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Bonnet - Articulo Forma Estado (Puebla) PDF

Este documento revisa el debate alemán sobre la derivación del estado capitalista con el objetivo de precisar y sistematizar los aportes para la crítica marxista del estado. Propone entender al estado como una forma de existencia de las relaciones sociales capitalistas, no como un instrumento de la burguesía. Argumenta que el punto de partida para derivar el estado debe ser el análisis de la anatomía de la sociedad burguesa, en particular la relación de explotación capitalista basada en la separación entre productores y medios de producción.

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Este documento revisa el debate alemán sobre la derivación del estado capitalista con el objetivo de precisar y sistematizar los aportes para la crítica marxista del estado. Propone entender al estado como una forma de existencia de las relaciones sociales capitalistas, no como un instrumento de la burguesía. Argumenta que el punto de partida para derivar el estado debe ser el análisis de la anatomía de la sociedad burguesa, en particular la relación de explotación capitalista basada en la separación entre productores y medios de producción.

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¿Qué es el estado capitalista?

La derivación revisitada

Alberto Bonnet

Este artículo revisita el debate alemán sobre la derivación del estado (y algunos
debates posteriores, en los cuales dejó su impronta) con la intención de precisar y
sistematizar algunos de aportes para la crítica marxista del estado capitalista. El artículo
no apunta entonces a proponer ideas novedosas acerca del estado, sino a reconsiderar
ideas previas para proponer una versión de ellas que resulte más manejable para una
crítica rigurosa del estado capitalista. Este objetivo solo puede alcanzarse argumentando
al mismo alto nivel de abstracción en el que se desenvolvió el debate alemán original.
Pero conviene advertir que, una vez concluido dicho debate, diversas investigaciones
empíricas confirmaron algunos de los principales argumentos planteados en su seno. La
derivación lógica se potenció así con la explicación de la génesis y la evolución
históricas del estado capitalista. El contenido del artículo, finalmente, está expuesto a
través de una serie de tesis breves que nos permiten alcanzar un mayor rigor analítico,
aunque acompañadas por comentarios más extensos que explicitan las implicancias más
importantes de cada una de ellas.1

1. El punto de partida
Aquí vamos a entender al estado como forma, es decir, como modo de existencia de
las relaciones sociales capitalistas.2 El estado no es el único modo de existencia de esas
relaciones sociales sino que, por razones que veremos más adelante, existe junto con el
propio capital, como formas diferenciadas de esas mismas relaciones sociales. Debemos

1
Agradezco la discusión de versiones preliminares de este artículo por parte de los integrantes
del programa de investigación “Acumulación, dominación y lucha de clases en la Argentina
contemporánea, 1989-2011” (radicado en la Universidad Nacional de Quilmes, Argentina), así
como de los estudiantes de diversos cursos de grado y posgrado en los cuales incluí dentro de la
bibliografía. El artículo se enriqueció, además, a partir del trabajo de edición en español del
conjunto del debate alemán, que realicé junto con Adrián Piva.
2
Tener presente el significado del concepto de forma en la crítica marxiana de la economía
política es decisivo en este contexto, pero por razones de espacio debemos presuponerlo (véase
para su tratamiento específico Bonnet 2018).
buscar en las condiciones lógicas e históricas de posibilidad para la constitución de estas
relaciones sociales, entonces, el punto de partida para la derivación del estado. Marx
hizo precisamente esto en El capital respecto de la segunda de estas formas, es decir, el
capital, identificando esas condiciones de posibilidad en la separación entre productores
y medios de producción -y, en términos históricos, en la denominada acumulación
originaria. Esta misma separación entre productores y medios de producción es nuestro
punto de partida para la derivación del estado.

Entender al estado como forma de las relaciones sociales capitalistas ya implica que
debemos evitar la concepción del estado como instrumento de la burguesía, concepción
dominante en el marxismo ortodoxo de la II y III Internacionales y que continuó siendo
muy influyente hasta nuestros días -incluso en investigaciones relevantes acerca de las
relaciones entre clase dominante y estado, como las de Ralph Miliband en Inglaterra o
Bill Domhoff en EEUU. El carácter capitalista del estado no radica en que sea un
instrumento de la burguesía, sino en que es uno de los dos modos fundamentales en los
que existen las propias relaciones sociales capitalistas. Y la relación que guarda este
estado con la clase capitalista (y también con la clase trabajadora) no es la relación
subjetiva y externa que sugiere esa concepción instrumentalista del estado, sino una
relación objetiva e interna, pues las clases son relaciones sociales y el estado es el modo
en el que existe la relación de dominación entre esas clases.

Partir de la crítica marxiana de la economía política para derivar la forma estado


presupone considerarla, no como mera economía política, sino como una crítica de las
relaciones sociales capitalistas. Una crítica capaz de proporcionarnos en consecuencia,
como presuponían los derivacionistas, el punto de partida para una crítica marxista del
estado capitalista.3 Holloway y Picciotto afirmaban, en este sentido, que el objetivo del
debate alemán “fue ‘derivar´ sistemáticamente el estado como forma política [political
form] a partir de la naturaleza de las relaciones de producción capitalistas, como un
primer paso de la construcción de una teoría materialista del estado burgués y de su
desarrollo” (2017: 84). Y que, entonces, “la tarea no es desarrollar ´conceptos políticos´

3
Esta advertencia sobre el auténtico status epistemológico de la crítica marxiana de la economía
política ya se encontraba entre los mejores marxistas de los años veinte (véase por ejemplo la
introducción de Korsch a su edición de El capital; Korsch 1979) y sería asumida más tarde en la
denominada neue Marx-Lektüre de los años sesenta (véase la síntesis de Heinrich 2007). El
aporte de los derivacionistas, que abrevaron en esta última relectura de Marx, consistió
específicamente en plantear la necesidad de derivar el estado de la crítica marxiana de la
economía política así entendida.
que complementen el conjunto de ‘conceptos económicos´, sino desarrollar los
conceptos de El capital en la crítica no sólo de la forma económica sino también de la
forma política de las relaciones sociales” (idem: 87).

La derivación del estado a través de la crítica de las relaciones sociales capitalistas fue
la empresa común de los derivacionistas. Sin embargo, el modo en que debía realizarse
dicha derivación o, dicho más específicamente, las características de esas relaciones
sociales que debían tomarse como punto de partida para dicha derivación, fue motivo de
controversia entre ellos. Entre las distintas posiciones adoptadas dentro del debate en su
momento, nuestro enfoque es más afín a la propuesta por Joachim Hirsch y luego
recuperada críticamente por Holloway, Bonefeld, Burnham y otros. Hirsch escribía en
este sentido que “el punto de partida para el análisis del estado burgués, por lo tanto,
debe ser el examen de ‘la anatomía de la sociedad burguesa´, es decir, un análisis del
trabajo social bajo su modo específicamente capitalista, de la apropiación del
plusproducto y de las leyes de la reproducción de totalidad de la formación social que
resultan de dicho análisis; leyes que dan lugar, objetivamente, a una forma política
concreta” (Hirsch 2017b: 511).4 La clave de dicha anatomía estaba para Hirsch en las
características de la relación de explotación específicamente capitalista, sustentada en la
separación entre productores y medios de producción. Holloway y Picciotto afirmaban,
en la misma línea, que “la característica más importante y distintiva de la dominación de
clase en la sociedad capitalista es que está mediada por el intercambio de mercancías. El
trabajador no está sujeto directa y físicamente al capitalista, su sujeción está mediada
por la venta de su fuerza de trabajo como una mercancía en el mercado” (1994: 79).

La derivación del estado a través la crítica de las relaciones sociales capitalistas tiene
además dos implicancias importantes a propósito del alcance de la teoría del estado
resultante de dicha derivación. Implica, por una parte, que puede formularse una teoría
marxista del estado capitalista en general. En efecto, en la misma medida en que puede
conceptualizarse la forma capital en general, puede conceptualizarse la forma estado
capitalista en general y, por consiguiente, el núcleo de la teoría del estado resultante
albergará un conjunto de enunciados fundamentales que valdrán para cualquier estado

4
Hirsch (como advirtiera Holloway 1994d: 89 y ss.), propuso dos maneras sensiblemente
diferentes de derivar del estado dentro del debate (véase Hirsch 2017 a y b). Aquí nos atenemos
a la segunda que, por lo demás, sería la que conservaría en sus escritos posteriores (por ejemplo,
en Hirsch 1995: 16 y ss. y 2005: 21 y ss.). Véase la contribución de Alfonso García Vela a este
volumen.
capitalista. Desde luego que estos enunciados fundamentales convivirán, dentro de
dicha teoría del estado, con otro conjunto de enunciados, mucho más numerosos aunque
de menor alcance, que sólo valdrán para las características que adopta y las funciones
que cumple ese estado capitalista en determinadas condiciones históricas y geográficas.
Pero es decisivo, tanto epistémica como políticamente, no perder de vista la distinción
entre ambos niveles (o, en otras palabras, entre el estado como forma de las relaciones
sociales capitalistas y las distintas formas de estado) ni la prioridad del primero sobre el
segundo (de la crítica del estado como forma por encima de la crítica de las distintas
formas que asume ese estado).5

La derivación del estado a través de la crítica de las relaciones sociales capitalistas


implica también, por otra parte, que la teoría del estado resultante no es una teoría del
estado en general sino, específicamente, una teoría del estado capitalista. El conjunto de
enunciados fundamentales que integra el núcleo de esta teoría vale para cualquier estado
capitalista, pero no necesariamente para formaciones estatales no-capitalistas. Desde
luego, esto no significa desconocer que la pregunta acerca de si es posible formular una
teoría marxista del estado en general es una pregunta legítima; ni que en los hechos
existieron importantes formaciones estatales no-capitalistas -y no sólo en un pasado
remoto, sino también hasta hace apenas tres décadas en el ex bloque del este; ni que el
análisis de estas formaciones estatales no-capitalistas es importante en sí mismo e
incluso puede enriquecer el análisis del estado capitalista en su especificidad. Implica
solamente que debemos cuidarnos de no extender el campo de aplicación de una teoría
del estado derivada de la crítica de las relaciones sociales capitalistas a esas formaciones
estatales no-capitalistas. No podemos ocuparnos aquí del problema de la relación que
guardaría esta teoría del estado capitalista con una teoría del estado en general. Digamos
solamente que, dentro de la crítica de la economía política, los conceptos de estado
capitalista y de estado en general parecen guardar una relación semejante a la que
guardan los conceptos de trabajo abstracto, específicamente capitalista, y de trabajo en
general; de dinero en la economía capitalista y de dinero en general; de clase en la
sociedad capitalista y de clase en general. Esto implica, entre otras cosas, que puede

5
Especialmente decisivo es no perderlo de vista en ciertas discusiones actuales sobre el estado
en América Latina en las cuales, junto con el énfasis en las (reales o presuntas) peculiaridades
del estado en la región, suele retornar el estatismo característico del populismo latinoamericano.
En este sentido, incluso la afirmación de Zavaleta Mercado –acaso el más lúcido de los teóricos
marxistas del estado latinoamericano- de que “en último término la teoría del estado, si es algo,
es la historia de cada estado” (1990: 180), es errónea.
construirse un concepto de estado en general mediante la abstracción (subjetiva) de
características compartidas por distintas formaciones estatales, pero esta construcción
tiene como condición de posibilidad la existencia de la abstracción (objetiva) del propio
estado como estado específicamente capitalista.6 A este proceso histórico de abstracción
del estado volveremos más adelante, en tanto proceso de separación entre lo económico
y lo político.

2. La separación entre productores y medios de producción


Volvamos a la separación entre productores y medios de producción. La relación de
explotación específicamente capitalista (o sea, el capital) está mediada por la libertad:
las libertades del trabajador como propietario y vendedor de su fuerza de trabajo y del
capitalista como propietario de medios de producción y comprador de esa fuerza de
trabajo. Y también la relación de dominación específicamente capitalista (el estado) está
mediada por la libertad: la de los ciudadanos, ya sean trabajadores o capitalistas.7 Esta
libertad puede definirse como la ausencia de los mecanismos de sujeción personal (un
subjektlose Gewalt, en palabras de Gerstenberger 2007) propios de las relaciones de
explotación pre-capitalistas. Sólo los ciudadanos, en tanto personas jurídicamente libres,
pueden establecer esos contratos de compraventa de fuerza de trabajo. “El intercambio
de mercancías, en sí y para sí, no implica más relaciones de dependencia
[Abhängigkeitverhältnisse] que las que surgen de su propia naturaleza. Bajo este
supuesto, la fuerza de trabajo, como mercancía, sólo puede aparecer en el mercado en la
medida y por el hecho de que su propio poseedor –la persona a quien pertenece esa

6
Sobre este problema de la abstracción, véase en particular el abordaje marxiano del concepto
trabajo en la Einleitung de 1857 (1986: 24-28); el propio Pashukanis (1976, I) sugirió una
relación semejante entre abstracción subjetiva y objetiva del estado. Hay que reconocer, de
todas maneras, que el concepto de estado en general construido mediante este proceso de
abstracción resultaría bastante indeterminado. Esto parece haber afectado a algunos intentos
marxistas de emprender una teoría transhistórica del estado, como el de Engels en El origen de
la familia, seguido de cerca por Lenin en El estado y la revolución.
7
Aquí empleamos el término ciudadano como sinónimo de persona, como sujeto de contratos,
pero sin incluir necesariamente las connotaciones políticas y sociales más amplias que pueda
acarrear su sujeción a un estado. Pashukanis presenta de la siguiente manera el concepto de este
sujeto de contratos: “[E]l esclavo está totalmente subordinado a su amo y precisamente por esta
razón esa relación de explotación no necesita de ninguna elaboración jurídica particular. El
trabajador asalariado, por el contrario, aparece en el mercado como libre vendedor de su fuerza
de trabajo, y por eso la relación de explotación capitalista se mediatiza bajo la forma jurídica del
contrato. […] El análisis de la forma del Sujeto se desprende en Marx inmediatamente del
análisis de la forma mercancía” (Pashukanis 1976: 105; 106; sobre esto véase la intervención de
Blanke, Jürgens y Kastendiek 2017 en el debate alemán).
fuerza de trabajo- la ofrezca y venda como mercancía. Para que su poseedor la venda
como mercancía es necesario que pueda disponer de la misma, y por tanto que sea
propietario libre de su capacidad de trabajo, de su persona. Él y el poseedor de dinero se
encuentran en el mercado y traban relaciones mutuas en calidad de poseedores de
mercancías dotados de los mismos derechos, y que sólo se distinguen por ser el uno
vendedor y el otro comprador; ambos, pues, son personas jurídicamente iguales” (Marx
1990 I: 204). Precisamente esta mediación de la libertad implica que esas relaciones de
explotación y dominación, aún cuando dimensiones de una misma relación de clase, se
separen entre sí. La coerción que acompaña históricamente a cualquier relación de
explotación entre clases de la debe exteriorizarse en el capitalismo respecto de esa
relación de explotación. Esta separación entre lo político y lo económico o, dicho más
precisamente, esta unidad-en-la-separación entre lo político y lo económico, es la clave
para la derivación del estado. Esta separación, es decir, la particularización del estado a
partir de las mutuamente indiscernibles relaciones pre-capitalistas de explotación y
dominación, ya está inscripta en el doble carácter que Marx atribuye a esa libertad.8
“Para la transformación del dinero en capital el poseedor de dinero, pues, tiene que
encontrar en el mercado de mercancías al obrero libre; libre en el doble sentido [frei in
dem Doppelsinn] de que por una parte dispone, en cuanto persona libre, de su fuerza de
trabajo en cuanto mercancía suya, y de que, por otra parte, carece de otras mercancías
para vender, está exento y desprovisto, desembarazado de todas las cosas necesarias
para la puesta en actividad de su fuerza de trabajo” (Marx 1990 I: 205). Marx argumenta
aquí que, en el capitalismo, el trabajador deviene libre en dos sentidos: como propietario
de, y por ende habilitado para, vender su fuerza de trabajo (o sea, como ciudadano de
un estado –este es el polo de la libertad, como enseguida veremos) y como expropiado
de los medios de producción y, por consiguiente, obligado a vender su fuerza de trabajo
(o sea, como asalariado dependiente del capitalista –y este es el polo de la necesidad,

8
Recordemos que el propio Marx ya había sugerido, aunque no desarrollado, que la clave para
entender la forma específica que asume la relación de dominación en determinada sociedad se
encuentra en la forma específica que en ella asume la relación de explotación. “La forma
económica específica en la que se le extrae el plustrabajo impago al productor directo determina
la relación de dominación y servidumbre [das Herrschafts- und Knechtschaftsverhältnis], tal
como ésta surge directamente de la propia producción y a su vez reacciona en forma
determinante sobre ella. […] En todos los casos es la relación directa entre los propietarios de
las condiciones de producción y los productores directos […] donde encontraremos el secreto
más íntimo, el fundamento oculto de toda la estructura social, y por consiguiente también de la
forma política que presenta la relación de soberanía y dependencia [der politischen Form des
Souveränitäts- und Abhängigkeitsverhältnisses], en suma, de la forma específica del estado
existente en cada caso” (1990 III: 1007).
dialécticamente vinculado con su contrario, el polo de la libertad). Estamos ante una
relación de necesidad mediada por la libertad o, en otras palabras, una relación de
explotación mediada por la igualdad ante la ley, igualdad ante la ley que se convierte en
consecuencia en vehículo de una relación de dominación. En ausencia de relaciones
personales de sujeción, las relaciones de producción se convierten en relaciones de
explotación gracias a la conversión de la libertad de vender su fuerza de trabajo por
parte de su propietario en la necesidad de venderla por parte del no-propietario de
medios de producción.

Es importante aclarar, para evitar malentendidos, que sólo estamos afirmando que
esta separación entre productores y medios de producción es condición necesaria para la
constitución de relaciones de explotación y dominación específicamente capitalistas, no
que sea condición suficiente para que dichas relaciones se impongan históricamente.
Aquella compraventa de fuerza de trabajo, para no referirnos a su consumo productivo
en los procesos de producción, debe ser asegurada además por mecanismos represivos e
ideológicos muy diversos. Tampoco estamos afirmando que esa separación acarree
automáticamente la desaparición, y ni siquiera la disfuncionalidad, históricas de otras
relaciones de explotación y dominación. Recordemos apenas que la acumulación
originaria convivió con la feminización y subordinación del trabajo reproductivo no-
asalariado (Federici 2011) y con la masificación del trabajo esclavo en las colonias
(Moulier Boutang 2003). El estado capitalista, naturalmente, no fue en absoluto una
relación de dominación mediada por la libertad para los esclavos y sólo lo fue de una
manera tardía y diferenciada para las mujeres. La abolición de las personales relaciones
de dominación pre-capitalistas, de todas maneras, sigue siendo condición para que se
impongan las impersonales relaciones de dominación específicamente capitalistas.

El desarrollo del intercambio de mercancías, que incluye la generalización de aquella


compraventa de fuerza de trabajo, sustenta a su vez el pleno desarrollo de aquella
libertad e igualdad. “No sólo se trata, pues, de que la libertad y la igualdad son
respetadas, en el intercambio basado en los valores de cambio, sino que el intercambio
de valores de cambio es la base productiva, real, de toda igualdad y libertad. Estas,
como ideas puras, son meras expresiones idealizadas de aquél al desarrollarse en
relaciones jurídicas, políticas y sociales, éstas son solamente aquella base elevada a otra
potencia” (Marx 1986: 183). Las relaciones de explotación y de dominación mediadas
por la libertad, de esta manera, se suponen mutuamente y se desarrollan conjuntamente.
Los vínculos que Marx solía establecer entre el intercambio de equivalentes y la
democracia, entre el dinero y la ciudadanía, etc., no eran meras analogías sino que
encuentran aquí su íntimo fundamento. Recordemos algunos de esos vínculos. En El
capital: “[l]a esfera de la circulación o del intercambio de mercancías, dentro de cuyos
límites se efectúa la compra y la venta de la fuerza de trabajo, era, en realidad, un
verdadero Edén de los derechos humanos innatos. Lo que allí imperaba era la libertad,
la igualdad, la propiedad y Bentham. ¡Libertad!, porque el comprador y el vendedor de
una mercancía, por ejemplo de la fuerza de trabajo, sólo están determinados por su
libre voluntad. Celebran su contrato como personas libres, jurídicamente iguales. El
contrato es el resultado final en el que sus voluntades confluyen en una expresión
jurídica común. ¡Igualdad!, porque sólo se relacionan entre sí en cuanto poseedores de
mercancías, e intercambian equivalente por equivalente. ¡Propiedad!, porque cada uno
dispone sólo de lo suyo. ¡Bentham!, porque cada uno se ocupa sólo de sí mismo (1990
I: 214). En los Grundrisse: “[c]uando se consideran relaciones sociales que producen un
sistema no desarrollado de cambio, de valores de cambio y de dinero, o a las cuales
corresponde un grado no desarrollado de estos últimos, es claro desde el principio que
los individuos, aún cuando sus relaciones aparezcan como relaciones entre personas,
entran en vinculación recíproca solamente como individuos con un carácter
determinado, como señor feudal y vasallo, propietario territorial y siervo de la gleba,
etc., o bien como miembro de una casta, etc., o también como perteneciente a un
estamento, etc. En las relaciones monetarias, en el sistema de cambio desarrollado (y
esta apariencia es seductora para los demócratas) los vínculos de dependencia personal
[die Bande der persönlichen Abhängigkeit], las diferencias de sangre, de educación,
etc., son de hecho destruidos, desgarrados (los vínculos personales se presentan todos
por lo menos como relaciones personales); y los individuos parecen independientes
(esta independencia que en sí misma es sólo una ilusión que podría designarse más
exactamente como indiferencia), parecen libres de enfrentarse unos a otros y de
intercambiar en esta libertad” (1986 I: 91). Y más adelante: “en la determinación de la
relación monetaria, desarrollada hasta aquí en estado puro y haciendo abstracción de
relaciones productivas más desarrolladas; en las relaciones monetarias, decíamos,
concebidas en su forma simple, todas las contradicciones inmanentes de la sociedad
burguesa parecen borradas. Esto se convierte en refugio de la democracia burguesa, y
más aún de los economistas burgueses […]” (idem: 179).
Aquí radica el núcleo de verdad de la perspectiva que adoptaron, dentro del debate
alemán, quienes intentaron derivar el estado del interés común en la preservación de la
propiedad privada compartido por propietarios de mercancías que aparecen ante ellos
como las fuentes de sus respectivos ingresos (véase la “fórmula trinitaria” de Marx 1990
III: 1037 y ss.; Flatow y Huisken 2017 y las críticas de Reichelt 2017). Pero dicha
perspectiva sigue siendo limitada. Recordemos que la “esfera de la circulación o del
intercambio” del citado párrafo de El capital es la esfera a través de la cual se realiza la
relación de explotación –y precisamente en este sentido decimos que esa relación está
mediada por la libertad inherente a la compraventa de la fuerza de trabajo-, pero esta
relación de explotación no puede reducirse a las relaciones establecidas en dicha esfera.
Marx agrega a esa cita, un poco mas adelante, que “al dejar atrás esa esfera de la
circulación simple o del intercambio de mercancías, en la cual el librecambista vulgaris
abreva las ideas, los conceptos y la medida con que juzga la sociedad del capital y del
trabajo asalariado, se transforma en cierta medida, según parece, la fisonomía de nuestra
dramatis personae. El otrora poseedor de dinero abre la marcha como capitalista; el
poseedor de fuerza de trabajo lo sigue como su obrero” (Marx 1990 I: 214). La
separación entre productores y medios de producción no sólo convierte a trabajadores y
capitalistas en libres propietarios de mercancías que aparecen ante ellos como origen de
su salario y su ganancia, sino que, a través de esa conversión, instaura a la vez una
nueva relación de dependencia, impersonal porque mediada por el intercambio entre
agentes igualmente libres, entre el capitalista y su obrero. Sigue siendo esta última
relación de explotación, pues, el punto de partida más adecuado para la derivación del
estado.

Holloway, en cambio, procedió a una derivación del estado muy semejante a la que
estamos presentando. En efecto, rescató al debate alemán en general y, en particular,
una de las intervenciones de Hirsch (2017b) en dicho debate. Holloway sostuvo en este
sentido que Hirsch “deriva la particularización del estado del hecho de que bajo el
capitalismo la explotación de la clase trabajadora por la clase dominante se media a
través de la compraventa de la fuerza de trabajo como mercancía. Se sigue de la
naturaleza de esta forma de explotación que la coerción social indispensable para la
dominación clasista no se puede asociar directamente con el proceso inmediato de
explotación sino que debe localizarse en una instancia separada de los capitales
individuales: el estado. Su existencia como instancia separada depende, pues, de la
relación capitalista, y su reproducción depende de la reproducción del capital. En esta
perspectiva la existencia de lo político y lo económico (porque es únicamente su
separación lo que constituye su existencia como esferas discretas) no es sino una
expresión de la forma histórica particular de explotación (la mediación de la explotación
por el intercambio de mercancías). Lo político y lo económico son, pues, momentos o
instancias separados de la relación capitalista” (1994a: 124). Tanto la propiedad de la
fuerza de trabajo (y la libertad de venderla) como la no-propiedad de los medios de
producción (y la necesidad de venderla) deben garantizarse. La relación de explotación
mediada por la libertad se disolvería si los propietarios de fuerza de trabajo fueran
esclavizados o los propietarios de medios de producción fueran expropiados sin más. Y
deben garantizarse en términos universales (como derecho de propiedad sancionado de
manera legal general) y efectivos (como derecho de propiedad resguardado por la
policía). La relación de explotación mediada por la libertad también se disolvería tanto
si la distinción entre propietarios de fuerza de trabajo y propietarios de medios de
producción se estableciera de antemano como una cuestión de privilegio como si
estuviera sometida a la más completa arbitrariedad. La ley, la propiedad y la policía
siempre integraron la santísima trinidad del estado capitalista. Pero es importante en
este punto estar advertidos contra el peligro de caer en el funcionalismo que implicaría
derivar el estado de sus funciones coercitivas. Clarke parece advertir este problema.
Señala que Hirsch (2017b) –y lo mismo podría aplicarse tanto a Holloway y Picciotto
(2017) como a nosotros mismos- se propone esquivar ese funcionalismo derivando el
estado como forma con independencia de sus funciones. Pero, a continuación, Hirsch
parece derivar el estado del hecho de que la función de coerción deba separarse respecto
de aquellas relaciones de explotación mediadas por la libre compraventa de fuerza de
trabajo (Clarke 1991: 13 y ss.). Es por esta razón que debemos insistir aquí en que no se
trata de derivar el estado (como agente que debe desempeñarla) de una función vacante
(el ejercicio de la coerción), sino de derivar el estado (como forma o modo de existencia
diferenciado) de las características específicas de las relaciones sociales capitalistas.

Este hecho de que relación de dominación (el estado) se separe de la relación de


explotación (el capital) implica asimismo que el estado se particulariza respecto de la
manera en que existe efectivamente el capital (como capital social total, integrado por
múltiples capitales individuales en competencia). Es en este sentido que tanto Holloway
y Picciotto como Hirsch afirman que el estado se particulariza respecto de los capitales
individuales. Pero es importante aclarar ahora que esto no equivale a derivar el estado a
partir de esa existencia del capital social total como múltiples capitales individuales en
competencia (como hizo Alvater 2017). El estado capitalista se deriva de la separación
entre productores y medios de producción, condición de posibilidad para la constitución
de las relaciones sociales capitalistas. El hecho de que estos medios de producción, en
tanto capital, existan a la manera de múltiples capitales individuales en competencia, es
constitutivo de las relaciones sociales en cuestión, ciertamente, pero secundario respecto
de esa separación entre productores y medios de producción. El estado se erige sobre la
base de la explotación y no del reparto del plusvalor resultante de esa explotación o, en
otras palabras, sobre la base del antagonismo de clase y no de la competencia entre
capitalistas.9

Pero, aclarado este punto, sigue siendo cierto que el capital social total existe como
múltiples capitales individuales en competencia –aunque sin olvidar que ya se encuentra
de antemano en antagonismo con el trabajo social, también existente como trabajadores
individuales en competencia- y que el estado se presenta ante esos capitales individuales
en competencia como una suerte de “capitalista colectivo en idea” (para recuperar la
expresión de Engels 1975: 226). Así considerada, esta concepción del estado como
capitalista colectivo en idea es importante porque es el punto de partida para un análisis
adecuado –i. e., no meramente sociológico, sino sustentado en una concepción marxista
de las clases como relaciones sociales (véase Clarke 1977)- de las relaciones que
mantienen con el estado las clases capitalista y trabajadora. Sólo dentro de este marco
pueden recuperarse con provecho ideas como la gramsciana de que “la unidad histórica
de las clases dirigentes ocurre en el estado” (Gramsci 2000: 182) o la poulantziana de
que “respecto de las clases dominadas, la función del estado capitalista es impedir su
organización política, que superaría su aislamiento que es en parte su propio efecto …
[p]or el contrario, respecto de las clases dominantes, el estado capitalista trabaja
permanentemente en su organización en el nivel político, anulando su aislamiento
económico” (Poulantzas 1976: 239). En efecto, la relación que guardan las clases
capitalista y trabajadora con el estado son diferentes entre sí, aunque ninguna de ellas es
una relación de exterioridad. El estado es constitutivo para ambas clases. Sin embargo,
mientras que la clase capitalista se constituye plenamente como clase en el estado, la

9
Este es asimismo el punto de partida para analizar adecuadamente la manera en que la lucha
de clases y los conflictos entre fracciones de la burguesía atraviesan el estado capitalista (véase
Bonnet 2012).
clase trabajadora lo hace contra el estado (Bonnet 2008). Pero esta concepción del
estado como capitalista colectivo en idea carece de sentido, desde luego, si perdemos de
vista aquella relación antagónica subyacente entre el capital social total y el trabajo
social total.

3. La co-constitución de lo económico y lo político


La mediación de la libertad, dijimos, implica la separación entre las relaciones de
explotación (lo económico) y de dominación (lo político) y esta separación es la clave
de la particularización del estado capitalista. Agreguemos ahora que la instauración de
esta distinción entre lo político y lo económico en la sociedad capitalista no debe
concebirse como una separación entre dos esferas que en las sociedades pre-capitalistas
se encontraban unidas sino, más precisamente, como una co-constitución simultánea de
ambas esferas a partir de la abolición, revoluciones burguesas mediante, de las
relaciones personales de sujeción prevalecientes en esas sociedades pre-capitalistas. El
término separación, en este sentido, puede generar malentendidos en la medida en que
sugiera que las esferas separadas preexistían a su separación. El aporte de Gerstenberger
es decisivo en este sentido. Gerstenberger (2017) reclamó, en el seno del debate alemán,
que la derivación lógica del estado fuera complementada por el estudio de su origen
histórico. Y, en una síntesis de la impresionante investigación histórica (Gerstenberger
2007) que nacería de este reclamo, diría años más tarde que “en su análisis de la
acumulación primitiva, Marx desarrolló dos condiciones estructurales del capitalismo:
una clase de personas que fueron desposeídas de los medios de su reproducción material
y libres de vender su capacidad de trabajar, y una clase de personas que ya se
apropiaron de los medios de producción o, debido a la riqueza que han acumulado, eran
capaces de hacerlo. Aún en el nivel más abstracto, y dejando de lado las
transformaciones culturales requeridas para convertir a hombres y mujeres pobres en
trabajadores capitalistas, y a hombres ricos en empresarios capitalistas, debemos agregar
una condición estructural más: la separación de lo económico respecto de lo político.
Las formas capitalistas de explotación, aunque capaces de aparecer, no pueden volverse
dominantes bajo condiciones en las cuales no se alcanzó esta separación. Esto es así
porque la producción capitalista impone una contradicción fundamental: en las
sociedades capitalistas, el estado es la forma institucionalizada de la dominación pública
general. La forma más fundamental de dominación, que es inherente a las sociedades
capitalistas, sin embargo, es excluida respecto de la dominación del estado. El derecho
privado de usar la propiedad de uno incluye el derecho a aquellas formas de dominación
sobre las personas (!) que son inherentes a la organización del proceso de trabajo”
(Gerstenberger 1992: 170).
El primer aspecto de este argumento a remarcar es la centralidad histórica que
otorga a esa separación entre lo económico y lo político.10 Por cierto, Gerstenberger
presenta esta separación entre lo económico y lo político junto con aquella separación
entre productor y medios de producción como “dos condiciones estructurales del
capitalismo” mutuamente independientes. Y tiene razones para presentarlas como tales.
“Las formas capitalistas de producción y distribución sólo pueden volverse dominantes
después de que el carácter personal del poder haya sido (ampliamente) abolido, de
manera que el desarrollo de una esfera económica separada se vuelva posible” (2007:
662). Sin embargo, nosotros preferimos pensar un poco distinto: aun cuando antes de
que se impusiera esa separación específicamente capitalista entre productor y medios de
producción ya había estado (el denominado estado absolutista, generalización de la
relación de sujeción personal) e incluso cierta despersonalización de las relaciones de
poder (durante el ancien régime), la plena separación entre lo político y lo económico
(y, por ende, la plena particularización del estado) es impensable sin esa separación
entre productor y medios de producción. En efecto, en caso contrario, estaríamos ante
unas relaciones sociales que asumen formas diferenciadas, pero sin contenido alguno;
estaríamos ante una libertad puramente abstracta: libertad en el primer sentido (es decir,
como habilitación de vender la propia fuerza de trabajo) sin libertad en el segundo (es
decir, sin obligación de venderla). Pero, en cualquier caso, esta diferencia no es decisiva
porque en los hechos, como veremos más adelante, el estado capitalista es en realidad
un proceso permanente de separación entre lo político y lo económico.
El segundo aspecto del argumento de Gerstenberger que queremos remarcar aquí es
la manera en que presenta esa separación entre lo económico y lo político en términos
de constitución conjunta de dichas esferas a partir de la abolición de las relaciones
personales de sujeción. “La emergencia de una esfera separada del ´estado´ sólo sucede
con la despersonalización del poder dominante” sostiene Gerstenberger a propósito de
las revoluciones burguesas, y un poco más adelante añade que “si la abolición de la

10
Estas separaciones entre productor y medios de producción y entre lo económico y lo político
también se encuentran, ciertamente, en el centro de las interpretaciones de la transición hacia el
capitalismo del llamado marxismo político de Brenner, Meiksins Wood, etc.
dominación personal significa abrir la puerta al poder de estado, significa, al mismo
tiempo, la liberación del mercado” (2007: 663; 667).
Y hay un tercer aspecto de este argumento de Gerstenberger que merece remarcarse,
aunque acaso sea menos decisivo para nuestro argumento, que reside en que pone de
relieve la relación de dependencia, impersonal porque mediada por la libre compraventa
de la fuerza de trabajo, entre el capitalista y su obrero. Ella conceptualiza dicha relación
en términos de una dominación privada, reinante en la esfera de lo económico, y
diferenciada de la dominación pública, reinante en la esfera de lo político. Nosotros
preferimos reservar el concepto de dominación para la esfera de lo político (el estado,
entonces, sería el nudo de la relación de dominación capitalista) y emplear el término
comando para la esfera de lo económico. Kommando es el término usado por Marx (y
muy profusamente, en los capítulos sobre cooperación, manufactura y gran industria del
primer tomo de El capital) para referirse al poder ejercido por los capitalistas sobre sus
trabajadores en el proceso de producción. Pero, acaso siguiendo la propia creciente
socialización de ese proceso de producción, pueda emplearse también en un sentido más
amplio para referirse al poder ejercido por el capital sobre el trabajo en el proceso de
reproducción en su conjunto (como parece hacer Negri 1999; véase Bonnet 2005).
Estamos, en cualquier caso, ante la distinción entre dos modalidades del poder
diferentes, distinción que es corolario de la separación entre lo económico y lo político
y a la vez sería el fundamento de una (nunca desarrollada) teoría marxista del poder.11
Pero conviene insistir en que estamos ante dos modalidades diferentes de un mismo
poder de clase, pues esa condición de posibilidad suya que es la separación entre lo
político y lo económico es inherente a las relaciones sociales capitalistas.
También vale recordar aquí la relación que Weber establecía entre los desarrollos
del estado y la burocracia en su sociología de la dominación. “El desarrollo de éste [del
estado moderno] se inicia por doquier a partir del momento en que se empieza a
expropiar por parte del príncipe a aquellos portadores de poder administrativo que
figuran a su lado: aquellos poseedores en propiedad de medios de administración, de
guerra, de finanzas y de bienes políticamente utilizables de toda clase. […] En el
´Estado´ actual, pues –y esto constituye un rasgo esencial del concepto-, la ´separación´

11
Está plenamente justificada en este punto, dicho sea de paso, la crítica del último Poulantzas a
Foucault y Deleuze en el sentido de que no es cierto que el marxismo reduzca las relaciones de
poder al estado (véase Poulantzas 1986: 35 ss.; Foucault 1987: 112 ss.; Deleuze 1987: 49 ss.):
las relaciones de poder de clase no se reducen a las relaciones de dominación –y tampoco,
naturalmente, las relaciones de poder se reducen a las relaciones de poder de clase.
del cuerpo administrativo, o sea de los funcionarios y los trabajadores administrativos,
de los medios materiales de administración, se ha llevado a cabo por completo […]”
(Weber 1992: 1059-60). En efecto, como afirma Piva, “la condición básica para la
existencia de una burocracia como organización de una dominación legal-racional en el
sentido weberiano es la separación de los funcionarios respecto de los medios de
administración” (2012: 36). Pero esta separación entre los funcionarios y los medios de
administración no es sino otra manera de referirse a la separación entre lo económico y
lo político. Existe, como también señala Piva, un “nexo estructural interno entre capital,
dominio impersonal y burocracia” (idem: 29). Pero, entonces, esta separación entre lo
económico y lo político se convierte a la vez en el fundamento de una (escasamente
desarrollada) teoría marxista de la burocracia. Weber, sin embargo, en el fragmento que
no reprodujimos de la cita anterior y siempre a raíz de esa separación entre funcionarios
y medios de administración, insistía en su paralelismo entre el estado y la empresa
capitalistas. “El proceso conjunto forma un paralelo completo con el desarrollo de la
empresa capitalista, con su expropiación paulatina de los productores independientes”
(ibidem). Este paralelismo, así planteado, involucra el formalismo de considerar a la
política y a la económica como dos variantes distintas de una misma entidad (la empresa
o Betrieb, en Weber). Es más adecuado, en cambio, derivar a partir de la separación
entre productores y medios de producción la separación entre capital y estado y recién a
partir de esta última la separación entre la burguesía (cuya conducta está regida por la
lógica irracional de la ganancia) y la burocracia (cuya conducta está regida por la no
menos irracional lógica de la opresión). Aquel paralelismo weberiano entre el estado y
la empresa capitalistas puede recuperarse en este contexto, ciertamente, pero sin pasar
por alto la distinción entre capital y estado. Las empresas de servicios públicos, por
ejemplo, suelen funcionar irracionalmente tanto en manos privadas como públicas, pero
las irracionalidades en cuestión son distintas si están condicionadas por los imperativos
de reproducción de los burócratas o los burgueses a cargo.
Ahora bien, la conceptualización de la separación entre lo económico y lo político
en términos de un proceso de co-constitución plantea la pregunta acerca de si puede
establecerse alguna prioridad lógica entre las relaciones de dominación y explotación, o
si el hecho de que ambas se hayan co-constituido históricamente a partir de una misma
separación entre productores y medios de producción implica la negación de cualquier
prioridad. El término particularización del estado puede generar malentendidos, en este
sentido, porque parece sugerir de antemano cierta prioridad. Pensamos que sí puede
establecerse dicha prioridad lógica, es decir, una prioridad de la relación de explotación
respecto de la relación de dominación, dentro de la crítica de una sociedad capitalista
plenamente constituida. Pero esto no puede hacerse mediante la concepción del estado
como una superestructura política determinada por una base económica, es decir,
siguiendo la otra concepción del estado predominante en el marxismo ortodoxo de la II
y III Internacionales y conservada, en versiones más sofisticadas, por el marxismo
estructuralista. La metáfora arquitectónica base – superestructura no es un recurso
disponible dentro de la derivación del estado.12 Holloway y Picciotto ya habían señalado
con razón, en este sentido, que “una teoría materialista del estado no comienza
preguntando de qué manera la ´base económica’ determina a la ´superestructura
política’, sino preguntando qué sucede con las relaciones de producción bajo el
capitalismo que hace que asuman formas política y económica separadas” (1994: 78).
Solo puede fundamentarse cierta prioridad de la relación de explotación respecto de la
relación de dominación, siempre refiriéndonos a la sociedad capitalista plenamente
constituida, a partir de una concepción dialéctica del carácter materialista de la crítica
marxiana. En efecto, la crítica marxiana es materialista en la medida en que es la crítica
del irracional perpetuamiento de la necesidad que impone la sociedad capitalista como
sociedad de clases. Y en esta sociedad de clases en particular, la relación de explotación
aparece como polo de la necesidad (como la citada necesidad de vender la fuerza de
trabajo; en términos dialécticos, como determinación) mientras que, paradójicamente, la
relación de dominación aparece como polo de la libertad (como mera libertad de
venderla; como ausencia de determinación). Esta libertad queda determinada por
aquella necesidad, en consecuencia, convirtiéndose en mera dominación.13 Quizás, si
volvemos por un instante a la cuestión de la co-constitución de estas relaciones de

12
La metáfora base – superestructura está reñida con la dialéctica porque supone una relación de
mera causalidad o, en el mejor de los casos, de interacción entre instancias externas unas a otras.
En este sentido, podemos recurrir al jóven Lukács para afirmar que el estado y el capital son
más bien “objetividades” (Gegenständlichkeiten; aquí, modos de existencia) de una misma
“totalidad concreta” (konkrete Totalität; aquí, de las relaciones sociales capitalistas) (Lukács
1969).
13
La concepción dialéctica del materialismo que presuponemos es especialmente deudora del
pensamiento frankfurtiano: véanse, en particular, los ensayos del joven Horkheimer (1999)
sobre el concepto de materialismo. Y podríamos ir aún más lejos y preguntarnos: ¿no puede
reinterpretarse a su vez la dialéctica moderna entre libertad y necesidad (incluyendo, desde
luego, la definición hegeliana de la libertad como el reconocimiento de la necesidad) como una
enorme paráfrasis filosófica de esta compulsión impuesta por las relaciones de explotación
capitalistas? Se trataría en este caso de una dialéctica entre la libertad y una necesidad que no es
la impuesta por las leyes de la naturaleza (como en el Engels del Anti-Duhüring o el Lenin de
Materialismo y empiriocriticismo), ciertamente, sino por las de una segunda naturaleza.
explotación y dominación y siempre que no se interprete nuestro argumento de manera
histórica, podemos replantear esta prioridad de una manera más sencilla. Y decir que la
emancipación respecto de las relaciones de sujeción personales sentó la posibilidad de
una sociedad de productores libres e iguales, mientras que la apropiación / expropiación
de los medios de producción impuso a su vez la realidad de una nueva relación de
explotación entre propietarios de medios de producción y de fuerza de trabajo y, en
consecuencia, esta nueva relación de explotación convirtió aquella potencial relación
entre libres e iguales en una nueva relación de dominación.
Conviene recordar, en este punto, la crítica del joven Marx al concepto de estado de
Hegel. El Marx de la Rheinische Zeitung de 1842 todavía sostenía que “el elemento
constitutivo del estado” era o debía ser “la idea racional de la libertad” (1982: 233), es
decir, compartía la concepción hegeliana de que en el estado, en las instituciones
contempladas en su constitución, se realizaba o debía realizarse la libertad de manera
racional, alcanzándose la unidad en sí de la libertad y la necesidad (Hegel 1975: 233 y
ss.). Pero ya al año siguiente, en sus apuntes sobre las lecciones hegelianas de filosofía
del derecho, planteaba su conocida crítica a su concepción de la relación entre estado y
sociedad civil: “el estado político no puede existir sin la base natural de la familia y sin
la base artificial de la sociedad civil; son para él una conditio sine qua non, pero la
condición es formulada como siendo lo condicionado, lo determinante como siendo lo
determinado, lo productor como siendo el producto de su producto” (1970: 16). Ahora
bien, no conviene interpretar esta crítica como una mera inversión de la relación entre
las instancias determinante y determinada en el vínculo entre estado y sociedad civil,
inversión que implicaría el mero reemplazo de un principio metafísico (presuntamente
idealista) por otro principio no menos metafísico (aunque presuntamente materialista).
En efecto, ninguna mera inversión entre principios puede rendir cuenta de la relación
dialéctica existente entre ese “estado” y esa “sociedad civil”, del hecho de que, como
descubriera Hegel, un estado capitalista plenamente constituido “pone retroactivamente
sus propios presupuestos” en la sociedad. Sin embargo, justamente en la medida en que
la separación entre lo político y lo económico es constitutiva de las relaciones sociales
capitalistas, esta capacidad del estado de “poner sus propios presupuestos” enfrenta
estrictos límites. La libertad encarnada en el estado sigue siendo reconocimiento de la
necesidad, pero de una necesidad que le viene impuesta por la relación de explotación
vigente, convirtiendo así esa libertad en dominación. Es por esta razón que Marx, a la
vez que aplaude el reconocimiento de Hegel del desgarramiento entre el estado y la
sociedad civil modernos, condena su intento de emparcharlo dentro de su concepto de
estado (Marx 1970: 88 y ss.; Hegel 1975: 252 y ss.). En este intento reconciliador,
justamente, radica su idealismo.

4. La reproducción de lo político y la lucha de clases


La imposición de la separación entre lo económico y lo político implica, además, la
instauración de un nuevo modo de reproducción de las relaciones de explotación y de
dominación como relaciones separadas, así como un nuevo modo de vinculación entre
ambas. En efecto, acabamos de afirmar que esa imposición de la separación entre lo
económico y lo político debe concebirse como una co-constitución de ambas esferas a
partir de la abolición de las relaciones personales de sujeción predominantes en las
sociedades pre-capitalistas. Pero esta co-constitución no es un hecho sino un proceso:
antes que nada, ese proceso histórico de la llamada acumulación originaria. Podemos,
entonces, distinguir analíticamente entre dos escenarios. Tenemos, por una parte, un
escenario de imposición originaria de la separación entre lo económico y lo político en
el que ambas esferas todavía no se encuentran plenamente diferenciadas y donde las
relaciones de explotación y dominación aún se reproducen conjuntamente y gracias a un
ejercicio de violencia extraeconómica en el que el propio estado desempeña un papel
decisivo. En este escenario no hay libertad, en ninguno de sus dos sentidos. Y tenemos,
por otra parte, un escenario de reproducción posterior de esa separación en el que ambas
esferas ya se encuentran plenamente diferenciadas y donde las relaciones de explotación
y dominación se reproducen por separado. Los propietarios de fuerza de trabajo y
medios de producción se reproducen ahora como trabajadores asalariados y como
capitalistas sobre la base de la compulsión económica, de la necesidad, impuesta por la
acumulación de capital. La relación de explotación se reproduce por sí misma, entonces,
poniendo retroactivamente sus propios presupuestos, como sostiene Marx (1990 I) en su
análisis de la reproducción ampliada. Desde luego que la reproducción del capital es, en
la realidad, un proceso muchísimo más complejo. La reproducción del capital es la
reproducción de una relación de explotación y, por consiguiente, está atravesada por el
antagonismo entre capital y trabajo y no es un proceso automático y garantizado de
antemano. Volveremos sobre esto. La reproducción de esa relación de explotación,
además, enfrenta continuamente el desafío de subsumir a sí misma nuevas esferas de la
vida social, renovando continuamente esos mecanismos de expropiación extraordinaria
y de violencia extraeconómica propios de la acumulación originaria. También sobre esto
volveremos. Pero aquella distinción analítica entre los escenarios de la acumulación
originaria y la acumulación a secas sigue siendo válida porque nos permite identificar
las diferencias entre esta reproducción de la relación de explotación y la imposición
originaria de la misma y, más importante aún en este contexto, sugerir la idea de que la
relación de dominación se reproduce de manera análoga. En efecto, la reproducción del
estado es la reproducción de su particularización como relación de dominación respecto
de la relación de explotación. Y esta particularización se reproduce fundamentalmente a
través del encuadramiento jurídico-político, por parte del estado, de los trabajadores y
los capitalistas como ciudadanos. El estado niega así la relación inmediata de clase, para
reafirmarla una vez mediada por la igualdad ante la ley. Entonces, también la relación
de dominación se reproduce poniendo retroactivamente sus propios presupuestos,
poniendo a los trabajadores y a los capitalistas como ciudadanos, como de alguna
manera había sospechado Hegel (1975) en su pasaje de la sociedad civil al estado.
Aunque, lejos de realizarse en el estado, la libertad se degrada en esta dialéctica a un
vehículo de la necesidad.

Volvamos ahora un instante a la separación entre productores y medios de producción


en el registro histórico de Gerstenberger, o sea, a la acumulación originaria propiamente
dicha.14 Bonefeld (1988) rechazó el empleo tradicional del concepto de acumulación
originaria como un concepto exclusivamente pertinente para el proceso de separación
entre productores y medios de producción inherente a la transición del feudalismo al
capitalismo (así como a la incorporación al mercado mundial capitalista de economías
pre-capitalistas) sugiriendo la permanencia de esa acumulación originaria. En un debate
alrededor de esta idea reafirma Bonefeld: “la acumulación primitiva no sólo describe el
período de transición que conduce a la emergencia del capitalismo. La acumulación
primitiva es, de hecho, el fundamento de las relaciones sociales capitalistas y por
consiguiente la constitución social a través de la cual subsiste la explotación del trabajo”
Y agrega más adelante: “la acumulación primitiva, entonces, persiste, en la relación
capital, como su acción de presuposición constitutiva [its constitutive pre-positing
action]. Esta ´acción´ reside en el centro de la reproducción del capital: la acción de

14
Recordemos que la acumulación originaria (la sogenannte ursprüngliche Akkumulation, para
mantener la distancia respecto de la expresión) ocupa en la crítica marxista del estado la misma
posición que ocupaba el contrato en el pensamiento político clásico de la burguesía (véase en
este sentido Negri 1994: 307 y ss.), sólo que el estado no vino al mundo por la gracia de un
contrato sino, como el capital, chorreando sangre por todos sus poros.
presuposición de la separación del trabajo respecto de sus medios no es el resultado
histórico del capital sino su presuposición, una presuposición que convierte al capital en
una relación social en y a través del divorcio de la fuerza productiva del trabajo respecto
de sus condiciones” (2001: 1; 7). Este argumento tiene dos grandes virtudes. La primera
consiste en que reafirma la centralidad constitutiva de esa separación entre productor y
medios de producción que nosotros tomamos aquí como punto de partida. Como señala
De Angelis, que comparte en buena medida este argumento de Bonefeld (véase 1999),
“la idea crucial en el núcleo del enfoque de Marx es el concepto de separación entre
productores y medios de producción” (2001: 5). La segunda consiste en que insiste en el
carácter antagónico de dicha separación. De Angelis agrega que “el divorcio implicado
en la definición de la acumulación originaria puede ser entendido no sólo como el
origen del capital vis-à-vis relaciones sociales precapitalistas, sino también como una
reafirmación de las prioridades del capital vis-à-vis aquellas fuerzas sociales que van en
contra de esta separación. Entonces, los espacios de autonomía precapitalistas (las
tierras en común de los hacendados ingleses, los commons del África blanco de los
traficantes de esclavos) no son los únicos objetivos de estrategias de acumulación
originaria. También devienen objetivos de acumulación originaria una determinada
relación de fuerza entre clases que constituye una ´rigidez´ para la prosecución del
proceso capitalista de acumulación o que va en la dirección contraria. Puesto que para
Marx las luchas de la clase trabajadora son un elemento continuo de la relación
capitalista de producción, el capital debe implicarse continuamente en estrategias de
acumulación primitiva para recrear las ´bases´ de la acumulación misma” (2001: 14-15).
En efecto, la separación entre productor y medios de producción es el presupuesto
fundamental para el perpetuamiento de las relaciones sociales capitalistas, pero no es un
presupuesto garantizado de antemano, sino que a menudo debe ser violentamente
reimpuesto a través de la lucha de clases. Y el estado vuelve a jugar un papel clave en
esta reimposición. Pero este argumento no debe conducirnos a desdibujar la distinción
misma entre los conceptos de acumulación originaria y acumulación a secas (véase
Zarembka 2002 y Bonefeld 2002). Marx era preciso en este sentido. “La relación del
capital presupone la escisión entre los trabajadores y la propiedad sobre las
condiciones de realización del trabajo. Una vez establecida la producción capitalista, la
misma no sólo mantiene esa distinción, sino que la reproduce en escala cada vez
mayor. El proceso que crea a la relación del capital, pues, no puede ser otro que el
proceso de escisión entre el obrero y la propiedad de sus condiciones de trabajo,
proceso que, por una parte, transforma en capital los medios de producción y de
subsistencia sociales, y por otra convierte a los productores directos en asalariados. La
llamada acumulación originaria no es, por consiguiente, más que el proceso histórico de
escisión entre productor y medios de producción [historische Scheidungsprozeß von
Produzent und Produktionsmittel]. Aparece como ´originaria´ porque configura la
prehistoria del capital y del modo de producción correspondiente al mismo” (Marx
1990 I: 893; asimismo 1986 I: 433 y ss.). Esta distinción entre los conceptos de
acumulación originaria y acumulación a secas es importante para entender la dinámica
de la acumulación, naturalmente, pero no es en este sentido en el que nos interesa en
este contexto. Aquí nos interesa, en cambio, remarcar su importancia en otros dos
sentidos: para entender la reproducción de la dominación (es decir, del estado) y para
entender su vínculo con la reproducción de la explotación (es decir, del capital). La
distinción entre acumulación originaria y acumulación a secas implica que la relación de
explotación capitalista se impuso originariamente de una manera diferente de la manera
en que se reproduce una vez impuesta y, como ya señalamos, algo semejante sucede con
la reproducción de la relación de dominación.15

Pero no solamente esta reproducción de las relaciones de explotación y dominación,


sino también el vínculo entre ambas, son muy distintos en condiciones de acumulación
originaria y de acumulación a secas. Marx solía insistir en este punto. “No basta con que
las condiciones de trabajo se presenten en un polo como capital y en el otro como
hombres que no tienen nada que vender, salvo su fuerza de trabajo. Tampoco basta con
obligarlos a que se vendan voluntariamente. En el transcurso de la producción
capitalista se desarrolla una clase trabajadora que, por educación, tradición y hábito
reconoce las exigencias de ese modo de producción como leyes naturales, evidentes por
sí mismas. La organización del proceso capitalista de producción desarrollado quebranta
toda resistencia; la generación constante de una superpoblación relativa mantiene la ley
de la oferta y la demanda de trabajo, y por lo tanto el salario, dentro de los carriles que
convienen a las necesidades de valorización del capital; la coerción sorda de las

15
Acaso esta diferencia entre la manera en que las relaciones de explotación y dominación
capitalistas se impusieron originariamente y en que se reproducen una vez impuestas se hallara
en la base de muchas de las diferencias entre Marx y Bakunin. El no reconocimiento de esta
diferencia parece haber impedido a Bakunin, a pesar de la mayúscula importancia que le
atribuía al estado, alcanzar una teorización rigurosa del estado capitalista (véanse sus
consideraciones acerca de los diversos estados europeos y del estado en general en Bakunin
2004 y 2006).
relaciones económicas pone su sello a la dominación capitalista sobre el obrero. Sigue
usándose, siempre, la violencia directa, extraeconómica, pero sólo excepcionalmente.
Para el curso usual de las cosas es posible confiar el obrero a las ´leyes naturales de la
producción´ [Naturgesetzen der Produktion], esto es, a la dependencia en que el mismo
se encuentra con respecto al capital, dependencia surgida de las condiciones de
producción mismas y garantizada y perpetuada por estas. De otra manera sucedían las
cosas durante la génesis histórica de la producción capitalista. La burguesía naciente
necesita y usa el poder del estado para ´regular´ el salario, esto es, para comprimirlo
dentro de los límites gratos a la producción de plusvalor, para prolongar la jornada
laboral y mantener al trabajador mismo en el grado normal de dependencia. Es este un
factor esencial de la llamada acumulación originaria” (1990 I: 922-3).

Una vez establecida esta diferencia, sin embargo, debemos evitar explícitamente dos
conclusiones erróneas que podrían seguirse de este argumento. En primer lugar, afirmar
que las relaciones de explotación y dominación se reproducen por separado equivale,
sencillamente, a afirmar que se reproduce la propia separación entre lo político y lo
económico. Pero no equivale de ninguna manera a decir que pueda reproducirse la una
en ausencia de la otra.16 Recordemos que el estado y el capital son formas diferenciadas
de unas mismas relaciones sociales. Recordemos que es el ciudadano, persona jurídica
libre, quien puede vender su fuerza de trabajo y que es a su vez el desarrollo del
intercambio de mercancías, que incluye esa compraventa generalizada de fuerza de
trabajo, el que sustenta el desarrollo de aquella ciudadanía. Ninguna de esas relaciones
es autosuficiente. Y en segundo lugar, como ya dijimos, afirmar que esas relaciones de
explotación y dominación se reproducen poniendo retroactivamente sus presupuestos
tampoco equivale a afirmar que dicha reproducción no esta sometida a la lucha de
clases. Las relaciones de explotación y dominación son relaciones antagónicas y su
reproducción es a la vez la reproducción de ese antagonismo. La reproducción de las
relaciones de explotación y dominación, incluso la propia separación entre ambas, por
consiguiente, no es automática y no está garantizada de antemano. Incluso puede decirse
que el propio Marx, en pasajes como el citado, exageraba un poco la automaticidad de

16
Polanyi insistó correctamente sobre este punto: “la peculiaridad más sorprendente del sistema
de mercado reside en el hecho de que, una vez establecido, debe permitirse que funcione sin
interferencia alguna” (1992: 53). Sin embargo, su concepción fetichista de la relación social
capitalista como una mera generalización de la relación mercantil (a la fuerza de trabajo, la
tierra y el dinero), antes que como relación de explotación, le impidió analizar esa separación en
términos la diferenciación entre dos formas de esa relación social.
esa reproducción: las leyes de la segunda naturaleza, como esas “leyes naturales de la
producción”, nunca se imponen como las de la primera. Los grandes ascensos de la
lucha de clases suelen desembocar en masivas impugnaciones simultáneas de esas
relaciones de explotación y dominación, es decir, precisamente, en crisis generalizadas
de las relaciones sociales capitalistas.17 En estas crisis, aún cuando la propia separación
entre productores y medios de producción sea cuestionada por los trabajadores y
violentamente reafirmada por los capitalistas, no estamos ante una reiteración de la
acumulación originaria –aunque más no sea porque, en la acumulación originaria, aún
no había lucha alguna entre trabajadores y capitalistas. Sin embargo, sigue siendo cierto
que, como escribe Holloway, “sería un grave error pensar que las formas capitalistas de
relación social estuvieran ya firmemente establecidas en la aurora del capitalismo, y que
se marchitaran y desaparecieran con la transición al socialismo, pero existiendo siempre
establemente dentro del capitalismo. ... Las formas determinadas del capital no están
sencillamente establecidas históricamente, sino que tienen que restablecerse
constantemente, en sus determinaciones específicas, mediante la lucha de clases. En el
caso del estado, por ejemplo, sería un error pensar en la separación de la política y la
economía como firmemente establecida desde el momento en que primero surgió el
estado capitalista como tal” (1994a: 131). En este sentido, no alcanza con entender al
estado como una forma de las relaciones sociales capitalistas como hicimos hasta este
momento, sino que debe entendérselo como una forma - proceso cuya reproducción está
sometida a la lucha de clases a raíz, precisamente, del carácter antagónico inherente a
esas relaciones sociales capitalistas. El concepto de forma, en caso contrario, puede
resultar engañoso (véase nuevamente Bonnet 2018).

En la reproducción del estado capitalista, finalmente, desempeña un papel decisivo la


ideología. Y entender al estado como forma de las relaciones sociales capitalistas nos
permite asimismo sentar las bases para una crítica de la manera en que aparece el estado
capitalista en la ideología dominante. En efecto, si asumimos que el fetichismo es el
fundamento último de la ideología en la sociedad capitalista, la critica del fetichismo de
la forma estado es el fundamento de la crítica de la manera en que aparece el estado

17
La manera en que se articulan las relaciones de dominación y explotación en determinadas
condiciones históricas y geográficas se materializa en las relaciones que se establecen entre
estado y mercado dentro de las distintas formas de estado. En Bonnet (2011) propusimos un
análisis de este problema, ilustrándolo a partir de la experiencia de las recientes grandes crisis
argentinas.
capitalista en la ideología dominante.18 La reproducción del estado como forma –
proceso en el plano ideológico es, en consecuencia, el proceso de fetichización de la
separación entre lo económico y lo político. El liberalismo, en sus distintas variantes, es
la consagración ideológica sin más de esta separación entre lo político y lo económico.
Por esta razón, el liberalismo no es sólo una corriente ideológica entre otras ni la
corriente ideológica dominante en el capitalismo contemporáneo, sino la ideología
capitalista por excelencia. El liberalismo asume a su manera que lo económico y lo
político son dos modos de existencia de una misma relación (presentando, por ejemplo,
al mercado y a la democracia como dos caras de la misma moneda) y se asume a si
mismo con guardián de dicha separación. El reformismo, en cualquiera de sus variantes,
descansa en cambio en una fetichización inversa de la separación entre lo económico y
lo político. Supone en última instancia, implícita pero inevitablemente, que lo político y
lo económico son dos relaciones sociales distintas (supone la neutralidad de clase del
estado frente al mercado, la autonomía del estado nacional dentro del mercado mundial,
y así sucesivamente). Estos modos en que aparece el estado en el liberalismo y en el
reformismo son, en este sentido, ilusorio-objetivas en sentido estricto: son ilusiones
originadas directamente en la separación entre lo económico y lo político, que en sí es
una característica objetiva de las relaciones sociales capitalistas. El liberalismo y su
contrapartida, el reformismo, se reproducen entonces junto con la reproducción de esa
separación entre lo económico y lo político y a la vez convalidan ideológicamente dicha
reproducción.

5. El porvenir del estado capitalista


Revisemos en este último apartado, siempre desde esta perspectiva de la derivación
del estado a partir de la separación entre productores y medios de producción, dos
asuntos decisivos vinculados con el porvenir del estado capitalista. El primero remite al
carácter estatal-nacional de la dominación. Vimos que, a partir de la separación entre
productores y medios de producción, puede derivarse la separación entre lo económico
y lo político, pero estrictamente hablando no puede derivarse que lo político asuma la

18
Aquella concepción de la forma como proceso remite a Sohn-Rethel (2001), mientras que fue
el joven Lukács (1969), naturalmente, quien reubicó al fetichismo como fundamento de la teoría
de la ideología. En su recuperación de estos elementos para la crítica del estado capitalista,
Holloway (véase, por ejemplo, 2002 caps. 4 a 6) superó ampliamente a los enfoques originales
del debate alemán.
forma de estado; puede derivarse la particularización de la relación de dominación, pero
no puede derivarse que esta particularización conduzca necesariamente a la formación
de estados nacionales y de un sistema internacional de estados. La derivación del estado
a partir de la separación entre productores y medios de producción provee conceptos
fundamentales para una crítica de las relaciones internacionales (véase, por ejemplo,
Burnham 1994 y 2002). Sin embargo, la estructuración de la relación de dominación
(principalmente) en la forma de estados nacionales y de un sistema internacional de
estados fue resultado de un proceso histórico, así como lo sería su reemplazo por una
estructuración supra-estatal, en caso de suceder. Estos problemas incumben al estudio
histórico y no a la derivación lógica del estado (véase la crítica de Lacher 2002 a
Burnham). Sin embargo, aunque parezca paradójico, esta misma imposibilidad de
derivar la estructuración de la relación de dominación capitalista en estados nacionales y
sistema internacional de estados nos informa sobre algunas características distintivas de
dicha relación de dominación.

Conviene plantear este problema en dos pasos. El primer paso consiste en reconocer
que, en los hechos, esa relación de dominación particularizada no es co-extensiva con el
estado nacional aislado sino (en el mejor de los casos) con el sistema internacional de
estados. La separación entre las relaciones de explotación y dominación debe pensarse,
como advirtió von Braunmühl (2017) en el marco del debate alemán, al menos a escala
del mercado mundial y del sistema internacional de estados. Este sistema internacional
de estados no es una mera sumatoria de los distintos estados nacionales que lo integran
sino que, por el contrario, es una totalidad que media a cada uno de esos distintos
estados. Los estados nacionales son el modo en el que existe el sistema internacional de
estados, que opera, tanto lógica como históricamente, como condición de esos estados
nacionales individuales. El estado nacional se define negativamente respecto de los
restantes estados nacionales en el sistema internacional de estados y en los orígenes
históricos de todos los estados nacionales se encuentra la compulsión que ejerció la
existencia de use sistema internacional de estados sobre las comunidades involucradas
para que adoptaran al estado nacional como forma política de organización.19 El sistema

19
Véanse los argumentos históricos de Wood (2002) y Teschke (2005) sobre los orígenes de los
estados nacionales europeos -a excepción del británico. Y adviértase que valen también para el
caso de las colonias latinoamericanas que conquistaron su independencia en el siglo XIX,
enfrentaron la tarea histórica de organizarse políticamente y emprendieron la constitución de
estados nacionales. Esto refuerza nuestra advertencia previa contra el desmedido énfasis en
supuestas peculiaridades del estado en la región.
internacional de estados determina, además, la forma, las funciones y el poder de sus
estados nacionales miembros. El sistema internacional de estados, en pocas palabras, es
una suerte de sistema de cárceles contiguas en el que la capacidad de secuestro de cada
una depende del conjunto: su secreto sigue siendo la supresión de las tierras libres.

Pero ahora hay que dar un segundo paso, que consiste en advertir que, en los hechos,
aquella relación de dominación particularizada tampoco coincide según su contenido
con este sistema internacional de estados. Hay y siempre hubo en el capitalismo
aspectos de la dominación que trascienden al estado nacional e incluso al sistema
internacional de estados, revistiendo características propiamente supra-estatales.20 En
efecto, no se requiere suponer la existencia de instituciones supra-estatales en sentido
estricto para afirmar que la dinámica de una serie de procesos, normas y organismos,
aunque interestatales o incluso estatales en su origen, no puede explicarse sin resto a
partir de la dinámica interna de los estados nacionales involucrados en ellos. El sistema
internacional de estados produce efectos propiamente supranacionales. El proceso de
convergencia jurídica internacional, por ejemplo, cobra independencia respecto de los
estados nacionales legisladores. Y, en este punto, aquella imposibilidad de derivar la
estructuración de la relación de dominación (principalmente) en estados nacionales y
sistema internacional de estados se convierte en la posibilidad de pensar estas formas
supranacionales de dominación.

Sin embargo, la derivación de la particularización de la relación de dominación a


partir de la separación entre productor y medios de producción permite realizar, además,
otras afirmaciones importantes sobre la manera en que se territorializa esa relación de
dominación. Las características personal y territorial de las relaciones pre-capitalistas de
sujeción son dos caras de una misma moneda y la abolición de estas relaciones
personales de sujeción implica a su vez la abolición de su territorialidad. La libertad de
los propietarios de medios de producción y de fuerza de trabajo es libertad de los unos
respecto de los otros -en tanto individuos, naturalmente, no en tanto clases- y de ambos
respecto de cualquier territorio dado. Sin embargo, así como la conversión de la fuerza

20
En este sentido, ya en los setenta Picciotto había propuesto “analizar el proceso histórico de
internacionalización de ambos, el estado y el capital, como un proceso interrelacionado. Esto
demostrará un conjunto más complejo de relaciones y quizás nos permita comenzar a teorizar
las formas cambiantes del estado y el capital en relación con las relaciones internacionales de
clase” (1991a: 46; véase asimismo Picciotto 1991b). La hipótesis de un imperio como nueva
forma supranacional de soberanía planteada por Negri y Hardt (2002) tuvo la virtud de impulsar
las discusiones en este sentido.
de trabajo y los medios de producción en mercancías impulsa esa des-territorialización
de las relaciones de producción, la explotación efectiva exige su re-territorialización.
Debe establecerse, entonces, un nuevo vínculo entre las relaciones de explotación y
dominación, por una parte, y el territorio, por la otra. Las relaciones de explotación
(cuyo escenario es el mercado mundial) y de dominación (cuyo escenario es el sistema
internacional de estados) suponen entonces una des-territorialización de las relaciones
sociales, pero a la vez imponen su re-territorialización. La tensión entre estas des-
territorialización y re-territorialización es constitutiva de esas relaciones sociales y
ciertamente se deriva de aquella separación entre productor y medios de producción. Y
también se deriva de la separación entre productor y medios de producción la tensión
entre la fragmentariedad y la unidad de esa territorialidad capitalista. La propiedad de
los medios de producción (el capital) es a la vez una y diversa: distintos propietarios de
medios de producción (los capitales en competencia) participan de una explotación en
común (como alícuotas del capital social total) de los propietarios de fuerza de trabajo.
Y también la propiedad de la fuerza de trabajo es a la vez una y diversa, aunque en un
sentido un poco diferente: distintos propietarios de fuerza de trabajo (trabajadores en
competencia) la portan como una capacidad inseparable de su persona y, aunque pueden
venderla a distintos capitalistas, son explotados en su conjunto por el capital social total.
Esta característica de la relación de explotación introduce otra tensión dentro de la
relación de dominación, a saber, la tensión entre fragmentariedad y unidad.21

Estas tensiones subyacen a la dinámica de las relaciones sociales capitalistas. Desde


luego, no estamos diciendo que la evolución histórica de la relación de dominación, la
conformación de estados nacionales, la integración de esos estados dentro de un sistema
internacional de estados, el surgimiento de formas sub- y supra-estatales de soberanía,
etc., puedan deducirse sin más de la existencia estas tensiones. Solo decimos que estas
dos tensiones, complementarias y derivadas ambas de la separación entre productores y
medios de producción constitutiva de las relaciones sociales capitalistas, se encuentran
en los fundamentos de esa evolución. Esta evolución, por consiguiente, es un proceso

21
Nosotros preferimos presentar estas tensiones de esta manera, en lugar de resumirlas en una
tensión entre lo territorial-fragmentado, identificado con los estados nacionales, y lo aterritorial-
unificado, identificado con capital global, como parece hacerlo Holloway: “con la transición al
capitalismo, la lucha contra la insubordinación del trabajo asume dos formas particulares, una
forma económica, a-territorial (global), y una forma política, territorial y fragmentada, múltiple
(1994b: 162). Pero, naturalmente, esto no implica desconocer el hecho de que, especialmente en
el capitalismo contemporáneo, los diversos estados nacionales aparezcan como polos fijos ante
los movimientos del capital global (véase Holloway 1993).
atravesado por el antagonismo inherente a dicha separación. Sobre estos fundamentos
habría que analizar históricamente el proceso de constitución efectiva de esa relación de
explotación como un capital global y, eventualmente, de esa relación de dominación
como una estatalidad global, a través de la propia competencia entre distintos capitales
arraigados en distintos estados nacionales.22

La segunda cuestión que queremos revisar, para cerrar este último apartado, es la de
la relación entre el estado y la revolución. Demás está decir que la derivación del estado
no puede proporcionarnos por sí misma una guía para la práctica revolucionaria. Los
conceptos de cualquier teoría revolucionaria conceptualizan sujetos, programas y modos
de organización y de acción enraizados en condiciones históricas y sociales específicas
y son, por consiguiente, conceptos correspondientes a un nivel de abstracción muy
diferente del que manejamos en estas páginas. Sin embargo, esa derivación del estado
no deja de involucrar cierta orientación general para la lucha anti-capitalista. Esta
orientación es radicalmente anti-estatista y vamos a sintetizarla en tres afirmaciones
fundamentales. En primer lugar, si el estado es una forma, es decir, un modo de
existencia de las relaciones sociales capitalistas, la lucha anti-capitalista apunta
inevitablemente a abolir el estado capitalista. En este sentido, las concepciones más
tradicionales de la relación entre el estado y la revolución (a saber, la kautskyana de la
II y la leninista de la III Internacionales) son insuficientemente radicales. En segundo
lugar, si la existencia de ese estado capitalista descansa sobre la separación entre lo
económico y lo político, su abolición puede entenderse como la abolición de esa
separación entre lo económico y lo político. La revolución no puede concebirse como
un cambio en el carácter de clase (capitalista) de una relación de dominación que
seguiría particularizada como estado (como estado obrero o cualquier otro oxímoron
semejante), pues la separación entre lo económico y lo político que sustenta dicha
particularización del estado no es neutra sino específicamente capitalista. La revolución
solo puede concebirse como un proceso, seguramente prolongado pero permanente, de
abolición de la separación entre lo político y lo económico. En una serie de experiencias

22
Aquí es interesante recordar la manera en que Negri conceptualizaba la relación entre la
socialización de la explotación, del antagonismo y del dominio capitalista, en la crisis del
capitalismo de posguerra y a propósito del debate alemán: “la socialización de la producción y
la extensión del poder de mando sobre la socialización de la producción son momentos de
reproducción ampliada del antagonismo esencial [...] toda la máquina del Estado se desarrolla a
partir de la necesidad de controlar esta socialización de la relación capitalista de explotación”
(2003: 310; 317).
históricas (los consejos obreros de los años veinte, algunos experimentos de autogestión
de los sesenta, las comunidades zapatistas de nuestros días) y de reflexiones inspiradas
en ellas podemos encontrar esbozos de este proceso de abolición de la separación entre
lo económico y lo político. Aunque, naturalmente, no podemos conocer de antemano las
características que revestiría un proceso de abolición generalizada de la separación entre
lo económico y lo político en las condiciones del capitalismo contemporáneo. En tercer
lugar, así como la relación de dominación capitalista no coincide con el estado nacional,
su abolición tampoco puede pensarse en términos nacionales. La revolución solo puede
concebirse como un proceso a escala mundial, aun cuando la estructuración de la
dominación en un sistema internacional de estados le imponga distintos ritmos en los
distintos países. Y, en cuarto lugar, la relación que establece la lucha anti-capitalista
entre la revolución y el estado es tan ajena al anti-estatismo liberal como al estatismo
reformista. El anti-estatismo comunista se diferencia radicalmente del anti-estatismo
liberal en la misma medida en que el primero impugna, mientras que el segundo
legitima, la separación entre lo económico y lo político. El anti-estatismo liberal quiere
preservar el mercado respecto de la injerencia del estado; el anti-estatismo comunista,
en cambio, abolir tanto al mercado como el astado en aras de una sociedad auto-
determinada. Pero la confrontación entre el liberalismo y el reformismo tampoco
encuentra al comunismo junto a este último. El estatismo reformista puede adoptar
rasgos progresistas o reaccionarios pero, por encima de estas diferencias, es conservador
en la misma medida en que refuerza la legitimidad del estado y de la nación. Y esta
legitimación del estado y la nación no es, precisamente, parte de nuestra lucha contra el
capitalismo.

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