia
Guarachita, proyecto que no fue aprobado). Finalmente, gracias a que
la mayoría de los ayuntamientos municipales estuvieron políticamente
a favor de Múgica, y a que Lázaro Cárdenas (quien permaneció como
Jefe de Operaciones Militares de la región hasta diciembre) dio instruc-
ciones al Ejército para desarmar a los simpatizantes de Ortiz, Francisco
José pudo consolidar paso a paso la estabilidad institucional de su go-
bierno. Por otro lado, factores como el reflujo combativo de los libera-
les y la renuncia de Ortiz a sus pretensiones políticas, el 27 de diciem-
bre, condujeron al nuevo Presidente de la República, Álvaro Obregón,
a la convicción de que, por el momento, no quedaba otra opción que re-
conocer oficialmente a Múgica como gobernador de Michoacán, trámi-
te legal que adquirió vida el 13 de abril de 1921.3 4
El proyecto político radical que Múgica llevó a la práctica en tan sólo
dieciocho meses se topó con enemigos formidables: los remanentes de
la burocracia porfirista local, las compañías madereras extranjeras, el alto
clero de Morelia, la oligarquía terrateniente, el servilismo al Presidente
de los sucesivos Jefes Militares de la zona, y la violación sistemática de
la soberanía estatal por parte de Obregón. Con respecto a este último y
decisivo punto, debemos insistir en la peculiar situación de Múgica en
el contexto político nacional, ya que su reformismo social fue repudia-
do y boicoteado por el gobierno central, al mismo tiempo y en contraste
con la actitud del Caudillo quien, por razones de pragmatismo político,
toleró el caciquismo y el radicalismo de otros gobernadores –los cua-
les, a su vez, sacaron provecho de su alianza con el sonorense– como
Felipe Carrillo Puerto en Yucatán, Adalberto Tejeda en Veracruz y Sa-
turnino Cedillo en San Luis Potosí. (Estos líderes, a diferencia de Múgica,

34
Martín Sánchez, Grupos de poder y centralización política en México, El caso
Michoacán 1920-1924, México, INEHRM, 1994, pp. 202-203.

83

[Link] 83 24/08/2007, 08:33 p.m.


sí tuvieron la habilidad política de crear estructuras fuertes y estables de
poder regional). Así pues, cualquier ponderación de la administración
mugiquista debe hacerse a trasluz de las enormes dificultades que en-
frentó y considerando el breve tiempo en que fungió como gobernador
(para colmo, 120 días de su gestión administrativa los tuvo que pasar en
la ciudad de México “desfaciendo entuertos”). A pesar de las circuns-
tancias adversas, el resultado alcanzado por este gobierno truncado
marcó un hito en la historia de Michoacán.
Para llevar adelante su programa de gobierno (el cual fue dividido en
seis grandes problemáticas: la educativa, la agraria, la fiscal, la relación
Iglesia-Estado, la laboral y la autonomía municipal), Múgica designó un
gabinete conformado por las dos alas del socialismo: los radicales y los
moderados. El ligero predominio que tuvieron los segundos en los car-
gos públicos, así como las frustradas expectativas de gente como Alberto
Bremauntz y Justino Bermúdez, quienes esperaban ocupar puestos de ma-
yor jerarquía, derivó en permanentes rencillas y golpes bajos entre los
mugiquistas; situación que no supo atajar convenientemente el goberna-
dor y que, a la postre, se tradujo en debilidad política de todo el bloque
izquierdista frente a los múltiples enemigos comunes. Con miras a con-
trarrestar el poder creciente de las fuerzas reaccionarias, Múgica
coadyuvó a la fundación de órganos de difusión nuevos, como los pe-
riódicos El Heraldo y El 123, y contribuyó al nacimiento, en 1921, del
Partido Agrarista Michoacano, que se sumaría a las movilizaciones po-
líticas de los socialistas.
Como buen administrador, Francisco José sabía que su proyecto gu-
bernamental fracasaría si el estado no contaba con recursos económicos
propios, que le permitieran sustentar su autonomía frente a la federación;
por tal razón, planeó una ambiciosa reforma fiscal que ampliara e
incrementara la recaudación de impuestos entre los medianos y grandes
propietarios. Para conseguir su objetivo, ordenó una intensa y extensa
revaluación catastral, afectando principalmente a las fincas y los terre-
nos de gran extensión. Muy en particular, ordenó el cobro de gravámenes
a las compañías extranjeras que explotaban los bosques de la meseta
tarasca, las cuales habían disfrutado de una injusta exención fiscal des-
de la época del porfiriato. La respuesta de la burguesía no sólo fue de-
fensiva, sino que abarcó una bien planificada ofensiva contra el gober-
nador en varios planos: la creación del Sindicato de Agricultores de
Michoacán (1921), la tramitación de multitud de amparos agrarios ante
los tribunales locales y federales, la formación de guardias blancas, la
alianza política con el clero, y la campaña publicitaria antisocialista cuyo
eje fue la denuncia del radicalismo del gobernador ante el propio presi-

84

[Link] 84 24/08/2007, 08:33 p.m.


dente Obregón. A pesar de los obstáculos políticos y de las limitacio-
nes temporales en el ejercicio fiscal, la administración mugiquista con-
siguió multiplicar en un 100% el presupuesto de egresos del estado.
Uno de los rubros en donde, no obstante las dificultades menciona-
das, Múgica consiguió llevar adelante sus ideales progresistas fue el
referente a la reforma laboral, gracias a la expedición de la Ley del Tra-
bajo el 1 de septiembre de 1921. Algunas de las conquistas –que refle-
jaron con fidelidad el espíritu del Artículo 123 constitucional– estipula-
das en la nueva legislación fueron: la reglamentación de la jornada de
ocho horas para el trabajo diurno y de siete para el nocturno; la regula-
rización del salario mínimo y del trabajo infantil y femenil; el estableci-
miento de las obligaciones de los empresarios para ofrecer servicios
educativos, médicos y deportivos a sus obreros, así como de sus dere-
chos para formar sindicatos patronales (los cuales, ciertamente, proli-
feraron y contaron con la anuencia respetuosa del gobernador); y la aper-
tura de una Central de Conciliación y Arbitraje que mediara en las
relaciones obrero-patronales. En otros considerandos también se estable-
cieron cuestiones muy progresistas para la época, como la protección a
los derechos de las mujeres casadas que quisieran trabajar, el reco-
nocimiento al derecho de sindicalización y huelga, y la prestación de
servicios de seguridad social en caso de accidentes o enfermedades la-
borales.
En la praxis política y en el ideario político de Múgica aparece siem-
pre, como preocupación axial, la problemática de la educación. Cierta-
mente, desde los tiempos del Constituyente, y en todos sus cargos ad-
ministrativos, Francisco José emprendió la batalla para lograr que la
educación fuera laica y gratuita, racional y científica, pública y equitati-
va (sin discriminaciones sociales, raciales o sexuales). Tal como puede
advertirse en una carta suya de la época, consideraba que el tema edu-
cativo –en el sentido amplio de la palabra– constituía el fundamento del
desarrollo social y espiritual del ser humano:

En dos factores supremos está el emporio nacional: tierras y libros.


El primero, para fomentar y desenvolver el sistema económico, mejorando
el medio ambiente de las clases menesterosas. El segundo, para desbara-
tar o derruir los muros de la ignorancia, llevando a las conciencias el
conocimiento de lo que es el hombre como entidad biológica en el con-
cierto de las sociedades y como fuerza propulsora de la civilización.35

35
Ibid., p. 101.

85

[Link] 85 24/08/2007, 08:33 p.m.


Para materializar su proyecto educativo en Michoacán, el goberna-
dor tomó la decisión de utilizar más de la mitad del presupuesto estatal
para el fomento de la educación, medida excepcional en la historia del
país. La concepción educativa mugiquista pregonaba la vinculación de
la teoría y la práctica, así como la búsqueda de una formación pedagó-
gica integral, capaz de conjugar armónicamente la esfera física con la
intelectual, el mundo ético con el estético. Desgraciadamente, el progra-
ma encaminado a darle vida a las Escuelas-Granjas (en las cuales se edu-
carían los hijos de los agricultores) no pudo aplicarse por falta de tiem-
po. Entre los frutos conseguidos por Múgica en el ramo educativo cabe
citar: la duplicación del sueldo de los profesores, la revisión de los pla-
nes de estudio, la formación de un cuerpo de inspectores, la distribución
de libros en forma gratuita, la dotación de equipo y mobiliario a los plan-
teles escolares, la impartición de clases en las cárceles, las obras para
remozar la Academia de Bellas Artes, el fomento de las prácticas de
servicio social, la creación de las Escuelas Normales mixtas, la funda-
ción de la Escuela de Contadores, Taquígrafos y Telegrafistas, el incre-
mento de las Escuelas Nocturnas para trabajadores, la inauguración de
la Escuela de Artes y Oficios, la apertura de tres jardines de niños en
Morelia, y el apoyo al sistema de becas, albergues y útiles escolares para
los estudiantes.
El asunto de la relación de Múgica con la Universidad nicolaíta me-
rece una consideración especial. Es necesario, de principio, recordar que
la Ley Orgánica creada en 1917 y reformada en 1919 durante la
gubernatura de Ortiz Rubio, establecía la plena autonomía universitaria
con respecto a la potestad del gobierno estatal. El espíritu de esa legis-
lación era, sin duda, de estirpe liberal, tanto en el criterio esencial de
consagrar la libertad de enseñanza, como en el objetivo de resguardar
la independencia de la institución frente a cualquier injerencia del Es-
tado. En este sentido, nada parecía más razonable que proteger a la
universidad de los vaivenes políticos, de los caprichos y posturas parti-
darias cambiantes de los gobernadores en turno, mediante un funcio-
namiento autónomo de la misma, sobre todo en lo referente a la elec-
ción de las autoridades universitarias. Múgica, a semejanza de todos los
pensadores filosocialistas ilustrados, era un optimista inveterado, y por
consiguiente creía que en la historia prevalecerían los grandes estadis-
tas sobre los políticos ineptos, y que por lo mismo siempre utilizarían el
poder del Estado para favorecer al pueblo en su conjunto. Quizá éste haya
sido el trasfondo ideológico que lo indujo a proponer, al comenzar su
gestión administrativa, el famoso Decreto N° 3, por medio del cual se
suprimía la autonomía de la universidad, convirtiéndola en una institu-
ción que dependía –en cuanto a la elección de su planta directiva– del

86

[Link] 86 24/08/2007, 08:33 p.m.


Poder Ejecutivo estatal. Tal supeditación, la cual fue benigna en el caso
particular del gobierno de Múgica, quien tuvo la lucidez y buena fortu-
na de nombrar como rector al jovencísimo Ignacio Chávez (en cuyo
brillante equipo de trabajo figuraron Salvador González Herrejón y
Manuel Martínez Báez), en otros casos se convirtió por desgracia en la
causa principal de los graves problemas políticos que han caracterizado
históricamente a las relaciones entre el Estado y la Universidad nicolaíta.
Evidentemente, a pesar de las buenas intenciones de los políticos
estatalistas, resulta imposible garantizar el uso noble y bienaventurado
del poder estatal por parte de los gobernantes, razón suficiente que con-
vierte a la autonomía en la mejor opción estatutaria para el buen funcio-
namiento académico y administrativo de las universidades.
Además del elemento ideológico aducido, también existieron razo-
nes políticas para explicar la génesis del decreto de marras. En el con-
texto de cruenta lucha por el reconocimiento como gobernador legal y
legítimo, Múgica sabía que con su Decreto las fuerzas progresistas po-
drían asegurar el control político de la universidad y, gracias a ello, se
garantizaría la victoria del proyecto de educación pública, laica y gra-
tuita. El objetivo de golpear a la oposición clerical quedó aún más claro
cuando, pretextando motivos presupuestales, el gobernador ordenó el
cierre de la Escuela de Jurisprudencia, la cual estaba dirigida por con-
notados católicos adversarios suyos. Asimismo, el Mandatario local uti-
lizó la nueva legislación con un doble propósito: cancelar la validez de
los certificados extendidos por escuelas religiosas que no se apegaban
a los planes de estudio oficiales, y erradicar la falta de integración ins-
titucional de los diversos planteles universitarios. Así entonces, tanto para
debilitar a sus enemigos como para impulsar su programa educativo de
avanzada, al gobernador le era indispensable reformar la Ley Orgánica
de la universidad. Más allá de la confrontación política entre liberales y
socialistas, no hay duda que la centralización administrativa y la actua-
lización de los planes de estudio de la universidad constituyeron dos
aspectos positivos de la reforma en cuestión.
El álgido enfrentamiento entre Múgica y el clero en torno al tema edu-
cativo condujo, por desgracia, a la gestación de un estigma oprobioso:
la suposición errónea de que Múgica era un revolucionario jacobino y
comecuras. Vale la pena, entonces, aclarar y matizar el asunto en honor
a la verdad. Es cierto que Francisco José pasó del catolicismo al ateísmo,
que defendió con pasión su convicción de que la educación debería, por
un lado, estar en manos del Estado y no de la Iglesia, y, por el otro, ca-
racterizarse por ser laica y científica en vez de religiosa y dogmática. Pero
el hecho de haber tenido tales convicciones –mismas que inspiran al
Artículo 3 constitucional– no lo convertía de suyo en un fanático antirre-

87

[Link] 87 24/08/2007, 08:33 p.m.


ligioso. Sin compartirla, Múgica respetaba la fe católica del pueblo
mexicano; sólo pedía que ella se expresara y cultivara en los ámbitos
apropiados como las iglesias y la vida íntima de los hogares, y no en
recintos oficiales o centros educativos donde estaba prohibida por ley.
En otras palabras, Múgica no deseaba liquidar al catolicismo –como sí
lo pretendieron los jacobinos franceses o Garrido Canabal en México–,
únicamente exigía que se respetara la libertad de cultos y de creencias
de todos los mexicanos en el marco de un Estado laico, tolerante y ple-
namente secularizado.
Los hechos históricos marcan el deslinde referido con mayor preci-
sión. Con objeto de poner en práctica su proyecto educativo, y en un con-
texto de acalorada lucha política, no hay duda que Múgica tomó deci-
siones fuertes como cerrar la Escuela de Jurisprudencia o intentar fundar
la Escuela Normal de Morelia en el edificio que pertenecía a las monjas
teresianas (la ocupación del recinto por los mugiquistas generó una pron-
ta contraofensiva de los católicos y una crisis política tal, que a la
postre el gobernador tuvo que desistir de la empresa). Igualmente, para
contrarrestar la poderosa influencia del clero en Tacámbaro, en donde
recién se había creado el Seminario Diocesano, Francisco José ideó la
apertura de la Escuela Normal Rural. Pero estas y otras medidas a favor
de ir cimentando la educación laica no le impidieron, por ejemplo, aqui-
latar el valor artístico e histórico de los templos coloniales, pues pre-
cisamente tratándose de la Iglesia de Tacámbaro, solicitó ayuda econó-
mica al Ministro de Educación, José Vasconcelos, para emprender la
restauración de esa joya arquitectónica. Dada la escasez de recursos fe-
derales, la obra de remozamiento fue costeada finalmente por el gobier-
no estatal.
Pero una cosa es defender con denuedo la educación laica y otra, muy
distinta, es odiar a los católicos. Tres sucesos concretos revelan la
actitud tolerante de Múgica para con los feligreses y sus ministros:
1). Leopoldo Ruiz, Arzobispo de Michoacán, le solicita a Múgica
garantías para que no se hostilice a los sacerdotes que acuden coti-
dianamente a prestar servicios religiosos en los hospitales de Morelia.
De inmediato, el gobernador contesta la petición asegurándole al prela-
do que en lo sucesivo habrá protección especial a la integridad física y
moral de los curas, siempre y cuando no realicen predicas de propagan-
da religiosa y se limiten a cumplir su misión pastoral en beneficio de los
enfermos que así lo hayan solicitado. 2). Monseñor Santiago Campos,
condiscípulo de Francisco José en el Seminario de Zamora, le pide per-
miso para proseguir con los preparativos que en su pueblo se hacen en
honor de la virgen María. En la carta de contestación, el ex compañero

88

[Link] 88 24/08/2007, 08:33 p.m.


responde afirmativamente, solicitándole a cambio la promesa de que el
festejo se verificará dentro del templo y no en la vía pública, pues esto
último está prohibido por la Constitución. A manera de colofón, reitera
que a pesar de ser incrédulo no tiene sobre el particular ningún incon-
veniente de tipo personal, amén de que está obligado por su cargo a res-
petar la libertad de cultos. 3). En una misiva al Arzobispo, fechada el
23 de febrero de 1922, Múgica se queja de que varios párrocos se han
involucrado en asuntos políticos agitando a los fieles en contra de su go-
bierno, y le subraya el hecho de que él, por el contrario, “no ha dictado
hasta hoy medidas enérgicas para la represión de tales actos de referen-
cia, cohibido por el escrúpulo con que ha sometido siempre sus actos a
la Ley, la que garantiza la libertad de cultos, de cuya violación no ha po-
dido quejarse hasta ahora ni en contra del Ejecutivo de mi cargo ni de
sus autoridades subalternas”.36
El proyecto agrarista de Múgica, tan caro a su idiosincrasia, encon-
tró múltiples dificultades que hubo que vencer en el camino: la resistencia
de los latifundistas michoacanos y sus guardias blancas; la falta de apo-
yo del gobierno central y de la cúpula castrense de la zona a las medi-
das radicales del gobernador; el burocratismo y la oposición de la Co-
misión Agraria Federal a los repartos mugiquistas; y la carencia de
personal calificado para levantar los censos, las mediciones y los pla-
nos indispensables para llevar a cabo una redistribución de la tierra sus-
tentada en criterios técnicos.
Con el filn de ampliar la justicia social en el campo era indispensa-
ble reestructurar la Comisión Agraria Local, la cual tuvo un desempeño
deficiente y acumuló numerosos expedientes durante la administra-
ción de Ortiz Rubio. Así pues, a efecto de atender tan importante ofici-
na, Francisco José nombró a uno de sus mejores hombres, Isaac Arriaga,
a quien le dio la encomienda de resolver favorablemente y de manera
expedita las peticiones de tierra. Asimismo, el gobernador giró instruc-
ciones para crear la Defensoría de Oficio en Asuntos Agrarios y el De-
partamento de Promociones de Indígenas y Obreros, pues consideraba
de vital importancia que a través de estas instancias los campesinos y
trabajadores contaran con asesorías gratuitas a la hora de tramitar sus de-
mandas de tierras y sus peticiones laborales.
Durante su breve y truncada gestión administrativa, Múgica, además
de crear la Dirección de Agricultura, repartió 23 mil 581 hectáreas de
tierra, cantidad poco significativa si se le compara con las 438 mil 866

36
Armando de María y campos, Múgica..., op. cit., pp. 161-162.

89

[Link] 89 24/08/2007, 08:33 p.m.


distribuidas por Carrillo Puerto en Yucatán y las 123 mil 239 repartidas
por Adalberto Tejeda en Veracruz, gobernadores radicales que, a dife-
rencia del michoacano, supieron sacar provecho de su alianza política
con el presidente Obregón y fueron capaces de conformar grupos polí-
ticos de apoyo en sus respectivas regiones. Visualizada en sí misma, debe
subrayarse que, no obstante las dificultades y los numerosos enemigos,
la reforma agraria mugiquista fue relevante y sentó un precedente nota-
ble en la historia del estado, tanto por su decisión de afectar intereses
oligárquicos antes intocables, como por ser el esbozo de una nueva es-
tructura productiva en el campo michoacano, elementos que más tarde
serían retomados por el cardenismo en un contexto histórico mucho más
favorable.
La polarización social y política durante la gubernatura de Múgica
no podía ser más conflictiva. Las fuerzas antiagraristas incluían a los te-
rratenientes y sus guardias blancas armados, al alto clero y a los Jefes
de Operaciones Militares sucesivos, quienes se pusieron de parte de los
hacendados: utilizando al Ejército Federal para desarmar a las defen-
sas civiles agraristas (autorizados por el gobierno interino de Adolfo de
la Huerta), desalojando a los grupos campesinos invasores de tierras y
hostilizando las tareas de los funcionarios técnicos de la Comisión
Local Agraria. Del otro lado del espectro político, Múgica recibió el apo-
yo de los socialistas, la Federación de Sindicatos de Obreros y Campe-
sinos de Michoacán (que organizó una histórica convención en diciem-
bre de 1922) y la Liga de Comunidades y Sindicatos Agraristas del
Estado de Michoacán, que daría grandes batallas bajo el liderazgo de
Primo Tapia.
El choque de intereses antagónicos desembocó fatalmente en un nuevo
enfrentamiento entre Obregón y Múgica. El eje de la controversia gira-
ba en torno de la legalidad o ilegalidad de la orden presidencial de des-
armar a los guardias civiles. El Presidente citaba ciertos artículos de la
Constitución en los cuales se prohibía a los gobernadores tener bajo su
mando fuerzas armadas. El gobernador, por su parte, defendía su dere-
cho legal a contar con dichos grupos armados recordando el reglamen-
to estatal de 1920, mismo que autorizaba a los mandatarios locales a ser-
virse de “defensas civiles armados” quienes, por lo demás, no constituían
un cuerpo profesional y permanente, sino un organismo temporal inte-
grado por voluntarios sin derecho a remuneración. Estas características
de los defensas civiles michoacanos excluían cualquier violación al
mandato constitucional. Así pues, al reclamar el respeto a la soberanía
de su estado, Múgica luchaba contra el doble rasero obregonista que por
un lado ordenaba al Ejército desarmar a los defensas civiles en Michoa-

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cán, y, por el otro, se hacía de la vista gorda con los agraristas radicales
que comandaba el gobernador Tejeda en Veracruz. Finalmente, se im-
puso no la razón jurídica sino la razón de Estado: el Secretario de Gue-
rra, Enrique Estrada, y el Jefe de Operaciones Militares, Alfredo García,
se comprometieron activamente a favor de los terratenientes y en con-
tra de los mugiquistas. En efecto, al llevar adelante el desarme de los
defensas civiles agraristas y dejar incólumes a los guardias blancas al
servicio de los terratenientes, la batalla política en Michoacán fue incli-
nándose en contra del gobernador, cada día más debilitado y hostilizado
por el poder del Caudillo sonorense. La obsesión por deshacerse de
Múgica no sólo era un asunto motivado por la animadversión personal
de Obregón, también tenía su cariz político en tanto que los socialistas
michoacanos constituían una mala imagen de cara a la estratégica mi-
sión de lograr para México el reconocimiento diplomático de los Esta-
dos Unidos. El Presidente –a través de comunicados y cartas– fue ad-
vertido por los empresarios norteamericanos sobre el imperativo político
de que se diera marcha atrás a las reformas agrarias y laborales en
Michoacán, pues ellas afectaban sus intereses. De todas suertes, la ac-
ción mancomunada del Ejército, los guardias blancas y los hacendados
nacionales y extranjeros se tradujo en la destrucción paulatina de los de-
fensas civiles mugiquistas y en el asesinato sistemático de los agraristas
a lo largo y ancho del estado. Las poblaciones de Opopeo (en donde se
privó de la vida al socialista Felipe Tzintzum, colaborador de Múgica),
Capula, Ixtlán, Chilchota, Sahuayo, Huiramba, Indaparapeo, Tiríndaro
y Naranja sufrieron con particular crudeza esta represión política y mi-
litar destinada a liquidar la reforma agraria mugiquista.
El ambiente de confrontación entre los dos bandos políticos pasó del
campo a la ciudad y fue Morelia el escenario de los “sucesos sangrien-
tos” ocurridos en mayo de 1921, los cuales se convirtieron en el pretexto
ideal que necesitaba Obregón para desatar su última ofensiva en contra
de Múgica. Los fatídicos acontecimientos involucraron a la izquierda y
a la derecha en su cruenta disputa por el poder en Michoacán. Miem-
bros connotados de la Tercera Internacional Comunista (Frank Seaman,
Lin A. Gale, Sebastián San Vicente, etc.) arribaron a la capital del esta-
do a principios del mes. El entusiasmo de los socialistas michoacanos
se avivó de inmediato y pronto convocaron a una gran marcha, para el
8 de mayo, con el objetivo doble de conmemorar a los mártires de
Chicago y protestar en contra de los asesinatos políticos perpetrados por
los hacendados. El día señalado se realizó un encuentro en el Teatro
Ocampo, donde los líderes obreros extranjeros arengaron a la multitud
y la invitaron a redoblar esfuerzos con miras a la pronta destrucción del

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sistema capitalista. Con los ánimos exaltados, los socialistas marcharon
por las calles de la ciudad entonando himnos revolucionarios y profirien-
do consignas contra la burguesía y el clero. Al transitar por enfrente de
la catedral, un manifestante tuvo la ocurrencia de clavar una bandera
rojinegra en una de las torres del edificio barroco destinado al culto. Las
fuerzas católicas, enteradas del suceso, se sintieron ultrajadas y citaron
a sus huestes el día 12 de mayo para protestar por la profanación del sa-
grado recinto. Por lo pronto, uno de los fieles bajó la bandera de la to-
rre y la quemó. En respuesta, un grupo de airados socialistas volvió a la
catedral con ánimos vengativos y, luego de la trifulca, resultó averiado
el ángulo inferior de una pintura de la virgen de Guadalupe. Con estos
antecedentes, la proyectada marcha de desagravio adquirió tintes omi-
nosos, una premonitoria incitación a la tragedia. Los preparativos siguie-
ron su curso: el comercio cerró sus puertas y cerca de siete mil manifes-
tantes se congregaron en el sitio y a la hora establecida, no obstante los
volantes repartidos horas antes por orden del presidente municipal que
advertían la prohibición de la marcha “dado el clima de desorden rei-
nante”. El inspector de policía, Vicente Coyt, se presentó al Jardín Az-
teca e intentó, primero con buenas razones y enseguida con amenazas,
persuadir a los católicos de la conveniencia de no manifestarse y evitar
así posibles choques con los socialistas. La desobediencia de los creyen-
tes lo irritó tanto, que él mismo cometió la torpeza de solicitar ayuda a
la Casa del Obrero Mundial, desde donde se organizó rápidamente una
contramanifestación de socialistas. Al caer la tarde, ambos grupos se
movilizaron rumbo a un encuentro funesto; unos gritaban vivas a Cristo
Rey y mueras a los bolcheviques, mientras que los otros denostaban
ruidosamente a los explotadores burgueses y a los clericales. En el bre-
ve lapso previo al desenlace de los acontecimientos, el azar asomó su
enigmático rostro: Isaac Arriaga se topó casualmente con los manifes-
tantes cuando se dirigía hacia el Juzgado del Distrito a tramitar una so-
licitud de tierras; todavía sorprendido, aceptó a regañadientes la invita-
ción que le hizo Coyt para que, dadas sus dotes oratorias y su reconocido
ascendiente moral, intentara calmar los ánimos de los antagonistas que
ya se miraban las caras. El líder socialista subió a un banco y apenas co-
menzaba su discurso conciliatorio, cuando por detrás se le acercó el te-
niente Eladio García, vestido de civil, quien a bocajarro le disparó en la
cabeza; pronto se generalizó un tiroteo cruzado que dejó más de quince
muertos y numerosos heridos de los dos lados.
El escándalo fue mayúsculo y propició el principio del fin de Múgica
como gobernador de Michoacán. Ambos bandos se inculparon de lo
sucedido y organizaron protestas con sus respectivas versiones de los he-

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chos. Desde la Presidencia se ordenó una investigación cuyo principal
objetivo consistía en responsabilizar a Múgica de lo acontecido. Varios
diputados locales y federales, y la mayor parte de los periódicos se ple-
garon al veredicto oficial que inculpaba a los socialistas y exculpaba a
los católicos. Obregón mismo, aprovechándose de las circunstancias,
ordenó la expulsión inmediata de los líderes extranjeros pertenecientes
a la Tercera Internacional y desató una cacería de brujas anticomunista.
Los socialistas y el propio gobernador, debilitados como estaban, no
pudieron contrarrestar la feroz ofensiva del poderío presidencial y ape-
nas tuvieron fuerzas para concentrarse en rendirle un merecido ho-
menaje fúnebre a Isaac Arriaga. El cuerpo del líder socialista fue vela-
do en la Comisión Local Agraria y, más tarde, recibió honores en la uni-
versidad de San Nicolás, ante la presencia del Rector y de Múgica, quien
pronunció el panegírico de adiós al camarada caído. La indignación ante
el deceso del luchador social creció y los socialistas de la ciudad de
México solicitaron su cadáver para tributarle una última ceremonia luc-
tuosa, misma que se verificó en la Federación de Sindicatos y Obreros
del Distrito Federal, antes de trasladar el féretro al Panteón Civil en
donde fue enterrado el 19 de mayo de 1921. Entre la multitud de com-
pañeros que testificaban la inhumación, sobresalía la presencia de An-
tonio Díaz Soto y Gama y de Felipe Carrillo Puerto.
El derrocamiento de Múgica se fue preparando cuidadosa y sigilosa-
mente durante el resto del año, y estuvo lista a principios de 1922. De
manera concertada estallaron sublevaciones militares de gran enverga-
dura en buena parte del territorio michoacano: en Pátzcuaro, encabe-
zada por el presidente José María Guizar; en Uruapan y tierra caliente,
liderada por el Ejecutivo local Melchor Ortega; en Zamora, dirigida por
los hacendados; en Maravatío, comandada por el latifundista español
Daniel Martínez Gándara; en Turicato, fomentada por el obispo de
Tacámbaro; en Zitácuaro y Zinapécuaro, el jefe era el mayor Francisco
Cárdenas. En todos los casos, los insurrectos desconocían al goberna-
dor Francisco J. Múgica, atacaban a los agraristas locales y cortaban las
vías de comunicación con Morelia. La complicidad del Ejército Fede-
ral con los golpistas era evidente: jamás atendió las peticiones del go-
bernador para que prestara auxilio a la policía local en la tarea de
someter a los sublevados, y, para colmo, dejaba libres a los pocos alza-
dos que caían prisioneros (al final del conflicto, Obregón les concedió
amnistía a todos los participantes en la rebelión). De esta manera, Múgica
comprendió que su “suerte estaba echada”, pues no tenía ejército pro-
pio ni armas para enfrentar militarmente a las fuerzas de la reacción,
mismas que en cambio sí tenían todo el apoyo del gobierno federal.

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Para desdicha del gobernador, sus únicos aliados, los socialistas, em-
prendieron una agresiva campaña –a través del periódico El 123, dirigi-
do por Jesús Corral– en contra de la institución castrense y en repudio
al general Enrique Estrada por su papel sesgado a favor de los católi-
cos en la investigación de los sucesos del 12 de mayo. Las críticas de
los mugiquistas fueron tan acerbas, que generaron una reacción venga-
tiva y violenta de los militares: Estrada reclamó personalmente a Múgica
y hasta lo desafió a duelo, al tiempo que sus esbirros secuestraron y gol-
pearon al periodista Jesús Corral el 1 de marzo. La respuesta de los so-
cialistas se radicalizó aún más, exigiendo la aparición de su compañero
y convocando a una gran manifestación para el 3 de marzo. Con el pro-
pósito de propinarles un golpe definitivo a los izquierdistas, Obregón
ordenó el día 4 la evacuación temporal de la Jefatura de Operaciones
Militares y su traslado de Morelia a Pátzcuaro (territorio antimugiquista).
Se trataba de una jugada política maestra del Caudillo, pues con tal
medida la capital quedaba a merced de la insurrección golpista, y Múgica
se enfrentaba al dilema de resistir al enemigo con los magros recursos a
su disposición o negociar una renuncia honrosa, que le permitiera sal-
vaguardar algo de lo realizado en su gestión administrativa.
La situación general de ingobernabilidad en el estado y el imperati-
vo moral de evitar un derramamiento de sangre inútil y costoso, lleva-
ron a Múgica a tomar la decisión de negociar con Obregón su renuncia
a la gubernatura. Con la expectativa de que la correlación de fuerzas
mejoraría en el futuro, la carta de renuncia de Francisco José se convir-
tió a la postre en una solicitud de licencia para abandonar el puesto Eje-
cutivo por un año, tal como quedó establecido en el acuerdo respectivo
del Congreso local. La caída de un revolucionario tan afamado como
Múgica generó protestas públicas de la CROM, del Partido Nacional
Agrarista y del Partido Laborista, mismas que resultaron inútiles por
extemporáneas. En su análisis de la coyuntura, Múgica suponía que las
fuerzas conservadoras quedarían satisfechas con su salida temporal del
mando, y confiaba que el gobernador sustituto, Sidronio Sánchez Pineda
(aliado suyo), le daría continuidad al programa político de los socialis-
tas, todo ello a la espera de una mejoría en el ambiente político local y
nacional que le facilitara reasumir más tarde la gubernatura. Bajo la luz
optimista de estos supuestos, abandonó el gobierno estatal no sin antes
–en su carta de renuncia del 9 de marzo– hacer una puntual denuncia de
la violación de la soberanía michoacana por parte de Obregón, quien
había instruido al Ejército de la zona para que respaldara a los insurrectos
en vez de resguardar al gobierno legítimo en funciones. En esta misiva
al Congreso –en la cual se resumen los acontecimientos– Múgica no sólo

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hizo un valiente cuestionamiento del arbitrario poder del Caudillo, sino
que también sometió a juicio crítico a sus propios correligionarios so-
cialistas, a los cuales responsabilizó en buena medida de la crisis ocu-
rrida en su gobierno: “Ante este drama en pie intervinieron, de una par-
te la insidia, la rabiosa inquina y hasta las vías de hecho en forma de
atracos callejeros, y de la otra, las manifestaciones exaltadas y procaces
que degeneraban en el insulto”, cometiéndose violaciones a la ley por
parte de ambos bandos.37
Una vez fuera del cargo, Múgica instaló su domicilio en Texcoco, des-
de donde fue testigo de las progresivas desavenencias de la cúpula polí-
tica y militar con motivo de la próxima sucesión presidencial de 1923-
1924. Todavía resentido con Obregón, y luego de unas declaraciones
públicas de éste en contra de los militares “antigobiernistas”, Múgica
tomó la decisión de solicitar su baja del Ejército mexicano, pues no
quería que se le tildara de antirrevolucionario. No obstante que Francisco
José dejó las filas castrenses desde abril, se le seguía considerado un ene-
migo potencial del proyecto sucesorio ideado por Obregón, así que para
sacarlo del juego político primero se le ofreció la embajada de Argenti-
na (que no tenía titular a raíz de la muerte de Amado Nervo), y luego se
le propuso la recién abierta misión diplomática de México ante la URSS,
y en ambos casos la respuesta del michoacano fue una negativa rotunda.

SATURNO DEVORA A SUS HIJOS

El poder absoluto –suele decirse– corrompe absolutamente. En efec-


to, el gobierno obregonista no sólo fue girando hacia el conservaduris-
mo durante su última etapa gubernamental, sino que paso a paso la som-
bra omnímoda y omnipotente del Caudillo se convirtió, sobre todo al
acercarse la disputa por la sucesión presidencial, en una eficaz maqui-
naria de liquidación criminal de enemigos políticos. La procesión de
asesinatos comenzó a principios de 1922, con la desaparición física
de los generales Francisco Murguía y Lucio Blanco, quienes convoca-
ron a una sublevación militar y fueron victimados al intentar regresar al
país por la frontera norte.
La siguiente muerte fue la más espectacular de todas, pues se trataba
de la eliminación de Pancho Villa, el más famoso de todos los revolu-
cionarios mexicanos y el archirival de Obregón. El Centauro del Norte
no se resignaba a su vida apacible de ranchero acomodado, y cometió

37
Ibid., p. 177.

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varios errores políticos que le costaron la vida: 1) En respuesta a un
periodista manifestó su oposición a que fuera Calles el sucesor del Cau-
dillo, agregando, para colmo, que al terminar el periodo obregonista se
postularía como candidato a gobernador de Durango, con lo cual rom-
pía su promesa de apartarse de la política; y 2) En otra de sus declara-
ciones a la prensa presumió de su capacidad para, en cuestión de minu-
tos, movilizar en armas a todo un ejército. Estas opiniones, dichas tan a
la ligera, mostraron –a los ojos ubicuos de Obregón– el peligro enorme
que representaba Villa en el escenario de una previsible ruptura entre
Plutarco Elías Calles y Adolfo de la Huerta de cara a la sucesión presi-
dencial. Todo el mundo conocía las buenas relaciones entre Fito y
Pancho, así que no había dudas respecto de a quién apoyaría militarmente
el temible guerrillero duranguense. Frente a esta clase de circunstancias,
para el Caudillo sólo existía un remedio infalible: el asesinato. El 20 de
junio de 1923, pocos días después de la firma de los Tratados de Bu-
careli, Francisco Villa salió de Canutillo rumbo a Parral con objeto de
arreglar asuntos personales. Ya de regreso a su hacienda, sin reparar en
la sospechosa ausencia de la guardia militar de la ciudad (la cual había
recibido órdenes de ejercitarse con miras al desfile del 16 de septiem-
bre –tres meses antes– en un lugar distante), él y su escolta de seguri-
dad fueron acribillados por francotiradores estratégicamente situados
para no fallar. La muerte fue instantánea. El cabecilla del complot, Je-
sús Salas Barraza, asesino confeso, fue sometido a un juicio amañado
de modo tal que sólo tres meses escasos padeció la cárcel.
En La sombra del caudillo, la soberbia novela de Martín Luis
Guzmán, se recrea literariamente la forma como operaba la maquinaria
del poder político en los años veinte. Gracias a la percepción lúcida y
crítica del escritor, el libro nos muestra, por un lado, la fuerza unipersonal
y avasalladora del Presidente; y, por el otro, el fenómeno de la fatal se-
ducción que ejerce la silla presidencial en la voluntad de los individuos.
Ambas situaciones se convertirían, con el paso de los años, en dos per-
niciosas tradiciones del sistema político mexicano.
La realidad histórica –base anecdótica de la invención novelística–
nos muestra a un Adolfo de la huerta carcomido por la disyuntiva entre
su fidelidad amistosa a sus paisanos sonorenses y la cada vez mayor
distancia política y moral que lo separaba ineluctablemente de sus ca-
maradas. En efecto, De la Huerta (Secretario de Hacienda) no sólo era
de un talante ético distinto al de Obregón y Calles (Secretario de Go-
bernación), sino que además reprobaba la forma antidemocrática y cada
día más reaccionaria del gobierno obregonista. Se opuso a los Tratados
de Bucareli, no estuvo de acuerdo con el asesinato de Pancho Villa, y

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reprobó la manera ilegal como el Presidente violó la soberanía política
de varios estados de la República. Así pues, en este contexto de fuertes
discrepancias políticas e ideológicas, las tentadoras propuestas de los
políticos antiobregonistas que le ofrecían apoyo –en particular el Parti-
do Nacional Cooperativista– poco a poco fueron minando su decisión
inicial de no postularse como candidato a la Presidencia. ¿Cómo resis-
tirse a las candilejas del poder ante el hecho de que el propio Caudillo
cometía atropellos inadmisibles e imponía a Calles como candidato ofi-
cial al puesto Ejecutivo? La ruptura definitiva entre los antiguos aliados
sobrevino luego de que Prieto Laurens, líder de los cooperativistas, triun-
fara en las elecciones para ocupar la gubernatura de San Luis Potosí.
Obregón no podía permitir que continuara el ascenso de sus enemigos
políticos y ordenó la desaparición de poderes en éste y otros estados,
como Nuevo León y Coahuila, en los cuales nombró a gobernadores pro-
visionales que le eran incondicionales. El enfrentamiento político se tras-
ladó a las Cámaras y también se reflejó en las movilizaciones sindica-
les, unas a favor de Calles (respaldado por Morones) y otras en apoyo
de Adolfo de la Huerta, todo lo cual precipitó finalmente la renuncia del
Secretario de Gobernación, el 9 de septiembre, y dos semanas más tar-
de, del Secretario de Hacienda, quienes así quedaron libres para enca-
bezar sus respectivas candidaturas. Obregón nombró a Alberto J. Pani
como ministro encargado de las finanzas, y ambos despotricaron de in-
mediato en contra del desempeño administrativo de don Adolfo. Estas
críticas, ciertamente injustas y desmesuradas, hirieron su dignidad y se
convirtieron en la última estocada que requería De la Huerta para lan-
zarse a la rebelión franca en contra del Caudillo y sus compinches. De-
cidido al fin, el 18 de octubre publicó un Manifiesto en el cual aceptaba
formalmente su candidatura a la Presidencia. Este hecho, al desafiar
directamente a Obregón, se convirtió en una anticipada declaratoria de
guerra que revitalizó a cerca de la mitad de los generales en funciones,
quienes ya fuera por su descontento frente a la omnipotencia del Presi-
dente o por motivos de ambición personal, decidieron fortalecer a De la
Huerta y sumarse a la rebelión en puerta. Entre los generales delahuer-
tistas cabe citar a Salvador Alvarado, Manuel Diéguez, Rafael Buelna,
Guadalupe Sánchez, Fortunato Maycotte, Enrique Estrada y Antonio
Villarreal, mientras que del lado obregonista estuvieron: Arnulfo R.
Gómez, Lázaro Cárdenas, Joaquín Amaro, Francisco Serrano, Adalberto
Tejeda, Saturnino Cedillo, etc. El 7 de diciembre, pocos días después
de iniciadas las hostilidades bélicas, De la Huerta dio a conocer su “De-
claración Revolucionaria” en la cual justificaba el levantamiento mili-
tar con argumentos contundentes: Obregón había violado la soberanía

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de varios estados de la Federación, no había respetado la autonomía de
los Poderes Legislativo y Judicial, y, al imponer a Calles como su suce-
sor en la Presidencia, estaba asegurándose para sí mismo una reelección
posterior en complicidad con el ahora favorecido.
Por azares del destino, el intento de Múgica por reasumir legalmente
la gubernatura de Michoacán –al cabo de un año de licencia– coincidió
cronológicamente con la rebelión delahuertista, y esta circunstancia for-
tuita se convirtió en el principal obstáculo de su plan. Un primer pro-
blema al que tuvo que hacer frente fue la traición del gobernador interi-
no Sánchez Pineda, quien se alió con las fuerzas conservadoras del
estado en su afán de obtener el beneplácito de Obregón y consolidar así
su permanencia en el cargo. Así pues, gracias a este oportunista cambio
de piel del gobernante en turno, buena parte del proyecto de justicia
social mugiquista fue revertido: se cancelaron el programa catastral y la
reforma fiscal, se suspendieron las resoluciones de reparto agrario y se
aisló políticamente a los socialistas, los cuales pronto pasaron a ser mi-
noría en el Parlamento.
Motivado por la infinidad de cartas que recibía de líderes agraristas
como Primo Tapia (quien fundó su Liga agraria a fines de 1922) y
Apolinar Martínez Múgica, y de representantes de las comunidades de
Couintzio, Tiríndaro, Tarejero, etc. que le solicitaban su regreso al go-
bierno, Múgica decidió emprender la riesgosa aventura de volver a
Michoacán a fines de 1923 y reasumir el Poder Ejecutivo estatal. Pre-
viamente, el 18 de agosto, los pocos diputados que le eran fieles se
reunieron en Acámbaro, Guanajuato, y redactaron un plan político que
exigía la renuncia de Sánchez Pineda (el cual, por cierto, no tenía la edad
requerida para ser gobernador) y solicitaba apoyo del Partido Coopera-
tivista y de las fuerzas izquierdistas para fortalecer el retorno de Múgica.
No obstante tener estos respaldos y la legalidad de su lado, Múgica no
tenía posibilidad alguna de ganar su quijotesca batalla en contra de toda
la maquinaria del Estado al servicio del Caudillo.
La estrategia para derrotar a Múgica se escenificó en dos actos. El
primero consistió en poner en práctica la maniobra oficial para decretar
el desafuero de Múgica como gobernador constitucional, frente a lo cual
Francisco José respondió solicitando y ganando un Amparo ante la Su-
prema Corte de Justicia. Supuso que ya tenía la victoria en el bolsillo y
se hizo presente en Morelia; sin embargo, los secuaces de Sánchez Pineda
no lo dejaron ocupar el Palacio de Gobierno y tuvo que despachar im-
provisadamente en oficinas alternas. Pronto se percató de que ahora no
contaba con la fuerza política que tenía en 1920, y que su legitimidad
pendía de alfileres. Entonces sobrevino el segundo acto, con su clímax

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de rigor: el gobernador interino y los diputados que le eran afines se
reunieron clandestinamente y decidieron, como si fuera una maniobra de
prestidigitación, desconocer la solicitud de licencia y darle curso legal
a la renuncia que Francisco José había presentado en marzo de 1922. Una
vez que ésta fue aprobada por la mayoría antimugiquista, el de Tin-
güindín ya no tuvo argumento legal para defender su condición de go-
bernador con permiso. Durante esta feroz ofensiva no sólo perdió el
Amparo, sino que él y sus partidarios fueron hostilizados por la policía
mediante golpes, persecuciones y con disparos en las afueras de sus
domicilios particulares (los diputados Mora Tovar, Sámano y Ascensia
sufrieron heridas y despojos de sus pertenencias). Finalmente, un juez
servil a los poderosos giró la orden de aprehensión en contra de Múgica
por el supuesto delito de usurpación de funciones.
En este momento crucial de sus vidas, la casualidad volvió a poner
frente a frente a Múgica y Lázaro Cárdenas. En su primer encuentro, du-
rante la coyuntura electoral de 1920, el de Jiquilpan había favorecido con
sus actos al de Tingüindín, quien con gran dificultad logró legitimarse
como gobernador. Este segundo encuentro, por desgracia, los confron-
tó de manera hostil y dejó una primera mancha en la que, más tarde, sería
una intensa y prolongada relación amistosa. Es cierto que con el paso
del tiempo los dos revolucionarios fueron acrecentando su afinidad ideo-
lógica y política, sustentada en su mutua e indeclinable preocupación por
la justicia social, pero también es verdad que pertenecieron a dos escuelas
distintas de la vida. Mientras que Múgica poseía una sólida formación
intelectual y se incorporó a la revolución portando sus antecedentes de
lucha antiporfirista, Cárdenas en cambio fue un autodidacta y su adhe-
sión a la lucha insurgente ocurrió casi de manera accidental (para huir
de la policía huertista). Siguiendo con la comparación: es evidente que
el primero tuvo desde joven una personalidad independiente y siempre
apegada a férreas convicciones éticas, en tanto que el segundo, por el
contrario, creció a la sombra de Plutarco Elías Calles y encontró en
el pragmatismo político (actitud que implicaba someterse voluntariamen-
te a la disciplina, adecuarse a la realpolitik y saber jugar con las apa-
riencias) la mejor manera de conseguir sus objetivos a largo plazo.
La fidelidad de Cárdenas al grupo sonorense de Obregón y Calles (a
cuyas órdenes sirvió combatiendo a Pancho Villa, a los yaquis, a los
carrancistas, etc.), se reiteró una vez más en ese momento decisivo de
la historia que representó el ocaso del año de 1923. En efecto, el joven
Lázaro volvió a su estado natal en junio de ese año, en calidad de Jefe
de Operaciones Militares, y como tal cumplió un papel fundamental en
la estrategia del Caudillo para impedir que Múgica reasumiera la

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gubernatura de Michoacán. La crisis política generada por la disputa
entre los dos gobernadores se resolvió finalmente por medio del uso de
la fuerza militar. Cárdenas dispuso que fuera el Ejército Federal y no la
gendarmería municipal la instancia encargada del orden público. De nada
sirvió el intercambio de argumentos en la entrevista que sostuvieron los
personajes de este drama: el de Jiquilpan cumplía órdenes superiores y
el de Tingüindín invocaba la legalidad democrática. La suerte estaba
echada, así que el 1 de diciembre Francisco José fue hecho prisionero
acusado de usurpar las funciones de gobernador. Desde la cárcel, escri-
bió un informe apelando la decisión judicial y consiguió un nuevo Am-
paro que lo puso en libertad provisional el día 3. A la mañana siguiente
publicó un Manifiesto a la Nación en el cual detallaba los atropellos de
que era víctima y criticaba a Obregón por violar la soberanía de los
estados, texto valiente y veraz pero carente de tacto político dado el
comienzo del alzamiento militar delahuertista. La represalia del Caudi-
llo ante la nueva afrenta de Múgica fue inapelable: decretó que se le to-
mara prisionero y se le liquidara de una vez y para siempre. Antes de
salir rumbo a Jalisco a combatir la insurrección de los delahuertistas,
Lázaro Cárdenas instruyó a la policía militar para que el mismo día 5
de diciembre detuviera a Múgica, acusado ahora de sublevación e insu-
bordinación.
Mientras esto ocurría en Michoacán, Adolfo de la Huerta comanda-
ba desde Veracruz el levantamiento militar en contra de la mancuerna
Obregón-Calles, y el día 7 lanzó su Declaratoria de Guerra, en la cual
citaba el caso de Michoacán como un ejemplo más de las muchas vio-
laciones del Presidente a la Constitución. Y por esta razón cabe hacer las
preguntas de qué tanto y en qué forma apoyó Múgica a la rebelión
delahuertista, más allá de esa curiosa coincidencia histórica de sus res-
pectivas luchas en contra de la omnipotencia del Caudillo. La respuesta
se vuelve difícil pues no hay testimonios que muestren una adhesión
explícita de Francisco José a los insubordinados. Esta carencia de infor-
mación al respecto nos resulta sorprendente, máxime si sabemos de la
afinidad política y ética que existía entre Múgica y De la Huerta, y si
reparamos en la gran amistad que unía a Francisco José con dos conno-
tados delahuertistas como Salvador Alvarado (con quien sostenía largas
conversaciones) y José Rentería Luviano. Ambos factores nos llevan a
suponer que el de Tingüindín simpatizó con los insurrectos, pero tuvo
necesidad de ocultar sus preferencias políticas una vez que aconteció la
victoria del dúo Obregón-Calles.
Debido a la ausencia de Cárdenas en Michoacán, fue Manuel Ávila
Camacho, Jefe del Estado Mayor, quien comandó la vigilancia y el tras-

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lado de Múgica hacia un incierto destino el 8 de diciembre. El Caudillo
había girado instrucciones precisas al responsable de la Zona Militar: el
prisionero debía ser entregado al general Amaro en la ciudad de Irapuato.
Gracias a un incidente fortuito –la evacuación militar de Zamora–, el tren
que transportaba al recluso cambió su dirección y enfiló directamente
de Morelia a México. En la estación de Acámbaro, el coronel Flores
Villar, encargado de la custodia del cautivo, recibió un telegrama que
lo dejó atónito: “México, diciembre 10 de 1923. Suyo de hoy. Enterado
que el general Francisco J. Múgica fue muerto al pretender ser libera-
do por sus partidarios. Lamento lo ocurrido y preséntese usted en ésta a
rendir parte circunstanciado”.38 El mensaje estaba firmado por Álvaro
Obregón y ya se había difundido por todo el país. Esta vez, sin embar-
go, los planes del Caudillo no le salieron a pedir de boca, pues Múgica
nunca llegó a manos del general Amaro, en Irapuato, y todavía estaba
con vida al arribar a la ciudad de Acámbaro. En la siguiente parada,
Querétaro, la esposa de Francisco José, Angela Alcaraz, se presentó atri-
bulada a recoger el cadáver de su marido, pero se encontró con un hom-
bre saludable que bromeaba con sus custodios. El tren prosiguió su
marcha y entró a la estación Colonia a las 6 de la mañana del 11 de di-
ciembre. Nuevamente la fortuna le sonrió a Múgica pues el general
Arnulfo R. Gómez –fiel obregonista– se había demorado y en su lugar,
a la espera del reo, se encontraba el capitán Jesús Garcini, quien cando-
rosamente concedió permiso al afamado cautivo para que, resguardado
por un vigilante, desayunara en su domicilio particular. Para entonces
el coronel Flores Villar, cuya admiración por Múgica se había incre-
mentado producto de la convivencia, estaba decidido a impedir que se
cometiera el proyectado crimen en contra del revolucionario michoacano,
así que él mismo se encargó de facilitarle la evasión. Al llegar a su casa
de Mixcoac, Francisco José apenas si pudo convivir con su familia –que
aún no se reponía de la sorpresa de verlo vivo– pues pronto se presen-
taron dos amigos suyos con la noticia de que el general Gómez, monta-
do en cólera, había ordenado la inmediata ejecución del prisionero tan
luego se le encontrara. No había más remedio que escapar al instante y
esconderse por largo tiempo de sus enemigos. Quizá por el hecho de que
preveía que los delahuertistas serían derrotados, Francisco José no se
incorporó a los rebeldes y prefirió vivir en la clandestinidad. Antes de
perder el rastro, recompensó con dinero al coronel Flores Villar ya que
éste, por salvarlo a él, tendría que vivir a salto de mata para evadir la
justicia militar.

38
Ibid., p. 202.

101

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La rebelión encabezada por Adolfo de la Huerta comenzó el 30 de
noviembre de 1923 y fue derrotada en marzo de 1924. La guerra civil,
que duró escasos cuatro meses, tuvo un costo de cien millones de pe-
sos, produjo siete mil muertos y dejó inactivos (vía exilio, desempleo o
muerte) a más de una cincuentena de generales forjados durante el pro-
ceso revolucionario contra Porfirio Díaz y Victoriano Huerta. Tal como
lo había previsto Obregón, y luego de que México pagó la cuota de so-
beranía acordada en los Tratados de Bucareli, los Estados Unidos de-
sempeñaron un papel decisivo en la victoria del Ejército Federal sobre
los insurrectos. En efecto, el vecino país del norte vendió pertrechos
militares a los obregonistas y declaró el embargo contra los dela-
huertistas; también permitió a los primeros el tránsito de tropas en terri-
torio fronterizo, al tiempo que aislaba a los segundos; y tuvo a bien
mandar dos barcos de guerra suyos para impedir que los rebeldes se
apoderaran de las rutas petroleras. No había, pues, posibilidad de triun-
fo militar para De la Huerta, Alvarado y compañía, por más que la fuer-
za moral y la racionalidad política estuviera de su parte.
A principios de 1924, y con objeto de reforzar su inminente victoria
en los campos de batalla, el Caudillo emprendió una brutal cacería de
brujas en contra sus enemigos. La ciudad de México vivió entonces días
de excepción: la prensa fue acallada, a la oposición política se le expul-
só del Parlamento, tres senadores cooperativistas padecieron secuestro
a manos de los esbirros del régimen, y otro más, el delahuertista Field
Jurado, murió asesinado a tiros en las cercanías de su casa en la colonia
Roma. El clima represivo cumplió su cometido y rindió los frutos espe-
rados: la ratificación de los Tratados de Bucareli por parte de un Legis-
lativo adocenado y el ascenso de Morones y los pro-callistas al control
de las Cámaras. En este ambiente de estupor y desazón moral se escu-
chó la solitaria voz de José Vasconcelos quien, a manera de protesta ante
los acontecimientos, hizo efectiva su renuncia a la Secretaría de Educa-
ción Pública.
La rebelión delahuertista arrojó un saldo muy negativo para las filas
del radicalismo revolucionario. Por un lado, Múgica quedó margina-
do del escenario político y sus correligionarios socialistas se dispersa-
ron luego de la derrota de su líder: algunos se incorporaron a las filas
del Partido Comunista, otros continuaron luchando en las Ligas Agra-
rias michoacanas y sólo unos cuantos se plegaron al régimen (la mayo-
ría de ellos se reagruparía al finalizar los años 20 y formarían el bloque
político cardenista en Michoacán). Por el otro, dos próceres del ala so-
cialista mexicana, Salvador Alvarado y Felipe Carrillo Puerto, perdie-
ron la vida en el transcurso de esta guerra fugaz que, para colmo, los situó

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irónicamente en bandos contrarios, precisamente a ellos que tantas ba-
tallas emprendieron juntos a favor de la justicia social en Yucatán. El
primero, buen gobernante y escritor de libros encomiables, criticó con
sus textos y con las armas la omnipotencia del Caudillo, y su afrenta le
costó la vida el 10 de junio de 1924, cuando un piquete de soldados
obregonista lo acribilló en el rancho El Hormiguero, en Chiapas. El se-
gundo, gobernador de Yucatán de 1922 a 1924, había hecho una labor
notable como estadista radical, muy semejante a la realizada por Múgica
en Tabasco y Michoacán y a la de Alvarado en la misma península, cu-
yos ejes fueron las mejoras salariales a los trabajadores, la reforma agra-
ria, el progreso educativo, la reivindicación de los indígenas y las muje-
res y la lucha en contra de los vicios. Defendiendo a su gobierno en
funciones, Carrillo Puerto se enfrentó con poco respaldo militar a los
delahuertistas, quienes consiguieron hacerse fuertes en la región y no tar-
daron en capturarlo y fusilarlo el 3 de enero de 1924.

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IV. LA MODERNIZACIÓN
DEL ESTADO

EL PROYECTO CALLISTA

El primer domingo de julio de 1924, luego de la sangría que dejó


a su paso la rebelión delahuertista, Plutarco Elías Calles ganó las elec-
ciones presidenciales con 1 340 634 votos, en una contienda apacible y
arrolladora que abrió las puertas a una etapa histórica importantísima en
el camino hacia la construcción de un Estado moderno e institucional.
La nueva administración le daba continuidad a la centralización políti-
ca lograda durante el obregonismo y auspiciaba con enorme vigor el pro-
yecto de desarrollo capitalista ideado por los sonorenses, un modelo
económico y político ciertamente distinto del que hubieran impulsado
hombres como Adolfo de la Huerta, Salvador Alvarado y Francisco J.
Múgica.
Restringidos a la fría contundencia de los hechos, de poco nos sirve
especular en torno de lo diferente que hubiera sido la historia de este país
si hubieran triunfado los delahuertistas sobre los obregonistas, pues lo
único cierto en este caso es que, a consecuencia de los acontecimientos
sucedidos, el primero de los aludidos vivía en su austero exilio
californiano (impartiendo clases de canto), el segundo había sucumbi-
do en la contienda militar y el tercero permanecía marginado por com-
pleto de la política activa.
Don Plutarco asumió el poder presidencial el 1 de diciembre de 1924
en un contexto de grave crisis económica del país: la deuda pública
era enorme, se carecía de inversiones capitalistas, el crédito externo es-
taba restringido, no existía un sistema bancario como tal, las vías de co-
municación mostraban un estado deplorable y los principales productos

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de exportación eran usufructuados por las compañías extranjeras. Así
pues, para salir de este ambiente de bancarrota nacional, el callismo tuvo
que crear al vapor nuevas legislaciones e instituciones modernas y efi-
cientes que sirvieran de pivote y sustento al desarrollo económico y
social de la nación. Con este propósito, y siempre bajo la rectoría todo-
poderosa del Estado, se llevó a la práctica un ambicioso plan de cons-
trucción de carreteras, ferrocarriles, telefonía, escuelas rurales, obras de
infraestructura, sistemas de riego en el campo, etc., todo lo cual tenía la
finalidad de incentivar y ampliar el mercado interno capitalista. De esta
pujante tarea modernizadora sobresalió, sin duda, la reforma hacendaria
por medio de la cual se creó el Banco de México, se renegoció la deu-
da pública, se formó el nuevo sistema de tributación (el impuesto sobre
la renta) y se restableció el crédito del país con el extranjero. La eficiencia
administrativa de algunos funcionarios como Alberto J. Pani, Gómez
Morín y otros fue tal, que a la vuelta de dos años de trabajo, la nación
mostraba al mundo una faz muy distinta a la del inicio del periodo gu-
bernamental.
En esta titánica tarea constructiva sobresalieron dos aspectos de po-
lítica económica que es necesario enfatizar: por un lado, la continuación
del papel tutelar del Estado en la génesis de la burguesía mexicana, a
través de la creación de obras de infraestructura, la exención de impues-
tos y la concesión de créditos; y, por el otro, la consolidación de ese
mismo Estado como eje del desarrollo capitalista nacional gracias a
medidas proteccionistas sustentadas en la reducción de las importacio-
nes, el aumento de los gravámenes a los productos extranjeros y el in-
centivo a las exportaciones.
Un elemento más en este proceso acelerado de modernización y cen-
tralización del Estado fue el referente a la reducción y profesionalización
del Ejército Federal, encomienda que estuvo a cargo del general Joaquín
Amaro, Secretario de Guerra. El objetivo principal de la reestructura-
ción del ramo militar consistió en conferirle un carácter institucional al
mismo, mediante una nueva Ley Orgánica, expedida el 15 de marzo de
1926, por medio de la cual se establecieron tres ordenamientos a los
soldados: hacer respetar la Constitución, defender el territorio nacional
y preservar el orden interno del país. Se trataba, asimismo, de procurar
la lealtad de la milicia no a los caudillos militares regionales ni a los Jefes
Militares de Zona, sino al Ejército como institución federal y al Presi-
dente como su cabeza principal. Además, con el propósito de eliminar
los cacicazgos castrenses, se ordenó la ampliación de 10 a 37 jefaturas
militares y la rotación obligatoria de los comandantes de las mismas.

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Ninguna estrategia económica de modernización podía rendir buenos
frutos a largo plazo, si no se atajaba la problemática agraria, la cual se-
guía siendo el talón de Aquiles del país, y, por ende, origen de graves
injusticias sociales y causante de recurrentes conflictos políticos. No
había más remedio, en esta perspectiva, que llevar adelante una estrate-
gia para el campo consistente en, por un lado, invertir recursos econó-
micos (caminos, obras de irrigación, crédito agrícola, escuelas rurales,
etc.); y, por el otro, continuar con el reparto de tierras a los campesi-
nos, a los cuales se les distribuyó 3.2 millones de hectáreas durante el
cuatrienio callista (es decir, tres veces más de lo que se había repartido
en la administración anterior). No obstante el incremento en la tierra re-
partida y a pesar del reconocimiento oficial de la tenencia de tierras
ejidales y comunales (gracias a la Ley elaborada por el jurista Gabino
Fraga), debe precisarse que para Calles todas estas concesiones a los
campesinos tenían fundamentalmente una justificación política: propi-
ciar de inmediato la paz y la estabilidad en el agro. Es decir, por
pragmatismo coyuntural podía aceptarse la existencia de ejidos y tierras
comunales, pero el objetivo presidencial a largo plazo era fortalecer una
economía agrícola sustentada en el desarrollo técnico de la pequeña y
mediana propiedad, planteamiento ideológico que difería de las concep-
ciones agraristas enarboladas por los pocos radicales que aún quedaban
con vida (Múgica, Jara, Tejeda, Cárdenas y los zapatistas). Así pues, el
ejido para don Plutarco representaba dos cosas: un medio político para
mitigar los problemas agrarios y una forma productiva de transición hacia
una sociedad rural capitalista integrada por una poderosa y dinámica
clase media de propietarios privados, la cual, a su vez, serviría como in-
termediaria entre una minoría de hacendados y otra de ejidatarios. El con-
servadurismo agrario de Calles se fue acentuando con el paso de los años
(sobre todo durante el maximato), pero ya desde su gestión administra-
tiva tuvo expresiones exacerbadas en contra de los líderes agraristas,
como fue el caso del michoacano Primo Tapia, quien fue brutalmente
torturado y asesinado por el Ejército Federal el 27 de abril de 1926.
En el camino hacia la institucionalización del Estado y el desarrollo
capitalista nada mejor, pensaba Calles, que recurrir a la alianza con el
sector obrero oficial encabezado por Luis N. Morones, quien fue acre-
centando su fuerza política gracias al liderazgo que ejercía sobre la
CROM y el Partido Laborista. El convenio político nació con Carranza,
creció con Obregón y se consolidó con don Plutarco: el gobierno en turno
concedía puestos administrativos, curules en las Cámaras y negociacio-
nes privilegiadas, a cambio de que los dirigentes sindicales mantuvie-

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[Link] 107 24/08/2007, 08:33 p.m.


ran controlada las luchas, demandas laborales y adhesiones políticas del
movimiento obrero. De esta manera, y a partir de los años veinte, el in-
cipiente proletariado urbano-industrial fue integrándose progresivamente
a un sistema de tutelaje y manipulación política estatal cuyos mecanis-
mos de cooptación eran múltiples y cambiantes, ya que abarcaban la
retórica populista, el reparto de canonjías, los beneficios corporativos y
la amenaza y ocasional uso de la represión. De este modo y especial-
mente durante el callismo, la CROM cumplió con eficacia su cometido
de mermar la fuerza del sindicalismo independiente, erigirse como la
instancia superior que aprobaba los emplazamientos a huelga de los tra-
bajadores y servir como agencia clientelar de apoyo político al gobier-
no. Éste, por su parte, respondió al pacto con suma diligencia al otor-
garle a los moronistas 58 senatorias y 40 diputaciones, amén de nombrar
a su líder en el significativo puesto de Ministro de Industria y Comer-
cio. Así pues, gracias a su doble papel como funcionario público y re-
presentante de los trabajadores, Morones se convirtió en una pieza cla-
ve para garantizar “la conciliación de clases y la unidad nacional”.
Faltaba, sin embargo, un último paso para conferirle al Estado posre-
volucionario esa función estratégica específica de fungir como árbitro
de las relaciones obrero-patronales, así que el 17 de septiembre de 1927,
por decreto presidencial, nació la Junta de Conciliación y Arbitraje.
A la mitad de su periodo gubernamental, el callismo llegó a su cenit
y podía vanagloriarse de haber puesto los cimientos de la modernización
del aparato estatal, de haber impulsado un proteccionismo económico
capaz de incentivar a la burguesía, y de haber mejorado el pacto políti-
co con los líderes sindicales por medio del cual se fortalecía la hegemo-
nía del Presidente y la estabilidad del régimen en funciones. No todo,
sin embargo, marchaba venturosamente para la clase gobernante, así que
pronto comenzarían a manifestarse los turbios rostros que precipitarían
la debacle: la crisis económica, la guerra cristera y la lucha por el po-
der.

UNA AMISTAD HISTÓRICA

Los peores años de la vida de Múgica ocurrieron al finalizar la Pre-


sidencia de Obregón (1920-1924), pues primero tuvo que vivir en la clan-
destinidad y posteriormente, una vez derrotada la rebelión delahuertista,
se mantuvo alejado de la política, sobreviviendo económicamente aquí
y allá, pero siempre bajo la zozobra de que algún esbirro del Caudillo
cumpliera la orden de asesinarlo.

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En estos tiempos aciagos, Francisco José compró en abonos el ran-
cho Las Abejas, ubicado en las afueras de la ciudad de México. Ahí tra-
bajaba en la cría de animales cuando, en abril de 1923, recibió la visita
de su antiguo camarada agrarista, Apolinar Martínez Múgica, quien en-
contró al ex constituyente vestido de jornalero agrícola, con overol y
sombrero, dándole de comer a sus conejos. El amigo fue testigo inciden-
tal de lo mal que marchaba el negocio y de la miseria que padecía por
aquel entonces Múgica, pues éste no tuvo dinero suficiente para pagar
el recibo predial que le presentó un empleado de Rentas justo en el
momento de la entrevista de los correligionarios.39 A poco, esta situa-
ción crítica se volvió insostenible y Francisco José tuvo que regresar el
terreno a su antiguo dueño y viajar a los Estados Unidos a la búsqueda
de un empleo que le permitiera mantener a su familia.
Por un corto tiempo trabajó en un rancho de Texas, inmerso en la
soledad y el miedo incesante a caer víctima de los sicarios de Obregón.
Esta angustia cesaría sólo después de la toma de posesión presidencial
de Plutarco Elías Calles, mientras tanto su futuro le parecía sombrío y
apenas si conseguía un cierto sosiego emocional redactando las páginas
de su Diario. El 11 de febrero de 1924, por ejemplo, escribió:

Son las 21 horas y acabo de estar un ratito, una hora con mis hijos
amados; su escuela, sus pequeñas disensiones, mis crecidas barbas, fue-
ron el tema de su charla: yo pensaba en que los vi para despedirme tal
vez de modo definitivo. He jugado tanto la aventura del rebelde, que al-
guna vez será la última y ahora pienso que puede ser ésta... pero no hay
remedio. Sus pasos inocentes me conmovieron como nunca y ya estoy
solo, se fueron con su madre, me iré muy pronto.40

En 1925, estando ya Plutarco Elías Calles en la silla presidencial, el


contexto político nacional se conformó de una manera más favorable para
el michoacano. Su primera reaparición pública ocurrió en febrero de ese
mismo año, con motivo del aniversario de la Constitución de 1917, y gra-
cias a la invitación que le hiciera su gran amigo y compañero de aquella
gesta histórica, Heriberto Jara, quien para entonces fungía como gober-
nador de Veracruz. Un encendido discurso laudatorio de la Revolución
Mexicana y de la Carta Magna, el cual fue escuchado por la clase polí-
tica callista que acudió al acto conmemorativo, marcó el renacimiento
de Francisco José como hombre público capaz de ejercer nuevamente y
a plenitud sus derechos cívicos.

39
Apolinar Martínez Múgica, Primo Tapia, México, Ed. del Gobierno de Michoacán,
1976, p. 130.
40
Francisco J. Múgica, Estos mis apuntes, op. cit., p. 82.

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Antes de su reingreso activo y permanente a la vida política –de la
mano de Lázaro Cárdenas–, Múgica tuvo oportunidad de demostrarse a
sí mismo que podía ganarse la vida al margen de los puestos públicos.
Don Luis Cabrera, quien se encontraba marginado de la política desde
el derrumbe del carrancismo, lo invitó a trabajar con él como apodera-
do legal de los empresarios Manuel Nuñez y Jacinto Rocha, mismos que
habían demandado por fraude a la compañía extranjera Pen Mex. Los
empresarios petroleros, abusando de sus privilegios, pretendieron dejar
de pagar a sus socios mexicanos los tres millones de dólares que se
habían generado por concepto del sobreprecio del energético en el mer-
cado internacional. La mancuerna de Cabrera-Múgica funcionó a la
perfección y ganaron un sonado juicio que, más allá de la cuestión jurí-
dica, tenía para ellos fuertes implicaciones patrióticas. Los cuantiosos
50 mil pesos que devengó Francisco José por llevar exitosamente el caso
lo sacaran por fin de la pobreza, pero lo más significativo de esta expe-
riencia como abogado fue el hecho de que, gracias a una feliz coinci-
dencia en tiempo y lugar, Múgica pudo reencontrarse con Cárdenas en
la Huasteca veracruzana y comenzar con él una amistad entrañable que,
más adelante, repercutiría hondamente en el decurso histórico del país.
Por razones de su trabajo como litigante, Múgica tuvo que ubicar su
domicilio en Tuxpan. Don Lázaro, por su parte, fue nombrado Jefe de
Operaciones Militares de la región el 1 de marzo de 1925, con cuartel
en Villa Cuauhtémoc, Veracruz. Así entonces, en este marco geográfi-
co, los paisanos comenzaron su histórica amistad y fueron testigos de la
prepotencia y omnipotencia de las compañías petroleras foráneas.
Un primer suceso que indignó a los michoacanos fue el desenlace de
la huelga que estallaron los obreros de la Huasteca Petroleum Company
a principios de marzo de ese mismo año. Con objeto de contrarrestar la
fuerza de los cinco mil trabajadores que exigían la firma del contrato
colectivo de trabajo, la empresa creó al vapor un sindicato blanco. La
dinámica de los sucesos se complicó y las dos agrupaciones sindicales
chocaron violentamente, generándose un muerto y la reanudación de la
huelga a mediados de mayo. Cárdenas, que recién había asumido la res-
ponsabilidad militar de la Zona, no tuvo tiempo de favorecer a los ver-
daderos trabajadores petroleros y se resignó a obedecer discipli-
nadamente las órdenes presidenciales de Calles, encaminadas a no
molestar los intereses de la compañía extranjera.
El siguiente incidente vivido al alimón por los dos revolucionarios
fue contado por Cárdenas en sus Apuntes, mucho tiempo después de lo
sucedido:

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En una ocasión en que cruzamos con el general Múgica por los cam-
pos petroleros de Cerro Azul y Potrero del Llano nos vimos detenidos
en las puertas de las compañías, que cerraban los caminos, y fue después
de una hora de espera que llegaron sus guardias a abrirnos el paso. Y esto
ocurría al propio comandante de la Zona Militar. Había que tolerarlos por
las consideraciones que les concedía el gobierno. Comentamos con el
general Múgica tan humillante situación para los mexicanos. Once años
después, el 18 de marzo de 1938 nos tocó el honor de ver salir del país a
las compañías extranjeras que detentaban la riqueza petrolera.41

Para desdicha de las empresas petroleras, estos dos hombres en nada


se parecían a otros militares y políticos mexicanos que sí eran presa fá-
cil de los tentáculos corruptores tan socorridos en aquel tiempo. A poco
de llegar al lugar, por ejemplo, Cárdenas devolvió el lujoso automóvil
que pretendieron regalarle los magnates del petróleo. Y ambos, él y
Múgica, coincidieron una vez más en la condena que expresaron en sus
respectivas memorias: les resultaba inadmisible el contraste entre la
opulencia en la cual vivían los directivos extranjeros y la miseria que pu-
lulaba en los hogares de los obreros mexicanos del lugar. Esta injusta
situación de marginación social, agravada por la existencia de guardias
blancas al servicio de las compañías petroleras y por la serie de privile-
gios económicos (cobro de cuotas), políticos y hasta judiciales que go-
zaban, tal como si fueran parte de un territorio autónomo ajeno a las leyes
nacionales, dejó una huella lacerante en la conciencia de estos dos suje-
tos tan sensibles y contrarios a los hechos de injusticia social. Sin duda,
esta experiencia que compartieron Cárdenas y Múgica (el primero como
Jefe de Zona y el segundo como su ayudante y “militar honorario”) en
la Huasteca veracruzana, entre 1926 y 1928, se convirtió en un ante-
cedente crucial que más tarde influiría significativamente en la históri-
ca decisión de expropiar el petróleo en 1938.
El resentimiento nunca fue una actitud que atormentara a Francisco
José, antes al contrario, a él, quien conocía el papel desempeñado por
Cárdenas en su encarcelamiento de 1923, le debemos uno de los retra-
tos psicológicos más certero y afectuoso del revolucionario de Jiquilpan:

Allí lo encontré, generoso como siempre me trajo a su casa, me llevó


a los campos petroleros, me paseó en las colonias de las compañías y me
contó de su vida y de sus conflictos. Es sobrio y sencillo para comer como
lo es para hablar; prudente como un viejo, cauto como un estadista, enér-
gico como un soldado, modesto como un hijo de pueblo y comprensivo

41
Lázaro Cárdenas, Apuntes, México, UNAM, 4 vols., 1972, vol. 2, pp. 558-559.

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[Link] 111 24/08/2007, 08:33 p.m.


con el dolor ajeno y las aspiraciones honradas del de abajo. Cada vez que
penetro más en su fondo lo estimo mayormente”. 42

A partir de ese azaroso y providencial reencuentro de 1925, Cárde-


nas se convirtió en el patrocinador político de Múgica, y éste, a través
de innumerables conversaciones y misivas, asumió el perfil de mentor
ideológico y fiel consejero.

LA DEBACLE

La modernización económica del Estado apenas se convertía en una


loable realidad, cuando emergieron dos problemas que, aunque indepen-
dientes entre sí, complicarían las expectativas halagüeñas de la adminis-
tración callista: la guerra cristera y el conflicto petrolero con las com-
pañías extranjeras.
Las pugnas entre el Estado y la Iglesia no habían sido resueltas defi-
nitivamente en el país, ni a través del importantísimo proceso de
secularización iniciado con las Leyes de Reforma liberales, ni mediante
la Constitución revolucionaria de 1917. El clero había perdido privile-
gios económicos y políticos relevantes, pero continuaba influyendo po-
derosamente en las conciencias de una mayoría de los mexicanos, y por
tal razón se atrevió a desafiar abiertamente al gobierno de don Plutarco.
En efecto, a mediados de 1926, la Liga Nacional de la Defensa de la
Libertad Religiosa (nacida una año antes) hizo circular un texto, avalado
por el arzobispo José Mora y del Río, que impugnaba acerbamente las
medidas anticlericales de la Carta Magna. Más tarde, ante la respuesta
irascible del Estado, la Iglesia llamó a sus fieles a preparar un boicot en
contra de la economía del país (no comprar gasolina, no adquirir bole-
tos de la Lotería, etc.). La contraofensiva gubernamental sobrevino el 2
de julio y fue del más acendrado jacobinismo: por un lado, se ordenó el
cierre de escuelas y conventos, así como la deportación de 200 sacer-
dotes extranjeros; y, por el otro, se intensificó la práctica de los precep-
tos constitucionales más radicales y lesivos para los católicos (la prohi-
bición a los sacerdotes de participar en política, la educación laica, la
incautación de los bienes eclesiásticos, etc.). La confrontación abierta
fue creciendo y llegó a su punto más álgido a principios de agosto, cuan-
do la jerarquía católica decretó la suspensión de los cultos religiosos en
todos los templos del país; por su parte, el gobierno callista contraata-
có mediante el recurso de la interdicción del culto privado. Estas drásticas
medidas afectaron e involucraron vívidamente a toda la grey católica
42
Francisco. J. Múgica, Estos mis..., op. cit., p. 85.

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[Link] 112 24/08/2007, 08:33 p.m.


(respaldada por el Vaticano), sobre todo a las masas de campesinos
pobres que no habían recibido tierras ni la justicia prometida por la re-
volución, y que de pronto, a causa del enfrentamiento, se encontraron
ante la imposibilidad de obtener servicios eclesiásticos tan esenciales
para ellos como el bautismo, la comunión, la bendición nupcial, el en-
tierro cristiano, etcétera. De esta forma, la problemática social se fundió
con la crisis religiosa propiciando una insurrección espontánea y masi-
va del pueblo creyente (arrieros, peones, rancheros), principalmente
gente oriunda de estados como Jalisco, Michoacán, Guanajuato, Colima
y Puebla, quienes se levantaron en armas –utilizando la estrategia gue-
rrillera– contra un gobierno inflexible y resuelto a terminar el conflicto
por la vía militar. La guerra cristera, cuya etapa más violenta aconteció
entre 1927 y 1929, ciertamente no condujo a una desestabilización po-
lítica del callismo, pero sí presupuso una enorme sangría de recursos
financieros y de vidas humanas de ambos bandos, amén de significar la
reapertura del conflicto religioso en tanto que perenne y profunda heri-
da histórica en la nación, misma que tardaría muchos años en sanar.
El conflicto petrolero constituyó el otro aspecto directriz que influi-
ría decisivamente en el decurso de la gestión callista. Los dos primeros
años de la nueva administración se caracterizaron por un peligroso am-
biente de confrontación política entre México y los Estados Unidos: por
un lado, existían los prejuicios del presidente norteamericano Coolidge
y del embajador Sheffield quienes consideraban a Calles como un pre-
sidente “bolchevique”, al cual había que tratar con la amenaza del “gran
garrote”; y, por el otro, el radicalismo inicial de don Plutarco, al ratifi-
car el Artículo 27 constitucional en lo concerniente a los derechos de la
nación sobre los yacimientos petroleros, mediante la Ley sobre el Pe-
tróleo del 31 de diciembre de 1925, suscitó el enojo y la ofensiva de las
compañías extranjeras que usufructuaban el oro negro. La crisis políti-
ca llegó a su clímax a mediados de 1927, cuando una parte de la clase
política norteamericana se planteó seriamente la posibilidad de apoyar
a las empresas petroleras de su país a través de la intervención militar
de los barcos de guerra que merodeaban la zona estratégica. El desafío
fue real y de tan graves proporciones que el Jefe Militar de la región,
Lázaro Cárdenas, recibió la orden presidencial de incendiar los posos
petroleros en caso de ocurrir la temida ofensiva bélica de los estadouni-
denses. (Luego de la histórica expropiación petrolera de marzo de 1938,
siendo presidente de México, el general michoacano volvería a sopesar
esta dramática opción como recurso de última instancia).

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Finalmente, un conjunto de factores internos y externos, entre los cua-
les cabe mencionar el temor a las protestas de la opinión pública inter-
nacional, influyeron decisivamente para determinar el cambio radical de
la política de los Estados Unidos hacia México. La clave de este viraje
fue el reemplazo de Sheffield por el nuevo embajador William D.
Morrow, quien de inmediato comenzó una nueva diplomacia caracteri-
zada por la “cooperación y confianza”, es decir, por la erradicación de
la “mano dura” y la adopción de la táctica del acercamiento y la nego-
ciación respetuosa entre los dos países vecinos. La estrategia en curso
pronto resultó más sabia y fructífera que la precedente. El pragmatismo
político de Calles, similar al mostrado por Obregón en los Tratados de
Bucareli de 1923, se tradujo en la nueva Ley Orgánica sobre el Petró-
leo, aprobada en marzo de 1928, la cual derogó la Ley de 1925 y cum-
plió con algunas de las principales exigencias de las compañías petrole-
ras. A cambio, el Presidente de México consiguió de los Estados Unidos
–mediante el Acuerdo Morrow-Calles– un sustancial apoyo económico
y político que le era indispensable para poder combatir a sus enemigos
reales y potenciales: los cristeros y los intentos de golpe de estado de
parte de militares desafectos al grupo sonorense (las pugnas por el po-
der, tal como se preveía, se presentaron de inmediato: primero la enca-
bezada por Serrano y Gómez, y luego la rebelión liderada por Escobar
en 1929). En conclusión, a don Plutarco no le importó demasiado
dar un notorio viraje político hacia el conservadurismo (sobre todo en
materia agraria) y ceder soberanía nacional en la cuestión petrolera, siem-
pre y cuando, siguiendo los criterios de la realpolitik, el grupo en el poder
garantizara y fortaleciera su hegemonía política.
No obstante que logró salvarse la estabilidad política del régimen, la
situación económica del país sí tuvo un fuerte decaimiento a consecuen-
cia de la guerra cristera y el conflicto petrolero. Para colmo, las fallas
estructurales y coyunturales de la economía se acentuaron con el adve-
nimiento de la crisis de la economía internacional a finales de los años
veinte. En particular, la debacle económica comenzó a reflejarse en as-
pectos centrales como la caída de los precios de los productos de expor-
tación, la merma considerable de la inversión extranjera, el aumento del
déficit de la balanza de pagos y la fuga de capitales. La pasmosa corrup-
ción que caracterizó a los prohombres del gobierno callista no hizo otra
cosa que agravar los problemas de la nación. En efecto, altos funciona-
rios como Luis L. León y Luis N. Morones abusaron de los cargos pú-
blicos, se enriquecieron ostentosamente y dieron la nota grotesca del sis-
tema a través de sus rumbosas fiestas, sus sonados escándalos amorosos
con célebres bataclanas y su proverbial prepotencia autoritaria.

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Así pues, el ocaso del callismo estuvo signado por los estropicios de
la crisis económica y por la progresiva degeneración moral de la clase
política en el poder. Este último punto se corroboró en los sucesos san-
grientos que se suscitaron de cara a la sucesión presidencial de 1928. El
primer paso rumbo a esta parafernalia, digna de Shakespeare, fue el pacto
entre Obregón y Calles para conservar en sus manos el usufructo de la
silla presidencial. El requisito indispensable en ese sentido pasaba por
la necesaria modificación de los Artículos 82 y 83 de la Constitución a
fin de legalizar la reelección presidencial no inmediata, medida política
de enorme trascendencia que se aprobó por el Congreso –controlado por
los callistas– a principios de 1927. La jugada política para favorecer al
Caudillo era demasiado obvia y de inmediato suscitó críticas y protes-
tas tanto de los sectores opositores a la reelección como de los aspiran-
tes al Poder Ejecutivo.
Dos conspicuos generales, Arnulfo R. Gómez y Francisco Serrano,
miembros prominentes del grupo sonorense, habían caído víctimas del
“chancro del poder” y repudiaron la nueva situación jurídica que, de
facto, los situaba como enemigos de Obregón, a quien le debían obedien-
cia por ser el jefe de la camarilla de los sonorenses, y el cual aparecía
como previsible candidato a la Presidencia con todo el aparato del Es-
tado en su respaldo. En estas circunstancias, la ambición por el poder
resultó ser más fuerte que la fidelidad al Caudillo y ambos militares se
prepararon para una cruenta lucha en contra del binomio Calles-Obregón.
A mediados del año, la dinámica de los acontecimientos preelectorales
llevó a que Serrano renunciara a la Secretaria de Guerra, acogido por el
Partido Nacional Revolucionario que lo nombró su candidato presiden-
cial, al tiempo que Gómez, postulado por el Partido Antirreleccionista,
dimitió de su cargo como Jefe de Operaciones de Veracruz. En septiem-
bre, a pesar de la cobertura política que se gestó en su torno, los dos
militares reconocieron que no habría equidad y juego limpio en la inmi-
nente lucha por el poder –conocían demasiado bien a sus enemigos–,
así que decidieron preparar una sublevación militar y dar el primer gol-
pe. Para desgracia de los aspirantes a la Presidencia, un súbito delator
alertó al presidente y al Caudillo acerca de la emboscada que se les te-
nía preparada el 2 de octubre en el Campo Militar Balbuena, donde am-
bos serían apresados por el general Héctor Almada. Obregón y Calles
no sólo no se presentaron al festejo militar en su honor, sino que prepa-
raron una respuesta radical, inmediata e inmisericorde en contra de los
traidores. Ese mismo día, Francisco Serrano, quien se encontraba espe-
rando buenas noticias de la capital y conviviendo alegremente con sus
compinches en el Hotel Bellavista de Cuernavaca, fue traicionado a su

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vez y hecho prisionero por el gobernador de Morelos. El día 3, en
Huitzilac, poblado cercano a la capital, los detenidos fueron bajados de
los coches que les llevaban a la ciudad de México, se les apretujó en
medio del bosque y se les fusiló a sangre fría. El pelotón estaba coman-
dado por el general Claudio Fox, quien recibió órdenes precisas de
interceptar a medio camino el convoy de prisioneros y pasarlos por las
armas ipso facto. En la madrugada del día siguiente, los catorce cadá-
veres fueron presentados a los impávidos ojos de los dos hombres más
poderosos del país, que habían permanecido insomnes en el Castillo de
Chapultepec a la espera de las noticias faustas. Luego de recibir las bue-
nas nuevas, Calles rompió la copia del telegrama que contenía la sen-
tencia recién ejecutada y ordenó a sus secuaces preparar conveniente-
mente la justificación política que se ofrecería a la prensa.
Para deshacerse de Arnulfo Gómez, escondido en la sierra vera-
cruzana, los jerarcas sonorenses enviaron al general Gonzalo Escobar al
mando de un batallón bien pertrechado. Éste cumplió su cometido el
5 de noviembre, luego de una tormentosa y dilatada persecución en pos
del general sublevado y sus escasos acompañantes. Antes de ser fusila-
do, Gómez regaló a sus victimarios las pertenencias que traía consigo:
un reloj, un pañuelo de seda que portaba en su cuello y un centenario
de oro. Así, sin que faltara un último desplante presuntuoso al final de
su vida, murió Arnulfo Gómez, un hombre cuya personalidad –semejante
en esto a Francisco Serrano– tuvo más defectos que virtudes.
El delirio de grandeza que atosiga a los poderosos siempre va acom-
pañado de una febril paranoia, elemento patológico que explica la ola
de terror que se desató por todo el país en contra de cualquier posible
insubordinación que afrentara la omnipotente mancuerna de Obregón-
Calles. En Zacatecas se asesinó a los generales Alfredo Rodríguez y
Norberto Olvera, en Pachuca murió fusilado el general Arturo Lazo de
la Vega, en Torreón se acribilló al general Lastra, en Chiapas cayeron
el gobernador Carlos Vidal y el diputado Alfonso Paniagua, y en So-
nora se liquidó a tres nuevos militares de alta gradación. Esta espiral
de violencia y destrucción ocurría, además, en el marco de los odios
fanáticos que se explayaban en el transcurrir diario de la guerra criste-
ra. Dado este ambiente, existían muchas posibilidades de que los co-
letazos del vendaval sangriento se volvieran en contra del Presidente o
del Caudillo.
Y, en efecto, así sucedió: el domingo 13 de noviembre de 1927, du-
rante un matinal paseo por el bosque de Chapultepec, Obregón se esca-
pó milagrosamente de morir luego de que su coche fuera alcanzado por
una bomba terrorista. Los frustrados magnicidas, miembros de la Liga

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de Defensa Religiosa, fueron aprehendidos de inmediato y condenados
al patíbulo: como autores materiales, Segura Vilchis y Juan Tirado, y en
tanto que autores intelectuales, el padre Agustín Pro y su hermano
Humberto. A estos últimos no se les pudo comprobar fehacientemente
su participación en el atentado, así que una vez que se les sentenció a
muerte se convirtieron en mártires inocentes de la causa cristera, si-
tuación que le dio un nuevo impulso la lucha católica en contra del go-
bierno.
La primera mitad de 1928 transcurrió en una engañosa calma, sólo
perturbada por las atribuladas declaraciones antiobregonistas de Luis N.
Morones el 30 de abril, las cuales cimbraron el ambiente político y se
tradujeron en la ruptura política definitiva entre el Caudillo y el pode-
roso líder sindical. Los tiempos electorales continuaron su curso normal,
enturbiados acaso cuando el régimen en el poder decidió, para evitarse
riesgos indeseables, detener y expulsar del país al general Antonio I.
Villarreal, quien se había postulado como candidato a la Presidencia por
el Partido Nacional Antirreeleccionista. Así entonces, el 1 de julio, en
un clima sosegado y limpio de enemigos políticos, se verificaron las
elecciones federales que llevaron al triunfo contundente del candidato
oficial Álvaro Obregón. El día 17 del mismo mes, cuando reinaba una
aparente armonía en la clase política y aún se escuchaban los festejos
de los individuos que representaban al sistema, ocurrió por fin la trage-
dia del magnicidio: el Caudillo, el hombre que tantas muertes debía, cayó
víctima de un fanático religioso, José de León Toral, quien hábilmente,
haciéndose pasar por dibujante, pudo introducirse en el convivio que le
ofrecían a Obregón en el restaurante La Bombilla; y ahí, una vez que lo
tuvo cerca, consiguió vaciar su pistola sobre el cuerpo del presidente
electo.
En un ambiente de zozobra e irritación, surgieron por doquier las sus-
picacias y el rumor de que detrás del asesino estaba la mano negra de
don Plutarco (a través de Morones y el temible jefe de la policía Rober-
to Cruz), cuyo móvil no podía ser otro que perpetuarse en el poder me-
diante el recurso de la liquidación física del Caudillo. Las sospechas se
sustentaban en la añeja tradición de crímenes que caracterizaba a los
generales sonorenses. Ciertamente, los obregonistas estaban furiosos y
clamaban justicia a un Presidente debilitado por las imputaciones en su
contra. La crisis política crecía día tras día, así que Calles decidió ac-
tuar con astucia para sacar a flote al sistema político mexicano y salvar
con ello su propia hegemonía. En primer lugar, ordenó la renuncia de
Morones y de otros dirigentes de la CROM a sus respectivos cargos
públicos; en segundo lugar, acentuó su conservadurismo en materia agra-

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ria y petrolera con miras a fortalecer su alianza política con el embaja-
dor Morrow, favoreciendo así los intereses norteamericanos; y en ter-
cer lugar, situándose a contracorriente de las voces que le aconsejaban
aprovecharse de la crisis para prorrogar su mandato, ideó una doble es-
trategia: por un lado, nombrar un Presidente interino (que fuera bien visto
por los obregonistas pero que no perteneciera a ese grupo), y, por el otro,
crear a corto plazo una nueva estructura política, el Partido Nacional
Revolucionario, que tuviera la capacidad de canalizar institucionalmente
los conflictos internos de las diferentes camarillas y caciques, asegurán-
dose con ello la reproducción del orden político y los intereses del
callismo. En su último informe de gobierno, el 1 de septiembre, don
Plutarco expuso las líneas maestras de su proyecto institucional y su in-
tención de no postularse a ningún cargo administrativo en el futuro;
intentaba, sobre todo, aparentar su total alejamiento de la política. El
hombre elegido –por el propio don Plutarco– para dirigir la transición
al nuevo sistema fue Emilio Portes Gil, sin duda un político hábil y con-
ciliador, quien asumió la Presidencia de la República el 1 de diciembre
de 1928.
¿Qué acontecía en la vida de Múgica y Cárdenas mientras transcu-
rrían estos dos turbulento años de la vida del país (1927-1928)? La amis-
tad de estos hombres y su fructífera retroalimentación ideológica y po-
lítica se habían desarrollado al amparo de la vida en común y de frente
–como testigos de cargo– a la prepotencia y arbitrariedades cometidas
por las compañías petroleras en la Huasteca veracruzana. Sin duda,
Lázaro, el político pragmático, convenció a Francisco José, el político
virtuoso, de que solicitara su reingreso formal al Ejército. La perspecti-
va de un conflicto militar con Estados Unidos, cuestión que avivaba su
patriotismo, así como la conveniencia de hacer la paz con el binomio
Obregón-Calles y, de este modo, poder acompañar al general de Jiquilpan
en su carrera política ascendente, llevaron a Múgica a la penosa situa-
ción de escribirle una carta al propio Caudillo ofreciéndole que, si se
admitía su vuelta a la milicia, no participaría en actividades políticas.
Finalmente, en mayo de 1928, luego de un primer intento fallido, dene-
gado por el Secretario de Defensa, el general Amaro, Francisco José fue
readmitido como militar en activo. De esta manera, el general de Tin-
güindín quedaba habilitado para, en un futuro, colaborar al lado de su
amigo Cárdenas, quien por estas fechas comenzaba su campaña como
candidato a gobernador de Michoacán.
El hábil pragmatismo político de Cárdenas se hizo evidente en estos
tiempos: si para consolidar su candidatura era necesario reiterar su fi-
delidad y apoyo a Calles, poco importaba sacrificar principios y hacer-

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se de la vista gorda ante los graves atropellos del callismo; igualmente,
si para construir una base política propia en Michoacán tenía que acep-
tar la reelección de Obregón, pues bien valía la pena mostrarse discipli-
nado con los sonorenses a la espera de mejores tiempos políticos. El
clímax de estas pequeñas concesiones en tributo de la realpolitik llegó
cuando sobrevino el asesinato de Obregón. Múgica trabajaba entonces
como militar honorario en Guerrero, a las órdenes del general Sánchez
Tapia, y Cárdenas se preparaba para asumir el gobierno de su estado (las
elecciones se verificaron en junio y la toma de posesión ocurrió el 15
de septiembre). Ambos, sumidos en una atmósfera de confusión y ofus-
cación, cometieron el equívoco de sumarse a los políticos que, con el
propósito de evitar que la derecha se aprovechara del vacío político
existente, propusieron la extensión del mandato constitucional de Calles
por el tiempo que fuera necesario. En esta ocasión, don Plutarco, el jefe
máximo, demostró que nadie era más zorro que él para practicar el arte
de la política: con tal de conservar el control del mando no era necesa-
rio prorrogar la investidura presidencial, pues bien podía ejercerse el
poder tras bambalinas.

EL MAXIMATO

El medio idóneo, en un país que repudiaba la reelección presiden-


cial y sus secuelas dictatoriales, para que don Plutarco pudiera perpe-
tuarse en el poder no era otro que la creación del Partido Nacional
Revolucionario (PNR). En efecto, el jefe máximo tuvo la astucia de idear
una nueva estructura partidaria que sirviera como maquinaria electoral
y fuente de legitimidad política para el sistema de dominación estatal.
En esta perspectiva, Calles fungiría como el “factor de equilibrio” entre
los distintos grupos de generales, caciques, líderes sindicales, hombres
de empresa, funcionarios, etc., que se integraron activamente al recién
nacido PNR. El instituto político en ciernes tenía dos preocupaciones
torales: por un lado, evitar los recurrentes y funestos levantamientos
militares de generales ambiciosos cuyo objetivo fuera ocupar la silla pre-
sidencial; y, por el otro, superar la dispersión política de las fuerzas pro-
gresistas que habían surgido a lo largo de la posrevolución. En este úl-
timo punto, se trataba de disciplinar a la familia revolucionaria, repartir
pacíficamente las cuotas de poder estatal entre la clase política, y man-
tener un discurso revolucionario de cara a las fuerzas obreras y campe-
sinas que servían de bases de apoyo al gobierno en turno. Así pues, el
PNR adquirió carta de ciudadanía en marzo de 1929, teniendo como
objetivo principal asumir la representación institucional del interés ge-

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neral de la Nación –por encima de los criterios particulares y regiona-
les–, creándose con ello la plataforma política que permitiría el paso del
“gobierno de los caudillos” al “régimen de las instituciones”. Este loa-
ble propósito de modernización política tenía, sin embargo, un proble-
ma de origen: el papel tutelar que don Plutarco se había reservado para
sí mismo.
La impronta política de Calles quedó establecida desde la designa-
ción de Emilio Portes Gil como Presidente interino (del 30 de noviem-
bre de 1928 al 5 de febrero de 1930), pero tuvo su convalidación defi-
nitiva gracias a la rebelión escobarista (iniciada el 30 de marzo de 1929),
acontecimiento bélico que le permitió a don Plutarco asumir la Secreta-
ría de Guerra y el mando general de las tropas federales. Los más im-
portantes generales de la época, Amaro, Cárdenas, Cedillo y Almazán,
todos ellos con fuertes lazos de fidelidad hacia los sonorenses, se ali-
nearon en apoyo al gobierno y combatieron eficazmente a los militares
insurrectos: Escobar, Manzo, Aguirre, Fox, Topete, quienes se levan-
taron en armas para combatir la omnipotencia del callismo y para im-
pugnar su presunta responsabilidad en la muerte de Obregón. La suble-
vación militar (amparada en el Plan de Hermosillo) coincidió con el
nacimiento del PNR –organismo que surgía precisamente con el ánimo
de intentar canalizar las desavenencias políticas a través de los cauces
institucionales del nuevo partido– y no tuvo las repercusiones políti-
cas esperadas por los levantados en armas. En efecto, ni los cristeros (que
estaban en negociaciones de paz), ni los vasconcelistas (que eran
antimilitaristas), ni los comunistas (que padecían el recrudecimiento de
la represión estatal) apoyaron esta última asonada militar posrevolu-
cionaria, la cual fue rápidamente derrotada por unas fuerzas gubernamen-
tales que nuevamente contaron con el respaldo decidido del gobierno de
los Estados Unidos, país que se congratulaba del anticomunismo y el
conservadurismo que campeaba en las esferas oficiales mexicanas du-
rante esta época. Las secuelas dejadas por la frustrada rebelión militar
no hicieron otra cosa que reforzar el maximato, es decir, el poder
omnímodo y omnipresente de Calles como el jefe indiscutible de la cla-
se política en el poder. Asimismo, a raíz de la muerte y el exilio de los
generales insurrectos, se aceleró el proceso de paulatina depuración y
modernización del Ejército Federal, es decir, su progresiva supeditación
institucional a la férula del Poder Ejecutivo.
Emilio Portes Gil se comportó con mucha astucia política durante su
interinato como Presidente, de modo tal que pudo llevar con eficacia
su gestión administrativa e incluso conseguir algunos logros notables a pe-
sar de las trabas que continuamente representaba la intromisión de la

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figura sacrosanta del jefe máximo. Un ejemplo de esta contradicción
entre los dos hombres más poderosos del país ocurrió con motivo de la
política oficial en torno a la pregunta de cómo enfrentar la grave pro-
blemática del campo. Don Plutarco se fue haciendo cada vez más conser-
vador en esta materia, al grado de que a principios de los años treinta
propaló públicamente tanto la conclusión de la reforma agraria como el
fracaso del proyecto económico ejidal de cara a la mayor productividad
de la pequeña y mediana propiedad agrícola. El Presidente en funcio-
nes, por el contrario, además de tener buena parte de su apoyo político
en el sector campesino de Tamaulipas, su estado natal, mantuvo su con-
vicción de que era imprescindible darle continuidad y celeridad a la re-
forma agraria, así que, en tan sólo 14 meses de gobierno, repartió más
de 3 millones de hectáreas de tierra, suceso histórico que lo convertía
en el campeón del agrarismo si se le comparaba con los repartos presi-
denciales precedentes.
En otros dos conspicuos casos, uno referente al conflicto estudiantil
universitario y el otro concerniente a la reconciliación del gobierno con
la Iglesia católica, las decisiones políticas de Portes Gil confrontaron la
voluntad suprema y el estilo político del jefe máximo, y, sin embargo,
resultaron un éxito para el primer mandatario. En el primero de ellos, el
Presidente tomó la sabia decisión de otorgar la autonomía a la Univer-
sidad Nacional, el 28 de mayo de 1929, atajando con ello la prolifera-
ción y agudización de la protesta juvenil; y en el segundo, apoyándose
en los buenos oficios del embajador estadounidense Morrow, la jerar-
quía eclesiástica negoció con el Presidente el fin de la guerra cristera y
la reanudación de los servicios religiosos, los cuales se verificarían en
un ambiente de respeto y tolerancia mutuas a partir del 30 de junio de
1929.
Estos logros políticos del Presidente interino contrastaron, por des-
gracia, con la política de cacería de brujas anticomunista ordenada du-
rante su gestión administrativa. En efecto, a fines de los años veinte –pre-
cisamente en la época de ascenso de Lázaro Cárdenas hacia las altas
esferas gubernamentales– se desató una campaña de represión en con-
tra de la izquierda no oficialista. Varios sucesos así lo testimonian: a)
El 10 de enero de 1929, cuando caminaba junto a Tina Modotti por el
centro de la ciudad de México, fue asesinado el líder cubano Julio An-
tonio Mella. En dicho crimen, que aún permanece en el mar de las ti-
nieblas judiciales, estuvieron implicados, en perversa complicidad para
liquidar a un enemigo común, los esbirros del dictador Machado, la si-
niestra policía mexicana de la época y los servicios secretos soviéticos
a través del agente estalinista Vittorio Vidali. Estas tres instancias repre-

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sivas, no obstante las diferencias que guardaban entre sí, estaban intere-
sadas en la desaparición física de un líder demasiado carismático e in-
dependiente, rebelde y crítico como lo era el amante de la excelente
fotógrafa italonorteamericana; b) La marcha obrera del primero de mayo
de ese mismo año, encabezada por Diego Rivera y Frida Kalho, fue bru-
talmente reprimida por las fuerzas policiacas, dejando un saldo de
numerosos trabajadores golpeados y encarcelados. Días más tarde se-
rían asesinados varios dirigentes comunistas, entre ellos José Guadalupe
Rodríguez. La ofensiva gubernamental no se detuvo, así que durante el
mes de junio el Partido Comunista sufrió una última redada que lo obli-
gó a recurrir a la clandestinidad como única forma de sobrevivencia, y
su órgano de difusión, El Machete, fue clausurado; y c) El clima
oscurantista y de cerrazón política se acrecentó al ocurrir el ascenso
vertiginoso de la oposición vasconcelista que se preparaba para compe-
tir en la sucesión presidencial programada para finales del año, razón
política que explica la aparición de una mayor censura gubernamental
en contra de la prensa independiente y contestataria.
Una de las más importantes protestas políticas en contra de los go-
biernos emanados de la revolución, identificados con el caudillismo y
el maximato y asociados con el enorme déficit en justicia social y la
carencia de un sistema democrático efectivo en el país, lo constituyó
precisamente el movimiento vasconcelista. José Vasconcelos había par-
ticipado en la revolución maderista, fue miembro destacado de la Con-
vención de Aguascalientes, y posteriormente se convirtió en el artífice
de la epopeya cultural impulsada desde la Secretaría de Educación a
principios de los años veinte. Producto de su temperamento indomable
e hipercrítico repudió las prácticas políticas del carrancismo y, más tar-
de, rompió su alianza momentánea con el obregonismo y pasó a ser un
enemigo acérrimo de las lacras generadas por el callismo. Así pues, con
el apoyo del Partido Nacional Antirreeleccionista, este notable escritor
y pensador mexicano se lanzó a la tarea titánica de desafiar políticamente
al régimen establecido. Su programa de gobierno, que tuvo enorme eco
en las clases medias urbanas y en un amplio sector de la joven
intelectualidad democrática (Gómez Arias, Germán del Campo, Salva-
dor Azuela, López Mateos, Andrés Henestrosa, Mauricio Magdaleno,
Moreno Sánchez, Salazar Mallén, Carlos Pellicer, A. Rivas Mercado,
etc.), se basó en aspectos como: la denuncia del vacío moral existente;
la crítica a la corrupción, el centralismo, el presidencialismo y el milita-
rismo gubernamentales; el repudio al colonialismo norteamericano y a
la creciente influencia del embajador Morrow en la política mexicana;

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y la reivindicación de un espíritu hispanoamericano más genuino y con-
trario al burdo materialismo proliferante en el país.
No obstante la justeza política de sus consignas electorales, Vascon-
celos no logró conmover a los sectores campesinos, pues sus discursos
proselitistas resultaban demasiado complejos y abstractos para las gran-
des masas analfabetas y paupérrimas de la nación. En las ciudades, por
el contrario, fue creciendo vertiginosamente el respaldo político al
vasconcelismo al grado de convertirse en una seria amenaza al candida-
to oficial, Pascual Ortiz Rubio, quien había sido escogido por Calles
como el futuro Presidente de México. El 17 de noviembre de 1929, día
de las elecciones federales, el sistema político utilizó todos sus recur-
sos legales e ilegales para favorecer al factótum callista e impedir el triun-
fo de Vasconcelos. En la lista de atropellos antidemocráticos cabe se-
ñalar que no se distribuyeron las credenciales ni las papeletas electorales
en los sitios donde predominaban los opositores, que miembros del PNR
ocuparon las casillas y falsificaron y sustrajeron a su capricho las bole-
tas emitidas, que la fuerza pública fue utilizada por el gobierno como
una forma de intimidación y presión al momento de las votaciones. La
manipulación fraudulenta de las elecciones –que se convertiría en una
práctica política recurrente en votaciones riesgosas– llegó a su fase fi-
nal al computarse los resultados: 1 948 848 votos para Ortiz Rubio y
apenas 110 979 sufragios para Vasconcelos. La ridiculez de la cifra de
sufragios reconocidos oficialmente al candidato opositor indignó viva-
mente a los simpatizantes del vasconcelismo, quienes en sus mítines había
logrado movilizar a cuantiosos contingentes de opositores descontentos
con el rumbo que había adquirido la costosa –en sangre y recursos ma-
teriales– Revolución Mexicana.
Las condiciones políticas del país, luego de tantos años de guerra civil
y azonadas militares, no favorecían un nuevo levantamiento en repudio
del fraude electoral perpetrado por el gobierno, amén de que José
Vasconcelos se había convertido en un denodado crítico del militaris-
mo; así las cosas, el iracundo intelectual desistió de su Plan de Guaymas,
mismo que jamás pudo concitar apoyo popular, y se exilió en los Esta-
dos Unidos. A la hora de la partida llevaba consigo una enorme cauda
de frustraciones y resentimientos, así como el propósito de concentrar-
se en la escritura de sus memorias y de los ensayos filosóficos tantas
veces postergados. De esta magna obra, en buena medida producto de
un afán por expiar el fracaso de su carrera política, los volúmenes
autobiográficos descuellan por su calidad literaria, mientras que los textos
discursivos no pasaron de ser panfletos retóricos y políticamente con-

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servadores que, desdichadamente, no estuvieron a la altura del enorme
talento de su autor.
Aunque tenía antecedentes revolucionarios y fue de los primeros en
sumarse a la rebelión sonorense de Agua Prieta, el Presidente electo,
Pascual Ortiz Rubio, no sólo era un hombre sin carisma y ayuno de cua-
lidades sobresalientes, sino que durante estos tiempos no mantenía
lazos de fidelidad con ningún grupo político o militar. Cuando al finali-
zar la primera década del siglo XX se desempeñó como gobernador de
Michoacán –y esto bien lo sabía Múgica– practicó un liberalismo mo-
derado, proclive al conservadurismo y a la mano dura, opuesto por com-
pleto a cualquier forma de radicalismo. Estas características peculiares
del “nopalito” –tal como se le apodaba– fueron las que pesaron en las
cavilaciones de Calles a la hora de escoger al individuo que ocuparía
legalmente la silla presidencial. En efecto, desde la perspectiva ma-
quiavélica de consolidar el poder del maximato se volvía inelegible una
personalidad tan autónoma y con fuerza propia (y para colmo obre-
gonista) como la que poseía Aroon Sáenz. Así pues, favorecido paradó-
jicamente por su propia mediocridad, don Pascual tuvo que renunciar a
la apacible situación de ser el embajador de México en Brasil y regre-
sar precipitadamente a su país como el ungido del régimen al puesto de
primer mandatario.
El 5 de febrero de 1930, el mismo día que asumía el Poder Ejecuti-
vo, el Presidente sufrió un atentado del que salió con una herida menor
en la mandíbula y una afectación sicológica de mayor envergadura, pues
desde entonces vivió atosigado por la paranoia y la irritabilidad. Como
respuesta al fallido magnicidio, el nuevo gobierno ordenó una feroz cam-
paña represiva que liquidó los restos del vasconcelismo y golpeó dura-
mente a la ya de por sí muy debilitada oposición comunista. La ven-
ganza punitiva no se limitó a torturar y enviar al patíbulo al autor del
atentado, el joven vasconcelista Daniel Flores, sino que alcanzó propor-
ciones dantescas –una repetición agravada de la matanza de Huitzilac–
al ordenarse el asesinato de veintidós simpatizantes de Vasconcelos,
ajenos al crimen y políticamente inofensivos, quienes fueron obligados
a cavar sus propias tumbas la noche del 14 de febrero en el pueblo de
Topilejo. La ola de terror se generalizó en contra de los sectores disi-
dentes al establishment: Tina Modotti fue expulsada del país, Siqueiros,
José Revueltas y decenas de líderes comunistas sufrieron la privación de
su libertad, todo ello en el marco de la reciente ruptura de relaciones di-
plomáticas con la URSS y la cancelación de los derechos políticos del
Partido Comunista mexicano.

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La ineptitud administrativa y el conservadurismo político fueron las
señas de identidad de Ortiz Rubio. Particularmente con referencia a la
cuestión agraria, la estrategia gubernamental dio un viraje radical: se
limitaron los plazos de petición de tierras, se canceló de manera abrup-
ta el reparto agrario y, en algunos estados, se decretó la finalización de
la reforma agrarista, afrentando con ello a los sectores políticos radica-
les que luchaban por la justicia en el campo. Con respecto a la proble-
mática obrero-patronal, el nuevo gobierno dio vida en agosto de 1931 a
la Ley Federal del Trabajo, la cual se tradujo en un instrumento eficaz y
creciente de control político del Estado sobre los sindicatos, ya que és-
tos se vieron forzados a registrarse en el Departamento de Trabajo e
informar a esta dependencia estatal todo lo concerniente a sus afiliados
(identidad, cuotas, antecedentes, etc.). Así entonces, el registro estadís-
tico y pormenorizado de los trabajadores, más allá de sus bondades ad-
ministrativas y jurídicas evidentes, también se convirtió en la clave de
esta nueva y más sofisticada forma de vigilancia y sometimiento políti-
co del sindicalismo oficial y en un medio idóneo para la exclusión de
las organizaciones obreras autónomas y radicales.
El conservadurismo creciente de Calles encontró un interlocutor in-
mejorable en la persona de Ortiz Rubio, y ambos se dedicaron a debili-
tar el poder alcanzado por el habilidoso Emilio Portes Gil, quien, ante ta-
maños enemigos, no podía ganar la pelea y tuvo que renunciar primero
a la Secretaría de Gobernación y luego a la presidencia del PNR. Este
contexto de lucha por el poder al interior de la clase política, justo cuando
los sectores agraristas perdían fuerza ante la avalancha derechista, sir-
vió de marco para la aparición de Lázaro Cárdenas en escena y en el
papel de mediador político de altos vuelos. En efecto, no obstante que
como gobernador de Michoacán llevaba a cabo ahí un agrarismo a con-
tracorriente de los lineamientos presidenciales (aunque no tan radical
como el aplicado por el gobierno tejedista en Veracruz), el general de
Jiquilpan fue requerido como interlocutor de los grupos en pugna y con
tal encomienda dejó momentáneamente la gubernatura de su estado para
ocupar dos puestos claves en la administración ortizrubista: la presidencia
del PNR y la Secretaría de Gobernación. En ambos cargos –que ocupo
uno enseguida del otro– se propuso, primero, evitar la ruptura definiti-
va entre el ala conservadora (a la cual debía su carrera como soldado) y
el sector agrarista (con el cual sentía mayor afinidad ideológica), favo-
reciendo una estrategia que coadyuvara a la unificación y centralización
de la política del Estado posrevolucionario; y, segundo, fortalecer en lo
posible la figura presidencial y sus márgenes de poder, sin cuestionar de
raíz la potestad tradicional de Calles como el jefe máximo de la Revo-

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lución. El objetivo inicial de Cárdenas se cumplió con cierto éxito, per-
ceptible en el hecho de que las diferencias entre los bloques políticos se
canalizaron a través de los repartos de poder institucionales; pero con
respecto al siguiente punto, alusivo a la difícil tarea de mantener el equi-
librio político entre un Ejecutivo tan débil como Ortiz Rubio y un lide-
razgo tan fuerte como el de Calles, pronto las gestiones terminaron en
un sonoro fracaso. Cárdenas, como era previsible, no pudo controlar a
la todavía poderosa mayoría callista en la Cámara de Diputados y prefi-
rió desistir de su propósito (el fortalecimiento del presidencialismo) antes
de enemistarse con don Plutarco, a quien debía fidelidad por haber sido
su principal mentor político.
Dos hechos significativos mostraron fehacientemente quién tenía, en
realidad, el poder efectivo en el país: el nombramiento de Manuel Pérez
Treviño –eminente callista– como nuevo presidente del PNR, en susti-
tución de don Lázaro; y la renuncia colectiva y de común acuerdo pre-
sentada por los cuatro generales más importantes del Ejército mexica-
no, Almazán, Cedillo, Amaro y Cárdenas, quienes al dejar sus cargos
públicos en octubre de 1931 no sólo liquidaban de tajo los rumores so-
bre supuestos preparativos hacia un golpe de Estado, sino que con ello
reconocían y legitimaban el poder supremo y metaconstitucional de
Plutarco Elías Calles.
A la extrema debilidad política de Ortiz Rubio como Presidente vino
a sumarse la profunda crisis económica del país. En efecto, el descenso
vertical de los precios de los productos de exportación, generado por la
recesión de la economía mundial, se vio agravado por otros factores de
carácter aleatorio como la sequía que asoló al país y las inundaciones
en la costa del Pacífico ocurridas entre 1929 y 1932, todo lo cual propi-
ció una atmósfera de bancarrota financiera del Estado. Finalmente, de-
bido a la inestabilidad y el vacío político provocado por los callistas
(quienes se negaron a ocupar puestos en el gobierno), Ortiz Rubio pre-
firió presentar su renuncia el 2 de septiembre de 1932. El nuevo factó-
tum al servicio del sistema, Abelardo I. Rodríguez, hombre prominente
de la oligarquía económica, entró al relevo y tomó posesión como Pre-
sidente interino el 4 de septiembre del mismo año.
La omnipotencia del maximato durante esta época no impidió, sin em-
bargo, que en medio de tanto servilismo emergiera una conciencia críti-
ca: Luis Cabrera, quien en una conferencia dictada en la Biblioteca Na-
cional el 30 de enero de 1931, El balance de la Revolución, se atrevió a
enjuiciar de manera crítica y puntual al régimen sociopolítico emanado
del conflicto armado de 1910. La conclusión resultaba, sin duda, dema-
siado dolorosa: en México, luego de tantos sacrificios y pérdidas, no

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existía democracia (el sistema electoral estaba manipulado y no se ga-
rantizaba la libertad del sufragio), no había un verdadero federalismo
dado que no se respetaba la soberanía de los estados, y la injusticia so-
cial continuaba siendo una lacerante realidad, sobre todo en el sector
agrícola. En pocas palabras, don Luis hacía en su opúsculo una acusa-
ción irrefutable: la revolución había sido traicionada por sus dirigentes,
quienes usufructuaron en su provecho el poder del Estado y utilizaron
demagógicamente los anhelos justicieros de la Revolución. El corolario
aparecía igualmente rotundo y profético: mientras no se hiciera en el país
una reforma política, capaz de incentivar la participación activa y am-
plia de todos los mexicanos, poco podría avanzarse en la resolución de
los otros agravios pendientes.
Como era de esperarse, la respuesta del gobierno ante tal afrenta crí-
tica no podía ser otra que el autoritarismo. El primer paso lo dieron
Lázaro Cárdenas y Pérez Treviño, funcionarios de gran ascendencia
dentro de la clase política, quienes salieron a la palestra con el objetivo de
refutar a Cabrera y defender al régimen; el segundo momento ocurrió el
1 de febrero, cuando el propio presidente Ortiz Rubio acusó a don Luis
de ser un “tránsfuga de la Revolución” y un “vendido a la reacción”; y
el tercer acto culminó en una medida que, paradójicamente, le otorgaba
la razón al texto del maestro: el 9 de mayo fue capturado por agentes
gubernamentales y al día siguiente se le deportó a Guatemala.
El descontento creciente en contra de las promesas incumplidas de
la Revolución también tuvo una expresión cultural de gran envergadura
gracias a la producción literaria de Mariano Azuela, Martín Luis
Guzmán, Rafael F. Muñoz, José Vasconcelos, Nellie Campobello, José
Rubén Romero, Mauricio Magdaleno, A. Ancona Albertos, Francisco L.
Urquizo, Jorge Ferretis, Gregorio López y Fuentes, etc., escritores que,
desde la publicación de la célebre novela Los de abajo (1915) y hasta
principios de los años cuarenta, mostraron en sus libros una interpreta-
ción de la Revolución y sus secuelas muy distinta de la versión ideoló-
gica impuesta por la retórica oficial. En efecto, según ésta, la Revolu-
ción Mexicana fue una epopeya de refundación de la patria, un camino
necesario hacia el triunfo de la justicia social y la democracia, un pro-
ceso continuo y de permanente progreso y consolidación institucional
resultado del noble esfuerzo de los gobiernos posrevolucionarios y su
partido en el poder. En la novelística de marras, por el contrario, y esto
con independencia de la heterogeneidad ideológica de sus autores y de
la desigualdad artística de las obras publicadas, predominó en términos
generales una visión pesimista, hipercrítica y moralista del proceso re-
volucionario que puede resumirse en los siguientes puntos: a) Más que

127

[Link] 127 24/08/2007, 08:33 p.m.


los idearios políticos de cara al pueblo, al final predominaron los inte-
reses egoístas de los líderes, sus ambiciones económicas personales y sus
luchas por el poder; b) En lugar de cumplir con las promesas justicieras
de la Revolución, la clase gobernante creó una sociedad inicua y corrupta
que sólo benefició a la nueva oligarquía económica, política y militar; y
c) En vez de acrecentar su autonomía, capacidad de organización y ni-
vel de conciencia política, las masas de obreros, de campesinos y de
indígenas continuaron padeciendo la demagogia, el corporativismo y la
manipulación electoral que les impusieron tanto las cúpulas sindicales
como los gobiernos en turno. Así pues, pese a sus defectos analíticos e
historiográficos, la imagen literaria legada por los novelistas del la Re-
volución Mexicana resulta ahora, al comenzar el siglo XXI, mucho más
certera y compleja que la versión mistificadora brindada por la historia
oficialista, la cual irreflexivamente reúne en el mismo santoral patriótico
a individuos que se odiaron y mataron entre sí y a grupos y proyectos
políticos que se caracterizaron por su antagonismo irreconciliable; y, sin
embargo, para la historia patria todos los individuos que se destacaron
en la lucha son héroes y merecen un pedestal.

LA PEQUEÑA UTOPÍA

Gracias a la intervención directa de Lázaro Cárdenas, Francisco José


pasó los trepidantes años del maximato (1928-1934) dirigiendo apaci-
blemente el penal de Islas Marías. En efecto, Cárdenas no invitó a
Múgica a colaborar con él en el gobierno de Michoacán, pero en cam-
bio solicitó para su amigo un empleo digno que le permitiera desarro-
llar sus facultades administrativas y, poco a poco, ganarse la confianza
de don Plutarco. Emilio Portes Gil, entonces Secretario de Gobernación,
recibió la petición de trabajo y, sabedor de los añejos conflictos de
Múgica con los sonorenses, solicitó a Calles la autorización del nombra-
miento. Finalmente, dado que la solicitud estaba gestionada por Cárde-
nas y debido a que el puesto administrativo de marras no representaba
ningún bastión de poder, el 16 de octubre de 1928 se dio curso a la de-
signación oficial del michoacano como Director de la Colonia Penal de
las Islas Marías.
Francisco José tenía pocos meses en el cargo cuando, a principios de
1929, ocurrió la rebelión escobarista. Lázaro Cárdenas dejó momentá-
neamente la gubernatura de su estado natal y se dirigió al noroeste a
combatir a los insurrectos. Múgica, por su parte, ofreció de inmediato
sus servicios como militar. Durante escasos quince días participó como
miembro de la Expedición del Ejército Federal en Sinaloa, contribuyendo

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[Link] 128 24/08/2007, 08:33 p.m.


como soldado a la derrota de los escobaristas en la Batalla del Limón,
pero muy pronto, antes de finalizar las hostilidades, recibió la orden del
presidente Portes Gil para que se reintegrara de inmediato a su puesto
en el penal, ya que existía el temor en la clase política de que las accio-
nes bélicas pudieran servirle como fuente de prestigio a los ojos de la
soldadesca y como punto de partida para reposicionar su condición de
revolucionario distinguido.
En realidad, Múgica sólo quería cumplir con diligencia el cargo en-
comendado y no mantenía por el momento ulteriores ambiciones políti-
cas. En ese entonces, su preocupación básica consistía en aprovechar su
encomienda administrativa para impulsar un ambicioso programa de re-
generación y readaptación de los presos del penal. Al igual que cuando
fue gobernador de Tabasco y Michoacán, no le interesaba ejercer el
mando como si éste fuera un empleo más en el camino hacia su gloria
personal, sino como el medio idóneo a través del cual podía satisfacer
su acendrado deseo de construir peldaños rumbo a una sociedad más libre
y justa.
Así pues, con el ánimo alegre y la convicción de servirle a sus prote-
gidos, Múgica comenzó la puesta en práctica de un programa concreto
de reformas administrativas, educativas, agrarias, sociales, etc., a efec-
to de convertir a las Islas Marías en una suerte de estancia bienhechora
que infundiera sentido y valía a la vida de todos los colonos. El proyec-
to de crear un penal modelo en un ámbito natural tan apacible y pródi-
go, le llevó incluso a forjarse el anhelo de que los presos, al terminar
sus condenas, decidiesen continuar el resto de sus días en libertad habi-
tando el territorio isleño. Para volver realidad su pequeña utopía –y trans-
formar esta colonia penitenciaria en un paradójico paraíso terrenal–,
Francisco José dividió sus tareas en varios ejes: a) Con el propósito de
mejorar las condiciones de vida de los presos ordenó la abolición de los
castigos excesivos; el fomento de la higiene y la salud (se amplió el
hospital y el área de enfermería); el cuidado de la buena alimentación,
la limpieza y la disciplina; y el aumento del tiempo para el esparcimiento
y el deporte (se construyó un centro de recreo); b) Con el objetivo de
ofrecer educación y cultura a los prisioneros: se contrató a un cuerpo
de profesores para que impartieran clases de dibujo, música, canto, es-
pañol, ciencias sociales, cálculo, civismo y ética; asimismo se creó el
Departamento de Instrucción, encargado de coordinar los talleres, las
conferencias, el servicio de biblioteca y las presentaciones teatrales mon-
tadas por los colonos; también se fundó el Boletín de la Colonia, perió-
dico que publicaba información general y artículos de interés local; y c)
Con la finalidad de humanizar la cotidianidad de los cautivos en la isla

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[Link] 129 24/08/2007, 08:33 p.m.


nada mejor que auspiciar formas útiles y variadas de trabajo en peque-
ñas industrias y faenas agrícolas, mismas que dieron vida al vivero de
experimentación (para el cultivo de flores y frutos nativos y para la acli-
matación de nuevas especies de árboles), a la granja avícola y a los
talleres de panadería, zapatería, encuadernación, etc., todo ello organi-
zado a través de cooperativas.
Y si en todas partes en donde trabajó como funcionario público dejó
su impronta justiciera, no podía ser la excepción esta isla del Pacífico
que igualmente le sirvió para retomar su inveterado agrarismo. En uno
de sus informes a Portes Gil, fechado el 25 de julio de 1929, Múgica se
enorgullece de haber ordenado la distribución de treinta hectáreas de
terreno montuoso entre treinta colonos del campamento de Arroyo Hon-
do, quienes, además de la tierra, recibieron semillas, herramientas y
aperos de labranza. Los beneficiarios del reparto se comprometieron, a
manera de retribución, a dedicar medio día de trabajo al servicio del
penal. La pequeña reforma agraria aplicada en la región dio buenos re-
sultados en términos productivos y de redención humana, y ello puede
constatarse en la alegría que trasluce la carta enviada por Francisco José
a la doctora Mathilde Rodríguez Cobo, quien más tarde se convertiría
en su segunda esposa:

Tengo cinco sentenciados a veinte años a quienes les he dado parce-


las de buena tierra con riego al pie e implementos de labranza, tierras
roturadas con tractor y las facilidades completas de invertir todo el tiempo
del día, con excepción de las dos horas de Escuela, para hacer sus siem-
bras; dan servicio a la Colonia de seis de la mañana a las doce del día,
hora en que se van a la Escuela y por la tarde se dedican a atender sus
sembradíos pues es la hora en que generalmente les doy el agua para los
riegos. Uno de estos colonos tiene en estado floreciente una huerta de
sandías en la que ha levantado más de seiscientas, de tamaño exuberan-
te, que a razón ínfima de $0.75 le ha producido un beneficio absoluto para
él. Tengo otros tres que tienen cultivo de chiles de primera calidad y de
tomates, fuera de la época vital de estas leguminosas, que están vendien-
do a muy buen precio por lo raro y escaso de ellas; y tengo otro, por úl-
timo, que está plantando un fresal y produciendo ya magníficos frutos de
buen sabor y desarrollo. Todos ellos se encuentran muy contentos y en
sus actos revelan condición de gente libre.4 3

A principios de 1929, cuando todavía no se firmaba el armisticio con


los cristeros y aún no se apaciguaba el escándalo en torno al asesinato

43
Ibid, pp. 232-233.

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[Link] 130 24/08/2007, 08:33 p.m.


de Obregón, Portes Gil dio instrucciones para que fuera en el penal de
las Islas Marías en donde purgaran sus condenas la Madre Conchita y
otras sesenta religiosas acusadas de tener participación en el magnici-
dio. La actitud de Múgica para con las prisioneras desmiente cualquier
mínima sospecha de fanatismo antirreligioso de su parte. Por el contra-
rio, éstas fueron recibidas con sumo respeto y caballerosidad: se les hizo
acomodo especial (incluso en la propia casa del director), se les distri-
buyó trabajo en la cocina, la enfermería y como secretarias, y se les ase-
guró privacidad a la hora de sus rezos y esparcimiento. La relación de
Múgica con la Madre Conchita fue tan cordial y estrecha, que corrieron
rumores malintencionados y bromistas sobre una supuesta ligazón amo-
rosa entre ellos. A resultas de las prolongadas y comedidas conversa-
ciones que ambos sostuvieron y en las cuales Francisco José la exhor-
taba a decir la verdad de cara a su proceso judicial, la Madre Conchita
reconoció públicamente que el crimen cometido por León Toral no tuvo
implicaciones políticas. Luego de dejar el penal, algunas de las religio-
sas le escribieron cartas que ponderaban positivamente los consejos y
el buen trato que se les brindó durante su estancia en la cárcel. “Le es-
toy infinitamente agradecida –le decía en una de sus misivas la Madre
Conchita– y a Ud. le debo en gran parte que se me esté haciendo justi-
cia”.44 Entre los testimonios ofrecidos por las señoritas religiosas a los pa-
dres jesuitas, quienes publicaron un libro para criticar los atropellos
callistas contra los cristeros, sobresale un relato referente a Múgica: “Es-
tamos sumamente agradecidas al director de la colonia penal: es induda-
ble que él procuró hacer nuestras penas lo más suave que pudo, y su
delicadeza e hidalguía quedará siempre grabada en nuestros corazones”.45
Y así como las virtudes y buenas maneras uno suele llevarlas consi-
go hasta la muerte, igualmente los defectos y las fobias se instalan de
por vida en el carácter de las personas. Múgica siempre fue respetuoso
de los derechos humanos y cívicos de los creyentes y de los opositores
políticos, pero nunca pudo tolerar, en cambio, a los individuos que acos-
tumbraban el uso del alcohol, el tabaco y las drogas, ni tampoco a quie-
nes recurrían a los juegos de azar, las cartas y las competiciones en los
palenques. Sus prejuicios al respecto eran tan fuertes que nadie, en su
presencia, podía fumar o ingerir vino en demasía. Los empleados de las
Islas Marías que estaban a su servicio, por miedo a sufrir una perorata
admonitoria, tenían que esconderse hasta para tomar una tasa de té o café.
Es un dato curioso observar que esta actitud intolerante de Francisco José

44
Ibid, p. 239.
45
Ibid, p. 230.

131

[Link] 131 24/08/2007, 08:33 p.m.


también fue compartida, en mayor o menor medida, por otros famosos
revolucionarios radicales como Salvador Alvarado, Felipe Carrillo Puerto
y Lázaro Cárdenas, y quizá tal conducta tenga su explicación en el he-
cho de que todos ellos fueron testigos de la degeneración física y síquica
que acarreaban estos vicios en la población más desamparada del país.
En cuestiones de dignidad Múgica fue siempre una “rara avis” de la
política mexicana. Un ejemplo más de ello ocurrió cuando su antiguo y
acérrimo enemigo político, Ortiz Rubio, Presidente constitucional en ese
momento, lo invitó a sumarse al servicio diplomático como embajador
de México en la República del Salvador. En vez de aceptar complacido
la oferta de ocupar un puesto sin duda más distinguido y agradable, Fran-
cisco José declinó la invitación pues no quería que el nuevo cargo pu-
diera interpretarse como una rendición o sometimiento político ante
el viejo rival, portador momentáneo de la investidura presidencial. Con el
comedimiento del caso, solicitó permiso al Ejecutivo para permanecer
en su despacho y así poder darle continuidad a su pequeña utopía en el
penal de las Islas Marías. A manera de justificación, escribió enseguida
una carta al general Cárdenas: “Yo sigo trabajando contento y cada día
más satisfecho de mi destierro; pues estoy logrando influir sobre el co-
razón de los penados, al extremo de poderlos gobernar con puros con-
sejos y buenas palabras”.46 No era, pues, sólo una cuestión de orgullo
lo que llevó a Múgica a rechazar un trabajo más cómodo y políticamen-
te relevante, en su decisión también incidía la manera pasional y total
como asumía sus compromisos públicos de servirle a la gente. Su pro-
yecto personal para redimir social y moralmente a los presos era algo
que le importaba en verdad, sobre todo porque tenía como sustento no
la amenaza y el castigo de los prisioneros, sino el propósito de brindar-
les educación y opciones para desempeñarse en un trabajo que fuera
creativo y gratificante. Había entonces que predicar con el ejemplo, y
por eso el director del penal se entregaba de tiempo completo a cumplir
eficientemente con sus tareas cotidianas, y por ello, en un penal que alo-
jaba a más de mil prisioneros de alta peligrosidad, transitaba él por toda
la isla completamente desarmado, acompañado a veces por un cuerpo
de seguridad integrado exclusivamente por inválidos.
En 1932, víctima de la caza de brujas anticomunista de esos tiempos,
cayó prisionero en las Islas Marías José Revueltas, quien todavía no cum-
plía los 18 años. Preocupado por la ilegalidad de tener en el penal a un
adolescente, Múgica decidió acortar su condena y otorgarle un salvocon-

46
Ibid, p. 244.

132

[Link] 132 24/08/2007, 08:33 p.m.


ducto de liberación. Gracias a este gesto, el joven rebelde pasó escasos
cinco meses en el penal (al cual volvería años más tarde). En sus Me-
morias, cuando ya era un escritor consagrado, el ex presidiario recordó
aquella primera estadía carcelaria: “Múgica en ningún momento escati-
mó esfuerzos para hacernos lo menos penosa posible la prisión que pa-
decimos durante varios meses”.47
La generosidad de Múgica se volvió proverbial, tal como ocurrió con
su prestigio de revolucionario de pura cepa. En efecto, aun circunscrito
a esa suerte de exilio político que fue las Islas Marías, el michoacano
encontró el tiempo y la forma para contribuir con medios materiales y
consejos militares a la lucha del Partido Revolucionario Venezolano por
derribar a Juan Vicente Gómez, dictador de ese país. Y no obstante que
la expedición insurreccional –que salió del puerto de Veracruz– fracasó
en sus propósitos, existe testimonio escrito de la alta estima y el agra-
decimiento que el líder de ese partido, Carlos León, guardó para con el
oriundo de Tingüindín: “Usted forma parte del grupo de hombres que,
como Miranda, Bolívar, Garibaldi, combaten por la libertad en todos los
pueblos y en todos los continentes. La libertad como la revolución no
tienen patria (...) y usted es un verdadero revolucionario”.48
Gracias a su fructífera labor de redención humanitaria de los presos
de las Islas Marías –obra noble que no tuvo la continuidad requerida–,
y debido al meteórico ascenso de Cárdenas a la candidatura presiden-
cial, Múgica permaneció cauteloso a la espera de noticias halagüeñas,
las cuales llegaron una tras otra. El 13 de julio de 1932, mientras trami-
taba en Estados Unidos la compra de un barco para el servicio del pe-
nal, recibió la buena nueva de que el Ejército le confería el grado de
General de Brigada. En mayo de 1933, luego de la invitación que le hi-
ciera Cárdenas, su amigo, correligionario y paisano, quien para enton-
ces estaba al frente de la Secretaría de Guerra, Múgica dio por conclui-
da su misión en la isla y aceptó la jefatura de la Intendencia General del
Ejército. Tal decisión significaba que Francisco José, el rebelde inve-
terado, retornaba por fin a la vida política activa del país y que tenía plena
consciencia de su papel como bastión fundamental al servicio del pro-
yecto cardenista. El futuro inmediato aparecía, ciertamente, promisorio
para ambos.

47
José Revueltas, Las evocaciones requeridas, vol. I, México, Era, 1987, p. 42.
48
Adolfo Gilly, El cardenismo, una utopía mexicana, México, Cal y Arena, 1994, p.
393.

133

[Link] 133 24/08/2007, 08:33 p.m.


EL CARDENISMO EN MICHOACÁN

Escasos 33 años tenía Lázaro Cárdenas cuando, en septiembre de


1928, tomó posesión como gobernador de su estado natal. Su gestión en
el mando estuvo signada por la discontinuidad, pues durante su cuatrienio
solicitó varias licencias provisionales que lo alejaron del cargo: siete
meses los dedicó a combatir a los cristeros, dos para derrotar la rebe-
lión escobarista (acción que le valió su ascenso a General de División,
en septiembre de 1929), diez para ocupar la presidencia del PNR (del
15 de octubre de 1930 al 28 de agosto de 1931) y dos para fungir como
Secretario de Gobernación (del 28 de agosto al 15 de octubre de 1931)
en el gabinete del presidente Ortiz Rubio.
La carrera militar y política del michoacano se forjó, no hay duda, a
la sombra protectora de Plutarco Elías Calles, y sin embargo eran mu-
chas y muy profundas las diferencias ideológicas entre el protegido y el
protector. También es un hecho que el discípulo superó al maestro en
cuestiones de astucia política, pues Cárdenas tuvo la habilidad de apli-
car en territorio purépecha un modelo radical y agrarista de gobierno que
no sólo contradecía las directrices del Jefe, sino porque tal experimento
revolucionario aconteció durante la época más conservadora y represi-
va del maximato. Así pues, no obstante las notorias discrepancias entre
ellos, el general de Jiquilpan tuvo el ingenio suficiente como para ser
fiel a su ideario y, al mismo tiempo, evitar distanciarse demasiado del
sonorense. Esta peculiar destreza del joven Lázaro presuponía, por un
lado, contar con una capacidad natural para “hacerse de la vista gorda”
frente a las evidentes lacras del callismo, en aras de conservar y acre-
centar su peso específico personal en las altas esferas de la clase políti-
ca; y, por el otro, mantener una visión estratégica del quehacer político
a fin de saber cuándo y cómo aprovechar los vaivenes y vericuetos del
poder en función de asegurarse el éxito al momento de convertir en rea-
lidad sus ideales revolucionarios. Por su fino sentido de la oportunidad,
por su enorme “colmillo” para hacer y recomponer las alianzas con per-
sonas y grupos, y por su virtuosismo a la hora de ponerse y quitarse las
máscaras frente a los amigos y enemigos reales y potenciales, es evidente
que Cárdenas supo desarrollar su talento natural (y también el oficio
aprendido al lado de los sonorenses) hasta volverse un “zorro” de la
política. Un ejemplo de su habilidad ocurrió cuando, al intentar mediar
políticamente entre Calles y Ortiz rubio, don Lázaro tuvo que renun-
ciar a sus propósitos de fortalecer el poder del Presidente ante el riesgo
–un suicidio en términos políticos– de toparse con la enemistad del jefe
máximo, a quien no sólo le reconocía su omnipotencia como el Gran

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Elector del país sino, además, le profesaba fidelidad de soldado y grati-
tud de amigo.
Las cualidades de Francisco J. Múgica poco o nada tenían que ver
con el “arte de la política” según la perspectiva maquiavélica, así que
su contribución personal al cardenismo se manifestó más bien por la vía
del magisterio idológico-político y a través de una presencia solidaria
como colaborador y amigo. En efecto, a raíz de su histórica conviven-
cia en la Huasteca veracruzana a mediados de los años veinte, y gracias
a la asidua comunicación epistolar entre ambos mientras uno dirigía el
penal de las Islas Marías y el otro gobernaba Michoacán, surgió entre
Múgica y Cárdenas una relación de simbiosis en la cual el primero –por
ser mayor edad, pero también por su mejor preparación educativa y cul-
tural– fungió como el mentor intelectual, mientras que el segundo –da-
das sus buenas relaciones con la clase política nacional y su creciente
liderazgo– pasó a ser la cabeza del grupo político (la mayoría de ellos
ex mugiquistas) que poco a poco sentó sus reales en tierra tarasca. Más
allá de los distintos papeles que cada uno desempeñó en el marco de esta
fructífera relación amistosa y a pesar de la forma diversa como practi-
caron el quehacer político, ambos compartieron una genuina indignación
ante la explotación y la miseria sufridas por las grandes mayorías del país.
Así pues, el anhelo de erradicar la injusticia se convirtió en el punto de
identidad que los llevaría a emprender al alimón las grandes luchas so-
ciales que ocurrirían durante el último lustro de los años treinta.
El enorme ascendiente ideológico y político de Múgica sobre Cárde-
nas puede corroborarse en una carta que el oriundo de Jiquilpan le en-
vió, en septiembre de 1929, al nativo de Tingüindín:

Quisiera que me haga usted sus indicaciones sobre proyectos prácti-


cos que puedan desarrollarse en el Estado. Usted puede dedicar cada día
unas dos horas a escribir para Michoacán, y mándeme sus proyectos,
experiencias y observaciones sobre equivocaciones que se verifiquen en
Michoacán por la juventud que regentea los destinos del Estado. Los
golpes dan saber y experiencia, usted los ha sufrido buenos y tiene que
ser buen maestro.49

Presuroso y solícito, utilizando la vía postal, Múgica asesoró al go-


bernador sobre infinidad de tópicos: el funcionamiento de la Universi-
dad de San Nicolás de Hidalgo, los puntos a tratar en el Congreso Agrario
de 1930, el proyecto de convocatoria dirigido a los gobernadores, los

49
María del Carmen Nava Nava, “Relaciones Múgica-Cárdenas”, en VII Jornadas de
Historia de Occidente, México, CERMLC, 1984, p. 300.

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programas de reforma educativa, laboral y agraria, etc., todos ellos asun-
tos que se quedaron en ciernes en la época de la gubernatura inconclusa
mugiquista y que ahora pasaban a formar parte del ideario político co-
mún, al tiempo que fortificaban su relación de confianza y afecto mu-
tuos. En abril de 1932, cerca ya de finalizar su periodo gubernamental,
Cárdenas continuaba escribiéndole a Múgica para pedirle sus atinados
consejos: “Y sobre este plan de carácter económico hablaré a Ud. próxi-
mamente para oír su opinión autorizada”.50 Esta costumbre de conver-
sar cotidianamente los asuntos relevantes de la comunidad, ya fuera
mediante cartas o en forma directa, se convirtió más tarde en una suerte de
imperativo político que antecedió a varias de las decisiones más trascen-
dentales asumidas por Cárdenas en tiempos de su mandato presidencial.
La gestión administrativa del joven Lázaro (durante sus ausencias fue
relevado por su hermano Dámaso y por Gabino Vázquez) resultó alta-
mente significativa, no sólo por los beneficios que dejó en el pueblo
michoacano, sino, además, por dos cuestiones de proyección estratégi-
ca: a) Porque permitió experimentar, en escala pequeña y local, un
modelo de intervención estatalista destinado a favorecer los intereses po-
pulares; y b) Porque coadyuvó a la gestación de un grupo político
homogéneo –el cardenismo–, sustentado en la organización y moviliza-
ción verticalista de los trabajadores y en la subordinación estratégica de
éstos al gobierno y a su líder indiscutible. Inserta en este marco, la pre-
sencia y combatividad del bloque cardenista fue creciendo en el decurso
de estos años hasta convertirse en un bastión político de importancia
regional.
El modelo revolucionario de Cárdenas pretendía llevar a cabo una
profunda reforma agraria en Michoacán, cuyo eje sería la Ley de Expro-
piación por causas de utilidad pública, pero sus intenciones fueron
parcialmente boicoteadas por la clase política callista, cada vez más re-
accionaria a este respecto. No obstante ello, cerca de 16 mil ejidatarios
fueron beneficiados con el reparto de 141 mil hectáreas de tierra, la
mayoría de ellas pertenecientes a los latifundios improductivos del es-
tado.
Con referencia al sector educativo cabe hacer hincapié que el gober-
nador decretó un aumento considerable del presupuesto destinado al
ramo, y gracias a su iniciativa se crearon más de 400 escuelas, sobre-
saliendo la Escuela de Ingenieros Civiles e Industriales, el Instituto de
Investigaciones sociales y la Normal Mixta de Morelia. Particular im-

50
Cfr. Desdeldiez, Zamora, Michoacán, julio de 1985, p. 113.

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portancia se le dió a la Universidad Nicolaíta como centro pedagógico
vinculado a los problemas concretos de la sociedad. Es probable que la
carta de Múgica a Cárdenas de julio de 1931, en la que se menciona el
papel de la juventud como vanguardia de la transformación educativa y
la necesidad de conformar comités estudiantiles destinados a trabajar en
el campo y en la ciudad, haya contribuido a inspirar varias de las accio-
nes más trascendentes del gobernador: el reglamento promotor del ser-
vicio social de los universitarios, la reforma sustancial de los programas
de estudio, y el fomento de los célebres “cafés nicolaítas” (tertulias a
las cuales asistía el propio Cárdenas a fin de discutir con los profesores
y estudiantes el programa revolucionario puesto en marcha). El propó-
sito de vincular la educación con la problemática social de los más ne-
cesitados fue el origen, igualmente, de las “misiones culturales” de los
maestros rurales michoacanos, las cuales desempeñaron un papel desta-
cado en la propagación de la nueva cultura educativa, laica y ajena a los
vicios, que tanto le interesaba al general de Jiquilpan.
El profundo sentido nacionalista del gobernador se manifestó cuan-
do abolió la concesión que, desde la época porfirista, usufructuaban las
compañías extranjeras dedicadas a la explotación de los bosques
michoacanos. Especial atención se le confirió al desarrollo de la infra-
estructura urbanística y de comunicaciones del estado, sobre todo a la
ampliación de la red de caminos, carreteras, campos de aterrizaje y vías
férreas. También se legisló a efecto de preservar los monumentos colo-
niales. Para estar en sintonía con estas políticas públicas de servicio a
las mayorías, Cárdenas ordenó la reducción de los sueldos de todos los
funcionarios, incluido el suyo.
En tan poco tiempo –apenas unos dos años de gobierno efectivo– re-
sultaba imposible que el proyecto revolucionario cardenista pudiera con-
solidarse en el estado, máxime teniendo un contexto político nacional
tan desfavorable. No obstante las adversidades y limitaciones tempora-
les, en donde sí logró alcanzar un éxito indudable fue en el terreno de la
formación de un grupo político, la Confederación Revolucionaria
Michoacana del Trabajo (CRMDT), misma que nació en Pátzcuaro a co-
mienzos de 1929. Se trató ciertamente de una organización de masas al
servicio del cardenismo, que en su mejor época llegó a contar con 4 mil
comités agrarios y cerca de 100 mil miembros. Con miras al congreso
constitutivo, la convocatoria invitó principalmente a los obreros y cam-
pesinos del estado, bajo el lema de “Unión, Tierra y Trabajo”, pero,
debido a la débil planta laboral y a los golpes propinados a las Ligas
Agrarias en las administraciones precedentes, la mayoría de los
adherentes a la CRMDT estuvo conformada por choferes, boleros,
meseros, vendedores de lotería, etc., y buena parte de sus líderes

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emergieron del magisterio, principalmente del Bloque Estatal de Maes-
tros Socialistas de Michoacán. La estructura organizativa de la Confe-
deración fue manejada de manera vertical por el propio Cárdenas, quien,
directamente o a trasmano, se aseguró el control político gracias a que
los estatutos establecían la renovación anual del comité directivo,
evitándose con ello la consolidación de un liderazgo al margen de la
tutela cardenista. Si a la estructura piramidal de la CRMDT le sumamos
la facultad del gobernador para designar a los nuevos dirigentes, impe-
dir la acumulación de poder en manos de los líderes salientes, y, final-
mente, acomodar a éstos en puestos claves y bien remunerados del go-
bierno y del parlamento, no debe sorprendernos entonces la pronta
consolidación de esta camarilla que vivió políticamente a la sombra y a
las órdenes del cardenismo. A pesar de su enorme fuerza regional, don
Lázaro tuvo la precaución de evitar que, tal como sucedió con los
tejedistas en Veracruz, la confederación michoacana se independizara
por completo del PNR y perdiera así la relación política e institucional
con el partido oficial callista.
Los principales dirigentes de la CRMDT, Ernesto Soto Reyes, Gabino
Vázquez, Luis Mora Tovar, etc., quienes fueron miembros del Partido
Socialista Michoacano y colaboradores del gobierno de Múgica a prin-
cipios de los años veinte, reaparecieron en estos tiempos y se apropia-
ron de la cúpula del poder cardenista en Michoacán, el cual aprove-
charon para, sin el menor respeto a la normatividad legal y democrática,
imponer presidentes municipales, diputados, senadores, funcionarios y
jueces, todo ello con la anuencia directa o indirecta de Cárdenas. De
manera sectaria y violenta, la poderosa Confederación (que fungía como
instrumento político de movilización, agencia electoral y medio de
adoctrinamiento ideológico) “podía paralizar todas las actividades pro-
ductivas de la entidad, defenestrar funcionarios o destruir Ayuntamien-
tos que no se ajustaran a la línea revolucionaria”.51 Los líderes de la
CRMDT no sólo utilizaron el poder político gubernamental para bene-
ficio propio –usufructuando todos los cargos disponibles en rigurosa
rotación–, sino que también fueron los principales responsables de las
tristemente célebres campañas anticlericales cardenistas, cuyo propósi-
to era desfanatizar a los pueblos indígenas en un plazo muy breve y por
la fuerza, sin reparar en el hecho evidente de que estas comunidades
tenían varios siglos de profesar una fe católica que poco o nada tenía que
ver con la ciencia o la argumentación racional. Producto de esta embes-

51
Arnaldo Córdova, La revolución en crisis. La aventura del maximato , México, Cal
y Arena, 1996, pp. 430-431.

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tida jacobina de los cardenistas –no tanto de don Lázaro, quien se mos-
tró más tolerante– contra la Iglesia y sus rituales (se limitó a 33 el nú-
mero de sacerdotes permitidos en todo el estado), que no permitía la
expresión libre de las diferencias políticas y religiosas (los campesinos
que no se plegaban al radicalismo imperante eran acusados de ser reac-
cionarios, guardias blancas, fanáticos, etc.), ocurrieron enfrentamientos
sangrientos en Cherán (30 muertos y multitud de heridos), Zacapu,
Penjamillo y Huaniqueo. Estos intentos por desfanatizar a los creyentes
mediante la quema de santos y otras acciones violentas auspiciadas por
la CRMDT se convirtieron en una experiencia política contraproducen-
te y oprobiosa, así que Cárdenas, al llegar a la Presidencia en 1934, pro-
curaría alcanzar los mismos fines pero apelando a otros medios.
No obstante su brevedad, ciertamente resultó de gran provecho la es-
tancia del general jiquilpeño tanto en la presidencia del PNR como en
la Secretaría de Gobernación durante la administración ortizrubista, so-
bre todo porque ambos cargos le permitieron, por un lado, conocer a
profundidad los tejes y manejes prototípicos de la clase política mexi-
cana, y, por el otro, establecer valiosos contactos con las fuerzas po-
líticas más representativas del país. De esta forma, don Lázaro aprove-
chó las lecciones aprendidas y por ello supo paliar los excesos de sus
huestes, refrenar o impulsar su agrarismo según fuera la coyuntura (vi-
gilando no enemistarse con Calles) y, al mismo tiempo, se las ingenió
para forjarse la imagen de agrarista moderado y buen gobernante.
Al retomar el gobierno de su estado y a punto ya de concluir su ges-
tión administrativa, Cárdenas tuvo que enfrentar la que quizá fue la “prue-
ba política” más importante de cara a la todavía lejana sucesión presi-
dencial de 1934. El momento decisivo a que nos referimos se presentó
en 1932, cuando el “colmillo político” de Cárdenas salió a relucir
de nuevo con motivo del nombramiento del candidato a gobernador de
Michoacán por parte del PNR (cuyo presidente era Pérez Treviño, pro-
minente callista). Debido al liderazgo indiscutible del gobernador se daba
por hecho que el designado sería un eminente cardenista, y por tal ra-
zón se mencionó con insistencia a Ernesto Soto Reyes, dirigente de la
CRMDT y presidente del comité estatal del PNR. Sobrevino entonces
la sorpresa mayúscula: no obstante el poder inmenso logrado por la con-
federación michoacana, fue precisamente Cárdenas, el gobernador sa-
liente, quien inclinó la balanza (luego de negociarlo con Pérez Treviño)
a favor de Benigno Serrato, un militar conservador que no contaba con
prestigio político propio, que pertenecía a la cofradía callista y que era
ajeno por completo a la camarilla cardenista que se enseñoreaba en el
estado.

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¿Cómo explicar este hecho contradictorio, casi absurdo, de que en lu-
gar de favorecer a un aliado suyo, Cárdenas haya optado por encumbrar
a un individuo que no sólo no compartía su ideario político, sino que,
como era previsible, al llegar a la gubernatura se convertiría en su acé-
rrimo enemigo? Los dirigentes de la CRMDT y el propio Francisco J.
Múgica (quien desde las Islas Marías manifestó a Cárdenas su desaso-
siego: “La sucesión de usted será funestísima para todo lo que significa
impulso popular societario y económico”)52 se opusieron y criticaron la
inconsecuente decisión de su líder y jefe político, pero éste se mantuvo
imperturbable ante las impugnaciones de sus más cercanos amigos y
colaboradores. ¿Qué sentido hubiera tenido ofrecerles una explicación
de su actitud? Ninguno de ellos poseía sus soberbias dotes políticas, na-
die de sus allegados podría comprender que para el joven Lázaro, sa-
bedor de los intríngulis de la política nacional, lo esencial en ese mo-
mento no era conservar y ostentar un poder regional en Michoacán, sino,
al contrario, demostrarle fehacientemente al general Calles, el Gran Elec-
tor, que continuaba siendo un soldado y funcionario diligente y disci-
plinado, siempre a las órdenes del jefe máximo. Así pues, la estrategia
de Cárdenas consistió en sacrificar momentáneamente a su propio gru-
po político, en aras de convalidar y acrecentar la confianza y predilec-
ción que suscitaba a los ojos don Plutarco. Desde esta perspectiva es evi-
dente que se comportó con suprema astucia, ya que nada en esta época
resultaba más dañino para un aspirante a la candidatura presidencial,
máxime si profesaba un ideario izquierdista, que evidenciar ante la cla-
se política nacional que se contaba con una fuerza propia y con cierta
autonomía política frente al poder metaconstitucional del sonorense
(error cometido por Adalberto Tejeda en Veracruz). Más que nunca, en
estos tenebrosos tiempos del maximato, se hacía imprescindible recurrir
a las mascaradas, y el general de Jiquilpan supo cómo y cuándo mode-
rar su actitud revolucionaria y mostrarse dócil frente a la autoridad in-
contestable de Calles. A la postre, su proceder –maquiavélico por anto-
nomasia– cosechó los frutos a la hora buena.
El general Benigno Serrato ganó las elecciones y ascendió a la
gubernatura de Michoacán gracias, paradójicamente, al apoyo que en for-
ma resignada y disciplinada le brindaron las propias fuerzas cardenistas
de la CRMDT. El cambio de poderes fue apacible y se verificó en sep-
tiembre de 1932. Sin embargo, la componenda política era demasiado
frágil y pronto cesaría la tregua entre ambos contendientes. Debido a que

52
Enrique Krauze, Lázaro Cárdenas, México, FCE, 1987, p. 71.

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el nuevo gobernador no tenía suficientes raíces políticas en el estado, se
vio en la necesidad de invitar a connotados intelectuales oriundos de la
capital para que se hicieran cargo de algunos de los puestos administra-
tivos más importantes de su gobierno. En efecto, para contrarrestar el
poder de la camarilla cardenista en Michoacán, nada mejor que contar
con gente de la calidad intelectual de Manuel Moreno Sánchez, Rubén
Salazar Mallén y Salvador Azuela, quienes se habían destacado en las
gloriosas luchas del vasconcelismo a finales de los años veinte y ahora
aceptaban emprender esta nueva encomienda en Michoacán formando
un equipo notable. Quien llevó la batuta de la gestión serratista fue el
Secretario de Gobierno, Victoriano Anguiano, intelectual e indígena
michoacano, ex colaborador de Cárdenas y uno de los políticos más
críticos del dogmatismo y el oportunismo característicos de los líderes
cardenistas. Éstos, por su cuenta, quisieron conservar sus privilegios y
defender las conquistas sociales a cualquier precio, así que recurrieron a
la estructura política y sindical que estaba en sus manos y la utilizaron
como instrumento ofensivo para combatir al nuevo grupo en el poder.
De este modo, la lucha política que se estableció entre la cúpula
cardenista y los serratistas fue sin tregua y denodada, abarcando todas
las trincheras, las ideológicas y las políticas. Los cardenistas acusaron
al gobierno en turno de ser callista, clerical, neolatifundista, represor de
campesinos y asesino de líderes sindicales.
Más allá de esta guerra publicitaria y de las acusaciones mutuas (am-
bos grupos sólo hicieron referencia a sus muertos, pero soslayaron sus
propios crímenes), lo importante es puntualizar cuál fue la actitud que
asumió el general Cárdenas con respecto a este conflicto ideológico-
político que heredó a su estado. Una vez que abandonó el gobierno es-
tatal su conducta tuvo dos momentos bien diferenciados: en un princi-
pio, cuando fue designado Secretario de Guerra en enero de 1933 por
el presidente Abelardo Rodríguez, decidió que lo más conveniente para
sus intereses personales era mantener a raya a sus huestes michoacanas,
sin abandonarlas a su suerte pero sin respaldarlas en forma manifiesta;
más tarde, una vez que llegó a la Presidencia de la República (1934-
1940), pensó que lo procedente en ese momento era que la CRMDT se
incorporara a las confederaciones nacionales de trabajadores, la CTM
y la CNC, y que, a partir de éstas, dejara de tener vida propia y pasara a
ser filial regional del Partido de la Revolución Mexicana (1938). En
conclusión: Cárdenas le insufló vida a la confederación michoacana
mientras ella le fue indispensable para ejercer el poder político en su es-
tado natal, pero más tarde, con miras a su proyecto político de crear una
magna integración corporativa de los trabajadores al PRM y al Estado

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cardenista, la CRMDT dejó de tener sentido como organismo autóno-
mo y por eso se decretó su desaparición definitiva en 1938.
Desde el inicio del sexenio, el 1 de diciembre de 1934, toda la cúpu-
la izquierdista michoacana –que primero había apoyado a Múgica y luego
a Cárdenas– se trasladó a la ciudad de México para ocupar ahí puestos
políticos relevantes dentro del gabinete presidencial o en el parlamen-
to. Algunos de ellos, como fue el caso del senador Ernesto Soto Reyes
(sobre quien pesaron acusaciones de haberse enriquecido al amparo de
los puestos públicos y de tener líos con la justicia), se destacaron en esta
época de plena hegemonía cardenista más por sus fechorías que por sus
acciones revolucionarias. Los serratistas, por su parte, perdieron todo su
capital político al llegar Cárdenas a la Presidencia y al morir don Be-
nigno en un accidente de aviación el 2 de diciembre, justo al día siguiente
de la toma de posesión; esta funesta coincidencia dio pie para que algu-
nos políticos, sin ofrecer prueba alguna, especularan sobre la injerencia
de don Lázaro en el trágico suceso. La verdad de las cosas, más allá de
cualquier apasionamiento político, es que el general Cárdenas no sólo
abominaba de los asesinatos políticos –a diferencia de sus maestros, los
sonorenses–, sino que, además, no había durante esa época ninguna ra-
zón suprema que justificara políticamente el asesinato de un líder como
Benigno Serrato, gobernador venido a menos y cuyo interés principal en
los días previos a su muerte era negociar con el Presidente un buen puesto
en el gabinete a cambio de renunciar a su afamado anticardenismo.

LA CANDIDATURA

El último representante político al servicio del maximato lo fue el Pre-


sidente interino Abelardo L. Rodríguez, un acaudalado hombre de
negocios que asumió la silla presidencial el 4 de septiembre de 1932.
Su peculiar condición de individuo “apolítico”, ajeno a los grupos y a
las prácticas tradicionales del poder, le fue favorable cuando don Plutarco
tuvo que escoger a la persona idónea que relevaría en el alto cargo a
Pascual Ortiz Rubio. La gestión administrativa del nuevo Ejecutivo fue
breve y mediocre, amén de que siempre estuvo signada por la sombra
omnímoda del jefe máximo.
No obstante que el contexto económico le fue adverso, debido a las
infaustas secuelas dejadas por la crisis de 1929 (mismas que llevaron a
la reducción y depreciación de las exportaciones mexicanas durante el
primer lustro de los años treinta), el nuevo gobierno se mostró capaz de
tomar algunas iniciativas de gran envergadura para el ulterior desarro-
llo capitalista mexicano; baste mencionar, en este sentido, la creación

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de instituciones nodales como el Banco Nacional Hipotecario, la Nacio-
nal Financiera, Petróleos Mexicanos, S. A. y la Comisión Federal de
Electricidad.
A contracorriente del progresivo conservadurismo callista en mate-
ria agraria (el ejido, según don Plutarco, era una carga para el erario pú-
blico y una rémora económica), el Presidente en turno se las ingenió para,
por razones políticas, hacer algunas concesiones al sector campesino con
objeto de intentar menguar el cada vez más pujante agrarismo radical.
Sólo así se entiende que, a pesar de su prosapia burguesa, don Abelardo
haya repartido cerca de dos millones de hectáreas (lo doble de las dis-
tribuidas por su antecesor). Además, durante su periodo se derogaron los
decretos de 1931 y 1932 que postulaban la finalización del reparto agra-
rio, y se le dio vida al Departamento Agrario, al Primer Código Agrario
y al Registro Agrario Nacional. Estas medidas ciertamente no emergieron
por obra y gracia de la magnanimidad presidencial, sino como parte de
un proyecto político estatal que deseaba atajar la creciente autonomía y
combatividad de las Ligas Agraristas que proliferaron en estados como
Veracruz, San Luis Potosí, Tamaulipas, Puebla y Michoacán.
El caso que más le preocupaba a la clase política gobernante fue, sin
duda, el relativo al agrarismo veracruzano, dirigido en un principio por
Ursulo Galván y, más tarde, a la muerte de éste en 1930, por Adalberto
Tejeda. A diferencia de lo sucedido en la experiencia personal de Fran-
cisco J. Múgica, quien pronto se enemistó con los sonorenses, el líder
jarocho supo cómo sacarle el mejor partido a su alianza político-militar
con Obregón y Calles, a quienes siempre les brindó un apoyo estraté-
gico cuando éstos se enfrentaron a enemigos como De la huerta, Gómez,
Escobar y los cristeros. Con base en la erección de un poder regional
propio y en su astucia política personal, Tejeda cobró cara su fidelidad
a este dúo que emergió victorioso de la Revolución: fue gobernador de
Veracruz en dos ocasiones (de 1920 a 1924 y de 1928 a 1932) y ocupó