Introducción.
La encuadernación es el arte de sujetar entre sí los pliegos de un libro y de cubrirlos para su mejor
preservación y manejo.
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La encuadernación en el mundo antiguo.
Aunque desde los tiempos más remotos los hombres utilizaron distintos recipientes para guardar sus
testimonios escritos -cajas, cilindros metálicos, ánforas, cestas, etc.- no se puede hablar de
encuadernación en el sentido estricto del término hasta el momento en el que el libro abandona su
forma de rollo sustituyéndola por la de códice.: esta forma exigía que se la uniese y protegiese,
especialmente si constaba de varios cuadernillos. Así pues, nace con la finalidad de proporcionar al
códice una conservación durable. Según parece, las primeras encuadernaciones del libro consistían en
unas tablillas de madera -generalmente cedro-, con unas bandas de cuero para envolverlo y una correa
que sujetaba el conjunto, como cuenta Marcial en uno de sus epigramas. Los esclavos romanos,
además de copiar el libro eran los encargados de encuadernarlos (ligatores librorum). Las cubiertas
hicieron posible una ornamentación externa del libro, sujeta a las influencias técnicas y decorativas de
cada época, y a las concepciones artísticas propias de cada país.
A partir del siglo IV d.C., la encuadernación del libro aparece ya revestida con todo el lujo oriental
característico del estilo bizantino. Ejemplo de ello es el Evangeliario que Teodelinda, reina de los
longobardos, regaló a la catedral de Monza. Frecuentemente se adornaba el códice con oro, piedras
preciosas y esmaltes. En España se utilizó este tipo de encuadernación antes que en otros países de
Europa: dos ejemplares que se conservan en la catedral de Jaca presentan placas de marfil y adornos
de plata en las cubiertas.
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Edad Media.
Pronto hicieron su aparición las encuadernaciones en las que las tapas de madera se recubrían de
cuero. Este se adornaba con diversas representaciones que, grabadas en pequeños hierros, se
estampaban en seco, en relieve y sin oro: es la denominada técnica del gofrado, muy empleada en la
época carolingia. El número y variedad de los mencionados hierros aumentaron en el periodo
románico, con adornos procedentes del mundo vegetal o animal, imágenes de santos, caballeros y
otras figuras humanas.
En el llamado gótico, las decoraciones ofrecen en un principio una decoración más sencilla; pero
hacia sus postrimerías aparecen abundantes ángeles y santos y más tardíamente escenas eróticas y de
cacería, especialmente en las cubiertas grabadas en cuero, que se usaron sobre todo en Alemania y
Austria en los siglos XIV y XV. Las encuadernaciones góticas son muy escasas en España y
presentan una decoración de pequeños hierros ovales o triangulares que llevan inscritos motivos
heráldicos y ornamentales. Estos hierros se distribuyen regularmente por la cubierta formando
motivos sencillos para completar la decoración, todavía gofrada: el mejor ejemplar es el que contiene
la Regla de San Benito, del siglo XIII, procedente del Monasterio de la Huelgas.
A lo largo de toda la Edad Media se siguieron las mismas pautas, distinguiéndose entre las
encuadernaciones de cuero y de orfebrería, usada especialmente para determinados libros litúrgicos;
en los manuscritos más corrientes bastaba con una simple cubierta de pergamino. Entre los primeros
se deben citarla la tapa del Evangeliario de marfil, procedente del taller de Fernando I y el
Evangeliario de la catedral de Tortosa. En la Baja Edad Media, la encuadernación más aceptada era
de cuero: las tapas de madera se recubrían con piel ya curtida y se decoraban siguiendo diversas
técnicas, ya que al gofrado había venido a unirse el repujado, realizado sobre cuero húmedo. En los
ángulos de las tapas se solían poner guarniciones de metal y el libro se cerraba por medio de broches
también metálicos: a veces aparecían con cadenas de hierro unidas a la encuadernación por las tapas
para sujetar el libro al pupitre o al estante.
El mudéjar, estilo genuinamente español, es el resultado de aplicar a la encuadernación los recursos
ya experimentados en la decoración de los cueros. Su característica esencial es la de presentar en
todos los ejemplares una técnica y estilo idénticos, aunque con una infinita variedad de tipos: las
decoraciones componen lazos, estrellatos geométricos, cuadrángulos cruzados, rombos, etc,
completados por la decoración menuda de cordón que también compone las cenefas o borduras con
dibujos siempre diferentes. Utilizan la técnica del estezado y el gofrado. Entre los ejemplares más
notables merece destacar el Misal Toledano del siglo XV.
A final de la Edad Media la encuadernación se seculariza y se extiende, alcanzando ahora, técnica y
artísticamente, su propio sentido. Al uso de las pieles se añaden las encuadernaciones en ricas telas,
bordados con aljófar, pedrería y esmaltes, con exhibición de emblemas en su parte central y en las
manezuelas. La influencia árabe se extendió por toda Europa y de ellos se tomará el empleo del
cartón o papelón, que empleaban como soporte de las encuadernaciones flexibles, tomando a veces la
forma de cartera, que se adaptaba al libro encerrándolo en una especie de estuche con una solapa. De
la encuadernación de muchos libros medievales, especialmente los correspondientes al periodo
prerrománico y románico, no quedan apenas trazas y si quedan sus motivos irreconocibles. Sin
embargo, se puede reconstruir su forma gracias a las representaciones que de ellos se hacen en los
códices, como en el Códice Virgiliano de El Escorial o en el Beato de Gerona.
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Renacimiento.
Durante el siglo XV se ponen de moda las planchas de hierro de gran tamaño que ornamentan las
cubiertas de una sola vez. Otra de las novedades es el coloreado y cincelado de los cortes de los
libros. En la segunda mitad del siglo aparece el llamado estilo renacimiento, que generalizó el dorado
de los cueros por medio de hierros transformados en ruedas, que sin solución de continuidad,
prodigaban arabescos, combinaciones geométricas, ondulaciones, etc. La técnica fue posteriormente
perfeccionada por Aldo Manuzio (hierros aldinos), extendiéndose por las naciones occidentales de
Europa, donde llegó a dominar. El arte renacentista encontró su apogeo con Grolier, Maioli y otros
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bibliófilos, refinando las líneas de las combinaciones o duplicándolas en forma de cinta, puntillando
los espacios o llenándolos de piezas de colores que las hacían policromadas y en mosaico. En el
centro suelen llevar un círculo, un cuadrado o un losange donde va inscrito el nombre de la obra o de
su poseedor. De los bibliófilos mencionados se conservan preciosos ejemplares con decoración
variadísima, predominando los motivos geométricos y algunas veces florales. La encuadernación
renacentista española es más bien de gusto flamenco y repite de tal manera las ideas arquitectónicas
que bien puede ser llamada encuadernación plateresca.
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Siglos XVII al XIX.
Durante el siglo XVII es Francia la que impone la moda en materia de encuadernación: es el periodo
barroco, que caracteriza a todos los aspectos del arte. Durante todo el siglo la encuadernación es
recargadísima, con pequeños hierros que se prestan a todo tipo de combinaciones. Los estilos mas
utilizados son à la fanfare, atribuido a la familia Eve -líneas espirales doradas que se entrecruzan- y el
puntillado -filetes o líneas formados por la sucesión de pequeños puntos. También surgieron en
Francia los hierros semicirculares de ornamentación radiada, à l'eventaille, y sembrados, semis, que
distribuida sobre la cubierta un motivo heráldico o floral.
La encuadernación durante el siglo XVIII pasó por las siguientes etapas:
A) Periodo de transición en el que persisten los elementos barrocos
B) Rococó, caracterizado por una ornamentación exuberante: el estilo más utilizado fue
à la dentelle, imitando encajes, y el elemento decorativo la rocaille, adaptación del
acanto clásico que lo invade todo en forma de perfiles movidos y se liga con otros
elementos: ménsulas, flores, rosetones, guirnaldas.
C) Neoclásico, originario de Inglaterra, tal vez como reacción a los excesos anteriores.
Se caracterizan por presentar una cenefa rectangular limitada por cuatro cuadrados y lo
largo de la cual se desplazaba una rueda casi siempre de inspiración floral. Tuvo
continuidad con el estilo imperio impuesto por Napoleón.
En España la etapa neoclásica presenta una gran monotonía, sólo interrumpida por las pastas
valencianas, teñidas de diversos y vivos colores formando jaspeado, y el estilo imperio se manifestó
con la modalidad de cortina, invención atribuida al maestro Antonio Suárez. A lo largo del siglo XIX
la moda romántica se dejó sentir también en el arte de encuadernar. La innovación más conocida es el
estilo catedral, debido a Thouvenin; pero lo que caracteriza a la época es la modalidad barroca del
romanticismo, que en España se llamó isabelina. Durante este siglo, Francia crea las
encuadernaciones interpretativas o cubiertas parlantes, donde aparecen motivos alusivos o escenas
sacadas del contenido del texto. Luego va adquiriendo cada vez una mayor sencillez y a finales del
siglo la decoración termina por circunscribirse al lomo.
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Siglo XX.
La encuadernación del libro ha sufrido en el siglo XX una profunda evolución, tanto en lo que se
refiere a su decoración como en lo referente a la técnica. Actualmente casi todos los libros se
encuadernan mecánicamente, y las encuadernaciones manuales y artesanales han quedado relegadas
para uso de aficionados y bibliófilos. Las técnicas empleadas para la encuadernación mecánica son
múltiples, según se trate de un tipo u otro de encuadernación: en tela, cartoné, piel, rústica, etc.
Muchos libros presentan aspecto de solidez, pero, desgraciadamente, no todos la poseen. La mayoría
de los libros disponibles en el mercado tienen una encuadernación pegada, y no cosida, lo que los
hace extremadamente sensibles a la manipulación. Italia, Inglaterra, Alemania y Francia son los
países donde la encuadernación ha adquirido mayor prestigio, tanto por su manufactura como por su
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arte.
La decoración de la cubierta se ha visto influida por los vaivenes artísticos del siglo, aunque se ha
impuesto de forma generalizada la cubierta parlante que, ahora más que nunca, informa sobre el
contenido del texto, haciéndolo además atractivo para el lector: en una sociedad tan condicionada por
la comunicación audiovisual, el aspecto externo del libro y la sugerencia que hace su portada son el
primer reclamo publicitario. Algunas editoriales han llegado a hacer verdaderos alardes de
imaginación en las cubiertas de sus libros: en este sentido merece ser citada la colección de cubiertas
que Daniel Gil realizó para el Libro de Bolsillo de Alianza Editorial.